Santa Clara de Asís. Escritos.
Escritos de Santa Clara de Asís
ESCRITOS COMPLETOS DE SANTA CLARA DE
ASÍS
Índice:
CARTA I A SANTA INÉS DE PRAGA [CtaCla1]
CARTA II A SANTA INÉS DE PRAGA [CtaCla2]
CARTA III A SANTA INÉS DE PRAGA [CtaCla3]
CARTA IV A SANTA INÉS DE PRAGA [CtaCla4]
[¡En el nombre del Señor!
Comienza la forma de vida de las Hermanas Pobres]
[De aquellas que quieren tomar esta vida, y cómo
deben ser recibidas]
[Del oficio divino y del
ayuno, de la confesión y comunión]
[De la elección y oficio de la
abadesa, del capítulo, de las oficialas y de las discretas]
[Del silencio, del locutorio y
de la reja]
[Que no se han de tener posesiones]
[Que nada se apropien las
hermanas, y del procurarse limosnas y de las hermanas enfermas]
[De la amonestación y
corrección de las hermanas]
[De la custodia de la
clausura]
[Del visitador, del capellán
y del cardenal protector]
1En el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
2El Señor os bendiga y os guarde. 3Os muestre su faz y tenga
misericordia de vosotras. 4Vuelva su rostro a vosotras y os dé la
paz (cf. Núm 6,24-26), a vosotras, hermanas e hijas
mías, 5y a todas las otras que han de venir y permanecer en vuestra
comunidad, y a todas las demás, tanto presentes como futuras, que perseveren hasta
el fin en todos los otros monasterios de Damas Pobres.
6Yo, Clara, sierva de Cristo, plantita de nuestro muy bienaventurado padre
san Francisco, hermana y madre vuestra y de las demás hermanas pobres, aunque
indigna, 7ruego a nuestro Señor Jesucristo, por su misericordia y
por la intercesión de su santísima Madre santa María, y del bienaventurado
Miguel arcángel y de todos los santos ángeles de Dios, de nuestro
bienaventurado padre Francisco y de todos los santos y santas, 8que
el mismo Padre celestial os dé y os confirme ésta su santísima bendición en el
cielo y en la tierra (cf. Gén 27,28): 9en
la tierra, multiplicándoos en su gracia y en sus virtudes entre sus siervos y
siervas en su Iglesia militante; 10y en el cielo, exaltándoos y
glorificándoos en
11Os bendigo en vida mía y después de mi muerte, como puedo
y más de lo que puedo, con todas las bendiciones 12con las que el
Padre de las misericordias (cf. 2 Cor 1,3) ha
bendecido y bendecirá a sus hijos e hijas en el cielo (cf. Ef
1,3) y en la tierra, 13y con las que el padre y la madre espiritual
ha bendecido y bendecirá a sus hijos e hijas espirituales. Amén.
14Sed siempre amantes de Dios y de
vuestras almas y de todas vuestras hermanas, 15y sed siempre solícitas en observar lo que habéis prometido
al Señor.
16El Señor esté siempre con vosotras (cf. 2 Cor 13,11), y ojalá que vosotras
estéis siempre con Él (cf. Jn 12,26; 1 Tes 4,17). Amén.
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1A la venerable y santísima virgen, doña Inés, hija del
excelentísimo e ilustrísimo rey de Bohemia, 2Clara, indigna
servidora de Jesucristo y sierva inútil (cf. Lc 17,10) de las damas encerradas del monasterio de San
Damián, súbdita y sierva suya en todo, se le encomienda de manera
absoluta con especial reverencia y le desea que obtenga la gloria de la felicidad eterna.
3Al
llegar a mis oídos la honestísima fama de vuestro santo comportamiento
religioso y de vuestra vida, que se ha divulgado egregiamente, no sólo hasta
mí, sino por casi toda la tierra, me alegro muchísimo en el Señor y salto de
gozo (cf. Hab 3,18); 4a causa de eso, no sólo yo personalmente puedo saltar de
gozo, sino todos los que sirven y desean servir a Jesucristo. 5Y el
motivo de esto es que, cuando vos hubierais podido disfrutar más que nadie de
las pompas y honores y dignidades del siglo, desposándoos legítimamente con el
ínclito Emperador con gloria excelente, como convenía a vuestra excelencia y a
la suya, 6desdeñando todas esas cosas, vos habéis elegido más bien,
con entereza de ánimo y con todo el afecto de vuestro corazón, la santísima
pobreza y la penuria corporal, 7tomando un esposo de más noble
linaje, el Señor Jesucristo, que guardará vuestra virginidad siempre inmaculada
e ilesa. 8Cuando lo amáis, sois casta;
cuando lo tocáis, os volvéis más pura; cuando lo aceptáis, sois virgen. 9Su
poder es más fuerte, su generosidad más excelsa, su aspecto más hermoso, su
amor más suave y toda su gracia más elegante. 10Ya estáis vos
estrechamente abrazada a Aquel que ha ornado vuestro pecho con piedras
preciosas y ha colgado de vuestras orejas margaritas inestimables, 11y os
ha envuelto toda de perlas brillantes y resplandecientes, y ha puesto sobre
vuestra cabeza una corona de oro marcada con el signo de la santidad (cf. Eclo 45,14). 12Por tanto, hermana carísima, o más bien, señora sumamente venerable, porque
sois esposa y madre y hermana de mi Señor Jesucristo (cf. 2 Cor
11,2; Mt 12,50), 13tan esplendorosamente
distinguida por el estandarte de la virginidad inviolable y de la santísima
pobreza, confortaos en el santo servicio comenzado con el deseo ardiente del
pobre Crucificado, 14el cual soportó la pasión de la cruz por todos
nosotros (cf. Heb 12,2), librándonos del poder del
príncipe de las tinieblas (cf. Col 1,13), poder al que estábamos encadenados
por la transgresión del primer hombre, y
reconciliándonos con Dios Padre (cf. 2 Cor 5,18).
15 ¡Oh bienaventurada pobreza, que
da riquezas eternas a quienes la aman y abrazan! 16 ¡Oh
santa pobreza, que a los que la poseen y desean les es prometido por Dios el
reino de los cielos (cf. Mt 5,3), y les son
ofrecidas, sin duda alguna, hasta la eterna gloria y la vida bienaventurada! 17¡Oh piadosa pobreza, a la que el Señor Jesucristo se dignó
abrazar con preferencia sobre todas las cosas, Él, que regía y rige cielo y
tierra, que, además, lo dijo y las cosas fueron hechas (cf. Sal 32,9; 148,5)! 18Pues
las zorras, dice Él, tienen madrigueras, y las aves
del cielo nidos, pero el Hijo del hombre, es decir, Cristo, no tiene donde reclinar
la cabeza (cf. Mt 8,20), sino que, inclinada la
cabeza, entregó el espíritu (cf. Jn 19,30).
19Por consiguiente, si tan grande y tan
importante Señor, al venir al seno de
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por haber preferido vos el desprecio del siglo a los
honores, la pobreza a las riquezas temporales, y guardar los tesoros en el
cielo antes que en la tierra, 23allá donde ni la herrumbre los
corroe, ni los come la polilla, ni los ladrones los desentierran y roban (cf. Mt 6,20), vuestra recompensa es copiosísima en los cielos
(cf. Mt 5,12), 24y habéis merecido
dignamente ser llamada hermana, esposa y madre del Hijo del Altísimo Padre (cf.
2 Cor 11,2; Mt 12,50) y de
la gloriosa Virgen. 25Pues creo firmemente que vos sabíais que el
Señor no da ni promete el reino de los cielos sino a los pobres (cf. Mt 5,3), porque cuando se ama una cosa temporal, se pierde
el fruto de la caridad; 26que no se puede servir a Dios y al dinero,
porque o se ama a uno y se aborrece al otro, o se servirá a uno y se
despreciará al otro (cf. Mt 6,24); 27y que
un hombre vestido no puede luchar con otro desnudo, porque es más pronto
derribado al suelo el que tiene de donde ser asido; y que no se puede
permanecer glorioso en el siglo y luego reinar allá con Cristo; 28y que
antes podrá pasar un camello por el ojo de una aguja, que subir un rico al
reino de los cielos (cf. Mt 19,24). 29Por
eso vos os habéis despojado de los vestidos, esto es, de las riquezas
temporales, a fin de evitar absolutamente sucumbir en el combate, para que
podáis entrar en el reino de los cielos por el camino estrecho y la puerta
angosta (cf. Mt 7,13-14). 30Qué negocio
tan grande y loable: dejar las cosas temporales por las eternas, merecer las
cosas celestiales por las terrenas, recibir el ciento por uno, y poseer la
bienaventurada vida eterna (cf. Mt 19,29).
31Por lo cual consideré que, en cuanto
puedo, debía suplicar a vuestra excelencia y santidad, con humildes preces, en
las entrañas de Cristo (cf. Flp 1,8), que os dignéis
confortaros en su santo servicio, 32creciendo de lo bueno a lo
mejor, de virtudes en virtudes (cf. Sal 83,8), para que Aquel a quien servís
con todo el deseo de vuestra alma, se digne daros con profusión los premios
deseados. 33Os ruego también en el Señor, como puedo, que os dignéis
encomendarnos en vuestras santísimas oraciones (cf. Rom
15,30), a mí, vuestra servidora, aunque inútil (cf. Lc
17,10), y a las demás hermanas, tan afectas a vos, que moran conmigo en este
monasterio, 34para que, con la ayuda de esas oraciones, podamos
merecer la misericordia de Jesucristo, y merezcamos igualmente gozar junto con
vos de la visión eterna.
35Que os
vaya bien en el Señor, y orad por mí.
1A la hija del Rey de reyes, sierva del Señor de señores
(cf. Ap 19,16; 1 Tim 6,15),
esposa dignísima de Jesucristo y, por eso, reina nobilísima, señora Inés, 2Clara,
sierva inútil (cf. Lc 17,10) e indigna de las Damas
Pobres, le desea salud y que viva siempre en suma pobreza.
3Doy gracias al espléndido dispensador de la gracia, de
quien sabemos que procede toda dádiva óptima y todo don perfecto (cf. Sant 1,17), porque te ha adornado con tantos títulos de
virtud y te ha hecho brillar con las insignias de tanta perfección, 4 para que, convertida en diligente imitadora del Padre perfecto (cf. Mt 5,48), merezcas llegar a ser perfecta, a fin de que sus
ojos no vean en ti nada imperfecto (cf. Sal 138,16).
5Ésta es la perfección por la que el
mismo Rey te asociará a sí en el tálamo celestial, donde se asienta glorioso en
el solio de estrellas, 6porque, menospreciando las grandezas de un
reino terrenal y estimando poco dignas las ofertas de un
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matrimonio
imperial, 7convertida en émula de la santísima pobreza en espíritu
de gran humildad y de ardentísima caridad, te has adherido a las huellas (cf. 1
Pe 2,21) de Aquel a quien has merecido unirte en matrimonio.
8Como he sabido que estás colmada de virtudes, renuncio a
ser prolija en la expresión y no quiero cargarte de palabras superfluas, 9aunque
a ti no te parezca superfluo nada que pueda proporcionarte algún consuelo. 10Sin
embargo, porque una sola cosa es necesaria (cf. Lc
10,42), ésta sola te suplico y aconsejo por amor de Aquel a quien te ofreciste
como hostia santa y agradable (cf. Rom 12,1): 11que
acordándote de tu propósito, como otra Raquel (cf. Gén
29,16), y viendo siempre tu punto de partida, retengas lo que tienes, hagas lo
que haces, y no lo dejes (cf. Cant 3,4), 12sino
que, con andar apresurado, con paso ligero, sin que tropiecen tus pies, para
que tus pasos no recojan siquiera el polvo, 13segura, gozosa y
alegre, marcha con prudencia por el camino de la felicidad, 14no
creyendo ni consintiendo a nadie que quiera apartarte de este propósito o que
te ponga algún obstáculo en el camino (cf. Rom 14,13)
para que no cumplas tus votos al Altísimo (cf. Sal 49,14) en aquella perfección
a la que te ha llamado el Espíritu del Señor.
15Y en esto, para que recorras con mayor seguridad el camino de los
mandamientos del Señor (cf. Sal 118,32), sigue el consejo de nuestro venerable
padre, nuestro hermano Elías, ministro general; 16antepónlo a los
consejos de los demás y considéralo como más preciado para ti que cualquier
otro don. 17Y si alguien te dijera otra cosa o te sugiriera otra
cosa, que impida tu perfección o que parezca contraria a la vocación divina,
aunque debas venerarlo, no quieras, sin embargo, seguir su consejo, 18sino,
virgen pobre, abraza a Cristo pobre. 19Míralo hecho despreciable por
ti y síguelo, hecha tú despreciable por Él en este mundo. 20Reina
nobilísima, mira atentamente, considera, contempla, deseando imitarlo, a tu
Esposo, el más hermoso de los hijos de los hombres (cf. Sal 44,3), que, por tu
salvación, se ha hecho el más vil de los hombres, despreciado, golpeado y
flagelado de múltiples formas en todo su cuerpo, muriendo en medio de las
mismas angustias de la cruz.
21Si sufres con Él, reinarás con Él; si
lloras con Él, gozarás con Él; si mueres con Él en la cruz de la tribulación,
poseerás con Él las mansiones celestes en el esplendor de los santos (cf. Rom 8, 17; 2 Tim 2,12.11; 1 Cor 12,26; Sal 109,3), 22y tu nombre será
inscrito en el libro de la vida (cf. Flp 4,3; Ap 3,5), y será glorioso entre los hombres. 23Por
lo cual, participarás para siempre y por los siglos de los siglos, de la gloria
del reino celestial a cambio de las cosas terrenas y transitorias, de los
bienes eternos a cambio de los perecederos, y vivirás por los siglos de los
siglos. 24Que te vaya bien, carísima
hermana y señora, por el Señor tu esposo; 25y procura encomendarnos
al Señor en tus devotas oraciones, a mí y a mis hermanas, que nos alegramos de
los bienes del Señor que Él obra en ti por su gracia (cf. 1 Cor
15,10). 26Recomiéndanos también, y mucho, a tus hermanas.
1A la hermana Inés, su
reverendísima señora en Cristo y la más digna de ser amada de todos los
mortales, hermana del ilustre rey de Bohemia, pero ahora hermana y esposa (cf. Mt 12,50; 2 Cor 11,2) del supremo
Rey de los cielos, 2Clara, humildísima e indigna esclava de Cristo y
sierva de las Damas Pobres, le desea los gozos de la
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salvación en el autor de la salvación (cf. Heb
2,10) y todo lo mejor que pueda desearse (cf. Flp
4,8-9).
3Reboso de alegría por tu buena salud, por tu estado feliz
y por los prósperos acontecimientos con los que entiendo que te mantienes firme
en la carrera emprendida para obtener el premio celestial (cf. Flp 3,14), 4y respiro saltando de tanto gozo en
el Señor, por cuanto he sabido y compruebo que tú suples maravillosamente lo
que falta, tanto en mí como en mis otras hermanas, en la imitación de las
huellas de Jesucristo pobre y humilde.
5Verdaderamente puedo alegrarme, y nadie podría privarme
de tanta alegría, 6 cuando, teniendo ya lo que deseé ardientemente bajo el
cielo, veo que tú, sostenida por una admirable prerrogativa de la sabiduría que
procede de la boca del mismo Dios, echas por tierra de manera terrible e
inopinada las astucias del taimado enemigo, y la soberbia que arruina la
naturaleza humana, y la vanidad que vuelve fatuos los corazones humanos, 7y
cuando veo que abrazas estrechamente con la humildad, con la fuerza de la
fe y con los brazos de la pobreza, el incomparable tesoro escondido en el campo
del mundo y de los corazones humanos, con el que se compra a Aquel por quien
fueron hechas todas las cosas de la nada (cf. Mt
13,44; Jn 1,3); 8y, para usar con
propiedad las palabras del mismo Apóstol, te considero colaboradora del mismo
Dios y apoyo de los miembros vacilantes de su Cuerpo inefable (cf. 1 Cor 3,9; Rom 16,3).
9 ¿Quién, por consiguiente, me dirá que no goce de tantas alegrías
admirables? 10Alégrate, pues, también tú siempre en el Señor (Flp 4,4), carísima, 11y que
no te envuelva la amargura ni la oscuridad, oh señora
amadísima en Cristo, alegría de los ángeles y corona de las hermanas (Flp 4,1); 12fija tu mente en el espejo de la
eternidad, fija tu alma en el esplendor de la gloria (cf. Heb
1,3), 13fija tu corazón en la figura de la divina sustancia (cf. Heb 1,3), y transfórmate toda entera, por la contemplación,
en imagen de su divinidad (cf. 2 Cor 3,18), 14para
que también tú sientas lo que sienten los amigos cuando gustan la dulzura
escondida (cf. Sal 30,20) que el mismo Dios ha reservado desde el principio
para quienes lo aman (cf. 1 Cor 2,9). 15Y dejando
absolutamente de lado a todos aquellos que, en este mundo falaz e inestable,
seducen a sus ciegos amantes, ama totalmente a Aquel que por tu amor se entregó
todo entero (cf. Gál 2,20), 16cuya
hermosura admiran el sol y la luna, cuyas recompensas y su precio y grandeza no
tienen límite (cf. Sal 144,3); 17hablo de aquel Hijo del Altísimo a
quien
24Por
consiguiente, así como la gloriosa Virgen de las vírgenes lo llevó
materialmente, 25así también tú, siguiendo sus huellas (1 Pe 2,21),
ante todo las de la humildad y pobreza, siempre puedes, sin duda alguna,
llevarlo espiritualmente en tu
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cuerpo casto
y virginal, 26conteniendo a Aquel que os contiene a ti y a todas las
cosas (cf. Sab 1,7; Col 1,17), poseyendo aquello que,
incluso en comparación con las demás posesiones de este mundo, que son
pasajeras, poseerás más fuertemente. 27En esto se engañan algunos
reyes y reinas del mundo, 28pues aunque su soberbia se eleve hasta
el cielo y su cabeza toque las nubes, al fin se reducen, por así decir, a
basura (cf. Job 20,6-7).
29Y en cuanto a las cosas que me has pedido que te aclare, 30a saber,
cuáles serían las fiestas que tal vez nuestro gloriosísimo
padre san Francisco nos aconsejó que celebráramos especialmente con variedad de
manjares, como creo que hasta cierto punto has estimado, me ha parecido que
tenía que responder a tu caridad. 31Tu prudencia ciertamente se habrá
enterado de que, exceptuadas las débiles y las enfermas, para con
las cuales nos aconsejó y mandó que tuviéramos toda la discreción posible respecto a cualquier género de alimentos, 32ninguna
de nosotras que esté sana y fuerte debería comer sino alimentos cuaresmales
sólo, tanto los días feriales como los festivos, ayunando todos los días, 33exceptuados
los domingos y el día de
38Pero como nuestra carne no es de bronce, ni nuestra
fortaleza es la de la roca (cf. Job 6,12), 39sino que más bien somos
frágiles y propensas a toda debilidad corporal, 40te ruego, carísima, y te pido en el Señor que desistas con sabiduría
y discreción de una cierta austeridad indiscreta e imposible en la abstinencia
que, según he sabido, tú te habías propuesto, 41para que, viviendo,
alabes al Señor (cf. Is 38,19; Eclo
17,27), ofrezcas al Señor tu obsequio racional (cf. Rom
12,1) y tu sacrificio esté siempre condimentado con sal (cf. Lev 2,13; Col
4,6).
42Que te vaya siempre bien en el Señor,
como deseo que me vaya bien a mí, y encomiéndanos en tus santas oraciones tanto
a mí como a mis hermanas.
1A quien es la mitad de su alma y relicario de su amor
entrañable y singular, a la ilustre reina, a la esposa del Cordero, el Rey eterno,
a doña Inés, su madre carísima e hija suya especial
entre todas las demás, 2Clara, indigna servidora de Cristo e sierva
inútil de las siervas de Cristo que moran en el monasterio de San Damián de
Asís, le desea salud, 3y que cante, con las otras santísimas
vírgenes, un cántico nuevo ante el trono de Dios y del Cordero, y que siga al
Cordero dondequiera que vaya (cf. Ap 14,3-4).
4 ¡Oh
madre e hija, esposa del Rey de todos los siglos!, aunque no te haya escrito
con frecuencia, como tu alma y la mía lo desean y anhelan por igual, no te
extrañes, 5ni creas de ninguna manera que el incendio de la caridad
hacia ti arde menos suavemente en las entrañas de tu madre. 6Este ha
sido el impedimento: la falta de mensajeros y los peligros manifiestos de los
caminos. 7Pero ahora, al escribir a tu
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caridad, me alegro mucho y salto de júbilo contigo en el gozo del Espíritu (cf.
1 Tes 1,6), oh esposa de
Cristo, 8porque tú, como la otra virgen santísima, santa Inés,
habiendo renunciado a todas las vanidades de este mundo, te has desposado
maravillosamente con el Cordero inmaculado (cf. 1 Pe 1,19), que quita los
pecados del mundo (cf. Jn 1,29). 9Feliz
ciertamente aquella a quien se le concede gozar de este banquete sagrado (cf.
Lc 14,15; Ap 19,9), para
que se adhiera con todas las fibras del corazón a Aquel 10 cuya hermosura admiran sin cesar todos los bienaventurados ejércitos
celestiales, |
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11 cuyo afecto conmueve, cuya contemplación reconforta, cuya
benignidad sacia, 12 cuya suavidad colma, cuya memoria ilumina suavemente, 13a
cuyo perfume revivirán los muertos, y cuya visión gloriosa hará
bienaventurados a todos los ciudadanos de
19Considera, digo, el principio de este espejo, la pobreza
de Aquel que es puesto en un pesebre y envuelto en pañales (cf. Lc 2,12). 20¡Oh
admirable humildad, oh asombrosa pobreza! 21El
Rey de los ángeles, el Señor del cielo y de la tierra es acostado en un
pesebre. 22Y en medio del espejo, considera la humildad, al menos la
bienaventurada pobreza, los innumerables trabajos y penalidades que soportó por
la redención del género humano. 23Y al final del mismo espejo,
contempla la inefable caridad, por la que quiso padecer en el árbol de la cruz
y morir en el mismo del género de muerte más ignominioso de todos.
24Por eso, el mismo espejo, puesto en el árbol de la cruz,
advertía a los transeúntes lo que se tenía que considerar aquí, diciendo: 25¡Oh vosotros, todos los que
pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante a
mi dolor! (Lam
1,12); 26respondamos, digo, a una sola voz, con un solo espíritu, a
quien clama y se lamenta con gemidos: ¡Me acordaré en mi memoria,
y mi alma se consumirá dentro de mí! (Lam 3,20). 27 ¡Ojalá,
pues, te inflames sin cesar y cada vez más fuertemente en el ardor de esta
caridad, oh reina del Rey celestial!
28Además, contemplando sus indecibles delicias, sus
riquezas y honores perpetuos, 29 y suspirando a causa del deseo y amor
extremos de tu corazón, grita: 30¡Llévame en pos de
ti, correremos al olor de tus perfumes (Cant 1,3), oh esposo
celestial! 31Correré, y no desfalleceré, hasta que me introduzcas en
la bodega (cf. Cant 2,4), 32hasta que tu
izquierda esté debajo de mi cabeza y tu diestra me abrace felizmente (cf. Cant 2,6), hasta que me beses con el ósculo felicísimo de
tu boca (cf. Cant 1,1). 33Puesta en esta
contemplación, recuerda a tu pobrecilla madre, 34sabiendo que yo he
grabado indeleblemente tu feliz recuerdo en la tablilla de mi corazón (cf. Prov 3,3; 2 Cor 3,3), teniéndote
por la más querida de todas.
35 ¿Qué más? En cuanto al amor
que te profeso, que calle la lengua de la carne, digo, y que hable la lengua
del espíritu. 36¡Oh hija bendita!, porque
la lengua de la carne no podría en absoluto expresar más plenamente el amor que
te tengo, ha dicho esto que he escrito de manera semiplena. 37Te
ruego que lo recibas con benevolencia y devoción, considerando en estas letras
al menos el afecto materno por el que, a
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diario, ardo
de caridad hacia ti y tus hijas, a las cuales encomiéndanos mucho en Cristo a
mí y a mis hijas. 38También estas mismas hijas mías, y
principalmente la prudentísima virgen Inés, nuestra hermana, se encomiendan en
el Señor, cuanto pueden, a ti y a tus hijas.
39Que os vaya bien, carísima
hija, a ti y a tus hijas, y hasta el trono de gloria del gran Dios (cf. Tit 2,13), y orad por nosotras.
40Por las presentes recomiendo a tu caridad, en cuanto
puedo, a los portadores de esta carta, nuestros carísimos
el hermano Amado, querido por Dios y por los hombres (cf. Eclo
45,1), y el hermano Bonagura. Amén.
1A Ermentrudis,
hermana carísima, Clara de Asís, humilde sierva de
Jesucristo, le desea salud y paz.
2He sabido que tú, oh hermana carísima, con la ayuda de la gracia de Dios, has huido
felizmente del cieno del mundo; 3por lo cual me alegro y me
congratulo contigo, y de nuevo me alegro, porque tú, con tus hijas, caminas
valerosamente por las sendas de la virtud.
4Carísima, sé fiel hasta la muerte a
Aquel a quien te has prometido, pues serás coronada por él con la corona de la
vida (cf. Sant 1,12). 5Breve es aquí
nuestro trabajo, la recompensa, en cambio, eterna; que no te confunda el
estrépito del mundo que huye como una sombra (cf. Job 14,2); 6que no
te hagan perder el juicio los vanos fantasmas de este siglo falaz; cierra los
oídos a los silbidos del infierno y, fuerte, quebranta sus embestidas; 7soporta
de buen grado los males adversos, y que los bienes prósperos no te
ensoberbezcan: pues estos piden fe, y aquellos la exigen; 8 cumple con fidelidad lo que has prometido a Dios, y Él te retribuirá. 9Oh
carísima, mira al cielo que nos invita, y toma la
cruz y sigue a Cristo (cf. Lc 9,23), que nos precede;
10porque, tras diversas y numerosas tribulaciones, por él entraremos
en su gloria (cf. Hch 14,21; Lc
24,26). 11Ama con todas tus entrañas a Dios y a Jesús, su Hijo,
crucificado por nosotros pecadores, y que su memoria no se aparte nunca de tu
mente; 12procura meditar continuamente los misterios de la cruz y
los dolores de la madre que está de pie junto a la cruz (cf. Jn 19,25). 13Ora y vela siempre (cf. Mt 26,41). 14Y la obra que has comenzado bien,
llévala a cabo con empeño, y cumple el ministerio que has asumido en santa
pobreza y en humildad sincera (cf. 2 Tim 4,5.7).
15No temas, hija, Dios, que es fiel en
todas sus palabras, y santo en todas sus obras (cf. Sal 144,13), derramará su
bendición sobre ti y sobre tus hijas; 16y Él será vuestro auxilio y
vuestro mayor consuelo; Él es nuestro redentor y la recompensa eterna. 17Oremos
a Dios la una por la otra (cf. Sant 5,16), pues así,
llevando cada una la carga de la caridad de la otra, cumpliremos con facilidad
la ley de Cristo (cf. Gál 6,2). Amén.
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Inocencio obispo, siervo de los
siervos de Dios, a las amadas hijas en Cristo, Clara, abadesa, y las otras
hermanas del monasterio de San Damián de Asís, salud y bendición apostólica.
Rainaldo, por la misericordia divina obispo de Ostia y de Velletri, a su amadísima madre e hija en Cristo madonna
Clara, abadesa de San Damián de Asís, y a sus hermanas, tanto presentes como
futuras, salud y bendición paterna. Ya que vosotras, amadas hijas en Cristo,
habéis despreciado las pompas y delicias del mundo, y, siguiendo las huellas
del mismo Cristo y de su santísima Madre (cf. 1 Pe 2,21), habéis elegido vivir
encerradas en cuanto al cuerpo y servir al Señor en suma pobreza para poder
dedicaros a Él con el espíritu libre, Nos, encomiando en el Señor vuestro santo
propósito, queremos de buen grado y con afecto paterno satisfacer benévolamente
vuestros votos y santos deseos. Por lo cual, accediendo a vuestros piadosos
ruegos, confirmamos a perpetuidad, con la autoridad del señor Papa y la
nuestra, para todas vosotras y para las que os sucedan en vuestro monasterio, y
corroboramos con la protección del presente escrito la forma de vida y el modo
de santa unidad y de altísima pobreza (cf. 2 Cor
8,2), que vuestro bienaventurado padre san Francisco os dio de palabra y por
escrito para que la observarais, anotada en las presentes letras. Es la
siguiente:]
1La forma de vida de
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10 |
1Si
alguna por inspiración divina viniera a nosotras queriendo tomar esta vida, la
abadesa esté obligada a pedir el consentimiento de todas las hermanas; 2y si
la mayor parte da su consentimiento, obtenida la licencia del señor cardenal
protector nuestro, podrá recibirla. 3Y si ve que debe ser recibida,
examínela diligentemente o haga que sea examinada de la fe católica y de los
sacramentos de
15No
se conceda el velo a ninguna durante el tiempo de probación. 16Las
hermanas podrán tener también manteletas para comodidad y decoro del servicio y
del trabajo. 17Y la abadesa provéalas de ropas con discreción, según
las condiciones de las personas y los lugares y tiempos y frías regiones, como
vea que conviene a la necesidad. 18A las jovencitas recibidas en el
monasterio antes de la edad legal, córtenles los cabellos en redondo; 19y,
depuesto el vestido seglar, vístanse de paño religioso, como le parezca a
la abadesa. 20Mas cuando lleguen a la edad legal, vestidas de la
misma forma que las otras, hagan su profesión. 21Y tanto a éstas
como a las demás novicias, la abadesa provéalas con solicitud de una maestra
escogida de entre las más discretas de todo el monasterio, 22la
cual las forme diligentemente en el santo comportamiento y en las buenas
costumbres según la forma de nuestra profesión.
23En
el examen y admisión de las hermanas que prestan servicio fuera del
monasterio, guárdese la forma antes dicha; éstas podrán llevar calzado. 24Que
ninguna resida con nosotras en el monasterio si no ha sido recibida según la
forma de nuestra profesión. 25Y por amor del santísimo y amadísimo
Niño envuelto en pobrecillos pañales, acostado en un pesebre (cf. Lc 2,7.12), y de su santísima Madre, amonesto, ruego y
exhorto a mis hermanas que se vistan siempre de ropas viles.
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1Las
hermanas que saben leer recen el oficio divino según la costumbre de los
Hermanos Menores, por lo que podrán tener breviarios, leyendo sin canto. 2Y
a aquellas que por causa razonable no puedan alguna vez decir sus horas
leyendo, les estará permitido como a las demás hermanas decir los Padrenuestros. 3Mas
aquellas que no saben leer, digan veinticuatro Padrenuestros por
maitines; por laudes, cinco; 4 por prima, tercia, sexta y nona, por cada una de estas horas, siete; por
vísperas, doce; por completas, siete. 5Digan también por los
difuntos, en vísperas, siete Padrenuestros
con el Requiem aeternam, y en
maitines, doce, 6cuando las hermanas que saben leer estén obligadas
a rezar el oficio de difuntos. 7Y cuando muera («emigre») una
hermana de nuestro monasterio, digan cincuenta Padrenuestros. 8Las
hermanas ayunen en todo tiempo. 9Pero en
1En la elección de la abadesa estén las hermanas obligadas
a guardar la forma canónica. 2Y procuren ellas mismas con presteza
tener al ministro general o provincial de
9Y la elegida considere qué carga ha tomado sobre sí y a
quién tiene que dar cuenta de la grey que se le ha
encomendado (cf. Mt 12,36; Heb
13,17). 10Esfuércese también en presidir a las otras más por las
virtudes y las santas costumbres que por el oficio, para que las hermanas,
estimuladas por su ejemplo, la obedezcan más por amor que por temor. 11No
tenga amistades particulares, no sea que, al preferir a una parte de las
hermanas, cause escándalo en todas. 12Consuele a las afligidas. Sea
también el último refugio de las atribuladas (cf. Sal 31,7), no sea que, si
faltaran en ella los remedios saludables, prevalezca en las débiles la
enfermedad de la desesperación.
13Guarde la vida común en todo, pero
especialmente en la iglesia, el dormitorio, el
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refectorio, la enfermería y en los vestidos. 14Lo que
también su vicaria esté obligada a guardar de manera semejante.
15La abadesa esté obligada a convocar a sus hermanas a
capítulo por lo menos una vez a la semana, 16en el que tanto ella
como las hermanas deberán confesar humildemente las ofensas y negligencias
comunes y públicas. 17Y las cosas que se han de tratar para utilidad
y decoro del monasterio, háblelas allí mismo con todas sus hermanas; 18pues
muchas veces el Señor revela a la menor qué es lo mejor. 19No se contraiga ninguna deuda
grave, sino con el consentimiento común de las hermanas y por una necesidad
manifiesta, y esto mediante procurador. 20Y guárdese la abadesa y
sus hermanas de recibir depósito alguno en el monasterio, 21pues de
ahí surgen muchas veces turbaciones y escándalos.
22Para conservar la unidad del amor mutuo y de la paz,
todas las oficialas del monasterio sean elegidas con
el consentimiento común de todas las hermanas. 23Y del mismo modo sean elegidas por lo menos ocho hermanas
de entre las más discretas, de cuyo consejo deberá siempre servirse la abadesa
en las cosas que requiere la forma de nuestra vida. 24También podrán
las hermanas y deberán, si les pareciera útil y conveniente, remover alguna vez
a las oficialas y a las discretas y elegir a otras en
su lugar.
1Desde la hora de completas hasta la de tercia, las
hermanas guarden silencio, exceptuadas las que prestan servicio fuera del
monasterio. 2Guarden también silencio continuo en la iglesia, en el
dormitorio, y en el refectorio sólo mientras
3
comen; se exceptúa la enfermería en la que, para recreo y
servicio de las enfermas, siempre les estará permitido a las hermanas hablar
con discreción. 4Podrán, sin embargo, siempre y en todas partes,
insinuar brevemente y en voz baja lo que fuera necesario.
5No sea lícito a las hermanas hablar en el locutorio o en
la reja sin permiso de la abadesa o de su vicaria. 6Y las que tienen
permiso, no se atrevan a hablar en el locutorio si no están presentes y las
escuchan dos hermanas. 7En cuanto a la reja, no se permitan ir allí
si no están presentes al menos tres hermanas designadas por la abadesa o su
vicaria de entre las ocho discretas que son elegidas por todas las hermanas
para el consejo de la abadesa. 8La abadesa y su vicaria estén
obligadas a guardar ellas mismas estas normas sobre el hablar. 9Y lo
dicho, en la reja que suceda rarísimamente. Y en la puerta, de ningún modo.
10A dicha reja póngasele por el interior un paño, que no se
remueva sino cuando se exponga la palabra de Dios o alguna hermana hable con
alguien. 11Tenga también una puerta de madera muy bien asegurada con
dos cerraduras de hierro diferentes, con batientes y cerrojos, 12para
que se cierre, máxime de noche, con dos llaves, una de las cuales la tendrá la
abadesa, y la otra la sacristana; 13y permanezca siempre cerrada, a
no ser cuando se oye el oficio divino, y por las causas antes mencionadas.
14Antes de la salida del sol o después
de la puesta del sol, ninguna deberá en absoluto hablar con nadie en la reja. 15Y
en el locutorio, manténgase siempre por dentro un paño, que no se
remueva. 16Durante la cuaresma de san Martín y la cuaresma mayor,
que ninguna hable en el locutorio, 17sino al sacerdote por causa de
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la confesión o de otra necesidad manifiesta, lo que se
reservará a la prudencia de la abadesa o de su vicaria.
1Después
que el altísimo Padre celestial se dignó iluminar con su gracia mi corazón para
que, siguiendo el ejemplo y la enseñanza de nuestro muy bienaventurado padre
san Francisco, yo hiciera penitencia, poco después de su conversión, junto con
mis hermanas le prometí voluntariamente obediencia. 2Y el bienaventurado Padre, considerando que no teníamos miedo a ninguna
pobreza, trabajo, tribulación, menosprecio y desprecio del siglo, antes al
contrario, que los teníamos por grandes delicias, movido a piedad, escribió
para nosotras una forma de vida en estos términos: 3«Ya que por
divina inspiración os habéis hecho hijas y siervas del altísimo y sumo Rey, el
Padre celestial, y os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir
según la perfección del santo Evangelio, 4quiero y prometo tener
siempre, por mí mismo y por mis hermanos, un cuidado amoroso y una solicitud
especial de vosotras como de ellos.» 5Lo que cumplió diligentemente
mientras vivió, y quiso que fuera siempre cumplido por los hermanos. 6Y para que jamás nos apartásemos de la santísima pobreza que habíamos
abrazado, ni tampoco lo hicieran las que tenían que venir después de nosotras,
poco antes de su muerte de nuevo nos escribió su última voluntad diciendo: 7«Yo,
el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza del
altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su santísima Madre, y perseverar en ella
hasta el fin; 8y os ruego, mis señoras, y os doy el consejo de que
siempre viváis en esta santísima vida y pobreza. 9Y protegeos mucho, para que
de ninguna manera os apartéis jamás de ella por la enseñanza o consejo de
alguien.»
10Y así como yo siempre he sido solícita, junto con mis
hermanas, en guardar la santa pobreza que hemos prometido al Señor Dios y al
bienaventurado Francisco, 11 así también las abadesas que me sucedan en el oficio y
todas las hermanas estén obligadas a observarla inviolablemente hasta el fin: 12a
saber, no recibiendo o teniendo posesión o propiedad por sí mismas ni por
interpuesta persona, 13ni tampoco nada que pueda razonablemente
llamarse propiedad, 14a no ser aquel tanto de tierra que
necesariamente se requiere para el decoro y el aislamiento del monasterio; 15y
esa tierra no se cultive sino como huerto para las necesidades de las
mismas hermanas.
1Las hermanas a quienes el Señor ha dado la gracia de
trabajar, después de la hora de tercia trabajen fiel y devotamente, y en
trabajo que conviene al decoro y a la utilidad común, 2de tal suerte
que, desechando la ociosidad, enemiga del alma, no apaguen el espíritu de la
santa oración y devoción, al cual las demás cosas temporales deben servir. 3Y
lo que producen con sus manos, la abadesa o su vicaria esté obligada a
asignarlo en el capítulo ante todas. 4Hágase lo mismo si hay
personas que envían alguna limosna para las necesidades de las hermanas, a fin
de que se haga memoria de ellas en común. 5Y todas estas cosas sean
distribuidas para utilidad común por la abadesa o su vicaria con el consejo de
las discretas.
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1Las hermanas nada se apropien, ni casa, ni lugar, ni cosa
alguna. 2Y como peregrinas y forasteras (cf. 1 Pe 2,11) en este
siglo, sirviendo al Señor en pobreza y humildad, envíen por limosna
confiadamente, 3y no deben avergonzarse, porque el Señor se hizo
pobre por nosotras en este mundo (cf. 2 Cor 8,9). 4Esta
es aquella eminencia de la altísima pobreza, que a vosotras, carísimas hermanas mías, os ha constituido herederas y
reinas del reino de los cielos, os ha hecho pobres de cosas, os ha sublimado en
virtudes (cf. Sant 2,5). 5Esta sea vuestra
porción, que conduce a la tierra de los vivientes (cf. Sal 141,6). 6Adhiriéndoos
totalmente a ella, amadísimas hermanas, por el nombre de nuestro Señor
Jesucristo y de su santísima Madre, ninguna otra cosa jamás queráis tener
debajo del cielo.
7A ninguna hermana le esté permitido enviar cartas ni
recibir algo o darlo fuera del monasterio sin permiso de la abadesa. 8Tampoco
le esté permitido tener cosa alguna que la abadesa no le haya dado o permitido.
9Y si sus parientes u otras personas le envían algo, la abadesa haga
que se lo den. 10Mas ella, si lo necesita, que pueda usarlo; si no,
que lo comparta caritativamente con alguna hermana que lo necesite. 11Pero
si le enviaran dinero, la abadesa, con el consejo de las discretas, haga que se
la provea de lo que necesita.
12Respecto a las hermanas enfermas, la abadesa esté
firmemente obligada a informarse con solicitud, por sí misma y por las otras
hermanas, de lo que su enfermedad requiere en cuanto a consejos y en cuanto a
alimentos y a otras cosas necesarias, 13y a proveer caritativa y
misericordiosamente según las posibilidades del lugar. 14Porque
todas están obligadas a proveer y a servir a sus hermanas enfermas como
querrían ellas ser servidas (cf. Mt 7,12) si
estuvieran afectadas por alguna enfermedad. 15Confiadamente
manifieste la una a la otra su necesidad. 16Y si la madre ama y
cuida a su hija (cf. 1 Tes 2,7) carnal, ¿cuánto más
amorosamente debe la hermana amar y cuidar a su hermana espiritual?
17Las que están enfermas descansen en jergones de paja y
tengan para la cabeza almohadas de pluma; 18y las que necesiten
escarpines de lana y colchones, que puedan usarlos. 19Y dichas
enfermas, cuando sean visitadas por quienes entran en el monasterio, que pueda
cada una de ellas responder brevemente algunas buenas palabras a quienes les
hablan. 20Pero las demás hermanas que tengan permiso para ello, no
se atrevan a hablar a quienes entran en el monasterio, sino en presencia de dos
hermanas discretas que las escuchen, designadas por la abadesa o su vicaria. 21La
abadesa y su vicaria estén obligadas a guardar ellas mismas estas normas
sobre el hablar.
1Si
alguna hermana, por instigación del enemigo, pecara mortalmente contra la forma
de nuestra profesión, y si, amonestada dos o tres veces por la abadesa o por
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las otras
hermanas, 2no se enmendara, coma en tierra pan y agua ante todas las
hermanas en el refectorio tantos días cuantos haya sido contumaz; 3y sea
sometida a una pena más grave, si así le pareciere a la abadesa. 4Durante
todo el tiempo en que sea contumaz, hágase oración a fin de que el Señor
ilumine su corazón para la penitencia. 5Pero la abadesa y sus
hermanas deben guardarse de airarse y conturbarse por el pecado de alguna, 6porque
la ira y la conturbación impiden en sí mismas y en las otras la caridad.
7Si ocurriera alguna vez, lo que Dios no permita, que
entre hermana y hermana, por alguna palabra o gesto, se produjese un motivo de
turbación o de escándalo, 8la que haya sido causa de la turbación,
de inmediato, antes de presentar la ofrenda (cf. Mt
5,23) de su oración ante el Señor, no sólo se prosterne humildemente a los pies
de la otra, pidiéndole perdón, 9sino que, también, ruéguele con
simplicidad que interceda por ella ante el Señor para que sea indulgente con
ella. 10Mas la otra, recordando aquella palabra del Señor: Si no
perdonáis de corazón, tampoco vuestro Padre celestial os perdonará (cf. Mt 6,15; 18,35), 11perdone con liberalidad a su
hermana toda la injuria que le haya inferido.
12Las hermanas que prestan servicio fuera del monasterio no
permanezcan largo tiempo fuera del mismo, a no ser que lo requiera una causa de
necesidad manifiesta. 13Y deberán andar con decoro y hablar poco,
para que puedan siempre edificarse quienes las observan. 14Y guárdense
firmemente de tener sospechosas relaciones o consejos con alguien. 15Y no
se hagan madrinas de hombres o mujeres, para que, con esta ocasión, no se
origine murmuración o turbación. 16Y no se atrevan a referir en el monasterio los rumores del
siglo. 17Y estén firmemente obligadas a no referir fuera del
monasterio nada de lo que se dice o se hace dentro que pueda engendrar
escándalo. 18Y si alguna, por simplicidad, faltara en estas dos
cosas, quede en la prudencia de la abadesa el imponerle penitencia con
misericordia. 19Pero si lo hiciera por costumbre viciosa, la
abadesa, con el consejo de las discretas, impóngale una penitencia según la
calidad de la culpa.
1La abadesa amoneste y visite a sus hermanas, y corríjalas
humilde y caritativamente, no mandándoles nada que sea contrario a su alma y a
la forma de nuestra profesión. 2Mas las hermanas súbditas recuerden
que, por Dios, negaron sus propias voluntades. 3Por lo que estarán
firmemente obligadas a obedecer a sus abadesas en todo lo que al Señor
prometieron guardar y no es contrario al alma y a nuestra profesión. 4Y la
abadesa tenga tanta familiaridad para con ellas, que éstas puedan hablar y
obrar con ella como las señoras con su sierva; 5pues así debe ser,
que la abadesa sea sierva de todas las hermanas.
6Amonesto de veras y exhorto en el Señor Jesucristo que se
guarden las hermanas de toda soberbia, vanagloria, envidia, avaricia (cf. Lc 12,15), cuidado y solicitud de este siglo (cf. Mt 13,22), detracción y murmuración, disensión y división; 7sean,
en cambio, siempre solícitas en conservar entre ellas la unidad del amor mutuo,
que es el vínculo de la perfección (cf. Col 3,14).
8Y las que no saben letras,
no se cuiden de aprenderlas; 9sino que atiendan a que sobre todas
las cosas deben desear tener el Espíritu del Señor y su santa operación, 10 orar siempre a él con puro corazón y tener humildad, paciencia en la
tribulación y
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en la
enfermedad, 11y amar a esos que nos persiguen, nos reprenden y nos
acusan, 12 porque dice el Señor: Bienaventurados
los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los
cielos (Mt 5,10). 13Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo (Mt 10,22).
1La portera sea madura de costumbres y discreta, y sea de
una edad conveniente, y durante el día permanezca allí en una celda abierta y
sin puerta. 2Asígnesele también una compañera idónea que, cuando sea
necesario, haga en todo sus veces.
3La puerta esté muy bien asegurada con dos cerraduras de
hierro diferentes, con batientes y cerrojos, 4para que se cierre,
máxime de noche, con dos llaves, una de las cuales la tendrá la portera, y la
otra la abadesa. 5Y de día, no se deje nunca sin custodia y esté
firmemente cerrada con una llave.
6Pero cuiden con sumo esmero y procuren que la puerta nunca esté abierta,
sino lo menos que de manera congruente sea posible. 7Y no se abra en
absoluto a cualquiera que quiera entrar, sino a quien le haya sido concedido
por el sumo Pontífice o por nuestro señor cardenal. 8Y no permitan
las hermanas a nadie entrar en el monasterio antes de la salida del sol, ni
permanecer dentro después de la puesta del sol, a no ser que lo exija una causa
manifiesta, razonable e inevitable. 9Si para la bendición de una
abadesa o para la consagración de alguna hermana como monja o también por otro
motivo, se hubiera concedido a algún obispo celebrar la misa dentro del
monasterio, que se contente con unos acompañantes y ministros lo menos
numerosos y lo más honestos que pueda. 10Y cuando sea necesario que
algunos entren en el monasterio para hacer un trabajo, la abadesa con solicitud
ponga entonces en la puerta a la persona conveniente, 11que la abra
sólo a los asignados al trabajo, y no a otros. 12Guárdense con sumo
cuidado todas las hermanas de ser vistas entonces por los que entran.
1Nuestro visitador sea siempre de
5Pedimos
también un capellán con un compañero clérigo de buena fama, discreto y
prudente, y dos hermanos laicos amantes del santo comportamiento y decoro
religioso, 6para ayuda de nuestra pobreza, como siempre hemos tenido
misericordiosamente de dicha Orden de los Hermanos Menores, 7y lo
pedimos a la misma Orden, como gracia, por el amor de Dios y del bienaventurado
Francisco. 8No le esté permitido al capellán entrar en el monasterio
sin compañero. 9Y cuando entren, que estén en un lugar público, de
modo que siempre puedan verse el uno al
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otro y ser
vistos por los demás. 10Para la confesión de las enfermas que no
puedan ir al locutorio, para dar la comunión a las mismas, para la
extremaunción, para la recomendación del alma, séales permitido a los mismos
entrar. 11Mas para las exequias y la celebración de la misa de
difuntos, y para cavar o abrir la sepultura, o también para acomodarla, que
puedan entrar personas en número suficiente e idóneas,
según el prudente juicio de la abadesa.
12Con miras a todo lo dicho, las hermanas estén firmemente
obligadas a tener siempre como gobernador, protector y corrector nuestro, al
cardenal de la santa Iglesia Romana que haya sido asignado a los Hermanos
Menores por el señor Papa, 13 para que, siempre súbditas y sujetas
a los pies de la misma santa Iglesia, estables en la fe (cf. Col 1,23)
católica, guardemos perpetuamente la pobreza y la humildad de nuestro Señor
Jesucristo y de su santísima Madre, y el santo Evangelio, que firmemente hemos
prometido. Amén.
[Dado en Perusa, a 16 de
septiembre, en el año décimo del pontificado del señor papa Inocencio IV
(1252).
A nadie, pues, en absoluto le sea
permitido infringir esta escritura de nuestra confirmación o con osadía
temeraria ir contra ella. Mas si alguno presumiera intentar esto, sepa que
incurrirá en la indignación de Dios omnipotente y de los bienaventurados
apóstoles Pedro y Pablo.
Dado en Asís, a 9 de agosto, en el año undécimo de nuestro pontificado (1253).]
1En el
nombre del Señor. Amén.¡Error! No se encuentran entradas de índice.
2Entre los otros beneficios que hemos recibido y recibimos
cada día de nuestro espléndido benefactor el Padre de las misericordias (cf. 2 Cor 1,3), y por los que más debemos dar gracias al Padre
glorioso de Cristo, 3está el de nuestra vocación, por la que, cuanto
más perfecta y mayor es, más y más deudoras le somos. 4Por lo cual
dice el Apóstol: Reconoce tu vocación (cf. 1 Cor
1,26). 5El Hijo de Dios se ha hecho para nosotras camino (cf. Jn 14,6), que con la palabra y el ejemplo nos mostró y
enseñó nuestro bienaventurado padre Francisco, verdadero amante e imitador
suyo.
6Por tanto, debemos considerar, amadas
hermanas, los inmensos beneficios de Dios que nos han sido concedidos, 7pero,
entre los demás, aquellos que Dios se dignó realizar en nosotras por su amado
siervo nuestro padre el bienaventurado Francisco, 8 no sólo después de nuestra conversión, sino también cuando estábamos en la
miserable vanidad del siglo. 9Pues el mismo Santo, cuando aún no
tenía hermanos ni compañeros, casi inmediatamente después de su conversión, 10mientras
edificaba la iglesia de San Damián, donde, visitado totalmente por la
consolación divina, fue impulsado a abandonar por completo el siglo, 11profetizó
de nosotras, por efecto de una gran alegría e iluminación del Espíritu Santo,
lo que después el Señor cumplió. 12En efecto, subido en aquel
entonces sobre el muro de dicha iglesia, decía en alta voz, en lengua francesa,
a algunos pobres que moraban allí cerca: 13«Venid y ayudadme
en la obra del monasterio de San Damián, 14porque aún ha de haber en
él unas damas, por cuya vida famosa y santo comportamiento religioso será
glorificado nuestro Padre celestial en toda su santa Iglesia».
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15En
esto, por tanto, podemos considerar la copiosa benignidad de Dios para
con nosotras; 16Él, por su abundante misericordia y caridad, se
dignó decir, por medio de su Santo, estas cosas sobre nuestra vocación y
elección. 17Y no sólo de nosotras profetizó estas cosas nuestro
bienaventurado padre Francisco, sino también de las otras que habían de venir a
la santa vocación a la que el Señor nos ha llamado. 18 ¡Con cuánta solicitud, pues, y con cuánto empeño de alma y de cuerpo no
debemos guardar los mandamientos de Dios y de nuestro padre [Francisco] para
que, con la ayuda del Señor, le devolvamos multiplicado el talento recibido! 19Porque
el mismo Señor nos ha puesto como modelo que sirva de ejemplo y espejo no sólo
a los otros, sino también a nuestras hermanas, a las que llamará el Señor a
nuestra vocación, 20para que también ellas sirvan de espejo y
ejemplo a los que viven en el mundo. 21Así pues, ya que el Señor nos
ha llamado a cosas tan grandes, a que puedan mirarse en nosotras las que son
para los otros ejemplo y espejo, 22 estamos muy obligadas a
bendecir y alabar a Dios, y a confortarnos más y más en el Señor para obrar el
bien. 23Por lo cual, si vivimos según la sobredicha forma, dejaremos
a los demás un noble ejemplo y con un brevísimo trabajo ganaremos el premio de
la eterna bienaventuranza.
24Después que el altísimo Padre
celestial se dignó iluminar con su misericordia y su gracia mi corazón para
que, siguiendo el ejemplo y la enseñanza de nuestro bienaventurado padre
Francisco, yo hiciera penitencia, 25poco después de su conversión,
junto con las pocas hermanas que el Señor me había dado poco después de mi
conversión, le prometí voluntariamente obediencia, 26según la luz de
su gracia que el Señor nos había dado por medio de su admirable vida y
enseñanza. 27Y el bienaventurado Francisco, considerando que si bien éramos
frágiles y débiles según el cuerpo, no rehusábamos ninguna necesidad, pobreza,
trabajo, tribulación o menosprecio y desprecio del siglo, 28antes al
contrario, los teníamos por grandes delicias, como a ejemplo de los santos y de
sus hermanos había comprobado frecuentemente en nosotras, se alegró mucho en el
Señor; 29y movido a piedad hacia nosotras, se obligó con nosotras a
tener siempre, por sí mismo y por su Religión, un cuidado amoroso y una
solicitud especial de nosotras como de sus hermanos. 30Y así, por voluntad de Dios y de nuestro bienaventurado
padre Francisco, fuimos a morar junto a la iglesia de San Damián, 31donde
el Señor, en poco tiempo, nos multiplicó por su misericordia y gracia, para que
se cumpliera lo que el Señor había predicho por su Santo; 32pues
antes habíamos permanecido en otro lugar, aunque por poco tiempo.
33Después,
escribió para nosotras una forma de vida, sobre todo para que perseveráramos
siempre en la santa pobreza. 34Y no se contentó con exhortarnos
durante su vida con muchas palabras y ejemplos al amor de la santísima pobreza
y a su observancia, sino que nos entregó varios escritos para que, después de
su muerte, de ninguna manera nos apartáramos de ella, 35como tampoco
el Hijo de Dios, mientras vivió en el mundo, jamás quiso apartarse de la misma
santa pobreza. 36Y nuestro bienaventurado padre Francisco, habiendo imitado
sus huellas (cf. 1 Pe 2,21), su santa pobreza que había elegido para sí y para
sus hermanos, no se apartó en absoluto de ella mientras vivió, ni con su ejemplo
ni con su enseñanza. 37Así pues, yo, Clara, sierva, aunque indigna,
de Cristo y de las hermanas pobres del monasterio de San Damián, y plantita del
santo padre, considerando con mis otras hermanas nuestra profesión tan altísima
y el mandato de tan gran padre, 38y también la fragilidad de las
otras, fragilidad que nos temíamos en nosotras mismas después de la muerte de
nuestro padre san Francisco, que era nuestra columna y nuestro
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único
consuelo después de Dios, y nuestro apoyo, 39una y otra vez nos obligamos
voluntariamente a nuestra señora la santísima pobreza, para que, después de mi
muerte, las hermanas que están y las que han de venir de ninguna manera puedan
apartarse de ella.
40Y así como yo siempre he sido diligente y solícita en
guardar y hacer guardar por las otras la santa pobreza que hemos prometido al
Señor y a nuestro bienaventurado padre Francisco, 41así también
aquellas que me sucedan en el oficio estén obligadas hasta el fin a guardar y a
hacer guardar, con el auxilio de Dios, la santa pobreza. 42Más aún,
para mayor cautela me preocupé de hacer corroborar nuestra profesión de la
santísima pobreza, que hemos prometido al Señor y a nuestro bienaventurado
padre, con los privilegios del señor papa Inocencio, en cuyo tiempo comenzamos,
y de otros sucesores suyos, 43para que de ninguna manera nos
apartáramos nunca de ella.
44Por lo
cual, de rodillas y postrada en cuerpo y alma, recomiendo todas mis hermanas,
las que están y las que han de venir, a la santa madre Iglesia Romana, al sumo
Pontífice y, de manera especial, al señor cardenal que fuere designado para
56Amonesto y exhorto en el Señor
Jesucristo a todas mis hermanas, las que están y las que han de venir, que se
apliquen siempre con esmero a imitar el camino de la santa simplicidad,
humildad, pobreza, y también el decoro del santo comportamiento religioso, 57tal
como desde el inicio de nuestra conversión nos lo han enseñado Cristo y nuestro
bienaventurado padre Francisco. 58A causa de lo cual,
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no por nuestros méritos, sino por la sola misericordia y
gracia del espléndido bienhechor, el mismo Padre de las misericordias (cf. 2 Cor 1,3) esparció el olor de la buena fama (cf. 2 Cor 2,15), tanto entre los que están lejos como entre los
que están cerca. 59Y amándoos mutuamente con la caridad de Cristo,
mostrad exteriormente por las obras el amor que tenéis interiormente, 60para
que, estimuladas por este ejemplo, las hermanas crezcan siempre en el amor de
Dios y en la mutua caridad. 61Ruego también a aquella que tenga en
el futuro el oficio de las hermanas que se aplique con esmero a presidir a las
otras más por las virtudes y las santas costumbres que por el oficio, 62de
tal manera que sus hermanas, estimuladas por su ejemplo, la obedezcan no tanto
por el oficio, cuanto más bien por amor. 63Sea también próvida y
discreta para con sus hermanas, como una buena madre con sus hijas, 64y,
de manera especial, que se aplique con esmero a proveerlas, de las limosnas que
el Señor les dará, según la necesidad de cada una. 65Sea también tan
benigna y afable, que puedan manifestarle tranquilamente sus necesidades, 66y recurrir a ella
confiadamente a cualquier hora, como les parezca conveniente, tanto para sí
como para sus hermanas.
67Mas las hermanas que son súbditas
recuerden que, por Dios, negaron sus propias voluntades. 68Por eso,
quiero que obedezcan a su madre, como lo han prometido al Señor, con una
voluntad espontánea, 69para que su madre, viendo la caridad,
humildad y unión que tienen entre ellas, lleve más ligeramente toda la carga
que por razón del oficio soporta, 70y lo que es molesto y amargo,
por el santo comportamiento religioso de ellas se le convierta en dulzura. 71Y porque son estrechos el camino y la senda, y es angosta
la puerta por la que se va y se entra en la vida, son pocos los que caminan y
entran por ella (cf. Mt 7,14); 72 y si hay algunos que durante un cierto tiempo caminan por la misma, son
poquísimos los que perseveran en ella. 73¡Bienaventurados de veras
aquellos a quienes les es dado caminar por ella y perseverar hasta el fin (cf. Mt 10,22)! 74Por consiguiente, si hemos entrado
por el camino del Señor, guardémonos de apartarnos nunca en lo más mínimo de él
por nuestra culpa e ignorancia, 75para que no hagamos injuria a tan
gran Señor y a su Madre
79Para que mejor pueda ser observado este escrito, os lo
dejo a vosotras, carísimas y amadas
hermanas mías, presentes y futuras,
en señal de la bendición del Señor y de nuestro bienaventurado padre Francisco, y de la bendición
mía, vuestra madre y sierva.