1. Un hijo
genuino del católico pueblo bávaro
a) Cultura:
conexión intrínseca entre Revelación e historia
b) La
génesis de un método: mirar a Cristo
c) El criterio
de verificación: la Iglesia como ámbito de experiencia
3. Abanderado
del reto conciliar
INFANCIA
ENTRE EL INN Y EL SALZACH
LOS
PRIMEROS AÑOS ESCOLARES EN EL PUEBLO DE ASCHAU. A LA SOMBRA DEL
«TERCER REICH»»
AÑOS
DE BACHILLERATO EN TRAUNSTEIN
ESTUDIOS
DE TEOLOGÍA EN MUNICH
ORDENACIÓN
SACERDOTAL - LABOR PASTORAL - DOCTORADO
EL
DRAMA DE LA LIBRE DOCENCIA Y LOS AÑOS DE FRISINGA
EL
COMIENZO DEL CONCILIO Y EL TRASLADO A MÜNSTER
ARZOBISPO
DE MUNICH Y FRISINGA
La primera vez que vi al
cardenal Ratzinger fue en 1971. Era Cuaresma. El recuerdo de aquel encuentro se
ha ido enriqueciendo de matices que mi memoria ha reelaborado,
inevitablemente, en ocasión del setenta cumpleaños del cardenal.
Un joven profesor de derecho
canónico, dos sacerdotes estudiantes de teología, que por aquel
entonces no habían cumplido los 30 años, y un joven editor
estaban sentados alrededor de una mesa, invitados por el profesor Ratzinger, en
un típico restaurante a orillas del Danubio que, en Ratisbona, discurre
ni demasiado lento ni demasiado impetuoso, lo que todavía permite
pensar en el hermoso Danubio azul. La invitación la había
procurado von Balthasar con la intención de discutir la posibilidad de
hacer la edición italiana de una revista -que más tarde
sería Communio-. Balthasar sabía arriesgar. Los mismos hombres
que se sentaban a la mesa de aquel típico mesón
bávaro, unas semanas antes habían perturbado su quietud de Basilea,
con un cierto atrevimiento, pues no le conocían. Lo habían
hecho inmediatamente después de leer una breve noticia aparecida en
Le Monde en la que se informaba del fracaso de una reunión de
teólogos, que habían sido expertos en el Concilio, celebrada
en París con el objeto de dar vida a una nueva revista. Le dijimos
a Balthasar: Tenemos que hacerla, nosotros haremos la edición
italiana». Balthasar no descartó de inmediato la
hipótesis, no sólo porque le cogimos un poco por sorpresa y por
su buena educación, sino porque entre nosotros estaba un
pequeño editor -Balthasar era también editor- y tenía
un sexto sentido para percibir si una publicación podía o no
«tirar bien». Al final, con un tono entre prudente y escéptico,
Balthasar dijo: «En todo caso, yo no puedo decidir nada solo. Hay que
contar con los alemanes...; los aspectos técnicos dependen de
Greiner. Además, está el problema de la teología».
(Si bien nosotros teníamos en nuestro equipo algún que otro
nombre cíe buenos teólogos italianos). Me acuerdo bien de su
cara en aquel momento. La he visto después en otras ocasiones;
cuando tenía que tomar una decisión arriesgada: callaba durante
un tiempo que siempre parecía excesivo al interlocutor, con el rostro
marcado por una mueca escéptica que no hacía presagiar consensos.
Después, con una sonrisa comedida y con su tono de voz un poco jovial
formulaba su propuesta en breves palabras. Así, al terminar nuestro
coloquio, dijo: Ratzinger, tenéis que hablar con Ratzinger. Es él
el hombre decisivo hoy para la teología de Communio. Es la clave de la
redacción alemana. De Lubac y yo somos viejos id a ver a Ratzinger.. Si
él está de acuerdo.... De esta forma se repetía para
nosotros, en pocas semanas, una experiencia estimulante. Nos
habíamos atrevido a hablar con Balthasar, una personalidad famosa antes
conocida sólo por los libros, encarando el asunto con una mezcla de
temor y provocación; ahora nos esperaba otro teólogo bastante
más joven pero también igualmente afamado, que discutía
con Rahner y Küng y que dividía -lo hablamos a fondo durante el
viaje de Friburgo a Ratisbona- no sólo nuestras opiniones, sino
también nuestros ánimos. Estábamos enfrentados dos a dos:
dos a favor y dos en contra. Con su trato delicado, los gestos medidos y
los ojos que no dejaban de moverse, Ratzinger nos explicaba la carta: una larga
secuencia de suculentos platos bávaros... Parecía conocerlo bien,
sin lugar a dudas era un habitué del restaurante. Nosotros, superado el
primer embarazo, como buenos latinos y, además, jóvenes, nos lanzamos
a hacer comparaciones entre menús bávaros y lombardos.
Alguno de nosotros había pasado suficiente tiempo en Alemania como para
permitirse disertar sobre los tipos y las marcas de cervezas. Recuerdo bien que
pregunté a nuestro anfitrión qué nos aconsejaba:
pacientemente empezó a ilustrarnos de nuevo sobre cada plato de la
lista, animándonos a probar más de uno para que nos
hiciésemos una idea de la cocina bávara. Desde hacía un
rato el camarero esperaba respetuoso junto a la mesa. No sin desorden y
aumentando progresivamente el tono de nuestra conversación hasta el
punto de hacer que algún comensal se volviese a mirarnos, terminamos,
bajo los ojos benévolos y la sonrisa, . quizás un poco impaciente,
de nuestro anfitrión, por escoger una amplia y exagerada variedad
de platos. Ratzinger devolvió la carta diciendo al camarero algo
así como: »para mí, lo de siempre». El camarero nos
sirvió antes a todos nosotros, con meticulosidad alemana, y al final
llevó al conocido teólogo un sándwich y una especie
de limonada.
Nuestra sorpresa rayaba en la
vergüenza. Con una sonrisa, esta vez verdaderamente amplia y
benévola, el cardenal nos liberó diciendo: “Vosotros
estáis de viaje... Si yo como demasiado, ¿cómo voy a poder
estudiar después?». Comentando el episodio, de vuelta en el coche,
nos dimos cuenta de lo que el cardenal había dicho al camarero:
«lo de siempre.
No me he alargado en este
pequeño y personal recuerdo para añadir el rasgo
hagiográfico de la sobriedad a la biografía del cardenal.
¡Sobre todo porque todavía no es tiempo de
panegíricos! Lo he hecho sólo porque, incluso después
de haberle conocido más profundamente, aquel episodio me parece que
habla de su estilo, y el estilo, ya se sabe, es el hombre.
El cardenal es un verdadero
católico bávaro: capaz de gozar y de hacer gozar la vida (las
páginas sobre Baviera del volumen Mi vida[1] son,
en algunos pasajes, verdadera poesía). Su secreto es que la afronta
como tarea. Amante de la persona en cuanto participa de la vida del pueblo por
el que es natural consumirse totalmente, es capaz de una abnegación
cotidiana tenaz, nunca llamativa. La ascesis, la ética y el gobierno no
son en él fines, sino medios: fin es el bienestar de la persona y de la
comunidad, podríamos decir, como en
Sus intereses teológicos,
por ejemplo la vida eterna (escatología), la revelación en
la historia, el nuevo pueblo de Dios, la liturgia, no serían adecuadamente
comprendidos sin entender el orgullo apasionado por su pertenencia al pueblo
católico bávaro, al que caracteriza una alegre participación
en cualquier aspecto humano y un pertinaz sentido de la tarea. De igual
modo había tenido cuidado cíe que sus jóvenes
huéspedes, después de haber admirado la belleza de los
campos de lúpulo en la autopista que va cíe Munich a Ratisbona y
haber escuchado el vals a la orilla del Danubio, pudiésemos gozar también
de los frutos de su tierra en la acogedora Gastätte con su rico codillo,
la variedad de los Würstel y
«'Suficiente' sólo
es la realidad de Cristo»[2]. Esta
afirmación cíe Ratzinger referida al problema teológico,
todavía abierto, de la suficiencia material de
Me gustaría intentar
identificar ahora alguno de los factores que constituyen esta particular
sensibilidad metodológica, ya que resulta imposible presentar,
aunque sea sólo sucintamente, los múltiples temas que han ocupado
al cardenal Ratzinger[5] y
menos aún confrontarlos con el panorama teológico-cultural
de los últimos decenios.
El primero de estos factores es
cómo Ratzinger propone, con un lenguaje accesible al hombre de hoy,
el núcleo central de la fe sin abandonar el dato dogmático. Tal
factor se basa, sobre todo, en una concepción del dogma entendido
como una “realidad capaz de
infundir fuerza en la construcción de la teología y no, sobre
todo, como vínculo, como negación y límite extremo[6].
La dimensión cultural propia del hecho cristiano no se concibe, por
tanto, como una mediación entre Revelación e historia sino que,
respetando las debidas distinciones, es intrínseca al movimiento
con el que el acontecimiento de Cristo, al comunicarse en la realidad,
interpela al hombre y a la historia. De este modo, la teología no es
algo desencarnado: «He
tratado, todo lo que me ha sido posible, de poner claramente en relación
lo que enseñaba con el presente y con nuestro esfuerzo personal».[7] Esta
actitud lleva a Ratzinger a «exponerse»«
para ponderar críticamente el presente de
El segundo factor
característico de la sensibilidad metodológica de nuestro
autor representa, en cierto sentido, la génesis de ese método.
Dicho factor se encuentra, a mi juicio, en un principio ascético
entendido como principio sintético de la existencia. He pensado muy
a menudo -no sé si digo bien-, fijándome en el cardenal, que para
él la ascesis, es decir, la mirada y la interacción con la realidad,
consiste en un trabajo de ensimismamiento con el misterio de Jesucristo. Una
confirmación de esto que digo me parece que se encuentra en sus
obras sobre la oración, sobre la liturgia, sobre el mirar a Cristo y al
Crucifijo[11].
En el libro La sal de la tierra se
encuentra esta afirmación: “Tener
trato con Dios es para mí una necesidad. Tan necesario como respirar
todos los días... Si Dios no estuviese aquí presente, yo ya no
podría respirar de manera adecuada”[12] Me parece que este ensimismamiento, que
en sentido lato todo cristiano prueba, lo persigue de forma concreta y sistemática.
Su fruto es un distanciamiento de los resultados que nunca pierde la
alegría (frente al estereotipo del pesimismo del cardenal) y se introduce
cada vez más en el misterio de Cristo que se ofrece, sacramental mente,
a través de la trama de las circunstancias y las relaciones cotidianas.
Y lo que es más importante, esta actitud no apaga nunca la pregunta que,
agustinianamente, es dramática, pero está llena de deseo.
Más aún, todos sus
escritos, su misma concepción de la teología, están
marcados por la pregunta. Hablando de su profesor de filosofía, Arnold
Wilmsen, quien, en el seminario de Frisinga, presentaba un “ tomismo
neoescolástico que para mí estaba sencillamente demasiado lejano
de mis interrogantes personales., el cardenal afirma: «Nos impresionaban profundamente su entusiasmo y su profunda
convicción, pero ahora no parecía ser alguien que se
planteara preguntas, sino alguien que defendía con pasión, frente
a cualquier interrogante, lo que ha encontrado. Como jóvenes,
nosotros éramos precisamente personas que planteábamos preguntas»
[13].
A Ratzinger, por eso, le
apasiona el tema, también muy querido para Balthasar, del nexo entre
teología y santidad. La teología ha alcanzado sus cimas en la
historia cuando ha sabido abrevar en la fuente de la santidad: Antonio-Atanasio-Benito-Gregorio
Magno-Francisco-Buenaventura-Domingo-Tomás. De este modo, por
ejemplo, la cuestión soteriológica no consiste,
principalmente, en reflexionar sobre las condiciones de posibilidad del
recorrido histórico a través del cual el Dios Trinitario ha
salvado a la humanidad, sino hablar de nuestra salvación. Hablar de
gracia no es, sobre todo, profundizar la condición trascendental de posibilidad
de un existencial sobrenatural, sino mirar a Cristo. “Desde el momento en que asumió
nuestra naturaleza humana, está presente en la carne humana y nosotros
estamos presentes en él, el Hijo» [14]
Si la génesis del
método de Ratzinger se encuentra en el ensimismamiento personal con
Jesucristo como principio ascético concreto, el sentido de la Iglesia[15]
representa, quizás, dentro de este método, el criterio para
verificarla validez del pensamiento y de la acción.
¿Cómo esta
noción de Iglesia, constantemente retomada y enriquecida por los
estudios del cardenal que a menudo vuelve sobre las nociones de pueblo de Dios,
de nuevo pueblo de Dios y de Cuerpo de Cristo (la última y
estimulante profundización se encuentra precisamente en La sal de la tierra[18], se
convierte en criterio de verificación de su método de pensamiento
y de acción? En mi opinión, a través de la
categoría de experiencia. Ratzinger habla de la “ lglesia como
ámbito de experiencia[19]. A
partir del estudio de los grandes padres y doctores de la Iglesia[20], el
cardenal elabora un concepto de experiencia (experiencia del pueblo de
Dios) que afina al confrontarlo con filósofos y teólogos
contemporáneos (Gadamer, Kolakowski, Mouroux, Balthasar), y que
lleva consigo, sobre todo, una atención continua al modo en que se
plantean los problemas, las cuestiones, las preguntas, las ansias, las
urgencias, las esperanzas y las angustias del hombre en la concreta
situación en la que se encuentra. En segundo lugar, afirma que, en
De este modo nace en Ratzinger
la conciencia del carácter definitivo del acontecimiento de Cristo[24] y de
su capacidad de juzgar la totalidad. La expresión
científicamente madura de esta posición viene representada por el
tratado sobre la escatología[25].
Esta capacidad de juicio proyecta una luz nueva sobre la concepción de
la cultura característica de Ratzinger, como fruto del impacto del
sujeto eclesial, que vive incorporado por el bautismo a Jesucristo, con la realidad.
En esta visión de la cultura, contenidos y sujeto adquieren toda su
relevancia precisamente en la experiencia: es posible que los contenidos
se transmitan adecuadamente cuando el sujeto que comunica los vive[26]. En
este sentido la comunicación se convierte en una invitación a una
comunión personal: se comunica cuando se comparte la experiencia, cuyo
horizonte es la realidad entera sin censura alguna. «La invitación real de experiencia a
experiencia y no otra cosa fue, humanamente hablando, la fuerza misionera
de la antigua Iglesia[27].
Esta posición determina la concepción que Ratzinger tiene del
lugar central que ocupa la catequesis y de su importancia cultural. La catequesis
promueve la razón en la fe, aspecto más necesario que nunca en el
actual panorama socio-cultural puesto a prueba por el nihilismo. La
visión misma de la relación existente entre fe, historia y
cultura está presente en las intervenciones del cardenal acerca de
distintos aspectos de la ciencia, la política y la economía[28].
Esta sensibilidad
metodológica, fuertemente unitaria y articulada al mismo tiempo, capaz
de síntesis pero también de subrayar los mínimos matices
de un fenómeno histórico o de un aspecto del pensamiento, es común
a todas las etapas del itinerario de Ratzinger. Constituye el factor de
continuidad de su obra. Esto nos obliga, en cierto sentido, a deshacer un
primer tópico que ha surgido en torno al pensamiento de Ratzinger. Me
refiero al supuesto paso de «teólogo progresista», en
fases sucesivas, a «prefecto restaurador»[29].
Para una persona que posee un principio sintético vital, en nuestro caso
una experiencia de fe vinculada a una comunidad en camino[30], el
desarrollo de su pensamiento, no falto, obviamente, de corrección y
clarificación, lejos de ser prueba de discontinuidad, muestra la riqueza
y la madurez del mismo. La afirmación de una supuesta ruptura en el
pensamiento de Ratzinger debe atribuirse al prejuicio ideológico,
hoy demasiado presente incluso entre cristianos, que aplica el modelo
conservadores/progresistas a
Otro tópico que
desaparece con facilidad, apenas se conoce a la persona, es el de
»prefecto de hierro», que nos haría pensar, antes que en una
rigidez de pensamiento, en una persona dura en su trato con los demás.
Es suficiente hablar una vez con el cardenal para percibir su exquisita
humanidad.
Existe, no obstante, un dato
más objetivo, ligado al ejercicio de su tarea como Prefecto de
La profundización de la
autoconciencia de
Redescubrir la tradición
a la hora de presentar la noción de Revelación, con todas sus
delicadas implicaciones, tanto de contenido como de método[35], es
uno de los factores, si no el factor decisivo, que permite a Ratzinger el
original ejercicio de su molesto ministerio en
De esta forma la personalidad
del cardenal no sobresale respecto a su ministerio y, al mismo tiempo, la obediencia
a la tarea que le ha sido encomendada no cesa de perfilar los rasgos de su
personalidad. Lo que sorprende, cuando se tiene la oportunidad de escucharle y
de dialogar con él sobre los problemas más diversos, es que te
comunica siempre un matiz más, algo nuevo, te abre siempre a algo
que tú no habías visto antes,
El ministerio de Juan Pablo II y
el desarrollo del magisterio pontificio de estos últimos veinte
años, como auténtica interpretación del concilio
Vaticano II en continuidad con toda
+
Angelo Scola
Rector
de
Roma
No es fácil afirmar
cuál es realmente mi patria chica. Mi padre, que era gendarme,
debía mudarse con frecuencia de un lugar a otro; así que tuvimos
que estar constantemente de traslado. Esta peregrinación continua
concluyó en el año 1937 cuando, cumplidos los sesenta años
de edad, se jubiló. Nos establecimos entonces en una casa en
Hufschlag, junto al Traunstein, que se convirtió en ese momento en
nuestro verdadero hogar. El anterior peregrinaje constante quedó
reducido a un radio limitado: el que comprende el área del
triángulo de tierra entre el Inn y el Salzach, cuyo paisaje e historia
impregnaron profundamente mi juventud. Se trata de una tierra de antiguos
asentamientos celtas, que después formó parte de la provincia
romana de Rezia y que siempre ha permanecido orgullosa de esta doble
raíz cultural. Hallazgos arqueológicos célticos nos
retrotraen a un pasado lejano y nos unen a la historia del mundo céltico
de Galia y Britania. Se conservan todavía fragmentos de calzadas
romanas, y no son pocas las localidades que pueden exhibir, con el orgullo de
su larga historia, su antiguo nombre latino. El cristianismo llegó
a estas tierras antes del período constantiniano traído por
soldados romanos y, aunque fue sacudido por los tumultos y disturbios de las
invasiones germánicas, se salvaron algunos retazos de creyentes. A
éstos podemos unir los misioneros llegados de Galia, Irlanda e
Inglaterra; algunos creen descubrir también influencias bizantinas.
Salzburgo -
Nací el 16 de abril de
1927. Sábado Santo, en Marktl, junto al Inn. El hecho de que el
día de mi nacimiento fuera el último de
Dado que, a los dos años
de mi nacimiento, en 1929. tuvimos que abandonar ya Marktl, no conservo ningún
recuerdo propio del lugar, sólo lo que mis padres y mis hermanos me
contaron. Me hablaron de la nieve alta y del punzante frío en el
día de mi nacimiento, tanto que mis dos hermanos mayores, con gran
pesar suyo, no pudieron asistir a mi bautizo por el riesgo de coger un
resfriado. Aquel período transcurrido por mi familia en Marktl no
fue ni mucho menos una etapa fácil: dominaba el paro, las indemnizaciones
de guerra gravaban la economía alemana, la lucha de partidos enfrentaba
los unos a los otros, las enfermedades causaban estragos en nuestra familia.
Pero quedan también muy bellos recuerdos de amistad y de ayuda mutua, de
pequeñas fiestas en familia y de vida eclesial. No puedo olvidarme de
señalar que Marktl se encuentra muy cerca de Altótting, el
antiguo y venerable santuario mariano sobresaliente ya en la época
carolingia. que a partir de
Pero volvamos a mi infancia. La
segunda etapa de nuestro peregrinaje fue Tittmoning, la pequeña
ciudad sobre el Salzach, cuyo puente forma al mismo tiempo frontera con
Austria. Tittmoning, cuya arquitectura es tan marcadamente salzburguesa, ha
permanecido como el país de los sueños de mi infancia. Veo
todavía la plaza de la ciudad, en su mayestática grandeza, con
sus nobles fuentes, delimitada por las puertas de Laufen y de Burghausen, y
totalmente rodeada por antiguas y soberbias casas burguesas: una plaza que
haría honor a cualquier gran ciudad. Sobre todo los escaparates
iluminados de las tiendas en el período navideño han quedado
grabados en mi memoria como una maravillosa promesa. En Tittmoning, en la
época de
Con todo esto, estoy plenamente
convencido de no haber agotado todas las peculiaridades que hacían tan
querida nuestra ciudad y de las cuales estábamos tan orgullosos.
Subiendo por la colina que se alzaba sobre el valle del Salzach, se llegaba a
la capilla de Ponlach, un querido santuario barroco. totalmente rodeado
cíe bosque: cerca susurran todavía, descendiendo hacia el
valle, las claras aguas del Ponlach. Con frecuencia íbamos en peregrinación
los tres hermanos con nuestra madre hasta allí y disfrutábamos de
la paz que reina en ese lugar. Y no puedo olvidar mencionar
también, claro está, la potente mole de la fortaleza que se eleva
sobre la ciudad y que nos habla de su pasada grandeza. El edificio cíe
la gendarmería y nuestra vivienda estaban unidos y era una de las casas
más bellas construidas en la plaza mayor de la ciudad: durante un
tiempo había pertenecido al Capítulo de los canónigos. Por
cierto que la belleza cíe la fachada no garantiza que una vivienda sea
confortable. El pavimento era penoso, las escaleras empinadas y las
habitaciones asimétricas. La cocina y las habitaciones eran estrechas, pero,
en compensación, el dormitorio estaba situado en la antigua Sala
Capitular, lo que, por otro lado, no resultaba realmente cómodo. Para
nosotros, niños, todo esto era absolutamente misterioso y excitante,
pero para mi madre; sobre la cual recaía el peso de las labores
domésticas, era motivo de gran fatiga. Por eso, a ella le alegraba mucho
más que a nosotros salir a dar un paseo juntos. Estábamos a pocos
pasos de la vecina Austria. Era un sentimiento único encontrarse, en
pocos metros. »en el extranjero», donde, no obstante, se hablaba la
misma lengua y, con pequeñas diferencias, también el mismo
dialecto que hablábamos nosotros. En otoño buscábamos
en los campos la lechuga silvestre y, sobre los prados alrededor del Salzach,
bajo la dirección de mi madre, diversas cosas útiles para nuestro
querido Portal de Belén. Entre nuestros más bellos recuerdos se
encuentran las visitas que hacíamos a una anciana señora durante
los días de Navidad: su Belén era tan grande que llenaba casi la
casa entera. Me viene también a la memoria la buhardilla donde un amigo
organizaba para nosotros un teatrillo de marionetas, cuyas figuras
hacían volar nuestra fantasía.
A pesar de todo,
percibíamos que nuestro apacible mundo infantil no era precisamente lo
que podíamos con siderar un paraíso. Tras aquellas hermosas
fachadas se escondía una gran pobreza. La crisis económica
había afectado muy seriamente a nuestra pequeña ciudad
fronteriza, olvidada por el progreso. El clima político se intensificaba
de un modo creciente. Aunque no comprendía del todo lo que en aquellos
tiempos estaba sucediendo, en mi memoria han permanecido claramente
impresos los llamativos carteles electorales v las constantes luchas
políticas a que hacían referencia. La incapacidad de la
república de entonces de garantizar la estabilidad política
y de tomar iniciativas políticas convincentes era más que
evidente en esta exasperante lucha de partidos, perceptible incluso para un
niño. El partido nazi era el que jugaba su papel con más fuerza,
presentándose como la única alternativa clara en el caos
reinante. Cuando Hitler fracasó en su intento de ser elegido a la
presidencia del Reich, mi padre y mi madre se sintieron algo más
tranquilos, pero no eran demasiado entusiastas del presidente electo Hindenburg,
porque no veían en él ninguna garantía segura contra el
avance de los camisas pardas. En las reuniones públicas mi padre
debía intervenir siempre más de lo deseable contra la violencia
de los nazis. Percibíamos con mucha claridad la enorme preocupación
que le embargaba y que no era capaz de quitarse de encima ni siquiera en los
pequeños gestos cotidianos.
A finales de
Naturalmente, para nosotros,
niños. faltaba la grandiosidad de la pequeña ciudad de la
que habíamos venido y de la que estábamos tan orgullosos. La
graciosa iglesita neogótica del pueblo no podía resistir la
comparación con la que estábamos habituados en Tittmoning. Las
tiendas eran sencillas y el dialecto demasiado rudo, de tal modo que al
principio no entendíamos algunas palabras. No obstante, muy pronto
empezamos a amar a nuestro pueblo y a valorar sus bellezas propias. Pero nos
cayó encima la gran historia. Habíamos llegado allí en
diciembre de 1932 y ya el 30 de enero de 1933 Hindenburg confió a Hitler
el cargo de canciller del Reich; lo que en el lenguaje del partido nazi se
llamó «toma del poder», lo fue efectivamente. Se
practicó la fuerza del poder desde el primer momento. No recuerdo nada
de aquel día lluvioso, pero mis hermanos me han contado que la
escuela tuvo que realizar una marcha a través del pueblo que se
convirtió en un zapateo sobre el barro y bajo la lluvia y que no
despertó entusiasmo alguno. De todos modos, siempre había habido
en el pueblo nazis declarados y nazis ocultos. Todos ellos vieron que por fin
sus días habían llegado y que de repente podían sacar,
para terror de muchos, sus oscuros uniformes del armario. Fueron implantadas la
«Hitlerjugend. (Juventudes hitlerianas) y la «Bund deutscher
Mädchen• (Liga de muchachas alemanas), asociadas a la escuela, de
tal modo que mi hermano y mi hermana tuvieron que tomar parte en sus manifestaciones.
Mi padre sufría mucho por el hecho de estar al servicio de un poder
estatal a cuyos representantes consideraba unos criminales, si bien,
gracias a Dios, en aquel tiempo su trabajo en el pueblo apenas se vio afectado.
En los cuatro años que nosotros pasamos en Aschau, por lo que puedo
recordar, el nuevo régimen se dedicó sólo a espiar y tener
bajo control a los sacerdotes que tenían una conducta «hostil al
Reich•; se comprende fácilmente que mi padre no sólo no
colaboró en ello, sino que, por el contrario, protegió y
ayudó a los sacerdotes que sabía que corrían peligro.
Por lo demás, el
nacionalsocialismo sólo pudo cambiar la vida de la pequeña aldea
muy lentamente. Al principio, el maestro, como es costumbre en Baviera,
siguió ejerciendo de organista y director del coro de la iglesia y continuó
dando las clases de Biblia, mientras el catecismo le correspondía
al párroco. Al principio parecía que esto podía ser
garantizado por el Concordato, pero bien pronto se pudo comprobar que para los
nuevos patrones la fidelidad a los convenios no contaba para nada. Primero se
produjo la lucha contra la escuela confesional: hacía falta liquidar el
todavía existente vínculo entre iglesia y escuela y que el
fundamento espiritual de esta última no fuera la fe cristiana, sino la
ideología del Führer. Los obispos llevaron a cabo con dureza la
lucha en defensa de la escuela confesional, la lucha por la observancia del
Concordato: han quedado muy grabadas en mi memoria las cartas pastorales sobre
este asunto que el párroco leía durante las celebraciones dominicales.
Ya entonces empecé a darme cuenta de que con la lucha en defensa de las
instituciones desconocían en parte la realidad. Porque, en efecto, la
sola garantía institucional no sirve para nada, si no existen las
personas que la sostengan con sus propias convicciones personales. Esto,
por el contrario, se daba sólo en parte; ciertamente, entre los
profesores más ancianos y también entre los más
jóvenes, había algunos que estaban profundamente convencidos y
eran conscientes de su fe, para los que la fe cristiana era el más auténtico
fundamento de nuestra cultura y, por ello, también de su labor de
educadores. Pero entre los docentes más viejos había un
resentimiento anticlerical que, si se piensa en la vigilancia que el clero
ejercía entonces sobre la escuela, no estaba falto de razón. En
las jóvenes generaciones había nazis convencidos. Tanto en
un caso como en otro, la insistencia sobre las garantías institucionales
del cristianismo caía en el vacío. Los profesores que tuve
durante mi período escolar de cuatro años en Aschau no eran ciertamente
unos cristianos convencidos, pero trataban de mantener las distancias con
el nuevo movimiento. Dado que la iglesia era el centro del pueblo, no
sólo arquitectónicamente sino sobre todo en el modo de
sentir y vivir de la gente, hubiera sido poco prudente ponerse demasiado en
contra de ella: al nuevo régimen esto sólo le hubiera procurado
enemigos.
Había un joven profesor
-hombre de mucho talentoque estaba entusiasmado con las nuevas ideas.
Intentó abrir 1|una brecha en la estable unión de la vida de la
aldea. toda ella impregnada por los tiempos litúrgicos de la iglesia.
Con gran pompa hizo que se levantara un «árbol de mayo y compuso
una especie de plegaria como símbolo de la fuerza vital que
constantemente se renueva. Aquel árbol debía representar el
inicio de la restauración de la religión germánica,
contribuyendo a reprimir el cristianismo y a denunciarlo como elemento de
alienación de la gran cultura germánica. Con la misma
intención, organizó además las fiestas del solsticio de
verano, siempre como retorno a la santa naturaleza y a los orígenes
propios y en polémica con las ideas de pecado y redención que, como
sabíamos. habían sido introducidas e impuestas por las creencias
extranjeras cíe judíos y romanos. Hoy; cuando escucho cómo
en muchas partes del mundo se hace una crítica del cristianismo como
destrucción cíe los valores culturales autóctonos e
imposición de los valores europeos y occidentales. me sorprendo de
la analogía de estos tipos de argumentación con los que se
empleaban en aquel entonces y de lo tristemente familiares que me resultan
ciertas expresiones retóricas. Por fortuna, semejantes eslóganes
no producían demasiado efecto en la sobria mentalidad de los campesinos
bávaros. Los chavalotes se interesaban más por las salchichas que
colgaban del árbol y que acababan en los bolsillos de los más
rápidos en trepar para cogerlas que en los altisonantes discursos del
maestro de escuela.
Otro signo inquietante de los
nuevos tiempos fue el faro construido con celeridad sobre el Winterberg, una de
las colinas que circundan el pueblo. De noche; cuando partía el cielo
con su luz deslumbrante, aparecía como el relampaguear de un
peligro, que no sabíamos entonces cómo llamar. Se
decía que así podían divisarse los aviones enemigos.
Pero sobre el cielo cíe Aschau no había aviones y mucho menos
enemigos. En lo más íntimo sabíamos que se estaba
preparando alguna cosa que podía sólo ser motivo de profunda
inquietud pero ninguno alcanzaba a creer que estuviese ocurriendo algo abominable
en aquel mundo, entonces tan aparentemente apacible. Cuando nos marchamos
de allí, en 1937, supimos que se había proyectado la
construcción de unas instalaciones que se levantaron -con inusitada
rapidez- cuidadosamente ocultas entre los árboles del bosque. Se
trataba de una fábrica de municiones que no podía ser divisada
desde el aire; lo que nos esperaba empezaba a adquirir una forma clara y
terrible.
Pero, como queda dicho, todo
aquello no lo vivimos en primera persona. En aquel intervalo de tiempo, la vida
cotidiana en el pueblo fue, en líneas generales, la de siempre. En
primer lugar, mi hermano se hizo monaguillo; después, en 1937, cuando
entró en el Instituto de Bachillerato de Traunstein y en el seminario
del Colegio Arzobispal de allí, yo seguí sus pasos, aun cuando no
podía compararme con el en empeño y capacidad. Mi hermana comenzó
a acudir a
El año litúrgico
daba al tiempo su ritmo y yo lo percibí ya de niño, es
más, precisamente por ser niño, con gran alegría y
agradecimiento. En el tiempo de Adviento, por la mañana temprano, se
celebraban con gran solemnidad las misas Rorate en la iglesia aún a
oscuras, sólo iluminada por la luz cíe las velas. La espera gozosa
de
¿Qué era el
«Schott»? A fines del siglo pasado, Anselm Schott, abad del
monasterio benedictino de Beuron, había traducido el misal al
alemán. Había ediciones sólo en len gua alemana; otras
tenían parte del texto de la misa en latín y parte en
alemán; otras, en fin, en que todo el texto era en latín y al
lado el texto alemán traducido. Un párroco muy abierto
había regalado a mis padres con ocasión de su boda el
«Schott» en 1920; por eso, aquel libro de oración estuvo
siempre presente en nuestra familia. Nuestros padres nos ayudaron desde muy
pequeños en la comprensión y entendimiento de la liturgia:
era un libro de oración para los niños inspirado en el misal; en
él, el desarrollo de la acción litúrgica iba ilustrado con
imágenes para que se pudiese seguir bien lo que sucedía:
además, presentaba de vez en cuando una breve plegaria que sintetizaba
lo principal de las distintas partes de la liturgia, haciéndola
accesible para el rezo de los niños. Como paso siguiente recibí
un Schott para niños en el que estaban ya expuestas las partes esenciales
de la liturgia: después recibí el Schott dominical, donde se
exponía íntegramente la liturgia del domingo y de los días
festivos, y, finalmente, todo el misal completo. Cada nuevo paso que me
hacía profundizar más en la liturgia era para mí un
gran acontecimiento. Cada librito litúrgico que recibía era
algo precioso, algo que no podía soñar más bello. Era una
aventura fascinante entrar poco a poco en el misterioso mundo de la liturgia
que se desarrollaba allí, en el altar, ante nosotros y para nosotros.
Cada vez se me hacía más claro que en ella yo encontraba una
realidad que no había sido inventada por nadie, que no era creación
de una autoridad cualquiera, ni de una gran personalidad en particular.
Este misterioso entretejido de textos y acciones se había desarrollado
en el curso de los siglos a través de la fe de
En aquel tiempo, a causa de las
exigentes prestaciones físicas a que les obligaba su trabajo, los gendarmes
se jubilaban a la edad de sesenta años, Mi padre esperaba con
impaciencia aquel día. Los numerosos turnos nocturnos de vigilancia que
acarreaba su cargo le sometían a una dura prueba; pero más
aún le pesaba la situación política en que debía
desarrollar su misión. Durante un largo período vacacional a
causa de una convalecencia por enfermedad, realizaba frecuentes caminatas
conmigo y me contaba cosas de su vida. Por fin, el día 6 de marzo de
1937, llegó su sexagésimo cumpleaños. Ya en el
año 1933 mis padres habían podido adquirir, a bajo precio, una
vieja casa cíe campo del año 1726 (así estaba impreso, si
mal no recuerdo, sobre una viga del tejado) en la periferia de Traunstein. Los
anteriores propietarios habían malvendido sus terrenos; por eso, a la
casa sólo le pertenecía ya un gran prado, en el que se levantaban
dos grandes cerezos, manzanos; perales y ciruelos. El terreno estaba delimitado
por un bosque de encinas, del cual nos separaban sólo unos pocos pasos,
y que luego cedía su lugar a un bosque de coníferas que se
extendía a lo largo de varias horas de camino. La propiedad estaba
construida en el estilo alpino típico de la zona de Salzburgo; el
granero y el establo unidos a la vivienda bajo un mismo tejado. El tejado de
los establos y del granero estaba cubierto de tablitas de criadera,
protegidas contra el viento por el peso añadido de piedras. No
había agua corriente, pero, en compensación, delante de la casa
discurría una fuentecilla que daba un agua fresca y deliciosa.
Más tarde, cuando cerca de nuestra casa se construyeron otras con
fuentes, la nuestra acababa por secarse en tiempos de sequía. Las ventanas
del dormitorio donde dormíamos los dos hermanos varones daban al sur.
Por la mañana, cuando descorríamos las cortinas, veíamos
delante nuestro el Hochfellen y el Hochgern, las dos -montañas
domésticas» de Traunstein, tan cercanas que parecía que
podíamos tocarlas. Con el paso de los años, nuestra madre
acabó por transformar aquella casa inicialmente un poco en ruinas y que
mi padre había hecho restaurar, en un espléndido hogar. Delante
de las ventanas colocó jardineras de flores; en el terreno plantó
dos huertos, en donde crecía todo tipo de cultivos para el sustento
y que estaban completamente rodeados de flores. Las condiciones en que
habíamos encontrado la casa fueron motivo de no pocas preocupaciones
para mi padre; pero para nosotros, niños, era un verdadero
paraíso de ensueño. Había amplios cobertizos llenos de
misterio, además de una estancia semioscura de tejer, en la que
hacía tiempo sus propietarios habían ejercido este oficio manual.
A ello hay que añadir el prado, la fuente, los árboles, el
bosque... Después de mucho peregrinar, habíamos encontrado
aquí, al fin, un lugar que sentíamos como nuestro hogar, al que
mi recuerdo retorna constantemente con agradecimiento. Guardo en mi memoria una
inolvidable primera impresión: el camión con nuestros enseres nos
había precedido; llegamos con el coche de la dueña de la
casa de Aschau y lo primero que vimos fue el prado cubierto de flores
primaverales. Era el comienzo del mes de abril.
Con la mudanza a
Traunsteín empezó para mí un nuevo período
importante y difícil. Pocos días después de nuestra
llegada, la escuela abrió sus puertas: empecé entonces en el
primer curso del «Bachillerato humanístico», que corresponde
actualmente al -Bachiller de lenguas clásicas». Para llegar a la
escuela debía caminar cerca de media hora, tiempo suficiente para
contemplar los alrededores y reflexionar, pero también para repetir lo
que había aprendido en clase. En la escuela primaria de Aschau
había aprendido y me habían exigido poco en general; ahora, por
el contrario, debía estudiar una nueva materia y hacer frente a
exigencias de estudio mucho mayores, tanto más porque era el
más joven de la clase. El latín era la asignatura base de toda la
enseñanza escolar y se estudiaba con gran severidad y rigor, cosa
que luego he agradecido toda mi vida. Cómo teólogo no he tenido
nunca dificultad para estudiar las antiguas fuentes en latín y griego y,
en Roma, durante el Concilio, conseguí ambientarme rápidamente en
el latín teológico hablado en aquella circunstancia, pese a no
haber seguido jamás cursos universitarios de esta lengua.
Por otro lado, en el Instituto
de Traunstein, el nacionalsocialismo había logrado, por el momento,
cambiar pocas cosas. Ningún docente de latín y griego de la vieja
guardia se había adherido al partido, pese a la considerable
presión ejercida sobre los funcionarios. Poco después de mi ingreso
en el Instituto. el subdirector de la escuela fue expulsado por no ser
favorable a los nuevos patronos. Rememorando aquellos años de
estudio, encuentro que la formación cultural basada en el
espíritu de la antigüedad griega y latina creaba una actitud
espiritual que se oponía a la seducción ejercida por la
ideología totalitaria. Hojeando el libro de canciones entonces en uso en
la escuela, que contenía al lado de una valiosa selección de
textos antiguos, canciones nazis o cantos reelaborados con la
introducción de consignas nazis, me di cuenta que nuestro profesor
de música, católico convencido, había hecho suprimir con
ingenio la expresión “Juda den Tod» (•¡Muerte al
judío!»), sustituyéndola por “Wende die
Not» («Haz de la necesidad virtud») en un evidente juego
rítmico de sonido que anulaba la consigna racista. Pero ya un año
después de mi ingreso en el bachillerato llegó una reforma
escolar radicalmente renovadora. Hasta entonces, el Instituto y
Entretanto se dejaban sentir
cada vez más el bronco rumor cíe la historia mundial. A
principios del año 1938 no podíamos dejar de advertir los
movimientos de tropas: se hablaba de guerra contra Austria, hasta que un
día se anunció el avance de
En ese tiempo se estaba operando
otro decisivo cambio en mi vida. Durante dos años acudí a la
escuela a pie, día tras día, con gran ilusión, pero el
párroco insistió en que yo entrase en el seminario menor para
poder ser introducido de manera sistemática en la vida eclesiástica.
Para mi padre, cuya pensión era verdaderamente exigua, se trataba de un
gran sacrificio. De todos modos, mi hermana, después de haber superado
el examen final de
Mientras tanto, el drama de la
historia iba acentuándose cada vez más a causa de los actos de
violencia del Tercer Reich. La crisis de los Sudetes se desencadenó y
atizó con una maquinaria de mentira que hasta un ciego podría
haber visto. Estaba claro que el acuerdo de Munich del otoño de 1938,
que sancionó la anexión del territorio de los Sudetes al Tercer
Reich. era sólo un aplazamiento, pero no una solución del
problema. Mi padre no acertaba a entender que los franceses, a los que
él tenía en alta consideración, aceptasen al parecer,
como casi normal, una violación tras otra del derecho. A comienzos de
1939 se produjo la ocupación de Checoslovaquia y, el 1 de septiembre de
aquel mismo año, tras una nueva campaña contra Polonia orquestada
en un estilo parecido, estalló la guerra. La guerra estaba en aquel
momento lejos de nosotros, pero el futuro se presentaba ante nosotros inquietante,
amenazador e impenetrable. Una consecuencia inmediata del estallido de la
guerra fue que nuestro seminario fue requisado para hospital militar. Como
consecuencia de ello, mi hermano y yo pudimos ir otra vez juntos a la escuela
desde nuestra casa. Pero el director encontró unos alojamientos provisionales,
primero en el centro termal de la ciudad (que por deseo del párroco
Kneipp debiera haber sido un gran “Centro de Salud Kneipp»).
después en el Colegio Femenino de las Damas Inglesas en Sparz, en lo
alto de la ciudad. La casa estaba completamente vacía, ya que los nazis
habían cerrado todas las escuelas religiosas, de modo que los
seminaristas y el cuerpo docente pudimos encontrar alojamiento. Pero no
había un campo deportivo y, en lugar de deporte, caminábamos
juntos por las tardes por los bosques de los alrededores y
jugábamos en el cercano lago de montaña. Se construían
pequeñas presas, se cogían peces... Verdaderamente era una vida
feliz para un muchacho. Me reconcilié con el seminario y viví un
período muy bello. Tuve que aprender a adaptarme a la vida en
común, a salir de mí mismo y a formar una comunidad con los demás,
hecha de dar y recibir: estoy muy agradecido a esta experiencia que ha
sido importante para mi vida.
Al principio la guerra
parecía casi irreal. Después de que Hitler había machacado
brutalmente a Polonia, en colaboración con
La guerra proseguía su
curso inexorable. La etapa siguiente fue la sumisión de los
Balcanes. El hecho de que la invasión de Gran Bretaña, tantas
veces anunciada, continuase retrasándose, hacía crecer la
duda y la inquietud. No puedo olvidarme nunca de un soleado domingo del
año 1941 en el que nos llegó la noticia de que Alemania, juntamente
con sus aliados, se había lanzado al ataque de
A pesar de la grave oscuridad
del cuadro histórico, ante mí había por delante un bonito
año en casa y en el Instituto de Traunstein. Me entusiasmaban los
clásicos griegos y latinos; también me habían
empezado a gustar las matemáticas. Descubrí sobre todo la
literatura. Estudiaba con avidez historia de la literatura, leía a
Goethe con entusiasmo. Schiller me parecía un poco demasiado moralista y
me gustaban especialmente los escritores del siglo XIX: Eichendorff,
Mörike, Storm, Stifter, mientras que otros como Raabe y Kleist me parecían
más lejanos. Naturalmente empecé yo mismo a componer
poesías con entusiasmo y me sumergí con renovado placer en los
textos litúrgicos, que intentaba traducir yo mismo de los textos
originales de la mejor y más viva manera. Fue un tiempo rico e intenso,
lleno de esperanza en la grandeza que se me abría cada vez
más en el ilimitado mundo del espíritu. Pero al lado de
esto, todos los días se publicaba en el periódico la lista de los
caídos; casi todos los días había una misa por
algún joven soldado muerto. Los nombres eran, cada vez más,
de personas próximas a nosotros. Cada vez con más frecuencia eran
estudiantes de nuestro instituto, jóvenes llenos de alegría de
vivir y de confianza, que habíamos conocido personalmente y que
hasta hacía poco tiempo habían vivido cerca de nosotros.
En vista de la creciente
carencia de personal militar, los hombres del régimen idearon en 1943
una solución. Dado que los estudiantes de los internados debían
vivir juntos en comunidad, lejos de casa, no había ningún obstáculo
para trasladar de lugar sus colegios, colocándolos próximos a las
baterías antiaéreas. Por otro lado, como evidentemente no
podían estudiar todo el día, parecía del todo normal que
utilizasen su tiempo libre en servicios de defensa de los ataques
aéreos enemigos. De hecho, yo no estaba en el internado desde
hacía mucho tiempo, pero desde el punto de vista jurídico
sí formaba parte todavía del seminario de Traunstein. Así,
el pequeño grupo de seminaristas de mi clase -de los nacidos entre 1926
y 1927- fue llamado a los servicios antiaéreos de Munich. A los
dieciséis años tuve que aceptar un tipo muy particular de
«internado». Habitábamos en barracones como los soldados
regulares, que eran obviamente una minoría, usábamos los mismos
uniformes y. en lo esencial, debíamos llevar a cabo los mismos
servicios, con la sola diferencia que a nosotros se nos permitía
asistir a un número reducido de clases, impartidas por los profesores
del renombrado instituto Maximiliano de Munich. Fue una experiencia interesante
desde muchos puntos de vista. Formábamos una única clase con los
estudiantes de este instituto, llamados a su vez a prestar servicio
en las bases antiaéreas, y para nosotros fue el encuentro con un nuevo mundo. Nosotros, los que
procedíamos de Traunstein, éramos mejores en latín y en
griego, pero notábamos que, al fin y al cabo, habíamos
vivido en la provincia y que la metrópolis, con sus
múltiples ofertas culturales, había abierto nuevos horizontes a
nuestros compañeros. Al principio hubo algún que otro roce, pero
después formamos un grupo verdaderamente unido. Nuestro primer puesto
de destino fue Ludwigsfeld, al norte de Munich, donde estábamos
encargados de proteger una sucursal de
Es casi superfluo
señalar que el período transcurrido en la base antiaérea
trajo consigo situaciones embarazosas, sobre todo para una persona tan poco
inclinada a la vida militar como soy yo. Pero de Gilching conservo un
bellísimo recuerdo. Estuve destinado en el servicio
telefónico y el suboficial del que dependíamos defendió
con firmeza la autonomía del grupo. Estábamos dispensados de
todos los ejercicios militares y nadie osaba inmiscuirse en nuestro
pequeño mundo. La autonomía alcanzó su máximo punto
cuando me fue designado un alojamiento cercano a la batería vecina
y, por razones inexplicables, tuve a mi disposi ción todo un local para
mí solo, una verdadera, aunque p. maria, habitación particular.
Fuera de mis horas de servid Podía hacer lo que quisiera y dedicarme,
sin grandes ob, táculos a mis intereses. Además,
sorprendentemente, había un gran grupo de católicos comprometidos
que consiguie ron organizar hasta lecciones de religión y que pudieramos
frecuentar ocasionalmente la iglesia. Ese verano, paradójicamente, ha
quedado grabado en mi recuerdo como un período espléndido, en el
que pude llevar una existencia bastante independiente.
Pero, desde luego,
las circunstancias históricas generales no eran lo que se dice
alentadoras. A comienzos de año; nuestra batería fue atacada con
el resultado de un muerto y varios heridos. En verano comenzaron los ataques
aéreos sobre Munich de manera sistemática. Tres veces a la semana
podíamos ir a la ciudad para asistir a las clases del instituto
Maximiliano, pero era terrible tener que constatar cada vez nuevas destrucciones
y experimentar cómo la ciudad iba convirtiéndose en ruinas piedra
a piedra. La atmósfera se llenaba cada vez más de humo y olor a
quemado. En un determinado momento no fue posible mantener con regularidad
las líneas férreas. En esta situación, la mayor parte de
nosotros veía como una esperanza la invasión de Francia por parte
de los aliados, que había comenzado finalmente en julio: había en
el fondo una gran confianza en las potencias occidentales y la esperanza
de que su sentido de la justicia ayudaría también a Alemania
a una nueva existencia pacífica. Pero. ¿quién de nosotros
viviría todo esto? Nadie podía estar seguro de salir vivo de
aquel infierno.
El 10 de septiembre
de 1944, en el período de edad del servicio militar, nos licenciaron del
servicio antiaéreo en el que habíamos prestado servicio desde que
éramos estudiantes. Cuando volví a casa, sobre la mesa
estaba ya la llamada para el servicio laboral del Reich. El 20 de septiembre,
un viaje interminable me llevó a Burgenland, donde -con muchos amigos
del instituto de Traunsteinme asignaron a un campamento situado en el
ángulo del territorio en el que Austria limita con Hungría y
Checoslovaquia. Aquellas semanas de servicio laboral han permanecido
en mi memoria como un recuerdo opresivo. Nuestros superiores procedían,
en gran parte, de la denominada .Legión Austríaca». Se
trataba, por tanto, de nazis de los primeros tiempos, que habían sido
encarcelados bajo el canciller DollfuB, fanáticos que nos tiranizaban
con violencia. Una noche nos sacaron de la cama y nos hicieron formar
filas, medio dormidos, vestidos de chandal. Un oficial de las SS nos
llamó uno a uno fuera de la fila y trató de inducirnos a
enrolarnos como «voluntarios» en el cuerpo de las SS,
aprovechándose de nuestro cansancio y comprometiéndonos delante
del grupo reunido. Un gran número de camaradas de carácter
bondadoso fueron enrolados de este modo en este cuerpo criminal. Junto con
algunos otros, yo tuve la fortuna de decir que tenía la intención
de ser sacerdote católico. Fuimos cubiertos de escarnio e insultos, pero
aquellas humillaciones nos supieron a gloria, porque sabíamos que
nos librábamos de la amenaza de este enrolamiento falsamente
«voluntario» y de todas sus consecuencias.
A
continuación fuimos adiestrados según el ritual ideado en los
años treinta, que preveía una especie de culto a la azada y, de
este modo, al trabajo como fuerza liberadora. Aprendimos a coger, dejar y
llevar sobre la espalda la azada con ceremoniosa disciplina militar; la
limpieza de la azada, en la que no podía quedar ni la más
mínima motita de polvo, era uno de los elementos esenciales de esta
seudoliturgia. Este mundo de apariencias se resquebrajó de un
día para otro cuando, en octubre, la vecina Hungría, en cuya
frontera nos habíamos instalado, capituló ante los--rusos, que
habían penetrado hasta las regiones más internas del país.
Nos parecía oír a lo lejos el estruendo de la artillería;
el frente se hacía cada vez más cercano. Ya habían llegado
a su término los rituales de la azada; día tras día
debíamos salir para levantar la denominada muralla sudeste: barreras
anticarros y trincheras, que debíamos colocar en medio de los
fértiles terrenos arcillosos del Burgenland, junto con un ejército
de presuntos voluntarios provenientes de todos los países de Europa.
Cuando volvíamos cansados a casa, las azadas, sobre las que no
debería haber ni un granito de polvo, quedaban apoyadas contra la pared,
llenas de gruesos grumos de barro: nadie nos decía nunca nada.
justamente esta caída del objeto de culto a banal instrumento
cotidiano nos hizo percibir la verdadera consistencia del derrumbamiento que
estaba entonces en marcha. Toda una liturgia y el mundo que tras ella se
levantaba se revelaban como una mentira.
Era costumbre que
aquellos que prestaban servicio laboral. con el acercamiento del frente,
fuesen enrolados en el ejército. Con ello contábamos nosotros.
Pero, para nuestra agradable sorpresa, sucedió algo muy distinto. Los
trabajos de la muralla sudeste fueron suspendidos y nosotros, sin ningún
destino inmediato, nos quedamos en nuestro campamento, en donde los gritos
de las órdenes habían enmudecido y reinaba un extraño
y sombrío silencio. El 20 de noviembre recibimos nuestras maletas con
nuestras ropas civiles y fuimos transportados a un tren que nos llevó a
casa, en un viaje continuamente interrumpido por las alarmas
aéreas. Viena, que en septiembre no había sido todavía
tocada por los acontecimientos de la guerra, mostraba ahora las heridas de los
bombardeos. Aún más impresión me causó la
visión de la amada Salzburgo: la estación había quedado
reducida a un cúmulo de escombros y el símbolo de la ciudad -la
grandiosa catedral renacentista- se había visto gravemente afectada; si
mal no recuerdo, la cúpula se había derrumbado. Como el tren transitaba
por Traunstein sin hacer paradas, a causa cíe las amenazas de los
ataques aéreos, no hubo más remedio que saltar del tren en
marcha. Era un encantador día de otoño: sobre los árboles
había un poco de escarcha, las montañas resplandecían
luminosas en el sol del atardecer: raramente he sentido tan intensamente la
belleza de mi tierra como en este retorno a casa desde un mundo desfigurado por
la ideología y el odio.
Sorprendentemente,
sobre la mesa no había ninguna llamada a filas, como era de
esperar. Me fueron así concedidas casi tres semanas de
regeneración, física y espiritual. Después nos convocaron
a Munich y nos distribuyeron hacia los diversos destinos. El oficial competente
tenía una actitud claramente distante de la guerra y del sistema hitleriano.
Mostraba mucha comprensión hacia nosotros y buscaba lo mejor para
cada uno, asignándonos lo que le parecía que
soportaríamos más fácilmente. Me destinó así
al cuartel de infantería de Traunstein y me alentó con paterna
benevolencia a cogerme un par de días libres en casa y no tomarme la cosa
con mucha prisa. El clima que encontré en el cuartel era agradablemente
distinto del que había en el servicio laboral. Es verdad que el
comandante de la compañía era un vocinglero y mostraba
claramente creer todavía en el nazismo. Pero nuestros instructores
eran hombres expertos que habían probado sobre su propia carne los
horrores de la guerra en el frente y no querían hacer las cosas
más difíciles de lo que ya de por sí eran. Con humor
deprimido, celebramos
Finalmente entraron
los americanos en nuestro pueblo. A pesar de que nuestra casa carecía de
confort, la eligieron como su cuartel general. Se me identificó como
soldado, tuve que ponerme nuevamente el uniforme que había guardado
hacía tiempo, alzar las manos y colocarme entre los prisioneros de
guerra que, cada vez más numerosos. fueron acuartelados en nuestro
prado. Mi madre sufrió profundamente, sobre todo al ver a su hijo y
aquellos restos del destrozado ejército permanecer allí, sin
certeza alguna, vigilados por soldados americanos armados hasta los
dientes. Esperábamos ser liberados pronto, pero mi padre y mi madre
consiguieron procurarme todo tipo de cosas útiles para los días
de camino que me esperaban y yo mismo metí en el bolsillo un gran
cuaderno y un lápiz -una elección aparentemente poco
práctica. pero, en realidad, ese cuaderno se convirtió en un
compañero maravilloso, porque día a día fui escribiendo en
él pensamientos y reflexiones de todo tipo; incluso llegué a
intentar hacer composiciones en hexámetros griegos-.
Marchamos durante
tres días por la desierta autovía hasta Bad Aibling en una fila
que iba poco a poco aumentando hasta llegar a ser interminable. Los soldados
americanos nos fotografiaban sobre todo a nosotros, los más
jóvenes, y a los ancianos para llevarse a casa el recuerdo del
ejército derrotado y de la desolada condición de quienes lo
formaban. Después permanecimos un par de días en campo abierto
junto al aeropuerto militar de Bad Aibling hasta que nos transportaron a un
extenso terreno agrícola; allí fuimos acuartelados cerca de 50
000 prisioneros. Evidentemente, estas dimensiones creaban dificultades
también para los americanos. Permanecimos al aire libre hasta el fin de
nuestro cautiverio. El sustento consistía en un cucharón de
sopa y un trozo de pan por día. Algunos afortunados habían
traído consigo una tienda. Cuando, después de un largo
período de buen tiempo, comenzó a llover, se formaron grupos
para buscar un miserable refugio frente a las inclemencias del tiempo. Ante
nosotros, recortándose sobre el horizonte, se veía la majestuosa
construcción de la cated ral de Ulm cuya vista se convertía para
mí día tras día en un consolador anuncio de la
perenne humanidad de la fe. Pero también en el mismo campamento
florecían cada vez más iniciativas caritativas. Había
allí algunos sacerdotes, que todos los días celebraban
El 19 de junio de 1945 tuve que pasar diversos
controles y reconocimientos hasta que, loco de alegría, me encontré
en mis manos con la hoja de libertad: el fin de la guerra se hacía
también realidad para mí. Fuimos llevados en camiones
americanos hasta la frontera septentrional de la ciudad de Munich:
después cada uno tenía que ver el modo de llegar a su casa.
Me uní a un joven de Trostberg, originario, por tanto. de las
proximidades de Traunstein, para hacer el viaje juntos. Esperábamos
recorrer en tres días los 120 kilómetros que nos separaban
de casa. Por el camino pensábamos poder encontrar alojamiento para
la noche y comida entre los campesinos. Habíamos pasado apenas Ottobrun,
cuando nos pasó un camión de leche que funcionaba con gas.
Ninguno de los dos nos atrevimos a pararlo, pero el conductor se detuvo y nos
preguntó dónde queríamos ir. Cuando le dijimos que nuestro
destino era Traunstein, se echó a reír porque trabajaba en una
lechería de Traunstein y volvía a casa. Así. llegué
inesperadamente a mi ciudad antes del ocaso:
Para que nuestra
alegría fuese completa faltaba todavía, no obstante, algo. Desde
comienzos de abril no habíamos tenido ninguna noticia de mi hermano. En
nuestra casa reinaba, pues, una silenciosa preocupación. Por eso,
puede imaginarse nuestra alegría cuando en un caluroso día de
julio se oyeron pasos y apareció en medio de nosotros el que
había desaparecido hacía tanto tiempo, tostado por el sol de
Italia. Se sentó al piano y se puso a entonar agradecido y liberado
«GroBer Gott, wir lobee dich» (Gran Dios, te alabamos).
Los meses
siguientes, en los que gustamos de la reencontrada libertad, que
aprendimos ahora a apreciar tanto, pertenecen a los más bellos recuerdos
de mi vida. Poco a poco, los dispersados se reunieron nuevamente. Nos
visitábamos recíprocamente. intercambiamos nuestros
recuerdos y proyectos para la nueva vida. Mi hermano y yo trabajamos con
todas nuestras fuerzas, junto con otros muchos repatriados, en el seminario
semidestruido -que había sido habilitado como hospital militar durante
seis años- para volverlo nuevamente utilizable para su finalidad propia.
No era posible adquirir libros en la destruida y económicamente
arruinada Alemania. Pero podíamos conseguir algunos en préstamo, tanto
del párroco como en el seminario, y así intentamos dar los
primeros pasos sobre el terreno desconocido de la filoso 1 y de la
teología. Mi hermano se dedicaba apasiona amente a la
música, que es su particular carisma. Durante las fiestas de Navidad
logramos organizar un encuentro entre nuestros compañeros de clase:
muchos habían caído y los repatriados, con mayor razón,
estaban agradecidos por el don de la vida y por la esperanza que renacía
aun en medio de todas las destrucciones.
Dado que el
seminario de Frisinga, al cual habíamos sido destinados, servía
como hospital militar para prisioneros de guerra extranjeros que estaban
allí convalecientes, a la espera de su regreso a la patria, sus puertas
no podían ser abiertas tan rápidamente. Un pequeño grupo
de seminaristas de los últimos cursos había podido entrar en
noviembre de 1945 en los pocos espacios libres que habían quedado.
Durante las Navidades se habían creado ya las condiciones para que
pudiesen ser hospedados los otros aspirantes, pese a que gran parte de la
vivienda debía todavía ser habilitada para otras tareas. Era
un grupo variopinto los que nos reunimos en Frisinga -aproximadamente unos 120
seminaristas- para encaminarnos por la senda del sacerdocio. Las diferencias
de edad eran grandes: desde los cuarenta años hasta nosotros, un par que
teníamos diecinueve años. Muchos habían prestado servicio
militar durante toda la guerra; casi todos algún año y
habían pasado a través de horrores y pruebas que habían
marcado profundamente su vida. Se puede, por tanto, entender que algunos de
estos viejos soldados nos mirasen a nosotros, jóvenes, como a unos
muchachos inmaduros a los que les faltaban los sufrimientos necesarios
para el ministerio sacerdotal y el no haber pasado por aquellas oscuras noches
en las cuales el sí al sacerdocio puede encontrar su verdadera forma.
Pese a las grandes diferencias de experiencias y de horizonte, nos unía
un gran agradecimiento por el hecho de haber salido del abismo de aquellos
años difíciles. De esta gratitud nacía la voluntad
determinada de recuperar el tiempo perdido y de servir a Cristo en su Iglesia
por un tiempo nuevo y mejor, por una Alemania mejor, por un mundo mejor. Ninguno
dudaba de que la iglesia era el lugar de nuestras esperanzas. Ella había
sido, pese a las muchas debilidades humanas, el polo de oposición contra
la ideología destructiva de la dictadura nazi; ella había
permanecido en pie en el infierno que había devorado a los poderosos.
gracias a su fuerza proveniente de la eternidad. Nosotros teníamos la
prueba: las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella.
Sabíamos, por experiencia propia, qué cosa eran «las
puertas del infierno» y podíamos ver también con nuestros
ojos que la casa construida sobre la roca se había mantenido firme.
Gratitud y deseo de
renacer, de trabajar en la iglesia y para el mundo: eran éstos los
sentimientos que dominaban la atmósfera en aquella casa. A ello se
unía un hambre de conocimiento que había ido creciendo en los
años de la escasez y de la desolación, en los que habíamos
sido expuestos al Moloch del poder, al que eran extraños la cultura
y el espíritu. Como queda dicho. los libros eran una rareza en
Se reveló
importante el hecho que como prefecto de la sala de estudio (no había
habitaciones privadas) fuese designado un teólogo que hacía poco
había vuelto tras estar prisionero de los ingleses: Alfred Läpple
quien después ejerció como pedagogo en Salzburgo y que se hizo
célebre como uno de los más fecundos escritores religiosos de
nuestro tiempo. Ya antes de la guerra había comenzado a trabajar en una
tesis en teología sobre la idea de conciencia en el cardenal Newman con
Theodor Steinbüchel, que entonces enseñaba teología moral en
Munich; su presencia se reveló para nosotros particularmente estimulante
gracias a la amplitud de sus conocimientos de historia de la filosofía
y a su gusto por el debate. Leí los dos tomos de la fundamentación
filosófica de la teología moral de Steinbüchel, que acababan
de aparecer en nueva edición, y encontré en ellos una excelente
introducción al pensamiento de Heidegger y Jaspers, así como
también a la filosofía de Nietzsche, Klages y Bergson.
Todavía más importante fue otra obra de Steinbüchel. Der
Umbruch des Denkens («El cambio radical del pensamiento»): al igual
que en la física se podía constatar el abandono de la imagen
mecanicista del mundo y un cambio hacia una nueva apertura a lo ignoto y
también a lo ignoto conocido -Dios-, así se podía observar
también en filosofía un retorno a la metafísica que desde
Kant en adelante se había considerado inadecuada. Steinbüchel,
que había iniciado su camino con estudios sobre Hegel y sobre el
socialismo, presentaba en el libro citado la evolución, debida en
particular a Ferdinand Ebner, del personalismo que también para él
mismo se había convertido en un cambio en su camino cultural. El
encuentro con el personalismo, que después lo encontramos
explicitado con gran fuerza persuasiva en el gran pensador judío
Martin Buber, fue un acontecimiento que marcó profundamente mi camino
espiritual, aun cuando el personalismo, en mi caso, se unió casi por
sí mismo con el pensamiento de san Agustín que. en las
«Confesiones«, me salió al encuentro en toda su apasionada
y profunda humanidad. En cambio, tuve más bien dificultades en el acceso
al pensamiento de Tomás de Aquino. cuya lógica cristalina me
parecía demasiado cerrada en sí misma, demasiado impersonal
y preconfeccionada. Pudo influir en ello también el hecho de que el
filósofo de nuestra Escuela Superior. Arnold Wilmsen, nos
presentara un rígido tomismo
neoescolástico que para mí estaba sencillamente demasiado
lejano de mis interrogantes personales. No obstante, Wilmsen era por
sí mismo una persona interesante que había trabajado como obrero
en la cuenca del Ruhr. El deseo de conocimiento le había llevado a ahorrar
el dinero necesario para estudiar filosofía. De sus maestros de
Munich le había impresionado profundamente la nueva dirección
fenomenológica, inspirada en Husserl, pero no le había satisfecho
del todo. Por eso, marchó a Roma y encontró en la
filosofía tomista que nos enseñaba a nosotros lo que andaba
buscando. Nos impresionaban profundamente su entusiasmo y su profunda
convicción, pero ahora no parecía ser alguien que se planteara
preguntas, sino alguien que defendía con pasión frente a cualquier
interrogante lo que había encontrado. Como jóvenes, nosotros
éramos precisamente personas que planteaban preguntas.
Resultó una gran ayuda para nosotros el curso en cuatro semestres
sobre historia de la filosofía de un profesor todavía joven, Jacob
Fellmaier, que logró transmitirnos una completa visión de
conjunto sobre toda la indagación del espíritu humano desde
Sócrates y el círculo de los presocráticos hasta el
presente, ofreciéndonos así unos fundamentos de los que yo,
todavía hoy, estoy agradecido.
El estudio estaba
alimentado, como hemos señalado, por el hambre común de
conocimiento. Pero encontró también condiciones favorables en el
clima familiar que reinaba en el seminario, a pesar de todas las diferencias de
edad y de formación cultural. A eso contribuía decisivamente
la personalidad de nuestro rector, Michael Hóck, que había pasado
cinco años en el campo de concentración de Dachau y a quien
nosotros, por su bondad y cordialidad, llamábamos sencillamente
«el padre». Por otro lado, en la casa se tocaba mucha música
y en ocasión de algunas fiestas también se interpretaban piezas
teatrales. Pero quedan. sobre todo, como preciosos recuerdos en mi memoria las
grandes fiestas litúrgicas en la catedral y la oración silenciosa
en la capilla del seminario. La gran figura del anciano cardenal Faulhaber
me conmovió profundamente. Se percibía sensiblemente el peso
de los sufrimientos que había soportado en los años del
nazismo y que ahora le confería un invisible halo de dignidad. No buscábamos
en él un «ohispo accesible»: antes bien me impresionaba la
venerable grandeza de su misión, con la que estaba totalmente
identificado.
Con el semestre
estival de 1947 se concluía el bienio de estudios de filosofía
previsto en el plan de estudios entonces en vigor y había que
tornar una nueva decisión. Para aclarar esto, tengo que dar alguna
explicación más. En Baviera había entonces dos facultades
teológicas que pertenecían a sendas universidades estatales:
la de Munich y la de Würzburg. En Eichstátt había un
seminario tridentino, en el sentido estricto cíe la palabra: quiero
decir, un seminario para la preparación de los sacerdotes con un
cuerpo docente independiente y sometido sólo al obispo, que era el
responsable último de la formación teológica. En cinco
diócesis, entre las cuales estaba Munich-Frisinga, había un
seminario diocesano, afiliado a una Facultad reconocida por el Estado. La sede
del seminario de nuestra diócesis era Frisinga.
Como no era posible
organizar un verdadero semestre invernal en toda regla debido a la escasez de
combustible, se decidió comenzar el año académico 1947-48
el 1 de septiembre: en compensación tendríamos vacaciones, o
sea, más de tres meses y medio. Llegamos, por tanto, a Munich a fines de
agosto para los ejercicios espirituales que precedían al año
académico. Muchos de los edificios universitarios eran
todavía montones de escombros. También la biblioteca era
todavía en gran parte inaccesible. La facultad de teología
había encontrado una sede provisional en la antigua residencia real de
caza de Fürstenried, al sur de Munich. Aquí había pasado el
infeliz rey Otón los decenios de su locura hasta
Yo mostraba un
encendido interés en los cursos impartidos por nuestros grandes profesores
de
Indiscutiblemente la
«estrella» de
Sus clases eran las
únicas para las que el invernadero se quedaba demasiado pequeño;
si se quería conseguir un asiento libre había que llegar muy
pronto. Por otra parte, desde muchos puntos de vista, Maier pertenecía a
un mundo ya desaparecido. Cuidaba de usar todavía la gran
retórica de fines del siglo pasado e inicios del siglo actual que al
principio me impactó, pero más tarde me pareció poco a
poco un tanto artificiosa y superada. Asimismo, el punto de partida de su
exégesis se había quedado en la época liberal. Es verdad
que había leído con admirable celo todo lo que se publicó
con posterioridad y también lo estudiaba a fondo, pero, al fin y al
cabo, el cambio radical que habían introducido en la exégesis
Bultmann y Barth, cada uno a su modo, le había rebasado, sin qué
consiguiese llegar a asimilarlo. Si pienso en ello, creo poder afirmar que
representaba un ejemplo de aquella orientación que Romano Guardini
había detectado en sus profesores de Tubinga y que definió como
un liberalismo limitado por el dogma. Respecto a la nueva orientación,
que Guardini elaboró quizás por primera vez en medio del
drama del modernismo, se trataba de una posición insuficiente: el dogma
no opera como una realidad capaz de infundir fuerza en la construcción
cíe la teología, sino sólo como un vínculo, como
negación y límite extremo. Pero a la distancia de casi
cincuenta años puedo ver también lo positivo: las formas abiertas
y sin prejuicios de las cuestiones, a partir del horizonte del método
histórico-liberal, creaba una nueva inmediatez con las Sagradas
Escrituras y descubría dimensiones del texto que ya no eran perceptibles
en la lectura excesivamente cristalizada del dogma.
Frente a la notable
personalidad de Maier, el docente de Antiguo Testamento, Friedrich Stummer, era
un hombre silencioso y reservado cuya fuerza residía en la seriedad de
su trabajo histórico y filológico, mientras sólo con mucha
cautela llegaba a insinuar las líneas teológicas. Yo, sin
embargo, apreciaba precisamente mucho este estilo cauto y por eso asistí
con mucha atención a sus clases y seminarios. De este modo, el Antiguo
Testamento se volvió importante para mí y comprendí cada
vez más que el Nuevo Testamento no es el libro de otra
religión, que se hubiese apropiado de las Sagradas Escrituras de
los hebreos, casi como si se tratase de una especie de preliminar secundario.
El Nuevo Testamento no es otra cosa que una interpretación a partir de
la historia de Jesús de «leyes, profetas y escritos» que, en
el tiempo de Jesús, no se habían fusionado en su forma madura de
canon definitivo, sino que estaban aún abiertas y se presentaban por
esto a los discípulos como testimonio en favor de Jesús
mismo, como Sagradas Escrituras que revelaban su misterio. He comprendido cada
vez más que el judaísmo (que en sentido estricto comienza con la
conclusión del período de formación del canon de las
Sagradas Escrituras, esto es, en el primer siglo después de Cristo) y la
fe cristiana, tal y como es descrita en el Nuevo Testamento, son dos modos de
hacer propias las Sagradas Escrituras de Israel que, en definitiva, dependen de
la posición asumida frente a la ' ura de Jesús de
Názaret.
Pero volvamos al
año 1947: también para nosotros, que comenzábamos entonces
a estudiar teología, se nos hizo pronto claro que el grupo de Breslau no
se distinguía de los profesores llegados de Münster y Braunsberg
sólo por la edad (los profesores de Breslau tenían todos
más de sesenta años), sino porque era también
expresión de otra época teológica. Los dos exégetas
y (aunque sea de un modo menos evidente) el profesor de historia de
Junto a los
exégetas, me dejaron mucha huella las figuras de Söhngen y
Pascher. Inicialmente Söngen quería dedicarse enteramente a la
filosofía y había comenzado su camino con una disertación
sobre Kant. Pertenecía a aquella dinámica corriente tomista
que había hecho propias la pasión por la verdad y la
resolución de la pregunta sobre el fundamento y el fin de todo lo real
del Aquinate, pero que se esforzaba conscientemente de hacer esto en el
ámbito del debate filosófico contemporáneo. Con su
fenomenología, Husserl había reabierto una brecha en la
metafísica, brecha que ahora era ensanchada por otros, si bien con
modalidades completamente diferentes. Heidegger se interrogaba sobre el ser.
Scheler sobre los valores, Nikolai Hatmann intentaba desarrollar una
metafísica en sentido rigurosamente aristotélico. Por una serie
de circunstancias externas, Söhngen se volvió después hacia
la teología. Él, que había nacido de un matrimonio mixto y
que, precisamente por su origen, era particularmente sensible a la cuestión
ecuménica, intervino en la disputa con Karl Barth y Emil Brunner en
Zurich. Pero se ocupó también con gran competencia de la
teología de los misterios, iniciada por el benedictino de María
Laach. Odo Casel. Esta teología había nacido directamente del
movimiento litúrgico, pero volvía a proponer con nuevo vigor la
cuestión fundamental de la relación entre racionalidad y
misterio, del lugar que ocupa en el cristianismo lo platónico y lo
filosófico y, de manera todavía más radical, de la
cuestión de lo que es específicamente cristiano. Pero lo que
mejor caracterizaba el método de Söhngen era que él pensaba
siempre a partir de las fuentes mismas -comenzando por Aristóteles
y Platón, pasando por Clemente de Alejandría y
Agustín hasta Anselmo y Buenaventura, Tomás, Lutero y la escuela
teológica de Tubinga del siglo pasado. También Pascal y Newman
estaban entre sus autores preferidos. Lo que en él me impresionaba
era sobre todo que no se contentaba nunca con una suerte de positivismo
teológico, como a veces llegaba a advertir en otras disciplinas, sino
que planteaba con gran rigor la cuestión de la verdad y, por eso,
también la cuestión de la actualidad de cuanto es
creído.
Pascher, el
teólogo de la pastoral, que -como queda dicho- era también el
director de nuestro ««Georgianum», sabía
frecuentemente llegar a nuestro corazón con sus vivísimas
conferencias espirituales, en las que se dirigía a nosotros de modo
muy personal, gracias a su rica experiencia espiritual y sin esquemas previos.
En su sistema educativo todo se fundaba sobre la celebración cotidiana
de
Gracias a las
lecciones de Pascher y a la solemnidad con la cual nos enseñaba a
celebrar la liturgia, según su espíritu más profundo.
también yo llegué a convertirme en un partidario del movimiento
litúrgico Así como había aprendido a comprender el
Nuevo Testamento corno alma de toda la teología, del mismo modo entendí
la liturgia como el fundamento de la vida, sin la cual ésta
acabaría por secarse. Por eso, consideré, al comienzo del
Concilio, el esbozo preparatorio de la constitución sobre la liturgia
que acogía todas las conquistas esenciales del movimiento
litúrgico corno un grandioso punto de partida para aquella asamblea
eclesial, aconsejando en tal sentido al car na Frings. No era capaz de prever
que los aspectos negativos del movimiento litúrgico
volverían con mayor fuerza, con serio riesgo de llevar directamente
a la autodestrucción de la liturgia.
Cuando reedito
acerca de los años intensos en que estudiaba teología,
sólo puedo maravillarme de todo lo que hoy se dice a propósito de
la llamada Iglesia «preconciliar»». Todos nosotros
vivíamos en la percepción del renacimiento, advertido ya en
los años veinte, de una teología capaz de plantearse preguntas
con renovado coraje y de una espiritualidad que se desembarazaba de lo que
estaba envejecido y superado, para hacer revivir de manera nueva la alegría
de la redención. El dogma no era sentido como un vínculo
exterior, sino como la fuente vital que en realidad posibilitaba nuevos conocimientos.
En este contexto
quisiera contar un breve episodio que me parece que ilumina muy bien aquella
situación. Cuando se estaba muy próximo a la definición
dogmática de la asunción en cuerpo y alma de María al
cielo, se solicitaron las oopiniones de todas las facultades de teología
del mundo. La respuesta de nuestros profesores fue decididamente negati ja. En
este juicio se hacía sentir la unilateralidad de un pensamiento que
tenía un presupuesto no sólo y no tanto histórico, cuanto
historicista. La tradición venía de hecho identificada con
aquello que era documentable en los textos. El patrólogo t ner profesor
en Würzburg (pero a su vez procedente de Breslau) había demostrado
con criterios científicamente irrebatibles que la doctrina de la
asunción en cuerpo y alma de María al cielo era desconocida
antes del siglo quinto: por tanto, no podía formar parte de la
“tradición apostólica» y ésta fue la
conclusión compartida por los profesores de Munich. El argumento es
indiscutible, si se entiende la tradición en sentido estricto como la
transmisión de contenidos y textos ya fijados. Era la posición
que sostenían nuestros docentes. Pero si se entiende la tradición
como el proceso vital, con el que el Espíritu Santo nos introduce en la
verdad toda entera y nos enseña a comprender aquello que al principio no
alcanzamos a percibir (cf. Jn 16,12s), entonces el «recordar»
posterior (cf. Jn 16,4) puede descubrir aquello que al principio no era
visible y, sin embargo, ya estaba dado en la palabra original. Pero semejante
perspectiva estaba entonces totalrnente ausente en el pensamiento
teológico alemán. En el ámbito del diálogo ecuménico,
en cuyo vértice estaban el arzobispo Jáger de Paderborn y el
obispo luterano Stáhlin (de este círculo, sobre todo,
nació después el Consejo para
En el verano de
1949, se consiguió que un ala del «Georgianum» en
Después del
examen final de los estudios teológicos, en el verano de 1950 me fue
propuesto inesperadamente un encargo que una vez más trajo consigo un
cambio de dirección para toda mi vida. En la facultad de
teología era costumbre que cada año se propusiese un tema de
concurso, cuyo argumento debía elaborarse en el espacio de nueve meses y
que había que firmar de forma anónima y presentar bajo un
seudónimo. Si un trabajo obtenía el premio (que consistía
en una suma de dinero bastante modesta), era asimismo automáticamente
aceptado como disertación con la calificación de «summa cum
laude»; al ganador se le abrían así las puertas al
doctorado. Cada año tocaba a un profesor distinto proponer el argumento,
así que se acababan por afrontar todas las disciplinas. En el mes de
julio, Gottlieb Söhngen me hizo saber que aquel año le había
tocado a él decidir el tema y que esperaba de mí que me aventurase
en aquel trabajo. Me sentí obligado y esperaba con ansia el momento de
conocer el tema a tratar. El tema elegido por el maestro fue: «Pueblo y
casa de Dios en la enseñanza sobre
Vino en mi ayuda
también otra circunstancia. En el otoño de 1949, Alfred
Lápple me había regalado la obra quizá más
significativa de Henri de Lubac, Catolicismo, en la magistral traducción
de Hans Urs von Balthasar. Este libro se convirtió para mí
en una lectura clave de referencia. No sólo me transmitió una
nueva y más profunda relación con el pensamiento de los
Padres, sino también una nueva y más profunda mirada sobre
la teología y sobre la fe en general. La fe era aquí una
visión interior, actualizada gracias precisamente a pensar junto
con los Padres. En aquel libro se percibía la tácita
confrontación tanto con el liberalismo como con el marxismo, la
dramática lucha del catolicismo francés por abrir una nueva
brecha a la fe en la vida cultural de nuestro tiempo. De Lubac
acompañaba al lector desde un modo individualista y estrechamente
moralista de creer, a través de una fe pensada y vivida social y
comunitariamente en su misma esencia. hacia una fe que, precisamente porque
era por su propia naturaleza también esperanza, investía la
totalidad de la historia y no se limitaba a prometer al individuo su felicidad
privada. Me sumergí en otras obras de Lubac y obtuve profundo provecho
sobre todo de la lectura de Corpus Mysticum - en el cual se me abría un nuevo
modo de entender la unidad de Iglesia y Eucaristía que iba más
allá de la que ya había aprendido de Pascher, Schmaus y Söhngen.
Partiendo de esta perspectiva, pude adentrarme, como se me había pedido,
en el diálogo con Agustín, que desde hacía largo tiempo
había intentado de múltiples maneras.
Las largas
vacaciones estivales, que duraban de fines de julio a finales de octubre, estuvieron
completamente dedicadas a preparar el trabajo que presentaría al
concurso. Pero entonces me encontré en una difícil
situación. A finales de octubre recibimos la ordenación
subdiaconal y, seguidamente, la diaconal. Comenzaba así la preparación
más inmediata a la ordenación sacerdotal, que entonces era muy
diferente a hoy. Estábamos de nuevo todos juntos en el seminario de
Frisinga para ser introducidos en los aspectos prácticos del ministerio
sacerdotal; a estos menesteres pertenecía la preparación para la
predicación y la catequesis. La seriedad de esta preparación
requería todo el empeño de la persona, pero yo debía
compaginarla con la elaboración de mi tema. La tolerancia del seminario
y la condescendencia de mis compañeros hicieron posible esta
difícil combinación. Mi hermano, que había iniciado
conmigo el camino del sacerdocio, se hizo cargo cuanto le fue posible de
todos los aspectos prácticos de la preparación a la
ordenación sacerdotal y a la primera misa; mi hermana, que en aquel tiempo
estaba empleada como secretaria en un despacho de abogados. se
ocupó de redactar de forma ejemplar, en su tiempo libre, la bella copia
del manuscrito que de este modo pudo ser entregado dentro del plazo previsto.
Me sentí
feliz cuando finalmente me vi libre de esta hermosa pero pesada carga y al
menos los dos últimos meses pude dedicarme enteramente al gran paso: la
ordenación sacerdotal, que recibimos en la catedral de Brisinga de manos
del cardenal Faulhaber en la fiesta de los santos Pedro y Pablo del año
1951. Éramos más de cuarenta candidatos; cuando fuimos
llamados respondíamos “Adsum»: Aquí estoy». Era
un espléndido día de verano que permanece inolvidable como
el momento más importante de mi vida. No se debe ser supersticioso, pero
en el momento en que el anciano arzobispo impuso sus manos sobre las
mías, un pajarillo -tal vez una alondra- se elevó del altar mayor
de la catedral y entonó un breve canto gozoso; para mí fue como
si una voz de lo alto me dijese: «va bien así, estás en el
camino justo». Siguieron después cuatro semanas de verano que
fueron como una única y gran fiesta. El día de la, mera misa
nuestra iglesia parroquial de San Osvaldo estaba iluminada en todo su
esplendor y la alegría, que casi se tocaba, envolvió a todos en
la acción sacra, en la forma vivísima de una «participación
activa», que no tenía necesidad de una particular actividad
exterior. Estábamos invitados a llevar a todas las casas la
bendición de la primera misa y fuimos acogidos en todas partes
-también entre personas completamente desconocidas- con una cordialidad
que hasta aquel momento no me podría haber imaginado. Experimenté
así muy directamente cuán grandes esperanzas ponían los
hombres en sus relaciones con el sacerdote, cuánto esperaban su
bendición, que viene de la fuerza del sacramento. No se trataba de mi
persona ni la de mi hermano: ¿qué podrían significar,
por sí mismo, dos hermanos, como nosotros, para tanta gente que
encontrábamos? Veían en nosotros unas personas a las que Cristo
había confiado una tarea para llevar su presencia entre los hombres;
así, justamente porque no éramos nosotros quienes estábamos
en el centro, nacían tan rápidamente relaciones amistosas.
Reforzado por la
experiencia de estas semanas, el uno .- de agosto comencé mi ministerio
como coadjutor en la parroquia de
Dada la cantidad de
tareas que me habían sido confiadas, tenía verdadera necesidad de
un modelo de este género. Tenía dieciséis horas de
religión en cinco clases distintas y esto exigía mucha
preparación. Cada domingo debía celebrar al menos dos veces
y tener dos predicac on s tintas: cada mañana, de seis a siete, estaba
en el confesionario; el sábado por la tarde, cuatro horas. Cada semana
había que celebrar múltiples entierros en los diversos
cementerios de la ciudad. Todo el trabajo con los jóvenes recaía
sobre mis espaldas y a ello se unían otros menesteres extraordinarios
como bautismos, matrimonios, etc. Dado que el párroco no ahorraba
esfuerzos. yo no quería ni podía tampoco hacerlo. Vista mi
escasa preparación práctica, al principio afronté
estos menesteres con cierta preocupación. No obstante, pronto el trabajo
con los niños en la escuela, que también implicaba naturalmente
la relación con sus padres, se convirtió en motivo de gran
alegría y también con los diversos grupos de jóvenes
católicos creció rápidamente un buen entendimiento. Pronto
me di cuenta de cuán lejanos habían estado de la fe la mentalidad
y el modo de vivir de muchos niños, qué poco apoyo encontraba la
enseñanza de la religión en la vida y en el modo cíe
pensar de las familias. Por otra parte, no puedo dejar de reconocer que el modo
en que se organizaba el trabajo con los jóvenes, que había
madurado en el período de entreguerras, no estaba ya a la altura de los
tiempos: era necesario, por tanto, ponerse a la búsqueda de nuevas
formas. Algunas reflexiones maduradas justamente gracias a estas
experiencias las puse por escrito algunos años después en mi
ensayo titulado Los nuevos paganos y
Mi llamada al
seminario de Fri--- decidida por mis superiores el 1 de octubre de 1952,
suscitó en mí sentimientos muy diversos. Por una parte, era
justamente la solución que me esperaba, para poder volver a mi querido
trabajo teológico. Por otro lado, sobre todo el primer año,
sufrí mucho por la pérdida de aquella plenitud de relaciones y
experiencias humanas que la labor pastoral había sabido darme, tanto que
empecé a preguntarme si no habría hecho mejor permaneciendo en la
pastoral parroquial. La sensación cíe que se necesitaba de
mí y de que estaba desarrollando un servicio importante me
había ayudado a dar lo imposible y a experimentar la alegría del
ministerio sacerdotal, que en el nuevo desempeño no se hizo
inmediatarnente perceptible. Debía dar un curso sobre la pastoral
de los sacramentos para los estudiantes del último año, por lo
que podía acceder sólo a una experiencia más bien modesta,
pero de todos modos siempre muy cercana y fresca. A esto se añadían
las celebraciones eucarísticas y las confesiones en la cat a l,
así como la dirección de un grupo de jóvenes que
había formado mi predecesor. Sin embargo, antes que nada, tenía
que llevar a término el examen de doctorado, que entonces era una prueba
que absorbía mucho tiempo: se nos examinaba de ocho disciplinas, cada
una con un examen oral de una hora y un examen escrito; todo era coronado con
un debate público, para el cual se debían preparar tesis extraídas
de todas las disciplinas teológicas. Fue una gran alegría,
sobre todo para mi padre y para mi madre, cuando en julio de 1953 tuvo lugar
este acto y obtuve el título de doctor en teología.
Ocurrió que,
justo a fines del semestre estival de 1953 quedó vacante la
cátedra de dogmática y teología fundamental en el
seminario mayor teológico de Frisinga. Ésta había sido
ocupada durante un año por Otfried Müller, un sacerdote originario
de Silesia, que en ese tiempo había trabajado para llevar adelante
su examen de habilitación para la libre docencia en Munich, empresa bien
difícil, si se tienen en cuenta las exigencias que implicaba la enseñanza
de dos disciplinas fundamentales. Entonces el seminario teológico
de Erfurt, erigido hacía poco, pidió a Müller aceptar la
cátedra de dogmática. No era desde luego una decisión
fácil: dejar la floreciente Alemania Occidental, con su bienestar y
su libertad, y trasladarse a la parte de nuestra patria ocupada por los
soviéticos, que entonces, aún más que después,
se presentaba verdaderamente como una inmensa cárcel. Müller
aceptó la petición y se trasladó a Erfurt, donde en los
años siguientes contribuyó a la formación teológica
de una generación entera de sacerdotes en
Ahora lo primero que
había que hacer era fijar el tema de la habilitación. Gottlieb
Söhngen sostuvo que, dado que mi tesis de doctorado había afrontado
un argumento de patrística, debía ahora dedicarme a los medievales.
Puesto que yo había estudiado a san Agustín, le parecía
natural que trabajase en Buenaventura, del cual se había ocupado
él muy profundamente. Y. desde el momento en que mi tesis había
tratado un tema de eclesiología, debía pensar ahora en el segundo
gran núcleo temático de la teología fundamental: el
concepto de revelación. En aquel tiempo, la idea de historia de la
salvación era de 1°s
debates internos en la teología católica, que ahora contemplaba
en una nueva perspectiva la idea de revelación, que en la neoescolástica
se había centrado demasiado en el ámbito intelectual: la
revelación aparecía en este momento no ya simplemente como
la comunicación de algunas verdades a la razón. sino como el
actuar histórico de Dios, en el cual la verdad se revela gradualmente.
Así, yo debía verificar si de alguna forma Buenaventura era un
representante del concepto de historia de la salvación y si este
motivo -además de ser reconocible- se ponía en relación
con la idea de revelación. Con gran alegría me puse
diligentemente a trabajar. Pese a que yo tenía ya algunos
conocimientos sobre Buenaventura y había leído ya algunos de sus
escritos más breves. en la consecución de mi trabajo se me
abrieron nuevos mundos. Cuando el padre Schurr hizo las maletas y
abandonó Frisinga en el verano de 1954, yo había concluido
la recopilación de los materiales y elaborado las ideas de fondo de mi
interpretación de cuanto había encontrado, pero todo el fatigoso
trabajo de la del texto se presentaba ahora ante mí.
Pero nuevamente
aconteció una circun stancia singular
. Tras la muerte del profesor emérito de filosofía quedo libre
uno de los apartamentos destinados a los profesores, situado junto a la
catedral, y se me invitó a establecerme en aquel apartamento y a asumir
la cátedra de dogmática. Esto me parecía ir demasiado deprisa,
tanto más teniendo en cuenta que la parte más consistente del
trabajo de habilitación estaba todavía por hacer. De
cualquier modo, acepté impartir el curso de dogmática en el
semestre invernal como profesor extraordinario y se me permitió aplazar
un año más la teología fundamental. Comencé
con un curso de cuatro horas sobre Dios; fue una verdadera alegría poder
trabajar sobre un tema tan importante y adentrarme en la riqueza de la tradición:
la entusiasta participación de los estudiantes me ayudó a
sostener el doble trabajo del curso y de la tesis de la libre docencia. A fines
del semestre estival de 1955 el manuscrito estaba listo; lamentablemente
tropecé con una mecanógrafa que no sólo era lenta, sino
que a veces perdía hojas, sometiendo mis nervios a una dura prueba
por la excesiva cantidad de errores, sobre todo porque éstos se
extendían también a la numeración de las
páginas citadas, hasta el punto de que la lucha por el descubrimiento y
la ordenación de los errores parecía, a veces, no tener
solución. A finales del otoño, pude finalmente presentar los dos
ejemplares exigidos en la facultad de Munich, de cuya presentación
gráfica estaba yo, como puede suponerse, todo menos contento. No
obstante, tenía la esperanza de que las faltas más garrafales no
hubieran permanecido en el manuscrito.
Entre tanto,
había madurado también la cuestión de la residencia. Para
mis padres -mi padre había cumplido entonces 78 años de edad y mi
madre 71-, lo idílico de Hufschlag se volvía poco a poco cada vez
más dificultoso. La iglesia y todas las tiendas se encontraban en la
ciudad y para llegar se necesitaba recorrer dos kilómetros a pie, cosa
que no era fácil. sobre todo en el invierno de Traunstein, con su gran
cantidad de nieve y las calles a menudo heladas. Tan pronto como nos
reunimos todos en aquella silenciosa casa en los límites del
bosque. pareció llegado el momento de buscar otra solución. Dado
que ahora la libre docencia parecía cosa segura y la casa próxima
a la catedral esperaba a sus nuevos moradores. a todos nos pareció adecuado
llevar a mi padre y a mi madre a Frisinga: así podrían vivir al
lado de la catedral, las tiendas estaban cerca y podríamos estar
juntos en familia. tanto más cuanto que mi hermana estaba también
considerando la posibilidad de poderse reunir inmediatamente
después con nosotros. El traslado tuvo lugar el 17 de noviembre, un
día de niebla, cuya melancolía misma se comunicó pronto a
mis padres en la hora de la despedida, puesto que no sólo era abandonar
un lugar, sino un trozo de su vida. Pero lo realizaron con coraje y
energía. Nada más llegar los transportistas, mi madre se
colocó el delantal y se puso a trabajar; por la noche estaba ya en la
cocina preparando la cena; mi padre se empeñó con tanta circunspección
como energía para colocar cada cosa en su sitio. Que hubiera una
numerosa presencia de estudiantes y que todos quisieran ayudar lo más
posible, era un estímulo fundamental.. no se entraba en un lugar
vacío, sino en un contexto de amistad y de disponibilidad a sostenerse
recíprocamente. Vivimos un bellísimo Adviento y cuando en
Navidades llegaron también mi hermano y mi hermana, aquella
extraña vivienda se convirtió inmediatamente en un lugar
donde nos sentíamos realmente en un verdadero hogar.
En aquel tiempo
ninguno de nosotros podía imaginar qué nubarrones cíe
tormenta se cernirían sobre mí. Gottlieb Sö h en
había leído el texto de la habilitación con entusiasmo,
citándola muchas veces en clase. El profesor Schmaus, que era mi
director, a causa de sus numerosas tareas, la tuvo que dejar aparcada un
par de meses. Por una secretaria suya supe que finalmente había comenzado
a leerla en febrero. Por
Por el momento
sólo se podía esperar: con ánimo deprimido
inicié el semestre estival. ¿Qué había sucedido?
Tan lejos como yo podía saber, eran tres los factores que habían
operado. En el curso de mi trabajo de investigación había
constatado que en Munich los estudios sobre el Medievo, cuyo principal
exponente era el propio Schmaus, habían permanecido sustancialmente
estancados en los tiempos de la preguerra y no habían recibido de
ningún modo las nuevas grandes perspectivas que se habían abierto
entretanto, elaboradas sobre todo en el ámbito francés. Con
una dureza ciertamente poco habitual en un principiante, en mi texto se criticaban
aquellas posiciones ya superadas y para Schmaus esto debía de haber sido
verdaderamente demasiado, tanto más cuando no acababa de comprender
cómo había podido yo afrontar un tema medieval sin confiarme a su
guía. Al final, el ejemplar de mi libro pasado a través de su
revisión estaba lleno de notas al margen, escritas en diversos colores,
que ciertamente no dejaban lugar a dudas de su dureza. Por si fuera poco, le
acabaron de irritar la insuficiente calidad gráfica y los numerosos
errores en las citas, que habían permanecido, pese a todos mis
esfuerzos. Además, no estaba nada de acuerdo con el resultado de mi
análisis. Yo había constatado que en Buenaventura (así
como tampoco en los teólogos del siglo XIII en general) no había
correspondencia alguna con nuestro concepto de -revelación., que
solíamos usar para definir el conjunto de los contenidos revelados,
tanto que también en el léxico se había introducido la
costumbre de definir las Sagradas Escrituras simplemente como la
«revelación». En el lenguaje medieval, semejante
identificación habría sido impensable. -Revelación»
es de hecho un concepto de acción: el término define el acto con
que Dios se muestra, no el resultado objetivizado de este acto. Y porque esto
es así, del concepto de -revelación» toma siempre parte el
sujeto receptor: donde nadie percibe la revelación, allí no se ha
producido precisamente ninguna revelación porque allí nada se ha
desvelado. La idea misma de revelación implica un alguien que entre en
su posesión. Estos conceptos. adqui-ridos gracias a mis estudios sobre
Buenaventura, se convirtieron después en muy importantes para mí,
cuando en el curso del debate conciliar fueron afrontados los temas de la
revelación, de las Sagradas Escrituras y de
La reunión
del consejo de la facultad que se ocupó de mi tesis debió de ser
más bien tempestuosa. A diferencia de Sóhngen. Schmaus contaba
con amigos influyentes entre los docentes de la facultad. pero el veredicto de
condena fue en cualquier caso atenuado: el trabajo no fue rechaza-do, sino que
me fue devuelto para que lo corrigiera. Yo debía extraer de las
observaciones al margen que Schmaus había puesto en su ejemplar lo que
se tenía que corregir. Con ello me fue devuelta la esperanza, aunque
parece ser que Schmaus había declarado tras esta sesión
-según me contó Sóhngen- que la cantidad de cosas que
tenía que corregir era tan grande que se precisaban años de
trabajo Si hubiese sido así, entonces la restitución
habría equivalido a una recusación e, indudablemente, yo hubiera
tenido que dar por finalizado mi trabajo como docente universitario.
Hojeé el ejemplar de mi libro ampliamente desfigurado e hice un
descubrimiento alentador. Mientras las dos primeras partes estaban repletas de
anotaciones polémicas que. por otro lado, sólo raramente me
parecían convincentes y que, algunas veces. se aclaraban dos
páginas más adelante. la última parte de mi trabajo -dedicada
a la teología de la his-toria de Buenaventura- había quedado
totalmente libre de observaciones críticas. Precisamente esta parte
contenía el material explosivo. ¿De qué se trataba? Desde
su nacimien-to, y por razones ligadas a su evolución interna, el
movi-miento franciscano se había mostrado muy sensible a la
pro-fecía histórica del abad calabrés Joaquín de
Frote. muerto en el año 1202. Este pío y culto monje creía
poder inferir de las Sagradas Escrituras que la historia se habría desarrollado
en tres fases distintas: del severo reino del Padre (Antiguo Testamento), a
través del reino del Hijo (
Tuve así una
idea para salvar mi trabajo. Aquello que - había escrito sobre la
teología de la ,historia de Buenaventura estaba estrechamente ligado al
conjunto del libro, pero poseía de algún modo su
autonomía; se podía separar sin grandes problemas del resto de la
obra y estructurarlo como un todo en sí mismo. Con sus 200
páginas, un libro de este género era más breve de la media
de las tesis de habilitación para la libre docencia pero era, de cualquier
modo, lo suficientemente extenso como para demostrar la capacidad de
desarrollar autónomamente una investigación teológica y
esto era, en definitiva, el verdadero objeto de aquel tipo de trabajo. Dado
que, a pesar de las duras críticas a mi trabajo, esta parte
había permanecido sin observaciones negativas, no había
ahora ninguna posibilidad de declararla a posteriori científicamente
inaceptable. GottliebSöhngen. al cual
presenté mi plan, estuvo inmediatamente de acuerdo. Lamentablemente, mi
agenda para las vacaciones de verano estaba completamente llena de tareas;
aun así, pude tener un par de semanas libres, durante las cuales
conseguí realizar las necesarias adaptaciones de reelaboración.
Así me fue posible, ya en octubre -con gran asombro del consejo de facultad-,
presentar otra vez mi tesis en su nueva forma reclucida. Se volvieron a suceder
semanas de inquieta espera. Finalmente, el día 11 de febrero de 1957
supe que mi tesis de habilitación había sido aceptada: la lectura
pública tendría lugar el 21 de febrero. En base a los reglamentos
entonces en vigor en Munich para el examen de habilitación a la libre
docencia, esta lectura y el debate que a ésta sucedía estaban
ahora considerados como condiciones necesarias para obtener la libre
docencia; aquello significaba que todavía era posible -y esta vez
en públicofallar el objetivo, cosa que, de hecho. ya había
ocurrido dos veces tras el fin de la guerra. Así; me presenté
aquel día no sin preocupación, desde el momento en que, teniendo
en cuenta mis numerosas tareas de enseñanza en Frisinga, me había
quedado verdaderamente poco tiempo libre para prepararme. El aula magna,
que había sido elegida para la ocasión, estaba repleta de
gente; en el ambiente se respiraba una extraña tensión casi
física. Después de mi lectura, correspondía al presentador
y al i ctor tomar la palabra. Pronto la discusión conmigo se
convirtió en un apasionado debate entre ambos. Ellos se volvían
hacia el público presente como si estuvieran impartiendo una clase.
Mientras, yo permanecía aparte, sin ser interpelado nunca. La
reunión del consejo en la que debía tomarse la decisión
duró largo tiempo; cuando acabó, el decano se dirigió
al pasillo donde yo estaba esperando con mi hermano y algunos amigos y me
comunicó de una manera completamente informal que había superado
el examen y que era arito nana la docencia.
En ese momento no
alcancé a sentir alegría alguna; tan grande había sido la
pesadilla que había pasado. Pero poco a poco fue liberándose la
preocupación que se había acumulado en mí; entonces
pude continuar mi labor en Frisinga en paz y tranquilidad y no temer haber
embarcado a mis padres en una triste aventura. Poco tiempo después fui
nombrado libre docente de
Pronto vino el
tiempo de nuevas decisiones y también de nuevas penas. Ya en el verano
de 1956, en pleno período de mi habilitación, me llegó una
solicitud del decano de la facultad de teología católica de
Magancia, quien deseaba saber, sin compromiso, si yo estaba interesado en
aceptar la cátedra de teología fundamental. Respondí
inmediatamente que no; en primer lugar, porque no podía hacerles eso a
mis padres y, en segundo lugar, porque no quería retirarme de la lucha
por mi habilitación como un desertor que podría ser marcado en un
futuro como un fracasado. En cambio, en el verano de 1958 me llegó una
invitación para ocupar ' la cátedra de teología fundamental
de Bonn la cátedra que mi maestro Söhngen había deseado siempre,
pero que las circunstancias de aquellos años le habían impedido
alcan- zar. Conseguir aquella
cátedra era para mí casi un sueño. , Respecto al
año 1956, la situación había cambiado en relación
a los dos motivos que me habían hecho descartar entonces mi salida de
Frisinga. Otra vez había sucedido algo que sólo podía
considerar como disposición de
El 15 de abril de
1959 , comencé mis clases ya como profesor ordinario de teología
fundamental en
También fuera
de la facultad nacieron pronto amistades importantes para mi camino personal.
Cito sólo al indólogo Paul Hacker, cuya enorme preparación
sólo podía causarme admiración. Había tenido
una formación de eslavista, era un maestro de lenguas indias (hasta el
punto de que se dirigían a él los propios indios para estudiar el
sánscrito y el hindú), pero dominaba también el
latín y el griego de modo extraordinario. Dado que en Bonn, en el
ámbito del curso de teología fundamental, se necesitaba
también dar lecciones de historia de las religiones. la
amistad que rápidamente nació entre él y yo fue para
mí particularmente enriquecedora. Sus estudios de historia de las
religiones son significativos tanto por el alto nivel de su sutil
análisis lingüístico como por la profundidad de contenido.
Cuando lo conocí. Hacker era un luterano creyente. pero también
un hombre que continuaba buscando. Su búsqueda le había llevado a
los estudios de indología, pero su profundización del mundo
espiritual hinduista le había reconducido nuevamente al
cristianismo. En aquel entonces estaba profundizando en las obras de Lutero,
pero también en las de los Padres de
Pero volvamos a
Bonn: el primer semestre permanece en mí como la celebración del
primer amor, como un recuerdo grandioso. Mientras tanto, había
podido instalarme en un simpático apartamento en Bad Godesberg, que
entonces no estaba todavía unido a Bonn. Entre mis vecinos de casa,
recuerdo sobre todo mi amistad con el anglista Arno Esch, quien desdichadamente
ya no está entre nosotros. En agosto, en medio de la gozosa
atmósfera de novedad que me había acompañado durante estos
meses, fui sacudido por un golpe de inesperada violencia y dureza. En aquel mes
viajé con mi hermana a la nueva casa de mis padres, en
Mientras que mis
relaciones con el arzobispo de Munich, el cardenal Wendel, no habían
carecido de complicaciones, entre el arzobispo de Colonia, el cardenal Frings,
y yo nació de inmediato un entendimiento cordial y sereno. A ello pudo
haber contribuido el hecho de que su secretario, el actual obispo de Essen.
Hubert Luthe. fuera amigo y compañero de estudios de los
años de Fürstenried, donde yo había podido hacer amistad con
muchos sacerdotes de Colonia, corno, por ejemplo, el actual obispo auxiliar
Dick. Mientras tanto. Juan XXIII había anunciado el concilio Vaticano
II, reavivando, para muchos hasta la euforía, aquel sentimiento de renacimiento
y de esperanza que; pese a las amenazas que había supuesto la era
nacionalsocialista, estaba vivo todavía desde el final cíe
Finalmente vino el
gran momento del Concilio. El cardenal Frings llevó consigo a su
secretario Luthe y a mí como sus consejeros teológicos ;
consiguió también que al final de la primera sesión yo
recibiese el nombramiento oficial como teólogo del Concilio (perito). No
puedo ni quiero describir aquí la experiencia particularísima de
aquellos años en los que habitábamos en el acogedor Colegio
Sacerdotal Germánico-Austríaco del Anima, cerca cíe Piazza
Navona: el regalo de los múltiples encuentros con grandes personalidades
como Henri de Lubac Jean Daniélou, Yves Congar. Gerard Phili s, por
citar sólo algunos nombres destacados: los encuentros con obispos de
todos los continentes y las conversaciones personales con alguno de ellos.
Tampoco el drama teológico eclesial de aquellos años es tema de
estos recuerdos. Pero el lector me concederá al menos dos excepciones.
La primera
cuestión que se planteaba era cómo comenzar el Concilio,
qué tipo de misión era realmente la que había que
atribuirle. El Papa había indicado sólo en términos
muy generales su intención respecto al Concilio. dejando a los
Padres un espacio casi ilimitado para la configuración concreta: la
fe debía volver a hablar a este tiempo de un modo nuevo, manteniendo
plenamente la identidad de sus contenidos y, después de un período
en el cual nos habíamos preocupado por hacer definiciones
quedándonos en posturas defensivas, no se debía condenar más,
sino usar la «medicina de la misericordia». Había,
ciertamente, un tácito consenso sobre el hecho de que la iglesia
era el tema principal de
La segunda
articulación temática debía permitir afrontar las grandes
cuestiones del presente desde el punto de vista de la relación
Iglesia-mundo. Para la mayor parte de los padres conciliares la reforma
propuesta por el movimiento litúrgico no constituía una
prioridad; más aún. para muchos de ellos ni siquiera era un tema
para tratar. Por ejemplo. el cardenal Montini, que después, como Pablo
VI, se convirtió en el verdadero papa del Concilio, al presentar su
síntesis temática al comienzo de los trabajos conciliares,
había dicho con claridad que él no alcanzaba a encontrar en este
asunto ninguna tarea esencial para el Concilio. La liturgia y su reforma se
habían convertido, desde el final de
En este contexto, no
sorprende que la »misa normativa» que debía entrar -y
entró- en el lugar del Ordo missae precedente fuese rechazada por la
mayor parte de los padres convocados en un sínodo especial en el
año 1967. Que algunos (;o muchos?) liturgistas que estaban presentes
como asesores tuviesen ya desde el principio intención de ir mucho
más allá, hoy se puede deducir de algunas de sus publicaciones;
no obstante, seguramente no habrían recibido el consentimiento de
los padres a estos deseos, En cualquier caso, no se habla de ellos en el
texto del Concilio, aunque más tarde se ha tratado de encontrar a
posteriori sus huellas en algunas de las normas generales.
El debate sobre la
liturgia fue tranquilo y transcurrió sin profundas tensiones, Sin
embargo, cuando fue presentado a debate el documento sobre las fuentes d la rey
la ción”. comenzó una dramática discusión, Por
fuentes de la revelación» se entendían las Escrituras y
Determinante se
reveló. por la forma concreta que asumió este debate, un
presunto descubrimiento histórico que el teólogo de Tubinga J. R,
Geiselman sostenía haber hecho en los años cincuenta, En las
actas del concilio de Trento había descubierto que, en la
elaboración del decreto sobre
Esta fórmula,
que ahora estaba en boca de todos y que era considerada el nuevo gran
descubrimiento, se desvinculó bien pronto de su punto de partida,
que era la interpretación del decreto tridentino. La inevitable consecuencia
fue que se comenzó a sostener que
Yo había
tenido ya ocasión de conocer personalmente las tesis de Geiselmann en
abril de 1956. durante el ya citado Congreso Dogmático de
Königstein, en el que el profesor de Tubinga presentó por primera
vez su presunto descubrimiento (que, por otro lado, él mismo no
extendía hasta las consecuencias aquí descritas, que fueron desarrolladas
en estos términos sólo en la «propaganda conciliar»).
Al principio estaba fascinado. pero pronto se me hizo claro que el gran
tema de la relación entre Escrituras y Tradición no se
podía resolver de manera tan simple. A renglón seguido, yo mismo
estudié minuciosamente las actas de Trento y pude constatar que la
variante en la redacción que Geiselmann consideraba de importancia
central no había sido más que un insignificante aspecto secundario
en el debate entre los padres conciliares, quienes se emplearon mucho
más a fondo para iluminar la cuestión fundamental de cómo
puede traducirse la revelación en palabra humana y, por tanto, en
palabra escrita. En esto me ayudaron los conocimientos adquiridos con mis
estudios sobre el concepto de revelación de Buenaventura.
Encontré que la orientación de fondo de los padres de Trento en
el modo de pensar la revelación había permanecido en sustancia el
mismo que en la alta Edad Media. Justamente a partir de estos conocimientos,
que ahora, naturalmente, no es momento de desarrollar más, mis
objeciones al esquema conciliar que nos había sido sometido eran de
naturaleza totalmente distinta a las tesis sostenidas por Geiselmann y a la
trivialización de que habían sido objeto en el excitado clima
conciliar. No obstante, querría al menos aludir a su aspecto esencial:
la revelación. esto es, el dirigirse de Dios hacia el hombre, su salirle
al encuentro, es siempre más grande de cuanto pueda ser expresado con
palabras humanas, más grande incluso que las palabras de las Escrituras.
Como ya se ha visto
a propósito de mis trabajos sobre Buenaventura, en
Por deseo del
cardenal Frings, puse por escrito un pequeño esquema en el que intentaba
explicar mi punto de vista. Pude leer en su presencia aquel texto a un gran
número de influyentes cardenales que lo encontraron interesante,
pero en aquel momento no quisieron -ni podíanemitir ningún
juicio a propósito. Ahora bien, aquel pequeño ensayo,
escrito con gran prisa. no podía ni
lejanamente competir por solidez y precisión con el esquema oficial, que
había tenido origen en un largo proceso de elaboración y
había pasado a través de muchas revisiones de estudiosos
competentes. Era claro que el texto debía ser ulteriormente elaborado y
profundizado. Semejante trabajo requería también la
intervención de otras personas. Por consiguiente, se decidió que
yo elaborase junto con Karl R hner una segunda redacción,
más en profundidad. Este segundo texto, que se debe mucho más a
la pluma de Rahner que a la mía, se hizo circular después entre
los padres y suscitó en parte ásperas reacciones. Trabajando con
él, me di cuenta de que Rahner y yo. a pesar de estar de acuerdo en muchos
puntos y en múltiples aspiraciones, vivíamos desde el punto
de vista teológico en dos planetas diferentes. También él,
al igual que yo, estaba empeñado en favor de una reforma
litúrgica, de una nueva posición de la exégesis en
Había quedado
claro que el esquema de Rahner no podía ser aceptado, pero
también el texto oficial fue rechazado por una exigua diferencia de
votos. Así que se debía proceder a rehacer el texto.
Después de complejas discusiones, sólo en la última
fase de los trabajos conciliares se pudo llegar a la aprobación
cíe
Mientras tanto, me
encontré frente a una difícil decisión personal. Hermann
Volk. el gran dogmático de Münster, al cual, a pesar de la
diferencia de edad, me unía una buena amistad, fue ordenado obispo de
Maguncia en el verano de 1962. Me llegó entonces una oferta para ocupar
su cátedra. Amaba
En el verano del
año 1963 comencé mi enseñanza en Münster ante un
vasto auditorio y con una dotación de personal y material bien
distinta de la que tenía a mi disposición en Bonn. La
acogida por parte del cuerpo docente fue totalmente cordial, las condiciones no
habrían podido ser mejores. Pero debo confesar que aún quedaba en
mí nostalgia por Bonn, la ciudad sobre el río, nostalgia por
su alegría y su dinamismo espiritual.
El año 1963
infligió otra profunda herida en mi vida. Ya desde enero, mi hermano
había notado que nuestra adre asimilaba cada vez peor el alimento. A
mediados de agosto, el médico nos confirmó la triste noticia
de que se trataba de un cáncer de estómago, que ya avanzaba
veloz e inexorablemente por su camino. Hasta fines de octubre, aunque
reducida a piel y huesos, continuó haciendo las labores
domésticas para mi hermano, hasta que se desmayó en una
tienda y desde entonces no pudo abandonar más el hospital.
Habíamos revivido con ella la misma experiencia de mi padre. Su
bondad era cada día más pura y transparente y
continuó aumentando en las semanas en las que el dolor iba
acrecentándose. El día después del domingo de
“Gaudete”, el 16 de diciembre de 1963. cerró para siempre
los ojos, pero la luz de su bondad permaneció y para mí se
convirtió cada vez más en una demostración concreta de la
fe por la que se había dejado moldear. No sabría señalar
una prueba de la verdad de la fe más convincente que la sincera y franca
humanidad que ésta hizo madurar en mis padres y en otras muchas personas
que he tenido ocasión de encontrar.
Casi inmediatamente
después de la partida de mi madre al otro mundo, en febrero del
año
Si a volver a mi
patria en el primer período conciliar me había sentido sostenido
aún por el sentimiento de gozosa renovación que reinaba por
doquier, experimentaba ahora una profunda inquietud frente al cambio que se
había producido en el interior del clima eclesial y que era cada
vez más evidente. En una conferencia sobre la verdadera y falsa
renovación de
Comencé mis
clases en Tubinga ya al comienzo del semestre estival del año 1966. por
lo demás en un estado de salud precario, después de las excesivas
fatigas del período conciliar, de la conclusión del Concilio y de
la inicial estancia pendular entre Münster y Tubinga. Por una parte,
sentía la fascinación de la pequeña ciudad de Tubinga; por
otro, después de la grandiosidad de Münster, estaba un poco
decepcionado frente a la no exactamente exuberante posibilidad de espacio,
en el que todo era un poco estrecho y sacrificado. La facultad tenía un
cuerpo docente de altísimo nivel, aunque inclinado a la polémica,
y tampoco a esto estaba yo muy habituado: debo decir de todas maneras que
entablé una buena relación con todos mis colegas. Los
«sig-nos de los tiempos», que en Münster había
percibido cada vez más claramente, asumían va tintes
dramáticos. Al principio, el clima general estaba todavía
dominado por la teología de Rudolf Bultmann, con los cambios que
había aportado Ernst Käsemann. Mi curso de cristolqgía
en el invierno de 1966-67 fue completamente pensado en esta situación de
diálogo. En 1967, pudimos celebrar todavía espléndidamente
los ciento cincuenta años de la facultad católica de teología,
pero se trató también de la última fiesta académica
al viejo estilo. Casi fulminantemente cambió el «paradigma»
cultural a partir del cual pensaban los estudiantes y una parte de los
docentes. Hasta entonces, el modo de pensar había estado por la
teología de Bultmann y por la filosofía de (Heidegger; en breve
tiempo, casi en el espacio de una noche, el esquema existencialista se
derrumbó y fue sustituido por el marxista. Ernst Bloch
enseñaba entonces en Tubinga y en sus lecciones denigraba a Heidegger,
catalogándolo de pequeño burgués; casi
contemporáneamente a mi llegada, fue llamado a la facultad
evangélica de teología Jürgen Moltmann que, en su fascinante libro
Teología de la esperanza; repensaba la teología a partir de
Bloch. El existencialismo se desintegraba completamente y la
revolución marxista se encendía en toda
Sin embargo, antes
de llegar a la etapa siguiente de mi camino personal, tal vez deba
todavía recordar que, a pesar de todo, pude continuar mi trabajo en
aquella situación de manera considerable y fecunda. Dado que en el
año 1967 el curso principal de dogmática lo había
impartido Hans Küng, yo tenía por fin libertad para realizar un
proyecto que acariciaba en silencio desde hacía diez años.
Osé experimentar con un curso que se dirigía a estudiantes
de todas las facultades, con el título de «Introducción al
Cristianismo«. De estas lecciones nació después un libro,
que ha sido traducido a 17 lenguas y reeditado muchas veces, no
sólo en Alemania, y que continúa siendo leído. Era y soy
plenamente consciente de sus limitaciones, pero el hecho que este libro
haya abierto una puerta a muchas personas es para mí motivo de
satisfacción, junto a mi gratitud hacia Tubinga, en cuya
atmósfera tuvieron origen estas lecciones.
En el año
1967 se hizo finalmente realidad un antiguo proyecto: el estado libre de
Baviera había abierto en Ratisbona su cuarta universidad. Desde el
principio se pensó en ofrecerme la cátedra de dogmática,
pero no acepté, no sólo porque formaba parte de
Los primeros
años de Ratisbona coincidieron con toda una serie de acontecimientos
determinantes, El primero fue la llamada a formar parte de
Balthasar, que no
había sido llamado al Concilio y enjuiciaba con gran agudeza la
situación que se había creado, buscaba nuevas soluciones que
sacaran a la teología de las formas partidistas a las que tendía
cada vez más. Su preocupación era la de reunir a todos los
que no pretendían hacer teología sobre la base de las finalidades
y posturas preconstituidas de política eclesiástica, sino que
estaban coherentemente decididos a trabajar a partir de sus fuentes y de sus
métodos, Nació así la idea de una revista internacional
que debía operar a partir de la communio en los sacramentos y en la fe y
que se proponía introducirse en ella, Hablamos de esto frecuentemente
con Lubac, Bouyer, Le Guillou y Medina, Al principio parecía que el
proyecto debía llevarse a cabo en Alemania y Francia. Mientras tanto,
Balthasar había conocido en Milán al fundador del movimiento
de Comunión y Liberación, Luigi Giussani, y a sus prometedores
jóvenes. Así; la revista se publicó primero en Alemania y
en Italia con una fisonomía distinta en cada uno de estos tíos
países, De hecho, era convicción nuestra que este instrumento no
debía ni podía ser exclusivamente teológico, sino,
frente a una crisis de la teología que nacía de una crisis de la
cultura, más aún, de una verdadera revolución
cultural, debía abarcar también el ámbito más
general de la cultura y ser editado en colaboración con laicos de gran
competencia cultural, Dado que cada uno de los países presenta situaciones
culturales diferentes, la revista debía tener en cuenta tal diversidad y
adquirir, por así decirlo, un carácter federal, En Alemania,
entre los teólogos que conseguimos para este proyecto estaba Karl
Lehmann, el actual obispo de Maguncia, que entonces enseñaba
teología dogmática en Friburgo. Como editor encontramos a Franz
Greiner, el último responsable de la ya célebre revista de cultura
católica Hochland. Entre otras personalidades que se adhirieron
estuvieron: Hans Meier, entonces ministro de Cultura e Instrucción
Pública de Baviera, que yo había conocido en mis años de
Tubinga cuando él era un joven politólogo de
A los importantes
acontecimientos de
El segundo gran
evento al comienzo de mis años de Ratisbona fue la publicación
del misal de Pablo VI, con la prohibición casi completa del misal
precedente, tras una fase de transición de cerca de seis meses, El hecho
de que, después de un período de experimentación que a
menudo había desfigurado profundamente la liturgia, se volviese a tener
un texto vinculante, era algo que había que saludar como seguramente
positivo. Pero yo estaba perplejo ante la prohibición del Misal antiguo,
porque algo semejante no había ocurrido jamás en la historia de
la liturgia, Se suscitaba por cierto la impresión de que esto era
completamente normal. El misal precedente había sido realizado por
Pío V en el año
Por lo demás,
los años de Ratisbona representaron para mí un período de
fecundo trabajo teológico. Me estaba enfrentando a dos grandes
proyectos, ninguno de los cuales sería después realizado a
causa de mi nombramiento episcopal. Tras el gran éxito del volumen de
teología moral del padre Háring, el editor Wewel, que
había animado la realización de aquel libro, se hizo promotor de
un volumen similar reservado a la dogmática y ofreció el encargo
a Rahner, alrededor del año
La sensación
de adquirir cada vez más claramente una visión teológica
mía fue la más bella experiencia de los años de Ratisbona.
Había podido construir una pequeña casa con jardín en la
que mi hermana y yo nos sentíamos verdaderamente en casa y donde mi
hermano venía siempre con frecuencia. Nos sentíamos de nuevo
juntos, en casa. También para mi hermano fueron éstos años
de bendición. Sus diversas interpretaciones de Schütz, Bach,
Vivaldi y Monteverdi recibieron el reconocimiento internacional; en 1976 se
celebró con gran fasto el milenario del coro de la catedral de
Ratisbona. El 24 de julio de 1976, cuando se comunicó la noticia de la
repentina muerte del arzobispo de Munich, cardenal Julius Der, todos
quedamos consternados. Pronto llegaron rumores de que yo estaba entre los
candidatos para la sucesión, No podía tomarme estos rumores muy
en serio, dado que eran sobradamente conocidas tanto las limitaciones de
mi salud como mi desconocimiento de las funciones de gobierno y
administración; me sentía llamado a una vida de estudio y no
había tenido nunca en mente nada distinto. Incluso los cargos
académicos -era nuevamente decano de mi facultad y vicerrector de
la universidad- permanecían en el ámbito de las funciones
que un profesor debe tener en cuenta y estaban bastante alejadas de la responsabilidad
de un obispo,
No pensé que
hubiera ningún peligro cuando el nuncio Del Mestri, con un pretexto, me
fue a visitar a Ratisbona. Charló conmigo de lo divino y de lo humano y,
finalmente, me puso entre las ruanos una carta que debía leer en
casa y pensar sobre ella. La carta contenía mi nombramiento como
arzobispo de Munich y Frisinga. Fue para mí una decisión
inmensamente difícil, Se me había autorizado a consultar a mi
confesor, Hablé con el profesor Auer, que conocía con mucho
realismo mis límites tanto teo ōgicos como humanos. Esperaba que
él me disuadiese. Pero, con gran sorpresa mía, me dijo sin
pensarlo mucho: “Debe aceptar, Así, después de haber
expuesto otra vez mis dudas al Nuncio, escribí, ante su atenta mirada,
en el papel de carta del hotel donde se alojaba, la declaración donde
expresaba mi consentimiento. Las semanas hasta la consagración
fueron difíciles, Interiormente continuaba titubeando y,
además, había tal cantidad de trabajo que despachar que
llegué casi exhausto al día de la consagración.
Aquél fue un día extraordinariamente bello, Era un radiante
día del comienzo del verano, en la vigilia de Pentecostés de
1977. La catedral de Munich, que, tras la reconstrucción emprendida después de
Con la
consagración episcopal comienza en el camino de mi vida el presente, El
presente, en efecto, no es una determinada fecha, sino el ahora de una vida,
que puede ser largo o breve, Para mí aquello que comenzó con la
imposición de las manos durante la consagración episcopal en
la catedral de Munich es todavía el presente de mi vida, Por eso, no
puedo describirlo como un recuerdo, sino sólo intentar llevar a cabo
bien este ahora. Pero, entonces, ¿qué debo decir como
conclusión de estos apuntes de mi vida? Como lema espiritual
escogí dos palabras de la tercera epístola de san Juan:
«colaborador de la verdad», ante todo porque me parecía
que podían representar bien la continuidad entre mi tarea anterior
y el nuevo cargo; porque, con todas las diferencias que se quieran, se trataba
y se trata siempre de lo mismo: seguir la verdad, ponerse a su servicio, Y
desde el momento en que en el mundo de hoy el argumento -verdad- ha casi
desaparecido porque parece demasiado grande para el hombre y, sin embargo,
si no existe la verdad todo se hunde, este lema episcopal me pareció que
era el que estaba más en línea con nuestro tiempo, el más
moderno, en el sentido bueno del término. Sobre el blasón de los
obispos de Frisinga se encuentra, desde hace cerca de mil años, el moro
coronado: no se sabe cuál es su significado, Para mí es la
expresión de la universalidad de la iglesia, que no conoce ninguna
distinción de raza ni de clase, porque todos nosotros -somos uno- en
Cristo (Ga 3.28). Yo elegí para mí dos símbolos
más, El primero, la concha, que es ante todo el signo de nuestro ser
peregrinos, de nuestro estar en camino: no tenemos aquí una morada
estable, Pero me recordaba también la leyenda según la cual
san Agustín, que se estrujaba el cerebro en torno al misterio de
¿Qué
más y más concreto podría contar sobre mis años de
obispo? De Corbiniano se cuenta que en Roma devolvió la libertad al
oso. Si el oso se quedó en el Abruzzo o volvió a los Alpes, no
interesa a la leyenda, Entretanto, yo he llevado mi equipaje a Roma y desde
hace ya varios años camino con mi carga por las calles de
La vida de
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» Ctrl
+ . (en
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+ - (en
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[1] J. Ratzinger. Mi
vida. Madrid 1997.
[2] K. Rahner. J. Ratzinger. Revelación y Tradición, Barcelona 1970, p, 43
[3] Ib p 42.
[4] Ratzinger. Mi vida. Op cit., p 84
[5] 5 Cf. entre otros: :T. Nichols, JosepH Ratzinger
Cinisello Balsamo 1966; A. Bellandi, Fede cristiana como stare e comprendere.
Roma 1996.
[6] J, Ratzinger, :Mi vida op. cit., p. 65
[7] Cf.
Íd., La sal de la tierra, Madrid 1997, pp. 70-71,
[8] Cf. íd., El nuevo pueblo de Dios.
Barcelona 1972, pp. 313-333; íd., Palabra en
[9] Cf. íd., Guardare Cristo , en L'Osservatore
Romano, 7 de marzo de 1997, l>. 655,
[10]
Ib
[11]
Cf. íd., Palabra e Iglesia,
op. cit., pp. 233-262; íd., La festa della fede: Milán
19&í; íd., Mirar a Cristo Valencia 1990; íd., Guardare
il Crocefisso, Milán 1994; íd., Cantate al Signore un canto novo,
Milán 1996.
[12]
Cf. Íd., La sal de la tierra,
op. cit., pp. 12-13
[13]
Íd., Mi vida op. c1t., p. 56.
[14]
Íd., Guardare il Crocefisso,
op. cit., p. 110,
[15]
Cf. los numerosos ensayos sobre
[16]
Íd., Elementos de teología
fundamental, Barcelona 1983, p, 25
[17]
Íd., Revelación y
Tradición, op. cit., p. 43
[18]
Cf. íd., La sal de la fierra,
op. cit., p. 201ss.
[19]
Cf. íd, Elementos de
teología fundamental, op. cit., pp. 87-97.
[20]
Cf. íd., Popolo e casa di Dio
in Sant Agustino. Milán 1971; íd., San Bunaventura. La
teologia Bella storia, Florencia 1991,
[21]
“Preguntarse sobre lo que es actualmente constitutivo
es, bajo este punto de vista, una pregunta sobre si este sujeto tiene o no
suficiente fuerza vital pata seguir existiendo Si no puede hacerlo, entonces
comienza algo nuevo, en lo que tal vez se fusionen algunos elementos de lo
antiguo, del mismo modo que en la forma de lo cristiano se fusionaron elementos
de la filosofía griego o en el imperio medieval se refundieron
elementos del imperio romano y de la teocracia del Antiguo Testamento, aunque
se trataba ya de un nuevo sujeto en la historia” Íd., Elementos de
teología fundamental, op. cit., p, 25
[22]
Cf. por ejemplo: íd., Popolo e
casa di Dio in Sant Agostino, op. cit., pp. 201-206; íd., El nuevo
pueblo de Dios, op. cit., p, 91; Iglesia, ecumenismo y política, op.
cit., p. 10; íd.,
[23]
Íd., Elementos de
teológía fundamental, op. cit., pp. 29-40: •El bautismo es
sacramento de la fe y también
[24]
“Lo esencial incluso del mismo
Jesucristo no es que haya anunciado unas determinadas ideas - cosa que
ciertamente hizo- sino que yo llego a ser cristiano en la medida en
que> creo en este acontecimiento. Dios vino al mundo y actuó en
él: es, por tanto, una acción. una realidad, no un conjunto de
ideas(cf. íd., La sal de la tierra, op. cit., p. 23).
[25]
Lo único que conseguí
acabar fue la escatología para la dogmática de Auer, que siempre
he considerado mi obra más elaborada y cuidada. (íd., Mi vida,
op. cit., p. 126).
[26]
Así pues, deberemos
esforzarnos en hacer comprensibles sus significados cosa que conseguiremos
sólo si las vivimos profundamente. Si a través de la vivencia volvemos
a ser comprensibles, entonces podremos encontrar palabras nuevas que las
expresen. Debo añadir que la comunicación de la verdad cristiana
izo es sólo una comunicación intelectual. pues ésta habla
de algo que atañe al individuo entero y que sólo puedo comprender
si acepto entrar en una comunidad en camino. (cf. íd., La sal de la
tierra, op. cit., pp. 181-182).
[27]
Mirar a Cristo, op. cit., p. 38.
[28]
Cf. entre otros: íd., Iglesia,
ecumenismo y política, op. cit., pp. 223-242; Creación y pecado,
Pamplona 1992.
[29]
Ratzinger mismo se pronuncia sobre
esta cuestión haciendo referencia a una broma del cardenal
Dópfner después de su intervención en el Katholtkentag de
Bamberg de 1966: “Döpfner se sorprendió de los 'rasgos con-servadores´
que él creía haber percibido- (íd., Mi vida, op. cit, p.
111).
[30]
Ratzinger reclama muchas veces en La sal de la tierra, op. cit., la necesidad
de comunidad en camino como condición de verdad de la fe y forma de
[31]
Cf. H. de Lubac, Comentarios a Dei
Verbum, Madrid 1960.
[32]
Cf. G. Colomho, La ragione teologica,
Milán 1995, pp. 265-304, 627-638.
[33]
J. Ratzinger, La sal de la tierra,
op. cit., p. 80.
[34]
Íd., Mi vida, op. cit., pp.
97-98.
[35]
¿Existe, en el cambio de los
tiempos históricos, una identidad reconocible del hombre consigo mismo?
¿Existe una 'naturaleza' humana? ¿Existe la verdad que, a pesar
de mediar históricamente en toda historia, permanece verdadera, porque
es verdadera? La pregunta sobre la hermenéutica es, en definitiva, la
pregunta ontológica que se interroga sobre la unidad de la verdad en la
díversidad de sus manifestaciones históricas. (íd.,
Elementos de teología fundamental, op. cit., p. 18). Cf.
también íd., Natura e compito della teología, Milán
1993, en especial las pp. 107-141.
[36]
Cf. íd., Una comune ricerca
perché