Obispo de Veszoprém
(Hungría)
EUCARISTÍA
I.
Dogma de
II.
Cristo por nosotros
III.
Cristo en nosotros
IV.
Cristo entre nosotros
Resumen
adaptado por
Alberto Zuñiga Croxatto
Lima, Junio 2003
Este libro fue traducido del original húngaro por
el M.I. Sr. Dr. D. Antonio Sancho, Magistral de Mallorca
“ÉSTE ES
MI CUERPO” - “ÉSTA ES MI SANGRE
LAS DIFERENTES PARTES
DE LA SANTA MISA (I)
LAS PARTES DE LA
SANTA MISA (II)
LAS PARTES DE LA
SANTA MISA (III)
LOS EFECTOS DE LA SAGRADA
COMUNION: FUERZA Y ALEGRÍA
LOS EFECTOS DE LA
SAGRADA COMUNIÓN: VALENTÍA, SERENIDAD, HERMOSURA
ADOREMOS A
JESÚS SACRAMENTADO (I)
ADOREMOS A
JESÚS SACRAMENTADO (II)
EL SANTÍSIMO
SACRAMENTO ES EL VÍNCULO DE AMOR QUE NOS UNE CON DIOS
NOTA DEL EDITOR
Ofrecemos a los lectores
un resumen adaptado de esta preciosa obra sobre
A modo de
actualización y enriquecimiento, se han intercalado a lo largo del libro
y en relación con el tema tratado, retazos de
En la conclusión
el Papa Juan Pablo II nos transmite una experiencia personal: «Desde hace
más de medio siglo, cada día, a partir de aquel 2 de noviembre de
1946, en que celebré mi primera misa, (...) mi fe ha podido reconocer en
el pan y en el vino consagrados al divino Caminante que un día se puso
al lado de los dos discípulos de Emaús para abrirles los ojos a
la luz y el corazón a la esperanza».
«Despertar este
asombro eucarístico» en el alma es lo que produce la lectura de
este libro de Tihámer Tóth. Hagán la prueba y lo
comprobarán.
HOMENAJE
A
Tened en vosotros los mismos
sentimientos que Cristo Jesús, quien teniendo la misma naturaleza de
Dios, no reputó como trofeo el ser igual a Dios, sino que se
anonadó a sí mismo, tomando la naturaleza de siervo,
haciéndose semejante a los hombres. Y reducido a la condición de
hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta
la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios le ensalzó sobre todas las
cosas, y le dio un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús
toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los infiernos; y toda
lengua proclame que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.
(Carta
a los Filipenses 2, 5-11)
En una de las salas del Vaticano, en
El cuadro, pintado hace más de
cuatrocientos años, acusa ya el paso del tiempo, pues aparecen algo
pálidos los rostros de algunos ángeles y santos. Mas la fe viva y
ardorosa que allí se representa no ha palidecido en
Pero
Y cada dos años
La luz de la lamparita que parpadea al
lado del Sagrario está indicando que Cristo mora oculto en medio de
nosotros, que su corazón divino no cesa de latir por nosotros.
En esta pequeña Hostia
está presente Jesucristo, como declara el Concilio de Trento,
“verdadera, real y substancialmente”.
“Verdaderamente”.
No como un símbolo. No es como, por ejemplo, la fotografía de tu
madre que con tanto cariño acostumbras a mirar. Porque la
fotografía no es más que una imagen, y no tu misma madre. Mas
Cristo está presente de veras en el Santísimo Sacramento,
presente con su cuerpo y su sangre, con su alma y su divinidad; está
presente todo Cristo.
“Realmente”. No es una fantasía
ni un sueño, algo así como cuando una madre ve en sueños a
su hijo que no hace mucho falleció, y se pone a conversar con él.
No. Nosotros no nos dejamos llevar de la imaginación; Cristo está
en verdad realmente presente.
“Substancialmente”. No está
presente tan sólo su virtud o su gracia, como en los demás
Sacramentos, sino corporalmente el mismo Cristo, así como estuvo
presente en el pesebre de Belén, tal como pendía del árbol
de la cruz y está ahora sentado a la diestra del Padre.
En la pequeña y blanca Hostia del
Santísimo Sacramento está presente todo el inmenso amor del
Corazón de Jesús, el mismo Cristo viviente. Y si esto es
realmente así, ¿quién se atreverá a tildar de exagerado
cualquier homenaje de fe y amor que tributemos a
La suntuosidad y la magnificencia, los vestidos de
gala, los desfiles, las recepciones y los vítores con que el pueblo
tributa en algunas ocasiones a algunos personajes señalados, ¿no
son manifestaciones exteriores del respeto y amor que se les tiene? Si nadie se
extraña de ello, sino que se considera natural, tampoco es lícito
escandalizarse del entusiasmo y amor, del fausto y del brillo con que los
creyentes saludan de vez en cuando a
Si el Hijo de Dios en su vida terrena aceptó
voluntariamente, por amor a nosotros, la humillación y la pobreza, no
hay que deducir de esto que debamos mantenerle humillado por siempre. Cristo
fue humillado y sufrió la pobreza durante treinta y tres años,
pero después ya no. En el Santísimo Sacramento no está
presente tan sólo el Cristo pobre que se humilla a sí mismo, sino
también el Cristo que triunfa de la muerte, el Cristo que ha ascendido
glorioso al cielo y que está sentado a la diestra del Padre, el que
vendrá a juzgar a vivos y muertos. Y nosotros le rendimos culto en
Si
Cristo está realmente presente en el Santísimo Sacramento, como
en verdad lo está, ciertamente Él debe ser el centro de nuestra
vida, y a él debemos dirigir toda nuestra veneración, alabanza y
amor. Porque la doctrina del Santísimo Sacramento, junto a la de
¡Glorificado seas por siempre, Cristo bendito
de
***
De la carta encíclica
“
47. Quien lee el relato de la institución
eucarística en los Evangelios sinópticos queda impresionado por
la sencillez y, al mismo tiempo, la «gravedad», con la cual
Jesús, la tarde de la Última Cena, instituye el gran Sacramento.
Hay un episodio que, en cierto sentido, hace de preludio: la unción
de Betania. Una mujer, que Juan identifica con María, hermana de Lázaro,
derrama sobre la cabeza de Jesús un frasco de perfume precioso,
provocando en los discípulos –en particular en Judas (cf. Mt 26,
8)– una reacción de protesta, como si este gesto fuera un «
derroche » intolerable, considerando las exigencias de los pobres. Pero
la valoración de Jesús es muy diferente. Sin quitar nada al deber
de la caridad hacia los necesitados, a los que se han de dedicar siempre los
discípulos –«pobres tendréis siempre con
vosotros» (Mt 26, 11)–, Él se fija en el acontecimiento
inminente de su muerte y sepultura, y aprecia la unción que se le hace
como anticipación del honor que su cuerpo merece también
después de la muerte, por estar indisolublemente unido al misterio de su
persona.
En los Evangelios sinópticos, el relato
continúa con el encargo que Jesús da a los discípulos de
preparar cuidadosamente la «sala grande», necesaria para
celebrar la cena pascual (cf. Mc 14, 15; Lc 22, 12), y con la
narración de la institución de
48. Como la mujer de la unción en Betania,
¿Qué
es lo que creemos sobre
“ÉSTE
ES MI CUERPO” - “ÉSTA ES MI SANGRE”
“Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná
en el desierto, y murieron. Éste es el pan bajado del cielo para que
quien lo coma, no muera. Yo soy el pan vivo, el que bajó del cielo.
Quien coma de este pan vivirá para siempre y el pan que yo daré
es mi misma carne para la vida del mundo. Comenzaron entonces los judíos
a discutir unos con otros diciendo: ¿Cómo puede éste
darnos a comer su carne?
Entonces
Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo, que si no coméis la
carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis
vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y
Yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es
verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne, y bebe mi sangre, mora en mí y Yo en
él. Así como vive el Padre que me envió, y Yo vivo por el
Padre, también aquél que me coma, vivirá por mí.
Este es él pan que ha bajado del cielo, no como aquel que
comieron vuestros padres y murieron. El que come de este pan, vivirá
para siempre.
(Evangelio de San Juan 6, 48-59.)
Cuando todo parece perdido entonces suena la hora
de Dios; y cuando todas los intentos humanos para resolver los problemas
más acuciantes se atascan en un callejón sin salida, entonces es
el momento de orar con más fervor y confianza. Y nunca lo haremos mejor
que delante del Santísimo Sacramento: allí donde —según
nuestra fe—, bajo las especies de pan y de vino, está presente en
medio de nosotros el mismo Jesucristo.
No dudamos de la presencia del Salvador en
Ciertamente no comprendemos cómo es posible,
mas esto no es suficiente motivo para dudar. ¿Acaso comprendemos
cómo fue posible que Cristo, deteniéndose ante la tumba de
Lázaro que hacía cuatro días había fallecido,
pronunciase unas breves palabras —Lázaro, sal fuera— y el
muerto resucitase? ¿Lo comprendes tú? Pues fue también el
mismo Cristo el que dijo sobre el pan: Este es mi cuerpo; y fue el mismo
Cristo quien dijo a sus apóstoles: Haced esto en memoria mía.
¿Que es algo increíble? Sí, lo
es... ¡para el incrédulo! El que no cree en la divinidad de
Cristo, naturalmente tampoco cree en
Realmente este dogma de fe es tan inaudito, rebasa
tanto nuestra razón, que no podríamos creerlo por la palabra de
nadie; no podemos aceptarlo sino porque es el mismo Dios quien nos lo dice.
Señor mío; si Tú lo dices, es
verdad. Cómo pueda serlo, no me es dado concebirlo con mi mezquina y
débil razón humana, pero creo y confieso que es así,
porque Tú lo has dicho.
Pero ¿es completamente cierto que Jesucristo
enseñó lo que nosotros creemos del Santísimo Sacramento?
Esta es la cuestión decisiva a la cual contestaremos en el presente
capítulo.
Si examinamos detenidamente las palabras con las
cuales el Señor prometió e instituyó la santísima
Eucaristía, necesariamente sacaremos esta consecuencia: Realmente es
así, Nuestro Señor Jesucristo hizo en verdad un sacrificio
inconcebiblemente grande, se dio a sí mismo en el Sacramento del altar,
para poder permanecer entre nosotros hasta la consumación de los siglos.
I
JESUCRISTO
PROMETE
Vayamos en espíritu a Cafarnaúm,
donde gran una gran multitud rodea al Señor.
Un día antes el Señor había
obrado un milagro portentoso: sació el hambre de cinco mil hombres con
cinco panes y dos peces. “Me da compasión esta multitud, porque
hace ya tres días que están conmigo, y no tienen qué
comer.” (Marcos 8,2) Y para que no muriesen de hambre les hizo un
milagro.
¡De qué forma tan magistral
preparó Jesús psicológicamente con este milagro a la gente
para que pudiese acoger el discurso que iba a pronunciar al día
siguiente!
Quiso comunicar a la muchedumbre cosas inauditas y
que parecerían increíbles a los hombres. “Me da
compasión esta multitud”, dirá de nuevo; pero ya no se
compadece de ellos porque sus cuerpos estén hambrientos, sino porque sus
almas perecen de hambre en el gran desierto de la vida.
El Señor empieza su discurso con cierto aire
de reproche, porque ve que el pueblo se acerca a Él buscando su propio
interés material: espera de Él una nueva multiplicación de
panes, el milagro del día anterior. “Vosotros me buscáis
porque os he dado de comer hasta hartaros.” (San Juan 6,26)
Pero inmediatamente les anuncia una gran noticia:
“Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el que perdura
hasta la vida eterna y que os dará el Hijo del hombre.” (Juan
6,27)
La gente está intrigada;
¿a qué clase de alimento se refiere? Y Jesús les dice sin
rodeos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo... el pan que Yo
daré es mi misma carne para la vida del mundo.” (Juan 6,51-52)
“¡Para la vida del mundo!” Es
decir, bajo la especie de pan os daré aquel cuerpo que padecerá
en el árbol de la cruz por la redención del mundo.
¿Cómo hemos de interpretar estas
palabras? ¿Al
pie de la letra o en sentido simbólico? ¿Hemos de entenderlas
como que se está refiriendo a su enseñanza, a su doctrina?
¿Tal vez quería decir el Señor: Yo os doy mi doctrina,
quien la siga alcanzará la vida eterna?
Cuán lejos estuvo de Él este
pensamiento se echa de ver fácilmente por lo que sigue.
Los oyentes interpretaron sus palabras al pie de
la letra —así como las interpreta
Parece como si estuviésemos oyendo a los incrédulos
modernos: ¿Cómo os imagináis semejante cosa? ¿Que
esta pequeña Hostia sea el Cristo vivo?
El Señor observa el escándalo que ha
producido con sus palabras, oye la discusión..., ¿y qué
hace? Si hubiese querido que sus palabras no se tomasen en sentido literal,
necesariamente se habría explicado mejor: No discutáis, que no es
esto lo que he querido expresar.
Pero no hizo corrección alguna. Al
contrario, repitió con más fuerza lo que había dicho. “En
verdad, en verdad os digo, que si no comiereis la carne del Hijo del hombre y,
no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros.” (Juan
6,54) Y como remate, para que no quede ni asomo de duda, añade: “Porque
mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.” (Juan
6,56)
“Sí no comiereis la carne del Hijo del
hombre...”
¿Qué dice aquí el Señor? ¿Ha leído
acaso a Homero o a Tolstoi?
Y Tolstoi dijo que el alma clama por Dios como
pía el polluelo caído del nido llamando a su madre.
Y Cristo lo corrobora y todavía va
más lejos. No solamente habéis de anhelar uniros con Dios sino
que habéis de comerle. Yo he asumido carne mortal precisamente para
poder serviros de alimento.
Desde que el hombre existe siente la
quemazón de este deseo: unirse con Dios... pues bien, ahora se cumple
este afán. “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.”
(Juan 6,51) Es un pan bueno y sabroso, lleno de delicias, que reúne de
un modo prodigioso todos los sabores, conforme a la necesidad de cada cual.
Quien está henchido de orgullo encuentra en él la humildad. Quien
se ve atormentado por la sensualidad halla en él el amor de un
corazón puro. Quien se siente afligido saborea en él la
más íntima alegría. Quien está desalentado cobra
nuevas fuerzas contra la tentación. ¡Oh Cristo, Tú eres el
pan vivo!
La impresión producida por las palabras de
Cristo fue impresionante. No era ya tan sólo el pueblo quien
discutía, sino que hasta vacilaron muchos de sus discípulos. “¡Dura
es esta doctrina! Y ¿quién puede escucharla?” (Juan
6,61) Esto dijeron, y empezaron a abandonarle.
¡Y, sin embargo, no era dura la doctrina!
¡Cuán fácilmente podrían haberla entendido! Les
habría bastado con saber un poco de la naturaleza y las leyes del amor.
He
ahí la ley básica del amor: estar juntos, ser uno, vivir el uno
por el otro.
Estar juntos. ¡Qué cosa más
triste para quienes se aman de veras: despedirse... separarse! Cualquier cosa
estarían dispuestos a hacer con tal de no tenerse que separar. El hombre
no puede lograr lo que tanto anhela. Pero Cristo sí pudo. He
ahí que yo estaré con vosotros hasta la consumación de los
siglos (Mateo 28,20).
Mas el amor no se contenta con la mera presencia.
Quiere más: la unión. Él en mí y yo en
él. Esto tampoco puede lograrlo el hombre. Pero lo puede Cristo. Por
esto desaparece la materia del pan en
¿Qué hace, pues, el que comulga?
¿Entra en una relación tan cálida con Cristo como el amigo
con el amigo? No; su relación es más profunda todavía.
¿Cómo el esposo con la esposa? No; su relación es
más profunda aún. ¿Cómo la madre con su hijo? No;
más profunda todavía.
Esta unión llega al grado
más dichoso el que uno vive por medio del otro. “Ya no
vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gálatas, 2,20).
Es decir, Cristo se convierte en el motor, el principio, el centro de mi vida. “Quien
me coma, vivirá por mí” (Juan 6,58), dice el
SEÑOR.
Es lo que pregonaba Nuestro
Señor Jesucristo en su discurso de Cafarnaúm. Y es lo que sus
oyentes no quisieron admitir, y por eso prefirieron abandonarle.
¡Cuánto le dolería
al Señor! ¡Con qué tristeza los miraría alejarse
Aquél que bajó a la tierra para salvarnos a todos! ¿No
habría sido obvio y necesario que hubiese gritado a los que se alejaban:
Volved; no es esto lo que he querido deciros; me habéis entendido mal?
No puede admitirse que en una
cuestión tan importante y fundamental Cristo haya dejado en el error a
sus apóstoles y por medio de ellos a millones y millones de fieles hasta
la consumación de los siglos. Cristo no nos engañó nunca;
y ¿lo habría hecho precisamente hablando sobre este dogma, el
más importante? Si Cristo no está realmente presente en
No corrige nada. No rectifica nada. Sino que se
vuelve a sus más íntimos amigos, a los Doce, con estas palabras: “¿Y
vosotros también queréis marcharos?” (Juan 6,68)
Como si,
dijera: Sabéis cuánto os quiero; mas si vosotros tampoco
creéis lo que digo, prefiero que os marchéis también
vosotros; no rectifico nada de lo que os he dicho.
Dime, lector, ¿podía anunciarse el
Santísimo Sacramento de un modo más decisivo y claro? ¿Era
posible preparar de un modo más eficaz a los apóstoles para que
cuando llegase el momento de instituir
De la
carta encíclica “
15. La representación sacramental en
«Adoro te devote, latens Deitas», seguiremos cantando con el Doctor Angélico. Ante este
misterio de amor, la razón humana experimenta toda su limitación.
Se comprende cómo, a lo largo de los siglos, esta verdad haya obligado a
la teología a hacer arduos esfuerzos para entenderla.
Son esfuerzos loables, tanto más útiles
y penetrantes cuanto mejor consiguen conjugar el ejercicio crítico del
pensamiento con la «fe vivida» de
II
NUESTRO
SEÑOR JESUCRISTO INSTITUYE
Lo que el Señor había
prometido en su discurso de Cafarnaúm lo instituyó después
en la Última Cena, cuando en el momento conmovedor de la despedida,
transformó el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre. De esta forma
se pudo quedar con nosotros bajo estas especies hasta la consumación de
los siglos.
Toda la doctrina católica referente a
Esta doctrina es algo inconcebible y sublime.
“Este es mi cuerpo”,
“Ésta es mi sangre”. La forma exterior, el sabor, el olor, el peso del
pan y del vino siguen iguales; en una palabra, permanecen sus especies, mas no
permanece la sustancia: se han transformado en el cuerpo y la sangre de
Jesucristo. Como Cristo goza ahora de la gloria en el cielo, y no se pueden
separar en Él su cuerpo y su sangre, del mismo modo bajo cada una de las
especies de pan y de vino está presente todo el mismo Cristo viviente
con su cuerpo, con su alma, su divinidad y humanidad; está presente
verdadera, real y substancialmente.
Y para que ello no ocurra una sola vez, el
Señor manda en la Última Cena: “Haced esto en memoria
mía.”
Cuando
Me preguntas: ¿No se maravillaron los
apóstoles al oír estas palabras que parecen tan
increíbles?
Ciertamente que se maravillarían, y ni siquiera las habrían
creído de no haber sido preparados por el Señor con portentosos
prodigiosos. En la multiplicación milagrosa de los panes vieron con
qué docilidad obedece la materia a Jesucristo. Y cuando el Señor
mandó al mar alborotado que se calmase, se dieron cuenta que la virtud
de su palabra no está sujeta a las leyes de la materia. Lo mismo
sucedió cuando en el monte Tabor se transfiguró ante sus ojos.
Así se comprende cómo los
apóstoles humildemente creyeron en estas palabras: “Este es mi
cuerpo”, “Ésta es mi sangre.” Hasta
podía parecerles natural después de que Cristo iniciara sus
milagros en las bodas de Caná transformando el agua en vino, que cerrara
su paso por este mundo convirtiendo el pan y el vino en su cuerpo y en su
sangre.
Pero ¿es realmente cierta esta doctrina del
cristianismo?
Completamente cierta. Si me es lícito
expresarme así, es la que ofrece más garantías de verdad.
Porque no es un solo autor inspirado quien la refiere, sino cinco. San Juan
describe la escena de la promesa; San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Pablo
consignan la de la institución. Y si Cristo, el Hijo de Dios, dice sobre
alguna cosa: “éste es mi cuerpo” y “ésta es mi
sangre”, entonces aquello se transforma realmente en cuerpo y sangre de
Cristo.
Con una sola salvedad: a no ser que Cristo
quisieseis que sus palabras fuesen interpretadas simbólicamente y no al
pie de la letra.
Sí; pero en tal caso habría escogido
otras expresiones, otras palabras. O escogiendo las que escogió,
tendría que haberlas aclarado.
Si no quería que se entendiera literalmente
lo que dijo, habría tenido que añadir a manera de
explicación: Pero entendedme bien, Yo sólo quiero decir que
éste será el “memorial”, el “símbolo”
de mi cuerpo, que “recibir este pan será como recibir mi
cuerpo”.
Sí, tenía que haberlo dicho, en caso
de que hubiese hablado simbólicamente. En otras ocasiones, al
enseñar mediante parábolas, realmente explicó lo que
significaban sus expresiones simbólicas. Pero ahora no insinúa ni
en lo más mínimo que lo que ha dicho haya de entenderse en
sentido simbólico.
Y por eso
No es éste el lugar adecuado para pasar
revista a los testimonios —escritos, pintados o grabados en piedra—
que certifican la antigüedad y continuidad de la creencia de
No obstante, juzgo oportuno mencionar
unos pocos datos.
El más antiguo escrito
cristiano que nos fue transmitido, además de los libros sagrados, por tanto
el más antiguo monumento escrito de la fe de los primeros cristianos,
pregona ya con toda claridad que aquellos fieles tenían la misma fe que
nosotros respecto de
Tenemos también los múltiples
testimonios de uno de los más antiguos escritores de
¿Qué dice TERTULIANO? En uno de sus
libros (De oratione, cap 19) menciona una cosa interesante: En el
primitivo cristianismo el ayuno era tan riguroso que en el tiempo prescrito los
fieles no comían nada; nada en absoluto, nada en el sentido estricto de la
palabra. De suerte que algunos ni siquiera se atrevían a comulgar para
no romper el ayuno. Tertuliano instiga a estos tales a que vayan a comulgar,
porque con la recepción del cuerpo del Señor (“accepto
corpore Domini”) no quebrantan el ayuno. Por tanto, es del todo
cierto que en el siglo II los cristianos consideraban a
En otro pasaje (Ad uxorem, cap. 4),
TERTULIANO amonesta a los cristianos a que no contraigan matrimonio con paganos,
porque se pregunta: ¿consentirá la parte pagana que el consorte
cristiano se acerque “a ese banquete del Señor” (“convivium
Dominicum illud”)? En el capítulo IX del mismo libro describe
con palabras entusiastas las bellezas del matrimonio cristiano: “¡Qué
bella unión la de dos consortes creyentes que tienen una misma fe, un
mismo anhelo, una misma manera de vivir!... Rezan juntos, se postran juntos y
juntos ayunan... Van juntos al templo, se presentan juntos al banquete de Dios
(“Comvivium Dei”).
Es TERTULIANO quien escribe en otro libro (De
corona militum, 3): “El Sacramento de
Y también TERTULIANO dice en el libro De
resurrectione carnis (cap. 8): “El cuerpo recibe el cuerpo y la
sangre de Cristo para que también el alma se alimente de Dios.”
¡Cuántos testimonios en un solo escritor!
Y todas las citas son del siglo II!
Podríamos aducir más abundantes citas
de otro escritor cristiano, SAN CIPRIANO, nacido en torno al año 200.
En uno de sus libros (De lapsis, cap. 15)
pone algunos reparos al hecho de admitir nuevamente y con facilidad a los que
titubearon en su fe y reciben el cuerpo del Señor, pues parece que
llevan aún la mancha de la idolatría. Todavía no han
aplacado a Dios —escribe en el capítulo XVI— y por ende
“hacen violencia contra su cuerpo y su sangre, y pecan contra el Señor
con la mano y con la boca, peor todavía que cuando renegaron de
Él”. En el capítulo XXV del mismo libro llama a la
comunión “bebida santificada por la sangre del Señor”
(“Santificatus in Domini sanguine potus”).
En una carta (6 Epist.) desaprueba que algunos
sacerdotes reciban demasiado aprisa en el seno de la comunidad cristiana a los
que apostataron durante las persecuciones. Escribe: “Cuando
todavía no han hecho penitencia, ya son admitidos para comulgar, y
así profanan
Ante testimonios tan claros y terminantes nosotros
tampoco podemos hacer otra cosa que creer como creyó un gran
teólogo de
***
Las últimas palabras que en la despedida
dirigió CRISTO a sus apóstoles fueron éstas: “Yo
estaré siempre con vosotros hasta la consumación de los
siglos.” Esta promesa alentadora y reconfortante de Cristo,
¿dónde se cumple mejor que en
Quizá alguno siga objetando
aún con zozobra: “Pero ¡es tan increíble, tan
inaudito! ¡Cristo realmente presente en el Santísimo
Sacramento!”... A quien tenga todavía tales escrúpulos, yo
le pregunto:
—Dime, hermano: ¿crees
tú que Cristo ha existido?
—Claro que sí.
—¿Y crees que fue Dios?
—Claro que sí.
—¿Y que nos amaba?
—¡Y tanto!
—¿Y que con su poder divino puede
hacer cuanto quiere?
—Lo creo.
—¿Y que dijo: “Éste es mi
cuerpo”; “Ésta es mi sangre”?
—También.
—¿Entonces?... ¿qué
más quieres? ¿No crees su palabra?¿La palabra del Hijo de
Dios?
¿No quieres repetir con SAN JUAN: “Y
nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene” (I
Carta San Juan 4,16).
¡Quiero, Señor, repetirlo!
¡Creo, Señor! Me postro ante Ti, Señor. Y con el
corazón agradecido, rebosante de júbilo, te adoro, Salvador
bendito, a Ti que vives en medio de nosotros en
Te adoro, mi Dios, devotamente,
oculto en ese cándido accidente:
A Ti mi corazón está rendido,
y contemplando en Ti, desfallecido.
La vista, el tacto, el gusto se equivoca;
el oído al asentimiento fiel provoca.
Creo firme y constante cuanto
dijo la verdad infalible de Dios Hijo.
En la cruz
aquí aun
Uno y otro creyendo y confesando
piden lo que el ladrón pidió penando.
Como Tomás las llagas no percibo;
mas por Dios te confieso eterno y vivo.
Haz que a Ti crea siempre más constante,
en Ti espere, y te sea delicado amante.
¡Oh excelso memorial de tu tormento,
Pan vivo, que a los hombres da alimento!
Concédeme que mi alma de ti viva,
y tu dulce sabor siempre perciba.
Con tu Sangre, pelícano sagrado,
lávame de las manchas del pecado;
pues una sola gota es suficiente
para salvar al mundo delincuente.
Oh Jesús, que con velo ahora te miro;
Hágase lo que tanto yo suspiro.
Para que sea yo, al verte, claramente,
en
Jesús alzó la voz y dijo: Quien cree en Mí, no
cree sólo en Mí, sino en Aquel que me ha enviado; y quien me ve a
Mí, ve al que me envió.
Yo he venido como luz del mundo, para que ninguno que crea en
Mí, quede en tinieblas. Y quien oyere mis palabras y no las guardare Yo
no le juzgo; porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvarlo.
Quien me rechaza y no recibe mi palabra, tiene quien le juzgue; la palabra que
Yo he hablado, esa será la que lo condenará en el último
día. Porque Yo no he hablado por Mí mismo, sino que el Padre que
me envió, ése me mandó lo que había de decir y
hablar. Y sé que su mandamiento es la vida eterna. Por consiguiente, lo
que os hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho.
Antes de la fiesta de
(Evangelio
de San Juan, 12,44; 13,1)
Cuando Leonardo de Vinci estaba pintando el
célebre cuadro de la Última Cena, se cuenta que una vez que ya
tenía terminados los rostros de los apóstoles y le faltaba el del
Señor, que el artista empezó su trabajo, pero después
desanimado dejó el pincel y dijo estas palabras: ¡La empresa es
demasiado difícil! Un hombre mezquino y pecador como yo no puede
reproducir dignamente al Hijo de Dios en la cumbre de su amor”
Es la misma sensación que experimenta todo
aquel que se pone a hablar sobre el don incomparable de la Última Cena,
El gran compositor RICARDO WAGNER
escribió en cierta ocasión: “El saber que un día
hubo entre nosotros un Redentor, será siempre el bien más excelso
de los hombres”. Saber que un día estuvo entre nosotros, ya es un
inapreciable tesoro. Entonces, ¿qué será saber que no
solamente un día estuvo entre nosotros, sino que sigue estando en
nuestra compañía aún ahora? Está aquí
personalmente, con su cuerpo y su alma; está aquí el mismo Cristo
vivo, el que un día pasó por la tierra. Porque así
está Cristo en el Sacramento del altar.
Con justo titulo llamamos a
I
POR AMOR SE
SOMETIÓ A TAN INAUDITA ABNEGACIÓN
No es posible expresar con palabras
humanas el amor de Cristo. ¿Nos puede sorprender esto, cuando nos faltan palabras para
expresar la profundidad, grandeza y prontitud de sacrificio que yace en un
corazón materno, que no deja de ser un corazón humano?
¡Y qué diferente es el
amor humano del amor divino!
El amor humano es veleidoso,
efímero, transitorio. A los padres lo que más les duele en su
último trance antes de morir es tener que separarse de sus hijos, a
quienes tanto aman. Si de ellos dependiese, no los abandonarían. No pueden
hacerlo. Y por esto les dejan algún recuerdo —una imagen, un
anillo— para que sus hijos no les olviden.
Sin embargo, los olvidan más pronto o
más tarde. Porque es propio de todos nosotros olvidar con harta
facilidad.
Así habríamos olvidado también
al Señor, de no tener
¿Qué sería de Cristo sin el
Santísimo Sacramento? Quedaría de Él un frío
recuerdo histórico, una imagen amada pero borrosa; llegaría a ser
Él... el Cristo olvidado.
Mas Él no quiso serlo. El hombre
también lucha contra el olvido, pero sin éxito, porque no tiene
poder para vencerlo. Pero Cristo tenía poder divino para poder hacer lo
que en vano quisieran hacer todos los que se despiden: permanecer para siempre
entre los seres queridos.
¡Qué solución más genial
le inspiró su amor infinito! Llegó la hora en que tenía
que despedirse de nosotros. Quería dejar a alguien que le sustituyera.
¿A quién quiso dejar? A nadie, sino a sí mismo.
En adelante estará “sentado a la
diestra del Padre”; y no obstante, se queda con nosotros; no
simbólicamente, no como un recuerdo muerto, sino en su plena y viva
realidad. Tal solución no podía darla sino el infinito amor de
Dios, hermanado con la divina omnipotencia.
Nosotros los cristianos tenemos una ventaja con
respecto a los contemporáneos de Cristo. Los que vivieron en aquel
tiempo y tuvieron la suerte de acercarse a Él, la mayoría pudo
tocar a lo más la orla de su túnica. En cambio todos nosotros
podemos acercarnos a Él no para tocar su vestido, sino para encerrarle a
Él mismo verdaderamente en nuestro pecho.
¡Tan inaudita es nuestra fe! Seguramente en
esto pensaría aquel norteamericano, profesor de universidad, cuando
dijo: “Hay algo que, considero grandioso y que me place mucho de la
religión católica: el que satisface igualmente a un Cardenal
Newman y a un cocinero.”
Pues bien, de
Añadamos a ello lo que ha
costado a Cristo este amor. Nunca lo recordaremos con la suficiente
emoción y con el debido agradecimiento.
Señor mío, ¿has
pensado a lo que te expones, entregándote de esta manera a ti mismo,
dándote así a nosotros?
Ah, sí: todo lo sabías,
veías y presentías... y, no obstante, ¡lo hiciste!
Sabías que desalmados ladrones
forzarían los sagrarios y desparramarían por el suelo las blancas
hostias... cometiendo tremendas profanaciones.
Adivinabas que habría algunos
que, a pesar de estar en pecado mortal, comulgarían y no podrían causarte ultraje
mayor.
¡Qué sacrificio, qué renuncias,
qué paciencia supone, para Ti, Señor, este don insigne!
Para permanecer entre nosotros, tuviste que estar
dispuesto a permanecer oculto, olvidado, abandonado, y desconocido..., y no
retrocediste ante tal sacrificio.
Durante tu vida terrena por lo menos fuiste
hombre... en
¡Señor mío! ¿Qué
haces Tú todo el día en
Esto piensa el alma fiel y no halla otra respuesta
que ésta: el Señor vigila e intercede por ti. Ora al Padre
celestial, para que se apiade de ti y de todo el género humano. En el
mundo se cometen incontables y espantosos pecados día tras día, y
si Dios en su enojo no barre al hombre de la faz de la tierra, es porque Jesús expía por
nosotros en
¡Cuánto tenemos que
agradecérselo! No encontramos otras palabras que las de SAN JUAN para
explicarlo: “Como hubiese amado a los suyos, que estaban en el mundo;
los amó hasta el extremo”.
De la carta encíclica
“
11.
« El Señor Jesús, la noche en que fue entregado » (1
Co 11, 23), instituyó el Sacrificio eucarístico de su cuerpo
y de su sangre. Las palabras del apóstol Pablo nos llevan a las
circunstancias dramáticas en que nació
Cuando
II
EL AMOR DE
JESÚS RESUELVE NUESTRAS OBJECIONES
¿Cómo no creer a quien ama
de esta manera?
Le creo aunque no le comprenda.
Me esfuerzo con mi razón por comprender su
don excelso; pero la respuesta definitiva que acalla todas las dudas, no puedo
encontrarla sino en su amor infinito.
¿Sabes, lector, que objeción es la
que suele presentarse con más frecuencia contra
Y es verdad: nada veo en
El mundo está lleno de cosas que tampoco
veo, y si las veo, muchas veces es incluso peor: porque las veo distintas de lo
que son en realidad.
Sé, por ejemplo, que
En cambio, mis sentidos me dicen que
el Sol se levanta cada mañana; y hasta veo, desde la cima de un monte,
cómo va subiendo despacio... y no es verdad, porque el Sol no se
levanta.
Cuando el cielo está
encapotado, no veo el Sol. ¿Señal de que no existe?
¿Cómo no va a existir?... Soy yo que no lo veo porque la nube lo
tapa a mis ojos. ¿No vienen a ser también como una nube las
especies de pan y vino que encubren al Cristo Eucarístico? No veo a
Cristo, y Él está allí realmente.
Miro el campo en invierno:
¡cuán fría, dura, inmóvil, muerta parece la
tierra!... y, no obstante, debajo de ella late la vida con una gran fuerza.
Miro el bosque en invierno: árboles descarnados, secos, como muertos...
y con todo están llenos de vida. Miro los hilos del teléfono que
atraviesan la calle en todas las direcciones: ¡cuán fríos y
mudos!... y, no obstante, vibran en ellos millones de palabras humanas,
mensajes y acordes de música.
¿Dices que nada sientes en
La Tierra esta rodeada de una capa de aire con un
grueso de unos
En la Eucaristía esta presente Cristo.
¿Lo sientes? No. Y ¿es así? Si... porque lo dice Cristo,
que todo lo sabe y todo lo puede.
Si nuestro gusto no siente más que sabor de
pan, y nuestros ojos no ven más que los accidentes del pan en el
Santísimo Sacramento, no es cosa digna detenernos en lo que nuestros
sentidos sienten, cuando la palabra de Dios nos lleva por otra parte; hemos de
atenernos con fe firme a lo que dijo Dios; es a saber: que comemos su cuerpo,
su carne en el Santísimo Sacramento. Los que vieron a nuestro adorable
Salvador durante su vida terrena, principalmente en el tiempo de su
Pasión y muerte, pudieron creer acaso, según sus sentidos y su
juicio humano, que Aquel que estaba siendo crucificado entre dos ladrones era
el Creador de cielos y tierra, que era el Dios inmortal que reina eternamente?
Otros ponen otra dificultad.
En la Eucaristía está presente el
Cristo vivo; y está en toda la sagrada Hostia con la misma plenitud e
indivisibilidad que en cualquiera partícula de la misma. Y al romper la
Hostia —como hace el celebrante antes de comulgar, primero en dos trozos
y después en tres— no se divide el mismo Cristo: Él sigue
siendo en cada partícula el Cristo íntegro, indiviso.
¿Que tú no lo
comprendes? ¿Que es un imposible?
Que no lo comprendas, lo concedo. Pero
sólo parece imposible a aquel que no cree que Jesucristo es Dios,
Creador y Señor omnipotente del universo.
Coge un espejo redondo, del
tamaño de la Hostia. ¿Qué ves en él? Tu cara,
íntegramente, indivisa. Da un golpe al espejo de suerte que se rompa en
tres trozos. Míralo de nuevo. ¿Qué ves? ¿Se ha roto
también en tres trozos la imagen de tu cara? No. En cada uno de los
pedazos esta tu cara, íntegramente y sin división.
—¡Muy interesante!
—me dices—. Un buen símil.
¡Ah¡ No es más que
un símil. Y como todo símil, también cojea. Cojea porque
en el espejo no hay más que tu imagen, mientras que en la
Eucaristía no está la imagen de Cristo, sino el mismo Cristo
viviente. Y cojea, porque si bien en los fragmentos del espejo sigue habiendo
la imagen de tu rostro, sin embargo, cuanto más pequeños trozos,
más pequeña será la parte de rostro que en ellos se
refleje, lo que no sucede con Cristo.
No obstante, aunque cojea el
símil, nos sirve para que penetre algún tanto nuestro
entendimiento en el misterio de la Santa Eucaristía.
El alma está presente en todo
el cuerpo, en todas sus partes. Y no obstante, el ojo viene a ser el espejo del
alma; en la mirada de una persona vemos el alma. De modo análogo Dios
está presente en la Eucaristía y nos mira desde la sagrada
Hostia.
Me preguntas: ¿Cómo cabe Dios en la
pequeña Hostia? Y yo te contesto: ¿Por qué no preguntas
cuando miras como cabe todo el templo en tus pequeños ojos? El Dios
omnipotente, que dotó la naturaleza de fuerzas y leyes magníficas,
¿no tendrá medios para obrar otro milagro cuando se trata de
dejarnos una prueba sublime de su amor?
¿Sigues con lo mismo? ¿Que “no
lo comprendes”?
Claro que no. ¿Y no le crees, si te lo dice
Cristo, aunque no lo comprendas? ¡Cuántas cosas no comprendes!
Si comes un trozo de pan, éste se transforma
luego en tu propio cuerpo. Lo admites; mas no sabes cómo el pan se
transforma en los diferentes tejidos, en la sangre, en músculo, en
hueso.
Conoces muy bien muchas cosas..., mas no sabes
cómo se producen, ni comprendes por qué funcionan así.
¿No
te cabe en la cabeza cómo es posible que un mismo cuerpo se dé al
mismo tiempo una multitud de gente bajo los accidentes de una pequeña
migaja de pan? También cuando pronuncio una palabra, aunque sea una
sola, llega a los oídos de millares de hombres y nadie la oye menos por
oírla muchos. ¿Y te sorprendes que la palabra de Dios, el Verbo
humanado, que pueda llegar a muchos?
Tiene razón SANTO TOMÁS DE AQUINO al
cantar de esta manera:
“Lo que practicó en la cena,
repetirlo Cristo ordena
en memoria de su amor;
y en holocausto divino
consagramos pan y vino,
al ejemplo del Señor.
No en pedazos dividido,
ni incompleto ni partido,
todo se nos da a comer.
Y uno o mil su cuerpo tomen,
todo entero lo comen,
ni comido pierde el ser.”
¿Hemos resuelto todas las objeciones? Ni
mucho menos. Nuestro mezquino entendimiento puede escudriñar, puede
razonar... pero la respuesta que acalle todas las dudas no puede encontrarse
sino en el amor infinito de Cristo.
Por mucho que cavilemos sobre la Santísima
Eucaristía, seguirá siendo un misterio sublime de nuestra fe.
Seguirá siendo inefable, como el mismo Dios.
Entonces, ¿por qué creemos en la
Eucaristía?
La respuesta es ésta: Creemos porque el
Señor nos amó hasta el extremo, nos amó hasta el fin.
El amor es capaz de todo, aun de lo imposible. “Me
amó y se entregó a sí mismo por mí”
(Gálatas 2,20). Jesucristo hizo por nosotros lo imposible. Le ofende
quien no quiere creerlo.
Es hermoso el caso de Daniel O’Connell, el
gran héroe de la libertad irlandesa. En un corredor del parlamento
inglés estaba hablando con varios diputados escoceses que no eran
católicos. Uno de ellos atacó con crudeza la fe en la
Santísima Eucaristía: ¿Cómo puede ser tan
imbécil un hombre que llegue a creer que en ella está presente
Cristo? O’CONNELL, con voz tranquila y fe firme respondió:
—Pues arregle usted sus cuentas con el mismo Jesucristo. Pídale
responsabilidades a Él, porque fue Él quien dijo que aquello era
su cuerpo.
Acaso surge de nuevo la pregunta incrédula:
¿Cómo podría ocurrírsele al Señor un pensamiento
tan extraño como el de alimentarnos con su cuerpo y su sangre? Otra vez
hemos de acudir al amor para hallar la respuesta. ¿No hace lo mismo la
madre? ¿No forma con su propio cuerpo, no alimenta con su propia sangre,
a su hijo aun no nacido? Y ¿cómo va a consentir Jesucristo que un
corazón humano le supere en amor, aunque sea el corazón materno?
“¡Oh, si el Señor me diera esta
fe robusta, inconmovible, que no admite duda, respecto de la Santísima
Eucaristía! ¡Si me la diera!”...
Esta fe la ofrece a todos, la brinda a todos...
pero nosotros, ¿extendemos la mano para cogerla? Si no alargamos la
mano, nunca tendremos fe.
Dios da también el aire; mas lo has de
respirar... si no respiras, te ahogas.
Dios da la luz; mas debes de abrir los ojos; si no
los abres, te quedas a obscuras.
Dios da el bocado de pan; mas lo has de comer... si
no lo comes, te mueres de hambre.
Así también ofrece la
Santísima Eucaristía y con ella la fe; mas tú has de
recibirla... y si no la recibes, tu alma se debilitará, se pondrá
anémica, enfermiza, y morirás. Nos lo advierte el SEÑOR:
“Si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y no bebiereis su sangre,
no tendréis vida en vosotros” (Juan 6,54).
***
En una pequeña ciudad cerca de Roma, en Orvieto,
hay una bella catedral; la hizo construir el Papa Urbano IV en memoria del
milagro de Bolsena.
Es un milagro muy conocido. Durante la santa misa
el celebrante tuvo un momento de duda sobre la presencia real de Cristo en la
Eucaristía... Al llegar a la Consagración el vino del
cáliz se transformó de un modo visible en sangre de color
bermejo, empezó a bullir y se desparramó sobre el altar... Este
es el milagro de Bolsena; y en su memoria se construyó la célebre
catedral de Orvieto.
Pero, ¡cuántos y cuán
innumerables milagros se obran en las almas por la Santísima
Eucaristía! Después de recibir el Santísimo Sacramento las
almas que parecían muertas comienzan a revivir, se rejuvenecen, se
robustecen, progresan en la santidad; y se transforman en templos vivos del
gran milagro de la Santísima Eucaristía.
Ciertamente, la Eucaristía es también
la gran piedra de toque para la fe. También a nosotros nos coloca en un
punto crucial. También a nosotros nos pregunta el SEÑOR lo que
preguntó en Cafarnaúm
a los discípulos asombrados: “¿Y vosotros
también queréis marcharos?” (Juan 6,68).
¿Qué otra cosa podemos contestar al
Señor, que lo que dijo SAN PEDRO: “Señor, ¿a
quién iremos? Tú solo tienes palabras de vida eterna.
No lo comprendemos..., no lo comprendemos..., pero
lo creemos. Lo creemos, Señor, con una fe firme, que nos hace postrarnos
de rodillas ante tu presencia. Creemos en tu amor. Y nos amas de tal
manera que no solamente abrazaste la muerte por amor a nosotros, sino que
quisiste permanecer con nosotros aún después de ascender al
cielo. No podemos contestar a tu amor sino con estas palabras: ¡Sea
por siempre bendito y alabado el Santísimo Sacramento del altar!
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
59. «Ave, verum corpus natum de Maria Virgine!».
Hace
pocos años he celebrado el cincuentenario de mi sacerdocio. Hoy
experimento la gracia de ofrecer a la Iglesia esta Encíclica sobre la
Eucaristía, en el Jueves Santo de mi vigésimo quinto año
de ministerio petrino. Lo hago con el corazón henchido de gratitud.
Desde hace más de medio siglo, cada día, a partir de aquel 2 de
noviembre de 1946 en que celebré mi primera Misa en la cripta de San
Leonardo de la catedral del Wawel en Cracovia, mis ojos se han fijado en la
hostia y el cáliz en los que, en cierto modo, el tiempo y el espacio se
han «concentrado» y se ha representado de manera viviente el drama
del Gólgota, desvelando su misteriosa «contemporaneidad».
Cada día, mi fe ha podido reconocer en el pan y en el vino consagrados
al divino Caminante que un día se puso al lado de los dos
discípulos de Emaús para abrirles los ojos a la luz y el
corazón a la esperanza (cf. Lc 24, 3.35).
Dejadme,
mis queridos hermanos y hermanas que, con íntima emoción, en
vuestra compañía y para confortar vuestra fe, os dé
testimonio de fe en la Santísima Eucaristía. «Ave,
verum corpus natum de Maria Virgine, / vere passum, immolatum, in cruce pro
homine!». Aquí está el tesoro de la Iglesia, el corazón del
mundo, la prenda del fin al que todo hombre, aunque sea inconscientemente,
aspira. Misterio grande, que ciertamente nos supera y pone a dura prueba la
capacidad de nuestra mente de ir más allá de las apariencias.
Aquí fallan nuestros sentidos –«visus, tactus, gustus in te
fallitur», se dice en el himno Adoro te devote–, pero nos basta
sólo la fe, enraizada en las palabras de Cristo y que los
Apóstoles nos han transmitido. Dejadme que, como Pedro al final del
discurso eucarístico en el Evangelio de Juan, yo le repita a Cristo, en
nombre de toda la Iglesia y en nombre de todos vosotros: «Señor,
¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida
eterna» (Jn 6, 68).
Elías tuvo miedo y huyó para salvar su vida. AI llegar a
Bersabá de Judá, dejó allí a su criado.
Caminó por el desierto todo un día y se sentó
bajo un árbol. Allí deseó la muerte y se dijo: «Ya
basta, Señor. Toma mi vida, pues yo voy a morir como mis padres».
Después se acostó y se quedó dormido debajo del
árbol.
Un ángel vino a tocar a Elías y lo despertó
diciendo: «Levántate y come». Elías miró y vio
a su cabecera un pan cocido sobre piedras calientes, y un jarro de agua.
Después que comió y bebió, se volvió a acostar.
Pero por segunda vez el ángel del Señor lo despertó
diciendo: «Levántate y come, porque te queda por andar un lago
camino».
Se levantó, pues, para comer y beber, y con la fuerza que le
dio aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta
llegar al monte de Dios, el Horeb o Sinaí.
(Libro I de dos Reyes, 19, 3-8)
La
Sagrada Escritura consigna este aleccionador episodio del profeta Elías.
Jezabel, reina de los judíos, idolatra,
busca por todas partes al gran profeta. Éste se ve obligado a huir, y
termina desalentado tras una carrera fatigosa; se sienta en el desierto debajo
de un enebro y dice a Dios: “Ya basta, Señor, toma mi vida,
pues voy a morir como mis padres”.
Pero entonces el ángel del Señor le
toca y le apremia a que tome pan y agua: “Levántate y come,
porque te queda por andar un largo camino”. Y Elías
comió y cobró tales fuerzas con aquel alimento que pudo
peregrinar cuarenta días por el desierto...
Nosotros nos sentimos muchas veces también
sin fuerzas. ¡Cuántas veces se apodera de nosotros el desaliento
en medio de las vicisitudes de la vida! ¡Cuántas veces nos cerca
la tentación. Hemos de caminar no cuarenta días por el desierto,
sino toda la vida. Pero no recibimos de manos de un ángel el pan que nos
reconforta, sino que recibimos del mismo Jesucristo “el pan de los
ángeles”, el mismo cuerpo del Señor.
¿De dónde sacar fuerzas en semejantes
situaciones? Del cuerpo y la sangre
de Cristo. No en vano llama SANTO TOMAS DE AQUINO a la Santísima
Eucaristía: “Manjar de los peregrinos”. El que la recibe con
frecuencia, encuentra en ella las energías suficientes para alcanzar la
victoria en todos los trances difíciles de la vida.
¿Te quejas de que no encuentras la paz? La
Santísima Eucaristía es paz en la guerra. ¿Te quejas de
que no logras la victoria en la lucha contra tu egoísmo? La
Santísima Eucaristía es victoria en la lucha. ¿Te sientes
pobre y necesitado de ayuda? La Santísima Eucaristía es ayuda
en la necesidad. ¿Tienes miedo a la muerte a medida que se acerca?
La Santísima Eucaristía es vida en la muerte.
Quien medite este cuádruple efecto de la
Eucaristía comprenderá por que Santo Tomás de Aquino llama
a este sacramento “manjar de los peregrinos”.
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
60.
En el alba de este tercer milenio todos nosotros, hijos de
Todo
compromiso de santidad, toda acción orientada a realizar la
misión de la Iglesia, toda puesta en práctica de planes
pastorales, ha de sacar del Misterio eucarístico la fuerza necesaria y
se ha de ordenar a él como a su culmen. En la Eucaristía tenemos
a Jesús, tenemos su sacrificio redentor, tenemos su resurrección,
tenemos el don del Espíritu Santo, tenemos la adoración, la
obediencia y el amor al Padre. Si descuidáramos la Eucaristía,
¿cómo podríamos remediar nuestra indigencia?
I
PAZ EN LA
GUERRA
La Santa Eucaristía es paz en
la guerra.
Toda nuestra vida terrena es lucha y
apremio continuos.
Beethoven escogió para la
“Missa solemnis” —una de sus obras más sublimes—
este encabezamiento: “Imploración de paz exterior e
interior”. Y en el año 1822, cuando compuso dicha obra, en Europa
había ninguna guerra. Por tanto, no pensaba en las guerras cuando
pedía la paz al Señor. Fue más bien un grito de
liberación, un deseo de verse libre de los innumerables males, pesares,
tentaciones y tempestades que oprimen esta vida terrena.
No es tan sólo Beethoven quien
se siente así; lo siente también quienquiera que piense en serio.
Dolorosamente sentimos el abismo que hay entre el ideal y la realidad, entre la
justicia y la injusticia, entre el bien y el mal, entre la virtud y el
pecado... en una palabra: entre el reino de Dios y este mundo.
El hombre moderno ha llegado a conquistar casi el
mundo entero: disfruta de todo, menos de paz. Disfrutamos de un gran desarrollo
científico, de una sofisticada tecnología, de una poderosa
industria; pero, ¿de qué nos sirven todas estas cosas, si no
tenemos paz, tranquilidad, virtud?
Un escritor francés, no cristiano, traza al
final de una de sus novelas un cuadro representativo de la humanidad actual: Un
tren expreso corre a gran velocidad... Los pasajeros están todos ebrios.
. Borrachos también están el maquinista y el copiloto de la
locomotora; riñen entre los dos y uno derriba al otro, y pierden el
conocimiento. La locomotora corre sin parar. Las pasajeros no notan nada: se
ríen, beben, vociferan, y el tren corre locamente..., atraviesa puentes,
viaductos, túneles, estaciones sin pararse... ¿Cómo
terminará todo?
Uno de las más celebres psiquiatras de
nuestra época, J. G. JUNG, después de una larga práctica
médica, llegó a esta convicción: “De todos mis
pacientes que han rebasado la mitad de la vida, es decir, los treinta y cinco
años de edad, no hay uno cuyo principal problema no sea el religioso. En
último término están enfermos por haber perdido aquello
que la fe religiosa aporta, y sólo podrán sanar cuando recobren
sus convicciones religiosas.”
Mas quien cree con fe viva en la Santísima
Eucaristía no solamente tiene una sólida convicción
religiosa, sino que ha encontrado su más firme cimiento, y con ello ha
encontrado la paz en medio del desasosiego y de las luchas de la vida.
La humanidad ha perdido algo esencial y corre desesperada
gritando: ¡Socorro! Ayúdenme a buscarlo. Algo importante he
perdido...
Algo se ha perdido; y por eso se resquebraja la
vida de familia. Algo importante se ha perdido; y por eso fracasan los
matrimonios y la educación de los niños... si es que se aceptan
todavía.
Algo importante se ha perdido... y por eso pesa
sobre las personas un sentimiento espantoso de vacío, de falta de
sentido de la vida, como un nubarrón oscuro que se cierne en el
horizonte; desde entonces todos están enfermos. Se ha perdido algo
importante...
Vamos a los consultorios de los psiquiatras... pero
no recobramos la paz. Pagamos adivinos, quirománticos,
astrólogos... mas no recobramos la tranquilidad. Corremos de una parte a
otra, de Nietzsche a Tagore, de Tagore a Laotse; llamamos a los
espíritus en las sesiones espiritistas, tomamos a grandes dosis de
tranquilizantes... mas no recobramos la paz. Hemos perdido algo importante...
Hemos perdido “aquello que sólo la fe religiosa
proporciona”; hemos perdido el sosiego del alma.
Mi mirada se clava en la
Santísima Eucaristía. ¡Qué bendito silencio, que
tranquilidad y paz la envuelven! Es como si hasta en lo exterior quisiera
decirnos que hemos de caminar con el alma serena y alegre, aunque nuestra vida
esté sembrada de sacrificios.
Nuestro Señor Jesucristo
escogió por materia del Santo Sacramento el pan y el vino. Y la
humanidad, desde los tiempos más remotos asoció al vino dos
ideas: el concepto del sacrificio y el de
la alegría. Así es el vino ya consagrado de la Santa
Eucaristía: quien lo recibe, recibe fuerza y conformidad, no solamente
para soportar los sacrificios y luchas de la vida, sino para abrazarlos con
alegría, y así saborear, aun en medio de las luchas, la
auténtica paz.
De ahí que cuando en la santa misa
llega al momento de la comunión, el celebrante se inclina ante el
Señor, presente en el altar, y dándose un golpe en el pecho, con
suma humildad dice: “Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
ten piedad de nosotros”; y por segunda vez: “Cordero de Dios, que
quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros”; y a la tercera
termina de esta manera: “Cordero de Dios, que quitas los pecados del
mundo, danos la paz”.
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
20.
Muchos son los problemas que oscurecen el horizonte de nuestro tiempo. Baste
pensar en la urgencia de trabajar por la paz, de poner premisas sólidas
de justicia y solidaridad en las relaciones entre los pueblos, de defender la
vida humana desde su concepción hasta su término natural. Y
¿qué decir, además, de las tantas contradicciones de un
mundo «globalizado», donde los más débiles, los
más pequeños y los más pobres parecen tener bien poco que
esperar? En este mundo es donde tiene que brillar la esperanza cristiana. También
por eso el Señor ha querido quedarse con nosotros en la
Eucaristía, grabando en esta presencia sacrificial y convival la promesa
de una humanidad renovada por su amor. Es significativo que el Evangelio de
Juan, allí donde los Sinópticos narran la institución de
la Eucaristía, propone, ilustrando así su sentido profundo, el
relato del «lavatorio de los pies», en el cual Jesús se hace
maestro de comunión y servicio (cf. Jn 13, 1-20). El
apóstol Pablo, por su parte, califica como «indigno» de una
comunidad cristiana que se participe en la Cena del Señor, si se hace en
un contexto de división e indiferencia hacia los pobres (Cf. 1 Co
11, 17.22.27.34).
II
VICTORIA EN LA
LUCHA
“La vida del hombre sobre la tierra es una
perpetua guerra”
(Job, 7,1), dice la Sagrada Escritura. ¿Y quien no lo ha sentido alguna
vez en su propia vida?
¡Cuántas dificultades y cuántas
luchas para defender el alma, para que pueda madurar y progresar en la
santidad! ¡Cuántas luchas con el sinnúmero de enemigos
exteriores e interiores! Lucha con los enemigos de fuera: con los hombres de
mala voluntad, con la incomprensión, con la calumnia, con el contagio
del mal ejemplo... Lucha con los enemigos interiores: con nosotros mismos, con
nuestra naturaleza propensa al mal, con nuestra débil voluntad, con
nuestros desalientos, con nuestras malas inclinaciones, con nuestra
precipitación y nuestra ligereza...
¿Nos puede sorprender entonces que
también nosotros prorrumpamos desesperados exclamando como el profeta
ELÍAS: “Ya basta Señor, toma ya de una vez mi vida, pues
voy a morir como mis padres”. ¿Nos puede extrañar que
también nosotros prorrumpamos como SAN PABLO: “¡Desdichado
de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”
(Rom. 7,24).
¿Quién me librará?
¿Quién me conducirá a la victoria? El mismo SAN PABLO
contesta: “Solamente la gracia de Dios por los méritos de
Jesucristo Nuestro Señor” (Rom. 7, 25)
¡Ah, si! Nos libra Nuestro Señor
Jesucristo cuando le recibimos en la Sagrada Comunión.
¡Cuántas almas que sufrían sin esperanza, que se
debatían desesperadas por la conciencia de sus pecados, han
experimentado en sí mismas esta gran verdad: de que realmente la
Santísima Eucaristía es victoria en la lucha!
Y esto aunque nos parezcan
exiguos los efectos de la
comunión frecuente, como aparentemente le ocurría a un
capitán de navío:
“Hacía oración;
comulgaba con frecuencia y, a pesar de todo, fácilmente montaba en
cólera, por tener un carácter muy vehemente.
¡Cuántos reproches se hacía por este motivo!
¡Cuántas veces había intentado dominarse pero en vano!
Un día,
en que estaba charlando con sus oficiales, uno de ellos le dijo:
—Hay algo que no entiendo, mi
capitán. Es usted católico, comulga con frecuencia y, a pesar de
todo, se deja llevar de la ira en ciertos momentos.
Ante esto, el capitán
sólo dijo:
—Ah! Si no comulgara con tanta frecuencia...
tened por seguro que ya os habría echado a todos al mar.
¡Cuántas veces nos
encontramos en la vida con hombres así, aquellos que tienen que sostener
una gran lucha contra sus malas inclinaciones! ¡Cuántas veces nos
llenan de admiración aquellas personas que, agobiadas por las
desgracias, sin solución humana a la vista, saben mantenerse firmes, no
se desalientan y siguen luchando! ¿Cuál es su secreto?
Les pasa algo parecido al asedio que sufrió
Verdún en la guerra. Los alemanes atacaron la fortaleza con una fuerza
formidable, y a pesar de todo no pudieron tomarla. La cercaron, cortaron todos
los caminos... y la fortaleza resistió. Resistió, porque
tenía un corredor subterráneo que la unía con su
nación, y este último hilo la salvó.
Por muy desesperada que parezca la vida, aunque nos
cubran montones de ruinas y nos cierren todos los caminos, basta que nos quede
un refugio: nuestra fe, el último lazo que nos une con
Cristo-Eucaristía... entonces nos sostendremos a pesar de todo y
experimentaremos en nuestra propia persona que realmente la Santísima
Eucaristía es triunfo en la lucha.
III
AYUDA EN LA
NECESIDAD
Si hay alguien que pueda conocer la toda la
amargura del sufrimiento humano, no puede ser otro que Nuestro Señor
Jesucristo. Él
cargó con la cruz y sintió una sed abrasadora en el árbol
de la cruz. No obstante rechazó la bebida refrescante que se le
ofrecía porque en ella había sustancias que le hubiesen calmado
el dolor y le hubiesen disminuido su nivel de conciencia, prefiriendo estar
totalmente consciente hasta el fin en su Pasión.
¿Cómo entonces Jesucristo no se va a
compadecer de nuestras necesidades y miserias? Si nos postramos ante
Él presente en el Santísimo Sacramento, estemos seguros que
alcanzaremos la fortaleza que necesitamos, nos sentiremos seguros y protegidos,
aunque en torno a nosotros brame se desencadene un terrible huracán.
Postrados, en actitud humilde. Como aquel
montañero que después de una subida muy fatigosa logró escalar
una cumbre muy alta. Tan entusiasmado estaba, que sin preocuparse del furioso
viento, se irguió en el sitio más alto. El guía se dio
cuenta del peligro que corría y le gritó al instante:
“¡De rodillas inmediatamente! Aquí solamente puede el hombre
estar seguro cuando está postrado de rodillas.”.
Sí. ¡De rodillas ante la
Santísima Eucaristía! Entonces bien puede desencadenarse en torno
a nosotros el más furioso vendaval de la vida: ¡no podrá
arrastrarnos!
Si pudiésemos echar una mirada en lo
profundo de las almas que más sufren y luchan, aquellas que parece que
yacen bajo ruinas, que no sienten el calor del sol, ni oyen el trino del
pájaro, ni perciben el perfume de las flores!... incluso en esta
situación, podrían mantenerse en paz, con tal de no perder la fe,
si permaneciesen postradas ante el Santísimo Sacramento.
Porque algunas veces se necesita más
valentía para vivir que para morir. Y ¿quién nos puede infundir esta
valentía sobrehumana, esta ayuda eficaz? Sólo
Jesucristo-Eucaristía.
¿Dónde está la fuente sanadora
para los millones y millones de enfermos del alma que pueblan la tierra?
Aquí; en la Santísima Eucaristía. De esta fuente brota la
fuerza del amor de Cristo, para asistirnos cuando nos sentimos necesitados de
ayuda.
Es sabido que en la Sagrada Escritura el
símbolo del sufrimiento es el cáliz. “¿Podéis
beber el cáliz que yo he de beber?”, preguntó el
Señor a los dos hermanos y apóstoles (Mateo 20,22).
¡El cáliz del dolor! !La
copa del sufrimiento! Muchas veces apenas podemos sostener con nuestras manos
temblorosas el cáliz en que están reunidos nuestros males, toda
la amargura de nuestras lágrimas y enfermedades... vamos
levantándolo de mal grado para probarlo... nos quejamos de que resulta
difícil, harto difícil.
Y... de repente nos parece sentir que una mano
vigorosa, la mano de Cristo, coge nuestra mano débil y va levantando el
cáliz. Nuestra mirada se posa en el rostro de Cristo. ¡Oh, como
resplandece aquel rostro cuando levanta valientemente el cáliz ante el Padre
celestial! Ya no es tan solo mi cáliz... El cáliz ha crecido
inmensamente. Contiene, sí, todas las amarguras de mi pequeño
cáliz, pero contiene también todos los pesares, dolores,
tristezas y sacrificios del mundo; contiene todas las lágrimas, todas
las gotas de sudor y de sangre de Cristo, todas sus oraciones, alegrías
y triunfos. No hay queja humana, no hay dolor en la tierra que no esté
en aquel cáliz. Está en él también el mío,
pero me resulta fácil ahora sostener el cáliz, porque sostiene mi
mano temblorosa la mano divina de Cristo.
En cuanto se mezcla el pequeño cáliz
de nuestras amarguras con el cáliz inmenso del Cristo Sacramentado, al
instante nos parece más fáciles las luchas de esta vida.
Cuando los atletas en las olimpiadas ya no eran
capaces de soportar el esfuerzo, pasaban por la “meta sudans” y
sentían que su cuerpo se refrescaba con el agua fría con que se
les rociaba. Lo mismo nos pasa a nosotros. Cuando apenas tenemos fuerzas para
resistir las pruebas que tiene la vida, podemos proseguir la lucha porque nos
reaniman las gotas reconfortantes de la sangre preciosa de Cristo.
No nos desalentemos, aunque Cristo nos lleve por un
camino lleno de sufrimientos, y nos pregunte: “¿Puedes beber este
cáliz?” No nos asustemos. Arrodillémonos ante el
Santísimo Sacramento y digámosle: “Tú sabes,
Señor, que puedo beberlo... Es decir, que quisiera beberlo...
quizás ni siquiera quisiera beberlo. Más Tú
enséñame, para que así pueda hacerlo, para que quiera
hacerlo, para que lo beba con amor. Confórtame con tu cuerpo y sangre
que diste por mí, para que siguiendo tu ejemplo también yo beba
con el alma dócil el cáliz de la amargura en el momento y en el
lugar en que la Providencia paternal de Dios quiera ofrecérmelo.
Concédeme que el Santísimo Sacramento sea realmente para
mí ayuda en la necesidad.
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
56.
María, con toda su vida junto a Cristo y no solamente en el Calvario,
hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía.
Cuando llevó al niño Jesús al templo de Jerusalén
«para presentarle al Señor» (Lc 2, 22), oyó
anunciar al anciano Simeón que aquel niño sería «
señal de contradicción» y también que una
«espada» traspasaría su propia alma (cf. Lc 2,
34.35). Se preanunciaba así el drama del Hijo crucificado y, en cierto
modo, se prefiguraba el «stabat Mater» de la Virgen al pie
de la Cruz. Preparándose día a día para el Calvario,
María vive una especie de «Eucaristía anticipada» se
podría decir, una «comunión espiritual» de deseo y
ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la
pasión y se manifestará después, en el período
postpascual, en su participación en la celebración
eucarística, presidida por los Apóstoles, como
«memorial» de la pasión.
¿Cómo
imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro,
Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última
Cena: «Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros» (Lc
22, 19)? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos
sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la
Eucaristía debía significar para María como si acogiera de
nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono
con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al
pie de la Cruz.
IV
VIDA EN LA
MUERTE
Dondequiera que se pose nuestra mirada, ve el
rostro de la muerte.
El suelo que pisamos se formó de seres que
murieron hace millares de años. Mueren nuestros padres, nuestros amigos,
nuestros conocidos... un día también yo tendré que irme
y pasar por la gran puerta obscura que se llama “morir”.
A pesar de lo que hagamos, por más que no
queramos, llegamos un día al cementerio. Tú y yo. Quizá
hasta que se nos erija un monumento funerario. Con brillantes letras de oro se
grabará en él nuestro nombre para que la gente lo pueda leer al
pasar. Al principio se detendrán algunos delante de nuestra tumba, y
leyendo nuestro nombre recordarán lo que hicimos en nuestra vida. Pero a
los pocos años la lluvia habrá borrado las letras, después
de algunos decenios el tiempo habrá desdibujado el grabado en la
piedra... ¡No importa! Porque entonces, ¿a quién
podrá interesar nuestro nombre, nuestra vida? No habrán pasado
treinta o cuarenta años desde nuestra muerte... y ya nadie se
interesará por nosotros? ¡Absolutamente nadie en este mundo!
Meditando en estas cosas podría apoderarse
de nosotros una negra melancolía, y abatidos nos rendiríamos al
destino inevitable..., si..., si no tuviésemos a Cristo, si no
tuviésemos la Santísima Eucaristía. Pero desde que Cristo
pasó por la tierra y pronunció sus admirables palabras sobre la
fuerza del Santísimo Sacramento, ya no puede quebrantarnos el
pensamiento de la muerte.
¿Cuáles son esas palabras? “Quien
come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna; y yo le resucitaré en
el último día” (Juan 6,55).
¡Palabras grandiosas, palabras santas,
palabras de vida! Las pronunció CRISTO que pasó triunfalmente por
la puerta de la muerte para resucitar en la vida eterna. Desde entonces la
Iglesia ve en la sagrada comunión la prenda de la resurrección;
no ha de perecer definitivamente el cuerpo humano que recibió a Cristo
Sacramentado, el cual es semilla, siembra de vida eterna.
Así se comprende el esmero y solicitud de la
Iglesia por urgir la recepción del Santísimo Sacramento cuando
peligra la vida. Debemos de ayunar un tiempo antes de comulgar. Pero se hace
excepción a esta regla para el enfermo que ha de recibir el santo
Viático; puede comulgar aunque antes haya comido. ¿Por
qué? Porque es necesario que comulgue. Es necesario que antes de morir, en
los últimos momentos, tome una vez más el sacramento que para
nosotros es fuente de inmortalidad, prenda de vida eterna.
¡Que inaudita crueldad manifiestan los
familiares que privan al enfermo de esta “medicina de la
inmortalidad”, como suele llamársela según antigua
expresión de la Iglesia! En cambio, ¡qué indecible alivio
para el enfermo el no tener que sostener a solas la última lucha, sino
acompañado del santo viático de la sagrada comunión!
“Hermano, tú que vas a morir,
vivirás eternamente”, parece decir la iglesia a su hijo que entra
en el ocaso de la vida. Y puede decírselo. Nuestro Señor
Jesucristo instituyó este sacramento precisamente en el ocaso del
día, como simbolizando que su fuerza será ayuda victoriosa contra
el ocaso de la vida.
En las torres de nuestras iglesias se alza el reloj
que nos repite sin cesar: ¡Cuidado, la vida pasa! Pero en el interior
está la Santísima Eucaristía, que pregona sin descanso: “Quien
come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna; y yo le resucitaré en
el último día”. (Juan 6,55)
El Santísimo Sacramento es memorial de la
muerte de Cristo. Por consiguiente, todas las veces que me acuerde de la propia
muerte pensaré en la muerte de Cristo, y ya no me espantaré de la
mía.
Tantas veces he recibido el cuerpo de Aquel que
venció a la muerte, que puedo tener la seguridad de vencerla
también yo.
***
En el año 1937 unos exploradores rusos
lograron pasar algunos meses en el Polo Norte, en el reino del “hielo
eterno”, o, como suele llamarse, en el reino de la “muerte
eterna”. Hasta entonces cundía la creencia de que en el clima
glacial del Polo realmente no hay más que muerte, es decir, no hay
planta ni animal que pueda vivir allí. Grande fue, sin embargo, la
sorpresa de los exploradores al encontrar en el mismo Polo Norte una flor... ¿Y
qué flor? Acá y allá debajo de la nieve eterna brota una
especie de alga diminuta, del tamaño de la cabeza de un alfiler, de
color azul. Quisieron descubrir la raíz de esa “flor”, y
entonces tuvieron una sorpresa aun mayor: fueron cavando siguiendo el tallo,
llegaron excavando hasta nueve metros de profundidad, y todavía no
dieron con el extremo de la raíz.
¡Qué ejemplo más
alentador el de esta flor! Por todas partes te rodean el hielo y la muerte, y
tú no te asustas, no retrocedes. Vas taladrando el suelo, subes desde la
profundidad, del reino de la oscuridad y de la muerte, hacia afuera, hacia
arriba, hacia la luz del sol. No te desalientas en el trabajo, y, sin embargo,
por todas partes te circunda la muerte. Y llega un momento en que sales
realmente de la cárcel de hielo, Dios sabe de cuantos metros de grueso,
y te encuentras con la luz, con el sol, con la vida.
¿No hemos de buscar nosotros con la misma
confianza —en medio del reino de la muerte— el rayo de sol de la
vida eterna, a Jesús Sacramentado?
Si el
enemigo coge prisionero al rey de una nación, ya tiene en su mano a todo
el reino. Después de la santa comunión tenemos cautivo en nuestro
corazón a Jesucristo, nuestro Rey: Él es la prenda de nuestra
dichosa resurrección y de nuestra vida eterna.
“¡O, sacrum convivium!”, exclama con justo titulo la Iglesia.
“¡Oh, sagrado banquete!”, en que recibimos a Cristo, en que
celebramos la memoria de su Pasión y nuestra alma se llena de gracia y
recibimos la prenda de la gloria futura!”
De esta forma, si antes de morir puedo recibir el
Santísimo Sacramento, el lecho de muerte no será, para mí
sino un campo de aviación en miniatura: subo al avión, me despego
de la tierra... me lanzo... hacia las alturas... hacia las orillas eternas.
Por tanto, la Santísima Eucaristía es
realmente paz en la guerra, victoria en la lucha, ayuda en la necesidad y vida
en la muerte.
Cuando Dante, en la “Divina Comedia”,
después de haber pasado por el infierno, el purgatorio y el cielo, llega
cansado al final de su jornada, se postra de rodillas ante la Virgen Madre y le
suplica que le de su bendición para su último trecho del camino,
a él, peregrino envejecido que tanto ha sufrido.
El poeta, cansado por la lucha de la
vida, suplica a la Virgen que le ayude a ganar la ultima victoria, que le
conduzca al hogar, al reino eterno de Dios; nosotros, sin embargo, al adorar la
Santísima Eucaristía, al rezar delante de Jesús
Sacramentado, al recibirle, recibimos del mismo Hijo de la Virgen Bendita las
fuerzas para la guerra, para la lucha, para la perseverancia, para la
última victoria.
Si el
sol se apagase repentinamente, a los ocho minutos no habría luz en la
tierra, empezaría a agonizar la vida, y a las veinticuatro horas
estaríamos a 273 grados bajo cero; se extinguiría la vida por
falta de luz.
“Yo soy la luz del mundo” (Juan 8,12), dice Jesús.
¡Salve, luz del mundo!
¡Salve, alimento de los
peregrinos!
¡Salve, Santísima
Eucaristía, que pacificas, que das la victoria, que ayudas en la
necesidad, que das la vida en la muerte!
¡Salve, Jesús
Sacramentado, expuesto ante nuestros ojos en el ostensorio!
En Ti tenemos puesta nuestra
esperanza; Tú eres nuestra vida, nuestra salud y nuestro auxilio. Haz
que estemos preparados, que tengamos una buena muerte, para que cuando nos
llames de este mundo podamos estar contigo.
Puesto que hablo a personas inteligentes, juzgad vosotros mismos lo
que os digo. El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es
acaso la comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos,
¿no es la participación del cuerpo del Señor? Porque todos
los que participamos del mismo pan, aunque muchos, venimos a ser un solo pan,
un solo cuerpo.
(I Carta a los Corintios, 10,15-17)
Para la ciencia médica ha sido un gran adelanto
el descubrimiento de las vitaminas y el hecho de poderlas poner al servicio de
una alimentación sana y de la curación de las enfermedades. Como
es obvio las vitaminas siempre han existido desde que hay vida en la tierra.
Éramos nosotros quienes no las conocíamos. No sabíamos el
papel decisivo que desempeñan en la conservación de la vida.
Tampoco conocíamos la causa de muchas enfermedades. Ciertos enfermos,
sin saber por qué, se debilitaban, perdían el ánimo,
enflaquecían y se enfermaban. Hoy día ya sabemos que su
alimentación era deficiente. No tomaban las suficientes vitaminas. Y si
faltan éstas, entonces necesariamente el organismo se debilita y
enferma.
SANTO TOMÁS, en uno de sus himnos
eucarísticos, llama a la Santísima Eucaristía “panis
vivus et vitalis”, “pan vivo y vivificador”. De haber
escrito hoy el himno, quizá hubiese al Santísimo Sacramento
“vitamina de la vida espiritual”, porque es el elemento
constitutivo imprescindible para la vida del alma.
De ahí que por mucho que alimentemos nuestra
mente de ciencia, de arte y de técnica, nuestra alma seguirá
anémica, pálida, débil y enfermiza si nos falta el pan de
vida, si nos falta la fuerza vital de la Santísima Eucaristía.
Porque lo que es la vitamina para la vida del cuerpo, esto viene a ser para el
alma e incluso para la comunidad la Santa Eucaristía.
I
LA
EUCARISTÍA ES NECESARÍA PARA LA VIDA DEL INDIVIDUO
Es preocupante hoy día, según afirman
los médicos, el creciente número de personas que padecen de
los nervios. Fácilmente nos encontramos a cada paso con hombres
angustiados y desesperados, en continuo desequilibrio interior.
¿Cuál es la causa?
¿Cómo han llegado al estado en que se encuentran? Sin duda alguna hay varias causas de
orden económico, médico, ambiental y moral. Mas la causa
más frecuente del desasosiego espiritual es la falta de fe religiosa. No
se puede negar que también pueden perturbar el equilibrio espiritual los
otros factores ya mencionados; mas si se encuentran con la fuerza de
resistencia que posee un alma cimentada en Dios, estos factores son
inoperantes.
Si no sabemos dar respuesta satisfactoria a las
cuestiones más candentes de la vida —y el hombre descreído
no puede darla—, ya tenemos forzosamente dudas y cavilaciones
abrumadoras, que destruyen el equilibrio del espíritu: ¿Puede
extrañarnos entonces que un hombre sano sucumba ante tales crisis?
Aquella persona cuya alma es roída por la duda religiosa, tendrá
síntomas enfermizos también en otros órdenes de la vida.
Porque así como de la convicción religiosa brota fuerza
espiritual, de modo análogo, de las cuestiones religiosas que no se les
da respuesta, nace un sentimiento de inseguridad y de incertidumbre que influye
en todo nuestro organismo.
Así se comprende que vaya creciendo el
número de pensadores —incluso entre los incrédulos—
que reconocen abiertamente el valor de la convicción religiosa en
punto a la salud del alma. Por ejemplo, el gran filósofo de
pedagogía, FECHNER, aunque vivía muy alejado del cristianismo,
escribió: “Suprime la oración en el mundo, y parecerá
que has roto el lazo que une a la humanidad con Dios; es lo mismo que si
cortases toda comunicación entre el hijo y su padre.” Por
consiguiente, el que enseña a rezar a la humanidad le está
regalando el mayor tesoro del mundo.
Arquímedes pedía un
punto de apoyo para su palanca... y decía que así sacaría
el mundo de sus quicios. El hombre que se ha desgajado de Dios, en vano
buscará el punto de reposo que le dé el sentimiento de una
seguridad completa; en cambio, el alma que reza ante el Santísimo
Sacramento ya ha encontrado ese punto fijo.
Puesto que entre la fe en Dios y la salud
espiritual hay una conexión tan íntima, no debe sorprendernos que
los trastornos psíquicos aumenten en proporciones alarmantes, ya que,
día tras día, se aflojan los vínculos que nos unen con
Dios. En cuanto empieza a menguar en la humanidad la convicción
religiosa, el desasosiego y la incertidumbre se apoderan del hombre.
Fijémonos en el campo social. La fe
religiosa es el vínculo que nos une a Dios, pero al mismo tiempo nos une
entre nosotros y da fuerza de cohesión a la humanidad; cuando se rompe
este vínculo, la comunidad se hace trizas, la vida empieza a atomizarse.
La sociedad se descompone al desviarse por falsos derroteros; el arte se
degrada, la vida humana pierde su objetivo. Porque el volver la espalda a Dios
no puede tener sino efectos destructores tanto en la vida individual como en la
social.
Si el hombre no quiere verse sumido en
un estado de postración y de mezquindad, necesita la fuerza de los
ideales que le empujen hacia la altura. Necesitamos de ideales que
estén muy por encima de nosotros mismos.
El ideal más digno nos lo
propone la fe; ella
nos ofrece un objetivo tan sublime que es merecedor de una adhesión
inquebrantable, la adhesión de todo nuestro ser y de todos nuestros
sentimientos.
Nietzsche arrojó de su alma la
fe cristiana, se quedó vacío y quiso rellenar este vacío
recurriendo a un paradigma nuevo: el “Ubermensch”, el “superhombre”.
Pero este “superhombre” no es más que una sombra, nacido de
la fantasía, al que nadie puede asirse... Nietzsche mismo acabó
demente.
En el hombre que pierde la fe —y
con ello el sentido de su vida— empieza una lucha extraordinariamente
dolorosa, digna de compasión: se pone a buscar algo que nunca
podrá encontrar fuera de Dios.
Sin Dios la vida pierde su objetivo; y
una vida así no es posible vivirla con equilibrio y armonía
espiritual. De ahí que el alma que ha perdido a Dios fácilmente
se desequilibre psíquicamente. Así se comprende la
aseveración del célebre psiquiatra JUNG: “En una tercera
parte, aproximadamente, de mis pacientes no hay ninguna neurosis comprobable
clínicamente; su enfermedad no consiste sino en la falta de objetivo y
de sentido de su vida. Ésta es la principal causa de la neurosis en
general (Cit. en Shönere Zukunft, pág. 675).
¿Qué ayuda puede
prestarnos en este punto la Santa Eucaristía? Nos protege contra la
postración moral y nos invita a ascender a la altura de los grandes
ideales.
¿Puede haber algo más
edificante, que más nos impulse a vivir una vida más digna que la
Eucaristía? ¿Es posible decir cosa mayor que ésta: en el
Santísimo Sacramento está presente nuestro Jesús?
¡Aquel Jesús, cuyo nombre despide fragancia, como bálsamo
derramado, a cuya mención se ponen en fuga a todos los poderes del
infierno y se sanan todos los enfermos! Pues en la Eucaristía
está realmente presente el mismo Jesús.
¡Qué vida más pujante puedo
esperar también yo, si recibo dignamente la Santa Eucaristía!
Después de la comunión el Sagrado Corazón de Jesús
late dentro de mí, la sangre del Salvador corre por mis venas y purifica
mi corazón pecador de toda debilidad y mezquindad, para que no quede en
él ni la más leve escoria, para que no tenga ni un solo latido
que no sea por Dios y por su gloria.
Si el hombre moderno sufre de parálisis
moral, de cojera espiritual, ¿adónde podrá acudir mejor
que a la Santa Eucaristía para buscar remedio, para curar su alma?
Dice la SAGRADA ESCRITURA: “Venid a comer
de mi pan y a beber del vino que os tengo preparados” (Prov. 9,5). “Sedientos,
venid todos a las aguas... Escuchadme con atención y alimentaos del buen
manjar” (Isaías 55,1,2).
En conclusión, el que recibe con frecuencia
y devoción la Santa Eucaristía no tiene de qué temer,
recibe la mejor vitamina del alma.
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
16.
La eficacia salvífica del sacrificio se realiza plenamente cuando se
comulga recibiendo el cuerpo y la sangre del Señor. De por sí, el
sacrificio eucarístico se orienta a la íntima unión de
nosotros, los fieles, con Cristo mediante la comunión: le recibimos a
Él mismo, que se ha ofrecido por nosotros; su cuerpo, que Él ha
entregado por nosotros en la Cruz; su sangre, «derramada por muchos para
perdón de los pecados» (Mt 26, 28). Recordemos sus
palabras: «Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por
el Padre, también el que me coma vivirá por mí» (Jn
6, 57). Jesús mismo nos asegura que esta unión, que Él
pone en relación con la vida trinitaria, se realiza efectivamente. La
Eucaristía es verdadero banquete, en el cual Cristo se ofrece como
alimento. Cuando Jesús anuncia por primera vez esta comida, los oyentes
se quedan asombrados y confusos, obligando al Maestro a recalcar la verdad
objetiva de sus palabras: « En verdad, en verdad os digo: si no
coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no
tendréis vida en vosotros » (Jn 6, 53). No se trata de un
alimento metafórico: « Mi carne es verdadera comida y mi sangre
verdadera bebida » (Jn 6, 55).
II
TAMBIÉN
LA SOCIEDAD NECESITA LA EUCARISTÍA
La Eucaristía es pan de vida no
solamente para el individuo, sino también para la sociedad, porque es
“prenda de la gloria eterna” y “vinculo de la caridad”.
La Eucaristía es “prenda de la gloria
eterna”. Y la
fe en la vida eterna influye decisivamente en el progreso de la sociedad.
“Pero —objetan algunos—, el
pensamiento del más allá hace al hombre inútil para este
mundo. Si pienso en el más allá, lucho menos por esta vida
terrena. Si pienso en el otro mundo, pierde su valor a mis ojos el mundo
presente.”
No se necesita reflexionar mucho para ver
cómo este razonamiento es falso, y que es verdad precisamente todo lo
contrario. Para el cristiano la vida presente tiene enorme importancia, porque
precisamente de ella depende la suerte de su vida eterna. Según nuestra
fe solamente llegaremos a la plenitud de vida —lo que con otras palabras
llamamos vida eterna o visión beatifica de Dios— si pasamos esta
vida terrena lo más recta, honrada y santamente posible. ¿Puede
darse más importancia a la vida terrena que cuando se nos enseña:
“Tendrás que dar cuenta de todos tus momentos, de todas tus
palabras, pues todo cuanto hagas tiene repercusiones en la eternidad?
Así es; si hay alguien que se toma
más en serio esta vida terrena es precisamente el cristiano.
De la fe en el otro mundo brota también la
auténtica grandeza humana. El cristiano sabe que su fin
último no se cifra en los pocos años que le quedan de vida. Y
¡cuánto más imponente y consoladora es su vida por este
motivo, que la de aquel que reduce su existencia a pensar miserablemente
sólo en esta vida terrena, llena de luchas!
La fe en otro mundo y la vida activa en medio del
mundo para nada se excluyen.
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
20.
Una consecuencia significativa de la tensión escatológica propia
de la Eucaristía es que da impulso a nuestro camino histórico,
poniendo una semilla de viva esperanza en la dedicación cotidiana de
cada uno a sus propias tareas. En efecto, aunque la visión cristiana
fija su mirada en un «cielo nuevo» y una «tierra nueva»
(Ap 21, 1), eso no debilita, sino que más bien estimula
nuestro sentido de responsabilidad respecto a la tierra presente. Deseo
recalcarlo con fuerza al principio del nuevo milenio, para que los cristianos
se sientan más que nunca comprometidos a no descuidar los deberes de su
ciudadanía terrenal. Es cometido suyo contribuir con la luz del
Evangelio a la edificación de un mundo habitable y plenamente conforme
al designio de Dios. (...)
Anunciar
la muerte del Señor «hasta que venga» (1 Co 11, 26),
comporta para los que participan en la Eucaristía el compromiso de
transformar su vida, para que toda ella llegue a ser en cierto modo
«eucarística». Precisamente este fruto de
transfiguración de la existencia y el compromiso de transformar el mundo
según el Evangelio, hacen resplandecer la tensión
escatológica de la celebración eucarística y de toda la
vida cristiana: «¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22,
20).
Añadamos todavía la
fuerza inestimable que la fe en el otro mundo representa para soportar los
sufrimientos de esta vida terrena.
Hombre y sufrimiento son conceptos
inseparables. Sufre el que cree en el más allá y sufre el que no
cree. Pero ¡qué diferencia hay entre ambos!, ¡cómo
del cielo a la tierra! Si creo en Dios y en su reino, si me conforta y me renueva
la Eucaristía, prenda de la gloria eterna, entonces me infunde fuerzas
el pensamiento de que en la gloria eterna —reino de justicia y de
caridad— cesaran toda injusticia y todo desamor y recibirá su
galardón la el amor perseverante con que hayamos vivido en esta vida
terrena. Pero ¿qué será de mí, de dónde
sacaré las fuerzas para los días del sufrimiento, de
persecución o privación, si tengo la convicción de que no
existe nada más allá de la muerte?
La Eucaristía aporta
también otro valor inmenso para la sociedad: la Eucaristía es
vínculo de caridad.
¿Cuál es el incentivo
más frecuente que rige la actividad humana? El egoísmo, el
egoísmo grosero que no conoce el amor y que pisotea a todo el mundo.
De ahí que un hombre se adueñe de otro, que una nación se
imponga otra nación, una raza a otra raza. Bajo la influencia de este
egoísmo el amor propio degenera en avaricia desalmada; y bajo la misma
influencia el patriotismo degenera en nacionalismo exacerbado, llevando a las
naciones a una guerra económica tan cruel como escandalosa, a la
explotación de unas naciones por otras.
Pues bien, ¿qué es lo contrario del
egoísmo? El amor. ¿Y dónde encontramos el mayor amor? En
Jesucristo. ¿Y cuándo más se manifiesta el amor en
Jesucristo? Al instituir la Santísima Eucaristía. Así lo
afirma San Juan: “Como hubiese amado a los suyos que estaban en el
mundo, los amó hasta el fin” (Juan 23,1).
Por consiguiente, este sacramento es remedio
singular contra el egoísmo y en él encontramos la fuerza de
unión para la comunidad. Durante la santa misa, y en el momento de la
sagrada comunión, desaparece todo orgullo y engreimiento humano, todo
desprecio y desamor; con la misma humildad se arrodillan, uno al lado del otro,
el rey y el vasallo, el rico y el pobre, el viejo y el joven, el hombre y la
mujer. Y se realizan las palabras del beato EYMARD: “El Santísimo
Sacramento comunica a todos un mismo rango y así establece la verdadera
igualdad. Fuera del templo hay dignidades, más en la mesa de nuestro
hermano primogénito, Jesús, todos somos hermanos.”
Así, pues, la Santísima
Eucaristía une a los pueblos y a la humanidad. Blancos y negros,
norteños y meridionales adoran al mismo Cristo en la santa misa y
reciben al mismo Redentor en la sagrada comunión. Es la verdadera
organización de las Naciones Unidas: ¡la hermandad de los millones
y millones de hombres que se postran ante Jesucristo Sacramentado! Por medio de
Él Dios se une con el hombre y el hombre con Dios, y también se
unen las almas entre sí. Y los hombres así unidos dan cumplimiento
a la súplica de SAN PABLO: “Os ruego encarecidamente, hermanos
míos, por el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo... que no haya
entre vosotros cismas ni divisiones, antes vivid perfectamente unidos en un
mismo pensar y en un mismo sentir” (Cor. 1,10).
El primitivo cristianismo se complacía en la
imagen del pan amasado de muchos granos de trigo. En ella veía
simbolizado el pensamiento de que la Eucaristía es realmente el
vínculo del amor unitivo.
Después de los libros del Nuevo Testamento,
el más antiguo monumento literario que tenemos del primitivo
cristianismo es la “Didaché”. En ella encontramos la
siguiente oración: “Así como este pan fraccionado estuvo
esparcido por los montes y recogido se transformó en uno, de modo
análogo sea reunida de todas las partes del mundo en tu reino tu
comunidad, porque tuya es la gloria y el poder por medio de Jesucristo”
(9, 4).
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
34.
La Iglesia, mientras peregrina aquí en la tierra, está llamada a
mantener y promover tanto la comunión con Dios trinitario como la
comunión entre los fieles. Para ello, cuenta con la Palabra y los
Sacramentos, sobre todo la Eucaristía, de la cual «vive y se
desarrolla sin cesar», y en la cual, al mismo tiempo, se expresa a
sí misma. No es casualidad que el término comunión se
haya convertido en uno de los nombres específicos de este sublime
Sacramento.
40.
La Eucaristía crea comunión y educa a la comunión.
San Pablo escribía a los fieles de Corinto manifestando el gran
contraste de sus divisiones en las asambleas eucarísticas con lo que
estaban celebrando, la Cena del Señor. Consecuentemente, el
Apóstol les invitaba a reflexionar sobre la verdadera realidad de la
Eucaristía con el fin de hacerlos volver al espíritu de
comunión fraterna (cf. 1 Co 11, 17-34). San Agustín se
hizo eco de esta exigencia de manera elocuente cuando, al recordar las palabras
del Apóstol: «vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros
cada uno por su parte» (1 Co 12, 27), observaba: «Si
vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del
Señor está el misterio que sois vosotros mismos y recibís
el misterio que sois vosotros». Y, de esta constatación,
concluía: «Cristo el Señor [...] consagró en su mesa
el misterio de nuestra paz y unidad. El que recibe el misterio de la unidad y
no posee el vínculo de la paz, no recibe un misterio para provecho
propio, sino un testimonio contra sí».
La Santa Eucaristía es nuestro
verdadero pan de vida.
El aire consta de un ochenta por
ciento de nitrógeno y de un veinte por ciento de oxígeno. Si
falta el oxígeno, no hay vida. Si está en menor cantidad, los
seres vivientes se asfixian y pierden el conocimiento. Tampoco en la
atmósfera espiritual puede faltar el oxígeno de la fe religiosa.
Si disminuye le falta al alma lo más importante y es imposible que la
persona sea feliz; se siente mal, aunque muchas veces no sepa el porqué.
¿Qué es lo que le falta al hombre
moderno para que no sea feliz? ¿Medios materiales? Tiene más qua
en cualquier otra época. ¿Comodidad, salud, diversiones? Nunca
las ha tenido con tanta abundancia. ¿Ciencia?, ¿técnica?,
¿arte? Aventaja en ello a todas las épocas.
Entonces, ¿qué le falta? El pan de
vida, la Eucaristía. Y por esto no tienen paz ni las personas ni la
sociedad ni los pueblos. ¡En cuántas cosas hemos buscado la paz!
¡Cuántas veces creíamos que habíamos encontrado la
felicidad! Y hoy día está mas lejos de nosotros que en cualquier
otro tiempo. El hombre, desterrado del Paraíso, anda errante y
desasosegado desde hace milenios por esta tierra, y no encuentra la paz.
¿Por qué? Porque este mundo no es capaz de dar aquella paz que
anhelamos: la paz espiritual permanente, sin turbación alguna.
Mas CRISTO desde la Eucaristía nos dice: “La
paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como os la da el mundo”
(Juan 14,27). ¡Ah!, es lo que nosotros necesitamos. Los que se llenen del
espíritu de la Eucaristía serán hombres de buena voluntad.
Y a estos tales se les ha prometido la paz: “Gloría a Dios en
las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”
(Lucas 2, 4).
***
Un misionero estaba enseñando a unos
niños árabes los principios de la fe cristiana. Se acercaba la
Navidad, y el misionero mostró a los rapaces el cuadro bien conocido de
todos nosotros: la Sagrada Familia buscando alojamiento en la noche. La Virgen
María monta un jumento, San José guía el animal,
llevándole cogido por la brida.
Los niños y niñas miran el cuadro, y
uno dice: “¡Padre! El cuadro está mal. María va
montada y José a pie. Tendría que ser al revés: el hombre
debe ir montado, y la mujer a pie.”
El niño tenía razón... para
los árabes es común que los hombres vayan cómodamente
montados, y que la mujer, cargada con una cesta sobre la cabeza, vaya
detrás caminando. La mujer entre ellos no se distingue mucho de una esclava;
el hombre la compra pagando una dote, y ella ha de demostrar, mediante un
trabajo laborioso, que el marido no ha malgastado el dinero.
—Tienes razón —contestó
el misionero—. Vosotros lo consideráis así. Pero,
¿qué os parece? ¿Por qué obró de manera tan
distinta San José y por qué era tan bueno para con María?
—Creo —contestó una
niña—, porque María había de ser la Madre del
Niño Jesús.
¡Cuán profunda y sabia
fue la respuesta de esta niña! Realmente con la aparición de
Jesús cambio la faz del mundo; no solamente fueron las mujeres las
redimidas de su antiguo estado de humillación, sino que además
toda la vida humana encontró un cauce distinto. El reino de Dios,
fundado por Jesucristo, es el de la justicia. El reino de Dios es el reino del
amor al prójimo. El reino de Dios es el reino de la pureza del
corazón, de la sencillez y de la solidaridad. Y la Eucaristía es
la fuerza que anima a este reino, el pan y el vino consagrados, el cuerpo y la
sangre de Jesús. “Te ruego para que todos sean uno, como
Tú, Padre, estas en Mí y Yo en Ti.” (Juan 27,21)
El reino de Dios ha llegado a los las
almas que tributan culto a la Eucaristía, allí ha llegado el
reino de Dios; y con el mismo ha llegado también aquello sin lo cual no
hay una vida digna del hombre: ha llegado la unidad, el amor. Porque la
Eucaristía es vínculo de caridad.
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
43.
La aspiración a la meta de la unidad nos impulsa a dirigir la mirada a
la Eucaristía, que es el supremo Sacramento de la unidad del Pueblo de
Dios, al ser su expresión apropiada y su fuente insuperable. En la
celebración del Sacrificio eucarístico la Iglesia eleva su
plegaria a Dios, Padre de misericordia, para que conceda a sus hijos la
plenitud del Espíritu Santo, de modo que lleguen a ser en Cristo un
sólo un cuerpo y un sólo espíritu. Presentando esta
súplica al Padre de la luz, de quien proviene «toda dádiva
buena y todo don perfecto», la Iglesia cree en su eficacia, pues ora en
unión con Cristo, su cabeza y esposo, que hace suya la súplica de
la esposa uniéndola a la de su sacrificio redentor.
CAPÍTULO VI
El hijo honra a su padre, y el siervo honra a su señor: pues si
yo soy vuestro padre, ¿dónde está la honra que me
corresponde? Y si yo soy vuestro Señor, ¿dónde está
la reverencia que me es debida?, dice el Señor de los ejércitos a
vosotros, los sacerdotes que despreciáis mi Nombre, y decís:
¿En qué hemos despreciado tu Nombre?
Vosotros ofrecéis sobre mi altar un pan impuro; y
después decís: ¿En que te hemos ultrajado? En eso que
decís: La mesa del Señor esta envilecida... ¿Quién
hay entre vosotros que cierre de balde las puertas y encienda el fuego sobre mi
altar?
Mi afecto ahora no es para vosotros, dice el Señor de los
ejércitos, y me desagradan totalmente vuestras ofrendas. Desde donde
sale el sol hasta el ocaso, en cambio, todas las naciones me respetan, y en
todo el mundo se ofrece a mi Nombre el humo del incienso y una ofrenda pura.
Porque grande es mi Nombre entre las naciones, dice el Señor de los
ejércitos.
(MALAQUÍAS,
1, 6-7, 10- 11)
Recuerda, lector, la impresión que nos
produce una bella catedral gótica, de aquellas que se construían
con verdadero arte y una profunda convicción religiosa.
Nos paramos a la puerta del templo, y sin decir
palabra abrimos nuestra alma y nos inundan impresiones santas.
¡Qué vuelo del espíritu en esas columnas que se lanzan
hacia el cielo! ¡Qué trabajo! ¡Qué impulso! ¡Qué
oración más fervorosa! ¿Para qué sirve todo ello?
¿Cuál es el fin que se pretende?
Nuestra mirada se detiene en medio del
templo: en el grandioso crucifijo que cuelga del arco principal a la entrada
del ábside. Si, ya se comprende. Para él se ha hecho todo. Todos
los arcos, todas las columnas, todo el arte, todo el magnífico templo
es... para esta cruz, para Aquel que está pendiente de ella y se dio y
se da todavía hoy en sacrificio por nosotros.
¡Qué fe profunda y qué arte
más excelso los que produjeron estas rosas de piedra; estos ventanales
de ensueño!... Y todo ello converge en una sola idea: en lo que
representa el crucifijo que esta en medio, y que pregona en son de triunfo el
sacrificio de Nuestro Señor, el sacrificio que Jesús
ofrendó a Dios en el árbol de la Cruz, y que desde entonces se
repite a diario en nuestros templos y será siempre la adoración
más hermosa, la única digna del Dios infinito.
Es lo primero que se destaca en la
Eucaristía: el que en ella Cristo se sacrifica nuevamente por amor a
nosotros. Cuando Jesús, en la Última Cena, dando su sagrado
cuerpo y su sangre preciosísima a los Apóstoles, les dijo: “Este
es mi cuerpo”, “Esta es mi sangre”, y
después añadió: “Haced esto en memoria
mía”, entonces ofreció a su Padre un sacrificio que
abolió el valor de todos los sacrificios anteriores o posteriores a
él. Desde entonces no hay en la tierra más que un solo sacrificio
que sea digno de Dios: el santo sacrificio de la misa, es decir, la
renovación constante del sacrificio de la Cruz.
Examinemos, pues, si la santa misa es realmente
la renovación del sacrificio de la cruz. Porque si lo es, entonces
ya conocemos nuestro deber, ya sabemos cómo hemos de participar en
ella.
I
LA
SANTA MISA ES LA RENOVACIÓN DEL SACRIFICIO DE LA CRUZ
¡Desde que el hombre existe ha
ofrecido siempre sacrificios. Mediante ellos reconoce la soberanía de Dios y el propio
estado de pecado.
El hombre, mediante el sacrificio,
reconoce la soberanía de Dios. Esa es la prueba palpable de que reconoce el
dominio supremo y absoluto de la divinidad.
¿Cuál es el libro más antiguo
de la historia humana? La Sagrada Escritura. Abramos sus primeras
páginas. ¿Qué encontramos en ellas? ¿Cuáles
son los primeros monumentos erigidos por el hombre? Dos altares: el de
Caín y el de Abel, en donde ellos ofrecieron sus sacrificios al
Señor.
Después encontramos la devastación
causada por el diluvio. Noé sale del arca. ¿Qué hace?
¿cuál es su primera ocupación? Erige un altar para ofrecer
su sacrificio al Señor.
Y siempre ocurre lo mismo. Estudiemos la historia
de los pueblos antiguos: todas las veces que van a dar un paso decisivo o a
tomar una resolución importante, lo primero que hacen es ofrecer un
sacrificio. El altar siguió siendo durante milenios la
construcción más significativa y trascendental de la humanidad.
Con el sacrificio el hombre no solamente
reconocía la soberanía de Dios, sino también su propio
pecado. Porque el hombre tiene conciencia de sus actos, se daba cuenta que
es necesario ofrecer algún sacrificio en reparación de sus
pecados. En el sacrificio era aniquilado lo que se ofrendaba. De ahí las
grandes hogueras en que se consumían las diferentes materias del
sacrificio. Estas materias eran productos de la tierra, o animales, o —es
horroroso el decirlo siquiera—algunas veces los propios hijos.
¡Pobre hombre pecador!
¿Cuánto creías que podía valer a los ojos de Dios
el sacrificio que le ofrecías, la degollación de corderos, la
combustión de cereales y frutos? No era aquello la forma definitiva del
sacrificio. Tampoco lo era el mismo sacrificio que se ofrecía en el
Antiguo Testamento, pues no satisfacía lo que quería el
SEÑOR por medio de Malaquias: “Desde donde sale el sol hasta el
ocaso es grande mi Nombre entre las naciones, y en todo el mundo se sacrifica y
se ofrece a mi Nombre el humo del incienso y una ofrenda pura.”
¿Quién nos traerá esta ofrenda pura, perfecta, agradable a
Dios?
Esta ofrenda perfecta la presentó Nuestro
Señor Jesucristo en la Última Cena. Y en el momento mismo en que
instituyó este sacrificio, quedaron abolidos y perdieron su valor todos
los demás sacrificios. En adelante no debía haber más que
un solo sacrificio agradable a Dios: la santa misa. Así la misa
llegó a ser el corazón del cristianismo.
Que la santa misa es un sacrificio verdadero,
está fuera de duda por el relato de la Última Cena.
En ella JESUCRISTO no dijo sencillamente que
él daba su cuerpo y su
sangre a sus fieles. Dijo mucho más. Fijémonos en sus
palabras: “Este es mi cuerpo, que por vosotros es entregado”
(Lucas 22,19). Y: “Esta es mi sangre, que será el sello del
nuevo testamento, la cuál será derramada por muchos para
remisión de los pecados” (Mateo 26,28).
Ponderemos bien esta expresión: “Por
vosotros”. Porque ella significa propiamente: Éste es mi cuerpo de
sacrificio, ésta es mi sangre de sacrificio. Y las palabras que la
siguen —”Haced esto en memoria mía”—significan:
Como recuerdo perenne de mi muerte dad a mis fieles, hasta la
consumación de los tiempos mi cuerpo y mi sangre bajo las especies de
pan y vino.
“Haced esto”, es decir, haced lo que yo acabo de
hacer: en ello consiste el carácter de sacrificio de la Santa
Eucaristía. “En memoria mía”; el significado
de esta expresión es que el sacrificio eucarístico no es un acto
que se pueda desligar de la muerte de cruz de Cristo, no es un sacrificio nuevo
e independiente, sino la prolongación del sacrificio de la cruz ofrecido
por Cristo, su continuación hasta la consumación de los tiempos. “Haced
esto en memoria mía” significa: Vosotros tendríais que
morir por vuestros pecados, mas yo me sacrifico en sustitución vuestra,
muero por vosotros. Por vosotros, para que vosotros no os perdáis.
De modo que el sacrificio de la cruz y el
sacrificio de la santa misa son en sustancia a una misma cosa. Una misma cosa, porque en ambos es
uno mismo el que sacrifica y una misma la víctima sacrificada. El mismo
Cristo que se sacrificó al Padre celestial en el altar de la cruz, se
sacrifica también por manos de sus sacerdotes en la misa.
Y ¿qué es lo que hace de la Santa
misa un tesoro inestimable? ¿Que el celebrante haga realmente lo mismo
que hizo Jesucristo en la Última Cena? No. ¿El que fuese el Hijo
de Dios quien dio poderes a los sacerdotes? Tampoco. Sino que aún hoy
día es el mismo Cristo quien ofrece en cada misa el sacrificio que
ofreció en aquella lejana noche de jueves Santo: El mismo sacrificio
hoy que entonces.
¿Comprendes ya el profundo sentido de la
prescripción de la Iglesia, al ordenar que en todos los altares haya un
crucifijo? Sin crucifijo no es lícito celebrar. Ya comprendes por
qué. Porque la Santa misa brota del Cristo crucificado; la Santa misa es
la prolongación del sacrificio de la cruz, ofrecido directamente por el
bien de nuestras almas.
Y no es solamente uno mismo quien sacrifica, sino
que es una misma también la victima: Jesucristo. En cada misa encuentro
al Cristo que se sacrifica por mí; en todo altar en que se celebra late
su tierno corazón reparador, tanto si el altar es el de una
magnífica catedral, hecho de mármol blanco, como si es un pobre
armatoste de madera de alguna pequeña iglesia de aldea. Cuando revestido
de ornamentos preciosos y recamados de pedrería es el Papa quien
celebra, se hace presente el mismo Cristo que cuando el sacerdote, prisionero
de un campo de concentración comunista, aprovechando el pan negro de la
comida y un poco de vino, usando a manera de cáliz una lata vacía
de conservas, celebra con gran sigilo y da la comunión a sus
compañeros de cautiverio. Es uno mismo el que sacrifica y una misma es
la víctima.
¿Que diferencia hay, pues, entre el
sacrificio de la cruz y el de la santa misa? La misa no es un sacrificio
cruento como lo fue el de la cruz, porque el Cristo glorificado ya no puede
padecer. Pero aunque no pueda padecer, el sacrificio de la misa ha de
reproducir en cierta manera su muerte. Cristo no puede ya morir en verdad, no
obstante muere en la santa misa en sentido místico: la
consagración por separado del pan y del vino nos indica la
separación del cuerpo y de la sangre de Cristo, y nos recuerda el
momento en que el cuerpo y la sangre de Cristo se separaron realmente al morir
en la cruz.
Ya comprendo en qué consiste la santa misa.
Comprendo para que sirve, y comprendo que ha de ser algo perenne.
¿Para que sirve la Santa misa?
Nosotros debemos adorar a Dios, mas no podemos
hacerlo dignamente.
Nosotros debemos suplicar la ayuda de Dios, mas no sabemos
cómo.
Nosotros debemos sacudirnos de la carga de nuestros
pecados, mas no podemos.
Nosotros debemos desagraviar las ofensas que
hacemos a Dios, pero no nos bastamos para hacerlo.
Viene Cristo, ora, y su oración es
escuchada; suplica, y su palabra llega al cielo; se ofrece, y nos vemos libres
del peso de nuestros pecados y desagravia la ofensa que hicimos a Dios.
En el altar hay un sacerdote que sacrifica y una
víctima: el mismo Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
Y a este sacrificio converge todo, absolutamente
todo. Por esto hay templo..., para que haya altar. Por esto hay sacerdotes...,
por el altar. Por esto hay ceremonias, ornamentos y vasos sagrados..., con
vistas al altar. Es decir, por Aquel que en el altar se sacrifica al Padre celestial.
A Él le adoran millones de fieles, ante Él se postran y entonan
el cántico del Apocalipsis: “Al que está sentado en el
trono, y al Cordero, bendición, y gloria, y potestad por los siglos de
los siglos” (Apocalipsis 5,13).
Sí, así se ha de adorar al Infinito;
así como Cristo lo hizo sacrificándose en el Calvario por
completo, sin reserva alguna y aplacando con la efusión de su sangre, en
sustitución nuestra, a la Divina Majestad ofendida.
Y puesto que hoy día no existe
más que un solo sacrificio digno de Dios, la santa misa, de ahí
se deduce que la santa misa no ha de cesar nunca, sino que ha continuar en
el sentido estricto de la palabra.
Conocemos la ley del Antiguo Testamento:
ningún día podía pasar sin ofrecerse un sacrificio
matutino y el vespertino. Dijo el SEÑOR a Moisés: “El
fuego ha de arder siempre en el altar, y el sacerdote cuidará de
cebarle... Este es el fuego perpetuo que nunca debe faltar en el altar”
(Levítico 6,12-13).
La ley antigua fue abolida, y su incesante culto
divino fue sustituido por el fuego de nuestros altares, que no se apaga nunca.
Nosotros realizamos de veras la profecía de Malaquías. Dice el
Señor por boca de este profeta (Malaquías 1,10-11), que en el
futuro todos los pueblos, desde Levante hasta Poniente, ofrecerán siempre
e incesantemente el sacrificio. Pero, ¿en qué religión se
realiza literalmente lo dicho por el Señor? Sólo en la Iglesia
católica. Es la única religión en que no cesa nunca, ni un
solo momento, el sacrificio puro y santo ofrecido a Dios.
Y esto no es hueca palabrería, sino una
realidad, al pie de la letra.
Cuando en nuestro país se celebran las
últimas misas del día, cuando se pone el sol, entonces en otras
latitudes rompe el alba y empiezan a celebrarse las misas. ¡Siempre
resuena el Kyrie, eleison! ¡Siempre se oye el Gloria!
¡Siempre se repite el Sanctus! ¡Nunca cesa la
transubstanciación, ni la comunión! La religión
católica, con el culto incesante de Dios, realmente ha transformado en
un único e inmenso templo toda la redondez de la tierra. Con justo
título cantamos:
“Un día asumió
carne mortal, y vino a nosotros como Niño; en el árbol de la cruz
derramó su sangre en rescate nuestro. Ahora en el Gólgota del
altar esta otra vez presente la sangre preciosísima; la víctima
es el Cordero divino, el cuerpo de Cristo, el pan.”
De la carta encíclica “La Iglesia vive de la
Eucaristía”:
12. Este aspecto de caridad universal del Sacramento
eucarístico se funda en las palabras mismas del Salvador. Al
instituirlo, no se limitó a decir «Éste es mi
cuerpo», «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre», sino
que añadió «entregado por vosotros... derramada por
vosotros» (Lc 22, 19-20). No afirmó solamente que lo que
les daba de comer y beber era su cuerpo y su sangre, sino que manifestó
su valor sacrificial, haciendo presente de modo sacramental su sacrificio,
que cumpliría después en la cruz algunas horas más tarde,
para la salvación de todos. «La misa es, a la vez e
inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el
sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo
y la Sangre del Señor».
La Iglesia vive continuamente del sacrificio redentor, y
accede a él no solamente a través de un recuerdo lleno de fe,
sino también en un contacto actual, puesto que este sacrificio se
hace presente, perpetuándose sacramentalmente en cada comunidad que
lo ofrece por manos del ministro consagrado. De este modo, la Eucaristía
aplica a los hombres de hoy la reconciliación obtenida por Cristo una
vez por todas para la humanidad de todos los tiempos. En efecto, «el
sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un
único sacrificio». Ya lo decía elocuentemente san Juan
Crisóstomo: «Nosotros ofrecemos siempre el mismo Cordero, y no uno
hoy y otro mañana, sino siempre el mismo. Por esta razón el
sacrificio es siempre uno sólo [...]. También nosotros ofrecemos
ahora aquella víctima, que se ofreció entonces y que jamás
se consumirá».
La Misa hace presente el sacrificio de la Cruz, no se le
añade y no lo multiplica. Lo que se repite es su celebración
memorial, la «manifestación memorial» (memorialis
demonstratio), por la cual el único y definitivo sacrificio redentor
de Cristo se actualiza siempre en el tiempo. La naturaleza sacrificial del
Misterio eucarístico no puede ser entendida, por tanto, como algo
aparte, independiente de la Cruz o con una referencia solamente indirecta al
sacrificio del Calvario.
II
CÓMO
HEMOS DE ASISTIR A LA SANTA MISA
Quien pondere estas cosas con alma creyente,
comprende claramente cómo ha de asistir a la Santa misa.
Es de lamentar que muchos ni siquiera tengan
idea de lo que ocurre en el altar... Muchos... ¡y no negros ni
zulúes, sino cristianos y católicos!
En el primitivo cristianismo se distinguían
perfectamente las dos partes de la Santa misa. La primera era la llamada
“misa de los catecúmenos”, es decir, de aquellos que se
preparaban para recibir el santo bautismo, pero que aun no estaban bautizados.
Para ellos estaba oculto todavía el gran misterio de la Santa
Eucaristía, no se les iniciaba aun en la esencia propiamente dicha del
sacrificio, y por tal motivo, después del Evangelio y del sermón,
antes de llegar a la ceremonia de la oblación, tenían que
abandonar el templo. De modo que a la misa propiamente dicha no asistían
más que los bautizados.
Esta segunda parte de la misa se denominaba “misa
de los fieles”.
Hoy día esta distinción ya no existe.
Hoy día todos pueden asistir a la santa misa, así los cristianos
como los que no lo son; la Iglesia no oculta a nadie sus sublimes misterios;
pero, ¿no es doloroso que precisamente entre los bautizados la santa
misa sea para muchos un gran misterio? Están presentes en torno del
altar del sacrificio durante la misa del domingo, pero en realidad no se dan
cuenta de lo que allí acontece.
¿Qué es para nosotros la santa misa?
El centro de la fe cristiana; el sacrificio de Jesucristo; el Calvario que se
renueva todos los días.
Que desconozcan esta verdad los no
católicos, es cosa de lamentar, más no es culpa nuestra; pero que
no lo sepan muchos de los católicos, no tiene explicación.
¿Qué decir si, semana tras semana, un
mes y otro mes dejan de asistir a la santa misa, porque en tal mes han de ir de
excursión, en tal otro esquiar, en el tercero hace demasiado calor, en
el cuarto porque llueve mucho...? Excusas nunca faltan.
¿Qué decir de aquellos que
están en la misa siempre mirando el reloj para ver cuánto queda
para que acabe?
¿Qué decir de las conversaciones
superfluas que se tienen durante la misa, en el interior de la iglesia?
¿Qué idea tienen estas personas de la
santa misa? ¿Saben realmente lo que significan? Si lo supieran,
saltaría su corazón de gozo. Si lo supieran, el
termómetro de su amor subiría hasta los cuarenta grados.
¡Si supieran que en cada misa es el mismo Jesucristo, Señor y
Redentor nuestro, quien se hace presente personalmente en medio de nosotros, en
cuerpo y alma! ¡Y se hace presente para sacrificarse nuevamente, a
diario, por nosotros!
Es cierto que según las apariencias es un
hombre, un sacerdote el que ofrece el sacrificio... pero en realidad no es
así. El que sacrifica verdaderamente, el único que sacrifica es
el mismo Cristo; el sacerdote no es más que un instrumento. Así
como en la misa se repite el único y mismo sacrificio de la Cruz, y por
tanto no tenemos más que una víctima, Cristo, no tenemos
más que un solo sacerdote, Cristo. Así, pues, en la persona del
celebrante visible está en la Santa misa Jesucristo, el Sacerdote
invisible.
Seguramente lo que acabo de expresar no resulte una
novedad para mis lectores. Pero temo que lo sea esto que voy a decir respecto
del papel que corresponde a los fieles en la santa misa. El bautizado es
miembro del Cuerpo Místico de Cristo. La Cabeza de este Cuerpo es
nuestro Sumo Sacerdote; de ahí se sigue que también los fieles
son en cierta manera participes de este “sacerdocio real” (I
Pedro 2,9), y que, cuando la Cabeza ofrece un sacrificio, los miembros
también han de intervenir, han de participar en el sagrado acto.
¿Qué se deduce de esto
con vistas a la vida cristiana? Que al decir “voy a misa”, vengo a
afirmar: Voy a ofrecer un sacrificio. Que al decir “voy a
misa”, estoy queriendo decir: Voy a al acto de culto más digno, el
único digno de Dios, y en el cual yo, hombre mezquino, me levanto a la
cumbre de mi dignidad cristiana, porque nunca es mayor el hombre que cuando se
presenta ante el altar para ofrecer un sacrificio a Dios. Por tanto, la actitud
del fiel en el santo sacrificio ha de ser activa, participando interiormente
con la acción sublime que se desarrolla ante ellos en el altar.
Hemos de tomar parte activa en el sacrificio de
Cristo. No basta que
Cristo haya muerto por nosotros, que se haya sacrificado por nosotros. He de
cooperar también yo. Todos hemos de cooperar. Porque hemos de
transformar el sacrificio de Cristo en nuestro propio y personal sacrificio.
Mediante el santo bautismo nos entroncamos íntimamente con Cristo, nos
hicimos miembros de su Cuerpo místico. Pues bien, si Cristo, la Cabeza,
se sacrifica al eterno Padre, entonces nos sacrifica también a nosotros,
miembros de su Cuerpo. Por tanto, estamos unidos a Cristo también el
tiempo que dura el sacrificio.
Debemos participar activamente, avivando en el alma
deseos de entrega, de sacrificio y de abnegación propia, unidos a los
sentimientos de Jesucristo, que se ofrece en sacrificio.
Cuando los primeros cristianos asistían a la
santa misa, se colocaban en torno al altar, y con los ojos atentos miraban el
Cordero del sacrificio que el celebrante tenía en la mano; con gran
fervor seguían las ceremonias, contestaban a las oraciones del
sacerdote, recibían el Cuerpo del Señor; y después, con el
alma confortada y llena de paz, salían de las catacumbas para sostener
los duros combates de la vida diaria y morir acaso en aras de su fe.
Participemos con espíritu de sacrificio en la santa misa. Porque el
sacrificio visible ofrecido en la misa ha de expresar el sacrificio invisible
de nuestra vida.
La santa misa es sacrificio verdadero en que Cristo
mismo se sacrifica a sí mismo. Por tanto, será provechosa nuestra
participación si también nosotros nos sacrificamos con Él.
¡Sacrificio expiatorio!
Primeramente debemos al principio de la misa arrepentirnos profundamente de
nuestros pecados: “Yo confieso que he pecado mucho...”,
doliéndonos sinceramente de ellos.
¡Sacrificio de oblación!
El celebrante eleva en la patena la blanca Hostia que será
transubstanciada en cuerpo de Cristo. Mientras tanto, yo también coloco
espiritualmente en la patena alguna mortificación, alguna prueba,
renuncia o padecimiento de ese día.
¡Sacrificio en la elevación! Cristo se
sacrifica por amor a mí. Miro un momento la Hostia levantada en alto,
después miro el cáliz, y mientras tanto pronuncio en mi interior
las palabras del apóstol Tomás: “Señor mío y
Dios mío”, y ofrezco en sacrificio mi mente, mi voluntad, mis
sentimientos; toda mi persona.
Esto es participar activamente, con espíritu
sacrificial, en el Santo sacrificio de la misa.
De la
carta encíclica “La Iglesia vive de la Eucaristía”:
13. Por su íntima relación con el
sacrificio del Gólgota, la Eucaristía es sacrificio en sentido
propio y no sólo en sentido genérico, como si se tratara del
mero ofrecimiento de Cristo a los fieles como alimento espiritual. En efecto,
el don de su amor y de su obediencia hasta el extremo de dar la vida (cf. Jn
10, 17-18), es en primer lugar un don a su Padre. Ciertamente es un don en
favor nuestro, más aún, de toda la humanidad, pero don ante
todo al Padre: «sacrificio que el Padre aceptó,
correspondiendo a esta donación total de su Hijo que se hizo
“obediente hasta la muerte” (Fl 2, 8) con su entrega
paternal, es decir, con el don de la vida nueva e inmortal en la
resurrección».
Al entregar su sacrificio a la Iglesia, Cristo ha
querido además hacer suyo el sacrificio espiritual de la Iglesia,
llamada a ofrecerse también a sí misma unida al sacrificio de
Cristo. Por lo que concierne a todos los fieles, el Concilio Vaticano II
enseña que «al participar en el sacrificio eucarístico,
fuente y cima de la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y a
sí mismos con ella».
***
Se guarda en Nápoles, en un frasco, la
sangre de San Jenaro, obispo de Benevento, que murió mártir a
principios del siglo IV. La sangre coagulada y seca se licua cada año en
la fiesta del Santo. Millares y millares de personas acuden para ver bullir la
sangre del insigne obispo.
Mas en el altar brota continuamente la sangre del
Redentor, santa e inmortal, no una vez al año, sino en todas las misas
que se celebran; no para servir de espectáculo a la mirada curiosa, sino
para derramarse en gracias abundantes sobre nosotros todos los días.
¿Sabes ya qué es la santa misa? Un
sangrar misterioso de las llagas de Cristo, una renovación incesante del
sacrificio de la Cruz. ¿Sabes qué es la santa misa? Un diluvio de
gracias que fluye de la cruz; un Gólgota siempre presente, Cristo que se
sacrifica permanentemente por mí.
Nuestro “cristianismo” será
más profundo y consciente, en la medida que comprendamos, apreciemos y
amemos la santa misa.
Cual fuere tu misa, tal será tu
fe.
Cual fuere tu misa, tal será tu
moral.
Cual fuere tu misa, tal será tu
vida.
Y cual fuere tu vida acá abajo, tal
será allá arriba por toda la eternidad.
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
10.
No hay duda de que la reforma litúrgica del Concilio ha tenido grandes
ventajas para una participación más consciente, activa y
fructuosa de los fieles en el Santo Sacrificio del altar. En muchos lugares,
además, la adoración del Santísimo Sacramento tiene
cotidianamente una importancia destacada y se convierte en fuente inagotable de
santidad. La participación devota de los fieles en la procesión
eucarística en la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo es una
gracia de Dios, que cada año llena de gozo a quienes toman parte en
ella. Y se podrían mencionar otros signos positivos de fe y amor
eucarístico.
Desgraciadamente,
junto a estas luces, no faltan sombras. En efecto, hay sitios donde se
constata un abandono casi total del culto de adoración
eucarística. A esto se añaden, en diversos contextos eclesiales,
ciertos abusos que contribuyen a oscurecer la recta fe y la doctrina
católica sobre este admirable Sacramento. Se nota a veces una
comprensión muy limitada del Misterio eucarístico. Privado de su
valor sacrificial, se vive como si no tuviera otro significado y valor que el
de un encuentro convival fraterno. Además, queda a veces oscurecida la
necesidad del sacerdocio ministerial, que se funda en la sucesión
apostólica, y la sacramentalidad de la Eucaristía se reduce
únicamente a la eficacia del anuncio. También por eso,
aquí y allá, surgen iniciativas ecuménicas que, aun siendo
generosas en su intención, transigen con prácticas
eucarísticas contrarias a la disciplina con la cual la Iglesia expresa
su fe. ¿Cómo no manifestar profundo dolor por todo esto? La
Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y
reducciones.
Confío
en que esta Carta encíclica contribuya eficazmente a disipar las sombras
de doctrinas y prácticas no aceptables, para que la Eucaristía
siga resplandeciendo con todo el esplendor de su misterio.
Mientras
cenaba, tomó Jesús el pan, lo bendijo y lo partió
diciendo: Tomad y comed; esto es mi cuerpo.
Y tomando
el cáliz, dio gracias, lo bendijo y se lo dio diciendo: Bebed todos de
él, porque ésta es mi sangre, el sello del nueva Alianza, que
será derramada por muchos para remisión de los pecados.
Os digo que
ya no beberé más de este fruto de la vid hasta el día
aquel en que lo beba con vosotros del nuevo en el reino de mi Padre.
(Evangelio de San Mateo 26, 26-29)
En
bastantes países donde los católicos han sido una minoría
han sufrido durante mucho tiempo leyes muy duras, injustas y discriminatorias.
Así, por ejemplo, en Inglaterra se condenó en cierta
ocasión a un católico a pagar quinientas monedas de oro por haber
asistido a una misa católica. El condenado se fue a casa, escogió
las quinientas monedas de oro más hermosas que tenía, y
pagó la multa. El juez le preguntó maravillado por qué
pagaba la multa precisamente con las monedas más hermosas. El condenado
le contestó: “Consideraría una ofensa a Dios el no dar las
más hermosas piezas de oro por la merced excelsa de una sola
misa”.
¿Tanto
vale una misa? ¿Realmente es un tesoro tan precioso? ¿Merece realmente
la pena que en tierras de misión muchos convertidos tengan que caminar a
pie durante varias horas e incluso días para poder asistir a una sola
misa? ¡Tenemos tantas devociones y actos de culto con que poder rendir
culto a Dios! Pero en cuanto a valor todas quedan muy a la zaga de la santa misa.
Tenemos letanías y procesiones;
tenemos Vía crucis, romerías, novenas, devoción
mariana y culto a los santos... todas son prácticas piadosas y bellas;
mas todas ellas juntas no pueden compararse a una sola misa. Porque cada misa
es la renovación del sacrificio de Nuestro Señor.
Jesucristo no se contentó con
ofrecer una vez en el Calvario su sacrificio redentor; quiere prolongarlo,
continuándolo hasta la consumación de los siglos.
Desde el
momento en que se pronuncian sobre el pan y el vino las palabras de la
Última Cena —las mismas palabras con que Jesucristo
convirtió el pan y el vino en su cuerpo y su sangre—, está
delante de nosotros en el altar el mismo Cristo, el que entre tormentos
indecibles se entregó a la muerte por amor a nosotros. En la santa misa,
pues, Jesucristo se ofrece nuevamente en sacrificio al Padre celestial por
nosotros.
Es la esencia de la santa misa.
Se comprende así la prescripción de
la Iglesia de que todos los fieles, desde los siete años cumplidos,
asistan bajo pena de pecado grave a la santa misa los domingos y días de
fiesta, mientras les sea posible.
Se comprende que la Iglesia haya hecho obligatoria
la asistencia a la santa misa. No es obligatorio ir a una romería. No es
obligatoria tal o cual práctica de piedad. No es obligatorio rezar el
santo rosario. Mas sí es obligatorio asistir a misa todos los domingos y
días festivos de precepto.
Es necesario, pues, conocer la misa a fondo porque
hemos de asistir a misa todas las semanas. Sólo así, iremos a
misa con gozo, no porque este mandado, sino porque sabemos el valor que tiene y
el bien que nos hace.
¿Cuál es el valor de la santa misa y
cuáles son sus frutos? Este es el tema del presente capítulo. En los capítulos
siguientes pasaremos revista a las distintas partes de la misa.
I
¿CUÁL
ES EL VALOR DL LA MISA A LOS OJOS DE DIOS?
El fin primario del hombre es adorar y alabar a su
creador y Señor.
¿Qué significa adorar a Dios?
Significa reconocer su majestad infinita y a la vez la propia pequeñez;
reconocer que dependemos por completo de Dios. “Yo soy el Alfa y la
Omega: el principio y el fin de todas las cosas, dice el Señor Dios, el
que es, el que era y el que ha de venir, el todopoderoso”
(Apocalipsis 1,8). “Yo soy el que soy” (Éxodo 3,14),
dice el SEÑOR; y nosotros, pobres criaturas, nada somos en
comparación con Él.
Pero si es tan inmensa la distancia que nos separa
de Dios, ¿cómo podemos rendirle el homenaje que merece, la
adoración que se le debe? Por nosotros mismos poco podemos hacer. Pero
viene en nuestro auxilio la santa misa, la única adoración digna
de Dios. Una sola misa tributa a Dios mayor homenaje y respeto que las
oraciones de todas los santos del cielo; porque en la santa misa no son
ángeles los que dan gloria a Dios, sino su Hijo Unigénito quien
le rinde una adoración de valor infinito. Por eso dice el celebrante
levantado la hostia sobre el cáliz: “Por Él, con
Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y
toda gloria, a ti Dios Padre omnipotente, por los siglos.”
Lo que decimos de la adoración, podemos
aplicarlo también a la acción de gracias. ¡Por
cuántas cosas debemos dar gracias a Dios! Mediante la santa misa
rendimos a Dios el debido tributo de gratitud. “Demos gracias a Dios
Nuestro Señor”, dice el celebrante en la introducción del
prefacio. “Porque es justo y necesario...”, tal es la
respuesta. Y entonces el celebrante empieza el prefacio: “En verdad es
justo y necesario, es nuestro deber darte gracias en todo tiempo y lugar,
Señor Dios, Padre todopoderoso, Dios eterno, por Jesucristo Nuestro
Señor...”
Además, por la santa misa
damos la debida reparación al Dios ofendido.
Que tenemos motivos sobrados de darle
reparación, es un hecho que sentimos dolorosamente.
¿A cuánto monta lo que le debemos reparar?
Cada hombre tiene una enorme deuda para con Dios. Es lo que afirma una
parábola propuesta por Jesús: “El reino de los cielos es
semejante a un rey que quiso tomar cuentas a sus criados. Y habiendo empezado a
tomarlas le fue presentado uno que le debía diez mil talentos”
(Mateo 18, 23-24). Diez mil talentos equivalen a una cantidad enorme de dinero.
¡Una suma fabulosa! ¡Y ésta es nuestra deuda, nuestra enorme
deuda para con Dios, amontonada a fuerza de pecar!
¿Qué dice el deudor espantado?
“Entonces el criado, arrojándose a sus pies, le rogaba
diciendo: ten un poco de paciencia y te lo pagaré todo” (Mateo
18, 26).
¡Pobre mendigo! ¿Lo pagarás
todo? Pero, ¿de dónde? ¿Cómo vas a pagarlo?
¿Cómo? Con la santa misa. En ella
podemos postrarnos de veras ante nuestro Padre celestial y decirle: Estamos en
deuda, Padre nuestro, pero te lo pagaremos todo. ¿Por qué medio?
Mediante tu Hijo que se sacrifica por nosotros.
Con lluvia de fuego castigó Dios a Sodoma y
Gomorra. Y lo que se pecaba en esas ciudades era bien poco en
comparación con los pecados espantosos que se cometen actualmente en el
mundo. Pero Jesucristo en la misa implora al Padre que no aniquile a la
humanidad pecadora.
Finalmente la santa misa es el
sacrificio impetratorio más eficaz. Al hombre le cuesta mucho tener
que pedir a otro hombre, y si se resuelve a hacerlo, no puede estar seguro del
resultado. En cambio mucho más fácil y más eficaz nos
resultará pedírselo a Dios, y no por nuestro propio valimiento,
sino por mediación de Nuestro Señor Jesucristo.
Es lo que hacemos en la santa misa;
siempre que le pedimos algo a Dios, lo hacemos siempre con estas palabras:
“Por Jesucristo Nuestro Señor, tu Hijo”.
“Pero podría preguntar alguno:
¿no fue suficiente la Pasión de Cristo, acaecida sólo una
vez, para redimirnos y alcanzarnos todas las gracias que necesitamos? Y si es
suficiente, ¿para qué sirve la santa misa?
Sí, fue suficiente. Cristo nos
redimió de una vez para siempre en la cruz y satisfizo por nuestros
pecados; y la santa misa no es un sacrificio independiente, un sacrificio
nuevo, sino la renovación misteriosa del sacrificio uno y único
de la santa cruz, ante nuestra vista. Por tanto, el que asiste a misa, es como
si hubiese estado en el Calvario cuando se desarrolló allí la
tragedia más sublime del mundo.
Pero, ¿para qué sirve entonces
asistir a misa? Para participar personalmente de las gracias que nos obtiene la
sangre derramada por Cristo, y participar de su fuerza y de sus frutos.
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
8.
Cuando pienso en la Eucaristía, mirando mi vida de sacerdote, de Obispo
y de Sucesor de Pedro, me resulta espontáneo recordar tantos momentos y
lugares en los que he tenido la gracia de celebrarla. Recuerdo la iglesia
parroquial de Niegowic donde desempeñé mi primer encargo
pastoral, la colegiata de San Florián en Cracovia, la catedral del
Wawel, la basílica de San Pedro y muchas basílicas e iglesias de
Roma y del mundo entero. He podido celebrar la Santa Misa en capillas situadas
en senderos de montaña, a orillas de los lagos, en las riberas del mar;
la he celebrado sobre altares construidos en estadios, en las plazas de las
ciudades... Estos escenarios tan variados de mis celebraciones
eucarísticas me hacen experimentar intensamente su carácter
universal y, por así decir, cósmico.¡Sí,
cósmico! Porque también cuando se celebra sobre el pequeño
altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto
sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra. Abarca
e impregna toda la creación. El Hijo de Dios se ha hecho hombre, para
reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza, a Aquél que
lo hizo de la nada. De este modo, Él, el sumo y eterno Sacerdote,
entrando en el santuario eterno mediante la sangre de su Cruz, devuelve al
Creador y Padre toda la creación redimida. Lo hace a través del
ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la Santísima
Trinidad. Verdaderamente, éste es el mysterium fidei que se
realiza en la Eucaristía: el mundo nacido de las manos de Dios creador
retorna a Él redimido por Cristo.
II
¿CUÁLES
SON LOS FRUTOS DE LA MISA?
Mediante la Santa misa recibimos gracias inmensas
que purifican nuestra alma, la hermosean y santifican.
Fijémonos primero en la fuerza
purificadora de la santa misa.
En la santa misa me apropio personalmente de la
Redención de Cristo. El sacrificio de la cruz fue el sacrificio
redentor, y la Santa misa me lo aplica. Cristo ofreció en la Cruz su
sacrificio para la redención de toda la humanidad; y dio satisfacción
por los pecados de todos los hombres; mas ha de ser cada hombre en particular
quien se aplique a sí mismo esta satisfacción. Dios no quiere
llenar el cielo de hombres contra su voluntad, sin preguntarles siquiera;
nosotros hemos de cooperar con la voluntad divina, para que la gracia de la
redención se aplique a nuestra propia persona. El sacrificio de la
redención se renueva ante nosotros en cada misa precisamente para que
podamos alcanzar la gracia que nos ha obtenido a cada persona en particular.
Quien participa activamente de la santa misa puede
lograr la cancelación de sus pecados veniales y la disminución de
la pena en el purgatorio. Si bien la misa no borra los pecados graves, sin
embargo puede conseguirnos la gracia de la contrición, comunicarnos
conciencia plena de su gravedad y movernos a buscar la absolución en el
sacramento de la penitencia.
Añádase a ello que la Santa misa nos
abre todo un arsenal de gracias: nos proporciona abundancia de gracia adyuvante
y santificante, para poder vencer más fácilmente las tentaciones,
y santificar cada vez más nuestra alma, hermoseándola a imagen de
Dios. De suerte que la asistencia frecuente a la santa misa es el mejor medio
para hacernos santos.
“¿No bastaría con asistir a
misa sólo una vez? ¿No es de valor infinito el sacrificio
Jesucristo? ¿Para que debo asistir con frecuencia a la misa?”
Sí: la misa es de valor infinito, pero yo
soy finito, un hombre mezquino. De ese tesoro infinito no puede mi ser limitado recibir más
que cierta cantidad. También el sol aparece todos los días. Y en
veinticuatro horas irradia tanto calor que la tierra podría vivir del
mismo durante milenios, si fuese capaz de recibirlo todo. Mas no puede. Tampoco
yo puedo sacar de la santa misa tanta gracia como necesito para toda mi vida.
Por esto he de recurrir con frecuencia a esta fuente de gracia. Iré los
domingos, por obligación, y si me es posible también los
días laborables, por amor y devoción. ¡Sería
catastrófico que el sol no alumbrase más que una sola vez a la
semana!
Un incrédulo en cierta ocasión se
dirigió con estas palabras a un creyente:
—¿Usted es católico?
—Sí.
—¡Va a misa todos los días?
—No. No tengo tiempo. No es obligatorio;
sólo voy los domingos y en las fiestas de guardar.
El incrédulo prosiguió:
—Dígame usted: ¿Cree usted de veras
que en la misa está presente Jesucristo, el Redentor que murió
por usted en la cruz?
—Claro que lo creo.
—Pues yo si lo creyera, asistiría a
misa todos los días.
Por tanto, el católico que no pueda asistir
a misa todos los días, no faltará por lo menos los domingos, y
cuando se le ofreciere la ocasión, tratará de asistir los
días laborables.
Queda todavía otro valor de la
santa misa: su influencia social.
Recordemos la misa parroquial de un domingo.
¡Qué hermandad, que amor irradia la misa, cuando los
pequeños y los grandes de la parroquia, los sabios y los analfabetos,
los pobres y los ricos, como miembros diferentes de un mismo cuerpo rinden su
homenaje ante el trono del Dios!
Hizo bien la Iglesia en prescribir la asistencia a
la Santa misa por lo menos una vez a la semana. Lo hizo, sobre todo, por el
siguiente motivo: porque hay cristianos superficiales y frívolos que no
se preocupan de su propia alma y se olvidan de los tesoros espirituales que nos
aporta la santa misa. El que nunca se expone al sol, acaba enfermándose
y debilitándose; y el que deja de asistir a la santa misa, termina
enfermo del alma.
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
32.
Toda esto demuestra lo doloroso y fuera de lo normal que resulta la
situación de una comunidad cristiana que, aún pudiendo ser, por
número y variedad de fieles, una parroquia, carece sin embargo de un
sacerdote que la guíe. En efecto, la parroquia es una comunidad de
bautizados que expresan y confirman su identidad principalmente por la celebración
del Sacrificio eucarístico. Pero esto requiere la presencia de un
presbítero, el único a quien compete ofrecer la Eucaristía
in persona Christi. Cuando la comunidad no tiene sacerdote, ciertamente
se ha de paliar de alguna manera, con el fin de que continúen las
celebraciones dominicales y, así, los religiosos y los laicos que animan
la oración de sus hermanos y hermanas ejercen de modo loable el
sacerdocio común de todos los fieles, basado en la gracia del Bautismo.
Pero dichas soluciones han de ser consideradas únicamente provisionales,
mientras la comunidad está a la espera de un sacerdote.
El
hecho de que estas celebraciones sean incompletas desde el punto de vista
sacramental ha de impulsar ante todo a toda la comunidad a pedir con mayor
fervor que el Señor «envíe obreros a su mies» (Mt
9, 38); y debe estimularla también a llevar a cabo una adecuada pastoral
vocacional, sin ceder a la tentación de buscar soluciones que comporten
una reducción de las cualidades morales y formativas requeridas para los
candidatos al sacerdocio.
III
¿CÓMO
OBTENER LOS FRUTOS DE LA SANTA MISA?
Oigo la objeción: Yo voy con frecuencia a
misa, mas no siento sus efectos. Asisto regularmente a la misa los domingos,
voy muchas veces aun en días laborables, pero no experimento provecho
alguno. ¿Cuál puede ser la causa? Puede ser doble: O no te
preparas bien para la santa misa, o no la oyes como es debido.
Antes de todo hemos de ir a misa con la debida
preparación, así como la vida terrena de Nuestro Señor
Jesucristo fue propiamente una gran preparación para el sacrificio del
Calvario.
Por tanto, el que acude a la misa sin tomar
conciencia seria del acontecimiento que va a presenciar, el que se acostumbra a
llegar tarde y después apenas presta atención a lo que
allí se celebra, que no se sorprenda de que no le aproveche
espiritualmente.
De ahí que debamos llegar puntuales
—no sólo por mera educación—y mejor todavía,
llegar un rato antes. Así tendremos tiempo de meditar el
acontecimiento sin igual del que vamos a participar, avivando en nuestra
alma la fe en el sacrificio sublime que se va a consumar en el altar.
El aprovechamiento espiritual depende en gran parte
de nuestra fe. Cuanto mayor sea, mayor será nuestra atención y
fervor. De lo contrario, nuestra alma permanecerá fría como una
piedra.
Condición de la buena preparación es
la pureza del alma.
Cuanto más limpia tengamos el alma cuando asistimos al sacrificio del
Cristo, con tanta mayor intensidad podremos unirnos al mismo y obtener
más abundantes gracias. Es una de las razones por las que no sacan el
mismo fruto todos los que asisten a una misma misa.¿Por qué?
Diez personas van a sacar agua a una misma fuente,
y las diez tienen cántaros diferentes. Aunque la fuente ofrezca su agua
a todas con la misma abundancia, la que tenga un cántaro pequeño,
se llevará menos agua; y si alguna lo tiene lleno de barro, apenas
podrá recoger agua... Es por demás que se esté media hora
allí, junto a la fuente que mana con profusión.
Y si tanta importancia tiene la preparación,
¡cuánto más decisiva será la forma de participar de
la Santa misa! El resultado dependerá de que sepamos o no participar
activamente en la misa.
El que muchos fieles no saquen
provecho alguno de la Santa misa obedece a que ellos no hacen más que
“oírla”, es decir, están sentados allí pasivos
e inactivos, y después de media hora, como quien ha cumplido un deber,
se vuelven a casa. Y mientras están en misa miran al altar, miran al
celebrante... y es todavía el caso mejor. Después miran la
techumbre del templo, para ver si es bueno o no el fresco allí pintado.
Y miran al vecino, y observan qué traje viste. Miran a los que llegan
tarde y que pasan haciendo ruido entre las filas. Se levantan cuando se
levantan todos sin saber por qué... En ocasiones se agachan y miran por
debajo del banco, como si hubiesen perdido algo... ¡Es el momento de la
Elevación! Salen después de la iglesia sin que un solo
pensamiento fervoroso de amor a Cristo haya cruzado por su mente; sin la
más leve conciencia de que han sido espectadores del más sublime
acontecimiento que ocurre en el mundo. Se parecen estas personas a los soldados
romanos que hubieron de guardar la cruz; por encima de sus cabezas se
desarrollaba el drama más grande de la historia universal; y ellos ni se
enteraron, y se sentaron a jugar a los dados para distraerse.
¿Dónde está la
falta? No en la mala voluntad —-porque entonces ni siquiera irían
a misa— sino en una falta dolorosa. No conocen las diferentes partes
de la misa y no saben seguir los actos del celebrante en el altar. Si
supieran hacerlo, ellos mismos se sorprenderían de las muchas gracias
que obtendrían y de la emoción que sentirían.
***
El apóstol SAN PABLO en su Carta a los
Efesios habla de la longitud, la altura y la profundidad del amor de Dios. De
muchas maneras podemos experimentar el amor de Dios, más nunca podremos
sentirlo con mayor intensidad que en la santa misa.
Además, la participación activa en la
misa nos obliga a llevar una vida presidida por el sacrificio durante el resto
del día.
La misa no es un asunto particular del celebrante;
no es una función de teatro, en la que basta con prestar atención
desde la butaca. La misa no es tan solo una hermosa práctica piadosa a
la que se debemos asistir los domingos, sin ninguna otra repercusión en
la vida. La misa y la vida han de fundirse. Con el torrente de gracias que
brota de la santa misa hemos de regar la vida diaria.
Quien vive así la santa misa rinde a Dios el
culto mas grande que se le debe y consigue para su alma las gracias más
valiosas. No reza sólo con los labios, sino con su vida las alabanzas
del canto:
¡Oh Dios, que estás en el altar oculto
bajo la especie de pan, bajo la blancura de la Hostia inmaculada! Aunque no
pueda verte con los ojos corporales, te adoro en verdad, te confieso como
Creador y Señor mío. Y te suplico que tengas piedad y perdones
todos mis pecados.
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
57.
«Haced esto en recuerdo mío» (Lc 22, 19). En el
«memorial» del Calvario está presente todo lo que Cristo ha
llevado a cabo en su pasión y muerte. Por tanto, no falta lo que Cristo
ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro. En efecto, le
confía al discípulo predilecto y, en él, le entrega a cada
uno de nosotros: «!He aquí a tu hijo¡». Igualmente
dice también a todos nosotros: «¡He aquí a tu
madre!» (cf. Jn 19, 26.27).
Vivir
en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica
también recibir continuamente este don. Significa tomar con nosotros
–a ejemplo de Juan– a quien una vez nos fue entregada como Madre.
Significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso de conformarnos a Cristo,
aprendiendo de su Madre y dejándonos acompañar por ella.
María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia,
en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y
Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del
binomio María y Eucaristía. Por eso, el recuerdo de María
en el celebración eucarística es unánime, ya desde la
antigüedad, en las Iglesias de Oriente y Occidente.
Aquellos que acogieron su palabra fueron bautizados e incorporados a
la Iglesia en aquel día, cerca de tres mil personas. Y perseveraban en
la doctrina de los apóstoles, en la comunicación, en la fracción
del pan y en la oración. Y toda la gente estaba sobrecogida de un
respetuoso temor, porque eran muchos los prodigios y milagros que hacían
los apóstoles en Jerusalén, de suerte que todos estaban llenos de
espanto.
Todos los creyentes vivían unidos y tenían todas las
cosas en común, vendían sus posesiones y bienes y los
repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. Todos los
días perseveraban en el templo, unidos con un misma espíritu,
partían el pan en las casas y comían juntos con alegría y
sencillez de corazón, alabando a Díos, y teniendo a su favor todo
el pueblo. Y el Señor iba añadiendo cada día a su Iglesia
a los que habían de salvarse.
(Hechos de los Apóstoles
2,41-47)
En la Última Cena Nuestro Señor
Jesucristo no solamente ofreció su cuerpo y su sangre como alimento a
los apóstoles, sino que además les mando: “Haced esto en
memoria mía” (Lucas 22,29).
Como si dijera: “Vosotros, mis
apóstoles, acabáis de recibir el gran don que prometí en
la sinagoga de Cafarnaúm. Pero allí hice la promesa no solamente
a vosotros, sino a toda la muchedumbre que me escuchaba, y en ella a todos los
hombres: “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no
bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Juan
6,54). Ahora quiero que este alimento de vida eterna puedan recibirlo mis
discípulos en todos los tiempos. Por esto os otorgo la facultad de poder
hacer vosotros y vuestros sucesores lo que acabo de hacer yo, y así de
verdad se hará realidad que “yo estaré con vosotros
hasta la consumación de los siglos” (Mateo 28,20).
Es decir, les confirió poderes para repetir
el misterio de la Santísima Eucaristía, para ofrecer el santo
sacrificio de la misa.
De la carta encíclica “La Iglesia vive de la
Eucaristía”:
29. La expresión, usada repetidamente por el Concilio
Vaticano II, según la cual el sacerdote ordenado «realiza como
representante de Cristo el Sacrificio eucarístico», estaba ya bien
arraigada en la enseñanza pontificia. Como he tenido ocasión de
aclarar en otra ocasión, in persona Christi «quiere decir
más que “en nombre”, o también, “en vez”
de Cristo. In “persona”: es decir, en la identificación
específica, sacramental con el “sumo y eterno Sacerdote”,
que es el autor y el sujeto principal de su propio sacrificio, en el que, en
verdad, no puede ser sustituido por nadie». El ministerio de los
sacerdotes, en virtud del sacramento del Orden, en la economía de
salvación querida por Cristo, manifiesta que la Eucaristía
celebrada por ellos es un don que supera radicalmente la potestad de la
asamblea y es insustituible en cualquier caso para unir válidamente
la consagración eucarística al sacrificio de la Cruz y a la
Última Cena.
La asamblea que se reúne para celebrar la
Eucaristía necesita absolutamente, para que sea realmente asamblea
eucarística, un sacerdote ordenado que la presida. Por otra parte, la
comunidad no está capacitada para darse por sí sola el ministro
ordenado. Éste es un don que recibe a través de la
sucesión episcopal que se remonta a los Apóstoles. Es el
Obispo quien establece un nuevo presbítero, mediante el sacramento del
Orden, otorgándole el poder de consagrar la Eucaristía. Pues
« el Misterio eucarístico no puede ser celebrado en ninguna
comunidad si no es por un sacerdote ordenado, como ha enseñado
expresamente el Concilio Lateranense IV.
Todos sabemos como se hace presente en medio de
nosotros la Eucaristía: en la Santa misa, en el momento de la
consagración. Este momento es el centro de nuestra vida de fe, la perla
más preciosa que tenemos.
Pero el más hermoso diamante se hermosea todavía
más con un precioso engarce. Es lo que ha hecho la Iglesia con su
diamante de valor infinito. La transubstanciación sólo dura unos
momentos. Y para que este momento resalte con mayor esplendor, la Iglesia en el
decurso de los siglos le da un engarce precioso, le pone un marco
espléndido, antes y después, lleno de oraciones, lecturas y
ceremonias. Son las diferentes partes de la misa, las cuales debemos conocer y
comprender para que nuestra participación redunde en mayor provecho
nuestro.
I
EL SIMBOLISMO
DE LOS OBJETOS
Antes de empezar el estudio de las diferentes
partes de la misa fijémonos un momento en el mismo altar. Ya antes de
empezar el santo sacrificio, el altar nos está pregonando que vivamos
una vida de sacrificio y abnegación.
Lo primero que nos llama la atención es el
crucifijo colocado en medio del altar. No es lícito celebrar en un altar
en que falte el crucifijo.
Es natural. ¿Qué es la santa misa?
Renovación del sacrificio del Calvario, repetición de aquel
momento conmovedor en que fue levantado el árbol de la cruz. Por esto
desde la cruz del altar mira Cristo a todos los celebrantes y a todos los
fieles que asisten a la misa. Como si dijera: He ahí cómo me
sacrifico por ti... ¿Y tú? ¿Estás dispuesto a
sacrificarte por amor a mí?
¿Qué más vemos en
el altar? Velas. Tiene que haber por lo menos dos cirios encendidos. Un
hermoso simbolismo encierran. ¡Arde el blanco cirio, el pabilo va
derritiendo y consumiendo la cera! La llama va consumiendo al cirio hasta que
lo consume del todo. Podríamos decir: el cirio se sacrifica a la mayor
gloria de Dios ¿Puede haber lugar más digno que el altar para que
ardan los cirios? ¿Que el altar donde se sacrifica un día y otro
día por nuestro amor el Hijo de Dios? El cirio blanco simboliza el
cuerpo inmaculado de Cristo clavado en la Cruz. En su corazón flamea el
fuego: la llama del amor, la llama del sacrificio de Quien se da a sí
mismo por amor a nosotros. Es el amor ardiente del corazón de Cristo el
que consume su vida.
¿Qué más hay
alrededor del altar? Flores. Se despliegan con lozanía durante un
día o dos..., después inclinan sus corolas y se marchitan...
Cómo si nos dijesen: Miradnos, nosotras nos desgastamos por servir al
Señor; ¿sabes tú hacer otro tanto por amor a Cristo, que
da su vida por ti? Es lo que más importa: que lleguemos a consumir en
cada misa lo que hay en nosotros de frivolidad, de superficialidad, de vanidad
y pecado.
Del santo sacrificio, como de una
inagotable mina de diamantes, hemos de sacar un gran espíritu de
sacrificio, amor a la vida abnegada, y las fuerzas que se requieren para vivir
así.
El amor exige amor, el sacrificio exige sacrificio.
En esto pensaba SAN PABLO al escribir a los colosenses las siguientes
líneas: “Me gozo de mis padecimientos por vosotros y completo
en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la
Iglesia” (Col. 1,24). Por esto exige la Iglesia a sus sacerdotes una
vida de sacrificio, porque son ellos son los encargados de renovar diariamente
el santo sacrificio de Cristo. Les exige que renuncien a la vida de familia.
Les exige una vida de oración, que recen diariamente el breviario. Les
exige también el sacrificio de ciertas alegrías terrenas que en
sí mismas no son pecaminosas.
¡Qué pensamientos nos vienen
simplemente al contemplar el altar, incluso antes de empezar la santa misa!
II
LA
SANTA MISA EN EL CRISTIANISMO PRIMITIVO
Para comprender la misa en su forma actual conviene
recordar el modo como se celebraba en la antigüedad.
Según la Sagrada Escritura la
celebración del santo sacrificio de la misa ya a principios del
cristianismo era patrimonio común de los fieles.
¿Cómo se explica este hecho?
Quizás no andemos lejos de la verdad si
suponemos que los apóstoles recibieron directamente del Señor
algunas órdenes concretas. En los Hechos de los Apóstoles
leemos que después de la Resurrección Jesús se
apareció durante cuarenta días a sus discípulos y les
habló del reino de Dios (H.A. 1,3). Ciertamente que entre otras cosas
les hablaría de cómo celebrar el “memorial” de su
Pasión, algo que tanta trascendencia tendría para construir este
reino.
Así se explica que poco después de la
Ascensión fuese práctica común de los fieles el santo
sacrificio: “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en
la comunicación, en la fracción del pan, y en la
oración.” “Unidos con un mismo espíritu,
partían el pan en las casas y comían juntos con alegría y
sencillez de corazón, alabando a Díos...” (Hechos de
los Apóstoles 1, 42,46)
Y fue ésta una costumbre general no
solamente en Jerusalén, sino también en las otras comunidades.
Sabemos, por ejemplo, que cuando Pablo y Lucas llegaron a Tróade, el
primer día de la semana, por lo tanto en domingo, los fieles se
reunieron para la fracción del pan (Hec. Ap. 20,7).
Y ello era no solamente algo constante en la vida
de los primeros cristianos, sino el único acto de culto, para el cual se
reunían al principio en casas particulares, después durante las
persecuciones en los cementerios y en los corredores subterráneos de las
catacumbas y más tarde en los primeros templos cristianos.
No se hablaba todavía de “misa”
ni de “comunión” ni tampoco se conocían muchas de las
ceremonias que tenemos actualmente en la santa misa. Mas existía lo
esencial: la transubstanciación del pan y del vino en el cuerpo y sangre
de Jesucristo, y su distribución a los fieles.
Inmediatamente después de la
Ascensión los cristianos acostumbraron a reunirse “en
memoria” del Señor. De modo que la Santa misa era desde el
principio conmemoración de la muerte de Cristo. Precisamente, por tal motivo
la Iglesia procuraba copiar fielmente los hechos de la Última Cena. Al
estilo de la cena pascual, se celebraban primero ágapes, banquetes de
caridad, y después seguía la consagración del pan y del
vino.
Es muy natural que se agregasen pronto a la sagrada
acción ciertas oraciones: antes una preparación, después
una acción de gracias. El núcleo más antiguo de la misa
actual, su centro, es el canon. Lo precedía la llamada antemisa,
que consistía en la lectura y explicación de textos
bíblicos.
Respecto del modo de desarrollarse la
sagrada acción en la primitiva Iglesia, tenemos un dato preciso del
siglo II, escrito por el mártir San Justino. No podemos leer sin
emoción la más antigua descripción de la misa. He
ahí cómo la describe: “El día del sol todos los que
habitan en las ciudades o en los campos se reúnen en un mismo lugar. Se
leen, cuando el tiempo lo permite, memorias de los apóstoles o los
escritos de los profetas. Después el lector se detiene y el presidente
toma la palabra para hacer una exhortación e invita a seguir los
hermosos ejemplos que han sido citados (es el sermón actual). Todos se
levantan enseguida y se recitan oraciones. En fin..., al acabarse la
oración, se trae pan, vino y agua; el presidente ora (es el prefacio
actual) y da gracias (el canon de ahora) todo el tiempo que puede; el pueblo
responde con la aclamación: Amén. Se distribuye a cada uno su
parte de los elementos bendecidos y se envía a los ausentes por medio de
los diáconos” (Just., Apología 1,6).
He ahí la forma primitiva de la santa misa.
Tendría que recorrer un largo camino para llegar a ser, con el decurso
de los siglos, la obra maestra y sublime que es en la actualidad. Si
estéticamente es una obra maestra la estructuración de la santa
misa, ¿qué diremos cuando la contemplamos con los ojos de la fe?
De la carta encíclica “La Iglesia vive de la
Eucaristía”:
49. En el contexto de este elevado sentido del misterio,
se entiende cómo la fe de la Iglesia en el Misterio eucarístico
se haya expresado en la historia no sólo mediante la exigencia de una
actitud interior de devoción, sino también a través de
una serie de expresiones externas, orientadas a evocar y subrayar la
magnitud del acontecimiento que se celebra. De aquí nace el proceso que
ha llevado progresivamente a establecer una especial reglamentación
de la liturgia eucarística, en el respeto de las diversas
tradiciones eclesiales legítimamente constituidas. También sobre
esta base se ha ido creando un rico patrimonio de arte. La arquitectura, la
escultura, la pintura, la música, dejándose guiar por el misterio
cristiano, han encontrado en la Eucaristía, directa o indirectamente, un
motivo de gran inspiración.
Así ha ocurrido, por ejemplo, con la arquitectura,
que, de las primeras sedes eucarísticas en las «domus» de
las familias cristianas, ha dado paso, en cuanto el contexto histórico
lo ha permitido, a las solemnes basílicas de los primeros siglos,
a las imponentes catedrales de la Edad Media, hasta las iglesias,
pequeñas o grandes, que han constelado poco a poco las tierras donde ha
llegado el cristianismo.
Las formas de los altares y tabernáculos se
han desarrollado dentro de los espacios de las sedes litúrgicas
siguiendo en cada caso, no sólo motivos de inspiración
estética, sino también las exigencias de una apropiada comprensión
del Misterio. Igualmente se puede decir de la música sacra, y
basta pensar para ello en las inspiradas melodías gregorianas y en los
numerosos, y a menudo insignes, autores que se han afirmado con los textos
litúrgicos de la Santa Misa. Y, ¿acaso no se observa una enorme
cantidad de producciones artísticas, desde el fruto de una buena
artesanía hasta verdaderas obras de arte, en el sector de los objetos y
ornamentos utilizados para la celebración eucarística?
Se puede decir así que la Eucaristía,
a la vez que ha plasmado la Iglesia y la espiritualidad, ha tenido una fuerte
incidencia en la «cultura», especialmente en el ámbito
estético.
III
LA MISA DE LOS
CATECUMENOS HASTA EL “GLORIA”
Las ceremonias de la misa actual son fusión
de dos actos cultuales. Las dos partes que les corresponden tienen aún
nombres distintos; la primera se llama “misa de los
catecúmenos”, la segunda “misa de los fieles”.
“La misa de los
catecúmenos”.
La denominación evoca por sí misma el ambiente del primitivo
cristianismo. A esta parte de la misa podían asistir no solamente los
bautizados; sino también los que se preparaban para abrazar el
cristianismo y que, por consiguiente, eran todavía paganos. Llegaba
hasta la predicación que seguía al Evangelio. Entonces el
diácono invitaba a los no bautizados a que saliesen; y sólo
después de partir ellos empezaba la misa propiamente dicha: “la
misa de los fieles”. La línea divisoria y la antigua independencia
de las partes se distinguen aún hoy día. La primera parte, la
misa de los catecúmenos, no es otra cosa que la instrucción
religiosa de los asistentes, su ilustración mediante la Sagrada
Escritura y el sermón. Los principales elementos de esta parte
aún hoy día son las dos lecturas de la Sagrada Escritura (la
Epístola y el Evangelio) y la predicación que sigue a la lectura
del Evangelio, que hoy día no se hace siempre en este punto de la misa,
pero que en la Iglesia primitiva tenía aquí su puesto fijo.
Es muy interesante constatar la historia y el
desarrollo de esta parte preparatoria.
Cuando la creatura se presenta ante el
Creador lo primero que siente es su indignidad y la necesidad que tiene de
tributarle el mayor homenaje. Los mismos paganos sentían que
debían inclinarse con humildad ante Dios. Y conforme más sublime
sea la acción que ha de realizar el hombre, tanto más profunda
debe ser su humildad y tanto más pura ha de ser su persona. Se lee ya en
el Antiguo Testamento: “Los sacerdotes, asimismo, que se acercan al
Señor, purifíquense” (Éxodo 19,22).
¿Quién subirá al monte del Señor? ¿O
quién podrá entrar en su Santuario?, pregunta el SALMISTA, y
contesta: “El que tiene las manos limpias y puro el
corazón” (Salmo 23,3-4).
Esto sentían también los
primeros cristianos, los cuales eran fuego de amor, pues estaban prestos a dar
su vida hasta el martirio. Es la introducción a la santa misa.
Tienen interés especial a este respecto las
llamadas “estaciones”.
Al principio de algunas misas tienen los antiguos
misales un epígrafe extraño que alude a una
“estación”. Y precisamente en las misas más antiguas
figuran dichos epígrafes. Así, por ejemplo, en la misa de
Nochebuena se lee éste: “Statio ad S. Mariam Maiorem”. El
epígrafe de la misa de los pastores, es decir, de la segunda misa de
Navidad, es: “Statio ad S. Anastasiam”. Y el de la tercera:
“Ad S. Mariam Maiorem”.
¿Qué cosa eran estas estaciones?
En ciertos días los cristianos se
reunían antes de la santa misa en un templo determinado, pero no en el
templo en que iba a celebrarse el sacrificio, sino en otro, y de éste
partían luego hacia el sitio señalado para la misa. Era el templo
de la “stacion”. Rezaban las letanías en devota
procesión, y cuando estaban para terminarlas llegaban al segundo templo.
La última invocación era: “Kyrie Eleison”.
“Señor, ten piedad”. Con estas palabras entraban en la
iglesia. Acto seguido empezaba la santa misa con oraciones, lección y
Evangelio. Aún hoy día hay vestigios de ello en la sagrada
liturgia. Los hay en la misa de Sábado Santo y de la vigilia de
Pentecostés, que empiezan con oraciones, lecciones y Evangelio.
Por regla general la primera oración del
celebrante es la que pronuncia ante las gradas del altar.
¿Cuál es el origen de esta
oración?
Ya en el siglo V encontramos la costumbre de que
fieles canten una parte de algún salmo u otro texto grado en consonancia
con el pensamiento de la misa de aquel día, mientras el celebrante hace
su entrada en el templo. De ahí el principio de la misa actual, el “Introito”,
“entrada”, nombre que nos recuerda precisamente la mencionada
costumbre. Lo que corresponde a nuestro Introito se cantaba realmente al
principio, mientras el celebrante hacía su entrada en el templo.
Venía a ser como el prólogo de la misa, su tónica, o, si
se quiere, empleando un término de la música: la obertura de la
misa. El celebrante ya llegaba al altar, y el canto del Introito aun
proseguía. Por esto se paraba el celebrante ante las gradas del altar, y
durante el canto estaba rezando, profundamente inclinado. Al principio rezaba
lo que quería. Pero más tarde se estableció la regla
—que persiste aún— de recitar el salmo 42.
Este salmo lo escribió el rey David cuando
huyó de sus enemigos y sintió en el fondo de su corazón la
nostalgia de Jerusalén. Quería volver, asistir a los actos de
culto en el templo de Dios, allí donde tanta alegría experimento
en los días de su juventud: “¿Por qué me
desamparas? ¿Por qué tengo que andar afligido bajo la
presión de mi enemigo? Envíame tu luz y tu verdad, que ellas sean
mi guía y a tu santa montaña me conduzcan, al lugar donde habitas.
Al altar de Dios me acercaré, al Dios de mi alegría”
(salmo 42, 2-4).
Son los sentimientos que nos embargan al acercarnos
al altar del Señor. También nosotros llegamos al altar huyendo de
la gran turba de los enemigos del alma, de las tentaciones seductoras, y
confiadamente imploramos fuerzas y perseverancia.
El sacerdote sube a las gradas del altar y lo
besa. El altar simboliza al mismo Cristo, de modo que este ósculo
matutino, lleno de respeto, se dirige al Señor. Como si dijera:
“Estoy aquí, Señor mío. Me presento para servirte.
¿Qué esperas de mí? ¿Qué he de hacer hoy por
ti? ¿Cómo podré unirme más estrechamente con tu
sagrado Corazón? ¿Cómo podré cumplir hoy tu
santísima voluntad?”
La Iglesia siente que no podemos acercarnos a
celebrar estos sagrados misterios con el alma impura. De ahí que mande
recitar después la confesión pública de los pecados:
“Yo confieso (Confiteor) ante Dios todopoderoso y ante vosotros
hermanos, que he pecado mucho, de pensamiento, palabra y obra; por mi culpa,
por mi culpa, por mi gran culpa, por eso ruego a la bienaventurada Virgen
María, a los santos...”
Confesión humilde, sincera, contrita, que
purifica el alma. El sacerdote y los fieles reconocen la propia debilidad, pero
tienen puesta su confianza en la gracia de Dios. Saben que no pueden fiarse de
sí mismos, que han de apoyarse en Él.
Después dirige dos palabras al Padre, al
Hijo y al Espíritu Santo. Por tres veces recita, alternando con los
fieles, la súplica: “Señor ten piedad”, tres veces,
“Cristo ten piedad”, tres veces “Señor ten piedad”.
También se puede decir en griego:
“Kyrie eleison”, “Christe eleison”, “Kyrie
eleison”. Es el único texto griego que se recita en la misa
latina, lo que indica cuán antiguo es, pues pasó de la liturgia
de la Iglesia oriental a la liturgia de la Iglesia latina. No puede faltar en
ninguna misa. En algunas falta el “Gloria”, en otras no hay Credo,
pero en todos figura el “Señor, ten piedad; Cristo, ten piedad;
Señor, ten piedad.”. El llamado Kyrie.
¡Qué emocionantes recuerdos ocultan
estas breves palabras! Hablan de la confesión valiente de la fe de
los primeros cristianos.
Recordemos lo que era el Imperio Romano: desde el
Sahara hasta Escocia, del Océano Atlántico hasta el mar Caspio.
El poderoso dueño de este imperio inabarcable era llamado “Kyrios”
Todos consideraban muy natural entonces que este Kyrios, este Señor,
recibiese el honor propio de la divinidad: se le ofrecían incienso,
sacrificios, adoración.
¡Espantosa aberración del
espíritu humano! Lo monstruoso no es que un loco como Calígula se
creyese dios, sino que todo el imperio llegase a adorar a este dios. La
adoración del emperador era un deber cívico. Por tanto, el que
rehusaba prestar culto ante los altares dedicados al emperador pasaba como ateo
y rebelde. ¿Es posible imaginamos degradación más dolorosa
de la dignidad humana, que la de tener que adorar como dios a aquel mismo que
era odiado como un tirano sanguinario? Y todos le adoraban... Menos los
cristianos. Ellos le rendían tributo de obediencia cívica por ser
el emperador, pero no como culto divino.
¡Cuánto les costó su valerosa
confesión de fe! Perdían la vida decenas de millares y decenas de
millares iban al destierro para trabajar como esclavos en las minas de las
provincias lejanas. ¡No importa! Para ellos no había más
que un solo Kyrios: ¡Cristo!, Dios. Todas las veces que
pronunciaban estas palabras se jugaban la cabeza. No importa. El peligro no les
hacía enmudecer.
Nosotros, cuando pronunciamos estas
mismas palabras en la santa misa, ¿sentimos el valor que ellas
encierran, el coraje por confesar la fe, aun a costa de estar dispuesto a
morir?
¿Pronunciamos estas palabras con la fe con
que las pronunciaron la mujer cananea cuando suplicaba al Señor por su
hija enferma? (Mateo 15, 22) ¿O con la fe del ciego de Jericó
(Mateo 20,30), o de los leprosos que fueron milagrosamente curados?
También a nosotros nos aqueja la enfermedad... ¡Señor, ten
piedad de nosotros! También nosotros estamos ciegos... ¡Cristo,
ten piedad de nosotros! También nuestra alma se ve roída por la
lepra del pecado... ¡Señor, ten piedad de nosotros!
Mucha gente se inclina ante los falsos dioses, pero
nosotros no conocemos otro Señor, otro Dios que el que está en
los cielos, ¡solamente a Ti, Dios eterno! Tú eres el único
Señor, el único Kyrios. Kyrie eleison...
***
Hemos llegado al principio de la misa de los
catecúmenos, y ya sentimos con qué fuerza puede cambiar nuestra
alma. También a nosotros nos puede pasar algo semejante a lo que cuenta
la leyenda del monje de Heisterbach. Un día se quedó dormido
durante mil años, cuando se despertó y salió a la calle,
notó con sorpresa que los transeúntes eran todos desconocidos, y
hablaban una lengua completamente distinta a la suya.
También nosotros, si asistimos con toda el
alma a la santa misa, notaremos dolorosamente al salir que los que nos rodean
hablan un lenguaje distinto, que tienen un modo de pensar diferente, que no
caen en la cuenta en muchos casos de sus propios pecados, que no imploran la
misericordia divina, y que apenas procuran la gloria del Señor. Y sentiremos
que somos responsables de introducir en el mundo la contrición por los
propios pecados (Confiteor), la súplica confiada (Kyrie), la alabanza
divina (Gloria), y la confesión de fe de la Iglesia (Credo).
Nos llenamos de Dios en la santa misa;
en ella recibimos al mismo Dios. Llevémosle y démosle a conocer a
este mundo, que vive tan olvidado de Él. Porque no habrá paz
en el mundo hasta que todos los pueblos no supliquen con humildad:
¡Señor, ten piedad, ¡Cristo; ten piedad! ¡Señor
ten piedad de nosotros¡.
Jesucristo ayer y hoy es el mismo por los siglos de los siglos...
Por Él elevemos continuamente un sacrificio de alabanza a Dios, es
decir, el fruto de los labios que bendicen su Nombre... Y el Dios de la paz que
resucitó de entre los muertos al gran pastor de las ovejas, nuestro
Señor Jesús, por la sangre de la alianza eterna, os haga
perfectos en toda obra buena para hacer su voluntad, obrando Él en
vosotros lo que es grato a sus ojos, por medio de Jesucristo a quien sea la gloria por los siglos de los
siglos. Amén.
(Carta a las Hebreos 13: 8, 15, 20,21)
Llegamos
en el capítulo anterior hasta el “Kyrie eleison”, que
pertenece todavía a la primera parte de la misa de los
catecúmenos. Las ceremonias que siguen son a cual más hermosas;
hemos de explicarlas antes de pasar al estudio de la “misa de los
fieles”.
I
LA
MISA DE LOS CATECÚMENOS (Continuación)
Después del “Señor
ten piedad” resuena el canto angélico, el “Gloria”, una
de las más hermosas oraciones de alabanza. Debemos alabar a Dios. El
que sólo piensa en Dios cuando sufre una desgracia, no da muestra de
amarle demasiado.
Cuando todo nos va bien y nos sonríe, cuando
gozamos de paz y estamos felices... ¿le damos gracias a Dios? ¿Le
cantamos himnos de alabanza y de júbilo cuando experimentamos Su
omnipotencia, santidad y sabiduría? ¿Le ensalzamos por sentirnos
sus hijos?
Porque ésta es una de las más
hermosas oraciones, la que quiere significar el “Gloría”:
“Te alabamos. Te bendecimos. Te adoramos. Te glorificamos. Te damos
gracias... Porque Tú sólo eres Santo. Tú solo
Señor. Tú solo Altísimo Jesucristo.”
El sacerdote levanta los brazos al empezar el
Gloria pero debe levantar mucho más el alma. Se siente inundado de gozo,
del gozo que sentían los ángeles de Belén al cantar el
“Gloria” por primera vez en la noche de Navidad. Siente que sus
palabras suben hasta el Cielo para alabar al Dios omnipotente.
El que Cristo sea Dios y Mediador entre el cielo y
la tierra, el que haya expiado nuestros, ¿puede expresarse de una manera
más solemne y amorosa que con el Gloria? ¿Y cuándo
podremos encontrar más paz que cuando rezamos este himno de alabanza?
Hermano..., si te sientes desasosegado... si te atenaza tu falta de fe...
cierra los ojos en la santa misa, inclina la cabeza y reza con el sacerdote:
Gloría a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena
voluntad.
Hay un rasgo peculiar en el texto del Gloria:
está redactado en plural. “Te alabamos. Te bendecimos. Te
adoramos”... siempre plural. Es un rasgo que se repite después en
muchas partes de la santa misa. ¿Qué significa este plural? Que
la misa no es una devoción privada, sino el culto oficial de la
comunidad de la Iglesia. En la santa misa el sacerdote y los fieles se unen en
comunión fraternal y rezan conjuntamente.
De ahí que el sacerdote siga rezando en
plural: “Oremos”, “oremos hermanos “,
“demos gracias al Señor Dios nuestro”... Sí, el
celebrante y todos los asistentes se unen, y como una sola gran familia se
postran ante el Padre común que está en los cielos. ¿Puede
haber mayor hermandad? La Eucaristía es vínculo de caridad.
Y el Padre celestial, el Dios omnipotente no lo
sentimos distante. Está muy cerca de nosotros, en medio de nosotros. Es
lo que testimonian las palabras del celebrante poco después del
“Gloria”: “El Señor esté con vosotros”
(Dominum vobiscum), saludo afectuoso, sencillo, consolador y a la vez profundo.
Lo repetirá varias veces en la misa.
Jesucristo es el quicio y centro de toda la
humanidad y de todo el mundo, el alfa y omega; todo hombre ha de tomar postura en favor suyo o
en su contra.
“Sin Él no se ha hecho cosa alguna de
cuantas han sido hechas” (Juan 1,3) “Él es la imagen perfecta del Dios
invisible” (Colosenses 1,15). “En Él tienen el ser
todas las cosas y todas subsisten por Él” (Col. 1,15). De modo
que todo nuestro anhelo y esfuerzo ha de ser que todos los hombres que hay en
el cielo y sobre la tierra se unan a Cristo, a su Cabeza.
Y he ahí el hermoso saludo del sacerdote que
dirige a los fíeles: “El Señor esté con vosotros.
¡Cristo esté siempre con vosotros y vosotros también
estéis siempre con Cristo! ¡Vosotros y Cristo, en unión
indisoluble! No se trata de un mero augurio, sino de una realidad santa.
Sabemos que tras la figura visible del sacerdote está el Cristo
invisible; que no importa que el celebrante sea el Papa o un joven
párroco de una pequeña aldea... no importa: allí
está Cristo; y cuando el celebrante con las dos manos extendidas saluda
a los fieles, es el mismo Cristo quien saluda a los que asisten a la misa. Es
Él quien dice “El Señor esté con vosotros”, es
Él quien bendice, es Él quien consuela, conforta y cura.
¡El Señor esté con vosotros! No
temáis ante cualquier percance que tengáis en la vida: con
vosotros está el Señor, y nunca os encontráis solos ni
abandonados.
Los fieles contestan a este saludo: “Y con
tu espíritu”. Lo exige la cortesía, lo exige el amor.
Sí, el Señor esté también contigo, hermano
sacerdote; tú también tienes gran necesidad de su auxilio, para
cumplir dignamente tu misión.
Así se transforma cada
respuesta “y con tu espíritu” en una oración
de los fieles por su sacerdote.
Después sigue la oración
de la misa del día y a continuación la Epístola y el
Evangelio. La Epístola se llama “Lectura” (lectio), porque
introduce el texto bíblico que vamos a leer con la palabra
“lectura...” (de tal o cual libro de la Sagrada Escritura). El
texto se toma de los libros de la Biblia que no sean los Evangelios. Al
principio los libros sagrados se leían seguidos, pero más tarde,
a medida que fueron multiplicándose las fiestas, se señalaron
pasajes especiales para cada día.
¡Con qué recogimiento y
emoción escucharían
los primeros cristianos la palabra, los consejos, las enseñanzas de los
profetas y de los apóstoles que les hablaban por medio de aquellas
lecturas!
El respeto a la divina palabra se intensificaba
todavía más después de la “lectura”,
después de leerse los profetas y los apóstoles, cuando se pasaba
a la “buena nueva”, al Evangelio. Por medio de los Evangelistas
hablaba el mismo Señor a los fieles. Por eso expresamos nuestro respeto
poniéndonos de pie en tan solemne momento.
Todos conocemos la emoción y la solemnidad
excelsa con que tributa la Iglesia al canto del Evangelio en la misa solemne.
El diácono pide la
bendición antes de empezar el canto, arden a su derecha e izquierda,
junto al libro del Evangelio, los cirios; honramos el mismo libro con el
perfume del incienso...
Así ha de ser. Parece como si
una corriente eléctrica nos atraviesa, al oír la “buena
nueva”, el “Evangelio”, de labios del diácono:
“Lectura del Santo Evangelio...”.
Y no solamente oímos, sino que
nos parece ver a Cristo que se dirige a nosotros. Y contestamos: “Gloria,
a ti, Señor”. Y al final también decimos: “Te
alabamos Señor, Jesucristo”.
Aquí acaba la misa de los catecúmenos
y comienza la misa de los fieles.
II
LA
MISA DE LOS FIELES HASTA EL CANON
La primera parte de la misa de los fieles es el
ofertorio, es decir, la ofrenda de los dones.
Es muy ilustrativa la historia del ofertorio. En los primeros siglos del
cristianismo los fieles iban en larga procesión al altar y entregaban
sus dones para la misa. Ofrecían pan y vino, pero también otras
cosas: aceite, lino, trigo, cera, frutas, oro.
Después de recibir los dones el celebrante
escogía de los mismos lo necesario para el sacrificio y —puesto
que durante la colecta las manos del sacerdote se habían
ensuciado— antes de proseguir la misa, se las lavaba. Hoy día al
lavatorio de las manos le atribuimos un sentido espiritual: ¡cuán
puro ha de ser aquel que se acerca al altar del sacrificio!
Como es obvio, la Iglesia
procuró por medio de esta ofrenda material animar espiritualmente a los
fieles a que estuviesen prontos para el sacrificio, de suerte que la ofrenda
exterior fuese símbolo y expresión del espíritu interior
de sacrificio con que el creyente asistía al sacrificio de Cristo.
He indicado que los fieles no
sólo daban lo necesario para la santa misa, sino algunas otras ofrendas.
Con este plus contribuían por una parte al sustento del sacerdote y, por
otra, a las obras de caridad. Oían resonar constantemente en sus almas
las palabras dichas por el SEÑOR a sus Apóstoles: “Quien
a vosotros recibe, a mi me recibe” (Mateo 10,40). Y las de SAN PABLO:
“¿No sabéis que los que sirven en el templo se mantienen
de lo que es del templo?” (I Corintios 9,13). Y les parecía
percibir también las palabras del SEÑOR respecto de los pobres: “Cualquier
cosa que hiciereis uno de estos mis más pequeños hermanos,
conmigo lo hicisteis” (Mateo 25,40).
Pero a medida que iba aumentando el
numero de los fieles, se alargaba y se alargaba la entrega de las ofrendas
durante la misa. De ahí que gradualmente se impuso la costumbre de
ofrendar sólo dones monetarios, y los que por algún motivo no podían
asistir a la misa, enviaban su contribución. Así empezó la doble costumbre que
rige hoy día: la colecta que se hace durante la santa misa, y
el llamado estipendio, que entrega aquel que quiere se celebre una misa a
su intención.
Son muchos los que no entienden rectamente el
significado del estipendio. Quiero subrayar que con el mismo no
“compramos una misa” ni “nos suscribimos” a la misma.
La misa tiene frutos de que participa toda la Iglesia militante y purgante.
Pero tiene otros —como, por ejemplo, los de imprecación y propiciación—que
el celebrante puede aplicar a vivos y difuntos, teniendo en cuenta les
intenciones de quien encarga la misa.
De esta manera es posible ofrecer la santa misa por
una persona viva, enferma o fallecida, mientras la intención sea
honesta, y como señal de esta intención, se entrega el
estipendio, para contribuir así al sustento del sacerdote. De modo que
no se trata de “pagar” la misa, ni de “abonarse” a la
misma, sino que es una forma nueva de la antigua costumbre de ofrecer dones en
especie.
Examinemos la manera como se hace actualmente el
ofrecimiento en la santa misa. Lo primero es la oblación de la hostia.
La hostia no requiere preparación alguna; esta allí en la
pequeña patena dorada. El celebrante la levanta, mira un momento el
crucifijo, y después pronuncia la oración: “Bendito, seas,
Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo
del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos, él
será para nosotros pan de vida.”
No dejemos pasar este momento sin poner
también nosotros en la patena del celebrante, ofreciéndoselos a
Dios, todos los combates, las tristezas y pruebas de la vida diaria.
Después de la ofrenda de la hostia sigue la
del vino. Pero antes hay que preparar el cáliz. El celebrante vierte vino
en él y mezcla con el vino algunas gotas de agua. Antes bendice el agua
con una oración que pronuncia el sacerdote interiormente en secreto:
“El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la
vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición
humana”.
El vino simboliza a Cristo; por esto no se le
bendice antes de verterlo en el cáliz. En cambio el agua que se mezcla
con el vino simboliza a la humanidad, y esta necesita en gran manera la gracia
divina; por esto hay que bendecirla. Al mezclar el agua —que nos
representa a nosotros— con el vino —que simboliza a Cristo—,
suplicamos con humildad al Señor que se revistió de nuestra
humanidad, que así como un día tomó naturaleza humana,
así también nosotros podamos participar de su vida divina.
De modo que este rito expresa una
realidad sublime: la unión del hombre con Dios. “La gota diminuta
absorbida por el vino de la misa, soy yo. Y este vino se trueca en sangre del
Hombre Dios. Y éste es substancialmente uno con la Trinidad augusta. El
hombre de esta manera se ve arrastrado por la corriente de vida de la augusta
Trinidad.” (MERCIER.),
¡Es algo asombroso! El fin de toda nuestra
vida es que Cristo viva en nosotros y nosotros vivamos en Él. Por eso
todos nuestros trabajos, oraciones, anhelos y sufrimientos tienen valor de
eternidad.
Después el celebrante toma el cáliz y
manteniéndolo un poco elevado sobre el altar, dice: “Bendito seas,
Señor, Dios del universo por este vino, fruto de la vid y del trabajo
del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él
será para nosotros bebida de salvación”. Y el pueblo
responde: “Bendito seas por siempre, Señor”.
¡Qué profundo simbolismo!
¿Qué representa el pan, el pan cotidiano? Representa todos
nuestros trabajos, sudores, nuestros pesares y sufrimientos. Y
¿qué significa el vino? La alegría de la vida. Por tanto,
ofrecer el pan y el vino a Dios en la santa misa significa colocar en sus manos
todos nuestros pesares y alegrías, toda nuestra jornada, toda nuestra
vida. Nos entregamos por completo a Él.
Después del ofertorio viene el lavatorio
de las manos. El sacerdote, de pie a un lado del altar, se lava las manos,
diciendo en secreto: “Lava todo mi delito, Señor, limpia mi
pecado”.
¡Las manos! ¡Nuestras manos!
¡Cuánto bien y cuánto mal se esconde en las manos!, y
¡cuánto dolor y cuánta alegría pueden causar las
manos! ¡Cuánto dolor si las manos son pecadoras, y cuánta
alegría si son santas! ¿Qué sería el mundo si por
lo memos el domingo, el día del Señor, se purificasen todas las
manos? ¿Si se purificasen de toda mancha, avaricia, impureza, dureza de
corazón? ¿Si todos pudieran enseñar a Dios las manos con
la conciencia tranquila y sin tener que ruborizarse?... ¡Cuán
distinta sería la vida en esta tierra!....
Si, limpia, Señor, mis manos, así
como mi alma. Todo lo mío...
Después del ofertorio y del lavatorio de las
manos llegamos a la gran oración de alabanza: el Prefacio.
“Levantemos el
corazón”
(Sursum corda), exclama el sacerdote dirigiéndose a los fieles. “Lo
tenemos levantado hacia el Señor”, es la respuesta. “Demos
gracias al Señor, nuestro Dios”, prosigue el celebrante. “Es
justo y necesario”, contestan los fieles.
¡Que alegría y que elevación de
espíritu, qué adoración y homenaje se encierran en estas
palabras!
Entonces empieza el celebrante la sublime
oración de alabanza que lleva el nombre de Prefacio.
La melodía misma con que se canta en la misa
solemne es de una dignidad insuperable e invita a la oración. Mozart
dijo en cierta ocasión que daría todas sus composiciones por poder
ser el autor de esta melodía.
¿Y qué decir del texto? ¡En el
Misal actual hay diferentes Prefacios para las diferentes solemnidades!
Transcribimos uno. ¿Quién no siente el regocijo y júbilo
con que la Iglesia rinde homenaje al Dios omnipotente y eterno?
“En verdad es justo y necesario, es nuestro
deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor,
Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo nuestro Señor. A
quien hiciste fundamento de todo y de cuya plenitud quisiste que
participáramos todos. El cual, siendo Dios, se anonadó a
sí mismo, y por su sangre derramada en la cruz, puso en paz todas las
cosas. Y así constituido Señor del universo, es fuente de
salvación eterna para cuantos creen en él. Por eso, con los
ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo es el
Señor, Dios del universo. Llenos están los cielos y la tierra de
tu gloria. Hosanna en el cielo. Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.” (Prefacio común I)
***
En este punto de la misa parece como si nos
encontrásemos entre los ángeles, olvidados de todo lo mezquino y
terreno. El texto que sigue, llamado Canon, no cambia nunca, es siempre el
mismo. Las oraciones que le preceden, las lecturas y el Evangelio cambian
según el tiempo litúrgico o la fiesta; mas no cambia el Canon.
Desde los tiempos de los primeros cristianos la Iglesia espera con el mismo
texto la llegada del Salvador, que se hace presente en medio de nosotros.
Casi toda esta parte la reza el sacerdote en voz
baja. Lo que precede lo recita en gran parte alternando con el pueblo, pero
esta parte de la misa parece que se separa del pueblo, para entrar en el Santo
de los Santos, donde se halla a solas con el Señor. A solas, como
Moisés en el monte Sinaí. Se acerca el momento emocionante de la
transubstanciación, en que el altar se transforma de repente en
Belén y Gólgota, en pesebre y cruz. Este momento, en que el
Señor vuelve a bajar en medio de nosotros, está rodeado de un
silencio tan profundo, como el que debía reinar en la noche de Navidad,
cuando bajó a nosotros por vez primera el Verbo encarnado.
Dichosos nosotros que podemos visitar todos los
días a Nuestro Señor Jesucristo, que se hace presente entre
nosotros en la santa misa. Se cumplen en nosotros las palabras de JESUCRISTO: “En
verdad os digo que yo mismo estaré siempre con vosotros hasta la
consumación de los siglos” (Mateo 28,29)?
¡Qué inaudito privilegio! Podernos
arrodillar todos los días ante Nuestro Señor Jesucristo, en el
momento sublime en que se hace presente nuevamente en medio de nosotros.
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
1.
La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una
experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el
núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con
alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples
formas, la promesa del Señor: «He aquí que yo estoy con
vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,
20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el
vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia
con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia,
Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria
celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos
de confiada esperanza.
Con
razón ha proclamado el Concilio Vaticano II que el Sacrificio
eucarístico es «fuente y cima de toda la vida cristiana».
«La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien
espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida,
que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo». Por
tanto la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor,
presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena
manifestación de su inmenso amor.
Llegada la hora de la cena, se puso a la mesa con sus
apóstoles, y les dijo: Ardientemente he deseado comer este cordero
pascual con vosotros, antes de padecer. Porque os digo que no volveré a
comerlo otra vez hasta que tenga su cumplimiento en el reino de Dios.
Tomó entonces un cáliz, dio gracias y dijo: Tomad y
repartidlo entre vosotros, porque os aseguro que ya no beberé más
el producto de la vid, hasta que llegue el reino de Dios.
Tomó luego pan, dio gracias, lo partió y se lo dio
diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es entregado. Haced esto en
memoria mía.
Del mismo modo tomó el cáliz, después de haber
cenado, diciendo: Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre,
que se derrama por vosotros.
(Evangelio de San Lucas 22, 14-20.)
Un furioso huracán
envolvió a un navío en alta mar. Las olas, azotadas por el
viento, echaban montes de espuma y zarandeaban a su antojo la armadura del
buque, el cual crujía y gemía, débil juguete de los
elementos... los pasajeros, desesperados, ya creían ver abierta la tumba
sin fondo del océano que todo lo traga... cuando en el último
momento uno de ellos tuvo una idea genial. Cogió en brazos a su hijito,
que no tenía más que un año, lo levantó en alto y
mirando hacia el cielo, exclamó gritando: ¡Padre nuestro, nos
castigas por nuestros pecados, justo lo merecemos! Pero mira a este niño
inocente; por amor a éste, ¡ten piedad de nosotros!...
Dondequiera que haya un templo
católico, dondequiera que se celebre el santo sacrificio de la misa, se
repite día tras día la misma escena... pero de una manera mil
veces más sublime. Los hombres, cruelmente zarandeados por la tempestad
de la vida, rodean el altar en que se celebra la santa misa: se sienten
quebrantados por la desgracia, fatigados por las tentaciones, encorvados bajo
el peso sus pecados... Pero llega el momento conmovedor de la Elevación;
los sacerdotes levantan en alto al Hijo de Dios encarnado que acaba de hacerse
presente nuevamente entre nosotros, y suplicantes se dirigen al cielo:
¡Padre nuestro, nos castigas en justicia, nosotros no merecemos tu
misericordia. Pero mira tu Hijo único, inocente, santo... por amor a
Él ten piedad de nosotros!...
Llegamos al momento más importante de la
santa misa, al centro de la misma: la Consagración.
Hablando con rigor, en este momento se cifra toda
la misa; lo que la precede y lo que la sigue, no forman más que su
marco, son el engarce en que la Iglesia coloca el diamante celestial. Todo en
la misa prepara este momento o lo continúa y termina. Toda la misa y
todas las ceremonias convergen en este único momento: la
Consagración. Para ella fueron hechos todos los altares. Por ella viven
todos los sacerdotes. Por ella esta toda la Iglesia católica. Todo por
este momento sublime, para el cual nos hemos ido preparado con amor cada vez
más creciente, con oraciones cada vez más fervientes.
I
LA
CONSAGRACIÓN
Miremos el altar en este momento
sublime.
Lo primero que nos cautiva es el
silencio que reina en todo el templo.
Cesa todo ruido, todo se calla. El celebrante consagra en voz baja,
y después el sonido argentino de la campanilla anuncia que el mismo
Cristo otra vez ha bajado a nuestro mundo.
Sí: la oración del mudo
silencio es la que mejor armoniza
con el acontecimiento inefable que se desarrolla ante nosotros.
Pero ¿cómo? ¿Es
posible rezar en silencio, sin proferir ninguna palabra?
¡Por supuesto! Aun más,
en los momentos de más sublimes ni siquiera se puede rezar de otra
manera. Cuando encontramos palabras con que expresar nuestros sentimientos, es
que estos no han alcanzado su máxima exaltación. Mas cuando
llegan a su punto máximo las palabras empiezan a faltarnos... Así
es como nos detenemos, en silencio, para contemplar, una majestuosa catedral, o
una bella aurora, o una cumbre nevada... Y cuanto más sublime es el
acontecimiento que presenciamos, más en consonancia estará con el
mismo el mudo silencio. La Iglesia llama explícitamente al
Santísimo Sacramento “Sacramento admirable”.
Admirémoslo, pues, y no nos hartemos nunca de asombrarnos.
¡Cuán extraño es este silencio
—insistirá alguno— en el momento más sublime de la
misa! ¿No sería lo más natural que la Iglesia entonase
precisamente en este momento sus más vibrantes cánticos de
alabanza? Nuestra liturgia se complace tanto con los cánticos.
¿Cómo se comprende este silencio? Ah, sí. Es que acontece
algo que no se puede expresar con palabras, ni con canto alguno: no nos queda
más que la muda admiración.
Únicamente se oye la voz temblorosa de la
campanilla como si nos dijera: ¡Hombres, no olvidéis a que os
obliga la muerte de Cristo que en este momento se renueva místicamente!
Os obliga a morir ascéticamente a vosotros mismos, dando muerte al
hombre viejo del que habla SAN PABLO: “¿Ignoráis que
cuando fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su
muerte? Fuimos, pues, sepultados juntamente con Él por medio del
bautismo muriendo al pecado, a fin de que así como Cristo fue resucitado
de entre los muertos por la gloria del Padre, así también
nosotros caminemos en una nueva vida” (Romanos 6,3-4).
Nada mejor que la santa misa para estar sepultados
con Cristo. Ir a misa significa acompañar a Cristo al Calvario, morir en
la cima del monte con Cristo y sepultar al hombre viejo en el sepulcro de
Cristo. Por tanto, en el momento silencioso de la transubstanciación
todos morimos, no para quedarnos muertos, sino para resucitar a una nueva vida.
“Nosotros sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la
vida” (I Carta Juan 3,14), y
a una vida nueva, sobrenatural. Así como no hay misa sin
transubstanciación, tampoco hay verdadera vida cristiana sin la
transformación del hombre viejo: en la misa la pequeña hostia se transforma
en cuerpo de Cristo, y el hombre viejo ha de transformarse en imagen viva de
Jesucristo.
Por todas estas cosas ya se ve cómo hemos
de comportarnos durante la Elevación.
Hemos de estar de rodillas, en actitud humilde.
De rodillas. Ésta es la postura más adecuada
cuando se está ante el Santísimo Sacramento. Se comprende. No es
posible soportar de pie un misterio tan tremendo; este misterio nos obliga
imperiosamente a postrarnos, a hincarnos de rodillas. Unas breves palabras pronunciadas
sobre la hostia, y en el mismo momento esta hostia viene a contener el tesoro
mayor de todo el universo. Si tuviésemos ojos no turbados por las leyes
de la materia, si pudiésemos ver con mirada supraterrena,
veríamos como una legión de ángeles bajan en el momento de
la transubstanciación y rodean la Hostia y la adoran llenos de temor
santo y asombro jubiloso, ante tamaña humillación de su
Señor y Rey. Se pone en movimiento todo el cielo... y nosotros, hombres,
¿vamos a permanecer impasibles?
¡De rodillas ante la Hostia! Y más
aún, en actitud humilde.
Del Cuerpo místico, que llamamos Iglesia,
Cristo es la Cabeza y nosotros los miembros. En los días laborables
viven esparcidos los miembros, uno acá, otro allá, cada cual en
su oficio. Pero los domingos se congregan todos para la santa misa... no faltan
más que las ramas secas que se han desprendido. Los demás todos
están presentes. Vienen a saludar a la Cabeza, que en estos momentos
santos se hace realmente presente en medio de nosotros.
Vienes, oh Cristo, a nosotros, y nosotros venimos a
ti. Y mientras allá fuera, en el mundo, se declaran unos a otros la
guerra, nosotros, ante el misterio augusto del Santísimo Sacramento, nos
sentimos hermanos, todos, sin excepción: el rico y el pobre, el docto y
analfabeto; el técnico y el obrero, el blanco y el negro, y se truecan
en realidad las palabras del salmo: “¡Oh; cuán buena y
cuán dulce cosa es vivir los hermanos unidos!” (Salmo 132,1).
En cuanto termina la consagración el
sacerdote exclama: “Este es el misterio de nuestra fe”. El
pueblo no puede soportar ya la tensión sublime y contesta jubiloso: “Anunciamos
tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡Ven, Señor
Jesús!”. O bien: “Por tu cruz y resurrección,
nos has salvado, Señor”.
¡Él viene para estar con nosotros!
Él viene para ser entre nosotros “vínculo de
caridad”.
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
5. « Mysterium fidei! –
¡Misterio de la fe! ». Cuando el sacerdote pronuncia o canta estas
palabras, los presentes aclaman: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu
resurrección, ¡ven Señor Jesús!».
Con éstas o parecidas
palabras, la Iglesia, a la vez que se refiere a Cristo en el misterio de su
Pasión, revela también su propio misterio: Ecclesia de
Eucharistia. Si con el don del Espíritu Santo en Pentecostés
la Iglesia nace y se encamina por las vías del mundo, un momento
decisivo de su formación es ciertamente la institución de la
Eucaristía en el Cenáculo. Su fundamento y su hontanar es todo el
Triduum paschale, pero éste está como incluido, anticipado, y
«concentrado» para siempre en el don eucarístico. En este
don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización perenne del
misterio pascual. Con él instituyó una misteriosa
«contemporaneidad» entre aquel Triduum y el transcurrir de
todos los siglos.
Este pensamiento nos lleva a
sentimientos de gran asombro y gratitud. El acontecimiento pascual y la
Eucaristía que lo actualiza a lo largo de los siglos tienen una
«capacidad» verdaderamente enorme, en la que entra toda la historia
como destinataria de la gracia de la redención. Este asombro ha de
inundar siempre a la Iglesia, reunida en la celebración
eucarística. Pero, de modo especial, debe acompañar al ministro
de la Eucaristía. En efecto, es él quien, gracias a la facultad
concedida por el sacramento del Orden sacerdotal, realiza la
consagración. Con la potestad que le viene del Cristo del
Cenáculo, dice: «Esto es mi cuerpo, que será entregado por
vosotros... Éste es el cáliz de mi sangre, que será
derramada por vosotros». El sacerdote pronuncia estas palabras o,
más bien, pone su boca y su voz a disposición de Aquél
que las pronunció en el Cenáculo y quiso que fueran repetidas
de generación en generación por todos los que en la Iglesia
participan ministerialmente de su sacerdocio.
II
DESPUÉS
DE LA CONSAGRACIÓN, HASTA LA COMUNIÓN
Una de las oraciones que el celebrante
pronuncia siguiendo a la transubstanciación es “el momento de
los difuntos”.
Nuestros familiares y amigos queridos ya fallecidos
desaparecieron de nuestros ojos, pero están presentes a los ojos de
Dios. A medida que pasan los años va alejándose de nosotros, su
recuerdo se desvanece cada vez más. Y sin embargo ellos siguen viviendo.
Viven y esperan de nosotros lo que por sí mismos no pueden lograr.
Nosotros podemos ayudar a los seres
amados que nos dejaron. Por eso corazón materno de la Iglesia hace rezar
al celebrante en cada misa por el alma de los fieles difuntos. Así dice
el celebrante: “Acuérdate también, Señor, de
nuestros hermanos que se durmieron en la esperanza de tu resurrección, y
de todos los que han muerto en tu misericordia; admítelos a contemplar
la luz de tu rostro. Ten misericordia de todos nosotros y así, con
María la Virgen Madre de Dios, los apóstoles y cuantos vivieron
en tu amistad a través de los tiempos, merezcamos, por tu Hijo
Jesucristo compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas”.
¡Qué esplendorosa
manifestación de hermandad!
Se demuestra de nuevo como la
Eucaristía es vínculo de caridad.
Viene después el Padrenuestro, la mas
profunda y sublime oración de esta parte de la santa misa. Delante
nosotros, sobre el altar, esta Cristo que se sacrifica por nosotros; y en esta
parte importante de la santa misa es donde la Iglesia ha colocado la
oración dominical. Son interesantes las palabras con que la preludia: “Fieles
a la recomendación del salvador y siguiendo su divina enseñanza,
nos atrevemos a decir: Padrenuestro...”
¡Qué amor filial se revela en estas
palabras! Así ha de ser. Es ésta la única oración
que hemos aprendido directamente de Jesucristo. La Iglesia desde los primeros
momentos la conservó como un precioso tesoro y la guardó de toda
profanación.
“Fieles a la recomendación del
salvador”; como si la Iglesia se excusase: Nosotros, pobres hombres, no
nos atrevemos a pronunciar esta oración, no tenemos tanta confianza como
para hacerlo. ¿Cómo osar llamar Padre nuestro a Dios,
Señor omnipotente de cielos y tierra?... Mas lo hacemos por mandato
expreso de Jesucristo. Dentro de unos momentos recibiremos todos el cuerpo del
Señor: ahora, por tanto, antes del banquete común, recitamos la
bendición de mesa, el Padrenuestro.
Después viene el momento de la paz.
“La paz del Señor esté siempre con vosotros.”
¡Paz!; Sí, la paz tan ansiada por el hombre! Y he ahí que
en el altar está presente el que dijo de sí mismo: “La
paz os dejo; mi paz os doy; no como os lo da el mundo os la doy”
(Juan 14,27). “Venid a mi todos los que andáis cansados y
agobiados, que yo os aliviare, y hallaréis reposo para vuestras
almas” (Mateo 11,28). Sí, danos la paz, Señor.
Sigue la fracción del pan.
En este momento se rompía el pan del sacrificio, para poderlo llevar a
los enfermos y a los presos, y darles la comunión. El celebrante parte
en dos la santa hostia, después coge un pequeño fragmento de una
de las partes y lo introduce en el cáliz, en la sangre sacratísima.
De la
carta encíclica “La Iglesia vive de la Eucaristía”:
18. La aclamación que el pueblo pronuncia
después de la consagración se concluye oportunamente manifestando
la proyección escatológica que distingue la celebración
eucarística: «... hasta que vuelvas» (cf. 1 Co
11, 26). La Eucaristía es tensión hacia la meta, pregustar el
gozo pleno prometido por Cristo; es, en cierto sentido, anticipación del
Paraíso y «prenda de la gloria futura». En la
Eucaristía, todo expresa la confiada espera: «mientras esperamos
la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo». Quien se alimenta de
Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá
para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de
la plenitud futura, que abarcará al hombre en su totalidad. En efecto,
en la Eucaristía recibimos también la garantía de la
resurrección corporal al final del mundo: «El que come mi carne y
bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último
día» (Jn 6, 54). Esta garantía de la
resurrección futura proviene de que la carne del Hijo del hombre,
entregada como comida, es su cuerpo en el estado glorioso del resucitado. Con
la Eucaristía se asimila, por decirlo así, el
«secreto» de la resurrección. Por eso san Ignacio de
Antioquía definía con acierto el Pan eucarístico
«fármaco de inmortalidad, antídoto contra la muerte».
III
DESDE
LA COMUNIÓN HASTA EL FINAL DE LA MISA
En tiempos de los primeros cristianos casi todos
los que asistían a la santa misa comulgaban. Todos querían
confortarse con el cuerpo de Cristo en unos tiempos en que nadie podía
saber si el mismo día sería objeto de persecución y
quizá sufriría el martirio. El celebrante les colocaba la
Eucaristía en la palma de la mano, pronunciando estas palabras: “El
Cuerpo de Cristo” (Corpus Christi), y ellos inclinando humildemente
la cabeza, contestaban: “Amen.” Y comulgaban.
Cada fiel que comulga es un tabernáculo
vivo. Un gozo inefable se apodera del alma.
Por último el celebrante pronuncia una breve
oración de acción de gracias; da la bendición y se despide
con estas palabras: “La misa ha concluido. Podéis ir en
paz” (Ite, missa est).
Salimos de misa... pero aun no está
terminado todo, lo recibido debe manifestarse en las obras. De modo que el
“podéis ir en paz” no es tan solo una despedida,
también significa: ¡podéis iros, ahora comienza vuestra
misión! El sacrificio de Cristo ha terminado, ahora comienza el tuyo,
debes trocar en sacrificio por la gloria de Dios toda tu vida. La santa misa y
la vida de todos los días, nuestra asistencia a la santa misa y el
cumplimiento de nuestros deberes deben formar una unidad orgánica, como
la forman nuestro cuerpo y nuestra alma.
Nuestra más hermosa acción de gracias
será una vida eminentemente cristiana.
“Podéis ir en paz”
¿Adónde? A la calle, a la casa, al
trabajo; más no como habéis venido. Habéis recibido a
Cristo; trabajad, cumplid vuestros deberes, y amaos los unos a los otros.
Comienza vuestro sacrificio, debéis consagrar el mundo y transformarlo,
para que la humanidad arda en amor divino.
***
Terminamos aquí la exposición de las
diferentes partes de la santa misa; y quizá a muchos lectores les pase
lo que a aquel hombre que contempló durante largo rato los ventanales de
un templo... mirándolos siempre desde fuera. Un día entró
en el templo y se quedó pasmado al descubrir las hermosuras, nunca
sospechadas, de aquellos mismos ventanales que él conocía, pero
solamente desde fuera.
También nosotros conocemos desde hace tiempo
la santa misa. Desde niños la oímos con reverencia. Mas debemos
mirarla desde “dentro”. Asistiremos a ella con más profunda
comprensión y mayor provecho, si conocemos el significado de las partes
que la integran.
Quien las conozca, sentirá que cada misa le
causa una profunda impresión espiritual y es fuente de abundantísimas
gracias. Este tal no se encontrará saldrá de la misa con el alma vacía, sino
cargada de tesoros espirituales, porque para él la misa será
realmente lo que debe ser: regeneración del hombre mediante la muerte de
Cristo.
Se comprende que en tierras de misiones los
recién convertidos caminen durante horas y algunas veces durante
días, con tal de poder asistir a una misa y participar en el sacrificio
incruento del Señor. Lo que no se comprende es que los católicos
de nuestros países por pereza y comodidad dejen de asistir a misa hasta
el domingo, cuando el templo está a tres pasos de su casa.
¿Puede enorgullecerse de cristiano el
país en que los domingos están abarrotados de gente los estadios,
cines y lugares de diversión, y al mismo tiempo están medio
vacíos muchos templos durante la santa misa?
¿Puede llamarse cristiano el pueblo por
cuyas calles siguen las campanas convocando a misa los días de domingo,
pregonando como los ángeles de Belén: “Vengo a daros una
nueva de grandísimo gozo para todo el pueblo...” (Luc 2,13), y
no obstante son muchísimos los que no acuden a misa?
El altar es la roca en que se apoya la Iglesia. La
santa misa es el centro del cristianismo. Suprimid la santa misa, y los fieles
perderán la fuente de toda gracia, y las almas del Purgatorio
perderán la fuente más abundante de misericordia.
De la
carta encíclica “La Iglesia vive de la Eucaristía”:
3. Del misterio pascual nace la Iglesia.
Precisamente por eso la Eucaristía, que es el sacramento por excelencia
del misterio pascual, está en el centro de la vida eclesial. Se
puede observar esto ya desde las primeras imágenes de la Iglesia que nos
ofrecen los Hechos de los Apóstoles: «Acudían asiduamente a
la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la
fracción del pan y a las oraciones» (2, 42).La
«fracción del pan» evoca la Eucaristía.
Después de dos mil años seguimos reproduciendo aquella imagen
primigenia de la Iglesia. Y, mientras lo hacemos en la celebración
eucarística, los ojos del alma se dirigen al Triduo pascual: a lo que ocurrió
la tarde del Jueves Santo, durante la Última Cena y después de
ella. La institución de la Eucaristía, en efecto, anticipaba
sacramentalmente los acontecimientos que tendrían lugar poco más
tarde, a partir de la agonía en Getsemaní. Vemos a Jesús
que sale del Cenáculo, baja con los discípulos, atraviesa el
arroyo Cedrón y llega al Huerto de los Olivos. En aquel huerto quedan
aún hoy algunos árboles de olivo muy antiguos. Tal vez fueron
testigos de lo que ocurrió a su sombra aquella tarde, cuando Cristo en
oración experimentó una angustia mortal y «su sudor se hizo
como gotas espesas de sangre que caían en tierra» (Lc 22,
44). La sangre, que poco antes había entregado a la Iglesia como bebida
de salvación en el Sacramento eucarístico, comenzó a
ser derramada; su efusión se completaría después en el
Gólgota, convirtiéndose en instrumento de nuestra
redención: «Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros [...]
penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos
cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una
redención eterna» (Hb 9, 11-12).
Entonces
Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo, que si no coméis la
carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis
vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y
Yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es
verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne, y bebe mi sangre, mora en mí y Yo en
él. Así como vive el Padre que me envió, y Yo vivo por el
Padre, también aquél que me coma, vivirá por Mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo, no como aquel que comieron
vuestros padres y murieron. El que come de este pan, vivirá para
siempre.
(Evangelio
de San Juan 6, 54-58)
Hoy el mundo está lleno de problemas y
parece un gran hospital, repleto de
enfermos y humanamente no disponemos de medicinas para curarlos. Hemos ensayado
todas las formas de gobierno, hemos recurrido a toda clase de alianzas, de
reformas y de convenios. Todo esto no son que más que alivios
transitorios y no nos han traído la paz y la curación anheladas.
Sentimos que la raíz de la
enfermedad no es externa, sino que viene de dentro. Nos parecemos al enfermo
que continuamente cambia de postura para aliviar su inquietud y malestar,
aunque reconozca que su verdadero mal no radica ni en la cama ni en la postura,
sino en su cuerpo enfermo.
Es nuestra humanidad la que está enferma, y ésta
no la podrá curar más que un solo Médico: Nuestro
Señor Jesucristo. Él desde desde la Santísima
Eucaristía nos dice: “Venid a mí todos los que
andáis cansados y agobiados, que yo os aliviare.”
En medio de nosotros está el mejor
médico del alma, el Señor de la vida y de muerte: ¡el mismo
Jesucristo! Está oculto en la Santa Eucaristía, bajo las especies
de pan y vino.
¿Por qué escogió precisamente
estas especies?
¿Por qué el pan? Porque es un
alimento común, uno de los más corrientes y necesarios en todo el
mundo. Quiso decirnos con ello: para poder vivir necesitas alimentarte de pan;
y para vivir como cristiano, necesitas comer el pan sobrenatural. El pan
terreno comunica fuerzas para la vida corporal, mas el pan sobrenatural
comunica fuerzas poder vivir en la vida de la gracia.
¿Por qué el vino? Porque el vino da
ánimo y alegría de vivir. Así el vino de la
Eucaristía significa el ánimo, el empuje, la alegría de la
vida espiritual. ¡Cuánto necesita esto el hombre de hoy! No
sólo se puede morir de hambre, de sed, también se puede morir de
tristeza, de falta de alegría y consuelo.
Hijos míos —nos dice Jesús en
la Eucaristía—, yo sé lo que os hace falta: fuerza y
alegría. Fuerza para poder sostener la lucha espiritual, y
alegría que poder perseverar. Es precisamente lo que yo os comunico.
Venid a menudo a comulgar, entregaos a mí, y yo os comunicaré la
plenitud de vida.
La santa comunión es fuerza, la santa
comunión es alegría.
I
LA
SANTA COMUNIÓN ES FUERZA
Por desgracia el hombre moderno se
deja cautivar fácilmente por la fuerza y el poder material. Tenemos
más fuerza y poder que nunca sobre las cosas. La ciencia y la
tecnología han levantado un palacio magnífico sobre la tierra,
pero sus moradores no son felices. No nos sentimos felices. Porque nuestra
fuerza espiritual se ha debilitado, se ha atrofiado. Dominamos la materia, mas
no nos dominamos a nosotros mismos, no somos capaces de dominar nuestros
instintos desenfrenados, nuestras pasiones.
Las palabras del SEÑOR resuenan
hoy más que nunca: “Me han abandonado a mí, que soy
manantial de aguas vivas, y se han cavado pozos, pozos agrietados que no
retienen el agua” (Jeremías 2,13). “Reconoce y
comprueba cuán malo y amargo es haber abandonado al Señor Dios
tuyo” (Jeremías 2,13).
Como si nos dijese: En Mí está la
fuerza que necesitáis, lo único que os puede dar la felicidad. Y
me encontraréis en el Santísimo Sacramento.
Desde el altar del sacrificio, como de una fuente,
brota la vida, la fuerza, todo lo noble y lo grande. Sin sacrificio, sin
abnegación, sin vencimiento propio, no hay nada grande, nada santo, nada
sublime. Por esto Cristo se sacrifica en la Eucaristía, Él es el
modelo de la abnegación. Recibir la Eucaristía significa acudir
al que tiene poder para rejuvenecer nuestra alma.
“En verdad, en verdad os digo que si no
coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no
tendréis vida en vosotros.” Por este motivo prescribe la Iglesia que por lo
menos una vez al año, en tiempo de Pascua, que cada creyente se alimente
del cuerpo de Cristo.
Pero la sola comunión anual es
el mínimum; sirve para que no se agoten nuestras fuerzas del todo. Quien
tome en serio la vida espiritual, quien sepa lo que significa ser hombre
—el tener que luchar sin descanso contra nuestra naturaleza propensa al
mal, el tener que estar en pie de guerra sin tregua contra las
tentaciones—, quien sepa estas cosas y las experimente en la propia
persona, recibirá con frecuencia el sacramento de vida, la Santa
Eucaristía, y no dejará que su alma adelgace ni se debilite.
En nuestros días están de moda las
dietas para adelgazar. Hay quienes quieren estar delgados a toda costa, y con
ese fin pasan hambre durante largas temporadas. No hay duda de que puede ser
beneficioso para la salud en bastantes casos. Pero respecto del alma la cosa
cambia; nunca será bueno someter el alma a una cura de adelgazamiento,
acercándose una sola vez al año a la fuente de la energía
espiritual, a la santa comunión.
Y estas personas, las que raramente se acercan a la
Eucaristía, son las que más se quejan que la vida cristiana es
dura: ¡Que los mandamientos del Señor son harto pesados!
¡Que se ven atormentados de numerosas tentaciones, y es imposible no
sucumbir a ellas! Claro que es imposible..., precisamente por la cura de hambre
a que someten el alma.
¡Que tienes un temperamento muy dado a la
sensualidad! ¡Que tienes un mal carácter! ¡Que eres muy
vehemente y precipitado! ¡Qué no puedes remediarlo!
Muchas veces se ponen estas excusas.
Desgraciadamente hay en ellas algo de verdad; pero por suerte no son exactas
del todo. Quizás nuestra psicología haya heredado algunas taras y
malas inclinaciones. Pero en nuestro poder está el alma. Y el alma tiene
arrestos hasta para influir en la psicología y en el cuerpo. No dependen
de mí las condiciones en que vengo al mundo, pero el ir subiendo cada
vez más alto en la virtud, gracias a la comunión frecuente...
esto sí que depende de mí.
Cuán hermosamente dice SAN FRANCISCO DE
SALES: “Si te preguntan por qué comulgas con tanta frecuencia, di
que lo haces para aprender a amar a Dios y para purificarte de tus
mezquindades, y para librarte de tus males, y para obtener consuelo en tus
tribulaciones, y para hallar apoyo en tu debilidad. Diles que hay dos clases de
personas que deben comulgar con frecuencia: las perfectas, porque
hallándose en el estado debido, obrarían mal si no acudiesen a la
fuente de la perfección; y las imperfectas, para poderse allegar por el
recto camino a la perfección. Los fuertes para no debilitarse, y los
débiles para volverse fuertes. Diles que los que no tienen muchas
ocupaciones han de comulgar con frecuencia, porque tienen tiempo para ello; y
los que están muy ocupados también, porque mucho lo
necesitan.”
Y hasta que punto es esto verdad, lo prueba
también la historia de la Iglesia, la cual testimonia la colosal
fuerza que irradia de la Eucaristía. Lo prueban ya los primeros
cristianos. Un ejemplo es la
mártir SANTA FELICITAS. Fue encarcelada a causa de Cristo; y si no la
llevaron inmediatamente al suplicio fue porque estaba embarazada y esperaban
primero a que naciese el niño. Estando en la cárcel llegó
la hora del parto. Y cuando en medio de los dolores se puso a gemir, el
carcelero le preguntó con sorna:”¿Te quejas ahora?
¿qué harás cuando seas arrojada a las fieras?” Y
FELICITAS le contestó: “Ahora sufro yo sola; pero entonces
habrá en mí Alguien que sufrirá por mí, porque yo
también sufro por Él.”
¿No vemos como la
Eucaristía es manantial de fuerza?
Otro de aquellos grandes
mártires es SAN IGNACIO, obispo de Antioquia. En el año 107, bajo
el reinado del emperador Trajano, es conducido el santo Obispo de Siria a Roma
para servir allí de presa a las fieras. El santo anciano sabe muy bien
la suerte que le espera. Y no obstante, mientras le llevan en el barco, escribe
siete cartas a las Iglesias cristianas, y dice: “Hacemos la
fracción de un mismo pan, ésta es la medicina de la inmortalidad,
el contraveneno para que no muramos, mas para que vivamos eternamente en
Jesucristo.” “Soy trigo de Dios; es necesario que me muelan los
dientes de los leones para pueda ser puro pan de sacrificio... Ya me regocijo
de antemano a causa de las fieras... Que vengan fuego, cruz, zarpazos de
fieras, que venga todo sobre mí con tal de poder allegarme a
Jesucristo.”
¿Puede haber algo demasiado difícil
si la sangre de Cristo corre por nuestras venas? Si podemos repetir lo que otra mártir, Santa
Inés, dijo en medio de sus tormentos: “Su sangre pinta de
carmín mis mejillas”?
También las épocas posteriores dan
testimonio de la fuerza que emerge de la Santa Eucaristía.
Era fuerza para Luis XVI, cuando antes
de su decapitación, a las doce de la noche, oyó misa.
Era fuerza para aquella monja enfermera
de Francia... Cuando en el año 1901 se cerraron en Francia todos los
conventos y se expulsaron de todas partes a los religiosos, se permitió
que continuasen en el hospital de Reims las monjas enfermeras. Un día se
presentó la comisión inspectora del Concejo Municipal para hacer
un reconocimiento de todas las salas. La superiora se las fue mostrando.
Abrió la primera sala: todos eran enfermos cancerosos... Los
señores concejales pasaron rápidamente. Visitaron la segunda
sala, la tercera, la cuarta... todas repletas de enfermos a cuál
más graves. Los miembros de la comisión quedaron horrorizados por
el ambiente tan espantoso que habían presenciado. Dando fin a su visita,
al despedirse, uno de ellos preguntó a la superiora:
—Usted, ¿desde cuándo trabaja
aquí?
—Hace cuarenta años.
—Y ¿de dónde saca fuerzas para
resistirlo?
—¡Comulgo todos los días! Si no
tuviésemos en medio de nosotros al Santísimo Sacramento, ninguna
lo aguantaría.
No se molestó a las monjas; y ellas
siguieron en el hospital.
¿Verdad que es fuente de fuerzas la santa
comunión?
Un último ejemplo. Poco antes de que el
dirigible francés “Pourquoi pas?” tuviera el fatal
accidente, cuando se disponía a realizar su último viaje, su
capitán se encontró delante de la iglesia con el párroco.
—¿Pues que, Señor
capitán, esta todo preparado para la partida?
—No, Señor
párroco; no lo estará hasta que usted me haya confesado y dado la
comunión.
Es el “pan de los fuertes”.
Después de cada comunión bien podemos repetir la plegaria:
“Líbrame de todo mal, concédeme una auténtica
contrición, infunde en mi alma fe, esperanza y caridad, desprecio de las
cosas terrenas, ansias por lo celestial. Dios mío, solamente en Ti
espero. Tú eres mi bien, mi gloria; todo cuanto tengo me lo diste
Tú. Tú eres mi consuelo en el sufrimiento, mi medicina en la
enfermedad; mi sostén en los momentos de angustia; arco iris de paz en
medio de la agitación; Tú me libras de lo que me esclaviza,
Tú me levantas si caigo.”
El que comulga con frecuencia sentirá que su
alma se conserva joven y vigorosa, porque recibe la fuerza del Dios, al
eternamente joven, al que nunca envejece y es fuerte sobre todas las cosas.
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
22. La incorporación a
Cristo, que tiene lugar por el Bautismo, se renueva y se consolida
continuamente con la participación en el Sacrificio eucarístico,
sobre todo cuando ésta es plena mediante la comunión sacramental.
Podemos decir que no solamente cada uno de nosotros recibe a Cristo,
sino que también Cristo nos recibe a cada uno de nosotros.
Él estrecha su amistad con nosotros: «Vosotros sois mis
amigos» (Jn 15, 14). Más aún, nosotros vivimos
gracias a Él: «el que me coma vivirá por mí» (Jn
6, 57). En la comunión eucarística se realiza de manera
sublime que Cristo y el discípulo «estén» el uno en
el otro: «Permaneced en mí, como yo en vosotros» (Jn
15, 4).
Al unirse a Cristo, en vez de encerrarse en
sí mismo, el Pueblo de la nueva Alianza se convierte en
«sacramento» para la humanidad, signo e instrumento de la salvación,
en obra de Cristo, en luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5,
13-16), para la redención de todos. La misión de la Iglesia
continúa la de Cristo: «Como el Padre me envió,
también yo os envío» (Jn 20, 21). Por tanto, la
Iglesia recibe la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión
perpetuando en la Eucaristía el sacrificio de la Cruz y comulgando el
cuerpo y la sangre de Cristo. Así, la Eucaristía es la fuente
y, al mismo tiempo, la cumbre de toda la evangelización, puesto
que su objetivo es la comunión de los hombres con Cristo y, en
Él, con el Padre y con el Espíritu Santo.
II
LA
SANTA COMUNIÓN ES ALEGRÍA
Quien comulga con frecuencia sentirá que su
alma rebosa de gozo, porque la Santa Eucaristía no es solamente es
fuente de alegría.
¡Cómo el que comulga se llena de una
serenidad sobrenatural! Bien dice la SAGRADA ESCRITURA: “El
ánimo sereno es como un banquete continuo” (Proverbios 15,15).
Banquete continuo es realmente la Santa Eucaristía. El Señor dio
este gran sacramento durante la Última Cena. Y con preferencia compara
su reino a un gran convite que el rey da a sus leales.
Y puesto que en un banquete reina la alegría
y el regocijo, es natural que en el banquete del Cordero divino nos inunden la
paz y la alegría espiritual. Por esto la Iglesia repite esta
oración: “¡Oh sagrado banquete en que recibimos a
Cristo!”
Hoy muchas personas adolecen de
alegría interior. Sólo gozaremos de esta alegría si
vivimos en el amor, si nuestra alma está llena —como dice SAN
PABLO— del “amor de Cristo, que sobrepuja a todo
conocimiento” (Efesios 3,19). Es decir, si le dejamos a Él
entrar en nuestro corazón.
En la comunión me uno con
Cristo. ¿No es
esto algo increíble?
La Santa Eucaristía no es un
invento humano, porque nunca habría podido brotar de la mente humana tal
pensamiento. No puede ser sino obra del amor divino. Es una cosa inauditamente
atrevida y sublime, realmente asombrosa. Es la quinta esencia del cristianismo.
Porque, ¿en que consiste el Cristianismo? En
el acercamiento de Dios al hombre. Primero: el Hijo de Dios se hizo hombre y
apareció en medio de nosotros. Después: nos habló
continuamente de Dios, de nuestro Padre celestial. Finalmente, al llegar el
tiempo de dejar este mundo, puso la corona a toda su obra: el mismo Dios se
quedó para siempre en medio de nosotros, en la Santísima
Eucaristía.
Al meditar esta realidad, una alegría
jubilosa llena el corazón de la Iglesia y hace exclamar a cada sacerdote
que se dispone a celebrar diariamente la santa misa: “Me
acercaré al altar de Dios, al Dios que llena de alegría mi
juventud”? (Salmo 42,4).
La misma historia de la Iglesia lo confirma. Es
interesante notar que la Iglesia tal vez nunca ha sufrido tanto como en la
época de las catacumbas; y no obstante, nunca estuvo tan rebosante de
alegría como entonces. En los frescos de las catacumbas las
imágenes que se repiten —el anillo, la lira, la palma—,
todos son símbolos de la alegría. ¿Cómo se explica?
Es que la Iglesia vivía en comunión íntima con Cristo.
Nuestra alegría interior correrá
pareja con el aprecio que tengamos de la Santísima Eucaristía.
Deberíamos apreciarla tanto como la apreciaba el Cardenal Newman. Antes
de convertirse al catolicismo era un pastor distinguido de la Iglesia
anglicana. Durante largos años estudió la vida del cristianismo
primitivo, y cuando ya reconoció la verdad de la doctrina de la Iglesia
católica, todavía siguió otros largos años luchando
y debatiéndose. Finalmente no pudo resistir más tiempo a la
atracción de la Santísima Eucaristía, y se decidió
a abrazar el catolicismo.
Pocos días antes de su conversión,
uno de sus amigos intentó disuadirle del paso que iba a dar:
—¡Piensa bien lo que vas a hacer! Si te
haces católico, perderás tus ingresos considerables, cuatro mil
libras al año.
Newman no contestó más que esto:
—Y ¿qué son estas cuatro mil
libras en comparación con una sola comunión?...
He ahí también el gran secreto de
porque el cristianismo no envejecerá nunca. Ya hace dos mil
años que existe, y no ha perdido aún nada de su primer empuje. Ni
en su fe, ni en su moral, ni en su vida se nota síntoma alguno de
envejecimiento, de decrepitud. ¿De dónde le viene la fuerza, la
alegría, el empuje? Del cuerpo y de la sangre de nuestro Señor
Jesucristo.
¡La sangre de Cristo! De ahí brotan la
fuerza y la alegría de la Iglesia. También la Iglesia dice lo que
dijo MARÍA ESTUARDO antes de la ejecución: “Me han
despojado de todo, más no han podido arrancarme dos tesoros: mi fe y la
sangre real que corre por mis venas.” Lo mismo dice la Iglesia:
Podéis perseguirme, escarnecerme, calumniarme... más no
podréis arrancarme estos dos tesoros: mi fe y la sangre de Cristo que
corre por mis venas.
Nosotros necesitamos la sangre del Hijo de Dios. Es
la sangre que renueva, que conforta y que vivifica.
“Para ir al cielo no se requiere que uno se
haga religioso, basta que uno sea cristiano, cristiano que oye misa, cristiano
que comulga. Allí está tu cielo... Señor mío,
¡cuán necio es el mundo por no buscar la fuente de las aguas
vivas, y vagar a la deriva!...” (PROHAZKA)
No lo olvidemos: Cristo instituyó el
Santísimo Sacramento para que tengamos fuerza y alegría, para que
la Eucaristía cure nuestra alma herida, robustezca nuestro organismo
debilitado, para que venzamos de las tentaciones del mundo. Y si lo instituyó
estos motivos, saquémosle provecho, comulguemos con frecuencia.
Es una pena que el fuego del amor arda en el
altar... y que nosotros, por no acercarnos, que estemos a punto de helarnos;
que la fuente del consuelo brote del altar... y que nosotros casi muramos de
sed; que la luz brilla en el altar.... y que nosotros andemos a ciegas; que el
alimento que nos comunica fuerza se nos ofrece en el altar... y que nosotros
vayamos tambaleando de pura debilidad; que la alegría se nos brinde en
el altar... y que nosotros estemos sumidos en una profunda tristeza.
Hay un dicho popular: “Te quiero tanto que te
comería a besos”. Pues así debemos amar a Cristo. Y lo
podemos comer en realmente. No os escandalicéis de mi forma de hablar.
¿No es el mismo SEÑOR quien dijo: “Tomad y comed”?
¡Acudamos, pues, a la Santísima
Eucaristía! ¡Comulguemos con frecuencia!
***
Es emocionante contemplar la famosa obra del gran
pintor flamenco Jean van Eyck, el retablo de Gante. En este retablo se ve con
colores lo que yo he procurado exponer en este capítulo con pobres
palabras. En medio del cuadro aparece un altar con el Cordero de Dios
sacrificado, y de la víctima parten corrientes de bendiciones en todas
las direcciones. En derredor de todas partes acuden presurosos los pueblos para
presentar su homenaje al Cordero y apagar su sed en la fuente de la vida. Todo
el cuadro no es otra cosa que un himno sacramental, plasmado en la pintura, un
grandioso “Tantum ergo” expresado en colores.
Realmente, esto es para nosotros el
Santísimo Sacramento: fuente inagotable de aguas vivas, de fuerza y de
alegría para el alma.
¡Qué dichoso soy por poder acudir a
esta fuente!
¡Qué feliz soy por poder comulgar!
Comulgar, recibir a Cristo, y decirle en la comunión:
¡Ven, Cristo sacramentado! ¡Ven, brasa
ardiente, llama viva, purificame de toda mancha, de toda herrumbre que veas en
mí!
¡Ven, viento de Pentecostés, arranca
con tu soplo todas las pajas que hay en mi alma!
¡Venid, cinco llagas de Jesús!
¡Ven, Corazón sagrado de mi Jesús, y quédate conmigo
siempre!
“Quédate con nosotros, Señor,
quédate, iluminanos con tu luz, no permitas que nuestra mente permanezca
en tinieblas, Tú, que eres la luz del mundo.”
Jesús llegó a una ciudad de Samaría, llamada
Sicar, junto a la heredad que dio Jacob a su hijo José. Allí se
encuentra el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, se sentó
junto al pozo. Era como la hora de sexta.
Vino una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dijo:
Dame de beber. Entretanto sus discípulos se habían ido a la
ciudad a comprar alimentos.
La mujer samaritana le respondió: ¿Cómo
tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy
samaritana? (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos).
Jesús le respondió: Si conocieras el don de Dios y quien
es el que te dice dame de beber, le pedirías tú y Él te
daría agua viva. La mujer le dijo: Señor, si no tienes con
qué sacarla, y el pozo es profundo: ¿de dónde tienes esa
agua viva?
¿Eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio
el pozo, del cual bebieron él mismo, sus hijos y sus ganados?
Jesús le respondió: Todo el que bebe de esta agua
volverá a tener sed; mas quien beba del agua que yo le daré, no
tendrá jamás sed, sino que el agua que yo le daré se
hará en él una fuente que brote hasta la vida eterna.
(Evangelio de San Juan 4, 8-14)
Jesús Eucaristía, al entrar en
nuestro pecho, viene para lo que le trajo al mundo: “Yo he venido pare
que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Juan 10,10).
El Señor bajó a la
tierra para que nosotros tuviésemos vida, vida sobrenatural. Por esto
viene también a nuestras almas; éste el objeto de la
comunión: acrecentar la vida sobrenatural en nosotros.
El Señor comunica al alma valor, serenidad y
hermosura.
I
LA
SANTA COMUNIÓN INFUNDE VALOR
Y si la lectura de la Sagrada Escritura infunden
tanto aliento, ¡cuánto más nos infundirá la santa
comunión, la cual nos une con Cristo, el que inspiró toda la
Sagrada Escritura!
Pero quizá me arguyas: ¡cuántas
veces he pedido fuerza y valor en la comunión, y no se me ha concedido!
¡Cuántas cosas ha pedido mi alma atribulada, y cuántas
pocas ha recibido!
Sí, las has recibido... mas no como lo
pedías y lo cavilabas con tu mezquino saber, sino como la
sabiduría infinita de Dios lo juzgó mas oportuno.
Nuestra razón finita es incapaz de
comprender en su totalidad los planes de Dios; y a pesar de todo, impacientes,
interrogamos al Señor sobre
la razón de nuestros sufrimientos. Un día los apóstoles le
preguntaron a Jesús con curiosidad: “Señor, ¿es
éste el tiempo en que vas a restituir el reino para Israel?”
(Hechos de los Apóstoles 1,6). Pero el SEÑOR les contestó
con evasivas: “No os corresponde a vosotros saber los tiempos y los
momentos. Recibiréis, sí, la virtud del Espíritu Santo,
que descenderá sobre vosotros” (Hechos de los Apóstoles
1,7-8).
De la misma forma nos responde muchas veces a
nosotros, conformémonos con que se cumpla su voluntad. Es decir, no nos
responde directamente nuestra pregunta, porque de todos modos no la
entenderíamos, mas si nos da la fuerza y aliento para perseverar. Y esto
es lo que importa.
Cuando nos abrume la desgracia, no nos dirijamos a
Dios preguntándole: ¿Por qué? ¿Por qué he de
sufrir precisamente yo? En vez de pedir que nos explique el motivo, imploremos
fuerza y aliento para resistir?
¿Dónde encontraremos esta fuerza y
aliento? En el “pan de los fuertes”, en el Santísimo
Sacramento. Acudamos con nuestros
sufrimientos, tanto corporales como del alma, a la santa
comunión: allí alcanzaremos la fuerza que necesitamos.
Necesitamos valor para vencer los combates del alma, para el “martirio incruento”
que supone ajustar nuestra vida a la voluntad del Señor.
Si a los primeros cristianos el Señor les
pedía el martirio cruento en aras de la fe —rechazando dar culto
divino a los emperadores—, a nosotros sobre todo nos pide que vivamos una
vida santa, lo cual no deja de ser una especie de martirio incruento por el
ambiente neopagano del mundo que nos envuelve.
No me atrevería a juzgar cuál es el
martirio más difícil, si el antiguo o el de ahora, si perseverar
en la fe ante un público que ebrio de sangre asistía a los
espectáculos del circo romano, o perseverar sin mancha hoy día en
un mundo lleno de cinismo y frivolidad. Pongamos por caso, por ejemplo, la vida
sexual, el matrimonio, la honradez... Si llamamos mártires a aquellos
que morían por la fe cristiana, con derecho podemos otorgar el nombre de
“mártires incruentos” a los que hoy día viven
conforme a la moral cristiana.
Todos necesitamos sacar fuerzas del
Santísimo Sacramento para ser santos.
SAN PABLO también tuvo que llevar una ardua
lucha espiritual: “¡Oh, desgraciado de mí!,
¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”. Y
hasta tres veces pidió al Señor que le eximiera de la lucha.
¿Qué le contestó JESÚS?: “Te basta mi
gracia” (II Corintios 12,8-9).
Realmente, si comulgamos con frecuencia, por muy
arduo que nos resulte cumplir con los mandamientos divinos, nunca nos
parecerá el camino demasiado difícil y notaremos como SAN PABLO
que “todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Filipenses 4,13).
No temamos por muchas tentaciones que tengamos,
pues tenemos la fuerza de Jesús Sacramentado. Aunque debamos trabajar
largos años para poder extirpar un solo defecto. Llegaremos a ser santos
si perseveramos, si no huimos tal como huyó el ermitaño de la
leyenda. Este ermitaño tenía un temperamento muy vehemente, y
fácilmente montaba en cólera armando gran alboroto. El mismo se
avergonzaba de este defecto, y un día hasta pensó que
debía dejar la comunidad e irse al desierto para vivir allí solo,
donde no habría nadie con quien discutir. Y así lo hizo, y
vivió solo desde entonces.
Cierto día sacaba agua de la fuente y puso el
cántaro en el suelo. El cántaro se volcó. El
ermitaño lo llenó nuevamente de agua... y nuevamente se
volcó el cántaro. Sacó agua por tercera vez... y por
tercera vez se volcó el cántaro.
El ermitaño montando en cólera,
cogió el cántaro y lo tiró al suelo con tal furia, que lo
hizo añicos.
Inmediatamente se dio cuenta de lo que había
hecho y se llenó de vergüenza. Pero aprendió la
lección: se dio cuenta de que el remedio no estaba en huir del defecto,
sino en tratar de vencerlo; no en huir de sí mismo, sino en trabajar
contra uno mismo con paciencia y
con la gracia de Dios. No basta que tomemos una decisión en un momento
dado, sino estamos dispuestos a luchar durante años, durante decenios,
con tenacidad. Pero ¿de dónde podemos sacar las fuerzas y el
aliento para perseverar? De la comunión frecuente.
II
LA
SANTA COMUNIÓN DA SERENIDAD Y HERMOSURA
¿Quién no ha sentido la tranquilidad
que se siente después de una comunión bien hecha? ¿Por
qué deja esta paz?
Primeramente, porque en la comunión nos
sostiene la mano de Cristo. Entonces podemos repetir con derecho lo que
escribió un oficial de Marina a su madre: “En caso de que nuestro
buque se hunda, y nadie se salve, no llores. Aunque mi cuerpo se hunda en el
mar, me sostendrá la mano de mi Redentor, de la que nadie podrá
arrancarme.”
Al comulgar se cumple en nosotros la promesa de
CRISTO: “Mi paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como os la da el
mundo” (Juan 14,27). En cada comunión recibimos muchísimas
gracias. Al recibirle en la comunión me parece oír su voz que me
dice: ¿Eres débil? Yo seré tu fortaleza.
¿Estás cansado? Yo seré tu descanso. ¿Eres pobre?
Yo seré tu tesoro. ¿Estás solo? Yo seré tu
compañía. ¿Estás triste? Yo seré tu
consuelo.
Y la santa comunión es el medio
más eficaz para moldear en nuestra alma la imagen de Dios. Para esto
estamos en esta vida. Cuando un artista pone su mirada en un bloque de
mármol, descubre en el mismo la silueta de la figura que quiere
esculpir. No le falta más que quitar del bloque los trozos superfluos....
para que quede terminada la estatua. No falta más... Pero
¡cuánto trabajo! ¡Cuántas fatigas!
¡Cuánta habilidad y perseverancia se necesita para labrarla!
De esta manera mira Dios al alma
humana, y descubre en ella su propia imagen y semejanza... De nuestra colaboración
depende que pueda esculpir en el
alma la imagen del Hijo de Dios.
Como dice SAN PABLO, hemos de hacernos “conformes a la imagen del
Hijo de Dios” (Rom. 8,29).
Cuando comulgo puedo rezar de esta manera:
“Dios mío, yo soy el mármol,
sé Tú el escultor. Lo que no ha de haber en mí, lo que no
es digno de mí, quítalo. Si es posible, quítalo con
suavidad; sino, quítalo aunque me hagas sufrir.”
¡Qué obra maestra obtendríamos
si dejásemos a Jesús modelar nuestra alma! ¡Cuántas
imperfecciones tenemos de las que no nos damos cuenta siguiera! En la
comunión la luz de Jesús ilumina nuestra alma y nos permite ver
nuestros defectos. Y no solamente los vemos; Dios nos comunica fuerzas para
extirparlos. De ahí que quede el alma hermoseada y renovada.
El mundo mejorará en la medida en que nos
santifiquemos, y esto no podremos conseguirlo si no acudimos a la
Eucaristía.
Las reformas superficiales no cambiarán el
mundo. Nos sentimos incapaces de reformar el mundo, pero sí podemos
reformar nuestra alma, y sólo así mejorará el mundo. Deber
nuestro es reformarnos a nosotros mismos. Deber nuestro es ocupar lo mas
perfecta y dignamente posible el puesto que la divina Providencia nos ha
señalado, el puesto de sacerdote, sabio, político, periodista,
religioso, madre...
Cuán diferente sería el mundo si cada
sacerdote se asemejase a un cura de Ars o a un San Juan Bosco; si cada
intelectual fuese otro San Agustín o Tomás de Aquino; si cada
político se pareciese a Tomás Moro o Donoso Cortés; si
cada periodista fuese otro Veuillot; si cada religioso reprodujese la figura de
San Bernardo o de San Benito; si cada madre se pareciese a Santa Isabel de
Hungría; si cada joven viviese como San Emérico o San Luis
Gonzaga; si cada jovencita fuese un retrato vivo de Santa Inés o Santa
Margarita...
¿Dónde encontrar la fuerza para
conseguirlo? ¿Quién educó a las Ineses, Margaritas,
Isabeles, a los Eméricos y Luises? La Santa Eucaristía, la
sagrada comunión. El mundo sólo mejorará por la
renovación espiritual, y ésta no será posible si no
acudimos a la santa comunión. Porque la comunión es
alegría, fuerza, aliento, paz, belleza espiritual.
***
Se fabricaron unas campanas nuevas para una
iglesia. Antes de sacarlas de la fundición se quiso hacer un ensayo,
para ver si sonaban como se esperaba.
El ensayo consistió en esto: el maestro que
había hecho la fundición producía en el interior de cada
campana el sonido que ella había de tener. Si producía otro
sonido... la campana seguía muda. Pero en cuanto daba la nota
correspondiente, la campana contestaba con la misma nota. Diríamos que
esta nota —la voz verdadera de la campana—estaba oculta en ella, y
sólo esperaba el momento de poderse manifestar.
Cada alma humana esta afinada desde el principio en
el tono de Dios. Cuando comulgamos, el mismo Maestro, que creó el alma,
entona en nosotros la nota de Dios, y yo reproduzco esta nota
armónicamente.
Entró Jesús en
Jericó, e iba andando por la ciudad, cuando un hombre, llamado Zaqueo,
jefe de publicanos y rico, quería ver a Jesús y cómo no
podía a causa del gentío, por ser pequeño de estatura,
corrió delante y se subió a un sicómoro para verle, porque
había de pasar por allí.
Al llegar a aquel sitio, levantó
Jesús los ojos y le dijo: Zaqueo, baja enseguida, porque he de hospedarme
en tu casa. Bajó enseguida y le hospedó gozoso. Todos, al verlo,
se pusieron a murmurar y a decir: Entró a hospedarse en casa de un
pecador. Mas Zaqueo se levantó y dijo al Señor: ¡Mira
Señor! Voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si en algo
defraudé a alguno, le devolveré cuatro veces más.
Jesús le dijo: Hoy ha entrado la salvación en esta casa, pues
también éste es hijo de Abraham. El Hijo del hombre ha venido a
buscar y salvar lo que estaba perdido.
(Evangelio de San Lucas 19, 1-10)
Es costumbre en Filadelfia realizar
los brindis en una forma muy peculiar. En otras partes se brinda chocando las
copas llenas de vino y deseándose mutuamente la salud. Allí, en
cambio, los que van a brindar, primero aprietan contra su corazón la
copa mientras se miran profundamente a los ojos durante unos segundos,
después beben y al final vuelven a mirarse a los ojos.
¡Mucho respeto, finura y amor denotan estas
miradas!
Algo semejante prescribe nuestra Santa Madre la
Iglesia para la santa comunión. Antes de recibir el Cuerpo de Jesucristo
hemos de mirarle profundamente a los ojos, es decir, debemos prepararnos con
esmero. Después de comulgar nuevamente hemos de mirarle a los ojos
haciendo la acción de gracias.
Jesucristo no solamente ofrece su cuerpo y su sangre
por nosotros, sino que nos los entrega a nosotros. Se entrega por nosotros
todas las veces que en la santa misa renueva el sacrificio ofrecido al Padre
celestial; y se entrega a nosotros todas las veces que le recibimos en la santa
comunión. En una sola comunión bien hecha recibimos tal
abundancia de gracias, que nos bastaría para llegar a ser santos.
En una comunión bien hecha...
¿De modo que no siempre comulgamos bien?
Claro que no. Lo afirma SAN AGUSTÍN cuando
escribe, refiriéndose al mártir San Lorenzo: “Cristo
vivía en Lorenzo. Y permaneció en él en la prueba, en el
interrogatorio cruel, en medio de espantosas amenazas, hasta la muerte. Y
¿por qué permaneció en él Jesucristo? Porque había
recibido con las debidas disposiciones el Cuerpo y la Sangre de
Jesucristo” (Tract.
Para poder comulgar es suficiente que nuestra alma
no esté en pecado grave. Mas esto no basta para que la comunión
sea fructuosa. Para ello se necesita una buena preparación y una
adecuada acción de gracias. Los primeros cristianos tenían una
hermosa costumbre: al recibir el Cuerpo del Señor cruzaban los brazos
sobre el pecho, en señal querer entregarse del todo a Él.
¡Qué profundo significado encierra este signo! Es necesario que al
comulgar demos algo también nosotros, y no sólo recibamos.
¿Qué hemos de dar? Nuestra prontitud, nuestro ánimo de
combate, nuestra cruz...
Todos queremos comulgar bien. Examinemos, pues,
¿cuál ha de ser nuestra preparación, y qué hemos de
hacer después? ¿Cómo hemos de mirar a los ojos de Cristo
antes de recibirle, y como hemos de mirarle una vez recibido?
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
36. La comunión
invisible, aun siendo por naturaleza un crecimiento, supone la vida de gracia,
por medio de la cual se nos hace «partícipes de la naturaleza
divina» (2 Pe 1, 4), así como la práctica de las
virtudes de la fe, de la esperanza y de la caridad. En efecto, sólo de
este modo se obtiene verdadera comunión con el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo. No basta la fe, sino que es preciso perseverar en la
gracia santificante y en la caridad, permaneciendo en el seno de la Iglesia con
el «cuerpo» y con el «corazón»; es decir, hace
falta, por decirlo con palabras de san Pablo, «la fe que actúa por
la caridad» (Ga 5, 6).
La integridad de los
vínculos invisibles es un deber moral bien preciso del cristiano que
quiera participar plenamente en la Eucaristía comulgando el cuerpo y la
sangre de Cristo. El mismo Apóstol llama la atención sobre este deber
con la advertencia: «Examínese, pues, cada cual, y coma así
el pan y beba de la copa» (1 Co 11, 28). San Juan
Crisóstomo, con la fuerza de su elocuencia, exhortaba a los fieles:
«También yo alzo la voz, suplico, ruego y exhorto encarecidamente
a no sentarse a esta sagrada Mesa con una conciencia manchada y corrompida.
Hacer esto, en efecto, nunca jamás podrá llamarse
comunión, por más que toquemos mil veces el cuerpo del
Señor, sino condena, tormento y mayor castigo».
Precisamente en este sentido, el
Catecismo de la
Iglesia Católica establece: «Quien tiene
conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de
37. La Eucaristía y la
Penitencia son dos sacramentos estrechamente vinculados entre sí. La
Eucaristía, al hacer presente el Sacrificio redentor de la Cruz,
perpetuándolo sacramentalmente, significa que de ella se deriva una
exigencia continua de conversión, de respuesta personal a la
exhortación que san Pablo dirigía a los cristianos de Corinto:
«En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!»
(2 Co 5, 20). Así pues, si el cristiano tiene conciencia de un
pecado grave está obligado a seguir el itinerario penitencial, mediante
el sacramento de la Reconciliación para acercarse a la plena
participación en el Sacrificio eucarístico.
El juicio sobre el estado de
gracia, obviamente, corresponde solamente al interesado, tratándose de
una valoración de conciencia. No obstante, en los casos de un
comportamiento externo grave, abierta y establemente contrario a la norma
moral, la Iglesia, en su cuidado pastoral por el buen orden comunitario y por
respeto al Sacramento, no puede mostrarse indiferente. A esta situación
de manifiesta indisposición moral se refiere la norma del Código
de Derecho Canónico que no permite la admisión a la
comunión eucarística a los que «obstinadamente persistan en
un manifiesto pecado grave».
I
¿QUÉ
HEMOS DE HACER ANTES DE LA COMUNIÓN?
Para obtener con mayor facilidad los frutos de la
santa comunión, debemos prepararnos avivando los sentimientos de fe,
esperanza y caridad.
Nuestro primer paso, por tanto, ha de ser avivar
nuestra fe. Creo, Señor mío, con fe firme, humilde y
agradecida, que Tú estás presente en el Santísimo
Sacramento.
Todos conocemos por el Evangelio la
magnífica confesión de fe hecha por Pedro en las cercanías
de Cesárea de Filipo. “¿Quién dicen los hombres que
es el Hijo del hombre?” (Mateo 16, 13-16), pregunta el SEÑOR a los
Apóstoles.
Y éstos le refieren las
opiniones que cunden en medio del pueblo respecto de Cristo. Algunos creen que
es Juan Bautista; otros, que es Elías o un profeta. “Y
vosotros, ¿quién decís que soy yo?”, les
pregunta el SEÑOR.
Y PEDRO, en nombre de todos, responde con fe: “Tú
eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”.
Cuando nos preparamos para la santa comunión
no parece sino que desde la sagrada Hostia el Señor nos pregunta
también: ¿Quién dicen los hombres que soy yo?
Y hoy día también tendríamos
que decir: Algunos creen que eres sencillamente un trozo de pan; otros afirman
que eres un mero recuerdo o símbolo de la Pasión.
—Y vosotros, ¿quién
decís que soy yo?
¿Cuál será nuestra respuesta?
Mirando la blanca Hostia, diremos con la fe
ardorosa de Pedro: Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo... Yo lo
creo, Señor, pero acrecienta mi fe. Acreciéntala para que no
solamente lo confiese aquí, en el momento de comulgar, sino en toda mi
vida, en la oficina, en la fábrica, en la escuela, en la cocina, en la
sociedad.
Sin avivar esta fe no podemos comulgar
bien.
Más difícil
todavía, si venimos de un ambiente que es completamente mundano, alejado
de Cristo.
Avivemos nuestra fe: viene Cristo, el Hijo del Dios
vivo, mi Rey. Con Él hablo. A Él le doy gracias. A Él le
pido favores. A Él le debo exponer mis enfermedades y preocupaciones.
He recibido a Cristo. “No soy ya quien
vive, es Cristo quien vive en mí”. (S. PABLO). Después
de comulgar, mi madre, mi esposa, mi marido, mi familia, mis compañeros
de oficina, quedarán admirados de lo amable, cariñoso,
comprensivo y paciente que me he vuelto. ¿Cuál es la causa? Ellos
no lo saben, pero yo sí. ¡Cristo está en mí!
Es lo primero que debo hacer para recibir la Santa Comunión:
avivar mi fe.
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
54. Mysterium fidei!
Puesto que la Eucaristía es misterio de fe, que supera de tal manera
nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la palabra
de Dios, nadie como María puede ser apoyo y guía en una actitud
como ésta. Repetir el gesto de Cristo en la Última Cena, en
cumplimiento de su mandato: «¡Haced esto en conmemoración
mía!», se convierte al mismo tiempo en aceptación de la
invitación de María a obedecerle sin titubeos: «Haced lo
que él os diga» (Jn 2, 5). Con la solicitud materna que
muestra en las bodas de Caná, María parece decirnos: «no
dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de
transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su
cuerpo y su sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva
de su Pascua, para hacerse así “pan de vida”».
También debo avivar mi esperanza.
En Cafarnaúm se amotinó el pueblo cuando
Cristo hizo la promesa de la Santísima Eucaristía. Uno tras otro
le abandonaron. Cristo preguntó entonces a sus apóstoles: “¿También
vosotros queréis
iros?” (Juan 6, 68).
Otra vez es PEDRO quien contesta, y dice con el
desbordamiento de su corazón: “Señor, ¿a
quién iremos? Tú sólo tienes palabras de vida
eterna” (Juan 6,69).
Está es la confianza que hemos de despertar
en nuestro interior antes de la comunión. Señor mío,
¿a quién iremos, a quién podremos acudir? Aunque se trate
del hombre más sabio, mejor y más fuerte del mundo,
¿qué puede darnos, cómo puede ayudarnos contra el pecado,
el sufrimiento y la muerte?
Esta confianza ilimitada, filial, es, a la vez,
señal de un profundo respeto hacia Jesucristo.
Pensemos que es muy diferente venerar
a un hombre que venerar a Dios.
Cuanto más encumbrada es la persona con
quien hablamos, más encogidos estamos en su presencia.
¡Cuán encumbrado es Jesús!... y sin embargo, no nos
sentimos encogidos ante su presencia.
Cuanto más poderosa es la persona con quien
hablamos, tanto más largo es el titulo con que la saludamos y más
insigne el rango que le concedemos. Mas si hablamos con el Señor del
mundo, con el Rey de los reyes, tratamos de hacerlo con sencillez y con una
confianza amorosa. Cuando el celebrante sostiene en la mano la santa Hostia, la
miramos, miramos a Cristo con fe, con fervor, y decimos: “Señor,
¿a quién iremos? Tú sólo tienes palabras vida
eterna.”
Así, con sentimientos de esperanza y
confianza, debemos prepararnos para comulgar.
Debemos también avivar el amor.
Otra vez nos servirá de modelo San Pedro.
Después de la Resurrección,
está el SEÑOR, a orillas del lago de Genesaret, rodeado de sus
Apóstoles. De repente, se vuelve a Pedro, y le pregunta: “Simon,
hijo de Juan, ¿me amas tú más que estos?” (Juan
21,15).
PEDRO contesta: “Si, Señor;
tú sabes que te amo.”
Le pregunta Jesús lo mismo, y PEDRO le
contesta de la misma forma. Y cuando el SEÑOR le pregunta por tercera
vez: “¿Me amas?” PEDRO estalla con toda la fuerza del
sentimiento, hasta entonces reprimido, y con el corazón hecho una
hoguera, dice: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes
bien que te amo” (Juan 21,17).
Pues bien, este es el amor que he de avivar en
mí antes de la sagrada comunión. Un amor que no sea mero
sentimiento, sino que llegue a traducirse en actos y sea principio de una
profunda vida religiosa.
Exclamemos también nosotros: Señor,
tú lo sabes todo, tú sabes que te amo, es decir, que quiero
amarte sobre todas las cosas, y no tan sólo con el sentimiento, sino con
mi vida entera. Tú nos has dicho: “El que me ama guarda mis
mandamientos” (Juan 14,21). Así es, Señor, como quiero
amarte.
II
¿QUÉ
HEMOS DE HACER DESPUÉS DE LA COMUNION?
Llega el momento anhelado: ¡está
aquí el Señor!
¡Que alegría y que humildad siente mi
alma! ¿Qué debo hacer? Cómo he de recibir a Jesús?
¿Qué dicha he de sentir cuando el
mismo Jesucristo entra en mi pecho y hace de mi alma su morada?
En los primeros momentos no pronuncio palabra, ni
siquiera rezo: me callo embelesado.
Un silencio mudo envuelve mi alma. Es la primera
muestra de gratitud y alabanza que ofrezco al Señor.
¡Qué impresionante es este silencio!
Hay muchas clases de silencio. Existe el silencio
puro de las altas cumbres, en que el alma se extasía ante lo que
contempla. Está el silencio misterioso de lo profundo de los bosques, un
silencio que nos habla con gran elocuencia... Está también el
silencio melancólico de los cementerios... O el silencio abrumador que
precede al huracán... O el silencio lleno de secretos que a la hora de
la puesta del sol reina sobre las aguas... Y el silencio de vigilia de las
noches estrelladas...
Sentimos algo de todos esos silencios; y algo que
los sobrepuja más todavía, cuando después de la
comunión nos envuelve el silencio de Su presencia.
En esos momentos sentimos intensamente lo que canta
la Iglesia en la fiesta del Santo Nombre de Jesús:
“Jesús, dulcísimo recuerdo,
Tú das alegría a nuestro corazón. Ni la miel ni cosa
alguna puede ser más dulce que tu presencia... La lengua no puede
expresarlo, ni consignarlo palabra escrita; solamente quien lo ha experimentado
puede saber lo que es amar a Jesús... ¡Jesús, dulzura del
corazón, fuente viva, luz de la inteligencia, goce sobre todo goce, que
sobrepuja todo anhelo!”
En medio del profundo silencio nos vamos dando
cuenta de la alta distinción que es para nosotros la comunión y
del deber que nos impone.
La comunión es una alta distinción.
Tan alta como la que cupo en suerte a Zaqueo, el
publicano.
Iba el Señor acompañado de un inmenso
gentío. Zaqueo era un hombre de baja estatura, que difícilmente
habría podido llegar a ver al Señor. Por este motivo se
subió a un árbol.
El Señor se detuvo al pasar, y quiso premiar
el amor de aquel hombre arrepentido. “Zaqueo, baja pronto, porque conviene que me hospede hoy en tu casa”
(Lucas 19,5).
¿Quién podría describir la
alegría con que bajó Zaqueo del árbol? ¡Cómo
debió de correr a su casa? ¡Con qué afán lo
arreglaría todo! “Todo”, en el sentido estricto de la
palabra; también su alma, como lo denotan las palabras con que se dirigió a
Jesús. “Voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si en
algo defraudé a alguno, le restituiré cuatro veces
más” (Luc 19, 8).
Y Jesús le dijo: “Hoy
ha entrado la salvación a esta casa.”
Lo mismo tengo que sentir yo en la
comunión: El día de hoy ha sido de salvación... para esta
casa. Pero en un grado más alto todavía que para la casa de
Zaqueo; porque Jesucristo sólo entró en la casa del publicano,
mientras que entra en mi alma y se une conmigo. Si yo me viese obligado a
abrazar y besar a un leproso, no sé si sería capaz de hacerlo.
¡Y Cristo, el completamente puro, el que no tiene ninguna mancha, abraza
y besa mi alma! ¡Qué distinción!
Y también qué deber!
El que recite la Santísima Eucaristía
no solamente recibe un don excelso, sino que contrae un grave deber: el de
trabajar en serio para asemejarse a Cristo, para tener los pensamientos y
sentimientos de Cristo.
Cuando en la sinagoga de Cafarnaum el Señor
anunció por vez primera que iba a dar como alimento su propio Cuerpo y
su Sangre, y el pueblo, incrédulo, se amotinó y
escandalizó, Él prosiguió de esta manera: “¿Esto
os escandaliza? Pues ¿qué será si viereis al Hijo del
hombre subir adonde antes estaba? El espíritu es quien da la vida; la
carne de nada sirve para entender este misterio. Y las palabras que os he dicho
son espíritu y vida.” (Juan 6, 13).
Estas palabras del Señor,
señalan con toda claridad el deber del que comulga; ya que el Cuerpo de
Cristo se une a él, él debe unirse espiritualmente a Cristo;
tratar que ser semejante a Jesús. “Quien dice que mora en
él debe seguir el mismo camino que él siguió” (I
Carta Juan 2, 6).
Somos dos: Jesús y yo. Fíjate: no yo
y Jesús. En la comunión todo depende de quién es el
primero y quién el segundo, quién el personaje principal y quién
el secundario.
Es posible comulgar de manera que yo sea el
personaje principal y Cristo el secundario. Así comulgan los tibios, y
después se quejan de no sentir los efectos de la comunión.
Pero también se puede comulgar —y
así debemos hacerlo— de modo que Cristo sea el primero, y yo el
segundo. Así comulgan los fervorosos, y reciben las bendiciones del
Santísimo Sacramento.
Es cierto, también los tibios reciben a
Cristo; mas no se unen con Él; diríamos que Cristo no hace mas
que pasar a su vera. ¿Basta, por ejemplo, comer un buen alimento? No. Es
necesario digerirlo, asimilarlo; de lo contrario, de nada sirve.
De aquí se deriva una enseñanza de
extraordinaria importancia: la mejor acción de gracias por la santa
comunión es pasar todo el día haciendo la voluntad de Dios.
El que comulga ha de ser
Cristóforo, portador de Cristo.
En el Medioevo vivía un hombre de gran
estatura, que servía a los prójimos llevándolos sobre los
hombros de una orilla a la otra de un río.
Un día el gigante llevó sobre sus
hombros un niño encantador. El niño pesaba mucho. Nunca
había llevado tan exorbitante peso.
—iAy! —le dijo, vadeando el
agua—, eres muy pesado.
—No te sorprenda, llevas en hombros a aquel
que lleva sobre los suyos todo el universo —dijo el niño y
desapareció.
El niño era Cristo. Quiso dispensar este
obsequio al héroe del “amor al prójimo”, quien desde
entonces llevó el nombre de “Christophoros” (portador
de Cristo), San Cristóbal.
El que comulga se transforma en
Cristóforo, portador de Cristo. “Quien come mi carne y bebe mi
sangre, mora en mí y yo en él” (Juan 6, 57).
¡Cristo en nosotros! Nos transformamos, por tanto, en verdaderos
Cristóforos. Sin embargo, no sentimos ningún peso que nos agobie:
al contrario, nos parece recibir alas que nos levantan. Llevamos a Cristo, pero
sin cansarnos. Le llevamos con alegría.
Al ingerir un alimento, éste se transforma,
se asimila, porque yo soy más fuerte que el alimento. En la sagrada
comunión ocurre lo contrario: el más fuerte es Aquel a quien
recibo en forma de alimento. Es Él, por tanto, quien me transforma a
mí. En el bautismo somos admitidos entre los redimidos. En la
comunión recibimos fuerzas para poder cumplir los deberes propios de los
redimidos: vencer la resistencia de nuestra naturaleza corrompida, hacernos
cada vez más semejantes al Hijo de Dios trocándonos en
“otros Cristos”.
“Quien dice que mora en él debe seguir
el mismo camino que el siguió” (I Carta Juan 2,6).
La historia de la liturgia consigna una costumbre
muy interesante de los primeros cristianos. Colocaban la palma de la mano
derecha debajo de la izquierda, y en ésta recibían el Cuerpo del
Señor. Antes de comerlo, se lo aplicaban suavemente a la frente, a los
ojos y a los demás sentidos, como pidiendo al Señor que se apoderase
por completo de sus sentidos y los santificase, lo mismo que de todo su ser.
Hoy, aunque no comulguemos así, la intención debe ser la misma:
hacer entrega de la propia persona. Después de la comunión Cristo
debe reinar en todos nuestros sentidos, en todo nuestro ser.
Estemos en acción de gracias durante un
cuarto de hora conversando con el Señor. Después
continuémosla en casa, en la oficina, en el taller, en el despacho. Lo
más difícil, sin duda, es esto: santificar el día en
que comulgamos.
Mucha razón tenía PAZMANY al decir,
con su estilo original: “Si nos espanta enviar a una taberna el
cáliz en que estuvo la Sangre sacratísima del Señor, por
temor de que allí lo ensucien, ¡ah!, entonces tampoco consintamos
que esté al servicio del diablo y de pecados nefandos mi alma, donde
Cristo quiso meterse.”
Pasar en oración fervorosa los momentos que
siguen a la comunión no resulta difícil; mucho más
difícil es, sin embargo, sostener victoriosamente, por amor a Cristo que
ha bajado a nosotros, las luchas espirituales de todo el día. Y con
todo, es lo que debemos hacer.
Esta mañana he comulgado; he de ser, por
tanto más pacífico, más manso y comprensivo. Por amor a
Cristo.
Esta mañana he comulgado; he de ser
más esforzado contra las tentaciones. Por amor a Cristo.
Esta mañana he comulgado; he de soportar,
por tanto, con más paciencia los sufrimientos.
Recibamos a Cristo, pero fijémonos bien: la
comunión nos urge a unirnos con Él, a ser una sola cosa con
Él. El alma de Cristo y la mía han de fundirse.
¿Cuándo se funden? Cuando tienen un mismo pensamiento, un mismo
querer; cuando aman la misma cosa, cuando están tristes por el mismo
motivo. ¿Cuándo podré decir que ha sido buena la
comunión? Cuando procure tener los pensamientos de Cristo, cuando avive
en mi los sentimientos de Cristo, es decir, cuando procure después de la
comunión que mi vida se asemeje lo mejor posible a Su vida.
De la
carta encíclica “La Iglesia vive de la Eucaristía”:
58. En la Eucaristía, la Iglesia se une
plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de
María. Es una verdad que se puede profundizar releyendo el Magnificat
en perspectiva eucarística. La Eucaristía, en efecto, como el
canto de María, es ante todo alabanza y acción de gracias. Cuando
María exclama «mi alma engrandece al Señor, mi
espíritu exulta en Dios, mi Salvador», lleva a Jesús en su
seno. Alaba al Padre «por» Jesús, pero también lo
alaba «en» Jesús y «con» Jesús. Esto es
precisamente la verdadera «actitud eucarística».
Al mismo tiempo, María rememora las
maravillas que Dios ha hecho en la historia de la salvación,
según la promesa hecha a nuestros padres (cf. Lc 1, 55),
anunciando la que supera a todas ellas, la encarnación redentora. En el
Magnificat, en fin, está presente la tensión
escatológica de la Eucaristía. Cada vez que el Hijo de Dios se
presenta bajo la «pobreza» de las especies sacramentales, pan y
vino, se pone en el mundo el germen de la nueva historia, en la que se
«derriba del trono a los poderosos» y se «enaltece a los
humildes» (cf. Lc 1, 52). María canta el «cielo
nuevo» y la «tierra nueva» que se anticipan en la
Eucaristía y, en cierto sentido, deja entrever su
‘diseño’ programático. Puesto que el Magnificat
expresa la espiritualidad de María, nada nos ayuda a vivir mejor el
Misterio eucarístico que esta espiritualidad. ¡La Eucaristía
se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un
magnificat!
III
LA
COMUNIÓN FRECUENTE
Es, de todos sabido como el PAPA Pío X
trató por todos los medios posibles para que los fieles no solamente
cumpliesen con la prescripción pascual, sino que comulgasen con la mayor
frecuencia.
Desde entonces —¡alabado
sea Dios! — esta costumbre va conquistando cada vez más terreno, y
en todo el mundo hay muchas personas que comulgan frecuentemente: cada mes,
cada semana y aun cada día.
Es lo que pedimos también en el
Padrenuestro: “Danos hoy nuestro pan de cada día”
(Lucas 11,3). Porque según la interpretación de los Santos
Padres, este pan que se menciona en la oración dominical no significa
tan sólo el pan terreno, el alimento corporal, sino también el
manjar del alma, el pan eucarístico, el Cuerpo del Señor.
Entre los fieles de edad avanzada hay muchos a
quienes les cuesta comprender estas cosas. “¿Para qué la
comunión frecuente? En mi infancia, hace cincuenta años,
solamente comulgábamos por Pascua. Y la Iglesia tampoco hoy prescribe
más. ¿No basta esta sola comunión para seguir
viviendo?”.
Nadie afirma que no se pueda sostener de ninguna manera
la vida del alma con una sola comunión anual. Porque de no ser
así, la Iglesia subiría este “mínimum” de la
comunión anual. Pero éste es el mínimun, lo acosejable es
comulgar con la mayor frecuencia posible.
Fijémonos en los pájaros cuando alzan
el vuelo. La mayoría no consiguen levantarse del suelo en línea
vertical, sino que se despegan oblicuamente. Fijémonos, por ejemplo, en
el gorrión; no puede levantarse sino de esta manera. Son pocos los
pájaros que, como una saeta, se lancen verticalmente hacia el cielo,
cantando y gorjeando, como la alondra... Pues bien, el que no quiera ser un
gorrión sino una alondra, para cantar las alabanzas del Señor,
necesita la fuerza que comunica la comunión frecuente.
¿En qué se distingue el
creyente que comulga una vez al año y el que comulga con frecuencia?
Aparentemente no se diferencian en nada, ambos cumplen con el mandamiento de la
Iglesia. Pero fácilmente se nota la diferencia cuando viene la
tribulación, la desgracia, la enfermedad.
La comunión frecuente desarrolla en el
alma una fino instinto para darse cuenta de las trampas que se le
tienden, y una especial sensibilidad para reaccionar ante los peligros y
las tentaciones.
¡Qué importancia tiene esto para el
progreso espiritual! ¡Cuántas almas, llamadas a la santidad, se
estrellan y sucumben por no haber conocido en su debido tiempo el peligro y por
no haber evitado suficientemente las ocasiones de pecar.
El ave de rapiña más peligrosa de la
extensa cordillera los Andes es el cóndor. Se dice que es capaz de matar
un becerro. Y no obstante, fácilmente se deja engañar. Se pone un
poco de carne en el fondo de un estrecho hoyo. La vista aguda del cóndor
hambriento nota desde las alturas el rico bocado, y se lanza al fondo del hoyo.
El cebo le atrajo y le hizo prisionero.
El que comulga con frecuencia descubre con
más facilidad la trampa del pecado y se mantiene más fuerte
contra las tentaciones.
¿Qué diremos de aquellos que ni
siquiera comulgan una vez al año y están cerrados a las
bendiciones de la Santísima Eucaristía?
Ellos mismos se imponen el castigo con esa
“huelga de hambre” espiritual. Dejan que se debilite su alma, y la
dejan que se muera de hambre, no acudiendo a la fuente de la divina gracia.
Ojalá oyesen estos voluntarios huelguistas
lo que dijo una persona que durante años no pudo confesarse ni comulgar,
por vivir en matrimonio no válido: “Regularmente iba a misa los
domingos, pero me resultaba insufrible el momento en que los fieles se
acercaban al comulgatorio... ¡y yo no podía!”
Por fin triunfó; para poder comulgar
rompió los lazos que le ataban.
***
Nadie escribió sobre el Santísimo
Sacramento con un amor tan fervoroso y a la vez con tanta profundidad de
pensamiento como Santo Tomás de Aquino. Es de todos conocido el
episodio:
Tomás, humilde y absorto, reza, de rodillas
en su estrecha celda, delante de la cruz, y Cristo le dice: “Has escrito
bien de mí. Tomás. ¿Qué me pides de
galardón?”
¿Qué va a pedir? ¿Más
sabiduría? ¿Mayor luz divina? No. Todo ello no le basta. Con una
confianza inaudita contesta Tomás: “Nada pido, Señor;
solo te deseo... a Ti.”
Antes y después de comulgar, miremos a los
ojos de Jesucristo larga y profundamente. Y en estos momentos benditos y santos
también nosotros oiremos en el fondo de nuestra alma que el Señor
nos pregunta: “¿Qué me pides?”. Sea ésta
nuestra única petición: “Nada, Señor, nada
más que a Ti.”
Y repitamos con Santo Tomás:
“Buen pastor, Jesús misericordioso;
tu manjar, sea fuente de gracias,
que nos proteja y apaciente,
y en la altas regiones
haznos ver tu gloria, oh Dios.
Tú el poder, la ciencia tienes;
Tú, a los mortales nos sostienes;
al banquete perenne,
al festín de eternos bienes,
con tus santos Ilámanos.”
Me hizo dar recorrer el valle en todos los sentidos; los huesos
esparcidos por el suelo eran muy numerosos, y estaban completamente secos.
Entonces me dijo: ¿Hijo de hombre, podrán revivir estos huesos?
Respondí: Señor, tú lo sabes.
Me dijo: Profetiza con respecto a estos huesos, les dirás:
Huesos secos, escuchen la palabra del Señor. Cuando mi santuario
esté en medio de ellos para siempre, las naciones sabrán que yo
soy el Señor, el que santifica a Israel.
(EZEQUIEL 37, 2-4, 28)
Es una preciosa costumbre el santiguarse al pasar
por delante de una iglesia. Esta señal de respeto, como es natural, no
se dirige al edificio de piedra, sino al templo vivo, a Aquel que mora
continuamente en el altar: a Jesús Sacramentado.
Por esto están abiertos nuestros templos no
sólo los domingos, sino los días laborables; no sólo
cuando se celebran las misas, sino durante todo el día. Están
abiertos porque Nuestro Señor Jesucristo está continuamente, de
día y de noche, en el sagrario.
De la fe brota otra hermosa costumbre. No solamente
nos santiguamos al pasar por delante de una iglesia, sino que entramos en ella.
Entramos aunque no se celebre misa, ni se predique ningún sermón.
Entramos aun cuando tengamos prisa y debamos ir a la escuela, a la oficina, al
taller, al mercado... Entramos por unos momentos, porque queremos saludar a
Cristo, que vive entre nosotros en la Santa Eucaristía.
Los prosélitos de otras religiones se
sorprenden de ello, y no lo entienden: ¿Por qué entran tanto a la
iglesia aunque no se esté celebrando ninguna función religiosa?
¿Qué hacen allí tanto tiempo?
¿Qué hacemos en esos momentos que
arrancamos al trajín de las ocupaciones diarias? Simplemente adorar a
Jesús Sacramentado.
Veamos cómo esta adoración de unos
momentos —si los aprovechamos bien— nos puede enriquecer mucho
espiritualmente.
No sólo Cristo se ofrece por nosotros: Cristo
por nosotros. No sólo entra en nuestras almas en la sagrada
comunión: Cristo en nosotros. También se queda entre
nosotros, para que a cualquier hora podamos visitarle y conversar con
Él: Cristo entre nosotros.
Preguntémonos entonces:
¿cómo podemos aprovechar estas visitas al Santísimo
Sacramento de la mejor forma posible?
De la
carta encíclica “La Iglesia vive de la Eucaristía”:
25. El culto que se da a la Eucaristía
fuera de la Misa es de un valor inestimable en la vida de la Iglesia. Dicho
culto está estrechamente unido a la celebración del Sacrificio
eucarístico. La presencia de Cristo bajo las sagradas especies que se
conservan después de la Misa –presencia que dura mientras
subsistan las especies del pan y del vino–, deriva de la
celebración del Sacrificio y tiende a la comunión sacramental y
espiritual. Corresponde a los Pastores animar, incluso con el testimonio personal,
el culto eucarístico, particularmente la exposición del
Santísimo Sacramento y la adoración de Cristo presente bajo las
especies eucarísticas.
I
PREPARACIÓN
Por cuanto llevamos expuesto, ya se ve claramente
que el centro y la fuente de toda la vida cristiana es la Santísima
Eucaristía. Todas nuestras iglesias, todos nuestros cálices
dorados, los ricos ornamentos, todo el lujo y esplendor de las iglesias se
destinan a servir de marco al Santísimo Sacramento. El centro de los
templos católicos no lo forman las imágenes ni las estatuas de
los santos; no las de María; ni las de San Antonio... sino el
Santísimo Sacramento, a cuyo lado arde la lámpara de continuo.
De la
carta encíclica “La Iglesia vive de la Eucaristía”:
50. En este esfuerzo de adoración del
Misterio, desde el punto de vista ritual y estético, los cristianos de
Occidente y de Oriente, en cierto sentido, se han hecho mutuamente la
«competencia». ¿Cómo no dar gracias al Señor,
en particular, por la contribución que al arte cristiano han dado las
grandes obras arquitectónicas y pictóricas de la tradición
greco-bizantina y de todo el ámbito geográfico y cultural eslavo?
En Oriente, el arte sagrado ha conservado un sentido especialmente intenso del
misterio, impulsando a los artistas a concebir su afán de producir
belleza, no sólo como manifestación de su propio genio, sino
también como auténtico servicio a la fe. Yendo mucho
más allá de la mera habilidad técnica, han sabido abrirse
con docilidad al soplo del Espíritu de Dios.
El esplendor de la arquitectura y de los mosaicos en
el Oriente y Occidente cristianos son un patrimonio universal de los creyentes,
y llevan en sí mismos una esperanza y una prenda, diría, de la
deseada plenitud de comunión en la fe y en la celebración. Eso
supone y exige, como en la célebre pintura de la Trinidad de
Rublëv, una Iglesia profundamente «eucarística»
en la cual, la acción de compartir el misterio de Cristo en el pan
partido está como inmersa en la inefable unidad de las tres Personas
divinas, haciendo de la Iglesia misma un «icono» de la Trinidad.
¿Qué me recuerda la luz parpadeante
de esta lámpara? Me recuerda
que Dios me ha dicho: “Te amo con amor eterno.”
(Jeremías 31,3)
¡Dios me ama! ¡Me ama desde toda la
eternidad! En Belén había una estrella sobre la gruta.
Parecía decir: “Hombres, almas sencillas, pastores que
buscáis a Jesús, venid aquí.” Y ahora es la
lámpara del Sagrario la que me dice: “Venid. Aquí
está el Señor en medio de vosotros.” Aquí se cumple
lo que el SEÑOR prometió a su pueblo por el profeta EZEQUIEL: “Colocaré
en medio de ellos mi Santuario para siempre, y tendré junto a ellos mi
tabernáculo, y yo seré su Dios, y ellos serán mi
pueblo” (Ezequiel 37,26-27).
De ahí que al entrar en el templo es natural
que mi primer saludo sea para Jesús Sacramentado y que consagre a
Él la mayor parte de mi tiempo.
Al pasar el umbral del templo y santiguarme con el
agua bendita, antes de sentarme hago una genuflexión. Doblo la rodilla
delante del Santísimo Sacramento y le saludo con amor y
veneración: “Tú eres el Rey de la Gloria, ¡oh
Cristo! ¡Tú eres el Hijo eterno del Padre!”
No olvidemos, pues, que al entrar en el templo lo
primero que tenemos que hacer es saludar a Jesús Sacramentado. Es
lícito practicar alguna otra devoción ante una imagen de la
Virgen Santísima, ante las imágenes de los santos, pero
después, sólo después de haber conversado con Jesús
Eucaristía.
Me encuentro arrodillado delante del
Santísimo. Un profundo silencio me envuelve. Un silencio que apacigua mi
alma.
Lo primero que haré será avivar mi
fe.
Allá fuera se está poniendo el sol.
El templo se ve sumido en una misteriosa penumbra. La luz de la lámpara
parece avivarse y expandirse; oigo que me llega confusamente el ruido
estrepitoso de la calle..., y yo en silencio, sin proferir palabra, estoy de
rodillas a los pies del Maestro...
Antes de todo, renuevo mi fe
inquebrantable en la Eucaristía: Creo, Señor, que
estás aquí presente bajo las especies sacramentales. Creo que
estas presente Tú, el mismo Cristo que nació en Belén por
amor a mí; el mismo que calmó el mar alborotado y perdonó
a la Magdalena pecadora; el mismo que dio su vida en el árbol de la cruz
por mi amor. ¡Ave, Cristo, en la Santísima Eucaristía!
San Francisco de Asís se complacía en
repetir al Señor: “Dios mío, Dios mío, nada soy,
pero soy tuyo.” Yo también le digo: “Señor, Dios
mío, soy tu pequeño hijo, nada valgo, pero... soy tuyo.”
Lo primero que tengo que hacer es caer en la cuenta
por la fe que me encuentro de lleno en la presencia de Dios.
¡Me encuentro en la presencia de Dios! No es posible expresar la
transformación que puede obrar en el alma este pensamiento.
Si un hilo de alambre rodea un trozo de hierro y
hacemos pasar, por el hilo la corriente eléctrica, el trozo de hierro,
antes inerte, se transforma en imán y atrae los objetos de metal que hay
en su cercanía. Así el alma humana viene a ser semejante a un
trozo de hierro inerte e insensible hasta que pasa por ella la corriente del
amor divino. Desde este momento brota de ella una fuerza sobrenatural; germinan
pensamientos, deseos y afanes no terrenos. Estas mociones y resoluciones
espirituales son obra de la gracia de Dios. Por tanto, cuando adoro al
Santísimo recibo abundantes gracias.
Mi fe se ha avivado, pero todavía no he
empezado a rezar...
Permanezco todavía en profundo
silencio.
“Bueno es aguardar en silencio la salud que
viene de Dios”
(Lamentaciones 3,26), leemos en un pasaje de la Sagrada Escritura. Y así
es en realidad. Dios es tan inauditamente grande y el amor de Cristo en la
Santísima Eucaristía es tan inconcebible, que nuestra
única respuesta no puede ser sino la admiración muda y
silenciosa. No veo, no oigo, no digo nada; me envuelve un silencio de asombro.
Media una sima tan grande entre la grandeza, la bondad y la santidad de Dios y
mi pequeñez, debilidad y mezquino estado de pecador, que lo mejor que
puedo hacer es “enmudecer”. Este asombro y humillación
silenciosa es una forma excelsa de adorar al Santísimo Sacramento.
¡Momentos benditos y santos! Estoy
arrodillado, en fervoroso silencio, delante del Sagrario... Acaso no haya otra
persona en la iglesia, pero yo creo, lo creo con toda la fuerza de mi fe
cristiana, que aquí, delante de mí, en el altar, está el
Señor.
Abro mi alma y descubro todos sus repliegues, para
que irradie misteriosamente sobre ella el augusto Sacramento. ¡Qué
benditos momentos!
Es conocido que la radioterapia es una de las
formas que se emplean para curar el cáncer. Se irradia el tumor
canceroso con una sustancia radiactiva para intentar detener su crecimiento y
reducirlo. También en los momentos silenciosos de adoración ante
Jesús sacramentado recibo la irradiación de la fuerza divina, la
única capaz de curar todas las miserias y llagas de mi alma.
Podemos ya empezar a abrir nuestra alma, podemos
comenzar ya —después del silencio— nuestra oración e
impetración.
De la
carta encíclica “La Iglesia vive de la Eucaristía”:
25. Es hermoso estar con Él y, reclinados
sobre su pecho como el discípulo predilecto (cf. Jn 13, 25),
palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de
distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el «arte de la
oración», ¿cómo no sentir una renovada necesidad de
estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración
silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo
Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he
hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!
Numerosos Santos nos han dado ejemplo de esta
práctica, alabada y recomendada repetidamente por el Magisterio. De
manera particular se distinguió por ella San Alfonso María de
Ligorio, que escribió: «Entre todas las devociones, ésta de
adorar a Jesús sacramentado es la primera, después de los
sacramentos, la más apreciada por Dios y la más útil para
nosotros».
II
LA ADORACIÓN
DEL SANTÍSIMO
No invirtamos el orden. No empecemos pidiendo
aquello que nuestro egoísmo más nos inspira: por nuestros propios
asuntos. Bien sé que es muy lícito que expongamos nuestros
asuntos, pero hagámoslo después, al final de todo.
¿Cuál es el orden correcto?
La predisposición predominante ha de ser la
de “adoración”. Los mismos ángeles se
estremecen ante la presencia de Dios y constantemente están proclamando:
“Santo, Santo, Santo es el Señor Dios del Universo”.
¿Qué diré yo, hombre mezquino, a Jesucristo oculto en la
Santísima Eucaristía?
Te adoro, mi Dios, devotamente,
oculto en ese cándido accidente;
a ti mi corazón queda rendido,
y contemplando en ti, desfallecido...
A la adoración ha de seguir la acción
de gracias. Por
desgracia, no es la gratitud lo que más abunda entre los hombres.
Gustosamente recibimos el auxilio y el regalo, mas no solemos entretenernos
mucho en dar las gracias demostrando nuestra gratitud... ni a los hombres ni a
Dios.
“Pero —me preguntas acaso—
¿por qué he de dar gracias a Dios?”
¿Por qué? Por muchísimas
razones. Porque te ha otorgado la vida y te la mantiene (dale gracias por cada
año, cada hora y cada minuto que vivas); porque a cada paso te inunda de
bienes corporales y espirituales; porque te ha concedido nacer de padres
cristianos...
Agradécele que se haya encarnado, padecido y
entregado a la muerte por ti. Y el que se haya quedado en el Santísimo
Sacramento... por ti.
Pero —por desgracia— no tenemos
únicamente motivos de agradecimiento, sino también de arrepentimiento
y expiación. Hemos de completar la acción de gracias con vivos
sentimientos de reparación.
Y por fin llegamos a la última parte de la
visita: la impetración. Porque es lícito también
presentar nuestras peticiones. Pero empecemos a pedir ordenadamente, no
buscando nuestros propios intereses, sino pidiendo por los problemas más
grandes y graves de la Iglesia.
¡Cuántas cosas podemos pedir!
¡Por cuántos asuntos podemos rezar en esos momentos! Por la
difusión del reino de Dios, por los buenos sacerdotes, por los
cristianos que son perseguidos, por los que agonizan, por los que sufren, por
la conversión de los pecadores, por los que van por mal camino, por las
misiones...
Después, al final de todo, pidamos por
nuestros propios asuntos. Que nadie tenga miedo que vaya a salir perjudicado
por dejar los negocios personales para el último momento, Dios nos
conoce y premiará nuestro desprendimiento.
Pongo fin a la visita. Doy una ultima mirada al
Sagrario, me santiguo, doblo la rodilla y salgo a la calle.
Ya ha obscurecido. La gente transita como siempre
por la calle, unos buscando su sustento, otros en busca del placer.
Desasosiego, preocupación, dolor, sufrimiento, lágrimas en muchos
rostros... y yo, con el alma en paz, camino entre los hombres como si acabase
de llegar de otro mundo.
Y es que realmente he estado en otro mundo en ese
rato precioso en que he visitado al Santísimo. De este mundo distinto he
salido fortalecido y consolado, con nuevos ímpetus de combate para
enfrentarme a las luchas que tiene la vida.
Cuantas más veces visite al Santísimo
más se fortalecerá mi alma. Bien se puede decir que el que visita
diariamente a Jesús Sacramentado ha encontrado el secreto de la santidad
y de la dicha.
Hace años murió Mercier, el famoso
cardenal belga, Arzobispo de Malinas. Todo el país veneraba
profundamente a este santo, sucesor de los Apóstoles, no solo por su
vida cristiana, sino por su encendido patriotismo, el cual se manifestó
de un modo especial cuando, durante la guerra mundial, su país fue
ocupado por los alemanes.
“Quiero revelaros —dijo en cierta
ocasión MERCIER— el secreto de la santidad y de la dicha. Si todos
los días, por espacio de cinco minutos, sabéis imponer silencio a
vuestra imaginación y cerráis los ojos a todas las cosas
exteriores, y los oídos a todos los ruidos de la tierra, para entrar
dentro de vosotros mismos, y allí, en el santuario de vuestra alma
bautizada, que es el templo del Espíritu Santo, habláis a este
divino Espíritu y le decís: ‘¡Oh Espíritu
Santo!, alma de mi alma, yo te adoro; ilumíname, guíame,
fortifícame, consuélame, dime lo que debo hacer, ordena. Te
prometo someterme en todo a tus deseos y aceptar cuanto quieras enviarme.
Enséñame solamente tu voluntad.’ Si hacéis esto,
repito, seréis felices, viviréis en paz, y recibiréis la
gracia en proporción de las pruebas a que os veréis sometidos, y
tendréis fuerzas para sobrellevarlas, y llegaréis al cielo
cargados de méritos. Esta sumisión al Espíritu Santo es el
secreto de la santidad.”
Pedir consejo todos los días al Espíritu
Santo... Este es el secreto de la santidad. Lo mismo podemos decir respecto de
Nuestro Señor Jesucristo. Él nos prometió que
enviaría el Espíritu Santo. Por consiguiente, pedir consejo a
Cristo... es el secreto de la santidad.
De la
carta encíclica “La Iglesia vive de la Eucaristía”:
23. La Eucaristía consolida la
incorporación a Cristo, establecida en el Bautismo mediante el don del
Espíritu. La acción conjunta e inseparable del Hijo y del
Espíritu Santo, que está en el origen de la Iglesia, de su constitución
y de su permanencia, continúa en la Eucaristía. Bien consciente
de ello es el autor de la Liturgia de Santiago: en la epíclesis
de la anáfora se ruega a Dios Padre que envíe el Espíritu
Santo sobre los fieles y sobre los dones, para que el cuerpo y la sangre de
Cristo «sirvan a todos los que participan en ellos [...] a la
santificación de las almas y los cuerpos». La Iglesia es reforzada
por el divino Paráclito a través la santificación
eucarística de los fieles.
De lo que cada día acontece delante del
Santísimo no es posible hacer cálculos estadísticos. Hasta
el día del Juicio no sabremos cuántas vidas quebrantadas
encontraron allí nuevas fuerzas, cuántas almas que luchaban con
el pecado se levantaron de nuevo, cuántas personas que apenas
podían ya seguir llevando su cruz sacaron de allí nuevas fuerzas,
y cuántas otras perdidas en las tinieblas recibieron luz.
Aunque te escasee el tiempo, aunque sólo
dispongas de unos fugaces momentos, no dejes de entrar en la iglesia. Basta que
digas: “¡Señor mío Jesucristo! Me has llamado;
aquí me tienes. No tengo mucho tiempo, me acosa el trabajo. Dame tu
bendición.” Tu falta de tiempo súplela con mayor amor. Es
lo que espera de nosotros Jesús Sacramentado.
Cuando estamos arrodillados delante de Él,
también nos pregunta a nosotros lo que pregunto un día a San
Pedro, a orillas del lago de Genesaret: “¿Me amas?” (Juan
21,16).
Dime, amigo: si el Señor, saliese del
Sagrario y te dirigiese la misma pregunta, ¿qué podrías
contestarle? Y a Pedro le preguntó por segunda vez... Y por tercera
vez... ¿Quién podría contestar a semejante pregunta? Ni el
mismo Pedro podía. Si le dice que “sí”, protesta
contra tal aserción la triple negación de antes. Si le dice que
“no”, protesta su ardoroso corazón. Por esto contesta:
“Señor, tú lo sabes todo; tú sabes bien que te
amo” (Juan 21,17). Y el Señor se da por satisfecho.
También estará
satisfecho conmigo, si digo delante del Santísimo: Señor
mío, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo, o, por lo
menos, que te quiero amar. ¡Hay tantas tentaciones en la vida, tantos
peligros, Señor mío! ¡Haz que te ame cada vez más!
¡Cuánta fuerza
espiritual, cuánta paz, cuánto ánimo puede brotar de una
visita al Santísimo! Por desgracia, hay cristianos que no saben nada de
esto; cristianos para quienes los conceptos expuestos son completamente
desconocidos. Un día tal vez lamentarán el no haberlo sabido
antes y haber dejado pasar a su vera esta abundante y preciosa corriente de
vida espiritual, sin poder aprovecharla.
Son como aquel hombre que tenía
en su finca una gran cascada, y no la aprovechaba para nada. Siendo ya viejo se
decidió por poner en ella una turbina para que produjese energía
eléctrica. Terminada la obra, gracias a la corriente eléctrica
que suministraba, tenía luz, calefacción, y las máquinas
funcionaban. Y nuestro hombre se hizo estos amargos reproches:
¿cómo pude ser tan necio durante tantos años?
¡cómo no aproveché esta inagotable fuente de
energía, cómo no me preocupé lo más mínimo
de explotarla!
Una sublime fuente de energía está oculta
en el Santísimo Sacramento. Cuántos hombres se harán
también estos amargos reproches: ¡Cuántas veces
necesité en la vida orientación, luz, consuelo espiritual!
¡Me esperaba Jesús Sacramentado en el sagrario, y yo ni siquiera
daba un paso hacia Él. No era malo en el fondo. Trabajaba por mi alma,
luchaba contra el pecado, resistía a las tentaciones... Pero
¡cuán diferente habría sido el resultado si me hubiese
aprovechado de las energías ocultas del Santísimo Sacramento!
¡Cuán diferente sería la vida de
cada ser humano, y la de toda la humanidad, si en todas las luchas nos
dejásemos guiar y confortar por la Santísima
Eucaristía...!
***
En la capital de Dinamarca se ve una estatua
colosal, obra del célebre artista Sinding. El titulo que lleva es
éste: Madre-Tierra. Consiste en una figura de mujer, de
tamaño imponente, a cuyos pies un muchacho y una muchacha se estrechan
contra sus rodillas, mostrando unos rostros llenos de espanto, de agobio y de
impotencia. La mujer ni siquiera los mira; no mira al muchacho ni a la
muchacha, que, abrumados, se aprietan contra ella; no tiene para ellos un solo
gesto de aliento, una mirada que los anime. Su mano no los protege... su mirada
vaciá se pierde en la lejanía... Es la imagen de la Madre-Tierra,
la cual no tiene una palabra de aliento para sus hijos que luchan.
Ved ahí otra imagen... no diré ya
imagen, sino realidad santa: Cristo viviendo en medio de nosotros, bajo las
humildes especies sacramentales. Delante de Él también hay
muchachos y muchachas de rodillas, hombres y mujeres, enfermos y sanos, pobres
y ricos, pecadores y santos... Pero Él no pasa su mirada de forma
altanera por encima de sus cabezas, sino que con gesto amable abre sus dos
brazos, y les dice: “Venid a mí todos los que andáis
cansados y agobiados, que, yo os aliviare” (Mateo 21,28).
¿Cuál será nuestra respuesta a
la invitación de Cristo? ¿Con que gesto hemos de contestar al
suyo? Hinquemos las rodillas, abramos nuestro corazón y susurremos esta
oración:
“Te adoramos, Cuerpo y Sangre de Cristo, que
estás aquí presente. Aunque no lo comprenda nuestra razón,
lo sabe nuestra fe. Alabanza y honor al Padre y al Hijo, juntamente con el
Espíritu Santo. Para ellos la bendición y la gloria eterna. Todas
las generaciones bendigan al único Dios santo, en Trinidad de
Personas.”
De la
carta encíclica “La Iglesia vive de la Eucaristía”:
6. Contemplar el rostro de Cristo, y contemplarlo
con María, es el «programa» que he indicado a la Iglesia en
el alba del tercer milenio, invitándola a remar mar adentro en las aguas
de la historia con el entusiasmo de la nueva evangelización. Contemplar
a Cristo implica saber reconocerle dondequiera que Él se manifieste, en
sus multiformes presencias, pero sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo
y de su sangre. La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de
Él se alimenta y por Él es iluminada. La Eucaristía es
misterio de fe y, al mismo tiempo, «misterio de luz». Cada vez que
la Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de algún modo la
experiencia de los dos discípulos de Emaús: «Entonces se
les abrieron los ojos y le reconocieron» (Lc 24, 31).
Por aquel tiempo dijo Jesús: Yo te alabo, Padre, Señor
de cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y
prudentes, y las has revelado a los pequeñuelos. Sí, Padre,
porque así te ha parecido bien.
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce plenamente al Hijo
sino el Padre, y al Padre nadie conoce sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se
lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y
Yo os aliviaré. Tomad mi yugo, y aprended de Mí, pues soy manso y
humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;
porque mi yugo es suave y mi carga
ligera.
(Evangelio de SAN MATEO 11, 25-30)
¿Qué
ocurriría si en uno de los grandes diarios se publicase la siguiente
noticia? “¡JESUCRISTO HA VUELTO A LA TIERRA! En la pequeña ciudad de Belén
se ha aparecido Jesucristo, el mismo que nació allí hace dos mil
años. Vive en una pequeña casa, no hay la menor duda. Lo
atestigua también el Patriarca de Jerusalén. Se han congregado
grandes multitudes delante de la casa esperando poder verle.”
Otros
muchos diarios difundirían la noticia. Las agencias de viajes
organizarían vuelos especiales para ir a Belén. Muchos
estarían dispuestos a vender cuanto tuviesen para poder emprender el
viaje, sin importar todas las incomodidades que tuviesen que pasar. Llegados a
Belén tendrían que hacer cola y esperar durante días su
turno para verle... Nada importaría con tal de poder ver una sola vez a
Jesús cara a cara, para poder exponerle todas sus peticiones, penas
y preocupaciones. ¡Nada
importaría con tal de poder postrarse siquiera una vez ante sus divinos
pies! ¡Con tal de poderle besar una sola vez sus manos benditas!...
Y sin
embargo, la realidad supera con creces a esta supuesta aparición.
Nuestro Señor Jesucristo está realmente en medio de nosotros; y
no solamente en Belén, en un solo lugar, sino en los miles y miles de
iglesias católicas que hay en el mundo. Y si nuestra fe fuera tan viva
como la que pedía Jesús a sus seguidores, ningún templo
católico estaría vacío; la muchedumbre haría cola
en hileras, y siempre habría alguien delante de Cristo, alguien haciendo
una visita a Jesús Sacramentado.
Precisamente
para esto está Cristo en medio de nosotros. ¿Qué hace en
la Santa Eucaristía? Espera. Ya dijo en cierta ocasión: “Y
cuando yo sea levantado en alto, atraeré todo hacia mí”
(Juan 12,32). Antes, el hombre esperaba a Dios; ahora es Dios quien espera al
hombre. Antes el hombre esperaba que Dios se le manifestase; ahora Dios espera
a que el hombre se le acerque.
Pensemos detenidamente, cuando visitamos a
Jesús-Eucaristía, ¿cómo han de ser nuestra
adoración, reparación y acción de gracias?
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
34. La Eucaristía se
manifiesta, pues, como culminación de todos los Sacramentos, en cuanto
lleva a perfección la comunión con Dios Padre, mediante la
identificación con el Hijo Unigénito, por obra del Espíritu
Santo. Un insigne escritor de la tradición bizantina expresó esta
verdad con agudeza de fe: en la Eucaristía, «con preferencia
respecto a los otros sacramentos, el misterio [de la comunión] es tan
perfecto que conduce a la cúspide de todos los bienes: en ella culmina
todo deseo humano, porque aquí llegamos a Dios y Dios se une a nosotros
con la unión más perfecta». Precisamente por eso, es
conveniente cultivar en el ánimo el deseo constante del Sacramento
eucarístico. De aquí ha nacido la práctica de la «comunión
espiritual», felizmente difundida desde hace siglos en la Iglesia y
recomendada por Santos maestros de vida espiritual. Santa Teresa de
Jesús escribió: «Cuando [...] no comulgáredes y
oyéredes misa, podéis comulgar espiritualmente, que es de grandísimo
provecho [...], que es mucho lo que se imprime el amor ansí deste
Señor».
I
NUESTRA
ADORACIÓN
El
primer deber del hombre finito frente al Dios infinito es reconocer la
soberanía del Señor, esto es, adorarle.
Lo que
es la respiración para el pulmón, esto es la oración para
el alma. La oración y la fe se corresponden; con la oración se
acrecienta nuestra fe, con la fe se intensifica nuestra oración. Sin
oración se apaga nuestra fe, sin la fe muere nuestra oración.
Y nunca
adoraremos y alabaremos mejor a Dios que poniéndonos delante de
Cristo-Eucaristía. Lo atestigua el sacerdote en la misa: “Por
Cristo, con Él y en Él, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad
del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria, por los siglos de los
siglos”.
“Muchos
dicen: Me voy al bosque, allí rezaré mejor, me voy a la orilla
del mar, ahí sentiré la infinidad de Dios... Yo os digo: Me voy
delante del Santísimo Sacramento; puesto que si para orar necesito
sentirme muy cerca de Dios, esto en ninguna parte lo puedo experimentar mejor
que delante del Santísimo. Yo necesito estar cerca de Dios.”
(PROHÁSZKA)
Y en
ningún lugar podemos decir a Dios, mejor que aquí, cuanto le
amamos.
“Que
Dios nos ame es incomprensible —dijo un santo—; más
incomprensible es aún que quiera que le amemos, pero lo más
incomprensible es que a pesar de todo esto no le amemos.”
Pues
bien; el que hace bien la visita al Santísimo da muestras de que ama
realmente a Dios.
Y estas
frecuentes visitas Jesús-Eucaristía las necesitamos más
que nunca. Porque todos estamos expuestos a que esta vida terrena, inquieta y
agitada, llena de preocupaciones, nos trague por completo. Después de
tanta propaganda, de tantas noticias sensacionalistas, de tanto desasosiego,
trajín y ocupaciones, llegan por fin unos momentos de silenciosa
adoración ante el Santísimo Sacramento. En esos momentos sentimos
como poco a poco se tranquiliza nuestra alma, y empezamos de nuevo a ser
personas. No “hombres-máquinas”, sino criaturas dotadas de
alma, llamados a una vida eterna.
¡Cuánto
puede influir en nuestra vida la visita a Jesús-Eucaristía! Con
una visita que le haga por la mañana, antes de ir al trabajo, me
cargaré de energía como si fuese un acumulador eléctrico,
y de esta manera durante todo el día no haré más que
irradiar amor, perdón, alegría, ejemplaridad en el trabajo,
dominio de sí mismo....
Y si
hago la visita por la noche, al final de un día de trabajo agotador, o
de un día en que he sufrido algo de lo que es la maldad humana, por los
envidias o recelos que he tenido que soportar, parecerá que en mi alma
se abre una válvula de seguridad. Y gracias a que la abro, la fuerza
acumulada no hace estallar la caldera.
II
NUESTRA
REPARACIÓN
La sola
oración muda ante el Santísimo, llena de reverencia y amor, ya es
un acto de desagravio e impetración.
Es
indecible el cúmulo de humillaciones y ofensas que Nuestro Señor
Jesucristo ha de soportar en la Eucaristía. ¡Cuántas
irreverencias, cuántos olvidos, cuánta indiferencia aun de parte
de los cristianos! ¡Y cuántas ofensas publicas y profanaciones de
parte de los malvados e incrédulos!
Todo lo
previó Jesucristo al darnos este Sacramento; lo previó, y a pesar
de ello su Corazón amante no quiso negarnos este don infinito. Y si lo
previó todo, ¿no nos toca a nosotros sus hijos, arrodillados
delante de Él, procurar consolarle y desagraviarle de estas ofensas con
nuestra fidelidad y amor?
¿Puede haber algo más noble y humano? Si en una familia
uno de los hijos lleva una vida de pecado, degradando su dignidad y
entristeciendo a sus padres, los demás hijos suelen repararlo
multiplicando las muestras de amor para con ellos, y les consuelan como
diciendo: “No os apenéis, que aquí estamos nosotros para
consolaros por el hijo que
habéis perdido; nosotros queremos amaros por el que no os ama.”
¿No
deberíamos amar nosotros a Jesús Sacramentado de la misma manera,
desagraviándole y consolándole? “Muchos te ofenden y te
maltratan, pero aquí estamos nosotros, Señor, tus hijos fieles; y
queremos amarte cada día más.”
Precisamente
la idea de esta reparación dio origen a una devoción que goza de
gran aceptación: el culto del Sagrado Corazón cada primer viernes
de mes.
III
NUESTRA
ACCIÓN DE GRACIAS
Después
de la adoración y reparación, dediquemos un rato a la
acción de gracias.
¡Por
cuántas cosas hemos de dar gracias a Dios!
“¿Que
tú no tienes por qué dar gracias? ¿Que tu vida es un
continuo penar? ¿Que sufres mucho y vives en la miseria? ¿Que
nada tienes que agradecer a Dios?...
¡Cuidado!
¡No blasfemes!
¿Que
no tienes por qué dar gracias? Escucha lo que sucedió en la India
a un viajero europeo.
Un
maharajah le invita a su palacio. Una elegante carroza va a buscar al invitado:
tiran de ella dos preciosos caballos negros.
El
ingente palacio blanco está sobre un promontorio, bajo el cual se
extiende la ciudad. Al pararse la carroza delante del mismo, al pie de la
escalera, camareros y servidores reciben al invitado. En derredor, establos y
cocheras, llenos los mejores caballos, y de los más hermosos carruajes.
En el patio están poniendo los arreos a veinticinco elefantes... Realmente,
no se escatima nada.
Se
acompaña al invitado. Suben. Salas y corredores sin término. Por
doquiera mire el ojo, no parece sino que toman vida fantásticos cuentos
orientales; lujo y ostentación por todas partes... pieles, alfombras,
oro, piedras preciosas...
Por fin se detiene el cortejo en una sala. Se adelanta un ayudante de
cámara, y con un saludo solemne ruega al invitado que espere unos
momentos.
Nuestro
hombre se queda solo. Mira por la ventana, mira el lago que se extiende
allá abajo. Dos islotes en el lago; en cada uno se ve un
magnífico castillo de verano para el maharajah, construidos los dos de
blanquísimo mármol. El invitado espera algo nervioso el momento
de ser conducido a la presencia del poseedor de tantas riquezas.
Llega el
ayuda de cámara y se inclina con solemnidad: “Su majestad le
espera.”
“Me
dirijo a la puerta —así describe el viajero el momento
solemne—. La grandiosa puerta parece abrirse por si sola. Paso. Los
criados la cierran sin hacer ruido detrás de mí... Me encuentro
delante de su majestad. Es un sillón de oro está sentado un
hombre elegantemente vestido; es de baja estatura y está como encogido
en un sillón. Me doy cuenta enseguida: este hombre está
paralítico, es un lisiado. Apenas puede mover sus manos y pies; apenas puede
volver un poco la cabeza. Me detengo asombrado. No sé que decirle, pero
siento el ánimo con que me mira; mira mi constitución robusta y
sana; siento que el daría todas sus riquezas por poder levantarse y
extender el brazo...”
Hasta
aquí la narración del viajero...
Permíteme,
amigo, una pregunta: Dime, ¿no tienes realmente nada por qué dar
gracias a Dios? ¿Nada, nada?
IV
LOS
ATRIBULADOS ADORAN AL SANTÍSIMO
He de
añadir algo a lo que llevo dicho, y exponer más detalladamente un
pensamiento. Me refiero al acto de adoración por parte de los
atribulados.
Es tan
grande en el mundo el número de los atribulados, de los que se quejan,
que hoy día el sufrimiento es la ocupación principal de la
humanidad.
Pero
entendámonos: el sufrimiento no es un estado acabado; es una lucha que
puede tomar todavía diferentes cursos..., de nosotros depende su
solución. El sufrimiento puede resolverse en amargura, en
obstinación, en terquedad, en rebeldía, en desesperación;
pero puede también resolverse en homenaje, en propio vencimiento, en
amor, en un acercamiento a Dios.
Estos
momentos decisivos en que están abiertas varias posibilidades para
elegir son a la vez los momentos más preciosos para la divina gracia. Se
comprende que Jesucristo atribuya tan alto significado al acto de “llevar
su cruz”, y por qué dijo que el que quiera seguirle que tome su
cruz y le siga (Mateo 16,26).
Entre
los fieles fervorosos de la Edad Media cundió una costumbre que en
algunas partes —como en algunos países de Hispanoamérica—
todavía se observa. Si alguno tenía un hijo o familiar enfermo, o
abrumado por algún otro motivo, dirigía sus suplicas al
Señor, hacia voto de llevar durante cierto tiempo —en caso de
cumplirse la petición— el hábito de alguna Orden religiosa.
Entre el pueblo era muy frecuente semejante voto, pero aun entre la gente
distinguida se podía descubrir de vez en cuando, debajo de los trajes de
moda, un hábito religioso. Hubo reyes españoles que quisieron ser enterrados
así en El Escorial...
No cabe duda de que tiene su mérito esta
buena costumbre de hacer voto de vestir un hábito religioso... pero
mucho más provecho hace al alma, por encima de vestir un hábito
religioso, el ir por la vida vestido con el traje de Cristo. Y el traje de
Cristo es su Pasión. Su mejor traje es la cruz.
Si alguno de nosotros hubiese vivido en tiempos de
Jesucristo, y un día se hubiese encontrado con el Niño Dios y
éste le hubiese abrazado, ciertamente el agraciado se habría
llenado de gozo y de gratitud.
Y si hubiese estado en medio de la turba y se
hubiese encontrado con Cristo, y el Señor acercándose a él
le hubiese besado con cariño en la frente... ¿se habría
rebelado acaso el agraciado, se habría dolido, habría rechazado
el beso de Cristo?
Pues el beso de Cristo es el sufrimiento. Cada vez que nos quejamos y
amargamos por el sufrimiento, es como si rechazásemos el beso de Cristo,
el saludo que nos dirige Cristo crucificado. El sufrimiento es el brazo que
Cristo nos tiende, ¡Con qué agradecidos ojos miraría mis
sufrimientos, con cuánta valentía los soportaría, si
tuviera presente de continuo este pensamiento: El padecimiento es el beso que
me da Cristo crucificado!
Pero nadie es capaz de soportar con ánimo
esforzado el sufrimiento a no ser que esté unido a Dios en medio del
sufrimiento, y tras el velo del dolor descubra el rostro de Cristo. Por
otro camino el sufrimiento puede hacer del hombre un gran solitario, y si hemos
de soportar el dolor ahogándolo en la propia persona, esto nos aplasta y
quebranta. Hemos de explayarnos con alguien.
¿Con quién? ¿Con un hombre? Es
por demás. No podría ayudarnos. Vamos a explayarnos con Cristo al
sagrario.
Solemos llamar al Santísimo Sacramento
centro vital del cristianismo, el corazón de la Iglesia. Si
quisiéramos usar un símil completamente moderno, podríamos
llamarlo central eléctrica del cristianismo. Todos los países
construyen centrales eléctricas, desde donde parte la energía a
dilatadas regiones, para dar luz, suministrar calor y poner en funcionamiento las
grandes máquinas. Pues bien; semejante central —no para
determinadas regiones, ni para tal o cual país, sino para todo el
cristianismo— viene a ser el Santísimo Sacramento. A toda alma que
envuelta en tinieblas se presenta suplicante ante Él, Él la
ilumina; a toda alma que enfriada en la vida espiritual acude ante Él,
el Señor la calienta; a toda alma cansada por las preocupaciones de la
vida que le invoca, Jesús la fortalece.
¡Lastima que sean tantos los que lo ignoran!
Corren de una parte a otra, llenan la cabeza de todos sus conocidos con sus
quejas..., y se olvidan del único que puede consolarles y dar fortaleza:
Jesús-Eucaristía.
Pero, ¿es lícito y razonable acudir
con nuestras quejas al Santísimo Sacramento?
No sólo lícito y razonable, sino
necesario. Es lícito, porque, según las enseñanzas
y oraciones de la Iglesia, la Santísima Eucaristía es recuerdo de
la Pasión de Cristo. “Oh Dios, que en este admirable Sacramento
nos has dejado un memorial de tu Pasión...”, así empieza la
“oración” de la misa del Corpus.” ¡Oh sagrado
convite en que se recibe al mismo Jesucristo! En él se renueva el
memorial de su Pasión....”. ¿Adónde dirigir nuestro
corazón adolorido, sino al memorial eterno de la Pasión de
Cristo, a la Santísima Eucaristía?
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
14. La Pascua de Cristo incluye,
con la pasión y muerte, también su resurrección. Es lo que
recuerda la aclamación del pueblo después de la
consagración: «Proclamamos tu resurrección».
Efectivamente, el sacrificio eucarístico no sólo hace presente el
misterio de la pasión y muerte del Salvador, sino también el
misterio de la resurrección, que corona su sacrificio. En cuanto
viviente y resucitado, Cristo se hace en la Eucaristía «pan de
vida», «pan vivo». San Ambrosio lo recordaba a los
neófitos, como una aplicación del acontecimiento de la
resurrección a su vida: «Si hoy Cristo está en ti,
Él resucita para ti cada día». San Cirilo de
Alejandría, a su vez, subrayaba que la participación en los santos
Misterios «es una verdadera confesión y memoria de que el Señor
ha muerto y ha vuelto a la vida por nosotros y para beneficio nuestro».
¿No nos sirve de argumento el mismo proceder
de los primeros cristianos? No permitían que quien no hubiese sido
confortado antes con la Eucaristía, que fuese nadie a la arena del
circo; porque se temía que el cristiano no fuera lo bastante fuerte y
que no se mantuviera inquebrantable. En la Eucaristía encontramos
también la fuerza para poder perseverar hoy en la vida cristiana.
Mientras estoy arrodillado delante del Santísimo, Cristo me
enseña a participar en su propia Pasión y al mismo tiempo reclama
también su parte en mi propio sufrimiento. Poco a poco voy sintiendo que
la espina que me punza es propiamente una espina de su corona, y que no es tan
aguda, pues se rompió primero y quedó clavada en la frente
divina.
No solamente es lícito quejarnos ante el
Santísimo, sino también razonable. Debemos acudir a Él y no llenar con
nuestras quejas el mundo entero que bien poco puede hacer para consolarnos.
Hay quienes recurren primero a todos los conocidos,
y después acuden a Cristo... y no encuentran consuelo. No lo encuentran
porque el ramo de flores que Cristo esperaba de ellos ya esta marchito cuando
se lo ofrecen; se ha marchitado de pasar por muchas manos. En cambio, si cuando
nos viene alguna desgracia o dolor, acudimos inmediatamente a Cristo, si
permanecemos en unión silenciosa e íntima con Él, entonces
notaremos con sorpresa que todas las espinas de nuestra corona se van transformando
en flores.
Jesucristo no cerró los ojos ante el dolor; ni quiso resolver el gran problema
del sufrimiento diciendo que “no tiene importancia”. No resuelve el
problema del sufrimiento el negar sencillamente que exista. Ah, no. Nosotros
lloramos bajo el sufrimiento, como lloró Cristo. De poco nos
serviría que alguien nos aconsejase que en la hora del dolor nos
mostremos insensibles e indiferentes. De poco nos sirve la mirada sonriente de
Buda, indiferente a nuestro dolor.
Cristo, sin embargo, nos comprende y se compadece de
nuestro dolor. Él pasó por todos los tormentos y sufrimientos;
sabe de ellos mucho más que cualquiera de nosotros.
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
4. La hora de nuestra
redención. Jesús, aunque sometido a una prueba terrible, no
huye ante su «hora»: «¿Qué voy a decir?
¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta
hora para esto!» (Jn 12, 27). Desea que los discípulos le
acompañen y, sin embargo, debe experimentar la soledad y el abandono:
«¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y
orad, para que no caigáis en tentación» (Mt 26,
40-41). Sólo Juan permanecerá al pie de la Cruz, junto a
María y a las piadosas mujeres. La agonía en Getsemaní ha
sido la introducción a la agonía de la Cruz del Viernes Santo. La
hora santa, la hora de la redención del mundo. Cuando se celebra la
Eucaristía ante la tumba de Jesús, en Jerusalén, se
retorna de modo casi tangible a su «hora», la hora de la cruz y de
la glorificación. A aquel lugar y a aquella hora vuelve espiritualmente
todo presbítero que celebra la Santa Misa, junto con la comunidad
cristiana que participa en ella.
«Fue crucificado, muerto y
sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día
resucitó de entre los muertos». A las
palabras de la profesión de fe hacen eco las palabras de la
contemplación y la proclamación: «Ecce lignum crucis in
quo salus mundi pependit. Venite adoremus». Ésta es la
invitación que la Iglesia hace a todos en la tarde del Viernes Santo. Y
hará de nuevo uso del canto durante el tiempo pascual para proclamar: «Surrexit
Dominus de sepulcro qui pro nobis pependit in ligno. Aleluya».
Nos sucede cuando acudimos a Él en nuestro
dolor lo que les sucedió a los tres Magos de Oriente. Por caminos
difíciles y fatigosos fueron a adorar al Niño Jesús; y
cuando hubieron explayado su alma ante Él en Belén, “regresaron
a su país por otro camino” (Mateo 2,12).
También nosotros regresaremos por otro
camino después de adorar al Santísimo: Fuimos tristes a
Él, volvemos aliviados. Fuimos cansados, volvemos ágiles. Fuimos
débiles, volvemos fuertes. Nos debatimos para ir, ahora nos sentimos
vencedores.
Se realiza en nosotros lo del SALMISTA: “Aunque
camine por cañadas oscuras, en medio de sombras de muerte, nada temo,
porque Tú estás conmigo” (Salmo 22,4). Así vencemos
el dolor delante del Santísimo Sacramento.
Y es esta la verdadera solución del
problema: no quebrantarnos bajo el sufrimiento, ni despreciarlo con
indiferencia; sino pasar por encima del mismo con el alma confortada.
***
En muchas iglesias y capillas del mundo está
permanentemente expuesta la Santísima Eucaristía. Esto se puede
hacer gracias a las monjas contemplativas que viven en el convento adosado al
templo, las cuales montan guardia día y noche, de rodillas, en adoración
silenciosa ante el Cristo Sacramentado. Para esto se han consagrado en especial
muchas contemplativas.
¿Se puede consagrar toda una vida a esto?
—exclama el hombre moderno—. ¿No tiene cosas más
urgentes en que ocuparse la Iglesia católica?
Esto no lo puede comprender sino el que tiene una
fe viva en la Santísima Eucaristía. Solamente la Iglesia
católica ha podido aprobar dichos estados de vida. Solamente la Iglesia
sabe que en ninguna otra parte se puede adorar y desagraviar mejor a Dios,
darle gracias y suplicarle las gracias que necesita el mundo para salvarse,
como delante de la Santísima Eucaristía.
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
19. La tensión
escatológica suscitada por la Eucaristía expresa y consolida
la comunión con la Iglesia celestial. No es casualidad que en las
anáforas orientales y en las plegarias eucarísticas latinas se
recuerde siempre con veneración a la gloriosa siempre Virgen
María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor, a los
ángeles, a los santos apóstoles, a los gloriosos mártires y
a todos los santos. Es un aspecto de la Eucaristía que merece ser
resaltado: mientras nosotros celebramos el sacrificio del Cordero, nos unimos a
la liturgia celestial, asociándonos con la multitud inmensa que grita:
«La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el
trono, y del Cordero» (Ap 7, 10). La Eucaristía es
verdaderamente un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra. Es un rayo
de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra
historia y proyecta luz sobre nuestro camino.
Yo, en realidad, he recibido del
Señor lo que también he transmitido a vosotros: que el
Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan y,
habiendo dado gracias, lo partió y dijo: esto es mi cuerpo, que es
entregado por vosotros; haced esto en memoria mía. Así
también, después de haber cenado, tomó el cáliz
diciendo: este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, haced esto
cuantas veces lo bebáis en memoria mía. Porque cuantas veces
comáis este pan y bebáis este cáliz, anunciáis la
muerte del Señor hasta que venga. De suerte que quien comiere el pan o
bebiere el cáliz del Señor indignamente, será reo del
cuerpo y de la sangre del Señor. Pruébese a sí mismo el
hombre, y así coma del pan y beba del cáliz, porque quien come o
bebe sin discernir el cuerpo del Señor, come y bebe su propia
condenación. Por esto hay entre vosotros muchos débiles y
enfermos y mueren bastantes. Sí, en cambio, nos examinásemos a nosotros
mismos, no seríamos juzgados. Mas siendo juzgados por el
Señor, somos corregidos para no ser condenados con el mundo.
(Carta a das Corintios 11, 23-32)
En el Medioevo se edificó una
magnífica catedral en honor de la Santísima Eucaristía.
Todos contribuyeron gustosos, cada cual según sus posibilidades. Aun la
pobre viuda, que nada tenía, habría querido dar algo. No
tenía más que una moneda de poco valor, y la ofreció en
honor de la Santísima Eucaristía para la construcción del
templo. Pero el señor feudal la rechazó: ¿de qué
podía servir aquella miseria?
Al terminar de construir la catedral se grabaron
con letras de oro, en una lápida de mármol, los nombres de los
que más contribuyeron. En el primer puesto estaba el nombre del
señor feudal.
Pero al día siguiente se notó una
cosa extraña: este nombre había desaparecido, y en su sitio
brillaba el nombre de la pobre viuda. Como es natural, se grabó
enseguida otra lápida... Pero el caso se repitió. Se hizo una
tercera lápida..., y ocurrió lo mismo.
En esto el señor feudal hizo llamar a la mujer,
y le preguntó:
—¿Qué has dado tú para
la construcción de la catedral?
—Nada, mi buen señor; sólo
quise dar algo. Quise dar una pequeña moneda. Mas vos no quisisteis
aceptarla. Compré heno y lo di a los caballos que acarreaban piedras
para la construcción... Esto hice, señor.
En quince capítulos he procurado yo levantar
en vuestra un templo vivo en honor de la Santísima Eucaristía;
pero este templo sólo pudo terminarse mediante vuestra
participación, gracias a que habéis contribuido con vuestra oración,
abnegación, espíritu de sacrificio y benevolencia.
Con este capítulo terminamos el libro;
terminamos la construcción del templo. Vamos a abrir de par en par sus
puertas para que irradie al mundo entero la alabanza de Jesús
Sacramentado. Podemos decir ya a cada fiel estas palabras: “Sursum
corda”, “arriba los corazones”. Y no puede haber más
que una sola respuesta: “Habemus ad Dominum”, “los tenemos
levantado hacia el Señor”.
Procedamos, pues, en este último
capítulo a la consagración del templo que hemos levantado y
resumamos, a manera de despedida, los principales pensamientos de todo el
libro, para que se enciendan las almas en amor a la Eucaristía.
I
CRISTO POR
NOSOTROS
Hemos dicho que la Eucaristía brota del
santo sacrificio de la misa. Y la santa misa es el resumen y la
renovación de todo cuanto Cristo hizo por nosotros.
¡Cristo por nosotros!
Un día consta de veinticuatro horas; en
veinticuatro horas hay mil cuatrocientos cuarenta minutos, y en mil
cuatrocientos cuarenta minutos, ochenta y seis mil cuatrocientos segundos. Hay
300.000 sacerdotes católicos en el mundo. Por consiguiente, a cada
segundo corresponden tres misas. De día y de noche, en invierno y en
verano, se repiten a cada segundo, en tres puntos de la tierra, dentro del marco
de la santa misa, las palabras de la Última Cena, para que en aquel
mismo momento se haga presente en medio de nosotros Nuestro Señor
Jesucristo.
¡Cristo por nosotros! Así es, en
efecto; extendiendo sus benditas manos sobre nosotros, sobre sus hijos, que se
debaten y luchan. Mientras haya un sacerdote en la tierra Jesucristo prosigue y
proseguirá sin interrupción su obra salvadora.
¡Cristo por nosotros!
¡Es el amanecer! El sol todavía no ha
enviado sus primeros rayos al mundo que se despierta, y ya las velas
están encendidas en muchos altares.
Los sacerdotes celebran la santa misa. Inclinados sobre una blanca
hostia y un poco de vino pronuncian conmovidos las palabras que
pronunció Cristo por vez primera en la Última Cena. Los fieles
arrodillados inclinan la frente, porque en aquel momento Cristo se sacrifica
por nosotros los hombres.
El Sol va subiendo. Más lucecitas se
encienden en miles y miles de altares. Miles y miles de sacerdotes en todo el
mundo se acercan al altar, y el cántico triunfal de miles y miles de campanillas
anuncian que Cristo se hace presente en el mundo en el momento de la
Elevación.
Realmente, Jesús Sacramentado con la mano
levantada pasa por el mundo y nos da su bendición.
¡Ave, Santísima Eucaristía,
divinidad oculta!
II
CRISTO EN
NOSOTROS
Mas la Santísima Eucaristía no es
solamente Cristo que se sacrifica por nosotros, sino también Cristo que
se nos da en alimento. No es solamente “Cristo por nosotros”; sino
también “Cristo en nosotros”. En la santa
comunión se realiza el más atrevido de nuestros sueños: entramos
en contacto personal con el Dios infinito.
Cuando hace algunos años se hicieron grandes
excavaciones en Roma, se encontró debajo de una calle de mucho
tráfico un templo pagano, probablemente el templo de Pitágoras,
del siglo V A.C. Por las paredes había muchos frescos que representaban
con escenas simbólicas la escuela de Pitágoras. La esencia de su
doctrina consiste en que el alma ha de librarse del servicio de las cosas
exteriores y abismarse en Dios; así llegará a descubrirse a
sí misma, y partiendo de este su propio yo, como del punto
céntrico, podrá ordenar y modelar su vida personal.
¡Admirable! Una doctrina tan excelsa
escondida allá bajo, en el seno de la tierra, entre las ruinas, mientras
que por encima continua la vida estrepitosa y alocada de la gran ciudad, que
nada quiere saber de todas esas cosas, porque se cree autosuficiente, y ni
siquiera sospecha que el peso de esa calle lo soportan los muros de ese templo
subterráneo!
Esos frescos están pregonando el anhelo
santo y eterno del alma humana: liberarse de la esclavitud de los instintos
y de las pasiones, para levantarse y acercarse a la fuente última de
toda vida: Dios. ¡Ay de la humanidad que ahoga en sí este anhelo!
¡Ay del estilo de vida que empuja al hombre a una carrera alocada, sin
apenas tiempo para la meditación, para el auto examen!
En el ábside del mencionado templo hay un
fresco muy instructivo: Safo, la poetisa más celebrada y más
insigne de la antigüedad, hastiada de la vida, se arroja al mar desde las
rocas de Léucades. Busca en el fondo del mar el reposo y la paz que la
vida le ha negado; ¡a ella, la poetisa celebrada, ensalzada hasta las
nubes!
¡Qué gran parecido a lo que le ocurre
al hombre moderno! ¡Al hombre enorgullecido con los avances de la ciencia
y de la técnica, y que, no obstante, es infeliz!
¡Qué diferente sería si en vez
de arrojarse en el mar de este mundo, se arrojase en los brazos de Cristo, que
baja a nosotros en la Eucaristía!
No en vano llamamos al Santísimo Sacramento
“pan de los fuertes”; y es que realmente nos da las fuerzas para
surcar esta vida como Dios quiere.
Un grupo de amigos salen de excursión por
una región montañosa. Todos se deleitan con el paisaje, cuando de
repente empieza a fallar el motor y el auto se para. El conductor se pone a
arreglarlo, lo intenta... pero en vano, no llega a ponerlo en marcha. Los
amigos lo empujan a ver si de una vez arranca... es por demás. Por fin,
después de largas tentativas, encuentran el fallo, un fallo
insignificante: el tubo de goma que conectaba con el depósito se
había obturado y no pasaba la gasolina. Bastó con limpiar el
tubo, y el auto prosiguió su carrera.
¡Cuántas veces se para el auto de
nuestra vida, y no quiere moverse! Vanos son todos los esfuerzos; no podemos
más: nos falta fuerza, no tenemos ánimo ni esperanza.
¿Dónde está el fallo? Se ha cortado la comunicación
con Dios. Solamente si la restablecemos, si Cristo vive de nuevo en nosotros,
podremos adelantar en la vida espiritual.
Uno de los grandes obispos y mártires de los
primeros siglos del cristianismo, SAN CIPRIANO, al ver que iba a decretarse una
persecución sangrienta contra la naciente Iglesia, se dirigió con
estas palabras a sus fieles: “Nos enfrentamos a una lucha dura y cruel, y
los soldados de Cristo han de disponerse con una fe inalterable y una
valentía esforzada, de ahí que deben pensar que beben a diario el
cáliz de la sangre de Cristo, para que también ellos sean capaces
de derramar su sangre por Él.” (10 Epíst. 58, 1, 9)
Hoy día nosotros también necesitamos
la fuerza que comunican el cuerpo y la sangre de Cristo para poder vivir
nuestra fe en medio del mundo.
Cerca de las costas del Brasil, en una zona
tropical, bajo un sol abrasador, navegaba un buque mercante. De repente divisan
un pequeño velero, cuyos pasajeros desesperados hacen señas hacia
el buque. Este toma inmediatamente rumbo hacia el velero, y ya cerca se pueden
oír los gritos de los pasajeros: “¡Dadnos agua! ¡Nos
morimos de sed!” Y los del buque contestan: “¡Bebed del agua
del mar, que es potable!”.
Y tenían razón. Los desgraciados ya
estaban a punto de perecer de sed, cuando el agua que les rodeaba era agua
potable, porque se encontraban cerca de la desembocadura del Amazonas, y la
corriente de este río caudalosísimo hace potable el agua del mar
en un radio de varias millas.
A cuántas almas sedientas, a
cuántas almas que luchan y se desesperan en el mar borrascoso de esta
vida, tendríamos que gritar: ¿Por qué no sacáis
fuerzas del mar inmenso de la gracia divina que tenéis a vuestra
disposición? ¿Por qué no coméis el “pan de
los fuertes”?
La Eucaristía nos comunica
fuerza para hacer frente a los peligros y tentaciones.
Quien se enfrenta las tentaciones que desatan, ya
va subiendo, ya se aproxima a Dios. Fijaros en los pájaros:
levantan el vuelo yendo contra el
viento; si quisiesen hacerlo en dirección del viento éste los
arrojaría inmediatamente contra el suelo. Observad los navíos: se
amarran en el sentido contrario a la corriente, porque sino ésta los
arrojaría contra el malecón. Así nos robustece la
comunión para la vida espiritual: ¡Contra la corriente!
¡Contra el viento! ¡Contra las voces seductoras de la
tentación!
El emperador romano Aureliano (213-275)
tenía un oficial distinguido, de alto graduación, llamado Mario,
y precisamente iba a encumbrarle aún más cuando uno de los
adversarios del agraciado le reveló al emperador que Mario era
cristiano.
El emperador llamó inmediatamente a su
oficial y le propuso la alternativa: o abandonaba su fe cristiana y entonces le
enaltecía subiéndole de grado en el escalafón militar , o
bien le esperaba una muerte segura.
Mario fue en busca del obispo y le pidió
consejo. El obispo le llevó a la iglesia, le hizo arrodillar ante el
altar, le colocó delante la espada que solía llevar y el libro de
los santos Evangelios sobre el que había jurado fidelidad a Dios el
día de su bautismo. “Escoge”, le dijo el obispo. El oficial
sin titubear extendió la mano para coger el libro. Salió del
templo, se fue derecho al emperador, enseguida lo metieron en la cárcel
y al poco tiempo le llegó la muerte.
¡Cuántas veces nos coloca la vida ante
semejantes disyuntivas! Ojalá
no olvidásemos nunca lo que dijo JESUCRISTO respecto de sí
mismo: “Las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas
están dando testimonio de mí” (Juan 10,25). Así hemos
de decir nosotros: no deis crédito al nombre de cristiano que llevamos,
sino mirad nuestra vida, nuestras palabras, nuestras obras; son ellas las que
pregonan que somos cristianos.
Pero ¡ay si dicen otra cosa!
¡Ay si existe un doloroso contraste entre el nombre cristiano y la vida
real! ¡Ay! si los otros, los que no conocen a Cristo, si al observar mis
obras, mis palabras y mi vida, se escandalizan y dicen: “No pensaba que
ésta persona que se dice cristiana fuese a actuar así.”
Los demás nos reconocerán
por el brillo de nuestros ojos. Porque el que recibe con frecuencia, con fe y
con amor la Santa Eucaristía, tiene que reflejar a la fuerza la luz del
Señor y su admirable encanto: el alma que comulga con frecuencia va
adquiriendo una amable hermosura.
¿Somos nosotros buena
propaganda de la santa comunión? Preguntémonos si los que
observan nuestro proceder, nuestra caridad y nuestra simpatía, no tienen
más remedio que admitir: ¡Que de vida brota de la Santa comunión!
III
CRISTO
ENTRE NOSOTROS
Mediante la Eucaristía
Jesús está entre nosotros.
Desde la institución de la
Santísima Eucaristía no estamos a obscuras.
Jesucristo, luz del mundo, ilumina con su presencia
a todo aquel que le recibe, su alma deja de vivir en tinieblas.
Y no sólo ya no está a obscuras,
ya no está sola. Ya no está sola en los combates de esta
vida.
¿Qué hemos de hacer en el rato de
adoración? Dos cosas bien sencillas y fáciles: cerrar y abrir
nuestra alma.
Cerrar nuestra alma.
Debe hablar con urgencia una persona con un amigo.
Le llama desde un teléfono público. Hablan, hablan... pero no se
comprenden. Por fin, el amigo descubre la causa y le dice: “Oye, cierra
la puerta, que el ruido de la calle dificulta la comunicación.” En
efecto, una vez eliminado el estrépito de fuera, se entienden
perfectamente.
Hay quienes se quejan de no saber rezar delante del
Santísimo, de “no saber concentrarse”, de “no
oír la voz de Cristo”. ¿No será que lo estorban las
voces humanas, los deseos y planes humanos? ¿No será que antes de
empezar a rezar se descuidan de cerrar la puerta?
Cerremos la puerta: cerremos nuestra alma a
cualquier estrépito y estorbo humanos.
Y abramos nuestra alma.
¿Qué he de decirle, cómo he de
rezar? No olvidemos que Jesucristo no espera de nosotros muchas palabras, sino
unas pocas pero que salgan del alma. Y aunque no sepamos formular una bella
frase ante el tabernáculo, podremos hacer lo que hizo un campesino en el
pueblecito de Ars. Durante horas y horas estaba rezando ante el Sanísimo
Sacramento. El santo cura de Ars un día le preguntó:
—¿Qué haces aquí tanto
tiempo?
—Yo le miro, Él me Mira. Nada
más.
¿Qué haces tú un cuarto de
hora o quizá medía hora delante del Santísimo?
¿Miras y miras?...
—Sí: miro, y modelo la imagen de
Cristo en mi alma.
Si se quiere hacer el retrato de alguien, si se
quiere esculpir su figura, el artista mira cien y cien veces su cara; y cuantas
más veces le mira, mejor le sale el retrato. Así voy yo moldeando
la imagen de Jesucristo en mi alma, mirándole en silencio, sin proferir
palabra, en la Santa Eucaristía.
No es maravilla que la Iglesia dedique siempre y en
todas partes su mayor solicitud a la Santísima Eucaristía. Si el
tesoro más preciado que posee la Iglesia es el Santísimo
Sacramento, ¿cómo vivir sin él, sea donde fuere? Donde
quiera que se presente la Iglesia, aunque no sea más que en la persona
de un misionero, lo primero que hace es construir una capilla, tal vez de
madera o con una simple tienda, pero siempre con un altar, para que en la santa
misa pueda Cristo bajar de nuevo a este mundo.
¿Qué sería de la Iglesia sin
la Eucaristía? ¿Qué sería de las espléndidas
catedrales, obras maestras de la arquitectura, si les faltase la
Santísima Eucaristía? Serían casas vacías, monstruos
de piedra. No habría por qué encender cirios, no tendrían
por qué acudir allí los fieles, si no estuviese allí
Cristo en persona, si no estuviese allí la Santísima
Eucaristía.
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
33. Cuando, por escasez de
sacerdotes, se confía a fieles no ordenados una participación en
el cuidado pastoral de una parroquia, éstos han de tener presente que,
como enseña el Concilio Vaticano II, «no se construye ninguna
comunidad cristiana si ésta no tiene como raíz y centro la
celebración de la sagrada Eucaristía». Por tanto,
considerarán como cometido suyo el mantener viva en la comunidad una
verdadera «hambre» de la Eucaristía, que lleve a no perder
ocasión alguna de tener la celebración de la Misa, incluso
aprovechando la presencia ocasional de un sacerdote que no esté impedido
por el derecho de la Iglesia para celebrarla.
En cambio, ¡qué calor comunica a
nuestras iglesias la luz parpadeante de la lámpara del Sagrario! Como si
recibiese gozosa a los que entran y les anunciase esta noticia:
¡Arrodíllate y alégrate porque aquí está el
Señor!
***
Nosotros creemos en la Santísima
Eucaristía. Creemos que en el Santísimo Sacramento está
Cristo por nosotros, en nosotros y entre nosotros.
¡Cristo por nosotros! Creemos que en la santa misa, en el
momento de la transubstanciación, Cristo se hace presente real,
verdadera y substancialmente entre nosotros, para renovar una y otra vez el
sacrificio de la Cruz.
¡Cristo en nosotros! Creemos que en la santa
comunión, bajo el velo de la sagrada Hostia, el mismo Cristo entra en
nuestro pecho para alimentar y robustecer nuestra alma.
¡Cristo entre nosotros! Creemos que en nuestros altares
está presente el mismo Jesucristo, para recibirnos y escucharnos a
cualquier hora. Adoremos, bendigamos, alabemos y festejemos a Jesucristo.
¡Ave, Santísima Eucaristía!
Divinidad admirable y santa. Te adoro de todo corazón, te bendigo en tu
trono real. ¡Ave, Santísimo Sacramento! ¡Ave mil y mil
veces, Jesús mío!
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
62. Sigamos, queridos hermanos y
hermanas, la enseñanza de los Santos, grandes intérpretes
de la verdadera piedad eucarística. Con ellos la teología de la
Eucaristía adquiere todo el esplendor de la experiencia vivida, nos
«contagia» y, por así decir, nos «enciende».
Pongámonos, sobre todo, a la escucha de María Santísima,
en quien el Misterio eucarístico se muestra, más que en
ningún otro, como misterio de luz. Mirándola a ella
conocemos la fuerza trasformadora que tiene la Eucaristía. En
ella vemos el mundo renovado por el amor. Al contemplarla asunta al cielo en
alma y cuerpo vemos un resquicio del «cielo nuevo» y de la
«tierra nueva» que se abrirán ante nuestros ojos con la
segunda venida de Cristo. La Eucaristía es ya aquí, en la tierra,
su prenda y, en cierto modo, su anticipación: «Veni, Domine
Iesu!» (Ap 22, 20).
En el humilde signo del pan y el
vino, transformados en su cuerpo y en su sangre, Cristo camina con nosotros
como nuestra fuerza y nuestro viático y nos convierte en testigos de
esperanza para todos. Si ante este Misterio la razón experimenta sus propios
límites, el corazón, iluminado por la gracia del Espíritu
Santo, intuye bien cómo ha de comportarse, sumiéndose en la
adoración y en un amor sin límites.
Hagamos nuestros los
sentimientos de santo Tomás de Aquino, teólogo eximio y, al mismo
tiempo, cantor apasionado de Cristo eucarístico, y dejemos que nuestro
ánimo se abra también en esperanza a la contemplación de
la meta, a la cual aspira el corazón, sediento como está de
alegría y de paz:
« Bone pastor, panis vere, Iesu, nostri
miserere... ».
“Buen pastor, pan verdadero, o Jesús,
piedad de nosotros: nútrenos y defiéndenos, llévanos a los
bienes eternos en la tierra de los vivos.
Tú que todo lo sabes y puedes, que nos
alimentas en la tierra,
conduce a tus hermanos a la mesa del cielo, a la alegría de tus
santos”.
(Discurso pronunciado el 26 de mayo de 1938 en la
primera sesión pública del XXXIV Congreso Eucarístico
Internacional, celebrado en Budapest)
¡Aclamen al Señor toda la tierra, estallen en gritos de
alegría!
Canten con la cítara al Señor, con la cítara y
con voces armoniosas, al son de la trompeta y del cuerno aclamen el paso del
Rey, el Señor.
(Salmo 97, 4-6)
Así ser regocijaba el rey David alabando al Dios
augusto.
Decidme, hermanos, ¿es posible repetir
más dignamente este salmo que ante la Santísima
Eucaristía? Al adorar a Jesús Sacramentado se realiza de alguna
manera la sublime visión del Apocalipsis:
“Vi una gran muchedumbre que nadie
podía contar, de todas las naciones, pueblos y lenguas, que estaban ante
el trono, delante del Cordero y exclamaban a grandes voces, diciendo: La
salvación viene de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y
del Cordero”
(Apocalipsis 7,9-10).
¡La salvación viene de nuestro Dios y
del Cordero! La Eucaristía es vínculo de caridad.
Vínculo inquebrantable que nos une a todos al Dios Uno y Trino: al
Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo.
I
LA
SANTÍSIMA EUCARISTÍA ES VÍNCULO DE CARIDAD PARA CON EL
PADRE
Antes de dar la comunión, el sacerdote coge
una hostia, se vuelve hacia los fieles y dice: “He aquí el Cordero
de Dios que quita los pecados del mundo.” Podría decir
también con justo título: “He ahí todo el
cielo.”
Porque el cielo no es más que la
posesión de Dios.
“Yo en vosotros... y vosotros en
Mí...” Motivo
de alegría increíble, distinción inaudita que el hombre
siempre anheló, pero que sin Cristo nunca habría podido lograr: “Yo
en el Padre”. “Vosotros en el Padre” y “el Padre
en vosotros”. El demonio, la serpiente seductora, había dicho
al hombre: “Seréis como dioses” (Génesis 3,5). Y no
se cumplió. Ahora es Cristo quien dice: Seréis una misma cosa con
el Padre.... y Él dice la verdad.
Seréis una misma cosa con Él.
¿Qué es la Eucaristía? El pan del cielo. “Les has
dado pan del cielo, en que están todas las delicias.”
¡Pan de la patria del cielo! ¡Pan de la propia casa!
La Eucaristía es un trozo del
hogar eterno, un pedazo de cielo: el que lo come saborea fragancia de
inmortalidad, se siente junto al Padre, entra en comunión con el Padre.
¿Quién no ve la gran necesidad que
tenemos de esta comunión? ¡Cuánto necesitamos estar unidos a
Dios! El hombre, que por soberbia se ha separado del Señor, paga las
consecuencias: no es feliz.
Y Jesús en la Eucaristía nos
enseña de nuevo cómo debemos rendir culto a Dios, cómo
debemos amar al Padre.
¿Qué debe el hombre a Dios?
Le debe alabanza. Y nadie puede alabar de una
manera más digna a Dios que su propio Hijo.
Le debe gratitud. Y nadie puede rendirle gracias de
una manera más digna que por medio del Hombre Dios.
Le debe desagravio. Y nadie puede implorar mejor al
Padre la misericordia para nosotros que el Hijo de Dios.
El camino hacia el Padre pasa por la
Eucaristía. Adoro al Padre... mediante este Sacramento. Desagravio al Padre
mediante este sacramento. Suplico al Padre mediante este Sacramento. Doy
gracias al Padre mediante este sacramento. “Por Él, con Él
y en Él, a ti Dios Padre omnipotente, todo honor y toda gloria, en
unidad con el Espíritu Santo” (Del Canon de la Misa)
No cabe duda: la Eucaristía es
vínculo de caridad para con el Padre.
II
LA
EUCARISTÍA ES VÍNCULO DE CARIDAD PARA CON EI HIJO
No pudiendo contener el fuego de amor que
ardía en el corazón de Nuestro Señor, le dio salida
instituyendo la Santísima Eucaristía.
Cuando el hierro se pone al fuego, se vuelve rojo
candente; si aumenta más la temperatura, entonces su color pasa a ser
blanco incandescente. De forma análoga el Corazón de Cristo llega
al grado supremo de su amor en el misterio de la blanca Hostia.
¡Oh Hijo Unigénito de Dios!
¿Podrías amarnos más de lo que nos amas en este
Sacramento? En este sacramento, en que tu cuerpo sacratísimo e
inmaculado se sacrifica por nosotros pecadores. En este sacramento, en el que
la sangre preciosísima se derrama por nosotros. ¡Qué
cascadas de caridad caen sobre nosotros desde el Santísimo Sacramento!
Fascinado por esta Hostia blanca, por esta Sangre
sacratísima, mi alma resurge impelida por su amor. Jesucristo me atrae y
me une con Él.
Por muy descuidado que este un retoño, si
injertamos en él un brote noble, dará frutos sabrosos. Y por muy
descuidada que este el alma, si le injertamos la noble rama del
Santísimo Sacramento, dará un fruto que dure para la vida eterna.
El memorial de la Pasión de Cristo nos libra
del poder del pecado. La Pasión de Cristo nos abre el camino del cielo.
La Pasión de Cristo es el precio de nuestro rescate, y en la sagrada
comunión se nos aplica este rescate.
Así como la piel se broncea cuando se expone
largo tiempo a la irradiación solar, el alma se blanquea cuando se
postra ante la Eucaristía.
¿Tu vida está llena de preocupaciones
y temores? ¿Te sientes solo y desamparado? ¿Te sientes tentado?
Ahí está el cuerpo de Cristo, el cual te ama y se sacrifica por
ti. ¡Tomalo! ¡Recíbelo!
III
LA
EUCARISTÍA ES VÍNCULO DE CARIDAD PARA CON EL ESPÍRITU
SANTO
¡Cuán hermoso eres, oh Jesús
adorable, oculto en la Hostia santa! ¡Y cuánto hermoseas al alma
que se llena de Ti! Enciendes en ella una hoguera de amor que reduce a cenizas
toda la paja; y después siembras en ella las más hermosas flores
y frutos.
Los granos verdes, agraces y duros que cuelgan de
la vid, cuando se les expone al sol, se convierten en un racimo sabroso y
atrayente. También el alma humana agraz y dura cuando le da el sol de la
Santísima Eucaristía se hace hermosa y amable.
El Espíritu Santo es fuego, y fuego es la
Sangre de Cristo..
El Espíritu Santo es fortaleza, y fortaleza
es la Sangre de Cristo.
El Espíritu Santo es caridad, y caridad es
la Sangre de Cristo: caridad ardiente, llameante, que se entrega completamente.
El único tesoro verdadero de la tierra, el diamante que nunca se
empaña, el sol que nunca se enfría es la Sangre de Cristo vertida
por cada uno de nosotros. Sangre que refresca y enamora. Sangre que purifica,
hermosea y vivifica. Sangre que fortalece y conforta para la vida eterna.
¡Cuánto necesitamos esta fortaleza!
¡Hasta que punto experimentamos el peso abrumador de nuestra debilidad
humana! ¡Cuántas veces sentimos en nuestra carne los zarpazos de
los instintos que se desatan! ¡Cuántas veces nos agobiamos en
medio de combates y huracanes! Es entonces cuanto más necesitamos
oír las palabras alentadoras de CRISTO: “Yo soy el pan de vida:
el que viene a mí no tendrá hambre; y el que cree en mí no
tendrá sed jamás” (Juan 6, 35).
¡Cuántas veces nos invade la triste
melancolía de esta vida que se acaba! ¡Cuántas veces nos
estremecemos ante la muerte! Cuánto necesitamos que Cristo nos diga
desde la Eucaristía: “Yo soy el Pan vida... Quien coma de este
pan vivirá eternamente” (Juan 6,51-52).
¿Estás abrumado, desanimado o
angustiado? Ve a comulgar, y tu alma recobrará la paz.
Si el mundo actual está lleno de almas
desilusionadas, desengañadas o quebrantadas, no seamos pesimistas, pues
tenemos la solución: acudamos a la Eucaristía. “Venid a
mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os
aliviaré” (Mateo 11,28).
¡Oh misterio bendito y santo, que unes a Dios
nuestra pobre alma, que de Dios viene y hacia Dios se encamina!
¡Cuán vacía sería la vida sin Ti! ¡Y
cuán rica y hermosa y fraternal se vuelve gracias a Ti, pues no
sólo nos unes con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo,
sino también a unos con otros por el vínculo de la caridad!
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
17. Por la comunión de su
cuerpo y de su sangre, Cristo nos comunica también su Espíritu.
Escribe san Efrén: « Llamó al pan su cuerpo viviente, lo
llenó de sí mismo y de su Espíritu [...], y quien lo come
con fe, come Fuego y Espíritu. [...]. Tomad, comed todos de él, y
coméis con él el Espíritu Santo. En efecto, es
verdaderamente mi cuerpo y el que lo come vivirá eternamente ». La
Iglesia pide este don divino, raíz de todos los otros dones, en la
epíclesis eucarística. Se lee, por ejemplo, en la Divina
Liturgia de san Juan Crisóstomo: «Te invocamos, te rogamos y
te suplicamos: manda tu Santo Espíritu sobre todos nosotros y sobre
estos dones [...] para que sean purificación del alma, remisión
de los pecados y comunicación del Espíritu Santo para cuantos
participan de ellos ». Y, en el Misal Romano, el celebrante
implora que: «Fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos
de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un sólo cuerpo y un
sólo espíritu ». Así, con el don de su cuerpo y su
sangre, Cristo acrecienta en nosotros el don de su Espíritu, infundido
ya en el Bautismo e impreso como « sello » en el sacramento de la
Confirmación.
IV
LA
EUCARISTÍA ES VÍNCULO DE CARIDAD ENTRE LOS CREYENTES
Es emocionante comprobar el anhelo con que el
Salvador imploró por la unión de sus discípulos, en el
momento de la despedida en la Última Cena, inmediatamente antes de
instituir la Santísima Eucaristía.
“¡Oh Padre Santo! Guarda en tu nombre a
estos que me has dado, a fin de que sean una misma cosa, así como
nosotros somos uno”
(Juan 17,11).
“Yo les he dado la gloria que me diste, para
que sean uno, como nosotros somos uno; Yo en ellos y Tú en Mí,
para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que Tú me enviaste,
y los amaste como a Mí me has amado” (Juan 17, 22-23). Tal es la voluntad de Cristo.
Seremos personas distintas, pero hemos de ser una sola en lo que se refiere a
los sentimientos y al amor.
¿Puede ser uno enemigo de otro, no tener
compasión uno del otro cuando todos comemos del mismo pan?
“¿Qué es este pan? El Cuerpo de Cristo. ¿En que se
transforman los que comulgan? En Cuerpo de Cristo, mas no en varios cuerpos,
sino en un solo Cuerpo” (San Juan Crisóstomo).
De muchos granos de trigo se hace la sagrada
Hostia. De muchos granos de uva sale el vino que se convertirá en la
Sangre de Cristo. De la multitud de personas que reciben a Jesús
Sacramentado se constituye el Cuerpo místico del Salvador.
No importa que vivamos en diferentes sitios, ni que
seamos de raza o cultura diferentes. La Eucaristía, vínculo de
caridad, hace de todos nosotros el Cuerpo místico de Cristo; un pueblo
cuyos hijos se comprenden y mutuamente se ayudan.
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
24. El don de Cristo y de su
Espíritu que recibimos en la comunión eucarística colma
con sobrada plenitud los anhelos de unidad fraterna que alberga el
corazón humano y, al mismo tiempo, eleva la experiencia de fraternidad,
propia de la participación común en la misma mesa
eucarística, a niveles que están muy por encima de la simple
experiencia convival humana. Mediante la comunión del cuerpo de Cristo,
la Iglesia alcanza cada vez más profundamente su ser «en Cristo
como sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios
y de la unidad de todo el género humano».
A los gérmenes de
disgregación entre los hombres, que la experiencia cotidiana muestra tan
arraigada en la humanidad a causa del pecado, se contrapone la fuerza
generadora de unidad del cuerpo de Cristo. La Eucaristía,
construyendo la Iglesia, crea precisamente por ello comunidad entre los
hombres.
“La Eucaristía es vínculo de
caridad” que nos une con Dios
y con los demás, para que todos los pueblos lleguen a ser
hermanos en Jesucristo.
Señor Jesucristo, Tú dijiste que al
ser levantado en alto todo lo atraerías a Ti (Juan 12,2). Estaba profetizado
que morirías para congregar en un solo cuerpo a los hijos de Dios que
andaban dispersos (Juan 11,52). Te suplicamos que nos unas a todos en tu amor
para que formar tu Cuerpo místico.
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
39. Además, por el
carácter mismo de la comunión eclesial y de la relación
que tiene con ella el sacramento de la Eucaristía, se debe recordar que
«el Sacrificio eucarístico, aun celebrándose siempre en una
comunidad particular, no es nunca celebración de esa sola comunidad:
ésta, en efecto, recibiendo la presencia eucarística del
Señor, recibe el don completo de la salvación, y se manifiesta
así, a pesar de su permanente particularidad visible, como imagen y
verdadera presencia de la Iglesia una, santa, católica y
apostólica». De esto se deriva que una comunidad realmente
eucarística no puede encerrarse en sí misma, como si fuera
autosuficiente, sino que ha de mantenerse en sintonía con todas las
demás comunidades católicas.
La comunión eclesial de
la asamblea eucarística es comunión con el propio Obispo y
con el Romano Pontífice. En efecto, el Obispo es el principio
visible y el fundamento de la unidad en su Iglesia particular. Sería,
por tanto, una gran incongruencia que el Sacramento por excelencia de la unidad
de la Iglesia fuera celebrado sin una verdadera comunión con el Obispo.
San Ignacio de Antioquía escribía: «se considere segura la
Eucaristía que se realiza bajo el Obispo o quien él haya
encargado». Asimismo, puesto que «el Romano Pontífice, como
sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad,
tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles», la
comunión con él es una exigencia intrínseca de la
celebración del Sacrificio eucarístico. De aquí la gran
verdad expresada de varios modos en la Liturgia: «Toda celebración
de la Eucaristía se realiza en unión no sólo con el propio
obispo sino también con el Papa, con el orden episcopal, con todo el
clero y con el pueblo entero. Toda válida celebración de la
Eucaristía expresa esta comunión universal con Pedro y con la
Iglesia entera, o la reclama objetivamente, como en el caso de las Iglesias
cristianas separadas de Roma».
61. El Misterio
eucarístico –sacrificio, presencia, banquete –no
consiente reducciones ni instrumentalizaciones; debe ser vivido en su
integridad, sea durante la celebración, sea en el íntimo coloquio
con Jesús apenas recibido en la comunión, sea durante la
adoración eucarística fuera de la Misa. Entonces es cuando se construye
firmemente la Iglesia y se expresa realmente lo que es: una, santa,
católica y apostólica; pueblo, templo y familia de Dios; cuerpo y
esposa de Cristo, animada por el Espíritu Santo; sacramento universal de
salvación y comunión jerárquicamente estructurada. (...)
Al dar a la Eucaristía
todo el relieve que merece, y poniendo todo esmero en no infravalorar ninguna
de sus dimensiones o exigencias, somos realmente conscientes de la magnitud de
este don. A ello nos invita una tradición incesante que, desde los
primeros siglos, ha sido testigo de una comunidad cristiana celosa en custodiar
este «tesoro». Impulsada por el amor, la Iglesia se preocupa de
transmitir a las siguientes generaciones cristianas, sin perder ni un solo
detalle, la fe y la doctrina sobre el Misterio eucarístico. No hay
peligro de exagerar en la consideración de este Misterio, porque
«en este Sacramento se resume todo el misterio de nuestra
salvación».
***
De la carta encíclica
“La Iglesia vive de la Eucaristía”:
53. Si queremos descubrir en toda
su riqueza la relación íntima que une Iglesia y
Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de
A primera vista, el Evangelio no
habla de este tema. En el relato de la institución, la tarde del Jueves
Santo, no se menciona a María. Se sabe, sin embargo, que estaba junto
con los Apóstoles, «concordes en la oración» (cf. Hch
1, 14), en la primera comunidad reunida después de la
Ascensión en espera de Pentecostés. Esta presencia suya no
pudo faltar ciertamente en las celebraciones eucarísticas de los fieles
de la primera generación cristiana, asiduos «en la fracción
del pan» (Hch 2, 42).
Pero, más allá de
su participación en el Banquete eucarístico, la relación
de María con la Eucaristía se puede delinear indirectamente a
partir de su actitud interior. María es mujer «eucarística»
con toda su vida. La Iglesia, tomando a María como modelo, ha de
imitarla también en su relación con este santísimo
Misterio.
55. En cierto sentido,
María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que
ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno
virginal para la encarnación del Verbo de Dios. La
Eucaristía, mientras remite a la pasión y la resurrección,
está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación.
María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso
en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí
lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que
recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del
Señor.
Hay, pues, una
analogía profunda entre el fiat pronunciado por María
a las palabras del Ángel y el amén que cada fiel pronuncia
cuando recibe el cuerpo del Señor. A María se le pidió
creer que quien concibió «por obra del Espíritu
Santo» era el «Hijo de Dios» (cf. Lc 1, 30.35). En
continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos
pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se
hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino.
«Feliz la que ha
creído» (Lc 1, 45): María ha anticipado también
en el misterio de la Encarnación la fe eucarística de la Iglesia.
Cuando, en la Visitación, lleva en su seno el Verbo hecho carne, se
convierte de algún modo en «tabernáculo» –el
primer « tabernáculo » de la historia– donde el Hijo
de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la
adoración de Isabel, como «irradiando» su luz a
través de los ojos y la voz de María. Y la mirada embelesada de
María al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al
estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en
el que ha de inspirarse cada comunión eucarística?
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
- CAPÍTULO PRIMERO
LA
IGLESIA RINDE HOMENAJE PERMANENTE A LA EUCARISTÍA
PARTE PRIMERA: EL DOGMA DE LA EUCARISTÍA
CAPITULO
II: “ÉSTE ES MI CUERPO” - “ÉSTA ES MI
SANGRE”
CAPÍTULO
III: EL PRODIGIO DEL AMOR DIVINO
CAPÍTULO
IV: “MANJAR DE LOS PEREGRINOS”
PARTE SEGUNDA: CRISTO POR NOSOTROS
CAPÍTULO
VI: ¿QUÉ ES LA SANTA MISA?
CAPITULO
VII: LOS FRUTOS DE LA SANTA MISA
CAPÍTULO
VIII: LAS DIFERENTES PARTES DE LA SANTA MISA (I)
CAPÍTULO
IX: LAS PARTES DE LA SANTA MISA (II)
CAPITULO
X: LAS PARTES DE LA SANTA MISA (III)
PARTE TERCERA: CRISTO EN NOSOTROS
LOS
EFECTOS DE LA SAGRADA COMUNION: FUERZA Y ALEGRÍA
CAPÍTULO
XII: LOS EFECTOS DE LA SAGRADA COMUNIÓN, VALENTÍA, SERENIDAD,
HERMOSURA
CAPÍTULO
XIII: LA COMUNIÓN BIEN HECHA
PARTE CUARTA: CRISTO ENTRE NOSOTROS
CAPÍTULO
XIV: ADOREMOS A JESÚS SACRAMENTADO (I)
CAPITULO
XV: ADOREMOS A JESÚS SACRAMENTADO (II)
CAPÍTULO
XVI: ¡AVE, SANTÍSIMO SACRAMENTO!
APÉNDICE:
EL SANTÍSIMO SACRAMENTO ES EL VÍNCULO DE AMOR QUE NOS UNE CON
DIOS