En que se prosigue el modo
como habernos de mirar a Cristo, y cómo era Él todo cuanto hay es
hermoso; y que lo que en el Señor parece feo a los ojos de la carne,
como son tormentos y trabajos, es grande hermosura.
SAN JUAN DE ÁVILA

LIBRO ESPIRITUAL
sobre el verso
AUDI, FILIA, ET VIDE,
ETC.
Ps. 44, 11 y 12.
Que trata de los malos lenguajes del mundo, carne y demonio, y de los remedios
contra ellos; de la
fe y del propio conocimiento; de
la penitencia, de la oración, meditación y pasión de
nuestro Señor Jesucristo, y del amor de los prójimos. Compuesto
por el Reverendo Padre Maestro San Juan de Ávila, predicador en el
Andalucía.
************************************************************
APROBACIÓN DEL PADRE
BARTOLOMÉ DE ISLA
Aunque en todo tiempo se ha de desear con mucha razón la buena
doctrina de los libros, mucho más
en éste, en que vemos
cuánto el demonio se esfuerza o sembrar por sus ministros, por las
vías posibles, la suya endemoniada hasta en los libros de romance, con
que el pueblo cristiano se ayuda para aprovecharse en la virtud. Y por esta
causa me parece se debe estimar en mucho esta obra, del Padre Maestro Juan de
Ávila, que se intitula: De los malos lenguajes del mundo, carne y
demonio, etc. Que aunque antes de ahora se imprimió debajo de otro
título y con el nombre deste mismo autor, en hecho de verdad, ni
él lo supo, ni para la tal impresión, si lo supiera, diera su
consentimiento, por no haberla entonces acabado de reveer. Ahora se ha presentado
ante los Señores del Consejo Real de su Majestad, por cuyo mandado yo la
he visto, y me parece muy digna de que se mande imprimir, por ser la materia
muy útil, y la doctrina muy católica y segura, y que procede con
grande propiedad y espíritu en lo que conviene para instruir a una alma
en todo género de virtud y santidad.
En este Colegio de
BARTOLOMÉ DE ISLA.
************************************************************
De cuan
conforme es a razón creer las cosas de nuestra fe, aunque ellas exceden
toda humana razón.
En que se
ponen algunas señales de las buenas, y de las malas y falsas
revelaciones o ilusiones.
Que es muy
importante el ejercicio de la oración, y de los grandes provechos que de
ella se sacan.
Del modo que
se ha de tener en la consideración en la vida y Pasión de nuestro
Señor Jesucristo.
AL CRISTIANO LECTOR
Veintisiete
años ha, cristiano lector, que escribí a una religiosa doncella,
que muchos años ha que difunta, un TRATADO sobre el verso del Salmo, que
comienza: Oye, h i j a, y ve; y aunque muchos de mis amigos me hablan afirmado
muchas veces que, corregido el TRATADO y poniéndolo en orden para
imprimirse, recibirían provecho los ánimos de los que lo leyesen,
no había salido a ello, por parecerme que para quien se quiere
aprovechar de leer en romance (vernaculo) hay tantos libros buenos, que
éste no les era necesario; y para quien no, también sería
éste superfluo, como los otros. Y ayudábame a esto mi enfermedad
continua de casi ocho años, que basta por ejercicio; y así se
había quedado el TRATADO sin imprimirlo, y aun sin acordarme de el,
hasta que el año pasado, vencido ya de ruegos de amigos, comenzaba poco
a poco a corregirlo y añadir para que se imprimiese, aunque sabía
lo mucho que me había de costar de mi salud.
Al
cabo de pocos días supe que se había impreso un Tratado sobre
este mismo verso, y con titulo de mi nombre, en Alcalá de Henares, en
casa de Juan Brocar, año de 1556. Maravílleme de que hubiese
quien se atreva a imprimir libro la primera vez sin la corrección del
autor, y mucho más de que alguno diese por autor de un libro a quien
primero no preguntase si lo es; y procuré con más cuidado
entender en lo comenzado para que, impreso este TRATADO, el otro se
desacreditase. Mas las enfermedades que después acá aún
han crecido, y haber añadido algunas cosas, han sido causa para que
más presto no se acabase. Ahora que va, recíbelo con caridad, y
no tengas el otro por mió ni le des crédito. Y no te digo esto
solamente por aquel Tratado, mas también por si otros vieres impresos en
mi nombre hasta el día de hoy, porque yo no he puesto en orden cosa
alguna para imprimir, sino una declaración de los diez Mandamientos que
cantan los niños de la doctrina y este TRATADO de ahora.
Y
también te aviso que, a las escrituras de mano que con título de
mi nombre vienieren a ti, no las tengas por mías si no conocieres mi
letra o firma, aunque también en esto hay que mirar, porque algunos han
procurado de contrahacerlo.
También
me parece avisarte de que, como este libro fue escrito a aquella religiosa
doncella que dije, la cual, y las de su calidad, han menester más
esforzarlas el corazón con confianza que atemorizarlas con rigor,
así va enderezado más a lo primero que a lo segundo. Mas si la
disposición de tu ánima pide más rigor de justicia que
blandura de misericordia, toma de aquí lo que hallares que te conviene,
y deja lo otro para otros que lo habrán menester. t
Y
todo el libro, con el autor, va sujeto a la corrección de nuestra Madre
«Oye,
Hija, y ve, e inclina tu oreja, y olvida tu pueblo, y la casa de tu padre, y
codiciará el Rey tu hermosura.»
(Ps.
44, 11.)
Estas
palabras, devota Esposa de Jesucristo, dice el Santo Profeta y Rey
David—o por mejor decir, Dios en él— a
Lo
primero que nos es amonestado en estas palabras es que oigamos; y no sin causa,
porque como el principio de la vida espiritual sea la fe, y ésta entre
en el ánima, como dice San Pablo (Rom., 10. 17), mediante el oír,
razón es que seamos amonestados primero de lo que primero nos conviene
hacer. Porque muy poco aprovecha que suene la voz de la verdad divina en lo de
fuera, si no hay orejas que la quieran oír en lo de dentro. Ni nos basta
que cuando fuimos bautizados nos metiese el sacerdote el dedo en los
oídos, diciendo que fuesen abiertos (Ephpheta, que significa Abrete), si
los tenemos cerrados a la palabra de Dios, cumpliéndose en nosotros lo
que de los ídolos dice el Santo Rey y Profeta David (Ps., 113, 4): Ojos
tienen y no ven; orejas tienen y no oyen.
Mas
porque algunos hablan tan mal, que oírlos es oír sirenas, que
matan a sus oyentes, es bien que veamos a quién tenemos de oír y
a quién no. Para lo cual es de notar, que Adán y Eva, cuando
fueron criados, un solo lenguaje hablaban, y aquél duró en el
mundo hasta que la soberbia de los hombres, que quisieron edificar la torre de
la confusión (Babel significa confusión), fue castigada con que,
en lugar de un lenguaje con que todos se entendían, sucediese
muchedumbre de lenguajes, con los cuales unos a otros no se entendiesen. En lo
cual se nos da a entender que nuestros primeros padres, antes que se levantasen
contra Él que los crió, quebrantando con atrevida soberbia su
mandamiento, un solo lenguaje espiritual hablaban en su ánima, el cual
era una perfecta concordia que tenía uno con otro, y cada uno consigo
mismo y con Dios; viviendo en el quieto estado de la inocencia, obedeciendo la
parte sensitiva, á la racional, y la racional a Dios; y así
estaban en paz con Él, y se entendían muy bien a sí
mismos, y tenían paz uno con otro. Mas como se levantaron con
desobediencia atrevida contra el Señor de los cielos, fueron
castigados—y nosotros con ellos—en que en lugar de un lenguaje, y
bueno, y con que bien se entendían, sucedan otros muy malos e
innumerables, llenos de tal confusión y tinieblas que ni convengan unos
hombres con otros, ni uno consigo mismo, y menos con Dios.
Y
aunque estos lenguajes no tengan orden en sí, pues son el mismo
desorden, mas; para hablar de ellos, reduzcámoslos, al orden y
número de tres, que son: lenguaje de mundo, carne y diablo; cuyos
oficios, como San Bernardo dice, son: del primero, hablar cosas varias; del
segundo, cosas regaladas; del tercero, cosas malas y amargas.
El
lenguaje del mundo no le hemos de oír, porque es todo mentiras, y muy
perjudiciales para quien las creyere, haciéndole que no siga la verdad
que es, sino la mentira que tiene apariencia y se usa. Y con esto
engañado él hombre, echa tras sus espaldas a Dios y a su santo
agradamiento, y ordena su vida por el ciego norte del complacimiento del mundo,
y engéndrasele un corazón deseoso de honra y de ser estimado de
hombres; semejante al de los antiguos soberbios romanos, de los cuales dice San
Agustín que por amor de la honra mundana deseaban vivir, y por ella no
temieron morir. Précianla tanto, que en ninguna manera pueden sufrir ni
una liviana palabra que contra ella se diga, ni cosa que sepa ni huela a
desprecio ni de muy lejos. Antes hay en esto tantas sutilezas y puntos, que por
maravilla hay quien se escape de no tropezar en alguno de ellos, y ofender al
sensible mundano, y aun muchas veces sin pensar que le ofende. Mas éstos
tan fáciles en el sentir el desprecio, ¡ cuán
difíciles y pesados son en lo despreciar y en lo perdonar! Y si alguno
lo quisiere hacer, qué tropel de falsos amigos y de parientes se
levantarán contra él, y alegarán tales leyes y fueros del
mundo, que dé éllos se concluya que es mejor perder la hacienda y
salud, casa y mujer e hijos; y aun esto les parece poco; pues dicen que se pierda
la vida del cuerpo y del ánima; y todo lo de la tierra y del-cielo; y
que el mismo Dios y su Ley sean tenidos en poco y puestos debajo de los pies,
porque Ia vanísima honra no se pierda, y sea; estimada sobre todas las;
cosas y sobre el mismo Dios.
¡Oh
honra vana, condenada por Cristo en la cruz a costa de sus grandes deshonras!
¿Y quién te dio asiento en el templo de Dios, que es el
corazón cristiano, con tan grande estima, que a semejanza del
Anticristo, quieras tú ser más preciada que el Altísimo
Dios? ¿Quién te hizo competidora con Dios, y que le lleves
ventaja en algunos corazones, en ser preciada más que Él,
renovándole aquella grave injuria que le fue hecha cuando quisieron a
Barrabás más que a Él? (Jn., 18, 40.) Grande por cierto es
tu tiranía en los corazones de los sujetos a ti, y con gran presteza y
facilidad te hacen servicio, por costoso que sea. Pensaba Aarón (Ex.,
32, 24) que por pedir él los zarcillos de oro, que traían en las
orejas las mujeres e hijos e hijas de aquéllos que le pedían
ídolo a él, que, por no ver despojados a los que amaban, se
apartarían de la mala demanda del falso dios; y no fue así,
porque no bien fueron pedidos cuando fueron dados. Ni se tuvo cuenta, ni se
tiene, con lo que han menester casa ni hijos, con tal que haya ídolo de
honra, al cual sacrifiquen. Y acaece muchas veces, que algunos de los que te
sirven entienden cuan vana cosa y sin tomo (importancia, valor y estima) eres,
y cuan perdida cosa es seguirte; y pudiendo librarse de tu grave yugo con sólo
romper contigo, es tanta su flaqueza y miseria, que eligen más reventar,
y hacer contra la honra de Dios, que descansar y honrar a Dios huyendo de ti.
Serviréis
a, dioses ajenos de día y de noche (Jerem., 16, 13), echa Dios por
maldición a los que sirven a los falsos dioses; y cúmplese muy
bien en los que adoran la honra. Hablando San Juan (12, 43) de una gente
principal de Jerusalén, que creyeron en Cristo, mas no osaron publicarse
por suyos por respeto de los hombres, dice de ellos con gran vituperio que
amaron más la honra de los hombres que la honra de Dios. Lo cual con
mucha razón se puede decir de estos amadores de la honra, pues vemos que
por no ser despreciados de los hombres desprecian a Dios, cuya Ley se
avergüenzan de seguir, por no ser avergonzados de los hombres.
Mas hagan lo que quisieren; honren su honra basta que no puedan más; que
fija y firme está la sentencia pronunciada contra ellos por Jesucristo,
soberano Juez, que dice (Lc, 9, 26): Quien se avergonzare de Mí y de mis
palabras, avergonzarse ha de él el Hijo de
Mucha
ayuda contra este mal nos debía ser, que la misma lumbre natural lo
condene; pues nos enseña que el hombre ha de hacer obras dignas de
honra, mas no por la honrar merecerla y no preciarla; y que el corazón
grande debe despreciar el ser preciado y el ser despreciado; y que ninguna cosa
debe tener por grande, sino la virtud. Mas si con todo esto no tuviere el cristiano
Corazón para despreciar esta vanidad, alce los ojos a su Señor
puesto en cruz, y verle ha tan lleno de deshonras, que si bien se pesaren,
pueden competir con la grandeza de los tormentos que recibía. Y no sin
causa eligió el Señor muerte con extrema deshonra, sino porque
conoció cuan poderoso tirano es el amor de la honra en el corazón
de muchos; que no dudan de ponerse a la muerte, y huyen del género de la
muerte, si es con deshonra. Y para darnos a entender que no nos ha de espantar
lo uno ni lo otro, eligió muerte de cruz, en la cual se juntan graves
dolores con excesiva deshonra.
Mirad,
pues, si ojos tenéis, a Cristo estimado por el más bajo de los
hombres, y aviltado (de vilmenospreciado, afrentado)) con graves
deshonras; unas, que la misma muerte de cruz trae consigo, pues era la
más infame de todas; y otras con que particularmente ofendieron a
nuestro Señor, pues ningún género de gente quedó
que no se emplease en le blasfemar, despreciar e injuriar con géneros de
deshonras no vistos; y veréis cuan bien cumple lo que predicando habia
dicho (Jn., 8): Yo no busco mi honra. Haced vos así. Y si
paráredes las orejas de vuestra ánima a oír con
atención aquel lastimero pregón que contra la misma inocencia se
dio, pregonando a Jesucristo nuestro Señor por malhechor por las calles
de Jerusalén, os confundiréis vos cuando viéredes que os
honran, o cuando deseéis ser honrada; y diréis con gemido
entrañable: ¡ Oh Señor! ¿Vos pregonado por malo, y
yo alabada por buena? ¿Qué cosa de mayor dolor? Y no sólo
se os quitará la gana de la honra del mundo, mas tendréis gana de
ser despreciada, por ser conforme al Señor, seguir al cual, como dice
Y si
es poderosa cosa el afecto de la honra vana, muy más poderosa es la
medicina del ejemplo y gracia de Cristo, que de tal manera la vencen y
desarraigan del corazón, que le hacen sentir que es cosa muy abominable,
que viendo un cristiano al Señor de
Mire
el cristiano, que pues el mundo despreció al bendito Hijo de Dios, que
es eterna Verdad y Bien sumo, no hay por qué nadie en nada le tenga, ni
en nada le crea. Antes mirando que fue engañado en no conocer una tan
clarísima luz, y en no honrar al que es verdaderísima honra;
aquello repruebe el cristiano, que el mundo aprueba; y aquello precie y ame,
que el mundo aborrece y desprecia; huyendo con mucho cuidado de ser preciado de
aquel que a su Señor despreció; y teniendo por grande
señal de ser amado de Cristo, el ser despreciado del mundo, con
Él y por Él.
De lo
cual resulta, que así como los que son de este mundo no tienen orejas
para escuchar la verdad y doctrina de Dios, antes la desprecian, así el
que es del bando de Cristo no las ha de tener para escuchar ni creer las
mentiras del mundo. Porque ahora halagué, ahora persiga, ahora prometa,
ahora amenace, ahora espante, o parezca blando, en todo se engaña y
quiere engañar, y con tales ojos lo debemos mirar; pues es cierto que en
tantas mentiras y falsas promesas le hemos tomado, que las medias (las medias:
la mitad)) que un hombre dijese, en ninguna cosa nos fiaríamos de
él, y a duras penas, aunque dijese verdad, le daríamos
crédito. No es bien ni mal verdadero lo que el mundo puede hacer, pues
no puede dar ni quitar la gracia de Dios. Ni aun en lo que parece que puede, no
puede nada, pues que no puede llegar al cabello de nuestra cabeza sin la
voluntad del Señor (Lc., 21, 18): y si otra cosa nos quisiere hacer
entender no le creamos. ¿Quién habrá ya que no se pelear
contra un enemigo qué no puede nada?
Para
que mejor entendáis lo que se os ha dicho, habéis de saber que
una cosa es amar la honra o estimación humana por sí misma y
parando en ella, y esto es malo según se ha dicho, y otra cosa es cuando
estas cosas se aman por algún buen fin, y esto no es malo.
Claro
es que una persona que tiene mando o estado de aprovechar a otros, puede querer
aquella honra y estima para tratar su oficio con mayor provecho de los otros;
pues que si tienen en poco al que manda, tendrán en poco su mandamiento,
aunque sea bueno.
Y no
solamente estas personas, mas generalmente todo cristiano debe cumplir lo que
está escrito (Eccli., 41, 15): Ten cuidado de la buena fama. No porque
ha de parar en ella, mas porque ha de ser tal un cristiano, que quienquiera que
oyere o viere su vida, dé a Dios gloria; como la solemos dar viendo una
rosa, o un árbol con fruto y frescura. Esto es lo que manda el santo Evangelio
(Mí., 5, 13), que luzca nuestra luz delante de los hombres, de manera
que, viendo nuestras buenas obras, den gloria al celestial Padre, del cual
procede todo lo bueno.
Y
este intento de la honra de Dios y de aprovechar a los prójimos
movió a San Pablo (2 Cor., 4) a contar de si mismo grandes y secretas
mercedes que nuestro Señor le había hecho, sin tenerse por
quebrantador de
Más
así como es cosa de mucha virtud tener la cosa cómo si no la
tuviesen, y no pegarse al corazón la honra que de fuera nos dan,
así es cosa dificultosa y que muy pocos la alcanzan. Porque, como San
Crisóstomo dice: «Andar entre honras y no pegarse al
corazón del honrado, es como andar entre hermosas mujeres sin alguna vez
mirarlas con ojos no castos.» Y la experiencia nos ha mostrado que las
dignidades y lugares de honra muy pocas veces han hecho de malos buenos, y muy
muchas de los buenos malos; Porque para sufrir el peso de la honra y ocasiones
que vienen con ella, es menester gran fuerza y virtud. Porque, según San
Jerónimo dice: «Los montes más altos con mayores vientos son
combatidos.» Y cierto es que se requiere mayor virtud para tener mando
que para obedecer. Y no sin causa, y gran causa, nuestro soberano Maestro y
Señor, que todo lo sabe, huyó de ser elegido por Rey (Jn., 6). Y
pues Él no podía peligrar en estado por alto que fuese, claro
está que es doctrina para nuestra flaqueza, que debe ella huir de lo
peligroso, pues huyó Él, que estaba seguro.
Y si
es atrevimiento muy grande, y contra el ejemplo de Cristo, recibir el estado de
honra cuando lo ofrecen, ¿Qué será desearlo y qué
será procurarlo? Porque para decir cuánto mal es dar dineros por
ello, no hay hombre que baste. Cosa es de grandísimo espanto, que
pudiendo un hombre andar seguramente por tierra llana, escoja los peligros de
andar por la mar; y no con bonanza, sino con tempestades continuas. Porque,
según San Gregorio dice: «¿Qué otra cosa es el
poderío de la alteza sino tempestad del ánima?» Y tras
estos trabajos y peligros que en lugar alto hay, sucede aquélla terrible
amenaza dicha por Dios, aunque de pocos oída y sentida, (Sab., 6):
Juicio durísimo será hecho en los que tienen mando.
¿Qué será esto, que siendo el juicio ordinario de Dios
tal, que los más estirados en la virtud tiemblan y dicen (Sal., 142, 2):
No entres en juicio con tu siervo. Señor, hay gente tan atrevida que
elija entrar en juicio, no cualquiera, mas estrechísimo y
durísimo? Y viendo que un Rey Saúl, a quien fue el reinó
ofrecido de parte de Dios, sin que por ello él se ensalzase ni hiciese
caso de él, y aun se escondió por no recibirlo, y fue hallado
porque Dios lo manifestó (1 Reg., 10), con todo esto maltratóle
tan mal la alteza de la dignidad con sus ocasiones, que habiendo precedido
elegirlo Dios, y huirlo él, sucedió tan mala vida y mal fin, que
debe poner temor y escarmiento a los que entran en estados de honra, aun
llamados y por buena puerta, y muy mayor a los que no entran por tal.
Y
cierto, es cosa de maravillar que haya gente tan tasada (tasada: escasa) en el
servicio de nuestro Señor, que si les dicen que hagan algo, aunque muy
bueno, andan mirando y remirando si es cosa que no les obliga a pecado mortal
para no la hacer; porque dicen que son flacos, y no quieren meterse en cosas
altas y de perfección, sino andar camino llano, como ellos dicen. Y
éstos por una parte tan cobardes en buscar la perfecta virtud para
sí mismos, que con la gracia del Señor les fuera fácil de
alcanzar, por otra parte son tan atrevidos en meterse en señoríos
y mandos y honras, que para usar bien de ellos y sin daño propio, es
menester perfecta o aprovechada virtud, que se hacen entender que la tienen, y
que darán buena cuenta del lugar alto, sin que peligren sus conciencias
en lo que muchos han peligrado. Tanto ciega el deseo de la honra y mandos y de
intereses humanos, que a los que no osan acometer lo fácil y seguro,
hace acometer lo que está lleno de peligros y dificultad. Y los que no
fían de Dios que les ayudará en las buenas obras que tocan a
sí mismos, se prometen con grande osadía que los traerá Dios
de la mano en lo que toca a regir a los otros, pudiendo Dios responder con
mucha justicia, que pues ellos se metieron en aquel peligro, ellos se ayuden a
valerse en él. Porque de estos tales dice Dios (Oseas, 8, 4): Ellos
reinaron, y no por mi parecer: fueron príncipes, y yo no lo supe. Quiere
decir: No lo aprobé, ni me pareció bien. Y quien mirare que
desechó Dios de su mano al Rey Saúl, habiéndole el mismo
Dios metido en el reino, tendrá mucha razón para
desengañarse, pues que no hay quien le asegure de que no sea tan flaco
como Saúl, sino la soberbia y gana del mando. Y por muy buena entrada
que tenga en él, no será mejor que la de Saúl.
Razón
tuvo San Agustín en decir que el lugar alto es necesario para regimiento
(gobierno, régimen) del pueblo. Aunque cuando se tiene se administre
como conviene, mas cuando no se tiene, no es lícito desearlo. Y
él decía de sí mismo, que deseaba y procuraba salvarse en
el lugar bajo, por no peligrar en el alto. Especialmente se debe esto hacer
cuando el tal lugar tiene regimiento (gobierno, régimen) de
ánimas; lo cual tiene tanta dificultad para hacerse bien, que se llama
«arte de artes». Huir se deben estos peligros en cuánto
buenamente fuere posible, imitando el ejemplo ya dicho, que el Señor nos
dio, en huir de aceptar el reino, y el que nos han dado muchas personas santas
y sabias que los han huido con todo su corazón (El Santo Juan de
Ávila rehuyó las mitras de Segovia y Granada). Y para entrar bien
en ellos ha de ser o por revelación del Señor, o por obediencia
de quien lo puede mandar, o por consejo de persona que entienda, muy bien la
obligación del oficio y los peligros de él, y tenga el juicio de
Dios delante sus ojos, y muy atrás de ellos todo respeto temporal. Y si
estas condiciones no se hallaren, será menester que haya tales conjeturas
de que Dios es de ello servido, que sean de tanto peso, que pueda el tal hombre
fiarse, de ellas para entrar en tan grave peligro. Y con todo esto aun hay que
temer; y conviene velar y suplicar al Señor, que pues guardó la
entrada de mal, guarde también la salida,
porque
no pare en eterna condenación. Porque a muchos de los que han vivido
contentos en estos estados, hemos visto morir con deseo de no los haber tenido,
y con grandes temores de lo que primero, a su parecer, estaban seguros.
Débese mejor parecer la verdad de las cosas temporales, cuanto el hombre
más se aleja de ellas, y más se acerca al juicio de Dios, en el
cual hay toda verdad.
La
carne habla regalos y deleites; unas veces claramente, y otras debajo de
título de necesidad. Y la guerra de esta enemiga, allende (allende:
además) de ser muy enojosa, es más peligrosa, porque combate con
deleites, que son armas más fuertes que otras. Lo cual parece en que
muchos han sido de los deleites vencidos, que no lo fueron por dineros, ni
honras, ni recios tormentos. Y no es maravilla, pues es su guerra tan escondida
y tan a traición, que es menester mucho aviso para se guardar de ella.
¿Quién creerá que debajo de blandos deleites viene
escondida la muerte, y muerte eterna, siendo la muerte lo más amargo que
hay, y los deleites el mismo sabor? Copa de oro y ponzoña de dentro, es
el falso deleite, con el cual son embriagados los hombres que no miran sino a
la apariencia de fuera. Traición es de Joab que abrazando a Amasas lo
mató (2 Reg., 20, 9); y de Judas Iscariotes, que con falsa paz
entregó a la muerte o su bendito Maestro. (Lc., 22, 47.) Y así
es, que en bebiendo del deleite del pecado mortal, muere Cristo en el alma; y
Él muerto, el ánima muere; porque la vida de ella viene de
Él. Y así dice San Pablo (Rom., 8, 13): Si según la carne
viviéredes, moriréis. Y en otra parte (1 Tim., 6, 6): La viuda
que en deleites está, viviendo está muerta: viva en la vida del
cuerpo, y muerta en la del ánima. Y cuanto la carne es a nos más
conjunta, tanto más nos conviene temerla; pues el Señor dice
(Mt., 10, 36) que los enemigos del hombre son los de su casa; y ésta no
sólo es de casa, mas de dos paredes que tiene nuestra casa, ella es la
una.
Y por
esta y otras causas que hay, dijo San Agustín que «la pelea de la
carne era continua, y la victoria dificultosa»; y quien quisiere salir vencedor,
de muchas y muy fuertes armas le conviene ir armado. Porque la preciosa joya de
la castidad no se da a todos, mas a los que con muchos sudores de importunas
oraciones y de santos trabajos la alcanzan de nuestro Señor. El cual
quiso ser envuelto en sábana limpia de lienzo, que pasa por muchas
asperezas para venir a ser blanco; para dar a entender que el varón que
desea alcanzar o conservar el bien da la castidad, y aposentar a Cristo en
sí como en otro sepulcro, conviene le con mucha costa y trabajos ganar
esta limpieza: la cual es tan rica que, por mucho que cueste, siempre se compra
barato.
Y
así como se piden otros trabajos más ásperos de penitencia
y satisfacción al que mucho ha ofendido a nuestro Señor que a
quien menos, así, aunque a todos los que en esta carne viven convenga
temerla, y guardarse de ella, y enfrenarla, y regirla con prudente templanza,
mas los que particularmente son de ella guerreados, particulares remedios y
trabajos han menester. Por tanto, quien esta necesidad sintiere en sí
mismo, debe primeramente tratar con aspereza su carne, con apocarle la comida y
el sueño, con dureza de cama, y de cilicios, y otros convenientes medios
con que la trabaje. Porque, según San Jerónimo dice: «Con
el ayuno se sanan las pestilencias de la carne»; y San Hilarión,
que decía a su propia carne: «Yo te domaré y haré
que no tires coces, sino que, de hambrienta y trabajada, pienses antes en comer
que en retozar.» Y San Jerónimo aconseja a Eustoquio (hija de
Santa Paula, discípula de S. Jerónimo), virgen, que aunque ha
sido criada con delicados manjares, tenga gran cuenta con la abstinencia y
trabajos del cuerpo, afirmándole que sin esta medicina no podrá
poseer la castidad. Y si de acueste tratamiento se sigue flaqueza a la carne, o
daño a la salud, responde el mismo San Jerónimo en otra parte:
«Más vale que duela, el estómago, que no el alma; y mejor
es que mandes al cuerpo, que no que le sirvas: y que tiemblen las piernas de
flaqueza, que no que vacile la castidad.» Verdad es que en otra parte
dice que no sean les ayunos tan excesivos, que debiliten el estómago; y
en otra parte reprende a algunos que él conoció haber corrido
peligro de perder el juicio por la mucha abstinencia y vigilias.
Para
estas cosas no se puede dar una general regla que cuadre a todos; pues unos se
hallan bien con unos medios, y otros no; y lo que daña a uno en su
salud, a otro no. Y una cosa es ser la guerra tan grande, que pone al hombre a
riesgo de perder la castidad, porque entonces a cualquier riesgo conviene poner
el cuerpo por quedar con la vida del alma; y otra cosa es pelear con una
mediana tentación, de la cual no se teme tanto peligro ni ha menester
tanto trabajo para la vencer. Y el tomar en estas cosas el medio que conviene,
está a cargo del que fuere guia prudente de la persona tentada; habiendo
de parte de entrambos humilde oración al Señor, para que
dé en ello su luz. Y pues San Pablo (1 Cor., 9, 27), vaso de
elección (3), no se fía de su carne, mas dice que la castiga y la
hace servir, porque predicando él a otros que sean buenos, no sea
él hallado malo cayendo en algún pecado, ¿cómo
pensaremos nosotros, que seremos castos sin castigar nuestro cuerpo, pues
tenemos menos virtud que él, y mayores causas para temer? Muy mal se guarda
la humildad entre honras, y templanza entre abundancia, y castidad entre los
regalos: Y si sería digno de escarnio quien quisiese, apagar el fuego
que arde en su casa y él mismo le echase leña muy seca, muy
más digno de escarnio, es quien por una parte desea la castidad, y por
otra hinche de manjares y de regalo su carne, y se da a la ociosidad; porque
estas cosas no sólo no apagan el fuego encendido, mas bastan a
encenderlo á quien muy apagado lo tuviere. Y pues el Profeta Ezequiel
Í16, 49) da testimonio que la causa por que aquélla desventurada
ciudad de Sodoma llegó a la cumbre de tan abominable. pecado, fué
la hartura y abundancia de pan y ociosidad que tenía,
«quién osará vivir en regalos ni ocio, ni aun verlos de
lejos, pues los que fueron bastantes a hacer el mayor mal, con más facilidad
harán los menores. Ame, pues, la templanza y mal tratamiento de su carne
quien es amador de la castidad; porque si lo uno quiere tener sin lo otro, no
saldrá con ello, mas antes se quedará sin entrambas cosas. Que a
los que Dios juntó, ni los debe el hombre querer apartar (Mt., 19, 6),
ni puede aunque quiera.
Debemos
mucho advertir que el remedió que habernos dicho de afligir la carne
suele ser provechoso cuando la tentación nace de la misma carne, como
suele acaecer a los mozos y a los que tienen buena salud y regalada su carne; y
entonces aprovecha poner el remedio en ella, pues está en ella la
raíz de la enfermedad.
Mas
otras veces viene esta tentación de parte del demonio; y verse ha ser
así, en que más combate con pensamientos y feas imaginaciones del
ánima, que con feos sentimientos del cuerpo; o si los hay, no es porque
la tentación comience en ellos, mas comenzando por pensamientos, resulta
el sentimiento en la carne; la cual algunas veces estando flaquísima y
como muerta, están los malos pensamientos vivísimos, como a San
Jerónimo acaecía, según él lo cuenta. Y tienen
también otra señal, que es venir importunamente y cuando el
hombre menos querría, y menos ocasión hay para ello. Y ni acatan
reverencia a tiempos de oración, ni de misa, ni lugares sagrados, en los
cuales un hombre, por malo que sea, suele tener acatamiento y abstenerse de pensar
estas cosas. Y algunas veces son tantos y, tales estos pensamientos, que el
hombre nunca oyó, ni supo, ni imaginó tales cosas como se le
ofrecen. Y en la fuerza con que vienen, y cosas que oye interiormente, siente
el hombre que no nacen de él, sino que otro las dice y las hace. Cuando
estas y otras señales semejantes hubiere, tened por alerto que es
persecución del demonio en la carne, y que no nace de ella, aunque se
padece en ella. La cual guerra es más peligrosa que la pasada, por
querernos muy mal quien la hace, y por ser enemigo tan infatigable para
guerrear, velando y durmiendo, y en todo tiempo y lugar.
Y el
remedio de este mal es procurar alguna buena ocupación que ponga en
cuidado y trabajo, con el cual pueda olvidar aquellas feas imaginaciones. Y a
este intento procuró San Jerónimo, según él mismo
lo cuenta, de estudiar la lengua hebrea con mucho trabajo, aunque no sin fruto,
y dice: «Haz siempre alguna buena obra porque te halle el demonio bien
ocupado.» Y también hablando en este propósito, de cuan
provechosa es para esto la vida de los monasterios, le aconseja diciendo:
«Y en ella cumplas cada día lo que te fuere encargado, y seas
sujeto a quien no querrías, y vayas cansado a la cama, y andando te
caigas dormido; y sin haber cumplido con el sueño seas
constreñido a te levantar, y digas tu Salmo cuando te viniere, y sirvas
a los hermanos, y laves los pies a los huéspedes; y siendo injuriado,
calles, y temas, como al señor al abad del monasterio, y le ames como a padre,
y creas que todo lo que él te mandare es cosa que te conviene, y no
juzgues a tus mayores, pues que tu oficio es obedecer y cumplir lo mandado,
según dice Moisés (Deut., 6): Oye, Israel, y calla. Y estando
ocupado en tantos negocios, no tendrás lugar para otros pensamientos; y
pasando de una obra en otra, aquello solamente tendrás en la memoria,
que de presente eres constreñido a hacer.» Esto dice San
Jerónimo. Y conforme a esto, se usaba entonces en los monasterios
ejercitar a los mozos en buenas ocupaciones, más que en soledad y larga
oración, por el peligro que de parte de su carne y pasiones no
mortificadas les puede y suele venir.
Aunque
esta regla tiene excepciones, por haber en las personas disposiciones diversas
y dones particulares de Dios; por lo cual con justa causa puede darse la
oración larga al mozo y quitarse al viejo. Y dije que no ocupaban al
mozo en larga oración: entiendo de aquella en la cual se gasta casi todo
el tiempo, y se tiene como por oficio. Porque no tener algunos ratos de ella
sería yerro muy grande, por los bienes que perdería; y porque aun
para bien hacer la ocupación es menester ganar espíritu y fuerzas
en la oración; que de otra manera suelen los ocupados quejarse y andar
desabridos, como carro cargado y no untado con la blandura de la
devoción.
Y
estén advertidos los principiantes a que el demonio particularmente
procura de traerles las tales imaginaciones al tiempo de la oración, por
hacer que la dejen y descanse él. Porque aunque el demonio nos fatiga
mucho con sus tentaciones, mucho más le fatigamos a él y le
queman nuestras devotas oraciones; y por eso procura que no las hagamos, o que
las hagamos mal hechas. Mas nosotros debemos, como a porfía, trabajar
todo lo que nos fuere posible por no dejar nuestro ejercicio, pues en la persecución
que en él tenemos se demuestra bien cuan provechoso nos es. Y si tanto
nos acosare la guerra haciendo la oración mentalmente, y
sintiéremos mucho peligro por las tales imaginaciones, debemos a
más no poder orar vocalmente, y herir nuestros pechos, lastimar nuestra
carne, poner los brazos en cruz, alzar las manos y los ojos al cielo pidiendo
socorro a nuestro Señor; de manera que, en fin, se gaste bien aquel rato
que para orar teníamos diputado; o hacer algo que nos divierta
(distraiga), especialmente hablar con alguna buena persona que nos esfuerce;
aunque esto ha de ser a más no poder, porque no se vence nuestra
flaqueza a querer vencer huyendo, y nos haga nuestro enemigo perder el lugar de
nuestra pelea y las fuerzas de pelear; que, en fin, el Señor piadoso y
poderoso mandará, cuando nos convenga, que nuestro adversario calle, y
no nos impida nuestra secreta y amigable habla que solíamos tener con
El.
Todas
estas escaramuzas se suelen pasar en esta guerra de la castidad, cuando el
Señor lo permite para probar sus caballeros, si de verdad le aman a
Él y a la castidad por quien pelean. Y después de hallados
fieles, envía su omnipotente favor, y manda a nuestro adversario que no
nos impida nuestra paz ni nuestra secreta habla con Él. Y goza el hombre
entonces de lo trabajado, y sábele bien y esle más meritorio.
Es
también menester, y muy mucho, para guarda de la castidad, que se evite
la conversación familiar de mujeres con hombres, por buenos o parientes
que sean. Porque las feas y no pensadas caídas que en el mundo han
acaecido acerca de aquesto, nos deben ser un perpetuo amonestador de nuestra
flaqueza, y un escarmiento en ajena cabeza, con el cual nos desengañemos
de cualquiera falsa seguridad que nuestra soberbia nos quisiere prometer,
diciendo que pasaremos sin herida nosotros flacos, en lo que tan fuertes, tan
sabios y, lo que más es, tan grandes santos fueron muy gravemente
heridos. ¿Quién se fiará de parentesco, leyendo la torpeza
de Amnón con su hermana Thamar (2 Reg., 13, 8); con otras muchas tan
feas, y más, que en el mundo han acaecido a personas que las ha cegado
esta bestial pasión de la carne? ¿Y quién se fiará
de santidad suya o ajena, viendo a Santo Rey y Profeta David, que fue
varón conforme al corazón de Dios, ser tan ciegamente derribado
en muchos y feos pecados por sólo mirar a una mujer? (2 Reg., 11, 2.)
¿Y quién no temblará de su flaqueza oyendo la santidad y
sabiduría del rey Salomón, siendo mozo, y sus feas caídas
contra la castidad, que le malearon el corazón a la vejez, hasta poner
muchedumbre de ídolos y adorarlos, como lo hacían y
querían las mujeres que amaba? (3 Reg., 11, 4.) Ninguno en esto se
engañe, ni se fíe de castidad pasada o presente, aunque sienta su
ánima muy fuerte, y dura contra este vicio como una piedra; porque gran
verdad dijo el experimentado Jerónimo, que: «Animas de hierro, la
lujuria las doma.» Y San Agustín no quiso morar con su hermana,
diciendo: «Las que conversan con mi hermana no son mis hermanas.» Y
por este camino de recatamiento han caminado todos los santos, a los cuales
debemos seguir si queremos no errar. Por tanto, doncella de Cristo, no
seáis en esto descuidada; mas oíd y cumplid lo que San Bernardo
dice: «Que las vírgenes que verdaderamente son vírgenes, en
todas las cosas temen, aun en las seguras.» Y las que así no lo
hacen, presto se verán tan miserablemente caídas, cuanto primero
estaban con falsa seguridad miserablemente engañadas. Y aunque por la
penitencia se alcance el perdón del pecado, no se alcanza la corona de
la virginidad perdida, y «cosa fea es, dice San Jerónimo, que la
doncella que esperaba corona pida perdón de haberla perdido», como
lo sería si tuviese el Rey una hija muy amada, y guardada para la casar
conforme a su dignidad, y cuando el tiempo de ello viniese, le dijese la hija
que le pedía perdón de no estar para casarse, por haber perdido
malamente su virginidad. «Los remedios de la penitencia, dice San
Jerónimo, remedios de desdichados son», pues que ninguna desdicha
o miseria hay mayor que hacer pecado mortal, para cuyo remedio es menester la
penitencia. Y por tanto, debéis trabajar con toda vigilancia por ser leal
al que os escogió, y guardar lo que prometisteis, porque no
probéis por experiencia lo que está escrito (Jerem., 2, 19):
Conoce y ve cuan mala y amarga cosa es haber dejado al Señor Dios tuyo,
y no haber estado su temor en ti; mas gocéis del fruto y nombre de casta
esposa, y de la corona que a tales está aparejada.
Debéis
estar advertida, que las caídas de las personas devotas no son al
principio entendidas de ellos, y por esto son más de temer.
Paréceles primero, que de comunicarse sienten provecho en sus
ánimas, y fiados de aquesto usan, como cosa segura, frecuentar
más veces la conversación, y de ella se engendra en sus corazones
un amor que los cautiva algún tanto, y les hace tomar pena cuando no se
ven, y descansan con verse y hablarse. Y tras esto viene el dar a entender el
uno al otro el amor que se tienen; en lo cual y en otras pláticas, ya no
tan espirituales como las primeras, se huelgan estar hablando algún
rato; y poco a poco la conversación que primero aprovecharía a
sus ánimas, ya sienten que las tienen cautivas, con acordarse muchas
veces uno de otro, y con el cuidado y deseo de verse algunas veces, y de
enviarse amorosos presentes y dulces encomiendas o cartas; «las cuales
cosas, con otras semejantes blanduras, como San Jerónimo dice, el santo
amor no las tiene.» Y de estos eslabones de uno en otro suelen venir
tales fines, que les da muy a su costa a entender qué los principios y
medios de la conversación, que primero tenían por cosa de Dios,
sin sentir mal movimiento ninguno, no eran otro (otra cosa) que falsos
engaños del astuto demonio, que primero los aseguraba, para
después tomarlos en el lazo que les tenía escondido. Y
así, después de caídos, aprenden que «hombre y mujer
no son sino fuego y estopa», y que el demonio trabaja por los juntar; y
juntos, soplarles con mil maneras y artes, para encenderlos aquí en
fuegos de carne, y después llevarlos a los del infierno.
Por
tanto, doncella, huid familiaridad de todo varon, y guardad hasta el fin de la
vida la buena costumbre que habéis tomado, de nunca estar sola con
hombre ninguno, salvo con vuestro confesor; y esto, no más de cuanto os
confesáis, y aun entonces decir con brevedad lo que es menester, sin
meter otras platicas: temiendo la cuenta que de la habla que habláredes
o que oyéredes habéis de dar al estrecho Juez. Y tanto más
habéis de evitar esto en la confesión, cuanto más es para
quitar los pecados hechos y no para cometer otros de nuevo, ni para enfermar
con la medicina. Y
especialmente
si es moza, no fácilmente ha de elegir confesor, mas mirando que sea de
muy buena y aprobada vida, y fama, y de madura edad. Y de esta manera
estará vuestra conciencia segura delante de Dios, y vuestra fama clara y
sin mancha delante de los hombres; porque tened entendido que entrambas cosas
habéis menester para cumplir con el alteza del estado de virginidad.
Y
cuando tal confesor halláredes, dad gracias a nuestro Señor, y
obedecedle y amadle como a cosa que Él os dio.
Mas
mirad mucho que aunque el amor sea bueno por ser espiritual, puede haber exceso
en ello por ser demasiado, y puede poner en peligro al que lo tiene; porque
fácil cosa es el amor espiritual pasar en carnal. Y si en esto no
tenéis freno, vendréis a tener un corazón tan ocupado,
como lo tienen las mujeres casadas con sus maridos e hijos. Y ya vos veis que
esto sería gran desacato contra la lealtad que debéis a nuestro
Señor, que por Esposo tomasteis. Porque, como dice San Agustín:
«Todo aquel lugar ha de ocupar en vuestro corazón Jesucristo, que
si os casárades había de ocupar el marido.» No
tengáis, pues, metido en lo más dentro de vuestro corazón
a vuestro Padre espiritual, mas tenedle cerca de vuestro corazón, como a
amigo del Desposado, no como a esposo. Y la memoria que de él
tengáis sea para obrar su doctrina, sin parar más en él,
teniéndole por cosa que Dios os dio para que os ayudase a juntaros toda
con vuestro celestial Esposo, sin que él se entremeta en la junta. Y
debéis estar aparejada a carecer de él con paciencia, si Dios lo
ordenare, en el cual sólo ha de estar colocada vuestra esperanza y
arrimo. Y lo que en San Jerónimo leemos del amor y familiaridad que
entre él y Santa Paula hubo, conforme a estas reglas fue. Aunque muchas
cosas son lícitas y seguras a los que tienen santidad y edad madura, que
no lo son a quien les falta lo uno o lo otro, o entrambas cosas. De esta
manera, pues, os habéis de haber con el Padre espiritual que
eligiéredes, siendo tal cual os he dicho.
Mas
si tal no lo halláredes, muy mejor es que os confeséis y
comulguéis en el año dos o tres veces y tengáis cuenta con
Dios y con vuestros buenos libros en vuestra celda, que no, por confesar muchas
veces, poner vuestra fama a algún riesgo. Porque si, como dice San
Agustín: «La buena fama nos es necesaria a todos para con los
prójimos», ¿cuánto más necesaria será
a las doncellas de Cristo? La fama de las cuales es muy delicada, según
San Ambrosio dice; y tanto, que tener confesor a quien falte alguna calidad de
las dichas pone una mancha en su fama de ellas, que por ser en paño tan
preciado y delicado parece muy fea, y en ninguna manera se debe sufrir. Y
porque las que se contentan con decir: «No hay mal ninguno; limpia
está mi conciencia», y tienen en poco la fama de su honestidad, no
se pudiesen favorecer de que a la sacratísima Virgen María le
hubiesen impuesto alguna infamia de acuestas, quiso su benditísimo Hijo
que ella fuese casada, eligiendo antes que lo tuviesen a Él por hijo de
José, no lo siendo, que no que dijesen los hombres alguna cosa siniestra
de su sacratísima Madre, si la vieran tener hijo y no ser casada. Y por
tanto, las que estos escándalos no curan de quitar, busquen con quien se
amparar; que lo que de la sacratísima Virgen María y de las
santas mujeres pueden aprender es limpieza de dentro, y buena fama y buen
ejemplo de fuera, con todo recatamiento en la conversación.
Y aunque
de las demasiadas conversaciones ninguna cosa de éstas se siguiera, aun
se debían huir; porque con pensamientos que traen, quitan la libertad
del ánima para libremente volar con el pensamiento a Dios. Y
quitándole aquella pureza que el secreto lugar del corazón, donde
Cristo solo quiere morar, había de tener, parece que no está tan
solo y cerrado a toda criatura como a tálamo de tan alto Esposo conviene
estar; ni del todo parece haber perfecta pureza de castidad, pues hay en
él memoria de hombre.
Y habéis
de entender que lo que se os ha dicho es cuando hay exceso en la familiaridad o
nace escándalo de ella; porque cuando no hay cosa de éstas, no
habéis de tratar con quien conviene con turbado o amedrentado
corazón; porque de esto suele muchas veces nacer la misma
tentación; mas tratar con una santa y prudente simplicidad no descuidada
ni maliciosa.
En un
capítulo pasado (Cap. 6) se os dijo cuan fuerte arma es la
oración, aunque no muy larga, para pelear contra este vicio. Ahora sabed
que si la oración es devota, larga y tal, que en ella se da el gusto,
según a algunos es dado, la dulcedumbre divina, no sólo la tal
oración es arma para pelear, mas del todo degüella a este vicio
bestial. Porque luchando el anima con Dios a solas, con los brazos de
pensamientos y afectos devotos, por un modo muy particular alcanza de
Él, como otro Jacob (Gen., 32, 24), que la bendiga con muchedumbre de
gracias y entrañable suavidad. Y queda herida en el muslo, que quiere
decir en el sensual apetito, mortificándosele de arte, que de
allí en adelante cosquea (cojea) de él; y queda viva y fuerte en
las afecciones espirituales, significadas por el otro muslo que queda sano.
Porque así como el gusto de la carne hace perder el gusto y fuerzas del
espíritu, así gustado el espíritu es desabrida toda la
carne. Y algunas veces es tanta la dulcedumbre que el ánima gusta siendo
visitada de Dios, que la carne no la puede sufrir, y queda tan flaca y
caída como lo pudiera estar habiendo pasado por ella alguna larga
enfermedad corporal. Aunque acaece otras veces, con la fortificación que
el espíritu siente, ser ayudada la carne y cobrar nuevas fuerzas,
experimentando en este destierro algo de lo que en el cielo ha de pasar, cuando
de estar el ánima bienaventurada en su Dios y llena de indecibles
deleites, resulte en el cuerpo fortaleza y deleite, con otros
preciosísimos dotes que el Señor ha de dar.
¡
Oh soberano Señor, y cuan sin excusa has dejado la culpa de aquellos
que, por buscar deleite en las criaturas, te dejan y ofenden a Ti, siendo los
deleites que en Ti hay tan de tomo (importancia, valor y estima), que todos los
de las criaturas que se junten en uno, son una verdadera hiel en
comparación de ellos! Y con mucha razón, porque el gozo o deleite
que de una cosa se toma es como fruto que la tal cosa de si da. Y cual es el
árbol, tal es el fruto. Y por eso el gozo que se toma de las criaturas
es breve, vano, sucio y mezclado con dolor; porque el árbol de que se
coge, las mismas condiciones tiene. Mas en el gozo que en Ti, Señor,
hay, ¿qué falta o brevedad puede haber, pues que Tú eres
eterno, manso, simplicísimo, hermosísimo, inmutable y un bien
infinitamente cumplido? El sabor que una perdiz tiene es sabor de perdiz; y el
gusto de la criatura, sabe a criatura; y quien supiere decir quién eres
Tú, Señor, sabrá decir a qué sabes Tú. Sobre
todo entendimiento es tu ser, y también lo es tu dulcedumbre, la cual
está guardada y escondida para los que te temen (Ps. 30, 20) y para
aquellos que, por gozar de Ti, renuncian de corazón el gusto de las
criaturas. Bien infinito eres, y deleite infinito
eres;
y por eso, aunque los celestiales Ángeles y bienaventurados hombres que
en el cielo están y han de estar gozando de Ti, y con fuerzas dadas por
Ti, que no son pequeñas, y aunque muchos más sin
comparación se juntasen con ellos a gozar de Ti, y con mucho mayores
fuerzas, es el mar de tu dulcedumbre tan sin medida, que nadando y andando
ellos embriagados y llenos de tu suavidad, queda tanto más que gozar de
ella, que si Tú, Omnipotente Señor, con las infinitas fuerzas que
tienes, no gozases de Ti mismo, quedaría el deleite que hay en Ti
quejoso, por no haber quien goce de él cuanto hay que gozar.
Y
conociendo Tú, Señor sapientísimo, como Criador nuestro,
que nuestra inclinación es a tener descanso y deleite, y que un
ánima no puede estar mucho tiempo sin buscar consolación, buena o
mala, nos convidas con los santos deleites que en Ti hay, para que no nos
perdamos por buscar malos deleites en las criaturas. Voz tuya es, Señor
(Mí., 11, 28): Venid a Mi todos los que trabajáis y estáis
cargados, que Yo os recrearé. Y Tú mandaste pregonar en tu nombre
(Isa., 55): Todos los sedientos venid a las aguas. Y nos hiciste saber que hay
deleites en tu mano derecha que duran hasta la fin (Ps. 15, 11). Y que con el
rió de tu deleite, no con medida ni tasa, has de dar a beber a los tuyos
en tu reino (Ps. 35, 9). Y algunas veces das a gustar acá algo de ello a
tus amigos, a los cuales dices (Cant., 5, 1): Comed, y bebed, y embriagaos, mis
muy amados. Todo esto, Señor, con deseo de traer a Ti con deleite a los
que conoces ser tan amigos de él. No ponga, pues, nadie, Señor,
en Ti tacha que te falte bondad para ser amado ni deleite para ser gozado; ni
vaya a buscar conversación agradable ni deleitable fuera de Ti, pues el
galardón que has de dar a los tuyos es decirles (Mt, 25, 22): Entra en
el gozo de tu Señor. Porque de lo mismo que tú comes y bebes,
comerán ellos y beberán; y de lo mismo de que tú te gozas,
ellos se gozarán. Porque convidados los tienes que coman sobre tu mesa
en el reino de tu Padre (Lc., 22, 30).
¿Qué
dirás a estas cosas, hombre carnal? Y tan engañado, que llega tu
engaño a que los sucios deleites que hay en la carne, de que gozan, y
con mayor abundancia, los viles y malos hombres, y aun las bestias del campo, tienes
en más que la soberana dulcedumbre que hay en Dios, de la cual gozan
Santos v Ángeles, y el mismo Dios Criador de ellos. Cosa es de bestias
lo que tú precias y amas; y tus pasiones bestias son; y tantas veces
pones al Altísimo Dios debajo los pies de tus vilísimas bestias,
cuantas veces le ofendes por tus deleites camales.
Huid,
doncella, de cosa tan mala, y subíos al monte de la oración, y
suplicad al Señor os dé algún gusto de Sí, para que
esforsada vuestra ánima con la suavidad de Él, despreciéis
los lodosos placeres que hay en la carne. Y habréis entonces
compasión entrañable de la gente que anda perdida por la bajeza
de los valles de vida bestial; y espantada diréis: ¡ Oh hombres, y
qué perdéis, y por qué! ¡ Al dulcísimo Dios,
por la vilísima carne! ¿Y qué pena merece tan falso peso v
medidas, sino eterno tormento? Y cierto, les será dado.
Los
avisos que para remedio de esta enfermedad habéis oído son cosas
que ordinariamente habéis de usar, aunque sea fuera del tiempo de la
tentación.
Ahora
oíd lo que habéis de hacer cuando os acometiere y os diere el
primer golpe. Señalad luego la frente o el corazón con la
señal de la cruz, llamando con devoción el santo nombre de
Jesucristo, y decid: ¡ No vendo yo a Dios tan barato! ¡
Señor, más valéis Vos, y más quiero a Vos!
Y si
con esto no se quita, abajad al infierno con el pensamiento, y mirad aquel
fuego vivo cuan terriblemente quema, y hace dar voces y aullar y blasfemar a
los miserables que ardieron acá con fuegos de deshonestidad,
ejecutándose en ellos la sentencia de Dios, que dice (Apoc, 18, 7):
Cuanto se glorificó en los deleites, tanto le dad de tormento y lloro. Y
espantaos de tan grave castigo—aunque justísimo—, que
deleite de un momento se castigue con eternos tormentos; y decid entre vos lo
que San Gregorio dice: «Momentáneo es lo que deleita, y eterno lo
que atormenta.»
Y si
esto no os aprovecha, subíos al cielo con el pensamiento, y represénteseos
aquella limpieza de castidad que en aquella bienaventurada ciudad hay; y
cómo no puede entrar allí bestia ninguna, quiero decir, hombre
bestial, y estaos un rato allá, hasta que sintáis alguna
espiritual fuerza con que aborrezcáis vos aquí lo que allí
se aborrece por Dios.
También
aprovecha dar con el cuerpo en la sepultura, según vuestro pensamiento,
y mirar muy despacio cuan hediondos y cuáles están allí
los cuerpos de hombres y mujeres.
También
aprovecha ir luego a Jesucristo puesto en la cruz, y especialmente atado a la
columna y azotado, y bañado en sangre de pies a cabeza, y decirle con
entrañable gemido: Vuestro virginal y divino cuerpo, Señor, tan
atormentado y lleno de graves dolores, ¿y yo quiero deleites para el
mío, digno de todo castigo? Pues Vos pagáis con azotes, tan
llenos de crueldad, los deleites que los hombres contra vuestra ley toman, no
quiero yo tomar placer tan a costa vuestra, Señor.
También
aprovecha representar súbitamente delante de vos a la limpísima
Virgen María, considerando la limpieza de su corazón y entereza
de cuerpo, y aborrecer luego aquella deshonestidad que os vino, como tinieblas
que se deshacen en presencia de la luz. Mas si sabéis cerrar la puerta
del entendimiento muy bien cerrada, como se suele hacer en el íntimo
recogimiento de la oración, según adelante diremos,
hallaréis con facilidad el socorro más a la mano que en todos los
remedios pasados. Porque acaece muchas veces que, abriendo la puerta para el
buen pensamiento, se suele entrar el malo; mas cerrándola a uno y a
otro, es un volver las espaldas a los enemigos, y no abrirles la puerta hasta
que ellos se hayan ido, y así se quedarán burlados.
También
aprovecha tender los brazos en cruz, hincar las rodillas y herir los pechos. Y
lo que más, o tanto como todo junto, es recibir con el debido aparejo el
santo cuerpo de Jesucristo nuestro Señor, el cual fue formado por el
Espíritu Santo, y está muy lejos de toda impuridad. Es remedio
admirable para los males que de nuestra carne concebida en pecados (en pecado
original) nos vienen. Y si bien supiésemos mirar la merced recibida en
entrar Jesucristo en nosotros, nos tendríamos por relicarios preciosos,
y huiríamos de toda suciedad, por honra de Aquel que en nosotros
entró. ¿Con qué corazón puede uno injuriar su
cuerpo, habiendo sido honrado con juntarse con el santísimo cuerpo de
Dios humanado? ¿Qué mayor obligación se me pudo echar?
¿Qué mayor motivo se me pudo dar para vivir en limpieza, que
mirar con mis ojos, tocar con mis manos, recibir con mi boca, meter en mi pecho
al purísimo cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, dándome
honra inefable para que no me abata a vileza, y atándome consigo, y
dedicándome a Él por su entrada? ¿Cómo o con
qué cuerpo ofenderé al Señor, pues en este que tengo ha
entrado el Autor de la puridad? ¿He comido a Él, y con Él
a una mesa, ¿y serle he traidor ahora, ni en toda mi vida? Así es
razón que se estime esta merced, para que recibamos corona en nuestra
flaqueza. Mas si mal lo recibimos, o mal de Él usamos, sucede el efecto
contrario, y se siente el tal hombre más poseído de la
deshonestidad, que antes de haber comulgado.
Y si
con todas estas consideraciones y remedios la carne bestial no se asosegare,
debéisla tratar como a bestia, con buenos dolores, pues no entiende
razones tan justas. Algunos sienten remedio con darse recios y largos
pellizcos, acordándose del excesivo dolor que los clavos causaron a
nuestro Señor Jesucristo; otros con azotarse fuertemente,
acordándose de cómo el Señor fue azotado; otros con tender
las manos en cruz, alzar los ojos al cielo, herirse el rostro, y con otras
cosas semejantes a éstas, con que causan dolor a la carne; porque otro
lenguaje en aquel tiempo ella no entiende. Y este modo leemos haber tenido los
Santos pasados, uno de los cuales se desnudó y se revolcó por
unas espinosas zarzas, y con el cuerpo lastimado y ensangrentado cesó la
guerra que contra el ánima había. Otro se metió en tiempo
de invierno en una laguna de agua muy fría, en la cual estuvo hasta que
el cuerpo salió medio muerto, mas el ánima muy libre de todo
peligro . Otro puso los dedos de la mano en una lumbre, y con quemarse algunos
de ellos cesó el fuego que atormentaba a su ánima. Y un
mártir, atado de pies y manos, con el dolor de cortarse con sus propios
dientes la lengua, salió vencedor de acuesta pelea. Y aunque algunas de
estas cosas no se han de imitar, porque fueron hechas con particular instinto
del Espíritu Santo, y no según ley ordinaria, mas debemos
aprender de aquí que en el tiempo de la guerra, en que nos va la vida
del
ánima,
no nos hemos de estar quietos ni flojos, esperando que nos den lanzadas
nuestros enemigos, mas resurtir del pecado como de la faz de la serpiente,
según dice
Ningún
cuidado ni trabajo que por la guarda de esta limpieza se ponga debe parecer
demasiado, si sabe estimar el precio y mérito de ella y su
galardón. Y pues que nuestro Señor os ha dado a entender el valor
de ésta joya, y os ha dado gracia para que la eligiésedes y
prometiésedes, no será menester tanto deciros la excelencia de
ella, cuanto daros avisos de cómo no la perdáis;
enseñándoos algunas causas más de las ya dichas por donde
algunos la pierden, para que sabidas, las evitéis, porque no la
perdáis, y vos seáis perdida con ella.
Piérdenla
unos por tener recias inclinaciones naturales contra ella; y por no ser
importunados, ni pasar guerra contra sí mismos tan cruel y durable, se
dan maniatados a sus enemigos con miserable consejo, no entendiendo que el
propósito del cristiano ha de ser morir o vencer, con la gracia de Aquel
que ayuda a los que por su honra pelean.
Otros
hay que aunque no son muy tentados, tienen una vileza y pequeñez natural
de corazón, inclinada a cosas bajas. Y como ésta sea una de las
más viles y bajas, y que más a mano se les ofrece, encuentran
luego con ella, y danse a ella como a cosa proporcionada con la bajeza y vileza
de su corazón, que no se levanta a emprender aún vida de hombres
regidos por razón natural; con la cual enseñado uno, dije que en
los deleites carnales no hay cosa digna de magnánimo corazón. Y
otro dijo que la vida según los deleites carnales es vida de bestias.
Porque no sólo la lumbre del cielo, mas aun la de la razón
natural, condena a los que en esta vileza se ocupan como a gente que no vive
según hombres, cuya vida ha de ser conforme a razón, mas
según bestias, cuya vida es por apetito. Y si bien se mirase,
podrían con mucha justicia quitar a estos tales el nombre de hombres,
pues, teniendo figura de hombres, viven vida de bestias, y son verdadera
deshonra de hombres. Y no sería cosa poco monstruosa, ni que diese
pequeña admiración a los que la viesen, traer una bestia
enfrenado a un hombre, llevándole adonde ella quisiese, rigiendo ella a
quien la había de regir.
Y hay
tantos de éstos, regidos por el freno de apetitos bestiales, bajos y
altos, que no sé si por ser muchos, no hay quien eche de ver en ello. O,
lo que más creo, es porque hay pocos que tengan lumbre para mirar qué
miserable está una ánima muerta con deleites carnales, debajo de
un cuerpo especialmente hermoso y de fresca edad: ¡ Oh, a cuántas
ánimas de éstos y de otros tiene abrasados este fuego infernal, y
ni hay quien eche lágrimas de compasión sobre ellos, ni quien
diga de corazón: A Ti, Señor, daré voces, porque el fuego
ha comido las cosas hermosas del desierto. (Joel, 1, 19). Que, cierto, si
hubiese viudas en Naim que amargamente llorasen a sus hijos muertos,
usaría Cristo de su misericordia para los resucitar en el ánima,
como lo usó con el hijo de la otra en el cuerpo, de quien el Evangelio
(Lc., 7, 13) hace mención. No debe dormirse el que en
Guardaos,
pues, vos de tener corazón tan pequeño y envilecido, que os
parezcan bien y os contenten estas vilezas. Y acordaos de lo que San Bernardo
dice: «Que si bien consideráredes el cuerpo y lo que sale de
él, es un muladar muy más vil que cualquiera que hayáis
visto.» Despreciadlo de corazón con todos sus deleites,
atavíos y flor, y haced cuenta que ya está en la sepultura,
convertido en una poca de tierra. Y cuando algún hombre o mujer
viéredes, no miréis mucho su faz ni su cuerpo; y si lo miráredes,
sea para haber asco de él; mas enderezad vuestros ojos interiores al
ánima que está encerrada y escondida en el cuerpo, en las cuales
no hay diferencia de hombre a mujer; y aquella ánima engrandeced, como
cosa criada de Dios; cuyo valor de una sola es mayor que de todos los cuerpos
criados y por criar.
Y
así despedida de la bajeza de los cuerpos, buscad grandes bienes y
emprended nobles empresas, y no menores que aposentar a Dios en vuestro cuerpo
y vuestra ánima con entrañable limpieza de corazón. Miraos
con estos ojos, pues dice San Pablo (1 Cor., 3, 16): ¿No sabéis
que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Y
en otra parte (1 Cor., 6, 19) dice: ¿No sabéis que vuestros
miembros son templo del Espíritu Santo que en vosotros está, el
cual Dios os lo ha dado, y que no sois vuestro? Y pues sois comprados por
precio grande, honrad a Dios en vuestro cuerpo. Considerad, pues, que cuando
recibisteis el santo Bautismo fuisteis hecha templo de Dios, y consagrada
vuestra ánima a Él por su gracia, y vuestro cuerpo, por ser
tocado con el agua santa; y de ánima y de cuerpo se sirve el
Espíritu Santo, como un señor de toda su casa, moviendo a buenas
obras a ella y a él. Y por eso se dice que también nuestros
miembros son templo del Espíritu Santo. Grande honra nos da Dios en
querer morar en nosotros, y honrarnos con verdad y nombre de templo; y grande
obligación nos echa para que seamos limpios, pues a la casa de Dios
conviene limpieza. (Ps., 92.) Y si mirásedes que fuisteis comprada, como
dice San Pablo, con preció grande, que es con la vida de Dios humanado
que por vos se dio, veréis cuánta razón es honrar a Dios y
traerlo en vuestro cuerpo, sirviéndole con él, y no haciendo cosa
en él que sea para deshonra de Dios y daño vuestro. Porque
verdadera y justa sentencia es (1 Cor., 3, 17) que quien ensuciare el templo de
Dios lo ha de destruir Dios; y que no ha de haber en su templo sino cosa de su
honra y de su alabanza. Y acordaos de lo que dijo San Agustín:
«Después que entendí que me había Dios redimido y
comprado con su sangre preciosa, nunca más me quise vender.» Y
añadid vos: Cuanto más por vilezas de carne.
Obra
habéis comenzado de gran corazón, pues queréis tener en la
carne corruptible incorrupción; y tener por vía de virtud lo que
los Ángeles tienen por naturaleza; y pretender particular corona en el
cielo y ser compañera de las vírgenes, que cantan el nuevo
cantar, y acompañar al Cordero doquiera que va. (Apoc, 14, 4.) Mirad
vuestro título que de presente tenéis, que es ser esposa de
Cristo, y el bien que esperáis en el cielo cuando vuestro Esposo os
ponga en su tálamo allá; y amaréis tanto la limpieza de la
virginidad, que de buena gana perdáis la vida por ella, como lo hicieron
muchas vírgenes santas, que por no dejarlo de ser, pasaron martirio, y
con grandeza de corazón: la cual procurad de tener, porque es muy
necesaria para conservar el grande estado en que Dios os ha puesto.
Otros
ha habido que han perdido esta joya de la castidad por vía de
castigarles Dios con justo juicio, en entregarlos, como dice San Pablo (Rom.,
1, 24), en los deseos deshonestos de su corazón como en manos de crueles
sayones, castigando en ellos unos pecados con otros pecados; no
incitándolos Él a pecar, porque del sumo Bien muy extraño
es ser causa que nadie peque; mas apartando su socorro del hombre por pecados
del mismo hombre, la cual es obra de justo Juez; y si justo, bueno. Y
así dice
Y
aunque esto sea general en todos los pecados, pues por todos se enoja Dios, y
por todos suele castigar, mas particularmente, como dice San Agustín,
«suele castigar Dios la secreta soberbia con manifiesta lujuria». Y
así se figura en Nabucodonosor, que en castigo de su soberbia, perdió
su reino, y fue alanzado de la conversación de los hombres, y le fue
dado corazón de bestia, y conversó entre las bestias (Dan., 4,
22, 29, 30), no porque perdiese la naturaleza de hombre, sino porque le
parecía a él que no lo era. Y así estuvo hasta que le dio
Dios conocimiento y humildad con que conociese y confesase que la alteza y
reino es de Dios, y que lo da Él a quien quiere. Cierto, así
pasa, que el
hombre
que atribuye a la fortaleza de su brazo el edificio de la castidad, lo echa
Dios de entre los suyos, y salido de tal compañía, que era como
de Ángeles, mora entre bestias, con corazón tan bestial como si
no hubiera amado a Dios, ni sabido qué era castidad, ni hubiese
infierno, ni gloria, ni razón, ni vergüenza, tanto que ellos mismos
se espantan de lo que hacen, y les parece no tener juicio ni fuerzas de
hombres, sino del todo rendidos a este vicio bestial, como bestias, hasta que
la misericordia del Señor se adolece (se adolece: se compadece) de tanta
miseria, y da a conocer al que de esta manera ha caído que por su
soberbia cayó, y por medio de humildad se ha de levantar y cobrar. Y
entonces confiesa que el reino de la castidad, por el cual reinaba sobre su
cuerpo, es dádiva de Dios, que por su gracia la da y por pecados del
hombre la quita.
Y este
mal de soberbia es tan malo de conocer—y por eso mucho de temer—,
que algunas veces lo tiene el hombre metido tan en lo secreto de su
corazón que él mismo no lo entiende. Testigo es de esto San
Pedro, y otros muchos, que estando agradados y confiados de sí, pensaban
que lo estaban de Dios; el cual, con su infinita sabiduría, ve la
enfermedad de ellos, y con su misericordia, junta con su justicia, los cura y
sana, con darles a entender, aunque a costa suya, que estaban mal agradados y
mal confiados de sí mismos, pues se ven tan miserablemente
caídos. Y aunque la caída es costosa, no es tan peligrosa como el
secreto mal de soberbia en que estaban ; porque no le entendiendo, no le
buscaran remedio, y así se perdieran; y entendiendo su mal con la
caída, y humillados delante la misericordia de Dios, alcanzan remedio de
Él para entrambos males. Y por esto dijo San Agustín que
«castiga Dios la secreta soberbia con manifiesta lujuria», porque
el segundo mal es manifiesto a quien lo comete, y por allí viene a entender
el otro mal que secreto tenía.
Y
habéis de saber que estos soberbios unas veces lo son para consigo
solos, y otras, despreciando a los prójimos por verlos faltos en la
virtud y especialmente en la castidad. Mas, ¡ oh Señor, y cuan de
verdad mirarás con ojos airados aqueste delito! ¡Y cuan
desgraciadas te son las gracias que el fariseo te daba, diciendo (Lc., 18, 130:
No soy malo como los otros hombres, ni adúltero, ni robador, como lo es
aquel arrendador que allí está. No lo dejas, Señor, sin
castigo; castígaslo, y muy reciamente, con dejar caer al que estaba en
pie, en pena de su pecado, y levantas al caído por satisfacerle su
agravio. Sentencia tuya es, y muy bien la guardas (La, 6, 37): No
queráis condenar, y no seréis condenados. Y (Mt., 7, 2): Con la
misma medida que midiereis seréis medidos; y quien se ensalzare
será abajado. Y mandaste decir de tu parte al que desprecia a su
prójimo (Isai., 33, 1): ¡Ay de ti que desprecias, porque
serás despreciado! ¡Oh, cuántos han visto mis ojos
castigados con esta sentencia, que nunca habían entendido cuánto
aborrece Dios aqueste pecado, hasta que se vieron caídos en lo que de
otros juzgaron, y aun en cosas peores! «En tres cosas—dijo un viejo
de los pasados—juzgué a mis prójimos, y en todas tres he
caído.»
Agradezca
a Dios el que es casto la merced que le hace, y viva con temor y temblor por no
caer él, y ayude a levantar al caído, compadeciéndose de
él y no despreciándolo. Piense que él y el caído
son de una masa, y que cayendo otro cae él cuanto es de su parte.
Porque, como dice San Agustín: «No hay pecado que haga un hombre,
que no lo haría otro hombre, si no lo rige el Hacedor del hombre.»
Saque bien del mal ajeno, humillándose con ver al otro caer; saque bien
del bien ajeno gozándose del bien del prójimo. No sea como
ponzoñosa serpiente, que saque de todo mal; soberbia en las
caídas ajenas y envidia en los bienes ajenos. No
quedarán
estos tales sin castigo de Dios; dejarles ha caer en lo que otros cayeron y no
les dará el bien de que hubieron envidia.
Entre
las miserables caídas de castidad que en el mundo ha habido, no es
razón que se ponga en olvido la del Santo Rey y Profeta David; que por
ser ella tan miserable, y la persona tan calificada, pone un escarmiento tan
grande a quien la oye, que no hay quien deje de temer su propia flaqueza. La
causa de aquesta caída dice San Basilio que fue un liviano complacimiento
que David tomó en sí mismo, una vez que fue visitado de la mano
de Dios con abundancia de mucha consolación, y se atrevió a
decir: Yo dije en mi abundancia: No seré ya mudado de este estado para
siempre. Mas ¡ oh cuan al revés le salió! ¡ y
cómo después entendió lo que primero no entendía,
que (Eccl., 7, 15) en el día de los bienes que tenemos, nos hemos de
acordar de los males en que podemos caer! Y que se debe tomar la
consolación divinal con peso de humildad, acompañada del santo
temor de Dios, para que no pruebe lo que el mismo David luego dijo (Ps., 29,
8): Quitaste tu faz de mí, y fui hecho conturbado.
Otra
causa de su caída nos da a entender
Si
vos os estáis paseando cuando están recogidos los siervos de
Dios, y si estáis ociosa cuando ellos trabajan en buenas obras, y si
derramáis vuestros ojos con soltura cuando ellos con los suyos lloran
por sí y por los otros amargamente, y si al tiempo que ellos se levantan
de noche a orar vos os estáis durmiendo y roncando, y perdéis,
por lo que se os antoja, los buenos ejercicios que solíades tener, que
con su fuerza y calor os tenían en pie, ¿cómo
pensáis guardar la castidad estando descuidada y sin armas para la
defender, y teniendo tantos enemigos que pelean contra ella, fuertes,
cuidadosos y armados? No os engañéis, que si a vuestro deseo de
ser casta no acompañan obras con que defendáis vuestra castidad,
vuestro deseo saldrá en vano, y acaeceros ha a vos lo que a David, pues
ni sois más privilegiada que él ni más fuerte ni santa.
Y
para dar conclusión a esta materia de las causas por que se suele perder
aquesta preciosa joya de la castidad, debéis saber que la causa por que
Dios permitió que la carne se levantase contra la razón en
nuestros primeros padres—que de allí lo heredamos
nosotros—fue porque ellos se levantaron contra Dios, desobedeciendo su
mandamiento. Castigóles en lo que pecaron; y fue, que pues ellos no
obedecieron a su superior, no les obedeciese a ellos su inferior. Y así
el desenfrenamiento de la carne, esclava y súbdita, contra su superior,
que es la razón, castigo es de inobediencia de la razón contra
Dios, su superior. Y, por tanto, guardaos mucho de desobedecer a vuestros
superiores, porque no permita Dios que vuestro inferior, que es la carne, se
levante contra vos, como permitió que Adad se levantase contra el rey
Salomón, su señor (3 Reg., 11, 14), y os azote y persiga, y por
vuestra flaqueza os derribe en lo profundo del pecado mortal.
Y si
estas cosas ya dichas, que con los ojos del cuerpo habéis leído,
las habéis bien sentido con lo interior del corazón,
veréis cuánta razón hay para que miréis por vos y
qué hay en vos. Y porque vos no bastáis a conoceros,
debéis pedir lumbre a nuestro Señor para escudriñar los
más secretos rincones de vuestro corazón, porque no haya en vos
algo—que sepáis o que no sepáis—por lo cual se ponga
a riesgo de perder por algún secreto juicio de Dios la joya de la
castidad, que tanto os importa que esté bien guardada con el amparo
divino.
Todo
lo dicho, y más que se pueda decir, suelen ser medios para alcanzar esta
preciosa limpieza. Mas muchas veces acaece que, así como trayendo piedra
y madera y todo lo necesario para edificar una casa, nunca se nos adereza el
edificarla, así también acaece que haciendo todos estos remedios
no alcancemos la castidad deseada. Antes hay muchos que, después de vivos
deseos de ella y grandes trabajos pasados por ella, se ven miserablemente
caídos o reciamente atormentados de su carne, y dicen con mucho dolor
(Lc., 5, 5): Trabajado hemos toda la noche y ninguna cosa hemos tomado. Y
paréceles que se cumple en ellos lo que dice el Sabio (Eccl., 7, 24):
Cuanto más yo la buscaba, tanto más lejos huyó de
mí. Lo cual muchas veces suele venir de una secreta fiucia (fiucia:
esperanza esforzada) que en sí mismos estos trabajadores soberbios
tenían,
pensando
que la castidad era fruto que nacía de sus solos trabajos y no
dádiva de la mano de Dios. Y por no saber a quién se había
de pedir, justamente se quedaban sin ella. Porque mayor daño les fuera
tenerla y ser soberbios e ingratos a su Dador, que estar sin ella llorosos y
humillados y perdonados por la penitencia. No es pequeña
sabiduría saber cuya dádiva es la castidad; y no tiene poco
camino andado para alcanzarla quien de verdad siente que no es fuerza de
hombre, sino dádiva de nuestro Señor. La cual nos enseña
el santo Evangelio (Mt., 19, 11 ) diciendo: No todos son capaces de esta
palabra, mas aquellos a los cuales es dado por Dios. Y aunque los remedios ya
dichos para alcanzar este bien sean provechosas, y debamos ejercitar nuestras
manos en ellos, ha de ser con condición que no pongamos nuestra fiucia
(esperanza esforzada) en ellos; mas hagamos con devota oración lo que
David hacía y nos aconseja, diciendo (Ps., 120, 1): Alcé mis ojos
a los montes, [de] donde me vendrá socorro. Mi socorro es del
Señor, que hizo él cielo y la tierra.
Buen
testigo será de esto el glorioso Jerónimo, que cuenta de
sí que le ponían en tanto estrecho aquestos aprietos carnales,
que no le libraban de ellos ayunos muy grandes, ni dormir en el suelo, ni
largas vigilias, ni estar su carne casi muerta. Y entonces, como hombre
desamparado de todo socorro, y que en ningún remedio hallaba remedio, se
echaba a los pies de Jesucristo nuestro Señor y los regaba con
lágrimas y limpiaba con sus cabellos en su pensamiento devoto. Y aun
alguna vez le acaecía dar voces a Cristo todo el día y la noche.
Mas en fin era oído, y le daba Dios el deseo de su corazón, con
tanta serenidad y espiritual consolación, que le parecía estar
entre coros de Ángeles. Así socorre Dios a los que le llaman con
entera voluntad y están firmes en la guerra por Él hasta que
Él envíe socorro.
Y no
sólo debemos llamar a Dios que nos favorezca, mas también a sus
Santos, significados por los montes que aquí dice David. Y
principalmente, más que ninguno de ellos, debe ser llamada la
limpísima Virgen María, importunándola con servicios y
oraciones que nos alcance esta merced; las cuales Ella oye y recibe de muy
buena gana, como verdadera amadora de lo que le pedimos. Especialmente he visto
haber venido provechos notables por medio de esta Señora a personas
molestadas de flaqueza de carne, por rezarle alguna cosa en memoria de la
limpieza con que fue concebida sin pecado, y de la limpieza virginal con que
concibió al Hijo de Dios. A esta Señora, pues, tomad por particular
Abogada para que os alcance y conserve con su oración esta limpieza. Y
pensad que si hallamos en las mujeres de acá algunas tan amigas de
honestidad, que amparan con todas sus fuerzas a quien quiere apartarse de la
vileza de este vicio y caminar por la limpieza de la castidad,
¿cuánto más se debe esperar de esta limpísima
Virgen de vírgenes, que pondrá sus ojos y orejas en los servicios
y oraciones del que quisiere guardar la castidad, que Ella tan de corazón
ama?
No os
falte, pues, deseo de haber este bien; no falte fiucia (esperanza esforzada) en
Cristo, ni oración importuna, ni otros servicios como hemos dicho; que
ni faltará en sus Santos cuidado ni amor para orar por vos, ni
misericordia celestial para conceder este don, que Él solo lo da; y quiere
que todo hombre a quien lo da así lo conozca y le dé gloria de
ello, pues, según verdad, se le debe.
Y es
de mirar con atención que este don no lo da Dios por un igual a todos,
mas diferentemente según a su santa voluntad place. Porque a unos da
más de él y a otros menos. A algunos da castidad en el
ánima sola, que es un propósito firme y deliberado de no caer en
este vicio por cosa que sea; mas con este propósito bueno tiene este tal
en su ánima imaginaciones feas, y en la parte sensitiva tentaciones
penosas, que aunque no hagan consentir a la razón en el mal,
aflígenla y danle que hacer en defenderse de sus importunidades. Lo cual
es semejante a Moisés y a su pueblo, que estando él en lo alto
del monte en compañía de Dios, estaba el vulgo del pueblo
adorando ídolos en lo bajo de él. Y quien en este estado
está, debe hacer gracias a nuestro Señor por el bien que le ha
dado en su ánima, y sufrir con paciencia la poca obediencia que su parte
sensitiva le tiene. Porque así como aunque Eva comiera sola del
árbol vedado, no se cometiera el pecado original si Adán, su
virón, no consintiera y comiera, así mientras aquel
propósito bueno de no consentir cosa mala estuviere vivo en lo
más alto del ánima, no puede hacer la parte sensitiva, por mucho
que coma, que haya pecado mortal, pues el varón no consiente con ella,
antes le desplace y le reprende.
En lo
cual debéis estar advertida, que no dejéis que las imaginaciones
o movimientos se estén en vos sin las desechar; porque quien ve el
peligro en que está con tener aquel fuego infernal dentro de sí y
la serpiente en su seno—cuanto más si ha probado otras veces que
de aquello le suele venir el consentimiento en la mala obra o en aquel mal
deleite—y no lo desecha, juzgase la tal negligencia por pecado mortal,
pues vio el peligro y lo amó, por no desecharlo. Mas mientras hubiere
propósito vivo de no consentir en mala obra ni en mal deleite, y
resistir,
aunque flacamente, cuando miráis el peligro en que estáis, pensad
que no os dejó nuestro Señor caer en pecado mortal.
Y
porque en esto a duras penas se puede dar cierta sentencia sin
información de quien lo padece, conviene informar de ello al docto
confesor y tomar su consejo. Y si, con todo esto, se le hiciere de mal sufrir
guerra tan continua dentro de sí, mire que con el trabajo de la tentación
se purgan los pecados pasados y se anima el hombre más a servir a Dios
viendo que le ha más menester; y conocemos nuestra flaqueza, por locos
que seamos, viéndonos andar a tanto peligro y en los cuernos del toro,
que a dejarnos Dios un poquito de su mano, caeríamos en la espantosa
hondura del pecado mortal. Y hasta que esta flaqueza sea muy de raíz
confesada y experimentada, no cesarán en ti las tentaciones de la carne,
que son como tormentos y golpes que te hagan confesar cómo no mora en ti
este bien, si de arriba no es concedido.
Y si
fueres fiel siervo de Dios, mientras más tu carne te combatiere, tanto
más tú con tu ánima te esforzarás a guardar tu
castidad, y las tentaciones serán como golpes que te ayudarán a
arraigar más en ti la limpieza; y verás las maravillas de Dios,
que así como por ocasión de nuestra maldad parece mayor su
bondad, así por la flaqueza de nuestra carne, obra fortaleza en nuestra
ánima, diciendo el espíritu, NO, a lo que la carne le convidaba,
y afirmándose de nuevo en el amor de la castidad, cuantas veces la carne
le convidaba a perderla. Y así, por medio de un contrario tan molesto y
vil, obra Dios el otro, que es la castidad, tan precioso y tan digno.
Y
acuérdate que vale más buena guerra que mala paz; y que es mejor
trabajar nosotros por no consentir, y dar en ello placer á nuestro
Señor, que por tomar un poco de placer bestial, que en pasando deja
doblado dolor, dar enojos a quien con todas nuestras fuerzas debemos amar y
agradar. Llámale con humildad y con fiucia (esperanza esforzada), que no
dejará, de socorrer a quien por su honra pelea; que al fin Él
hará que salgas con ganancia de aquesta pelea, y te contará este
trabajo en semejanza de martirio. Pues como los mártires querían antes
morir que negar la fe, así tú, padecer lo que padeces por no
quebrar su santa voluntad. Y hacerte ha compañero en la gloria con
ellos, pues lo eres acá en el trabajo. Y entretanto, consuélate
con tener en ti mismo una prueba de que amas a Dios, pues por su amor no haces lo
que tu carne apetece.
A
otros da Nuestro Señor este bien de la castidad más copiosamente;
porque no sólo les da en el ánima este aborrecimiento de sus
deleites, mas tienen tanta templanza en su parte sensitiva y carne, que gozan
de grande paz, y casi no saben qué es tentación que les dé
pena. Y esto suele ser en dos maneras: unos tienen paz y limpieza por natural
complexión; otros por elección y merced de Dios.
Los
que por complexión natural, no deben de engreírse mucho con la
paz que sienten, ni despreciar a quien ven tentado. Porque no se mide la virtud
de la castidad por tener esta paz, mas por tener propósito firme en el
ánima de no ofender en este pecado a nuestro Señor. Y si uno,
siendo tentado en su carne, tiene este propósito bueno en su
ánima, con mayor firmeza que el otro, que carece de aquestas guerras,
más casto será éste combatido, que el otro con su paz. Ni
tampoco deben estos bien acomplexionados desmayarse diciendo: Poco hago, o
gano, en ser casto; mas deben aprovecharse de su buena inclinación,
eligiendo con el espíritu la castidad por agradar al Señor, a la
cual su inclinación les convida. Y de esta manera servirán a Dios
con lo superior de su ánima por la elección virtuosa, y con la
parte sensitiva con su obediencia y buena inclinación.
Otros
hay, que no por inclinación natural, mas por merced de nuestro
Señor, son tan castos, que en su ánima sienten entrañable
aborrecimiento a aquesta vileza; y en su parte sensitiva tanta obediencia, que
no va arrastrando a lo que le manda la razón, mas obedece con deleite y
presteza, teniendo en entrambas entrañable paz. Este excelente estado
rastrearon los filósofos que dijeron que había algunos varones
tan excelentes, que tenían sus ánimos tan purgados, que no
sólo obraban el bien sin guerra de pasiones, mas aun que, de muy
vencidas, las tenían olvidadas; y que no sólo las pasiones no los
vencían, mas aun ni los acometían. Mas esto que los
filósofos hablaban y no tenían, porque sin gracia no hay
verdadera virtud, los buenos cristianos lo tienen; a los cuales Dios quiere
conceder este don perfecto, no ganado por fuerza de ellos, más concedido
por el fuerte y celestial Espíritu Santo suyo, el cual se da por
Jesucristo nuestro Señor, a semejanza del mismo Señor, que tuvo
en carne corruptible entereza de virginidad.
Este
celestial Espíritu infunde perfecta castidad en los que a Él
place. Y hace esto, que así como lo superior del ánima
está con perfecta obediencia sujetísimo a Dios, y recibe de
Él poderosas fuerzas y excelentísima lumbre, estando unido tan
perfectamente con Él y tan regido por la voluntad de Él, que diga
el Apóstol (1 Cor., 6, 17): El que se llega a Dios, un espíritu
es con Él; así esta eficacia de Dios que infunde fuerza y pone
disposición en la parte sensitiva, hace que, dejada la bestialidad y
fiereza que de su naturaleza tiene, obedezca con deleite a la razón y se
le dé muy sujeta. Y aunque en la naturaleza sean diversas, por ser una
espiritual y otra sensual, mas allégase tanto la parte sensitiva a la
razón, y toma tan bien su freno, que anda domada y doméstica; y
aunque no es razón, anda como razonada, no impidiendo, mas ayudando al
espíritu, como fiel mujer a su marido. Y así como hay
ánimas de algunos tan miserablemente dadas a su carne, que no se rigen
por otro norte sino por el apetito de ella, y siendo de naturaleza espiritual,
se abaten a la miserable sujeción de su cuerpo, tan transformados en su
carne que se tornan encarnizadas (Así habla el autor en el Trat. 3.0 del
Santísimo Sacramento : «Cuando amas el dinero, está tu alma
enumerada; y cuando amas a la mala mujer, está enmujerada, encarnizada,
etc…) y parecen, en su voluntad y pensamientos, un puro pedazo de carne,
así la sensualidad de estotros se junta tanto con la razón, que
parece más razón que las mismas ánimas de los otros.
Dificultosa
cosa de creer parece ésta; mas, en fin, es obra y dádiva de Dios,
concedida por Jesucristo su único Hijo, especialmente en el tiempo de
Mas
no entendáis por aquesto que venga uno en este destierro a tener tanta
abundancia de paz, que no sienta algunas veces, en esto o en otras cosas,
movimientos contra su razón; porque sacando a Cristo nuestro Redentor y
a su Madre sagrada, no fue a otros concedido este privilegio. Mas habéis
de entender, que aunque haya estos movimientos en las personas a quien Dios
concede este don, no son tales ni tantos que les den mucha pena; antes, sin
ponerles en estrecho de mucha guerra, ni quitarles la verdadera paz, son
ligeramente por ellos vencidos. Como si viésemos en una ciudad a dos
muchachos reñir, y luego se apaciguasen, no diríamos que por aquella
breve contienda faltaba paz en la ciudad, si la hubiese en los restantes del
pueblo. Y pues este estado confesaban los filósofos, sin conocer las
fuerzas del Espíritu Santo, no sea dificultoso al cristiano confesar
esto, y desearlo a gloria de la redención de Cristo y de su poder, al
cual no hay cosa imposible; de cuyo advenimiento estaba profetizado que
había de haber en él abundancia de paz (Ps., 71, 3, 7). La cual
llama Isaías (66, 12) ser como río. Y San Pablo (Filip., 4, 7)
dice ser sobre todo sentido.
Pues
cuando la carne así estuviere obediente y templada, entonces estamos
bien lejos de oír su lenguaje, y seguros de caer en la terrible
maldición que echó Dios a Adán nuestro padre porque
oyó la voz de su mujer (Gen., 3, 17). Antes nosotros hacemos a ella que
nos sirva y oiga nuestra voz; y como a pájaro encerrado
en
jaula, le enseñamos a hablar nuestro lenguaje, y ella lo aprende, pues
con presteza nos obedece. De la cual larga obediencia que a la razón
tiene, queda tan bien acostumbrada, que si algo pide, no son deleites, sino
necesidad, y entonces bien la podemos oír, según Dios
mandó a Abraham (Gen., 21, 12) que oyese la voz de su mujer Sara, que
era ya muy vieja, y su carne tan enflaquecida y mortificada que no tenía
las superfluidades de otras mujeres de menos edad (Ibid., 18, 11): y de esta
tal carne algo más podemos fiar oyendo lo que nos dice. Aunque no
debemos tanto creerla, que su dicho nos baste; mas debemos examinarla por la
prudencia del espíritu, porque la que pensábamos estar muerta no
se haga engañosamente mortecina, y tanto más peligrosamente nos
derribe, cuando por más fiel la teníamos.
Los
lenguajes del demonio son tantos cuantas son sus malicias, que son
innumerables. Porque así como Cristo es fuente de todos los bienes, que
se comunican a las ánimas de los que con obediencia se sujetan a
Él, así el demonio es padre de pecados y tinieblas, que
instigando y aconsejando a sus miserables ovejas, las induce a maldad y
mentira, con que eternalmente se pierdan. Y porque sus astucias son tantas que
sólo el Espíritu del Señor basta para descubrirlas,
hablaremos pocas palabras, remitiendo lo demás a Cristo, que es
verdadero enseñador de las ánimas.
Por
muchos nombres es llamado el demonio, para declarar los males que él
tiene; mas entre todos hablemos de dos, que son ser llamado dragón y
león. Dragón, dice San Agustín, porque secretamente pone
asechanzas; león, porque abiertamente persigue.
El
asechanza que tiene para engañar es aquesta: alzarnos con la vanidad y
mentira, y después derribar con verdadera y miserable caída.
Ensálzanos con pensamientos que nos inclinan a estimarnos en algo,
haciéndonos caer en soberbia; y como él sepa por experiencia ser
este mal tan grande, que bastó a hacer en sí mismo de
ángel demonio, trabaja con todas sus fuerzas de hacernos participantes
en él, porque también lo seamos en los tormentos que él
tiene. Sabe él muy bien cuánto desagrada la soberbia a Dios, v
cómo ella sola basta a hacer inútil todo lo demás que el
hombre tuviere, por bueno que parezca. Y trabaja tanto por sembrar esta mala
semilla en el ánima, que muchas veces dice verdades, y da buenos
consejos y sentimientos devotos, solamente para inducir a soberbia, teniendo en
muy poco lo que pierde en que uno haga algún bien, con que le pueda
ganar todo entero, con el pecado de la soberbia, y con otros que tras él
vienen. Porque así como un rey suele andar acompañado de gente,
así la soberbia de otros pecados.
De un
solitario leemos, al cual el demonio apareció mucho tiempo en figura de
Ángel de Dios, y le decía muchas revelaciones, y hacía que
cada noche relumbrase la celda, como si en ella hubiera lumbre de alguna vela o
candil; después de todo lo cual lo persuadió que matase a su
propio hijo, para que fuese igual en merecimientos al Patriarca Abraham. Lo
cual el solitario engañado se aparejaba a hacer, si el hijo que lo sospechó
no se fuera huyendo.
A
otro apareció también en figura de Ángel, y le dijo mucho
tiempo muchas verdades para acreditarse con él; y después
dijóle una gran mentira contra la fe, la cual el otro engañado
creyó.
También
leemos de otro, que después de haber vivido cincuenta años con
muy singular abstinencia, y con guarda de soledad más estrecha que
cuantos estaban en aquel yermo, le hizo el demonio entender en figura de
Á
ngel
que se echase en un hondísimo pozo, para que por experiencia probase que
a quien tanto había servido a Dios como él, ni aquello ni otra
cosa le podía empecer (empecer: dañar). Todo lo cual él
creyó, y lo puso por obra; y siendo con mucho trabajo sacado medio
muerto del pozo, y siendo amonestado por los santos viejos del yermo que se
arrepintiese de aquello, porque había sido ilusión del demonio,
no lo quiso creer ni hacer. Y lo que peor es, que aunque murió al
tercero día, tenía tan metido el engaño en su
corazón, que aun viéndose morir por causa de la caída,
creyó todavía que había sido revelación de
Ángel de Dios.
¡Oh,
cuánto conviene a los aprovechados en la virtud vivir en el santo recelo
de sí, como gente, que aunque tengan conjeturas de que están bien
con Dios, mas no certidumbre; ni saben si son dignos de amor o de aborrecimiento
en el tiempo presente, y menos lo que será de ellos en el tiempo que les
resta de vivir! Y especialmente se deben de guardar mucho de creerse a
sí mismos, acordándose de aquella profunda sentencia de San
Agustín:. «La soberbia merece ser engañada.»
Y, si
como os he contado estos engaños pasados, os hubiese de contar los que
han acaecido en tiempos presentes, ni se podrían escribir en
pequeño libro, ni los podríades leer sin mucho cansancio. Por una
parte es así, según lo podemos juzgar, que llueve Dios en los
corazones de muchos aguas de misericordias particulares, con que no sólo
hacen frutos exteriormente buenos, mas aun tienen con el Señor
comunicación interior, y tan familiar, que con dificultad podrá
ser creído. Y por otra parte se tiene también experiencia, que
trae el demonio, permitiéndolo Dios, particular diligencia en estos
tiempos, para engañar con falsos sentimientos y falsas hablas,
exteriores e interiores, y con falsa luz de entendimiento a los que son
soberbios y amigos de su parecer, con título que es parecer de Dios; y
aun también para ejercitar por diversas vías a los que con
humildad y cautela sirven a Dios. Por lo cual en aquestos tiempos, en los
cuales parece haberse soltado Satanás, como dice San Juan (Apoc., 20,
3), conviene que haya diligencia doblada en les que sirven a Dios, para no
creer fácilmente estas cosas, y profunda humildad y santo temor, para
que Dios no los deje engañar; y procurar luego de dar cuenta de lo que
sienten y pasa en ellos a sus Prelados y mayores, que les pueden enseñar
la verdad.
El
Profeta dice (Ps., 13, 3) que debajo de la lengua de los malos hay
ponzoña de víboras; ¿cuánto mayor la habrá
en el lenguaje del demonio, más malo que todos los malos? Y si él
nos ensalzare de (de: por) los bienes que tenemos, humillémonos nosotros
mirando los males que hacemos y que hicimos; los cuales fueron tantos, que si
el Señor por su gran misericordia no nos fuera a la mano, y nos saliera
al camino en que tan de corazón caminábamos, para quitarnos de
él, como hizo a San Pablo, fuéramos creciendo en maldades como en
edad, hasta que los infernales tormentos fueran pequeños para nuestro
castigo, i Oh abismo de misericordia!, ¿y qué te movió a
dar voces desde el cielo en nuestro corazón y decir (Act., 9, 4):
¿Por qué me. persigues con tu mala vida? Con las cuales nos
derribaste de nuestra soberbia, y nos hiciste saludablemente temer y temblar, y
que con dolor de haberte ofendido y deseo de agradarte te dijésemos:
Señor, ¿qué quieres que haga? Y quieres Tú,
Señor, que el remedio de nuestros males lo esperemos de Ti, mediante las
medicinas de tu palabra y Sacramentos que tus ministros en tu Iglesia
dispensan, y mandas que vayamos a ellos, como San Pablo a tu siervo Ananias.
Así, que sabemos muy bien que la perdición fue de nosotros, y el
remedio fue tuyo (Oseas, 13, 9). Y confesamos que tu infinita bondad te hizo
llamar para Ti los que tan vueltas tenían las espaldas a Ti, y acordarte
de los olvidados de Ti, haciendo mercedes a los que merecían tormentos,
tomando por hijos a los que habían sido malos esclavos, y aposentando tu
Real Persona en los que primero fueron hediondos, y establo de suciedades.
Estos males que entonces hicimos, nuestros eran; y si otra cosa somos, por Dios
y en Dios lo somos, como dice el Apóstol (Efes., 5, 8): Erades
algún tiempo tinieblas, mas ahora luz en el Señor. Conviene,
pues, acordarnos del miserable estado en que por nuestra flaqueza nos metimos,
si queremos estar seguros en el dichoso estado en que por su misericordia Dios
nos ha puesto; creyendo muy de verdad que lo mismo haríamos que entonces
hicimos, si la poderosa y piadosa mano de Dios de nos se apartase. Y si miramos
a los muchos peligros a que estamos sujetos por nuestra flaqueza, no
osaríamos del todo alegrarnos con el bien que de presente tenemos, por
el temor de los pecados que podemos hacer. Y entenderemos cuan sano consejo es
el de
Grande
alegría mostraron los hijos de Israel, y devotos cantares hicieron a
Dios, cuando tan gran maravilla hizo con ellos, que los pasó por el mar
a pie enjuto (Ex. 15); y parecíales, que pues en tan gran peligro no
habían peligrado, ninguna cosa había de ser bastante para los
derribar ni impedir que alcanzasen la tierra por Dios prometida. Mas la
experiencia salió de otra manera; porque después de aquel gran
favor sucedieron tentaciones y pruebas; y fueron hallados flacos e impacientes
en la prueba y pelea los que habían sido devotos y alegres
después de la pasada del mar. Y porque no alcanzan la corona prometida
por Dios sino los que son hallados fieles en las pruebas que les envía, éstos
no la alcanzaron porque no lo fueron; mas en lugar de la vida prometida, fueron
castigados con morir en el desierto.
¿Quién
será, pues, tan desatinado que, ahora mire a la vida pasada, ahora a la
que le resta de vivir, que ose alzar su cabeza a tomar alguna soberbia, pues en
lo pasado ve que tan miserablemente cayó, y en lo por venir a tantos
temores está sujeto? Y si bien conociere y sintiere la verdad de
cómo todo lo bueno viene de Dios, verá que el tener dones de Dios
no ha de ensalzar vanamente al que los tiene, mas abajarle más, como
quien más agradecimiento y servicio debe. Y cuando piensa que creciendo
las mercedes, crece la cuenta que ha de dar de ellas», como San Gregorio
dice, parécenle los bienes que tiene una carga pesada, que le hace gemir
y ser más cuidadoso y humilde que antes.
Y
porque es tanta nuestra liviandad, y tenemos tan metida en los huesos la
secreta soberbia, que fuerzas humanas no bastan a limpiarnos del todo de este
pecado, debemos pedir a Dios este don, suplicándole
importunamente
no nos permita caer en tan gran traición, que nosotros seamos robadores
de la honra que de todo lo bueno a Él es debida. Con el ayuno se sanan
las pestilencias de la carne, y con la oración las del ánima. Y
por eso conviene al que esta pestilencia siente en su ánima, orar con
toda diligencia y continuación, y presentarse delante del acatamiento de
Dios, suplicándole le abra los ojos para conocer la verdad de
quién sea Dios y de quién sea él, para que ni atribuya a
Dios algún mal, ni atribuya a sí algún bien. Y así
estará lejos de oír el falso lenguaje del soberbio demonio, que
con la propia estima lo querría engañar; mas oye la verdad de
Dios, que dice (2 Cor., 10, 18) que la verdadera honra y estima de la criatura
no consiste en sí misma, mas en recibir mercedes y ser estimada y amada
de su Criador.
Y
porque adelante se hablará más largo de esta materia cuando se
hable del propio conocimiento (Cap. 57), no os diré más ahora.
Otra
arte suele tener el demonio contraria a esta pasada; la cual es, no haciendo
ensalzar el corazón, mas abajándolo y desmayándolo, hasta
traerlo a desesperación; y esto hace trayendo a la memoria los pecados
que el hombre ha hecho, y agravándolos cuanto puede, para que el tal
hombre, espantado con ellos, caiga desmayado como debajo de carga pesada, y
así se desespere. De esta manera hizo con Judas, que al hacer el pecado
quitóle delante la gravedad de él, y después
trájole a la memoria cuan gran mal era haber vendido a su Maestro, y por
tan poco precio, y para tal muerte; y así cególe los ojos con la
grandeza del pecado, y dio con él en el lazo, y de allí en el
infierno.
De
manera que a unos ciega con las buenas obras, poniéndoselas delante y
escondiéndoles sus males, y así los engaña con la
soberbia; y a otros escondiéndoles que no se acuerden de la misericordia
de Dios, y de los bienes que con su gracia hicieron, y tráeles a la
memoria sus males, y así los derriba con desesperación.
Mas
así como el remedio de lo primero fue, queriéndonos él
vanamente alzar en el aire, asirnos nosotros más a la tierra,
considerando, no nuestras plumas; de pavón, mas nuestros lodosos pies de
pecados que hemos hecho, o haríamos, si por Dios no fuese, así en
estotro engaño es el remedio quitar los ojos de nuestros pecados, y
ponerlos en la misericordia de Dios y en los bienes que por su gracia hemos
hecho. Porque en el tiempo que nuestros pecados nos combaten con
desesperación, muy bien hecho es acordarnos de los bienes que hemos
hecho o hacemos, según tenemos ejemplo en Job (13, 18), y en el rey
Ezequías (4 Reg., 20, 3). Y esto, no para poner confianza en nuestras
buenas obras en cuanto son nuestras, porque no caigamos en un lazo huyendo de
otro, mas para esperar en la misericordia de Dios, que pues Él nos hizo
merced de que hiciésemos el bien con su gracia, Él nos lo
galardonará, aun hasta el jarro de agua que por su amor dimos; y que,
pues nos ha puesto en la carrera de su servicio, no nos dejará en la
mitad de ella; pues sus obras son acabadas (Deut., 32, 4), como Él lo
es; y más hizo en sacarnos de su enemistad, que en conservarnos en su
amistad. Lo cual nos enseña San Pablo diciendo (Rom., 5, 10): Si cuando
éramos enemigos fuimos hechos amigos con Dios por la muerte de su Hijo,
mucho más ahora que somos hechos amigos, seremos salvos en la vida de
Él.
Cierto,
pues su muerte fue poderosa para resucitar a los muertos, también lo
será su vida para conservar en vida a los vivos. Si nos amó
desamándole nosotros, no nos desamará, pues le amamos. De manera,
que osemos decir lo que dice San Pablo (Philip., 1, 6): Confío que Aquel
que comenzó en nosotros el bien, lo acabará hasta el día
de Jesucristo. Y si el demonio nos quisiere turbar con agravarnos los pecados
que hemos hecho, miremos que ni él es la parte ofendida, ni es tampoco
el juez que nos ha de juzgar. Dios es a quien ofendimos cuando pecamos, y
Él es el que ha de juzgar a hombres. Y, por tanto, no nos turbe que el
acusador acuse; mas consolémonos, que el que es parte y Juez, nos
perdona y absuelve, mediante nuestra penitencia, y sus ministros y Sacramentos.
Esto dice San Pablo así (Rom., 8): Si Dios es por nos, ¿quién
será contra nos? El cual a su propio Hijo no perdonó, mas por
todos nosotros lo entregó. ¿Pues cómo es posible que
dándonos a su Hijo, no nos haya dado con Él todas las cosas?
¿Quién acusará contra los escogidos de Dios? Dios es el
que justifica; ¿quién habrá que condene? Todo esto dice
San Pablo. Lo cual bien considerado, debe esforzar a nuestro corazón a
esperar lo que falta, pues tales prendas de lo pasado tenemos.
Ni
nos espanten nuestros pecados, pues el Eterno Padre castigó por ellos a
su Unigénito Hijo, para que así viniese el perdón sobre
quien merecía el castigo, si el tal hombre se dispusiere a lo recibir. Y
pues Él nos perdona, ¿qué le aprovecha al demonio que
dé voces pidiendo Justicia? Ya una vez fue hecha justicia en la cruz de
todos los pecados del mundo; la cual cayó sobre el inocente Cordero,
Jesucristo nuestro Señor, para que todo culpado que quisiere llegarse a
Él y gozar de su redención por la penitencia, sea perdonado. Pues
¿qué justicia seria castigar otra vez los pecados del penitente
con infierno, pues ya una vez fueron suficientemente castigados en Jesucristo?
Y digo castigar con infierno, porque hablo del penitente bautizado, que por
vía del Sacramento de
Mucha
razón tiene Dios de quejarse, y sus pregoneros para reprender a los
hombres, de que tan olvidados estén de esta merced, digna que por ella
se diesen gracias a Dios de noche y de día. Porque, como
dice
San Juan (3, 16): Así amó Dios al mundo, que dio a su
Unigénito Hijo, para que todo hombre que creyere en Él y le
amare, no perezca, mas tenga la vida eterna. Y en esta merced están
encerradas las otras, como menores en la mayor, y efectos en causa. Claro es
que quien dio el sacrificio contra los pecados, perdón de pecados dio
cuanto es de su parte ; y quien el Señor dio, también dio el
señorío; y, finalmente, quien dio su Hijo, y tal hijo dado a
nosotros, y nacido para nosotros (Nobis datus, nobis natus: Hymno --- Pange,
lingua), no nos negará cosa que necesaria nos sea. Y quien no la
tuviere, de sí mismo se queje, que de Dios no tiene razón. Que
para dar a entender esto, no dijo San Pablo: Quien el Hijo nos dio todas las
cosas NOS DARÁ con Él; mas dijo: Todas las cosas NOS HA DADO con
Él; porque de parte de Dios todo está dado, perdón, y
gracia y el cielo. ¡Oh hombres!, ¿por qué perdéis
tal bien, y sois ingratos a tal Amador y a tal dádiva, y negligentes a aparejaros
para recibirla? Cosa sería digna de reprensión que un hombre
anduviese muerto de hambre y desnudo, lleno de males; y habiéndole uno
mandado en su testamento gran copia de bienes, con que podía pagar, y
salir de sus males, y vivir en descanso, se quedase sin gozar de ellos por no
ir dos o tres leguas de camino a entender en el tal testamento. La
redención hecha está tan copiosa, que, aunque perdonar Dios las
ofensas que contra Él hacen los hombres, sea dádiva sobre todo
humano sentido, mas la paga de
Inefable
merced es que adopte Dios por hijos los hijos de los hombres, gusanillos de la
tierra. Mas para que no dudásemos de esta merced, pone San Juan (I, 14)
otra mayor, diciendo: La palabra de Dios es hecha carne. Como quien dice: No
dejéis de creer que los hombres nacen de Dios por espiritual
adopción, mas tomad, en prendas de esta maravilla, otra mayor, que es el
hijo de Dios ser hecho hombre, e hijo de una mujer.
También
es cosa maravillosa que un hombrecillo terrenal esté en el cielo gozando
de Dios, y acompañado de ángeles con honra inefable; mas mucho
más fue estar Dios puesto en tormentos y menosprecios de cruz, y morir
entre dos ladrones; con lo cual quedó
Pues
¿por qué desesperas, hombre, teniendo por remedio y por paga a
Dios humanado, cuyo merecimiento es infinito? Y muriendo, mató nuestros
pecados, mucho mejor que muriendo Sansón murieron los filisteos (Judi.,
16, 30). Y aunque tantos hubiésedes hecho tú como el mismo
demonio que te trae a desesperación, debes esforzarte en Cristo, Cordero
de Dios, que quita los pecados del mundo (Jn., 1, 29); del cual estaba
profetizado que había de arrojar todos nuestros pecados en el profundo
del mar (Mich., 7, 19), y que había de ser ungido el Santo de los
santos, y tener fin el pecado, y haber sempiterna justicia (Dan., 9, 24). Pues
si los
pecados
están ahogados, quitados y muertos, ¿qué es la causa por
que enemigos tan flacos y vencidos te vencen, y te hacen desesperar?
Mas
ya oigo, hombre, lo que tu flaqueza responde a lo dicho. Que ¿
qué te aprovecha a ti que Cristo haya muerto por tus pecados, si el
perdón no se aplica a ti? Y que, con haber muerto Cristo por todos los
hombres, están muchos en el infierno, no por falta de su
redención, que es copiosa (Ps., 129, 7), mas por no aparejarse los
hombres a la recibir; y por esta parte es tu desesperación.
A lo
cual digo, que aunque dices verdad, no te aprovechas bien de ella. San Bernardo
dice, que para tener uno testimonio de buena conciencia, que le dé
alegría de buena esperanza, no basta creer en general que por la muerte
de Cristo se perdonan los pecados, mas es menester confiar y tener conjeturas
que se aplica el perdón al tal hombre en particular, mediante las
disposiciones que
perdonado,
no es menester que Cristo trabaje de nuevo, ni muera por ti, ni padezca poco ni
mucho, ¿por qué piensas que ha de querer que, pues está
hecha la costa de su convite, falten convidados para le comer? No es
así, cierto, ni es de su voluntad que el pecador muera, mas que y porque
así se hiciese, Él perdió su vida en la cruz.
Y no pienses
que, lo que has menester hacer para gosar de su redención, es alguna
cosa imposible, o tan dificultosa que desesperes de salir con ella,
según eres flaco; un gemido de corazón que a Dios des con dolor
por haber ofendido a tal Padre, y con intención de la enmienda;
manifiesta tus pecados a un sacerdote que te pueda absolver, y oirán aun
tus orejas de carne, para mayor consolación tuya, la sentencia de tu
proceso, por la cual te digan: Yo te absuelvo de toaos tus pecados en el nombre
del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
Y si
aun te parece que tu dolor no es tan cabal como había de ser, y por esto
desmayas, no te fatigues; porque es tanta la gana que el Señor tiene de
tu salvación, que suple Él nuestras faltas con el privilegio que
dio a su Sacramento, para hacer del atrito contrito (Del atrito, contrito. La
atrición, junto con el sacramento de la penitencia, perdona el pecado e
infunde la gracia santificante; y así equivale a la contrición
perfecta). Y si te parece que aun para hacer esto poco no eres, dígote
que no presumas de lo hacer tú a solas, mas llama al celestial Padre, y
pídele que, por Jesucristo su Hijo, te ayude a dolerte de la vida
pasada, y a proponer la enmienda de lo por venir, y a bien confesarte, y,
finalmente, para todo lo que has menester. Y Él es tal, que no hay por
qué esperar de sus manos sino toda blandura y socorro, pues el mismo que
da el perdón inspira la disposición para ello.
Y si con todo esto no sientes consuelo, aunque
oíste
la
sentencia de tu absolución, no te desmayes, ni dejes lo comenzado: que
si en una confesión no sentiste consuelo, en otra o en otras lo
sentirás, y se cumplirá en ti lo que dijo David penitente (Ps.,
50): A mi oído darás gozo y alegría, y gozarse han mis
huesos humillados. Cierto, así pasa, que las palabras de la
absolución sacramental, ya que no den a un hombre tanta certidumbre del
perdón, que tenga de ello fe ni evidencia, mas danle tal reposo y
consuelo, con que se pueden alegrar las fuerzas de su ánima. que por el
pecado estaban humilladas y quebrantadas.
No
cese el hombre de buscar el perdón; que si en la demanda porfía,
el Padre de las misericordias saldrá al encuentro a su hijo
pródigo, y se lo dará y le vestirá con celestial ropa de
gracia, y se holgará de ver ganado a su hijo por la penitencia, que
estaba perdido por el pecado (Lc., 15, 20). Y no sea a nadie increíble
que Dios usa con los pecadores leyes do tanta blandura y dulzura, sacadas de su
bondad y verdaderísimo amor, pues que usó con su Hijo leyes de
tanto (rigor, que queriéndolo tanto como a sí mismo, y siendo
quien es, y pagando por pecados ajenos, no le hizo suelta de un solo pecado, de
que su justicia quedase por satisfacer. Y por esto, como un león, aunque
bravo, si está bien harto y contento, no hace daño a los
animales; que si hambriento estuviera, se los tragara; así la divina
Justicia, con el satisfecho (El satisfecho: la satisfacción, hartura)
que tiene en Jesucristo, Cordero divino, no hace mal a los que ve llegarse a
Él para incorporarse en su cuerpo, ni impide a la misericordia para que
haga en ellos según su costumbre. Y de aquí viene, que en lugar
de airado Juez, nos sea Dios piadoso Padre.
Peligrosa
ponzoña bebe quien hace pecado; feísima y terrible faz tiene para
espantar a quien de verdad lo conoce, y muy bastante para desmayar a cualquier
hombre, por fuerte que sea, si se para a considerar con vivo sentido lo que ha
hecho, y contra quién lo ha hecho, y las promesas del bien que ha
perdido, y amenazas del mal que están sobre su cabeza. Mirando las
cuales cosas David, aunque hombre esforzado, dice (Ps., 39, 13): Mi corazón
se me ha desmayado. Mas este mal tan grande no lo deja Dios sin remedio,
según hemos dicho. Y porque tome este remedio la persona que lo hubiere
menester, manifestaré algo de las grandezas de la misericordia de Dios,
de que usa con los pecadores que le piden perdón.
El
demonio hará de las suyas, y asombraros ha, según hemos dicho,
con la muchedumbre y grandeza de vuestros pecados. No le respondáis vos,
mas volveos a Dios y decidle (Ps., 24, 11): Por tu nombre, Señor, me
perdonaras mi maldad, porque mucha es. Y si Dios os da a sentir el misterio de
aquestas palabras, cierto, estaríades bien lejos de desesperar, por
mucho que hayáis pecado. ¿Visteis nunca, u oísteis
tribunal de juez, donde siendo uno acusado de muchos y grandes pecados, con
intención de que sea condenado y castigado según él
merece, él mismo confiese sus culpas, y conceda su acusación, y
tome por medio para que le absuelvan, la confesión de aquello que el
acusador mucho exageraba, y en que estribaba para lo condenar? Dice el culpado
al juez: Señor, yo concedo y confieso que he pecado mucho, mas vos me
perdonaréis por la honra de vuestro nombre; y sale con ello por parte de
Dios, y por parte de sí.
El
Señor Dios tiene justicia y misericordia; y cuando mira nuestras culpas
con su justicia, provócanle a ira; y mientras más pecados
tenemos, a mayor castigo le provocamos. Mas cuando mira nuestros pecados con
misericordia, no le mueven a ira, sino a compasión ; porque no los mira
como a ofensa suya, sino como a mal maestro; y como ningún mal nos puede
venir que tanto daño nos haga como el pecar, ninguno es materia de
misericordia tan a lo propio, como la culpa, mirándola según he
dicho. Y cuanto más hemos pecado, tanto más nos hemos hecho
más mal, y tanto más se provoca a misericordia el corazón
que la tiene y quiere usar de ella, como lo es el corazón del
Señor misericordioso y hacedor de misericordias. Ahora sabed, que en una
de dos maneras se han los hombrea que mucho han pecado.— Unos,
desesperados de remedio, cómo Caín, vuelven las espaldas a Dios y
entrégame, como dice San Pablo (Ephes., 4, 19), a toda suciedad y
pecado, y enduréceseles cada día más su corazón
para todo bien, hasta que, cuando vienen al profundo de los pecados, no Se les
da nada de ellos, gloriándose en su malicia, y tanto más dignos
de ser llorados cuanto ellos menos se lloran. Lo que a éstos
acaecerá es lo que
Y co
mo Dios tenga sus ojos puestos en el corazón contrito y humillado (Ps.,
50, 19), y dé su gracia a los tales humildes (Jac., 4, 6), da mayor
gracia a los más humildes. Y la ocasión de ello fue haber pecado
muchos pecados, los cuales ellos confiesan y gimen; mas no desesperan, y alegan
delante la misericordia de Dios, que pues su miseria y daño es muy
grande, sea con ellos la misericordia de Él copiosa y muy grande. Y
así decía David: Ten, Señor, misericordia de mí
según tu gran misericordia. Y como Dios, según hemos dicho, mira
con ojos de misericordia al pecador contrito y humillado, da aquí mayor
perdón y mayor gracia, que donde no hay tantos pecados ni tanta
humildad; cumpliéndose lo que dijo San Pablo (Rom., 5), que donde el
pecado abundó, la gracia sobrepujó; y resulta la mayor
caída del nombre en mayor alabanza de Dios, pues le da mayor
perdón y más gracia.
¿Quién,
pues, habrá que esto entienda, que se desespere por tener muchas deudas,
pues que ve que la liberalidad y merced del Señor es manifestada y
más glorificada en dar mayor suelta, y que toma Dios por honra de su
nombre el perdonar, y perdonar mucho? Antes, conociendo que es cosa justa que
el Señor y su nombre sean glorificados, diremos, no con desesperación,
mas muy confiados (Ps., 24): Por tu nombre, Señor, me perdonarás
mi pecado, porque es mucho. Y la gloria que de aquí Dios saca, no nace
de nuestro pecado, pues que de sí mismo es desprecio y desacato de Dios;
mas procede de la omnipotente bondad divinal, que saca bien de los males, y
hace que le sirvan sus enemigos con dar materia para que sus amigos le alaben.
Acordaos,
que estando el pueblo de Dios, cuando de Egipto salió, en muy grande
aprieto, y que esperaban la muerte de mano de los enemigos que tras ellos
venían, díjoles Moisés (Ex., 14, 13): No temáis,
porque estos gitanos (gitanos: egipcios) perecerán, y nunca más
los veréis. Y como la mar ahogase a los gitanos (gitanos: egipcios) y
los echase a la orilla, paráronselos a mirar los hijos de Israel; y
aunque los vieron, viéronlos muertos, y tan sin temor de mirarlos, como
si nunca más los miraran; y tomaron ocasión de dar gloria a quien
los mató, y d i j e ro n (Ex., 15, 1): Cantemos al Señor, porque
gloriosamente ha sido engrandecido: que al caballo y al caballero
ahogádolos ha en el mar. Todo lo cual es figura de aquel aprieto en que
nuestros pecados nos ponen, representándosenos como enemigos muy fuertes
que nos quieren matar y tragar; mas la divina palabra, llena de toda buena
esperanza, nos esfuerza diciendo que no desesperemos ni tornemos atrás a
los vicios de Egipto, mas que siguiendo el propósito bueno, con que
comenzamos el camino de Dios, estemos en pie confortados con su socorro, para
que veamos sus maravillas; las cuales son, que en la mar de su misericordia, y
en la sangre bermeja de Jesucristo su Hijo, son ahogados nuestros pecados; y
también el demonio que caballero en ellos venía, para que ni
él ni ellos nos puedan dañar; antes acordándonos de ellos,
aunque nos duelan como es razón, nos den ocasión que demos
gracias y gloria al Señor Dios nuestro por habernos sido piadoso Padre
en nos perdonar, y sapientísimo en sacar bienes de nuestros males,
matando de verdad el pecado que nos mataba. Y lo que queda vivo de él
que es la memoria de lo haber cometido, hace que sirva para que sus escogidos
sean más aprovechados que antes, y ensalzadores de la honra de Dios.
Esta
admirable hazaña de Dios, que saca triaca de la ponzoña contra la
misma ponzoña, sacando del pecado la destrucción del mismo
pecado, nace y tiene semejanza de otra hazaña que el Altísimo
hizo, no menor, sino mayor que ésta y que todas; la cual fue la obra de
su Encarnación y Pasión. En la cual no quiso Dios pelear con sus
enemigos con armas de la grandeza de su Majestad, mas tomando las armas de
nuestra bajeza, vistiéndose de carne humana, que aunque limpia de todo
pecado, fue semejante a carne de pecado (Rom., 8, 3), pues fue sujeta a penas y
muerte, lo cual el pecado metió en el mundo. Y con estas penas y muerte,
que sin deberlas tomó, venció y destruyó nuestros pecados;
destruidos los cuales, se destruyen penas y muerte, que entraron por ellos;
como si uno pegase fuego a un tronco de un árbol con los mismos ramos
del árbol, y así quemase el tronco y los ramos. ¡Cuan
engrandecida, Señor, es tu gloria! Y ¡ con cuánta razón
te debemos cantar y alabar, mejor que al otro David, pues sales al campo contra
Goliath que ponía en aprieto al pueblo de Dios, sin haber quien lo
pudiese vencer, ni aun osase entrar en campo con él! (1 Reg., 17.) Mas
tú, Señor, Rey nuestro y honra nuestra, disimulando las armas de
tu omnipotencia y vida divina, que en cuanto Dios tienes, peleaste con
él; tomando en tus manos el báculo de tu cruz, y en tu
santísimo cuerpo cinco piedras, que son cinco llagas, lo venciste y lo
mataste. Y aunque fueron cinco las piedras, sola una bastaba para la victoria;
porque aunque menos pasaras de lo que pasaste, había merecimientos en Ti
para nos redimir. Mas Tú, Señor, quisiste que tu redención
fuese copiosa y que sobrase, para que así fuesen confortados los flacos
y encendidos los tibios, con ver el excesivo amor con que padeciste y mataste
nuestros pecados; figurados en Goliath, al cual mató David, no con
espada propia que él llevase, mas con la misma que el gigante
tenía; por lo cual la victoria fue más gloriosa, y el enemigo
más deshonrado. Mucha honra ganara el Señor si, con sus propias
armas de vida y omnipotencia divina, peleara con nuestros pecados y muerte, y
los deshiciera; mas mucha más ganó en vencerlos sin sacar
Él su espada, antes tomando la misma espada y efecto del pecado, que son
penas y muerte, condenó al pecado en la carne (Rom., 8, 3) ofreciendo
Él su carne para que fuese penada y tratada como si fuera carne de
pecador, siendo carne de justo y de Dios, para que por esta vía, como
dice San Pa b lo, la justificación de
Y
pues la justificación de
¿Qué
diremos a estas cosas, doncella, sino lo que nos enseña San Pablo
diciendo (1 Cor., 15, 57): ¡Gracias a Dios que nos dio victoria por
Jesucristo! Al cual adorad, y con corazón amoroso y agradecido decidle:
Toda la tierra te adore, y te cante, y diga cantar a tu nombre (Ps. 65, 4). Y
decidlo muchas veces al día, y en especial cuando en el altar es alzado
su sacratísimo Cuerpo por manos del sacerdote.
Es la
desesperación y caimiento del corazón tiro tan peligroso de
nuestro enemigo, que cuando yo me acuerdo de los muchos daños que por
ella han venido a conciencias de muchos, deseo hablar algo más en el
remedio de aqueste mal, si por ventura resultare algún provecho.
Acaece
así, que hay personas que andan cargadas con muchedumbre de grandes
pecados, y ni saben qué es desesperación, ni aun un poco de
temor, ni les pasa por pensamiento, sino andan asegurados con una falsa
esperanza y presunción loca, ofendiendo a Dios y no temiendo castigo. Y
si la misericordia de Dios luce en sus ánimas, y comienzan a ver la
grandeza de sus males,
siendo
razón, que pues piden a Dios misericordia con deseo de enmienda, v
reciben el beneficio y consuelo de los Sacramentos, con esto estuviesen
esforzados para contra lo pasado, y para lo que en el camino de Dios se les
pudiese ofrecer; tienen extremo de demasiado temor, como antes lo tenían
de falsa seguridad; no entendiendo que los que a Dios ofenden y no se
arrepienten, tienen por qué temer y temblar, aunque todo el mundo les
favorezca, pues tienen provocada contra sí la ira del Omnipotente, al cual
no hay quien resista; y que los que se humillan a Dios y reciben sus santos
Sacramentos y quieren hacer su voluntad, deben tener, como dicen, un
ánimo de león, pues les está mandado que con estas prendas
confíen que Dios es con ellos. Al cuál, como lo tienen por
enemigo de malos, y por haberlo ellos sido, por eso temen, es mucha
razón que lo tengan por amigo de buenos, y que por aquella buena
voluntad que les ha dado, pueden confiar que lo es de ellos y lo será,
acrecentando el bien que Él mismo plantó, y perfeccionando lo que
comenzó. Cierto, es así, que en diciendo un hombre de verdad lo
que decía David (Ps., 118, 48): Alcé mis manos para obrar tus
mandamientos, que yo amé, pone Dios sus ojos y corazón donde el
hombre pone sus manos, para favorecer al tal hombre; y como quien es bueno por
infinita bondad, acoge debajo su amparo y de su bando al que quiere pelear por
su honra, haciendo guerra a sí mismo por dar contentamiento a Dios.
Y
aunque es verdad que cuando el hombre comienza a servir a Dios con llamamiento
particular suyo, que le incite a—despreciadas todas las
cosas—buscar la margarita del Evangelio (Mt., 13, 45) con
perfección de vida espiritual, se levantan contra el tal hombre tales
asechanzas y guerras de los demonios por sí y por medio de malos
hombres, y le ponen en tal aprieto, que al primer paso que se levanta de
tierra, y pone el pie en la primera de las quince gradas para subir a la
perfección, es constreñido a decir (Ps., 119, 1): Como fuese
atribulado, llamé al Señor y oyóme: Señor, libra mi
ánima de los labios malos y lengua engañosa. Labios malos son los
que abiertamente impiden el bien, y lengua engañosa la que solapadamente
quiere engañar. Y algunas veces se ofrecen, o lo parece, tan grandes
impedimentos para salir con lo comenzado, que son semejables a aquellos grandes
gigantes que decían los hijos de Israel (Núm., 13, 34):
Comparados nosotros a ellos, somos como unas pequeñas langostas. Y
parecen las muros de la ciudad que hemos de combatir, llegar con su alteza a
los cielos, y que la tierra que allí hay traga a sus moradores. Mas con
todo esto debéis mirar, y miremos todos con ojos abiertos, cuánto
desagradó a Dios el desmayo y desesperación que los hijos de
Israel tuvieron con estas cosas ya dichas; pues que los pecados que en el
desierto habían hecho, aunque eran muchos y grandes, y uno de ellos fue
adorar por Dios al becerro, que parece no poder más crecer la maldad;
todo esto les sufrió Dios, y les dio su favor para proseguir la empresa
comenzada, y no les sufrió la desconfianza y desesperación que de
su misericordia y poder tuvieron, y les juró en su enojo, como dice
Santo Rey y Profeta David (Ps. 94. 11) que no entrarían en su holganza,
y como lo juró lo cumplió. ¿No os parece que tenemos
razón para maldecir este vicio, contrario a la honra de la bondad
divinal, la cual es mayor que nuestra maldad, cuanto Dios es mayor que el
hombre?
Y
tened por cierto, que como el camino de la perfecta virtud sea una muy
reñida batalla, y con enemigos muy fuertes dentro de nos y fuera de nos,
no puede llevar consigo quien comienza esta guerra cosa más perjudicial,
que la pusilanimidad de corazón; pues quien ésta tiene, de las
sombras suele huir.
Con
mucha causa mandaba Dios en tiempos pasados que cuando su pueblo estuviese en
la guerra, antes que comenzasen a pelear, sus sacerdotes esforzasen al pueblo,
no con esfuerzos humanos de muchedumbre de gentes y de armas, mas con la sombra
del Señor de los ejércitos, en cuya mano está la victoria;
el cual suele vencer los altos gigantes con las pequeñas langostas, para
gloria de su santo nombre. Y conforme a esto que Dios mandaba, dice aquel
valeroso San Pablo a los que quieren entrar en la guerra espiritual (Ephes., 6,
10): Confortaos en el Señor, y en el poder de su fortaleza; para que
así confortados peleen las peleas de Dios con alegría y esfuerzo.
Como de Judas Macabeo se lee (1 Mac., 3, 2) que peleaba con alegría, y
así vencía. Y San Antón, hombre experimentado en las
espirituales guerras, solía decir que «la alegría
espiritual es admirable y poderoso remedio para vencer a nuestro
enemigo». Que cierto es, que el deleite que se toma en la obra,
acrecienta fuerzas para la hacer. Y por esto San Pablo nos amonesta (Philip.,
4, 4): Gózaos siempre en el Señor. Y de San Francisco se lee que
reprendía a los frailes que veía andar tristes y mustios, y les
decía: «No debe el que a Dios sirve estar de esta manera, si no es
por haber cometido algún pecado. Si tú lo has hecho,
confiésate, y torna a tu alegría.» Y de Santo Domingo se
lee parecer en su faz una alegre serenidad, que daba testimonio de su
alegría interior, la cual suele nacer del amor del Señor, y de la
viva esperanza de su misericordia, con la cual pueden llevar a cuestas su cruz,
no sólo con paciencia, mas con alegría; como lo hicieron aquellos
que les robaron los bienes y quedaron alegres (Hebr., 10, 34). Y la causa fue
porque aposentaron en su corazón que tenían mejor hacienda en el
cielo; experimentando lo que dijo San Pablo (Rom., 12, 12): Gozosos en la
esperanza, y sufridos en la tribulación; porque sin lo primero, mal se
puede haber lo segundo.
Mas
cuando este vigor y alegría falta, es cosa digna de compasión ver
lo que pasan personas que andan en el camino de Dios, llenos de tristeza
desaprovechada, aheleados (Aheleados: amargados, llenos de hiel) los corazones,
sin gusto en las cosas de Dios, desabridos consigo y con sus prójimos, y
con tan poca confianza de la misericordia de Dios, que por poco no
tendrían ninguna. Y muchos hay de éstos que no cometen pecados mortales,
o muy raramente; mas dicen, que por no servir a Dios como deben y como desean,
y por los pecados veniales que hacen, están de aquella manera; como en
la verdad sean tales las cosas que se siguen de aquella pena demasiada, que les
daña mucho más lo que de la culpa sucede, que la misma culpa que
cometieron. Y lo que pudieran atajar, si prudencia y esfuerzo tuvieran, lo
hacen crecer, y que de un mal caigan en otro.
Deben
éstos procurar y trabajar de servir a Dios con toda diligencia; mas si
se vieren caídos, lloren, mas no desconfíen. Y conociendo ser
más flacos de lo que pensaban, humíllense más, y pidan
más gracia, y vivan con mayor cautela, tomando avisos de una vez para
otra. Y hacen muchos al revés de esto, que son descuidados y perezosos
en servir a Dios, y en cayendo en la culpa no se saben valer, sino dan consigo
en el pozo de la desconfianza y de mayor negligencia; como en la verdad la
principal causa para evitar la desesperación sea evitar la tibieza y
descuido en el servicio de Dios; porque habiendo estas raíces, quiera el
hombre, o no, no puede tener aquel vigor de corazón y esfuerzo que de la
buena y diligente vida se siguen. Y si éstos considerasen que pasan
mayor trabajo con estos sentimientos tristes y desesperados que de la tristeza
se siguen, que pasarían en cortar de raíz las malas afecciones y
peligrosas ocasiones que los impiden de servir a Dios con fervor, ya que fuesen
amigos de huir de trabajos, habían de elegir los que tiene anejos la
perfecta virtud, por huir los que se siguen a la falta de ella.
San
Pablo dice (1 Tim., 1, 5): Fin del mandamiento es la caridad, que procede de
puro corazón, y conciencia buena, y fe no fingida. Y lla m a conciencia
buena, co m o dice San Agustín, a la esperanza, para darnos a entender
que si no hay buena conciencia, teniendo fe y amor, y buenas obras, que de
aquí proceden, no habrá viva esperanza que nos dé
alegría. Y si hay alguna falta en la buena conciencia, habrála
también en el conhorte (conhorte: consuelo, esfuerzo) y alegría
que se causan por la perfecta esperanza, porque aunque no muera, pues el tal
hombre está en gracia, mas en fin obrará flacamente.
Así
que los que dicen: «Cree que Dios te perdona y te ama, y serás
perdonado y amado» (para hereje Martín Lutero, a quien alude el
autor, la justificación no es más que la fe, la confianza, la
corazonada con que uno se persuade que está perdonado, que es justo,
aunque siga siendo tan corrompido, pues todas sus obras siguen siendo pecado);
y otras semejables palabras a éstas, muy gravemente se engañan, y
dan testimonio que hablan de imaginación, y no de experiencia, ni
según la fe. Y aquellos tales esfuerzos, como no son de Dios, no pueden
tener en pie al hombre cuando se ofrece tribulación que sea de verdad.
El esfuerzo del corazón, y el gozo de la buena conciencia, frutos de la
buena vida son; el cual hallan dentro de sí los que bien viven, aunque
no miren en ello; y cuanto más crece lo uno, más crece lo otro. Y
de causa contraria se sigue el efecto contrario, según está
escrito (Eccli., 36, 22): El corazón malo da tristeza, y de ésta
nace la desconfianza, y otros males con ella.
Lo
que de todo esto habéis de sacar es, que pues tanto os conviene andar
confortada con la buena esperanza, y alegre en el servicio de Dios,
procuréis para ello dos cosas. La una, la consideración de la
bondad y amor divinal, que en darnos a Jesucristo por nuestro se nos
manifiesta. Y la otra, que echando de vos toda pereza y tibieza, sirváis
con diligencia a nuestro Señor. Y cuando en alguna culpa cayéredes,
que no os desmayéis con desconfianza, mas que procuréis el
remedio y esperéis el perdón. Y si muchas veces cayéredes,
muchas procuréis de os levantar. Porque ninguna razón sufre que
vos os canséis de recibir el perdón, pues Dios no se cansa de os
lo dar. Que quien mandó que perdonásemos a nuestros
prójimos NO sólo siete veces al día, más setenta
veces siete (Mt, 18, 22), que quiere decir, que perdonemos sin tasa, muy mejor
dará el Señor su perdón cuantas veces le fuere pedido;
pues su bondad es mayor, y está puesta por ejemplo a la cual sigamos
nosotros.
Y si
la entereza de vida y remedio que vos deseáis no viene tan presto como
querríades, no por eso penséis que nunca os ha de venir. Y no
seáis semejantes a los que dijeron: Si en cinco días no enviare
Dios remedio, darnos hemos a nuestros enemigos; porque con mucha razón
reprendió a estos tales Judith (8, 11), y les dijo: ¿Quién
sois vosotros, que tentáis al Señor? No es tal palabra como
ésta para provocarle a misericordia, mas antes para despertar su ira y
encender su furor. ¿Habéis vosotros señalado tiempo de la
misericordia del Señor? ¿Y habéis señaládole
día conforme a vuestra voluntad? Aprended, pues, a esperar al
Señor hasta que venga con su misericordia, y no os canséis de
padecer, pues os va
en
ello la vida. Y si los aprietos grandes os enflaquecen la esperanza, ellos
mismos os la deben esforzar, porque suelen ser víspera del remedio; pues
la hora del Señor para librar es cuando la tribulación ha mucho
tiempo durado, y en el presente aprieta más; como parece en sus
discípulos, a los cuales dejó padecer tres partes de la noche, y
a la postrera los consoló (Mt., 14, 25). Y a su pueblo libró del
cautiverio de Egipto cuando estaba más crecida la tribulación que
padecía; y así hará a vos cuando no penséis.
Y si
os parece que quisiérades tener una vida muy santa y perfecta, y que
toda ella diera gloria al Señor, sabed que hay personas tan soberbias y
yertas (Yertas: erguidas, orgullosas, tiesas), que no se saben humillar sino a
costa de tentaciones y de desconsuelos, y aun de caídas; y son tan
flojas, que no andan el camino de Dios con diligencia, sino a poder de muchas
espoladas; y tienen un corazón tan duro, que han menester para
quebrantarlo tener muchos males; y no saben tener discreción ni cautela,
sino después de haber muchas veces errado; en fin, tienen un
corazón, que con pocos bienes se hincha y hace vano; y han menester
muchos males para andar humillados para con Dios y los prójimos. Y la
cura de estos males ya vos veis que no puede ser sino con cauterios de fuego,
de permitir Dios desconsuelos e ignorancias, y aun pecados, para que así
lastimados, se humillen y sean libres de los males ya dichos. Dice el Profeta
Micheas (4, 10): Vendrás hasta Babilonia, y allí serás librado,
y te redimirá Dios de la mano de tus enemigos; porque en la
confusión de estas caídas y vida se suele el hombre humillar y
buscar el remedio de Dios y hallar lo que por ventura, a no haber caído,
lo perdiera por soberbia, o no lo buscara con diligencia y dolor.
Gracias,
Señor, a Ti para siempre, que de males tan perjudiciales sueles sacar
bienes del cielo, y que tan bien eres glorificado en perdonar pecadores, como
lo eres en hacer justos y tenerlos en pie, y salvas, por vía de
corazón contrito y humillado, al que no fue para servirte con lealtad; y
haces que los pecados den ocasión a que el hombre sea humilde, cauto y
diligente; y que como Tú dijiste (Lc., 7, 43): A quien más
sueltan, más ame. Y así se cumple lo que dijo tu Apóstol
(Jac, 2, 13) que misericordia en justicia hace parecer más ilustre tu
justicia, pues parece mayor tu bondad en perdonar y salvar a los que han pecado
y se tornan a Ti. Y en otra parte dijo (Rom., 8, 28) que los que aman a Dios,
todas las cosas se les tornan en bien, y aun los pecados que han hecho, como
dice San Agustín. Lo cual no toméis por ocasión de
tibieza, ni de pecar fácilmente, pues por ninguna cosa se debe hacer;
mas para que si tal desdicha os viniere que ofendáis a nuestro
Señor, no hagáis otro peor mal en desconfiar de su misericordia.
Otras
veces suele el demonio hacer desmayar trayendo pensamientos contra la fe, o muy
sucios y abominables contra las cosas de Dios; y hace entender al que los tiene
que salen de él y que él los quiere. Y con esto atribúlale
de tal manera, que le quita toda la alegría del ánima, y le hace
entender que está desechado de Dios y condenado de Él, y
pónele gana de desesperar, diciéndole que no puede parar en otra
parte sino en el infierno, pues ya tiene blasfemias y cosas semejables a las de
allá. No es tan necio el demonio, que no se le entiende que un cristiano
católico no ha de venir a consentir en cosas tan aborrecibles a su
cristiano corazón; mas su intento es desmayarle, para que así
pierda la confianza que en Dios tenía, y trabajado con tales
importunidades, venga a perder la paciencia, y así traiga el corazón
alborotado y desabrido; que es cosa de que los demonios suelen sacar mucha
ganancia, por el aparejo que tienen de imprimir cualquier mal en tal
corazón.
Lo
primero que entonces debemos hacer, si no está hecho, es mirar con
cuidado y muy de reposo nuestra conciencia, y limpiarla con la confesión
de todo lo malo que en ella sintiéremos, y ponerla en concierto, ni
más ni menos que si aquel día hubiésemos de morir; y de
allí adelante vivir con mayor cuidado que antes en servir a nuestro Señor.
Porque acaece algunas veces permitir el soberano Juez que nos vengan estas
cosas tan espantables contra nuestra voluntad, en castigo de otras en que
caemos por nuestra propia voluntad y descuido que en su servicio tenemos; lo
cual el Señor quiere curar con azote que tanto duele, para que, lastimados
con él, dejemos de pacer en las cosas vedadas, y aguijemos en nuestro
camino, como lo suele hacer un animal sin razón cuando es azotado de
quien camina tras él. Aunque otras veces envía el Señor
este tormento por otros fines que su alta sabiduría sabe. Mas ahora sea
el azote enviado por uno u otro fin, debe cada uno hacer lo que es dicho, de
purificar su conciencia, e ir diligente en el servicio de Dios, pues este
remedio a ninguna cosa daña y para todas es provechoso.
Y
luego, confiado en la misericordia de Dios y pidiéndole su socorro,
ya que no puede dejar de oír este lenguaje, pues el demonio, aunque no
queramos, puede traernos pensamientos y hablas interiores, a lo menos haga el
hombre como que no los oye, y estése en su paz, sin desmayarse con
ellos, y sin tomarse a palabras ni respuestas con el enemigo, según dice
santo Rey y Profeta David (Ps. 37, 14): Yo, como sordo, no oía; y como
mudo, que no abre su boca. Dificultoso es esto de creer a los que poco saben de
las astucias del demonio; los cuales si no dejan de pensar o hacer el bien que
hacían, y se ocupan en oír y andar matando las moscas de los
tales pensamientos, piensan que por el mismo hecho les han dado consentimiento.
Y no saben que va mucha diferencia de sentirlos a consentirlos; y que mientras
más los tales pensamientos son tan abominables, tanto más pueden
confiar en nuestro Señor, que Él los guardará de consentir
en males tan grandes, y a los cuales ninguna inclinación tiene, antes
aborrecimiento. Y así el mejor remedio es no curar de ellos, con una
sosegada disimulación; pues que no hay cosa que más lastime al
demonio, como a soberbio, que el despreciarle tan despreciado, que
ningún caso hagamos de él, ni de lo que nos trae; ni hay cosa tan
peligrosa como trabar razones con quien tan presto nos puede engañar, Y
a bien librar, hácenos perder tiempo, y dejar de proseguir el bien que
hacíamos. Y por esto debemos cerrarle la puerta de nuestro entendimiento
cuan fuerte pudiéremos, y unirnos con Dios, y no responder a nuestro
enemigo. Y para nuestro consuelo y satisfacción debemos decir algunas
veces al día, que creemos lo que cree nuestra madre
Mas
dirá algún flaco: Quítanme estos malos pensamientos la
devoción, y suélenme venir cuando yo más me llego a la
devoción y a las buenas obras; y por no oír tales cosas, me da
gana algunas veces de dejar el bien comenzado.
Mas
la respuesta está clara: que eso mismo es por lo que el demonio andaba,
aunque iba por rodeo de traer pensamientos diferentes de aqueso. Mas
debéis antes crecer en el bien que menguar, como persona que adrede lo
hace, por hacer ir al demonio con pérdida de lo que pensó llevar
ganancia.
Y si
faltare ternura de devoción no te penes por ello, pues no se miden
nuestros servicios sino por el amor; el cual no es devoción tierna, mas
un libre ofrecimiento y propósito de nuestra voluntad para hacer lo que
Dios y su Iglesia quiere que hagamos, y para pasar lo que Él quiere que
padezcamos por darle contentamiento a Él. Y si algunos, que parece que
dejan lo que en el mundo tienen por servir a Dios, dejasen también la
desordenada codicia de los dulces sentimientos del ánima, vivirían
más alegres de lo que viven, y no hallaría el demonio cabellos de
codicias (Codicias: deseos desordenados, aun de cosas buenas) de que asirles
para traerles la cabeza alrededor (al retortero), y lastimarlos y aun
engañarlos. Desnudo murió Jesucristo en la cruz, desnudos nos
hemos de ofrecer nosotros a Él. Y nuestra vestidura sola, ha de ser
hacer su santa voluntad, según está declarada en los mandamientos
de Él y de su Iglesia, y recibir con amorosa obediencia lo que Él
nos quisiere enviar, por duro que sea. Igualmente hemos de tomar de su mano la
tentación y la consolación, y darle gracias por uno y por otro.
San
Pablo dice (Ephes., 5, 20), que en todas las cosas demos gracias a Dios. Porque
como la señal del buen cristiano es amar por amor de Dios a quien le
hace mal—pues al bienhechor quienquiera le ama— así el dar
gracias a Dios en la adversidad, no mirando lo áspero que de fuera
parece, mas la merced escondida que debajo de aquello Dios nos envía, es
señal de hombre que tiene otros ojos que los de carne, y que ama a Dios,
pues en lo que le duele se conforma con su voluntad. Y así no hemos de
estar asidos a los flacos ramos de nuestros deseos, aunque nos parezcan buenos,
mas a la fuerte columna de la divina voluntad, para que obedeciéndola,
según hemos dicho, participemos a nuestro modo del sosiego e
inmutabilidad que ella tiene, y evitemos las muchas mudanzas que en nuestro
corazón hemos de sentir, si en él hay codicia. Cierto, poca
diferencia va de servir uno a Cristo por dineros, o por consolaciones y gustos
del ánima, por cielo o por tierra, si el postrer paradero es codicia
mía. Lucifer, según muchos Doctores dicen, la bienaventuranza
deseó; mas porque no la deseó como debía y de quien
debía, y que se le diese cuando Dios quería, no le
aprovechó que lo que deseaba era bueno, mas pecó por no desearlo
bien; y así, fue codicia,y no buen deseo. Pues de esta manera os digo
que no estemos asidos con ahínco y desorden a gustos espirituales; mas,
ofrecidos a la cruz del Señor, tomar de buena gana lo que nos diere, sea
miel dulce, o hiél y vinagre.
Ni
tampoco he dicho esto porque estas cosas de sí sean malas ni
desaprovechadas, si de ellas se sabe usar, y se reciben, no para parar en
ellas, mas para tener mayor aliento en el servicio de Dios; especialmente para
los que comienzan, los cuales ordinariamente han menester, conforme a su edad,
leche de niños; y quien los quisiere criar con manjar de grandes, y en
un día hacerlos perfectos, errarlo ha mucho, y en lugar de aprovechar
dañará. Tiene cada edad su condición y su fuerza, conforme
a lo cual se le ha de dar su mantenimiento; y como dice el experimentado y
santo Bernardo: «El camino de la perfección no se ha de volar,
sino pasear.» Ni piense nadie que es todo uno, entenderla y tenerla. Y
por tanto, si el Señor da estas consolaciones, recíbanse para
llevar su cruz con mayores fuerzas, pues que es su costumbre consolar
discípulos en el monte Tabor, para que no se turben en la
persecución de la cruz. Y ordinariamente, primero que entre la hiel de
la tribulación envía miel de consolación. Y nunca vi estar
mal ni tener en poco las consolaciones espirituales sino a quien no ha
experimentado qué son. Mas si el Señor nos quisiere llevar por
camino de desconsuelos, y que oigamos el penoso lenguaje de que estamos
hablando, no nos debemos desmayar por cosa que Él nos envía, mas
beber con paciencia el cáliz que el Padre nos da, y porque Él nos
lo da, y pedirle fuerzas para que le obedezca nuestra flaqueza.
Ni
tampoco penséis que os enseño que se puede excusar el gozo cuando
el Señor nos visita, o dejar de sentir su ausencia y el ser entregados a
nuestros enemigos para ser de ellos tentados y atribulados. Mas lo que os
quiero decir es que procuremos, con las fuerzas que Dios nos diere, de nos
conformar con su santa voluntad con obediencia y sosiego, y no seguir la
nuestra, de la cual por fuerza se han de seguir desconsuelos y desconfianzas y
cosas de aquestas. Suplicad al Señor nos abra los ojos; que, más
claro que la luz del sol, veríamos que todas las cosas de la tierra y
del cielo son muy baja cosa para desear ni gozar, si de ella se apartase la
voluntad del Señor. Y que no hay cosa, por pequeña y amarga que
sea, que si a ella se junta la voluntad del Señor, no sea de mucho
valor. Más vale sin comparación estar en trabajos, si el
Señor lo manda, que estar en el cielo sin su querer.
Y si
una vez de verdad desterrásemos de nosotros nuestra secreta codicia,
caerían con ella muchos malos frutos que de ella proceden, y
cogeríamos otros más valerosos de gozo y de paz, que de la
unión con la divina voluntad suelen venir, y tan firmes que aun la misma
tribulación no nos los puede quitar. Pues aunque los tales se sientan
atribulados y desamparados, mas no por eso desesperados ni muy turbados, porque
conocen ser aquél el camino de la cruz, a la cual ellos se han ofrecido,
y por el cual Cristo anduvo; como parece que estando en la cruz dijo a su Padre
(Mt., 27, 46): Dios mío, ¿por qué me desamparaste? Mas
poco después dijo (Le., 23, 46): En tus manos, Padre, encomiendo el
espíritu mío. El Señor dijo (Jn., 16, 22): Otra vez os
veré, y gozarse ha vuestro corazón, y vuestro gozo ninguno os lo
quitará. Porque quien de este estado goza, no hay tribulación que
allá en lo de dentro del ánima le desasosiegue notablemente,
porque allá dentro está muy unido con la voluntad del que lo
envía. Y si así lo hiciésemos, engañaríamos
al engañador, que es el demonio, pues que no desmayándonos, ni
tornando atrás del bien comenzado por el mal lenguaje que él nos
traía, antes tomando lo que el Señor nos envía con
obediencia y nacimiento de gracias, salimos sin daño de esta pelea,
aunque dure por toda la vida; y aun con mayor provecho que antes
teníamos, pues que nos dio ocasión para ganar en el cielo
coronas, en galardón de la conformidad que con la voluntad del
Señor tuvimos, sin curar de la nuestra, aun en lo que muy penoso nos
era.
Este
vencimiento de que hemos hablado, más viene por maña de tener
paciencia en lo que nos viene, que por fuerza de querer hacer que no nos venga.
Y por eso dice el Esposo en los Cantares (2, 15): Cazadnos las
pequeñuelas zorras que destruyen las viñas, porque nuestra
viña ha florecido. La viña de Cristo nuestra ánima es,
plantada por su mano y regada con su sangre. Esta florece cuando, pasado el
tiempo en que fue estéril, comienza nueva vida y fructifica al que la
plantó. Mas porque a los tales principios suelen acechar estas y otras
tentaciones del astuto demonio, por esto nos amonesta el Esposo florido, que
pues nuestra ánima, viña suya, ha florecido, procuremos de las
cazar. En la cual palabra da a entender , que ha de ser por maña, como
hemos dicho. Y en decir que son zorras, da a entender que vienen solapadas, y
que pareciendo que tiran a una parte, hieren en otra. Y en decir
pequeñuelas, da a entender que no son mucho de temer para quien las
conoce; porque el conocerlas, es vencerlas del todo, o enflaquecerlas. Y en
decir que destruyen las viñas, da a entender que hacen mucho daño
en los hombres que no las conocen; porque amedrentados y desconfiados de salir
con el negocio de Dios, dejan su camino, y con miserable consejo danse
abiertamente a pecar; pareciéndoles que hallan más paz por el
camino ancho de la perdición, que por el estrecho de la virtud que lleva
a la vida. Y el fin de éstos, si al buen camino no tornan, muchas veces
es tal, que trae muy ciertas señales de eterna perdición (aunque
Dios sinceramente quiere que todos los hombres se salven y a todos da gracia
suficiente, pero el hombre tiene libre albedrío), como
Debieran
éstos mirar que así como los gabaonitas, por haber hecho
amistades con Josué (10, 1-27), fueron cercados y perseguidos de los
enemigos, y siendo llamado Josué de ellos para que los socorriese, los
socorrió y libertó, teniendo la causa por suya, pues por haber
hecho paces con él eran perseguidos de los enemigos; así en
comenzando los que sirven a Dios a ser de su bando, luego son perseguidos de
los demonios como antes no eran; lo cual parece en que, si quisiesen dejar el
bando de Cristo, cesaría contra ellos la persecución comenzada; y
si la padecen, por tener en pie el bando de Cristo la padecen. Lo cual es una
merced muy particular que Dios hace, como dice San Pablo (Phil., 1, 29): A
vosotros es dado por Cristo no solamente que creáis en El, mas que padezcáis
por Él. Y si los ángeles del Cielo pudiesen haber envidia de los
hombres de la tierra, de esto la habrían, de que padecen por Dios.
Y
aunque por palabra de Dios (Jac, 1, 12) está prometida corona al
varón que sufre tentación y fuere probado en ella—el cual
galardón es muy bien hecho que lo consideremos y deseemos, para con
mayores alientos no ser tibios en el obrar, ni flacos en el padecer,
según se dice de Moisés (Hébr., 11, 26), que miraba al
galardón, y David también (Ps., 118, 112)—; mas el verdadero
y perfecto amor del Señor crucificado estima en tanto el conformarse con
él, que tiene por muy gran merced y galardón el padecer por su
Dios. Porque, como dice San Agustín, «dichosa es la injuria de la
cual Dios es causa». Y pues no hay hombre que no ampare al que padece
porque le entró a servir, mucho más se debe esperar esto de
Suele
a los que estas tentaciones tienen dar mucha pena el haberlas de decir
abiertamente a su confesor, por ser cosas tan feas y malas, que no merecen ser
tomadas en lengua, y que sólo nombrarlas causa desmayo. Y, por otra
parte, si no las dicen muy por extenso, y no relatan cada pensamiento por
menudo que sea, paréceles no ir bien confesados. Y así nunca van
satisfechos, ora lo digan, ora lo callen, mas con más tristeza de la que
trajeron. Deben las tales personas buscar un confesor sabio y experimentado, y
darle a entender las raíces de la tentación, de manera que
él quede satisfecho y entienda el negocio; y darle muy entero
crédito en lo que dijere, porque en esto consiste el remedio de estas
personas que, o por su poco saber, o por estar apasionados, no son parte para
ser buenos jueces de sí.
Y el
tal confesor debe orar mucho al Señor por la salud de su enfermo; y no
cansarse porque le pregunte el tal penitente muchas veces una misma cosa, ni por
otras flaquezas que suelen tener; de las cuales no se espante, ni le desprecie
por ellas; mas háyale compasión entrañable, y
corríjale en espíritu de blandura, como dice San Pablo (Gal, 6,
1), porque no sea él también tentado en aquello o en otro, y venga
a probar a su costa cuánta es la humana flaqueza. Encomiéndele la
enmienda de la vida, y que tome los remedios de los Sacramentos. Y déle
a entender que ningún pensamiento hay tan sucio ni malo, que pueda
ensuciar el ánima si no lo consiente. Y déle buena esperanza en
la misericordia de nuestro Señor, que a su tiempo le librará; y
que entre tanto sufra este tormento de sayones, en descuento de sus pecados, y
por lo que Jesucristo pasó. Y así confortado el penitente, y
llevando su cruz con buena paciencia, y ofreciéndose a la voluntad de
nuestro Señor para llevarla toda la vida, si Él fuere de ello
servido, ganará más con aquella hiel y vinagre que el demonio le
da, que con la miel de devoción que él deseaba.
Y
sucede de aquí, que estando nuestra ánima en flor de principios,
comience a dar fruto de hombres perfectos; pues mamando antes leche de
devoción tierna, comemos ya pan con corteza, manteniéndonos con
las piedras duras de las tentaciones, las cuales él nos traía
para probarnos si éramos hijos de Dios, como hizo con nuestro
Señor (Mt., 4, 3). Y así sacamos de la ponzoña miel, y de
las heridas salud, y de las tentaciones salimos probados, con otros millones de
bienes.
Los
cuales no hemos de agradecer al demonio, cuya voluntad no es fabricarnos
coronas, sino cadenas; mas hémoslo de agradecer a aquel sumo y
omnipotente Bien, Dios, el cual no dejará acaecer mal ninguno, sino para
sacar bien por más alta manera; ni dejaría a nuestro enemigo y
suyo atribular a nosotros, sino para gran confusión del enemigo que
atribula, y bien del atribulado; según está escrito (Ps., 2): Que
Dios hará burla de los burladores, y el que mora en el cielo
mofará de ellos. Porque aunque este dragón juega y burla en la
mar de este mundo, tentando y amartillando a los siervos de Dios, hace Dios
burla de él (Ps., 103, 26), porque saca bien de sus males; y mientras
él piensa más dañar a los buenos, más provecho les
hace. De lo cual él queda tan corrido y burlado, que por su soberbia y
envidia no quisiera haber comenzado tal juego, que salió tan a provecho
de los que él mal quería. Y la maldad y lazo que a otros
armó, cayó sobre su cabeza (Ps., 34, 8); y queda muerto de
envidia de ver que los que él tentó, van libres y cantando con
alegría (Ps., 123, 7): El lazo ha sido quebrado, y nosotros quedamos
libres; nuestra ayuda es del Señor, que hizo el cielo y la tierra.
Es
tanta la envidia que de nuestro bien tienen los demonios, que todas las
vías tientan para que no gocemos de lo que ellos perdieron. Y cuando en
una batalla van de nosotros vencidos—y por mejor decir, de Dios en
nosotros—, mueven otra y otras, para si alguna vez hallaren algún
descuidado a quien traguen. Mudan armas y género de batalla, pensando
que a los que no vencieren en una, vencerán en otra. Por lo cual,
después que han visto que por astucia no nos han podido empecer
(dañar, ofender, causar perjuicio), por estar enseñados con la
verdadera doctrina cristiana, que nos enseña a ponernos en el
justísimo querer del Señor, y sufrir con paciencia lo que nos
envía de dentro o de fuera, intentan guerra más descubierta,
haciéndose león feroz el que antes era dragón escondido.
Ya no tienta de uno y va a parar en otro [En las tentaciones de astucia (como
dragón) acomete contra una virtud para derribarnos en otra. En estas de
violencia (como león) acomete abiertamente para vencer por temor.], mas
claramente se quiere hacer temer, pensando alcanzar por espanto lo que por arte
no pudo. Aquí no le verán hecho zorra, mas león fiero, que
con su bramido quiere espantar, como dice San Pedro (1 Petr., 5, 8): Hermanos,
sed templados y velad, porque vuestro adversario el diablo, como león
bramando, rodea, buscando a quien trague; al cual resistid fuertes en la fe. No
deben ser destemplados ni descuidados los que tienen tal enemigo; y mucho conviene
velar, y orar al verdadero Pastor Jesucristo, las ovejas que se ven cercadas de
león tan bravo. Mas ¿qué son las armas con que se vence
este enemigo para que vaya confundido de esta guerra como de la pasada? Estas
son, como dice San Pedro y San Pablo, la fe. Porque cuando un ánima, con
el amor de Dios, que es vida de la fe, desprecia lo próspero y adverso
del mundo, y cree y confía en Dios, al cual no ve, no hay por
dónde el demonio le entre. Y también, como esta lumbre de fe
enseña a confiar, cuando hay peligros, en la misericordia de Dios, si el
tal combatido se quiere aprovechar de ella, cobra grande ánimo para
pelear contra el demonio, que es cosa muy necesaria para esta guerra. Porque si
el medroso de corazón no era bueno para la guerra de los enemigos
visibles, y por esto mandaba Dios que se tornase de la guerra (Deut., 20, 8),
¿cuánto menos será para pelear, no contra carne y sangre,
mas contra los demonios, príncipes de las tinieblas, como dice San
Pablo? (Ephes., 6, 12): Y aunque delante el acatamiento de Dios debemos estar
postrados, y temiendo no nos desampare Él por nuestros pecados; mas en
el tiempo de la guerra que nuestro enemigo nos acomete, en todo caso conviene
que estemos con ánimo esforzado, despreciándolo a él, y
llamando a nuestro Señor. De esta manera leemos (Mc., 14, 34, 35) que el
mismo Señor oró a su Padre antes de su prendimiento, postrado y
con angustia de corazón; y de allí salió tan esforzado,
que Él mismo fue a recibir a sus enemigos.
El
principal intento del demonio en esta batalla es quitar el esfuerzo del
corazón, para que por esta vía se deje el bien comenzado. Lo cual
él procura, tomando unas veces figura de dragón, o de toro, o de
otros animales, y estorbando la oración con estruendos, e impidiendo el
reposo del sueño; como al santo Job (7, 14) se lee que hacía; y
echando un entrañable temor en el hombre, que aunque sea esforzado, le
hace temblar, y otras veces sudar con angustia: y cosas semejantes a
éstas, que dan testimonio que anda por allí este lobo infernal.
Claro es, que pues todo el ardid de su guerra se ha por vía do miedo,
las armas principales que hemos de tener son en esfuerzo del corazón,
confortado, no con nuestra confianza, sino con la fiucia (esperanza esforzada)
en nuestro Señor; porque ésta es la que en esta guerra nos hace
victoriosos, pues que la fiucia (esperanza esforzada) vence al temor,
según está escrito (Is., 12, 2): Confiadamente lo haré, y
no temere. Y tened por cierto, que no os arrepentiréis de haber puesto
en Dios vuestra fiucia (esperanza esforzada), que es una esforzada esperanza ni
diréis: Engañado me ha, pues no me salió como yo pensaba.
Porque la esperanza, como dice San Pablo (Rom., 5, 5), no echa en
vergüenza; ni quien espera en el Señor, será confundido
(Ps., 24, 3). Nunca ella falta al hombre, si el hombre no falta a ella; y
entonces le falta, cuando pierde la caridad, que es vida de la esperanza y de
toda virtud.
Y
conociendo los viejos del Yermo cuan necesario era este corazón
confortado para no ser vencidos en estas peleas contra los demonios, que eran
muy usadas entre ellos, iban de noche a hacer oración en soledad a los
sepulcros de los difuntos, para ganar libertad del miedo, cuyo
señorío es muy dañoso. Y si el consejo de Cristo tomamos,
muy seguros viviremos de aqueste temor; porque Él nos lo quita diciendo
(Lc., 12, 5): Yo os enseñaré a quien temáis: temed a Aquel
que, después de haber muerto el cuerpo, puede echar en el infierno: a
Este temed. Quien a Dios no teme, ha de temer, por su mala conciencia, al mundo
y demonio. Mas quien a Dios teme, no teme al demonio, pues el temerle es un
cierto modo de sujeción, como que nos puede dañar en algo; y como
no pueda ni llegar al cabello de nuestra cabeza sin la licencia de Dios, no hay
por qué temerle a él, sino al Señor, que puede darle
licencia. Y por eso debemos estar siempre humillados, y con santo temor delante
de Dios; mas para con el demonio, muy esforzados con la esperanza de Dios, y
llenos de una santa soberbia. Y cuanto él más bravezas mostrare,
tanto más vos temed a Dios, y os encomendad a Él, y tanto menos
temed al demonio.
Así
leemos de aquel gran vencedor de demonios San Antón, que viéndose
cercado de ellos en figura de fieros animales, que parecía que lo
querían tragar les decía: «Si tuviésedes algunas
fuerzas, uno solo de vosotros bastaría para pelear con un hombre; mas
porque sois quebrantados, quitándooslas Dios, procuráis de
juntaros a una muchos de vosotros para atemorizar. Si el Señor os ha
dado poder sobre mi, veisme aquí, tragadme; mas si no lo tenéis,
¿por qué trabajáis en balde?» Y así
solía decir este santo, que contra los demonios la señal de la
cruz y la fe del Señor —que algunas veces quiere decir
confianza-—nos es a nosotros muro inexpugnable. Y aunque cotejadas
nuestras fuerzas con las de él, son muy pequeñas y flacas; mas la
fe nos dice, si sordos no estamos, que el Señor es defendedor de todos
los que esperan en Él (Ps., 17, 31). Y pues que Él tiene bondad
para prometernos su amparo y socorro, y para poner su corazón y sus ojos
en su Iglesia, figurada en el templo de Salomón (3 Reg., 9, 3), y tiene
verdad y poder para cumplir sus promesas, sin que nadie sea bastante a
resistirle en cielo, ni en tierra, ni a quien es ayudado por Él, no
sentiría el cristiano como cristiano, de Dios y de su verdad, bondad y
poder, si no creyese que Él de su parte cumple muy bien las promesas de
su socorro.
Mas
como éstas, y otras semejables a éstas, que Él hace, se
entiendan con condición que el hombre esté en estado de gracia, o
se apareje para lo estar—no por sólo creer a las promesas en
general, ni por creer que le son aplicadas a él en particular, mas por
la penitencia y medios que
Y el
temor e incertidumbre en que Dios nos dejó, que no supiésemos de
cierto si estábamos en su amistad, aunque parece penoso, es provechoso,
para guarda de nuestra humildad, y para no despreciar a los prójimos, y
para ponernos espuelas para bien obrar; y tanto con mayor cautela y aviso,
cuanto menos sabemos de cierto si agradamos al Señor. Mas no
penséis que por esto habéis de traer vuestro corazón
desmayado con vano temor, pues que siendo verdad lo que os he dicho, no es
estorbo para que diga Santo Rey y Profeta David (Ps. 26, 3): Si se levantaren
contra mí reales (campamentos), no temerá mi corazón; y si
se levantare contra mí guerra, en Dios esperaré. Y así
amonesta San Pablo (Hebr., 13, 3, 5, 6), que nos aprovechemos de las palabras
que dijo Dios: No te dejaré, ni desampararé. De tal manera, que confiadamente
digamos (Ps. 117): El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me
haga hombre. Las cuales y semejables palabras no quitan del todo el temor que
un cristiano por su parte debe tener, mas quitan el demasiado, con la confianza
que en Dios debe tener. Y así entre estas dos cosas camina : temor y
esperanza.
Y
cuanto más crece el amor, crece también la esperanza, y va
decreciendo aqueste temor. Por eso, si queréis sentir el mucho esfuerzo
y poco temor que sienten los varones perfectos, alanzad de vos la tibieza, y
tomad el negocio de la virtud a pechos, y leeréis en vuestro
corazón el esfuerzo y seguridad que leéis en los libros. Y
entonces pelearéis contra el demonio con osadía, aunque os rodee
como león para tragaros; porque tendréis esperanza que os
defenderá Jesucristo, fuerte León de Judá, el cual siempre
vence en nosotros, si no perdemos su confianza, y si como cobardes, no nos
damos las manos atadas a nuestros enemigos, sin querer pelear.
No
deja el Señor venir estas guerras y tentaciones a los suyos sino para
mayor bien, pues está escrito (Jac., 1, 12): Bienaventurado el
varón que sufre la tentación; porque siendo probado,
recibirá la corona de vida, que Dios prometió a los que le aman.
Quiso Él así, que la paciencia en los trabajos, y el estar en pie
por su honra en las tentaciones, fuese el toque (Toque: ensaye, prueba que del
oro y la plata hace el platero con el jaspe granoso, llamado piedra de toque.)
con que sus amigos fuesen probados. Porque no es señal de amigo
verdadero acompañar en el descanso, mas estar fijo con el amigo en el tiempo
de la tribulación. Y como cualquier hombre se huelga de tener amigos
probados, con hacerle presencia en el tiempo, de su tribulación
tomándola por propia de ellos, así se huelga Dios de los tener; y
como agradecido les dice (Lc., 22, 28): Vosotros sois los que permanecisteis
conmigo en mis tentaciones. Y como copioso galardonador les dice: yo os
dispongo el reino, como mi Padre lo dispuso a Mí, para que comáis
y bebáis sobre mi mesa en mi remo. Compañeros en los trabajos y
después en el reino. Esforzaros debéis a pelear varonilmente las
guerras que contra vos se levantan por apartaros de Dios, pues que Él es
vuestro, ayudador en la tierra y vuestro galardón en el cielo.
Acordaos
cómo San Antón, siendo reciamente azotado y acoceado de los
demonios, alzando los ojos arriba, vio abrirse el techo de su celda, y entrar
por allí un rayo de luz tan admirable, que con su presencia huyeron
todos los demonios, y el dolor de las llagas de él fue quitado; y con
entrañables suspiros dijo al Señor, que entonces le apareció:
«¿Dónde estabas, oh buen Jesús, dónde estabas
cuando yo era tan maltratado de los enemigos? ¿Por qué no
estuviste aquí al principio de la pelea, para que impidieras o sanaras
todas mis llagas?» A lo cual el Señor respondió diciendo:
«Antón, aquí estuve desde el principio; mas estaba mirando
cómo te habias en la pelea. Y porque varonilmente peleaste, siempre te
ayudaré, y te haré nombrado en la redondez de la tierra.»
Con las cuales palabras, y con la virtud del Señor, se levantó
tan esforzado, que entendió por experiencia haber recobrado más
fuerzas que primero había perdido.
Y de
esta manera trata el Señor a los suyos; que los deja muchas veces en
trances de tanto peligro, que no hallan dónde hacer pie, ni hallan en
sí un cabello de fortaleza a que se asir, ni se pueden aprovechar de los
favores que en tiempos pasados han recibido de Dios; y quedan como desnudos, y
en unas obscuras tinieblas entregados a persecución de sus enemigos. Mas
súbitamente, cuando no piensan, los visita el Señor, y libra; y
deja más fuertes que antes estaban, y les pone debajo de los pies a sus
enemigos.
Y el
ánima, aunque más flaca en naturaleza que el demonio, siente
dentro de sí un esfuerzo tan poderoso, que le parece que despedazara al demonio
como a cosa muy flaca y sin resistencia. Y no sólo con uno, mas con muy
muchos osaría pelear; tal es el esfuerzo que siente, que de nuevo le
vino del cielo, con el cual no sólo se defiende, mas dice como Santo Rey
y Profeta David (Ps. 17, 38): Perseguiré a mis enemigos, y tomarlos he,
y no tornaré hasta que sean vencidos; quebrantarlos he, y no
podrán estar en pie, y caerán debajo de mis pies.
¿Qué
cosa más provechosa que la que pide San Agustín, cuando dice:
«Señor, conózcate a Ti con amoroso conocimiento, y
conózcame a mí»? ¿Y qué cosa tan a lo propio
para conocerse un hombre a sí mismo, como verse por experiencia en tales
trances, que toca con sus manos, como dicen, su propia flaqueza tan de verdad,
que queda bien desengañado de su propia estima? Y por otra parte
experimenta cuan verdadero es Dios en cumplir las promesas de su socorro en el
tiempo de su necesidad, cuan fuerte en librar los suyos de tanta flaqueza, y en
darles admirable fortaleza súbitamente; y cuan lleno es de misericordia,
pues visita y apiada a los que tan extremadamente están fatigados. Con
lo cual el hombre cae en su faz, conociendo su poquedad y miseria; y adora a su
Dios, amándolo y esperando socorro de Él, si en otro peligro se
viere. Lo cual afirma San Pablo haberle acaecido a él de esta manera (2
Cor., 1, 8): No quiero, hermanos, que ignoréis nuestra
tribulación que pasamos en Asía; en la cual sobre manera y sobre
nuestras fuerzas fuimos atribulados; tanto, que nos daba fastidio el vivir, y
nosotros, dentro de nosotros, tuvimos por cierto que no habíamos de
escapar de la muerte. Y esto acaeció así, paro que no tengamos
fiucia (esperanza esforzada) en nosotros, mas en Dios, que da vida a los
muertos, el cual nos libró de tan grandes peligros; en el cual esperamos
que también nos librará de aquí adelante.
Según
San Gregorio dice, «el cumplimiento de las cosas pasadas da certidumbre
de las cosas por venir». Y pues los hombres fian sobre prendas, no parece
que se hace mucho con Dios en esperar que nos librará en la
tribulación que nos viene, pues nos ha librado muchas veces en las
pasadas. Claro es que si un hombre nos hubiese enseñado su amor y favor,
socorriéndonos en nuestros trabajos diez o doce veces, creeríamos
que nos amaba, y que nos favorecería si en otros trabajos
tuviésemos necesidad de él. Pues ¿por qué no
tendremos esta credulidad de que Dios nos amparará en nuestros peligros,
pues que no doce, sino muchas veces hemos experimentado su socorro en las
tribulaciones? Acordaos bien de cuántas veces os ha sacado a vos con
victoria de estas peleas tan reñidas con nuestro adversario, y le
fuisteis agradecida por ello, y concebisteis crédito y confianza de
Él que os amaba, pues tras la tempestad os habia enviado bonanza, y tras
las lágrimas, gozo; y os había sido verdadero Padre y amparo.
Pues ¿por qué ahora, que os quiere probar—con la
tribulación presente—la confianza, y amor y paciencia, y hace como
que se esconde, y que no responde a vuestros clamores, os enflaquecéis
tanto, que una prueba que de presente os viene, os hace perder la confianza que
en muchas habiades ganado?
Ya
sabéis que lo que de presente tenemos lo sentimos más. Y si
miráis al aprieto que de presente tenéis, y cómo el
Señor no os saca de él, juzgaréis que e! cuidado que el
Señor tenía de vos lo ha ya perdido; y diréis lo que
dijeron los Apóstoles en una grave tempestad de la mar, al Señor que
estaba durmiendo (Mc., 4, 38): ¿Maestro, no se te da nada de que
perecemos? Y de esta manera comprenderos ha la reprensión de
Y
conviene saber, que unas veces se toma CREER, por aquella obra que el
entendimiento hace, afirmándose en las verdades de la fe católica
con suprema certidumbre, según arriba se dijo. Y el que cree contra esta
fe, se llama y es hereje e incrédulo a boca llena; y el tal error
creído, tiene nombre de herejía e incredulidad. Y de esta manera
este desconfiado, de quien estamos hablando, ni es incrédulo ni tiene
incredulidad, pues que no tiene obligación de creer, como cosa de fe
católica, que Dios le librará de este trabajo (Muy importante es
para la vida espiritual distinguir cuidadosamente lo que pertenece a la fe y lo
que toca a la confianza, para no confundir los términos, ni perder la
fe, cuando Dios pone a prueba nuestra confianza.), como eran los del desierto
obligados a creer que les diera Dios vencimiento de los enemigos que estaban en
la tierra de promisión, si fueran a pelear contra ellos. Mas otras veces
suelen los Santos, y el uso común del hablar, llamar CREER al tener una
opinión, causada de razón o conjeturas, la cual llaman
credulidad; y si es vehemente, llámase fe. Y esta manera de credulidad
tiene uno, que por conjeturas probables cree que está perdonado de Dios
y en su gracia, y que Dios le ayudará en lo que adelante hubiere
menester. Y esto que en el entendimiento; está, ayuda a la confianza o
esperanza que están en la voluntad. Y por esto algunas veces se toma
incredulidad por desconfianza, y credulidad o fe por confianza. Y de esta
manera se puede decir que éste, que por haberle Dios librado de otros
peligros, y por otros motivos, tenia razón para creer—no con
certidumbre—, que Dios también le librará en este peligro,
tiene incredulidad, no contra la fe católica, mas contra la que
resulta de las conjeturas. Mas, porque los luteranos usan tomar unas palabras
de éstas por otras [Los luteranos llaman fe a la confianza, y dijeron
que sola la fe (esta es, la confiaza) justifica.], debemos los católicos
hablar distintamente, llamando la fe y confianza con sus propios nombres;
declarando el creer o la incredulidad de qué manera se entiende; pues lo
que en un tiempo se puede seguramente decir por unas palabras, en otro se debe
evitar.
Tornando,
pues, al propósito, huid de la desconfianza, y de las mudanzas que
sombra
contra el calor del sol, y que diese seguridad y fuese defensa contra el
torbellino y la pluvia. Y sería bien que procuráseles de vivir en
esta morada, para que teniendo una fortaleza de corazón, confiado en la
misericordia de Dios, os causase esta seguridad aun en los negocios y lugares
en que suele haber peligro; según está profetizado del tiempo de
la nueva Ley, que en los bosques habían de dormir los hombres seguros
(Ezeq., 34, 25). Y aunque parece cosa extraña tener sosiego y seguridad
en este destierro; mas así como en comparación de la que hay en
el cielo, es muy pequeña, mas en comparación de los temores que
tienen los malos, es muy grande y de mucha estima. La cual dice Job (11, 14),
que tendrá quien echare de si la maldad.
Y
particularmente dice San Pablo (Hebr., 6, 19), que la virtud de la esperanza es
como ancora firme y segura del ánima. Porque aunque tenemos por enemigo
al demonio, que con estas peleas nos quiere amedrentar y desconfiar,
también tenemos un Amigo más fuerte que él y más
sabio. Y si él nos aborrece, mucho más nos ama Cristo, sin
comparación. Y si él no duerme, buscando cómo nos
dañe, los ojos benditos, de Dios velan sobre nosotros, para ayudarnos a
salvar, como sobre ovejas, por quien dio su sangre preciosa. Pues si tenemos
con nos el brazo del Omnipotente, ¿qué temeremos al demonio, cuyo
poder es flaqueza en comparación del divino? ¿Cómo
temerá al demonio quien cree muy de verdad—si se quiere aprovechar
de la fe, según arriba se dijo---que en ninguna cosa puede el demonio
dañarnos sin tener licencia de Dios? ¿Pudieron, quizá, los
demonios, sin tener primero esta licencia, tocar en Job (1, 12; 2, 6) o en cosa
suya o ahogar los puercos de los gerasenos? (Mt, 8, 31). Pues quien no puede
tocar a los puercos, ¿podrá tocar a los hijos?
Confortaos,
pues, en el Señor, dice San Pablo (Ephes., 6, 10), y en la potencia de
su virtud, y tomad las armas de Dios, para poder estar en pie contra las
asechanzas del demonio. Y habiendo contado algunas particulares armas,
añade diciendo: En todas las cosas tomando el escudo de la fe, en el
cual podáis apagar todas las lanzadas encendidas con fuego. Porque como
este enemigo pueda más que nosotros, debemos aprovecharnos del escudo de
la fe, que es cosa sobrenatural, escudándonos con alguna cosa de nuestra
fe, así como con una palabra de Dios, o con recibir los Sacramentos, o
con una doctrina de
Y si
a alguno le parece que he sido largo en esta materia, atribuyalo al deseo que
tengo de que no seáis vos una de los muchos que he visto, por miedos del
demonio, dejar el servicio de Dios. Bien sé que hay otras guerras con
este enemigo, más crueles que aquestas dichas. Y también
sé, que en el extremo de la tribulación, cuando ya ni hay fuerza
en quien padece, ni sabiduría en quien rige la nao, y cuando el
león y oso infernal piensa tener tragada la oveja, viene el esforzado y
piadoso David, Jesucristo, y saca la oveja libre y salva de la boca del
león, despedazando a quien la llevaba (1 Reg., 17, 34). Y soy testigo de
mayores tribulaciones que yo pudiera creer, si no las viera; y de la
maravillosa y piadosa providencia de Dios, que no desampara en las tribulaciones
a los que le buscan, aunque sea con flaquezas y faltas. Y aunque he visto haber
sido muchos de los que temen a Dios, gravemente atribulados en estas peleas,
ninguno he visto que haya parado en mal. Por tanto, quien en estos trances se
viere, como metido en el vientre de la ballena (Jon., 2), llame desde
allí a Jesucristo, y ayúdese de los buenos consejos que su
confesor le da; y tengan entrambos buena esperanza en el buen Pastor, que dio
su vida por sus ovejas (Jn., 10), q u e mortifica y vivifica, mete en los
infiernos y saca (1 Reg., 2, 6). Porque ya que en un tiempo envié
trabajos, en otro los quita, y con mucha ganancia del atribulado.
Todo
lo que hasta aquí se os ha dicho, ha sido daros a entender A
QUIÉN NO HABÉIS DE OÍR, y daros para ello los avisos que
habéis leído. Resta deciros A QUIÉN HABÉIS
DÉ OÍR, para que cumpláis la primera palabra que el
Profeta dice: OYE, HIJA.
Y
sabed que quien merece que le oigan, la verdad sola es. Mas porque hay muchas
verdades que el oirlas o conocerlas hace poco a nuestro propósito, pues
aquí queremos hablar de la fe católica que tenemos los
cristianos, os digo que la habéis de oír y aprender de lo que
habla Dios en su divina Escritura y en su Iglesia católica.
Y
esta fe es el principio de la vida espiritual; y por eso, como arriba dijimos,
con mucha razón somos primeramente amonestados por el Profeta de lo que
primeramente nos conviene hacer, pues que dice San Pa b lo (Rom., 10, 17) que
la fe nos entra por el oído.
Esta
fe es la primera reverencia con que el ánima adora a su Criador,
sintiendo de Él altísimamente, como de Dios se debe sentir.
Porque aunque algunas cosas de Dios se pueden por razón alcanzar, las
cuales llama San Pablo (Rom., 1, 19) lo manifiesto de Dios: mas los misterios
que la fe cree, no puede la razón alcanzar cómo sean. Y por eso
se dice, que cree la fe lo que no ve, y adora con firmeza lo que a la
razón es escondido. Lo cual se nos da a entender en que los dos
serafines tenían cubierta la faz de aquel gran Señor que en el
templo vio Isaías (6, 2). Y también cuando Moisés se
acercó a tratar con el Señor en el monte, dice
Y no
sólo reverencia a Dios nuestra fe, creyendo lo que no alcanza
razón; mas también nos le predica ser tan alto, que aunque, por
su lumbre (Su lumbre: la luz de la gloria, que Dios infunde a los
bienaventurados, ángeles y hombres, para que puedan ver a Dios cara a
cara.), Dios sea visto claramente en el cielo, ningún entendimiento
humano ni angélico puede ver tanto de Él cuanto hay que ver en
Él: ninguna voluntad, ningún gusto, aunque todos se junten a una,
pueden amar ni gozar cuanto hay en Él que amar y gozar. Sólo Dios
es el que se comprende; que los demás, después que le ven, aman y
gozan y alaban con todas las fuerzas de su corazón, le reverencian con
conocer, que en comparación de lo que Él es, y de lo que de
Él se puede decir, y del servicio que se le debe, es muy poco todo lo
que de Él conocen y por Él hacen. Y así, cayendo en sus
faces, le adoran con un profundo silencio, confesando que Él sólo
es su perfecta alabanza, a la cual ellos no pueden llegar. Y este silencio es
honra muy propia de Dios, porque es confesión que se le deben tales
alabanzas, que son inefables a toda criatura. Y de esta honra dice Santo Rey y
Profeta David (Ps. 64, 1): A ti conviene alabanza, ¡oh Dios/, en
Sión. De manera, que aunque en el cielo haya voz sin cesar de alabanza
divina, diciendo: Santo, Santo, Santo, Señor Dios de las batallas, con
otros admirables loores que allá le dan, mas también
confiesan
con el silencio que es el Señor mayor de lo que pueden entender ni
decir. Porque se subió sobre el querubín y voló,
voló, sobre las alas de los vientos (Ps. 17, 11); porque nadie, por
mucha ciencia que tenga, le puede comprender; y todos han de decir, los que le
conocieren o vieren, lo que dijeron los hijos de Israel cuando vieron el pan
que del cielo venía (Ex., 16, 15): ¿Manhú? Que quiere
decir: ¿Qué es esto? Admirándose, como
Es
menester que estéis advertida a que, por haber oído que nuestra
fe cree cosas que aunque no sean contra razón no se pueden alcanzar por
razón, no por eso penséis que el creerlas es cosa contra
razón o sin razón. Porque así como está muy lejos
de quien cree, entender claramente lo que cree, así es cosa ajena del
creer cristiano haber liviandad en el creer; pues que tenemos para creer tales
razones, que osaremos parecer y dar razón de nuestra fe delante
cualquier tribunal, por muy justo que sea, como San Pedro nos amonesta, que
debemos estar los cristianos aparejados a ello (1 Pedr., 3, 15). Lo cual
entenderéis fácilmente con aquesta semejaza que os pongo. Si
oyésedes decir que un ciego de nacimiento hubiese cobrado la vista
súbitamente, o que un muerto hubiese resucitado, claro es que vuestra
razón no podría alcanzar cómo esto se puede hacer, pues es
sobre toda naturaleza, y la razón no puede alcanzar lo sobrenatural. Mas
tantos testigos y tan abonados os podían afirmar que lo habían
visto, que no sólo no fuese liviandad el creerlo, mas fuese incredulidad
y dureza de corazón no creer. Porque aunque la razón no alcanza
cómo un ciego pueda ver, o un muerto tornar a vivir, a lo menos alcanza
que es razón de creer a tales y tantos testigos. Y si estos tales muriesen
en confirmación de esto que afirman, habría más
razón para lo creer. Y si hiciesen ellos otros milagros tan grandes o
mayores como el otro que afirman en confirmación de él, ya gran
culpa sería el no creer, aunque fuese cosa muy nueva y muy alta la que
éstos decían haber acaecido. Pues así entended, que no hay
cosa que la razón menos alcance, que claramente entender lo que cree la
fe; ni hay cosa tan conforme a razón, como el creerlo, y es cosa de muy
grande culpa el no creer.
Cierto
es que por aquellos milagros verdaderos que hizo Moisés, el pueblo de
Israel creyó que era mensajero de Dios y que hablaba con Dios; y
recibió
Y
aunque en el principio de
Posible
es que alguno ponga duda en los dichos de nuestros testigos, que dicen o
escriben esta muchedumbre de milagros que ha habido en
Y si
a alguno le pareciere que estas pruebas son suficientes para tenerlos por
buenos, y que a sabiendas a
nadie
querían engañar, mas que por ventura se engañaban ellos y
engañaban a otros sin lo entender; dicese a esto que tal gente ha habido
en
Y
pues hemos hecho mención de la bondad y virtud que en mártires
cristianos ha habido, no es razón que os deje aquí de decir cuan
gran testimonio es de nuestra fe la vida perfecta de los que la creen. Pues que
siendo Dios bueno y hacedor de todo lo bueno, toda razón dice que Dios
es amigo de buenos, pues que cada uno ama a su semejable, y cada causa a su
efecto. Y si amigo, hales de ayudar en sus necesidades; y la mayor de todas es
la salvación de sus ánimas; y no se pueden salvar, sin
conocimiento de Dios; y no lo pueden conocer de manera que se salven, si
Él no se les descubre. Resta, pues ninguna cosa de éstas se puede
negar, que si conocimiento de Dios hay en la tierra con que los hombres se
salvan, Dios lo da a los cristianos, pues entre ellos ha habido y hay la gente
de más alta vida y perfectas costumbres, que en ningún otro
tiempo o generación ha habido.
Los
filósofos parece que fueron la flor de naturaleza y la hermosura de
ella, donde parece que echó todas sus fuerzas en lo que toca a bien
vivir conforme a razón. Mas dejando de decir los feos males que San
Jerónimo cuenta de los principales filósofos, y hablando de
algunos que tenían al parecer más rastro de virtud que los otros,
excédenles tanto los de
Y en
ninguna manera se debe decir que la tierra esté sin este conocimiento de
Dios, necesario para salvarse. Porque sería decir que las principales
criaturas que debajo del cielo Dios crió, y por cuyo amor crió
todas las cosas, se perdían todas, por no darles Dios medio con que se
salven. Y no es Dios tal, que cierra la puerta de la salvación, ni es
cosa conforme a las entrañas de su bondad y misericordia, estar sin
amigos a quien acá haga grandes mercedes, y en el cielo mayores.
Esta
prueba de nuestra fe, de la buena vida de los cristianos, era muy estimada y
encomendada por los santos Apóstoles en el principio de
Y
cuánto vaya en acueste punto, el Señor, que todo lo sabe, nos lo
enseñó muy bien, cuando orando a su Eterno Padre, dijo estas
palabras, rogando por los cristianos (Jn., 17, 21 ): Ruego que todos sean una
cosa, como Tú, Padre, en Mi, y Yo en Ti, para que ellos sean una cosa en
nosotros, para que crea el mundo que Tú me enviaste. Cierto, gran verdad
dice el que es suma Verdad, que si los cristianos fuésemos perfectos
guardadores de
Mas
Tú, Señor, sabes, que aunque haya habido en tu Iglesia muy
muchos, y siempre haya algunos, cuya vida resplandezca como una gran luz, a la
cual podían atinar, si quisiesen los infieles, para conocer la verdad y
salvarse: mas también sabes, Señor, cuan muchos hay en tu
Iglesia, que comprende a buenos y a malos cristianos, que no sólo no son
medio para que los ínfleles te conozcan y te honren, mas para que se
enajenen de Ti y se cieguen más; y en lugar de la honra, que en oyendo
el nombre cristiano te habían de dar, te blasfemen muy reciamente,
pareciéndoles con su engañado juicio que no puede ser verdadero
Dios ni Señor quien tiene criados que tan mal viven. Mas día
tienes Tú, Señor, guardado para te quejar de esta ofensa, y decir
(Rom., 2, 24): Mi nombre es blasfemado por vuestra causa, entre los infieles; y
para castigar con recio castigo a quien, habiendo de coger contigo lo
derramado, derrama él lo cogido (Le, 11, 23), o es impedimento para no
cogerse. Y entonces darás a todos a entender claramente que Tú
eres bueno, aunque tus criados sean malos; porque los males que ellos hacen, a
Ti desplacen, y Tú los vedas por tus mandamientos, y reciamente
castigas.
Cuanto
los testigos, son más cercanos y más conocidos, tanto suele ser
más creído su testimonio, si ellos traen verdad. Y por esto, ya
que se os ha dicho de algunos medios que son testigos de nuestra verdad,
oíd ahora de otros, no de pasado, sino de presente, y tan cercanos de
vos, que estén en vuestro mismo corazón, si los queréis
recibir; y que tengáis particular conocimiento de ellos, pues lo
tenéis de lo que pasa en vuestro corazón. Lo cual va fundado en
la palabra que el Señor dijo (Jn., 7, 17): Si alguno quisiere hacer la
voluntad de mi Padre, aquel tal conocerá de mi doctrina si es de Dios.
Bendito seas, Señor, que tan fiado estás de la justicia de esta
tu causa, que es la verdad de tu doctrina, que dejas la sentencia de ella en
manos de quienquiera que sea, amigo o enemigo, con sola esta condición,
que el que quisiere ser de ella juez, quiera hacer la voluntad de Dios, que es
que el hombre sea virtuoso y se salve.
Cierto
es así, que si un hombre que quisiese de verdad ser bueno para con Dios,
y para consigo, y para con los prójimos, y quisiese buscar la mejor
doctrina que hubiese para lo ser, si a este tal le pusiesen delante todas las
Leyes y doctrinas que en el mundo hay,
verdaderas
y falsas, a ninguna de las cuales él estuviese aficionado o apasionado,
sino que mirase a la sola verdad, este tal, dejadas todas las otras,
echaría mano del Evangelio y doctrina cristiana, si la entendiese, como
de cosa que le puede encaminar a lo que desea, mejor que otra ninguna. Y como
fuere obrando la virtud que desea, irá experimentando la eficacia de
esta doctrina, y cuan a propósito es de lo que al ánima cumple,
cuan medida viene para remediar sus necesidades, y en cuan breve tiempo y con
qué claridad le ayuda a ser virtuoso. De arte, que viniendo este hombre
por la misma experiencia de la virtud de esta doctrina, confesará, como
dice el Señor, que es doctrina venida de Dios; y dirá lo que
dijeron unos que oyeron predicar a Jesucristo nuestro Señor (Jn., 7,
46): Nunca tan bien ha hablado hombre en el mundo. Y si los que no conocen a
Cristo por fe oyesen aquella admirable y caritativa voz, que el mismo
Señor dijo con grande clamor (Jn., 7, 38): Si alguno ha sed, venga a
Mí y beba; y si quisiesen venir a probar la hartura y experiencia de
acuesta doctrina con deseos de ser virtuosos, cierto no quedarían en su
ceguedad e infidelidad.
Mas
como son amigos de mundo, y no de verdadera y perfecta virtud, ni buscan con
cuidado la certidumbre de la verdad y conocimiento de Dios, quédanse sin
oírla y sin recibirla. Y aunque la oyesen, no la recibirían
algunos, por ser contraria a las cosas que ellos desean. Que por esto dijo el
Señor a los fariseos las palabras que ya otra vez hemos dicho (Jn., 5,
44): ¿Cómo podéis vosotros creer, pues que buscáis
honra unos de otros, y no buscáis la honra que de sólo Dios
viene? Y no sin gran peso dijo San Pablo (1 Tim., 6, 10), que algunos
habían perdido la fe, siguiendo la avaricia. No porque se pierda luego
la fe, pecando un hombre en cualquier pecado que sea, si no fuere herejía,
mas porque un corazón aficionado a cosas del mundo, y desaficionado de
la virtud, como halle en la doctrina cristiana verdades contrarias a los malos
deseos de su corazón, y que condena con tan graves penas lo que
él desea hacer, busca poco a poco otras doctrinas que no le den mal
sabor, ni le ladren contra los malos deseos y obras. Y así el
corazón mal aficionado suele ser causa para cegar el entendimiento, y
acabar con él a que deje esta fe que ladra contra la maldad, y siga y crea
otras doctrinas con que él esté descansado, y con que viva como
desea. Y pues la voluntad mala es medio para que, quien tiene la fe, algunas
veces la pierda, también lo será para no la recibir el que no la
tiene. Porque los unos y los otros tienen fastidio de la perfecta virtud, sin
alegar otra causa, sino porque es desabrida o muy buena; y así
también tienen fastidio de la verdad de la fe, por ser tan contraria a
la maldad que ellos aman.
¡
Cuan mejor librados son los que, con deseo de servir a Dios, han elegido
acuesta verdad! Aunque todos los que le sirven gocen, si atentos quisieren
estar, de muchos testimonios que la fe tiene en su corazón, mas
principalmente gozan de acuesto los que le sirven con aprovechada virtud;
muchos de los cuales se vieron primero en estado muy miserable, hechos esclavos
de la maldad, y tan aficionados a ella, que parecía estar su
corazón transformado en ella, y con tanta determinación a obrar,
que por lanzas, como dicen, se metieran por cometerla. Mas estos miserables
cautivos, y tan flacos para se libertar de un tirano tan fuerte, unas veces por
oír un sermón (Por oír un sermón de San Juan de
Ávila se convirtió a la santidad San Juan de Dios, en Granada; y
por otro, San Francisco de Borja) otras por se confesar (Por una
confesión que hizo con el mismo San Juan de Ávila se
convirtió doña Sancha Carrillo, a quien va dirigido este libro)
otras por sola la inspiración de Dios, y otras por otros medios que en
Y si
este trato así comenzado pasa adelante, como en muchos pasa, que dejadas
todas las cosas se emplearon en vacar a su Dios, que les quebrantó sus
cadenas (Ps., 115, 16), y comenzaron a caminar por el desierto de la vida
espiritual, y estrecho camino que lleva a la vida (Mt., 7, 14), aunque muchas
veces se vieron en grandes aprietos y en tempestades tan bravas que, como dice
David (Ps., 106, 27), hacen perder el tino y tragan la sabiduría de los
que navegan; mas llamando a su Jesús, que es guía de su camino, y
otras veces con recibir el socorro de los Sacramentos, y otras veces con
oír o leer palabras de Dios, o con otros medios que en
hay,
se hallaron tan maravillosamente favorecidos en la tribulación, que
viendo la bonanza del mar de su corazón tan súbita, dicen lo que
los Apóstoles (Mt., 8, 27): ¿Quién es Acueste, a quien los
vientos y mar obedecen? Verdaderamente es el Santo Hijo de Dios.
San
Bernardo cuenta lo que él muchas veces había probado, que
Jesús, invocado en verdad, es remedio y medicina contra todas las
enfermedades del ánima. Y lo que este Santo dijo, experimentó y
probó, acaeció a otros muchos primeros y postreros que él;
entre los cuales San Jerónimo es un testigo digno de toda fe; el cual,
como arriba dijimos, cuenta de sí que viéndose en
tribulación de su carne, sin hallar remedio en cosa hecha, ni saber ya
más qué hacer, lo halló en echarse a los pies de
Jesucristo, llamándole con devota oración; y recibió tal
bonanza de la tempestad, que le parecía estar entre coros de
ángeles. Porque este favor que Dios suele dar, no sólo es cesar
la tribulación que el hombre tenía, lo cual suele algunas veces
acaecer por divertir el pensamiento a otra parte o por otras causas semejantes
a ésta, mas es un favor que Dios da, con que les pone disposición
del todo contraria a lo que primero sentían. La cual mudanza y perfecta
liberación, y tan súbita, no está en manos del hombre,
según lo entenderá quien lo quisiere probar. De fuera viene, de
Dios viene, y por medios cristianos viene, y experiencia es de lo que San Pablo
dijo (1 Cor., 1, 24): Que Jesucristo crucificado, para los llamados de Dios, es
fortaleza de Dios y sabiduría de Dios; porque llamándolo en el
día de la tribulación, da luz y fortaleza, para que vencidos los
impedimentos, puedan los tales proseguir su camino, cantando en él, como
dice David (Ps., 137, 6): Grande es la gloria del Señor. Y sintiendo en
sí mismo lo que dice el mismo Profeta (Ps., 55, 10): En cualquier
día que yo te llamare, he conocido que Tú eres mi Dios. Porque el
remediarlos presto y poderosamente, les es un gran testimonio y motivo que Dios
es verdadero Dios, y que tiene de ellos cuidado.
Y no
contamos las celestiales visiones y revelaciones que aquéllas por
milagros se pueden contar; sino cosas más comunes y de las cuales hay
más testimonio.
No
sólo gozan los que este camino de la perfecta virtud siguen con
diligencia, de ser librados por Cristo en los peligros que se les ofrecen, mas
también de alcanzar y poseer tales bienes en su ánima, que se les
diga con mucha verdad (Lc., 17, 21): El reino de Dios dentro de vosotros
está; el cual, como dice San Pablo (Rom., 14, 17), consiste en tener
dentro de sí justicia, y paz, y gozo en el Espíritu Santo. Y
así están estos tales tan aficionados y amadores de lo justo y
bueno, que si las leyes de la virtud se perdiesen de los libros, las
hallarían escritas en los corazones de ellos; no porque las sepan de memoria,
mas porque el amor determinado de su corazón es aquello mismo que
¿Pues
de dónde diremos que viene esta tan acabada virtud y descanso, que es
arra y principio de la eterna felicidad? No, cierto, de parte del demonio.
Porque aunque algunas veces, según hemos dicho, el demonio ha aconsejado
a algunas personas hacer algún particular bien, para con aquellos
consejos acreditarse para después engañar; mas hacer un hombre
perfectamente bueno y cumplidor de
De
esta prueba usa San Pablo hablando con los Gálatas (3, 2) diciendo:
Solamente quiero que me digáis: El Espíritu Santo que
recibisteis, ¿fue por medio de las obras de
Y no
os digo esto para que penséis que los cristianos eren por estos motivos
y experiencias que sienten dentro de sí; que no creen sino por la fe que
Dios les infunde, como después se dirá. Mas he os dicho esto para
que entendáis los muchos motivos que tenemos para creer, porque de esta
materia hablamos ; y uno de ellos es estas experiencias que los perfectos en su
ánima sienten; las cuales, pues son de cosa que pasa en el
corazón, no las habéis de buscar en los libros ni vidas ajenas,
mas en vuestra propia conciencia, esforzándoos a la perfecta virtud,
para que, según os dije al principio, tengáis testigos cercanos a
vos, y conocidos de vos, por estar dentro de vos, y cumpláis lo que
Quien
tuviese luz para conocer, y peso para pesar la misma obra de este creer, no
tendría necesidad de buscar otros testigos para la recibir; mas en ella
misma hallaría hermosura para la amar y razón para la recibir.
Porque
¿quién hay que no entienda, que es cosa muy justa que la criatura
sirva a su Criador con todas sus fuerzas y con todas sus cosas? Y
también todos saben, que aunque con todas le debemos este servicio, mas
principalmente, pues que Dios es espíritu, el principal servicio que le
hemos de hacer es con nuestro espíritu, por la semejanza que tiene con
Dios. Y pues en nuestro espíritu hay razón y voluntad, y no se
puede negar que el hombre debe servicio a Dios con la voluntad, tampoco se
puede negar el servicio del entendimiento; pues que no es razón que el
hombre sirva a Dios con las cosas menores que tiene en si mismo, y no le sirva
con lo
principal
que hay en él, que es su entendimiento y voluntad. Ni es razón,
que pues el servicio que la voluntad hace a Dios es obedecerle, se quede el
entendimiento sin obedecer a Dios. Y así como la obediencia de la
voluntad consiste en negarse a sí mismo por hacer la voluntad de Dios,
así el servicio que el entendimiento le ha de hacer es negarse a
sí mismo por creer al parecer de Dios. Porque si el servicio del
entendimiento fuese pensar algo o consentir algo de lo que él mismo
alcanza por su razón, o no tendría este nombre de servicio, o es
servicio muy bajo, pues no hay obediencia en él. Y si la hubiese,
sería de la voluntad, a la cual mandaba Dios que mandase a su
entendimiento pensar en esto o aquello. Mas para que el servicio y obediencia
del entendimiento sea suyo propio de él, conviene que consienta en cosa
que él por sí mismo no entendía; y entonces verdaderamente
se abaja y se niega, y obedece y cautiva, y hace reverencia al sumo Dios, y
cumple lo que dice San Pablo (2 Cor., 10, 3): que hemos de cautivar el
entendimiento en servicio de la fe. Lo cual en otra parte llama obediencia de
fe (Rom., 1, 5).
Y
pues la bondad de Dios pide que le demos amor, y su liberalidad pide que
esperemos más de Él, también pide su Verdad que la
creamos, pues no hay menor razón en lo uno que en lo otro. Y así
como la obediencia que damos a Dios en el amor presupone que neguemos el
nuestro, y el arrimo que penemos en Él ha de ser desarrimándonos
de nosotros, así la obediencia que le hemos de dar a su Verdad es,
quitando nuestro parecer, creer el suyo con mayor firmeza que si nosotros lo
entendiéramos. Porque de otra manera, ¿qué habría
que agradecer a uno que cree lo que otro dice, no porque el otro lo dice, sino
porque él mismo lo entiende? Mas creyendo sin entender, hace obra
loable, y que trae consigo dificultad, como quien fía sin prendas, y
anda sin báculo, y ama por Dios a su malhechor. Y por eso, si por Dios
se hace, será verdadera virtud, digna que a Dios se ofrezca, y que sea
galardonada por Él.
Y
pues la voluntad del hombre es dedicada a Dios y santificada, negándose
a sí, no se debe quedar el entendimiento como profano, con creerse a
sí mismo, sin obediencia de Dios, pues ha de ser en el cielo
bienaventurado con verle allá claramente. Porque, como dice San
Agustín, «el galardón de la fe es ver»; por lo cual
ninguna razón consiente que el entendimiento deje de servir en la
tierra; y su propio servicio es creer.
Podrá
alguno decir, movido por estas razones o por otras, que es cosa justa que crea
el hombre lo que no entiende, porque Dios lo dice. Mas que, pudiéndose
esto cumplir con creer otras cosas, no hay por qué se crean las que los
cristianos creemos.
Mas
decidme, ¡ oh hombres ciegos!, ¿ qué tacha halláis
en lo que los cristianos creemos? Y si no sabéis decir lo que sentís,
yo os lo diré. Parecen os tan altas las cosas altas que de la alteza de
Dios creemos, que por altas no las creéis. Y parecen os tan bajas las
cosas bajas que de la humildad de Dios creemos, que por eso no las
tenéis por dignas de Dios, ni las creéis.
Porque,
decidme, en el misterio altísimo de
Y
pues es mejor que en Dios haya comunicación suma—pues a la suma
Bondad conviene suma comunicación—, y si ésta ha de haber,
ha de ser comunicando su misma y total esencia, y así habrá
en Dios suma fecundidad, como a Dios conviene, y no esterilidad, que es cosa
muy ajena de Él, según dice por Isaías (66, 9): Yo que doy
fuerza a los otros para engendrar, ¿por ventura quedaréme
estéril?
Y
aunque, con criar ángeles y hombres y el universo, se comunica Dios
haciendo mercedes, mas ni ésta es fecundidad ni comunicación de
bien infinito —porque no les da Él su esencia, sino dales el ser y
virtud que ellos tienen—, ni dejara Dios de ser Dios solitario, por
muchas criaturas que le acompañaran, pues de ellas a Él hay
distancia infinita; así como tampoco dejará de ser Adán
solitario, por muchas bestias y otras criaturas que en el mundo había,
aunque las tuviera muy cercanas a sí. Y porque el hombre no estuviese
solo, le dio Dios compañera que tuviese semejanza e igualdad con
él. Y así no es Dios solitario, pues en la unidad de la esencia
hay tres Personas divinas: ni es estéril ni avariento, pues hay
comunicación de deidad infinita.
Y porque
vosotros no entendáis cómo es acuesto, no debéis dejar de
creerlo, pues que por ser tan alto, tiene rastro y olor de ser cosa de Dios. Y
por ser mejor ser esto así, que no no ser así, por eso es cosa
que conviene que la tenga Dios, y que así lo creamos nosotros, pues de
Dios debemos sentir conforme a Dios, que es cuanto más alto
pudiéremos.
Ni
tampoco hay razón para tropezar en la humildad que tomó el
altísimo Dios, abajándose a ser hombre y vivir en pobreza y morir
en cruz; porque estas obras, no sólo no son indignas de Dios, mas son
mucho dignas, si son entendidas.
Porque
si el abajarse fuera a más no poder, o si por abajarse perdiera su
alteza que primero tenía, o si le moviera algún propio
interés, hubiera alguna sospecha de la tal obra. Mas ni dejó de ser
quien era por tomar lo que no era, ni vino forzado del cielo a la tierra, ni le
movió propio provecho, pues no puede Dios crecer en riquezas; mas
movióle su sola bondad y amor de los hombres, y quererlos remediar por
el modo que más glorioso fuese a Él, y más provechoso para
nosotros.
Y tal
es el modo que tomó haciéndose hombre y muriendo en la cruz.
Porque no hay mayor señal de amor, que morir un hombre por sus amigos. Y
aun el Señor murió por sus enemigos, por hacerlos amigos. El cual
amor tan excelente no nació de que ellos lo mereciesen, mas de su
excelente bondad. Y así su bajeza y muerte no arguyen en él falta
de poder o saber; pues, por ser omnipotente y todo sabio, nos pudiera remediar
por otros muchos modos sin éste; mas arguye en Él
grandísimo exceso de bondad y de amor; y tanto mayor, cuanto Dios, que
ama y padece, es mayor; y lo que padece, más grave y penoso; y aquellos
por quien padece, más indignos y bajos. Y pues en amar, y a tales, se
manifiesta su excelente bondad, alteza grande se debe decir esta obra, pues en
lo espiritual todo es uno, bueno y alto; y mientras más bueno,
más alto y más grande. Y pues que la mayor honra que podemos dar
a uno es tenerlo por bueno, más que por fuerte o por sabio, pues ninguno
hay que honra desee, que así no la quiera; claro es que, pues estas
obras manifiestan su bondad y amor más que todas las otras, éstas
le dan más honra y mejor que todas las otras. Y si parecía a los
ignorantes que el abajarse Dios quitaba honra a su alteza, debe parecer a los
sabios, que se le acrecienta la honra de su bondad, y por consiguiente de su
alteza y grandeza; y así ni la pierde de uno ni otro.
Y no
sólo resplandece en estas obras su bondad más que en las otras,
mas también la sabiduría y poder, y otras maravillas
grandísimas. Porque entre todas las obras que en tiempo Dios ha hecho y
hará, otra no la hay igual y maravillosa, ni tan gran milagro como
hacerse Dios hombre, y después padecer por los hombres. Y quien esto no
cree, la mayor honra le quita a Dios—cuanto es de su parte—-que le
puede quitar, aunque le quitase toda la que tiene por todas las otras obras que
en tiempo ha hecho, o ha de hacer. Mirad bien en ello, y veréis
cómo resplandece la omnipotencia de Dios y su sabiduría, en
juntar dos tan distantes extremos, como son Dios y hombre, en unidad de
persona. Y mirad cómo se declara más su poder en pelear y vencer
a nuestros pecados y muerte con armas de nuestra flaqueza, que si venciera con
las propias de su omnipotencia, como arriba se dijo (Cap. 22) hablando contra
la desesperación. Y mirad cómo cuando se estaba Dios en su alteza
tenía un pueblo pequeño que le conociese, y casi cada día
se le iba a adorar dioses ajenos; y aun el tiempo que esto no hacia
servía a su Dios con grandes flaquezas. Mas abajándose Dios a ser
hombre y morir, hizo tanta impresión en los hombres, que los altos se
abajaron, y los flacos se hicieron fuertes, y los malos buenos; y finalmente,
hubo tanta mudanza en el mundo, así en quitar la idolatría, como
en la renovación de costumbres, que se vio claramente el cumplimiento de
aquella palabra que dijo el mismo Señor (Jn., 12, 32): Si Yo fuere
alzado de la tierra, puesto en cruz, todo lo traeré a Mí mismo. Y
así parece que alcanzó victoria de corazones humanos con la
bajeza, flaqueza y tormentos y muerte, la cual no alcanzó
estándose en la alteza de su Majestad. Y así se cumplió lo
que dijo San Pablo (1 Cor., 1, 25): Que lo flaco de Dios, es más fuerte
que los hombres. Y así parece claro, que no sólo gana Dios honra
de bueno, mas de sabio y poderoso en tomar nuestra bajeza, y con ella obrar lo
que en su alteza no obró.
Por
lo cual dice San Pablo (Rom., 1, 16): Que no se avergüenza de predicar el
Evangelio, pues es virtud de Dios para salvar a los hombres. Porque aunque se
cuenten de Dios: humanidad, hambre y deshonras, tormentos y muerte; mas no hay
por qué de esto se avergüénce el cristiano, pues por medio
de acuestas cosas obró Dios vencimiento de cosas tan fuertes como eran
muerte y pecado, e hizo que el hombre alcanzase la gracia de Dios y su reino,
que son las mayores cosas que al hombre podían venir; con lo cuál
gana Dios más honra, que en haber criado los cielos y tierra y cuanto
hay en ella. Y por esto se llama esta obra por excelencia obra de Dios, como el
Señor dijo (Jn., 4, 34): Este es mi manjar, hacer la voluntad de mi
Padre en acabar Yo su obra, que es la redención de los hombres. No
porque Dios no haya
hecho
otras obras, mas porque la encarnación, y redención, que de ella
se sigue, es la mayor obra de todas, y de la cual Él más se
precia, como de cosa que más honra le da. Porque aunque de azotar a
Egipto, por amor de su pueblo, y de sacarlo y guiarlo por el desierto ganase
Dios honra, como dice Isaías (63, 12), mas ya vos veis cuál es
mayor hazaña de amor, azotar Dios a los enemigos por amor de su pueblo,
o dejarse Dios en su carne azotar por amor de los suyos y de los
extraños, de amigos y de enemigos. Una cosa es llevar Dios a los suyos
por el desierto, a semejanza de águila que enseña a volar a sus hijos,
y los toma en sus hombros (Deut., 32, 11), cuando se cansan, para que ellos
descansen, no cansándose Dios; y otra cosa es llevar encima los hombros
una pesada cruz, que se los desollaba, y todos los pecados del mundo, que como
una pesada viga de lagar (Isai., 63, 2) le apretaron, hasta quitarle la vida en
la cruz, porque los hombres descansen. ¿Quién hay que esto no vea
ser excelentísima hazaña de amor y amor nunca visto, que le da a
Dios mayor honra que lo pasado? Porque aquello, cosa es común, y poco
amor basta para lo hacer; mas esto es cosa de pocos, y a duras penas se
hallará en la tierra quien sufra ser azotado públicamente o morir
por algún bueno y amigo, y si esto se hallase, no se puede comparar con
lo que el Señor amó y sufrió, porque no tiene igual. Ni es
mucho de maravillar que un león obre como león; mas que padezca
como cordero, y siendo la causa el amor, eso es maravillosa hazaña, y
digna de honra perpetua. Y pues en tiempo pasado dijeron (Ex., 15, 1): Cantemos
al Señor, porque gloriosamente ha sido engrandecido, digamos nosotros
con profundo agradecimiento: Cantemos al Señor, que humildemente ha sido
engrandecido; pues entonces, ni se abajaba Dios, ni trabajaba en el descanso
que daba, ni se empobrecía aunque daba riquezas; mas acá empobrecióse,
sudó y abajóse hasta la muerte, y muerte de cruz (Phil., 2, 8),
por levantar del pecado a los suyos y llevarlos al cielo; y salió con
ello, y cumplióse, lo que dijo Isaías (55, 13): Que por el
pequeño sauce crecerá la haya; y por la ortiga crecerá el
arrayán; y será el Señor nombrado en eterna señal,
la cual nunca será quitada. Porque la honra que Dios ganó de
ponerse en señal---que es la cruz—, y en ella morir, y hacer de
los malos buenos, durará para siempre, sin ser parte nadie para lo
estorbar.
No
sólo resplandece en las obras de la humanidad y humildad de Dios por
excelente modo su honra, mas también resulta de ellas muy gran provecho
y precio del hombre. Porque ninguna cosa hay que tanto le ensalce, como haberse
Dios hermanado con él; ni cosa que tanto le esfuerce el corazón
contra los desmayos que el pecado le causa, como ver que Dios murió por
su remedio y le fue dado por suyo. Ni hay cosa que así le mueva a amar a
Dios, como verse amado de Él hasta la muerte; ni a despreciar las
prosperidades, ni a sufrir las adversidades, ni a humillarse a Dios y a su
prójimo, ni a cosa buena, chica ni grande, como ver a Dios abajado y
humanado, y que pasó Él por estas cosas, dándole
mandamientos que siga, y ejemplos que mire, y esfuerzo con que los cumpla.
Y
pues este modo de remediarnos por humildad y bajeza está mejor a gloria
de Dios y al bien de los hombres, señal es que ésta es obra de
Dios; pues en lo que Dios obra, pretende la manifestación de su gloria y
el provecho de los hombres. Por tanto, el que quiere que esta obra no sea, o la
niega, enemigo es de Dios y de
todos
los hombres, pues le quiere privar a Él de la mayor honra que por sus
obras le puede venir, y a los hombres de la mayor honra y provecho que se puede
pensar. Y pues se declara enemigo del Criador y de las criaturas, Justamente se
le debe castigo y muerte de infierno.
Y la
causa que él puede dar, siendo preguntado de Dios: «¿Por
qué no creíste las cosas altas de Mi?», será
ésta: Porque me parecieron, Señor, tan altas, que no creí
ser Vos tan alto. Y preguntado: ¿por qué no creyó las
cosas de su humanidad y humildad, pues fueron testimonio de su bondad y de su
amor?, responderá que no pensó que la bondad y amor del
Señor eran tan grandes, que bastasen a hacer y padecer tanto por amor de
los hombres. De manera, que en lo alto y en lo bajo tropieza; y la raíz de
ello es por sentir bajamente de Dios y tenerlo por de tasada alteza y bondad;
la cual raíz y lo que de ella procede, con razón arderá en
el infierno, pues es injuriosa al altísimo Dios, y lo quiere apocar y
tasar.
Cuánto
mejor respuesta tendrá quien dijere: Creí, Señor, de
vuestra alteza y de vuestra bondad todo cuanto más pude, porque os tengo
por Señor infinito en todas las cosas. Ni plega a Vos que me parezcan a
mí mal vuestras obras porque tienen exceso de bondad y de amor para
mí; como lo hace la infidelidad, que otra tacha no os halla, sino ser
muy bueno y muy amoroso; siendo razón que por todo esto se llegase a Vos
y os tomase por Dios; pues cada uno quiere más, señor que le sea
padre amoroso y perdonador, que riguroso juez que le haga temblar con rigurosos
castigos. Y si en las manos del hombre fuera puesto el modo de tratar Dios con
nosotros, y de remediar nuestros males, no había de escoger otro sino
este que Dios escogió, a Él más honroso, y al hombre
más provechoso, y lleno de toda dulzura.
Añadamos
a lo ya dicho cómo esta fe y creencia fue recibida en el mundo, no por
fuerza de armas, ni favores humanos, ni humana sabiduría; sino que la
verdad de Dios peleó a solas por medio de unos pocos pescadores, y sin
letras, y desfavorecidos, contra emperadores y contra sacerdotes, y contra toda
la sabiduría de hombres. Y salió tan vencedora, que les hizo
dejar su antigua y falsa creencia, y que creyesen una verdad tan sobre
razón, y tan de corazón creída, que haber tal firmeza de
crédito en cosas tan altas es una grande maravilla de Dios; y que los
mismos que mataban primero a quien las creía se dejasen después
matar por la verdad de ellas, y con mayor esfuerzo y amor, que primero las
descreían y perseguían.
Y
fuéles predicada una Ley y mandamientos purísimos, tan a pospelo
de la inclinación de sus corazones, que no se pueden pensar cosas que mayor
contradicción tengan entre sí, que Ley de Evangelio y la
inclinación que tiene el hombre a pecar, como dice San Pablo (Rom., 7,
14):
Y si esto
se predicara entre la gente bestial de Arabia, donde Mahoma predicó su
mentira, o entre otras gentes semejables a ella y fácil de ser
engañada, cual la buscan los que traen mentira, pudiérase tener
de la creencia de éstos alguna sospecha. Mas ¿qué diremos,
que fue predicada esta verdad en Judea, donde estaba el conocimiento de Dios y
su divina Escritura; y en Grecia, donde estaba lo supremo de la humana
sabiduría; y en Roma, donde estaba el imperio y regimiento del mundo? Y
en todas estas partes, aunque fue perseguida, mas en fin fue creída, y
verificado (sacado verdadero) el título triunfal de la cruz, que fue
escrito en lengua hebrea, griega y latina, para dar a entender que en estas
lenguas, que eran las principales del mundo, había de ser Cristo confesado
por Rey. Pues si éstos creyeron con tener motivos bastantes,
razón es que los sigamos nosotros; y si no los tuvieron, dase muy claro
a entender que creyeron por lumbre de Dios; pues siendo gente tan avisada, y
tan amiga de su antigua creencia, y tan fuerte en humano poder, no se pudiera
plantar tan alta planta de fe, y tan profundamente plantada, y en gente tan
contraria a esta verdad, si no entendiera en ello la poderosa mano de Dios.
Mirando lo cual, dice San Agustín, que el que viendo que el mundo ha
creído, él no cree o pide milagros de nuevo para creer, él
mismo es prodigio o milagro espantable, pues no quiere seguir lo que tantos,
tan altos, tan sabios, abrazaron, y con mucha firmeza.
Muy
justa causa tenemos en esto los que por la gracia de Dios somos cristianos,
pues que, desde que el mundo es mundo, nunca en él ha parecido hombre de
tal doctrina y de tan heroica virtud, y de hechos tan maravillosos y milagros,
como Jesucristo nuestro Señor, el cual predicó ser el Dios verdadero,
y lo probó con escritura divina y con muchedumbre de milagros, y con
testimonio de San Juan Bautista, testigo abonado con todos. Y lo mismo se ha
predicado y probado con muchedumbre de milagros en
Hasta
aquí habéis oído algunas de las razones que hay para
atinar a que la fe católica es verdadera, y para dar cuenta a quien la
pidiese de cómo no somos livianos
en el
creer, pues tenemos más motivos que ninguna gente del mundo.
Mas
con esto, creed que es tanta la alteza de la fe cristiana, que aunque un hombre
tuviese estos y otros motivos que se pueden decir, aunque entrase entre ellos
el ver con sus propios ojos de carne milagros hechos en confirmación de
la fe, no puede el tal hombre ser poderoso de creer con sus propias fuerzas,
como el cristiano cree y Dios le manda creer. Porque así como
sólo Dios por su Iglesia declara lo que se ha de creer, así
É
l
sólo puede dar fuerzas para lo creer. Porque esta enseñanza a
Dios tiene por Maestro interior, infundiendo la fe en el entendimiento, con que
el nombre es enseñado y fortificado para esta creencia, según
dice Cristo (Jn., 6, 45), que está escrito en los Profetas (lsai., 54,
13), que todos serán enseñados de Dios. Y el mismo Señor,
Habiéndole San Pedro confesado por verdadero Hijo de Dios y por
Mesías prometido en
Esta
fe no está arrimada a razones ni motivos, cualesquiera que se puedan
traer; porque quien por aquéllos cree, no creé de tal manera, que
su entendimiento quede persuadido, sin quedarle alguna duda o escrúpulo.
Mas la fe que Dios infunde está arrimada a
Y si
os maravilláredes de que en un entendimiento de hombre, que tan vario es
en sus pareceres y tan mudable, y que con tan poca firmeza asienta en las cosas
de la razón, hay tan gran certidumbre y sosegada firmeza, que ni por
argumentos, ni por tormentos, ni por ver a otros perder la fe, ni por cosa alta
ni baja, él se mueva de lo que cree; digoos que os basta esto para
entender que este negocio y edificio no es cosa de nuestras fuerzas, pues ellas
no alcanzan a tanto. Don de Dios es, como dice San Pablo (Ephes., 2, 8), y no
heredado, ni merecido, ni alcanzado por fuerzas humanas; porque nadie se
gloríe en sí mismo de lo tener, mas sean fieles en conocer que es
merced de Dios, dada por Jesucristo su Hijo, como dice San Pedro (1 Petr., 1,
21): Fuisteis fieles por Él. No os maravilléis, pues, de que
sobre la miserable arena del humano entendimiento haya edificio de tanta
firmeza, pues que dice el Señor (Jn., 6, 29): Esta es la obra de Dios,
que creáis en Aquel que Él envió. De manera, que como Dios
lleva al hombre a fin sobrenatural, que es a verle claramente en el cielo,
así no se contentó con que el hombre creyese como hombre, a
fuerza de motivos, ni milagros, ni razones, mas levantándolo sobre
sí mismo, dándole fuerzas sobrenaturales con que creyese, no con
miedo ni escrúpulo como hombre, sino con certidumbre y seguridad, como
conviene a las cosas de Dios. Y de ésta [fe] se entiende (1 Cor., 12,
3), que ninguno puede llamar a Jesús Señor sino en el
Espíritu Santo. Que aunque no sea necesario estar en gracia de
Espíritu Santo para creer, según adelante se dirá, mas no
se puede hacer sin inspiración del Espíritu Santo; porque de
estas tales obras o gracias, que llaman gratis datas, va allí hablando
el Apóstol San Pablo.
Esta
es la fe, que inclina al entendimiento a creer a
Esta
es la fe, que con mucha razón debe ser preciada y honrada, pues con ella
honramos a Dios, como dice San Pablo que hizo Abraham (Rom., 4, 20),
dándole a Dios honra de tan poderoso, que puede hacer todo lo que le
dice. Y por aquí entended que la fe es honra de Dios, pues cree y
predica las infinitas perfecciones que tiene. Y que ésta es la fe que,
como torre, edificó Dios en nuestra ánima, para que subidos en
ella, veamos, aunque en espejo, lo que hay en el cielo y en el infierno, lo que
acaeció al principio del mundo, y lo que en el fin de él
acaecerá. Y por escondida que sea la cosa, no se puede esconder a los
ojos de la fe; como parece en aquel buen ladrón, que viendo en Cristo
crucificado tanto desprecio y bajeza exterior, entró con la fe en lo
escondido, y conociólo por Señor del cielo, y por tal lo
confesó con grande humildad y firmeza.
Con
esta fe creemos que es Escritura y palabra divina la que
Esta
fe habitual infunde Dios a los niños cuando se bautizan; y a los grandes
que no la tienen, cuando se disponen, habitual y actual. Porque El que quiere
que todos se salven y vengan a conocimiento de esta verdad (1 Tim., 2, 4), pues
sin ella no pueden agradar a Dios (Hebr., 11, 6) ni salvarse, no la deja de dar
a nadie, si por él no queda.
Mucha
razón es, doncella de Cristo, que todos los que somos cristianos
agradezcamos muy de corazón al Señor, que graciosamente nos hizo
merced de esta fe, con que lo fuésemos. Y ni es razón que se nos
pase día sin confesar esta fe, diciendo el Credo, a lo menos dos veces,
mañana y noche, ni sin dar gracias al que nos hizo merced de dar esta
fe. La cual debemos procurar tener guardada en su pureza y limpieza, como cosa
en que mucho nos va, mirando para qué nos es dada, porque ni faltemos de
usar de ella para lo que es, ni le atribuyamos lo que no tiene. Para creer lo
que Dios manda creer nos es dada; y para que nos sea lumbre de conocimiento,
que nos ayude a mover la voluntad para que ame a su Dios y guarde sus
mandamientos, con lo cual el hombre se salve.
Mas
si alguno quisiere atribuir a esta fe, que por sola, ella se alcanza la
justicia y perdón de pecados, errará gravemente, como lo han
hecho los que lo han afirmado (Entra el autor a refutar el error de
Martín Lucero, que atribuía la justificación a sola la
fe). Porque, según arriba se ha dicho por autoridad de San Pablo (1
Cor., 12, 3), ninguno puede decir que Jesús es Señor, sino por inspiración
del Espíritu Santo; en lo cual se entiende que la misma
inspiración se requiere para creer todos los otros misterios de nuestra
fe. Y sabemos que dijo el Señor a algunos de los que le oían (Le,
6, 46): ¿Para qué me llamáis Señor, Señor, y
no hacéis las cosas que os digo? Y pues llamando a Jesús
Señor tenían fe inspirada, como dice San Pablo (loc. cit.), y no
haciendo lo que el Señor mandaba no estaban en gracia, claramente se
sigue que puede un hombre tener fe, sin tener gracia. Lo cual afirma en otra
parte San Pablo (1 Cor., 13, 2), donde dice: Que si un hombre tuviere don de
hablar lenguas, y si supiere y tuviere toda la ciencia, y la profecía, y
toda la fe, aunque pase los montes de una parte a otra, y estuviere sin
caridad, ninguna cosa es. Y pues está cierto que el don de lenguas y lo
demás que allí cuenta se compadecen con estar en pecado mortal,
no hay por qué nadie quiera casar la caridad con la fe, para que no
pueda estar la fe sin la caridad (N.B. la fe puede estar muerta sin caridad), aunque
ésta no pueda estar sin la otra.
Palabra
es de la divina Escritura que por la fe se da la justicia; mas que por sola la
fe, invención humana es, y error muy necio y perverso, del cual el
Señor nos avisó cuando dijo a
Ni en
lo que el Señor dijo: Muchos pecados le son perdonados, porque
amó mucho, quiso decir porque creyó mucho, llamando al efecto por
nombre de causa; pues está claro, que habiendo el Señor
preguntado que cuál de los deudores amaría más a su
perdonador, aquel a quien soltaba mas o a quien menos, había de concluir
su razón con hablar de amor, y no con hablar de creer. Y si vale tomar
licencia para decir que al amor llama fe, tomando al efecto por nombre de su
causa, tomarla hemos nosotros para decir que en los lugares de
Claro
habló aquí el Señor, si no quiere alguno cegarse en su
luz; y fe y amor llamó por sus nombres; y entrambas se requieren para
justificar, según hemos dicho. Y la misma junta afirma el Señor,
diciendo a sus discípulos (Jn., 16, 27): El mismo Padre os ama, porque
vosotros me amasteis a Mí, y creísteis que Yo salí de
Él.
Y
pues fe y amor se requieren, cierto habrá dolor de pecados, pues no
dejarán de dolerle las ofensas graves que ha hecho contra Dios al que le
ama sobre todas las cosas, como parece en
Y
porque estas cosas se requieren, y otras que de ellas se siguen, para alcanzar
la justicia, por eso
Y si
a alguno parece que se nombra muchas veces la fe, atribuyéndole la
justicia, y que por la fe somos hechos hijos de Dios y participantes de los
merecimientos de Jesucristo, y semejantes efectos que convienen a la gracia y
caridad, no es porque la fe sola para esto baste, mas porque el sentido de
Ni
tampoco atribuye estos efectos a la fe, porque, teniendo a ella, necesariamente
se tenga el amor, pues que, según se ha dicho, puede quedar fe
verdadera, perdiendo la gracia y amor, el cual como dice San Pablo (1 Cor., 13,
13), es mayor que la fe y que la esperanza. Y cuando el Señor
habló de la fe y el amor, así en el negocio de
Y
también se ha de mirar, que aunque los Sacramentos del bautismo y de la
penitencia sea necesario recibirlos, o tener propósito de los recibir,
para alcanzar la gracia perdida, el uno para los infieles, y el otro para los
fieles que después del bautismo han cometido pecado mortal, mas no se
habla en
Item,
el mismo Señor dijo a sus Apóstoles cuando instituyó el
Sacramento de la penitencia (Jn., 20, 23): Cuyos pecados perdonaredes, son
perdonados, etc. Y, por consiguiente, se da gracia y justicia por este
Sacramento, pues no puede haber perdón de pecados sin que se dé
la gracia, la cual es significada y contenida en todos los siete Sacramentos de
Y si
la fe tan frecuentemente era en principio de
Y
también convenía que se manifestase particularmente en aquellos
tiempos el misterio y valor de
Y si
La
orden de las palabras de este tratado (Las palabras de este Tratado son:
1.ª, oye, hija; 2.a, y mira; 3.a, inclina tu oído; 4.ª, olvida
la casa de tu padre; 5.a, y codiciará el Rey tu hermosura. Hasta ahora
ha tratado la 1.a palabra, y ahora va a tratar la 3.ª) pedía que
tras la palabra
primera
de él os declarase la segunda; mas la orden de las sentencias, por ser
una la de la primera y tercera, pide que, dejando la segunda, os declare la
tercera, que
dice
así: INCLINA TU OREJA.
Para
lo cual habéis de notar, que es tanta la alteza de las cosas de Dios, y
tan baja nuestra razón, y fácil de ser engañada, que para
seguridad de nuestra salvación, ordenó Dios salvarnos por fe, y
no por nuestro saber. Lo cual no hizo sin muy justa causa. Porque, pues el
mundo, como dice San Pablo (1 Cor. 1, 21), no conoció a Dios en sabiduría,
antes desatinaron los hombres en diversos errores, atribuyendo la gloria de
Dios al sol y luna y otras criaturas; y ya que otros conocieron a Dios por
rastro de las criaturas, tomaron tanta soberbia de su rastrear en conocer cosa
tan alta, que les fue quitada esta luz por su soberbia, que el Señor por
su bondad les había dado; y así cayeron en tinieblas de
idolatría y de muchedumbre de otros pecados, como los que no conocieron
a Dios habían caído (Rom., 1, 21-32). Por lo cual, así
como después que los ángeles malos pecaron no consintió
Dios—como lo suelen hacer los escarmentados—que viviese en el cielo
alguna criatura que pudiese pecar, así viendo cuan mal se aprovecharon
los hombres de su razón, y que el mundo, como dice San Pablo, no conoció
a Dios por sabiduría, no quiso dejar en manos de ella el conocimiento de
Él y salvación de ellos; mas antes quiso, por la
predicación de lo que la razón no alcanza, hacer salvos, no a los
escudriñadores, mas a los sencillos creyentes. Y así, después
de habernos el Espíritu Santo amonestado las dos ya dichas palabras, que
dice: Oye y ve, luego nos amonesta la tercera, que dice: Inclina tu oreja. En
lo cual nos da a entender que debemos muy profundamente sujetar nuestra
razón, y no estar yertos (tiesos, inflexibles) en ella, si queremos que
el oír y ver, que para nuestro bien nos fueron dados, no nos sea
ocasión de perdición eternal.
Cierto
es que muchos han oído palabras de Dios, y han tenido excelentes
conocimientos de cosas sutiles y altas, y porque se arrimaron más a la
curiosidad de la vista que a inclinar con obediencia la oreja de su
razón, se les tornó el ver en ceguera, y tropezaron en la luz de
mediodía como si fuera tinieblas. Por eso, si no queréis errar en
el camino del cielo, inclinad vuestra oreja, quiero decir, vuestra
razón, sin temor de ser engañada: inclinadla con
profundísima reverencia a la palabra de Dios que está dicha en
toda
Y
aunque a toda
Aprovechaos
de esta merced, pues Dios tan cerca os las dio. Y pedid al que tuviere cargo de
encaminar vuestra ánima, que os busque, en
Y mirad
no caigáis en curiosidad de querer saber más de lo que
habéis menester para vos, o para la gente que tenéis a cargo;
porque lo otro debéislo dejar para los que tienen cargo de
enseñar al pueblo de Dios, como amonesta San Pablo (Rom., 12, 3), que
nuestro saber sea con templanza.
Habéis
de saber que la exposición de
Y
también habéis de saber, que declarar cuál escritura sea palabra
de Dios, para que por tal sea de todos creída, no pertenece a otro sino
a la misma Iglesia cristiana, cuya cabeza en la tierra, por divina
ordenación, es el Romano Pontífice. Y tened por cierto, como San
Jerónimo dice, que «cualquier persona que, fuera de esta Iglesia y
casa de Dios, comiere el cordero de Dios, profano es, no cristiano». Y
quienquiera que fuere hallado fuera de ella, necesariamente ha de perecer, como
los que no entraron en el arca de Noé fueron ahogados con el diluvio.
Esta es
Y a
creer que esto es así, nos inclina y alumbra la misma fe infundida de
Dios, de que arriba hemos dicho, como a uno de los otros artículos, y
con la misma e igual certidumbre; y hasta aquí así se ha
creído de esta Iglesia. Y por haberse, apartado en nuestros tiempos una
gente soberbia (Combate el autor la herejía luterana, que, rechazando la
autoridad de
Cerrad,
pues, vuestras orejas a toda doctrina ajena de
Quien
tuviere lumbre con que juzgar que los bienes y males verdaderos son los
espirituales, ya ve de presente el recio castigo de Dios sobre acuesta gente, y
tal castigo, que ninguno es mayor sino sólo el infierno (Jerem., 10, 7).
¿Quién no te temerá, oh Rey de las gentes? Y (Ps. 89, 12)
¿quién conoció el poder de. tu ira, o la podrá
contar con el gran temor de ella? Los grandes castigos de Dios, que se deben temer
sobre todos, no son los males de hacienda, ni honra, ni vida; mas dejar Dios
endurecer en el pecado a la voluntad del hombre, o dejar cegar con error al
entendimiento, mayormente en cosas de fe, éstas son las heridas del
furor divinal; heridas de justo y riguroso juez, de las cuales se entiende con
mucha razón lo que Dios dice en Jeremías (30, 14): Con herida de
enemigo te herí, con riguroso castigo. Aunque no usa Él de este
rigor de juez, sino habiendo primero usado de misericordia de padre.
Y si
bien miráis, tiene esta ceguedad del entendimiento este particular mal,
más que la dureza de la voluntad; que aunque ésta sea mucha, aun
hay alguna esperanza de alcanzar remedio. Porque como le queda al hombre la fe,
aunque muerta, tiene conocimiento que hay remedio en
Mas
tan grande castigo no viene sin grande justicia; la cual declara San Pablo
diciendo (Rom., 1, 18): Descúbrese la ira de Dios desde el cielo sobre
toda la maldad de aquellos hombres que detienen la verdad de Dios en la
injusticia. Y el intento del Apóstol en aquel lugar es acueste:
qué hubo hombres que aunque conocieron a Dios, no le sirvieron como a
Dios; antes se hincharon con ciega soberbia, y teniendo verdad en el
entendimiento, obraron maldad con la voluntad. De manera, que la verdad de Dios
estaba en ellos detenida o encarcelada, pues no hacían lo que ella
enseñaba, mas lo que la mala voluntad de ellos quería. Y porque
la verdad de Dios es cosa muy excelente, y la da Él por grande merced,
para que siguiéndola el hombre con la afección, la honre, y
alcance la virtud y se salve. Y si el tal hombre no mira esto, y la trata de
arte que ni hace lo que ella le enseña, ni la tiene en lugar limpio como
ella merece, hace en ello una gran deshonra contra Dios que la dio, y contra la
verdad dada por Él. Y si ella tuviese lengua, pediría a voces
justicia contra el tal hombre; porque siendo ella tan preciosa joya, y que
tanto puede al hombre aprovechar, está detenida, sin la oír, ni
hacer lo que dice, y aposentada entre la hediondez de pecados que el tal
hombre, tiene en su voluntad. Y así como puede, a semejanza de la sangre
de Abel (Gen., 4) da voces pidiendo venganza. Porque aunque el tal hombre no le
quita la vida de ser verdad, pues se compadece fe verdadera con vida mala,
quítale la eficacia que tuviera en el obrar, sí no la impidiera,
mas le ayudara, con su voluntad a obrar lo que ella enseñaba. Y estas
voces óyelas Dios, que es el que dice (Lc. 12, 47): El siervo que conoce
la voluntad de su Señor y no la hace, será azotado con muchos
azotes. Entre los cuales, el mayor de los que en este mundo da, según hemos
dicho, es permitir que el tal hombre caiga en error, en pena de sus pecados. Y
así fueron castigados aquéllos con caer en tan ciega
idolatría, que vinieron a adorar por Dios las aves y serpientes y
bestias. Y porque quitaron a Dios la honra que como a Dios se le debía,
y la dieron a cuya no era, tornóles a castigar Dios este pecado de
idolatría con permitirlos caer en tan feos pecados; que es temor
pensarlos y vergüenza decirlos.
Y
aunque los castigados con este castigo sin duda caerán en pecados, mas
su caída es tan libre, como lo es en los otros pecados, en que por su
propia voluntad caen. Y por muchos que sean los unos y otros, no les
está cerrada la misericordia de Dios, si se quieren acoger a sus
piadosas entrañas. El poder de Dios se manifiesta en lo primero, su sabiduría
en lo segundo, y su bondad y misericordia en lo tercero.
Y por
este norte que el Soberano Juez castigó a estos soberbios gentiles,
castigó también a los ingratos judíos; y con mucha
razón, pues les dio más conocimiento que a los gentiles; del cual
usaron tan mal, que a la misma Luz verdadera, que es Jesucristo, lo negaron con
infidelidad, y lo crucificaron por mano de los gentiles. Y porque quisieron
apagar aquella Luz soberana, sin la cual no hay luz ni verdad,
quedáronse en obscuras tinieblas y eternal perdición, si no se
convirtieren al servicio del Señor que negaron. Mas veamos cuál
fue el motivo que los trajo a tan grande mal, de descreer a
Pues
si Dios celó tanto la honra de su conocimiento que dio a los gentiles, y
el que dio a los judíos, ¿cuánto celará el que da a
los cristianos, pues es mayor sin comparación que el que unos y otros
tuvieron? Y pues muchos usan muy mal de este conocimiento de fe tan excelente,
no es maravilla que algunas veces hiera Dios a los tales con este terrible
castigo, de dejarles caer en herejías como a los pasados. ¿Por
ventura no vemos cumplido con nuestros ojos lo que San Pablo profetizó
de los tiempos postreros, diciendo (2 Tessal, 2, 10) que había Dios de
enviar a unos hombres operación de error, para que crean a la mentira, y
mentira contra la fe? Pues nadie hay que ignore la desventurada y grande
eficacia con que tanta gente ha abrazado de corazón la luterana herejía,
que claramente se ve haberles Dios enviado esta eficacia de error para creer a
la mentira, como dijo San Pablo. Mas no envía Dios cosa de éstas,
incitando al hombre a que crea mentira, ni a que haga maldad; porque no es
tentador de los malos, según dice Santiago Apóstol (1, 13); mas
dícese enviar operación de error, cuando con justo juicio deja al
entendimiento del hombre ser engañado por falsas razones o falsos
milagros que le haga otro hombre o el perverso demonio; y así sienta una
eficacia dentro de sí para creer aquella mentira, que le parezca que es
movido a creerla como una muy grande y saludable verdad. Recio juicio de Dios
es acueste; y pues Él es justo, grande debe ser la culpa en cuyo castigo
se hace. Y cuál sea esta culpa, el mismo San Pablo nos lo declara
diciendo (2 Tessal., 2, 10): Porque no recibieron el amor de la verdad para ser
salvos. Porque si miráis cuan poderosa cosa es la verdad que creemos
para ayudarnos a servir a Dios y ser salvos, pareceros ha grave culpa no amar
esta verdad y seguir lo qué ella enseña; y muy mayor, hacer feas
obras contra todo lo que ella enseña. ¡Cuan lejos había de
estar de ofender a Dios quien cree que para quien le ofende hay fuego eterno,
con otros innumerables tormentos, con que sea el tal castigado mientras Dios
fuere Dios, sin esperanza de todo remedio! ¿Cómo se atreve a
pecar quien cree, que, entrando el pecado por una puerta en el ánima,
Dios se sale por la otra? Y, qué tal queda, Señor, el hombre sin
Ti, sentíalo aquel que rogaba: Señor, no te apartes de mí
(Ps. 34, 22). Porque, Dios ido, quedamos en muerte primera de culpa, y en
víspera de muerte segunda, de culpa y pena infernal.
Con
razón se maravillaba Job (6, 6) cuando decía:
¿Quién podrá gustar lo que, siendo gustado, trae consigo
la muerte? Mucha razón es, cierto, que el manjar que no
gustaríamos creyendo al médico que dijese haber muerte en
él, no lo gustásemos con perverso consentimiento, habiendo Dios
dicho (Es., 18, 20), que el ánima que pecare, aquélla
morirá. ¿Por qué no obra en ti la fe que tienes a la
palabra de Dios, lo que obra el dicho del médico, pues éste puede
y suele engañar, mas Dios nunca? ¿Y por qué el haber dicho
Dios que Él es galardón eterna! de los que le sirven, no nos hace
a todos con gran diligencia y esfuerzo servirle, aunque en ello
pasásemos muy muchos trabajos y nos costase la vida? ¿Por
qué no amamos a nuestro Señor, el cual creemos ser sumo Bien, y
habiéndonos Él amado primero, aun hasta morir por nosotros? Y
así en todo lo demás que esta sagrada fe tan poderosamente nos
enseña y convida, cuanto es de su parte, y nosotros con grave culpa
dejamos de seguir y seguimos obras contrarias. ¿Puede ser mayor
monstruo, que creer un cristiano las cosas que cree, y hacer tan malas obras
como muchos las hacen? Pues en castigo de que no tuvieron amor a la verdad, con
la cual fueran salvos, poniendo en obra lo que ella enseñaba, que les
sea quitada, dejándoles creer al error, es muy justo juicio de aquel
Señor, que es terrible en sus consejos sobre los hijos de los hombres
(Ps. 65, 5).
Y si
miráis dónde armó Dios el lazo con que los judíos y
herejes fuesen castigados, según hemos dicho, pareceros ha cosa
más para temblar, que para hablar. Preguntadles a éstos que, en
qué estriban para seguir su error con pertinacia tan porfiada; y deciros
han los unos, que en
Justo
eres, Señor, y justos tus juicios (Ps. 118, 137), y ninguna maldad hay en
ti, mas hayla en los que usan mal de tus bienes; por lo cual es justo que
tropiecen en ellos, y sea castigada la deshonra que hicieron a ellos y a Ti.
Grande bien, Señor, y muy grande es tu fe; acatada y obedecida y puesta
en obra es razón que sea. Y grandes mercedes nos hiciste en darnos tu
divina Escritura, tan provechosa y necesaria para te servir. Mas porque, siendo
el viento que en este mar sopla viento del cielo, quisieron algunos navegar por
él con vientos de tierra, que son sus ingenios y estudios,
ahogáronse en él, permitiéndolo Tú. Porque
así como en las parábolas que predicabas, Señor, en la
tierra, eran secretamente enseñados aquellos que tenían
disposición para ello, y eran otros con ellas mismas cegados por tu
justo juicio (Mt., 13, 11), así tienes Tú el profundo mar de tu
divina
Escritura,
diputado para hacer misericordia a tus corderos, que naden en el provecho suyo
y ajeno, y también para hacer justicia con que los soberbios elefantes
se ahoguen, y ahoguen a otros. Temida, y muy temida, debe ser la entrada en la
divina Escritura, y nadie se debe arrojar a ella sino con mucho aparejo, como a
cosa en que hay mucho peligro. Lleve quien hubiere de entrar en ella el sentido
de
Esto
que ha dicho San Atanasio conviene mucho llevar, para sacar provecho de la
divina Escritura. Porque sin esta limpieza de vida, bien podrá uno saber
por
Conviene
también ayudarse el hombre que quiere estudiar
No
saquéis vos de oír estas caídas ajenas alguna soberbia de
corazón, con que digáis: No soy yo como aquellos que tan feamente
han perdido la fe. Acordaos de unos hombres que contaban a nuestro Señor
que Pilato habla muerto a cierta gente de Galilea en mitad de unos sacrificios
que hacían (Lc., 13, 1); y llevaban los que esto contaban un liviano
complacimiento en su corazón, con que se tenían por mejores que
aquellos que hablan hecho cosas merecedoras de que los matase Pilato. Y como el
Soberano Maestro entendía la tal soberbia, sin que ellos la
manifestasen, queriéndolos desengañar, les dijo de esta manera:
¿Pensáis que aquellos hombres de Galilea eran mayores pecadores
que todos los hombres de aquella provincia, porgue vino tal castigo sobre
ellos? ¿O pensáis que aquellos dieciocho hombres sobre los cuales
cayó la torre en Siloé y los mató, eran mayores pecadores
que todos los otros hombres que moraban en Jerusalén? Yo os digo que no,
y que si penitencia no hiciéredes todos juntamente pereceréis.
Este mismo sentido tiene San Pablo, cuando dice (Rom., 11, 19): Por la
incredulidad fueron cortados los judíos, que eran ramos en la oliva de
los creyentes, y tú por la fe estás en pie. No quieras
ensoberbecerte, mas teme, porque de otra manera también serás
tú cortado.
Los
castigos de Dios hechos en otros, humildes y cautos nos deben hacer, no
soberbios. Que dondequiera que en nuestros tiempos infelicísimos
queramos mirar, hay que llorar y que decir con Jeremías (Jerem., 14,
18): Si salgo al campo, veo muertos a espada; si entro en la ciudad, veo
muertos y desperecidos con hambre. Los primeros son los que se han salido de la
ciudad, que es
Tened,
vos, doncella, cuidado de sentir y pedir esto; pues si a Cristo amáis,
habéis de tener dentro de vuestro corazón entrañable
compasión de las ánimas, pues por ellas murió Jesucristo.
Y también os conviene mucho mirar cómo vivís, y
cómo os aprovecháis de la fe que tenéis, porque no os
castigue Dios con dejaros caer en algún error con que la perdáis,
pues habéis oído con vuestras orejas cuánta gente la ha
perdido por las herejías del perverso Matín Lutero; y otros hay
que han negado a Cristo en tierra de moros, por vivir según la ley
bestial de Mahoma (Huyendo de la reforma promovida por el gran Cardenal
Cisneros, muchos religiosos pasaron al África y renegaron de la fe). En
lo cual veréis cumplido lo que dice San Pablo (1 Tim., 1, 19): que por
haber desechado algunos la buena conciencia, perdieron la fe; ahora
sea—como arriba dijimos, cuando hablábamos de los motivos para
creer—, porque la misma mala conciencia poco a poco hace cegar el
entendimiento para que le busque doctrina que no contradiga a sus maldades;
ahora porque el Soberano Juez, en castigo de pecados, permita caer en
herejía; ahora sea por lo uno o por lo otro, es cosa para temer, y poner
cuidado de lo evitar.
Y
aunque esto no acaezca a todos los malos cristianos, pues aunque estén
en pecado mortal, no por eso pierden la fe, según hemos dicho, mas en
cosa que tanto nos va, el haber acaecido a uno solo, es razón que ponga
a todos cuidado y temor de huir aquella ocasión. Que, cierto, bien lejos
estaban los corazones de los once Apóstoles de entregar a la muerte a
Jesucristo, nuestro Señor; y porque Él dijo que uno de ellos lo
había de entregar, temieron todos, y dijeron (Mt., 26, 22): ¿Por
ventura, Señor, soy yo?, temiendo que podían por su flaqueza caer
en lo que de presente se sentían libres.
Para
todo lo cual os será muy provechosa palabra la que entre manos tenemos:
Inclina tu oreja, obedeciendo con fe a Dios y a su Iglesia, y no tener
entendimiento escudriñador, que sea oprimido de
No es
razón que pase de aquí sin avisaros de un gran peligro que a los
que caminan en el camino de Dios acaece, y a muchos ha derribado. El principal
remedio del cual, consiste en el aviso que el Espíritu Santo nos dio,
mediante acuesta palabra que dice: Inclina tu oreja. Y este peligro es
ofrecerse a alguna persona devota revelaciones o visiones, o otros sentimientos
espirituales, los cuales muchas veces, permitiéndolo Dios, trae el
demonio para dos cosas: una, para con aquellos engaños, quitar el
crédito de las verdaderas revelaciones de Dios, como también ha
procurado falsos milagros para quitar el crédito de los verdaderos;
otra, para engañar a la tal persona debajo de especie de bien, ya que
por otra parte no puede. Muchos de los cuales leemos en los tiempos pasados, y
muchos hemos visto en los presentes; los cuales deben de poner escarmiento, y
dar aviso a cualquiera persona deseosa de su salud, a no ser fácil en
creer estas cosas, pues los mismos que tanto crédito les daban primero,
dijeron y avisaron, después de haber sido libres de aquellos
engaños, que se guardasen los otros de caer en ellos. Gerson (Gerson,
canciller de
No
han faltado en nuestros tiempos personas que han tenido por cierto que ellos
habían de reformar
Otros
han querido buscar sendas nuevas, que les parecía muy breve atajo para
llegar presto a Dios; y parecíales, que dándose perfectamente a
Él, y dejándose en sus manos, eran tan tomados de Dios y regidos
por el Espíritu Santo, que todo lo que a su corazón venía
no era otra cesa sino lumbre e instinto de Dios (Alude a los alumbrados, cuyo
error fundamental describe).Y llegó a tanto este engaño, que si
acueste movimiento interior no les venia, no habían de moverse a hacer
obra buena, por buena que fuese; y si les movía el corazón a
hacer alguna obra, la hablan de hacer, aunque fuese contra el mandamiento de
Dios; creyendo que aquella gana que su corazón sentía, era
instinto de Dios y libertad del Espíritu Santo, que los libertaba de
toda obligación de mandamientos de Dios; al cual decían que
amaban tan de verdad, que aun quebrantando sus mandamientos no perdían
su amor. Y no miraban que predicó el Hijo de Dios por su boca lo
contrario de acuesto, diciendo (Jn., 14, 21): El que tiene mis mandamientos y
los guarda, aquél es el que me ama. Item (v. 23): Si alguno me ama,
guardará mi palabra. Y (v. 24): El que no me ama, no guardará mi
palabra. Dando claramente a entender, que quien no guarda sus palabras, no
tiene su amor ni amistad. Porque, como dice San Agustín: «Ninguno
puede amar al Rey, cuyo mandamiento aborrece.»
Y lo
que el Apóstol dice (1 Tim., 1, 9): Al justo no le es impuesta ley; y
que (2 Cor., 3, 17) donde está el Espíritu del Señor,
allí hay libertad; no se ha de entender que el Espíritu Santo
haga a ninguno, por justo que sea, ser libertado de la guarda del mandamiento
de Dios, ni de su Iglesia, ni de sus mayores; antes mientras más se les
comunica este Espíritu, más amor les pone; y creciendo el amor,
crece el cuidado y gana de guardar más y más las palabras de Dios
y de su Iglesia; sino, como este Espíritu sea eficacísimo, y haga
al hombre verdadero y ferviente amador de lo bueno, pónele tal
disposición en el ánima cuando con abundancia se da, que no le es
pesada la guarda de los mandamientos, antes muy fácil, y tan sabrosa,
que diga Santo Rey y Profeta David (Ps. 118, 103): ¡Cuan dulces son para
mi garganta tus palabras! Más que la miel para mi boca. Porque como este
Espíritu ponga perfectísima conformidad en la voluntad del hombre
con la voluntad de Dios, haciéndole que sea un espíritu con
Él (1 Cor., 6, 17), quiere decir, como dice San Pablo, que tenga un
querer y no querer, necesariamente ha de ser al hombre sabrosa la guarda de la
voluntad de Dios, pues a cada uno es sabroso obrar lo que ama. Tanto, que si la
misma Ley de Dios se perdiese, se hallarla escrita por el Espíritu Santo
en las entrañas de ellos, según dice Santo Rey y Profeta David
(Ps. 36, 31), que
No
diga, pues, nadie que quebrantando mandamientos de Dios o de su Iglesia, pueda
haber justicia, ni libertad, ni amor con Él; pues el Señor
pronuncia ser esclavo, no libre Un., 8. 34), el que hace el pecado. Y co mo no
hay participación de luz con tinieblas (2 Cor., 6, 14), no la hay entre
Dios y quien obra maldad; porque, según es escrito (Sap., 14, 9):
Aborrecible es a Dios el malo y su maldad.
Heos
dado cuenta de acueste tan ciego error, como poniéndooslo en ejemplo,
por donde saquéis otros muchos, tan necios y torpes como él; en
los cuales han caído en tiempos pasados y presentes los que han
livianamente creído que los sentimientos o instintos que en su
corazón había eran de Dios.
Con
deseo que vuestra ánima no sea una de acuestas, os encomiendo mucho
escarmentéis, como dicen, en ajena cabeza; y que tengáis mucho
aviso de no consentir en vos, poco ni mucho, el deseo de acuestas cosas
singulares y sobrenaturales, porque es señal de soberbia o curiosidad
peligrosa.
De lo
cual en algún tiempo fue tentado San Agustín, cuyas palabras son
éstas: «¡Con cuántas artes de tentaciones ha
procurado conmigo el enemigo que yo pidiese a Ti, Señor, algún
milagro! Mas ruégote, por amor de nuestro Rey Jesucristo, y por nuestra
ciudad de Jerusalén la del cielo, que es casta y sencilla, que
así como ahora está lejos de mí el consentimiento de
acuesta tentación, así lo esté siempre más y
más lejos.» San Buenaventura dice que muchos han caído en
muchas locuras y errores, en castigo de haber deseado las cosas ya dichas. Y
dice que antes deben ser temidas que deseadas. Y si os vinieren sin quererlas
vos, temed, y no les deis crédito, mas recurrid luego a nuestro
Señor, suplicándole no sea servido de llevaros por este camino,
sino que os deje obrar vuestra salud en su santo temor (Phil., 2, 12), y camino
ordinario y llano de los que le sirven. Especialmente habéis de mirar
esto, cuando la tal revelación o instinto os convidare a reprender o
avisar de alguna cosa secreta a tercera persona, y mucho más si es
sacerdote, o Prelado, o semejante persona a quien se debe particular
reverencia. Desechad entonces muy de corazón estas cosas, y salid de
ellas con decir lo que dijo Moisés (Ex., 4, 13): Suplicóte,
Señor, envíes al que has de enviar. Y Jeremías (1, 6)
dijo: Muchacho soy, Señor, no sé hablar: teniéndose
entrambos por insuficientes, y huyendo de ser enviados a corregir a los otros.
Y no temáis que por esta resistencia humilde se enojará Dios o se
ausentará si el negocio es suyo; mas antes se acercará y lo
aclarará. Pues quien da su gracia a los humildes (Jac., 4, 6), no la
quitará por hacer acto de humildad. Y Si no es de Dios, huirá el
demonio, herido con la piedra de la humildad, que es golpe que le quiebra la
cabeza como a Goliat (1 Reg., 17, 49).
Y así
acaeció a un Padre del yermo, que apareciéndole una figura del
crucifijo, no sólo no le quiso adorar ni creer, mas cerrados los ojos
dijo: «No quiero ver en este mundo a Jesucristo, bástame verlo en
el cielo.» Con la cual respuesta huyó el demonio, que con ajena
figura le quería engañar. Otro Padre respondió a uno, que
decía ser Ángel enviado a él de parte de Dios: «Yo
no he menester, ni soy digno de mensajes de ángeles; por eso mira a
quién te enviaron, que no es posible que te enviasen a mí, ni te
quiero oír.» Y así con esta humilde respuesta huyó
el demonio soberbio. Y por esta vía de humildad, y de desechar muy de
corazón estas cosas, han sido muchas personas libres por la mano de Dios
de muy grandes lazos que por esta vía el demonio les tenía
armados; probando en sí mismo lo que dice Santo Rey y Profeta David
(Ps., 114, 6): El Señor guarda a los pequeñuelos:
humílleme yo, y libróme Él. Y, por el contrario, hallando
la falsa revelación o instinto del demonio alguna gana o aplacimiento
liviano en el corazón de quien le recibe, prende allí y toma
fuerzas para del todo engañar, permitiéndolo Dios no sin justo
juicio; porque, como dice San Agustín, «la soberbia debe ser
engañada».
Estad,
pues, tan limpia de acueste aplacimiento, y de pensar que sois algo por
acuestas revelaciones, que no se mude vuestro corazón ni un solo punto
del lugar humilde en que antes estaba, debajo del temor santo de Dios; y
así os habed en ellas como si no os hubieran venido. Y si con responder
esto, el negocio pasare adelante, dad luego cuenta de él a quien os
puede aconsejar lo que os cumple. Aunque mejor sería dar esta cuenta
luego que os acaeciese, y ayudar vos con oraciones y ayunos y otras buenas
obras, al que os ha de aconsejar, para que Dios le aclare la verdad, pues el
negocio es tan dificultoso. Porque si al espíritu bueno de Dios tenemos
por espíritu malo del demonio, es gran blasfemia, y somos semejantes a
los miserables fariseos, contradictores de la verdad de Dios, que
atribuían al espíritu malo las obras que Jesucristo nuestro
Señor hacia por Espíritu Santo. Y si con facilidad de creencia
aceptamos el instinto del espíritu malo por cosas del Espíritu
Santo, ¿qué mayor mal puede ser, que seguir las tinieblas por
luz, y el engaño por verdad, y lo que peor es, al demonio por Dios? En
entrambas partes hay gran peligro, o teniendo a Dios por demonio, o al demonio
por Dios. Y cuan gran necesidad hay de saber distinguir y estimar cada cosa de
éstas en lo que ella es, ninguno hay, por ciego que sea, que no lo vea.
Mas cuan clara está la necesidad, tan dificultosa y escondida
está la certificación y lumbre de acuesta duda. Y así como
no es de todos profetizar o hacer milagros, con otras semejantes gracias, sino
de aquellos a quien el Espíritu santo las reparte por su voluntad,
así no es dado al espíritu humano, por sabio que sea, juzgar con
certidumbre y verdad la diferencia de los espíritus, si no fuese alguna
cosa muy clara contra
Allende
de lo dicho habéis de mirar qué provecho o edificación
dejan en vuestra ánima acuestas cosas. Y no os digo esto para que por
estas u otras señales vos seáis juez de lo que en vos pasa, mas
para que, dando cuenta a quien os ha de aconsejar, tanto más ciertamente
él pueda conocer y enseñaros la verdad, cuanto más
particular cuenta le diéredes.
Mirad,
pues, si estas cosas os aprovechan para remedio de alguna espiritual necesidad
que tengáis, o para alguna cosa de edificación notable en vuestra
ánima. Porque si un hombre bueno no habla palabras ociosas, menos las
hablará el Señor, el cual dice (Isa., 48, 17): Yo soy el
Señor, que te enseño cosas provechosas, y te gobierno en el
camino que andas. Y cuando se viere que no hay cosa de provecho, mas
marañas y cosas sin necesidad, tenedlo por fruto del demonio, que anda
por engañar o hacer perder tiempo a la persona que las trae y a las
otras a quien se cuentan; y cuando más no puede, con este perdimiento de
tiempo se da por contento.
Y
entre las cosas que habéis de mirar que se obran en vuestra
ánima, la principal sea si os dejan más humillada que antes.
Porque la humildad, como dice un Doctor, pone tal peso en la moneda espiritual,
que suficientemente la distingue de la falsa y liviana moneda. Porque
según dice San Gregorio: «Evidentísima señal de los
escogidos es la humildad, y de los reprobados es la soberbia.» Mirad,
pues, qué rastro queda en vuestra ánima de la visión o
consolación, o espiritual sentimiento; y si os veis quedar más
humilde y avergonzada de vuestras faltas, y con mayor reverencia y temblor de
la infinita grandeza de Dios, y no tenéis deseos livianos de comunicar
con otras personas aquello que os ha acaecido, ni tampoco os ocupáis
mucho en mirarlo o hacer caso de ello, mas echáislo en olvido, como cosa
que puede traer alguna estima de vos; y si alguna vez os viene a la memoria,
humilláisos, y maravilláisos de la gran misericordia de Dios, que
a cosas tan viles hace tantas mercedes; y sentís vuestro corazón
tan sosegado, y más, en el propio conocimiento, como antes que aquello
os viniese estábades; alguna señal tiene de ser Dios, pues es
conforme a la enseñanza y verdad cristiana, que es que el hombre se abaje
y desprecie en sus propios ojos; y de los bienes que de Dios recibe, se conozca
por más obligado y avergonzado, atribuyendo toda la gloria a Aquel de
cuya mano viene todo lo bueno. Y con esto concuerda San Gregorio, diciendo:
«El ánima que es llena del divino entendimiento, tiene sus evidentísimas
señales, conviene a saber, verdad y humildad.» Las cuales
entrambas, si perfectamente en un ánima se juntaren, es cosa notoria que
dan testimonio de la presencia del Espíritu Santo.
Mas
cuando es engaño del demonio, es muy al revés; porque, o al principio
o al cabo de la revelación o consolación, se siente el
ánima liviana y deseosa de hablar lo que siente, y con alguna estima de
sí y de su propio juicio, pensando que ha de hacer Dios grandes cosas en
ella y por ella. Y no tiene gana de pensar sus defectos, ni de ser reprendida
de otros; mas todo su hecho es hablar y revolver en su memoria aquella cosa que
tiene, y de ella querría que hablasen los otros. Cuando estas
señales, y otras, que demuestran liviandad de corazón, viéredes,
pronunciarse puede sin duda ninguna que anda por allí el espíritu
del demonio.
Y de
ninguna cosa que en vos acaezca, por buena que os parezca, ora sean
lágrimas, ora sea consuelo, ahora sea conocimiento de cosas de Dios, y aunque
sea ser subida hasta el tercero cielo, si vuestra ánima no queda con
profunda humildad, no os fiéis de cosa ninguna ni la recibáis;
porque mientras más alta es, más peligrosa es, y haceros ha dar
mayor caída. Pedid a Dios su gracia para conoceros y humillaros, y sobre
todo esto déos más lo que fuere servido; mas faltando esto, todo
lo otro, por precioso que parezca, no es oro, sino oropel; y no harina de
mantenimiento, sino ceniza de liviandad. Tiene este mal la soberbia, que
despoja el ánima de la verdadera gracia de Dios; y si algunos bienes le
deja, son falsificados para que no agraden a Dios, y sean ocasión al que
los tiene de mayor caída. Leemos de nuestro Redentor que cuando
apareció a sus discípulos el día de su Ascensión
(Mc., 16, 14), primero les reprendió la incredulidad y dureza de
corazón, y después les mandó ir a predicar,
dándoles poder para hacer muchos y grandes milagros; dando a entender,
que a quien Él levanta a grandes cosas, primero le abate en sí
mismo, dándole conocimiento de sus propias flaquezas; para que aunque
vuelen
sobre los cielos, queden asidos a su propia bajeza, sin poder atribuir a
sí mismos, otra cosa sino su indignidad.
La
suma, pues, de todo esto sea, que tengáis cuenta de los efectos que
estas cosas obran en vos, no para ser vos juez de ellas, sino para informar a
quien os ha de aconsejar, y vos tomar su consejo.
Mas
habéis de notar, que muchos sienten en sí mismos su propia
vileza, y cuan nada son de su parte, y paréceles que atribuyen puramente
la gloria a Dios de todos sus bienes, y tienen otras muchas señales de
humildad; y con todo esto están llenos de soberbia, y tan enlazados en
ella, cuanto ellos más libres piensan estar. Y es la causa, porque ya
que vivan en verdad, por no atribuir los bienes a sí, viven en
engaño, por pensar que son sus bienes más y mayores de lo que en
la verdad son; y piensan tener de Dios tanta lumbre, que ellos solos bastan
para regirse en el camino de Dios y aun para regir a los otros; y ninguna
persona hay que en los ojos de ellos sea suficiente para los regir. Son en gran
manera amigos de su parecer, y aun tienen en poco algunas veces lo que los
santos pasados dijeron, y lo que a los siervos de Dios que en su tiempo viven,
parece. Jáctanse tener el espíritu de Cristo y ser regidos por
Él, y no haber menester humano consejo, pues con tanta certidumbre Dios
y su unción les satisface en sus oraciones.
Piensan,
como San Bernardo dice, «en las casas ajenas, y que en solas las suyas
luce el sol». Y desafían y desprecian a todos los sabios, como
Goliat al pueblo de Dios. Sólo aquél es bueno en su juicio, que
con ellos se conforma; y no hay cosa que más molesta les sea, que haber
quien les contradiga. Quieren ser maestros de todos y creídos de todos,
y ellos a ninguno creer, y a la discreción cauta de los experimentados
llaman tibieza y temor, y a los desenfrenados fervores y novedades, llenas de
singularidad o causadoras de alborotos, llaman libertad de espíritu y
fortaleza de Dios. Y aunque traigan en la boca casi a la continua, «Esto
me dice mi espíritu; Dios me satisface», y semejantes palabras,
otras veces alegan
de
demonios, presto caerán en la piedra del tropiezo; porque son llevados
con ciega precipitación y ligereza demasiada. Por tanto, cualquiera cosa
que dijeren de revelaciones no acostumbradas; tenedlo por sospechoso.»
Todo esto dice Gerson.
Habéis
de saber, que algunos de éstos que he dicho en el capítulo
pasado, son gente sin letras, y cordialmente enemigos de los letrados. Y si por
ventura saben algún poco latín, para leer y traer consigo un
Testamento Nuevo, es tanto lo que se creen a sí mismos, pensando que
creen a Dios, y estriban en unos livianísimos motivos y enlázanse
en ellos con tal ceguedad, que por claros que son (Por claros que son: a pesar
de ser muy claros), no saben sacudirse de ellos. Y son tan atrevidos e impersuasibles
que, como
sabios,
pues que la sabiduría de si misma no les es impedimento para ser
humildes y santos, antes a muchos ha sido y es grande ocasión para
serlo. Y juzgar que no lo son es una grande soberbia e injurioso juicio. Y ya
que no lo fuesen, acuérdense que está escrito (Mt., 23, 2): Sobre
la cátedra de Moisés se asentaron los letrados y fariseos; haced
lo que os dicen, y no hagáis lo que hacen. Y éstos son al revés,
porque no toman la buena doctrina que los sabios dan, y hacen lo malo que ellos
dicen que hacen, que es ser soberbios, despreciándolos, y no curando del
orden natural y divino, que es que los menos sabios sean regidos por los
más sabios.
Ni es
contra esto lo que dijo San-Juan (1 Jn., 2, 27): Que la unción
enseña de todas cosas. Porque lo que quiere decir es, que la gracia y
lumbre de Dios, unas veces enseña al hombre interiormente por sí
sola, y otras que vaya a pedir ajeno consejo, y a quién ha de ir a pedirlo;
y así enseña de todo, aunque no por sí sola todo. Y a este
propósito dice San Agustín: «Huyamos tales tentaciones, que
son soberbiosísimas y peligrosas. Antes pensemos cómo el mismo
Apóstol San Pablo, aunque fue postrado y enseñado con voz
celestial (Act., 9, 6, 11), con todo eso fue enviado a hombre para recibir los
Sacramentos y ser incorporado en
otros,
si los hombres no aprendiesen mediante otros hombres. San Felipe fue enviado al
Eunuco (Act., 8, 27), y Moisés recibió el consejo de su suegro
Jetró (Ex., 18, 24).» Todo esto dice San Agustín.
Item,
dice San Juan Climaco: «Que el hombre que se cree a sí mismo, no
ha menester que le tiente el demonio, porque él mismo se es demonio para
sí.» ítem, dice San Jerónimo: «No quise yo
seguir mi propio parecer, el cual suele ser muy mal consejero.» Item, San
Vicente dice, y aconseja mucho, «que el hombre que quisiere ser
espiritual, tenga algún maestro por quien se rija; y si lo puede haber y
no lo toma, nunca le comunicará Dios la gracia, por su soberbia».
San Bernardo y San Buenaventura a cada paso aconsejan lo mismo. Y
Porque
de otra manera, ¿qué cosa habría más sin orden que
Y son
tan grandes los males que vienen de acuesta soberbia, que turban a todos con
cuantos contrata; porque con quien defiende porfiadamente su parecer propio y
es amigo de él, ¿quién hay que en paz pueda vivir?
Y
porque del todo maldigáis y huyáis este vicio, sabed que llega
hasta hacer a los que eran buenos cristianos, perversos herejes; ni por otra
cosa lo han sido, ni son, sino por creer más a su parecer propio que al
de
Tomando,
pues, escarmiento de acuestas cosas, os amonesto que, así como
habéis de ser enemiga de vuestra voluntad, así mucho más
lo seáis de vuestro parecer, y de querer salir con la vuestra, pues que
veis el mal paradero que tiene el parecer propio. Sed enemiga de él
fuera de vuestra casa y en vuestra casa; y aunque sea en cosas livianas, no lo
sigáis; porque a duras penas hallaréis cosa que tanto turbe el
sosiego que Cristo quiere en vuestra ánima para comunicarse con ella,
como el porfiar y querer salir con la vuestra. Y más vale que no se haga
lo que vos deseábades, que perder cosa que tanto habéis menester
para gozar de Dios en sosiego. Y esto entended, si vos no tenéis oficio
de regir la casa; porque entonces no debéis dejar lo que os parece ser
bueno, aunque debéis informaros bien por oración y consejo,
según la calidad de la cosa.
Ya
sabéis que los que se han de haber en alguna cosa de afrenta, se suelen
primero ensayar en cosas livianas, para estar industriados en las que son de
verdad y mayores. Y, cierto, creed que quien está acostumbrado a
creerse, y estima su entendimiento por sabio, queriendo salir con su parecer en
las cosas pocas, se hallará nuevo y dificultoso en negar su parecer en
las cosas mayores. Y, por el contrario, el ejercitado en cosas pequeñas
a llamar a su entendimiento de necio y a fiar poco de él, hallarse ha
facilitado para sujetarse, o al parecer de Dios o de sus mayores, o para no
juzgar fácilmente a su prójimo.
Y
así como en las cosas que he dicho de poca importancia podéis
negar vuestro parecer y seguir el ajeno, sin examinar mucho quién lo
dice o no, así os digo que en lo que toca a vuestra conciencia
debéis de estar avisada, que ni la fiéis de vuestro parecer, ni
la fiéis de quienquiera. Conviéneos que toméis por
guía y padre a alguna persona letrada, y experimentada en las cosas de
Dios; que uno sin otro ordinariamente no basta. Porque las solas letras no son
suficientes para proveer las particulares necesidades y prosperidades y
tentaciones, que acaecen en las ánimas de los que siguen la vida
espiritual; en las cuales, como dice Gerson, se ha de ocurrir (recurrir) a los
experimentados. Y muchas veces acaecerá a los que no tuvieren más
que letras, lo que acaeció a los Apóstoles, andando una noche en
la mar con tormenta, que pensaron que Cristo, que a ellos venía, era
fantasma (Mt., 14, 26), teniendo por engaño lo que es merced y verdad de
nuestro Señor, como hicieron los Apóstoles. Poneros han algunos
de ellos demasiados temores, condenándolo todo por malo; y como en sus
corazones están muy lejos de la experiencia del gusto e iluminaciones de
Dios, hablan de ello como de cosa no conocida, y a duras penas pueden creer que
pasan en los corazones de los otros cosas más altas que las que pasan en
el corazón de ellos.
Otros
hallaréis ejercitados en cosas de devoción, que se van
ligeramente tras un sentimiento de espíritu, y hacen mucho caso de
él; y si alguno les cuenta algo de acuestas cosas, óyenlo con
admiración, teniendo por más santo al que más tiene de
ellas, y aprueban ligeramente estas cosas como si en ellas todo estuviese
seguro: y como no lo esté, muchos de éstos por ignorancia caen en
errores, y dejan caer a los que tienen entre manos, por no darles suficientes
avisos contra las cautelas del demonio; por lo cual no son buenos para regir
tampoco como los pasados.
Mas
sabed que hay algunos de tan buen juicio, y que tienen entendido que la
santidad verdadera no consiste en estas cosas, sino en el cumplimiento de la
voluntad del Señor; y tienen experiencia de las cosas espirituales, y
saben dudar y preguntar a quien les informe. De estos tales bien os
podréis fiar, aunque no tengan letras; pues para quien todo su negocio
es entender en sí mismo, acuesto le basta.
Y
pues tanto os va en acertar con buena guía, debéis con mucha
instancia pedir al Señor que os la encamine Él de su mano, y
encaminada, fiadle con mucha seguridad vuestro corazón, y no
escondáis cosa de él, buena ni mala: la buena, para que la
encamine y os avise; la mala, para que os la corrija. Y cosa de importancia no
la hagáis sin su parecer, teniendo confianza en Dios, que es amigo de
obediencia, que Él pondrá en el corazón y lengua a vuestra
guía lo que conviene a vuestra salud. Y de esta manera huiréis de
dos males, y extremos: Uno, de los que dicen: «No es menester consejo de
hombre; Dios me enseña y me satisface.» Otros están tan
sujetos al hombre, sin mirar otra cosa sino que es hombre, que les comprende
aquella maldición, que dice (Jerem., 17, 5): Maldito el hombre que
confía en el hombre. Sujetaos vos a hombre y habréis escapado del
primer peligro; y no confiéis en el saber ni fuerza del hombre, mas en
Dios, que os hablará y esforzará por medio del hombre, y
así habréis evitado el segundo peligro.
Y
tened por cierto, que aunque mucho busquéis, no hallaréis otro camino
tan cierto ni tan seguro, para hallar la voluntad del Señor, como este
de la humilde obediencia, tan aconsejado por todos los Santos, y tan obrado por
muchos de ellos, según nos dan testimonio las Vidas de los Santos
Padres, entre los cuales se tenía por muy gran señal de llegar
uno a la perfección el ser muy sujeto a su Viejo. Y entre las muchas
buenas cosas que en las Ordenes de los Religiosos hay, por maravilla
hallaréis otra tan buena, como vivir todos debajo de un mayor a quien
obedezcan, no sólo en las obras exteriores, mas en el parecer y voluntad
interiormente; los cuales, si tienen confianza y devoción en la
obediencia, vivirán vida acertada y muy descansada.
Si
bien habéis oído las palabras ya dichas, veréis cuan necesario
es el OÍR para agradar a Dios nuestro Señor. Ahora escuchad la
segunda palabra que dice VE. No basta estar atento a las divinas palabras de
fuera e inspiraciones de dentro, que es el oír; mas conviene
también tener sano el sentido para ver. Porque no menos son reprendidos
de Cristo los ciegos que no ven la luz, que los sordos que no oyen la verdad.
Mas
no penséis que amonestándoos que veáis, os quiere decir
que veáis fiestas o mundo; porque aquel ver, ¿ qué otra cosa
es sino cegar, pues impide la vista del ánima? Los ojos del cuerpo basta
que miren la tierra en que se han de tornar, y que miren el cielo donde
está el deseo de su corazón, según dice David (Ps., 8, 4):
Veré tus cielos, obra de tus dedos; la luna y estrellas que Tú
fundaste. Y si más criaturas quieren ver, no lo impedimos, con tal que
sea la vista para pasar de ellas a Dios, no para perder y olvidar a Dios en
ellas; porque de esta vista dice Santo Rey y Profeta David al Señor (Ps.,
138, 37): Señor, aparta mis ojos, porque no vean la vanidad: en el
camino tuyo avívame. Bien sabía este santo Rey que el demasiado
mirar es impedimento para correr con ligereza la carrera de Dios, y suele
entibiar el corazón encendido, y por eso dice: Avívame en tu
carrera; porque, según está claro a los experimentados, cuanto
más recogidos tienen estos ojos exteriores, tanto más ven con los
interiores, cuya vista es más alegre y más provechosa. Lo cual es
justo que fácilmente crea un cristiano, pues leemos de algunos
filósofos haberse sacado los ojos del cuerpo por tener más
recogido su entendimiento para contemplar. En el cual hecho debemos burlar de
su error en sacarse los ojos, y aprovecharnos de su buen deseo en tener
recogimiento en ellos.
Y
así con toda guarda debemos guardar nuestros ojos, porque no nos
acaezcan los males que de la soltura suelen venir. ¿De dónde
pensáis que vino el principio de la perdición al mundo? Por
cierto, no de más que de una vista desordenada. Miró Eva al
árbol vedado, dióle gana de comer de su fruto porque le
parecía hermoso y sabroso; comió e hizo comer a su marido (Gen.,
3, 6), y la comida fue muerte para ellos y cuantos de ellos vinieron. No es
cordura mirar lo que no es lícito desear; como parece en el santo Rey
David (2 Reg., 11, 2), cuyos ojos se deleitaron en mirar la mujer que se lavaba
en su huerto; y tuvo después que llorar noches y días, lavando su
cama y estrado con lágrimas, en tanta abundancia, que sus ojos estaban
carcomidos, como de polilla, de mucho llorar. Y quien dice: Arroyos de agua
derramaron mis ojos porque no guardaron los malos tu Ley (Ps., 118, 136), mejor
los derramarla por no haberla él guardado. Buen consejo hubiera sido a
sus ojos no deleitarse en lo que después tan caro les costó; y
también lo será a nosotros pecadores, pues tan livianos somos,
que tras los ojos se nos va el corazón. Pongamos, pues, un velo entre
nosotros y toda criatura, no hincando los ojos del todo en ella, porque
ocupados allí, no perdemos la vista del Criador; quiero decir, nuestras
devotas consideraciones que de Dios teníamos.
Y
creed cierto, que una de las más ciertas señales de
corazón recogido, es la mortificación en el mirar; y del
corazón disoluto la disolución del mirar. No hay pulso que tan
cierto declare lo que hay en el cuerpo, cuanto el ojo declara lo que hay en el
ánima, de bien o de mal. Por lo cual el Esposo alaba a
Y si
esto conviene mirar en los ojos de fuera, ¿cuánto más en
los interiores, en los cuales verdaderamente está el bien o el mal
mirar, y por los cuales es uno juzgado que tiene vista o es ciego? Claro
está que los fariseos a quien Jesucristo nuestro Señor hablaba,
ojos tenían en la cara, con que veían; mas porque no veían
con los del á n i ma, lla má ba los ciegos y guía de
ciegos (Mt, 15, 14). Y, por el contrario, el Patriarca Isaac y Tobías
muy clara vista tenían en los ojos del ánima, y por eso poco les
dañaba estar ciegos en los ojos del cuerpo. Porque, como dijo San
Antón a un ciego llamado Dídimo, que era muy sabio en las
Escrituras divinas: «No es razón que tomes pena por no tener ojos
del cuerpo, los cuales también tienen los gatos y los perros y otros
animales menores» pues tienes claros los ojos del ánima, con los
cuales se ve Dios.»
Pues
de esta vista debéis entender lo que se amonesta en la segunda palabra,
que dice: VE, si la queréis cumplir. Ojos tenéis, que es vuestro
entendimiento; y para ver a Dios nos fue dado; no lo hincháis de polvo
de tierra y de honras mundanas, ni lo tapéis con gruesos humores de
pensamientos de cuerpo; mas sacudida de estas poquedades que ocupan la vista,
tened vuestro entendimiento claro para emplearlo en Aquel que os lo dio y os le
pide para haceros bienaventurada en él. No penséis que os
desocupó Cristo en balde de las ocupaciones del mundo, e hizo que no
entrásedes a moler en la tahona de las cargas del matrimonio, cuyos
cuidados suelen turbar los ojos de quien anda en ellos, si muy especial gracia,
del Señor no tienen para cumplir bien con dos partes; mas
libertóos el Señor para que fuésedes toda suya, y vuestros
ojos a Él solo mirasen, como la esposa casta a su solo esposo suele
mirar.
Tendréis,
pues, esta orden en el mirar: que primero os miréis a vos, y
después a Dios, y después a los prójimos. Miraos a vos
para que os conozcáis y tengáis en poco; porque no hay peor
engaño, que ser uno engañado en sí mismo, teniéndose
por otro de lo que es. Lodo sois de parte del cuerpo, pecadora de parte del
ánima; si en más que esto os tenéis, ciega estáis,
y deciros ha vuestro Esposo (Cant., 1, 7): Si no te conoces, ¡oh hermosa
entre las mujeres !, salte y vete tras las pisadas de tus manadas, y apacienta
tus cabritos por de las cabañas de los pastores. El cual lugar os
declararé, según la letra griega y edición Vulgata, a la
cual el Concilio Tridentino nos manda seguir, puesto caso que, según la
letra hebrea, tenga otro sentido.
Dicen,
pues, en sentencia, San Gregorio y San Bernardo y Orígenes de esta
manera: «No hay cosa tan para temblar, como oír a la boca de Dios:
Salte y vete. Porque si la más recia palabra de un padre para su hijo, o
marido con su mujer, que la tiene en grande abundancia, es apartarla de su
amparo y riquezas, diciéndole: Vete de mí y de mi casa,
¿qué será irse el ánima y apartarse de Dios, sino
desterrase de todos los bienes y caer en todos los males?» ¿Dónde
iremos—dijo San Pedro a Cristo—que palabras de vida eterna tienes?
(Jn., 6, 69). ¿Dónde iremos, que fuente de vida tienes y
Tú sólo la tienes? ¿Dónde iremos, alegre Luz, sin
la cual hay tinieblas? ¿Dónde. Pan vivo, sin el cual hay
hambre mortal? ¿Dónde, firmísimo amparo, sin el cual la
seguridad es peligro? En fin, ¿dónde irá la oveja, estando
en toda parte cercada de lobos, si el pastor la desabriga y alanza de
sí? Recia palabra es: Salte y vete, y semejable a aquella que Cristo ha
de decir el día postrero a los malos (Mt., 25, 41 ): Idos, malditos, al
fuego que está aparejado. Y otra vez digo, que no hay cosa que
más deba temer, ni que tanto deba trabajar por evitar quien está
en la abundante y alegre casa de Dios, y debajo de su fortísimo amparo,
como oír a sus orejas: Salte y vete. Esta salida no es cosa liviana, mas
es causa de todos los males. Porque el hombre desamparado del amparo divino, y
dejado a sus propias fuerzas, ¿qué hará, como dice San
Agustín, sino lo que hizo San Pedro cuando negó a nuestro Señor?
Y aun sin conocer y arrepentirse del mal que habla hecho, hasta que el amparo y
mirar divino tornó sobre Pedro, caído en pecado y olvidado en
él, dándole conocimiento que había hecho mal en haber
caído, y dándole de ello dolor, y que la causa de su caída
fue haber confiado de sí.
De
manera, que la causa por que el benigno Señor se torna riguroso en echar
de casa sus hijos, es porque no se conocen, pensando ser algo, y estribando
sobre sus fuerzas. Y a esta ánima dice el Esposo: Si no te conoces,
salte y vete tras las pisadas de tus manadas: q u e q u i e re decir, que la
deje ir perdida, siguiendo las obras y rastro de los pecadores, que andan
juntos en sus pecados como manadas de animales, ayudándose en ellos unos
a otros; los cuales también serán el día postrero atados
como manojos, para ser en el infernal fuego juntamente quemados los que fueron
juntos en los pecados. Y dice el Esposo a la tal ánima: Manadas tuyas;
porque el pecar, de nosotros es, no de Dios; y el bien es de Dios, y no de
nosotros; pues por su virtud lo hacemos. Lo cual Él quiere muy de hecho
que conozcamos ser así, no tanto por lo que a Él toca, cuya
gloria no crece en si mismo, aunque nosotros le glorifiquemos; mas por lo que
toca a nosotros, cuyo bien es, y muy grande, conocer que de todo bien que
tenemos, no a nosotros, sino a Él se debe la honra. Y sí de lo
que Él puso en nosotros para su alabanza, queremos edificar
ídolo, atribuyendo la gloria del incorruptible Dios a nosotros,
corruptibles hombres (Rom., 1, 23), no lo dejará Él sin castigo,
mas dirá: Quédate con lo que es tuyo y piérdete, pues no
quisiste permanecer en Mí para salvarte. ¡Oh, cuan de verdad se
cumplen en los soberbios estas palabras; y cuan presto, de espirituales se
hacen carnales, de recogidos disolutos, de oro lodo; y los que solían
comer con sabor pan celestial, deléitanse después en comer
manjares de puercos, siéndoles cosa muy pesada no sólo obrar las
cosas de Dios, mas aun oír hablar de Él! ¿ De dónde
pensáis que ha venido haber sido algunas personas castas en el tiempo de
su mocedad, aunque fueron combatidos de graves tentaciones, y venidos a la
vejez haber miserablemente caído en vilezas tan feas, que ellos mismos
se espantan de sí y se abominan? La causa fue que en la mocedad
vivían con santo temor y humildad; y viéndose tan al canto de
caer, invocaban a Dios, y eran defendidos por Él. Mas después
que, con larga posesión de la castidad, comenzaron a engreírse y
confiar de sí mismos, en aquel punto fueron desamparados de la mano de
Dios, e hicieron lo que era suyo propio, que es el caer.
Y
entonces se cumple que apacientan sus cabritos, que son sus livianos y
deshonestos sentidos, cerca de las tiendas de los pastores, que son los cuerpos
de los siervos de Dios, porque en ellos están como en cabaña de
campo, que presto se muda, y no como en casa o ciudad de reposo. Y así
con mucha razón, en cuerpos y en cosas de cuerpos apacientan sus
sentidos, porque perdieron con su soberbia el verdadero sentido, sintiendo de
sí otra cosa, que es ser de sí mismos nada y pecadores, robando
la gloria de Dios que tan de verdad se le debe de todo lo bueno que en
cualquier manera hacemos.
Despertad,
pues, doncella, y escarmentad, como dicen, en cabeza ajena, y aprovechaos de la
amenaza, porque no probéis el castigo. Sed semejante a
Y
alaba tos mejillas donde se suele mostrar la vergüenza. ¿Por
qué hubo vergüenza
De lo
ya dicho, y de otras muchas cosas que los Santos han hablado en alabanza del
propio conocimiento, veréis cuan necesaria es esta joya para venir al
conocimiento de Dios. Y pues queréis edificar casa en vuestra
ánima para este tan alto Señor, sabed que no los altos, mas los
humildes de corazón son sus casas.
Y por
tanto, el primer cuidado que tengáis sea cavar en la tierra de vuestra
poquedad, hasta
que,
quitado de vuestra estimación todo lo movedizo que de vos tenéis,
lleguéis a la firme piedra, que es Dios; sobre la cual, y no sobre
vuestra arena, fundaréis vuestra casa. Y por esto decía el
bienaventurado San Gregorio: «Tú que piensas edificar edificio de
virtudes, ten primero cuidado del fundamento de la humildad ; porque quien
quiere tener virtudes sin ella, es como quien llevase ceniza en su mano en
contrario del viento.» Lo cual dice, porque no sólo no aprovechan
las virtudes sin la humildad—aunque sin ella, no son virtudes—, mas
son ocasión de muy gran pérdida, así como el gran edificio
sobre el pequeño y flaco cimiento es ocasión de caída. Y
por tanto, conforme a la alteza de las virtudes ha de ser lo bajo del cimiento
de la humildad, para que el ánima esté firme, y no sea derribada
con el viento de la soberbia.
Y si
me dijéredes: ¿Dónde hallaré esta joya del propio
conocimiento?, dígoos que aunque es de mucho valor, en el establo, y
entre el estiércol de vuestra poquedad y defectos la habéis de
hallar, quitando los ojos de las vidas ajenas. No os entremetáis en
saber cosas curiosas; volved vuestra vista a vos misma, y perseverad en
examinaros; que aunque al principio no halléis tomo en conoceros, como
quien entra de la claridad del sol a una cámara obscura; mas
perseverando en sosiego, poco a poco veréis con la gracia de Dios lo que
en vuestro corazón hay, aunque sea en los muy secretos rincones. Y para
que sepáis el modo que cerca de esto, que tanto os va, habéis de
tener, oíd a San Jerónimo, que dice a una mujer casada (a
Cleancia): «De tal manera tengas cuidado de tu casa, que también
tengas para tu ánima algún reposo. Busca un lugar conveniente, y
algún tanto apartado del bullicio de tu familia; al cual te vayas, como
quien se va a un puerto, huyendo de la gran tempestad de tus cuidados; y
allí, solamente haya lección de cosas divinas, y oración
continúa, y pensamientos de cosas del otro mundo, tan firmes, que todas
las ocupaciones del otro tiempo del día ligeramente las recompenses con
este rato de desocupación. Y no te decimos esto para apartarte del
regimiento (gobierno) de tu casa, mas antes para que allí aprendas y
pienses cómo te debes haber con ella.» Si este bienaventurado
Santo encomienda a una mujer casada que quite a las ocupaciones de casa
algún rato, y se recoja en quieto lugar a leer y pensar cosas de Dios,
¿con cuánta más razón la doncella de Cristo, que
está libre de los mundanos cuidados, y que debe pensar que no vive para
otra cosa tan principalmente, como para usar de la oración y
recogimiento interior y exterior, debe buscar en su casa algún lugar
escondido y secreto, en el cual tenga sus libros devotos e imágenes
devotas, diputado solamente para ver y gustar cuan suave es el Señor?
(Ps. 33, 9). El estado de virginidad que habéis tomado, no es para que
estéis enlazada en cuidados perecederos del mundo; mas, así como
es semejante al estado del cielo, cuanto a la entereza e incorrupción de
la carne, así habéis de pensar que no ha de entrar en vuestro
corazón, en cuanto a vos fuere posible, cuidado de tierra; mas
habéis de ser un templo vivo, en el cual se ofrezcan continuas
oraciones, y suenen continuos loores a Aquel que os crió. Y sólo
un cuidado ocupe vuestro corazón, y ha de ser agradar al Señor,
como dice San Pablo (Colos., 3, 3): Daos por muerta a este mundo, pues ya os
habéis desposado con el Rey celestial. Y acordaos que dice el Esposo a
Buscado,
pues, este lugar quieto, recogeos en él a lo menos dos veces al
día, una por la mañana, para pensar en la sacra Pasión de
Jesucristo nuestro Señor, como después diremos (Cap. 68 y
siguientes), y otra en la tarde en anocheciendo para pensar en el ejercicio del
propio conocimiento. Y el modo que tendréis sea éste. Tomad
primero algún libro de buena doctrina, en que, como en espejo,
veáis vuestras faltas, y con él toméis manjar con que
vuestra ánima sea esforzada en el
camino
de Dios. Y este leer no ha de ser con pesadumbre, ni pasando muchas hojas, mas,
alzando el corazón a nuestro Señor, suplicarle que os hable en
vuestro corazón con su viva voz, mediante aquellas palabras que de fuera
leéis, y os dé el verdadero sentido de ellas. Y con aquella
atención y reverencia estad atenta, escuchando a Dios en aquellas
palabras que de fuera leéis, como si a Él mismo oyérades
predicar cuando en este mundo hablaba. De manera, que aunque tengáis los
ojos en el libro, no peguéis en él con mucha ansia el
corazón para que os haga olvidar de Dios; mas tened a lo que
leéis una mediana y descansada atención, que no os cautive ni
impida la atención libre y levantada que al Señor habéis
de tener. Y leyendo de esta manera no os cansaréis; y daros ha nuestro
Señor el vivo sentido de las palabras, que obre en vuestra ánima,
unas veces arrepentimiento de vuestros pecados, otras confianza de Él y
de su perdón; y os abrirá el entendimiento a conocer otras muchas
cosas, aunque leáis pocos renglones. Y algunas veces conviene
interrumpir el leer, por pensar alguna cosa que del leer resultó, y
después tornar a leer; y así se van ayudando la lección y
la oración.
Y con
el corazón así devoto y recogido, podéis comenzar a
entender en el ejercicio de vuestro propio conocimiento; y de esta manera,
vuestras rodillas hincadas, pensaréis a cuan excelente y soberana
Majestad vais a hablar. La cual no la penséis lejos de vos, mas que
hinche cielos y tierra; y que ninguna parte hay en que no esté, y
más dentro de vos qué vos misma. Y considerando vuestra
pequeñez, hacedle una entrañable reverencia, humillando vuestro
corazón como una pequeña hormiga delante de un Ser infinito, y
pedidle licencia para hablarle. Y comenzad primero en decir mal de vos y rezad
la confesión general, y acordándoos particularmente y pidiendo
perdón de lo que en aquel día hubiéredes pecado.
Después
rezad algunas devociones que debéis tener por costumbre; no tantas, que
demasiadamente os fatiguen la cabeza y os sequen la devoción; ni tampoco
las dejéis del todo, porque sirven para despertar la devoción del
ánima, y para ofrecer a Dios servicio con nuestra lengua, en
señal que Él nos la dio. Y por eso nos enseña San Pablo (1
Cor., 14, 15): Que hemos de orar y cantar con el espíritu de la voz, y
con el ánima. Y estas oraciones no sólo sean para pedir mercedes
a nuestro Señor para vos, mas por aquellos por quien tenéis
especial obligación, y por toda
Después
de esto, dejad de rezar con la boca, y meteos en lo más dentro de
vuestro corazón; y haced cuenta que estáis delante la presencia
de Dios, y que no hay más de Él y de vos.
Pensad
cómo antes que a este mundo viniésedes, érades nada, y
cómo aquella sobrepujante bondad de Dios nuestro Señor os
sacó de aquel abismo de no ser, y os hizo criatura suya, no cualquiera,
sino razonable. Pensad cómo os dio cuerpo y ánima, para que con
lo uno y con lo otro trabajasedes de le servir.
Haced
cuenta que estáis ya en el paso de vuestra muerte, lo más
verdaderamente que lo pudiéredes sentir, diciendo a vos misma:
«Llegar tiene algún día esta hora de mi acabamiento; no
sé si será esta noche o mañana; y pues ciertamente ha de
venir, razón es que piense en ello.» Pensad cómo
caeréis en la cama, y cómo habéis de sudar el sudor de la muerte;
levantarse ha el pecho, quebrantarse han los ojos, perderse ha el color de la
cara, y con grandes dolores se apartará esta junta tan amigable del
cuerpo y del ánima. Amortajarán después vuestro cuerpo, y
poneros han en unas andas, y llevaros han a enterrar, llorando unos y cantando
otros. Echaros han en una sepultura chica, cobijaros han con tierra, y
después de haberos pisado, quedaros heis sola, y seréis presto
olvidada.
Pensad,
pues, todo esto que por vos ha de pasar. ¿Qué tal estará
vuestro cuerpo debajo de la tierra? Y cuan presto se parará tal, que
cualquiera persona, por mucho que os quiera, no os pueda ver, ni oler, ni estar
cerca de vos. Mirad allí con atención en qué paran la
carne y su gloria, y veréis cuan necios son aquellos que, habiendo de
salir tan pobres de este mundo, andan ansiosos ahora por ser muy ricos; y
habiendo de ser tan presto hollados y olvidados, tienen gran sed de ponerse en
más altos lugares que los otros. Y cuan engañados viven los que
regalan su cuerpo, y se van tras sus deseos; porque otra cosa no hicieron sino
ser cocineros de gusanos, guisándoles bien el manjar que han de comer; y
ganaron con sus breves deleites tormentos que nunca se acaban. Considerad y
mirad con muy grande atención y despacio vuestro cuerpo tendido en la
sepultura; y haciendo cuenta que ya estáis en ella, mortificad los
deseos de la carne cada vez que os vinieren a la memoria; y mortificad los
deseos de agradar y desagradar al mundo, y de tener en algo cuanto en él
florece, pues que tan presto y con tanto abatimiento lo habéis de dejar,
y él a vos. Y considerando cómo vuestro cuerpo, después de
ser manjar de gusanos, se tornará en cieno y en polvo, no lo
miréis de ahí adelante sino como a un muladar cubierto de nieve,
y que os dé asco acordaros de él. Y teniendo el cuerpo en esta
posesión, no seréis engañada cerca de la estima de
él, mas tendréis verdadero conocimiento, y sabréis
cómo lo habéis de regir, mirando el fin en que ha de parar; como
quien se pone al fin de la nao, para desde allí regirla mejor.
En
esto que habéis oído ha de parar vuestro cuerpo; resta que
oigáis lo que ha de acaecer a vuestra ánima, la cual será
en aquella hora llena de angustias, acordándose de las ofensas que en
esta vida hizo a nuestro Señor, y pareciéndose entonces muy grave
lo que antes le parecía muy liviano. Será desamparada de sus
sentidos, no podrá servirse de la lengua para pedir socorro a nuestro
Señor, y entenebrecérsele ha el entendimiento, que aun pensar en
Dios no podrá; y, en fin, poco a poco acercarse ha la hora en que por
mandamiento de Dios salga del cuerpo, y se determine de ella o perdición
para siempre, o salud para siempre. Oír tiene de la boca de Dios:
«Apártate de mí a fuegos
eternos»,
o «Quédate conmigo en estado de salvación, en purgatorio o
paraíso». Colgada habéis de estar de sola la mano de Dios,
y en sólo Él estará vuestro remedio. Por lo cual habéis
mucho de huir de enojar en vuestra vida al que en la hora de vuestra muerte
habéis tanto menester. Demonios que os acusen y que pidan justicia a
Dios contra vuestra ánima, acusándoos particularmente de cada
pecado, no os faltarán; y si la misericordia de Dios entonces os olvida,
¿qué haréis, oveja flaca, cercada de tan rabiosos lobos,
muy deseosos de os tragar?
Pensad,
pues, en el rato de vuestro recogimiento cómo en acueste estrecho punto
habéis de ser presentada delante el juicio de Dios, desnuda y sola de
todas las cosas, y acompañada del bien o mal que hubiéredes
hecho. Y decid a nuestro Señor, que vos os presentáis ahora de
gana, para alcanzar misericordia en aquella hora, que por fuerza habéis
de salir de este mundo. Haced cuenta que sois un ladrón, a quien han
tomado en el hurto, y le presentan ante el juez, las manos atadas; o una mujer
que la halló su marido haciéndole traición; los cuales, de
confundidos, no osan alzar los ojos, ni pueden negar su delito; y creed, que
muy más claramente os ha visto Dios en todo lo que contra Él
habéis pecado, que pueden ningunos ojos de hombres ver cosa que delante
de él se hiciese. Y avergonzándoos de haber sido mala en la
presencia de tanta bondad, cubríos de la vergüenza que entonces
perdisteis; y sentid en vos confusión de vuestros pecados, como quien
está delante la presencia del soberano Juez y Señor. Acusaos vos
como habéis de ser acusada; y especialmente traed a la memoria los
pecados más graves que hubiéredes hecho; aunque si son
deshonestos, más seguro es no deteneros en los pensar muy
particularmente, sino a bulto, como una cosa hedionda, y que os da grande
espanto de la mirar. Juzgaos y sentenciaos por mala, y bajad vuestros ojos a
considerar los infernales fuegos, creyendo que los
tenéis
muy bien merecidos.
Poned
en una parte los bienes que Dios os ha hecho desde que os crió,
discurriendo por vuestro cuerpo y por vuestra ánima; y cómo
érades obligada a reverenciarle y serle agradecida, y amarle con todo
vuestro corazón, sirviéndole con toda obediencia y con toda vos,
guardando sus mandamientos y de su Iglesia. Mirad cómo os ha mantenido,
con otros mil bienes que os ha hecho, y de males que os ha librado; y, sobre
todo, cómo, por convidaros con su ejemplo y amor a que fuésedes
buena, vino el mismo Señor del mundo, haciéndose hombre; y por
remediar vuestra maldad y ceguedad en que estábades, pasó muchos
trabajos, y derramó muchas lágrimas, y después su sangre,
perdiendo la vida por vos. Todo lo cual se ha de poner el día de vuestra
muerte y juicio en una balanza, haciéndoos cargo de ello como de recibo;
y os han de pedir cuenta de cómo habéis servido tantas mercedes,
y cómo habéis usado de vos misma a servicio de Dios, y con
qué cuidado habéis respondido a tanta bondad con que Dios ha deseado
y procurado salvaros. Mirad bien, y veréis cuánta razón
tenéis de temer, pues que no sólo no habéis respondido con
servicios conforme a estas deudas, mas habéis dado males en pago de
bienes, y despreciado al que tanto os preció, huyendo y volviendo las
espaldas al que os seguía para vuestro bien.
¿Qué
gracias os parece que se deben dar ti quien por su infinita misericordia nos ha
librado de los infiernos, habiéndolos nosotros justamente merecido?
¿Qué daremos a quien tantas veces tendió su mano para que
los demonios no nos ahogasen y llevasen consigo? Y siendo nosotros crueles
ofendedores de su Majestad, Él nos fue piadoso padre y dulce defensor.
Pensad que quizás están algunos en los infiernos con menos
pecados que vos. Y de tal manera os mirad y servid a Dios, como si
hubiérades
por vuestros pecados entrado en el infierno, y Él os hubiera sacado de
allá; porque todo es una cuenta, haber estorbado que no vayáis
allá mereciéndolo vos, o sacaros de allá por su gran
misericordia después de entrada.
Y si
cotejando los bienes que con vos Dios ha hecho, y los males que vos a
Él, no sintiéredes vergüenza ni dolor como vos
deseáis, no os turbéis por ello, mas perseverad en acueste
juicio, y poned delante de los ojos de Dios vuestro corazón tan llagado
y tan adeudado, y suplicadle que os diga Él quién sois vos y en
qué posesión os habéis de tener. Porque el efecto de este
ejercicio no es solamente entender que sois mala, mas sentirlo y gustarlo con
la voluntad, y hallar tomo en vuestra maldad e indignidad, como quien tiene un
perro muerto a sus narices. Y por esto, estas dichas consideraciones no han de
ser apresuradas, ni de un día solo, mas han de ser largas y con mucho
sosiego, para que poco a poco se vaya embebiendo en vuestra voluntad aquel desprecio
e indignidad que con el entendimiento juzgasteis que se os debía. El
cual pensamiento habéis de presentar delante de Dios, pidiéndole
que Él lo asiente en lo más dentro de vuestro corazón. Y
de ahí adelante estimaos con mucha sencillez y verdad, como una persona
muy mala, merecedora de todo desprecio y tormento, aunque sea de infierno; y
estad aparejada a sufrir con paciencia cualquier trabajo o desprecio que se os
ofreciere, considerando que, pues habéis ofendido a Dios, es muy justo
que todas las criaturas se levantasen contra vos y vengasen la injuria de su
Criador. En esta paciencia entenderéis si de verdad os conocéis
por pecadora y digna de infierno; y decid en vos misma: «Todo el mal que
me pueden hacer, muy poco es, pues yo merezco el infierno.»
¿Quién se quejará de picaduras de moscas, mereciendo
eternos tormentos? Y así andad muy maravillada de la infinita bondad del
Señor, cómo no alcanza de sí a un gusano hediondo, mas lo
mantiene y regala, y le hace mercedes en cuerpo y en ánima, todo para
gloria de Él, sin que tengamos nosotros de qué gloriarnos.
Para
acabar este ejercicio de vuestro conocimiento, dos cosas os restan que
oigáis. La una, que no se debe contentar el cristiano con entrar en
juicio delante de Dios para acusarse de los pecados pasados, mas también
de los que cada día comete. Porque por maravilla hallaréis cosa
tan provechosa para enmienda de la vida, como tomarse el hombre cuenta de
cómo la gasta, y de los defectos que hace. Porque el ánima que no
es cuidadosa en examinar sus pensamientos, palabras y obras, es semejable a la
viña del hombre perezoso, de la cual dice el Sabio (Prov., 24, 30): Que
pasó por ella, y vio su seto caído, y lleno de espinas.
Haced
cuenta que os han encomendado una hija de un Rey, para que tengáis
cuidado continuo de mirar por sus costumbres; y que a la noche le pedís
cuenta, reprendiendo sus faltas y amonestándole las virtudes. Miraos
como a cosa encomendada por Dios, y haceos entender que no habéis de
vivir sin ley ni regla, mas debajo de santa sujeción y disciplina de la
virtud; y que no habéis dé hacer cosa mala que no la
paguéis. Entrad en capitulo con vos a la noche, juzgándoos muy
particularmente, como haríades a otra tercera persona. Repréndeos
y castigaos de vuestras faltas, y predícaos a vos misma, con mucho mayor
cuidado que a otra persona alguna, por mucho que la améis. Y adonde
sintiéredes que hay más faltas, ahí poned mayor remedio.
Porque creed que, durando este examen y reprensión de vos misma, no
podrán durar mucho vuestras faltas sin ser remediadas.
Y
aprenderéis una ciencia muy saludable, que os hará llorar y no
hinchar; la cual os guardará de la peligrosa enfermedad de la soberbia,
que entra poco a poco, y aun sin sentirlo, pareciéndose un hombre bien a
sí mismo y contentándose de sí. Velad bien contra acuesta
entrada, y guardaos con todo cuidado no os parezcáis bien a vos misma;
mas con la lumbre de la verdad sábeos reprender y desplacer
(desagradar); y seros ha vecina la misericordia de Dios; al cual
aquéllos solos parecen bien, que a sí mismos parecen mal; y a
aquéllos perdona sus faltas con largueza de bondad, que las conocen y se
humillan por ellas con el juicio de la verdad, y las gimen con su voluntad.
Y
escaparéis de otros dos vicios que suelen acompañar a la soberbia,
que son desagradecimiento y pereza. Porque conociendo y reprendiendo vuestros
defectos, veréis vuestra flaqueza e indignidad, y la misericordia grande
de Dios en sufriros, y perdonaros y haceros bienes, mereciendo vos males; y
así seréis agradecida. Y mirando el poco bien que hacéis,
y males en que caéis, despertaréis del sueño de la pereza,
y comenzaréis cada día de nuevo a servir a nuestro Señor,
viendo cuan poco habéis hecho en lo pasado.
Y por
esto, y otros muchos bienes que de conocerse el hombre y reprenderse suelen
nacer, siendo preguntado un santo viejo de los pasados, ¿dónde
estaría uno más seguro, en soledad o en compañía?,
respondió: «Si se sabe reprender, dondequiera estará seguro;
y si no, dondequiera estará a peligro.»
Y
porque, por el mucho amor que nos tenemos, no sabemos conocernos y reprendernos
con aquel verdadero juicio que requiere la verdad, debemos agradecerlo a la
persona que nos reprende; y también suplicar al Señor que nos
reprenda Él con amor, enviándonos su luz y verdad (Ps., 42, 3),
para que sintamos de nosotros lo que, según verdad, debemos sentir. Y
esto es lo que Jeremías (10, 24) pedía diciendo :
Corrígeme, Señor, en juicio, y no en furor; porque por ventura no
me tornes a nada. Corregir en furor pertenece al día postrero, cuando
enviará Dios al infierno a los malos por sus pecados; y corregir en
juicio es reprender en este mundo a los suyos con amor de padre. La cual
reprensión es un testimonio tan grande de amar Dios al que reprende, que
ninguno otro hay tan seguro, ni que tan buenas nuevas traiga de ser
víspera de recibir grandes mercedes de Dios. Así cuenta San
Marcos (16, 14), que apareciendo nuestro Señor Jesucristo a sus
discípulos les reprendió de incredulidad y dureza de corazón;
después de lo cual les dio poder
para hacer obras maravillosas. Y el Profeta Isaías (4, 4) dice:
Que el Señor lava las suciedades de las hijas de Sión, y la
sangre de en medio de Jerusalén en espíritu de juicio, y
espíritu de ardor; dando a entender, que el lavar nuestro Señor
nuestras manchas, viniendo a nosotros, es dándonos primero a conocer
quién somos, y esto es juicio; y después envía
espíritu de ardor, que es amor, que nos causa dolor; y así nos
lava, dándonos su perdón y su gracia. De lo cual no osaremos
atribuir a nosotros gloria alguna; pues primero nos dio a entender nuestra
indignidad y desmerecimiento.
Y
esta reprensión no entendáis ser alguna cosa que desmaye, y
demasiadamente entristezca al ánima, trayéndola desabrida;porque
esta tal, o es del demonio, o del espíritu propio, y débese huir.
Mas es un sosegado conocimiento de las propias faltas, y un juicio del cielo
que se oye en el ánima, que así hace temblar la tierra de nuestra
flaqueza con vergüenza, y temor, y amor, que le pone espuelas para mejorarse,
y para con mayor diligencia servir al Señor ; y le da muy gran confianza
que el Señor lo ama como a hijo, pues usa con él oficio de padre,
según está escrito (Apoc, 3, 19): Yo a los que amo, corrijo.
Sed,
pues, cuidadosa en miraros y reprenderos; presentándoos delante de la presencia
de Dios, delante del cual es más seguro el humilde conocimiento de
nuestras faltas, que la soberbia alteza de otros conocimientos. Y no
seáis como algunos amadores de su propia estima, que por no parecer mal
a sí mismos, se huelgan de gastar mucho tiempo en pensar otras cosas
devotas, y pasar ligeramente por el conocimiento de sus defectos, porque no
hallan en ellos sabor, pues no aman su propio desprecio; como, en la verdad,
ninguna cosa haya tan segura, ni que así haga que aparte Dios sus ojos de
nuestros pecados, como mirarnos nosotros y reprendernos con dolor y penitencia,
según está escrito (1 Cor., 11, 31): Si nos juzgásemos a
nosotros mismos, no seriamos juzgados de Dios.
Lo
segundo que habéis de mirar cerca de este conocimiento es, que aunque es
bueno y provechoso; pues por él nos viene el corazón contrito y
humillado, que Dios no desprecia (Ps., 50, 19), mas tiene esta falta, que se
funda sobre haber pecado; y no es mucho de maravillar, que un pecador se
conozca y estime por pecador, mas sería muy espantable monstruo, que
siéndolo, se estimase por justo; como si un hombre lleno de lepra se
estimase por sano. Por tanto, no nos hemos de contentar con estimarnos en poco
en nuestros pecados, mas aún mucho más hemos de mirar esto en
nuestras buenas obras, conociendo profundamente que ni la culpa de pecados es
de Dios, ni la gloria de nuestros bienes es de nosotros; mas que de todo lo
bueno que en nosotros hubiere, se ha de dar perfectamente la gloria al Padre de
todas las lumbres del cual procede todo lo bueno y dadiva perfecta (Jac., 1,
17). De arte, que aunque nosotros tengamos el bien, lo miremos como cosa ajena,
y lo tratemos tan fielmente, que no nos alcemos con la gloria de Dios, ni se
nos pegue, como dicen, la miel en las manos.
Esta
humildad no es de pecadores como la primera, mas de justos; y no sólo la
hay en este mundo, mas en el cielo. Porque de ella se escribe (Ps., 112, 6):
¿Quién como el Señor Dios nuestro, que mora en las
alturas, y mira las cosas humildes en el cielo y en la tierra? Esta tuvo en pie
a los ángeles buenos, y los hizo dispuestos para gozar de Dios, pues le
fueron sujetos; y la falta de ella derribó a los ángeles malos,
porque se quisieron alzar con la honra de Dios. Esta tuvo la sagrada Virgen
María nuestra Señora, que siendo predicada por bienaventurada y
bendita por la boca de Santa Isabel, no se hinchó ni atribuyó a
sí gloria alguna de los bienes que en Ella había, mas con humilde
y fidelísimo corazón enseña a Santa Isabel y al mundo
universo, que de las grandezas que Ella tenía, no a si, mas a Dios se
debía la gloria, y con profunda reverencia comienza a cantar (Lc., 1,
46): Mi ánima engrandece al Señor.
Y
esta misma y más perfecta humildad tuvo la benditísima
ánima de Jesucristo nuestro Señor, la cual, así como en el
ser personal no estuvo arrimada a sí m i s m a (NO estuvo arrimada a
sí misma: n o t uvo personalidad humana, no subsistió en
sí y por sí, sino en
Aprended,
pues, sierva de Cristo, de vuestro Maestro y Señor, acuesta santa
bajeza, para que seáis ensalzada, según su palabra (Le, 14, 17):
Quien se humillare será ensalzado. Y tened en vuestra ánima esta
santa pobreza, porque de ella se entiende (Mt., 5, 3): Bienaventurados los
pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Y tener
por cierto, que pues Jesucristo nuestro Señor fue ensalzado por camino
de humildad, el que no la tuviere fuera va de camino; y débese de
desengañar en lo que dice San Agustín: «Si me preguntares
cuál es el camino del cielo, responderte he que la humildad: y si
tercera vez, responderte he lo mismo; y si mil veces me lo preguntares, mil
veces te responderé que no hay otro camino sino la humildad.»
Porque
creo que deseáis alcanzar esta santa bajeza con que agradéis al
Señor, os quiero decir algo del modo como la habéis de alcanzar.
Y sea
lo primero pedirla con perseverancia al Dador de todos los bienes, porque esta
humildad es un muy particular don suyo que a sus escogidos da. Y aún el conocer
que es don de Dios no es poca merced. Los tentados de soberbia conocen bien que
no hay cosa más lejos de nuestras fuerzas que esta verdadera y profunda
humildad, y que muchas veces acaece, con los remedios que ellos ponen para
alcanzarla, huir ella más; y aun del mismo humillarse suele nacer su
contrario, que es la soberbia. Por lo cual haced en esto lo que os dije de la
castidad: que de tal manera toméis los ejercicios para alcanzar esta
joya, que ni los dejéis de hacer diciendo: ¿Qué me
aprovecha, pues es dádiva de Dios?, ni tampoco los hagáis
poniendo confianza en vuestro brazo de carne, mas en Aquel que suele dar sus
dádivas a los que da su gracia para se las pedir con oración y
ejercicios devotos.
El
modo, pues, que tendréis será éste: Considerad dos cosas
por orden: una el ser, otra el buen ser.
Cuanto
a lo primero, habéis de pensar quién érades antes que Dios
os criase, y hallaréis ser un abismo de todo lo que vive, y sin
Él hay muerte; y fuerza de todo lo nada, y privación de todos los
bienes. Estaos un buen rato sintiendo este no ser, hasta que veáis y
palpéis vuestra nada y no ser. Y después considerad cómo
aquella poderosa y dulce mano de Dios os sacó de aquel abismo profundo,
y os puso en el número de sus criaturas, dándoos verdadero y real
ser. Y miraos a vos, no como hechura vuestra, sino como a una dádiva, de
la cual Dios hizo merced a vos. Y por tan ajeno de vuestras fuerzas mirad
vuestro ser, como miráis al ajeno, creyendo que tampoco os pudisteis vos
criar a vos, como criar a otro. Tampoco podíades salir de aquellas
tinieblas del no ser, como los que quedaron en ellas. Y tenéis por igual
de vuestra parte a las cosas que no son, atribuyendo a Dios la ventaja que les
lleváis.
Y
mirad que, después de criada, no penséis que ya os tenéis
en vos misma; porque no menor necesidad tenéis de Dios a cada momento de
vuestra vida para no perder el ser que tenéis, que la tuvisteis para,
siendo nada, alcanzar el ser que tenéis. Entrad dentro de vos misma, y
consideraos cómo sois una cosa que tiene ser y vive. Preguntaos,
¿esta criatura está arrimada a sí, o a otro?
¿Susténtase en sí, o ha menester mano ajena? Y responderos
ha el Apóstol San Pablo (Act., 17, 27), que no está lejos Dios de
nosotros, mas que en Él vivimos, y nos movemos, y tenemos ser. Y
considerad a Dios, que es el ser de todo lo que es, y sin Él hay nada; y
que es vida de que algo puede, y sin Él hay flaqueza; y que es bien
entero de todo lo bueno, sin el cual no se puede haber el más
pequeño bien de los bienes. Y por esto dice
Sabed,
pues, ahondar bien en el ser y fuerzas que tenéis, y no paréis
hasta llegar al fundamento primero, que como firmísimo e indeficiente, y
no fundado sobre otro, mas fundamento de todos, os sustenta que no
caigáis en el pozo profundo de la nada, de la cual primero os
sacó. Conoced este arrimo que os tiene, y esta mano que, puesta encima de
vos os hace estar en pie y confesad con Santo Rey y Profeta David (Ps., 138,
5): Tú, Señor, me hiciste, y pusiste tu mano sobre mi. Y pensad
que estáis tan colgada de esta virtud de Dios, que si ella faltase, en
aquel momento vos faltaríades, como faltaría la lumbre que
había en una cámara sacando de ella la hacha que la alumbraba, o
como se quita la lumbre de sobre la tierra por ausencia del sol. Adorad, pues,
a este Señor con reverencia profunda como a principio de vuestro ser, y
amadle como a continuo bienhechor vuestro y conservador de él, y decidle
con corazón y con lengua: Gloria sea a Ti para siempre, poderosa virtud,
en la cual me sustento. No tengo, Señor, qué buscar fuera de
mí, pues estáis Vos más íntimo a mí, que yo
a mí mismo, y que he de pasar por mí para entrar a Vos. Juntad
con Él vuestro corazón, unidle con Él amorosamente, y
decidle (Ps., 131, 141: Esta es mi holganza en el siglo del siglo; aquí
moraré, porque la escogí. Y de ahí en adelante sabed hacer
presencia a Dios dentro de vos con toda reverencia, pues Él está
presentísimo a vos.
Y
como habéis entendido, por lo que en vos pasa, cómo Dios es el
que os ha dado el ser y el obrar, así en
todas
las criaturas entended lo mismo. Y considerando en todas a Dios, seros ha todo
un espejo luciente, que os represente al Criador; y así podrá
andar vuestra ánima unida con Dios, y en sus alabanzas devota, si vos en
las criaturas otra cosa sino a Dios no buscáis.
Si
con cuidado habéis entendido en el conocimiento de vos para atribuir a
Dios la gloria del ser que tenéis, con mucho mayor debéis de
entender en conocer que el buen ser que tenéis no es de vos, mas
graciosa dádiva de la mano del Señor. Porque si atribuís a
Él la gloria de vuestro ser, confesando que no vos, mas sus manos os
hicieron, y apropiáis para vos la honra de vuestras buenas obras,
creyendo que vos os hicisteis buena, mayor honra os tomáis para vos que
dais a Dios, cuanto es más excelente el buen ser que el ser. Por tanto,
conviene que con grandísima vigilancia entendáis en conocer a
Dios, y tenerle por causa de vuestro bien. Vivid de arte, que no se os quede
asida en vuestras manos punta ni repunta de loca soberbia; mas así como
conocéis que ningún ser, por pequeño que sea,
podéis tener de vos si Dios no os lo da, así también
conoced que no podéis tener de vos el menor de los bienes, si Dios no abre
su mano para os lo dar.
Pensad,
pues, que así como lo que es nada no tiene ser natural entre las
criaturas, así el pecador, por mucho estado y bienes que tenga,
faltándole la gracia y espiritual ser, es contado por nada delante los
ojos de Dios. Lo cual dice San Pablo (1 Cor., 13, 2) de esta manera: Si tuviere
profecía, y conociere todos los misterios, y toda la ciencia, y tuviere
toda la fe, tanto, que pase los montes de una parte a otra, y no tuviere
caridad, nada soy. Lo cual es tanta verdad, que aun el pecador es menos que
nada, porque peor es mal ser, que el no ser. Y ningún lugar hay tan
bajo, ni tan apartado, ni tan despreciado en los ojos de Dios entre todo lo que
es y no es, como el hombre que vive en ofensa de Dios, estando desheredado del
cielo y sentenciado al infierno.
Y
para que tengáis alguna cosa que os despierte algo en el conocimiento de
acueste miserable estado de pecador, oíd esto: Cuando alguna cosa muy
contraria a razón y muy desordenada viéredes, pensad, que muy
más fea y abominable cosa es estar en desgracia y enemistad de nuestro
Señor. ¿Oís decir de algún grave hurto,
traición o maldad que alguna mujer a su marido hace, o desacato que
algún hijo hace a su padre, o algunas cosas de acuesta manera, que a
cualquiera, por ignorante que sea, parecen muy feas, por ser contra toda
razón? Pensad vos que ofender a Dios en un solo pecado es mayor fealdad,
por ser contra su mandamiento y reverencia, que todas las obras malas que
pueden acaecer, por ser contra sola razón. Y pues veis cuan desestimados
son todos los que tales fealdades cometen, teneos vos por una cosa muy
despreciada, y sumíos en el profundo abismo del desprecio que se debe al
ofendedor de Dios.
Y
así como para conocer vuestra nada os acordasteis del tiempo que no
teníades ser, así para conocer vuestra bajeza y vileza acordaos
del tiempo que vivíades en ofensa de Dios. Mirad, cuan entrañable
y profundamente y despacio pudiéredes, en cuan miserable estado
estuvisteis cuando delante de los ojos de Dios estábades fea y
desagradable, y contada por nada y menos que nada. Porque ni los animales, por
feos que sean, ni otras criaturas, por más bajas que sean, no han hecho
pecado contra nuestro Señor, ni están obligadas a fuegos eternos
como vos estábades. Y despreciaos y abajaos en el más profundo
lugar que pudiéredes muy despacio; que seguramente podéis creer
que, por muy mucho que os despreciéis, no podéis bajar al abismo
del desprecio que merece el ofendedor del infinito Bien, que es Dios. Porque
hasta que veáis en el cielo cuan bueno es Dios, no podéis del
todo conocer cuan malo sea el pecado, y cuánto mal merece quien lo
comete. Y después de haber bien sentido en el ánima y embebido en
ella acuesta desestima de vos misma, alzad vuestros ojos a Dios, considerando
la infinita bondad que de pozo tan hondo os sacó, siendo para vos cosa
imposible; y mirad aquella suma Bondad, que con tanta misericordia os
sacó, sin haber en vos merecimientos para ello, antes muy grandes
desmerecimientos. Porque antes que Dios dé la gracia, aunque no todo lo
que el hombre hace sea pecado, mas ninguna cosa hace ni puede hacer con que
merezca el perdón ni la gracia de Dios. Sabed, que quien os sacó
de vuestras tinieblas a su admirable lumbre (Colos., 1, 13), y os hizo de
enemiga, amiga, y de esclava, hija, y de no valer nada os hizo tener ser
agradable en sus ojos, Dios fue. Y la causa porque lo hizo no fueron vuestros
merecimientos pasados, ni el respeto de los servicios que le habíades de
hacer, mas fue por su sola bondad, y por merecimiento de nuestro único
medianero, Jesucristo nuestro Señor. Contad por vuestro el mal estado en
que estábades, y contad el infierno por lugar debido a vuestros pecados
que hicisteis o hiciérades, si por Dios no fuera. Que lo que de
más de esto tenéis, a Dios y a su gracia os conoced por deudora.
Oíd lo que dice el Señor a sus amados discípulos, y a
nosotros en ellos (Jn., 15, 16): No vosotros escogisteis a Mí, mas Yo a
vosotros. Mirad lo que dice el Apóstol San Pablo (Rom., 3, 24):
Justificados sois de balde por la gracia de Dios, por la redención que
está en Jesucristo. Y asentad en vuestro corazón, que así
como tenéis de Dios el ser, sin que atribuyáis a vos gloria de
ello, así tenéis de Dios el buen ser; y lo uno y lo otro para
gloria suya. Y traed en la lengua y en el corazón lo que dice Sa n Pablo
(1 Cor., 15, 10): Por la gracia de Dios soy lo que soy.
Allende
de lo dicho, considerad que, así como cuando érades nada no
teniades fuerza para moveros, ni para ver, ni oír, ni gustar, ni
entender, ni querer: más dándoos Dios el ser, os dio acuestas
potencias y fuerzas; así no sólo el hombre que está en
pecado mortal está privado del ser agradable delante los ojos de Dios,
mas está sin fuerzas para obrar obras de vida que agraden a Dios. Y por
esto, si algún cojo viéredes o manco, pensad que así
está el hombre sin gracia en su ánima; si algún ciego,
sordo o mudo, tomadlo por espejo en que os miréis; y en todos los
enfermos, leprosos, paralíticos, y que tienen los cuerpos corvados y los
ojos puestos en tierra, con toda la otra muchedumbre de enfermedades que
presentaban delante el acatamiento de Jesucristo, nuestro verdadero
Médico, entended que tan perdidos están los malos, cuanto a los
espirituales sentidos, cuanto estaban aquéllos en los corporales. Y
mirad, como una piedra con el peso que tiene es inclinada a ir hacia abajo;
así, por la corrupción del pecado original que traemos, tenemos
una vivísima inclinación a las cosas de nuestra carne, y de
nuestra honra, y de nuestro provecho, haciendo ídolo de nosotros, y
obrando nuestras obras, no por amor verdadero de Dios, sino por el nuestro.
Estamos vivísimos a las cosas terrenales y que nos tocan, y muertos para
el gusto de las cosas de Dios. Manda en nosotros lo que había de
obedecer, y obedece lo que había de mandar. Y estamos tan miserables,
que, debajo de cuerpo humano y derecho, traemos escondidos apetitos de bestias
y corazones encorvados hacia la tierra. Qué os diré, sino que en
cuantas cosas faltas (defectuosas), y feas, y secas, y desordenadas
viéredes, en tantas miréis y conozcáis la
corrupción y desorden que el hombre, que está sin espíritu
de Dios, tiene en sus sentidos y obras; y ninguna de estas cosas veáis,
que luego no entréis en vos misma a considerar que aquello sois vos de
vuestra parte, si Dios no os hubiera dado salud.
Y si
verdaderamente estáis sana, habéis de conocer que quien os
abrió los sentidos para las cosas de Dios, quien sujetó vuestros
afectos debajo de vuestra razón, quien os hizo amargo lo que os era
dulce, y os puso gana en lo que antes tan desabrida estábades, obrando
en vos obras nuevas, Dios fue; y según dice San Pablo (Phil., 2, 13):
Dios es el que obra en nosotros el querer, y el acabar, por su buena voluntad.
Mas
no entendáis por esto que el libre albedrío del hombre no obre
cosa alguna en las obras buenas, porque esto sería grande ignorancia y
error; mas dícese que Dios obra el querer y el acabar, porque Él
es el principal obrador en el ánima del justificado, y el que mueve y
suavemente hace que el libre albedrío obre y sea su ayudador, como dice
San Pablo (1 Cor., 3, 9): Ayudadores somos de Dios. Lo cual hace
incitándolo Dios, y ayudándolo a que dé libremente su
consentimiento en las buenas obras; y por eso obra el hombre, pues que de su
voluntad propia y libre quiere lo que quiere, y obra lo que obra, y en su mano
está no lo hacer. Mas Dios obra más principalmente, produciendo
la buena obra, y ayudando al libre albedrío para que también la
produzca; y la gloria de lo uno y de lo otro a sólo Dios se debe.
Por
tanto, si queréis acertar en acuesto, no queráis
escudriñar qué bienes tenéis de naturaleza y libre
albedrío,
y qué bienes de gracia, porque esto para los sabios es; mas a ojos
cerrados seguíos por la sagrada fe, que nos amonesta que de los unos y
de los otros hemos de dar la gloria de Dios; y que nosotros de nosotros mismos
no somos suficientes ni aun para pensar un buen pensamiento (2 Cor., 3, 5).
Mirad lo que dice San Pablo reprendiendo al que se atribuye a sí mismo
algún bien (1 Cor., 4, 7): ¿Qué tienes que no lo hayas
recibido? Y pues lo has recibido, ¿de qué te glorías como
si no lo hubieses, recibido? Como si dijese: Si tienes la gracia de Dios con
que le agradas, y haces obras muy excelentes, no te gloríes en ti, mas
en quien te la dio, que es Dios. Y si te glorías de usar bien de tu
libre albedrío, o en consentir con él a los buenos movimientos de
Dios y su gracia, tampoco te glorías en ti, mas en Dios que hizo que
tú consintieses, incitándote y moviéndote suavemente, y
dándote el mismo libre albedrío con que tú libremente
consientas, y si te quisieres gloriar de que pudiendo resistir al buen
movimiento e inspiración de Dios, no lo resistes, tampoco te debes
gloriar, pues eso no es hacer, mas dejar de hacer; y aun esto también lo
debes a Dios, que ayudándote a consentir en el bien, te ayudó
para no resistirlo, y cualquier buen uso de tu libre albedrío en lo que
toca a tu salvación, dádiva es de Dios, que desciende de aquella
misericordiosa predestinación con que determinó ab aeterno de te
salvar. Sea, pues, toda tu gloria en sólo Dios, de quien tienes todo el
bien que tienes; y piensa que sin Él no tienes de tu cosecha sino nada,
y vanidad y maldad.
Y
conforme a esto dice una glosa sobre aquello de San Pablo (Galat., 6, 3): El
que piensa ser algo, como no sea nada, a sí mismo se engaña; que
el hombre de sí mismo no es sino vanidad y pecado; y si otra cosa
más es, por el Señor Dios lo es. Y conforme a esto dice San
Agustín: «Abrísteme los ojos, Luz, y despertásteme,
y alumbrásteme; y vi que es tentación la vida del hombre en esta
tierra, y que ningún buen hombre se puede gloriar delante de ti, ni es
justificado todo hombre que vive; porque si algún bien hay, chico o
grande, don tuyo es, y lo que es nuestro, no es sino mal. ¿Pues de
dónde se gloriará todo hombre? ¿Por dicha del mal? Esta no
es gloria, sino miseria. ¿Pues gloriarse ha del bien? No, porque es
ajeno. Tuyo es, ¡oh Señor!, el bien, tuya es la gloria.» Y
concordando con esto dice el mismo San Agustín: «Yo, Señor
Dios nuestro, confieso a Ti mi pobreza, y a Ti sea toda la gloria, porque tuyo
es todo el bien que yo haya hecho. Yo confieso, según me has
enseñado, que otra cosa no soy sino vanidad y sombra de muerte, y un
tenebroso abismo, tierra vana y vacía, que sin tu bendición no
hace fruto, sino confusión y pecado y muerte. Si algún bien en
cualquiera manera tuve, de Ti lo recibí; cualquiera bien que tengo, tuyo
es, de Ti lo tengo. Si algún tiempo estuve en pie, por Ti lo estuve; mas
cuando caí, por mi caí. Y siempre me hubiera estado caído
en el lodo, si no me hubieras levantado Tú; y siempre fuera ciego, si
Tú no me hubieras alumbrado. Cuando caí nunca, me hubiera
levantado, si Tú no me hubieras dado tu mano; y después que me levantaste,
siempre hubiera caído, si no me hubieras tenido. Muchas veces me hubiera
perdido, si Tú no me hubieras guardado. Y así, Señor,
siempre tu gracia y tu misericordia anduvo delante de mí,
librándome de todos males, salvándome de los pecados, despertándome
de los presentes, guardándome de los por venir, y cortando delante de mi
los lazos de los pecados, quitando las ocasiones y causas. Porque si Tú,
Señor, esto no hubieras hecho, todos los pecados del mundo hubiera yo
hecho; porque sé que ningún pecado hay que en cualquiera manera
lo haya hecho un hombre, que no lo pueda hacer otro hombre, si se aparta el
Guiador, por el cual es hecho el hombre. Mas Tú hiciste que yo no lo
hiciese, y Tú mandaste que me abstuviese; y Tú me infundiste
gracia para que te creyese; porque Tú, Señor, me regías
para Ti, y me guardabas para Ti, y me diste gracia y lumbre para no cometer
adulterio y todo otro pecado.»
Considerad,
pues, doncella, con atención estas palabras de San Agustín, y
veréis cuan ajena debéis de estar de atribuir a vos gloria
alguna, no sólo de levantaros de vuestros pecados, mas de teneros que no
tornásedes a caer. Porque así como os dije que, si la mano de
Dios de vos se apartase, en aquel punto tornaríades al abismo de vuestra
nada en que antes estábades, así apartando Dios su guarda de vos,
tornaríades a los pecados, y a otros peores que donde Él os
sacó. Sed por eso humilde y agradecida a este Señor, de quien
tanta necesidad en todo tiempo tenéis, y conoced que estáis
colgada de Él, y que todo vuestro bien depende de su mano bendita,
según dice el Santo Rey y Profeta David (Ps. 30, 15): En tus manos,
Señor, están mis suertes. Y llama suertes a la gracia de Dios y a
la eterna predestinación, las cuales por la bondad de Dios vienen y se
conceden a quien se conceden. Y así como si Él os quitase el ser
que os dio, os tornaréis nada, así quitándoos la gracia
quedaréis pecadora.
Lo
cual no se os dice para que caigáis en desmayo ni desesperación,
por ver cuan colgada estáis de las manos de Dios; mas para que tanto con
más seguridad gocéis de los bienes que Dios os ha dado, y
tengáis confianza en su misericordia que acabará con vos lo que
ha comenzado, cuanto con mayor humildad y profunda reverencia y santo temor
estuviéredes postrada a sus pies, temblando y sin
ningún
arrimo de vuestra parte, y confiando de la suya. Porque ésta es una
buena señal que no os desamparará su infinita bondad,
según lo cantó aquella bendita y sobre todas humilde
María, diciendo (Lc., 1, 50): La misericordia de Él, de
generación en generación sobre los que le temen.
Y si
el Señor es servido de os dar este conocimiento que deseáis,
sentiréis que viene en vos una celestial lumbre y sentimiento en el
ánima, con que quitadas unas gruesas tinieblas, conoce y siente
ningún bien ni ser ni fuerza haber en todo lo criado, más de
aquello que la bendita y graciosa voluntad de Dios ha querido dar y quiere
conservar. Y conoce entonces cuan verdadero cantar es aquél: Llenos son
los cíelos y la tierra de tu gloria (Is., 6). Porque en todo lo criado
no ve cosa que buena sea, cuya gloria no sea de Dios. Y entiende con
cuánta verdad dijo Dios a Moisés que dijese a los hombres (Ex.,
3, 14): El que es, me envió a vosotros. Y lo que dijo el Señor en
el Evangelio (Me, 10, 19): Ninguno es bueno, sino sólo Dios. Porque como
todo el ser que tengan las cosas y todo el bien, ahora sea de libre
albedrío, ahora de la gracia, sea dado y conservado de la mano de Dios,
conoce que más se puede decir que Dios es en ellas y obra el bien en
ellas, que ellas de sí mismas; no porque ellas no obren, mas porque obran
como causas segundas, movidas por Dios, principal y universal Hacedor, del cual
ellas tienen la virtud para obrar. Y así, mirando a ellas, no les halla
tomo ni arrimo en sí propias, sino en aquel infinito Ser que las
sustenta ; en cuya comparación parecen todas ellas, por grandes que
sean, como una pequeña aguja en un infinito mar.
Y de
este conocimiento de Dios resulta en el ánima que de él se
aprovecha, una profunda y leal reverencia a la sobreexcelente Majestad divinal,
que le pone tanto aborrecimiento de atribuir a sí misma ni a otra
criatura algún bien, que ni aun pensar en ello no quiere: considerando
que así como el casto José (Gen., 39, 8) no quiso hacer
traición a su señor, aunque fue requerido de la mujer de
él, así no debe el hombre alzarse con la honra de Dios, la cual
Él quiere para sí, como el marido a su propia mujer, según
está escrito (Isa., 42, 8): Mi gloria no la daré a otro. Y
está entonces el hombre tan fundado en esta verdad, que aunque todo el
mundo le ensalzase, él no se ensalzaría; mas como verdadero justo,
desnúdase de la honra que ve no ser suya, y dala al Señor cuya
es. Y en esta luz ve que mientras más alto está, más ha
recibido de Dios y más le debe, y más pequeño y abajado es
en sí mismo. Porque quien de verdad crece en otras virtudes,
también lo ha de hacer en la humildad, diciendo a Dios (Jn., 3, 30): A
Ti conviene crecer en mí, y a mí ser abajado cada día
más en mí.
Y si
con estas consideraciones ya dichas no halláredes en vos el fruto del
propio desprecio que deseáis, no desmayéis, mas llamad con
perseverante oración al Señor; que Él sabe y suele
enseñar interiormente y con semejanzas exteriores lo poco en que la
criatura se ha de estimar. Y en tanto que viene esta misericordia, vivid en
paciencia; y conoceos por soberbia; lo cual es alguna parte de humildad, como
el tenerse por humilde es señal de soberbia.
Los
que mucho se ejercitan en el propio conocimiento, como tratan a la continua, y
muy de cerca, sus propios defectos, suelen caer en grandes tristezas,
desconfianzas y pusilanimidad de corazón; por lo cual es necesario que
se ejerciten en otro conocimiento que les alegre y esfuerce, mucho más
que el primero les desmayaba. Y para esto, ninguno otro hay igual como el
conocimiento de Jesucristo nuestro Señor; especialmente pensando
cómo padeció y murió por nosotros. Esta es la nueva
alegre, predicada en la nueva Ley a todos los quebrantados de corazón
(Isai., 61, 1), y les es dada una medicina muy más eficaz para su
consuelo, que sus llagas les pueden desconsolar. Este Señor crucificado
es el que alegra a los que el conocimiento de sus propios pecados entristece, y
el que absuelve a los que
Porque
así como se suele dar por consejo que miren arriba o fuera del agua a
los que pasan algún río y se les desvanece la cabeza mirando las
aguas que corren, así quien sintiere desmayo mirando sus culpas, alce
sus ojos a Jesucristo puesto en la cruz y cobrará esfuerzo. Porque no en
balde se dijo (Ps. 41, 7): En Mi mismo fue mi ánima conturbada; y por
esto me acordaré de ti, de la tierra de Jordán y de los montes de
Hermón y monte pequeño. Porque los misterios que Cristo
obró en su Bautismo y Pasión son bastante para sosegar cualquier
tempestad de desconfianza que en el corazón se levante. Y así por
esto, como porque ninguno libro hay tan eficaz para enseñar al hombre
todo género de virtud, ni cuánto debe ser el pecado aborrecido y
la virtud amada, como
Y
allende de esto sabed, que así como queriendo Dios comunicar con los
hombres las riquezas de su Divinidad, tomó por medio hacerse hombre,
para que en aquella bajeza y pobreza se pudiese conformar con la pequeña
capacidad de los pobres y bajos, y juntándose a ellos, los levantase a
la alteza de Él; así el camino usado de comunicar Dios su
Divinidad con las ánimas es por medio de su sacra Humanidad. Esta es la
puerta por donde el que entrare será salvo (Jn., 10, 9); y la escalera
por donde suben al cielo (Gen., 28, 12). Porque quiere Dios Padre honrar
Y pues
no es razón que dejéis de desear estos bienes, haceos esclava de
esta sagrada Pasión, pues por ella fuisteis libertada del cautiverio de
vuestros pecados, y de los infernales tormentos, y os vendrán los bienes
ya dichos. Y no sea a vos pesado el pensar lo que a Él con vuestro gran
amor no le fue pesado pasar. Sed vos una de las ánimas a quien dice el
Espíritu Santo en los Cantares
(3,
11 ): Salid y mirad, hijas de Sión, al Rey Salomón con la
guirnalda con que le coronó su madre en el día del desposorio de
Él, y en el día de la alegría del corazón de
Él. En ninguna parte de
Pues
si bien os acordáis, esposa de Cristo, de lo que es razón que
nunca os olvidéis,
Si
no, díganlo sus tres amados Apóstoles, a los cuales dijo (Mt.,
26, 38): Triste es mi ánima hasta la muerte. ¿Qué
sintieron sus corazones al sonido de esta palabra? La cual suele, aun a los que
de lejos la oyen, lastimar su corazón con agudo cuchillo de
compasión! Pues sus azotes, tormentos, clavos y cruz fueron tan
lastimeros, que por duro que uno fuera y los viera, se moviera a
compasión. Y aun no sé si los mismos que le atormentaban, viendo
su mansedumbre en el sufrir y la crueldad de ellos en el herir, algún
rato se compadecían de quien tanto padecía por ellos, aunque
ellos no lo sabían. Pues si los que a Cristo aborrecían pudieran
ser entristecidos por ver sus tormentos, si del todo piedras no fueran,
¿qué diremos de un hombre tan amigo de Dios como fue Abraham, que
se gozase de ver el día en que Cristo tanto trabajo pasó?
Mas
porque de esto no os maravilléis, oíd otra cosa más
maravillosa, la cual dicen las dichas palabras de los Cantares: Que esta
guirnalda le fue puesta en el día del alegría del Corazón
de Él. ¿Cómo es acuesto ? El día de sus excesivos
dolores, que lengua no hay que los pueda explicar, ¿llamáis
día de alegría de Él? Y no alegría fingida y de
fuera, mas dicen: en el día del alegría del Corazón de
Él.
¡
Oh alegría de los ángeles, y río del deleite de ellos, en
cuya faz ellos desean mirar, y de cuyas sobrepujantes ondas ellos son
embestidos, viéndose dentro de Ti, nadando en tu dulcedumbre tan
sobrada! ¿Y de qué se alegra tu Corazón en el día
de tus trabajos? ¿De qué te alegras entre los azotes, y clavos, y
deshonras y muerte? ¿Por ventura no te lastiman? Lastimante, cierto, y
más a Ti que a otro ninguno, pues tu complexión era más
delicada. Mas porque te lastiman más nuestras lástimas, quieres
Tú sufrir de muy buena gana las tuyas, porque con aquellos dolores
quitabas los nuestros. Tú eres el que dijiste a tus amados
Apóstoles antes de
Y
dices, Señor: ¡Cómo vivo en estrechura, hasta que este
bautismo se acabe!, dando a entender cuan encendido deseo tenías de
nuestro remedio, aunque sabías que te había de costar la vida. Y
como el esposo desea el día de su desposorio para gozarse, Tú
deseas el día de tu Pasión para sacarnos con tus penas de
nuestros trabajos. Una hora, Señor, se te hacía mil años
para haber de morir por nosotros, teniendo tu vida por bien empleada en ponerla
por tus criados. Y pues lo que se desea trae gozo cuando es cumplido, no es
maravilla que se llame día de tu alegría el día de tu
Pasión, pues era deseado por Ti. Y aunque el dolor de aquel día
fue muy excesivo, de manera que en tu persona se diga (Thren., 1, 12): Oh
vosotros, todos los que pasáis por el camino: atended, y ved si hay
dolor que se iguale con el mío; mas el amor que en tu Corazón
ardía, sin comparación era mayor. Porque si menester fuera para
nuestro provecho que Tú pasaras mil tanto de lo que pasaste, y te
estuvieras enclavado en la cruz hasta que el mundo se acabara, con determinación
firme subiste en ella para hacer y sufrir todo lo que para nuestro remedio
fuese necesario.
De
manera, que más amaste que sufriste, y más pudo tu amor que el
desamor de los sayones que te atormentaban. Y por esto quedó vencedor tu
amor, y como llama viva, no la pudieron apagar los ríos grandes (Cant.,
8, 7) y muchas pasiones que contra Ti vinieron. Por lo cual, aunque los
tormentos te daban tristeza y dolor muy de verdad, tu amor se holgaba del bien
que de allí nos venía. Y por eso se llama día de alegría
de tu corazón. Y este día vio Abraham, y gozóse, n o p o
rq u e le faltase compasión de tantos dolores, mas porque veía
que el mundo y él habían de ser redimidos por ellos.
Pues
en este día salid, hijas de Sión—que son las ánimas
que atalayan a Dios por fe—, a ver al pacifico Rey, que con sus dolores
va a hacer la paz deseada. Miradle, pues para mirar a Él os son dados
los ojos. Y entre todos sus atavíos de desposorio que lleva, mirad a la
guirnalda de espinas que en su cabeza divina lleva; la cual, aunque la tejieron
y se la pusieron los caballeros de Pilato, que eran gentiles, dícese
habérsela puesto su madre, que es
Y si
alguno dijere: Nuevos atavíos de desposado son éstos; por
guirnalda, lastimera corona; por atavíos de pies y manos, clavos agudos
que se los traspasan y rompen; azotes por cinta; los cabellos pegados y enrubiados
con su propia sangre; la sagrada barba arrancada; las mejillas bermejas con
bofetadas; y la
cama
blanda, que a los desposados suelen dar con muchos olores, tornase en
áspera cruz, puesta en lugar donde justiciaban los malhechores.
¿Qué tiene que ver este abatimiento extremo con atavíos de
desposorio? ¿Qué tiene que ver acompañado de ladrones, con
ser acompañado de amigos, que se huelgan de honrar al nuevo desposado?
¿Qué fruta, qué música, qué placeres vemos
aquí, pues
Mas
no es de maravillar tanta novedad, pues el Desposado y el modo del desposar
todo es nuevo. Cristo es hombre nuevo, porque es sin pecado, y porque es Dios y
Hombre. Y despósase con nosotros, feos, pobres y llenos de males; no
para dejarnos en ellos, mas para matar nuestros males, y darnos sus bienes. Por
lo cual convenía, según la ordenanza divina, que pagase Él
por nosotros, tomando nuestro lugar y semejanza, para que con aquella semejanza
de deudor sin serlo, y con aquel duro castigo sin haber hecho por qué,
quitase nuestra fealdad, y nos diese su hermosura y riquezas. Y porque
ningún desposado puede hacer a su esposa de mala, buena; ni de infernal,
celestial; ni de fea en el ánima, hermosa, por eso buscan los hombres
las esposas que sean buenas, hermosas y ricas, y van el día del
desposorio ataviados a gozar de los bienes que ellas tienen, y que ellos no les
dieron. Mas nuestro nuevo Esposo ninguna ánima halla hermosa ni buena,
si Él no la hace. Y lo que nosotros le podemos dar, que es nuestra dote,
es la deuda que debemos de nuestros pecados. Y porque Él quiso abajarse
a nosotros, tal le paramos, cuales nosotros estábamos. Y tal nos
paró, cual Él es; porque destruyendo con nuestra semejanza
nuestro hombre viejo, nos puso su imagen de hombre nuevo y celestial. Y esto
obró Él con aquestos atavíos que parecen fealdad y
flaqueza, y son altísima honra y grandeza, pues pudieron deshacer
nuestros muy antiguos y endurecidos pecados, y traernos a gracia y amistad del
Señor, que es lo más alto que se puede ganar.
Este
es el espejo en que os habéis de mirar, y muchas veces al día,
para hermosear lo que viéredes feo en vuestra ánima. Y
ésta es la señal puesta en alto (Num., 21, 8) para que de
cualquier víbora que seáis mordida, miréis aquí y
recibáis la salud en sus llagas. Y en cualquier bien que os viniere,
miréis aquí y os sea conservado, dando gracias a este
Señor, por cuyos trabajos nos vienen todos los bienes.
Pues
que ya habéis oído que la luz que vuestros ojos han de mirar es
Dios humanado y crucificado, resta deciros qué modo tendréis para
le mirar, pues que esto ha de ser con ejercicio de devotas consideraraciones y
habla interior que en la oración hay.
Mas
primero que os digamos el modo que habéis de tener en la oración,
conviene deciros cuan provechoso ejercicio sea, especialmente para vos, que
habiendo renunciado al mundo, os habéis toda ofrecido al Señor;
con el cual os conviene tener muy estrecha y familiar comunicación, si
queréis gozar de los dulces frutos de vuestro religioso estado.
Y por
oración entendemos aquí una secreta e interior habla con que el
ánima se comunica con Dios, ahora sea pensando, ahora pidiendo, ahora
haciendo gracias, ahora contemplando, y generalmente por todo aquello que en
aquella secreta habla se pasa con Dios. Porque aunque cada cosa de éstas
tenga su particular razón, no es mi intento tratar aquí sino de
este general que he dicho, de cómo es cosa muy importante que el
ánima tenga con su Dios esta particular habla y comunicación.
Para
prueba de lo cual, si ciegos no estuviesen los hombres, bastaba decirles que
daba Dios licencia para que todos los que quisiesen pudiesen entrar a hablarle
una vez en el mes o en la semana, y que les daría audiencia de muy buena
gana, y remediaría sus males, y haría mercedes, y habría
entre Él y ellos conversación amigable de Padre con hijos. Y si
diese esta licencia para que le pudiesen hablar cada día, y si la diese
para que muchas veces al día, y si también para que toda la noche
y el día, o todo lo que de este tiempo pudiesen y quisiesen estar en
conversación del Señor, Él lo habría por bueno,
¿quién sería el hombre, si piedra no fuese, que no
agradeciese tan larga y provechosa licencia, y no procurase de usar de ella
todo el tiempo que le fuese posible, como de cosa muy conveniente para ganar
honra, por estar hablando con su Señor; y deleite, por gozar de su
conversación; y provecho, porque nunca iría de su presencia
vacío? ¿Pues por qué no se estimará en mucho lo que
el Altísimo ofrece, pues se estimaría si lo ofreciese un rey
temporal, que en comparación del Altísimo, y de lo que de su
conversación se puede sacar, el rey es gusano, y lo que puede dar uno y
todos es un poco de polvo? ¿Por qué no se huelgan los hombres de
estar con Dios, pues (Prov., 8, 31 ) los deleites de Él son estar con
los hijos de los hombres? No tiene su conversación amargura (Sap., 8,
16), sino alegría y gozo; ni su condición tiene escasez para
negar lo que le piden. Y Padre nuestro es, con el cual nos habíamos de
holgar, conversando, aunque ningún otro provecho de ello viniera. Y si
juntáis con esto que no sólo nos da licencia para que hablemos
con Él, mas que nos ruega, aconseja, y alguna vez manda, veréis
cuánta es su bondad y gana de que conversemos con Él, y
cuánta nuestra maldad de no querer ir, rogados y pagados, a lo que
debíamos ir rogando y ofreciendo por ello cualquier cosa que nos fuese
pedida.
Y en
esto veréis cuan poco sentimiento tienen los hombres de las necesidades
espirituales, que son las verdaderas; pues quien verdaderamente las siente,
verdaderamente ora, y con mucha instancia pide remedio. Un refrán dice:
«Si no sabes orar, entra en la mar.» Porque los muchos peligros en
que se ven los que navegan, les hace clamar a nuestro Señor. Y no sé
por qué no ejercitamos todos este oficio, y con diligencia, pues ahora
andemos por tierra, ahora por mar, andamos en peligros de muerte; o del
ánima, si caemos en pecado mortal, o de cuerpo y ánima, si no nos
levantamos por la penitencia de aquel en que hemos caído. Y si los
cuidados perecederos, y el polvo que en los ojos traemos, nos diesen lugar de
cuidar y mirar las necesidades de nuestro corazón., cierto
andaríamos dando clamores a Dios, diciendo con todas entrañas
(Mt., 6, 13): ¡No nos dejéis caer en la tentación! (Ps.,
34, 22): ¡Señor, no te apartes de mil, y otras semejantes
palabras, conformes al sentimiento de la necesidad. Todo nuestro orar se ha
pasado a lo que se ha pasado nuestro sentido, que es el bien o mal temporal. Y
aun esto no lo hacemos luego, sino cuando los otros medios y arrimos nos han
faltado, como gente que su postrera confianza tiene puesta en nuestro
Señor, y su primera y mayor en sí mismo o en otros. De lo cual
suele el Señor enojarse mucho, y decir (Deut., 32, 37, 39): ¿Dónde
están tus dioses, en los cuales tenías confianza? Líbrente
tus aliados, a los cuales se los llevará el viento y el soplo. Mirad que
Yo sólo soy, y no hay otro fuera de Mí. Yo mataré y
haré vivir; heriré y sanaré, y no hay quien se pueda
librar.
Mirad,
pues, vos, doncella, no os toquen acuestas cosas, mas tened vivo el sentido de
vuestra ánima, con que gustéis que vuestro verdadero mal es no
servir a Dios, y vuestro verdadero bien es servirle. Y cuando alguna cosa
temporal pidiéredes, no sea con aquel ahínco y angustia que del
amor demasiado suele nacer. Y para lo mucho y para lo poco, vuestra confianza
primera sea nuestro Señor; y la postrera, los medios que Él os
encaminare. Y sed muy agradecida a esta merced, de que os dio licencia de
hablarle y conversar con Él; y usad de ella, para bienes y males, con
mucha frecuencia y cuidado, pues por medio de esta habla y conversación
con el Altísimo han sido enriquecidos los siervos de Dios, y remediados
en sus pobrezas; porque entendieron que los peligros que Dios les dejó,
fue a intento que, apretados con ellos, recurriesen a Él; y los bienes
que les vienen son para ir a Él, dándole gracias.
De
los gabaonitas leemos (Josué, 10, 6), que estando en mucho peligro por
estar cercados de sus enemigos, enviaron un mensajero a Josué, a cuya
amistad se habían ofrecido, y por la cual estaban en aquel peligro, y
hallaron favor y remedio por lo pedir. Y aunque aquellos cinco reyes, de que
Y si
no saben lo que han de hacer, con la oración hallan lumbre, porque con
esta confianza dijo el rey Josafat (Paralip., 20, 12): Cuando no sabemos lo que
hemos de hacer, este remedio tenemos, que es alzar los ojos a Ti. Y Santiago
(1, 5) dice: Que quien hubiere menester sabiduría, la pida a Dios. Y por
este medio eran Moisés y Aarón enseñados de Dios acerca de
lo que debían hacer con el pueblo. Porque como los que rigen a otros han
menester lumbre doblada, y tenerla muy a la mano y a todo tiempo, así
han menester oración doblada y estar tan diestros en ella, que sin
dificultad la ejerciten, para que conozcan la voluntad del Señor de lo
que deben hacer en particular, y para que alcancen fuerza para cumplirla. Y
este conocimiento que allí se alcanza, excede al que alcanzamos por
nuestras razones y conjeturas, como de quien va a cosa cierta, o quien va, como
dicen, a tienta paredes. Y los propósitos buenos y fuerza que
allí se cobran, suelen ser sin comparación más vivos y
salir más verdaderos, que los que fuera de la oración se
alcanzan. San Agustín dijo, como quien lo había probado:
«Mejor se sueltan las dudas con la oración, que con cualquiera
otro estudio.» Y por no cansar, y porque no sería posible deciros
particularmente los frutos de la oración, no os digo más, sino
que la suma Verdad dijo (Lc., 11, 13): Que el Padre celestial dará
espíritu bueno a los que se lo piden; con el cual bien vienen todos los
bienes.
Y
débeos bastar, que usaron este ejercicio todos los Santos. Porque, como
San Crisóstomo dice: «¿Quién de los Santos no
venció orando?» Y él mismo dice: «No hay cosa
más poderosa que el hombre que ora.» Y bastarnos debe, y sobrar,
que Jesucristo, Señor de todos, oró en la noche de su
tribulación, aun hasta derramar gotas de sangre (Lc., 22, 44). Y
oró en el monte Tabor, para alcanzar el resplandor de su cuerpo (Lc., 9,
29). Oró primero que resucitase a San Lázaro (Jn., 11, 41); y
veces oraba tan largo, que se le pasaba toda la noche en oración. Y
después de una tan larga oración como ésta dice San Lucas
(Lc., 6, 12), que eligió entre sus discípulos número de
doce Apóstoles. En lo cual, dice San Ambrosio, nos dio a entender lo que
debemos hacer cuando quisiéremos comenzar algún negocio, pues que
en aquel suyo, primero oró, y tan largo.
Y por
esto debiera decir San Dionisio, que en principio de toda obra hemos de
comenzar por la oración. San Pablo (Rom., 12. 12) amonesta que entendamos
con instancia en la oración; y el Señor dice (Lc., 18. 1), que
conviene siempre orar, y no aflojar; que quiere decir, que se haga esta obra
con frecuencia, diligencia y cuidado. Porque los que quieren valerse con tener
cuidado de sí en hacer obras agradables a Dios, y no curan de tener
oración, con sola una mano nadan, con sola una mano pelean, y con
sólo un pie andan. Porque el Señor, dos nos enseñó
ser necesarias, cuando dijo (Mt., 26): Velad y orad, porgue no entréis
en tentación. Y lo mismo avisó cuando dijo (Le., 21. 36): Velad,
pues, en todo tiempo orando, que seáis hallados dignos de escapar de
todas estas cosas que han de venir, y estar delante el hijo de
Y
cuan necesario sea el orar, parece muy claro en la instancia y ayunos con que
el Profeta San Daniel (9, 1-19) oraba al Señor que librase su pueblo de
la cautividad de Babilonia, aunque eran cumplidos los setenta años que
el Señor había puesto por término para los librar. Y si en
lo que Dios ha prometido de hacer o dar, aún es menester que se le pida
con oración ahincada, ¿cuánto más será
menester en lo que no tenemos promesa suya en particular? San Pablo pide a los
Romanos (15, 30) que rueguen a Dios por él, para que, quitados los
impedimentos, pueda ir a los visitar. Sobre lo cual dice Orígenes:
«Aunque había dicho el Apóstol un poco antes (15, 29): Se
que, yendo a vosotros, será mi ida en la abundancia de la
bendición de Cristo; mas con todo esto, sabía que la
oración es necesaria, aun para las cosas que él manifiestamente
conocía que habían de acaecer; y si no hubiera oración,
sin duda no se cumpliera lo que había profetizado.» ¿No os
parece que tuvo razón quien dijo (San Gregorio) que era la
oración medio para alcanzar lo que Dios Omnipotente ordenó, ante
los siglos, de donar en tiempo? Item, que así como el arar y sembrar es
medio para coger trigo, así la oración para alcanzar frutos
espirituales. Por lo cual no nos debemos maravillar si tan pocos cogemos, pues
que tan poca oración sembramos.
Cosa
cierta es que de la conversación de un bueno se sigue amarle y concebir
deseos de la virtud; y si con Dios conversásemos, con mucha más
razón podríamos esperar de su conversación estos y otros
provechos, a semejanza de Santo Profeta y Legislador Moisés, que de la
tal conversación salió lleno de resplandor (Ex., 34).
Y no
por otra causa estamos tan faltos de misericordia para con los prójimos,
sino porque nos falta esta conversación con nuestro Señor. Porque
el hombre que estuvo de noche postrado delante de Dios pidiéndole
perdón y misericordia para sus pecados y necesidades, claro está
que si de día encuentra con otro que le pida lo que él
pidió a Dios, que conocerá las palabras, y se acordará de
con cuánto trabajo él las dijo a nuestro Señor, y con
cuánto deseo de ser oído, y hará con su prójimo lo
que quería que Dios hiciese con él.
Y por
decir en una palabra lo que en esto siento, os traigo a la memoria lo que dijo
Santo Rey y Profeta David (Ps., 6 5, 2 0): Bendito sea el Señor, que no
quitó de mí mi oración y su misericordia. Sobre lo cual
dice San Agustín: «Seguro puedes estar, que si Dios no quita de ti
la oración, no te quitará su misericordia.» Y acordaos que
el Señor dijo (Lc., 11, 13): Que el celestial Padre dará
espíritu bueno a los que se lo piden. Y con este espíritu
cumplimos
Y
quiéroos avisar del yerro de algunos que piensan que, porque dijo San
Pablo (1 Tim., 2, 8): Quiero que los varones oren en todo lugar, no es menester
orar despacio, ni en lugar particular, sino que basta mezclar la oración
entre las otras obras que hace. Bueno es orar en todo lugar, mas no nos hemos
de contentar con aquello, si hemos de imitar a Jesucristo nuestro Señor,
y a lo que sus Santos han dicho y hecho en el negocio de la oración. Y
aun tened por cierto, que ninguno sabrá provechosamente orar en todo
lugar, sino quien primero hubiere aprendido este oficio en lugar particular, y
gastado en él espacio de tiempo.
El
primer paso que el ánima ha de dar allegándose a Dios ha
dé ser la penitencia de sus pecados. Y para que ésta sea bien
hecha aprovecha mucho desocuparse de todos negocios y de toda
conversación, y entender con cuidado en traer a la memoria todos los
pecados de toda su vida, sirviéndose para ello de algún
Confesionario (Confesionario: Tratado que da reglas para la confesión).
Y después de los haber bien gemido, confesarlos con médico
espiritual que le pueda y sepa dar remedio competente a su enfermedad, y le
ponga su conciencia tan llana, como si aquel día hubiese el hombre de
morir, y ser presentado en el juicio de Dios. Y en este negocio puede gastar un
mes o dos, deshaciendo con amargos gemidos lo que pecó con malos
placeres. Y para esto se puede servir de leer algún buen libro que a
esto le ayude, y de lo que antes dijimos (Caps. 60 y 61), de pensar en su
muerte y en el juicio de Dios, y descender vivo con el pensamiento a aquel pozo
hondo del fuego eternal, porque no descienda después de muerto a probar
la eterna miseria que allí hay.
Servirle
ha también para esto, mirando una imagen del Crucifijo, o
acordándose de Él, pensar cómo él fue causa por sus
pecados que el Señor padeciese tales tormentos. Y mírele bien de
pies a cabeza, ponderando por si cada tormento, y llorando en cada pecado, pues
las penas del Señor corresponden a nuestras culpas, padeciendo Él
deshonras en pago de nuestra soberbia, azotes y dolores en pago de nuestros
placeres, y así en lo demás. Y piense: Si un hijo viese azotar a
su padre, o atormentarle muy recio por una cosa que nunca el padre la hizo,
sino el tal hijo; y, si oyese la voz del pregonero: «Quien tal hace que
tal pague», este tal hijo, grave compasión tendría de su
padre, y gran dolor por haber hecho cosa que tan cara costase a su padre. Y si
verdadero hijo fuese, más le dolería ver castigado a su padre,
que si le castigaran a él. Y gran maravilla sería si no diese
voces con el gran dolor, confesando que el culpado es él, que lo
castiguen a él, y no a su padre que nada debía. Tomemos ejemplo
de aquí, de dolernos más de haber pecado porque fue Dios el
ofendido y fue Dios el castigado, que por cualquier mal que por haber pecado
nos pudiese venir. ¡Yo, Señor, pequé, ¿y
pagáislo vos?! ¡Mis travesuras, Señor, os pusieron en la
cárcel, y os hicieron pregonar por las calles y os pusieron en cruz!
Este sea su gemido, con deseo de padecer por Dios todo lo que Él fuere
servido de enviarle.
Y
después de haber hecho este examen de su conciencia, con dolor y
satisfacción, según el parecer de su confesor, recibida la
absolución sacramental, podrá tener confianza del perdón,
y consolación de su ánima.
Purgada
así el ánima de los tales humores de pecados, que le causasen la
muerte, se debe ocupar en hacimiento de gracias por tan grande y no merecida
merced, de no sólo haber Dios perdonado el infierno, mas haberle
recibido por hijo y dádole su gracia y dones interiores, por
merecimiento del verdadero Hijo de Dios, Jesucristo nuestro Señor, que
murió por nuestros pecados, y resucitó por nuestra
justificación (Rom., 4, 25); matando nuestros pecados y vida vieja, muriendo
Él; y resucitándonos a vida nueva, resucitando Él. Y si
decía Job (31, 20), que el cuerpo del pobre a quien él
había vestido, sintiéndose abrigado, echaría bendiciones a
Job que aquel beneficio le hizo, con mucha más razón debemos
bendecir a Jesucristo crucificado, cuando nuestra ánima se siente libre
de males y consolada con bienes, creyendo que todo nuestro bien nos viene por
El; pues no es razón ser ingratos a tal amor y a tales mercedes.
Y
aunque cada vez que bien nos fuere debemos luego con particular agradecimiento
bendecir a Jesucristo; mas para que se haga esto mejor hecho y con más
fruto, conviene que pues para pensar en vuestros propios pecados os dije que
buscásedes lugar recogido y desocupado de todos, y os mirásedes a
vos, con mucha más razón os debéis ocupar otro rato cada
día en pensar
El modo,
pues, que tendréis, si otro mejor no se os ofreciere, será
éste: Pensar el lunes la oración del Señor y prendimiento
del Huerto, y lo que aquella noche pasó en casa de Anas y Caifas. El
martes, las acusaciones y procesiones de uno a otro juez, y sus crueles azotes
que atado a la columna pasó. El miércoles, cómo fue
coronado de espinas y escarnecido, sacándole con vestidura de grana, y
caña en la mano, porque todo el pueblo le viese, y dijeron: ECCE HOMO.
El jueves, no le podemos quitar su misterio muy excelente; conviene a saber,
cómo el Hijo de Dios con profunda humildad lavó los pies a sus
discípulos, y después les dio su Cuerpo y Sangre en manjar de
vida; mandando a ellos y a todos los sacerdotes que habían de venir, que
hiciesen lo mismo en memoria de Él (Lc., 22, 19). Hallaos vos presente
en aquel lavatorio admirable, y en el convite tan excelente, y esperad en Dios,
que ni saldréis sin lavar, ni muerta de hambre. Tras el jueves
pensaréis el viernes cómo el Señor fue presentado ante el
juez, y sentenciado a muerte, y llevó la cruz encima de sus hombros, y
después fue crucificado en ella, con todo lo demás que
pasó hasta que encomendó su espíritu en las manos del
Padre y murió. Y en el sábado quédaos de pensar la lanzada
cruel de su sagrado costado, y cómo le quitaron de la cruz, y pusieron
en brazos de su sagrada Madre, y después en el sepulcro; e id
acompañando su ánima al limbo de los Santos Padres, y hallaos
presente en las fiestas y paraíso que allí les concede. Y tened
memoria de pensar en este día las grandes angustias que
Y
particularmente os encomiendo, que en la noche del jueves toméis cuan
poco sueño fuere posible, por tener compañía al
Señor, que después de los trabajos del prendimiento y largos
caminos a casa de Anas y Caifas, y después de muchas bofetadas, burlas y
otros males que le fueron hechos, pasó lo demás de la noche muy
aherrojado y en cárcel muy dura, y con tal tratamiento de los que le
guardaban, que ni a Él vagaba dormir, ni habría quien cesase de
llorar si bien se supiese lo que allí pasó; lo cual es tanto,
como San Jerónimo dice, que hasta el día de] juicio no se
sabrá. Pedidle vos a Él parte de sus penas, y tomad vos por
Él cada noche del jueves alguna en particular, la que Él os
encaminare. Porque gran vergüenza es para un cristiano no diferenciar
aquella noche de otras. Y una persona decía, que ¿quién
podía dormir la noche del jueves? Y aun también creo que tampoco
dormía la noche del viernes.
Este
ejercicio de pensar en los pasos de la vida o muerte de Jesucristo nuestro
Señor se puede hacer en una de dos maneras: o con representar a vuestra
imaginativa la figura corporal de nuestro Señor, o solamente pensar sin
representación imaginaria. Y sabed, que pues el altísimo e
invisible Dios se hizo hombre visible, para que con aquello visible nos metiese
adentro donde está lo invisible, no se debe pensar sino que fue muy
provechosa cosa mirarle con ojos corporales, para poderle mirar con los
espirituales, que son de la fe, si la malicia de quien lo miraba no lo
impedía. Y, cierto, todo lo corporal del Señor era muy ordenado,
y tenía una particular eficacia para ayudar al corazón piadoso a
levantarse a las cosas espirituales. Y no fue pequeña merced para los
tales gozar de tal vista, de la cual muchos Reyes y Profetas desearon gozar y
no la alcanzaron (Lc., 10, 24). Y aunque los que después venimos no
gozamos de esta merced tan cumplida; mas no debemos dejar de aprovecharnos de
ella en lo que pudiéremos. Y a este intento nuestra Madre la santa
Iglesia, y con mucha razón, nos propone imágenes del cuerpo del
Señor, para que despertados por ellas, nos acordemos de su corporal
presencia, y se nos comunique algo, mediante la imagen, de lo mucho que se nos
comunicara con la presencia. Y pues me trae provecho una imagen pintada en un
palo fuera de mí, también lo traerá la que fuere pintada
en mi imaginativa dentro de mí, tomándola por escalón para
pasar adelante. Porque todo lo de nuestro Señor, y lo que le toca y
representa, tiene virtud maravillosa para llevarnos a Él.
Y
aunque os parezcan cosas bajas, mas por ser medio para cosas altas, altas os
deben parecer. Y por esta bajeza quiere Dios que comiencen humillados los que
Él ha de subir de su mano a cosas mayores. Porque los que desde luego
que comienzan se dan a pensamientos muy altos, por parecerles más
gustosos y más dignos de su consideración, les está la
caída muy cierta. Porque, como dice
Recogida,
pues, en vuestra celda, en el rato que para este ejercicio tomáredes,
decid primero la confesión general, pidiendo al Señor
perdón de vuestros pecados, especialmente de los que hubiéredes
hecho después de la postrera confesión que hicisteis; y
rezaréis algunas oraciones vocales, según arriba se os dijo
cuando tratábamos del propio conocimiento (Cap.59). Y después leed
aquel mismo paso de
Y la
lección acabada, hincadas vuestras rodillas y recogidos vuestros ojos,
suplicad al Señor os envíe lumbre del Espíritu Santo para
daros sentido compasivo y amoroso de lo que Cristo tan amorosamente por vos
padeció. Importunadle mucho, no permita Él tanta ingratitud en
vos, que siendo obligada a imitar su Pasión, que aun no seáis
para la pensar.
Y
luego poned la imagen de aquel paso que quisiéredes pensar, dentro de
vuestro corazón; y si esto bien no se os diere, haced cuenta que la
tenéis allí cerquita de vos. Y dígoos esto así, por
avisaros que no habéis de ir con el pensamiento a contemplar al
Señor a Jerusalén, donde esto acaeció, porque esto
daña mucho a la cabeza y seca la devoción; mas haced cuenta que
lo tenéis allí presente, y poned los ojos de vuestra ánima
en los pies de Él, o en el suelo cercano a Él, y con toda
reverencia mirad lo que entonces pasaba como si a ello presente
estuviérades, y escuchad lo que el Señor habla con toda atención.
Y sobre todo, con una sosegada y sencilla vista miradle su sacratísimo
Corazón, tan lleno de amor para con todos, que excedía tanto a lo
que de fuera padecía—aunque era inefable—, cuanto excede el
cielo a la tierra.
Y
guardaos mucho de afligir vuestro corazón con tristezas forzadas, que
suelen echar alguna lagrimilla forzada; porque impiden el sosiego que para este
ejercicio es menester, como decía el Abad Isaac; y suelen secar el
corazón y hacerle inhábil para la divina visitación, que
pide paz y sosiego; y aun suelen destruir la salud corporal, y dejar el
ánima tan atemorizada con el disgusto que allí sintió, que
teme otra vez de tornar al ejercicio como a cosa penosa.
Mas
si con vuestro pensar sosegado, el Señor os da lágrimas,
compasión y otros sentimientos devotos, debéislos tomar, con
condición que no sea tanto el exceso con que se enseñoreen de
vos, que os dañen a la salud con daño notable, o que
quedéis tan flaca en los resistir, que os hagan, con gritos y con otras
exteriores señales dar muestra de lo que sentís: porque si a esto
os acostumbráis, vendréis a hacer entre gente, y con grande nota,
lo mismo que en vuestra celda, sin lo poder resistir; de lo cual es
razón que huyáis. Y por esto habéis de tomar estos
sentimientos o lágrimas de tal arte, que no os vayáis mucho tras
ellas, porque no perdáis por seguirlas aquel pensamiento o
afección espiritual que las causó. Mas tened mucha cuenta con que
aquello dure, y de esto otro exterior y sensual (sensible, sentimental) sea lo
que fuere. Y de esta manera podráos durar mucho tiempo el sentimiento
devoto espiritual. Lo cual no hace el de la parte sensitiva o corporal, ni aun
deja durar al espiritual, sino lo tiene para que no se vaya tras él.
Aunque
para los que de nuevo comienzan se puede dar licencia que tomen de esta leche
tierna algo más que los aprovechados, los cuales tienen intento a sentir
en su espíritu la alteza de quien padece, y la indignidad de por quien
padece, y lo mucho que padece, y el mayor amor con que lo padece; y desean
imitar este amor y pasión con las fuerzas que el Señor les diere,
y si con esto les dan los sentimientos ya dichos, no los desechan, antes los
agradecen, mas no como a cosa más principal. Y aunque entiendo que hay
un amor de Dios tan abrasado, que no sólo no saca lágrimas, mas
aun las seca e impide, también os digo que hay otro tierno, que hace
tener estos sentimientos ya dichos en la parte sensitiva y ojos del cuerpo, sin
que sea cosa culpable; pues la doctrina cristiana no es doctrina de estoicos,
que condenan las buenas pasiones. Y pues Cristo lloró y se
entristeció, bastarnos debe para creer que estas cosas son buenas,
aunque en varones perfectos. ¡ Oh cuánto mal ha hecho a sí
y a otros, gente sin letras, que ha tomado entre manos negocios de la vida
espiritual, haciéndose jueces de ella, siguiendo solamente su ignorante
parecer! Y dígolo por hombres que ha habido engañados, a quien
parecían mal estas cosas.
Conviene
también avisaros que no trabajéis mucho por fijar muy
profundamente en vuestra imaginación la imagen del Señor, porque
suelen de ello venir peligros al ánima, pareciéndole algunas
veces que verdaderamente ve de fuera las imágenes que tiene de dentro; y
unos caen en locura y otros en soberbia. Y ya que esto no sea, causase
daño en la salud corporal casi sin remedio. Por eso conviene que
hagáis este ejercicio de arte, que ni del todo dejéis de
representar imagen, ni que la tengáis a la continua ni con pena fijada
dentro de vos, mas poco a poco, y según que sin trabajo se os diere. Y
podéis tener algunas devotas imágenes, bien proporcionadas, de
los pasos de
Y
mirad mucho que no sólo habéis de huir el peligro que os he
dicho, de imaginar con trabajo, mas también de pensar con ahínco
y costa de la cabeza; porque allende del daño que en ella se hace,
causase de este modo sequedad en el ánima, que suele hacer que se
aborrezca la oración. No penséis de manera, ni con tanta fuerza,
que parezca que vos sola y a fuerza de brazos lo habéis de hacer; porque
acuesto más semejanza tiene con el modo de estudiar que de orar; mas de
tal manera obrad vuestro ejercicio, que estéis arrimada a las fuerzas
del Señor que os ayuda para pensar. Y si esto no supiéredes
hacer, y sentís que la cabeza o sienes sienten trabajo notable, no
prosigáis adelante, mas sosegaos, y quitad aquella angustia del
corazón, y humillaos a Dios con sosiego y simplicidad, pidiéndole
gracia para pensar como Él quiere. Y en ninguna manera presumáis
en el acatamiento de Dios, de estribar en vuestras razones ni ahínco,
mas en humillaros a Él con un afecto sencillo, como niño
ignorante y discípulo humilde, que lleva una sosegada atención
para aprender de su maestro ayudándose él. Y sabed, que este
negocio más es de corazón que de cabeza, pues el amar es fin del
pensar. Y por no entender esto y el sosiego ya dicho, han fatigado muchos
muchas cabezas suyas y ajenas, con daño de la salud, e impedimento para
bienes que pudieran hacer. Y si Dios os hace esta merced de meditación
sosegada, será más durable lo que en ella sintiéredes, y
más larga y sin pesadumbre. Todo lo cual hallaréis ser al
contrario, si de otra manera lo usáredes.
Y ya
os he avisado que vuestra morada ha de ser en vuestro corazón, donde
como abeja solícita, que dentro de su corcho hace la miel, habéis
vos de encerraros, presentando al Señor lo que de fuera se os ofreciere,
pidiéndole su lumbre y favor, como lo hacía Moisés en el
corporal Tabernáculo. Y si se os ofreciere de fuera alguna hiél
de tentación, huid a vuestro corazón, y cerrad la puerta tras
vos, y juntándoos con nuestro Señor, dejaréis a vuestros
enemigos burlados, vencidos y fuera de casa. Porque como el daño que os
podían hacer era mediante el pensamiento, cerrado éste muy bien,
no hay por dónde os puedan entrar.
Y
porque en todo caso conviene, para durar y aprovechar en este ejercicio, que lo
hagáis con sosiego, os quiero avisar, que si tenéis fuerza para
estar de rodillas en esta habla con Dios, conviene que lo estéis, porque
toda reverencia es debida a
Y a
este propósito también hace, que si pensando vos una cosa en la
oración, sintiere vuestra ánima que la convidan para otras
partes, abriéndole otra puerta de buen pensamiento, debéis
entonces dejar lo que pensábades y tomar lo que os dan, presuponiendo
que es bueno lo uno y lo otro. Aunque habéis de mirar no sea esto, que
os viene de nuevo, engaño del demonio, para que saltando de uno en otro,
como picaza, os quite el fruto de la oración; o, por ventura, no sea
liviandad de vuestro corazón, que no hallando lo que deseáis en
un pensamiento, vayáis a probar si lo hallaréis en otro, o en
otro. Por tanto, no debéis ligeramente dejar lo que tenéis, Si no
fuéredes con eficacia interiormente convidada para otra parte, con una
satisfacción que en el corazón suele quedar cuando Dios le
convida, a cuando él se entremete. Y con pedir lumbre al Señor, y
con tener cuenta con mirar después de pasado qué fruto sacasteis,
y tomando experiencia de muchas veces, podéis en este negocio acertar
con lo que debéis.
Y a
este propósito hace, que si estáis leyendo o rezando vocalmente,
y el Señor os visita con algún sentimiento entrañable,
debéis cesar de lo que hacíades, y gozar de aquel bocado que el
Señor os envía. Cumplido con lo cual podréis proseguir lo
que antes hacíades. Porque como esto exterior sirva para despertar la devoción
interior, no se ha de tomar por medio para lo impedir.
Y no
os hablara en tantas particularidades, si no hubiera visto gente tan atada a
sus reglas y a cumplir sus tareas, que aunque haya causas para creer que el
Señor quiere que se interrumpan, ellos no quieren. Y si los quiere
llevar Dios por un camino, ellos quieren ir por otro, fundados en su prudencia;
siendo gran verdad que no hay cosa más contraria a este ejercicio, que
pensar los hombres que se pueden por su discreción regir en él. Y
a muchos he visto llenos de reglas para la oración, y hablar de ella
muchos secretos, y estar muy vacíos de la obra de ella; porque el
estribar en ellas, y el acordarse de ellas en el tiempo de la oración,
les quita aquel la humildad y simplicidad de niño con que en este
negocio han de tratar con Dios, como arriba os he dicho. Y no os digo esto para
quitar las industrias razonables que de nuestra parte hemos de poner,
especialmente cuando somos principiantes en ellos, mas para que se haga con
tanta libertad, que no nos impidan el estar colgados del Señor, esperando
sus mercedes por la vía que Él las quisiere hacer. Y tened por
cosa muy cierta, que en este negocio aquél aprovecha más, que
más se humilla, y más persevera, y más gime al
Señor; y no quien sabe más reglas.
Para
que de este ejercicio de oración os sepáis aprovechar,
debéis estar avisada que el fin de la meditación de
cosas
de esta manera.
De
Moisés leemos, que habiendo estado cuarenta días y cuarenta noches
subido en el monte Siná en continua conversación del
altísimo Dios, y bajando después a la conversación de los
hombres, ni contó visiones, ni revelaciones, ni secretos curiosos, mas
trajo mucha luz en su faz, y dos tablas de piedra en sus manos; en una de las
cuales estaban escritos tres mandamientos, que pertenecen a la honra de Dios, y
en la otra siete, que pertenecen al provecho del prójimo (Ex., 34, 29);
dando a entender, que quien trata con Dios con la lengua de la oración,
ha de traer luz en su entendimiento, para saber lo que debe hacer, y el
cumplimiento de la voluntad de Dios puesto en obra, como ley en las manos; y
que, pues tiene oficio de orar, tenga vida de orador (hombre que ora); y sea
tal, que en todo su trato se manifieste que se le ha pegado algo de aquella
suma Verdad y suma pureza, con la cual ha tratado. Porque los que gastan un
rato en llorar las bofetadas que al Señor le dieron en su Pasión,
y si saliendo de allí se les ofrece alguna cosa, aun de las pequeñas
que al Señor se ofrecieron, tienen tan poca paciencia como si hubieran
aprendido en la oración a no sufrir nada, no sé a quién se
deban comparar, sino a los que entre sueños les parece que hacen grandes
cosas, y recordados (despertados), lo hacen todo al revés.
¿Qué cosa más loca puede haber, que pareciéndome
bien la paciencia del Señor en sus penas, no quiera yo tenerla en las
mías, sino decirle: Llevad vos, Señor, vuestra cruz a solas,
aunque muy pesada sea, que no quiero yo ayudaros con llevar la mía,
aunque pequeña? Los apóstoles compasión tuvieron, y
lágrimas derramarían por
Y lo
primero, y principio de cosas mayores, en que le habéis de imitar, sea en
la exterior aspereza y mortificación de vuestro cuerpo, para que
tengáis alguna semejanza con el suyo divino, tan lleno de trabajos y
tormentos, mayores que se pueden decir. Miradle con mucha atención,
cómo gusta hiél y vinagre ; miradle en cuan estrecha cama
está acostado ; cuan desnudo está de ropa, y cuan vestido de
tormentos de pies a cabeza; y cobrad vos esfuerzo para huir los regalos de
vuestro cuerpo en vestidos y cama y comida. Y en esto, y en todo lo que
buenamente pudiéredes, trabajad vuestro cuerpo, y hacedlo vivir en cruz.
Y lo que no pudiéredes, deseadlo de corazón, y pedid fuerzas al
Señor para ello, y llorad, porque estando Él en la cruz, no
merecéis vos acompañarle e imitarle en ella. Los deseos del
cristiano, que se ejercita en pensar
Tales
para, cierto, el Crucificado a los corazones que en mirarlo se ocupan,
«si empero son agradecidos», como San Bernardo dijo, a tan grande beneficio,
como es abajarse Dios a caminar por este destierro, con tales trabajos cuales
nunca hombre pasó; porque donde esto hay, no queda lanza enhiesta, y de
dentro y de fuera hay entrañable deseo de poner al Crucificado por sello
en el corazón y en el brazo (Cant., 8, 6), como cosa de que no solamente
no se angustien, ni se tienen por menos honrados; mas que, como Santiago (1, 2)
dice, tienen por entero gozo ofrecérseles varios trabajos. Tal es la
alteza de los agradecidos a este Señor, que a los ídolos de
Egipto (Ex., 8, 26) a quien los mundanos precian y aman, que son honras,
riquezas, deleites, ellos, con el cuchillo del amor de este Señor
crucificado, los degüellan animosamente, y se los ofrecen con mucho amor,
agradeciéndole que los quiso admitir a su compañía; y
andan buscando, abrasados con amor, todas las vías que pueden para
más padecer, esforzados como elefantes, con ver derramada la sangre de
su Señor. Y si acaece que cumpla al servicio de su Señor tomar
ellos descanso, o tener riquezas u honras, acéptanlo por obediencia, y
usan de ello con temor; y es menester que los consuelen, para que puedan ir a
caballo, viendo ir a pie al que más que a sí aman. Tal es la
alteza de la vida cristiana; y así muda Cristo las cosas desde la cruz,
que lo amargo y despreciado hace dulce y honroso, y pone asco de gustar de
aquello sobre que los mundanos se matan.
Esta
eficacia deseo que obre en vos el pensamiento de la sacra Pasión, y que
la améis tanto, que traigáis su mortificación en vuestro
cuerpo (2 Cor., 4, 10). Y si no hubiere quien os tire piedras, y encarcele y
azote, como al Señor y a sus Apóstoles, los cuales iban gozosos
por padecer por su nombre (Act., 5, 41), buscad vos, en cuanto buenamente
pudiéredes, en qué padecer, y agradecedlo mucho a Dios cuando se
os ofreciere; porque usando bien de lo poco, el Señor os dé
fuerza para más, y os envíe más.
Y
estad advertida no tengáis en poco estas cosas, por ocasión de
que dice San Pablo (1 Tim., 4, 8) que el ejercicio corporal trae poco provecho;
porque ya que de estas cosas se entienda, no quiere que se tengan en poco en
sí mismas, sino cotejadas a otras mayores; para provecho de las cuales,
y para satisfacer la pena que en el purgatorio se debe, y aun para alcanzar
más gracia y más gloria, y para servir al Señor de dentro
y de fuera, pues en todo le somos deudores, no hay duda sino que estas cosas
son muy convenientes. En lo cual el soberano Maestro da luz de lo que debemos
sentir, cuando dijo, hablando de las cosas mayores, conviene hacerlas; y hablando
de las menores, no conviene dejarlas (Mt., 23, 23).
Lo
que tras esto habéis de sacar de la meditación de la sacra
Pasión, para que poco a poco vayáis subiendo de lo bajo a lo
alto, ha de ser medicinar las llagas de vuestras pasiones con la medicina de
Y
allí experimentan ser gran verdad lo que en figura hizo Moisés,
por mandamiento de Dios (Núm., 21, 9) cuando alzó una
víbora de metal puesta en un palo, para que siendo mirada de aquellos
que eran picados de víboras ponzoñosas, les librase de muerte y
diese salud. La cual víbora, aunque por la figura parecía tener
ponzoña, mas no la tenía, porque era víbora de metal. Y de
esta manera Jesucristo nuestro Señor tiene verdadera carne, semejante a
la carne del pecado (Rom., 8, 3), porque era sujeta a penas; mas es ajena de
todo pecado, porque es carne de Dios, y formada por Espíritu Santo, y
guardada por Él; y puesto en lo alto de la cruz muerto en ella, libra de
muerte, y da salud a todos los mordidos de las tentaciones que con fe y amor
van a El. Y pues tan a la mano tenéis remedio tan poderoso para ser
sana, no resta sino que vos tengáis cuenta muy particular con saber
qué víboras os pican dentro de vos, examinando cada día, y
muy despacio, qué inclinaciones tenéis en lo más hondo de
vuestro corazón; qué pasiones vivas tenéis, cuáles
son las culpas en que algunas veces caéis, y cosas de esta manera; con
que estéis tan usada (acostumbrada) y tan resoluta en el conocimiento de
vuestras faltas, que las tengáis delante vuestros ojos y en vuestras
uñas, como dicen. A lo cual no llegaréis en breve tiempo, ni aun
en mucho, si no sois ayudada de celestial lumbre, con que veáis las
raíces de vuestro corazón; el cual es tan hondo, que no vos, sino
Dios, lo puede acabar de escudriñar.
Y
ayudaros ha mucho para este conocimiento considerar las virtudes que el
Señor ejercitaba en su Pasión; pues Él ha de ser espejo en
vuestra ánima, en lugar del que las mujeres casadas tienen para andar
agradables a sus maridos. Mirad vos su mansedumbre, su caridad, su paciencia
nunca vencida, su profundo silencio, y parecerán vuestras faltas por
escondidas que estén. Y también os parecerán vuestras
virtudes ser faltas (defectuosas, imperfectas), cotejadas con las de Él;
y avergonzaros heis de lo uno y de lo otro. Mas no desmayéis, sino presentaos
con ellas, y no sin gemido, delante del Señor, como hace el niño
que enseña a su madre la espina que tenía hincada en la mano, y
con sus lágrimas pide a su madre que se la saque ; y así
hará el Señor con vos. Porque así como es espejo que
declara vuestras faltas, así con su ejemplo y salud es verdadero remedio
de ellas. Y viéndole vos con tantas deshonras que por vuestro amor
pasó, se encenderá vuestro corazón a desechar de vos la
afición de la honra; y su paciencia matará vuestra ira; y su hiel
y vinagre será remedio contra vuestra gula; y verlo obediente a su Padre
hasta muerte de cruz, domará vuestra cerviz para obedecer a su santa
voluntad, aun en lo muy trabajoso. Y cuando miráredes que el
altísimo Dios humanado, Señor de cielos y tierra y de todo lo que
en ellos hay, obedecía a los sayones cuando le querían desnudar y
vestir, cuando le ataban y desataban, cuando le mandaban echar en la cruz y
tender los brazos para ser enclavados, daros ha gana, y con gemido de
corazón, si algún sentimiento tenéis, de ser obediente, no
sólo a mayores e iguales, mas aun a menores, y de sujetaros por Dios,
como dice Sa n Ped ro (1 Petr., 2, 13), a toda humana criatura, aun para ser
maltratada de todos. Y por esta forma morirá en vos la codicia, si
miráis sus manos agujereadas, dando su sangre por el bien de los
hombres, Dará que ellos cumplan lo que Él primero mandó
cuando dijo (Jn., 13, 34): Amaos como Yo os amé. Y, en
conclusión, probaréis por experiencia que dijo San Pablo verdad
(Rom., 6, 6), que nuestro hombre viejo fue crucificado con Cristo.
Y si
este remedio y victoria no lo sintiéredes luego como deseáis, no
os desmayéis, ni os apartéis de lo comenzado; mas conociendo ser
vuestra dureza y maldad mayor de lo que pensábades, gemid más, y
pedid al Señor con mayor humildad que no permita su misericordia que
quedéis vos enferma, pues Él, siendo Dios, padeció y
murió para sanaros. Y tened esperanza que no se hará sordo el que
manda que le llaméis; y que no tendrá crueles entrañas
para veros enferma y dar voces a la puerta del hospital de su misericordia, que
son sus llagas, y que un día u otro no os meta en ellas para curaros.
Mas
avisóos, que no se hace este negocio en breve tiempo; y que aunque dijo
San Pablo en pocas palabras (Galat., 5, 24), que los que son de Cristo han
crucificado su propia carne con sus vicios y deseos, mas los que no se
contentan con haber salido de pecado mortal, y quieren alcanzar perfecta
victoria de sí mismos, venciendo las siete generaciones de enemigos que
ocupan la tierra de promisión (Siete generaciones : esto es, siete
puebles o linajes que habitaban en Palestina a la llegada del Pueblo escogido,
a saber : el Cananeo, Heteo, Heveo, Fereceo, Gergeseo, Jebuseo y Amorreo.
[Véase Jos., 3, 10]), hallan por experiencia que lo que en una palabra
se dice, en muchos años se cumple. Mas el soberano Señor suele
proveer a los tales con esperanza de perfecta salud, dándoles de cuando
en cuando salud de alguna particular enfermedad. Y así leemos que el
capitán Josué, habiendo vencido cinco reyes, dijo a los suyos
(10, 24): Poned los pies sobre los cuellos de acuestos reyes, y no
queráis temer; mas confortaos y sed esforzados; porque como el
Señor ha vencido a éstos, así hará a todos vuestros
enemigos, contra los cuales peleáis. Haced vos así; determinad de
morir o vencer; porque si no salís con victoria de vuestras pasiones, no
podréis pasar adelante en el ejercicio de la familiar
conversación del Señor. Porque aquel dulcísimo
sueño que con sosiego en sus brazos se duerme, no es razón que se
dé sino a los que primero han peleado, y con trabajos vencido a
sí mismos. Ni pueden gozar de ser templos quietos del pacífico
Salomón, si primero no son labrados con golpes de mortificación
de pasiones, y quebrantamiento de voluntad. Ni el humo, que las pasiones no
mortificadas
causan
en el ánima, deja tener la vista tan clara como conviene para mirar al
Rey en su hermosura (Is., 33, 17); ni dejan haber aquella pureza que ha
menester el ánima para unirse con Dios, a modo de casta esposa, por un
modo particular, secreto, y guardado para aquellos a quien el Señor lo
quiere dar, después de haber trabajado muchos años y con mucho
amor, como hizo Jacob por Raquel (Gen., 29, 30).
Después
de haber entrado en la primera sala exterior del templo del verdadero
Salomón, que es considerar a Cristo en lo exterior, y después de
haber, con el cuchillo de la divina palabra, sacrificado vuestras irracionales
pasiones, que es oficio que se hacía en la sala del templo que se
llamaba Santa, resta, si hemos de proseguir el camino, que procuremos de entrar
en el Sancta Sanctorum, lugar más precioso, y fin de los otros lugares.
Y si preguntáis cuál sea éste, dígoos que el Corazón
de Jesucristo nuestro Señor, verdaderamente Santo de Santos. Porque
así como Él no se contentó con padecer en lo de fuera,
sino amando de corazón, así no debéis vos de parar en
mirar e imitar lo que de fuera padece, si no entráis en su
Corazón para mirarlo y para imitarlo. Y porque la entrada fuese
más fácil, y lo que en su Corazón estaba encerrado
más manifiesto, permitió Él que, después de muerto,
aunque ya no sentía dolor, fuese abierto su Corazón sagrado, para
que como por puerta abierta y llena de tanta admiración, los hombres se
moviesen a entrarse por ella, como por cosa que se está convidando a
mirar las hermosuras que contiene dentro de sí. Mas ¿quién
las contará con la lengua, pues quien allá entra y las mira, no
puede alcanzar cuan grandes son, y aun aquello que alcanza no lo puede decir?
San
Juan dice, en figura de esto, que se abrió el templo de Dios, y fue
vista en él el Arca del Testamento (Apoc, 11, 19). Porque en el
Corazón de Cristo está obrada
Y si
se viese, aunque fuese morir un esclavo por un rey, cuanto más
precediendo a su muerte algunos azotes y tormentos de los muchos que el
Señor padeció, hazaña sería por la cual el esclavo
alcanzaría perdón, aunque muchas maldades hubiese hecho; y
juzgarían todos que había merecido que el rey le hiciese
mercedes, si en la otra vida se las pudiese dar. Y muchos días no se
caería de la boca de los hombres tal hazaña, y aun el rey la
contarla con mucha ternura y agradecimiento.
Pues
volvamos esto al revés, que el rey muera después de haber sufrido
muchos tormentos y graves deshonras por su esclavo, del cual no ha recibido servicio
ninguno, antes graves ofensas, dignas de muy cruel muerte; y que la causa de
morir el rey sea por puro amor que a este esclavo tenía, cosa es ni
vista ni oída, y de tan excesivo amor, que pondría en
grandísimo espanto a los que lo oyesen, y que diese materia de predicar
la bondad de aquel rey por muchos días y aun por toda la vida. Y
sería tan admirable, tan nuevo y tan alto este amor, que algunos, de
flaca virtud y de poco juicio, se escandalizasen, y no sintiesen de la tal obra
como debían, diciendo ser demasía que la real Majestad, llena de
toda virtud, diese su vida preciosa porque el mal esclavo viviese, mereciendo
justísimamente la muerte. Y si aun, sobre esto, se añadiese al
negocio, que aquel rey fuese tan sabio y tan poderoso, que con mucha facilidad,
sin padecer nada y sin hacer a nadie injusticia, pudiese librar de la muerte a
aquel su esclavo, y con todo esto quisiese encumbrar tanto su amor y darlo a
entender, que quisiese pasar tales y tantas cosas cuales nunca nadie
pasó, porque esto le estaba mejor al esclavo, cierto es que
habría pocos ojos que pudiesen mirar a tan alto sol de amor abrasado. Y
si alguno tuviese tan buen sentido, que sintiese de esta obra como debía
sentir, maravilla sería, si de admirado y de espantado no saliese fuera
de sí. Y si esto acaeciera a persona que no había recibido del
rey este beneficio, sino de sólo pensar que se había hecho por
otro, ¿qué se debe creer que obraría en el corazón
del esclavo por quien el rey había muerto, si algún juicio
tuviese? ¿No os parece que tal golpe de tal amor lo despertaría,
lo mudaría y lo cautivaría tanto del amor de aquel rey, que ni
pudiese callar sus alabanzas, ni acordarse de Él sino con
lágrimas, ni ocuparse en otra cosa que en amar y agradar a su rey,
padeciendo por él todo lo posible?
¿Habéis
entendido acuesta parábola, que nunca en el mundo se ha puesto por obra?
Pues sabed que lo que los reyes de la tierra no han hecho, lo hizo el Rey
celestial, Jesucristo, del cual dice San Juan (Apoc, 19, 16), que traía
escrito en su muslo: Rey de los reyes y Señor de señores; porque
aun por la parte que es hombre y tiene humana naturaleza—significada en
el muslo—, es tanta su alteza, que excede a todos los señores y
reyes criados, no sólo los que hay en este mundo, mas en el cielo, teniendo
nombre sobre todo nombre (Filp., 2, 9) y alteza y señorío sobre
todos los altos hombres y ángeles, chicos y grandes. Mirad esta alteza,
a la cual no hay igual, y bajad vuestros ojos a mirar la bajeza de los esclavos
por quien padece, y veréis que, como dice San Pablo (Rom., 5, 6), somos
flacos y pecadores y traidores contra Dios, y enemigos suyos. Los cuales
títulos son de tanta deshonra y bajeza, que ponen al hombre en el lugar
y precio más vil que en todo lo criado hay; pues que no hay cosa tan baja
como el ser malo; y ninguna cosa hay mala sino el pecador, por ser pecador.
Cotejando, pues, estos extremos tan diferentes de tan alto Rey y tan malos
esclavos, mirad ahora lo mucho que Él a ellos amó; andad
acá al Corazón del Señor, y si tenéis ojos de águila,
aquí los habréis menester, y aun no os bastarán para mirar
el resplandeciente y encumbrado amor que aquella santísima ánima
tiene en tanto grado, que aun aquellos más altos ángeles del
cielo, que porque aman mucho, tienen por nombre Serafines, que quiere decir
encendidos; si vinieran al monte Calvario al tiempo que el Señor
padecía, se admiraran de su excesivo amor, en cuya comparación el
amor de ellos era tibieza. Porque así como aquella sacratísima
Anima tiene la mayor alteza y honra que nadie puede tener en cielos ni en
tierra, porque en siendo criada, luego fue unida a
Y
pues tal fuego de amor estaba metido en lo más dentro de aquella
sacratísima Anima, no es mucho que salga la llama de fuera, y que abrase
y queme las vestiduras, que son su sacratísimo Cuerpo, lleno de tales
tormentos, que dan testimonio del amor interior. Porque escrito está
(Prov., 6, 27): ¿Quién pueda tener el fuego en el seno, que no se
le quemen las vestiduras? Y cuando de fuera le viéredes que le atan las
manos con crueles cordeles, entended que está preso de dentro con lazos
de amor, tanto más fuertes que los de fuera, cuanto exceden cadenas de
hierro a hilos de estopa. Este amor, éste, fue el que le
enflaqueció, venció y prendió, y le trajo de juez en juez,
y de tormento de azotes a tormento de crueles espinas, y le puso la cruz
encima, y lo llevó al monte Calvario, donde Él fue puesto encima
de ella, y tendió sus brazos para ser crucificado, en señal que
tenía su Corazón abierto con amor, tan extendido para con todos,
que del centro de su Corazón salían resplandecientes y poderosos
rayos de amor, que iban a parar a cada uno de los hombres pasados, presentes y
por venir, ofreciendo su vida por el bien de ellos. Y si de fuera lleva el gran
Sacerdote escritos los nombres de los doce hijos de Israel sobre sus hombros y
también en su pecho (Ex., 28, 21 ), muy mejor los lleva el nuestro
encima sus hombros, padeciendo por los hombres, y los tiene escritos en su
Corazón. Porque los ama tan de verdad, que si el primer Adán los
vendió por una manzana, [y,] ellos se venden por cosas muy viles,
queriéndose, mal, por amar la maldad; este Señor amoroso los
precia y ama tanto, que por los rescatar de cautiverio tan miserable, se dio
Él en precio por ellos, en testimonio que los ama más que ellos
se aman a sí, ni que nadie los ama.
Si el
corazón del hombre es tan malo, como Jeremías (17, 10) dice, que
no hay quien lo pueda escudriñar sino Dios, y cuanto más se cava
en la pared de él, se descubren mayores abominaciones, como fué
mostrado en figura a Ezequiel (8, 9), ¿con cuánta más
razón podremos decir que el Corazón de Jesucristo nuestro
Señor, por ser más bueno que los otros son malos, no habrá
quien del todo lo pueda escudriñar, sino el mismo Señor, cuyo es?
Cosa es digna de admiración, y que debe bastar para robarnos el
ánima y cautivarnos de Dios, el excesivo amor de su Corazón, que
se manifestó en padecer muerte y Pasión por nosotros,
según hemos dicho. Mas si con lumbre del cielo caváis más,
y escudriñáis este relicario de Dios, lleno de inefables
secretos, veréis dentro de él tales efectos de amor, que nos
pongan en mayor admiración que lo que de fuera pasó. Para lo cual
os debéis de acordar que en la villa de Bethsaida, curando el Señor
a un hombre sordo, dice el Evangelio que alzó el Señor sus
sagrados ojos al ciélo, y gimió (Mc., 7, 34), y tras esto
curó al enfermo. Aquel gemido que de fuera sonó, uno era, y en
breve tiempo se pasarla; mas fue testimonio de otro gemido, y gemidos entrañables,
y que le duraron, no por un rato breve, sino por meses y años.
Porque
habéis de saber, que en siendo criada aquella santísima Anima, e
infundida en su cuerpo en el vientre virginal de nuestra Señora, luego
vio tan claramente como ahora la divina Esencia, que por su alteza es llamada
cielo con mucha razón. Y en viéndola, juzgó ser digna de
toda honra y servicio; y así se lo deseó, con inefables fuerzas
de amor que le fueron dadas para amar. Y aunque la ley ordinaria del que ve a
Dios claramente sea ésta, que sea bienaventurada en cuerpo y en
ánima, y ninguna pena pueda tener; mas porque nosotros pudiésemos
ser rescatados por los preciosos trabajos de este Señor, fué
ordenado que la bienaventuranza y gozo se quedase en la parte superior
de su
Anima, y que no redundase en la interior, ni en el cuerpo; renunciando lo que
justamente le era debido de gozo, por aceptar y sufrir las penas que nosotros
debíamos.
Y si
aquella santísima Anima, que alzó los ojos de su entendimiento al
cielo de
Mas
para que veáis cómo este cuchillo de dolor, que atravesaba el
Corazón del Señor, no le hería por sola una parte, mas que
era de entrambas partes agudo y muy lastimero, acordaos que el mismo
Señor, mirando al cielo gimió y lloró sobre Lázaro
(Jn., 11, 35), y sobre Jerusalén (Lc., 19, 41). Y como San Ambrosio
dice: «No es de maravillar que se duela de todos quien por uno
lloró.» De manera,: que ver a Dios ofendido, ya los hombres perdidos
por el pecado, era cuchillo de dos filos que entrañablemente lastimaba
su Corazón, por el inestimable amor que a Él tenía por
Sí y a los hombres por Él, deseando la satisfacción de la
honra divina y el remedio de los hombres, aunque fuese muy a su costa.
¡Oh Jesús benditísimo!, que verte de fuera atormentado
quiebra el corazón del cristiano, y verte de dentro quebrantado con
algunos dolores, ni hay vista ni fuerza que lo pueda llevar. Tres clavos,
Señor, rompieron tus manos y pies con graves dolores; setenta y tantas
espinas se dice que penetraron tu divina cabeza; tus bofetadas e injurias muy
muchas fueron; y de los azotes que recibió tu delicadísimo
cuerpo, se dice que pasaron de cinco mil. Por lo cual, y por otras muchas penas
que en tu Pasión concurrieron, tan graves, que otro que Tú que las
pasaste no las alcanza, fue dicho en tu persona mucho tiempo antes (Thren., 1,
12): Todos los que pasáis por el camino, atended y mirad si hay dolor
igual al mío. Y con todo esto, Tú, cuyo amor no tenia tasa,
buscaste y hallaste invenciones nuevas para traer y sentir dentro de Ti dolores
que excediesen en número a los clavos, azotes y tormentos que de fuera
pasaste, y durasen más tiempo y fuesen más agudos para te herir.
Isaías (53, 6) dice: Cada uno de nosotros se perdió por su
camino, y el Señor puso sobre su Mesías los pecados de iodos
nosotros. Y esta sentencia tan rigurosa de la divina justicia, tu amor,
Señor, la hubo por buena; y echaste sobre tus cuestas, y te hiciste
cargo de todos los pecados, sin faltar uno, que todos los hombres hicieron,
hacen y han de hacer desde el principio del mundo hasta que se acabe, para
pagarlos Tú, Señor, amador nuestro, con dolores de tu
Corazón.
¿Mas
quién contará el número de tus dolores, pues tampoco hay
quien cuente el número de nuestros pecados, que los causaron, sino
Tú solo, Señor, que los pasaste, hecho por nosotros varón
de dolores, y que pruebas por experiencia trabajos? (Is., 53, 3). Un solo
nombre dice de si que tenía más pecados que cabellos en la cabeza
(Ps., 39, 12). Y sobre esto, aun dice que le perdone Dios los otros pecados que
tiene y no los conoce (Ps., 18, 14). Pues si uno, que es David, tantos tiene,
¿quién contará los que tienen todos los hombres, muchos de
los cuales hicieron más y mayores pecados que no David? ¡ En
cuánto trabajo te metiste, oh Cordero de Dios, para quitar los pecados
del mundo!, en cuya persona fue dicho (Ps., 21, 13): Cercáronme muchos
becerros; y los toros gruesos me rodearon: abrieron sobre mí su boca
como león que brama y hace presa. Mas aunque en el huerto de
Getsemaní te fueron, Señor, a prender una capitanía de mil
hombres del brazo seglar, sin la gente enviada por los Pontífices y
fariseos, los cuales con mucha crueldad te cercaron y prendieron; mas a quien
mirare la muchedumbre y grandeza de todos los pecados del mundo que han cercado
tu Corazón, poca gente le parecerá la que aquella noche te fue a
prender, en comparación de los que cercan a tu Corazón. ¡
Qué vista, Señor, tan espantable I ¡ Qué retablo tan
feo, y para dar tanta pena, traías delante de Ti, cercado de nuestros
grandes pecados, significados por los becerros, y de los muy grandes,
significados por los toros! ¿Quién contará, Señor,
cuan feos pecados han acaecido en el mundo, que presentados delante tu inefable
limpieza y santidad, te pondrían espanto, y como toros con bocas
abiertas arremetían a Ti, pidiendo que Tú, Señor, pagases
la pena que tanta maldad merecía? ¡Con cuánta razón
se dice adelante (v. 15) que fuiste derramado como agua, con tormentos de fuera,
y tu Corazón fue derretido como cera, con fuego de dolores de dentro!
¿Quién, Señor, dirá que puede más crecer el
número de tus dolores, pues tan sin número son nuestros pecados?
De lo
dicho se verá cuántos y cuan grandes fueron los dolores del
Señor, pues fueron tantos y tan grandes los pecados nuestros que los
causaban.
Mas
si caváremos en lo más dentro del Corazón del
Señor, hallaremos en él dolores por los pecados que los hombres
han hecho, y dolores por los pecados que nunca hicieron. Porque así como
el perdón de los unos cayó, Señor, sobre Ti, así la
preservación de los otros te ha de costar dolores y muerte; pues que la
gracia y los favores divinos que preservaron de pecar, a nadie se dio de balde,
sino a costa de tus preciosos trabajos. De manera, Señor, que todos los
hombres cargan de Ti, chicos y grandes, pasados, presentes y por venir; los que
pecaron, y que no pecaron; y los que mucho y los que poco. Porque mirados todos
en sí, eran hijos de ira, sin gracia de Dios, y desterrados del cielo,
inclinados a todo pecado. Y si han de recibir perdón, y han de recibir
gracia, y evitar los pecados, y ser hijos de Dios, y gozar de Dios para siempre
en el cielo, todo. Señor, ha de ser a tu costa, pagando los males y
comprando los bienes: y todo tan a tu costa, que vayan proporcionados los
dolores, en número y en grandeza, con lo mucho que estas cosas valen; y
aun ha de sobrepujar tu precio a lo que compras, para que así
enseñes tu amor, y nuestra redención ¡y consuelo sean
más firmes.
¡
Qué caro, Señor, te cuesta el nombre de Padre del siglo que
está por venir, que Isaías (9, 6) te puso! Pues así como
ningún hombre hay que, según la generación de la
carne—que se llama el primer siglo—, no venga de Adán,
así tampoco lo hay quien, según el ser de la gracia, no venga de
Ti. Mas Adán fue mal padre, que por malos placeres mató a
sí y a sus hijos; mas Tú, Señor, alcanzaste el nombre de
Padre a costa de tus dolorosos gemidos, con los cuales, como leona que brama,
diste vida a los que el primer padre mató. Aquél bebió la
ponzoña que la víbora le dio, y fue hecho padre de
víboras, pues engendró hijos pecadores; mas todos sus hijos, que
mirados en sí mismos, son víboras ponzoñosas, se asieron,
Señor, de tu Corazón, y te daban bocados de dolor nunca visto; y
no solamente por tiempo de dieciocho horas que duró tu sagrada
Pasión, mas por treinta y tres años enteros, desde veinticinco de
marzo, que según hombre, fuiste concebido, hasta veinticinco de marzo,
[que] perdiste la vida en la cruz.
Tú
mismo te llamaste Madre, cuando dijiste hablando con Jerusalén:
¡Cuántas veces quise meter tus hijos debajo de mis alas, como la
gallina, y tú no quisiste! (Mat., 23, 37). Y para dar a entender que tu
Corazón tiene amor particular y ternura, te comparaste con la gallina,
que es la que particularmente pierde su frescura, y se aflige por lo que toca a
sus hijos. Y no sólo eres como ella, mas sobrepujas a ella y a todas las
madres, como Tú, Señor, dijiste por Isaías (49, 15):
¿Por ventura puédese olvidar la madre del niño que
parió de su vientre? Pues si ella se olvidare, yo no me olvidaré
de ti, porque te tengo escrita en mis manos, y tus muros están siempre
delante de mí. ¿Quién, Señor, podrá
escudriñar, por mucho que cave en tu Corazón, los inefables
secretos de amor y dolor que están encerrados en Él? No te
contentas. Señor, con tener amor fuerte, y padecer trabajos de padre;
mas para que ningún regalo nos falte y ningún trabajo a Ti,
quieres sernos madre en la ternura del amor, que les suele causar
entrañable afección. Y aún más que madre, pues que
de ninguna leemos que por acordarse siempre de su hijo, haya escrito
algún libro, en el cual duros clavos sean la péndola, y sus
propias manos sean el papel; y que hincándose en las manos, y
traspasándolas, salga sangre en lugar de tinta, que con graves dolores
dé testimonio del grande amor interior, que no deja poner en olvido lo
que delante las manos traemos. Y si esto que en la cruz pasaste, enclavadas tus
manos y pies, es cosa que excede a todo el amor de las madres,
¿quién contará aquel grande amor y grande dolor con que
trajiste en el vientre de tu Corazón a todos los hombres, gimiendo sus
pecados con gemidos de parto, no por una hora ni por un día, mas por
todo el tiempo de tu vida, que fue treinta y tres años, hasta que como
otra Raquel (Gen., 35, 18), moriste de parto en la cruz, para que naciese
Benjamín vivo? Las víboras que dentro de Ti mismo traías,
te daban, Señor, tales bocados, que te hicieron reventar en la cruz,
para que a costa de tus dolores, las víboras se trocasen en simplicidad
y mansedumbre de ovejas, que a trueque de tu muerte alcanzasen vida de gracia.
Cuan
justamente, Señor, puedes llamar a los hombres, si miras lo que pasaste
por ellos, hijos de mi dolor, como llamó Raquel a su hijo (Gen., 35,
18); pues que el dolor que sus pecados te dieron, fue mayor que el deleite que
ellos tomaron cuando pecaron. Y fue mayor tu humildad y quebrantamiento
interior, que el desacato y soberbia que ellos tuvieron contra el
Altísimo cuando le ofendieron, quebrantando sus leyes; para que de esta
manera lo más venciese a lo menos, y tus dolores a nuestros pecados.
Más
te dolieron, Señor, los pecados ajenos, que a ningún hombre
dolieron los propios. Y si leemos de algunos que tanto arrepentimiento tuvieron
de haber pecado que, no pudiendo caber en ellos tanto dolor, perdieron la vida,
¿qué dolores obró en Ti aquel amor sin medida que a Dios y
a los hombres tuviste, pues que una centella de acueste amor, infundido en los
corazones de aquéllos, los apretó tanto que los hizo reventar
como pólvora? De muchos leemos y sabemos, que por oír una nueva
que les fuese muy penosa, perdieron la vida. Dinos Tú, Señor, por
tu misericordia, ¿cómo tuviste fuerzas para sufrir aquella nueva
tan triste, cuando de nuevo te fueron presentados todos los pecados de todos
los hombres, amándolos mucho más que ningún hombre
amó a otro, ni se amó a sí mismo; y siendo el mal que de
ellos viste mayor—y conociéndolo Tú por tal—, que
ningún otro mal que pueda venir? ¿Y cómo, Señor,
tuviste fuerzas para ver a tu Divinidad ofendida, y vivir, pues que no tiene
medida el amor que le tienes? ¡Y viviste, Señor, cuando
oíste estas nuevas, y viviste con el dolor de ellas por toda tu vida!
Mas si no te fueran dadas fuerzas particulares para sufrir tales dolores,
obraran en Ti la muerte, que menores dolores obraron en otros. De manera,
Señor, que no una muerte, mas muchas te debo.
Y
aunque por estos dolores, que como Madre, por los hombres pasaste, puedes con
mucha razón llamarles hijos de mi dolor, según hemos dicho; mas
como también eres Padre, llámaslos hijos de mi mano derecha, como
hizo Jacob (Gen., 35, 18), porque en ellos se ejercita y manifiesta la grandeza
de tu mano, que es tu poder, pues los sacas del pecado, y los pones en tu
gracia en este siglo; y en el día postrero los pondrás a Tu mano
derecha, para que te acompañen en la gloria, sentados con grande reposo
y seguridad, como Tú, Señor, lo estás a la mano derecha
del Padre, dando por bien empleado todo lo que trabajaste con ellos.
Si
bien habéis mirado lo que se os ha dicho acerca del misterio de
Mas
tened entendido, que otras muchas consideraciones provechosas podéis
tener acerca de
Y
porque tenía deseado y pensaao de proseguir esta materia más
largo, y pasar a la consideración de
También
os aviso que hay otros ejercicios de meditación para caminar al
Señor; así como la meditación de las criaturas y de los
beneficios de Dios, y por vía del recogimiento del corazón que
entiende en amar, que es el fin de todo pensamiento y de toda
Y
porque hay algunos que tienen una natural inquietud en el ánima, y del
todo indevota y seca, que aunque mucho tiempo y cuidado gasten en el ejercicio
interior, ninguna cosa aprovechan, es menester avisarles, que pues el
Señor no les da espíritu de larga e interior oración, se
contenten con rezar vocalmente a los pasos de
Sepan
también los escrupulosos y entristecidos, que no se contenta el
Señor de que siempre anden pensando en los pecados que han hecho,
sepultados en tristeza y desmayo, como Lázaro en el sepulcro; mas que es
su voluntad, que tras la mortificación y penitencia que han hecho, por
la cual tienen semejanza con su Pasión, tengan también consuelo
con la esperanza del perdón, por la cual sean semejantes a su
Resurrección; y que, pues han besado sus sacratísimos pies,
llorando pecados, se levanten a besarle las manos por los beneficios recibidos,
y caminen entre temor y esperanza, que es camino seguro.
Y
concluyo con esto, con avisaros que, porque haya habido algunos que por
ignorancia y soberbia han errado el camino de la oración, no
toméis vos ocasión de la dejar: pues la ajena caída no nos
debe apartar del bien, mas entender con mayor cautela en nuestro negocio. Y
más os debe esforzar para lo seguir el saber que Jesucristo nuestro
Señor y sus Santos han caminado por él para nuestro ejemplo, que
no desmayaros los pocos que lo han errado; pues por maravilla hay cosa buena,
de la cual algunos no hayan usado mal.
Tiene
esto la gran bondad del Señor, que para que sus mandamientos y leyes
sean de nosotros guardados, hácelos fáciles en sí, y
más fáciles en querer Él mismo pasar por ellos. Hanos
mandado, según hemos oído, que le oigamos y miremos, y le
inclinemos nuestra oreja. Lo cual todo es muy justo y ligero; porque a tal
Maestro, ¿quién no le oirá? A luz tan deleitable,
¿quién no se deleitará en mirar? A Sabiduría
infinita, ¿quién no le inclinará su oreja?
Mas
para que lo ligero sea más ligero, quiso Él pasar por esta ley
que a nosotros pone, y la cumple con gran diligencia. Él nos oye,
Él nos ve, y nos inclina su oreja, para que no digamos: No tengo quien
mire por mí, ni quiera escuchar mis trabajos: Gran consuelo es para un
desconsolado tener una persona que, a cualquier rato del día y de la
noche, esté desocupada y de buena gana para oírle sus penas, y
que esté siempre, sin faltar un momento, mirando a sus miserias y
llagas, sin decir: ¡Cansado estoy de ver miserias, y asco me dan vuestras
llagas! Y aunque esta tal persona fuese de muy duro corazón,
querríamos que siempre nos oyese y nos viese; porque creeríamos
que, dando siempre en su corazón la gotera de nuestros trabajos, que
como por canal entra a él por las orejas y ojos, algún día
cavaría en él y sacaría compasión; pues por duro
que fuese, no sería tanto como piedra, la cual es cavada de la blanda
gotera, aunque algún rato cese de dar. Y aunque supiésemos que
esta tal persona ningún remedio nos podía dar para nuestros
trabajos, nos consolaríamos mucho con sola la compasión que de
nos tuviese. Pues si a esta tal persona debíamos mucho agradecimiento,
¿qué debemos a Dios nuestro Señor? Y ¿cuan alegres
debemos de estar por tener sus orejas y ojos puestos en nuestros trabajos, que
ni un solo rato los aparta de nos? Y esto, no con dureza de corazón, mas
con entrañable misericordia; y no con misericordia de corazón
solamente, mas con entero poder para remediar nuestras penas. Bendito seas,
Señor, para siempre, que no eres sordo ni ciego a nuestros trabajos,
pues siempre los oyes y ves; ni cruel, pues se dice de Ti (Ps. 102, 8): Hacedor
de misericordias, y misericordioso de corazón es el Señor,
esperador y muy misericordioso. Ni tampoco eres flaco, pues todos los males del
mundo son flacos y pocos, comparados a tu infinito poder, que no tiene fin ni
medida.
Leemos
que en tiempos pasados concedió Dios una maravillosa victoria de sus
enemigos al rey Ezequías (4 Reg., 19, 35), el cual, según dicen
algunos, no hizo al Señor, que le dio la victoria, aquellas gracias y
cantares que se le debían y solían en semejantes mercedes hacer;
por lo cual Dios le hizo enfermar, y tan gravemente, que ningún remedio
por naturaleza tenía. Y porque con falsa esperanza de vivir no se
olvidase de poner cobro a su ánima, fue a él el Profeta
Isaías (38, 1) y díjole, por mandado de Dios: Esto dice el
Señor: Ordena tu casa, porque sábete que morirás y no
vivirás. Con las cuales palabras atemorizado el rey Ezequías,
vuelve su cara a la pared, y lloró con gran lloro, pidiendo al
Señor misericordia. Consideraba cuan justamente merecía la
muerte, pues no fue agradecido al que le había dado la vida; y miraba la
sentencia de Dios ya contra él dada, que decía: No
vivirás. No hallaba otro superior que Aquel que la dio, para pedir que
se revocase; y aunque lo hubiera, no tuviera buen pleito, pues al desagradecido
justamente se le quita lo que misericordiosamente, se le había dado.
Veíase en mitad de sus días, y acabarse en él la
generación real de David, porque moría sin hijos. Y allende de
todo esto, era combatido de todos los pecados de su vida pasada, cuyo temor
más suele penar a la hora postrera. Y con estas cosas estaba su
corazón quebrantado con dolor, y turbado así como mar; y
adondequiera que miraba; hallaba muchas causas de temor y tristeza. Mas entre
tantos males, halló el buen rey remedio, y fue pedir medicina al que le
habla llagado, seguridad a quien le habla amedrentado, convertirse por
arrepentimiento y esperanza, al mismo de quien por ensoberbecerse huyó.
Y al mismo Juez pide que le sea abogado, y halla camino como apelar de Dios, no
para otro más alto, mas apela del justo para el misericordioso. Y las
razones que alega son acusarse, y la retórica son sollozos y
lágrimas. Y puede tanto con estas armas en la audiencia de la
misericordia divina, que antes que el Santo Profeta Isaías, pregonero de
la sentencia de muerte, saliese de la mitad de la sala del rey, le dijo el
Señor: Torna, y di al rey Ezequias, capitán de mi pueblo:
Oí tu oración, y vi tus lágrimas; yo te concedo salud, y
te añado otros quince años de vida; y libraré esta ciudad
de mano de tus enemigos.
—Señor,
¿qué es acuesto? ¿Tan presto metes tu espada en la vaina,
y tornas la ira en misericordia? ¿Unas pocas de lágrimas,
derramadas, no en templo, mas en el rincón de la cama, y no de ojos que
miran al cielo, mas a una pared, así te hacen tan presto revocar la
sentencia que tu Majestad había dado y mandado notificar al culpado?
¿Qué es del sacar del proceso? ¿Qué es de las
costas? ¿Qué es de los términos? ¿ Qué es
del presentar unos y otros testigos? ¿Qué es de tenerse por
afrentado el juez, si le revocan la sentencia que dio?
Todo
lo disimulas con el amor que nos tienes, por estar atento a nos hacer mercedes,
y dices: Oí tu oración, y vi tus lágrimas. Todo
término se te hace breve para librar al culpado. Porque ninguno deseó
tanto alcanzar su perdón, cuanto Tú deseas darlo: y más
descansas Tú con haber perdonado a los que deseas que vivan, que no el
pecador con haber escapado de muerte. No guardas leyes ni dilaciones; mas las
leyes serán que los que hubieren quebrantado todas tus leyes, quebranten
su corazón con dolor de lo pasado, y propongan la enmienda de lo por
venir, y tomen las saludables medicinas de tus Sacramentos, que en tu Iglesia
dejaste, o tengan intento de las tomar. Y las dilaciones, que en cualquier hora
que el pecador gimiere sus pecados, no te acuerdes más de ellos (Ezech.,
18, 22). Y porque los pecadores cobrasen ánimo para te pedir
perdón de sus yerros, quisiste conceder a este rey más mercedes
que él te pedía: quince años de vida, y librar su ciudad,
y tornarse el sol diez horas atrás, en señal que al tercero
día subiría el rey sano al templo, y con otras secretas mercedes
que le hiciste Tú, benigno, que no dejarías venirnos males, sino
para sacar de ellos mayores bienes, enseñando tu misericordia en nuestra
miseria, tu bondad y perdón en nuestra maldad, y tu poder en nuestras
flaquezas.
Tú,
pues, pecador, quienquiera que seas, que estás amenazado por aquella
sentencia de Dios que dice (Ez., 18, 20): El ánima que pecare,
aquélla morirá, no desmayes debajo la carga de tus grandes
pecados, y del incomportable peso de la ira de Dios. Mas cobrando ánimo
en las misericordias de Aquel que no quiere la muerte del pecador, sino que se
convierta y viva (Ezech., 33, 11), humíllate, llorando, a Aquel que
despreciaste pecando; y recibe el perdón de mano de aquel piadoso Padre,
que tanta gana tiene de dártelo ; y aun de te hacer mayores mercedes que
antes, como hizo a este rey, al cual levantó sano del cuerpo y sano del
ánima, como él da gracias, diciendo: Tú, Señor,
libraste mi ánima que no se perdiese, y arrojaste mis pecados tras tus
espaldas (Is., 38, 17).
No os
debéis turbar de que la palabra dicha a este rey: Morirás y no
vivirás, no se cumplió. Habéis de saber, que algunas veces
manda el Señor decir lo que Él tiene en su alto consejo y eterna
voluntad determinado que sea; y aquello vendrá como se dice, sin falta
ninguna. De esta manera mandó decir al rey Saúl (1 Reg., 15, 23)
que le había de desechar, y escoger en su lugar otro mejor. Y
también amenazó al sacerdote Helí, y así lo
cumplió (1 Reg., 3, 13). Y de la misma manera amenazó al rey
David que le había de matar el hijo que hubo del adulterio de
Bersabé (2 Reg., 12, 14); y por mucho que el rey pidió la vida
para el niño con oraciones, ayunos y cilicio, no le fue concedido,
porque tenia Dios determinado que el niño muriese.
Mas
otras veces manda decir, no lo que Él tiene determinado de hacer, mas lo
que hará, si no se enmienda el tal hombre. Y de esta manera envió
a decir a la ciudad de N lnive que de ahí en cuarenta días seria
destruida (Jon., 3, 4), y después por la penitencia de ellos
revocó esta sentencia: porque Él no tenía determinado de
los destruir, pues no lo hizo; mas envióles a decir lo que sus pecados
merecían, y lo que les viniera por ellos, si no se enmendaran.
Y
aunque de fuera parece mudanza decir: Será destruida, y no destruirla,
mas en la alta voluntad de Dios no lo es, pues nunca la quiso determinadamente
destruir. Que, como dice San Agustín: «Muda Dios la sentencia; mas
no muda el consejo», el cual era de no destruirla, mediante la
penitencia, a la cual les quería incitar con el temor de la amenaza. Y
esto es lo que Él mismo dice por Jeremías (18, 7):
Súbitamente hablaré contra gentes y reinos que los he de destruir
y arrancar; mas si aquella gente hiciere, penitencia de su maldad, haré
Yo también penitencia del mal que les pensaba hacer. Y también
hablaré súbitamente de gentes y reinos que los he de edificar y
plantar; mas si hicieren maldad en mis ojos, no oyendo mi voz, haré Yo
también penitencia del bien que dije que les había de hacer.
De lo
cual se saca, que porque no sabemos cuándo lo que Dios nos envía
a amenazar es determinación ultimada, o es sola amenaza, no debemos
desesperar, ni dejar de pedir a su misericordia que revoque la sentencia que
contra nos tiene dada, como hizo a este rey y a la ciudad de Nínive, y
alcanzaron lo que pidieron. Y aunque David no lo alcanzó, no por eso
pecó en orar al Señor revocase la sentencia dada; porque no le
constaba si era determinación o amenaza. Y de la misma manera, si Dios
nos prometiere de hacer alguna merced, no nos hemos de descuidar en servirle,
con decir: Cédula tengo de palabra de Dios que a nadie engaña.
Porque dice el Señor, Que si nos apartáremos de hacer lo que
Él quiere, Él hará penitencia del bien que nos
prometió. No porque en Dios caiga arrepentimiento, pues no puede en
Él caer mudanza; mas quiere decir, que así como uno que se
arrepiente, torna a deshacer lo que había hecho, así Él
deshará la sentencia del castigo que contra el hombre había dado,
si él hace penitencia; y deshará el bien que tenía
prometido, si el hombre se aparta de Dios.
Tornando,
pues, al propósito, bien claro parece cuan bien cumple Dios esta ley: Oye
y ve, pues tan presto oyó la oración y vio las lágrimas de
este rey, y lo consoló. Y no sólo a él, mas lo mismo hace
con otros, como dice David (Ps. 32, 16): Los ojos del Señor están
sobre los justos, y sus orejas en los ruegos de ellos; para librar sus
ánimas de la muerte, y para mantenerlos en tiempo de hambre.
Bien
creo yo que os parece bien acuesta palabra; y también creo que os pone
temor la condición con que se dice. Bienaventurada cosa es estar los
ojos y orejas de Dios en nosotros; mas diréis: ¿Qué
haré, que dice a los justos, y yo tengo pecados?
Así
es, y así lo conoced por verdad. Porque si hombres hubiera que no
tuvieran pecados, ¿quién era más razón que lo
fueran, que los santos Apóstoles de Jesucristo nuestro Señor? Los
cuales, así como fueron los más cercanos a Él en la
conversación corporal, así también lo fueron en la
santidad, sin que nadie se igualase con ellos, si no es la bendita Madre de
Dios, que iguala y excede a ellos y a Ángeles. Y aunque dice San Pablo
(Rom., 8, 23), en su persona y en la de los Apóstoles, que recibieron
las primicias del Espíritu Santo, que quiere decir, mayor gracia y dones
que otros hombres; mas con todo esto les mandó el Señor rezar la
oración del Pater noster, en la cual decimos: Perdónanos nuestras
deudas y culpas. Y como es oración de cada día, claro es que
somos por ella amonestados que tenemos culpas, y que cada día cometemos
alguna. Y por esto dijo Sa n Jua n (1 Jn., 1, 8): Si dijéremos que no
tenemos pecado, nosotros nos engañamos, y la verdad no está en
nosotros. Pues si todos los hombres—sacando al que es Dios y Hombre y a
la que es verdadera Madre de Él— tienen pecados, ¿para
quién se dijeron las dichas pala bras: Los ojos del Señor sobre
los justos, y sus orejas en los ruegos de ellos?
Respondo,
que no es Dios achacoso (quisquilloso), ni cumplidor con solas palabras, pues
vemos que, como lo dice, así lo cumplió con el rey
Ezequías, y con otros innumerables, a los cuales ha mirado y
oído. Mas sabed, que aquel es justo, que no está en pecado
mortal, pues está en gracia y amigo con Dios. De los cuales hay muchos,
aunque tengan pecados veniales; de los cuales se entiende, que no hay quien con
verdad pueda decir que está sin pecado.
Y
para que agradezcáis la gracia y justicia a aquel Señor, por
cuyos merecimientos se dan a los que para ello se aparejan, habéis de
saber que los justos dos maneras tienen de bienes, unos de naturaleza y otros
de gracia, aunque pese a Pelagio (Pelagio: hereje que negó la necesidad
de la gracia. Sus secuaces se llaman pelagianos), el cual dijo que el hombre es
justo por las buenas obras que hace de su propia naturaleza, sin ser menester
la gracia y virtud que nos son infundidas por Dios. El cual error está
condenado por
Y de
aquí viene, que aunque las buenas obras que antes hacíamos eran
bajas y de imperfecta bondad, que ni consistía en ellas la verdadera
justicia, ni tampoco la merecían alcanzar, por ser de nuestra propia
cosecha; mas las que ya hacemos estando en estado de gracia, son de tan alto
valor, que son obras verdaderamente Justas, y que merecen acrecentamiento de la
propia justicia, como dice San Juan (Apoc., 22, 11): El que es justo, sea hecho
más justo; y son dignas de alcanzar el reino de Dios, según
está dicho por San Pablo (2 Tim., 4, 8), que le estaba guardada corona
de justicia.
Esta
inefable merced, a Jesucristo nuestro Señor la debemos; mas no es
ésta sola. Porque así como es ordenación divinal que
ninguno alcance la gracia y justicia sino por merecimiento de este
Señor, así lo es que ninguno de los que las tienen las pueda
conservar ni acrecentar, si no estuviere arrimado a este Señor, como
vivo miembro a su cabeza, y sarmiento con fruto a su vid, y edificio a su
fundamento. Porque aunque, ganándoles gracia y justicia, les ganó
derecho para merecer el reino de Dios, según se ha dicho, y
también para alcanzar con la oración lo que bien pidieren, mas si
de esto han de gozar y bien usar, no ha de ser como gente apartada, que hace
bando o cabeza por sí, o como hombre que se tiene en sus propios pies, y
que puede andar sin ayuda de nadie; arrimado ha de estar a esta bendita Cabeza,
para que se le conserve la gracia, y le venga de ella una espiritual virtud,
que preceda, y acompañe, y siga a las buenas obras que hiciere; sin la
cual las tales buenas obras no podrán ser meritorias, como el Concilio
Tridentino lo dice (Sess. 6, c. 4 y 5).
Y por
esta manera, las oraciones que este tal justo hiciere serán dignas de
las orejas de Dios, y de alcanzar lo que pide. Salomón pidió a
Dios (2 Paral., 6, 20) que quien orase en el templo que él había
hecho en la tierra, fuese desde el cielo oído de Dios, concediéndole
lo que pidiese. Y el verdadero y más excelente templo de Dios,
Jesucristo nuestro Señor, en cuanto hombre, es; en el cual, como dice
San Pablo (Colos., 2, 9), mora corporalmente el cumplimiento de
Y
conociendo nuestra madre la santa Iglesia esta necesidad, que de Cristo en
nuestras oraciones tenemos, suele decir en fin de las suyas al celestial Padre;
Concédenos esto «por Jesucristo nuestro Señor». La
cual aprendió de su Esposo y Maestro, que dijo (Jn., 16, 23): Cualquier
cosa que pidiéredes al Padre en mi nombre, dárosla ha.
Gracias,
Señor, se den a tu nombre, pues por Él somos oídos. Que no
te contentas con ser nuestro medianero para merecernos la gracia que por Ti
recibimos, ni con ser nuestra Cabeza, que nos enseña y mueve a orar por
tu Espíritu, como conviene, mas también quieres ser
Pontífice nuestro en el cielo, para que representando a tu Padre
De
manera, que así como dice el santo Evangelio (Mt., 3, 16), que siendo el
Señor bautizado, se abrieron los cielos a Él; porque, aunque
muchos han entrado allá después de Él, a ninguno se le
abren sino por causa de ÉI; así podemos decir que las
entrañas de su Eterno Padre, que se abren para conceder nuestros ruegos,
a Cristo se abren; y Él es el oído del Padre, pues que la gracia
y favores con que somos oídos, por Él los tenemos. Que quitado
esto aparte, como ninguno hay justo de sí, ninguno sería
oído de si. Y así como, por el grande amor que el Señor
nos tuvo, tomó nuestros males por suyos, y los pagó con su vida y
su muerte; y con el mismo amor que nos tiene, aunque ya está en el
cielo, si un chiquito suyo está desnudo o vestido, harto o hambriento,
dice que Él mismo lo está (Mt., 25, 401; así cuando
nosotros oramos, Él ora en nosotros, como dice San Agustín; y
cuando nosotros somos oídos de Dios, dice que Él es oído,
por aquella inefable unión que hay entre Él y los suyos,
significada por nombre de Esposo con su Esposa, y de Cabeza con su propio
Cuerpo; al cual amó tanto, que aunque ordinariamente vemos que pone uno
su brazo para recibir el golpe por salvar la cabeza, mas este bendito
Señor, siendo Cabeza, se puso delante del golpe de
Gracias,
Señor, a tu amor y bondad, que con tu muerte nos diste la vida. Y
también gracias a Ti, porque en tu vida guardas la nuestra, y nos tienes
juntos contigo en este destierro, que si perseveramos en tu servicio nos
llevarás contigo, y nos tendrás para siempre en el cielo, donde
Tú estás, según Tú lo dijiste (Jn., 12, 26): Donde
Yo estoy, estará mi sirviente.
Ya
podréis ver de lo dicho la mucha necesidad que tienen todos los hombres
del favor de Jesucristo, para que sus oraciones sean oídas como
agradables delante el acatamiento de Dios. Mas Él no así, porque
de nadie tiene necesidad que hable por Él. Él es, y sólo
Él es, cuya voz por sí misma es oída. Porque, como dice
San Pablo: Él puede llegar por Sí mismo a su Padre a rogar por
nosotros. También dice (Hebr., 5, 7) que Cristo en los días de la
vida mortal que vivió, ofreciendo ruegos al Padre con clamor grande y
lagrimas, fue oído por su reverencia. Cristo pidió a su Padre que
lo salvase de la muerte, no dejándolo permanecer en ella, mas
resucitándolo a vida inmortal; y como lo pidió, de esa misma
manera fue hecho. También ofreció ruegos y lágrimas a su
Padre por nosotros muchas veces; los cuales, por salir de Corazón lleno
de amor, se llaman grande clamor.
Mas aunque
su amor, que le hacía clamar, siempre lo tuvo igualmente, pues con tanto
amor nuestro andaba un camino, o derramaba una lágrima, con cuanto se
puso en la cruz; mas mirando a lo exterior y al género de la obra, tanto
mayor clamor fue el ofrecer su santísimo Cuerpo en la cruz por nosotros,
que el ofrecer oraciones, cuanto va de padecer, y padecer muerte, a meditar a
hablar. Acordaos de lo que dijo Dios a Caín (Gen., 4, 10): La voz de la
sangre de tu hermano Abel clama a Mí desde la tierra. Y también
de lo que dijo San Pablo a los cristianos (Hebr., 12, 24): Llegado os
habéis a un derramamiento de sangre, que clama mejor que la sangre de
Abel. Porque ésta daba clamores a
Verdaderamente
es grande el clamor de la sangre de Cristo pidiendo misericordia, pues hizo no
ser oídas las voces de los pecados del mundo, que pedían venganza
contra los que los hacen. Pensad, doncella, si un pecado sólo de Caín
tales voces daba pidiendo venganza, ¿qué grita, qué voces
y estruendo harán todos los pecados de todos los hombres pidiendo
venganza a las orejas de
Profetizado
estaba (Isa., 53, 7) que había de callar como calla el cordero delante,
quien lo trasquila; mas mientras más callaba y sufría delante de
los hombres, más altas voces daba delante la justicia divina, pagando
por nos. Y estas voces fueron oídas, como dice San Pablo (Hebr.. 5, 7),
por su reverencia. Quiere decir, que por la grande humildad y reverencia con
que se humilló al Padre hasta la muerte, y muerte de cruz (Phil., 2, 8),
reverenciando en cuanto Hombre aquella sobreexcelente Majestad divina,
perdiendo la vida por honra de Ella, fue oído del Padre, del cual
está escrito (Ps. 101, 18): Miró la oración de los
humildes, y no despreció el ruego de ellos. Pues ¿quién
tan humilde como el bendito Señor, que dice (Mí., 11, 29):
Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón? Y por esto
fue oído, según estaba profetizado en su persona (Ps. 21. 25): No
quitó el Señor su faz de mí, y cuando clamé a El me
oyó. Y el mismo Señor dice en el Evangelio (Jn., 11, 41): Gracias
te hago, Padre, que siempre me oyes.
Y
pues el Padre le oye, rogando por vos, y pues tan caro le costó a
Él alcanzar la gracia con que seáis justo, para ser oído
de Dios, procurad de ganarla si no la tenéis; y tenida, ejercitadla en
ofrecer ruegos a Dios, pues sus orejas están puestas en tales ruegos. Y
así como debemos de oír al Señor con el Profeta Samuel,
diciendo (1 Reg., 3, 10): Habla, Señor, que tu siervo oye, así
nos dice el Señor: Habla, siervo, que tu Señor oye. Y así
como dijimos que el oír nosotros a Dios no es solamente recibir el
sonido de las palabras, mas creerlas y aplacernos en ellas, [y] ponerlas en
obra, así las orejas del Señor están puestas por Cristo en
nuestros ruegos, no para solamente oír lo que hablamos,—que de esa
manera también oye las blasfemias que de Él se dicen y le
desplacen—, mas oye el Señor nuestros ruegos para cumplirlos.
porque veáis cuánta verdad
es que oye el Señor nuestros gemidos que le presentamos, oíd lo
que dice el mismo Señor por Isaías (65): Antes que llamen, Yo les
oiré.
¡Oh!,
bendito sea tu callar, Señor, que de dentro y de fuera en el día
de tu Pasión callaste: de fuera, no maldiciendo ni respondiendo; y en lo
de dentro, no contradiciendo, mas aceptando con mucha paciencia los golpes, y
voces y penas de tu Pasión, pues tanto hablaste en las orejas de Dios,
que antes que hablemos seamos oídos. Y esto no es maravilla, porque,
siendo nosotros nada. Tú nos hiciste; y antes que te lo
supiésemos pedir, nos mantuviste en el vientre de nuestra madre y fuera
de él; v antes que supiésemos conocer lo que tanto nos
cumplía, nos diste adopción de hijos, y gracia del
Espíritu Santo en el santo Bautismo; y antes que los pecados nos
derribasen. Tú nos guardaste; y cuando caímos por nuestra culpa,
Tú nos levantaste y buscaste sin buscarte nosotros; y lo que más
es, antes que naciésemos, ya Tú habías muerto por nos y
nos tienes aparejado tu cielo. No es mucho que de quien tanto cuidado has
tenido, antes que lo tuviesen de Ti, lo tengas en esto: y que viendo Tú
lo que habíamos menester, nos lo des muchas veces, sin esperar a que nos
cansemos en pedírtelo, pues Tú te cansaste tanto en pedirlo y
ganarlo por nos.
¿Qué
te daremos, ¡oh Jesús benditísimo!, por este callar que
callaste delante de los que mal te querían y mal te hacían?
¿Y qué te daremos por estas voces tan altas y tan llenas de amor
que por nosotros diste delante tu Padre? Pluguiese a Ti, por tu infinita
bondad, nos hicieses merced de que tan callados estuviésemos al
ofenderte, y al sufrir de buena gana lo que de nos quisieses hacer, como si
fuésemos unos muertos; y estuviésemos tan vivos para dar voces de
tus alabanzas, que ni nosotros, a quien redimiste, ni cielos, ni tierra, ni
debajo de tierra, con todo lo que en ella está, nunca cesásemos
de, con todas nuestras fuerzas, cantar tus loores con grande alegría, y
servirte con ferventísimo amor.
Y no
te contentas, Señor, con tener tus orejas puestas a nuestros ruegos para
oírnos con atenta presteza; mas como quien muy de verdad ama a otro, y
se huelga de oírle hablar o cantar, así Tú, Señor,
dices al ánima redimida por tu sangre (Cant, 2, 14):
Enséñame tu faz; suene tu voz en mis orejas; porgue tu voz es
dulce, y tu faz mucho hermosa. ¿Qué es esto, Señor, que
dices? ¿Tú deseas oír a nosotros, y nuestra voz te es
dulce? ¿Cómo te parece hermosa la faz, que de haberla afeado con
muchos pecados, los cuales hicimos mirándolos Tú, habernos ahora
vergüenza de alzarla a Ti? Verdaderamente, o merecemos mucho delante de
Ti, o nos amas Tú mucho. Mas no te plega, Señor, no te plega que
de tu buen tratamiento saquemos nosotros soberbia, pues que aquello con que te
agradamos y bien parecemos, gracia tuya es, la cual Tú nos diste; y
allende de esto, regalas y galardonas a los tuyos más copiosamente de lo
que ellos merecen. Sea, pues, Señor, a Ti gloria, de quien todo nuestro
bien nos viene, y en quien todo nuestro bien está; y sea a nosotros y en
nosotros vergüenza por nuestra maldad e indignidad. Tú eres nuestro
gozo, Tú eres nuestra gloria, en la cual nos gloriamos, no vanamente,
mas con mucha razón y verdad. Porque grande honra es ser amados de Ti, y
tan amados, que te entregaste a tormentos de cruz por nosotros; por lo cual nos
vienen todos los bienes
Ya
que habéis oído la presteza con que Dios oye los ruegos de los
Justos, resta que oigáis el amor grande con que los mira, para en todo
cumplir el oir y ver que Él nos manda a nosotros. Los ojos del
Señor, dice Santo Rey y Profeta David (Ps. 33, 16), están sobre
los justos, para librarlos de muerte; mas el rostro del Señor
está sobre los malos, para echar a perder la memoria de ellos de sobre
la tierra. De donde parece que pone el Señor sus ojos sobre los justos,
como el pastor sobre sus ovejas, para que no se le pierdan. Y también
los pone sobre los malos, para que no se vayan sin el castigo que sus pecados
merecen. Dos cosas hay en nosotros: una que hizo Dios, que es nuestro cuerpo y
alma, y cuanto bien en ellos tenemos; otra que hicimos nosotros, que es el
pecado. Si nosotros no añadiésemos mal sobre lo bueno que de Dios
tenemos, no habría cosa en nosotros a la cual el Señor mirase con
ojos airados, mas con o]os de amor; porque cualquiera causa naturalmente ama a
su efecto. Mas ya que nosotros habernos afeado y destruido lo que el hermoso
Dios bien había edificado, con todo eso aún nuestra maldad no
impide a su sobrepujante bondad; la cual, por salvar lo bueno que crió,
quiere destruir lo malo que nosotros hicimos. Porque si vemos que este sol
corporal se comunica tan liberalmente, y anda convidando a quien le quisiere
recibir; y a todos se da, cuando no le ponen impedimento; y si se le ponen, aun
está como porfiando que se lo quiten; y si algún agujero o
resquicio halla, por pequeño que sea, por allí se entra e hinche
la casa de luz: ¿ qué diremos de la suma Bondad divinal, que con
tanta ansia y fuerza de amor anda rodeando sus criaturas para darse a ellas y
henchirlas de calor, de vida, y de resplandores divinos? ¡ Qué de
ocasiones busca para hacernos bien a los hombres! Y a muchos por un
pequeño servicio ha hecho no pequeñas mercedes.
¡Cuántos ruegos a los que de Él se apartan para que se tornen!
¡Cuántos abrazos a los que a Él vienen! ! Qué buscar
de perdidos! ¡ Qué encaminar los errados ! ¡ Qué
perdonar pecados sin darlos en rostro! ;Qué gozo de dar salud a los
hombres, dando a entender que más deseaba Él perdonar, que el
errado ser salvo y perdonado!
Y por
eso dice a los pecadores (Ezech., 18, 31, 33, 11): ¿Por qué
queréis morir? Sabed que Yo no quiero la muerte del pecador, mas que se
convierta y viva; tornaos a Mí y viviréis. Nuestra muerte es
apartarnos de Dios, y por eso nuestro tornar a Él es vivir; a lo cual
Dios nos convida, no poniendo sus ojos de ira de principal intento sobre su
hechura, que somos nosotros, mas contra los pecados que hicimos nosotros. Estos
quiere Dios destruir, si nosotros no lo impidiésemos; e
impedírnosle cuando amamos nuestros pecados, dando vida con nuestro amor
a los que, siendo amados, nos matan. Y es tanta la gana que esta suma Bondad
tiene de destruir nuestra maldad, para que su hechura no quede destruida, que
cuando quiera que el hombre quisiere, y cuantas veces quisiere, y de cuantas
maldades hubiere hecho, si hace penitencia. y pide al Señor que le
perdone, está Él aparejado a nos recibir, perdonando lo que
merecemos, sanando lo que enfermamos, enderezando lo que torcimos, y
dándonos gracia para aborrecer lo que antes amábamos. Y de tal
manera destruye nuestra maldad y la aparta de nosotros, que dice Santo Rey y
Profeta David (Ps., 102, 12): Cuanta distancia hay de donde el sol nace, hasta
donde se pone, tanto alanzó Dios nuestros pecados de nosotros.
Así,
que el principio y primero mirar de los ojos de Dios no es contra el hombre que
Él crió, mas contra el pecado que nosotros hicimos. Y si mira al
hombre para lo echar a perder, es porque el hombre no le dejó ejecutar
su ira contra los pecados que Dios quería destruir, mas quiso perseverar
y dar vida a lo que a él mataba, y a Dios desagradaba. Y, por tanto,
justo es que su muerte quede viva, y su vida siempre muera, pues que no quiso
abrir la puerta al que, por amor y con amor, quería y podría
matar a su muerte y darle vida.
Mas
dirá alguno: ¿ Qué remedio para que Dios no mire a mis
pecados para me castigar, mas a su hechura para la salvar? Responde San
Agustín con brevedad y verdad: «Míralos tú.»
Quiere decir: Conócelos, y haz penitencia, y no los mirará Dios.
Mas si tú los pones tras las espaldas, ponerlos ha Dios delante de su
cara. Suplicaba David al Señor por sus pecados diciendo (Ps. 50): Ten,
Señor, misericordia de mí, según la gran misericordia
tuya; y también le decía: Aparta también, Señor, tu
faz de mis pecados. Mas veamos ¿qué alegó para alcanzar
tan grande merced? Por cierto, no servicios que hubiese hecho. Porque bien
sabía que si un siervo por muchos años sirviese a su señor
con diligencia, y después le hace alguna traición digna de
muerte, no se miraría a que le ha servido; porque si sirvió, era
obligado a servir, y por eso no echó en deuda al señor; mas
mírase a la traición que hizo, la cual era obligado a no hacer; y
por eso, con pagar lo que antes debía, no pudo pagar lo que hace ahora.
Ni tampoco ofreció David sacrificios, porque bien sabía que no se
deleita Dios con animales encendidos (es lo mismo que holocaustos [Ps.,50,18]).
Mas éste, que ni en servicios pasados, ni en merecimientos presentes
halló remedio, hallólo en el corazón contrito y humillado,
y pide ser perdonado diciendo: Porque yo conozco mi maldad, y mi pecado delante
de mis ojos está siempre. Admirable poder dio Dios a este mirar y gemir
nuestros pecados, pues tras ellos se sigue el mirarlos Dios para deshacerlos; y
convirtiendo nosotros nuestros ojos con dolor a lo que malamente hicimos,
convierte los suyos para salvar y consolar lo que hizo.
Dirá
alguno: ¿De dónde tanta fuerza a nuestro mirar y llorar, que
así trae luego el mirar de Dios tras sí para perdonar? No, por
cierto, de sí; porque por conocer el ladrón que ha hecho mal en
hurtar, no por eso merece que se le perdone el castigo justo, aunque más
y más llore. Mas viene de otra vista muy amigable y tan valerosa (de
tanto valor, tan preciosa), que es causa y fuente de todo nuestro bien;
ésta es de la que dice Santo Rey y Profeta David (Ps. 83, 10):
Defendedor nuestro, Dios: mira, mira, en la faz de tu Cristo. Dos veces suplica
que mire Dios, para darnos a entender con cuánto afecto habernos de
mirar esto y cuan mucho nos importa alcanzarlo. Porque así como el mirar
Dios a nosotros nos causa todos los bienes, así el mirar Dios a su
Cristo trae a nos la vista de Dios. No penséis, doncella, que los
agraciados y amorosos rayos de los ojos de Dios descienden derechamente de
Él a nosotros cuando nos recibe en su gracia, o descienden a nosotros
como a cosa apartada de Cristo cuando estamos en ella; porque si así lo
pensáis, ciega estáis. Mas sabed que se enderezan a Cristo, y de
allí a nosotros por Él y en Él. Y no dará el
Señor una habla ni vista de amor a persona del mundo universo, si la
viese apartada de Cristo; mas por Cristo mira a todos los que se quieren mirar y
llorar, por malos que sean, para los perdonar; y en Cristo mira a los tales
para conservarles y acrecentarles el bien recibido. El ser amado Cristo, es
razón de ser recibidos en gracia nosotros. Y si Jesucristo de en medio
saliese, ningún amado ni agradable habría delante de los ojos de
Dios, como arriba se dijo. Conoced, pues, doncella, la necesidad que
tenéis siempre de Cristo, y sedle entrañablemente agradecida;
porque el bien que tenéis no os vino de vos, sino por Cristo; y en
Él os ha de ser conservado y acrecentado de Dios.
Y
esto es lo que fue figurado en el principio del mundo, cuando el Justo Abel,
pastor de ganados, ofreció a Dios sacrificio de su manada, el cual
sacrificio fué acepto, como
Y
así parece cómo nuestro Abel ofrece a Dios ofrenda de su manada;
a la cual miró Dios, porque miró primero a su carísimo
Hijo. Y así como acullá vino fuego visible sobre el sacrificio (3
Reg., 18, 38), así también vino acá en figura de lenguas
el día de Pentecostés; y esto, después que Cristo subió
a los cielos, para aparecer a la faz de Dios por nosotros (Hebr., 9, 24).
Porque entendamos que de aquel miramiento de los ojos de Dios a la faz de su
Cristo, la cual, como dice Esther (15, 17), es llena de gracias, salió
el fuego del Espíritu Santo, que abrasó los dones que este gran
Pastor y Pontífice ofreció a su Padre, que fueron sus
discípulos presentes y por venir.
Y
así como Dios prometió a Noé que, cuando mucho lloviese,
Él miraría a su arco que puso en las nubes en señal de
amistad con los hombres, para no destruir la tierra por agua (Gen., 9, 16);
así mucho más mirando Dios a su Hijo puesto en la cruz,
extendidos sus brazos a modo de arco, quita de su riguroso arco las flechas que
ya quería arrojar; y en lugar de castigos, da abrazos, vencido
más por este valeroso arco, que es Cristo, a hacer misericordia, que
movido por nuestros pecados a nos castigar.
Y
puesto que (aunque, a pesar de que) nosotros anduvimos errados, y vueltas las
espaldas a la luz que es Dios, no queriendo mirarle, mas vivir en tinieblas de
nuestros pecados, somos por este Pastor traídos en sus hombros; y por
traernos Él, míranos el Señor, haciendo que lo miremos a
Él. Y tiene tan especial cuidado de nos, que ni un momento quita sus
ojos de nosotros, porque no nos perdamos, ¿De dónde pensáis
que vino aquella amorosa palabra que Dios dice al pecador que se arrepiente de
sus pecados (Ps., 31, 8): Yo te daré entendimiento; y te
enseñaré en el camino que has de andar, y pondré sobre ti
mis ojos, sino de aquella, amorosa vista con que Dios miró a Jesucristo?
El cual es sabiduría, que nos enseña el verdadero camino por
donde vamos sin tropiezos; y el verdadero Pastor, por el cual, en cuanto
hombre, somos mirados, y el cual en cuanto Dios, nos mira, quitándonos
los peligros de delante en los cuales ve que hemos de caer; teniéndonos
firmes en los que nos vienen, librándonos de los en que por nuestra
culpa hemos caído, cuidando lo que nos cumple, aunque nosotros hacemos
descuidos, acordándose de nuestro provecho, aun cuando nosotros nos
olvidamos de su servicio, velándonos cuando dormimos, teniéndonos
consigo cuando nos querríamos apartar, llamándonos cuando huimos,
abrazándonos cuando venimos, siendo el postrero en deshacer la amistad,
y el primero que ruega con ella, aunque ofendido, y teniendo en todo y por todo
un tan vigilante y amoroso mirar por nosotros, que todo lo ordena a nuestro
provecho. ¿Qué diremos a tantas mercedes, sino hacer gracias a
aquel verdadero Pastor, que, porque sus ovejas no anduviesen lejos de los ojos
de Dios, ofreció su faz a tantas deshonras, para que mirándolo el
Padre tan afligido y sin culpa, mirase a los culpados con ojos de misericordia,
y para que traigamos nosotros en el corazón y en la boca: Mira,
Señor, en la faz de tu Cristo, probando con experiencia que muy mejor
nos oye Dios y nos ve, y nos inclina su oreja, que nosotros a Él?
Es
tanta la cizaña que nuestro enemigo ha sembrado en los que le creen, que
de las palabras de la divina Escritura que hablan de este dulcísimo
misterio de Jesucristo nuestro Señor, y de los bienes que por Él
y en Él poseemos, sacan perversos entendimientos (sentidos); de los
cuales he menester avisaros para que no incurráis en peligro.
No
penséis que por llamarse Cristo nuestra justicia (1 Cor., 1, 10), o por
decir que somos hechos agradables en ti, o por semejantes palabras, no tengan
los que están en gracia propia justicia en sí mismos, por la cual
sean justos y agradables a Dios, distinta de aquella por la cual es justo
Jesucristo nuestro Señor : porque creerlo así sería muy
grave error (Refuta el autor el error luterano que no reconoce justicia
interior en los justos, sino sólo la justicia exterior de Cristo,
imputada al justo por la fe); el cual nace de no conocer el amor que Jesucristo
nuestro Señor tiene a los que están en gracia; al cual no le
consintieron sus amorosas entrañas, que siendo Él justo y lleno
de bienes, dijera a sus justificados: Contentaos con que Yo tenga estos bienes,
y tenedlos por vuestros en Mí, aunque en vosotros mismos os
quedéis injustos, desnudos y pobres. Ninguna cabeza hubiera que tal cosa
dijera a sus miembros vivos; ni esposo a su esposa, si mucho la amara; y menos
lo dirá el celestial Esposo, que es dado por ejemplo a los otros para
que a semejanza de Él, amen y traten a sus esposas. Varones, dice San
Pablo (Ephes., 5. 25) amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su
Iglesia, y se entregó por ella para la santificar, limpiándola
con el bautismo y palabra de vida. Pues si la santifica, lava y limpia, y aun
con su propia sangre, que es la que da virtud a los Sacramentos para limpiar
las ánimas por la gracia que dan, ¿cómo puede quedar
injusta o sucia la que con tan eficacísima cosa es limpiada y lavada?
La
cual limpieza había Dios prometido de dar en el tiempo de su
Mesías, cuando dijo (Ez., 36, 251: Derramaré sobre vosotros agua
limpia, y seréis limpiados de todas vuestras suciedades. Y el
Señor, en el jueves de la cena (Jn., 13, 10), dio testimonio que sus
once discípulos estaban limpios, y no como quiera, sino que estaban del
todo limpios. Porque las culpas veniales, que de algunas afecciones demasiadas
se causan en el ánima, como el polvo que se pega a los pies, son
quitadas por los remedios de los Sacramentos y buena disposición de
quien los recibe, como son lavados los pies corporales con el agua corporal,
como el Señor entonces hizo, lavando de fuera y lavando de dentro,
dejándolos limpios de todo pecado, como San Juan da testimonio diciendo
(1 Jn., 1, 7): La sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado. A la cual
llamó el Profeta Miqueas (7, 19), mucho antes que se derramase, mar en
que se ahogan todos nuestros pecados, y dijo: Arrojará Dios todos nuestros
pecados en el profundo de la mar. Pues si estos lugares de
Porque
decir que se queda el pecado en el hombre según verdadera razón
de pecado, y que, por amor de Jesucristo nuestro Señor, se le suelta al
hombre la pena debida al tal pecado, no es cosa que basta a verificar
(Verificar: sacar verdaderas) las Escrituras, ni conveniente a la honra de
Jesucristo. Porque como la pena debida al pecado sea menor mal para el hombre
que la culpa del mismo pecado y la injusticia y fealdad causada por él,
no se puede decir que Cristo hace salvo a su pueblo de sus pecados (Mt., 1, 21),
si quita con su merecimiento que no se imputen a pena, y no los quita cuanto a
la culpa dando su gracia, ni alcanza limpieza para que el hombre, aborreciendo
el pecado, guarde la ley de Dios. Y si bien se mira la divina Escritura,
hallarse ha que cuando se da el perdón del pecado, se da con él
novedad de vida (Rom., 6. 4) y corazón limpio, de nuevo criado, como lo
pedía Santo Rey y Profeta David (Ps., 50), según estaba
profetizado (Ezech., 11, 19): Yo os daré corazón nuevo, y
espíritu nuevo pondré en medio de vosotros; y os quitaré
el corazón de piedra, y os daré corazón de carne; y
pondré mi Espíritu en medio de vosotros, y haré que
andéis en mis mandamientos, y que guardéis y obréis mis
juicios. Esto promete Dios a los que primero había dicho que los
había de limpiar de todas suciedades. Y abajo dice: Yo os salvaré
de todas ellas (36, 29); para dar claramente a entender, que el salvar de los
pecados, no sólo es quitar la pena de ellos, mas dar limpieza interior,
y tal corazón y gracia y espíritu, que baste a hacer guardar los
mandamientos de Dios. San Juan dice (Apoc, 3, 20), que dice el Señor: Yo
estoy a La puerta y llamo; si alguno me abriere, entraré a él, y
cenaré con él, y él conmigo. Isaías (55, 1) convida
de parte de Dios a los hambrientos que vayan a comer, y a los sedientos a
beber. Por San Pabio (2 Cor., 6, 17) dice el Señor: Salid de en medio de
los malos, y no toquéis cosa sucia; y Yo os recibiré, y os
seré Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas. En los cuales, y otros
muchos lugares, parece claro que los bienes que con la justificación se
dan son más y mejores que el no imputar Dios a pena el
pecado,
pues que se le da la gracia y la limpieza del corazón, y virtudes, y
Espíritu del Señor, con que pueda guardar su Ley, y, por
vía de hijo y de buenas obras, gozar de Dios para siempre. Y porque
Cristo nos ganó estos bienes, juntamente con el perdón de la
pena, se llama a boca llena Salvador de pecados. Y más por lo primero
que por lo segundo, pues que nos libra de la culpa, y nos hace aborrecer el
pecado, y nos alcanza la participación de Dios de presente, y derecho
para lo poseer para siempre en el cielo. En lo cual nos libra de mayor mal, y
nos alcanza bienes de mayor peso, que el libertarnos de cualquier pena.
Posible
es que llegue a tanto la ceguedad de algunos, que les parezca que no sólo
basta el favor de Jesucristo para que a estos tales (en quien dicen que se
queda el pecado), no sólo se les quite la pena, mas que, por estar
incorporados en Jesucristo, que es muy amado del Padre, sean también
ellos amados y agradables y limpios, porque Él lo es, aunque en ellos
quede el pecado. Porque aun les parecerá que es honrar a Jesucristo
sentir del amor que su Padre le tiene, tan altamente, que venza el
aborrecimiento que tiene a los tales en quien queda el pecado.
Mas
tal honra como ésta, del todo es contraria a su verdadera honra, y a la
verdad de
l y
por Él; para que así se cumpla lo que dice San Pablo (Rom., 8,
29): Que los que han de ser salvos, ordenó Dios que fuesen conformes a
La imagen de su Hijo. ¿Pues cómo puede haber semejanza entre
cabeza que siempre guardó los mandamientos de su Padre, y entre miembros
que, por muy perdonados y justificados que estén, están siempre
quebrantando con entero quebrantamiento el primero y noveno mandamiento de
Dios? Ni hay participación de bondad con maldad (2 Cor., 6, 14), ni de
Cristo con quien quebranta los mandamientos del Padre; pues Él
predicó (Mt., 7, 21): No todo aquel que me llama Señor,
Señor, entrará en el reino de los cielos, mas el que hiciere la
voluntad de mí Padre.
Y
está tan lejos de la verdad que el favor de Cristo se entienda a que
estén en gracia del Padre, ni de Él, los que quebrantan los
mandamientos, que dice el mismo Señor (Jn.. 15, 30): Si
guardáredes mis mandamientos, estaréis en mi amor; como yo
guardé los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.
¿Pues quién habrá que espere que, quebrantando [los]
mandamientos, sea amado del Padre por respeto de Jesucristo, pues que
[Él] permanece en el amor del Padre guardando sus mandamientos? No
será, cierto, amado el esclavo, sino por la vía que lo fue el
Hijo; ni Él tendrá en su gracia y amor sino a quien guardare sus
mandamientos, como claramente lo dijo en las palabras ya dichas. Y porque nadie
en esto se engañase, habiendo dicho primero (Jn., 15, 4): Estad en
Mí, y Yo en vosotros, dijo después (v. 9): Estad en mi amor. Y
para declarar que era estar en Él y en su amor, dijo (v. 7): Si estuvieredes
en Mí, y mis palabras estuvieren en vosotros, cualquiera cosa que
quisieredes pediréis, y os será cumplida. De manera, que quien
quebranta sus palabras no piense que está en su amor, ni incorporado en
su cuerpo como miembro vivo; porque fija está la sentencia de la divina
Escritura, que dice (Sap., 14, 9): Aborrecible es a Dios el malo, y su maldad.
Y para declarar el Señor cómo los suyos no son aborrecidos, sino
amados en sí mismos, dijo a sus discípulos (Jn., 16, 26): No os
digo ahora que rogaré al Padre par vosotros; porque el mismo Padre os
ama, porque vosotros me amasteis a Mí, y creísteis que
salí de el; como si dijese: «Poco ha que os dije (Jn., 14. 16): Yo
rogaré al Padre, y daros ha otro consolador. Mas no penséis que
he de rogar por vosotros como acaece rogar uno a su amigo que dé algo a
otros, con los cuales aquel rogado está mal; y lo que les da es
solamente porque ama mucho al que se lo ruega; y quédanse los otros
desamados y desagradables como antes se estaban. No es así acá,
porque por haberme amado y creído, mi Padre os quiere bien, y le
parecéis bien; y tenéis licencia, como gente amada con propio
amor, y que tiene propia gracia y justicia, para entrar vosotros delante su
acatamiento, y pedirle lo que habéis menester en mi nombre. Y lo que Yo
por vosotros ruego es como por gente amada, a la cual el Padre hace mercedes
porque Yo las pido, y porque para vosotros las pido.»
Tales
son los que Jesucristo nuestro Señor tiene incorporados consigo como
miembros vivos, que les alcanzó la gracia cuando no la tenían,
con que agraden al Padre; y después de alcanzada, hagan obras que tengan
condignidad (valor de condigno, equivalencia) para merecer la vida eterna, como
galardón justo de tales servicios, y como herencia debida a los hijos. Y
si os parece cosa desproporcionada a la humana bajeza hacer cosa que tenga
igualdad de merecimiento con la alteza y eternidad del celestial reino, no
miréis vos para esto al hombre a solas, sino honrado y acompañado
con la celestial gracia que en su ánima le es infundida, y hecho
participante de la naturaleza divina, como dice San Pedro (2 Petr., 1, 4). Y
miradlo como a miembro vivo de Jesucristo nuestro Señor, que incorporado
en Él, vive y obra por el espiritual influjo que le viene de Él,
y participa de sus merecimientos. Las cuales cosas son tan altas, que tienen
igualdad con las que se esperan, y son bastantes para que de los que así
viven se pueda afirmar que cumplen
No
tenga nadie temor de atribuir la alteza de honra espiritual, y grandeza de
espirituales riquezas, y perfecta limpieza de los pecados, a los que el
celestial Padre justifica por merecimientos de Jesucristo nuestro Señor.
Ni piense nadie que el ser ellos tales perjudica a la honra del mismo
Señor. Porque como todo lo que ellos tienen les viene por Él, no
sólo no disminuye la honra de Él ser ellos tan valerosos, mas aun
la manifiestan y engrandecen; pues es claro que cuanto ellos más justos
y más hermosos están, tanto más se manifiesta ser de gran
valor los merecimientos de Aquel, que tanto bien alcanzó a los que de
sí ni lo tenían ni lo merecían.
No es
el Señor como algunos, que les pesa o les place poco con la honra o
virtud de sus criados, pareciéndoles que perjudica a la suya; o como las
vanas mujeres, que huyen de acompañarse de criadas hermosas porque no
obscurezcan la hermosura de ellas. Caridad tiene, cierto, Jesucristo nuestro
Señor, y que excede a todo nuestro conocimiento, como dice San Pablo
(Efes., 3, 19), para tener nuestro bien por suyo; y
porque
tuviésemos muchos bienes, perdió Él su dignísima
vida en la cruz. Hijo natural es de Dios, y nosotros hijos adoptivos por
Él; y siendo Él único Hijo, nos tomó por hermanos,
dándonos su Dios por Dios, y su Padre por Padre, como Él lo dijo
(Jn., 20, 17): Subo al Padre mío, y Padre vuestro; Dios mió, y
Dios vuestro. Y así como dice San Juan (1, 14), hablando del mismo
Señor: Vimos la honra de Él, como honra de Hijo unigénito;
y dice de Él, que es lleno de gracia y de verdad, así la honra y
espirituales riquezas de los hijos adoptivos ha de ser como de hijos de un
Padre, que es Dios.
Y si
la gracia y verdad fue hecha por Jesucristo, como dice San Juan (1, 17), no fue
para que en Él solo se quedasen, mas para que se derivasen en nosotros,
y tomásemos del cumplimiento (plenitud, colmo) de Él, y en tanta
abundancia, que le llama San Pablo (2 Cor., 9, 15), don que no se puede contar
a lo que de presente tenemos. Y para conocer las riquezas de la heredad que en
compañía de Él esperamos gozar, ruega San Pablo a Dios
(Ephes., 1, 17), que nos dé espíritu de sabiduría y de
revelación; porque aquel bien, mayor es de lo que nuestra razón
puede alcanzar.
Gloria
y gracia sean a Ti, Señor, para siempre, que así nos honraste y
enriqueciste con los dones presentes, y nos consolaste con la esperanza de ser
herederos de Dios, juntamente contigo; y que tuviste tanto amor con nosotros,
que te movió, muy mejor que a Job (31, 17), a que no comieses tu bocado
de pan a solas, sino que comiese el huérfano de él. Y así
como el amor del Padre estuvo en Ti, y no estéril, mas lleno de muchos
bienes, así Tú, Señor, queriéndonos hacer
compañeros tuyos en esto, rogaste al Padre diciendo (Jn., 17, 26): Que
el amor con que me amaste esté en ellos; y con este amor, tales bienes,
cuales uno (Isa., 61, 10), por sí y por los que habían de gozar
de estos bienes, dijo de esta manera:
Gozando
me gozaré en el Señor, v regocijarse ha mi ánima en Dios;
porque me vistió con vestiduras de salud, y me rodeó con
vestidura de justicia; como a esposo hermoseado con corona, y esposa ataviada
con sus atavíos. La cual confesión, con otras semejantes que en
A
estos tales despeñaderos sube la ciega soberbia a quien la recibe.
CAPITULO 91
Cómo
se han de entender algunos lugares de
o
cosas semejantes, para mayor declaración de los capítulos
precedentes.
La
manera que la divina Escritura tiene en decir (1 Cor., 1, 30) que Cristo nos es
hecho sabiduría, justicia, santificación y redención, no
debe ser ocasión a nadie para pensar que los justos no tienen en
sí propia justicia. Porque si por eso somos justos, porque Cristo es
justo, y no por justicia que tengamos, también se dirá que no hay
sabiduría en nosotros con que seamos sabios, ni santificación, ni
redención. San Juan dice (1 Jn., 2, 20, 27), que la unción del
Espíritu Santo, que enseña de todas las cosas, está en los
justos. San Pablo dice (1 Cor., 6, 11): Lavados estáis, santificados
estáis. Y San Pedro (1 Petr., 1, 18): Redimidos estáis de vuestra
vana conversación. Pues como Cristo no fue redimido, pues no tuvo
pecado, de [ahí] que esta redención ha de estar en nosotros, por
la cual somos llamados redimidos, no obstante que
El
Apóstol dice (Colos., 3, 4) que Cristo es nuestra vida; mas por esto no
se sigue que los justos no viven, pues que dice el Señor (Jn., 6, 58):
El que come a Mí, vive por Mí. Y no tendría razón
de hombre quien, por oír decir que Dios es hermosura de la rosa, o
fortaleza del león, o cosas de esta manera, negase tener estas criaturas
hermosura y fortaleza distintas de las de Dios.
Ni
tampoco debe ser tomada ocasión para el dicho error, de que
86
hechos
justicia de Dios en Jesucristo, y que (Ephes., 1, 6) el Padre nos hizo
agradables en su amado hijo, y cosas de esta manera. Porque este modo de hablar
es para dar a entender, como arriba se dijo, el misterio de ser Cristo cabeza,
y de ser los justos sus miembros vivos; los cuales están arrimados a
Él, para que se conserve y acreciente el bien que han recibido. Porque
si por este modo de hablar se hubiese de entender que los justos no
tenían estos bienes en sí mismos, sino porque los tiene
Jesucristo, ¿qué se podría responder a lo que dice San
Pablo (Rom., 3, 24): Que son justificados los justos por la redención
que esta en Jesucristo, pues que, no habiendo en Él cautiverio, no hubo
redención; y por esto ha de estar en los justificados, aunque ganada por
el Señor.
El
mismo Apóstol dice (Rom., 8, 35): ¿Quién nos
apartará del amor de Dios, que está en Jesucristo? Mas por esto
no se sigue que no está en nosotros, y muy dentro de nosotros; pues dice
en otra parte (Rom., 5, 5), que el amor de Dios está derramado en
nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado. Este mismo
modo de hablar tiene, cuando dice (Act., 17, 28), aun de los bienes naturales,
que en Dios vivimos, y nos movemos y somos. Mas no habrá quien diga que
no tenemos ser, y vida, y operaciones distintas de las de Dios.
Tiene
hombre
aquel tal bien, sin hacer mención de que lo hace Dios. Yo os daré
corazón nuevo, dice Dios en Ezequiel (36, 26), y dice a los hombres en
el mismo Profeta (18, 31 ): Haced para vosotros corazón nuevo. San Pablo
dice (Rom., 9, 16), que no es del que quiere, ni es del que corre; y en otra
parte (Rom., 7, 15) dice: Yo quiero el bien: y (1 Cor., 9, 26) yo corro, y no
como a cosa incierta. Y así en otras muchas partes, para dar a entender
que el bien que tienen, lo tienen de Dios, y que en la buena obra concurren
Dios y el hombre; mas que la gloria del uno y del otro se debe a Dios, pues
todo el bien viene de Él. Y por esta manera de hablar dijo nuestro
Señor (Jn., 7, 16): Mi doctrina no es mía, mas de Aquel que me
envió. Y así pudiera decir: Mis obras no son mías, mi
justicia no es mía, mas de Aquel que me envió. Y quien por esta
manera de hablar entendiese que el Señor no tenía en Si mismo
sabiduría y doctrina y los otros bienes, claramente se ve cuan
gravemente se engañaría. Mi doctrina no es mía, quiere
decir: No la tengo de Mí mismo, sino de mi Padre. Y así por
semejantes palabras no se había de sacar que los justos no tienen en
sí propia justicia, sino que no la tienen de sí.
Y de
esta manera se concuerda lo que el Concilio Tridentino dice (Sess., 6, De
justificatione, cap.7, y Can. 11), que la justicia es nuestra, porque por ella,
suyectada en nosotros, somos justificados; y lo que el Señor aquí
dice, y en otra parte (Jn., 14, 24): La palabra que oísteis no es
mía. Porque aunque esté en nosotros, no la tenemos de nosotros,
sino dada de la mano de Dios; y por eso se dice ser justicia de Dios.
CAPITULO 92
Que
debemos grandemente huir la soberbia que se suele levantar de las buenas obras,
viendo lo mucho que por ellas se merece; y de una doctrina de Cristo de que
nos debemos
aprovechar contra esta tentación.
Mucha
diferencia va de saber una verdad a saber usar de ella como se debe usar.
Porque lo primero sin lo segundo, no sólo no aprovecha, mas aun
daña; pues como dice San Pablo (1 Cor., 8, 2), el que piensa que sabe
algo, no ha sabido como debe saber. Y dícelo, porque algunos cristianos
sabían que lo sacrificado a ídolos se podía comer como lo
que no era sacrificado; y usaron mal de acuesta ciencia, pues comían
delante de aquellos que se escandalizaban de verlo comer.
Y
heos dicho esto, porque no os contentéis con saber esta verdad, que los
que están en gracia del Señor son justos y agradables, con propia
gracia y justicia; y que el valor de sus buenas obras es tan alto, que merece
que les crezca la gracia y se les dé la gloria; mas procuréis de
poner esta verdad en su lugar, pues que hay gentes que usan mal de ella, o por
más, o por menos. Los primeros corren peligro de soberbia, y los
segundos de pereza y pusilanimidad. Muchos he visto que, por la gracia de Dios,
en breve tiempo son libres de grandes males en que mucho tiempo estuvieron, y
no son libres en muchos años de los peligros que por las buenas obras
que hacen se les ofrecen. Acordaos que dice Santo Rey y Profeta David (Ps.,
139, 6), que le pusieron lazo los malos cerca de su camino, y que
también (Ps., 141, 4) lo pusieron en el mismo camino. Porque no
sólo pretenden nuestros enemigos sacarnos del buen camino,
incitándonos a que hagamos mal, mas también lo ponen en el mismo
camino de las buenas obras, incitándonos a que no usemos del bien como
debemos, para que se verifique en nosotros lo que dice el Sabio (Eccl., 5, 12):
Vi otro mal debajo del sol, riquezas allegadas para mal de su dueño;
porque a quien usa mal de la cosa, mejor sería no la tener.
Acaece a éstos, que mirando las buenas obras que
hacen,
y oyendo decir lo mucho que por ellas se merece, se les anda la cabeza
alrededor con vanidad y altivo complacimiento, sin mirar las muchas faltas que
en ellas hacen, y sin tenerlas por merced de Dios, como lo son, y sin procurar
de pasar adelante, como gente de pequeño y liviano corazón, que
con pocas cosas se satisface, siendo razón, como dice San Bernardo,
«que, no estemos descuidados mirando lo que tenemos de las cosas de Dios,
mas cuidadosos por alcanzar lo mucho que nos falta». Y hay algunos tan
ciegos con ignorante soberbia, que aunque su lengua diga otra cosa, mas su
corazón siente muy de verdad que por sus merecimientos, sin mirar que
son gracia de Dios, está obligado a darles lo que piden y lo que
esperan, por tan pura justicia, que si algo les niega, se quejan en su
corazón teniéndose por agraviados, y que sirviendo tan bien, no
se les hace justicia, negándoles algo.
No os
mueva esta mala soberbia; que días ha que se queja Dios de ella en
Isaías (58, 2) diciendo: Pídenme juicios de justicia, y
quiérense llegar a Dios y dicen: ¿Por qué ayunamos y no lo
miraste, y humillamos nuestras ánimas y no lo aprobaste? Y porque esta
ponzoña tan peligrosa no entre en vuestra ánima, con otras que de
ella se siguen, debéis de tomar aquella excelente doctrina que
Jesucristo nuestro Señor dijo en San Lucas (17, 7) de esta manera:
¿Quién de vosotros tiene un siervo que ara o apacienta bueyes,
que viniendo del campo, le diga: Luego vete a descansar; y no le diga:
Aparéjame lo que he de cenar, y cíñete, y sírveme
hasta que yo haya comido y bebido, y después comerás tú y
beberás? ¿Por ventura agradece aquel señor a su siervo que
hizo las cosas que le había mandado? Pienso que no. Pues así
vosotros, cuando hubiéredes hecho todas las cosas que os son mandadas,
decid: Siervos desaprovechados somos; lo que éramos obligados a hacer,
hicimos. De las cuales palabras debéis sacar cuan provechoso sentimiento
es
para
el cristiano tenerse por esclavo de Dios; pues el Señor nos mandó
que así nos llamemos; y esto no con el corazón con que suele
servir el esclavo, que es temor y no amor; porque de éste dice San Pablo
(Rom., 8, 15): No recibisteis el espíritu de servidumbre otra vez en
temor, mas recibisteis el espíritu de adopción de hijos de Dios,
en el cual clamamos, diciendo a Dios: Padre, Padre. Porque como San
Agustín dice: La diferencia, en breve de
Y
así, dejando aparte este espíritu de servidumbre, porque no es de
hijos de Dios, y el espíritu del temor, por imperfecto—aunque no
malo, pues es don de Dios temerle, aun por las penas—, entended por
nombre de siervo a un hombre que se tiene por sujeto a Dios por más
fuertes y justas obligaciones que ningún esclavo lo es de otro hombre,
por muy caro que le haya costado. Y mirando a esto, todo lo que dentro de
sí o fuera de sí hace de bien, todo lo hace para gloria y
contentamiento de Dios, como un esclavo leal, que todo lo que gana lo da a su
señor. Item, no es flojo ni descuidado en servir hoy, por haber servido
muchos años pasados; ni se tiene por desobligado de hacer un servicio,
porque ha hecho otro, como dice el Santo Evangelio; mas tiene de continuo una
hambre y sed de justicia (Mt., 5, 6), que todo lo hecho tiene por poco, mirando
lo mucho que ha recibido, y lo mucho que merece el Señor a quien sirve.
Y así cumple lo que dice San Pablo (Philip., 3, 13), que olvidando las
cosas pasadas, se esfuerza a servir de nuevo en lo porvenir. Y también
entiende, que de lo que hace, por mucho que sea, ni le viene provecho a Dios,
ni es Dios obligado a le agradecer a él lo que hace, mirando a las obras
como a nacidas de solas nuestras fuerzas y natural, pues no le puede pagar aun
lo que le debe. Y por esto dice el Santo Evangelio: Cuando hubiéredes
hecho todas las cosas que os fueren mandadas, decid: Siervos somos sin
provecho; lo que debíamos hacer hicimos, sin
provecho
digo, para Dios; que para sí ganan la vida eterna, como se dirá
en el capítulo siguiente.
Y de
esta manera entendido el nombre de esclavo, veréis que es nombre de
humildad, obediencia, diligencia y amor. El cual sentimiento tuvo la sagrada
Virgen María cuando, enseñada por el Espíritu Santo,
respondió (Lc., 1, 39): He aquí la esclava del Señor; sea
hecho en Mí según tu palabra. Su propia bajeza confiesa; su
servicio y amor liberalmente ofrece, sin atribuirse a Sí misma otra
honra ni otro interés, mas de tener cuenta de servir como esclava en lo que
el Señor le mandase para gloria de Él, todo lo cual sintió
y dijo en llamarse nombre de esclava. De este mismo nombre se precia y se
nombra San Pablo, cuando dice (Rom., 1, 1): Pablo, siervo de Jesucristo. Y,
finalmente, así lo han de sentir todos los que sirven a Dios, altos o
bajos, si quieren que no se les torne en daño el servicio.
Aprovechaos,
pues, vos, de esta verdad, y hallaréis gran remedio contra los peligros
que de las buenas obras suelen nacer, no por naturaleza de ellas, sino por la
imperfección de quien las hace. Y usad a decir con la boca y el
corazón muchas veces: Esclava soy de Dios, por ser Dios quien es, y por
mil cuentos de beneficios que de su mano he recibido; y por mucho que haga por
Él, no le pagaré un paso que por mí dio hecho hombre, ni
el menor de los tormentos que por mí pasó, ni un pecado que me ha
perdonado, ni otro de que me haya librado, ni un propósito bueno que me
ha dado para le servir, ni un día del cielo que espero alcanzar. Y menor
soy, como dijo Jacob (Gen., 32, 10), que cualquiera de las misericordias de
Dios. Y sí dice el Señor que los que hacen iodo lo que les es
mandado se deben humillar y decir: Siervos somos sin provecho; lo que
debíamos hacer hicimos, ¿cuánto más me debo yo
humillar, pues en tantas faltas caigo por ignorancia, o flaqueza o malicia?
Esclava soy, y mala
esclava,
y no sirvo a Dios como puedo ni debo; y si a lo que yo merezco hubiese mirado,
ya ha días que me hubiera enviado al infierno por los pecados que he
hecho, y por otros muchos en que justamente me pudiera haber dejado caer.
Este,
pues, sea el sentimiento que de vos tengáis, y éste sea el lugar
donde os pongáis, pues de vuestra parte así lo merecéis. Y
vuestro cuidado sea servir al Señor lo mejor que pudiéredes, sin echar
de ver en ello, y sin pensar que por ello os debe Dios agradecimiento, ni que
podéis responder a lo que debéis, ni uno por mil, como dice Job
(9, 3). Y cuando oyéredes decir lo mucho que merecen las buenas obras,
no alivianéis vuestro corazón, sino decid: «Merced tuya es,
Señor; gracias sean dadas a Ti, que tal valor das a nuestros indignos
servicios.» De manera, que siempre os quedéis en vuestro lugar de
negligente e indigna esclava.
CAPITULO 93
Que
allanado el hombre y humillado con lo ya dicho en el capítulo pasado,
puede gozar de la grandeza que el Señor se dignó dar a las obras
de los justos, con seguridad y hacimiento de gracias.
Asegurada,
pues, vuestra ánima de los peligros ya dichos con este sentimiento que
el Señor nos enseña, podréis gozar con seguridad de la
grandeza y valor que el Señor da a los suyos; y lo bendeciréis,
porque a los que son esclavos de naturaleza, les infunde Él su gracia,
con la cual son hechos hijos adoptivos de Dios; y sí hijos, herederos juntamente
con Cristo, como dice San Pablo (Rom., 8, 16). Y porque los recibidos por hijos
de Dios es razón que vivan y obren conforme a la condición de su
Padre, dales el Señor el Espíritu Santo, y muchas virtudes y
dones con que le puedan servir y cumplir su Ley y
tenerle
contento. Y aquellos cuyos servicios, por grandes que fuesen, mirados en
sí, no subían de los tejados arriba, han ya bebido del agua de la
gracia, que es tan poderosa, que se les ha hecho una fuente en sus
entrañas, que salta hasta la vida eterna (Jn., 4, 14); con el valor de
la cual, las buenas obras, por pequeñas que sean, suben hasta la vida
eterna, porque la merecen por las causas ya dichas.
Mirad
lo que va de vos, mirándoos en vos, a vos mirándoos en Dios y en
su gracia. De vos, sois una gran suma de deudas, y por mucho que hagáis,
no sólo no podréis merecer la vida eterna, mas ni aun pagar lo
que debéis. Mas en Dios y su gracia, el mismo servicio que sois obligada
a hacer, os he recibido por merecimiento de la vida eterna. Y no siendo el
Señor obligado a vos para agradeceros ni pagaros lo que por Él
hiciéredes, ordena las cosas de tal arte, que las buenas obras de los
suyos sean galardonadas con poseerlo a Él en el cielo. Y aunque para
hacerlo así no debe Dios nada a nadie por quien Él es, mas
débelo a Si mismo, cuya ordenación es muy justo y debido que se
cumpla, y muy por entero. Glorificad, pues, a Dios por estas mercedes; y
entended, que si Dios no hubiera sido misericordioso Padre a San Pablo en darle
una vida llena de buenos merecimientos, no osara él decir (2 Tim., 4,
8), ya que estaba cerca de su muerte, que le había de dar corona de
justicia el justo Juez. Coronóle Dios por justicia, mas Él le dio
primero los merecimientos de la gracia. Y así todo redunda en gloria de
Dios: o de justo galardonador del bien hecho, o de misericordioso y primero
dador del bien que hicimos. Lo cual ninguno debe negar, sino el que quiere
privar a Dios de su honra.
Poneos,
pues, en vuestro propio lugar, y teneos por digna de infierno y de todos los
males, y por indigna del menor de los bienes. Y no desmayéis por aquella
bajeza;
mas
hollada toda pusilanimidad, esperad en la misericordia de Dios, que pues os ha
puesto en su camino, os esforzará en él para que lo
llevéis adelante, hasta que cojáis en la vida eterna el fruto de
las buenas obras que aquí por su gracia hicisteis.
CAPITULO 94
Que
del amor que tenemos a nosotros mismos habemos de sacar el amor que debemos
tener a los prójimos.
Pues
ya habéis oído con qué ojos habéis de mirar a vos
misma y a Cristo, resta—para cumplimiento de las palabras del Profeta,
que os dice que veáis—, con qué ojos debéis de mirar
a los prójimos; para que así de todas partes tengáis luz,
y ningunas tinieblas os hallen (Jn., 12, 25).
Y
para esto habéis de notar que aquél mira bien a sus
prójimos, que los mira con ojos que pasan por sí mismo, y que
pasan por Cristo. Quiero decir, tiene un hombre trabajos cuanto a su cuerpo, o
tristezas o ignorancias y flaquezas cuanto a su ánima. Claro es, que
siente pena con el calor y frío, y le duele la enfermedad, y desea no
ser desechado ni despreciado por sus flaquezas, mas sufrido y remediado y
apiadado. Pues de esto que pasa en él, así en sentir los
trabajos, como en desear el remedio de ellos, aprenda y conozca lo que el
prójimo siente, pues es de la misma flaca naturaleza de él; y con
aquella compasión le mire y remedie y le sufra, con que mira a si mismo
y desea ser remediado. Y así cumplirá lo que
paciencia,
pareciéndole sus yerros pequeños, y no querer él sufrir a
nadie, haciendo de la pequeña mota del ajeno defecto una gran viga?
Hombre que quiere que todos miren por él y le consuelen, y él ser
desabrido y descuidado para con los otros, no merece llamarse hombre, pues no
mira a los hombres con ojos humanos, que deben ser piadosos.
Pues,
doncella, en cualquier cosa que en vuestro prójimo viéredes,
mirad qué es lo que vos sentís, o querríades que otros
sintiesen de vos, si aquello os acaeciese; y con aquellos ojos que pasan por
vos compadeceos de él, y remediadlo en cuánto pudiéredes;
y seréis medida de Dios con esta piadosa medida que vos
midiéredes, según su palabra (Mt., 5, 7): Bienaventurados los
misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Y así
habréis sacado conocimiento del prójimo de vuestro propio
conocimiento, y seréis piadosa para con todos.
CAPITULO 95
Que
del conocimiento del amor que Cristo nos tuvo habemos de sacar el amor que
debemos tener a los prójimos.
Ahora
mirad cómo lo habéis de sacar del conocimiento de Cristo.
Pensad
con cuánta misericordia se hizo el Hijo de Dios hombre por amor de los
hombres, y con cuánto cuidado procuró en toda su vida el bien de
ellos; y con cuan excesivo amor y dolor ofreció en la cruz su vida por
ellos. Y así como, mirándoos a vos, mirasteis a los
prójimos con ojos humanos, así mirando a Cristo, lo
miraréis con ojos cristianos; quiero, decir, con los ojos que Él
los miró. Porque si Cristo en vos mora, sentiréis de las cosas
como Él sintió, y veréis con cuánta razón
sois obligada a sufrir y amar a los prójimos; a los cuales Él
amó y estimó como la cabeza ama a su cuerpo, y el esposo a su
esposa, y como hermano a hermanos, y como amoroso padre a sus hijos. Suplicad
al Señor que os abra los ojos con que veáis el encendido fuego de
amor que en su Corazón ardía cuando subió en la cruz por
el bien de todos, chicos y grandes, buenos y malos, pasados, presentes y por
venir, y por los mismos que le estaban crucificando. Y pensad que este amor no
se le ha resfriado; mas si la primera muerte no bastara para nuestro remedie,
con aquel amor muriera ahora, que entonces murió. Y como una sola vez se
ofreció al Padre en la cruz corporalmente por nuestro remedio, así
muchas veces se ofrece en la voluntad con el mismo amor.
Pues
decidme, ¿quién podrá ser cruel a los que Cristo fue tan
piadoso? ¿Cómo hallará puerta para codiciar mal al que
Dios le desea todo bien y salvación? No se puede decir ni escribir, el
entrañable amor que se engendra en el corazón del cristiano que
mira a sus prójimos, no según lo de fuera, así como
riquezas o linaje, o cosas semejantes, mas como a unos entrañables
pedazos del cuerpo de Jesucristo, y como cosa conjuntísima a Cristo con
toda manera de parentesco y de amistad. Porque, según dice el
refrán: Quien bien quiere a Beltrán, bien quiere a su can,
¿qué tanto os
parece
que querrá un amador de Cristo a sus prójimos, viéndoles
que son cuerpo místico de Él, y que ha dicho el mismo
Señor por su boca (Mt., 25, 40, 45), que el bien o el mal que al
prójimo se hiciere, el Señor lo recibe como hecho a Sí
mismo? Y de considerar profundamente acuestas palabras viene el buen cristiano
a conversar con sus prójimos con una reverencia profunda y amor
entrañable, y mansedumbre blanda para lo[s] sufrir, y vigilante cuidado
de no les enojar ni dañar, antes aprovechar y alegrar; que le parece que
con el mismo Cristo conversa, pues a Él mira en ellos; de los cuales se
tiene en su corazón por más esclavo y más obligado a los
aprovechar, que si por gran suma de dineros fuera comprado. Porque mirado el
precioso precio que Jesucristo dio por un hombre, cuando con su preciosa sangre
lo compró en la cruz, ¿qué debe hacer este tal, sino
ofrecerse todo a servicio de Cristo, deseando que se ofrezcan cosas en que
enseñe su agradecimiento y su amor? Y como oye de la boca de Dios: Si me
amas, apacienta mis ovejas (Jn., 21, 17). Y (Mr., 9, 36): Quien a un chiquito
de éstos recibe, a Mi me recibe. Y (Mt., 25, 40): Quien Hace obras de
misericordia a uno de éstos, a Mí las hace, tiene por
señalada merced que tenga tan cerca de sí tan buen aparejo en que
mostrar y ejercitar el amor que él tiene a Jesucristo;
pareciéndole el trabajo que por el prójimo pasa, pequeño,
y los años breves, por la grandeza del amor que a Cristo tiene por
Sí, y a ellos por Él y en Él (Gen., 29, 20). Y trae a la
continua en su corazón lo que el Señor amoroso tan estrechamente
mandó cuando dijo: Mi mandamiento es acueste: que os améis unos a
otros como Yo os amé (Jn., 15, 12).
CAPITULO 96
De
otra consideración que nos enseña mucho el cómo nos
habernos de haber con los prójimos.
Y
añadid a esto otra consideración con que habéis de mirar a
los prójimos; y es, que aunque, por una parte, sea gran verdad que de
los bienes que el Señor hace a uno no busca, ni quiere retorno; mas
mirándolo por otra parte, ninguna cosa da, de la cual no lo quiere: no
para Sí—pues Él es riquísimo, sin poder crecer en
riquezas; y lo que da, por amor puro lo da—; mas el retorno que quiere es
para los prójimos, que tienen necesidad de ser estimados, amados y
socorridos; así como si un hombre hubiese prestado a otro muchos
dineros, y hecho otras muchas buenas obras, y le dijese: «De todo esto
que por vos he hecho, yo no tengo necesidad de vuestra paga; mas todo el
derecho que contra vos tenía, lo cedo y traspaso en la persona de
fulano, que es necesitada, o es mi pariente o criado; pagadle a él lo
que a mí me debéis, y con ello me doy por pagado.»
De
este arte entre el cristiano en cuenta con Dios, y mire lo que de Él ha
recibido, así en los trabajos y muerte que el Hijo de Dios pasó
por él, como en las misericordias particulares que después de
criado le ha hecho, no castigándole por sus pecados, no
desechándole por sus flaquezas, esperándole a penitencia y
perdonándole cuantas veces ha pedido perdón; dándole
bienes en lugar de males, con otras innumerables mercedes que no se pueden
contar. Y piense que esta amorosa contratación de Dios con él, le
ha de ser un dechado y regla para la conversación que él ha de
tener con su prójimo; y que el intento con que Dios ha obrado en
él tantas mercedes es para darle a entender, que aunque el
prójimo no merezca por sí ser sufrido ni amado ni remediado,
quiere Dios que el bien que el otro por sí no merece, le sea concedido
por lo que él debe a Dios, y se conozca por obligado y esclavo de los
otros, mirando a Dios, el que mirando a ellos se hallaba no deber nada a nadie,
y que el título con que el necesitado le pida remedio, sea éste:
«Haced esto conmigo, pues Dios así lo ha hecho con vos.»
Y
tema mucho el tal hombre no sea cruel o desamorado con quien lo ha menester,
porque Dios no lo sea para con él, quitándole los bienes que le
había dado, y castigándole como a desagradecido al perdón
de los males pasados; como lo hizo con aquel mal siervo (Mt., 18, 24...), que
habiendo recibido de su señor perdón de diez mil talentos, fue
cruel para con su prójimo, encarcelándole porque le debía
cien maravedís, sin le querer dar suelta ni espera. Y aquel
señor, que por haberle destruido su siervo hacienda de diez mil
talentos, no se lee haberse enojado con él, antes usado de tanta
misericordia, que pidiéndole su esclavo espera, le dio suelta y
perdón de la deuda, está ahora tan enojado por la crueldad que
con su prójimo hizo, que reprendiéndole ásperamente, le
dijo: Siervo malo, te perdoné yo todo lo que me debías, porque me
rogaste; pues ¿no fuera razón que hubieras tú misericordia
de tu prójimo, como yo la hube de ti? Y con este enojo lo entregó
a los atormentadores hasta que pagase toda la deuda, que ya le había
soltado. No porque Dios castigue los pecados ya una vez perdonados, mas castiga
la ingratitud del perdonado, la cual es mayor, cuanto el perdón fue de
más y mayores pecados. Y aunque es de creer que este tal siervo llamase
a su señor, mas responderíale lo que está escrito (Prov.,
21, 13): El que cierra su oreja al clamor del pobre, dará voces
él y no será oído.
Entended,
pues, doncella, que mirándoos a vos, y mirando a Cristo quién es,
y los bienes que de su mano habéis recibido, es razón que se
engendre en vuestro corazón una estima y amor con el prójimo, que
ninguna cosa sea parte para os la quitar. Y cuando vuestra carne os dijere:
¿Qué le debo yo a aquél para hacerle bien? ¿y
cómo le amaré, habiéndome él hecho mal a
mí?, responded que quizá la oyérades, si la causa de
vuestro amor fuera el prójimo; mas pues es Cristo, el cual recibe el
bien al prójimo hecho, y el perdón al prójimo dado,
como
si a Él mismo se diera, ¿qué parte puede ser para estorbar
el amor y buenas obras el ser el prójimo quien fuere, o hacerme el mal
que quisiere, pues yo no tengo cuenta con él sino con Cristo? Y de esta
manera arderá en vuestro corazón la caridad de tal arte, que
(Cant,, 8, 7) las aguas muchas de malas obras que nos sean hechas no la
podrán apagar, mas saldrá vencedora, y subirá hacia arriba
como viva llama, y conversaréis con vuestros prójimos, sin que
tropecéis ni perdáis vuestra virtud, porque ellos la pierdan. Y
así dice Santo Rey y Profeta David (Ps. 118, 165): Mucha paz tienen,
Señor, los que aman tu Ley, y no tienen tropiezo. La cual Ley, la de la
caridad es, con que se suma y cumple toda
Y esta
estima del prójimo, con que le honramos como a hijo de Dios adoptivo, y
como a hermano de Jesucristo nuestro Señor, y este amor que como a cosa
tan suya le tenemos, es lo que San Pablo encomienda a los Filipenses (2, 4) y a
nosotros en ellos, diciendo: Teneos con la humildad unos a otros por mayores; y
no tengáis cuenta con vuestro interés, mas con lo que cumple a
los otros; y esto sentid a ejemplo de Jesucristo, que teniendo forma de Dios,
se humilló a tomar forma de siervo; lo cual fue para aprovecharnos. Y
estas dos mismas cosas, humildad y amor con los prójimos, nos
enseñó, y encomendó el mismo Señor en aquel
admirable hecho que cercano a la muerte quiso hacer, lavando los pies a sus
discípulos; en lo cual se denota humildad por ser oficio tan bajo, y
caridad por ser provecho del prójimo. Las cuales dos cosas, quiere que
de Él aprendamos, siendo pequeños siervos y discípulos
suyos, pues el Señor y Maestro lo quiso hacer.
Confortada,
pues, con este ejemplo, y con lo ya dicho, pesad a los prójimos con peso
de que son
adoptados
de Dios, y se dio por ellos Jesucristo en la cruz; y preciad y honrad vos a
quien Dios tanto honró, y amad a los que son conjuntos con Él
como esposa muy amada, y miembros de su cabeza. Y así tendréis el
amor fundado y fuerte; porque el que de estas fuentes no nace, muy flaco es, y
luego se cansa y se seca, y como casa edificada sobre movediza arena, a
cualquier combate y ocasión que se le ofrezca da consigo en el suelo.
CAPITU LO 97
Comiénzase
a tratar de la palabra del verso que dice: «Olvida tu pueblo.» Y de
dos bandos que hay de hombres, buenos y malos, y de los nombres que los malos
tienen, y de sus varios intentos.
Sigúese
otra palabra, que dice: OLVIDA TU PUEBLO, Y
todos
los hombres son repartidos en uno de dos bandos o ciudades diversas, una de
buenos, y otra de malos. Las cuales ciudades no son distintas por diversidad de
lugares, pues los ciudadanos de una y de otra viven juntos, y aun dentro de una
casa, mas por diversidad de afecciones. Porque, según dice San
Agustín (De
primera
atribuye la fortaleza a sus fuerzas, y gloríase en ellas; la segunda
dice (Ps. 17, 2): Ámete yo, Señor, fortaleza mía. En la
primera los sabios de ella buscan los bienes criados; o si conocieron al
Criador no le honraron como a tal, mas tornáronse vanos en sus
pensamientos, y diciendo: Somos sabios, tornáronse necios (Rom., 1,
21...); mas en la segunda ninguna otra sabiduría hay sino el verdadero
servicio de Dios, y espera por galardón honrar al mismo Dios, en
compañía de los santos hombres y Á
ngeles,
para que sea Dios todas las cosas en todos (1, Cor., 15, 28)». De la
primera ciudad son ciudadanos todos los pecadores; de la segunda todos los
justos. Y porque todos los que de Adán descienden —sacando al Hijo
de Dios y a su bendita Madre— son pecadores aun en siendo engendrados;
por tanto, todos somos naturalmente ciudadanos de acuesta ciudad; de la cual
Cristo nos saca por gracia, para hacernos ciudadanos de la suya.
Esta
mala ciudad, que es congregación, no de plazas ni calles, mas de hombres
que se aman a sí y presumen de sí, se llama por diversos nombres
que declaran la maldad de ella.
Llámase
Egipto, que quiere decir tinieblas o angustia ; porque los que en esta ciudad
viven, o no tienen luz de conocimiento de Dios por no tener fe, o si la tienen,
como los cristianos que viven mal, tiénenla muerta por no tener caridad,
que es la vida de ella. Y por esto dice San Juan (1 Jn., 4, 8), que el que no
ama a Dios, no conoce a Dios, porgue Dios es amor; qui ere decir, que no tiene
conocimiento amoroso, cual lo deben tener para se salvar. Y así,
viviendo los unos en tinieblas de infidelidad, y los otros en tinieblas de
pecados, no tienen gozo, sino estrechura y tristeza. Porque, según dice
Tobías (5, 12): ¿Qué gozo puedo yo tener, pues no veo la
lumbre del cielo?
Llámase
también Babilonia, que quiere decir confusión. El cual nombre fue
puesto cuando los soberbios quisieron edificar una torre que llegase hasta el
cielo, para defenderse de la ira de Dios, si quisiese destruir el mundo por
agua otra vez; y para hacer un tal edificio, por el cual fuesen nombrados en el
mundo (Gen., 11, 9). Mas impidió su locura el Señor de esta
manera, que les confundió el lenguaje, para que así no se entendiesen
unos a otros. De lo cual nacieron rencillas, pensando cada uno que hacía
el otro burla de él, diciendo uno y respondiendo otro. Y así el
fin de la soberbia fue contusión, y rencilla y división. Muy
propiamente compete este nombre a la ciudad de los malos, pues quieren pecar y
no ser castigados; y no quieren huir los castigos de Dios evitando de
ofenderle, mas si pudiesen, por fuerza o por maña, pecar y no ser
castigados, lo intentarían. Son soberbios, y todo su fin es que se nombre
su nombre en la tierra; y hacen torres de obras vanas si pueden, y si no en los
pensamientos; los cuales destruye Dios al mejor sabor que ellos están,
según está escrito (Jac., 4, 6): A los soberbios resiste. Y
porque no quisieron vivir en unidad de lenguaje, dando la obediencia a Dios,
son castigados en que ni ellos se entiendan a sí mismos, ni entiendan a
Dios, ni se entiendan unos a otros, ni entiendan cosa criada; pues
faltándoles la sabiduría de Dios, ninguna cosa entienden como se
debe entender, para su provecho. Cuántas cosas pasan en el
corazón de los malos, que los sacan de tiento, y no saben cómo
remediarse; ya pidiendo un deseo una cosa y otro otra, y a las veces contraria;
ya hacen, ya deshacen; lloran y alégranse, y todo al revés; ya
quieren desesperar, ya se ensalzan vanamente; buscan con mucha diligencia una
cosa, y después de haberla alcanzado, pésales por haberla
buscado, o no hallan en ella lo que pensaban; desean una cosa y hacen otra,
siendo regidos, no por razón, mas por pasión.
Y de
aquí es, que como el hombre sea animal racional, cuya principal parte es
el ánima, que ha de vivir según razón, y éstos
viven según apetito, viven al revés, pues viven vida bestial, que
es vida de cuerpos, y no racional, que es propia vida de hombres. De lo cual
nace, que como Dios sea espíritu, y haya de ser servido, no de vida
bestial, sino espiritual, estos tales no le sirven, según arriba se
dijo, porque su vida es al contrario de
l. Y
como la unión de los cristianos nazca de la unión de sí mismo
en sí, y de la unión de sí con Dios, estos ciudadanos,
divididos de Dios, no pueden tener buena ni duradera paz unos con otros; mas
antes de sus hablas y obras y juntas, nacen rencillas, viviendo cada uno a su
propio querer, sin curar de agradar al otro, y sintiendo cada uno su afrenta e
injuria, sin curar de sufrir unos a otros. Estos son los que ni usan de
sí, ni de las criaturas al fin que fueron criados, mas a sí
mismos y a todas las cosas las quieren para sí, haciéndose
último fin de todas ellas; y, por tanto, con Justa razón son
llamados Babilonia, pues que todo anda al revés de su Criador.
Llámanse
también Caldeos; llámanse Sodoma; llámanse
Edón, con otros mil nombres que representan la maldad de este pueblo, y
todos aun no pueden declarar la malicia de él.
Este
es el pueblo, el cual es llamado Mundo, no por este que Dios crió,
porque éste es bueno, como criado por el que es sumamente bueno; mas
porque estos hombres tales, ni tienen otro sentido, ni otro amor, sino de esto
visible. Lo cual llama San Juan (1 Jn., 2, 16) soberbia de vida, y codicia de
carne, y codicia de ojos: y quien esto ama, perecerá; mas Quien hiciere
la voluntad de Dios, permanecerá para siempre, dice el mismo San Juan. Y
San Pablo dice (Rom., 8, 9): El que no tiene espíritu de Cristo, no es
de Cristo; y por consiguiente, será del mundo. Y Santiago (4, 4) dice
que el amistad de este
mundo,
enemistad es con Dios.
CAPITULO 98
Que
nos conviene mucho huir de la mala ciudad de los malos, que es el mundo, y de cuan
mal trata a sus ciudadanos; y del espantoso fin que todos ellos tendrán.
Bastantes
causas habéis oído para aborrecer este pueblo, y para entender
cuánto quiere Dios que salgáis de él para salvaros; porque
éste es el espiritual Egipto, del cual mandó Dios a Israel que
saliese apriesa, y que caminase, aunque con trabajos, hasta la tierra de
promisión. Y éste es el pueblo, del cual Dios mandó a
Abraham que saliese, cuando le dijo (Gen., 12, 1): Sal de tu tierra y de tu
parentela, y de la casa de tu padre; y ven a la tierra, que Yo te
mostraré; lo cual él cumplió con sencilla obediencia, sin
saber dónde iba, como dice San Pablo (Hebr., 11, 8). De este mismo
pueblo mandó Dios salir a Lot (Gen., 19, 17), porque no le comprendiesen
los castigos que quería enviar; y le mandó que se salvase en el
monte, que es la alteza de la fe y buena vida. Finalmente, es el pueblo,
del cual dice Dios a los que quieren ser suyos (2 Cor., 6, 14): No
queráis tener compañía con los infieles. Porque
¿qué compañía puede tener la maldad con la bondad,
o la luz con las tinieblas? O ¿qué junta puede haber entre Cristo
y Belial, o entre fiel e infiel? O ¿qué convención puede
haber entre el templo de Dios, y los ídolos? Porque vosotros sois templo
de Dios vivo, como dice Dios: Yo moraré en ellos, y andaré entre
ellos, y seré Dios de ellos, y ellos me serán pueblo mío.
Por lo cual salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no
toquéis cosa suya; y yo os recibiré, y os seré Padre, y
vosotros me seréis hijos, dice el Señor todopoderoso. Oyendo las
cuales promesas, os debéis de esforzar a haceros extraña a este
mal pueblo, por el bien que se os promete, y por el mal que evitáis.
No es
cosa segura estar debajo de una casa, la cual sin duda se ha de caer, y tomar
debajo a cuantos en ella estuvieren; y no daríamos pocas gracias a quien
de tal peligro nos avisase para huir de él. Pues sabed muy de cierto, y
de ello os aviso de parte de Dios, que vendrá día en que
espiritualmente se cumpla la visión que vio San Juan acerca de este mal
pueblo, cuando dijo (Apoc. 18, 1): Vi otro ángel que descendió
del cielo, que tenía gran poder, y que tenía la tierra alumbrada
con su resplandor. Y dio una gran voz con su fortaleza; y dijo: Caído,
caído ha Babilonia la grande, y hecha es morada de demonios, y casa de
todo espíritu sucio, y de toda ave sucia y horrible. Y abajo (v. 21)
dijo: Tomó un ángel una piedra grande, como de molino, y
echóla en la mar, diciendo: Con este ímpetu será echada la
grande ciudad de Babilonia en la mar, y no será más hallada. Y
porque no se descuiden los que desean salvarse, pensando que, teniendo
compañía con los malos, no les comprenderán sus azotes,
dice el mismo San Juan (v. 4) que oyó otra voz del cielo que dijo: Salid
de ella, pueblo mío, no seáis participantes en sus delitos, y no
recibáis de sus plagas. Porque llegado han sus pecados hasta el cielo, y
acordádose ha el Señor de las maldades de ella.
Y
aunque sea cosa muy provechosa al que es bueno huir aún corporalmente la
compañía del malo, y para el que es principiante en la bondad le
es casi necesario, si no quiere perderse, mas este salir de en medio de
Babilonia, que aquí Dios manda, entiéndese, como dice San
Agustín, de «salir con el corazón de entre los malos,
amando lo que aborrecen, y aborreciendo lo que aman». Porque mirando lo
corporal, en una misma ciudad y en una misma casa están juntas
Jerusalén y Babilonia, cuanto al cuerpo; mas si miramos los corazones,
muy apartados están; y en uno es conocida Jerusalén, ciudad de
Dios, y en otro Babilonia, ciudad de los malos.
OLVIDAD, pues, VUESTRO PUEBLO, y salid al pueblo de
Cristo,
sabiendo que no podéis comenzar vida nueva, si no salís con dolor
de la vieja. Acordaos de lo que dice San Pablo (Hebr., 13, 12), que para
santificar Jesús a su pueblo por su sangre, padeció muerte fuera
de la puerta de Jerusalén. Y pues así es, salgamos a El fuera de
los reales, imitándole en su deshonra. Esto dice San Pablo,
amonestándonos que por esto Cristo padeció fuera de la ciudad,
para darnos a entender que si le queremos seguir, hemos de salir de esta ciudad
que hemos dicho, que es congregación de los que a sí mismos mal
se aman. Porque bien pudiera Cristo curar al ciego dentro de Bethsaida; mas
quiso sacarlo de ella, y así darle vista (Mc., 8, 23), para darnos a
entender que fuera de la vida común, que siguen los muchos, hemos de ser
curados de Cristo, siguiendo el camino estrecho, por el cual dice la misma
Verdad que andan pocos (Mt., 7, 14).
No os
engañe nadie; no quiere Cristo a los que quieren cumplir con Él y
con el mundo; y por su bendita boca prometió (Mt., 6, 24), que ninguno
puede servir a dos señores. Y pues Él dijo que no era del mundo
Un., 8, 23), ni los suyos eran del mundo (15, 19), ni su reino era de este
mundo (18, 36), no es razón que vos lo seáis; siquiera porque no
paréis en lo que paró el desobediente Absalón (2 Reg.,
18/, 14), que colgado de sus cabellos de una encina, fue alanceado con tres
lanzas por mano de Joab, y allí colgado, perdió la vida.
Así acaecerá al hombre desobediente al Señor celestial, al
cual con su mala vida persigue; cuyos pensamientos y afecciones, como cabellos
le tienen colgado de acueste mundo, pues todo su fin es cómo será
engrandecido en la tierra, y le vaya bien en esto visible. ¿Mas
qué bien le puede ir, pues el árbol de que está colgado es
encina, y da fruto a puercos? Y este mundo no contenta ni da fruto sino a
hombres bestiales. A los cuales, con las tres lanzas ya
d i c
h a s, de soberbia de vida, y codicia de carne, y codicia de ojos, alancea el
demonio, que es llamado príncipe de este mundo (Jn., 12, 31), porque
rige y manda a los malos. El cual así trata a los suyos, que ni aun de
manjares de puercos los harta; mas como otro Adonibecec, les tiene cortados los
cabos de los pies y las manos para hacer cualquier bien, y puestos debajo de la
mesa (Judic., 1, 6), para que coman, no de plato entero, mas de las migajas que
le sobran a él. Hambrientos los tiene de presente, y después los
llevará consigo adonde haya eterna hambre y tormentos; porque él
otra cosa no puede dar. Tal es su tratamiento, que bastaba, si los mundanos en
ello mirasen, para salirse de la compañía del demonio y del
mundo, y allegarse a Dios; como hizo el hijo pródigo (Lc., 15, 16), que
de verse en oficio tan vil, y que de manjar de puercos aun no se hartaba,
cobró seso y consejo para ver qué diferencia iba de estar en la
casa de su padre o en la casa del mundo, y dejó el mal que tenía,
y fuese a su padre pidiéndole misericordia, y hallóla.
Haced,
pues, vos así; y si queréis que el Señor os reciba, dejad
vuestro pueblo. Y si queréis que se acuerde de vos, olvidad vuestro
pueblo. Si queréis que Él os ame, no os améis
desordenadamente a vos. Si queréis que Él cuide por vos, no
estéis vos confiada en vuestro cuidado. Si queréis parecerle bien
a sus ojos, no os miréis vos complaciéndoos en vos. Y si
queréis agradarle, no temáis de desagradar al universo mundo por
Él. Y si deseáis hallarle, no dudéis de dejar padre y madre,
y hermanos y casa, y aun vuestra propia vida por Él. No porque conviene
aborrecer estas cosas, mas porque conviene mirar tan de verdad y con todo
vuestro amor a Cristo, que no torzáis un solo cabello el agradar a
Él por agradar a criatura alguna, por amada que sea, ni aun por vos
misma. San Pablo predica (1 Cor., 7. 29), que los que tienen mujeres las tengan
como si no las tuviesen, los que
compran
como si no poseyesen, y los que venden como si no vendiesen, y los que lloran
como si no llorasen, y los que gozan como si no gozasen, y la causa es lo que a
ñade, d iciendo: Porque se pasa presto la figura de este mundo. Pues
así os digo, doncella, que lo uno, porque presto se pasa; lo otro,
porque ya no sois vuestra, así tened padres y hermanos, parientes, casa
y pueblo, como si no lo tuvieseis; no para no reverenciarlos y amarlos y
obedecerlos, pues la gracia no destruye la orden de naturaleza, y aun en el
mismo cielo ha de haber reverencia de hijo a padre, mas para que no os ocupen
el corazón y estorben el amor de Dios. Amadlos en Cristo, no en ellos;
que no os los dio Cristo para que os sean estorbo a lo que tanto debéis
siempre hacer, que es servirle. San Jerónimo cuenta de una doncella, que
estaba tan mortificada a la afección del parentesco, que a su propia
hermana, aunque era doncella, no curaba de verla, contentándose con
amarla por Dios. Creedme, que así como en un pergamino no pueden
escribir, si no está muy bien raído y quitado de la carne,
así no está el ánima aparejada para que el Señor
escriba sus particulares mercedes en ella, hasta que estén en ella muy
muertas las afecciones que nacen de la carne.
Leemos
que en los tiempos pasados pusieron el Arca de Dios en un carro para que la
llevasen dos vacas paridas, y los becerros quedaban en cierta parte encerrados;
y aunque las vacas daban gemídos por sus hijos, mas nunca dejaron su
camino real, ni tornaron atrás, ni se apartaron, dice
casas,
y otras cosas semejantes; ni deben gozarse livianamente con las prosperidades
de ellos, ni penarse por sus adversidades; porque lo primero es apartarse del camino
a la mano derecha, y lo segundo a la izquierda; mas seguir con fervor su
camino, encomendando al Señor que guíe a su gloria lo uno y lo
otro; y estar tan muertos a estas cosas, como si no les tocasen; o a lo menos
no dejarse vencer de la tristeza o del gozo, por lo que a ellos toca, aunque
algo lo sientan. Lo cual fue figurado en las vacas, que aunque daban bramidos
por sus hijos, no por eso dejaban de llevar el Arca de Dios.
Y si
los padres ven a sus hijos que quieren servir a Dios de alguna manera buena,
que a ellos no es apacible, deben mirar lo que Dios quiere; y aunque giman con
amor de los hijos, vénzanse con el amor de Dios, y ofrezcan sus hijos a
Dios, y serán semejantes a Abraham (Gen., 22, 10), que quería
matar a su unigénito por la obediencia de Dios, no curando de lo que su
sensualidad deseaba. Y el dolor natural, que en estos trances se pasa,
débese sufrir con paciencia; el cual aun no irá sin
galardón, pues que el Señor ordenó el dicho amor, y por
amor de Él se vencen, como quien padece martirio.
Olvidad
vuestro pueblo, doncella, y sed como otro Melchisedech (Hebr., 7, 3), del cual
no se cuenta que tuviese padre ni madre, ni linaje alguno. En lo cual como San
Bernardo dice, se da ejemplo a los siervos de Dios, que han de tener tan olvidado
su pueblo y parientes, que sean en su corazón como este Melchisedech en
este mundo, sin tener cosa en su corazón que les cautive y retarde su
apresurado caminar que caminan a Dios.
CAPITULO 99
De la vanidad de la nobleza del linaje; y que no se
deben
gloriar de él los que quieren ser del linaje de Cristo.
No
querría que os cegase a vos la vanidad que a muchos ciega, presumiendo
de su linaje carnal. Y por tanto, quiéroos decir lo que a una doncella
San Jerónimo dice: «No quiero que mires a aquellas doncellas, que
son doncellas del mundo y no de Cristo; las cuales, no acordándose de su
propósito comenzado, se gozan en sus deleites, y se deleitan en sus
vanidades, y gloríanse en el cuerpo y en el origen de su linaje. Las
cuales, si se tuviesen por hijas de Dios, nunca, después del nacimiento
divino, tendrían en algo la nobleza del cuerpo; y si sintiesen a Dios
ser su Padre, no amarían la nobleza de la carne. ¿Para qué
te glorías con [la] nobleza de tu linaje? Un hombre y una mujer hizo
Dios en el principio del mundo, de los cuales descendió la muchedumbre
del género humano. La nobleza del linaje no la da la igualdad de
naturaleza, mas la ambición de la codicia. Y ninguna diferencia puede
haber entre aquellos a los cuales el segundo nacimiento engendró; por el
cual, así el rico como el pobre, el libre y el esclavo, son de linaje, y
sin él no son hechos hijos de Dios. El linaje de carne terrena es
obscurecido con el resplandor de la celestial honra, y en ninguna manera ya
parece; pues que los que eran antes desiguales por honras del mundo, son
igualmente vestidos con nobleza de honra celestial y divina. Ningún
lugar hay allí de linaje vano, y ninguno de aquéllos es sin
linaje, a los cuales la alteza del nacimiento divino los hermosea. Y si lo hay,
es en el pensamiento de aquellos que no tienen en más las cosas
celestiales que las humanas; y si las tienen, cuan vanamente lo hacen en
tenerse en más que aquéllos por cosas menores, los cuales conocen
serles iguales en las cosas mayores; y estiman a los otros como a hombres
puestos en tierra debajo de si, los cuales creen que son sus iguales en las
cosas del cielo. Mas tú, quienquiera
que
eres, doncella de Cristo y no del siglo, huye toda la gloria de la vida
presente, para que alcances todo lo que se promete en el siglo que está
por venir.» Todo esto dice San Jerónimo.
De lo
cual podréis ver cuánto os conviene olvidar vuestro pueblo y casa
de padre, sabiendo que lo que de los padres de carne tenéis es ser
concebida en pecado, y llena de muchas miserias, y nacida en ira de Dios por el
primer pecado de Adán, que mediante nuestra concepción heredamos.
Un cuerpo nos dieron tan vergonzosamente engendrado, que es asco pensarlo y
vergüenza decirlo; en el cual infundiéndose el ánima cuando
es criada, queda manchada con el pecado original, habiéndola Dios criado
sin él. Un cuerpo lleno de mil necesidades, y sujeto a enfermedades y
muerte, y propio para hacer penitencia en sufrirlo; y es tal, que si un solo
corezuelo (diminutivo de cuero) le quitasen de encima, los muy hermosos
serían abominables. Un cuerpo, que mirándolo por defuera blanco,
y considerando las cosas que encierra dentro de sí, diréis que es
un vil muladar cubierto de nieve. Un cuerpo que pluguiera a Dios que no hubiera
más en él que ser trabajoso y vergonzoso. Mas esto es lo menos;
porque es el mayor enemigo que tenemos, y el mayor traidor que nunca se vio,
que anda buscando la muerte, y muerte eterna, a quien le da de comer y todo lo
que ha menester. Un cuerpo, que por haber él un poco de placer, no tiene
en nada dar enojos a Dios, y echar el ánima en el infierno. Un cuerpo
perezoso como asno, y malicioso más que mula; y si no, probad a dejarla
sin freno, que ande él como quisiere, y descuidaos un poco de guardaros
de él, y entonces veréis lo que tiene.
¡
Oh vanidad para burlar de los que de linaje presumen! Pues que todas las
ánimas Dios las cría, que no se heredan; y la carne que se
hereda, es cosa para
haber
vergüenza y temor. Oigan los tales lo que Dios dijo a Isaías (40,
6): Da voces. ¿Y qué diré a voces?, dijo Isaías.
Respondió el Señor: Que toda carne es heno, y toda su gloria como
la florecilla del campo. Voces manda dar Dios, y aun no las oyen los sordos;
los cuales más se quieren gloriar de la suciedad que de la carne
trajeron, que en la alteza que por el Espíritu Santo les es concedida.
No
seáis ciega, esposa de Cristo, ni desagradecida. La estima en que Dios
os tiene, no es por vuestro linaje, mas por ser cristiana; no por nacer en la
sala entoldada, mas por tornar a nacer en el santo Bautismo. El primer
nacimiento es de deshonra; el segundo es de honra. El primero de vileza; el
segundo de nobleza. El primero de pecado; el segundo de justificación de
pecados. El primero de carne que mata; el segundo de espíritu que aviva.
Por el primero somos hijos de hombres; por el segundo hijos de Dios. Por el
primero, aunque somos herederos de nuestros padres cuanto a su hacienda, somos
herederos cuanto a ser pecadores, y llenos de muchos trabajos; mas por el segundo
somos hechos hermanos de Cristo, y juntamente herederos del cielo con É
l; de
presente recibimos el Espíritu Santo, y esperamos ver a Dios faz a faz.
¿Pues qué os parece que dirá Dios al que se precia
más [por] ser nacido de hombres para ser pecador y miserable, que por
ser renacido de Dios para ser justo, y después bienaventurado? Estos son
semejantes a uno que fuese engendrado de un rey en una muy fea esclava, y se
preciase él de ser hijo de ella, y la trajese mucho en la boca, y no mirase
ser hijo del rey.
Olvidad,
pues, vuestro pueblo, para que seáis del pueblo de Dios. El pueblo malo,
ése es el vuestro; y por eso dice: Olvida tu pueblo; porque de vos no
sois sino pecadora, y muy vil. Mas si os sacudís de eso que es vuestro,
recibiros ha el Señor en lo que es suyo, en su
nobleza,
en su justificación, en su amor. Mas mientras os tuviéredes a
vos, no recibiréis a Él. Desnuda os quiere Cristo, porque
Él os quiere dotar, que tiene con qué; porque de vos,
¿qué tenéis, sino deudas? Olvidad vuestro pueblo, que es
ser pecadora, extrañándoos a los pecados pasados, y no viviendo
más según mundo. Olvidad vuestro pueblo, no preciando vuestro
linaje. Olvidad vuestro pueblo con echar de vuestro corazón el bullicio,
y haciendo cuenta que estáis en un desierto sola con Dios. Olvidad,
pues, vuestro pueblo, pues tantas razones y tan suficientes hay para lo hacer.
CAPITULO 100
En que comienza a declarar la otra palabra, «Y
OLVIDA
la
propia voluntad por imitar a Cristo, y por evitar los males que de la seguir
vienen.
Sigúese otra palabra, que dice: Y OLVIDA
TU
PADRE.
Este
padre el demonio es: porque, según dice San Juan (1 Jn., 3, 8): El que
hace el pecado, del diablo procede, porque el diablo pecó desde el
principio. No porque él crió o engendró los malos, mas
porque imitan sus obras; y de aquél se dice ser uno hijo, según
el Santo Evangelio (Jn., 8, 39-41), cuyas obras imita. Este padre malaventurado
vive en el mundo, que quiere decir en los malos, según se escribe de
él en Job (40, 16): En la sombra duerme, y en lo secreto de la
caña, y en los lugares húmedos. Sombra son las riquezas; porque
no dando el descanso que prometen, mas punzando el corazón con sus
congojas como con espinas, experimenta el que las tiene que no son riquezas,
mas sombra de ellas, y verdadera necesidad, y que ninguna cosa son menos de lo
que suena su nombre. Caña es la gloria de este mundo, que cuanto de
fuera mayor parece, tanto de
dentro
está más vacía; y aun lo que de fuera parece, es tan
mudable que con razón se llama caña, que a todo viento se mueve.
Lugares húmedos son las almas relajadas con los carnales deleites, que
corren tras ellos sin rienda; contrarias a aquellas, de las cuales dice el
Santo Evangelio (Mt., 12, 43), que saliendo el espíritu sucio del nombre
donde estaba, va a buscar donde estar, y anda por los lugares secos buscando
holganza, y no la halla. Porque en las ánimas ajenas de estos carnales
deseos no halla el demonio posada, mas en las codicias, honras y deleites, es
su aposento. Por lo cual se dice el príncipe de este mundo (Jn., 12, 31)
y regidor y señor de él; no porque lo haya criado, mas porque los
malos, que son de Dios por creación, quieren ser de él por
imitación, conformándose con su voluntad, para que con justicia
sean también conformes con él en la infernal pena, como les
será crudamente dicho el día postrero, por boca de Cristo (Mt., 25,
41): Id, malditos, al Juego eterno, que está aparejado al diablo y a sus
ángeles.
Y si
bien consideramos cuál sea esta casa del demonio, hallaremos que es la
propia y mala voluntad de los malos, en la cual se asienta el demonio como rey
en silla, mandando desde allí a todo hombre. Olvidar, pues, la casa de
vuestro padre no es otra cosa sino olvidar y quitar la voluntad propia, en la
cual algún tiempo aposentamos a este mal padre, y abrazar con entero
corazón la divina, diciendo (Lc., 22, 42): No mi voluntad, Señor,
sino la tuya sea hecha. El cual amonestamiento es de los más provechosos
que se nos pueden hacer; porque quitada nuestra voluntad, quitaremos los
pecados que nacen de ella, como ramos de raíz. Lo cual denota San Pablo,
que contando muchedumbre de pecados que en los días postreros
había de haber, primero dice (2 Tim., 3, 2), que serán los
hombres amadores de si mismos; dando a entender, como dice la glosa, que el
desordenado amor de sí, es raíz y cabeza de todos los pecados; el
cual
quitado,
queda el hombre en sujeción de Dios, de la cual le viene su bien.
Item,
la causa de nuestros desabrimientos, tristezas y trabajos, no es otra cosa sino
nuestra voluntad, la cual querríamos que se cumpliese, y porque no se
cumple tomamos pena. Mas esto quitado, ¿qué cosa puede venir que
nos pene, pues no nace la tristeza de venir el trabajo, mas de no querer que
nos venga? Y no sólo se quitan las penas de acá, mas del otro
mundo. Porque, como San Bernardo dice: «Cese la voluntad propia, y no
habrá infierno.»
Mas,
así como es la cosa más provechosa de todas negar nuestra
voluntad, así es la cosa más trabajosa que hay. Y aun por mucho
que trabajemos, no saldremos con ello, si aquel Señor que mandó
quitar la piedra de la sepultura de Lázaro muerto, no quita esta dureza
que tiene muertos a los que debajo toma; y si no mata a este fuerte Goliat, al
cual no hay quien le pueda vencer, sino el que es invencible. Mas aunque
nosotros no podamos librar nuestro cuello de estas cadenas, no por eso debemos
dejar de esforzarnos, según las fuerzas que el Señor nos diere,
llamándole con corazón, y considerando los males que de seguirla
nos vienen, y los bienes que de no seguirla. Item, los altos ejemplos de
Cristo, el cual dice de Sí (Jn., 6, 38): Descendí del cielo, no
para hacer mi voluntad, mas la de Aquel que me envió; y esto no en cosas
de poca importancia, como algunos hacen, mas en las cosas de afrenta, y que
llegan, como dicen, al ánima: tal era el padecer Cristo pasión
por nosotros. Mas en ella se conformó con la voluntad de su Padre,
echando de Sí la voluntad de su carne, que era no padecer; para darnos
ejemplo, que ninguna cosa nos debe ser tan amada, que si Dios lo manda, no la
desechemos; ni tan penosa, que por Él no la abracemos.
CAPITULO 101
De un
ejercicio para negar la propia voluntad; y de la obediencia que se debe tener a
los mayores; la cual es camino para alcanzar la abnegación de la propia
voluntad; y cómo se habrá el superior con los súbditos.
Y
porque no se puede subir a lo alto, si primero no comienzan de lo bajo, os
aviso que para subir a esta alteza de negar vuestra voluntad en cosas mayores,
os acostumbréis a negarla en cosas menores; y no para quedaros en ellas,
mas para pasar por ellas a lo que es mayor. Ninguna cosa hagáis,
penséis ni habléis, que vaya guiada por cumplir con vuestra gana
o voluntad; mas en sintiéndoos aficionada a algo de esto, entended que
no estáis para lo hacer. Porque las cosas no os han de llevar a vos
cautiva hacia sí mismas, mas vos con libertad cristiana traedlas a ellas
a vos. Antes que comáis habéis de mortificar el apetito de la
gula, y ordenar la comida a obediencia de Dios, que manda que comáis
para sustentar vuestra vida. Y antes que entendáis en la hacienda
habéis de mortificar la codicia, y después entender en la obra
porque Dios lo manda, para vuestras necesidades y de vuestros prójimos.
Y por estos ejemplos entenderéis que en todas las cosas habéis de
quitar la propiedad de vuestra voluntad, y hacerlas porque Dios lo manda, o
vuestros mayores.
Y
acordaos que ésta es la manera como los viejos del yermo criaban a sus
discípulos, quitándoles lo que querían, y
haciéndoles obrar lo que no querían, para que en todo y del todo
tuviesen negada su voluntad. Y del que en estas cosas bien aprobaba,
tenían buena esperanza que llegaría a la perfección; y del
otro sentían mal, porque les parecía que quien en cosas pocas
faltaba,
más
faltaría en las mayores; y que una voluntad acostumbrada a hacer lo que
quiere en cosas de poca importancia, se hallará muy rebelde para negarse
en las mayores. Por tanto, haceos baja y sujeta a toda criatura—como dice
San Pedro (1 Petr., 2, 13)—y que pueda quienquiera pasar por vos, y
hollar y contradecir a vuestra voluntad, como a un poco de lodo. Y a quien
más os ayudare a esto, más le amad y agradeced, porque os ayuda a
vencer vuestros enemigos, que son vuestro parecer y vuestra voluntad.
Haced,
pues, cuenta que vuestra madre en vuestra abadesa (Doña Sancha Carrillo,
a quien va dirigido este libro, vivía vida retirada en la casa paterna),
a la cual obedeced con profunda humildad, sin cansaros. Y no seáis como
algunas que en tomando tocas honestas, se desmandan, y echan de sí la
obediencia de sus padres y mayores, no obedeciéndoles, estando en casa.
Y algunas salen de casa sin licencia, y todo con título de servir a
Dios; como en la verdad no haya cosa más contraria de ello, como lo que
éstas hacen. Cristo, obediente fue a su Padre en vida y en muerte; y
también obedeció a su Santísima Madre, y al Santo José,
como cuenta San Lucas (2, 51). Y no piense nadie de poder agradar sin
obediencia al que tan amigo fue de ella, que por no la perder, perdió la
vida en la cruz. Y no os espantéis de que tanto os encomiende la
obediencia; porque como el mayor peligro que tiene vuestro estado es no estar
encerrada, si nos os proveéis con huir mucho de vuestra voluntad y ser
sujeta a la ajena, será añadir peligro a peligro, e iros ha mal;
porque vuestra seguridad está en no querer libertad.
Y por
esto no os contentéis con obedecer a vuestros padres, mas también
lo haced a los mayores que en vuestra casa estuvieren. Y si del todo
queréis ser obediente, también obedeced a los menores, si la
orden
de
casa no se perturba por esto. Mas si es menester que vos los mandéis en
lo de fuera, teneos por sujeta a ellos en lo de dentro. Y para hacer esto con
mayor esfuerzo, acordaos de cuando el soberano Maestro y Señor (Jn., 13,
14) se hincó de rodillas, como si fuera sujeto o menor, a lavar los pies
de aquellos que bien le querían, y de aquel que empleó los pies
lavados en ir a entregar a la muerte al que con tanta humildad y amor se los
había lavado. Acordaos muchas veces de acueste paso, y traed en vuestra
ánima aquella palabra que entonces dijo: Si yo, siendo Señor y
Maestro, os lavé los pies, ¿cuánto más debéis
vosotros lavarlos unos a oíros ?
Y
así amad a los menores que estuvieren en vuestra casa, como si
fuérades padre o madre de ellos. Y trabajad por ellos en lo que os
hubieren menester corno si fuérades su esclava, llevando con paciencia
la pesadumbre de sus condiciones, y demasía de sus palabras, y aun las
injurias de obra. No seáis humilde para los de fuera de casa, y soberbia
para los que están en ella. Ejercitad la virtud con los que
tenéis más cerca y más a la mano, y ensayaos en vuestra
casa para saber conversar fuera de ella.
Y
acordaos de aquella santa mujer enseñada por Dios, Santa Catalina de
Sena, cuya vida deseo que leáis, no para desear sus revelaciones, sino
para imitar sus virtudes. Que, aunque sus padres la estorbaban el camino que
ella tomaba para servir a Dios, no se turbó ni los dejó. Fuera de
la celda la echaron, donde ella tenía sus santos ejercicios; y en lugar
de ella, la pusieron que sirviese en la cocina; mas porque se humilló y
obedeció, halló a Dios en la cocina tan bien o mejor que en la
celda. No os ahoguéis vos, si al tiempo que queréis rezar os
mandaren vuestros padres o Prelados hacer otra cosa; mas ofreciendo vuestro
deseo al Señor, haced lo que por vuestros mayores os fuere mandado, con
mucha
humildad
y sosiego, teniendo confianza que obedeciendo a vuestros mayores,
obedecéis a Dios; pues que está mandado por Él en su
cuarto Mandamiento.
Y no
por esto se excusa que podéis vos pedir con humildad a vuestros padres
que os den algún lugar apartado y algún tiempo desocupado para
vuestros espirituales ejercicios; y habiendo primero pedido al Señor,
confiad en su bondad, que ahora os lo concedan, ahora no, todo será para
vuestro provecho, si vos osáis tomarlo como de la mano de Dios, con obediencia
y sosiego. Y vuestros padres darán cuenta al Señor—y no
cualquier cuenta—de lo que os mandan a vos. Lo cual vos no miréis,
mas conviene que lo miren ellos; pues como San Ambrosio dice, «es merced
de nuestro Señor, y muy provechosa, tener hijo o hija que quiera servir
a Dios en virginidad, con desprecio del mundo y particular llamamiento de vida
espiritual.»
CAPITULO 102
Que
no todo lo que deseamos o pedimos se ha de llamar propia voluntad. Y
cómo conoceremos lo que el Señor quiere de nosotros.
Si
bien habéis mirado lo que se os ha dicho en estas palabras pasadas,
veréis que dos cosas se os han encomendado: Una, que no tengáis
voluntad propia; y otra, que sigáis la de Dios.
Y
para declaración de estas dos partes, conviene deciros que el desear y
pedir a Dios particularmente que os libre de algún mal espiritual, en
que más peligro corréis, u os dé alguna virtud que
particularmente habéis menester, no es vicio de voluntad propia, sino
medio, y muy bueno, para hacer la voluntad de Dios, que nos manda apartar del
mal y hacer el bien. Porque si bien
miráis,
el pedir la cosa en particular, por la particular necesidad que en ella hay,
ayuda a pedirse con mayor eficacia y más profundo gemido; las cuales son
partes para que Dios fácilmente conceda lo que se le pide; lo cual por
ventura no concediera, pidiéndose en general, por la tibieza con que se
suele pedir. Y esta doctrina es conforme a
Y
aunque se puede lo mismo hacer pidiendo cosas temporales, como leemos del ciego
que pidió vista al Señor (Mr., 10, 51) y otros muchos; mas como
lo temporal sea cosa menos preciosa, y cuyo amor suele ser peligroso, y cuyo
desprecio suele ser alabado, no hay tanta licencia para soltar el
corazón a lo desear y pedir, como lo espiritual; aunque no deja de ser
bien, hecho, si se pide sin congojas demasiadas, y con condición si
agrada al Señor.
Cerca
del cumplimiento de la voluntad del Señor, en que está nuestro
bien, me podréis preguntar: ¿En qué la conoceréis? A
lo cual os digo, que donde hay mandamiento y palabra de Dios o de su Iglesia,
no tenéis más que inquirir, sino tened por averiguado que aquello
es voluntad del Señor. Y cuando esto no hay, habéis de tener por
lo mismo lo que manda vuestro superior, si claramente no consta que manda
contra
Y
cuando todo esto faltare, tomaréis por voluntad del Señor el
consejo que os diere persona de quien se debe tomar.
Y no
penséis por esto que estáis sin necesidad de pedir la lumbre del
Espíritu Santo para acertar a agradar al Señor. Porque nuestras
necesidades son tantas y tan en particular, que sin este Maestro, otro no
basta.
CAPITULO 103
En
que se comienza a declarar la palabra que dice:
«Y
CODICIARA EL REY TU HERMOSURA.» Y de cuan grande cosa
es
poner Dios su amor en el hombre. Y que no es esta hermosura la corporal; y de
cuánto ésta sea peligrosa.
Cosa
es de maravillar que haya hermosura en la criatura que pueda atraer a los
benditos ojos de Dios para ser de Él codiciada. Dichosa cosa es
enamorarse el ánima de la hermosura de Dios; mas ni es de maravillar que
la fea ame al todo hermoso, ni es de tener en mucho que la criatura ame a su
Criador, pues se lo debe, y recibe de ello eterna paga. Mas enamorarse y
aplacerse Dios en su criatura, esto es de maravillar y agradecer, y cosa de que
tener inefable causa de gloriarse y gozarse. Si es grande honra ser uno preso
por Jesucristo, y por título muy honrado se llama San Pablo (Ephes., 3,
1), preso de Jesucristo, teniendo en el cuerpo cadenas de hierro y en el
ánima cadenas de amor, ¿qué será tener el hombre a
Dios preso con el amor? (Si es gran riqueza no tener corazón, por
dárselo a Dios, ¿qué será tener por nuestro el
corazón de Dios, el cual da Él a quien da su amor, y tras el
corazón da a todo Sí? Porque de quien es nuestro corazón,
de aquél somos sin duda. Grandes y muchos son los bienes que la infinita
y divina Bondad da a los hombres; mas no como haciendo mucho caso de
todos
ellos, en comparación de éste. Dice Job (7, 17): Señor,
¿qué cosa es el hombre, porque lo engrandeces, y pones en
él tu corazón? Dando a entender, que pues por dar Dios el
corazón, se da Él, tanta diferencia va de dar su corazón
por amor, a dar otras dádivas, cuanto va de Dios a criaturas. Y si por
las otras dádivas debemos gracias, la principal causa es porque nos las
da con amor ; y si en ellas nos debemos gozar, mucho más por hallar
gracia y amor en los altísimos ojos de Dios. Esta es la verdadera honra
nuestra, de la cual nos podemos gloriar; no de que amamos nosotros a Él,
porque maldito es quien algún caso hace de sí,
ensalzándose de las obras que hace, más de que un tan alto Rey, a
quien adoran todos los Ángeles, quiera por su bondad amar a cosas tan
bajas como somos nosotros.
Mirad,
pues, doncella, si es razón de oír, y ver, e inclinar a Dios
vuestra oreja, pues que el galardón de ello es que codicie Dios vuestra
hermosura. Verdaderamente, aunque las palabras que manda fueran muy
dificultosas, se tornaran ligeras de cumplir, con tales promesas; cuanto
más siendo cosa tan poca, con el favor de su gracia, la que nos pide.
Mas
diréis: ¿De dónde viene al ánima tener hermosura,
pues que de sí es pecadora, y de los pecadores se escribe (Thren., 4, 8)
que es denegrida su cara mas que carbones? Si este Señor buscase
hermosura de cuerpo no es de maravillar que la hallase; porque así como
Él es hermoso, crió todas las cosas hermosas, para que así
fuesen algún pequeñuelo rastro de su hermosura inefable,
comparada a la cual, toda hermosura es fealdad. Mas sabemos que dice Santo Rey
y Profeta David, hablando de
en
quien tenga muy fea su ánima. ¿Pues qué aprovecha ser fea
en lo más, y hermosa en lo menos? ¿Qué aprovecha la
hermosura en que los hombres pueden mirar, y fealdad en lo de dentro donde Dios
mira? ¡De fuera ángel, y de dentro demonio!
Y no
sólo esta hermosura no aprovecha para ser amada de Dios, mas aun por la
mayor parte es ocasión para ser desamada. Porque así como la
espiritual hermosura da seso y sabiduría, así la hermosura del
cuerpo la suele quitar. No tiene pequeña guerra la castidad, la humildad
y el recogimiento de una parte contra la hermosura del cuerpo de otra; y a
muchas mujeres les fuera mejor extrema fealdad en el rostro, para no tener con
quién pelear, que gran hermosura y gran liviandad, con que fueron
vencidas. No por pequeño mal dice Dios a tal ánima (Ezech., 28,
17): Perdiste la sabiduría en tu hermosura; y en otra parte (16, 25)
dice: Hiciste abominable tu hermosura. Y dice esto, porque cuando con la
hermosura del cuerpo se junta fealdad en las costumbres, es abominable la tal
hermosura, y tornada en fealdad verdadera.
Bien
veo yo, que si los ánimos de los que miran las cosas hermosas, y de las
que son hermosas fuesen puros en buscar a Dios sólo en las criaturas,
cuanto ellas fuesen más hermosas, tanto más claro espejo les
serían de la hermosura de Dios. Mas ¿adonde está ahora
quien no tenga por [qué] temer lo que
tanto
más guardarse limpia en el ánima, cuanto más hermosura ve
en su cuerpo? Naturalmente huímos más de ensuciarnos cuando
estamos limpios, que cuando no; y hacen al contrario de esto muchas personas,
que siendo feas no pecarían tanto, y de la misma limpieza toman
ocasión de ensuciarse. Y de éstas dice
Pues
si la hermosura no ayuda, antes desayuda a guardar la limpieza de la propia
ánima, ¿qué pensáis que hace en las ánimas
de quien la mira? ¡ Oh, cuan buena cosa sería no tener ellos ojos
para mirar, ni ellas pies para andar, ni manos para se hermosear, ni gana para
ver ni ser vistas; pues de lo uno y de lo otro suele muchas veces salir el
determinado deseo de mala codicia, y darse tantas puñaladas mortales en
sus ánimas, cuantos malos deseos determinados tuvieron! ¿Y
quién los contará? ¿Qué dirán a esto los
hombres perdidos, y estas miserables mujeres, hermosas al parecer, y feas
según la verdad, cuando les falte la hermosura del cuerpo, por la cual
tanto trabajaron, y se tornen tan hediondos sus cuerpos en las sepulturas, cuan
hediondas andaban sus ánimas debajo los cuerpos hermosos, y sean
así presentadas, desnudas de bienes, delante de los ojos de Aquel al
cual no curaron parecer bien; y sean avergonzadas de sus secretas maldades,
probando por experiencia que vino el día en que Dios había
amenazado, [y] echó a perder los nombres de los ídolos de la
tierra? (Zach., 13, 2). Ídolo es la mujer vana y hermosa, que quiere
contrahacer a Dios verdadero; pintándose como Dios no la pintó, y
queriendo que los
corazones
de los hombres malamente se ocupen en ella; y haciendo para ello todo lo que
puede, y deseando lo que no puede. Los nombres muy mentados de éstas
destruirlos ha Dios, para que sepan que no aprovecha ser mentadas en las bocas
de los hombres, si están raídas del libro de Dios.
De
esta hermosura os amonesto, doncella de Cristo, que ni aun os acordéis
de ella. Porque si las mujeres vanas se pasan como quiera donde no las ve hombre,
y guardan su hermosura para cuando las mire alguna muchedumbre de pueblo, o
algún alto Príncipe, ¿cuánto más la doncella
de Cristo debe hacer otro tanto, esperando aquel día cuando ha de ser
vista de todos los ángeles, y del Señor de hombres y de
ángeles, cuando parecerá mejor la faz llorosa que la
risueña, y el vestido bajo que el precioso, y la virtud que la
hermosura?
Mas
no penséis que basta tener vuestro corazón limpio de esta
vanidad, mas conviéneos mucho mirar y remirar, no seáis causa que
quien os mirare se le aparte el corazón de Dios ni un solo punto. Las
vanas doncellas del mundo desean parecer bien a los hombres; mas la de Cristo
ninguna cosa debe tanto huir ni temer como bien parecer; porque no puede ser
peor locura que desear lo que es peligro suyo y ajeno. Acordaos de lo que San
Jerónimo dice a una doncella: «Guárdate que no des alguna
ocasión de deseo malo, porque tu Esposo es celoso; y peor es ser
adúltera contra Cristo que contra el marido.» Y en otra parte
dice: «Acuérdate que te he dicho que eres hecha sacrificio de
Dios; y el sacrificio da santificación a las otras cosas; y cualquiera
que de él dignamente participare será participante en la
santificación. Pues de esta manera haz que por tu causa, como por
sacrificio divino, se santifiquen las otras; con las cuales así vivas,
que quienquiera que tocare tu vida, con el mirarte, o con el oírte,
sienta en sí la fuerza de la
santificación,
y deseándote mirar, sea hecho digno de sacrificio.» Todo esto dice
San Jerónimo,
CAPITULO 104
Que
la dignidad de ser esposa de Jesucristo pide grande cuidado en todas las cosas;
y del ejemplo que deben mirar en lo exterior y lo interior del ánima las
que de ella quieren gozar.
De lo
cual veréis, que esta honra tan grande, que es ser esposa de Cristo, no
anda sola, ni se ha de poseer con descuido; mas así como es el
más alto título que decirse puede, así pide mayor cuidado
que otro para tenerlo como conviene. No penséis que, por no tener marido
que sea hombre terreno, ya por eso habéis de vivir con descuido; mas
sabed que estáis obligada a mirar más y más, cuanto
vuestro Esposo es mayor, y cuanto más cosas son las que Él os
demanda. Con el marido de acá cumple la mujer con no tener tachas muy
grandes; mas con el celestial Esposo no, si no le amáis con todo vuestro
corazón y fuerzas. Y una palabra, y un rato ocioso, no pasará sin
castigo. Y esto no os parezca pesado, porque aun acá en el mundo
así pasa, que cuando una mujer alcanza marido más alto está
obligada a ser ella mejor. Pues si podéis, considerad quién es
Aquel a quien por Esposo tomasteis, o por mejor decir, quién por esposa
os tomó; y veréis, que aunque lo que mandase fuese
pequeño, por mandarlo Él, no hay mandamiento pequeño ni
pecado pequeño, como San Jerónimo dice.
Y
porque tal dignidad como ésta no la tengáis indignamente, y la
honra no se os torne en deshonra, quiero poneros delante un dechado en que os
miréis y de quien algo saquéis, que fue una doncella llamada
Ásela, de la cual dice San Jerónimo: «Ninguna cosa
había más alegre que su gravedad, ni más grave que su
alegría;
vuestra.
Plega a Él que sepáis vos darle vuestro corazón,
ninguna
cosa más suave que su tristeza, ni más triste que su suavidad.
Así tenía amarillez en la cara, que aunque fuese señal de
abstinencia, no mostraba hipocresía. Su palabra callaba, y su callar
hablaba. Ni muy tardo ni muy apresurado su andar. Su hábito a la
continua de una misma manera. Su limpieza era sin ser procurada, y su vestido
sin curiosidad, y su atavío sin atavío. Y por sola la bondad de
su vida mereció que en la ciudad de Roma, donde tantas pompas hay, en la
cual ser humilde es tenido por miseria, los buenos digan bien de ella, y los
malos no osen murmurar de ella.» Este es el dechado que debéis
mirar para lo de fuera; que para lo de dentro no hay sino Jesucristo puesto en
la cruz, al cual tanto más os debéis conformar, cuanto
tenéis nombre de mayor unión con Él, que es casamiento.
CAPITULO 105
Que
no debe desmayar a las doncellas la grandeza del estado, porque el Esposo, que
es el Señor, da lo necesario; y del consejo con que se debe tomar; y del
alegría con que se debe guardar; y de los grandes bienes que en
él hay.
Mas
mirad no desmayéis, por la mucha santidad que vuestro titulo pide,
temiendo más al estado, que gozándoos con él. Cuando
oyéredes que os amonesta cosas tan altas, no debéis derribaros,
mas esforzaros. Porque así como las cargas y mantenimiento del
matrimonio no cargan principalmente sobre los hombros de la mujer, más
cumple ella con guardar bien lo que el marido trae ganado, y trabajar con su
flaqueza lo que pudiere, así no penséis que os tomó el
Señor por esposa para dejar sobre vuestros hombros los trabajos de
mantener vuestra ánima, pues que ni vos seréis para ello,
ni
quiere Él que la honra de ser vos la que debéis, Sea
y
responderle a sus inspiraciones que Él os enviará; y que no
ensuciéis, con tibieza o con soberbia o con negligencia o con
indiscretos fervores, el agua limpia que en vuestra ánima
lloverá; que en lo demás vuestra ánima ha de reposar, no
en confianza de vos, mas de vuestro Esposo, que sabe y quiere y puede muy bien
manteneros, sí vos de vuestra voluntad de su casa no os vais. Y aun en
las cosas que arriba os he dicho que habéis de hacer, no las
esperéis de vos sola; mas pedid al mismo Señor que os ayude, que
en todo lo sentiréis piadoso Padre y Esposo.
El
estado de virginidad que tenéis, no se debe tomar livianamente, por
cualquiera devoción que venga, ni por no poder hallar casamiento con
hombre; mas como cosa en que mucho va, ha de haber mucho consejo y experiencia,
y aparejo para servir a Cristo, y haberlo encomendado a Dios días y
años muy de corazón, porque no se guarde negligentemente lo que
livianamente se toma. Mas cuando es tomado, como, y por el fin que es
razón, debe tener mucha alegría la persona que lo tuviere, porque
es estado de incorrupción y estado de fecundidad. Porque así como
la bendita Virgen María, que por su excelente y limpísima
virginidad, se llama Virgen de vírgenes, y es amparadora de
vírgenes, dio fruto y no perdió la flor de su limpieza,
así las vírgenes que son de verdad vírgenes, tienen fruto
en su ánima y entereza en su cuerpo. Porque este celestial Esposo,
Cristo, no es como los de la tierra, que quitan la hermosura e integridad a sus
esposas; mas es tan guardador de hermosura, y tan amador de limpieza, que, como
dice Santa Inés: «A Él sólo guardo mi fe, a
Él sólo me encomiendo con toda devoción; al cual cuando
amare soy casta, cuando lo tocare soy limpia, cuando le recibiere soy virgen.
Ni faltarán hijos de acuestas bodas, en las cuales hay parto sin dolor,
y la fecundidad de cada día es acrecentada.» Esto dice Santa
Inés, como quien
probaba
la suavidad de este celestial Desposado. Porque confusión, y no
pequeña, es para la doncella que se llama esposa de Cristo, no gustar
más de las condiciones y suavidad de su Esposo, que si fuera una
extranjera.
i Oh
cuántos dolores ahorra la virginidad, y cuántos cuidados y
desasosiegos! Unos que por fuerza los trae el mismo estado del matrimonio de
carne; otros que de la mala condición del marido suelen nacer. Mas
acá, los hijos son gozo, caridad y paz, y otros semejantes que cuenta
San Pablo (G-al., 5, 22). El Esposo, bueno, pacifico, rico, sabio, hermoso, y
según la esposa dice en los Cantares (5, 16), todo para desear.
¿No os parece, pues, que hace este Rey gran merced a quien toma, no
sólo para esclava o sirviente, mas para esposa? ¿No os parece
buen trueco, parto con gozo por parto con dolor? ¿Hijos de descanso por
hijos de cuidado, y que ellos traen consigo la dote, y el placer y la honra?
Por cierto, como San Jerónimo dice hablando a una madre de una doncella:
«No sé por qué tienes por mal que tu hija no quiso ser
mujer de un caballero por ser esposa del Rey, y que te hizo a ti suegra de
Cristo.»
No
resta, pues, doncella, sino que así os alegréis con el estado que
el Señor por su bondad os dio, que tengáis cuidado de ser la que
debéis; y así temáis de vuestra flaqueza, que
confiéis en el Señor, que acabara en vos lo que ha comenzado;
para que así, ni de la merced hecha os dé alegría vana, ni
el temor de lo mucho que debéis os derribe; mas entre temor y esperanza
caminéis, hasta que el temor se quite con el perfecto amor que en el cielo
habrá, y la esperanza, cuando tengamos presente y sin temor de perder
aquello que aquí en ausencia esperábamos.
CAPITULO 106
De
cuatro condiciones que se requieren para ser una cosa hermosa; y cómo al
alma que está en pecado le faltan todas cuatro.
Mucho
nos hemos apartado de la pregunta que preguntamos : ¿pe dónde
hermosura al ánima, para que Dios la codicie? Y ha sido la causa, porque
no pensemos que lo había este Rey por la hermosura del cuerpo. Ahora
tornemos a nuestro propósito.
Habéis
de saber, que para ser una cosa del todo hermosa cuatro cosas se requieren. La
una, cumplimiento de todo lo que ha de tener; porque faltando algo, ya no se
puede decir hermosa; como faltando una mano o pie, o cosa semejante. La segunda
es proporción de un miembro con otro; y si es imagen de otra cosa, ha de
ser sacada muy al propio de su dechado. Lo tercero ha de tener pureza de color.
Lo cuarto suficiente grandeza; porque lo pequeño, aunque sea bien
proporcionado, no se dice del todo hermoso.
Pues
si consideramos todas estas condiciones en el ánima pecadora, hallaremos
que ni una sola de ellas tiene. No cumplimiento, porque faltándole la fe
o la caridad y dones del Espíritu Santo, los cuales había de
tener, no se puede decir hermosa a quien tantas cosas le faltan. No tiene
proporción entre sí, porque ni obedece la sensualidad a la
razón, ni la razón a Dios. Mayormente, siendo el ánima
criada a imagen de Dios, era razón que para guardar su hermosura, fuera
semejante en las virtudes a su dechado, como lo es en su ser natural. Pues
siendo Dios bueno y el ánima mala; Dios limpio, ella sucia; Dios manso,
ella airada, y así en lo demás, ¿cómo puede haber
hermosura en imagen que tan disconforme está a su dechado? Pues lo
tercero, que es una luz espiritual de gracia y conocimientos, que avivan la
hermosura del ánima, como los colores al cuerpo,
también
le falta; porque ella anda en tinieblas, y está denegrida más que
carbones, como lo llora Jeremías {Thren., 4, 8). Pues menos tiene lo
cuarto, pues no hay cosa más poca ni chica, que ser pecador, que es nada
y menos que nada.
De
manera, que faltándole todas las condiciones para ser hermosa, sin duda
será fea. Y porque todas las ánimas, que en los cuerpos que de
Adán vienen son criadas, ordinariamente son pecadoras, sigúese
que todas son feas.
CAPITU LO 107
Cómo
la fealdad del pecado es tan mala, que ningunas fuerzas naturales, ni Ley
natural o de Escritura, bastaban a la quitar, sino Jesucristo, en cuya virtud
se quitaba en todo tiempo, y daba la gracia.
Esta fealdad
del pecado es tan dificultosa, y por mejor decir, es tan imposible de ser
quitada por fuerza de criatura, que todas juntas no pueden hermosear una sola
ánima fea. Lo cual denota el Señor por Jeremías, diciendo
(Jerem., 2, 22): Si te lavares con salitre, y con abundancia de jabón,
todavía estás manchada en mi acatamiento. Quiere decir, que para
quitar esta mancha, ni aprovecha salitre de reprensiones de los Profetas, ni
recios castigos de
Y si
en
Y
aunque, circuncidando a un niño, se le daba gracia con que quedaba
justo, y el pecado original perdonado, mas no le daba la circuncisión
abundancia de gracia “ex opere operato” que aquello
guardábase para los Sacramentos de la nueva Ley; mas era una
protestación de la fe, que del Mesías que había de venir
que entonces se tenía. Y si después cuando grande perdía
la gracia por algún pecado mortal, ofrecía algún animal,
según Dios lo mandaba, cuya sangre se derramase en el templo; no para
justificar, porque no tenía virtud para ello, sino para que el pecador
protestase su fe que tenía en el Señor que había de venir;
y con esta fe y con la interior penitencia de sus pecados, que Dios le
inspiraba, era hecho participante de la preciosa sangre de Cristo, que se
había de derramar para el perdón de los pecados.
Y no
sólo había remedio en
CAPITULO 108
Que
Cristo nuestro Señor con su Sangre quita la fealdad del ánima y
la hermosea; y que fue más conveniente que el Hijo se hiciese Hombre,
que no el Padre, ni el Espíritu Santo; y de la grande fuerza de
Considerad,
pues, cuan fea es, y cuánto se debe huir la mancha que causa el pecado,
pues una vez recibida en el ánima, ni se pudo lavar con tanto
derramamiento de
sangre
que por mandamiento de Dios se ofrecía en su templo, ni todas las
fuerzas humanas para ello bastaron. Y si el hermoso Verbo de Dios no viniera a
hermosearnos, duráranos para siempre la fealdad del pecado. Mas viniendo
el Cordero sin mancha, pudo, supo y quiso lavar nuestras manchas; y
destruyó nuestra fealdad, y diónos su hermosura.
Y
para que veáis cuan razonablemente el Hijo de Dios, más que el
Padre y el Espíritu Santo, convenía que con su sangre hermosease
nuestra ánima fea, considerad que como se atribuye al Padre la
eternidad, y al Espíritu Santo el amor, así al Hijo de Dios, en
cuanto Dios, se le atribuye la hermosura, porque Él es
perfectísimo, sin defecto alguno, y es imagen del Padre, como San Pablo
dice (Hebr., 1, 3), y tan al propio, que por ser engendrado por vía de
entendimiento, es semejante del todo a su Padre, el cual le dio la misma
esencia que Él tiene. De manera, que quien a Él ve, ve al Padre,
como dice el Santo Evangelio (Jn., 14, 9). Pues por esta proporción tan
igual del Hijo con el Padre, con razón se le atribuye la hermosura, pues
tan al propio está sacada
Y por
esto convino que este Hermoso, por quien fuimos hechos cuando no éramos,
viniese a repararnos después de perdidos; y vistiéndose de carne,
tomase en ella la semejanza de nuestra fealdad, y diese en nuestras
ánimas la lindeza de su hermosura. Y aunque el ser nosotros castigados,
ni halagados, no nos podía quitar nuestra mancha, fue de tanto valor el
ser castigado el Hermoso, que cayendo sobre sus hombros el recio salitre de su
Pasión, cayó sobre nosotros el blando jabón de su
blancura.
Y aunque Dios dice al pecador (Jerem., 2, 22): Aunque te laves con salitre y
hierba de jabón, no serás limpio; mas dando a entender que
había de enviar remedio para esta mancha, dice en otra parte (Is., 1,
18): Si fueren vuestros pecados como grana, serán blanqueados como la
nieve; y si fueren bermejos como sangre, con que tiñen carmesí,
serán blancos como la lana blanca.
Muy
bien creía esto Santo Rey y Profeta David cuando decía (Ps. 50,
9): Rociarme has con hisopo, Señor, y seré limpio; lavarme has, y
seré emblanquecido más que la nieve. Hisopo es una hierba
pequeña y un poco caliente, y tiene propiedad para purgar los pulmones
por do resollamos. Y esta hierba juntábanla con una vara de cedro, y
ataban la hierba al palo con una cuerda de grana dos veces teñida; y
atado junto, decíanle hisopo, con el cual mojado con sangre y
agua—y otras veces con agua y ceniza—, rociaban al leproso, y al
que había tocado cosa muerta, y con aquello era tenido por limpio. Muy
bien sabia David que ni la hierba, ni el cedro, ni la sangre de pájaros,
ni de animales, ni el agua, ni ceniza no podían dar limpieza en el
ánima, aunque la figuraban; y por eso no pide a Dios que tome en su mano
este hisopo, y lo rocíe con él, mas dícelo por la
humanidad y humildad de Jesucristo nuestro Señor; la cual se dice
hierba, porque nació de la tierra de la bendita Virgen María, y
porque nació sin obra de varón, como la flor nace del campo sin
ser arado ni sembrado. Y por esto dice (Cant., 2, 1): Yo soy flor del campo. Y
esta hierba se dice pequeña, por la bajeza que en este mundo
tomó, hasta decir (Ps., 21, 7): Gusano soy y no hombre, deshonra de
hombres, y desprecio del pueblo. Esta carne humillada es remedio contra el
viento de nuestra soberbia tan loca, que no puede ser curada sino con esta tan
grande humildad; pues no es razón que se ensalce el gusano viendo
abatido al Rey de
olvide
que el hisopo es caliente, porque Cristo, por el fuego del amor que en sus
entrañas ardía, se quiso abajar para nos purgar; dándonos
a entender que si el que es alto se abaja, ¿cuánta razón
es que el que tiene tanto por qué se abajar no se ensalce? Y si Dios es
humilde, que el hombre lo debe ser. Esta carne medicinal fue junta al palo del
cedro, cuando fue puesta en cruz, y atada con delgada hebra de lana dos veces
teñida. Porque aunque duros, y gruesos, y largos clavos le tenían
fijados con ella los pies y las manos, si su abrasado hilo de amor no le atara a
la cruz, queriendo Él entregar la vida para matar nuestra muerte, poca
parte fueran los clavos para le tener. De manera, que no ellos, mas el amor le
tenía. Y este amor es doblado, como grana dos veces teñida;
porque por satisfacer a la honra del Padre que por los pecados era ofendido, y
por amor de los pecadores que estaban perdidos, padeció Él lo que
padeció.
CAPITU LO 109
Que
la sacra humanidad de Cristo fue figurada en la ropa del Sumo Sacerdote, y en
el velo que Dios mandó hacer a Moisés; y qué era lo que
David pedía cuando pidió ser rociado con hisopo para quedar
limpio.
La
ropa que el Sumo Pontífice de
Y
esta carne, puesta en la cruz, es el velo que Dios mandó hacer a
Moisés (Ex., 28, 33) de jacinto y carmesí y grana dos veces
tenida, de blanca y retejida holanda, hecho con labores de aguja, y tejido con
hermosas diferencias. Porque esta santa humanidad es teñida con
sangre,
como el carmesí ; es abrasada con fuego, significado en la grana,
según hemos dicho ; es blanca, como la holanda, con castidad e
inocencia; y es retejida, porque no fue muelle, ni relajada, mas apretada
debajo de toda disciplina virtuosa, y de muchos trabajos. Y está bien
significada en el jacinto, que tiene color de cielo, porque es formada por obra
sobrenatural del Espíritu Santo, y por eso se llama celestial; con otras
muchas lindezas y virtudes que tiene, formadas por el saber muy sutil de la
sabiduría de Dios. Y este velo manda que se cuelgue en cuatro columnas
que lo sustenten, que quiere decir, que en cuatro brazos de cruz fue puesto
Cristo; y cuatro Evangelios le ponen y predican manifiesto delante del mundo.
Pues
como el real Profeta Santo David fue tan alumbrado Profeta en saber los
misterios de Cristo que habían de venir, viéndose afeado con
aquel feo pecado cuando tomó la oveja y mató al pastor (Cuando
tomó a Bersabé y mató a Urías), temiendo la ira del
Omnipotente, con la cual estaba amenazado por boca del Profeta Nathán (2
Reg., 12, 10), suplica a Dios que le hermosee su fealdad, no con hisopo
material, pues que el mismo David dice a Dios (Ps. 50, 18\ no te deleitarás
con sacrificio de animales; mas pide ser rociado con la sangre de Jesucristo,
atado con cuerdas y lazos de amor en la cruz, confesando que aunque su fealdad
sea mucha, e imposible a él de quitarla, que será emblanquecido más
que la nieve con la sangre que de la cruz cae.
¡
Oh Sangre hermosa de Cristo hermoso, que, aunque eres colorada más que
rubíes, tienes poder para emblanquecer más que la leche! Y
¡ quién viera con cuánta violencia eras derramada por los
sayones, y con qué amor eras derramada del mismo Señor! Y ¡
cuán de buena gana, Señor, extendías tus brazos y pies,
para ser sangrado de brazo y tobillo, para remediar nuestra
soltura
tan mala, que en deseos y obras tenemos! Gran fuerza ponen contra Ti tus
contrarios; mas muy mayor fuerza te hizo tu amor, pues que no ellos, mas
él te venció. Hermoso llama David a Cristo (Ps. 44, 3), sobre
todos los hijos de los hombres; mas este hermoso sobre hombres y
ángeles, quiso disimular su hermosura, y vestirse—en su cuerpo y
en lo de fuera—, de la semejanza de nuestra fealdad que en nuestras
ánimas teníamos, para que así fuese nuestra fealdad
absorbida en el abismo de su hermosura, como lo es una pequeña pajita en
un grandísimo fuego, y nos diese su imagen hermosa, haciéndonos
semejantes a Él.
CAPITULO 110
De
cómo Cristo disimuló todas las cuatro condiciones de la hermosura
por nos hacer hermosos; para lo cual se declara un lugar de Isaías.
Si
bien miramos las condiciones ya dichas que se requieren para ser uno
hermoso—todas las cuales están excelentemente en el Verbo
divino—, hallaremos que todas las disimuló y escondió, para
que siendo escondidas en Él, se manifestasen en nosotros.
Muy
entero y acabado y lleno es el Verbo de Dios, pues ninguna cosa le falta ni le
puede faltar, y quita Él la falta a todas las cosas. Mas este tan rico
en el seno del Padre, miradle hecho hombre en el vientre y brazos de su Madre,
y por todo el discurso de su vida y muerte; y veréis cuántas
veces le faltó el comer y el beber en toda su vida; cuan falto fue de
cama para echarse, cuando le puso
pobreza
que en su muerte tuvo? En la cual menos tenía dónde reclinar su
cabeza; porque, o la había de reclinar en la cruz, y padecer extremo
dolor por las espinas, que más se le hincarían en ella, o la
había de tener abajada y en vago, no sin grave dolor. ¡ Oh sagrada
cabeza—de la cual dice
Pues
si miráis a la otra condición del hermoso Verbo de Dios,
cómo es perfectísima imagen del Padre, igual a El, y
proporcionado con Él, hallaréis que, no menos que la primera, la
disimula en la tierra. Decidme: ¿qué es el Padre, sino fortaleza,
saber, honra, hermosura, bondad y gozo, con otros semejantes bienes, que todos
ellos son un Bien infinito? Pues poned de una parte este admirable dechado,
glorioso en sí, y adorado de ángeles, y acordaos de aquel
paso—que había de pasar y traspasar a lo más dentro de
nuestras ánimas—, de cuando la hermosa imagen del Padre,
Jesucristo nuestro Señor, fue sacado de la audiencia de Pilato,
cruelmente azotado, y vestido con una ropa colorada, y con corona de escarnio
en los ojos de los que le veían, y de agudo dolor en el cerebro de quien
la tenía; las manos atadas, y con una caña en ellas, los ojos
llenos de lágrimas que de ellos salían, y de sangre que de la
cabeza venía, las mejillas
amarillas
y descoloridas y llenas de sangre, y afeadas con las salivas que en su faz
habían echado. Y con este dolor y deshonra fue sacado a ser visto de
todo el pueblo, diciendo: Mirad al hombre; y esto para que a Él se le
creciese vergüenza de ser visto de ellos, y ellos hubiesen
compasión de Él viéndolo tal, y dejasen de perseguir a
quien tanto veían padecer. Mas, ¡ oh con cuan malos ojos miraron
las penas de quien más se penaba por la perdición de ellos, que
por su propios dolores! Pues en lugar de apagar el fuego de su rabiosa
malquerencia con el agua de sus deshonras, ardióles más y
más, como fuego de alquitrán que arde en el agua, y no escucharon
la palabra a ellos dicha por Pilato: Mirad al hombre; mas no queriendo verle allí,
dicen que lo quieren ver en la cruz.
Anima
redimida por los dolores de Cristo, escuchad vos, y escuchemos todos esta
palabra: Veis ahí el hombre; o: Mirad el hombre; porque no seamos ajenos
de la redención de Jesucristo, no sabiendo mirar y agradecer sus dolores.
Cuando quieren sacar alguna cosa para ser vista, suelen ataviarla lo mejor que
pueden, para que enamore a los que la vieren; y cuando quieren sacar otra para
que sea temida, cercanía de armas y de cuantas cosas pueden, para que
hagan temblar a los que la vieren; y cuando quieren sacar alguna imagen para
hacer llorar, vístenla de luto y pénenle todo lo que incita a
tristeza. Pues decidme: ¿qué fue el intento de Pilato en sacar a
Cristo a ser visto del pueblo? No por cierto para ser amado ni temido, y por
eso no lo hermoseó ni cercó de armas y caballeros; mas
sacólo para aplacar los corazones crueles de los judíos con la
vista del Redentor; y esto no por amor, que bien sabía Pilato que
entrañablemente le aborrecían; mas queríalos aplacar a
poder de sus grandes tormentos, y a propia costa de su delicado cuerpo. Y por
eso atavió Pilato tan ataviado a Cristo de tormentos tales y tantos, que
pudiesen obrar
compasión
en los corazones de los que lo viesen, aunque muy mal le quisiesen. Y por tanto,
es de creer que lo sacó el más afligido y abatido y deshonrado
que él pudo, reviéndose en afearle, como se revén en una
novia para ataviarla; para que por acuesta vía aplacase la ira de los
que le desamaban, pues no podía por otras que había intentado.
Pues, decidme: si salió Cristo tal que bastaba a apagar el fuego de la
malquerencia en los corazones de los que le aborrecían,
¿cuánta razón es que su vista y salida encienda fuego de
amor en los corazones de quien le conoce por Dios, y le confiesa por Redentor?
Mucho
tiempo antes que esto acaeciese vio el Profeta Isaías (53, 2) este paso,
y contemplando al Señor d i j o: No tiene lindeza, ni hermosura. Miramos
le y no tenía vista; y deseámosle despreciado, y el más
abatido de los hombres, varón de dolores, y que sabe de penas. Su rostro
estuvo como escondido y despreciado, y por tanto no le estimamos.
Verdaderamente Él llevó nuestras enfermedades, y ÉI mismo
sufrió nuestros dolores; y nosotros le estimamos como leproso y herido
de Dios, y abajado. Si estas palabras de Isaías qusiéredes mirar
una por una, veréis cuán escondida estuvo la hermosura de Cristo
en el día que trabajó para hermosearnos. Dice
Dice
David de Cristo (Ps. 8, 7): que es ensalzado sobre todas las obras de las manos
de Dios; y dice Isaías que está el más abatido de todos
los hombres. Y si esto fuera comparándolo con los que eran buenos, no
fuera
tanto
el desprecio. Mas ¿qué diréis, que siendo cotejado con
Barrabás, matador y alborotador y ladrón, les parece mejor que
Cristo, que es dador de la vida, hacedor de las paces del Padre y del mundo; y
está tan lejos de tomar lo ajeno, que, como dice David (Ps. 68, 5),
pagó lo que no tomó?
Cristo
no tenía por qué tener dolor, pues la causa de él es el
pecado que en el mundo cupo; mas llámale aquí Isaías
varón de dolores, que quiere decir, muy abundante de dolores; porque
aunque no supo por experiencia de malos deleites, es varón que sabe de
muy recias penas, porque las experimentó, y en tanta abundancia que diga
É
l por
boca del Santo Rey y Profeta David: Muy llena de penas está mi
ánima (Ps. 87, 4).
Cristo
se llama luz, porque con sus admirables palabras y obras alegraba y sacaba de
tinieblas al mundo ; mas esta luz, dice Isaías que tuvo su gesto
(semblante) como escondido. Porque si solamente es mirado con ojos del cuerpo,
no sé quién le pudiera conocer por el rostro, por mucho que antes
lo hubiera tratado. Lo cual no es mucho de maravillar, porque aunque
Y si
los que lo miraban creyeran que todo esto pasaba el Señor, no porque lo
debiese, mas porque amaba a los que lo debíamos, fuera alivio a la pena
de Cristo. Mas ¿qué diremos, que dice Isaías que lo
tuvieron por herido de Dios y abatido? Porque pensaban que Dios
lo
abatía así, por sus pecados, y que merecía aquello y mucho
más; y por eso pidieron que fuese puesto en la cruz. De manera, que de
fuera quitaban sus ojos de mirarle, porque habían asco de Él, como
de un leproso; y en el corazón lo tenían por malo, y digno de
aquello y mucho más. Cosa era para mirar y llorar, que si le miraban,
escupían hacia Él, y si no le miraban, habían grandes
ascos, como de cosa muy fea. Lo que de Él hablaban eran injurias, que
tanto lastimaban como los dolores; y con todo, decían que no
tenía lo que merecía, mas que lo pusiesen en cruz.
CAPITULO 111
De
las muchas y grandes maravillas que sacó el Señor de los mayores
males que los hombres han hecho en matar a Cristo; y de la diversa
operación que esta palabra: «Mirad a este hombre», ha obrado
en el mundo, dicha de Pilato y predicada de los Apóstoles.
¿Quién
no se maravillará y dará alabanzas a Dios por su saber infinito,
que por modo tan extraño quiso redimir al mundo perdido, sacando los
mayores bienes de los mayores males que los hombres hicieron?
¿Qué cosa peor en el mundo se ha hecho ni se hará, que
deshonrar y afear y atormentar y crucificar al Hijo de Dios? Mas ¿de
cuál otra cosa tanto provecho vino al mundo, como de esta bendita
Pasión?
Pensaba
Pilato, cuando ataviaba a este desposado con atavíos de muchos dolores,
que para los ojos de aquel pueblo no más lo ataviaba, y ataviólo
para ser visto de todo el mundo universo; sirviendo en esto, aunque él
no lo sabia, a lo que Dios tanto antes había prometido, diciendo (Lc.,
3, 6): Verá todo hombre la salud de Dios. Esta salud, Jesucristo es, al
cual dijo el Padre (Isa., 49, 6): En poco tengo que despiertes a servirme las
tribus de
Jacob,
y que me conviertas las heces de Israel. Yo te di en luz de las gentes, para
que seas salud mía hasta lo postrero de la tierra. Jesucristo
predicó en persona (Mt., 15, 24) a las ovejas que habían perecido
de la casa de Israel no más; y después sus santos Apóstoles,
en el mismo pueblo de Israel comenzaron a predicar; y convirtiéronse, no
todos los judíos, mas algunos, y por esto dice las heces. Mas no
paró la salud del Padre, que es Cristo, en el pueblo de los
judíos, mas salió cuando fue predicado por los Apóstoles
en el mundo; y ahora lo es, acrecentándose cada día la
predicación del nombre de Cristo a tierras más lejos (Alude a la
predicación del Evangelio que los misioneros españoles llevaban
al nuevo mundo, al cual pretendió pasar el autor, recién ordenado
de sacerdote), para que así sea luz, no sólo de los judíos
que creyeron en Él, a los cuales predicó en propia persona, mas
también a los gentiles que estaban en ceguedad de idolatría tan
lejos de Dios.
Y
entonces se cumple lo que aquel santo cisne Simeón cantó, ya que
se quería morir, diciendo (Lc., 2, 29): Ahora dejas, Señor, a tu
siervo en paz, según tu promesa; porque vieron mis ojos a tu salud, la
cual pusiste ante el acatamiento de todos los pueblos, lumbre para los
gentiles, y honra para tu pueblo de Israel. Si miramos que Cristo fue puesto
por mano de Pilato a ser visto de aquel pueblo en su propia casa, y
después en lo alto de la cruz en el monte Calvario, claro es, que aunque
de todo estado y linaje, naturales y extranjeros, que habían venido a
Cristo
así predicado, es luz, entonces y ahora, para los gentiles que le
quieren creer; y es luz y honra para los judíos que también le
quieren creer, como lo nota San Pablo, diciendo (Rom., 9, 5): De los cuales
viene Cristo, según la carne, el cual es sobre todas las cosas, Dios
bendito por todos los siglos (Téngase presente que Maestro San Juan de
Ávila era oriundo de linaje judío).
Pues
miremos cuán de otra manera lo ordenó Dios de como lo pensaba
Pilato. El pensaba que ponía a Cristo en acatamiento de aquella gente no
más, y dijo: Veis ahí el hombre. Y pensó, cuando no
quisieron que fuese suelto, mas pidieron que lo crucificase, que ya no
había Cristo de ser más visto de nadie. Mas porque vio el Padre
Eterno que tal espectáculo como aquel de su Unigénito Hijo,
imagen de su hermosura, no era razón que tan pocos ojos ni tan malos lo
mirasen, ni que a corazones tan duros se presentase, ordenó que se diese
otra voz muy mayor, y que sonase en el mundo, y por boca de muchos y muy santos
pregoneros, que dijesen: Mirad este hombre. Porque la voz de Pilato sonaba poco,
y era uno, y malo, y lleno de temor, por el cual sentenció a muerte a
Cristo; y no merecía ser él pregonero de esta palabra: Mirad a
este hombre; y por eso lo mandó Dios pregonar a otros, y tan sin temor,
que antes quisieron y quieren morir, que ni un solo punto dejar de predicar y
confesar la verdad y gloria de Cristo. Pilato era sucio, porque era infiel y
pecador; mas de los pregoneros de esta voz: Mirad a este hombre,
profetizó Isaías (52, 7) diciendo: ¡Cuan hermosos son los
pies sobre los montes—, de los que predican buenas nuevas de paz y de
bienes, y que dicen: Sión, reinará tu Dios! El Dios de
Sión es Jesucristo, en suya persona dice David (Ps., 2, 6): Yo soy
constituido Rey de mano de Dios sobre Sión, monte santo suyo, predicando
su mandamiento. Y este Rey que predica, el mandamiento del Padre, que es la
palabra del santo Evangelio, comenzó a reinar en Sión cuando fue
recibido
el
domingo de Ramos por Rey de Israel, en el templo que estaba puesto en el monte
de Sión. Y para dar a entender que este reino había de ser en las
cosas espirituales, se dice en David ser constituido Rey sobre el monte de
Sión, que es monte donde estaba el templo en que a Dios se
ofrecía su divino culto. Y después, cuando este Señor
envió en el mismo monte Sión el Espíritu Santo sobre los
suyos, y fue predicado públicamente en medio de Jerusalén, y en
las orejas de los Pontífices y fariseos, entonces se acrecentaba su
reino; y cuando se convirtieron del primer sermón de San Pedro cosí
tres mil hombres (Act., 2, 41 ), crecía este reino. Y cuando más
gente se convertía, predicaban los Apóstoles a Sión:
Reinará tu Dios. Como quien dice: Aunque ahora este Señor es
conocido de pocos, mas siempre irá creciendo su reino, hasta que al fin
del mundo reine en todos los hombres, galardonando con misericordia a los
buenos, y castigando con vara de hierro (Ps., 2, 9) de rigurosa justicia a los
malos. Esta es la voz de los predicadores de Cristo, que dice: Reinará
tu Dios.
Y
porque en el corazón del hombre sucio no reina Cristo, pues reina el
pecado, no es razón que predique a los otros el reino de Cristo el que
en su ánima no consiente reinar a Cristo. Y por eso dice Isaías
que son hermosos los pies de los que predican la paz. En los pies son
significados los deseos del ánima, que han de ser hermosos. Y por eso no
quiere Cristo que se cubran con zapatos los pies de los predicadores por la
parte de arriba (Alude al texto: No llevéis oro, ni plata, ni cobre en
vuestras bolsas; ni alforja para el camino, ni dos ropas, ni zapatos... (Mt., 10,
9, 10; véase Lc., 10, 4), porque lo hermoso de ellos lo pone Dios en
público para ejemplo de muchos. Mas mire mucho quien tiene limpios los
pies, no piense que él se los limpió, mas dé gracias a
Aquel que lavó el Jueves Santo los pies a los discípulos con agua
material, y lava las ánimas de todos los lavados con su
Sangre bendita.
No
era, pues, razón, que tan limpio Rey como Cristo, fuese anunciado con
boca sucia, como la de Pilato; ni que para espectáculo en que tantas y
tan grandes maravillas había que mirar, como era Cristo cuando
salió a ser visto del pueblo, hubiese un pregonero no más, y que
tan poco sonase. Y si Pilato pensó que ya no había de haber
memoria de Cristo, ni quien de Él hubiese compasión,
ordenó Dios que, en lugar de los pocos que le escupían, hubiese,
haya y habrá muchos que con reverencia le adoren. Y en lugar de los que
no querían mirarle de asco, haya muchos más que se revean en
mirar aquella benditísima cara—aunque esté puesta en
cruz—, como en espejo muy luciente. Y en lugar de los que pensaban que lo
que padecía lo merecía, haya tantos que confiesen que
ningún mal hizo por que padeciese, sino que ellos pecaron, y Él
padeció por amarlos. Y si la crueldad de aquéllos fue tanta, que
no hubieron de Él compasión, mas pidieron que fuese muerto en la
cruz, quiere Dios que haya muchos que deseen morir por Cristo y digan con toda
su ánima:
¡Heridas
tenéis, Amigo,
y duelen os!
¡Yo las tuviese por vos!
No
piense Pilato que atavió a Cristo en balde, aunque no pudo mover de
compasión de Él a los que allí estaban, pues que tantos,
acordándose de estos trabajos de Cristo, han tanta compasión de
Él, que están azotados, y coronados, y crucificados en el
corazón con Él, como dice San Pablo de si (Gal., 2, 19), y en
persona de muchos.
CAPITULO 112
De
cuánta razón es que nosotros miremos a este hombre, Cristo, con
los ojos que lo miraron muchos de aquellos a quien lo predicaron los
Apóstoles, para quedar hermosos; la cual hermosura se nos da por su
gracia y no por nuestros merecimientos.
Muy
justa cosa es, doncella, que estas razones tan justas, y estos ejemplos tan
vivos de muchos, os muevan a que, quitada toda tibieza, se fije en vuestro
corazón con amor entrañable el que por vos con graves dolores fue
puesto y fijado en la cruz, y que no seáis vos de los duros, que aquella
voz oyeron en balde, mas de los que oírla fue causa de su
salvación. No seáis de aquellos que no supieron estimar al que
presente tenían, mas de los que dice Isaías: Deseamos verle.
Porque muchos reyes y profetas desearon ver la faz y oír la voz de
Cristo nuestro Señor (Lc., 10, 24). Mirad, pues, doncella, a este
hombre, Cristo, que por un indigno pregonero suyo es pregonado. Mirad a este
hombre, para oír sus palabras, porque éste es el Maestro que el
Padre nos dio. Mirad a este hombre, para imitar su vida, porque no hay otro
camino para ser salvos, si Él no. Mirad a este hombre, para haber
compasión de Él, pues que estaba tal, que bastaba a mover a
compasión a los que mal le querían. Mirad a este hombre, para
llorar, porque nosotros le paramos con nuestros pecados tal cual está.
Mirad a este hombre, para le amar, pues padece tanto por nos. Mirad a este
hombre, para os hermosear, porque en Él hallaréis cuantos colores
quisiéredes, con que os hermoseéis: bermejo, de las bofetadas que
recientes le han dado; cárdeno, de las que rato ha, y en la noche pasada
le dieron; amarillo, con la abstinencia de la vida toda y trabajos de la noche
pasada; blanco, de las salivas que en la cara le echaron; denegrido de los
golpes, que le habían magullado su sagrada cara; las mejillas hinchadas,
y de cuantos colores las quisieron pintar los sayones. Porque según
está profetizado por Isaías (50, 6),
en
persona de Cristo: Mis mejillas di a los que las arrancaban; y mi cuerpo a
quien lo hería. ¡ Qué matices, qué aguas, que
blanco, qué colorado hallaréis aquí para os hermosear, si
por vuestro descuido no queda! Mirad, doncella, a este hombre, porque no puede
escapar de muerte quien no le mirare. Porque así como alzó en un
palo Moisés la serpiente en el desierto (Núm., 21, 9; Jn., 3, 14)
para que los heridos mirándola viviesen, y quien no la mirase muriese,
así, quien a Cristo puesto en el madero de la cruz no mirare con fe y
con amor, morirá para siempre.
Y así
como arriba os dije que hemos de suplicar al Padre diciendo (Ps., 83, 10):
Mira, Señor, en la faz de tu Cristo, así nos manda el Eterno
Padre diciendo : «Mira, hombre, la faz de tu Cristo; y si quieres que
mire Yo a su faz para te perdonar por Él, mira tú a su faz para
me pedir perdón por Él.» En la faz de Cristo nuestro
mediador se junta la vista del Padre y la nuestra. Allí van a parar los
rayos de nuestro Creer y amar, y los rayos de su perdonar y hacer mercedes. Cristo
se llama Cristo del Padre porque el Padre lo engendró, y le dio lo que
tiene; llámase Cristo nuestro, porque se ofreció por nos,
dándonos todos sus merecimientos. Mirad, pues, en la faz de vuestro
Cristo, creyendo en Él, confiando en Él, amando a Él, y a
todos por Él. Mirad en la faz de vuestro Cristo, pensando en Él,
y cotejando vuestra vida con Él, para que en Él, como en espejo,
veáis vuestras faltas, y cuan lejos vais de Él; para que
conociendo vuestras faltas que os afean, toméis de sus lágrimas y
de su sangre, que por su cara hermosa veis correr, y con dolor limpiéis
vuestras manchas y quedéis hermosa.
Así
como los judíos quitaban los ojos de Cristo porque le veían tan
maltratado, así Cristo quita sus ojos del ánima que es mala, y la
abomina como leprosa; mas después que la ha hermoseado con la gracia que
le ganó
con
sus trabajos, pone sus ojos en ella diciendo (Cant., 4 1): ¡Cuan hermosa
eres, amiga mía, cuan hermosa eres! Tus ojos son de paloma, sin lo que
está escondido dentro. Dos veces dice hermosa, porque ha de ser justa y
hermosa en cuerpo y en ánima; de dentro en deseos, y de fuera, en obras.
Y porque ha de ser más lo de dentro que lo de fuera, por eso dice: Sin
lo que de dentro está escondido. Y porque la hermosura del ánima,
como dice San Agustín, consiste en amar a Dios, por eso dice: Tus ojos
son de paloma; en lo cual se denota la intención sencilla y amorosa, que
a sólo agradar á Dios mira, sin mezcla de interés propio.
Mirad,
pues, a Cristo, porque os mire Cristo a vos. Y así como no habéis
de pensar que Él haya hecho alguna cosa por la cual El mereciese tomar
sobre si imagen de feo, así no penséis que habéis vos
merecido la hermosura que Él os ha dado. De gracia, que no de deuda, se
vistió nuestra fealdad; y de gracia, y sin deuda, nos vistió de
esta hermosura. Y a los que piensan que la hermosura que tienen en su
ánima la tienen de sí, dice Dios por Ezequiel (16, 14): Perfecta
eras con mi hermosura, que había puesto sobre ti; y teniendo fiucia en
tu hermosura, fornicaste en tu nombre, y pusiste tu fornicación a
cualquiera que pasaba, para ser hecha suya. Esto dice Dios, porque cuando un
ánima atribuye a sí misma la hermosura de justicia que Dios le
dio, es como fornicar consigo misma, pues quiere gozar de sí misma en sí
y no en Dios, que es su verdadero Esposo, del cual le viene el ser hermosa; y
quiere más gloriarse en su nom bre—q ue es fornicar en su
nombre—, q ue gloriarse en Dios, que le dio lo que tiene. Y por eso con
mucha razón le quita Dios la hermosura que le había dado, pues se
le quería alzar con ella. Y como este vano y mal aplacimiento, que en
sí mismo se toma, es soberbia y principio de todo mal, por eso dice:
Pusiste tu fornicación a cualquiera que pasa; porque el soberbio, como
tiene
por
arrimo a sí mismo, que es vanidad, a cualquier viento es llevado, y
hecho cautivo de cualquier pecado que pasa; y con mucha razón, pues no
quiso humillarse para permanecer teniendo a Dios por arrimo.
Mirad,
pues, este hombre en Sí, y miradlo en vos. En Sí, para ver
quién sois vos: en vos para ver quién es Él. Sus deshonras
y abatimientos, vos los merecíades, y por eso aquello es vuestro; lo
bueno que en vos hay, suyo es, y sin merecerlo vos, se os ha dado.
CAPITULO 113
En
que se prosigue el modo como habernos de mirar a Cristo, y cómo era Él
todo cuanto hay es hermoso; y que lo que en el Señor parece feo a los
ojos de la carne, como son tormentos y trabajos, es grande hermosura.
Si
sabéis aprovecharos de lo que os he dicho, pondréis toda vuestra
atención a mirar con espirituales ojos a este Señor, y
hallaréis que os será más provechoso, que si con solos los
ojos de carne le viérades. Porque a los ojos de carne parecía
Cristo afeado, mas a los de la fe muy hermoso. A los del cuerpo, dice Isaías,
que estaba su faz como escondida; mas a los ojos de la fe no hay cosa que se le
esconda; mas como ojos de lobo cerval (lince), que ven tras paredes, traspasan
lo que parece de fuera, y entrando en lo interior, hallan fortaleza divina
debajo de aquella humana flaqueza, y debajo de la fealdad y desprecio,
hermosura con honra. Y por eso lo que dijo Isaías: Vímosle, y no
tenía hermosura, díjolo en persona de los que lo miraron con ojos
del cuerpo no más. Mas tomad, doncella, la luz de la fe, y mirad
más adentro, y veréis cómo éste que sale en
semejanza de pecador, es justo y justificador de pecadores; éste que
muere, es inocente como cordero; éste que tiene la cara muy amarilla, es
en Sí muy
hermoso,
y por hermosear a los feos se paró tal. Y pues mientras el esposo
más pasa por la esposa y más se abaja, más lo debe ella
ensalzar; y mientras más sudado viene, y con heridas y sangre por amor
de ella, más hermoso le parece, mirando el amor con que se puso a
trabajos por ella, claro es que, mirando la causa de tomar Cristo esta fealdad,
parecerá más hermoso mientras más afeado
Decidme:
si la primera condición de hermosura escondió, cuando de rico y
abundante, se abajó a que le faltasen muchas cosas, ¿qué
fue la causa, sino porque a nos ningún bien faltase? Y si fue hecho al
parecer desemejante a la imagen del Padre hermoso, no fue sino porque
ordenó el Padre de no darnos hermosura, sino tomando su Hijo nuestra
fealdad. Y si escondió lo tercero, que es la luz o color, cuando aquella
sagrada cara estaba amortiguada y obscurecida, y aquellos ojos lucientes se
obscurecían, ya que quería morir y después de muerto,
¿por qué fue esto, sino por dar luz y color vivo a nuestras
obscuridades? Según Él mismo lo figuró, cuando de su
saliva, que significa a Él cuanto a Dios, y la tierra, que significa la
humanidad, hizo lodo, que significa su abatida Pasión, y con aquella
bajeza recibió vista el ciego, que significa el género humano. Y
si lo cuarto que es el ser grande, Él escondió cuando se hizo
hombre, y el más abatido de todos los hombres, ¿por qué
fue, sino para conformarse con los chicos, y pegarles su grandeza? Según
fue figurado en el grande Eliseo (4 Reg., 4, 34), que para resucitar el
muchacho chico, se encogió y midió con él, y así le
dio vida.
Pues
si San Agustín dice, que amando a Dios somos hechos hermosos, claro es
que en la obra de mayor amor, más somos hermosos. Pues en qué
cosa tanto se mostró el grande amor que Jesucristo tenía a su
Padre, como en padecer por su honra, como Él dijo (Jn., 14, 31): Porque
conozca
el mundo que amo al Padre, Levantaos, y vamos de aquí. Mas
¿adonde iba? Claro es que a padecer. Y pues mientras una es mejor obra,
tanto es más hermosa— porque lo bueno es hermoso y lo malo
feo—, claro está que cuanto Cristo más padecía,
mejor obra era; y, por tanto, mientras más abajado y afeado, más
hermoso es a los ojos de quien conoce que quien lo pasó no lo
debía, mas pasólo por honra del Padre y provecho de nosotros.
Estos son los ojos con que habéis de mirar a este hombre siempre, para
que siempre os parezca hermoso como lo es. Y también para que sepa
Pilato allá en el infierno, do está [lo más probable], que
pone Dios unos ojos a los cristianos, con los cuales mirando a Cristo, tanto
más hermoso les parezca, cuanto él más afearlo quiso.
Ahora
oíd cómo todo esto dice San Agustín: «Amemos a
Cristo; y si algo feo halláremos en Él, no le amemos. Aunque
Él halló en nosotros muchas fealdades, y nos amó. Y si
halláremos en Él algo feo, no le amemos. Porque el estar vestido
de carne, por lo cual se dice de Él: Vimosle y no tenia hermosura, si
considerares la misericordia con que se hizo hombre, allí también
te parecerá hermoso. Porque aquello que dijo Isaías: Vimosle, y
no tenía hermosura, en persona de los judíos lo decía. Mas
¿por qué le vieron sin hermosura? Porque no le miraron con
entendimiento. Mas a los que entienden el Verbo hecho hombre, gran hermosura
les parece; y así dijo uno de los amigos del Desposado (Gal., 6, 14): No
me glorío yo en otra cosa sino en la cruz de Jesucristo nuestro
Señor.—¿Poco os parece, San Pablo, no haber vergüenza
de las deshonras de Cristo, sino que aun os honráis de
ellas?—¿Por qué no tuvo Cristo hermosura? Porque Cristo
crucificado es escándalo para los judíos, y parece necedad a los
infieles gentiles (1 Cor., 1, 23). Mas ¿por qué tuvo Cristo en la
cruz hermosura? Porque (v. 24) las cosas de Dios que parecen necedad, son
más llenas de saber que lo sabio de todos los hombres. Y las cosas
de
Dios que parecen flacas, son más fuertes que lo más fuerte de
todos los hombres. Y pues así es, parézcaos Cristo Esposo
hermoso, siendo Dios hermoso, Palabra acerca del Padre. Hermoso también
en el vientre de
Y
cierto; si con estos ojos mirásedes a Cristo, no os parecería
feo, como a los carnales que en su Pasión le despreciaban; mas con los
santos Apóstoles que en el monte Tabor lo miraban, pareceros ha su
rostro resplandeciente como el sol, y sus vestiduras blancas como la nieve
(Mt., 17, 2); y tan blancas, que, como dice San Marcos (9, 2), ningún
batanero sobre la tierra las pudiera emblanquecer tan bien. Lo cual significa
que nosotros, que somos dichos vestidura de Cristo (Isai.. 49, 18) porque le
rodeamos y ataviamos con creerle y amarle y alabarle, somos tan blanqueados por
Él, que ningún hombre sobre la tierra nos pudiera dar la
hermosura que É
l nos
dio, de gracia y justicia. Parézcaos Él como el sol, y las
ánimas por Él redimidas, blancas como la nieve.
Aquellas,
digo, que confesando y aborreciendo con dolor su propia fealdad, piden ser
hermoseadas en esta piscina de sangre del Salvador; de la cual salen tan hermosas,
justas y ricas, con la gracia y dones que reciben por Él, que bastan a
enamorar los ojos de Dios, y que le sean cantadas con gran verdad y
alegría las palabras ya dichas: Deseará el Rey tu hermosura (Ps.,
44).
DEO GRATIAS
FIN