|
EL SACRIFICIO DE LA
MISA
CARDENAL JUAN BONA_ 1
ADVERTENCIA_ 1
CAPITULO I 2
CUESTIONES PRELIMINARES SOBRE EL MISMO SACRIFICIO
DE LA MISA_ 2
CAPITULO II 8
DE LOS REQUISITOS NECESARIOS EN EL SACERDOTE PARA
LA RECTA Y PIADOSA CELEBRACION DEL SACRIFICIO_ 8
CAPITULO III 11
VARIAS CONSIDERACIONES PARA ANTES DE LA MISA_ 11
CAPITULO IV_ 16
DE LO QUE PRECEDE PRÓXIMAMENTE A LA CELEBRACION DE
LA MISA_ 16
CAPITULO V_ 36
LA CELEBRACION DE LA MISA_ 36
CAPITULO VI 53
COSAS QUE DEBEN HACERSER DESPUÉS DE LA MISA_ 53
CAPITULO VII 60
MODO DE CELEBRAR, CUANDO EL SACERDOTE NO PUEDE
ORAR CON MAYOR DETENIMIENTO 60
Muy poco te entretendré en este vestíbulo, sacerdote quienquiera que
seas que te dignas meditar este mi tratado, para darte a conocer mi propósito
al publicarlo, su finalidad y manera de aprovecharlo. Ya desde que fui
ordenado sacerdote empecé a sopesar lo arduo que es desempeñar rectamente el
ministerio recibido e inmolar a diario por mis pecados y los ajenos al mismo
Dios en el incruento sacrificio. Inducido, pues, por los estímulos de mi
conciencia, repasando los escritos de los Santos Padres y de casi todos los
autores más recientes que han publicado algo sobre el modo de celebrar
santamente la Misa,
de ellos recogí muchos documentos, los reuní y, añadiendo alguna cosa de mi
cosecha, compuse este opúsculo que, a instancias de mis amigos, publico ahora
después de muchos años. En primer lugar hago, de un modo general, algunas
consideraciones preliminares sobre este sacrificio, su valor y sus frutos. En
segundo lugar trato de aquellas cosas que son necesarias al sacerdote para la
recta y piadosa celebración de la santa Misa. En tercer lugar trato de los
actos inmediatamente anteriores a la celebración de la Misa y de su preparación
próxima. En cuarto lugar, de la celebración en sí misma. Finalmente, de
aquello que ha de hacerse una vez terminada la Misa.
Para mí y para los que como yo aún permanecen en el umbral de la perfección,
inserté algunas oraciones y ejercicios que, si se rezan con frecuencia,
fácilmente podrán preservar de las distracciones y encender en el amor de
Dios. A otros, sin embargo, que se encuentran en un grado más alto, la unción
del Espíritu Santo les enseñará más sublimes ejercicios.
Ahora bien, estos ejercicios no se han escrito con el fin de que cada
día los recite el sacerdote que va a celebrar, sino que se recomienda leer
algunas veces el librito, hasta tanto que las ideas en ellos expresadas sean
perfectamente captadas y con ellas la voluntad se imbuya en piadosos afectos;
entonces cada uno puede escoger aquellos con que más se sienta impresionado;
y cuantas veces vaya a celebrar, puede de ésos tomar según su arbitrio y
devoción.
Su abundancia y extensión espantará a algunos; pero ello es debido a su
inexperiencia, pues ellos mismos, una vez formados con el ejercicio y la
práctica, llegarán a convencerse de que es facilísimo y de muy poco trabajo
lo que antes creyeron difícil y laborioso. La mente camina con mayor rapidez
que la lengua, y lo que no puede explicarse sino por un largo discurso, se
concibe con un único acto de la mente.
...Mucho enseña la experiencia, con la ayuda de Dios, y pido insistencia,
sobre todo para mí, "ne forte
cum aliis praedicaverim, ipse reprobus efficiar", no sea
que habiendo predicado a los otros venga yo a ser reprobado. Que la gracia
del Señor se vuelque con largueza sobre mí y sobre los que quieran utilizar
mi trabajo.
Aunque muchos eran los sacrificios en la antigua Ley, en la nueva, sin
embargo, sólo existe un único sacrificio, que tanto más perfectamente excede
la diferencia de todos los holocaustos de la Ley mosaica cuanto más excelente y aceptable a
Dios es la víctima que en él se inmola. Es, pues, la Misa sacrificio latréutico
o de adoración, ofrecido a Dios para rendirle el supremo culto y el más alto
honor, como a nuestro primer principio y nuestro último fin, en testimonio de
su excelencia infinita, de su dominio y majestad, y de nuestra dependencia,
servidumbre y sujeción a El. Es eucarístico: acción de gracias por todos los
beneficios (que nos hace el mismo Dios en cuanto es nuestro bienhechor) de naturaleza,
de gracia y de gloria. Es propiciatorio y satisfactorio por los pecados y las
penas merecidas, pues aplica a todos aquellos por quienes se ofrece la fuerza
y la virtud del sacrificio de la cruz; más aún, es el mismo sacrificio en la substancia ("quoad substantiam"), la misma hostia y el mismo oferente
principal, aunque se ofrezca de diverso modo. Y se llama propiciatorio porque
por esta oración el Señor es aplacado y concede la gracia y el don de la
penitencia a los pecadores que no ponen obstáculos; condona las penas
merecidas por el pecado porque por el sacrificio de la Misa se aplica el
sacrificio de Cristo, quien satisfizo en la cruz por los pecados de todo el
mundo. Condona las mismas penas a los difuntos que están en el purgatorio,
porque con este fin fue instituido también por Cristo, como consta por la postestad que se confiere a los sacerdotes en la
ordenación, de ofrecerlo por vivos y difuntos; este efecto nunca se puede
impedir, porque es imposible que aquéllos pongan óbice alguno. Por tanto,
para aquellos por los cuales se ofrece, vivos o difuntos, la remisión de la
pena será en la misma medida que en su misericordia fijó el mismo Cristo.
Pues aunque la víctima que se ofrece es de valor infinito, sin embargo,
nuestra oblación, según enseñan comúnmente los teólogos, sólo tiene un efecto
finito. Para los que conjuntamente ofrecen el sacrificio, este efecto se
aumenta según la devoción y disposición interior de cada uno. Por último,
habiéndonos merecido Cristo no sólo la remisión de los pecados, sino también
otros muchos beneficios, este sacrificio es por consecuencia también
impetratorio de todos los bienes, primero de los espirituales, y en segundo
lugar de los temporales, en cuanto que a aquéllos conducen. Pero como de por
sí solamente tiene el poder de impetrar en general, para que algo determinado
se impetre, la intención del oferente debe aplicarse a ello de modo especial.
Sin embargo, para impetrar por la
Iglesia siempre interviene la intención de la misma
Iglesia, principalmente con relación a aquello que en las oraciones de la Misa se pide a Dios; pues
también la Iglesia
es oferente en la persona de su ministro.
El primero y principal oferente es Cristo, el único que pudo ofrecer un
sacrificio aceptable al Padre, y por ofrecerlo diariamente y por medio de sus
ministros sacerdotes, se dice que es sacerdote eterno, según está escrito:
«Tu es sacerdos in aeternum
secundum ordinem Melchisedech». «Tú eres sacerdote para siempre según el orden
de Melquisedec». Cristo, pues, no sólo es oferente
por haber instituido el sacrificio y por haberle conferido toda la fuerza de
sus méritos, sino sobre todo porque el sacerdote en su persona, en cuanto
ministro y legado de Cristo, realiza el sacrificio en representación suya,
como consta por las palabras de la consagración; pues no dice: «Este es el
Cuerpo» o «Esta es la Sangre
de Cristo», sino «Este es mi Cuerpo» o «Esta es la Sangre de Cristo», sino
«Este es mi Cuerpo», «Esta es mi Sangre». Por lo tanto, Cristo juntamente con
el sacerdote ofrece a Dios Padre por los hombres el mismo sacrificio; y en
virtud; y en virtud de su Persona, que es de una santidad purísima y de una
dignidad infinita, este sacrificio es siempre puro y grato a Dios, aunque se
ofrezca por un ministro pecador.
El segundo oferente es la
Iglesia católica, de quien es ministro el sacerdote y todos
sus fieles no excomulgados, que de algún modo lo ofrecen también por medio
del sacerdote no en cuanto ministro, sino en cuanto legado o mediador. Pues
así como se dice que toda sociedad obra lo que su legado realiza en su
nombre, de la misma manera puede decirse también que todos los católicos
ofrecen el sacrificio porque el sacerdote, en la persona de toda la Iglesia, sacrifica en
nombre de ellos. Aunque no todos de la misma manera, pues unos ofrecen el
sacrificio sólo habitualmente, porque ni están presentes en el sacrificio, ni
piensan en él; no obstante, al estar todos unidos a la Iglesia por la caridad,
se supone que hacen habitualmente lo que ella hace. Otros de manera causal,
mandando o procurando que alguien celebre el santo sacrificio, lo que ocurre
sobre todo cuando se dan limosnas con este fin. Otros, por último, lo ofrecen
actualmente; son los que están de hecho presentes en el sacrificio.
El tercer oferente y ministro propio de este sacrificio es el sacerdote
legítimamente ordenado, cuya potestad es tan firme e inamovible que, aun en
el caso en que sea hereje o esté suspenso, depuesto, degradado o excomulgado,
realiza y ofrece este sacramento, aunque ilícitamente, siempre que emplee la
materia y la forma legítimas. Y no se mengua tampoco el valor del sacrificio
aunque el sacerdote sea totalmente indigno o esté apartado de la Iglesia; pues el fruto
no depende de la cualidad del ministro, sino de la institución de Cristo.
Se puede considerar en este sacrificio una doble eficacia, una que llaman los
teólogos «ex opere operato» ,
independiente del mérito y de la dignidad del ministro; otra «ex opere operantis», que depende del sacerdote oferente, de su
mérito y santidad, de quien recibe su valor y virtud. Enseñan los teólogos
que el primer efecto «ex opere operato» ni el
sacerdote ni los fieles lo reciben, en cuanto oferentes, sino en cuanto el
sacrificio se ofrece por ellos; pues el sacrificio no produce este efecto
sino en favor de aquellos para quienes fue instituido y del modo según el
cual fue instituido; ahora bien, fue instituido para que se ofreciera por los
hombres, y precisamente en provecho de aquellos por quienes se ofrece; y como
quiera que aplica la virtud del sacrificio de la cruz, no causa este efecto
sino en la persona a quien se aplica tal virtud, cosa que realiza el oferente
al hacer la oblación por una persona determinada. Fue siempre opinión
constante entre los católicos que este sacrificio produce «ex opere operato» (es decir, si no pone obstáculo la persona por
quien se ofrece) efectos infalibles y determinados, como son la remisión de alguna
pena debida por pecados ya perdonados o el don de una gracia preveniente para
obtener la remisión de los pecados cometidos. Por lo que se refiere a la
eficacia impetrativa, sabemos por experiencia
cotidiana que no es infalible, pues no siempre obtenemos todo lo que pedimos
ni aquella intención por la que se ofrece el sacrificio. Esto procede de la
naturaleza de la impetración que exige libertad en el que concede, de tal
manera que puede conceder o negar a su arbitrio aquello que se pide. Pedimos,
pues, exponiendo nuestras razones que creemos pueden mover a Dios a obrar en
un sentido, sin que esté obligado por ello en virtud de un pacto establecido.
En consecuencia, no pedimos nada sin que nuestra voluntad esté conforme,
respecto de lo que pedimos, con la voluntad de Cristo, a la que por sernos
desconocida no podemos acomodarnos del todo. Es cierto, sin embargo, que el
sacrificio no carece de este efecto, porque aunque Dios no conceda lo que
precisamente pedimos, nos otorga lo que «hic
et nunc» juzga más conveniente para nosotros.
Respecto al segundo efecto «ex opere operantis»,
dos son los motivos por los que puede aumentar su eficacia. El primero es la
probidad y dignidad del celebrante, cuya raíz son la gracia santificante y
las virtudes que acompañan a la gracia; pues cuanto más santo y más grato a
Dios sea el sacerdote, tanto más aceptables serán sus dones y oblaciones. La
segunda es la devoción actual con la que se ofrece el sacrificio; pues cuanto
mayor sea aquélla, tanto más le servirá de provecho. Y así como las demás
obras buenas que hace el justo son tanto más meritorias e impetratorias, y
valen más para la satisfacción y remisión de la pena como cuanto con mayor
perfección y fervor se hagan, así también este sacrificio, ya se considere
como sacrificio o como sacramento, cuanto más devotamente se ofrece y se
recibe, tanto más aumenta el mérito y aprovecha más a quienes lo ofrecen por
sí mismos y lo reciben y a aquellos por los que se ofrece. Debe procurar, por
tanto, el sacerdote ser muy grato y acepto a Dios por el continuo ejercicio
de las virtudes heroicas, crecer ante El en gracia y santidad, y celebrar
siempre con gran fervor y devoción. Y con ello, él mismo como aquellos por
quienes se ofrece el sacrificio, alcanzan mayores y más eficaces efectos «ex
opere operantis».
Aunque algunos teólogos estiman que este sacrificio tiene «ex opere operato» un valor o eficiencia de intensidad infinita por
cuanto en sustancia es el mismo sacrificio de la cruz, y la víctima ofrecida,
el Cuerpo y la Sangre
de Cristo, es de un precio infinito, y el mismo Cristo, oferente principal,
es una Persona de dignidad infinita, sin embargo, la opinión más cierta y más
común es que no tiene sino un valor finito. La razón principal de lo que
acabamos de decir se deduce de la voluntad de Nuestro Señor Jesucristo, quien
no quiso instituir este sacrificio para conferir un fruto intensamente
infinito; lo mismo que de hecho los ángeles rebeldes no fueron redimidos
porque Cristo no quiso aplicarles los méritos de su pasión. Otra razón
estriba en que para la eficacia infinita del sacrificio, además de la
infinitud de la hostia y del oferente principal, se exige también infinitud
por parte de aquel que inmediatamente ofrece. Y como quiera que el sacerdote
inmediatamente operante es de dignidad finita, también el valor del
sacrificio en cuanto a su eficiencia y a su influjo actual será finito,
porque aquella acción es producida inmediatamente por una persona finita, y en
esto difiere nuestro sacrificio del de la Cruz, ya que éste fue ofrecido inmediatamente
por una Persona infinita, y, por tanto, fue una acción infinita en su entidad
moral, e infinitamente grata a Dios Padre. Apoya esta doctrina el sentir
común de los fieles, que procuran ofrecer sacrificios muchas veces por sí y
por los suyos, lo cual ciertamente no harían si reconociesen una eficacia
infinita en cada sacrificio. Y también los sacerdotes podrían satisfacer en
ese caso seiscientas obligaciones con un único sacrificio, lo cual está
prohibido terminantemente por decretos eclesiásticos. En vano se ofrecerían
tantos sacrificios por un solo difunto; bastaría uno para librar a todas las
almas del purgatorio. Finalmente, la
Misa de cualquier sacerdote se equipararía al sacrificio de
Cristo en la cruz, que ciertamente fue único por ser de valor infinito. Y no
hay que concebir lo que se contiene en el sacrificio como una entidad natural
que obra en proporción al máximo grado de su eficiencia, sino como un ser libre
cuya operación tiene el grado de eficacia que determina el agente principal,
Cristo nuestro Redentor, quien, por medio de este incruento sacrificio,
quiere aplicarnos sólo un fruto de su pasión, finito y limitado. Por tanto,
el sacrificio tiene una eficacia finita en orden a todos sus efectos, a
excepción de la fuerza impetrativa, de la que todos
están de acuerdo en afirmar que es finita precisamente porque no consiste en
algo producido por el sacrificio, sino en la excelencia y su intrínseca
dignidad, en cuanto que objetivamente mueve a Dios a que conceda lo que se
pide, aunque no siempre lo conceda, sino cuando juzga que el concederlo
conviene a nuestra salvación.
Si hablamos, en cambio, de una infinitud extensiva, a saber: si el sacrificio
ofrecido por muchos aprovecha igualmente a cada uno como lo produciría si por
él solo se ofreciese, se nos presenta un grave problema, que hay que resolver
distinguiendo antes los frutos de la Misa. Pues hay tres partes en el valor de la Misa, o sea, un triple
fruto: general, especial y medio. El primero se extiende a todos los fieles;
el segundo es propio del celebrante, y el tercero depende de la voluntad del
sacerdote, que lo aplica a quien quiere. El primero se sigue de que este
sacrificio se ofrece de modo general por todos los fieles vivos y difuntos;
es, pues, lo mismo en cuanto a la sustancia que el sacrificio de la Cruz, que fue ofrecido por
todos, y consta por el Canon de la
Misa que el sacerdote debe aplicarlo por todos, por el
Papa, por el Obispo, por toda la
Iglesia militante y purgante, sin poder dejar de hacer
esto, ya que fue precisamente destinado para ello de modo especial por la
misma Iglesia. Por lo cual, este fruto se aplica a todos los fieles que
participan de la unidad de la
Iglesia y que no ponen óbice, y así puede ser en cierto
modo extensivamente infinito, y todos y cada uno, si no queda por ellos,
pueden percibir el fruto íntegro como si se tratara de uno solo. Se discute
si este fruto supone sólo la impetración o también la satisfacción. El
segundo fruto tiene su fundamento en que el sacerdote ofrece el sacrificio
también por sí mismo. «Offero
-dice- pro innumerabilibus
peccatis et offensionibus
et negligentiis meis». Debe, pues, como dice el Apóstol: «Quemadmodum
pro populo ita etiam pro semetipso oferre pro peccatis», y por
esta razón debe ofrecer sacrificio en descuento de los pecados, no menos por
los suyos propios que por los del pueblo. El sacerdote recibe este fruto, en
cuanto celebra por sí mismo como ministro público; el fruto de que hablamos,
por tanto, no es aplicable a otro, pues al ofrecer el sacrificio por sí mismo
con las palabras «pro peccatis et offensionibus meis», a sí mismo
se las aplica, y lo que se aplica a sí mismo no se lo puede aplicar a los
demás. El tercero se colige de la misma naturaleza del sacrificio, que por
estar instituido para los hombres debe, por tanto, aprovechar a aquellos por
quienes se ofrece. Según opinión común, este fruto medio no es extensivamente
infinito, sino que a cuantos más se extiende más disminuye. El sacerdote debe
aplicar este fruto a aquel por quien especialmente está obligado a celebrar
por razón de beneficio, limosna, precepto del superior o por cualquier otro
título; y esto antes de la Misa,
o al menos antes de la
Consagración; pues si la esencia de la Misa consiste únicamente
como sostienen la mayoría de los autores, en la consagración, de nada valdría
hacer después la aplicación del fruto estando ya el sacrificio consumado «quoad substantiam».
Como ya dijimos que el fruto debe ser aplicado por los sacerdotes, se hace
necesario, según la común y más extendida opinión de los teólogos, establecer
alguna práctica o método para hacer esta aplicación que sirva a los
sacerdotes para no resbalar en cosa de tanta importancia ni faltar a su
obligación. Primero hay que tener en cuenta que el sacerdote ofrece este
sacrificio en nombre de muchos: en nombre de Cristo, primero y principal
oferente de cuyo mérito emana el valor del sacrificio y de cuya voluntad
depende en gran manera su aplicación; además, en nombre de la Iglesia, a la que Cristo
concedió la dispensación de sus méritos y satisfacciones; después en su
propio nombre, en cuanto que ofrece por su libre voluntad y lo aplica a sí
mismo y a otros, según su arbitrio; finalmente, en nombre de los otros
fieles, quienes, juntamente con él o por medio de él, ofrecen el sacrificio
con voluntad interna, a saber: aquellos que ayudan y asisten a Misa, o han
dado limosnas para su celebración. Además, Cristo y la Iglesia quieren que
todos los fieles sean partícipes de los frutos del sacrificio cuantas veces
se ofrezca, siempre que sean capaces y no pongan por su parte ningún óbice;
tampoco se exige aplicación alguna por parte del sacerdote celebrante, para
que este fruto común se extienda a todos. Sin embargo, por voluntad y
disposición del mismo Cristo, una parte notable de todos los frutos se
deja a la libre aplicación y determinación tanto del mismo sacerdote
celebrante, en cuanto ministro y dispensador de sus misterios, como de los
otros que ofrecen junto con él; lo cual se desprende del consentimiento común
de la Iglesia,
que aprueba la costumbre de los fieles, según la cual este sacrificio se
ofrece particularmente por ellos; y en vano harían esto si todo el fruto del
sacrificio estuviese ya aplicado y nada quedara para aplicar por la intención
del sacerdote. El sacerdote, en la acción de este sacrificio, es superior a
los otros que ofrecen con él; de esta manera la aplicación de los frutos
depende principalmente de la intención; pues, como es un acto de la potestad
de orden, está sujeto a su voluntad.
Pero es del todo incierto cuánta y cuál sea la parte del fruto que Cristo
Nuestro Señor quiso correspondiese ya a todos los fieles en general, ya
especialmente a aquellos a los que se aplica por la intención particular del
sacerdote celebrante; ni la Sagrada Escritura, ni la Tradición de la Iglesia, ni los
Concilios, ni los Santos Padres han declarado ni definido nada acerca de
esto. En consecuencia, basta que el sacerdote quiera aplicar según su
obligación o devoción el fruto del sacrificio a determinadas personas, en la
medida en que Cristo Nuestro Señor le concedió el poder aplicarlo.
Debe tenerse en cuenta, en segundo lugar, que para que el sacerdote aplique
válidamente el fruto del sacrificio es necesaria la intención que, como dicen
los teólogos, se requiere para conferir válidamente cualquier sacramento. No
es, pues, suficiente que la intención sea habitual; que sea actual es óptimo
y laudable, aunque no necesario; basta, pues, la intención virtual, es decir,
aquella que procede de la actual, y que, al no haber sido revocada, se
mantiene todavía en vigor. Esta intención, sin embargo, debe coincidir con la
misma realización del sacrificio, ser cierta y determinada y no dejar en
suspenso el efecto del sacrificio, ya que no puede depender de condición
futura. Ahora bien, si el sacerdote no aplica a nadie el fruto del
sacrificio, o aquel por quien lo ofrece no es capaz o no lo necesita, el
fruto queda en el tesoro de la
Iglesia. De donde infieren los teólogos que en tal caso es
mejor tener condicionada la voluntad y aplicar el sacrificio por alguien que
pueda gozar de este fruto. A algunos les parece también ser muy conveniente
que el sacerdote, que quiere celebrar por varias personas, las mencione
especial y concretamente, no de un modo general y confuso, porque en este
caso aprovecha menos a cada uno en particular; el sacrificio produce, pues,
su efecto según el modo en que se aplique, y la aplicación es más perfecta en
cuanto se les nombra a todos por separado. Para evitar los escrúpulos que
puedan surgir a causa de la aplicación, debe el sacerdote dejar de lado todas
las opiniones inciertas y aplicar el fruto del sacrificio primera
y principalmente por aquel por quien está obligado a celebrar en razón de
beneficio, limosma, promesa u obligación especial.
Entonces, sin ningún perjuicio por esa parte, hasta donde le sea permitido,
podrá asimismos aplicar por otros especialmente
unidos o encomendados a él por caridad o por cualquier otra razón,
conformando y subordinando perfectamente su intención a la intención de
Cristo, de quien él está constituido dispensador, extender a muchos una parte
de los frutos, parte que, dada la suma e inefable misericordia de Dios, no se
puede esperar que sea sino abundantísima.
El sacerdote puede aplicarse a sí mismo, con respecto a la celebración del
sacrificio, lo que en otro tiempo dijera David acerca de la edificación del
Templo: "Opus grande est;
neque enim homini praeparatur habitudo, sed Deo".
"Es grande la obra, porque la casa no es para los hombres sino para
Dios". Pues quien se acerque a Dios, para sacrificar incruentamente a su
Hijo Unigénito, emprenda tan excelsa obra con temor y temblor, examínese a sí
mismo y prepárese a recibir con las debidas disposiciones los ubérrimos
frutos del sacrificio. Tres son principalmente las disposiciones requeridas
en el sacerdote: pureza de vida, rectitud de intención y devoción actual. La
pureza de vida consiste en dos cosas: primero en estar limpio de todo pecado
no sólo mortal, sino también de todo pecado venial deliberado y de todo
afecto hacia el mismo pecado venial. Si bien no podemos evitar totalmente los
pecados leves, podemos y debemos, sin embargo, arrancar de raíz con todas
nuestras fuerzas la afección a los mismos, de tal manera que no nos apeguemos
a ellos por voluntad o afecto. En segundo término, la pureza de vida consiste
en procurar con toda diligencia ser puro, santo y adornado de toda virtud, y
considerar especialmente dirigidas a uno mismo estas palabras del Apocalipsis:
"Qui iustus est iustificetur adhuc; et sanctus sanctificetur
adhuc", "el justo justifíquese más y más
y el santo más y más santifíquese". Con razón San Juan Crisóstomo dice:
"Quo non oportet esse
puriorem tali fruentem sacrificio? Quo solari radio non splendidiorem manum carnem hanc dividentem? Os quod igne spirituali
repletus? Linguam quae tremendo nimis sanguine rubescit? cogita quali sit insignitus honore?, quali mensa
fuearis: quod angeli videntes honescunt, neque litere audent intueri propter enicantem inde splendorem, hoc non pascimur, huic non unimur et facti sumus unum
Cristi corpus et una caro". "¿Qué pureza
hay que no deba sobrepujar el que participa de tal sacrificio? ¿Qué rayos de
luz a que no deba hacer ventaja la mano que divide esta carne, la boca que se
llena de este fuego espiritual, la lengua que se enrojece con tan veneranda
sangre? Considera cuán crecido honor se te ha hecho, de qué mesa disfrutas. A
quien los ángeles ven con temblor y, por el resplandor que despide, no se
atreven a mirar de frente, con Ese mismo nos alimentamos nosotros, con El nos
mezclamos y nos hacemos un mismo cuerpo y carne de Cristo".
Enseña Santo Tomás que el efecto propio de este sacramento es transformar al
hombre en Dios, y hacerse semejante a El por el amor. ¿De qué fe debe estar
imbuido, con qué esperanza confortado, de qué caridad encendido, de qué
inocencia adornado, quien tal víctima inmola a
diario, recibe a Dios y se transforma místicamente en El? Pues si la
disposición, como dicen los filósofos, debe ser proporcionada a la forma a
que dispone, será sin duda necesaria una disposición divina para
recibir el alimento divino; para que esa vida sea entonces divina y
sobrehumana, debe oponerse en absoluto a una vida puramente humana y carnal. Quien
así vive se separa de las criaturas y se une tan sólo a Dios; sólo Dios
reside en su inteligencia, sólo El en su voluntad, en sus conversaciones y en
sus obras. Nada hay en él de mundano, nada que diga relación a la carne o a
los sentidos; ódiase a sí mismo, crucifica su
cuerpo con el yugo de la mortificación, desprecia las riquezas, huye de los
honores, ama el pasar oculto y ser tenido en nada. Examine, pues su vida el
sacerdote, y si observa que no se conforma a la semblanza que de ella hemos
hecho, sino que todavía la encuentra terrena, procure convertirla en divina
por el diligente ejercicio de las virtudes. Aquí también cabe señalar la
limpieza externa del cuerpo y del vestido, la gravedad y la madurez que
testimonien de él ser un presbítero, esto es, un "senior";
tal ha de ser la compostura entera de este hombre que todos con sólo mirarle
se edifiquen.
La segunda disposición para celebrar en el sacerdote es la rectitud de
intención, pues nuestras acciones adquieren el elogio de virtuosas o la nota
de viciosas por el fin que pretendemos. Para que la intención sea recta no
sólo se ha de excluir todo fin malo y ajeno a la institución del mismo
sacrificio, sino que también se prohibe acercarse a
él sólo por costumbre, sin previa preparación y sin la consideración actual
de tan gran misterio. El sacerdote que ha de celebrar debe considerar, pues,
con toda diligencia, el fin por el que se mueve; si es por lucro deleznable u
otro motivo humano, si busca el pan terreno y no el celestial; no la salud
del alma sino el provecho del cuerpo; a fin de que no abuse para su perdición
del sacrificio instituido para vida del mundo. Propóngase un fin excelso,
celestial, sobrenatural, que mire a la gloria de Dios, a su propia salvación
y a la perfección y utilidad del prójimo. Dirija su intención a purificarse,
por medio de esta víctima salvadora, de sus pecados, a curarse de las
enfermedades del alma, a protegerse de los peligros inminentes, a liberarse
de las tentaciones y adversidades; a pedir algún beneficio y dar gracias por
los recibidos; a obtener las virtudes, el aumento de la gracia y el don de la
perseverancia: a interceder ante Dios por las muchas necesidades del prójimo
y por el descanso de los difuntos, y encomendar a toda la Iglesia; a rendir a Dios
el culto de latría y a los santos el honor y veneración debidos; a conmemorar
la pasión y muerte de Cristo, como El mismo mandó, diciendo: "Hoc facite in meam commemorationem",
"haced esto en memoria mía", para que, limpio de toda mancha de la
carne y del espíritu, se una inseparablemente con Dios y esté así "consummatus in unum",
hecho una misma cosa con El. Por estos y otros motivos conviene concretar
la intención antes de la
Misa, según al fórmula que al
final se inserta. No hemos de olvidar aquí que algunos hombres de eximia
santidad y doctrina, teniendo siempre presente lo efímero de la vida, reciben
a diario en el sacrificio de la misa el Cuerpo y la Sangre de Cristo como si
hubiesen de morir en ese día, con la intención de que les sirva a ellos de
Viático para la vida eterna. Sería de gran provecho para el sacerdote
reflexionar a menudo con gran solicitud sobre el tema de la muerte y de la
eternidad.
La tercera disposición consiste en la devoción actual. Para avivar este
sentimiento debe el sacerdote, en primer lugar, poner especial cuidado en
considerar con fe firme y ponderar con sublime estimación todo lo que enseña la Iglesia sacrosanta sobre
este inefable misterio, y los tesoros de gracias celestiales que en él se
encierran. Pues con las palabras de consagración pronunciadas por él se
convierte el pan en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre, y bajo el
velo de las especies sacramentales se hacen presentes el Cuerpo purísimo de
Cristo que, por nuestra salvación, fue clavado en la Cruz; su Sangre que por
nosotros fue derramada, y el alma gloriosa, en la que residen todos los
tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios; en una palabra, Cristo,
verdadero Dios y verdadero Hombre, que ha de venir con gran majestad a juzgar
a los vivos y a los muertos y al mundo por el fuego.
En segundo término, para excitar la devoción, es necearia
la humildad, que en la institución de este sacramento resplandece más aún que
las otras virtudes. Cristo, en efecto, siendo Dios en la forma, se anonadó a
sí mismo y encubrió bajo las especies de pan y de vino su Cuerpo, su Sangre y
su Divinidad, exponiéndose a las injurias de hombres pecadores que, llenos de
inmundicia, pretenden acercarse a El y tocarle con sus manos contaminadas.
Es, pues, de justicia en el sacerdote imitar tan gran humildad, adentrarse en
su nada y en nada tenerse. Sólo la humildad nos prepara dignamente para
recibir a tan excelso huésped. Ninguna disposición, ninguna facultad, ninguna
virtud nuestra nos hace dignos de ello, sino sólo la gracia de Dios; debemos
por tanto, reconocer nuestra indignidad y apoyarnos únicamente en la
misericordia divina.
En tercer lugar, porque Cristo mereció para nosotros, por su pasión
acerbísima, las delicias de esta mesa, leemos que los sacerdotes santos
avivan el fuego de la devoción con ayunos, disciplinas, cilicios y otras
mortificaciones de esta índole; también nosotros hemos de imitarles,
sacrificándonos al Cordero, que se inmoló por nosotros; por el silencio, la
abstinencia, la guarda de los sentidos, sin omitir las mortificaciones
corporales conforme a las fuerzas y condición de cada uno. Por último, mucho
aprovechan para la devoción las ansias vehementes, un ferviente deseo y un
ardiente amor a este Pan angélico del cual nos invitó a comer el Señor cuando
dijo: "Venite ad me, omnes
qui laboratis et onorati estis, et ego reficiam vos", "venid a mí todos los que
trabajáis y estáis cansados y yo os aliviaré". Y si nos falta este
deseo, debemos por lo menos pedírselo al Señor con fervorosos actos de amor:
"Desiderium enim pauperum exaudiet, et animam esurientem satiabit bonis",
"porque escucha los deseos de los pobres y al famélico le llenó de sus
bienes".
No hay entre los hombres dignidad ni excelencia alguna que pueda compararse a
la sublimidad del estado sacerdotal. Supera al esplendor de todos los
príncipes, excede la potestad de todos los reyes, pues la autoridad de éstos
se circunscribe a las cosas terrenas y temporales, mientras que la potestad
del sacerdote se extiende también a lo eterno y celestial, para cuya
consecución príncipes y reyes acuden al sacerdote, imploran su ayuda y no se
avergüenzan de someterse a él. Por lo cual dijo el Apóstol que el sacerdote
se escoge de entre los hombres "ut offerat dona et sacrificia",
"para que ofrezca dones y sacrificios"; y si, elevando sobre los
demás, sobrepasa la común condición humana es por estar constituido mediador
entre Dios y los hombres, "in iis quae sunt ad Deum",
"en lo que mira al culto de Dios". El profeta Malaquías
les compara a los ángeles con estas palabras: "Labia enim
sacerdotis custodient scientiam, et legem requirent ex ore eius quia angelus Domini exercituum est", "pues los labios del sacerdote han de
guardar la sabiduría y de su boca ha de salir la doctrina, porque es un
enviado de Yavé". Más aún, por la potestad que
tiene de absolver los pecados y de consagrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es
superior a los mismos ángeles, y como dice San Gregorio Nacianceno, Orat. 1: "Quaedam
illi divinitas inest, aliosque efficit Deos." Te conviene considerar esto con todo esmero,
sacerdote de Cristo, quien quiera que seas, para que no se te aplique la
sentencia del salmista: "Homo, cum in honore esset, non intellexit, comparatus est iumentis insipientibus, et similis factus est illis". Que no haya
nada terreno en ti, que tu conversación sea angélica, tu vida divina, tus
costumbres saludables. ¿Qué hay más vil que la deformación de un honor tan
sublime y una vida tan digna, que la actuación ilícita en una profesión tan
santa? Atiende, pues, a que la conducta convenga dignamente al nombre, y las
costumbres a la dignidad. Pues, si Dios mandó a los sacerdotes de la antigua
Ley que fuesen santos para ofrecer convenientemente el incienso y los panes
de la proposición, ¿cuánta mayor santidad debe encontrarse en ti, que
diariamente ofreces y recibes al Hijo de Dios? Y si el cuerpo suele adquirir
las cualidades de los alimentos con que se nutre, es de todo punto razonable
que imites las condiciones de Cristo, a quien recibes diariamente en la Eucaristía, y trates
de vivir sus virtudes. Cristo se esconde bajo las humildes especies del pan y
del vino y no se manifiesta por ningún otro indicio; esconde tú también los
dones de Dios, y ama el pasar oculto y ser tenido en nada. El está allí
expuesto a las injurias de los pecadores, de los infieles y hasta de las
bestias. Tú, de igual manera, sométete a todos, y conserva la paciencia ante
cualquier desprecio y oprobio. El apacienta a todos con su vida, sin hacer
acepción de personas; sé tú liberal con todos, cultiva un celo sincero con
las almas sin respetos humanos. El, aun cuando se dividen las especies no
sufre división ni menoscabo alguno; tú también en toda dificultad mantén un
ánimo sereno y totalmente imperturbable. El no desprecia ningún lugar y
permanece allí donde le coloca cualquier sacerdote, por muy pecador que sea;
tú, de una manera semejante, sé indiferente a todo lugar y oficio y no rehuses ningún cargo que te impongan los superiores.
Finalmente en este sacramento desaparece la sustancia del pan y del vino y
sólo quedan los accidentes; tú, del mismo modo, debes destruir en ti toda
sustancia terrena: afectos desordenados, apetitos de gloria, deseos
depravados, juicios mundanos y todo cuanto sea contrario a la perfección.
Como quiera que el sacrificio es el oficio primario
de la religión, conviene a todas luces que la religión cristiana, que supera
a todas en perfección y sublimidad, tenga un sacrificio nobilísimo, de cuya
excelencia son vestigios muchas razones. Primero, porque lo que en él se
ofrece es Cristo Nuestro Señor, verdadero Dios y verdadero hombre; y, puesto
que no hay nada más excelso que El, su misma acción de sacrificar supera a
todas las acciones humanas, incluso las de los santos que aman a Dios en el
Cielo. Debemos cuidar en consecuencia de no deshonrar por nuestra
irreverencia y falta de devoción la oblación de tan grande víctima. Y si Dios
mandó en la antigüedad a los sacerdotes: "Mundamini,
qui fertis vasa Domini",
"purificaos los que lleváis los utensilios de Yavé",
¿cuánto más debe brillar la pureza en nosotros que ofrecemos a Dios el Cuerpo
purísimo y la preciosísima Sangre de Cristo?
En segundo lugar, por la persona a quien se ofrece, que es únicamente Dios,
ya que no se puede ofrecer a ningún santo ni a la misma Santísima Virgen, sino
que por su misma naturaleza intrínseca tan sólo conviene a Dios, toda vez que
por el sacrificio confesamos que Dios es nuestro primer principio y último
fin, y supremo Señor de todas las cosas, a quien en prueba de nuestra
dependencia, ofrecemos algo sensible para significar mediante ello el
sacrificio interno por el cual el alma se ofrece a Dios como principio de su
creación y término de su felicidad eterna. Ni siquiera el mismo Dios en su
omnipotencia puede hacer que esto convenga a criatura alguna.
En tercer lugar, por razón de la misma consagración, por la que el pan y el
vino se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, permaneciendo los accidentes
sin el sujeto. Esta acción es totalmente sobrenatural, puesto que no puede
depender en absoluto de ninguna potencia creada como de causa principal, ya
que sólo Dios es quien realiza la transustanciación.
Cuarto, por el valor del mismo sacrificio, que es infinito como los méritos y
la pasión de Cristo y, por tanto, satisface a Dios de la misma manera que su
muerte en la Cruz,
aunque el efecto sea infinito.
Quinto por razón del fin para el que fue instituido este sacrificio, una vez
abolidos todos los demás, para que por medio de él tributemos culto de latría
a Dios, nuestro creador, y le demos testimonio humilde de nuestra servidumbre
y sujeción; para que le demos por siempre dignas gracias por todos sus
beneficios; para pedir el auxilio de la gracia divina, su protección, su
estímulo y su dirección; para obtener el perdón de los pecados; para aplacar
la ira de Dios y apartar los castigos inminentes; para socorrer las
necesidades casi infinitas de vivos y difuntos. Por todo lo cual consta de un
modo manifiesto que nada puede haber más grande en esta vida, ni realizar los
hombres acción más excelente que ofrecer a Dios este sacrificio. Por tanto,
el sacerdote que estuviere celebrando no debe interrumpir el sacrificio bajo
ningún pretexto, aunque en ese momento le llamase un rey o el mismo Romano
Pontífice. Y debe comportarse de tal manera que no haya en él nada que vaya
en desdoro de Aquel a quien representa, así como el legado haciendo las veces
de rey cuidaría muy mucho que no hubiera en él nada indecoroso ni que fuera
en detrimento de su cargo.
El sacerdote debe considerar con gran solicitud cuán necesario es este
sacrificio, que es de tanta utilidad para los que están en este mundo y para
las almas del purgatorio; para éstas, a quienes libra más rápidamente de sus
penas y conduce a la felicidad eterna del cielo; para aquéllos, en cuanto les
asegura los continuos auxilios de Dios. Compete, pues, al sacerdote presentar
a Dios las peticiones de todos los hombres, como legado que es de toda la Humanidad, y exponer
al Señor sus necesidades espirituales y corporales y conseguir para
cada uno lo que necesita para su salvación. Las miserias espirituales que se
dan en el primer lugar son los pecados, en los que abundan todos los reinos
del mundo en cualquier estado o condición humana. Luego, las tentaciones
internas y externas, por lo demás innumerables y difíciles de superar, que
vienen de la naturaleza corrompida, de los sentidos y de las cosas exteriores
y otras personas, de volubilidad del libre albedrío y de los demonios. Hay, finalmente,
ocasiones extrínsecas de males que inducen a pecar tanto dentro como fuera de
casa, de donde se sigue un peligro constante de eterna condenación. Son
también muy numerosas las necesidades corporales que a todos acucian y a las
que todo el mundo está sujeto: enfermedades, guerras, persecuciones, pobreza,
miseria, pérdida de bienes, destierro, cárceles, insidias, engaños, fraudes,
luchas civiles y domésticas, rencillas, detracciones y múltiples injurias de
los dueños, de los siervos, de los vecinos, de nuestros semejantes, que
suelen acaecer en todo lugar manifiesta y ocultamente. Tienen, por tanto,
gran necesidad de este sacrificio los católicos que, aprisionados en las
redes del pecado mortal, se corrompen en su inmundicia; también todos los infieles,
herejes, cismáticos, judíos, paganos y moros, quienes, no conociendo al
verdadero Dios, viven en tinieblas; tampoco ellos pueden salir de estado tan
deplorable por solas sus fuerzas naturales, a no ser que el Padre de
misericordia vuelva a ellos sus ojos, los mueva y los ayude con su poderosa
virtud. Lo necesitan, asimismo, los cristianos justos tibios e imperfectos y
aun los piadosos; todos están en peligro inminente de caer en pecado mortal y
perder la gracia divina, ya que es tanta la fragilidad de la naturaleza
depravada, tanta la rebelión de la carne, tanta la rabia del demonio, tanta
la fuerza de los malos hábitos y tan grande la corrupción de este mundo. Hay
también otros seres sin número, oprimidos por las calamidades antes citadas:
unos, necesitan la ayuda divina para vencer alguna tentación; otros, para
adquirir alguna virtud o para realizar un acto sobrenatural. Unos están en el
mar, otros en camino inseguro. Este sufre la injusticia de sus enemigos,
aquél es calumniado; unos se ven afligidos por la pobreza, otros por las
enfermedades, escrúpulos, luchas, dudas y otras calamidades. Muchos se
encuentran en peligro de muerte, de la que depende toda una eternidad, y a
quienes, de una manera del todo inexplicable, torturan y atormentan los pecados
que cometieron, los bienes temporales que ahora dejan y la eternidad que
corre a su encuentro. Finalmente, padecen grandísima necesidad las almas de
los difuntos cuya esperanza en la ardiente cárcel del purgatorio se cifra
toda en nuestros sufragios, ya que ellas por sí mismas no pueden satisfacer
ni impetrar nada. Toda esta infinita multitud extiende suplicante las manos
al sacerdote clamando y pidiendo con desgarrado gemido digno de compasión que
impetre alguna parte del divino auxilio en favor de cada uno, ofreciendo sus
súplicas en la Misa,
y el sacerdote debe encomendarles al eterno Padre con gran afecto, seria y
fervientemente. Sería intolerable, por tanto, en presencia de tanta Majestad,
hacer nuestra embajada insulsa por las distracciones o titubeos y tratar
negocios de tanta importancia de una manera fría y formularia.
La reverencia es doble: interna y externa. La interna consiste en temor y
temblor, en humildad y compunción de corazón. Pertenece a la externa la
compostura y gravedad de todo el ser y la observancia de todas las ceremonias
y prescripciones de los ritos. El sacerdote se dará cuenta muy fácilmente del
cuidado exquisito que debe ponerse para celebrar este sacrificio augustísimo
con toda veneración y reverencia, si considera por su parte que quienes
honran a Cristo no pueden realizar ninguna obra más santa y divina que este
tremendo misterio; y, por otra parte, que en la Sagrada Escritura
se llama maldito al que hace la
Obra de Dios con negligencia. "Maledictus
qui facit opus Dei negligenter".
"Maldito el que ejecute negligentemente la obra de Yavé".
Pues si el que va a hablar con un rey se pone delante de él con gran miedo y
no se atreve a apartar de él sus ojos, ¿con cuánto mayor temor, humildad y
reverencia conviene estar delante de la Divina Majestad
con toda la mente dirigida al mismo Dios, que no sólo ve el aspecto externo
sino que penetra con su mirada la intimidad del alma? ¿Qué hay más ruin y más
digno de castigo que un pecador que se llega sin reverencia alguna al sagrado
altar donde los santos temen, los ángeles enmudecen, las potestades tiemblan
y los serafines cubren su rostro con rubor y confusión? La noche se acerca a
la luz, el enfermo al Omnipotente, el siervo al Señor, la criatura al
Creador, ¿y no tiembla, no se espanta? Sirve también de provecho para
estimular el afecto reverencial, la consideración del gozo que perciben la Santísima Trinidad
y todos los habitantes del cielo de la devota y reverente celebración de la Misa: tanto porque este
sacrificio del Nuevo Testamento fue dejado por Cristo en prenda del amor con
el cual amó a los suyos hasta el fin, cuanto porque es la conmemoración de su
muerte, por cuya intercesión fueron perdonados nuestros pecados, los hombres redimidos,
los santos salvados, y nosotros, actuales caminantes, recibimos innumerables
beneficios. El celebrante debe cuidar, por tanto, de no realizar acción
alguna que vaya en mengua de este gozo de Dios y de los santos, que dimana
del suavísimo aroma de este sacrificio. Finalmente, para adquirir esta
reverencia, el sacerdote debe meditar con toda la diligencia de que sea capaz
cuán sapientísima y exactamente la santa Iglesia, siguiendo las divinas
enseñanzas, prescribe e instituye orden, modo y aparato de todo el
sacrificio, pues, en primer lugar, confiesa sus culpas a la par que pide
perdón de ellas; después alaba y adora a Dios y da gracias por los beneficios
que de El ha recibido; implora la ayuda divina para sí y para otros; y no
omite ningún género de deber que los mortales puedan santamente ejercer para
con Dios. Añade a esto una conformación externa y una actitud del cuerpo en
sumo grado dignos y recogidos: ya esté de pie, ya se arrodilla, con la cabeza
siempre descubierta, con las manos a veces juntas y otras veces extendidas o
elevadas al cielo; todo lo cual es muy apto para fomentar la reverencia,
tanto en los asistentes como en el mismo celebrante. Y no se dirige a Dios de
cualquier manera, sino con sumo respeto y le habla quedo, y como al oído,
como de amigo a amigo. No habla el sacerdote en su nombre, sino en el de toda
la Iglesia
y Dios le escucha como a representante público sin tener en cuenta su
condición personal, sea ésta buena o mala. Habla en ceremonia pública ante
toda la corte celestial y ante los hombres que asisten; así en la solemne
confesión que precede a la Misa,
apela a los santos y al pueblo; y en el prefacio pide a Dios que mande se
admitan sus voces con las de los ángeles. Habla con Cristo Nuestro Señor, que
está prresente en el sacramento y que, juntamente
con él, presenta sus preces al Padre eterno. Finalmente, las palabras que
dice no son cosecha de su propio ingenio, sino que están ya enseñadas por
Cristo, ya dictadas por el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura,
ya corroboradas por la autoridad de los Santos Padres o de los Concilios; por
tanto, no puede pronunciar nada que no sea gratísimo y sumamente aceptable a
Dios. Procure, pues, el sacerdote con todas sus fuerzas que tan santo
ministerio se ejecute con la mayor reverencia y santidad posibles; y
abandonando la suciedad de la tierra, resplandezca con angélica pureza.
Casi imposible será que tú, sacerdote de Cristo quienquiera que seas, celebres
con poca atención, devoción y reverencia, si percibes con fe viva y
profundizas el íntimo sentido de esta verdad inefable: que ofreces al mismo
Cristo, Hijo unigénito de Dios, Juez y Salvador tuyo. Pero a esta verdad se
añade un factor de máxima importancia; porque ahora, en la Misa, ofreces a Dios una
humanidad de Cristo más perfecta que la que ofreció El mismo en la última
Cena. Pues en primer lugar Cristo ofreció una humanidad mortal; tú, una
inmortal. El, una pasible; tú, una impasible. En segundo lugar, ahora, esta
misma humanidad se ofrece con la satisfacción por nosotros ya completa, ya
que todos los méritos suyos se completaron en la muerte. En tercer lugar,
porque la humanidad de Cristo, aunque santificada desde el principio por la
unión hipostática; sin embargo, al ser inmolada a Dios en la pasión adquirió
una nueva satisfacción como hostia que en aquel momento era presentada como
tal, y ahora en la Misa
se ofrece adornada con esta nueva santificación. Añade, además, el hecho de
que Cristo existe en el sacramento de una manera más admirable que en el
cielo. Pues todo su Cuerpo está en todas las especies y todo entero en
cualquier parte de ellas, por pequeña que sea, sin que la cantidad sea coextensa con el lugar; de tal modo que su presencia no
puede ser vista ni siquiera por los serafines de modo natural y por
principios naturales. Y aún hay en este sacramento otras innumerables
maravillas que más vale venerar que describir. Pues, dejando otras cosas,
¿quién podría explicar dignamente, o por lo menos concebir con su
inteligencia, el inmenso beneficio que representa para nosotros, los
hombres, el que por medio de este sacrificio poseamos con cierta anticipación
el cielo en la tierra y el que tengamos ante nuestros ojos y toquemos con
nuestras manos al mismo Creador del cielo y de la tierra? Reflexiona muy
despacio y avergüénzate de atreverte a celebrar estos tremendos misterios con
tanta tibieza y tan poca reverencia.
Extiende tu pensamiento al mundo entero, mira qué mal sirven a Dios los
hombres en todo lugar; cuántos pecados se cometen; cuán pocos hay que busquen
la perfección con seriedad; cuántos son los que se ocupan de continuo en
cosas vanas y ociosas, y así nunca piensan o hablan de Dios. Enciéndete, por
tanto, con grande e íntimo dolor de corazón en ardor y afecto vehementísimos para con el Señor, tu Dios, a quien muchos
mortales desconocen o desprecian; procura, entonces, celebrar la santa Misa
con tal devoción que, de ser posible, se recreara el Señor de algún modo por
la suavidad que este sacrificio posee también "ex opere operantis", y olvidase todo aquello que los hombres
perpetran contra su santísima voluntad. Lleva, por otra parte, tu pensamiento
al cielo, y considera con cuánto fervor aman a Dios los bienaventurados y con
qué suave armonía cantan a una sus alabanzas. Unete
a ellos, enciéndete en afectos semejantes de amor y loor; pero cuida de que
la falta de armonía de tu voz y de tus costumbres no perturbe el dulcísimo y
armonioso coro de los santos.
Como quiera que este sacrificio representa la pasión y muerte de Cristo, es
como una cierta imagen y representación trágica, no verbal -a la manera de
las tragedias de los poetas-, sino real y sustancial que expresa de modo
incruento aquella pasión y muerte cruenta de la que manaron para ti y
para la Humanidad
entera todos los bienes y todos los tesoros de la gracia divina. Aguza, pues,
la inteligencia y mira con cuánta y cuán ferviente devoción debes llevar a
cabo la representación de bien tan grande. La Santísima Trinidad,
la humanidad de Cristo en el cielo, los ángeles y las almas bienaventuradas
son los espectadores de esta tragedia; cuida, pues, de que no haya en ti nada
indigno ni indecoroso que pueda ofender los ojos purísimos de Dios y de la
corte celestial. Y esto lo conseguirás si llevas en ti mismo las señales de
una continua penitencia corporal y mortificación de las pasiones; si
conservas en ti viva memoria de los acerbísimos sufrimientos de Cristo, que
conmemoras y representas en este sacrificio; y si enseñas esto mismo a los
demás con la austeridad de tu vida y tus costumbres.
"Ante orationem -dice la Sabiduría- praepara animam tuam et noli esse quasi homo qui tentat Deum". Y si se
dice que tienta a Dios y provoca su ira aquel que osa hablarle en la oración
sin una diligente y cuidada preparación, cuánto más irritará por su temeridad
y audacia aquel que le ofrece a su Hijo unigénito y se atreve a recibirlo sin
estar bien dispuesto. Si un rey o príncipe poderoso te designara, oh sacerdote, para que le preparases hospedaje al día
siguiente, ¿con cuánta solicitud procurarías limpiar y adornar la casa,
pasando incluso toda la noche en vela para que, cuando él viniese, no
encontrase nada desordenado o indecoroso? Pues bien, el Rey de reyes y el
Señor de señores te ordena diciendo con el profeta: "Praeparare,
Israel, in occursum Dei tui", porque he aquí que vengo y moraré en ti. Ve,
pues, y considera con cuánta diligencia debes limpiar las suciedades de tu
tálamo, con cuánta prevención debes adornarlo, para que seas digno de que tan
gran huésped te visite. Dios se mostrará a tu alma en la medida en que la
prepares para su llegada; cuanta más diligencia tú pongas, tanta más gracia
añadirá El. Hay un viejo proverbio que dice: "Adoraturi
sedeant", con el que se amonesta a presentar a
Dios un corazón dispuesto y compungido. También dijo un pagano: "Dimidium facti, qui coepit, habet";
debemos en primer término poner cuidado en comenzar con rectitud cada una de
nuestras acciones. Con todo, la preparación mejor y más necesaria es siempre
aquella que consiste en la pureza y santidad de la vida; cuando hagas algo,
pienses cualquier cosa o emprendas una acción, refiérelo sólo a este fin:
vivir una vida divina, y hacerte digno de este convite celestial. Así como el
fruto principal de la celebración frecuente tiene ante todo por objeto crecer
cada día en humildad, paciencia, desprecio del mundo y caridad; así también
la verdadera preparación consiste en arrancar diariamente parte de los vicios
y adquirir las virtudes hasta tal punto que puedas decir con el Apóstol:
"Vivo ego, iam non ego, vivir vero in me Christus", "y yo vivo ahora, o más bien
no soy yo el que vivo sino que Cristo vive en mí". Ciertamente para
aquellos que, unidos a Dios, se ejercitan de continuo en la consideración de
las cosas celestiales, no les será difícil prepararse como es debido a una
digna celebración; pero a los otros, que son los más, que tienen menos
facilidad para elevar sus pensamientos hacia el Cielo, les ayudarán sin duda
a acercarse a Dios con el cuidado y atención que merece tan gran misterio
varios documentos de los Santos Padres. De algunos ya hemos hecho mención;
otros los vamos a explicar en seguida.
Inspira temor, y se escucha con desasosiego aquella amenaza del Apóstol
cuando dice: "Quicumque manducaverit
panem hunc, vel biberit calicem
Domini indigne, reus erit Corporis et Sanguinis Domini",
"de manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere el cáliz del
Señor indignamente, reo será del Cuerpo y de la Sangre del Señor".
Debe, por tanto, el que va a celebrar traer a la memoria aquel precepto de San
Pablo: "Probet autem
seipsum homo, et sic de pane
illo edat, et de calice bibat; qui enim manducat
et bibet indigne, iudicium
sibi manducat et bibit". Es ciertamente en absoluto necesario este
examen para que nadie trate de celebrar la Santa Misa sin previa
confesión sacramental, teniendo conciencia de pecado mortal, aunque crea
estar arrepentido; de lo cotrario, recibirá el pan
de vida para su muerte y condenación. Pero para que el alma saque copiosos
frutos de este banquete divino que colma de indecibles delicias a las almas
santas, debe limpiarse no sólo de pecados mortales, sino también de los
veniales y de todo afecto terreno, y debe mostrarse a Dios limpia y vacía de
todo mal, para ser colmada y adornada con los dones de su gracia.
Por esta razón, los buenos sacerdotes, a los que te
conviene imitar, diariamente, en días alternos, o por lo menos dos veces por
semana suelen confesarse con espíritu contrito, procuran arrancar todas las
raíces de los males, y quitar todas las manchas, incluso las más leves.
Y si no hay materia que expiar en el sacramento de la penitencia, no te
olvides de hacer un intenso acto de contrición de todos los pecados de tu
vida pasada, porque Dios no desprecia a un corazón contrito y humillado.
En la confesión debe evitarse la prolijidad y la diligencia exagerada al
contar las culpas leves; bastará con dolerse íntimamente de ellas, y
expiarlas elevando piadosamente el corazón a Dios sin detenerse en contarlas,
a la manera como se relata una historia sin propósito de enmienda, cosa que
ocurre con cierta frecuencia. No hay una opinión concorde
entre los maestros espirituales sobre si conviene exponer en la confesión las
imperfecciones diarias, para que así el confesor conozca mejor el estado del
penitente; la sentencia más segura y más común es que conviene manifestarlas
fuera de la confesión. Hay que evitar, asimismo, el error de muchos que se
acusan por extenso de cosas que no son pecados, como malos hábitos, pasiones,
circunstancias improcedentes, de que son soberbios, propensos a la ira e
inclinados al mal; que no aman a Dios con toda la fuerza de su corazón,
y otras muchas cosas por el estilo; sobre todo ello aconsejo que se lea por
completo el tratado de San Buenaventura sobre el modo de confesarse y sobre
la pureza de conciencia.
Es necesaria una doble preparación para confesarse: remota y próxima. La
preparación remota consiste en el intento de conseguir, por medio de la
custodia vigilante del corazón, del profundo conocimiento de uno mismo y del
exacto examen, la delicadeza y pureza de conciencia, que siente enseguida
dolor por los defectos cometidos y fielmente los graba en la memoria.
Acostúmbrate, después, a decir con frecuencia el acto de contrición y a hacer
el examen diario como si debieras confesarte inmediatamente.
La preparación próxima comprende diversos actos: en primer lugar debes pedir
la gracia eficaz para conocer todos tus pecados, detestarlos y enmendarte y
recordar luego todos los que hayas cometido desde tu última confesión;
procura, por último, hacer un acto de dolor, por cada uno de ellos, con
propósito firme y constante de no volver a cometerlos más, y satisfacer por
ellos en adelante. Si los pecados son más leves, ya que es difícil corregirlo
todo a causa de la fragilidad humana, proponte por lo menos y procura cada
vez que te acerques a confesar arrancar alguno de aquellos en que sueles caer
con más frecuencia.
Como quiera que la parte esencial y más importante del sacramento de
la confesión es el dolor y contrición de los pecados cometidos, insiste mucho
en esto, haciendo de antemano una breve consideración sobre algunos de los
motivos de la contrición, cuales son: 1º. La gravedad de los pecados, con los
que se ofende a Dios, cuya bondad infinita no debíamos ofender en lo más
mínimo, aunque ello supusiese la salvación de todo el mundo. 2º. Los daños
tan atroces que se originan por el pecado, tanto en esta vida como en la
otra. 3º. La inescrutabilidad de los juicios de
Dios, que de ordinario abandona a los ingratos y vomita a los tibios. 4º. La
brevedad e incertidumbre del tiempo de la gracia, durante el cual pueden
expiarse las ofensas a Dios. 5º. El recuerdo de la eternidad y su duración
sin término. 6º. La inestimable dignidad de Dios que sufrió tanto para
librarte de los pecados. 7º. La magnitud de los beneficios que Dios te
concedió, por lo que sería una vileza no mostrarte agradecido con El viviendo
santamente. 8º. La sublimidad del premio eterno y la facilidad de los medios
para alcanzarlo. 9º. La infinita amabilidad de Dios, que es digno de por sí
de un obsequio infinito, porque es el mismo bien supremo que te persigue con
un amor ilimitado.
Si consideras con atención estos motivos, podrás fácilmente avivar en ti una
gran contrición. Así dispuesto puedes acercarte a los pies del confesor como
al baño de la sangre de Jesucristo, en quien confías te limpie todas tus
miserias. Debes imaginar que hay allí dos sacerdotes, visible uno e invisible
el otro, que penetra las intimidades del corazón. Así, pues, al igual que el
hijo pródigo volvió en sí, pide tú también con humildad la bendición y la
gracia de confesarte bien, y recita previamente la confesión general, renueva
el acto de contrición. Entonces con gran reverencia, interior y exterior,
como la que un reo suele mostrar ante el juez, confiesa tus pecados al
sacerdote, que representa a Cristo Juez, sin rodeos, de una manera clara,
sincera y humilde, no por hábito o costumbre, llorando tus pecados delante de
Dios con vergüenza y compunción. Y mientras el sacerdote pronuncia las
palabras de la absolución, reza de nuevo el acto de contrición, y considera
que tú, el hijo pródigo, eres recibido con un ósculo por Cristo, quien
te adorna con una nueva vestidura y te abraza con las palabras añadidas por
El mismo: "Remissa sunt
tibi peccata tua, iam amplius noli
peccare". Por lo cual dale las gracias
diciendo con el profeta: "Nunc coepi", y comienza desde aquel momento una vida más
santa.
Después de la confesión cumple enseguida la penitencia impuesta; ofrécela a
Dios uniéndote a la pasión de Cristo y a las satisfacciones de todos los
santos. Examina entonces si fue verdadera tu contrición, si habías penetrado
en lo íntimo del corazón, si habías hecho previamente un diligente
examen, si habías reconocido la gravedad de tus culpas, si te habías olvidado
de algo, si te excusaste por pereza, si tienes algo de que echarte en cara,
si te moviste, por fin a un serio arrepentimiento.
Vengo a ti, piadosísimo Jesús, mi refugio y consuelo, lleno de aflicción y
tristeza a recordar delante de ti en la amargura de mi alma mis delitos y mis
años pasados. A ti dirijo palabras de dolor implorando tu misericordia para
que hagas tu obra, que es tener compasión y perdonar, borrando mis pecados,
que son mi más grande miseria. No desprecies las voces y suspiros de la oveja
perdida y del hijo pródigo que vuelve a tu piedad desde la región lejana; no
te goces, pues, en la perdición de los que están en trance de morir, Tú, que
para que yo no pereciera te dignaste sufrir la muerte. Gusano soy de la
tierra, que te devuelvo mal por bien; y muchos males y graves pecados en
respuesta a tantos y tan inefables bienes. Y, sin embargo, hablas a tu
esposa, mi alma pervertida, después de que ha fornicado con muchos amantes,
para que vuelva a Ti; y la recibes, porque tu misericordia está por encima de
tus obras; y mayor es tu bondad que mi iniquidad. Por eso me levanto, y a Ti
me llego con corazón contrito y humillado; vengo para ser lavado, oh fuente de la vida eterna, de la cual estoy sediento
como el ciervo lo está de las fuentes de las aguas; vengo para ser iluminado,
oh luz mía, y para amarte y confesarte la injusticia
que cometí contra Ti. Envíame tu luz y tu verdad e ilumina mi inteligencia
para que conozca claramente todo el mal que cometí y el bien que dejé de
hacer y me confiese íntegramente; y no permitas que me corrompa en mi
suciedad, Tú que tienes misericordia de todos y no odias nada de lo que
hiciste. Haz que abandone los malos hábitos y que me ocupe en obras que sean
de tu agrado para que allí donde abundó el pecado sobreabunde tu gracia; y
como fue mi capricho apartarte de Ti, vuelto otras diez veces te buscaré. Me
arrepiento, oh Jesús misericordioso, de todos y
cada uno de mis pecados y los detesto sobre todo mal, no sólo en mi corazón
árido e imperfecto, sino también con el corazón y deseo de todos los
verdaderos penitentes, por tu amor gratuito, porque eres, oh
Dios mío, digno de un amor infinito, y propongo firmemente padecer cualquier
mal antes que consentir otra vez en el pecado. Quiero asimismo confesarme con
extremada diligencia, satisfacerte íntegramente a Ti y al prójimo y evitar en
adelante toda ocasión de pecado. Lo que a mí me falte, súplalo tu muerte, tu
sangre, y la sobreabundancia de tus méritos, en los que pongo toda mi
confianza esperando así obtener tu perdón, la gracia para corregir mis
torcidos impulsos y el don de la perseverancia final. Y ahora, Señor, que me
has dado a conocer mis pecados más graves, perfecciona mi contrición, y
conduce hasta el fin mi satisfacción. Purifica aún lo que haya en mí que te
agrade, para que viva en Ti y no en mí; en Ti y por Ti muera, oh Salvador mío, que vives y reinas por los siglos de los
siglos. Amén.
Te doy gracias, Señor, Padre y Señor de mi vida, porque no obraste conmigo
según mis pecados, sino que con tu juicio realzaste tu misericordia, y arrojaste
en lo profundo del mar todos mis delitos. Ojalá
pudiese excitar en mí tanta contrición, cuanta por sus pecados tuvieron el
santo profeta David, hombre según tu corazón; San Pedro, príncipe de los
apóstoles, y los demás penitentes. ¡Con qué gusto me desharía en lágrimas,
hasta que se lavaran mis iniquidades, y me mostrases tu rostro aplacado! Pero
mi alma es para Ti como tierra sin agua, y se reseca mi virtud como una
vasija de barro cocido; y, como estoy desprovisto de toda virtud, tan sólo me
resta elevar mis ojos a mi Redentor y ofrecerte sus lágrimas, que tan
abundantemente derramó por mí, para que, aplacado por ellas, me abras la
puerta de tu misericordia y me recibas como a siervo fugitivo que viene a Ti
y huye de los enemigos. Mírame y ten misericordia de mí, Señor paciente y
misericordioso; habla a la piedra que es mi corazón y golpéala con la vara de
la virtud, para que fluyan las aguas de la compunción, aguas salvadoras, por
las cuales sanará y se blanqueará mi alma. Confirma lo que se ha obrado en
mí, séate grata y aceptable mi confesión y todo
defecto suyo súplanlo tu piedad y misericordia. Imploro tu misericordia y
pido tu perdón con el firme propósito de no volver a pecar, y dedicarme con ahinco y diligentemente a la virtud, dándome Tú fuerzas
para ello, porque no abandonas a los que en Ti esperan.
No quiero que me sufras por más tiempo mientras camino tras la vanidad de
esta vida: pasan días y días, años y años, y he aquí que en mada mejoro. Vuélvete, pues, a mí y apiádate de este
indignísimo siervo tuyo, y no quieras atender a lo mío de tal modo que te
olvides de lo bueno tuyo; pues si yo te di motivos para que me condenes,
mayores los tienes tú para salvarme y recibirme en tu gracia, Dios mío y mi
ayuda, que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Dios del cielo y de la tierra, infinitamente amable y fuente inagotable de
todos los bienes, yo N., el más miserable de los pecadores, y ministro
indignísimo de tu Iglesia, postrado en tierra ante el trono de tu gloria, con
el mayor amor, reverencia y devoción de que soy capaz, quiero hoy, según el
rito de la Santa
Iglesia Romana, ofrecer el Sacrosanto Sacrificio de la Misa a tu altísima
Majestad, a quien únicamente es debido; y desde ahora lo ofrezco a una con
todos los sacrificios que te hayan sido aceptados desde el principio del
mundo, y con los que se ofrecerán hasta su fin, y juntamente con el precio de
la sangre y con todos los trabajos y sufrimientos de nuestro Redentor; junto
con todos los méritos de su santísima e inmaculada Madre; con las virtudes de
los santos todos, y con las alabanzas y preces de toda la Iglesia militante. En
unión con aquel admirable sacrificio que tu mismo Unigénito instituyó en la
última cena, y en la cruz consumó hecho sacerdote de su misma víctima, y
víctima de su sacerdocio; con el afecto y en nombre de toda su Iglesia santa,
y de todos los que de alguna manera se están uniendo a mi ofrenda, por puro
amor a Ti y deseo de hacer siempre y en todo tu beneplácito. Y ello,
para darte máxima alabanza y culto, y gloria, en reconocimiento de tu suprema
excelencia, de tu dominio sobre todas las criaturas y de nuestra sujeción y
dependencia de Ti; para darte el culto de latría que sólo a Ti se debe, junto
con las adoraciones que te son gratísimas del mismo Cristo tu Hijo, de
la B. Virgen
y de todos los ángeles y santos; en memoria de la vida, pasión y muerte de
Nuestro Señor, y en obediencia de aquel mandato suyo por el que se nos ordenó
que hiciésemos esto en recuerdo suyo. Para el honor y aumeneto
de la gloria de la Virgen
su Madre, de todos los ángeles y santos, sobre todo de aquellos cuya
festividad se celebra hoy. En acción de gracias por todos tus beneficios, que
te has dignado conferirme a mí, indignísimo pecador, y a todos los hombres, y
a todas tus criaturas. En propiciación y satisfacción por los pecados de todo
el mundo, y especialmente por los míos, de los cuales me arrepiento con firme
propósito de enmienda, y detesto y abomino más que a ninguna otra cosa, por
lo mucho que te desagradan. Y porque este sacrificio posee una infinita
fuerza impetratoria, lo ofrezco por mis necesidades y por las de todos los
vivos y difuntos; y en primer lugar aplico su fruto a aquel por cuya
intención celebro, y, si acaso ocurriera que no fuera capaz o digno, quiero
que tal fruto se transfiera a N.; con aplicación de las indulgencias a mí o
tal difunto. En segundo lugar, y sin perjuicio de aquel por quien estoy
obligado a pedir en primer lugar, pido por todos los que particularmente me
están encomendados, por N. y N.; para obtener tal gracia y por todos los
vivos y difuntos por quienes quisiste desempeñara yo mi legación ante tu
presencia; para que a los difuntos concedas el perdón; para que a los vivos
concedas gracia, a fin de que te sirvan y perseveren en tu amor hasta el fin.
Amén.
Acuérdate, Señor, por tus entrañas misericordiosas, por los méritos de tu
Hijo, que de nuevo te presento ofrecidos en sacrificio por nosotros, por los
méritos de la B. Virgen
y de todos los santos; acuérdate de la Iglesia, tu esposa; mediante el esfuerzo de los
hombres apostólicos extiéndela por todo el orbe de la tierra. Consérvala en
la paz y la tranquilidad y haz que las puertas del infierno no prevalezcan
contra ella. Anula la soberbia de sus enemigos e ilumina a las gentes ajenas
a la fe con el resplandor de tu verdad, para que no perezcan tantas almas
hechas a tu imagen y por las que se derramó la preciosa sangre de tu Hijo. Da
a nuestro sumo pontífice N. un corazón dócil y concédele la abundancia del
Espíritu Santo, para que ilumine con su ejemplo y su palabra al pueblo que le
está encomendado. Mira con ojos de piedad a todos los prelados y pastores de la Iglesia, y haz que velen
fielmente sobre su grey. Asiste a los párrocos y
presbíteros, y a todo el clero, para que no den ocasión de escándalo; que
amen la pureza y sigan el camino de la paz. Sé propicio a todos los
religiosos a los cuales separaste, para formar tu heredad, de entre todos los
pueblos de la tierra; dales un continuo progreso en la esclavitud y una
exactísima observancia de sus votos y reglas. Concede a esta casa los bienes
temporales que necesita, y excita el espíritu en nuestros superiores y
enciende el fervor en todos. Suscita en tu Iglesia operarios activos
decididos, que la apacienten fielmente con la palabra y la confirmen con el
ejemplo. Dales una recta intención de espíritu, celo sincero, desprecio de sí
mismos, ánimo fuerte y constancia en la virtud. Derrama tus misericordias,
Señor, Príncipe de los reyes de la tierra sobre todos los reyes y príncipes
católicos, y otórgales que te sirvan perseverantemente en la obediencia a la
fe y a la Iglesia,
en el cuidado de sus súbditos, celo por la justicia, mutua paz y obediencia a
tus mandatos. Da también tu auxilio a todos los magistrados, para que dirijan
a sus súbditos mediante un gobierno pacífico y te teman en sus juicios y de
continuo procuren complacerte. Concede a todos los estados de la Iglesia la abundancia de
tu gracia, para que cada uno en la vocación a que está llamado te sirva digna
y laudablemente. Da la castidad a las vírgenes, la continencia a los a ti
consagrados, pudor a los casados, indulgencia a los penitentes, sustentación
a las viudas y a los huérfanos, protección a los pobres, retorno a los
peregrinos, puerto a los navegantes, perseverancia a los justos; haz
que los buenos sean mejores, que los tibios aumenten en fervor, que los
pecadores, entre los cuales lleno de dolor me confieso, se conviertan. Danos
buen tiempo, tierra fértil, que los frutos maduren, que el mundo tenga una
suficiente abundancia. Mira a todos los enfermos, afligidos, tentados,
agonizantes, y a todos los que se encuentran en algún peligro o necesidad, y
dales el auxilio, y remedio, y consolación, en cuanto convenga a tu gloria y
a la salvación de ellos. Te ruego suplicante, benignísimo Dios, por todos mis
enemigos, a los que amo de todo corazón; por aquellos que me ofendieron y a
quienes yo ofendí o escandalicé, para que les beneficies en todo y enciendas
sus corazones con el fuego santo de tu amor. Ten misericordia de todos
aquellos por quienes debo orar o que se encomendaron a mis indignas
oraciones, y sobre todo a mis familiares, amigos y bienhechores N. y N.
Escucha sus preces y deseos, y socorre en sus necesidades a los que a Ti
claman. Te encomiendo también tal intención para que tenga un feliz éxito, si
esto ha de servir para nuestra salvación. Acuérdate también, Señor, rey
eterno, para quien todas las cosas viven, de las almas de todos los fieles
difuntos, principalmente de N. y N., sobre quienes es invocado tu nombre.
Extingue el fuego que las atormenta con el rocío deseado de tu misericordia,
y admítelas en tu presencia. Te pido, por fin, humildemente que uses de misericordia
con este desgraciado pecador; por la virtud de este sacrificio perdona todos
mis pecados, que sobrepasan el número de las arenas del mar. Oye la sangre de
tu Hijo que clama aún más alto que la sangre de Abel, y en virtud de su
oblación apiádate de tu siervo según tu gran piedad. Dirígeme por tu camino y
enséñame a hacer tu voluntad. Aumenta en mí la fe, la esperanza, la caridad y
todas las demás virtudes necesarias para mi estado. Dame el desprecio de lo
terreno y el amor de lo celestial. Poséeme de continuo según tu beneplácito,
para que te encuentre en todas las cosas y lugares, hasta que por una muerte
feliz merezca llegar a Ti. Amén.
Oh Dios uno y trino, principio y fin de todas las cosas,
cuyo poder, sabiduría, bondad y grandezas son incomprensibles: postrado te
adoro con todo mi corazón y con todo mi cuerpo; quiero hoy ofrecerte el
sacrificio del Cuerpo y de la
Sangre de mi Señor Jesucristo para tu mayor gloria,
testimonio de tu supremo dominio sobre todas las criaturas y de nuestra
sujeción y absoluta dependencia de Ti; en reconocimiento de tu infinita
perfección, felicidad y gloria y de todas tus obras, gozándome de que no
puedan ser estimadas del todo dignamente por ninguna criatura, sino por Ti,
Padre omnipotente, eterno Dios, y por tu Unigénito Hijo, Salvador nuestro,
que contigo y con el Espíritu Santo en un solo Señor; al que, por tanto, te
ofrezco en sacrificio de alabanza dignísimo de tu infinita majestad, en culto
de latría sólo a Ti debido, con todos los obsequios, alabanzas y adoraciones,
con las cuales te glorificó cuando murió en la tierra; juntamente con los
méritos de la B. Virgen
María y de todos los ángeles y santos. ¿Quién soy yo, gusanillo de la tierra
y oprobio de los hombres, para que ose levantar mi faz hacia Ti y contemplar
la altura de los cielos? Revestido, pues, con los méritos de tu Hijo
Jesucristo y de todos tus elegidos, me acerco a Ti y en su nombre me humillo
en cuerpo y espíritu ante el trono de tu divinidad, para que conozca el mundo
entero que yo soy obra de tus manos y como nada ante Ti. ¡Cómo gozaría,
Señor, si pudiese ver a todos los hombres, por todas las regiones de la
tierra, puestos de rodillas adorándote! Pero ya que muchos no te conocen, o
conociéndote, no te veneran, por ellos también te adoro y humildemente te
ruego que te dignes recibir esta oblación de tu Hijo en desagravio por los
pecados y blasfemias con que te ofenden los descarriados mortales de la
tierra y del infierno. A ti la gloria por los siglos. Amén.
Te doy gracias a Ti, Señor Dios, fuente y origen de todos los bienes, por los
grandes e innumerables beneficios tuyos, por todos y cada uno de los cuales
se te debería rendir una infinita e interminable acción de gracias en cada
instante del tiempo y de la eternidad; pero, porque soy inferior sin
comparación alguna al más pequeño de todos tus beneficios y no se puede
encontrar ninguna criatura capaz de darte dignamente gracias por tu
inagotable bondad, te ofrezco humildemente en sacrificio eucarístico a tu
Unigénito Hijo, el único que es verdaderamente acepto a tu Divina Majestad,
junto con todos los obsequios, alabanzas y acciones de gracias de El y de su
Santísima Madre y de todos los santos y elegidos suyos. Especialmente
pretendo en este sacrificio darte gracias con todas mis fuerzas por la
inmensidad de tu gloria y por toda la alegría que Tú, bienaventurado en tu
intimidad, recibes de Ti mismo, por el perenne e inagotable gozo de la eterna
generación de tu Hijo, por la procesión del Espíritu Santo, de Ti y del mismo
Hijo tuyo, y por tus perfecciones, que no tienen número y que nadie puede
comprender. Así mismo por todas tus misericordias y por todas las maravillas
que has realizado y realizarás siempre por medio de tu Hijo. Por su
Encarnación y por los abundantísimos tesoros de
sabiduría, de ciencia, de méritos y de gloria que escondiste en su santísima
humanidad y por aquel gran amor hacia mí que te llevó a dármelo como Padre y
Doctor, Pastor y Redentor, y por todo el fruto de su vida, pasión y muerte.
Por las inmensas riquezas de gracia con que adornaste a la Santísima María,
su Madre, a la cual a mí también te has dignado concedérmela como madre,
abogada y protectora; por su elección, su inmaculada concepción, su admirable
maternidad, su gloriosa asunción al cielo y por toda gracia y la gloria con
que la has honrado en la tierra y en el cielo; y por todos los beneficios que
por su intercesión has dado y perpetuamente confieres a sus fieles devotos en
todo el orbe de la tierra. Por los innumerables ejércitos de ángeles cuyo
número Tú sólo conoces, y a los que creaste, adornados de singulares prerrogativas,
para tu gloria y para nuestra ayuda. Por los dones eminentes de que llenaste
a tus santos elegidos, especialmente por los de aquello a los que hoy venera la Santa Iglesia y
con cuyos méritos y doctrina edificaste a la misma Iglesia, rechazaste la
herejía y el cisma e iluminaste a todos los fieles. Por el rico regalo de
gracias con el que colmas a quienes llevas eficazmente a la cima de la
perfección y admites a tu dulcísima familiaridad.
Por la inexplicable paciencia con la que toleras a los pecadores y los
invitas a Ti, y por los abundantes auxilios que les das para que se
conviertan. Por todos los beneficios que concedes a los hombres viadores,
fieles e infieles, y a todas las criaturas sensibles e insensibles. Por las
gracias gratis datae concedidas para la
utilidad de la Iglesia,
las cuales, aunque no las has dado a cada uno, sin embargo, las diste para
que s encuentren en todos, de modo que lo que no poseamos en nosotros mismos
lo tengamos en los demás, pues tu espíritu da a cada uno en la medida como
quiere. Por el infinito amor con que te has ocupado de mí, eligiéndome desde
antes de la creación del mundo para que sea santo e inmaculado en tu
presencia, y porque en un momento predeterminado me sacaste del abismo de la
nada y me hiciste nacer en tu Iglesia, fuera de la cual no hay salvación.
Porque me has enriquecido en el bautismo con el don de tu gracia y has
adornado mi alma con los preclaros hábitos de las virtudes; porque de un modo
constante me asistes y conservas y preservas por tu admirable providencia de
muchos peligros y adversidades; y porque has designado un ángel para mi
custodia, el cual conoce de ciertísimo mis
pensamientos y obras y me dirige a la salvación con sus ocultas
inspiraciones. Por tu gran misericordia, por la cual a mí, redimido por la
preciosa Sangre de tu Hijo, me arrancaste del mundo pervertido, y cuando
yacía en mis pecados, me levantaste con tu luz y me llamaste con tu admirable
claridad al lugar de la santificación, borrando mis faltas por la penitencia.
Por la dignidad sublime del sacerdocio a la cual me llevaste sin merecerlo en
absoluto, y por los muchos dones preclarísimos de
naturaleza y de gracia que a mí expresamente me has dado. Porque me diste en
abundancia todos loso medios para la salvación y todos los instrumentos de la
virtud; porque me has preservado tantas veces del pecado, apartándome de las
tentaciones y sanándome de las malas inclinaciones; que, aunque alguna vez
has permitido que sea tentado, sin embargo, te has dignado concederme
misericordiosamente la fuerza y la fortaleza para resistir, y has llegado
antes a mí con tus misericordias. Por el vestido y la comida y las otras
cosas imprescindibles que abundantemente me das para mi decente estado; y
porque no dejas de conservar y gobernar todas las cosas en atención a mí.
Porque para que llegase a Ti más vigoroso, alguna vez me enviaste
enfermedades corporales, y también angustias de ánimo y adversidades,
fortaleciéndome con una admirable sucesión de consuelos y desolaciones, para
que ni decaiga en las adversidades. Porque me conduces por el camino de tus
mandamientos, haciéndome conocer, querer y obrar lo que es bueno; para que,
realizando plenamente mi vocación con tu ayuda mediante buenas obras, goce
por siempre la gloria preparada para tus elegidos. Esto y muchas otras cosas
más has hecho, Señor Dios mío, vida y dulzura de mi alma, las cuales desearía
proclamar de continuo, siempre en ellas pensar, siempre darte gracias por
ellas; pero tus ojos ven mis imperfecciones. Pues ¿quién soy yo, hijo de la ira
y de las tiniebla del abismo, para que pueda obtener tantos beneficios?
Tomaré, pues, el cáliz de salvación y te inmolaré este sacrificio por mí y
por todos para que, dando gracias a esta dignísima víctima por lo ya
recibido, alcancemos aún mayores beneficios. Amén.
Me postro ante Ti, Señor, con temblor y vergüenza, cargado con el enorme peso
de mis flaquezas, y te las presento junto con los pecados de todo el pueblo,
ya que me constituiste como representante de todos para que lo que ellos por
sí mismos no pueden, lo pueda yo interpretar en cuanto mediador. Pero ¿con
qué confianza intercederá por las culpas de los demás un siervo que es reo
perverso de innumerables crímenes y que, habiendo recibido de Ti tantos
beneficios, te respondió con gravísimas ofensas, despreciando tu bondad y
menospreciando tu justicia? Mis iniquidades me
apartaron de Ti, y mis pecados velaron tu rostro impidiendo que me oyeras.
Sin embargo, he aquí que vuelvo a Ti lleno de dolor y de tristeza porque te
he ofendido: y puesto que no exite precio por el
cual podamos satisfacer en rigurosa justicia a tu infinita bondad ofendida, a
no ser el precio de la sangre de tu amado Hijo Nuestro Señor Jesucristo,
a El mismo te ofrezco como hostia suficiente por mis pecados y los de
todo el mundo, para que a mí y a N. N. y a todos los pecadores nos concedas
una verdadera contrición, y a mí y a ellos nos absuelvas misericordiosamente
del reato de las penas, por la amarguísima pasión y
muerte de tu propio Hijo, al cual te ofrezco de nuevo como una vez fue
ofrecido en la cruz. Allí encuentro el mal inmenso y ancho de sus méritos,
que borra todos nuestros pecados; allí un tesoro infinitod
de satisfacciones que purga todas nuestras deudas y obtiene el perdón.
Perdona, pues, la multitud de nuestras iniquidades y oye la Sangre de tu Hijo
clamando de Ti no venganza, sino perdón y misericordia. Escucha, ¡oh Señor!, y vuélvete a nosotros llenos de dolor y
penitentes. Danos la gracia de la enmienda y la perseverancia en el bien, y cantaremso tus alabanzas por los siglos de los siglos.
Amén.
Porque quisite, por tu inefable bondad y
misericordia, que yo, indignísimo siervo tuyo, fuese a Ti legado, en
representación de todos los hombres vivos y difuntos, te ofrezco, Padre
clementísimo, este sacrificio cuya fuerza impetratoria es infinita,
pidiéndote por las necesidades e indigencias de todos, para que, por la
pasión y muerte de Jesucristo Nuestro Salvador, te dignes oír
misericordiosamente las voces y sollozos de los hombres y concedas a cada uno
tus gracias. Escúchame, pues te pido en nombre de todos, y no me escondas tu
rostro a causa de mis innumerables pecados, pues no me atrevo a hablarte
apoyándome en mis méritos, sino en la persona de tu Iglesia y de tu amado
Hijo. Ten misericordia, Señor, de todos los que has creado, y llénalos de tu
ciencia y de tu fe para que sea alabado en tu heredad. Danos a todos una fe viva y un ardentísimo amor hacia Ti, y no
cierres las bocas de los que te cantan. Derrama tu misericordia sobre las
gentes que no te conocen, turcos, moros, idólatras, judíos, herejes,
cismáticos, sepultados en la oscura noche de la infidelidad; sácales de sus
errores e ilumina su corazón para que conozcan a Jesucristo a quien enviaste.
Destruye los acuerdos de los impíos para que no sirvan de obstáculo a tu
reino y a la propagación de tu gloria; libra a tus fieles de las manos de los
enemigos. Santifica tu Iglesia la cual ha sido erigida por tu diestra; aparta
de ella todos los obstáculos, disensiones y cismas, para que al fin llegue a
ser de verdad un solo rebaño y un solo pastor. Concede a nuestro Sumo
Pontífice y a todos los prelados que apacienten fielmente las ovejas que
tienen encomendadas, mediante el fruto de la oración, el ejemplo de la
buena conducta, la predicación de la palabra y ejercicio de la caridad. Que
tengan siempre presente la carga que se les impuso y desempeñen sin
reprensión su sacerdocio. Reforma a todas las órdenes eclesiásticas para que
resplandezcan ante los hombres, para que sean dechado de virtudes, para que
en ellas se muestre el esplendor de la santidad. Haz volver a todas las
órdenes religiosas y congregaciones a la perfección en que fueron
instituidas; da a los superiores el celo de la disciplina, a los súbditos el
de la obediencia, para que todos sean encontrados dignos de lo que por su
profesión son. Da a los predicadores la voz de la virtud, para que
saquen a muchos pecadores del cieno y los conduzcan a tu temor y a tu amor.
Ilumina con tu sabiduría a todos los reyes, príncipes y a todos los
magistrados, para que administren fielmente la justicia a los súbditos que
tienen encomendados, y para que amen la paz, respeten a la Iglesia, guarden tus
mandamientos y con tu protección triunfen de los enemigos de la santa fe.
Defiende a tus fieles del hambre, la peste y la guerra, de las persecuciones
y calumnias, y de todos los peligros y adversidades, de toda necesidad
corporal y espiritual, de toda angustia y calamidad; y ayuda a aquellos que
has permitido sean afligidos y atribulados, para que todos conozcan que
existe tu misericordia. No abandones a la perdición a aquellos que se
encuentran en peligro y ocasión de pecar, y conserva a los que enriqueciste
con el preciosísimo don de tu gracia. No dejes de estar presente junto a los
agonizantes, para que purificados por la verdadera contrición y encendidos
con tu amor, escapen a las asechanzas del diablo y se libren de la
condenación eterna. Acuérdate de tantos miserables pecadores que, caídos en
la fosa del pecado mortal, no pueden salir de allí sin tu gracia; préstales
tu eficaz ayuda para que resurjan y se arrepientan. Infunde también
benignamente la caridad y la dulzura a nuestros enemigos, y líbranos de las
insidias de los malvados. Da a aquellos a quienes yo he ofendido o
escandalizado el perdón de los pecados y la verdadera enmienda. A todos
nuestros amigos, bienhechores y familiares ilústralos con tu gracia y
enciéndeles en tu amor, para que solamente a Ti te busquen y amen y en todo
tiempo sean perfectas sus obras ante tus ojos. Da a esta congregación, a la
cual te has dignado llamarme, bienes espirituales y materiales, y a nosotros
y a ellos gobiérnanos y dirígenos para que aquí siempre florezcan, aumenten y
perseveren tu culto y la salvación de las almas. Custodia a cuantos me has
encomendado y confiado, aquellos por los que debo orar, y principalmente a N.
y N.; rígelos y sálvalos según tu beneplácito, para que ninguno de ellos se
pierda. Favorece a todos aquellos por quienes deseas que ore y a quienes yo
desconozco; protege a todos aquellos siervos tuyos que te aman de verdad,
aunque yo ignore su nombre y su número; aumenta la fe, la esperanza y la caridad,
y también el fervor, en los justos, tibios e imperfectos, para que lleguen a
la cima de la perfección. Mira con ojos benignos a las almas retenidas en el
purgatorio, principalmente a aquellas que necesitan más de nuestros
sufragios, y dales el descanso eterno. Finalmente acuérdate de mí, el más
miserable e indigno de todos; yo necesito más ayuda de tu gracia que los
demás, porque soy más débil e impotente. Extingue en mí todos los deseos
terrenales y enciende el fuego de tu amor. Por Cristo, tu Hijo, al cual
contigo y con el Espíritu Santo se debe la gloria y el honor por los siglos
de los siglos. Amén.
Acto de fe.- ¡Quién me concediera, suavísimo Jesús, bajo el cándido velo de
las especies sacramentales, que los mismos ángeles desean contemplar, poder
ver tu rostro! ¡Quién me diese que se me hiciese visible la fuente salvadora
de tus cinco llagas, que claramente percibo con los ojos de la fe, fuentes de
aguas vivas en donde lavar los pecados de mi alma! ¡Oh manantiales que saltan hasta la vida eterna, derramad
sobre mí el agua de la gracia, que ha de saciar mi sed, para que, lleno de
alegría y de fe viva, exclame con Tomás el Apóstol: "Señor mío y Dios mío".
Creo en verdad con fe firmísima, que Tú,
verdaderamente presente en el augustísimo sacramento de tu Cuerpo y de tu
Sangre, eres mi Dios y mi Señor, y por defender esta verdad estoy dispuesto a
sufrir mil muertes. Creo también que se encuentra verdaderamente en este
sacramento tu Cuerpo gloriosísimo, más espléndido
que el sol, elegido entre miles, con la misma integridad, belleza y majestad
con que se halla en el cielo, y que son las más grandes que pueden
concebirse. En él también se contiene la sangre derramada en otro tiempo por
mi salvación y la salvación de todos. En este sacramento se encuentra tu alma
llena de gracia y sabiduría, en la cual residen todos los tesoros de las
virtudes y de la ciencia de Dios. Allí, finalmente, se esconde tu divinidad,
el Verbo omnipotente por el que el Padre dice todas las cosas y, porque Tú
estás en el Padre que te engendró como Verbo suyo, se encuentra el Espíritu
Santo, nexo de amor de uno y otro. Este es el compendio de todas tus
maravillas, éste el sumo prodigio que excede la comprensión de toda mente
creada, ésta la verdad inefable que, con tu ayuda, confesaré ante las espadas
y el fuego.
Acto
de esperanza .- En Ti solamente
coloco mi esperanza, dulcísimo Jesús, porque Tú eres mi salvación y mi fuerza,
Tú mi refugio y mi firmeza. Tú la fuente de todos los bienes. ¿Cómo me
atrevería a ofrecer este tremendo sacrificio a Dios Padre, a recibirte
en él si Tú no me hubieses dado confianza al redimirme con tu sangre?
Confiado, pues, en tu benignidad, me acerco a Ti, como la oveja débil al
pastor, como el enfermo al médico, como el reo condenado a muerte al abogado,
para que me alientes, me protejas, me fortalezcas y sanes. El abismo de mi
nada clama al abismo de tu misericordia, pues aunque sean mis pecados muchos
y gravísimos, aunque fueran aún más y más graves, nada son si se comparan con
tu misericordia, con el precio de tu Sangre. En ello pongo toda mi confianza
y gozo y me alegro de que nada haya en mí en que pueda confiar. Ten
misericordia de mí y sálvame, porque jamás abandonas a los que en Ti esperan.
Acto
de caridad.- ¡Oh con cuánto amor ardía tu corazón, amadísimo Jesús,
cuando al pasar de este mundo al Padre nos preparaste un convite lleno de
delicias y dulce sabor! Grande y admirable fue la obra de tu amor al dignarte
asumir nuestra naturaleza; pero es mucho más excelente y admirable que nos
hubieses dejado tu Cuerpo como alimento y tu Sangre como bebida; en la Encarnación
aceptaste nuestra humanidad; en la Eucaristía nos regalas tu divinidad. Si
derramaste sobre nosotros todo el tesoro de tu gracia, fue para que
procurásemos con todas nuestras fuerzas corresponder a tu inmenso amor. Te
amo, mi único consuelo en este destierro, única esperanza de mi alma que
languidece, única felicidad mía y el sumo bien que es
posible gozar en esta tierra. Te amo con todo el corazón, con toda la mente,
con todas mis fuerzas; y ojalá
en todo momento te ame más y más fervientemente. Este es mi ardiente deseo,
por esto gimo y supira mi corazón. Atraes hacia ti
todas las energías de mi alma mientras Tú mismo te infundes en mí; mientras
que, en cuanto esto es posible, me haces igual a Ti; mientras que no das a mi
alma hambrienta un alimento terreno, sino que la nutres, la sacias y la
fortaleces con tu precioso Cuerpo y con tu Sangre. Por esa inefable largueza
tuya te amo. Dios mío, y para que nunca cese de amarte, inflama mi amor hacia
Ti, que eres pasto y alimento del amor. Oh fuego
siempre ardiente que nunca se apaga, quema mis entrañas y mi corazón para que
ardan en tu amor. Has venido a traer fuego a la tierra, enciéndelo y
renuévalo para que siempre crezca. Te amaré, si me das fuerzas para amar, y
tanto más he de hacerlo cuantas más abundantes gracias de amor me infundas;
aunque sin embargo, nunca podré amarte como Tú mereces.
Acto
de deseo.- Como el ciervo ansía
las fuentes de las aguas, así te desea mi alma, Salvador mío, Señor Jesús, mi
alma anhela acercarse a Ti y ofrecerte a Dios Padre, y beber de las fuentes
de salvación el vino que llena de alegría. Tengo sed, Señor, fatigado estoy
en el camino del pecado; tengo sed de Ti, Señor, manantial de aguas
vivas; tengo sed de tu Sangre, que me has, de modo admirable, dejado como
bebida. Vengo a Ti, y tras de Ti voy clamando libertador mío, el que quita el
hambre y la sed; ten piedad de mí, Hijo de David, y dame tu pan, dame el vino
que transustanciaste, para que se restablezca mi alma. Quien me diera poseer
los efectos y los deseos ardientes de todos los santos y tener sed de Ti,
fuente de vida, fuente de sabiduría, fuente de eterna luz, torrente de gozo. Ojalá mi corazón tenga hambre siempre de Ti, pan de los
ángeles, alimento de las almas santas, y se llenen las entrañas de mi alma de
la dulzura de tu sabor. No consiente en consolarse mi alma hasta que te
reciba a Ti, mi bien, Señor Jesús, a quien sólo ardientemente deseo con todo
el afecto y devoción de todos los que elegiste que se sientan contigo a tu
mesa, cuyas riquezas te ofrezco para que suplan mi indigencia. Sé Tú
solamente mi alegría, mi tranquilidad, mi alimento y mi tesoro en el que
pueda descansar mi mente. Nada he de desear fuera de Ti: todas las cosas me
parecen viles, excepto Tú, Dios mío, dulzura mía y único centro de mi
corazón.
Acción
de gracias.- ¿Quién soy yo, bondad
infinita, para que Tú quisieras que subiese al sagrado altar y te ofreciera a
Ti, de tus propios dones, n santo sacificio, una
hostia inmaculada? ¿Qué había en mí para que hallase yo esta gracia a tus
ojos, para que me mostraras tu divina misericordia? Venid y escuchad, todos
los ángeles y santos del cielo, y os narraré cuántas cosas hizo Dios en mi
alma. Pues siendo despreciable en mi casa, me levantó del polvo y me
constituyó al lado de los príncipes de su pueblo, para que comiese el pan y
bebiese el vino en su mesa todos los días de mi vida. ¿Cómo podré darte
gracias, clementísimo Jesús, salvador del mundo? ¿Qué te podré ofrecer a
cambio de cuanto Tú me has concedido? A ti sin duda se refiere, oh esposo de la Iglesia, aquel versículo del Cantar: "Si dederit homo omnem substantiam domus suae pro dilectione, quasi nihil despiciet
eam", "si uno ofreciera por el amor toda
su hacienda, sería despreciado". Tú me has confiado cuanto tienes: tu
Cuerpo, tu Sangre, tu Alma y tu Divinidad; y, si yo te entrego cuanto hay en
mí, mi cuerpo, mi alma y mi libertad con todo lo que ahora tengo y pueda
tener, todo esto como nada ha de ser considerado en comparación con tu
inmenso don e inestimable. Tanto te debo, cuanto vales, siendo infinito: mi deuda está por
encima de mis facultades. Sin embargo, me atrevo a rogarte, porque eres
benigno y misericordioso, porque conoces mi pobreza, me atrevo a rogarte que
no desprecies el minúsculo presente que te ofrezco, diciendo lo mismo que la
esposa con un corazón sencillo: "Dilectus meus mihi, et ego illi", "mi amado es para mí y yo soy para
él". Como todo Tú te me diste en alimento de mi alma, así me consagro
por entero a tu servicio, y todo lo que tengo, todo te lo que soy, todo lo
que puedo te lo entrego, para que exijas mi entrega total y no permitas que
me reserve nada.
Acto
de temor.- Llamado
e invitado por Ti a la mesa de tu banquete, Señor Jesús, sumo bien mío y
felicidad sempiterna, querría parecerme a quien me invita y recibirte lleno
de amor y devoción; pero me conturbo mucho al comprobar mi deformidad, me
estremezco al escuchar la voz de tu Apóstol que dice: "Si quis manducaverit panem hunc et biberit calicem Domini indigne, reus erit corporis et sanguinis Domini",
"de manera que cualquiera que comiere este pan, o bebiere el cáliz del
Señor indignamente, reo será del Cuerpo y de la Sangre del Señor".
Admirable cosa es ésta, y sin duda portentosa. Como el pan celestial, con el
cual se pueden saciar infinitos mundos, bebo el vino excelso con el cual se
apaga la sed ardiente de los ángeles, y me consumo de hambre y de sed; llevo
dentro de mí toda la alegría del cielo, y me dejo enredar por el canto
halagador de la tierra, y mendigo de las criaturas vanos placeres; me acerco
diariamente a Dios, excelsa fuente de todos los bienes, y lo sumo, cada día,
bajo las especies de pan y vino, y no solamente no soy raptado al tercer
cielo como Pablo, sino que me apego a la tierra y todos mis cuidados están
puestos en este mundo y en el cuerpo, y no en el cielo. Estas son las angustiass que me estrechan por todas partes, ésta mi
gran confusión. Temo que lo que has creado para que se salvase vaya a parar a
la condenación y al juicio. ¿Pero voy por ello a huir de tu faz como el impío
Caín, o a esconderme como Adán, por estar desnudo y oír tu voz? Sé que es
mayor tu misericordia que mi miseria; es mayor tu clemencia que mi pecado. Si
estoy sucio, enfermo, desnudo, Tú me puedes limpiar, sanar, vestir. Te ruego
con temblor que me vistas, sanes y purifiques. Aparta mi corazón de todas las
cosas que no sean Tú, pues en ellas no hay sino vanidad y aflicción de
espíritu. Experimente mi alma la dulzura de tu presencia, guste cuán suave
es, para que, aceptada por tu amor, nada desee fuera de Ti, Dios de mi
corazón y heredad mía para siempre.
XIII. Recuerdo de la Sagrada Pasión antes de la Misa.
Muchas veces se ha dicho que este sacrificio incruento representa -y
no sólo mediante palabras, sino de modo real- aquel sacrificio cruento que
tuvo lugar una vez en la cruz; una misma es la hostia; El mismo es quien hace
la ofrenda por el ministerio del sacerdote; es el mismo Cristo el que se inmola.
Así como se dice con verdad que el cordero fue inmolado desde el origen del
mundo, porque se le considera muerto en las figuras de los animales, que se
mataban en memoria suya, del mismo modo y no sin razón podemos llamar cordero
a quien muere todos los días hasta el fin del mundo en esta admirable
representación de su muerte, que habrá de durar mientras exista el mundo. Por
ello los santos Padres afirman que al celebrante le es necesaria, y más que
otras cosas, la recordación de la muerte de Cristo, diciendo como dice el
Apóstol: "Quotiescumque manducabitis
panem hunc, et calicem bibetis, mortem Domini annuntiabitis donec veniat", "pues
todas las veces que comiereis este pan y bebiereis este cáliz anunciaréis la
muerte del Señor hasta que venga". El mismo Salvador nuestro lo ordenó
cuando dijo en la institución de este sacramento: "Hoc
facite in meam commemorationem", "haced esto en memoria
mía". El seráfico doctor considera cuidadosamente esas palabras en el
libro De puritate conscientiae
(cuestión 9), y estima que el sacerdote de ningún modo debe celebrar el
sacrificio de la Misa
sin que antes tenga un recuerdo para la Pasión y muerte del Señor: "Id quod me ipso
retineo, est verbum illius qui hoc sacramentum
instituit, quem non credo
illud frustra protulisse.
Dixit enim: Haec quotiescumque feceritis in mei memoriam facietis. Ex quo quidem verbo arguo mihi ipsi quod
quoties volo id agere quod
ipse instituit et modo praedicto reliquit, timeo nequaquam sine remorsu conscientiae ac praejudicio animae ad illud posse accedere, nisi praememorata ipsius instituentis charitate, ac eius passione et morte, in cuius memoriam perpetuo recolendam illud Sacramentum debere confici et percipi ipse praeclare asseruit et injunxit". Por eso el sacerdote que se prepara para
celebrar el sacrificio recoja el hacecillo de todas
las ansiedades y amarguras del Señor, y, colocándolas sobre su pecho,
insértelas en las fibras de su corazón; con la mente y el afecto repare
solícitamente todos los tormentos que padeció por nuestra salvación. Tenga
con frecuencia estas cosas en su boca y siempre en el corazón, y sea su
filosofía más sublime el conocer a Cristo, y a Cristo crucificado. Cuando se
acerque al altar, ore así de todo corazón:
Quiero traer a la memoria, Padre clementísimo, y
he de penetrar mi alma de todos los dolores y sufrimientos y rememorar con
gemidos y lágrimas la acerbísima muerte de tu Hijo, mi Señor Jesucristo,
porque El, que es mi salvación y mi vida, pende del leño enfrente de mis
ojos, ofreciéndose a Ti en holocausto por mi salvación y por la de todo el
mundo. Esta oblación viva que Tú, en tu gran misericordia, enviaste para ser
inmolada por nuestra salud en el altar de la cruz, esta misma te ofrezco yo
ahora, en recuerdo y representación de su pasión y muerte; tal como El mismo
lo ordenó cuando dijo que lo hiciésemos en conmemoración suya, para recordar
de esa forma su humildad, su paciencia, su caridad, su mansedumbre y
obediencia. Mira sus trabajos, sus ayunos, sus luchas, sus contradicciones,
sus cadenas, burlas e indigna condenación. Contempla el rostro de tu Cristo y
mira al más hermoso entre los hijos de los hombres, deformado por las
ofensas, las injurias, los azotes, los cardenales, los golpes, hasta el punto
de que no hay en El parecer ni hermosura. Ve la nobilísima cabeza agujereada
por los pinchazos de las espinas y quebrantada por los golpes. Ve las
modestísimas mejillas, sucias a causa de los salibazos,
rotas por las bofetadas, teñidas por la sangre. Ve sus benignísimos ojos
bañados por las lágrimas y entornados ante tal ignominia. Ve la boca
suavísima atormentada por la ardentísima sed y por la bebida de hiel y
vinagre. Ve la espalda sobre la que construyeron los pecadores macerada por
los latigazos, y sus hombros oprimidos por el peso de la cruz. Ve los brazos
amabilísimos atados con cuerdas y cruelmente extendidos en el madero. Ve las
manos inocentísimas perforadas por durísimos clavos. Ve los delicados pies,
fatigados de tanto caminar, y, por último, clavados en la cruz. Ve el cuerpo
venerable suspendido en el patíbulo por nosotros, herido, muerto y sepultado.
Ve la sangre preciosísima derramada misericordiosamente hasta la última gota
por nuestra salvación. Todo esto te ofrezco y lo presento suplicándote, con
todo el afecto y devoción de que soy capaz, que la misma piedad, que te movió
a entregar a tu Hijo por nosotros, te impulse a apiadarte de todos aquellos
por los que El se hizo obediente hasta la muerte y se dignó padecer el
sacrificio de la cruz. Amén.
Escúchame, Padre clementísimo, desde tu Santuario, desde la morada excelsa de
los cielos, y mira esta hostia inmaculada que te ofrece nuestro Sumo
Sacerdote Jesucristo, Hijo tuyo, Salvador del mundo, por los pecados de tus
hermanos, y borra tu enojo por la magnitud de nuestra malicia, porque la voz
de la Sangre
de nuestro Señor clama a Ti desde la
Cruz: Esta es mi justicia, y mi santificación y
propiciación. Aparta tus miradas de mis pecados, y contempla la faz de tu
Cristo; pues te ofrezco sus méritos y tengo en El puesta toda mi confianza.
El deber me impulsa a celebrar el sacrificio, pero la conciencia se aterra
ante el don inmerecido del sacerdocio. Te ruego por eso, que no desprecies la
legación que oficialmente se me ha encomendado, aunque no veas en mí el
testimonio de mis obras buenas. Y porque quisiste que yo fuese indigno
mediador entre Ti y tu pueblo, no me rechaces por tu piedad cuando me llego a
Ti con tus dones suavísimos, para que sin mancha alguna me acerque a tu
gloria, y sea digno de obtener la protección de tu Unigénito, y la
iluminación de tu Santo Espíritu, y rogando por todos sea oído, bajo tu
protección, Dios mío, Padre de las misericordias, que con el mismo Hijo tuyo
en unidad del Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
Te doy gracias, Señor mío Jesucristo, por tu inefable caridad, por la cual,
antes de marcharte de este mundo al Padre, me preparaste en tu dulzura la
mesa real, que guarda en sí todo deleite; la mesa preciosísima de tu Cuerpo y
Sangre, a fin de que se llene mi alma de tu fortaleza y robustez, y el oculto
don de tu alimento fortalezca mi debilidad. ¿De dónde a mí tal bien, gloriosísimo Hijo de Dios, que me permitas venir a Ti y
tomar asiento en el banquete junto a los demás comensales? Ojalá estuviera libre de toda culpa, puro de todo pecado,
purificado de todo vicio, y perfectamente enmendado de toda afección
desordenada, para poder acercarme a esta mesa más que celestial,
enfervorizado por la caridad, apoyado en la inocencia y adornado con el
brillo de todas las virtudes. Pero como soy muy miserable, desposeído de todo
atractivo, te pido en primer lugar, Salvador benignísimo, cuya piedad es
inmensa y cuya bondad infinita, que con tu Sangre te dignes lavar mi alma, y
la blanquees más que la nieve, la vistas con tus méritos, y me enciendas con
aquel fuego ardentísimo de amor, que te impulsó, cuando te separabas de
nosotros, a instituir este banquete vivificador. Le pido asimismo a la
bienaventurada Virgen, y Madre tuya, y a todos tus elegidos, que te ofrezcan
por mí la caridad, la fe y la devoción, con que recibieron este sacramento
desde el inicio de su institución hasta el presente día. Y porque soy
partícipe de todos los que te temen, te ofrezco en este día la piedad y la
pureza de todos los sacerdotes celebrantes y de todos los fieles que han
comulgado. Te ofrezco las virtudes y los méritos de todos los justos desde el
origen del mundo hasta su fin, así como sus afectos de piedad hacia Ti,
dulcísimo Jesús, que estás en el venerable sacramento; sentimientos de firmísima fe y de viva percepción de todas aquellas cosas
que admirablemente han de ser creídas en este misterio; de caridad perfecta y
de íntima familiaridad contigo; de hambre y de ardentísimo deseo de recibirte
a Ti, que eres el único bien; de confianza filial y de esperanza en tu
misericordia, manifestada de modo tan admirable; de celo de la gloria divina
y de amor al prójimo, por cuya salvación se ofrece este sacrificio; de
admiración por tanto amor, y de profunda humildad; de alegría y de júbilo que
tuvieron en Ti y por tu causa; de alabanza, de gratitud, de adoración y de
devoción; estos, y otros afectos te ofrezco como complemento de mi
insuficiencia y, si pudiese, los excitara en la máxima intensidad para tu
gloria y alabanza, porque eres digno de ellos. Recibe, Señor, este deseo mío,
y , aplacado con los méritos de tus elegidos, no me
expulses de tu mesa, ya que saciado con este alimento, y recreado con esta
bebida, tendré vida eterna, y más y más abundante, ahora y para siempre.
Amén.
Ven, Señor Jesús, única salvación de mi alma, e infunde en mi pecho la
multitud de tus dulzuras, para que nada ame y nada desee sino a Ti. Ven, mi
alegría y felicidad; ven esperanza y fortaleza mía, porque contigo están la
gloria y las riquezas, oh mi vida y consolación,
paraíso de alegría. Ojalá que, en viniendo Tú a mí,
se conviertan en amargura para mí todas las delicias del mundo, a fin de que
unido a Ti en este convit celestial, no me separe
de Ti nunca jamás. En vano gastaría dinero en panes, y mi esfuerzo en
saciarme, aunque adquiriese todos los alimentos de Egipto, si careciera de
este pan, que regala delicias a los reyes, y me viese privado de tu vino,
cuya suavidad excede infinitamente a todos los deleites de este siglo. ¿De
dónde a mí tanto bien que merezca comer contigo, rey de tremenda majestad, yo
que soy indignísimo siervo tuyo, que, incorregible, caigo en pecado cada día?
Pero tu misericordia es incomparablemente mayor que tu miseria; Tú, dulcísima refección mía, me transformas en otro hombre, y
la virtud de tu palabra sana todas mis enfermedades. Vengo a Ti confiado en
tu amor, y en Ti espero no ser confundido. Alegra el alma de tu siervo, y
suple lo que falta en mí, benignísimo Salvador, que te has dignado llamar a
todos diciendo: "Venite ad me omnes que laboratis et oneratis estis, et ego reficiam vos", "venid a Mí todos los que andáis
agobiados con trabajos y cargas, que yo os aliviaré". Alíviame Tú porque
en Ti residen todas las delicias del cielo, del abundantísimo
río que brota de las alegrías de Dios con tanta plenitud, que todos los que
dignamente se acercan a Ti pueden quedar llenos de una delicia inexplicable.
Une contigo mi alma íntimamente, y hazme digno de que me siente, debidamente
revestido de virtudes, en esta mesa más que celestial y dulcemente goce de la
divinidad presente en ella. Amén.
Ven, Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo, que borras los pecados, que
curas las heridas, que eres fortaleza de los frágiles, consolador de los
afligidos, luz de la inteligencia y protector de la libertad. Ven desde la
patria de la felicidad y penetra en lo más hondo de mi corazón, para consumir
con tu fuego todos mis vicios y mis defectos y perdonarme todos mis pecados.
Envía a mi alma el haz centelleante de tu luz, que iluminando mi inteligencia
me haga ver las cosas que a Ti te agradan; y que, inflamando mi voluntad, me
hagas buscar la virtud. Hazme digno ministro de los sagrados altares, y
difunde en mí el torrente de tu dulzura, para que, saboreada la suavidad
celestial en esta divinísima mesa, no quiera
degustar nada de la venenosa dulzura del mundo. Que tu espíritu septiforme me llene y me haga mejor. Hazme llegar a aquel
grado de sabiduría, al cual tuvo acceso tu Apóstol cuando decía que él no
conocía nada, "sino a Cristo, y a Cristo crucificado". Robustece mi
debilidad con tu fortaleza, venza tu bondad mi malicia, y mi fealdad adórnese
con tu belleza. Levántame por el deseo de lo eterno, úneme contigo por la
unidad del amor, consérvame por la perseverancia final, para que, guiada por
Ti, vuele mi alma a Ti, que eres su principio y su fin, del cual nunca se vea
separada. Amén.
Gloriosísima Madre de Dios, Virgen María, toda mi
confianza, y único solaz de mi alma que desfallece, ruego te dignes asistirme
a mí, que soy un miserable pecador en esta hora en la que voy a ofrecer el
preciosísimo Cuerpo y Sangre de tu Hijo, tal como llena de amor y de dolor le
asististe cuando, pendiente de la cruz, se ofrecía por nuestra salvación. No
me desprecies, Madre de misericordia, por el intolerable mal olor de mis
pecados; ni apartes de mí tu rostro, pues tu Hijo me quiso con tanto amor que
se dignó morir por mí. Eres llena de gracia, llena de rocío celestial,
apoyada sobre tu Amado, rebosante de delicias. Alimenta a tu mendigo con lo
que sobre de tu mesa; vísteme con las vestiduras de tus virtudes, para que,
adornado con ellas, sea agradable mi presencia a las miradas del Señor.
Acuérdate de la caridad con que el Verbo de Dios tomó de ti su carne, para
que tú llegaras a ser nuestra Madre. Abre tu mano, y lléname con las
bendiciones con las que Dios te bendijo eternamente, para que con tu
intervención sea aceptable mi celebración de tan sublimes misterios, y
merezca gustar dignamente el más santo de los sacramentos.
Santos ángeles, espíritus purísimos, ministros del Dios Altísimo, que cumplís
su voluntad y lleváis al cielo las peticiones de los que oran; y tú
principalmente, custodio mío fidelísimo, permaneced a mi lado en el altar, en
el que voy a hacer la oblación a Dios Padre del precio del mundo entero, y
recibid en vuestros tributos el incienso de mis oraciones, para que el humo
de los aromas de este divino sacrificio suba por mediación de vuestras manos
a la presencia de Dios. Purificad, iluminad, perfeccionad y prestadme vuestra
pureza, e impetrad para mí la inocencia, a fin de que aparezca ante Dios
dignamente adornado.
Santos arcángeles, ilustrísimos conductores de la celestial milicia,
instruidme para que vibre ante estos sagrados misterios, y excitad en mí una
fe viva y eficaz en este Sacramento.
Altísimos principados, dad a mi alma verdadera paz interior, para que more en
ella continuamente Dios, de quien está escrito: "Et factus
est in pace locus eius",
"y fue hecha la paz de este lugar".
Virtudes santísimas, asistidme para que, progresando de virtud en virtud, sea
digno de contemplar con los ojos de la fe al Dios de los dioses, tocarlo con
mis manos, recibirlo dentro de mí y verle por fin claramente con vosotros en
la patria.
Potestades invencibles, refrenad los ímpetus de los demonios, para que al
celebrar el sacrificio no se me acerquen a mí, y sin obstáculos merezca
dignamente servir y repartir a Dios. Poderosas dominaciones, obtenedme la
verdadera y santa libertad, para que no sirva al pecado, ni me someta a los
apetitos y sentidos de mi cuerpo. Tronos estables y sublimes, sedes
bellísimas de Dios, aprenda de vosotros la verdadera humildad y sujeción para
que sea mi alma la morada gratísima de Dios, que resiste a los soberbios y
descansa sobre el humilde y el manso.
Querubines, clarísimas y nobilísimas luminarias del cielo, ilustrad mi mente
con la plenitud de la ciencia para que conozca el gran don y la infinita
excelencia de este sacrificio.
Serafines, espíritus supremos, ardientes amadores de Dios, deshaced el hielo
de mi corazón y encended en él vuestro fuego, para que ame fervientemente a
Dios, junto con vosotros. ¡Ojalá lo ame tanto como
vosotros!
Santos todos de Dios, ciudadanos de la patria celestial, inclinad hacia mí
vuestros oídos, enviadme vuestra luz y escuchad mi oración. Clamo a vosotros,
pobre, desnudo y enfermo, porque me faltan todos los adornos de las virtudes:
clamo a vosotros e imploro vuestra benignidad; socorred mi flaqueza,
robusteced mi fe y esperanza, encended en mi la llama de vuestro amor,
vestidme con el vestido nupcial, adornadme con los dones en que abundáis para
que pueda sin rubor entrar en el lugar del admirable tabernáculo, en la sala
del convite celeste, ante la Divina Majestad.
Santos patriarcas y profetas, que predijisteis la llegada de Nuestro Señor
Jesucristo, que trajísteis del cielo a la tierra
deseos ardentísimos y prefigurasteis este misterioso sacramento con diversos
tipos y bosquejos, rogad por mí, para que pueda tratar santamente al mismo
Hijo de Dios y lo abrace con un corazón puro.
Santos apóstoles, a los cuales Jesucristo, en la última cena, instituyó
sacerdotes del Nuevo Testamento, y a los que por vez primera se dio El mismo
en alimento, os suplico que, ayudado por vosotros, no malgaste la
gracia que se me dio mediante la imposición de las manos, sino que la aumente
lo más posible cada día.
Santos mártires, que en la medida de vuestra fuerza, hicisteis con la
oblación de vuestro martirio, las veces de Cristo crucificado por nosotros,
pedidle por mí, para que prenda en mí corazón el fuego de su amor, y para
que, encendido y purificado por El, me ofrezca a mí mismo como hostia
viva y agradable a Dios; y así preparado y probado, me acerque a este
sacrificio divino.
Santos pontífices y confesores, dispensadores fidelísimos de los misterios de
Dios, que ofrecisteis muchas veces por el pueblo la hostia aplacadora, os
ruego que intercedáis por mí, para que el sacrificio que he de ofrecer
sea aceptable al Señor, y porpiciatorio para mí
como para aquellos por quienes lo ofrezco.
Santos monjes y ermitaños, que, confortados a menudo con el alimento y la
bebida celestial, superasteis las bajas concupiscencias y los peligros de
esta vida, ayudadme con vuestras oraciones, para que, armado con estos
sagrados misterios, me venza a mí mismo, y coloque a todos los enemigos de mi
alma bajo mis pies.
Santas vírgenes, amadas de Dios, que con vuestro amor a la castidad
preparasteis en vosotras una digna habitación para el Hijo de Dios y ahora en
el cielo cantáis un cántico nuevo, que nadie puede cantar si no está adornado
con la prerrogativa de la virginidad, pedid para mí una castidad
perfectísima, con la que mantenga el cuerpo y el alma en toda pureza, para
que pueda ofrecer en mi corazón morada grata a Cristo, Señor que apacienta su
rebaño entre los lirios.
Santos N. y N. tutelares míos, y vosotros, santos N. y N., de los cuales hoy
hacemos memoria, me acerco ahora, confiado en vuestro patrocinio, a inmolar
el Cuerpo y la Sangre
de Nuestro Señor Jesucristo; ayudadme al ir al altar, robustecedme con
vuestros méritos, adornadme con vuestras virtudes, para que realice este
sacrificio con fe viva, con ferviente caridad, y con plena devoción, y para
que finalmente con su continuo y saludable uso me encuentre digno de vuestra
compañía.
LA CELEBRACION DE LA MISA
Es un axioma muy repetido por los Santos Padres que Dios se muestra
al alma, en la medida en que ella se prepara para recibirle. Por eso, Cristo
en la Eucaristía
es para unos fruto de vida, pan de ángeles, maná escondido, paraíso de
delicias, fuego que consume y tercer cielo, en el cual se oyen palabras
misteriosas que no le es dado al hombre repetir; para otros, en cambio, es un
pan insípido, carente de toda dulzura y de fuerza vital, y sus almas sienten
náuseas ante este alimento; es muerte para el malo y vida para el justo; en
la medida en que uno ama a Dios, así se presenta ante El. Pocos son los que
sienten en sí mismos los efectos admirables de este sagrado convite, porque
son pocos los que se disponen dignamente a recibirlo, los que seriamente
piensan que se acercaan al Santo de los Santos, al
altar de Dios, a Dios mismo. Por eso hay muchos enfermos y débiles, y muchos
son los que perecen. Antiguamente amenazaba Dios con la muerte del Sumo
Sacerdote si se atrevía a entrar en el "Sancta Sanctorum"
sin el tintineo de las campanillas, sin las gemas radiantes, sin el oro
refulgente, sin estar revestido del conjunto del conjunto de las virtudes.
¿Qué pena, pues, merecerá el sacerdote de la Nueva Ley que se
acerca no a un arca simbólica, sino al mismo Dios, para inmolar, tocar y
comer a su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, si no lo hace con la solicitud,
atención y esmero que exige tal convite? Y así, en el instante de la
celebración, debe cuidar con todas sus fuerzas de que en el altar de su
corazón arda el fuego del amor divino, debe ejercitarse en los actos de las
diversas virtudes, actos heroicos, proporcionados en cuanto sea posible a tan
gran sacrificio, y a su objeto y meta.
Porque en este sacrificio no solamente toma parte el alma, sino también el
cuerpo, al que es preciso mantener incontaminado de cualquier impureza. Pues
si el sacerdote que ofrecía los sacrificios en la ley mosaica -que fueron
solamente representaciones débiles y pobres, sombras de los futuros-, por
prescripción de Dios se vestía de limpias vestiduras, y tenía que lavar su
cuerpo, ¿cuánto más necesario es que el sacerdote de los cristianos esté
libre de toda inmundicia, ya que ofrece al Señor su carne y su sangre, y la
come y la bebe? Así, en primer lugar, a quien haya de celebrar le son
necesarias estas disposiciones corporales: ayuno, castidad y limpieza del
cuerpo (tratar de estas cuestiones corresponde a los escolásticos); y llevar
sus vestidos decentes y modestos, sin suciedad aunque sin lujos (y sin
despedir tampoco algún olor impropio del estado sacerdotal). Y porque Cristo,
antes de la institución de este Sacramento, lavó los pies a los discípulos,
debe el sacerdote lavar de toda mancha los pies del alma, que son los
afectos, y regar el corazón con lágrimas, y mientras se lava las manos,
expiar con un acto fervoroso de contrición todas sus culpas, aun las
levísimas. Y cuando coloque con las manos limpias la hostia en la patena,
renovará la intención, considerando que este pan será enseguida el Cuerpo de
Cristo; entonces, al pensar en su vileza y ante el conocimiento de la
dignidad inmensa de este misterio, prorrumpa en actos de temor y confusión.
Así como los reyes y magistrados no suelen usar en las funciones públicas un
vestido vulgar y ordinario, sino alguno más rico, en el que se manifieste su
potestad, y sea motivo de que se les reverencie; del mismo modo el sacerdote
que va a celebrar usa unas vestiduras sagradas y peculiares: amito, alba,
cíngulos, manípulo, estola, casulla o planeta, con
los que se representa la pasión de Cristo, que ha de traerse a la memoria
antes del sacrificio y se significan sus virtudes, de las cuales ha de
adornarse dignamente el celebrante, para ejercer el sacerdocio en justicia y
santidad verdadera. Pues siendo este sacrificio incruento, el mismo
sacrificio de la cruz, como explicamos más arriba, es conveniente que el
sacerdote, el cual hace las veces de Cristo que muere por nosotros, se le
asemeje también en las vestiduras, y emplee para decoro y reverencia del
sacrificio, lo que el impío furor de los judíos hizo llevar por burla al
Salvador. Así, el amito quiere significar aquel velo con el cual fue cubierto
el rostro de Cristo, cuando le golpearon mofándose de El y diciendo: "Prophetiza nobis quis est qui
te percussit", "profetízanos, ¿quién es
el que te ha herido?" El alba es la vestidura blanca con la cual fue
cubierto por Herodes como si fuese un loco. El cíngulo, las cuerdas con las
que le ataron en el huerto, o los duros látigos con los que crudelísimamente le golpearon atado a la columna. El manípulo, las ataduras con las que fueron ligadas sus
manos como hombre nefasto y malhechor. La estola, las cuerdas lanzadas a su
cuello o el patíbulo de la cruz colocado sobre sus hombros en el cual pendió
por nosotros. La casulla, el vestido de púrpura que le impusieron los
soldados en l a casa de Pilatos, como a rey de burlas. Por ser estas
vestiduras signos de aquellas otras que Cristo llevó por nosotros, el
sacerdote, mientras se viste con ellas, debe hacer diversos actos de amor, de
dolor, de gratitud, y de intensísimo deseo de imitar su humildad y su
paciencia en los dolores, en las aflicciones, en los agravios y en las demás
adversidades. Se han de considerar también las virtudes que se designan
místicamente por los mismos vestidos, para que el sacerdote se dé cuenta de
la santidad e integridad de vida que le han de adornar, pues está escrito:
"Sacerdotes tui induantur
iustititiam", "vístanse tus sacerdotes de
justicia"; es decir, posean todas las virtudes que las Sagradas
Escrituras designan muchas veces con el nombre genérico de justicia.
Así, el amito significa que conviene que la mente esté fija tan sólo en la
consideración de la salvación eterna, apartada del cuidado de laas cosas caducas, y fortificada, frente al ataque de
todos sus enemigos, con la confianza y la esperanza en Dios, como en un yelmo
de salvación. Representa también el amito la humanidad de Nuestro Señor
Jesucristo, respecto de la cual la divinidad vendrá a ser la cabeza, que bajo
ella se oculta, como cuando el amito toca la cabeza del sacerdote. Nuestros
ojos no podrían contemplar el esplendor infinito del sol de justicia, si no
lo hubiera encubierto la nube de la carne. Por lo cual el sacerdote, cuando
lo recibe, besándolo e imponiéndoselo sobre la cabeza, piense que toca con un
beso de amor la santísima humanidad de Jesucristo, y que la coloca sobre su
cabeza, para que lo proteja y tutele, diciendo con el profeta: "Domine, virtus salutis meae, obumbrasti caput meum in die belli", "señor,
protector y salvador mío, Tú protegerás mi cabeza el día del combate".
También por el amito se advierte al sacerdote que observe la máxima modestia
de los ojos, cuando se dirige al altar, y mientras allí permanece, y cuando
vuelve de él, no mirando nada más que lo necesario para ver lo que hace.
El alba, que envuelve todo el cuerpo, indica la inocencia, la sencillez, la
pureza, el candor y hermosura de alma con que el sacerdote ha de estar
rodeado y adornado interior y exteriormente, virtudes que deben brillar en
todas sus obras, para que sea santo e inmaculado en la presencia del Señor, y
se muestre siempre así al celebrar los divinos misterios.
El cíngulo es signo de la castidad, la cual debe de tal manera lucir en el
sacerdote, que no admita, en absoluto, ninguna mancha ni en el cuerpo ni en
el corazón. En señal de lo cual mandó Dios, en otro tiempo, que los
comensales del cordero se ciñeran los lomos, y el mismo Cristo dijo: "Sint lumbi vestri
praecincti", "estad
con vuestras ropas ceñidas a la cintura". Y también aparece en el
Apocalipsis de San Juan ceñido por una orla dorada, para que comprendamos que
nos hace falta purificarnos de todos los afectos, y vencer el amor carnal con
el espiritual, que es el oro de la caridad.
El manípulo, cuya cruz se besa, y que se coloca en
el brazo izquierdo, representa las lágrimas, el dolor y la penitencia por las
que debe el sacerdote borrar sus pecados, y dolerse continuamente de ellos, y
también la humildad y la mortificación de la carne y del espíritu, con las
que se ha de acercar al altar, así como la futura retribución de las buenas
obras, como canta el salmista: "Euntes ibant et flebant mittentes semina sua: venientes autem venient cum exultatione portantes manipulos suos", "van
y andan tristes, llorando, los que llevaban la semilla para arrojarla; vengan
y vengan alegres trayendo sus haces"
La estola, puesta al cuello y cruzada sobre el pecho en forma de cruz,
muestra que el sacerdote se tiene que unir y ligar de algún modo a Dios,
llevando por el Señor su cruz pacientemente, sujetándose con verdadera
obediencia a la ley divina, llevando alegremente su yugo, y recordando
siempre que es Dios quien ordena tales cosas.
La casulla, la más espléndida y preciosa de las vestiduras, que se viste
sobre las demás, es signo de la caridad, que sobresale sobre todas las demás
virtudes como su reina, y como vínculo de perfección. Todas sin ella son
imperfectas, de ella dependen todos los mandamientos de la ley divina, y
todos los bienes se convierten en ella. Así como la casulla se divide en dos
partes, así también la caridad presenta un doble aspecto: se refiere a Dios y
al prójimo; y así como la casulla exige varios colores, según la diversidad
del tiempo o de la festividad, así la caridad posee varios efectos, ora de
alegría ante las grandes obras de Dios, ora de gratitud por sus beneficios,
ora de fortaleza ante las adversidades, ora de tristeza por los pecados
propios y ajenos.
Estas son las principales virtudes significadas en las vestiduras
sacerdotales, de las cuales se debe revestir el sacerdote para ofrecer dignamente
el sacrificio. Recitará, pues, atenta y devotamente las acostumbradas
oraciones de la Iglesia,
acomodadas a cada uno de los paramentos, y, cuando esté revestido, se
considerará como lobo con vestido de oveja, y, lleno de vergüenza, solicitará
de Dios ansiosamente el perdón.
Si a todas las funciones sagradas hay que acercarse santamente, y
todas santamente se han de realizar, con mucha mayor santidad se ha de
ofrecer este divino sacrificio, pues que nada puede haber más santo, nada más
excelente, nada más divino. Tú, sacerdote cristiano, debes poner todo tu
esfuerzo, si deseas desempeñar con perfección y buena disposición tan sublime
y tremendo ministerio. Para ayudarte en materia tan importante, comenzaré
exponiéndote algunas enseñanzas generales; después, y de modo más detallado,
te propondré algunas consideraciones para cada una de las partes de la Misa, de las cuales puedas
sacar afectos devotos, y ocupar útilmente la mente para no distraerte. No
debes preocuparte si alguna vez me extiendo más de lo normal en la exposición
de tales consideraciones y afectos; aunque se describan con muchas palabras,
pueden, sin embargo, hacerse en un momento, sin que por lo común alarguen más
de lo ordinario la celebración de la
Misa, como podrás tú mismo experimentar; pues por el simple
ejercicio se graban fuertemente en la memoria, de tal manera que los harás
luego casi de modo natural, sin ninguna confusión ni cansancio. La primera
advertencia general en es que todo el tiempo que dura el sacrificio no
ofendas a Dios con un pecado venial, ni contamines con ningún defecto o
imperfección la excelencia de tan venerable sacrificio. Lo conseguirás si
celebras con tal reverencia, atención y devoción, que excluyas toda levísima
distracción; si observas con exactitud cuanto se prescribe en el Misal acerca
de los ritos y ceremonias siguiendo el modo con que suelen ser observadas por
los hombres a quienes seriamente preocupa la perfección.
En segundo lugar, pronunciarás todas las palabras que hay que decir, tanto en
voz alta como en voz muy baja, de modo claro, distinto, fervoroso, sin
prisas, y sin pensar entretanto en otras cosas, aunque parezcan buenas y
santas, si son ajenas al significado propio y literal de las palabras, para
que así te coformes con la mente de la Iglesia, que con gran
cuidado eligió todas las oraciones, lecciones y sentencias de la Misa, para la instrucción y
devoción del sacerdote y de los oyentes. A esto contribuye mucho conocer bien
todos los ritos de la Misa
y entenderlos exactamente; saber que se contiene tanto en las lecciones,
colectas, evangelios, versículos, etcétera, como en el canon; todo ello lo
aprenderás con más facilidad leyendo a los que escribieron acerca de los
oficios eclesiásticos, como san Isidoro, Amalario,
Rábano, Berno, Hugo de San Víctor, el Abad Ruperto,
y también Dionisio, en su libro De la Jerarquía Eclesiástica;
Germán, en la Teoría
de las cosas eclesiásticas; y entre los contemporáneos, Gabriel Biel, sobre el canon; Durando, sobre el racional;
Juan Bautista Scortia, Del sacrificio de la Misa, y otros
muchos. Y trata de suscitar los afectos que más abajo te proponga,
dando a lo que recites y hagas todo su sentido y significación.
En tercer lugar, y tal como el Misal prrescribe,
antes de que te revistas de los ornamentos sagrados, registra la misa que has
de celebrar, léela y pon señales para que quede ordenada, de modo que no
suceda posteriormente que dudes en las palabras o falles y alteres alguna ceremonia,
con la consiguiente perturbación.
En cuarto lugar, cuando te dirijas al altar saludarás al Crucifijo u otra
imagen con una humildísima inclinación porque te consideras indigno de
celebrar tan gran misterio; y al mismo tiempo implorarás la ayuda del mismo
Cristo y de los Santos. Represéntate mentalmente al mismo Jesús como si,
cargado con la cruz, fuese al monte Calvario, marchando delante de ti. Sigue
así al oferente primario y principal, cuya pasión y muerte vas a representar;
síguele, digo, con modestia y gravedad, y honra al cortejo de los ángeles que
te rodea por todas partes, y creerás que has sido trasladado desde este mundo
al cielo.
Quinto: cuando llegues al altar, contempla arriba el cielo que se te abre, y
a la curia celeste, y al mismo Dios contemplándote a ti, que vas a ofrecer
por toda la Iglesia
la hostia inmaculada. Recuerda la pena de muerte que en otro tiemp se decretaba contra la bestia que tocase el monte
santo, y aplicándolo a ti, el peor de los hombres, llénate de temor. En
seguida acércate a Dios y procura, en la medida en que te sea posible, hacer
actos muy fervorosos de amor, deseando convertirte todo en Cristo, y llegar a
parecerte a El por la imitación de sus virtudes. Cuando finalmente abras el
libro, acuérdate del libro que abrió el Cordero, y de sus siete sellos, y
desea que la fe de Cristo se propague por todo el orbe.
Colocado el cáliz como es debido y abierto el Misal, permaneciendo
unos momentos en medio del altar, y hecha la inclinación a la cruz, junto con
Abraham te confesarás delante de Dios como polvo y ceniza, imitando a Cristo,
que bajó de los cielos y descendió a tomar forma de siervo; cuanto más
humilde fueres, tanto más grata y aceptable será a Dios tu oblación. Bajando
luego al pie del altar, recuerda la encarnación del Verbo Eterno, y su amor y
admirable prontitud para emplearse en la obra de nuestra redención. Con una
nueva inclinación, humíllate íntimamente y adora a Dios por todas las cristuras. Mientras te signas con la señal de la cruz
diciendo: "En el nombre de Padre, y del Hijo, y del Espíritu
Santo", advierte cuál y cuán grande es el nombre con el que comienzas el
sacrificio y condúcete tal y como conviene a tan alta majestad. Es de gran
importancia darse cuenta desde el principio de la presencia de la Santísima Trinidad
y no olvidarla nunca, ya que a ella y a su gloria se dirige la oblación y su
recuerdo da fuerzas para inutilizar los ímprobos esfuerzos de los enemigos,
que siempre intentan con variadas y varias inquietudes e imaginaciones
apartar la atención del sacrificio. Conseguida así la presencia de Dios, haz
rápidamente dos actos: uno de fe contra los infieles que niegan la Trinidad; el otro sea
un recuerdo de la cruz de Cristo, y de toda su pasión en ella, de la cual
fluyeron todos los bienes. Renovarás todos estos afectos cada vez que hagas
la señal de la cruz.
Sigue la antífona: Introibo al altare Dei, que se repite
tres veces antes del salmo, dentro y al terminarle, para que comprendas que
toda la Misa
se ha de celebrar con un vivo impulso espiritual, y con pronta alegría
y con gran veneración, y sin ninguna tibieza. Admira la bondad de Dios, que
te llamó a su altar. ¿Quién eres tú, para que te atrevas a acercarte a El?
Refúgiate en la contemplación de Dios, para evitar la turbación que causan
los malos espíritus, no sea que te sugieran imaginaciones malignas que
perturben el divino misterio. Pide también se renueve en ti la juventud de tu
alma, que es el fervor del espíritu, de la cual procede la verdadera y sólida
alegría.
En el primer versículo del salmo Iudica,
me Deus, considera que te has de acercar al
altar de Dios con tal preparación y disposición, que no temas el juicio de
Dios, para que seas separado de la gente malvada y no santa, y te encuentres
ante Dios puro y sin mancha, en cuanto es posible a la fragilidad humana.
Pide humildemente esta pureza, y confía en obtenerla por los méritos de
Cristo.
En el segundo, Quia tu est, Deus, fortitudo
mea, avergüenzate,
porque después de tantas veces confortado con este alimento divino, aun eres
débil, aún te encuentras triste, y ante cualquier levísima tentación sucumbes
torpemente. Con razón te rechazaría Dios, con razón te vencería el enemigo,
si no te prestara fuerzas el que es tu fortaleza y tu vigor.
En el tercero, Emitte lucem
tuam, pide la luz divina, para que aciertes a
distinguir la verdad de la mentira, y sigas la verdad, de modo que,
ilustrados con sus esplendores, tus afectos interiores concuerden con el
sacrificio externo. El monte santo a que se hace alusión en este versículo es
el altar, que representa al monte del Calvario, porque en él se reproduce la
pasión y muerte de Cristo.
En
el cuarto, Et introibo, renueva en ti un
gran afecto de reverencia hacia el altar y el sacrificio.
En el quinto, Confitebor tibi in cithara, excita en ti la alegría del corazón, que se
significa mediante la cítara, pero dirigiendo enseguida los ojos a tu
imperfección, laméntate y di: Quare tristis est anima mea, et quare conturbas me?
En el sexto, Spera in Deo, considera que no debes perder el ánimo, pues te
queda la esperanza en tu Salvador, en quien debe toda confianza apoyarse, ya
que el mismo te concederá que, perdonadas tus culpas, te alegres en El, y
perseveres en sus alabanzas.
Animado por esta esperanza, di con gran fervor el Gloria Patri, et Filio, inclinando la cabeza y ofreciéndote
para sufrir toda clase de adversidades, y aun la muerte por Dios. Entonces,
repetida la antífona Introibo, para que
recuerdes bien dónde vas a entrar y quién es el que entra, dirás: Adiutoium nostrum, para
que aprendas a no poner tu confianza en tus aptitudes y fuerzas sino en aquel
qui fecit coelum et terram, del cual
solicitarás una doble ayuda, para conseguir la salvación eterna y los medios
necesarios para ello, y por aquella necesidad especial por la cual ofreces el
sacrificio.
Tiene lugar a continuación la confesión general; la recitarás humildemente,
haciendo un acto de contrición, que es bien distinta de la atrición; a saber,
te dolerás como del peor de los males de todos tus pecados y de los de todo
el mundo, y esto tan solo por Dios, porque le amas sobre todos los bienes; y
procurarás proferir con gran dolor aquellas palabras: mea
culpa, confiando en que la divina misericordia perdonará tus pecados y
los ajenos. Te confesarás no solamente ante Dios Creador, Redentor y Juez
tuyo, sino también ante la Virgen Santísima, a cuyo hijo inocente heriste
con tus delitos; ante San Miguel Arcángel, a cuyos servicios te mostraste
desagradecido; ante San Juan Bautista y los otros santos, cuyos consejos y
méritos despreciaste; y también ante tus hermanos, para quienes serviste de
escándalo. Reconociendo tu indigencia y tu fragilidad, implora la ayuda de
aquellos ante quienes te has confesado, para que rueguen por ti; haz esto
humildemente, y cuando los presentes recen por ti diciendo: Misereatur...; y mientras también ellos se
confiesan, y mientras recitas los siguientes versículos, excita en ti aquel
espíritu que expresan tales palabras, con gran fervor y devoción.
Da siempre el beso al altar con tierno afecto de amor hacia Nuestro Señor
Jesucristo, con un intenso deseo de permanecer siempre unido a El, haciendo
brevemente un fervorosísimo acto de amor.
El Introito y cuanto le sigue lo has de recitar tranquila, atenta y
devotamente, practicando exactamente las ceremonias prescritas para que todos
entiendan que se está realizando algo de orden espiritual y divino. Atenderás
por otra parte el sentido de las palabras, y cuando digas: Gloria Patri, adorarás a la Santísima Trinidad
pidiendo que todos los hombres la sirvan. Dirige el Kyrie
eleison a cada una de las tres personas,
levantando tu mente al cielo, pidiendo para ti y para todos el perdón de los
pecados de pensamiento, palabra y obra; e imaginando que son nueve los coros
de los ángeles, junta tu voz con sus voces, y eleva a ellos el corazón. En el
Gloria in Excelsis, te admirarás al pensar
que un pecador en tierra extraña puede cantar el cántico de los ángeles, haz
entonces actos de alabanza, de adoración, de acción de gracias, de fe, de
esperanza, de amor, de celo de la gloria de Dios, de petición y súplica,
según el sentido de las palabras. La frase Tu solus
Sanctus, tu solus Dominus,
tu solus Altissimus, Iesu Christe, pronúnciala
con un afecto más intenso de caridad y de reverencia hacia Nuestro Señor
Jesucristo, deseando que sea amado, honrado y glorificado por todos.
Terminado el Gloria viene el saludo al pueblo con estas palabras: Dominus vobiscum. Cuantas
veces las digas, pide con íntimo deseo la bendición del Señor para su Iglesia
y para el mundo entero, con el fin de que a cada alma se le conceda aquello
que más necesite.
Al decir las oraciones, avergüénzate de atreverte a ser el mediador entre
Dios y el pueblo, tú que has conducido a otros al mal tantas veces. Cuando
digas: Per Dominum,
ofrece a Dios con gran confianza todos los méritos de Cristo, porque está
escrito: "Quidquid petieritis
Patrem in nomine meo, dabit
vobis", "que cuanto pidiéreis
al Padre en mi nombre, os lo concederá". Considera las palabras de las
oraciones, que por sí son de un gran peso y eficacia, y que, por ser
recitadas por el celebrante en nombre de la Iglesia, y por la
nobleza del sacrificio, obtienen con mayor facilidad lo que se pide.
VI. La Epístola, el Evangelio y el
Credo.
Terminado el Introito, sigue la instrucción del pueblo en la fe, en la Epístola, por medio de
la doctrina de los profetas y de los apóstoles, mediante las palabras de
Cristo en el Evangelio, y en el Credo, por los artículos de fe; estas partes
anteceden al misterio de la santificación con el fin de purificarnos y
prepararnos a él. Mientras lees la Epístola y el Evangelio, haz mentalmente este
acto de humildad: ¿Yo soy quien va a exponer en la Iglesia los oráculos
divinos, habiéndome sentado tanto tiempo en la cátedra del error? ¿Promulgaré
el Evangelio yo que lo impugné con hechos y ejemplos? Finalmente considera
cuán afortunados somos, porque, como dice el Profeta Baruch,
se nos manifiestan las cosas que le agradan a Dios; Dios nos reveló su
voluntad por sus profetas y apóstoles en sus libros y en sus epístolas, y por
su Hijo en el Evangelio. Por tanto, tales libros han de leerse con gran
atención y reverencia como palabras que son de Dios, dándole gracias porque
se ha dignado iluminar e instruir al mundo con su doctrina, y ofreciéndonos
con ánimo pronto para observar sus mandamientos, tanto en la prosperidad como
en medio de las adversidades. El gradual y los textos que siguen, significan
el deseo de servir y el ascenso al vértice de la perfección cristiana, que
son los frutos de la predicación profética y apostólica. Un piadoso sacerdote
decía que él asistía diariamente a dos sermones y actos eficacísimos: a la
lectura de la Epístola
y del Evangelio, y aseguraba que debían escucharse con firmísimo propósito de
realizar lo que enseñan, como si estuviesen presentes y nos hablaran el
Apóstol y Cristo. Sería, en verdad, perversa la trasgresión del precepto que
cada día se oye al Apóstol y a Cristo, pues parecería que se olvida
prontamente la palabra divina y que se desprecia a tan grandes predicadores.
Al comenzar el Evangelio signarás el libro y te signarás tú con tierno afecto
hacia la pasión y la muerte de Cristo. Se hace el signo en la frente -asiento
del pudor-, para que no te avergüences del Evangelio. En la boca, para que lo
anuncies y lo confieses públicamente; en el pecho, para que lo conserves
siempre en el corazón, para que ninguna sugestión del diablo pueda impedir su
fruto. Al final besarás el libro allí donde primeramente hiciste la señal de
la cruz, para significar el amor con que se ha de abrazar y observar esta
doctrina, y tu propósito de practicar y no sólo de oír la palabra: todo con
un acto muy ferviente de amor hacia Dios y su ley.
En ciertos días, a la lectura del Evangelio sigue el Credo, para excitar la
fe; además, lo mismo que quien cree con el corazón merece la justicia, así
merece la salvación quien confiesa lo que cree. Por tanto, realizarás los
actos de fe correspondientes a cada frase, y detestarás las herejías
contrarias. Te alegrarás con Cristo por causa de su gloria mientras se
conmemora su Resurrección, su Ascensión y su potestad de juzgar, y te gozarás
porque su reino no tendrá fin. En aquellas palabras: Qui
cum Patre et Filio simul adoratur, adorarás al
Espíritu Santo y glorificarás desde lo más hondo de tu ser a la Santísima Trinidad
por cada uno de los beneficios de naturaleza, de gracia y gloria que se han
concedido y se concederán a todas las criaturas. Finalmente, mientras dice: Et
vitam venturi saeculi, debes concebir una firme esperanza de
obtener la vida eterna por los méritos de Cristo.
Aquí termina la parte de la
Misa dedicada a la instrucción de los fieles y la
llamada Misa de los catecúmenos, ya que éstos no podían asistir a las
ceremonias subsiguientes, y al llegar este momento el diácono les indicaba
que salieran. Comienza ahora la
Misa de los fieles, y porque aquí empieza la acción del
sacrificio incruento, cada palabra debe decirse con mayor fervor y con una
más ardiente piedad. La iniciarás dando un beso al altar sobre el que se va a
realizar el divino sacramento, para atraer de alguna manera, con esta
muestra de amor y veneración, la benevolencia de Dios. Y dado que el amor de
Dios está inseparablemente unido a la caridad para con el prójimo, se hace
luego la salutación del pueblo como signo común de la amistad, por la cual
manifiestas que en ti no hay el menor odio ni disensión, pues el Señor
preceptuó que no debe ofrecerse un sacrificio sin previa reconciliación con
los hermanos que tengan algo contra el oferente. Pedir, pues, a los presentes
que oren juntos contigo, diciendo: Oremus, con verdadero fervor,
elevándote a Dios Padre y viéndote a ti mismo, y a tu nada, que, pecador como
eres, debes tú, de entre todos los hombres, ofrecer al eterno Padre a su
propio Hijo.
Cuando tomes la patena con la hostia en tus manos, pon en ella tu corazón y
los de todos los presentes y todos los fieles, para ofrecerlos a Dios con la
intención de que, así como el pan se va a convertir muy pronto en el Cuerpo
de Cristo, así tu corazón y el de todos los fieles se transforme por el amor
y la imitación en el mismo Cristo, de tal manera que todos puedan decir:
"Vivo ego iam non ego, vivit
in me Christus", "y yo vivo ahora, o más
bien no soy yo el que vivo sino que Cristo vive en mí". Lo mismo puedes
hacer en la oblación del cáliz.
Mientras viertes el vino en el cáliz, da gracias a Dios, porque quiso
ocultarse bajo estas especies por tu amor; y cuando mezclas el agua, excita
en ti el deseo de sumergirte en el abismo de los méritos de Cristo, y suspira
por la íntima unión con Dios. En la oración: Deus
qui humanae substantiae dignitatem,
observarás que se celebran tres como mezclas o conjunciones totalmente admirables,
la primera en la creación de la naturaleza humana, cuando el alma inmortal es
unida al cuerpo mortal; la segunda en la asunción de la misma por el Verbo,
cuando dos extremos infinitamente distantes se unen en unidad de persona; la
tercera en la elevación de la naturaleza humana a la gracia y la gloria, al
consorcio y a la participación de la divinidad, que desearás con intenso
ardor.
Aunque este sacrificio es único, consta, sin embargo, de dos partes, a saber:
del Cuerpo de Cristo bajo las especies de pan, y de su Sangre bajo las
especies de vino. Y así, una vez ofrecido el pan, procedes a la oblación del
vino. Dirige ambas oblaciones a todos los fines por los que este sacrificio
fue instituido, y, como son de gran importancia, debes hacerlas con gran
fervor, como si tú fueses el único sacerdote en el mundo y de este sacrificio
dependiera la salvación de todos los hombres.
A
esto sigue una breve depreciación: In spiritu humilitatis, que es parte de otra más larga que Azarías, uno de los tres jóvenes, dijo entre las llamas
del horno de Babilonia; se ha de recitar con el ánimo contrito y con mucha
humildad. Sigue otra oración: Veni Sanctificator, con la cual invocas a Dios, autor de
toda santificación, para que se digne no solo realizar el sacrificio ya
preparado, sino también completarlo con su bendición.
Mientras te lavas las manos, afirmarás que quieres vivir puro y limpio, y que
deseas quedar libre incluso de los más pequeños defectos; después darás
gracias por haber sido lavado mediante la Sangre de Cristo y suscitarás también afectos
según el sentido de las palabras que has de pronunciar.
En la oración: Suscipe, Sancta Trinitas,
no te limites a recordar simplemente los beneficios de nuestra Redención que
allí se conmemoran, sino que debes expresar tu más íntima gratitud. Por lo
cual, deshaciéndote en humildes acciones de gracias, alégrate de poder
ofrecer para mayor gloria de Dios esta hostia de dignidad infinita, y para
honra de la bienaventurada Virgen y de todos los santos, a fin de que ellos
mismos en los cielos presenten ante el trono de Dios el incienso de tus
oraciones por tu salvación y la de los demás hombres.
Acuérdate después de tu debilidad, y considerando cuán importante es ofrecer
tan gran sacrificio a la
Divina Majestad, recurriendo a los sufragios de los
presentes, pídeles que oren por ti. Y extiende las manos, como si para todos
abrieras tu pecho, y de nuevo las juntas, como si abrazaras a los que has
acogido dentro de ti. Tú mismo, que acabas de exhortar a los demás a orar,
reza en secreto, para que tu sacrificio sea aceptado por Dios. Ahora
bien, durante estas ceremonias procura excitar en ti algunos afectos
apropiados a ellas.
Terminadas las oraciones secretas, enseguida dices con voz clara: Per omnia saecula saeculorum, y estas
palabras no sonarán como temporales, sino como sublimes y eternas. Entonces
saludas al pueblo, pero sin volverte a él como antes has hecho, pues debes
estar separado de todo lo terreno y vuelto del todo a Dios; les indicas que
eleven sus corazones hacia el altar, como si dijeras: "Levantaos todas
las criaturas a Dios, salid de la basura terrestre, y buscad las cosas de
arriba, saboread lo que es de arriba, no lo que está sobre la tierra". Y
a los corazones, que ya están levantados al cielo, exhórtalos a dar gracias a
Dios, porque nada es más digno, nada más justo y saludable que hacer memoria
de los beneficios. Abarca con tu corazón a todas las criaturas y todos los
beneficios con que han sido favorecidos, pues esto es una excelente acción de
gracias y dispone para mayores gracias aún. Viene después el Prefacio, que es
una especie de prólogo o preparación para los actos en que propiamente se
contiene el sacrificio; alabas con él intensamente a Dios, invitando asimismo
a los espíritus celestes para que canten contigo. Sin embargo, para poder
introducirte sin temor en el coro de los ángeles, pides permiso a Dios
suplicándole humildemente: Cum quibus et nostras voces ut amitti iubeas deprecamur. Y así, unido a la multitud angélica
cantarás el sacro trisagio con toda la reverencia y fervor que te sean
posibles, para que no desmerezcas del amor que manifiestan los espíritus
superiores. Porque, si tiemblan las potestades, que son como columnas del
cielo, ¿cuánto debes aterrarte y temblar tú, vilísimo
gusano de la tierra, que tantas veces y tan enormemente ofendiste a Dios?
Este himno contiene tres alabanzas y dos peticiones. Pues primero alabas la
santidad, el poder y el dominio supremo de Dios, cuando dices: Sanctus,
sanctus, sanctus Dominus Deus
Sabaoth. En segundo lugar celebras su gloria,
que resplandece tan maravillosamente en todas las criaturas del cielo y de la
tierra, con estas palabras: Pleni sunt coeli et terra gloria tua. Y, por
fin, alabas a Cristo Señor diciendo: Benedictus qui
venit in nomine Domini; y
mientras dices esto, le invitarás a venir a tu alma con el afecto de todos
los santos. Las dos peticiones se contienen en las palabras: Hosanna in excelsis, que se dicen dos veces y con las que pides
la salvación y lo que para ella es necesario, primero a Dios y después a
Cristo. Este himno se antepone al Canon, para que te des cuenta con ello de
que estás en un negocio de máxima importancia delante del trono de la Divina Majestad
y de que entras en el Santo de los Santos; y si hasta aquí convenía que
fueras puro y fervoroso, en adelante debes inflamarte con tanto ardor, que
con él puedas encender a todos los presentes, más aún, a todo el mundo.
Esta parte de la Misa
se llama Canon, es decir, regla que se debe seguir en la oblación del
sacrificio. Está formado, como atestigua el concilio de Trento, con las
mismas palabras del Señor, con las tradiciones de los apóstoles y con las
instituciones de lo sumos pontífices; nada contiene que no exhale un olor de
piedad y santidad y que no levante el pensamiento de los oferentes a Dios,
para que se unan con El. Se recita en voz baja, para que, por el silencio, se
entienda tanto la gravedad de lo que se realiza -que se trata casi en secreto
con Dios- cuanto el estado de ánimo sereno y pacífico que es necesario para
realizar rectamente esta función. Los afectos piadosos han de supeditarse
ahora al significado literal de las palabras, dichas atenta y devotamente.
Por medio de la partícula igitur se
conecta con todo lo exterior; el camino del cielo está ya expedito por obra
de los ángeles, cuyas voces rogaste en el Prefacio que se unieran a las
tuyas; sube, pues, confiadamente al trono de Dios, y con los ojos levantados
hacia arriba, y con las manos extendidas, presenta tus preces al Señor
rogándole, por medio de Cristo que acepte los dones que El mismo nos
había dado, los regalos que El mismo también nos regalara, las santas
oblaciones que se ofrecen por nuestros pecados. Y, en primer lugar, haz
presente a la persona a quien se dirige la ofrenda, es decir, a Dios Padre;
en segundo lugar, al mediador Cristo Jesús; en tercero, a los oferentes y su
devoción; en cuarto lugar, las propias cosas ofrecidas, que pides que
Dios acepte y bendiga; en quinto, aquellos por quienes se ofrece el
sacrificio: la Iglesia,
el Sumo Pontífice y los demás; en sexto, todo lo que quieres conseguir con
esta oblación: la redención, la salvación, la salud; por último,
recuerda a la bienaventurada Virgen María y a los Príncipes de la curia
celeste, cuyos sufragios imploras teniendo presente tu debilidad, para que te
vuelvan a Dios propicio.
Para que puedas traer a la memoria a todos aquellos por quienes debes orar,
dices después: Memento Domine, famulorum famularumque tuarum; y para
que tus súplicas tengan fuerza más eficaz, será muy conveniente asociarlas
con los sufrimientos de Cristo Nuestro Señor, más o menos así: 1º Rogarás por
ti mismo poniendo por medianera la
Sangre derramada por nosotros, para que por ella sean
expiados tus pecados, y obtengas aquellas virtudes que te son más necesarias,
y la perseverancia final. 2º Encomendarás a la Iglesia por medio del
Costado traspasado, de donde la
Iglesia brotó. 3º Por medio de la Cabeza coronada de
espinas, pedirás por el Sumo Pontífice y por todos los príncipes y obispos.
4º Por la llaga de la mano derecha, por tus amigos, familiares y
bienhechores. 5º Por la llaga izquierda, por todos los que te odiaron o te
sirvieron de molestia o escándalo. 6º Por el pie derecho taladrado, por las
personas y asuntos encomendados por los superiores. 7º Por el izquierdo,
encomendarás a todos los que están en pecado mortal, para que se pasen a la
parte derecha. 8º Por los azotes, las bofetadas y salibazos,
a los paganos, herejes y demás infieles, que afligen a Dios con sus ofensas.
9º Por la crucifixión, a los religiosos de todas las órdenes, para que
lleven con alegría la cruz del sacrificio voluntario. 10. Por la sed, a todos
aquellos que anhelan tus oraciones. 11. Por la angustia que quiso sufrir en
el huerto, a todos los que se encuentran en alguna calamidad, peligro,
necesidad, tentación o inquietud. 12. Por la muerte y sepultura, a todos los
justos, para que perseveren siempre consepultados
con El en la justicia. Pide especialmente por aquellos de quienes quiere Dios
que te acuerdes, sin que tú lo sepas; por aquellos a quienes Dios ama más,
aunque ignores su número y sus nombres; pues le es gratísimo a El que te acuerdes
de sus amigos. Haz todas estas oraciones con brevedad, imitando a la Iglesia, que con
poquísimas palabras se encomienda a sí misma; al Sumo Pontífice, al obispo y
a todos los fieles. Tampoco conviene emplear más tiempo en considerar
nuestras necesidades personales que las generales, principalmente con aquel
Príncipe que todo lo sabe y que nos amonesta a que no hablemos mucho cuando
oremos. Será muy conveniente, por tanto, pedir más despacio por todos antes
de la Misa,
para poder ser más breves durante ella.
Después de haber satisfecho tu devoción privada, empleas de nuevo las
oraciones públicas de la
Iglesia para pedir por los presentes o ausentes, y porque
ya fue ofrecido el sacrificio en expiación de las culpas, en acción de
gracias e impetración de todos los beneficios, ahora se expresa su fin
primario con la oración Hanc igitur oblationem servitutis nostrae, con la
cual reconoces solamente el supremo dominio de Dios y nuestra infinita
servidumbre y sujeción, extendiendo las manos, según antiguo rito, sobre la
oblata para ponerla bajo el dominio de Dios, rogándole al mismo tiempo que ab aeterna damnatione nos eripi iubeat et in electorum suorum grege numerari, que "la bendiga sobre todas las cosas,
que la tenga como adscriptam et ratam, es decir, que la apruebe y la refrende, y la
acoja, en fin, como acceptabilem, es decir,
indigna como es de ser aceptada por Dios, por lo que se ofrece y por el
ministro que la ofrece, la convierta en aceptable, no por nuestros méritos,
sino por su misericordia. Y al decir aquellas palabras: Ut
nobis corpus et sanguis fiat
dilectissimi Filii tui Domini nostri
Iesu Christi, renovarás
la intención actual y expresa de consagrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo por
medio de la transubstanciación del pan y del vino, que se hace con sus
propias palabras.
Después de las muchas oblaciones expresadas hasta este momento con
palabras, tiene lugar por fin la oblación real, por la cual es inmolado incruentamente
el mismo Cristo, que una vez se ofreció a sí mismo cruentamente en el ara de
la cruz. Y si hasta ahora fueron necesarias pureza, humildad y
reverencia, mucho más se precisan cuando te acercas, no sin temblor y
temor, a realizar el tremendo misterio. Humíllate, por tanto, cuanto puedas,
acuérdate de lo que le pasó a Oza; imagina entonces
que se te dicen al oído estas palabras de Cristo: "Ecce
appropinquat hora, et Filius
hominis tradetur in manus peccatoris",
"he aquí que llegó ya la hora; el Hijo del hombre va luego a ser
entregado en manos de los pecadores". Considera que actúas como si
fueras la persona de Cristo, y adecúa todo tu ser
interna y externamente, a su majestad y santidad; cuida que no haya en ti
nada que no convenga a la persona a quien sustituyes.
Las palabras Qui pridie
quam pateretur se
deben pronunciar con entonación histórica y como recitando, para que mires y
actúes según el ejemplo que te ha sido mostrado por Cristo Nuestro Señor.
Cuando digas: Accepit panem
in sanctas ac venerabiles
manus suas, considerarás
cuán puras deben ser las manos que tocan cosa tan valiosa, y aprenderás que
esto es obra de la divina omnipotencia. Cuando eleves tus ojos al cielo,
traslada allí al mismo tiempo todas las fuerzas y pensamientos de tu alma.
Cuando dices: Gratias agens,
da una vez más gracias por la institución de este santísimo sacramento.
Al punto de decir las palabras de la consagración, considera que las
pronuncias, formal y enunciativamente, en el lugar
de Cristo. Una vez pronunciadas, penetra con los ojos de la fe en lo que se
esconde bajo las especies sacramentales; arrodillándote entonces, mira con
los ojos de la fe al ejército de los ángeles que te rodea, y adora con ellos
a Cristo con una reverencia tan profunda que humilles tu corazón hasta el
abismo. En la elevación, contempla a Cristo elevado en la cruz, y pídele que
traiga a ti todas las cosas. Haz actos intensísimos de las diversas virtudes,
ora unos, ora otros de fe, de esperanza, de amor, de adoración, de humildad, etc.,
diciendo con la mente: "Jesús, Hijo de Dios, ten compasión de mí. ¡Señor
mío y Dios mío! Te amo, Dios mío, y te adoro con todo mi corazón y
sentimientos". Puedes también renovar la intención por la que celebras y
ofrecer lo ya consagrado según los cuatro fines. Pero, de modo especial,
cuando elevas el cáliz, acuérdate con dolor y lágrimas de que la sangre de
Cristo fue derramada por ti y de que con frecuencia tú la has despreciado;
adórale en compensación por los desprecios pasados. San Pedro Mártir solía
pedir en la elevación del cáliz la gracia del martirio, y la obtuvo; pídele
tú el incruento martirio de las adversidades.
En las palabras Haec quotiescumque
faceritis, recordarás la pasión y la muerte de
Cristo, que representa la consagración por separado del pan y del vino. Y lo
mismo que en cuanto tiene lugar la consagración se presentan los santos
ángeles, y perseveran en su veneración, hasta que el sacrificio es consumado,
procura tú emular su reverencia. Pues si el cielo está donde está Dios, no
hay duda de que se transforma en cielo el altar en que consumas tan gran
misterio, y que tú en cierto modo te deificas por la admirable participación
del bien supremo. Cuantas veces tocas la hostia o el cáliz, abraza a Cristo y
estréchalo contra tu corazón con todo el amor que te sea posible.
Después de la
Consagración se reza la oración Unde
et memores, con lo cual recuerdas la pasión, resurrección y gloriosa
ascensión de Cristo; misterios con los que se excita la fe y se fortalece la
esperanza. Debes, pues, esperar, por los méritos de tan bienaventurada
pasión, de la que brota toda nuestra felicidad, que tú serás alguna vez
partícipe de la resurrección y de la ascensión al cielo, y de la gloria
sempiterna. Y no ofreces tan solo una simple conmemoración de los misterios,
sino la hostia pura, santa e inmaculada, es decir, el Cuerpo y la Sangre de Cristo; y,
aunque por razón de las especies sacramentales, todavía le llamas pan, no se
trata, sin embargo, del pan que antes había, sino del pan de la vida eterna y
del cáliz de la perpetua salvación.
Prorrumpe en un acto de alegría ante la glorificación de Cristo, y cuando
dices Supra quae
propitio ac sereno vultu, ofrece a Dios todos los sacrificios antiguos.
Cuando, inclinado, suplicas a Dios que ordene llevar el sacrificio a su
sublime altar por las manos de los santos ángeles, te excitarás a una grande
humildad interior, y pedirás a esos espíritus bienaventurados y especialmente
a San Miguel que te ayuden.
Cuando dices Omni benedicitione
et gratia repleamur, haz
nacer en ti un gran deseo de conseguir, por los méritos de Cristo, todos
aquellos dones con que más podrías glorificar a Dios. En el memento de
difuntos rogarás primero por tus familiares; luego por aquellos que te
causaron alguna cruz o pesadumbre; después, por tus bienhechores y por alguna
persona recientemente fallecida o especialmente encomendada a ti, y,
finalmente, por todos aquellos que no tienen quien les ayude expresamente con
sus sufragios.
En la oración Nobis quoque
peccatoribus, reconoce que tú eres un pecador
lleno de debilidad, y llénate de temor, que aunque no seas consciente de
ningún pecado, no por eso quedas justificado. Fundamenta, por tanto, tu
esperanza en la multitud de las misericordias divinas, y con gran ardor de
ánimo pide humildemente que se te condeda alguna
parte y compañía con los santos y el ser admitido entre ellos, deseando gozar
de una eximia santidad de vida para la mayor gloria de Dios en Cristo Jesús,
Señor Nuestro. A continuación dices Per quem haec omnia,
Domine, semper bona, es decir, el pan y el vino
creas, porque por medio de él fue todo hecho; sanctificas,
en cuanto que están destinados al sacrificio en la primera oblación; vivificas,
por medio de la transubstanciación; benedicis,
porque a través de este Sacramento adquirimos copiosa gracia; et praestas nobis, para
alimento y redención. Pronunciarás estas palabras muy fervorosamente, y
también las siguientes, porque por medio de Cristo, con Cristo y en Cristo se
debe Deo Patri omnipotenti omnis honor et
gloria. Aquí, pues, podrás congratularte con toda la Santísima Trinidad
por la gloria que recibe por medio de Cristo; y, mientras sostienes la hostia
sobre el cáliz, ofrecerás la Santísima Eucaristía, que bajo las dos
especies, tienes en las manos, para alabanza y gloria de Dios, en acción de
gracias por todos los beneficios, para expiación de las culpas y en
impetración de todos los bienes.
Acabado el Canon, debes empezar a prepararte para la Comunión desde el
comienzo mismo de la oración dominical, que con temblor y filial afecto para
con Dios rezarás con los ojos fijos en el Sacramento, porque Cristo junto con
el Padre oye y escucha tus preces. Siete son sus peticiones, en las cuales se
contiene resumido todo lo que debe pedirse a Dios y para cuya impetración se
ofrece este sacrificio. En la primera petición excitarás el deseo de obtener
para ti y para los demás el mayor grado de santidad posible, para que la
gloria de Dios se aumente, para que Dios sea amado y temido por todos; para
que su santidad, su bondad y su sabiduría se reconozcan en todo lugar. En la
segunda desearás que Dios reine en tu voluntad y en la de todos, pidiendo a la
vez que lleguemos felizmente a su reino. En la tercera, rogarás que todos los
hombres sirvan y obedezcan a Dios en la tierra tal como es servido por los
ángeles en el cielo, evitando siempre el pecado y haciendo siempre lo que le
resulte grato al Señor. En la cuarta pedirás todo lo que necesitas en orden
al alimento, vestido y demás necesidades temporales. En la quinta, una vez
implorada la liberalidad de Dios para que nos conceda los alimentos precisos,
solicitarás de su clemencia la remisión de los pecados, haciendo al mismo
tiempo un acto de contrición y de sincero amor hacia tus enemigos y hacia
cuantos te hayan causado algún mal, amándolos de corazón en el Señor. En la
sexta, desconfiando de tus propias fuerzas, y temiendo tu malicia e
inconstancia, pide a Dios que te preserve de las tentaciones, no sea que,
inducido quizá por ellas, te apartes de su gracia y amistad. En la séptima
ruega se liberado de los males de la culpa y de la pena, y de todas las
acechanzas que contra ti maquinan el mundo y el diablo.
Esta última petición se explica más ampliamente en la oración que sigue: Libera
nos, quaesumus, Domine, en la cual se enumeran
los males de que pides ser librado, pasados, presentes y futuros. Los males
pasados son los pecados, de los que está escrito: "Filii,
peccasti, ne adiicias iterum, sed de praeteritis deprecare ut tibi dimittantur", "hijo, has pecado; no vuelvas a
pecar más y ora por los pecados anteriores". Los presentes son los
pecados habituales y otras calamidades. Los futuros son las
tentaciones y otros males inminentes, que no pueden evitarse sin una especial
ayuda de Dios. Para impetrar estas gracias solícitas la ayuda de la
bienaventurada Virgen, de los santos apóstoles Pedro, Pablo y Andrés, y de
todos los santos; y signándote con el signo de la cruz, pides la paz que
Cristo nos mereció con su Pasión.
Sigue la fracción de la hostia en tres partes; y mientras dejas caer una de
ellas en el cáliz, pedirás el llegar a una íntima unión con Dios. Al dar la
paz al pueblo, desearás a todos una triple paz: la paz de cada uno con Dios,
que consiste en su gracia y amistad; la paz consigo mismo, que se encuentra
en la concordia del apetito con la recta razón, para que aquél siga en todo
las indicaciones de ésta; la paz, en fin, con el prójimo, para que nadie dé a
otro motivos para ofenderse, sino que, al contrario, procure atar a todos por
la caridad cristiana.
En el primer Agnus Dei, después de hacer un
acto de fe en Cristo, allí presente, que es verdaderamente el cordero de Dios
inmolado en la cruz por nosotros, pedirás ser liberado y preservado de todas
las miserias espirituales, como son los malos hábitos, la tibieza en el
servicio de Dios, la inconstancia en las cosas bien empezadas. En el segundo,
ser asimismo liberado y preservado de las miserias temporales, de la peste,
el hambre, la guerra, las enfermedades y persecuciones, en cuanto nos impiden
dedicarnos al servicio y al culto de Dios. En el tercero pedirás la paz que
lleva consigo la buena conciencia, el dominio de sí mismo, el desprecio
de todos los bienes temporales.
Bien dice el salmista hablando del Señor: "Et factus
est in pace locus eius";
y también el Apóstol: "Pacem habete, et Deus pacis et dilectionis erit vobiscum",
"vivid en paz, y el Dios de la paz y de la caridad será con
vosotros". Por tanto no debes maravillarte si la Iglesia enseña que se
pida al Señor la paz con una imploración que se ha de repetir varias veces
inmediatamente antes de la comunión, ya que la paz incluye en sí todos los
bienes y prepara una habitación digna del Altísimo. Esta petición se contiene
en la primera de las tres oraciones que anteceden a la comunión; en la
segunda se pide la remisión de los pecados y el don de la perseverancia. La
tercera excita en ti el temor de que el pan de la vida y la bebida de la
salud eterna no se conviertan en juicio de condenación; pero enseguida te
llenarás de confianza, esperando que por los méritos de Cristo te sirva de
guarda del corazón y del cuerpo y prenda parar recibir el premio. Entonces,
adorarás de rodillas a Dios, concibiendo un deseo ardentísimo de recibirle a
él mismo en el sacramento mientras dices el versículo Panem
coelestem accipiam, et nomen Domini invocabo.
Cuando digas Domine, non sum dignus, confiesa tu indignidad, pero reconoce a la
vez la omnipotencia y misericordia de Dios con las siguientes palabras: Sed
tantum dic verbo, et sanabitur
anima mea. Confesarás
que eres indigno, en primer lugar por tus pecados; después, por lo vil de tu
naturaleza; finalmente, porque por ti mismo no eres nada, nada tienes y nada
puedes.
Antes de la comunión detente unos momentos y haz con brevedad actos de las
principales virtudes: humildad, fe, esperanza, caridad, contrición, abnegación
y adoración, más o menos del modo que voy a indicarte. Aunque te parezcan un
poco largos, si los tienes bien impresos en la memoria se te harán tan
familiares con la repetición y por la rapidez mental que te dará Dios, que en
poco más de un momento se te presentarán en la mente.
"Señor Jesús: soy indignísimo, peor que todos los pecadores y que los
mismos condenados, indigno de todo bien y digno de todo mal. Confiado, sin
embargo, en tu piedad y misericordia infinita, me atrevo a comulgar. Creo,
Señor, todo lo que cree, enseñada por Ti, la Santa Iglesia
Romana, y condeno y anatematizo cuanto ella condena. Espero de Ti y espero
todos tus auxilios necesarios para conseguir mi perfección y la salvación,
sostenido por tus infinitos méritos y por el auxilio y la comunión de tus
santos. Me gozo y alegro por todos tus bienes y tu gloria, que deseo se
propague lo más posible. Detesto en la medida de mis fuerzas, por amor a Ti,
todos mis pecados; estoy preparado para satisfacer por ellos plenísimamente en
esta vida, y para que mi alma sea siempre un purísimo refugio para tu
majestad. Perdono a todos los que me hayan hecho algún mal, o me lo causen en
adelante, y les amo sinceramente por ti. Me ofrezco a soportar todos los
males posibles, según tu beneplácito, con renuncia de mi voluntad, juicio,
amor propio y libertad, y entregándome a Ti con total indiferencia.
Finalmente te adoro suplicante, bien mío supremo, y te ruego, por la amargura
que por mí sufriste en la cruz, especialmente en aquella hora en que tu alma
abandonó a tu cuerpo, que tengas misericordia de mi alma cuando tenga que
salir de este mundo".
Estas últimas palabras se añaden para que pidas con ellas una buena muerte,
y, cuando las digas, haz la intención de sumir el cuerpo de Cristo a modo de
viático, por si ocurriera tu muerte en ese mismo día.
Al ir a recibir la Sangre,
considera que nada tienes con que puedas dignamente dar gracias por el Cuerpo
de Cristo que sumiste; y por tanto, ofreciendo la Sangre dirás con toda tu
alma las palabras: Quid retribuam Domino,
con las siguientes oraciones para después de sumir la Sangre.
Como después de la Comunión
pasa un rato mientras se hace la ablución del cáliz, y mientras se recogen
los corporales y se coloca el cubrecaliz, aprovecha
ese tiempo para expresar breve y fervorosamente aquellos afectos que suelen
demostrarse a los grandes príncipes cuando se dignan visitar la casa de
alguien. 1º Adorarás a tan gran huésped en su divinidad y en su humanidad. 2º
Le darás gracias porque se ha dignado venir a ti, tan indigno, y por otros
beneficios generales y particulares. 3º Le tratarás con esplendidez, dándole
todo lo que desea de ti, o sea, detestando todos tus pecados, renovando tus
votos y buenos propósitos; proponiéndote abstenerte de aquello que sea lo
mejor; ofreciéndote a soportar cualquier molestia y cualquier cruz. 4º Pide,
en fin, a tan gran Rey, que todo lo puede, cuanto sea necesario para ti y
para otros, vivos y difuntos.
A
continuación de la Comunión
tiene lugar la acción de gracias, que es la última parte de la Misa. Comienza
con el versículo llamado "Comunión" porque antiguamente se cantaba
mientras el pueblo comulgaba. Las siguientes oraciones no sólo contienen
acciones de gracias, sino también peticiones de que en ti sean permanentes
los dones que acabas de recibir y aumenten día tras día. Entonces se despide
al pueblo, y, mientras él responde Deo gratias, de nuevo se dan gracias a Dios. En la oración
Placeat tibi ofrece de nuevo el
sacrificio con purísima intención, unido al deseo de la Iglesia triunfante y
militante, como las mismas palabras indican. Después, al bendecir al pueblo,
pedirás de corazón a Dios que bendiga con largueza a los fieles y les conceda
con abundancia las gracias celestiales, para que, ahora aquí abajo y
después en el cielo, glorifiquen todos a la Santísima Trinidad.
Lee finalmente el comienzo del Evangelio según San Juan con reverencia y
gratitud por el beneficio de la Encarnación y de la vocación a la fe, y con
deseo de la gloria de Dios, para que sea por todos conocido y glorificado.
San Agustín -lo atestiguan gravísimos autores- dijo que este Evangelio debía
ser escrito en letras de oro y expuesto en todas las iglesias en lugar
eminente. Asimismo muchos de los primeros cristianos lo llevaban colgando del
cuello, como símbolo de la fe cristiana y como amuleto contra las vejaciones
del diablo. En la primera parte de este Evangelio se muestra cuán grande es
el huésped que recibiste escondido bajo el velo de pan y de vino: el Verbo
eterno, por medio del cual todo fue hecho, el Hijo de Dios, consubstancial al
Padre, luz y vida de los hombres, por quien y en quien todos viven y son
iluminados. Examina luego si quizá se refieren a ti las palabras que siguen:
"Lux in tenebris lucet
et tenebrae eam non comprehenderunt". Pues lo mismo que el ciego está en
presencia del Sol, pero el Sol en realidad está ausente, pues no le ve, así
los hombres terrenos, envueltos como en tinieblas por los afectos terrenos,
no ven la luz de Dios, que brilla en la intimidad, ni son por ella
iluminados. También ponderarás la frase: "In mundo erat
et mundus eum non cognovit, et sui erunt non receperunt", "en el mundo estaba y el mundo no
le conoció, y los suyos no le recibieron". No vaya a ocurrir que tengan
en ti su realización; por ello pide a Dios y tenle un santo temor. En las
últimas palabras, finalmente, fíjate que se dice: "Dedit
eis potestatem filios Dei fieri",
"dióles poder de llegar a ser hijos de
Dios", y pide que esto se cumpla en ti; porque el Verbo divino está
lleno de gracia y de verdad, procura sacar con abundancia de esta plenitud
todo lo que te sea necesario para la salvación y la perfección.
Ya que
el término de las obras buenas debe ser la acción de gracias, al dejar
el altar después de celebrar el sacrificio, empieza a recitar el cántico Trium puerorum,
con el que invitas a todas las criaturas a dar gracias a Dios por tan grande
beneficio. Lo rezarás mientras vuelves a la sacristía y te quitas las
vestiduras sagradas, con toda la devoción que te sea posible y con un ardentísimo
deseo de bendecir a Dios y de ensalzarle por su infinita bondad. Hecho esto
en nombre de la Iglesia,
que preceptuó que el sacrificio concluya con esas preces, recógete en un
lugar alejado de toda distracción y ruido, en el que, con la puerta de tu
corazón cerrada, y apartados todos los demás pensamientos, te ocuparás sólo
de Dios y no le dejarás hasta que te bendiga. Hay varias oraciones,
compuestas por los santos doctores Tomás y Buenaventura llenas de diversos
afectos y apropiadas para decirlas después de la Misa. Si las dices
devota y tranquilamente, considerando sus palabras y sentido, no serán
inútiles e infructuosas. Pero si las repites rápidamente, como algunos
suelen, y terminadas en seguida, sin entreternerte
apenas un rato con Cristo, piensa y mira si de verdad queda satisfecha tu
conciencia. No manifiesta tener algún sentimiento de piedad quien no se
encuentra a gusto con Dios. Ni valen los pretextos de negocios o estudios con
que los tibios se excusan; pues ¿qué negocio más importante y más útil que
tratar con Dios de la salvación del alma? O ¿qué pueden enseñar los
libros que no pueda enseñar mejor el mismo Dios? Lo mismo que después de la
comida es necesario el descanso de los negocios y labores, para que el calor
natural favorezca la digestión y convierta los alimentos en la propia
sustancia del que se alimenta, así, después de este convite, se requiere un
descanso de todas las ocupaciones externas y humanas para que el Sacramento
divino infunda su fuerza y su virtud en el alma.
Así harás primero actos de diversas virtudes. De fe, confesando que el Cristo
por ti recibido es verdaderamente Dios y hombre, a cuya divinidad y humanidad
conviene todo lo que cree y enseña la Iglesia. De esperanza, esperando de él muchos
bienes de naturaleza y de gracia y de gloria. De caridad, fomentando un
fervientísimo afecto de amor hacia él; alegrándote de que su divinidad sea
tan sublime, que de ninguna manera puede ser comprendida; doliéndote de
tantos pecados que tú has cometido contra El, y de los que cada día se
comenten. De humildad, considerando quién viene a quién; ponderando la
magnitud de este beneficio, habida cuenta de tus pecados pasados, tu estado
actual y el perfectísimo grado de vida espiritual a que debes tender, y
del que todavía distas muchísimo. De deseo y celo, ansiando que no se peque
más, que se conviertan los impíos, los justos se multipliquen y se
perfeccionen, y que Dios sea glorificado por todos.
Aplica después los cinco sentidos internos del alma al Señor allí presente:
1º Mírale en ti, contempla su majestad y su esplendor, sus manos, pies y
costado con sus cinco refulgentes heridas; piensa que es Dios, el esplendor
de la gloria del Padre y figura de su sustancia, de tan asombrosa belleza que
precisamente es ella la que hace bienaventurados a cuantos llegan a verle.
Haz nacer en ti, en primer lugar, un movimiento de reverencia y
humildad, que te lleva a apartar los ojos de la contemplación de tan grande
majestad; otro enseguida de gozo y alegría; otro, en fin de alabanza y de
acción de gracias. 2º Escucha la voz que habla dentro de ti, y aprende de
ella la enmienda real de las costumbres y las verdaderas virtudes. 3º Percibe
el olor de sus virtudes, y apresúrate en imitarle; considera también la
fragancia del sacrificio ofrecido, que despide un suavísimo perfume ante el
eterno Padre. 4º Ve cuán suave es el Señor y, recreado con el dulcísimo
convite de su Cuerpo y Sangre, proponte no probar nunca jamás los vilísimos alimentos del mundo; y como El la suma alegría,
decide no aficionarte en adelante a ninguna criatura. 5º Tócale y pídele que
purifique enteramente tu corazón y todo tu ser, y salga de El una virtud que
sane y vivifique todo lo que en ti se encuentra enfermo y viciado. Pide
también con humildad que te bese, y di con la esposa: "Osculetur me osculo oris sui", "bésame con besos de tu boca",
y suspira por unirte con El íntimamente. Bea, a tu
vez, con besos espirituales, sus manos y pies traspasados, y los demás
miembros que por tu causa fueron atormentados con graves heridas y dolores.
Finalmente, añade a éstos otros ejercicios, ya sean los que abajo
describimos, ya otros que te sugiera tu devoción; cuando los hayas terminado,
procura con especial empeño custodiar tu corazón y tus sentidos, recordando
frecuentemente durante el día la honra que Dios te ha hecho; conserva con
piadosos afectos y aspiraciones la gracia recibida, y compórtate en todo de
tal manera que parezcas totalmente transformado en Cristo, a quien recibiste,
por la imitación de sus virtudes, la gravedad de costumbres y el desapego de todas las cosas.
Yo te amo, Señor Jesús, alegría y descanso mío; te amo, sumo y único
bien mío, con todo mi corazón, toda mi mente, toda mi alma y todas mis
fuerzas; y, si ves que no te amo como debería, a lo menos así deseo amarte, y
si no lo deseo suficientemente, por lo menos quiero desearlo de este modo.
Enciende, Señor, con tu fuego ardentísimo mis entrañas, y ya que no me
pides más que amor, dame lo que pides y pide lo que quieras. Porque si tú no
me das el querer y el obrar, pereceré en mi debilidad. Resuene en mis oídos
aquella dulcísima y eficacísima voz:
"Quiero". Pues, si quieres, puedes lavarme e iluminarme, puedes
elevarme al supremo grado del amor. Como quisiste sufrir y morir por mí, así
también querrás que fructifique en mí tu pasión y muerte. Acuérdate de las
palabras que dirigiste a tu siervo, con las que me diste esperanza:
"Quien como mi Carne y bebe mi Sangre, en Mi permanece y Yo en él".
¡Oh dulcísimas palabras,
"Tú en mí y yo en Ti"!¡Oh
cuánto amor, "Tú en mí", vilísimo
pecador, y "yo en Ti", mi Dios, cuya majestad es incomprensible!
Una cosa sola me es necesaria y sólo esto busco: vivir en Ti, en Ti
descansar, no separarme nunca de Ti. Feliz es quien te busca, más feliz
quien te posee, felicísimo quien persevera y muere en esta posesión. ¡Oh días infelices que vergonzósamente
pasé amando la vanidad y separándome de Ti! Y ahora, Señor, que has venido a
este mundo para salvar a los pecadores, redime ahora mi alma, que sólo confía
en tu misericordia, y arranca de mí todos los impedimentos a tu amor.
Lejos de mí todo amor terreno, nada me agrade, nada me atraiga fuera de Ti.
Vive y reina siempre en mí, fidelísimo amante de mi alma; pues en Ti se
encuentran todos los bienes, y ya en adelante estoy preparado a sufrir todos
los males antes que dejar alguna vez de amarte. ¡Oh
cuerpo sacratísimo abierto por cinco heridas, ponte como un sello sobre mi
corazón e imprime en él tu caridad! Sella mis pies, para que siga tus pasos;
sella mis manos, para que siempre realicen obras buenas; sella mi costado,
para que por siempre arda en fervientes actos de amor hacia Ti. ¡Oh sangre preciosísima que lavas y purificas a todos los
hombres! Lava mi alma y pon una señal sobre mi rostro, para que no reciba a
otro amante fuera de Ti. ¡Oh dulzura de mi corazón
y vida de mi alma!, como Tú en el Padre, y el Padre en Ti, así yo por tu
gracia sea uno contigo por el amor y la voluntad, y el mundo esté crucificado
para mí y yo para el mundo. Amén.
Te doy gracias, benignísimo Dios, porque te has dignado admitirme a mí, vilísimo pecador, al vivificante convite de tu mesa. Y
¿quién soy yo, únicamente polvo y ceniza, para que me ofrezcas tu corazón,
dejando tus cielos y descendiendo; para que con tu Sangre purísima laves mis
impurezas; para que a mi alma, debilitada por el hambre, la reconfortes y
sacies, no con maná del cielo, sino con tu carne inmaculada? Si el cielo de
los cielos no es bastante para contenerte dentro, ni los ángeles están
limpios en comparación contigo, ¿quién soy yo, y qué mi casa, para que hayas
querido venir a mí, y ser tocado por mis manos indignísimas y habitar en mí?
¿Qué encontraste en mí, Rey de tremenda majestad, que te hiciera salir del
templo de tu gloria y descender al abismo de las miserias? Vosotros, santos
ángeles, vosotros todos los elegidos de Dios, venid, escuchad, y os contaré
cuánto hizo Dios en mi alma: cómo, siendo yo pobre y abominable, y no osando
levantar mis ojos al cielo ante la multitud de mis iniquidades. El me alzó
del polvo, me sacó del estiércol para que me sentase con los príncipes y
comiese de su mesa todos los días de mi vida. Dadle gracias vosotros por mí,
fidelísimos amigos míos, pues yo soy un niño, no en años, sino en
conocimiento, y ni sé hablar, ni encuentro palabras con las que ensalzar y
proclamar como es debido la abundancia de tales
gracias. ¿Con qué amor puedo yo corresponder a su infinita caridad, con qué
amor que merezca el nombre de tal, y no el hielo y la frialdad? Sus infinitas
perfecciones y dignidad, y mi enorme e infinita indignidad, ¿no harán que
parezca nada cualquier alabanza, cualquier adoración u obsequio que yo
pudiera tributarle? Pero Tú, Señor misericordioso y clemente, y de inmensa
bondad; Tú, que me conoces, no desprecies mi humilde acción de gracias, que
te ofrezco desde mi pobreza, y mi sacrificio de alabanza te honrará. Tuya es
la magnificencia, tuya es la gloria, a Ti se te den alabanzas por todas las
eternidades, por tan excelso e incomparable beneficio. En tu honor se entonen
las aclamaciones; a Ti conmigo den gracias todos los pueblos, las
tribus y las lenguas; todos tus ángeles y tus santos, porque tu misericordia
se ha extendido maravillosamente sobre mí y sobre todas tus obras. Alégrense
en Ti todas las criaturas, todo lo que se contiene en el ámbito del cielo, la
tierra y los abismos, y perpetuamente canten alabanza que, saliendo de Ti, a
Ti vuelvan, como principio y fin de todas las cosas. Alégrense en Ti y te den
gracias mi corazón y mi alma, mis fuerzas, sentidos, potencias y todos los
miembros de mi cuerpo; sean el honor y la gloria únicamente para Ti, de
quien, por quien y en quien son todas las cosas; que eres Dios bendito y
alabado por los siglos de los siglos. Amén.
Tu siervo soy, Señor Dios mío, y como tributo de mi servidumbre
quisiera ofrecerte algo que fuera digno y aceptable a tu majestad; pero mi
deuda excede a todas mis posibilidades, porque te debo tanto, cuanto Tú
vales, y tu valor es infinito. Yo por mí nada puedo, nada soy. Tengo, sin
embargo un don preclaro, que no puedes rehusar de ningún modo; poseo a tu
queridísimo Hijo, mi Señor Jesucristo, porque de tal manera se ha comunicado
a mí que yo estoy en El y El en mí. Por lo tanto, tomaré con toda propiedad
las palabras de tu profeta, y diré: "Benedic
anima mea, Domino, et omnia
quae intra me sunt nomini sancto
eius", "bendice, alma mía, al Señor,
bendiga todo mi ser su santo nombre". Pues tu mismo Hijo bendecirá por
mí dignamente tu nombre, y te amará y te glorificará, pues estando
sacramentalmente dentro de mí se ha hecho uno conmigo, y yo uno con El. Te lo
ofrezco, pues, como perfume de suavísimo olor, para tu mayor honor y
gloria, y en acción de gracias por todos tus beneficios; en remisión de mis
pecados y los de todo el mundo, y para impetrar los auxilios de la vida
temporal y eterna, para mí y para todos aquellos por quienes he pedido y debo
pedir, y por todas las almas de los fieles difuntos. Recibe, Señor, con esta
sacratísima oblación de mi alma y de mi cuerpo, todas mis fuerzas y mis
afectos, para que sea yo un perpetuo holocausto que arda sin cesar ante tu
majestad. Concédeme que en adelante no tenga miembros, ni sentidos, ni
potencias, ni vida sino para amarte y servirte. Tú eres mi sabiduría y mi
luz; tú mi fortaleza y mi energía; enséñame, ilumíname, vigorízame para que
conozca y haga tu voluntad. Me ofrezco a ti en servidumbre perpetua, y quiero
marcarme como esclavo de tu beneplácito, libre de cualquier otro ciudado y solicitud. Todo lo que permitas que me suceda
lo recibiré gustoso de tu mano. No quiero para mí, en el tiempo ni en la
eternidad, sino lo que Tú me tengas preparado desde el principio, sea
próspero o adverso. Viva siempre reine sobre mí tu Voluntad, que quiero
cumplir en cada palabra, en cada acción, pensamiento y hasta en cada uno de
mis más insignificantes movimientos. Señor, ante Ti están todos mis deseos.
No te oculto mis gemidos. Me faltan palabras con que explicar mi afecto, pero
me arrojo en el ardentísimo horno de tu amor en el que te encendiste para
dignarte venir a mí y hacer tu mansión en mi alma. Enciéndeme, Señor; inflama
mi corazón, quema mis entrañas para que continuamente arda para Ti, y en Ti
viva, y en Ti muera. Amén.
Dulcísimo amante, Señor Jesucristo, que me nutriste con tu Cuerpo y tu Sangre
preciosísima, te ruego que disculpes mi indignidad y perdones misericordioso
las faltas que he cometido en la celebración de esta Misa. Reconozco y
confieso mi presunción, porque osé acercarme a este tremendo misterio sin la
debida preparación, reverencia, humildad y caridad. Mírame con los ojos de tu
misericordia y suple con la abundancia de tus méritos mi mucha imperfección.
¡Oh! ¿Cuántas veces has venido a mí para enriquecer
mi pobre alma con tus dones? Y yo, sin embargo, te desprecié y me marché
lejos de Ti, siguiendo los depravados deseos de mi corazón. Y cuando, ya disipado
cuanto poseía, regresé a Ti desnudo y consumido por el hambre, Tú me
recibiste y te olvidaste de todas mis iniquidades. Por fortuna para mí, me
amas con un amor eterno e infinito; pues si no fuese infinita tu bondad, de
ningún modo podrías tolerar mi miseria. Venza, por tanto, tu bondad y absorba
mi malicia. Riégame con las lágrimas que derramaste por mí; úngeme con la
mirra de tu dolor, átame con tus ataduras, lávame con tu Sangre, levántame
con tu Cruz y vivifícame con tu muerte. Penetre tu amor en mis entrañas y
expulse a cualquier otro amor. Huya la multitud de mis imaginaciones, y
transfórmeme totalmente en Ti, para que en Ti perezca y no me encuentre más
que en Ti. Imprime en mi corazón el amor de la cruz y de la humillación, pues
que para rendirme, no quisiste pasar ni un momento sin la cruz. No permitas
que me aparte de Ti sin fruto; en cambio, obra conmigo tus maravillas, como
las obraste con tus santos, y haz que camine con la fortaleza de aquel
alimento hasta el monte de la perfección. Enciéndeme con la fuerza abrasadora
de tu amor, para que quede consumado en uno contigo, y abstraído del
todo de mí mismo, y de toda criatura. Da asimismo paz, salud y bendición a
todos aquellos siervos tuyos por quienes ofrecí este sacrificio, y por quienes
debo rogar, y por quienes Tú quieres que pida. Convierte a Ti a los pobres
pecadores, llama otra vez a los herejes y cismáticos, ilumina a los infieles
que te desconocen. Auxilia a todos los que se encuentran en alguna necesidad
y tribulación. Muéstrate propicio a mis compañeros y bienhechores. Ten
misericordia de todos mis enemigos, y de quienes me afligieron con alguna
molestia. Socorre a aquellos que se encomendaron a mis oraciones. Condece tu favor y tu gracia a los vivos y la luz y el
descanso sempiterno a los fieles difintos. Amén.
VI. Aspiraciones a la Beatísima Virgen, a los ángeles y a los
santos que se pueden hacer después de la Misa.
Mírame, gloriosísima Virgen María, porque ahora soy
digno de que me vean tus ojos. Intercede por mí ante tu amadísimo Hijo, que
me nutrió suavísimamente con su Cuerpo y con su Sangre, y ofrécele tus
méritos como suplemento de mi imperfección. Dale gracias en lugar mío y
ruégale que no se aleje de mí en su presencia sacramental sin que deje a mi
alma colmada de bendiciones.
Santos ángeles, ministros del Dios altísimo, realizadores de sus mandatos,
mirad al Primogénito del Padre Eterno, a quien -cuando descendían a la
tierra- adorasteis por orden del Padre, y haced que le sirva con el mismo
espíritu y verdad con que vosotros le servisteis en esta vida y ahora le
servís en el cielo.
Santos Patriarcas y Profetas, varones de deseos, conocedores de los secretos
de Dios, mirad al Redentor prometido desde el principio del mundo, a quien
tan ardientemente deseasteis, y a quien por tanto tiempo esperasteis, sin que
pudieseis llegar a verlo; haced que le desee intensamente, para que se
realicen todas sus demás promesas y sienta yo los efectos prometidos a este
sacramento.
Apóstoles de Jesucristo, clarísimos predicadores de su Evangelio, mirad en mí
a vuestro mismo amantísimo Maestro, a quien tanto amasteis; y pedid que yo le
ame profundísimamente y más que a ninguna otra cosa, que participe del fervor
que vosotros experimenteis cuando El con sus mismas
manos sació nuestra hambre con este alimento.
Mártires invictos, mirad a Cristo crucificado, por cuyo amor tan liberalmente
derramasteis vuestra Sangre, y rogadle que me haga vivir siempre y morir en la Cruz para que corresponda a
su amor en la medida de mis fuerzas.
Bienaventurados pontífices, pastores de la grey del
Señor, ved al Cordero inmaculado, que tantas veces inmolasteis sobre el
sagrado altar al Dios omnipotente, y procurad con vuestras oraciones que sea yo
un ministro digno de tan grande sacrificio para que, junto con la oblación
sagrada, me inmole cada día a mí mismo por medio de las buenas obras.
Fieles siervos de Cristo, santos monjes y ermitaños, ved a vuestros dulcísimo
Señor, por quien dejasteis todos los deleites, afectos y cosas de la tierra,
y haced que yo desprecie por su amor todos los bienes del mundo y no tenga
ninguna de sus adversidades y llegue cuanto antes a la cumbre de la santidad.
Purísimas vírgenes, mirad a vuestro esposo, al que con tan grande alegría
consagrasteis vuestra virginidad, y obtenedme una pureza inmaculada de cuerpo
y mente, para que, al acabarse mi vida, merezca presentarme en la presencia
de Dios limpio de toda mancha.
Santos todos y santas de Dios, que sois el consuelo de mi pobrecita alma, y
vosotros especialmente mis patronos y protectores, mirad al que es maestro,
autor y premio de vuestra santidad y vuestra entera felicidad; vedle dentro
de mí y pedidle a El, a quien con tanto empeño imitasteis en esta vida, siga
yo siempre vuestras huellas para que merezca llegar a la perfección que busco
y gozar, finalmente, lleno de méritos, de vuestra compañía.
Alma de Cristo, santifícame; Cuerpo de Cristo, sálvame; Sangre de Cristo,
embriágame; agua del costado de Cristo, lávame; pasión de Cristo, confórtame;
oh mi buen Jesús, óyeme; dentro de tus llagas,
escóndeme; no permitas que me aparte de Ti; del maligno enemigo, defiéndeme;
en la hora de mi muerte, llámame, y mándame ir a Ti; para que con tus santos
te alabe por los siglos de los siglos. Amén.
Me alejo de Ti por un poco, Señor Jesús, pero no me voy sin Ti, que eres el
consuelo, la felicidad y todo el bien de mi alma, y humildemente me
encomiendo a tu gran amor, junto con todos mis hermanos, mis amigos y
enemigos. Amanos, Señor, y transfórmanos lo más
posible en Ti. Cuanto en adelante haga, lo haré en Ti y por Ti, y nada
será objeto de mis palabras y acciones internas y externas salvo Tú, mi amor,
que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Dado que son muchos los sacerdotes que celebran con frecuencia la Misa, y muchos también los
que lo hacen cada día y, sin embargo, no perciben los admirables frutos de
ese vivificante y divino sacramento, es sin duda necesario que investiguemos
cuáles puedan ser las causas de tanto mal. ¿De dónde procede tanta tibieza en
procurarse la salvación, tal negligencia por alcanzar la perfección, cuando,
como dice San Juan Crisóstomo, al apartarnos del altar tendríamos que ir
convertidos en implacables enemigos del demonio y totalmente encendidos en
santo ardor? Si nuestro Dios es una llama que consume, y vino a traer fuego a
la tierra, para que arda y queme los corazones de todos, ¿por qué habiéndole
recibido en nuestro interior, ni expulsamos de nosotros el frío, ni sentimos
su ardor? ¿No es un indicio de la muerte, o de alguna gravísima enfermedad,
tener al lado el fuego y estar, sin embargo, aterido? Si en otro tiempo no
pudo la estatua de Dagón permanecer delante del arca del Señor sino que
inmediatamente cayó y quedó pulverizada, ¿por qué no cae y se rompe ante la
presencia de Cristo el ídolo del amor propio que reina tiránicamente en el
alma? ¿Por qué la gran humillación de Cristo no deshace el espíritu de
soberbia? ¿Por qué tanta mansedumbre no reprime nuestra ira? ¿Por qué tanto
amor no nos impulsa a seguir sus huellas? La Eucaristía tiene como
efecto preservarnos del pecado, aumentar la gracia, infundir el odio a lo
terreno, elevar la mente al amor de lo eterno, iluminar la inteligencia,
encender el afecto, conferir al alma y al cuerpo la pureza, a la conciencia
la paz y la alegría y la unión con Dios inseparable. Muchos sin embargo,
después de celebrar frecuentemente no gozan de tales efectos; el profeta Ageo les reprende diciendo: "Comedistis
et non estis satiati, bibistis et non estis inebriati". Pero el defecto no está en el alimento y
en la bebida, sino en la mala disposición del que come y bebe. Y ésta es la
primera causa de tanto mal, porque una cosa es la que comemos y otra aquella
de la que tenemos hambre; comemos el pan de los ángeles, pero ansiamos las
algarrobas de los animales inmundos; somos peores que los israelitas, que,
mientras tomaban el maná en el desierto, suspiraban por las ollas de Egipto.
¿Por qué, pues, nos sorprendemos si la boca infectada de amargura no puede
percibir la dulzura de la miel? Hay que purgar el alma de los deleites de la
carne y de los sentidos, de la tibieza, de toda afición a las criaturas, para
que pueda el divino Sacramento realizar en ella su obra. Pues el corazón,
cuando está ocupado por el deseo de lo terrenal, desprecia todo lo que es
santo, y, a quien admite otros consuelos, no se conceden los divinos.
Una segunda causa es la omisión de la preparación necesaria; y muchos
no temen acercarse a este sagrado ministerio como quien va sólo a cumplir una
obligación, o por costumbre, por motivos humanos, más por razón de la
ganancia que por devoción, sin considerar de cuánta responsabilidad es el
celebrar aun una sola vez. Cuando Juan de Avila,
aquel hombre de tan grande espíritu apostólico, oyó que había muerto un
sacerdote recién ordenado, preguntó en seguida si había celebrado alguna vez;
la respondieron que sólo una, y comentó: "De mucho tendrá que dar cuenta
ante el Juez". Conviene, por tanto, temer, puesto que nadie desempeña
dignamente el sacerdocio y nadie puede percibir los frutos de este sacramento
a no ser que, en cuanto lo permite la fragilidad humana, se disponga a ello
con aquella pureza, amor y devoción que hemos explicado arriba.
Finalmente la tercera causa es porque muchos, apenas han terminado la Misa, se distraen ya con
otras preocupaciones, impidiendo así que el sacramento ejerza en ellos su
eficacia. Estos reciben la gracia de Dios en vano, y no obtienen ningún fruto
de la comunión, porque reciben indignamente al Señor que viene a ellos, y no
le dan gracias con la debida reverencia; más aún, al punto le dejan y le
entristecen, menospreciando su majestad y dignidad inconcomprensibles,
al no advertir que Dios se ha dignado venir a ellos, pese a su fealdad,
vileza y miseria. Y si ocurriera que alguien no sacara ningún provecho de
este banquete, pese a haber puesto todo su empeño en celebrar digna y
devotamente, ello habría que atribuirlo a la admirable sabiduría de Dios, que
lo permite así para que el hombre no atribuya a sus esfuerzos el don de la
gracia, sino que lo custodie cuidadosamente y se confiese siempre indigno de
El.
Aunque de ninguna manera puedan equipararse las ocupaciones humanas a las
funciones divinas, ni cabe preferir aquéllas a éstas, hay, sin embargo,
algunos sacerdotes empleados por completo en el servicio de los demás que se
ven en ocasiones de tal modo solicitados por ocupaciones necesarias e
inevitables que no pueden detenerse mucho tiempo en las oraciones antes
señaladas. He creído, pues, conveniente escribir para ellos un
"ejercicio" fácil y breve, que pueden hacer cuando vayan a decir la
santa Misa para que no ofrezcan menos dignamente el sacrificio y se priven,
por tanto, de sus frutos. Resumiré tales prácticas en tres grupos: las que
han de preceder a la Misa,
las que tienen lugar durante la celebración de la misma y las que
inmediatamente la siguen.
Antes de la Misa
debe tener lugar una doble preparación, remota y próxima. Para la remota
conviene observar lo que sigue: piense el sacerdote, durante la tarde
anterior, que al día siguiente ofrecerá al Dios omnipotente la hostia de
salvación, y procure dormirse con este mismo pensamiento. Añada algún breve
acto de reverencia, de amor y deseo. A la mañana se despertará con el mismo
pensamiento y afecto; y procurará con el mayor cuidado no sumergir y distraer
su espíritu en los negocios y cosas exteriores hasta el punto de que, cuando
llegue la hora de celebrar, no pueda concentrarse y recogerse. Rechace
inmediatamente antes de la Misa
todos los pensamientos terrenos, y olvidándose por completo de las cosas que
luego tendrá que hacer, levante al cielo la mente. Considere con qué devoción
debe sentirse impulsado a celebrar y qué fines le mueven. Examine su
conciencia, y, si encuentra en ella alguna mancha, debe lavarla por la
confesión sacramental con un sentimiento íntimo de dolor y un firme propósito
de la enmienda. Tómese entonces unos breves momentos para excitar durante
ellos la fe en el misterio, encender la caridad, recordar la pasión del
Señor, dirigir la intención y pedir la ayuda de Dios para sí y para los
demás. Implorará también fervientemente y humildemente el auxilio de la Santísima Virgen
y de los Santos. Anteriormente (c. IV) hemos expuesto las fórmulas de estos
actos y afectos que el sacerdote puede reducir a brevísimas aspiraciones,
según su capacidad y devoción.
La Misa ha de celebrarse con
reverencia, atención y devoción. La reverencia ha de informar todos los
movimientos exteriores, de forma que se realicen con modestia y gravedad,
cumpliéndose exactísimamente las ceremonias prescritas y con toda la mayor
humildad que es totalmente necesaria a quien va a ofrecer la hostia
inmaculada en la presencia de Dios y de los ángeles. La atención sujeta la
mente, fijándola en aquello que hace, para que no se distraiga y se disipe.
La devoción inflama la voluntad, para que no celebre negligente y
rutinariamente, sino con mucho fervor y deseo de dar culto a Dios y moverle a
la misericordia.
Y
porque el espíritu poco tenaz fácilmente se distrae, debe mantenerse
concentrado y atado con unas como cadenas, que describí más arriba (c. V) y
que, como allí observé, no constituyen ningún impedimento para la brevedad de
la Misa. Hay
también algunos que dividen la
Misa en siete como estaciones, para que en cada una de
ellas se exciten determinados sentimientos y se renueve la atención. La
primera se llama de contrición, y tiene lugar entre las gradas del altar,
donde el sacerdote se presenta como un reo al tribunal del Juez supremo y
expía sus delitos con el corazón contrito, mediante la confesión general. La
segunda, de glorificación, que se contiene en el Introito y el Gloria hasta la Epístola. La tercera, de doctrina o
instrucción, que incluye la
Epístola y el Evangelio, admoniciones dadas por los
profetas, los apóstoles y el mismo Cristo, y que deben recibirse con la mayor
reverencia. La cuarta, de fe, que consiste en el Credo. La quinta, de Oblación,
que comprende el ofrecimiento de la hostia y la conmemoración de todos los
fieles por los que oramos y ofrecemos el sacrificio. La sexta, de Comunión,
desde las palabras Communicantes hasta
la Postcomunión;
en ella el espíritu del sacerdote se eleva a lo sublime y se dispone, por
medio de diversos afectos, a la unión divina, que se consuma en la comunión.
La séptima, de acción de gracias, desde la Postcomunión hasta
el fin. En cada una de estas estaciones pueden excitarse varios sentimientos
rápidos y breves, pero muy intensos, de tal modo que la brevedad se compense
por la fuerza de aquéllos y por el ardor de la devoción.
En cuatro cosas se debe ejercitar el sacerdote después de la Misa: la primera y
principal es la acción de gracias; la segunda, la oblación; la tercera,
la petición; la cuarta, el propósito de caminar dignamente en la presencia de
Dios. Cuanto más diligentemente se haga la acción de gracias tanto más
copioso será el fruto del sacrificio ofrecido. Pues así como la ingratitud
seca la fuente de la liberalidad divina, así la gratitud abre el torrente de
las bendiciones celestiales. Puede este afecto excitarse de muchas y varias maneras,
que la unción seguirá, y la piedad ingeniosa sabrá imaginar. Pues lo único
que Dios espera de nosotros es que nos mostremos agradecidos a sus
beneficios. Sigue la oblación, en que el sacerdote puede hacer a Dios como de
igual a igual, ofreciéndole a su Hijo unigénito y consustancial. También se
ofrece a sí mismo al Padre y a Cristo como holocausto aceptable en olor de
suavidad; y para que sea más grata la oblación, le añadirá los méritos de la Santísima Virgen
y de todos los santos y del mismo Cristo, que es nuestra salud, nuestra
redención y toda nuestra esperanza. Y, porque el Padre nos lo dio todo al
darnos a su Hijo, humildemente y con fervor le pediremos por nuestras
necesidades y por las ajenas. La fórmula de estos actos debe aprenderse bien
y puede escogerse de entre las que figuran en el capítulo anterior.
Finalmente, se ha de concluir con un propósito eficaz de caminar de
virtud en virtud en la presencia de Dios, hasta llegar a la cumbre de la
perfección cristiana.
¿Quién me podrá separar de tu amor, Señor Dios mío? Ni el temor a la muerte,
porque Tú eres mi vida; ni el amor al mundo, porque lo desprecio con todas
sus pompas; ni la tribulación, porque estás conmigo mientras ella me asedia;
ni el hambre, ni la desnudez, ni la pobreza, porque Tú eres mi alimento, mi
vestido y mis riquezas; ni la persecución, ni la espada, porque me será dulce
sufrirla; ni las criaturas, porque delante de Ti nada son.
¿Cuándo me sacarás de esta cárcel, a la que dejándote a Ti se apega mi alma?
¿Cuándo me arrastrarás en pos de Ti, cautivado por tu belleza y tu
hermosura? ¿Cuándo estaré muerto a mí mismo y al mundo para que yo viva sólo
en Ti y Tú en mí? ¡Ah, si siempre te amase, siempre te poseyese, nunca me
apartase de Ti y en Ti me transformase totalmente!
¿Qué puedo desear fuera de Ti, cuando en Ti se reúnen todos los bienes?
Insensato avaricioso es aquel a quien Tú no bastas suficientemente.
¡Oh Amor que todo lo puedes!, ¿cuándo harás que te ame con
todo mi corazón, con toda mi alma, con todas mis fuerzas?
¿Qué hay para mí en el cielo y qué puedo amar fuera de Ti sobre la tierra? Ya
está colmado mi deseo, colmado el gozo de mi corazón, porque Tú eres mi
plenitud, mi anhelo y todo mi bien.
Sacia, Señor, a mi alma hambrienta e inflama mi frialdad con el fuego de tu
amor; ilumina mi ceguera con la claridad de tu presencia.
Cámbiame todo lo terreno en amargura; todo lo rastrero y creado en desprecio
y olvido.
Levanta mi corazón a Ti que estás en el cielo, y no me permitas errar sobre
la tierra.
Te ruego que la virtud de este sacramento penetre profundamente en mí y mortifique
y desarraigue lo que exista en mí de malo y de viciado.
En Ti, Jesús suavísimo, consista todo mi deleite; que me hastíe el gozo que
se me ofrece sin Ti, y séame amargo todo descanso fuera de Ti.
Benignísimo Jesús, lanza rayos de tu amor que me inflamen y quemen y consuman
cuanto de terreno hay en mí, para que arda con el fuego inextinguible de tu
caridad y perezca en mí por completo el hombre viejo.
Ojalá me arrebate la fuerza encendida de tu amor y me
transforme en Ti, en Ti me absorba y me haga ser una cosa contigo.
|
|