SUS DOGMAS,
ORACIONES,
MANDAMIENTOS Y
SACRAMENTOS
Con arreglo al nuevo Derecho Canónico.
Hay al fin un breve devocionario para oír la
Santa Misa, Confesar
y Comulgar, Rosario,
Vía crucis, etc.
Es el libro ideal
para instruirse fácilmente,
Pronto y
bien en las cosas de Religión.
La instrucción religiosa es la luz del alma.
Cuanto el alma vale
más que el cuerpo, tanto
más vale la luz espiritual que la material.
Procuremos todos
poseer luz tan preciosa
y difundirla por
todas partes, para disipar
las tinieblas
espirituales en que están sumidos
tantos hermanos
nuestros.
____
La Octava
edición del libro “INSTRUCCIÓN RELIGIOSA” contiene 384 páginas.
Los
ejemplares de las siete ediciones anteriores, en su conjunto, han sido 272,000.
Las más
altas personalidades han hecho de este libro los mejores elogios y lo
recomiendan encarecidamente.
¡Ojalá
hubiera un ejemplar en todos los hogares!
El
difundirlo es una obra de propaganda católica, muy agradable a Dios y
provechosa para las almas.
Es uno de
los mejores regalos que se pueden hacer.
_____
Vic. Gen.
La religión cristiana está extendida
por todo el mundo y a ella debemos nuestra civilización.
Saber, pues, lo que es dicha
religión es asunto que interesa a todos los hombres; pero los cristianos
especialmente deben conocerla bien y tener de ella ideas muy claras.
Quien ignora la religión que profesa
tiene justo motivo de confusión.
En los tiempos actuales no basta
enunciar simplemente las verdades de la santa religión, sino que es necesario
dar razones que satisfagan a la inteligencia.
El catecismo es muy lacónico y
necesita explicaciones que muchas veces no se pueden obtener, o por falta de
tiempo, o de persona competente.
Hay libros catequísticos con muy
buenas explicaciones, pero son extensos y caros; por consiguiente, no están al
alcance de la mayoría.
Este librito explica en forma clara,
breve y con razones sólidas, acomodadas a la inteligencia de todos, los dogmas,
oraciones, mandamientos y sacramentos de la religión cristiana.
Quien lo lea atentamente, conseguirá
un conocimiento claro de la religión; sabrá cuál debe ser su conducta, como
cristiano verdadero, en los diferentes casos de la vida, y encontrará un
auxilio excelente para prepararse a la digna recepción de los santos
sacramentos.
Esta “Instrucción Religiosa” se
publicó en una revista semanal, y muchos lectores pidieron la colección de los
artículos, por haberlos encontrado muy interesantes.
Teniendo en cuenta este pedido, que
constituye un juicio favorable de la opinión pública, se resolvió la edición
del presente libro, con la persuasión de que ha de ser para mayor gloria de
Dios y la salvación de las almas.
GALO MORET Pbro. S.
NOTA. –
Lo más importante sobre lo cual el lector debe fijar la atención está en
letra negrita.
JUICIOS QUE HA MERECIDO ESTE LIBRO
† Juan
Cardenal Cagliero:
“Aportará grandes y óptimos frutos al pueblo
cristiano”.
† Mariano
Antonio, Arzobispo de Buenos Aires:
“Por el asunto que trata y por la manera de tratarlo, es de tanta
importancia, que no debiera faltar en ningún hogar cristiano”.
†
Francisco Alberti, Obispo de La Plata:
“Contiene la doctrina de N. S. Jesucristo
explicada en la forma más breve, sencilla y completa que se puede desear. Se comprende entonces fácilmente por qué los
Reverendísimos Prelados recomiendan a todo cristiano que procure poseer dicho
libro, leerlo atentamente y hacer de él la mayor propaganda posible.
El que lo propague, contribuirá a que la
celestial doctrina del Divino Maestro sea conocida y practicada; así hará obra
de apóstol, sumamente meritoria y agradable a la Divina Majestad.
¿Para qué sirve escribir un libro bueno si
no es leído? Los que procuran que los
libros buenos sean leídos, participan del mérito del que los ha escrito”.
† Luis
María, Obispo de Corrientes:
“En verdad se puede afirmar que “el que lo
lea atentamente conseguirá un conocimiento claro de la religión, a pesar de su
brevedad, lo que lo hace más aceptable y legible y avalora su mérito.
¡Ojalá que llegase a manos de todos, y lo
leyesen siquiera una sola vez!”
Francisco Reverter,
Párroco de S. Cristóbal:
“Parece increíble el caudal enorme de
conocimientos que Ud. Ha encerrado en estas 300 paginitas. Hacen muy laudable la obra la precisión
teológica, la claridad al alcance de todos, lo breve de las definiciones y lo
completo de los conceptos. Dentro de
cada párrafo palpita la convicción, y hay en todo el libro una unción que atrae
al alma; todo esto lo hará de gran provecho para las almas.
“Hacía mucha falta una obra así: es
pequeña y completa, se lee con agrado y pronto, instruye perfectamente en toda
la doctrina y moral cristianas; para ciertos casos, sobre todo cuando hay que
instruir a personas mayores, es obra inapreciable. No había nada escrito con tanta adaptación
a este fin.
“Gócese su corazón de sacerdote en el bien
que con la gracia de Dios va a producir su obrita tan grande por su
importancia: la recomendaré con calor y entusiasmo en todas partes”.
“Utilísimo librito que considero
digno de estar en manos de todo cristiano y de no faltar en ningún hogar”.
Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Córdoba (Mayo
1924).
No conocemos otra obra que con más propiedad
merezca este nombre, pues ningún otro, ni con más claridad, ni con mayor
brevedad, da a conocer qué es el Cristianismo, cuáles son sus Dogmas, sus
Oraciones, sus Mandamientos y Sacramentos.
Quien atentamente leyere este libro,
fácilmente aprenderá cuáles deben ser las creencias y cuál la conducta de un
verdadero cristiano, y se librará de muchas dudas y errores.
La doble cualidad de ser claro y completo en
su género lo hacen igualmente recomendable al ignorante y al instruido. A uno y a otro aprovechará no poco su
lectura. Por esto resulta el libro
ideal, que no debiera faltar en ningún hogar cristiano.
Es el mejor obsequio que puede hacerse a un
amigo, y su módico precio, a pesar de su hermosa encuadernación, habilita para
hacer por este librito una eficaz propaganda religiosa.
Delegación
Apostólica de Méjico, 9 de octubre 1930:
Muy sinceramente agradezco a Ud. El envío
del libro “Instrucción Religiosa”, encontrándolo de suma utilidad y provecho
para el bien de las almas, primorosamente escrito y que, a no dudarlo,
producirá abundantes frutos. En vista de
lo anterior, me es muy grato suplicarle se sirva enviarme 500 ejemplares.
10 enero 1931: En vista del agrado y unánime
aceptación que ha tenido su librito, desea el Excmo. Señor Delegado (Mons.
Leopoldo Ruiz) se le haga un nuevo envío de 500 ejemplares.
José Anaya, Secretario.
Excmo. Mons. Luis
Durou, Arzobispo de Guatemala, 6
febrero 1931:
Tuve el gusto de recibir 15 paquetes
certificados. Le puedo decir que su
librito ha gustado muchísimo a todo el mundo, y le suplico me mande dos mil; y
también algunos de sus otros folletos: Libro de la Familia Cristiana, 100 en
tela y cinco en cuero, El Santo Sacrificio de la Misa, 500; La Suprema
Felicidad al alcance de todos, 500; Devoción a las Benditas Animas, 500; La
Comunión frecuente, 1,000; La Cuestión más importante para todos,1,000;
Matrimonio – Escuela – Estudio de la Religión, 1,000; Breve Instrucción
Catequística, 500 y Modestia Cristiana, 1,000.
Excmo. Mons. E.
Pérez Serantes, Obispo de Camagüey (Cuba), 25 noviembre, 1930.
Le envío el adjunto cheque, rogándole me
envíe 3,000 ejemplares de la preciosa obrita “Instrucción Religiosa”, que deseo
difundir en mis misiones.
Con arreglo al nuevo Derecho Canónico.
Hay al fin un breve devocionario para oír la
La instrucción religiosa es la luz del alma.
NOTA. – Lo más importante sobre lo cual el lector debe fijar la
atención está en
JUICIOS QUE HA MERECIDO ESTE LIBRO
Francisco Reverter, Párroco de S. Cristóbal:
Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Córdoba (Mayo 1924).
Excmo. Mons. Luis Durou, Arzobispo de Guatemala, 6 febrero 1931:
Excmo. Mons. E. Pérez Serantes, Obispo de Camagüey (Cuba), 25
noviembre, 1930.
Para qué estamos en la tierra.
Estamos en la tierra para servir a Dios y ganar el cielo; para nada
mas.
Por consiguiente, en esto debemos poner todo nuestro empeño y
diligencia.
A Dios se le sirve guardando sus mandamientos.
La religión verdadera nos enseña cuáles son estos divinos
mandamientos.
La religión cristiana es obligatoria
Somos cristianos por la gracia de Dios.
Para ser cristiano verdadero es necesario conocer y practicar la
doctrina cristiana.
Unidad de Dios quiere decir que hay un solo Dios.
Trinidad de Dios quiere decir que en Dios hay tres personas realmente
distintas.
Por la – señal † de la Santa – Cruz
Fe es creer lo que Dios ha revelado y la Santa Iglesia nos enseña.
Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Criador del cielo y de la tierra.
Y en Jesucristo su único Hijo, nuestro Señor.
Padeció debajo del Poder de Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y
sepultado.
Descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los
muertos.
Subió a los cielos, está sentado a la diestra de Dios Padre
Todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a los vivo y a los muertos.
La Santa Iglesia Católica: la comunión de los Santos.
CREO EN DIOS PADRE TODOPODEROSO,
En Dios hay tres Personas realmente distintas.
Se llaman: El Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo.
Las tres Personas Divinas son el verdadero Dios.
Tres personas realmente distintas quiere decir que una persona no es
la otra.
En el cielo Dios creó a los Ángeles y los dotó de dones
inefables.
Los Ángeles son espíritus puros; no tienen cuerpo.
Una tercera parte de los Ángeles acompañó a Luzbel en su rebelión.
Satanás y los demás Ángeles rebeldes fueron arrojados al infierno.
Llamamos demonios a los Ángeles rebeldes.
Todos tenemos un Ángel Custodio, que nos acompaña y guarda
continuamente.
El alma es un espíritu inmortal.
El primer hombre se llamó Adán.
La primera mujer se llamó Eva.
Todos los hombres descendemos de Adán y Eva.
De las tres Personas Divinas se hizo hombre la segunda, que es el
Hijo.
Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre.
Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.
Jesucristo tiene una sola Persona que es divina.
Jesús tiene dos naturalezas, divina y humana.
La madre de N. S. Jesucristo fue María, la que permaneció
virgen perpetuamente.
El Hijo de Dios se hizo hombre para redimirnos y darnos ejemplo de
vida.
Jesús nos redimió muriendo en la Cruz.
Darnos ejemplo de vida quiere decir enseñarnos el camino del cielo.
Nos enseñó el camino del cielo con palabras y con obras.
Jesús vivió sobre la tierra treinta y tres años.
Los treinta primeros los pasó en su casa.
Al tener edad de trabajar, se ocupó en el humilde oficio de
carpintero.
Jesús pasó los tres últimos años de su vida predicando el Santo
Evangelio.
PADECIÓ DEBAJO DEL PODER DE PONCIO PILATO,
Jesús murió en la Cruz para salvarnos.
La causa del pecado es el amor desordenado a los honores, riquezas y
placeres.
DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS, AL TERCER DÍA
SUBIÓ A LOS CIELOS Y ESTA SENTADO A LA
Jesús subió a los cielos cuarenta días después de su resurrección.
Jesús como Dios, está en todas partes.
Como hombre, está solamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento
del Altar.
DESDE ALLI HA DE VENIR A JUZGAR A LOS
Jesucristo volverá del cielo visiblemente al fin del mundo.
Vendrá a juzgar a todos los hombres.
La palabra vivos significa los buenos; y la palabra muertos,
los malos.
Los Novísimos o Postrimerías del hombre son: Muerte, Juicio, Infierno
y Gloria.
Todos los hombres hemos de ser juzgados dos veces:
La primera en la hora de la muerte; la segunda al fin del mundo.
Va al cielo el que muere en gracia de Dios y no tiene deuda alguna de
pena.
Los buenos estarán eternamente en el cielo.
Va al purgatorio el que muere en gracia de Dios y tiene alguna deuda
de pena.
El purgatorio es un lugar de expiación temporal.
Va al limbo de los niños el que muere con el solo pecado original.
Va al infierno el que muere con el pecado mortal.
El infierno es el lugar en donde se padecen penas eternas.
Basta un solo pecado mortal para merecer el infierno.
Al fin del mundo todos hemos
de resucitar.
Todos, buenos y malos, tendremos el mismo cuerpo que tenemos ahora.
El cuerpo de los buenos resucitará hermosísimo; el de los malos feísimo.
El Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad.
La Iglesia Católica es la sociedad de los fieles cuya cabeza es el
Papa.
No pertenecen a la Iglesia Católica:
La verdadera Iglesia militante de Jesucristo es la Iglesia Católica.
Las verdaderas riquezas son las obras buenas hechas en gracia de
Dios.
La magnitud del galardón debe excitarnos a practicar muchas buenas
obras.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, y ahora y siempre, y por los siglos de los
siglos. Amén.
Gloria Patri, et Fílio, et Spíritu Sancto.
Sícut erat in princípio,
et nunc, et semper, et in saécula saeculórum.
Amén.
Devoción a la Santísima Virgen.
Después de Jesús, debemos profesar a María
Santísima el mayor amor.
MOTIVOS DE LA DEVOCIÓN A MARÍA SANTÍSIMA.
Para ser verdadero devoto de María se debe
procurar:
Hemos de amar al prójimo como a nosotros mismos
por amor de Dios.
Nuestro prójimo o semejante, es todo el que está
o puede ir al cielo.
El primero: No tendrás otro Dios más que a Mí.
El segundo: No tomar el nombre de Dios en vano.
El tercero: Acuérdate de santificar las fiestas.
El cuarto: Honra al padre y a la madre.
El octavo: No levantar falso testimonio.
El noveno: No desear la mujer de tu prójimo.
El décimo: No codiciar los bienes ajenos.
Pecado es faltar a la ley de Dios.
Se borra con el santo bautismo.
Materia grave significa cosa
de importancia.
El pecado mortal se perdona de dos maneras:
El pecado venial se perdona arrepintiéndose de
haberlo cometido.
EL PECADO ES EL MAYOR DE TODOS LOS MALES
Debemos temer todo pecado como el mayor de todos
los males.
CONSECUENCIAS DEL PECADO MORTAL
CONSECUENCIAS DEL PECADO VENIAL
Debemos evitar también los pecados veniales, porque:
MANDAMIENTOS DE LA LEY DE DIOS EN PARTICULAR
El primer mandamiento es: No tendrás otro
Dios más que a Mí.
El segundo mandamiento es: No tomar el nombre
de Dios en vano.
Nos manda tener mucho respeto al santo nombre de
Dios.
Jurar es poner a Dios por testigo.
Jurar con mentira es siempre pecado mortal, aún
en cosa leve.
Jurar sin necesidad es pecado venial.
El tercer mandamiento es: Acuérdate de
santificar las fiestas.
Santifica la fiesta el que oye Misa entera y no
trabaja sin necesidad.
El que en día festivo falta a la Misa sin justa
causa, comete pecado mortal.
El trabajar sin justa causa más de dos horas en
día festivo es pecado mortal.
Si no pasa de dos horas es pecado venial, por lo
regular.
El cuarto mandamiento es: Honra al padre y a
la madre.
DEBERES DE LOS HIJOS PARA CON SUS PADRES
Los hijos deben a sus padres: amor, respeto,
obediencia y asistencia.
DEBERES DE LOS PADRES PARA CON SUS HIJOS
Los padres deben a sus hijos: amor y educación
corporal y espiritual.
El amor debe ser interno, externo y bien
ordenado.
Prohibe hacer mal a sí mismo o a otro, de hecho,
dicho o deseo.
Prohibe toda acción, mirada y conversación contrarias
a la castidad.
El noveno mandamiento es: No desear la mujer
de tu prójimo.
Prohibe los pensamientos y deseos contrarios a
la castidad.
MEDIOS PARA GUARDAR LA CASTIDAD
Prohibe dañar injustamente al prójimo en sus
bienes.
Modos de dañar injustamente al prójimo en sus
bienes:
NECESIDAD EXTREMA Y JUSTA COMPENSACIÓN
OBSERVACIONES OPORTUNAS PARA GUARDAR EL 7º
MANDAMIENTO
Prohibe quitar injustamente la buena fama del
prójimo, y la mentira.
Nos ordena decir siempre la verdad, pensar y
hablar bien del prójimo.
El décimo mandamiento es: No codiciar los
bienes ajenos.
Prohibe todo deseo injusto de los bienes ajenos.
El primero, oír Misa entera todos los Domigos y
fiestas de guardar.
El segundo, ayunar en la Cuaresma, cuatro
Témporas y vigilas señaladas.
El tercero, confesar a lo menos una vez al año.
El cuarto, comulgar a lo menos por Pascua.
El quinto, contribuir con limosnas al
sostenimiento del culto divino.
El primer precepto es: Oír Misa entera todos
los Domingos y fiestas de guardar.
Obliga a todo cristiano que tiene uso de razón.
Según la ley general de la Iglesia son:
Por qué los manda la Santa Iglesia.
La ley de la abstinencia manda abstenerse de
carne y del caldo de carne.
Obliga bajo culpa grave a todos los que han
cumplido siete años.
Excusan de la abstinencia la enfermedad, la
pobreza, u otra dificultad grave.
La ley del ayuno prescribe que se haga una sola
comida al día.
Por la mañana un ligero desayuno, que se llama parvedad.
La cantidad de alimento no debe exceder de 60
gramos, sin contar el agua.
La cantidad debe ser mucho menor que en la
comida ordinaria.
Quien no ayuna sin justa causa, comete pecado
mortal.
Según la ley general de la Iglesia.
DIAS DE AYUNO Y ABSTINENCIA EN LA AMERICA LATINA
Son: Confesar a lo menos una vez al año, y
comulgar a lo menos por Pascua.
Todo cristiano que ha llegado al uso de razón
está obligado a cumplirlo.
TIEMPO HABIL PARA CUMPLIR CON EL PRECEPTO
PASCUAL
En América Latina: desde Septuagésima hasta el
29 de Junio.
Los que no cumplen con el Precepto Pascual pecan
mortalmente.
El quinto precepto es: Contribuir con
limosnas al sostenimiento del culto divino.
ACCIÓN CATÓLICA PARA LOS SEGLARES
LOS DEBERES PARTICULARES DEL PROPIO ESTADO
El cuarto, Eucaristía o Comunión.
GRACIA SANTIFICANTE Y SACRAMENTAL
Tiene la gracia santificante el que no tiene
pecado mortal ni el original.
La gracia santificante se pierde cometiendo un
pecado mortal.
Se recobra obteniendo el perdón del pecado
mortal.
Sigue el camino del cielo el que vive en gracia
de Dios.
Sigue el camino del infierno el que vive en
pecado mortal.
La desgracia más grande es vivir y morir en
pecado mortal.
Luego, todo nuestro empeño debe ser vivir y
morir en gracia de Dios.
Conviene mucho comulgar diariamente, o a lo
menos una vez por semana.
Nunca es demasiado lo que se hace para asegurar
la salvación del alma
La salvación del alma es el asunto más
importante que tenemos.
Sacramentos que imprimen carácter.
MODO DE BAUTIZAR EN CASO DE NECESIDAD
“Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del
Hijo, y del Espíritu Santo”.
CUANDO DEBEN LOS PADRES HACER BAUTIZAR A SUS
HIJOS
Los niños deben llevarse lo más pronto posible a
la Iglesia para ser bautizados.
La Confirmación nos hace cristianos perfectos y
soldados de Jesucristo.
MODO DE ADMINISTRAR EL SACRAMENTO DE LA
CONFIRMACIÓN
COSAS NECESARIAS PARA HACER UNA BUENA CONFESIÓN
Para hacer una buena confesión son necesarias
cinco cosas:
Dolor de los pecados es un pesar de haber
ofendido a Dios.
El dolor es de dos maneras: perfecto o de
contrición; e imperfecto o de atrición.
Sin dolor no hay perdón de los pecados.
Propósito es la firme voluntad de nunca más
pecar y de huir de las ocasiones.
QUE PECADOS HAY OBLIGACIÓN DE CONFESAR
Quien está en gracia de Dios y se confiesa,
obtiene aumento de gracia.
FALSA VERGÜENZA DE CONFESAR LOS PECADOS
OTRO MODO PRÁCTICO DE CONFESARSE MAS BREVE
Ave, María purísima. – Sin pecado concebida.
Hace tanto tiempo que
me confesé.
La indulgencia es plenaria y parcial.
Indulgencia plenaria es el perdón de toda la
pena.
Indulgencia parcial es el perdón de una parte de
la pena.
CONDICIONES PARA GANAR LAS INDULGENCIAS
Medios para satisfacer por las penas temporales
y ganar muchas indulgencias.
La Eucaristía es Sacramento y Sacrificio.
“Este es mi Cuerpo”. “Este
es el cáliz de mi Sangre”.
La hostia antes de la consagración es pan.
INSTITUCIÓN Y EFECTOS DE LA EUCARISTÍA
Este es mi Cuerpo. Esta
es mi Sangre: Haced esto en memoria mía.
DISPOSICIONES NECESARIAS PARA COMULGAR BIEN
Para hacer una buena comunión son necesarias
tres cosas:
Está en gracia de Dios el que no tiene pecado
mortal, ni el original.
No es necesario confesarse cada vez que uno
comulga.
Ordinariamente es a los siete años.
LA COMUNIÓN FRECUENTE Y DIARIA
PRINCIPALES VENTAJAS DE LA COMUNIÓN FRECUENTE
Si estás en pecado mortal, confiésate y acércate
también a la sagrada comunión.
La Comunión espiritual es un deseo de comulgar.
Puede hacerse diciendo: Jesús mío, deseo
recibiros; venid a mí espiritualmente.
VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO
FRUTO DE LA SANTA MISA Y OBLIGACIÓN DE OIRLA
VARIAS MANERAS DE OIR DEVOTAMENTE LA SANTA MISA
CUÁNDO Y
CON QUÉ DISPOSICIONES SE DEBE RECIBIR
LLAMAR AL SACERDOTE PARA LOS ENFERMOS
EN PELIGRO DE MUERTE, SI NO SE PUEDE OBTENER UN
CONFESOR
OBLIGACIONES GENERALES DE LOS CLÉRIGOS DE
NECESIDAD DEL SACERDOCIO CRISTIANO
DIGNIDAD DEL SACERDOCIO Y RESPETO QUE SE LE DEBE
DISPOSICIONES PARA ABRAZAR EL ESTADO
ECLESIÁSTICO
LAS CEREMONIAS Y OBJETOS SAGRADOS
Los novios, al contraer Matrimonio, deben estar
en gracia de Dios.
CUANDO SE PUEDE CELEBRAR EL MATRIMONIO
IMPEDIMENTOS PARA CONTRAER MATRIMONIO
Las virtudes teologales son tres: Fe, Esperanza y Caridad.
Las virtudes cardinales son cuatro: Prudencia, Justicia,
Fortaleza y Templanza.
Los enemigos del alma son tres: el demonio, el mundo y la carne.
El demonio es el ángel condenado.
Se vence con la oración y la humildad.
El mundo es la gente mala y perversa.
La carne es nuestro propio cuerpo con sus malas inclinaciones.
Se vence con la mortificación.
Los siete pecados capitales o mortales.
Virtudes contrarias a estos siete pecados.
Las Obras de misericordia son catorce:
Siete corporales y siete espirituales:
Obras de misericordia corporales:
Obras de misericordia espirituales:
Los pecados contra el Espíritu Santo son seis:
Los pecados que claman al cielo son cuatro:
El fin primario del vestido es guardar la modestia.
Todos los días quien pueda procure:
Dios mío, os amo de todo corazón, porque vos sois infinitamente
bueno.
Señor, hágase vuestra santísima voluntad.
Jesús mío, quiero ser todo vuestro.
Corazón de mi amable Salvador, haz que arda y crezca siempre en mí tu
amor.
Dios mío, yo creo en Vos; espero en Vos; Os amo sobre todas las
cosas.
Virgen Santísima, Madre de Dios y mía, amparadme, protegedme,
defendedme.
María, Auxilio de los Cristianos, rogad por nosotros.
Bendito y alabado sea en todo momento el Santísimo y Divinísimo
Sacramento.
Un consejo de suma importancia.
Debemos recordar frecuentemente.
Por la – señal † de la
Santa – Cruz
Creo en Dios, Padre todopoderoso, Criador del cielo y de la tierra.
Y en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor.
Padeció debajo del poder de Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y
sepultado.
Descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los
muertos.
Subió a los cielos: está sentado a la diestra de Dios Padre
todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.
La Santa Iglesia Católica: la comunión de los Santos.
Ruega por nos, Santa Madre de Dios.
LOS MANDAMIENTOS DE LA LEY DE DIOS SON DIEZ:
El primero, no tendrás otro Dios más que a Mí.
El segundo, no tomar el nombre de Dios en vano.
El tercero, acuérdate de santificar las fiestas.
El cuarto, honra al padre y a la madre.
El octavo, no levantar falso testimonio.
El noveno, no desear la mujer de tu prójimo.
El décimo, no codiciar los bienes ajenos.
LOS PRECEPTOS DE LA IGLESIA SON CINCO:
El primero, oír Misa entera todos los domingos y fiestas de guardar.
El tercero, confesar a lo menos una vez al año.
El cuarto, comulgar a lo menos por Pascua.
El quinto, contribuir con limosnas al sostenimiento del culto divino.
El segundo, Confirmación o Santo Crisma.
El cuarto, Eucaristía o Comunión.
La señal de la Santa Cruz. Acto de Contrición.
MISTERIOS GOZOSOS. Lunes y Jueves
MISTERIOS DOLOROSOS. Martes y Viernes.
MISTERIOS GLORIOSOS. Miércoles, sábados y Domingos.
Letanías de la Santísima Virgen.
Modo de hacer el Vía Crucis en la Iglesia.
V ESTACIÓN. – Simón cirineo ayuda a Jesús a
llevar la cruz.
VII ESTACIÓN. – Jesús cae por segunda vez.
IX ESTACIÓN. – Jesús cae por tercera vez.
XI ESTACIÓN. – Jesús el clavado en la cruz.
XIV ESTACIÓN. – Jesús es colocado en el
sepulcro.
In nómine Patris, - et Fílii, et Spíritus –
Sancti. Amen.
DOLOR O CONTRICIÓN Y PROPÓSITO DE LA ENMIENDA
REFLEXIONES PARA EXCITAR EL DOLOR
Padre nuestro, Ave maría, Gloria, Ángel de Dios…
PREPARACIÓN A LA SANTA COMUNIÓN
ORACIÓN A JESÚS, REY DEL UNIVERSO
Enriquecida con indulgencia plenaria
Corazón sacratísimo de Jesús. Tened piedad de nosotros.
AL FIN DE LOS "OREMUS" SE RESPONDE:
ACABADA LA EPISTOLA SE RESPONDE:
ACABADO EL EVANGELIO SE RESPONDE:
AL FIN DE LOS "OREMUS" SE RESPONDE:
EN LAS MISAS DE DIFUNTOS SE DICE:
ACABADO EL EVANGELIO SE RESPONDE:
Venid cristianos, - Y acá en el suelo
Unamos nuestra voz a los cantares
Los que buscáis solaz en vuestras penas
Que abrase nuestro ser la viva llama
Hora feliz en que el Señor del Cielo
Feliz cristiano - ¡A qué convite!
CORO: Adiós, ¡oh Madre Mía! – Adiós, adiós, adiós.
De tu amable rostro – la belleza al dejar, permíteme que vuelva – tus
plantas a besar.
Ángel. Si tu alma quiere al cielo
Mandamientos de la ley de Dios en particular.
Primer mandamiento…………………………………………………….…….Pág. 51
Primer precepto……………………………………………………………...…Pág. 68
Oraciones litúrgicas en latín.
__
Para qué estamos en la tierra.
Hace cien años, y
aún mucho menos tiempo, no existíamos.
Ahora existimos,
estamos en este mundo.
Dentro de algún
tiempo, tal vez muy pronto, moriremos.
Es muy justo y
razonable, pues, que averigüemos seriamente:
¿Quién nos ha dado
el ser que tenemos?
¿Para qué estamos en
este mundo?
¿Qué será de
nosotros después de la muerte?
La razón
iluminada por la fe nos dice que:
Dios nos ha criado para conocerle, amarle y
servirle en esta vida, y después gozarle para siempre en la otra.
El fin para el cual Dios nos ha criado es
tan elevado y excelente, que no puede serlo más.
Los Ángeles del cielo y María Santísima no
tienen otro fin más elevado.
Nuestro fin es infinitamente grande.
Estamos
en la tierra para servir a Dios y ganar el cielo; para nada mas.
Por consiguiente, en esto debemos poner todo nuestro
empeño y diligencia.
A Dios se le sirve
guardando sus mandamientos.
La
religión verdadera nos enseña cuáles son estos divinos mandamientos.
Religión es el
conjunto de los deberes del hombre para con Dios.
Debemos servir a Dios como El quiere ser
servido y no como a nosotros nos agrade.
La religión verdadera es la que enseña
servir a Dios como El quiere ser servido.
La religión verdadera nos enseña de dónde
venimos, para qué estamos en la tierra y cuál será nuestro paradero después de
la vida presente.
El asunto de la religión es, pues, el más
digno de estudio para todo hombre de sana razón.
La primera obligación que
tiene todo hombre es procurar conocer y practicar la verdadera religión.
Nada teme tanto la
religión verdadera como el ser ignorada; pues quien la conoce bien, no puede
menos que amarla sinceramente, a no ser que tenga el corazón enteramente
corrompido.
La mayor parte de las personas que aborrecen
la religión, la aborrecen porque no la conocen.
La religión no es solamente para las
mujeres, sino que es también para los hombres, pues todos tienen un alma que
salvar.
Jesucristo predicó a hombres y a mujeres y
confió especialmente a hombre la enseñanza de su doctrina.
o no tener religión.
El que profesa una religión, aun falsa, a lo
menos demuestra el deseo de honrar de alguna manera a la divinidad, y puede ser
que esté involuntariamente en el error.
Pero el que no quiere tener ninguna religión,
manifiesta no querer servir a Dios de ningún modo, se rebela contra Dios y le
niega todo homenaje.
Un hombre sin religión no merece ninguna
confianza; pues no creyendo en un Dios que premia o castiga, sólo tratará de
satisfacer sus propias pasiones, sin respetar derechos ajenos.
Se enriquecerá, si puede, aunque sea
robando; se entregará a la obscenidad, aún cometiendo las mayores infamias.
La única regla de su conducta será el placer
y el interés; si para conseguirlos es necesario cometer acciones indignas, las
cometerá; en tal caso, su único cuidado será procurar no ser descubierto.
La falta de honradez, justicia y demás
buenas costumbres son efecto de la falta de religión.
Es lógico: si no hubiera más vida que la
presente, nuestro supremo anhelo sería gozar, mientras vivimos, todo lo
posible, valiéndonos de todos los medios a nuestro alcance.
La virtud que exige mortificación y
abnegación, fuera una locura.
Si todas las personas trataran de conocer y
cumplir bien la santa religión, no habría ladrones, asesinos, borrachos,
deshonestos, etc.
La religión condena todo acto indigno, sea
quien fuere el que lo cometa.
Hay personas religiosas que tienen algún
defecto, como mal carácter, etc. Dios
lo permite para que sean humildes.
Los impíos notan estas pequeñas
imperfecciones de la gente religiosa, y se escandalizan grandemente; pero no
sienten rubor de los muchos y gravísimos pecados que ellos mismos cometen.
Bien dice de ellos N. S. Jesucristo: “Ven la
paja en el ojo ajeno, y no ven la viga que tienen en el suyo propio”.
todas las
religiones.
Como hay monedas
falsas, hay también religiones falsas.
No pueden ser buenas todas las religiones.
No es buena la religión que manda adorar a
ídolos y ofrecerles sacrificios humanos.
Ni aun son buenas todas las religiones que
se llaman cristianas; pues una afirma lo que otra niega.
Por consiguiente, una u otra de ellas está
en el error.
Todas las religiones están de acuerdo en
algunas verdades, como por ejemplo: que existe la divinidad, que es necesario
honrarla, etc.
Las religiones falsas tienen siempre algo o
mucho que es de la verdadera.
No es, pues, falso todo lo que enseñan las
religiones falsas.
Hay muchas religiones, porque hombres
perversos han querido modificar a su gusto la religión verdadera.
La falsedad de una religión está en aquello
que se aparta de la verdadera.
Para conocer cuál es la religión verdadera
no es necesario conocer y examinar todas las religiones, pues esto fuera imposible.
La razón natural nos dicta que debemos amar
y servir a Dios, pedirle luz para conocer la verdad y seguirla prontamente al
conocerla.
Quien esto practica, hace todo lo que está
de su parte para seguir la verdadera religión.
El que hace todo lo que está de su parte, no
está obligado a más.
Nadie se condena por no haber practicado lo
que sin culpa no conoció.
El que por error involuntario profesa una
religión falsa, creyendo de buena fe que es la verdadera y procura amar y
servir a Dios lo mejor que puede, se salvará.
Sólo Dios es el juez de las conciencias; El
sabe quién está voluntaria o involuntariamente en el error.
Quien se da cuenta de que su religión es
falsa, debe dejarla y abrazar la verdadera.
No puede seguir la religión de los padres,
el que conoce que es falsa.
La religión contiene:
medios para honrar a
Dios.
Dogmas, son las verdades
fundamentales de la religión.
Hay verdades que el entendimiento humano
puede comprender, como la existencia de Dios, etc.
Se llaman Misterios las verdades que
el entendimiento humano no puede comprender, como la SSma. Trinidad, etc.
No es de extrañar que haya misterios en la
religión, pues los hay, y muchos, aún en las cosas del orden natural.
Preceptos: son las leyes que la
religión impone.
Los Medios para honrar a Dios y
santificarnos son: la oración, el santo sacrificio, etc.
la única verdadera.
En Jesucristo se cumplieron todas las
profecías referentes al Mesías prometido.
Nuestro Señor Jesucristo manifestó
claramente y probó con grandes milagros que El era verdadero Dios.
La doctrina cristiana es purísima. Sus dogmas no son contrarios, sino
superiores a la razón; y su moral enseña al hombre el cumplimiento de los
deberes para con Dios, con el prójimo y consigo mismo; a practicar la caridad,
abnegarse a sí mismo y refrenar la concupiscencia.
El cristiano que comete una mala acción, ya
en esto prácticamente deja de ser cristiano.
Unos pobres pescadores, a quienes Jesús
nombró sus apóstoles, fueron los encargados de predicar esta doctrina, tan
contraria a las pasiones humanas.
En la rápida propagación del cristianismo se
ve bien claramente el dedo de Dios, y no la obra de los hombres.
Innumerables mártires derramaron su sangre
por la religión cristiana en forma tal, que sólo Dios podía darles la fortaleza
de ánimo y aún la alegría, que mostraban en medio de los mayores
tormentos.
La religión enseñada por nuestro Señor
Jesucristo es, pues, divina y la única verdadera.
La religión existe desde que empezó a
existir el hombre.
La religión primitiva, es la revelada
por Dios a nuestros primeros padres Adán y Eva, que la transmitieron a sus
descendientes.
La religión mosaica, es el
conjunto de dogmas y preceptos revelados por Dios al pueblo Hebreo, por medio
de Moisés.
La religión mosaica fue obligatoria para los
Hebreos y debía durar sólo hasta la venida del Mesías.
La religión cristiana es obligatoria
para todos los hombres.
Jesús dijo a sus Apóstoles: “Id, enseñad a
todas las naciones, predicad el Evangelio a toda criatura. Aquel que creyere y fuere bautizado, se
salvará; aquel que no creyere, será condenado”. (San Mateo, XXVIII, v. 18 y 19).
Todas las verdades de la religión cristiana
están contenidas en la Biblia y en la Tradición divina.
La Biblia o Sagrada
Escritura, es la palabra de Dios escrita.
Los libros de la Biblia son 72.
El Espíritu Santo inspiró a los hombres que
los escribieron.
La Biblia se divide en Antiguo y Nuevo
Testamento.
El Antiguo Testamento comprende 45
libros escritos antes de la venida de N. S. Jesucristo.
El Nuevo Testamento comprende 27
libros escritos después de la venida de N. S. Jesucristo.
Tradición divina es la palabra de
Dios no escrita en la Biblia.
La religión primitiva pasó de padres a hijos
por la Tradición divina.
La Sagrada Escritura no dice qué libros han
sido inspirados por Dios; sabemos cuáles son éstos sólo por la Tradición
divina.
Por esta razón, es tan importante la Tradición
divina como la misma Sagrada Escritura.
Jesucristo no escribió libro alguno, ni
mandó a los Apóstoles escribir, sino predicar el Evangelio a toda criatura; y
así lo practicaron.
Los Evangelios y demás libros del Nuevo
Testamento fueron escritos algunos años después que Jesucristo subió a los
cielos, cuando los Apóstoles habían ya predicado el Evangelio en muchas partes.
La depositaria de la Tradición divina es la
Iglesia de Jesucristo.
La Tradición divina y la autoridad de la
Iglesia son necesarias para saber qué libros forman la Sagrada Escritura y cómo
se deben interpretar.
Sólo se pueden leer las Biblias aprobadas
por la Santa Iglesia, las cuales van acompañadas de las correspondientes notas
aclaratorias del texto.
Somos cristianos por
la gracia de Dios.
Ser cristiano es uno de los beneficios más
grandes que el Señor nos ha dispensado; por lo cual debemos dar muchas gracias
a Dios todos los días.
La palabra “cristiano” viene de Cristo
Nuestro Señor.
Es cristiano todo el que ha recibido el
verdadero bautismo de Jesucristo.
Cristiano quiere decir hombre que está
bautizado y profesa la fe y la ley de Jesucristo.
La fe y la ley de Jesucristo son santas; por
consiguiente, todos los que profesan de veras esta fe y esta ley, serán también
virtuosos y santos.
Hay cristianos verdaderos y cristianos
falsos.
Cristianos verdaderos son los que cumplen lo
que manda la religión cristiana; cristianos falsos son los que no lo cumplen.
Para ser cristiano verdadero es necesario conocer y
practicar la doctrina cristiana.
Doctrina cristiana
es la que enseñó Nuestro Señor Jesucristo.
La primera y principal obligación de todo
cristiano llegado al uso de razón, es aprender bien la doctrina cristiana.
El cristiano que no
practica la doctrina de Jesucristo, no
va al cielo; y para practicarla es necesario conocerla.
No basta saber el catecismo de un modo
rutinario; es necesario entenderlo.
El catecismo nos enseña el camino del cielo.
Las demás ciencias nos enseñan los
conocimientos útiles para nuestro bienestar en la tierra.
El estudio del catecismo es mucho más
importante que el estudio de todas las otras ciencias.
El cielo y la
salvación del alma valen infinitamente más que la tierra y todos los bienes
temporales.
La señal del cristiano es la Santa Cruz, porque es
figura de Cristo crucificado, que en ella nos redimió.
La santa cruz representa las principales
verdades de la religión cristiana.
Estas son: Unidad y Trinidad de Dios, y
Redención.
Unidad
de Dios quiere decir que hay un solo Dios.
Trinidad de Dios quiere decir que en Dios hay tres
personas realmente distintas.
Redención significa que el Hijo de Dios se
hizo hombre, padeció y murió en la cruz para salvarnos.
En la señal de la Santa Cruz, con las
palabras expresamos la Unidad y Trinidad de Dios, y con la figura de la cruz,
la Pasión y Muerte de N. S.
Jesucristo.
Haciendo la señal de la Santa Cruz
manifestamos profesar todas estas verdades y todas las demás que de ellas se
derivan.
La señal de la cruz se hace trazando con la
mano dos líneas: una de arriba abajo y otra de la izquierda a la derecha, como
indica esta figura.
1
3 † 4
2
El cristiano usa de esta señal en dos
maneras.
Estas son: Signar y santiguar.
Al signarse y santiguarse, si está libre la
mano izquierda, se pone extendida debajo del pecho.
Signarse es
hacer tres cruces con el dedo pulgar de la mano derecha; la primera en la
frente; la segunda en la boca; y la tercera en el pecho, diciendo:
Por la – señal † de la Santa – Cruz
de – nuestros † ene
– migos
líbranos, - Señor †
Dios – nuestro.
Hacemos la señal de la cruz:
en la frente, porque nos libre Dios de los
malos pensamientos;
en la boca, porque nos libre Dios de las
malas palabras;
y en el pecho, porque nos libre Dios de las
malas obras y deseos.
Santiguarse es
hacer una cruz, llevando la mano derecha a la frente, diciendo: En el nombre del Padre,
luego al pecho, diciendo: y del Hijo,
de aquí al hombro izquierdo y al derecho,
diciendo: y del Espíritu Santo,
y se termina con la palabra Amén.
Para hacer la señal de la Cruz usamos la
mano derecha, porque es la principal, y en el servicio de Dios hemos de usar lo
mejor.
Cuando hacemos la señal de la Cruz, el pasar
de la izquierda a la derecha indica que por virtud de la Santa Cruz hemos
pasado del estado de culpa al estado de gracia.
La señal de la Cruz debe hacerse con
devoción.
Es cosa utilísima hacer a menudo la señal de
la Cruz porque tiene la virtud de avivar la fe, desechar las tentaciones y
alcanzar de Dios muchas gracias.
Conviene usar de la señal de la Cruz: por la
mañana al levantarnos y por la noche al acostarnos; al principio y al fin de la
comida y del trabajo; al entrar y salir de la Iglesia y especialmente al
comenzar la oración.
Siendo la Cruz el signo de nuestra
redención, es muy conveniente que toda familia cristiana tenga un cuadro o
imagen de Jesús crucificado en lugar visible y principal de la casa.
la Doctrina
Cristiana.
Los deberes del cristiano son:
Creer las verdades de la fe; orar con
frecuencia; observar la ley de Dios y de la Iglesia; y recibir con devoción los
Santos Sacramentos.
Por consiguiente, el cristiano, al llegar al
uso de razón, debe saber lo que ha de creer, orar, observar y recibir.
Estas cuatro cosas están contenidas:
en el credo, lo que se ha de creer;
en el Padre nuestro y demás oraciones de la
Iglesia, lo que se ha de orar;
en los Mandamientos de la ley de Dios y
Preceptos de la Iglesia, lo que se ha de observar;
y en los Sacramentos, lo que se ha de
recibir.
Las partes principales de la Doctrina
Cristiana, pues, son cuatro: Credo, Padre nuestro, Mandamientos y Sacramentos.
Fe es creer lo que Dios ha revelado y la Santa Iglesia nos
enseña.
Dice San Pablo: Sin
la fe es imposible agradar a Dios (Ep. A los Hebreos, XI, 6).
Las verdades de la fe, sin cuyo conocimiento
nadie, que haya llegado al uso de razón, se puede salvar, son:
1ª- Dios existe.
2ª- Dios premia a los buenos y castiga a los
malos.
3ª- En Dios hay tres personas realmente
distintas.
4ª- La segunda Persona divina se hizo hombre
para salvarnos.
Debemos creer todo lo que Dios ha revelado,
porque Dios no puede engañarse ni engañarnos.
Dios no revela directamente a cada uno las
verdades que debemos creer.
La Santa Iglesia es la depositaria de las
verdades reveladas por Dios, y ella es la encargada de enseñárnoslas.
Como veremos en el artículo IX del Credo, la
Santa Iglesia tiene todos los títulos y caracteres necesarios que demuestran su
divina institución y misión para enseñarnos lo que Dios ha revelado.
Todo lo
que debemos creer está contenido explícita o implícitamente en el Credo.
Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Criador del cielo y de la
tierra.
Y en Jesucristo su único Hijo, nuestro Señor.
Que fue concebido por obra y gracia del
Espíritu Santo: nació de Santa María Virgen;
Padeció debajo del Poder de Poncio Pilato; fue
crucificado, muerto y sepultado.
Descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre
los muertos.
Subió a los cielos, está sentado a la diestra de Dios
Padre Todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a los vivo y a los
muertos.
La Santa Iglesia Católica: la comunión de los Santos.
El Credo se llama Símbolo apostólico, porque
lo hicieron los apóstoles, para dar a los cristianos una norma de fe.
Todo cristiano procure saber el Credo y
rezarlo con frecuencia.
El Credo tiene doce artículos.
CREO EN DIOS PADRE TODOPODEROSO,
CRIADOR DEL CIELO Y
DE LA TIERRA
Creo
significa: estoy cierto que todo lo que contiene el Credo es verdad infalible
revelada por Dios.
Dios es el Ser Supremo, infinitamente
perfecto, Criador y Señor del cielo y de la tierra.
Sólo Dios no ha
recibido el ser de nadie; todo lo demás tiene el ser recibido de Dios.
Sólo Dios es absolutamente independiente;
todos lo demás seres dependen de Dios.
de Dios.
1ª- Todas las cosas nos están diciendo: Dios
nos ha dado el ser y no nosotras mismas.
Los seres que vemos, no se han criado a sí
mismos: luego existe un Creador.
Yo mismo no me di el ser: mis padres tampoco
se lo dieron a sí mismos; luego es necesario llegar a una causa primera, que es
Dios.
Sin causa primera no hay segunda, ni
tercera…
2ª- El mundo entero con su orden admirable
revela la existencia de Dios, sabiduría infinita.
3ª- Todos oímos en el fondo de nuestra
conciencia, una voz que nos dice:
No puedes matar, robar; haz el bien evita el
mal; los buenos serán premiados, los malos castigados.
Sólo el Ser Supremo puede hablar en forma
igual y con tanto imperio a todos los hombres.
Niegan la existencia de Dios los que
quisieran que no lo hubiera, para poder pecar sin remordimientos de conciencia.
Dicen los impíos: si hubiera Dios no
permitiría tantos males sobre la tierra.
Dios permite el mal para sacar siempre un
mayor bien.
Nuestro pequeño entendimiento muchas veces
no puede comprender el bien que resulta de los males que nos afligen.
El profeta David (salmo 91) dice:
“¡cuán grandes son, Señor, tus obras! ¡Cuán
insondable la profundidad de tus designios!
El hombre insensato no conoce estas cosas, ni entiende de ellas el
necio”.
Mas siempre resultarán ciertas las palabras
del apóstol S. Pablo (Romanos, VIII, 28):
Sabemos que para los que aman a Dios todas
las cosas se convierten en bien.
Procuremos, pues,
amar a Dios de veras y sea ése nuestro principal deseo.
No puede existir más
que un Ser Supremo.
Admitir varios dioses, es negar al verdadero
Dios.
En el supuesto de varios dioses, tuvieran
más poder todos juntos que uno solo.
Por consiguiente, ninguno fuera omnipotente,
ninguno fuera verdadero Dios.
Dios tiene todas las perfecciones en grado
infinito; esto es, sin límites.
Dios es infinitamente grande: el
mundo entero, comparado con Dios, es menos que una gota de agua comparada con
toda la inmensidad de los mares.
Siendo el mundo entero como nada en
comparación de Dios, yo, comparado con Dios, ¿qué soy?
Dios es espíritu purísimo: no tiene
cuerpo.
Aunque no tiene ojos corporales, ve; El es quien
nos da la vista, oído y todo cuanto tenemos.
Dios es un ser simplicísimo: no tiene
parte alguna, ni mezcla, ni composición.
Dios es eterno: siempre ha existido,
existe y existirá.
Dios no pudo tener principio: porque si no
hubiera existido siempre, de quién habría recibido El la existencia?
Dios es inmutable: no está sujeto a
mudanza alguna. La mudanza está sólo en
las criaturas.
Dios es infinitamente bueno: es la
bondad por esencia y de El viene todo lo bueno.
Dios es infinitamente sabio: todo lo
sabe; conoce todo lo pasado, lo presente y lo porvenir.
Dios es omnipotente: todo lo puede.
Dios no puede pecar, ni hacer lo que implica
una contradicción.
Poder pecar es una imperfección, es falta de
poder.
Lo que implica contradicción es un absurdo.
Dios ha criado, conserva, gobierna y dispone
todas las cosas a su voluntad.
Providencia divina es el cuidado con que
Dios dirige todas las cosas al fin por El señalado; se extiende aún a las cosas
más pequeñas.
Todo lo que sucede es porque Dios así lo
quiere o lo permite.
Unas cosas Dios las quiere y las manda;
otras Dios no las impide, como el pecado, por no quitar al hombre su libertad y
también porque del mal sabe Dios sacar grandes bienes.
Siendo, pues, Dios infinitamente bueno,
sabio y poderoso, amémosle de todo corazón, acatemos humildemente todas sus
disposiciones y pongamos en El toda nuestra confianza.
Nuestro presente y porvenir están en las
manos de Dios; nada hemos de temer, si procuramos servirle fielmente.
Dios es infinitamente santo: ama la
virtud y aborrece la maldad.
Dios es infinitamente justo: premia o
castiga a cada uno según sus obras.
Dios es infinitamente misericordioso: llama
al pecador y perdona al que se arrepiente de corazón.
Dios es veraz: no puede engañarse ni
engañar.
Dios es infinitamente fiel: cumple
sus promesas y amenazas.
Dios es inmenso: está en todas partes
y no está limitado por espacio o lugar alguno.
Dios está en Sí mismo y todas las cosas
están en Dios.
Es Dios quien contiene y sostiene todas las
cosas y no las cosas a Dios.
por esencia, con todo su Ser
por presencia, viéndolo todo, hasta nuestros
pensamientos más ocultos; y
por potencia, dando y conservando el ser a
todas las cosas.
Dios está de una manera especial:
en el Cielo, donde deja ver su divina
esencia, causando gozo infinito a los bienaventurados;
en el
alma del justo, Dios está por la gracia y caridad;
y en el templo que es casa de oración, Dios está
como en un trono de misericordia, dispensando favores particulares.
Puesto que Dios está y nos ve en todo lugar,
por respeto a su presencia abstengámonos siempre de pecar.
Dios es el principio de todas las cosas, porque
El las ha creado todas.
Dios
es el fin de todas las cosas, porque todas las ha hecho para su mayor
gloria. Todas las cosas dan gloria a
Dios, aún los malos; pues con ellos especialmente se manifiestan la paciencia,
misericordia y justicia de Dios.
Sólo Dios es Señor y Dueño absoluto de
todas las cosas.
Dios tiene riqueza, paz, alegría, hermosura
y todos los bienes sin límites; El mismo es el Bien infinito.
Dios tiene entendimiento y voluntad.
Dios no tiene memoria; no la necesita,
porque todo lo tiene presente, aun lo pasado y lo porvenir.
En Dios hay tres Personas realmente distintas.
Se llaman: El Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo.
Las tres Personas Divinas son el verdadero Dios.
Son un solo Dios porque las tres Personas
Divinas son un mismo Dios, esto es, tienen una misma y única esencia o
naturaleza divina.
El Padre es el mismo Dios que el Hijo y que
el Espíritu Santo.
El Hijo es el mismo Dios que el Padre y que
el Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es el mismo Dios que el
Padre y el Hijo.
Tres
personas realmente distintas quiere decir que una persona no es la otra.
El Padre no es la misma Persona que el Hijo
y que el Espíritu Santo.
El Hijo no es la misma Persona que el Padre
y que el Espíritu Santo.
El Espíritu Santo no es la misma Persona que
el Padre y que el Hijo.
Las tres Personas Divinas, pues, son
realmente distintas.
Ejemplo: Tres ramas de un árbol son
distintas, pero son un solo árbol.
El color, el olor y el sabor de una naranja
son tres cosas distintas, pero es una sola naranja.
Tres ángulos de un triángulo son distintos,
pero son un mismo triángulo.
No obstante, una rama no es todo el árbol,
ni el color es toda la naranja, ni el ángulo es todo el triángulo.
Mas en Dios, Ser simplicísimo, el Padre es
todo Dios, el Hijo es todo Dios, y el Espíritu Santo es todo Dios.
Cómo las tres Personas Divinas son realmente
distintas, y un solo Dios, es un misterio.
Este misterio se llama de la Santísima Trinidad.
La Santísima
Trinidad es el mismo Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres
personas realmente distintas, y un solo Dios verdadero.
El Padre es la primera Persona, porque no
procede de otra Persona y de El proceden el Hijo y el Espíritu Santo.
El Hijo es la segunda Persona, porque de El
y del Padre procede el Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es la tercera Persona,
porque procede del Padre y del Hijo.
El Padre se conoce y al conocerse forma una
imagen viva y consustancial de sí mismo; esta es la Persona del Hijo.
El padre y el Hijo se aman: ese amor vivo y
consustancial es la Persona del Espíritu Santo.
Las tres Personas son eternas; las tres han
existido siempre y ninguna existió primero que la otra.
Las tres Personas son en todo iguales,
porque las tres son un mismo Dios.
Por consiguiente, las tres Personas son
igualmente buenas, sabias, etc.
Al Padre se le atribuye la omnipotencia,
porque es el principio de las otras dos personas.
Al Hijo se le atribuye la sabiduría, porque
es el pensamiento, la idea, el Verbo del Padre.
Al Espíritu Santo se le atribuye la bondad,
porque es el amor del Padre y del Hijo.
El Padre y el Espíritu Santo no tienen
cuerpo; el Hijo tiene cuerpo en cuanto hombre.
La Santísima Trinidad se representa:
El Padre en forma de anciano, porque es la
primera persona.
El Hijo en forma de hombre joven, porque se
hizo hombre y murió joven.
El Espíritu Santo en forma de paloma, porque
así apareció al ser bautizado N. S. Jesucristo.
Dios es infinitamente feliz en Sí mismo, no
necesita de nada ni de nadie.
Movido de su bondad infinita, creó en seis
días el cielo, la tierra y todo cuanto ellos contienen.
Crear es sacar las cosas de la nada.
Dios, por su sola voluntad todopoderosa,
creó el mundo.
En el cielo Dios
creó a los Ángeles y los dotó
de dones inefables.
Los Ángeles son
espíritus puros; no tienen cuerpo.
Luzbel, Lucifer, era
el más hermoso de todos: mas lleno de soberbia, se rebeló contra Dios y
dijo:
¡No serviré!
Una
tercera parte de los Ángeles acompañó a Luzbel en su rebelión.
Miguel, lleno de
celo por el honor de Dios, exclamó: “¡Quién como Dios!”.
Luchó contra Luzbel y le venció.
Satanás
y los demás Ángeles rebeldes fueron arrojados al infierno.
Llamamos demonios a los Ángeles rebeldes.
Antes que los
Ángeles pecaran, el infierno no existía.
Dios creó el infierno para castigo de los
demonios y demás pecadores impenitentes.
Los Ángeles buenos en premio de su
fidelidad, fueron confirmados en la gracia y ven claramente a Dios.
Aunque los Ángeles estaban en el cielo, no
veían a Dios; estaban en un lugar de prueba, como estamos ahora nosotros.
Si los Ángeles hubieran visto a Dios, no habrían pecado.
Dios es infinitamente bueno
y hermoso; quien le ve, no puede dejar de amarle.
La historia de los Ángeles
buenos y malos es para nosotros una lección utilísima que no debemos olvidar.
Si servimos a Dios, imitamos
a los Ángeles buenos e iremos a gozar con ellos eternamente en la gloria.
Si pecamos y no nos
arrepentimos, imitamos a los demonios y con ellos iremos a sufrir eternamente
en el infierno.
Los Ángeles son ministros de
Dios.
Todos tenemos un Ángel Custodio, que nos acompaña y guarda
continuamente.
Debemos tener gran
devoción y respeto a nuestro Ángel custodio, procurando evitar el pecado para
no ofender su santa presencia.
Los Ángeles buenos son representados como
niños o jóvenes con alas, para manifestar su hermosura y la rapidez con que se
trasladan de un lugar a otro.
Los demonios son representados en formas
horribles, para manifestar su gran fealdad.
El hombre es un ser
racional compuesto de cuerpo y alma.
El
alma es un espíritu inmortal.
El alma ejerce actos
espirituales, como el pensar, querer, etc.; por consiguiente, es espíritu.
Es inmortal, pues, siendo una substancia
espiritual, simple, no tiene partes en que se pueda descomponer.
Además el alma humana ha sido elevada por
Dios a la vida sobrenatural de la gracia, para gozar eternamente con El en la
gloria.
La fe y la sana razón nos dicen que nuestra
alma no muere con el cuerpo, sino que va a recibir premio o castigo eternos,
según sus obras.
El hombre es libre; puede hacer el bien o el
mal, hacer una cosa o no hacerla; o puede hacer una en vez de otra.
Tenemos libertad para hacer el mal, pero no
el derecho de hacerlo.
Por lo mismo que uno es libre para hacer el
bien o el mal, merece premio o castigo.
El hombre fue la última obra de la creación.
Fue creado a imagen y semejanza de Dios.
Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra
imagen y semejanza”.
El Señor formó del barro el cuerpo del
primer hombre; sopló en su rostro y le infundió el alma racional, dándole así
la vida.
El primer hombre se llamó Adán.
Dios dijo: “no es bueno que el hombre esté
solo: Hagámosle una ayuda semejante a él”.
Estando Adán dormido, Dios le sacó una
costilla; y con ella formó a la mujer y la presentó a Adán, quien la aceptó
por esposa.
La creación del primer hombre y de la
primera mujer en la forma indicada, no es imposible.
Dios, por ser omnipotente, puede sacar las
cosas de la nada; con más razón puede cambiar una cosa en otra.
La primera mujer se llamó Eva.
Todos los hombres descendemos de Adán y Eva.
Adán y Eva,
adornados por Dios con la gracia santificante, moraban en el Edén o Paraíso
terrenal: estaban llenos de felicidad, libres de la muerte y demás miserias.
Del Paraíso terrenal habrían sido trasladados
al celestial, sin pasar por la muerte, Todo obedecía a la voz del hombre.
Dios concedió estos dones a Adán y a todos
sus descendientes, con la condición de que Adán no comiera de la fruta del
árbol llamado de la ciencia del bien y del mal.
Esta
prohibición tenía por fin probar la fidelidad de nuestros primeros padres y que
demostraran reconocer el supremo dominio que tiene Dios sobre todas las cosas.
Eva, engañada por el demonio, que se le
presentó en figura de serpiente, comió la fruta prohibida, y comió también
Adán, invitado por Eva.
Por este pecado Adán
y Eva perdieron la gracia de Dios, fueron arrojados del paraíso terrenal, y
quedaron sujetos a todas las miserias de la vida y a la muerte.
Este pecado fue de soberbia y grave
desobediencia.
Adán y Eva hicieron penitencia y se
salvaron.
El pecado de Adán y Eva se llama original.
Han heredado el pecado original todos los
descendientes de Adán por generación natural, menos María Santísima.
Jesús no lo pudo
tener, porque su persona divina es incapaz de pecado y no procedió de Adán del
mismo modo que los demás hombres.
María no lo tuvo por privilegio
especialísimo, en previsión de que sería la Madre de Dios.
Celebramos este privilegio de María el 8 de
Diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción.
El pecado de Adán acarreó al género humano
la privación de la gracia de Dios, la ignorancia, la inclinación al mal, la
muerte y todas las demás miserias.
Por el pecado original, nosotros, cuando
empezamos a existir no tenemos la gracia de Dios y demás dones, que tuviéramos,
si Adán no hubiera pecado.
El pecado original es voluntario y, por
tanto, culpa de nosotros, sólo porque Adán lo cometió voluntariamente como
cabeza de la humanidad.
Nosotros, al contraer el pecado original, no
pecamos con nuestra propia voluntad; por esto Dios no castiga, sino que
simplemente no premia con el cielo, al que muere con el solo pecado original.
Los hijos de un padre que ha disipado sus
bienes, son pobres; así nos sucede a los descendientes de Adán pecador.
Dios nada debía a Adán y a sus
descendientes.
La gracia original y todos los demás dones
sobrenaturales eran concedidos graciosamente, con la condición de que Adán
cumpliera el precepto divino.
Es, pues, muy justo que los descendientes de
Adán heredemos el pecado original.
Y EN JESUCRISTO, SU ÚNICO HIJO,
NUESTRO SEÑOR
El hombre, por el pecado original, se
hallaba en una condición tristísima.
No podía merecer el cielo, y después de una
vida llena de culpas y miserias hubiera tenido una eternidad de penas.
Mas la infinita misericordia de Dios no
permitió que el hombre caído pereciese.
Cuando Dios echó a Adán y Eva del paraíso
terrenal, prometió un Redentor que había de salvar al género humano, y para
ello envió a su propio hijo.
Era justo que a Dios ofendido por el pecado
se le diera la debida satisfacción.
Mas ninguna pura criatura podía dar
satisfacción proporcionada a la ofensa inferida al Dios de majestad infinita.
Por esto fue necesario que el Redentor fuese
hombre y Dios.
Como hombre, pudo padecer y satisfacer; y
como Dios, pudo dar a esta satisfacción un valor infinito.
De este modo la misericordia y justicia de
Dios quedaron del todo satisfechas.
Todo pecado se perdona por los méritos del
Redentor, haciendo el hombre de su parte lo necesario para la aplicación de
estos méritos.
Los hombres que existieron antes de
Jesucristo, se salvaron por la fe en el Redentor, que había de venir.
Los que han existido después y existirán, se
salvarán creyendo en el Redentor que ha venido.
Mucho perdimos por el pecado original, pero
más ganamos por la Redención.
Con razón canta la Iglesia en el oficio del
Sábado Santo: ¡Oh feliz culpa, que nos mereciste un tal Redentor!
1ª- Al unirse el Hijo de Dios a la
naturaleza humana, la elevó al grado más sublime.
2ª- Por el bautismo somos hechos miembros
del cuerpo místico de Jesucristo, que es la Iglesia, de la cual El es cabeza.
3ª- Al ser
bautizados, por los méritos de Jesucristo tenemos más gracia que la que
tuviéramos sin el pecado original.
4ª- El bautismo borra el
pecado original, pero no quita las pasiones, las miserias de la vida y de la
muerte.
Mas estos males se cambian
en grandes bienes, pues son causa de
continuas batallas y victorias en esta vida; y, por consiguiente, de grandes
méritos y premios en el cielo.
Estas batallas y victorias,
estos méritos y premios no existieran sin el pecado original.
En tales batallas, si
queremos, podemos vencer siempre; y si en ellas recibimos alguna herida,
tenemos por la Redención medios facilísimos para curarla inmediatamente.
Si existiesen descendientes
de un Adán inocente, podrían con razón envidiar en muchas cosas la condición de
los descendientes de Adán pecador, redimidos por Jesucristo.
Hemos de procurar, pues,
aprovecharnos de los tesoros infinitos de la Redención, más bien que quejarnos
de nuestros primeros padres.
De las tres Personas Divinas se hizo hombre la
segunda, que es el Hijo.
El Padre
no se hizo hombre.
El Espíritu Santo tampoco se
hizo hombre.
Aunque las tres Personas
divinas son un mismo Dios, sólo una Persona se hizo hombre.
Ejemplo: Un dedo de la mano
puede tener un anillo, sin que lo tengan los otros dedos.
Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre.
Jesucristo
es llamado, Jesús, Salvador, Cristo, Redentor, Mesías, etc.
Jesús significa lo mismo que
Salvador.
Cristo significa ungido del
Señor.
Mesías significa enviado del
Señor.
El Hijo de Dios, al hacerse
hombre, no dejó de ser Dios.
Jesucristo es verdadero Dios y verdadero
hombre.
Jesucristo tiene una sola Persona que es divina.
Jesucristo
en cuanto hombre subsiste sólo unido inseparablemente a la
Persona del Hijo de Dios.
Jesús tiene dos naturalezas, divina y humana.
Tiene
naturaleza divina, porque es verdadero Dios; tiene naturaleza humana, porque es
verdadero hombre.
Naturaleza divina significa
ser divino; y naturaleza humana ser humana.
Jesucristo tiene, pues, el
ser divino y el ser humano, pero no la Persona humana.
Las naturalezas divina y
humana están unidas a la Persona del Hijo de Dios.
La unión de la Persona del
Hijo de Dios con la naturaleza humana se llama unión hipostática.
Jesucristo tiene cuerpo y
alma como los demás hombres.
Tiene dos entendimientos;
uno divino y otro humano.
Tiene dos voluntades; una
divina y otra humana.
Tiene una sola memoria; sólo en cuanto es hombre.
En cuanto Dios es igual al
Padre: en cuanto hombre es menos que el Padre.
Aunque es Dios y hombre, no
hay dos, sino un solo Jesucristo.
Es uno solo por unidad de
persona.
Como el alma y el cuerpo son
un solo hombre, así Dios y hombre son un solo Jesucristo.
En Dios hay tres Personas y
una sola naturaleza, en Jesucristo hay una sola Persona y dos naturalezas.
El cuerpo de Jesucristo debe
ser adorado, por razón de la Persona Divina a la que está unido.
Jesucristo es el Hijo único
de Dios Padre, porque sólo El es Hijo suyo por naturaleza; nosotros somos hijos
de Dios por creación y por adopción.
Jesucristo es Nuestro
Señor, porque es Dios y nos ha criado y nos ha redimido, dando como precio
su propia sangre y vida.
QUE FUE
CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO, NACIÓ DE SANTA MARIA VIRGEN.
Jesucristo en cuanto Dios ha existido
siempre; en cuanto hombre empezó a existir desde el momento de la Encarnación.
La palabra Encarnación significa que el Hijo
de Dios se hizo hombre.
El Hijo de Dios se hizo hombre tomando en el
seno purísimo de María, por obra del Espíritu Santo, un cuerpo como el nuestro
y un alma como la nuestra.
Se dice que la Encarnación fue por obra del Espíritu
Santo, porque es obra de bondad y amor.
La
madre de N. S. Jesucristo fue María, la que permaneció virgen
perpetuamente.
María es la única entre todas las mujeres
que es a la vez madre y virgen.
El Hijo de Dios fue concebido y nació, no
como los demás hombres, sino obrando Dios sobrenatural y milagrosamente.
Jesús en cuanto Dios tiene solamente padre.
En cuanto hombre tiene solamente madre.
San José no fue el padre de Jesús, pero era
tenido como tal por ser esposo de María.
El
Hijo de Dios se hizo hombre para redimirnos y darnos ejemplo de vida.
Redimirnos quiere decir librarnos del pecado
y de la muerte eterna, y merecernos la gloria.
Jesús nos redimió muriendo en la Cruz.
Darnos ejemplo de vida quiere decir enseñarnos el camino
del cielo.
Nos enseñó el camino del cielo con palabras y con obras.
Con obras lo hizo
durante toda su vida; y con palabras los últimos tres años de ella.
El año en que estamos ahora nos indica
cuánto tiempo hace que el Hijo de Dios se hizo hombre.
Los cristianos empezaron a contar los años
desde la venida de Jesucristo.
Desde Adán hasta Jesucristo pasaron 4000
años.
El Hijo de Dios se hizo hombre el 25 de
marzo del año 4000 de la creación.
Nació en el portal de Belén el 25 de Diciembre.
Dice el Santo Evangelio que Jesús crecía en
edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres.
De esta manera también debemos procurar
crecer nosotros.
Jesús
vivió sobre la tierra treinta y tres años.
Los treinta primeros los pasó en su casa.
Al tener edad de trabajar, se ocupó en el humilde oficio
de carpintero.
Jesús pasó los tres últimos años de su vida predicando el
Santo Evangelio.
Manifestó claramente que era el Hijo de
Dios; y lo probó, haciendo grandes milagros.
Daba vista a los ciegos, oído a los sordos,
palabra a los mudos, curaba toda clase de enfermedades y hasta resucitaba a los
muertos.
El más grande de
todos los milagros fue resucitarse a Sí mismo.
Jesús eligió a doce hombres, casi todos
pescadores ignorantes, para que lo acompañaran como sus discípulos más queridos
e íntimos confidentes, en el tiempo que duró su predicación; éstos fueron los
doce apóstoles.
PADECIÓ DEBAJO DEL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO,
MUERTO Y SEPULTADO.
Jesús por todas partes donde pasaba hacía el
bien.
No obstante, tenía grandes enemigos.
Como hay ahora, había entonces tres clases
de gente: buenos, malos no obstinados y malos obstinados.
Los buenos amaban a Jesús.
Los malos no obstinados, al oír su divina
palabra, se convertían.
Pero los malos obstinados aborrecían mucho a
Jesús y querían darle muerte.
En una ocasión los judíos tomaron piedras
para arrojarlas contra Jesús, quien les dijo:
“Muchas obras buenas os he hecho; ¿por
cuál de ellas me queréis matar?
Varias veces trataron de quitar la vida a
Jesús, y El desaparecía.
Mas llegó el momento en que Jesús permitió
le tomasen preso.
Jesús fue azotado, coronado de espinas y
clavado en la cruz.
Poncio Pilato fue el juez malvado que dictó
la sentencia de muerte contra Jesús.
El conocía que Jesús era inocente; no
obstante, para complacer a los judíos, pronunció la más injusta de las
sentencias.
Jesús fue clavado en la Cruz al mediodía y
murió a las tres de la tarde, el Viernes antes de Pascua.
Jesús murió en la Cruz para salvarnos.
Al morir Jesús, el sol se oscureció, la
tierra tembló, las piedras se partieron y muchos cuerpos de santos, que habían
muerto, resucitaron.
Jesús padeció y murió realmente como hombre.
Como Dios, no podía padecer ni morir.
Jesús desde la Cruz nos enseñó a aborrecer
el pecado y su causa.
La
causa del pecado es el amor desordenado a los honores, riquezas y placeres.
No necesitaba Jesús
sufrir tanto para salvarnos.
Cualquier acto de Jesús era de un valor
infinito y era suficiente para salvar al mundo entero y aún a mil mundos.
Jesús quiso sufrir tanto para que
comprendiéramos:
1º- Cuán grave mal es el pecado;
2º- El amor inmenso que nos tiene;
3º- Cuánto vale nuestra alma, pues para
salvarla quiso Jesús derramar toda su sangre y dar su vida en medio de los más
atroces tormentos.
Cada uno debe pensar: Jesús ha muerto
para salvarme a mí. ¿Qué no debo hacer
yo para corresponder al amor de Jesús y salvar mi alma?
Jesús murió para salvar a todos los hombres;
pero de tal manera murió por todos, como si muriera por uno solo.
Como la luz del sol lo mismo aprovecha a
todos que a uno solo.
Los méritos de la pasión y muerte de
Jesucristo no aprovechan a todos, porque muchos no hacen lo necesario para la
aplicación de estos méritos.
Dice San Agustín: El que te crió sin ti,
no te salvará sin ti; esto es, sin tu cooperación.
DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS, AL TERCER DÍA
RESUCITÓ DE ENTRE
LOS MUERTOS.
Descendió a los
infiernos: significa que al morir Jesús, su alma santa fue al limbo de los
justos o seno de Abrahán.
El limbo de los justos es el lugar donde
iban las almas de los justos que murieron antes que Jesucristo.
Jesús fue a buscar aquellas almas santas
para llevarlas consigo al cielo.
Ningún hombre podía entrar en el cielo antes
que Jesucristo.
Jesús no fue al infierno de los condenados.
Jesús al tercer día después de su muerte,
resucitó glorioso y triunfante para nunca más morir.
La resurrección tuvo
lugar al alba del domingo.
Jesús estuvo resucitado cuarenta días
sobre la tierra.
Confirmó en la fe a
sus discípulos, a quienes se apareció muchas veces, hablándoles del reino de
Dios.
SUBIÓ A LOS CIELOS Y ESTA SENTADO A LA
DIESTRA DE DIOS PADRE TODOPODEROSO.
Jesús subió a los cielos cuarenta días después de su
resurrección.
La ascensión a los
cielos se efectuó en el monte Olivete en presencia de María Santísima y de los
discípulos.
Está sentado a la diestra de Dios Padre
todopoderoso: significa que Jesús tiene igual gloria que el Padre en cuanto
Dios, y más que ningún otro ser creado en cuanto hombre.
Jesús subió al cielo:
1º- Para tomar posesión del reino que
conquistó con su muerte.
2º- Para prepararnos tronos de gloria.
3º- Para ser nuestro Medianero y Abogado
delante del Padre Eterno.
Diez días después que Jesús subió a los
cielos, envió al Espíritu Santo sobre los Apóstoles, en figura de lenguas de
fuego.
El Espíritu Santo
cambió a los Apóstoles de hombres ignorantes en sapientísimos, y de imperfectos
en llenos de santidad.
Los Apóstoles predicaron el Evangelio en
todas partes, confirmando el Señor su doctrina con milagros.
Sellaron con su sangre la doctrina que predicaron.
Jesús
como Dios, está en todas partes.
Como hombre, está solamente en el cielo y en el Santísimo
Sacramento del Altar.
DESDE ALLI HA DE VENIR A JUZGAR A LOS
VIVOS Y A LOS
MUERTOS.
Jesucristo volverá del cielo visiblemente al fin del
mundo.
Vendrá a juzgar a todos los hombres.
La palabra vivos significa los buenos; y la palabra muertos,
los malos.
Los Novísimos o Postrimerías del hombre son: Muerte,
Juicio, Infierno y Gloria.
Debemos recordar a
menudo estos Novísimos, pues dice el Espíritu Santo:
“En todas tus obras acuérdate de tus
Postrimerías y no pecarás jamás”.
(Eclesiástico, cap. VII, v. 40).
Morir es separarse el alma del cuerpo.
Todos hemos de morir una sola vez; no
sabemos cuándo, ni cómo, ni en dónde.
Si esta vez erramos el paso, lo hemos errado
por toda la eternidad.
Debemos, pues, estar siempre bien preparados
para morir en gracia de Dios.
Después de la muerte inmediatamente tendrá
lugar el juicio.
El juicio es la cuenta que el hombre debe
dar a Dios y la sentencia del Divino Juez.
Todos
los hombres hemos de ser juzgados dos veces:
La primera en la hora de la muerte; la segunda al fin del
mundo.
En estos juicios se
examinarán todos los pensamientos, deseos, palabras, obras y omisiones de cada
hombre, desde el primer instante del uso de razón hasta el momento de la
muerte.
El juicio de la hora de la muerte se llama particular,
porque es de una sola persona.
El juicio del fin del mundo se llama universal,
porque será de todos los hombres.
La sentencia del juicio particular es
irrevocable.
La sentencia del juicio universal será la
confirmación de la del juicio particular.
Cuando uno muere, el alma va al cielo, o al
purgatorio, o al limbo de los niños, o al infierno.
Va al cielo el que muere en gracia de Dios y no tiene
deuda alguna de pena.
El que tiene alguna deuda de pena va
antes al purgatorio.
El cielo es un lugar de suma y eterna
felicidad; se ve claramente a Dios; se goza de todo bien, sin mal alguno.
La gloria esencial consiste en ver
claramente a Dios.
Es más dicha ver a Dios por un instante,
que gozar eternamente de todas las riquezas, placeres y honores que se pueden
imaginar en este mundo; porque el mundo entero comparado con Dios es como nada.
¡Qué dicha será, Dios mío, veros, no por un
instante, sino por toda la eternidad!
Los buenos estarán
eternamente en el cielo.
Todos hemos sido criados para el cielo.
Va al cielo todo el que quiere ir de veras,
resueltamente, esto es, el que pone los
medios necesarios para conseguirlo.
Todos los hombres quieren ir al cielo; pero
algunos tienen sólo el querer del perezoso; quieren ir al cielo y no quieren
poner los medios necesario para conseguir el más precioso de todos los bienes.
El cielo es el premio de valor infinito que
Dios tiene reservado a los que le sirven fielmente en esta vida.
Es un premio tan precioso que para
conseguírnoslo, el mismo Hijo de Dios dió toda su sangre y aún la vida.
Si para dárnoslo, Dios nos exigiera
pedírselo de rodillas dos horas diariamente, o que hiciéramos durante un millón
de años la más rigurosa penitencia, aun así el cielo fuera como regalado.
Pero Dios no nos pide tanto, sino sólo que
observemos sus divinos mandamientos; cosa bien fácil de hacer con la divina
gracia, que nunca falta.
Lo único que nos puede hacer perder el cielo
es el pecado mortal.
Si los hombres para conseguir los bienes
eternos, tuvieran, no digo tanto, sino la mitad del cuidado que tienen para
conseguir los bienes de la tierra, todos serían santos, todos irían al cielo.
May ¡ay! Muchos hombres viven sobre la
tierra como si tuvieran que permanecer en ella para siempre, sin cuidarse para
nada de merecer la eterna felicidad.
En el cielo los premios son proporcionados a
la cantidad y calidad de las obras buenas hechas en gracia de Dios.
Quien tiene menos
premio no envidia al que tiene más; como un niño contento con su vestido chico
no envidia al que lo tiene grande.
Cada obra
buena que practicamos, estando en gracia de Dios, tiene su mérito y su
premio en el cielo.
El premio correspondiente a cada obra buena,
aún a las más insignificantes, es superior a todos los bienes materiales de la
tierra y durará eternamente.
Procuremos aprovechar todos los días, y aún
todos los instantes de nuestra vida, haciendo todo el bien que podamos para ir
aumentando siempre nuestros méritos y premios de la gloria.
Si los que están en el cielo pudieran
tenernos envidia de algo, la tendrían, porque nosotros, mientras vivimos,
podemos aumentar siempre el tesoro de méritos y de premios para el cielo, y
ellos no.
Va al purgatorio el que muere en gracia de Dios y tiene
alguna deuda de pena.
1º- Por pecados veniales; y
2º- Por no haber hecho la debida penitencia
de los pecados mortales, perdonados en cuanto a la culpa y pena eterna.
Con la confesión
bien hecha se perdonan siempre las culpas graves y la pena eterna, pero no
siempre queda perdonada toda la pena temporal.
Dios, al perdonar el pecado mortal,
ordinariamente conmuta la pena eterna en una pena temporal.
Esta pena temporal debe pagarse en esta vida
o en el purgatorio.
En esta vida se paga haciendo obras buenas,
especialmente cumpliendo la penitencia impuesta por el confesor.
El
purgatorio es un lugar de expiación temporal.
Las almas del purgatorio, cuando han satisfecho
del todo por sus pecados, van al cielo.
Dios, infinitamente justo, ninguna obra buena o mala deja sin premio
o castigo, aunque se trate de cosas pequeñas.
Los que mueren con solos
pecados veniales no merecen el infierno, ni pueden ir al cielo, porque nada
manchado puede entrar en él.
Debe, pues, existir un lugar
para que las almas se purifiquen antes de entrar en el cielo.
En el purgatorio se padece
la privación de la vista de Dios, el tormento del fuego y otras penas.
El mayor dolor de las
benditas Ánimas es no poder ver a Dios y pensar que, siendo El infinitamente
bueno, le han ofendido.
Las Almas benditas, al verse
manchados con el pecado, con gusto se sumergen en aquellas llamas, y aun
quisieran fueran más ardientes para purificarse más pronto.
Aprendamos de las benditas
Ánimas a aborrecer el pecado, aún leve, sobre todo mal.
Podemos
socorrer a las benditas Ánimas, y aún librarlas del purgatorio, con oraciones,
indulgencias, limosnas y otras buenas obras, y, sobre todo, con la Santa Misa.
Se llaman
Sufragios las obras buenas que se hacen a favor de las benditas Animas
del purgatorio.
Los sufragios son sólo a
manera de súplicas, que la divina justicia acepta en la medida que cree
conveniente.
Por esto un alma no siempre
obtiene infaliblemente todos lo efectos de los sufragios aplicados a ella
especialmente.
La Santa Iglesia aprueba que
se repitan los sufragios para un mismo difunto.
Hacen muy mal los que no se
acuerdan de aliviar con sufragios a las almas de los difuntos.
Algunos sólo procuran que el
entierro sea muy suntuoso, y nada o muy poco hacen para el alivio del alma.
El dogma de los sufragios es
motivo de alegría, no sólo para los ricos, sino también para los pobres.
Los ricos hacen muy bien en
ordenar sufragios; éstos les abreviarán mucho las penas en el purgatorio.
Los pobres tienen una madre tiernísima, que
es la Santa Iglesia, la cual ruega especialmente por ellos, que son sus hijos
queridísimos.
La devoción a las benditas
Animas del purgatorio es utilísima, porque hace practicar muchas obras buenas,
causa grande gozo en el cielo y ayuda en gran manera a conseguir la salvación
de quien practica esta devoción.
El voto
de Animas consiste en ceder para siempre a favor de las benditas Ánimas del
purgatorio, toda la parte satisfactoria de nuestras buenas obras, y todos los
sufragios que otros hicieren por nosotros.
Seamos, pues, muy devotos de
las benditas Animas del purgatorio.
Procuremos socorrerlas,
oyendo Misa y comulgando muy a menudo, aun diariamente, si nos es posible;
recemos el Santo Rosario, el Via Crucis, etc.
Esta es devoción buena y práctica, con la cual libraremos a muchas
almas del purgatorio y las haremos entrar en el cielo.
Va al limbo de los niños el que muere con el
solo pecado original.
El que
muere antes del uso de razón sin el bautismo, muere con el solo pecado
original.
En el limbo no se sufre
nada; se goza la felicidad natural.
Dios hizo, pues, un gran
beneficio a los que están en el limbo, dándoles la existencia; podría haberles
dejado en la nada de donde los sacó
. Los que mueren después del uso de razón
van al cielo o la infierno, según que hayan o no cumplido la ley de Dios.
Va al infierno el que muere con el pecado mortal.
El infierno es el lugar en donde se padecen penas eternas.
Estas penas son de
daño y sentido.
La pena de daño es la privación de la vista
de Dios, Sumo Bien.
Es la mayor pena de los condenados.
Cuando el alma se separa del cuerpo se
dirige hacia Dios con un ímpetu irresistible, con mucha mayor vehemencia que el
pez busca el agua o el que está en el fuego procura salir de él; pero Dios
rechaza eternamente al alma que está en pecado mortal.
La pena de sentido es el tormento del fuego
y todo mal, sin bien alguno.
En el infierno los demonios son los
verdugos.
Basta
un solo pecado mortal para merecer el infierno.
En el infierno la pena es proporcionada a la
cantidad y calidad de los pecados cometidos.
Es cierto que hay
infierno.
Nuestro Señor Jesucristo, que es Verdad
infalible, lo dice muchas veces en el santo Evangelio.
Dios prohibe el mal moral y debe castigar al
que lo comete.
La ley, para que los hombres sean compelidos
a cumplirla, debe tener señalada una pena a los transgresores.
Los transgresores de la ley humana son justamente
castigados; con mayor razón deben ser castigados los transgresores de le ley
divina.
Nadie puede quebrantar impunemente la ley de
Dios.
Dios es infinitamente justo; así como premia
a los buenos con felicidad eterna, castiga a los malos con pena eterna.
El pecado mortal es una ofensa grave a la
majestad infinita de Dios; por consiguiente, merece un castigo infinito.
El pecador no puede sufrir un castigo
infinito en la intensidad, pero sí en la duración.
Las penas del purgatorio son poco temidas
porque son temporales.
Dios, como sabio legislador, debía
establecer un castigo, que de veras apartase del pecado mortal; tal es el
castigo eterno del infierno.
El temor del infierno es una de las causas
de que se cumpla la ley de Dios y las almas se salven.
¿Por un solo pecado que se comete en un
momento castiga Dios con una eternidad de penas?
El castigo se mide por la gravedad de la
ofensa, no por el tiempo que se emplea en cometerla.
Aun la justicia humana castiga con cárcel
perpetua, y hasta con la muerte, el crimen que se ejecuta en un momento.
Dios es Padre de misericordia para los
buenos; mas, para los que mueren en pecado mortal, es juez terribilísimo.
Los pecadores no deben confiar en que por
ser Dios bueno y misericordioso, no los ha de condenar al infierno, pues es
también infinitamente justo.
Tan bueno y misericordioso como ahora era
Dios cuando de un golpe arrojó al infierno a millares de ángeles.
Por ser Dios infinitamente bueno, ama
infinitamente la virtud y aborrece infinitamente el pecado: por esto nadie
premia o castiga tanto como Dios.
Si porque Dios es bueno y misericordioso no
debiera castigar con el infierno, por la misma razón no debiera permitir los
males sin número que existen sobre la tierra.
Dios,
en el gobierno del universo, no se rige por el sentimentalismo de los hombres.
En este mundo, lugar de prueba y no
precisamente de premios y castigos, Dios, con sabiduría y justicia infinitas,
permite catástrofes horrendas, dolores acerbísimos, que alcanzan a buenos y
malos.
N. S. Jesucristo, los santos mártires, hijos
queridísimos de Dios, sufrieron tormentos tan atroces que horroriza el
pensarlo.
¿Qué no exigirá la divina justicia que sufra
el pecador rebelde obstinado en el mal?
Los que mueren en pecado mortal quedan
reducidos a la misma condición que el demonio, de quien no sentimos compasión.
Va al infierno quien quiere, pues Dios a
todos da gracia abundante para no caer en el pecado; y a los pecadores,
mientras viven, les ofrece siempre generoso perdón.
Nadie se condena sino por su propia y libre
voluntad, cometiendo culpa grave.
Aun los salvajes que nunca han oído hablar
de la religión cristiana, si se condenan es por su culpa; pues a donde no llega
la voz del hombre llega la voz de Dios.
¿Quieres que no haya infierno, sino cielo
para ti?. Vive siempre en gracia de
Dios; y si tienes la desgracia inmensa de perderla, procura recobrarla cuanto
antes.
Para cada uno de nosotros el mundo se acaba
en el momento de la muerte; pero llegará un día en que el mundo se acabará para
todos.
Nadie sabe cuándo será el fin del
mundo. Nuestro Señor Jesucristo,
preguntado sobre este punto, no lo quiso decir; no obstante, indicó algunas
señales que lo precederán.
Las señales que han de preceder al fin del
mundo son remotas y próximas.
Las remotas son:
1º- Apostasía general: la generalidad de los
hombres se apartará de Dios, no haciendo caso de su divina ley.
2º- La predicación del Evangelio por todo el
mundo.
Las señales próximas son:
Los judíos se convertirán a la religión
cristiana.
Aparecerá el hombre del pecado, llamado
Anticristo, quien, con sus palabras y falsos milagros, hará una guerra muy
cruel a la Iglesia de Jesucristo y casi todo el mundo le seguirá.
Elías y Enoch vendrán a oponerse a este
hombre perverso y serán martirizados.
El Anticristo perecerá miserablemente.
Habrá una espantosa combinación de
calamidades públicas, como hambre, peste, guerras, terremotos, inundaciones,
etc.
Pero la señal más próxima será la
descomposición de la naturaleza.
El sol se oscurecerá; la luna se teñirá de
sangre; las estrellas caerán; la tierra temblará; abriéndose en muchas partes;
el mar dará grandes bramidos; las fieras saldrán de los desiertos, y los
hombres verán visiones espantosas y monstruos horrendos; tanto que a los
infelices que presenciarán los últimos días del mundo se les secarán las
carnes, horrorizados al ver a toda la naturaleza en agonía.
De las cuatro partes de la tierra saldrá un
fuego tan terrible que en pocos momentos destruirá hombres, animales, bosques,
ciudades y cuanto hallare a su paso, reduciéndolo todo a un montón de cenizas.
Un ángel con
una voz a manera de trompeta dirá: Levantaos, muertos, y venid a
juicio!
Al fin del mundo, los buenos irán al cielo y
los malos al infierno, con el cuerpo y con el alma.
Dios quiere que el cuerpo acompañe al alma
en el premio o castigo eternos.
En la vida presente el cuerpo acompaña al
alma en la práctica del bien o del mal; es muy justo que la acompañe también en
el premio o castigo en la vida futura.
Ahora los buenos están en el cielo y los
malos en el infierno solamente con el alma.
El alma, aunque esté sin el cuerpo, goza
de la felicidad infinita del cielo, o sufre los tormentos horribles en el
infierno.
En nosotros lo principal es el alma; un
cuerpo sin alma no sufre ni goza.
Si el cuerpo sufre o goza, es por razón del
alma; o mejor dicho, es el alma que sufre o goza en el cuerpo.
Jesús y María están en el cielo en cuerpo y
alma.
Es creencia piadosa que también están San
José y los santos que resucitaron, cuando resucitó Jesús.
Al
fin del mundo todos hemos de resucitar.
Para Dios nada hay
imposible.
Todos, buenos y malos, tendremos el mismo cuerpo que
tenemos ahora.
El cuerpo de los buenos resucitará hermosísimo; el de los malos feísimo.
Después de la
resurrección, los cuerpos de los buenos y de los malos serán inmortales, esto
es, no podrán morir jamás.
Las dotes de los cuerpos bienaventurados
son:
1ª- Impasibilidad: no podrán sufrir
jamás pena alguna.
2ª- Claridad: resplandecerán como el
sol y las estrellas del firmamento.
3ª- Agilidad: podrán trasladarse de
un lugar a otro en un instante con el solo acto de la voluntad.
4ª- Sutileza: podrán pasar a través de
los cuerpos sólidos sin obstáculo alguno.
La resurrección de los cuerpos de los
bienaventurados es una de las causas porque la Iglesia trata con tanto respeto
los cuerpos de los difuntos y prohibe quemarlos.
Todos los hombres resucitarán y se reunirán
en el valle de Josafat.
Jesucristo volverá del cielo con grade
gloria y majestad,
Sentado en un trono de gloria, ordenará que
los buenos se coloquen a su derecha y los malos a su izquierda.
Se abrirá el libro de las conciencias y se
publicarán todos los pecados de los malos y todos los actos virtuosos de los
bueno.
El divino juez dictará la sentencia.
A los malos les dirá: Apartaos de mí,
maditos; id al fuego eterno, preparado para Satanás y sus ángeles.
Y a los buenos les dirá: Venid, benditos
de mi Padre, a gozar del reino que os tengo preparado, desde el principio del
mundo.
Dictada la sentencia, la tierra se abrirá y
el infierno tragará a los réprobos., quienes en cuerpo y alma quedarán
eternamente sepultados en los abismos infernales.
El fuego atormentara los cuerpo, pero no los
consumirá ni les quietará la vida.
Jesucristo y los elegidos se elevarán a los
cielos, en donde reinarán y gozarán delicias infinitas por toda la eternidad.
¡Qué fin tan horrible el de los malos!
¡Por un momento de placer, los malos se
acarrean una eternidad de penas las más espantosas!
¡Qué fin tan dichoso el de los buenos!
¡Por un momento de trabajo, los buenos ganan
una eternidad de gloria infinita!
CREO EN EL
ESPÍRITU SANTO.
El Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima
Trinidad.
Se llama Espíritu Santo, porque procede del
Padre y del Hijo por espiración o amor.
Al Espíritu Santo se le atribuyen
especialmente la santificación de las almas y la dirección de la Iglesia.
Los dones del Espíritu Santo son siete:
Sabiduría, Entendimiento, Consejo,
Fortaleza, Ciencia, Piedad y Temor de Dios.
Sabiduría para conocer las cosas de
Dios y encontrar gusto en ellas.
Entendimiento para entender las
verdades de la fe y saber obrar conforme a ellas.
Consejo para elegir pronto y
decididamente el bien.
Fortaleza para cumplir con valor
nuestros deberes.
Ciencia para saber usar bien de las
cosas creadas y dirigirlas a Dios, su último fin.
Piedad para
amar a Dios como a Padre.
Temor de Dios para
temer el ofender a Dios más que cualquier otro mal.
Los frutos del Espíritu
Santo. Son doce: Caridad, Gozo, Paz, Paciencia, Benignidad,
Bondad, Longanimidad, Mansedumbre, Fe, Modestia, Continencia y Castidad.
Caridad es el amor
con que los buenos aman a Dios.
Gozo es la alegría
que causa a los buenos el ser amigos de Dios.
Paz es la tranquilidad y quietud de ánimo
en que viven los buenos.
Paciencia es la
resignación y gusto con que los buenos se conforman a la voluntad de Dios en
cualquier tribulación
Benignidad es el modo
suave con que los buenos tratan a todos.
Bondad es la voluntad
y el deseo que tienen los buenos de hacer al prójimo todo el bien posible.
Longanimidad es el
grande ánimo que tienen los buenos; pues toda su confianza está puesta en Dios.
Mansedumbre es la
igualdad de ánimo con que los buenos sufren las injurias, sin indignarse.
Fe es la
fidelidad con que los justos creen todo lo que Dios ha revelado.
Modestia es el
cuidado, recato y delicadeza con que los buenos proceden en todos sus actos.
Continencia es la
solicitud que tiene los buenos para reprimir las pasiones desordenadas.
Castidad es aquella pureza interior que
guardan los buenos, aborreciendo las cosas deshonestas y huyendo de las
ocasiones.
¡Cuán hermosa es el alma que
tiene los dones y Frutos del Espíritu Santo!
Los tiene el alma que está
en gracia de Dios.
En esta alma tiene el
Espíritu Santo su morada especial.
LA SANTA IGLESIA CATÓLICA
LA COMUNIÓN
DE LOS SANTOS.
La palabra Iglesia significa sociedad o congregación.
Iglesia de Jesucristo es
la sociedad visible fundada por N. S. Jesucristo.
La Iglesia de Jesucristo es
militante, purgante y triunfante.
Iglesia militante: la
forman los que están en este mundo.
Iglesia purgante: la forman
los que están en el purgatorio.
Iglesia triunfante: la
forman los que están en el cielo.
Para llegar a la Iglesia
triunfante es necesario pertenecer primero a la Iglesia militante.
El noveno artículo del Credo
se refiere especialmente a la Iglesia militante.
Jesucristo fundó la Iglesia
para que los hombres puedan hallar siempre en ella todos los medios necesarios
para su eterna salvación.
Estos medios son: la
verdadera fe, el sacrificio y los sacramentos; además los mutuos auxilios
espirituales, como la oración, el consejo y el ejemplo.
Para salvarse es necesario
pertenecer de hecho, o a lo menos con el deseo implícito, a la verdadera
iglesia de Jesucristo.
La Iglesia de Jesucristo es:
perpetua e infalible.
Perpetua significa
que ha de durar hasta el fin del mundo.
Infalible significa
que no puede errar.
Jesucristo dijo: Las
puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo estaré con vosotros hasta el fin de los
siglos.
El infierno prevalecería y
Jesucristo no estaría siempre con la Iglesia, si ésta errara o desapareciera.
La Iglesia Católica es la sociedad de los fieles
cuya cabeza es el Papa.
Para pertenecer a la Iglesia
católica es necesario:
1º- Estar bautizado.
2º- Creer todas las verdades
de la fe.
3º- Reconocer al Papa como
cabeza de la Iglesia.
4º- No estar excomulgado.
No pertenecen a la Iglesia Católica:
Los infieles, herejes,
cismáticos, apóstatas y excomulgados.
Infiel es el que no está
bautizado.
Hereje es el cristiano que
niega con pertinacia alguna verdad de la fe.
Cismático es el cristiano
que no reconoce al Papa como cabeza de la Iglesia.
Apóstata es el que niega con
acto externo la fe católica que antes profesaba.
Excomulgado es el cristiano
que ha sido privado por la Iglesia de los bienes espirituales comunes a todos
los fieles.
El pecado, si por él no se incurre en la
excomunión, no impide el pertenecer a la Iglesia.
de
Jesucristo.
La verdadera Iglesia militante de Jesucristo es
la Iglesia Católica.
La Iglesia Católica
se llama también Romana, porque el Jefe de ella es el Sumo Pontífice de Roma.
Las notas o señales por las
cuales se reconoce la verdadera Iglesia militante de Jesucristo son: una,
santa, católica y apostólica.
Una: porque
Jesucristo fundó una sola.
Santa: porque Jesucristo es Santo y la
fundó para santificarnos.
Católica: la palabra
católica significa universal; Jesucristo fundó su Iglesia para todos los
hombres hasta el fin del mundo.
Apostólica:
Jesucristo confió su propagación y gobierno a los apóstoles y a sus legítimos
sucesores.
Estas notas o señales las
reúne solamente la Iglesia Católica.
La Iglesia Católica es
una: porque siempre ha tenido y tiene en todas partes una misma fe, unos
mismos sacramentos y una misma cabeza.
Es santa: porque
su cabeza, Jesucristo, es el Santo de los santos, sus sacramentos son santos,
su doctrina es santa y hace santos a los que la practican.
Digan sus enemigos, si hay
en la doctrina católica algo que no dirija al hombre hacia Dios, fuente de toda
santidad.
La religión católica
prescribe una pureza de costumbres admirable.
Esta es la principal causa
porque es tan odiada por los malos.
Sólo la religión católica
tiene santos, esto es, personas de virtudes tan extraordinarias que el
mismo Dios da testimonio de ellas con hechos sobrenaturales.
Nada prueba contra la
santidad de la Iglesia que haya católicos, y aún ministros del altar, que
observen mala conducta.
La Santa Iglesia católica
condena la mala conducta de toda persona, sea quien fuere.
El que es malo, lo es
precisamente porque no cumple con lo que prescribe la santa Iglesia Católica.
Es católica por razón
de la doctrina, del tiempo y del lugar.
Por razón de la doctrina. La doctrina de la Iglesia Católica ha sido
siempre la misma, sin cambio alguno.
Al declarar la Iglesia que
una verdad es de fe, no establece una nueva doctrina; solamente obliga en
conciencia a creer aquella verdad, como revelada por Dios.
En materia de disciplina la
Iglesia puede cambiar sus leyes según las exigencias de los tiempos y lugares.
Por razón del tiempo. La Iglesia Católica existe desde que la
fundó Jesucristo.
El fundador de la Iglesia
Católica es Jesucristo; si hubiera sido otro, sabríamos quién fue.
Las demás religiones, que se
llaman cristianas, cuentan su existencia desde varios años y aún siglos después
de Jesucristo.
Sabemos quiénes fueron los
fundadores de esas religiones; casi todos fueron católicos que se rebelaron
contra la Santa Madre Iglesia.
El protestantismo empezó a
existir quince siglos después de N. S. Jesucristo.
Afirmar que el
protestantismo es la verdadera religión cristiana es admitir que la verdadera
religión cristiana empezó a existir 1500 años después de N. S. Jesucristo.
Los mismos fundadores del
protestantismo fueron católicos y después protestantes.
El protestantismo no fue,
pues, fundado por N. S. Jesucristo, y por consiguiente, no es la verdadera
religión cristiana.
Por razón de los lugares. La Iglesia católica es para todos los
hombres y está extendida en toda la tierra.
La catolicidad es tan
propia de la Iglesia Romana, que en todas partes es llamada católica, y
católicos son llamados sus hijos.
Es apostólica, porque
viene de los apóstoles y tiene la misma doctrina que ellos enseñaron.
Sólo la Iglesia católica
tiene el sello divino que es el milagro.
Milagro es un hecho
sensible, superior a todas las fuerzas y leyes de la naturaleza.
Por consiguiente, el milagro
sólo puede venir de Dios.
N. S. Jesucristo probó con
milagros su divinidad.
También los muchos milagros
habidos a favor de la religión católica prueban que es la verdadera religión.
Ninguna otra
religión puede citar milagro alguno auténtico en su favor.
La Iglesia católica es la
verdadera Iglesia de Jesucristo, porque en ella está el Papa.
El Papa
es el Romano Pontífice, sucesor de San Pedro, Vicario de Cristo en la tierra.
Jesucristo dijo a
San Pedro:
“Tú eres Pedro y sobre esta
Piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra
ella”.
“Y a ti te daré las llaves
de los cielos; y todo lo que ligares en la tierra, ligado será en los cielos y
todo lo que desatares en la tierra será también desatado en los cielos”. (SAN MATEO, VXI, 18 y 19).
Con estas palabras
Jesucristo constituye a Pedro cimiento y jefe supremo de su Iglesia.
La Iglesia debe existir
hasta el fin del mundo; luego las prerrogativas de Pedro han de pasar a sus
sucesores hasta el fin del mundo.
La Iglesia no puede estar
fuera de su cimiento.
El cimiento de la Iglesia es
pedro y sus sucesores.
Luego donde están Pedro y
sus sucesores allí está la Iglesia.
de la
Iglesia.
Los legítimos Pastores de
la Iglesia son el Papa y los Obispos unidos a él.
El Papa es el obispo
de Roma, sucesor de San Pedro.
Los Obispos son los
sucesores de los Apóstoles.
Jesucristo es el jefe
principal o cabeza invisible de la Iglesia.
Mas la Iglesia, como sociedad perfecta y visible, debe tener un jefe
visible.
El jefe visible en toda la
Iglesia es el Papa quien representa a Jesucristo en la tierra.
El Obispo, con dependencia
del Papa, es el jefe de su diócesis.
El Obispo en la cura de
almas se ayuda de los sacerdotes, y principalmente de los párrocos.
El Párroco con dependencia
del obispo, es el jefe de su parroquia.
El Papa y los Obispos unidos
a él, constituyen la Iglesia docente.
La Iglesia docente ha
recibido de Jesucristo la misión de enseñar las verdades y las leyes
divinas a todos los hombres.
Los hombres reciben
solamente de la Iglesia docente el conocimiento pleno y seguro de
todo lo que es necesario saber para vivir cristianamente.
La Iglesia docente,
al enseñarnos las verdades reveladas por Dios, no puede errar.
El Papa solo, sin los
Obispos, es infalible, cuando, como Maestro de todos los cristianos,
define doctrinas acerca de la fe y costumbres.
En todas las demás cosas el
Papa no es infalible ni impecable.
La infalibilidad del Papa no
consiste en una revelación particular, ni en una inspiración profética, sino en
una asistencia divina que preserva al Papa de todo error, cuando define las
verdades reveladas.
Sin la autoridad infalible
del Jefe de la Iglesia, hubiera sido imposible la unidad de fe y creencias.
Después que Jesús subió a
los cielos, cada cristiano hubiera entendido la religión de Jesucristo a su
modo, y no se sabría quién tendría la razón.
Todos vemos la diferencia de
opiniones que hay sobre asuntos relativos al orden natural.
Más grande sería la diferencia
de opiniones en las cosas referentes al orden sobrenatural.
de la
Iglesia.
En la Iglesia de Jesucristo
se debe distinguir el cuerpo y el alma.
El cuerpo de la Iglesia
consiste en lo que tiene de visible y externo.
El alma de la Iglesia
consiste en lo interno y espiritual, especialmente en la gracia de Dios.
Miembros vivos de la Iglesia
son todos los fieles que están en gracia de Dios.
Miembros muertos de la
Iglesia son los fieles que están en pecado mortal.
Toda persona que está en
gracia de Dios pertenece al alma de la verdadera Iglesia de Jesucristo.
Los fieles católicos que
están en pecado mortal pertenecen al cuerpo de la Iglesia católica, pero no al
alma.
Los que no son católicos
externamente, sin culpa suya, por no conocer la religión católica, pero aman a
Dios y le sirven como saben y pueden, tienen la gracia de Dios, y pertenecen al
alma de la Iglesia católica.
Nadie puede salvarse fuera
de la Iglesia católica, esto es, no hay salvación para quien muere sin
pertenecer al alma de la Iglesia católica.
artículo
del Credo.
Este artículo del Credo es
en cierta manera el más importante de todos.
La autoridad infalible de la
Iglesia es la que nos asegura que las Sagradas Escrituras, el Evangelio y las
verdades contenidas en el símbolo mismo, son reveladas por Dios.
A más, la Sagrada Escritura
puede ser entendida de maneras muy diversas.
De ahí la necesidad de que haya una autoridad infalible que las interprete
rectamente.
Creemos a la Iglesia católica, porque ella tiene todos los
caracteres necesarios que demuestran su divina institución.
Por consiguiente, ella es
nuestra maestra y guía para que podamos alcanzar la eterna salvación.
Debemos, pues, obedecer a la
Iglesia.
Nuestro Señor Jesucristo
dijo a sus Apóstoles:
“El que a vosotros oye, a Mí
me oye; el que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia.
El que no oye a la Iglesia,
sea tenido como gentil y publicano”.
La comunión de los Santos es la
comunicación de bienes espirituales entre los fieles que están en gracia de
Dios.
La palabra comunión
significa comunicación.
La palabra santos
significa los fieles que están en gracia de Dios.
Bienes espirituales son
la gracia, oraciones y demás buenas obras.
Los fieles que están en
gracia de Dios son miembros vivos de un mismo cuerpo místico, del cual es
cabeza N. S. Jesucristo.
En un cuerpo la cabeza deja
sentir su influencia en todos los miembros, y los bienes de uno son bienes de
los demás.
La comunión de los Santos se
extiende también a las Iglesias triunfante y purgante.
Nosotros nos encomendamos a
los Santos del cielo y podemos aliviar a las almas del purgatorio.
Los Santos del cielo ruegan a
Dios por nosotros y por las almas del purgatorio.
Los que están en pecado
mortal participan solamente de los bienes externos del culto y de las plegarias
de los justos para obtener el perdón.
El tesoro de la Iglesia está
formado por la parte propiciatoria, impetratoria y satisfactoria de las obras
buenas hechas por los justos.
Toda obra buena hecha en
gracia de Dios es meritoria, propiciatoria, impetratoria y satisfactoria.
Meritoria: hace ganar
méritos y premios para el cielo.
Propiciatoria: aplaca la
divina justicia.
Impetratoria: consigue
gracias del Señor.
Satisfactoria: satisface la
pena temporal debida por los pecados.
La parte meritoria es del
que practica la obra buena: no se puede ceder.
Las otras partes se pueden
ceder: con ellas se forma el tesoro de la Iglesia.
Las obras buenas por razón
del mérito pueden ser vivas, muertas y mortificadas.
Vivas, son las que se
hacen en gracia de Dios.
Mientras dura la gracia de
Dios son dignas de mérito y de premio eterno.
Muertas, son las que
se hacen en pecado mortal.
Nunca tendrán mérito ni
premio.
¡Cuán triste cosa es vivir
en pecado mortal! En tal estado, aunque
se hagan obras muy buenas, no se conseguirá por ellas premio alguno en la
eternidad.
No obstante, cuantas más
buenas obras hace un pecador, más fácil es que consiga la gracia de la
conversión.
Mortificadas, son las
obras buenas hechas en gracia de Dios, si sobreviene el pecado mortal.
Mientras dura el pecado
mortal son como muertas; pero, si se recobra la gracia de Dios, son de nuevo
vivas.
Para que las obras buenas
sean meritorias, deben hacerse con la recta intención de agradar a Dios.
Las obras buenas no tiene
todas el mismo mérito, sino que unas son mucho más meritorias que otras; y aun
puede suceder que una sola tenga más mérito que muchas otras juntas.
Las obras buenas pueden ser obligatorias
y no obligatorias o supererogatorias.
Obligatorias, son las
que están mandadas bajo pena de culpa, como oír Misa en los días festivos.
Supererogatorias, las
que no son de obligación, como el oír Misa diariamente.
Las obras buenas más
recomendadas por Dios en la Sagrada Escritura son:
1º- la oración, o sea los
actos relativos al culto divino, como la santa Misa, etc.
2º- el ayuno o las obras de
mortificación.
3º- la limosna, o las obras
de caridad y misericordia.
Las verdaderas riquezas son las obras buenas
hechas en gracia de Dios.
La magnitud del galardón debe excitarnos a
practicar muchas buenas obras.
Una buena obra y el
menor acto de virtud es cosa más grande y gloriosa que todas las hazañas de los
más célebres conquistadores, que las negociaciones más importantes y que la
conquista o el gobierno de un imperio.
La fe nos lo enseña y la
razón misma lo convence, porque todo esto no es más que la gloria de la
criatura, mientras que las buenas obras y los actos de virtud procuran la
gloria del Criador.
De aquí es menester inferir
que no hay ninguna comparación, ninguna proporción entre lo uno y lo otro.
Esta verdad bien comprendida
¡qué alientos infunde en las almas buenas para practicar todas aquellas obras
que pueden contribuir a la gloria de Dios! ¡Qué fervor en todos los ejercicios
de piedad! ¡Qué desprecio de todo lo que no es Dios, ni dice relación de su
gloria!
Cuando leo en el Evangelio
que no quedará sin premio un vaso de agua fría dado a un pobre, digo para mi:
pues ¿qué será de otras infinitas buenas obras de más importancia que me son
fáciles, si las hago por Dios, el cual me promete en recompensa un bien
infinito por una eternidad?
Peso despacio estas tres
cosas: un bien infinito, una eternidad y una acción de un instante que tan
fácil me es, y quedo sorprendido al ver mi ceguedad: ¿no debería dedicarme sin
tregua a aprovechar cuidadosamente todos los instantes de mi vida para
emplearlos en buenas obras? ¡Un bien infinito por tan poca cosa!¡Una
bienaventuranza eterna por un momento tan breve de trabajo!
Poco después de haber muerto
una persona muy piadosa, se apareció radiante de gloria a otra, y le dijo:
“Soy sumamente feliz; pero, si algo pudiera desear, sería el volver a
la vida y padecer mucho, a fin de merecer más gloria”; añadiendo, que quisiera
padecer hasta el día del juicio todos los dolores que había padecido durante su
última enfermedad, para lograr solamente la gloria que corresponde al mérito de
una sola Ave María.
EL PERDÓN DE LOS PECADOS
El perdón de los pecados significa
que Jesucristo ha dado a su Iglesia el poder de perdonar todos los pecados.
El bautismo y la Penitencia
son los Sacramentos instituidos para el perdón de los pecados.
La resurrección de la carne significa
que el cuerpo de todos los hombres ha de resucitar. Véase pág. 30.
La vida perdurable significa
que después de esta vida presente hay otra: o eternamente bienaventurada para
los buenos en el cielo, o eternamente infeliz para los malos en el infierno.
Nuestra alma jamás morirá;
ha tenido principio, pero no tendrá fin.
Mientras exista Dios,
existirá nuestra alma.
Dentro de mil millones de
años y de siglos nuestra alma existirá y estará en el cielo o en el infierno,
según como nos hayamos portado en el brevísimo tiempo de esta vida.
¡Locura grande es cometer el
pecado! ¡Por cosas que han de pasar tan pronto!, ¡perder un cielo eterno,
merecer un infierno eterno!
Amén, al fin del
Credo, significa: Así es: así lo creo.
___
Esperanza es una virtud
sobrenatural por la cual confiamos firmemente alcanzar la gloria celestial.
Fundamos nuestra
esperanza en los méritos de Jesucristo y nuestras buenas obras.
Los méritos de Jesucristo y
nuestras buenas obras son como dos alas para que nuestra alma pueda volar al
cielo.
Los méritos de Jesucristo no
nos faltarán jamás; lo que podrá faltarnos serán nuestras buenas obras.
El gran medio para asegurar
estas buenas obras y la perseverancia en ellas hasta la muerte es la oración.
Oración es
levantar el corazón a Dios y pedirle mercedes.
La oración es: mental y
vocal.
Oración mental es la
que se hace ejercitando las potencias del alma.
Las potencias del alma son
tres: memoria, entendimiento y voluntad.
En la oración mental: la
memoria recuerda alguna verdad cristiana; el entendimiento reflexiona sobre
ella, y la voluntad hace varios actos, como dolor de los pecados, propósito de
confesarse y de mudar de vida.
El que hace bien la oración
mental, aunque sea solo un cuarto de hora diariamente, conservará fácilmente la
gracia de Dios.
Dice San Alfonso: “El que
ora se salva; el que no ora, se condena”.
Oración vocal es la
que se hace con palabras exteriores, como cuando rezamos el Padre Nuestro.
En la oración vocal se debe
evitar la precipitación.
Se debe orar con atención,
humildad, confianza y perseverancia.
La distracción involuntaria
no quita el mérito o valor de la oración.
Es necesario orar
frecuentemente, porque Dios lo manda, y de ordinario sólo por medio de la
oración concede las gracias espirituales y temporales que necesitamos.
Conviene orar al levantarse
o acostarse y a menudo, especialmente en las tentaciones o peligros.
La oración bien hecha, nos
alcanza siempre del Señor lo que pedimos u otra cosa mejor.
Jesucristo dijo: Pedid y
recibiréis.
La oración que se hace
pidiendo la salvación de la propia alma, tiene un efecto infalible.
Debemos pedir ante todo e
incondicionalmente el perdón de nuestros pecados, la gracia de Dios y la
perseverancia en ella hasta la muerte.
Los demás bienes hemos de
pedirlos condicionalmente, esto es, si son para mayor gloria de Dios y bien de
nuestra alma.
Cuando Dios no nos concede
lo que le pedimos, es porque oramos mal, o porque pedimos cosas no conducentes
a nuestro bien espiritual.
Debemos pedir en nombre de
N. S. Jesucristo, como El nos lo enseña y lo practica la Santa Iglesia, quien
termina las oraciones con estas palabras: “Por nuestro Señor Jesucristo”.
Oración jaculatoria
es una oración brevísima, por ejemplo: ¡Dios mío, os amo de todo
corazón!,¡Antes morir que pecar!¡Virgen Santísima, ayudadme!, etc.
Conviene hacer muy a menudo
oraciones jaculatorias, pues, son de mucha utilidad y un medio muy eficaz para
vencer las tentaciones.
Padre Nuestro, que estás en
los cielos, santificado sea el tu nombre; venga a nos el tu reino; hágase tu
voluntad, así en la tierra como en el cielo.
El pan nuestro de cada día
dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a
nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación; mas líbranos del
mal. Amén.
Los Apóstoles dijeron a
Jesús: “Maestro, enseñadnos a orar”.
Jesús les respondió: “Cuando
queráis orar, decid: Padre nuestro, etc.”.
El Padre nuestro se llama
oración dominical, porque la compuso N. S. Jesucristo para enseñarnos a orar.
Por consiguiente, es la
mejor de las oraciones; contiene todo cuanto debemos pedir.
En el Padre nuestro hay
siete peticiones.
Empezamos diciendo: Padre
nuestro.
¡Padre! ¡Qué
palabra tan consoladora, tan propia para
inspirarnos confianza!
Sólo porque Jesucristo nos
lo ha dicho, podríamos animarnos a llamar Padre al que es el Ser Supremo, Señor
del cielo y de la tierra.
Dios es nuestro Padre: El
nos ha criado a su imagen, nos conserva y gobierna con su providencia, y por la
gracia somos sus hijos adoptivos y herederos del cielo.
Llamamos a Dios: “Padre
nuestro”, y no: “Padre mío”, porque todos somos sus hijos; por lo cual hemos de
mirarnos y amarnos todos como hermanos.
Decimos: “que estás en
los cielos”, para levantar nuestra mente y corazón hacia el cielo, que es
el lugar donde Dios manifiesta a sus hijos el esplendor de su gloria.
Primera petición: santificado
sea el tu nombre.
Pedimos que Dios sea
conocido y amado de todo el mundo.
Esta es la primera petición,
porque el primer deseo de nuestro corazón debe ser buscar la gloria de Dios,
antes que nuestros intereses y provecho.
Buscamos la gloria de Dios,
si procuramos cumplir bien su santa ley.
Segunda petición: Venga
a nos el tu reino.
El reino de Dios es su
gracia en esta vida y su gloria en la otra.
La Iglesia militante se
llama también reino de Dios; pedimos que todos los hombres la conozcan y formen
parte de ella.
Tercera petición: Hágase
tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.
Pedimos la gracia de hacer
siempre la voluntad de Dios; no que Dios haga la nuestra.
Cuarta petición: El
pan nuestro de cada día dánosle hoy.
La palabra pan significa
todo lo necesario para la vida del alma y del cuerpo.
Quinta petición: y
perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
La palabra deudas
significa pecados.
La palabra deudores
se refiere a los que nos han ofendido.
Los que no quieren perdonar
al que los ofendió, al rezar el Padre nuestro, se condenan por sí mismos,
diciendo a Dios que les perdone, como ellos perdonan a su prójimo.
Sexta petición: y
no nos dejes caer en la tentación.
Tentación es una
incitación al pecado.
El pecado está, no en tener
tentaciones, sino en consentirlas.
Dios permite que seamos
tentados:
1º- Para probar nuestra
fidelidad.
2º- Para darnos ocasión de perfeccionar
nuestra virtud.
3º- Para que tengamos más
mérito y premio.
Por esto, no pedimos que no
tengamos tentaciones, sino que no caigamos en ellas.
Séptima petición: Mas
líbranos del mal.
Pedimos nos libre Dios del
sumo mal, que es el pecado y su castigo.
Pedimos a Dios que nos libre
de los otros males, según convenga para nuestro bien espiritual.
Las penas de esta vida, lo
mismo que las tentaciones, son permitidas por Dios para nuestro bien
espiritual, porque:
1º- Estas penas nos hacen
comprender claramente que este mundo es un destierro, un valle de lágrimas; y
nos hacen concebir deseos de ir pronto al cielo.
2º-Estas penas nos hacen más
semejantes a Jesucristo, que fue propiamente Varón de dolores.
Es justo le acompañemos en
el sufrimiento, si queremos acompañarle en la gloria.
3º- Estas penas, sufridas
con paciencia, son motivo de gran mérito y premio para el cielo.
Son tesoros preciosísimos
que el Señor nos ofrece.
Si los hombres conociesen el
valor de estas penas, pedirían a Dios que no se las quitase, sino que les diese
más y la debida paciencia para sufrirlas.
Amén, al fin
del Padre nuestro, quiere decir: Así sea, así lo espero.
El Padre nuestro debe
rezarse frecuentemente, sin precipitación, como está en el catecismo, sin
cambiar, añadir o quitar palabras.
Después del Padre nuestro,
para alabar a la Santísima Virgen y pedir su poderosa intercesión, se suele
rezar el Ave María.
Dios te salve, María; llena
eres de gracia; el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres; y
bendito es el fruto de tu vientre: Jesús.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Las palabras de que está
compuesta el Ave María pertenecen: parte el arcángel San Gabriel, parte a Santa
Isabel, y parte a la Santa Madre Iglesia.
El Arcángel San Gabriel, al
anunciar a María que sería la Madre de Dios, la saludó diciéndole: “Dios te
salve, llena eres de gracia, el Señor es contigo: bendita tú eres entre todas
las mujeres”.
Santa Isabel, al ser
visitada por María, que era ya Madre de Dios, le dijo:
“Bendito es el fruto de tu
vientre”.
Las demás palabras son de la
Santa Madre Iglesia.
El Ave María se llama
salutación angélica, porque empieza con las palabras del Arcángel San Gabriel.
Después del Padre nuestro y
Ave María se suele rezar el Gloria en honor de la Ssma. Trinidad.
Gloria al
Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, y ahora y siempre, y por
los siglos de los siglos. Amén.
Es muy común rezar el Gloria
en latín:
Gloria Patri, et Fílio, et Spíritu Sancto.
Sícut erat in
princípio, et nunc, et semper, et in saécula saeculórum. Amén.
Devoción a la Santísima
Virgen.
La
Santísima Virgen María es una gran Señora, llena de gracia y de virtudes; es
Madre de Dios y nuestra Madre y Abogada en el cielo.
Está en el cielo en cuerpo y alma.
Es invocada con
varios títulos, tales como: Inmaculada Concepción, del Carmen, del Rosario, Auxilio
de los Cristianos, etc.
Después de Jesús,
debemos profesar a María Santísima el mayor amor.
MOTIVOS
DE LA DEVOCIÓN A MARÍA SANTÍSIMA.
I.- María es la más privilegiada y amada
de Dios entre todas las puras criaturas.
II.-
María es Madre de Dios.
Por
consiguiente, todo el honor que tributamos a María redunda en honor de Dios.
III.-
María es nuestra Madre y Abogada en el cielo.
Jesús desde la cruz dijo a su discípulo Juan: Hé ahí a tu madre,
refiriéndose a María.
San Juan representa
a todos los buenos cristianos, a quienes Jesús dio por madre a su propia Madre.
IV.- El ser
devoto de María es señal de predestinación, según dicen San Anselmo y otros
santos.
Predestinación significa ser elegido para el cielo.
V.- La
Santa Iglesia nos da ejemplo de cómo debemos ser devotos
de María.
La honra con un
culto superior al de todos los Santos.
Le dedica muchos
templos muy suntuosos, e imágenes muy devotas.
Tiene
establecidas muchas festividades, oraciones y prácticas devotas en su honor.
VI.-
Dios se complace en conceder gracias muy extraordinarias, y a veces hasta
milagrosas, a los que con
fe acuden a María.
Para ser verdadero devoto de María se debe procurar:
1º-
Evitar el pecado e imitar sus virtudes.
Lo que más
aborrece María es el pecado.
Debemos procurar
imitar a María especialmente en la humildad, castidad y caridad.
2º- Comulgar
a menudo.
Causa gran
satisfacción a María el vernos unidos con Jesús en la sagrada Comunión.
3º- Rezar el
Santo Rosario, llevar escapulario o medalla y practicar otras obras
piadosas en su honor.
A más del Ave
María la Santa Iglesia nos enseña a implorar la protección de la Virgen María
con la Salve (pág. 133).
y a sus Reliquias.
Los santos son
los justos del cielo que practicaron la virtud en grado heroico durante su vida
mortal.
Dios confirmó la
santidad de su vida y su gloria por medio de milagros.
Sólo la
autoridad suprema de la Iglesia puede canonizar, esto es, declarar santo a uno
de sus hijos.
Cuando muere
alguna persona que ha vivido con piedad y santidad extraordinarias, se dice que
muere en olor de santidad y se llama Siervo de Dios.
La veneración e
invocación públicas de los que han muerto están prohibidas antes que el Papa
declare su santidad.
Pero si estamos
convencidos de que una persona ha vivido santamente y está en el cielo, podemos
privadamente venerarla, honrar su imagen e invocar su intercesión.
En este caso
dicho Siervo de Dios se llama:
Venerable,
cuando el Papa ha dado el decreto aprobando todas sus virtudes como practicadas
en grado heroico.
Beato,
cuando el Papa da el decreto de beatificación, declarando que el Siervo de Dios
está en el cielo.
Santo,
cuando el Papa le canoniza, esto es, agrega su nombre al catálogo de los
Santos.
A los Beatos se
les puede rendir culto público sólo en los lugares indicados en el decreto
pontificio.
A los Santos se
les puede rendir culto público en todas partes.
Es justo y
laudable venerar e invocar a los Santos.
Dios los ha colmado de gracia y de gloria y son nuestros protectores en
el cielo.
El honor que
tributamos a los Santos redunda en honor del mismo Dios.
Dios quiere que
honremos a los Santos; por esto ha dispuesto concedernos gracias especiales por
su intercesión.
Dios es quien
concede las gracias; los Santos son nuestros intercesores.
La oración a los
Santos, aunque muy laudable y útil, no es obligatoria.
Jesucristo es el
único mediador necesario ante el Padre: los Santos piden por los méritos y en
nombre de Jesucristo.
El culto de los
Santos es muy distinto del que se da a Dios.
A Dios se da el
culto de latría, esto es, la adoración propiamente dicha, como
Ser Supremo y Señor de todo el universo.
A los Ángeles y
Santos se da el culto de dulía, esto es, una veneración especial
como siervos fidelísimos de Dios.
A la Santísima
Virgen se da el culto de hiperdulía, esto es, una veneración
superior a la de todos los Ángeles y Santos por ser Madre de Dios.
Conviene tener
devoción especial:
1º- a San José,
Patrón de la Iglesia universal.
2º- A los Santos
Ángeles de la guarda.
3º- A los Santos
Apóstoles,
4º- Al Santo de
nuestro nombre.
5º- A los Santos
Patronos de la diócesis y parroquia, y del oficio o profesión de cada uno.
El modo práctico
de venerar a los Santos es imitar sus virtudes y pedirles intercedan por
nosotros delante de Dios.
Las imágenes de
Jesucristo y de los Santos son para que por ellas nos acordemos de los que
están en el cielo, y en sus imágenes les hagamos reverencia.
Un hijo hace
honor al retrato de su padre, un súbdito al de su rey; con más razón podemos
rendir honores a las imágenes de Jesús y de los Santos.
Los honores que
tributamos a las imágenes no los dirigimos a la materia (tela, papel, madera o
metal), sino a las personas que las imágenes representan.
Veneramos las
reliquias de los Santos, porque sus cuerpos han sido templos vivos de Dios y
han de resucitar gloriosos al fin del mundo.
Dios ha hecho
con frecuencia milagros por las reliquias de los Santos.
MANDAMIENTOS DE LA LEY DE DIOS
PRECEPTOS DE LA IGLESIA – VIRTUDES CRISTIANAS
_____
La
caridad consiste en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a
nosotros mismos por amor de Dios.
En el amor de
Dios y del prójimo está comprendida toda la ley de Dios.
Hemos
de amar a Dios sobre todas las cosas, porque El es infinitamente bueno, y
porque de El recibimos todo bien.
Siendo Dios infinitamente bueno, merece amor infinito.
Sólo el mismo
Dios puede amarse como El merece ser amado.
Nosotros, ya que
no podemos amar a Dios como El merece ser amado, amémosle tanto cuanto podamos.
La medida de
nuestro amor a Dios sea amarle sin medida, amarle cada día más y más.
Dios es quien
nos da y conserva continuamente todo cuanto tenemos;
sin su ayuda no
podemos mover ni un dedo de la mano;
y nos tiene
preparado un paraíso eterno de delicias infinitas.
Nuestro corazón
debe, pues, ser todo para Dios.
Todas las demás
cosas debemos amarlas tanto, cuanto nos conducen a Dios, y detestarlas tanto,
cuanto nos apartan de Dios.
El verdadero
amor de Dios consiste en guardar sus mandamientos.
N. S. Jesucristo
dijo: Si alguno me ama guardará mi palabra, esto es, mis mandamientos (SAN JUAN, XIV, 23).
La regla, pues,
para conocer si uno ama a Dios, es ver si guarda sus mandamientos.
Todos los
hombres, a excepción de alguno muy depravado, dicen que aman a Dios; pero
muchos lo dicen falsamente, porque no cumplen sus mandamientos.
No queramos nosotros decirlo falsamente, sino con verdad.
Repitamos con
mucha frecuencia y de todo corazón la siguiente jaculatoria:
Dios mío, os
amo sobre todas las cosas, porque Vos sois infinitamente bueno y porque de Vos
recibo todo bien.
Hemos de amar al
prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.
Debemos
recordar siempre que el prójimo es imagen e hijo de Dios, y un hermano nuestro.
Es imagen de Dios: todo hombre lleva grabada en el alma la imagen
de Dios.
Es hijo de
Dios: todos podemos y debemos llamar a Dios Padre nuestro.
Es
hermano nuestro: todos descendemos de Adán y Eva, y tenemos un
mismo Padre, que es Dios.
Todo hombre
tiene un Ángel que lo guarda.
Estas
consideraciones deben infundir en nuestros corazones un gran respeto y amor a
todo ser humano.
Nuestro prójimo o
semejante, es todo el que está o puede ir al cielo.
Todas las personas de este mundo son nuestro prójimo, aún los malos; pues
mientras viven, pueden hacerse buenos e ir al cielo.
Nuestro respeto
y amor debe ser para toda persona de cualquier raza, religión, idea u opinión.
Pero no se debe
decir: Yo respeto toda religión, idea u opinión; porque si éstas son falsas,
constituyen un error.
El error, el
vicio, el pecado no merecen ser respetados, sino destruidos.
Ataca al
error, pero respeta a la persona: dice San Agustín.
Con tal que no
se haga con espíritu de venganza, no es contra la caridad desear y aún procurar
que los malos sean castigados por la autoridad competente.
Hemos de
tratar a nuestro prójimo como nosotros
queremos ser justamente tratados.
Todos queremos que se nos trate
muy bien, con toda consideración; tratemos, pues, así a los demás.
Los brutos
animales no son nuestro prójimo.
No obstante, se
deben evitar dos extremos: hacerlos sufrir sin necesidad, y tratarlos con tanto
regalo como si fuesen personas.
de la caridad.
1º- Amarás al
Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.
2º- Amarás al
prójimo como a ti mismo.
ley de Dios, o el Decálogo.
El primero: No
tendrás otro Dios más que a Mí.
El segundo: No tomar
el nombre de Dios en vano.
El tercero:
Acuérdate de santificar las fiestas.
El cuarto: Honra al
padre y a la madre.
El octavo: No
levantar falso testimonio.
El noveno: No desear
la mujer de tu prójimo.
El décimo: No
codiciar los bienes ajenos.
El decálogo contiene explícita o implícitamente todos los deberes del
hombre en relación a Dios, al prójimo y consigo mismo.
Dios en sus
mandamientos manda que hagamos el bien y evitemos el mal; por esto cada
mandamiento contiene un precepto y una prohibición.
Dios ha impreso
estos mandamientos en el corazón del hombre y los dió a Moisés en el Monte
Sinaí, escritos en dos tablas de piedra.
Los tres
primeros, contenidos en la primera tabla, tienen por fin directo el honor de
Dios. Los otros siete, contenidos en la
segunda tabla, tienen por fin directo el bien del prójimo.
Nuestro Señor
Jesucristo confirmó los diez mandamientos y los perfeccionó con los consejos
evangélicos.
Podemos,
debemos y es absolutamente necesario, cumplir con los divinos mandamientos,
para salvarnos.
Podemos: Dios conoce nuestras fuerzas y si El manda el
cumplimiento de los mandamientos, es porque sabe que podemos cumplirlos.
Si encontramos
alguna dificultad en cumplirlos, pidamos a Dios su gracia, e infaliblemente El
nos ayudará y nos hará fácil lo que para nosotros fuera difícil y aún
imposible.
Debemos:
porque Dios lo quiere, lo manda, y nadie como El tiene más, ni tanto derecho a
ser obedecido.
Lo exige el bien
común y la sana razón.
El código de
todos los países civilizados está basado en la ley de Dios.
Es
absolutamente necesario cumplir los mandamientos: porque sólo
cumpliéndolos nos libraremos del infierno y conseguiremos el cielo.
Basta quebrantar
un solo mandamiento en cosa grave para merecer la eterna condenación.
Pecado es faltar a
la ley de Dios.
El pecado es
original y actual.
Pecado original
es aquel con que todos nacemos, heredado de nuestros primeros padres.
Se borra con el
santo bautismo.
Pecado
actual es el que comete voluntariamente quien tiene uso de
razón.
El pecado puede
cometerse con pensamiento, deseo, palabra, obra y omisión.
Omisión quiere
decir dejar de hacer aquello a que uno está obligado.
No todos los
pecados son iguales; como entre amigos pueden surgir disgustos pequeños y
graves, así también sucede entre Dios y el hombre.
Los disgustos
pequeños no rompen la amistad, pero sí los graves.
El pecado actual
puede ser mortal y venial.
Pecado mortal
es faltar a la ley de Dios en materia grave, con plena advertencia y pleno
consentimiento.
Materia grave significa cosa de importancia.
Plena
advertencia significa que el
entendimiento se dé cuenta claramente de que la cosa es mala.
No peca, por
falta de advertencia, quien come carne en día prohibido, porque no sabe o no
recuerda que es día de abstinencia.
Pleno
consentimiento significa que la voluntad
sea del todo libre.
Un sueño malo,
de por sí, no es pecado, porque cuando uno duerme no es libre para hacer el
bien o el mal.
En donde no hay
libre voluntad no hay pecado.
No peca quien
hace algo malo sin querer, compelido a viva fuerza.
No quita la libre voluntad ser compelido, pero
no a viva fuerza, a hacer algo que de otra suerte no se quisiera hacer.
Pecaría quien
por encontrarse amenazado de muerte u otro mal grave, cometiera una acción mala
por su naturaleza, como insultar a Dios, abandonar la verdadera religión, etc.
Para que haya
pecado no es necesario querer directamente ofender a dio.
Sólo el demonio u
hombres semejantes al demonio pueden querer directamente ofender a Dios.
Lo que se
intenta, al pecar, es sólo satisfacer la pasión, el capricho.
Para que haya
pecado, ni aún es necesario pensar que se ofende a Dios; basta hacer libremente
algo ilícito, dándose cuenta que aquello no se debe hacer, porque es malo.
Quien hace mal
sin saberlo por ignorancia culpable, peca.
Quien ejecuta un
acto, dudando si es lícito, peca.
El que duda si
un acto es lícito o ilícito debe averiguar antes; y no puede efectuarlo sin
saber que es lícito.
El medio más
práctico para averiguar si un acto es lícito, es preguntar al confesor.
Quien hace algo
lícito, pero creyendo por error que es ilícito, peca.
El pecado mortal
se perdona de dos maneras:
1º-
Confesándose.
2º-
Haciendo un acto de contrición perfecta con el propósito de confesarse.
El pecado grave se llama mortal, porque quita al alma la vida
sobrenatural de la gracia santificante.
Pecado venial
es faltar a la ley de Dios de materia leve; o en cosa grave, pero sin plena
advertencia o pleno consentimiento
Se llama pecado venial,
esto es, perdonable, porque no quita la gracia de Dios y se perdona
fácilmente.
El pecado venial
se perdona arrepintiéndose de haberlo cometido.
EL
PECADO ES EL MAYOR DE TODOS LOS MALES
Debemos temer todo
pecado como el mayor de todos los males.
El pecado es el mal contra Dios; porque le quita la
obediencia y el honor que le son debidos.
Si Dios fuera
capaz de pena, el pecado se la causaría.
El pecado, el
mal contra Dios, es un mal infinito, por ser infinita la dignidad de Dios
ofendido.
Todos los demás
males son males de las criaturas; mas todas las criaturas, compradas con Dios,
son como nada; por consiguiente, todos sus males son como nada comparados con
el mal contra Dios.
Por esto aun
para librar de la ruina al mundo entero, jamás sería lícito cometer el más
mínimo pecado.
Nunca puede ser
lícito cometer un pecado; pues si alguna vez fuera lícito, ya no sería pecado.
El pecado es
el mal del hombre; porque le quita la eterna felicidad, que es su último
fin.
Ningún otro mal
causa más fatales consecuencias.
El pecado mortal
es una ofensa grave al Dios de Majestad infinita; por consiguiente, es una
injuria infinita.
El hombre que
comete pecado mortal se rebela contra Dios: si no con palabra, con sus obras
dice: No quiero servir a Dios; no quiero hacer lo que El manda.
El hombre, si se
le comprar con Dios, es infinitamente menos que un gusano comparado con todo el
universo.
¿Un ser tan vil
se atreve a rebelarse contra Dios? ¿Por qué? Por una pasión baja que no quiere dominar
y, muchas veces, por cosas de ningún valor.
Todo el que
comete pecado mortal ama más a sí mismo y a las criaturas que a Dios; pues
disgusta gravemente a Dios, para complacerse a sí mismo o a otros.
¡Pecar! ¡Ofender
a Dios en su misma presencia! ¡es el colmo del atrevimiento!.
A lo menos para
pecar, buscad un lugar donde Dios no esté.
¡Pero ese lugar no existe!
Quien comete un
pecado mortal es el ser más ingrato.
Todo lo que el hombre tiene, Dios se lo ha dado y se lo conserva, y sin embargo
el pecador lo emplea para ofenderle.
El que comete
pecado mortal se hace esclavo de las pasiones y apetitos contrarios a la
razón.
El pecado mortal
es el mayor de todos los males de esta vida, pues éstos los ordena Dios para
medicina del pecado; ningún médico sabio hace un mal mayor para curar otro
menor.
N. S.
Jesucristo, para librarnos de los pecados, aceptó los males de pena, y muy
grandes, pero no el mal de culpa.
El pecado mortal
ha sido la causa de que Jesús sufriera los más crueles tormentos en su pasión
santísima.
Un solo pecado
mortal cambió a unos Ángeles hermosísimos en demonios feísimos.
Un solo pecado
mortal, el de Adán, cambió el mundo, de un paraíso de delicias y goces, en un
valle de lágrimas y dolores.
CONSECUENCIAS
DEL PECADO MORTAL
El pecado mortal:
1º- Nos aparta
de Dios y nos priva de su amor y amistad.
2º- Nos quita
los méritos y el derecho a la gloria.
3º- Nos hace
merecedores de la eterna condenación.
CONSECUENCIAS
DEL PECADO VENIAL
Debemos evitar
también los pecados veniales, porque:
1º- El pecado
venial es una ofensa que se hace a Dios.
2º- Impide
muchas gracias que el Señor nos concedería.
3º- Todo pecado
venial atrae varios castigos de Dios en esta vida y en la otra.
4º- Poco a poco
conduce al pecado mortal.
¡JAMÁS PECAR!
Sólo el pecado es el
verdadero mal, pues los demás males pueden traernos grandes bienes, porque nos
ayudan a conseguir mayores premios para el cielo.
Sólo el pecado,
si es grave, nos separa de Dios, nuestro Sumo Bien; y si es leve, retarda
nuestra entrada en el cielo y nos priva de muchas gracias.
Evitemos, pues,
todo pecado, cueste lo que cueste.
Digamos a
menudo: primero morir que pecar.
Si por cada vez
que el hombre cometiera un pecado, tuviera que pagar una gran multa o recibir
un gran castigo corporal ¿no es verdad que todos tendrían un cuidado sumo en no
cometer pecados?
Con mayor razón
debemos abstenernos del pecado por no ofender a Dios, por no perder el cielo,
por no merecer los castigos temporales y eternos.
1º- En las
tentaciones, acudir a Dios y a la Santísima Virgen con fervorosas oraciones
jaculatorias, pensando que Dios está presente en todo lugar.
2º- Leer algún
libro bueno y hacer unos minutos de meditación cada día.
3º- Acordarse a
menudo de la muerte, juicio, infierno y gloria.
4º- Cada noche,
al acostarse, hacer examen de conciencia, y pedir a Dios perdón de las faltas
cometidas durante el día.
5º- Frecuentar
los Santos Sacramentos.
MANDAMIENTOS
DE LA LEY DE DIOS EN PARTICULAR
Al principio de
los mandamientos se dice: Yo soy el Señor Dios tuyo.
Estas palabras
indican que Dios, por ser nuestro Criados y Señor, puede mandarnos lo que
quiera, y nosotros, sus criaturas, estamos obligados a obedecerle.
El primer
mandamiento es: No tendrás otro Dios más que a Mí.
Nos
manda adorar sólo a Dios, y darle el culto debido, practicando la verdadera
religión.
Prohibe la superstición, la irreligiosidad y la ignorancia culpable de las
verdades de la fe y cualquier otro pecado contra la religión.
Superstición es dar a la criatura el culto debido sólo a
Dios, o dar a Dios culto de un modo indebido.
Son
supersticiones: la idolatría, la vana observancia, la adivinación, la magia, el
maleficio, las mesas giratorias, el magnetismo en algunos efectos y el
espiritismo.
Idolatría es
dar a una criatura el culto supremo de adoración, debido sólo a Dios.
Vana
observancia es usar medios no proporcionados, ni instituidos por Dios, para
obtener un efecto cierto.
Es de tres
clases:
1ª- El arte de
adquirir la ciencia sin trabajo.
2ª- El arte de
curar con varios signos o cosas sagradas.
3ª- Observación
de los sucesos; en vista de un suceso casual se calcula la suerte o desgracia.
Es superstición:
Atribuir a una
oración o a cierto número de cruces la virtud de curar ciertamente una
enfermedad;
Tener por días
de desgracia el martes o el viernes; considerar como de mal presagio el número
13; romper un cristal, derramar la sal; llevar amuletos para tener suerte o
evitar la desgracia, etc., etc.
Es pecado, pues,
pretender sanar infaliblemente las enfermedades sólo con oraciones u otros
medios inadecuados.
Algunas personas
santas han sanado enfermedades con oraciones solamente, pero esto fue por
milagro y dichas personas no atribuían a sus oraciones la virtud infalible de
sanar enfermedades.
La
adivinación es pretender averiguar las cosas ocultas con ayuda del demonio.
La adivinación
se hace por los astros, por las líneas de las manos, por una casualidad, por
los sueños, por las cartas, etc.
Pecan gravemente
los que van a preguntar a las adivinas, se hacen decir la buenaventura, etc.:
no será pecado grave si se hace para jugar, sin que ni la una ni la otra parte
preste crédito, pero ni aun por juego deben hacerse estas cosas.
El porvenir
contingente y libre lo sabe sólo Dios; las adivinas no lo pueden saber.
Los sueños
enviados por Dios, para hacer conocer su voluntad, son rarísimos; por las
señales que les acompañan se conoce ciertamente ser diferentes de los sueños
naturales o diabólicos.
La magia
supersticiosa es el arte de hacer cosas extraordinarias, las cuales, aunque
no sean sobrenaturales, son superiores a las fuerzas del hombre, y, por
consiguiente, sólo pueden hacerse por intervención diabólica.
Brujería o
maleficio es el arte de dañar con intervención del demonio.
Los casos de
brujería o maleficio son rarísimos.
Las brujas están
generalmente en la cabeza de los ignorantes.
Esta
superstición es causa hasta de asesinatos y de otros crímenes gravísimos.
El que está en
gracia de Dios nada debe temer, pues tiene a Dios por Padre que lo protege con
una providencia especial.
El buen
cristiano no pretende querer averiguar el porvenir por medios ilícitos; confía
en la Divina Providencia y vive tranquilo.
Mesas
giratorias; es pecado de superstición el hacer preguntas a las mesas
giratorias; las contestaciones sólo pueden ser por intervención diabólica.
El magnetismo
animal e hipnotismo son casi lo mismo; en general están prohibidos por los
grandes peligros morales y aun físicos que encierran.
Alguna vez
podrán ser lícitos moralmente, con tan que se entienda excluir toda
intervención diabólica, se recurra a medios puramente naturales, el fin sea
bueno y honesto, y se emplee la debida cautela para impedir todo abuso.
Para no
equivocarse, no se haga ninguna de estas cosas sin consultar al confesor.
El espiritismo o
consulta hecha a los espíritus es un gravísimo pecado.
Cuando menos
religión tiene un pueblo, tanto más está lleno de supersticiones.
La
irreligiosidad es una irreverencia especial que se infiere a
Dios, a las personas y cosas sagradas.
Sacrilegio es
la profanación de lugar, persona o cosa, consagradas a Dios y destinadas a su
culto.
Tentar a Dios
es decir o hacer algo para probar si Dios es sabio, poderoso o dotado de
cualquier otra perfección.
Simonía es
pretender comprar o vender por precio temporal algo espiritual o anexo a lo
espiritual.
La
impiedad es negar a Dios todo culto.
Las principales
sectas impías son: el Liberalismo, la Masonería, el Socialismo y el Anarquismo.
Liberalismo es el sistema que toma por criterio único y
exclusivo de todo acto moral privado o público, la razón y voluntad del hombre,
prescindiendo de Dios.
Ser liberal
antes significaba ser generoso, magnánimo; ahora generalmente significa
pertenecer a una secta condenada por la Iglesia.
La
Masonería es una sociedad que tiene por fin principal
hacer guerra a la Iglesia Católica.
El
Socialismo tiene el mismo fin que la masonería.
Para engañar a
los obreros les promete la repartición de todos los bienes, la igualdad social,
etc.
El Anarquismo
es el sistema que proclama la destrucción de todo poder y autoridad, aún con la
violencia.
El Fanatismo
es el furor de los sectarios, producido por ideas falsas.
El que cumple
con fidelidad las leyes de la Iglesia, confiesa y comulga a menudo, no es
fanático, sino devoto.
Los ignorantes y
maliciosos confunden la devoción con el fanatismo.
La devoción es
una virtud, el fanatismo es un vicio.
El segundo
mandamiento es: No tomar el nombre de Dios en vano.
Nos manda tener
mucho respeto al santo nombre de Dios.
Prohibe nombrar a Dios sin respeto, la blasfemia, los juramentos vanos y la
violación de votos.
El nombrar a
Dios y las cosas santas por enojo, risa, juego o de otro modo poco reverente,
es pecado venial.
La blasfemia es
decir o hacer algo injurioso a Dios o a los Santos.
Es un pecado
gravísimo: es el lenguaje del infierno: si no se oyera, no se podría creer que
hubiera hombres capaces de blasfemar.
Todas las
razones que se alegan, para defender tan detestable vicio, son puras excusas de ningún valor.
Si el blasfemo
debiera pagar una suma importante por cada blasfemia, ciertamente se enmendaría
inmediatamente.
Jurar es poner a
Dios por testigo.
Jura en vano el
que jura sin verdad, sin justicia y sin necesidad.
Jurar sin verdad
es jurar contra lo que uno siente o con mentira.
Jurar sin
justicia es jurar una cosa injusta y mala, como hacer algún mal al prójimo.
El que ha jurado
hacer una cosa mala no debe ni puede cumplir el juramento, pues el cumplirlo
sería otro pecado más.
Jurar sin
necesidad es jurar sin causa grave o por cosa de poco momento.
Jurar con mentira
es siempre pecado mortal, aún en cosa leve.
Poner a Dios, Verdad infinita, por testigo de lo falso, es una grave
irreverencia.
Jurar sin
justicia en cosa grave, es pecado mortal; en cosa leve, es venial.
Jurar sin
necesidad es pecado venial.
También es pecado jurar en vano por las criaturas, porque se jura al
Criador de ellas.
Jurar por las criaturas
es decir v. gr.: juro por mi alma, por el Cielo, por la tierra, etc., que esto
es así.
Para no jurar en
vano debemos acostumbrarnos a decir simplemente sí o no, como Jesucristo nos
enseña.
El voto es
una promesa hecha a Dios, de un bien mejor, con intención de obligarse.
El que ha hecho
un voto tiene obligación de cumplirlo.
Antes de hacer
un voto conviene pensarlo bien y pedir consejo al confesor.
El voto se puede
cumplir haciendo otra cosa mejor que lo que se prometió.
Cuando el
cumplimiento de un voto fuera muy difícil, se puede pedir la conmutación o la
dispensa.
El propósito de
hacer una cosa buena, de por sí no obliga.
Por ejemplo: uno
hace el propósito de oír Misa o rezar el Rosario diariamente; si lo cumple
ganará mucho, pero si no lo cumple no comete pecado.
El tercer
mandamiento es: Acuérdate de santificar las fiestas.
Nos manda honrar a Dios con obras de culto en los días festivos.
Son días de
fiesta los Domingos y algunos otros días mandados por la Santa Iglesia.
En la ley
antigua se santificaba el sábado.
En la ley nueva
se santifica el Domingo, porque en tal día resucitó Jesucristo y el Espíritu
Santo descendió sobre los Apóstoles.
Santifica la
fiesta el que oye Misa entera y no trabaja sin necesidad.
El que en día
festivo falta a la Misa sin justa causa, comete pecado mortal.
Excusa de oír Misa una causa medianamente grave.
La Misa de debe
oír entera y con devoción.
Misa entera quiere
decir desde el principio hasta el fin.
Se cumple con el
precepto oyendo en distinto tiempo parte de una Misa y parte de otra; conviene
que la Consagración y la Comunión sean de una misma Misa.
Perder desde el
principio de la Misa hasta antes del ofertorio, o lo restante después de la
Comunión es falta leve.
La Consagración
y la Comunión son las dos partes esenciales de la Misa; basta asistir a estas
dos partes para oír realmente la Misa, aunque para cumplir con el precepto en
los días festivos, se debe asistir desde el principio hasta el fin.
Se puede oír
Misa y confesarse al mismo tiempo.
Se pueden oír
varias Misas a la vez, fijando la atención especialmente en una.
A más de oír
Misa, conviene ocupar el día festivo en otras obras buenas; asistir al sermón,
a vísperas, leer algún libro bueno, etc.
El tercer
mandamiento prohibe trabajar en los días festivos.
Los trabajos
prohibidos son los serviles o forenses.
Trabajos
serviles son los propios de los artesanos y obreros.
Trabajos
forenses son las causas judiciales y procesos criminales, los contratos
públicos, las ferias, mercados, etc.
Es permitido en
día festivo, leer, escribir, enseñar, viajar, dibujar, cazar, (sin gran
estrépito), pescar, etc.
También se
permiten todos los trabajos necesarios o convenientes para la vida doméstica,
como preparar la comida, barrer, limpiar, etc.
La costumbre
permite el trabajo de barbería, las ferias y mercados en algunos países.
El trabajar sin
justa causa más de dos horas en día festivo es pecado mortal.
Si no pasa de dos
horas es pecado venial, por lo regular.
Cuando el trabajo es liviano no es pecado mortal, si no alcanza a tres
horas.
Las causas
justas por las cuales es permitido trabajar en día festivo son: la caridad
hacia el prójimo, la piedad hacia Dios y la necesidad.
Cuando por
alguna causa justa se debe trabajar, conviene, aunque no es obligatorio, pedir
permiso al párroco.
En los días
festivos se deben evitar la ociosidad y las diversiones peligrosas.
Puede uno
tomarse algún recreo honesto y moderado, después de haber cumplido con los
deberes religiosos.
La santificación
del día festivo es útil, no sólo al alma, sino también al cuerpo; pues el
descanso contribuye mucho a la conservación de la salud.
No santificar
las fiestas es uno de los pecados que más atraen los justos castigos de Dios,
aún en esta vida.
El cuarto
mandamiento es: Honra al padre y a la madre.
Este mandamiento
comprende las obligaciones:
1º- De los hijos
para con sus padres.
2º- De los
padres para con sus hijos.
3º- De los
inferiores para con sus superiores.
4º- De los
superiores para con sus inferiores.
DEBERES
DE LOS HIJOS PARA CON SUS PADRES
Los hijos deben a
sus padres: amor, respeto, obediencia y asistencia.
Amor, porque a ellos, después de Dios, deben la existencia.
Respeto y
obediencia, porque son sus superiores por naturaleza.
La obediencia
debe ser en lo que es lícito y justo, mientras están bajo la potestad de los
padres y en el hogar doméstico.
En la elección
de estado los hijos no están obligados a obedecer a sus padres.
La obligación de
la obediencia cesa por varias causas, pro nunca cesa la obligación del amor y
del respeto.
Asistencia espiritual
y corporal, cuándo y cuántas veces los padres la necesiten.
DEBERES
DE LOS PADRES PARA CON SUS HIJOS
Los padres deben
a sus hijos: amor y educación corporal y espiritual.
El amor debe ser
interno, externo y bien ordenado.
Los padres deben
proteger la vida de los hijos.
Pecan muy
gravemente los que maliciosamente impiden la existencia de los hijos.
Deben
proporcionarles todo lo necesario para la vida, mientras los hijos no puedan
hacerlo por sí mismos.
Deben hacerles
aprender un oficio o profesión, para que puedan ganarse el sustento y ser
útiles a la sociedad.
El fin de la
educación corporal de los hijos, es su felicidad temporal; el de la educación
espiritual, es su felicidad temporal y eterna.
Por
consiguiente, la educación espiritual es mucho más importante que la corporal.
La educación
espiritual consiste en dar a los hijos doctrina, corrección y ejemplo.
Doctrina – 1º Procurar que los hijos sean bautizados lo más
pronto posible.
2º Enseñarles por sí o por otro, la doctrina
cristiana y procurar que la practiquen.
3º Confiarlos, en cuanto sea posible, a maestros
que sean buenos cristianos.
4º Vigilarlos para que no se perviertan.
Corrección – Debe
ser moderada y prudente.
Ejemplo – Nada
persuade tanto a practicar el bien como el buen ejemplo.
La Sagrada
Familia (Jesús, María y José) es el modelo de la familia perfecta.
MAESTROS Y DISCÍPULOS
Los criados deben a sus amos: reverencia, obediencia
y fidelidad.
Los amos deben a sus criados: tratarlos
bien, instruirlos, corregirlos y pagarles un salario justo.
Los maestros y preceptores hacen las veces de los padres en cuanto a la educación y enseñanza de sus
discípulos.
Los discípulos deben a sus maestros y
preceptores: amor, reverencia y obediencia.
Los maestros y preceptores deben a sus
discípulos: amor, doctrina, corrección y ejemplo.
Se debe respetar y obedecer
a las autoridades civil y eclesiástica en todo lo que ellas tienen derecho a
mandar.
Dios es quien da el derecho de mandar: los
que tiene este derecho representan a Dios.
Cuando obedecemos, debemos hacerlo con
espíritu de fe, pensando que no obedecemos al hombre sino a Dios.
Nunca el superior puede mandar lo que Dios
prohibe; y si lo manda, nunca el súbdito debe ni puede obedecer, en cosas malas
por su naturaleza.
Primero se debe obedecer a Dios que a los
hombres.
El quinto
mandamiento es: No matar.
Prohibe hacer mal a
sí mismo o a otro, de hecho, dicho o deseo.
Por consiguiente prohibe el homicidio, suicidio, riña, duelo, heridas,
golpes, injurias, las imprecaciones y el escándalo.
El quinto
mandamiento no sólo prohibe el matar, sino todo lo que conduce a este crimen, como
las disputas violentas o altercados, las palabras injuriosas, la ira, el odio,
la venganza y la envidia.
No es tan fácil
el guardar bien este mandamiento.
Sólo Dios es el
dueño de la salud y vida nuestras y del prójimo; por consiguiente, sólo El
puede disponer de ellas libremente.
Homicidio es
matar a otro.
Nunca es lícito
quitar voluntaria e injustamente la vida a otro.
El aborto buscado
a propósito es siempre gravísimo pecado.
Es lícito matar
a otro:
1º En caso de
legítima defensa, si no hay otro medio.
2º Cuando se
combate en guerra justa.
3º A un
criminal, por orden de la autoridad pública.
Sólo la
autoridad pública (nunca la privada) puede castigar a un criminal con la
muerte.
Suicidio es
darse la muerte a sí mismo deliberadamente.
Nunca y por
ningún motivo es lícito quitarse directamente la vida.
El suicida es un
cobarde desertor que huye de la batalla de la vida; no tiene valor para
sobrellevar las contrariedades.
El suicidio es
un crimen horrendo.
Sólo la locura o
la irreligión pueden inducir a cometerlo.
El suicida, para
librarse de las penas temporales, cae en las eternas del infierno.
Es peor una hora
de infierno que muchos años de penas, las más tremendas en este mundo.
El buen
cristiano, para remediar sus penas, acude, no al suicidio, sino a la ferviente
oración, pidiendo a Dios que le libre de ellas o que le dé fuerzas para sufrir
con paciencia.
El que sufre y
muere resignado como Dios quiere, es el soldado valiente que muere en el campo
de batalla: su alma ceñirá la corona de gloria eterna.
Es lícito, y aun
acto de heroísmo, exponerse a la muerte por una causa justa: como asistir a los
enfermos apestados, ceder a otro el salvavidas en caso de naufragio, etc.
Hay obligación
de poner los medios ordinarios para conservar la salud.
Pecan los que se
exponen a perder la salud o la vida sin justa causa; los que se entregan a la
gula comiendo y bebiendo con exceso, etc.
La
embriaguez. Este vicio tan
detestable convierte al hombre en un ser abyecto.
Trastorna su
razón, asemejándolo a los brutos;
acorta su vida;
arruina sus
intereses;
lo expone a
cometer cualquier crimen;
destruye la paz
del hogar;
produce un
sinnúmero de males.
Riña es
la pelea sin premeditación.
Duelo es
un combate con armas mortíferas, entre dos personas que previamente se han
puesto de acuerdo para fijar el momento, lugar y armas para pelear.
El duelo, hecho
por autoridad privada, es siempre ilícito, aún a los militares.
El duelo hecho por
autoridad pública puede ser lícito en el mismo sentido que la guerra.
Los que matan de
duelo son más criminales y asesinos que los que matan en riña.
El duelo es una
acción injusta y bárbara, y por tanto no puede reparar el honor.
Hay excomunión
para todo el que voluntariamente toma parte en un duelo, aun como médico o
espectador que ha ido de propósito.
Disputas
violentas o altercados. Se originan
casi siempre por cosas de ninguna importancia y suelen terminar en insultos y
peleas.
En las
discusiones, cada uno debe defender su parecer sin acritud y con caridad
cristiana.
Maldecir
es pedir uno para sí o para otro algún mal grave.
Pecan
gravemente:
1º Los que
maldicen con deseo de un mal grave.
2º Aun sin tal
deseo, los padres y superiores que maldicen delante de sus inferiores por razón
del escándalo.
El desearse la
muerte a sí mismo generalmente no es pecado mortal, porque uno se la desea para
no sufrir tanto; suele ser una falta de paciencia.
Puede uno
desearse la muerte lícitamente:
1º Para no
ofender nunca más a Dios.
2º Para poder
ver a Dios y gozar de las delicias infinitas del cielo.
3º Para no
sufrir las miserias de esta vida, resignándose, no obstante, a la voluntad de
Dios.
Escándalo es dar
al prójimo con algún dicho, hecho u omisión culpables, ocasión de pecar.
El que comete el
pecado de escándalo roba a Jesucristo las almas que le han costado la sangre y
la vida.
El Divino
Redentor dijo: “¡Ay de aquél por quien viniere el escándalo! Mejor fuera que le
ataran una piedra de molino al cuello y lo arrojaran al profundo del mar”.
El que ha dañado
al prójimo, corporal o espiritualmente, debe, si puede, reparar el mal causado.
El quinto
mandamiento nos manda perdonar a nuestros enemigos y querer bien a todos.
El perdón de los
enemigos consiste en no quererles mal y en darles las señales comunes de
amistad.
Jesús ha dicho:
Perdonad y seréis perdonados: con la misma medida con que midiereis, seréis
medidos.
Para darnos
ejemplo, El, estando en la cruz, perdonó a los que le escarnecía,
diciendo: ¡Padre, perdónalos que no saben lo que hacen!
Perdonemos,
pues, de todo corazón; hagamos bien a los que nos hacen mal, y así alcanzaremos
la divina misericordia.
El sexto
mandamiento es: No fornicar.
Prohibe toda acción,
mirada y conversación contrarias a la castidad.
El noveno mandamiento es: No desear la mujer de tu prójimo.
Prohibe los
pensamientos y deseos contrarios a la castidad.
Estos dos mandamientos prohiben, especialmente, toda infidelidad de hecho y
de deseo en el matrimonio.
El sexto
mandamiento prohibe toda lujuria externa, y el noveno toda lujuria interna.
Lujuria es un
apetito desordenado de placeres contrarios a la castidad.
El intentar
directamente satisfacer la lujuria es siempre pecado mortal: en esto no hay
parvedad de materia.
Cuando no se
intenta directamente satisfacer la lujuria:
es pecado grave,
si voluntariamente y sin justo motivo se hace lo que influye notablemente a
excitar la lujuria, por ejemplo: leer libros del todo obscenos, etc.
es pecado leve,
si influye levemente; por ejemplo; ver figuras ligeramente obscenas, etc.
Pensar
voluntariamente cosas deshonestas para deleitarse en ellas, aun cuando no se
intente realizarlas, es pecado mortal.
Para que el mal
pensamiento sea pecado mortal es necesario que uno se dé cuenta claramente que
el pensamiento es malo y que, a pesar de esto, quiera seguir pensándolo
voluntariamente para recrearse en él.
No hay pecado,
si al darse un cuenta que el pensamiento es malo, lo procura apartar.
Ni es pecado
sentir inclinación a cosas malas, con tal que no se consienta y no se
fomente esta inclinación.
Aun los santos
fueron muy tentados con malos pensamientos y malas inclinaciones; y esas
luchas, lejos de menoscabar su pureza, la volvieron más hermosa y meritoria.
Estas pasiones o
inclinaciones son un efecto del pecado original.
El pecado, pues,
está, no en sentir la mala inclinación, sino en consentirla; esto es, en
dejarse llevar por ella, haciendo lo que Dios ha prohibido.
La virtud y el
mérito consisten precisamente en que, a pesar de sentir la mala inclinación,
uno resista a ella y no se deje llevar por los instintos perversos.
Debemos ser
castos en el cuerpo y en el alma, y tener gran respeto a la propia persona y a
la del prójimo, por ser templo donde Dios habita con su presencia y su gracia.
Es posible vivir
castamente: Dios lo manda; El no puede
mandar lo imposible.
La castidad no
es contraria, sino muy favorable a la salud.
causa muchas
enfermedades y aun la muerte;
es pecado
abominable ante Dios y los hombres;
endurece el
corazón y embrutece al hombre;
le hace perder
la fe;
acarrea
terribles castigos en esta vida y en la otra;
es el pecado
que hace condenar más almas; es el Goliat de los vicios.
Quien venza la
lujuria, fácilmente vencerá todos los demás vicios.
La ociosidad,
la cual, según dice el Espíritu Santo, ha enseñado mucha malicia.
Las malas
compañías: Dime con quién andas y te diré quién eres, dice el refrán.
Las malas
lecturas pervierten la inteligencia y corrompen el corazón.
Conviene mucho
no leer novelas de ninguna clase, ni aun las buenas, pues quien empieza a leer
novelas no encuentra después gusto en otra clase de libros.
El menor mal que
causa la lectura de novelas es hacer perder el tiempo.
Los bailes: generalmente
son incentivos de la impureza; el diablo suele presidirlos.
El ir a bailes
será o no será pecado según sean los bailes y el peligro para el que va a
ellos.
Cinematógrafos
y representaciones teatrales. Es
necesario averiguar bien lo que se va a representar, y no se debe ir si hay
peligro para la moralidad.
Cuanto menos se
frecuenten los bailes, cinematógrafos y teatros, menos remordimientos se
tendrán en la hora de la muerte.
La
intemperancia en el comer y sobre todo en el beber.
Excederse en el
vino y tener castidad es cosa imposible.
La ocasión
próxima voluntaria, porque “el que ama el peligro perecerá en él”, dice el
Señor.
MEDIOS PARA GUARDAR LA
CASTIDAD
1º En cuanto asome la tentación, rechazarla con una
fervorosa jaculatoria, diciendo:
¡Dios mío, os
amo más que a todas las cosas!
¡Virgen
Santísima, madre mía, amparadme!
Antes morir que
pecar.
2º El recuerdo de
Jesús Crucificado.
3º La frecuencia
de los Santos Sacramentos.
4º La devoción a
la Santísima Virgen, que es la madre de la pureza.
5º Sobre todo huir de los peligros: sola fuga
remédium: en esta clase de tentaciones sólo vence el que huye.
6º Jamás será
casto quien no guarda los sentidos, especialmente los ojos.
7º acordarse de la
muerte, juicio, infierno y gloria.
Toda la hermosura de los cuerpos
se ha de cambiar muy pronto, con la muerte, en un montón de huesos, polvo y
ceniza.
Por un vil placer que dura un
momento, se pierde el cielo y se merece
una eternidad de penas.
Los placeres ilícitos nada valen,
duran poco y sólo dejan pena y amargura en el corazón.
En el cielo gozaremos delicias
infinitas, purísimas y dulcísimos, que jamás se han de acabar.
¡Al cielo, pues, nuestros
pensamientos, al cielo nuestro corazón!
El séptimo
mandamiento es: No hurtar.
Prohibe dañar injustamente
al prójimo en sus bienes.
Modos de dañar
injustamente al prójimo en sus bienes:
Quitar o retener lo ajeno contra la voluntad de su dueño.
No pagar las
deudas, pudiendo.
Promover pleitos
inútiles o injustos.
No trabajar los
empleados y obreros el tiempo debido.
Pagar los
patrones menos de lo justo, explotando a los trabajadores.
Perjudicar
propiedades ajenas.
Herir o matar
animales del prójimo.
Dejar que se
echen a perder las cosas encomendadas.
Recibir,
esconder o comprar una cosa hurtada.
Cometer fraudes
y usuras ilícitas.
El fraude se
comete:
engañando al
prójimo en el comercio
con pesos,
medidas o monedas falsas, y
con mercancías
averiadas;
falsificando
escrituras y documentos;
haciendo
trampas en las compras y
ventas o en cualquier otro contrato, negándose uno a dar
lo justo o convenido.
La usura
se comete cuando se exige sin legítimo título, un interés ilícito por alguna
cantidad prestada, abusando de la necesidad o ignorancia del que recibe el
dinero prestado.
Hurto es
tomar ocultamente los bienes ajenos.
Rapiña es
tomar los bienes ajenos con violencia y manifiestamente.
NECESIDAD EXTREMA Y JUSTA
COMPENSACIÓN
Excusan del
pecado de hurto la necesidad extrema o casi extrema, y la justa
compensación.
Necesidad
extrema o casi extrema es cuando hay un peligro próximo y cierto de la vida
o de otro mal muy grave.
En este caso, si
no hay otro medio para remediar la necesidad, se puede tomar sólo lo
estrictamente necesario para librarse del peligro.
Para la justa
compensación es necesario que la deuda sea cierta, que no se tome más de lo
que se adeuda, y que no se tenga otro medio para cobrar sin grave
inconveniente.
Para evitar el
peligro de equivocarse, conviene no usar de la justa compensación, sino después
de haberse aconsejado con el confesor.
En los dos casos
citados no se toma lo ajeno, sino lo propio; pues en caso de extrema necesidad
todas las cosas son comunes; y en el de justa compensación, uno toma lo suyo.
No se considera
hurto comer un poco de fruta en campo ajeno, con tal que no se lleve.
Tampoco se
considera hurto, generalmente, el ir a buscar leña en bosques ajenos, con tal
que no se echen a perder los árboles.
El hurtar es
pecado grave o leve según el valor de la cosa hurtada y el daño que se haya
causado.
Es pecado
grave cuando se roba alguna cosa de importancia o se perjudica gravemente al
prójimo.
Se puede
perjudicar gravemente al prójimo, aun quitándole cosas de poco valor.
Es materia
relativamente grave el robar a uno lo que gana ordinariamente en un día.
En los hurtos
que los hijos, que viven en familia, hacen a sus padres, se requiere doble
cantidad para llegar a mortal.
Al llegar a
cierta cantidad de importancia es siempre pecado mortal, aunque se robe al
Estado o a personas muy ricas.
San Alfonso de
Ligorio fijaba dicha cantidad hasta 15 francos; pero en aquellos tiempos la
moneda tenía un valor superior al de ahora.
Los hurtos
pequeños son pecado grave:
1º Cuando se tiene intención de llegar a una
cantidad de importancia.
2º Aun sin esta
intención, si sumados en el espacio de dos meses constituyen una cantidad de
importancia, el hurto pequeño que llega a constituirla es pecado grave.
3º Cuando hay
conspiración, esto es, cuando varios de común acuerdo se unen para robar o
dañar al prójimo en algo de importancia.
El que
ha robado o dañado al prójimo en sus bienes, si puede,
debe restituir y resarcir los perjuicios causados.
La restitución
debe hacerse al dueño o a sus herederos: si esto no es posible, la restitución
debe hacerse a los pobres o a una obra pía, para lo cual conviene consultar al
confesor.
Cuando la
restitución es de cosa de poco valor, puede hacerse a los pobres o a una obra
pía, si hacerla al mismo dueño, aunque se sepa quién es, ofrece algún
inconveniente.
La restitución
puede y casi siempre debe hacerse secretamente; puede uno valerse de otra
persona de confianza.
El que encuentra
una cosa de algún valor debe hacer la debida averiguación para encontrar al
dueño y entregársela; si no lo encuentra, puede guardársela.
OBSERVACIONES OPORTUNAS
PARA GUARDAR EL 7º MANDAMIENTO
El séptimo
mandamiento nos ordena:
dar a cada uno
lo suyo y respetar lo ajeno;
no tener amor
desordenado a los bienes temporales;
evitar la
ociosidad, la gula y todo lo que conduce al robo;
hacer buen uso
de los bienes que el Señor nos ha concedido, facilitando trabajo, asistencia y
limosna a los pobres.
La honradez es
base del bienestar social.
Los
calificativos de ladrón, tramposo, etc. son deshonrosos.
Debemos procurar
portarnos de tal manera que nunca nuestra conciencia nos pueda reprochar.
Los ladrones son
castigados por las leyes divinas y humanas; si escapan de los castigos de los
hombres, no escaparán de los castigos de Dios.
El octavo
mandamiento es: No levantar falso testimonio.
Prohibe quitar
injustamente la buena fama del prójimo, y la mentira.
Nos ordena decir
siempre la verdad, pensar y hablar bien del prójimo.
Se quita injustamente la buena fama del prójimo con la detracción,
calumnia, sospecha y juicios temerarios.
Este mandamiento
prohibe especialmente atestiguar lo falso en juicio.
Detracción o
murmuración es decir, sin justo motivo, las faltas ocultas del prójimo
ausente.
Para conocer la
gravedad del pecado de la murmuración se debe atender más al mayor o menor daño
que pueda ocasionar, que la falta de que se murmura.
La malicia de la
murmuración está en hacer perder la buena fama al que tiene derecho a ella.
Las causas por
las cuales es lícito decir las faltas secretas del prójimo, aun cuando éste
pierda la buena estimación, son:
1º Notable utilidad propia, para pedir consejo,
favor u obtener consuelo.
2º Utilidad del mismo delincuente, para su
instrucción y corrección.
3º Utilidad
pública, para evitar los males que puedan sobrevenir a la sociedad.
4º Utilidad
notable de los particulares para librarlos de ciertos peligros e
inconvenientes.
Conviene conocer
a los tramposos, ladrones, a los enemigos de pagar las deudas, y en general a
todos aquellos individuos cuyo trato pueda ofrecer peligros morales o
materiales.
No es murmurar
el enterarse con prudencia de la conducta de una persona o familia, antes de
admitirla como amistad especial, o darle entrada en casa.
No es murmurar
el hablar de una falta que es pública o casi pública, especialmente cuando ha
sido publicada por los diarios o ha mediado sentencia del juez.
No se puede
revelar lo que en otro tiempo fue pública, pero que al presente no lo es,
porque el tiempo ya lo hizo olvidar, especialmente si la persona aludida se
enmendó.
No se pueden
descubrir las faltas secretas de los que han fallecido.
El que induce a
murmurar, peca contra la justicia.
El que oye con
gusto la murmuración, sin haber sido causa de ella, peca contra la caridad.
No peca si se
goza, no de la detracción misma, sino de oír una cosa nueva o curiosa.
El superior peca
contra la caridad, si, pudiendo, no impide la murmuración.
El que no es
superior y puede impedir fácilmente la murmuración, peca levemente si no lo
hace.
Se excusa de
pecado, si no la impide por temor de que la corrección no aprovechará.
Calumnia es decir de otro una falta, sabiendo que no la
tiene.
Nunca es lícito
calumniar.
Contumelia es
la injusta lesión hecha al honor del que está presente y se da cuenta de ello.
Juicio
temerario es cuando con firme asentimiento de la mente se
atribuye al prójimo una falta, sin justos motivos.
Sospecha es inclinarse a pensar mal, pero creyendo que
tal vez el prójimo es inocente.
Duda es suspender el juicio sobre la bondad o maldad del prójimo.
El juicio temerario plenamente advertido sobre
cosa grave es pecado mortal.
No hay pecado,
si al advertir que el juicio es temerario, se procura desecharlo.
La sospecha y
duda temerarias son sólo pecados veniales por lo regular.
Debemos echar
siempre a buena parte, en cuanto sea posible, todo lo que hace nuestro prójimo.
Juzguemos a los
demás como nosotros deseamos ser juzgados.
Secreto es aquello que por su naturaleza o
por especial contrato, debe conservarse oculto.
El secreto puede
ser natural, prometido y confiado.
En ciertos casos
podrá ser lícito y aun obligatorio el revelar el secreto natural y
prometido.
El secreto
confiado a un médico, abogado, etc., por razón de su oficio, no puede ser
revelado a nadie, ni aun al juez que lo pregunte.
El que abre o
lee cartas de otro, sin licencia a lo menos tácita o presunta de aquél que las
ha escrito o a quien van dirigidas, comete culpa grave.
No es culpa
grave:
1º si se sabe o
presume que contiene cosas de poca importancia;
2º si se hace
con justa causa, para evitar un mal público o privado, con tal que abra o lea
cartas el que tenga derecho a hacerlo, y no lea más que lo necesario para
conseguir este fin;
3º si las cartas
se abren por alguna ligereza o inadvertencia.
Mentira es manifestar con palabras o
hechos lo contrario de lo que se piensa, con intención de engañar.
La mentira puede ser dañosa,
oficiosa y jocosa.
Dañosa es la que causa daño injusto.
Oficiosa es la que se dice en utilidad propia o ajena
Jocosa es
la que se dice por sola diversión.
La mentira
dañosa es pecado grave o leve según sea el daño que causa.
La mentira
oficiosa y jocosa son pecados veniales.
No es mentira
jocosa, y, por consiguiente, no es pecado, cuando los que oyen ya saben que
aquello se dice sólo por diversión, sin ninguna intención de engañar.
Toda mentira es
pecado, porque es contraria a la verdad, y,
por tanto, contraria a Dios que es la misma verdad.
Como hijos de
Dios hemos de amar la verdad.
Jesús dijo que el
demonio es el padre de la mentira.
La mentira es
siempre una vileza, una cobardía.
Nunca, pues, es
lícito mentir, ni aun para evitar la muerte o cualquier otro mal propio o
ajeno.
Algunas veces no
se puede decir claramente todo lo que se sabe y se debe recurrir a lo que se
llama
La
restricción mental consiste en un acto del entendimiento que da a
las palabras un sentido distinto del obvio y natural.
Para que sea
lícito es necesario:
1º no ser
puramente mental, sino que el sentido de las palabras pueda colegirse por lar
circunstancias adjuntas;
2º que el que
pregunta no tenga derecho a que se le diga la verdad con toda claridad;
3º que el
decirla produjera inconvenientes.
En algún caso
muy grave aun sería lícito jurar con esta restricción mental.
Hacer la
restricción mental en las condiciones indicadas no es mentir, sino ocultar la
verdad.
La caridad,
prudencia y deber inherente al oficio exigen muchas veces el ocultar la verdad.
Al que pide
dinero prestado, se le puede contestar; No tengo; pensando: No tengo
para prestar.
Al que pregunta
por un asunto que nada le importa, y el darle cuenta produciría algún
inconveniente, se le puede contestar: No sé nada; pensando: No sé
nada para contarlo.
Hipocresía es aparentar virtud o piedad
con el fin de engañar.
El que promete a
otro alguna cosa, debe hacer todo lo posible para cumplir lo que ha prometido.
El que ha
faltado al octavo mandamiento debe, si puede, reparar los daños causados.
El que ha
calumniado debe retractarse.
El que ha
descubierto sin necesidad las faltas del prójimo, debe excusarlo cuanto pueda y
recomendar sus buenas cualidades.
El décimo
mandamiento es: No codiciar los bienes ajenos.
Prohibe todo deseo
injusto de los bienes ajenos.
El séptimo mandamiento prohibe toda injusticia externa, y el décimo prohibe
toda injusticia interna.
Dios es quien da
todos los bienes de fortuna, naturaleza y gracia, y todo lo dispone con
sabiduría y bondad infinitas, par bien de los que le aman.
Nosotros sólo
debemos procurar amar a Dios y hacer su divina voluntad.
Si Dios nos
quiere pobre, no hemos de querer ser ricos.
Si Dios nos da
riquezas, empleémoslas, no en satisfacer caprichos, sino en hacer el bien.
Jesucristo quiso
ser pobre y nacer de madre pobre, y aun llamó espinas a las riquezas.
Los pobres se
salvan más fácilmente que los ricos.
Dijo Jesucristo:
Más fácil cosa es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar el rico
en el reino de Dios. (S. Marcos, X, 25).
Por tanto, los
pobres, en vez de quejarse, deben dar gracias a Dios por haberlos librado de
los peligros de condenación eterna que van anexos a las riquezas.
Los ricos deben conjurar
estos peligros, haciendo limosna y todo el bien que puedan a los pobres, porque
Jesucristo ha dicho: “Lo que hiciereis a uno de los pobres, a Mí lo hacéis”.
La vida presente
es brevísima; pasará como una sombra fugaz.
Las verdaderas
riquezas son las obras buenas.
Más vale el
premio eterno que Dios nos dará por un solo Padre nuestro bien rezado, que todo
el oro del mundo.
¡Oh hombres! Si
conocierais el valor de las obras buenas, todo vuestro empeño fuera
enriqueceros de ellas.
Confiemos en
Dios: pongamos en sus manos todo nuestro porvenir y recordemos a menudo lo que
dijo N. S. Jesucristo: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia y todas
las demás cosas se os darán por añadidura”.
¡Cuán hermoso
fuera que todos los hombres conocieran y practicaran la ley de Dios!
El mundo sería
un cielo anticipado: no habría asesinos, ladrones, borrachos; los pobres serían
socorridos abundantemente; no habría tantas enfermedades; podríamos vivir
tranquilos sin temor de que nadie nos dañara injustamente.
Nosotros no
podemos hacer que todos los hombres conozcan y cumplan la ley de Dios.
Pero podemos
contribuir a que la conozcan y practiquen algunas personas de nuestras
relaciones, y sobre todo, Podemos y debemos conocerla y practicarla nosotros
mismos.
Esto es lo que
más nos interesa, pues así seremos miembros sanos de la sociedad, agradaremos a
Dios y conseguiremos la eterna felicidad.
Los preceptos
de la Iglesia son cinco:
El primero, oír Misa
entera todos los Domigos y fiestas de guardar.
El segundo, ayunar
en la Cuaresma, cuatro Témporas y vigilas señaladas.
El tercero, confesar
a lo menos una vez al año.
El cuarto, comulgar
a lo menos por Pascua.
El quinto, contribuir
con limosnas al sostenimiento del culto divino.
Estos preceptos son para guardar mejor los divinos mandamientos.
Quien quebranta
los preceptos de la Iglesia en materia grave, comete pecado mortal.
El primer precepto es: Oír Misa entera todos los Domingos y fiestas de
guardar.
Obliga a todo
cristiano que tiene uso de razón.
La Santa Iglesia
desea que en los días festivos se oiga, en cuanto sea posible, la Misa
parroquial:
1º Para que los
que pertenecen a la misma parroquia se unan a rogar juntos con el Párroco que
es su cabeza.
2º Para que los
feligreses participen con más especialidad del Santo Sacrifico, que se aplica
por ellos.
3º Para que
oigan las verdades del Evangelio que los párrocos tienen obligación de exponer
en la Santa Misa.
4º Para que
tengan conocimiento de las prescripciones y avisos que en dicha Misa se
publican.
Según la ley general de la
Iglesia son:
Todos los Domingos. – Enero 1, Circuncisión. – En. 6, Epifanía –
Marzo 19, San José. – Movibles: Ascensión y Corpus Christi. –
Junio 29, SS. Pedro y Pablo. – Agosto 15, Asunción. – Noviembre
1, Todos los Santos. – Diciembre 8, La Inmaculada. – Dic. 25, Navidad.
Sólo en estos días aquí indicados hay
obligación de oír Misa y de abstenerse de trabajar; aunque es muy laudable el
oír Misa siempre que se pueda.
El segundo
precepto es: Ayunar en la Cuaresma, cuatro Témporas y vigilas señaladas: no
comer carne en los días prohibidos.
Por qué los manda la
Santa Iglesia.
La Santa Iglesia manda las abstinencias y ayunos para satisfacer a Dios por
nuestros pecados y mitigar las pasiones.
El ayuno y la
oración son dos cosas muy gratas a Dios y muy recomendadas en las Sagradas
Escrituras.
El ayuno sirve
para disponernos mejor a la oración, para hacer penitencia de los pecados
cometidos, y para preservarnos de cometer otros nuevos.
La Cuaresma se
instituyó para imitar en alguna manera el riguroso ayuno de cuarenta días que
Jesucristo hizo en el desierto, y para prepararnos por medio de la penitencia a
celebrar santamente la Pascua.
El ayuno de las
cuatro Témporas se ordenó:
1º Para
consagrar todas las estaciones del año con la penitencia de algunos días.
2º Para pedir a
Dios la conservación de los frutos de la tierra y darle gracias por los frutos
ya recibidos.
3º Para rogarle
dé a su Iglesia buenos ministros, cuya ordenación se hace los sábados de las
cuatro Témporas.
El ayuno de las
vigilias se ha instituido para prepararnos a celebrar santamente las fiestas
principales.
La abstinencia
del viernes es en honor de la Pasión de N. S. Jesucristo.
La ley de la abstinencia manda abstenerse de carne y del caldo de carne.
No están
prohibidos los huevos, lacticinios, ni cualquier otro condimento aún de grasa
de animales.
Obliga bajo culpa
grave a todos los que han cumplido siete años.
Excusan de la
abstinencia la enfermedad, la pobreza, u otra dificultad grave.
La ley del ayuno
prescribe que se haga una sola comida al día.
Esta comida generalmente se hace al mediodía.
En ella se puede
tomar todo el alimento que se quiera; si no es día de abstinencia, se puede
comer carne.
Además de esta
comida, se puede tomar:
Por la mañana un
ligero desayuno, que se llama parvedad.
y por
la noche una cena reducida, llamada colación.
En cuanto a la
cantidad y calidad de los manjares para la parvedad y colación se
debe observar la costumbre aprobada de cada región.
Por la
mañana se puede tomar té, café, chocolate, pan, etc.; por
Indulto Pontificio, leche y queso, teniendo en cuenta la ley de la parvedad: la
carne y los huevos no son permitidos.
La cantidad de
alimento no debe exceder de 60 gramos, sin contar el agua.
Por la noche se
puede tomar cualquier alimento, menos la carne y el caldo de carne.
La cantidad debe
ser mucho menor que en la comida ordinaria.
Deben tenerse en cuenta las condiciones de las personas; pues lo que para
unos puede ser una comida, para otros sería sólo una pequeña e insuficiente
refección.
Cada uno puede
tomar la cantidad de alimento que juzgue necesaria para poder desempeñar
convenientemente su oficio.
Los teólogos
dicen que todos pueden tomar hasta 240 gramos de alimento, sin contar el agua.
No obstante, en
ciertos alimentos no se puede prescindir de contar en algo el agua: 240 gramos
de pan, arroz, etc., cocidos en agua, resultarían una gran cantidad de
alimento.
En cualquiera
hora del día se puede tomar té, café, u otras bebidas, aunque contengan un poco
de azúcar; pero no se puede tomar leche, porque ésta se considera como alimento
nutritivo.
El comer, sin
necesidad, alguna cosa insignificante, fuera del tiempo en que se permite tomar
alimento, es sólo falta leve.
No está
prohibido promiscuar, esto es, comer carne y pescado en la misma comida.
Es lícito
permutar, esto es, tomar al mediodía la colación de la noche, y por la noche la
comida del mediodía.
Cesa toda ley de
ayuno y de abstinencia en todos los domingos del año y fiestas de precepto;
pero no cesa si la fiesta ocurre en tiempo de Cuaresma.
Cesa lo mismo
después del mediodía del Sábado Santo.
No se anticipan
las vigilias; si una vigilia cae en Domingo u otro día festivo, el ayuno o
abstinencia quedan suprimidos.
Están
obligados al ayuno todos los fieles desde los veintiún años cumplidos hasta los
sesenta empezados.
Nadie debe dispensarse, sin razón suficiente, de la ley de la abstinencia y
ayuno.
Quien no ayuna
sin justa causa, comete pecado mortal.
Excusan del ayuno, la enfermedad, el trabajo pesado, la pobreza que impide
tener una alimentación substanciosa, u otra dificultad grave.
La Iglesia, como
buena madre, no intenta obligar a quien el ayunar o abstenerse de comer carne
le causase un grave inconveniente.
En caso de duda
conviene consultar al confesor.
No es, pues, el
ayuno una cosa tan difícil.
Está probado que
el ayuno, en las condiciones con que lo prescribe la Santa Iglesia, contribuye
mucho a la conservación de la salud.
Según la ley general
de la Iglesia.
Abstinencia sola, sin ayuno: Todos los viernes del año.
1º Miércoles de
Ceniza, todos los viernes y sábados de cuaresma.
2º Miércoles,
viernes y sábados de las cuatro témporas.
3º Vigilias de
Pentecostés, Asunción de Nuestra Señora, Todos los Santos y Navidad.
Ayuno solo,
sin abstinencia: Todos los demás días de cuaresma, a excepción de los
Domingos.
La Santa Iglesia
aplica la ley de los ayunos y abstinencias en cada país según las
circunstancias y condiciones especiales de sus habitantes.
Por esta razón,
cuando un buen católico va a otra nación, se procura enterar en qué forma se
practica allí dicha ley.
DIAS DE AYUNO Y ABSTINENCIA
EN LA AMERICA LATINA
En virtud del
Indulto Pontificio son de obligación solamente:
Abstinencia
sola, sin ayuno. Las cuatro
Vigilias: 1ª de Navidad; 2ª de Pentecostés; 3ª de los Stos. Apóstoles Pedro y
Pablo; 4ª de la Asunción.
Abstinencia
con ayuno. Miércoles de Ceniza y
todos los viernes de Cuaresma.
Ayuno solo,
sin abstinencia. Todos los demás
Miércoles de Cuaresma, el Jueves Santo y el Viernes de Témporas en el Adviento.
Nota: Este
Indulto ha sido concedido para los fieles de la América Latina e Islas
Filipinas.
Son: Confesar a lo
menos una vez al año, y comulgar a lo menos por Pascua.
La obligación de comulgar a lo menos por Pascua, se llama Precepto
Pascual.
Todo cristiano que
ha llegado al uso de razón está obligado a cumplirlo.
Puede cumplirse
en cualquier Iglesia, pero se aconseja que la Comunión Pascual se reciba en la
Iglesia Parroquial propia.
Los que han
cumplido el precepto pascual en parroquia ajena, procuren hacerlo saber al
propio párroco.
TIEMPO HABIL PARA CUMPLIR
CON EL PRECEPTO PASCUAL
Según la ley
general de la Iglesia es: desde el Domingo de Ramos hasta el primer Domingo
después de Pascua.
En América
Latina: desde Septuagésima hasta el 29 de Junio.
Los que no cumplen
con el Precepto Pascual pecan mortalmente.
Este precepto es
de tanta importancia, que ni aun los enfermos se excusan de cumplirlo.
Cuando los
enfermos están imposibilitados para ir a la Iglesia, deben recibir la Comunión
Pascual en su domicilio, aunque la enfermedad no sea grave.
Quien no ha
cumplido con el Precepto Pascual en el tiempo debido, debe cumplirlo
cuanto antes.
Las palabras a
lo menos una vez al año indican que es mejor confesar y comulgar a menudo.
También hay obligación
de confesar y comulgar si hubiese peligro de muerte.
El quinto precepto
es: Contribuir con limosnas al sostenimiento del culto divino.
Todos los bienes los hemos recibido de Dios.
Es, pues, muy
justo contribuir al decoro y esplendor del culto divino, ofreciendo para ello
parte de los mismos bienes que Dios nos ha dado.
Este sacrificio
de los bienes que se hace en honor de Dios, es una señal de agradecimiento y
también de reconocimiento del supremo dominio que el Señor tiene sobre nosotros
y sobre nuestras cosas.
Los sacerdotes
han hecho grandes sacrificios para instruirse suficientemente: deben estar
siempre dispuestos para administrar los Santos Sacramentos; deben instruir a
los fieles y guiarlos siempre por el camino que conduce a la eterna
bienaventuranza.
Además, los
sacerdotes, que son los ministros de Jesucristo, deben, por voluntad del mismo
Dios, dedicarse exclusivamente al culto divino y procurar el bien de las almas
Los fieles deben, pues, proveer a
su mantenimiento. San Pablo dice: “El
que sirve al altar, vive del altar”.
En muchas partes no se cuenta con
otras entradas, para los gastos que exige el sostenimiento del culto divino,
que las limosnas de los fieles y los derechos establecidos en lo relativo a
misas, funerales, bautizos y matrimonios.
Tales derechos no son paga de la
Misa, bautizo o matrimonio, sino una limosna para el sostenimiento del culto
divino.
Por consiguiente, los que pueden,
tienen obligación de pagar estos derechos.
Sin embargo, a los que son pobres,
y por lo mismo imposibilitados para pagarlos, se les hace todo sin abonar nada,
en especial, los bautizos y matrimonios.
Se debe, además, contribuir con
otras limosnas, cada uno según sus medios, a costear los gastos que ocasione el
culto divino, especialmente el de la Iglesia parroquial.
ACCIÓN CATÓLICA PARA LOS SEGLARES
Acción Católica es la cooperación de los seglares al ministerio apostólico para la
salvación de las almas.
La autoridad
eclesiástica dicta las normas que se deben seguir.
La Acción Católica consiste
en amar a Dios y hacer lo posible para que los demás también le amen, a lo cual
todos estamos obligados.
Las fuerzas unidas tienen mucha
más eficacia que separadas; por esta razón, donde esté establecida oficialmente
la Acción Católica, deben inscribirse en ella todos los que sienten en
su corazón un poco de amor a Dios.
Los modos de efectuar la Acción
Católica son: Oración, buen ejemplo y buenos consejos.
LOS DEBERES PARTICULARES DEL PROPIO ESTADO
Y LOS CONSEJOS EVANGÉLICOS
Deberes del propio estado son aquellas obligaciones particulares que tiene cada uno por razón del
estado, condición y oficio en que se halla.
Estos deberes se derivan de los
divinos mandamientos.
Consejos Evangélicos son
algunos medios propuestos por Jesucristo en el santo Evangelio, para llegar a
la perfección cristiana.
Los consejos evangélicos
principales son tres: pobreza voluntaria, castidad perpetua y obediencia en
todo lo que no fuere pecado.
Los que profesan en una Orden o
Congregación religiosa, hacen voto de guardar estos tres consejos evangélicos.
Los consejos evangélicos nos
ayudan a quitar del corazón el amor a las riquezas, placeres y honores.
Por consiguiente, nos facilitan,
la guarda de los mandamientos y nos aseguran mejor la eterna salvación.
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Los sacramentos son signos
sensibles, instituidos por Jesucristo para darnos la gracia.
Los sacramentos, por medio de
cosas sensibles, significan y producen la gracia divina en nuestras almas.
Por ejemplo: en el bautismo el
agua lava el cuerpo; esto significa la limpieza de toda mancha de pecado que al
mismo tiempo la gracia divina produce en el alma.
Los sacramentos son siete:
El cuarto, Eucaristía o Comunión.
Con los siete sacramentos,
Dios provee a la vida espiritual por el mismo orden con que provee a la vida
natural.
Para la vida natural son
necesarias siete cosas, a saber: nacer, crecer, alimentarse, recobrar la salud
perdida, reparar las fuerzas consumidas por la enfermedad, superiores que
gobiernen y padres que conserven el género humano.
Así, para la vida espiritual:
por el Bautismo se nace;
la Confirmación hace crecer y
fortifica;
la Penitencia cura las
enfermedades espirituales;
la Eucaristía alimenta;
la extremaunción quita las
reliquias de los pecados;
el Orden perpetúa la sucesión de
los ministros de la Iglesia;
y el Matrimonio proporciona hijos
espirituales.
Los Sacramentos más necesarios son
el Bautismo y la Penitencia.
El Bautismo (de hecho o a lo menos
de deseo) es necesario a todos.
La Penitencia (de hecho o de
deseo) es necesaria a todos los que han cometido pecado mortal después del
Bautismo.
Por la dignidad, el más grande de
los sacramentos es el de la Eucaristía, porque contiene al mismo Señor
Jesucristo, autor de la gracia y de los sacramentos.
Para un sacramento se requieren materia,
forma y ministro que tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia.
Materia es la cosa sensible que se emplea para el sacramento, como el agua en el
Bautismo.
Forma son las palabras que se profieren
para hacer el sacramento.
Ministro es la persona que
hace o confiere el sacramento.
El hombre no puede por sus propias
fuerzas hacer lo necesario para salvarse, sino que necesita de la divina
gracia.
La gracia es un don
sobrenatural y gratuito que Dios infunde en nuestras almas, por los méritos de
Jesucristo, para conseguir la vida eterna.
La gracia es actual o auxiliante,
santificante o sacramental.
La gracia actual es cierto auxilio y disposición con que Dios nos prepara para
recibir o aumentar la gracia santificante.
Dios concede a todos los hombres
la gracia suficiente para salvarse.
El que no se salva, es porque ha resistido
a la gracia.
La gracia no obliga a la voluntad;
sólo la ayuda a obrar el bien, dejándola en completa libertad.
Debemos, pues, cooperar a la
gracia y no resistir a ella.
GRACIA SANTIFICANTE Y SACRAMENTAL
Los sacramentos dan la gracia santificante
y la gracia sacramental.
La gracia santificante es un don
sobrenatural que nos hace justos, hijos adoptivos de Dios y herederos de la
gloria.
Más brevemente se
puede decir que la gracia santificante es la amistad con Dios.
Nada hay más precioso
que la gracia santificante.
Tener la gracia santificante es
tener al mismo Dios por amigo y padre, y estar unidos con El.
Tiene la gracia santificante el que no tiene pecado mortal
ni el original.
El pecado mortal y el original
impiden tener la gracia santificante.
El pecado venial no impide
tenerla.
En el Bautismo recibimos por
primera vez la gracia santificante.
La gracia santificante se pierde cometiendo un pecado
mortal.
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