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Razones
del alma para creer,
para conciliar fe y razón, para esperar y confiar a pesar del
dolor y de la muerte.

La
Santa Sede, a través de la Pontificia Academia de la Ciencias
ha organizado, un seminario sobre las relaciones ciencia y
fe y sobre los orígenes del mundo y de la vida. En la apertura
del mismo, el Papa Benedicto XVI ha recibido a los
participantes en el seminario, entre ellos el premio Nobel de Física
Setphen
Hawking.
Todo
ello se ha hecho recordar un artículo mío escrito hace ya unos
años y nacido, sobre todo, de una anécdota que me aconteció
hace ya más de un cuarto de siglos y que no olvidaré. Es la
que da título a este texto: “El mejor relojero de la
historia”
¿Cómo
se puede llegar a Dios? ¿Existen vías racionales para
demostrar a Dios o la creencia en Dios es una realidad sólo y
exclusivamente íntima, personal y subjetiva? ¿La fe es una
creencia puramente no racional ni demostrable? ¿Hay razones
para creer? ¿Son incompatibles la fe y la ciencia? Estas y
otras preguntas se las ha formulado el hombre de todos los
tiempos, en su búsqueda ardiente por hallar el verdadero
sentido de la vida, de la historia y de sí mismo. Los mismos
científicos, como el ya citado premio Nobel Stephen Hawking, en
el intento de explicar la realidad y sus orígenes, llegan hasta
un determinado punto, demostrable empíricamente, que ya no
pueden traspasar. El mismo método científico les impide ir más
allá, quedando así abierta la puerta a la transcendencia. Este
silencio debe ser suplido por la voz de la filosofía, por la
palabra de la teología.
También
por el eco de la experiencia del hombre. Hoy traemos dos
hermosos y sencillos testimonios que nos hablan de Dios. El
primero procede de la sabiduría de la ciencia y de la
verificación; el segundo, de la sabiduría popular de la vida y
de su experiencia. Ambos testimonios hablan por sí mismos.
Una
maravillosa criatura de Dios
Hace
ya algún un tiempo una revista publicaba una interesante
entrevista con el primer astronauta español de la historia:
Miguel López-Alegría, nacido en Madrid en 1958, y quien, a
pesar de su actual nacionalidad norteamericana, ha querido dejar
bien claras sus raíces y sus afectos españoles. López-Alegría se
alejó de la tierra durante algo más de un mes a bordo del
STS-73, en la segunda misión norteamericana del laboratorio de
Microgravedad. Desde el espacio, Miguel López-Alegría contempló
y estudió la tierra y volvió fascinado de su belleza y de la
sobrecogedora paz del espacio infinito.
En
el transcurso de la citada entrevista, el astronauta, tras
comentar la experiencia intransferible de los ocho minutos y
treinta y dos segundos del despegue, describe el espacio y la
tierra con estas palabras: " ¡Es un espectáculo
impresionante! Asustan esos colores de una intensidad tan
sobrecogedora, asusta esa completa paz. El negro es
especialmente intenso; el horizonte, sobre todo, de día,
aparece vacío. En cambio, la tierra es un estallido de colores.
Como domina el agua, lógicamente domina el azul; luego está el
desierto, que es una inmensa mancha marrón, y el brote verde de
los bosques y las selvas. Hay zonas terribles rojas como
Australia y otras en la que predomina un blanco radiante. Desde
arriba, España es de color pardo". Y a renglón seguido,
afirma: "En el espacio, uno se convence de la existencia de
Dios. Una maravilla como el planeta Tierra sólo tiene que estar
hecha por El".
El
mejor relojero de la historia
Apenas
llevaba yo un año de sacerdote. Mis primeros pasos se
desgranaban en el corazón de una montaña hermosa y desconocida
del Alto Tajo guadalajareño. En uno de estos agrestes pueblos,
aconteció en una tarde de primavera la historia que relato
ahora.
Estábamos
en el bar del pueblo cuatro o cinco personas. Comentábamos el
sentido de la vida, del dolor y del más allá. En un momento
determinado, uno de los contertulios dijo:
--
“A mí lo que me gustaría es que en el otro mundo pudiéramos
pasar ratos tan buenos como estos, y ya libres de problemas y de
sufrimiento, viviendo en amistad y en armonía entre todos”.
A
estas, un joven, presente también en la conversación, terció
para decirnos que después de esta vida no hay nada:
--
“Toda la vida trabajando como un esclavo y luego, tres
palmos de tierra. Nadie ha vuelto para decir que después de
esta vida hay otra. Una lástima, pero es así”.
Inmediatamente,
hice yo un esfuerzo para contrarrestar oportuna y delicadamente
esta opinión y ofrecer, siquiera, un rayo de esperanza a tan
contundente afirmación desesperanzada. En mi mente, empezaron a
bullir desde la tesis filosóficas hasta el testimonio de la
Revelación, pasando por razones de psicología y de
conveniencia. Pero antes de articular mi pensamiento en palabra
alguna, el mayor de los contertulios, que era precisamente de
los "fijos" en la iglesia, dijo:
--
¡Qué va, hombre, qué va! Tiene que haber algo. ¿No ves el
cielo, el río, las estrellas, el sol, la montaña...? Alguien
ha tenido que hacerlos. Y ese alguien tiene que ser superior,
anterior y posterior a nosotros. Y lleno de belleza y de bondad.
Ha tenido que vivir desde siempre y para siempre. Y ese alguien
que nos ha regalado una naturaleza tan hermosa y que nos ha
creado a nosotros no podrá después olvidarnos".
Quedé
sobrecogido y mudo. Sobre todo, admirado. Lo mismo le sucedió a
los otros contertulios, buenos y sencillos hombres de pueblo. Y
seguimos escuchando a aquel buen paisano:
--
“Sr. Cura –dijo dirigiéndose a mí-,
¿conoce usted un relojero tan perfecto como Dios? El ha hecho
un reloj que ni se retrasa ni se adelanta un instante. Día a día,
año a año, siglo a siglo da la hora, marca el tiempo y las
estaciones y nunca ha tenido avería ni error alguno. Sí,
hombre, sí. ¿Cómo no va a haber nada después de todo esto?
Estamos en buenas manos, en las manos del mejor relojero de la
historia”.
Poco
más quedaba por decir. Bastaba con mirar el sol, el río, el
risco, el remanso, que tan evocadora y exuberantemente nos
circunda, para certificar nuestra esperanza y nuestra fe.
¿Quién
ha dicho, entonces, que nos hay razones para creer? La
naturaleza, la vida, la historia, la amistad las avalan porque
ha sido creadas y amadas por el mejor relojero de la historia.
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