ÍNDICE
DE LAS OBRAS COMPLETAS DE
Edición
crítica preparada por Eulogio Pacho
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DE LAS OBRAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ
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ÍNDICE
DE LAS OBRAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ
ÍNDICE
DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ
ÍNDICE
DE LOS AVISOS ESPIRITUALES
2.
Puntos de amor, reunidos en Beas
3.
Avisos copiados por Magdalena del Espíritu Santo, en Beas
4.
Avisos conservados por la M. María de Jesús
5.
Avisos procedentes de Antequera
6.
Otros avisos recogidos por la edición de Gerona
ÍNDICE
DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ
Primera
cautela Segunda cautela Tercera cautela
CONTRA
SÍ MISMO Y SAGACIDAD DE SU SENSUALIDAD..
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DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ
AVISOS
A UN RELIGIOSO PARA ALCANZAR LA PERFECCIÓN
ÍNDICE
DE LA SUBIDA DEL MONTE CARMELO
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DE LA SUBIDA DEL MONTE CARMELO
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DE LA SUBIDA DEL MONTE CARMELO
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DE LA SUBIDA DEL MONTE CARMELO
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DE LA SUBIDA DEL MONTE CARMELO
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DE LA SUBIDA DEL MONTE CARMELO
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DE LA SUBIDA DEL MONTE CARMELO
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DE LA SUBIDA DEL MONTE CARMELO
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DE LA SUBIDA DEL MONTE CARMELO
ÍNDICE
DE LA SUBIDA DEL MONTE CARMELO
En
que se comienza a tratar del quinto género de bienes en
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DE LA SUBIDA DEL MONTE CARMELO
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DE LA SUBIDA DEL MONTE CARMELO
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DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ
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DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ
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DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ
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DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ
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DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ
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DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ
CANCIONES
ENTRE EL ALMA Y EL ESPOSO
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DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ
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DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ
DECLARACIÓN
DE LAS DOS CANCIONES
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DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ
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DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ
CANCIONES
ENTRE EL ALMA Y EL ESPOSO
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
DECLARACIÓN
DE LAS DOS CANCIONES
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA SIGUIENTE CANCIÓN
ANOTACIÓN
PARA LA SIGUIENTE CANCIÓN
ANOTACIÓN
PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE
ANOTACIÓN
PARA LA SIGUIENTE CANCIÓN
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DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ
ÍNDICE
DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ
CANCIONES
QUE HACE EL ALMA EN LA ÍNTIMA UNIÓN CON DIOS
ÍNDICE
DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ
CANCIONES
QUE HACE EL ALMA EN LA ÍNTIMA UNIÓN CON DIOS
ÍNDICE
DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ
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DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ
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DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ
ÍNDICE
DE LA LLAMA DE AMOR VIVA B
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DE LA LLAMA DE AMOR VIVA B
CANCIONES
QUE HACE EL ALMA EN LA ÍNTIMA UNIÓN CON DIOS
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DE LA LLAMA DE AMOR VIVA B
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DE LA LLAMA DE AMOR VIVA B
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DE LA LLAMA DE AMOR VIVA B
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DE LA LLAMA DE AMOR VIVA B
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DE LAS OBRAS COMPLETAS DE
SAN JUAN DE
Edición
crítica preparada por Eulogio Pacho
CAUTELAS
AVISOS A UN RELIGIOSO
MONTE DE PERFECCIÓN
SUBIDA DEL MONTE CARMELO
Prólogo
Libro Primero
Libro Segundo
Libro Tercero
NOCHE OSCURA
Prólogo
Canción 1ª- Libro Primero
Libro segundo
CÁNTICO ESPIRITUAL (CA)
EPISTOLARIO
LÉXICO
Inicio
---------------------------------------------------------------------------
Copyright Editorial "Monte Carmelo". Burgos
(España).
Reservados todos los derechos.
Se permite la reproducción para uso personal sin fines
comerciales. [San
Juan de
[Icono de San Juan de
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DE LAS OBRAS DE SAN JUAN DE
Cántico espiritual (CA) Noche oscura Llama de amor viva
Entréme donde no supe Vivo sin vivir en mí Tras de un amoroso lance Un
pastorcico solo está penado Que bien sé yo la fonte que mana y corre
ROMANCES En el principio moraba En aquel amor inmenso Una
esposa que te ame Hágase, pues, dijo el Padre Con esta buena esperanza En
aquestos y otros ruegos Ya que el tiempo era llegado Entonces llamó a un
arcángel Ya que era llegado el tiempo
Encima de las corrientes Sin arrimo y con arrimo Por toda la
hermosura Del Verbo divino Olvido de lo criado Cántico espiritual (CB)
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1
CANTICO ESPIRITUAL (CA)
Canciones entre el alma y el Esposo
Esposa
1. ¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti clamando, y eras ido.
2. Pastores, los que fuerdes allá por las majadas al otero:
si por ventura vierdes aquel que yo más quiero, decidle que adolezco, peno y
muero.
3. Buscando mis amores, iré por esos montes y riberas; ni
cogeré las flores, ni temeré las fieras, y pasaré los fuertes y fronteras.
4. ¡Oh bosques y espesuras, plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras, de flores esmaltado! Decid si por vosotros ha pasado.
5. Mil gracias derramando pasó por estos Sotos con presura,
e, yéndolos mirando, con sola su figura vestidos los dejó de hermosura.
6. ¡Ay, quién podrá sanarme! Acaba de entregarte ya de vero:
no quieras enviarme de hoy más ya mensajero, que no saben decirme lo que
quiero.
7. Y todos cuantos vagan de ti me van mil gracias
refiriendo, y todos más me llagan, y déjame muriendo un no sé qué que quedan
balbuciendo.
8. Mas ¿cómo perseveras, ¡oh vida!, no viviendo donde vives,
y haciendo porque mueras las flechas que recibes de lo que del Amado en ti
concibes?
9. ¿Por qué, pues has llagado aqueste corazón, no le
sanaste? Y, pues me le has robado, ¿por qué así le dejaste, y no tomas el robo
que robaste?
10. Apaga mis enojos, pues que ninguno basta a deshacellos,
y véante mis ojos, pues eres lumbre dellos, y sólo para ti quiero tenellos.
11. ¡Oh cristalina fuente, si en esos tus semblantes
plateados formases de repente los ojos deseados que tengo en mis entrañas
dibujados!
12. ¡Apártalos, Amado, que voy de vuelo!
El Esposo
Vuélvete, paloma, que el ciervo vulnerado por el otero
asoma al aire de tu vuelo, y fresco toma.
14. la noche sosegada en par de los levantes del aurora, la
música callada, la soledad sonora, la cena que recrea y enamora.
15. Nuestro lecho florido, de cuevas de leones enlazado, en
púrpura tendido, de paz edificado, de mil escudos de oro coronado.
17. En la interior bodega de mi Amado bebí, y cuando salía
por toda aquesta vega, ya cosa no sabía; y el ganado perdí que antes seguía.
18. Allí me dio su pecho, allí me enseñó ciencia muy
sabrosa; y yo le di de hecho a mí, sin dejar cosa: allí le prometí de ser su
Esposa.
20. Pues ya si en el ejido de hoy más no fuere vista ni
hallada, diréis que me he perdido; que, andando enamorada, me hice perdidiza, y
fui ganada.
21. De flores y esmeraldas, en las frescas mañanas
escogidas, haremos las guirnaldas en tu amor florecidas y en un cabello mío
entretejidas.
22. En solo aquel cabello que en mi cuello volar
consideraste, mirástele en mi cuello, y en él preso quedaste, y en uno de mis
ojos te llagaste.
23. Cuando tú me mirabas su gracia en mí tus ojos imprimían;
por eso me adamabas, y en eso merecían los míos adorar lo que en ti vían.
24. No quieras despreciarme, que, si color moreno en mi
hallaste, ya bien puedes mirarme después que me miraste, que gracia y hermosura
en mi dejaste.
25. Cogednos las raposas, que está ya florecida nuestra
viña, en tanto que de rosas hacemos una piña, y no parezca nadie en la montiña.
26. Detente, cierzo muerto; ven, austro, que recuerdas los
amores, aspira por mi huerto, y corran sus olores, y pacerá el Amado entre las
flores.
27. Entrado se ha la esposa en el ameno huerto deseado, y a
su sabor reposa, el cuello reclinado sobre los dulces brazos deI Amado.
28. Debajo del manzano, allí conmigo fuiste desposada. allí
te di la mano, y fuiste reparada donde tu madre fuera violada.
30. Por las amenas liras y canto de serenas os conjuro que
cesen vuestras iras, y no toquéis al muro, porque la esposa duerma más seguro.
31. Oh ninfas de Judea!, en tanto que en las flores y
rosales el ámbar perfumea, morá en los arrabales, y no queráis tocar nuestros
umbrales
32. Escóndete, Carillo, y mira con tu haz a las montañas, y
no quieras decillo; mas mira las compañas de la que va por ínsulas extrañas
33. La blanca palomica al arca con el ramo se ha tornado y
ya la tortolica al socio deseado en las riberas verdes ha hallado.
34. En soledad vivía, y en soledad ha puesto ya su nido, y
en soledad la guía a solas su querido, también en soledad de amor herido.
35. Gocémonos, Amado, y vámonos a ver en tu hermosura al
monte ó al collado do mana el agua pura; entremos más adentro en la espesura.
36. Y luego a las subidas cavernas de la piedra nos iremos,
que están bien escondidas, y allí nos entraremos, y el mosto de granadas
gustaremos
37. Allí me mostrarías aquello que mi alma pretendía, y
luego me darías allí, tú, vida mía, aquello que me diste el otro día:
38. El aspirar del aire, el canto de la dulce Filomena, el
soto y su donaire, en la noche serena, con llama que consume y no da pena
39. Que nadie lo miraba, Aminadab tampoco parecía, y el
cerco sosegaba, y la caballería a vista de las aguas descendía.
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2
NOCHE OSCURA
Canciones del alma que se goza de haber llegado al alto
estado de la perfección, que es la unión con Dios, por el camino de la negación
espiritual. Del mismo autor.
1. En una noche oscura, con ansias, en amores inflamada ¡oh
dichosa ventura!, salí sin ser notada estando ya mi casa sosegada.
3. En la noche dichosa en secreto, que nadie me veía, ni yo
miraba cosa, sin otra luz y guía sino la que en el corazón ardía.
4. Aquésta me guiaba más cierto que la luz del mediodía,
adonde me esperaba quien yo bien me sabía, en parte donde nadie parecía.
5. ¡Oh noche que guiaste! ¡Oh noche amable más que el
alborada! ¡Oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado
transformada!
6. En mi pecho florido que entero para él sólo se guardaba,
allí quedó dormido, y yo le regalaba, y el ventalle de cedros aire daba
7. El aire de la almena, cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena en mi cuello hería y todos mis sentidos suspendía.
8. Quedéme y olvidéme, el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado.
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3
LLAMA DE AMOR VIVA
Canciones del alma en la íntima comunicación, de unión de
amor de Dios. Del mismo autor.
1. ¡Oh llama de amor viva, que tiernamente hieres de mi alma
en el más profundo centro! Pues ya no eres esquiva, acaba ya, si quieres;
¡rompe la tela de este dulce encuentro!
2. ¡Oh cauterio suave! ¡Oh regalada llaga! ¡Oh mano blanda!
¡Oh toque delicado, que a vida eterna sabe, y toda deuda paga! Matando. muerte
en vida la has trocado.
3. ¡Oh lámparas de fuego, en cuyos resplandores las
profundas cavernas del sentido, que estaba oscuro y ciego, con extraños
primores calor y luz dan junto a su Querido!
4. ¡Cuán manso y amoroso recuerdas en mi seno, donde
secretamente solo moras y en tu aspirar sabroso, de bien y gloria lleno, cuán
delicadamente me enamoras!
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4
Coplas hechas sobre un éxtasis de harta contemplación.
Entréme donde no supe: y quedéme no sabiendo, toda ciencia
trascendiendo.
1. Yo no supe dónde estaba, pero, cuando allí me vi, sin
saber dónde me estaba, grandes cosas entendí; no diré lo que sentí, que me
quedé no sabiendo, toda ciencia trascendiendo.
2. De paz y de piedad era la ciencia perfecta, en profunda
soledad entendida, vía recta; era cosa tan secreta, que me quedé balbuciendo,
toda ciencia trascendiendo.
3. Estaba tan embebido, tan absorto y ajenado, que se quedó mi
sentido de todo sentir privado, y el espíritu dotado de un entender no
entendiendo. toda ciencia trascendiendo.
4. El que allí llega de vero de sí mismo desfallece; cuanto
sabía primero mucho bajo le parece, y Su ciencia tanto crece, que se queda no
sabiendo, toda ciencia trascendiendo.
5. Cuanto más alto se sube, tanto menos se entendía, que es
la tenebrosa nube que a la noche esclarecía: por eso quien la sabía queda
siempre no sabiendo, toda ciencia trascendiendo.
6. Este saber no sabiendo es de tan alto poder, que los
sabios arguyendo jamás le pueden vencer; que no llega su saber a no entender
entendiendo, toda ciencia trascendiendo.
7. Y es de tan alta excelencia aqueste sumo saber, que no
hay facultad ni ciencia que la puedan emprender; quien se supiere vencer con un
no saber sabiendo, irá siempre trascendiendo.
8. Y, si lo queréis oír, consiste esta suma ciencia en un
subido sentir de la divinal esencia; es obra de su clemencia hacer quedar no
entendiendo, toda ciencia trascendiendo.
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5
Coplas del alma que pena por ver a Dios, del mismo autor.
Vivo sin vivir en mí y de tal manera espero, que muero
porque no muero.
1. En mí yo no vivo ya, y sin Dios vivir no puedo; pues sin
él y sin mí quedo, este vivir ¿qué será? Mil muertes se me hará, pues mi misma
vida espero, muriendo porque no muero.
2. Esta vida que yo vivo es privación de vivir; y así, es
continuo morir hasta que viva contigo. Oye, mi Dios, lo que digo: que esta vida
no la quiero, que muero porque no muero.
3. Estando ausente de ti ¿qué vida puedo tener, sino muerte
padecer la mayor que nunca vi? Lástima tengo de mí, pues de suerte persevero,
que muero, porque no muero.
4. El pez que del agua sale aun de alivio no carece, que en
la muerte que padece al fin la muerte le vale. ¿Qué muerte habrá que se iguale
a mi vivir lastimero, pues si más vivo más muero?
5. Cuando me pienso aliviar de verte en el Sacramento,
háceme más sentimiento el no te poder gozar; todo es para más penar por no
verte como quiero, y muero porque no muero.
6. Y si me gozo, Señor, con esperanza de verte, en ver que
puedo perderte se me dobla mi dolor; viviendo en tanto pavor y esperando como
espero, muérome porque no muero.
7. ¡Sácame de aquesta muerte mi Dios, y dame la vida; no me
tengas impedida en este lazo tan fuerte; mira que peno por verte, y mi mal es
tan entero, que muero porque no muero.
8. Lloraré mi muerte ya y lamentaré mi vida, en tanto que
detenida por mis pecados está. ¡Oh mi Dios!, ¿cuándo será cuando yo diga de vero:
vivo ya porque no muero?
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6
Otras del mismo a lo divino.
Tras de un amoroso lance, y no de esperanza falto, volé tan
alto, tan alto, que le di a la caza alcance.
1. Para que yo alcance diese a aqueste lance divino, tanto
volar me convino que de vista me perdiese; y, con todo, en este trance en el
vuelo quedé falto; mas el amor fue tan alto, que le di a la caza alcance.
2. Cuanto más alto subía deslumbróseme la vista, y la más
fuerte conquista en oscuro se hacía; mas, por ser de amor el lance di un ciego
y oscuro salto, y fui tan alto, tan alto, que le di a la caza alcance.
3. Cuanto más alto llegaba de este lance tan subido, tanto
más bajo y rendido y abatido me hallaba; dije: ¡No habrá quien alcance! y
abatíme tanto, tanto, que fui tan alto, tan alto, que le di a la caza alcance.
4. Por una extraña manera mil vuelos pasé de un vuelo,
porque esperanza del cielo tanto alcanza cuanto espera; esperé solo este lance,
y en esperar no fui falto, pues fui tan alto, tan alto, que le di a la caza
alcance.
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7
Otras canciones a lo divino (del mismo autor) de Cristo y el
alma.
1. Un pastorcico solo está penado, ajeno de placer y de contento,
y en su pastora puesto el pensamiento, y el pecho del amor muy lastimado.
2. No llora por haberle amor llagado, que no le pena verse
así afligido, aunque en el corazón está herido; mas llora por pensar que está
olvidado.
3. Que sólo de pensar que está olvidado de su bella pastora,
con gran pena se deja maltratar en tierra ajena, el pecho del amor muy
lastimado.
4. Y dice el pastorcito: ¡Ay, desdichado de aquel que de mi
amor ha hecho ausencia y no quiere gozar la mi presencia, y el pecho por su amor
muy lastimado!
5. Y a cabo de un gran rato se ha encumbrado sobre un árbol,
do abrió sus brazos bellos, y muerto se ha quedado asido dellos, el pecho del
amor muy lastimado.
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8
Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe.
Qué bien sé yo la fonte que mane y corre, aunque es de
noche.
1. Aquella eterna fonte está escondida, que bien sé yo do
tiene su manida, aunque es de noche.
2. Su origen no lo sé, pues no le tiene, mas sé que todo
origen de ella tiene, aunque es de noche.
3. Sé que no puede ser cosa tan bella, y que cielos y tierra
beben de ella, aunque es de noche.
4. Bien sé que suelo en ella no se halla, y que ninguno
puede vadealla, aunque es de noche.
5. Su claridad nunca es oscurecida, y sé que toda luz de
ella es venida, aunque es de noche.
6. Sé ser tan caudalosos sus corrientes. que infiernos,
cielos riegan y las gentes, aunque es de noche.
7. El corriente que nace de esta fuente bien sé que es tan
capaz y omnipotente, aunque es de noche.
8. El corriente que de estas dos procede sé que ninguna de
ellas le precede, aunque es de noche.
9. Aquesta eterna fonte está escondida en este vivo pan por
darnos vida, aunque es de noche.
10. Aquí se está llamando a las criaturas, y de esta agua se
hartan, aunque a oscuras porque es de noche.
11. Aquesta viva fuente que deseo, en este pan de vida yo la
veo, aunque es de noche.
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9
ROMANCES
1º
Romance sobre el Evangelio "In principio erat
Verbum", acerca de
1. En el principio moraba el Verbo, y en Dios vivía, en
quien su felicidad infinita poseía.
5. El mismo Verbo Dios era, que el principio se decía; él
moraba en el principio, y principio no tenía.
10. El era el mismo principio; por eso de él carecía. El
Verbo se llama Hijo, que del principio nacía; hale siempre concebido y siempre
le concebía;
15. dale siempre su sustancia, y siempre se la tenía. Y así
la gloria del Hijo es la que en el Padre había y toda su gloria el Padre
20. en el Hijo poseía. Como amado en el amante uno en otro
residía, y aquese amor que los une en lo mismo convenía
25. con el uno y con el otro en igualdad y valía. Tres
Personas y un amado entre todos tres había, y un amor en todas ellas
30. y un amante las hacía, y el amante es el amado en que
cada cual vivía; que el ser que los tres poseen cada cual le poseía,
35. y cada cual de ellos ama a la que este ser tenía. Este
ser es cada una, y éste solo las unía en un inefable nudo
40. que decir no se sabía; por lo cual era infinito el amor
que las unía, porque un solo amor tres tienen que su esencia se decía;
45. que el amor cuanto más uno, tanto más amor hacía.
|
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2º
De la comunicación de las tres Personas.
En aquel amor inmenso que de los dos procedía, palabras de
gran regalo
50. el Padre al Hijo decía, de tan profundo deleite, que
nadie las entendía; sólo el Hijo lo gozaba, que es a quien pertenecía.
55. Pero aquello que se entiende de esta manera decía: Nada
me contenta, Hijo, fuera de tu compañía; y si algo me contenta,
60. en ti mismo lo quería. El que a ti más se parece a mi
más satisfacía, y el que en nada te semeja en mí nada hallaría.
65. En ti solo me he agradado, ¡Oh vida de vida mía!. Eres
lumbre de mi lumbre, eres mi sabiduría, figura de mi sustancia,
70. en quien bien me complacía. Al que a ti te amare, Hijo,
a mí mismo le daría, y el amor que yo en ti tengo ese mismo en él pondría,
75. en razón de haber amado a quien yo tanto quería.
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| Fin Página |
3º
De la creación.
Una esposa que te ame. mi Hijo, darte quería, que por tu
valor merezca
80. tener nuestra compañía y comer pan a una mesa, del mismo
que yo comía, porque conozca los bienes que en tal Hijo yo tenía,
85. y se congracie conmigo de tu gracia y lozanía. Mucho lo
agradezco, Padre, el Hijo le respondía; a la esposa que me dieres
90. yo mi claridad daría, para que por ella vea cuánto mi
Padre valía, y cómo el ser que poseo de su ser le recibía.
95. Reclinarla he yo en mi brazo, y en tu ardor se
abrasaría, y con eterno deleite tu bondad sublimaría.
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4º
Prosigue
Hágase, pues dijo el Padre,
100. que tu amor lo merecía; y en este dicho que dijo, el mundo
criado había palacio para la esposa hecho en gran sabiduría;
105. el cual en dos aposentos, alto y bajo. dividía. El bajo
de diferencias infinitas componía; mas el alto hermoseaba
110. de admirable pedrería, porque conozca la esposa el
Esposo que tenía. En el alto colocaba la angélica jerarquía;
115. pero la natura humana en el bajo la ponía, por ser en
su compostura algo de menor valía. Y aunque el ser y los lugares
120. de esta suerte los partía, pero todos son un cuerpo de
la esposa que decía; que el amor de un mismo Esposo una esposa los hacía.
125. Los de arriba poseían el Esposo en alegría; los de
abajo, en esperanza de fe que les infundía, diciéndoles que algún tiempo
130. él los engrandecería. y que aquella su bajeza él se la
levantaría de manera que ninguno ya la vituperaría;
135. porque en todo semejante él a ellos se haría y se
vendría con ellos, y con ellos moraría; y que Dios sería hombre,
140. y que el hombre Dios sería, y trataría con ellos,
comería y bebería; y que con ellos contino él mismo se quedaría,
145. hasta que se consumase este siglo que corría, cuando se
gozaran juntos en eterna melodía; porque él era la cabeza
150. de la esposa que tenía, a la cual todos los miembros de
los justos juntaría. que son cuerpo de la esposa, a la cual él tomaría
155. en sus brazos tiernamente, y allí su amor la diría; y
que, así juntos en uno, al Padre la llevaría, donde del mismo deleite
160. que Dios goza, gozaría; que, como el Padre y el Hijo, y
el que de ellos procedía el uno vive en el otro, así la esposa sería,
165. que, dentro de Dios absorta, vida de Dios viviría.
|
Inicio Página | Fin Página |
5º
Prosigue
Con esta buena esperanza que de arriba les venía, el tedio
de sus trabajos
170. más leve se les hacía; pero la esperanza larga y el
deseo que crecía de gozarse con su Esposo contino les afligía;
175. por lo cual con oraciones, con suspiros y agonía, con
lágrimas y gemidos le rogaban noche y día que ya se determinase
185. Otros: ¡Oh si ya rompieses esos cielos, y vería con
mis ojos que bajases, y mi llanto cesaría! ¡Regad, nubes, de lo alto,
190. que la tierra lo pedía, y ábrase ya la tierra, que
espinas nos producía, y produzca aquella flor con que ella florecería!
195. Otros decían: ¡Oh dichoso el que en tal tiempo sería,
que merezca ver a Dios con los ojos que tenía, y tratarle con sus manos,
200. y andar en su compañía, y gozar de los misterios que
entonces ordenaría!
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6º
Prosigue
En aquestos y otros ruegos gran tiempo pasado había;
205. pero en los postreros años el fervor mucho crecía, cuando
el viejo Simeón en deseo se encendía, rogando a Dios que quisiese
210. dejalle ver este día. Y así, el Espíritu Santo al buen
viejo respondía; Que le daba su palabra que la muerte no vería
215. hasta que la vida viese que de arriba descendía. y que
él en sus mismas manos al mismo Dios tomaría, y le tendría en sus brazos
220. y consigo abrazaría.
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7º
Prosigue
Ya que el tiempo era llegado en que hacerse convenía el
rescate de la esposa, que en duro yugo servía
225. debajo de aquella ley que Moisés dado le había, el
Padre con amor tierno de esta manera decía: Ya ves, Hijo, que a tu esposa
235. En los amores perfectos esta ley se requería: que se
haga semejante el amante a quien quería; que la mayor semejanza
240. más deleite contenía; el cual, sin duda, en tu esposa
grandemente crecería si te viere semejante en la carne que tenía.
245. Mi voluntad es la tuya el Hijo le respondía, y la
gloria que yo tengo es tu voluntad ser mía, y a mí me conviene, Padre,
250. lo que tu Alteza decía, porque por esta manera tu
bondad más se vería; veráse tu gran potencia, justicia y sabiduría;
255. irélo a decir al mundo y noticia le daría de tu belleza
v dulzura y de tu soberanía. Iré a buscar a mi esposa,
260. y sobre mí tomaría sus fatigas y trabajos, en que tanto
padecía; y porque ella vida tenga, yo por ella moriría,
265. y sacándola del lago a ti te la volvería.
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8º
Prosigue
Entonces llamó a un arcángel que san Gabriel se decía, y
enviólo a una doncella
270. que se llamaba María, de cuyo consentimiento el
misterio se hacía; en la cual
275. y aunque tres hacen la obra, en el uno se hacía; y
quedó el Verbo encarnado en el vientre de María. Y el que tenia sólo Padre,
280. ya también Madre tenía, aunque no como cualquiera que
de varón concebía, que de las entrañas de ella él su carne recibía;
285. por lo cual Hijo de Dios y del hombre se decía.
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9º
Del Nacimiento.
Ya que era llegado el tiempo en que de nacer había, así como
desposado
290. de su tálamo salía abrazado con su esposa, que en sus
brazos la traía, al cual la graciosa Madre en un pesebre ponía,
295. entre unos animales que a la sazón allí había. Los
hombres decían cantares, los ángeles melodía, festejando el desposorio
300. que entre tales dos había. Pero Dios en el pesebre allí
lloraba y gemía, que eran joyas que la esposa al desposorio traía.
305. Y
310. tan ajeno ser solía.
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Otro del mismo (autor) que va por "Super flumina
Babylonis".
Encima de las corrientes que en Babilonia hallaba, allí me
senté llorando, allí la tierra regaba,
5. acordándome de ti, ¡Oh Sión!, a quien amaba. Era dulce tu
memoria, y con ella más lloraba. Dejé los trajes de fiesta,
10. los de trabajo tomaba, y colgué en los verdes sauces la
música que llevaba, poniéndola en esperanza de aquello que en ti esperaba.
15. Allí me hirió el amor, y el corazón me sacaba. Díjele
que me matase, pues de tal suerte llagaba; yo me metía en su fuego,
20. sabiendo que me abrasaba, disculpando al avecica que en
el fuego se acababa. Estábame en mí muriendo, y en ti sólo respiraba,
25. en mí por ti me moría, y por ti resucitaba, que la
memoria de ti daba vida y la quitaba. Gozábanse los extraños
30. entre quien cautivo estaba; preguntábanme cantares de lo
que en Sión cantaba: Canta de Sión un himno, veamos cómo sonaba.
35. Decid, ¿cómo en tierra ajena donde por Sión lloraba,
cantaré yo la alegría que en Sión se me quedaba? Echaríala en olvido
40. si en la ajena me gozaba. Con mi paladar se junte la
lengua con que hablaba, si de ti yo me olvidare, en la tierra do moraba.
45. ¡Sión, por los verdes ramos que Babilonia me daba, de mí
se olvide mi diestra, que es lo que en ti más amaba, si de ti no me acordare,
50. en lo que más me gozaba, y si yo tuviere fiesta y sin ti
la festejaba! ¡Oh hija de Babilonia, mísera y desventurada!
55. Bienaventurado era aquél en quien confiaba, que te ha de
dar el castigo que de tu mano llevaba, y juntará sus pequeños,
60. y a mí, porque en ti lloraba, a la piedra, que era
Cristo, por el cual yo te dejaba.
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11
Glosa del mismo (autor)
Sin arrimo y con arrimo. sin luz y a oscuras viviendo, todo
me voy consumiendo.
2. Y, aunque tinieblas padezco en esta vida mortal, no es
tan crecido mi mal, porque, si de luz carezco, tengo vida celestial; porque el
amor da tal vida, cuando más ciego va siendo, que tiene al alma rendida, sin
luz y a oscuras viviendo.
3. Hace tal obra el amor después que le conocí, que, si hay
bien o mal en mí, todo lo hace de un sabor, y al alma transforma en sí; y así,
en su llama sabrosa, la cual en mí estoy sintiendo, apriesa, sin quedar cosa,
todo me voy consumiendo.
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12
Glosa a lo divino, del mismo autor.
Por toda la hermosura nunca yo me perderé, sino por un no sé
qué que se alcanza por ventura.
1. Sabor de bien que es finito, lo más que puede llegar es
cansar el apetito y estragar el paladar; y así, por toda dulzura nunca yo me
perderé, sino por un no sé qué que se halla por ventura.
2. El corazón generoso nunca cura de parar donde se puede
pasar, sino en más dificultoso; nada le causa hartura, y sube tanto su fe, que
gusta de un no sé qué que se halla por ventura.
3. El que de amor adolece, del divino ser tocado, tiene el
gusto tan trocado que a los gustos desfallece; como el que con calentura fastidia
el manjar que ve, y apetece un no sé qué que se halla por ventura.
4. No os maravilléis de aquesto que el gusto se quede tal,
porque es la causa del mal ajena de todo el resto; y así toda criatura
enajenada se ve y gusta de un no sé qué que se halla por ventura.
5. Que estando la voluntad de Divinidad tocada, no puede
quedar pagada sino con Divinidad; mas, por ser tal su hermosura que sólo se ve
por fe, gústala en un no sé qué que se halla por ventura.
6. Pues, de tal enamorado, decidme si habréis dolor, pues
que no tiene sabor entre todo lo criado; solo, sin forma y figura, sin hallar
arrimo y pie, gustando allá un no sé qué que se halla por ventura.
7. No penséis que el interior, que es de mucha más valía,
halla gozo y alegría en lo que acá da sabor; mas sobre toda hermosura, y lo que
es y será y fue, gusta de allá un no sé qué que se halla por ventura.
8. Más emplea su cuidado, quien se quiere aventajar. en lo
que está por ganar que en lo que tiene ganado; y así, para más altura, yo
siempre me inclinaré sobre todo a un no sé qué que se halla por ventura.
9. Por lo que por el sentido puede acá comprehenderse y todo
lo que entenderse, aunque sea muy subido, ni por gracia y hermosura yo nunca me
perderé, sino por un no sé qué que se halla por ventura.
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13
Navideña
Del Verbo divino
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14
Suma de la perfección
Olvido de lo criado, memoria del Criador, atención a lo
interior, y estarse amando al Amado.
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15
CANTICO ESPIRITUAL (CB)
Canciones entre el alma y el Esposo
Esposa
1. ¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste, habiéndome herido, salí tras ti clamando, y eras ido.
2. Pastores, los que fuerdes allá por las majadas al otero,
si por ventura vierdes aquel que yo más quiero, decilde que adolezco, peno y
muero
3. Buscando mis amores, iré por esos montes y riberas; ni
cogeré las flores, ni temeré las fieras, y pasaré los fuertes y fronteras.
4. ¡Oh bosques y espesuras, plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras, de flores esmaltado! Decid si por vosotros ha pasado.
5. Mil gracias derramando pasó por estos sotos con presura,
y, yéndolos mirando, con sola su figura vestidos los dejó de hermosura
6. ¡Ay, quién podrá sanarme! Acaba de entregarte ya de vero;
no quieras enviarme de hoy más ya mensajero, que no saben decirme lo que
quiero.
7. Y todos cuantos vagan de ti me van mil gracias
refiriendo, y todos más me llagan, y déjame muriendo un no sé qué que quedan
balbuciendo.
8. Mas ¿cómo perseveras, ¡Oh vida!, no viviendo donde vives,
y haciendo porque mueras las flechas que recibes de lo que del Amado en ti
concibes?
9. ¿Por qué, pues has llagado aqueste corazón, no le
sanaste? Y, pues me le has robado, ¿por qué así le dejaste, y no tomas el robo
que robaste?
10. Apaga mis enojos, pues que ninguno basta a deshacellos,
y véante mis ojos, pues eres lumbre dellos, y sólo para ti quiero tenellos.
11. Descubre tu presencia, y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia de amor, que no se cura sino con la presencia y la figura.
12. ¡Oh cristalina fuente, si en esos tus semblantes
plateados formases de repente los ojos deseados que tengo en mis entrañas
dibujados!
13. ¡Apártalos, Amado, que voy de vuelo!
Esposo
Vuélvete, paloma que el ciervo vulnerado por el otero asoma
al aire de tu vuelo, y fresco toma.
15. la noche sosegada en par de los levantes del aurora, la
música callada, la soledad sonora, la cena que recrea y enamora.
16. Cazadnos las raposas, que está ya florecida nuestra
viña, en tanto que de rosas hacemos una piña, y no parezca nadie en la montiña.
17. Detente, cierzo muerto; ven, austro, que recuerdas los
amores aspira por mi huerto, y corran sus olores, y pacerá el Amado entre las
flores.
18. ¡Oh ninfas de Judea!, en tanto que en las flores y
rosales el ámbar perfumea, morá en los arrabales, y no queráis tocar nuestros
umbrales
19. Escóndete, Carillo, y mira con tu haz a las montañas, y
no quieras decillo; mas mira las compañas de la que va por ínsulas extrañas.
21. por las amenas liras y canto de serenas os conjuro que
cesen vuestras iras, y no toquéis al muro, porque
22. Entrado se ha
23. Debajo del manzano, allí conmigo fuiste desposada allí
te di la mano, y fuiste reparada donde tu madre fuera violada.
24. Nuestro lecho florido, de cuevas de leones enlazado, en
púrpura tendido, de paz edificado, de mil escudos de oro coronado.
26. En la interior bodega de mi Amado bebí, y cuando salía
por toda aquesta vega, ya cosa no sabía; y el ganado perdí que antes seguía.
27. Allí me dio su pecho, allí me enseñó ciencia muy
sabrosa, y yo le di de hecho a mi, sin dejar cosa; allí le prometí de ser su
Esposa.
29. Pues ya si en el ejido de hoy más no fuere vista ni
hallada, diréis que me he perdido; que, andando enamorada, me hice perdidiza, y
fui ganada.
30. De flores y esmeraldas, en las frescas mañanas
escogidas, haremos las guirnaldas en tu amor floridas y en un cabello mío
entretejidas.
31. En solo aquel cabello que en mi cuello volar
consideraste, mirástele en mi cuello, y en él preso quedaste, y en uno de mis
ojos te llagaste.
32. Cuando tú me mirabas, su gracia en mí tus ojos imprimían:
por eso me adamabas, y en eso merecían los míos adorar lo que en ti vían.
33. No quieras despreciarme, que, si color moreno en mí
hallaste, ya bien puedes mirarme después que me miraste, que gracia y hermosura
en mí dejaste.
34. La blanca palomica al arca con el ramo se ha tornado y
ya la tortolica al socio deseado en las riberas verdes ha hallado.
35. En soledad vivía, y en soledad ha puesto ya su nido; y
en soledad la guía a solas su querido también en soledad de amor herido.
36. Gocémonos, Amado, y vámonos a ver en tu hermosura al
monte y al collado, do mana el agua pura; entremos más adentro en la espesura.
37. Y luego a las subidas cavernas de la piedra nos iremos,
que están bien escondidas, y allí nos entraremos, y el mosto de granadas
gustarermos.
38. Allí me mostrarías aquello que mi alma pretendía, y
luego me darías allí tú, vida mía, aquello que me diste el otro día:
39. El aspirar del aire, el canto de la dulce filomena, el
soto y su donaire, en la noche serena, con llama que consume y no da pena
40. Que nadie lo miraba, Aminadab tampoco parecía, y el
cerco sosegaba, y la caballería a vista de las aguas descendía.
ÍNDICE
DE LAS OBRAS DE SAN JUAN DE
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[San Juan de
ÍNDICE
DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE
ÍNDICE
DE LOS AVISOS ESPIRITUALES
1. Dichos de luz y amor 2. Puntos de amor, reunidos en Beas
3. Avisos copiados por Magdalena del Espíritu Santo, en Beas 4. Avisos
conservados por
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1. Dichos de luz y amor
PRÓLOGO
También, ¡oh Dios y deleite mío!, en estos dichos de luz y
amor de ti se quiso mi alma emplear por amor de ti, porque ya que yo, teniendo
la lengua de ellos, no tengo la obra y virtud de ellos, que es con lo que,
Señor mío, te agradas, más que con el lenguaje y sabiduría de ellos, otras
personas, provocadas por ellos, por ventura aprovechen en tu servicio y amor,
en que yo falto, y tenga mi alma en qué se consolar de que haya sido ocasión
que lo que falta en ella halles en otros.
Amas tú, Señor, la discreción, amas la luz, amas el amor
sobre las demás operaciones del alma. Por eso, estos dichos serán de discreción
para el caminar, de luz para el camino y de amor en el caminar.
Quédese, pues, lejos la retórica del mundo; quédense las
parlerías y elocuencia seca de la humana sabiduría, flaca e ingeniosa, de que
nunca tú gustas, y hablemos palabras al corazón bañadas en dulzor y amor, de
que tú bien gustas, quitando por ventura delante ofendículos y tropiezos a
muchas almas que tropiezan no sabiendo, y no sabiendo van errando, pensando que
aciertan en lo que es seguir a tu dulcísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, y
hacerse semejantes a él en la vida, condiciones y virtudes, y en la forma de la
desnudez y pureza de su espirítu. Mas dala tú, Padre de misericordias, porque
sin ti no se hará nada, Señor.
1. Siempre el Señor descubrió los tesoros de su sabiduría y
espíritu a los mortales; mas ahora que la malicia va descubriendo más su cara,
mucho los descubre.
2. ¡Oh, Señor Dios mío!, ¿quién te buscará con amor puro y
sencillo que te deje de hallar muy a su gusto y voluntad, pues que tú te
muestras primero y sales al encuentro a los que te desean?
3. Aunque el camino es llano y suave para los hombres de
buena voluntad, el que camina caminará poco y con trabajo si no tiene buenos
pies y ánimo y porfía animosa en eso mismo.
4. Más vale estar cargado junto al fuerte que aliviado junto
al flaco: cuando estás cargado, estás junto a Dios, que es tu fortaleza, el
cual está con los atribulados; cuando estás aliviado, estás junto a ti, que
eres tu misma flaqueza; porque la virtud y fuerza del alma en los trabajos de
paciencia crece y se confirma.
5. El que solo se quiere estar, sin arrimo de maestro y
guía, será como el árbol que está solo y sin dueño en el campo, que, por más
fruta que tenga, los viadores se la cogerán y no llegará a sazón.
6. El árbol cultivado y guardado con el beneficio de su
dueño, da la fruta en el tiempo que de él se espera.
7. El alma sola, sin maestro, que tiene virtud, es como el
carbón encendido que está solo: antes se irá enfriando que encendiendo.
8. El que a solas cae, a solas se está caído y tiene en poco
su alma, pues de sí solo la fía.
9. Pues no temes el caer a solas, ¿cómo presumes de levantarte
a solas? Mira que más pueden dos juntos que uno solo.
10. El que cargado cae, dificultosamente se levantará
cargado.
11. Y el que cae ciego, no se levantará ciego solo; y, si se
levantare solo, encaminará por donde no conviene.
12. Más quiere Dios en ti el menor grado de pureza de
conciencia que cuantas obras puedes hacer.
13. Más quiere Dios en ti el menor grado de obediencia y
sujeción que todos esos servicios que le piensas hacer.
14. Más estima Dios en ti el inclinarte a la sequedad y al
padecer por su amor que todas las consolaciones y visiones espirituales y
meditaciones que puedas tener.
15. Niega tus deseos y hallarás lo que desea tu corazón.
¿Qué sabes tú si tu apetito es según Dios?
16. ¡Oh dulcísimo amor de Dios, mal conocido! El que halló sus
venas descansó.
17. Pues se te ha de seguir doblada amargura de cumplir tu
voluntad, no la quieras cumplir, aunque quedes en amargura.
18. Más indecencia e impureza lleva el alma para ir a Dios,
si lleva en si el menor apetito de cosa del mundo, que si fuese cargada de
todas las feas y molestas tentaciones y tinieblas que se pueden decir, con tal
que su voluntad razonal no las quiera admitir. Antes el tal entonces puede
confiadamente llegar a Dios por hacer la voluntad de Su Majestad, que dice:
Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados y yo os recrearé
(Mt.11,28).
19. Más agrada a Dios el alma que con sequedad y trabajo se
sujeta a lo que es razón, que la que, faltando en esto, hace todas sus cosas
con consolación.
20. Más agrada a Dios una obra, por pequeña que sea, hecha
en escondido, no teniendo voluntad de que se sepa, que mil hechas con gana de
que las sepan los hombres. Porque el que con purísimo amor obra por Dios, no
solamente no se le da nada de que lo vean los hombres, pero ni lo hace porque
lo sepa el mismo Dios; el cual, aunque nunca lo hubiese de saber, no cesaría de
hacerle los mismos servicios con la misma alegría y pureza de amor.
21. La obra pura y entera hecha por Dios en el seno puro
hace reino entero para su dueño.
22. Dos veces trabaja el pájaro que se asentó en la liga, es
a saber: en desasirse y limpiarse de ella. Y de dos maneras pena el que cumple
su apetito: en desasirse y, después de desasido, en purgarse de lo que de él se
le pegó.
23. El que de los apetitos no se deja llevar, volará ligero
según el espíritu, como el ave a que no falta pluma.
24. La mosca que a la miel se arrima impide su vuelo; y el
alma que se quiere estar asida al sabor del espíritu impide su libertad y
contemplación.
25. No te hagas presente a las criaturas si quieres guardar
el rostro de Dios claro y sencillo en tu alma; mas vacía y enajena mucho tu
espíritu de ellas y andarás en divinas luces, porque Dios no es semejante a
ellas.
Oración del alma enamorada.
26. ¡Señor Dios, amado mío! Si todavía te acuerdas de mis
pecados para no hacer lo que te ando pidiendo, haz en ellos, Dios mío, tu
voluntad, que es lo que yo más quiero, y ejercita tu bondad y misericordia y
serás conocido en ellos. Y si es que esperas a mis obras para por ese medio
concederme mi ruego, dámelas tú y óbramelas, y las penas que tú quisieras
aceptar, y hágase. Y si a las obras mías no esperas, ¿qué esperas, clementísimo
Señor mío?; ¿por qué te tardas? Porque si, en fin, ha de ser gracia y
misericordia la que en tu Hijo te pido, toma mi cornadillo , pues le quieres, y
dame este bien, pues que tú también lo quieres.
¿Quién se podrá librar de los modos y términos bajos si no
le levantas tú a ti en pureza de amor, Dios mío?
¿Cómo se levantará a ti el hombre, engendrado y criado en
bajezas, si no le levantas tú, Señor, con la mano que le hiciste?
No me quitarás, Dios mío, lo que una vez me diste en tu
único Hijo Jesucristo, en que me diste todo lo que quiero. Por eso me holgaré
que no te tardarás si yo espero.
¿Con qué dilaciones esperas, pues desde luego puedes amar a
Dios en tu corazón?
27. Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las
gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y
Sal fuera y gloríate en tu gloria, escóndete en ella y goza,
y alcanzarás las peticiones de tu corazón.
28. El espíritu bien puro no se mezcla con extrañas
advertencias ni humanos respetos, sino solo en soledad de todas las formas,
interiormente, con sosiego sabroso se comunica con Dios, porque su conocimiento
es en silencio divino.
29. El alma enamorada es alma blanda, mansa, humilde y
paciente.
30. El alma dura en su amor propio se endurece.
31. Si tú en tu amor, ¡oh buen Jesús! no suavizas el alma,
siempre perseverará en su natural dureza.
32. El que la ocasión pierde, es como el que soltó el ave de
la mano, que no la volverá a cobrar.
33. No te conocía yo a ti, ¡oh Señor mío!, porque todavía
quería saber y gustar cosas.
34. Múdese todo muy enhorabuena, Señor Dios, porque hagamos
asiento en ti.
35. Un solo pensamiento del hombre vale más que todo el
mundo; por tanto, sólo Dios es digno de él.
36. Para lo insensible, lo que no sientes; para lo sensible,
el sentido; y para el espíritu de Dios, el pensamiento.
37. Mira que tu ángel custodio no siempre mueve el apetito a
obrar, aunque siempre alumbra la razón; por tanto, para obrar virtud, no
esperes al gusto, que bástate la razón y entendimiento.
38. No da lugar el apetito a que le mueva el ángel cuando
está puesto en otra cosa.
39. Secado se ha mi espíritu,porque se olvida de apacentarse
en ti.
40. Eso que pretendes y lo que más deseas no lo hallarás por
esa vía tuya ni por la alta contemplación, sino en la mucha humildad y
rendimiento de corazón.
41. No te canses, que no entrarás en el sabor y suavidad de
espíritu, si no te dieres a la mortificación de todo eso que quieres.
42. Mira que la flor más delicada más presto se marchita y
pierde su olor; por tanto, guárdate de querer caminar por espíritu de sabor,
porque no serás constante; mas escoge para ti un espíritu robusto, no asido a
nada, y hallarás dulzura y paz en abundancia; porque la sabrosa y durable fruta
en tierra fría y seca se coge.
43. Cata que tu carne es flaca y que ninguna cosa del mundo
puede dar fortaleza a tu espíritu ni consuelo; porque lo que nace del mundo,
mundo es, y lo que nace de la carne, carne es; y el buen espíritu sólo nace del
espíritu de Dios, que se comunica no por mundo ni carne (Jn. 4, 6).
44. Entra en cuenta con tu razón para hacer lo que ella te
dice en el camino de Dios, y valdráte más para con tu Dios que todas las obras
que sin esta advertencia haces y que todos los sabores espirituales que
pretendes.
45. Bienaventurado el que, dejado aparte su gusto e
inclinación, mira las cosas en razón y justicia para hacerlas.
46. El que obra razón es como el que come sustancia, y el
que se mueve por el gusto de su voluntad, como el que come fruta floja.
47. Tú, Señor, vuelves con alegría y amor a levantar al que
te ofende y yo no vuelvo a levantar y honrar al que me enoja a mi.
48. ¡Oh poderoso Señor!, si una centella del imperio de tu
justicia tanto hace en el principe mortal, que gobierna y mueve las gentes,
¿qué hará tu omnipotente justicia sobre el justo y el pecador?
49. Si purificares tu alma de extrañas posesiones y
apetitos, entenderás en espíritu las cosas; y si negares el apetito en ellas,
gozarás de la verdad de ellas entendiendo en ellas lo cierto.
50. ¡Señor, Dios mío!, no eres tú extraño a quien no se
extraña contigo; ¿cómo dicen que te ausentas tú?
51. Verdaderamente aquél tiene vencidas todas las cosas que
ni el gusto de ellas le mueve a gozo ni el desabrimiento le causa tristeza.
52. Si quieres venir al santo recogimiento, no has de venir
admitiendo sino negando.
53. Yéndome yo, Dios mío, por doquiera contigo, por doquiera
me irá como yo quiero para ti.
54. No podrá llegar a la perfección el que no procura
satisfacerse con nonada, de manera que la concupiscencia: natural y espiritual
estén contentas en vacío; que para llegar a la suma tranquilidad y paz de
espíritu esto se requiere; y de esta manera el amor de Dios en el alma pura y
sencilla casi frecuentemente está en acto.
55. Mira que, pues Dios es inaccesible, no repares en cuanto
tus potencias pueden comprehender y tu sentido sentir, porque no te satisfagas
con menos y pierda tu alma la ligereza conveniente para ir a él.
56. Como el que tira el carro la cuesta arriba, así camina
para Dios el alma que no sacude el cuidado y apaga el apetito.
57. No es de voluntad de Dios que el alma se turbe de nada
ni que padezca trabajos; que, si los padece en los adversos casos del mundo, es
por la flaqueza de su virtud, porque el alma del perfecto se goza en lo que se
pena la imperfecta.
58. El camino de la vida, de muy poco bullicio y negociación
es, y más requiere mortificación de la voluntad que mucho saber. El que tomare
de las cosas y gustos lo menos, andará más por él.
59. No pienses que el agradar a Dios está tanto en obrar
mucho como en obrarlo con buena voluntad, sin propiedad y respetos.
61. Cata que no te entremetas en cosas ajenas, ni aun las
pases por tu memoria, porque quizá no podrás tú cumplir con tu tarea.
62. No pienses que porque en aquél no relucen las virtudes
que tú piensas, no será precioso delante de Dios por lo que tú no piensas. 63.
No sabe el hombre gozarse bien ni dolerse bien, porque no entiende la distancia
del bien y del mal.
64. Mira que no te entristezcas de repente de los casos
adversos del siglo, pues que no sabes el bien que traen consigo ordenado en los
juicios de Dios para el gozo sempiterno de los escogidos.
65. No te goces en las prosperidades temporales, pues no
sabes de cierto que te aseguran la vida eterna.
66. En la tribulación acude luego a Dios confiadamente, y
serás esforzado, y alumbrado y enseñado.
67. En los gozos y gustos acude luego a Dios con temor y
verdad, y no serás engañado ni envuelto en vanidad.
68. Toma a Dios por esposo y amigo con quien te andes de
continuo, y no pecarás, y sabrás amar, y haránse las cosas necesarias
prósperamente para ti.
69. Sin trabajo sujetarás las gentes y te servirán las cosas
si te olvidares de ellas y de ti mismo.
70. Date al descanso echando de ti cuidados y no se te dando
nada de cuanto acaece, y servirás a Dios a su gusto y holgarás en él.
71. Mira que no reina Dios sino en el alma pacífica y
desinteresada.
72. Aunque obres muchas cosas, si no aprendes a negar tu
voluntad y sujetarte, perdiendo cuidado de ti y de tus cosas, no aprovecharás
en la perfección.
73. ¿Qué aprovecha dar tú a Dios una cosa si él te pide
otra? Considera lo que Dios querrá y hazlo, que por ahí satisfarás mejor tu
corazón que con aquello a que tú te inclinas.
74. ¿Cómo te atreves a holgarte tan sin temor, pues has de
parecer delante de Dios a dar cuenta de la menor palabra y pensamiento?
75. Mira que son muchos los llamados y pocos los escogidos
(Mt. 22, 14), y que, si tú de ti no tienes cuidado, más cierta está tu perdición
que tu remedio, mayormente siendo la senda que guía a la vida eterna tan
estrecha (Mt. 7, 14).
76. No te alegres vanamente, pues sabes cuántos pecados has
hecho y no sabes cómo está Dios contigo, sino teme con confianza.
77. Pues que en la hora de la cuenta te ha de pesar de no
haber empleado este tiempo en servicio de Dios, ¿por qué no le ordenas y
empleas ahora como lo querrías haber hecho cuando te estés muriendo?
78. Si quieres que en tu espíritu nazca la devoción y que
crezca el amor de Dios y apetito de las cosas divinas, limpia el alma de todo
apetito y asimiento y pretensión, de manera que no se te dé nada por nada.
Porque, así como el enfermo, echado fuera el mal humor, luego siente el bien de
la salud y le nace gana de comer, así tú convalecerás en Dios si en lo dicho te
curas; y sin ello, aunque más hagas, no aprovecharás.
79. Si deseas hallar la paz y consuelo de tu alma y servir a
Dios de veras, no te contentes con eso que has dejado, porque por ventura te
estás, en lo que de nuevo andas, tan impedido o más que antes; las deja todas
esotras cosas que te quedan y apártate a una sola que lo trae todo consigo, que
es la soledad santa, acompañada con oración y santa y divina lección, y allí
persevera en olvido de todas las cosas; que, si de obligación no te incumben,
más agradarás a Dios en saberte guardar y perfeccionar a ti mismo que en
granjearlas todas juntas; porque ¿qué le aprovecha al hombre ganar todo el
mundo si deja perder su alma? (Mt 16, 26).
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2.
Puntos de amor, reunidos en Beas
1. Refrene mucho la lengua y el pensamiento y traiga de
ordinario el afecto en Dios, y calentársele ha el espíritu divinamente.
2. No apaciente el espíritu en otra cosa que en Dios.
Deseche las advertencias de las cosas y traiga paz y recogimiento en el
corazón.
3. Traiga sosiego espiritual en advertencia de Dios amorosa;
y cuando fuere necesario hablar, sea con el mismo sosiego y paz.
4. Tenga ordinaria memoria de la vida eterna, y que los que
más abatidos y pobres y en menos se tienen, gozarán de más alto señorío y
gloria en Dios.
5. Alégrese ordinariamente en Dios, que es su salud (Lc. 1,
47), y mire que es bueno el padecer de cualquiera manera por el que es bueno.
6. Consideren cómo han menester ser enemigas de sí mismas y
caminar por el santo rigor a la perfección, y entiendan que cada palabra que
hablaren sin orden de obediencia se la pone Dios en cuenta.
7. Intimo deseo de que Dios la dé lo que Su Majestad sabe
que le falta para honra suya.
8. Crucificada interior y exteriormente con Cristo. Vivirá
en esta vida con hartura y satisfacción de su alma, poseyéndola en su paciencia
(Lc. 21, 19).
9. Traiga advertencia amorosa en Dios, sin apetito de querer
sentir ni entender cosa particular de él.
10. Ordinaria confianza en Dios, estimando en sí y en las
Hermanas lo que Dios más estima, que son los bienes espirituales.
11. Entrese en su seno y trabaje en presencia del Esposo,
que siempre está presente queriéndola bien.
12. Sea enemiga de admitir en su alma cosas que no tienen en
sí sustancia espiritual, porque no la hagan perder el gusto de la devoción y el
recogimiento.
13. Bástele Cristo crucificado, y con él pene y descanse, y
por esto aniquilarse en todas las cosas exteriores e interiores.
14. Procure siempre que las cosas no sean nada para ella, ni
ella para las cosas; mas, olvidada de todo, more en su recogimiento con el
Esposo.
15. Ame mucho los trabajos y téngalos en poco por caer en
gracia al Esposo, que por ella no dudó morir.
16. Tenga fortaleza en el corazón contra todas las cosas que
le movieren a lo que no es Dios, y sea amiga de la pasión de Cristo.
17. Traiga interior desasimiento a todas las cosas y no
ponga el gusto en alguna temporalidad, y recogerá su alma a los bienes que no
sabe.
18. El alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa.
19. Al pobre que está desnudo le vestirán, y al alma que se
desnudare de sus apetitos, quereres y no quereres, la vestirá Dios de su pureza,
gusto y voluntad.
20. Hay almas que se revuelcan en el cieno, como los
animales que se revuelcan en él, y otras que vuelan, como las aves que en el
aire se purifican y limpian.
21. Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta
habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma.
22. Los trabajos los hemos de medir a nosotros, y no
nosotros a los trabajos.
23. El que no busca la cruz de Cristo, no busca la gloria de
Cristo.
24. Para enamorarse Dios del alma, no pone los ojos en su
grandeza, mas en la grandeza de su humildad.
25. El que tuviere vergüenza de confesarme delante de los
hombres, también la tendré yo de confesarle delante de mi Padre, dice el Señor
(Mt. 10, 33).
26. El cabello que se peina a menudo estará esclarecido y no
tendrá dificultad en peinarse cuantas veces quisiere; y el alma que a menudo
examinare sus pensamientos, palabras y obras, que son sus cabellos, obrando por
amor de Dios todas las cosas, tendrá muy claro su cabello, y mirarle ha el
Esposo su cuello, y quedará preso en él y llagado en uno de sus ojos, que es la
pureza de intención con que obra todas las cosas. El cabello se comienza a
peinar de lo alto de la cabeza, si queremos esté esclarecido; todas nuestras
obras se han de comenzar desde lo más alto del amor de Dios, si quieres que
sean puras y claras.
27. No comer en pastos vedados, que son los de esta vida
presente, porque bienaventurados son los que han hambre y sed de justicia,
porque ellos serán hartos (Mt. 5, 6). Lo que pretende Dios es hacernos dioses
por participación, siéndolo él por naturaleza, como el fuego convierte todas
las cosas en fuego.
28. Toda la bondad que tenemos es prestada, y Dios la tiene
por propia obra; Dios y su obra es Dios.
29. La sabiduría entra por el amor, silencio y mortificación.
Grande sabiduría es saber callar y no mirar dichos ni hechos ni vidas ajenas.
30. Todo para mí y nada para ti.
31. Todo para ti y nada para mí.
32. Déjate enseñar, déjate mandar, déjate sujetar y
despreciar y serás perfecta.
33. Cinco daños causa cualquier apetito en el alma: el
primero, que la inquieta; el segundo, que la enturbia; el tercero, que la
ensucia; el cuarto, que la enflaquece; el quinto, que la oscurece.
34. La perfección no está en las virtudes que el alma conoce
de si, mas consiste en las que nuestro Señor ve en el alma, la cual es carta
cerrada, y así no tiene de qué presumir, mas estar el pecho por tierra acerca
de sí.
35. El amor no consiste en sentir grandes cosas, sino en
tener grande desnudez y padecer por el Amado.
36. Todo el mundo no es digno de un pensamiento del hombre,
porque a sólo Dios se debe; y así, cualquier pensamiento que no se tenga en
Dios, se le hurtamos.
37. Las potencias y sentidos no se han de emplear todas en
las cosas, sino lo que no se puede excusar, y lo demás dejarlo desocupado para
Dios.
38. No mirar imperfecciones ajenas, guardar silencio y
continuo trato con Dios, desarraigarán grandes imperfecciones del alma y la
harán señora de grandes virtudes.
39. Las señales del recogimiento interior son tres: la
primera, si el alma no gusta de las cosas transitorias; la segunda, si gusta de
la soledad y silencio y acudir a todo lo que es más perfección; la tercera, si
las cosas que solían ayudarle le estorban, como es las consideraciones y meditaciones
y actos, no llevando el alma otro arrimo a la oración sino la fe y la esperanza
y la caridad.
40. Si un alma tiene más paciencia para sufrir y más
tolerancia para carecer de gustos, es señal que tiene más aprovechamiento en la
virtud.
41. Las condiciones del pájaro solitario son cinco. La
primera, que se va a lo más alto; la segunda, que no sufre compañía, aunque sea
de su naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene
determinado color; la quinta, que canta suavemente. Las cuales ha de tener el
alma contemplativa: que se ha de subir sobre las cosas transitorias, no
haciendo más caso de ellas que si no fuesen; y ha de ser tan amiga de la
soledad y silencio, que no sufra compañía de otra criatura; ha de poner el pico
al aire del Espíritu Santo, correspondiendo a sus inspiraciones, para que,
haciéndolo así, se haga más digna de su compañía; no ha de tener determinado
color, no teniendo determinación en ninguna cosa, sino en lo que es voluntad de
Dios; ha de cantar suavemente en la contemplación y amor de su Esposo.
42. Los hábitos de voluntarias imperfecciones que nunca
acaban de vencerse, no solamente impiden a la divina unión, pero para llegar a
la perfección, como son: costumbre de hablar mucho, algún asimientillo sin
vencer, como a persona, vestido, celda, libro, tal manera de comida y otras
conversaciones y gustillos en querer gustar de las cosas, saber y oír y otras
semejantes.
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3.
Avisos copiados por Magdalena del Espíritu Santo, en Beas
1. El que con puro amor obra por Dios, no solamente no se le
da de que lo sepan los hombres, pero ni lo hace porque lo sepa el mismo Dios;
el cual aunque nunca lo hubiese de saber, no cesaría de hacer los mismos
servicios y con la misma alegría y amor.
2. Otro para vencer los apetitos: Traer un ordinario apetito
de imitar a Jesucristo en todas sus obras, conformándose con su vida, la cual
debe considerar para saberla imitar y haberse en todas las cosas como él se
hubiera. Para poder hacer esto, es necesario que cualquiera apetito o gusto, si
no fuere puramente por honra y gloria de Dios, renunciarlo y quedarse en vacío
por amor de él, que en esta vida no tuvo ni quiso más de hacer la voluntad de
su Padre, la cual llamaba su comida y manjar.
3. Para mortificar las cuatro pasiones naturales, que son:
gozo, tristeza, temor y esperanza, aprovecha lo siguiente: Procurar siempre
inclinarse no a lo más fácil, sino a lo más dificultoso. No a lo más sabroso,
sino a lo más desabrido; no a lo más gustoso, sino a lo que no da gusto. No
inclinarse a lo que es descanso, sino a lo más trabajoso. No a lo que es
consuelo, sino a lo que no es consuelo; no a lo más, sino a lo menos. No a lo
más alto y precioso, sino a lo más bajo y despreciado. No a lo que es querer
algo, sino a lo que no es querer nada. No andar buscando lo mejor de las cosas,
sino lo peor, y traer desnudez y vacío y pobreza por Jesucristo de cuanto hay
en el mundo.
4. Para la concupiscencia: Procurar obrar en desnudez y
desear que los otros lo hagan. Procurar hablar en desprecio y desear que todos
lo hagan. Procurar pensar bajamente de sí y desear que los otros lo hagan.
5. Tenga fortaleza en el corazón contra todas las cosas que
le movieren a lo que no es Dios, y sea amiga de las pasiones por Cristo.
6. Prontitud en la obediencia, gozo en el padecer,
mortificar la vista, no querer saber nada, silencio y esperanza.
7. Jhs. Magdalena del Espíritu Santo. Refrene mucho la
lengua y el pensamiento y traiga de ordinario el afecto en Dios, y calentársele
ha el espíritu divino mucho. Léale muchas veces.
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4.
Avisos conservados por
1. Levantarse sobre sí, no hacer asiento en cosa en nada.
2. Estar vuelta contra sí, airada y jamás parada.
3. Huir con el pensamiento de cabe ellas, cerrando la puerta
a todas.
4. Limpio de todas aficiones, pensamientos e imágenes.
5. El dulce canto suspires con compunción y lágrimas.
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5.
Avisos procedentes de Antequera
1. Cuanto más te apartas de las cosas terrenas, tanto más te
acercas a las celestiales y más hallas en Dios.
2. Quien supiere morir a todo, tendrá vida en todo.
3. Apártate del mal, obra bien y busca la paz (Sal. 33, 14).
4. Quien se queja o murmura ni es perfecto ni aun buen
cristiano.
5. Humilde es el que se esconde en su propia nada y se sabe
dejar a Dios.
6. Manso es el que sabe sufrir al prójimo y sufrirse a sí
mismo.
7. Si quieres ser perfecto, vende tu voluntad y dala a los
pobres de espíritu, y ven a Cristo por la mansedumbre y humildad y síguelo
hasta el Calvario y sepulcro.
8. Quien de sí propio se fía, peor es que el demonio.
9. Quien a su prójimo no ama, a Dios aborrece.
10. Quien obra con tibieza, cerca está de la caída.
11. Quien huye de la oración, huye de todo lo bueno.
12. Mejor es vencerse en la lengua que ayunar a pan y agua.
13. Mejor es sufrir por Dios que hacer milagros.
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6. Otros
avisos recogidos por la edición de Gerona
1. Si gloriarte quieres y no quieres parecer necio y loco,
aparta de ti las cosas que no son tuyas, y de lo que queda habrás gloria. Mas,
por cierto, si todas las cosas que no son tuyas apartas, en nada serás tornado,
pues de nada te debes gloriar si no quieres caer en vanidad. Mas descendamos
ahora especialmente a los dones de aquellas gracias que hacen a los hombres
graciosos y agradables delante de los ojos de Dios; cierto es que de aquellos
dones no te debes gloriar, que aun no sabes si los tienes.
2. ¡Oh, cuán dulce será a mi la presencia tuya, que eres
sumo bien! Allegarme he yo con silencio a ti y descubrirte he los pies porque
tengas por bien de me juntar contigo en matrimonio a mí, y no holgaré hasta que
me goce en tus brazos (cf. Rut. 3, 49). Y ahora te ruego, Señor, que no me
dejes en ningún momento en mi recogimiento, porque soy desperdiciadora de mi
alma.
3. Desasida de lo exterior, desaposesionada de lo interior,
desapropiada de las cosas de Dios, ni lo próspero la detiene ni lo adverso la
impide.
4. El alma que está unida con Dios, el demonio la teme como
al mismo Dios.
5. El más puro padecer trae y acarrea más puro entender.
6. El alma que quiere que Dios se le entregue todo, se ha de
entregar toda, sin dejar nada para sí.
7. El alma que está en unión de amor, hasta los primeros
movimientos no tiene.
8. Los amigos viejos de Dios por maravilla faltan a Dios,
porque están ya sobre todo lo que les puede hacer falta.
9. Amado mío, todo lo áspero y trabajoso quiero para mí, y
todo lo suave y sabroso quiero para ti .
10. La mayor necesidad que tenemos para aprovechar es de
callar a este gran Dios con el apetito y con la lengua, cuyo lenguaje que él
más oye, sólo es el callado amor.
11. Desancillar para buscar a Dios. La luz que aprovecha en
lo exterior para no caer, es al revés en las cosas de Dios, de manera que es
mejor no ver, y tiene el alma más seguridad.
12. Más se granjea en los bienes de Dios en una hora que en
los nuestros toda la vida.
13. Ama el no ser conocida de ti ni de los otros. Nunca
mirar los bienes ni los males ajenos.
14. Andar a solas con Dios; obrar en el medio; esconder los
bienes de Dios.
15. Andar a perder y que todos nos ganen es de ánimos valerosos,
de pechos generosos; de corazones dadivosos es condición dar antes que recibir,
hasta que vienen a darse a sí mismos, porque tienen por gran carga poseerse,
que más gustan de ser poseídos y ajenos de sí, pues somos más propios de aquel
infinito Bien que nuestros.
16. Grande mal es tener más ojo a los bienes de Dios que al
mismo Dios. Oración y desapropio.
17. Mire aquel infinito saber y aquel secreto escondido.
¡Qué paz, qué amor, qué silencio está en aquel pecho divino, qué ciencia tan
levantada es la que Dios allí enseña, que es lo que llamamos actos anagógicos,
que tanto encienden el corazón.
18. Mucho se desmejora y menoscaba el secreto de la
conciencia todas las veces que alguno manifiesta a los hombres el fruto de
ella, porque entonces recibe por galardón el fruto de la fama transitoria.
19. Hable poco, y en cosas que no es preguntado no se meta.
20. Siempre procure traer a Dios presente y conservar en sí
la pureza que Dios le enseña.
21. No se disculpe ni rehúse ser corregido de todos; oiga con
rostro sereno toda reprensión; piense que se lo dice Dios.
22. Viva como si no hubiese en este mundo más que Dios y
ella, para que no pueda su corazón ser detenido por cosa humana.
23. Tenga por misericordia de Dios que alguna vez le digan
alguna buena palabra, pues no merece ninguna.
24. Nunca deje derramar su corazón, aunque sea por un credo.
25. Nunca oiga flaquezas ajenas, y si alguna se quejare a
ella de otra, podrále decir con humildad no le diga nada.
26. No se queje de nadie; no pregunte cosa alguna, y si le
fuere necesario preguntar, sea con pocas palabras.
27. No rehúse el trabajo, aunque le parezca no lo podrá
hacer. Hallen todos en ella piedad.
28. No contradiga. En ninguna manera hable palabras que no
vayan limpias.
29. Lo que hablare sea de manera que no sea nadie ofendido,
y que sea en cosas que no le pueda pesar que lo sepan todos.
30. No niegue cosa que tenga, aunque la haya menester.
31. Calle lo que Dios le diere y acuérdese de aquel dicho de
la esposa: Mi secreto para mí (Is. 24, 16).
32. Procure conservar el corazón en paz; no le desasosiegue
ningún suceso de este mundo; mire que todo se ha de acabar.
33. No pare mucho ni poco en quién es contra ella o con
ella, y siempre procure agradar a su Dios. Pídale se haga en ella su voluntad.
Amele mucho, que se lo debe.
34. Doce estrellas para llegar a la suma perfección: amor de
Dios, amor del prójimo, obediencia, castidad, pobreza, asistir al coro,
penitencia, humildad, mortificación, oración, silencio, paz.
35. Nunca tomes por ejemplo al hombre en lo que hubieres de
hacer, por santo que sea, porque te pondrá el demonio delante sus
imperfecciones sino imita a Cristo, que es sumamente perfecto y sumamente
santo, y nunca errarás.
36. Buscad leyendo y hallaréis meditando; llamad orando y
abriros han contemplando.
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FIN
[San Juan de
ÍNDICE
DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE
ÍNDICE DE LAS CAUTELAS
CONTRA EL MUNDO
Primera cautela Segunda cautela Tercera cautela
CONTRA EL DEMONIO
Primera cautela Segunda cautela Tercera cautela
CONTRA SÍ MISMO Y SAGACIDAD DE SU SENSUALIDAD
Primera
cautela Segunda cautela Tercera cautela
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INSTRUCCION Y CAUTELAS de que debe usar el que desea ser
verdadero religioso y llegar a la perfección.
1. El alma que quiere llegar en breve al santo recogimiento,
silencio espiritual, desnudez y pobreza de espíritu, donde se goza el pacífico
refrigerio del Espíritu Santo, y se alcanza unidad con Dios, y librarse de los
impedimentos de toda criatura de este mundo, y defenderse de las astucias y
engaños del demonio, y libertarse de si mismo, tiene necesidad de ejercitar los
documentos siguientes, advirtiendo que todos los daños que el alma recibe nacen
de los enemigos ya dichos, que son: mundo, demonio y carne.
2. El mundo es el enemigo menos dificultoso: el demonio es
más oscuro de entender; pero la carne es más tenaz que todos, y duran sus
acometimientos mientras dura el hombre viejo.
3. Para vencer a uno de estos enemigos es menester vencerlos
a todos tres; y enflaquecido uno, se enflaquecen los otros dos, y vencidos
todos tres, no le queda al alma más guerra.
4. Para librarte perfectamente del daño que te puede hacer
el mundo, has de usar de tres cautelas.
Primera cautela.
5. La primera es que acerca de todas las personas tengas
igualdad de amor e igualdad de olvido, ahora sean deudos ahora no, quitando el
corazón de éstos tanto como de aquéllos y aun en alguna manera más de
parientes, por el temor de que la carne y sangre no se avive con el amor
natural que entre los deudos siempre vive, el cual conviene mortificar para la
perfección espiritual. Tenlos todos como por extraños, y de esa manera cumples
mejor con ellos que poniendo la afición que debes a Dios en ellos.
6. No ames a una persona más que a otra, que errarás; porque
aquel es digno de más amor que Dios ama más, y no sabes tú a cuál ama Dios más.
Pero olvidándolos tú igualmente a todos, según te conviene para el santo
recogimiento, te librarás del yerro de más y menos en ellos.
No pienses nada de ellos, no trates nada de ellos, ni bienes
ni males, y huye de ellos cuanto buenamente pudieres, y si esto no guardas, no
sabrás ser religioso, ni podrás llegar al santo recogimiento ni librarte de las
imperfecciones. Y si en esto te quisieres dar alguna licencia, o en uno o en
otro te engañará el demonio, o tú a ti mismo, con algún color de bien o de mal.
En hacer esto hay seguridad, y de otra manera no te podrás
librar de las imperfecciones y daños que saca el alma de las criaturas.
Segunda cautela.
7. La segunda cautela contra el mundo es acerca de los
bienes temporales; en lo cual es menester, para librarse de veras de los daños
de este género y templar la demasía del apetito, aborrecer toda manera de
poseer y ningún cuidado le dejes tener acerca de ello: no de comida, no de
vestido ni de otra cosa criada, ni del día de mañana, empleando ese cuidado en
otra cosa más alta, que es en buscar el reino de Dios, esto es, en no faltar a
Dios; que lo demás, como Su Majestad dice, nos será añadido (Mt. 6, 33), pues
no ha de olvidarse de ti el que tiene cuidado de las bestias. Con esto
adquirirás silencio y paz en los sentidos.
Tercera cautela.
8. La tercera cautela es muy necesaria para que te sepas
guardar en el convento de todo daño acerca de los religiosos; la cual, por no
la tener muchos, no solamente perdieron la paz y bien de su alma, pero vinieron
y vienen ordinariamente a dar en grandes males y pecados. Esta es que guardes
con toda guarda de poner el pensamiento y menos la palabra en lo que pasa en la
comunidad; qué sea o haya sido ni de algún religioso en particular, no de su
condición, no de su trato, no de sus cosas, aunque más graves sean, ni con
color de celo ni de remedio, sino a quien de derecho conviene, decirlo a su
tiempo; y jamás te escandalices ni maravilles de cosas que veas ni entiendas,
procurando tú guardar tu alma en el olvido de todo aquello.
9. Porque si quieres mirar en algo, aunque vivas entre
ángeles, te parecerán muchas cosas no bien, por no entender tú la sustancia de
ellas. Para lo cual toma ejemplo en la mujer de Lot (Gn. 19, 26), que porque se
alteró en la perdición de los sodomitas volviendo la cabeza a mirar atrás, la
castigó el Señor volviéndola en estatua y piedra de sal. Para que entiendas
que, aunque vivas entre demonios, quiere Dios que de tal manera vivas entre
ellos que ni vuelvas la cabeza del pensamiento a sus cosas, sino que las dejes
totalmente, procúranlo tú traer tu alma pura y entera en Dios, sin que un
pensamiento de eso ni de esotro te lo estorbe.
Y para esto ten por averiguado que en los conventos y
comunidades nunca ha de faltar algo en qué tropezar, pues nunca faltan demonios
que procuren derribar los santos, y Dios lo permite para ejercitarlos y
probarlos.
Y, si tú no te guardas, como está dicho, como si no
estuvieses en casa, no sabrás ser religioso, aunque más hagas, ni llegar a la
santa desnudez y recogimiento, ni librarte de lo daños que hay en esto; porque
no lo haciendo así, aunque más buen fin y celo lleves, en uno en otro te cogerá
el demonio y harto cogido estás cuando ya das lugar a distraer el alma en algo
de ello; y acuérdate de lo que dice el apóstol Santiago: Si alguno piensa que
es religioso no refrenando su lengua, la religión de éste vana es (1, 26). Lo
cual se entiende no menos de la lengua interior que de la exterior.
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10. De otras tres cautelas debe usar el que aspira a la
perfección para librarse del demonio, su segundo enemigo. Para lo cual has de
advertir que, entre las muchas astucias de que el demonio usa para engañar a
los espírituales, la más ordinaria es engañarlos debajo de especie de bien y no
debajo de especie de mal; porque sabe que el mal conocido apenas lo tomarán. Y
así siempre te has de recelar de lo que parece bueno, mayormente cuando no
interviene obediencia. La sanidad de esto es el consejo de quien le debes
tomar.
Primera cautela.
11. Sea la primera cautela que jamás, fuera de lo que de orden
estás obligado, te muevas a cosa, por buena que parezca y llena de caridad,
ahora para ti, ahora para otro cualquiera de dentro y fuera de casa, sin orden,
de obediencia. Ganarás en esto mérito y seguridad: excúsaste de propiedad y
huyes el daño y daños que no sabes, que te pedirá Dios en su tiempo, y si esto
no guardas en lo poco y en lo mucho, aunque más te parezca que aciertas, no
podrás dejar de ser engañado del demonio o en poco o en mucho. Aunque no sea
más que no regirte en todo por obediencia, ya yerras culpablemente, pues Dios
más quiere obediencia que sacrificios (1 Re. 15, 22), y las acciones del
religioso no son suyas, sino de la obediencia, y si las sacare de ella, se las
pedirán como perdidas.
Segunda cautela.
12. La segunda cautela sea que jamás mires al prelado con
menos ojos que a Dios, sea el prelado que fuere, pues le tienes en su lugar; y
advierte que el demonio mete mucho aquí la mano. Mirando así al prelado es
grande la ganancia y aprovechamiento, y sin esto grande la pérdida y el daño. Y
así con grande vigilancia vela en que no mires en su condición, ni en su modo,
ni en su traza, ni en otras maneras de proceder suyas; porque te harás tanto
daño que vendrás a trocar la obediencia de divina en humana, moviéndote no te
moviendo sólo por los modos que ves visibles en el prelado, y no por Dios
invisible, a quien sirves en él. Y será tu obediencia vana o tanto más
infructuosa cuanto más tú, por la adversa condición del prelado, te agravas o
por la buena condición te aligeras. Porque dígote que mirar en estos modos a
grande multitud de religiosos tiene arruinados en la perfección, y sus
obediencias son de muy poco valor delante de los ojos de Dios, por haberlos
ellos puesto en estas cosas acerca de la obediencia.
Si esto no haces con fuerza, de manera que vengas a que no
se te dé más que sea prelado uno que otro, por lo que a tu particular
sentimiento toca, en ninguna manera podrás ser espiritual ni guardar bien tus
votos.
Tercera cautela.
13. La tercera cautela, derechamente contra el demonio, es
que de corazón procures siempre humillarte en la palabra y en la obra,
holgándote del bien de los otros como del de ti mismo y queriendo que los
antepongan a ti en todas las cosas, y esto con verdadero corazón. Y de esta
manera vencerás en el bien el mal (Rm. 12, 21), y echarás lejos el demonio y
traerás alegría de corazón Y esto procura ejercitar más en los que menos te
caen en gracia. Y sábete que si así no lo ejercitas, no llegarás a la verdadera
caridad ni aprovecharás en ella.
Y seas siempre más amigo de ser enseñado de todos que querer
enseñar aun al que es menos que todos.
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CONTRA
SÍ MISMO Y SAGACIDAD DE SU SENSUALIDAD
14. De otras tres cautelas ha de usar el que se ha de vencer
a si mismo y su sensualidad, su tercer enemigo.
Primera cautela.
15. La primera cautela sea que entiendas que no has venido
al convento sino a que todos te labren y ejerciten. Y así, para librarte de
todas las turbaciones e imperfecciones se te pueden ofrecer acerca de las
condiciones y trato de los religiosos y sacar provecho de todo acaecimiento,
conviene que pienses que todos son oficiales que están en el convento para
ejercitarte, como a la ver dad lo son, y que unos te han de labrar de palabra,
otros de obra, otros de pensamientos contra ti, y que en todo esto tú has de
estar sujeto, como la imagen lo está ya al que la labra, ya al que la pinta, ya
al que la dora.
Y si esto no guardas, no sabrás vencer tu sensualidad y
sentimientos, ni sabrás haberte bien en el convento con los religiosos, ni
alcanzarás la santa paz, ni te librarás de muchos tropiezos y males.
Segunda cautela.
16. La segunda cautela es que jamás dejes de hacer las obras
por la falta de gusto o sabor que en ellas hallares, si conviene al servicio de
Dios que ellas se hagan. Ni las hagas por solo el sabor y gusto que te dieren
sino conviene hacerlas tanto como las desabridas, porque sin esto es imposible
que ganes constancia y que venzas tu flaqueza.
Tercera cautela.
17. La tercera cautela sea que nunca en los ejercicios el
varón espiritual ha de poner los ojos en lo sabroso de ellos para asirse de
ello y por sólo aquello hacer los tales ejercicios, ni ha de huir lo amargo de
ellos, antes ha de buscar lo desabrido y trabajoso de ellos y abrazarlo, con lo
cual se pone freno a la sensualidad. Porque de otra manera, ni perderás el amor
propio ni ganarás amor de Dios.
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FIN
[San Juan de
ÍNDICE
DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE
ÍNDICE DE LOS AVISOS A UN RELIGIOSO
AVISOS A UN RELIGIOSO
GRADOS DE PERFECCIÓN
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AVISOS A
UN RELIGIOSO PARA ALCANZAR
1. Jesús Mariae Filius. Pidióme su santa caridad mucho en
pocas palabras; para lo cual era necesario mucho tiempo y papel. Viéndome, pues,
falto de todas estas cosas, procuré de resumirme y poner solamente algunos
puntos o avisos, que en suma contienen mucho y que quien perfectamente los
guardare alcanzará mucha perfección. El que quisiere ser verdadero religioso y
cumplir con el estado que tiene prometido a Dios, y aprovechar en las virtudes
y gozar de las consolaciones y suavidad del Espíritu Santo, no, no podrá si no
procura ejercitar con grandísimo cuidado los cuatro avisos siguientes, que son:
resignación, mortificación, ejercicio de virtudes, soledad corporal y
espiritual.
2. Para guardar lo primero, que es resignación, le conviene
que de tal manera viva en el monasterio como si otra persona en él no viviese.
Y así, jamás se entremeta, ni de palabra ni de pensamiento, en las cosas que
pasan en la comunidad ni de las particulares, no queriendo notar ni sus bienes,
ni sus males, ni sus condiciones; y, aunque se hunda el mundo, ni querer
advertir ni entremeterse en ello, por guardar el sosiego de su alma;
acordándose de la mujer de Lot, que, porque volvió la cabeza a mirar los
clamores y ruido de los que perecían, se volvió en dura piedra (Gn. 19, 26).
Esto ha menester guardar con gran fuerza, porque con ello se
librará de muchos pecados e imperfecciones y guardará el sosiego y quietud de su
alma, con mucho aprovechamiento delante de Dios y de los hombres.
Y esto se mire mucho, que importa tanto, que por no lo
guardar muchos religiosos, no sólo nunca les lucieron las otras obras de virtud
y de religión que hicieron, mas fueron siempre hacia atrás de mal en peor.
3. Para obrar lo segundo y aprovecharse en ello, que es
mortificación, le conviene muy de veras poner en su corazón esta verdad, y es
que no ha venido a otra cosa al convento sino para que le labren y ejerciten en
la virtud, y que es como la piedra, que la han de pulir y labrar antes que la
asienten en el edificio.
Y así, ha de entender que todos los que están en el convento
no son más que oficiales que tiene Dios allí puestos para que solamente le
labren y pulan en mortificación, y que unos le han de labrar con la palabra,
diciéndole lo que no quisiera oír; otros con la obra, haciendo contra él lo que
no quisiera sufrir; otros con la condición, siéndole molestos y pesados en sí y
en su manera de proceder; otros con los pensamientos, sintiendo en ellos o
pensando en ellos que no le estiman ni aman.
Y todas estas mortificaciones y molestias debe sufrir con
paciencia interior, callando por amor de Dios, entendiendo que no vino a
4. Y este segundo aviso es totalmente necesario al religioso
para cumplir con su estado y hallar la verdadera humildad, quietud interior y
gozo en el Espíritu Santo. Y, si así no lo ejercita, ni sabe ser religioso, ni
aun a lo que vino a
Porque nunca han de faltar ocasiones en
En las cuales cosas se ha de ejercitar el religioso,
procurando siempre llevarlas con paciencia y conformidad con la voluntad de
Dios, y no llevarlo de manera que, en lugar de aprovecharle Dios en la
probación, le venga a reprobar por no haber querido llevar la cruz de Cristo
con paciencia.
Por no entender muchos religiosos que vinieron a esto,
sufren mal a los otros; los cuales al tiempo de la cuenta se hallaran muy
confusos y burlados.
5. Para obrar lo tercero, que es ejercicio de virtudes, le
conviene tener constancia en obrar las cosas de su Religión y de la obediencia,
sin ningún respeto de mundo, sino solamente por Dios. Y para hacer esto así y
sin engaño, nunca ponga los ojos en el gusto o disgusto que se le ofrece en la
obra para hacerla o dejarla de hacer, sino a la razón que hay de hacerla por
Dios. Y así, ha de hacer todas las cosas, sabrosas o desabridas, con este solo
fin de servir a Dios con ellas.
6. Y para obrar fuertemente y con esta constancia y salir
presto a luz con las virtudes, tenga siempre cuidado de inclinarse más a lo
dificultoso que a lo fácil, a lo áspero que a lo suave, y a lo penoso de la
obra y desabrido que a lo sabroso y gustoso de ella, y no andar escogiendo lo
que es menos cruz, pues es carga liviana (Mt. 11, 30 ); y cuanto más carga, más
leve es, llevada por Dios. Procure también siempre que tos Hermanos sean
preferidos a él en todas las comodidades, poniéndose siempre en más bajo lugar,
y esto muy de corazón, porque éste es el modo de ser mayor en lo espiritual,
como nos dice Dios en su Evangelio: Qui se humiliaverit, exaltabitur (Lc. 14,
11).
7. Para obrar lo cuarto, que es soledad, le conviene tener
todas las cosas del mundo por acabadas, y así cuando, por no poder más, las
hubiere de tratar, sea tan desasidamente como si no fuesen.
8. Y de las cosas de allá fuera no tenga cuenta ninguna,
pues Dios te ha ya sacado y descuidado de ellas. El negocio que pudiere tratar
por tercera persona no lo haga por sí mismo, porque te conviene mucho ni querer
ver a nadie, ni que nadie te vea.
Y advierta mucho que, si a cualquiera de los fieles ha Dios
de pedir estrecha cuenta de una palabra ociosa (Mt. 12, 26), cuánto más al
religioso, que tiene toda su vida y obras consagradas a Dios, y se las ha de
pedir todas el día de su cuenta.
9. No quiero decir por esto que deje de hacer el oficio que
tiene, y cualquiera otro que la obediencia le mandare, con toda la solicitud
posible y que fuere necesaria, sino que de tal manera lo haga que nada se le
pegue en él de culpa, porque esto no lo quiere Dios ni la obediencia.
Para esto procure ser continuo en la oración, y en medio de
los ejercicios corporales no la deje. Ahora coma, ahora beba, o hable o trate
con seglares, o haga cualquier otra cosa, siempre ande deseando a Dios y
aficionando a él su corazón, que es cosa muy necesaria para la soledad
interior, en la cual se requiere no dejar el alma parar ningún pensamiento que
no sea enderezado a Dios y en olvido de todas las cosas que son y pasan en esta
mísera y breve vida.
En ninguna manera quiera saber cosa, sino sólo cómo servirá
más a Dios y guardará mejor las cosas de su instituto.
10. Si estas cuatro cosas guardare Su Caridad con cuidado,
muy en breve será perfecto, las cuales de tal manera se ayudan una a otra, que,
si en una faltare, lo que por las otras fuere aprovechando y ganando, por
aquella en que falta se le va perdiendo.
Inicio
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1. No hacer un pecado por cuanto hay en el mundo, ni hacer
ningún venial a sabiendas, ni imperfección conocida.
2. Procurar andar siempre en la presencia de Dios, o real, o
imaginaria, o unitiva, conforme con las obras se compadeciere.
3. No hacer cosa ni decir palabra notable que no la dijera o
hiciera Cristo si estuviera en el estado que yo estoy y tuviera la edad y salud
que yo tengo.
4. Procure en todas las cosas la mayor honra y gloria de
Dios.
5. Por ninguna ocupación dejar la oración mental, que es
sustento del alma.
6. No dejar el examen de conciencia por las ocupaciones, y
por cada falta hacer alguna penitencia.
7. Tener gran dolor por cualquier tiempo perdido o que se le
pasa en que no ame a Dios.
8. En todas las cosas altas y bajas tenga por fin a Dios,
porque de otra manera no crecerá en perfección y mérito.
9. Nunca falte en la oración, y cuando tuviere sequedad y
dificultad, por el mismo caso persevere en ella, porque quiere Dios muchas
veces ver lo que tiene en su alma, lo cual no se prueba en la facilidad y
gusto.
10. Del cielo y de la tierra siempre lo más bajo y el lugar
y oficio más ínfimo.
11. Nunca se entremeta en lo que no le es mandado ni porfíe en
cosa alguna, aunque sea el que tiene razón. Y en lo que le fuere mandado, si le
dieren el pie (como dicen) no se tome la mano, que algunos se engañan en esto,
entendiendo que tienen obligación de hacer lo que nada les obliga si bien lo
mirasen.
12. De las cosas ajenas, buenas o malas, nunca tenga cuenta,
porque, allende del peligro que hay de pecar, es causa de distracciones y poco
espíritu.
13. Procure siempre confesarse con mucho conocimiento de su
miseria y con claridad y pureza.
14. Aunque las cosas de su obligación y oficio se le hagan
dificultosas y acedas, no desmaye por entonces en ellas, porque no ha de ser
siempre así, y Dios, que prueba el alma fingiendo trabajo en el precepto (Sal.
93, 20 ), de allí a poco le hará sentir el bien y ganancia.
15. Siempre se acuerde de que todo lo que por él pasare,
próspero o adverso, viene de Dios, para que así ni en lo uno se ensoberbezca ni
en lo otro desmaye.
16. Acuérdese siempre cómo no ha venido más de a ser santo,
y así no admita reinar cosa en su alma que no encamine a santidad.
17. Siempre sea amigo más de dar a otros contento que a sí
mismo, y así no tendrá envidia ni propiedad acerca del prójimo. Esto se
entiende en lo que fuere según perfección, porque se enoja Dios mucho contra
los que no anteponen lo que a él place al beneplácito de los hombres. Soli Deo
honor et gloria.
Inicio
---------------------------------------------------------------------------
FIN [San
Juan de
[Cristo de San Juan de
ÍNDICE DE
Introducción Argumento Canciones Prólogo
LIBRO PRIMERO
Capítulos
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 | 8 | 9 | 10 |
| 11 | 12 | 13 | 14 | 15 |
LIBRO SEGUNDO
Capítulos
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 | 8 | 9 | 10 |
| 11 | 12 | 13 | 14 | 15 | 16 | 17 | 18 | 19 | 20 |
| 21 | 22 | 23 | 24 | 25 | 26 | 27 | 28 | 29 | 30 | 31 | 32
|
LIBRO TERCERO
Capítulos
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 | 8 | 9 | 10 |
| 11 | 12 | 13 | 14 | 15 | 16 | 17 | 18 | 19 | 20 |
| 21 | 22 | 23 | 24 | 25 | 26 | 27 | 28 | 29 | 30 |
| 31 | 32 | 33 | 34 | 35 | 36 | 37 | 38 | 39 | 40 |
| 41 | 42 | 43 | 44 | 45 |
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Leyendo en el sentido natural de una ascensión o escalada de
abajo hacia arriba:
- Las cuatro columnas o secciones (de izquierda a derecha)
escritas verticalmente:
Para venir a gustarlo todo
no quieras tener gusto en nada.
Para venir a saberlo todo
no quieras saber algo en nada.
Para venir a poseerlo todo
no quieras poseer algo en nada.
Para venir a serlo todo
no quieras ser algo en nada.
________________________________
has de ir por donde no gustas.
Para venir a lo que no sabes
has de ir por donde no sabes.
Para venir a poseer lo que no posees
has de ir por donde no posees.
Para venir a lo que no eres
has de ir por donde no eres.
________________________________
dejas de arrojarte al todo.
Para venir del todo al todo
has de dejarte del todo en todo,
y cuando lo vengas del todo a tener
has de tenerlo sin nada querer.
________________________________
espíritu su descanso, porque no
comunicando nada, nada le fatiga hacia
arriba, y nada le oprime
hacia abajo, porque está en
el centro de su humildad.
- Los caminos o sendas en dirección, también vertical, que
separan los anteriores avisos, se suceden así de izquierda a derecha:
Camino de espíritu de imperfección del cielo: gloria, gozo,
saber, consuelo, descanso.
Senda del Monte Carmelo espíritu de perfección: nada, nada,
nada, nada, nada, nada, y aún en el monte nada.
Camino de espíritu de imperfección del suelo: poseer, gozo,
saber, consuelo, descanso.
- En los bordes exteriores de los caminos o sendas,
verticalmente y de izquierda a derecha:
a la izquierda: Cuando yo no lo quería téngolo todo sin
querer.
a la derecha: Cuando menos lo quería téngolo todo sin
querer.
- En los dos espacios centrales con las rayas señalando a
las sendas de imperfección se lee:
en la de la izquierda (desde arriba): Cuanto más tenerlo
quise con tanto menos me hallé (y con escritura invertida): ni esotro, ni
esotro, ni esotro, ni esotro, ni esotro, ni esotro.
en la derecha (desde arriba): Cuanto más buscarlo quise con
tanto menos me hallé: ni eso, ni eso, ni eso, ni eso, ni eso, ni eso.
- Formando un arco de izquierda a derecha se colocan los
frutos, virtudes y dones, a saber:
Paz, gozo, alegría, deleite, sabiduría, justicia, fortaleza,
caridad, piedad.
- A la altura del círculo central y flanqueándolo se lee:
a la izquierda: No me da gloria nada.
a la derecha: No me da pena nada.
- El círculo central está formado por el texto de Jeremías
(2, 7): Introduxit vos in terram Carmeli ut comederetis fructum eius et bona
illius. Hier. 2.
- Dentro del círculo la sentencia profética:
Sólo mora en este monte honra y gloria de Dios.
- Bordea la línea superior del arco esta leyenda:
Ya por aquí no hay camino porque para el justo no hay ley;
él para sí se es ley (cf. 1 Tim. 1, 9 y Rom. 2, 14).
- Remata o corona el dibujo el título: MONTE CARMELO.
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Trata de cómo podrá un alma disponerse para llegar en breve
a la divina unión. Da avisos y doctrina, así a los principiantes como a los aprovechados,
muy provechosa para que sepan desembarazarse de todo lo temporal y no
embarazarse con lo espiritual, y quedar en la suma desnudez y libertad de
espíritu, cual se requiere para la divina unión. Compuesta por el Padre Fr.
Juan de
Toda la doctrina que entiendo tratar en esta Subida del
Monte Carmelo está incluida en las siguientes canciones, y en ellas se contiene
el modo de subir hasta la cumbre del monte, que es el alto estado de la
perfección, que aquí llamamos unión del alma con Dios. Y porque tengo de ir
fundando sobre ellas lo que dijere, las he querido poner aquí juntas, para que
se entienda y vea junta toda la sustancia de lo que se ha de escribir; aunque,
al tiempo de la declaración, convendrá poner cada canción de por sí y, ni más
ni menos, los versos de cada una, según lo pidiere la materia y declaración.
Dice, pues, así:
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CANCIONES [San Juan de
ÍNDICE
DE
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en que canta el alma la dichosa ventura que tuvo en pasar
por la oscura noche de la fe, en desnudez y purgación suya, a la unión del
Amado.
1. En una noche oscura, con ansias, en amores inflamada, ¡oh
dichosa ventura!, salí sin ser notada estando ya mi casa sosegada.
3. En la noche dichosa, en secreto, que nadie me veía, ni yo
miraba cosa, sin otra luz y guía sino la que en el corazón ardía.
4. Aquésta me guiaba más cierto que la luz del mediodía,
adonde me esperaba quien yo bien me sabía, en parte donde nadie parecía.
5. ¡Oh noche que guiaste! ¡Oh noche amable más que la
alborada! ¡Oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado
transformada!
6. En mi pecho florido, que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido, y yo le regalaba, y el ventalle de cedros aire daba.
7. El aire de la almena, cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena en mi cuello hería y todos mis sentidos suspendía.
8. Quedéme y olvidéme, el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado.
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PRÓLOGO [San Juan de
ÍNDICE
DE
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1. Para haber de declarar y dar a entender esta noche oscura
por la cual pasa el alma para llegar a la divina luz de la unión perfecta del
amor de Dios, cual se puede en esta vida, era menester otra mayor luz de
ciencia y experiencia que la mía; porque son tantas y tan profundas las
tinieblas y trabajos, así espirituales como temporales, por que ordinariamente
suelen pasar las dichosas almas para poder llegar a este alto estado de
perfección, que ni basta ciencia humana para lo saber entender, ni experiencia
para lo saber decir; porque sólo el que por ello pasa sabrá sentir, mas no
decir.
2. Y, por tanto, para decir algo de esta noche oscura, no
fiaré ni de experiencia ni de ciencia, porque lo uno y lo otro puede faltar y
engañar; mas, no dejándome de ayudar en lo que pudiere de estas dos cosas,
aprovecharme he para todo lo que, con el favor divino, hubiere de decir -a lo
menos para lo más importante y oscuro de entender- de la divina Escritura, por
la cual guiándonos no podremos errar, pues que el que en ella habla es el
Espíritu Santo. Y si yo en algo errare, por no entender bien así lo que en ella
como en lo que sin ella dijere, no es mi intención apartarme del sano sentido y
doctrina de la santa Madre Iglesia Católica, porque en tal caso totalmente me
sujeto y resigno no sólo a su mandato, sino a cualquiera que en mejor razón de
ello juzgare.
3. Para lo cual me ha movido, no la posibilidad que veo en
mí para cosa tan ardua, sino la confianza que en el Señor tengo de que ayudará
a decir algo, por la mucha necesidad que tienen muchas almas; las cuales,
comenzando el camino de la virtud, y queriéndolas Nuestro Señor poner en esta
noche oscura para que por ella pasen a la divina unión, ellas no pasan
adelante; a veces, por no querer entrar o dejarse entrar en ella; a veces, por
no se entender y faltarles guías idóneas y despiertas que las guíen hasta la
cumbre. Y así, es lástima ver muchas almas a quien Dios da talento y favor para
pasar adelante, que, si ellas quisiesen animarse, llegarían a este alto estado,
y quédanse en un bajo modo de trato con Dios, por no querer, o no saber, o no
las encaminar y enseñar a desasirse de aquellos principios. Y ya que, en fin,
Nuestro Señor las favorezca tanto, que sin eso y sin esotro las haga pasar,
llegan muy tarde y con más trabajo y con menos merecimiento, por no haber
acomodádose ellas a Dios, dejándose poner libremente en el puro y cierto camino
de la unión. Porque, aunque es verdad que Dios las lleva -que puede llevarlas
sin ellas-, no se dejan ellas llevar; y así, camínase menos, resistiendo ellas
al que las lleva, y no merecen tanto, pues no aplican la voluntad, y en eso
mismo padecen más. Porque hay almas que, en vez de dejarse a Dios y ayudarse,
antes estorban a Dios por su indiscreto obrar o repugnar, hechas semejantes a
los niños que, queriendo sus madres llevarlos en brazos, ellos van pateando y
llorando, porfiando por se ir ellos por su pie, para que no se pueda andar
nada, y, si se anduviere, sea al paso del niño.
4. Y así, para este saberse dejar llevar de Dios cuando Su
Majestad los quiere pasar adelante, así a los principiantes como a los
aprovechados, con su ayuda daremos doctrina y avisos, para que sepan entender
o, a lo menos, dejarse llevar de Dios. Porque algunos padres espirituales, por
no tener luz y experiencia de estos caminos, antes suelen impedir y dañar a
semejantes almas que ayudarlas al camino, hechos semejantes a los edificantes
de Babilonia que, habiendo de administrar un material conveniente, daban y
aplicaban ellos otro muy diferente, por no entender ellos la lengua (Gn. 11, 19),
y así no se hacía nada. Por lo cual es recia y trabajosa cosa en tales sazones
no entenderse una alma ni hallar quien la entienda. Porque acaecerá que lleve
Dios a una alma por un altísimo camino de oscura contemplación y sequedad, en
que a ella le parece que va perdida, y que, estando así, llena de oscuridad y
trabajos, aprietos y tentaciones, encuentre quien le diga, como los consoladores
de Job (2, 1113) o que es melancolía, o desconsuelo, o condición, o que podrá
ser alguna malicia oculta suya, y que por eso la ha dejado Dios; y así, luego
suelen juzgar que aquella alma debe de haber sido muy mala, pues tales cosas
pasan por ella.
5. Y también habrá quien le diga que vuelve atrás, pues no
halla gusto ni consuelo como antes en las cosas de Dios; y así doblan el
trabajo a la pobre alma. Porque acaecerá que la mayor pena que ella siente sea
del conocimiento de sus miserias propias, en que le parece que ve más claro que
la luz del día que está llena de males y pecados, porque le da Dios aquella luz
del conocimiento en aquella noche de contemplación, como adelante diremos; y,
como halla quien conforme con su parecer, diciendo que serán por su culpa,
crece la pena y el aprieto del alma sin término, y suele llegar a más que
morir. Y no contentándose con esto, pensando los tales confesores que procede
de pecados, hacen a las dichas almas revolver sus vidas y hacer muchas
confesiones generales, y crucificarlas de nuevo; no entendiendo que aquél, por
ventura, no es tiempo de eso ni de esotro, sino de dejarlas así en la purgación
que Dios las tiene, consolándolas y animándolas a que quieran aquella hasta que
Dios quiera; porque hasta entonces, por más que ellas hagan y ellos digan, no
hay más remedio.
6. De esto habemos de tratar adelante con el favor divino, y
de cómo se ha de haber el alma entonces y el confesor con ella, y qué indicios
habrá para conocer si aquella es la purgación del alma, y, si lo es, si es del
sentido o del espíritu, lo cual es la noche oscura que decimos, y cómo se podrá
conocer si es melancolía u otra imperfección acerca del sentido o del espíritu.
Porque podrá haber algunas almas que pensarán, ellas o sus
confesores, que las lleva Dios por este camino de la noche oscura de purgación
espiritual, y no será, por ventura, sino alguna imperfección de las dichas; y
porque hay también muchas almas que piensan no tienen oración, y tienen muy
mucha; y otras, que tienen mucha, y es poco más que nada.
7. Hay otras que es lástima que trabajan y se fatigan mucho,
y vuelven atrás, y ponen el fruto del aprovechar en lo que no aprovecha, sino
antes estorba, y otras que con descanso y quietud van aprovechando mucho.
Hay otras que, con los mismos regalos y mercedes que Dios
les hace para caminar adelante, se embarazan y estorban y no van adelante. Y
otras muchas cosas que en este camino acaecen a los seguidores de él, de gozos,
penas y esperanzas y dolores: unos que proceden de espíritu de perfección,
otros de imperfección.
De todo, con el favor divino, procuraremos decir algo, para
que cada alma que esto leyere, en alguna manera eche de ver el camino que lleva
y el que le conviene llevar, si pretende llegar a la cumbre de este monte.
8. Y por cuanto esta doctrina es de la noche oscura por
donde el alma ha de ir a Dios, no se maraville el lector si le pareciere algo
oscura. Lo cual entiendo yo que será al principio que la comenzare a leer; mas,
como pase adelante, irá entendiendo mejor lo primero, porque con lo uno se va
declarando lo otro. Y después, si lo leyere la segunda vez, entiendo le
parecerá más claro, y la doctrina más sana.
Y si algunas personas con esta doctrina no se hallaren bien,
hacerlo ha mi poco saber y bajo estilo, porque la materia, de suyo, buena es y
harto necesaria. Pero paréceme que, aunque se escribiera más acabada y
perfectamente de lo que aquí va, no se aprovecharan de ello sino los menos,
porque aquí no se escribirán cosas muy morales y sabrosas para todos los
espíritus que gustan de ir por cosas dulces y sabrosas a Dios, sino doctrina
sustancial y sólida, así para los unos como para los otros, si quisieren pasar
a la desnudez de espíritu que aquí se escribe.
9. Ni aun mi principal intento es hablar con todos, sino con
algunas personas de nuestra sagrada Religión de los primitivos del Monte
Carmelo, así frailes como monjas, por habérmelo ellos pedido, a quien Dios hace
merced de meter en la senda de este monte; los cuales, como ya están bien
desnudos de las cosas temporales de este siglo, entenderán mejor la doctrina de
la desnudez del espíritu.
Inicio
LIBRO
PRIMERO [San Juan de
ÍNDICE
DE
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Pone la primera canción. -Dice dos diferencias de noches por
que pasan los espirituales, según las dos partes del hombre, inferior y
superior, y declara la canción siguiente:
(CANCIÓN PRIMERA)
En una noche oscura, con ansias, en amores inflamada, ¡oh
dichosa ventura! salí sin ser notada estando ya mi casa sosegada.
1. En esta primera canción canta el alma la dichosa suerte y
ventura que tuvo en salir de todas las cosas afuera, y de los apetitos e
imperfecciones que hay en la parte sensitiva del hombre, por el desorden que
tiene de la razón. Para cuya inteligencia es de saber que, para que una alma
llegue al estado de perfección, ordinariamente ha de pasar primero por dos
maneras principales de noches, que los espirituales llaman purgaciones o
purificaciones del alma, y aquí las llamamos noches, porque el alma, así en la
una como en la otra, camina como de noche, a oscuras.
2. La primera noche o purgación es de la parte sensitiva del
alma, de la cual se trata en la presente canción, y se tratará en la primera
parte de este libro. Y la segunda es de la parte espiritual, de la cual habla
la segunda canción que se sigue; y de ésta también trataremos en la segunda y
tercera parte, cuanto a lo activo; porque, cuanto a lo pasivo, será en la
cuarta.
3. Y esta primera noche pertenece a los principiantes al
tiempo que Dios los comienza a poner en el estado de contemplación, de la cual
también participa el espíritu, según diremos a su tiempo.
Y la segunda noche o purificación pertenece a los ya
aprovechados, al tiempo que Dios los quiere ya poner en el estado de la unión
con Dios; y ésta es más oscura y tenebrosa y terrible purgación, según se dirá
después.
DECLARACIÓN
DE
4. Quiere, pues, en suma, decir el alma en esta canción que
salió -sacándola Dios- sólo por amor de él, inflamada en su amor, en una noche
oscura, que es la privación y la purgación de todos sus apetitos sensuales
acerca de todas las cosas exteriores del mundo y de las que eran deleitables a
su carne, y también de los gustos de su voluntad. Lo cual todo se hace en esta
purgación del sentido. Y, por eso, dice que salía, estando ya su casa sosegada,
que es la parte sensitiva, sosegados ya y dormidos los apetitos en ella, y ella
en ellos. Porque no se sale de las penas y angustias de los retretes de los
apetitos hasta que estén amortiguados y dormidos.
Y esto dice que le fue dichosa ventura, salir sin ser
notada, esto es, sin que ningún apetito de su carne ni de otra cosa se lo
pudiese estorbar. Y también porque salió de noche, que (es) privándola Dios de
todos ellos, lo cual era noche para ella.
5. Y esto fue dichosa ventura, meterla Dios en esta noche,
de donde se le siguió tanto bien, en la cual ella no atinara a entrar, porque
no atina bien uno por sí solo a vaciarse de todos los apetitos para venir a
Dios.
6. Esta es, en suma, la declaración de la canción. Y ahora
nos habremos de ir por cada verso escribiendo sobre cada uno, y declarando lo
que pertenece a nuestro propósito. Y el mismo estilo se lleva en las demás
canciones, como en el prólogo dije, que, primero, se pondrá cada canción y se
declarará, y después, cada verso.
Inicio
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Declara qué noche oscura sea esta por que el alma dice haber
pasado a la unión.
En una noche oscura.
1. Por tres cosas podemos decir que se llama noche este
tránsito que hace el alma a la unión de Dios.
La primera, por parte del término (de) donde el alma sale,
porque ha de ir careciendo el apetito de todas las cosas del mundo que poseía,
en negación de ellas; la cual negación y carencia es como noche para todos los
sentidos del hombre.
La segunda, por parte del medio o camino por donde ha de ir
el alma a esta unión, lo cual es la fe, que es también oscura para el
entendimiento, como noche.
La tercera, por parte del término adonde va, que es Dios, el
cual, ni más ni menos, es noche oscura para el alma en esta vida. Las cuales
tres noches han de pasar por el alma, o, por mejor decir, el alma por ellas,
para venir a la divina unión con Dios.
2. En el libro del santo Tobías (6, 1822) se figuraron
estas tres maneras de noches por las tres noches que el ángel mandó a Tobías el
mozo que pasasen antes que se juntase en uno con la esposa.
En la primera le mandó que quemase el corazón del pez en el
fuego, que significa el corazón aficionado y apegado a las cosas del mundo; el
cual, para comenzar a ir a Dios, se ha de quemar y purificar todo lo que es
criatura con el fuego del amor de Dios. Y en esta purgación se ahuyenta el
demonio, que tiene poder en el alma por asimiento a las cosas corporales y
temporales.
3. En la segunda noche le dijo que sería admitido en la
compañía de los santos patriarcas, que son los padres de la fe. Porque pasando
por la primera noche, que es privarse de todos los objetos de los sentidos, luego
entra el alma en la segunda noche, quedándose sola en fe (no como excluye la
caridad, sino las otras noticias del entendimiento -como adelante diremos-) que
es cosa que no cae en sentido.
4. En la tercera noche le dijo el ángel que conseguiría la
bendición, que es Dios, el cual, mediante la segunda noche, que es fe, se va
comunicando al alma tan secreta e íntimamente, que es otra noche para el alma,
en tanto que se va haciendo la dicha comunicación muy más oscura que estotras,
como luego diremos. Y pasada esta tercera noche, que es acabarse de hacer la
comunicación de Dios en el espíritu, que se hace ordinariamente en gran
tiniebla del alma, luego se sigue la unión con la esposa que es la sabiduría de
Dios. Como también el ángel dijo a Tobías que, pasada la tercera noche, se
juntaría con su esposa con temor del Señor; el cual temor de Dios cuando está
perfecto, está perfecto el amor, que (es) cuando se hace la transformación por
amor del alma (con Dios).
5. Estas tres partes de noche todas son una noche; pero
tiene tres partes como la noche. Porque la primera, que es la del sentido, se
compara a prima noche, que es cuando se acaba de carecer del objeto de las
cosas. Y la segunda, que es la fe, se compara a la media noche, que totalmente
es oscura. Y la tercera, al despidiente, que es Dios, la cual es ya inmediata a
la luz del día. Y, para que mejor lo entendamos, iremos tratando de cada una de
estas causas de por sí.
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Habla de la primera causa de esta noche, que es de la
privación del apetito en todas las cosas, y da la razón por qué se llama noche.
1. Llamamos aquí noche a la privación del gusto en el
apetito de todas las cosas; porque, así como la noche no es otra cosa sino
privación de la luz, y, por el consiguiente, de todos los objetos que se pueden
ver mediante la luz, por lo cual se queda la potencia visiva a oscuras y sin
nada, así también se puede decir la mortificación del apetito noche para el
alma, porque, privándose el alma del gusto del apetito en todas las cosas, es
quedarse como a oscuras y sin nada. Porque, así como la potencia visiva
mediante la luz se ceba y apacienta de los objetos que se pueden ver, y,
apagada la luz no se ven, así el alma mediante el apetito se apacienta y ceba
de todas las cosas que según sus potencias se pueden gustar; el cual también
apagado, o, por mejor decir, mortificado, deja el alma de apacentarse en el
gusto de todas las cosas, y así se queda según el apetito a oscuras y sin nada.
2. Pongamos ejemplo en todas las potencias. Privando el alma
su apetito en el gusto de todo lo que el sentido del oído puede deleitar, según
esta potencia se queda el alma a oscuras y sin nada. Y privándose del gusto de
todo lo que al sentido de la vista puede agradar, también según esta potencia
se queda el alma a oscuras y sin nada. Y privándose del gusto de toda la
suavidad de olores que por el sentido del olfato el alma puede gustar, ni más
ni menos según esta potencia, se queda a oscuras y sin nada. Y negando también
el gusto de todos los manjares que pueden satisfacer al paladar, también se
queda el alma a oscuras y sin nada. Y, finalmente, mortificándose el alma en
todos los deleites y contentamientos que del sentido del tacto puede recibir,
de la misma manera se queda el alma según esta potencia a oscuras y sin nada.
De manera que el alma que hubiere negado y despedido de sí el gusto de todas
las cosas, mortificando su apetito en ellas, podremos decir que está como de
noche, a oscuras, lo cual no es otra cosa sino un vacío en ella de todos las
cosas.
3. La causa de esto es porque, como dicen los filósofos, el
alma, luego que Dios la infunde en el cuerpo, está como una tabla rasa y lisa
en que no está pintado nada; y si no es lo que por los sentidos va conociendo,
de otra parte naturalmente no se le comunica nada. Y así, en tanto que está en
el cuerpo, está como el que está en una cárcel oscura, el cual no sabe nada
sino lo que alcanza a ver por las ventanas de la dicha cárcel, y si por allí no
viese nada, no vería por otra parte. Y así, el alma, si no es lo que por los
sentidos se le comunica, que son las ventanas de su cárcel, naturalmente por
otra vía nada alcanzaría.
4. De donde, si lo que puede recibir por los sentidos ella
lo desecha y niega, bien podemos decir que se queda como a oscuras y vacía;
pues, según parece por lo dicho, naturalmente no le puede entrar luz por otras
lumbreras que las dichas. Porque, aunque es verdad que no puede dejar de oír, y
ver, y oler, y gustar, y sentir, no le hace más al caso ni le embaraza más al
alma, si lo niega y lo desecha, que si no lo viese ni lo oyese, etc. Como
también el que quiere cerrar los ojos quedará a oscuras, como el ciego, que no
tiene potencia para ver. Y así, al propósito habla David (Sal. 87, 16),
diciendo: Pauper sum ego, et in laboribus a iuventute mea; que quiere decir: Yo
soy pobre y en trabajos desde mi juventud. Llámase pobre, aunque está claro que
era rico, porque no tenía en la riqueza su voluntad, y así era tanto como ser
pobre realmente, mas antes, si fuera realmente pobre y de la voluntad no lo
fuera, no era verdaderamente pobre, pues el ánima estaba rica y llena en el
apetito.
Y por eso llamamos esta desnudez noche para el alma, porque
no tratamos aquí del carecer de las cosas, porque eso no desnuda al alma si
tiene apetito de ellas, sino de la desnudez del gusto y apetito de ellas, que
es lo que deja al alma libre y vacía de ellas, aunque las tenga. Porque no
ocupan al alma las cosas de este mundo ni la dañan, pues no entra en ellas,
sino la voluntad y apetito de ellas que moran en ella.
5. Esta primera manera de noche, como después diremos,
pertenece al alma según la parte sensitiva, que es una de las dos que arriba
dijimos, por las cuales ha de pasar el alma para llegar a la unión.
Ahora digamos cuánto conviene al alma salir de su casa en
esta noche oscura de sentido para ir a la unión de Dios.
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Donde se trata cuán necesario sea al alma pasar de veras por
esta noche oscura del sentido, la cual es la mortificación del apetito, para
caminar a la unión de Dios.
1. La causa por que le es necesario al alma, para llegar a
la divina unión de Dios, pasar esta noche oscura de mortificación de apetitos y
negación de los gustos en todas las cosas, es porque todas las afecciones que
tiene en las criaturas son delante de Dios puras tinieblas, de las cuales
estando el alma vestida, no tiene capacidad para ser ilustrada y poseída de la
pura y sencilla luz de Dios, si primero no las desecha de sí, porque no pueden
convenir la luz con las tinieblas; porque, como dice San Juan (1, 5): Tenebrae
eum non comprehenderunt, esto es: Las tinieblas no pudieron recibir la luz.
2. La razón es porque dos contrarios, según nos enseña la
filosofía, no pueden caber en un sujeto. Y porque las tinieblas, que son las
afecciones en las criaturas, y la luz, que es Dios, son contrarios y ninguna
semejanza ni conveniencia tienen entre sí, según a los Corintios enseña san
Pablo (2 Cor. 6, 14), diciendo: Quae conventio lucis ad tenebras?, es a saber:
¿Qué conveniencia se podrá dar entre la luz y las tinieblas?; de aquí es que en
el alma no se puede asentar la luz de la divina unión si primero no se
ahuyentan las afecciones de ella.
3. Para que probemos mejor lo dicho, es de saber que la
afición y asimiento que el alma tiene a la criatura iguala a la misma alma con
la criatura, y cuanto mayor es la afición, tanto más la iguala y hace
semejante, porque el amor hace semejanza entre lo que ama y es amado. Que por
eso dijo David (Sal. 113, 8), hablando de los que ponían su afición en los
ídolos: Similes illis fiant qui faciunt ea, et omnes qui confidunt in eis, que
quiere decir: Sean semejantes a ellos los que ponen su corazón en ellos. Y así,
el que ama criatura, tan bajo se queda como aquella criatura, y, en alguna
manera, más bajo; porque el amor no sólo iguala, mas aun sujeta al amante a lo
que ama. Y de aquí es que, por el mismo caso que el alma ama algo, se hace
incapaz de la pura unión de Dios y su transformación; porque mucho menos es
capaz la bajeza de la criatura de la alteza del Criador que las tinieblas lo
son de la luz: Porque todas las cosas de la tierra y del cielo, comparadas con
Dios, nada son, como dice Jeremías (4, 23) por estas palabras: Aspexi terram,
et ecce vacua erat et nihil; et caelos, et non erat lux in eis: Miré a la
tierra, dice, y estaba vacía, y ella nada era; y a los cielos, y vi que no tenían
luz. En decir que vio la tierra vacía, da a entender que todas las criaturas de
ella eran nada, y que la tierra era nada también. Y en decir que miró a los
cielos y no vio luz en ellos, es decir que todas las lumbreras del cielo,
comparadas con Dios, son puras tinieblas. De manera que todas las criaturas en
esta manera nada son, y las aficiones de ellas son impedimento y privación de
la transformación en Dios; así como las tinieblas nada son y menos que nada,
pues son privación de la luz. Y así como no comprehende a la luz el que tiene
tinieblas, así no podrá comprehender a Dios el alma que en criaturas pone su
afición; de la cual hasta que se purgue, ni acá podrá poseer por transformación
pura de amor, ni allá por clara visión. Y para más claridad, hablaremos más en
particular.
4. De manera que todo el ser de las criaturas, comparado con
el infinito (ser) de Dios, nada es. Y, por tanto, el alma que en él pone su
afición, delante de Dios también es nada, y menos que nada; porque, como
habemos dicho, el amor hace igualdad y semejanza, y aun pone más bajo al que
ama. Y, por tanto, en ninguna manera podrá esta alma unirse con el infinito ser
de Dios, porque lo que no es no puede convenir con lo que es. Y descendiendo en
particular a algunos ejemplos:
- Toda la hermosura de las criaturas, comparada con la
infinita hermosura de Dios, es suma fealdad, según Salomón en los Proverbios
(31, 30) dice: Fallax gratia, et vana est pulchritudo: Engañosa es la belleza y
vana la hermosura. Y así, el alma que está aficionada a la hermosura de
cualquiera criatura, delante de Dios sumamente fea es; y, por tanto, no podrá
esta alma fea transformarse en la hermosura que es Dios, porque la fealdad no
alcanza a la hermosura.
- Y toda la gracia y donaire de las criaturas, comparada con
la gracia de Dios, es suma desgracia y sumo desabrimiento; y, por eso, el alma
que se prenda de las gracias y donaire de las criaturas, sumamente es
desgraciada y desabrida delante los ojos de Dios; y así no puede ser capaz de
la infinita gracia de Dios y belleza, porque lo desgraciado grandemente dista
de lo que infinitamente es gracioso.
- Y toda la bondad de las criaturas del mundo, comparada con
la infinita bondad de Dios, se puede llamar malicia. Porque nada hay bueno sino
solo Dios (Lc. 18, 19); y, por tanto, el alma que pone su corazón en los bienes
del mundo, sumamente es mala delante de Dios. Y así como la malicia no
comprehende a la bondad, así esta tal alma no podrá unirse con Dios, el cual es
suma bondad.
- Y toda la sabiduría del mundo y habilidad humana,
comparada con la sabiduría infinita de Dios, es pura y suma ignorancia, según
escribe san Pablo ad Corinthios (1 Cor. 3, 19), diciendo: Sapientia huius mundi
stultitia est apud Deum. La sabiduría de este mundo, delante de Dios es locura.
5. Por tanto, toda alma que hiciese caso de todo su saber y
habilidad para venir a unirse con la sabiduría de Dios, sumamente es ignorante
delante de Dios, y quedará muy lejos de ella. Porque la ignorancia no sabe qué
cosa es sabiduría, como dice San Pablo que esta sabiduría le parece a Dios
necedad. Porque, delante de Dios, aquellos que se tienen por de algún saber son
muy ignorantes; porque de ellos dice el Apóstol escribiendo a los Romanos (1,
22), diciendo: Dicentes enim se esse sapientes, stulti facti sunt, esto es:
Teniéndose ellos por sabios, se hicieron necios. Y solos aquellos van teniendo
sabiduría de Dios que, como niños ignorantes, deponiendo su saber, andan con
amor en su servicio. La cual manera de sabiduría enseñó también san Pablo ad Corinthios
(1 Cor. 3, 1819): Si quis videtur inter vos sapiens esse in hoc saeculo,
stultus fiat ut sit sapiens. Sapientia enim huius mundi stultitia est apud
Deum, esto es: Si alguno le parece que es sabio entre vosotros, hágase
ignorante para ser sabio, porque la sabiduría de este mundo es acerca de Dios
locura. De manera que, para venir el alma a unirse con la sabiduría de Dios,
antes ha de ir no sabiendo que por saber.
- 6. Y todo el señorío y libertad del mundo, comparado con
la libertad y señorío del espíritu de Dios, es suma servidumbre, y angustia, y
cautiverio. Por tanto, el alma que se enamora de mayorías, o de otros tales
oficios, y de las libertades de su apetito, delante de Dios es tenido y tratado
no como hijo, sino como bajo esclavo y cautivo, por no haber querido él tomar
su santa doctrina, en que nos enseña que el que quisiere ser mayor sea menor, y
el que quisiere ser menor sea el mayor (Lc. 22, 26). Y, por tanto, no podrá el
alma llegar a la real libertad del espíritu, que se alcanza en su divina unión,
porque la servidumbre ninguna parte puede tener con la libertad, la cual no
puede morar en el corazón sujeto a quereres, porque éste es corazón de esclavo,
sino en el libre, porque es corazón de hijo. Y ésta es la causa por que Sara
dijo a su marido Abraham que echase fuera a la esclava y a su hijo, diciendo
que no había de ser heredero el hijo de la esclava con el hijo de la libre (Gn.
21, 10).
- 7. Y todos los deleites y sabores de la voluntad en todas
las cosas del mundo, comparados con todos los deleites que es Dios, son suma
pena, tormento y amargura. Y así, el que pone su corazón en ellos es tenido
delante de Dios por digno de suma pena, tormento y amargura. Y así, no podrá
venir a los deleites del abrazo de la unión de Dios, siendo él digno de pena y
amargura.
- Todas las riquezas y gloria de todo lo criado, comparado
con la riqueza que es Dios, es suma pobreza y miseria. Y así, el alma que lo
ama y posee es sumamente pobre y miserable delante de Dios, y por eso no podrá
llegar a la riqueza y gloria, que es el estado de la transformación en Dios
(por cuanto lo miserable y pobre sumamente dista de lo que es sumamente rico y
glorioso).
8. Y, por tanto,
En lo cual
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Donde se trata y prosigue lo dicho, mostrando por
autoridades de
1. Por lo dicho se puede echar, en alguna manera, de ver la
distancia que hay de todo lo que las criaturas son en sí a lo que Dios es en
sí, y cómo las almas que en alguna de ellas ponen su afición, esa misma
distancia tienen de Dios; pues, como habemos dicho, el amor hace igualdad y
semejanza. La cual distancia, por echarla bien de ver san Agustín, decía
hablando con Dios en los Soliloquios: Miserable de mí, ¿cuándo podrá mi
cortedad e imperfección convenir con tu rectitud? Tú verdaderamente eres bueno,
y yo malo; tú piadoso y yo impío; tú santo, yo miserable; tú justo, yo injusto;
tú luz, yo ciego; tú vida, yo muerte; tú medicina, yo enfermo; tú suma verdad,
yo toda vanidad. Todo esto dice este Santo.
2. Por tanto, es suma ignorancia del alma pensar podrá pasar
a este alto estado de unión con Dios si primero no vacía el apetito de todas
las cosas naturales y sobrenaturales que le pueden impedir, según que adelante
declararemos; pues es suma la distancia que hay de ellas a lo que en este
estado se da, que es puramente transformación en Dios. Que, por eso, Nuestro
Señor, enseñándonos este camino, dijo por san Lucas (14, 33): Qui non renuntiat
omnibus quae possidet, non potest meus esse discipulus. Quiere decir: El que no
renuncia todas las cosas que con la voluntad posee, no puede ser mi discípulo.
Y esto está claro, porque la doctrina que el Hijo de Dios vino a enseñar fue el
menosprecio de todas las cosas, para poder recibir el precio del espíritu de
Dios en sí; porque, en tanto que de ellas no se deshiciere el alma, no tiene
capacidad para recibir el espíritu de Dios en pura transformación.
3. De esto tenemos figura en el Exodo (c. 16), donde se lee
que no dio Dios el manjar del cielo, que era el maná, a los hijos de Israel
hasta que les faltó la harina que ellos habían traído de Egipto. Dando por esto
a entender que primero conviene renunciar a todas las cosas, porque este manjar
de ángeles no conviene al paladar que quiere tomar sabor en el de los hombres.
Y no solamente se hace incapaz del espíritu divino el alma que se detiene y
apacienta en otros extraños gustos, mas aun enojan mucho a
4. ¡Oh si supiesen los espirituales cuánto bien pierden y
abundancia de espíritu por no querer ellos acabar de levantar el apetito de
niñerías, y cómo hallarían en este sencillo manjar del espíritu el gusto de
todas las cosas si ellos no quisieren gustarlas! Pero no le gustan; porque la
causa por que éstos no recibían el gusto de todos los manjares que había en el
maná era porque ellos no recogían el apetito a sólo él. De manera que no dejaban
de hallar en el maná todo el gusto y fortaleza que ellos pudieran querer porque
en el maná no le hubiese, sino porque ellos otra cosa querían. Así, el que
quiere amar otra cosa juntamente con Dios, sin duda es tener en poco a Dios,
porque pone en una balanza con Dios lo que sumamente, como habemos dicho, dista
de Dios.
5. Ya se sabe bien por experiencia que cuando una voluntad
se aficiona a una cosa, la tiene en más que otra cualquiera, aunque sea muy
mejor que ella, si no gusta tanto de la otra. Y si de una y de otra quiere
gustar, a la más principal por fuerza ha de hacer agravio, pues hace entre
ellas igualdad. Y por cuanto no hay cosa que iguale con Dios, mucho agravio
hace a Dios el alma que con él ama otra cosa o se ase a ella. Y pues esto es así,
¿que sería si la amase más que a Dios?
6. Esto también es lo que se denotaba cuando mandaba Dios a
Moisés (Ex. 34, 3) que subiese al monte a hablar con él. Le mandó que no
solamente subiese él solo, dejando abajo a los hijos de Israel, pero que ni aún
las bestias paciesen de contra del monte. Dando por esto a entender que el alma
que hubiere de subir a este monte de perfección a comunicar con Dios, no sólo
ha de renunciar todas las cosas y dejarlas abajo, mas también los apetitos, que
son las bestias, no las ha de dejar apacentar de contra de este monte, esto es,
en otras cosas que no son Dios puramente, en el cual todo apetito cesa, esto
es, en estado de la perfección. Y así es menester que el camino y subida para
Dios sea un ordinario cuidado de hacer cesar y mortificar los apetitos; y tanto
más presto llegará el alma, cuanto más priesa en esto se diere. Mas hasta que
cesen, no hay llegar, aunque más virtudes ejercite, porque le falta el
conseguirlas en perfección, la cual consiste en tener el alma vacía y desnuda y
purificada de todo apetito. De lo cual también tenemos figura muy al vivo en el
Génesis (35, 2), donde se lee que, queriendo el patriarca Jacob subir al monte
Betel a edificar allí a Dios un altar, en que le ofreció sacrificio, primero
mandó a toda su gente tres cosas: la una, que arrojasen de sí todos los dioses
extraños; la segunda, que se purificasen; la tercera, que mudasen vestiduras.
7. En las cuales tres cosas se da a entender a toda alma que
quiere subir a este monte a hacer de sí mismo altar en él, en que ofrezca a
Dios sacrificio de amor puro y alabanza y reverencia pura, que, primero que
suba a la cumbre del monte, ha de haber perfectamente hecho las dichas tres
cosas.
Lo primero, que arroje todos los dioses ajenos, que son
todas las extrañas aficiones y asimientos.
Y lo segundo, que se purifique del dejo que han dejado en el
alma los dichos apetitos con la noche oscura del sentido que decimos,
negándolos y arrepintiéndose ordinariamente.
Y lo tercero que ha de tener para llegar a este alto monte
es las vestiduras mudadas. Las cuales, mediante la obra de las dos cosas
primeras, se las mudará Dios de viejas en nuevas, poniendo en el alma un nuevo
ya entender de Dios en Dios, dejando el viejo entender de hombre, y un nuevo
amar a Dios en Dios, desnuda ya la voluntad de todos sus viejos quereres y
gustos de hombre, y metiendo al alma en una nueva noticia, echadas ya otras
noticias e imágenes viejas aparte, haciendo cesar todo lo que es de hombre
viejo (cf. Col. 3, 9), que es la habilidad del ser natural, y vistiéndose de
nueva habilidad sobrenatural según todas sus potencias. De manera que su obrar
ya de humano se haya vuelto en divino, que es lo que se alcanza en estado de
unión, en la cual el alma no sirve de otra cosa sino de altar, en que Dios es
adorado en alabanza y amor, y sólo Dios en ella está. Que, por eso, mandaba
Dios (Ex. 27, 8) que el altar donde había de estar el arca del Testamento
estuviese de dentro vacío, para que entienda el alma cuán vacía la quiere Dios
de todas las cosas, para que sea altar digno donde esté Su Majestad. En el cual
altar tampoco permitía ni que hubiese fuego ajeno, ni que faltase jamás el
propio; tanto, que, porque Nadab y Abiud, que eran dos hijos del sumo sacerdote
Arón, ofrecieron fuego ajeno en su altar, enojado, Nuestro Señor, los mató allí
delante del altar (Lv. 10, 1). Para que entendamos que en el alma ni ha de
faltar amor de Dios para ser digno altar, ni tampoco otro amor ajeno se ha de
mezclar.
8. No consiente Dios a otra cosa morar consigo en uno. De
donde se lee en el libro primero de los Reyes (5, 24) que, metiendo los
filisteos al arca del Testamento en el templo donde estaba su ídolo, amanecía
el ídolo cada día arrojado en el suelo y hecho pedazos. Y sólo aquel apetito
consiente y quiere que haya donde él está, que es de guardar la ley de Dios
perfectamente y llevar
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En que se trata de dos daños principales que causan los
apetitos en el alma, el uno privativo y el otro positivo.
1. Y para que más clara y abundantemente se entienda lo
dicho, será bueno poner aquí y decir cómo estos apetitos causan en el alma dos
daños principales: el uno es que la privan del espíritu de Dios, y el otro es
que al alma en que viven la cansan, atormentan, oscurecen, ensucian y
enflaquecen y la llagan, según aquello que dice Jeremías, capítulo segundo (v.
13): Duo mala fecit populus meus: dereliquerunt fontem aquae vivae, et foderunt
sibi cisternas dissipatas, quae continere non valent aquas; quiere decir:
Dejáronme a mí, que soy fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas rotas,
que no pueden tener agua. Esos dos males, conviene a saber: privación y
positivo, se causan por cualquiera acto desordenado del apetito.
Y, primeramente, hablando del privativo, claro está que, por
el mismo caso que el alma se aficiona a una cosa que cae debajo de nombre de
criatura, cuanto aquel apetito tiene de más entidad en el alma, tiene ella de
menos capacidad para Dios, por cuanto no pueden caber dos contrarios, según
dicen los filósofos, en un sujeto, y también dijimos en el cuarto capitulo. Y
afición de Dios y afición de criatura son contrarios; y así, no caben en una
voluntad afición de criatura y afición de Dios. Porque ¿qué tiene que ver
criatura con Criador, sensual con espiritual, visible con invisible, temporal
con eterno, manjar celestial puro espiritual con el manjar del sentido puro
sensual, desnudez de Cristo con asimiento en alguna cosa?
2. Por tanto, así como en la generación natural no se puede
introducir una forma sin que primero se expela del sujeto la forma contraria
que precede, la cual estando, es impedimento de la otra, por la contrariedad
que tienen las dos entre sí, así, en tanto que el alma se sujeta al espíritu
sensual, no puede entrar en ella el espíritu puro espiritual. Que, por eso,
dijo Nuestro Salvador por san Mateo (15, 26): Non est bonum sumere panem
filiorum et mittere canibus, esto es: No es cosa conveniente tomar el pan de
los hijos y darlo a los canes. Y también en otra parte dice por el mismo
evangelista (7, 6): Nolite sanctum dare canibus, que quiere decir: No queráis
dar lo santo a los canes. En las cuales autoridades compara Nuestro Señor al
que, negando los apetitos de las criaturas, se disponen para recibir el
espíritu de Dios puramente, a los hijos de Dios; y a los que quieren cebar su
apetito en las criaturas, a los perros, porque a los hijos les es dado comer
con su Padre a la mesa y de su plato, que es apacentarse de su espíritu, y a
los canes, las meajas que caen de la mesa.
3. En lo cual es de saber que todas las criaturas son meajas
que cayeron de la mesa de Dios. Por tanto, justamente es llamado can el que
anda apacentándose en las criaturas, y por eso se les quita el de los hijos,
pues ellos no se quieren levantar de las meajas de las criaturas a la mesa del
espíritu increado de su Padre. Y por eso justamente, como perros, siempre andan
hambreando, porque las meajas más sirven de avivar el apetito que de satisfacer
el hambre. Y así, de ellos dice David (Sal. 58, 1516): Famen patientur ut
canes, et circuibunt civitatem. Si vero non fuerint saturati, et murmurabunt;
quiere decir: Ellos padecerán hambre como perros y rodearán la ciudad y, como
no se vean hartos, murmurarán. Porque ésta es la propiedad del que tiene
apetitos, que siempre está descontento y desabrido, como el que tiene hambre.
Pues, ¿qué tiene que ver el hambre que ponen todas las criaturas con la hartura
(que causa el espíritu de Dios? Por eso, no puede entrar esta hartura) increada
en el alma si no se echa primero esotra hambre criada del apetito del alma;
pues, como habemos dicho, no pueden morar dos contrarios en un sujeto, los
cuales en este caso son hambre y hartura.
4. Por lo dicho se verá cuánto más hace Dios en limpiar y
purgar una alma de estas contrariedades, que en criarla de nonada. Porque estas
contrariedades de afectos y apetitos contrarios más opuestas y resistentes son
a Dios que la nada, porque ésta no resiste. Y esto baste acerca del primer daño
principal que hacen al alma los apetitos, que es resistir al espíritu de Dios,
por cuanto arriba está ya dicho mucho de ello.
5. Ahora digamos del segundo efecto que hacen en ella, el
cual es de muchas maneras, porque los apetitos cansan al alma, y la atormentan,
y oscurecen, y la ensucian, y la enflaquecen. De las cuales cinco cosas iremos
diciendo de por sí.
6. Cuanto a lo primero, claro está que los apetitos cansan y
fatigan al alma, porque son como unos hijuelos inquietos y de mal contento, que
siempre están pidiendo a su madre uno y otro, y nunca se contentan. Y así como
se cansa y fatiga el que cava por codicia del tesoro, así se cansa y fatiga el
alma por conseguir lo que sus apetitos le piden. Y, aunque lo consiga, en fin,
siempre se cansa, porque nunca se satisface; porque, al cabo, son cisternas
rotas las que cava, que no pueden tener agua para satisfacer la sed (Jer. 2,
13). Y así, como dice Isaías (29, 8): Lassus adhuc sitit, et anima eius vacua
est; que quiere decir: Está su apetito vacío. Y cánsase y fatígase el alma que
tiene apetitos, porque es como el enfermo de calentura, que no se halla bien
hasta que se le quite la fiebre, y cada rato le crece la sed. Porque, como se
dice en el libro de Job (20, 22): Cum satiatus fuerit, arctabitur, aestuabit,
et omnis dolor irruet super eum; que quiere decir: Cuando hubiere satisfecho su
apetito, quedará más apretado y agravado; creció en su alma el calor del
apetito y así caerá sobre él todo dolor.
Cánsase y fatígase el alma con sus apetitos, porque es
herida y movida y turbada de ellos como el agua de los vientos, y de esa misma
manera la alborotan, sin dejarla sosegar en (un) lugar ni en una cosa. Y de tal
alma dice Isaías (57, 20): Cor impii quasi mare fervens: El corazón del malo es
como el mar cuando hierve; y es malo el que no vence los apetitos.
Cánsase y fatígase el alma que desea cumplir sus apetitos,
porque es como el que, teniendo hambre, abre la boca para hartarse de viento,
y, en lugar de hartarse, se seca más, porque aquél no es su manjar. A este
propósito dijo Jeremías (2, 24): In desiderio animae suae attraxit ventum
amoris sui; como si dijera: En el apetito de su voluntad atrajo a sí el viento
de su afición. Y luego dice adelante (2, 25) para dar a entender la sequedad en
que esta tal alma queda, dando aviso y diciendo: Prohibe pedem tuum a nuditate,
et guttur tuum a siti; que quiere decir: Aparta tu pie, esto es, tu
pensamiento, de la desnudez, y tu garganta de la sed, es a saber, tu voluntad
del cumplimiento del apetito que hace más sequía.
Y así como se cansa y fatiga el enamorado en el día de la
esperanza cuando le salió su lance en vacío, (así) se cansa el alma y fatiga
con todos sus apetitos y cumplimiento de ellos, pues todos le causan mayor
vacío y hambre; porque, como comúnmente dicen, el apetito es como el fuego que,
echándole leña, crece, y luego que la consume, por fuerza ha de desfallecer.
7. Y aun el apetito es de peor condición en esta parte;
porque el fuego, acabándose la leña, descrece; mas el apetito no descrece en
aquello que se aumentó cuando se puso por obra, aunque se acaba la materia,
sino que, en lugar de descrecer, como el fuego cuando se le acaba la suya, él
desfallece en fatiga, porque queda crecida el hambre y disminuido el manjar. Y
de éste habla Isaías (9, 20), diciendo: Declinabit ad dexteram, et esuriet; et
comedet ad sinistram, et non saturabitur; quiere decir: Declinará hacia la mano
derecha, y habrá hambre; y comerá hacia la siniestra, y no se hartará. Porque
estos que no mortifican sus apetitos, justamente, cuando declinan, ven la
hartura del dulce espíritu de los que están a la diestra de Dios, la cual a
ellos no se le concede; y, justamente, cuando corren hacia la siniestra, que es
cumplir su apetito en alguna criatura, no se hartan; pues, dejando lo que sólo
puede satisfacer, se apacientan de lo que les causa más hambre.
Claro está, pues, que los apetitos cansan y fatigan al alma.
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En que se trata cómo los apetitos atormentan al alma.
Pruébalo también por comparaciones y autoridades.
1. La segunda manera de mal positivo que causan al alma los
apetitos es que la atormentan y afligen a manera del que está en tormento de cordeles,
abarcado a alguna parte, de lo cual hasta que se libre no descansa. Y de éstos
dice David (Sal. 118, 61): Funes peccatorum circumplexi sunt me: Los cordeles
de mis pecados, que son mis apetitos, en derredor me han apretado.
Y de la misma manera que se atormenta y aflige al que
desnudo se acuesta sobre espinas y puntas, así se atormenta el alma y aflige
cuando sobre sus apetitos se recuesta. Porque, a manera de espinas, hieren y
lastiman y asen y dejan dolor. Y de ellos también dice David (Sal. 117, 12):
Circumdederunt me sicut apes, et exarserunt sicut ignis in spinis; que quiere
decir: Rodeáronse de mí como abejas, punzándome con sus aguijones, y
encendiéronse contra mí como el fuego en espinas; por que en los apetitos, que
son las espinas, crece el fuego de la angustia y del tormento.
Y así como aflige y atormenta el gañán al buey debajo del
arado con codicia de la mies que espera, así la concupiscencia aflige al alma
debajo del apetito por conseguir lo que quiere. Lo cual se echa bien de ver en
aquel apetito que tenía Dalila de saber en qué tenía tanta fuerza Sansón, que
dice
2. El apetito tanto más tormento es para el alma cuanto él
es más intenso. De manera que tanto hay de tormento cuanto hay de apetito, y
tanto más tormentos tiene cuantos más apetitos la poseen; porque se cumple en
la tal alma, aun en esta vida, lo que se dice en el Apocalipsis (18, 7) de
Babilonia por estas palabras: Quantum glorificavit se, et in deliciis fuit,
tantum date illi tormentum et luctum; esto es: Tanto cuanto se quiso ensalzar y
cumplir sus apetitos, le dad de tormento y angustia. Y de la manera que es
atormentado y afligido el que cae en manos de sus enemigos, así es atormentada
y afligida el alma que se deja llevar de sus apetitos. De lo cual hay figura en
el libro de los Jueces (16, 21), donde se lee que aquel fuerte Sansón, que
antes era fuerte y libre y juez de Israel, cayendo en poder de sus enemigos, le
quitaron la fortaleza, y le sacaron los ojos, y le ataron a moler en una muela,
adonde le atormentaron y afligieron mucho. Y así acaece al alma donde estos
enemigos de apetitos viven y vencen, que lo primero que hacen es enflaquecer al
alma y cegarla; y, como abajo diremos, luego la afligen y atormentan, atándola
a la muela de la concupiscencia; y los lazos con que está asida son sus mismos
apetitos.
3. Por lo cual, habiendo Dios lástima a éstos que con tanto
trabajo y tan a costa suya andan a satisfacer la sed y hambre del apetito en
las criaturas, les dice por Isaías (55, 12): Omnes sitientes venite ad aquas;
et qui non habetis argentum, properate, emite et comedite: venite, emite absque
argento vinum et lac. Quare appenditis argentum non in panibus, et laborem
vestrum non in saturitate?; como si dijera: Todos los que tenéis sed de
apetitos, venid a las aguas, y todos los que no tenéis plata de propia voluntad
y apetitos, daos priesa; comprad de mí y comed; venid y comprad de mi vino y
leche, que es paz y dulzura espiritual, sin plata de propia voluntad, y sin
darme por ello (interés o) trueque alguno del trabajo, como dais por vuestros
apetitos. ¿Por qué dais la plata de vuestra voluntad por lo que no es pan, esto
es, del espíritu divino, y ponéis el trabajo de vuestros apetitos en lo que no
os puede hartar? Venid, oyéndome a mí, y comeréis el bien que deseáis, y
deleitarse ha en grosura vuestra alma.
4. Este venir a la grosura es salirse de todos los gustos de
criatura, porque la criatura atormenta, y el espíritu de Dios recrea. Y así,
nos llama él por san Mateo (11, 2829), diciendo: Venite ad me, omnes qui
laboratis et onerati estis, et ego reficiam vos, et invenietis requiem animabus
vestris; como si dijera: Todos los que andáis atormentados, afligidos y
cargados con la carga de vuestros cuidados y apetitos, salid de ellos, viniendo
a mí, y yo os recrearé, y hallaréis para vuestras almas el descanso que os
quitan vuestros apetitos. Y así, son pesada carga, porque de ellos dice David
(Sal. 37, 5): Sicut onus grave gravatae sunt super me.
Inicio
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En que se trata cómo los apetitos oscurecen y ciegan al
alma.
1. Lo tercero que hacen en el alma los apetitos es que la
ciegan y oscurecen. Así como los vapores oscurecen el aire y no le dejan lucir
el sol claro; como el espejo tomado del paño no puede recibir serenamente en sí
el rostro; o como (en) el agua envuelta en cieno, no se divisa bien la cara del
que en ella se mira; así, el alma que de los apetitos está tomada, según el
entendimiento está entenebrecida, y no da lugar para que ni el sol de la razón
natural ni el de
2. Y en eso mismo que se oscurece según el entendimiento, se
entorpece también según la voluntad, y según la memoria se enrudece y desordena
en su debida operación. Porque, como estas potencias, según sus operaciones,
dependen del entendimiento, estando él impedido, claro está lo han ellas de
estar desordenadas y turbadas. Y así dice David (Sal. 6, 4): Anima mea turbata
est valde, esto es: Mi ánima está muy turbada; que es tanto como decir:
desordenada en sus potencias. Porque, como decimos, ni el entendimiento tiene
capacidad para recibir la ilustración de la sabiduría de Dios, como tampoco la
tiene el aire tenebroso para recibir la del sol, ni la voluntad tiene habilidad
para abrazar en sí a Dios en puro amor, como tampoco la tiene el espejo que está
tomado de vaho para representar claro en sí el rostro presente, y menos la
tiene la memoria que está ofuscada con las tinieblas del apetito para
informarse con serenidad de la imagen de Dios, como tampoco el agua turbia
puede mostrar claro el rostro del que se mira.
3. Ciega y oscurece el apetito al alma, porque el apetito en
cuanto apetito, ciego es; porque, de suyo, ningún entendimiento tiene en sí,
porque la razón es siempre su mozo de ciego. Y de aquí es que todas las veces
que el alma se guía por su apetito, se ciega, pues es guiarse el que ve por el
que no ve, lo cual es como ser entrambos ciegos. Y lo que de ahí se sigue es lo
que dice Nuestro Señor por san Mateo (15, 14): Si caecus caeco ducatum
praestet, ambo in foveam cadunt; si el ciego guía al ciego, entrambos caerán en
la hoya.
Poco le sirven los ojos a la mariposilla, pues que el
apetito de la hermosura de la luz la lleva encandilada a la hoguera. Y así
podemos decir que el que se ceba de apetito es como el pez encandilado, al cual
aquella luz antes le sirve de tinieblas para que no vea los daños que los
pescadores le aparejan. Lo cual da muy bien a entender el mismo David (Sal. 57,
9), diciendo de los semejantes: Supercecidit ignis, et non viderunt solem; que
quiere decir: Sobrevínoles el fuego que calienta con su calor y encandila con
su luz. Y eso hace el apetito en el alma, que enciende la concupiscencia y
encandila al entendimiento de manera que no pueda ver su luz. Porque la causa
del encandilamiento es que, como pone otra luz diferente delante de la vista,
ciégase la potencia visiva en aquélla que está entrepuesta y no ve la otra; y
como el apetito se le pone al alma tan cerca, que está en la misma alma,
tropieza en esta luz primera y cébase en ella, y así no la deja ver su luz de
claro entendimiento, ni la verá hasta que se quite de en medio el
encandilamiento del apetito.
4. Por lo cual es harto de llorar la ignorancia de algunos,
que se cargan de extraordinarias penitencias y de otros muchos voluntarios
ejercicios, y piensan que les bastará eso y esotro para venir a la unión de
5. Y así, echando de ver David (Sal. 57, 10) la de éstos, y
cuán impedidas tienen las almas de la claridad de la verdad, y cuánto Dios se
enoja con ellos, habla con ellos diciendo: Priusquam intelligerent spinae
vestrae rhamnum: sicut viventes, sic in ira absorbet eos, y es como si dijera:
Antes que entendiesen vuestras espinas, esto es, vuestros apetitos, así como a
los vivientes, de esta manera los absorberá en su ira Dios. Porque a los
apetitos vivientes en el alma, antes que ellos puedan entender a Dios, los
absorberá Dios en esta vida o en la otra con castigo y corrección, que será por
la purgación. Y dice que los absorberá en ira, porque lo que se padece en la
mortificación de los apetitos es castigo del estrago que en el alma han hecho.
6. ¡Oh si supiesen los hombres de cuánto bien de luz divina
los priva esta ceguera que les causan sus aficiones y apetitos, y en cuántos
males y daños les hacen ir cayendo cada día en tanto que no los mortifican!
Porque no hay fiarse de buen entendimiento, ni dones que tengan recibidos de
Dios, para pensar que, si hay afición o apetito, dejará de cegar y oscurecer y
hacer caer poco a poco en peor. Porque ¿quién dijera que un varón tan acabado
en sabiduría y dones de Dios como era Salomón, había de venir a tanta ceguera y
torpeza de voluntad, que hiciese altares a tantos ídolos y los adorase él
mismo, siendo ya viejo? (3 Re. 11, 4). Y sólo para esto bastó la afición que
tenía a las mujeres y no tener el cuidado de negar los apetitos y deleites de
su corazón. Porque él mismo dice de sí en el Eclesiastés (2, 10) que no negó a
su corazón lo que le pidió. Y pudo tanto este arrojarse a sus apetitos, que,
aunque es verdad que al principio tenía recato, pero, porque no los negó, poco
a poco le fueron cegando y oscureciendo el entendimiento, de manera que le
vinieron a acabar de apagar aquella gran luz de sabiduría que Dios le había
dado, de manera que a la vejez dejó a Dios.
7. Y si en éste pudieron tanto, que tenía tanta noticia de
la distancia que hay entre el bien y el mal, ¿qué no podrán contra nuestra
rudeza los apetitos no mortificados? Pues, como dijo Dios al profeta Jonás (4,
11) de los ninivitas, no sabemos lo que hay entre la siniestra y la diestra,
porque a cada paso tenemos lo malo por bueno, y lo bueno por malo, y esto de
nuestra cosecha lo tenemos. Pues, ¿qué será si se añade apetito a natural
tiniebla? sino que como dice Isaías (59, 10): Palpavimus sicut caeci parietem,
et quasi absque oculis, attrectavimus: impegimus meridie, quasi in tenebris.
Habla el profeta con los que aman seguir estos sus apetitos, y es como si
dijera: Habemos palpado la pared, como si fuéramos ciegos, y anduvimos
atentando como sin ojos, y llegó a tanto nuestra ceguera, que en el mediodía
atollamos, como si fuera en las tinieblas. Porque esto tiene el que está ciego
del apetito, que, puesto en medio de la verdad y de lo que le conviene, no lo
echa más de ver que si estuviera en tinieblas.
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En que se trata cómo los apetitos ensucian al alma. Pruébalo
por comparaciones y autoridades de
1. El cuarto daño que hacen los apetitos al alma es que la
ensucian y manchan, según lo enseña el Eclesiástico (13, 1), diciendo: Qui
tetigerit picem, inquinabitur ab ea; quiere decir: El que tocare a la pez,
ensuciarse ha de ella; y entonces toca uno la pez cuando en alguna criatura
cumple el apetito de su voluntad. En lo cual es de notar que el Sabio compara
las criaturas a la pez, porque más diferencia hay entre la excelencia del alma
y todo lo mejor de ellas, que hay del claro diamante fino oro a la pez. Y así como
el oro o diamante, si se pusiese caliente sobre la pez, quedaría de ella feo y
untado, por cuanto el calor la regaló y atrajo, así el alma que está caliente
de apetito sobre alguna criatura, en el calor de su apetito saca inmundicia y
mancha de él en sí.
Y más diferencia hay entre el alma y las demás criaturas
corporales que entre un muy clarificado licor y un cieno muy sucio. De donde,
así como se ensuciaría el tal licor si le envolviesen con el cieno, de esa
misma manera se ensucia el alma que se ase a la criatura, pues en ella se hace
semejante a la dicha criatura. Y de la misma manera que pondrían los rasgos de
tizne a un rostro muy hermoso y acabado, de esa misma manera afean y ensucian
los apetitos desordenados al alma que los tiene, la cual en sí es una
hermosísima y acabada imagen de Dios.
2. Por lo cual, llorando Jeremías (Lm. 4, 78) el estrago y
fealdad que estas desordenadas afecciones causan en el alma, cuenta primero su
hermosura y luego su fealdad, diciendo: Candidiores sunt nazarei eius nive,
nitidiores lecte, rubicundiores ebore entiquo, saphiro pulchriores. Denigrata
est super carbones facies eorum, et non sunt cogniti in plateis; que quiere
decir: Sus cabellos, es a saber, del alma, son más levantados en blancura que
la nieve, más resplandecientes que la leche, y más bermejos que el marfil
antiguo, y más hermosos que la piedra zafiro. La haz de ellos se ha ennegrecido
sobre los carbones, y no son conocidos en las plazas. Por los cabellos
entendemos aquí los afectos y pensamientos del alma, los cuales, ordenados en
lo que Dios los ordena, (que es en el mismo Dios) son más blancos que la nieve,
y más claros que la leche, y más rubicundos que el marfil, y hermosos sobre el
zafiro. Por las cuales cuatro cosas se entiende toda manera de hermosura y
excelencia de criatura corporal, sobre las cuales, dice, es el alma y sus
operaciones, que son los nazareos o cabellos dichos, los cuales, desordenados y
puestos en lo que Dios no los ordenó, que es empleados en las criaturas, dice
Jeremías que su haz queda y se pone más negra que los carbones.
3. Que todo este mal y más hacen en la hermosura del alma
los desordenados apetitos en las cosas de este siglo. Tanto, que, si hubiésemos
de hablar de propósito de la fea y sucia figura que al alma los apetitos pueden
poner, no hallaríamos cosa, por llena de telarañas y sabandijas que esté, ni
fealdad de cuerpo muerto, ni otra cosa cualquiera inmunda y sucia cuanto en
esta vida la puede haber y se puede imaginar, a que la pudiésemos comparar.
Porque, aunque es verdad que el alma desordenada, en cuanto al ser natural,
está tan perfecta como Dios la crió, pero, en cuanto al ser de razón, está fea,
abominable, sucia, figura y con todos los males que aquí se van escribiendo y
mucho más. Porque, aun sólo un apetito desordenado, como después diremos,
aunque no sea de materia de pecado mortal, basta para poner un alma tan sujeta,
sucia y fea, que en ninguna manera puede convenir con Dios en una unión hasta
que el apetito se purifique. ¿Cuál será la fealdad de la que del todo está
desordenada en sus propias pasiones y entregada a sus apetitos, y cuán alejada
de Dios estará y de su pureza?
4. No se puede explicar con palabras, ni aun entenderse con
el entendimiento, la variedad de inmundicia que la variedad de apetitos causan
en el alma. Porque, si se pudiese decir y dar a entender, sería cosa admirable
y también de harta compasión ver cómo cada apetito, conforme a su cuantidad y
calidad, mayor o menor, hace su raya y asiento de inmundicia y fealdad en el
alma, y cómo en una sola desorden de razón puede tener en sí innumerables
diferencias de suciedades mayores y menores, y cada una de su manera. Porque,
así como el alma del justo en una sola perfección, que es la rectitud del alma,
tiene innumerables dones riquísimos y muchas virtudes hermosísimas, cada una
diferente y graciosa en su manera, según la multitud y diferencia en los
afectos de amor que ha tenido en Dios, así el alma desordenada, según la
variedad de los apetitos que tiene en las criaturas, tiene en sí variedad miserable
de inmundicias y bajezas, tal cual en ella la pintan los dichos apetitos.
5. Esta variedad de apetitos está bien figurada en Ezequiel
(8, 1016), donde se escribe que mostró Dios a este profeta en lo interior del
templo, pintadas en derredor de las paredes, todas las semejanzas de sabandijas
que arrastran por la tierra, y allí toda la abominación de animales inmundos. Y
entonces dijo Dios a Ezequiel: Hijo del hombre, ¿de veras no has visto las
abominaciones que hacen éstos, cada uno en lo secreto de su retrete? (3, 12). Y
mandando Dios al profeta que entrase más adentro y vería mayores abominaciones,
dice que vio allí las mujeres sentadas llorando al dios de los amores, Adonis
(8, 15). Y mandándole Dios entrar más adentro y vería aún mayores abominaciones,
dice que vio allí veinticinco viejos que tenían vueltas las espaldas contra el
templo (8, 16).
6. Las diferencias de sabandijas y animales inmundos que
estaban pintados en el primer retrete del templo, son los pensamientos y
concepciones que el entendimiento hace de las cosas bajas de la tierra y de
todas las criaturas, las cuales, tales cuales son, se pintan en el templo del
alma cuando ella con ella embaraza su entendimiento, que es el primer aposento
del alma.
Las mujeres que estaban más adentro, en el segundo aposento,
llorando al dios Adonis, son los apetitos que están en la segunda potencia del
alma, que es la voluntad. Los cuales están como llorando, en cuanto codician a
lo que está aficionada la voluntad, que son las sabandijas ya pintadas en el
entendimiento.
Y los varones que estaban en el tercer aposento, son las
imágenes y representaciones de las criaturas, que guarda y revuelve en sí la
tercera parte del alma, que es la memoria. Las cuales se dice que están vueltas
las espaldas contra el templo porque, cuando ya según estas tres potencias
abraza el alma alguna cosa de la tierra acabada y perfectamente, se puede decir
que tiene las espaldas contra el templo de Dios, que es la recta razón del
alma, la cual no admite en sí cosa de criatura.
7. Y para entender algo de esta fea desorden del alma en sus
apetitos, baste por ahora lo dicho, porque, si hubiéramos de tratar en
particular de la fealdad menor que hacen y causan en el alma las
imperfecciones, y su variedad, y la que hacen los pecados veniales -que es ya
mayor que la de las imperfecciones- y su mucha variedad, y también la que hacen
los apetitos de pecado mortal, que es total fealdad del alma, y su mucha
variedad, según la variedad y multitud de todas estas tres cosas, sería nunca
acabar, ni entendimiento angélico bastaría para lo poder entender. Lo que digo
y hace al caso para mi propósito es que cualquier apetito, aunque sea de la más
mínima imperfección, mancha y ensucia al alma.
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En que trata cómo los apetitos entibian y enflaquecen al
alma en la virtud.
1. Lo quinto en que dañan los apetitos al alma es que la
entibian y enflaquecen para que no tenga fuerza para seguir la virtud y
perseverar en ella. Porque, por el mismo caso que la fuerza del apetito se
reparte, queda menos fuerte que si estuviera entero en una cosa sola; y cuanto
en más cosas se reparte, menos es para cada una de ellas, que, por eso, dicen
los filósofos que la virtud unida es más fuerte que ella misma si se derrama.
Y, por tanto, está claro que, si el apetito de la voluntad se derrama en otra
cosa fuera de la virtud, ha de quedar mas flaco para la virtud. Y así, el alma
que tiene la voluntad repartida en menudencias es como el agua que, teniendo
por donde se derramar hacia abajo, no crece para arriba, y así no es de
provecho. Que por eso el patriarca Jacob (Gn. 49, 4) comparó a su hijo Rubén al
agua derramada, porque en cierto pecado había dado rienda a sus apetitos,
diciendo: Derramado estás como el agua; no crezcas; como si dijera: Porque
estás derramado según los apetitos como el agua, no crecerás en virtud. Y así
como el agua caliente, no estando cubierta, fácilmente pierde el calor, y como
las especies aromáticas, desenvueltas, van perdiendo la fragancia y fuerza de
su olor, así el alma no recogida en un solo apetito de Dios, pierde el valor y
vigor en la virtud. Lo cual entendiendo bien David (Sal. 58, 10), dijo hablando
con Dios: Fortitudinem meam ad te custodiam: Yo guardaré mi fortaleza para ti,
esto es, recogiendo la fuerza de mis apetitos sólo a ti.
2. Y enflaquecen la virtud del alma los apetitos, porque son
en ella como los renuevos que nacen en rededor del árbol y le llevan la virtud
para que él no lleve tanto fruto. Y de estas tales almas dice el Señor (Mt. 24,
19): Vae praegnantibus et nutrientibus in illis diebus!, esto es: ¡Ay de los
que en aquellos días estuvieren preñados y de los que criaren! La cual preñez y
cría entiende por la de los apetitos, los cuales, si no se atajan, siempre irán
quitando más virtud al alma y crecerán para mal del alma, como los renuevos en
el árbol. Por lo cual nuestro Señor diciendo (Lc. 12, 35) nos aconseja: Tened
ceñidos vuestros lomos, que significan aquí los apetitos. Porque, en efecto,
ellos son también como las sanguijuelas, que siempre están chupando la sangre
de las venas, porque así las llama el Eclesiástico (Pv. 30, 15), diciendo:
Sanguijuelas son las hijas, esto es, los apetitos; siempre dicen: Daca, daca.
3. De donde está claro que los apetitos no ponen al alma
bien ninguno, sino quítanle el que tiene. Y, si no los mortificare, no pararán
hasta hacer en ella lo que dicen que hacen a su madre los hijos de la víbora,
que, cuando van creciendo en el vientre, comen a su madre y mátanla, quedando
ellos vivos a costa de su madre. Así los apetitos no mortificados llegan a
tanto, que matan al alma en Dios, porque ella primero no los mató; por eso dice
el Eclesiástico: Aufer a me, Domine, ventris concupiscentias, et concubitus
concupiscentiae ne apprehendant me (23, 6), y sólo lo que en ella vive son
ellos.
4. Pero, aunque no lleguen a esto, es gran lástima
considerar cuál tienen a la pobre alma los apetitos que viven en ella, cuán
desgraciada para consigo misma, cuán seca para los prójimos y cuán pesada y
perezosa para las cosas de Dios. Porque no hay mal humor que tan pesado y
dificultoso ponga a un enfermo para caminar, o hastío para comer, cuanto el
apetito de criatura hace al alma pesada y triste para seguir la virtud. Y así,
ordinariamente, la causa por que muchas almas no tienen diligencia y gana de
cobrar virtud es porque tienen apetitos y aficiones no puras en Dios.
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CAPITULO 11
[San Juan de
ÍNDICE
DE
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En que se prueba ser necesario para llegar a la divina unión
carecer el alma de todos los apetitos, por mínimos que sean.
1. Parece que ha mucho que el lector desea preguntar que si es
de fuerza que, para llegar a este alto estado de perfección, ha de haber
precedido mortificación total en todos los apetitos, chicos y grandes, y que si
bastará mortificar algunos de ellos y dejar otros, a lo menos aquellos que
parecen de poco momento; porque parece cosa recia y muy dificultosa poder
llegar el alma a tanta pureza y desnudez, que no tenga voluntad y afición a
ninguna cosa.
3. Que ésta es la causa por que en este estado llamamos
estar hecha una voluntad de Dios, la cual es voluntad de Dios, y esta voluntad
de Dios es también voluntad del alma. Pues si esta alma quisiese alguna
imperfección que no quiere Dios, no estaría hecha una voluntad de Dios, pues el
alma tenía voluntad de lo que no la tenía Dios. Luego claro está que, para
venir el alma a unirse con Dios perfectamente por amor y voluntad, ha de
carecer primero de todo apetito de voluntad, por mínimo que sea; esto es, que
advertidamente y conocidamente no consienta con la voluntad en imperfección, y
venga a tener poder y libertad para poderlo hacer en advirtiendo.
Y digo conocidamente, porque sin advertirlo y conocerlo, o
sin ser en su mano, bien caerá en imperfecciones y pecados veniales y en los
apetitos naturales que habemos dicho; porque de estos tales pecados no tan voluntarios
y subrepticios está escrito (Pv. 24, 16) que el justo caerá siete veces en el
día y se levantará. Mas de los apetitos voluntarios, que son pecados veniales
de advertencia, aunque sean de mínimas cosas, como he dicho, basta uno que no
se venza para impedir.
Digo no mortificando el tal hábito, porque algunos actos, a
veces, de diferentes apetitos, aún no hacen tanto cuando los hábitos están
mortificados; aunque también éstos ha de venir a no los haber, porque también
proceden de hábito de imperfección; pero algunos hábitos de voluntarias
imperfecciones, en que nunca acaban de vencerse, éstos no solamente impiden la
divina unión, pero el ir adelante en la perfección.
4. Estas imperfecciones habituales son: como una común
costumbre de hablar mucho, un asimientillo a alguna cosa que nunca acaba de
querer vencer, así como a persona, a vestido, a libro, celda, tal manera de
comida y otras conversacioncillas y gustillos en querer gustar de las cosas,
saber y oír, y otras semejantes. Cualquiera de estas imperfecciones en que
tenga el alma asimiento y hábito, es tanto daño para poder crecer e ir adelante
en virtud, que, si cayese cada día en otras muchas imperfecciones y pecados
veniales sueltos, que no proceden de ordinaria costumbre de alguna mala propiedad
ordinaria, no le impedirán tanto cuanto el tener el alma asimiento a alguna
cosa. Porque, en tanto que le tuviere, excusado es que pueda ir el alma
adelante en perfección, aunque la imperfección sea muy mínima. Porque eso me da
que una ave esté asida a un hilo delgado que a uno grueso, porque, aunque sea
delgado, tan asida se estará a él como al grueso, en tanto que no le quebrare
para volar. Verdad es que el delgado es más fácil de quebrar; pero, por fácil
que es, si no le quiebra, no volará. Y así es el alma que tiene asimiento en
alguna cosa, que, aunque mas virtud tenga, no llegará a la libertad de la
divina unión.
Porque el apetito y asimiento del alma tienen la propiedad
que dicen tiene la rémora con la nao, que, con ser un pece muy pequeño, si
acierta a pegarse a la nao, la tiene tan queda, que no la deja llegar al puerto
ni navegar. Y así es lástima ver algunas almas como unas ricas naos cargadas de
riquezas, y obras, y ejercicios espirituales, y virtudes, y mercedes que Dios
las hace, y por no tener ánimo para acabar con algún gustillo, o asimiento, o
afición -que todo es uno-, nunca van adelante, ni llegan al puerto de la
perfección, que no estaba en más que dar un buen vuelo y acabar de quebrar
aquel hilo de asimiento o quitar aquella pegada rémora, de apetito.
5. Harto es de dolerse que haya Dios hécholes quebrar otros
cordeles más gruesos de aficiones de pecados y vanidades, y por no desasirse de
una niñería que les dijo Dios que venciesen por amor de él, que no es más que
un hilo y que un pelo, dejen de ir a tanto bien. Y lo que peor es, que no
solamente no van adelante, sino que, por aquel asimiento, vuelven atrás,
perdiendo lo que en tanto tiempo con tanto trabajo han caminado y ganado,
porque ya se sabe que, en este camino, el no ir adelante es volver atrás, y el
no ir ganando es ir perdiendo. Que eso quiso Nuestro Señor darnos a entender
cuando dijo: El que no es conmigo, es contra mí; y el que conmigo no allega,
derrama (Mt. 12, 30).
El que no tiene cuidado de remediar el vaso por una pequeña resquicia
que tenga basta para que se venga a derramar todo el licor que está dentro.
Porque el Eclesiástico (19, 1) nos lo enseñó bien, diciendo: El que desprecia
las cosas pequeñas, poco a poco ira cayendo. Porque, como él mismo dice (11,
34), de una sola centella se aumenta el fuego. Y así, una imperfección basta
para traer otra, y aquéllas otras; y así, casi nunca se verá un alma que sea
negligente en vencer un apetito, que no tenga otros muchos, que salen de la
misma flaqueza e imperfección que tiene en aquél; y así, siempre van cayendo. Y
ya habemos visto muchas personas a quien Dios hacía merced de llevar muy
adelante en gran desasimiento y libertad, y por sólo comenzar a tomar un
asimientillo de afición -y so color de bien- de conversación y amistad, írseles
por allí vaciando el espíritu y gusto de Dios y santa soledad, caer de la
alegría y enterez en los ejercicios espirituales y no parar hasta perderlo
todo. Y esto, porque no atajaron aquel principio de gusto y apetito sensitivo,
guardándose en soledad para Dios.
6. En este camino siempre se ha de caminar para llegar, lo
cual es ir siempre quitando quereres, no sustentándolos. Y si no se acaban
todos de quitar, no se acaba de llegar. Porque así como el madero no se
transforma en el fuego por un solo grado de calor que falte en su disposición,
así no se transformará el alma en Dios por una imperfección que tenga, aunque
sea menos que apetito voluntario; porque, como después se dirá en la noche de
la fe, el alma no tiene más de una voluntad, y ésta, si se embaraza y emplea en
algo no queda libre, sola y pura, como se requiere para la divina
transformación.
7. De lo dicho tenemos figura en el libro de los Jueces (2,
3), donde se dice que vino el ángel a los hijos de Israel y les dijo que,
porque no habían acabado con aquella gente contraria, sino antes se habían
confederado con algunos de ellos, por eso se los había de dejar entre ellos por
enemigos, para que les fuesen ocasión de caída y perdición. Y, justamente, hace
Dios esto con algunas almas, a las cuales, habiéndolas él sacado del mundo, y
muértoles los gigantes de sus pecados, y acabado la multitud de sus enemigos,
que son las ocasiones que en el mundo tenían (sólo porque ellos entraran con
más libertad en esta tierra de promisión de la unión divina) y ellos todavía
traban amistad y alianza con la gente menuda de imperfecciones, no acabándolas
de mortificar, por eso, enojado Nuestro Señor, les deja ir cayendo en sus
apetitos de peor en peor.
8. También en el libro de Josué (6, 21) tenemos figura acerca
de lo dicho, cuando le mandó Dios a Josué, al tiempo que había de comenzar a
poseer la tierra de promisión, que en la ciudad de Jericó de tal manera
destruyese cuanto en ella había, que no dejase cosa en ella viva, desde el
hombre hasta la mujer, y desde el niño hasta el viejo, y todos los animales, y
que de todos los despojos no tomasen ni codiciasen nada. Para que entendamos
cómo, para entrar en esta divina unión, ha de morir todo lo que vive en el
alma, poco y mucho, chico y grande, y el alma ha de quedar sin codicia de todo
ello y tan desasida, como si ello no fuese para ella ni ella para ello. Lo cual
nos enseña bien san Pablo ad Corinthios (1 Cor. 7, 2931), diciendo: Lo que os
digo, hermanos, es que el tiempo es breve; lo que resta y conviene es que los
que tienen mujeres, sean como si no las tuviesen; y los que lloran por las
cosas de este mundo, como si no llorasen; y los que huelgan, como si no
holgasen; y los que compran, como si no poseyesen; y los que usan de este
mundo, como si no usasen. Esto nos dice el Apóstol, enseñándonos cuán desasida
nos conviene tener el alma de todas las cosas para ir a Dios.
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En que se trata cómo se responde a otra pregunta, declarando
cuáles sean los apetitos que bastan (a) causar en el alma los daños dichos.
1. Mucho pudiéramos alargarnos en esta materia de la noche
del sentido, diciendo de lo mucho que hay que decir de los daños que causan los
apetitos, no sólo en las maneras dichas, sino en otras muchas. Pero, para lo
que hace a nuestro propósito, lo dicho basta; porque parece queda dado a
entender cómo se llama noche la mortificación de ellos y cuánto convenga entrar
en esta noche para ir a Dios. Sólo lo que se ofrece, antes que tratemos del
modo de entrar en ella, para concluir con esta parte, es una duda que podría
ocurrir al lector sobre lo dicho.
2. Y es lo primero, si basta cualquier apetito para obrar y
causar en el alma los dos males ya dichos, es a saber: privativo, que es privar
al alma de la gracia de Dios, y el positivo, que es causar en ella los cinco
daños principales que habemos dicho.
Lo segundo, si basta cualquier apetito, por mínimo que sea,
y de cualquiera especie que sea, a causar todos estos (cinco daños) juntos, o
solamente unos causan unos y otros otros, como unos causan tormento, otros
cansancio, otros tiniebla, etc.
A lo segundo digo que, así estos que son de materia de
pecado mortal como los voluntarios de materia de pecado venial y los que son de
materia de imperfección, cada uno de ellos basta para causar en el alma todos
estos daños positivos juntos. Los cuales, aunque en cierta manera son
privativos, llamámoslos aquí positivos, porque responden a la conversión de la
criatura, así como el privativo responde a la aversión de Dios. Pero hay esta
diferencia: que los apetitos de pecado mortal causan total ceguera, tormento e
inmundicia y flaqueza, etc.; y los otros de materia de venial o imperfección no
causan estos males en total y consumado grado, pues no privan de la gracia, de
donde depende la posesión de ellos, porque la muerte de ella es vida de ellos;
pero cáusanlos en el alma remisamente, según la remisión de la gracia que los
tales apetitos causan en el alma. De manera que aquel apetito que más entibiare
la gracia, más abundante tormento, ceguera y suciedad causará.
4. Pero es de notar que, aunque cada apetito causa estos
males, que aquí llamamos positivos, unos hay que principal y derechamente
causan unos, y otros otros, y los demás por el consiguiente. Porque, aunque es
verdad que un apetito sensual causa todos estos males, pero principal y
propiamente ensucia al alma y cuerpo. Y, aunque un apetito de avaricia también
los causa todos, principal y derechamente causa (aflicción. Y, aunque un
apetito de vanagloria, no más ni menos, los causa todos, principal y
derechamente causa) tinieblas y ceguera. Y, aunque un apetito de gula los causa
todos, principalmente causa tibieza en la virtud. Y así de los demás.
5. Y la causa por que cualquier acto de apetito voluntario
produce en el alma todos estos efectos juntos, es por la contrariedad que
derechamente tienen contra todos los actos de virtud que producen en el alma
los efectos contrarios. Porque, así como un acto de virtud produce en el alma y
cría juntamente suavidad, paz, consuelo, luz, limpieza y fortaleza, así un
apetito desordenado causa tormento, fatiga, cansancio, ceguera y flaqueza.
Todas las virtudes crecen en el ejercicio de una, y todos los vicios crecen en
el de uno y los dejos de ellos en el alma. Y aunque todos estos males no se
echan de ver al tiempo que se cumple el apetito, porque el gusto de él entonces
no da lugar, pero antes o después bien se sienten sus malos dejos. Lo cual se
da muy bien a entender por aquel libro que mandó el ángel comer a san Juan en
el Apocalipsis (10, 9), el cual en la boca le hizo dulzura y en el vientre le
fue amargor. Porque el apetito, cuando se ejecuta, es dulce y parece bueno,
pero después se siente su amargo efecto; lo cual podrá bien juzgar el que se
deja llevar de ellos. Aunque no ignoro que hay algunos tan ciegos e insensibles
que no lo sienten, porque, como no andan en Dios, no echan de ver lo que les
impide a Dios.
6. De los demás apetitos naturales que no son voluntarios, y
de los pensamientos que no pasan de primeros movimientos, y de otras
tentaciones no consentidas no trato aquí, porque éstos ningún mal de los dichos
causan al alma. Porque aunque a la persona por quien pasan le haga parecer la
pasión y turbación que entonces le causan que la ensucian y ciegan, no es así,
antes la causan los provechos contrarios. Porque, en tanto que los resiste,
gana fortaleza, pureza, luz y consuelo y muchos bienes. Según lo cual dijo
Nuestro Señor a san Pablo (2 Cor. 12, 9) que la virtud se perfeccionaba en la
flaqueza. Mas los voluntarios, todos los dichos y más males hacen. Y por eso el
principal cuidado que tienen los maestros espirituales es mortificar luego a
sus discípulos de cualquiera apetito, haciéndoles quedar en vacío de lo que
apetecían, por librarles de tanta miseria.
Inicio
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En que se trata de la manera y modo que se ha de tener para
entrar en esta noche del sentido.
1. Resta ahora dar algunos avisos para saber y poder entrar
en esta noche del sentido. Para lo cual es de saber que el alma ordinariamente
entra en esta noche sensitiva en dos maneras: la una es activa; la otra,
pasiva.
Activa es lo que el alma puede hacer y hace de su parte para
entrar en ella, de lo cual ahora trataremos en los avisos siguientes.
Pasiva es en que el alma no hace nada, sino Dios la obra en
ella, y ella se ha como paciente. De la cual trataremos en el cuarto libro,
cuando habemos de tratar de los principiantes. Y porque allí habemos, con el
favor divino, de dar muchos avisos a los principiantes, según las muchas
imperfecciones que suelen tener en este camino, no me alargaré aquí en dar
muchos; y porque también no es tan propio de este lugar darlos, pues de
presente sólo tratamos de las causas por qué se llama noche este tránsito, y
cuál sea ésta, y cuántas sus partes.
Pero, porque parece quedaba muy corto y no de tanto provecho
no dar luego algún remedio o aviso para ejercitar esta noche de apetitos, he
querido poner aquí el modo breve que se sigue; y lo mismo haré al fin de cada
una de esotras dos partes o causas de esta noche de que luego, mediante el
Señor, tengo de tratar.
2. Estos avisos que aquí se siguen de vencer los apetitos,
aunque son breves y pocos, yo entiendo que son tan provechosos y eficaces como
compendiosos, de manera que el que de veras se quisiese ejercitar en ellos, no
le harán falta otros ningunos, antes en éstos los abrazará todos.
3. Lo primero, traiga un ordinario apetito de imitar a
Cristo en todas sus cosas, conformándose con su vida, la cual debe considerar
para saberla imitar y haberse en todas las cosas como se hubiera él.
4. Lo segundo, para poder bien hacer esto, cualquiera gusto
que se le ofreciere a los sentidos, como no sea puramente para honra y gloria
de Dios, renúncielo y quédese vacío de él por amor de Jesucristo, el cual en
esta vida no tuvo otro gusto, ni le quiso, que hacer la voluntad de su Padre,
lo cual llamaba él su comida y manjar (Jn. 4, 34).
Pongo ejemplo: si se le ofreciere gusto de oír cosas que no
importen para el servicio y honra de Dios, ni lo quiera gustar ni las quiera
oír. Y si le diere gusto mirar cosas que no le ayuden (a amar) más a Dios, ni
quiera el gusto ni mirar las tales cosas. Y si en el hablar otra cualquier cosa
se le ofreciere, haga lo mismo; y en todos los sentidos, ni más ni menos, en
cuanto lo pudiere excusar buenamente; porque si no pudiere, basta que no quiera
gustar de ello, aunque estas cosas pasen por él.
Y de esta manera ha de procurar dejar luego mortificados y
vacíos de aquel gusto a los sentidos, como a oscuras. Y con este cuidado en
breve aprovechará mucho.
5. Y para mortificar y apaciguar las cuatro pasiones
naturales, que son gozo, esperanza, temor y dolor, de cuya concordia y
pacificación salen estos y los demás bienes, es total remedio lo que se sigue,
y de gran merecimiento y causa de grandes virtudes.
6. Procure siempre inclinarse:
no a lo más fácil, sino a lo más dificultoso; no a lo más
sabroso, sino a lo más desabrido; no a lo más gustoso, sino antes a lo que da
menos gusto; no a lo que es descanso, sino a lo trabajoso; no a lo que es consuelo,
sino antes al desconsuelo; no a lo más, sino a lo menos; no a lo más alto y
precioso, sino a lo más bajo y despreciado; no a lo que es querer algo, sino a
no querer nada; no andar buscando lo mejor de las cosas temporales, sino lo
peor, y desear entrar en toda desnudez y vacío y pobreza por Cristo de todo
cuanto hay en el mundo.
7. Y estas obras conviene las abrace de corazón y procure
allanar la voluntad en ellas. Porque, si de corazón las obra, muy en breve
vendrá a hallar en ellas gran deleite y consuelo, obrando ordenada y
discretamente.
8. Lo que está dicho, bien ejercitado, bien basta para
entrar en la noche sensitiva. Pero, para mayor abundancia, diremos otra manera
de ejercicio que enseña a mortificar la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia
de los ojos, y la soberbia de la vida, que son las cosas que dice san Juan (1
Jn. 2, 16) reinan en el mundo, de las cuales proceden todos los demás apetitos.
9. Lo primero, procurar obrar en su desprecio y desear que
todos lo hagan (y esto es contra la concupiscencia de la carne).
Lo segundo, procurar hablar en su desprecio y desear que
todos lo hagan (y esto es contra la concupiscencia de los ojos).
Lo tercero, procurar pensar bajamente de sí en su desprecio
y desear que todos lo hagan (también contra sí, y esto es contra la soberbia de
la vida).
10. En conclusión de estos avisos y reglas conviene poner
aquí aquellos versos que se escriben en
11. Dice así:
Para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada.
Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada.
Para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada.
Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada.
Para venir a lo que no gustas, has de ir por donde no
gustas.
Para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes.
Para venir a lo que no posees, has de ir por donde no
posees.
Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres.
12. Cuando reparas en algo, dejas de arrojarte al todo.
Porque para venir del todo al todo has de negarte del todo
en todo.
Y cuando lo vengas del todo a tener, has de tenerlo sin nada
querer.
Porque, si quieres tener algo en todo, no tienes puro en
Dios tu tesoro.
13. En esta desnudez halla el espiritual su quietud y
descanso, porque, no codiciando nada, nada le fatiga hacia arriba y nada le
oprime hacia abajo, porque está en el centro de su humildad. Porque, cuando
algo codicia, en eso mismo se fatiga.
Inicio
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En el cual se declara el segundo verso de la canción:
Con ansias en amores inflamada.
1. Ya que habemos declarado el primer verso de esta canción,
que trata de la noche sensitiva, dando a entender qué noche sea esta del
sentido y por qué se llama noche; y también habiendo dado el orden y modo que
se ha de tener para entrar en ella activamente, síguese ahora por su orden
tratar de las propiedades y efectos de ella, que son admirables, los cuales se
contienen en los versos siguientes de la dicha canción, los cuales yo apuntaré
brevemente en gracia de declarar los dichos versos, como en el prólogo lo
prometí, y pasaré luego adelante al segundo libro, el cual trata de la otra
parte de esta noche que es la espiritual.
2. Dice, pues, el alma que con ansias, en amores inflamada
pasó y salió en esta noche oscura del sentido a la unión del Amado. Porque para
vencer todos los apetitos y negar los gustos de todas las cosas, con cuyo amor
y afición se suele inflamar la voluntad para gozar de ellos, era menester otra
inflamación mayor de otro amor mejor, que es el de su Esposo, para que,
teniendo su gusto y fuerza en éste, tuviese valor y constancia para fácilmente
negar todos los otros. Y no solamente era menester para vencer la fuerza de los
apetitos sensitivos tener amor de su Esposo, sino estar inflamada de amor y con
ansias. Porque acaece, y así es, que la sensualidad con tantas ansias de
apetito es movida y atraída a las cosas sensitivas, que, si la parte espiritual
no está inflamada con otras ansias mayores de lo que es espiritual, no podrá
vencer el yugo natural, ni entrar en esta noche del sentido, ni tendrá ánimo
para se quedar a oscuras de todas las cosas, privándose del apetito de todas
ellas.
3. Y cómo y de cuántas maneras sean estas ansias de amor que
las almas tienen en los principios de este camino de unión; y las diligencias e
invenciones que hacen para salir de su casa, que es la propia voluntad en la
noche de la mortificación de sus sentidos; y cuán fáciles y aun dulces y
sabrosos les hacen parecer estas ansias del Esposo todos los trabajos y
peligros de esta noche, ni es de decir de este lugar, ni se puede decir; porque
es mejor para tenerlo y considerarlo que para escribirlo. Y así, pasaremos a
declarar los demás versos en el siguiente capítulo.
Inicio
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En el cual se declaran los demás versos de la dicha canción:
¡Oh dichosa ventura!, salí sin ser notada estando ya mi casa
sosegada.
1. Toma por metáfora el mísero estado del cautiverio, del
cual el que se libra tiene por dichosa ventura, sin que se lo impida alguno de
los prisioneros. Porque el alma, después del primer pecado original,
verdaderamente está como cautiva en este cuerpo mortal, sujeta a las pasiones y
apetitos naturales, del cerco y sujeción de los cuales tiene ella por dichosa
ventura haber salido sin ser notada, esto es, sin ser de ninguno de ellos
impedida ni comprehendida.
2. Porque para esto le aprovechó salir en la noche oscura,
que es en la privación de todos los gustos y mortificación de todos los
apetitos, de la manera que habemos dicho. Y esto, estando ya su casa sosegada,
conviene a saber, la parte sensitiva, que es la casa de todos los apetitos, ya
sosegada por el vencimiento y adormecimiento de todos ellos. Porque hasta que
los apetitos se adormezcan por la mortificación en la sensualidad, y la misma sensualidad
esté ya sosegada de ellos, de manera que ninguna guerra haga al espíritu, no
sale el alma a la verdadera libertad, a gozar de la unión de su Amado.
LIBRO SEGUNDO
[San Juan de
ÍNDICE
DE
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En que trata del medio próximo para subir a la unión de
Dios, que es la fe; y así se trata de la segunda parte de esta noche, que
decíamos pertenecer el espíritu, contenida en la segunda canción, que es la que
se sigue.
A oscuras y segura, por la secreta escala, disfrazada, ¡oh
dichosa ventura!, a oscuras y en celada, estando ya mi casa sosegada.
1. En esta segunda canción canta el alma la dichosa ventura
que tuvo en desnudar el espíritu de todas las imperfecciones espirituales y
apetitos de propiedad en lo espiritual. Lo cual le fue muy mayor ventura, por
la mayor dificultad que hay en sosegar esta casa de la parte espiritual, y
poder entrar en esta oscuridad interior, que es la desnudez espiritual de todas
las cosas, así sensuales como espirituales, sólo estribando en pura fe y
subiendo por ella a Dios.
Que, por eso, la llama aquí escala y secreta, porque todos
los grados y artículos que ella tiene son secretos y escondidos a todo sentido
y entendimiento. Y así, se quedó ella a oscuras de toda lumbre de sentido y
entendimiento, saliendo de todo límite natural y racional para subir por esta
divina escala de la fe, que escala y penetra hasta lo profundo de Dios (1 Cor.
2, 10).
Por lo cual dice que iba disfrazada, porque llevaba el traje
y vestido y término natural mudado en divino, subiendo por fe. Y así era causa
este disfraz de no ser conocida ni detenida de lo temporal, ni de lo racional,
ni del demonio, porque ninguna de estas cosas puede dañar al que camina en fe.
Y no sólo eso, sino que va el alma tan encubierta y
escondida y ajena de todos los engaños del demonio, que verdaderamente camina,
como también aquí dice, a oscuras y en celada, es a saber, para el demonio, al
cual la luz de la fe le es más que tinieblas. Y así, el alma que por ella
camina le podemos decir que en celada y encubierta al demonio camina, como
adelante se verá más claro.
2. Por eso dice que salió a oscuras y segura, porque el que
tal ventura tiene que puede caminar por la oscuridad de la fe, tomándola por guía
de ciego, saliendo él de todas las fantasmas naturales y razones espirituales,
camina muy al seguro, como habemos dicho.
Y así dice que también salió por esta noche espiritual
estando ya su casa sosegada, es a saber, la parte espiritual y racional, de la
cual, cuando el alma llega a la unión de Dios, tiene sosegadas sus potencias
naturales, y los ímpetus y ansias en la parte espiritual. Que por eso no dice
aquí que salió con ansias, como en la primera noche del sentido, porque, para
ir en la noche del sentido y desnudarse de lo sensible, eran menester ansias de
amor sensible para acabar de salir; pero, para acabar de sosegar la casa del
espíritu, sólo se requiere negación de todas las potencias y gustos y apetitos
espirituales en pura fe. Lo cual hecho, se junta el alma con el Amado en una
unión de sencillez, y pureza, y amor, y semejanza.
3. Y es de saber que la primera canción, hablando acerca de
la parte sensitiva, dice que salió en noche oscura; y aquí, hablando acerca de
la parte espiritual, dice que salió a oscuras, por ser muy mayor la tiniebla de
la parte espiritual, así como la oscuridad es mayor tiniebla que la de la
noche, porque, por oscura que una noche sea, todavía se ve algo, pero en la
oscuridad no se ve nada. Y así, en la noche del sentido todavía queda alguna
luz, porque queda el entendimiento y razón, que no se ciega. Pero esta noche
espiritual, que es la fe, todo lo priva, así en entendimiento como en sentido.
Y, por eso, dice el alma en ésta que iba a oscuras y segura, lo cual no lo dijo
en la otra; porque cuanto menos el alma obra con habilidad propia, va más
segura, porque va más en fe.
Y esto se irá bien declarando por extenso en este segundo
libro, en el cual será necesario que el devoto lector vaya con atención, porque
en él se han de decir cosas bien importantes para el verdadero espíritu. Y,
aunque ellas son algo oscuras, de tal manera se abre camino de unas para otras,
que entiendo se entenderá todo muy bien.
Inicio
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En que se comienza a tratar de la segunda parte o causa de
esta noche, que es la fe. Prueba con dos razones cómo es más oscura que la
primera y que la tercera.
1. Síguese ahora tratar de la (segunda) parte de esta noche,
que es la fe, la cual es el admirable medio que decíamos para ir al término que
es Dios, el cual decíamos era también para el alma naturalmente tercera causa o
parte de esta noche.
Porque la fe, que es el medio, es comparada a la media
noche. Y así podemos decir que para el alma es más oscura que la primera y, en
cierta manera, que la tercera. Porque la primera, que es la del sentido, es
comparada a la prima de la noche, que es cuando cesa la vista de todo objeto
sensitivo, y así no está tan remota de la luz como la media noche.
La tercera parte, que es el antelucano, que es ya lo que
está próximo a la luz del día, no es tan oscuro como la media noche, pues ya
está inmediata a la ilustración e información de la luz del día, y ésta es comparada
a Dios. Porque, aunque es verdad que Dios es para el alma tan oscura noche como
la fe, hablando naturalmente, pero, porque, acabadas ya estas tres partes (de
la noche), que para el alma lo son naturalmente, ya va Dios ilustrando al alma
sobrenaturalmente con el rayo de su divina luz, lo cual es el principio de la
perfecta unión que se sigue pasada la tercera noche, se puede decir que es
menos oscura.
2. Es también más oscura que la primera, porque ésta
pertenece a la parte inferior del hombre, que es la sensitiva y, por
consiguiente, más exterior; y esta segunda de la fe pertenece a la parte
superior del hombre, que es la racional y, por el consiguiente, más interior y
más oscura, porque la priva de la luz racional, o, por mejor decir, la ciega. Y
así, es bien comparada a la media noche, que es lo más adentro y más oscuro de
la noche.
3. Pues esta segunda parte de la fe habemos ahora de probar
cómo es noche para el espíritu, así como la primera lo es para el sentido. Y
luego también diremos los contrarios que tiene, y cómo se ha de disponer el
alma activamente para entrar en ella. Porque de lo pasivo, que es lo que Dios
hace sin ella para meterla en ella, allá diremos en su lugar, que entiendo será
el tercer libro.
Inicio
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Cómo la fe es noche oscura para el alma. Pruébalo con
razones y autoridades y figuras de
1. La fe dicen los teólogos que es un hábito del alma cierto
y oscuro. Y la razón de ser hábito oscuro es porque hace creer verdades
reveladas por el mismo Dios, las cuales son sobre toda luz natural y exceden
todo humano entendimiento sin alguna proporción.
De aquí es que, para el alma, esta excesiva luz que se le da
de fe le es oscura tiniebla, porque lo más priva (y vence) lo menos, así como
la luz del sol priva otras cualesquier luces, de manera que no parezcan luces
cuando ella luce, y vence nuestra potencia visiva, de manera que antes la ciega
y priva de la vista que se le da, por cuanto su luz es muy desproporcionada y
excesiva a la potencia visiva. Así, la luz de la fe, por su grande exceso,
oprime y vence la del entendimiento, la cual sólo se extiende de suyo a la
ciencia natural; aunque tiene potencia para la sobrenatural, para cuando
Nuestro Señor la quisiere poner en acto sobrenatural.
2. De donde ninguna cosa, de suyo, puede saber sino por vía
natural; lo cual es sólo lo que alcanza por los sentidos, para lo cual ha de
tener los fantasmas y las figuras de los objetos presentes en sí o en sus
semejantes, y de otra manera, no; porque, como dicen los filósofos: ab obiecto
et potentia paritur notitia, esto es: del objeto presente y de la potencia nace
en el alma la noticia. De donde, si a uno le dijesen cosas que él nunca alcanzó
a conocer ni jamás vio semejanza de ellas, en ninguna manera le quedaría más
luz de ellas que si no se las hubiesen dicho.
Pongo ejemplo: si a uno le dijesen que en cierta isla hay un
animal que él nunca vio, si no le dicen de aquel animal alguna semejanza que él
haya visto en otros, no le quedará más noticia ni figura de aquel animal que
antes, aunque más le estén diciendo de él.
Y por otro ejemplo más claro se entenderá mejor. Si a uno
que nació ciego, el cual nunca vio color alguno, le estuviesen diciendo cómo es
el color blanco o el amarillo, aunque más le dijesen, no entendería más así que
así, porque nunca vio los tales colores ni sus semejanzas, para poder juzgar de
ellos; solamente se le quedaría el nombre de ellos, porque aquello púdolo
percibir con el oído; mas la forma y figura no, porque nunca la vio.
3. De esta manera es la fe para con el alma, que nos dice
cosas que nunca vimos ni entendimos en sí ni en sus semejanzas, pues no la
tienen. Y así, de ella no tenemos luz de ciencia natural, pues a ningún sentido
es proporcionado lo que nos dice; pero sabémoslo por el oído, creyendo lo que
nos enseña, sujetando y cegando nuestra luz natural. Porque, como dice San
Pablo (Rm. 10, 17), fides ex auditu, como si dijera: la fe no es ciencia que
entra por ningún sentido, sino sólo es consentimiento del alma de lo que entra
por el oído.
4. Y aun la fe excede mucho más de lo que dan a entender los
ejemplos dichos; porque, no solamente no hace noticia, y ciencia, pero, como
habemos dicho, priva y ciega de otras cualesquier noticias y ciencia, para que
puedan bien juzgar de ella. Porque otras ciencias con la luz del entendimiento
se alcanzan; mas ésta de la fe sin la luz del entendimiento se alcanza,
negándola por la fe, y con la luz propia se pierde, si no se oscurece. Por lo
cual dijo Isaías (7, 9): Si non credideritis, non intelligetis, esto es: Si no
creyéredes, no entenderéis.
Luego claro está que la fe es noche oscura para el alma, y
de esta manera la da luz; y cuanto más la oscurece más luz la da de sí, porque
cegando la (da) luz, según este dicho de Isaías (7, 9): Porque si no
creyéredes, (no entenderéis), esto es, no tendréis luz. Y así fue figurada la
fe por aquella nube que dividía los hijos de Israel y a los egipcios al punto
de entrar en el Mar Bermejo, de la cual dice la sagrada Escritura (Ex. 14, 20)
que era nubes tenebrosa et illuminans noctem; quiere decir que aquella nube era
tenebrosa y alumbradora a la noche.
5. Admirable cosa es que, siendo tenebrosa, alumbrase la noche;
esto era porque la fe, que es nube oscura y tenebrosa para el alma -la cual es
también noche, pues, en presencia de la fe, de su luz natural queda privada y
ciega-, con su tiniebla alumbra y da luz a la tiniebla del alma. Porque así
convenía que fuese semejante al maestro el discípulo (Lc. 6, 40). Porque el
hombre que está en tiniebla no podía convenientemente ser alumbrado sino por
otra tiniebla, según nos lo enseña David (Sal. 18, 3), diciendo: Dies diei
eructat verbum et nox nocti indicat scientiam; quiere decir: El día rebosa y
respira palabra al día, y la noche muestra ciencia a la noche. Que, hablando
más claro, quiere decir: el día, que es Dios, en la bienaventuranza, donde ya
es de día, a los bienaventurados ángeles y almas que ya son día, les comunica y
pronuncia
6. De manera que lo que de aquí se ha de sacar es que la fe,
porque es noche oscura, da luz al alma, que está a oscuras, porque se venga a
verificar lo que también dice David (Sal. 138, 11) a este propósito, diciendo:
Nox illuminatio mea in deliciis meis, que quiere decir: La noche será mi
iluminación en mis deleites; lo cual es tanto como decir: en los deleites de mi
pura contemplación y unión con Dios, la noche de la fe será mi guía. En lo cual
claramente da a entender que el alma ha de estar en tiniebla para tener luz
para este camino.
Inicio
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Trata en general cómo también el alma ha de estar a oscuras,
en cuanto es de su parte, para ser bien guiada por la fe a suma contemplación.
1. Creo se va ya dando a entender algo cómo la fe es oscura
noche para el alma y cómo también el alma ha de ser oscura o estar a oscuras de
su luz para que de la fe se deje guiar a este alto término de unión. Pero para
que eso el alma sepa hacer, convendrá ahora ir declarando esta oscuridad que ha
de tener el alma algo más menudamente para entrar en este abismo de la fe. Y
así, en este capítulo hablaré en general de ella, y adelante, con el favor
divino, iré diciendo más en particular el modo que se ha de tener para no errar
en ella ni impedir a tal guía.
2. Digo, pues, que el alma, para haberse de guiar bien por
la fe a este estado, no sólo se ha de quedar a oscuras según aquella parte que
tiene respecto a las criaturas y a lo temporal, que es la sensitiva e inferior,
de que habemos ya tratado sino que también se ha de cegar y oscurecer también
según la parte que tiene respecto a Dios y a lo espiritual, que es la racional
y superior, de que ahora vamos tratando. Porque, para venir un alma a llegar a
la transformación sobrenatural, claro está que ha de oscurecerse y trasponerse
a todo lo que contiene su natural, que es sensitivo y racional; porque
sobrenatural eso quiere decir, que sube sobre el natural; luego el natural
abajo queda.
Porque, como quiera que esta transformación y unión es cosa
que no puede caer en sentido y habilidad humana, ha de vaciarse de todo lo que
puede caer en ella perfectamente y voluntariamente, ahora sea de arriba, ahora
de abajo, según el afecto, digo, y voluntad, en cuanto es de su parte; porque a
Dios, ¿quién le quitará que él no haga lo que quisiere en el alma resignada,
aniquilada y desnuda?
Pero de todo se ha de vaciar como sea cosa que puede caer en
su capacidad, de manera que, aunque más cosas sobrenaturales vaya teniendo,
siempre se ha de quedar como desnuda de ellas y a oscuras, así como el ciego,
arrimándose a la fe oscura, tomándola por guía y luz, y no arrimándose a cosa
de las que entiende, gusta y siente e imagina. Porque todo aquello es tiniebla,
que la hará errar; y la fe es sobre todo aquel entender y gustar y sentir e
imaginar. Y si en esto no se ciega, quedándose a oscuras totalmente, no viene a
lo que es más, que es lo que enseña la fe.
3. El ciego, si no es bien ciego, no se deja bien guiar del
mozo de ciego, sino que, por un poco que ve, piensa que por cualquiera parte
que ve, por allí es mejor ir, porque no ve otras mejores; y así puede hacer
errar al que le guía y ve más que él, porque, en fin, puede mandar más que el
mozo de ciego. Y así, el alma, si estriba en algún saber suyo o gustar o saber
de Dios, como quiera que ello, aunque más sea, sea muy poco y disímil de lo que
es Dios para ir por este camino, fácilmente yerra o se detiene, por no se
querer quedar bien ciega en fe, que es su verdadera guía.
4. Porque eso quiso decir también san Pablo (Heb. 11, 6),
cuando dijo: Accedentem ad Deum oportet credere quod est; quiere decir: Al que
se ha de ir uniendo a Dios, conviénele que crea su ser. Como si dijera: el que
se ha de venir a juntar en una unión con Dios no ha de ir entendiendo ni
arrimándose al gusto, ni al sentido, ni a la imaginación, sino creyendo su ser,
que no cae en entendimiento, ni apetito, ni imaginación, ni otro algún sentido,
ni en esta vida se puede saber; antes en ella lo más alto que se puede sentir y
gustar, etc., de Dios, dista en infinita manera de Dios y del poseerle
puramente. Isaías (54, 4) y san Pablo (1 Cor. 2, 9) dicen: Nec oculus vidit,
nec auris audivit, neque in cor hominis ascendit, quae praeparavit Deus iis qui
diligunt illum; que quiere decir: lo que Dios tiene aparejado para los que le
aman, ni ojo jamás lo vio, ni oído lo oyó, ni cayó en corazón ni pensamiento de
hombre. Pues, como quiera que el alma pretenda unirse por gracia perfectamente
en esta vida con aquello que por gloria ha de estar unida en la otra (lo cual,
como aquí dice san Pablo, no vio ojo, ni oyó oído, ni cayó en corazón de hombre
en carne) claro está que, para venir a unirse en esta vida con ello por gracia
y por amor perfectamente, ha de ser a oscuras de todo cuanto puede entrar por
el ojo, y de todo lo que se puede recibir con el oído, y se puede imaginar con
la fantasía, y comprehender con el corazón, que aquí significa el alma.
Y así, grandemente se estorba una alma para venir a este
alto estado de unión con Dios cuando se ase a algún entender, o sentir, o
imaginar, o parecer, o voluntad, o modo suyo, o cualquiera otra cosa u obra
propia, no sabiéndose desasir y desnudar de todo ello. Porque, como decimos, a
lo que va, es sobre todo eso, aunque sea lo más que se puede saber o gustar; y
así, sobre todo se ha de pasar al no saber.
5. Por tanto, en este camino el entrar en camino es dejar su
camino, o, por mejor decir, es pasar al término; y dejar su modo, es entrar en
lo que no tiene modo, que es Dios; porque el alma que a este estado llega, ya
no tiene modos ni maneras, ni menos se ase ni puede asir a ellos. Digo modos de
entender, ni de gustar, ni de sentir, aunque en sí encierra todos los modos, al
modo del que no tiene nada, que lo tiene todo; porque, teniendo ánimo para
pasar de su limitado natural interior y exteriormente, entra en límite
sobrenatural que no tiene modo alguno, teniendo en sustancia todos los modos.
De donde el venir aquí es el salir de allí, y de aquí y de allí saliendo de sí
muy lejos, de eso bajo para esto sobre todo alto.
6. Por tanto, trasponiéndose a todo lo que espiritual y
naturalmente puede saber y entender, ha de desear el alma con todo deseo venir
a aquello que en esta vida no puede saber ni caer en su corazón, y dejando
atrás todo lo que temporal y espiritualmente gusta y siente y puede gustar y
sentir en esta vida, ha de desear con todo deseo venir a aquello que excede
todo sentimiento y gusto. Y, para quedar libre y vacía para ello, en ninguna
manera ha de hacer presa en cuanto en su alma recibiere espiritual o
sensitivamente, como declararemos luego, cuando esto tratemos en particular,
teniéndolo todo por mucho menos. Porque, cuanto más piensa que es aquello que
entiende, gusta e imagina, y cuanto más lo estima, ahora sea espiritual, ahora
no, tanto más quita del supremo bien y más se retarda de ir a él. Y cuanto
menos piensa qué es lo que puede tener, por más que ello sea, en respecto del
sumo bien, tanto más pone en él y le estima, y, por el consiguiente, tanto más
se llega a él. Y de esta manera, a oscuras, grandemente se acerca el alma a la
unión por medio de la fe, que también es oscura, y de esta manera la da
admirable luz la fe. Cierto que, si el alma quisiese ver, harto más presto se
oscurecería acerca de Dios que el que abre los ojos a ver el gran resplandor
del sol.
7. Por tanto, en este camino, cegándose en sus potencias, ha
de ver luz, según lo que el Salvador dice en el Evangelio (Jn. 9, 39) de esta
manera: In iudicium veni in hunc mundum: ut qui non vident, videant, et qui
vident caeci fiant, esto es: Yo he venido a este mundo para juicio; de manera
que los que no ven vean, y los que ven, se hagan ciegos. Lo cual, así como
suena, se ha de entender acerca de este camino espiritual: que el alma,
conviene saber, que estuviere a oscuras y se cegare en todas sus luces propias
y naturales, verá sobrenaturalmente, y la que a alguna luz suya se quisiere
arrimar, tanto más cegará y se detendrá en el camino de la unión.
8. Y para que procedamos menos confusamente, paréceme será
necesario dar a entender en el siguiente capítulo qué cosa sea esto que
llamamos unión del alma con Dios; porque, entendido esto, se dará mucha luz en
lo que de aquí adelante iremos diciendo; y así entiendo viene bien aquí el
tratar de ella como en su propio lugar. Porque, aunque se corta el hilo de lo
que vamos tratando, no es fuera de propósito, pues en este lugar sirve para dar
luz en lo mismo que se va tratando; y así, servirá el capítulo infrascrito como
de paréntesis, puesto entre una misma entimema, pues luego habemos de venir a
tratar en particular de las tres potencias del alma respecto de las tres
virtudes teologales acerca de esta segunda noche.
Inicio
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En que se declara qué cosa sea unión del alma con Dios. Pone
una comparación.
1. Por lo que atrás queda dicho, en alguna manera se da a
entender lo que aquí entendemos por unión del alma con Dios, y por eso se
entenderá aquí mejor lo que dijéremos de ella. Y no es ahora mi intento tratar
de las divisiones de ella ni de sus partes, porque sería nunca acabar si ahora
me pusiese a declarar cuál sea la unión del entendimiento, y cuál según la
voluntad, y cuál también según la memoria, y cuál la transeúnte, y cuál la
permanente en las dichas potencias; y luego cuál sea la total transeúnte y
permanente según las dichas potencias juntas. De eso a cada paso iremos
tratando en el discurso, ahora de lo uno, ahora de lo otro, pues ahora no hace
al caso para dar a entender lo que aquí habemos de decir de ellas, y muy mejor
se dará a entender en sus lugares, cuando, yendo tratando de la misma materia,
tengamos el ejemplo vivo junto al entendimiento presente, y allí se notará y
entenderá cada cosa y se juzgará mejor de ella.
2. Ahora sólo trato de esta unión total y permanente según
la sustancia del alma y sus potencias en cuanto al hábito oscuro de unión;
porque en cuanto al acto, después diremos, con el favor divino, cómo no puede
haber unión permanente en las potencias en esta vida, sino transeúnte.
3. Para entender, pues, cuál sea esta unión de que vamos
tratando, es de saber que Dios, en cualquiera alma, aunque sea la del mayor
pecador del mundo, mora y asiste sustancialmente. Y esta manera de unión
siempre está hecha entre Dios y las criaturas todas, en la cual les está
conservando el ser que tienen; de manera que si de esta manera faltase, luego
se aniquilarían y dejarían de ser. Y así, cuando hablamos de unión del alma con
Dios, no hablamos de esta sustancial, que siempre está hecha, sino de la unión
y transformación del alma con Dios, que no está siempre hecha, sino sólo cuando
viene a haber semejanza de amor. Y, por tanto, ésta se llamará unión de
semejanza, así como aquélla, unión esencial o sustancial; aquélla, natural;
ésta, sobrenatural; la cual es cuando las dos voluntades, conviene a saber, la
del alma y la de Dios, están en uno conformes, no habiendo en la una cosa que
repugne a la otra. Y así, cuando el alma quitare de sí totalmente lo que
repugna y no conforma con la voluntad divina, quedará transformada en Dios por
amor.
4. Esto se entiende, no sólo lo que repugna según el acto,
sino también según el hábito. De manera que no sólo los actos voluntarios de
imperfección le han de faltar, mas los hábitos de esas cualesquier
imperfecciones ha de aniquilar. Y por cuanto toda cualquier criatura, todas las
acciones y habilidades de ellas no cuadran ni llegan a lo que es Dios, por eso
se ha de desnudar el alma de toda criatura y acciones y habilidades suyas,
conviene a saber: de su entender, gustar y sentir, para que, echado todo lo que
es disímil y disconforme a Dios, venga a recibir semejanza de Dios, no quedando
en ella cosa que no sea voluntad de Dios; y así se transforma en Dios.
De donde, aunque es verdad que, como habemos dicho, está
Dios siempre en el alma dándole y conservándole el ser natural de ella con su
asistencia, no, empero, siempre la comunica el ser sobrenatural. Porque éste no
se comunica sino por amor y gracia, en la cual no todas las almas están; y las
que están, no en igual grado, porque unas están en más, otras en menos grados
de amor. De donde a aquella alma se comunica Dios más que está más aventajada
en amor, lo cual es tener más conforme su voluntad con la de Dios. Y la que
totalmente la tiene conforme y semejante, totalmente está unida y transformada
en Dios sobrenaturalmente.
Por lo cual, según ya queda dado a entender, cuanto una alma
más vestida está de criaturas y habilidades de ella, según el afecto y el
hábito, tanto menos disposición tiene para la tal unión, porque no da total
lugar a Dios para que la transforme en lo sobrenatural. De manera que el alma
no ha menester más que desnudarse de estas contrariedades y disimilitúdines
naturales, para que Dios, que se le está comunicando naturalmente por
naturaleza, se le comunique sobrenaturalmente por gracia.
5. Y esto es lo que quiso dar a entender san Juan (1, 13)
cuando dijo: Qui non ex sanguinibus, neque ex voluntate carnis, neque ex
voluntate viri, sed ex Deo nati sunt; como si dijera; Dio poder para que puedan
ser hijos de Dios, esto es, se puedan transformar en Dios, solamente aquellos
que no de las sangres, esto es, que no de las complexiones y composiciones
naturales son nacidos, ni tampoco de la voluntad de la carne, esto es, del
albedrío de la habilidad y capacidad natural, ni menos de la voluntad del
varón; en lo cual se incluye todo modo y manera de arbitrar y comprehender con
el entendimiento. No dio poder a ningunos de éstos para poder ser hijos de
Dios, sino a los que son nacidos de Dios, esto es, a los que, renaciendo por
gracia, muriendo primero a todo lo que es hombre viejo (cf. Ef. 4, 22), se
levantan sobre sí a lo sobrenatural, recibiendo de Dios la tal renacencia y
filiación, que es sobre todo lo que se puede pensar. Porque, como el mismo san
Juan (3, 5) dice en otra parte: Nisi quis renatus fuerit ex aqua, et Spiritu Sancto,
non potest videre regnum Dei; quiere decir: El que no renaciere en el Espíritu
Santo, no podrá ver este reino de Dios, que es el estado de perfección. Y
renacer en el Espíritu Santo en esta vida, es tener un alma simílima a Dios en
pureza, sin tener en sí alguna mezcla de imperfección, y así se puede hacer
pura transformación por participación de unión, aunque no esencialmente.
6. Y para que se entienda mejor lo uno y lo otro, pongamos
una comparación. Está el rayo del sol dando en una vidriera. Si la vidriera
tiene algunos velos de manchas o nieblas, no la podrá esclarecer y transformar
en su luz totalmente como si estuviera limpia de todas aquellas manchas y
sencilla. Antes tanto menos la esclarecerá cuanto ella estuviere menos desnuda
de aquellos velos y manchas, y tanto más cuanto más limpia estuviere. Y no
quedará por el rayo, sino por ella; tanto, que, si ella estuviere limpia y pura
del todo, de tal manera la transformará y esclarecerá el rayo, que parecerá el
mismo rayo y dará la misma luz que el rayo. Aunque, a la verdad, la vidriera,
aunque se parece al mismo rayo, tiene su naturaleza distinta del mismo rayo:
mas podemos decir que aquella vidriera es rayo de luz por participación. Y así,
el alma es como esta vidriera, en la cual siempre está embistiendo o, por mejor
decir, en ella está morando esta divina luz del ser de Dios por naturaleza, que
habemos dicho.
7. En dando lugar el alma (que es quitar de sí todo velo y
mancha de criatura, lo cual consiste en tener la voluntad perfectamente unida con
la de Dios, porque el amar es obrar en despojarse y desnudarse por Dios de todo
lo que no es Dios) luego queda esclarecida y transformada en Dios, y le
comunica Dios su ser sobrenatural de tal manera, que parece el mismo Dios y
tiene lo que tiene el mismo Dios. Y se hace tal unión cuando Dios hace al alma
esta sobrenatural merced, que todas las cosas de Dios y el alma son unas en
transformación participante. Y el alma más parece Dios que alma, y aun es Dios
por participación; aunque es verdad que su ser naturalmente tan distinto se le
tiene del de Dios como antes, aunque está transformada, como también la
vidriera le tiene distinto del rayo, estando de él clarificada.
8. De aquí queda ahora más claro que la disposición para
esta unión, como decíamos, no es el entender del alma, ni gustar, ni sentir, ni
imaginar de Dios ni de otra cualquiera cosa, sino la pureza y amor, que es
desnudez y resignación perfecta de lo uno y de lo otro sólo por Dios; y cómo no
puede haber perfecta transformación si no hay perfecta pureza; y cómo según la
proporción de la pureza será la ilustración, iluminación y unión del alma con
Dios, en más o en menos; aunque no será perfecta, como digo, si del todo no
está perfecta, y clara y limpia.
9. Lo cual también se entenderá por esta comparación. Está
una imagen muy perfecta con muchos y muy subidos primores y delicados y sutiles
esmaltes, y algunos tan primos y tan sutiles, que no se pueden bien acabar de
determinar por su delicadez y excelencia. A esta imagen, el que tuviere menos clara
y purificada vista, menos primores y delicadez echará de ver en la imagen; y el
que la tuviere algo más pura, echará de ver más primores y perfecciones en
ella; y si otro la tuviere aún más pura, verá aun más perfección; y,
finalmente, el que más clara y limpia potencia tuviere, irá viendo más primores
y perfecciones; porque en la imagen hay tanto que ver, que, por mucho que se
alcance, queda para poderse mucho más alcanzar de ella.
10. De la misma manera podemos decir que se han las almas
con Dios en esta ilustración o transformación. Porque, aunque es verdad que un
alma, según su poca o mucha capacidad, puede haber llegado a unión, pero no en
igual grado todas, porque esto es como el Señor quiere dar a cada una. Es a
modo de como le ven en el cielo, que unos ven más, otros menos; pero todos ven
a Dios y todos están contentos, porque tienen satisfecha su capacidad.
11. De donde, aunque acá en esta vida hallemos algunas almas
con igual paz y sosiego en estado de perfección, y cada una esté satisfecha,
con todo eso, podrá la una de ellas estar muchos grados más levantada que la
otra y estar igualmente satisfechas, por cuanto tienen satisfecha su capacidad.
Pero la que no llega a pureza competente a su capacidad, nunca llega a la
verdadera paz y satisfacción, pues no ha llegado a tener la desnudez y vacío en
sus potencias, cual se requiere para la sencilla unión.
Inicio
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En que se trata cómo las tres virtudes teologales son las
que han de poner en perfección las tres potencias del alma, y cómo en ellas
hacen vacío las dichas virtudes.
1. Habiendo, pues, de tratar de inducir las tres potencias
del alma, entendimiento, memoria y voluntad, en esta noche espiritual, que es
el medio de la divina unión, necesario es primero dar a entender en este
capítulo cómo las tres virtudes teologales, fe, esperanza y caridad (que tienen
respecto a las dichas tres potencias como propios objetos sobrenaturales, y
mediante las cuales el alma se une con Dios según sus potencias), hacen el
mismo vacío y oscuridad cada una en su potencia: la fe en el entendimiento, la
esperanza en la memoria y la caridad en la voluntad. Y después iremos tratando
cómo se ha de perfeccionar el entendimiento en la tiniebla de la fe, y cómo la
memoria en el vacío de la esperanza, y cómo también se ha de enterar la
voluntad en la carencia y desnudez de todo afecto para ir a Dios. Lo cual
hecho, se verá claro cuánta necesidad tiene el alma, para ir segura en este
camino espiritual, de ir por esta noche oscura arrimada a estas tres virtudes,
que la vacían de todas las cosas y oscurecen en ellas. Porque, como habemos
dicho, el alma no se une con Dios en esta vida por el entender, ni por el
gozar, ni por el imaginar, ni por otro cualquier sentido, sino sólo por la fe
según el entendimiento, y por esperanza según la memoria, y por amor según la
voluntad.
2. Las cuales tres virtudes todas hacen, como habemos dicho,
vacío en las potencias: la fe en el entendimiento, vacío y oscuridad de
entender; la esperanza hace en la memoria vacío de toda posesión; y la caridad,
vacío en la voluntad y desnudez de todo afecto y gozo de todo lo que no es
Dios.
Porque la fe ya vemos que nos dice lo que no se puede
entender con el entendimiento. Por lo cual san Pablo dice de ella ad Hebraeos
(11, 1) de esta manera: Fides est sperandarum substantia rerum, argumentum non
apparentium; que a nuestro propósito quiere decir que la fe es sustancia de las
cosas que se esperan. Y aunque el entendimiento con firmeza y certeza consiente
en ellas, no son cosas que al entendimiento se le descubren, porque si se le
descubriesen, no sería fe; la cual, aunque le hace cierto al entendimiento, no
le hace claro, sino oscuro.
3. Pues de la esperanza no hay duda sino que también pone a
la memoria en vacío y tiniebla de lo de acá y de lo de allá. Porque la
esperanza siempre es de lo que no se posee, porque, si se poseyese, ya no sería
esperanza. De donde san Pablo dice ad Romanos (8, 24): Spes, quae videtur, non
est spes; nam quod videt quis, quid sperat?; es a saber: La esperanza que se
ve, no es esperanza; porque lo que uno ve, esto es, lo que posee, ¿cómo lo
espera? Luego también hace vacío esta virtud, pues es de lo que no se tiene, y
no de lo que se tiene.
4. La caridad, ni más ni menos, hace vacío en la voluntad de
todas las cosas, pues nos obliga a amar a Dios sobre todas ellas, lo cual no
puede ser sino apartando el afecto de todas ellas, para ponerle entero en Dios.
De donde dice Cristo por san Lucas (14, 33): Qui non renuntiat omnibus quae
possidet, non potest meus esse discipulus, que quiere decir: El que no renuncia
todas las cosas que posee con la voluntad, no puede ser mi discípulo. Y así
todas estas tres virtudes ponen al alma en oscuridad y vacío de todas las
cosas.
5. Y aquí debemos notar aquella parábola que nuestro
Redentor dijo por san Lucas a los once capítulos (v. 5), en que dijo que el
amigo había de ir a la media noche a pedir los tres panes a su amigo, los
cuales panes significan estas tres virtudes. Y dijo que a la media noche los
pedía, para dar a entender que el alma a oscuras de todas las cosas, según sus
potencias, ha de adquirir estas tres virtudes y en esa noche se ha de perfeccionar
en ellas. En el capítulo sexto de Isaías (v. 2) leemos que los dos serafines
que este profeta vio a los lados de Dios, cada uno con seis alas, que con las
dos cubrían sus pies, que significaba cegar y apagar los afectos de la voluntad
acerca de todas las cosas para con Dios; y con las dos cubrían su rostro, que
significaba la tiniebla del entendimiento delante de Dios; y que con las otras
dos volaban, para dar a entender el vuelo de la esperanza a las cosas que no se
poseen, levantada sobre todo lo que se puede poseer de acá y de allá, fuera de
Dios.
7. En la cual manera se halla toda seguridad contra las
astucias del demonio y contra la eficacia del amor propio y sus ramas, que es
lo que sutilísimamente suele engañar e impedir el camino a los espirituales,
por no saber ellos desnudarse, gobernándose según estas tres virtudes; y así,
nunca acaban de dar en la sustancia y pureza del bien espiritual, ni van por
tan derecho camino y breve como podrían ir.
8. Y hase de tener advertencia que ahora voy especialmente
hablando con los que han comenzado a entrar en estado de contemplación, porque
con los principiantes algo más anchamente se ha de tratar esto, como notaremos
en el libro segundo, Dios mediante, cuando tratemos de las propiedades de
ellos.
Inicio
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En el cual se trata cuán angosta es la senda que guía a la
vida eterna y cuán desnudos y desembarazados conviene que estén los que han de
caminar por ella. Comienza a hablar de la desnudez del entendimiento.
1. Para haber ahora de tratar de la desnudez y pureza de las
tres potencias del alma, era necesario otro mayor saber y espíritu que el mío,
con que pudiese bien dar a entender a los espirituales cuán angosto sea este
camino que dijo nuestro Salvador que guía a la vida, para que, persuadidos en
esto, no se maravillen del vacío y desnudez en que en esta noche habemos de
dejar las potencias del alma.
2. Para lo cual se deben notar con advertencia las palabras
que por san Mateo, en el capítulo 7 (v. 14), nuestro Salvador dijo de este
camino, diciendo así: Quam angusta porta, et arcta via est, quae ducit ad
vitam, et pauci sunt qui inveniunt eam; quiere decir: ¡Cuán angosta es la
puerta y estrecho el camino que guía a la vida, y pocos son los que le hallan!
En la cual autoridad debemos mucho notar aquella exageración y encarecimiento
que contiene en sí aquella partícula quam; porque es como si dijera: de verdad es
mucho angosta más que pensáis. Y también es de notar que primero dice que es
angosta la puerta, para dar a entender que para entrar el alma por esta puerta
de Cristo, que es el principio del camino, primero se ha de angostar y desnudar
la voluntad en todas las cosas sensuales y temporales, amando a Dios sobre
todas ellas; lo cual pertenece a la noche del sentido, que habemos dicho.
3. Y luego dice que es estrecho el camino, conviene a saber,
de la perfección; para dar a entender que, para ir por el camino de perfección,
no sólo ha de entrar por la puerta angosta, vaciándose de lo sensitivo, mas
también se ha de estrechar, desapropiándose y desembarazándose propiamente en
lo que es de parte del espíritu. Y así, lo que dice de la puerta angosta
podemos referir a la parte sensitiva del hombre; y lo que dice del camino
estrecho, podemos entender de la espiritual o racional; y en lo que dice que
pocos son los que le hallan, se debe notar la causa, que es porque pocos hay
que sepan y quieran entrar en esta suma desnudez y vacío de espíritu. Porque
esta senda del alto monte de perfección, como quiera que ella vaya hacia arriba
y sea angosta, tales guiadores requiere, que ni lleven carga que les haga peso
cuanto a lo inferior ni (cosa) que les haga embarazo cuanto a lo superior; que,
pues es trato en que sólo Dios se busca y se granjea, sólo Dios es el que se ha
de buscar y granjear.
4. De donde se ve claro que no sólo de todo lo que es de
parte de las criaturas ha de ir el alma desembarazada, mas también de todo lo
que es de parte de su espíritu ha de caminar desapropiada y aniquilada. De
donde, instruyéndonos e induciéndonos nuestro Señor en este camino, dijo por
san Marcos, capítulo 8 (v. 3435) aquella tan admirable doctrina, no sé si diga
tanto menos ejercitada de los espirituales cuanto les es más necesaria, la
cual, por serlo tanto y tan a nuestro propósito, la referiré aquí toda, y
declararé según el germano y espiritual sentido de ella. Dice, pues, así: Si
quis vult me sequi, deneget semetipsum, et tollat crucem suam, et sequatur me.
Qui enim voluerit animam suam salvam facere, perdet eam: qui autem perdiderit
animam suam propter me... salvam faciet eam; quiere decir: Si alguno quiere
seguir mi camino, niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame. Porque el que
quisiere salvar su alma, perderla ha; pero el que por mí la perdiere, ganarla
ha.
5. ¡Oh, quién pudiera aquí ahora dar a entender y a
ejercitar y gustar qué cosa sea este consejo que nos da aquí nuestro Salvador
de negarnos a nosotros mismos, para que vieran los espirituales cuán diferente
es el modo que en este camino deben llevar del que muchos de ellos piensan! Que
entienden que basta cualquiera manera de retiramiento y reformación en las
cosas; y otros se contentan con en alguna manera ejercitarse en las virtudes y
continuar la oración y seguir la mortificación, mas no llegan a la desnudez y
pobreza, o enajenación o pureza espiritual, que todo es una, que aquí nos
aconseja el Señor; porque todavía antes andan a cebar y vestir su naturaleza de
consolaciones y sentimientos espirituales que a desnudarla y negarla en eso y
esotro por Dios, que piensan que basta negarla en lo del mundo, y no
aniquilarla y purificarla en la propiedad espiritual. De donde les nace que en
ofreciéndoseles algo de esto sólido y perfecto, que es la aniquilación de toda
suavidad en Dios, en sequedad, en sinsabor, en trabajo (lo cual es la cruz pura
espiritual y desnudez de espíritu pobre de Cristo) huyen de ello como de la
muerte, y sólo andan a buscar dulzuras y comunicaciones sabrosas en Dios. Y
esto no es la negación de sí mismo y desnudez de espíritu, sino golosina de
espíritu. En lo cual, espiritualmente, se hacen enemigos de la cruz de Cristo;
porque el verdadero espíritu antes busca lo desabrido en Dios que lo sabroso, y
más se inclina al padecer que al consuelo, y más a carecer de todo bien por
Dios que a poseerle, y a las sequedades y aflicciones que a las dulces
comunicaciones, sabiendo que esto es seguir a Cristo y negarse a sí mismo, y
esotro, por ventura, buscarse a sí mismo en Dios, lo cual es harto contrario al
amor. Porque buscarse a sí en Dios es buscar los regalos y recreaciones de
Dios; mas buscar a Dios en sí es no sólo querer carecer de eso y de esotro por
Dios, sino inclinarse a escoger por Cristo todo lo más desabrido, ahora de
Dios, ahora del mundo; y esto es amor de Dios.
6. ¡Oh, quién pudiese dar a entender hasta dónde quiere
nuestro Señor que llegue esta negación! Ella, cierto, ha de ser como una muerte
y aniquilación temporal y natural y espiritual en todo, en la estimación de la
voluntad, en la cual se halla toda negación. Y esto es lo que aquí quiso decir
nuestro Salvador (Jn. 12, 25) cuando dice: El que quiere salvar su alma, ése la
perderá, es a saber: el que quisiere poseer algo o buscarlo para sí, ése la perderá,
y el que perdiere su alma por mí, ése la ganará, es a saber: el que renunciare
por Cristo todo lo que puede apetecer y gustar, escogiendo lo que más se parece
a la cruz, lo cual el mismo Señor por san Juan lo llama aborrecer su alma, ése
la ganará. Y esto enseñó Su Majestad a aquellos dos discípulos que le iban a
pedir diestra y siniestra, cuando, no dándoles ninguna salida a la demanda de
la tal gloria, les ofreció el cáliz que él había de beber, como cosa más
preciosa y más segura en esta tierra que el gozar (Mt. 20, 22).
7. Este cáliz es morir a su naturaleza, desnudándola y
aniquilándola, para que pueda caminar por esta angosta senda en todo lo que le
puede pertenecer según el sentido, como habemos dicho, y según el alma, como
ahora diremos, que es en su entender, y en su gozar, y en su sentir. De manera
que no sólo quede desapropiada en lo uno y en lo otro, mas que con esto segundo
espiritual no quede embarazada para el angosto camino, pues en él no cabe más
que la negación, como da a entender el Salvador, y la cruz, que es el báculo
para (poder) arribar, por el cual grandemente le aligera y facilita.
De donde nuestro Señor por san Mateo (11, 30) dijo: Mi yugo
es suave y mi carga ligera, la cual es la cruz. Porque, si el hombre se
determina a sujetarse a llevar esta cruz, que es un determinarse de veras a
querer hallar y llevar trabajo en todas las cosas por Dios, en todas ellas
hallará grande alivio y suavidad para (andar) este camino, así desnudo de todo,
sin querer nada. Empero, si pretende tener algo, ahora de Dios, ahora de otra
cosa, con propiedad alguna, no va desnudo ni negado en todo; y así, ni cabrá ni
podrá subir por esta senda angosta hacia arriba.
8. Y así querría yo persuadir a los espirituales cómo este
camino de Dios no consiste en multiplicidad de consideraciones, ni modos, ni
maneras, ni gustos (aunque esto, en su manera, sea necesario a los
principiantes) sino en una cosa sola necesaria, que es saberse negar de veras,
según lo exterior e interior, dándose al padecer por Cristo y aniquilarse en
todo, porque, ejercitándose en esto, todo esotro y más que ello se obra y se
halla en ello. Y si en este ejercicio hay falta, que es el total y la raíz de
las virtudes, todas esotras maneras es andar por las ramas y no aprovechar,
aunque tengan tan altas consideraciones y comunicaciones como los ángeles.
Porque el aprovechar no se halla sino imitando a Cristo, que es el camino y la
verdad y la vida, y ninguno viene al Padre sino por él, según él mismo dice por
san Juan (14, 6). Y en otra parte (10, 9) dice: Yo soy la puerta; por mí si
alguno entrare, salvarse ha. De donde todo espíritu que quiere ir por dulzuras
y facilidad y huye de imitar a Cristo, no le tendría por bueno.
9. Y porque he dicho que Cristo es el camino, y que este
camino es morir a nuestra naturaleza en sensitivo y espiritual, quiero dar a
entender cómo sea esto a ejemplo de Cristo, porque él es nuestro ejemplo y luz.
10. Cuanto a lo primero, cierto está que él murió a lo
sensitivo, espiritualmente en su vida y naturalmente en su muerte; porque, como
él dijo (Mt. 8, 20), en la vida no tuvo dónde reclinar su cabeza, y en la
muerte lo tuvo menos.
11. Cuanto a lo segundo, cierto está que al punto de la
muerte quedó también aniquilado en el alma sin consuelo y alivio alguno,
dejándole el Padre así en íntima sequedad, según la parte inferior; por lo cual
fue necesitado a clamar diciendo: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has
desamparado? (Mt. 27, 46). Lo cual fue el mayor desamparo sensitivamente que
había tenido en su vida. Y así, en él hizo la mayor obra que en (toda) su vida
con milagros y obras había hecho, ni en la tierra ni en el cielo, que fue
reconciliar y unir al género humano por gracia con Dios. Y esto fue, como digo,
al tiempo y punto que este Señor estuvo mas aniquilado en todo, conviene a
saber: acerca de la reputación de los hombres, porque, como lo veían morir,
antes hacían burla de él que le estimaban en algo; y acerca de la naturaleza,
pues en ella se aniquilaba muriendo; y acerca del amparo y consuelo espiritual
del Padre, pues en aquel tiempo le desamparó porque puramente pagase la deuda y
uniese al hombre con Dios, quedando así aniquilado y resuelto así como en nada.
De donde David (Sal. 72, 22) dice de él: Ad nihilum redactus sum, et nescivi.
Para que entienda el buen espiritual el misterio de la puerta y del camino de
Cristo para unirse con Dios, y sepa que cuanto más se aniquilare por Dios,
según estas dos partes, sensitiva y espiritual, tanto más se une a Dios y tanto
mayor obra hace. Y cuando viniere a quedar resuelto en nada, que será la suma
humildad, quedará hecha la unión espiritual entre el alma y Dios, que es el
mayor y más alto estado a que en esta vida se puede llegar. No consiste, pues,
en recreaciones y gustos, y sentimientos espirituales, sino en una viva muerte
de cruz sensitiva y espiritual, esto es, interior y exterior.
12. No me quiero alargar más en esto, aunque no quisiera
acabar de hablar en ello, porque veo es muy poco conocido Cristo de los que se
tienen por sus amigos. Pues los vemos andar buscando en él sus gustos y
consolaciones, amándose mucho a sí, mas no sus amarguras y muertes, amándole
mucho a él. De éstos hablo, que se tienen por sus amigos, que esotros que viven
allá a lo lejos, apartados de él, grandes letrados y potentes, y otros cualesquiera
que viven allá con el mundo en el cuidado de sus pretensiones y mayorías (que
podemos decir que no conocen a Cristo, cuyo fin, por bueno que sea, harto
amargo será), no hace de ellos mención esta letra. Pero hacerla ha en el día
del juicio, porque a ellos les convenía primero hablar esta palabra de Dios,
como a gente que Dios puso por blanco de ella según las letras y más alto
estado (cf. Act. 13, 46).
13. Pero hablemos ahora con el entendimiento del espiritual,
y particularmente de aquél a quien Dios ha hecho merced de poner en el estado
de contemplación, porque, como he dicho, ahora voy particularmente con éstos
hablando, y digamos cómo se ha de enderezar a Dios en fe y purgarse de las
cosas contrarias, angostándose para entrar por esta senda angosta de oscura
contemplación.
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Que trata, en general, cómo ninguna criatura ni alguna
noticia que puede caer en el entendimiento, le puede servir de próximo medio
para la divina unión con Dios.
1. Antes que tratemos del propio y acomodado medio para la
unión de Dios, que es la fe, conviene que probemos cómo ninguna cosa criada ni pensada
puede servir al entendimiento de propio medio para unirse con Dios, y cómo todo
lo que el entendimiento puede alcanzar, antes le sirve de impedimento que de
medio, si a ello se quisiese asir.
Y ahora, en este capítulo, probaremos esto en general, y
después iremos hablando en particular, descendiendo por todas las noticias que
el entendimiento puede recibir de parte de cualquiera sentido exterior e
interior, y los inconvenientes y daños que puede recibir de todas estas
noticias interiores y exteriores, para no ir adelante asido al propio medio,
que es la fe.
2. Es, pues, de saber que, según regla de filosofía, todos
los medios han de ser proporcionados al fin, es a saber: que han de tener
alguna conveniencia y semejanza con el fin, tal que baste y sea suficiente para
que por ellos se pueda conseguir el fin que se pretende. Pongo ejemplo: quiere
uno llegar a una ciudad. Necesariamente ha de ir por el camino, que es el medio
que empareja y junta con la misma ciudad. Otro ejemplo: hase de juntar y unir el
fuego en el madero. Es necesario que el calor, que es el medio, disponga al
madero primero con tantos grados de calor que tenga gran semejanza y proporción
con el fuego. De donde, si quisiesen disponer al madero con otro medio que el
propio, que es el calor, así como con aire, o agua, o tierra, sería imposible
que el madero se pudiera unir con el fuego; así como también lo sería llegar a
la ciudad si no va por el propio camino que junta con ella. De donde, para que
el entendimiento se venga a unir en esta vida con Dios, según se puede,
necesariamente ha de tomar aquel medio que junta con él y tiene con él próxima
semejanza.
3. En lo cual habemos de advertir que, entre todas las
criaturas superiores ni inferiores, ninguna hay que próximamente junte con Dios
ni tenga semejanza con su ser. Porque, aunque es verdad que todas ellas tienen,
como dicen los teólogos, cierta relación a Dios y rastro de Dios -unas más y
otras menos, según su más principal o menos principal ser-, de Dios a ellas
ningún respecto hay ni semejanza esencial, antes la distancia que hay entre su
divino ser y el de ellas es infinita, y por eso es imposible que el
entendimiento pueda dar en Dios por medio de las criaturas, ahora sean
celestiales, ahora terrenas, por cuanto no hay proporción de semejanza.
De donde, hablando David (Sal. 85, 8) de las celestiales,
dice: No hay semejante a ti en los dioses, Señor; llamando dioses a los ángeles
y almas santas. Y en otra parte (Sal. 76, 14): Dios, tu camino está en lo
santo; ¿qué dios grande hay como nuestro Dios? Como si dijera: el camino para
venir a ti, Dios, es camino santo, esto es, pureza de fe. Porque ¿qué dios
habrá tan grande, es a saber, qué ángel tan levantado en ser y qué santo tan
levantado en gloria será tan grande, que sea camino proporcionado y bastante
para venir a ti? Y hablando también el mismo David (Sal. 137, 6) de las
terrenales y celestiales juntamente, dice: Alto es el Señor y mira las cosas
bajas, y las cosas altas conoce desde lejos. Como si dijera: siendo él alto en
su ser, ve ser muy bajo el ser de las cosas de acá abajo, comparándole con su
alto ser; y las cosas altas, que son las criaturas celestiales, velas y
conócelas estar de su ser muy lejos. Luego todas las criaturas no pueden servir
de proporcionado medio al entendimiento para dar en Dios.
4. Ni más ni menos, todo lo que la imaginación puede
imaginar y el entendimiento recibir y entender (en esta vida) no es ni puede
ser medio próximo para la unión de Dios. Porque, si hablamos naturalmente, como
quiera que el entendimiento no puede entender cosa si no es lo que cabe y está
debajo de las formas y fantasías de las cosas que por los sentidos corporales
se reciben, las cuales cosas, habemos dicho, no pueden servir de medio, no se
puede aprovechar de la inteligencia natural. Pues, si hablamos de la
sobrenatural, según se puede en esta vida, de potencia ordinaria no tiene el
entendimiento disposición ni capacidad en la cárcel del cuerpo para recibir
noticia clara de Dios, porque esa noticia no es de este estado, porque, o ha de
morir, o no la ha de recibir.
De donde, pidiendo Moisés a Dios esa noticia clara, le
respondió que no le podía ver, diciendo: No me verá hombre que pueda quedar
vivo (Ex. 33, 20); por lo cual san Juan (1, 18) dice: A Dios ninguno jamás le
vio, ni cosa que le parezca. Que, por eso, san Pablo (1 Cor. 2, 9) con Isaías
(64, 4) dice: Ni le vio ojo, ni le oyó oído, ni cayó en corazón de hombre. Y
ésta es la causa por que Moisés en la zarza, como se dice en los Actos de los
Apóstoles (7, 32), no se atrevió a considerar, estando Dios presente; porque
conocía que no había de poder considerar su entendimiento de Dios como
convenía, conforme a lo que de Dios sentía. Y de Elías, nuestro Padre se dice
(3 Re. 19, 13) que en el monte se cubrió el rostro en la presencia de Dios, que
significa cegar el entendimiento; lo cual él hizo allí, no se atreviendo a
meter tan baja mano en cosa tan alta, viendo claro que cualquiera cosa que
considerara y particularmente entendiera, era muy distante y disímil a Dios.
5. Por tanto, ninguna noticia ni aprehensión sobrenatural en
este mortal estado le puede servir de medio próximo para la alta unión de amor
con Dios; porque todo lo que puede entender el entendimiento, y gustar la
voluntad, y fabricar la imaginación, es muy disímil y desproporcionado, como
habemos dicho, a Dios. Lo cual todo lo dio a entender Isaías (40, 1819)
admirablemente en aquella tan notable autoridad, diciendo: ¿A qué cosa habéis
podido hacer semejante a Dios? ¿O qué imagen le haréis que se le parezca? ¿Por
ventura podrá fabricar alguna escultura el oficial de hierro? ¿O el que labra
el oro podrá fingirle con el oro, o el platero con lañas de plata? Por el
oficial del hierro se entiende el entendimiento, el cual tiene por oficio
formar las inteligencias y desnudarlas del hierro de las especies y fantasías.
Por el oficial del oro entiende la voluntad, la cual tiene habilidad de recibir
figura y forma de deleite, causado del oro del amor. Por el platero, que dice
que no le figurará con las lañas de plata, se entiende la memoria con la
imaginación, lo cual bien propiamente se puede decir que sus noticias y las
imaginaciones que puede fingir y fabricar son como lañas de plata. Y así, es
como si dijera: ni el entendimiento con sus inteligencias podrá (entender cosa
semejante a él, ni la voluntad podrá) gustar deleite y suavidad que se parezca
a la que es Dios, ni la memoria pondrá en la imaginación noticias e imágenes
que le representen. Luego, claro está que al entendimiento ninguna de estas
noticias le pueden inmediatamente encaminar a Dios, y que, para llegar a él,
antes ha de ir no entendiendo que queriendo entender, y antes cegándose y
poniendo en tiniebla, que abriendo los ojos para llegar más al divino rayo.
6. Y de aquí es que la contemplación por la cual el
entendimiento tiene más alta noticia de Dios llaman teología mística, que
quiere decir sabiduría de Dios secreta; porque es secreta al mismo
entendimiento que la recibe y por eso, la llama san Dionisio rayo de tiniebla.
De la cual dice el profeta Baruc (3, 23): No hay quien sepa el camino de ella
ni quien pueda pensar las sendas (de ella. Luego claro está que el
entendimiento se ha de cegar a todas las sendas) que él puede alcanzar para
unirse con Dios. Aristóteles dice que de la misma manera que los ojos del murciélago
se han con el sol, el cual totalmente le hace tinieblas, así nuestro
entendimiento se ha a lo que es más luz en Dios, que totalmente nos es
tiniebla. Y dice más; que cuanto las cosas de Dios son en sí más altas y más
claras, son para nosotros más ignotas y oscuras. Lo cual también afirma el
Apóstol (1 Cor. 3, 19), diciendo: Lo que es alto de Dios, es de los hombres
menos sabido.
7. Y no acabaríamos a este paso de traer autoridades y
razones para probar y manifestar cómo no hay escalera con que el entendimiento
pueda llegar a este alto Señor entre todas las cosas criadas y que pueden caer
en entendimiento; antes es necesario saber que, si el entendimiento se quisiese
aprovechar de todas estas cosas, o de algunas de ellas por medio próximo para
la tal unión, no sólo le serían impedimento, pero aun le serían ocasión de
hartos errores y engaños en la subida de este monte.
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Cómo la fe es el próximo y proporcionado medio al
entendimiento para que el alma pueda llegar a la divina unión de amor. Pruébalo
con autoridades y figuras de la divina Escritura.
1. De lo dicho se colige que, para que el entendimiento esté
dispuesto para esta divina unión, ha de quedar limpio y vacío de todo lo que
puede caer en el sentido, y desnudo y desocupado de todo lo que puede caer con
claridad en el entendimiento, íntimamente sosegado y acallado, puesto en fe, la
cual es sola el próximo y proporcionado medio para que el alma se una con Dios.
Porque es tanta la semejanza que hay entre ella y Dios, que no hay otra
diferencia sino ser visto Dios o creído. Porque, así como Dios es infinito, así
ella nos le propone infinito; y así como es Trino y Uno, nos le propone ella
Trino y Uno; y así como Dios es tiniebla para nuestro entendimiento, así ella
también ciega y deslumbra nuestro entendimiento. Y así, por este solo medio se
manifiesta Dios al alma en divina luz, que excede todo entendimiento. Y por
tanto, cuanto más fe el alma tiene, más unida está con Dios.
Que eso es lo que quiso decir san Pablo en la autoridad que
arriba dijimos (Heb. 11, 6), diciendo: El que se ha de juntar con Dios,
conviénele crea, esto es: que vaya por fe caminando a él, lo cual ha de ser el
entendimiento ciego y a oscuras en fe sólo, porque debajo de esta niebla se
junta con Dios el entendimiento, y debajo de ella está Dios escondido, según lo
dijo David (Sal. 17, 10) por estas palabras: La oscuridad puso debajo de sus
pies. Y subió sobre los querubines y voló sobre las plumas del viento. Y puso
por escondrijo las tinieblas y el agua tenebrosa.
2. En lo que dijo que puso oscuridad debajo de sus pies, y
que a las tinieblas tomó por escondrijo, y aquel su tabernáculo en derredor de
él es el agua tenebrosa, se denota la oscuridad de la fe en que él está
encerrado. Y en decir que subió sobre los querubines y voló sobre las plumas de
los vientos, (se da a entender cómo vuela sobre todo entendimiento. Porque
querubines quiere decir inteligentes o contemplantes, y las plumas de los
vientos) significan las sutiles y levantadas noticias y conceptos de los
espíritus, sobre todas las cuales es su ser, al cual ninguno puede de suyo
alcanzar.
3. En figura de lo cual leemos en la sagrada Escritura (3
Re. 8, 12) que, acabando Salomón de edificar el templo, bajó Dios en tiniebla e
hinchió el templo de manera que no podían ver los hijos de Israel; y entonces
habló Salomón y dijo: El Señor ha prometido que ha de morar en tiniebla.
También a Moisés en el monte se le aparecía en tiniebla (Ex. 24, 1518), en que
estaba Dios encubierto. Y todas las veces que Dios se comunicaba mucho parecía
en tiniebla, como es de ver en Job (38, 1; 40, 1), donde dice la sagrada
Escritura que habló Dios con él desde el aire tenebroso. Las cuales tinieblas
todas significan la oscuridad de la fe en que está cubierta
4. Luego claro está que, para venir el alma en esta vida a
unirse con Dios y comunicar inmediatamente con él, que tiene necesidad de
unirse con la tiniebla que dijo Salomón (3 Re. 8, 12) en que había Dios
prometido de morar, y de ponerse junto al aire tenebroso en que fue Dios
servido de revelar sus secretos a Job, y tomar en las manos a oscuras las urnas
de Gedeón, para tener en sus manos, esto es, en las obras de su voluntad, la
luz, que es la unión de amor, aunque a oscuras en fe, para que luego, en
quebrándose los vasos de esta vida, que sólo impedía la luz de la fe, se vea
cara a cara en gloria.
5. Resta, pues, ahora declarar en particular, de todas las
inteligencias y aprehensiones que puede recibir el entendimiento, el
impedimento y daño que puede recibir en este camino de fe, y cómo se ha de
haber el alma en ellas para que antes le sean provechosas que dañosas, así de
las que son de parte de los sentidos como las que son del espíritu.
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En que se hace distinción de todas las aprehensiones e
inteligencias que pueden caer en el entendimiento.
1. Para haber de tratar en particular del provecho y daño
que pueden hacer al alma, acerca de este medio que habemos dicho de fe para la
divina unión, las noticias y aprehensiones del entendimiento, es necesario
poner aquí una distinción de todas las aprehensiones, así naturales como
sobrenaturales, que puede recibir, para que luego por su orden más
distintamente vayamos enderezando en ellas al entendimiento en la noche y
oscuridad de la fe; lo cual será con la brevedad que pudiéremos.
2. Es, pues, de saber que por dos vías puede el
entendimiento recibir noticias e inteligencias: la una es natural y la otra
sobrenatural. La natural es todo aquello que el entendimiento puede entender,
ahora por vía de los sentidos corporales, ahora por sí mismo. La sobrenatural
es todo aquello que se da al entendimiento sobre su capacidad y habilidad
natural.
3. De estas noticias sobrenaturales unas son corporales,
otras son espirituales. Las corporales son en dos maneras: unas que por vía de
los sentidos corporales exteriores las recibe; otras por vía de los sentidos
corporales interiores, en que se comprehenden todo lo que la imaginación puede
comprehender, fingir y fabricar.
4. Las espirituales son también en dos maneras: unas
distintas y particulares, y otra es confusa, oscura y general. Entre las
distintas y particulares entran cuatro maneras de aprehensiones particulares,
que se comunican al espíritu, no mediante algún sentido corporal, y son:
visiones, revelaciones, locuciones y sentimientos espirituales. La inteligencia
oscura y general está en una sola, que es la contemplación que se da en fe. En
ésta habemos de poner al alma, encaminándola a ella (por todas esotras,
comenzando por las primeras, y desnudándola de ellas).
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CAPITULO 11
[San Juan de
ÍNDICE
DE
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Del impedimento y daño que puede haber en las aprehensiones
del entendimiento por vía de lo que sobrenaturalmente se representa a los
sentidos corporales exteriores y cómo el alma se ha de haber en ellas.
1. Las primeras noticias que habemos dicho en el precedente
capítulo son las que pertenecen al entendimiento por vía natural. De las
cuales, porque habemos ya tratado en el primer libro, donde encaminamos al alma
en la noche del sentido, no hablaremos aquí palabra, porque allí dimos doctrina
congrua para el alma acerca de ellas.
Por tanto, lo que habemos de tratar en el presente capítulo
será de aquellas noticias y aprehensiones que solamente pertenecen al
entendimiento sobrenaturalmente por vía de los sentidos corporales exteriores,
que son: ver, oír, oler, gustar y tocar. Acerca de todas las cuales pueden y
suelen nacer a los espirituales representaciones y objetos sobrenaturales.
Porque acerca de la vista se les suele representar figuras y
personajes de la otra vida, de algunos santos y figuras de ángeles, buenos y
malos, y algunas luces y resplandores extraordinarios.
Y con los oídos oír algunas palabras extraordinarias, ahora
dichas por esas figuras que ven, ahora sin ver quién las dice.
En el olfato sienten a veces olores suavísimos
sensiblemente, sin saber de dónde proceden.
También en el gusto acaece sentir muy suave sabor, y en el
tacto grande deleite, y a veces tanto, que parece que todas las médulas y
huesos gozan y florecen y se bañan en deleite; cual suele ser la que llaman
unción del espíritu, que procede de él a los miembros de las limpias almas. Y
este gusto del sentido es muy ordinario a los espirituales, porque del afecto y
devoción del espíritu sensible les procede más o menos a cada cual en su
manera.
2. Y es de saber que, aunque todas estas cosas pueden
acaecer a los sentidos corporales por vía de Dios, nunca jamás se han de
asegurar en ellas ni las han de admitir, antes totalmente han de huir de ellas,
sin querer examinar si son buenas o malas. Porque así como son más exteriores y
corporales, así tanto menos ciertas son de Dios. Porque más propio y ordinario
le es a Dios comunicarse al espíritu, en lo cual hay más seguridad y provecho
para el alma, que al sentido, en el cual ordinariamente hay mucho peligro y
engaño, por cuanto en ellas se hace el sentido corporal juez y estimador de las
cosas espirituales, pensando que son así como lo siente, siendo ellas tan
diferentes como el cuerpo del alma y la sensualidad de la razón. Porque tan
ignorante es el sentido corporal de las cosas razonales, espirituales digo,
como un jumento de las cosas razonales, y aún más.
3. Y así, yerra mucho el que las tales cosas estima, y en
gran peligro se pone de ser engañado, y, por lo menos, tendrá en sí total
impedimento para ir a lo espiritual; porque todas aquellas cosas corporales no
tienen, como habemos dicho, proporción alguna con las espirituales. Y así,
siempre se han de tener las tales cosas por más cierto ser del demonio que de
Dios: el cual en lo más exterior y corporal tiene más mano, y más fácilmente puede
engañar en esto que en lo que es más interior y espiritual.
4. Y estos objetos y formas corporales, cuanto ellos en sí
son más exteriores, tanto menos provecho hacen al interior y al espíritu, por
la mucha distancia y poca proporción que hay entre lo que es corporal y
espiritual. Porque aunque de ellas se comunique algún espíritu (como se
comunica siempre que son de Dios) es mucho menos que si las mismas cosas fueran
más espirituales e interiores. Y así, son muy fáciles y ocasionadas para criar
error y presunción, y vanidad en el alma; porque, como son tan palpables y
materiales, mueven mucho al sentido, y parécele al juicio del alma que es más
por ser más sensible, y vase tras ello, desamparando a la fe, pensando que
aquella luz es la guía y medio de su pretensión, que es la unión de Dios; y
pierde más el camino y medio que es la fe, cuanto más caso hace de las tales
cosas.
5. Y, además de eso, como ve el alma que le suceden tales
cosas y extraordinarias, muchas veces se le ingiere secretamente cierta opinión
de sí de que ya es algo delante de Dios, lo cual es contra humildad. Y también
el demonio sabe ingerir en el alma satisfacción de sí oculta, y a veces harto
manifiesta. Y, por eso, él pone muchas veces estos objetos en los sentidos,
demostrando a la vista figuras de santos y resplandores hermosísimos, y
palabras a los oídos harto disimuladas, y olores muy suaves, y dulzuras en la
boca, y en el tacto deleite, para que, engolosinándolos por allí, los induzca
en muchos males.
Por tanto, siempre se han de desechar tales representaciones
y sentimientos, porque, dado caso que algunas sean de Dios, no por eso se hace
a Dios agravio ni se deja de recibir el efecto y fruto que quiere Dios por
ellas hacer al alma, porque el alma las deseche y no las quiera.
6. La razón de esto es porque la visión corporal o
sentimiento en alguno de los otros sentidos, así como también en otra
cualquiera comunicación de las más interiores, si es de Dios, en ese mismo
punto que parece o se siente hace su efecto en el espíritu, sin dar lugar que
el alma tenga tiempo de deliberación en quererlo o no quererlo. Porque, así
como Dios da aquellas cosas sobrenaturalmente sin diligencia bastante y sin
habilidad de ella, (así, sin la diligencia y habilidad de ella), hace Dios el
efecto que quiere con las tales cosas en ella, porque es cosa que se hace y
obra pasivamente en el espíritu. Y así, no consiste en querer o no querer, para
que sea o deje de ser, así como si a uno echasen fuego estando desnudo, poco
aprovecharía no querer quemarse; porque el fuego por fuerza había de hacer su
efecto. Y así son las visiones y representaciones buenas, que, aunque el alma
no quiera, hacen su efecto en ella primera y principalmente que en el cuerpo.
También las que son (de) parte del demonio, sin que el alma
las quiera, causan en ella alboroto o sequedad, o vanidad o presunción en el
espíritu. Aunque éstas no son de tanta eficacia en el alma como las de Dios en
el bien; porque las del demonio sólo pueden poner primeros movimientos en la
voluntad y no moverla a más si ella no quiere, y alguna inquietud que no dura
mucho, si el poco ánimo y recato del alma no da causa que dure. Mas las que son
de Dios penetran el alma, y mueven la voluntad a amar, y dejan su efecto, al
cual no puede el alma resistir aunque quiera, más que la vidriera al rayo del
sol cuando da en ella.
7. Por tanto, el alma nunca se ha de atrever a quererlas
admitir, aunque, como digo, sean de Dios, porque, si las quiere admitir, hay
seis inconvenientes:
El primero, que se le va disminuyendo la fe, porque mucho
derogan a la fe las cosas que se experimentan con los sentidos; porque la fe,
como habemos dicho, es sobre todo sentido. Y así apártase del medio de la unión
de Dios, no cerrando los ojos del alma a todas esas cosas de sentido.
Lo segundo, que son impedimento para el espíritu si no se
niegan, porque se detiene en ellas el alma y no vuela el espíritu a lo
invisible. De donde una de las causas por donde dijo el Señor (Jn. 16, 7) a sus
discípulos que les convenía que él se fuese para que viniese el Espíritu Santo,
era ésta. Así como tampoco dejó a María Magdalena (Jn. 20, 17) que llegase a
sus pies después de resucitado, porque se fundase en fe.
Lo tercero es que va el alma teniendo propiedad en las tales
cosas y no camina a la verdadera resignación y desnudez de espíritu.
Lo cuarto, que va perdiendo el efecto de ellas y el espíritu
que causan en lo interior, porque pone los ojos en lo sensual de ellas, que es
lo menos principal. Y así, no recibe tan copiosamente el espíritu que causan,
el cual se imprime y conserva más negando todo lo sensible, que es muy
diferente del puro espíritu.
Lo quinto, que va perdiendo las mercedes de Dios, porque las
va tomando con propiedad y no se aprovecha bien de ellas. Y tomándolas con
propiedad y no aprovechándose de ellas, es quererlas tomar; porque no se las da
Dios para que el alma las quiera tomar, pues que nunca se ha de determinar el
alma a creer que son de Dios.
Lo sexto es que en quererlas admitir abre puerta al demonio
para que le engañe en otras semejantes, las cuales sabe él muy bien disimular y
disfrazar, de manera que parezcan a las buenas; pues puede, como dice el
Apóstol (2 Cor. 11, 14) transfigurarse en ángel de luz. De lo cual trataremos
después, mediante el favor divino, en el libro tercero, en el capítulo de gula
espiritual.
8. Por tanto, siempre conviene al alma desecharlas a ojos
cerrados, sean de quien se fueren. Porque, si no lo hiciese, tanto lugar daría
a las del demonio, y al demonio tanta mano, que no sólo a vueltas de las unas
recibiría las otras, mas de tal manera irían multiplicándose las del demonio y
cesando las de Dios, que todo se vendría a quedar en demonio y nada de Dios;
como ha acaecido a muchas almas incautas y de poco saber, las cuales de tal
manera se aseguraron en recibir estas cosas, que muchas de ellas tuvieron mucho
que hacer en volver a Dios en la pureza de la fe, y muchas no pudieron volver,
habiendo ya el demonio echado en ellas muchas raíces. Por eso es bueno cerrarse
en ellas y negarlas todas, porque en las malas se quitan los errores del
demonio, y en las buenas el impedimento de la fe, y coge el espíritu el fruto
de ellas. Y así como cuando las admite las va Dios quitando, porque en ellas
tienen propiedad, no aprovechándose ordenadamente de ellas, y va el demonio ingiriendo
y aumentando las suyas, porque halla lugar y causa para ellas; así, cuando el
alma está resignada y contraria a ellas, el demonio va cesando de que ve que no
hace daño, y Dios, por el contrario, va aumentando y aventajando las mercedes
en aquel alma humilde y desapropiada, haciéndola sobre lo mucho, como al siervo
que fue fiel en lo poco (Mt. 25, 21).
9. En las cuales mercedes, si todavía el alma fuere fiel y
retirada, no parará el Señor hasta subirla de grado en grado hasta la divina
unión y transformación. Porque Nuestro Señor de tal manera va probando al alma
y levantándola, que primero la da cosas muy exteriores y bajas según el
sentido, conforme a su poca capacidad, para que, habiéndose ella como debe,
tomando aquellos primeros bocados con sobriedad para fuerza y sustancia, la
lleve a más y mejor manjar. De manera que, si venciere al demonio en lo
primero, pasará a lo segundo; y si también en lo segundo, pasará a lo tercero;
y de ahí adelante todas las siete mansiones, hasta meterla el Esposo en la cela
vinaria (Ct. 2, 47) de su perfecta caridad, que son los siete grados de amor.
10. ¡Dichosa el alma que supiere pelear contra aquella
bestia del Apocalipsis (12, 3), que tiene siete cabezas, contrarias a estos
siete grados de amor, con las cuales contra cada uno hace guerra, y con cada
una pelea con el alma en cada una de estas mansiones, en que ella está
ejercitando y ganando cada grado de amor de Dios! Que, sin duda, que si ella
fielmente peleare en cada una y venciere, merecerá pasar de grado en grado y de
mansión en mansión hasta la última, dejando cortadas a la bestia sus siete
cabezas, con que le hacía la guerra furiosa, tanto que dice allí san Juan que
le fue dado que pelease contra los santos y los pudiese vencer en cada uno de
estos grados de amor, poniendo contra cada uno armas y municiones bastantes
(ib. 13, 17).
Y así, es mucho de doler que muchos, entrando en esta
batalla espiritual contra la bestia, aún no sean para cortarle la primera
cabeza, negando las cosas sensuales del mundo. Y ya que algunos acaban consigo
y se la cortan, no le cortan la segunda, que es las visiones del sentido de que
vamos hablando. Pero lo que más duele es que algunos, habiendo cortado no sólo
segunda y primera, sino aun la tercera (que es acerca de los sentidos sensitivos
interiores, pasando de estado de meditación, y aun más adelante) al tiempo de
entrar en lo puro del espíritu, los vence esta espiritual bestia, y vuelve a
levantar contra ellos y a resucitar hasta la primera cabeza, y hácense las
postrimerías de ellos peores que las primerías en su recaída, tomando otros
siete espíritus consigo peores que él (Lc. 11, 26).
12. Luego claro está que estas visiones y aprehensiones
sensitivas no pueden ser medio para la unión, pues que ninguna proporción
tienen con Dios. Y una de las causas por que no quería Cristo que le tocase
Y así el demonio gusta mucho cuando una alma quiere admitir
revelaciones y la ve inclinada a ellas, porque tiene él entonces mucha ocasión
y mano para ingerir errores y derogar en lo que pudiere a la fe; porque, como
he dicho grande rudeza se pone en el alma que las quiere acerca de ella, y aun
a veces hartas tentaciones e impertinencia.
13. Heme alargado algo en estas aprehensiones exteriores por
dar y abrir alguna más luz para las demás de que luego habemos de tratar. Pero
había tanto que decir en esta parte, que fuera nunca acabar, y entiendo he
abreviado demasiado. Sólo con decir que tenga cuidado de nunca las admitir, si
no fuese algo con algún muy raro parecer (y entonces, no con gana ninguna de
ello) me parece basta en esta parte lo dicho.
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En que se trata de las aprehensiones imaginarias naturales.
Dice qué cosa sean, y prueba cómo no pueden ser proporcionado medio para llegar
a la unión de Dios y el daño que hace no saber desasirse de ellas.
1. Antes que tratemos de las visiones imaginarias que
sobrenaturalmente suelen ocurrir al sentido interior, que es la imaginativa y
fantasía, conviene aquí tratar, para que procedamos con orden, de las
aprehensiones naturales de ese mismo interior sentido corporal; para que
vayamos procediendo de lo menos a lo más y de lo más exterior hasta lo más
interior, hasta llegar al íntimo recogimiento donde el alma se une con Dios. Y
ese mismo orden habemos seguido hasta aquí; porque primero tratamos de desnudar
los sentidos exteriores de las aprehensiones naturales de los objetos -y, por
el consiguiente, a las fuerzas naturales de los apetitos, lo cual fue en el
primer libro, donde hablamos de la noche del sentido- y luego comenzamos a
desnudar a esos mismos sentidos de las aprehensiones exteriores sobrenaturales,
que acaecen a los sentidos exteriores, según en el pasado capítulo acabamos de
hacer, para encaminar al alma en la noche del espíritu.
2. En este segundo libro, lo que primero ocurre ahora es al
sentido corporal interior, que es la imaginativa y fantasía, de la cual también
habemos de vaciar todas las formas y aprehensiones imaginarias que naturalmente
en él pueden caer, y probar cómo es imposible que el alma llegue a la unión de
Dios hasta que cese su operación en ellas, por cuanto no pueden ser propio
medio y próximo de la tal unión.
3. Es, pues, de saber que los sentidos de que aquí
particularmente hablamos son dos sentidos corporales (interiores), que se
llaman imaginativa y fantasía, los cuales ordenadamente se sirven el uno al
otro; porque el uno discurre imaginando, y el otro forma la imaginación o lo
imaginado fantaseando; y para nuestro propósito lo mismo es tratar del uno que
del otro. Por lo cual, cuando no los nombraremos a entrambos, téngase por
entendido según aquí habemos de ellos dicho.
De aquí, pues, es que todo lo que aquestos sentidos pueden
recibir y fabricar se llaman imaginaciones y fantasías, que son formas que con
imagen y figura de cuerpo se representan a estos sentidos. Las cuales pueden
ser en dos maneras: unas sobrenaturales, que sin obra de estos sentidos se
pueden representar, y representan a ellos pasivamente; las cuales llamamos
visiones imaginarias por vía sobrenatural, de que habemos de hablar después.
Otras son naturales, que son las que por su habilidad activamente puede
fabricar en sí por su operación, debajo de formas, figuras e imágenes.
Y así, a estas dos potencias pertenece la meditación, que es
acto discursivo por medio de imágenes, formas y figuras, fabricadas e
imaginadas por los dichos sentidos; así como imaginar a Cristo crucificado, o
en la columna, o en otro paso, o a Dios con grande majestad en un trono; o
considerar e imaginar la gloria como una hermosísima luz, etc., y, por el
semejante, otras cualesquier cosas, ahora divinas, ahora humanas, que pueden
caer en la imaginativa. Todas las cuales imaginaciones se han de venir a vaciar
del alma, quedándose a oscuras según este sentido, para llegar a la divina unión,
por cuanto no pueden tener alguna proporción de próximo medio con Dios tampoco,
como las corporales que sirven de objeto a los cinco sentidos exteriores.
4. La razón de esto es porque la imaginación no puede
fabricar ni imaginar cosas algunas fuera de las que con los sentidos exteriores
ha experimentado, es a saber: visto con los ojos, oído con los oídos, etc.; o,
cuando mucho, componer semejanzas de estas cosas vistas u oídas y sentidas, que
no suben a mayor entidad, ni a tanta, (como) aquéllas que recibió por los
sentidos dichos. Porque, aunque imagine palacios de perlas y montes de oro,
(porque ha visto oro y perlas en la verdad, menos es todo aquello que la
esencia de un poco de oro) o de una perla, aunque en la imaginación sea más en
cantidad y compostura. Y por cuanto todas las cosas criadas, como ya está
dicho, no pueden tener alguna proporción con el ser de Dios, de ahí se sigue
que todo lo que imaginare a semejanza de ellas no puede servir de medio próximo
para la unión con él, antes, como decimos, mucho menos.
5. De donde los que imaginan a Dios debajo de algunas
figuras de éstas, o como un gran fuego o resplandor, u otras cualesquier
formas, y piensan que algo de aquello será semejante a él, harto lejos van de
él. Porque, aunque a los principiantes son necesarias estas consideraciones y
formas y modos de meditaciones para ir enamorando y cebando el alma por el
sentido, como después diremos, y así le sirven de medios remotos para unirse
con Dios (por los cuales ordinariamente han de pasar las almas para llegar al
término y estancia del reposo espiritual) pero ha de ser de manera que pasen
por ellos y no se estén siempre en ellos, porque de esa manera nunca llegarían
al termino, el cual no es como los medios remotos, ni tiene que ver con ellos,
así como las gradas de la escalera no tienen que ver con el término y estancia
de la subida, para lo cual son medios. Y, si el que sube no fuese dejando atrás
las gradas hasta que no dejase ninguna y se quisiese estar en alguna de ellas,
nunca llegaría ni subiría a la llana y apacible estancia del término. Por lo
cual, el alma que hubiere de llegar en esta vida a la unión de aquel sumo
descanso y bien por todos los grados de consideraciones, formas y noticias, ha
de pasar y acabar con ellas, pues ninguna semejanza ni proporción tienen con el
término a que encaminan, que es Dios. De donde en los Actos de los Apóstoles
(17, 29) dice san Pablo: Non debemus aestimare auro vel argento, aut lapidi
sculturae artis, et cogitationis hominis divinum esse simile; que quiere decir:
No debemos estimar ni tener por semejante lo divino al oro ni a la plata, o a
la piedra figurada por el arte, y a lo que el hombre puede fabricar con la
imaginación.
6. De donde yerran mucho muchos espirituales, los cuales,
habiendo ellos ejercitádose en llegarse a Dios por imágenes y formas y
meditaciones, cual conviene a principiantes, queriéndolos Dios recoger (a
bienes) más espirituales interiores e invisibles, quitándoles ya el gusto y
jugo de la meditación discursiva, ellos no acaban, ni se atreven, ni saben
desasirse de aquellos modos palpables a que están acostumbrados; y así, todavía
trabajan por tenerlos, queriendo ir por consideración y meditación de formas,
como antes, pensando que siempre había de ser así. En lo cual trabajan ya mucho
y hallan poco jugo o nada; antes se les aumenta y crece la sequedad y fatiga e
inquietud del alma cuanto más trabajan por aquel jugo primero, el cual es ya
excusado poder hallar en aquella manera primera, porque ya no gusta el alma de
aquel manjar, como habemos dicho, tan sensible, sino de otro más delicado y más
interior y menos sensible, que no consiste en trabajar con la imaginación, sino
en reposar el alma y dejarla estar en su quietud y reposo, lo cual es más
espiritual. Porque, cuanto el alma se pone más en espíritu, más cesa en obra de
las potencias en actos particulares, porque se pone ella más en un acto general
y puro; y así, cesan de obrar las potencias que caminaban para aquello donde el
alma llegó, así como cesan y paran los pies acabando su jornada, porque, si
todo fuese andar, nunca habría llegar, y si todos fuesen medios, ¿dónde o
cuándo se gozarían los fines y término?
7. Por lo cual es lástima ver que hay muchos que,
queriéndose su alma estar en esta paz y descanso de quietud interior, donde se
llena de paz y refección de Dios, ellos la desasosiegan y sacan afuera a lo más
exterior, y la quieren hacer volver a que ande lo andado sin propósito, y que
deje el termino y fin en que ya reposa por los medios que encaminaban a él, que
son las consideraciones. Lo cual no acaece sin gran desgana y repugnancia del
alma, que se quisiera estar en aquella paz, que no entiende, como en su propio
puesto. Bien así como el que llegó con trabajo donde descansa, si le hacen
volver al trabajo, siente pena. Y como ellos no saben el misterio de aquesta
novedad, dales imaginación que es estarse ociosos y no haciendo nada, y así no
se dejan quietas, procurando considerar y discurrir, de donde se llenan de
sequedad y trabajo por sacar el jugo que ya por allí no han de sacar. Antes les
podemos decir que, mientras (más) aprietan, menos les aprovecha, porque, cuanto
más porfían de aquella manera, se hallan peor; porque más sacan al alma de la
paz espiritual, y es dejar lo más por lo menos y desandar lo andado (y querer
hacer lo que está hecho).
9. Y para que se entienda cuál y a qué tiempo ha de ser,
diremos en el capítulo siguiente algunas señales que ha de ver en sí el
espiritual, para entender por ellas la sazón y tiempo en que libremente pueda
usar del término dicho y dejar de caminar por el discurso y obra de la
imaginación.
Inicio
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En que se ponen las señales que ha de haber en si el
espiritual por las cuales se conozca en qué tiempo le conviene dejar la
meditación y discurso y pasar al estado de contemplación.
1. Y porque esta doctrina no quede confusa, convendrá en
este capítulo dar a entender a qué tiempo y sazón convendrá que el espiritual
deje la obra del discursivo meditar por las dichas imaginaciones y formas y
figuras, porque no se dejen antes o después que lo pide el espíritu. Porque,
así como conviene dejarlas a su tiempo para ir a Dios, porque no impidan, así
también es necesario no dejar la dicha meditación imaginaria antes de tiempo
para no volver atrás. Porque, aunque no sirven las aprehensiones de estas
potencias para medio próximo de unión a los aprovechados, todavía sirven de
medio remoto a los principiantes para disponer y habituar el espíritu a lo
espiritual por el sentido y para de camino vaciar del sentido todas las otras
formas e imágenes bajas, temporales y seculares y naturales. Para lo cual
diremos aquí algunas señales y muestras que ha de haber en sí el espiritual, en
que conozca si convendrá dejarlas o no en aquel tiempo.
2. La primera es ver en sí que ya no puede meditar ni
discurrir con la imaginación, ni gustar de ello como de antes solía; antes
halla ya sequedad en lo que de antes solía fijar el sentido y sacar jugo. Pero
en tanto que sacare jugo y pudiere discurrir en la meditación, no la ha de
dejar, si no fuere cuando su alma se pusiere en la paz y quietud que se dice en
la tercera señal.
3. La segunda es cuando ve no le da ninguna gana de poner la
imaginación ni el sentido en otras cosas particulares, exteriores ni
interiores. No digo que no vaya y venga, que ésta aun en mucho recogimiento
suele andar suelta, sino que no guste el alma de ponerla de propósito en otras
cosas.
4. La tercera y más cierta es si el alma gusta de estarse a
solas con atención amorosa a Dios, sin particular consideración, en paz
interior y quietud y descanso y sin actos y ejercicios de las potencias,
memoria, entendimiento y voluntad -a lo menos discursivos, que es ir de uno en
otro- sino sólo con la atención y noticia general amorosa que decimos, sin
particular inteligencia y sin entender sobre qué.
5. Estas tres señales ha de ver en sí juntas, por lo menos,
el espiritual para atreverse seguramente a dejar el estado de meditación y del
sentido y entrar en el de contemplación y del espíritu.
6. Y no basta tener la primera sola sin la segunda, porque
podría ser que no poder ya imaginar y meditar en las cosas de Dios como antes,
fuese por su distracción y poca diligencia; para lo cual ha de ver también en
sí la segunda, que es no tener gana ni apetito de pensar en otras cosas
extrañas. Porque, cuando procede de distracción o tibieza el no poder fijar la
imaginación y sentido en las cosas de Dios, luego tiene apetito y gana de
ponerla en otras cosas diferentes y motivo de irse de allí.
Ni tampoco basta ver en sí la primera y segunda señal, si no
viere juntamente la tercera; porque, aunque se vea que no puede discurrir ni
pensar en las cosas de Dios, y que tampoco le da gana pensar en las que son
diferentes, podría proceder de melancolía o de alguno otro jugo de humor puesto
en el cerebro o en el corazón, que suelen causar en el sentido cierto
empapamiento y suspensión que le hacen no pensar en nada, ni querer ni tener
gana de pensarlo, sino de estarse en aquel embelesamiento sabroso. Contra lo
cual ha de tener la tercera, que es noticia y atención amorosa en paz, etc.,
como habemos dicho.
7. Aunque verdad es que a los principios, cuando comienza
este estado, casi no se echa de ver esta noticia amorosa. Y es por dos causas:
la una, porque a los principios suele ser esta noticia amorosa muy sutil y
delicada y casi insensible; y la otra, porque, habiendo estado habituada el
alma al otro ejercicio de la meditación, que es totalmente sensible, no echa de
ver ni casi siente estotra novedad insensible, que es ya pura de espíritu,
mayormente cuando, por no lo entender ella, no se deja sosegar en ello,
procurándole otro más sensible, con lo cual, aunque más abundante sea la paz
interior amorosa, no se da lugar a sentirla y gozarla. Pero, cuanto más se
fuere habituando el alma en dejarse sosegar, irá siempre creciendo en ella y
sintiéndose más aquella amorosa noticia general de Dios, de que gusta ella más
que de todas las cosas, porque le causa paz, descanso, sabor y deleite sin trabajo.
8. Y, porque lo dicho quede más claro, daremos las causas y
razones en este capítulo siguiente, por donde parecerán necesarias las dichas
tres señales para caminar al espíritu.
Inicio ---------------------------------------------------------------------------
En el cual se prueba la conveniencia de estas señales, dando
razón de la necesidad de lo dicho en ellas para ir adelante.
1. Acerca de la primera señal que decimos, es de saber, que
haber el espiritual (para entrar en la vía del espíritu, que es la
contemplativa) de dejar la vía imaginaria y de meditación sensible cuando ya no
gusta (de) ella ni puede discurrir, es por dos cosas que casi se encierran en
una:
La primera, porque en cierta manera se le ha dado al alma
todo el bien espiritual que había de hallar en las cosas de Dios por vía de la
meditación y discurso; cuyo indicio es el no poder ya meditar ni discurrir como
antes y no hallar en ello jugo ni gusto de nuevo como antes hallaba, porque no
había corrido hasta entonces hasta el espíritu que allí había para él. Porque,
ordinariamente, todas las veces que el alma recibe algún bien espiritual, lo
recibe gustando, a lo menos con el espíritu, en aquel medio por donde lo recibe
y le hace provecho y, si no, por maravilla le aprovecha, ni halla en la causa
de él aquel arrimo y jugo que halla cuando le recibe. Porque es al modo que
dicen los filósofos, que quod sapit, nutrit, esto es: lo que da sabor, cría y
engorda. Por lo cual dijo el santo Job (6, 6): Numquid poterit comedi insulsum,
quod non est sale conditum? ¿Por ventura (se) podrá comer lo desabrido, que no
está guisado con sal? Esta es la causa de no poder considerar ni discurrir como
antes: el poco sabor que en ello halla el espíritu y el poco provecho.
2. La segunda es porque ya el alma en este tiempo tiene el
espíritu de la meditación en sustancia y hábito. Porque es de saber que el fin
de la meditación y discurso en las cosas de Dios es sacar alguna noticia y amor
de Dios, y cada vez que por la meditación el alma la saca, es un acto. Y así
como muchos actos en cualquiera cosa vienen a engendrar hábito en el alma, así
muchos actos de estas noticias amorosas, que el alma ha ido sacando en veces
particularmente, vienen por el uso a continuarse tanto, que se hace hábito en
ella. Lo cual también Dios suele hacer en muchas almas sin medio de estos
actos, a lo menos sin haber precedido muchos, poniéndolas luego en
contemplación. Y así, lo que antes el alma iba sacando en veces por su trabajo
de meditar en noticias particulares, ya, como decimos, por el uso se ha hecho y
vuelto en ella en hábito y sustancia de una noticia amorosa general, no
distinta ni particular como antes. Por lo cual, en poniéndose en oración, ya,
como quien tiene allegada el agua, bebe sin trabajo en suavidad, sin ser
necesario sacarla por los arcaduces de las pesadas consideraciones y formas y
figuras. De manera que, luego en poniéndose delante de Dios, se pone en acto de
noticia confusa, amorosa, pacífica y sosegada, en que está el alma bebiendo
sabiduría y amor y sabor.
3. Y ésta es la causa por que el alma siente mucho trabajo y
sinsabor cuando, estando en este sosiego, la quieren hacer meditar y trabajar
en particulares noticias. Porque le acaece como a niño que, estando recibiendo
la leche, que ya tiene en el pecho allegada y junta, le quitan el pecho y le
hacen que con la diligencia de su estrujar y manosear la vuelva a querer sacar
y juntar; o como el que, habiendo quitado la corteza, está gustando la
sustancia, si se la hiciesen dejar para que volviese a quitar la dicha corteza
que ya estaba quitada, que no hallaría corteza y dejaría de gustar de la
sustancia que ya tenía entre las manos; siendo en esto semejante al que deja la
presa que tiene por la que no tiene.
4. Y así hacen muchos que comienzan a entrar en este estado,
que, pensando que todo el negocio está en ir discurriendo y entendiendo
particularidades por imágenes y formas, que son la corteza del espíritu, como
no las hallan en aquella quietud amorosa y sustancial en que se quiere estar su
alma, donde no entienden cosa clara, piensan que se van perdiendo y que pierden
tiempo, y vuelven a buscar la corteza de su imagen y discurso, la cual no
hallan, porque está ya quitada; y así ni gozan la sustancia ni hallan
meditación y túrbanse a sí mismos, pensando que vuelven atrás y que se pierden.
Y, a la verdad, se pierden, (aunque no como ellos piensan, porque se pierden) a
los propios sentidos y a la primera manera de sentir, lo cual es irse ganando
al espíritu que se les va dando; en el cual cuanto van ellos menos entendiendo,
van entrando más en la noche del espíritu, de que en este libro tratamos, por
donde han de pasar para unirse con Dios sobre todo saber.
5. Acerca de la segunda señal poco hay que decir, porque ya
se ve que de necesidad no ha de gustar el alma en este tiempo de otras imágenes
diferentes, que son del mundo; pues de las que son más conformes, que son las
de Dios, según habemos dicho, no gusta, por las causas ya dichas. Solamente, como
arriba queda notado, suele en este recogimiento la imaginativa de suyo ir y
venir y variar, mas no con gusto y voluntad del alma, antes en ello siente
pena, porque la inquieta la paz y sabor.
6. Y que la tercera señal sea conveniente y necesaria para poder
dejar la dicha meditación, la cual es la noticia o advertencia general en Dios
y amorosa, tampoco entiendo era menester decir aquí nada, por cuanto ya en la
primera queda dado a entender algo y, después, de ella habemos de tratar de
propósito cuando hablemos de esta noticia general y confusa en su lugar, que
será después de todas las aprehensiones particulares del entendimiento. Pero
diremos sola una razón con que se vea claro cómo, en caso que el contemplativo
haya de dejar la vía de meditación y discurso, le es necesaria esta noticia o
advertencia amorosa en general de Dios. Y es porque, si el alma entonces no
tuviese esta noticia o asistencia en Dios, seguirse hía que ni haría nada ni
tendría nada el alma; porque, dejando la meditación, mediante la cual obra el
alma discurriendo con las potencias sensitivas y faltándole también la
contemplación, que es la noticia general que decimos, en la cual tiene el alma
actuadas las potencias espirituales, que son memoria, entendimiento y voluntad,
unidas ya en esta noticia obrada ya y recibida en ellas, faltarle hía
necesariamente al alma todo ejercicio acerca de Dios, como quiera que el alma
no pueda obrar ni recibir lo obrado, si no es por vía de estas dos maneras de
potencias sensitivas y espirituales. Porque, como habemos dicho, mediante las
potencias sensitivas puede ella discurrir y buscar y obrar las noticias de los
objetos; y mediante las potencias espirituales puede gozar las noticias ya
recibidas en estas dichas potencias, sin que obren ya las potencias.
7. Y así, la diferencia que hay del ejercicio que el alma
hace acerca de las unas y de las otras potencias, es la que hay entre ir
obrando y gozar ya de la obra hecha, o la que hay entre el trabajo de ir
caminando y el descanso y quietud que hay en el término; que es también como
estar guisando la comida, o estar comiéndola y gustándola ya guisada y
masticada, sin alguna manera de ejercicio de obra; y la que hay entre ir
recibiendo, y aprovechándose ya del recibo. Y así, (si) acerca del obrar con
las potencias sensitivas, que es la meditación y discurso, o acerca de lo ya
recibido y obrado en las potencias espirituales, que es la contemplación y
noticia que habemos dicho, no estuviese el alma empleada estando ociosa de las
unas y de las otras, no había de dónde ni por dónde se pudiese decir que estaba
el alma empleada. Es, pues, necesaria esta noticia para haber de dejar la vía
de meditación y discurso.
8. Pero conviene aquí saber que esta noticia general de que
vamos hablando, es a veces tan sutil y delicada, mayormente cuando ella es más
pura y sencilla y perfecta y más espiritual e interior, que el alma, aunque
está empleada en ella, no la echa de ver ni la siente. Y aquesto acaece más
cuando decimos que ella es en sí más clara y perfecta y sencilla. Y entonces lo
es, cuando ella embiste en alma más limpia y ajena de otras inteligencias y
noticias particulares en que podría hacer presa el entendimiento o sentido; la
cual, por carecer de éstas, que son acerca de las cuales el entendimiento y
sentido tiene habilidad y costumbre de ejercitarse, no la siente, por cuanto le
faltan sus acostumbrados sensibles. Y ésta es la causa por donde, estando ella
más pura y perfecta y sencilla, menos la siente el entendimiento y más oscura
le parece. Y así, por el contrario, cuanto ella está en sí en el entendimiento
menos pura y simple, más clara y de más tomo le parece al entendimiento, por
estar ella vestida o mezclada o envuelta en algunas formas inteligibles, en que
puede tropezar el entendimiento o sentido.
9. Lo cual se entenderá bien por esta comparación. Si
consideramos en el rayo del sol que entra por la ventana, vemos que, cuanto el
dicho rayo está más poblado de átomos y motas, mucho más palpable y sensible y
más claro le parece a la vista del sentido. Y está claro, que entonces el rayo
está menos puro y menos claro en sí y sencillo y perfecto, pues está lleno de
tantas motas y átomos. Y también vemos que cuando está más puro y limpio de
aquellas motas y átomos, menos palpable y más oscuro le parece al ojo material;
y cuanto más limpio está, tanto más oscuro y menos aprehensible le parece. Y si
del todo el rayo estuviese limpio y puro de todos los átomos y motas, hasta los
más sutiles polvitos, del todo parecería oscuro e incomprehensible el dicho
rayo al ojo, por cuanto allí faltan los visibles, que son objeto de la vista. Y
así, el ojo no halla especies en qué reparar, porque la luz no es propio objeto
de la vista, sino el medio con que ve lo visible; y así, si faltaren los
visibles en que el rayo o la luz hagan reflexión, nada se verá. De donde si
entrase el rayo por una ventana y saliese por otra, sin topar en cosa alguna
que tuviese tomo de cuerpo, no se vería nada; y con todo eso, el rayo estaría
en sí más puro y limpio que cuando, por estar lleno de cosas visibles, se veía
y sentía más claro.
10. De la misma manera acaece acerca de la luz espiritual en
la vista del alma, que es el entendimiento, en el cual esta general noticia y
luz que vamos diciendo sobrenatural embiste tan pura y sencillamente y tan
desnuda ella y ajena de todas las formas inteligibles, que son objetos del
entendimiento, que él no la siente ni echa de ver; antes, a veces, que es
cuando ella es más pura, le hace tiniebla, porque le enajena de sus
acostumbradas luces, de formas y fantasías; y entonces siéntese bien y échase
bien de ver la tiniebla. Mas, cuando esta luz divina no embiste con tanta
fuerza en el alma, ni siente tiniebla, ni ve luz, ni aprehende nada que ella
sepa, de acá ni de allá; y, por tanto, se queda el alma a veces como en un olvido
grande, que ni supo dónde se estaba, ni qué se había hecho, ni le parece haber
pasado por ella tiempo. De donde puede acaecer, y así es, que se pasen muchas
horas en este olvido, y al alma, cuando vuelve en sí, no le parezca un momento
o que no estuvo nada.
11. Y la causa de este olvido es la pureza y sencillez de
esta noticia, la cual, ocupando al alma, así la pone sencilla y pura y limpia
de todas las aprehensiones y formas de los sentidos y de la memoria, por donde
el alma obraba en tiempo, y así la deja en olvido y sin tiempo. De donde al
alma esta oración, aunque, como decimos, le dure mucho, le parece brevísima,
porque ha estado unida en inteligencia pura, que no está en tiempo. Y es la
oración breve de que se dice (Ecli. 35, 21) que penetra los cielos, porque es
breve, porque no es en tiempo, y penetra los cielos, porque el alma está unida
en inteligencia celestial. Y así, esta noticia deja al alma, cuando recuerda,
con los efectos que hizo en ella sin que ella los sintiese hacer, que son levantamiento
de mente a inteligencia celestial y enajenación y abstracción de todas las
cosas, y formas, y figuras, y memorias de ellas. Lo cual dice David (Sal. 101,
8) haberle a él acaecido, volviendo en sí del mismo olvido, diciendo: Vigilavi,
et factus sum sicut passer solitarius in tecto; que quiere decir: Recordé y
halléme hecho como el pájaro solitario en el tejado. Solitario dice, es a
saber, de todas las cosas enajenado y abstraído; y en el tejado, es a saber,
elevada la mente en lo alto. Y así, se queda el alma como ignorante de todas
las cosas, porque solamente sabe a Dios sin saber cómo. De donde
De donde, aunque (como habemos dicho) al alma en esta
noticia le parezca que no hace nada, ni está empleada en nada, porque no obra
nada con los sentidos ni con las potencias, crea que no se está perdiendo
tiempo, porque, aunque cese la armonía de las potencias del alma, la
inteligencia de ella está de la manera que habemos dicho. Que por eso
12. Pero es de saber que no se ha de entender que esta
noticia ha de causar por fuerza este olvido para ser como aquí decimos, que eso
sólo acaece cuando abstrae al alma del ejercicio de todas las potencias
naturales y espirituales; lo cual acaece las menos veces, porque no siempre
ocupa toda el alma. Que, para que sea la que basta en el caso que vamos tratando,
basta que el entendimiento esté abstraído de cualquiera noticia particular,
ahora temporal, ahora espiritual, y que no tenga gana la voluntad de pensar
acerca de unas ni de otras, como habemos dicho, porque entonces es señal que
está el alma empleada.
Y este indicio se ha de tener para entender que lo está,
cuando esta noticia sólo se aplica y comunica al entendimiento, que es cuando a
veces el alma no lo echa de ver. Porque, cuando juntamente se comunica a la
voluntad, que es casi siempre, poco o mucho no deja el alma de entender, si
quiere mirar en ello, que está empleada y ocupada en esta noticia, por cuanto
se siente con sabor de amor en ella, sin saber ni entender particularmente lo
que ama. Y por eso la llama noticia amorosa general, porque, así como lo es en
el entendimiento, comunicándose a él oscuramente, así también lo es en la
voluntad, comunicándola sabor y amor confusamente, sin que sepa distintamente
lo que ama.
13. Esto baste ahora para entender cómo le conviene al alma
estar empleada en esta noticia para haber de dejar la vía del discurso
espiritual y para asegurarse que, aunque no le parezca que hace nada el alma,
está bien empleada, si se ve con las dichas señales, y para que también se
entienda, por la comparación que habemos dicho, cómo, no porque esta luz se
represente al entendimiento más comprehensible y palpable, como hace el rayo
del sol al ojo cuando está lleno de átomos, por eso la ha de tener el alma por
más pura, subida y clara; pues está claro que, según dice Aristóteles y los
teólogos, cuanto más alta es la luz divina y más subida, más oscura es para
nuestro entendimiento.
14. De esta divina noticia hay mucho que decir, así de ella
en sí como de los efectos que hace en los contemplativos. Todo lo dejamos para
su lugar, porque aun lo que habemos dicho en éste no había para qué alargarnos
tanto, si no fuera por (no) dejar esta doctrina algo más confusa de lo que
queda, porque es cierto, yo confieso lo queda mucho. Porque, dejado que es
materia que pocas veces se trata por este estilo, ahora de palabra como de
escritura, por ser ella en sí extraordinaria y oscura, añádese también mi torpe
estilo y poco saber. Y así, estando desconfiado de que lo sabré dar a entender,
muchas veces entiendo me alargo demasiado y salgo fuera de los límites que
bastan al lugar y parte de la doctrina que voy tratando. En lo cual yo confieso
hacerlo, a veces, de advertencia; porque lo que no se da a entender por unas
razones, quizá se entenderá mejor por aquéllas y por otras, y también porque
entiendo que así se va dando más luz para lo que se ha de decir adelante. Por
lo cual me parece también (para concluir con esta parte) dejar respondido a una
duda que puede haber acerca de la continuación de esta noticia, y será
brevemente en el siguiente capítulo.
Inicio
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En que se declara cómo a los aprovechantes que comienzan a
entrar en esta noticia general de contemplación les conviene a veces
aprovecharse del discurso natural y obra de las potencias naturales.
1. Podría acerca de lo dicho haber una duda, y es si los
aprovechantes, que es a los que Dios comienza a poner en esta noticia
sobrenatural de contemplación de que habemos hablado, por el mismo caso que la
comienzan a tener, no hayan ya para siempre de aprovecharse de la vía de
meditación y discurso y formas naturales.
A lo cual se responde que no se entiende que los que
comienzan a tener esta noticia amorosa en general, nunca hayan ya de procurar
de tener meditación, porque a los principios que van aprovechando, ni está tan
perfecto el hábito de ella que, luego que ellos quieran, se puedan poner en el
acto de ella, ni, por lo semejante, están tan remotos de la meditación, que no
puedan meditar y discurrir algunas veces naturalmente como solían, por las
formas y pasos que solían, hallando allí alguna cosa de nuevo; antes a estos
principios, cuando por los indicios ya dichos echan de ver que no está el alma
empleada en aquel sosiego y noticia, habrán menester aprovecharse del discurso,
hasta que vengan en ella a adquirir el hábito que habemos dicho en alguna
manera perfecto, que será cuando todas las veces que quieren meditar, luego se
quedan en esta noticia y paz sin poder hacer ni tener gana de hacerlo, como
habemos dicho. Porque, hasta llegar a este tiempo, que es ya de aprovechados en
esto, ya hay de lo uno, ya de lo otro, en diferentes tiempos.
2. De manera que muchas veces se hallará el alma en esta
amorosa pacífica asistencia sin obrar nada con las potencias, esto es, acerca
de actos particulares, no obrando activamente, sino sólo recibiendo; y muchas
habrá menester ayudarse blanda y moderadamente del discurso para ponerse en
ella. Pero, puesta el alma en ella, ya habemos dicho que el alma no obra nada
con las potencias; que entonces antes es verdad decir que se obra en ella y que
está obrada la inteligencia y sabor, que no que obre ella alguna cosa, sino
solamente tener advertencia el alma con amar a Dios, sin querer sentir ni ver nada.
En lo cual pasivamente se le comunica Dios, así como al que tiene los ojos
abiertos, que pasivamente sin hacer él más que tenerlos abiertos, se le
comunica la luz. Y este recibir la luz que sobrenaturalmente se le infunde, es
entender pasivamente, pero dícese que no obra, no porque no entienda, sino
porque entiende lo que no le cuesta su industria, sino sólo recibir lo que le
dan, como acaece en las iluminaciones e ilustraciones o inspiraciones de Dios.
3. Aunque aquí libremente recibe la voluntad esta noticia
general y confusa de Dios, solamente es necesario, para recibir más sencilla y
abundantemente esta luz divina, que no se cure de entreponer otras luces más
palpables de otras luces o formas o noticias o figuras de discurso alguno,
porque nada de aquello es semejante a aquella serena y limpia luz. De donde, si
quisiere entonces entender y considerar cosas particulares, aunque más
espirituales fuesen, impediría la luz limpia y sencilla general del espíritu,
poniendo aquellas nubes en medio, así como al que delante de los ojos se le
pusiese alguna cosa en que, tropezando la vista, se le impidiese la luz y vista
de adelante.
4. De donde se sigue claro que, como el alma se acabe de
purificar y vaciar de todas las formas e imágenes aprehensibles, se quedará en
esta pura y sencilla luz, transformándose en ella en estado de perfección,
porque esta luz nunca falta en el alma; pero, por las formas y velos de
criatura con que el alma está velada y embarazada, no se le infunde. Que, si
quitase estos impedimentos y velos del todo, como después se dirá, quedándose
en la pura desnudez y pobreza de espíritu, luego el alma, ya sencilla y pura,
se transforma en la sencilla y pura sabiduría, que es el Hijo de Dios; porque
faltando lo natural al alma enamorada, luego se infunde de lo divino, natural y
sobrenaturalmente, porque no se dé vacío en la naturaleza.
5. Aprenda el espiritual a estarse con advertencia amorosa
en Dios, con sosiego de entendimiento, cuando no puede meditar, aunque le
parezca que no hace nada. Porque así, poco a poco, y muy presto, se infundirá
en su alma el divino sosiego y paz con admirables y subidas noticias de Dios,
envueltas en divino amor. Y no se entremeta en formas, meditaciones e
imaginaciones, o algún discurso, porque no desasosiegue al alma y la saque de
su contento y paz, en lo cual ella recibe desabrimiento y repugnancia. Y si,
como habemos dicho, le hiciere escrúpulo de que no hace nada, advierta que no
hace poco en pacificar el alma y ponerla en sosiego y paz, sin alguna obra y
apetito, que es lo que Nuestro Señor nos pide por David (Sal. 45, 11),
diciendo: Vacate, et videte quoniam ego sum Deus; como si dijera: Aprended a
estaros vacíos de todas las cosas, es a saber, interior y exteriormente, y
veréis cómo yo soy Dios.
Inicio
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En que se trata de las aprehensiones imaginarias que
sobrenaturalmente se representan en la fantasía. Dice cómo no pueden servir al
alma de medio próximo para la unión con Dios.
1. Ya que habemos tratado de las aprehensiones que
naturalmente pueden en sí recibir y en ellas obrar con (su) discurso la
fantasía e imaginativa, conviene aquí tratar de las sobrenaturales, que se
llaman visiones imaginarias, que también, por estar ellas debajo de imagen y
forma y figura, pertenecen a este sentido, ni más ni menos que las naturales.
2. Y es de saber que, debajo de este nombre de visiones
imaginarias, queremos entender todas las cosas que debajo de imagen, forma, y
figura y especie sobrenaturalmente se pueden representar a la imaginación.
Porque todas las aprehensiones y especies que de todos los cinco sentidos
corporales se representan a él y en él hacen asiento por vía natural, pueden
por vía sobrenatural tener lugar en él y representársele sin ministerio alguno
de los sentidos exteriores. Porque este sentido de la fantasía, junto con la
memoria, es como un archivo y receptáculo del entendimiento, en que se reciben
todas las formas e imágenes inteligibles: y así, como si fuese un espejo, las
tiene en sí, habiéndolas recibido por vía de los cinco sentidos, o, como
decimos, sobrenaturalmente; y así las representa al entendimiento, y allí el
entendimiento las considera y juzga de ellas. Y no sólo puede eso, mas aún
puede componer e imaginar otras a la semejanza de aquellas que allí conoce.
3. Es, pues, de saber que, así como los cinco sentidos
exteriores representan las imágenes y especies de sus objetos a estos
interiores, así sobrenaturalmente, como decimos, sin los sentidos exteriores
puede Dios y el demonio representar las mismas imágenes y especies, y mucho más
hermosas y acabadas. De donde, debajo de estas imágenes muchas veces representa
Dios al alma muchas cosas, y la enseña mucha sabiduría; como a cada paso se ve
en la sagrada Escritura, como (vio) Isaías a Dios en su gloria debajo del humo
que cubría el templo y de los serafines que cubrían con las alas el rostro y
los pies (6, 24); Jeremías la vara que velaba (1, 11), Daniel multitud de
visiones (7, 10), etc.
Y también el demonio procura con las suyas, aparentemente
buenas, engañar al alma, como es de ver en el de los Reyes (3 Re. 22, 11),
cuando engañó a todos los profetas de Acab, representándoles en la imaginación
los cuernos con que dijo había de destruir a los asirios, y fue mentira. Y las
visiones que tuvo la mujer de Pilatos (Mt. 27, 19) sobre que no condenase a
Cristo, y otros muchos lugares. Donde se ve cómo, en este espejo de la fantasía
e imaginativa, estas visiones imaginarias acaecen a los aprovechados más
frecuentemente que las corporales exteriores. Estas, como decimos, no se
diferencian de las que entran por los sentidos exteriores en cuanto imágenes y
especies; pero, en cuanto al efecto que hacen y perfección de ellas, mucha
diferencia hay, porque son más sutiles y hacen más efecto en el alma, por
cuanto son sobrenaturales y más interiores que las sobrenaturales exteriores.
Aunque no se quita por eso que algunas corporales de estas exteriores hagan más
efecto; que, en fin, es como Dios quiere que sea la comunicación. Pero hablamos
en cuanto es de parte de ellas, por cuanto son más espirituales.
4. Este sentido de la imaginación y fantasía es donde
ordinariamente acude el demonio con sus ardides, ahora naturales, ahora
sobrenaturales; porque ésta es la puerta y entrada para el alma, y como habemos
dicho, aquí viene el entendimiento a tomar y dejar, como a puerta o plaza de su
provisión. Y por eso siempre Dios y también el demonio acuden aquí con sus
joyas de imágenes y formas sobrenaturales para ofrecerlas al entendimiento;
puesto que Dios no sólo se aprovecha de este medio para instruir al alma, pues
mora sustancialmente en ella, y puede por sí y por otros medios.
5. Y no hay para qué yo aquí me detenga en dar doctrina de
indicios para que se conozcan cuáles visiones serán de Dios y cuáles no, y
cuáles en una manera y cuáles en otra; pues mi intento aquí no es ése, sino
sólo instruir al entendimiento en ellas, para que no se embarace e impida para
la unión con la divina Sabiduría con las buenas, ni se engañe en las falsas.
6. Por tanto, digo que, de todas estas aprehensiones y
visiones imaginarias y otras cualesquiera formas o especies, como ellas se
ofrezcan debajo de forma o imagen o alguna inteligencia particular, ahora sean
falsas de parte del demonio, ahora se conozcan ser verdaderas de parte de Dios,
el entendimiento no se ha de embarazar ni cebar en ellas, ni las ha el alma de
querer admitir ni tener, para poder estar desasida, desnuda, pura y sencilla,
sin algún modo y manera, como se requiere para la unión.
7. Y de esto la razón es porque todas estas formas ya dichas
siempre en su aprehensión se representan, según habemos dicho, debajo de
algunas maneras y modos limitados, y
8. Y que en Dios no haya forma ni semejanza, bien lo da a
entender el Espíritu Santo en el Deuteronomio (4, 12), diciendo: Vocem verborum
eius audistis, et formam penitus non vidistis; que quiere decir: Oísteis la voz
de sus palabras, y totalmente no visteis en Dios alguna forma. Pero dice que
había allí tinieblas, y nube, y oscuridad, que es la noticia confusa y oscura
que habemos dicho, en que se une el alma con Dios. Y luego más adelante (4, 15)
dice: Non vidistis aliquam similitudinem in die, qua locutus est vobis Dominus
in Horeb de medio ignis, esto es: No visteis vosotros semejanza alguna en Dios
en el día que os habló de medio del fuego, en el monte Horeb.
9. Y que el alma no pueda llegar a lo alto de Dios, cual en
esta vida se puede, por medio de algunas formas y figuras, también lo dice el
mismo Espíritu Santo en los Números (12, 68), donde, reprehendiendo Dios a
Aarón y María, hermanos de Moisés, porque murmuraban contra él, queriendo
darles a entender el alto estado en que le había puesto de unión y amistad
consigo, dijo: Si quis inter vos fuerit propheta Domini in visione apparebo ei,
vel per somnium loquar ad illum. At (non) talis servus meus Moyses, qui in omni
domo mea fidelissimus est: ore enim ad os loquor ei, palam, et non per
aenigmata et figuras Dominum videt; que quiere decir: Si entre vosotros hubiere
algún profeta del Señor, aparecerle he en alguna visión o forma o hablaré con
él entre sueños. Pero no hay tal como mi siervo Moisés, que en toda mi casa es
fidelísimo y hablo con él boca a boca, y no ve a Dios por comparaciones,
semejanzas y figuras. En lo cual se da a entender claro que en este alto estado
de unión que vamos hablando, no se comunica Dios al alma mediante algún disfraz
de visión imaginaria, o semejanza, o figura, ni la ha de haber; sino que boca a
boca, esto es, esencia pura y desnuda de Dios, que es la boca de Dios en amor,
con esencia pura y desnuda del alma, que es la boca del alma en amor de Dios.
10. Por tanto, para venir a esta unión de amor de Dios
esencial, ha de tener cuidado el alma de no se ir arrimando a visiones
imaginarias, ni formas, ni figuras, ni particulares inteligencias, pues no le
pueden servir de medio proporcionado y próximo para tal efecto; antes le harían
estorbo, y por eso las ha de renunciar y procurar de no tenerlas. Porque, si
por algún caso se hubiesen de admitir y preciar, era por el provecho que las
verdaderas hacen en el alma y buen efecto. Pero para esto no es necesario
admitirlas, antes conviene, para mejoría, siempre negarlas. Porque estas
visiones imaginarias, el bien que pueden hacer al alma, también como las
corporales exteriores que habemos dicho, es comunicarle inteligencia, o amor, o
suavidad; pero para que causen este efecto en ella, no es menester que ella las
quiera admitir, porque, como también queda dicho arriba, en ese mismo punto que
en la imaginación hacen presencia, la hacen en el alma e infunden a la
inteligencia y amor, o suavidad, o lo que Dios quiere que causen.
Y no sólo juntamente, pero principalmente, aunque no en el
mismo tiempo, hacen en el alma su efecto pasivamente, sin ser ella parte para
lo poder impedir aunque quisiese, como tampoco lo fue para lo saber adquirir,
aunque lo haya sido antes para se saber disponer. Porque, así como la vidriera
no es parte para impedir el rayo del sol que da en ella, sino que pasivamente,
estando ella dispuesta con limpieza, la esclarece sin su diligencia u obra, así
también el alma, aunque ella quiera, no puede dejar de recibir en sí las
influencias y comunicaciones de aquellas figuras, aunque más las quisiere
resistir; porque a las infusiones sobrenaturales no las puede resistir la
voluntad negativa con resignación humilde y amorosa, sino sola la impureza e
imperfecciones del alma, como también en la vidriera impiden la claridad las
manchas.
11. Donde se ve claro que, cuanto más el alma se desnudare
con la voluntad y afecto de las aprehensiones de las manchas de aquellas
formas, imágenes y figuras en que vienen envueltas las comunicaciones
espirituales que habemos dicho, no sólo no se priva de estas comunicaciones y
bienes que causan, mas se dispone mucho más para recibirlas con más abundancia,
claridad y libertad de espíritu y sencillez, dejadas aparte todas aquellas
aprehensiones, que son las cortinas y velos que encubren lo espiritual que allí
hay, y así ocupan el espíritu y sentido, si en ellas se quisiese cebar, de manera
que sencilla y libremente no se pueda comunicar el espíritu; porque, estando
ocupada con aquella corteza, está claro que no tiene libertad el entendimiento
para recibir (aquellas formas). De donde, si el alma entonces las quiere
admitir y hacer caso de ellas, sería embarazarse y contentarse con lo menos que
hay en ellas, que es todo lo que ella puede aprehender y conocer de ellas, lo
cual es aquella forma e imagen y particular inteligencia. Porque lo principal
de ellas, que es lo espiritual que se le infunde, no sabe ella aprehender ni
entender, ni sabe cómo es, ni lo sabría decir, porque es puro espiritual.
Solamente lo que de ellas sabe, como decimos, es lo menos que hay en ellas a su
modo de entender, que es las formas por el sentido. Y por eso digo que
pasivamente, sin que ella ponga su obra de entender y sin saberla poner, se le
comunica de aquellas visiones lo que ella no supiera entender ni imaginar.
12. Por tanto, siempre se han de apartar los ojos del alma
de todas estas aprehensiones que ella puede ver y entender distintamente (lo
cual comunica en sentido y no hace fundamento y seguro de fe), y ponerlos en lo
que no ve ni pertenece al sentido, sino al espíritu, que no cae en figura de
sentido, que es lo que la lleva a la unión en fe, la cual es el propio medio,
como está dicho. Y así, le aprovecharán al alma estas visiones en sustancia
para fe, cuando bien supiere negar lo sensible e inteligible de ellas y usara
bien del fin que Dios tiene en darlas al alma, desechándolas. Porque, como
dijimos de las corporales, no las da Dios para que el alma las quiera tomar y
poner su asimiento en ellas.
13. Pero nace aquí una duda, y es: si es verdad que Dios da
al alma las visiones sobrenaturales, no para que ella las quiera tomar, ni
arrimarse a ellas, ni hacer caso de ellas, ¿para qué se las da, pues en ellas
puede el alma caer en muchos yerros y peligros, o por lo menos en los
inconvenientes que aquí se escriben para ir adelante, mayormente pudiendo Dios
dar al alma y comunicarle espiritualmente y en sustancia lo que le comunica por
el sentido mediante las dichas visiones y formas sensibles?
14. Responderemos a esta duda en el siguiente capítulo, y es
de harta doctrina y bien necesaria, a mi ver, así para los espirituales como
para los que los enseñan, porque se enseña el estilo y fin que Dios en ellas
lleva; el cual por no lo saber muchos, ni se saben gobernar, ni encaminar a sí
ni a otros en ellas a la unión. Que piensan que, por el mismo caso que conocen
ser verdaderas y de Dios, es bueno admitirlas, y asegúranse en ellas, no
mirando que también en éstas hallará el alma su propiedad, y asimiento y
embarazo, como en las cosas del mundo, si no las sabe renunciar como a ellas. Y
así les parece que es bueno admitir las unas y reprobar las otras, metiéndose a
sí mismos y a las almas en gran trabajo y peligro acerca del discernir entre la
verdad y falsedad de ellas. Que ni Dios les manda poner en ese trabajo, ni que
a las almas sencillas y simples las metan en ese peligro y contienda; pues
tienen doctrina sana y segura, que es la fe, en que han de caminar adelante.
15. La cual no puede ser sin cerrar los ojos a todo lo que
es de sentido e inteligencia clara y particular. Porque, aun con estar san
Pedro tan cierto de la visión de gloria que vio en Cristo en la transfiguración,
después de haberlo contado en su Epístola 2ª canónica (1, 1718), no quiso que
lo tomasen por principal testimonio de firmeza, sino, encaminándolos a la fe,
dijo (1, 19): Et habemus firmiorem propheticum sermonem: cui benefacitis
attendentes, quasi lucernae lucenti in caliginoso loco, donec dies elucescat,
etc.; quiere decir: Y tenemos más firme testimonio que esta visión del Tabor,
que son los dichos y palabras de los profetas que dan testimonio de Cristo, a
las cuales hacéis bien de arrimaros, como a la candela que da luz en el lugar
oscuro. En la cual comparación, si quisiéremos mirar, hallaremos la doctrina
que vamos enseñando. Porque, en decir que miremos a la fe que hablaron los
profetas, como "a candela que luce en lugar oscuro", es decir que nos
quedemos a oscuras, cerrados los ojos a todas esotras luces, y que en esta
tiniebla sola la fe, que también es oscura, sea luz a que nos arrimemos. Porque
si nos queremos arrimar a esotras luces claras de inteligencias distintas, ya
nos dejamos de arrimar a la oscura, que es la fe, y nos deja de dar la luz en
el lugar oscuro que dice san Pedro; el cual lugar, que aquí significa el
entendimiento que es el candelero donde se asienta esta candela de la fe, ha de
estar oscuro "hasta que le amanezca" en la otra vida "el
día" de la clara visión de Dios, y en ésta el de la transformación y
unión.
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En que se declara el fin y estilo que Dios tiene en
comunicar al alma los bienes espirituales por medio de los sentidos, en lo cual
se responde a la duda que se ha tocado.
1. Mucho hay que decir acerca del fin y estilo que Dios
tiene en dar estas visiones, para levantar a una alma de su bajeza a su divina
unión, de lo cual todos los libros espirituales tratan, y en este nuestro
tratado también el estilo que llevamos es darlo a entender. Y por eso, en este
capítulo, solamente diré lo que basta para satisfacer a nuestra duda, la cual
era: que, pues, en estas visiones sobrenaturales hay tanto peligro y embarazo
para ir adelante, como habemos dicho, ¿por qué Dios, que es sapientísimo y
amigo de apartar de las almas tropiezos y lazos, se las ofrece y comunica?
2. Para responder a esto, conviene primero poner tres
fundamentos.
El primero es de san Pablo ad Romanos (13, 1), donde dice:
Quae autem sunt, a Deo ordinata sunt, que quiere decir: Las obras que son
hechas, de Dios son ordenadas.
El segundo es del Espíritu Santo en el libro de
El tercero es de los teólogos, que dicen que omnia movet
secundum modum eorum, esto es: Dios mueve todas las cosas al modo de ellas.
3. Según, pues, estos fundamentos, está claro que para mover
Dios al alma y levantarla del fin y extremo de su bajeza al otro fin y extremo de
su alteza en su divina unión, halo de hacer ordenadamente y suavemente y al
modo de la misma alma. Pues, como quiera que el orden que tiene el alma de
conocer, sea por las formas e imágenes de las cosas criadas, y el modo de su
conocer y saber sea por los sentidos, de aquí es que, para levantar Dios al
alma al sumo conocimiento, para hacerlo suavemente ha de comenzar y tocar desde
el bajo fin y extremo de los sentidos del alma, para así irla llevando al modo
de ella hasta el otro fin de su sabiduría espiritual, que no cae en sentido.
Por lo cual, la lleva primero instruyendo por formas e imágenes y vías
sensibles a su modo de entender, ahora naturales, ahora sobrenaturales, y por
discursos, a ese sumo espíritu de Dios.
4. Y ésta es la causa por que Dios le da las visiones y
formas, imágenes y las demás noticias sensitivas e inteligibles espirituales;
no porque no quisiera Dios darle luego en el primer acto la sabiduría del
espíritu, si los dos extremos, cuales son humano y divino, sentido y espíritu,
de vía ordinaria pudieran convenir y juntarse con un solo acto, sin que
intervengan primero otros muchos actos de disposiciones que ordenada y
suavemente convengan entre sí, siendo unas fundamento y disposición para las
otras, así como en los agentes naturales; y así, las primeras sirven a las
segundas, y las segundas a las terceras, y de ahí adelante, ni más ni menos. Y
así va Dios perfeccionando al hombre al modo del hombre, por lo más bajo y
exterior, hasta lo más alto e interior.
De donde primero le perfecciona el sentido corporal,
moviéndole a que use de buenos objetos naturales perfectos exteriores, como oír
sermones, misas, ver cosas santas, mortificar el gusto en la comida, macerar
con penitencia y santo rigor el tacto.
Y cuando ya están estos sentidos algo dispuestos, los suele
perfeccionar más, haciéndoles algunas mercedes sobrenaturales y regalos para
confirmarlos más en el bien, ofreciéndoles algunas comunicaciones
sobrenaturales, así como visiones de santos o cosas santas corporalmente,
olores suavísimos y locuciones, y en el tacto grandísimo deleite; con que se
confirma mucho el sentido en la virtud y se enajena del apetito de los malos
objetos.
Y allende de eso, los sentidos corporales interiores, de que
aquí vamos tratando, como son imaginativa y fantasía, juntamente se los va
perfeccionando y habituando al bien con consideraciones, meditaciones y
discursos santos, y en todo esto instruyendo al espíritu.
Y ya éstos dispuestos con este ejercicio natural, suele Dios
ilustrarlos y espiritualizarlos más con algunas visiones sobrenaturales, que
son las que aquí vamos llamando imaginaria, en las cuales juntamente, como
habemos dicho, se aprovecha mucho el espíritu, el cual, así en las unas como en
las otras, se va desenrudeciendo y reformando poco a poco. Y de esta manera va
Dios llevando al alma de grado en grado hasta lo más interior. No porque sea
siempre necesario guardar este orden de primero y postrero tan puntual como
eso, porque a veces hace Dios uno sin otro, y por lo más interior lo menos
interior, y todo junto, que eso es como Dios ve que conviene al alma o como le
quiere hacer las mercedes. Pero la vía ordinaria es conforme a lo dicho.
5. De esta manera, pues, la va Dios instruyendo y haciéndola
espiritual, comenzándole a comunicar lo espiritual desde las cosas exteriores,
palpables y acomodadas al sentido, según la pequeñez y poca capacidad del alma,
para que mediante la corteza de aquellas cosas sensibles, que de suyo son
buenas, vaya el espíritu haciendo actos particulares y recibiendo tantos bocados
de comunicación espiritual, que venga a hacer hábito en lo espiritual y llegue
a actual sustancia de espíritu, que es ajena de todo sentido; al cual, como
habemos dicho, no puede llegar el alma sino muy poco a poco, a su modo, por el
sentido, a que siempre ha estado asida.
Y así, a la medida que va llegando más al espíritu acerca
del trato con Dios, se va más desnudando y vaciando de las vías del sentido,
que son las del discurso y meditación imaginaria. De donde, cuando llegare
perfectamente al trato con Dios de espíritu, necesariamente ha de haber
evacuado todo lo que acerca de Dios podía caer en sentido (cf. 1 Cor. 13, 10),
así como cuanto más una cosa se va arrimando más a un extremo, más se va
alejando y enajenando del otro, y cuando perfectamente se arrimare,
perfectamente se habrá también apartado del otro extremo. Por lo cual,
comúnmente se dice un adagio espiritual, y es: Gustato spiritu, desipit omnis
caro, que quiere decir: Acabado de recibir el gusto y sabor del espíritu, toda
carne es insipiente. Esto es: no aprovechan ni entran en gusto todas las vías
de la carne; en lo cual se entiende de todo trato de sentido acerca de lo
espiritual. Y está claro, porque si es espíritu, ya no cae en sentido, y si es
que puede comprehenderlo el sentido, ya no es puro espíritu. Porque cuanto más
de ello puede saber el sentido y aprehensión natural, tanto menos tiene de
espíritu y (de) sobrenatural, como arriba queda dado a entender.
6. Por tanto, el espíritu ya perfecto no hace caso del
sentido, ni recibe por él, ni principalmente se sirve ni ha menester servirse
de él para con Dios, como hacía antes cuando no había crecido en espíritu. Y
esto es lo que quiere decir aquella autoridad de san Pablo a los Corintios (1
Cor. 13, 11), diciendo: Cum essem parvulus, loquebar ut parvulus, sapiebam ut
parvulus, cogitabam ut parvulus. Quando autem factus sum vir, evacuavi quae
erant parvuli; quiere decir: Cuando era yo pequeñuelo, sabía como pequeñuelo,
hablaba como pequeñuelo, pensaba como pequeñuelo; pero cuando fui hecho varón,
vacié las cosas que eran de pequeñuelo.
Ya habemos dado a entender cómo las cosas del sentido y el
conocimiento que el espíritu puede sacar por ellas son ejercicio de pequeñuelo.
Y así, si el alma se quisiese siempre asir a ellas y no desarrimarse de ellas,
nunca dejaría de ser pequeñuelo niño, y siempre hablaría de Dios como
pequeñuelo, y sabría de Dios como pequeñuelo, y pensaría de Dios como
pequeñuelo; porque, asiéndose a la corteza del sentido, que es el pequeñuelo,
nunca vendría a la sustancia del espíritu, que es el varón perfecto. Y así, no
ha de querer el alma admitir las dichas revelaciones, para ir creciendo, aunque
Dios se las ofrezca; así como el niño ha menester dejar el pecho, para hacer su
paladar a manjar más sustancial y fuerte.
7. Pues luego diréis: ¿será menester que el alma, cuando es
pequeñuelo, las quiera tomar, y las deje cuando es mayor: así como el niño es
menester que quiera tomar el pecho para sustentarse, hasta que sea mayor para
poderle dejar?
Respondo que, acerca de la meditación y discurso natural en
que comienza el alma a buscar a Dios, es verdad que no ha de dejar el pecho del
sentido para ir(se) sustentando, hasta que llegue a sazón y tiempo que pueda
dejarle, que es cuando Dios pone al alma en trato más espiritual, que es la
contemplación, de lo cual dimos ya doctrina en el capítulo 13 de este libro.
Pero cuando son visiones imaginarias u otras aprehensiones sobrenaturales que
pueden caer en el sentido sin el albedrío del hombre, digo que en cualquier
tiempo y sazón, ahora sea en estado perfecto, ahora en menos perfecto, aunque
sean de parte de Dios, no las ha el alma de querer admitir, por dos cosas:
La una porque él, como habemos dicho, hace en el alma su
efecto, sin que ella sea parte para impedirlo, aunque impida y pueda impedir la
visión, lo cual acaece muchas veces. Y, por consiguiente, aquel efecto que
había de causar en el alma mucho más se le comunica en sustancia, aunque no sea
en aquella manera. Porque, como también dijimos, el alma no puede impedir los bienes
que Dios le quiere comunicar, ni es parte para ello, si no es con alguna
imperfección y propiedad. Y en renunciar estas cosas con humildad y recelo,
ninguna imperfección ni propiedad hay.
La segunda es por librarse del peligro y trabajo que hay en
discernir las malas de las buenas, y conocer si es ángel de luz o de tinieblas
(2 Cor. 11, 14); en que no hay provecho ninguno, sino gastar tiempo y embarazar
el alma con aquello y ponerse en ocasiones de muchas imperfecciones y de no ir
adelante, no poniendo el alma en lo que hace al caso, desembarazándola de
menudencias de aprehensiones e inteligencias particulares según queda dicho de
las visiones corporales y de éstas se dirá más adelante.
8. Y esto se crea: que si Nuestro Señor no hubiese de llevar
el alma al modo de la misma alma, como aquí diremos, nunca le comunicaría la
abundancia de su espíritu por esos arcaduces tan angostos de formas y figuras y
particulares inteligencias, por medio de las cuales da el sustento al alma por
meajas. Que por eso dijo David (Sal. 147, 17): Mitit crystallum suam sicut
buccellas; que es tanto como decir: Envía su sabiduría a las almas como a
bocados. Lo cual es harto de doler que, teniendo el alma capacidad infinita, la
anden dando a comer por bocados del sentido, por su poco espíritu e inhabilidad
sensual. Y por eso también a san Pablo le daba pena esta poca disposición y
pequeñez para recibir el espíritu, cuando, escribiendo a los de Corinto (1 Cor.
3, 12), dijo: Yo, hermanos, como viniese a vosotros, no os pude hablar como a
espirituales, sino como a carnales; porque no pudisteis recibirlo, ni tampoco
ahora podéis. Tamquam parvulis in Christo lac potum vobis dedi, non escam, esto
es: Como a pequeñuelos en Cristo os di a beber leche y no a comer manjar
sólido.
9. Resta, pues, ahora saber que el alma no ha de poner los
ojos en aquella corteza de figuras y objeto que se le pone de delante
sobrenaturalmente, ahora sea acerca del sentido exterior, como son locuciones y
palabras al oído y visiones de santos a los ojos, y resplandores hermosos, y
olores a las narices, y gustos y suavidades en el paladar, y otros deleites en
el tacto, que suelen proceder del espíritu, lo cual es más ordinario a los
espirituales; ni tampoco los ha de poner en cualesquier visiones del sentido
interior, cuales son las imaginarias; antes renunciarlas todas. Sólo ha de
poner los ojos en aquel buen espíritu que causan, procurando conservarle en
obrar y poner por ejercicio lo que es de servicio de Dios ordenadamente, sin
advertencia de aquellas representaciones ni de querer algún gusto sensible. Y
así, se toma de estas cosas sólo lo que Dios pretende y quiere, que es el
espíritu de devoción, pues que no las da para otro fin principal; y se deja lo
que él dejaría de dar, si se pudiese recibir en el espíritu sin ello (como
habemos dicho, que es el ejercicio y aprehensión del sentido).
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Que trata del daño que algunos maestros espirituales pueden
hacer a las almas por no las llevar con buen estilo acerca de las dichas
visiones. Y dice también cómo, aunque sean de Dios, se pueden en ellas engañar.
1. No podemos en esta materia de visiones ser tan breves
como querríamos, por lo mucho que acerca de ellas hay que decir. Aunque en
sustancia queda dicho lo que hace al caso para dar a entender al espiritual
cómo se ha de haber acerca de las dichas visiones, y al maestro que le gobierna
el modo que ha de tener con el discípulo, no será demasiado particularizar más
un poco esta doctrina y dar más luz del daño que se puede seguir, así a las
almas espirituales como a los maestros que las gobiernan, si son muy crédulos a
ellas, aunque sean de parte de Dios.
2. Y la razón que me ha movido a alargarme ahora en esto un
poco es la poca discreción que he echado de ver, a lo que yo entiendo, en
algunos maestros espirituales, los cuales, asegurándose acerca de las dichas
aprehensiones sobrenaturales, por entender que son buenas y de parte de Dios,
vinieron los unos y los otros a errar mucho y a hallarse muy cortos,
cumpliéndose en ellos la sentencia de Nuestro Salvador (Mt. 15, 14), que dice:
Si caecus caeco ducatum praestet, ambo in foveam cadunt; que quiere decir: Si
un ciego guiare a otro ciego, entrambos caen en la hoya. Y no dice que
"caerán", sino que "caen", porque no es menester esperar
que haya caída de error para que caigan, porque sólo el atreverse a gobernarse
el uno por el otro ya es yerro, y así ya sólo en eso caen cuanto a lo menos y
primero, porque hay algunos que llevan tal modo y estilo con las almas que
tienen las tales cosas, que las hacen errar, o las embarazan con ellas, o no
las llevan por camino de humildad, y las dan mano a que pongan los ojos en
alguna manera en ellas: que es causa de quedar sin verdadero espíritu de fe, y
no las edifican en la fe, poniéndose a hacer mucho lenguaje de aquellas cosas.
En lo cual las dan a sentir que hacen ellos alguna presa o caso de aquello, y,
por el consiguiente le hacen ellas; y quédanseles las almas puestas en aquellas
aprehensiones, y no edificadas en fe, y vacías y desnudas y desasidas de
aquellas cosas, para volar en alteza de oscura fe. Y todo esto nace del término
y lenguaje que el alma ve en su maestro acerca de esto, que no sé cómo, facilísimamente
(se le pega un lleno y estimación de aquello) sin ser en su mano, y quita los
ojos del abismo de fe.
3. Y debe de ser la causa de esta facilidad de quedar el
alma tan ocupada con ello, que, como son cosas de sentido a que él naturalmente
es inclinado, y como también está ya saboreado y dispuesto con la aprehensión
de aquellas cosas distintas y sensibles, basta ver en su confesor o en otra
persona alguna estima y precio de ella para que (no) solamente el alma la haga,
sino que también se le engolosine más el apetito en ellas sin sentir, y se cebe
más de ellas, y quede más inclinado a ellas, y haga en ellas alguna presa. Y de
aquí salen muchas imperfecciones; por lo menos, porque el alma ya no queda tan
humilde, pensando que aquello es algo y que tiene algo bueno, y que Dios hace
caso de ella, y anda contenta y algo satisfecha de sí, lo cual es contra
humildad. Y luego el demonio le va aumentando esto secretamente, sin entenderlo
ella, y le comienza a poner un concepto acerca de los otros, en si tienen o no
tienen las tales cosas, o son o no son; lo cual es contra la santa simplicidad
y soledad espiritual.
4. Mas, de estos daños, y de cómo no crecen en fe si no se
apartan, y cómo también, aunque no sean los daños tan palpables y conocibles
como éstos, hay otros en el dicho término: más sutiles y más odiosos a los
divinos ojos por no ir en desnudez de todo, dejémoslo ahora, hasta que
lleguemos a tratar en el vicio de gula espiritual y de los otros seis, donde,
mediante Dios, se tratarán muchas cosas de estas sutiles y delicadas mancillas
que se pegan al espíritu por no le saber guiar en desnudez.
5. Ahora digamos algo de cómo es este estilo que llevan
algunos confesores con las almas, en que no las instruyen bien. Y, cierto,
querría saberlo decir, porque entiendo es cosa dificultosa dar a entender el
cómo se engendra el espíritu del discípulo conforme al de su padre espiritual
oculta y secretamente. Y cánsame esta materia tan prolija, porque parece no
(se) puede declarar lo uno sin dar a entender lo otro también, como son cosas
de espíritu, que unas tienen a otras correspondencia.
6. Mas, para lo que aquí basta, paréceme a mí, y así es,
que, si el padre espiritual es inclinado a espíritu de revelaciones, de manera
que le hagan algún caso, o lleno o gusto en el alma, no podrá dejar, aunque él
no lo entienda, de imprimir en el espíritu del discípulo aquel jugo y término
si el discípulo no está más adelante que él. Y, aunque lo esté, le podrá hacer
harto daño si con él persevera, porque, de aquella inclinación que el padre
espiritual tiene y gusto en las tales visiones, le nace manera de estimativa,
que, si no es con gran cuidado de él, no puede dejar de dar muestras o
sentimiento de ello a la otra persona. Y, si la otra persona tiene el mismo
espíritu de la tal inclinación, a lo que yo entiendo, no podrá dejar de
comunicarse mucha aprehensión y estimación de estas cosas de una parte a otra.
7. Pero no hilemos ahora tan delgado, sino hablemos de
cuando el confesor, ahora sea inclinado a eso, ahora no, no tiene el recato que
ha de tener en desembarazar el alma y desnudar el apetito de su discípulo en
estas cosas, antes se pone a platicar de ello con él, y lo principal del
lenguaje espiritual, como habemos dicho, pone en esas visiones, dándoles
indicios para conocer las visiones buenas y malas. Que, aunque es bueno
saberlo, no hay para qué meter al alma en ese trabajo, cuidado y peligro; pues,
con no hacer caso de ellas, negándolas, se excusa todo eso y se hace lo que se
debe. Y no sólo eso, sino que ellos mismos, como ven que las dichas almas
tienen tales cosas de Dios, les piden que pidan a Dios les revele o les diga
tales o tales cosas tocantes a ellos o a otros, y las almas bobas lo hacen,
pensando es lícito quererlo saber por aquella vía. Que piensan que, porque Dios
quiere revelar o decir algo sobrenaturalmente como él quiere o para lo que él
se quiere, que es lícito querer que nos lo revele y aun pedírselo.
8. Y si acaece que a su petición lo revela Dios, asegúranse
más, pensando que Dios gusta de ello y lo quiere, pues que responde; y, a la
verdad, ni Dios gusta ni lo quiere. Y ellos muchas veces obran o creen según
aquello que se les reveló o se les respondió, porque, como ellos están
aficionados a aquella manera de trato con Dios, asiéntaseles mucho y allánaseles
la voluntad. Naturalmente gustan y naturalmente se allanan a su modo de
entender; y yerran mucho muchas veces, y ven ellos que no les sale como habían
entendido, y maravíllanse; y luego salen las dudas en si era de Dios (o no era
de Dios) pues no acaece ni lo ven de aquella manera. Pensaban ellos primero dos
cosas: la una, que era de Dios, pues tanto se les asentaba primero, y puede ser
el natural inclinado a ello que causa aquel asiento, como habemos dicho; y que,
la segunda, siendo de Dios, había de salir así como en ellas entendían o
pensaban.
9. Y aquí está un grande engaño, porque las revelaciones o
locuciones de Dios no siempre salen como los hombres las entienden o como ellas
suenan en sí. Y así no se han de asegurar en ellas ni creerlas a carga cerrada
aunque sepan que son revelaciones o respuestas o dichos de Dios. Porque, aunque
ellas sean ciertas y verdaderas en sí, no lo son siempre en sus causas y en
nuestra manera de entender. Lo cual probaremos en el capítulo siguiente. Y
también diremos y probaremos después cómo aunque Dios responde a veces a lo que
se le pide sobrenaturalmente, no gusta de ello, y cómo a veces se enoja, aunque
responde.
Inicio
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En que se declara y prueba cómo, aunque las visiones y
locuciones que son de parte de Dios son verdaderas, nos podemos engañar acerca
de ellas. Pruébase con autoridades de
1. Por dos cosas dijimos que, aunque las visiones y
locuciones de Dios son verdaderas y siempre en sí ciertas, no lo son siempre
para con nosotros. La una es por nuestra defectuosa manera de entenderlas, y la
otra, porque las causas de ellas a veces son variables. Las cuales dos cosas
probaremos con algunas autoridades divinas.
Cuanto a lo primero, está claro que no son siempre ni
acaecen como suenan a nuestra manera de entender. La causa de esto es porque,
como Dios es inmenso y profundo, suele llevar en sus profecías, locuciones y
revelaciones, otras vías, conceptos e inteligencias muy diferentes de aquel
propósito y modo a que comúnmente se pueden entender de nosotros, siendo ellas
tanto más verdaderas y ciertas cuanto a nosotros nos parece que no. Lo cual (a)
cada paso vemos en
2. En el Génesis (15, 7) dijo Dios a Abraham, habiéndole
traído a la tierra de los cananeos: Tibi dabo terram hanc; que quiere decir:
Esta tierra te daré a ti. Y como se lo dijese muchas veces y Abraham fuese ya
muy viejo y nunca se la daba, diciéndoselo Dios otra vez, respondió Abraham y
dijo (Gn. 15, 8): Domine, unde scire possum quod possesurus sum eam?, esto es:
Señor, ¿de dónde o por qué señal tengo de saber que la tengo de poseer?
Entonces le reveló Dios que no él en persona, sino sus hijos, después de
cuatrocientos años, la habían de poseer. De donde acabó Abraham de entender la
promesa, la cual era en sí verdaderísima, porque, dándola Dios a sus hijos por
amor de él, era dársela a él. Y así, Abraham estaba engañado en la manera de
entender. Y si entonces obrara según él entendía la profecía, pudiera errar
mucho, pues no era de aquel tiempo (y) los que le vieran morir sin dársela,
habiéndole oído decir que Dios se la había de dar, quedaran confusos y creyendo
haber sido falso.
3. También a su nieto Jacob, al tiempo que José, su hijo, le
llevó a Egipto por la hambre de Canaán, estando en el camino, le apareció Dios
y le dijo (Gn. 46, 34): Jacob, Jacob, noli timere, descende in Aegyptum, quia
in gentem magnam faciam te ibi. Ego descendam tecum illuc, et inde adducam te
revertentem; que quiere decir: Jacob, no temas, desciende a Egipto, que yo
descenderé allí contigo, y cuando de ahí volvieres a salir, yo te sacaré,
guiándote. Lo cual no fue como a nuestra manera de entender suena; porque
sabemos que el santo viejo Jacob murió en Egipto, y no volvió a salir vivo. Y
era que se había de cumplir en sus hijos, a los cuales sacó de allí después de
muchos años, siéndoles él mismo la guía del camino. Donde se ve claro que
cualquiera que supiera esta promesa de Dios a Jacob pudiera tener por cierto
que Jacob, así como había entrado vivo y en persona en Egipto por el orden y
favor de Dios, así sin falta, vivo y en persona había de volver a salir de la
misma forma y manera, pues le había Dios prometido la salida y el favor en
ella; y engañárase y maravillárase viéndole morir en Egipto y que no se cumplía
como se esperaba. Y así, siendo el dicho de Dios verdaderísimo en sí, acerca de
él se pudieran mucho engañar.
4. En los Jueces (20, 11 ss.) también leemos que, habiéndose
juntado todas las tribus de Israel para pelear contra la tribu de Benjamín,
para castigar cierta maldad que entre ellos se había consentido, por razón de
haberles Dios señalado capitán para la guerra, fueron ellos tan asegurados de
la victoria, que, saliendo vencidos y muertos de los suyos veintidós mil,
quedaron muy maravillados y puestos delante de Dios llorando todo aquel día, no
sabiendo la causa de la caída, habiendo ellos entendido la victoria por suya. Y
como preguntasen a Dios si volverían a pelear o no, les respondió que fuesen y
peleasen contra ellos. Los cuales, teniendo ya esta vez por suya la victoria,
salieron con grande atrevimiento, y salieron vencidos también la segunda vez y
con pérdida de diez y ocho mil de su parte. De donde quedaron confusísimos, no
sabiendo qué se hacer, viendo que, mandándoles Dios pelear, siempre salían
vencidos, mayormente excediendo ellos a los contrarios en número y fortaleza,
porque los de Benjamín no eran más de veinticinco mil y setecientos, y ellos eran
cuatrocientos mil. Y de esta manera se engañaban ellos en su manera de
entender, porque el dicho de Dios no era engañoso, porque él no les había dicho
que vencerían, sino que peleasen; porque en estas caídas les quiso Dios
castigar cierto descuido y presunción que tuvieron, y humillarlos así. Mas
cuando a la postre les respondió que vencerían, así fue, aunque vencieron con
harto ardid y trabajo.
5. De esta manera y de otras muchas acaece engañarse las
almas acerca de las locuciones y revelaciones de parte de Dios, por tomar la
inteligencia de ellas a la letra y corteza. Porque, como ya queda dado a
entender, el principal intento de Dios en aquellas cosas es decir y dar el
espíritu que está allí encerrado, el cual es dificultoso de entender. Y éste es
muy más abundante que la letra y muy extraordinario y fuera de los límites de
ella. Y así, el que se atare a la letra, o locución, o forma, o figura
aprehensible de la visión, no podrá dejar de errar mucho y hallarse después muy
corto y confuso, por haber guiádose según el sentido en ellas y no dado lugar
al espíritu en desnudez del sentido. Littera, enim, occidit, spiritus autem
vivificat, como dice san Pablo (2 Cor. 3, 6), esto es: La letra mata y el
espíritu da vida. Por lo cual se ha de renunciar la letra, en este caso, del
sentido y quedarse a oscuras en fe, que es el espíritu, al cual no puede
comprehender el sentido.
6. Por lo cual, muchos de los hijos de Israel, porque
entendían muy a la letra los dichos y profecías de los profetas, no les salían
como ellos esperaban, y así las venían a tener en poco y no las creían; tanto,
que vino a haber entre ellos un dicho público, casi ya como proverbio,
escarneciendo de los profetas. De lo cual se queja Isaías (28, 911), diciendo
y refiriendo en esta manera: Quem docebit Dominus scientiam? et quem
intelligere faciet auditum? ablactatos a lacte, avulsos ab uberibus. Quia
manda, remanda, manda, remanda; exspecta, reexpecta, exspecta, reexspecta;
modicum ibi, modicum ibi. In loquela enim labii et lingua altera loquetur ad
populum istum; quiere decir: ¿A quién enseñará Dios ciencia? ¿Y a quién hará
entender la profecía y palabra suya? Solamente a aquellos que están ya
apartados de la leche y desarraigados de los pechos. Porque todos dicen -es a
saber, sobre las profecías-: promete y vuelve y vuelve luego a prometer, espera
y vuelve a esperar, espera y vuelve a esperar; un poco allí; porque en la
palabra de su labio y en otra lengua hablará a este pueblo. Donde claramente da
a entender Isaías que hacían éstos burla de las profecías y decían por escarnio
este proverbio de espera y vuelve luego a esperar, dando a entender que nunca
se les cumplía, porque estaban ellos asidos a la letra, que es la leche de
niños, y al sentido, que son los pechos que contradicen la grandeza de la
ciencia del espíritu. Por lo cual dice: ¿A quién enseñará la sabiduría de sus
profecías? ¿Y a quién hará entender su doctrina, sino a los que ya están
apartados de la leche de la letra y de los pechos de sus sentidos? Que por eso
éstos no la entienden sino según esa leche la corteza y letra y esos pechos de
sus sentidos, pues dicen: Promete y vuelve luego a prometer, promete y vuelve a
prometer, espera y vuelve a esperar, etc. Porque en la doctrina de la boca de
Dios y no en la suya, y en otra lengua que en esta suya, los ha Dios de hablar.
7. Y así, no se ha de mirar en ello nuestro sentido y lengua
sabiendo que es otra la de Dios, según el espíritu de aquello muy diferente de
nuestro entender y dificultoso. Y eslo tanto, que aun el mismo Jeremías, con ser
profeta de Dios, viendo los conceptos de las palabras de Dios tan diferentes
del común sentido de los hombres, parece que también alucina él en ellos y que
vuelve por el pueblo diciendo (4, 10): Heu, heu, heu, Domine Deus, ergone
decepisti populum istum et Ierusalem, dicens: Pax erit vobis, et ecce pervenit
gladius usque ad animam?; que quiere decir: ¡Ay, ay, ay, Señor Dios!, ¿por
ventura has engañado a este pueblo y a Jerusalén, diciendo: Paz vendrá sobre
vosotros, y ves aquí ha venido cuchillo hasta el ánima? Y era que la paz que
les prometía Dios era la que había de haber entre Dios y el hombre por medio
del Mesías que les había de enviar, y ellos entendían de la paz temporal. Y,
por eso, cuando tenían guerras y trabajos, les parecía engañarles Dios, acaeciéndoles
al contrario de lo que ellos esperaban. Y así decían, como también dice
Jeremías (8, 15): Exspectavimus pacem, et non est bonum; esto es: Esperando
habemos paz, y no hay quien de paz. Y así, era imposible dejarse ellos de
engañar, gobernándose sólo por el sentido literal.
Porque ¿quién dejará de confundirse y errar si se atara a la
letra en aquella profecía que dijo David de Cristo (salmo 71, y en todo lo que
dice en él) donde dice: Et dominabitur a mari usque ad mare, et a flumine usque
ad terminos orbis terrarum (v. 8), esto es: Enseñorearse ha desde un mar hasta
otro mar y desde el río hasta los términos de la tierra; y en lo que allí
también dice: Liberabit pauperem a potente, et pauperem cui non erat adiutor
(v. 12); que quiere decir: Liberará al pobre del poder del poderoso, y al pobre
que no tenía ayudador; viéndole después nacer en bajo estado, y vivir en
pobreza, y morir en miseria, y que no sólo temporalmente no se enseñoreó de la
tierra mientras vivió, sino que se sujetó a gente baja, hasta que murió debajo
del poder de Poncio Pilato, y que no sólo a sus discípulos pobres no los libró
de las manos de los poderosos temporalmente, mas los dejó matar y perseguir por
su nombre.
8. Y era que estas profecías se habían de entender
espiritualmente de Cristo; según el cual sentido eran verdaderísimas; porque
Cristo no sólo era señor de la tierra sola, sino del Cielo, pues era Dios. Y a
los pobres que le habían de seguir, no sólo los había de redimir y librar del
poder del demonio, que era el potente contra el cual ningún ayudador tenían,
sino que los había de hacer herederos del reino de los cielos. Y así hablaba
Dios, según lo principal, de Cristo y sus secuaces, que eran reino eterno y
libertad eterna; y ellos entendíanlo a su modo, de lo menos principal, de que
Dios hace poco caso, que era señorío temporal y libertad temporal, lo cual
delante de Dios ni es reino ni libertad.
De donde, cegándose ellos de la bajeza de la letra y no
entendiendo el espíritu y verdad de ella, quitaron la vida a su Dios y Señor,
según San Pablo (Act. 13, 27) dijo en esta manera: Qui enim habitabant
Ierusalem et principes eius hunc ignorantes, et voces prophetarum, quae per
omne sabbatum leguntur, iudicantes impleverunt; que quiere decir: los que
moraban en Jerusalén y los príncipes de ella no sabiendo quién era ni
entendiendo los dichos de los profetas, que cada sábado se recitan, juzgando,
le acabaron.
9. Y a tanto llegaba esta dificultad de entender los dichos
de Dios como convenía, que hasta sus mismos discípulos que con él habían
andado, estaban engañados; cual eran aquellos dos que después de su muerte iban
al castillo de Emaús, tristes, desconfiados y diciendo (Lc. 24, 21): Nos autem
sperabamus quod ipse esset redempturus Israel, esto es: Nosotros esperábamos
que había de redimir a Israel, y entendiendo ellos también que había de ser la
redención y señorío temporal. A los cuales, apareciendo Cristo nuestro
Redentor, reprendió de insipientes y pesados y rudos de corazón para creer las
cosas que habían dicho los profetas (Lc. 24, 25). Y aún al tiempo que se iba al
cielo, todavía estaban algunos en aquella rudeza, y le preguntaron (Act. 1, 6),
diciendo: Domine, si in tempore hoc restitues regnum Israel?, esto es: Señor,
haznos saber si has de restituir en este tiempo al Reino de Israel.
Hace decir el Espíritu Santo muchas cosas en que él lleva
sentido [del] que entienden los hombres, como se echa de ver en lo que hizo de
decir a Caifás de Cristo: Que convenía que un hombre muriese porque no
pereciese toda la gente (Jn. 11, 50). Lo cual no lo dijo de suyo; y él lo dijo
y entendió a un fin, y el Espíritu Santo a otro.
10. De donde se ve que, aunque los dichos y revelaciones
sean de Dios, no nos podemos asegurar en ellos, pues nos podemos mucho y muy
fácilmente engañar en nuestra manera de entenderlos; porque ellos todos son
abismo y profundidad de espíritu, y quererlos limitar a lo que de ellos
entendemos y puede aprehender el sentido nuestro no es más que querer palpar el
aire y palpar alguna mota que encuentra la mano en él; y el aire se va y no
queda nada.
11. Por eso, el maestro espiritual ha de procurar que el
espíritu de su discípulo no se abrevie en querer hacer caso de todas las
aprehensiones sobrenaturales, que no son más que unas motas de espíritu, con
las cuales solamente se vendrá a quedar y sin espíritu ninguno; sino,
apartándole de todas visiones y locuciones, impóngale en que se sepa estar en
libertad y tiniebla de fe, en que se recibe la libertad de espíritu y
abundancia, y, por consiguiente, la sabiduría e inteligencia propia de los
dichos de Dios.
Porque es imposible que el hombre, si no es espiritual,
pueda juzgar de las cosas de Dios ni entenderlas razonablemente, y entonces no
es espiritual cuando las juzga según el sentido. Y así, aunque ellas vienen
debajo de aquel sentido, no las entiende. Lo cual dice bien san Pablo (1 Cor.
2, 1415), diciendo: Animalis autem homo non percipit ea quae sunt Spiritus
Dei; stultitia enim est illi, et non potest intelligere, quia de spiritualibus
examinatur. Spiritualis autem iudicat omnia; que quiere decir: El hombre animal
no percibe las cosas que son del espíritu de Dios, porque son locura para él, y
no puede entenderlas porque son ellas espirituales; pero el espiritual todas
las cosas juzga. "Animal hombre" entiende aquí el que usa sólo del
sentido; "espiritual", el que no se ata ni guía por el sentido. De
donde es temeridad atreverse a tratar con Dios y dar licencia para ello por vía
de aprehensión sobrenatural en el sentido.
12. Y para que mejor se vea, pongamos aquí algunos ejemplos.
Demos caso que está un santo muy afligido porque le persiguen sus enemigos, y
que le responde Dios, diciendo: Yo te libraré de todos tus enemigos. Esta
profecía puede ser verdaderísima y, con todo eso, venir a prevalecer sus
enemigos y morir a sus manos. Y así, el que la entendiera temporalmente,
quedara engañado, porque Dios pudo hablar de la verdadera y principal libertad
y victoria, que es la salvación donde el alma está libre y victoriosa de todos
sus enemigos, mucho más verdaderamente y altamente que si acá se librara de
ellos. Y así, esta profecía era mucho más verdadera y más copiosa que el hombre
pudiera entender, (si la entendiera cuanto a esta vida. Porque Dios siempre
habla en sus palabras el sentido más principal y provechoso), y el hombre puede
entender a su modo y a su propósito el menos principal, y así, quedar engañado;
como lo vemos en aquella profecía que de Cristo dice David en el segundo salmo
(v. 9), diciendo: Reges eos in virga ferrea, et tamquam vas figuli confringes
eos, esto es: Regirás todas las gentes con vara de hierro, y desmenuzarlas has
como a un vaso de barro. En la cual habla Dios según el principal y perfecto
señorío, que es el eterno, el cual se cumplió; y no según el menos principal,
que era el temporal, el cual en Cristo no se cumplió en toda su vida temporal.
13. Pongamos otro ejemplo. Está una alma con grandes deseos
de ser mártir. Acaecerá que Dios le responda diciendo: Tú serás mártir, y le dé
interiormente gran consuelo y confianza de que lo ha de ser. Y, con todo,
acaecerá que no muera mártir, y será la promesa verdadera. Pues ¿cómo no se
cumplió así? Porque se cumplirá y podrá cumplir según lo principal y esencial
de ella, que será dándole el amor y premio de mártir esencialmente; y así le da
verdaderamente al alma lo que ella formalmente deseaba y lo que él la prometió.
Porque el deseo formal del alma era, no aquella manera de muerte, sino hacer a
Dios aquel servicio de mártir y ejercitar el amor por él como mártir. Porque
aquella manera de morir, por si no vale nada sin este amor, el cual (amor) y
ejercicio y premio de mártir le da por otros medios muy perfectamente; de
manera que, aunque no muera como mártir, queda el alma muy satisfecha en que le
dio lo que ella deseaba.
Porque tales deseos, cuando nacen de vivo amor, y otros
semejantes, aunque no se les cumpla de aquella manera que ellos los pintan y
los entienden, cúmpleseles de otra y muy mejor y más a honra de Dios que ellos
sabían pedir. De donde dice David (Sal. 9, 17): Desiderium pauperum exaudivit
Dominus, esto es: El Señor cumplió a los pobres su deseo. En los Proverbios
(10, 24) dice
14. De esta y de otras maneras pueden ser las palabras y
visiones de Dios verdaderas y ciertas, y nosotros engañarnos en ellas, por no
las saber entender alta y principalmente y a los propósitos y sentidos que Dios
en ellas lleva. Y así, es lo más acertado y seguro hacer que las almas huyan
con prudencia de las tales cosas sobrenaturales, acostumbrándolas, como habemos
dicho, a la pureza de espíritu en fe oscura, que es el medio de la unión.
Inicio
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En que se prueba con autoridades de
1. Ahora nos conviene probar la segunda causa porqué las
visiones y palabras de parte de Dios, aunque son siempre verdaderas en sí, no
son siempre ciertas cuanto a nosotros; y es por razón de sus causas, en que
ellas se fundan. Porque muchas veces dice Dios cosas que van fundadas sobre
criaturas y efectos de ellas, que son variables y pueden faltar, y así, las
palabras que sobre esto se fundan también pueden ser variables y pueden faltar.
Porque, cuando una cosa depende de otra, faltando la una, falta también la
otra. Como si Dios dijese: "De aquí a un año tengo de enviar tal plaga a
este reino"; y la causa y fundamento de esta amenaza es cierta ofensa que
se hace a Dios en el reino: si cesase o variase la ofensa, podrá cesar el castigo
y era verdadera la amenaza, porque iba fundada sobre la actual culpa, la cual,
si durara, se ejecutara.
2. Esto vemos haber acaecido en la ciudad de Nínive de parte
de Dios, diciendo (Jon. 3, 4): Adhuc quadraginta diebus, et Ninive subvertetur;
que quiere decir: De aquí a cuarenta días ha de ser asolada Nínive. Lo cual no
se cumplió porque cesó la causa de esta amenaza, que eran sus pecados, haciendo
penitencia de ellos; la cual si no hicieran, se cumpliera. También leemos en el
libro 3º de los Reyes (21, 21) que, habiendo hecho al rey Acab un pecado muy
grande, le envió Dios a prometer un grande castigo, siendo nuestro padre Elías
el mensajero, sobre su persona, sobre su casa y sobre su reino. Y, porque Acab
rompió las vestiduras de dolor, y se vistió de cilicio y ayunó y durmió en saco
y anduvo triste y humillado, le envió luego a decir con el mismo profeta estas
palabras: Quia igitur humiliatus est mei causa, non inducam malum in diebus
eius, sed in diebus filii sui; que quiere decir: Por cuanto Acab se ha
humillado por amor de mí, no enviaré el mal que dije en sus días, sino en los
de su hijo (21, 29). Donde vemos que, porque mudó Acab el ánimo y afecto con
que estaba, mudó también Dios su sentencia.
3. De donde podemos colegir para nuestro propósito que,
aunque Dios haya revelado o dicho a un alma afirmativamente cualquiera cosa, en
bien o en mal, tocante a la misma alma o a otras, se podrá mudar en más o en
menos, o variar o quitar del todo, según la mudanza o variación del afecto de
la tal alma o causa sobre que Dios se fundaba; y así, no cumplirse como se
esperaba, y sin saber por qué muchas veces, sino sólo Dios. Porque aun muchas
cosas suele Dios decir y enseñar y prometer, no para que entonces se entiendan
ni se posean, sino para que después se entiendan cuando convenga tener la luz
de ellas o cuando se consiga el efecto de ellas; como vemos que hizo con sus
discípulos, a los cuales decía muchas parábolas y sentencias, cuya sabiduría no
entendieron hasta el tiempo que habían de predicarla, que fue cuando vino sobre
ellos el Espíritu Santo, del cual les había dicho Cristo (Jn. 14, 26) que les
declararía todas las cosas que él les había dicho en su vida. Y hablando san
Juan (12, 16) sobre aquella entrada de Cristo en Jerusalén, dice: Haec non
cognoverunt discipuli eius primum: sed quando glorificatus est Jesus, tunc
recordati sunt quia haec erant scripta de eo. Y así, muchas cosas de Dios
pueden pasar por el alma muy particulares que ni ella ni quien la gobierna las
entiendan hasta su tiempo.
4. En el libro primero de los Reyes (2, 30) también leemos
que, enojado Dios contra Helí, sacerdote de Israel, por los pecados que no
castigaba a sus hijos, le envió a decir con Samuel, entre otras palabras, estas
que se siguen: Loquens locutus sum, ut domus tua, et domus patris tui,
ministraret in conspectu meo, usque in sempiternum. Verumtamen absit hoc a me.
Y es como si dijera: Muy de veras dije antes de ahora que tu casa y la casa de
tu padre había siempre de servirme de sacerdocio en mi presencia para siempre.
Pero este propósito muy lejos está de mí. No haré tal. Que, por cuanto este
oficio de sacerdocio se fundaba en dar honra y gloria a Dios, y por este fin
había Dios prometido darlo a su padre para siempre, en faltando el celo a Helí
de la honra de Dios porque, como el mismo Dios se le envió a quejar, honraba
más a sus hijos que a Dios, disimulándoles los pecados por no los afrentar,
faltó también la promesa, la cual era para siempre si para siempre en ellos
durara el buen servicio y celo.
Y así, no hay que pensar que, porque sean los dichos y
revelaciones de parte de Dios, han infaliblemente de acaecer como suenan,
mayormente cuando están asidos a causas humanas, que pueden variar, o mudarse o
alterarse.
5. Y cuándo ellos están pendientes de estas causas Dios solo
sabe, que no siempre lo declara, sino dice el dicho o hace la revelación y
calla la condición algunas veces, como hizo a los ninivitas, que
determinadamente les dijo que habían de ser destruidos pasados cuarenta días
(Jon. 3, 4). Otras veces la declara, como hizo a Roboán, diciéndole (3 Re. 11,
38): Si tú guardares mis mandamientos como mi siervo David, yo también seré
contigo como con él, y te edificaré casa como a mi siervo David. Pero, ahora lo
declare, ahora no, no hay que asegurarse en la inteligencia, porque no hay
poder comprehender las verdades ocultas de Dios que hay en sus dichos y
multitud de sentidos. El está sobre el cielo y habla en camino de eternidad;
nosotros, ciegos, sobre la tierra, y no entendemos sino vías de carne y tiempo.
Que por eso entiendo que dijo el Sabio (Ecli. 5, 1): Dios está sobre el cielo,
y tú sobre la tierra; por tanto, no te alargues ni arrojes en hablar.
6. Y dirásme, por ventura: Pues si no lo habemos de entender
ni entremeternos en ello, ¿por qué nos comunica Dios esas cosas? Ya he dicho
que cada cosa se entenderá en su tiempo por orden del que lo habló, y
entenderlo ha quien él quisiere, y se verá que convino así, porque no hace Dios
cosa sin causa y verdad. Pero esto se crea: que no hay acabar de comprehender
sentido en los dichos y cosas de Dios, ni que determinarse a lo que parece, sin
errar mucho y venir a hallarse muy confuso.
Esto sabían muy bien los profetas, en cuyas manos andaba la
palabra de Dios, a los cuales era grande trabajo la profecía acerca del pueblo;
porque, como (habemos) dicho, mucho de ello no lo veían acaecer como a la letra
se les decía. Y era causa de que hiciesen mucha risa y mofa de los profetas;
tanto, que vino a decir Jeremías (20, 7): Búrlanse de mi todo el día, todos me
mofan y desprecian, porque ya ha mucho que doy voces contra la maldad y les
prometo destrucción, y hase hecho la palabra del Señor para mi afrenta y burla
todo el tiempo. Y dije: No me tengo de acordar de él ni tengo más de hablar en
su nombre. En lo cual, aunque el santo profeta decía con resignación y en
figura del hombre flaco que no puede sufrir las vías y vueltas de Dios, da bien
a entender en esto la diferencia del cumplimiento de los dichos divinos, del
común sentido que suenan, pues a los divinos profetas tenían por burladores, y
ellos sobre la profecía padecían tanto, que el mismo Jeremías en otra parte
(Lm. 3, 47) dijo: Formido et laqueus facta est nobis vaticinatio et contritio;
que quiere decir: Temor y lazo se nos ha hecho la profecía, y contradicción de
espíritu.
7. Y la causa por que Jonás huyó cuando le enviaba Dios a
predicar la destrucción de Nínive fue ésta, conviene a saber: el conocer la
variedad de los dichos de Dios acerca del entender de los hombres y de las
causas de los dichos. Y así, porque no hiciesen burla de él cuando no viesen
cumplida su profecía, se iba huyendo por no profetizar; y así estuvo esperando
todos los cuarenta días fuera de la ciudad, a ver si se cumplía su profecía; y,
como no se cumplió, se afligió grandemente, tanto que dijo a Dios (Jon. 4, 2):
Obsecro, Domine, numquid non hoc est verbum meum, cum adhuc essem in terra mea?
propter hoc praeoccupavi, ut fugerem in Tharsis; esto es: Ruégote, Señor, ¿por
ventura no es esto lo que yo decía, estando en mi tierra? Por eso contradije, y
me fui huyendo a Tarsis. Y enojóse el santo, y rogó a Dios que le quitase la
vida.
8. ¿Qué hay, pues, de qué maravillarnos de que algunas cosas
que Dios hable y revele a las almas no salgan así como ellas las entienden?
Porque, dado caso que Dios afirme al alma o la represente tal o tal cosa de
bien o de mal para sí o para otra, si aquello va fundado en cierto afecto o
servicio u ofensa que aquella alma o la otra entonces hacen a Dios, y de manera
que, si perseveran en aquello, se cumplirá, no por eso es cierto; pues no es
cierto el perseverar. Por tanto, no hay que asegurarse en su inteligencia, sino
en fe.
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CAPÍTULO 21 [San Juan de
ÍNDICE
DE
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En que declara cómo, aunque Dios responde a lo que se le
pide algunas veces, no gusta de que usen de tal término. Y prueba cómo, aunque
condesciende y responde, muchas veces se enoja.
1. Asegúranse, como habemos dicho, algunos espirituales en
tener por buena la curiosidad que algunas veces usan en procurar saber algunas
cosas por vía sobrenatural, pensando que, pues Dios algunas veces responde a
instancia de ello, que es aquél buen término y que Dios gusta de él; como
quiera que sea verdad que, aunque les responde, ni es buen término ni Dios gusta
de él, antes disgusta; y no sólo eso, mas muchas veces se enoja y ofende mucho.
La razón de esto es, porque a ninguna criatura le es lícito
salir fuera de los términos que Dios la tiene naturalmente ordenados para su
gobierno. Al hombre le puso términos naturales y racionales para su gobierno;
luego querer salir de ellos no es lícito, y querer averiguar y alcanzar cosas
por vía sobrenatural es salir de los términos naturales; luego es cosa no
lícita; luego Dios no gusta de ellos, pues de todo lo ilícito se ofende. Bien
sabía esto el rey Acab, pues que, aunque de parte de Dios le dijo Isaías que
pidiese una señal, no quiso hacerlo, diciendo (Is. 7, 12): Non petam, et non
tentabo Dominum, esto es: No pediré tal cosa y no tentaré a Dios. Porque tentar
a Dios es querer tratarle por vías extraordinarias, cuales son las
sobrenaturales.
2. Diréis: Pues, si así es, que Dios no gusta, ¿por qué
algunas veces responde Dios? Digo que (algunas veces responde el demonio; pero
las que responde Dios digo que es): por la flaqueza del alma que quiere ir por
aquel camino, porque no se desconsuele y vuelva atrás, o por que no piense está
Dios mal con ella y se sienta demasiado, o por otros fines que Dios sabe,
fundados en la flaqueza de aquel alma, por donde ve que conviene, responde y
condesciende por aquella vía. Como también lo hace con muchas almas flacas y
tiernas en darles gustos y suavidad en el trato con Dios muy sensible, según
está dicho arriba; mas no porque él quiera ni guste que con él se trate con ese
término ni por esa vía. Mas a cada uno da, como habemos dicho, según su modo;
porque Dios es como la fuente, de la cual cada uno coge como lleva el vaso, y a
veces las deja coger por esos caños extraordinarios; mas no se sigue por eso
que es lícito (querer) coger el agua por ellos, si no es al mismo Dios, que la
puede dar cuándo, cómo y a quien él quiere, y por lo que él quiere, sin
pretensión de la parte. Y así, como decimos, algunas veces condesciende con el
apetito y ruego de algunas almas, que porque son buenas y sencillas, no quiere
dejar de acudir por no entristecerlas, mas no porque guste del tal término.
3. Lo cual se entenderá mejor por esta comparación. Tiene un
padre de familia en su mesa muchos y diferentes manjares y unos mejores que
otros. Está un niño pidiéndole de un plato, no del mejor, sino del primero que
encuentra; y pide de aquél porque él sabe comer de aquél mejor que de otro. Y,
como el padre ve que aunque le dé del mejor manjar no lo ha de tomar, sino
aquel que pide, y que no tiene gusto sino en aquél, porque no se quede sin su
comida y desconsolado, dale de aquél con tristeza. Como vemos que hizo Dios con
los hijos de Israel cuando le pidieron rey: se lo dio de mala gana, porque no
les estaba bien. Y así, dijo a Samuel (1 Sm. 8, 7): Audi vocem populi in
omnibus quae loquuntur tibi: non enim te abiecerunt, sed me; que quiere decir:
Oye la voz de este tu pueblo y concédeles el rey que te piden, porque no te han
desechado a ti, sino a mí, porque no reine yo sobre ellos. A la misma manera
condesciende Dios con algunas almas, concediéndoles lo que no les está mejor,
porque ellas no quieren o no saben ir sino por allí. Y así, también algunas
alcanzan ternuras y suavidad de espíritu o sentido, y dáselo Dios porque no son
para comer el manjar más fuerte y sólido de los trabajos de la cruz de su Hijo,
a que él querría echasen mano más que a otra alguna cosa.
4. Aunque querer saber cosas por vía sobrenatural, por muy
peor lo tengo que querer otros gustos espirituales en el sentido. Porque yo no
veo por dónde el alma que las pretende deje de pecar por lo menos venialmente,
aunque más buenos fines tenga y más puesta esté en perfección, y quien se lo
mandase y consintiese también. Porque no hay necesidad de nada de eso, pues hay
razón natural y ley y doctrina evangélica, por donde muy bastantemente se
pueden regir, y no hay dificultad ni necesidad que no se pueda desatar y
remediar por estos medios muy a gusto de Dios y provecho de las almas.
Y tanto nos habemos de aprovechar de la razón y doctrina
evangélica, que, aunque ahora queriendo nosotros, ahora no queriendo, se nos
dijesen algunas cosas sobrenaturales, sólo habemos de recibir aquello que cae
en mucha razón y ley evangélica. Y entonces recibirlo, no porque es revelación,
sino porque es razón, dejando aparte todo sentido de revelación; y aun entonces
conviene mirar y examinar aquella razón mucho más que si no hubiese revelación
sobre ella, por cuanto el demonio dice muchas cosas verdaderas y por venir, y
conformes a razón, para engañar.
5. De donde no nos queda en todas nuestras necesidades,
trabajos y dificultades, otro medio mejor y más seguro que la oración y
esperanza que él proveerá por los medios que él quisiere. Y este consejo se nos
da en la sagrada Escritura (2 Par. 20, 12), donde leemos que, estando el rey
Josafat afligidísimo cercado de enemigos, poniéndose en oración, dijo el santo
rey a Dios: Cum ignoramus quod facere debeamus, hoc solum habemus residui, ut
oculos nostros dirigamus ad te. Y es como si dijera: Cuando faltan los medios y
no llega la razón a proveer en las necesidades, sólo nos queda levantar los
ojos a ti, para que tú proveas como mejor te agradare.
6. Y que también Dios, aunque responda a las tales
pretensiones algunas veces, se enoje, aunque también queda dado a entender,
todavía será bueno probarlo con algunas autoridades de la sagrada Escritura.
En el primer libro de los Reyes (28, 615) se dice que,
pidiendo el rey Saúl que le hablase el profeta Samuel que era ya muerto, le
apareció el dicho profeta; y con todo eso, se enojó Dios, porque luego le
reprehendió Samuel por haberse puesto en tal cosa, diciendo: Quare inquietasti
me, ut suscitarer?; esto es: ¿Por qué me has inquietado en hacerme resucitar?
También sabemos que, no porque respondió Dios a los hijos de
Israel dándoles las carnes que pedían, se dejase de enojar mucho contra ellos,
porque luego les envió fuego del cielo en castigo, según se lee en el
Pentateuco (Núm. 11, 3233) y lo cuenta David (Sal. 77, 3031) diciendo: Adhuc
escae eorum erant in ore ipsorum, et ira Dei descendit super eos; que quiere
decir: Aún teniendo ellos los bocados en sus bocas, descendió la ira de Dios
sobre ellos.
Y también leemos en los Números (22, 32) que se enojó Dios
mucho contra Balam profeta porque fue a los madianitas llamado por Balac, rey de
ellos, aunque dijo Dios que fuese porque tenía él gana de ir y lo había pedido
a Dios; porque, estando ya en el camino, le apareció el ángel con la espada y
le quería matar, y le dijo: Perversa est via tua mihique contraria: Tu camino
es perverso y a mí contrario. Y por eso le quería matar.
7. De esta manera y de otras muchas condesciende Dios
enojado con los apetitos de las almas. De lo cual tenemos muchos testimonios en
la sagrada Escritura, y sin eso muchos ejemplos. Pero no son menester en cosa
tan clara. Sólo digo que es cosa peligrosísima, más que sabré decir, querer
tratar con Dios por tales vías y que no dejará de errar mucho y hallarse muchas
veces confuso el que fuere aficionado a tales modos. Y esto, el que hubiere
hecho caso de ellos me entenderá por la experiencia. Porque allende de la
dificultad que hay en saber no errar en las locuciones y visiones que son de
Dios, hay ordinariamente entre ellas muchas que son del demonio; porque
comúnmente anda en el alma en aquel traje que anda Dios con ella, poniéndole
cosa tan verosímil a las que Dios le comunica, por injerirse él a vueltas, como
el lobo entre el ganado con pellejo de oveja (Mt. 7, 15), que apenas se puede
entender. Porque como dice muchas cosas verdaderas y conformes a razón y cosas
que salen verdaderas, puédense engañar fácilmente pensando que, pues sale
verdad y cierta en lo que está por venir, que no será sino Dios. Porque no
saben que es cosa facilísima, a quien tiene clara la luz natural, conocer las
cosas, o muchas de ellas, que fueron o que serán, en sus causas. Y como quiera
que el demonio tenga esta lumbre tan viva, puede facilísimamente colegir tal
efecto de tal causa, aunque no siempre sale así, pues todas las causas dependen
de la voluntad de Dios.
8. Pongamos ejemplo: conoce el demonio que la disposición de
la tierra y aires y término que lleva el sol, van de manera y en tal grado de
disposición, que necesariamente, llegado tal tiempo, habrá llegado la
disposición de estos elementos, según el término que llevan, a inficionarse, y
así a inficionar la gente con pestilencia, y en las partes que será más y en
las que será menos. Ve aquí conocida la pestilencia en su causa. ¿Qué mucho es
que, revelando el demonio esto a una alma, diciendo: "De aquí a un año o
medio habrá pestilencia", que salga verdadero? Y es profecía del demonio.
Por la misma manera puede conocer los temblores de la tierra, viendo que se van
hinchiendo los senos de ella de aire, y decir: "En tal tiempo temblará la
tierra"; lo cual es conocimiento natural; para el cual basta tener el
ánimo libre de las pasiones del alma, según lo dice Boecio por estas palabras:
Si vis claro lumine cernere verum, gaudia pelle, timorem spemque fugato, nec
dolor adsit, esto es: Si quieres con claridad natural conocer las verdades,
echa de ti el gozo y el temor, y la esperanza y el dolor.
9. Y también se pueden conocer eventos y casos
sobrenaturales en sus causas acerca de
10. Puede el demonio conocer esto, no sólo naturalmente,
sino aun de experiencia que tiene de haber visto a Dios hacer cosas semejantes,
y decirlo antes y acertar. También el santo Tobías conoció por la causa el
castigo de la ciudad de Nínive; y así, amonestó a su hijo, diciendo (14, 1213):
Mira, hijo, en la hora que yo y tu madre muriéremos, sal de esta tierra, porque
ya no permanecerá. Video enim quod iniquitas eius finem dabit: Yo veo claro que
su misma maldad ha de ser causa de su castigo, el cual será que se acabe y
destruya. Todo lo cual también el demonio y Tobías podían saber, no sólo en la
maldad de la ciudad, sino por experiencia, viendo que tenían los pecados del
mundo por que Dios le destruyó en el diluvio, y los de los sodomitas, que
también perecieron por fuego; aunque también Tobías lo conoció por espíritu
divino.
11. Y puede conocer el demonio que Pedro naturalmente (no) puede
vivir más de tantos años y decirlo antes. Y así otras muchas cosas y de muchas
maneras que no se pueden acabar de decir, ni aun comenzar muchas, por ser
intrincadísimas y sutilísimo él en ingerir mentiras. Del cual no se pueden
librar si no es huyendo de todas revelaciones y visiones y locuciones
sobrenaturales.
Por lo cual justamente se enoja Dios con quien las admite,
porque ve es temeridad del tal meterse en tanto peligro, y presunción y
curiosidad, y ramo de soberbia y raíz y fundamento de vanagloria, y desprecio
de las cosas de Dios, y principio de muchos males en que vinieron muchos. Los
cuales tanto vinieron a enojar a Dios, que de propósito los dejó errar y
engañar, y oscurecer el espíritu, y dejar las vías ordenadas de la vida, dando
lugar a sus vanidades y fantasías, según lo dice Isaías (19, 14), diciendo:
Dominus miscuit in medio eius spiritum vertiginis: que es tanto como decir: El
Señor mezcló en medio espíritu de revuelta y confusión, que en buen romance
quiere decir espíritu de entender al revés. Lo cual va allí diciendo Isaías
llanamente a nuestro propósito, porque lo dice por aquellos que andaban a saber
las cosas que habían de suceder por vía sobrenatural. Y, por eso, dice que les
mezcló Dios en medio espíritu de entender al revés. No porque Dios les quisiese
ni les diese efectivamente el espíritu de errar, sino porque ellos se quisieron
meter en lo que naturalmente no podían alcanzar. Enojado de esto, los dejó
desatinar, no dándoles luz en lo que Dios no quería que se entremetiesen. Y así,
dice que les mezcló aquel espíritu Dios privativamente. Y de esta manera es
Dios causa de aquel daño, es a saber, causa privativa, que consiste en quitar
él su luz y favor; tan quitado, que necesariamente vengan en error.
12. Y de esta manera da Dios licencia al demonio para que
ciegue y engañe a muchos, mereciéndolo sus pecados y atrevimientos. Y puede y
se sale con ello el demonio, creyéndole ellos y teniéndole por buen espíritu.
Tanto, que, aunque sean muy persuadidos que no lo es, no hay remedio de
desengañarse, por cuanto tienen ya por permisión de Dios, ingerido el espíritu
de entender al revés; cual leemos (3 Re. 22, 22) haber acaecido a los profetas
del rey Acab, dejándoles Dios engañar con el espíritu de mentira, dando
licencia al demonio para ello, diciendo: Decipies, et praevalebis; egredere, et
fac ita; que quiere decir: Prevalecerás con tu mentira y engañarlos has; sal y
(hazlo) así. Y pudo tanto con los profetas y con el rey para engañarlos, que no
quisieron creer al profeta Miqueas, que les profetizó la verdad muy al revés de
lo que los otros habían profetizado. Y esto fue porque les dejó Dios cegar, por
estar ellos con afecto de propiedad en lo que querían que les sucediese y
respondiese Dios según sus apetitos y deseos; lo cual era medio y disposición
certísima para dejarlos Dios de propósito cegar y engañar.
13. Porque así lo profetizó Ezequiel (14, 79) en nombre de
Dios; el cual, hablando contra el que se pone a querer saber por vía de Dios
curiosamente, según la variedad de su espíritu, dice: Cuando el tal hombre
viniere al profeta para preguntarme a mí por él, yo, el Señor, le responderé
por mí mismo, y pondré mi rostro enojado sobre aquel hombre; y el profeta
cuando hubiere errado en lo que fue preguntado, ego, Dominus, decepi prophetam
illum, esto es: Yo, el Señor, engañé aquel profeta. Lo cual se ha de entender,
no concurriendo con su favor para que deje de ser engañado; porque eso quiere
decir cuando dice: Yo, el Señor, le responderé por mí mismo, enojado; lo cual
es apartar él su gracia y favor de aquel hombre. De donde necesariamente se
sigue el ser engañado por causa del desamparo de Dios. Y entonces acude el
demonio a responder según el gusto y apetito de aquel hombre, el cual, como
gusta de ello, y las respuestas y comunicaciones son de su voluntad, mucho se
deja engañar.
14. Parece que nos habemos salido algo del propósito que
prometimos en el título del capítulo, que era probar cómo, aunque Dios
responde, se queja algunas veces. Pero, si bien se mira, todo lo dicho hace
para probar nuestro intento, pues en todo se ve no gustar Dios de que quieran
las tales visiones, pues da lugar a que de tantas maneras sean engañados en
ellas.
Inicio
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En que se desata una duda, cómo no será lícito ahora en la
ley de gracia preguntar a Dios por vía sobrenatural, como lo era en
1. De entre las manos nos van saliendo las dudas, y así no
podemos correr, con la prisa que querríamos adelante. Porque, así como las
levantamos, estamos obligados a allanarlas necesariamente, para que la verdad
de la doctrina siempre quede llana y en su fuerza. Pero este bien hay en estas
dudas siempre, que, aunque nos impiden el paso un poco, todavía sirven para más
doctrina y claridad de nuestro intento, como será la duda presente.
2. En el capítulo precedente habemos dicho cómo no es
voluntad de Dios que las almas quieran recibir por vía sobrenatural cosas
distintas de visiones o locuciones, etc. Por otra parte habemos visto en el
mismo capítulo y colegido de los testimonios que allí se han alegado de la
sagrada Escritura que se usaba el dicho trato con Dios en
4. Y éste es el sentido de aquella autoridad con que
comienza san Pablo (Heb. 1, 12) a querer inducir a los hebreos a que se
aparten de aquellos modos primeros y tratos con Dios de
5. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o
querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría
agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra
alguna cosa o novedad.
Porque le podría responder Dios de esta manera, diciendo:
"Si te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y
no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso?
Pon los ojos sólo en él, porque en él te lo tengo todo dicho y revelado, y
hallarás en él aún más de lo que pides y deseas. Porque tú pides locuciones y
revelaciones en parte, y si pones en él los ojos, lo hallarás en todo; porque
él es toda mi locución y respuesta y es toda mi visión y toda mi revelación. Lo
cual os he ya hablado, respondido, manifestado y revelado, dándoosle por
hermano, compañero y maestro, precio y premio. Porque desde aquel día que bajé
con mi Espíritu sobre él en el monte Tabor, diciendo (Mt. 17, 5): Hic est
Filius meus dilectus, in quo mihi bene complacui, ipsum audite, es a saber:
Este es mi amado Hijo, en que me he complacido, a él oíd; ya alcé yo la mano de
todas esas maneras de enseñanzas y respuestas y se la di a él. Oídle a él,
porque yo no tengo más fe que revelar, ni más cosas que manifestar. Que, si
antes hablaba, era prometiendo a Cristo; y si me preguntaban, eran las
(preguntas) encaminadas a la petición y esperanza de Cristo, en que habían de
hallar todo bien, como ahora lo da a entender toda la doctrina de los
evangelistas y apóstoles. Mas ahora, el que me preguntase de aquella manera y
quisiese que yo le hablase o algo le revelase, era en alguna manera pedirme
otra vez a Cristo, y pedirme más fe, y ser falto en ella, que ya está dada en
Cristo. Y así, haría mucho agravio a mi amado Hijo, porque no sólo en aquello
le faltaría en la fe, mas le obligaba otra vez a encarnar y pasar por la vida y
muerte primera. No hallarás qué pedirme ni qué desear de revelaciones o
visiones de mi parte. Míralo tú bien, que ahí lo hallarás ya hecho y dado todo
eso, y mucho más, en él.
6. Si quisieres que te respondiese yo alguna palabra de
consuelo, mira a mi Hijo, sujeto a mí y sujetado por mi amor, y afligido, y
verás cuántas te responde. Si quisieres que te declare yo algunas cosas ocultas
o casos, pon solos los ojos en él, y hallarás ocultísimos misterios y
sabiduría, y maravillas de Dios, que están encerradas en él, según mi Apóstol
(Col. 2, 3) dice: In quo sunt omnes thesauri sapentiae et scientiae Dei
absconditi, esto es: En el cual Hijo de Dios están escondidos todos los tesoros
de sabiduría y ciencia de Dios. Los cuales tesoros de sabiduría serán para ti
muy más altos y sabrosos y provechosos que las cosas que tú querías saber. Que
por eso se gloriaba el mismo Apóstol (1 Cor. 2, 2), diciendo: Que no había él
dado a entender que sabía otra cosa, sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y
si también quisieses otras visiones y revelaciones divinas o corporales, mírale
a él también humanado, y hallarás en eso más que piensas; porque también dice
el Apóstol (Col. 2, 9): In ipso habitat omnis plenitudo divinitatis
corporaliter; que quiere decir: En Cristo mora corporalmente toda plenitud de
divinidad".
7. No conviene, pues, ya preguntar a Dios de aquella manera,
ni es necesario que ya hable, pues, acabando de hablar toda la fe en Cristo, no
hay más fe que revelar ni la habrá jamás. Y quien quisiere ahora recibir cosas
algunas por vía sobrenatural, como habemos dicho, era notar falta en Dios de
que no había dado todo lo bastante en su Hijo. Porque, aunque lo haga
suponiendo la fe y creyéndola, todavía es curiosidad de menos fe. De donde no
hay que esperar doctrina ni otra cosa alguna por vía sobrenatural.
Porque la hora que Cristo dijo en la cruz: Consummatum est
(Jn. 19, 30), cuando expiró, que quiere decir: Acabado es, no sólo se acabaron
esos modos, sino todas esotras ceremonias y ritos de
8. De donde, pues es verdad que siempre se ha de estar en lo
que Cristo nos enseñó, y todo lo demás no es nada ni se ha de creer si no
conforma con ello, en vano anda el que quiere ahora tratar con Dios a modo de
9. Y así, lo que Dios decía entonces, ninguna autoridad ni
fuerza les hacía para darle entero crédito, si por la boca de los sacerdotes y
profetas no se aprobaba. Porque es Dios tan amigo que el gobierno y trato del
hombre sea también por otro hombre semejante a él y que por razón natural sea
el hombre regido y gobernado, que totalmente quiere que las cosas que
sobrenaturalmente nos comunica no las demos entero crédito ni hagan en nosotros
confirmada fuerza y segura, hasta que pasen por este arcaduz humano de la boca
del hombre. Y así siempre que algo dice o revela al alma, lo dice con una
manera de inclinación puesta en la misma alma, a que se diga a quien conviene
decirse; y hasta esto, no suele dar entera satisfacción, porque no la tomó el
hombre de otro hombre semejante a él.
De donde en los Jueces (7, 911) vemos haberle acaecido lo
mismo al capitán Gedeón; que, con haberle Dios dicho muchas veces que vencería
a los madianitas, todavía estaba dudoso y cobarde, habiéndole dejado Dios
aquella flaqueza, hasta que por la boca de los hombres oyó lo que Dios le había
dicho. Y fue, que, como Dios le vio flaco, le dijo: Levántate y desciende del
real; et cum sudieris quod loquantur, tunc confortabuntur manus tuae, et
securior ad hostium castra descendes, esto es: Cuando oyeres allí lo que hablan
los hombres, entonces recibirás fuerzas en lo que te he dicho y bajarás con más
seguridad a los ejércitos de los enemigos. Y así fue que, oyendo contar un
sueño de un madianita a otro, en que había soñado que Gedeón los había de
vencer, fue muy esforzado y comenzó a poner con grande alegría por obra la
batalla. Donde se ve que no quiso Dios que ése se asegurase, pues no le dio la
seguridad, sólo por vía sobrenatural, hasta que se confirmó naturalmente.
10. Y mucho más es de admirar lo que pasó acerca de esto en
Moisés, que, con haberle Dios mandado con muchas (razones) y confirmándoselo
con señales de la vara en serpiente y de la mano leprosa, que fuese a libertar
los hijos de Israel, estuvo tan flaco y oscuro en esta ida, que, aunque se
enojó Dios, nunca tuvo ánimo para acabar de tener (fuerte) fe, en el caso para
ir hasta que le animó Dios con su hermano Aarón, diciendo (Ex. 4, 1415): Aaron
frater tuus levites scio quod eloquens sit: ecce ipse egredietur in occursum
tuum, vidensque te, laetabitur corde. Loquere ad eum, et pone verba mea in ore
eius, et ego ero in ore tuo, et in ore illius, etcétera; lo cual es como si
dijera: Yo sé que tu hermano Aarón es hombre elocuente; cata que él te saldrá
al encuentro y, viéndote, se alegrará de corazón; habla con él, y dile todas
mis palabras, y yo seré en tu boca y en la suya, para que cada uno reciba
crédito de la boca del otro.
11. Oídas estas palabras, Moisés animóse luego con la
esperanza del consuelo del consejo que de su hermano había de tener. Porque
esto tiene el alma humilde, que no se atreve a tratar a solas con Dios, ni se
puede acabar de satisfacer sin gobierno y consejo humano. Y así lo quiere Dios,
porque en aquellos que se juntan a tratar la verdad, se junta él allí para
declararla y confirmarla en ellos, fundada sobre razón natural, como dijo que
lo había de hacer con Moisés y Aarón juntos, siendo en la boca del uno y en la
boca del otro.
Que por eso también dijo en el Evangelio (Mt. 18, 20) que:
Ubi fuerint duo vel tres congregati in nomine meo, ibi sum ego in medio eorum;
esto es: Donde estuvieren dos o tres juntos para mirar lo que es más honra y
gloria de mi nombre, yo estoy allí en medio de ellos, es a saber: aclarando y
confirmando en sus corazones las verdades de Dios. Y es de notar que no dijo:
Donde estuviere uno solo, yo estoy allí, sino, por lo menos, dos: para dar a
entender que no quiere Dios que ninguno a solas se crea para sí las cosas que
tiene por de Dios, ni se confirme ni afirme en ellas sin
12. Porque de aquí es lo que encarece el Eclesiastés (4, 1012),
diciendo: Vae soli, quia cum ceciderit, non habet sublevantem se. Si dormierint
duo, fovebuntur mutuo: unus quomodo calefiet? et si quispiam praevaluerit
contra unum, duo resistent ei; que quiere decir: ¡Ay del solo que cuando cayere
no tiene quien le levante! Si dos durmieren juntos, calentarse ha el uno al
otro, es a saber, con el calor de Dios, que está en medio; uno solo, ¿cómo
calentará?; es a saber: ¿cómo dejará de estar frío en las cosas de Dios? Y, si
alguno pudiere más y prevaleciere contra uno, esto es, el demonio, que puede y
prevalece contra los que a solas se quieren haber en las cosas de Dios, dos
juntos le resistirán, que son el discípulo y el maestro, que se juntan a saber
y a hacer la verdad. Y hasta esto, ordinariamente se siente él solo tibio y
flaco en ella, aunque más la hayan oído de Dios; tanto, que con haber mucho que
san Pablo predicaba el Evangelio que dice él había oído, no de hombre, sino de
Dios, no pudo acabar consigo de dejar de ir a conferirlo con san Pedro y los
Apóstoles, diciendo (Gl. 2, 2): Ne forte in vanum currerem, aut cucurrissem,
que quiere decir: No por ventura corriese en vano o hubiese corrido; no
teniéndose por seguro hasta que le dio seguridad el hombre. Cosa, pues, notable
parece, Pablo, pues él que os reveló ese Evangelio, ¿no pudiera también
revelaros la seguridad de la falta que podíades hacer en la predicación de la
verdad de él?
13. Aquí se da a entender claro cómo no hay de qué
asegurarse en las cosas que Dios revela, sino es por el orden que vamos
diciendo; porque, dado caso que la persona tenga certeza, como san Pablo tenía
de su Evangelio, pues le había comenzado ya a predicar, que aunque la
revelación sea de Dios, todavía el hombre puede errar acerca de ella (o) en lo
tocante a ella. Porque Dios no siempre, aunque dice lo uno, dice lo otro; y
muchas veces dice la cosa, y no dice el modo de hacerla, porque,
ordinariamente, todo lo que se puede hacer por industria y consejo humano no lo
hace él ni lo dice, aunque trate muy afablemente mucho tiempo con el alma. Lo
cual conocía muy bien san Pablo; pues, aunque sabía le era revelado por Dios el
Evangelio, le fue a conferir.
Y vemos esto claro en el Exodo (18, 2122), donde, tratando
Dios tan familiarmente con Moisés, nunca le había dado aquel consejo tan
saludable que le dio su suegro Jetró, es a saber: que eligiese otros jueces
para que le ayudasen y no estuviese esperando el pueblo desde la mañana hasta
la noche. El cual consejo Dios aprobó, y no se lo había dicho, porque aquello
era cosa que podía caber en razón y juicio humano. Acerca de las visiones y
revelaciones y locuciones que Dios, no las suele revelar Dios porque siempre
quiere que se aprovechen de éste en cuanto se pudiere, y todas ellas han de ser
reguladas por éste, salvo las que son de fe, que exceden todo juicio y razón,
aunque no son contra ella.
14. De donde no piense alguno que, porque sea cierto que
Dios y los Santos traten con él familiarmente muchas cosas, por el mismo caso
le han de declarar las faltas que tiene acerca de cualquier cosa, pudiendo él
saberlo por otra vía. Y así, no hay que asegurarse, porque, como leemos haber
acaecido en los Actos de los Apóstoles que, con ser san Pedro príncipe de
15. De donde muchas faltas y pecados castigará Dios en muchos
el día del juicio, con los cuales habrá tenido acá muy ordinario trato y dado
mucha luz y virtud, porque, en lo demás que ellos sabían que debían hacer, se
descuidaron, confiando en aquel trato y virtud que tenían con Dios. Y así, como
dice Cristo en el Evangelio (Mt. 7, 22), se maravillarán ellos entonces,
diciendo: Domine, Domine nonne in nomine tuo prophetavimus, et in nomine tuo
daemonia eiecimus, et in nomine tuo virtutes multas fecimus?, esto es; Señor,
Señor, ¿por ventura las profecías que tú nos hablabas no las profetizamos en tu
nombre (y en tu nombre echamos los demonios), y en tu nombre no hicimos muchos
milagros y virtudes? Y dice el Señor que les responderá diciendo (Mt. 7, 23):
Et tunc confitebor illis, quia numquam novi vos: discedite a me omnes qui
operamini iniquitatem, es a saber: Apartaos de mí los obreros de maldad, porque
nunca os conocí. De éstos era el profeta Balam y otros semejantes, a los cuales
aunque hablaba Dios con ellos y les daba gracias, eran pecadores (Núm. 2224).
Pero en su tanto reprenderá también el Señor a los escogidos y amigos suyos,
con quien acá se comunicó familiarmente, en las faltas y descuidos que ellos
hayan tenido; de los cuales no era menester les advirtiese Dios por sí mismo,
pues ya por ley y razón natural que les había dado se lo advertía.
16. Concluyendo, pues, en esta parte, digo y saco de lo
dicho: que cualquiera cosa que el alma reciba, de cualquier manera que sea, por
vía sobrenatural, clara y rasa, entera y sencillamente, ha de comunicarla luego
con el maestro espiritual. Porque, aunque parece que no había para qué dar
cuenta ni para qué gastar en eso tiempo, pues con desecharlo y no hacer caso de
ello ni quererlo, como habemos dicho, queda el alma segura (mayormente cuando
son cosas de visiones o revelaciones u otras comunicaciones sobrenaturales, que
o son claras o va poco en que sean o no sean) todavía es muy necesario, aunque
al alma le parezca que no hay para qué, decirlo todo. Y esto por tres causas:
La primera, porque, como habemos dicho, muchas cosas
comunica Dios, cuyo efecto y fuerza y luz y seguridad, no la confirma del todo
en el alma hasta que, como habemos dicho, se trate con quien Dios tiene puesto
por juez espiritual de aquel alma, que es el que tiene poder de atarla o
desatarla y aprobar y reprobar en ella; según lo habemos probado por las
autoridades arriba alegadas y lo probamos cada día por experiencia, viendo en
las almas humildes por quien pasan estas cosas, que, después que las han tratado
con quien deben, quedan con nueva satisfacción, fuerza y luz y seguridad.
Tanto, que a algunas les parece que, hasta que lo traten, ni se les asienta, ni
es suyo aquello, y que entonces se lo dan de nuevo.
17. La segunda causa es porque ordinariamente ha menester el
alma doctrina sobre las cosas que le acaecen, para encaminarla por aquella vía
a la desnudez y pobreza espiritual que es la noche oscura. Porque si esta
doctrina le va faltando, dado que el alma no quiera las tales cosas, sin
entenderse se iría endureciendo en la vía espiritual y haciéndose a la del
sentido, acerca del cual, en parte, pasan las tales cosas distintas.
18. La tercera causa es porque para la humildad y sujeción y
mortificación del alma conviene dar parte de todo, aunque de todo ello no haga
caso ni lo tenga en nada. Porque hay algunas almas que sienten mucho en decir
las tales cosas, por parecerles que no son nada, y no saben cómo las tomará la
persona con quien las han de tratar; lo cual es poca humildad, y, por el mismo
caso, es menester sujetarse a decirlo. (Y hay otras) que sienten mucha
vergüenza en decirlo, porque no vean que tienen ellas aquellas cosas que
parecen de santos, y otras cosas que en decirlo sienten, y, por eso, que no hay
para qué lo decir, pues no hacen ellas caso de ello; y, por el mismo caso,
conviene que se mortifiquen y lo digan, hasta que estén humildes, llanas y
blandas y prontas en decirlo, y después siempre lo dirán con facilidad.
19. Pero hase de advertir acerca de lo dicho que no, porque
habemos puesto tanto en que las tales cosas se desechen y que no pongan los
confesores a las almas en el lenguaje de ellas, convendrá que las muestren
desabrimiento los padres espirituales acerca de ellas, ni de tal manera les
hagan desvíos y desprecio en ellas, que les den ocasión a que se encojan y no
se atrevan a manifestarlas, que será ocasión de dar en muchos inconvenientes si
les cerrasen la puerta para decirlas. Porque, pues, (como habemos dicho), es
medio y modo por donde Dios lleva las tales almas, no hay para qué estar mal
con él ni por qué espantarse ni escandalizarse de él, sino antes con mucha
benignidad y sosiego; poniéndoles ánimo y dándoles salida para que lo digan y,
si fuere menester, poniéndoles precepto, porque, a veces, en la dificultad que
algunas almas sienten en tratarlo, todo es menester.
Encamínenlas en la fe, enseñándolas buenamente a desviar los
ojos de todas aquellas cosas, y dándoles doctrina en cómo han de desnudar el
apetito y espíritu de ellas para ir adelante, y dándoles a entender cómo es más
preciosa delante de Dios una obra o acto de voluntad hecho en caridad, que
cuantas visiones (y revelaciones) y comunicaciones pueden tener del cielo, pues
éstas ni son mérito ni demérito; y cómo muchas almas, no teniendo cosas de
ésas, están sin comparación mucho más adelante que otras que tienen muchas.
Inicio
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En que se comienza a tratar de las aprehensiones del
entendimiento que son puramente por vía espiritual. Dice qué cosa sean.
1. Aunque la doctrina que habemos dado acerca de las
aprehensiones del entendimiento que son por vía del sentido, según lo que de
ellas había de tratar, queda algo corta, no he querido alargarme más en ella;
pues, aun para cumplir con el intento que yo aquí llevo, que es desembarazar el
entendimiento de ellas y encaminarle a la noche de la fe, antes entiendo me he
alargado demasiado.
Por tanto, comenzaremos ahora a tratar de aquellas otras
cuatro aprehensiones del entendimiento, que en el capítulo 10 dijimos ser
puramente espirituales, que son visiones, revelaciones, locuciones y
sentimientos espirituales. A las cuales llamamos puramente espirituales, porque
no, como las corporales imaginarias, se comunican al entendimiento por vía de
los sentidos corporales, sino, sin algún medio de algún sentido corporal
exterior o interior, se ofrecen al entendimiento clara y distintamente por vía
sobrenatural pasivamente, que es sin poner el alma algún acto u obra de su
parte, a lo menos activo.
2. Es, pues, de saber que, hablando anchamente y en general,
todas estas cuatro aprehensiones se pueden llamar visiones del alma, porque al
entender del alma llamamos también ver del alma. Y, por cuanto todas estas
aprehensiones son inteligibles al entendimiento, son llamadas visibles
espiritualmente. Y así, las inteligencias que de ellas se forman en el
entendimiento se pueden llamar visiones intelectuales. Que, por cuanto todos
los objetos de los demás sentidos, como son todo lo que se puede ver, y todo lo
que se puede oír, y todo lo que se puede oler y gustar y tocar, son objeto del
entendimiento en cuanto caen debajo de verdad o falsedad; de aquí es que, así
como (a) los ojos corporales todo lo que es visible corporalmente les causa
visión corporal, así a los ojos del alma espirituales, que es el entendimiento,
todo lo que es inteligible le causa visión espiritual; pues, como habemos
dicho, el entenderlo es verlo. Y así, estas cuatro aprehensiones, hablando
generalmente, las podemos llamar visiones; lo cual no tienen los otros
sentidos, porque el uno no es capaz del objeto del otro en cuanto tal.
3. Pero, porque estas aprehensiones se representan al alma
al modo que a los demás sentidos, de aquí es que, hablando propia y específicamente,
a lo que recibe el entendimiento a modo de ver (porque puede ver las cosas
espiritualmente así como los ojos corporalmente) llamamos "visión"; y
a lo que recibe como aprehendiendo y entendiendo cosas nuevas, así como el oído
oyendo cosas no oídas, llamamos "revelación"; y a lo que recibe a
manera de oír, llamamos "locución"; y a lo que recibe a modo de los
demás sentidos, como es la inteligencia de suave olor espiritual, y de sabor
espiritual, y deleite espiritual que el alma puede gustar sobrenaturalmente,
llamamos "sentimientos espirituales". De todo lo cual él saca
inteligencia o visión espiritual, sin aprehensión alguna de forma, imagen o
figura de imaginación o fantasía natural, sino que inmediatamente estas cosas
se comunican al alma por obra sobrenatural y por medio sobrenatural.
4. De éstas, pues, también, como de las demás aprehensiones
corporales imaginarias hicimos, nos conviene desembarazar aquí el
entendimiento, encaminándole y enderezándole por ellas en la noche espiritual
de fe a la divina y sustancial unión de Dios; porque, no embarazándose y
enmudeciéndose con ellas, se le impida el camino de la soledad y desnudez, que
para esto se requiere, de todas las cosas. Porque, dado caso que éstas son más
nobles aprehensiones y más provechosas y mucho más seguras que las corporales
imaginarias (por cuanto son ya interiores, puramente espirituales y a que menos
puede llegar el demonio, porque se comunican ellas al alma más pura y
sutilmente sin obra alguna de ella ni de la imaginación, a lo menos activa)
todavía no sólo se podría el entendimiento embarazar para el dicho camino, mas
podría ser muy engañado por su poco recato.
5. Y aunque, en alguna manera, podríamos juntamente concluir
con estas cuatro maneras de aprehensiones, dando el común consejo en ellas que
en todas las demás vamos dando, de que ni se pretendan ni se quieran, todavía,
porque a vueltas se dará más luz para hacerlo y se dirán algunas cosas acerca
de ellas, es bueno tratar de cada una de ellas en particular. Y así, diremos de
las primeras que son visiones espirituales o intelectuales.
Inicio
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En que se trata de dos maneras que hay de visiones
espirituales por vía sobrenatural.
1. Hablando ahora propiamente de las que son visiones
espirituales sin medio de algún sentido corporal, digo que dos maneras de
visiones pueden caer en el entendimiento: unas son de sustancias corpóreas,
otras, de sustancias separadas o incorpóreas.
Las de las corpóreas son acerca de todas las cosas
materiales que hay en el cielo y en la tierra, las cuales puede ver el alma aun
estando en el cuerpo, mediante cierta lumbre sobrenatural derivada de Dios, en
la cual puede ver todas las cosas ausentes, del cielo y de la tierra, según
leemos haber visto san Juan en el capítulo 21 del Apocalipsis, donde cuenta la
descripción y excelencia de la celestial Jerusalén, que vio en el cielo; y cual
también se lee de san Benito, que en una visión espiritual vio todo el mundo.
La cual visión dice santo Tomás en el primero de sus Quodlibetos que fue en la
lumbre derivada de arriba, que habemos dicho.
2. Las otras visiones, que son de sustancias incorpóreas, no
se pueden ver mediante esta lumbre derivada que aquí decimos, sino con otra
lumbre más alta que se llama lumbre de gloria. Y así, estas visiones de
sustancias incorpóreas, como son ángeles y almas, no son de esta vida ni se
pueden ver en cuerpo mortal; porque, si Dios las quisiese comunicar al alma esencialmente,
como ellas son, luego saldría de las carnes y se desataría de la vida mortal.
Que, por eso, dijo Dios a Moisés (Ex. 33, 20) cuando le rogó le mostrase su
esencia: Non videbit me homo, et vivet, esto es: No me verá hombre que pueda
quedar vivo. Por lo cual, cuando los hijos de Israel pensaban que habían de ver
a Dios, o que le habían visto, o algún ángel, temían el morir, según se lee en
el Exodo (20, 19), donde, temiendo los dichos, dijeron: Non loquatur nobis
Dominus, ne forte moriamur, como si dijeran: No se nos comunique Dios
manifiestamente, por que no muramos. Y también en los Jueces (13, 22), pensando
Manué, padre de Sansón, que había visto esencialmente, el ángel que hablaba con
él y con su mujer, el cual les había aparecido en forma de varón muy hermoso,
dijo a su mujer: Morte moriemur, quia vidimus Dominum, que quiere decir:
Moriremos, porque habemos visto al Señor.
3. Y así, estas visiones no son de esta vida, si no fuese
alguna vez por vía de paso, y esto, dispensando Dios o salvando la condición y
vida natural, abstrayendo totalmente al espíritu de ella, y que con su favor se
suplan las veces naturales del alma acerca del cuerpo. Que, por eso, cuando se
piensa que las vio san Pablo (es a saber: las sustancias separadas en el tercer
cielo, dice el mismo Santo): Sive in corpore, sive extra corpus nescio; Dominus
scit (2 Cor. 12, 2); esto es, que fue arrebatado a ellas, y lo que vio dice que
no sabe si era en el cuerpo o fuera del cuerpo; que Dios lo sabe. En lo cual se
ve claro que se traspuso de la vía natural, haciendo Dios el cómo. De donde
también, cuando se cree haberle mostrado Dios su esencia a Moisés, se lee (Ex.
33, 22) que le dijo Dios que él le pondría en el horado de la piedra y
ampararía cubriéndole con la diestra, y amparándole porque no muriese cuando
pasase su gloria, la cual pasada era mostrarse por vía de paso, amparando él
con su diestra la vida natural de Moisés.
Mas estas visiones tan sustanciales, como la de san Pablo y
Moisés y nuestro Padre Elías cuando cubrió su rostro al silbo suave de Dios (3
Re. 19, 1113), aunque son por vía de paso, rarísimas veces acaecen y casi
nunca y a muy pocos, porque lo hace Dios en aquellos que son muy fuertes del
espíritu de
4. Pero, aunque estas visiones de sustancias espirituales no
se pueden desnudar y claramente ver en esta vida con el entendimiento,
puédense, empero, sentir en la sustancia del alma con suavísimos toques y
juntas, lo cual pertenece a los sentimientos espirituales, de que con el divino
favor trataremos después. Porque a éstos se endereza y encamina nuestra pluma,
que es a la divina junta y unión del alma con
5. Por tanto, tratemos ahora de las visiones de corpóreas
sustancias que espiritualmente se reciben en el alma, las cuales son a modo de
las visiones corporales. Porque, así como ven los ojos las cosas corporales
mediante la luz natural, así el alma con el entendimiento, mediante la lumbre
derivada sobrenaturalmente, que habemos dicho, ve interiormente esas mismas
cosas naturales y otras, cuales Dios quiere, sino que hay diferencia en el modo
y en la manera. Porque las espirituales e intelectuales mucho más clara y
sutilmente acaecen que las corporales, porque, cuando Dios quiere hacer esa
merced al alma, comunícala aquella luz sobrenatural que decimos, en que
fácilmente y clarísimamente ve las cosas que Dios quiere, ahora del cielo,
ahora de la tierra, no haciendo impedimento, ni al caso ausencia ni presencia
de ellas. Y es, a veces, como si se le abriese una clarísima puerta y por ella
viese (una luz) a manera de un relámpago, cuando en una noche oscura,
súbitamente esclarece las cosas y las hace ver clara y distintamente, y luego
las deja a oscuras, aunque las formas y figuras de ellas se quedan en la
fantasía. Lo cual en el alma acaece muy más perfectamente, porque de tal manera
se quedan en ella impresas aquellas cosas que con el espíritu vio en aquella
luz, que, cada vez que advierte, las ve en sí como las vio antes, bien así como
en el espejo se ven las formas que están en él cada vez que en él miren. Y es
de manera que ya aquellas formas de las cosas que vio, nunca jamás se le quitan
del todo del alma, aunque por tiempo se van haciendo algo remotas.
6. El efecto que hacen en el alma estas visiones es quietud,
iluminación y alegría a manera de gloria, suavidad, limpieza y amor, humildad e
inclinación o elevación del espíritu en Dios; unas veces más, otras menos; unas
más en lo uno; otras en lo otro, según el espíritu en que se reciben y Dios
quiere.
7. Puede también el demonio causar estas visiones en el alma
mediante alguna lumbre natural, en que por sugestión espiritual aclara al
espíritu las cosas, ahora sean presentes, ahora ausentes. De donde, sobre aquel
lugar de san Mateo (4, 8) donde dice que el demonio a Cristo ostendit omnia
regna mundi et gloriam eorum, es a saber: Le mostró todos los reinos del mundo
y la gloria de ellos, dicen algunos doctores que lo hizo por sugestión
espiritual, porque con los ojos corporales no era posible hacerle ver tanto,
que viese todos los reinos del mundo y su gloria.
Pero de estas visiones que causa el demonio a las que son de
parte de Dios hay mucha diferencia. Porque los efectos que éstas hacen en el
alma no son como los que hacen las buenas, antes hacen sequedad de espíritu
acerca del trato con Dios e inclinación a estimarse, y a admitir y tener en
algo las dichas visiones, y en ninguna manera causan blandura de humildad y
amor de Dios. Ni las formas de éstas se quedan impresas en el alma con aquella
claridad suave que las otras, ni duran, antes se raen luego del alma, salvo si
el alma las estima mucho, que, entonces, la propia estimación hace que se
acuerde de ellas naturalmente; mas es muy secamente y sin hacer aquel efecto de
amor y humildad que las buenas causan cuando se acuerdan de ellas.
8. Estas visiones, por cuanto son de criaturas, con quien
Dios ninguna proporción ni conveniencia esencial tiene, no pueden servir al
entendimiento de medio próximo para la unión de Dios. Y así, conviene al alma
haberse puramente negativa en ellas, como en las demás que habemos dicho, para
ir adelante por el medio próximo, que es la fe. De donde, de aquellas formas de
las tales visiones que se quedan en el alma impresas, no ha de hacer archivo ni
tesoro el alma, ni ha de querer arrimarse a ellas, porque sería estarse con
aquellas formas, imágenes y personajes, que acerca del interior reciben,
embarazada, y no iría por negación de todas las cosas a Dios. Porque, dado caso
que aquellas formas siempre se representen allí, no la impedirán mucho si el
alma no quisiere hacer caso de ellas. Porque, aunque es verdad que la memoria
de ellas incita al alma a algún amor de Dios y contemplación, pero mucho más
incita y levanta la pura fe y desnudez a oscuras de todo eso, sin saber el alma
cómo ni de dónde le viene.
Y así, acaecerá que ande el alma inflamada con ansias de
amor de Dios muy puro, sin saber de dónde le vienen ni qué fundamento tuvieron.
Y fue que, así como la fe se arraigó e infundió más en el alma mediante aquel
vacío y tiniebla y desnudez de todas las cosas, pobreza espiritual (que todo lo
podemos llamar una misma cosa), también juntamente se arraiga e infunde más en
el alma la caridad de Dios. De donde, cuanto más el alma se quiere oscurecer y
aniquilar acerca de todas las cosas exteriores e interiores que puede recibir,
tanto más se infunde de fe, y por consiguiente, de amor y esperanza en ella,
por cuanto estas tres virtudes teologales andan en uno.
9. Pero este amor algunas veces no lo comprende la persona
ni lo siente, porque no tiene este amor su asiento en el sentido con ternura,
sino en el alma con fortaleza y más ánimo y osadía que antes, aunque algunas
veces redunde en el sentido y se muestre tierno y blando. De donde (para llegar
a) aquel amor, alegría y gozo que le hacen y causan las tales visiones al alma,
conviénele que tenga fortaleza y mortificación y amor para querer quedarse en
vacío y a oscuras de todo ello, y fundar aquel amor y gozo en lo que no ve ni
siente ni puede ver ni sentir en esta vida, que es Dios, el cual es
incomprehensible y sobre todo. Y, por eso, nos conviene ir a él por negación de
todo, porque si no, dado caso que el alma sea tan sagaz, humilde y fuerte, que
el demonio no la pueda engañar en ellas ni hacerla caer en alguna presunción,
como lo suele hacer, no dejarán ir al alma adelante, por cuanto pone obstáculo
a la desnudez espiritual y pobreza de espíritu, y vacío en fe, que es lo que se
requiere para la unión del alma con Dios.
10. Y, porque acerca de estas visiones sirve también la
misma doctrina que en el capítulo 19 y 20 dimos para las visiones y aprehensiones
sobrenaturales del sentido, no gastaremos aquí más tiempo en decirlas.
Inicio
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En que se trata de las revelaciones. Dice qué cosa sean y
pone una distinción.
1. Por el orden que aquí llevamos, se sigue ahora tratar de
la segunda manera de aprehensiones espirituales, que arriba llamamos
revelaciones, las cuales propiamente pertenecen al espíritu de profecía. Acerca
de lo cual, es primero de saber que revelación no es otra cosa que
descubrimiento de alguna verdad oculta o manifestación de algún secreto o
misterio: así como (si Dios diese al alma a entender alguna cosa, como) es
declarando al entendimiento la verdad de ella, o descubriese al alma algunas
cosas que él hizo, hace o piensa hacer.
2. Y, según esto, podemos decir que hay dos maneras de
revelaciones: unas, que son descubrimiento de verdades al entendimiento, que
propiamente se llaman noticias intelectuales o inteligencias; otras, que son
manifestación de secretos, y éstas se llaman propiamente, y más que estotras,
revelaciones. Porque las primeras no se pueden llamar en rigor revelaciones,
porque aquéllas consisten en hacer Dios al alma verdades desnudas, no sólo
acerca de las cosas temporales, sino también de las espirituales,
mostrándoselas clara y manifiestamente. De las cuales he querido tratar debajo
de nombre de revelaciones; lo uno, por tener mucha vecindad y alianza con
ellas; lo otro, por no multiplicar muchos nombres de distinciones.
3. Pues, según esto, bien podremos distinguir ahora las
revelaciones en dos géneros de aprehensiones. Al uno llamaremos noticias
intelectuales, y al otro, manifestación de secretos y misterios ocultos de
Dios; y concluiremos con ellos en dos capítulos lo más brevemente que
pudiéremos, y en éste del primero.
Inicio
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En que se trata de las inteligencias de verdades desnudas en
el entendimiento; y dice cómo son en dos maneras y cómo se ha de haber el alma
acerca de ellas.
1. Para hablar propiamente de esta inteligencia de verdades
desnudas que se da al entendimiento, era necesario que Dios tomase la mano y
moviese la pluma; porque sepas, amado lector, que excede toda palabra lo que
ellas son para el alma en sí mismas. Mas, pues yo no hablo aquí de ellas de
propósito, sino sólo para industriar y encaminar el alma en ellas a la divina
unión, sufrirse ha hablar de ellas aquí corta y modificadamente cuanto baste
para el dicho intento.
2. Esta manera de visiones, o, por mejor decir, de noticias
de verdades desnudas, es muy diferente de la que acabamos de decir en el
capítulo 24, porque no es como ver las cosas corporales con el entendimiento,
pero consiste en entender y ver verdades de Dios o de las cosas que son, fueron
y serán, lo cual es muy conforme al espíritu de profecía, como por ventura se
declarará después.
3. De donde es de notar que este género de noticias se
distingue en dos maneras de ellas; porque unas acaecen al alma acerca del
Criador, otras acerca de las criaturas, como habemos dicho. Y aunque las unas y
las otras son muy sabrosas para el alma, pero el deleite que causan en ella
estas que son de Dios no hay cosa a qué le poder comparar, ni vocablos ni
términos con qué le poder decir, porque son noticias del mismo Dios y deleite
del mismo Dios; que, como dice David (Sal. 39, 6), no hay como él cosa alguna.
Porque acaecen estas noticias derechamente acerca de Dios, sintiendo
altísimamente de algún atributo de Dios, ahora de su omnipotencia, ahora de su
fortaleza, ahora de su bondad y dulzura, etc.; y todas las veces que se siente,
se pega en el alma aquello que se siente. Que, por cuanto es pura
contemplación, ve claro el alma que no hay cómo poder decir algo de ello, si no
fuese decir algunos términos generales que la abundancia del deleite y bien que
allí sintieron les hace decir a las almas por quien pasa; mas no para que en
ellos se pueda acabar de entender lo que allí el alma gustó y sintió.
4. Y así David (Sal. 18, 1011), habiendo por él pasado algo
de esto, sólo dijo (de ello) con palabras comunes y generales, diciendo:
Iudicia Domini vera, iustificata in semetipsa. Desiderabilia super aurum et
lapidem pretiosum multum, et dulciora super mel et favum; que quiere decir: Los
juicios de Dios, esto es, las virtudes y atributos que sentimos en Dios, son
verdaderos, en sí mismos justificados, más deseables que el oro y que la piedra
preciosa muy mucho, y más dulces sobre el panal y la miel. Y de Moisés leemos
(Ex. 34, 67) que en una altísima noticia que Dios le dio de sí, una vez que
pasó delante de él, sólo dijo lo que se puede decir por los dichos términos
comunes, y fue que, pasando el Señor por él en aquella noticia, se postró
Moisés muy aprisa en la tierra, diciendo: Dominator Domine Deus, misericors et
clemens, patiens et multae miserationis ac verax. Qui custodis misericordias in
millia, etc.; que quiere decir: Emperador, Señor, Dios, misericordioso y
clemente, paciente y de mucha miseración y verdadero, que guardas la
misericordia que prometes en millares. Donde se ve que, no pudiendo Moisés
declarar lo que en Dios conoció en una sola noticia, lo dijo y rebosó por todas
aquellas palabras.
Y aunque, a veces en las tales noticias, palabras se dicen,
bien ve el alma que no ha dicho nada de lo que sintió, porque ve que no hay
nombre acomodado para poder nombrar aquello. Y así san Pablo (2 Cor. 12, 4),
cuando tuvo aquella alta noticia de Dios, no curó de decir nada, sino decir que
no era lícito al hombre tratar de ello.
5. Estas noticias divinas que son acerca de Dios, nunca son
de cosas particulares, por cuanto son acerca del Sumo Principio; y, por eso, no
se pueden decir en particular, si no fuese en alguna manera alguna verdad de
cosa menos que Dios, que juntamente se echase de ver allí; mas aquéllas no, en
ninguna manera. Y estas altas noticias no las puede tener sino el alma que
llega a unión de Dios, porque ellas mismas son la misma unión; porque consiste
el tenerlas en cierto toque que se hace del alma en
6. Podría él, empero, hacer alguna apariencia de simia,
representando al alma algunas grandezas y henchimientos muy sensibles,
procurando persuadir al alma que aquello es Dios; mas no de manera que entrasen
en la sustancia del alma y la renovasen y enamorasen súbitamente, como hacen
las de Dios. Porque hay algunas noticias y toques de éstos que hace Dios en la
sustancia del alma que de tal manera la enriquecen, que no sólo basta una de
ellas para quitar al alma de una vez todas las imperfecciones que ella no había
podido quitar en toda la vida, mas la deja llena de virtudes y bienes de Dios.
7. Y le son al alma tan sabrosos y de tan íntimo deleite
estos toques, que con uno de ellos se daría por bien pagada de todos los
trabajos que en su vida hubiese padecido, aunque fuesen innumerables, y queda
tan animada y con tanto brío para padecer muchas cosas por Dios, que le es
particular pasión ver que no padece mucho.
8. Y a estas altas noticias no puede el alma llegar por
alguna comparación ni imaginación suya, porque son sobre todo eso; y así, sin
la habilidad del alma las obra Dios en ella. De donde, a veces, cuando ella
menos piensa y menos lo pretende suele Dios dar al alma estos divinos toques,
en que le causa ciertos recuerdos de Dios. Y éstos a veces se causan súbitamente
en ella sólo en acordarse de algunas cosas, y a veces harto mínimas. Y son tan
sensibles, que algunas veces no sólo al alma, sino también al cuerpo hacen
estremecer. Pero otras veces acaecen en el espíritu muy sosegado sin
estremecimiento alguno, con súbito sentimiento del deleite y refrigerio en el
espíritu.
9. Otras veces acaecen en alguna palabra que dicen u oyen
decir, ahora de la sagrada Escritura, ahora de otra cosa. Mas no siempre son de
una misma eficacia y sentimiento, porque muchas veces son harto remisos; pero,
por mucho que sean, vale más uno de estos recuerdos y toques de Dios al alma
que otras muchas noticias y consideraciones de las criaturas y obras de Dios. Y
por cuanto estas noticias se dan al alma de repente y sin albedrío de ella, no
tiene el alma que hacer en ellas en quererlas o no quererlas, sino háyase
humilde y resignadamente acerca de ellas, que Dios hará su obra cómo y cuándo
él quisiese.
10. Y en éstas no digo que se haya negativamente, como en
las demás aprehensiones, porque ellas son parte de la unión, como habemos
dicho, en que vamos encaminando al alma; por la cual la enseñamos a desnudarse
y desasirse de todas las otras. Y el medio para que Dios la haga, ha de ser
humildad y padecer por amor de Dios con resignación de toda retribución; porque
estas mercedes no se hacen al alma propietaria, por cuanto son hechas con muy
particular amor de Dios que tiene con la tal alma, porque el alma también se le
tiene a él muy desapropiado. Que esto es lo que quiso decir el Hijo de Dios por
san Juan (14, 21), cuando dijo: Qui autem diligit me, diligetur a Patre meo, et
ego diligam eum, et manifestabo ei meipsum, que quiere decir: El que me ama,
será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a mí mismo a él. En lo
cual se incluyen las noticias y toques que vamos diciendo que manifiesta Dios
al alma (que se llega a él y) de veras le ama.
11. La segunda manera de noticias o visiones de verdades
interiores es muy diferente de esta que habemos dicho, porque es de cosas más
bajas que Dios y en éstas se encierra el conocimiento de la verdad de las cosas
en sí y el de los hechos y casos que acaecen entre los hombres. Y es de manera
este conocimiento, que, cuando se le dan al alma a conocer estas verdades, de
tal manera se le asientan en el interior sin que nadie la diga nada, que,
aunque la digan otra cosa, no puede dar el consentimiento interior a ella,
aunque se quiera hacer fuerza para asentir, porque está el espíritu conociendo
otra cosa en la cosa con el espíritu que le tiene presente a aquella cosa; lo
cual es como verlo claro. Lo cual pertenece al espíritu de profecía y a la
gracia que llama san Pablo (1 Cor. 12, 10) don de discreción de espíritus. Y
aunque el alma tiene aquello que entiende por tan cierto y verdadero como
habemos dicho, y no puede dejar de tener aquel consentimiento interior pasivo,
no por eso ha de dejar de creer y dar el consentimiento de la razón a lo que le
dijere y mandare su maestro espiritual, aunque sea muy contrario a aquello que
siente, para enderezar de esta manera el alma en fe a la divina unión, a la
cual ha de caminar el alma más creyendo que entendiendo.
12. De lo uno y de lo otro tenemos testimonios claros en la
sagrada Escritura. Porque, acerca del conocimiento espiritual que se puede
tener en las cosas, dice el Sabio (Sab. 7, 1721) estas palabras: Ipse dedit
mihi horum quae sunt scientiam veram, ut sciam dispositionem orbis terrarum, et
virtutes elementorum, initium et consummationem temporum, vicissitudinum
permutationes, et consummationes temporum et morum mutationes, divisiones
temporum, et anni cursus, et stellarum dispositiones, naturas animalium et iras
bestiarum, vim ventorum, et cogitationes hominum, differentias virgultorum, et
virtutes radicum, et quaecumque sunt abscondita, et improvisa didici: omnium
enim artifex docuit me sapientia; que quiere decir: Diome Dios ciencia
verdadera de las cosas que son: que sepa la disposición de la redondez de las
tierras y las virtudes de los elementos; el principio y fin y mediación de los
tiempos; los mudamientos de las mudanzas y las consumaciones de los tiempos, y
las mudanzas de las costumbres, las divisiones de los tiempos, los cursos del
año y las disposiciones de las estrellas; las naturalezas de los animales y las
iras de las bestias, la fuerza y virtud de los vientos, y los pensamientos de
los hombres; las diferencias de las plantas y árboles y las virtudes de las
raíces, y todas las cosas que están escondidas aprendí, y las improvisas.
Porque
Y, aunque esta noticia que dice aquí el Sabio que le dio
Dios de todas las cosas fue infusa y general, por esta autoridad se prueban
suficientemente todas las noticias que particularmente infunde Dios en las
almas por vía sobrenatural cuando él quiere. No porque les dé hábito general de
ciencia, como se dio a Salomón en las cosas dichas, sino descubriéndoles a
veces algunas verdades acerca de cualesquiera de todas estas cosas que aquí
cuenta el Sabio.
Aunque verdad es que Nuestro Señor acerca de muchas cosas
infunde hábitos a muchas almas, aunque nunca tan generales como el de Salomón,
tal como aquellas diferencias de dones que cuenta san Pablo (1 Cor. 12, 810)
que reparte Dios, entre los cuales pone sabiduría, ciencia, fe, profecía,
discreción o conocimiento de espíritus, inteligencia de lenguas, declaración de
las palabras, etc. Todas las cuales noticias son hábitos infusos, que gratis
los da (Dios) a quien quiere, ahora natural, ahora sobrenaturalmente;
naturalmente, así como a Balam y otros profetas idólatras y muchas sibilas a
quien dio espíritu de profecía; y sobrenaturalmente, como a los santos Profetas
y Apóstoles y otros santos.
13. Pero, allende de estos hábitos o gracias "gratis
data", lo que decimos es que las personas perfectas o las que ya van
aprovechando en perfección, muy ordinariamente suelen tener ilustración y
noticia de las cosas presentes o ausentes; lo cual conocen por el espíritu que
tienen ya ilustrado y purgado. Acerca de lo cual podemos entender aquella
autoridad de los Proverbios (27, 19), es a saber: Quomodo in aquis resplendent
vultus prospicientium, sic corda hominum manifesta sunt prudentibus: De la
manera que en las aguas parecen los rostros de los que en ellas se miran, así
los corazones de los hombres son manifiestos a los prudentes; que se entiende
de aquellos que tienen ya sabiduría de santos, de lo cual dice la sagrada
Escritura que es prudencia (Pv. 9, 10). Y a este modo, también estos espíritus
conocen a veces en las demás cosas, aunque no siempre que ellos quieren, que
eso es sólo de los que tienen el hábito, y aun ésos no tampoco siempre en todo,
porque es como Dios quiere acudirles.
14. Pero es de saber que estos que tienen el espíritu
purgado con mucha facilidad naturalmente pueden conocer, y unos más que otros,
lo que hay en el corazón o espíritu interior, y las inclinaciones y talentos de
las personas; y esto por indicios exteriores, aunque sean muy pequeños, como
por palabras, movimientos y otras muestras. Porque, así como el demonio puede
esto, porque es espíritu, así también lo puede el espiritual, según el dicho
del Apóstol (1 Cor. 2, 15) que dice: Spiritualis autem iudicat omnia: El
espiritual todas las cosas juzga. Y otra vez (1 Cor. 2, 10) dice: Spiritus enim
omnia scrutatur, etiam profunda Dei: El espíritu todas las cosas penetra, hasta
las cosas profundas de Dios. De donde, aunque naturalmente no pueden los
espirituales conocer los pensamientos o lo que hay en el interior, por
ilustración sobrenatural o por indicios bien lo pueden entender. Y aunque en el
conocimiento por indicios muchas veces se pueden engañar, las más veces
aciertan. Mas ni de lo uno ni de lo otro hay que fiarse, porque el demonio se
entremete aquí grandemente y con mucha sutileza, como luego diremos; y así
siempre se han de renunciar las tales inteligencias (y noticias).
15. Y de que también de los hechos y casos de los hombres
puedan tener los espirituales noticia aunque estén ausentes, tenemos testimonio
y ejemplo en el cuarto de los Reyes (5, 26), donde, queriendo Giezi, siervo de
nuestro Padre Eliseo, encubrirle el dinero que había recibido de Naamán Siro,
dijo Eliseo: Nonne cor meum in praesenti erat, quando reversus est homo de
curru suo in ocursum tui?: ¿Por ventura mi corazón no estaba presente cuando
Naamán revolvió de su carro y te salió al encuentro? Lo cual acaeció
espiritualmente, viéndolo con (el) espíritu como si pasase en presencia. Y lo
mismo se prueba en el mismo libro (4 Re. 6, 1112), donde se lee también del
mismo Eliseo que, sabiendo todo lo que el rey de Siria trataba con sus
príncipes en su secreto, lo decía al rey de Israel, y así no tenían efecto sus
consejos, tanto, que viendo el rey de Siria que todo se sabía, dijo a su gente:
¿Por qué no me decís quién de vosotros me es traidor acerca del rey de Israel?
Y entonces díjole uno de sus siervos: Nequaquam, domine mi rex, sed Eliseus
propheta, qui est in Israel indicat regi Israel omnia verba quaecumque locutus
fueris in conclavi tuo: No es así, señor mío, rey, sino que Eliseo profeta, que
está en Israel, manifiesta al rey (de Israel) todas las palabras que en tu
secreto hablas.
16. La una y la otra manera de estas noticias de cosas,
también como de las otras, acaecen al alma pasivamente, sin hacer ella nada de su
parte. Porque acaecerá que, estando la persona descuidada y remota, se le
pondrá en el espíritu la inteligencia viva de lo que oye o lee, mucho más claro
que la palabra suena; y, a veces, aunque no entienda las palabras si son de
latín y no le sabe, se le representa la noticia de ellas aunque no las
entienda.
17. Acerca de los engaños que el demonio puede hacer y hace
en esta manera de noticias e inteligencias había mucho que decir, porque son
grandes los engaños y muy encubiertos que en esta manera hace, por cuanto por
sugestión puede representar al alma muchas noticias intelectuales y ponerlas
con tanto asiento, que parezca que no hay otra cosa y, si el alma no es humilde
y recelosa, sin duda la hará creer mil mentiras. Porque la sugestión hace a
veces mucha fuerza en el alma, mayormente cuando participa algo en la flaqueza
del sentido, en que hace pegar la noticia con tanta fuerza, persuasión y
asiento, que ha menester el alma entonces harta oración y fuerza para echarla
de sí. Porque a veces suele representar pecados ajenos, y conciencias malas, y
malas almas, falsamente y con mucha luz, todo por infamar y con gana de que se
descubra aquello, porque se hagan pecados, poniendo celo en el alma de que es
para que los encomiende a Dios. Que, aunque es verdad que Dios algunas veces
representa a las almas santas necesidad, es de sus prójimos, para que las
encomienden a Dios o las remedien, así como leemos que descubrió a Jeremías la
flaqueza del profeta Baruc (Jr. 45, 3) para que le diese acerca de ella doctrina,
muy muchas veces lo hace el demonio, y esto falsamente, para inducir en
infamias, y pecados, y desconsuelos, de que tenemos muy mucha experiencia. Y
otras veces pone con grande asiento otras noticias y las hace creer.
18. Todas estas noticias, ahora sean de Dios, ahora no, muy
poco pueden servir al provecho del alma para ir a Dios si el alma se quisiese
asir a ellas; antes, si no tuviese cuidado de negarlas en sí, no sólo la
estorbarían, sino aun la dañarían harto y harían errar mucho; porque todos los peligros
e inconvenientes que habemos dicho que puede haber en las aprehensiones
sobrenaturales que habemos tratado hasta aquí y más puede haber en éstas. Por
tanto, no me alargaré más aquí en esto, pues en las pasadas habemos dado
doctrina bastante, sino sólo diré que haya gran cuidado en negarlas siempre,
queriendo caminar a Dios por el no saber; y siempre dé cuenta a su confesor (o
maestro) espiritual, estando siempre a lo que dijere. El cual muy de paso haga
pasar al alma por ello, no haciéndole cuerpo de nada para su camino de unión;
pues de estas cosas que pasivamente se dan al alma siempre se queda en ella el
efecto que Dios quiere, sin que el alma ponga su diligencia en ello. Y así, no
me parece hay para qué decir aquí el efecto que hacen las verdaderas ni el que
hacen las falsas, porque sería cansar y no acabar; porque los efectos de éstas
no se pueden comprehender debajo de corta doctrina; por cuanto, como estas
noticias son muchas y muy varias, también lo son los efectos, pues que las
buenas los hacen buenos, y las malas, malos, etc. (En decir que todas se
nieguen, queda dicho lo que basta para no errar).
Inicio
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En que se trata del segundo género de revelaciones, que es
descubrimiento de secretos (y misterios) ocultos. Dice la manera en que pueden
servir para la unión de Dios y en qué estorbar, y cómo el demonio puede engañar
mucho en esta parte.
1. El segundo género de revelaciones decíamos que eran
manifestación de secretos y misterios ocultos. Este puede ser en dos maneras:
La primera, acerca de lo que es Dios en sí, y en ésta se
incluye la revelación del misterio de
La segunda es acerca de lo que es Dios en sus obras, y en
ésta se incluyen los demás artículos de nuestra fe católica y las proposiciones
que explícitamente acerca de ellas puede haber de verdades. En las cuales se
incluyen y encierran mucho número de las revelaciones de los profetas, de
promesas y amenazas de Dios, y otras cosas que habían y han de acaecer acerca
de este negocio de fe.
Podemos también en esta segunda manera incluir otras muchas
cosas particulares que Dios ordinariamente revela, así acerca del universo en
general, como también en particular acerca de reinos, provincias y estados y
familias y personas particulares.
De lo cual tenemos en las Divinas Letras ejemplos en
abundancia, así de lo uno como de lo otro, mayormente en todos los Profetas en
los cuales se hallan revelaciones de todas estas maneras. Que, por ser cosa
clara y llana, no quiero gastar tiempo en alegarlos aquí, sino decir que estas
revelaciones no sólo acaecen de palabra, porque las hace Dios de muchos modos y
maneras: a veces con palabras solas, a veces por señales solas y figuras e
imágenes y semejanzas solas, a veces juntamente con lo uno y con lo otro, como
también es de ver en los Profetas, particularmente en todo el Apocalipsis,
donde no solamente se hallan todos los géneros de revelaciones que habemos
dicho, mas también los modos y maneras que aquí decimos.
2. De estas revelaciones que se incluyen en la segunda
manera, todavía las hace Dios en este tiempo a quien quiere. Porque suele
revelar a algunas personas los días que han de vivir, o los trabajos que han de
tener, o lo que ha de pasar por tal o tal persona, o por tal o tal reino, etc.
Y aun acerca de los misterios de nuestra fe, descubrir y declarar al espíritu
las verdades de ellos; aunque esto no se llama propiamente revelación, por cuanto
ya está revelado, antes es manifestación o declaración de lo ya revelado.
3. Acerca de este género de revelaciones, puede el demonio
mucho meter la mano, porque, como las revelaciones de este género
ordinariamente son por palabras, figuras y semejanzas, etc., puede el demonio
muy bien fingir otro tanto, mucho más que cuando las revelaciones (no) son en
espíritu sólo. Y, por tanto, si acerca de la primera manera y la segunda que
aquí decimos, en cuanto (a) lo que toca a nuestra fe, se nos revelase algo de nuevo
o cosa diferente, en ninguna manera habemos de dar el consentimiento, aunque
tuviésemos evidencia que aquel que lo decía era un ángel del cielo; porque así
lo dice san Pablo (Gl. 1, 8), diciendo: Licet nos, aut angelus de caelo
evangelizet vobis praeterquam quod evangelizavimus vobis, anathema sit; que
quiere decir: Aunque nosotros o un ángel del cielo os declare o predique otra
cosa fuera de la que os habemos predicado, sea anatema.
4. De donde, por cuanto no hay más artículos que revelar
acerca de la sustancia de nuestra fe que los que ya están revelados a
5. Y en esto se mire mucho; porque, aunque fuese verdad que
no hubiese peligro del dicho engaño, conviene al alma mucho no querer entender
cosas claras acerca de la fe para conservar puro y entero el mérito de ella y
también para venir en esta noche del entendimiento a la divina luz de la divina
unión. E importa tanto esto de allegarse los ojos cerrados a las profecías
pasadas en cualquiera nueva revelación, que, con haber el apóstol san Pedro
visto la gloria del Hijo de Dios en alguna manera en el monte Tabor, con todo,
dijo en su canónica (2 Pe. 1, 19) estas palabras: Et habemus firmiorem
propheticum sermonem: cui benefacitis attendentes, etc.; lo cual es como si
dijera: Aunque es verdad la visión que vimos de Cristo en el monte, más firme y
cierta es la palabra de la profecía que nos es revelada, a la cual arrimando
vuestra alma, hacéis bien.
6. Y si es verdad (que) por las causas ya dichas (es
conveniente) cerrar los ojos a las ya dichas revelaciones que acaecen acerca de
las proposiciones de la fe, ¿cuánto más necesario será no admitir ni dar
crédito a las demás revelaciones que son de cosas diferentes, en las cuales
ordinariamente mete el demonio la mano tanto, que tengo por imposible que deje
de ser engañado en muchas de ellas el que no procurase desecharlas, según la
apariencia de verdad y asiento que el demonio mete en ellas? Porque junta
tantas apariencias y conveniencias para que se crean, y las asienta tan
fijamente en el sentido y la imaginación, que le parece a la persona que sin
duda acaecerá así. Y de tal manera hace asentar y aferrar en ello al alma, que
si ella no tiene humildad, apenas la sacarán de ello y la harán creer lo
contrario. Por tanto, el alma pura, cauta, y sencilla y humilde, con tanta
fuerza y cuidado ha de resistir (y desechar) las revelaciones y otras visiones,
como las muy peligrosas tentaciones; porque no hay necesidad de quererlas, sino
de no quererlas para ir a la unión de amor. Que eso es lo que quiso decir
Salomón (Ecli. 7, 1) cuando dijo: ¿Qué necesidad tiene el hombre de querer y
buscar las cosas que son sobre su capacidad natural? Como si dijéramos: Ninguna
necesidad tiene para ser perfecto de querer cosas sobrenaturales por vía
sobrenatural, que es sobre su capacidad.
7. Y porque a las objeciones que contra esto se pueden poner
está ya respondido en el capítulo 19 y 20 de este libro, remitiéndome a ellos,
sólo digo que de todas ellas se guarde el alma para caminar pura y sin error en
la noche de la fe a la unión.
Inicio
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En que se trata de las locuciones (interiores) que
sobrenaturalmente pueden acaecer al espíritu. Dice en cuántas maneras sean.
1. Siempre ha menester acordarse el discreto lector del
intento y fin que en este libro llevo, que es encaminar al alma por todas las
aprehensiones de ella, naturales y sobrenaturales, sin engaño ni embarazo en la
pureza de la fe, a la divina unión con Dios. Para que así entienda cómo, aunque
acerca de las aprehensiones del alma y doctrina que voy tratando no doy tan
abundante doctrina ni desmenuzo tanto la materia y divisiones como por ventura
requiere el entendimiento, no quedo corto en esta parte. Pues acerca de todo
ello entiendo se dan bastantes avisos, luz y documentos para saberse haber
prudentemente en todas las cosas del alma, exteriores e interiores, para pasar
adelante.
Y ésta es la causa por qué con tanta brevedad he concluido
con las aprehensiones de profecías, así como en las demás he hecho, habiendo
mucho más que decir en cada una según las diferencias y modos y maneras que en
cada una suele haber, que entiendo no se podrían acabar de saber; contentándome
con que, a mi ver, queda dicha la sustancia y la doctrina y cautela que
conviene para ello y para todo lo a ello semejante que pudiese acaecer en el
alma.
2. Lo mismo haré ahora acerca de la tercera manera de
aprehensiones, que decíamos eran locuciones sobrenaturales, que sin medio de
algún sentido corporal se suelen hacer en los espíritus de los espirituales,
las cuales, aunque son en tantas maneras, hallo que se pueden reducir todas a
estas tres, conviene a saber: palabras sucesivas, formales y sustanciales.
Sucesivas llamo ciertas palabras distintas y formales que el
espíritu recibe, no de sí, sino de tercera persona, a veces estando recogido, a
veces no lo estando.
Palabras sustanciales son otras palabras que también
formalmente se hacen al espíritu, a veces estando recogido, a veces no, las cuales
en la sustancia del alma hacen y causan aquella sustancia y virtud que ellas
significan. De todas las cuales iremos aquí tratando por su orden.
Inicio
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En que se trata del primer género de palabras que algunas
veces el espíritu recogido forma en sí. Dícese la causa de ellas y el provecho
y daño que puede haber en ellas.
1. Estas palabras sucesivas siempre que acaecen es cuando
está el espíritu recogido y embebido en alguna consideración muy atento. Y, en
aquella misma materia que piensa, él mismo va discurriendo de uno en otro y
formando palabras y razones muy a propósito con tanta facilidad y distinción, y
tales cosas no sabidas de él va razonando y descubriendo acerca de aquello, que
le parece que no es él el que hace aquello, sino que otra persona interiormente
lo va razonando, o respondiendo, o enseñando.
Y, a la verdad, hay gran causa para pensar esto, porque él mismo
se razona y se responde consigo, como si fuese una persona con otra. Y, a la
verdad, en alguna manera es así, que, aunque el mismo espíritu es el que
aquello hace como instrumento, el Espíritu Santo le ayuda muchas veces a
producir y formar aquellos conceptos, palabras y razones verdaderas. Y así, se
las habla, como si fuese tercera persona, a sí mismo. Porque como entonces el
entendimiento está recogido y unido con la verdad de aquello que piensa, y el
Espíritu Divino también está unido con él en aquella verdad, como lo está
siempre en toda verdad, de aquí es que, comunicando el entendimiento en esta
manera con el Espíritu Divino mediante aquella verdad, juntamente las demás
verdades que son acerca de aquella que pensaba, abriéndole puerta y yéndole dando
luz el Espíritu Santo enseñador. Porque ésta es una manera de las que enseña el
Espíritu Santo.
2. Y de esta manera, alumbrado y enseñado de este Maestro el
entendimiento, entendiendo aquellas verdades, juntamente va formando aquellos
dichos él de suyo, sobre las verdades que de otra parte se le comunican. De
manera que podemos decir que la voz es de Jacob y las manos son de Esaú (Gn.
27, 22). Y no podrá acabar de creer el que lo tiene que es así, sino que los
dichos y palabras son de tercera persona; (porque no sabe con la facilidad que
puede el entendimiento formar palabras para sí de tercera persona) sobre
conceptos y verdades que se le comunican también de tercera persona.
3. Y, aunque es verdad que en aquella comunicación e
ilustración del entendimiento en ella de suyo no hay engaño, pero puédelo haber
y haylo muchas veces en las formales palabras y razones que sobre ello forma el
entendimiento; que, por cuanto aquella luz a veces que se le da es muy sutil y
espiritual, de manera que el entendimiento (no) alcanza a informarse bien en
ella, y él es el que, como decimos, forma las razones de suyo, de aquí es que
muchas veces las forma falsas, otras verisímiles o defectuosas. Que, como ya
comenzó a tomar hilo de la verdad al principio, y luego pone de suyo la
habilidad o rudeza de su bajo entendimiento, es fácil cosa ir variando conforme
su capacidad; y todo en, este modo, como que habla tercera persona.
4. Yo conocí una persona que, teniendo estas locuciones
sucesivas, entre algunas harto verdaderas y sustanciales que formaba del
Santísimo Sacramento de
5. Y allende de esto, la gana que tienen de aquello y la
afición que de ello tienen en el espíritu, hace que ellos mismos se lo
respondan y piensen que Dios se lo responde y se lo dice. De donde vienen a dar
en grandes desatinos si no tienen en esto mucho freno y el que gobierna estas
almas no las impone en la negación de estas maneras de discursos. Porque en
ellos más bachillería suelen sacar e impureza de alma que humildad y
mortificación de espíritu, pensando que ya fue gran cosa y que habló Dios; y no
habrá sido poco más que nada, o nada, o menos que nada. Porque lo que no
engendra humildad, y caridad, y mortificación, y santa simplicidad, y silencio,
etcétera, ¿qué puede ser? Digo, pues, que esto puede estorbar mucho para ir a
la divina unión, porque aparta mucho al alma, si hace caso de ello, del abismo
de la fe, en que el entendimiento ha de estar oscuro, y oscuro ha de ir por
amor en fe y no por mucha razón.
6. Y si me dijeres que ¿por qué se ha de privar el
entendimiento de aquellas verdades, pues alumbra en ellas el Espíritu de Dios
al entendimiento, y así no puede ser malo?, digo que el Espíritu Santo alumbra
al entendimiento recogido, y que le alumbra al modo de su recogimiento y que el
entendimiento no puede hallar otro mayor recogimiento que en fe; y así no le
alumbrará el Espíritu Santo en otra cosa más que en fe; porque cuanto más pura
y esmerada está el alma en fe, más tiene de caridad infusa de Dios; y cuanto
más caridad tiene, tanto más la alumbra y comunica los dones del Espíritu
Santo, porque la caridad es la causa y el medio por donde se les comunica.
Y, aunque es verdad que en aquella ilustración de verdades
comunica al alma él alguna luz, pero es tan diferente la que es en fe, sin
entender claro, de ésta cuanto a la calidad, como lo es el oro subidísimo del
muy bajo metal; y cuanto a la cantidad, como excede la mar a una gota de agua.
Porque en la una manera se le comunica sabiduría de una, o dos, o tres
verdades, etc., y en la otra se le comunica toda
7. Y si me dijeres que todo será bueno, que no impide lo uno
a lo otro, digo que impide mucho si el alma hace caso de ello, porque ya es
ocuparse en cosas claras y de poco tomo, que bastan para impedir la
comunicación del abismo de la fe, en la cual sobrenatural y secretamente enseña
Dios al alma y la levanta en virtudes y dones como ella no sabe.
Y el provecho que aquella comunicación sucesiva ha de hacer
no ha de ser poniendo el entendimiento de propósito en ella, porque antes iría
de esta manera desviándola de sí, según aquello que dice
8. Pero hay algunos entendimientos tan vivos y sutiles que,
en estando recogidos en alguna consideración, naturalmente con gran facilidad,
discurriendo en conceptos, los van formando en las dichas palabras y razones
muy vivas, y piensan, ni más ni menos, que son de Dios, y no es sino el
entendimiento, que con la lumbre natural, estando algo libre de la operación de
los sentidos, sin otra alguna ayuda sobrenatural puede eso y más. Y de esto hay
mucho; y se engañan muchos pensando que es mucha oración y comunicación de Dios
y, por eso, o lo escriben o hacen escribir. Y acaecerá que no será nada ni
tenga sustancia de alguna virtud y que no sirva más de para envanecerse con
esto.
9. Estos aprendan a no hacer caso sino en fundar la voluntad
en (fortaleza de) amor humilde, y obrar de veras, y padecer imitando al Hijo de
Dios en su vida y mortificaciones; que éste es el camino para venir a todo bien
espiritual, y no muchos discursos interiores.
10. También en este género de palabras interiores sucesivas
mete mucho el demonio la mano, mayormente en aquellos que tienen alguna
inclinación o afición a ellas porque, al tiempo que ellos se comienzan a
recoger, suele el demonio ofrecerles harta materia de digresiones, formándole
al entendimiento los conceptos palabras por sugestión, y le va precipitando y
engañando sutilísimamente con cosas verisímiles. Y ésta es una de las maneras
con que se comunica con los que tienen hecho algún pacto con él, tácito o
expreso, y como se comunica con algunos herejes, mayormente con algunos
heresiarcas, informándolos el entendimiento con conceptos y razones muy
sutiles, falsas y erróneas.
11. De lo dicho queda entendido que estas locuciones
sucesivas pueden proceder en el entendimiento de tres causas, conviene a saber:
del Espíritu Divino, que mueve y alumbra al entendimiento, y de la lumbre
natural del mismo entendimiento, y del demonio, que le puede hablar por
sugestión.
Y decir ahora las señales e indicios para conocer cuándo
proceden de una causa y cuándo de otra, sería algo dificultoso dar de ello
enteras muestras e indicios; aunque bien se pueden dar algunos generales, y son
éstos:
Cuando en las palabras y conceptos juntamente el alma va
amando y sintiendo amor con humildad y reverencia de Dios, es señal que anda
por allí el Espíritu Santo, el cual, siempre que hace algunas mercedes, las
hace envueltas en esto.
Cuando procede de la viveza y lumbre solamente del
entendimiento, el entendimiento es el que lo hace allí todo, sin aquella
operación de virtudes, aunque la voluntad puede naturalmente amar en el
conocimiento y luz de aquellas verdades, y, después de pasada la meditación,
queda la voluntad seca, aunque no inclinada a vanidad ni a mal si el demonio de
nuevo sobre aquello no la tentase. Lo cual no acaece en las que fueron de buen
espíritu, porque después la voluntad queda ordinariamente aficionada a Dios e
inclinada a bien, puesto que algunas veces después acaecerá quedar la voluntad
seca, aunque la comunicación haya sido de buen espíritu, ordenándolo así Dios
por algunas causas útiles para el alma; y otras veces no sentirá el alma mucho
las operaciones o movimientos de aquellas virtudes, y será bueno lo que tuvo.
Que por eso digo que es dificultosa de conocer algunas veces la diferencia que
hay de unas a otras, por los varios efectos que en veces hacen; pero estos ya
dichos son los comunes, aunque a veces en más, a veces en menos abundancia.
Aun las que son del demonio, a veces son dificultosas de
entender y conocer, porque aunque es verdad que ordinariamente dejan la
voluntad seca acerca del amor de Dios y el ánimo inclinado a vanidad,
estimación o complacencia, todavía pone algunas veces en el ánimo una falsa
humildad y afición hervorosa de voluntad fundada en amor propio, que a veces es
menester que la persona sea harto espiritual para que lo entienda. Y esto hace
el demonio por mejor encubrir(se), el cual sabe muy bien algunas veces hacer
derramar lágrimas sobre los sentimientos que él pone, para ir poniendo en el
alma las aficiones que él quiere. Pero siempre les procura mover la voluntad a
que estimen aquellas comunicaciones interiores, y que hagan mucho caso de
ellas, porque se den a ellas y ocupen el alma en lo que no es virtud, sino
ocasión de perder la que hubiese.
12. Quedemos, pues, en esta necesaria cautela, así en las
unas como en las otras, para no ser engañados ni embarazados con ellas: que no
hagamos caudal de nada de ellas, sino sólo de saber enderezar la voluntad con
fortaleza a Dios, obrando con perfección su ley y sus santos consejos, que es
la sabiduría de los Santos, contentándonos de saber los misterios y verdades
con la sencillez y verdad que nos les propone
Inicio
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En que trata de las palabras interiores que formalmente se
hacen al espíritu por vía sobrenatural. Avisa el daño que pueden hacer y la
cautela necesaria para no ser engañados en ellas.
1. El segundo género de palabras interiores son palabras
formales que algunas veces se hacen al espíritu por vía sobrenatural sin medio
de algún sentido, ahora estando el espíritu recogido, ahora no. Y llámolas
"formales" porque formalmente al espíritu se las dice tercera
persona, sin poner él nada en ello. Y por eso son muy diferentes que las que
acabamos de decir; porque no solamente tienen la diferencia en que se hacen sin
que el espíritu ponga de su parte algo en ellas, como hace en las otras, pero,
como digo, acaécenle a veces sin estar recogidos, sino muy fuera de aquello que
se le dice; lo cual no es así en las primeras sucesivas, porque siempre son
acerca de lo que estaba considerando.
2. Estas palabras, a veces, son muy formadas, a veces no
tanto; porque muchas veces son como conceptos en que se le dice algo, ahora
respondiendo, ahora en otra manera hablándole al espíritu. Estas, a veces, son
una palabra, a veces dos o más; a veces son sucesivas, como las pasadas, porque
suelen durar, enseñando o tratando algo con el alma, y todas sin que ponga nada
de suyo el espíritu, porque son todas como cuando habla una persona con otra.
Como leemos haberle acaecido a Daniel (9, 22), que dice hablaba el ángel en él,
lo cual era formal y sucesivamente razonando en su espíritu y enseñándole,
según allí también dice el ángel, diciendo que había venido para enseñarle.
3. Estas palabras, cuando no son más que formales, el efecto
que hacen en el alma no es mucho; porque, ordinariamente, sólo son para enseñar
o dar luz en alguna cosa; y para hacer este efecto no es menester que hagan
otro más eficaz que el fin que ellas traen. Y éste, cuando son de Dios, siempre
le obran en el alma, porque ponen al alma pronta y clara en aquello que se le
manda o enseña, puesto que algunas veces no quitan al alma la repugnancia y
dificultad, antes se la suelen poner mayor; lo cual hace Dios para mayor
enseñanza, humildad y bien del alma. Y esta repugnancia más ordinariamente se
la deja cuando le manda cosas de mayoría o cosas en que puede haber alguna
excelencia para el alma; y en las cosas de humildad y bajeza les pone más
facilidad y prontitud. Y así leemos en el Exodo (c. 34) que, cuando mandó Dios
a Moisés que fuese a Faraón y librase al pueblo, tuvo tanta repugnancia, que
fue menester mandárselo tres veces y mostrarle señales, y, con todo eso, no
aprovechaba, hasta que Dios le dio por compañero a Aarón, que llevase parte de
la honra.
4. Al contrario acaece cuando las palabras y comunicaciones
son del demonio, que en las cosas de más valer pone facilidad y prontitud, y en
las bajas, repugnancia. Que, cierto, aborrece Dios tanto el ver las almas
inclinadas a mayorías, que aún cuando él se lo manda y las pone en ellas no
quiere que tengan prontitud que comúnmente pone Dios en estas palabras formales
al alma, son diferentes de esotras sucesivas, que no mueven tanto al espíritu
como éstas, ni le ponen tanta prontitud, por ser éstas (más) formales y en que
menos se entremete el entendimiento de suyo. Aunque no quita que algunas veces
hagan más efecto algunas sucesivas, por la gran comunicación que a veces hay
del Divino Espíritu con el humano; mas el modo es en mucha diferencia. En estas
palabras formales no tiene el alma que dudar si las dice ella, porque bien se
ve que no, mayormente cuando ella no estaba en lo que se le dijo; y si lo
estaba, siente muy clara y distintamente que aquella viene de otra parte.
5. De todas estas palabras formales tan poco caso ha de hacer
el alma como de las otras sucesivas; porque, demás de que ocuparía el espíritu
de lo que no es legítimo y próximo medio para la unión de Dios, que es la fe,
podría facilísimamente ser engañada del demonio; porque, a veces, apenas se
conocerán cuáles sean dichas por buen espíritu y cuáles por malo. Que como
éstas no hacen mucho efecto, apenas se pueden distinguir por los efectos,
porque aun a veces las del demonio ponen más eficacia en los imperfectos que
esotras de buen espíritu en los espirituales. No se ha de hacer lo que ellas
dijeren, ni hacer caso de ellas, sean de bueno o mal espíritu; pero se han de
manifestar al confesor maduro o a persona discreta y sabia, para que dé
doctrina y vea lo que conviene en ello y dé su consejo, y se haya en ellas resignada
y negativamente. Y si no fuere hallada la tal persona experta, más vale, no
haciendo caso de las tales palabras, no dar parte a nadie, porque fácilmente
encontrará con algunas personas que antes le destruyan el alma que la
edifiquen. Porque las almas no las ha de tratar cualquiera, pues es cosa de
tanta importancia errar o acertar en tan grave negocio.
6. Y adviértase mucho en que el alma jamás dé su parecer, ni
haga cosa ni la admita, de lo que aquellas palabras le dicen sin mucho acuerdo
y consejo ajeno. Porque en esta materia acaecen engaños sutiles y extraños;
tanto, que tengo para mí que el alma que no fuere enemiga de tener las tales
cosas, no podrá dejar de ser engañada en muchas de ellas (o en poco o en
mucho).
7. Y porque de estos engaños y peligros y de la cautela para
ellos está tratado de propósito en el capítulo 17, 18, 19 y 20 de este libro, a
los cuales me remito, no me alargo más aquí. Sólo digo que la principal
doctrina es no hacer caso de ello en nada.
Inicio
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En que se trata de las palabras sustanciales que
interiormente se hacen al espíritu. Dícese la diferencia que hay de ellas a las
formales, el provecho que hay en ellas y la resignación y respecto que el alma
debe tener en ellas.
1. El tercer género de palabras interiores decíamos que eran
palabras sustanciales, las cuales, aunque también son formales, por cuanto muy
formalmente se imprimen en el alma, difieren, empero, en que la palabra
sustancial hace efecto vivo y sustancial en el alma, y la solamente formal no
así. De manera que, aunque es verdad que toda palabra sustancial es formal, no
por eso toda palabra formal es sustancial, sino solamente aquella que, como
arriba dijimos, imprime sustancialmente en el alma aquello que ella significa.
Tal como si nuestro Señor dijese formalmente al alma: "Sé buena",
luego sustancialmente sería buena; o si la dijese: "Amame", luego
tendría y sentiría en sí sustancia de amor de Dios; o si, temiendo mucho, la
dijese: "No temas", luego sentiría gran fortaleza y tranquilidad.
Porque el dicho de Dios y su palabra, como dice el Sabio (Ecli. 8, 4), es llena
de potestad; y así hace sustancialmente en el alma aquello que le dice. Porque
esto es lo que quiso decir David (Sal. 67, 34) cuando dijo: Catad, que él dará
a su voz, voz de virtud. Y así lo hizo con Abraham, que, en diciendo que le
dijo: Anda en mi presencia y sé perfecto (Gn. 17, 1), luego fue perfecto y
anduvo siempre acatando a Dios. Y éste es el poder de su palabra en el
Evangelio, con que sanaba los enfermos, resucitaba los muertos, etc., solamente
con decirlo. Y a este talle hace locuciones a algunas almas, sustanciales. Y
son de tanto momento y precio, que le son al alma vida y virtud y bien
incomparable, porque la hace más bien una palabra de éstas que cuanto el alma
ha hecho toda su vida.
2. Acerca de éstas, ni tiene el alma qué hacer (ni qué
querer, ni qué no querer, ni qué desechar, ni qué temer.
No tiene qué hacer) en obrar lo que ellas dicen, porque
estas palabras sustanciales que se las dice Dios para que ella las ponga por
obra, sino para obrarlas en ella; lo cual es diferente en las formales y
sucesivas.
Y digo que no tiene qué querer ni no querer, porque ni es
menester su querer para que Dios las obre, ni bastan con no querer para que
dejen de hacer el dicho efecto; sino háyase con resignación y humildad en
ellas.
No tiene qué desechar, porque el efecto de ellas queda
sustanciado en el alma y lleno del bien de Dios, al cual, como le recibe
pasivamente, su acción es menos en todo.
Ni tiene que temer algún engaño, porque ni el entendimiento
ni el demonio pueden entrometerse en esto ni llegar a hacer pasivamente efecto
sustancial en el alma, de manera que la imprima el efecto y hábitos de su
palabra, si no fuese que el alma estuviese dada a él por pacto voluntario y,
morando en ella como señor de ella, le imprimiese los tales efectos, no de
bien, sino de malicia. (Que, por cuanto aquella alma estaba ya unida en
nequicia voluntaria, podría fácilmente el demonio imprimirle los efectos de los
dichos, y palabras en malicia). Porque, aun por experiencia, vemos que aun a
las almas buenas en muchas cosas les hace harta fuerza por sugestión, poniéndoles
grande eficacia en ellas; que, si fuesen malas, las podría consumar en ellas.
Mas los efectos verisímiles a estos buenos no los puede imprimir, porque no hay
comparación de palabras de Dios. Todas son como si no fuesen, puestas con
ellas; ni su efecto es nada, puesto con el de ellas. Que, por eso, dice Dios
por Jeremías (23, 2829): ¿Qué tienen que ver las pajas con el trigo? ¿Por
ventura mis palabras no son como fuego y como martillo que quebranta las peñas?
Y así, estas palabras sustanciales sirven mucho para la unión del alma con
Dios, y cuanto más interiores, más sustanciales (son) y más aprovechan.
¡Dichosa el alma a quien Dios las hablare! Habla, Señor, que tu siervo oye (1
Sm. 3, 10).
Inicio
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En que se trata de las aprehensiones que recibe el
entendimiento de los sentimientos interiores que sobrenaturalmente se hacen el
alma. Dice la causa de ellos y en qué manera se ha de haber el alma para no
impedir el camino de la unión de Dios en ellas.
1. Síguese ahora tratar del cuarto y último género de
aprehensiones intelectuales, que decíamos podían caer en el entendimiento de
parte de los sentimientos espirituales que muchas veces sobrenaturalmente se
hacen al alma del espiritual, los cuales contamos entre las aprehensiones
distintas del entendimiento.
2. Estos sentimientos espirituales distintos pueden caer en
dos maneras. La primera, son sentimientos en el afecto de la voluntad; la segunda,
son sentimientos en la sustancia del alma. Los unos y los otros pueden ser de
muchas maneras.
Los de la voluntad, cuando son de Dios, son muy subidos; mas
los que son de la sustancia del alma son altísimos y de gran bien y provecho.
Los cuales ni el alma ni quien la trata pueden saber ni entender la causa de
donde proceden, ni por qué obras Dios los haga.
Estas mercedes, porque no dependen de obras que el alma haga
ni de consideraciones que tenga, aunque estas cosas son buena disposición para
ellas, dalo Dios a quien quiere y por lo que él quiere; porque acaecerá que una
persona se habrá ejercitado en muchas obras, y no la dará estos toques; y otra
en muchas menos, y se los dará subidísimos y en mucha abundancia. Y así, no es
menester que el alma esté actualmente empleada y ocupada en cosas espirituales,
aunque estarlo es mucho mejor para tenerlos, para que Dios dé los toques de
donde el alma tiene los dichos sentimientos, porque las más veces está harto
descuidada de ellos. De estos toques, unos son distintos y que pasan presto;
otros no son tan distintos y duran más.
3. Estos sentimientos, en cuanto son sentimientos solamente,
no pertenecen al entendimiento, sino a la voluntad; y así no trato de propósito
aquí de ellos, hasta que tratemos de la noche y purgación de la voluntad en sus
aficiones, que será en el libro 3º que se sigue. Pero, porque muchas y las más
veces, de ellos redunda en el entendimiento aprehensión y noticia e
inteligencia, convenía hacer aquí mención de ellos sólo para este fin. Por
tanto, es de saber que de estos sentimientos -así de los de la voluntad como de
los que son en la sustancia del alma, ahora sean los toques de Dios que los
causan repentinos, ahora sean durables y sucesivos- muchas veces, como digo,
redunda en el entendimiento aprehensión de noticia o inteligencia, la cual
suele ser un subidísimo sentir de Dios y sabrosísimo en el entendimiento; al
cual no se puede poner nombre tampoco, como al sentimiento de donde redunda. Y
estas noticias a veces son en una manera, a veces en otra; a veces más subidas
y claras, a veces menos, y menos claras, según lo son también los toques que
Dios hace, que causan los sentimientos de donde ellas proceden, y según la
propiedad de ellos.
4. Para (dar) cautela y encaminar al entendimiento por estas
noticias en fe a la unión con Dios, no es menester aquí gastar mucho almacén;
porque, como quiera que los sentimientos que habemos dicho se hagan pasivamente
en el alma, sin que ella haga algo de su parte efectivamente para recibirlos,
así también las noticias de ellos se reciben pasivamente en el entendimiento
que llaman los filósofos posible, sin que él haga nada de su parte. De donde,
para no errar en ellos ni impedir su provecho, él tampoco ha de hacer nada en
ellos, sino haberse pasivamente acerca de ellos, sin entrometer su capacidad
natural. Porque, como habemos dicho que acaece en las palabras sucesivas,
facilísimamente con su actividad turbará y deshará aquellas noticias delicadas,
que son una sabrosa inteligencia sobrenatural a que no llega el natural ni la
puede comprehender haciendo, sino recibiendo.
Y así, no ha de procurarlas ni tener gana de admitirlas,
porque el entendimiento no vaya de suyo formando otras, ni el demonio tenga
entrada con otras varias y falsas; lo cual puede él muy bien hacer por medio de
los dichos sentimientos o los que él de suyo puede poner en el alma que se da a
estas noticias. Háyase resignada, humilde y pasivamente en ellas: que, pues
pasivamente las recibe de Dios, él se las comunicará cuando él fuere servido, viéndola
humilde y desapropiada. Y de esta manera no impedirá en sí el provecho que
estas noticias hacen para la divina unión (que es grande, porque todos estos
toques son de unión), la cual pasivamente se hace en el alma.
5. Lo dicho basta acerca de esto, porque, cualquiera cosa
que al alma acaezca acerca del entendimiento, se hallará la cautela y doctrina
para ella en las divisiones ya dichas. Y, aunque parezca diferente y que en
ninguna manera se comprehende, ninguna inteligencia hay que no se pueda reducir
a una de ellas y sacarse doctrina para ellas.
Inicio
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LIBRO TERCERO
[San Juan de
ÍNDICE
DE
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En que se trata de la purgación de la noche activa de la
memoria y voluntad. Dase doctrina cómo se ha de haber el alma acerca de las
aprehensiones de estas dos potencias para venir a unirse con Dios, según las
dichas dos potencias, en perfecta esperanza y caridad.
1. Instruida ya la primera potencia del alma, que es el
entendimiento, por todas sus aprehensiones en la primera virtud teológica, que
es la fe, para que según esta potencia se pueda unir el alma con Dios por medio
de pureza de fe, resta ahora hacer lo mismo acerca de las otras dos potencias
del alma, que son memoria y voluntad, purificándolas también acerca de sus
aprehensiones, para que, según estas dos potencias, el alma se venga a unir con
Dios en perfecta esperanza y caridad, lo cual se hará brevemente en este 3º
libro. Porque habiendo concluido con el entendimiento, que es el receptáculo de
todos los demás objetos en su manera, en lo cual está andado mucho camino para
lo demás, no es necesario alargarnos tanto acerca de estas potencias; porque no
es posible que, si el espiritual instruyere bien al entendimiento en fe según
la doctrina que se le ha dado, no instruya también de camino a las otras dos
potencias en las otras dos virtudes, pues las operaciones de las unas dependen
de las otras.
2. Pero porque, para cumplir con el estilo que se lleva y
también para que mejor se entienda, es necesario hablar en la propia y
determinada materia, habremos aquí de poner las propias aprehensiones de cada
potencia, y primero de las de la memoria, haciendo de ellas aquí la distinción
que basta para nuestro propósito. La cual podremos sacar de la distinción de sus
objetos que son tres: naturales, imaginarios y espirituales; según los cuales,
también son en tres maneras las noticias de la memoria, es a saber: naturales y
sobrenaturales e imaginarias espirituales.
3. De las cuales, mediante el favor divino, iremos aquí
tratando, comenzando de las noticias naturales, que son de objeto más exterior.
Y luego se tratará de las aficiones de la voluntad, con que se concluirá este
libro tercero de la noche activa espiritual.
Inicio
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En que trata de las aprehensiones naturales de la memoria, y
se dice cómo se ha de vaciar de ellas para que el alma se pueda unir con Dios
según esta potencia.
1. Necesario le es al lector advertir en cada libro de éstos
al propósito que vamos hablando, porque, si no, podránle nacer muchas dudas
acerca de lo que fuere leyendo, como ahora las podría tener en lo que habemos
dicho del entendimiento y ahora diremos de la memoria, y después diremos de la
voluntad. Porque, viendo cómo aniquilamos (las potencias acerca de sus
operaciones, quizá la parecerá que antes destruimos) el camino del ejercicio
espiritual que le edificamos; lo cual sería verdad si quisiésemos instruir aquí
no más que a principiantes, a los cuales conviene disponerse por esas
aprehensiones discursivas y aprehensibles.
2. Pero, porque aquí vamos dando doctrina para pasar
adelante en contemplación a unión de Dios (para lo cual todos esos medios y
ejercicios sensitivos de potencias han de quedar atrás y en silencio, para que
Dios de suyo obre en el alma la divina unión) conviene ir por este estilo
desembarazando y vaciando y haciendo negar a las potencias su jurisdicción
natural y operaciones, para que se dé lugar a que sean infundidas e ilustradas
de lo sobrenatural, pues su capacidad no puede llegar a negocio tan alto, antes
estorban, si no se pierde de vista.
3. Y así, siendo verdad, como lo es, que a Dios el alma antes
le ha de ir conociendo por lo que no es que por lo que es, de necesidad, para
ir a él ha de ir negando y no admitiendo hasta lo último que pudiere negar de
sus aprehensiones, así naturales como sobrenaturales. Por lo cual así lo
haremos ahora en la memoria, sacándola de sus límites y quicios naturales y
subiéndola sobre sí, esto es, sobre toda noticia distinta y posesión
aprehensible, en suma esperanza de Dios incomprehensible.
4. Comenzando, pues, por las noticias naturales, digo que
noticias naturales en la memoria son todas aquellas que puede formar de los
objetos de los cinco sentidos corporales, que son: oír, ver, oler, gustar y
palpar, y todas las que a este talle ella pudiere fabricar y formar. Y de todas
estas noticias y formas se ha de desnudar y vaciar, y procurar perder la
aprehensión imaginaria de ellas, de manera que en ella no le dejen impresa
noticia ni rastro de cosa, sino que se quede calva y rasa, como si no hubiese
pasado por ella, olvidada y suspendida de todo.
Y no puede ser menos sino que acerca de todas las formas se
aniquile la memoria si se ha de unir con Dios. Porque esto no puede ser (si no
se desnuda totalmente) de todas las formas, que no son Dios, pues Dios no cae
debajo de forma ni noticia alguna distinta, como lo habemos dicho en la noche
del entendimiento. Y, pues ninguno puede servir a dos señores, como dice Cristo
(Mt. 6, 24), no puede la memoria estar juntamente unida en Dios y en las formas
y noticias distintas; y como Dios no tiene forma ni imagen que pueda ser comprehendida
de la memoria, de aquí es que, cuando está unida con Dios, como también por
experiencia se ve cada día, se queda sin forma y sin figura, perdida la
imaginación, embebida la memoria en un sumo bien, en grande olvido, sin acuerdo
de nada; porque aquella divina unión la vacía la fantasía y barre de todas las
formas y noticias, y la sube a lo sobrenatural.
5. Y así, es cosa notable lo que a veces pasa en esto;
porque algunas veces, cuando Dios hace estos toques de unión en la memoria,
súbitamente le da un vuelco en el cerebro, que es donde ella tiene su asiento,
tan sensible que le parece se desvanece toda la cabeza y que se pierde el
juicio y el sentido. Y esto, a veces más, a veces menos, según que es más o
menos fuerte el toque. Y entonces, a causa de esta unión, se vacía y purga la
memoria, como digo, de todas las noticias, y queda olvidada y a veces
olvidadísima, que ha menester hacerse gran fuerza y trabajar para acordarse de
algo.
6. Y de tal manera es a veces este olvido de la memoria y
suspensión de la imaginación, por estar la memoria unida con Dios, que se pasa
mucho tiempo sin sentirlo ni saber qué se hizo aquel tiempo. Y como está
entonces suspensa la imaginativa, aunque entonces le hagan cosas que causen
dolor, no lo siente; porque sin imaginación no hay sentimiento. Y para que Dios
venga a hacer estos toques de unión, conviénele al alma desunir la memoria de
todas las noticias aprehensibles. Y estas suspensiones es de notar que ya en
los perfectos no las hay así (por cuanto hay ya perfecta unión), que son de
principio de unión.
7. Dirá alguno que bueno parece esto, pero que de aquí se
sigue la destrucción del uso natural y curso de las potencias, y que quede el
hombre como bestia, olvidado, y aun peor, sin discurrir ni acordarse de las
necesidades y operaciones naturales; y que Dios no destruye la naturaleza,
antes la perfecciona, y de aquí necesariamente se sigue su destrucción, pues se
olvida de lo moral y razonal para obrarlo, y de lo natural para ejercitarlo,
porque de nada de esto se puede acordar, pues se priva de las noticias y formas
que son el medio de la reminiscencia.
Pero, ya que llega a tener hábito de unión, que es un sumo
bien, ya no tiene esos olvidos en esa manera en lo que es razón moral y
natural; antes en las operaciones convenientes y necesarias tiene mucha mayor
perfección. Aunque éstas no las obra ya por formas y noticias de la memoria,
porque en habiendo hábito de unión, que es ya estado sobrenatural, desfallece
del todo la memoria y las demás potencias en sus naturales operaciones y pasan
de su término natural al de Dios, que es sobrenatural; y así, estando la
memoria transformada en Dios, no se le pueden imprimir formas ni noticias de
cosas. Por lo cual, las operaciones de la memoria y de las demás potencias en
este estado todas son divinas, porque poseyendo ya Dios las potencias, como ya
entero señor de ellas, por la transformación de ellas en sí, él mismo es el que
las mueve y manda divinamente según su divino espíritu y voluntad. Y entonces
es de manera que las operaciones no son distintas, sino que las que obra el
alma son de Dios y son operaciones divinas; que, por cuanto, como dice san
Pablo (1 Cor. 6, 17), el que se une con Dios, un espíritu se hace con él, de
aquí es que las operaciones del alma unida son del Espíritu Divino, y son
divinas.
9. Y de aquí es que las obras de las tales almas sólo son
las que conviene y son razonables, y no las que no convienen; porque el
Espíritu de Dios las hace saber lo que han de saber, e ignorar lo que conviene
ignorar, y acordarse de lo que se han de acordar sin formas (o con formas) y
olvidar lo que es de olvidar, y las hace amar lo que han de amar, y no amar lo
que no es en Dios. Y así, todos los primeros movimientos de las potencias de
las tales almas son divinos; y no hay que maravillar que los movimientos y
operaciones de estas potencias sean divinos, pues están transformadas en ser
divino.
10. De estas operaciones traeré algunos ejemplos, y sea éste
uno. Pide una persona a otra que está en este estado que la encomiende a Dios.
Esta persona no se acordará de hacerlo por alguna forma ni noticia que se le
quede en la memoria de aquella persona; y si conviene encomendarla a Dios, que
será queriendo Dios recibir oración por la tal persona, la moverá la voluntad
dándole gana que lo haga; y, si no quiere Dios aquella oración, aunque se haga
fuerza a orar por ella, no podrá ni tendrá gana; y a veces se la pondrá Dios
para que ruegue por otros que nunca conoció ni oyó. Y es porque Dios sólo mueve
las potencias de estas almas para aquellas (obras) que convienen según la
voluntad y ordenación de Dios, y no se pueden mover a otras; y así, las obras y
ruego de estas almas siempre tienen efecto. Tales eran las de la gloriosísima
Virgen Nuestra Señora, la cual, estando desde el principio levantada a este
alto estado, nunca tuvo en su alma impresa forma de alguna criatura, ni por
ella se movió, sino siempre su moción fue por el Espíritu Santo.
11. Otro ejemplo: ha de acudir a tal tiempo a cierto negocio
necesario; no se acordará por forma ninguna, sino que, sin saber cómo, se le
asentará en el alma cuándo y cómo convendrá acudir a aquello, sin que haya
falta.
12. Y no sólo en estas cosas les da luz el Espíritu Santo,
sino en muchas que suceden y sucederán, y casos muchos, aunque sean ausentes. Y
esto, aunque algunas veces es por formas intelectuales, muchas es sin formas
aprehensibles, no sabiendo ellos cómo saben aquello. Pero esto les viene de
parte de
13. Dirás, por ventura, que el alma no podrá vaciar y privar
tanto la memoria de todas las formas y fantasías, que pueda llegar a un estado
tan alto, porque hay dos dificultades que son sobre las fuerzas y habilidad
humana, que son: despedir lo natural con habilidad natural, que no puede ser, y
tocar y unirse a lo sobrenatural, que es mucho más dificultosa; y, por hablar
la verdad, con natural habilidad sólo, es imposible.
Digo que es verdad que Dios la ha de poner en este estado
sobrenatural; mas que ella, cuando es en sí, se ha de ir disponiendo, lo cual
puede hacer naturalmente mayormente con el ayuda que Dios va dando. Y así, al
modo que de su parte va entrando en esta negación y vacío de formas, la va Dios
poniendo en la posesión de la unión. Y esto va Dios obrando en ella
pasivamente, como diremos, Deo dante, en la noche pasiva del alma. Y así,
cuando Dios fuere servido, según el modo de su disposición, la acabará de dar
el hábito de la divina unión perfecta.
14. Y los divinos efectos que hace en el alma cuando lo es, así
de parte del entendimiento como de la memoria y voluntad, no los decimos en
esta noche y purgación activa, porque sólo con ésta no se acaba de hacer la
divina unión; pero dirémoslos en la pasiva, mediante la cual se hace la junta
del alma con Dios.
Y así sólo diré aquí el modo necesario para que activamente
la memoria, cuanto es de su parte, se ponga en esta noche y purgación. Y es que
ordinariamente el espiritual tenga esta cautela: en todas las cosas que oyere,
viere, oliere, gustare o tocare, no haga archivo ni presa de ellas en la
memoria, sino que las deje luego olvidar, y (lo) procure con la eficacia, si es
menester, que otros acordarse; de manera que no le quede en la memoria alguna
noticia ni figura de ellas, como si en el mundo no fuesen, dejando la memoria
libre y desembarazada, no atándola a ninguna consideración de arriba ni de
abajo, como si tal potencia de memoria no tuviese, dejándola libremente perder
en olvido, como cosa que estorba. Pues todo lo natural, si se quiere usar de
ello en lo sobrenatural, antes estorba que ayuda.
15. Y si acaeciesen aquellas dudas y objeciones que arriba
en lo del entendimiento, conviene a saber: que no se hace nada, y que se pierde
tiempo, y que se privan de los bienes espirituales que el alma puede recibir por
vía de la memoria, allí está respondido a todo, y más adelante, en la noche
pasiva. Por eso no hay para qué detenernos.
Aquí sólo conviene advertir que, aunque en algún tiempo no
se sienta el provecho de esta suspensión de noticias y formas, no por eso se ha
de cansar el espiritual; que no dejará Dios de acudir a su tiempo. Y por un
bien tan grande, mucho conviene pasar y sufrir con paciencia y esperanza.
16. Y, aunque es verdad que apenas se hallará alma que en
todo y por todo tiempo sea movida de Dios, teniendo tan continua unión con
Dios, que sin medio de alguna forma sean sus potencias siempre movidas
divinamente, todavía hay almas que muy ordinariamente son movidas de Dios en
sus operaciones, y ellas no son las que se mueven, según aquello de san Pablo
(Rm. 8, 14): que los hijos de Dios, que son estos transformados y unidos en
Dios, son movidos del Espíritu de Dios, esto es, a divinas obras en sus
potencias. Y no es maravilla que las operaciones sean divinas, pues que la
unión del alma es divina.
Inicio
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En que se dicen tres maneras de daños que recibe el alma no
oscureciéndose acerca de las noticias y discursos de la memoria. Dice aquí el
primero.
2. El primero, que es de parte del mundo, es estar sujeto a muchas
maneras de daños por medio de las noticias y discursos, así como falsedades,
imperfecciones, apetitos, juicios, perdimiento de tiempo y otras muchas cosas,
que crían en el alma muchas impurezas. Y que de necesidad haya de caer en
muchas falsedades, dando lugar a las noticias y discursos, está claro; que
muchas veces ha de parecer lo verdadero falso y lo cierto dudoso, y al
contrario, pues apenas podemos de raíz conocer una verdad. De todas las cuales
se libra si oscurece la memoria en todo discurso y noticia.
3. Imperfecciones a cada paso las hay si pone la memoria en
lo que oyó, vio, tocó, olió y gustó, etc.; en lo cual se le ha de pegar alguna
afición, ahora de dolor, ahora de temor, ahora de odio, o de vana esperanza y
vano gozo y vanagloria, etc.; que todas éstas, por lo menos son imperfecciones,
y, a veces, buenos pecados veniales, etc.; y en el alma pegan mucha impureza
sutilísimamente, aunque sean los discursos y noticias acerca (de cosas) de
Dios.
Y que se le engendren apetitos, también se ve claro, pues de
las dichas noticias y discursos naturalmente nacen, y sólo querer tener la
dicha noticia y discurso es apetito. Y que ha de tener también muchos toques de
juicios, bien se ve, pues no puede dejar de tropezar con la memoria en males y
bienes ajenos, en que a veces parece lo malo bueno, y lo bueno malo. De todos
los cuales daños yo creo no habrá quien bien se libre, si no es cegando y
oscureciendo la memoria acerca de todas las cosas.
4. Y si me dijeres que bien podrá el hombre vencer todas
estas cosas cuando le vinieren, digo que del todo puramente es imposible si
hace caso de noticias, porque en ellas se ingieren mil imperfecciones e
impertinencias, y algunas tan sutiles y delgadas, que, sin entenderlo el alma,
se le pegan de suyo, así como la pez al que la toca, y que mejor se vence todo
de una vez negando la memoria en todo.
Dirás también que se priva el alma de muchos buenos
pensamientos y consideraciones de Dios, que aprovechan mucho al alma para que
Dios la haga mercedes. Digo que, para esto, más aprovecha la pureza del alma,
que consiste en que no se le pegue ninguna afición de criatura, ni de
temporalidad, ni advertencia eficaz (de ello); de lo cual entiendo no se dejará
de pegar mucho por la imperfección que de suyo tienen las potencias en sus
operaciones. Por lo cual, mejor es aprender a poner las potencias en silencio y
callando, para que hable Dios; porque, como habemos dicho, para este estado las
operaciones naturales se han de perder de vista, lo cual se hace, como cuando
dice el profeta (Os. 2, 14), cuando venga el alma según estas sus potencias a
soledad y le hable Dios al corazón.
5. Y si todavía replicas, diciendo que no tendrá bien
ninguno el alma si no considera y discurre la memoria en Dios, y que se le irán
entrando muchas distracciones y flojedades, digo que es imposible que, si la
memoria se recoge acerca de lo de allá y de lo de acá juntamente, que se le
entren males y distracciones, ni otras impertinencias ni vicios, las cuales
cosas siempre entran por vagueación de la memoria, porque no hay por dónde ni
de dónde entren. Eso fuera si cerrara la puerta a las consideraciones y
discursos cerca de las cosas de arriba y la abriéramos para las de abajo; pero
aquí a todas cosas de donde eso puede venir la cerramos, haciendo a la memoria
que quede callada y muda, y sólo el oído del espíritu en silencio a Dios,
diciendo con el profeta (1 Sm. 3, 10): Habla, Señor, que tu siervo oye. Tal
dijo el Esposo en los Cantares (4, 12) que había de ser su Esposa, diciendo: Mi
hermana es huerto cerrado y fuente sellada, es a saber, a todas las cosas que
en él pueden entrar.
6. Estése, pues, cerrado sin cuidado y pena, que el que
entró a sus discípulos corporalmente, las puertas cerradas, y les dio paz sin
ellos saber ni pensar que aquello podía ser, ni el cómo podía ser (Jn. 20, 1920),
entrará espiritualmente en el alma sin que ella sepa ni obre el cómo, teniendo
ella las puertas de las potencias, memoria, entendimiento y voluntad, cerradas
a todas las aprehensiones, y se las llenará de paz, declinando sobre ella, como
el profeta dice (Is. 48, 18), como un río de paz, en que la quitará todos los
recelos y sospechas, turbación y tiniebla que le hacían temer que estaba o que
iba perdida. No pierda (el) cuidado de orar y espere en desnudez y vacío, que no
tardará su bien.
Inicio
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Que trata del segundo daño que puede venir al alma de parte
del demonio por vía de las aprehensiones naturales de la memoria.
1. El segundo daño positivo que al alma puede venir por
medio de las noticias de la memoria, es de parte del demonio, el cual tiene
gran mano en el alma por este medio. Porque puede añadir formas, noticias y
discursos, y por medio de ellos afectar el alma con soberbia, avaricia, ira,
envidia, etc., y poner odio injusto, amor vano, y engañar de muchas maneras. Y
allende de esto, suele él dejar las cosas y asentarlas en la fantasía de manera
que las que son falsas, parezcan verdaderas, y las verdaderas falsas. Y,
finalmente, todos los demás engaños que hace el demonio y males al alma entran
por las noticias y discursos de la memoria; la cual si se oscurece en todas
ellas y se aniquila en olvido, cierra totalmente la puerta a este daño del demonio
y se libra de todas estas cosas, que es gran bien. Porque el demonio no puede
(nada) en el alma si no es mediante las operaciones de las potencias de ella,
principalmente por medio de las noticias, porque de ellas dependen casi todas
las demás operaciones de las demás potencias. De donde, si la memoria se
aniquila en ellas, el demonio no puede nada, porque nada halla de donde asir, y
sin nada, nada puede.
2. Yo quisiera que los espirituales acabasen bien de echar
de ver cuántos daños les hacen los demonios en las almas por medio de la
memoria cuando se dan mucho a usar de ella, cuántas tristezas y aflicciones, y
gozos malos vanos los hacen tener, así acerca de lo que piensan en Dios como de
las cosas del mundo, y (cuántas impurezas les dejan arraigadas en el espíritu),
haciéndolos también grandemente distraer del sumo recogimiento, que consiste en
poner toda el alma, según sus potencias, en solo (el) bien incomprehensible y
quitarla de todas las cosas aprehensibles, porque no son bien incomprehensible.
Lo cual, aunque no se siguiera tanto bien de este vacío como es ponerse en
Dios, por sólo ser causa de librarse de muchas penas, aflicciones y tristezas,
allende de las imperfecciones y pecados de que se libra, es grande bien.
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Del tercer daño que se le sigue al alma por vía de las
noticias distintas naturales de la memoria.
1. El daño tercero que se sigue al alma por vía de las aprehensiones
naturales de la memoria, es privativo, porque la pueden impedir el bien moral y
privar del espiritual.
Y para decir primero cómo estas aprehensiones impiden al
alma el bien moral, es de saber que el bien moral consiste en la rienda de las
pasiones y freno de los apetitos desordenados; de lo cual se sigue en el alma
tranquilidad, paz, sosiego y virtudes morales, que es el bien moral. Esta
rienda y freno no la puede tener de veras el alma no olvidando y apartando
cosas de sí, de donde le nacen las aficiones. Y nunca le nacen al alma
turbaciones si no es de las aprehensiones de la memoria; porque, olvidadas
todas las cosas, no hay cosa que perturbe la paz ni que muevan los apetitos,
pues, como dicen, lo que el ojo no ve, el corazón no lo desea.
2. Y de esto cada momento sacamos experiencia, pues vemos
que, cada vez que el alma se pone a pensar alguna cosa, queda movida y
alterada, o en poco o en mucho, acerca de aquella cosa, según es la
aprehensión: si pesada y molesta, saca tristeza (u odio, etc.); si agradable,
saca apetito y gozo, etc. De donde, por fuerza ha de salir después turbación en
la mudanza de aquella aprehensión; y así, ahora tiene gozos, ahora tristezas,
ahora odio, ahora amor, y no puede perseverar siempre de una manera, que es el
efecto de la tranquilidad moral, si no es cuando procura olvidar todas las
cosas. Luego claro está que las noticias impiden mucho en el alma el bien de
las virtudes morales.
3. Y que también la memoria embarazada impida el bien
espiritual, claramente se prueba por lo dicho; porque el alma alterada que no
tiene fundamento de bien moral, no es capaz, en cuanto tal, del espiritual, el
cual no se imprime sino en el alma moderada y puesta en paz.
Y, allende de esto, si el alma hace presa y caso de las
aprehensiones de la memoria, como quiera que el alma no puede advertir más que
una cosa, si se emplea en cosas aprehensibles, como son las noticias de la
memoria, no es posible que esté libre para lo incomprehensible, que es Dios;
porque, (como siempre habemos dicho), para que el alma vaya a Dios antes ha de
ir no comprehendiendo que comprehendiendo; hase de trocar lo conmutable y
comprehensible por lo inconmutable e incomprehensible.
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De los provechos que se siguen al alma en el olvido y vacío
de todos los pensamientos y noticias que acerca de la memoria naturalmente
puede tener.
1. Por los daños que habemos dicho que al alma tocan por las
aprehensiones de la memoria, podemos también colegir los provechos a ellos
contrarios que se le siguen del olvido y vacío de ellas; pues, según dicen los
naturales, la misma doctrina que sirve para un contrario sirve también para el
otro.
Porque, cuanto a lo primero, goza de tranquilidad y paz del
ánimo, pues carece de la turbación y alteración que nacen de los pensamientos y
noticias de la memoria; y por el consiguiente, de pureza de conciencia y de
alma, que es más. Y en esto tiene gran disposición para la sabiduría humana y
divina y virtudes.
2. Cuanto a lo segundo, líbrase de muchas sugestiones y
tentaciones y movimientos del demonio, que él por medio de los pensamientos y
noticias ingiere en el alma, y la hace caer en muchas impurezas y pecados,
según dice David (Sal. 72, 8), diciendo: Pensaron y hablaron maldad. Y así,
quitados los pensamientos de en medio, no tiene el demonio con qué combatir al
espíritu naturalmente.
3. Cuanto a lo tercero, tiene en sí el alma, mediante este
olvido y recogimiento de todas las cosas, disposición para ser movida del
Espíritu Santo y enseñada por él; el cual, como dice el Sabio (Sab. 1, 5), se
aparta de los pensamientos que son fuera de razón.
Pero, aunque otro provecho no se siguiese al hombre que las
penas y turbaciones de que se libra por este olvido y vacío de memoria, era
grande ganancia y bien para él. Pues que las penas y turbaciones que de las
cosas y casos adversos en el alma se crían, de nada sirven ni aprovechan para
la bonanza de los mismos casos y cosas; antes de ordinario, no sólo a éstos,
sino a la misma alma dañan. Por lo cual dijo David (Sal. 38, 7): De verdad,
vanamente se conturba todo hombre. Porque claro está que siempre es vano el
conturbarse, pues nunca sirve para provecho alguno. Y así, aunque todo se acabe
y se hunda y todas las cosas sucedan al revés y adversas, vano es el turbarse,
pues, por eso, antes se dañan más que se remedian. Y llevarlo todo con igualdad
tranquila y pacífica, no sólo aprovecha al alma para muchos bienes, sino
también para que en esas mismas adversidades se acierte mejor a juzgar de ellas
y ponerles remedio conveniente.
4. De donde, conociendo bien Salomón (Ecli. 3, 12) el daño y
provecho de esto, dijo: Conocí que no había cosa mejor para el hombre que
alegrarse y hacer bien en su vida. Donde da a entender que en todos los casos,
por adversos que sean, antes nos habemos de alegrar que turbar, por no perder
el mayor bien que toda la prosperidad, que es la tranquilidad del ánimo y paz
en todas las cosas adversas y prósperas, llevándolas todas de una manera. La
cual el hombre nunca perdería si no sólo se olvidase de las noticias y dejase
pensamientos, pero aun se apartase de oír, y ver, y tratar cuanto en sí fuese.
Pues que nuestro ser es tan fácil y deleznable, que, aunque esté bien ejercitado,
apenas dejará de tropezar con la memoria en cosas que turben y alteren el ánimo
que estaba en paz y tranquilidad, no se acordando de cosas. Que por eso dijo
Jeremías (Lm. 3, 20): Con memoria me acordaré, y mi alma en mi desfallecerá con
dolor.
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En que se trata del segundo género de aprehensiones de la
memoria, que son imaginarias y noticias sobrenaturales.
1. Aunque en el primer género de aprehensiones naturales
habemos dado doctrina también para las imaginarias, que son naturales, convenía
hacer esta división por amor de otras formas y noticias que guarda la memoria
en sí, que son de cosas sobrenaturales, así como de visiones, revelaciones,
locuciones y sentimientos por vía sobrenatural. De las cuales cosas, cuando han
pasado por el alma, se suele quedar imagen, forma y figura, o noticia impresa,
(ahora en el alma), ahora en la memoria o fantasía, a veces muy viva y eficazmente.
Acerca de lo cual es menester también dar aviso, porque la memoria, no se
embarace con ellas y le sean impedimento para la unión de Dios en esperanza
pura y entera.
2. Y digo que el alma, para conseguir este bien, nunca sobre
las cosas claras y distintas que por ella hayan pasado por vía sobrenatural ha
de hacer reflexión para conservar en sí las formas y figuras y noticias de
aquellas cosas. Porque siempre habemos de llevar este presupuesto: que cuanto
el alma más presa hace en alguna aprehensión natural o sobrenatural distinta y
clara, menos capacidad y disposición tiene en sí para entrar en el abismo de la
fe, donde todo lo demás se absorbe. Porque, como queda dicho, ningunas formas
ni noticias sobrenaturales que pueden caer en la memoria son Dios, y de todo lo
que no es Dios se ha de vaciar el alma para ir a Dios; luego también la memoria
de todas estas formas y noticias se ha de deshacer para unirse con Dios en
esperanza, porque toda posesión es contra esperanza, la cual, como dice san
Pablo (Hb. 11, 1), es de lo que no se posee.
De donde, cuanto más la memoria se desposee, tanto más tiene
de esperanza, y cuanto más de esperanza tiene, tanto más tiene de unión de
Dios; porque acerca de Dios, cuanto más espera el alma, tanto más alcanza. Y
entonces espera más cuando se desposee más; y cuando se hubiere desposeído
perfectamente, perfectamente quedará con la posesión de Dios en unión divina.
Mas hay muchos que no quieren carecer de la dulzura y sabor de la memoria en
las noticias, y por eso no vienen a la suma posesión y entera dulzura; porque
el que no renuncia todo lo que posee, no puede ser su discípulo (Lc. 14, 33).
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De los daños que las noticias de cosas sobrenaturales puede
hacer al alma si hace reflexión sobre ellas. Dice cuántos sean.
2. El primero es que muchas veces se engaña teniendo lo uno
por lo otro.
El segundo es que está cerca y en ocasión de caer en alguna
presunción o vanidad.
El tercero es que el demonio tiene mucha mano para le engañar
por medio de las dichas aprehensiones.
El cuarto es que le impide la unión en esperanza con Dios.
El quinto es que, por la mayor parte, juzga de Dios
bajamente.
3. Cuanto al primer género, está claro que, si el espiritual
hace presa y reflexión sobre las dichas noticias y formas, se ha de engañar
muchas veces acerca de su juicio, porque, como ninguno cumplidamente puede
saber las cosas que naturalmente pasan por su imaginación, ni tener entero y
cierto juicio sobre ellas, mucho menos podrá tenerle acerca de las
sobrenaturales que son sobre nuestra capacidad, y que raras veces acaecen.
De donde muchas veces pensará que son las cosas de Dios, y
no será sino su fantasía; y muchas que lo que es de Dios pensará que es del
demonio, y lo que es del demonio, que es de Dios. Y muy muchas veces se le
quedarán formas y noticias muy asentadas de bienes y males ajenos o propios, y
otras figuras que se le representaron, y las tendrá por muy ciertas y
verdaderas, y no lo serán, sino muy gran falsedad. Y otras serán verdaderas, y
las juzgará por falsas; aunque esto por más seguro lo tengo, porque suele nacer
de humildad.
4. Y ya que no se engañe en la verdad, podráse engañar en la
cantidad o cualidad, pensando que lo que es poco es mucho, y lo que es mucho,
poco. Y acerca de la cualidad, teniendo lo que tiene en su imaginación por tal
o tal cosa, y no será sino tal o tal; poniendo, como dice Isaías (5, 20), las
tinieblas por luz, y la luz por tinieblas, y lo amargo por dulce, y lo dulce
por amargo. Y, finalmente, ya que acierte en lo uno, maravilla será no errar
acerca de lo otro; el cual, aunque no quiera aplicar el juicio para juzgarlo,
basta que le aplique en hacer caso, para que, a lo menos pasivamente, se le
pegue algún daño, ya que no en este género, será en alguno de esotros cuatro
que luego iremos diciendo.
5. Lo que le conviene al espiritual para no caer en este
daño de engañarse en su juicio es no querer aplicar su juicio para saber qué
sea lo que en sí tiene y siente, o qué será tal o tal visión, noticias o
sentimiento, ni tenga gana de saberlo, ni haga caso, sino sólo para decirlo al
padre espiritual, para que le enseñe a vaciar la memoria de aquellas
aprehensiones. Pues todo cuanto ellas son en sí, no le pueden ayudar al amor de
Dios tanto cuanto el menor acto de fe viva y esperanza que se hace en vacío y
renunciación de todo.
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Del segundo género de daños, que es peligro de caer en
propia estimación y vana presunción.
1. Las aprehensiones sobrenaturales ya dichas de la memoria
son también a los espirituales grande ocasión para caer en alguna presunción o
vanidad, si hacen caso de ellas para tenerlas en algo. Porque, así como está
muy libre de caer en este vicio el que no tiene nada de eso, pues no ve en sí
de qué presumir; así, por el contrario, el que lo tiene, tiene la ocasión en la
mano de pensar que ya es algo, pues tiene aquellas comunicaciones
sobrenaturales. Porque, aunque es verdad que lo pueden atribuir a Dios y darle
gracias teniéndose por indignos, con todo eso se suele quedar cierta
satisfacción oculta en el espíritu y estimación de aquello y de sí, de que, sin
sentirlo, les hace harta soberbia espiritual.
2. Lo cual pueden ver ellos bien claramente en el disgusto
que les hace y desvío con quien no les alaba su espíritu ni les estima aquellas
cosas que tienen, y la pena que les da cuando piensan o les dicen que otros
tienen aquellas cosas o mejores. Todo lo cual nace de secreta estimación y
soberbia, y ellos no acaban de entender que por ventura están metidos en ella
hasta los ojos. Que piensan que basta cierta manera de conocimiento de su
miseria, estando juntamente con esto llenos de oculta estimación y satisfacción
de sí mismos, agradándose más de su espíritu y bienes espirituales que del
ajeno; como el fariseo que daba gracias a Dios que no era como los otros
hombres y que tenía tales y tales virtudes, en lo cual tenía satisfacción de sí
y presunción (Lc. 18, 1112). Los cuales, aunque formalmente no lo digan como
éste, lo tienen habitualmente en el espíritu. Y aun algunos llegan a ser tan
soberbios, que son peores que el demonio; que como ellos ven en sí algunas
aprehensiones y sentimientos devotos y suaves de Dios, a su parecer, ya se
satisfacen de manera que piensan están muy cerca de Dios, y aún que los que no
tienen aquello están muy bajos, y los desestiman como el fariseo (al
publicano).
3. Para huir este pestífero daño, a los ojos de Dios
aborrecible, han de considerar dos cosas. La primera, que la virtud no está en
las aprehensiones y sentimientos de Dios, por subidos que sean, ni en nada de
lo que a este talle pueden sentir en sí; sino, por el contrario, está en lo que
no sienten en sí, que es en mucha humildad y desprecio de sí y de todas sus
cosas -muy formado y sensible en el alma-, y gustar de que los demás sientan de
él aquello mismo, no queriendo valer nada en el corazón ajeno.
4. Lo segundo, han menester advertir que todas las visiones
y revelaciones y sentimientos del cielo y cuanto más ellos quisieren pensar, no
valen tanto como el menor acto de humildad, la cual tiene los efectos de la
caridad, que no estima sus cosas ni las procura, ni piensa mal sino de sí, y de
sí ningún bien piensa, sino de los demás (1 Cor. 13, 47). Pues, según esto,
conviene que no les hinchan el ojo estas aprehensiones sobrenaturales, sino que
las procuren olvidar para quedar libres.
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Del tercer daño que se le puede seguir al alma de parte del
demonio, por las aprehensiones imaginarias de la memoria.
1. Por todo lo que queda dicho arriba, se colige y entiende bien
cuánto daño se le puede seguir al alma, por vía de estas aprehensiones
sobrenaturales, de parte del demonio, pues no solamente puede representar en la
memoria y fantasía muchas noticias y formas falsas que parezcan verdaderas y
buenas, imprimiéndolas en el espíritu y sentido con mucha eficacia y
certificación por sugestión, de manera que le parezca al alma que no hay otra
cosa, sino que aquello es así como se le asienta (porque, como se transfigura
en ángel de luz, parécele al alma luz); y también en las verdaderas que son de
parte de Dios puede tentarla de muchas maneras, moviéndole los apetitos y
afectos, ahora espirituales, ahora sensitivos, desordenadamente acerca de
ellas. Porque si el alma gusta de las tales aprehensiones, esle muy fácil al
demonio hacerle crecer los apetitos y afectos y caer en gula espiritual y otros
daños.
2. Y para hacer esto mejor, suele él sugerir y poner gusto,
sabor y deleite en el sentido acerca de las mismas cosas de Dios, para que el
alma, enmelada y encandilada en aquel sabor, se vaya cegando con aquel gusto y
poniendo los ojos más en el sabor que en el amor, a lo menos ya no tanto en el
amor, y que haga más caso de la aprehensión que de la desnudez y vacío que hay
en la fe y esperanza y amor de Dios, y de aquí vaya poco a poco engañándola y
haciéndola creer sus falsedades con gran felicidad.
Porque al alma ciega, ya la falsedad no le parece falsedad,
y lo malo no le parece malo, etc.; porque le parecen las tinieblas luz, y la
luz tinieblas, y de ahí viene a dar en mil disparates, así acerca de lo
natural, como de lo moral, como también de lo espiritual; y ya lo que era vino
se le volvió vinagre. Todo lo cual le viene porque al principio no fue negando
el gusto de aquellas cosas sobrenaturales; del cual, como al principio es poco
o no es tan malo, no se recata tanto el alma, y déjale estar y crece, como el
grano de mostaza en árbol grande (Mt. 13, 32). Porque pequeño yerro, como
dicen, en el principio, grande es en el fin.
3. Por tanto, para huir este daño grande del demonio,
conviene mucho al alma no querer gustar de las tales cosas, porque
certísimamente irá cegándose en el tal gusto y cayendo; porque el gusto y
deleite y sabor, sin que en ello ayude el demonio, de su misma cosecha ciegan
al alma. Y así lo dio a entender David (Sal. 138, 11) cuando dijo: Por ventura
en mis deleites me cegarán las tinieblas, y tendré la noche por mi luz.
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CAPÍTULO 11 [San
Juan de
ÍNDICE
DE
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Del cuarto daño que se le sigue al alma de las aprehensiones
sobrenaturales distintas de la memoria, que es impedirle la unión.
1. De este cuarto daño no hay mucho que decir, por cuanto
está ya declarado a cada paso en este 3º libro, en que habemos probado cómo,
para que el alma se venga a unir con Dios en esperanza, ha de renunciar toda
posesión de la memoria, pues que, para que la esperanza sea entera de Dios,
nada ha de haber en la memoria que no sea Dios; y como, también habemos dicho,
ninguna forma, ni figura, ni imagen, ni otra noticia que pueda caer en la
memoria, sea Dios ni semejante a él, ahora celestial, ahora terrena, natural o
sobrenatural, según enseña David (Sal. 85, 8), diciendo: Señor, en los dioses
ninguno hay semejante a ti, de aquí es que, si la memoria quiere hacer alguna
presa de algo de esto, se impide para Dios: lo uno, porque se embaraza, y lo
otro, porque, mientras más tiene de posesión, tanto menos tiene de esperanza.
2. Luego necesario le es al alma quedarse desnuda y olvidada
de formas y noticias distintas de cosas sobrenaturales para no impedir la
unión, según la memoria, en esperanza perfecta con Dios.
Inicio
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Del quinto daño que al alma se le puede seguir en las formas
y aprehensiones imaginarias sobrenaturales, que es juzgar de Dios baja e
impropiamente.
1. No le es al alma menor el quinto daño que se le sigue de
querer retener en la memoria e imaginativa las dichas formas e imágenes de las
cosas que sobrenaturalmente se le comunican, mayormente si quiere tomarlas por
medio para la divina unión, porque es cosa muy fácil juzgar del ser y alteza de
Dios menos digna y altamente de lo que conviene a su incomprehensibilidad.
Porque, aunque la razón y juicio no haga expreso concepto de que Dios será
semejante a algo de aquello, todavía la misma estimación de aquellas
aprehensiones, si, en fin, las estima, hace y causa en el alma un no estimar y
sentir de Dios tan altamente como enseña la fe, que nos dice ser incomparable,
incomprehensible, etc.
Porque, demás de que todo lo que el alma pone en la criatura
quita de Dios, naturalmente se hace en el interior de ella, por medio de la
estimación de aquellas cosas aprehensibles, cierta comparación de ellas a Dios
que no deja juzgar ni estimar de Dios tan altamente como debe. Porque las
criaturas, ahora terrenas, ahora celestiales, y todas las noticias e imágenes
distintas, naturales y sobrenaturales, que pueden caer en las potencias del
alma, por altas que sean ellas en esta vida, ninguna comparación ni proporción
tiene con el ser de Dios, por cuanto Dios no cae debajo de género y especie, y
ellas sí, como dicen los teólogos. Y el alma en esta vida no es capaz de
recibir clara y distintamente sino lo que cae debajo de género y especie. Que
por eso dice san Juan (1, 18) que ninguno jamás vio a Dios. E Isaías (64, 4),
que no subió en corazón de hombre cómo sea Dios. Y Dios dijo a Moisés (Ex. 33,
20) que no le podía ver en este estado de vida. Por tanto, el que embaraza la
memoria y las demás potencias del alma con lo que ellas pueden comprehender, no
puede estimar a Dios ni sentir de él como debe.
2. Pongamos una baja comparación: Claro está que cuanto más
uno pusiese los ojos en los criados del rey y más reparase en ellos, menos caso
hacía del rey y en tanto menos le estimaba; porque, aunque el aprecio no esté
formal y distintamente en el entendimiento, estálo en la obra, pues cuanto más
pone en los criados, tanto más quita de su señor; y entonces no juzgaba éste
del rey muy altamente, pues los criados le parecen algo delante del rey, su
señor. Así acaece al alma para con su Dios cuando hace caso de las dichas
criaturas. Aunque esta comparación es muy baja, porque Dios es de otro ser que
sus criaturas, en que infinitamente dista de todas ellas; por tanto, todas
ellas han de quedar perdidas de vista, y en ninguna forma de ellas ha de poner
el alma los ojos, para poderlos poner en Dios por fe y esperanza.
3. De donde los que no solamente hacen caso de las dichas
aprehensiones imaginarias, sino que piensan que Dios será semejante a alguna de
ellas y que por ellas podrán ir a unión de Dios, ya éstos yerran mucho, y
siempre irán perdiendo la luz de la fe en el entendimiento, por medio de la
cual esta potencia se une con Dios, y también no crecerán en la alteza de la
esperanza, por medio de la cual la memoria se une con Dios en esperanza, lo
cual ha de ser desuniéndose de todo lo imaginario.
Inicio
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De los provechos que saca el alma en apartar de sí las
aprehensiones de la imaginativa, y responde a cierta objeción y declara una
diferencia que hay entre las aprehensiones imaginarias naturales y
sobrenaturales.
1. Los provechos que hay en vaciar la imaginativa de las
formas imaginarias, bien se echa de ver por los cinco daños que quedan dichos
que le causan al alma si las quiere tener en sí, como también dijimos de las
formas naturales.
Pero, además de éstos, hay otros provechos de harto descanso
y quietud para el espíritu. Porque, dejado que naturalmente la tiene cuando
está libre de imágenes y formas, está libre también del cuidado de si son
buenas o malas, y de cómo se ha de haber en las unas y cómo en las otras, y el
trabajo y tiempo que había de gastar en los maestros espirituales queriendo que
se las averigüen si son buenas o malas o si de este género o del otro; lo cual
no ha menester querer saber, pues de ninguna ha de hacer caso. Y así el tiempo
y caudal del alma, que había de gastar en esto y en entender con ellas, lo
puede emplear en otro mejor y más provechoso ejercicio, que es el de la
voluntad para con Dios, y en cuidar de buscar la desnudez y pobreza espiritual
y sensitiva, que consiste en querer de veras carecer de todo arrimo
consolatorio y aprehensivo, así interior como exterior. Lo cual se ejercita
bien queriendo y procurando desarrimarse de estas formas, pues que de ahí se le
seguirá un tan gran provecho, como es allegarse a Dios, que no tiene imagen, ni
forma, ni figura, tanto cuanto más se enajenare de todas formas e imágenes y
figuras imaginarias.
2. Pero dirás, por ventura, que ¿por qué muchos espirituales
dan por consejo que se procuren aprovechar las almas de las comunicaciones y
sentimientos de Dios, y que quieran recibir de él, para tener que darle, pues
si él no nos da, no le damos nada? Y que san Pablo (1 Tes. 5, 19) dice: No
queráis apagar el espíritu. Y el Esposo a
3. Para satisfacción de esta objeción, es menester advertir
lo que dijimos en el capítulo 15 y 16 del segundo libro, donde se responde en
mucha parte a esta duda. Porque allí dijimos que el bien que redunda en el alma
de las aprehensiones sobrenaturales, cuando son de buena parte, pasivamente se
obra en el alma en aquel mismo instante que se representan al sentido, sin que
las potencias de suyo hagan alguna operación. De donde no es menester que la
voluntad haga acto de admitirlas, porque, como también habemos dicho, si el
alma entonces quiere obrar con sus potencias, antes con su operación baja
natural impediría la sobrenatural que por medio de estas aprehensiones obra
Dios entonces en ella, que sacase algún provecho de su ejercicio de obra, sino
que, así como se le da al alma pasivamente el espíritu de aquellas
aprehensiones imaginarias, así pasivamente se ha de haber en ellas el alma sin
poner sus acciones interiores o exteriores en nada.
Y esto es guardar los sentimientos de Dios, porque de esta
manera no los pierde por su manera baja de obrar. Y esto es también no apagar
el espíritu, porque apagarle hía si el alma se quisiese haber de otra manera
que Dios la lleva. Lo cual haría si, dándole Dios el espíritu pasivamente, como
hace en estas aprehensiones, ella entonces se quisiese haber en ellas
activamente, obrando con el entendimiento o queriendo algo en ellas.
Y esto está claro, porque si el alma entonces quiere obrar
por fuerza, no ha de ser su obra más que natural, porque de suyo no puede más;
porque a la sobrenatural no se mueve ella ni se puede mover, sino muévela Dios
y pónela en ella. Y así, si entonces el alma quiere obrar de fuerza, en cuanto
en sí es, ha de impedir con su obra activa la pasiva que Dios le está
comunicando, que (es) el espíritu, porque se pone en su propia obra, que es de
otro género y más baja que la que Dios la comunica; porque la de Dios es pasiva
y sobrenatural y la del alma, activa y natural. Y esto sería apagar el
espíritu.
4. Que sea más baja, también está claro; porque las
potencias del alma no pueden de suyo hacer reflexión y operación, sino sobre
alguna forma, figura e imagen; y ésta es la corteza y accidente de la sustancia
y espíritu que hay debajo de la tal corteza y accidente. La cual sustancia y
espíritu no se une con las potencias del alma en verdadera inteligencia y amor,
si no es cuando ya cesa la operación de las potencias; porque la pretensión y
fin de la tal operación no es sino venir a recibir en el alma la sustancia
entendida y amada de aquellas formas. De donde la diferencia que hay entre la
operación activa y pasiva, y la ventaja, es la que hay entre lo que se está
haciendo y está ya hecho, que es como entre lo que se pretende conseguir y
alcanzar y entre lo que está ya (conseguido y) alcanzado.
De donde también se saca que, si el alma quiere emplear
activamente sus potencias en las tales aprehensiones sobrenaturales (en que,
como habemos dicho, le da Dios el espíritu de ellas pasivamente), no sería
menos que dejar lo hecho para volverlo a hacer, y ni gozaría lo hecho ni con
sus acciones haría nada sino impedir a lo hecho, porque, como decimos, no
pueden llegar de suyo al espíritu que Dios daba al alma sin el ejercicio de
ellas. Y así, derechamente sería apagar el espíritu que de las dichas
aprehensiones imaginarias Dios infunde, si el alma hiciese caudal de ellas. Y
así las ha de dejar habiéndose en ellas pasiva y negativamente; porque entonces
Dios mueve al alma a más que ella pudiera ni supiera. Que, por eso, dijo el
profeta (Hab. 2, 1): Estaré en pie sobre mi custodia y afirmaré el paso sobre
mi munición, y contemplaré lo que se me dijere; que es como si dijera:
levantado estaré sobre toda la guardia de mis potencias, y no daré paso
adelante en mis operaciones, y así podré contemplar lo que se me dijere, esto
es, entenderé y gustaré lo que se me comunicare sobrenaturalmente.
5. Y lo que también se alega del Esposo (Ct. 8, 6)
entiéndese aquello del amor que pide a
6. Por tanto, de todo lo que el alma ha de procurar en todas
las aprehensiones que de arriba le vinieren (así imaginarias como de otro
cualquiera género, no me da más visiones que locuciones, o sentimientos, o
revelaciones) es, no haciendo caso de la letra y corteza, esto es, de lo que
significa o representa o da a entender, sólo advertir en tener el amor de Dios
que interiormente le causan al alma. Y de esta manera han de hacer caso de los
sentimientos no de sabor, o suavidad, o figuras, sino de los sentimientos de
amor que le causan.
Y para sólo este efecto bien podrá algunas veces acordarse
de aquella imagen y aprehensión que le causó el amor, para poner el espíritu en
motivo de amor; porque, aunque no hace después tanto efecto cuando se acuerda
como la primera vez que se comunicó, todavía cuando se acuerda se renueva el
amor, y hay levantamiento de mente en Dios, mayormente cuando es la recordación
de algunas figuras, imágenes o sentimientos sobrenaturales que suelen sellarse
e imprimirse en el alma, de manera que duran mucho tiempo, y algunas nunca se
quitan del alma. Y estas que así se sellan en el alma, casi cada vez que el
alma advierte en ellas le hacen divinos efectos de amor, suavidad, luz, etc.,
unas veces más, otras menos, porque para esto se las imprimieron. Y así, es una
grande merced a quien Dios la hace, porque es tener en sí un minero de bienes.
7. Estas figuras que hacen los tales efectos están asentadas
vivamente en el alma; que no son como las otras imágenes y formas que se
conservan en la fantasía; y así, no ha menester el alma ir a esta potencia por
ellas cuando se quisiere acordar, porque ve que las tiene en sí misma, como se
ve la imagen en el espejo. Cuando acaeciere a alguna alma tener en sí las
dichas figuras formalmente, bien podrá acordarse de ellas para el efecto de
amor que dije, porque no le estorbarán para la unión de amor en fe, como no
quiera embeberse en la figura, sino aprovecharse del amor, dejando luego la
figura; y así, antes le ayudará.
8. Dificultosamente se puede conocer cuándo estas imágenes
están impresas en el alma y cuándo en la fantasía; porque las de la fantasía
también suelen ser muy frecuentes. Porque algunas personas suelen
ordinariamente traer en la imaginación y fantasía visiones imaginarias y con
grande frecuencia se las representan de una (misma) manera, ahora porque tienen
el órgano muy aprehensivo y, por poco que piensan, luego se les representa y
dibuja aquella figura ordinaria en la fantasía; ahora porque se las pone el
demonio; ahora también porque se las pone Dios, sin que se impriman en el alma
formalmente.
Pero puédense conocer por los efectos, porque las que son
naturales o del demonio, aunque más se acuerden de ellas, ningún efecto hacen
bueno ni renovación espiritual en el alma, sino secamente las miran. Aunque las
que son buenas, todavía, acordándose de ellas, hacen algún efecto bueno en
aquél que hizo al alma la primera vez; pero las formales que se imprimen en el
alma, casi siempre que advierte le hacen algún efecto.
9. El que hubiere tenido éstas conocerá fácilmente las unas
y las otras, porque está muy clara la mucha diferencia al que tiene
experiencia. Sólo digo que las que se imprimen formalmente en el alma con
duración, más raras veces acaecen; pero ahora sean éstas, ahora aquéllas, bueno
le es al alma no querer comprehender nada, sino a Dios por fe en esperanza.
Y a esotro que dice la objeción, que parece soberbia
desechar estas cosas si son buenas, digo que antes es humildad prudente
aprovecharse de ellas en el mejor modo, como queda dicho, y guiarse por lo más
seguro.
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En que se trata de las noticias espirituales en cuanto
pueden caer en la memoria.
1. Las noticias espirituales pusimos por tercer género de
aprehensiones de la memoria, no porque ellas pertenezcan al sentido corporal de
la fantasía como las demás (pues no tienen imagen y forma corporal), pero
porque también caen debajo de reminiscencia y memoria espiritual, pues que,
después de haber caído en el alma alguna de ellas, se puede, cuando quisiere,
acordar de ella. Y esto, no por la efigie e imagen que dejase la tal
aprehensión en el sentido corporal -porque, por ser corporal, como decimos, no
tiene capacidad para formas espirituales-, sino que intelectual y
espiritualmente se acuerda de ella por la forma que en el alma de si dejó
impresa, que también es forma o noticia, o imagen espiritual o formal, por lo
cual se acuerda, o por el efecto que hizo; que por eso pongo estas
aprehensiones entre las de la memoria, aunque no pertenezcan a las de la
fantasía.
2. Cuáles son estas noticias y cómo se haya de haber en
ellas el alma para ir a la unión de Dios suficientemente está dicho en el
capítulo 24 del libro segundo, donde las tratamos como aprehensiones del
entendimiento. Véanse allí, porque allí dijimos cómo eran en dos maneras: unas
increadas y otras de criaturas.
Sólo, lo que toca al propósito de cómo se ha de haber la
memoria acerca de ellas para ir a la unión, digo que, como acabo de decir de
las formas en el precedente capítulo, de cuyo género son también éstas que son
de cosas criadas, cuando le hicieren buen efecto se puede acordar de ellas, no
para quererlas retener en sí, sino para avivar el amor y noticia de Dios. Pero
si no le causa el acordarse de ellas buen efecto, nunca quiera pasarlas por la
memoria.
Mas de las increadas digo que se procure acordar las veces
que pudiere, porque le harán grande efecto, pues, como allí dijimos, son toques
y sentimientos de unión de Dios, que es donde vamos encaminando al alma. Y de
esto no se acuerda la memoria por alguna forma, imagen o figura que imprimiesen
en el alma, porque no la tienen aquellos toques y sentimientos de unión del
Criador, sino por el efecto que en ella hicieron la luz, amor, deleite y
renovación espiritual, etc., de las cuales cada vez que se acuerda, se renueva
algo de esto.
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En que se pone el modo general cómo se ha de gobernar el
espiritual acerca de este sentido.
1. Para concluir, pues, con este negocio de la memoria, será
bien poner aquí al lector espiritual en una razón el modo que universalmente ha
de usar para unirse con Dios según este sentido; porque, aunque (en) lo dicho
queda bien entendido, todavía, resumiéndoselo aquí, lo tomará más fácilmente.
Para lo cual ha de advertir que, pues lo que pretendemos es
que el alma se una con Dios según la memoria en esperanza, y que lo que se
espera es de lo que no se posee, y que cuanto menos se posee de otras cosas,
más capacidad hay y más habilidad para esperar lo que se espera y
consiguientemente más esperanza, y que cuantas más cosas se poseen, menos
capacidad y habilidad hay para esperar, y consiguientemente menos esperanza, y
que, según esto, cuanto más el alma desaposesionare la memoria de formas y
cosas memorables que no son Dios, tanto más pondrá la memoria en Dios y más
vacía la tendrá para esperar de él el lleno de su memoria. Lo que ha de hacer,
pues, para vivir en entera y pura esperanza de Dios, es que todas las veces que
le ocurrieren noticias, formas e imágenes distintas, sin haber asiento en
ellas, vuelva luego el alma a Dios en vacío de todo aquello memorable con
afecto amoroso, no pensando ni mirando en aquellas cosas más de lo que le
bastan las memorias de ellas para entender (y hacer) lo que es obligado, si
ellas fueren de cosa tal. Y esto, sin poner (en ellas) afecto ni gusto, porque
no dejen efecto de si en el alma. Y así, no ha de dejar el hombre de pensar y
acordarse de lo que debe hacer y saber, que, como no hay aficiones de
propiedad, no le harán daño. Aprovechan para esto los versillos del Monte que
están en el capítulo (13) del primer libro.
2. Pero hase de advertir aquí que no por eso convenimos, ni
queremos convenir en esta nuestra doctrina con la de aquellos pestíferos
hombres que, persuadidos de la soberbia y envidia de Satanás, quisieron quitar
de delante de los ojos de los fieles el santo y necesario uso e ínclita
adoración de las imágenes de Dios y de los Santos, antes esta nuestra doctrina
es muy diferente de aquélla; porque aquí no tratamos que no haya imágenes y que
no sean adoradas, como ellos, sino damos a entender la diferencia que hay de
ellas a Dios, y que de tal manera pasen por lo pintado, que no impidan de ir a
lo vivo, haciendo en ello más presa de la que basta para ir a lo espiritual.
Porque, así como es bueno y necesario el medio para el fin,
como lo son las imágenes para acordarnos de Dios y de los Santos, así cuando se
toma y se repara en el medio más que por solo medio, estorba e impide tanto en
su tanto como otra cualquier cosa diferente; cuánto más que en lo que yo más
pongo la mano es en las imágenes y visiones sobrenaturales, (acerca) de las
cuales acaecen muchos engaños y peligros.
Porque acerca de la memoria y adoración y estimación de las
imágenes, que naturalmente
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En que se comienza a tratar de la noche oscura de la
voluntad. Pónese la división de las afecciones de la voluntad.
1. No hubiéramos hecho nada en purgar al entendimiento para
fundarle en la virtud de la fe, y a la memoria en la de la esperanza, si no
purgásemos también la voluntad acerca de la tercera virtud, que es la caridad, por
la cual las obras hechas en fe son vivas y tienen gran valor, y sin ella no
valen nada, pues, como dice Santiago (2, 20), sin obras de caridad, la fe es
muerta.
Y para haber ahora de tratar de la noche y desnudez activa
de esta potencia, para enterarla y formarla en esta virtud de la caridad de
Dios, no hallé autoridad más conveniente que la que se escribe en el
Deuteronomio, capítulo 6 (v. 5), donde dice Moisés: Amarás a tu Señor Dios de
todo tu corazón, y de toda tu ánima, y de toda tu fortaleza. En la cual se
contiene todo lo que el hombre espiritual debe hacer y lo que yo aquí le tengo
de enseñar para que de veras llegue a Dios por unión de voluntad por medio de
la caridad. Porque en ella se manda al hombre que todas las potencias, y
apetitos, y operaciones, y aficiones de su alma emplee en Dios, de manera que
toda la habilidad y fuerza del alma no sirva más que para esto, conforme a lo
que dice David (Sal. 58, 10), diciendo: Fortitudinem meam ad te custodiam.
2. La fortaleza del alma consiste en sus potencias, pasiones
y apetitos, todo lo cual es gobernado por la voluntad; pues cuando estas
potencias, pasiones y apetitos endereza en Dios la voluntad y las desvía de
todo lo que no es Dios, entonces guarda la fortaleza del alma para Dios, y así
viene a amar a Dios de toda su fortaleza.
Y para que esto el alma pueda hacer, trataremos aquí de
purgar la voluntad de todas sus afecciones desordenadas, de donde nacen los
apetitos, afectos y operaciones desordenadas, de donde le nace también no
guardar toda su fuerza a Dios.
Estas afecciones o pasiones son cuatro, es a saber: gozo,
esperanza, dolor y temor. Las cuales pasiones, poniéndolas en obra de razón en
orden a Dios, de manera que el alma no se goce sino de lo que es puramente
honra y gloria de Dios, ni tenga esperanza de otra cosa, ni se duela sino de lo
que a esto tocare, ni tema sino sólo a Dios, está claro que enderezan y guardan
la fortaleza del alma y su habilidad para Dios. Porque cuanto más se gozare el
alma en otra cosa que en Dios, tanto menos fuertemente se empleará su gozo en
Dios; y cuanto más esperare otra cosa, tanto menos espera en Dios; y así de las
demás.
3. Y para que demos más por entero doctrina de esto, iremos,
como es nuestra costumbre, tratando en particular de cada una de estas cuatro
pasiones y de los apetitos de la voluntad; porque todo el negocio para venir a
unión de Dios está en purgar la voluntad de sus afecciones y apetitos, porque
así de voluntad humana y baja venga a ser voluntad divina, hecha una misma cosa
con la voluntad de Dios.
4. Estas cuatro pasiones tanto más reinan en el alma y la
combaten, cuanto la voluntad está menos fuerte en Dios y más pendiente de
criaturas; porque entonces con mucha facilidad se goza de cosas que no merecen
gozo, y espera lo que no aprovecha, y se duele de lo que, por ventura, se había
de gozar, y teme donde no hay que temer.
5. De estas afecciones nacen al alma todos los vicios e
imperfecciones que tiene cuando están desenfrenadas, y también todas sus
virtudes cuando están ordenadas y compuestas.
Y es de saber que, al modo que una de ellas se fuere
ordenando y poniendo en razón, de ese mismo modo se pondrán todas las demás,
porque están tan aunadas y tan hermanadas entre sí estas cuatro pasiones del
alma, que donde actualmente va la una, las otras también van virtualmente; y si
la una se recoge actualmente, las otras tres virtualmente a la misma medida
también se recogen. Porque, si la voluntad se goza de alguna cosa,
consiguientemente, a esa misma medida, la ha de esperar, y virtualmente (va) allí
incluido el dolor y temor acerca de ella; y a la medida que de ella va quitando
el gusto, va también perdiendo el temor y dolor de ella y quitando la
esperanza.
Porque la voluntad, con estas cuatro pasiones, es
significada por aquella figura que vio Ezequiel (1, 89) de cuatro animales
juntos en un cuerpo, que tenía cuatro haces y las alas del uno estaban asidas a
las del otro, y cada uno iba delante su haz, y cuando iban adelante no volvían
atrás. Y así, de tal manera estaban asidas las plumas de cada una de estas
afecciones a las de cada una de esotras, que doquiera que actualmente llevaba
la una su faz, esto es, su operación, necesariamente las otras han de caminar
virtualmente con ella; y cuando se abajare la una, como allí dice, se han de
abajar todas, y cuando se elevare, se elevarán. Donde fuere tu esperanza, irá
tu gozo, y temor y dolor; y si se volviere, ellas se volverán, y así de las
demás.
6. Donde has de advertir que dondequiera que fuere una
pasión de éstas, irá también toda el alma y la voluntad y las demás potencias,
y vivirán todas cautivas en la tal pasión, y las demás tres pasiones en aquélla
estarán vivas para afligir al alma con sus prisiones y no la dejar volar a la
libertad y descanso de la dulce contemplación y unión. Que, por eso, te dijo
Boecio que, si querías con luz clara entender la verdad, echases de ti los
gozos, y la esperanza, y temor, y dolor; porque, en cuanto estas pasiones
reinan, no dejan estar al alma con la tranquilidad y paz que se requiere para
la sabiduría que natural y sobrenaturalmente puede recibir.
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En que se comienza a tratar de la primera afección de la
voluntad. Dícese qué cosa es gozo y hácese distinción de las cosas de que la
voluntad puede gozar.
1. La primera de las pasiones del alma y afecciones de la
voluntad es el gozo, el cual, en cuanto toca a lo que de él pensamos decir, no
es otra cosa que un contentamiento de la voluntad con estimación de alguna cosa
que tiene por conveniente; porque nunca la voluntad se goza sino cuando la cosa
le hace aprecio y da contento.
Esto es cuanto al gozo activo, que es cuando el alma
entiende distinta y claramente de lo que se goza, y está en su mano gozarse y
no gozarse. Porque hay otro gozo pasivo, en que se puede hallar la voluntad
gozando sin entender cosa clara y distinta, y a veces entendiéndola, de qué sea
el tal gozo, no estando en su mano tenerle o no tenerle. Y de éste trataremos
después. Ahora diremos del gozo en cuanto es activo y voluntario de cosas
distintas y claras.
2. El gozo puede nacer de seis géneros de cosas o bienes,
conviene a saber: temporales, naturales, sensuales, morales, sobrenaturales y
espirituales, acerca de los cuales habemos de ir por su orden poniendo la
voluntad en razón, para que no, embarazada con ellos, deje de poner la fuerza
de su gozo en Dios. Para todo ello conviene presuponer un fundamento, que será
como un báculo en que nos habemos de ir siempre arrimando. Y conviene llevarle
entendido, porque es la luz por donde nos habemos de guiar y entender en esta
doctrina y enderezar en todos estos bienes el gozo a Dios, y es: que la
voluntad no se debe gozar sino sólo de aquello que es gloria y honra de Dios, y
que la mayor honra que le podemos dar es servirle según la perfección
evangélica; y lo que es fuera de esto es de ningún valor y provecho para el
hombre.
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Que trata del gozo acerca de los bienes temporales. Dice
cómo ha de enderezar el gozo en ellos a Dios.
1. El primer género de bienes que dijimos son los
temporales, y por bienes temporales entendemos aquí riquezas, estados, oficios
y otras pretensiones, e hijos, parientes, casamientos, etc.; todas las cuales
son cosas de que se puede gozar la voluntad.
Pero cuán vana cosa sea gozarse los hombres de las riquezas,
títulos, estados, oficios, y otras cosas semejantes que suelen ellos pretender,
está claro; porque, si por ser el hombre más rico fuera más siervo de Dios,
debiérase gozar en las riquezas; pero antes le son causa que le ofenda, según
lo enseña el Sabio (Ecli. 11, 10), diciendo: Hijo, si fueres rico, no estarás
libre de pecado. Que, aunque es verdad que los bienes temporales, de suyo,
necesariamente no hacen pecar, pero porque ordinariamente con flaqueza de
afición se ase el corazón del hombre a ellos y falta a Dios, lo cual es pecado,
porque pecado es faltar a Dios, por eso dice el Sabio que no estarás libre de
pecado.
Que por eso el Señor las llamó en el Evangelio espinas (Mt.
13, 22; Lc. 8, 14), para dar a entender que el que las manoseare con la
voluntad quedará herido de algún pecado. Y aquella exclamación que hace en el
Evangelio (por san Lucas, tan para temer), diciendo (Lc. 18, 24): ¡Cuán
dificultosamente entrarán en el reino de los cielos los que tienen riquezas!,
es a saber, el gozo en ellas, bien da a entender que no se debe el hombre gozar
en las riquezas, pues a tanto peligro se pone. Que para apartarnos de él dijo
también David (Sal. 61, 11): Si abundaren las riquezas, no pongáis en ellas el
corazón.
2. Y no quiero traer aquí más testimonios en cosa tan clara,
porque tampoco acabaría de alegar Escritura, porque ¿cuándo acabaría de decir
los males que de ellas dice Salomón en el Eclesiastés? El cual, como hombre que
habiendo tenido muchas riquezas y sabiendo bien lo que eran, dijo que todo
cuanto había debajo del sol era vanidad de vanidades, aflicción de espíritu y
vana solicitud de ánimo (1, 14); y que el que ama las riquezas no sacará fruto
de ellas (5, 9); y que las riquezas se guardan para mal de su señor (5, 12),
según se ve en el Evangelio (Lc. 12, 20), donde a aquel que se gozaba porque
tenía ganados muchos frutos para muchos años, se le dijo del cielo: Necio, esta
noche te pedirán el alma para que venga a cuenta, y lo que allegaste, ¿cúyo
será? Y, finalmente, cómo David (Sal. 48, 1719) nos enseña lo mismo, diciendo
que no tengamos envidia cuando nuestro vecino se enriqueciere, pues no le
aprovechará nada para la otra vida; dando allí a entender que antes le
podríamos tener lástima.
3. Síguese, pues, que el hombre ni se ha de gozar de las
riquezas cuando las tiene (él) ni cuando las tiene su hermano, sino si con ellas
sirven a Dios. Porque si por alguna vía se sufre gozarse en ellas, como se han
de gozar en las riquezas, es cuando se expenden y emplean en servicio de Dios;
pues de otra manera no sacará de ellas provecho.
Y lo mismo se ha de entender de los demás bienes de títulos,
(estados), oficios, etc., en todo lo cual es vano el gozarse sino en si en ello
sirven más a Dios y llevan más seguro el camino para la vida eterna. Y porque
claramente no puede saber si es todo así, que sirve más a Dios, etc., vana cosa
sería gozarse determinadamente sobre estas cosas, porque no puede ser razonable
el tal gozo, pues que, como dice el Señor (Mt. 16, 26): Aunque gane todo el
mundo, puede uno perder su alma. No hay, pues, de qué se gozar, sino en si
sirve más a Dios.
4. Pues sobre los hijos tampoco hay de qué se gozar, ni por
ser muchos, ni ricos, y adornados de dones y gracias naturales y bienes de
fortuna, sino en si sirven a Dios. Pues que Absalón, hijo de David, ni su
hermosura, ni su riqueza, ni su linaje le sirvió de nada, pues no sirvió a Dios
(2 Sm. 14, 25) Por tanto, vana cosa fue haberse gozado de lo tal.
De donde también es vana cosa desear tener hijos, como hacen
algunos que hunden y alborotan al mundo con deseos de ellos, pues que no saben
si serán buenos y servirán a Dios, y si el contento que de ellos esperan será
dolor, y el descanso y consuelo trabajo y desconsuelo, y la honra deshonra y
ofender más a Dios con ellos, como hacen muchos; de los cuales dice Cristo (Mt.
23, 15) que cercan la mar y la tierra para enriquecerlos y hacerlos doblado
hijos de perdición que fueron ellos.
5. Por tanto, aunque todas las cosas se le rían al hombre y
todas sucedan prósperamente, antes se debe recelar que gozarse, pues en aquello
crece la ocasión y el peligro de olvidar a Dios (y ofenderle). Que, por eso,
dice Salomón que se recataba él, diciendo en el Eclesiastés (2, 2): A la risa
juzgué por error, y al gozo dije: ¿Por qué te engañas en vano? Que es como si
dijera: Cuando se me reían las cosas, tuve por engaño y error gozarme en ellas,
porque grande error, sin duda, (e insipiencia) es la del hombre que se goza de
lo que se le muestra alegre y risueño, no sabiendo de cierto que de allí se le
sigue algún bien eterno. El corazón del necio, dice el Sabio (Ecli. 7, 5), está
donde está la alegría; mas el del sabio donde está la tristeza, porque la
alegría ciega el corazón y no le deja considerar ni ponderar las cosas, y la
tristeza hace abrir los ojos y mirar el provecho y daño de ellas. Y de aquí es
que, como también dice el mismo (7, 4), es mejor la ira que la risa; por tanto,
mejor es ir a la casa del llanto que a la del convite, porque en aquélla se
muestra el fin de todos los hombres, como también dice el Sabio (Ecli. 7, 3).
6. (Pues gozarse sobre la mujer o sobre el marido, cuando claramente
no saben que sirven a Dios mejor en su casamiento, también sería vanidad; pues
antes debían tener confusión, por ser el matrimonio causa, como dice san Pablo
(1 Cor. 7, 3334) de que, por tener cada una puesto el corazón en el otro, no
le tengan entero con Dios. Por lo cual dice (1 Cor. 7, 27) que si te hallases
libre de mujer, no quieras buscar mujer, porque ya que se tenga, conviene que
sea con tanta libertad de corazón como si no la tuviese. Lo cual, juntamente
con lo que habemos dicho de los bienes temporales, nos enseña él (1 Cor. 7, 2931)
por estas palabras, diciendo: Esto es cierto lo que os digo, hermanos, que el
tiempo es breve; lo que resta es que los que tienen mujeres sean como los que
no las tienen; y los que lloran, como los que no lloran; y los que se gozan,
como los que no se gozan; y los que compran, como los que no poseen; y los que
usan de este mundo, como los que no le usan).
Y así, no se ha de poner el gozo en otra cosa que en lo que
toca a servir a Dios, porque lo demás es vanidad y cosa sin provecho, pues el
gozo que no es según Dios no le puede aprovechar (al alma).
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De los daños que se le pueden seguir al alma de poner el
gozo en los bienes temporales.
1. Si los daños que al alma cercan por poner el afecto de la
voluntad en los bienes temporales hubiésemos de decir, ni tinta ni papel
bastaría, y el tiempo sería corto. Porque desde muy poco puede llegar a grandes
males y destruir grandes bienes: así, como de una centella de fuego, si no se
apaga, se pueden encender grandes fuegos que abrasen el mundo.
Todos estos daños tienen raíz y origen en un daño privativo
principal que hay en este gozo, que es apartarse de Dios; porque, así como
allegándose a él el alma por la afección de la voluntad de ahí le nacen todos
los bienes, así apartándose de él por esta afección de criatura, dan en ella
todos los daños y males a la medida del gozo y afección con que se junta con la
criatura, porque eso es el apartarse de Dios. De donde, según el apartamiento
que cada uno hiciere de Dios en más o en menos, podrá entender ser sus daños en
más o en menos extensiva o intensivamente, y juntamente de ambas maneras, por
la mayor parte.
2. Este daño privativo, de donde decimos que nacen los demás
privativos y positivos, tiene cuatro grados, uno peor que otro. Y cuando el
alma llegare al cuarto, habrá llegado a todos los males y daños que se pueden
decir en este caso. Estos cuatro grados nota muy bien Moisés en el Deuteronomio
(32, 15) por estas palabras, diciendo: Empachóse el amado y dio trancos hacia
atrás. Empachóse, engrosóse y dilatóse. Dejó a Dios su hacedor, y alejóse de
Dios, su salud.
3. El empacharse el alma que era amada antes que se
empachara, es engolfarse en este gozo de criaturas. Y de aquí sale el primer
grado de este daño, que es volver atrás; lo cual es un embotamiento de la mente
acerca de Dios, que le oscurece los bienes de Dios, como la niebla oscurece al
aire para que no sea bien ilustrado de la luz del sol. Porque, por el mismo
caso que el espiritual pone su gozo en alguna cosa y da rienda al apetito para
impertinencias, se entenebrece acerca de Dios y anubla la sencilla inteligencia
del juicio, según lo enseña el Espíritu Divino en el libro de
4. No basta santidad y buen juicio que tenga el hombre para
que no deje de caer en este daño, si da lugar a la concupiscencia o gozo de las
cosas temporales; que por eso dijo Dios por Moisés (Ex. 23, 8), avisándonos,
estas palabras: No recibas dones, que hasta los prudentes ciegan. Y esto era
hablando particularmente con los que habían de ser jueces, porque han menester
tener el juicio limpio y despierto, lo cual no tendrían con la codicia y gozo
de las dádivas. Y también por eso mandó Dios al mismo Moisés (Ex. 18, 2122)
que pusiese por jueces a los que aborreciesen la avaricia, porque no se les
embotase el juicio con el gusto de las pasiones. Y así dice que no solamente no
la quieran, sino que la aborrezcan. Porque, para defenderse uno perfectamente
de la afección de amor, hase de sustentar en aborrecimiento, defendiéndose con
el un contrario del otro. Y así, la causa por que el profeta Samuel fue siempre
tan recto e ilustrado juez es porque, como él dijo en el libro de los Reyes (1 Re.
12, 3), nunca había recibido de alguno alguna dádiva.
5. El segundo grado de este daño privativo sale de este
primero; el cual se da a entender en aquello que se sigue de la autoridad
alegada, es a saber: "Empachóse, engrosóse y dilatóse". Y así, este
segundo grado es dilatación de la voluntad ya con más libertad en las cosas
temporales; la cual consiste en no se le dar ya tanto ni penarse, ni tener ya
en tanto el gozarse y gustar de los bienes criados. Y esto le nació de haber
primero dado rienda al gozo; porque, dándole lugar, se vino a engrosar el alma
en él, como dice allí, y aquella grosura de gozo y apetito le hizo dilatar y
extender más la voluntad en las criaturas. Y esto trae consigo grandes daños;
porque este grado segundo le hace apartarse de las cosas de Dios y santos
ejercicios y no gustar de ellos, porque gusta de otras cosas y va dándose a
muchas imperfecciones e impertinencias y gozos y vanos gustos.
6. Y totalmente este segundo grado, cuando es consumado,
quita al hombre los continuos ejercicios que tenía, y que toda su mente y
codicia ande ya en lo secular. Y ya los que están en este segundo grado, no
solamente tienen oscuro el juicio y entendimiento para conocer las verdades y
la justicia como los que están en el primero; mas aun tienen ya mucha flojedad
y tibieza y descuido en saberlo y obrarlo, según de ellos dice Isaías (1, 23)
por estas palabras: Todos aman las dádivas y se dejan llevar de las
retribuciones, y no juzgan al pupilo, y la causa de la viuda no llega a ellos
para que de ella hagan caso. Lo cual no acaece en ellos sin culpa, mayormente
cuando les incumbe de oficio; porque ya los de este grado no carecen de malicia
como los del primero carecen. Y así, se van más apartando de la justicia y
virtudes, porque van más extendiendo la voluntad en la afección de las
criaturas. Por tanto, la propiedad de los de este grado segundo es gran tibieza
en las cosas espirituales y cumplir muy mal con ellas, ejercitándolas más por
cumplimiento o por fuerza, o por el uso que tienen en ellas, que por razón de
amor.
7. El tercer grado de este daño privativo es dejar a Dios
del todo, no curando de cumplir su ley por no faltar a las cosas y bienes del
mundo, dejándose caer en pecados mortales por la codicia. Y este tercer grado
se nota en lo que se va siguiendo en la dicha autoridad, que dice: "Dejó a
Dios su hacedor" (Dt. 32, 15).
En este grado se contienen todos aquellos que de tal manera
tienen las potencias del alma engolfadas en las cosas del mundo y riquezas y
tratos, que no se dan nada por cumplir con lo que les obliga la ley de Dios; y
tienen grande olvido y torpeza acerca de lo que toca a su salvación, y tanta
más viveza y sutileza acerca de las cosas del mundo; tanto, que los llama
Cristo en el Evangelio (Lc. 16, 8) hijos de este siglo; y dice de ellos que son
más prudentes en sus tratos y agudos que los hijos de la luz en los suyos. Y
así en lo de Dios no son nada y en lo del mundo lo son todo. Y éstos
propiamente son los avarientos, los cuales tienen ya (tan) extendido y
derramado el apetito y gozo en las cosas criadas, y tan afectadamente, que no
se pueden ver hartos, sino que antes su apetito crece tanto más y su sed cuanto
ellos están más apartados de la fuente que solamente los podía hartar, que es
Dios; porque de éstos dice el mismo Dios por Jeremías (2, 13), diciendo:
Dejáronme a mí, que soy fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas rotas,
que no pueden tener aguas. Y esto es porque en las criaturas no halla el avaro
con qué apagar su sed, sino con qué aumentarla. Estos son los que caen en mil
maneras de pecados por amor de los bienes temporales, y son innumerables sus
daños. Y de éstos dice David (Sal. 72, 7): Transierunt in affectum cordis.
8. El cuarto grado de este daño privativo (se nota) en lo
último de nuestra autoridad, que dice: "Y alejóse de Dios, su salud".
A lo cual vienen del tercer grado que acabamos de decir, porque, de no hacer
caso de poner su corazón en la ley de Dios por causa de los bienes temporales,
viene el alejarse mucho de Dios el alma del avaro, según la memoria,
entendimiento y voluntad, olvidándose de él como si no fuese su Dios; lo cual
es porque ha hecho para sí dios del dinero y bienes temporales, como dice san
Pablo (Col. 3, 5), diciendo que la avaricia es servidumbre de ídolos. Porque
este cuarto grado llega hasta olvidar a Dios y poner el corazón, que
normalmente debía poner en Dios, formalmente en el dinero, como si no tuviesen
otro Dios.
9. De este cuarto grado son aquellos que no dudan de ordenar
las cosas sobrenaturales a las temporales como a su dios, como lo debían hacer
al contrario, ordenándolas a ellas a Dios, si le tuvieran por su Dios, como era
razón. De éstos fue el inicuo Balam, que la gracia que Dios le había dado
vendía (Nm. 22, 7); y también Simón Mago, que pensaba estimarse la gracia de Dios
por el dinero (queriéndola comprar (Act. 8, 1819). En lo cual estimaba en más
el dinero, pues le parecía que había quien lo estimase en más dándole gracia
por el dinero).
Y de este cuarto grado en otras muchas maneras hay muchos al
día de hoy, que allá con sus razones, oscurecidas con la codicia en las cosas
espirituales, sirven al dinero y no a Dios, y se mueven por el dinero y no por
Dios, poniendo delante el precio y no el divino valor y premio, haciendo de
muchas maneras al dinero su principal dios y fin, anteponiéndole al último fin,
que es Dios.
10. De este último grado son también todos aquellos
miserables que, estando tan enamorados de los bienes, los tienen tan por su
dios, que no dudan de sacrificarles sus vidas cuando ven que este su dios recibe
alguna mengua temporal, desesperándose y dándose ellos la muerte (por
miserables fines), mostrando ellos mismos por sus manos el desdichado galardón
que de tal dios se consigue; que, como no hay que esperar de él, da
desesperación (y muerte. Y a los que no persigue hasta este último daño de
muerte, los hace morir viviendo en penas de solicitud y otras muchas miserias,
no dejando entrar alegría en su corazón y que no les luzca bien ninguno en la
tierra, pagando siempre el tributo de su corazón al dinero en tanto que penan
por él, allegándolo a él para la última calamidad suya de justa perdición, como
lo advierte el Sabio (Ecli. 5, 12), diciendo que las riquezas están guardadas
para el mal de su señor.
11. Y de este cuarto grado son aquellos que dice san Pablo
(Rm. 1, 28) que tradidit illos in reprobum sensum; porque hasta estos daños
trae al hombre el gozo cuando se pone en las posesiones últimamente. Mas a los
que menos daños hace es de tener harta lástima, pues, como habemos dicho, hace
volver al alma muy atrás en la vía de Dios. Y por tanto, como dice David (Sal.
48, 1718): No temas cuando se enriqueciere el hombre, esto es, no le hayas
envidia, pensando que te lleva ventaja, porque, cuando acabare, no llevará
nada, ni su gloria y gozo bajarán con él).
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De los provechos que se siguen al alma en apartar el gozo de
las cosas temporales.
2. Lo cual, aunque el hombre no hiciese por su Dios y por lo
que le obliga la perfección cristiana, por los provechos que temporalmente se
le siguen, demás de los espirituales, había de libertar perfectamente su
corazón de todo gozo acerca de lo dicho. Pues no sólo se libra de los
pestíferos daños que habemos dicho en el precedente capítulo, pero, demás de
eso, en quitar el gozo de los bienes temporales adquiere virtud de liberalidad,
que es una de las principales condiciones de Dios, la cual en ninguna manera se
puede tener con codicia.
Demás de esto, adquiere libertad de ánimo, claridad en la
razón, sosiego, tranquilidad y confianza pacífica en Dios, y culto y obsequio
verdadero en la voluntad para Dios.
Adquiere más gozo y recreación en las criaturas con el
desapropio de ellas, el cual no se puede gozar en ellas si las mira con
asimiento de propiedad; porque éste es un cuidado que, como lazo, ata al
espíritu en la tierra y no le deja anchura de corazón.
Adquiere más, en el desasimiento de las cosas, clara noticia
de ellas para entender bien las verdades acerca de ellas, así natural como
sobrenaturalmente; por lo cual las goza muy diferentemente que el que está
asido a ellas, con grandes ventajas y mejorías. Porque éste las gusta según la
verdad de ellas, esotro según la mentira de ellas; (éste según lo mejor, esotro
según lo peor; éste según la sustancia, esotro que ase su sentido a ellas,
según el accidente; porque el sentido no puede coger ni llegar más que al
accidente, y el espíritu, purgado de nube y especie de accidente, penetra la
verdad y valor de las cosas, porque ése es su objeto). Por lo cual el gozo
anubla el juicio como niebla, porque no puede haber gozo voluntario de criatura
sin propiedad voluntaria, así como no puede haber gozo en cuanto es pasión, que
no haya también propiedad habitual en el corazón; y la negación y purgación de
tal gozo deja al juicio claro, como al aire los vapores cuando se deshacen.
3. Gózase, pues, éste en todas las cosas, no teniendo el
gozo apropiado a ellas, como si las tuviese todas; y esotro, en cuanto las mira
con particular aplicación de propiedad, pierde todo el gusto de todas en
general; éste, en tanto que ninguna tiene en el corazón, las tiene, como dice
san Pablo (2 Cor. 6, 10), todas en gran libertad; esotro, en tanto que tiene de
ellas algo con voluntad asida, no tiene ni posee nada, antes ellas le tienen
poseído a él el corazón; por lo cual, como cautivo, pena; de donde, cuantos
gozos quiere tener en las criaturas, de necesidad ha de tener otras tantas
apreturas y penas en su asido y poseído corazón.
Al desasido no le molestan cuidados, ni en oración ni fuera
de ella, y así, sin perder tiempo, con facilidad hace mucha hacienda
espiritual; pero a esotro todo se le suele ir en dar vueltas y revueltas sobre
el lazo a que está asido y apropiado su corazón, y con diligencia aun apenas se
puede libertar por poco tiempo de este lazo del pensamiento y gozo de lo que
está asido el corazón.
Debe, pues, el espiritual, al primer movimiento, cuando se
le va el gozo a las cosas, reprimirle, acordándose del presupuesto que aquí
llevamos: que no hay cosa en que el hombre se deba gozar, sino en si sirve a
Dios y en procurar su honra y gloria en todas las cosas, enderezándolas sólo a
esto y desviándose en ellas de la vanidad, no mirando en ellas su gusto ni
consuelo.
4. Hay otro provecho muy grande y principal en desasir el
gozo de las criaturas, que es dejar el corazón libre para Dios, que es
principio dispositivo para todas las mercedes que Dios le ha de hacer, sin la
cual disposición no las hace; y son tales, que aun temporalmente, por un gozo
que por su amor y por la perfección del Evangelio deje, le dará ciento (por
uno) en esta vida, como en el mismo Evangelio (Mt. 19, 29) lo promete Su
Majestad.
Mas, aunque no fuese por estos intereses, sino sólo por el
disgusto que a Dios se da en estos gozos de criaturas, había el espiritual de
apagarlos en su alma. Pues que vemos en el Evangelio (Lc. 12, 20) que, sólo
porque aquel rico se gozaba porque tenía bienes para muchos años, se enojó
tanto Dios, que le dijo que aquella misma noche había de ser su alma llevada a
cuenta. De donde habemos de creer que todas las veces que vanamente nos gozamos
está Dios mirando y diciendo algún castigo y trago amargo según lo merecido,
que, a veces, sea más de ciento tanto más la pena que redunda del (tal) gozo
que lo que se gozó. Que, aunque es verdad que en aquello que dice por san Juan
en el Apocalipsis (18, 7) de Babilonia, diciendo que cuanto se había gozado y
estado en deleite le diesen de tormentos y pena, no es para decir que no será
más (la pena) que el gozo (que sí será, pues por breves placeres se dan eternos
tormentos), sino para dar a entender que no quedará cosa sin su castigo
particular, porque el que la inútil palabra castigará (Mt. 12, 36), no
perdonará el gozo vano.
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CAPITULO 21
[San Juan de
ÍNDICE
DE
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En que se trata cómo es vanidad poner el gozo de la voluntad
en los bienes naturales y cómo se ha de enderezar a Dios por ellos.
1. Por bienes naturales entendemos aquí hermosura, gracia,
donaire, complexión corporal y todas las demás dotes corporales; y también en
el alma, buen entendimiento, discreción, con las demás cosas que pertenecen a
la razón.
En todo lo cual poner el hombre el gozo, (porque él o los
que a él pertenecen tengan tales partes y no más), y no dar antes gracias a
Dios, que las da para ser por ellas más conocido y amado, y sólo por eso
gozarse, vanidad y engaño es, como lo dice Salomón (Pv. 31, 30), diciendo:
Engañosa es la gracia y vana la hermosura; la que teme a Dios, ésa será
alabada. En lo cual se nos enseña que antes en estos dones naturales se debe el
hombre recelar, pues por ellos puede el hombre fácilmente distraerse del amor
de Dios y caer en vanidad, atraído de ellos, y ser engañado. Que, por eso, dice
que la gracia corporal es engañadora, porque en la vía al hombre engaña y le
atrae a lo que no le conviene, por vano gozo y complacencia de sí o del que la
tal gracia tiene; y que "la hermosura es vana", pues que al hombre
hace caer de muchas maneras cuando la estima y en ella se goza, pues sólo se
debe gozar en si sirve a Dios en él o en otros por él; mas antes debe temer y
recelarse (que) no, por ventura, sean causa de sus dones y gracias naturales
que Dios sea ofendido por ellas, por su vana presunción o por extrema afición
poniendo los ojos en ellas.
Por lo cual debe tener recato y vivir con cuidado el que
tuviere las tales partes, que no dé causa a alguno, por su vana ostentación,
que se aparte un punto de Dios su corazón. Porque estas gracias y dones de
naturaleza son tan provocativas y ocasionadas, así al que las posee como al que
las mira, que apenas hay quien se escape de algún lacillo y liga de su corazón
en ellas. Donde, por este temor, habemos visto que muchas personas
espirituales, que tenían algunas partes de éstas, alcanzaron de Dios con
oraciones que las desfigurase, por no ser causa y ocasión a sí o a otras
personas de alguna afición o gozo vano.
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De los daños que se le siguen al alma de poner el gozo de la
voluntad en los bienes naturales.
1. Aunque muchos de estos daños y provechos que voy contando
en estos géneros de gozos son comunes a todos, con todo, porque derechamente
siguen al gozo y desapropio de él, aunque el gozo sea de cualquier género de
estas seis divisiones que voy tratando, por eso en cada una (digo) algunos
daños y provechos que también se hallan en la otra, por ser, como digo, anejos
al gozo que anda por todas. Mas mi principal intento es decir los
(particulares) daños y provechos que acerca de cada cosa, por el gozo o no gozo
de ella, se siguen al alma; los cuales llamo particulares, porque de tal manera
primaria e inmediatamente se causan de tal género de gozo, que no se causan del
otro sino secundaria y mediatamente. Ejemplo: el daño de la tibieza del
espíritu, de todo y de cualquier género de gozo se causa directamente, y así
este daño es a todos estos seis géneros general. Pero el fornicio es daño
particular, que sólo derechamente sigue al gozo de los bienes naturales que
vamos diciendo.
2. Los daños, pues, espirituales y corporales que derecha y
efectivamente se siguen al alma cuando pone el gozo en los bienes naturales, se
reducen a seis daños principales.
El primero es vanagloria, presunción, soberbia y desestima
del prójimo; porque no puede uno poner los ojos de la estimación en una cosa
que no los quite de las demás. De lo cual se sigue, por lo menos, desestima
real de las demás cosas; porque, naturalmente, poniendo la estimación en una
cosa, se recoge el corazón de las demás cosas en aquella que estima, y de este
desprecio real es muy fácil caer en el intencional y voluntario de algunas
cosas de esotras, en particular o en general, no sólo en el corazón, sino
mostrándolo con la lengua, diciendo: tal o tal cosa, tal o tal persona no es
como tal o tal.
El segundo daño es que mueve el sentido a complacencia y
deleite sensual y lujuria.
El tercer daño es hacer caer en adulación y alabanzas vanas,
en que hay engaño y vanidad, como dice Isaías (3, 12), diciendo: Pueblo mío, el
que te alaba te engaña. Y la razón es porque, aunque algunas veces dicen verdad
alabando gracias y hermosura, todavía por maravilla deja de ir allí envuelto
algún daño, o haciendo caer al otro en vana complacencia y gozo, y llevando
allí sus afectos e intenciones imperfectas.
El cuarto daño es general, porque se embota mucho la razón y
el sentido del espíritu también como en el gozo de los bienes temporales, y aun
en cierta manera mucho más; porque como los bienes naturales son más conjuntos
al hombre que los temporales, con más eficacia y presteza hace el gozo de los
tales impresión y huella en el sentido y más frecuentemente le embelesa. Y así,
la razón y juicio no quedan libres, sino anublados con aquella afección de gozo
muy conjunto.
Y de aquí nace el quinto daño, que es distracción de la
mente en criaturas.
Y de aquí nace y se sigue la tibieza y flojedad de espíritu,
que es el sexto daño, también general, que suele llegar a tanto, que tenga
tedio grande y tristeza en las cosas de Dios, hasta venirlas a aborrecer.
Piérdese en este gozo infaliblemente el espíritu puro, por
lo menos al principio; porque si algún espíritu se siente, será muy sensible y
grosero, poco espiritual y poco interior y recogido, consistiendo más en gusto
sensitivo que en fuerza de espíritu. Porque, pues el espíritu está tan bajo y
flaco, que así no apaga el hábito del tal gozo (porque, para no tener el
espíritu puro, basta tener este hábito imperfecto, aunque, cuando se ofrezca,
no consienta en los actos del gozo), más debe vivir, en cierta manera, en la
flaqueza del sentido que en la fuerza del espíritu; si no, en la fortaleza y
perfección que tuviere en las ocasiones lo verá. Aunque no niego que puede
haber muchas virtudes con hartas imperfecciones; mas con estos gozos no
apagados, no puro ni sabroso espíritu interior, porque reina la carne, que
milita contra el espíritu (Gl. 5, 17), y aunque no sienta daño el espíritu, por
lo menos se le causa ocultamente distracción.
3. Pero, volviendo a hablar en aquel segundo daño, que
contiene en sí daños innumerables, aunque no se pueden comprehender con la
pluma ni significar con palabras, no es oscuro ni oculto hasta dónde llegue y
cuánta sea esta desventura nacida del gozo puesto en las gracias y hermosura
natural, pues que cada día por esta causa se ven tantas muertes de hombres,
tantas honras perdidas, tantos insultos hechos, tantas haciendas disipadas,
tantas emulaciones y contiendas, tantos adulterios, estupros y fornicios
cometidos y tantos santos caídos en el suelo, que se comparen a la tercera
parte de las estrellas del cielo derribadas con la cola de aquella serpiente en
la tierra (Ap. 12, 4); el oro fino, perdido su primor y lustre, en el cieno; y
los ínclitos y nobles de Sión, que se vestían de oro primo, estimados en vasos
de barro quebrados, hechos tiestos (Lm. 4, 12).
4. ¿Hasta dónde no llega la ponzoña de este daño? ¿Y quién
no bebe o poco o mucho de este cáliz dorado de la mujer babilónica del
Apocalipsis (17, 4)? Que (en sentarse ella sobre aquella gran bestia, que tenía
siete cabezas y diez coronas, da a entender que apenas hay alto ni bajo, ni
santo ni pecador que no dé a beber de su vino, sujetando en algo su corazón,
pues, como allí se dice de ella (17, 2), fueron embriagados todos los reyes de
la tierra del vino de su prostitución. Y a todos los estados coge, hasta el
supremo e ínclito del santuario y divino sacerdocio, asentando su abominable
vaso, como dice Daniel (9, 27) en el lugar santo; apenas dejando fuerte que
poco o mucho no le dé a beber del vino de este cáliz, que es este vano gozo.
Que, por eso, dice que "todos los reyes de la tierra fueron embriagados de
este vino", pues tan pocos se hallarán que, por santos que hayan sido, no
les haya embelesado y trastornado algo esta bebida del gozo y gusto de la
hermosura y gracias naturales.
5. Donde es de notar el decir que se embriagaron; porque,
por poco que se beba del vino de este gozo, luego al punto se ase al corazón, y
embelesa y hace el daño de oscurecer la razón, como a los asidos del vino. Y es
de manera que, si luego no se toma alguna triaca contra este veneno con que se
eche fuera presto, peligro corre la vida del alma. Porque, tomando fuerzas la
flaqueza espiritual, le traerá a tanto mal que, como Sansón (Ju. 16, 19),
sacados los ojos de su vista y cortados los cabellos de su primera fortaleza,
se verá moler en las atahonas, cautivo entre sus enemigos, y después, por
ventura, morir la segunda muerte, como él con ellos; causándole todos estos
daños la bebida de este gozo espiritualmente, como a él corporalmente se los
causó y causa hoy a muchos; y después le vengan a decir sus enemigos, no sin
grande confusión suya: ¿Eres tú el que rompías los lazos doblados,
desquijarrabas los leones, matabas los mil filisteos y arrancabas los postigos,
y te librabas de todos tus enemigos?
6. Concluyamos, pues, poniendo el documento necesario contra
esta ponzoña, y sea: luego que el corazón se sienta mover de este vano gozo de
bienes naturales, se acuerde cuán vana cosa es gozarse de otra que de servir a
Dios y cuán peligrosa y perniciosa; considerando cuánto daño fue para los
ángeles gozarse y complacerse de su hermosura y bienes naturales, pues por esto
cayeron en los abismos feos, y cuántos males siguen a los hombres cada día por
esa misma vanidad; y por eso se animen con tiempo a tomar el remedio que dice
el poeta a los que comienzan a aficionarse a lo tal: Date priesa ahora al
principio a poner remedio; porque cuando los males han tenido tiempo de crecer
en el corazón, tarde viene el remedio y la medicina. No mires al vino, dice el
Sabio (Pv. 23, 3132), cuando su color está rubicundo y resplandece en el vidrio;
entra blandamente, y (al fin) muerde como culebra y derrama venenos como el
régulo.
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De los provechos que saca el alma de no poner el gozo en los
bienes naturales.
1. Muchos son los provechos que al alma se le siguen de
apartar su corazón de semejante gozo, porque, demás que dispone para el amor de
Dios y las otras virtudes, derechamente da lugar a la humildad para sí mismo y
(a) la caridad general para con los prójimos; porque, no aficionándose a
ninguno por los bienes naturales aparentes, que son engañadores, le queda el
alma libre y clara para amarlos a todos racional y espiritualmente, como Dios
quiere que sean amados. En lo cual se conoce que ninguno merece amor si no es
por la virtud que hay en él. Y cuando de esta suerte se ama, es muy según Dios
y aun con mucha libertad; y si es con asimiento, es con mayor asimiento de
Dios; porque entonces cuanto más crece este amor, tanto más crece el de Dios, y
cuanto más el (de) Dios, tanto más éste del prójimo; porque de lo que es en
Dios es una misma razón y una misma la causa.
2. Síguesele otro excelente provecho en negar este género de
gozo, y es que cumple y guarda el consejo de Nuestro Salvador, que dice por san
Mateo (16, 24) que el que quisiere seguirle se niegue a sí mismo. Lo cual en
ninguna manera podría hacer el alma si pusiese el gozo en sus bienes naturales,
porque el que hace algún caso de sí no se niega ni sigue a Cristo.
3. Hay otro grande provecho en negar este género de gozo, y
es que causa en el alma grande tranquilidad y evacua las digresiones, y hay
recogimiento en los sentidos, mayormente en los ojos. Porque, no queriendo
gozarse en eso, ni quiere mirar ni dar los demás sentidos a esas cosas, por no
ser atraído ni enlazado de ellas, ni gastar tiempo ni pensamiento en ellas:
hecho semejante a la prudente serpiente, que tapa sus oídos por no oír los
encantadores y le hagan algunos impresión (Sal. 57, 5). Porque guardando las
puertas del alma, que son los sentidos, mucho se guarda y aumenta la
tranquilidad y pureza de ella.
4. Hay otro provecho no menor en los que ya están
aprovechados en la mortificación de este género de gozo, y es que los objetos y
las noticias feas no les hacen la impresión e impureza que a los que todavía
les contenta algo de esto. Y, por eso, a la negación y mortificación de este
gozo se le sigue la espiritual limpieza de alma y cuerpo, esto es, de espíritu
y sentido, y va teniendo conveniencia angelical con Dios, haciendo a su alma y
cuerpo digno templo del Espíritu Santo. Lo cual no puede ser así, si su corazón
se goza en los bienes y gracias naturales; que para esto no es menester
consentimiento ni memoria de cosa fea, pues aquel gozo basta para la impureza
del alma y sentido con la noticia de lo tal, pues que dice el Sabio (Sab. 1, 5)
que el Espíritu Santo se apartará de los pensamientos que no son de
entendimiento, esto es, de la razón superior en orden a Dios.
5. Otro provecho general se le sigue, y es que, demás que se
libra de los males y daños arriba dichos, se excusa también de vanidades sin
cuento y de muchos otros daños, así espirituales como temporales, y mayormente
de caer en la poca estima que son tenidos todos aquellos que son vistos gozarse
o preciarse de las dichas partes naturales, suyas o ajenas. Y así son tenidos y
estimados por cuerdos y sabios, como de verdad lo son, todos aquellos que no
hacen caso de estas cosas, sino de aquello de que gusta Dios.
6. De los dichos provechos se sigue el último, que es un
generoso bien del alma, tan necesario para servir a Dios como es la libertad
del espíritu, con que fácilmente se vencen las tentaciones, y se pasan bien los
trabajos, y crecen prósperamente las virtudes.
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Que trata del tercer género de bienes en que puede la
voluntad poner la afección del gozo, que son los sensuales. Dice cuáles sean y
de cuántos géneros y cómo se ha de enderezar la voluntad a Dios purgándose de
este gozo.
1. Síguese tratar del gozo acerca de los bienes sensuales,
que es el tercer género de bienes en que decíamos poder gozarse la voluntad. Y
es de notar que por bienes sensuales entendemos aquí todo aquello que en esta
vida puede caer en el sentido de la vista, del oído, del olfato, gusto y tacto,
y de la fábrica interior del discurso imaginario, que todo pertenece a los
sentidos corporales, interiores y exteriores.
2. Y para oscurecer y purgar la voluntad del gozo acerca de
estos objetos sensibles, encaminándola a Dios por ellos, es necesario
presuponer una verdad, y es: que, como muchas veces habemos dicho, el sentido
de la parte inferior del hombre, que es del que vamos tratando, no es ni puede
ser capaz de conocer ni comprehender a Dios como Dios es. De manera que ni el
ojo le puede ver ni cosa que se parezca a él, ni el oído puede oír su voz ni
sonido que se le parezca, ni el olfato puede oler olor tan suave, ni el gusto
alcanza sabor tan subido y sabroso, ni el tacto puede sentir toque tan delicado
y tan deleitable ni cosa semejante; ni puede caer en pensamiento ni imaginación
su forma, ni figura alguna que le represente, diciéndolo Isaías (64, 4; 1 Cor.
2, 9) así: Que ni ojo le vio, ni oído le oyó, ni cayó en corazón de hombre.
3. Y es aquí de notar que los sentidos pueden recibir gusto
o deleite, o de parte del espíritu, mediante alguna comunicación (que recibe de
Dios interiormente, o de parte de las cosas exteriores comunicadas a) los
sentidos. Y, según lo dicho, ni por vía del espíritu ni por la del sentido
puede conocer a Dios la parte sensitiva; porque, no teniendo ella habilidad que
llegue a tanto, recibe lo espiritual sensitiva y sensualmente, y no más. De
donde para la voluntad en gozarse del gusto causado de alguna de estas
aprehensiones sería vanidad, por lo menos, e impedir la fuerza de la voluntad
que no se emplease en Dios, poniendo su gozo sólo en él. Lo cual no puede ella
hacer enteramente si no es purgándose y oscureciéndose del gozo acerca de este
género, como de los demás.
4. Dije con advertencia: que si parase el gozo en algo de lo
dicho, sería vanidad, porque cuando no para en eso, sino que, luego que siente
la voluntad el gusto de lo que oye, ve y trata, se levanta a gozar en Dios y le
es motivo y fuerza para eso, muy bueno es. Y entonces no sólo no se han de
evitar las tales mociones cuando causan esta devoción y oración, mas se pueden
aprovechar de ellas, y aun deben, para tan santo ejercicio; porque hay almas
que se mueven mucho en Dios por los objetos sensibles. Pero ha de haber mucho
recato en esto, mirando los efectos que de ahí sacan; porque muchas veces
muchos espirituales usan de las dichas recreaciones de sentidos con pretexto de
oración y de darse a Dios, y es de manera que más se puede llamar recreación
que oración y darse gusto a sí mismos más que a Dios; y la intención que tienen
es para Dios, y el efecto que sacan es para la recreación sensitiva, en que
sacan más flaqueza de imperfección que avivar la voluntad y entregarla a Dios.
5. Por lo cual quiero poner aquí un documento para (que se
vea) cuándo dichos sabores de los sentidos hacen provecho y cuándo no. Y es que
todas las veces que, oyendo músicas u otras cosas, y viendo cosas agradables, y
oliendo suaves olores, y gustando algunos sabores y delicados toques, luego al
primer movimiento se pone la noticia y afección de la voluntad en Dios, dándole
más gusto aquella noticia que el motivo sensual que se la causa, y no gusta del
tal motivo sino por eso, es señal que saca provecho de lo dicho y que le ayuda
lo tal sensitivo al espíritu. Y en esta manera se puede usar, porque entonces
sirven los sensibles al fin para que Dios los crió y dio, que es para ser por
ellos más amado y conocido. Y es aquí de saber que aquel a quien estos
sensibles hacen el puro efecto espiritual que digo, no por eso tiene apetito,
ni se le da casi nada por ellos, aunque cuando se le ofrecen le dan mucho
gusto, por el gusto que tengo dicho que de Dios le causan; y así no se solicita
por ellos, y cuando se le ofrecen, como digo, luego pasa la voluntad de ellos,
y los deja y se pone en Dios.
6. La causa de no dársele mucho de estos motivos, aunque le
ayudan (para ir) a Dios, es porque, como el espíritu que tiene esta prontitud
de ir con todo y por todo a Dios está tan cebado y prevenido y satisfecho con
el espíritu de Dios, que no echa menos nada ni lo apetece; y si lo apetece para
esto, luego se le pasa y se le olvida, y no hace caso.
Pero el que no sintiere esta libertad de espíritu en las
dichas cosas y gustos sensibles, sino que su voluntad se detiene en estos
gustos y se ceba de ellos, daño le hacen y debe apartarse de usarlos. Porque,
aunque con la razón se quiera ayudar de ellos para ir a Dios, todavía, por
cuanto el apetito gusta de ellos, según lo sensual, y conforme al gusto siempre
es el efecto, más cierto es hacerle estorbo que ayuda, y más daño que provecho.
Y cuando viere que reina en sí el apetito de las tales recreaciones, debe
mortificarle; porque cuanto más fuere fuerte, tiene más de imperfección y
flaqueza.
7. Debe, pues, el espiritual, en cualquiera gusto que de
parte del sentido se le ofreciere, ahora sea acaso, ahora de intento,
aprovecharse de él sólo para Dios, levantando a él el gozo del alma para que su
gozo sea útil y provechoso y perfecto, advirtiendo que todo gozo que no es en
negación y aniquilación de otro cualquiera gozo, aunque sea de cosa al parecer
muy levantada, es vano y sin provecho y estorba para la unión de la voluntad en
Dios.
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Que trata de los daños que el alma recibe en querer poner el
gozo de la voluntad en los bienes sensuales.
1. Cuanto a lo primero, si el alma no oscurece y apaga el
gozo que de las cosas sensuales le puede nacer, enderezando a Dios el tal gozo,
todos los daños generales que habemos dicho que nacen de otro cualquier género
de gozo, se le siguen de éste, que es de cosas sensuales, como son: oscuridad
de la razón, tibieza y tedio espiritual, etc. Pero, en particular, muchos son
los daños en que derechamente puede caer por este gozo, así espirituales como
corporales sensuales.
2. Primeramente, del gozo de las cosas visibles, no
negándole para ir a Dios, se le puede seguir derechamente vanidad de ánimo y
distracción de la mente, codicia desordenada, deshonestidad, descompostura
interior y exterior, impureza de pensamientos y envidia.
3. Del gozo en oír cosas inútiles, derechamente nace
distracción de la imaginación, parlería, envidia, juicios inciertos y variedad
de pensamientos, y de éstos otros muchos y perniciosos daños.
4. De gozarse en olores suaves le nace asco de los pobres,
que es contra la doctrina de Cristo, enemistad a la servidumbre, poco
rendimiento de corazón en las cosas humildes e insensibilidad espiritual, por
lo menos según la proporción de su apetito.
5. Del gozo en el sabor de los manjares, derechamente nace
gula y embriaguez, ira, discordia y falta de caridad con los prójimos y pobres,
como tuvo con Lázaro aquel epulón que comía cada día espléndidamente (Lc. 16,
19). De ahí nace el destemple corporal, las enfermedades; nacen los malos
movimientos, porque crecen los incentivos de la lujuria. Críase derechamente
gran torpeza en el espíritu y estrágase el apetito de las cosas espirituales,
de manera que no pueda gustar de ellas, ni aun estar en ellas ni tratar de
ellas. Nace también de este gozo distracción de los demás sentidos y del
corazón y descontento acerca de muchas cosas.
6. Del gozo acerca del tacto en cosas suaves, muchos más
daños y más perniciosos nacen, y que más en breve trasvierten el sentido al
espíritu y apagan su fuerza y vigor. De aquí nace el abominable vicio de la
molicie o incentivos para ella, según la proporción del gozo de este género;
críase la lujuria, hace al ánimo afeminado y tímido y al sentido halagüeño y
melífluo y dispuesto para pecar y hacer daño; infunde vana alegría y gozo en el
corazón, y cría soltura de lengua y libertad de ojos y a los demás sentidos embelesa
y embota, según la cantidad del tal apetito, empacha el juicio, sustentándole
en insipiencia y necedad espiritual, y moralmente cría cobardía e inconstancia;
y, con tiniebla en el ánima y flaqueza de corazón, hace temer aun donde no hay
que temer; cría este gozo espíritu de confusión algunas veces e insensibilidad
acerca de la conciencia y del espíritu, por cuanto debilita mucho la razón y la
pone de suerte que ni sepa tomar buen consejo ni darle, y queda incapaz para
los bienes espirituales y morales, inútil como un vaso quebrado (Ecli. 21, 17).
7. Todos estos daños se causan de este género de gozo, en
unos más intensamente, según la intensión del tal gozo y según también la
facilidad o flaqueza o inconstancia del sujeto en que cae; porque naturales hay
que de pequeña ocasión recibirán más detrimentos que otros de muchas.
8. Finalmente, de este género de gozo en el tacto se puede
caer en tantos males y daños, como habemos dicho, acerca de los bienes
naturales, que, por estar allí ya dichos, aquí no los refiero, como tampoco
digo otros muchos daños que hace, como son mengua en los ejercicios
espirituales y penitencia corporal, y tibieza e indevoción acerca del uso de
los sacramentos de
Inicio ---------------------------------------------------------------------------
De los provechos que se siguen al alma en la negación del
gozo acerca de las cosas sensibles, los cuales son espirituales y temporales.
1. Admirables son los provechos que el alma saca de la
negación de este gozo: de ellos, son espirituales, y de ellos, temporales.
2. El primero es que, recogiendo el alma su gozo de las
cosas sensibles, se restaura acerca de la distracción en que por el demasiado
ejercicio de los sentidos ha caído, recogiéndose en Dios; y consérvase el
espíritu y virtudes que ha adquirido, y se aumentan y va ganando.
3. El segundo provecho espiritual que saca en no se querer
gozar acerca de lo sensible es excelente, conviene a saber: que podemos decir
con verdad que de sensual se hace espiritual, de animal se hace racional y aún
que de hombre camina a porción angelical, y que de temporal y humano se hace
divino y celestial; porque, así como el hombre que busca el gusto de las cosas
sensuales y en ellas pone su gozo no merece ni se le debe otro nombre que estos
que habemos dicho, es a saber: sensual, animal, temporal, etcétera, así, cuando
levanta el gozo de estas cosas sensibles, merece todos éstos, conviene a saber:
espiritual, celestial, etc.
4. Y que esto sea verdad, está claro; porque, como quiera
que el ejercicio de los sentidos y fuerza de la sensualidad contradiga, como
dice el Apóstol (Gl. 5, 17), a la fuerza y ejercicio espiritual, de aquí es
que, menguando y acabando las unas de estas fuerzas, han de crecer y aumentarse
las otras fuerzas contrarias, por cuyo impedimento no crecían, y así,
perfeccionándose el espíritu, que es la porción superior del alma que tiene
respecto y comunicación con Dios, merece todos los dichos atributos, pues que
se perfecciona en bienes y dones de Dios espirituales y celestiales.
Y lo uno y lo otro se prueba por san Pablo (1 Cor. 2, 14),
el cual al sensual, que es el que el ejercicio de su voluntad sólo trae en lo
sensible, (le llama) animal, que no percibe las cosas de Dios; y a esotro, que
levanta a Dios la voluntad, llama espiritual, y que éste lo penetra y juzga
todo hasta los profundos de Dios. Por tanto, tiene aquí el alma un admirable
provecho de una grande disposición para recibir bienes de Dios y dones
espirituales.
5. Pero el tercer provecho es que con grande exceso se le
aumentan los gustos y el gozo de la voluntad temporalmente; pues, como dice el
Salvador (Mt. 19, 29), en esta vida por uno le dan ciento. De manera que, si un
gozo niegas, ciento tanto te dará el Señor en esta vida temporal y
espiritualmente; como también, por un gozo que de esas cosas sensibles tengas,
te nacerá ciento tanto de pesar y sinsabor. Porque, de parte del ojo ya purgado
en los gozos de ver, se le sigue al alma gozo espiritual, enderezado a Dios en
todo cuanto ve, ahora sea divino, ahora profano lo que ve. De parte del oído
purgado en el gozo de oír, se le sigue al alma ciento tanto de gozo muy
espiritual y enderezado a Dios en todo cuanto oye, ahora sea divino, ahora
profano lo que oye; y así en los demás sentidos ya purgados; porque, así como
en el estado de la inocencia a nuestros primeros padres todo cuanto veían y
hablaban y comían en el paraíso les servía para mayor sabor de contemplación,
por tener ellos bien sujeta y ordenada la parte sensitiva a la razón, así el
que tiene el sentido purgado y sujeto al espíritu de todas las cosas sensibles,
desde el primer movimiento saca deleite de sabrosa advertencia y contemplación
de Dios.
6. De donde al limpio todo lo alto y lo bajo le hace más
bien y le sirve para más limpieza, así como el impuro de lo uno y de lo otro,
mediante su impureza, suele sacar mal; mas el que no vence el gozo del apetito,
ni gozará de serenidad de gozo ordinario en Dios por medio de sus criaturas. El
que no vive ya según el sentido, todas las operaciones de sus sentidos y
potencias son enderezadas a divina contemplación, porque, siendo verdad en
buena filosofía que cada cosa, según el ser que tiene o vida que vive, es su
operación, si el alma vive vida espiritual, mortificada la animal, claro está
que sin contradicción, siendo ya todas sus acciones y movimientos espirituales
de vida espiritual, ha de ir con todo a Dios. De donde se sigue que este tal,
ya limpio de corazón, en todas las cosas halla noticia de Dios gozosa y
gustosa, casta, pura, espiritual, alegre y amorosa.
7. De lo dicho infiero la siguiente doctrina, y es: que
hasta que el hombre venga a tener tan habituado el sentido en la purgación del
gozo sensible, que de primer movimiento saque el provecho que he dicho, de que
le envíen las cosas luego a Dios, tiene necesidad de negar su gozo y gusto
acerca de ellas para sacar de la vida sensitiva al alma; temiendo que, pues él
no es espiritual, sacará, por ventura, del uso de estas cosas más jugo y fuerza
para el sentido que para el espíritu, predominando en su operación la fuerza
sensual, que hace más sensualidad y la sustenta y cría; porque, como Nuestro
Salvador dice (Jn. 3, 6), lo que nace de carne, carne es; y lo que nace del
espíritu, espíritu es.
Y esto se mire mucho, porque es así la verdad. Y no se
atreva el que no tiene aún mortificado el gusto en las cosas sensibles
aprovecharse mucho de la fuerza y operación del sentido acerca de ellas,
creyendo que le ayudan al espíritu; porque más crecerán las fuerzas del alma
sin estas sensitivas, esto es, apagando el gozo y apetito de ellas, que usando
de él en ellas.
8. Pues los bienes de gloria que en la otra vida se siguen
por el negamiento de este gozo, no hay necesidad de decirlo; porque, demás que
los dotes corporales de gloria, como son agilidad y claridad, serán mucho más
excelentes que los de aquellos que no se negaron, así el aumento de la gloria
esencial del alma, que responde al amor de Dios por quien negó las dichas cosas
sensibles, por cada gozo que negó momentáneo y caduco, como dice San Pablo (2
Cor. 4, 17), inmenso peso de gloria obrará en él eternamente.
Y no quiero ahora referir aquí los demás provechos, así
morales como temporales y también espirituales, que se siguen a esta noche de
gozo; pues son todos los que en los demás quedan dichos, y con más eminente
ser, por ser estos gozos que se niegan más conjuntos al natural, y por eso
adquiere este tal más íntima pureza en la negación de ellos.
Inicio
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En que se comienza a tratar del cuarto género de bienes que
son bienes morales. Dice cuáles sean y en qué manera sea en ellos lícito el
gozo de la voluntad.
1. El cuarto género en que se puede gozar la voluntad son
bienes morales; y por bienes morales entendemos aquí las virtudes y los hábitos
de ellas en cuanto morales, y el ejercicio de cualquiera virtud, y el ejercicio
de las obras de misericordia, la guarda de la ley de Dios, y la política, y
todo ejercicio de buena índole e inclinación.
2. Y estos bienes morales, cuando se poseen y ejercitan, por
ventura merecen más gozo de la voluntad que alguno de esotros tres géneros que
quedan dichos. Porque por una de dos causas, o por entrambas juntas, se puede
el hombre gozar de sus cosas, conviene a saber: o por lo que ellas son en sí, o
por el bien que importan y traen consigo como medio e instrumento.
Y así, hallaremos que la posesión de los tres géneros de
bienes ya dichos ningún gozo de la voluntad merecen, pues, como queda dicho, de
suyo al hombre ningún bien le hacen ni le tienen en sí, pues son tan caducos y
deleznables; antes, como también dijimos, le engendran y acarrean pena y dolor
y aflicción de ánimo. Que, aunque algún gozo merezcan por la segunda causa, que
es cuando el hombre de ellos se aprovecha para ir a Dios, es tan incierto esto,
que, como vemos comúnmente, más se daña el hombre con ellos que se aprovecha.
Pero los bienes morales ya por la primera causa, que es por
lo que en sí son y valen, merecen algún gozo de su poseedor; porque consigo
traen paz y tranquilidad y recto y ordenado uso de la razón, y operaciones
acordadas; que no puede el hombre humanamente en esta vida poseer cosa mejor.
3. Y así, porque las virtudes por sí mismas merecen ser
amadas y estimadas, hablando humanamente, bien se puede el hombre gozar de
tenerlas en sí y ejercitarlas por lo que en sí son y por lo que de bien humana
y temporalmente importan al hombre. Porque de esta manera, y por esto, los
filósofos y sabios y antiguos príncipes las estimaron y las alabaron y
procuraron tener y ejercitar; y aunque gentiles, y que sólo ponían los ojos en
ellas temporalmente por los bienes que temporal y corporal y naturalmente de
ellas conocían seguírseles, no sólo alcanzaban por ellas los bienes y nombre
temporalmente que pretendían, sino, demás de esto, Dios, que ama todo lo bueno,
aun en el bárbaro y gentil, y ninguna cosa impide buena, como dice el Sabio
(Sab. 7, 22), les aumentaba la vida, honra y señorío y paz, como hizo en los
romanos porque usaban de justas leyes; que casi les sujetó todo el mundo,
pagando temporalmente a los que eran por su infidelidad incapaces de premio
eterno las buenas costumbres.
Porque ama Dios tanto estos bienes morales, que sólo porque Salomón
le pidió sabiduría para mostrar los de su pueblo y poderle gobernar justamente,
instruyéndole en buenas costumbres, se lo agradeció mucho el mismo Dios, y le
dijo (3 Re. 3, 1113; 2 Cor. 1, 112) que, porque había pedido sabiduría para
aquel fin, que él se la daba y más lo que no había pedido, que eran riquezas y
honra, de manera que ningún rey en los pasados ni en lo por venir fuese
semejante a él.
4. Pero aunque en esta primera manera se deba gozar el
cristiano sobre los bienes morales y buenas obras que temporalmente hace, por
cuanto causan los bienes temporales que habemos dicho, no debe parar su gozo en
esta primera manera, como habemos dicho de los gentiles, cuyos ojos del alma no
trascendían más que lo de esta vida mortal, sino que -pues tiene lumbre de fe,
en que espera vida eterna y que sin ésta todo lo de acá y de allá no le valdrá
nada- sólo y principalmente debe gozarse en la posesión y ejercicio de estos
bienes morales en la segunda manera, que es en cuanto, haciendo las obras por
amor de Dios, le adquieren vida eterna.
Y así, sólo debe poner los ojos y el gozo en servir y honrar
a Dios con sus buenas costumbres y virtudes, pues que sin este respecto no
valen delante de Dios nada las virtudes, como se ve en las diez vírgenes del
Evangelio (Mt. 25, 113), que todas habían guardado virginidad y hecho buenas
obras, y porque las cinco no habían puesto su gozo en la segunda manera -esto
es, enderezándole en ellas a Dios-, sino antes le pusieron en la primera
manera, gozándose en la posesión de ellas, fueron echadas del cielo sin ningún
agradecimiento ni galardón del Esposo. Y también muchos antiguos tuvieron
muchas virtudes e hicieron buenas obras, y muchos cristianos el día de hoy las
tienen y obran grandes cosas, y no les aprovecharán nada para la vida eterna,
porque no pretendieron en ellas la gloria y honra que es de sólo Dios.
Debe, pues, gozarse el cristiano, no en si hace buenas obras
y sigue buenas costumbres, sino en si las hace por amor de Dios sólo, sin otro respecto
alguno; porque, cuanto son para mayor premio de gloria hechas sólo para servir
a Dios, tanto para mayor confusión suya será delante de Dios cuanto más le
hubieren movido otros respectos.
5. Para enderezar, pues, el gozo a Dios en los bienes morales
ha de advertir el cristiano que el valor de sus buenas obras, ayunos, limosnas,
penitencias, (oraciones), etcétera, que no se funda tanto en la cuantidad y
cualidad de ellas, sino en el amor de Dios que él lleva en ellas; y que
entonces van tanto más calificadas, cuanto con más puro y entero amor de Dios
van hechas y menos él quiere interesar acá y allá de ellas, de gozo, gusto,
consuelo, alabanza. Y por eso, ni ha de asentar el corazón en el gusto,
consuelo y sabor y los demás intereses que suelen traer consigo los buenos
ejercicios y obras, sino recoger el gozo a Dios, deseando servirle con ellas y,
purgándose y quedándose a oscuras de este gozo, querer que sólo Dios sea el que
se goce de ellas y guste de ellas en escondido, sin ninguno otro respecto y jugo
que honra y gloria de Dios. Y así recogerá en Dios toda la fuerza de la
voluntad acerca de estos bienes morales.
Inicio
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De siete daños en que se puede caer poniendo el gozo de la
voluntad en los bienes morales.
1. Los daños principales en que puede el hombre caer por el
gozo vano de sus buenas obras y costumbres, hallo que son siete, y muy
perniciosos, porque son espirituales, (los cuales referiré aquí brevemente).
2. El primer daño es vanidad, soberbia, vanagloria y
presunción; porque gozarse de sus obras no puede ser sin estimarlas. Y de ahí
nace la jactancia y lo demás, como se dice del fariseo en el Evangelio (Lc. 18,
12), que oraba y se congraciaba con Dios con jactancia de que ayunaba y hacía
otras buenas obras.
3. El segundo daño comúnmente va encadenado de éste, y es
que juzga a los demás por malos e imperfectos comparativamente, pareciéndole
que no hacen ni obran tan bien como él, estimándolos en menos en su corazón, y
a veces por la palabra. Y este daño también le tenía el fariseo (Lc. 18, 11),
pues en sus oraciones decía: Gracias te hago que no soy como los demás hombres:
robadores, injustos y adúlteros. De manera que en un solo acto caía en estos
dos daños estimándose a sí y despreciando a los demás; como el día de hoy hacen
muchos que dicen: "No soy yo como fulano, ni obro esto ni aquello como
éste o el otro". Y aún son peores que el fariseo muchos de éstos; pero él
no solamente despreció a los demás, sino también señaló parte, diciendo: Ni soy
como este publicano; mas ellos, no se contentando con eso ni con esotro, llegan
a enojarse y a envidiar cuando ven que otros son alabados o que hacen o valen
más que ellos.
4. El tercero daño es que, como en las obras miran al gusto,
comúnmente no las hacen sino cuando ven que de ellas se les ha de seguir algún
gusto y alabanza; y así, como dice Cristo (Mt. 23, 5), todo lo hacen ut
videantur ab hominibus, y no obran sólo por amor de Dios.
5. El cuarto daño se sigue de éste, y es que no hallarán
galardón en Dios, habiéndole ellos querido hallar en esta vida de gozo o
consuelo, o de interés de honra o de otra manera, en sus obras; en lo cual dice
el Salvador (Mt. 6, 2) que en aquello recibieron la paga. Y así, se quedaron
sólo con el trabajo de la obra y confusos sin galardón.
Hay tanta miseria acerca de este daño en los hijos de los
hombres, que tengo para mí que las más de las obras que hacen públicas, o son
viciosas, o no les valdrán nada, o son imperfectas delante de Dios, por no ir
ellos desasidos de estos intereses y respetos humanos. Porque ¿qué otra cosa se
puede juzgar de algunas obras y memorias que algunos hacen e instituyen, cuando
no las quieren (hacer) sin que vayan envueltas en honra y respetos humanos de
la vanidad de la vida, o perpetuando en ellas su nombre, linaje o señorío,
hasta poner de esto sus señales (nombres) y blasones en los templos, como si
ellos se quisiesen poner allí en lugar de imagen, donde todos hincan la rodilla,
en las cuales obras de algunos se puede decir que se adoran a sí más que a
Dios? Lo cual es verdad si por aquello las hicieron, y sin ello no las
hicieran.
Pero, dejados éstos que son de los peores, ¿cuántos hay que
de muchas maneras caen en este daño de sus obras? De los cuales, unos quieren
que se las alaben, otros que se las agradezcan; otros las cuentan y gustan que
lo sepa fulano y fulano y aun todo el mundo, y a veces quieren que pase la
limosna o lo que hacen por terceros porque se sepa más, otros quieren lo uno y
lo otro; lo cual es el tañer de la trompeta, que dice el Salvador en el
Evangelio (Mt. 6, 2) que hacen los vanos, que por eso no habrán de sus obras
galardón de Dios.
6. Deben, pues, éstos para huir este daño, esconder la obra,
que sólo Dios la vea, no queriendo que nadie haga caso. Y no sólo la ha de
esconder de los demás, más aún de sí mismo, esto es: que ni él se quiera
complacer en ella, estimándola como si fuese algo, ni sacar gusto de toda ella;
como espiritualmente se entiende aquello que dice Nuestro Señor (Mt. 6, 3): No
sepa tu siniestra lo que hace tu diestra, que es como decir: no estimes con el
ojo temporal y carnal la obra que haces espiritual. Y de esta manera se recoge
la fuerza de la voluntad en Dios y lleva fruto delante de él la obra; de donde
no sólo no la perderá sino que será de grande mérito. Y a este propósito se
entiende aquella sentencia de Job, cuando dice (31, 2628): Si yo besé mi mano
con mi boca, que es iniquidad y pecado grande, y se gozó en escondido mi corazón.
Porque aquí por la "mano" entiende la obra y por la "boca"
entiende la voluntad que se complace en ellas. Y porque es, como decimos,
complacencia en sí mismo, dice: Si se alegró en escondido mi corazón, lo cual
es grande iniquidad y negación contra Dios; y es como si dijera: que ni tuvo
complacencia ni se alegró su corazón en escondido.
7. El quinto daño de estos tales es que no van adelante en
el camino de la perfección; porque, estando ellos asidos al gusto y consuelo en
el obrar, cuando en sus obras y ejercicios no hallan gusto y consuelo, que es
ordinariamente cuando Dios los quiere llevar adelante -dándoles el pan duro,
que es el de los perfectos, y quitándolos de la leche de niños, probándolos las
fuerzas, y purgándolos el apetito tierno para que puedan gustar el manjar de
grandes-, ellos comúnmente desmayan y pierden la perseverancia de que no hallan
el dicho sabor en sus obras. Acerca de lo cual se entiende espiritualmente
aquello que dice el Sabio (Ecli. 10, 1), y es: Las moscas que se mueren,
pierden la suavidad del ungüento; porque cuando se les ofrece a éstos alguna
mortificación, mueren a sus buenas obras, dejándolas de hacer, y pierden la
perseverancia, en que está la suavidad del espíritu y consuelo interior.
8. El sexto daño de éstos es que comúnmente se engañan
teniendo por mejores las cosas y obras de que ellos gustan que aquéllas de que
no gustan, y alaban y estiman las unas y desestiman las otras: como quiera que
comúnmente aquellas obras en que de suyo el hombre más se mortifica, mayormente
cuando no está aprovechado en la perfección, sean mas aceptas y preciosas
delante de Dios, por causa de la negación que el hombre en ellas lleva de sí
mismo, que aquéllas en que él halla su consuelo, en que muy fácilmente se puede
buscar a sí mismo. Y a este propósito dice Miqueas (7, 3) de éstos: Malum
manuum suarum dicunt bonum, esto es: Lo que de sus obras es malo, dicen ellos
que es bueno. Lo cual les nace de poner ellos el gusto en sus obras, y no en
sólo dar gusto a Dios. Y cuánto reine este daño, así en los espirituales como
en los hombres comunes, sería prolijo de contar, pues que apenas hallarán uno
que puramente se mueva a obrar por Dios sin arrimo de algún interés de consuelo
o gusto u otro respeto.
9. El séptimo daño es que, en cuanto el hombre no apaga el
gozo vano en las obras morales, está más incapaz para recibir consejo y
enseñanza razonable acerca de las obras que debe hacer; porque el hábito de
flaqueza que tiene acerca del obrar, con la propiedad del vano gozo le
encadena, o para que no tenga el consejo ajeno por mejor, o para que, aunque le
tenga por tal, no le quiera seguir, no teniendo en si ánimo para ella.
Estos aflojan mucho en la caridad para con Dios y el
prójimo, porque el amor propio que acerca de sus obras tienen les hace resfriar
la caridad.
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De los provechos que se siguen al alma de apartar el gozo de
los bienes morales.
1. Muy grandes son los provechos que se siguen al alma en no
querer aplicar vanamente el gozo de la voluntad a este género de bienes.
Porque, cuanto a lo primero, se libra de caer en muchas
tentaciones y engaños del demonio, los cuales están encubiertos en el gozo de
las tales buenas obras, como lo podemos entender por aquello que se dice en Job
(40, 16), es a saber: Debajo de la sombra duerme, en lo secreto de la pluma y
en los lugares húmedos. Lo cual dice por el demonio, (porque en la humedad del
gozo y en lo vano de la caña, esto es, de la obra vana, engaña al alma. Y
engañarse por el demonio) en este gozo escondidamente no es maravilla, porque,
sin esperar a su sugestión, el mismo gozo vano se es él mismo engaño,
mayormente cuando hay alguna jactancia de ellas en el corazón, según lo dice
bien Jeremías (49, 16), diciendo: Arrogantia tua decepit te. Porque ¿qué mayor
engaño que la jactancia? Y de esto se libra el alma purgándose de este gozo.
2. El segundo provecho es que hace las obras más acordadas y
cabalmente. A lo cual, si hay pasión de gozo y gusto en ellas, no se da lugar;
porque, por medio de esta pasión del gozo, la irascible y concupiscible andan
tan sobradas, que no dan lugar al peso de la razón, sino que ordinariamente
anda variando en las obras y propósitos, dejando unas y tomando otras,
comenzando y dejando sin acabar nada; porque, como obra por el gusto, y éste es
variable, y en unos naturales mucho más que en otros, acabándose éste, es
acabado el obrar y el propósito, aunque sea cosa importante. De éstos, el gozo
de su obra es el ánima y fuerza de ella: apagado el gozo, muere y acaba la
obra, y no perseveran. Porque de éstos son de quien dijo Cristo (Lc. 8, 12) que
reciben la palabra con gozo y luego se la quita el demonio, porque no
perseveren. Y es porque no tenían más fuerza y raíces que el dicho gozo.
Quitarles y apartarles, pues, la voluntad de este gozo, es causa de
perseverancia y de acertar. Y así, es grande este provecho, como también es
grande el daño contrario. El sabio pone sus ojos en la sustancia y provecho de
la obra, no en el sabor y placer de ella; y así, no echa lances al aire, y saca
de la obra gozo estable sin tributo del sinsabor.
3. El tercero es divino provecho, y es que apagando el gozo
vano en estas obras, se hace pobre de espíritu, que es una de las
bienaventuranzas que dice el Hijo de Dios (Mt. 5, 3), diciendo: Bienaventurados
los pobres de espíritu, porque suyo es el reino de los cielos.
4. El cuarto provecho es que el que negare este gozo, será
en el obrar manso, humilde y prudente; porque no obrará impetuosa y
aceleradamente, empujado por la concupiscible e irascible del gozo, ni
presuntuosamente, afectado por la estimación que tiene de su obra, mediante el
gozo de ella; (ni incautamente, cegado por el gozo).
5. El quinto provecho es que se hace agradable a Dios y a
los hombres y se libra de la avaricia, y gula, y acedia espiritual, y de la
envidia espiritual, y de otros mil vicios.
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En que
se comienza a tratar del quinto género de bienes en
que se puede gozar la voluntad, que son sobrenaturales. Dice
cuáles sean, y cómo se distinguen de los espirituales, y cómo se ha de
enderezar el gozo de ellos a Dios.
1. Ahora conviene tratar del quinto género de bienes en que
el alma puede gozarse, que son sobrenaturales. Por los cuales entendemos aquí
todos los dones y gracias dados de Dios, que exceden la facultad y virtud
natural, que se llaman gratis datas, como son los dones de sabiduría y ciencia
que dio a Salomón, y las gracias que dice san Pablo (1 Cor. 12, 910), conviene
a saber: fe, gracia de sanidades, operación de milagros, profecía, conocimiento
y discreción de espíritus, declaración de las palabras y también don de
lenguas.
2. Los cuales bienes, aunque es verdad que también son
espirituales, como los del mismo género que habemos de tratar luego, todavía,
porque hay mucha diferencia entre ellos, he querido hacer de ellos distinción.
Porque el ejercicio de éstos tiene inmediato respecto al provecho de los
hombres y para ese provecho y fin los da Dios, como dice san Pablo (1 Cor. 12,
7), que a ninguno se da espíritu sino para provecho de los demás; lo cual se
entiende de estas gracias; mas los espirituales, su ejercicio y trato es sólo
del alma a Dios y de Dios al alma, en comunicación de entendimiento y voluntad,
etc., como diremos después. Y así, hay diferencia en el objeto, pues que de los
espirituales sólo es el Criador y el alma, mas de los sobrenaturales es la
criatura. Y también difieren en la sustancia, y por consiguiente en la
operación, y así también necesariamente en la doctrina.
3. Pero, hablando ahora de los dones y gracias
sobrenaturales como aquí las entendemos, digo que, para purgar el gozo vano en
ellas, conviene aquí notar dos provechos que hay en este género de bienes,
conviene a saber: temporal y espiritual.
El temporal es la sanidad de las enfermedades, recibir vista
los ciegos, resucitar los muertos, lanzar los demonios, profetizar lo por venir
para que miren por sí, y los demás a este talle.
El espiritual provecho y eterno es ser Dios conocido y
servido por estas obras, por el que las obra o por los en quien y delante de
quien se obran.
4. Cuanto al primer provecho, que es temporal, las obras y
milagros sobrenaturales poco o ningún gozo del alma merecen; porque, excluido
el segundo provecho, poco o nada le importan al hombre, pues de suyo no son
medio para unir el alma con Dios, si no es la caridad. Y estas obras y gracias
sobrenaturales sin estar en gracia y caridad se pueden ejercitar, ahora dando
Dios los dones y gracias verdaderamente, como hizo el inicuo profeta Balam (Nm.
2224) y a Salomón, ahora obrándolas falsamente por vía del demonio, como Simón
Mago (Hch. 8, 911), por otros secretos de naturaleza. Las cuales obras y
maravillas, si algunas habían de ser al que las obra de algún provecho, eran
las verdaderas que son dadas de Dios.
Y éstas, sin el segundo provecho, ya enseña san Pablo (1 Cr.
13, 12) lo que valen, diciendo: Si hablare con lenguas de hombres y de ángeles
y no tuviere caridad, hecho soy como el metal o la campana que suena. Y si
tuviere profecía y conociere todos los misterios y toda ciencia, y si tuviere
toda la fe, tanto que traspase los montes, y no tuviere caridad, nada soy, etc.
De donde Cristo dirá a muchos que habrán estimado sus obras en esta manera,
cuando por ellas le pidieren la gloria, diciendo: Señor, ¿no profetizamos en tu
nombre e hicimos muchos milagros?, les dirá: Apartaos de mí, obradores de
maldad (Mt. 7, 2223).
5. Debe, pues, el hombre gozarse, no en si tiene las tales
gracias y las ejercita, sino si el segundo fruto espiritual saca de ellas, es a
saber: sirviendo a Dios en ellas con verdadera caridad, en que está el fruto de
la vida eterna. Que por eso reprehendió Nuestro Salvador (Lc. 10, 20) a los
discípulos, que se venían gozando porque lanzaban los demonios, diciendo: En
esto no os queráis gozar porque los demonios se os sujetan, sino porque
vuestros nombres están escritos en el libro de la vida. Que en buena teología
es como decir: "Gozaos si están escritos vuestros nombres en el libro de
la vida". Donde se entiende que no se debe el hombre gozar sino en ir
camino de ella, que es hacer las obras en caridad; porque ¿qué aprovecha y qué
vale delante de Dios lo que no es amor de Dios? El cual no es perfecto si no es
fuerte y discreto en purgar el gozo de todas las cosas, poniéndole sólo en
hacer la voluntad de Dios. Y de esta manera se une la voluntad con Dios por
estos bienes sobrenaturales.
Inicio
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CAPITULO 31
[San Juan de
ÍNDICE
DE
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De los daños que se siguen al alma de poner el gozo de la
voluntad en este género de bienes.
1. Tres daños principales me parece que se pueden seguir al
alma de poner el gozo en los bienes sobrenaturales, conviene a saber, engañar y
ser engañada, detrimento en el alma acerca de la fe, vanagloria o alguna
vanidad.
2. Cuanto a lo primero, es cosa muy fácil engañar a los
demás y engañarse a sí mismo gozándose en esta manera de obras. Y la razón es
porque para conocer estas obras, cuáles sean falsas y cuáles verdaderas, y cómo
y a qué tiempo se han de ejercitar, es menester mucho aviso y mucha luz de
Dios, y lo uno y lo otro impide mucho el gozo y la estimación de estas obras. Y
esto por dos cosas: lo uno, porque el gozo embota y oscurece el juicio; lo
otro, porque con el gozo de aquello no sólo se codicia el hombre a creerlo más
presto, mas aún es más empujado a que se obre sin tiempo.
Y dado caso que las virtudes y obras que se ejercitan sean
verdaderas, bastan estos dos defectos para engañarse muchas veces en ellas, o
no entendiéndolas como se han de entender, o no aprovechándose de ellas y
usándolas como y cuando es más conveniente. Porque, aunque es verdad que cuando
da Dios estos dones y gracias les da la luz de ellas y el movimiento de cómo y
cuando se han de ejercitar, todavía ellos, por la propiedad e imperfección que
pueden tener acerca de ellas, pueden errar mucho, no usando de ellas con la
perfección que Dios quiere, y cómo y cuando él quiere. Como se lee que quería
hacer Balam cuando, contra la voluntad de Dios, se determinó de ir a maldecir
al pueblo de Israel; por lo cual, enojándose Dios, le quería matar (Nm. 22, 2223).
Y Santiago y san Juan querían hacer bajar fuego del cielo sobre los samaritanos
porque no daban posada a nuestro Salvador; a los cuales él reprehendió por ello
(Lc. 9, 5455).
3. Donde se ve claro cómo a éstos les hacía determinar a
hacer (estas obras) alguna pasión de imperfección, envuelta en gozo y
estimación de ellas, cuando no convenía. Porque, cuando no hay semejante
imperfección, solamente se mueven y determinan a obrar estas virtudes cuando y
como Dios les mueve a ello, y hasta entonces no conviene. Que, por eso, se
quejaba Dios de ciertos profetas por Jeremías (23, 21), diciendo: No enviaba yo
a los profetas, y ellos corrían; no los hablaba yo, y ellos profetizaban. Y
adelante dice (23, 32): Engañaron a mi pueblo con su mentira y con sus
milagros, como yo no se lo hubiese mandado, ni enviádolos. Y allí también dice
(23, 26) de ellos que ven las visiones de su corazón y que ésas dicen; lo cual
no pasara así si ellos no tuvieran esta abominable propiedad en estas obras.
4. De donde por estas autoridades se da a entender que el
daño de este gozo no solamente llega a usar inicua y perversamente de estas
gracias que da Dios, como Balam y los que aquí dice que hacían milagros con que
engañaban al pueblo, mas (aún) hasta usarlas sin habérselas Dios dado; como
éstos que profetizaban sus antojos y publicaban la visiones que ellos componían
o las que el demonio les representaba. Porque, como el demonio los ve
aficionados a estas cosas, dales en esto largo campo y muchas materias,
entrometiéndose de muchas maneras, y con esto tienden ellos las velas y cobran
desvergonzada osadía, alargándose en estas prodigiosas obras.
5. Y no para sólo en esto, sino que a tanto hace llegar el
gozo de estas obras la codicia de ellas, que hace que, si los tales tenían
antes pacto oculto con el demonio (porque muchos de éstos por este oculto pacto
obran estas cosas), ya vengan a atreverse a hacer con él pacto expreso y
manifiesto, sujetándose, por concierto, por discípulos al demonio y allegados
suyos. De aquí salen los hechiceros, los encantadores, los mágicos aríolos y
brujos.
Y a tanto mal llega el gozo de éstos sobre estas obras, que
no sólo (llega) a querer comprar los dones y gracias por dinero, como quería
Simón Mago (Hch. 8, 18), para servir al demonio, pero aun procuran haber las
cosas sagradas y aun (lo que no se puede decir sin temblar) las divinas, como
ya se ha visto haber sido usurpado el tremendo Cuerpo de nuestro Señor
Jesucristo para uso de sus maldades y abominaciones. ¡Alargue y muestre Dios
aquí su misericordia grande!
6. Y cuán perniciosos sean éstos para sí y perjudiciales
para
7. Debe, pues, el que tuviere la gracia y don sobrenatural,
apartar la codicia y gozo del ejercicio de él, descuidando en obrarle; porque
Dios, que se le da sobrenaturalmente para utilidad de su Iglesia o de sus
miembros, le moverá también sobrenaturalmente cómo y cuándo le deba ejercitar.
Que, pues mandaba a sus fieles (Mt. 10, 19) que no tuviesen cuidado de lo que
habían de hablar, ni cómo lo habían de hablar, porque era negocio sobrenatural
de fe, también querrá que, pues el negocio de estas obras no es menos, se
aguarde el hombre a que Dios sea el obrero, moviendo el corazón, pues en su
virtud se ha de obrar toda virtud (Sal. 59, 15). Que por eso los discípulos en
los Actos de los Apóstoles (4, 2930), aunque les había infundido estas gracias
y dones, hicieron oración a Dios, rogándole que fuese servido de extender su
mano en hacer señales y obras y sanidades por ellos, para introducir en los
corazones la fe de nuestro Señor Jesucristo.
8. El segundo daño que puede venir de este primero, es
detrimento acerca de la fe; el cual puede ser en dos maneras:
La primera, acerca de los otros; porque, poniéndose a hacer
la maravilla o virtud sin tiempo y necesidad, demás de que es tentar a Dios, que
es gran pecado, podrá ser no salir con ella y engendrar en los corazones menos
crédito y desprecio de la fe. Porque, aunque algunas veces salgan con ello, por
quererlo Dios por otras causas y respectos, como la hechicera de Saúl (1 Sm.
28, 12 ss.), si es verdad que era Samuel el que parecía allí, no dejan de errar
ellos y ser culpados por usar de estas gracias cuando no conviene.
En la segunda manera puede asimismo recibir detrimento
acerca del mérito de la fe, porque haciendo él mucho caso de estos milagros, se
desarrima mucho del hábito sustancial de la fe, la cual es hábito oscuro; y
así, donde más señales y testimonios concurren, menos merecimiento hay en
creer. De donde San Gregorio dice que no tiene merecimiento cuando la razón
humana la experimenta.
Y así, estas maravillas nunca Dios las obra, sino cuando
meramente son necesarias para creer; que, por eso, porque sus discípulos no
careciesen de mérito si tomaran experiencia de su resurrección, antes que se
les mostrase, hizo muchas cosas para que sin verle le creyesen; porque a María
Magdalena (Mt. 28, 18) primero le mostró vacío el sepulcro y después que se lo
dijesen los ángeles -porque la fe es por el oído, como dice san Pablo (Rm. 10,
17)- y oyéndolo, lo creyese primero que lo viese. Y aunque le vio fue como
hombre común, para acabarla de instruir, en la creencia que le faltaba con el
calor de su presencia (Jn. 20, 1118). Y a los discípulos primero se lo envió a
decir con las mujeres, después fueron a ver el sepulcro (Mt. 28, 78; Jn. 20, 110).
Y a los que iban a Emaús primero les inflamó el corazón en fe que le viesen,
yendo él disimulado con ellos (Lc. 24, 15); (y), finalmente, después los
reprehendió a todos (Mc. 16, 14) porque no habían creído a los que les habían
dicho su resurrección; y a Santo Tomás (Jn. 20, 29), porque quiso tomar
experiencia en sus llagas, cuando le dijo que eran bienaventurados los que no
viéndole le creían.
9. Y así, no es de condición de Dios que se hagan milagros,
que, como dicen, cuando los hace, a más no poder los hace. Y por eso
reprehendía él a los fariseos, porque no daban crédito sino por señales,
diciendo: Si no viéredes prodigios y señales, no creéis (Jn. 4, 48). Pierden,
pues, mucho acerca de la fe los que aman gozarse en estas obras sobrenaturales.
10. El tercer daño es que comúnmente por el gozo de estas
obras caen en vanagloria o en alguna vanidad; porque aun el mismo gozo de estas
maravillas, no siendo puramente, como habemos dicho, en Dios y para Dios, es
vanidad. Lo cual se ve en haber reprendido Nuestro Señor a los discípulos por
haberse gozado de que se les sujetaban los demonios (Lc. 10, 20); el cual gozo,
si no fuera vano, no lo reprehendiera.
Inicio
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De dos provechos que se sacan en la negación del gozo acerca
de las gracias sobrenaturales.
1. Demás de los provechos que el alma consigue en librarse
de los dichos tres daños por la privación de este gozo, adquiere dos excelentes
provechos.
El primero es engrandecer y ensalzar a Dios; el segundo es
ensalzarse el alma a sí misma. Porque de dos maneras es Dios ensalzado en el
alma: la primera es apartando el corazón y gozo de la voluntad de todo lo que
no es Dios, para ponerlo en él solamente. Lo cual quiso decir David en el verso
que habemos alegado al principio de la noche de esta potencia (Sal. 63, 7), es
a saber: Allegarse (ha) el hombre al corazón alto, y será Dios ensalzado;
porque, levantando el corazón sobre todas las cosas, se ensalza en el alma
sobre todas ellas.
2. Y porque de esta manera le pone en Dios solamente, se
ensalza y engrandece Dios, manifestando al alma su excelencia y grandeza;
porque en este levantamiento de gozo en él, le da Dios testimonio de quien él
es. Lo cual no se hace sin vaciar el gozo y consuelo de la voluntad acerca de
todas las cosas, como también lo dice por David (Sal. 45, 11), diciendo: Vacad,
y ved que yo soy Dios. Y otra vez (Sal. 62, 3) dice: En tierra desierta, seca y
sin camino, parecí delante de ti, para ver tu virtud y tu gloria. Y pues es
verdad que se ensalza Dios poniendo el gozo en él, apartado de todas las cosas,
mucho más se ensalza apartándole de estas más maravillosas para ponerle sólo en
él, pues son de más alta entidad siendo sobrenaturales; y así, dejándolas atrás
por poner el gozo sólo en Dios, es atribuir mayor gloria y excelencia a Dios
que a ellas; porque cuanto uno más y mayores cosas desprecia por otro, tanto
más le estima y engrandece.
3. Demás de esto, es Dios ensalzado en la segunda manera,
apartando la voluntad de este género de obras; porque cuanto Dios es más creído
y servido sin testimonios y señales, tanto más es del alma ensalzado, pues cree
de Dios más que las señales y milagros le pueden dar a entender.
4. El segundo provecho en que se ensalza el alma es porque,
apartando la voluntad de todos los testimonios y señales aparentes, se ensalza
en fe muy pura, la cual le infunde y aumenta Dios con mucha más intención, y
juntamente le aumenta las otras dos virtudes teologales, que son caridad y
esperanza; en que goza de divinas y altísimas noticias por medio del oscuro y
desnudo hábito de fe; y de grande deleite de amor por medio de la caridad, con
que no se goza la voluntad en otra cosa que en Dios vivo; y de satisfacción en
la memoria por medio de la esperanza. Todo lo cual es un admirable provecho que
esencial y derechamente importa para la unión perfecta del alma con Dios.
Inicio
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En que se comienza a tratar del sexto género de bienes de
que se puede gozar la voluntad. (Dice cuáles sean y hace la primera división de
ellos).
1. Pues el intento que llevamos en esta nuestra obra es
encaminar el espíritu por los bienes espirituales hasta la divina unión del
alma con Dios, ahora que en este sexto género habemos de tratar de los bienes
espirituales, que son los que más sirven para este negocio, convendrá que, así
yo como el lector, pongamos aquí con particular advertencia nuestra
consideración. Porque es cosa tan cierta y ordinaria, por el poco saber de
algunos, servirse de las cosas espirituales sólo para el sentido, dejando al
espíritu vacío, que apenas habrá a quien el jugo sensual no estrague buena
parte del espíritu, bebiéndose el agua antes que llegue al espíritu, dejándole
seco y vacío.
2. Viniendo, pues, al propósito, digo que por bienes
espirituales entiendo todos aquellos que mueven y ayudan para las cosas divinas
y el trato del alma con Dios, y las comunicaciones de Dios con el alma.
3. Comenzando, pues, a hacer división por los géneros
supremos, digo que los bienes espirituales son en dos maneras: unos, sabrosos,
y otros penosos. Y cada uno de estos géneros es también en dos maneras: porque
los sabrosos, unos son de cosas claras que distintamente se entienden, y otros,
de cosas que no se entienden clara ni distintamente. Los penosos, también
algunos son de cosas claras y distintas, y otros, de cosas confusas y oscuras.
4. Todos éstos podemos también distinguir según las
potencias del alma; porque unos, por cuanto son inteligencias, pertenecen al
entendimiento; otros, por cuanto son afecciones pertenecen a la voluntad, y
otros, por cuanto son imaginarios, pertenecen a la memoria.
5. Dejados, pues, para después los bienes penosos, porque
pertenecen a la noche pasiva, donde habemos de hablar de ellos, y también los
sabrosos que decimos ser de cosas confusas y no distintas para tratar a la
postre, por cuanto pertenecen a la noticia general, confusa, amorosa, en que se
hace la unión del alma con Dios (lo cual dejamos en el libro segundo,
difiriéndolo para tratar a la postre), diremos aquí ahora de aquellos bienes
sabrosos que son de cosas claras y distintas.
Inicio
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De los bienes espirituales que distintamente pueden caer en
el entendimiento y memoria. Dice cómo se ha de haber la voluntad acerca del
gozo de ellos.
1. Mucho tuviéramos aquí que hacer con la multitud de las
aprehensiones de la memoria y entendimiento, enseñando a la voluntad cómo se
había de haber acerca del gozo que puede tener en ellas si no hubiéramos
tratado (de ellas) largamente en el segundo y tercer libro. Pero, porque allí
se dijo de la manera que aquellas dos potencias les convenía haberse acerca de
ellas para encaminarse a la divina unión, y de la misma manera le conviene a la
voluntad haberse en el gozo acerca de ellas, no es necesario referirlas aquí.
Porque basta decir que dondequiera que allí dice que aquellas potencias se
vacíen de tales y tales aprehensiones, se entienda también que la voluntad
también se ha de vaciar del gozo de ellas. Y de la misma manera que queda dicho
que la memoria y entendimiento se han de haber acerca de todas aquellas
aprehensiones, se ha también de haber la voluntad; que, pues que el
entendimiento y las demás potencias no pueden admitir ni negar nada sin que
venga en ello la voluntad, claro está que la misma doctrina que sirve para lo
uno servirá también para lo otro.
2. Véase allí lo que en esto se requiere, porque en todos
aquellos daños caerá si no se sabe enderezar a Dios.
Inicio
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De los bienes espirituales sabrosos que distintamente pueden
caer en la voluntad. Dice de cuántas maneras sean.
2. Y cuanto a lo que toca a las imágenes y retratos), puede
haber mucha vanidad y gozo vano, porque, siendo ellas tan importantes para el
culto divino y tan necesarias para mover la voluntad a devoción, como la
aprobación y uso que tiene de ellas nuestra Madre
3. El uso de las imágenes para dos principales fines le ordenó
4. Esto se verá bien por el uso abominable que en estos
nuestros tiempos usan algunas personas que, no teniendo ellas aborrecido el
traje vano del mundo, adornan a las imágenes con el traje que la gente vana por
tiempo va inventando para el cumplimiento de sus pasatiempos y vanidades, y del
traje que en ellas es reprendido visten las imágenes, cosa que a ellas fue tan
aborrecible, y lo es; procurando en esto el demonio y ellos en él canonizar sus
vanidades, poniéndolas en los santos, no sin agraviarles mucho. Y de esta
manera, la honesta y grave devoción del alma, que de sí echa y arroja toda vanidad
y rastro de ella, ya se les queda en poco más que en ornato de muñecas, no
sirviéndose algunos de las imágenes más que de unos ídolos en que tienen puesto
su gozo. Y así, veréis algunas personas que no se hartan de añadir imagen a
imagen, y que no sea sino de tal y tal suerte y (hechura, y que no estén
puestas sino de tal o tal manera, de suerte) que deleite al sentido; y la
devoción del corazón es muy poca; y tanto asimiento tienen en esto como Micas
en sus ídolos o como Labán, que el uno salió de su casa dando voces porque se
los llevaban (Jue. 18, 24), y el otro, habiendo ido mucho camino y muy enojado
por ellos, trastornó todas las alhajas de Jacob, buscándolos (Gn. 31, 34).
5. La persona devota de veras en lo invisible principalmente
pone su devoción, y pocas imágenes ha menester y de pocas usa, y de aquéllas
que más se conforman con lo divino que con lo humano, conformándolas a ellas y
a sí en ellas con el traje del otro siglo y su condición, y no con éste, porque
no solamente no le mueve el apetito la figura de este siglo, pero aun no se
acuerda por ella de él, teniendo delante los ojos cosa que a él se parezca. Ni
(en) esas de que usa tiene asido el corazón, porque, si se las quitan, se pena
muy poco; porque la viva imagen busca dentro de sí, que es Cristo crucificado,
en el cual antes gusta de que todo se lo quiten y que todo le falte.
Hasta los motivos y medios que llegan más a Dios,
quitándoselos, queda quieto. Porque mayor perfección del alma es estar con
tranquilidad y gozo en la privación de estos motivos que en la posesión con
apetito y asimiento de ellos. Que, aunque es bueno gustar de tener aquellas
imágenes que ayuden al alma a más devoción (por lo cual se ha de escoger la que
más mueve), pero no es perfección estar tan asida a ellas que con propiedad las
posea, de manera que, si se las quitaren, se entristezca.
6. Tenga por cierto el alma que, cuanto más asida con
propiedad estuviere a la imagen o motivo, tanto menos subirá a Dios su devoción
y oración; aunque es verdad que, por estar unas más al propio que otras y
excitar más la devoción unas que otras, conviene aficionarse más a unas que a
otras por esta causa sólo y no con la propiedad y asimiento que tengo dicho, de
manera que lo que ha de llevar el espíritu volando por allí a Dios, olvidando
luego eso y esotro, se lo coma todo el sentido, estando todo engolfado en el
gozo de los instrumentos, que, habiéndome de servir sólo para ayuda de esto, ya
por mi imperfección me sirve para estorbo, y no menos que el asimiento y
propiedad de otra cualquiera cosa.
7. Pero ya que en esto de las imágenes tengas alguna
réplica, por no tener tú bien entendida la desnudez y pobreza del espíritu que
requiere la perfección, a lo menos no la podrás tener en la imperfección que
comúnmente tienen en los rosarios; pues apenas hallarás quien no tenga alguna
flaqueza en ellos, queriendo que sea de esta hechura más que de aquélla, o de
este color y metal más que de aquél, o de este ornato o de estotro; no
importando más el uno que el otro para que Dios oiga mejor lo que se reza por
éste que por aquél; (y no) antes aquella (oración) que va con sencillo y
verdadero corazón, no mirando más que a agradar a Dios no dándose nada más por
este rosario que por aquél, si no fuese de indulgencias.
8. Es nuestra vana codicia de suerte y condición, que en
todas las cosas quiere hacer asiento; y es como la carcoma, que roe lo sano, y
en las cosas buenas y malas hace su oficio. Porque ¿qué otra cosa es gustar tú
de traer el rosario curioso y querer que sea antes de esta manera que de
aquélla, sino tener puesto tu gozo en el instrumento, y querer escoger antes
(esta) imagen que la otra, no mirando si te despertará más el amor, sino en si
es más preciosa y curiosa? Si tú empleases el apetito y gozo sólo en amar a
Dios, no se te daría nada por eso ni por esotro. Y es lástima ver algunas
personas espirituales tan asidas al modo y hechura de estos instrumentos,
teniendo en ellos el asimiento y propiedad (igual) que en otras alhajas
temporales.
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En que prosigue de las imágenes, y dice de la ignorancia que
acerca de ellas tienen algunas personas.
1. Mucho había de decir de la rudeza que muchas personas
tienen acerca de las imágenes; porque llega la bobería a tanto, que algunas
ponen más confianza en unas imágenes que en otras, entendiendo que les oirá
Dios más por ésta que por aquélla, representando ambas una misma cosa, como dos
de Cristo o dos de Nuestra Señora. Y esto es porque tiene más afición a la una
hechura que a la otra, en lo cual va envuelta gran rudeza acerca del trato con
Dios y culto y honra que se le debe, el cual sólo mira la fe y pureza de
corazón del que ora. Porque el hacer Dios a veces más mercedes por medio de una
imagen que de otra de aquel mismo género, no es porque haya más en una que en
otra para ese efecto, aunque en la hechura tenga mucha diferencia, sino porque
las personas despiertan más su devoción por medio de una que de otra; que si la
misma devoción tuviesen por la una que por la otra, y aun sin la una y sin la
otra, las mismas mercedes recibirían de Dios.
2. De donde la causa por que Dios despierta milagros y hace
mercedes por medio de algunas imágenes más que por otras, no es para que
estimen más aquéllas que las otras, sino que para que con aquella novedad se
despierte más la devoción dormida y afecto de los fieles a oración. Y de aquí
es que, como entonces y por medio de aquella imagen se enciende la devoción y
se continúa la oración (que lo uno y lo otro es medio para que oiga Dios y
conceda lo que se le pide), entonces, y por medio de aquella imagen, por la
oración y afecto continúe Dios las mercedes y milagros en aquella imagen; que
cierto está que no los hace Dios por la imagen, pues en sí no es más que
pintura, sino por la devoción y fe que se tiene con el santo que representa. Y
así, si la misma devoción tuvieses tú y fe en Nuestra Señora delante de esta su
imagen que delante de aquélla, que representa la misma y aun sin ella, como
habemos dicho, las mismas mercedes recibirías. Que, aun por experiencia se ve
que, si Dios hace algunas mercedes y obra milagros, ordinariamente los hace por
medio de algunas imágenes no muy bien talladas ni curiosamente pintadas o
figuradas, porque los fieles no atribuyan algo de esto a la figura o pintura.
3. Y muchas veces suele nuestro Señor obrar estas mercedes
por medio de aquellas imágenes que están más apartadas y solitarias. Lo uno,
porque con aquel movimiento de ir a ellas crezca más el afecto y sea más
intenso el acto. Lo otro, porque se aparten del ruido y gente a orar, como lo
hacía el Señor (Mt. 14, 23; Lc. 6, 12). Por lo cual, el que hace la romería,
hace bien de hacerla cuando no va otra gente, aunque sea tiempo extraordinario;
y, cuando va mucha turba, nunca yo se lo aconsejaría, porque, ordinariamente,
vuelven más distraídos que fueron. Y muchos las toman y hacen más por
recreación que por devoción.
De manera que, como haya devoción y fe, cualquiera imagen
bastará; mas si no la hay, ninguna bastará. Que harta viva imagen era nuestro
Salvador en el mundo y, con todo, los que no tenían fe, aunque más andaban con
él y veían sus obras maravillosas, no se aprovechaban. Y ésa era la causa por
que en su tierra no hacía muchas virtudes, como dice el evangelista (Mt. 13,
58; Lc. 4, 24).
4. También quiero aquí decir algunos efectos sobrenaturales
que causan a veces algunas imágenes en personas particulares, y es que a
algunas imágenes da Dios espíritu particular en ellas, de manera que queda
fijada en la mente la figura de la imagen y devoción que causó, trayéndola como
presente; y cuando de repente de ella se acuerda, le hace el mismo espíritu que
cuando la vio, a veces menos y aun a veces más; y en otra imagen, aunque sea de
más perfecta hechura, no hallará aquel espíritu.
5. También muchas personas tienen devoción más en una
hechura que en otras, y en algunas no será más que afición y gusto natural, así
como a uno contentará más un rostro de una persona que de otra, y se aficionará
más a ella naturalmente, y la traerá más presente en su imaginación, aunque no
sea tan hermosa como las otras, porque se inclina su natural a aquella manera
de forma y figura. Y así pensarán algunas personas que la afición que tienen a
tal o tal imagen es devoción, y no será quizá más que afición y gusto natural.
Otras veces acaece que, mirando una imagen, la vean moverse, o hacer semblantes
y muestras, y dar a entender cosas, o hablar. Esta manera y la de los afectos
sobrenaturales que aquí decimos de las imágenes, aunque es verdad que muchas
veces son verdaderos afectos y buenos, causando Dios aquello, o para aumentar
la devoción, o para que el alma tenga algún arrimo a que ande asida por ser
algo flaca y no se distraiga, muchas veces lo hace el demonio para engañar y dañar.
Por tanto, para todo daremos doctrina en el capítulo siguiente.
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De cómo se ha de encaminar a Dios el gozo de la voluntad por
el objeto de las imágenes, de manera que no yerre (ni se impida por ellas).
1. Así como las imágenes son de gran provecho para acordarse
de Dios y de los santos y mover la voluntad a devoción usando de ellas (por vía
ordinaria), como conviene, así también serán para errar mucho si, cuando
acaecen cosas sobrenaturales acerca de ellas, no supiese el alma haberse como
conviene para ir a Dios. Porque uno de los medios con que el demonio coge a las
almas incautas con facilidad y las impide el camino de la verdad del espíritu,
es por cosas sobrenaturales y extraordinarias, de que hace muestra por las
imágenes, ahora en las materiales y corpóreas que usa
2. Por tanto, para evitar todos los daños que al alma pueden
tocar en este caso, que son: o ser impedida de volar a Dios, o usar con bajo
estilo e ignorantemente de las imágenes, o ser engañado natural o
sobrenaturalmente por ellas (las cuales cosas son las que arriba habemos
tocado) y también para purificar el gozo de la voluntad en ellas y enderezar
por ellas el alma a Dios, que es el intento que en el uso de ellas tiene
Por tanto, tenga el fiel este cuidado, que en viendo la
imagen no quiera embeber el sentido en ella, ahora sea corporal la imagen,
ahora imaginaria; ahora de hermosa hechura, ahora de rico atavío; ahora le haga
devoción sensitiva, ahora espiritual; ahora le haga muestras sobrenaturales. No
haciendo caso de nada de estos accidentes, no repare más en ella, sino luego
levante de ahí la mente a lo que representa, poniendo el jugo y gozo de la
voluntad en Dios con la oración y devoción de su espíritu, o en el santo que
invoca, porque lo que se ha de llevar lo vivo y el espíritu no se lo lleve lo
pintado y el sentido. De esta manera no será engañado, porque no hará caso de
lo que la imagen le dijere, ni ocupará el sentido ni el espíritu que no vaya
libremente a Dios, ni pondrá más confianza en una imagen que en otra. Y la que
sobrenaturalmente le diese devoción, se la dará más copiosamente, pues que
luego va a Dios con el afecto; porque Dios, siempre que hace esas y otras
mercedes, las hace inclinando el afecto del gozo de la voluntad a lo invisible,
y así quiere que lo hagamos, aniquilando la fuerza y jugo de las potencias
acerca de todas las cosas visibles y sensibles.
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Que prosigue en los bienes motivos. Dice de los oratorios y
lugares dedicados para oración.
1. Paréceme que ya queda dado a entender cómo en estos
accidentes de las imágenes puede tener el espiritual tanta imperfección, y por
ventura más peligrosa, poniendo su gusto y gozo en ellas, componiendo como en
las demás cosas corporales y temporales. Y digo que más, por ventura, porque
con decir: cosas santas son, se aseguran más y no temen la propiedad y
asimiento natural. Y así, se engañan a veces harto, pensando que ya están
llenos de devoción porque se sienten tener el gusto en estas cosas santas, y,
por ventura, no es más que condición y apetito natural, que, como se ponen en
otras cosas, se ponen en aquello.
2. De aquí es, porque comencemos a tratar de los oratorios,
que algunas personas no se hartan de añadir unas y otras imágenes a su
oratorio, gustando del orden y atavío con que las ponen, a fin que su oratorio
esté bien adornado y parezca bien. Y a Dios no le quieren más así que así, mas
antes menos, pues el gusto que ponen en aquellos ornatos pintados quitan a lo
vivo, como habemos dicho. Que, aunque es verdad que todo ornato y atavío y
reverencia que se puede hacer a las imágenes es muy poco, por lo cual los que
las tienen con poca decencia y reverencia son dignos de mucha reprehensión,
junto con los que hacen algunas tan mal talladas, que antes quitan la devoción
que la añaden, por lo cual habían de impedir algunos oficiales que en esta arte
son cortos y toscos, pero ¿qué tiene esto que ver con la propiedad y asimiento
y apetito que tú tienes en estos ornatos y atavíos exteriores, cuando de tal
manera te engolfan el sentido, que te impiden mucho el corazón de ir a Dios y
amarle y olvidarte de todas las cosas por su amor? Que si a esto faltas por
esotro, no sólo no te lo agradecerá, mas te castigará, por no haber buscado en
todas las cosas su gusto más que el tuyo.
Lo cual podrás bien entender en aquella fiesta que hicieron
a Su Majestad cuando entró en Jerusalén, recibiéndole con tantos cantares y
ramos (Mt. 21, 9) y lloraba el Señor (Lc. 19, 41); porque, teniendo ellos su
corazón muy lejos de él, le hacían pago con aquellas señales y ornatos
exteriores. En lo cual podemos decir que más se hacían fiesta a sí mismos que a
Dios, como acaece a muchos el día de hoy, que, cuando hay alguna solemne fiesta
en alguna parte, más se suelen alegrar por lo que ellos se han de holgar en
ella, ahora por ver o ser vistos, ahora por comer, ahora por otros sus
respectos, que por agradar a Dios. En las cuales inclinaciones e intenciones
ningún gusto dan a Dios, mayormente los mismos que celebran las fiestas cuando
inventan para interponer en ellas cosas ridículas e indevotas para incitar a
risa la gente, con que más se distraen; y otros ponen cosas que agraden más a
la gente que la muevan a devoción.
3. Pues ¿qué diré de otros intentos que tienen algunos de
intereses en las fiestas que celebran? Los cuales si tienen más el ojo y
codicia a esto que al servicio de Dios, ellos se lo saben, y Dios, que lo ve.
Pero en las unas maneras y en las otras, cuando así pasa, crean que más se
hacen a sí la fiesta que a Dios; porque por lo que su gusto o el de los hombres
hacen, no lo toma Dios a su cuenta, antes muchos se estarán holgando de los que
comunican en las fiestas de Dios, y Dios se estará con ellos enojando; como lo
hizo con los hijos de Israel cuando hacían fiesta cantando y bailando a su
ídolo, pensando que hacían fiesta a Dios, de los cuales mató muchos millares
(Ex. 32, 728); o como con los sacerdotes Nadab y Abiú hijos de Aarón, a quien
mató Dios con los incensarios en las manos porque ofrecían fuego ajeno (Lv. 10,
12); o como al que entró en las bodas mal ataviado y compuesto, al cual mandó
el rey echar en las tinieblas exteriores atado de pies y manos (Mt. 22, 1213).
En lo cual se conoce cuán mal sufre Dios en las juntas que se hacen para su
servicio estos desacatos.
Porque ¡cuántas fiestas, Dios mío, os hacen los hijos de los
hombres en que se lleva más el demonio que Vos! Y el demonio gusta de ellas, porque
en ellas, como el tratante, hace él su feria. ¡Y cuántas veces diréis Vos en
ellas: Este pueblo con los labios me honra sólo, mas su corazón está lejos de
mí, porque me sirve sin, causa! (Mt. 15, 8).
Porque la causa por que Dios ha de ser servido es sólo por
ser él quien es, y no interponiendo otros fines. Y así, no sirviéndole sólo por
quien él es, es servirle sin causa final de Dios.
4. Pues, volviendo a los oratorios, digo que algunas
personas los atavían más por su gusto que por el de Dios. Y algunos hacen tan
poco caso de la devoción de ellos, que no los tienen en más que sus camariles
profanos, y aun algunos no en tanto, pues tienen más gusto en lo profano que en
lo divino.
5. Pero dejemos ahora esto y digamos todavía de los que
hilan más delgado, es a saber, de los que se tienen por gente devota. Porque
muchos de éstos de tal manera dan en tener asido el apetito y gusto a su
oratorio y ornato de él, que todo lo (que) habían de emplear en oración de Dios
y recogimiento interior se les va en esto. Y no echan de ver que, no ordenando
esto para el recogimiento interior y paz del alma, se distraen tanto en ello
como en las demás cosas, y se inquietarán en el tal gusto a cada paso, y más si
se lo quisiesen quitar.
Inicio
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De cómo se ha de usar de los oratorios y templos,
encaminando el espíritu a Dios (por ellos).
1. Para encaminar a Dios el espíritu en este género,
conviene advertir que a los principiantes bien se les permite y aun les
conviene tener algún gusto y jugo sensible acerca de las imágenes, oratorios y
otras cosas devotas visibles, por cuanto aún no tienen destetado y desarrimado
el paladar de las cosas del siglo, porque con este gusto dejen el otro; como al
niño que, por desembarazarle la mano de una cosa, se la ocupan con otra por que
no llore dejándole las manos vacías.
Pero para ir adelante también se ha de desnudar el
espiritual de todos esos gustos y apetitos en que la voluntad puede gozarse;
porque el puro espíritu muy poco se ata a nada de esos objetos, sino sólo en
recogimiento interior y trato mental con Dios; que, aunque se aprovecha de las
imágenes y oratorios, es muy de paso, y luego para su espíritu en Dios, olvidado
de todo lo sensible.
2. Por tanto, aunque es mejor orar donde más decencia
hubiere, con todo, no obstante esto, aquel lugar se ha de escoger donde menos
se embarazare el sentido y el espíritu de ir a Dios. En lo cual nos conviene
tomar aquello que responde nuestro Salvador a la mujer samaritana, cuando le
preguntó que cuál era más acomodado lugar para orar, el templo o el monte; le
respondió que no estaba la verdadera oración aneja al monte ni al templo, sino
que los adoradores de que se agradaba el Padre son los que le adoran en
espíritu y verdad (Jn. 4, 2324).
De donde, aunque los templos y lugares apacibles son
dedicados y acomodados a oración, porque el templo no se ha de usar para otra
cosa, todavía para negocio de trato tan interior como este que se hace con
Dios, aquel lugar se debe escoger que menos ocupe y lleve tras sí el sentido. Y
así no ha de ser lugar ameno y deleitable al sentido, como suelen procurar
algunos, porque, en vez de recoger a Dios el espíritu, no pare en recreación y
gusto y sabor del sentido. Y por eso es bueno lugar solitario, y aun áspero,
para que el espíritu sólida y derechamente suba a Dios, no impedido ni detenido
en las cosas visibles; aunque alguna vez ayudan a levantar el espíritu, mas
esto es olvidándolas luego y quedándose en Dios. Por lo cual nuestro Salvador
escogía lugares solitarios para orar (Mt. 14, 24), y aquéllos que no ocupasen
mucho los sentidos, para darnos ejemplo, sino que levantasen el alma a Dios,
como eran los montes (Lc. 6, 12; 19, 28), (que se levantan de la tierra, y
ordinariamente son pelados de sensitiva recreación).
3. De donde el verdadero espiritual nunca se ata ni mira en
que el lugar para orar sea de tal o tal comodidad, porque esto todavía es estar
atado al sentido; sino sólo al recogimiento interior, en olvido de eso y de
esotro, escogiendo para esto el lugar más libre de objetos y jugos sensibles,
sacando la advertencia de todo eso para poder gozarse más a solas de criaturas
con su Dios. Porque es cosa notable ver algunos espirituales que todo se les va
en componer oratorios y acomodar lugares agradables a su condición o
inclinación; y del recogimiento interior, que es el que hace al caso, hacen
menos caudal y tienen muy poco de él; porque, si le tuviesen, no podrían tener
gusto en aquellos modos y maneras, antes les cansarían.
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Que prosigue encaminando el espíritu al recogimiento
interior acerca de lo dicho.
1. La causa, pues, por que algunos espirituales nunca acaban
de entrar en los gozos verdaderos del espíritu, es porque nunca acaban ellos de
alzar el apetito del gozo de estas cosas exteriores y visibles. Adviertan estos
tales que, aunque el lugar decente y dedicado para oración es el templo y
oratorio visible, y la imagen para motivo, que no ha de ser de manera que se
emplee el jugo y sabor del alma en el templo visible y motivo, y se olvide de
orar en el templo vivo, que es el recogimiento interior del alma. Porque para
advertirnos esto, dijo el Apóstol (1 Cor. 3, 6; 6, 19): Mirad, que vuestros
cuerpos son templos vivos del Espíritu Santo, que mora en vosotros. Y a esta
consideración nos envía la autoridad que habemos alegado de Cristo (Jn. 4, 24),
es a saber: a los verdaderos adoradores conviene adorar en espíritu y verdad.
Porque muy poco caso hace Dios de tus oratorios y lugares acomodados si, por
tener el apetito y gusto asido a ellos, tienes algo menos de desnudez interior,
que es la pobreza espiritual en negación de todas las cosas que puedes poseer.
2. Debes, pues, para purgar la voluntad del gozo y apetito
vano en esto y enderezarlo a Dios en tu oración, sólo mirar que tu conciencia
esté pura y tu voluntad entera en Dios, y la mente puesta de veras en él; y,
como he dicho, escoger el lugar más apartado y solitario que pudieres, y
convertir todo el gozo de la voluntad en invocar y glorificar a Dios; y de
esotros gustillos del exterior no hagas caso, antes los procures negar. Porque,
si se hace el alma al sabor de la devoción sensible, nunca atinará a pasar a la
fuerza del deleite del espíritu, que se halla en la desnudez espiritual
mediante el recogimiento interior.
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CAPITULO 41
[San Juan de
ÍNDICE
DE
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De algunos daños en que caen los que se dan al gusto
sensible de las cosas y lugares devotos de la manera que se ha dicho.
1. Muchos daños se le siguen, así acerca de lo interior como
del exterior, al espiritual por quererse andar al sabor sensitivo acerca de las
dichas cosas. Porque, acerca del espíritu, nunca llegará al recogimiento
interior del espíritu, que consiste en pasar de todo eso, y hacer olvidar al
alma todos esos sabores sensibles, y entrar en lo vivo del recogimiento del
alma, y adquirir las virtudes con fuerza. Cuanto a lo exterior, le causa no
acomodarse a orar en todos lugares, sino en los que son a su gusto; y así,
muchas veces faltará a la oración, pues, como dicen, no está hecho más que al
libro de su aldea.
2. Demás de esto, este apetito les causa muchas variedades,
porque de éstos son los que nunca perseveran en un lugar, ni a veces en un
estado, sino que ahora los veréis en un lugar, ahora en otro; ahora tomar una
ermita, ahora otra; (ahora componer un oratorio, ahora otro).
Y de éstos son también aquellos que se les acaba la vida en
mudanzas de estados y modos de vivir; que, como sólo tienen aquel hervor y gozo
sensible acerca de las cosas espirituales, y nunca se han hecho fuerza para
llegar al recogimiento espiritual por la negación de su voluntad y sujeción en
sufrirse en desacomodamientos, todas las veces que ven un lugar devoto a su
parecer, o alguna manera de vida, o estado que cuadre con su condición e
inclinación, luego se van tras él y dejan el que tenían. Y como se movieron por
aquel gusto sensible, de aquí es que presto buscan otra cosa, porque el gusto
sensible no es constante, porque falta muy presto.
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De tres diferencias de lugares devotos y cómo se ha de haber
acerca de ellos la voluntad.
1. Tres maneras de lugares hallo por medio de los cuales
suele Dios mover la voluntad a devoción.
La primera es algunas disposiciones de tierras y sitios, que
con la agradable apariencia de sus diferencias, ahora en disposición de tierra,
ahora de árboles, ahora de solitaria quietud, naturalmente despiertan la
devoción. Y de esto es cosa provechosa usar, cuando luego enderezan a Dios la
voluntad en olvido de los dichos lugares, así como para ir al fin conviene no
detenerse en el medio y motivo más de lo que basta. Porque, si procuran recrear
el apetito y sacar jugo sensitivo, antes hallarán sequedad de espíritu y
distracción espiritual; porque la satisfacción y jugo espiritual no se halla
sino en el recogimiento interior.
2. Por tanto, estando en el tal lugar, olvidados del lugar
han de procurar estar en su interior con Dios, como si no estuviesen en el tal
lugar; porque si se andan al sabor y gusto del lugar, de aquí para allí, más es
buscar recreación sensitiva e inestabilidad de ánimo que sosiego espiritual.
Así lo hacían los anacoretas y otros santos ermitaños, que
en los anchísimos y graciosísimos desiertos escogían el menor lugar que les
podía bastar, edificando estrechísimas celdas y cuevas y encerrándose allí;
donde san Benito estuvo tres años, y otro, que fue san Simón, se ató con una
cuerda para no tomar más ni andar más que lo que alcanzase; y de esta manera
muchos, que nunca acabaríamos de contar. Porque entendían muy bien aquellos
santos que si no apagaban el apetito y codicia de hallar gusto y sabor
espiritual, no podían venir a ser espirituales.
3. La segunda manera es más particular, porque es de algunos
lugares, (no me da más) esos desiertos que otros cualesquiera, donde Dios suele
hacer algunas mercedes espirituales muy sabrosas a algunas particulares
personas; de manera que ordinariamente queda inclinado el corazón de aquella
persona, que recibió allí aquella merced, a aquel lugar donde la recibió, y le
dan algunas veces algunos grandes deseos y ansias de ir a aquel lugar. Aunque
cuando van no hallan como antes, porque no está en su mano; porque estas
mercedes hácelas Dios cuando y como y donde quiere, sin estar asido a lugar ni
a tiempo, ni a albedrío de a quien las hace.
Pero todavía es bueno ir, como vaya desnudo del apetito de
propiedad, a orar allí algunas veces, por tres cosas: la primera, porque,
aunque, como decimos, Dios no está atenido a lugar, parece quiso allí Dios ser
alabado de aquella alma, haciéndola allí aquella merced. La segunda, porque más
se acuerda el alma de agradecer a Dios lo que allí recibió. La tercera, porque
todavía se despierta mucho más la devoción allí con aquella memoria.
4. Por estas cosas debe ir, y no por pensar que está Dios
atado a hacerle allí mercedes, de manera que no pueda donde quiera, porque más
decente lugar es el alma y más propio para Dios que ningún lugar corporal. De
esta manera leemos en la sagrada Escritura que hizo Abraham un altar en el
mismo lugar donde le apareció Dios, e invocó allí su santo nombre, y que
después, viniendo de Egipto, volvió por el mismo camino donde había aparecídole
Dios, y volvió a invocar a Dios allí en el mismo altar que había edificado (Gn.
12, 8, y 13, 4). También Jacob señaló el lugar donde le apareció Dios
estribando en aquella escala, levantando allí una piedra ungida con óleo (Gn.
28, 1318). Y Agar puso nombre al lugar donde le apareció el ángel, estimando
mucho aquel lugar, diciendo: Por cierto que aquí he visto las espaldas del que
me ve (Gn. 16, 3).
5. La tercera manera es algunos lugares particulares que
elige Dios para ser allí invocado, así como el monte Sinaí, donde dio Dios la
ley a Moisés (Ex. 24, 12), y el lugar que señaló a Abraham para que sacrificase
a su hijo (Gn. 22, 2), y también el monte Horeb, donde apareció a nuestro padre
Elías (3 Re. 19, 8), (y el lugar que dedicó san Miguel para su servicio, que es
el monte Gargano, apareciendo al obispo sipontino, y diciendo que él era guarda
de aquel lugar, para que allí se dedicase a Dios un oratorio en memoria de los
ángeles; y la gloriosa Virgen escogió en Roma, con singular señal de nieve,
lugar para el templo que quiso edificase Patricio, de su nombre).
6. La causa por que Dios escoja estos lugares más que otros
para ser alabado, él sólo lo sabe. Lo que a nosotros conviene saber es que todo
es para nuestro provecho y para oír nuestras oraciones en ellos y doquiera que
con entera fe le rogáremos; aunque en los que están dedicados a su servicio hay
mucha más ocasión de ser oídos en ellos, por tenerlos
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Que trata de los motivos para orar que usan muchas personas,
que son mucha variedad de ceremonias.
1. Los gozos inútiles y la propiedad imperfecta que acerca
de las cosas que habemos dicho muchas personas tienen, por ventura son algo
tolerables por ir ellas en ello algo inocentemente; del grande arrimo que
algunos tienen a muchas maneras de ceremonias introducidas por gente poco
ilustrada y falta en la sencillez de la fe, es insufrible.
Dejemos ahora aquellas que en sí llevan envueltos algunos
nombres extraordinarios o términos que no significan nada, y otras cosas no
sacras, que gente necia y de alma ruda y sospechosa suele interponer en sus
oraciones, que, por ser claramente malas y en que hay pecado y en muchas de
ellas pacto oculto con el demonio, con las cuales provocan a Dios a ira y no a
misericordia, las dejo aquí de tratar.
2. Pero de aquellas sólo quiero decir de que, por no tener
en sí esas maneras sospechosas entrepuestas, muchas personas el día de hoy con
devoción indiscreta usan, poniendo tanta eficacia y fe en aquellos modos y
maneras con que quieren cumplir sus devociones y oraciones, que entienden que
si un punto faltan y salen de aquellos límites, no aprovecha ni la oirá Dios,
poniendo más fiducia en aquellos modos y maneras que en lo vivo de la oración,
no sin gran desacato y agravio de Dios; así como que sea la misa con tantas
candelas y no más ni menos: y que la diga sacerdote de tal o tal suerte; y que
sea a tal hora y no antes ni después; y que sea después de tal día, no antes
(ni después); y que las oraciones y estaciones sean tantas y tales y a tales
tiempos, y con tales y tales ceremonias, y no antes ni después, ni de otra
manera; y que la persona que las hiciere tenga tales partes y tales
propiedades. Y piensan que, si falta algo de lo que ellos llevan propuesto, no
se hace nada. (Y otras mil cosas que se ofrecen y usan).
3. Y lo que es peor (e intolerable) es que algunos quieren
sentir algún efecto en sí, o cumplirse lo que piden, o saber que se cumple al
fin de aquellas sus oraciones ceremoniáticas; que no es menos que tentar a Dios
y enojarle gravemente; tanto, que algunas veces da licencia al demonio para que
los engañe, haciéndolos sentir y entender cosas harto ajenas del provecho de su
alma, mereciéndolo ellos por la propiedad que llevan en sus oraciones, no
deseando más que se haga lo que Dios quiere que lo que ellos pretenden. Y así,
porque no ponen toda su confianza en Dios, nada les sucede bien.
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De cómo se ha de enderezar a Dios el gozo y fuerza de la
voluntad por estas devociones.
1. Sepan, pues, éstos que cuanta más fiducia hacen de estas
cosas y ceremonias, tanta menor confianza tienen en Dios, y no alcanzarán de
Dios lo que desean. Hay algunos que más oran por su pretensión que por la honra
de Dios; que, aunque ellos suponen que, si Dios se ha de servir, se haga, y si
no, no, todavía por la propiedad y vano gozo que en ello llevan, multiplican
demasiados ruegos por aquello, que sería mejor mudarlos en cosas de más
importancia para ellos, como es el limpiar de veras sus conciencias y entender
de hecho en cosas de su salvación, posponiendo muy atrás todas esotras
peticiones suyas que no son esto. Y de esta manera, alcanzando esto que más les
importa, alcanzarían también todo lo que de esotro les estuviere bien, aunque
no se lo pidiesen, mucho mejor y antes que si toda la fuerza pusiesen en
aquello.
2. Porque así lo tiene prometido el Señor por el evangelista
(Mt. 6, 33), diciendo: Pretended primero y principalmente el reino de Dios y su
justicia, y todas esotras cosas se os añadirán; porque ésta es la pretensión y
petición que es más a su gusto. Y para alcanzar las peticiones que tenemos en
nuestro corazón, no hay mejor medio que poner la fuerza de nuestra oración en
aquella cosa que es más gusto de Dios; porque entonces no sólo dará lo que le
pedimos, que es la salvación, sino aun lo que él ve que nos conviene y nos es
bueno, aunque no se lo pidamos, según lo da bien a entender David en un salmo
(144, 18), diciendo: Cerca está el Señor de los que le llaman en la verdad, que
le piden las cosas que son de más altas veras, como son las de la salvación;
porque de éstos dice luego (Sal. 144, 19): La voluntad de los que le temen
cumplirá, y sus ruegos oirá, y salvarlos ha. Porque es Dios guarda de los que
bien le quieren. Y así, este estar tan cerca que aquí dice David, no es otra
cosa que estar a satisfacerlos y concederlos aun lo que no les pasa por
pensamiento pedir. Porque así leemos (2 Par. 1, 1112) que, porque Salomón
acertó a pedir a Dios una cosa que le dio gusto, que era sabiduría para acertar
a regir justamente a su pueblo, le respondió Dios diciendo: Porque te agradó
más que otra cosa alguna la sabiduría, y ni pediste la victoria con muerte de
tus enemigos, ni riqueza, ni larga vida, yo te doy no sólo la sabiduría que
pides para regir justamente mi pueblo, mas aun lo que no me has pedido te daré,
que es riquezas, y sustancia, y gloria, de manera que antes ni después de ti
haya rey a ti semejante. Y así lo hizo, pacificándole también sus enemigos, de
manera que, pagándole tributo todos en derredor, no le perturbasen. Lo mismo
leemos en el Génesis (21, 13), donde, prometiendo Dios a Abraham de multiplicar
la generación del hijo legítimo como las estrellas del cielo, según él se lo
había pedido, le dijo: También multiplicaré al hijo de la esclava, porque es tu
hijo.
3. De esta manera, pues, se han de enderezar a Dios las
fuerzas de la voluntad y el gozo de ella en las peticiones, no curando de estribar
en las invenciones de ceremonias que no usa ni tiene aprobadas
4. Y en las demás ceremonias acerca del rezar y otras
devociones, no quieran arrimar la voluntad a otras ceremonias y modos de
oraciones de las que nos enseñó Cristo (Mt. 6, 913; Lc. 11, 12); que claro
está que, cuando sus discípulos le rogaron que los enseñase a orar, les diría
todo lo que hace al caso para que nos oyese el Padre Eterno, como el que tan
bien conocía su condición y sólo les enseñó aquellas siete peticiones del Pater
noster, en que se incluyen todas nuestras necesidades espirituales y
temporales, y no les dijo otras muchas maneras de palabras y ceremonias, antes,
en otra parte, les dijo que cuando oraban no quisiesen hablar mucho, porque
bien sabía nuestro Padre celestial lo que nos convenía (Mt. 6, 78). Sólo
encargó, con muchos encarecimientos, que perseverásemos en oración, es a saber,
en la del Pater noster, diciendo en otra parte que conviene siempre orar y
nunca faltar (Lc. 18, 1). Mas no enseñó variedades de peticiones, sino que éstas
se repitiesen muchas veces y con fervor y con cuidado; porque, como digo, en
éstas se encierra todo lo que es voluntad de Dios y todo lo que nos conviene.
Que, por eso, cuando Su Majestad acudió tres veces al Padre Eterno, todas tres
veces oró con la misma palabra del Pater noster, como dicen los Evangelistas,
diciendo: Padre, si no puede ser sino que tengo de beber este cáliz, hágase tu
voluntad (Mt. 26, 39).
Y las ceremonias con que él nos enseñó a orar sólo es una de
dos: o que sea en el escondrijo de nuestro retrete, donde sin bullicio y sin
dar cuenta a nadie lo podemos hacer con más entero y puro corazón, según él
dijo, diciendo: Cuando tú orares, entra en tu retrete y, cerrada la puerta, ora
(Mt. 6, 6); o, si no, a los desiertos solitarios, como él lo hacía, y en el
mejor y más quieto tiempo de la noche (Lc. 6, 12). Y así, no hay para qué
señalar limitado tiempo ni días limitados, ni señalar éstos más que aquéllos
para nuestras devociones, ni hay para qué otros modos ni retruécanos de
palabras ni oraciones, sino sólo las que usa
5. Y no condeno por eso, sino antes apruebo, algunos días
que algunas personas a veces proponen de hacer devociones, como en ayunar y
otras semejantes; sino el estribo que llevan en sus limitados modos y
ceremonias con que las hacen. Como dijo Judit (8, 1112) a los de Betulia, que
los reprehendió porque habían limitado a Dios el tiempo que esperaban de Dios
misericordias, diciendo: ¿Vosotros ponéis a Dios tiempo de sus misericordias?
No es, dice, esto para mover a Dios a clemencia, sino para despertar su ira.
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En que se trata del segundo género de bienes distintos en
que se puede gozar vanamente la voluntad.
1. La segunda manera de bienes distintos sabrosos en que
vanamente se puede gozar la voluntad, son los que provocan o persuaden a servir
a Dios, que llamamos provocativos. Estos son los predicadores, de los cuales
podríamos hablar de dos maneras, es a saber: cuanto a lo que toca a los mismos
predicadores y cuanto a los oyentes. Porque a los unos y a los otros no falta
que advertir cómo han de guiar a Dios el gozo de su voluntad, así los unos como
los otros, acerca de este ejercicio.
2. Cuanto a lo primero, el predicador, para aprovechar al
pueblo y no embarazarse a sí mismo con vano gozo y presunción, conviénele
advertir que aquel ejercicio más es espiritual que vocal; porque, aunque se
ejercita con palabras de fuera, su fuerza y eficacia no la tiene sino del
espíritu interior. De donde, por más alta que sea la doctrina que predica y por
más esmerada la retórica y subido el estilo con que va vestida, no hace de suyo
ordinariamente más provecho que tuviere de espíritu. Porque, aunque es verdad
que la palabra de Dios de suyo es eficaz, según aquello de David (Sal. 67, 34)
que dice, que él dará a su voz, voz de virtud, pero también el fuego tiene
virtud de quemar, y no quemará cuando en el sujeto no hay disposición.
3. Y para que la doctrina pegue su fuerza, dos disposiciones
ha de haber: una del que predica y otra del que oye; porque ordinariamente es
el provecho como hay la disposición de parte del que enseña. Que por eso se
dice que, cual es el maestro, tal suele ser el discípulo.
Porque, cuando en los Actos de los Apóstoles aquellos siete
hijos de aquel príncipe de los sacerdotes de los judíos acostumbraban a
conjurar los demonios con la misma forma que san Pablo, se embraveció el
demonio contra ellos, diciendo: A Jesús confieso yo y a Pablo conozco; pero
vosotros ¿quién sois? (19, 15) y, embistiendo en ellos, los desnudó y llagó. Lo
cual no fue sino porque ellos no tenían la disposición que convenía, y no
porque Cristo no quisiese que en su nombre no lo hiciesen; porque una vez
hallaron los Apóstoles a uno que no era discípulo echando un demonio en nombre
de Cristo, y se lo estorbaron, y el Señor se lo reprehendió, (diciendo): No se
lo estorbéis, porque ninguno podré decir mal de mí en breve espacio si en mi
nombre hubiese hecho alguna virtud (Mc. 9, 38). Pero tiene ojeriza con los que,
enseñando ellos la ley de Dios, no la guardan, y predicando ellos buen
espíritu, no le tienen. Que por eso dice por san Pablo (Rm. 2, 21): Tú enseñas
a otros, y no te enseñas a ti. Tú que predicas qué no hurten, hurtas. Y por
David (Sal. 49, 1617) dice el Espíritu Santo: Al pecador dijo Dios: ¿Por qué
platicas tú mis justicias y tomas mi ley con tu boca, y tú has aborrecido la
disciplina y echado mis palabras a las espaldas? En lo cual se da a entender
que tampoco les dará espíritu para que hagan fruto.
4. Que comúnmente vemos que, cuanto acá podemos juzgar,
cuanto el predicador es de mejor vida, mayor es el fruto que hace por bajo que
sea su estilo, y poca su retórica, y su doctrina común, porque del espíritu
vivo se pega el calor; pero el otro muy poco provecho hará, aunque más subido
sea su estilo y doctrina. Porque, aunque es verdad que el buen estilo y acciones
y subida doctrina y buen lenguaje mueven y hacen efecto acompañado de buen
espíritu; pero sin él, aunque da sabor y gusto el sermón al sentido y al
entendimiento, muy poco o nada de jugo pega a la voluntad; porque comúnmente se
queda tan floja y remisa como antes para obrar, aunque haya dicho maravillosas
cosas maravillosamente dichas, que sólo sirven para deleitar el oído, como una
música concertada o sonido de campanas; mas el espíritu, como digo, no sale de
sus quicios más que antes, no teniendo la voz virtud para resucitar al muerto
de su sepultura.
5. Poco importa oír una música mejor que otra sonar si no me
mueve (ésta) más que aquélla a hacer obras, porque, aunque hayan dicho
maravillas, luego se olvidan, como no pegaron fuego en la voluntad. Porque,
demás de que de suyo no hace mucho fruto aquella presa que hace el sentido en
el gusto de la tal doctrina, impide que no pase al espíritu, quedándose sólo en
estimación del modo y accidentes con que va dicha, alabando al predicador en
esto o aquello y por esto siguiéndole, más que por la enmienda que de ahí saca.
Esta doctrina da muy bien a entender san Pablo a los de
Corinto (1 Cor. 2, 14), diciendo: Yo, hermanos, cuando vine a vosotros, no
vine predicando a Cristo con alteza de doctrina y sabiduría, y mis palabras y
mi predicación no eran retórica de humana sabiduría, sino en manifestación del
espíritu y de la verdad. Que, aunque la intención del Apóstol y la mía aquí no
es condenar el buen estilo y retórica y buen término, porque antes hace mucho
al caso al predicador, como también a todos los negocios; pues el buen término
y estilo aun las cosas caídas y estragadas levanta y reedifica, así como el mal
término a las buenas estraga y pierde.
FIN DE
Inicio [San Juan de
ÍNDICE
DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE
ÍNDICE DE
PRÓLOGO
CANCIONES DEL ALMA
LIBRO PRIMERO Comienza la declaración de las canciones que
tratan del modo y manera que tiene el alma en el camino de la unión del amor
con Dios, por el padre fray Juan de
CAPÍTULO 1 Pone el primer verso y comienza a tratar de las
imperfecciones de los principiantes.
CAPÍTULO 2 De algunas imperfecciones espirituales que tienen
los principiantes acerca del hábito de la soberbia.
CAPÍTULO 3 De algunas imperfecciones que suelen tener
algunos de éstos acerca del segundo vicio capital, que es la avaricia,
espiritualmente hablando.
CAPÍTULO 4 De otras imperfecciones que suelen tener estos
principiantes acerca del tercer vicio, que es lujuria.
CAPÍTULO 5 De las imperfecciones en que caen los
principiantes acerca del vicio de la ira.
CAPÍTULO 6 De las imperfecciones acerca de la gula
espiritual.
CAPÍTULO 7 De las imperfecciones acerca de la envidia y
acidia espiritual.
CAPÍTULO 8 En que se declara el primer verso de la primera
canción y se comienza a explicar esta noche oscura.
CAPÍTULO 9 De las señales en que se conocerá que el
espiritual va por el camino de esta noche y purgación sensitiva.
CAPÍTULO 10 Del modo que se han de haber éstos en esta noche
oscura.
CAPÍTULO 11 Decláranse los tres versos de la canción.
CAPÍTULO 12 De los provechos que causa en el alma esta
noche.
CAPÍTULO 13 De otros provechos que causa en el alma esta
noche del sentido.
CAPÍTULO 14 En que se declara el último verso de la primera
canción.
CAPÍTULO 1 Comiénzase a tratar de la noche oscura del
espíritu. Dícese a qué tiempo comienza.
CAPÍTULO 2 Prosigue en otras imperfecciones que tienen estos
aprovechados.
CAPÍTULO 3 Anotación para lo que se sigue.
CAPÍTULO 4 Pónese la primera canción y su declaración.
CAPÍTULO 5 Pónese el primer verso y comienza a declarar cómo
esta contemplación oscura no sólo es noche para el alma, sino también pena y
tormento.
CAPÍTULO 6 De otras maneras de pena que el alma padece en
esta noche.
CAPÍTULO 7 Prosigue en la misma materia de otras aflicciones
y aprietos de la voluntad.
CAPÍTULO 8 De otras penas que afligen al alma en este
estado.
CAPÍTULO 9 Cómo aunque esta noche oscurece al espíritu, es
para ilustrarle y darle luz.
CAPÍTULO 10 Explícase de raíz esta purgación por una
comparación.
CAPÍTULO 11 Comiénzase a explicar el segundo verso de la
primera canción. Dice cómo el alma, por fruto de estos rigurosos aprietos, se
halla con vehemente pasión de amor divino.
CAPÍTULO 12 Dice cómo esta horrible noche es purgatorio, y
cómo en ella ilumina la divina Sabiduría a los hombres en el suelo con la misma
iluminación que purga e ilumina a los ángeles en el cielo.
CAPÍTULO 13 De otros sabrosos efectos que obra en el alma
esta oscura noche de contemplación.
CAPÍTULO 14 En que se ponen y explican los tres versos
últimos de la primera canción.
CAPÍTULO 15 Pónese la segunda canción y su declaración.
CAPÍTULO 16 Pónese el primer verso y explícase cómo, yendo
el alma a oscuras, va segura.
CAPÍTULO 17 Pónese el segundo verso y explícase cómo esta
oscura contemplación sea secreta.
CAPÍTULO 18 Declárase como esta sabiduría secreta sea
también escala.
CAPÍTULO 19 Comienza a explicar los diez grados de la escala
mística de amor divino según San Bernardo y Santo Tomás. Pónense los cinco
primeros.
CAPÍTULO 20 Pónense los otros cinco grados de amor.
CAPÍTULO 21 Declárase esta palabra "disfrazada", y
dícense los colores del disfraz del alma en esta noche.
CAPÍTULO 22 Explícase el tercer verso de la segunda canción.
CAPÍTULO 23 Declárase el cuarto verso. Dice el admirable
escondrijo en que es puesta el alma en esta noche, y cómo, aunque el demonio
tiene entrada en otros muy altos no en éste.
CAPÍTULO 24 Acábase de explicar la segunda canción.
CAPÍTULO 25 En que brevemente se declara la tercera canción.
Inicio
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DECLARACIÓN DE LAS CANCIONES DEL MODO QUE TIENE EL ALMA EN
EL CAMINO ESPIRITUAL PARA LLEGAR A
En este libro se ponen primero todas las canciones que se
han de declarar. Después se declara cada canción de por sí, poniendo cada una
de ellas antes de su declaración, y luego se va declarando cada verso de por
sí, poniéndole también al principio.
En las dos primeras canciones se declaran los efectos de las
dos purgaciones espirituales de la parte sensitiva del hombre y de la
espiritual. En las otras seis se declaran varios y admirables efectos de la
iluminación espiritual y unión de amor con Dios.
Inicio
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1. En una noche oscura, con ansias, en amores inflamada, ¡oh
dichosa ventura!, salí sin ser notada estando ya mi casa sosegada.
3. En la noche dichosa, en secreto, que nadie me veía, ni yo
miraba cosa, sin otra luz y guía sino la que en el corazón ardía.
4. Aquésta me guiaba más cierto que la luz de mediodía,
adonde me esperaba quien yo bien me sabía, en parte donde nadie parecía.
5. ¡Oh noche que guiaste! ¡oh noche amable más que el
alborada! ¡oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado
transformada!
6. En mi pecho florido, que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido, y yo le regalaba, y el ventalle de cedros aire daba.
7. El aire de la almena, cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena en mi cuello hería y todos mis sentidos suspendía.
8. Quedéme y olvidéme, el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado.
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LIBRO PRIMERO
[San Juan de
ÍNDICE
DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE
ÍNDICE DE
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Comienza la declaración de las canciones que tratan del modo
y manera que tiene el alma en el camino de la unión del amor con Dios, por el
padre fray Juan de
Antes que entremos en la declaración de estas canciones,
conviene saber aquí que el alma las dice estando ya en la perfección, que es la
unión de amor con Dios, habiendo ya pasado por los estrechos trabajos y
aprietos, mediante el ejercicio espiritual del camino estrecho de la vida
eterna que dice nuestro Salvador en el Evangelio (Mt. 7, 74), por el cual
camino ordinariamente pasa para llegar a esta alta y dichosa unión con Dios. El
cual por ser tan estrecho y por ser tan pocos los que entran por él, como
también dice el mismo Señor (Mt. 7, 14), tiene el alma por gran dicha y ventura
haber pasado por él a la dicha perfección de amor, como ella lo canta en esta
primera canción, llamando noche oscura con harta propiedad a este camino
estrecho, como se declarará adelante en los versos de la dicha canción.
Dice, pues, el alma, gozosa de haber pasado por este angosto
camino de donde tanto bien se le siguió, en esta manera:
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En que se trata de la noche del sentido.
CANCIÓN 1ª
En una noche oscura, con ansias, en amores inflamada, ¡oh
dichosa ventura!, salí sin ser notada estando ya mi casa sosegada.
1. Cuenta el alma en esta primera canción el modo y manera que
tuvo en salir, según la afición, de sí y de todas las cosas, muriendo por
verdadera mortificación a todas ellas y a sí misma, para venir a vivir vida de
amor dulce y sabrosa con Dios. Y dice que este salir de sí y de todas las cosas
fue una noche oscura, que aquí entiende por la contemplación purgativa, como
después se dirá, la cual pasivamente causa en el alma la dicha negación de sí
misma y de todas las cosas.
2. Y esta salida dice ella aquí que pudo hacer con la fuerza
y calor que para ello le dio el amor de su Esposo en la dicha contemplación
oscura. En lo cual encarece la buena dicha que tuvo en caminar a Dios por esta
noche con tan próspero suceso que ninguno de los tres enemigos, que son mundo,
demonio y carne, que son los que siempre contrarían este camino, se lo pudiese
impedir; por cuanto la dicha noche de contemplación purificativa hizo adormecer
y amortiguar en la casa de su sensualidad todas las pasiones y apetitos según
sus apetitos y movimientos contrarios. Dice, pues, el verso:
En una noche oscura.
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Pone el primer verso y comienza a tratar de las
imperfecciones de los principiantes.
1. En esta noche oscura comienzan a entrar las almas cuando
Dios las va sacando de estado de principiantes, que es de los que meditan en el
camino espiritual, y las comienza a poner en el de los aprovechantes, que es ya
el de los contemplativos, para que, pasando por aquí, lleguen al estado de los
perfectos, que es el de la divina unión del alma con Dios. Por tanto, para
entender y declarar mejor qué noche sea ésta por que el alma pasa, y por qué
causa la pone Dios en ella, primero convendrá tocar aquí algunas propiedades de
los principiantes. Lo cual, aunque será con la brevedad que pudiere, no dejará
también de servir a los mismos principiantes, para que, entendiendo la flaqueza
del estado que llevan, se animen y deseen que los ponga Dios en esta noche,
donde se fortalece y confirma el alma en las virtudes y para los inestimables
deleites del amor de Dios. Y, aunque nos detengamos un poco, no será más de lo
que basta para tratar luego de esta noche oscura.
2. Es, pues, de saber que el alma, después que
determinadamente se convierte a servir a Dios, ordinariamente la va Dios
criando en espíritu y regalando, al modo que la amorosa madre hace al niño
tierno, al cual al calor de sus pechos le calienta, y con leche sabrosa y
manjar blando y dulce le cría, y en sus brazos le trae y le regala. Pero, a la
medida que va creciendo, le va la madre quitando el regalo y, escondiendo el
tierno amor, pone el amargo acíbar en el dulce pecho, y, abajándole de los
brazos, le hace andar por su pie, porque, perdiendo las propiedades de niño, se
dé a cosas más grandes y sustanciales. La amorosa madre de la gracia de Dios,
luego que por nuevo calor y hervor de servir a Dios reengendra al alma, eso
mismo hace con ella; porque la hace hallar dulce y sabrosa la leche espiritual
sin algún trabajo suyo en todas las cosas de Dios, y en los ejercicios
espirituales gran gusto, porque le da Dios aquí su pecho de amor tierno, bien
así como a niño tierno (1 Pe. 2, 23).
3. Por tanto, su deleite halla pasarse grandes ratos en
oración, y por ventura las noches enteras; sus gustos son las penitencias, sus
contentos los ayunos, y sus consuelos usar de los sacramentos y comunicar en
las cosas divinas; las cuales cosas, aunque con grande eficacia y porfía
asisten a ellas y las usan y tratan con grande cuidado los espirituales, hablando
espiritualmente, comúnmente se han muy flaca e imperfectamente en ellas.
Porque, como son movidos a estas cosas y ejercicios espirituales por el
consuelo y gusto que allí hallan, y, como también ellos no están habilitados
por ejercicios de fuerte lucha en las virtudes, acerca de estas sus obras
espirituales tienen muchas faltas e imperfecciones; porque, al fin, cada uno
obra conforme al hábito de perfección que tiene; y, como éstos no han tenido
lugar de adquirir los hábitos fuertes, de necesidad han de obrar como flacos
niños, flacamente.
Lo cual para que más claramente se vea, y cuán faltos van
estos principiantes en las virtudes acerca de lo que con el dicho gusto con
facilidad obran, irémoslo notando por los siete vicios capitales, diciendo
algunas de las muchas imperfecciones que en cada uno de ellos tienen, en que se
verá claro cuán de niños es el obrar que éstos obran; y veráse también cuántos
bienes trae consigo la noche oscura de que luego habemos de tratar, pues de
todas estas imperfecciones limpia al alma y la purifica.
Inicio
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De algunas imperfecciones espirituales que tienen los
principiantes acerca del hábito de la soberbia.
1. Como estos principiantes se sienten tan fervorosos y
diligentes en las cosas espirituales y ejercicios devotos, de esta propiedad
(aunque es verdad que las cosas santas de suyo humillan) por su imperfección
les nace muchas veces cierto ramo de soberbia oculta, de donde vienen a tener
alguna satisfacción de sus obras y de sí mismos. Y de aquí también les nace
cierta gana algo vana, y a veces muy vana, de hablar cosas espirituales delante
de otros, y aun a veces de enseñarlas más que de aprenderlas, y condenan en su
corazón a otros cuando no los ven con la manera de devoción que ellos querrían,
y aun a veces lo dicen de palabra, pareciéndose en esto al fariseo, que se
jactaba alabando a Dios sobre las obras que hacía, y despreciando al publicano
(Lc. 18, 1112).
4. Muchos quieren preceder y privar con los confesores, y de
aquí les nacen mil envidias y desquietudes. Tienen empacho de decir sus pecados
desnudos porque no los tengan sus confesores en menos, y vanlos coloreando
porque no parezcan tan malos, lo cual más es irse a excusar que a acusar. Y a
veces buscan otro confesor para decir lo malo porque el otro no piense que
tienen nada malo, sino bueno; y así, siempre gustan de decirle lo bueno, y a
veces por términos que parezca antes más de lo que es que menos, con gana de
que le parezca bueno, como quiera que fuera más humildad, como lo diremos,
deshacerlo y tener gana que ni él ni nadie lo tuviesen en algo.
5. También algunos de éstos tienen en poco sus faltas, y
otras veces se entristecen demasiado de verse caer en ellas, pensando que ya
habían de ser santos, y se enojan contra sí mismos con impaciencia, lo cual es
otra imperfección. Tienen muchas veces grandes ansias con Dios porque les quite
sus imperfecciones y faltas, más por verse sin la molestia de ellas en paz que
por Dios; no mirando que, si se las quitase, por ventura se harían más
soberbios y presuntuosos. Son enemigos de alabar a otros y amigos que los
alaben, y a veces lo pretenden; en lo cual son semejantes a las vírgenes locas,
que, teniendo sus lámparas muertas, buscaban óleo por de fuera (Mt. 25, 8).
6. De estas imperfecciones algunos llegan a tener muchas muy
intensamente, y a mucho mal en ellas; pero algunos tienen menos, algunos más, y
algunos solos primeros movimientos o poco más; y apenas hay algunos de estos
principiantes que al tiempo de estos fervores no caigan en algo de esto.
Pero los que en este tiempo van en perfección, muy de otra
manera proceden y con muy diferente temple de espíritu; porque se aprovechan y
edifican mucho con la humildad, no sólo teniendo sus propias cosas en nada, mas
con muy poca satisfacción de sí; a todos los demás tienen por muy mejores, y
les suelen tener una santa envidia, con gana de servir a Dios como ellos;
porque, cuanto más fervor llevan y cuantas más obras hacen y gusto tienen en
ellas, como van en humildad, tanto más conocen lo mucho que Dios merece y lo
poco que es todo cuanto hacen por él; y así, cuanto más hacen, tanto menos se
satisfacen. Que tanto es lo que de caridad y amor querrían hacer por él, que
todo lo que hacen no les parezca nada; y tanto les solicita, ocupa y embebe
este cuidado de amor, que nunca advierten en si los demás hacen o no hacen; y
si advierten, todo es, como digo, creyendo que todos los demás son muy mejores
que ellos. De donde, teniéndose en poco, tienen gana también que los demás los
tengan en poco y que los deshagan y desestimen sus cosas. Y tienen más, que,
aunque se los quieran alabar y estimar, en ninguna manera lo pueden creer, y
les parece cosa extraña decir de ellos aquellos bienes.
7. Estos, con mucha tranquilidad y humildad, tienen gran
deseo que les enseñe cualquiera que los pueda aprovechar; harta contraria cosa
de la que tienen los que habemos dicho arriba, que lo querrían ellos enseñar
todo, y aun cuando parece les enseñan algo, ellos mismos toman la palabra de la
boca como que ya se lo saben. Pero éstos, estando muy lejos de querer ser maestros
de nadie, están muy prontos de caminar y echar por otro camino del que llevan,
si se lo mandaren, porque nunca piensan que aciertan en nada. De que alaben a
los demás se gozan; sólo tienen pena de que no sirven a Dios como ellos.
No tienen gana de decir sus cosas, porque las tienen en tan
poco, que aun a sus maestros espirituales tienen vergüenza de decirlas,
pareciéndoles que no son cosas que merezcan hacer lenguaje de ellas. Más gana
tienen de decir sus faltas y pecados, o que los entiendan, que no sus virtudes;
y así se inclinan más a tratar su alma con quien en menos tienen sus cosas y su
espíritu, lo cual es propiedad de espíritu sencillo, puro y verdadero, y muy
agradable a Dios. Porque, como mora en estas humildes almas el espíritu sabio
de Dios, luego las mueve e inclina a guardar adentro sus tesoros en secreto y
echar afuera sus males. Porque da Dios a los humildes, junto con las demás
virtudes, esta gracia, así como a los soberbios la niega (Sab. 4, 6).
8. Darán éstos la sangre de su corazón a quien sirve a Dios,
y ayudarán, cuanto esto es en sí, a que le sirvan. En las imperfecciones que se
ven caer, con humildad se sufren, y con blandura de espíritu y temor amoroso de
Dios, esperando en él.
Pero almas que al principio caminen con esta manera de perfección,
entiendo son, como queda dicho, las menos y muy pocas; que ya nos
contentaríamos que no cayesen en las cosas contrarias. Que, por eso, como
después diremos, pone Dios en la noche oscura a los que quiere purificar de
todas estas imperfecciones para llevarlos adelante.
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De algunas imperfecciones que suelen tener algunos de éstos
acerca del segundo vicio capital, que es la avaricia, espiritualmente hablando.
1. Tienen muchos de estos principiantes también a veces
mucha avaricia espiritual, porque apenas les verán contentos en el espíritu que
Dios les da; andan muy desconsolados y quejosos porque no hallan el consuelo
que querrían en las cosas espirituales. Muchos no se acaban de hartar de oír
consejos y aprender preceptos espirituales y tener y leer muchos libros que
traten de eso, y váseles más en esto el tiempo que en obrar la mortificación y
perfección de la pobreza interior de espíritu que deben. Porque, a más de esto,
se cargan de imágenes y rosarios bien curiosos; ahora dejan unos, ya toman
otros; ahora truecan, ahora destruecan; ya los quieren de esta manera, ya de
esotra, aficionándose más a esta cruz que a aquélla, por ser más curiosa. Y
veréis a otros arreados de "agnusdeis" y reliquias y nóminas, como
los niños de dijes.
En lo cual yo condeno la propiedad de corazón y el asimiento
que tienen al modo, multitud y curiosidad de cosas, por cuanto es muy contra la
pobreza de espíritu, que sólo mira en la sustancia de la devoción,
aprovechándose sólo de aquello que basta para ella, y cansándose de esotra
multiplicidad y de la curiosidad de ella; pues que la verdadera devoción ha de
salir del corazón, sólo en la verdad y sustancia de lo que representan las
cosas espirituales, y todo lo demás es asimiento y propiedad de imperfección,
que, para pasar a alguna manera de perfección, es necesario que se acabe el tal
apetito.
2. Yo conocí una persona que más de diez años se aprovechó
de una cruz hecha toscamente de un ramo bendito, clavada con un alfiler
retorcida alrededor, y nunca la había dejado, trayéndola consigo hasta que yo
se la tomé; y no era persona de poca razón y entendimiento. Y vi otra que
rezaba por cuentas que eran de huesos de las espinas del pescado, cuya devoción
es cierto que por eso no era de menos quilates delante de Dios; pues se ve
claro que éstos no la tenían en la hechura y valor.
Los que van, pues, bien encaminados desde estos principios,
no se asen a los instrumentos visibles, ni se cargan de ellos, ni se les da
nada de saber más de lo que conviene saber para obrar; porque sólo ponen los
ojos en ponerse bien con Dios y agradarle, y en esto es su codicia. Y así con
gran largueza dan cuanto tienen, y su gusto es saberse quedar sin ello por Dios
y por la caridad del prójimo, no me da más que sean cosas espirituales que
temporales; porque, como digo, sólo ponen los ojos en las veras de la
perfección interior: dar a Dios gusto, y no a sí mismo en nada.
3. Pero de estas imperfecciones tampoco, como de las demás,
no se puede el alma purificar cumplidamente hasta que Dios le ponga en la
pasiva purgación de aquella oscura noche que luego diremos. Mas conviene al alma,
en cuanto pudiere, procurar de su parte hacer por perfeccionarse, porque
merezca que Dios le ponga en aquella divina cura, donde sana el alma de todo lo
que ella no alcanzaba a remediarse; porque, por más que el alma se ayude, no
puede ella activamente purificarse de manera que esté dispuesta en la menor
parte para la divina unión de perfección de amor, si Dios no toma la mano y la
purga en aquel fuego oscuro para ella, cómo y de la manera que habemos de
decir.
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De otras imperfecciones que suelen tener estos principiantes
acerca del tercer vicio, que es lujuria.
1. Otras muchas imperfecciones más de las que acerca de cada
vicio voy diciendo tienen muchos de estos principiantes, que por evitar
prolijidad dejo, tocando algunas de las más principales, que son como origen y
causa de las otras.
Y así, acerca de este vicio de lujuria (dejado aparte lo que
es caer en este pecado en los espirituales, pues mi intento es tratar de las
imperfecciones que se han de purgar por la noche oscura) tienen muchas
imperfecciones muchos, que se podrían llamar lujuria espiritual, no porque así
lo sea, sino porque procede de cosas espirituales. Porque muchas veces acaece
que en los mismos ejercicios espirituales, sin ser en manos de ellos, se
levantan y acaecen en la sensualidad movimientos y actos torpes, y a veces aun
cuando el espíritu está en mucha oración, o ejercitando los Sacramentos de
2. La primera, proceden muchas veces del gusto que tiene el
natural en las cosas espirituales; porque, como gusta el espíritu y sentido,
con aquella recreación se mueve cada parte del hombre a deleitarse según su
porción y propiedad; porque entonces el espíritu se mueve a recreación y gusto
de Dios, que es la parte superior; y la sensualidad, que es la porción
inferior, se mueve a gusto y deleite sensual, porque no sabe ella tener y tomar
otro, y toma entonces el más conjunto a sí, que es el sensual torpe. Y así,
acaece que el alma está en mucha oración con Dios según el espíritu, y, por
otra parte, según el sentido siente rebeliones y movimientos y actos sensuales
pasivamente, no sin harta desgana suya; lo cual muchas veces acaece en
3. La segunda causa, de donde a veces proceden estas
rebeliones, es el demonio, que, por desquietar y turbar el alma al tiempo que
está en oración o la procura tener, procura levantar en el natural estos
movimientos torpes, con que, si al alma se le da algo de ellos, le hace harto
daño. Porque no sólo por el temor de esto aflojan en la oración, que es lo que
él pretende, por ponerse a luchar con ellos, mas algunos dejan la oración del
todo, pareciéndoles que en aquel ejercicio les acaecen más aquellas cosas que
fuera de él, como es la verdad, porque se las pone el demonio más en aquella
que en otra cosa, por que dejen el ejercicio espiritual. Y no sólo eso, sino
que llega a representarles muy al vivo cosas muy feas y torpes, y a veces muy
conjuntamente acerca de cualesquier cosas espirituales y personas que
aprovechan sus almas, para aterrarlas y acobardarlas; de manera, que los que de
ello hacen caso, aun no se atreven a mirar nada ni poner la consideración en
nada, porque luego tropiezan en aquello.
Y esto en los que son tocados de melancolía acaece con tanta
eficacia y frecuencia, que es de haberlos lástima grande, porque padecen vida
triste, porque llega a tanto en algunas personas este trabajo cuando tienen
este mal humor, que les parece claro que sienten tener consigo acceso el
demonio, sin ser libres para poderlo evitar, aunque algunas personas de éstas
puedan evitar el tal acceso con gran fuerza y trabajo. Cuando estas cosas
torpes acaecen a los tales por medio de la melancolía, ordinariamente no se
libran de ellas hasta que sanan de aquella calidad de humor, si no es que entrase
en la noche oscura el alma, que la priva sucesivamente de todo.
4. El tercer origen, de donde suelen proceder y hacer guerra
estos movimientos torpes, suele ser el temor que ya tienen cobrado estos tales
a estos movimientos y representaciones torpes; porque el temor que les da la
súbita memoria en lo que ven o tratan o piensan, les hace padecer estos actos
sin culpa suya.
5. Hay también algunas almas, de naturales tan tiernos y
deleznables, que, en viniéndoles cualquier gusto de espíritu o de oración, luego
es con ellos el espíritu de la lujuria, que de tal manera les embriaga y regala
la sensualidad, que se hallan como engolfados en aquel jugo y gusto de este
vicio; y dura lo uno con lo otro pasivamente; y algunas veces echan de ver
haber sucedido algunos torpes y rebeldes actos. La causa es que, como estos
naturales sean, como digo, deleznables y tiernos, con cualquier alteración se
les remueven los humores y la sangre, y suceden de aquí estos movimientos;
porque a éstos lo mismo les acaece cuando se encienden en ira o tienen algún
alboroto o pena.
6. Algunas veces también en estos espirituales, así en
hablar como en obrar cosas espirituales, se levanta cierto brío y gallardía con
memoria de las personas que tienen delante, y tratan con alguna manera de vano
gusto; lo cual nace también de lujuria espiritual, al modo que aquí la
entendemos; lo cual ordinariamente viene con complacencia en la voluntad.
7. Cobran algunos de éstos aficiones con algunas personas
por vía espiritual, que muchas veces nacen de lujuria, y no de espíritu; lo
cual se conoce ser así cuando, con la memoria de aquella afición, no crece más
la memoria y amor de Dios, sino remordimiento en la conciencia. Porque, cuando
la afición es puramente espiritual, creciendo ella, crece la de Dios, y cuanto
más se acuerda de ella, tanto más se acuerda de Dios y le da gana de Dios, y
creciendo en lo uno crece en lo otro; porque eso tiene el espíritu de Dios, que
lo bueno aumenta con lo bueno, por cuanto hay semejanza y conformidad. Pero
cuando el tal amor nace del dicho vicio sensual, tiene los efectos contrarios;
porque cuanto más crece lo uno, tanto más decrece lo otro y la memoria
juntamente; porque, si crece aquel amor, luego verá que se va resfriando en el
de Dios y olvidándose de él con aquella memoria y algún remordimiento en la
conciencia; y, por el contrario, si crece el amor de Dios en el alma, se va
resfriando en el otro y olvidándole, porque, como son contrarios amores, no
sólo no ayuda el uno al otro, mas antes el que predomina apaga y confunde el
otro y se fortalece en sí mismo, como dicen los filósofos. Por lo cual dijo
nuestro Salvador en el Evangelio (Jn. 3, 6) que lo que nace de carne, es carne,
y lo que nace de espíritu, es espíritu, esto es: el amor que nace de
sensualidad, para en sensualidad, y el que de espíritu, para en espíritu de
Dios y hácele crecer. Y ésta es la diferencia que hay entre los dos amores para
conocerlos.
8. Cuando el alma entrare en la noche oscura, todos estos
amores pone en razón; porque al uno fortalece y purifica, que es el que es
según Dios, y al otro quita y acaba; y, al principio a entrambos los hace
perder de vista, como después se dirá.
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De las imperfecciones en que caen los principiantes acerca
del vicio de la ira.
1. Por causa de la concupiscencia que tienen muchos
principiantes en los gustos espirituales, les poseen muy de ordinario muchas
imperfecciones del vicio de la ira; porque, cuando se les acaba el sabor y
gusto en las cosas espirituales, naturalmente se hallan desabridos y, con aquel
sinsabor que traen consigo, traen mala gracia en las cosas que tratan, y se
aíran muy fácilmente por cualquier cosilla, y aun a veces no hay quien los
sufra. Lo cual muchas veces acaece después que han tenido algún muy gustoso
recogimiento sensible en la oración, que, como se les acaba aquel gusto y
sabor, naturalmente queda el natural desabrido y desganado; bien así como el
niño cuando le apartan del pecho de que estaba gustando a su sabor. En el cual
natural, cuando no se dejan llevar de la desgana, no hay culpa, sino
imperfección que se ha de purgar por la sequedad y aprieto de la noche oscura.
2. También hay otros de estos espirituales que caen en otra
manera de ira espiritual, y es que se aíran contra los vicios ajenos con cierto
celo desasosegado, notando a otros; y a veces les dan ímpetus de reprenderles
enojosamente, y aun hacen algunas veces, haciéndose ellos dueños de la virtud.
Todo lo cual es contra la mansedumbre espiritual.
3. Hay otros que, cuando se ven imperfectos, con impaciencia
no humilde se aíran contra sí mismos; acerca de lo cual tienen tanta
impaciencia, que querrían ser santos en un día. De éstos hay muchos que
proponen mucho y hacen grandes propósitos, y como no son humildes ni desconfían
de sí, cuantos más propósitos hacen, tanto más caen y tanto más se enojan, no
teniendo paciencia para esperar a que se lo dé Dios cuando él fuere servido:
que también es contra la dicha mansedumbre espiritual; que del todo no se puede
remediar sino por la purgación de la noche oscura. Aunque algunos tienen tanta
paciencia en esto del querer aprovechar, que no querría Dios ver en ellos
tanta.
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De las imperfecciones acerca de la gula espiritual.
1. Acerca del cuarto vicio, que es gula espiritual, hay
mucho que decir, porque apenas hay uno de estos principiantes que, por bien que
proceda, no caiga en algo de las muchas imperfecciones que acerca de este vicio
les nacen a estos principiantes por medio del sabor que hallan a los principios
en los ejercicios espirituales.
Porque muchos de éstos, engolosinados con el sabor y gusto
que hallan en los tales ejercicios, procuran más el sabor del espíritu que la
pureza y discreción de él, que es lo que Dios mira y acepta en todo el camino
espiritual. Por lo cual, demás de las imperfecciones que tienen en pretender
estos sabores, la golosina que ya tienen les hace salir mucho del pie a la
mano, pasando de los límites del medio en que consisten y se granjean las
virtudes. Porque, atraídos del gusto que allí hallan, algunos se matan a
penitencias, y otros se debilitan con ayunos, haciendo más de lo que su
flaqueza sufre, sin orden y consejo; antes procuran hurtar el cuerpo a quien
deben obedecer en lo tal; y aun algunos se atreven a hacerlo aunque les han
mandado lo contrario.
2. Estos son imperfectísimos, gente sin razón, que posponen
la sujeción y obediencia, que es penitencia de razón y discreción, y por eso es
para Dios más acepto y gustoso sacrificio que todos los demás, a la penitencia
corporal, que, dejada estotra parte, no es más que penitencia de bestias, a que
también como bestias se mueven por el apetito y gusto que allí hallan. En lo
cual, por cuanto todos los extremos son viciosos, y en esta manera de proceder
éstos hacen su voluntad, antes van creciendo en vicios que en virtudes; porque,
por lo menos, ya en esta manera adquieren gula espiritual y soberbia, pues no
va en obediencia (lo que hacen).
Y tanto empuja el demonio a muchos de éstos, atizándoles
esta gula por gustos y apetitos que les acrecienta, que ya que más no pueden, o
mudan o añaden o varían lo que les mandan, porque les es aceda toda obediencia
acerca de esto. En lo cual algunos llegan a tanto mal, que, por el mismo caso
que van por obediencia los tales ejercicios, se les quita la gana y devoción de
hacerlos, porque sola su gana y gusto es hacer lo que les mueve; todo lo cual
por ventura les valiera más no hacerlo.
3. Veréis a muchos de éstos muy porfiados con sus maestros
espirituales porque les concedan lo que quieren, y allá medio por fuerza lo sacan;
y si no, se entristecen como niños y andan de mala gana, y les parece que no
sirven a Dios cuando no los dejan hacer lo que querrían. Porque, como andan
arrimados al gusto y voluntad propia, y esto tienen por su Dios, luego que se
lo quitan y les quieren poner en voluntad de Dios, se entristecen y aflojan y
faltan. Piensan éstos que el gustar ellos y estar satisfechos, es servir a Dios
y satisfacerle.
4. Hay también otros que por esta golosina tienen tan poco
conocida su bajeza y propia miseria y tan echado aparte el amoroso temor y
respeto que deben a la grandeza de Dios, (que) no dudan de porfiar mucho con
sus confesores sobre que les dejen comulgar muchas veces. Y lo peor es que
muchas veces se atreven a comulgar sin licencia y parecer del ministro y
despensero de Cristo, sólo por su parecer, y le procuran encubrir la verdad. Y
a esta causa, con ojo de ir comulgando, hacen como quiera las confesiones,
teniendo más codicia en comer que en comer limpia y perfectamente; como quiera
que fuera más sano y santo tener la inclinación contraria, rogando a sus
confesores que no les manden llegar tan a menudo; aunque entre lo uno y lo otro
mejor es la resignación humilde, pero los demás atrevimientos cosa es para
grande mal y castigo de ellos sobre tal temeridad.
5. Estos, en comulgando, todo se les va en procurar algún
sentimiento y gusto más que en reverenciar y alabar en sí con humildad a Dios:
y de tal manera se apropian a esto, que, cuando no han sacado algún gusto o
sentimiento sensible, piensan que no han hecho nada, lo cual es juzgar muy
bajamente de Dios, no entendiendo que el menor de los provechos que hace este
Santísimo Sacramento es el que toca al sentido, porque mayor es el invisible de
la gracia que da; que, porque pongan en él los ojos de la fe, quita Dios muchas
veces esotros gustos y sabores sensibles. Y así, quieren sentir a Dios y
gustarle como si fuese comprensible y accesible, no sólo en éste, sino también
en los demás ejercicios espirituales, todo lo cual es muy grande imperfección y
muy contra la condición de Dios, porque es impureza en la fe.
6. Lo mismo tienen éstos en la oración que ejercitan, que
piensan que todo el negocio de ella está en hallar gusto y devoción sensible, y
procuran sacarle, como dicen, a fuerza de brazos, cansando y fatigando las
potencias y la cabeza; y, cuando no han hallado el tal gusto, se desconsuelan
mucho pensando que no han hecho nada. Y por esta pretensión pierden la
verdadera devoción y espíritu, que consiste en perseverar allí con paciencia y
humildad, desconfiando de sí, sólo por agradar a Dios. A esta causa, cuando no
han hallado una vez sabor en este u otro ejercicio, tienen mucha desgana y
repugnancia de volver a él, y a veces lo dejan; que, en fin, son, como habemos
dicho, semejantes a los niños, que no se mueven ni obran por razón, sino por el
gusto.
Todo se les va a éstos en buscar gusto y consuelo de
espíritu, y por esto nunca se hartan de leer libros, y ahora toman una
meditación, ahora otra, andando a caza de este gusto con las cosas de Dios; a
los cuales les niega Dios muy justa, discreta y amorosamente, porque, si esto
no fuese, crecerían por esta gula y golosina espiritual en males sin cuento.
Por lo cual conviene mucho a éstos entrar en la noche oscura que habemos de
dar, para que se purguen de estas niñerías.
7. Estos que así están inclinados a estos gustos, también
tienen otra imperfección muy grande, y es que son muy flojos y remisos en ir
por el camino áspero de la cruz; porque el alma que se da al sabor,
naturalmente le da en rostro todo sinsabor de negación propia.
8. Tienen éstos otras muchas imperfecciones que de aquí les
nacen, las cuales el Señor a tiempos les cura con tentaciones, sequedades y
otros trabajos, que todo es parte de la noche oscura. De las cuales, por no me
alargar, no quiero tratar aquí más, sino sólo decir que la sobriedad y
templanza espiritual lleva otro temple muy diferente de mortificación, temor y
sujeción en todas sus cosas, echando de ver que no está la perfección y valor
de las cosas en la multitud y gusto de las obras, sino en saberse negar a sí
mismo en ellas; lo cual ellos han de procurar hacer cuanto pudieren de su
parte, hasta que Dios quiera purificarlos de hecho entrándolos en la noche
oscura, a la cual por llegar me voy dando priesa con estas imperfecciones.
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De las imperfecciones acerca de la envidia y acidia
espiritual.
1. Acerca también de los otros dos vicios, que son envidia y
acidia espiritual, no dejan estos principiantes de tener hartas imperfecciones.
Porque acerca de la envidia muchos de éstos suelen tener movimientos de
pesarles del bien espiritual de los otros, dándoles alguna pena sensible que
les lleven ventaja en este camino, y no querrían verlos alabar; porque se
entristecen de las virtudes ajenas, y a veces no lo pueden sufrir sin decir
ellos lo contrario, deshaciendo aquellas alabanzas como pueden, y les crece,
como dicen, el ojo no hacerse con ellos otro tanto, porque querrían ellos ser
preferidos en todo. Todo lo cual es muy contrario a la caridad, la cual, como
dice san Pablo (1 Cor. 13, 6), se goza de la verdad; y, si alguna envidia
tiene, es envidia santa, pesándole de no tener las virtudes del otro, con gozo
de que el otro las tenga, y holgándose de que todos le lleven la ventaja porque
sirvan a Dios, ya que él está tan falto en ello.
2. También, acerca de la acidia espiritual, suelen tener
tedio en las cosas que son más espirituales y huyen de ellas, como son aquellas
que contradicen al gusto sensible; porque, como ellos están tan saboreados en
las cosas espirituales, en no hallando sabor en ellas las fastidian. Porque, si
una vez no hallaron en la oración la satisfacción que pedía su gusto (porque en
fin conviene que se le quite Dios para probarlos), no querrían volver a ella, o
a veces la dejan o van de mala gana. Y así, por esta acidia, posponen el camino
de perfección, que es el de la negación de su voluntad y gusto por Dios, al
gusto y sabor de su voluntad, a la cual en esta manera andan ellos por
satisfacer más que a la de Dios.
3. Y muchos de éstos querrían que quisiese Dios lo que ellos
quieren, y se entristecen de querer lo que quiere Dios, con repugnancia de
acomodar su voluntad a la de Dios. De donde les nace que, muchas veces, en lo
que ellos no hallan su voluntad y gusto, piensen que no es voluntad de Dios; y
que, por el contrario, cuando ellos se satisfacen, crean que Dios se satisface,
midiendo a Dios consigo, y no a si mismos con Dios, siendo muy al contrario lo
que él mismo enseñó en el Evangelio (Mt. 16, 25), diciendo que el que perdiese
su voluntad por él, ese la ganaría, el que la quisiese ganar, ése la perdería.
4. Estos también tienen tedio cuando les mandan lo que no
tiene gusto para ellos. Estos, porque se andan al regalo y sabor del espíritu,
son muy flojos para la fortaleza y trabajo de perfección, hechos semejantes a
los que se crían en regalo, que huyen con tristeza de toda cosa áspera, y
oféndense de la cruz, en que están los deleites del espíritu; y en las cosas
más espirituales más tedio tienen, porque, como ellos pretenden andar en las
cosas espirituales a sus anchuras y gusto de su voluntad, háceles gran tristeza
y repugnancia entrar por el camino estrecho, que dice Cristo (Mt. 7, 14), de la
vida.
5. Estas imperfecciones baste aquí haber referido de las
muchas en que viven los de este primer estado de principiantes, para que se vea
cuánta sea la necesidad que tienen de que Dios los ponga en estado de
aprovechados, que se hace entrándolos en la noche oscura que ahora decimos,
donde, destetándolos Dios de los pechos de estos gustos y sabores en puras
sequedades y tinieblas interiores, les quita todas estas impertinencias y
niñerías, y hace ganar las virtudes por medios muy diferentes. Porque, por más
que el principiante en mortificar en sí se ejercite todas sus acciones y
pasiones, nunca del todo, ni con mucho, puede hasta que Dios lo hace
pasivamente por medio de la purgación de la dicha noche. En la cual para hablar
algo que sea en su provecho, sea Dios servido darme su divina luz, porque es
bien menester en noche tan oscura y materia tan dificultosa para ser hablada y
recitada. Es, pues, el verso:
En una noche oscura.
Inicio
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En que se declara el primer verso de la primera canción y se
comienza a explicar esta noche oscura.
1. Esta noche, que decimos ser la contemplación, dos maneras
de tinieblas causa en los espirituales o purgaciones, según las dos partes del
hombre, conviene a saber, sensitiva y espiritual.
Y así, la una noche o purgación será sensitiva, con que se
purga el alma según el sentido, acomodándolo al espíritu; y la otra es noche o
purgación espiritual, con que se purga y desnuda el alma según el espíritu,
acomodándole y disponiéndole para la unión de amor con Dios. La sensitiva es
común y que acaece a muchos, y éstos son los principiantes, de la cual
trataremos primero; la espiritual es de muy pocos, y éstos ya de los
ejercitados y aprovechados, de que trataremos después.
2. La primera purgación o noche es amarga y terrible para el
sentido, como ahora diremos. La segunda no tiene comparación, porque es
horrenda y espantable para el espíritu, como luego diremos. Y porque en orden
es primero y acaece primero la sensitiva, de ella con brevedad diremos alguna
cosa primero, porque de ella, como cosa más común, se hallan más cosas
escritas, por pasar a tratar más de propósito de la noche espiritual, por haber
de ella muy poco lenguaje, así de plática como de escritura, y aun de
experiencia muy poco.
3. Pues, como el estilo que llevan los principiantes en el
camino de Dios es bajo y que frisa mucho con su propio amor y gusto, como
arriba queda dado a entender, queriendo Dios llevarlos adelante, y sacarlos de
este bajo modo de amor a más alto grado de amor de Dios y librarlos de bajo
ejercicio del sentido y discurso, con que tan tasadamente y con tantos
inconvenientes, como habemos dicho, andan buscando a Dios, y ponerlos en el
ejercicio de espíritu, en que más abundantemente y más libres de imperfecciones
pueden comunicarse con Dios; ya que se han ejercitado algún tiempo en el camino
de la virtud, perseverando en meditación y oración, en que con el sabor y gusto
que allí han hallado se han desaficionado de las cosas del mundo y cobrado
algunas espirituales fuerzas en Dios, con que tienen algo refrenados los
apetitos de las criaturas, con que podrán sufrir por Dios un poco de carga y
sequedad sin volver atrás, al mejor tiempo, cuando más a sabor y gusto andan en
estos ejercicios espirituales, y cuando más claro a su parecer les luce el sol
de los divinos favores, oscuréceles Dios toda esta luz y ciérrales la puerta y
manantial de la dulce agua espiritual que andaban gustando en Dios todas las
veces y todo el tiempo que ellos querían; porque, como eran flacos y tiernos,
no había puerta cerrada para éstos, como dice san Juan en el Apocalipsis (3,
8). Y así, los deja tan a oscuras que no saben dónde ir con el sentido de la
imaginación y el discurso, porque no pueden dar un paso en meditar como antes
solían, anegado ya el sentido interior en estas noches, y déjalos tan a secas
que no solo no hallan jugo y gusto en las cosas espirituales y buenos
ejercicios en que solían ellos hallar sus deleites y gustos, mas, en lugar de
esto, hallan por el contrario sinsabor y amargura en las dichas cosas; porque,
como he dicho, sintiéndolos ya Dios aquí algo crecidillos, para que se
fortalezcan y salgan de mantillas los desarrima del dulce pecho y, abajándolos
de sus brazos, los veza a andar por sus pies; en lo cual sienten ellos gran
novedad porque se les ha vuelto todo al revés.
4. Esto a la gente recogida comúnmente acaece más en breve,
después que comienzan, que a los demás, por cuanto están más libres de
ocasiones para volver atrás y reformar más presto los apetitos de las cosas del
siglo, que es lo que se requiere para comenzar a entrar en esta dichosa noche
del sentido. Ordinariamente no pasa mucho tiempo, después que comienzan, en
entrar en esta noche del sentido; y todos los más entran en ella, porque
comúnmente les verán caer en estas sequedades.
5. De esta manera de purgación sensitiva, por ser tan común,
podríamos traer aquí grande número de autoridades de
Inicio
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De las señales en que se conocerá que el espiritual va por
el camino de esta noche y purgación sensitiva.
1. Pero, porque estas sequedades podrían proceder muchas
veces no de la dicha noche y purgación del apetito sensitivo, sino de pecados e
imperfecciones o de flojedad y tibieza, o de algún mal humor o indisposición
corporal, pondré aquí algunas señales en que se conoce si es la tal dicha
purgación, o si nace de alguno de los dichos vicios. Para lo cual hallo que hay
tres señales principales.
2. La primera es si, así como no halla gusto ni consuelo en
las cosas de Dios, tampoco le halla en alguna de las cosas criadas; porque,
como pone Dios al alma en esta oscura noche a fin de enjugarle y purgarle el
apetito sensitivo, en ninguna cosa le deja engolosinar ni hallar sabor. Y en
esto se conoce muy probablemente que esta sequedad y sinsabor no proviene ni de
pecados ni de imperfecciones nuevamente cometidas; porque, si esto fuese,
sentirse hía en el natural alguna inclinación o gana de gustar de otra alguna
cosa que de las de Dios; porque, cuando quiera que se relaja el apetito en
alguna imperfección, luego se siente quedar inclinado a ella, poco o mucho,
según el gusto y afición que allí aplicó.
Pero, porque este no gustar ni de cosa de arriba ni de abajo
podría provenir de alguna indisposición o humor melancólico, el cual muchas
veces no deja hallar gusto en nada, es menester la segunda señal y condición.
3. La segunda señal para que se crea ser la dicha purgación
es que ordinariamente trae la memoria en Dios con solicitud y cuidado penoso,
pensando que no sirve a Dios, sino que vuelve atrás, como se ve en aquel
sinsabor en las cosas de Dios. Y en esto se ve que no sale de flojedad y
tibieza este sinsabor y sequedad; porque de razón de la tibieza es no se le dar
mucho ni tener solicitud interior por las cosas de Dios.
De donde entre la sequedad y tibieza hay mucha diferencia;
porque la que es tibieza tiene mucha flojedad y remisión en la voluntad y en el
ánimo, sin solicitud de servir a Dios; la que sólo es sequedad purgativa tiene
consigo ordinaria solicitud con cuidado y pena, como digo, de que no sirve a
Dios. Y ésta, aunque algunas veces sea ayudada de la melancolía u otro humor,
como muchas veces lo es, no por eso deja de hacer su efecto purgativo del
apetito, pues de todo gusto está privado, y sólo su cuidado trae en Dios;
porque, cuando es puro humor, sólo se va en disgusto y estrago del natural, sin
estos deseos de servir a Dios que tiene la sequedad purgativa, con la cual
aunque la parte sensitiva está muy caída y floja y flaca para obrar por el poco
gusto que halla, el espíritu, empero, está pronto y fuerte.
4. Porque la causa de esta sequedad es porque muda Dios los
bienes y fuerza del sentido al espíritu, de los cuales, por no ser capaz el
sentido y fuerza natural, se queda ayuno, seco y vacío. Porque la parte
sensitiva no tiene habilidad para lo que es puro espíritu, y así, gustando el
espíritu se desabre la carne y se afloja para obrar; mas el espíritu que va
recibiendo el manjar, anda fuerte y más alerto y solícito que antes en el
cuidado de no faltar a Dios, el cual, si no siente luego al principio el sabor
y deleite espiritual, sino la sequedad y sinsabor, es por la novedad del
trueque; porque, habiendo tenido el paladar hecho a esotros gustos sensibles (y
todavía tiene los ojos puestos en ellos), y porque también el paladar
espiritual no está acomodado ni purgado para tan sutil gusto, hasta que
sucesivamente se vaya disponiendo por medio de esta seca y oscura noche no
puede sentir el gusto y bien espiritual, sino la sequedad y sinsabor, a falta
del gusto que antes con tanta facilidad gustaba.
5. Porque éstos que comienza Dios a llevar por estas
soledades del desierto son semejantes a los hijos de Israel, que luego que en
el desierto les comenzó Dios a dar el manjar del cielo, que de suyo tenía todos
los sabores, y, como allí dice (Sab. 16, 2021), se convertía al sabor que cada
uno quería, con todo, sentían más la falta de los gustos y sabores de las
carnes y cebollas que comían antes en Egipto, por haber tenido el paladar hecho
y engolosinado en ellas, que la dulzura delicada del maná angélico, y lloraban
y gemían por las carnes entre los manjares del cielo (Núm. 11, 46). Que a
tanto llega la bajeza de nuestro apetito, que nos hace llorar nuestras miserias
y fastidiar el bien incomunicable del cielo.
6. Pero, como digo, cuando estas sequedades provienen de la
vida purgativa del apetito sensible, aunque el espíritu no siente al principio
el sabor por las causas que acabamos de decir, siente la fortaleza y brío para
obrar en la sustancia que le da el manjar interior, el cual manjar es principio
de oscura y seca contemplación para el sentido; la cual contemplación, que es
oculta y secreta para el mismo que la tiene, ordinariamente, junto con la
sequedad y vacío que hace al sentido, da al alma inclinación y gana de estarse
a solas y en quietud, sin poder pensar en cosa particular ni tener gana de
pensarla.
Y entonces, si a los que esto acaece se supiesen quietar,
descuidando de cualquier obra interior y exterior, sin solicitud de hacer allí
nada, luego en aquel descuido y ocio sentirán delicadamente aquella refección
interior; la cual es tan delicada que, ordinariamente, si tiene gana o cuidado
en sentirla, no la siente; porque, como digo, ella obra en el mayor ocio y
descuido del alma; que es como el aire, que, en queriendo cerrar el puño, se
sale.
7. Y a este propósito podemos entender lo que a
8. La tercera señal que hay para que se conozca esta
purgación del sentido es el no poder ya meditar ni discurrir en el sentido de
la imaginación, como solía, aunque más haga de su parte. Porque, como aquí
comienza Dios a comunicarse, no ya por el sentido, como antes hacía por medio
del discurso que componía y dividía las noticias, sino por el espíritu puro, en
que no cae discurso sucesivamente, comunicándosele con acto de sencilla
contemplación, la cual no alcanza los sentidos de la parte inferior, exteriores
ni interiores, de aquí es que la imaginativa y fantasía no pueden hacer arrimo
en alguna consideración ni hallar en ella pie ya de ahí adelante.
9. En esta tercera señal se ha de tener que este empacho de
las potencias y del gusto de ellas no proviene de algún mal humor; porque,
cuando de aquí nace, en acabando aquel humor (porque nunca permanece en un
ser), luego con algún cuidado que ponga el alma vuelve a poder lo que antes, y
hallan sus arrimos las potencias, lo cual en la purgación del apetito no es
así, porque, en comenzando a entrar en ella, siempre va delante el no poder
discurrir con las potencias. Que, aunque es verdad que, a los principios, en
algunos, a veces no entra con tanta continuación que algunas veces dejen de
llevar sus gustos y discursos sensibles, porque, por ventura, por su flaqueza
no convendría destetarlos de un golpe, con todo van siempre entrando más en ella
y acabando con la obra sensitiva, si es que han de ir adelante. Porque los que
no van por camino de contemplación muy diferente modo llevan, porque esta noche
de sequedades no suele ser en ellos continua en el sentido, porque, aunque
algunas veces las tienen, otras veces no; y aunque algunas no pueden discurrir,
otras pueden; porque, como sólo les mete Dios en esta noche a éstos para
ejercitarlos y humillarlos y reformarles el apetito porque no vayan criando
golosina viciosa en las cosas espirituales, y no para llevarlos a la vida del
espíritu, que es la contemplación (porque no todos los que se ejercitan de
propósito en el camino del espíritu lleva Dios a contemplación, ni aún la
mitad: el por qué, él se lo sabe), de aquí es que a éstos nunca les acaba de hecho
de desarrimar el sentido de los pechos de las consideraciones y discursos, sino
algunos ratos a temporadas, como habemos dicho.
Inicio
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Del modo que se han de haber éstos en esta noche oscura.
1. En el tiempo, pues, de las sequedades de esta noche
sensitiva (en la cual hace Dios el trueque que habemos dicho arriba, sacando el
alma de la vida del sentido a la del espíritu, que es de la meditación a
contemplación, donde ya no hay poder obrar ni discurrir en las cosas de Dios el
alma con sus potencias, como queda dicho) padecen los espirituales grandes
penas, no tanto por las sequedades que padecen, como por el recelo que tienen
de que van perdidos en el camino, pensando que se les ha acabado el bien
espiritual y que los ha dejado Dios, pues no hallan arrimo ni gusto en cosa
buena. Entonces se fatigan y procuran, como lo han habido de costumbre, arrimar
con algún gusto las potencias a algún objeto de discurso, pensando ellos que,
cuando no hacen esto y se sienten obrar, no se hace nada; lo cual hacen no sin
harta desgana y repugnancia interior del alma, que gustaba de estarse en
aquella quietud y ocio, sin obrar con las potencias. En lo cual, estragándose
en lo uno, no aprovechan en lo otro; porque, por buscar espíritu, pierden el
espíritu que tenían de tranquilidad y paz. Y así son semejantes al que deja lo
hecho para volverlo a hacer, o al que se sale de la ciudad para volver a entrar
en ella, o al que deja la caza que tiene para volver a andar a caza. Y esto en
esta parte es excusado, porque no hallará nada ya por aquel primer estilo de
proceder, como queda dicho.
2. Estos, en este tiempo, si no hay quien los entienda,
vuelven atrás, dejando el camino, aflojando, o, a lo menos, se estorban de ir
adelante, por las muchas diligencias que ponen de ir por el camino de
meditación y discurso, fatigando y trabajando demasiadamente el natural,
imaginando que queda por su negligencia o pecados. Lo cual les es escusado,
porque los lleva ya Dios por otro camino, que es de contemplación,
diferentísimo del primero; porque el uno es de meditación y discurso, y el otro
no cae en imaginación ni discurso.
3. Los que de esta manera se vieren, conviéneles que se
consuelen perseverando en paciencia, no teniendo pena; confíen en Dios, que no
deja a los que con sencillo y recto corazón le buscan, ni los dejará de dar lo
necesario para el camino, hasta llevarlos a la clara y pura luz de amor, que
les dará por medio de la noche oscura del espíritu, si merecieren que Dios los
ponga en ella.
4. El estilo que han de tener en ésta del sentido es que no
se den nada por el discurso y meditación, pues ya no es tiempo de eso, sino que
dejen estar el alma en sosiego y quietud, aunque les parezca claro que no hacen
nada y que pierden tiempo, y aunque les parezca que por su flojedad no tienen
gana de pensar allí nada; que harto harán en tener paciencia en perseverar en
la oración sin hacer ellos nada. Sólo lo que aquí han de hacer es dejar el alma
libre y desembarazada y descansada de todas las noticias y pensamientos, no
teniendo cuidado allí de qué pensarán y meditarán, contentándose sólo con una
advertencia amorosa y sosegada en Dios, y estar sin cuidado y sin eficacia y sin
gana de gustarle o de sentirle; porque todas estas pretensiones desquietan y
distraen el alma de la sosegada quietud y ocio suave de contemplación que aquí
se da.
5. Y aunque más escrúpulos se vengan de que pierde tiempo y
que sería bueno hacer otra cosa, pues en la oración no puede hacer ni pensar
nada, súfrase y estése sosegado, como que no va allí más que a estarse a su
placer y anchura de espíritu; porque, si de suyo quiere algo obrar con las
potencias interiores, será estorbar y perder los bienes que Dios por medio de
aquella paz y ocio del alma está asentando e imprimiendo en ella; bien así como
si algún pintor estuviera pintando o alcoholando un rostro, que si el rostro se
menease en querer hacer algo, no dejaría hacer nada al pintor, y deturbaría lo que
estaba haciendo. Y así, cuando el alma se quiere estar en paz y ocio interior,
cualquiera operación o afición o advertencia que ella quiera entonces tener, la
distraerá y desquietará y hará sentir la sequedad y vacío del sentido, porque,
cuanto más pretendiere tener algún arrimo de afecto y noticia, tanto más
sentirá la falta, de la cual no puede ya ser suplida por aquella vía.
6. De donde a esta tal alma le conviene no hacer aquí caso
que se le pierdan las operaciones de las potencias, antes ha de gustar que se
le pierdan presto, porque, no estorbando la operación de la contemplación
infusa que va Dios dando, con más abundancia pacífica la reciba, y dé lugar a
que arda y se encienda en el espíritu el amor que esta oscura y secreta
contemplación trae consigo y pega al alma. Porque contemplación no es otra cosa
que infusión secreta, pacífica y amorosa de Dios, que, si la dan lugar, inflama
al alma en espíritu de amor, según ella da a entender en el verso siguiente, es
a saber.
Con ansias en amores inflamada.
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Decláranse los tres versos de la canción.
1. La cual inflamación de amor, aunque comúnmente a los
principios no se siente, por no haber uviado o comenzado a emprenderse por la
impureza del natural, o por no le dar lugar pacífico en sí el alma por no
entenderse, como habemos dicho (aunque, a veces, sin eso y con eso comienza
luego a sentirse alguna ansia de Dios), cuanto más va, más se va viendo el alma
aficionada e inflamada en amor de Dios, sin saber ni entender cómo y de dónde
le nace el tal amor y afición, sino que ve crecer tanto en sí a veces esta
llama e inflamación, que con ansias de amor desea a Dios, según David estando
en esta noche, lo dice de sí por estas palabras (Sal. 72, 2122), es a saber:
Porque se inflamó mi corazón, es a saber en amor de contemplación, también mis
renes se mudaron, esto es, mis apetitos de afecciones sensitivas se mudaron, es
a saber, de la vida sensitiva a la espiritual, que es la sequedad y cesación en
todos ellos que vamos diciendo; y yo, dice, fui resuelto en nada y aniquilado,
y no supe; porque, como habemos dicho, sin saber el alma por dónde va, se ve
aniquilada acerca de todas las cosas de arriba y de abajo que solía gustar, y
sólo se ve enamorada sin saber cómo y por qué. Y, porque a veces crece mucho la
inflamación de amor en el espíritu, son las ansias por Dios tan grandes en el
alma, que parece se le secan los huesos en esta sed, y se marchita el natural,
y se estraga su calor y fuerza por la viveza de la sed de amor, porque siente
el alma que es viva esta sed de amor. La cual también David (Sal. 41, 3) tenía
y sentía, cuando dijo: Mi alma tuvo sed a Dios vivo; que es tanto como decir:
Viva fue la sed que tuvo mi alma. La cual sed, por ser viva, podemos decir que
mata de sed. Pero es de notar que la vehemencia de esta sed no es continua,
sino algunas veces, aunque de ordinario suele sentir alguna sed.
2. Pero hase de advertir que, como aquí comencé a decir, que
a los principios comúnmente no se siente este amor, sino la sequedad y vacío
que vamos diciendo; y entonces, en lugar de este amor que después se va
encendiendo, lo que trae el alma en medio de aquellas sequedades y vacíos de las
potencias es un ordinario cuidado y solicitud de Dios, con pena y recelo de que
no le sirve; que no es para Dios poco agradable sacrificio ver andar el
espíritu contribulado y solícito por su amor (Sal. 50, 19). Esta solicitud y
cuidado pone en el alma aquella secreta contemplación hasta que, por tiempo
habiendo purgado algo el sentido, esto es, la parte sensitiva, de las fuerzas y
aficiones naturales por medio de las sequedades que en ella pone, va ya
encendiendo en el espíritu este amor divino. Pero entretanto, en fin, como el
que está puesto en cura, todo es padecer en esta oscura y seca purgación del
apetito, curándose de muchas imperfecciones e imponiéndose en muchas virtudes
para hacerse capaz del dicho amor, como ahora se dirá sobre el verso siguiente:
¡Oh dichosa ventura!
3. Que por cuanto pone Dios el alma en esta noche sensitiva
a fin de purgar el sentido de la parte inferior y acomodarle y sujetarle y
unirle con el espíritu, oscureciéndole y haciéndole cesar acerca de los
discursos, como también después, al fin de purificar el espíritu para unirle
con Dios, como después se dirá, le pone en la noche espiritual, gana el alma,
aunque a ella no se lo parece, tantos provechos, que tiene por dichosa ventura
haber salido del lazo y apertura del sentido de la parte inferior por esta
dicha noche. Dice el presente verso, es a saber: ¡oh dichosa ventura! Acerca de
la cual nos conviene aquí notar los provechos que halla en esta noche el alma,
por causa de los cuales tiene por buena ventura pasar por ella. Todos los
cuales provechos encierra el alma en el siguiente verso, es a saber:
Salí sin ser notada.
4. La cual salida se entiende de la sujeción que tenía el
alma a la parte sensitiva en buscar a Dios por operaciones tan flacas, tan limitadas
y tan ocasionadas como las de esta parte inferior son; pues que a cada paso
tropezaba con mil imperfecciones e ignorancias, como habemos notado arriba en
los siete vicios capitales, de todos los cuales se libra, apagándole esta noche
todos los gustos de arriba y de abajo, y oscureciéndole todos los discursos, y
haciéndole otros innumerables bienes en la ganancia de las virtudes, como ahora
diremos. Que será cosa gustosa y de gran consuelo para el que por aquí camina,
ver cómo cosa que tan áspera y adversa parece al alma y tan contraria al gusto
espiritual, obra tantos bienes en ella.
Los cuales, como decimos, se consigue en salir el alma según
la afección y operación, por medio de esta noche, de todas las cosas criadas, y
caminar a las eternas, que es grande dicha y ventura: lo uno, por el grande
bien que es apagar el apetito y afección acerca de todas las cosas; lo otro,
por ser muy pocos los que sufren y perseveran en entrar por este puerta
angosta, y por el camino estrecho que guía a la vida, como dice nuestro
Salvador (Mt. 7, 14). Porque la angosta puerta es esta noche del sentido, del
cual se despoja y desnuda el alma para entrar en ella, juntándose en fe, que es
ajena de todo sentido, para caminar después por el camino estrecho, que es la
otra noche de espíritu, en que después entra el alma para caminar a Dios en
pura fe, que es el medio por donde el alma se une con Dios. Por el cual camino,
por ser tan estrecho, oscuro y terrible (que no hay comparación de esta noche
de sentido a la oscuridad y trabajos de aquélla, como diremos allí), son muchos
menos los que caminan por él, pero son sus provechos sin comparación mucho
mayores que los de ésta. De los cuales comenzaremos ahora a decir algo, con la
brevedad que se pudiere, por pasar a la otra noche.
Inicio
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De los provechos que causa en el alma esta noche.
1. Esta noche y purgación del apetito, dichosa para el alma,
tantos bienes y provechos hace en ella (aunque a ella antes le parece, como
habemos dicho, que se los quita), que así como Abraham hizo gran fiesta cuando
quitó la leche a su hijo Isaac (Gn. 21, 8), se gozan en el cielo de que ya
saque Dios a esta alma de pañales, de que la baje de los brazos, de que la haga
andar por su pie, de que también, quitándola el pecho de la leche y blando y
dulce manjar de niños, la haga comer pan con corteza, y que comience a gustar
el manjar de robustos, que en estas sequedades y tinieblas del sentido se
comienza a dar al espíritu vacío y seco de los jugos del sentido, que es la
contemplación infusa que habemos dicho.
2. Y éste es el primero y principal provecho que causa esta
seca y oscura noche de contemplación: el conocimiento de sí y de su miseria.
Porque, demás de que todas las mercedes que Dios hace al alma ordinariamente
las hace envueltas en este conocimiento, estas sequedades y vacío de la
potencia acerca de la abundancia que antes sentía y la dificultad que halla el
alma en las cosas buenas, la hacen conocer de sí la bajeza y miseria que en el
tiempo de su prosperidad no echaba de ver.
De esto hay buena figura en el Exodo (33, 5), donde,
queriendo Dios humillar a los hijos de Israel y que se conociesen les mandó
quitar y desnudar el traje y atavío festival con que ordinariamente andaban
compuestos en el desierto, diciendo: Ahora ya de aquí adelante despojaos el
ornato festival y poneos vestidos comunes y de trabajo, para que sepáis el
tratamiento que merecéis; lo cual es como si dijera: Por cuanto el traje que
traéis, por ser de fiesta y alegría, os ocasionáis a no sentir de vosotros tan
bajamente como vosotros sois, quitaos ya ese traje, para que de aquí adelante,
viéndoos vestidos de vilezas, conozcáis que no merecéis más y quién sois
vosotros. De donde la verdad, que el alma antes no conocía, de su miseria:
porque en el tiempo que andaba como de fiesta, hallando en Dios mucho gusto y
consuelo y arrimo, andaba más satisfecha y contenta, pareciéndole que en algo
servía a Dios; porque esto, aunque entonces expresamente no lo tenga en sí, a
lo menos, en la satisfacción que halla en el gusto, se le asienta algo de ello
y ya puesta en estotro traje de trabajo, de sequedad y desamparo, oscurecidas
sus primeras luces, tiene más de veras éstas en esta tan excelente y necesaria
virtud del conocimiento propio, no se teniendo ya en nada ni teniendo
satisfacción ninguna de sí; porque ve que de suyo no hace nada ni puede nada.
Y esta poca satisfacción de sí y desconsuelo que tiene de
que no sirve a Dios, tiene y estima Dios en más que todas las obras y gustos
primeros que tenía el alma y hacía, por más que ellos fuesen, por cuanto en
ellos se ocasionaba para muchas imperfecciones e ignorancias; y de este traje
de sequedad, no sólo lo que habemos dicho, sino también los provechos que ahora
diremos y muchos más, que se quedarán por decir, nacen, que como de su fuente y
origen, del conocimiento propio proceden.
3. Cuanto a lo primero, nácele al alma tratar con Dios con
más comedimiento y más cortesía, que es lo que siempre ha de tener el trato con
el Altísimo, lo cual en la prosperidad de su gusto y consuelo no hacía; porque
aquel sabor gustoso que sentía, hacía ser al apetito acerca de Dios algo más
atrevido de lo que bastaba y descortés y mal mirado. Como acaeció a Moisés (Ex.
3, 26): cuando sintió que Dios le hablaba, cegado de aquel gusto y apetito,
sin más consideración, se atrevía a llegar, si no le mandara Dios que se
detuviera y descalzara. Por lo cual se denota el respeto y discreción en
desnudez de apetito con que se ha de tratar con Dios; de donde, cuando obedeció
en esto Moisés, quedó tan puesto en razón y tan advertido, que dice
Como también la disposición que dio Dios a Job para hablar
con él, no fueron aquellos deleites y glorias que el mismo Job allí refiere que
solía tener en su Dios (Jb. 1, 18), sino tenerle desnudo en el muladar,
desamparado y aun perseguido de sus amigos, lleno de angustia y amargura, y
sembrado de gusanos el suelo (2930); y entonces de esta manera se preció el
que levanta al pobre del estiércol (Sal. 112, 7), el Altísimo Dios, de
descender y hablar allí cara a cara con él, descubriéndole las altezas
profundas, grandes, de su sabiduría, cual nunca antes había hecho en el tiempo
de la prosperidad (Jb. 3842).
4. Y así nos conviene notar otro excelente provecho que hay
en esta noche y sequedad del sensitivo apetito, pues habemos venido a dar en
él, y es: que en esta noche oscura del apetito (porque se verifique lo que dice
el profeta (Is. 58, 10), es a saber: Lucirá tu luz en las tinieblas), alumbrará
Dios al alma, no sólo dándole conocimiento de su bajeza y miseria, como habemos
dicho, sino también de la grandeza y excelencia de Dios. Porque, demás de que,
apagados los apetitos y gustos y arrimos sensibles, queda limpio y libre el
entendimiento para entender la verdad (porque el gusto sensible y apetito,
aunque sea de cosas espirituales, ofusca y embaraza el espíritu), y, demás
también que aquel aprieto y sequedad del sentido ilustra y aviva el
entendimiento, como dice Isaías (28, 19), que (con) la vejación hace entender
Dios cómo en el alma vacía y desembarazada, que es lo que se requiere para su
divina influencia, sobrenaturalmente por medio de esta noche oscura y seca de
contemplación la va, como habemos dicho, instruyendo en su divina sabiduría, lo
cual por los jugos y gustos primeros no hacía.
5. Esto da muy bien a entender el mismo profeta Isaías (28,
9), diciendo: ¿A quién enseñará Dios su ciencia y a quién hará oír su audición?
A los destetados, dice, de la leche, a los desarrimados de los pechos; en lo
cual se da a entender que para esta divina influencia no es la disposición la
leche primera de la suavidad espiritual, ni el arrimo del pecho de los sabrosos
discursos de las potencias sensitivas que gustaba el alma, sino el carecer de lo
uno y desarrimo de lo otro, por cuanto para oír a Dios le conviene al alma
estar muy en pie y desarrimada, según el afecto y sentido, como de sí lo dice
el profeta (Hab. 2, 1), diciendo: Estaré en pie sobre mi custodia, esto es,
desarrimado el apetito, y afirmaré el paso, esto es, no discurriré con el
sentido, para contemplar, esto es, para entender lo que de parte de Dios se me
alegare. De manera que ya tenemos que de esta noche seca sale conocimiento de
sí primeramente, de donde, como de fundamento, sale esotro conocimiento de
Dios. Que por eso decía san Agustín a Dios: Conózcame yo, Señor, a mí, y
conocerte he a ti. Porque, como dicen los filósofos, un extremo se conoce bien
por otro.
6. Y para probar más claramente la eficacia que tiene esta
noche sensitiva en su sequedad y desabrigo para ocasionar la luz que de Dios
decimos recibir aquí el alma, alegaremos aquella autoridad de David (Sal. 62,
3) en que da bien a entender la virtud grande que tiene esta noche para este
alto conocimiento de Dios. Dice, pues, así: En la tierra desierta, sin agua,
seca y sin camino parecí delante de ti para poder ver tu virtud y tu gloria. Lo
cual es cosa admirable; que no da aquí a entender David que los deleites
espirituales y gustos muchos que él había tenido le fuesen disposición y medio
para conocer la gloria de Dios, sino las sequedades y desarrimos de la parte
sensitiva, que se entiende aquí por la tierra seca y desierta; y que no diga
también que los conceptos y discursos divinos, de que él había usado mucho,
fuesen camino para sentir y ver la virtud de Dios, sino el no poder fijar el
concepto en Dios, ni caminar con el discurso de la consideración imaginaria,
que se entiende aquí por la tierra sin camino. De manera que, para conocer a
Dios y a sí mismo, esta noche oscura es el medio con sus sequedades y vacíos,
aunque no con la plenitud y abundancia que en la otra del espíritu, porque este
conocimiento es como principio de la otra.
7. Saca también el alma en las sequedades y vacíos de esta
noche del apetito humildad espiritual, que es la virtud contraria al primer
vicio capital que dijimos ser soberbia espiritual; por la cual humildad, que
adquiere por el dicho conocimiento propio, se purga de todas aquellas
imperfecciones en que caía acerca de aquel vicio de soberbia en el tiempo de su
prosperidad. Porque, como se ve tan seca y miserable, ni aun por primer
movimiento le parece que va mejor que los otros, ni que los lleva ventaja, como
antes hacía; antes, por el contrario, conoce que los otros van mejor.
8. Y de aquí nace el amor del prójimo, porque los estima y
no los juzga como antes solía cuando se veía a sí con mucho fervor y a los
otros no. Sólo conoce su miseria y la tiene delante de los ojos: tanto, que no
la deja ni da lugar para poner los ojos en nadie, lo cual admirablemente David,
estando en esta noche, manifiesta, diciendo: Enmudecí y fui humillado y tuve
silencio en los bienes y renovóse mi dolor (Sal. 38, 3). Esto dice, porque le
parecía que los bienes de su alma estaban tan acabados, que no solamente no había
ni hallaba lenguaje de ellos, mas acerca de los ajenos también enmudeció con el
dolor del conocimiento de su miseria.
9. Aquí también se hacen sujetos y obedientes en el camino
espiritual, que, como se ven tan miserables, no sólo oyen lo que los enseñan,
mas aun desean que cualquiera los encamine y diga lo que deben hacer;
quítaseles la presunción afectiva que en la prosperidad a veces tenían. Y,
finalmente, de camino se les barren todas las demás imperfecciones que notamos
allí acerca de este vicio primero que es soberbia espiritual.
Inicio
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De otros provechos que causa en el alma esta noche del
sentido.
1. Acerca de las imperfecciones que en la avaricia
espiritual tenía, en que codiciaba unas y otras cosas espirituales y nunca se
veía satisfecha el alma de unos ejercicios y otros, con la codicia del apetito
y gusto que hallaba en ellos, ahora en esta noche seca y oscura anda bien reformada;
porque, como no halla el gusto y sabor que solía, antes halla en ellas sinsabor
y trabajo, con tanta templanza usa de ellas, que por ventura podría perder ya
por punto de corto como antes perdía por largo. Aunque a los que Dios pone en
esta noche comúnmente les da humildad y prontitud, aunque con sinsabor, para
que sólo por Dios hagan aquello que se les manda; y desaprovéchanse de muchas
cosas porque no hallan gusto en ellas.
2. Acerca de la lujuria espiritual también se ve claro que,
por esta sequedad y sinsabor de sentido que halla el alma en las cosas
espirituales, se librará de aquellas impurezas que allí notamos; pues,
comúnmente, dijimos que procedían del gusto que del espíritu redundaba en el
sentido.
3. Pero de las imperfecciones que se libra el alma en esta
noche oscura acerca del cuarto vicio, que es la gula espiritual, puédense ver
allí, aunque no están allí dichas todas, porque son innumerables; y así yo aquí
no las referiré, porque querría ya concluir con esta noche para pasar a la
otra, de la cual tenemos grave palabra y doctrina.
Baste, para entender los innumerables provechos que demás de
los dichos gana el alma en esta noche acerca de este vicio de la gula
espiritual, decir que de todas aquellas imperfecciones que allí quedan dichas
se libra, y de otros muchos y mayores males y feas abominaciones que, como
digo, allí no están escritas, en que vinieron a dar muchos de que habemos
tenido experiencia, por no tener ellos reformado el apetito en esta golosina
espiritual. Porque, como Dios en esta seca y oscura noche, en que pone al alma,
tiene refrenada la concupiscencia y enfrenado el apetito de manera que no se
puede cebar de ningún gusto ni sabor sensible de cosa de arriba ni de abajo, y
esto lo va continuando de tal manera que queda impuesta el alma, reformada y
emprensada según la concupiscencia y apetito, pierde la fuerza de las pasiones
y concupiscencia y se hace estéril, no usándose el gusto, bien así como no
acostumbrando a sacar leche de la ubre se secan los cursos de la leche. Y, enjugados
así los apetitos del alma, síguense, demás de los dichos, por medio de esta
sobriedad espiritual admirables provechos en ella; porque, apagados los
apetitos y concupiscencias, vive el alma en paz y tranquilidad espiritual;
porque donde no reina apetito y concupiscencia no hay perturbación, sino paz y
consuelo de Dios.
4. Sale de aquí otro segundo provecho, y es que trae
ordinaria memoria de Dios, con temor y recelo de volver atrás, como queda
dicho, en el camino espiritual; el cual es grande provecho y es no de los
menores en esta sequedad y purgación del apetito, porque se purifica el alma y
limpia de las imperfecciones que se le pegaban por medio de los apetitos y
afecciones, que de suyo embotan y ofuscan el ánima.
5. Hay otro provecho muy grande en esta noche para el alma,
y es que se ejercita en las virtudes de por junto, como en la paciencia y
longanimidad, que se ejercita bien en estos vacíos y sequedades, sufriendo el
perseverar en los espirituales ejercicios sin consuelo y sin gusto. Ejercítase la
caridad de Dios, pues ya no por el gusto atraído y saboreado que halla en la
obra es movido, sino sólo por Dios. Ejercita aquí también la virtud de la
fortaleza, porque en estas dificultades y sinsabores que halla en el obrar saca
fuerzas de flaquezas, y así se hace fuerte. Y, finalmente, en todas las
virtudes, así teologales como cardinales y morales, corporal y espiritualmente
se ejercita el alma en estas sequedades.
6. Y que en esta noche consiga el alma estos cuatro
provechos que habemos dicho, conviene a saber: delectación de paz, ordinaria
memoria y solicitud de Dios, limpieza y pureza del alma y el ejercicio de
virtudes que acabamos de decir, dícelo David (Sal. 76, 4), como lo experimentó
él mismo estando en esta noche, por estas palabras: Mi alma desechó las
consolaciones, tuve memoria de Dios y hallé consuelo y ejercitéme, y
desfalleció mi espíritu. Y luego dice (v. 7): Y medité de noche con mi corazón,
y ejercitábame, y barría y purificaba mi espíritu, conviene a saber, de todas
las afecciones.
7. Acerca de las imperfecciones de los otros tres vicios
espirituales que allí dijimos que son ira, envidia y acidia, también en esta
sequedad del apetito se purga el alma y adquiere las virtudes a ellas
contrarias; porque, ablandada y humillada por estas sequedades y dificultades y
otras tentaciones y trabajos en que a vueltas de esta noche Dios la ejercita,
se hace mansa para con Dios y para consigo y también para con el prójimo; de
manera que ya no se enoja con alteración sobre las faltas propias contra sí, ni
sobre las ajenas contra el prójimo, ni acerca de Dios trae disgusto y querellas
descomedidas porque no le hace presto bueno.
8. Pues acerca de la envidia, también aquí tiene caridad con
los demás; porque, si alguna envidia tiene, no es viciosa como antes solía
cuando le daba pena que otros fuesen a él preferidos y que le llevasen la
ventaja, porque ya aquí se la tiene dada, viéndose tan miserable como se ve; y
la envidia que tiene, si la tiene, es virtuosa, deseando imitarlos, lo cual es
mucha virtud.
9. Las acidias y tedios que aquí tiene de las cosas
espirituales tampoco son viciosas como antes; porque aquéllos procedían de los
gustos espirituales que a veces tenía y pretendía tener cuando no los hallaba; pero
estos tedios no proceden de esta flaqueza del gusto, porque se le tiene Dios
quitado acerca de todas las cosas en esta purgación del apetito.
10. Demás de estos provechos que están dichos, otros
innumerables consigue por medio de esta seca contemplación; porque en medio de
estas sequedades y aprietos, muchas veces, cuando menos piensa, comunica Dios
al alma suavidad espiritual y amor muy puro y noticias espirituales, a veces
muy delicadas, cada una de mayor provecho y precio que cuanto antes gustaba; aunque
el alma en los principios no piensa así, porque es muy delicada la influencia
espiritual que aquí se da, y no la percibe el sentido.
11. Finalmente, por cuanto aquí el alma se purga de las
afecciones y apetitos sensitivos, consigue libertad de espíritu, en que se van
granjeando los doce frutos del Espíritu Santo. También aquí admirablemente se
libra de las manos de los tres enemigos, mundo, demonio y carne; porque,
apagándose el sabor y gusto sensitivo acerca de las cosas, no tiene el demonio,
ni el mundo, ni la sensualidad armas ni fuerzas contra el espíritu.
12. Estas sequedades hacen, pues, al alma andar con pureza
en el amor de Dios, pues que ya no se mueve a obrar por el gusto y sabor de la
obra, como por ventura lo hacía cuando gustaba, sino sólo por dar gusto a Dios.
Hácese no presumida ni satisfecha, como por ventura en el tiempo de la
prosperidad solía, sino recelosa y temerosa de sí, no teniendo en sí
satisfacción ninguna, en lo cual está el santo temor que conserva y aumenta las
virtudes. Apaga también esta sequedad las concupiscencias y bríos naturales,
como también queda dicho; porque aquí, si no es el gusto que de suyo Dios le
infunde algunas veces, por maravilla halla gusto y consuelo sensible por su
diligencia en alguna obra y ejercicio espiritual, como ya queda dicho.
13. Crécele en esta noche seca el cuidado de Dios y las
ansias por servirle, porque, como se le van enjugando los pechos de la
sensualidad, con que sustentaba y criaba los apetitos tras que iba, sólo queda
en seco y en desnudo el ansia de servir a Dios, que es cosa para Dios muy
agradable, pues, como dice David (Sal. 50, 19), el espíritu atribulado es
sacrificio para Dios.
14. Como el alma, pues, conoce que en esta purgación seca
por donde pasó, sacó y consiguió tantos y tan preciosos provechos como aquí se
han referido, no hace mucho en decir, en la canción que vamos declarando, el
dicho verso, es a saber: ¡oh dichosa ventura! salí sin ser notada; esto es:
salí de los lazos y sujeción de mis apetitos sensitivos y afecciones, sin ser
notada, es a saber, sin que los dichos tres enemigos me lo pudiesen impedir.
Los cuales, como habemos dicho, con los apetitos y gustos, así como con lazos,
enlazan al alma y la detienen que no salga de sí a la libertad de amor de Dios;
sin los cuales ellos no pueden combatir al alma, como queda dicho.
15. De donde, en sosegándose por continua mortificación las
cuatro pasiones del alma, que son: gozo, dolor, esperanza y temor, y en
durmiéndose en la sensualidad por ordinarias sequedades los apetitos naturales,
y en alzando de obra la armonía de los sentidos y potencias interiores, cesando
sus operaciones discursivas, como habemos dicho, lo cual es toda la gente y
morada de la parte inferior del alma, que es lo que aquí llama su casa,
diciendo:
Estando ya mi casa sosegada.
Inicio
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En que se declara el último verso de la primera canción.
1. Estando ya esta casa de la sensualidad sosegada, esto es,
mortificada, sus pasiones apagadas y apetitos sosegados y dormidos por medio de
esta dichosa noche de la purgación sensitiva, salió el alma a comenzar el
camino y vía del espíritu, que es de los aprovechantes y aprovechados, que, por
otro nombre, llaman vía iluminativa o de contemplación infusa, con que Dios de
suyo anda apacentando y reficionando al alma, sin discurso ni ayuda activa de
la misma alma.
Tal es, como habemos dicho, la noche y purgación del sentido
en el alma; la cual, en los que después han de entrar en la otra más grave del
espíritu, para pasar a la divina unión de amor (porque no todos, sino los
menos, pasan ordinariamente), suele ir acompañada con graves trabajos y
tentaciones sensitivas, que duran mucho tiempo, aunque en unos más que en
otros. Porque a algunos se les da el ángel de Satanás (2 Cor. 12, 7), que es el
espíritu de fornicación, para que les azote los sentidos con abominables y
fuertes tentaciones, y les atribule el espíritu con feas advertencias y
representaciones más visibles en la imaginación, que a veces les es mayor pena
que el morir.
2. Otras veces se les añade en esta noche el espíritu de
blasfemia, el cual en todos sus conceptos y pensamientos se anda atravesando
con intolerables blasfemias, y a veces con tanta fuerza sugeridas en la
imaginación, que casi se las hace pronunciar, que les es grave tormento.
3. Otras veces se les da otro abominable espíritu, que llama
Isaías (19, 14) spiritus vertiginis, no porque caigan, sino porque los
ejercite; el cual de tal manera les oscurece el sentido, que los llena de mil
escrúpulos y perplejidades tan intrincadas al juicio de ellos, que nunca pueden
satisfacerse con nada, ni arrimar el juicio a consejo ni concepto; el cual es
uno de los más graves estímulos y horrores de esta noche, muy vecino a lo que
pasa en la noche espiritual.
4. Estas tempestades y trabajos ordinariamente envía Dios en
esta noche y purgación sensitiva a los que, como digo, ha de poner después en
la otra, aunque no todos pasan a ella, para que castigados y abofeteados de
esta manera se vayan ejercitando y disponiendo y curtiendo los sentidos y
potencias para la unión de
5. Pero el tiempo que al alma tengan en este ayuno y
penitencia del sentido, cuánto sea, no es cosa cierta decirlo, porque no pasa
en todos de una manera ni unas mismas tentaciones; porque esto va medido por la
voluntad de Dios conforme a lo más o menos que cada uno tiene de imperfección
que purgar; y también, conforme al grado de amor de unión a que Dios la quiere
levantar, la humillará más o menos intensamente, o más o menos tiempo. Los que
tienen sujeto y más fuerza para sufrir con más intensión, los purga más presto.
Porque a los muy flacos con mucha remisión y flacas tentaciones mucho tiempo
les lleva por esta noche, dándoles ordinarias refecciones al sentido porque no vuelvan
atrás, y tarde llegan a la pureza de perfección en esta vida, y algunos de
éstos nunca; que ni bien están en la noche, ni bien fuera de ella; porque,
aunque no pasan adelante, para que se conserven en humildad y conocimiento
propio, los ejercita Dios algunos ratos y días en aquellas tentaciones y
sequedades; y les acude con el consuelo otras veces y temporadas, para que
desmayando no se vuelvan a buscar el del mundo. A otras almas más flacas anda
Dios con ellas como pareciendo y trasponiendo, para ejercitarlas en su amor,
porque sin desvíos no aprendieran a llegarse a Dios.
6. Pero las almas que han de pasar a tan dichoso y alto
estado como es la unión de amor, por muy apriesa que Dios las lleve, harto
tiempo suelen durar en estas sequedades y tentaciones ordinariamente, como está
visto por experiencia.
Tiempo es, pues, de comenzar a tratar de la segunda noche.
Inicio
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LIBRO SEGUNDO
[San Juan de
ÍNDICE
DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE
ÍNDICE DE
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Comiénzase a tratar de la noche oscura del espíritu. Dícese
a qué tiempo comienza.
1. Un alma que Dios ha de llevar adelante, no luego que sale
de las sequedades y trabajos de la primera purgación y noche del sentido, la
pone Su Majestad en esta noche de espíritu, antes suele pasar harto tiempo y
años en que, salida el alma del estado de principiantes, se ejercita en el de
aprovechados, en el cual, así como el que ha salido de una estrecha cárcel,
anda en las cosas de Dios con mucha más anchura y satisfacción del alma y con
más abundante e interior deleite que hacía a los principios, antes que entrase
en la dicha noche, no trayendo atada ya la imaginación y potencias al discurso
y cuidado espiritual, como solía; porque con gran facilidad halla luego en su
espíritu muy serena y amorosa contemplación y sabor espiritual sin trabajo del
discurso. Aunque, como no está bien hecha la purgación del alma, porque falta
la principal parte, que es la del espíritu (sin la cual, por la comunicación
que hay de la una parte a la otra, por razón de ser un solo supuesto, tampoco
la purgación sensitiva, aunque más fuerte haya sido, queda acabada y perfecta),
nunca le faltan a veces algunas necesidades, sequedades, tinieblas y aprietos,
a veces mucho más intensos que los pasados, que son como presagios y mensajeros
de la noche venidera del espíritu; aunque no son éstos durables, como será la
noche que espera. Porque, habiendo pasado un rato, o ratos, o días de esta
noche y tempestad, luego vuelve a su acostumbrada serenidad; y de esta manera
va purgando Dios a algunas almas que no han de subir a tan alto grado de amor
como las otras, metiéndolas a ratos interpoladamente en esta noche de
contemplación y purgación espiritual, haciendo anochecer y amanecer a menudo,
porque se cumpla lo que dice David (Sal. 147, 17), que envía su cristal, esto
es, su contemplación, como a bocados. Aunque estos bocados de oscura
contemplación nunca son tan intensos como lo es aquella horrenda noche de la
contemplación que habemos de decir, en que de propósito pone Dios al alma para
llevarla a la divina unión.
2. Este sabor, pues, y gusto interior que decimos, que con
abundancia y facilidad hallan y gustan estos aprovechantes en su espíritu, con mucha
más abundancia que antes se les comunica, redundando de ahí en el sentido más
que solía antes de esta sensible purgación; que, por cuanto él está ya más
puro, con más facilidad puede sentir los gustos del espíritu a su modo. Y como,
en fin, esta parte sensitiva del alma es flaca e incapaz para las cosas fuertes
del espíritu, de aquí es que estos aprovechados, a causa de esta comunicación
espiritual que se hace en la parte sensitiva, padecen en ella muchas
debilitaciones y detrimentos y flaquezas de estómago, y en el espíritu,
consiguientemente, fatigas; porque, como dice el Sabio (Sab. 9, 15): El cuerpo
que se corrompe, agrava el alma. De aquí es que las comunicaciones de éstos no
pueden ser muy fuertes, ni muy intensas, ni muy espirituales, cuales se requieren
para la divina unión con Dios, por la flaqueza y corrupción de la sensualidad
que participa en ellas.
De aquí vienen los arrobamientos y traspasos y
descoyuntamientos de huesos, que siempre acaecen cuando las comunicaciones no
son puramente espirituales, esto es, al espíritu sólo, como son las de los
perfectos, purificados ya por la noche segunda del espíritu, en las cuales
cesan ya estos arrobamientos y tormentos del cuerpo, gozando ellos de la
libertad del espíritu, sin que se anuble ni trasponga el sentido.
3. Y, porque se entienda la necesidad que éstos tienen de
entrar en esta noche de espíritu, notaremos aquí algunas imperfecciones y
peligros que tienen estos aprovechados.
Inicio
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Prosigue en otras imperfecciones que tienen estos
aprovechados.
1. Dos maneras de imperfecciones tienen estos aprovechados:
unas son habituales, otras actuales.
Las habituales son las afecciones y hábitos imperfectos que
todavía, como raíces, han quedado en el espíritu, donde la purgación del
sentido no pudo llegar; en la purgación de los cuales la diferencia que hay a
estotra, es la que de la raíz a la rama, o sacar una mancha fresca o una muy asentada
y vieja. Porque, como dijimos, la purgación del sentido sólo es puerta y
principio de contemplación para la del espíritu, que, como también habemos
dicho, más sirve de acomodar el sentido al espíritu, que de unir el espíritu
con Dios. Mas todavía se quedan en el espíritu las manchas del hombre viejo,
aunque a él no se le parece, ni las echa de ver; las cuales si no salen por el
jabón y fuerte lejía de la purgación de esta noche, no podrá el espíritu venir
a pureza de unión divina.
2. Tienen éstos también la hebetudo mentis y la rudeza
natural que todo hombre contrae por el pecado, y la distracción y exterioridad
del espíritu; lo cual conviene que se ilustre, clarifique y recoja por la
penalidad y aprieto de aquella noche. Estas habituales imperfecciones, todos
los que no han pasado de este estado de aprovechados las tienen; las cuales no
pueden estar, como decimos, con el estado perfecto de unión por amor.
3. En las actuales no caen todos de una manera. Mas algunos,
como traen estos bienes espirituales tan afuera y tan manuales en el sentido,
caen en mayores inconvenientes y peligros que a los principios dijimos. Porque,
como ellos hallan tan a manos llenas tantas comunicaciones y aprehensiones
espirituales al sentido y espíritu, donde muchas veces ven visiones imaginarias
y espirituales (porque todo esto, con otros sentimientos sabrosos, acaece a
muchos de éstos en este estado, en lo cual el demonio y la propia fantasía muy
ordinariamente hace trampantojos al alma), y como con tanto gusto suele
imprimir y sugerir el demonio al alma las aprensiones dichas y sentimientos,
con grande facilidad la embelesa y engaña, no teniendo ella cautela para
resignarse y defenderse fuertemente en fe de estas visiones y sentimientos.
Porque aquí hace el demonio a muchos creer visiones vanas y
profecías falsas; aquí en este puesto les procura hacer presumir que habla Dios
y los santos con ellos, y creen muchas veces a su fantasía; aquí los suele
llenar el demonio de presunción y soberbia, y, atraídos de la vanidad y arrogancia,
se dejan ser vistos en actos exteriores que parezcan de santidad, como son
arrobamientos y otras apariencias. Hácense así atrevidos a Dios, perdiendo el
santo temor, que es llave y custodia de todas las virtudes; y tantas falsedades
y engaños suelen multiplicarse en algunos de éstos, y tanto se envejecen en
ellos, que es muy dudosa la vuelta de ellos al camino puro de la virtud y
verdadero espíritu. En las cuales miserias vienen a dar, comenzando a darse con
demasiada seguridad a las aprensiones y sentimientos espirituales, cuando
comenzaban a aprovechar en el camino.
4. Había tanto que decir de las imperfecciones de éstos y de
cómo les son más incurables por tenerlas ellos por más espirituales que las
primeras, que lo quiero dejar. Sólo digo, para fundar la necesidad que hay de
la noche espiritual, que es la purgación para el que ha de pasar adelante, que
a lo menos ninguno de estos aprovechados, por bien que le hayan andado las
manos, deja de tener muchas de aquellas afecciones naturales y hábitos imperfectos,
que dijimos primero ser necesario preceder purificación para pasar a la divina
unión.
5. Y, demás de esto, lo que arriba dejamos dicho, es a
saber: que, por cuanto todavía participa la parte inferior en estas
comunicaciones espirituales, no pueden ser tan intensas, puras y fuertes como
se requieren para la dicha unión; por tanto, para venir a ella, conviénele al
alma entrar en la segunda noche del espíritu, donde desnudando al sentido y
espíritu perfectamente de todas estas aprensiones y sabores, le han de hacer
caminar en oscura y pura fe, que es propio y adecuado medio por donde el alma
se une con Dios, según por Oseas (2, 20) lo dice, diciendo: Yo te desposaré,
esto es, te uniré conmigo, por fe.
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Anotación para lo que se sigue.
1. Estando ya, pues, estos (espirituales) ya aprovechados,
por el tiempo que han pasado cebando los sentidos con dulces comunicaciones,
para que así atraída y saboreada del espiritual gusto la parte sensitiva, que
del espíritu le manaba, se aunase y acomodase en uno con el espíritu, (están)
comiendo cada uno en su manera de un mismo manjar espiritual en un mismo plato
de un solo supuesto y sujeto, para que así ellos, en alguna manera juntos y
conformes en uno, juntos estén dispuestos para sufrir la áspera y dura
purgación del espíritu que les espera. Porque en ella se han de purgar
cumplidamente estas dos partes del alma, espiritual y sensitiva, porque la una
nunca se purga bien sin la otra, porque la purgación válida para el sentido es
cuando de propósito comienza la del espíritu. De donde la noche que habemos
dicho del sentido, más se puede y debe llamar cierta reformación y
enfrenamiento del apetito que purgación. La causa es porque todas las
imperfecciones y desórdenes de la parte sensitiva tienen su fuerza y raíz en el
espíritu, donde se sujetan todos los hábitos buenos y malos, y así, hasta que
éstos se purgan, las rebeliones y siniestros del sentido no se pueden bien
purgar.
2. De donde en esta noche que se sigue se purgan entrambas
partes juntas, que éste es el fin porque convenía haber pasado por la
reformación de la primera noche y la bonanza que de ello salió, para que,
aunado con el espíritu el sentido, en cierta manera se purgue y padezca aquí
con más fortaleza, porque para tan fuerte y dura purga es menester
(disposición) tan grande; que, sin haber reformádose antes la flaqueza de la
parte inferior y cobrado fortaleza en Dios por el dulce y sabroso trato que con
él después tuvo, ni tuviera fuerza ni disposición el natural para sufrirla.
3. Por tanto, porque estos aprovechados todavía el trato y
operaciones que tienen con Dios son muy bajas y muy naturales, a causa de no
tener purificado e ilustrado el oro del espíritu; por lo cual todavía entienden
de Dios como pequeñuelos, y saben y sienten de Dios como pequeñuelos, según
dice san Pablo (1 Cor. 13, 11), por no haber llegado a la perfección, que es la
unión del alma con Dios; por la cual unión ya, como grandes, obran grandezas en
su espíritu, siendo ya sus obras y potencias más divinas que humanas, como
después se dirá. Queriendo Dios desnudarlos de hecho de este viejo hombre y
vestirlos del nuevo, que según Dios es criado en la novedad del sentido, que
dice el Apóstol (Cl. 3, 10), desnúdales las potencias y afecciones y sentidos,
así espirituales como sensitivos, así exteriores como interiores, dejando a
oscuras el entendimiento, y la voluntad a secas, y vacía la memoria, y las
afecciones del alma en suma aflicción, amargura y aprieto, privándola del
sentido y gusto que antes sentía de los bienes espirituales, para que esta
privación sea uno de los principios que se requiere en el espíritu para que se
introduzca y una en él la forma espiritual del espíritu, que es la unión de
amor.
Todo lo cual obra el Señor en ella por medio de una pura y
oscura contemplación, como el alma lo da a entender por la primera canción. La
cual, aunque está declarada al propósito de la primera noche del sentido,
principalmente la entiende el alma por esta segunda del espíritu, por ser la
principal parte de la purificación del alma. Y así, a este propósito la
pondremos y declararemos aquí otra vez.
Inicio
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Pónese la primera canción y su declaración.
CANCIÓN 1ª
En una noche oscura, con ansias, en amores inflamada, ¡oh
dichosa ventura!, salí sin ser notada estando ya mi casa sosegada.
1. Entendiendo ahora esta canción a propósito de la
purgación contemplativa, o desnudez y pobreza de espíritu, que todo aquí casi
es una misma cosa, podémosla declarar en esta manera, y que dice el alma así:
En pobreza, desamparo y desarrimo de todas las aprensiones
de mi alma, esto es, en oscuridad de mi entendimiento y aprieto de mi voluntad,
en afición y angustia acerca de la memoria, dejándome a oscuras en pura fe (la
cual es noche oscura para las dichas potencias naturales) sólo la voluntad
tocada de dolor y aflicciones y ansias de amor de Dios, salí de mí misma, esto
es, de mi bajo modo de entender, y de mi flaca suerte de amar, y de mi pobre y
escasa manera de gustar de Dios, sin que la sensualidad ni el demonio me lo
estorben.
2. Lo cual fue grande dicha y buena ventura para mí; porque,
en acabándose de aniquilarse y sosegarse las potencias, pasiones, apetitos y
afecciones de mi alma, con que bajamente sentía y gustaba de Dios, salí del
trato y operación humana mía a operación y trato de Dios, es a saber:
Mi entendimiento salió de sí, volviéndose de humano y
natural en divino; porque, uniéndose por medio de esta purgación con Dios, ya
no entiende por su vigor y luz natural, sino por la divina Sabiduría con que se
unió.
Y mi voluntad salió de sí, haciéndose divina, porque, unida
con el divino amor, ya no ama bajamente con su fuerza natural, sino con fuerza
y pureza del Espíritu Santo; y así la voluntad acerca de Dios no obra
humanamente.
Y, ni más ni menos, la memoria se ha trocado en aprensiones
eternas de gloria.
Y, finalmente, todas las fuerzas y afectos del alma, por
medio de esta noche y purgación del viejo hombre, todas se renuevan en temples
y deleites divinos. Síguese el verso:
En una noche oscura.
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Pónese el primer verso y comienza a declarar cómo esta
contemplación oscura no sólo es noche para el alma, sino también pena y
tormento.
1. Esta noche oscura es una influencia de Dios en el alma,
que la purga de sus ignorancias e imperfecciones habituales, naturales y
espirituales, que llaman los contemplativos contemplación infusa o mística
teología, en que de secreto enseña Dios al alma y la instruye en perfección de
amor, sin ella hacer nada ni entender cómo. Esta contemplación infusa, por
cuanto es sabiduría de Dios amorosa, hace dos principales efectos en el alma,
porque la dispone purgándola e iluminándola para la unión de amor de Dios. De
donde la misma sabiduría amorosa que purga los espíritus bienaventurados
ilustrándolos es la que aquí purga al alma y la ilumina.
2. Pero es la duda: ¿por qué, pues es lumbre divina, que,
como decimos, ilumina y purga el alma de sus ignorancias, la llama aquí el alma
noche oscura? A lo cual se responde que por dos casas es esta divina Sabiduría
no sólo noche y tiniebla para el alma, mas también pena y tormento: la primera
es por la alteza de
3. Para probar la primera conviene suponer cierta doctrina
del Filósofo, que dice que cuanto las cosas divinas son en sí más claras y
manifiestas, tanto más son al alma oscuras y ocultas naturalmente; así como la
luz, cuanto más clara es, tanto más ciega y oscurece la pupila de la lechuza, y
cuanto el sol se mira más de lleno, más tinieblas causa a la potencia visiva y
la priva, excediéndola por su flaqueza.
De donde, cuando esta divina luz de contemplación embiste en
el alma que aún no está ilustrada totalmente, le hace tinieblas espirituales,
porque no sólo la excede, pero también la priva y oscurece el acto de su
inteligencia natural. Que por esta causa san Dionisio y otros místicos teólogos
llaman a esta contemplación infusa rayo de tiniebla, conviene a saber, para el
alma no ilustrada y purgada, porque de su gran luz sobrenatural es vencida la
fuerza natural intelectiva y privada.
Por lo cual David (Sal. 96, 2) también dijo que cerca de
Dios y en rededor de él está oscuridad y nube; no porque en sí ello sea así,
sino para nuestros entendimientos flacos, que en tan inmensa luz se oscurecen y
quedan ofuscados, no alcanzando. Que por eso el mismo David (Sal. 17, 13) lo declaró
luego, diciendo: Por el gran resplandor de su presencia se atravesaron nubes,
es a saber, entre Dios y nuestro entendimiento. Y ésta es la causa por que, en
derivando de sí Dios al alma que aún no está transformada este esclarecido rayo
de su sabiduría secreta, le hace tinieblas oscuras en el entendimiento.
4. Y que esta oscura contemplación también le sea al alma
penosa a estos principios, está claro; porque, como esta divina contemplación
infusa tiene muchas excelencias en extremo buenas y el alma que las recibe, por
no estar purgada, tiene muchas miserias también en extremo malas, de aquí es
que, no pudiendo caber dos contrarios en el sujeto del alma, de necesidad haya
de penar y padecer el alma, siendo ella el sujeto en que contra sí se ejercitan
estos dos contrarios, haciendo los unos contra los otros, por razón de la
purgación que de las imperfecciones del alma por esta contemplación se hace. Lo
cual probaremos por inducción en esta manera.
5. Cuanto a lo primero, porque la luz y sabiduría de esta
contemplación es muy clara y pura y el alma en que ella embiste está oscura e
impura, de aquí es que pena mucho el alma recibiéndola en sí, como cuando los
ojos están de mal humor impuros y enfermos, del embestimiento de la clara luz
reciben pena.
Y esta pena en el alma, a causa de su impureza, es inmensa
cuando de veras es embestida de esta divina luz, porque embistiéndose en el
alma esta luz pura a fin de expeler la impureza del alma, siéntese el alma tan
impura y miserable que le parece estar Dios contra ella y que ella está hecha
contraria a Dios. Lo cual es de tanto sentimiento y pena para el alma, porque
le parece aquí que la ha Dios arrojado, que uno de los mayores trabajos que
sentía Job (7, 20) cuando Dios le tenía en este ejercicio, era éste, diciendo:
¿Por qué me has puesto contrario a ti, y soy grave y pesado para mí mismo?
Porque viendo el alma claramente aquí por medio de esta pura luz, aunque a
oscuras, su impureza, conoce claro que no es digna de Dios ni de criatura
alguna. Y lo que más le pena es que piensa que nunca lo será, y que ya se le
acabaron sus bienes. Esto le causa la profunda inmersión que tiene de la mente
en el conocimiento y sentimiento de sus males y miserias; porque aquí se las
muestra todas al ojo esta divina y oscura luz, y que vea claro cómo de suyo no
podrá tener ya otra cosa. Podemos entender a este sentido aquella autoridad de
David (Sal. 38, 12), que dice: Por la iniquidad corregiste al hombre, e hiciste
deshacer y contabescer su alma; como la araña se desentraña.
6. La segunda manera en que pena el alma es causa de su
flaqueza natural, moral y espiritual; porque, como esta divina contemplación
embiste en el alma con alguna fuerza, al fin de la ir fortaleciendo y domando,
de tal manera pena en su flaqueza, que poco menos desfallece, particularmente
algunas veces cuando con alguna más fuerza embiste. Porque el sentido y
espíritu, así como si estuviese debajo de una inmensa y oscura carga, está
penando y agonizando tanto, que tomaría por alivio y partido el morir. Lo cual habiendo
experimentado el profeta Job (23, 6), decía: No quiero que trate conmigo con
mucha fortaleza, porque no me oprima con el peso de su grandeza.
7. En la fuerza de esta opresión y peso se siente el alma
tan ajena de ser favorecida, que le parece, y así es, que aun en lo que solía
hallar algún arrimo se acabó con lo demás, y que no hay quien se compadezca de
ella. A cuyo propósito dice también Job (19, 21): Compadeceos de mí, a lo menos
vosotros mis amigos, porque me ha tocado la mano del Señor.
¡Cosa de grande maravilla y lástima que sea aquí tanta la
flaqueza e impureza del alma, que, siendo la mano de Dios de suyo tan blanda y
suave, la sienta el alma aquí tan grave y contraria, con no cargar ni asentar,
sino solamente tocando, y eso misericordiosamente, pues lo hace a fin de hacer
mercedes al alma, y no de castigarla!
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De otras maneras de pena que el alma padece en esta noche.
1. La tercera manera de pasión y pena que el alma aquí
padece es a causa de otros dos extremos, conviene a saber, divino y humano, que
aquí se juntan. El divino es esta contemplación purgativa, y el humano es
sujeto del alma. Que como el divino embiste a fin de renovarla para hacerla
divina, desnudándola de las afecciones habituales y propiedades del hombre
viejo, en que ella está muy unida, conglutinada y conformada, de tal manera la
destrica y descuece la sustancia espiritual, absorbiéndola en una profunda y
honda tiniebla, que el alma se siente estar deshaciendo y derritiendo en la haz
y vista de sus miserias con muerte de espíritu cruel; así como si, tragada de
una bestia, en su vientre tenebroso se sintiese estar digiriendo, padeciendo
estas angustias como Jonás (2, 1) en el vientre de aquella marina bestia.
Porque en este sepulcro de oscura muerte la conviene estar para la espiritual
resurrección que espera.
2. La manera de esta pasión y pena, aunque de verdad ella es
sobre manera, descríbela David (Sal. 17, 57), diciendo: Cercáronme los gemidos
de la muerte, los dolores del infierno me rodearon, en mi tribulación clamé.
Pero lo que esta doliente alma aquí más siente, es parecerle
claro que Dios la ha desechado y, aborreciéndola, arrojado en las tinieblas,
que para ella es grave y lastimera pena creer que la ha dejado Dios. La cual
también David, sintiéndola mucho en este caso, dice (Sal. 87, 68): De la
manera que los llagados están muertos en los sepulcros, dejados ya de tu mano,
de que no te acuerdas más, así me pusieron a mí en el lago más hondo e inferior
en tenebrosidades y sombra de muerte, y está sobre mi confirmado tu furor, y
todas tus olas descargaste sobre mí. Porque, verdaderamente, cuando esta
contemplación purgativa aprieta, sombra de muerte y gemidos de muerte y dolores
de infierno siente el alma muy a lo vivo, que consiste en sentirse sin Dios y
castigada y arrojada e indigna de él, y que está enojado, que todo se siente
aquí; y más, que le parece que ya es para siempre.
3. Y el mismo desamparo siente de todas las criaturas y
desprecio acerca de ellas, particularmente de los amigos. Que por eso prosigue
luego David (Sal. 87, 9), diciendo: Alejaste de mí mis amigos y conocidos;
tuviéronme por abominación. Todo lo cual, como quien tan bien lo experimentó en
el vientre de la bestia corporal y espiritualmente, testifica bien Jonás (2, 47),
diciendo así: Arrojásteme al profundo en el corazón de la mar, y la corriente
me cercó; todos sus golfos y olas pasaron sobre mí y dije: arrojado estoy de la
presencia de tus ojos; pero otra vez veré tu santo templo (lo cual dice, porque
aquí purifica Dios al alma para verlo); cercáronme las aguas hasta el alma, el
abismo me ciñó, el piélago me cubrió mi cabeza, a los extremos de los montes
descendí; los cerrojos de la tierra me encerraron para siempre. Los cuales
cerrojos se entienden aquí a este propósito por las imperfecciones del alma,
que la tienen impedida que no goce esta sabrosa contemplación.
4. La cuarta manera de pena causa en el alma otra excelencia
de esta oscura contemplación, que es la majestad y grandeza de ella, la cual
hace sentir en el alma otro extremo que hay en ella de íntima pobreza y
miseria; la cual es de las principales penas que padece en esta purgación.
Porque siente en sí un profundo vacío y pobreza de tres maneras de bienes que
se ordenan al gusto del alma, que son temporal, natural y espiritual, viéndose
puesta en los males contrarios, conviene a saber: miserias de imperfecciones,
sequedades y vacíos de las aprensiones de las potencias y desamparo del
espíritu en tiniebla. Que, por cuanto aquí purga Dios al alma según la
sustancia sensitiva y espiritual y según las potencias interiores y exteriores,
conviene que el alma sea puesta en vacío y pobreza y desamparo de todas estas partes,
dejándola seca, vacía y en tinieblas; porque la parte sensitiva se purifica en
sequedad, y las potencias en su vacío de sus aprensiones, y el espíritu en
tiniebla oscura.
5. Todo lo cual hace Dios por medio de esta oscura
contemplación; en la cual no sólo padece el alma el vacío y suspensión de estos
arrimos naturales y aprensiones, que es un padecer muy congojoso, de manera que
si a uno suspendiesen o detuviesen en el aire, que no respirase, mas también
está purgando el alma, aniquilando y vaciando o consumiendo en ella, así como
hace el fuego al orín y moho del metal, todas las afecciones y hábitos
imperfectos que ha contraído toda la vida. Que, por estar ellos muy arraigados
en la sustancia del alma, sobrepadece grave deshacimiento y tormento interior,
demás de la dicha pobreza y vacío natural y espiritual, para que se verifique
aquí la autoridad de Ezequiel que dice: Juntaré los huesos, y encenderlos he en
fuego, consumirse han las carnes y cocerse ha toda la composición, y deshacerse
han los huesos (Ez. 24, 10). En lo cual se entiende la pena que padece en el
vacío y pobreza de la sustancia del alma sensitiva y espiritual. Y sobre esto
dice luego (24, 11): Ponedla también así vacía sobre las ascuas, para que se
caliente y se derrita su metal, y se deshaga en medio de ella su inmundicia y
sea consumido su moho. En lo cual se da a entender la grave pasión que el alma
aquí padece en la purgación del fuego de esta contemplación, pues dice el
profeta que para que se purifique y deshaga el orín de las afecciones que están
en medio del alma, es menester en cierta manera que ella misma se aniquile y
deshaga, según está ennaturalizada en estas pasiones e imperfecciones.
6. De donde, porque en esta fragua se purifica el alma como
el oro en el crisol, según el Sabio dice (Sab. 3, 6), siente este grande
deshacimiento en la misma sustancia del alma, con extremada pobreza, en que
está como acabando, como se puede ver por lo que a este propósito dijo David
(Sal. 68, 24) por estas palabras, clamando a Dios: Sálvame, Señor, porque han
entrado las aguas hasta el alma mía; fijado estoy en el limo del profundo, y no
hay donde me sustente; vine hasta el profundo del mar, y la tempestad me anegó;
trabajé clamando, enronqueciéronseme mis gargantas, desfallecieron mis ojos en
tanto que espero en mi Dios.
En esto humilla Dios mucho al alma para ensalzarla mucho
después y, si él no ordenase que estos sentimientos, cuando se avivan en el
alma, se adormeciesen presto, moriría muy en breves días; mas son interpolados los
ratos en que se siente su íntima viveza. Lo cual algunas veces se siente tan a
lo vivo, que la parece al alma que ve abierto el infierno y la perdición.
Porque de éstos son los que de veras descienden al infierno viviendo (Sal. 54,
16), pues aquí se purgan a la manera que allí; porque esta purgación es la que
allí se había de hacer. Y así el alma que por aquí pasa, o no entra en aquel
lugar, o se detiene allí muy poco, porque aprovecha más una hora aquí que
muchas allí.
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Prosigue en la misma materia de otras aflicciones y aprietos
de la voluntad.
1. Las aflicciones de la voluntad y aprietos son aquí
también inmensos y de manera que algunas veces traspasan al alma en la súbita
memoria de los males en que se ve, con la incertidumbre de su remedio. Y
añádese a esto la memoria de las prosperidades pasadas; porque éstos,
ordinariamente, cuando entran en esta noche, han tenido muchos gustos en Dios y
héchole muchos servicios, y esto les causa más dolor, ver que están ajenos de
aquel bien y que ya no pueden entrar en él. Esto dice Job (16, 1317), también
como lo experimentó por aquellas palabras: Yo, aquél que solía ser opulento y
rico, de repente estoy deshecho y contrito; asióme la cerviz, quebrantóme y
púsome como señuelo suyo para herir en mí; cercóme con sus lanzas, llagó todos
mis lomos, no perdonó, derramó en la tierra mis entrañas, rompióme como llaga
sobre llaga; embistió en mí como fuerte gigante; cosí saco sobre mi piel, y
cubrí con ceniza mi carne; mi rostro se ha hinchado en llanto y cegádose mis
ojos.
2. Tantas y tan graves son las penas de esta noche, y tantas
autoridades hay en
Y para ir concluyendo con este verso y dando a entender más
lo que obra en el alma esta noche, diré lo que en ella siente Jeremías (Lm. 3,
120), la cual por ser tanto, lo dice y llora él por muchas palabras en esta
manera: Yo, varón, que veo mi pobreza en la vara de su indignación, hame
amenazado, y trájome a las tinieblas, y no a la luz. ¡Tanto ha vuelto y
convertido su manos sobre mí todo el día! Hizo vieja mi piel y mi carne,
desmenuzó mis huesos; en rededor de mí hizo cerca, y cercóme de hiel y de
trabajo; en tenebrosidades me colocó, como muertos sempiternos. Cercó en
rededor contra mí porque no salga, agravóme las prisiones. Y también, cuando
hubiere clamado y rogado, ha excluido mi oración. Cerrádome ha mis salidas y
vías con piedras cuadradas: desbaratóme mis pasos. Oso acechador es hecho para
mí, león en escondrijos. Mis pisadas trastornó y desmenuzóme, púsome
desamparada, extendió su arco, y púsome a mi como señuelo a su saeta. Arrojó a
mis entrañas las hijas de su aljaba. Hecho soy para escarnio de todo el pueblo,
y para risa y mofa de ellos todo el día. Llenádome ha de amarguras, embriagóme
con absintio. Por número me quebrantó mis dientes, apacentóme con ceniza.
Arrojada está mi alma de la paz, olvidado estoy de los bienes. Y dije:
frustrado y acabado está mi fin y pretensión y mi esperanza del Señor.
Acuérdate de mi pobreza y de mi exceso, del absintio y de la hiel. Acordarme he
con memoria, y mi alma en mí se deshará en penas.
3. Todos estos llantos hace Jeremías sobre este trabajo, en
que pinta muy al vivo las pasiones del alma en esta purgación y noche
espiritual. De donde grande compasión conviene tener al alma que Dios pone en
esta tempestuosa y horrenda noche; porque, aunque le corre muy buena dicha por
los grandes bienes que de ella le han de nacer cuando, como dice Job (12, 22),
levantare Dios en el alma de las tinieblas profundos bienes y produzca en luz
la sombra de muerte, de manera que, como dice David (Sal. 138, 12), venga a ser
su luz como fueron sus tinieblas; con todo eso, con la inmensa pena con que
anda penando, y por la grande incertidumbre que tiene de su remedio (pues cree,
como aquí dice este profeta, que no ha de acabarse su mal, pareciéndole, como
también dice David (Sal. 142, 3), que la colocó Dios en las oscuridades, como
los muertos del siglo, angustiándose por esto en ella su espíritu, y turbándose
en ella su corazón), es de haberle gran dolor y lástima.
Porque se añade a esto, a causa de la soledad y desamparo
que en esta oscura noche la causa, no hallar consuelo ni arrimo en ninguna
doctrina ni en maestro espiritual; porque, aunque por muchas vías le testifique
las causas del consuelo que puede tener por los bienes que hay en estas penas,
no lo puede creer. Porque, como ella está tan embebida e inmersa en aquel
sentimiento de males en que ve tan claramente sus miserias, parécele que, como
ellos no ven lo que ella ve y siente, no la entendiendo dicen aquello, y, en
vez de consuelo, antes recibe nuevo dolor, pareciéndole que no es aquél el
remedio de su mal, y a la verdad así es. Porque hasta que el Señor acabe de
purgarla de la manera que él lo quiere hacer, ningún medio ni remedio le sirve
ni aprovecha para su dolor; cuánto más, que puede el alma tan poco en este
puesto como el que tienen aprisionado en una oscura mazmorra atado de pies y
manos, sin poderse mover ni ver, ni sentir algún favor de arriba ni de abajo,
hasta que aquí se humille, ablande y purifique el espíritu, y se ponga tan
sutil y sencillo y delgado, que pueda hacerse uno con el espíritu de Dios,
según el grado que su misericordia quisiere concederle de unión de amor, que
conforme a esto es la purgación más o menos fuerte y de más o menos tiempo.
4. Mas, si ha de ser algo de veras, por fuerte que sea, dura
algunos años; puesto que en estos medios hay interpolaciones de alivios, en que
por dispensación de Dios, dejando esta contemplación oscura de embestir en
forma y modo purgativo, embiste iluminativa y amorosamente, en que el alma,
bien como salida de tal mazmorra y tales prisiones, y puesta en recreación de
anchura y libertad, siente y gusta gran suavidad de paz y amigabilidad amorosa
con Dios con abundancia fácil de comunicación espiritual.
Lo cual es al alma indicio de la salud que va en ella
obrando la dicha purgación y prenuncio de la abundancia que espera. Y aún, que
esto es tanto a veces, que le parece al alma que son acabados ya sus trabajos.
Porque de esta cualidad son las cosas espirituales en el alma, cuando son más
puramente espirituales, que, cuando son trabajos, le parece al alma que nunca
han de salir de ellos, y que se le acabaron ya los bienes, como se ha visto por
las autoridades alegadas; y, cuando son bienes espirituales, también le parece
al alma que ya se acabaron sus males, y que no le faltarán ya los bienes, como
David (Sal. 29, 7), viéndose en ellos, lo confesó, diciendo: Yo dije en mi
abundancia: No me moveré para siempre.
5. Y esto acaece porque la posesión actual de un contrario
en el espíritu, de suyo remueve la actual posesión y sentimiento del otro
contrario; lo cual no acaece así en la parte sensitiva del alma, por ser flaca
de aprensión. Mas, como quiera que el espíritu aún no está aquí bien purgado y
limpio de las afecciones que de la parte inferior tiene contraídas, aunque en
cuanto espíritu no se mude, en cuanto está afectado con ellas se podrá mudar en
penas, como vemos que después se mudó David (Sal. 29, 7), sintiendo muchos
males y penas, aunque en el tiempo de su abundancia le había parecido y dicho
que no se había de mover jamás. Así el alma, como entonces se ve actuada con
aquella abundancia de bienes espirituales, no echando de ver la raíz de
imperfección e impureza que todavía le queda, piensa que se acabaron sus
trabajos.
6. Mas este pensamiento las menos veces acaece, porque,
hasta que está acabada de hacer la purificación espiritual, muy raras veces
suele ser la comunicación suave tan abundante que le cubra la raíz que queda,
de manera que deje el alma de sentir allá en el interior un no sé qué que le
falta o que está por hacer, que no le deja cumplidamente gozar de aquel alivio,
sintiendo ella dentro como un enemigo suyo, que, aunque está como sosegado y
dormido, se recela que volverá a revivir y hacer de las suyas. Y así es que,
cuando más segura está y menos se cata, vuelve a tragar y absorber el alma en
otro grado peor y más duro, oscuro y lastimero que el pasado, el cual dura otra
temporada, por ventura más larga que la primera. Y aquí el alma otra vez viene
a creer que todos los bienes están acabados para siempre; que no le basta la
experiencia que tuvo del bien pasado que gozó después del primer trabajo, en
que también pensaba que ya no había más que penar, para dejar de creer en este
segundo grado de aprieto que estaba ya todo acabado y que no volverá como la
vez pasada. Porque, como digo, esta creencia tan confirmada se causa en el alma
de la actual aprensión del espíritu, que aniquila en él todo lo que a ella es
contrario.
7. Esta es la causa por que los que yacen en el purgatorio
padecen grandes dudas de que han de salir de allí jamás y de que se han de
acabar sus penas. Porque, aunque habitualmente tienen las tres virtudes
teologales, que son fe, esperanza y caridad, la actualidad que tienen del
sentimiento de las penas y privación de Dios, no les deja gozar del bien actual
y consuelo de estas virtudes. Porque, aunque ellos echan de ver que quieren
bien a Dios, no les consuela esto; porque les parece que no les quiere Dios a
ellos ni que de tal cosa son dignos; antes, como se ven privados de él, puestos
en sus miserias, paréceles que tienen muy bien en sí por qué ser aborrecidos y
desechados de Dios con mucha razón para siempre.
Y así, el alma en esta purgación, aunque ella ve que quiere
bien a Dios y que daría mil vidas por él (como es así la verdad, porque en
estos trabajos aman con muchas veras estas almas a su Dios), con todo no le es
alivio esto, antes le causa más pena; porque, queriéndole ella tanto, que no
tiene otra cosa que le dé cuidado, como se ve tan mísera, no pudiendo creer que
Dios la quiere a ella, ni que tiene ni tendrá jamás por qué, sino antes tiene
por qué ser aborrecida, no sólo de él, sino de toda criatura para siempre,
duélese de ver en sí causas por que merezca ser desechada de quien ella tanto
quiere y desea.
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De otras penas que afligen al alma en este estado.
1. Pero hay aquí otra cosa que al alma aqueja y desconsuela
mucho, y es que, como esta oscura noche la tiene impedidas las potencias y
afecciones, ni puede levantar afecto ni mente a Dios, ni le puede rogar,
pareciéndole lo que a Jeremías (Lm. 3, 44), que ha puesto Dios una nube delante
porque no pase la oración. Porque esto quiere decir lo que en la autoridad
alegada (Lm. 3, 9) dice, es saber: Atrancó y cerró mis vías con piedras
cuadradas. Y si algunas veces ruega, es tan sin fuerza y sin jugo, que le
parece que ni lo oye Dios ni hace caso de ello, como también este profeta da a
entender en la misma autoridad (Lm. 3, 8), diciendo: Cuando clamare y rogare,
ha excluido mi oración. A la verdad no es éste tiempo de hablar con Dios, sino
de poner, como dice Jeremías (Lm. 3, 29), su boca en el polvo, si por ventura
le viniese alguna actual esperanza, sufriendo con paciencia su purgación. Dios
es el que anda aquí haciendo pasivamente la obra en el alma; por eso ella no
puede nada. De donde ni rezar ni asistir con advertencia a las cosas divinas
puede, ni menos en las demás cosas y tratos temporales. Tiene no sólo esto,
sino también muchas veces tales enajenamientos y tan profundos olvidos en la
memoria, que se le pasan muchos ratos sin saber lo que se hizo ni qué pensó, ni
qué es lo que hace ni qué va a hacer, ni puede advertir, aunque quiera, a nada
de aquello en que está.
2. Que, por cuanto aquí no sólo se purga el entendimiento de
su lumbre y la voluntad de sus afecciones, sino también la memoria de sus
discursos y noticias, conviene también aniquilarla acerca de todas ellas, para
que se cumpla lo que de sí dice David (Sal. 72, 22) en esta purgación, es a
saber: Fui yo aniquilado y no supe. El cual no saber se refiere aquí a estas
insipiencias y olvidos de la memoria, las cuales enajenaciones y olvidos son
causados del interior recogimiento en que esta contemplación absorbe al alma.
Porque, para que el alma quede dispuesta y templada a lo divino con sus
potencias para la divina unión de amor, convenía que primero fuese absorta con
todas ellas en esta divina y oscura luz espiritual de contemplación, y así
fuese abstraída de todas las afecciones y aprensiones de criatura, lo cual
singularmente dura según es la intensión. Y así, cuanto esta divina luz embiste
más sencilla y pura en el alma, tanto más la oscurece, vacía y aniquila acerca
de sus aprensiones y afecciones particulares, así de cosas de arriba como de
abajo; y también, cuanto menos sencilla y pura embiste, tanto menos la priva y
menos oscura le es. Que es cosa que parece increíble decir que la luz
sobrenatural y divina tanto más oscurece al alma cuanto ella tiene más de
claridad y pureza; y cuanto menos, le sea menos oscura. Lo cual se entiende
bien si consideramos lo que arriba queda probado con la sentencia del Filósofo,
conviene a saber; que las cosas sobrenaturales tanto son a nuestro
entendimiento más oscuras, cuanto ellas en sí son más claras y manifiestas.
3. Y, para que más claramente se entienda, pondremos aquí
una semejanza de la luz natural y común. Vemos que el rayo del sol que entra
por la ventana, cuanto más limpio y puro es de átomos, tanto menos claramente
se ve, y cuanto más de átomos y motas tiene el aire, tanto parece más claro al
ojo. La causa es porque la luz no es la que por sí misma se ve, sino el medio
con que se ven las demás cosas que embiste; y entonces ella, por la
reverberación que hace en ellas, también se ve, y si no diese en ellas, ni
ellas ni ella se verían; de tal manera que, si el rayo del sol entrase por la
ventana de un aposento y pasase por otra de la otra parte por medio del
aposento, como no topase en alguna cosa ni hubiese en el aire átomos en que
reverberar, no tendría el aposento más luz que antes, ni el rayo se echaría de
ver; antes, si bien se mirase, entonces hay más oscuridad por donde está el
rayo, porque priva y oscurece algo de la otra luz, y él no se ve, porque, como
habemos dicho, no hay objetos visibles en que pueda reverberar.
4. Pues ni más ni menos hace este divino rayo de
contemplación en el alma, que, embistiendo en ella con su lumbre divina, excede
la natural del alma, y en esto la oscurece y priva de todas las aprensiones y
afecciones naturales que antes mediante la luz natural aprehendía: y así, no
sólo la deja oscura, sino también vacía según las potencias y apetitos, así
espirituales como naturales, y, dejándola así vacía y a oscuras, la purga e
ilumina con divina luz espiritual, sin pensar el alma que la tiene, sino que
está en tinieblas, como habemos dicho del rayo, que, aunque está en medio del
aposento, si está puro y no tiene en qué topar, no se ve. Pero en esta luz
espiritual de que está embestida el alma, cuando tiene en qué reverberar, esto
es, cuando se ofrece alguna cosa que entender espiritual y de perfección o de
imperfección, por mínimo átomo que sea, o juicio de lo que es falso o
verdadero, luego lo ve y entiende mucho más claramente que antes que estuviese
en estas oscuridades. Y, ni más ni menos conoce la luz que tiene espiritual
para conocer con facilidad la imperfección que se le ofrece, así como cuando el
rayo que habemos dicho está oscuro en el aposento, aunque él no se ve, si se
ofrece pasar por él una mano o cualquiera cosa, luego se ve la mano, y se
conoce que estaba allí aquella luz del sol.
5. Donde, por ser esta luz espiritual tan sencilla, pura y
general, no afectada ni particularizada a ningún particular inteligible natural
ni divino, pues acerca de todas estas aprensiones tiene las potencias del alma
vacías y aniquiladas, de aquí es que con grande generalidad y facilidad conoce
y penetra el alma cualquiera cosa de arriba o de abajo que se ofrece; que por
eso dijo el Apóstol (1 Cor. 2, 10) que el espiritual todas las cosas penetra,
hasta los profundos de Dios. Porque de esta sabiduría general y sencilla se
entiende lo que por el Sabio (Sab. 7, 24) dice el Espíritu Santo, es a saber:
Que toca hasta doquiera por su pureza, es a saber, porque no se particulariza a
ningún particular inteligible ni afección.
Y ésta es la propiedad del espíritu purgado y aniquilado
acerca de todas particulares afecciones e inteligencias, que, en este no gustar
nada ni entender nada en particular, morando en su vacío y tiniebla, lo abraza
todo con grande disposición, para que se verifique en él lo de san Pablo (2
Cor. 6, 10): Nihil habentes, et omnia possidentes. Porque tal bienaventuranza
se debe a tal pobreza de espíritu.
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Cómo aunque esta noche oscurece al espíritu, es para
ilustrarle y darle luz.
1. Resta, pues, decir aquí que en esta dichosa noche, aunque
oscurece el espíritu, no lo hace sino por darle luz todas las cosas; y, aunque
lo humilla y pone miserable, no es sino para ensalzarle y levantarle; y, aunque
le empobrece y vacía de toda posesión y afección natural, no es sino para que
divinamente pueda extender a gozar y gustar de todas las cosas de arriba y de
abajo, siendo con libertad de espíritu general en todo.
Porque, así como los elementos para que se comuniquen en
todos los compuestos y entes naturales, conviene que con ninguna particularidad
de color, olor ni sabor estén afectados, para poder concurrir con todos los
sabores, olores y colores, así al espíritu le conviene estar sencillo, puro y
desnudo de todas maneras de afecciones naturales, así actuales como habituales,
para poder comunicar con libertad con la anchura del espíritu con divina
Sabiduría, en que por su limpieza gusta todos los sabores de todas las cosas
con cierta eminencia de excelencia. Y sin esta purgación en ninguna manera
podrá sentir ni gustar la satisfacción de toda esta abundancia de sabores
espirituales; porque una sola afición que tenga o particularidad a que esté el
espíritu asido, actual o habitualmente, basta para no sentir ni gustar ni
comunicar la delicadeza e íntimo sabor del espíritu de amor, que contiene en sí
todos los sabores con gran eminencia.
2. Porque, así como los hijos de Israel, sólo porque les había
quedado una sola afición y memoria de las carnes y comidas de Egipto (Ex. 16,
3), no podían gustar del delicado pan de ángeles en el desierto, que era el
maná, el cual, como dice la divina Escritura (Sab. 16, 21), tenía suavidad de
todos los gustos y se convertía al gusto que cada uno quería, así no puede
llegar a gustar los deleites del espíritu de libertad, según la voluntad desea,
el espíritu que todavía estuviere afectado con alguna afición actual o
habitual, o con particulares inteligencias o cualquiera otra aprehensión.
La razón de esto es porque las afecciones, sentimientos y
aprehensiones del espíritu perfecto, porque son divinas, son de otra suerte y
género tan diferente de lo natural y eminente, que, para poseer las unas actual
y habitualmente, habitual y actualmente se han de expeler y aniquilar las
otras, como hacen dos contrarios, que no pueden estar juntos en un sujeto. Por
tanto, conviene mucho y es necesario para que el alma haya de pasar a estas
grandezas, que esta noche oscura de contemplación la aniquile y deshaga primero
en sus bajezas, poniéndola a oscuras, seca y apretada y vacía; porque la luz
que se le ha de dar es una altísima luz divina que excede toda luz natural, que
no cabe naturalmente en el entendimiento.
3. Y así, conviene que, para que el entendimiento pueda
llegar a unirse con ella y hacerse divino en el estado de perfección, sea
primero purgado y aniquilado en su lumbre natural, poniéndole actualmente a
oscuras por medio de esta oscura contemplación. La cual tiniebla conviene que
le dure tanto cuanto sea menester para expeler y aniquilar el hábito que de
mucho tiempo tiene en su manera de entender en sí formado y, en su lugar, quede
la ilustración y luz divina. Y así, por cuanto aquella fuerza que tenía de
entender antes es natural, de aquí se sigue que las tinieblas que aquí padece
son profundas y horribles y muy penosas, porque, como se sienten en la profunda
sustancia del espíritu, parecen tinieblas sustanciales.
Ni más ni menos, por cuanto la afección de amor que se le ha
de dar en la divina unión de amor es divina, y por eso muy espiritual, sutil y
delicada y muy interior, que excede a todo afecto y sentimiento de la voluntad,
y todo apetito de ello, conviene que, para que la voluntad pueda venir a sentir
y gustar por unión de amor esta divina afección y deleite tan subido, que no
cae en la voluntad naturalmente, sea primero purgada y aniquilada en todas sus
afecciones y sentimientos, dejándola en seco y en aprieto, tanto cuanto
conviene según el hábito que tenía de naturales afecciones, así acerca de lo
divino como de lo humano, para que, extenuada y enjuta y bien extricada en el
fuego de esta divina contemplación de todo género de demonio, como el corazón
del pez de Tobías en las brasas (Tb. 6, 19), tenga disposición pura y sencilla
y el paladar purgado y sano para sentir los subidos y peregrinos toques del
divino amor en que se verá transformada divinamente, expelidas todas las
contrariedades actuales y habituales, como decimos, que antes tenía.
4. También porque en la dicha unión, a que la dispone y
encamina esta oscura noche, ha de estar el alma llena y dotada de cierta
magnificencia gloriosa en la comunicación con Dios, que encierra en sí
innumerables bienes de deleites que exceden toda la abundancia que el alma naturalmente
puede poseer, porque en tan flaco e impuro natural no la puede recibir, porque,
según dice Isaías (64, 4): Ni ojo lo vio, ni oído lo oyó, ni cayó en corazón
humano lo que aparejó, etc., conviene que primero sea puesta el alma en vacío y
pobreza de espíritu, purgándola de todo arrimo, consuelo y aprensión natural
acerca de todo lo de arriba y de abajo, para que, así vacía, esté bien pobre de
espíritu y desnuda del hombre viejo para vivir aquella nueva y bienaventurada
vida que por medio de esta noche se alcanza, que es el estado de la unión con
Dios.
5. Y porque el alma ha de venir a tener un sentido y noticia
divina muy generosa y sabrosa acerca de todas las cosas divinas y humanas que
no cae en el común sentir y saber natural del alma (que les mirará con ojos tan
diferentes que antes, como difiere el espíritu del sentido y lo divino de lo
humano), conviénele al espíritu adelgazarse y curtirse acerca del común y
natural sentir, poniéndole por medio de esta purgativa contemplación en grande
angustia y aprieto, y a la memoria remota de toda amigable y pacífica noticia,
con sentido interior y temple de peregrinación y extrañez de todas las cosas,
en que le parece que todas son extrañas y de otra manera que solían ser.
Porque en esto va sacando esta noche al espíritu de su
ordinario y común sentir de las cosas, para traerle a sentido divino, el cual
es extraño y ajeno de toda humana manera. Aquí le parece el alma que anda fuera
de sí en penas. Otras veces piensa si es encantamiento el que tiene o embelesamiento,
y anda maravillada de las cosas que ve y oye, pareciéndole muy peregrinas y
extrañas, siendo las mismas que solía tratar comúnmente; de lo cual es causa el
irse ya haciendo remota el alma y ajena del común sentido y noticia acerca de
las cosas, para que, aniquilada en éste, quede informada en el divino, que es
más de la otra vida que de ésta.
6. Todas estas aflictivas purgaciones del espíritu para
reengendrarlo en vida de espíritu por medio de esta divina influencia, las
padece el alma, y con estos dolores viene a parir el espíritu de salud, porque
se cumpla la sentencia de Isaías (26, 1718), que dice: De tu faz, Señor,
concebimos, y estuvimos con dolores de parto, y parimos el espíritu de salud.
Demás de esto, porque por medio de esta noche contemplativa
se dispone el alma para venir a la tranquilidad y paz interior, que es tal y
tan deleitable que, como dice
7. Esta es una penosa turbación de muchos recelos,
imaginaciones y combates que tiene el alma dentro de sí, en que, con la
aprehensión y sentimiento de las miserias en que se ve, sospecha que está
perdida y acabados sus bienes para siempre. De aquí es que trae en el espíritu
un dolor y gemido tan profundo que le causa fuertes rugidos y bramidos
espirituales, pronunciándolos a veces por la boca, y resolviéndose en lágrimas
cuando hay fuerza y virtud para poderlo hacer, aunque las menos veces hay este
alivio.
David declara muy bien esto, como quien tan bien lo
experimentó, en un salmo (37, 9) diciendo: Fui muy afligido y humillado, rugía
del gemido de mi corazón. El cual rugido es cosa de gran dolor, porque algunas
veces, con la súbita y aguda memoria de estas miserias en que se ve el alma,
tanto se levanta y cerca en dolor y pena las afecciones del alma, que no sé
cómo se podrá dar a entender sino por la semejanza que el profeta Job (3, 24),
estando en el mismo trabajo de él, por estas palabras dice: De la manera que
son las avenidas de las aguas, así el rugido mío; porque así como algunas veces
las aguas hacen tales avenidas que todo lo anegan y llenan, así este rugido y
sentimiento del alma algunas veces crece tanto, que, anegándola y traspasándola
toda, llena de angustias y dolores espirituales todos sus afectos profundos y
fuerzas sobre todo lo que se puede encarecer.
8. Tal es la obra que en ella hace esta noche encubridora de
las esperanzas de la luz del día. Porque a este propósito dice también el
profeta Job (30, 17): En la noche es horadada mi boca con dolores, y los que me
comen no duermen. Porque aquí por la boca se entiende la voluntad, la cual es
traspasada con estos dolores que en despedazar al alma ni cesan ni duermen, porque
las dudas y recelos que traspasan al alma así nunca duermen.
9. Profunda es esta guerra y combate, porque la paz que
espera ha de ser muy profunda; y el dolor espiritual es íntimo y delgado,
porque el amor que ha de poseer ha de ser también muy íntimo y apurado; porque,
cuanto más íntima y esmerada ha de ser y quedar la obra, tanto más íntima,
esmerada y pura ha de ser la labor, y tanto más fuerte cuando el edificio más
firme. Por eso, como dice Job (30, 16, 27), se está marchitando en sí misma el
alma, e hirviendo sus interiores sin alguna esperanza.
Y ni más ni menos, porque el alma ha de venir a poseer y
gozar en el estado de perfección, a que por medio de esta purgativa noche
camina, a innumerables bienes de dones y virtudes, así según la sustancia del
alma como también según las potencias de ella, conviene que primero
generalmente se vea y sienta ajena y privada de todos ellos y vacía y pobre de
ellos, y le parezca que de ellos está tan lejos, que no se pueda persuadir que
jamás ha de venir a ellos, sino que todo bien se le acabó; como también lo da a
entender Jeremías en la dicha autoridad (Lm. 3, 17), cuando dice: Olvidado
estoy de los bienes.
10. Pero veamos ahora cuál sea la causa por que siendo esta
luz de contemplación tan suave y amigable para el alma, que no hay más que
desear (pues, como arriba queda dicho, es la misma con que se ha de unir el
alma y hallar en ella todos los bienes en el estado de la perfección que
desea), le cause con su embestimiento a estos principios tan penosos y esquivos
efectos como aquí habemos dicho.
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Explícase de raíz esta purgación por una comparación.
1. De donde, para mayor claridad de lo dicho y de lo que se
ha de decir, conviene aquí notar que esta purgativa y amorosa noticia o luz
divina que aquí decimos, de la misma manera se ha en el alma, purgándola y
disponiéndola para unirla consigo perfectamente, que se ha el fuego en el
madero para transformarle en sí. Porque el fuego material, en aplicándose al
madero, lo primero que hace es comenzarle a secar, echándole la humedad fuera y
haciéndole llorar el agua que en sí tiene; luego le va poniendo negro, oscuro y
feo, y aun de mal olor, y, yéndole secando poco a poco, le va sacando a luz y
echando afuera todos los accidentes feos y oscuros que tiene contrarios a
fuego; y, finalmente, comenzándole a inflamar por de fuera y calentarle, viene
a transformarle en sí y ponerle tan hermoso como el mismo fuego. En el cual
término ya de parte del madero ninguna pasión hay ni acción propia, salva la
gravedad y cantidad más espesa que la del fuego, porque las propiedades del
fuego y acciones tiene en sí; porque está seco, y seca; está caliente, y
calienta; está claro y esclarece; está ligero mucho más que antes, obrando el
fuego en él estas propiedades y efectos.
3. Lo primero, podemos entender cómo la misma luz y
sabiduría amorosa que se ha de unir y transformar en el alma, es la misma que
al principio la purga y dispone; así como el mismo fuego que transforma en sí
al madero incorporándose en él, es el que primero le estuvo disponiendo para el
mismo efecto.
4. Lo segundo, echaremos de ver cómo estas penalidades no
las siente el alma de parte de la dicha sabiduría, pues, como dice el Sabio
(Sab. 7, 11), todos los bienes juntos le vienen al alma con ella, sino de parte
de la flaqueza e imperfección que tiene el alma para no poder recibir sin esta
purgación su luz divina, suavidad y deleite (así como el madero, que no puede
luego que se le aplica el fuego ser transformado hasta que sea dispuesto), y
por eso pena tanto. Lo cual el Eclesiástico (51, 29) aprueba bien, diciendo lo
que él padeció para venir a unirse con ella y gozarla, diciendo así: Mi ánima
agonizó en ella, y mis entrañas se enturbiaron en adquirirla; por eso poseeré
buena posesión.
5. Lo tercero, podemos sacar de aquí de camino la manera de
penar de los del purgatorio. Porque el fuego no tendría en ellos poder, aunque
se les aplicase, si ellos no tuviesen imperfecciones en qué padecer, que son la
materia en que allí puede el fuego; la cual acabada, no hay más que arder; como
aquí, acabadas las imperfecciones, se acaba el penar del alma y queda el gozar.
6. Lo cuarto, sacaremos de aquí cómo al modo que se va
purgando y purificando por medio de este fuego de amor, se va más inflamando en
amor; así como el madero, al modo y paso que se va disponiendo, se va más
calentando. Aunque esta inflamación de amor no siempre la siente el alma, sino
algunas veces cuando deja de embestir la contemplación tan fuertemente, porque
entonces tiene lugar el alma de ver y aun de gozar la labor que se va haciendo,
porque se la descubren; porque parece que alzan la mano de la obra y sacan al
hierro de la hornaza para que parezca en alguna manera la labor que se va
haciendo; y entonces hay lugar para que el alma eche de ver en sí el bien que
no veía cuando andaba la obra. Así también, cuando deja de herir la llama en el
madero, se da lugar para que se vea bien cuánto haya inflamádole.
7. Lo quinto, sacaremos también de esta comparación lo que
arriba queda dicho, conviene a saber, cómo sea verdad que después de estos
alivios vuelve el alma a padecer más intensa y delgadamente que antes. Porque,
después de aquella muestra, que se hace después que se han purificado las
imperfecciones más de afuera, vuelve el fuego de amor a herir en lo que está
por consumir y purificar más adentro. En lo cual es más íntimo y sutil y
espiritual el padecer del alma, cuanto le va adelgazando las más íntimas y
delgadas y espirituales imperfecciones y más arraigadas en lo más adentro. Y
esto acaece al modo que en el madero: cuando el fuego va entrando más adentro,
va con más fuerza y furor disponiendo a lo más interior para poseerlo.
8. Lo sexto, se sacará también de aquí la causa por que le
parece al alma que todo bien se le acabó y que está llena de males, pues otra
cosa en este tiempo no la llega sino todo amarguras; así también como al
madero, que aire ni otra cosa da en él más que fuego consumidor. Pero, después
que se hagan otras muestras como las primeras, gozará más de adentro, porque ya
se hizo la purificación más adentro.
9. Lo séptimo, sacaremos que, aunque el alma se goza muy
anchamente en estos intervalos (tanto que, como dijimos, a veces le parece que
no han de volver más), con todo, cuando han de volver presto, no deja de
sentir, si advierte (y a veces ella se hace advertir) una raíz que queda, que
no deja tener el gozo cumplido, porque parece que está amenazando para volver a
embestir; y cuando es así, presto vuelve. En fin, aquello que está por purgar e
ilustrar más adentro, no se puede bien encubrir al alma acerca de lo ya
purificado; así como también en el madero lo que más adentro está por ilustrar
es bien sensible la diferencia que tiene de lo purgado; y cuando vuelve a
embestir más adentro esta purificación no hay que maravillar que le parezca al
alma otra vez que todo el bien se le acabó, y que no piense volver más a los
bienes, pues que, puesta en pasiones más interiores, todo el bien de afuera se
le cegó.
10. Llevando, pues, delante de los ojos esta comparación con
la noticia que ya queda dada sobre el primer verso de la primera canción de
esta oscura noche y de sus propiedades terribles, será bueno salir de estas
cosas tristes del alma y comenzar ya a tratar del fruto de sus lágrimas y de
sus propiedades dichosas, que se comienzan a cantar desde este segundo verso:
Con ansias en amores inflamada.
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Comiénzase a explicar el segundo verso de la primera
canción. Dice cómo el alma, por fruto de estos rigurosos aprietos, se halla con
vehemente pasión de amor divino.
1. En el cual verso da a entender el alma el fuego de amor
que habemos dicho, que, a manera del fuego material en el madero, se va
prendiendo en el alma en esta noche de contemplación penosa. La cual
inflamación, aunque es en cierta manera como la que arriba declaramos que
pasaba en la parte sensitiva del alma, es en alguna manera tan diferente de
aquélla ésta que ahora dice, como lo es el alma del cuerpo, o la parte
espiritual de la sensitiva. Porque ésta es una inflamación de amor en el
espíritu en que, en medio de estos oscuros aprietos, se siente estar herida el
alma viva y agudamente en fuerte amor divino en cierto sentimiento y barrunto
de Dios, aunque sin entender cosa particular, porque, como decimos, el
entendimiento está a oscuras.
2. Siéntese aquí el espíritu apasionado en amor mucho,
porque esta inflamación espiritual hace pasión de amor; que, por cuanto este
amor es infuso, es más pasivo que activo, y así engendra en el alma pasión
fuerte de amor. Va teniendo ya este amor algo de unión con Dios, y así
participa algo de sus propiedades, las cuales son más acciones de Dios que de
la misma alma, las cuales se sujetan en ella pasivamente; aunque el alma lo que
aquí hace es dar el consentimiento; mas al calor y fuerza, y temple y pasión de
amor o inflamación, como aquí la llama el alma, sólo el amor de Dios que se va
uniendo con ella se le pega. El cual amor tanto más lugar y disposición halla
con el alma para unirse y herir en ella, cuanto más encerrados, enajenados e
inhabilitados le tiene todos los apetitos para gustar de cosa del cielo ni de
la tierra.
3. Lo cual en esta oscura purgación, como ya queda dicho,
acaece en gran manera, pues tiene Dios tan destetados los gustos y tan
recogidos, que no pueden gustar de cosa que ellos quieran. Todo lo cual hace
Dios a fin de que, apartándolos y recogiéndolos todos para sí, tenga el alma
más fortaleza y habilidad para recibir esta fuerte unión de amor de Dios, que
por este medio purgativo le comienza ya a dar, en que el alma ha de amar con
gran fuerza de todas las fuerzas y apetitos espirituales y sensitivos del alma:
lo cual no podría ser si ellos se derramasen en gustar de otra cosa. Que, por
eso, para poder David recibir la fortaleza del amor de esta unión de Dios,
decía a Dios (Sal. 58, 10): Mi fortaleza guardaré para ti, esto es, de toda la
habilidad y apetitos y fuerzas de mis potencias, no queriendo emplear su
operación ni gusto fuera de ti en otra cosa.
4. Según esto, en alguna manera se podría considerar cuánta
y cuán fuerte podrá ser esta inflamación de amor en el espíritu, donde Dios
tiene recogidas todas las fuerzas, potencias y apetitos del alma, así
espirituales como sensitivas, para que toda esta armonía emplee sus fuerzas y
virtud en este amor, y así venga a cumplir de veras con el primer precepto,
que, no desechando nada del hombre ni excluyendo cosa suya de este amor, dice
(Dt. 6, 5): Amarás a tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu mente, y de toda
tu alma, y de todas tus fuerzas.
5. Recogidos aquí, pues, en esta inflamación de amor todos
los apetitos y fuerzas del alma, estando ella herida y tocada, según todos
ellos, y apasionada, ¿cuáles podremos entender que serán los movimientos y
digresiones de todas estas fuerzas y apetitos, viéndose inflamadas y heridas de
fuerte amor y sin la posesión y satisfacción de él, en oscuridad y duda?; sin
duda, padeciendo hambre, como los canes, que dice David (Sal. 58, 7, 1516)
rodearon la ciudad, y, no se viendo hartos de este amor, quedaron ahullando y
gimiendo. Porque el toque de este amor y fuego divino de tal manera seca al
espíritu y le enciende tanto los apetitos por satisfacer su sed de este divino
amor, que da mil vueltas en sí y se ha de mil modos y maneras a Dios con la
codicia y deseo del apetito. David da muy bien a entender esto en un salmo (62,
2), diciendo: Mi alma tuvo sed de ti: ¡cuán de muchas maneras se ha mi carne a
ti!, esto es, en deseos. Y otra translación dice: Mi alma tuvo sed de ti, mi
alma se pierde o perece por ti.
6. Esta es la causa por que dice el alma en el verso que
"con ansias en amores" y no dice: "con ansias en amor
inflamada", porque en todas las cosas y pensamientos que en sí revuelve y
en todos los negocios y cosas que se le ofrecen ama de muchas maneras, y desea
y padece en el deseo también a este modo en muchas maneras en todos los tiempos
y lugares, no sosegando en cosa, sintiendo esta ansia en la inflamada herida,
según el profeta Job (7, 24) lo da a entender, diciendo: Así como el siervo
desea la sombra y como el mercenario desea el fin de su obra, así tuve yo los
meses vacíos y conté las noches prolijas y trabajosas para mí. Si me recostare
a dormir, diré: ¿cuándo me levantaré? Y luego esperaré la tarde, y seré lleno
de dolores hasta las tinieblas de la noche.
Hácesele a esta alma todo angosto, no cabe en sí, no cabe en
el cielo ni en la tierra, y llénase de dolores hasta las tinieblas que aquí
dice Job, hablando espiritualmente y a nuestro propósito: esperar y padecer sin
consuelo de cierta esperanza de alguna luz y bien espiritual, como aquí lo
padece el alma. De donde el ansia y pena de esta alma en esta inflamación de
amor es mayor, por cuanto es multiplicada de dos partes: lo uno, de parte de
las tinieblas espirituales en que se ve, que con sus dudas y recelos la
afligen; lo otro, de parte del amor de Dios, que la inflama y estimula, que con
su herida amorosa ya maravillosamente la atemoriza.
7. Las cuales dos maneras de padecer en semejante sazón da
bien a entender Isaías (26, 9), diciendo: Mi alma te deseó en la noche, esto
es, en la miseria; y ésta es la una manera de padecer de parte de esta noche
oscura. Pero con mi espíritu, dice, en mis entrañas hasta la mañana velaré por
ti; y ésta es la segunda manera de penar en deseo y ansia de parte del amor en
las entrañas del espíritu, que son las afecciones espirituales.
Pero en medio de estas penas oscuras y amorosas siente el
alma cierta compañía y fuerza en su interior, que la acompaña y esfuerza tanto,
que, si se le acaba este peso de apretada tiniebla, muchas veces se siente
sola, vacía y floja. Y la causa es entonces que, como la fuerza y eficacia del
alma era pegada y comunicada pasivamente del fuego tenebroso de amor que en
ella embestía, de aquí es que, cesando de embestir en ella, cesa la tiniebla y
la fuerza y calor de amor en el alma.
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Dice cómo esta horrible noche es purgatorio, y cómo en ella
ilumina la divina Sabiduría a los hombres en el suelo con la misma iluminación
que purga e ilumina a los ángeles en el cielo.
1. Por lo dicho echaremos de ver cómo esta oscura noche de
fuego amoroso, así como a oscuras va al alma inflamando. Echaremos de ver
también cómo, así como se purgan los espíritus en la otra vida con fuego
tenebroso material, en esta vida se purgan y limpian con fuego amoroso
tenebroso espiritual; porque ésta es la diferencia: que allá se limpian con
fuego, y acá se limpian e iluminan sólo con amor. El cual amor pidió David
(Sal. 50, 12)) cuando dijo: Cor mundum crea in me, Deus, etc. Porque la
limpieza de corazón no es menos que el amor y gracia de Dios; porque los
limpios de corazón son llamados por nuestro Salvador bienaventurados (Mt. 5,
8), lo cual es tanto como decir "enamorados", pues que la
bienaventuranza no se da por menos que amor.
2. Y que se purgue iluminándose el alma con este fuego de
sabiduría amorosa (porque nunca da Dios sabiduría mística sin amor, pues el
mismo amor la infunde), muéstralo bien Jeremías (Lm. 1, 13) donde dice: Envió
fuego en mis huesos y enseñóme. Y David (Sal. 111, 7) dice que la sabiduría de
Dios es plata examinada en fuego, esto es, en fuego purgativo de amor. Porque
esta oscura contemplación juntamente infunde en el alma amor y sabiduría, a
cada uno según su capacidad y necesidad, alumbrando al alma y purgándola, como
dice el Sabio (Ecli. 51, 2526) de sus ignorancias, como dice que lo hizo con
él.
3. De aquí también inferiremos que purga estas almas y las
ilumina la misma Sabiduría de Dios que purga a los ángeles de sus ignorancias,
haciéndolos saber, alumbrándolos de lo que no sabían, derivándose desde Dios
por las jerarquías primeras hasta las postreras, y de ahí a los hombres. Que,
por eso, todas las obras que hacen los ángeles e inspiraciones, se dicen con
verdad en
4. De donde se sigue que los superiores espíritus y los de
abajo, cuanto más cercanos están a Dios, más purgados están y clarificados con
más general purificación; y que los postreros recibirán esta iluminación muy
más tenue y remota. De donde se sigue que el hombre, que está el postrero,
hasta el cual se viene derivando esta contemplación de Dios amorosa, cuando
Dios se la quiere dar, que la ha de recibir a su modo, muy limitada y
penosamente.
Porque la luz de Dios que al ángel ilumina, esclareciéndole
y suavizándole en amor, por ser puro espíritu, dispuesto para la tal infusión,
al hombre, por ser impuro y flaco, naturalmente le ilumina, como arriba queda
dicho, oscureciéndole, dándole pena y aprieto, como hace el sol al ojo legañoso
y enfermo, y le enamora apasionada y aflictivamente, hasta que este mismo fuego
de amor le espiritualice y sutilice, purificándole hasta que con suavidad pueda
recibir la unión de esta amada influencia a modo de los ángeles y ya purgado,
como después diremos, mediante el Señor. Pero, en el entretanto, esa
contemplación y noticia amorosa recíbela con el aprieto y ansia de amor que
decimos aquí.
5. Esta inflamación y ansia de amor no siempre el alma la
anda sintiendo; porque a los principios que comienza esta purgación espiritual,
todo se le va a este divino fuego más en enjugar y disponer la madera del alma
que en calentarla; pero ya, andando el tiempo, cuando ya este fuego va
calentando el alma, muy de ordinario siente esta inflamación y calor de amor.
Aquí, como se va más purgando el entendimiento por medio de
esta tiniebla, acaece que algunas veces esta mística y amorosa teología,
juntamente con inflamar la voluntad, hiere también ilustrando la otra potencia
del entendimiento con alguna noticia y lumbre divina, tan sabrosa y
delgadamente, que, ayudada de ella, la voluntad se afervora maravillosamente,
ardiendo en ella, sin ella hacerse nada, ese divino fuego de amor en vivas
llamas, de manera que ya al alma le parece él vivo fuego por causa de la viva
inteligencia que se le da. Y de aquí es aquello que dice David en un salmo (38,
4), diciendo: Calentóse mi corazón dentro de mí, y cierto fuego, en tanto que
yo entendía, se encendía.
6. Y este entendimiento de amor con unión de estas dos
potencias, entendimiento y voluntad, que se unen aquí, es cosa de gran riqueza
y deleite para el alma; porque es cierto toque en
7. De lo que habemos dicho aquí se colige cómo en estos
bienes espirituales, que pasivamente se infunden por Dios en el alma, puede muy
bien amar la voluntad sin entender el entendimiento, así como el entendimiento
puede entender sin que ame la voluntad; porque, pues esta noche oscura de
contemplación consta de luz divina y amor, así como el fuego tiene luz y calor,
no es inconveniente que, cuando se comunica esta luz amorosa, algunas veces hiera
más en la voluntad, inflamándola con el amor, dejando a oscuras al
entendimiento sin herir en él con la luz; y otras, alumbrándole con la luz,
dando inteligencia, dejando seca la voluntad, como también acaece poder recibir
el calor del fuego sin ver la luz, y también ver la luz sin recibir el calor
del fuego, y esto obrándolo el Señor que infunde como quiere.
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De otros sabrosos efectos que obra en el alma esta oscura
noche de contemplación.
1. Por este modo de inflamación podemos entender alguno de
los sabrosos efectos que va ya obrando en el alma esta contemplación; porque
algunas veces, según acabamos de decir, en medio de estas oscuridades es
ilustrada el alma, y luce la luz en las tinieblas (Jn. 1, 5), derivándose esta
inteligencia mística al entendimiento, quedándose seca la voluntad, quiero
decir, sin unión actual de amor, con una serenidad y sencillez tan delgada y
deleitable al sentido del alma, que no se le puede poner nombre, unas veces en
una manera de sentir de Dios, otras en otra.
2. Algunas veces también hiere juntamente, como queda dicho,
en la voluntad, y prende el amor subida, tierna y fuertemente, porque ya
decimos que se unen algunas veces estas dos potencias entendimiento y voluntad,
cuando se va más purgando el entendimiento; tanto más perfecta y
calificadamente cuanto ellas más van; pero, antes de llegar aquí, más común es
sentir la voluntad el toque de la inflamación que el entendimiento el de la
inteligencia.
3. Pero parece aquí una duda, y es: ¿por qué, pues estas
potencias se van purgando a la par, se siente a los principios más comúnmente
en la voluntad la inflamación y amor de la contemplación purgativa, que en el
entendimiento la inteligencia de ella?
A esto se responde que aquí no hiere derechamente este amor
pasivo en la voluntad, porque la voluntad es libre, y esta inflamación de amor
más es pasión de amor que acto libre de la voluntad; porque hiere en la
sustancia del alma este calor de amor, y así mueve las afecciones pasivamente.
Y así, ésta antes se llama pasión de amor que acto libre de la voluntad; el
cual, en tanto se llama acto de la voluntad, en cuanto es libre. Pero, porque
estas pasiones y afecciones se reducen a la voluntad, por eso se dice que, si
el alma está apasionada con alguna afección, lo está la voluntad, y así es la
verdad; porque de esta manera se cautiva la voluntad y pierde su libertad, de
manera que la lleva tras sí el ímpetu y fuerza de la pasión. Y por eso podemos
decir que esta inflamación de amor es en la voluntad, esto es, inflama al
apetito de la voluntad; y así, ésta antes se llama, como decimos, pasión de
amor que obra libre de la voluntad. Y porque la pasión receptiva del
entendimiento sólo puede recibir la inteligencia desnuda y pasivamente (y esto
no puede sin estar purgado), por eso, antes que lo esté, siente el alma menos
veces el toque de inteligencia que el de la pasión de amor. Porque para esto no
es menester que la voluntad esté tan purgada acerca de las pasiones, pues que
aún las pasiones la ayudan a sentir amor apasionado.
4. Esta inflamación y sed de amor, por ser ya aquí del
espíritu, es diferentísima de la otra que dijimos en la noche del sentido.
Porque, aunque aquí el sentido también lleva su parte, porque no deja de
participar del trabajo del espíritu, pero la raíz y el vivo de la sed de amor
siéntese en la parte superior del alma, esto es, en el espíritu, sintiendo y
entendiendo de tal manera lo que siente y la falta que le hace lo que desea,
que todo el penar del sentido, aunque sin comparación es mayor que en la
primera noche sensitiva, no le tiene en nada, porque en el interior conoce una
falta de un gran bien, que con nada ve se puede medir.
5. Pero aquí conviene notar que, aunque a los principios,
cuando comienza esta noche espiritual, no se siente esta inflamación de amor,
por no haber empezado este fuego de amor a emprender, en lugar de eso da desde
luego Dios al alma un amor estimativo tan grande de Dios, que, como habemos
dicho, todo lo más que padece y siente en los trabajos de esta noche, es ansia
de pensar si tiene perdido a Dios y pensar si está dejada de él. Y así, siempre
podremos decir que desde el principio de esta noche va el alma tocada con
ansias de amor, ahora de estimación, ahora también de inflamación.
Y vese que la mayor pasión que siente en estos trabajos es
este recelo; porque, si entonces se pudiese certificar que no está todo perdido
y acabado, sino que aquello que pasa es por mejor, como lo es, y que Dios no
está enojado, no se le daría nada de todas aquellas penas, antes se holgaría
sabiendo que de ello se sirve Dios. Porque es tan grande el amor de estimación
que tiene a Dios, aunque a oscuras sin sentirlo ella, que no sólo eso, sino que
se holgaría de morir muchas veces por satisfacerle. Pero cuando ya la llama ha
inflamado el alma, juntamente con la estimación que ya tiene de Dios, tal
fuerza y brío suele cobrar y ansia con Dios, comunicándose el calor de amor,
que, con grande osadía, sin mirar en cosa alguna, ni tener respeto a nada, en
la fuerza y embriaguez del amor y deseo, sin mirar lo que hace, haría cosas
extrañas e inusitadas por cualquier modo y manera que se le ofrece (por) poder
encontrar con el que ama su alma.
6. Esta es la causa por que María Magdalena, con ser tan
estimada en sí como antes era, no le hizo al caso la turba de hombres
principales y no principales del convite, ni el mirar que no venía bien ni lo
parecería ir a llorar y derramar lágrimas entre los convidados (Lc. 7, 3738),
a trueque de, sin dilatar una hora esperando otro tiempo y sazón, poder llegar
ante aquel de quien estaba ya su alma herida e inflamada. Y ésta es la
embriaguez y osadía de amor, que, con saber que su Amado estaba encerrado en el
sepulcro con una gran piedra sellada y cercado de soldados que por que no le
hurtasen sus discípulos le guardaban (Mt. 27, 6066) no le dio lugar para que
alguna de estas cosas se le pusiese delante, para que dejara de ir antes del
día con los ungüentos para ungirle (Jn. 20, 1).
7. Y, finalmente, esta embriaguez y ansia de amor la hizo
preguntar al que, creyendo que era el hortelano, le había hurtado del sepulcro,
que le dijese, si le había él tomado, dónde le había puesto, para que ella le
tomase (Jn. 20, 15); no mirando que aquella pregunta, en libre juicio y razón,
era disparate, pues que está claro que si el otro lo había hurtado, no se lo
había de decir, ni menos se lo había de dejar tomar.
Pero esto tiene la fuerza y vehemencia de amor, que todo le
parece posible y todos le parece que andan en lo mismo que anda él; porque no
cree que hay otra cosa en que nadie se deba emplear, ni buscar sino a quien
ella busca y a quien ella ama, pareciéndole que no hay otra cosa que querer ni
en qué se emplear sino aquello, y que también todos andan en aquello. Que, por
eso, cuando
9. Pero es aquí de ver cómo el alma, sintiéndose tan
miserable y tan indigna de Dios, como hace aquí en estas tinieblas purgativas,
tenga tan osada y atrevida fuerza para ir a juntarse con Dios. La causa es que,
como ya el amor le va dando fuerza con que le ame de veras, y la propiedad del
amor sea quererse unir y juntar e igualar y asimilar a la cosa amada, para
perfeccionarse en el bien de amor, de aquí es que, no estando esta alma
perfeccionada en amor, por no haber llegado a la unión, la hambre y sed que
tiene de lo que le falta, que es la unión, y las fuerzas que ya el amor ha
puesto en la voluntad con que le ha hecho apasionada, la haga ser osada y
atrevida según la voluntad inflamada, aunque según el entendimiento, por estar
a oscuras y no ilustrado, se siente indigno y se conoce miserable.
10. No quiero dejar aquí de decir la causa por que, pues
esta luz divina es siempre luz para el alma, no la da, luego que embiste en
ella, luz, como lo hace después, antes le causa las tinieblas y trabajos que
habemos dicho. Algo estaba ya dicho antes de esto, pero a este particular se
responde: que las tinieblas y los demás males que el alma siente cuando esta
divina luz embiste, no son tinieblas ni males de la luz, sino de la misma alma,
y la luz le alumbra para que las vea. De donde, desde luego le da luz esta
divina luz; pero con ella no puede ver el alma primero sino lo que tiene más
cerca de sí o, por mejor decir, en sí, que son sus tinieblas o miserias, las
cuales ve ya por la misericordia de Dios, y antes no las veía, porque no daba
en ella esta luz sobrenatural. Y ésta es la causa por que al principio no
siente sino tinieblas y males; mas, después de purgada con el conocimiento y
sentimiento de ellos, tendrá ojos para que esta luz la muestre los bienes de la
luz divina; expelidas ya todas estas tinieblas e impresiones del alma, ya
parece que van pareciendo los provechos y bienes grandes que va consiguiendo el
alma en esta dichosa noche de contemplación.
11. Pues por lo dicho queda entendido cómo Dios hace merced
aquí al alma de limpiarla y curarla con esta fuerte lejía y amarga purga, según
la parte sensitiva y la espiritual, de todas las afecciones y hábitos
imperfectos que en sí tenía acerca de lo temporal y de lo natural, sensitivo y
especulativo y espiritual, oscureciéndole las potencias interiores y
vaciándoselas acerca de todo esto, y apretándole y enjugándole las afecciones
sensitivas y espirituales, y debilitándole y adelgazándole las fuerzas
naturales del alma acerca de todo ello (lo cual nunca el alma por sí misma
pudiera conseguir, como luego diremos) haciéndola Dios desfallecer en esta
manera a todo lo que no es Dios naturalmente, para irla vistiendo de nuevo,
desnuda y desollada ya ella de su antiguo pellejo. Y así, se le renueva, como
al águila, su juventud (Sal. 102, 5), quedando vestida del nuevo hombre, que es
criado, como dice el Apóstol (Ef. 4, 24), según Dios. Lo cual no es otra cosa
sino alumbrarle el entendimiento con la lumbre sobrenatural, de manera que de
entendimiento humano se haga divino unido con el divino; y, ni más ni menos,
informarle la voluntad de amor divino, de manera que ya no sea voluntad menos
que divina, no amando menos que divinamente, hecha y unida en uno con la divina
voluntad y amor; y la memoria, ni más ni menos: y también las afecciones y
apetitos todos mudados y vueltos según Dios divinamente. Y así, esta alma será
ya alma del cielo, celestial, y más divina que humana.
Todo lo cual, según se ha ido viendo por lo que habemos
dicho, va Dios haciendo y obrando en ella por medio de esta noche, ilustrándola
e inflamándola divinamente con ansias de solo Dios, y no de otra cosa alguna.
Por lo cual, muy justa y razonablemente añade luego el alma el tercer verso de
la canción, que dice:
¡oh dichosa ventura!
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CAPITULO 14
[San Juan de
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DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE
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En que se ponen y explican los tres versos últimos de la
primera canción.
1. Esta "dichosa ventura" fue por lo que dice
luego en los siguientes versos, diciendo:
salí sin ser notada estando ya mi casa sosegada,
tomando la metáfora del que, por hacer mejor su hecho, sale
de su casa de noche, a oscuras, sosegados ya los de la casa, porque ninguno se
lo estorbe.
Porque, como esta alma había de salir a hacer un hecho tan
heroico y tan raro, que era unirse con su Amado divino afuera, porque el Amado
no se halla sino solo afuera, en la soledad, que por eso
2. Pero fue dichosa ventura en esta alma que Dios en esta
noche le adormeciese toda la gente doméstica de su casa, esto es, todas las
potencias, pasiones, afecciones y apetitos que viven en el alma sensitiva y
espiritualmente, para que ella, sin ser notada, esto es, sin ser impedida de
estas afecciones, etc., (por quedar ellas adormidas y mortificadas en esta
noche, en que las dejaron a oscuras para que no pudiesen notar ni sentir a su
modo bajo natural, y así impidiesen al alma el salir de sí y de la casa de la
sensualidad) (llegase) a la unión espiritual de perfecto amor de Dios.
3. ¡Oh, cuán dichosa ventura es poder el alma librarse de la
casa de la sensualidad! No se puede bien entender si no fuera, a mi ver, el
alma que ha gustado de ello; porque verá claro cuán mísera servidumbre era la
que tenía y a cuántas miserias estaba sujeta cuando lo estaba a la obra de sus
potencias y apetitos y conocerá cómo la vida del espíritu es verdadera libertad
y riqueza que trae consigo bienes inestimables, como iremos notando algunos de
ellos en las siguientes canciones, en que se verá más claro cuánta razón tenga
el alma de cantar por dichosa ventura el paso de esta horrenda noche que arriba
queda dicho.
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Pónese la segunda canción y su declaración.
CANCIÓN 2ª
A oscuras y segura por la secreta escala, disfrazada, ¡oh
dichosa ventura!, a oscuras y en celada, estando ya mi casa sosegada.
1. Va el alma cantando en esta canción todavía algunas
propiedades de la oscuridad de esta noche, repitiendo la buena dicha que le
vino con ellas. Dícelas, respondiendo a cierta objeción tácita, diciendo que no
se piense que, por haber en esta noche y oscuridad pasado por tanta tormenta de
angustias, dudas, recelos y horrores, como se ha dicho, corría por eso más peligro
de perderse, porque antes en la oscuridad de esta noche se ganó; porque en ella
se libraba y escapaba sutilmente de sus contrarios, que le impedían siempre el
paso, porque en la oscuridad de la noche iba mudado el traje y disfrazada con
tres libreas y colores que después diremos, y por una escala muy secreta, que
ninguno de casa lo sabía, que, como también en su lugar notaremos, es la viva
fe, por la cual salió tan encubierta y en celada, para poder bien hacer su
hecho, que no podía dejar de ir muy segura, mayormente estando ya en esta noche
purgativa los apetitos, afecciones y pasiones, etc., de su ánima adormidos,
morticados y apagados, que son los que, estando despiertos y vivos, no se lo
consintieron. Síguese, pues, el verso, y dice así:
A oscuras y segura.
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Pónese el primer verso y explícase cómo, yendo el alma a
oscuras, va segura.
1. La oscuridad que aquí dice el alma, ya habemos dicho que
es acerca de los apetitos y potencias sensitivas, interiores y espirituales,
porque todas se oscurecen de su natural lumbre en esta noche porque, purgándose
acerca de ellas, puedan ser ilustradas acerca de lo sobrenatural. Porque los
apetitos sensitivos y espirituales están adormecidos y amortiguados sin poder
gustar de cosa ni divina ni humana; las afecciones del alma, oprimidas y
apretadas, sin poderse mover a ella ni hallar arrimo en nada; la imaginación,
atada, sin poder hacer algún discurso de bien; la memoria, acabada; el
entendimiento, entenebrecido, sin poder entender cosa, y de aquí también la
voluntad seca y apretada, y todas las potencias vacías e inútiles, y, sobre
todo esto, una espesa y pesada nube sobre el alma, que la tiene angustiada y
ajenada de Dios. De esta manera a oscuras, dice aquí el alma que iba segura.
2. La causa de esto está bien declarada; porque,
ordinariamente, el alma nunca yerra sino por sus apetitos o sus gustos, o sus
discursos, o sus inteligencias, o sus afecciones; porque de ordinario en éstas
excede o falta, o varía o desatina, o da y se inclina en lo que no conviene. De
donde, impedidas todas estas operaciones y movimientos, claro está que queda el
alma segura de errar en ellos, porque, no sólo se libra de sí, sino también de
los otros enemigos, que son mundo y demonio, los cuales apagadas las afecciones
y operaciones del alma, no le pueden hacer guerra por otra parte ni de otra
manera.
3. De aquí se sigue que, cuanto el alma va más a oscuras y
vacía de sus operaciones naturales, va más segura; porque, como dice el profeta
(Os. 13, 9), la perdición al alma solamente le viene de sí misma, esto es, de
sus operaciones y apetitos interiores y sensitivos, y el bien, dice Dios,
solamente de mí. Por tanto, impedida ella así de sus males, resta que le vengan
luego los bienes de la unión de Dios en sus apetitos y potencias, en que las
hará divinas y celestiales. De donde en el tiempo de las tinieblas, si el alma
mira en ello, muy bien echará de ver cuán poco se le divierte el apetito y las
potencias a cosas inútiles y dañosas, y cuán segura está de vanagloria,
soberbia y presunción vana y falso gozo, y de otras muchas cosas. Luego, bien
se sigue que, por ir a oscuras, no sólo no va perdida, sino aun muy ganada,
pues aquí va ganando las virtudes.
4. Pero a la duda que de aquí nace luego, conviene a saber:
que, pues las cosas de Dios de suyo hacen bien al alma y la ganan y aseguran,
¿por qué en esta noche le oscurece Dios los apetitos y potencias también acerca
de estas cosas buenas, de manera que tampoco pueda gustar de ellas, ni
tratarlas como las demás, y aun en alguna manera menos? Respóndese que entonces
conviene que tampoco le quede operación ni gusto acerca de las cosas
espirituales, porque tiene las potencias y apetitos impuros y bajos y muy
naturales; y así, aunque les den el sabor y trato a estas potencias de las
cosas sobrenaturales y divinas, no le podrían recibir sino muy baja y
naturalmente, muy a su modo. Porque, como dice el Filósofo, cualquier cosa que
se recibe está en el recipiente al modo que lo recibe.
De donde, porque estas naturales potencias no tienen pureza
ni fuerza ni caudal para poder recibir y gustar las cosas sobrenaturales al
modo de ellas, que es divino, sino sólo al suyo, que es humano y bajo, como
habemos dicho, conviene que sean oscurecidas también acerca de esto divino,
porque, destetadas y purgadas y aniquiladas en aquello primero, pierdan aquel
bajo y humano modo de recibir y obrar, y así vengan a quedar dispuestas y
templadas todas estas potencias y apetitos del alma para poder recibir, sentir
y gustar lo divino y sobrenatural alta y subidamente, lo cual no puede ser si
primero no muere el hombre viejo.
5. De aquí es que todo lo espiritual, si de arriba no viene
comunicado del Padre de las lumbres (Sant. 1, 17) sobre el albedrío y apetito
humano, aunque más se ejercite el gusto y potencias del hombre con Dios y por
mucho que les parezca los gustan, no los gustarán divina y espiritualmente,
sino humana y naturalmente, como gustan las demás cosas, porque los bienes no
van del hombre a Dios, sino vienen de Dios al hombre. Acerca de lo cual, si
éste fuera lugar de ello, pudiéramos aquí declarar cómo hay muchas personas que
tienen muchos gustos y aficiones y operaciones de sus potencias acerca de Dios
o de cosas espirituales, y por ventura pensarán ellos que aquello es
sobrenatural y espiritual, y por ventura no son más que actos y apetitos más
naturales y humanos, que, como los tienen de las demás cosas, los tienen en el
mismo temple de aquellas cosas buenas, por cierta facilidad natural que tienen
en mover el apetito y potencias a cualquier cosa.
6. Si por ventura encontráremos ocasión en lo restante, lo
trataremos, diciendo algunas señales de cuándo los movimientos y acciones
interiores del alma sean sólo naturales, y cuándo sólo espirituales, y cuándo
espirituales y naturales acerca del trato con Dios. Basta aquí saber que, para
que los actos y movimientos interiores del alma puedan venir a ser movidos por
Dios divinamente, primero han de ser oscurecidos y adormidos, asosegados
naturalmente acerca de toda su habilidad y operación hasta que desfallezcan.
7. ¡Oh, pues, alma espiritual!, cuando vieres oscurecido tu
apetito, tus aficiones secas y apretadas, e inhabilitadas tus potencias para
cualquier ejercicio interior, no te penes por eso, antes lo ten a buena dicha;
pues que te va Dios librando de ti misma, quitándote de las manos la hacienda;
con las cuales, por bien que ellas te anduviesen, no obraras tan cabal,
perfecta y seguramente, a causa de la impureza y torpeza de ellas, como ahora
que, tomando Dios la mano tuya, te guía a oscuras como a ciego, a donde y por
donde tú no sabes, ni jamás con tus ojos y pies, por bien que anduvieran,
atinaras a caminar.
8. La causa también por que el alma no sólo va segura,
cuando va así a oscuras, sino aún se va más ganando y aprovechando, es porque,
comúnmente, cuando el alma va recibiendo mejoría de nuevo y aprovechando, es
por donde ella menos entiende, antes muy de ordinario piensa que se va
perdiendo, porque, como ella nunca ha experimentado aquella novedad que le hace
salir y deslumbrar y desatinar de su primer modo de proceder, antes piensa que
se va perdiendo que acertando y ganando, como ve que se pierde acerca de lo que
sabía y gustaba, y se ve ir por donde no sabe ni gusta.
Así como el caminante que, para ir a nuevas tierras no
sabidas, va por nuevos caminos no sabidos ni experimentados, que camina no
guiado por lo que sabía antes, sino en duda y por el dicho de otros. Y claro
está que éste no podría venir a nuevas tierras, ni saber más de lo que antes
sabía, si no fuera por caminos nuevos nunca sabidos, y dejados los que sabía;
ni más ni menos, el que va sabiendo más particularidades en un oficio o arte
siempre va a oscuras, no por su saber primero, porque, si aquél no dejase
atrás, nunca saldría de él ni aprovecharía en más; así, de la misma manera,
cuando el alma va aprovechando más, va a oscuras y no sabiendo. Por tanto,
siendo, como habemos dicho, Dios el maestro y guía de este ciego del alma bien
puede ella, ya que le ha venido a entender como aquí decimos, con verdad
alegrarse y decir: a oscuras y segura.
9. Otra causa también por que en estas tinieblas ha ido el
alma segura es porque iba padeciendo; porque el camino de padecer es más seguro
y aun más provechoso que el de gozar y hacer: lo uno, porque en el padecer se
le añaden fuerzas de Dios, y en el hacer y gozar ejercita el alma sus flaquezas
e imperfecciones; y lo otro, porque en el padecer se van ejercitando y ganando
las virtudes y purificando el alma y haciendo más sabia y cauta.
10. Pero aquí hay otra más principal causa por que aquí el
alma a oscuras va segura, y es de parte de la dicha luz o sabiduría oscura;
porque de tal manera la absorbe y embebe en sí esta oscura noche de contemplación
y la pone tan cerca de Dios, que la ampara y libra de todo lo que no es Dios.
Porque, como está puesta aquí en cura esta alma para que consiga su salud, que
es el mismo Dios, tiénela Su Majestad en dieta y abstinencia de todas las
cosas, estragado el apetito para todas ellas; bien así como para que sane el
enfermo, que en su casa es estimado, le tienen tan adentro guardado, que no le
dejan tocar del aire ni aun gozar de la luz, ni que sienta las pisadas, ni aun
el rumor de los de casa, y la comida muy delicada y muy por tasa, de sustancia
más que de sabor.
11. Todas estas propiedades, que todas son de seguridad y
guarda del alma, causa en ella esta oscura contemplación, porque ella está
puesta más cerca de Dios; porque, cuanto el alma más a él se acerca, más
oscuras tinieblas siente y más profunda oscuridad por su flaqueza; así como el
que más cerca del sol llegase, más tinieblas y pena le causaría su grande
resplandor por la flaqueza e impureza de su ojo. De donde tan inmensa es la luz
espiritual de Dios, y tanto excede al entendimiento natural, que, cuando llega
más cerca, le ciega y oscurece.
Y ésta es la causa por que en el salmo 17 (v. 12) dice David
que puso Dios por su escondrijo y cubierta las tinieblas, y su tabernáculo en
rededor de sí, tenebrosa agua en las nubes del aire. La cual agua tenebrosa en
las nubes del aire es la oscura contemplación y sabiduría divina en las almas,
como vamos diciendo; la cual ellas van sintiendo como cosa que está cerca de
él, como tabernáculo donde él mora, cuando Dios a sí la va más juntando. Y así,
lo que en Dios es luz y claridad más alta, es para el hombre tiniebla más
oscura, como dice san Pablo (1 Cor. 2, 14) según lo declara luego David en el
mismo salmo (17, 13), diciendo: Por causa del resplandor que está en su
presencia, salieron nubes y cataratas, conviene a saber, para el entendimiento
natural, cuya luz, como dice Isaías en el capítulo 5 (v. 30), obtenebrata est
in caligine eius.
12. ¡Oh mísera suerte de vida, donde con tanto peligro se
vive y con tanta dificultad la verdad se conoce, pues lo más claro y verdadero
nos es más oscuro y dudoso, y por eso huimos de ello siendo lo que más nos
conviene, y lo que más luce y llena nuestro ojo lo abrazamos y vamos tras de
ello, siendo lo que peor nos está y lo que a cada paso nos hace dar de ojos!
¡En cuánto peligro y temor vive el hombre, pues la misma lumbre de sus ojos
natural, con que se ha de guiar, es la primera que le encandila y engaña para
ir a Dios, y, que si ha de acertar a ver por dónde va, tenga necesidad de
llevar cerrados los ojos y de ir a oscuras para ir seguro de los enemigos
domésticos de su casa, que son sus sentidos y potencias!
13. Bien está, pues, el alma aquí escondida y amparada en
esta agua tenebrosa, que está cerca de Dios. Porque, así como al mismo Dios
sirve de tabernáculo y morada, le servirá, ni más ni menos, al alma de otro
tanto y de amparo perfecto y seguridad, aunque a ella en tinieblas, en que está
escondida y amparada de sí misma y de todos los daños de criaturas, como
habemos dicho. Porque de los tales se entiende lo que también David dice en
otro salmo (30, 21), diciendo: Esconderlos has en el escondrijo de tu rostro de
la turbación de los hombres; ampararlos has en tu tabernáculo de la
contradicción de las lenguas, en lo cual se entiende toda manera de amparo.
Porque "estar escondidos en el rostro de Dios de la turbación de los
hombres" es estar fortalecidos en esta oscura contemplación contra todas
las ocasiones que de parte de los hombres les pueden sobrevenir. Y "estar
amparados en su tabernáculo de la contradicción de las lenguas" es estar
el alma engolfada en esta agua tenebrosa, que es el tabernáculo que habemos
dicho de David. Donde, por tener el alma todos los apetitos y afecciones
destetados y las potencias oscurecidas, está libre de todas las imperfecciones
que contradicen al espíritu, así de su misma carne como de las demás criaturas.
De donde esta alma bien puede decir que va a oscuras y segura.
14. Hay también otra causa no menos eficaz que la pasada
para acabar bien de entender que esta tal alma va segura a oscuras, y es por la
fortaleza que esta oscura, penosa y tenebrosa agua de Dios desde luego pone en
el alma. Que, en fin, aunque es tenebrosa, es agua, y por eso no ha de dejar de
reficionar y fortalecer al alma en lo que más le conviene, aunque a oscuras y
penosamente. Porque, desde luego, ve el alma en sí una verdadera determinación
y eficacia de no hacer cosa que entienda ser ofensa de Dios, ni dejar de hacer
lo que parece cosa de su servicio; porque aquel amor oscuro se le pega con un
muy vigilante cuidado y solicitud interior de qué hará o dejará por él para
contentarle, mirando y dando mil vueltas si ha sido causa de enojarle; y todo
esto con mucho más cuidado y solicitud que antes, como arriba queda dicho en lo
de las ansias de amor. Porque aquí todos los apetitos y fuerzas y potencias del
alma están recogidas de todas las demás cosas, empleando su conato y fuerza
sólo en obsequio de su Dios.
De esta manera sale el alma de sí misma y de todas las cosas
criadas a la dulce y deleitosa unión de amor de Dios, a oscuras y segura,
por la secreta escala disfrazada.
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Pónese el segundo verso y explícase cómo esta oscura
contemplación sea secreta.
1. Tres propiedades conviene declarar acerca de tres
vocablos que contiene el presente verso. Las dos, conviene a saber, secreta
escala, pertenecen a la noche oscura de contemplación que vamos tratando; la
tercera, conviene a saber, disfrazada, pertenece al alma por razón del modo que
lleva en esta noche.
Cuanto a lo primero, es de saber que el alma llama aquí en
este verso a esta oscura contemplación por donde ella va saliendo a la unión de
amor, secreta escala por estas dos propiedades que hay en ella, es a saber, ser
secreta y ser escala, y diremos de cada una de por sí.
2. Primeramente llama secreta a esta contemplación
tenebrosa, por cuanto, según habemos tocado arriba, ésta es la teología
mística, que llaman los teólogos sabiduría secreta, la cual dice Santo Tomás
que se comunica e infunde en el alma por amor, lo cual acaece secretamente a
oscuras de la obra del entendimiento y de las demás potencias. De donde, por
cuanto las dichas potencias no la alcanzan, sino que el Espíritu Santo la
infunde y ordena en el alma, como dice
3. Y no sólo por esto se puede llamar secreta, sino también
por los efectos que hace en el alma. Porque no solamente en las tinieblas y
aprietos de la purgación, cuando esta sabiduría de amor purga el alma, es
secreta, para no saber decir de ella el alma nada; mas también después en la
iluminación, cuando más a las claras se le comunica esta sabiduría, le es al
alma tan secreta para decir y ponerle nombre para decirla, que, demás de que
ninguna gana le dé al alma de decirla, no halla modo ni manera ni símil que le
cuadre para poder significar inteligencia tan subida y sentimiento espiritual
tan delicado. Y así, aunque más gana tuviese de decirlo, y más significaciones
trajese, siempre se quedaría secreto y por decir.
Porque, como aquella sabiduría interior es tan sencilla y
tan general y espiritual, que no entró al entendimiento envuelta ni paliada con
alguna especie o imagen sujeta al sentido, de aquí es que el sentido e
imaginativa, como no entró por ellas ni sintieron su traje y color, no saben
dar razón ni imaginarla para decir algo de ella, aunque claramente ve que
entiende y gusta aquella sabrosa y peregrina sabiduría. Bien así como el que
viese una cosa nunca vista, cuyo semejante tampoco jamás vio, que, aunque la
entendiese y gustase, no le sabría poner nombre ni decir lo que es, aunque más
hiciese, y esto con ser cosa que la percibió con los sentidos; cuánto menos se
podrá manifestar lo que no entró por ellos. Porque esto tiene el lenguaje de
Dios, que por ser muy íntimo al alma y espiritual, en que excede todo sentido,
luego hace cesar y enmudecer toda la armonía y habilidad de los sentidos
exteriores e interiores.
4. De lo cual tenemos autoridad y ejemplos juntamente en la
divina Escritura. Porque la cortedad del manifestarlo y hablarlo exteriormente
mostró Jeremías (1, 6), cuando, habiendo Dios hablado con él, no supo qué
decir, sino: a, a, a. Y la cortedad interior, esto es, del sentido interior de
la imaginación, y juntamente la del exterior acerca de esto, también la
manifestó Moisés delante de Dios en la zarza (Ex. 4, 10), cuando, no solamente
dijo a Dios que después que hablaba con él, no sabía ni acertaba a hablar, pero
aun, según se dice en los Actos de los Apóstoles (7, 32), con la imaginación
interior no se atrevía a considerar, pareciéndole que la imaginación estaba muy
lejos y muda, no sólo para formar algo de aquello que entendía en Dios, pero ni
aun capacidad para recibir algo de ello. De donde, por cuanto la sabiduría de
esta contemplación es lenguaje de Dios al alma de puro espíritu a espíritu
puro, todo lo que es menos que espíritu, como son los sentidos, no lo reciben, y
así les es secreto y no lo saben ni pueden decir, ni tienen gana porque no ven
cómo.
5. De donde podríamos sacar la causa por que algunas
personas que van por este camino, que, por tener almas buenas y temerosas,
querrían dar cuenta a quien las rige de lo que tienen, no saben ni pueden. De
aquí tienen en decirlo grande repugnancia, mayormente cuando la contemplación
es algo más sencilla, que la misma alma apenas la siente; que sólo saben decir
que el alma está satisfecha y quieta y contenta, o decir que sienten a Dios y
que les va bien, a su parecer; mas no hay decir lo que el alma tiene ni la
sacarán más que términos generales semejantes a éstos. Otra cosa es cuando las
cosas que el alma tiene son particulares, como visiones, sentimientos, etc.,
las cuales, como ordinariamente se reciben debajo de alguna especie en que
participa el sentido, que entonces debajo de aquella especie se puede, o de
otra semejanza, decir. Pero este poderlo decir ya no es en razón de pura
contemplación, porque ésta es indecible, como habemos dicho, y por eso se llama
secreta.
6. Y no sólo por eso se llama y es secreta, sino porque
también esta sabiduría mística tiene propiedad de esconder al alma en sí.
Porque, demás de lo ordinario, algunas veces de tal manera absorbe al alma y sume
en su abismo secreto, que el alma echa de ver claro que está puesta alejadísima
y remotísima de toda criatura; de suerte que le parece que la colocan en una
profundísima y anchísima soledad, donde no puede llegar alguna humana criatura,
como un inmenso desierto que por ninguna parte tiene fin, tanto más deleitoso,
sabroso y amoroso, cuanto más profundo, ancho y solo, donde el alma se ve tan
secreta cuando se ve sobre toda temporal criatura levantada.
Y tanto levanta entonces y engrandece este abismo de sabiduría
al alma, metiéndola en las venas de la ciencia de amor, que le hace conocer no
solamente quedar muy baja toda condición de criatura acerca de este supremo
saber y sentir divino, sino también echar de ver cuán bajos y cortos y en
alguna manera impropios son todos los términos y vocablos con que en esta vida
se trata de las cosas divinas, y cómo es imposible, por vía y modo natural,
aunque más alta y sabiamente se hable en ellas, poder conocer ni sentir de
ellas como ellas son, sin la iluminación de esta mística teología. Y así,
viendo el alma en la iluminación de ella esta verdad, de que no se puede
alcanzar y menos declarar por términos vulgares y humanos, con razón la llama
secreta.
7. Esta propiedad de ser secreta y sobre la capacidad
natural esta divina contemplación, tiénela no sólo por ser cosa sobrenatural,
sino también es cuanto es vía que guía y lleva al alma a las perfecciones de la
unión de Dios; las cuales, como son cosas no sabidas humanamente, hase de
caminar a ellas humanamente no sabiendo y divinamente ignorando. Porque,
hablando místicamente, como aquí vamos hablando, las cosas y perfecciones
divinas no se conocen ni entienden como ellas son cuando las van buscando y
ejercitando, sino cuando las tiene halladas y ejercitadas. Porque a este
propósito dice el profeta Baruc (3, 31) de esta Sabiduría divina: No hay quien
pueda saber, dice, sus vías, ni quien pueda pensar sus sendas. También el
profeta real de este camino del alma dice de esta manera, hablando con Dios: Y
tus ilustraciones lucieron y alumbraron a la redondez de la tierra, conmovióse
y contremió la tierra. En el mar está tu vía, y tus sendas en muchas aguas, y
tus pisadas no serán conocidas (Sal. 76, 1920).
8. Todo lo cual, hablando espiritualmente, se entiende al
propósito que vamos hablando. Porque "alumbrar las coruscaciones de Dios a
la redondez de la tierra" es la ilustración que hace esta divina
contemplación en las potencias del alma; y "conmoverse y tremer la
tierra" es la purgación penosa que en ella causa; y decir que "la vía
y camino de Dios", por donde el alma va a él, "es en el mar, y sus
pisadas en muchas aguas y que por eso no serán conocidas" es decir que
este camino de ir a Dios es tan secreto y oculto para el sentido del alma como
lo es para el del cuerpo el que se lleva por la mar, cuyas sendas y pisadas no
se conocen. Que esta propiedad tienen los pasos y pisadas que Dios va dando en
las almas que Dios quiere llegar a sí, haciéndolas grandes en la unión de su
Sabiduría, que no se conocen. Por lo cual, en el libro de Job (37, 16) se
dicen, encareciendo este negocio, estas palabras: ¿Por ventura, dice, has tú
conocido las sendas de las nubes grandes o las perfectas ciencias?; entendiendo
por esto las vías y caminos por donde Dios va engrandeciendo a las almas y perfeccionándolas
en su sabiduría, las cuales son aquí entendidas por las nubes. Queda, pues, que
esta contemplación, que va guiando al alma a Dios, es sabiduría secreta.
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Declárase como esta sabiduría secreta sea también escala.
1. Pero resta ahora ver lo segundo, conviene saber, cómo
esta sabiduría secreta sea también escala. Acerca de lo cual es de saber que
por muchas razones podemos llamar a esta secreta contemplación escala.
Primeramente, porque así como con la escala se sube y
escalan los bienes y tesoros y cosas que hay en las fortalezas, así también por
esta secreta contemplación, sin saberse cómo, sube el alma a escalar, conocer y
poseer los bienes y tesoros del cielo. Lo cual da bien a entender el real
profeta (Sal. 83, 68), cuando dice: Bienaventurado el que tiene tu favor y
ayuda, porque en su corazón este tal puso sus subidas en el valle de lágrimas
en el lugar que puso; porque de esta manera el señor de la ley dará bendición,
e irán de virtud en virtud como de grado en grado, y será visto el Dios de los
dioses en Sión, el cual es el tesoro de la fortaleza de Sión, que es la
bienaventuranza.
2. Podemos también llamarla escala porque, así como la
escala, esos mismos pasos que tiene para subir, los tiene también para bajar,
así también esta secreta contemplación, esas mismas comunicaciones que hace al
alma, que la levanta en Dios, la humillan en sí misma. Porque las comunicaciones
que verdaderamente son de Dios esta propiedad tienen: que de una vez levantan y
humillan al alma; porque en este camino el bajar es subir, y el subir, bajar,
pues el que se humilla es ensalzado, y el que se ensalza, humillado (Lc. 14,
11). Y, demás de esto de que la virtud de la humildad es grandeza, para
ejercitar al alma en ella, suele Dios hacerla subir por esta escala para que
baje, y hacerla bajar para que suba, para que así se cumpla lo que dice el
Sabio (Pv. 18, 12), es a saber: Antes que el alma sea ensalzada, es humillada;
y antes que sea humillada, es ensalzada.
3. Lo cual, hablando ahora naturalmente, echará bien de ver
el alma que quisiere mirar en ello, y cómo en este camino (dejando aparte lo
espiritual que no se siente) echará de ver cuántos altos y bajos padece, y cómo
tras la prosperidad que goza, luego se sigue alguna tempestad y trabajo, tanto,
que parece que le dieron aquella bonanza para prevenirla y esforzarla para la
siguiente penuria, y cómo también, después de la miseria y tormenta, se sigue
abundancia y bonanza; de manera que le parece al alma que, para hacerla aquella
fiesta, la pusieron primero en aquella vigilia. Y éste es el ordinario estilo y
ejercicio del estado de contemplación hasta llegar al estado quieto: que nunca
permanece en un estado, sino todo es subir y bajar.
4. Y la causa de esto es que, como el estado de perfección,
que consiste en perfecto amor de Dios y desprecio de sí, no puede estar sino
con estas dos partes, que es conocimiento de Dios y de sí mismo, de necesidad
ha de ser el alma ejercitada primero en el uno y en el otro, dándole ahora a
gustar lo uno engrandeciéndola, y haciéndola ahora probar lo otro y
humillándola, hasta que, adquiridos los hábitos perfectos, cese ya el subir y
bajar, habiendo ya llegado y viéndose con Dios, que está en el fin de esta
escala, en quien la escala se arrima y estriba.
Porque esta escala de contemplación, que, como habemos
dicho, se deriva de Dios, es figurada por aquella escala que vio Jacob
durmiendo, por la cual subían y descendían ángeles de Dios al hombre y del
hombre a Dios, el cual estaba estribando en el extremo de la escala (Gn. 28,
12). Todo lo cual dice
5. Pero, hablando ahora algo más sustancialmente de esta
escala de contemplación secreta, diremos que la propiedad principal por que
aquí se llama escala es porque la contemplación es ciencia de amor, la cual,
como habemos dicho, es noticia infusa de Dios amorosa, que juntamente va
ilustrando y enamorando el alma, hasta subirla de grado hasta Dios, su Criador,
porque sólo el amor es el que une y junta al alma con Dios.
De donde, porque más claro se vea, iremos aquí apuntando los
grados de esta divina escala, diciendo con brevedad las señales y efectos de
cada uno, para que por allí pueda conjeturar el alma en cual de ellos estará. Y
así, los distinguiremos por sus efectos, como hace san Bernardo y santo Tomás;
porque conocerlos en sí, por cuanto esta escala de amor es, como habemos dicho,
tan secreta que sólo Dios es el que la mide y pondera, no es posible por vía
natural.
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Comienza a explicar los diez grados de la escala mística de
amor divino según San Bernardo y Santo Tomás. Pónense los cinco primeros.
1. Decimos, pues, que los grados de esta escala de amor, por
donde el alma de uno en otro va subiendo a Dios, son diez.
El primer grado de amor hace enfermar al alma
provechosamente. En este grado de amor habla
Esta enfermedad y desfallecimiento a todas las cosas, que es
el principio y primer grado para ir a Dios, bien lo habemos dado a entender
arriba, cuando dijimos la aniquilación en que se ve el alma cuando comienza a
entrar en esta escala de purgación contemplativa, cuando en ninguna cosa puede
hallar gusto, arrimo, ni consuelo, ni asiento. Por lo cual, de este grado luego
va comenzando a subir al segundo grado, y es:
2. El segundo grado hace al alma buscar sin cesar. De donde,
cuando
Aquí, en este grado, tan solícita anda el alma, que en todas
las cosas busca al Amado; en todo cuanto piensa, luego piensa en el Amado; en
cuanto habla, en cuantos negocios se ofrecen, luego es hablar y tratar del
Amado; cuando come, cuando duerme, cuando vela, cuando hace cualquier cosa,
todo su cuidado es en el Amado, según arriba queda dicho en las ansias de amor.
Aquí, como va ya el alma convaleciendo y cobrando fuerzas en
el amor de este segundo grado, luego comienza a subir al tercero por medio de
algún grado de nueva purgación en la noche, como después diremos, el cual hace
en el alma los efectos siguientes.
3. El tercer grado de la escala amorosa es el que hace al
alma obrar y la pone calor para no faltar. De esto dice el Real Profeta (Sal.
111, 1) que: Bienaventurado el varón que teme al Señor, porque sus mandamientos
codicia obrar mucho. Donde, si el temor, por ser hijo del amor, le hace esta
obra de codicia, ¿qué hará el mismo amor? En este grado las obras grandes por
el Amado tiene por pequeñas, las muchas por pocas, el largo tiempo en que le
sirve por corto, por el incendio de amor que ya va ardiendo. Como a Jacob, que,
con haberle hecho servir siete años sobre otros siete, le parecían pocos por la
grandeza del amor (Gn. 29, 20). Pues si el amor con Jacob, con ser de criatura,
tanto podía, ¿qué podrá el del Criador cuando en este tercer grado se apodera
del alma?
Tiene el alma aquí, por el grande amor que tiene a Dios,
grandes lástimas y penas de lo poco que hace por Dios; y, si le fuese lícito
deshacerse mil veces por él, estaría consolada. Por eso se tiene por inútil en
todo cuanto hace, y le parece vive de balde.
Hácele aquí otro efecto admirable, y es que se tiene por más
mala averiguadamente para consigo que todas las otras almas: lo uno, porque le
va el amor enseñando lo que merece Dios; y lo otro, porque, como las obras que
aquí hace por Dios son muchas, y todas las conoce por faltas e imperfectas, de
todas saca confusión y pena, conociendo tan baja manera de obrar por un tan
alto Señor. En este tercer grado, muy lejos va el alma de tener vanagloria o
presunción y de condenar a los otros. Estos solícitos efectos causa en el alma,
con otros muchos a este talle, este tercer grado; y por eso en él cobra ánimo y
fuerzas para subir hasta el cuarto, que es el que sigue.
4. El cuarto grado de esta escala de amor es en el cual se
causa en el alma, por razón del Amado, un ordinario sufrir sin fatigarse.
Porque, como dice san Agustín, todas las cosas grandes, graves y pesadas, casi
ningunas las hace el amor. En este grado hablaba
Harto levantado es este grado de amor, porque, como aquí el
alma con tan verdadero amor se anda siempre tras Dios con espíritu de padecer
por él, dale Su Majestad muchas veces y muy de ordinario el gozar, visitándola
en espíritu sabrosa y deleitablemente, porque el inmenso amor del Verbo Cristo
no puede sufrir penas de su amante sin acudirle. Lo cual por Jeremías (2, 2) lo
afirma él, diciendo: Acordádome he de ti, apiadándome de tu adolescencia y
ternura cuando me seguiste en el desierto. Hablando espiritualmente es el
desarrimo que aquí interiormente trae el alma de toda criatura, no parando ni
quietándose en nada. Este cuarto grado inflama de manera al alma y la enciende
tal deseo de Dios, que la hace subir al quinto, el cual es el que se sigue.
5. El quinto grado de la escala de amor hace al alma
apetecer y codiciar a Dios impacientemente. En este grado el amante tanta es la
vehemencia que tiene por comprehender al Amado y unirse con él, que toda
dilación, por mínima que sea, se le hace muy larga, molesta y pesada, y siempre
piensa que halla al Amado; y cuando se ve frustrado su deseo, lo cual es casi a
cada paso, desfallece en su codicia, según hablando en este grado lo dice el
Salmista (Sal. 83, 2), diciendo: Codicia y desfallece mi alma a las moradas del
Señor. En este grado el amante no puede dejar de ver lo que ama o morir; en el
cual Raquel, por la gran codicia que tenía a los hijos, dijo a Jacob su esposo:
Dame hijos; si no, yo moriré (Gn. 30, 1). Padecen aquí hambre como canes y
cercan y rodean la ciudad de Dios (Sal. 58, 7). En este hambriento grado se
ceba el alma en amor, porque según la hambre es la hartura. De manera que de
aquí puede subir al sexto grado, que hace los efectos que se siguen.
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Pónense los otros cinco grados de amor.
1. El sexto grado hace correr al alma ligeramente a Dios y
dar muchos toques en él, y sin desfallecer corre por la esperanza, que aquí el
amor (que) la ha fortificado la hace volar ligero. En el cual grado también
dice el profeta Isaías: Los santos que esperan en Dios mudarán la fortaleza,
tomarán alas como de águila y volarán y no desfallecerán (Is. 40, 31), como hacían
en el grado quinto. A este grado pertenece también aquello del salmo (41, 2):
Así como el ciervo desea las aguas, mi alma desea a ti, Dios; porque el ciervo
en la sed con gran ligereza corre a las aguas. La causa de esta ligereza en
amor que tiene el alma en este grado es por estar ya muy dilatada la caridad en
ella, por estar aquí el alma poco menos que purificada del todo, como se dice
también en el salmo (58, 5), es a saber: Sine iniquitate cucurri; y en otro
salmo (118, 32): El camino de tus mandamientos corrí cuando dilataste mi
corazón. Y así, de este sexto grado se pone luego en el séptimo, que es el que
sigue.
2. El séptimo grado de esta escala hace atrever al alma con
vehemencia. Aquí el amor ni se aprovecha del juicio para esperar, ni usa de consejo
para se retirar, ni con vergüenza se puede enfrenar, porque el favor, que ya
Dios aquí hace al alma, la hace atrever con vehemencia. De donde se sigue lo
que dice el Apóstol (1 Cor. 13, 7), y es: La caridad todo lo cree, todo lo
espera y todo lo puede. De este grado habló Moisés (Ex. 32, 3132), cuando dijo
a Dios que perdonase al pueblo, y, si no, que le borrase a él del libro de la
vida en que le había escrito. Estos alcanzan de Dios lo que con gusto le piden.
De donde dice David (Sal. 36, 4): Deléitate en Dios, y darte ha las peticiones
de tu corazón. En este grado se atrevió
3. El octavo grado de amor hace al alma asir y apretar sin
soltar, según
4. El nono grado de amor hace arder al alma con suavidad.
Este grado es el de los perfectos, los cuales arden ya en Dios suavemente,
porque este ardor suave y deleitoso les causa el Espíritu Santo por razón de la
unión que tienen con Dios. Por esto dice san Gregorio de los Apóstoles que,
cuando el Espíritu Santo visiblemente vino sobre ellos, que interiormente
ardieron por amor suavemente.
De los bienes y riquezas de Dios que el alma goza en este
grado, no se puede hablar; porque, si de ello escribiesen muchos libros,
quedaría lo más por decir. Del cual, por esto y porque después diremos alguna
cosa, aquí no digo más sino que de éste se sigue el décimo y el último grado de
esta escala de amor, que ya no es de esta vida.
5. El décimo y último grado de esta escala secreta de amor
hace el alma asimilarse totalmente a Dios, por razón de la clara visión de Dios
que luego posee inmediatamente el alma, que, habiendo llegado en esta vida al
nono grado, sale de la carne. Porque éstos, pocos que son, por cuanto ya por el
amor están purgadísimos, no entran en el purgatario. De donde san Mateo (5, 8),
dice: Beati mundo corde, quoniam ipsi Deum videbunt, etc. Y, como decimos, esta
visión es la causa de la similitud total del alma con Dios, porque así lo dice
san Juan (1 Jn. 3, 2), diciendo: Sabemos que seremos semejantes a él, no porque
el alma se hará tan capaz como Dios, porque eso es imposible, sino porque todo
lo que ella es se hará semejante a Dios; por lo cual se llamará, y lo será, Dios
por participación.
6. Esta es la escala secreta que aquí dice el alma, aunque
ya en estos grados de arriba no es muy secreta para el alma, porque mucho se le
descubre el amor por los grandes efectos que en ella hace. Mas en este último
grado de clara visión, que es lo último de la escala donde estriba Dios, como
ya dijimos, ya no hay cosa para el alma encubierta, por razón de la total
asimilación; de donde nuestro Salvador (Jn. 16, 23) dice: En aquel día ninguna
cosa me preguntaréis, etc. Pero hasta este día todavía, aunque el alma más alta
vaya, le queda algo encubierto, y tanto cuanto le falta para la asimilación
total con la divina esencia.
De esta manera, por esta teología mística y amor secreto, se
va el alma saliendo de todas las cosas y de sí misma y subiendo a Dios. Porque
el amor es asimilado al fuego, que siempre sube hacia arriba, con apetito de
engolfarse en el centro de su esfera.
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Declárase esta palabra "disfrazada", y dícense los
colores del disfraz del alma en esta noche.
1. Resta, pues, ahora saber, después que habemos declarado
las causas por que el alma llamaba a esta contemplación secreta escala, acerca
de la tercera palabra del verso, conviene a saber disfrazada, por qué causa
también dice el alma que ella salió por esta secreta escala disfrazada.
2. Para inteligencia de esto conviene saber que disfrazarse
no es otra cosa que disimularse y encubrirse debajo de otro traje y figura que
de suyo tenía: ahora por debajo de aquella forma y traje, mostrar de fuera la
voluntad y pretensión que en el corazón tiene para ganar la gracia y voluntad
de quien bien quiere; ahora también para encubrirse de sus émulos, y así poder hacer
mejor su hecho. Y entonces aquellos trajes y librea toma que más represente y
signifique la afección de su corazón, y con que mejor se pueda acerca de los
contrarios disimular.
3. El alma, pues, aquí tocada del amor del Esposo Cristo,
pretendiendo caerle en gracia y ganarle la voluntad, aquí sale disfrazada con
aquel disfraz que más al vivo represente las afecciones de su espíritu y con
que más segura vaya de los adversarios suyos y enemigos, que son: demonio,
mundo y carne. Y así, la librea que lleva es de tres colores principales, que
son blanco, verde y colorado, por los cuales son denotadas las tres virtudes
teologales, que son: fe, esperanza y caridad, con las cuales no solamente
ganará la gracia y voluntad de su Amado, pero irá muy amparada y segura de sus
tres enemigos. Porque la fe es una túnica interior de una blancura tan
levantada, que disgrega la vista de todo entendimiento. Y así, yendo el alma
vestida de fe, no ve ni atina el demonio a empecerla, porque con la fe va muy
amparada, más que con todas las demás virtudes, contra el demonio, que es el
más fuerte y astuto enemigo.
4. Que, por eso, san Pedro (1 Pe. 5, 9) no halló otro mayor
amparo que ella para librarse de él, cuando dijo: Cui resistite fortes in fide.
Y para conseguir la gracia y unión del Amado no puede el alma haber mejor
túnica y camisa interior, para fundamento y principio de las demás vestiduras
de virtudes, que esta blancura de fe, porque sin ella, como dice el Apóstol
(Heb. 11, 6), imposible es agradar a Dios, y con ella es imposible dejarle de
agradar, pues él mismo dice por el profeta Oseas (2, 20): Desponsabo te mihi in
fide. Que es como decir: Si te quieres, alma, unir y desposar conmigo, has de
venir interiormente vestida de fe.
5. Esta blancura de fe llevaba el alma en la salida de esta
noche oscura, cuando caminando, como habemos dicho arriba, en tinieblas y
aprietos interiores, no dándole su entendimiento algún alivio de luz, ni de
arriba, pues le parecía el cielo cerrado y Dios escondido, ni de abajo, pues
los que la enseñaban no le satisfacían, sufrió con constancia y perseveró,
pasando por aquellos trabajos sin desfallecer y faltar al Amado; el cual en los
trabajos y tribulaciones prueba la fe de su Esposa, de manera que pueda ella
después con verdad decir aquel dicho de David (Sal. 16, 4), es a saber: Por las
palabras de tus labios yo guardé caminos duros.
6. Luego, sobre esta túnica blanca de fe se sobrepone aquí
el alma el segundo color, que es una almilla de verde, por el cual, como dijimos,
es significada la virtud de la esperanza; con la cual, cuanto a lo primero, el
alma se libra y ampara del segundo enemigo, que es el mundo. Porque esta
verdura de esperanza viva en Dios da al alma una tal viveza y animosidad y
levantamiento a las cosas de la vida eterna, que, en comparación de lo que allí
espera, todo lo del mundo le parece, como es la verdad, seco y lacio y muerto,
de ningún valor. Y aquí se despoja y desnuda de todas estas vestiduras y traje
del mundo, no poniendo su corazón en nada, ni esperando nada de lo que hay o ha
de haber en él, viviendo solamente vestida de esperanza de vida eterna. Por lo
cual, teniendo el corazón tan levantado del mundo, no sólo no le puede tocar y
asir el corazón, pero ni alcanzarle de vista.
7. Y así, con esta verde librea y disfraz va el alma muy
segura de este segundo enemigo del mundo. Porque a la esperanza llama san Pablo
(1 Tes. 5, 8) yelmo de salud, que es una arma que ampara toda la cabeza y la
cubre de manera que no la queda descubierto sino una visera por donde ver. Y
eso tiene la esperanza, que todos los sentidos de la cabeza del alma cubre, de
manera que no se engolfan en cosa ninguna del mundo, ni les quede por donde les
pueda herir alguna saeta del siglo. Sólo le deja una visera para que el ojo
pueda mirar hacia arriba, y no más, que es el oficio que de ordinario hace la
esperanza en el alma, que es levantar los ojos a mirar a Dios, como dice David
(Sal. 24, 15) que hacía en él cuando dijo: Oculi mei semper ad Dominum, no
esperando bien ninguno de otra parte, sino, como él mismo en otro salmo (122,
2) dice: Que así como los ojos de la sierva están en las manos de su señora
puestos, así los nuestros en Nuestro Señor Dios, hasta que se apiade de
nosotros, esperando en él.
8. Por esta causa, (es) esta librea verde, porque siempre
está mirando a Dios y no pone los ojos en otra cosa ni se paga sino sólo de él;
se agrada tanto el Amado del alma, que es verdad decir que tanto alcanza de él
cuanto ella de él espera. Que por eso el Esposo en los Cantares (4, 9) le dice
a ella, que en solo el mirar de un ojo le llagó el corazón. Sin esta librea
verde de sólo esperanza de Dios no le convenía al alma salir a esta pretensión
de amor, porque no alcanzara nada, por cuanto la que mueve y vence es la
esperanza porfiada.
9. De esta librea de esperanza va disfrazada el alma por
esta oscura y secreta noche que habemos dicho, pues que va tan vacía de toda
posesión y arrimo, que no lleva los ojos en otra cosa ni el cuidado si no es en
Dios, poniendo en el polvo su boca si por ventura hubiere esperanza, como
entonces alegamos de Jeremías (Lm. 3, 29).
10. Sobre el blanco y verde, para el remate y perfección de
este disfraz y librea, lleva el alma aquí el tercer color, que es una excelente
toga colorada, por la cual es denotada la tercera virtud, que es caridad, con
la cual no solamente da gracia a las otras dos colores, pero hace levantar
tanto al alma de punto, que la pone cerca de Dios tan hermosa y agradable, que
se atreve ella a decir: Aunque soy morena, ¡oh hijas de Jerusalén!, soy
hermosa; y por eso me ha amado el rey, y metídome en su lecho (Ct. 1, 4).
Con esta librea de caridad, que es ya la del amor, que en el
Amado hace más amor, no sólo se ampara y encubre el alma del tercer enemigo,
que es la carne (porque donde hay verdadero amor de Dios, no entrará amor de sí
ni de sus cosas), pero aun hace válidas a las demás virtudes, dándoles vigor y
fuerza para amparar al alma, y gracia y donaire para agradar al Amado con
ellas, porque sin caridad ninguna virtud es graciosa delante de Dios; porque
ésta es la púrpura que se dice en los Cantares (3, 10), sobre que se recuesta
Dios, viéndose en el alma. De esta librea colorada va el alma vestida, cuando,
como arriba queda declarado en la primera canción, en la noche oscura sale de
sí y de todas las cosas criadas, con ansias en amores inflamada, por esta
secreta escala de contemplación, a la perfecta unión de amor de Dios, su amada
salud.
11. Este, pues, es el disfraz que el alma dice que lleva en
la noche de fe por esta secreta escala, y éstas son las tres colores de él; las
cuales son una acomodadísima disposición para unirse el alma con Dios según sus
tres potencias, que son: entendimiento, memoria y voluntad.
Porque la fe oscurece y vacía al entendimiento de toda su
inteligencia y en esto le dispone para unirle con
Y la esperanza vacía y aparta la memoria de toda la posesión
de criatura, porque, como dice san Pablo (Rm. 8, 24), la esperanza es de lo que
no se posee, y así aparta la memoria de lo que se puede poseer, y pónela en lo
que espera. Y por esto la esperanza de Dios sola dispone la memoria puramente
para unirla con Dios.
La caridad, ni más ni menos, vacía y aniquila las afecciones
y apetitos de la voluntad de cualquiera cosa que no es Dios, y sólo se los pone
en él; y así esta virtud dispone esta potencia y la une con Dios por amor. Y
así, porque estas virtudes tienen por oficio apartar al alma de todo lo que es
menos que Dios, le tienen consiguientemente de juntarla con Dios.
12. Y así, sin caminar a las veras con el traje de estas
tres virtudes, es imposible llegar a la perfección de unión con Dios por amor.
De donde, para alcanzar el alma lo que pretendía, que era esta amorosa y
deleitosa unión con su Amado, muy necesario y conveniente traje y disfraz fue
este que tomó aquí el alma. Y también atinársele a vestir y perseverar con él
hasta conseguir pretensión y fin tan deseado como era la unión de amor, fue
gran ventura, y por eso nos lo dice este verso:
¡Oh dichosa ventura!
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Explícase el tercer verso de la segunda canción.
1. Bien claro está que le fue dichosa ventura al alma salir
con una tal empresa, como ésta su salida fue; en la cual se libró del demonio y
del mundo y de su misma sensualidad, como habemos dicho, y, alcanzado la
libertad dichosa y deseada de todos, del espíritu, salió de lo bajo a lo alto,
de terrestre se hizo celestial, y de humana, divina, viniendo a tener su
conversación en los cielos (Fil. 3, 20), como acaece en este estado de
perfección al alma, como en lo restante se irá diciendo, aunque ya con alguna
más brevedad.
2. Porque lo que era de más importancia, y por lo que yo
principalmente me puse en esto, que fue declarar esta noche a muchas almas que,
pasando por ella, estaban de ella ignorantes, como en el prólogo se dice, está
ya medianamente declarado, y dado a entender, aunque harto menos de lo que ello
es: cuántos sean los bienes que consigo trae al alma, y cuán dichosa ventura le
sea al que por ella va, para que, cuando se espantaren con el horror de tantos
trabajos, se animen con la cierta esperanza de tantos y tan aventajados bienes
de Dios como en ella se alcanzan.
También, demás de esto, le fue dichosa ventura al alma por
lo que dice luego en el verso siguiente, es a saber:
A oscuras y en celada.
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Declárase el cuarto verso. Dice el admirable escondrijo en
que es puesta el alma en esta noche, y cómo, aunque el demonio tiene entrada en
otros muy altos no en éste.
1. En celada es tanto como decir: escondido o encubierto. Y
así, lo que aquí dice el alma, conviene a saber, que a oscuras y en celada
salió, es más cumplidamente dar entender la gran seguridad que ha dicho en el
primer verso de esta canción que lleva por medio de esta oscura contemplación
en el camino de la unión de amor de Dios. Decir, pues, el alma a oscuras y en
celada, es decir que, por cuanto iba a oscuras de la manera dicha, iba
encubierta y escondida del demonio y de sus cautelas y asechanzas.
2. La causa por que el alma en la oscuridad de esta
contemplación va libre y escondida de las asechanzas del demonio, es porque la
contemplación infusa, que aquí lleva, se infunde pasiva y secretamente en el
alma a excusas de los sentidos y potencias interiores y exteriores de la parte
sensitiva. Y de aquí es que no sólo del impedimento, que con su natural
flaqueza le pueden ser estas potencias, va escondida y libre, sino también del
demonio, el cual, si no es por medio de estas potencias de la parte sensitiva,
no puede alcanzar ni conocer lo que hay en el alma, ni lo que en ella pasa. De
donde, cuanto la comunicación es más espiritual, interior y remota de los
sentidos, tanto menos el demonio alcanza a entenderla.
3. Y así, es mucho lo que importa para la seguridad del alma
que el trato interior con Dios sea de manera que sus mismos sentidos de la
parte inferior queden a oscuras y ayunos de ello y no lo alcancen: lo uno,
porque haya lugar que la comunicación espiritual sea más abundante, no
impidiendo la flaqueza de la parte sensitiva la libertad del espíritu; lo otro,
porque, como decimos, va más segura, no alcanzando el demonio tan adentro. De
donde podemos entender a este propósito aquella autoridad de nuestro Salvador
(Mt. 6, 3), hablando espiritualmente, conviene a saber: No sepa tu siniestra lo
que hace tu diestra, que es como si dijera: Lo que pasa en la parte diestra,
que es la superior y espiritual del alma, no lo sepa (la siniestra), esto es,
sea de manera que la porción inferior de tu alma, que es la parte sensitiva, no
lo alcance; sea sólo secreto entre el espíritu y Dios.
4. Bien es verdad que muchas veces, cuando hay en el alma y
pasan estas comunicaciones espirituales muy interiores y secretas, aunque el
demonio no alcance cuáles y cómo sean, por la gran pausa y silencio que causan
algunas de ellas en los sentidos y potencias de la parte sensitiva, por aquí hecha
de ver que las hay y que recibe el alma algún bien. Y entonces, como ve que no
puede alcanzar a contradecirlas al fondo del alma, hace cuanto puede por
alborotar y turbar la parte sensitiva, que es donde alcanza, ahora con dolores,
ahora con horrores y miedos, con intento de desquietar y turbar por este medio
a la parte superior y espiritual del alma, acerca de aquel bien que entonces
recibe y goza.
Pero muchas veces, cuando la comunicación de la tal
contemplación tiene su puro embestimiento en el espíritu y hace fuerza en él,
no le aprovecha al demonio su diligencia para desquietarle, antes el alma
entonces recibe nuevo provecho y mayor y más segura paz. Porque, en sintiendo
la turbadora presencia del enemigo, ¡cosa admirable!, que, sin saber cómo es aquello
y sin ella hacer nada de su parte, se entra ella más adentro del fondo
interior, sintiendo ella muy bien que se pone en cierto refugio, donde se ve
estar más alejada del enemigo y escondida, y allí aumentársele la paz y el gozo
que el demonio le pretendía quitar. Y entonces todo aquel temor le cae por
defuera, sintiéndolo ella claramente y holgándose de verse tan a lo seguro
gozar de aquella quieta paz y sabor del Esposo escondido, que ni mundo ni
demonio puede dar ni quitar, sintiendo allí el alma la verdad de lo que
5. Otras veces, cuando la comunicación espiritual no
comunica mucho en el espíritu, sino que participa en el sentido, con más
facilidad alcanza el demonio a turbar el espíritu y alborotarle por medio del
sentido con estos horrores. Y entonces es grande el tormento y pena que causa
en el espíritu, y algunas veces más de lo que se puede decir; porque, como va
de espíritu a espíritu desnudamente, es intolerable el horror que causa el malo
en el bueno, digo en el del ánima, cuando le alcanza su alboroto. Lo cual
también da a entender
6. Otras veces acaece, y esto cuando es por medio del ángel
bueno, que algunas veces el demonio echa de ver alguna merced que Dios quiere
hacer al alma. Porque las que son por este medio del ángel bueno,
ordinariamente permite Dios que las entienda el adversario: lo uno, para que
haga contra ellas lo que pudiere según la proporción de la justicia, y así no
pueda alegar el demonio de su derecho, diciendo que no le dan lugar para
conquistar al alma, como hizo de Job (1, 911; 2, 48); lo cual sería si no
dejase Dios lugar a que hubiese cierta paridad en los dos guerreros, conviene a
saber, el ángel bueno y el malo, acerca del alma, y así la victoria de
cualquiera sea más estimada, y el alma victoriosa y fiel en la tentación sea
más premiada.
7. Donde nos conviene notar que ésta es la causa por que, a
la misma medida y modo que va Dios llevando al alma y habiéndose con ella, da
licencia al demonio para que de esa misma manera se haya él con ella: que, si
tiene visiones verdaderas por medio del ángel bueno (que ordinariamente son por
este medio, aunque se muestre Cristo, porque él en su misma persona casi nunca
parece), también da Dios licencia al ángel malo para que en aquel mismo género
se las pueda representar falsas, de manera que, según son de aparentes, el alma
que no es cauta fácilmente puede ser engañada, como muchas de esta manera lo
han sido. De lo cual hay figura en el Exodo (7, 1112; 8, 7), donde se dice
que, todas las señales que hacía Moisés verdaderas, hacían también los mágicos
de Faraón aparentes; que, si él sacaba ranas, ellos también las sacaban; si él
volvía el agua en sangre, ellos también la volvían.
8. Y no sólo en este género de visiones corporales imita,
sino también en las espirituales comunicaciones, cuando son por medio del
ángel, alcanzándolas a ver, como decimos, porque, como dice Job (41, 25): Omne
sublime videt, imita y se entremete. Aunque en éstas, como son sin forma y
figura (porque de razón del espíritu es no tenerla), no las puede él imitar y
formar como las otras que debajo de alguna especie o figura se representan. Y
así, para impugnarla, al mismo modo que el alma es visitada, represéntala su
temor espiritual para impugnar y destruir espiritual con espiritual.
Cuando esto acaece así, al tiempo que el ángel bueno va a
comunicar al alma la espiritual contemplación, no puede el alma ponerse tan presto
en lo escondido y celada de la contemplación que no sea notada del demonio y la
alcance de vista con algún horror y turbación espiritual, a veces harto penosa
para el alma. Entonces algunas veces se puede el alma despedir presto, sin que
haya lugar de hacer en ella impresión en el dicho horror del espíritu malo, y
se recoge dentro de sí, favorecida para esto de la eficaz merced espiritual que
el ángel bueno entonces le hace.
9. Otras veces prevalece el demonio y comprehende al alma la
turbación y el horror, lo cual es al alma de mayor pena que ningún tormento de
esta vida le podría ser; porque, como esta horrenda comunicación va de espíritu
a espíritu, algo desnuda y claramente de todo lo que es cuerpo, es penosa sobre
todo sentido; y dura esto algún tanto en el espíritu, no mucho, porque saldría
el espíritu de las carnes con la vehemente comunicación del otro espíritu;
después queda la memoria que basta para dar gran pena.
10. Todo esto que habemos dicho pasa en el alma pasivamente,
sin ser ella parte en hacer y deshacer acerca de ello. Pero es aquí de saber
que, cuando el ángel bueno permite al demonio esta ventaja de alcanzar al alma
con este espiritual horror, hácelo para purificarla y disponerla con esta
vigilia espiritual para alguna gran fiesta y merced espiritual: que le quiere
hacer el que nunca mortifica sino para dar vida, ni humilla sino para ensalzar
(1 Re. 2, 67). Lo cual acaece de allí a poco, que el alma, conforme a la
purgación tenebrosa y horrible que padeció, goza de admirable y sabrosa
contemplación espiritual, a veces tan subida, que no hay lenguaje para ella;
pero sutilizóla mucho el espíritu para poder recibir este bien el antecedente
horror del espíritu malo; porque estas visiones espirituales más son de la otra
vida que de ésta, y, cuando se ve una, dispone para otra.
11. Lo dicho se entiende acerca de cuando visita Dios al
alma por medio del ángel bueno, en lo cual no va ella, según se ha dicho,
totalmente tan a oscuras y en celada, que no le alcance algo el enemigo. Pero
cuando Dios por sí mismo la visita, entonces se verifica bien el dicho verso,
porque totalmente a oscuras y en celada del enemigo recibe las mercedes
espirituales de Dios. La causa es porque como Su Majestad mora sustancialmente
en el alma, donde ni ángel ni demonio puede llegar a entender lo que pasa, no
puede conocer las íntimas y secretas comunicaciones que entre ella y Dios allí
pasan. Estas, por cuanto las hace el Señor por sí mismo, totalmente son divinas
y soberanas, porque todos son toques sustanciales de divina unión entre el alma
y Dios, en uno de los cuales, por ser éste el más alto grado de oración que
hay, recibe el alma mayor bien que en todo el resto.
12. Porque éstos son los toques que ella le entró pidiendo
en los Cantares (1, 1), diciendo: Osculetur me osculo oris sui, etc. Que por
ser cosa que tan a lo justo pasa con Dios, donde el alma con tantas ansias
codicia llegar, estima y codicia un toque de esta Divinidad más que todas las
demás mercedes que Dios le hace. Por lo cual, después que en los dichos
Cantares le había hecho muchas, que ella allí ha contado, no hallándose
satisfecha, dice, pidiendo estos toques divinos: ¿Quién te me dará hermano mío,
que te hallase yo sola afuera mamando de los pechos de mi madre, porque con la
boca de mi alma te besase, y así no me despreciase ni se me atreviese ninguno?
(8, 1). Dando a entender por esto que, siendo la comunicación que Dios le
hiciese para sí sólo, como vamos diciendo, afuera y a excusa de todas las
criaturas, que esto quiere decir "solo y afuera mamando", esto es,
enjugando y apagando los pechos de los apetitos y afecciones de la parte
sensitiva (lo cual es cuando ya con libertad de espíritu, sin que la parte
sensitiva alcance a impedirlo, ni el demonio por medio de ella a contradecirlo,
goza el alma en sabor y paz íntima estos bienes), que entonces no se le
atrevería el demonio, porque no lo alcanzaría, ni podrá llegar a entender estos
divinos toques en la sustancia del alma en la amorosa sustancia de Dios.
14. Cuando acaece que aquellas mercedes se le hacen al alma
en celada, que es sólo, como habemos dicho, en espíritu, suele en algunas de
ellas el alma verse sin saber cómo es aquello, tan apartada y alejada según la
parte espiritual y superior de la porción inferior y sensitiva, que conoce en
sí dos partes tan distintas entre sí, que le parece no tiene que ver la una con
la otra, pareciéndole que está muy remota y apartada de la una. Y la verdad, en
cierta manera así lo está; porque según la operación, que entonces es toda
espiritual, no comunica en la parte sensitiva. De esta suerte se va haciendo el
alma toda espiritual; en estos escondrijos de contemplación unitiva se le
acaban por sus términos de quitar las pasiones y apetitos espirituales en mucho
grado. Y así, hablando de la porción superior del alma, dice luego este último
verso:
Estando ya mi casa sosegada.
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Acábase de explicar la segunda canción.
1. Lo cual es tanto como decir: estando la porción superior
de mi alma ya también, como la inferior, sosegada según sus apetitos y
potencias, salí a la divina unión de amor de Dios.
2. Por cuanto de dos maneras por medio de aquella guerra de
la oscura noche, como queda dicho, es combatida y purgada el alma, conviene a
saber, según la parte sensitiva y la espiritual, con sus sentidos, potencias y
pasiones, también de dos maneras, conviene saber, según estas dos partes
sensitiva y espiritual, con todas sus potencias y apetitos, viene el alma a
conseguir paz y sosiego. Que, por eso, como también queda dicho, repite dos veces
este verso, conviene a saber, en esta canción y la pasada, por razón de estas
dos porciones del alma, espiritual y sensitiva; las cuales, para poder ella
salir a la divina unión de amor, conviene que estén primero reformadas,
ordenadas y quietas acerca de lo sensitivo y espiritual conforme al modo del
estado de la inocencia que había en Adán. Y así este verso, que en la primera
canción es entendido del sosiego de la porción inferior y sensitiva, en esta
segunda se entiende particularmente de la superior y espiritual, que por eso le
ha repetido dos veces.
3. Este sosiego y quietud de esta casa espiritual viene a
conseguir el alma, habitual y perfectamente, según esta condición de vida
sufre, por medio de los actos de toques sustanciales de unión que acabamos de
decir, y que, en celada y escondida de la turbación del demonio y de los
sentidos y pasiones, ha ido recibiendo de
El cual, luego que estas dos casas del alma se acaban de
sosegar y fortalecer en uno con todos sus domésticos de potencias y apetitos,
poniéndolos en sueño y silencio acerca de todas las cosas de arriba y de abajo,
inmediatamente esta divina Sabiduría se une en el alma con un nuevo nudo de
posesión de amor, y se cumple como ella lo dice en el libro de
4. No se puede venir a esta unión sin gran pureza, y esta
pureza no se alcanza sin gran desnudez de toda cosa criada y viva
mortificación. Lo cual es significado por desnudar el manto a
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En que brevemente se declara la tercera canción.
CANCIÓN 3ª
En la noche dichosa, en secreto, que nadie me veía, ni yo
miraba cosa, sin otra luz y guía sino la que en el corazón ardía.
1. Continuando todavía el alma la metáfora y semejanza de la
noche temporal en esta suya espiritual, va todavía contando y engrandeciendo
las buenas propiedades que hay en ella, y que por medio de ella halló y llevó,
para que breve y seguramente consiguiese su deseado fin, de las cuales aquí
pone tres.
2. La primera, dice, es que en esta dichosa noche de
contemplación lleva Dios el alma por tan solitario y secreto modo de
contemplación y tan remoto y ajeno del sentido, que cosa ninguna perteneciente
a él, ni toque de criatura, alcanza a llegarle al alma, de manera que la
estorbase y detuviese en el camino de la unión de amor.
3. La segunda propiedad que dice, es por causa de las
tinieblas espirituales de esta noche, en que todas las potencias de la parte
superior del alma están a oscuras; no mirando el alma ni pudiendo mirar en
nada, no se detiene en nada fuera de Dios para ir a él, por cuanto va libre de
los obstáculos de formas y figuras y de las aprehensiones naturales, que son
las que suelen empachar el alma para no se unir siempre con el ser de Dios.
4. La tercera es que, aunque ni va arrimada a alguna
particular luz interior del entendimiento ni a alguna guía exterior para
recibir satisfacción de ella en este alto camino, teniéndola privada de todo
esto estas oscuras tinieblas; pero el amor solo que en este tiempo arde,
solicitando el corazón por el Amado, es el que guía y mueve al alma entonces, y
la hace volar a su Dios por el camino de la soledad, sin ella saber cómo y de
qué manera.
Síguese el verso:
En la noche dichosa.
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FIN DE
ÍNDICE
DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE
ÍNDICE DEL CANTO ESPIRITUAL A
Prólogo
Canciones entre el alma y el Esposo
Canciones
Cancion 1. Adónde te escondiste Canción 2. Pastores, los que
fuéredes Canción 3. Buscando mis amores Canción 4. Oh bosques y espesuras
Canción 5. Mil gracias derramando Canción 6. Ay, quién podrá sanarme Canción 7.
Y todos cuantos vagan Canción 8. Mas, cómo perseveras Canción 9. Por qué, pues
has llagado Canción 10. Apaga mis enojos Canción 11. Oh cristalina fuente
Canción 12. Apártalos, Amado Canción
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DECLARACIÓN DE LAS CANCIONES QUE TRATAN DEL EJERCICIO DE
AMOR ENTRE EL ALMA Y EL ESPOSO CRISTO, EN
1. Por cuanto estas canciones, religiosa Madre, parecen ser
escritas con algún fervor de amor de Dios, cuya sabiduría y amor es tan
inmenso, que, como se dice en el libro de
Las cuales semejanzas, no leídas con la sencillez del
espíritu de amor e inteligencia que ellas llevan, antes parecen dislates que
dichos puestos en razón, según es de ver en los divinos Cantares de Salomón y
en otros libros de
2. Por haberse, pues, estas canciones compuesto en amor de
abundante inteligencia mística, no se podrán declarar al justo, ni mi intento
será tal, sino sólo dar alguna luz en general, pues Vuestra Reverencia así lo
ha querido, y esto tengo por mejor, porque los dichos de amor es mejor dejarlos
en su anchura para que cada uno de ellos se aproveche según su modo y caudal de
espíritu, que abreviarlos a un sentido a que no se acomode todo paladar. Y así,
aunque en alguna manera se declaran, no hay para qué atarse a la declaración;
porque la sabiduría mística (la cual es por amor, de que las presentes
canciones tratan) no ha menester distintamente entenderse para hacer efecto de
amor y afición en el alma, porque es a modo de la fe, en la cual amamos a Dios
sin entenderle.
3. Por tanto, seré bien breve, aunque no podrá ser menos de
alargarme en algunas partes donde lo pidiere la materia y donde se ofreciere
ocasión de tratar y declarar algunos puntos y efectos de oración, que, por
tocarse en las canciones muchos, no podrá ser menos de tratar algunos. Pero,
dejando los más comunes, notaré brevemente los más extraordinarios que pasan
por los que han pasado, con el favor de Dios, de principiantes. Y esto por dos
cosas: la una, porque para los principiantes hay muchas cosas escritas; la
otra, porque en ello hablo con Vuestra Reverencia por su mandado, a la cual
Nuestro Señor ha hecho merced de haberla sacado de esos principios y llevádola
más adentro del seno de su amor divino. Y así espero que, aunque se escriben
aquí algunos puntos de teología escolástica acerca del trato interior del alma
con su Dios, no será en vano haber hablado algo a lo puro del espíritu en tal
manera; pues, aunque a Vuestra Reverencia le falte el ejercicio de teología
escolástica, con que se entienden las verdades divinas, no la falta el de la
mística, que se sabe por amor, en que no solamente se saben, mas juntamente se
gustan.
4. Y por que lo que dijere (lo cual quiero sujetar al mejor
juicio, y totalmente al de
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CANCIONES ENTRE EL ALMA Y EL ESPOSO [San Juan de
ÍNDICE
DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE
ÍNDICE DEL CANTO ESPIRITUAL A
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CANCIONES
ENTRE EL ALMA Y EL ESPOSO
1. ¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti clamando, y eras ido.
2. Pastores, los que fuerdes allá por las majadas al otero: si
por ventura vierdes aquel que yo más quiero, decidle que adolezco, peno y
muero.
3. Buscando mis amores iré por esos montes y riberas; ni
cogeré las flores, ni temeré las fieras, y pasaré los fuertes y fronteras.
Pregunta a las criaturas
4. ¡Oh bosques y espesuras, plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras, de flores esmaltado! Decid si por vosotros ha pasado.
Respuesta de las criaturas
5. Mil gracias derramando pasó por estos sotos con presura,
e, yéndolos mirando, con sola su figura vestidos los dejó de hermosura.
Esposa
6. ¡Ay, quién podrá sanarme! Acaba de entregarte ya de vero;
no quieras enviarme de hoy más ya mensajero, que no saben decirme lo que
quiero.
7. Y todos cuantos vagan de ti me van mil gracias
refiriendo, y todos más me llagan, y déjame muriendo un no sé qué que quedan
balbuciendo.
8. Mas ¿cómo perseveras, ¡oh vida!, no viviendo donde vives,
y haciendo porque mueras las flechas que recibes de lo que del Amado en ti
concibes?
9. ¿Por qué pues has llagado aqueste corazón, no le sanaste?
Y, pues me le has robado, ¿por qué así le dejaste, y no tomas el robo que
robaste?
10. Apaga mis enojos, pues que ninguno basta a deshacellos,
y véante mis ojos, pues eres lumbre dellos, y sólo para ti quiero tenellos.
11. ¡Oh cristalina fuente, si en esos tus semblantes
plateados formases de repente los ojos deseados que tengo en mis entrañas
dibujados!
12. Apártalos, Amado, que voy de vuelo.
El Esposo
Vuélvete, paloma, que el ciervo vulnerado por el otero asoma
al aire de tu vuelo, y fresco toma.
14. la noche sosegada en par de los levantes de la aurora,
la música callada, la soledad sonora, la cena que recrea y enamora.
15. Nuestro lecho florido, de cuevas de leones enlazado, en
púrpura tendido, de paz edificado, de mil escudos de oro coronado.
17. En la interior bodega de mi Amado bebí, y cuando salía
por toda aquesta vega, ya cosa no sabía, y el ganado perdí que antes seguía.
18. Allí me dio su pecho, allí me enseñó ciencia muy
sabrosa; y yo le di de hecho a mí, sin dejar cosa: allí le prometí de ser su
Esposa.
20. Pues ya si en el ejido de hoy más no fuere vista ni
hallada, diréis que me he perdido; que, andando enamorada, me hice perdidiza, y
fui ganada.
21. De flores y esmeraldas, en las frescas mañanas
escogidas, haremos las guirnaldas en tu amor florecidas, y en un cabello mío
entretejidas.
22. En solo aquel cabello que en mi cuello volar
consideraste, mirástele en mi cuello, y en él preso quedaste, y en uno de mis
ojos te llagaste.
23. Cuando tú me mirabas, su gracia en mí tus ojos
imprimían; por eso me adamabas, y en eso merecían los míos adorar lo que en ti
vían.
24. No quieras despreciarme, que, si color moreno en mí
hallaste, ya bien puedes mirarme después que me miraste, que gracia y hermosura
en mí dejaste.
25. Cogednos las raposas, que está ya florecida nuestra
viña, en tanto que de rosas hacemos una piña, y no parezca nadie en la montiña.
26. Detente, cierzo muerto; ven, austro, que recuerdas los
amores, aspira por mi huerto, y corran sus olores, y pacerá el Amado entre las
flores.
Esposo
27. Entrado se ha la esposa en el ameno huerto deseado, y a
su sabor reposa, el cuello reclinado sobre los dulces brazos del Amado.
28. Debajo del manzano, allí conmigo fuiste desposada, allí
te di la mano, y fuiste reparada donde tu madre fuera violada.
30. por las amenas liras y canto de serenas os conjuro que
cesen vuestras iras, y no toquéis al muro, porque la esposa duerma más seguro.
Esposa
31. ¡Oh ninfas de Judea!, en tanto que en las flores y
rosales el ámbar perfumea, morá en los arrabales, y no queráis tocar nuestros
umbrales.
32 Escóndete, Carillo, y mira con tu haz a las montañas, y
no quieras decillo; mas mira las compañas de la que va por ínsulas extrañas.
Esposo
33. La blanca palomica al arca con el ramo se ha tornado; y
ya la tortolica al socio deseado en las riberas verdes ha hallado.
34. En soledad vivía, y en soledad ha puesto ya su nido; y
en soledad la guía a solas su querido, también en soledad de amor herido.
Esposa
35. Gocémonos, Amado, y vámonos a ver en tu hermosura al
monte o al collado do mana el agua pura; entremos más adentro en la espesura.
36. Y luego a las subidas cavernas de la piedra nos iremos,
que están bien escondidas, y allí nos entraremos, y el mosto de granadas
gustaremos.
37. Allí me mostrarías aquello que mi alma pretendía, y
luego me darías allí, tú, vida mía, aquello que me diste el otro día:
38. El aspirar del aire, el canto de la dulce filomena, el
soto y su donaire, en la noche serena, con llama que consume y no da pena.
39. Que nadie lo miraba, Aminadab tampoco parecía, y el
cerco sosegaba, y la caballería a vista de las aguas descendía.
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CANCIÓN 1
[San Juan de
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COMIENZA
¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Como
el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti clamando, y eras ido.
1. En esta primera canción, el alma enamorada del Verbo Hijo
de Dios, su Esposo, deseando unirse con él por clara y esencial visión, propone
sus ansias de amor, querellándose a él de la ausencia, mayormente que, estando
ella herida de su amor, por el cual ha salido de todas las cosas y de sí misma,
todavía haya de padecer la ausencia de su Amado, no desatándola ya de la carne
mortal para poderle gozar en gloria de eternidad; y así, dice:
¿Adónde te escondiste?
2. Y es como si dijera: Verbo, Esposo mío, muéstrame el
lugar do estás escondido. En lo cual le pide la manifestación de su divina
esencia; porque el lugar do está escondido el Hijo de Dios, es, como dice san
Juan (Jn 1, 18), el seno del Padre, que es la esencia divina, la cual es ajena
y escondida de todo ojo mortal y de todo entendimiento. Lo cual quiso decir
Isaías (Is 45, 15), cuando dijo: Verdaderamente tú eres Dios escondido. Donde
es de notar que, por grandes comunicaciones y presencias, y altas y subidas
noticias de Dios que una alma en esta vida tenga, no es aquello esencialmente
Dios, ni tiene que ver con él, porque todavía, en la verdad, le está al alma
escondido, y siempre le conviene al alma sobre todas esas grandezas tenerle por
escondido y buscarle escondido, diciendo: ¿Adónde te escondiste? Porque ni la
alta comunicación y presencia sensible es más testimonio de su presencia, ni la
sequedad y carencia de todo eso en el alma es menos testimonio de su presencia
en ella. Por lo cual dice el profeta Job (Job 9,11): Si venerit ad me, non videbo
eum; et si abierit, non intelligam, que quiere decir: Si viniere a mí (es a
saber, Dios), no le veré; y si se fuere, no lo entenderé. En lo cual se ha de
entender que, si el alma sintiere grande comunicación o noticia de Dios o otro
algún sentimiento, no por eso se ha de persuadir a que aquello sea tener más a
Dios o estar más en Dios; ni tampoco que aquello que siente o entiende sea
esencialmente Dios, aunque más ello sea, y que si todas esas comunicaciones
sensibles e inteligibles le faltaren, no ha de pensar que por eso le falta
Dios, pues que realmente ni por lo uno puede saber de cierto estar en su
gracia, ni por lo otro estar fuera de ella, diciendo el Sabio (Ecle. 9, 1):
Nemo scit utrum amore an odio dignus sit, que quiere decir: Ningún hombre mortal
puede saber si es digno de gracia o aborrecimiento de Dios. De manera que el
intento del alma en este presente verso no es pedir sólo la devoción afectiva y
sensible, en que no hay certeza ni claridad de la posesión graciosa del Esposo
en esta vida, sino también la presencia y clara visión de su esencia, con que
desea estar certificada y satisfecha en la gloria.
3. Esto mismo quiso decir
4. Y es de notar, para saber hallar este Esposo (cual en
esta vida se puede), que el Verbo, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo,
está esencialmente en el íntimo centro del alma escondido; por tanto, el alma
que por unión de amor le ha de hallar, conviénele salir y esconderse de todas
las cosas criadas según la voluntad y entrarse en sumo recogimiento dentro de
sí misma, comunicándose allí con Dios en amoroso y afectuoso trato, estimando
todo lo que hay en el mundo como si no fuese. Que por eso san Agustín, hablando
en los Soliloquios con Dios, decía: No te hallaba yo, Señor, de fuera, porque
mal te buscaba de fuera a ti que estabas dentro. Está, pues, en el alma
escondido, y allí le ha de buscar el buen contemplativo, diciendo: ¿Adónde te
escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
5. Llámale Amado para más moverle e inclinarle a su ruego,
porque, cuando Dios es amado de veras, con gran facilidad oye los ruegos de su
amante. Y entonces se puede de verdad llamar Amado, cuando el alma está entera
con él, no teniendo su corazón en otra cosa alguna fuera de él. De donde
algunos llaman al Esposo Amado, y no es su Amado de veras, porque no tienen con
él entero su corazón; y así, su petición no es en la presencia del Esposo de
tanto valor.
6. Y en lo que dice luego: Y me dejaste con gemido, es de
notar que la ausencia del Amado es un continuo gemido en el corazón del amante,
porque, como fuera de él nada ama, en nada descansa ni recibe alivio. De donde
en esto se conocerá si alguno de veras a Dios ama, si con alguna cosa menos que
Dios no se contenta.
Este gemido dio bien a entender san Pablo (Rm. 8, 23) cuando
dijo: Nos intra nos gemimus, expectantes adoptionem filiorum Dei, esto es:
Nosotros dentro de nosotros tenemos el gemido, esperando la adopción y posesión
de hijos de Dios; que es como si dijera: dentro de nuestro corazón, donde
tenemos la prenda, sentimos lo que nos aqueja, que es la ausencia. Este, pues,
es el gemido que el alma tiene siempre en el sentimiento de la ausencia de su
Amado, mayormente cuando, habiendo gustado alguna dulce y sabrosa comunicación
suya la dejó seca y sola. Lo cual sintiendo ella mucho, dice luego:
Como el ciervo huiste,
7. Donde es de notar que en los Cantares (Ct 2, 9) compara
Habiéndome herido.
8. Y es como si dijera: no sólo me bastaba la pena y el
dolor que ordinariamente padezco en tu ausencia, sino que, hiriéndome más de
amor con tu flecha y aumentado la pasión y apetito de tu vista huyas con
ligereza de ciervo y no te dejes comprehender algún tanto siquiera.
9. Para más declaración de este verso es de saber que,
allende de otras muchas diferencias de visitas que Dios hace al alma, con que
la llaga y levanta en amor, suele hacer unos encendidos toques de amor, que a
manera de saeta de fuego hieren y traspasan al alma y la dejan toda cauterizada
con fuego de amor. Y éstas propiamente se llaman heridas de amor, de las cuales
habla aquí el alma. Inflaman éstas tanto la voluntad en afición, que se está el
alma abrasando en fuego y llama de amor; tanto, que parece consumirse en
aquella llama, y la hace salir fuera de sí y renovar toda y pasar a nueva
manera de ser, así como el ave fénix, que se quema y renace de nuevo.
De lo cual hablando David (Sal. 72, 2122), dice:
Inflammatum est cor meum, et renes mei commutati sunt, et ego ad nihilum
redactus sum, et nescivi, que es decir: Fue inflamado mi corazón, y mis renes
se mudaron, y yo fui resuelto en nada y no supe. Los apetitos y afectos que
aquí entiende el profeta por renes, todos se conmueven, mudándose en divinos en
aquella inflamación amorosa del corazón; y el alma por amor se resuelve en
nada, nada sabiendo sino sólo amor. Y a este tiempo amoroso es la conmutación
de estas renes de apetitos de voluntad hecha en grande manera de tormento en
ansia de ver a Dios; tanto, que le parece al alma intolerable el rigor de que
con ella usa el amor; no porque la haya herido (porque antes tiene ella las
tales heridas de amor por salud), sino porque la dejó así herida penando, y no
la hirió más hasta acabarla de matar, para poder verse juntamente con él en
revelada y clara vista de perfecto amor. Por tanto, encareciendo o declarando
el dolor de la herida en amor a causa de la ausencia, dijo: Habiéndome herido.
10. Y este sentimiento tan grande acaece así en el alma por
cuanto en aquella herida de amor, que hace Dios en ella, levántase la voluntad
del alma con súbita presteza a la posesión del Amado, que sintió estar cerca
por el toque suyo que sintió de amor. Y con esa misma presteza siente la
ausencia y el gemido juntamente, por cuanto en ese mismo momento se le
desaparece y esconde, y se queda ella en vacío y con tanto más dolor y gemido,
cuanto era mayor el apetito de comprehender. Porque estas visitas de heridas de
amor no son como otras en que Dios suele recrear y satisfacer al alma,
llenándola de pacífica suavidad y reposo; porque éstas sólo las hace él más
para llagar que para sanar, y más para lastimar que para satisfacer, pues no
sirven más de para avivar la noticia y aumentar el apetito y, por el
consiguiente, el dolor.
Estas se llaman heridas de amor, que son al alma
sabrosísimas; por lo cual querría ella estar siempre muriendo mil muertes a
estas lanzadas, porque la hacen salir de sí y entrar en Dios. Lo cual da ella a
entender en el verso siguiente, diciendo:
Salí tras ti clamando, y eras ido.
11. En las heridas de amor no puede haber medicina sino de
parte del que hirió, y por eso dice que salió clamando, esto es, pidiendo
medicina tras del que la había herido, clamando con la fuerza del fuego causado
de la herida.
Y es de saber que este salir se entiende de dos maneras: la
una, saliendo de todas las cosas, lo cual se hace por desprecio y
aborrecimiento de ellas; la otra, saliendo de sí misma por olvido y descuido de
sí, lo cual se hace por aborrecimiento santo de sí misma en amor de Dios; el
cual de tal manera levanta al alma, que la hace salir de sí y de sus quicios y
modos naturales, clamando por Dios. Y esas dos maneras de salir entiende aquí
el alma cuando dice: salí, porque esas dos son menester, y no menos, para ir tras
Dios y entrar en él. Y así es como si dijera: Esposo mío, en aquel toque tuyo y
herida de amor, sacásteme no sólo de todas las cosas, enajenándome de ellas,
mas también me hiciste salir de mí (porque, a la verdad, y aun de las carnes
parece que entonces saca Dios al alma) y levantásteme a ti, clamando por ti,
desasida ya de todo para asirme a ti.
12. Y eras ido, como si dijera: al tiempo que quise
comprehender tu presencia no te hallé, y quedéme vacía y desasida de todo por
ti y sin asirme a ti, penando en los aires de amor sin arrimo de ti y de mí.
Esto que aquí llama el alma salir para ir a Dios, llama
Por eso, el que está enamorado de Dios vive siempre en esta
vida penado, porque él está ya entregado a Dios, esperando la paga en la misma
moneda, conviene a saber, de la entrega de la clara posesión y vision de Dios,
clamando por ella, y en esta vida no se le da, y, habiéndose ya perdido de amor
por Dios, no ha hallado la ganancia de su pérdida, pues carece de la dicha
posesión del Amado, porque él se perdió. Por tanto, el que anda penado por
Dios, señal es que se ha dado a Dios y que le ama.
13. Esta pena y sentimiento de la ausencia de Dios suele ser
tan grande en los que van llegándose a perfección, al tiempo de estas divinas
heridas, que, si no proveyese el Señor, morirían, porque, como tienen el
paladar de la voluntad y el espíritu limpio y sano, bien dispuesto para Dios, y
en lo dicho se les da a gustar algo de la dulzura del amor, que ellos sobre
todo modo apetecen, padecen sobre todo modo; porque, como por resquicios, se
les muestra un inmenso bien y no se les concede: así es inefable la pena y el
tormento.
Inicio
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Pastores, los que fuerdes allá por las majadas al otero, si
por ventura vierdes aquel que yo más quiero, decilde que adolezco, peno y
muero.
1. En esta canción el alma se quiere aprovechar de terceros
y medianeros para con su Amado, pidiéndoles le den parte de su dolor y pena;
porque propiedad es del amante, ya que por la ausencia no puede comunicarse,
hacerlo por los mejores medios que puede; y así el alma, de sus deseos, afectos
y gemidos, se quiere aquí aprovechar como de mensajeros que tan bien saben
manifestar los secretos del corazón; y así, dice:
Pastores, los que fuerdes,
2. llamando pastores a los afectos y deseos, porque ellos
apacientan al alma de bienes espirituales (porque pastor quiere decir apacentador),
y mediante ellos se comunica Dios a ella, porque sin ellos no se le comunica. Y
dice: Los que fuerdes, es a saber, los que de puro amor saliéredes, porque no
todos van, sino los que salen de fiel amor.
Allá por las majadas al otero.
3. Llama majadas a los coros de los ángeles, por los cuales
de coro en coro van nuestros gemidos y oraciones a Dios; al cual llama otero
porque, así como el otero es alto, así Dios es la suma alteza, y porque en
Dios, como en el otero, se otean y ven todas las cosas; al cual van nuestras
oraciones, ofreciéndoselas los ángeles, como habemos dicho, porque ellos son
los que le ofrecen nuestras oraciones y deseos, según lo dijo el ángel al santo
Tobías (Tb 12, 12), diciendo: Quando orabas cum lachrymis et sepeliebas, etc.,
ego obtuli orationem tuam Domino, que quiere decir: Cuando orabas con lágrimas
y enterrabas los muertos, yo ofrecí al Señor tu oración.
También se pueden entender estos pastores, que aquí dice el
alma, por los mismos ángeles; porque no sólo llevan a Dios nuestros recaudos,
sino también traen los de Dios a nuestras almas, apacentándolas como buenos
pastores de dulces inspiraciones y comunicaciones de Dios, por cuyo medio
también Dios las hace, y ellos nos amparan de los lobos, que son los demonios,
y nos defienden de ellos como buenos pastores.
Si por ventura vierdes.
4. Y es tanto como decir: si por mi buena dicha y ventura
llegáredes a su presencia, de suerte que os vea y os oiga. Donde es de notar
que, aunque es verdad que Dios todo lo sabe y entiende, y hasta los mínimos
pensamientos del alma ve y nota (Dt. 31, 12), entonces se dice ver nuestras
necesidades o oirlas, cuando las remedia o las cumple. Porque no cualesquier
necesidades ni cualesquier peticiones llegan a colmo que las oiga Dios para
cumplirlas, hasta que en sus ojos llegue bastante tiempo y sazón y número para
concederlas o remediarlas; y entonces se dice verlas y oírlas, según es de ver
en el Exodo (Ex 3, 78), donde, después de cuatrocientos años que los hijos de
Israel habían estado afligidos en la servidumbre de Egipto, dijo Dios a Moisés:
Vidi aflictionem populi mei in Aegipto et clamorem eius audivi, etc., et
descendi liberare eum, esto es: Vi la aflicción de mi pueblo y he oído su
clamor, y he bajado para librarlos, como quiera que siempre la hubiese visto;
pero entonces se dijo verla cuando por la obra quiso cumplirla. Y también dijo
san Gabriel a Zacarías (Lc. 1, 13): Ne timeas, Zacharia, quioniam exaudita est
desprecatio tua, que quiere decir: No temas Zacarías, porque es oída tu oración,
es a saber, concediéndole el hijo que muchos años le había andado pidiendo,
como quiera que siempre le hubiese oído. Y así ha de entender cualquiera alma
que, aunque Dios no acuda luego a su necesidad y ruego, no por eso, si ella no
lo desmerece, dejará de acudir en el tiempo debido y portuno, el cual es, como
dice David (Sal. 9, 10), adiutor in opportunitatibus, in tribulatione, esto es,
ayudador en las oportunidades y en la tribulación. Quiere, pues, decir aquí el
alma cuando dice: Si por ventura vierdes, si por mi buena ventura ha llegado el
tiempo y sazón en que mis deseos y peticiones hayan llegado a que los vea para
cumplírmelos,
aquel que yo más quiero,
5. es a saber, más que a todas las cosas. Y entonces,
hablando a lo perfecto, le quiere más que a todas las cosas el alma, cuando no
se le pone nada por delante que la impida hacer y padecer por él cualquier
cosa. A éste, pues, que ella más quiere, envía por mensajeros a sus deseos con
el recaudo de sus necesidades y penas, diciendo:
Decilde que adolezco, peno y muero.
6. Tres maneras de necesidades representa aquí el alma,
conviene a saber: dolencia, pena y muerte. Porque el alma que de veras ama,
ordinariamente en el sentimiento de la ausencia de Dios padece de estas tres
maneras dichas, según las tres potencias del alma, que son: entendimiento,
voluntad y memoria. Acerca del entendimiento adolece, porque no ve a Dios, que
es la salud del entendimiento. Acerca de la voluntad pena, porque carece de la
posesión de Dios, que es el descanso, refrigerio y deleite de la voluntad.
Acerca de la memoria muere, porque, acordándose que carece de todos los bienes
del entendimiento, que es ver a Dios, y de todos los deleites de la voluntad,
que es poseerle, y que también es muy posible carecer de él para siempre,
padece en esta memoria a manera de muerte.
7. Estas tres necesidades representó también Jeremías (Lm.
3, 19) a Dios, diciendo: Recordare paupertatis meae, absynthii et fellis, que
quiere decir: Acuérdate de mi pobreza, y del ajenjo y de la hiel. La pobreza se
refiere al entendimiento, porque a él pertenecen las riquezas de la sabiduría
de Dios, en la cual, como dice san Pablo (Col. 2, 3), están encerrados todos
los tesoros de Dios. El ajenjo, que es hierba amarísima, se refiere a la
voluntad, porque a esta potencia pertenece la dulzura de la posesión de Dios,
de la cual careciendo, se queda con la amargura, según el ángel dijo a san Juan
en el Apocalipsis (Ap 10, 9), diciendo: Accipe librum, et devora illum, et
faciet amaricari ventrem tuum, que quiere decir: Toma y come el libro y hacerte
ha amargura en el vientre, tomando allí el vientre por la voluntad. La hiel se
refiere a la memoria, que significa la muerte del alma, según da a entender
Moisés en el Deuteronomio (Dt 32, 33), hablando de los condenados, diciendo:
Fel draconum vinum eorum, et venenum aspidum insanabile, esto es: Hiel de
dragones será el vino de ellos, y veneno de áspides insanable; lo cual
significa allí el carecer de Dios, que es muerte del alma. Y estas tres
necesidades y penas están fundadas en las tres virtudes teologales, que son:
fe, caridad y esperanza, que se refieren a las tres dichas potencias:
entendimiento, voluntad y memoria.
8. Y es de notar que el alma, en el dicho verso, no hace más
que representar su necesidad y pena al Amado, porque el que discretamente ama,
no cura de pedir lo que le falta y desea sino de representar su necesidad, para
que el Amado haga lo que fuere servido; como cuando la bendita Virgen dijo al
amado Hijo en las bodas de Caná de Galilea, no pidiéndole derechamente el vino,
sino diciendo: No tienen vino (Jn. 2, 3); y las hermanas de Lázaro le enviaron,
no a decir que sanase a su hermano, sino a decir que mirase que al que amaba
estaba enfermo (Jn. 11, 3).
Y la causa por que sea mejor para el amante representar al
Amado su necesidad que pedirle el cumplimiento de ella, es por tres cosas: la
primera, porque mejor sabe el Señor nuestras necesidades que nosotros mismos;
la segunda, porque el Amado más se compadece viendo la necesidad de su amante,
y se mueve viendo su resignación; la tercera, porque más seguridad lleva el
alma acerca del amor propio y propiedad en representar su falta, que en pedir
lo que a su parecer le falta. Ni más ni menos hace el alma en este presente
verso, representando sus tres necesidades, lo cual es tanto como pedirle el
remedio de ellas. Porque decir: Decidle que adolezco, peno y muero, es como
decir: pues adolezco, y él sólo es mi salud, que me dé mi salud; y pues peno, y
él solo es mi descanso, que me dé mi descanso; y pues muero, y él solo es mi
vida, que me dé mi vida.
Inicio
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Buscando mis amores, iré por esos montes y riberas; ni
cogeré las flores, ni temeré las fieras, y pasaré los fuertes y fronteras.
1. No sólo basta al alma orar y desear y ayudarse de
terceros para hablar al Amado, como ha hecho en las precedentes canciones, sino
que junto con eso ella misma se ponga por la obra a le buscar. Y eso dice que
ha de hacer en esta canción, diciendo que en busca de su Amado ha de ir
ejercitándose en las virtudes y mortificaciones, en la vida contemplativa y
activa; y que para esto no ha de admitir bienes ni regalos algunos, ni bastarán
a detenerla e impedirla este camino todas las fuerzas y asechanzas de los tres
enemigos: mundo, demonio y carne, diciendo:
Buscando mis amores,
2. es a saber, a mi Amado,
iré por esos montes y riberas.
Ni cogeré las flores.
4. Por cuanto para buscar a Dios se requiere un corazón
desnudo y fuerte, libre de todos los males y bienes que puramente no son Dios,
dice en el presente verso y en los siguientes el alma la libertad y fortaleza
que ha de tener para buscarle. Y en éste dice que no cogerá las flores que
encontrare en este camino, por las cuales entiende todos los gustos y
contentamientos y deleites que se le pueden ofrecer en esta vida, que le
podrían impedir el camino si cogerlos o admitirlos quisiese, los cuales son en
tres maneras: temporales, sensuales y espirituales.
Y porque los unos y los otros ocupan el corazón y le son
impedimento para la desnudez espiritual (cual se requiere para el derecho camino
de Cristo), si reparase o hiciese asiento en ellos, dice que, para buscarle, no
cogerá todas estas flores dichas. Y así, es como si dijera: ni pondré mi
corazón en las riquezas y bienes que ofrece el mundo, ni admitiré los
contentamientos y deleites de mi carne, ni repararé en los gustos y consuelos
de mi espíritu, de suerte que me detenga en buscar a mis amores por los montes
y riberas de las virtudes y trabajos. Esto dice por tomar el consejo que da el
profeta David (Sal. 61, 11) a los que van por este camino, diciendo: Divitiae
si affluant, nolite cor apponere, esto es: Si se ofrecieren abundantes
riquezas, no queráis aplicar a ellas el corazón; lo cual entiende así de los
gustos sensuales como de los demás bienes temporales y consuelos espirituales.
Donde es de notar que no sólo los bienes temporales y
deleites corporales impiden y contradicen el camino de Dios, mas también los
consuelos y deleites espirituales, si se tienen con propiedad o se buscan,
impiden el camino de la cruz del Esposo Cristo. Por tanto, el que ha de ir
adelante conviénele que no se ande a coger esas flores; y no sólo eso, sino que
también tenga ánimo y fortaleza para decir:
Ni temeré las fieras, y pasaré los fuertes y fronteras.
5. En los cuales versos pone los tres enemigos del alma, que
son: mundo, demonio y carne, que son los que hacen guerra y dificultan el
camino. Por las fieras entiende el mundo; por los fuertes el demonio, y por las
fronteras la carne.
6. Llama fieras al mundo, porque al alma que comienza el
camino de Dios, parécele que se le representa en la imaginación el mundo como a
manera de fieras, haciéndole amenazas y fieros. Y es principalmente en tres
maneras: la primera, que le ha de faltar el favor del mundo, perder los amigos,
el crédito, valor y aun la hacienda; la segunda, que es otra fiera no menor,
que cómo ha de poder sufrir no haber ya jamás de tener contentos y deleites del
mundo y carecer de todos los regalos de él; y la tercera es aún mayor, conviene
a saber, que se han de levantar contra ella las lenguas y han de hacer burla y
ha de haber muchos dichos y mofas y le han de tener en poco. Las cuales cosas
de tal manera se les suelen anteponer a algunas almas, que se les hace
dificultosísimo no sólo el perseverar contra estas fieras, más aun el poder
comenzar el camino.
7. Pero a algunas almas más generosas se les suelen poner
otras fieras más interiores y espirituales de dificultades y tentaciones,
tribulaciones y trabajos de muchas maneras, por que les conviene pasar, cuales
los envía Dios a los que quiere levantar a alta perfección, probándolos y
esmerándolos como al oro en el fuego, según aquello de David (Sal. 33, 20) en
que dice: Multae tribulationes iustorum, esto es: Las tribulaciones de los
justos son muchas, mas de todas ellas los librará el Señor. Pero el alma bien
enamorada, que estima a su Amado más que a todas las cosas, confiada en el amor
y favor de él, no tiene en mucho decir: Ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.
9. Dice también el alma que pasará las fronteras, por las
cuales entiende, como habemos dicho, las repugnancias y rebeliones que
naturalmente la carne tiene contra el espiritu; la cual, como dice san Pablo
(Gal. 5, 17): Caro enim concupiscit adversus spiritum, esto es: La carne
codicia contra el espiritu, y se pone como en frontera, resistiendo al camino
espiritual. Y estas fronteras ha de pasar el alma, rompiendo las dificultades y
echando por tierra con la fuerza y determinación del espíritu todos los
apetitos sensuales y afecciones naturales; porque, en tanto que los hubiere en
el alma, de tal manera está el espíritu impedido debajo de ellas, que no puede
pasar a verdadera vida y deleite espiritual. Lo cual nos dio bien a entender
san Pablo (Rm. 8, 13), diciendo: Si spiritu facta carnis mortificaveritis,
vivetis, esto es: Si mortificáredes las inclinaciones y apetitos carnales con
el espíritu, viviréis.
Este, pues, es el estilo que dice el alma en la dicha
canción que le conviene tener para en este camino buscar a su Amado, el cual,
en suma, es tal: constancia y valor para no bajarse a coger las flores, y ánimo
para no temer las fieras, y fortaleza para pasar los fuertes y fronteras, sólo
entendiendo en ir por los montes y riberas de virtudes, de la manera que está
ya declarado.
Inicio
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¡Oh bosques y espesuras, plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras, de flores esmaltado! Decid si por vosotros ha pasado.
1. Después que el alma ha dado a entender la manera de
disponerse para comenzar este camino, que es el ánimo para no se andar ya a
deleites y gustos, y fortaleza para vencer las tentaciones y dificultades, en
lo cual consiste el ejercicio del conocimiento de sí, que es lo primero que
tiene de hacer el alma para ir al conocimiento de Dios, ahora en esta canción
comienza a caminar por la consideración y conocimiento de las criaturas al
conocimiento de su Amado, criador de ellas. Porque, después del ejercicio del
conocimiento propio, esta consideración de las criaturas es la primera por
orden en este camino espiritual para ir conociendo a Dios, considerando su
grandeza y excelencia por ellas, según aquello del Apóstol (Rm. 1, 20), que
dice: Invisibilia enim ipsius a creatura mundi, per ea quae facta sunt,
intellecta, conspiciuntur, que es como decir: Las cosas invisibles de Dios, del
alma son conocidas por las cosas visibles criadas e invisibles.
Habla, pues, el alma en esta canción con las criaturas,
preguntándoles por su Amado. Y es de notar que, como dice san Agustín, la
pregunta que el alma hace a las criaturas es la consideración que en ellas hace
del Criador de ellas. Y así, en esta canción se contiene la consideración de
los elementos y de las demás criaturas inferiores, y la consideración de los
cielos y de las demás criaturas y cosas materiales que Dios crió en ellos, y
también la consideración de los espíritus celestiales, diciendo:
¡Oh bosques y espesuras!
2. Llama bosques a los elementos, que son: tierra, agua,
aire y fuego, porque así como amenísimos bosques están poblados de espesas
criaturas, a las cuales aquí llama espesuras por el grande número y muchas
diferencias que hay de ellas en cada elemento: en la tierra, innumerables
variedades de animales y plantas; en el agua, innumerables diferencias de
peces; y en el aire mucha diversidad de aves, y el elemento del fuego, que
concurre con todos para la animación y conservación de ellos; y así, cada
suerte de animales vive en su elemento y está colocada y plantada en él como en
su bosque y región donde nace y se cría. Y, a la verdad, así lo mandó Dios en
la creación de ellos (Gen. 1), mandando a la tierra que produjese las plantas y
los animales, y a la mar y aguas los peces, y al aire hizo morada de las aves.
Y por eso viendo el alma que él así lo mandó y que así se hizo, dice el
siguiente verso:
Plantadas por la mano del Amado.
3. En el cual está la consideración, es a saber, que estas
diferencias y grandezas sola la mano del Amado Dios pudo hacerlas y criarlas.
Donde es de notar que advertidamente dice: por la mano del Amado, porque,
aunque otras muchas cosas hace Dios por mano ajena, como de los ángeles o de
los hombres, ésta que es criar nunca la hizo ni hace por otra que por la suya
propia. Y así, el alma mucho se mueve al amor de su Amado Dios por la
consideración de las criaturas, viendo que son cosas que por su propia mano
fueron hechas. Y dice adelante:
¡Oh prado de verduras!
4. Esta es la consideración del cielo, al cual llama prado
de verduras, porque las cosas que hay en él criadas siempre están con verdura
inmarcesible, que ni fenecen ni se marchitan con el tiempo; y en ellas, como en
frescas verduras, se recrean y deleitan los justos. En la cual consideración
también se comprehende toda la diferencia de las hermosas estrellas y otros
planetas celestiales.
5. Este nombre de verduras pone también
de flores esmaltado.
6. Por las cuales flores entiende los ángeles y almas
santas, con las cuales está adornado aquel lugar y hermoseado como un gracioso
y subido esmalte en un vaso de oro excelente.
Decid si por vosotros ha pasado.
7. Esta pregunta es la consideración que arriba queda dicha,
y es como si dijera: decid qué excelencias en vosotros ha criado.
Inicio
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Mil gracias derramando, pasó por estos sotos con presura, y,
yéndolos mirando, con sola su figura vestidos los dejó de hermosura.
1. En esta canción responden las criaturas al alma, la cual
respuesta, como también dice san Agustín en aquel mismo lugar, es el testimonio
que dan en sí de la grandeza y excelencia de Dios al alma que por la
consideración se lo pregunta. Y así, en esta canción lo que se contiene, que en
su sustancia es: que Dios crió todas las cosas con gran facilidad y brevedad y
en ellas dejó algún rastro de quien él era, no sólo dándoles el ser de nada,
mas aun dotándolas de innumerables gracias y virtudes, hermoseándolas con admirable
orden y dependencia indeficiente que tienen unas de otras, y esto todo
haciéndolo por
Mil gracias derramando.
2. Por estas mil gracias que dice iba derramando, se
entiende la multitud de las criaturas innumerables que por eso pone aquí el
número mayor, que es mil, para dar a entender la multitud de ellas; a las
cuales llama gracias, por las muchas gracias de que dotó a cada criatura; las
cuales derramando, es a saber, todo el mundo de ellas poblando,
pasó por estos sotos con presura.
3. Pasar por los sotos es criar los elementos, que aquí
llama sotos, por los cuales dice que derramando mil gracias pasaba, porque de
todas las criaturas los adornaba, que son graciosas; y allende de eso, en ellas
derramaba las mil gracias, dándoles virtud para poder concurrir con la
generación y conservación de todas ellas. Y dice que pasó, porque las criaturas
son como un rastro del paso de Dios, por el cual se rastrea su grandeza,
potencia y sabiduría y otras virtudes divinas. Y dice que este paso fue con
presura, porque las criaturas son las obras menores de Dios, que las hizo como
de paso; porque las mayores, en que más se mostró y en que más él reparaba,
eran las de la encarnación del Verbo y misterios de la fe cristiana, en cuya
comparación todas las demás eran hechas como de paso, con apresuramiento.
Y, yéndolos mirando, con sola su figura vestidos los dejó de
hermosura.
4. Según dice san Pablo (Heb. 1, 3), el Hijo de Dios es
resplandor de su gloria y figura de su sustancia. Es, pues, de saber que con
sola esta figura de su Hijo miró Dios todas las cosas, que fue darles el ser
natural, comunicándoles muchas gracias y dones naturales, haciéndolas acabadas
y perfectas, según se dice en el Génesis (Gn 1, 31) por estas palabras: Miró
Dios todas las cosas que había hecho, y eran mucho buenas. El mirarlas mucho
buenas era hacerlas mucho buenas en el Verbo, su Hijo. Y no solamente les comunicó
el ser y gracias naturales mirándolas, como habemos dicho, mas también con sola
esta figura de su Hijo las dejó vestidas de hermosura, comunicándoles el ser
sobrenatural; lo cual fue cuando se hizo hombre, ensalzándole en hermosura de
Dios y, por consiguiente, a todas las criaturas en él, por haberse unido con la
naturaleza de todas ellas en el hombre. Por lo cual dijo el mismo Hijo de Dios
(Jn 12, 32): Si ego exaltatus fuero a terra, omnia traham ad me ipsum, esto es:
Si yo fuere ensalzado de la tierra, levantaré a mí todas las cosas. Y así, en
este levantamiento de la encarnación de su Hijo y de la gloria de su
resurrección según la carne, no solamente hermoseó el Padre las criaturas en
parte, mas podremos decir que del todo las dejó vestidas de hermosura y
dignidad.
5. Pero, allende de todo eso, hablando ahora algo según el
sentido y afecto de contemplación, en la viva contemplación y conocimiento de
las criaturas echa de ver el alma con gran claridad haber en ellas tanta
abundancia de gracias y virtudes y hermosura de que Dios las dotó, que le
parece estar todas vestidas de admirable hermosura natural, derivada y
comunicada de aquella infinita hermosura sobrenatural de la figura de Dios,
cuyo mirar viste de hermosura y alegría el mundo y todos los cielos, así como
también con abrir su mano, según dice David (Sal. 144, 16), diciendo: Imples
omne animal benedictione, es a saber: Hinches a todo animal de bendición. Y,
por tanto, llagada el alma en amor por este rastro que ha conocido en las
criaturas de la hermosura de su Amado, con ansias de ver aquella hermosura
invisible, la siguiente canción dice:
Inicio
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¡Ay, quién podrá sanarme! Acaba de entregarte ya de vero; no
quieras enviarme de hoy más ya mensajero: que no saben decirme lo que quiero.
1. Como las criaturas dieron al alma señas de su Amado,
mostrándole en sí rastro de su hermosura y excelencia, aumentósele el amor y, por
consiguiente, crecióle el dolor de la ausencia, porque cuanto más el alma
conoce de Dios, tanto más le crece el apetito de verle. Y, como ve no hay cosa
que la pueda curar su dolencia sino la vista y la presencia de su Amado,
desconfiada de otro cualquiera remedio, pídele en esta canción la entrega y
posesión de su presencia, diciendo que no quiera de hoy más entretenerla con
otras cualesquier noticias y comunicaciones suyas, porque no satisfacen a su
deseo y voluntad, la cual no se contenta con menos que su vista y presencia;
por tanto, que sea él servido de entregarse ya de veras en acabado y perfecto
amor. Y así, dice:
¡Ay, quién podrá sanarme!
2. Como si dijera: entre todos los deleites del mundo y
contentamientos de los sentidos y gustos y suavidad del espíritu, cierto, nada
podrá sanarme, nada podrá satisfacerme. Y pues así es,
acaba de entregarte ya de vero.
3. Donde es de notar que cualquiera alma que ama de veras no
puede querer satisfacerse ni contentarse hasta poseer de veras a Dios; porque
todas las demás cosas no solamente no la satisfacen, mas antes, como habemos
dicho, la hacen crecer la hambre y apetito de verle a él como es. Y así, cada
visita que del Amado recibe de conocimiento o sentimiento, u otra cualquiera
comunicación (los cuales son como mensajeros que dan al alma recaudos de
noticias de quien él es), aumentándole y despertándole más el apetito, así como
hacen las meajas en grande hambre, haciéndosele pesado entretenerse con tan
poco, dice: Acaba de entregarte ya de vero.
4. Porque todo lo que de Dios se puede en esta vida conocer,
por mucho que sea, no es conocimiento de vero, porque es conocimiento en parte
y muy remoto; mas conocerle esencialmente es conocimiento de veras, el cual
aquí pide el alma, no se contentando con esotras comunicaciones. Y, por tanto,
dice luego:
No quieras enviarme de hoy más ya mensajero.
5. Como si dijera: no quieras que ya de aquí adelante te
conozca tan a la tasa por estos mensajeros de las noticias y sentimientos que
se me dan de ti, tan remotos y ajenos de lo que de ti desea mi alma; porque los
mensajeros, a quien pena por la presencia, bien sabes tú, Esposo mío, que
aumentan el dolor: lo uno, porque renuevan la llaga con la noticia que dan; lo
otro, porque parecen dilaciones de la venida. Pues, luego, de hoy más no
quieras enviarme estas noticias remotas, porque si hasta aquí podía pasar con
ellas, porque no te conocía ni amaba mucho, ya la grandeza del amor que te
tengo no puede contentarse con estos recaudos; por tanto, acaba de entregarte.
Como si más claro dijera: esto, Señor mío, Esposo, que andas
dando de ti a mi alma por partes, acaba de darlo del todo; y esto que andas
mostrando como por resquicios, acaba de mostrarlo a las claras; y esto que
andas comunicando por medios, que es como comunicarte de burlas, acaba de
hacerlo de veras, comunicándote por ti mismo: que parece a veces en tus visitas
que vas a dar la joya de tu posesión y, cuando mi alma bien se cata, se halla
sin ella, porque se la escondes, lo cual es como dar de burla. Entrégate, pues,
ya de vero, dándote todo al todo de mi alma, porque toda ella te tenga a ti
todo, y no quieras enviarme ya más mensajero,
que no saben decirme lo que quiero.
6. Como si dijera: yo a ti todo quiero, y ellos no me saben
ni pueden decir a ti todo, porque ninguna cosa de la tierra ni del cielo pueden
dar al alma la noticia que ella desea tener de ti, y así no saben decirme lo
que quiero. En lugar, pues, de estos mensajes, tú mismo seas el mensajero y los
mensajes.
Inicio ---------------------------------------------------------------------------
Y todos cuantos vagan, de ti me van mil gracias refiriendo,
y todos más me llagan, y déjame muriendo un no sé qué que quedan balbuciendo.
1. En la canción pasada ha mostrado el alma estar enferma o
herida de amor de su Esposo a causa de la noticia que de él le dieron las
criaturas irracionales; y en esta presente da a entender estar llagada de amor
a causa de otra noticia más alta que del Amado recibe por medio de las
criaturas racionales, que son más nobles que las otras, las cuales son ángeles
y hombres. Y también dice que no sólo eso, sino que también está muriendo de
amor a causa de una inmensidad admirable que por medio de estas criaturas se le
descubre, sin acabársele de descubrir, que aquí llama no sé qué, porque no se
sabe decir, pero ello es tal, que hace estar muriendo al alma de amor.
2. De donde podemos inferir, que en este negocio de amar hay
tres maneras de penar por el Amado acerca de tres maneras de noticias que de él
se pueden tener.
La primera se llama herida, la cual es más remisa y más
brevemente pasa, bien así como herida, porque de la noticia que el alma recibe
de las criaturas le nace, que son las más bajas obras de Dios. Y de esta
herida, que aquí llamamos también enfermedad, habla
3. La segunda se llama llaga, la cual hace más asiento en el
alma que la herida, y por eso dura más, porque es como herida ya vuelta en llaga,
con la cual se siente el alma verdaderamente andar llagada de amor. Y esta
llaga se hace en el alma mediante la noticia de las obras de la encarnación del
Verbo y misterios de la fe; las cuales, por ser mayores obras de Dios y que
mayor amor en sí encierran que las de las criaturas, hacen en el alma mayor
efecto de amor; de manera que, si el primero es como herida, este segundo es ya
como llaga hecha, que dura; de la cual, hablando el Esposo en los Cantares (Ct
4, 9) con el alma, dice: Llagaste mi corazón, hermana mía, llagaste mi corazón
en el uno de tus ojos y en un cabello de tu cuello. Porque el ojo significa
aquí la fe de la encarnación del Esposo, y el cabello significa el amor de la
misma encarnación.
4. La tercera manera de penar en el amor es como morir, lo
cual es ya como tener la llaga afistolada, hecha el alma ya toda afistolada, la
cual vive muriendo, hasta que, matándola el amor, la haga vivir vida de amor,
transformándola en amor. Y este morir de amor se causa en el alma mediante un
toque de noticia suma de
5. Estas dos maneras de penas de amor, es a saber, la llaga
y el morir, dice en esta canción que le causan estas criaturas racionales: la
llaga, en lo que dice que la van refiriendo mil gracias del Amado en los
misterios y sabiduría de Dios que la enseñan de la fe; el morir, en aquello que
dice que quedan balbuciendo, que es el sentimiento y noticia de
Y todos cuantos vagan.
De ti me van mil gracias refiriendo,
7. esto es: danme a entender admirables cosas de gracia y
misericordia tuya en las obras de tu encarnación y verdades de fe que de ti me
declaran; y siempre me van más refiriendo, porque, cuanto más quisieren decir,
más gracias podrán descubrir de ti.
Y todos más me llagan,
8. Porque en cuanto los ángeles me inspiran y los hombres de
ti me enseñan, de ti más me enamoran, y así todos de amor más me llagan.
Y déjame muriendo un no sé qué que quedan balbuciendo.
9. Como si dijera: pero allende de lo que me llagan estas
criaturas en las mil gracias que me dan a entender de ti, es tal un no sé qué
que se siente quedar por decir, y una cosa que se conoce quedar por descubrir,
y un subido rastro que se descubre al alma de Dios, quedándose por rastrear, y
un altísimo entender de Dios que no se sabe decir, que por eso lo llama no sé
qué; que, si lo otro que entiendo me llaga y hiere de amor, esto que no acabo
de entender, de que altamente siento, me mata.
Esto acaece a veces a las almas que están ya aprovechadas, a
las cuales hace Dios merced de dar en lo que oyen, o ven, o entienden, y a
veces sin eso y sin esotro, una subida noticia en que se da a entender o sentir
alteza de Dios y grandeza. Y en aquel sentir siente tan alto de Dios, que
entiende claro se queda el todo por entender; y aquel entender y sentir ser tan
inmensa
10. Esto creo no lo acabará bien de entender el que no lo
hubiere experimentado; pero el alma que lo experimenta, como ve que se le queda
por entender aquello de que altamente siente, llámalo un no sé qué, porque así
como no se entiende, así tampoco se sabe decir, aunque, como he dicho, se sabe
sentir. Por eso dice que le quedan las criaturas balbuciendo, porque no lo
acaban de dar a entender; que eso quiere decir balbucir, que es el hablar de
los niños, que es no acertar a decir y dar a entender qué hay que decir.
11. También acerca de las demás criaturas acaecen al alma
algunas ilustraciones al modo que habemos dicho, aunque no siempre tan subidas,
cuando Dios hace merced al alma de abrirle la noticia y el sentido del espíritu
en ellas; las cuales parece están dando a entender grandezas de Dios que no
acaban de dar a entender, y es como que van a dar a entender y se queda por entender,
y así es un no sé qué que quedan balbuciendo. Y así, el alma va adelante con su
querella, y habla con la vida de su alma en la siguiente canción, diciendo:
Inicio
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Mas ¿ cómo perseveras, ¡oh vida!, no viviendo donde vives, y
haciendo porque mueras las flechas que recibes, de lo que del Amado en ti
concibes?
1. Como el alma se ve morir de amor, según acaba de decir, y
que no se acaba de morir, para poder gozar del amor con libertad, quéjase de la
duración de la vida corporal, a cuya causa se le dilata la vida espiritual. Y
así, en esta canción habla con la misma vida de su alma, encareciendo el dolor
que le causa; y el sentido de la canción es el siguiente: vida de mi alma,
¿cómo puedes perseverar en esta vida de cuerpo, pues te es muerte y privación
de aquella vida verdadera de tu Dios, en que tú más verdaderamente que en el
cuerpo vives por esencia, amor y deseo? Y ya que esto no fuese causa para que
salieses del cuerpo de esta muerte (Rm. 7, 24) para gozar y vivir la vida de tu
Dios, ¿cómo todavía puedes perseverar en el cuerpo, pues son bastantes solo por
sí para acabarte la vida las heridas que recibes de amor de las grandezas que
se te comunican de parte del Amado, y del vehemente amor que te causa lo que de
él sientes y entiendes, que son toques y heridas que de amor matan? Síguese el
verso:
Mas ¿cómo perseveras, ¡oh vida! no viviendo donde vives?
2. Para cuya inteligencia es de saber que el alma más vive
en lo que ama que en el cuerpo donde anima, porque en el cuerpo ella no tiene
su vida, antes ella la da al cuerpo, y ella en lo que ama vive. Pero allende de
esta vida de amor, por el cual vive el alma en cualquiera cosa que ama, natural
y radicalmente tiene el alma su vida en Dios, como también todas las cosas
criadas, según aquello que dice san Pablo (Act. 17, 28): In ipso vivimus,
movemur et sumus, que es tanto como decir: En Dios tenemos nuestra vida y
nuestro movimiento y nuestro ser. Y san Juan (Jn 1, 34) dice: Quod factum est,
in ipso vita erat, esto es: Todo lo que fue hecho, era vida en Dios. Y como el
alma ve que tiene su vida natural en Dios por el ser que en él tiene, y también
su vida espiritual por el amor con que le ama, quéjase porque persevera todavía
en vida corporal, porque la impide de vivir de veras donde de veras tiene su
vida por esencia y por amor, como habemos dicho. En lo cual es grande el
encarecimiento que el alma aquí hace, porque da a entender que padece en dos
contrarios, que son: vida natural en cuerpo y vida espiritual en Dios, que son
contrarias en sí; y, viviendo ella en entrambas, por fuerza ha de tener gran
tormento, pues la vida natural le es a ella como muerte, pues la priva de la espiritual
en que ella tiene empleado todo su ser, vida y operaciones por el amor y el
afecto.
Y para dar más a entender el rigor de esta vida, dice luego:
Y haciendo porque mueras las flechas que recibes.
3. Como si dijera: y demás de lo dicho, ¿cómo puedes
perseverar en el cuerpo, pues por sí solo bastan a quitarte la vida los toques
de amor (que eso entiende por flechas) que en tu corazón hace el Amado? Los
cuales toques de tal manera fecundan el alma y el corazón de inteligencia y
amor de Dios que se puede bien decir que concibe de Dios, según lo que dice en
el verso siguiente, es a saber:
De lo que del Amado en ti concibes,
4. es a saber, de la hermosura, grandeza y sabiduría y
virtudes que de él entiendes.
Inicio
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¿Por qué, pues has llagado aqueste corazón, no le sanaste?
Y, pues me le has robado, ¿por qué así le dejaste, y no tomas el robo que
robaste?
1. Vuelve en esta canción a hablar con el Amado con la
querella de su dolor; porque el amor impaciente (cual aquí muestra tener el
alma) no sufre algún ocio ni da descanso a su pena, proponiendo de todas
maneras sus ansias hasta hallar el remedio. Y como se ve llagada y sola, no
teniendo otro ni otra medicina sino a su Amado, que es el que la llagó, dícele
que, pues él llagó su corazón con el amor de su noticia, que por qué no le ha
sanado con la vista de su presencia; y que, pues él se le ha también robado por
el amor con que la ha enamorado, sacándosele de su propio poder, que por qué le
ha dejado así, es a saber, sacado de su poder (porque el que ama ya no posee su
corazón, pues lo ha dado al Amado) y no le ha puesto de veras en el suyo,
tomándole para sí en entera y acabada transformación de amor en gloria. Dice,
pues:
¿Por qué, pues has llagado aqueste corazón, no le sanaste?
2. No se querella porque la haya llagado, porque el
enamorado, cuanto más herido, está más pagado; sino que, habiendo llagado el corazón,
no le sanó acabándole de matar. Porque son las heridas de amor tan dulces y tan
sabrosas que, si no llegan a morir, no la pueden satisfacer; pero sonle tan
sabrosas, que querría la llagasen hasta acabarla de matar. Y por eso dice: ¿Por
qué, pues has llagado aqueste corazón, no le sanaste? Como si dijera: ¿por qué,
pues le has herido hasta llagarle, no le sanas, acabándole de matar de amor?
Pues eres tú la causa de la llaga en dolencia de amor, sé tú la causa de la
salud en muerte de amor; porque, de esta manera, el corazón que está llagado
con el dolor de tu ausencia, sanará con el deleite y gloria de tu dulce
presencia. Y añade, diciendo:
Y, pues me le has robado ¿por qué así le dejaste?
3. Robar no es otra cosa que desaposesionar del robo a su
dueño y aposesionarse de ello el robador. Esta querella, pues, propone aquí el
alma al Amado, diciendo que, pues él ha robado su corazón y sacádolo de su
poder y posesión, que por qué le ha dejado así, sin ponerle de veras en la
suya, tomándole para sí, como hace el robador al robo que robó, que de hecho se
le lleva.
4. Por eso el que está enamorado se dice tener el corazón
robado o arrobado de aquel a quien ama, porque le tiene fuera de sí, puesto en
la cosa amada; y así no tiene corazón para sí, sino para aquello que ama. De
donde podrá bien conocer el alma si ama a Dios o no; porque, si le ama, no
tendrá corazón para sí, sino para Dios, porque cuanto más le tiene para sí,
menos le tiene para Dios.
5. Y verse ha si el corazón está bien robado en si trae
ansias por el Amado o no gusta de otra cosa sino de él, como aquí muestra el
alma. La razón es porque el corazón no puede estar en paz y sosiego sin
posesión; y, cuando está aficionado, ya no tiene posesión de sí ni de alguna
otra cosa; y si tampoco posee de veras lo que ama, no le puede faltar fatiga
hasta que lo posea; porque hasta entonces está el alma como el vaso vacío que
espera el lleno, y como el hambriento que desea el manjar, y como el enfermo
que gime por la salud, y como el que está colgado en el aire, que no tiene en
qué estribar; de esta misma manera está el corazón enamorado. Lo cual sintiendo
aquí el alma por experiencia, dice: ¿Por qué así le dejaste, es a saber: vacío,
hambriento, solo, llagado y enfermo de amor, suspenso en el aire,
y no tomas el robo que robaste?
6. Conviene a saber: para henchirle y hartarle y acompañarle
y sanarle, dándole asiento y reposo cumplido en ti.
No puede dejar de desear el alma enamorada la paga y salario
de su amor, por el cual salario sirve al Amado, porque, de otra manera, no
sería verdadero amor. El cual salario y paga no es otra cosa, ni el alma puede
querer otra, sino más amor, hasta llegar a estar en perfección de amor, el cual
no se paga sino de sí mismo, según lo dio a entender el profeta Job (Jb 7, 2)
por estas palabras, diciendo: Sicut cervus desiderat umbram, et sicut
mercenarius praestolatur finem operis sui, sic et ego habui menses vacuos, et
noctes laboriosas enumeravi mihi. Si dormiero, dicam: quando consurgam? Et
rursum expectabo vesperam, et replebor doloribus usque ad tenebras, que quiere
decir: Como el ciervo desea la sombra y como el mercenario espera el fin de su
obra, así yo también tuve los meses vacíos y contaba las noches trabajosas y
prolijas para mí. Si me acostare a dormir, diré: ¿cuándo llegará el día en que
me levantaré? Y luego volveré a esperar la tarde, y seré lleno de dolores hasta
las tinieblas de la noche. De esta manera, el alma que anda estuando encendida
en amor de Dios, desea el cumplimiento y perfección del amor para tener allí cumplido
refrigerio. Como el ciervo fatigado del estío desea el refrigerio de la sombra,
y como el mercenario espera el fin de su obra, espera el fin el alma de la
suya.
Donde es de notar que no dijo el profeta Job que el
mercenario esperaba el fin de su trabajo, sino el fin de su obra, para dar a
entender lo que vamos diciendo, es a saber: que el alma que ama no espera el
fin de su trabajo, sino el fin de su obra; porque su obra es amar, y de esta
obra, que es amar, espera ella el fin y remate, que es la perfección y
cumplimiento de amar a Dios, al cual hasta que llegue, siempre está el alma de
la figura que en la dicha autoridad se pinta Job, teniendo los días y los meses
por vacíos y las noches por trabajosas y prolijas.
En lo dicho queda dado a entender cómo el alma que ama a
Dios no ha de pretender ni esperar otra cosa de él sino la perfección del amor.
Inicio
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Apaga mis enojos, pues que ninguno basta a deshacellos; y
véante mis ojos, pues eres lumbre dellos, y sólo para ti quiero tenellos.
1. Prosigue, pues, en la presente canción pidiendo al Amado
quiera ya poner término a sus ansias y penas, pues no hay otro que baste para
hacerlo sino sólo él; y que sea de manera que le puedan ver los ojos de su
alma, pues sólo él es la luz en que ellos miran, y ella no los quiere emplear
en otra cosa sino sólo en él, diciendo:
Apaga mis enojos.
2. Tiene una propiedad la concupiscencia del amor, como
queda dicho, que todo lo que no hace o dice o conviene con aquello que ama la
voluntad, la cansa, fatiga y enoja y la pone desabrida, no viendo cumplirse lo
que ella quiere. Y a esto y a las fatigas que tiene por ver a Dios llama aquí
enojos, los cuales ninguna cosa basta para deshacerlos, sino la posesión del
Amado. Por lo cual dice que los apague él con su presencia, refrigerándolos
todos, como hace el agua fresca al que está fatigado del calor, que por eso usa
aquí de este vocablo apaga, para dar a entender que ella está padeciendo con
fuego de amor.
Pues que ninguno basta a deshacellos.
3. Para mover y persuadir más el alma a que cumpla su
petición el Amado, dice que pues otro ninguno sino él basta a satisfacer su
necesidad, que sea él el que apague sus enojos. Donde es de notar que entonces
está Dios bien presto para consolar al alma y satisfacer en sus necesidades y
penas, cuando ella no tiene ni pretende otra satisfacción y consuelo fuera de
él. Y así, el alma que no tiene cosa que la entretenga fuera de Dios, no puede
estar mucho sin visitación del Amado.
Y véante mis ojos,
4. esto es, véate yo cara a cara con los ojos de mi alma,
pues eres lumbre dellos.
5. Allende de que Dios es lumbre sobrenatural de los ojos
del alma, sin la cual está en tinieblas, llámale aquí también el alma por
afición lumbre de sus ojos, al modo que el amante suele llamar al que ama, para
significar el amor que le tiene, lumbre de sus ojos. Y así es como si dijera en
los dos versos sobredichos: pues los ojos míos no tienen otra lumbre, ni por
naturaleza ni por amor véante mis ojos, pues de todas maneras eres lumbre de
ellos. Esta lumbre echaba menos David (Sal 37, 11) cuando con lástima decía:
Lumen oculorum meorum, et ipsum non est mecum, que quiere decir: La lumbre de
mis ojos, aun ésa no está conmigo.
Y sólo para ti quiero tenellos,
6. En el verso pasado ha dado a entender el alma cómo sus
ojos estarán en tinieblas no viendo a su Amado, pues sólo él es lumbre de
ellos, en que le obliga a darle esta lumbre de gloria. Y en el presente verso
le quiere más obligar, diciendo que no los quiere tener para otra alguna cosa
que para él. Porque, así como justamente es privada de esta divina lumbre el
alma que quiere poner los ojos de su voluntad en otra su lumbre de propiedad de
alguna cosa fuera de Dios, por cuanto pone impedimento para recibirla, así
también congruamente merece que se le dé al alma que a todas las cosas cierra
los dichos sus ojos, para abrirlos sólo a su Dios.
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CANCIÓN 11
[San Juan de
ÍNDICE
DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE
ÍNDICE DEL CANTO ESPIRITUAL A
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¡Oh cristalina fuente, si en esos tus semblantes plateados
formases de repente los ojos deseados, que tengo en mis entrañas dibujados!
1. Como con tanto deseo desea el alma la unión del Esposo y
ve que no halla remedio ni medio alguno en todas las criaturas, vuélvese a
hablar con la fe (como la que más al vivo le ha de dar luz de su Amado)
tomándola por medio para esto; porque, a la verdad, no hay otro por donde se
venga a la verdadera unión de Dios, según por Oseas (Os 2, 20) lo da a entender
el Esposo, diciendo: Yo te desposaré conmigo en fe. Y dícele con gran deseo:
¡Oh fe de mi Esposo Cristo, si las verdades que has infundido de mi Amado en mi
alma con oscuridad y tiniebla las manifestases ya con claridad, de manera que
lo que contienes en fe, que son noticias informes, las mostrases y
descubrieses, apartándote de ellas, formada y acabadamente de repente,
volviéndolo en manifestación de gloria! Dice, pues, el verso:
¡Oh cristalina fuente!
2. Llámala cristalina a la fe por dos cosas: la primera,
porque es de Cristo su Esposo, y la segunda, porque tiene las propiedades del
cristal en ser pura en las verdades y fuerte y clara, limpia de errores y
formas naturales. Y llámala fuente, porque de ella le manan al alma las aguas
de todos los bienes espirituales. De donde Cristo Nuestro Señor, hablando con
Si en esos tus semblantes plateados.
De donde David (Sal. 67, 14), hablando de ella dice así: Si
durmiéredes entre los dos coros, las plumas de la paloma serán plateadas, y las
postrimerías de su espalda serán en el color del oro. Quiere decir que, si
cerráremos los ojos del entendimiento a las cosas de arriba y a las de abajo, a
lo cual llama dormir en medio, quedaremos sólo en fe, a la cual llama paloma,
cuyas plumas, que son las verdades que nos dice, serán plateadas; porque en
esta vida la fe nos las propone oscuras y encubiertas, que por eso las llama
aquí semblantes plateados; pero a la postre de esta fe, que será cuando se
acabe la fe por la clara visión de Dios, quedará la sustancia de la fe, desnuda
del velo de esta plata, de color como el oro.
De manera que la fe nos da y comunica al mismo Dios, pero
cubierto con plata de fe; y no por eso nos le deja de dar en la verdad, así
como el que da un vaso de oro plateado, no porque vaya cubierto con plata deja
de dar el vaso de oro. De donde cuando
Dice, pues, ahora el alma a la fe: ¡Oh, si en esos tus
semblantes plateados, que son los artículos ya dichos, con que tienes cubierto
el oro de los divinos rayos, que son los ojos deseados que añade luego,
diciendo:
formases de repente los ojos deseados!
4. Por los ojos entiende, como dijimos, los rayos y verdades
divinas, las cuales, como también habemos dicho, la fe nos las propone en sus
artículos cubiertas e informes. Y así, es como si dijera: ¡Oh, si esas verdades
que informe y oscuramente me enseñas encubiertas en tus artículos de fe,
acabases ya de dármelas clara y formadamente descubiertas en ellos, como lo
pide mi deseo! Y llama aquí ojos a estas verdades por la grande presencia que
del Amado siente, que le parece la está ya siempre mirando; por lo cual dice:
Que tengo en mis entrañas dibujados.
5. Dice que las tiene en sus entrañas dibujadas, es a saber,
en su alma según el entendimiento y la voluntad; porque, según el
entendimiento, tiene estas verdades infundidas por fe en su alma. Y porque la
noticia de ellas no es perfecta, dice que están dibujadas; porque así como el
dibujo no es perfecta pintura, así la noticia de la fe no es perfecto
conocimiento. Por tanto, las verdades que se infunden en el alma por fe están
como en dibujo, y cuando estén en clara visión, estarán en el alma como
perfecta y acabada pintura, según aquello que dice el Apóstol (1 Cor 13, 10),
diciendo: Cum autem venerit quod perfectum est, evacuabitur quod ex parte est,
que quiere decir: Cuando viniere lo que es perfecto, que es la clara visión,
acabarse ha lo que es en parte, que es el conocimiento de la fe.
6. Pero sobre este dibujo de fe hay otro dibujo de amor en
el alma del amante, y es según la voluntad, en la cual de tal manera se dibuja
la figura del Amado, y tan conjunta y vivamente se retrata en él cuando hay
unión de amor, que es verdad decir que el Amado vive en el amante y el amante
en el Amado; y tal manera de semejanza hace el amor en la transformación de los
amados, que se puede decir que cada uno es el otro y que entrambos son uno. La
razón es porque en la unión y transformación de amor el uno da posesión de sí
al otro, y cada uno se deja y da y trueca por el otro; y así, cada uno vive en
el otro, y el uno es el otro, y entrambos son uno por transformación de amor.
Esto es lo que quiso dar a entender san Pablo (Gal. 2, 22) cuando dijo: Vivo
autem, iam non ego; vivit vero in me Christus, que quiere decir: Vivo yo, ya no
yo, pero vive en mí Cristo. Porque en decir vivo yo, ya no yo, dio a entender
que, aunque vivía él, no era vida suya, porque estaba transformado en Cristo,
que su vida más era divina que humana; y por eso dice que no vivía él, sino
Cristo en él.
7. De manera que, según esta semejanza de transformación,
podemos decir que su vida y la vida de Cristo toda era una vida por unión de
amor. Lo cual se hará perfectamente en el cielo en divina vida en todos los que
merecieren verse en Dios; porque, transformados en Dios, vivirán vida de Dios y
no vida suya, aunque si vida suya, porque la vida de Dios será vida suya. Y
entonces dirán de veras: Vivimos nosotros, y no nosotros, porque vive Dios en
nosotros. Lo cual en esta vida aunque puede ser, como lo era en san Pablo, no
empero perfecta y acabadamente, aunque llegue el alma a tal transformación de
amor que sea matrimonio espiritual, que es el más alto estado a que se puede
llegar en esta vida, porque todo se puede llamar dibujo de amor en comparación
de aquella perfecta figura de transformación de gloria. Pero cuando este dibujo
de transformación en esta vida se alcanza es grande buena dicha, porque con eso
se contenta grandemente el Amado; que por eso, deseando él que le pusiese
Inicio
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Apártalos, Amado, que voy de vuelo.
Esposo
Vuélvete, paloma, que el ciervo vulnerado por el otero asoma
al aire de tu vuelo, y fresco toma.
1. En los grandes deseos y fervores de amor, cuales en las
canciones pasadas ha mostrado el alma, suele el Amado visitar a su esposa alta
y delicada y amorosamente y con grande fuerza de amor; porque, ordinariamente,
según los grandes favores y ansias de amor que han precedido en el alma suelen
ser también las mercedes y vistas que Dios la hace, grandes. Y como ahora el
alma con tantas ansias había deseado estos divinos ojos, que en la canción
pasada acaba de decir, descubrióle el Amado algunos rayos de su grandeza y
divinidad, según ella deseaba; los cuales fueron de tanta alteza y con tanta
fuerza comunicados, que la hizo salir de sí por arrobamiento y éxtasi, lo cual
acaece al principio con gran detrimento y temor del natural. Y así, no pudiendo
sufrir el exceso en sujeto tan flaco, dice en la presente canción: Apártalos,
Amado, es a saber, esos tus ojos divinos, porque me hacen volar saliendo de mí
a suma contemplación sobre lo que sufre el natural. Lo cual dice porque le
parecía volaba su alma de las carnes, que es lo que ella deseaba; que por eso
le pidió que los apartase, conviene a saber, dejando de comunicárselos en la
carne, en que no los puede sufrir y gozar como querría, comunicándoselos en el
vuelo que ella hacía fuera de la carne. El cual deseo y vuelo le impidió luego
el Esposo, diciendo: Vuélvete, paloma, que la comunicación que ahora de mí
recibes, aún no es de ese estado de gloria que tú ahora pretendes; pero
vuélvete a mí, que soy a quien tú, llagada de amor, buscas, que también yo,
como el ciervo herido de tu amor, comienzo a mostrarme a ti por tu alta
contemplación, y tomo recreación y refrigerio en el amor de tu contemplación.
Dice, pues, el alma al Esposo:
Apártalos, Amado.
2. Según habemos dicho, el alma, conforme a los grandes
deseos que tenía de estos divinos ojos, que significan
3. Porque es a veces tan grande el tormento que se siente en
las semejantes visitas de arrobamientos, que no hay tormento que así
descoyuntes los huesos y ponga en estrecho al natural; tanto que, si no
proveyese Dios, se acabaría la vida. Y a la verdad, así le parece al alma por
quien pasa, porque siente como desasirse el alma de las carnes y desamparar al
cuerpo. Y la causa es porque semejantes mercedes no se pueden recibir muy en
carne, porque el espíritu es levantado a comunicarse con el Espíritu divino que
viene al alma, y así por fuerza ha de desamparar en alguna manera la carne. Y
de aquí es que ha de padecer la carne y, por consiguiente, el alma en la carne,
por la unidad que tienen en un supuesto. Y, por tanto, el gran tormento que
siente el alma al tiempo de este género de visita y el gran pavor que la hace
verse tratar por vía sobrenatural, la hacen decir: Apártalos, Amado.
4. Pero no se ha de entender que, porque el alma diga que
los aparte, querría que los apartase, porque aquél es un dicho del temor
natural, como habemos dicho; antes, aunque mucho más la costase, no querría
perder estas visitas y mercedes del Amado, porque aunque padece el natural, el
espíritu vuela al recogimiento sobrenatural a gozar del espíritu del Amado, que
es lo que ella deseaba y pedía.
Pero no quisiera ella recibirlo en carne, donde no se puede
cumplidamente, sino poco y con pena, mas en el vuelo del espíritu fuera de la carne,
donde libremente se goza; por lo cual dijo: Apártalos, Amado, es a saber, de
comunicármelos en carne.
Que voy de vuelo.
5. Como si dijera: que voy de vuelo de la carne, para que me
los comuniques fuera de ella, siendo ellos la causa de hacerme volar fuera de
la carne.
Y para que entendamos mejor qué vuelo sea éste, es de notar
que, como habemos dicho, en aquella visitación de Espíritu divino es arrebatado
con gran fuerza el del alma a comunicar con el Espíritu, y destituye al cuerpo
y deja de sentir en él y de tener en él sus acciones, porque las tiene en Dios;
que por eso dijo san Pablo (2 Cor. 12, 2) que en aquel rapto suyo no sabía si
estaba su alma recibiéndole en el cuerpo o fuera del cuerpo. Y no por eso se ha
de entender que destituye y desampara el alma al cuerpo de la vida natural,
sino que no tiene sus acciones en él. Y ésta es la causa por que en estos
raptos y vuelos se queda el cuerpo sin sentido y, aunque le hagan cosas de
grandísimo dolor, no siente; porque no es como otros traspasos y desmayos
naturales, que con el dolor vuelven en sí. Y estos sentimientos tienen en estas
visitas los que no han aún llegado a estado de perfección, sino que van camino
en estado de aprovechados, porque los que han llegado, ya tienen toda la
comunicación hecha en paz y suave amor, y cesan estos arrobamientos, que eran
comunicaciones que disponían para la total comunicación.
6. Lugar era éste conveniente para tratar de las diferencias
de raptos y éxtasis y otros arrobamientos y sutiles vuelos de espíritu que a los
espirituales suelen acaecer; mas porque mi intento no es sino declarar
brevemente estas canciones, como en el prólogo prometí, quedarse ha para quien
mejor lo sepa tratar que yo, y porque también la bienaventurada Teresa de
Jesús, nuestra Madre, dejó escritas de estas cosas de espíritu admirablemente,
las cuales espero en Dios saldrán presto impresas a luz. Lo que aquí, pues, el
alma dice del vuelo, hase de entender por arrobamiento y éxtasi del espíritu a
Dios. Y dícele luego el Amado:
Vuélvete, paloma.
7. De muy buena gana se iba el alma del cuerpo en aquel
vuelo espiritual, pensando que se le acababa ya la vida y que pudiera gozarse
con su Esposo para siempre y quedarse al descubierto con él; mas atajóle el
Esposo el paso, diciendo: Vuélvete, paloma, como si dijera: paloma en el vuelo
alto y ligero que llevas de contemplación, y en el amor con que ardes, y
simplicidad con que vas (porque estas tres propiedades tiene la paloma);
vuélvete de ese vuelo alto en que pretendes llegar a poseerme de veras, que aún
no es llegado ese tiempo de tan alto conocimiento, y acomódate a este más bajo
que yo ahora te comunico en este tu exceso, y es:
Que el ciervo vulnerado.
8. Compárase el Esposo al ciervo, porque aquí por el ciervo
entiende a sí mismo. Y es de saber que la propiedad del ciervo es subirse a los
lugares altos y, cuando está herido, vase con gran priesa a buscar refrigerio a
las aguas frías, y si oye quejar a la consorte y siente que está herida, luego
se va con ella y la regala y acaricia. Y así hace ahora el Esposo, porque,
viendo a la esposa herida de su amor, él también al gemido de ella viene herido
del amor de ella; porque en los enamorados la herida de uno es de entrambos y
un mismo sentimiento tienen los dos. Y así, es como si dijera: vuélvete, esposa
mía, a mí, que, si llagada vas de amor de mí, yo también como el ciervo vengo
en esta tu llaga llagado a ti, que soy como el ciervo, y también en asomar por
lo alto, que por eso dice:
Por el otero asoma,
9. esto es, por la altura de tu contemplación que tienes en
ese vuelo; porque la contemplación es un puesto alto por donde Dios en esta
vida se comienza a comunicar al alma y mostrársele, mas no acaba; que por eso
no dice que acaba de parecer, sino que asoma, porque por altas que sean las
noticias que de Dios se le dan al alma en esta vida, todas son como unas muy
desviadas asomadas. Y síguese la tercera propiedad que decíamos del ciervo, y
es la que se contiene en el verso siguiente:
Al aire de tu vuelo, y fresco toma.
10. Por el vuelo entiende la contemplación de aquel éxtasis
que habemos dicho, y por el aire entiende aquel espíritu de amor que causa en
el alma este vuelo de contemplación. Y llama aquí a este amor, causado por el
vuelo, aire harto apropiadamente; porque el Espíritu Santo, que es amor, también
se compara en la divina Escritura al aire, porque es aspirado del Padre y del
Hijo. Y así como allí es aire del vuelo, esto es, que de la contemplación y
sabiduría del Padre y del Hijo procede y es aspirado, así aquí, a este amor del
alma llama el Esposo aire, porque de la contemplación y noticia que a este
tiempo tiene de Dios le procede.
Y es de notar que no dice aquí el Esposo que viene al vuelo,
sino al aire del vuelo, porque Dios no se comunica propiamente al alma por el
vuelo del alma, que es, como habemos dicho, el conocimiento que tiene de Dios,
sino por el amor del conocimiento; porque así como el amor es unión del Padre y
del Hijo, así lo es del alma con Dios. Y de aquí es que, aunque un alma tenga
altísimas noticias de Dios y contemplación y conociere todos los misterios, si
no tiene amor, no le hace nada al caso, como dice san Pablo (1 Cor. 13, 2) para
unirse con Dios. Porque, como también dice el mismo (Col. 3, 14): Charitatem
habete, quod est vinculum perfectionis, es a saber: Tened esta caridad, que es
vínculo de perfección. Esta caridad, pues, y amor del alma hace venir al Esposo
corriendo a beber de esta fuente de amor de su Esposa, como las aguas frescas
hacen venir al ciervo sediento y llagado a tomar refrigerio, y por eso se
sigue: Y fresco toma.
11. Porque así como el aire hace fresco y refrigerio al que
está fatigado del calor, así este aire de amor refrigera y recrea al que arde
con fuego de amor; porque tiene tal propiedad este fuego de amor, que el aire
con que toma fresco y refrigerio es más fuego de amor, porque en el amante el
amor es llama que arde con apetito de arder más, según hace la llama del fuego
natural. Por tanto, al cumplimiento de este apetito suyo de arder más en el
ardor del amor de su esposa, que es el aire del vuelo de ella, llama aquí tomar
fresco. Y así es como si dijera: al ardor de tu vuelo arde más, porque un amor
enciende otro amor.
Donde es de notar que Dios no pone su gracia y amor en el
alma sino según la voluntad y amor del alma. Por lo cual, esto ha de procurar
el buen enamorado que no falte, pues por ese medio, como habemos dicho, moverá
más, si así se puede decir, a que Dios le tenga más amor y se recree más en su
alma. Y para seguir esta caridad, hase de ejercitar lo que de ella dice el
Apóstol (1 Cor. 13, 47), diciendo: La caridad es paciente, es benigna, no es
envidiosa, no hace mal, no se ensoberbece, no es ambiciosa, no busca sus mismas
cosas, no se alborota, no piensa mal, no se huelga sobre la maldad, gózase en
la verdad, todas las cosas sufre que son de sufrir, cree todas las cosas, es a
saber, las que se deben creer, todas las casas espera y todas las cosas
sustenta, es a saber, que convienen a la caridad.
Inicio
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Mi Amado, las montañas, los valles solitarios nemorosos, las
ínsulas extrañas, los ríos sonorosos, el silbo de los aires amorosos,
la noche sosegada en par de los levantes de la aurora, la
música callada, la soledad sonora, la cena que recrea y enamora.
1. Antes que entremos en la declaración de estas canciones
es necesario advertir, para más inteligencia de ellas y de las que después de
ellas se siguen, que en este vuelo espiritual, que acabamos de decir, se denota
un alto estado y unión de amor, en que, después de mucho ejercicio espiritual,
suele Dios poner al alma, al cual llaman desposorio espiritual con el Verbo
Hijo de Dios.
Y al principio que se hace esto, que es la primera vez,
comunica Dios al alma grandes cosas de sí, hermoseándola de grandeza y majestad
y arreándola de dones y virtudes y vistiéndola de conocimiento y honra de Dios,
bien así como a desposada en el día de su desposorio. Y en este dichoso día no
solamente se le acaban al alma sus ansias vehementes y querellas de amor que
antes tenía, mas, quedando adornada de los bienes que digo, comiénzale un
estado de paz y deleite y de suavidad de amor, según se da a entender en las
presentes canciones, en las cuales no hace otra cosa sino contar y cantar las
grandezas de su Amado, las cuales conoce y goza en él por la dicha unión del
desposorio. Y así, en las demás canciones siguientes ya no dice cosas de penas
ni ansias, como antes hacía, sino comunicación y ejercicio de dulce y pacifico
amor con su Amado, porque ya en este estado todo aquello fenece.
Y es de notar que en estas dos canciones se contiene lo más
que Dios suele comunicar a este tiempo a un alma. Pero no se ha de entender que
a todas las que llegan a este estado se les comunica todo lo que en estas dos
canciones se declara, ni en una misma manera y medida de conocimiento y
sentimiento; porque a unas almas se les da más, y a otras menos, y a unas en
una manera y a otras en otra, aunque lo uno y lo otro puede ser en este estado
del desposorio espiritual, mas pónese aquí lo más que puede ser, porque en ello
se comprehende todo. Y síguese la declaración:
DECLARACIÓN
DE LAS DOS CANCIONES
2. Pues como esta palomica del alma andaba volando por los aires
de amor sobre las aguas del diluvio de las fatigas y ansias suyas de amor que
ha mostrado hasta aquí, no hallando donde descansase su pie, a este último
vuelo que habemos dicho extendió el piadoso padre Noé la mano de su
misericordia y recogióla, metiéndola en el arca de su caridad y amor. Y esto
fue al tiempo que en la canción que acabamos de declarar dijo: Vuélvete,
paloma.
3. Y es de notar que, así como en el arca de Noé, según dice
la divina Escritura (Gn. 6, 14 ss.), había muchas mansiones para muchas
diferencias de animales, y todos los manjares que se podían comer, así el alma
en este vuelo que hace a esta divina arca del pecho de Dios, no sólo echa de
ver en ella las muchas mansiones que Su Majestad dijo por san Juan (Jn 14, 2)
que había en la casa de su Padre, mas ve y conoce haber allí todos los
manjares, esto es, todas las grandezas que puede gustar el alma, que son todas
las cosas que se contienen en las dos sobredichas canciones, significadas por
aquellos vocablos comunes; las cuales en sustancia son las que se siguen.
4. Ve el alma y gusta en esta divina unión abundancia y
riquezas inestimables, y halla todo el descanso y recreación que ella desea, y
entiende secretos e inteligencias de Dios extrañas, que es otro manjar de los
que mejor le saben; y siente en Dios un terrible poder y fuerza que todo otro
poder y fuerza priva, y gusta allí admirable suavidad y deleite de espíritu,
halla verdadero sosiego y luz divina, y gusta altamente de la sabiduría de
Dios, que en la armonía de las criaturas y hechos de Dios reluce; y siéntese
llena de bienes y vacía y ajena de males, y, sobre todo, entiende y goza de una
inestimable refección de amor, que la confirma en amor. Y ésta es la sustancia
de lo que se contiene en las dos canciones sobredichas.
5. En las cuales dice
En lo cual se ha de entender que todo lo que aquí se declara
está en Dios eminentemente en infinita manera, o, por mejor decir, cada una de
estas grandezas que se dicen es Dios, y todas ellas juntas son Dios; que, por
cuanto en este caso se une el alma con Dios, siente ser todas las cosas Dios en
un simple ser, según lo sintió san Juan (Jn 1, 4) cuando dijo: Quod factum est,
in ipso vita erat, es a saber: Lo que fue hecho, en él era vida. Y así no se ha
de entender que en lo que aquí se dice que siente el alma es como ver las cosas
en la luz o las criaturas en Dios, sino que en aquella posesión siente serle
todas las cosas Dios. Y tampoco se ha de entender que, porque el alma siente
tan subidamente de Dios en lo que vamos diciendo, vea a Dios esencial y
claramente, que no es sino una fuerte y copiosa comunicación y vislumbre de lo
que él es en sí, en que siente el alma este bien de las cosas que ahora en los
versos declararemos, conviene a saber:
Mi Amado, las montañas.
6. Las montañas tienen alturas, son abundantes, anchas,
hermosas, graciosas, floridas y olorosas. Estas montañas es mi Amado para mí.
Los valles solitarios nemorosos.
7. Los valles solitarios son quietos, amenos, frescos,
umbrosos, de dulces aguas llenos, y en la variedad de sus arboledas y suave
canto de aves hacen gran recreación y deleite al sentido, dan refrigerio y
descanso en su soledad y silencio. Estos valles es mi Amado para mí.
Las ínsulas extrañas.
8. Las ínsulas extrañas están ceñidas con la mar y allende
de los mares, muy apartadas y ajenas de la comunicación de los hombres; y así,
en ellas se crían y nacen cosas muy diferentes de las de por acá, de muy
extrañas maneras y virtudes nunca vistas de los hombres, que hacen grande
novedad y admiración a quien las ve. Y así, por las grandes y admirables
novedades y noticias extrañas, alejadas del conocimiento común que el alma ve
en Dios, le llama ínsulas extrañas. Porque extraño llaman a uno por una de dos
cosas: o porque se anda retirado de la gente, o porque es excelente y
particular entre los demás hombres en sus hechos y obras. Por estas dos cosas
llama el alma aquí a Dios extraño; porque no solamente es toda la extrañez de
las ínsulas nunca vistas, pero también sus vías, consejos y obras son muy
extrañas y nuevas y admirables para los hombres. Y no es maravilla que sea Dios
extraño a los hombres que no le han visto, pues también lo es a los santos
ángeles y almas que le ven, pues no le pueden acabar de ver ni acabarán; y
hasta el último día del juicio van viendo en él tantas novedades según sus profundos
juicios y acerca de las obras de su misericordia y justicia, que siempre les
hace novedad y siempre se maravillan más. De manera que no solamente los
hombres, pero también los ángeles le pueden llamar ínsulas extrañas. Sólo para
sí no es extraño, ni tampoco para sí es nuevo.
Los ríos sonorosos.
9. Los ríos tienen tres propiedades: la primera, que todo lo
que encuentran embisten y anegan; la segunda, que hinchen todos los bajos y
vacíos que hallan delante; la tercera, que tienen tal sonido, que todo otro
sonido privan y ocupan. Y porque en esta comunicación de Dios que vamos
diciendo siente el alma en él muy sabrosamente estas tres propiedades, dice que
su Amado es los ríos sonorosos.
Cuanto a la primera propiedad que el alma siente, es de
saber que de tal manera se ve el alma embestir del torrente del espíritu de
Dios en este caso y con tanta fuerza apoderarse de ella, que la parece que
vienen sobre ella todos los ríos del mundo que la embisten, y siente ser allí
anegadas todas sus acciones y pasiones en que antes estaba. Y no porque es cosa
de tanta fuerza es cosa de tormento, porque estos ríos son ríos de paz, según
por Isaías (Is 66, 12) da Dios a entender de este embestir en el alma,
diciendo: Ecce ego declinabo super eam quasi fluvium pacis et quasi torrentem
inundantem gloriam; quiere decir: Notad y advertid que yo declinaré y embestiré
sobre ella, es a saber, sobre el alma, como un río de paz y así como un
torrente que va redundando gloria. Y así, esté embestir divino que hace Dios en
el alma, como ríos sonorosos, toda la hinche de paz y gloria.
La segunda propiedad que el alma siente es que esta divina
agua a este tiempo hinche los bajos de su humildad y llena los vacíos de sus
apetitos, según lo dice san Lucas: Exaltavit humiles, esurientes implevit
bonis, que quiere decir: Ensalzó a los humildes, y a los hambrientos llenó de
bienes (Lc 1, 5253).
La tercera propiedad que el alma siente en estos sonorosos
ríos de su Amado es un sonido y voz espiritual que es sobre todo sonido y sobre
toda voz; la cual voz priva toda otra voz y su sonido excede todos los sonidos
del mundo. Y en declarar cómo esto sea, nos habremos de detener algún tanto.
10. Esta voz, o este sonoroso sonido de estos ríos que aquí
dice el alma, es un henchimiento tan abundante que la hinche de bienes y un
poder tan poderoso que la posee, que no sólo le parecen sonidos de ríos, sino
aun poderosísimos truenos. Pero esta voz es voz espiritual y no trae esotros
sonidos corporales, ni la pena y molestia de ellos, sino grandeza, fuerza, poder
y deleite y gloria; y así es como una voz y sonido inmenso interior que viste
al alma de poder y fortaleza. Esta espiritual voz y sonido se hizo en el
espíritu de los apóstoles al tiempo que el Espíritu Santo con vehemente
torrente, como se dice en los Actos de los Apóstoles (Act 2, 2), descendió
sobre ellos; que para dar a entender la espiritual voz que interiormente les
hacía, se oyó aquel sonido de fuera como de aire vehemente, de manera que fuese
oído de todos los que estaban dentro en Jerusalén; por el cual, como decimos,
se denotaba el que dentro en sí recibían los apóstoles, que era, como habemos
dicho, henchimiento de poder y fortaleza. Y también cuando estaba el Señor
Jesús rogando al Padre en el aprieto y angustia que recibía de sus enemigos, según
lo dice san Juan (Jn 12, 28), le vino una voz del cielo interior, confortándole
según la humanidad, cuyo sonido oyeron de fuera los judíos tan grave y
vehemente, que unos decían que se había hecho algún trueno, y otros decían que
le había hablado un ángel del cielo; y era que por aquella voz que se oía de
fuera se denotaba y daba a entender la fortaleza y poder que según la humanidad
a Cristo se le daba de dentro.
Y no por eso se ha de entender que deja el alma de recibir
el sonido de la voz espiritual en el espíritu. Donde es de notar que la voz
espiritual es el efecto que ella hace en el alma, así como la corporal imprime
su sonido en el oído y la inteligencia en el espíritu. Lo cual quiso dar a
entender David (Sal. 67, 34) cuando dijo: Ecce dabit voci suae vocem virtutis,
que quiere decir: Mirad que Dios dará a su voz, voz de virtud. La cual virtud
es la voz interior. Porque decir David dará a su voz, voz de virtud, es decir:
a la voz exterior que se siente de fuera, dará voz de virtud que se siente de
dentro. De donde es de saber que Dios es voz infinita y, comunicándose al alma
en la manera dicha, hácele efecto de inmensa voz.
11. Esta voz oyó san Juan en el Apocalipsis (Ap 14, 2), y
dice que la voz que oyó del cielo erat tanquam vocem aquarum multarum et
tanquam vocem tonitrui magni; quiere decir que era la voz que oyó como voz de
muchas aguas y como voz de un grande trueno. Y porque no se entienda que esta
voz, por ser tan grande, era penosa y áspera, añade luego diciendo que esta
misma voz era tan suave que erat sicut citharoedorum citharizantium in citharis
suis, que quiere decir: Era como de muchos tañedores que citarizaban en sus
citaras. Y Ezequiel (Ez 1, 24) dice que este sonido como de muchas aguas era
quasi sonum sublimis Dei, es a saber: Como sonido del altísimo Dios, esto es,
que altísima y suavísimamente en él se comunicaba. Esta voz es infinita,
porque, como decíamos, es el mismo Dios que se comunica, haciendo voz en el
alma, mas cíñese a cada alma, dando voz de virtud según le cuadra limitadamente,
y hace gran deleite y grandeza al alma; que por eso dijo
El silbo de los aires amorosos.
12. Dos cosas dice el alma en el presente verso, es a saber:
aires y silbo. Por los aires amorosos se entienden aquí las virtudes y gracias
del Amado, las cuales mediante la dicha unión del Esposo embisten en el alma y
amorosísimamente se comunican y tocan en la sustancia de ella.
Y al silbo de estos aires llama una subidísima y sabrosísima
inteligencia de Dios y de sus virtudes, la cual redunda en el entendimiento del
toque que hacen estas virtudes de Dios en la sustancia del alma. Y éste es el
más subido deleite que hay en todo lo demás que gusta el alma aquí.
13. Y para que mejor se entienda lo dicho, es de notar que,
así como en el aire se sienten dos cosas, que son toque y silbo o sonido, así
en esta comunicación del Esposo se sienten otras dos cosas, que son sentimiento
de deleite e inteligencia. Y así como el toque del aire se gusta con el sentido
del tacto y el silbo del mismo aire con el oído, así también el toque de las
virtudes del Amado se sienten y gozan en el tacto de esta alma, que es en la
sustancia de ella, y la inteligencia de las tales virtudes de Dios se sienten
en el oído del alma, que es en el entendimiento.
Y es también de saber que entonces se dice venir el aire
amoroso cuando sabrosamente hiere, satisfaciendo el apetito del que deseaba el
tal refrigerio; porque entonces se regala y recrea el sentido del tacto, y con
este regalo del tacto siente el oído gran deleite en el sonido y silbo del
aire, mucho más que el tacto en el toque del aire; porque el sentido del oído es
más espiritual, o, por mejor decir, allégase más a lo espiritual que el tacto,
y así el deleite que causa es más espiritual que el que causa el tacto.
14. Ni más ni menos, porque este toque de Dios satisface
grandemente y regala la sustancia del alma, cumpliendo suavemente su apetito,
que era de verse en la tal unión, llama a la dicha unión o toque, aires
amorosos; porque, como habemos dicho, amorosa y dulcemente se le comunican las
virtudes del Amado en él, de lo cual se deriva en el entendimiento el silbo de
la inteligencia. Y llámale silbo, porque así como el silbo del aire causado se
entra agudamente en el vasillo del oído, así esta sutilísima y delicada
inteligencia se entra con admirable sabor y deleite en lo íntimo de la
sustancia del alma, que es muy mayor deleite que todos los demás.
La causa es, porque se le da sustancia entendida y desnuda
de accidentes y fantasmas, porque se da al entendimiento que llaman los
filósofos pasivo o posible, porque pasivamente, sin él hacer nada de su parte,
la recibe, lo cual es el principal deleite del alma, porque es en el
entendimiento, en que consiste la fruición, como dicen los teólogos, que es ver
a Dios. Que por significar este silbo la dicha inteligencia sustancial, piensan
algunos teólogos que vio nuestro padre Elías a Dios en aquel silbo de aire
delgado que sintió en el monte a la boca de su cueva. Allí le llama
15. Este divino silbo que entra por el oído del alma, no solamente
es sustancia, como he dicho, entendida, sino también descubrimiento de verdades
de la divinidad y revelación de secretos suyos ocultos; porque, ordinariamente,
todas las veces que en
16. Y no se ha de entender que esto que el alma entiende,
porque sea sustancia desnuda, como habemos dicho, sea la perfecta y clara
fruición, como en el cielo; porque, aunque es desnuda de accidentes, no es por
eso clara sino oscura, porque es contemplación, la cual es en esta vida, como
dice san Dionisio, rayo de tiniebla; y así podemos decir que es un rayo e imagen
de fruición, por cuanto es en el entendimiento, en que consiste la fruición.
Esta sustancia entendida, que aquí llama el alma silbo, es
los ojos deseados, que descubriéndoselos el Amado, dijo, porque no los podía
sufrir el sentido: Apártalos, Amado.
17. Y porque me parece viene muy a propósito en este lugar
una autoridad de Job, que confirma mucha parte de lo que he dicho en este
arrobamiento y desposorio, referiréla aquí (aunque nos detengamos un poco más),
y declararé las partes de ella que son a nuestro propósito. Y primero la pondré
toda en latín, y luego toda en romance, y después declararé brevemente lo que
de ella conviniere a nuestro propósito; y, acabado esto, proseguiré la
declaración de los versos de la otra canción. Dice, pues, Elifaz Temanites en
Job (Jb 4, 1216), de esta manera: Porro ad me dictum est verbum absconditum,
et quasi furtive suscepit auris mea venas susurri eius. In horrore visionis
nocturnae, quando solet sopor occupare homines, pavor tenuit me, et tremor, et
omnia ossa mea perterrita sunt: et cum spiritus, me praesente, transiret,
inhorruerunt pili carnis meae: stetit quidam, cuius non agnoscebam vultum,
imago coram oculis meis et vocem quasi aurae lenis audivi. Y en romance quiere
decir: De verdad a mí se me dijo una palabra escondida, y como a hurtadillas
recibió mi oreja las venas de su susurro. En el horror de la visión nocturna,
cuando el sueño suele ocupar a los hombres, ocupóme el pavor y el temblor, y
todos mis huesos se alborotaron; y, como el espíritu pasase en mi presencia,
encogiéronseme las pieles de mi carne; púsose delante uno cuyo rostro no
conocía: era imagen delante de mis ojos; y oí una voz de aire delgado.
En la cual autoridad se contiene casi todo lo que habemos
dicho aquí, hasta este punto de este rapto desde la canción doce, que dice:
Apártalos, Amado. Porque en lo que aquí dice Elifaz Temanites, que se le dijo
una palabra escondida, se significa aquello escondido que se le dio al alma,
cuya grandeza no pudiendo sufrir, dijo: Apártalos, Amado.
18. Y en decir que recibió su oreja las venas de su susurro
como a hurtadillas, es decir la sustancia desnuda que habemos dicho que recibe
el entendimiento; porque venas aquí denotan sustancia interior, y el susurro
significa aquella comunicación y toque de virtudes, de donde se comunica al
entendimiento la dicha sustancia entendida. Y llámale aquí susurro, porque es
muy suave la tal comunicación, así como allí la llama aires amorosos el alma,
porque amorosamente se comunica. Y dice que le recibió como a hurtadillas, porque
así como lo que se hurta es ajeno, así aquel secreto era ajeno del hombre,
hablando naturalmente, porque recibió lo que no era de su natural; y así no le
era lícito recibirle, como tampoco a san Pablo (2 Cor. 12 4) le era lícito
poder decir el suyo. Por lo cual dijo el otro profeta (Is. 24, 16) dos veces:
Mi secreto para mí.
Y cuando dijo: En el horror de la visión nocturna, cuando
suele el sueño ocupar a los hombres, me ocupó el pavor y temblor, da a entender
el temor y temblor que naturalmente hace al alma aquella comunicación de
arrobamiento que decíamos no podía sufrir el natural en la comunicación del
espíritu de Dios. Porque da aquí a entender este profeta que, así como al
tiempo que se van a dormir los hombres les suele oprimir y atemorizar una
visión que llaman pesadilla, la cual les acaece entre el sueño y la vigilia,
que es en aquel punto que comienza el sueño, así al tiempo de este traspaso
espiritual entre el sueño de la ignorancia natural y la vigilia del
conocimiento sobrenatural, que es el principio del arrobamiento o éxtasi, les
hace temor y temblor la visión espiritual que entonces se les comunica.
19. Y añade más, diciendo que todos sus huesos se
asombraron, o alborotaron, que quiere tanto decir como si dijera: se
conmovieron y descasaron de sus lugares; en lo cual se da a entender el gran
descoyuntamiento de huesos que habemos dicho padecerse a este tiempo. Lo cual
da bien a entender Daniel (Dn 10, 16) cuando vio al ángel, diciendo: Domine, in
visione tua dissolutae sunt compages meae, esto es: Señor, en tu visión las
junturas de mis huesos se han abierto.
Y en lo que dice luego, que es: Y como el espíritu pasase en
mi presencia, es a saber, haciendo pasar al mío de sus límites y vías naturales
por el arrobamiento que habemos dicho, encogiéronse las pieles de mi carne, da
a entender lo que habemos dicho del cuerpo, que en este traspaso se queda
helado y encogidas las carnes como muerto.
20. Y luego se sigue: Estuvo uno, cuyo rostro no conocía:
era imagen delante mis ojos. Este que dice que estuvo, era Dios que se
comunicaba en la manera dicha. Y dice que no conocía su rostro, para dar a
entender que en la tal comunicación y visión, aunque es altísima, no se conoce,
ni ve el rostro y esencia de Dios. Pero dice que era imagen delante sus ojos;
porque, como habemos dicho, aquella inteligencia de palabra escondida era
altísima como imagen y rastro de Dios; mas no se entiende que es ver
esencialmente a Dios.
21. Y luego concluye, diciendo: Y oí una voz de aire
delicado, en que se entiende el silbo de los aires amorosos, que dice aquí el
alma que es su Amado.
Y no se ha de entender que siempre acaecen estas visitas con
estos temores y detrimentos naturales, que, como queda dicho, es a los que
comienzan a entrar en estado de iluminación y perfección y en este género de
comunicación, porque en otros antes acaecen con gran suavidad. Síguese la
declaración:
La noche sosegada.
22. En este sueño espiritual que el alma tiene en el pecho
de su Amado, posee y gusta todo el sosiego y descanso y quietud de la pacífica
noche, y recibe juntamente en Dios una abisal y oscura inteligencia divina; y
por eso dice que su Amado es para ella la noche sosegada,
en par de los levantes de la aurora.
23. Pero esta noche sosegada dice que es no de manera que
sea como oscura noche, sino como la noche junto ya a los levantes de la mañana;
porque este sosiego y quietud en Dios no le es al alma del todo oscuro, como
oscura noche, sino sosiego y quietud en luz divina en conocimiento de Dios
nuevo, en que el espíritu está suavísimamente quieto, levantado a luz divina. Y
llama bien propiamente aquí a esta luz divina levantes de la aurora, que quiere
decir la mañana. Porque así como los levantes de la mañana despiden la
oscuridad de la noche y descubren la luz del día, así este espíritu sosegado y
quieto en Dios es levantado de la tiniebla del conocimiento natural a la luz
matutinal del conocimiento sobrenatural de Dios, no claro, sino, como dicho es,
oscuro, como noche en par de los levantes de la aurora. Porque así como la
noche en par de los levantes ni del todo es noche ni del todo es día, sino,
como dicen, entre dos luces, así esta soledad y sosiego divino, ni con toda
claridad es informado de la luz divina ni deja de participar algo de ella.
24. En este sosiego se ve el entendimiento levantado con
extraña novedad sobre todo natural entender a la divina luz, bien así como el
que después de un largo sueño abre los ojos a la luz que no esperaba. Este
conocimiento entiendo quiso dar a entender David (Sal. 101, 8), cuando dijo:
Vigilavi et factus sum sicut passer solitarius in tecto, que quiere decir:
Recordé y fui hecho semejante al pájaro solitario en el tejado. Como si dijera:
abrí los ojos de mi entendimiento y halléme sobre todas las inteligencias
naturales, solitario sin ellas en el tejado, que es sobre todas las cosas de
abajo.
Y dice aquí que fue hecho semejante al pájaro solitario,
porque en esta manera de contemplación tiene el espíritu las propiedades de
este pájaro, las cuales son cinco: la primera, que ordinariamente se pone en lo
más alto; y así el espíritu en este paso se pone en altísima contemplación; la
segunda, que siempre tiene vuelto el pico hacia donde viene el aire; y así el
espíritu vuelve aquí el pico del afecto hacia donde le viene el espíritu de
amor, que es Dios. La tercera es que ordinariamente está solo y no consiente
otra ave alguna junto a sí, sino que, en sentándose junto alguna, luego se va;
y así el espíritu en esta contemplación está en soledad de todas las cosas,
desnudo de todas ellas, ni consiente en sí otra cosa que soledad en Dios. La
cuarta propiedad es que canta muy suavemente, y lo mismo hace a Dios el
espíritu a este tiempo, porque las alabanzas que hace a Dios son de suavísimo
amor, sabrosísimas para sí y preciosísimas para Dios. La quinta es que no es de
algún determinado color; y así es el espíritu perfecto, que no sólo en este
exceso no tiene algún color de afecto sensual y amor propio, mas ni aun
particular consideración en lo superior ni inferior, ni podrá decir de ello
modo ni manera, porque es abismo de noticia de Dios la que le posee, según se
ha dicho.
La música callada.
25. En aquel sosiego y silencio de la noche ya dicha, y en
aquella noticia de la luz divina, echa de ver el alma una admirable
conveniencia y disposición de
la soledad sonora.
26. Lo cual es casi lo mismo que la música callada, porque,
aunque aquella música es callada cuanto a los sentidos y potencias naturales,
es soledad muy sonora para las potencias espirituales; porque, estando ellas
solas y vacías de todas las formas y aprehensiones naturales, pueden recibir
bien el sonido espiritual sonorísimamente en el espíritu de la excelencia de
Dios en sí y en sus criaturas, según aquello que dijimos arriba haber visto san
Juan en espíritu en el Apocalipsis (Ap 14, 2), conviene a saber: Voz de muchos
citaredos que citarizaban en sus cítaras; lo cual fue en espíritu, y no de
citaras materiales, sino cierto conocimiento de las alabanzas de los
bienaventurados que cada uno en su manera de gloria hace a Dios continuamente;
lo cual es como música, porque así como cada uno posee diferentemente sus
dones, así cada uno canta su alabanza diferentemente, y todos en una
concordancia de amor bien así como música.
La cena que recrea y enamora.
28. La cena a los amados hace recreación, hartura y amor. Y
porque estas tres cosas causa el Amado al alma en esta suave comunicación, le
llama ella aquí la cena que recrea y enamora.
Es de saber que en
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Nuestro lecho florido, de cuevas de leones enlazado, en
púrpura tendido, de paz edificado, de mil escudos de oro coronado.
1. En las dos canciones pasadas ha cantado
Nuestro lecho florido.
2. Este lecho florido es el pecho y amor del Amado, en que
el alma, hecha esposa, está ya unida: el cual está ya florido para ella por
razón de la unión y junta que está ya hecha entre los dos, mediante la cual se
le comunican a ella las virtudes, gracias y dones del Amado, con los cuales
está ella tan hermoseada y rica y llena de deleites, que la parece estar en un
lecho de variedad de suaves flores que con su toque deleitan y con su olor
recrean; por lo cual llama ella a esta unión de amor lecho florido. Así le
llama
Y llámale nuestro, porque unas mismas virtudes y un mismo
amor, conviene saber, del Amado, son ya de entrambos y un mismo deleite el de
entrambos, según aquello que dice el Espíritu Santo en los Proverbios (Pv 8,
31), es a saber: Mis deleites son con los hijos de los hombres.
Llámale también florido, porque en este estado están ya las
virtudes en el alma perfectas y puestas en ejercicio de obras perfectas y
heroicas, lo cual aun no había podido ser hasta que el lecho estuviese florido
en perfecta unión con Dios. Y por eso dice:
De cuevas de leones enlazado.
3. Por la fortaleza y acrimonia del león compara aquí a las
virtudes que ya posee el alma en este estado a las cuevas de los leones, las
cuales están muy seguras y amparadas de todos los demás animales; porque, temiendo
ellos la fortaleza y osadía del león que está dentro, no sólo no se atreven a
entrar, mas ni aun junto a ella osan parar. Así, cada una de las virtudes,
cuando ya las posee el alma en perfección, es como una cueva de león, en la
cual mora y asiste el Esposo fuerte como león, unido con el alma en aquella
virtud y en cada una de las demás virtudes; y la misma alma, unida con él en
esas mismas virtudes, está como un fuerte león, porque allí recibe las
propiedades del Amado. Y en este caso está el alma tan amparada y fuerte con
cada virtud y con todas ellas juntas en esta unión de Dios, que es el lecho
florido, que no sólo el demonio no se atreve a acometer a la tal alma, mas ni
aún osa parecer delante de ella por el gran temor que ha de ella, viéndola tan
engrandecida y osada con las virtudes perfectas en el lecho del Amado; porque,
estando ella unida con Dios en transformación de amor, tanto la teme como al
mismo Dios, y no la osa ni aun mirar: teme mucho el demonio al alma que tiene
perfección.
4. Está este lecho del alma enlazado de estas virtudes,
porque en este estado de tal manera están trabadas entre sí y fortalecidas unas
con otras y unidas en una acabada perfección del alma, que no queda parte, no
sólo para que el demonio pueda entrar, mas también está amparada para que
ninguna cosa del mundo, alta ni baja, la pueda inquietar ni molestar ni mover;
porque, estando ya libre de toda molestia de las pasiones naturales y ajena y
desnuda de la tormenta y variedad de las cosas temporales, goza en seguro de la
participación de Dios. Esto es lo que deseaba
5. Pero, allende de esta ordinaria satisfacción y paz, de
tal manera suelen abrirse en el alma y darle olor de sí las flores de virtudes
de este huerto que decimos, que le parece al alma, y así es, estar llena de
deleites de Dios. Y dije que suelen abrirse las flores de virtudes que están en
el alma, porque, aunque el alma esté llena de virtudes en perfección no siempre
las está en acto gozando el alma; aunque, como he dicho, de la paz y
tranquilidad que le causan, sí goza ordinariamente; porque podemos decir que
están en el alma en esta vida como flores en cogollo, cerradas en el huerto,
las cuales algunas veces es cosa admirable ver abrirse todas (causándolo el
Espíritu Santo), y dar de sí admirable olor y fragancia en mucha variedad.
Porque acaecerá que vea el alma en sí las flores de las
montañas que arriba dijimos, que son la abundancia y grandeza y hermosura de
Dios; y en éstas entretejidos los lirios de los valles nemorosos, que son
descanso, refrigerio y amparo; y luego allí entrepuestas las rosas olorosas de
las ínsulas extrañas, que decíamos ser las extrañas noticias de Dios; y también
embestirla el olor de las azucenas de los ríos sonorosos, que decíamos era la
grandeza de Dios que hinche toda el alma; y entretejido allí y enlazado el
delicado olor del jazmín del silbo de los aires amorosos, de que también
dijimos gozaba el alma en este estado; y ni más ni menos, todas las otras
virtudes y dones que decíamos del conocimiento sosegado y la callada música y
la soledad sonora, y la sabrosa y amorosa cena. Y es de tal manera el gozar y
sentir estas flores juntas algunas veces el alma, que puede con harta verdad
decir: Nuestro lecho florido de cuevas de leones enlazado. ¡Dichosa el alma que
en esta vida mereciere gustar alguna vez el olor de estas flores divinas! Y
dice que este lecho está también
en púrpura tendido.
6. Por la púrpura es denotada la caridad en la divina
Escritura (Ct 3, 10), y de ella se visten y sirven los reyes. Dice el alma que
este lecho florido está tendido en púrpura, porque todas las virtudes, riquezas
y bienes de él se sustentan y florecen y se gozan sólo en la caridad y amor del
Rey del cielo, sin el cual amor no podría el alma gozar de este lecho y de sus
flores. Y así, todas estas virtudes están en el alma como tendidas en amor de
Dios, como en sujeto en que bien se conservan; y están como bañadas en amor, porque
todas y cada una de ellas están siempre enamorando al alma de Dios, y en todas
las cosas y obras se mueven con amor a más amor. Eso es estar en púrpura
tendido. Y dice que también está
de paz edificado.
7. Cada una de las virtudes de suyo es pacífica, mansa y
fuerte, y, por el consiguiente, en el alma que las posee hacen estos tres
efectos, conviene a saber: paz, mansedumbre y fortaleza. Y porque este lecho
está florido, compuesto de flores de virtudes, como habemos dicho, y todas
ellas son pacíficas, mansas y fuertes, de aquí es que está de paz edificado, y
el alma pacífica, mansa y fuerte, que son tres propiedades donde no puede
combatir guerra alguna ni de mundo ni de demonio ni de carne. Y tienen las
virtudes al alma tan pacífica y segura, que la parece estar toda ella edificada
de paz. Y dice más, que está también este lecho
de mil escudos de oro coronado.
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A zaga de tu huella las jóvenes discurren al camino, al
toque de centella, al adobado vino, emisiones de bálsamo divino.
1. En esta canción alaba la esposa al Amado de tres mercedes
que de él reciben las almas devotas, con las cuales se animan más y levantan a
amor de Dios; las cuales por experimentarlas ella en este estado, hace aquí de
ellas mención.
La primera dice que es la suavidad que de sí les da, la cual
es tan eficaz que las hace caminar muy apriesa al camino de la perfección.
La segunda es una visita de amor con que súbitamente las
inflama en amor.
La tercera es abundancia de caridad que en ellas infunde,
con que de tal manera las embriaga que las hace levantar el espíritu (así con
esta embriaguez, como con la visita de amor) a enviar alabanzas a Dios y
afectos sabrosos de amor; y así dice:
A zaga de tu huella.
2. La huella es rastro de aquel cuya es la huella, por la
cual se va rastreando y buscando el que la hizo. La suavidad y noticia que da
Dios de sí al alma que le busca, es rastro y huella por donde se va conociendo
y buscando Dios. Por eso dice aquí el alma al Verbo su Esposo: A zaga de tu
huella, esto es, tras el rastro de suavidad que de ti les imprimes e infundes y
olor que de ti derramas,
las jóvenes discurren al camino.
3. Es a saber: las almas devotas, con fuerzas de juventud,
recibidas de la suavidad de tu huella, discurren, esto es, corren por muchas
partes y de muchas maneras (que eso quiere decir discurrir) cada una por la
parte y suerte que Dios la da de espíritu y estado, con muchas diferencias de
ejercicios y obras espirituales, al camino de la vida eterna que es la
perfección evangélica, por la cual encuentran con el Amado en unión de amor
después de la desnudez de espíritu y de todas las cosas.
Esta suavidad y rastro que Dios deja de sí en el alma,
grandemente la aligera y hace correr tras de él; porque entonces el alma muy
poco o nada es lo que trabaja de su parte para andar este camino; antes es
movida y atraída de esta divina huella de Dios, no sólo a que salga, sino a que
corra de muchas maneras, como habemos dicho, al camino. Que por eso la esposa
en los Cantares (Ct 1, 3) pidió al Esposo esta divina atracción, diciendo:
Trahe me, post te curremus in odorem unguentorum tuorum, esto es: Atráeme tras
de ti, y correremos al olor de tus ungüentos. Y después que le dio este divino
olor, dice In odorem unguentorum tuorum currimus: adolescentulae dilexerunt te
nimis; quiere decir: Al olor de tus ungüentos corremos, las jóvenes te amaron
mucho. Y David (Sal. 118, 32) dice: El camino de tus mandamientos corrí cuando
dilataste mi corazón.
Al toque de centella, al adobado vino, emisiones de bálsamo
divino.
4. En los dos versillos primeros habemos declarado que las
almas a zaga de la huella discurren al camino con ejercicios y obras
exteriores; y ahora en estos tres versillos da a entender el alma el ejercicio
que interiormente estas almas hacen con la voluntad, movidas por otras dos
mercedes y visitas interiores que el Amado les hace, a las cuales llama aquí
toque de centella y adobado vino; y al ejercicio interior de la voluntad que
resulta y se causa de estas dos visitas, llama emisiones de bálsamo divino.
Cuanto a lo primero, es de saber que este toque de centella,
que aquí dice es un toque sutilísimo que el Amado hace al alma a veces, aun
cuando ella está más descuidada, de manera que la enciende el corazón en fuego
de amor, que no parece sino una centella de fuego que saltó y la abrasó; y
entonces, con gran presteza, como quien de súbito recuerda, enciéndese la
voluntad en amar, y desear, y alabar, y agradecer, y reverenciar, y estimar, y
rogar a Dios con sabor de amor; a las cuales cosas llama emisiones de bálsamo
divino, que responden al toque de centella, salidas del divino amor que pegó la
centella, que es el bálsamo divino, que conforta y sana al alma con su olor y
sustancia.
5. De este divino toque dice
Al adobado vino.
6. Este adobado vino es otra merced muy mayor que Dios
algunas veces hace a las almas aprovechadas, en que las embriaga en el Espíritu
Santo con un vino de amor suave, sabroso y esforzoso, por lo cual le llama vino
adobado; porque así como el vino adobado está cocido con muchas y diversas
especias olorosas y esforzosas, así este amor, que es el que Dios da a los ya
perfectos, está ya cocido y asentado en sus almas, y adobado con las virtudes
que ya el alma tiene ganadas; el cual, con estas preciosas especias adobado,
tal esfuerzo y abundancia de suave embriaguez pone en el alma en las visitas
que Dios la hace, que con grande eficacia y fuerza la hace enviar a Dios
aquellas emisiones o enviamientos de alabar, amar y reverenciar, etc., que aquí
decimos, y esto con admirables deseos de hacer y padecer por él.
7. Y es de saber que esta merced de la suave embriaguez no
pasa tan presto como la centella, porque es más de asiento; porque la centella
toca y pasa, mas dura algo su efecto, y algunas veces harto; mas el vino
adobado suele durar ello y su efecto harto tiempo (lo cual es, como digo, suave
amor en el alma) y algunas veces un día o dos días; otras, hartos días; aunque
no siempre en un grado de intensión, porque afloja y crece, sin estar en mano
del alma, porque algunas veces, sin hacer nada de su parte, siente el alma en
la íntima sustancia irse suavemente embriagando su espíritu e inflamando de
este divino vino, según aquello que dice David (Sal. 38, 4), diciendo:
Concaluit cor meum intra me, et in meditatione mea exardescet ignis, que quiere
decir: Mi corazón se calentó dentro de mí, y en mi meditación se encenderá
fuego.
Las emisiones de esta embriaguez de amor duran todo el
tiempo que ella dura algunas veces; porque otras, aunque la hay en el alma, es
sin las dichas emisiones, y son más y menos intensos cuando las hay, cuanto es
más y menos intensa la embriaguez. Mas las emisiones o efectos de la centella,
ordinariamente duran más que ella, antes ella los deja en el alma; y son más
encendidos que los de la embriaguez, porque a veces esta divina centella deja
al alma abrasándose y quemándose en amor.
8. Y porque habemos hablado de vino cocido, será bueno aquí
notar brevemente la diferencia que hay del vino cocido, que llaman añejo, y
entre el vino nuevo, que será la misma que hay entre los viejos y nuevos
amadores, y servirá para un poco de doctrina para los espirituales.
El vino nuevo no tiene digerida la hez ni asentada, y así
hierve por de fuera, y no se puede saber la bondad y valor de él hasta que haya
bien digerido la hez y furia de ella, porque hasta entonces está en mucha
contingencia de malear, tiene el sabor grueso y áspero, y beber mucho de ello
estraga al sujeto, tiene la fuerza muy en la hez. El vino añejo tiene ya
digerida la hez y asentada, y así ya no tiene aquellos hervores de nuevo por de
fuera; échase ya de ver la bondad del vino, y está ya muy seguro de malear,
porque se le acabaron ya aquellos fervores y furias de la hez que le podían
estragar, y así, el vino bien cocido por maravilla malea y se pierde; tiene el
sabor suave, y la fuerza en la sustancia del vino, no ya en el gusto; y así la
bebida de él hace buena disposición y da fuerza al sujeto.
9. Los nuevos amadores son comparados al vino nuevo (éstos
son los que comienzan a servir a Dios) porque traen los fervores del vino del
amor muy por de fuera, en el sentido, porque aún no han digerido la hez del
sentido flaco e imperfecto, y tienen la fuerza del amor en el sabor de él;
porque a éstos ordinariamente les da la fuerza para obrar el sabor sensitivo y
por él se mueven; así, no hay que fiar de este amor hasta que se acaben
aquellos fervores y gustos gruesos de sentido. Porque así como estos hervores y
calor de sentido lo pueden inclinar a bueno y perfecto amor y servirle de buen
medio para él, digiriéndose bien la hez de su imperfección, así también es muy
fácil en estos principios y novedad de gustos faltar el vino del amor y
perderse cuando falta el hervor y sabor de nuevo. Y estos nuevos amadores
siempre traen ansias y fatigas de amor sensitivas, a los cuales conviene
templar la bebida, porque si obran mucho según la furia del vino, estragarse ha
el natural. Estas ansias y fatigas de amor es el sabor del vino nuevo, que
decíamos ser áspero y grueso, y no aún suavizado en la acabada cocción, cuando
se acaban esas ansias de amor, como luego diremos.
10. Esta misma comparación pone el Sabio en el Eclesiástico
(Ec 9, 15), diciendo: Vinum novum amicus novus: veterascet, et cum suavitate
bibes illud; quiere decir: El amigo nuevo es como el vino nuevo; añejarse ha y
beberáslo con suavidad. Por tanto, los viejos amadores, que son ya los
ejercitados y probados en el servicio del Esposo, son como el vino añejo, ya
cocida la hez, que no tiene aquellos hervores sensitivos ni aquellas furias y
fuegos hervorosos de fuera, sino gustan la suavidad del vino en sustancia, ya
cocido y asentado allá dentro en el alma, no ya en aquel sabor de sentido como
los nuevos, sino con sustancia y sabor de espíritu y verdad de obra. Y no
caerán en esos sabores ni hervores sensitivos, ni los quieren gustar; porque
quien tiene el asiento del gusto en el sentido, también muchas veces de
necesidad ha de tener penas y disgustos en el sentido. Y porque estos amantes
viejos no tienen la suavidad radicalmente en el sentido, no traen ya ansias y
penas de amor en el sentido y alma; y así, estos amigos viejos por maravilla
faltan a Dios, porque están ya sobre lo que los había de hacer faltar, que es
sobre el sentido inferior, y tienen el vino de amor, no sólo ya cocido y
purgado de hez, mas aun adobado con las especias que decíamos de virtudes
perfectas, que no le dejan malear como el nuevo. Por eso dice el Eclesiástico
(Ec 9, 14): Amicum antiquum ne deseras, novus enim non erit similis illi;
quiere decir: No dejes al amigo viejo, porque el nuevo no será semejante a él.
En este vino, pues, de amor, ya probado y adobado del alma,
hace el Amado la divina embriaguez que habemos dicho; el cual hace enviar a
Dios las dulces emisiones. Y así, el sentido de los tres versillos es el
siguiente: Al toque de centella con que recuerdas mi alma, y al adobado vino
con que amorosamente la embriagas, ella te envía las emisiones, que son los
movimientos y actos de amor que en ella causas.
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En la interior bodega de mi Amado bebí, y cuando salía por
toda aquesta vega, ya cosa no sabía, y el ganado perdí que antes seguía.
1. Cuenta el alma en esta canción la soberana merced que
Dios le hizo en recogerla en lo íntimo de su amor, que es la unión o
transformación de amor en Dios, y dice dos efectos que de allí sacó, que son:
olvido y enajenación de todas las cosas del mundo y mortificación de todos sus
apetitos y gustos.
En la interior bodega.
2. Para decir algo de esta bodega y declarar lo que aquí
quiere dar a entender el alma, era menester que el Espíritu Santo tomase la
mano y moviese la pluma.
Esta bodega que aquí dice el alma es el último y más
estrecho grado de amor en que el alma puede situarse en esta vida, que por eso
la llama interior bodega, es a saber, la más, interior; de donde se sigue que
hay otras no tan interiores, que son los grados de amor por do se sube hasta
este último. Y podemos decir que estos grados o bodegas de amor son siete, los
cuales se vienen a tener todos cuando se tienen los siete dones del Espíritu
Santo en perfección, en la manera que es capaz de recibirlos el alma. Y así
cuando el alma llega a tener en perfección el espíritu de temor, tiene ya en
perfección el espíritu del amor, por cuanto aquel temor (que es el último de
los siete dones) es filial, y el temor perfecto de hijo sale de amor perfecto
de padre, y así, cuando
3. Es de saber que muchas almas llegan y entran en las
primeras bodegas, cada una según la perfección de amor que tiene, mas a ésta
última y más interior pocas llegan en esta vida, porque en ella es ya hecha la
unión perfecta con Dios que llaman matrimonio espiritual, del cual habla ya el
alma en este lugar. Y lo que Dios comunica al alma en esta estrecha junta,
totalmente es indecible y no se puede decir nada, así como del mismo Dios no se
puede decir algo que sea como él; porque el mismo Dios es el que se le comunica
con admirable gloria de transformación de ella en él, estando ambos en uno;
como si dijésemos ahora la vidriera con el rayo del sol, o el carbón con el
fuego, o la luz de las estrellas con la del sol, no empero tan esencial y
acabadamente como en la otra vida. Y así, para dar a entender el alma lo que en
aquella bodega de unión recibe de Dios no dice otra cosa, ni entiendo la podía
decir más propia para decir algo de ello, que decir el verso siguiente:
De mi Amado bebí.
4. Porque así como la bebida se difunde y derrama por todos
los miembros y venas del cuerpo, así se difunde esta comunicación de Dios
sustancialmente en toda el alma, o, por mejor decir, el alma más se transforma
en Dios, según la cual transformación bebe el alma de su Dios según la
sustancia de ella y según sus potencias espirituales. Porque según el
entendimiento bebe sabiduría y ciencia; y según la voluntad, bebe amor
suavísimo; y según la memoria, bebe recreación y deleite en recordación y
sentimiento de gloria.
Cuanto a lo primero, que el alma recibe y bebe deleite
sustancialmente, dícelo ella en los Cánticos (Ct 5, 6) en esta manera: Anima
mea liquefacta est, ut sponsus locutus est, esto es: Mi alma se regaló luego que
habló el Esposo. El hablar del Esposo es aquí comunicarse él al alma.
Y que el entendimiento beba sabiduría, en el mismo libro (Ct
8, 2) lo dice la esposa, adonde deseando ella llegar a este beso de unión y
pidiéndolo al Esposo, dijo: Ibi me docebis, et dabo tibi poculum ex vino
condito, esto es: Allí me ensenarás, es a saber, sabiduría y ciencia en amor y
yo te daré a ti una bebida de vino adobada, conviene a saber, mi amor adobado
con el tuyo, esto es, transformado en el tuyo.
5. Cuanto a lo tercero, que es que la voluntad beba allí
amor, dícelo también la esposa en el dicho libro de los Cantares (Ct 2, 4),
diciendo: Introduxit me rex in cellam vinariam, ordinavit in me charitatem;
quiere decir: Metióme dentro de la bodega secreta y ordenó en mí caridad, que
es tanto como decir: diome a beber amor metida dentro en su amor, o más
claramente, hablando con propiedad; ordenó en mí su caridad acomodando y
apropiando a mí su misma caridad: lo cual es beber el alma de su Amado su mismo
amor, infundiéndosele su Amado.
6. Donde es de saber, acerca de lo que algunos dicen que no
puede amar la voluntad sino lo que primero entiende el entendimiento, hase de
entender naturalmente, porque por vía natural es imposible amar si no se
entiende primero lo que se ama; mas por vía sobrenatural bien puede Dios
infundir amor y aumentarle, sin infundir ni aumentar distinta inteligencia,
como en la autoridad dicha se da a entender. Y esto experimentado está de
muchos espirituales, los cuales muchas veces se ven arder en amor de Dios, sin
tener más distinta inteligencia que antes; porque pueden entender poco y amar
mucho, y pueden entender mucho y amar poco. Antes, ordinariamente, aquellos
espirituales que no tienen muy aventajado entendimiento acerca de Dios, suelen
aventajarse en la voluntad; y bástales la fe infusa por ciencia de
entendimiento, mediante la cual les infunde Dios caridad y se la aumenta, y el
acto de ella, que es amar más, aunque no se le aumente la noticia, como hemos
dicho. Y así, puede la voluntad beber amor sin que el entendimiento beba de
nuevo inteligencia; aunque en el caso que vamos hablando, en que dice el alma
que bebió de su Amado, por cuanto es unión en la interior bodega, la cual es
según todas las tres potencias del alma, como habemos dicho, todas ellas beben
juntamente.
7. Y cuanto a lo cuarto, que según la memoria beba allí el
alma de su Amado, está claro que está ilustrada con la luz del entendimiento en
recordación de los bienes que está poseyendo y gozando en la unión de su Amado.
8. Esta divina bebida tanto endiosa y levanta al alma y la
embebe en Dios, que
cuando salía,
9. es a saber, que acababa esta merced de pasar; porque
aunque está el alma siempre en este alto estado de matrimonio después que Dios le
ha puesto en él, no empero siempre en actual unión según las dichas potencias,
aunque según la sustancia del alma sí, pero en esta unión sustancial del alma
muy frecuentemente se unen también las potencias y beben en esta bodega: el
entendimiento entendiendo, la voluntad amando, etc. Pues cuando ahora dice el
alma: cuando salía, no se entiende que de la unión esencial o sustancial que
tiene el alma ya, que es el estado dicho, sino de la unión de las potencias, la
cual no es continua en esta vida, ni lo puede ser. Pues de ésta cuando salía,
por toda aquesta vega,
10. esto es, por toda aquesta anchura del mundo,
ya cosa no sabía.
11. Porque aquella bebida de sabiduría de Dios altísima que
allí bebió, le hace olvidar todas las cosas del mundo y le parece al alma que
lo que antes sabía (y aun lo que sabe todo el mundo) en comparación de aquel
saber, era pura ignorancia. Y aquel endiosamiento con que queda y levantamiento
de mente en Dios en que queda como robada, embebida de amor, toda hecha en
Dios, no la deja advertir cosa alguna del mundo, y así puede bien decir: ya
cosa no sabía; porque no sólo de todo, mas aun de sí queda ajenada y
aniquilada, como resuelta en amor, que consiste en pasar de sí al Amado. Este
no saber da a entender en los Cantares (Ct 6, 11 ) la esposa, donde, después de
haber dicho la unión y junta de ella y su Amado, dice esta palabra: Nescivi: No
supe, o ignoré.
Esta tal alma poco se entremeterá en cosas ajenas, porque
aun de las suyas no se acuerda. Y esta propiedad tiene el espíritu de Dios en
el alma donde mora: que luego la inclina a no saber, y hace ignorar todas las
cosas ajenas, aquéllas mayormente que no son para su aprovechamiento, porque el
espíritu de Dios en el alma es recogido, y no sale a cosas ajenas, y así se
queda el alma en un no saber cosa.
12. Y no se ha de entender que pierde allí el alma los
hábitos de ciencia y totalmente las noticias de las cosas que antes sabía,
aunque queda en aquel no saber; sino que pierde el acto y memoria de las cosas
en aquel absorbimiento de amor.
Y esto por dos cosas: la una, porque como actualmente queda
absorta y embebida en aquella bebida de amor, no puede estar actualmente en
otra cosa; la segunda, porque aquella transformación en Dios de tal manera la
conforma con su sencillez y pureza, que la deja limpia y pura y vacía de todas
formas y figuras que antes tenía -.porque el acto siempre tiene consigo estas
formas-.; así como hace el sol en la vidriera, que, infundiéndose en ella, la
hace clara y se pierden de vista todas las máculas y pelillos que antes en ella
parecían; pero, vuelto a quitar el sol, apartándose bien de ella, luego vuelven
a parecer en ella las nieblas y máculas que antes. Mas el alma, como le queda y
dura el efecto de aquel acto de amor algún tanto, dura también el no saber,
según habemos dicho, cuanto dura el efecto y dejo de aquel acto; el cual, como
la inflamó y mudó en amor, aniquilóla y deshízola en todo lo que no era amor, y
dejóla no sabiendo otra cosa sino amor, según aquello que dijimos arriba de
David (Sal. 72, 21), que dice: Quia inflammatum est cor meum, et renes mei
commutati sunt et ego ad mihilum redactus sum, et nescivi, que quiere decir:
Porque fue inflamado mi corazón, también mis renes juntamente se mudaron, yo
fui resuelto en nada y no supe. Porque mudarse las renes por causa de esta
inflamación del corazón, es mudarse el alma con todos sus apetitos en Dios, en
una nueva manera, de todo lo viejo de que antes usaba deshecha. Por lo cual
dice que fue resuelto en nada, y que no supo, que son los dos efectos que
decíamos que causaba la bebida de esta bodega de Dios, porque no sólo se
aniquila todo su saber primero, pareciéndole nonada cerca de aquel sumo saber,
mas también toda su vida vieja e imperfecciones se aniquilan y renueva el
hombre viejo (Ef. 4, 22; Col. 3, 9). Por lo cual se sigue este segundo efecto,
que de ahí redunda, el cual se contiene en el verso siguiente:
Y el ganado perdí que antes seguía.
13. Es de saber que hasta que el alma llegue a este estado
de perfección de que vamos hablando, aunque más espiritual sea, siempre le
queda algún ganadillo de apetitos y gustillos y otras imperfecciones suyas,
ahora naturales, ahora espirituales, tras de que se anda procurando
apacentarlos en seguirlos y cumplirlos.
Porque acerca del entendimiento suelen quedarles algunas
imperfecciones de apetitos de saber cosas. Acerca de la voluntad, se dejan
llevar de algunos gustillos y apetitos propios; ahora en lo temporal, como en
poseer algunas cosillas y asirse más a unas que a otras, y algunas
presunciones, estimaciones y puntillos en que miran, y otras cosillas que
todavía huelen y saben a mundo; ahora acerca de lo natural, como en comida,
bebida, gustar de esto más que de aquello, y escoger y querer lo mejor; ahora
también acerca de lo espiritual, como querer gustos de Dios y otras
impertinencias que nunca se acabarían de decir, que suelen tener los
espirituales aún no perfectos. Y acerca de la memoria, muchas variedades y
cuidados y advertencias impertinentes que los llevan el alma tras de sí.
14. Tienen también, acerca de las cuatro pasiones del alma,
a veces, muchas esperanzas, gozos, dolores y temores inútiles, tras de que se
les va el ánima.
Y de este ganado ya dicho, unos tienen más y otros menos,
tras de que se andan todavía siguiéndolo, hasta que, entrándose a beber en esta
interior bodega, lo pierdan todo, quedando, como habemos dicho, deshechos todos
en amor; en la cual más fácilmente se consumen estos ganados de imperfecciones
del alma que el orín y moho de los metales en el fuego. Y así, se siente ya libre
el alma de todas aquellas niñerías de gustillos y disgustillos e impertinencias
tras de que se andaba, de manera que pueda bien decir: El ganado perdí que
antes seguía.
Inicio
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Allí me dio su pecho, allí me enseñó ciencia muy sabrosa; y
yo le di de hecho a mí, sin dejar cosa; allí le prometí de ser su esposa.
1. En esta canción cuenta la esposa la entrega que hubo de
ambas partes en este espiritual desposorio, conviene saber, de ella y de Dios,
diciendo que en aquella interior bodega de amor se juntaron en comunicación él
a ella, dándole el pecho ya libremente de su amor, en que la enseñó sabiduría y
secretos; y
ella a él, entregándosele ya toda de hecho, sin ya reservar
nada para sí ni para otro, afirmándose ya de ser suya para siempre. Síguese el
verso:
Allí me dio su pecho.
2. Dar el pecho uno a otro es darle su amor y amistad, y
descubrirle sus secretos como a amigo. Y así, decir el alma que le dio allí su
pecho, es decir que allí le comunicó su amor y sus secretos, lo cual hace Dios
con el alma en este estado, y más adelante, lo que también dice en este verso
siguiente:
Allí me enseñó ciencia muy sabrosa.
3. La ciencia sabrosa que dice aquí que la enseñó, es la
teología mística, que es ciencia secreta de Dios, que llaman los espirituales
contemplación, la cual es muy sabrosa, porque es ciencia por amor, el cual es
el maestro de ella y el que todo lo hace sabroso. Y, por cuanto Dios le
comunica esta ciencia e inteligencia en el amor con que se comunica al alma,
esle sabrosa para el entendimiento, pues es ciencia que pertenece a él; y esle
también sabrosa a la voluntad, pues es en amor, el cual pertenece a la
voluntad. Y dice luego:
Y yo le di de hecho a mí, sin dejar cosa.
4. En aquella bebida de Dios suave, en que, como habemos
dicho, se embebe el alma en Dios, muy voluntariamente y con grande suavidad se
entrega el alma a Dios toda, queriendo ser toda suya y no tener cosa en sí
ajena de él para siempre, causando Dios en ella en la dicha unión la pureza y
perfección que para esto es menester; que, por cuanto él la transforma en sí,
hácela toda suya y evacua en ella todo lo que tenía ajeno de Dios. De aquí es
que, no solamente según la voluntad, sino también según la obra, quede ella de
hecho sin dejar cosa, toda dada a Dios, así como Dios se ha dado libremente a
ella; de manera que quedan pagadas aquellas dos voluntades, entregadas y
satisfechas entre sí, de manera que en nada haya de faltar ya la una a la otra,
con fe y firmeza de desposorio; que por eso añade ella, diciendo:
Allí le prometí de ser su esposa.
5. Porque, así como la desposada no pone en otro su amor ni
su cuidado ni su obra fuera de su esposo, así el alma en este estado no tiene
ya ni afectos de voluntad, ni inteligencias de entendimiento, ni cuidado ni
obra alguna que todo no sea inclinado a Dios, junto con sus apetitos, porque
está como divina, endiosada; de manera que aun hasta los primeros movimientos
no tiene contra lo que es la voluntad de Dios, en todo lo que ella puede
entender. Porque, así como un alma imperfecta tiene muy ordinariamente a lo
menos primeros movimientos según el entendimiento y según la voluntad y memoria
y apetitos inclinados a mal e imperfección, así el alma en este estado, según
el entendimiento y voluntad y memoria y apetitos, en los primeros movimientos
de ordinario se mueve e inclina a Dios, por la grande ayuda y firmeza que tiene
ya en Dios y perfecta conversión al bien. Todo lo cual dio bien a entender
David (Sal. 61, 23), cuando dijo hablando de su alma en este estado: ¿Por
ventura no estará mi alma sujeta a Dios? Sí, porque de él tengo yo mi salud, y
porque él es mi Dios y mi Salvador; recibidor mío, no tendré más movimiento. En
lo que dice recibidor mío, da a entender que, por estar su alma recibida en
Dios y unida, cual aquí decimos, no había ya de tener más movimiento contra
Dios.
Inicio
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Mi alma se ha empleado y todo mi caudal, en su servicio; ya
no guardo ganado, ni ya tengo otro oficio, que ya sólo en amar es mi ejercicio.
1. Por cuanto en la canción pasada ha dicho el alma, o por mejor
decir, la esposa, que se dio toda al Esposo sin dejar nada para sí, dice ahora
en ésta el modo y manera que tiene en cumplirlo diciendo que ya está su alma y
cuerpo y potencias y toda su habilidad empleada, ya no en las cosas que a ella
le tocan, sino en las que son del servicio de su Esposo; y que, por eso ya no
anda buscando su propia ganancia, ni se anda tras sus gustos, ni tampoco se
ocupa en otras cosas y tratos extraños y ajenos de Dios; y que aun con el mismo
Dios ya no tiene otro estilo ni manera de trato sino ejercicio de amor, por
cuanto ha ya trocado y mudado todo su primer trato en amor, según ahora se
dirá.
Mi alma se ha empleado.
2. En decir que el alma suya se ha empleado, da a entender
la entrega que hizo al Amado de sí en aquella unión de amor, donde quedó ya su
alma, con todas sus potencias, entendimiento, voluntad y memoria, dedicada y
mancipada al servicio de él, empleando el entendimiento en entender las cosas
que son más de su servicio para hacerlas, y su voluntad en amar todo lo que a
Dios agrada y en todas las cosas aficionar la voluntad a Dios, y la memoria en
el cuidado de lo que es de su servicio y lo que más le ha de agradar. Y dice
más:
Y todo mi caudal en su servicio.
3. Por todo su caudal entiende aquí todo lo que pertenece a
la parte sensitiva del alma, la cual dice que está empleada en su servicio,
también como la parte razional o espiritual que acabamos de decir en el verso
pasado. Y en esta parte sensitiva se incluye el cuerpo con todos sus sentidos y
potencias, así interiores como exteriores. Entiéndese también en este verso
toda la habilidad natural y razonal, como habemos dicho, conviene a saber: las
cuatro pasiones, los apetitos naturales y espirituales y el demás caudal del
alma; todo lo cual dice que está ya empleado en su servicio. Porque el cuerpo
trata ya según Dios, los sentidos interiores y exteriores rige y gobierna según
Dios, y a él endereza las acciones de ellos. Y las cuatro pasiones todas las
tiene ceñidas también a Dios, porque no se goza sino de Dios, ni tiene
esperanza sino en Dios, ni teme sino a Dios, ni se duele sino según Dios; y
también sus apetitos todos van sólo a Dios, y todos sus cuidados.
4. Todo este caudal de tal manera está ya empleado en Dios,
que, aun sin advertencia del alma, todas las partes que habemos dicho de este
caudal en los primeros movimientos se inclinan a obrar en Dios y por Dios;
porque el entendimiento, la voluntad y la memoria se van luego a Dios, y los
afectos, los sentidos, los deseos y apetitos, la esperanza, el gozo, y luego
todo el caudal de prima instancia se inclinan a Dios, aunque, como digo, no
advierta el alma que obra por Dios. De donde esta tal alma muy frecuentemente
obra por Dios, y entiende en él y en sus cosas sin pensar ni acordarse que lo
hace por él, porque el uso y hábito que en la tal manera de proceder ya tiene,
le hace carecer de la advertencia y cuidado, y aun de los actos fervorosos que
a los principios del obrar solía tener. Y porque ya está todo este caudal
empleado en Dios de la manera dicha, de necesidad ha de tener el alma también
lo que dice en el verso siguiente, es a saber:
Ya no guardo ganado.
5. Que es tanto como decir: ya no me ando tras mis gustos y
apetitos, porque, habiéndolos puesto en Dios y dado a él, ya no los apacienta
ni guarda para sí el alma. Y no sólo dice que ya no guarda ganado, pero dice
más:
Ni ya tengo otro oficio.
6. Muchos oficios tiene el alma no provechosos antes que
llegue a hacer esta donación y entrega de sí y de su caudal al Amado; porque
todos cuantos hábitos de imperfecciones tenía, tantos oficios podemos decir que
tenía, los cuales pueden ser acerca del hablar y del pensar y del obrar,
teniendo en esto costumbre de no usar de esto como conviene ordenadamente a la
perfección. Acerca de lo cual siempre el alma tiene algún oficio vicioso que
nunca acabó de vencer hasta que de veras emplea su caudal en el servicio de
Dios, donde, como habemos dicho, todas las palabras y pensamientos y obras son
ya de Dios, no habiendo ya oficio de murmurar ni de otra imperfección en las palabras,
ni en las demás potencias. Y así, es como si dijera: ni me ocupo ya ni
entretengo en otros tratos, ni pasatiempos, ni cosas del mundo:
Que ya sólo en amar es mi ejercicio.
7. Como si dijera: que ya todas estas potencias y habilidad
del caudal de mi alma y mi cuerpo, que antes algún tanto empleaba en otras
cosas no útiles, las he puesto en ejercicio de amor. Esto es lo que dice David
(Sal. 58, 10): Fortitudinem meam ad te custodiam, es a saber: que toda la
habilidad de mi alma y cuerpo se mueve por amor, haciendo todo lo que hago por
amor, y padeciendo por amor todo lo que padezco.
8. Aquí es de notar que, cuando el alma llega a este estado,
todo el ejercicio de la parte espiritual y de la parte sensitiva, ahora sea en
hacer, ahora en padecer, de cualquiera manera que sea, siempre le causa más
amor y regalo en Dios; y hasta el mismo ejercicio de oración y trato con Dios,
que antes solía tener en otras consideraciones y modos, ya todo es ejercicio de
amor. De manera que, ahora su trato sea acerca de lo temporal, ahora sea su
ejercicio acerca de lo espiritual, siempre puede decir esta tal alma: Que ya
sólo en amar es mi ejercicio.
9. ¡Dichosa vida y dichoso estado y dichosa el alma que a él
llega, donde todo le es ya sustancia de amor y regalo y deleite de desposorio,
en que de veras puede la esposa decir al divino Esposo aquellas palabras que de
puro amor le dice en los Cantares (Ct 7, 13), diciendo: Omnia poma, nova et
vetera, servavi tibi, que es como si dijera: Amado mío, todo lo áspero y
trabajoso quiero por ti, y todo lo suave y sabroso quiero para ti!
Pero el acomodado sentido de este verso es decir que el alma
en este estado de desposorio espiritual ordinariamente anda en unión de amor de
Dios, que es común y ordinaria asistencia de voluntad amorosa en Dios.
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Pues ya si en el ejido de hoy más no fuere vista ni hallada,
diréis que me he perdido; que, andando enamorada, me hice perdidiza, y fui
ganada.
1. Responde el alma en esta canción a una tácita
reprehensión de parte de los del mundo, según ellos han de costumbre de notar a
los que de veras se dan a Dios, teniéndolos por demasiados en su extrañeza y
retiramiento y en su manera de proceder, diciendo también que son inútiles para
las cosas importantes y perdidos en lo que el mundo precia y estima. A la cual
reprehensión de muy buena manera satisface aquí el alma, haciendo rostro muy
osada y atrevidamente a esto y a todo lo demás que el mundo la pueda imponer,
porque, habiendo ella llegado a lo vivo del amor de Dios, todo lo tiene en
poco. Y no sólo eso, mas antes ella misma lo confiesa en esta canción, y se
precia y gloría de haber dado en tales cosas y perdídose al mundo y a sí misma
por su Amado. Y así, lo que quiere decir en esta canción hablando con los del
mundo, [es] que si ya no la vieren en las cosas de sus primeros tratos y otros
pasatiempos que solía tener en el mundo, que digan y crean que se ha perdido y
ajenado de ellos, y que lo tiene tan por bien, que ella misma se quiso perder
andando buscando a su Amado, enamorada mucho de él. Y porque vean la ganancia
de su pérdida y no lo tengan por insipiencia o engaño, dice que esta pérdida
fue su ganancia, y por eso de industria se hizo perdidiza.
Pues ya si en el ejido de hoy más no fuera vista ni hallada.
2. Ejido comúnmente se llama un lugar común donde la gente
se suele juntar a tomar solaz y recreación, y donde también apacientan los
pastores sus ganados. Y así, por el ejido entiende aquí el alma el mundo, donde
los mundanos tienen sus pasatiempos y tratos y apacientan los ganados de sus
apetitos. En lo cual dice el alma a los del mundo que si no fuere vista ni
hallada (como solía antes que fuese toda de Dios) que la tengan por perdida en
eso mismo, y que así lo digan; porque de eso se goza ella queriendo que lo
digan, diciendo:
Diréis que me he perdido.
3. No se afrenta el que ama delante del mundo de las obras
que hace por Dios, ni las esconde con vergüenza, aunque todo el mundo se las
haya de condenar; porque el que tuviere vergüenza delante de los hombres de
confesar al Hijo de Dios, como él lo dice por san Lucas (Lc 9, 26), tendrá
vergüenza de confesarle delante de su Padre. Y por tanto, el alma, con ánimo de
amor, antes se precia de que se vea, para gloria de su Amado, haber ella hecho
una tal obra por él, que se ha ya perdido a todas las cosas del mundo, y por
eso dice: Diréis que me he perdido.
4. Esta tan perfecta osadía y determinación en las obras, pocos
espirituales la alcanzan; porque, aunque algunos tratan y usan este trato, y
aun se tienen algunos por los de muy allá, nunca se acaban de perder en algunos
puntos, o de mundo o de naturaleza, para hacer las obras perfectas y desnudas
por Cristo, no mirando a lo que dirán o qué parecerá. Y así no podrán éstos
decir: Diréis que me he perdido, pues no están perdidos a sí mismos en el
obrar; todavía tienen vergüenza de confesar a Cristo por la obra delante de los
hombres, teniendo respeto a cosas; no viven en Cristo de veras.
Que, andando enamorada,
5. conviene a saber: que andando obrando las virtudes
enamorada de Dios,
me hice perdidiza, y fui ganada.
6. El que anda de veras enamorado, luego se deja perder a todo
lo demás, por ganarse más en aquello que ama; y por eso el alma dice aquí que
se hizo perdidiza ella misma, que es dejarse perder de industria.
Y es en dos maneras, conviene a saber: a sí misma, no
haciendo caso de sí en ninguna cosa sino del Amado, entregándose a él de gracia
sin ningún interese, haciéndose perdidiza a sí misma, no queriendo ganarse en
nada para sí; lo segundo, a todas las cosas, no haciendo caso de todas sus
cosas, sino de las que tocan al Amado; y eso es hacerse perdidiza, que es tener
gana que la ganen.
7. Tal es el que anda enamorado de Dios, que no pretende
ganancia ni premio, sino sólo perderlo todo y a sí mismo en su voluntad por
Dios, y ésa tiene por su ganancia; y así lo es, según dice san Pablo (Fil. 1,
21), diciendo: Mori lucrum, esto es: Mi morir por Cristo es mi ganancia,
espiritualmente a todas las cosas y a sí mismo. Y por eso dice el alma: fui
ganada, porque el que a sí no se sabe perder no se gana, antes se pierde, según
dice Nuestro Señor en el Evangelio (Mt. 16, 25), diciendo: El que quisiere
ganar para sí su alma, ése la perderá; y el que la perdiere para consigo por
mí, ése la ganará.
Y si queremos entender el dicho verso más espiritualmente y
más al propósito que aquí se trata, es de saber que, cuando un alma en el camino
espiritual ha llegado a tanto que se ha perdido a todos los modos y vías
naturales de proceder en el trato con Dios, que ya no le busca por
consideraciones ni formas ni sentimientos ni otros medios algunos de criatura y
sentido, sino que pasó sobre todo eso y sobre todo modo suyo y manera, tratando
y gozando a Dios en fe y amor, entonces se dice haberse de veras ganado a Dios,
porque de veras se ha perdido a todo lo que no es Dios, y a lo que es en sí.
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CANCION 21
[San Juan de
ÍNDICE
DE LAS OBRAS COMPLETAS DE SAN JUAN DE
ÍNDICE DEL CANTO ESPIRITUAL A
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De flores y esmeraldas, en las frescas mañanas escogidas,
haremos las guirnaldas en tu amor florecidas, y en un cabello mío entretejidas.
1. En esta canción vuelve la esposa a hablar con el Esposo
en comunicación y recreación de amor, y lo que en ella hace es tratar del solaz
y deleite que el alma esposa y el Hijo de Dios tienen en la posesión de las
riquezas de las virtudes y dones de entrambos, y el ejercicio de ellas que hay
del uno al otro, gozándolas entre sí en comunicación de unión de amor. Y por
eso dice ella, hablando con él, que harán guirnaldas ricas de dones y virtudes,
adquiridas y ganadas en tiempo agradable y conveniente, hermoseadas y graciosas
en el amor que él a ella tiene, y sustentadas y conservadas en el amor que ella
tiene a él. Por eso llama a este gozar las virtudes hacer guirnaldas de ellas;
porque todas juntas, como flores en guirnalda, las gozan entrambos en el amor
común que el uno tiene al otro.
De flores y esmeraldas.
2. Las flores son las virtudes del alma, y las esmeraldas
son los dones que tiene de Dios. Pues de estas flores y esmeraldas,
en las frescas mañanas escogidas,
3. es a saber, ganadas y adquiridas en las juventudes, que
son las frescas mañanas de las edades.
Y dice escogidas, porque las virtudes que se adquieren en
este tiempo de juventud son escogidas y muy aceptas a Dios, por ser en tiempo
de juventud, cuando hay más contradicción de parte de los vicios para
adquirirlas, y de parte del natural más inclinación y prontitud para perderlas;
y también porque, comenzándolas a coger desde este tiempo de juventud, se
adquieren muy más perfectas y son más escogidas.
Y llama a estas juventudes frescas mañanas, porque, así como
es agradable la frescura de la mañana en la primavera más que las otras partes
del día, así lo es la virtud de la juventud delante de Dios.
Y aun puédense entender estas frescas mañanas por los actos
de amor en que se adquieren las virtudes, los cuales son a Dios más agradables
que las frescas mañanas a los hijos de los hombres.
4. También se entienden aquí por las frescas mañanas las
obras hechas en sequedad y dificultad del espíritu, las cuales son denotadas
por el fresco de las mañanas del invierno. Y estas obras, hechas por Dios en
sequedad de espíritu y dificultad, son muy preciadas de Dios, porque en ellas
grandemente se adquieren las virtudes y dones; y las que se adquieren de esta
suerte y con trabajo, por la mayor parte son más escogidas y más firmes que si
se adquiriesen sólo con el sabor y regalo del espíritu; porque la virtud en la
sequedad y dificultad y trabajo y tentación echa raíces, según dijo Dios a san
Pablo (2 Cor. 12, 9), diciendo: Virtus in infirmitate perficitur, esto es: La
virtud en la flaqueza se hace perfecta. Y por tanto, para encarecer la
excelencia de las virtudes de que se han de hacer las guirnaldas para el Amado,
bien está dicho en las frescas mañanas escogidas, porque de solas estas flores
y esmeraldas de virtudes y dones escogidos y perfectos, y no de las
imperfectas, goza bien el Amado. Y por eso dice aquí el alma esposa, que de
ellas para él
haremos las guirnaldas.
5. Para cuya inteligencia es de saber que todas las virtudes
y dones que el alma y Dios adquieren en ella son en ella como una guirnalda de
varias flores con que está admirablemente hermoseada, así como de una vestidura
de preciosa variedad. Y para mejor entenderlo es de saber que, así como las
flores materiales se van cogiendo, las van en la guirnalda que de ellas hacen
componiendo, de la misma manera, así como las flores espirituales de virtudes y
dones se van adquiriendo, se van en el alma asentando. Y acabadas de adquirir,
está ya la guirnalda de perfección en el alma acabada de hacer, en que el alma
y el Esposo se deleitan hermoseados con esta guirnalda y adornados, bien así
como ya en estado de perfección.
Estas son las guirnaldas que dice han de hacer, que es
ceñirse y cercarse de variedad de flores y esmeraldas de virtudes y dones
perfectos, para parecer dignamente con este hermoso y precioso adorno delante
la cara del rey, y merezca la iguale consigo, poniéndola como reina a su lado,
pues ella lo merece con la hermosura de su variedad. De donde hablando David
(Sal. 44, 10) con Cristo en este caso, dijo: Astitit regina a dextris tuis in
vestitu deaurato, circumdata varietate, que quiere decir: estuvo la reina a tu
diestra en vestidura de oro cercada de variedad, que es tanto como decir:
estuvo a tu diestra vestida de perfecto amor, y cercada de variedad de dones y
virtudes perfectas.
Y no dice haré yo las guirnaldas solamente, ni haráslas tú
tampoco a solas, sino haremos entrambos juntos; porque las virtudes no las
puede obrar el alma, ni alcanzarlas a solas sin ayuda de Dios, ni tampoco las
obra Dios a solas en el alma sin ella. Porque, aunque es verdad que todo dado
bueno y todo don perfecto sea de arriba, descendido del Padre de las lumbres,
como dice Santiago (Sant 1, 17) todavía eso mismo no se recibe sin la habilidad
y ayuda del alma que lo recibe. De donde, hablando la esposa en los Cantares
(Ct 1, 3) con el Esposo, dijo: Trahe me, post te curremus in odorem, etc.; que
quiere decir: Tráeme, después de ti correremos. De manera que el movimiento
para el bien de Dios ha de venir, según aquí da a entender, solamente; mas el correr
no dice que él solo, ni ella sola, sino correremos entrambos, que es el obrar
Dios y el alma juntamente.
6. Este versillo se entiende harto propiamente de
Y también se puede entender por las hermosas guirnaldas, que
por otro nombre se llaman lauréolas, hechas también en Cristo y
La primera, de hermosas y blancas flores de todas las vírgenes
cada una con su lauréola de virginidad, y todas ellas juntas serán una lauréola
para poner en la cabeza del Esposo Cristo.
La segunda lauréola, de las resplandecientes flores de los
santos doctores, cada uno con su lauréola de doctor, y todos juntos serán una
lauréola para sobreponer en la de las vírgenes en la cabeza de Cristo.
La tercera, de los encarnados claveles de los mártires, cada
uno también con su lauréola de mártir, y todos ellos juntos serán una lauréola
para remate de la lauréola del Esposo Cristo.
Con las cuales tres guirnaldas estará Cristo Esposo tan
hermoseado y tan gracioso de ver, que se dirá en el cielo aquello que de él
dice la esposa en los Cantares (Ct 3, 11), y es: Salid, hijas de Sión, y al rey
Salomón mirad con la corona con que le coronó su madre en el día de su
desposorio y en el día de la alegría de su corazón. Haremos, pues, dice, estas
guirnaldas
en tu amor florecidas.
7. La flor que tienen las obras y virtudes es la gracia y
virtud que del amor de Dios tienen, sin el cual no solamente no estarían
florecidas, pero todas ellas serían secas y sin valor delante de Dios, aunque
humanamente fuesen perfectas. Pero, porque él da su gracia y amor, son las
obras florecidas en su amor.
Y en un cabello mío entretejidas.
8. Este cabello suyo es su voluntad de ella y amor que tiene
al Amado, el cual amor tiene y hace el oficio que el hilo en la guirnalda.
Porque, así como el hilo enlaza y ase las flores en la guirnalda, así el amor
del alma enlaza y ase las virtudes en el alma y las sustenta en ella; porque,
como dice san Pablo (Col. 3, 14), es la caridad el vínculo y atadura de la
perfección. De manera que en este amor del alma están las virtudes y dones
sobrenaturales tan necesariamente asidos que, si quebrase, faltando a Dios, luego
se desasirían todas las virtudes y faltarían del alma, así como, quebrado el
hilo en la guirnalda, se caerían las flores. De manera que no basta que Dios
nos tenga amor, para darnos virtudes, sino que también nosotro se le tengamos a
él, para recibirlas y conservarlas.
Dice un cabello solo y no muchos cabellos, para dar a
entender que ya su voluntad está sola en él, desasida de todos los demás
cabellos, que son los extraños y ajenos amores. En lo cual encarece bien el
valor y precio de estas guirnaldas de virtudes; porque cuando el amor está
único y sólido en Dios, cual aquí ella dice, también las virtudes están
perfectas y acabadas y florecidas mucho en el amor de Dios; porque entonces es
el amor que él tiene al alma inestimable, según el alma da a entender en la
siguiente canción.
Inicio
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En solo aquel cabello que en mi cuello volar consideraste,
mirástele en mi cuello, y en él preso quedaste, y en uno de mis ojos te
llagaste.
1. Tres cosas quiere decir el alma en esta canción:
La primera es dar a entender que aquel amor en que están
asidas las virtudes no es otro sino sólo el amor fuerte, porque, a la verdad,
tal ha de ser para conservarlas.
La segunda, dice que Dios se prendó mucho de este su cabello
de amor viéndolo solo y fuerte.
La tercera, dice que estrechamente se enamoró Dios de ella
viendo la pureza y entereza de su fe. Y dice así:
En solo aquel cabello que en mi cuello volar consideraste.
2. El cuello significa la fortaleza, en la cual dice que
volaba el cabello del amor, en que están entretejidas las virtudes, que es amor
en fortaleza. Porque no basta que sea solo para conservar las virtudes, sino
que también sea fuerte, para que ningún vicio contrario le pueda por ningún
lado de la guirnalda de la perfección quebrar. Porque por tal orden están
asidas en este cabello del amor del alma las virtudes, que, si en alguna
quebrase, luego, como habemos dicho, faltarían todas; porque las virtudes así
como donde está una están todas, así también donde una falta faltan todas.
Y dice que volaba en el cuello, porque en la fortaleza del
alma, que es el cuello del alma, vuela este amor a Dios con gran fortaleza y
ligereza, sin detenerse en cosa alguna; y así como en el cuello el aire menea y
hace volar al cabello, así también el aire del Espíritu Santo mueve y altera al
amor fuerte para que haga vuelos a Dios; porque sin este divino viento, que
mueve las potencias a ejercicios de amor divino, no obran ni hacen sus efectos
las virtudes, aunque las haya en el alma.
Y en decir que el Amado consideró en el cuello volar este
cabello, da a entender cuánto ama Dios el amor fuerte; porque considerar es
mirar muy particularmente con atención y estimación de aquello que se mira, y
el amor fuerte hace mucho a Dios volver los ojos a mirarle. Y así se sigue:
Mirástele en mi cuello.
3. Lo cual dice para dar a entender el alma que no sólo
preció y estimó Dios este su amor, sino que también le amó, viéndole fuerte,
porque mirar Dios es amar Dios, así como el considerar Dios es, como habemos
dicho, estimar lo que considera. Y vuelve a repetir en este verso el cuello,
diciendo del cabello: Mirástele en mi cuello, porque, como está dicho, ésa es
la causa por que le amó mucho, es a saber, verle en fortaleza. Y así es como si
dijera: amástele viéndole fuerte sin pusilanimidad y temor, y solo sin otro
amor, y volar con ligereza y fervor; de donde se sigue que,
y en él preso quedaste.
4. ¡Oh cosa digna de toda acepción y gozo, quedar Dios preso
en un cabello! La causa de esta prisión tan preciosa es el pararse él a mirar,
que es, como habemos dicho, amar él nuestro bajo ser; porque si él, por su gran
misericordia, no nos mirara y amara primero, como dice san Juan (1 Jn. 4, 10),
y se abajara, ninguna presa hiciera en él el vuelo del cabello de nuestro amor
bajo, porque no tenía tan alto vuelo que llegase a prender a esta divina ave de
las alturas; mas porque ella se bajó a mirarnos y a provocar nuestro vuelo y levantarle,
dando valor a nuestro amor, por eso él mismo se prendó del cabello en el vuelo,
esto es, él mismo se pagó y se agradó, y por eso se prendó. Y eso quiere decir:
Mirástele en mi cuello y en él preso quedaste. Y así, cosa creíble es que el
ave de bajo vuelo prenda al águila real muy subida, si ella se viene a lo bajo,
queriendo ser presa.
Y en uno de mis ojos te llagaste.
5. Entiéndese aquí por el ojo la fe. Y dice uno solo, y que
en él se llagó, porque si la fe y fidelidad del alma para con Dios no fuese
sola, sino que estuviese mezclada con otro algún respeto o cumplimiento, no
llegaría a efecto de llagar a Dios de amor; y así, solo un ojo ha de ser en que
se llaga, como también un solo cabello en que se prenda el Amado. Y es tan
estrecho el amor con que el Esposo se prenda de la esposa en esta fidelidad
única que ve en ella, que si en el cabello del amor de ella se prendaba, en el
ojo de su fe aprieta con tan estrecho nudo la prisión, que le hace llaga de
amor por la gran ternura del afecto con que está aficionado a ella, lo cual es
entrarla más en su amor.
6. Esto mismo del cabello y del ojo dice el Esposo en los
Cantares (Ct 4, 9) hablando con
Inicio
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Cuando tú me mirabas, su gracia en mí tus ojos imprimían;
por eso me adamabas, y en eso merecían los míos adorar lo que en ti vían.
1. Es propiedad del amor perfecto no querer admitir ni tomar
nada para sí ni atribuirse a sí nada, sino todo al Amado; que esto aun en los
amores bajos lo hay, cuánto más en el de Dios donde tanto obliga la razón. Y,
por tanto, porque en las dos canciones pasadas parece se atribuía a sí alguna
cosa la esposa, tal como decir: que haría ella juntamente con el Esposo las
guirnaldas, y que se tejerían con el cabello de ella (lo cual es obra no de
poco momento y estima), y después decir y gloriarse que el Esposo se había
prendado en su cabello y llagado en su ojo (en lo cual también parece
atribuirse a sí misma gran merecimiento), quiere ahora en la presente canción
declarar su intención y deshacer el engaño que en esto se puede entender, con
cuidado y temor no se le atribuya a ella algún valor y merecimiento, y por eso se
le atribuya a Dios menos de lo que se le debe y ella desea. Atribuyéndolo todo
a él y regraciándoselo juntamente, le dice que la causa de prendarse él del
cabello de su amor y llagarse del ojo de su fe, fue por haber él héchola merced
de mirarla con amor, en lo cual la hizo graciosa y agradable a sí mismo; y que,
por esa gracia y valor que de él recibió, mereció su amor, y tener valor ella
en sí para adorar agradablemente a su Amado y hacer obras dignas de su gracia y
amor. Síguese el verso:
Cuando tú me mirabas,
2. es a saber, con afecto de amor (porque ya dijimos que el
mirar de Dios aquí es amar),
su gracia en mí tus ojos imprimían.
3. Por los ojos del Esposo entiende aquí su Divinidad
misericordiosa, la cual, inclinándose al alma con misericordia, imprime e
infunde en ella su amor y gracia, con que la hermosea y levanta tanto, que la
hace consorte de la misma Divinidad. Y dice el alma, viendo la dignidad y
alteza en que Dios la ha puesto:
Por eso me adamabas.
4. Adamar es amar mucho, es más que amar simplemente; es
como amar duplicadamente, esto es, por dos títulos o causas. Y así, en este
verso da a entender el alma los dos motivos y causas del amor que él tiene a
ella; por los cuales no sólo la amaba prendado en su cabello, mas que la
adamaba llagado en su ojo.
Y la causa por que él la adamó de esta manera tan estrecha,
dice ella en este verso que era porque él quiso con mirarla darla gracia para
agradarse de ella, dándole el amor de su cabello, y formándola con su caridad
la fe de su ojo. Y así dice: Por eso me adamabas; porque poner Dios en el alma
su gracia es hacerla digna y capaz de su amor. Y así, es tanto como decir:
porque habías puesto en mí tu gracia, que eran prendas dignas de tu amor, por
eso me adamabas, esto es, por eso me dabas más gracia. Esto es lo que dice san
Juan (Jn 1, 16) que dat gratiam pro gratia, que quiere decir: Da gracia por la
gracia que ha dado, que es dar más gracia; porque sin su gracia no se puede
merecer su gracia.
5. Es de notar, para inteligencia de esto, que Dios, así como
no ama cosa fuera de sí, así ninguna cosa ama más bajamente que a sí, porque
todo lo ama por sí, y el amor tiene la razón del fin; y así, no ama las cosas
por lo que ellas son en sí. De donde amar Dios al alma es meterla en cierta
manera en sí mismo, igualándola consigo, y así ama al alma en sí consigo con el
mismo amor que él se ama; y por eso en cada obra merece el alma amor de Dios,
porque, puesta en esta gracia y alteza, merece al mismo Dios en cada obra. Y
por eso, se sigue en estotro verso:
Y en eso merecían.
6. En ese favor y gracia que los ojos de tu misericordia me
hicieron de levantarme a tu amor, tuvieron valor y merecieron,
los míos adorar lo que en ti vían.
7. Es tanto como decir: las potencias de mi alma, Esposo
mío, merecieron levantarse a mirarte, que antes con la miseria de su baja obra
y caudal estaban caídas y bajas (porque poder mirar el alma a Dios es hacer
obras en gracia de Dios) y ya merecían los ojos del alma en el adorar, porque
adoraban en gracia de su Dios; adoraban lo que ya en él veían, alumbrados y
levantados con su gracia y favor, lo cual antes no veían por su ceguera y
bajeza. ¿Qué era, pues, lo que ya veían? Veían grandeza de virtudes, abundancia
de suavidad, bondad inmensa, amor y misericordia en él, beneficios innumerables
que de él había recibido, ahora estando en gracia, ahora cuando no lo estaba;
todo esto merecían ya adorar con merecimiento los ojos del alma, porque ya
estaban graciosos; lo cual antes no sólo no merecían adorarlo ni verlo, pero ni
aun considerarlo, porque es grande la rudeza y ceguera del alma que está sin
gracia.
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No quieras despreciarme, que si color moreno en mi hallaste,
ya bien puedes mirarme después que me miraste, que gracia y hermosura en mi
dejaste.
1. Animándose ya la esposa y preciándose a sí misma en las
prendas y precio que de su Amado tiene, viendo que, por ser cosas de él (aunque
ella de suyo sea de bajo precio y no merezca alguna estima) merece ser estimada
por ellas, atrévese a su Amado y dícele que ya no la quiera tener en poco ni
despreciarla, porque si antes merecía esto por la fealdad de su culpa y bajeza
de su naturaleza, que ya después que él la miró la primera vez, en que la arreó
con su gracia y vistió de su hermosura, que bien la puede ya mirar la segunda y
más veces, aumentándole la gracia y hermosura, pues hay ya razón y causa
bastante para ello en haberla mirado cuando no lo merecía ni tenía partes para
ello.
No quieras despreciarme.
2. Como si dijera: pues así es lo dicho, no quieras tenerme
ya en poco;
que si color moreno en mí hallaste.
3. Que si antes que me miraras, hallaste en mi fealdad de
culpas e imperfecciones y bajeza de condición natural,
ya bien puedes mirarme después que me miraste.
4. Después que me miraste, quitando de mí ese color moreno y
desgraciado con que no estaba de ver, ya bien puedes mirarme más veces; porque
no sólo me quitaste el color moreno mirándome la primera vez, pero también me
hiciste más digna de ver, pues que con tu vista de amor
gracia y hermosura en mí dejaste.
5. Mucho se agrada Dios en el alma a quien ha dado su
gracia, porque en ella mora bien agradado (lo cual no hacía antes que se la
diese), y ella está con él engrandecida y honrada, y por eso es amada de él
inefablemente, y la va él comunicando siempre en todos los afectos y obras de
ella más amor. Porque el alma que está subida en amor y honrada acerca de Dios,
siempre va alcanzando más amor y honra de Dios, según se dice por san Juan (Jn
1, 16), como habemos dicho: Dat gratiam pro gratia. Y así lo da a entender Dios
hablando con su amigo Jacob por Isaías (Is 43, 4), diciendo: Ex quo honorabilis
factus es in oculis meis, et gloriosus, ego dilexi te, que quiere decir:
Después que en mis ojos eres hecho honrado y glorioso, yo te he amado; lo cual
es tanto como decir: después que mis ojos te dieron gracia mirándote la primera
vez, por la cual te hiciste honrado y glorioso en mi presencia, has merecido más
gracia de mercedes mías. Esto da a entender la esposa a las hijas de Jerusalén
en los divinos Cantares (Ct 1, 4) diciendo: Nigra sum sed formosa, filiae
Ierusalem, ideo dilexit me rex et introduxit me in cubiculum suum, que quiere
decir: Morena soy, hijas de Jerusalén, pero soy hermosa; por tanto, me ha amado
el rey y metido en lo interior de su lecho. Lo cual es tanto como si dijera:
hijas de Jerusalén, no os maravilléis porque el rey celestial me haya hecho tan
grandes mercedes en meterme en lo interior de su lecho, porque, aunque soy
morena de mío, por lo cual no las merecía, ya soy hecha hermosa de él, por
haberme él mirado, y por eso me ha amado, etc.
6. Bien puedes ya, Dios mío, mirar y preciar mucho al alma que
ya una vez miraste, pues con tu vista primera la dejaste prendas con que ya no
una sola vez sino muchas merece ser vista de tus divinos ojos; porque, como se
dice en el libro de Ester (Ester 6, 11), hoc honore condignus est quemcumque
rex voluerit honorare.
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Cogednos las raposas, que está ya florecida nuestra viña, en
tanto que de rosas hacemos una piña, y no parezca nadie en la montiña.
1. Viendo la esposa las virtudes de su alma puestas ya en el
punto de su perfección, en que está ya gozando el deleite y suavidad y
fragancia de ellas (así como se goza la vista y olor de las plantas cuando
están bien florecidas) deseando ella continuar esta suavidad y que no haya cosa
que pueda impedírsela, pide en esta canción a los ángeles y ministros de Dios
que entiendan en apartar de ella todas aquellas cosas que pueden derribar y
ajar la dicha flor y fragancia de sus virtudes, como son todas las turbaciones,
tentaciones, desasosiegos, apetitos, si algunos quedan, imaginaciones y otros
movimientos naturales y espirituales, que aquí pone nombre de raposas, que
suelen impedir al alma la flor de la paz y quietud y suavidad interior, al
tiempo que más a su sabor la está gozando el alma en sus virtudes junto con su
Amado.
Porque suele el alma a veces ver en su espíritu todas las
virtudes que Dios la ha dado (obrando él en ella esta luz); y ella entonces,
con admirable deleite y sabor de amor, las junta todas y las ofrece al Amado
como una piña de flores; en lo cual, recibiéndolas el Amado entonces (como a la
verdad las recibe) recibe en ello gran servicio, porque el alma se ofrece
juntamente con las virtudes, que es el mayor servicio que ella le puede hacer;
y así es uno de los mayores deleites que en el trato con Dios suele recibir
éste que recibe en esta manera de don que al Amado hace. Y así, deseando ella
que no le impida cosa este deleite interior que es la viña florida, desea le quiten
no sólo las cosas dichas, mas que también haya gran soledad de todas las cosas,
de manera que en todas las potencias y apetitos interiores y exteriores no haya
forma ni imagen ni otra cosa que parezca y se represente delante del alma y del
Amado, que en soledad y unión de entrambos están haciendo y gozando esta piña.
Cogednos las raposas, que está ya florecida nuestra viña.
2. La viña es el plantel que está en el alma de todas las
virtudes que dan al alma vino de dulce sabor. Esta viña del alma está florida
cuando según la voluntad está unida con el Esposo, y en el mismo Esposo está
gozando y deleitándose en todas estas virtudes juntas. Y a este tiempo suelen
algunas veces acudir a la memoria y fantasía muchas y varias formas e
imaginaciones, y en la parte sensitiva muchos y varios movimientos y apetitos,
que, como
habemos dicho, con su mucha sutileza y viveza molestan y
desquietan al alma de la suavidad y quietud interior de que goza, y, allende de
esto, los demonios, que tienen mucha envidia de la paz y recogimiento interior,
suelen ingerir en el espíritu horrores y turbaciones y temores. A todas las
cuales cosas llama aquí raposas, porque, así como las ligeras y astutas
raposillas con sus sutiles saltos suelen derribar y estragar la flor de las
viñas al tiempo que están floridas, así, los astutos y maliciosos demonios con
estas turbaciones y movimientos ya dichos, saltando turban la devoción de las
almas santas.
3. Esto mismo pide la esposa en los Cantares (Ct 2 15),
diciendo: Capite nobis vulpes parvulas, quae demoliuntur vineas, nam vinea
nostra floruit, que quiere decir: Cazadnos las raposas pequeñuelas que estragan
las viñas, porque nuestra viña está florida. Y no sólo por eso quiere aquí el
alma que se las cacen, sino también porque haya lugar para lo que dice en los
dos versos siguientes, es a saber:
En tanto que de rosas hacemos una piña.
4. Porque a esta sazón que el alma está gozando la flor de
esta viña y deleitándose en el pecho de su Amado, acaece así que las virtudes
del alma se ponen todas en pronto y claro, como habemos dicho, y en su punto,
mostrándose al alma y dándole de sí gran suavidad y deleite; las cuales siente
el alma estar en sí misma y en Dios, de manera que la parecen ser una viña muy
florida y agradable de ella y de él, en que ambos se apacientan y deleitan. Y
entonces el alma junta todas estas virtudes, haciendo actos muy sabrosos de
amor en cada una de ellas y en todas juntas, y así juntas las ofrece ella al
Amado con gran ternura de amor y suavidad; a lo cual la ayuda el mismo Amado
(porque sin su favor y ayuda no podría ella hacer esta junta y oferta de
virtudes a su Amado), que por eso dice: Hacemos una piña, es a saber, el Amado
y yo.
5. Y llama piña a esta junta de virtudes, porque, así como la piña es una pieza fuerte, y en sí contiene muchas piezas fuertes y fuertemente abrazadas, que son los piñones, así esta piña de virtudes que hace el alma para su Amado es una sola pieza de perfección del alma, la cual fuerte y ordenadamente abraza y contiene en sí muchas perfecciones y virtudes muy fuertes y dones muy ricos. Porque todas las perfecciones y virtudes y dones se ordenan y convienen en una sólida perfección del alma, la cual, en tanto que está haciéndose por el ejercicio de las virtudes, y ya hecha, se está ofreciendo de parte del alma al Amado en el espíritu de amor que vamos diciendo, conviene que se cacen las dichas rapos