NOTICIA,
JUICIO Y RECOMENDACION de la UTOPIA y de TOMAS MORO
DESCRIPCIÓN DE
LA ISLA Y SU AGRICULTURA
LAS CIUDADES;
ESPECIALMENTE AMAROUTO
VIAJES Y OTRAS
COSTUMBRES. ESTUDIOS
Todo el mundo tiene
referencias y habla de este librito, pero son poquísimos los que lo han leído.
Yo mismo lo desconocía hasta hace poco.
Vino a mis manos una edición española del año 1638, y su
lectura me impresionó profundamente, y estoy seguro de que su difusión ha de
hacer un gran bien entre todos los que andamos en " cosas" sociales.
Santo Tomás Moro publicó su
"UTOPIA" en 1516, y Lutero dio el primer
paso hacia
De estos
hechos han pasado cuatro Siglos y medio, y hoy tenemos suficiente perspectiva
para darnos cuenta de muchas cosas que nuestros antepasados no pudieron ver.
Ambos
hechos se produjeron en los tiempos en que el poder espiritual y temporal de
Se habían constituido y consolidado casi todas las
grandes naciones de Europa. El poder temporal de
1º Poder
concentrado, constituido por los Estados Pontificios, en los que el Papa era soberano absoluto, y
2º Poder diluido, formado por
las posesiones, mas o menos feudales, de todos los
dignatarios eclesiásticos en todos los países. Desde las Parroquias rurales a
los grandes Arzobispados, pasando por todos los Obispados y las grandes (y
pequeñas) Abadías y Conventos.
¿Y el pueblo? ¿Qué papel desempeñaba en todo esto el
pueblo? Lo que hoy llamamos "pueblo" entonces se denominaba "los
súbditos", "los vasallos", "los sujetos"..., nombres
todos que indican netamente que la gente sin privilegios (el vulgo) eran, ante
todo, los sometidos y los servidores de los poderosos;
La
gente del pueblo no tenía "patria" (pasarían dos siglos antes de que
se inventara), pero tenían Rey, al que tenían que servir lealmente. Y. esta era
regla. A esto ahora lo denominaríamos "discriminación señorial": -
los "señores " por una parte y los "siervos" por otra.
Este
proceso del poder temporal empezó (para
Las
guerras de religión. Puede afirmarse que el pueblo no intervino para nada en
ellas, sino para recibir golpes y morir por su "señor", que seguía
tan contento y divertido en su castillo. Fue una pelea entre los que habían
acaparado el máximo poder por una parte (el Papa y el Emperador) y los
Príncipes por otra. Con
Es curioso observar (por lo que respecta al pueblo)
que todos los que firmaron dicho Tratado de Paz estuvieron conformes con que
los pueblos vinieran obligados a profesar la religión de sus Príncipes.
Entonces empezó a funcionar la idea de "patria que alcanzó su máximo
esplendor con Revolución Francesa, es cosa de hacer aquí un resumen histórico,
que ya está suficientemente conocido y divulgado.
Lo único que quiero observar es que estos cuatro y medio
han representado para
Los
poderosos de antaño ya no existen. El bienestar de las naciones ya no se mide
por el esplendor de unos. Cuantos privilegiados. La misma idea de
"Patria" se va clarificando, y cuando De Gaulle
preconiza una Europa de las patrias, encuentra cada vez menos adherentes. Hoy
la religión se mira como una opción personal y libre, a la que a nadie le es
lícito violentar. Frente a la división de la sociedad en "clases" se
va cada vez con mayor firmeza hacia la "comunidad".
Considerando estos hechos (y otros que están en mente de
todos) es cuando uno se percata del valor profético del libro de Santo Tomás
Moro, que va a continuación. Teniendo en cuenta, sobre todo, cuando lo escribió
todo el Occidente estaba unificado "brutalmente" en lo religioso y en
lo civil, y nadie podía prever el proceso que iba a iniciarse al año siguiente.
Frente al
"clericalismo" manifestado por la invasión de los eclesiásticos en
todas las esferas de lo civil, él preconiza un Estado guiado fundamentalmente
por el Derecho Natural. Frente a los privilegios de los poderosos, pone la
igualdad de todos los ciudadanos, en una vida comunitaria. Sus atisbos sobre la
"vocación profesional" son geniales.
Pero lo más
extraordinario, a mi entender, es su defensa del "pluralismo"
religioso, frente a la religión única obligatoria.
Lo más opuesto a "UTOPIA" es Jauja.
No
dudo que habrá lectores que recorrerán las paginas que siguen como si leyeran
una historieta absurda de ciencia ficción", que tanto gustan actualmente,
o como una divertí da exposición del país de Jauja. Y no es esto. Ni mucho
menos. En mi opinión es todo lo contrario. Es un libro para meditarlo. Sobre
todo por los gire militarnos en las filas del catolicismo social.
Piénsese
en que durante cerca de cinco siglos hemos dispuesto de un ideario
racionalismo, plenamente de acuerdo con el Derecho Natural, y no le hemos hecho
ningún caso, antes hemos aprovechado su mismo título, para inventar la palabra
"utópico". En cambio, el marxismo, basándose en
un-hombre-que-no-existe (esto sí que es utópico) en menos de cien años ha
revuelto el mundo.
Comprendo muy bien que después de aquella situación de
prepotencia universal (que culminó en los años de la aparición de "UTOPIA»
y casi todos los católicos excepto los Santos) hayamos sido "conservadores". Ello es muy
natural, aun que no tiene nada de sobrenatural. El resultado ha sido que en vez
de ser "luz del mundo" y "sal de la tierra", hayamos sido
en no pocos aspectos una rémora a la marcha providencial de
Pero, gracias a Dios, estarnos asistiendo al fin de
la era constantiniana.
Ha llovido mucho desde que se
escribió "UTOPIA". Ello quiere decir que en algunos aspectos no es
actual. Pero en muchos otros, sí. Algo parecido al Evangelio. Recuerdo ahora
una anécdota catequística, ocurrida en Inglaterra recientemente. La catequista
explicaba a las niñas la "Parábola de las Vírgenes Prudentes", y al
terminar preguntó a una dé ellas qué consecuencia sacaba de lo que había oído.
La niña, sin dudar un momento, respondió:
Es clarísimo. De esto se deducen las grandes
ventajas del alumbrado eléctrico sobre los candiles de aceite.
Aquí el peligro está también en tropezar con lo anecdótico
y perder de vista su sentido profundo.
Santo Tomás Moro escribió
"UTOPIA" en latín. En un latín elaboradísimo y al gusto de aquella
época; que dicen que es difícil dé traducir al español del siglo XVII,
adaptando el castellano florido dé entonces, con su prosodia enrevesada, al
lenguaje de hoy. Dudo mucho de la corrección de mi trabajo bajo el punto de
vista literario, pero estimo que (en parte, al menos) he conseguido lo
principal que buscaba, que era la claridad, y evitar que se hiciera pesado para
el lector actual. Con es/a pretensión me he atrevido a darlo a la imprenta.
Lleva un prólogo de Quevedo, que he conservado intacto,
incluso con su propia ortografía, además de las licencias pertinentes de
Espero
Y deseo que esta edición pueda ser útil a muchos. El dormir durante unas horas es muy sano y conveniente;
pero dormir durante siglos y siglos... ¿puede defenderse como cosa buena?
Enero de 1964. ROVIROSA
NOTICIA, JUICIO Y RECOMENDACION
de
UTOPIA
por don
FRANCISCO DE QUEVEDO VILLEGAS
Caballero del Hábito de Santiago
Señor de las Villas de Cetina,
y
La vida mortal de Tomás Moro escribió en nuestra lengua
Fernando de Herrera, varón docto y de juicio severo; su segunda vida escribió
con su sangre su muerte, coronada de virtuoso martirio; fue su ingenio
admirable, su erudición rara, su constancia santa, su vida exemplar,
su muerte gloriosa, docto en lengua latina y griega. Celebraronle
en su tiempo Erasmo de Roterodamo y Guillelmo Budeo, como se lee en
dos cartas suyas, impresas en el texto de esta Obra: llamóla
Utopía, voz griega, cuyo significado es, no hay tal lugar. Vivió en tiempo y Reyno, que le fué forzoso para reprehender el gobierno que padecía, fingir el conveniente.
Yo me persuado, que fabricó aquella política contra la tiranía de Ynglaterra, y por eso hizo isla su idea, y juntamente
reprehendió los desordenes de los más de los Príncipes de su edad, fuerame fácil verificar esta opinión; empero no es difícil,
que quien leyere este libro la verifique con esta advertencia mía: quien dice
que se ha de hacer lo que nadie hace, a todos los reprehende: esto hizo por
satisfacer su zelo nuestro Autor. Hurtos de cláusulas
de
El
libro es corto, mas para atenderle como merece, ninguna vida seré larga;
escribió poco, y dixo mucho: si los que gobiernan le
obedecen, y los que obedecen se gobiernan por él, ni a aquellos será carga ni a
estos cuidado. Por esto viendo yo á Don Gerónimo Antonio de Medinilla y Potres,
que le llevaba por compañía en los caminos, y le tenía por tarea en las pocas
horas que le dexaba descansar la obligación de su
Gobierno de Montiel, le importuné á que hiciese esta
traducción: asegurándome el acierto de ella lo cuidadoso de su estilo, y sin
afectación; y las noticias políticas, que con larga lección ha adquirido. executandolas en quanto del servicio de su Magestad
se le ha ordenado; y con gran providencia, y desinterés, en el gobierno que
tuvo de estos Partidos. Quien fuete tan liberal, que en parte quiera pagar algo
de lo que se debe á la buena memoria de Tomás Moro, lea en
Don Francisco de Quevedo Villegas
TESTIMONIO DEL MAESTRO Bartolomé Ximenez
Patán
Catedrático
de eloqúencia de Villanueva de los Ynfantes, y sus Partidos, y Notario del Santo Oficio, por
orden, y comisión del
Tribunal de
El Maestro Bartolomé Ximenez
Patón, Notarlo del Santo Oficio, y con especial comisión dejos Señores
Inquisidores, que residen en el Tribunal Apostólico de Murcia, para la
expurgación de los libros, certifico, y hago fe, a los que el presente vieren,
que el texto de
En
testimonio de verdad
vera fides
El Mro. Bartolomé Ximenez Patón
UTOPIA
Relación que el excelente varón
Rafael HITHLODEO
hizo del feliz Estado de
República
ordenada por
TOMAS MORO
La isla de UTOPIA se extiende unos doscientos kilómetros,
y por larguísimo espacio no se estrecha
considerablemente, pero ea sus extremos queda
reducida a unos cincuenta kilómetros. Dichos extremos están como torcidos, de
manera que toda la isla tiene una forma parecida a la de la luna nueva.
Estas
partes extremas, azotadas por el mar, distan una de otra unos once kilómetros.
Entre
estos brazos se forma como a manera de un lago apacible, quedando un refugio
muy
bien acomodado, desde el que pueden mandar sus flotas a otras
regiones y países.
Las
gargantas que forma la entrada, que por una parte tienen bancos de arena y
vados, y por
otra parte escollos disimulados, ponen espanto al que
pretendiera entrar como enemigo.
Casi en
el centro de este espacio existe una gran roca, en cuya parte superior han
construido
un fortín, y en el que existe un presidio.
Hay
muchos escollos ocultos (y por lo tanto muy peligrosos) de los que solamente
tienen conocimiento los prácticos, de lo que resulta que muy raramente puede
pasarlos ninguna nave extranjera que no esté guiada por uno de UTOPIA. Y si
pretende entrar sin guiarse por ciertas señales que hay en la playa, cualquier
armada enemiga embarrancará.
Dentro
de dicho lago existe un puerto de mucho tránsito, con un desembarcadero natural
muy bien acomodado, de manera que poca gente de guerra pueden
poner en retirada a un ejército considerable.
Se cree
(y el aspecto del lugar lo confirma) que aquel país antes no estaba totalmente
rodeado por el mar. Pero Utopo, de quien tomó nombre
la isla, por haberla conquistado, ya que antes se llamaba Abraxa,
fue quien hizo que sus moradores, que eran rústicos y muy atrasados, vivieran
de manera humana y civil. Fue él quien mandó formar un istmo de unos diez
kilómetros, con
lo que UTOPIA quedó separada de la tierra firme y convertida en una isla. Hizo
que trabajaran en
dicha tarea, no solamente los moradores antiguos, sino también los soldados, y
con tan gran número
de brazos el trabajo quedó realizado en muy poco tiempo, dejando admirados a
los pueblos vecinos,
que al principio se burlaban de ellos.
Hay en
la, isla cincuenta y cuatro ciudades, todas las cuales tienen en común el
idioma, las instituciones y las leyes; y puede decirse que todas ellas están
construidas bajo un mismo modelo, en cuanto lo permite el terreno. La distancia
media entre ellas es, de unos veinte kilómetros, y ninguna está tan apartada de
la más próxima, que en una jornada un peatón no pueda desplazarse de una a
otra.
Tres ciudadanos expertos y venerables de cada una de
dichas ciudades acuden todos los años a Amauroto, ciudad que por
estar en la parte central de la isla es fácilmente accesible a todas las demás
y se considera, como
El término municipal de cada ciudad viene a tener el
mismo contorno que las otras, unas más y otras menos, según lo apartadas que
estén. Ninguna de ellas desea extender o ensanchar su distrito, por
considerarse más como labradores usufructuarios de los campos que Señores de ellos.
Existen
alquerías muy bien provistas de toda clase de utensilios para las labores
agrícolas, y para el trabajo en estos cortijos se turnan los ciudadanos.
Ninguna familia de una alquería agrupa menos de cuarenta personas, en las que
se señala Padre y Madre de familias por edad y por costumbres venerables. Cada
treinta alquerías forman una agrupación y se designa a una que se considera como cabeza y
representante de todas las demás.
Por
cada familia que está en el campo, cada año vuelven a
Y aunque esta manera de renovar el personal agrícola se
ordena a que nadie lleve esta Vida dura por más tiempo de dos años, no por esto
los que se complacen en la agricultura dejan de permanecer allí más años.
Los
labradores cultivan el terreno, cuidan el ganado y demás animales, cortan leña
y la conducen a la ciudad por tierra o por mar, según más convenga. Sacan con
admirable artificio una infinidad de pollos, sin que los tengan que empollar
las gallinas, ya que con calor proporcionado los incuban y después los hombres
los abrigan y los cuidan. Crían pocos caballos, muy fieros, de los que únicamente se sirven
para la guerra, ya que las labores de cultivo y acarreo las realizan con bueyes, que aunque sean
más, lentos que los caballos son más sufridos y menos sujetos a enfermedades, además de que
ocasionan menos gasto, y cuando pierden fuerzas se pueden comer.
Siembran solamente trigo. Beben vino de uvas y sidra, o
agua pura, o cocida con regaliz, de la que disponen en gran abundancia. Y aunque producen
todas cuantas vituallas se consumen en
Todos los instrumentos de labranza se los proporcionan en
El que ha visto una de
aquellas ciudades pueden decir, que las ha visto todas, tan semejantes son unas de otras, en cuanto
la disposición del terreno lo consiente. Aunque es igual describir una que otra,
voy a fijarme en Amauroto, por ser la principal y
estar en ella el Senado; por ser la más ennoblecida y por ser la que mejor conozco, por
haber residido en ella cinco años.
Está
situada en la falda de un monte, siendo su forma cuadrada, extendiéndose
suavemente desde lo alto de un collado en una extensión de un kilómetro hasta
llegar al río Anidro, prolongándose un poco más al otro lado del mismo.
Este río nace unos cíen
kilómetros más arriba de Amauroto, de una pequeña
fuente, pero con el concurso de otros ríos que confluyen en él, especialmente de dos
mediados, aumentan mucho sus aguas, de manera que al llegar a
La
ciudad se comunica con la ribera opuesta, no con barcazas o pasarelas de
madera, sino con un magnífico puente con arcos de sillería, construido en la
parte más apartada del mar, para que las naves puedan llegar sin dificultad a la zona
central de
Disponen de un riachuelo manso y apacible, que nace cerca
de donde está la población, atravesándola y, juntándose luego al río Anidro. Los habitantes de
Toda
Las plazas, están abrigadas con pórticos, tanto para el
buen servicio de los almacenes como para la comodidad de los habitantes. Los edificios son
semejantes y muy bien cuidados, sobre todo en las fachadas. Las calles tienen veinte metros de
ancho, y todas las casas están rodeadas de jardín. Las casas tienen una puerta
principal y una puerta falsa, con cerraduras muy sencillas, que todos pueden
abrir fácilmente, de manera que cualquiera puede entrar y salir por ellas, ya
que nadie posee nada en particular.
Cada diez años todos cambian de domicilio por sorteo, y
todos sienten emulación por dejar la casa lo más arreglada posible. Un cuidado
especial ponen todos en sus jardines, en los que
plantan cepas, árboles frutales, hortalizas y flores, con tanta hermosura y
buena labor que jamás he visto cosa igual. Este cuidado no es solamente para su
deleite, sino que además compiten entre ellos para ver quién tiene estos
jardines más bonitos y mejor cuidados. Lo cierto es que no he hallado en
ninguna ciudad nada que esté mejor acomodado, tanto para el provecho como para
el deleite de
los hombres. Parece que Utopo (el fundador) puso en
esto el máximo cuidado, y es fama que dispuso los modelos y el trazado desde el
principio, aunque en cuanto al adorno estableció que los venideros lo arreglaran como mejor les,
acomodase, contando coa que los gustos varían con los
tiempos.
Así se refiere en los Anales que tienen escritos y
guardados religiosamente, en los que se contiene la historia de la isla desde
que fue conquistada, abarcando un período de mil setecientos sesenta años. Por ello se
comprueba que al principio las, cosas fueron parecidas a lo que ahora son pajares, una especie de
cabañas y chozas, construidas con toda clase de maderas sin distinción, con muros de tapia y
cubiertas de pajizo y retamas.
En la actualidad cada casa tiene tres pisos, siendo el
exterior de los muros de piedra labrada 9 de ladrillo, y lo interior revocado con argamasa;
las azoteas
llanas y descubiertas se protegen con cierto betún que fabrican con productos
molidos, de muy poco coste, pero es tan eficaz que el fuego no lo altera y que
defiende del mal tiempo mejor que si fuera con placas de plomo.
Contra los vientos usan
vidrieras en las ventanas porque en aquella tierra hay mucho vidrio, aunque a
veces también se sirve n de telas enceradas con aceite o goma, con lo que se
resguardan de los vientos y reciben más luz.
Todos los años cada grupo de treinta familias eligen un
Magistrado, que en su idioma antiguo llamaban Sifogranto,
y en el moderno Filarco. Cada diez de estos Sifograntos, de acuerdo con las familias, eligen otro Magistrado superior, que antes llamaron Traniboro, y actualmente denominan Protofilarco.
Finalmente, todos los Sifograntos (que son en número
de doscientos) hacen juramento de que elegirán por Príncipe, con voto secreto, a uno de
los cuatro propuestos por mayoría de votos por el pueblo. Cada cuarta parte de
La dignidad de Príncipe es vitalicia, a no ser que se
venga en sospecha de que trata de tiranizar el Estado.
Los Traniboros se eligen por un año, y no los deponen sin causa
justificada. Todos los demás Ministros y Oficiales también los eligen por un
año.
Los Traniboros se reúnen con el Príncipe cada tres días, aunque
si hay asuntos urgentes se reúnen con mayor frecuencia. En dichas reuniones
tratan los negocios de
Cada reunión del Senado viene
presidida por dos Sifograntos, que se turnan por
orden; no consintiéndose que se acuerde ningún asunto de importancia para
Se
considera como un, delito capital el tratar ningún negocio público fuera del
Senado y de sus Juntas señaladas. Esto se hace con miras a que el pueblo no sea
traicionado y oprimido por la violencia y las asechanzas del Príncipe y de los Traniboros. Por esta razón, todo lo que se considera de importancia se
comunica a
Es norma del Senado el que ningún asunto se resuelva el
mismo día que se propone, sino que se difiera para la reunión siguiente, para que nadie, sin
madurarlo, exponga lo primero que se le ocurre, y después quiera sostenerlo tercamente,
mirando más a su amor propio que al bien público, ya que son muchos los que
llevados por una necia vergüenza, para que no parezca que obraron a la ligera, prefieren que
prevalezca su opinión antes que la salud del pueblo, en aquello que debían
tener bien estudiado para poder hablar con más conocimiento y menos prisa.
Esto se
les inculca desde su más tierna edad; teóricamente, en
Además de
El
vestido es igual para todos en toda
Cada familia se hace los vestidos a su gusto, pero ea los demás artes y oficios, tanto varones como hembras, cada uno
aprende y se aplica en el que es de su elección.
Las
mujeres se ocupan en trabajos menos pesados tales como el labrar la lana y el
lino. Y los hombres
en los más duros. En general, y el hijo sigue la profesión del padre, ya que
casi siempre la
naturaleza le inclina a ello; pero si alguno tiene inclinación decidida por
otra profesión, pasa por adopción a otra familia que trabaje en aquella tarea a
que se siente inclinado. En estos casos interviene no solamente el padre
natural, sino también el Magistrado, cuidando de que el padre adoptivo sea
hombre honrado y serio.
Si alguno se ha instruido bien en una Profesión y desea
aprender otra, se le permite, y cuando las conoce bien se aplica a aquella que es más de su
gusto.
Está al cuidado de los Magistrados Sifograntes
el evitar que haya vagabundos, antes bien, cada uno esté bien ocupado en su
profesión.
No
comienzan su labor muy de mañana, ni trabajan continuamente, ni durante la
noche, ni se fatigan con perpetua molestia como las bestias, porque es una
infelicidad mayor que la de los esclavos
Dividen
el día y la noche en veinticuatro horas, dedicando seis horas diarias al trabajo,
tres por la mañana, al final de las cuales van a comer. Tienen una siesta de
dos horas después de la comida, y una vez descansados vuelven al trabajo por otras tres horas, que
se terminan con la cena.
Las
veinticuatro horas empiezan a contarse a partir del mediodía. A las ocho se
retiran a dormir
durante ocho horas. En los intervalos de comer, cenar y dormir, cada uno emplea
su tiempo con lo
que mejor cuadra con su libre albedrío; pero no de manera que se disipe en
excesos y holgazanerías,
sino que libre de su trabajo se ocupe en algún ejercicio honesto de su
elección.
La
mayor parte de estas horas libres las dedican a los estudios literarios, ya que
es costumbre que
haya lecciones públicas antes del amanecer; a las que por obligación solamente
asisten aquellos que están encargados y escogidos para cuidar del estudio.
Además de éstos concurren voluntariamente gente de todo estado, tanto hombres
como mujeres, a oír a los disertantes, cada uno según sus aficiones y según su
profesión.
Estos
tiempos libres, si alguno lo quiere emplear en su profesión, lo que les ocurre
a muchos a Tos que su temperamento no les inclina a cosas de estudio, no se les
prohibe, antes bien se les alaba por la utilidad que
reportan a
Después
de la cena tienen una hora de recreo, que en verano transcurren en los
jardines, y en invierno en las grandes salas que se emplean como comedores
colectivos, donde se oye música o se hace tertulia.
Los juegos de dados y otros prohibidos, ni los usan ni
los entienden. Lo que usan son dos clases de juegos parecidos al ajedrez. Uno
de ellos es una batalla de tantos a tantos, en el que los de un bando despojan y
saquean a los del otro; el otro juego consiste en una pelea de los vicios
contra las virtudes en forma de escuadrones. En este juego se
pone de manifiesto discretamente la oposición a los vicios y la concordia con
las virtudes, así como qué vicios se oponen a las virtudes y les hacen guerra,
y con qué pertrechos acometen a la parte contraria; y asimismo con qué armas
defensivas las virtudes quebrantan y desbaratan a las fuerzas de los vicios, y
los ardides con que inutilizan sus acometidas; y finalmente las trazas y mañas
con que uno de los jugadores se alza con la victoria.
Conviene poner la atención en esto para no llamarse a
engaño, pues podía imaginarse que con solamente seis horas de trabajo diario no
podrán producirse los bienes cuyo uso es indispensable, lo cual está muy lejos
de suceder, porque con este tiempo, no solamente basta sino que sobra para obtener en
abundancia las cosas necesarias para la vida y aun las superfluas.
En los
países en que casi todas las mujeres (que son la mitad del pueblo) trabajan y
los hombres se dan al reposo, además del gran número de sacerdotes y religiosos
que no producen nada con sus manos, ni los señores ricos y herederos (a los que
el vulgo llama nobles y caballeros), incluyéndose en esta cuenta a toda la
caterva de los que sirven a estos últimos de espadachines y truhanes, y a los
mendigos que teniendo salud fingen enfermedad por holgazanería, hallaréis que
son muchos, los que no producen nada; y entre los que trabajan hay una gran
parte que no se ocupan en cosas necesarias, ya que donde todo se consigue con
dinero es forzoso que haya muchas artes totalmente vanas, que sólo sirven al antojo y al
exceso.
Si los
pocos que trabajan se aplicaran todos en los menesteres necesarios a la vida
humana, sin duda
que bajarían los precios de las cosas, de manera que la vida resultaría mucho
más fácil. Y si
se juntaran a éstos todos los que viven en el ocio y en la holganza, y se
ocuparan en trabajos provechosos para todos (contando con que los artífices de
las manufacturas de lujo y los holgazanes consumen cada uno tanto como dos
oficiales de trabajos útiles y necesarios) aquellas seis horas diarias
bastarían y sobrarían para estar abastecidos abundantemente de todas las cosas
necesarias para la vida y su comodidad" incluso para los, deleites
verdaderos y naturales.
La experiencia nos da
verdadero testimonio de ello en Utopía, donde en cada Ciudad y las aldeas de
sus contornos apenas si se permite holgar (entre hombres y mujeres) con a
quinientas personas fuerza y edad aptas para el trabajo. Entre éstos, los Sifograntes, que si bien las leyes les declaran exentos, no se
excusan de trabajar, para estimular con su ejemplo a los demás.
Del
mismo privilegio gozan los estudiantes, a quienes por acuerdo de los Sacerdotes
y de los Magistrados
el pueblo les concede por votos secretos, que solamente se ocupan en sus
estudios; y si alguno no corresponde a las esperanzas que en él se pusieron, se
le saca de los estudio, y se le dedica a trabajos manuales. Y por el contrario,
sucede muchas veces que, un trabajador manual que aprovechó sus horas libres para el estudio, le
sacan de su trabajo para que se aplique solamente a estudiar.
De los estudiosos proceden los Embajadores, los
Eclesiásticos, los Magistrados Traniboros, y el mismo
Príncipe, al que en la antigua lengua llamaban Barzanes,
y en la moderna Ademo.
La demás muchedumbre que siempre trabaja y está ocupada
en labores útiles, cuesta poco comprender cuánto llegarán a producir en pocas
horas.
Además
de estas cosas que he referido, hay que añadir que en los trabajos usuales
necesitan menos esfuerzo que en otros países. Fijémonos, por ejemplo, en la
obra de construcción o de reparación de edificios. En otros países es necesario
que haya muchos dedicados a la reparación, porque lo que los padres construyen
con gran trabajo, los herederos pródigos lo descuidan de manera que poco a poco
se arruinan, así que lo que pudo repararse a poca costa, el sucesor tiene que
edificarlo casi de nuevo.
En Utopía las cosas no ocurren así, porque estando todas
las cosas y las Ciudades compuestas y ordenadas de una vez, raramente acontece
que se elija nuevo sitio para fundar edificios, y no sólo acuden con brevedad a
reparar lo que se deteriora, sino que lo previenen con tiempo, antes de que
amenace ruina. Por esto sucede que los edificios duran mucho tiempo, y que los
Maestros de Obras tengan poco en qué ocuparse, si no es en tener preparados
maderos y sillares
para que cuando la necesidad lo pida, puedan acudir con mas
diligencia a las reparaciones.
En cuanto a los vestidos, ya se ha visto la sencillez con
que lo resuelven, ya que para el trabajo se cubren con pieles curtidas, que son
resistentes y necesitan pocas atenciones, y que les duran siete años. Cuando
salen en público se ponen encima otra ropa, que siempre es del color natural de
la lana, y esto en toda
De esta
ropa de lana gastan mucho menos que en otras partes, además de salirles a mucho
menor coste. Con el lino ocurre lo mismo, aunque se gasta y se usa más. En los
lienzos lo que se aprecia es la blancura y en los paños la limpieza, sin hacer
caso de que sea más o menos fino Y delgado. De aquí procede que si en otras
partes no basta para una sola persona el tener cinco vestidos de diversos
colores, unos de lana y otros de seda, y los más caprichosos no se conforman ni
con diez, los de Utopía, están muy contentos con uno, que les dura dos años. No
tienen \motivo para desear más ropa de la que tienen, porque con otra no
estarían mejor defendidos del frío o del calor, ni por la finura les parecen más delicados
y distinguidos.
Por estas
circunstancias todos se ejercitan en profesiones provechosas, y aunque trabajen
menos les basta
para disponer de lo necesario con abundancia.
De donde resulta que,
abundando en todas las cosas, sobra gente, y unas veces se destinan a la
reparación de las calles y caminos públicos, y aun sin verdadera necesidad se
ordenan obras públicas
en las que todos se ocupan algunas horas.
Los Magistrados no emplean a los ciudadanos en trabajos
inútiles y superfluos, ya que la institución y fundamento de
Vamos a exponer ahora la manera con que los ciudadanos de
Utopía comercian entre sí, y cómo son sus relaciones.
Para
que no falte población en
Esto se
logra pasando los niños que sobran de una familia a otra que les falten, para
formar su cómputo. Si alguna vez se multiplican más de lo determinado y justo,
con los que sobran se compensan las zonas despobladas de otras ciudades. Si en
algún caso en toda la isla hay excesiva muchedumbre de moradores, hacen un
padrón y en el continente fundan colonias sujetas a sus mismas leyes,
convidando a los naturales de aquella tierra a que vivan en su compañía, si
tienen gusto en ello.
Una vez
que se han juntado con los que aceptan este trato, fácilmente se conforman con
las costumbres y las leyes que son de utilidad para ambos pueblos. De esta
suerte, con sus buenas ordenanzas hacen que se fertilice la tierra que antes
era estéril y miserable; y a los que no se conforman con este trato los echan
de los términos que han señalado para sí, y tienen por justo el hacer la guerra
a los que se resisten.
Cuando
algún pueblo prohibe a otro el uso y la posesión de
terrenos que tiene vacíos y desocupados, de los que nadie se aprovecha, por ley y
ordenamiento del Derecho Natural este otro pueblo puede vivir allí y trabajarlo, y apoderarse
del dominio y del uso de aquella tierra. De esta manera, cuando en las ciudades
de
Volviendo
a la manera de vivir de los habitantes de Utopía, él más anciano preside la
familia, las mujeres sirven a los maridos, los hijos a sus padres, y en general
los de menor edad a los mayores.
Cualquiera
de las Ciudades se subdivide en cuatro Distritos iguales, cada uno de los
cuales tiene en su centro una plaza donde se hallan los almacenes generales
comunes a todos. Hay lugares determinados donde se llevan los productos del
trabajo propios de cada familia. Cada especie de alimentos se conservan en
silos apropiados por cada clase.
De estos almacenes cada padre
de familia saca todo aquello que necesita para sí y para los suyos, sin dinero
ni nada que lo sustituya. ¿Por qué se le negará nada si allí hay abundancia de todo, y Sin temor a que nadie
pida más de lo que necesita? ¿Y qué objeto puede tener el pedir con exceso cuando se está seguro
de que no faltará nada de lo necesario?
Es
cosa manifiesta que cuando no hay temor de que falte lo que se necesita, cesa
la ambición de
querer acumular aquella clase de bienes, y como esta ambición no se da en
Utopía, viven perfectamente tranquilos.
Junto a las plazas centrales de las que se hecho mención,
existen otras que llaman de Suministros, en las cuales se almacenan las hortalizas y
las frutas, además del pan. Para el pescado, las carnes de pluma y de pelo, y cualquiera
otros alimentos cuya vista y olor es poco atractivo, tienen sus
almacenes fuera de
afectos de la piedad natural. Se prohibe que ninguna cosa inmunda, sucia o asquerosa entre en
En cada barrio hay un edificio público (separados los de
unos y otros barrios por la misma distancia) que sirve de morada al Sifogranto, que es el representante de 30 familias, de las
que 15 están a un lado del edificio y las otras 15 al otro, y las 30 familias
se reúnen en dicho gran local para sus comidas.
Los
despenseros de estos comedores colectivos se reúnen en
Ello permite que no estén amontonados en el caso de haber
muchos enfermos, y si hubiere enfermos contagiosos pueden perfectamente, separarse unos
de otros.
Estos
Hospitales están tan bien dispuestos y surtidos de todas aquellas cosas que
afectan a la salud, y servidos con tantas atenciones y cuidados por enfermeros
y médicos doctos, que si bien no es obligatorio que se lleven allí a todos los enfermos, no hay nadie que al
sentirse malo no prefiera pasar la enfermedad en el Hospital mejor que en su casa.
Cuando
el despensero de los enfermos ha tomado lo que necesita según las órdenes y
recetas de los
médicos, se mira lo mejor que hay y se reparte en partes iguales a todos los
Comedores Colectivos; aunque también se tiene en consideración lo que se pide
para la casa 4e1 Príncipe, así como para los Prelados y para los Traníboros,
e incluso para los Embajadores, si es que hay alguno (cuando los hay, también
tienen su casa señalada y dispuesta).
Asisten
a estos Comedores los Sifograntes con las 30 familias
que cada uno de ellos representa, que se convocan al son de una trompeta cuando
llega la hora de comer, con la excepción de los que están enfermos en sus casas
o en el Hospital. A nadie se le prohibe que se lleve
comida a su casa, pon estar persuadidos de que nadie es capaz de hacerlo sin
necesidad. Y aunque es lícito a todos el quedarse a comer en sus casas, nadie
lo hace porque no les parece decente, reputándose por cosa de poco juicio el
tomar sobre sí un trabajo innecesario, pudiendo comer espléndida y
abundantemente con los demás, con las máximas facilidades.
En los
Comedores Colectivos se encargan a los esclavos todos aquellos trabajos que se tienen por serviles y menos
decentes. El aderezo y guiso de las viandas, así como la disposición de las mesas, corre a cargo de
las mujeres, por turno de familias.
El
número de mesas es proporcionado al de los comensales. Los varones se sientan
de espaldas a la pared y las mujeres en los bancos de fuera, con objeto de que
si les sobreviene algún accidente (especialmente a las que están embarazadas)
puedan acudir rápidamente a remediar la necesidad. Las que amamantan a sus
pequeños comen en una pieza algo apartada, con cunas para los niños de pecho, donde siempre
tienen provisión de lumbre y agua clara para poderlos limpiar y recrear.
Toda
madre cría a su hijo, si no lo impide la muerte o alguna enfermedad. Cuando
esto ocurre, la esposa del Sifogrante busca
rápidamente un ama, que encuentran con facilidad, porque las que pueden hacerlo a
ningún otro oficio acuden con más voluntad. Es cosa digna de alabanza el que todas estén dispuestas a
esta obra de piedad, en la que el huérfano encuentra una segunda madre en la
que le cría.
Hasta que han cumplido los
cinco años, los niños comen en la misma sala donde están las madres lactantes. Los demás
niños mayorcitos, así como los jóvenes y las mozas, todos los cuales, hasta que se casan, sirven en
las mesas.
La mesa
principal está en la cabecera, desde la cual se divisa toda la concurrencia. En
el lugar preferente se sienta el Sifogranto con su
esposa y a continuación los más ancianos, sentándose por t~ das las
mesas de cuatro en cuatro. Si en aquel barrio hay Templo, el Sacerdote y
su esposa se sientan junto al Sifogranto.
Así se van acomodando los más jóvenes junto a los mayores.
De esta manera se distribuyen por toda la sala, y dicen
que lo hacen así para que la reverencia y autoridad de los mayores contenga el
barullo y jolgorio propios de la gente joven, siendo así que no pueden decir o
hacer nada sin que lo oigan o vean los ancianos desde cualquier parte.
Se sirve
primero a los más ancianos, administrándoles lo que está mejor aderezado, y
luego van sirviendo por igual a todos los demás.
En la
comida y en la cena se lee alguna cosa moral, con brevedad, para que no sientan
fastidió. Después de la lectura los ancianos animan pláticas sabrosas y
decentes, sin hacer largos discursos, sino que procuran que hablen los jóvenes,
contando que con la licencia de la comida se manifiesta el natural y las
habilidades de cada uno.
Las
comidas son más breves que las cenas, porque éstas van seguidas de sueño y del
descanso, y así creen que se hace mejor la digestión. En la cena suena la
música, y como postre comen frutan secas. Se recrean con buenos perfumes que se queman en,
pebeteros, y utilizan todas las cosas que pueden ser del agrado de los que asisten,
porque están persuadidos de que son lícitos todos los deleites que no acarreen inconvenientes.
De esta manera, pues, se relacionan en
Si
alguno desea visitar a unos amigos que residen en otra Ciudad, o tiene simplemente
el deseo de ver otra Ciudad, con facilidad obtiene la autorización de los Sifograntos y Traníboros, a no ser que hubiera alguna
dificultad de carácter público.
Van
acompañados, con salvoconducto del Príncipe, en el que consta la fecha de
salida y la de
regreso. Se le proporciona un carro y un esclavo para que cuide y guíe los
bueyes. Al llegar a su destino,
si no llevan consigo a su esposa, hacen regresar el carro para quedar más
libres.
No llevan provisiones de ninguna clase, ya que en todas
partes las encuentran, como si estuvieran en su casa. En cualquier lugar donde
se detengan más de un día, trabajan en su profesión y sus colegas les tratan humanísimamente, obsequiándoles de muchas maneras.
Pero al que sale de sus términos sin licencia ni salvoconducto
del Príncipe, le tratan con mucho rigor y afrenta, castigándose este
atrevimiento con severidad, obligándole a regresar, y penándole con diversos
servicios, como fugitivo.
Si a alguno le complace el pasear dentro del Término
Municipal de su Ciudad, le basta con que su padre le autorice y su esposa no se
oponga; en cualquier caserío que llegue, antes que nada ha de ganar su comida
ejecutando la tarea que se le señale antes de sentarse a comer o a cenar, según
sea el horario de trabajo en aquel lugar. De esta forma puede andar por todo el
Término de su Ciudad; y es tan útil a la colectividad como si no hubiera salido
de ella.
Todo está dispuesto para que en ninguna parte haya
ocasión para
estarse ociosos, ni pretexto alguno para vagabundear.
No hay tabernas, ni casas públicas de mujeres
deshonestas, ni nada que dé lugar a la corrupción de las costumbres. No existen
lugares donde esconderse, ni se permiten conciliábulos; así, el estar a la vista de
todos hace que el trabajo honesto aparezca como forzoso, de lo que resulta una gran abundancia de bienes
de la que participan todos, con lo que no hay posibilidad de que existan
necesitados ni mendigos.
En el Senado de Ámauroto (al
cual, como se ha dicho, acuden todos los años tres delegados de cada Ciudad)
cuando se sabe que de ciertos productos hay abundancia en ciertos lugares,
mientras que en otros las malas cosechas han motivado escasez, se ordena que la
carencia de unos se remedie con la abundancia de otros.
Esto se
hace sin interés alguno, sin recibir nada en pago de aquellos a quienes se da.
Incluso ocurre
que cuando una Ciudad que antes estuvo en la abundancia y pudo socorrer a otra,
cuando se
encuentra en necesidad no pide nunca a las Ciudades que ella antes socorrió,
para que no parezca que quieren cobrar, sino que se dirigen a aquellas que no ayudaron nunca.
Así, toda
Después
de que, con gran atención, se han provisto ampliamente de todo lo necesario (lo
cual estiman que
se ha logrado cuando tienen provisiones para dos años), lo que les sobra lo llevan a otros países, como
trigo, miel, lana, lino, cochinilla, conservas de pescado, pieles curtidas,
cera, sebo, ganado vivo, etc. La séptima parte de lo que llevan para vender lo
reparten entre los pobres de aquella tierra, y lo demás lo venden a precios moderados.
A su regreso llevan a Utopía
gran cantidad de oro y plata, con algunas mercancías que necesitan y que no se
producen en
Por
todo ello no tienen excesivo interés en vender sus mercancías al contado, y
fácilmente las ceden con pago aplazado para un día señalado; ello hace que su
caudal, en una parte muy importante, esté en forma de letras de crédito. Sin
embargo, nunca abren crédito a los particulares si no viene avalado por
Fuera de esto, si las circunstancias aconsejan dar dinero
prestado a algún otro pueblo, entonces movilizan los créditos de que disponen.
O cuando han de hacer guerra, porque es con vistas a esta calamidad que guardan
los metales preciosos en sus casas, ya que ordinariamente la guerra la hacen a
base de soldados mercenarios, a los que pagan con esplendidez, pues de buena
gana prefiere que corran el riesgo los extranjeros que los de su nación;
Sabiendo, además, que el dinero puede hacer de los enemigos amigos.
Por todas estas razones conservan y amontonan un tesoro
enorme, pero con tal desprecio, que temo que no he de ser creído si lo refiero;
y lo temo tanto cuanto más seguro estoy de su certeza. Si yo no lo hubiera
visto con mis propios ojos, con dificultad lo creería si otro me lo contara,
por lo que me parece muy natural que lo dude quien no esté bien informado de
sus ordenanzas y de su género de vida.
Pero
quien juzgue las cosas con buen juicio, cuando conozca y vea que sus leyes y costumbres son tan
diferentes de las nuestras, se maravillará menos de que el trato que se da al uso del oro y de la plata se
acomode a la mentalidad de los de Utopía y no a nuestras costumbres. Ellos, ciertamente, usan
estos metales, pero los guardan para sucesos que pueden acontecer, o no.
Sea como
fuere, ellos no aprecian el oro más que por su valor intrínseco, ya que, ¿quién
no reconoce cuánto más necesario es el hierro para servirse de él (sin el cual
los hombres no pueden vivir, siendo tan necesario como el fuego y el agua) que
el oro y la plata? El hecho es que de la utilidad que la naturaleza ha dado al oro y a la
plata, los hombres podemos privarnos sin quebranto alguno; si no hubiera
ocurrido que la ignorancia de los hombres les ha inducido a dar más valor, no a lo que es mas útil, sino
a lo que es más escaso.
La
naturaleza, como madre próvida, dispuso que las cosas mejores fuesen abundantes
y fáciles de
conseguir, como el aire, el agua y la tierra; y las viles y de ningún provecho
las escondió más
que aquellas que ayudan poco.
Por
todo esto, si tales tesoros se guardaran en alguna torre a disposición del
Príncipe y del Senado, la sagacidad de la malicia del vulgo podría venir en
sospecha de que trataban de engañar al pueblo para usarlo en su propio provecho. Por ejemplo,
al llegar ocasión de acuñar moneda para pagar a los mercenarios en caso de guerra, tienen
por cierto que los poderosos pondrían dificultad en que se fundieran las vajillas y las joyas
preciosas que tendrían para su propio deleite.
Para
descartar estos inconvenientes discurrieron algo que, si por una parte encaja
perfectamente en sus costumbres es completamente contrario a las nuestras, que
con tanta diligencia guardamos el oro y en tanta estima lo tenemos. Esto no lo
podrán creer ni comprender más que las personas de mente clara y despejada.
Su
vajilla es de barro cocido y de vidrio, y es le único que usan para comer y
para beber. Con el oro y la plata, tanto en los edificios colectivos como en las casas
particulares, hacen orinales y bacinillas para las necesidades más inmundas.
Además de esto, con tales metales construyen grillos y cadenas gruesas, para
castigo y prisión de los esclavos, y para castigar los delitos más infames
cuelgan zarcillos en las orejas del delincuente, y les llenan los dedos de
anillos de oro, y con el mismo metal les hacen gruesos collares para el cuello,
y también con oro hacen unos bonetes con los que les cubren la cabeza, en castigo de
su delito.
Así, por todos los medios,
procuran envilecer e infamar la estimación del oro y de la plata. Con lo que sucede
que estos metales tan codiciados en las otras naciones, son tan despreciados en
Utopía que aún
perdiendo todo el oro y la plata que tienen, les parece que no han perdido
nada.
En sus
orillas se crían perlas, y en algunas rocas diamantes y carbunclos. Aunque no
los buscan, si
se los encuentran, no los desprecian y los trabajan. Con ellos engalanan a los
niños, que en
sus primeros años están muy contentos con tales galas. Pero cuando se van
haciendo mayores, y se dan cuenta de que tales juguetes no son más que para
niños, sin que sus padres se den cuenta, corridos y avergonzados, los dejan de
lado, de la misma manera que entre nosotros se dejan los aros y las muñecas,
Yo mismo no podía entender
claramente cómo podía ser que estos sentimientos tan contrarios a los que todas
las demás gentes, estuvieran allí tan generalizados, hasta que presencié la
llegada de los Embajadores de los Anemolios.
Llegaron éstos a Amauroto estando yo allí, y en razón de que venían a tratar
asuntos de gran importancia, habían venido también para recibirles tres Delegados de cada
Ciudad de
demás Embajadores de los países
vecinos, conocedores de las costumbres de Utopía y sabiendo que no tenían
ninguna estima por los trajes suntuosos y que menospreciaban las sedas y joyas,
y que más bien las tenían por afrenta, acostumbrando a presentarse siempre con
un traje modesto.
Pero Anemolio es un país lejano
que tenía poca comunicación con Utopía, y aunque habían oído decir que todos
usaban trajes toscos y sencillos, no creyendo que lo hacían por razones
superiores, sino por necesidad, con más arrogancia que buen sentido tomaron la
resolución de presentarse deslumbrantes de esplendor y de majestad, con gran
aparato en el vestir y en el adorno.
Se presentaron tres Embajadores con un centenar de
acompañantes, todos vestidos de diferentes colores, los más de ellos de seda.
Los mismos Embajadores, por ser de los más nobles en su tierra, iban recamados
de oro, adornados con cadenas y sortijas de gran precio, con cintillas de
inestimable valor con muchas piedras preciosas guarnecidas de perlas. Todo con
aderezos de oro labrado, que es lo que en Utopía sirve de castigo a los
malhechores o de juguete a los niños más pequeños.
Era impresionante observar
el engreimiento de los embajadores cuando cotejaban sus atavíos con la sencillez de los
habitantes de Utopía, que hablan acudido en gran número y llenaban la plaza
principal de
Verdaderamente que a los ojos de aquellos de Utopía que
no había salido nunca de su país (que eran casi todos, excepto algunos que
habían viajado por otros países por causa justa) aquella hermosura y esplendor
aparatoso les parecía cosa afrentosa, de manera que a los criados más humildes
les tomaban por los señores y les saludaban con mucha reverencia, y juzgando
que los Embajadores eran esclavos por las muchas cadenas, sortijas y oro que
llevaban, les dejaban pasar sin hacerles cortesía alguna.
Qué más diré, sino que pude observar que unos niños que
ya habían dejado sus dijes y adornos de pedrería, al observar la cabeza de los
Embajadores con sombreros y gorras llenos de joyas, decían a sus madres, dándoles con el codo:
- Madre, mira a este tonto que
va cargado de perlas y joyas como si fuera un niño. Ellas replicaban, muy serias:
- Calla, que éste debe ser uno de los bufones de los Embajadores.
Otros hacían comentarios acerca de las cadenas de oro,
diciendo que no eran de ningún provecho, ya que eran tan delicadas que el
esclavo podía romperlas con extrema facilidad, y tan flojas que cuando quisieran
escapar podrían desprenderse de ellas y huir de la prisión.
Los Embajadores estuvieron allí dos o tres días y
pudieron advertir la gran abundancia de oro que había sin estimación alguna, y que allí lo
despreciaban tanto como en su país lo estimaban, notando además que en las
cadenas y grillos de un solo esclavo había más oro y plata que en todo el
aparato de los tres Embajadores juntos; se avergonzaron de aquel orgullo que
ostentaron con tanta arrogancia, especialmente después de que trataron con más
familiaridad a los de Utopía y pudieron hacerse cargo de sus instituciones, sus
costumbres y su modo de vivir.
Los de Utopía se maravillaban de que
un hombre cuerdo pudiera arrobarse ante el vano resplandor de, una piedrecilla,
pudiendo mirar la hermosura y belleza de los Astros, y aún del mismo Sol. O de
que hubiera hombres tan vanos que se figuren que son más nobles porque vistan
telas más finas y lujosas, cuando la verdad es que la más fina lana tuvo su
principio y se crió en la oveja.
También se maravillaban de
que en todas partes se tenga tanta estimación por una cosa que es tan inútil
por su naturaleza, como el oro, de tal manera que hombres sin sentido, y
malvados, y necios,
que porque les cupo en suerte poseer mucho oro son honrados y respetados de
todos, y aún tienen
a hombres sabios y honrados como a servidores suyos. Y si se presenta un revés
de fortuna, resulta
que aquel hombre respetado y temido queda como un esclavo; y así el valor de
los hombres se
mide por el oro que poseen.
Además de esto, abominan mucho más la locura, de aquéllos
que a los que saben son ricos (aunque no, les deban nada ni tengan obligación
ninguna con ellos) les honran tanto que falta poco para que los reverencien
como a dioses. Y esto ocurre aún sabiendo que son tan egoístas y avaros que de
su gran tesoro jamás se verán socorridos en lo más mínimo, aunque se hallen en
la mayor necesidad.
Estos criterios los han adquirido con la educación que
recibieron por haberse criado en
Aunque no son muchos los que en cada ciudad se dedican
únicamente al estudio libres de los demás cuidados, con todo son muchísimos los que desde sus
primeros años, por su buen natural, agudeza de ingenio, y ánimo inclinado al
estudio, se instruyen en las buenas letras. Y no solamente los hombres, sino
también las mujeres, durante el transcurso de su vida dedican al estudio gran parte de las horas libres de
sus labores profesionales.
Toda la
enseñanza se da y se recibe en su propio idioma natural, que interpreta sus sentimientos y estados de
ánimo mejor que cualquier otro.
De
todos los filósofos célebres en todo el orbe conocido por nosotros no tenían
noticia, ni de ninguno
de ellos les había llegado la fama hasta ahora, al llegar nosotros a
En el curso de las estrellas
y movimientos de los astros son muy prácticos, y han construido instrumentos de
formas diversas con los que miden con exactitud los movimientos del Sol, de
No aprecian las conjunciones y oposiciones de los astros
en relación con los acontecimientos felices o adversos, ni la astrología, ni las
adivinaciones, que estiman engañadoras o burladoras.
Por la
experiencia de muchos siglos conocen ciertos fenómenos que con anticipación les
señalan los vientos, las lluvias y sequías, y demás mudanzas del tiempo. Pero
acerca de las causas y orígenes del mundo y de sus fenómenos, los hay que dan
razones parecidas a las de nuestros filósofos antiguos, y lo mismo que ocurría con aquéllos,
hay opiniones para todos los gustos.
En
cuanto a
Sus fundamentos son que el
alma es inmortal, creada por la bondad de Dios para la bienaventuranza; que
existen premios para la virtud y buenas obras de los hombres, así como castigos
para las maldades. Aunque esto es lo que enseña su Religión, estiman que para
creerlo, o no, hay que concordarlo con la recta razón.
Si no
se tienen estos principios, afirman, que no habrá nadie tan necio que no busque
su placer, aunque sea por medios injustos, advirtiendo solamente que un placer
menor no sea impedimento
para un placer mayor, o que lo ejecute y goce con él de manera que después no
tenga que
arrepentirse.
El
seguir las dificultades y asperezas de la juventud huyendo de lo suave de la
vida, abrazando voluntariamente las molestias y pesares que lleva consigo la
justicia, afirman que es una locura si no se cree en el más allá. Porque, ¿qué sentido
puede tener todo esto si una vez terminada la vida no hay ninguna recompensa?
Estiman
que la felicidad no está en cualquier deleite, sino en los justos y honestos.
Aseguran que
nuestra naturaleza se deja llevar a este mismo deleite como sumo bien, por
medio de la virtud. La virtud la definen diciendo que consiste en vivir según
Sienten
finalmente que la razón inflama a los hombres en el amor y veneración a
Porque no puede haber nadie tan severo defensor de la virtud
y enemigo del deleite que enseñe a sufrir los trabajos, desvelos y pobreza de
tal manera que llegue a aconsejar que no conviene que se remedien las necesidades y
miserias. Antes bien, todos juzgan que debe alabarse,
con nombre de
"Humanidad", el que los hombres se consuelen, socorran y remedien
unos a otros. ¿Quién duda de que la misma naturaleza inclina
a los hombres a hacer con los demás igual que consigo mismo?
Pues si
ello es así, no hemos de ser menos favorables con nosotros mismos que con los
demás. Ni tampoco el querer ser bienhechor de los demás puede obligar a ser
inhumano consigo mismo.
Siendo
cierto que la proximidad convida a los hombres a que se ayuden unos a otros
para poder gozar todos de una vida deleitosa y apacible, la misma naturaleza
manda que no se atiendan tanto las propias conveniencias que se ocasione el
malestar de los demás, porque en el linaje humano no hay ninguno tan superior que todo haya
sido hecho para él.
Tienen
por cosa muy importante no sólo que se cumplan los contratos que libremente se
hacen entre particulares, sino también el cumplimiento de las leyes dictadas
por un Príncipe justo, o que el pueblo no tiranizado ni engañado estableció de
común consentimiento acerca de las comodidades de la vida; es decir: que todos
disfruten de toda clase de beneficios y deleites. Si no se quebranta esta
regla, se da por cierto que cada uno buscará su comodidad y el bien de los
demás.
Pero
si uno para hacer su gusto intenta privar a otro de su propio deleite, comete
una verdadera injuria. Y al contrario: si uno se priva a sí mismo de algo bueno
para darlo a los demás, es humanitario; y es cosa cierta que tal acción nunca
priva de tanto bien como reporta, porque se compensa con el retorno de otros
beneficios. Además de que el conocimiento de la buena obra, con el recuerdo de la
gratitud de aquellos a los que se ha beneficiado, trae el ánimo un deleite
mayor que el que
habría experimentado con aquello de que se privó.
Finalmente,
como
Llaman
deleité al estado en que se hallan contentos con los gustos naturales, con
firmeza del cuerpo
y del ánimo. Con razón dan como compañero de la naturaleza al apetito; pero
también la recta razón señala que debe ser sin molestia para otros, ni que sea
motivo para perder un deleite superior; y que no conduzca a fatiga.
Consideran
que son inútiles y nocivos para la felicidad aquellas
cosas que los hombres tienen por agradables, pero que son contrarias al orden natural.
Estos falsos deleites se van apoderando de la mente humana y la incapacitan
para gozar de los deleites verdaderos. Así ocurre con los que se dejan llevar
de la codicia, que por su propia naturaleza no es cosa suave y deleitosa, sino
que origina amargura y pesar, y con todo, sus perversos atractivos seducen de
tal manera que no solamente se ponen los motivos de deleite en la codicia, sino
que se considera como el principal atractivo de la vida.
También
tienen por personas que buscan falsos deleites a aquellas a que antes me
referí, que creen
que ir mejor vestidos que los demás les hace mejores que ellos, y en una sola
cosa cometen dos yerros: el primero es que se engañan a sí mismos pensando que
sus vestidos son mejores, ya que ¿qué diferencia hay entre una lana tejida con
fibras más finas y otra con hilos más recios? Pero ellos, como si esto aumentara
el valor de su persona, se envanecen con soberbia, y están seguros de que ello les ha de
granjear mayor estimación, pretendiendo exigir, como cosa justa, que se les honre con acatamientos que
no se atreverían a pretender si vistieran humildemente; y si no se hace caso de ellos se
indignan.
El
segundo yerro que cometen es que se, jactan da cosas vanas y superfluas, con
gran falta de conocimiento. ¿Qué deleite natural y verdadero puede haber en que
otra persona esté con la cabeza descubierta en tu presencia, o con la rodilla hincada?
¿Acaso la incomodidad del otro remediará el frenesí de tu cabeza, o curará la enfermedad de tus ojos?
En esta aparente y falsa imagen de deleite afectado se
desvanecen aquellos que se presentan así mismos como nobles y poderosos por la
sola razón de ser hijos de sus padres, cuyas riquezas heredaron (ya que la nobleza
no es otra cosa que virtud y riquezas envejecidas), y se figuran que
no son menos nobles que el que más, aunque sus mayores no
les hayan dejado un céntimo, o hayan gastado malamente lo que les dejaron.
Incluyen
también en esta categoría de personas que buscan deleites engañosos a aquellos
que se dejan
llevar por el brillo y la hermosura de las joyas y piedras preciosas, y se
consideran felices cuando adquieren una de gran valor, de las que en aquel
tiempo más se usen y estimen, ya que el aprecio varía según los tiempos. Cuando
compran la piedra preciosa exigen juramento del que la vende de que es buena,
porque ellos no saben distinguir la verdadera de la falsa. Son como ciegos, que han de guiarse por los
demás.
También
aquellos que guardan riquezas amontonadas, no para aprovecharse de ellas, sino sólo por deleitarse con su
contemplación. ¿No es éste un fingido y falso deleite?
A estos
gustos necios y deleites tan vanos, juntan otros cuya locura conocen de oídas y
no por propia
experiencia, como son los juegos de azar, y la caza de cetrería y montería.
¿Que deleite y
gusto tiene el arrojar los dados en un tablero? ¿O el oír ladrar a los perros?
¿Qué mayor deleite puede proporcionar el ver correr un galgo tras una liebre, que un perro
tras otro perro? Si el deleite consiste en ver despedazar y matar aquel animalejo, antes
debería mover a piedad la liebrecilla fugitiva, tímida e inocente, al ser atormentada por el
galgo feroz y cruel.
Por
todas estas consideraciones los de Utopía tienen completamente prohibida la
caza, como menester
propio de carniceros; profesión que han relegado a los esclavos. Cuando se caza
por la necesidad de la vida humana el cazador toma gusto en la muerte de la
pieza, y esto - dicen - es
propio de un ánimo dispuesto a la crueldad.
Estas
cosas, y otras muchas, aunque el común de los hombres las tenga por deleites,
ellos, viendo que no son conformes a la naturaleza, juzgan como cosa cierta que
carecen de la suavidad del verdadero deleite. Aunque reconocen que estas cosas recrean los
sentidos, no quieren renunciar a su opinión, afirmando que no consiste en la naturaleza
de la cosa, sino en una estragada mala costumbre que ha degenerado en vicio, lo cual hace que
las cosas amargas se tengan por dulces.
Dicen
que lo mismo que a ciertas mujeres embarazadas se les corrompe el gusto del
paladar y saborean la pez y el sebo como si fueran más dulces que la miel, así
el juicio estragado y pervertido (ya sea por enfermedad o por mala costumbre)
tampoco puede mudar la naturaleza de las cosas y, por tanto, su deleite
natural.
En cuanto a los deleites que tienen por sanos y
verdaderos, los subdividen en diferentes especies.
Como deleite
del alma ponen el entendimiento y aquella dulzura, que procede de contemplar la verdad, juntando a ello la
memoria de haber vivido bien.
El
deleite del cuerpo lo dividen en dos aspectos: uno que recrea lo sensible y
restaura la vitalidad que hay en nosotros fomentándose con la comida y la
bebida, así como en otras ocasiones expulsando aquellas cosas de cuya abundancia está lleno
el cuerpo, como evacuando el estómago o en la generación, o dando satisfacción a algún prurito, en cuyos casos se
goza de un deleite natural. Hay otro deleite que no responde a ningún deseo de los
sentidos, sino a una fuerza oculta que produce delectación, y es
La otra
especie de deleite corporal es el que consiste en la quietud y el sosiego de un
cuerpo sano y normal, no interrumpida por ningún achaque. Ello por sí mismo causa
gran gusto, aunque no le venga del exterior ningún deleite y suavidad. Porque
aunque no se manifiesta por los sentidos, como el desordenado apetito de comer
o de beber, muchos sostienen que es el mayor de los gustos.
Por
todo ello, los de Utopía sostienen que este deleite, además de ser grande, es
la base y el fundamento de todos los demás, sin el cual no hay deleite alguno,
ya que es el que hace agradable la vida y digna de ser deseada. Aunque no haya
dolor, si falta la sanidad los deleites aparentes antes se pueden tener por
estupor que por solaz.
La opinión de los que decían que la salud entera y
perfecta no se puede considerar como un deleite, porque no puede afirmarse que existe si
no se experimenta con algún movimiento exterior, ya hace tiempo que la tienen por incierta, habiendo
disputado esta cuestión muy detenidamente.
Así ahora, por el contrario,
todos afirman que la salud perfecta es el principal deleite, indicando que el
dolor y la enfermedad es el principal enemigo del deleite. ¿Qué gusto puede
haber donde la salud falta?
Imaginan que carece de importancia el dilucidar si el
dolor proviene de la enfermedad o la enfermedad del dolor; porque ya sea lo uno
o lo otro, lo cierto es que lastima y atormenta, y que a quienes tienen salud cumplida
no puede faltarles deleite.
Dicen que cuando nos alimentamos con la comida se
restaura la sanidad, que por el hambre empezaba a debilitarse, y al recobrar el
vigor habitual experimentamos, el gusto del alimento, tanto más cuanto más
robusta es la salud. Por todo ello estiman que es falsa la afirmación de que la
sanidad no se
siente, lo cual no puede acontecer en ninguna persona que no esté privada de
sentido y, por
consiguiente, que esté sana
Prefieren, antes que otros, aquellos deleites del ánimo,
por estimarlos los principales, ya que se derivan de la virtud y de la buena
conciencia, y hacen que la sanidad se tenga por el máximo solaz, que aventaja a
los mayores deleites.
No quieren que se desee el
manjar ni la bebida ni otros apetitos semejantes, sino para conservar la salud,
ya que por sí mismas tales cosas solamente son agradables en cuanto ayudan a sostener, la vida. El que es
prudente trata de conservar la salud más que de apetecer la medicina, y apartar los sufrimientos
antes que buscar los deleites. Las medicinas y las distracciones sólo se justifican para conseguir el
alivio de los males.
Si alguno con el deleite de las medicinas y de las
distracciones se tiene por bienaventurado, tendrá que confesar que será tanto
más feliz cuanto más perseguido se vea por el hambre, la sed y los pruritos, y
¿quien no ve que esto es miserable y asqueroso?
Estos son en verdad deleites
ínfimos y bajos, pues no se refieren a sí mismos, sino que aparecen con la presencia de
los dolores contrarios. El placer de la comida siempre va acompañado del hambre, aunque no con
igualdad, ya que cuanto mayor es el hambre tanto más dura el dolor, aun antes del deleite, y no
se acaba sino juntamente con él.
Por ello son de opinión de que tales deleites no se deben
estimar sino cuando la necesidad los pide. Con todo, tienen gusto en ello y reconocen con
gratitud que es un regalo de la naturaleza, la cual atrae con suavidad a los
efectos de aquello que se hace a causa de la necesidad; ya que si los males de
la sed, el hambre y demás que nos afligen, se tuvieran que remediar con purgas
y con medicamentos amargos y desabridos... ¡con qué malestar y congoja se
viviría!
De buen grado consideran como excelentes ciertos dones de
la naturaleza, como son la hermosura, las fuerzas, la destreza... Y asimismo
aprecian y buscan otros solaces que por medio de los sentidos pasan al ánimo, y
que son propios del hombre, ya que ningún animal goza con la belleza del mundo,
ni aprecia los dolores sino únicamente lo necesario para discernir su alimento,
ni se deleite con las modulaciones del sonido.
En todas las cosas buscan la medida, para que un deleite
menor no impida otro mayor, o que del deleite no provenga dolor, lo cual ocurre siempre que
el deleite no es honesto. Pero el no hacer aprecio de la belleza, o descuidar las fuerzas, o
derivar la habilidad en torpeza, o extenuar el cuerpo con ayunos, y cosas por
el estilo, lo reputan (a no ser que se trate de salvar
Tales son sus opiniones
acerca del deleite virtuoso, y están seguros de que la razón humana no podrá discurrir nada que
sea más verdadero, a no ser que aparezca una Religión milagrosamente revelada por el Cielo que
inspire a los hombres una cosa más santa. En cuanto a sí sus sentimientos son ajustados a la razón, o
no, hemos de dilucidarlo nosotros, que únicamente nos hemos propuesto explicar su género
de vida, pero no defenderlo. Sea ello como fuere, yo estoy persuadido de que en ninguna parte del
mundo existe ningún pueblo que sea más floreciente ni más feliz.
Su complexión y disposición corporal es ágil y robusta,
con fuerzas proporcionadas a su estatura, que no es de pequeña talla.
Aunque
el terreno es bastante árido y el ambiente no es muy sano, con la moderación de
su vivir se conservan sanos, y
con su trabajo vencen la esterilidad de la tierra, de manera que en ningún
lugar habrá más copiosos frutos, ni animales domésticos mejor alimentados, ni
los cuerpos humanos
más vivaces y activos, y menos sujetos a achaques.
Ello es
de tal manera, que no solamente los cultivos habituales de los labradores se
ven cuidadosamente administrados, como es el mejorar las deficiencias del
terreno con ciencia, solicitud y cuidado, sino que además se ven grandes selvas arrancadas de
una parte y trasplantadas a otra, en lo que no solamente miran a la producción, sino también al
acarreo, para que Ja madera se halle más cerca del
mar, o de los ríos, o de la misma ciudad; ya que el grano y los frutos se
transportan desde lejos por caminos con mayor comodidad que las maderas.
Son
benignos y apacibles, amantes de la tranquilidad; son firmes en sus trabajos,
de manera particular en los estudios, con los que adornan su espíritu.
Habiéndonos oído discutir de
Con
este objeto empezamos por exponerles los principios fundamentales, para que no
les pareciese que rehuíamos el trabajo, e esperando
gran aprovechamiento del mismo. Tan pronto como empezamos nos dimos cuenta de
que no sería un trabajo en vano, ya que empezaron a escribir en griego y a
pronunciar las palabras con gran facilidad, recordando y repitiendo con tanta
prontitud y fidelidad que estábamos maravillados.
Una
gran parte de ellos no lo hicieron solamente por un impulso de su voluntad,
sino que por un acuerdo del Senado se dispusieron a aprender todas estas cosas.
Los estudiantes se escogieron entre los que tenían un ingenio más excelente y de sazonada edad, de manera
que en menos de tres años no ignoraron nada de lo que nosotros podíamos
enseñarles.
Leían
sin tropiezos los buenos autores si las erratas de la imprenta no b
dificultaban. Me imagino que la razón por la que captaron con más facilidad las
letras griegas que las nuestras es porque aquéllas son más parecidas a las suyas; yo supongo
que este pueblo debe tener su origen en los griegos; ya que en su lenguaje hay muchas palabras
griegas, sobre yodo en las que designan a los Magistrados y a los nombres de
las Ciudades, aunque en lo demás hay una grande influencia persa.
Pude procurarles la mayor
parte de las obras de Platón y muchas de Aristóteles; también las obras de
Teofrasto sobre las plantas, aunque a este tratado le faltaban bastantes hojas,
que bien lo sentí. Ocurrió que en la nave embarqué unos fardos de libros, y un
mono amaestrado que iba a bordo cogió el libro de Teofrasto que yo había dejado
descuidado, y empezó a jugar con él arrancándole hojas.
De los
que escribieron Gramática sólo tienen a Constantino Lascan. No llevé conmigo
ningún Diccionario, excepto el de Hesichio y Dioscórides. Tuvieron en mucha estima las obras de
Plutarco, y celebraron en gran manera los donaires y gracias de Luciano. De los
poetas estimaron Aristófanes, Homero y Eurípides. De los historiadores eligieron a Tucídides, Herodoto y Erodiano. En cuanto a Medicina, mi compañero Tricio Apinato llevaba consigo
algunas obras de Hipócrates y el Epílogo de Galeno; de ellas hicieron un gran
aprecio. Aunque no hay gente en el mundo que necesite menos que ellos del arte
médico, lo tienen en verdadera veneración, ya que lo cuentan entre las partes
más hermosas y útiles de
En el conocimiento de todas estas cosas no solamente
sacan un gran deleite, sino que además encuentran en ello motivo de gratitud al
Sumo Hacedor de todo lo creado, al cual consideran como Supremo Artífice que nos
dejó esta máquina del mundo para que el hombre la contemplara, ya que
es el único ser creado que es
capaz de este conocimiento. Están convencidos de que el Señor ama más a los que andan
curiosos y solícitos tras estos conocimientos de sus obras, que los impulsan a
admirarle más, que a aquellos otros que semejante a animales sin entendimiento
ni conocimiento,
desprecian tan grande y admirable espectáculo.
El talento de los de Utopía
ejercitado en el estudio tiene gran facilidad para inventar artificios útiles
para la comodidad de la vida; pero dos de ellos los deben a nuestra presencia
allí, que fueron la imprenta y el papel.
Aunque
a decir verdad se lo deben en gran parte a ellos mismos, ya que mostrándoles
libros impresos por mi compañero Aldo Manucio, al
hablarles de ello, más que explicándoles la manera de trabajar la pasta y
formar el papel, así como el arte de imprimir (ya que entre nosotros no había
ninguno que conociera completamente estas técnicas), ellos mismos, con gran
brevedad y prontitud, lo conjeturaron todo, siendo así que antes solamente,
escribían en un pergamino al que llamaban papiro.
Intentaron
y consiguieron fabricar papel e imprimir letras en él. Es natural que los
primeros intentos no salieron con primor, pero repitiendo los ensayos muchas
veces, en poco tiempo consiguieron lo uno y lo otro, y con tan gran
aprovechamiento que si hubieran tenido más originales de los griegos no les faltarían copias.
Ahora no tienen más obras que las que he referido y todas las han impreso en
ediciones muy extensas.
A
cualquiera que sea persona culta y que haya viajado, si llega a
A este país van con poca frecuencia los comerciantes, ya
que solamente les interesa (a los de Utopía) el hierro y aquello que los comerciantes
buscan con más empeño llevarse, que es el oro y la plata. Aparte de que ellos
estiman que es mejor que sean ellos mismos los que vayan a comprar y a vender
sus cosas al extranjero que esperar que otros vengan. Con lo cual adquieren
mayor conocimiento
de otros países y se perfeccionan en el arte de la navegación.
No tienen por esclavos a los que hacen prisioneros en la
guerra, ni siquiera a aquellos que les atacaron injustamente, ni a los hijos de los esclavos, ni
a ningunos otros que estén en servidumbre en otras naciones, aunque los pueden
comprar.
Únicamente tienen como esclavos a aquellos que por
algún delito han incurrido en la pena de esclavitud, ya sean naturales de
Utopía, ya sean extranjeros, lo cual ocurre frecuentemente.
Les hacen trabajar duramente, y los tienen en prisiones,
con trato riguroso, juzgando que son incorregibles y merecedores de más graves castigos ya,
que habiendo sido educados tan cuidadosamente en la virtud, no se han podido abstener
del vicio. También existe, allí otra clase de servidumbre, integrada por algunos extranjeros
acostumbrados al trabajo, sin recursos y de baja condición, que se ofrecen para
servirles. A estos les tratan benignamente, y les tienen por poco menos que como ciudadanos,
aunque les dan trabajos más pesados. Si alguno quiere despedirse (lo que ocurre raras veces)
no lo retienen contra su voluntad ni lo despiden sin galardón.
A los enfermos los asisten con grandes atenciones y
cuidados, no dejando de emplear ningún medicamento ni ningún régimen que sea
útil para restituirle la salud que le falta. Si alguno padece enfermedad
crónica, le hacen compañía, entreteniéndole con la conversación y prodigándole
toda clase de cuidados para aliviarle.
Si la
enfermedad es incurable, con, grandes y constantes dolores, los Sacerdotes y el
Magistrado le visitan y confortan, tratando de persuadirle de que hallándose
inepto para los actos de la vida, molesto a los demás y pesado a sí mismo, que
no se rebele contra su pronto fin queriendo alimentar la maligna enfermedad.
Que siendo su vida un tormento, no dude en morir, antes bien lo desee con la
confianza de tan miserable estado, ya sea quitándose él mismo la vida o pidiendo que se la quiten, ya
que al morir no dejará comodidades, sino la peor miseria.
Además de esto (siguiendo el consejo de los Sacerdotes,
intérpretes de la voluntad de Dios) los que se dejen persuadir realizarán una obra santa y pía dejándose morir de
inanición, o pidiendo que les quiten la vida mientras duermen. A nadie hacen
morir contra su voluntad, ni les disminuyen los cuidados durante la enfermedad
mortal, persuadidos de que ejecutan una ocupación muy virtuosa. Pero si alguno
se mata sin el consentimiento de los Sacerdotes y del Magistrado, no le dan
sepultura y arrojan su cuerpo a una laguna.
Las mujeres no se casan hasta los doce años, y los
hombres hasta los dieciséis.
Si antes del matrimonio son
sorprendidos en actos de deshonestidad son castigados gravemente y privados
perpetuamente del matrimonio; a no ser que el Príncipe, movido de piedad, les perdone el yerro con un
fuerte castigo, previendo que pocos se casarían voluntariamente con la obligación de
cohabitar con una sola mujer y tolerar las molestias del matrimonio, si se les consintiera (aunque fuera una
sola vez) el comunicarse con ésta o con aquélla.
En la
elección conyugal emplean un sistema que me pareció muy chocante, pero que
ellos lo tienen
por muy prudente. Una mujer mayor y de buena fama manifiesta a la doncella (o
viuda) al futuro esposo completamente desnuda, y lo mismo hace un grave varón
con el novio ante la novia.
Al
criticarles yo esta costumbre por parecerme impropia, me respondieron que ellos
se maravillaban de la locura de la gente que cuando compran un caballo, que al
fin y al cabo es cosa de poco precio, van con tanto cuidado que lo quieren ver sin la silla de
montar, para cerciorarse de que debajo de ella no existe ninguna matadura; y cuando eligen esposa
que puede dar solaz o fastidio durante toda la vida, son tan negligentes que se
contentan con verla toda cubierta y envuelta, sin conocer más que su rostro, en
el que todavía podría esconder algún defecto que después le descontentaría de
haberla elegido.
No
todos son tan prudentes que atienden principalmente a las costumbres, sino que
aun entre los
matrimonios más instituidos y cultos los atractivos del cuerpo hacen más gratos
los del ánimo. No hay duda de que existen imperfecciones que pueden esconderse
debajo del vestido, y que pueden motivar que la mujer resulte odiosa al marido.
Esto debe prevenirse por las leyes para que no haya lugar a engaño, ya que
ellos entre las demás naciones hacen al matrimonio indisoluble, y no admiten el
divorcio más que en caso de adulterio o por alguna otra intolerable molestia, o
defecto. En tal caso, el Senado concede al inocente el derecho a volverse a
casar, y el culpable queda infamado y privado del matrimonio por toda la vida.
No quieren que la mujer que
no ha delinquido sea repudiada contra su voluntad, aunque cayese en alguna
calamidad accidental del cuerpo, por parecerles crueldad que se abandone a la
persona cuando necesita consuelo, y porque la vejez, que lleva achaques
consigo, sería desdeñada del consorte.
Algunas
veces sucede que cada consorte encuentra con quien vivir más suavemente, y
entonces pueden los dos separarse y contraer nuevo matrimonio con permiso del
Senado, que no admite el divorcio si primero no se conocen sus causas. A esto
se accede con dificultad, para que nadie espera poder
mudar de matrimonio fácilmente.
Castigan a los adúlteros con durísima esclavitud, y si
ambos lo son, se les concede que se casen. Pero si el cónyuge ofendido ama
tanto al ofensor que no quiere hacer divorcio, no le impiden que continúe en el
matrimonio y comparta la esclavitud del condenado. Y muchas veces ha sucedido
que el solicito sufrimiento del inocente ha obtenido la libertad del culpado.
Pero si después
de este perdón vuelve a reincidir en adulterio, es condenado a la pena capital.
A las otras culpas no les tienen señalados castigos, sino
que según sea el delito se le impone la pena más o menos grave, a criterio del
Senado.
Los maridos
castigan a las mujeres y los padres a los hijos, a no ser que cometan un grave
delito que deba castigarse públicamente.
Casi
todos los delitos son castigados con servidumbre, lo cual es más proporcionado
a la maldad y a la administración de
Los que
son sufridos no están fuera de esperanza si tolerando el trabajo y las fatigas
manifiestan que les desagrada más el pecado que el arrepentimiento, les suelen
liberar de la servidumbre,
por autoridad del Príncipe o favor del Pueblo.
No
castigan menos al que ha provocado a alguna persona a lujuria que si hubiese
cometido d delito,
pareciéndoles que la voluntad determinada a pecar, aunque no se lleva a efecto,
es merecedora del mismo castigo.
Se
divierten con los "bobos", pero a nadie le
es lícito causarles daños o injuria. No se dan cargos a los que no gustan de sus chirigotas, temiendo
que después los tratarían mal. No se permite escarnecer a los simples de espíritu, o a los bobos, por no parecerles puesto en
razón la burla o la mofa de tales deficiencias que ciertos hombres padecen sin culpa suya.
Así corno tienen por
negligencia y dejadez el no conservar la hermosura natural, igualmente condenan
a quienes con afeites y aderezos procuran exageradamente el aumentarla. Tienen
por cierto que la mujer es más grata al marido por la bondad de sus costumbres
que por ninguna aparente belleza corporal.
No
solamente se apartan de las maldades por temor al castigo, sino que son
incitados a la virtud por lo egregio de los honores. En las plazas levantan
estatuas a los ilustres varones que realizaron empresas provechosas para
Si alguno pone
de manifiesto que desea algún cargo de mando, o de Magistrado, basta esto para
que quede del todo privado de él.
Viven en unidad y amigablemente, porque los Magistrados
no son engreídos. Se hacen llamar padres, y se portan como tales, por
lo que el pueblo los respeta con agrado.
El Príncipe no se diferencia de los demás con diadema o
corona; el único distintivo es que llevan delante de él un manojo de espigas. Al Pontífice
lo acompañan con una antorcha.
-
Tienen pocas leyes, y. abominan a los pueblos que llenan volúmenes y volúmenes
con glosas, reglamentaciones, órdenes y disposiciones. Consideran como una
iniquidad el obligar a los hombres con tantas leyes que no se pueden siquiera
leer todas, y tan complicadas que no son inteligibles.
No
admiten que haya abogados, porque quieren que ante los Tribunales cada parte
exponga su razón, ya que de esta manera se habla menos y se llega mejor a la
verdad cuando se expone sin exuberancia de palabras.
Los jueces
despachan las causas con solicitud, y favorecen sistemáticamente a la gente
sencilla contra los astutos y malignos.
Así
ocurre que en Utopía todos son jurisconsultos, porque tienen pocas leyes, y
todos están pendientes de la interpretación más sincera que se les pueda dar,
ya que las deducciones sutiles no pueden ser entendidas por todos, lo cual
sería contra la aplicación de las leyes, que se dictan para que a todos sean
manifiestas.
Los pueblos vecinos que viven
libremente (porque muchos han sufrido la tiranía), movidos por el ejemplo de Utopía,
les piden Magistrados por un año, pero suelen estar cinco. Cuando han
cumplido su cometido regresan
honrosamente a sus casas, y vuelven otros. Con ello estos pueblos mantienen de una
manera excelente la salud de su República, ya que el bienestar o la ruina de
las naciones dependen en gran manera de las costumbres de los Magistrados. La
elección de estos enviados es cuidadísima, y no se doblegan ante ningún
interés. Además, como han de volver a
Utopía
tiene por aliados a aquellos pueblos a los que envía Magistrados, y por amigos
a los que han hecho beneficios. No se unen en confederaciones y alianzas, como
hacen otras naciones, que tan aficionadas son a pactarías y a renovarlas. ¿Por
qué hemos de confederamos - dicen -, si basta la común naturaleza humana para
conciliar a los hombres entre sí? Y si esto no basta, ¿podrán prevalecer las
palabras? Aparte de que los tratados de paz y los convenios se observan poco fielmente entre los
Príncipes de aquellos países.
En
Europa, debido principalmente a la fe en Cristo, las alianzas se guardan
inviolablemente, en parte por la rectitud y bondad de los Príncipes, y en parte
por la reverencia y el temor a los Sumos Pontífices, ya que si se comete algún
desmán que contravenga
Pero en
aquellos países tan distantes del nuestro, como distintos en las costumbres,
como no pueden hacer las alianzas con tantas ceremonias y sacramentos, siempre
se halla alguna ambigüedad en las palabras que las expone al artificio y a la
interpretación, y por esta causa cualquier alianza que se haga siempre corre el riesgo de
romperse al menor pretexto.
Yo estoy convencido de que los de Utopía no hacen
confederaciones, no porque los Príncipes de aquellos países sean poco
observantes de la palabra dada, sino por creer que aunque los tratados fuesen
observados con toda puntualidad, no conviene hacerlos porque tales
confederaciones convertirían en enemigos a pueblos limítrofes. Creen que no se
debe tener por enemigo
más que a aquellos de los que se ha recibido agravio; y que vale más la unión
natural ante la
injuria que las confederaciones, ya que los hombres se unen con más decisión y
firmeza cuando los ánimos están dispuestos que a. base de palabras y de alianzas.
Abominan en gran manera la guerra como cosa bestial, ya
que ni las fieras más fieras la hacen tanto como el hombre. Por ello, y al
revés de lo que ocurre en todas partes, nada tienen por tan infame como la gloria
adquirida por las guerras.
A pesar de dio, de ordinario
se ejercitan en la disciplina militar en días y lugares señalados para este
objeto, no sólo los hombres, sino también las mujeres, para que si se presenta
la necesidad no les halle sin preparación.
Nunca
emprenden la guerra inconsideradamente, sino sólo para defender sus fronteras o
para ahuyentar a
los enemigos de sus territorios, o para liberar de la servidumbre a algún país
amigo y ponerles en libertad, haciendo esto movidos por la compasión, sin otro
fin que la fidelidad a su sentido humanitario.
Aunque
por agradecimiento socorren a sus amigos, no siempre se trata de guerras
defensivas, sino
que algunas veces quieren satisfacer y vengar injurias. Para que esto ocurra,
antes de llegar a las armas se ha de proponer satisfacción, y si no la dan, hacen la guerra a
los autores del agravio.
No
solamente se deciden a hacer la guerra a los que invaden su territorio y
saquean el país, sino también, y con más furor, cuando países ávidos y con
pretexto de leyes injustas, quieren someter a otras naciones para despojarlas y
reducirlas a servidumbre, con pretexto de que hacen una obra justa.
No tuvo otro
origen y principio la guerra que los de Utopía hicieran contra los Alaopolitas en favor de los Neofologetas, poco
antes de estar nosotros allí.
Deshacen valerosamente los
agravios hechos a sus amigos, quizá más que por vengar los propios, aunque sea
en materia de dinero. La razón es que si los pueblos amigos quedan despojados de sus bienes, los
particulares quedan arruinados; pero las pérdidas de Utopía son d oro y la plata del común, con lo
que no les falta nada de lo que tienen en abundancia en sus casas.
Parece que se avergüenzan
cuando alcanzan victorias sangrientas, como si hubiesen pagado un precio
exagerado, y tienen por mucho más glorioso el vencer al enemigo con ardides,
artes o engaños.
En tales casos hacen grandes demostraciones de triunfo y alegría.
Levantan
monumentos a los que así vencen, porque consideran como mayor valor el vencer
la fuerza del enemigo con el propio ingenio. Así como el hombre vence a los
animales feroces no por la fuerza sino por ardides.
Como
ejemplo de esto, cuando se ha declarado una guerra, mandan secretamente que se
fijen en país
enemigo muchos carteles autorizados con sus firmas, todos a un tiempo y en
lugares públicos y destacados, por los cuales se ofrecen grandes sumas a quien
dé muerte al Príncipe contrario. También ofrecen premios menores, aunque
importantes, por las cabezas de los consejeros y jefes que fueron los
promotores de la guerra. Los premios se ofrecen doblados si en vez de darles
muerte los entregan vivos. Ofrecen una buena recompensa y su amistad a los que
deserten y se pasen a su bando. De esta manera en poco tiempo todos se tienen
por sospechosos y nadie se fía ni de sí mismo. Muchas veces ha sucedido que
buena parte de ellos, y aun el mismo Príncipe, han sido entregados por aquellos de quienes más
se fiaban.
Esta
costumbre de sobornar y comprar a los enemigos la tienen por innoble otras
naciones; pero los de Utopía se jactan y se honran con ella, ya que de esta
manera hacen la guerra sin hacerla, evitando muchas muertes y ruinas, tanto de
los suyos como de los enemigos, de los que tienen tanta conmiseración como de
sí mismos, sabiendo que no van a la guerra espontáneamente, sino forzados por
la soberbia de sus Príncipes.
Si esto no les sale bien, buscan la discordia fomentando
la ambición de algún hermano del Príncipe enemigo, o de algún otro poderoso,
dándoles esperanzas de reinar. Si falla esto en el interior; estimulan a otros
Príncipes extranjeros, refrescándoles antiguas pretensiones que nunca faltan
entre reyes, y les ofrecen socorros, dándoles grandes sumas de dinero, pero no
soldados, ya que
consideran de más valor a cualquiera de los suyos que al principal Príncipe
extranjero.
En tales circuns tancias no son escasos en distribuir el oro y la plata que
atesoraron con este fin, ya que no habrá de hacerles falta para sustentar su
vida, aunque lo dieran todo. Además del oro y la plata que tienen en sus casas, disponen de
sumas enormes depositadas en otros países en pago de las grandes ventas de
productos de Utopía, como ya indiqué antes. De esta manera pueden pagar
soldados mercenarios, procedentes de todas partes, principalmente los Zapoletas.
Este
pueblo dista de
Estos
guerreros acuden ávidamente a Utopía contra cualquier otro país, ya que les dan
mejor paga que en parte alguna. Por su parte, los de Utopía buscan a los
mejores como amigos para todas las tareas humanitarias, y a los peores para una cosa tan
criminal como es la guerra. No consideran como una pérdida el que mueran muchos de éstos,
pensando que la humanidad habría de agradecérselo si fuesen poderosos para limpiar el mundo
de aquella hez.
Además
de éstos, se ayudan de aquellos países en cuya defensa los de Utopía tomaron
las armas en ocasiones anteriores; y después de éstos, de los auxilios que
otros amigos quieran mandarles. En último lugar convocan a sus ciudadanos, y
entre ellos eligen al más experimentado y le nombran Capitán General,
encargándole de la dirección de todo el ejército. A éste se le designan dos sustitutos, que
mientras él vive actúan como soldados particulares, pero si le cautivan o le matan (lo que puede
ocurrir por la variedad de acontecimientos de una guerra), uno de los dos le sucede, como en una
herencia, y después de éste el tercero, para que no se amotine el ejército por
falta de caudillo.
En
todas las ciudades se alistan soldados voluntarios, y a ninguno se le hace ir a
la guerra contra su voluntad, por estar seguros de que el hombre cobarde,
además de no portarse valerosamente, desmoralizará a los que están con él. En
caso de invasión del territorio tienen que luchar todos, y a estos cobardes les
embarcan en las naves encuadrados con otros mejores, o les ponen en las
murallas, en puntos donde no puedan huir; de esta manera por vergüenza ante los
suyos y por tener el enemigo a la vista sin esperanza de poder escapar, muchas
veces la necesidad extrema se convierte en virtud.
De la
misma manera que a nadie se hace ir a la guerra contra su voluntad, tampoco se prohibe que vayan a día las mujeres
que voluntariamente se presentan, y sirven de gran estímulo a sus maridos, padres o
hermanos, porque tienen por gran afrenta que el marido vuelva sin, la mujer, o ésta sin el marido, o el
hijo, o el hermano; y de dio se deriva que en las batallas dudosas, si pueden,
perseveran todos hasta la muerte.
Precisamente
porque no quieren ir a la guerra y, tratan de cumplir sus obligaciones con
gente forastera pagada a su costa, cuando el ir a ella es inevitable y no hay
más remedio que acudir personalmente a la batalla, aquello que prudentemente querían evitar les
parece que es lo más lícito y lo emprenden intrépidamente. No Son feroces al principio; pero
poco a poco se van embraveciendo con firmeza de ánimo, con tal tesón y coraje
que antes perderán la vida que retirarse de la pelea.
La destreza de la disciplina
militar a que se sometieron todos en tiempos de paz, les hace tener confianza en sí mismos.
Finalmente, la buena opinión que tienen de la vida y de las
instituciones de su República, comparadas
con las de otros pueblos, les aumenta el brío y la decisión. Todo lo cual hace
que no tengan por tan poco valor su vida que la expongan neciamente, ni tan
neciamente la amen que cuando la honra pide que la expongan, traten de
conservarla neciamente.
Fortifican con gran cuidado los lugares donde están,
haciendo trincheras altas y hondas, parapetándose con la tierra que sacan de ella, no dejando
este trabajo para los gastadores, sino que lo hacen los mismos soldados y todo el ejército, excepto
aquellos que hacen guardia para evitar las sorpresas. De esta manera, al trabajar tantos con
tanta decisión terminan en poco tiempo sus fortificaciones.
Utilizan
armas muy firmes para parar los golpes de los contrarios, y no les estorban
para cualquier movimiento, de manera que ni aún para nadar les son molestas,
antes así armados acostumbran a nadar y. éste es uno de los primeros ejercicios
que hacen en su instrucción militar. Para la lucha a distancia sus, armas
ofensivas son las saetas, que manejan con gran valentía y destreza, no sólo la
infantería sino también la caballería. Para la pelea cuerpo a cuerpo no usan
espadas, sino unas hachas que cortan y punzan durisimamente,
y cuyos golpes son mortales a causa de la agudeza de sus filos y de los grandes arcos
que describen con ellas.
Inventan
toda clase de máquinas de guerra y las encubren con el mayor secreto para que
el enemigo no las conozca ni las entienda antes de que llegue la ocasión de
emplearlas, ya que de lo contrario servirían más de burla que de provecho.
Atienden en su construcción a que sean fáciles de mover y acomodadas a la
necesidad.
Cuando
conciertan treguas con el enemigo, las guardan inviolablemente, de tal manera
que ni aún siendo provocados las quebrantan.
No saquean ni talan la tierra del enemigo, ni ponen fuego
a los sembrados, antes procuran con todo cuidado posible que no se estropeen
con el paso de los soldados y de los caballos, pensando que habrá de servir para su propio
provecho. A nadie que este desarmado le maltratan, a no ser que se trate de un
espía.
Las
ciudades que se les rinden las amparan, y no saquean las que conquistan,
excepto las casas de los que estorbaron la rendición, a cuyos dueños les quitan
la vida y a los que la defendieron los hacen esclavos; pero a la muchedumbre no
le hacen ningún dañó. A los que aconsejaron la rendición les dan parte de los
bienes de los condenados y el resto lo dan a los soldados forasteros que luchan con ellos, ya que
ninguno de los de Utopía tiene parte en la presa ni en el botín.
Al terminar la guerra no cobran
los gastos a los amigos que ayudaron, sino que los cobran a los vencidos, parte
en moneda (que guardan para otras ocasiones de guerra) y parte en heredades, cuyas rentas dedican al
mismo fin. Al presente tienen bienes de esta clase entre muchas naciones, y han crecido de tal manera que
las rentas son cuantiosísimas.
Si algún Príncipe, tomando las armas contra ellos,
intentan entrar en su Isla, le salen al encuentro y le rechazan rápidamente
fuera de sus tierras con grandes fuerzas. En ningún caso se han visto tan apurados que
hayan tenido necesidad de que acudiera socorro alguno de sus amigos a su Isla.
Hay varias religiones en Utopía, no sólo en
Pero la
mayor parte, que son los más instruidos, no reverencian ninguna de estas cosas,
sino que creen que hay una divinidad oculta, eterna, inmensa e inexplicable, la
cual interviene en este mundo más por afectó que por poder. A este Dios le
llaman Padre, ya que en él reconocen el principio, el aumento, la mudanza y el
fin de todas las cosas, y solamente a él rinden honores divinos.
Todos los
demás, aunque adoren diferentes cosas, están conformes en que hay un Sumo Dios que lo ha creado todo y que
con su providencia lo conserva; en su lengua le llaman Mitra.
Disienten
unos de otros en que unos afirman que este Sumo Dios tiene su ser de una manera
y otros de otra.
Poco a poco, afirmando que este Ser Supremo a quien reverencian como Dios tiene
el gobierno de
todo, se apartan de las diversas supersticiones y se adhieren a aquella
religión que más se conviene con la razón y con su género de vida. No cabe duda
de que todos estarían ya en dicha religión, pero ocurre que cualquier desgracia
que les sobrevenga al mudar de religión la toman como un castigo del cielo, y
que la divinidad que intentaban abandonar se venga de su impiedad.
Pero
cuando yo les prediqué el Nombre de Cristo, su doctrina y sus milagros, la
constancia de tantos mártires que espontáneamente derramaron su sangre, y de
cómo tantas naciones se han convertido, milagrosamente se inclinaron a ella, ya
fuese por divina inspiración o porque les pareciera que este camino era
semejante a sus creencias. Sea como sea, el caso es que muchos abrazaron la fe cristiana y
recibieron las aguas del Altísimo, no pudiendo hacer otra cosa porque de los cuatro que allí
estábamos ninguno era sacerdote.
Desean
recibir los Sacramentos cristianos de que les di noticia, pero ya saben que
únicamente los pueden administrar los Sacerdotes. Tuvieron discusiones entre
ellos sobre si les era lícito nombrar Sacerdote a uno de ellos sin mandato del Sumo Pontífice,
pero cuando yo salí de su tierra no habían decidido nada.
Los que
no han admitido la religión cristiana no persiguen a los que se han convertido.
Pero un recién bautizado se inflamó en su ardor, y aunque yo le amonestaba a
que se callase, no se limitaba a exponer con entusiasmo su fe cristiana, sino
que condenaba a las demás, llamando impíos a los que no querían adorar a
Se
cuenta en
Estas
leyes las hicieron no solamente por conservar la paz puesta en peligro por la
desunión y el odio, sino también porque están persuadidos de que los diversos
cultos son agradables a Dios y que por esto inspira a unos y a otros diferentes
ritos, juzgando que no era conveniente que nadie intentara con violencias ni amenazas forzar a otro
a creer aquello que uno tiene por verdadero.
Aún
considerando que una de aquellas religiones fuese la verdadera, todavía les
pareció que debía persuadirse a los ciudadanos con modestia, estando
convencidos de que la verdad se abre paso y permanece, saliendo al fin
victoriosa. Mientras que si estos asuntos se quisieran resolver con las armas
podría ocurrir que unos hombres más feroces y supersticiosos oprimieran la
verdadera religión, de manera
semejante a como los buenos frutos vienen ahogados con las espinas y los
abrojos. Por estas razones fue por lo que dejaran en libertad para que cada uno
creyera lo que quisiera.
Lo
único que se tenía por ilícito era el afirmar que las almas mueren con los
cuerpos, o que el mundo viene gobernado por el azar sin intervención alguna de
la providencia divina, por estimar que después de esta vida han de ser
castigados los vicios y premiadas las virtudes, Los que negaban esto último
eran tenidos por peores que bestias, y ni siquiera les hacían figurar entre el
número de los ciudadanos, como seres que sin temor alguno al más allá no harán
caso de ninguna buena ley ni sana costumbre.
A estos
tales ni les conceden honores ni les dan cargo de responsabilidad, pero tampoco
los castigan por considerar que no está en la propia mano el creer en la
inmortalidad. Evitan el fomentar la hipocresía, ya que las amenazas conducirían
a tener ocultos los propios sentimientos, fingiendo pensar como los demás. A
éstos se les prohibe defender públicamente tales
opiniones, particularmente ante personas poco instruidas, designando a algún
Sacerdote prudente para que hable con ellos, con la esperanza de que tal
absurdo tarde o temprano ha de ser vencido por la razón.
Los hay que
creen en la inmortalidad de las almas de los animales, aunque con dignidad diferente de las de las personas,
no estando destinadas a igual felicidad.
En
tanto estiman la felicidad de las almas, que sienten pena por los que sufren,
pero no por los que mueren, a no ser aquellos que de mal grado dejan esta vida,
considerando esto como mal augurio, como si el alma que no espera bien alguno
temiese ya el suplicio, atemorizada por la propia conciencia. Piensan que
desagrada a Dios el caminar de aquel que, cuando es llamado, no corre
voluntariamente, sino que se retira y rehusa. Si
alguno muere en esta disposición sienten gran compasión por él y lo entierran sin pompa alguna, rogando
a Dios que le perdone aquella flaqueza.
Ninguno llora a los que
mueren contentos y con buena esperanza, sino que sus exequias son gozosas,
encomendando sus almas a Dios. Con gran reverencia queman sus cadáveres, pero
sin lamentaciones.
Colocan
lápidas, donde se escriben las alabanzas del difunto, relatando su vida y
alabando su muerte. Esto lo tienen Como una recompensa a la virtud y un
agradable culto a los difuntos, ya que creen que los que murieron están presentes de manera in
visible en tales conmemoraciones, ya que no serían felices si no pudieran estar donde les
apeteciera; Y serian ingratos y desagradecidos si no quisieran estar
con los amigos con los que estaban unidos por mutuo amor, ya que la caridad
debe más bien aumentar en ellos que disminuir.
Creen
que los muertos están presentes entre los vivos, viendo y oyendo lo que hacen y
dicen, lo que les hace animosos en sus empresas al contar con tales ayudas, y
sintiéndose representantes del honor de sus mayores se guardan en gran manera de todo lo que no sea
honrado, ni Siquiera en secreto.
Hacen poco caso de las
supersticiones adivinatorias, tan en boga en otros países. Veneran los milagros que ven sobre las
fuerzas de la naturaleza, creyéndoles testimonios de la presencia divina. En las grandes calamidades
organizan rogativas públicas para aplacar a Dios.
Piensan
que la contemplación y el estudio de las cosas naturales, es un culto gratísimo
a Dios. Los hay que movidos por sus sentimientos religiosos dejan las cosas
propias, incluso la cultura y la contemplación de la naturaleza para darse
totalmente a las buenas obras, tales como el asistir a los enfermos, reparar
los caminos y los puentes, cortar árboles, etc., y como si fuesen esclavos se
ponen voluntariamente a los trabajos más desagradable y groseros, fatigándose
para que otros
descansen, y no desdeñando a los que no viven como ellos.
Cuanto más éstos se portan
voluntariamente como siervos, tanto más vienen a ser honrados y estimados de los otros. Los
hay de dos clases: unos que viven en castidad y no comen carne, dejando de lado
todo trato sexual, puesta su mirada en la vida futura viven sanos y contentos;
- la otra clase de los que se dan al trabajo servir se casan para tener sucesión
que sea útil a
comen carne por creer que este alimento les hace más
fuertes y robustos para realizar sus duros trabajos.
El pueblo tiene a estos últimos por más prudentes y a los
otros por más sabios.
Tienen solamente 30 Sacerdotes, de vida muy ordenada,
para todas las Ciudades, según el número de sus Templos. Cuando van a la guerra
no llevan consigo más que a siete de ellos, y no crean otros en su lugar hasta
terminada la guerra, según el número de los que hayan muerto.
Los Sacerdotes, como los Magistrados, se eligen por el
Pueblo por votos secretos, para no fomentar rivalidades. Se dedican únicamente
al servicio divino y al cuidado de
Estos Sacerdotes educan a la
juventud especialmente en las buenas costumbres y en que tengan buenos
criterios sobre todo en el deseo de ser útiles a la causa pública, para que cuando
sean adultos estén dispuestos a defender la ordenación de su República, por lo
cual no solamente los apartan de los vicios, sino también de las opiniones perversas.
Los Sacerdotes
reciben por esposas a las mujeres más selectas del Pueblo, y nombran Sacerdotisas a las matronas,
aunque solamente a las viudas, o de edad madura.
Los Sacerdotes son muy venerados, más que cualquier
Magistrado. Si se hacen reos de algún delito nadie tiene autoridad para juzgarlos, sino que los
dejan al juicio divino y a la propia conciencia, ya que no les parece justo que nadie ponga
sus manos mortales en los que se consagran a Dios. Esta costumbre pueden observarla porque
eligen como Sacerdotes a hombres de vida muy probada, con lo que es rarísimo que caigan en
vicios. Y si sucede que pequen, porque la naturaleza humana es flaca, como son
pocos y sin potestad de mandar, no se teme que puedan infestar
No solamente son muy respetados en Utopía, sino también
en los países vecinos, lo cual (a mi entender) proviene de que cuando se producen hechos de
armas, los Sacerdotes están separados de los que luchan, revestidos con sus ornamentos, de
rodillas y con las manos en alto ruegan primeramente por la paz y después para
que su pueblo pueda alcanzar la victoria sin derramamiento de sangre; y al
vencer los suyos corren hacia los luchadores impidiendo que se remate a los vencidos, y
nadie les hace daño alguno.
Tanta reverencia tienen a los
Sacerdotes que ni se atreven a tocarles las vestiduras, y por esto les tienen
también veneración las otras naciones, así, no solamente evitan que en las
guerras los enemigos sean muertos por los suyos, sino también que éstos san
pasados por las armas por los contrarios en caso de derrota. Algunas veces ha
sucedido que siendo vencidos los de su campo y entrando a saco los contrarios,
con la llegada de los Sacerdotes se ha dado fin a la matanza y se ha hecho una
paz razonable. Y nunca se halló una nación tan feroz y salvaje que no los haya
honrado como sacrosantos e inviolables.
Celebran con gran solemnidad los días primero y último de
cada mes, e igualmente del año. Para los meses se guían por
Tienen templos excelentes, no
solamente por la magnificencia de la obra, sino también por su grandiosidad, ya
que no ser pocos los que hay, conviene que quepan en ellos grandes
muchedumbres.
En
dichos templos no hay mucha luz, v no porque no sepan edificar, sino por
consejo de los sacerdotes, ya que con poca luz se distraen menos, y se tiene
mayor recogimiento y atención. Entienden que así se practica mejor la religión,
ya que no siendo una sola sino varias, son de tal forma que todas van
dirigidas al mismo fin, que es el culto a
Las
cosas particulares de cada religión se practican en las casas particulares,
pero los actos públicos se realizan de tal manera qué no molestan en nada a lo
específico de cada una de ellas. Con vistas a esto en los templos no hay
ninguna imagen, para que libremente cada uno pueda dar curso a su pensamiento y
a sus sentimientos religiosos. Tampoco se pronuncian los nombres particulares
de los dioses, sino únicamente el de Mitra, con el cual todos están conformes
para designar a
Las oraciones que rezan en común están ordenadas de tal
manera que cada uno puede pronunciarlas sin ofensa de su opinión.
En las
tardes del día de fin de mes, o de año, todos acuden en ayunas a los Templos a
dar gracias a Dios, y al día siguiente, que es el primero del mes, o del año,
con alegría se juntan todos en el templo para pedir a Dios sucesos prósperos y
felices para mes, o el año, que empiezan con aquella fecha.
En los
días finales del mes o del año las mujeres se ponen de rodillas ante los
maridos, y los hijos
ante los padres, confesando que no se han portado tan bien como debían, y si
hicieron alguna
cosa indebida, o dejaron de hacer alguna obligación, piden perdón por estas
faltas. De esta manera, si hubo algún principio de desavenencia doméstica, con
esta satisfacción se deshace, para poder asistir a las funciones del templo con
ánimo pacífico y sereno, ya que consideran como una gran maldad el ir al templo
con el espíritu alterado. Por esta razón, si cualquiera se halla culpable de
enojo o mala voluntad hacia alguno, no se atreve a asistir a los cultos
religiosos, temerosos de que su maldad ha de atraerles grandes castigos, si antes no
se reconcilian y limpian sus afectos.
- En el
Templo los varones se ponen a la derecha y las hembras a la izquierda, de tal
manera que todos los de una misma familia se ponen puntos y alrededor del más
anciano, tanto los hombres como las mujeres. Los jóvenes no van en grupo, para
evitar juegos y niñerías, sino que están junto a personas mayores y así van entrando en el
temor religioso, qué es el único imperativo para andar por el camino de la virtud.
No
sacrifican animales, porque no pueden llegar a persuadirse de que la divina
clemencia se complace en ello, ya que dio la vida a todo cuanto la tiene para
que gozase de ella. Queman incienso y otros perfumes aromáticos, y llevan
delante muchas antorchas encendidas, no porque no sepan que estas cosas (así
como las oraciones de los hombres) no añaden nada al ser de
Todos acuden al templo con túnicas blancas, y únicamente
el sacerdote se viste y cubre con otros colores. Los ornamentos son admirables, pero en
ellos no figura el oro, ni la plata, ni las
piedras preciosas, sino a base de plumas de aves de diferentes
clases y colores, labrado con tanto primor que ninguna materia, por preciosa que sea,
puede igualarse a este arte.
Además de esto, en aquellas alas y plumas de las aves, en
el orden y disposición con que están Colocadas tal como están repartidas en las
vestiduras del Sacerdote, dicen que se contienen misterios secretos, que
explican los que hacen el sacrificio, afirmando que todo ello les sugiere la
grandeza de los beneficios divinos que han recibido, la piedad que han de tener
con Dios y las obligaciones recíprocas que se tienen unos con otros.
En cuanto el Sacerdote sale de
Finalmente, el Sacerdote,
juntamente con el pueblo, rezan unas preces solemnes con palabras que tienen Preparadas para
ello, tan bien compuestas y 1 ordenadas que aquellas cosas que todos juntos
dicen, cada uno las puede aplicar con facilidad a sí mismo en particular. En
ellas cada cual reconoce a Dios como autor del universo y de toda cosa buena; y
le da gracias por los beneficios recibidos y de una manera particular de haber
nacido en aquella República que les hace gozar de aquella religión que confían
es la verdadera. Piden a Dios en sus oraciones que si cometen algún error o si
hay otra religión más verdadera y que más le agrade, que se lo manifieste, pues
están dispuestos
a seguir por el camino por el que Dios los encamine. Pero si su República es la
mejor y su
religión es la más recta, le piden que les dé constancia para perseverar y que
traiga a los demás hombres a tal género de vida, a no ser que también sea del
agrado de su inescrutable voluntad que haya esta variedad de religiones
terminan suplicando que después de la muerte les lleve hacia Él, y que no sea
muerte cruel ni trágica. Después de esta última oración vuelven a postrarse y
levantándose pausadamente se van a comer, pasando el resto del día en juegos y
ejercicios militares.
He referido de la manera más
exacta que me ha sido posible las cosas de aquella República que no solamente
tengo la certeza de que son muy buenas, sino que estimo que únicamente ella
puede llamarse República porque aunque en otras partes se trate verdaderamente
del bien público siempre se atiende más al particular. Mientras que en Utopía
todos miran preferentemente la utilidad común, dejando en segundo término el propio
interés.
En otras Repúblicas, aunque sean prósperas y
florecientes, y nadie tema morirse de hambre, procuran, no obstante, más sus
comodidades particulares que la conveniencia pública; y aunque la necesidad
obliga a veces a hacer estas cosas, no así en Utopía, donde todo es común, y
por ello nadie teme morir de necesidad por estar llenos los almacenes públicos
desde los que a todos se distribuye con equidad. No hay ningún pobre, porque
nadie posee nada en particular, siendo todos ricos en común.
No se puede comparar la situación de otros países, ni
siquiera de lejos, con la igualdad de esta República. ¿Cómo puede justificarse
que un pobre, o un plebeyo que sea usurero, u otro cualquiera que no se ocupa
en trabajo alguno o que toda su acción es poco necesaria a
¿No es ingrata e injusta aquella República que
desperdicia grandes caudales en los que llama nobles, en los artífices de cosas
vanas, en los bufones, en los inventores de deleites superfluos, y en muchos
otros por el estilo, no teniendo el menor interés por el bienestar de los
agricultores y toda clase de trabajadores, sin los cuales
¿Qué diremos de los ricos que se quedan con el salario de
los trabajadores, no solamente con violencia y engaño, sino con el pretexto de las leyes?
Así, lo que antes se tenía por injusto, como era el no recompensar con
agradecimiento a los que habían hecho algún bien y servicio a
Estas invenciones de los
poderosos, adornadas con los colores de la nación, se convierten en leyes; y
los hombres perversos con codicia insaciable se reparten entre ellos los bienes
que debían destinarse
a la necesidad de todos. ¡Qué lejos está esto del bienestar de
En Utopía han desterrado totalmente la codicia del dinero
no usando de él para nada, evitando así muchas pesadumbres y arrancando las
maldades de raíz. Porque, ¿quién no sabe que los engaños, hurtos, robos,
tumultos, alborotos, enemistades, motines, asesinatos, traiciones y venenos
(que cada día son más frecuentes, porque los castigos no bastan para
evitarlos), todo ello desaparece si se desprecia el dinero? ¿Y que la solicitud por el difiero es
causa de continuas fatigas y
desvelos para ahuyentar la pobreza, como si ésta solamente pudiera ser vencida
con la riqueza?
Para que esto se vea con
mayor claridad, piénsese en lo que ocurre en un año estéril y sin frutos, en el
que muchos millares de personas mueren de hambre. Con toda crudeza me atrevo a afirmar que si al final de
aquella carestía se abrieran los graneros de los ricos se hallarla tanto trigo que si se hubiera
repartido entre las víctimas del hambre ninguno habría perecido por la
esterilidad de
la cosecha. Y con facilidad se hubiera podido proveer al sustento si aquel
dinero (que con tanta
excelencia fue inventado para que con
su ayuda se abriera la puerta al remedio y al sustento) no hubiera sido el que cerró
el camino y estorbó el remedio.
No
tengo duda de que los ricos sienten y entienden estas cosas y no ignoran cuán
mejor sería la condición de que no se careciese de nada necesario, más que
abundar en cosas superfluas, y el librarse de muchos males más que el estar
rodeados de grandes riquezas. Yo tengo por cierto que el verdadero gusto por
una vida honrada y la autoridad de nuestro Salvador Jesucristo, el cual con su
sabiduría y bondad pudo aconsejar aquello que era lo mejor para los hombres,
hubiera conducido a todo el mundo a vivir de esta manera si no hubiera existido
la soberbia, la cual no estima tanto los bienes propios como los males ajenos, deleitándose en
afligir a los pobres, porque no mide y regula el bienestar por los provechos propios,
sino, por los males de los demás.
La riqueza
se levanta como diosa, a base de un mundo de miserables a los que pueda mandar
y de quienes pueda triunfar, y cuyas desdichas la hagan resplandecer haciendo
alarde de su poder y ostentación, con lo que se aflige y aumenta más la necesidad y la miseria.
Esta
serpiente venenosa se enrosca en el pecho de los hombres y como si fuera el pez
rémora los
detiene y les hace volver atrás, impidiendo que sigan una feliz travesía de la
vida; tan arraigada está en los hombres la soberbia que son pocos los que pueden arrancarla.
Me contento con que esta forma dé República (que ya
quisiera yo que todas fueran igual) al menos haya podido realizarse en
Hasta aquí habló Rafael Hithlodeo
de lo que había visto y observado en Utopía, y ello hacía que acudieran a mi mente
muchas otras cosas relacionadas con ello.
Sobre
las leyes que se habían instituido en las costumbres de aquel pueblo, no sólo
acerca de la
manera de hacer la guerra, y de su religión y ritos divinos, y otras ordenanzas
suyas, sino que pensaba sobre el principal fundamento de toda su institución,
esto es su manera de vivir y sustentarse sin comercio de dinero, sin el cual
toda nobleza y esplendor se destruye y aniquila completamente, siendo así que
de ordinario se tiene esto corno el principal ornamento de
Pero me
daba cuenta dé que se había cansado con la relación tan extensa que me había
hecho, y temía que llevara a mal que le replicara contra su opinión, pues sabía
que a algunos lo había reprendido por haberlo hecho. Por ello alabé la forma de
Vida de Utopía y lo que me había referido, y estrechando su mano le invité a
cenar conmigo, diciéndole que más adelante, después de pensarlo yo bien, hablaríamos
más despacio de todo lo que me había dicho, lo cual quiera Dios que podamos
hacer en alguna ocasión.
Mientras tanto, no puedo
dejar de estar conforme con todo lo que dijo, primero por tratarse de un hombre
muy docto y conocedor del mundo, y después he de confesar llanamente que muchas de las cosas de
Utopía, más deseo que confío llegarías a ver en nuestras Ciudades.
Tomás
MORO
***
RESUMEN
de la heroica
vida y ejemplar muerte del Ilustre Tomás Moro, Gran Canciller de Inglaterra,
Vizconde y Ciudadano de Londres, extractada de la «Historia Eclesiástica del
Cisma de aquel Reyno», que escribió el P. Pedro de Ribadeneyra,
de
***
Entre
los muchos mártires que han padecido y muerto en defensa de nuestra Santa y
Católica Religión con motivo del cisma suscitado en el reinado de Enrique VIII,
se cuenta Tomás Moro, varón de grande ingenio, excelente doctrina y loables
costumbres.
Nació
en Londres en 1478. Su padre se llamaba Juan Moro, y era de linaje más honrado
que noble. Crióse bajo los principios de
Fue muy docto en todas las letras y elocuentísimo en las
lenguas griega y latina.
Sirvió
en diversas embajadas de su Rey. Tuvo grandes cargos y oficios preeminentes qué
ejerció con aplauso, rectitud y desinterés; y a pesar de haber contraído
segundas nupcias y haber tenido muchos hijos, no engrandeció su patrimonio. Su cuidado se centraba
en amparar y defender
Ejerció
durante casi cuarenta años el gobierno del país, con tanto prestigio y
autoridad que parecía que nada ni nadie podría derribarle. Pero por
inescrutables designios de
Hacía
veinte años que Enrique VIII estaba casado con Catalina de Aragón, hija de los
Reyes Católicos, de cuyo matrimonio tuvo una hija. Pero como fuese viuda
(aunque doncella) del Príncipe Arturo, hermano mayor de Enrique, éste se
enamoró de Ana Bolena y para casarse con ella hizo el propósito de
repudiar y apartar de sí a Catalina, pretextando que no podía ser su esposa la que lo había sido
de su hermano, a pesar de que para ello había obtenido la dispensa del Papa
Julio II.
Tomó
Enrique varios pareceres sobre el caso, entre ellos a Tomás Moro. Este, a pesar
de saber conque ansia deseaba el Rey separarse de su esposa para casarse con
Ana Bolena, con santo temor de Dios respondió con
firmeza y libertad cristiana que de ninguna manera podía parecerle bien el
divorcio y apartamiento de
Esta respuesta sentó muy mal a Enrique, por creer que
Tomás Moro era adicto a su persona, pero de momento disimuló, ofreciéndole
grandes beneficios y prebendas si apoyaba su resolución, y para que se
decidiese le mandó que tratara este asunto con el Rector del Colegio Real de Cambridge, que fue el promotor de este
asunto y gran adulador del Rey. Se entrevistaron ambos, y después de muchas y largas
controversias, se afirmó más en su opinión, exhortando con tanta decisión, en
adelante al Rey que no dejase a
Estando tratándose
jurídicamente en Inglaterra la causa del divorcio por los jueces que a
instancia del Rey Enrique nombró el Papa Pablo IV, los recusó
Habiendo
perdido su privanza el Cardenal Wolsey, principal
autor del divorcio, el Rey nombre Canciller a Tomás Moro, pensando que con ello le
atraería a su opinión.
Conservó esta alta dignidad durante tres años, al cabo de
los cuales, previendo la terrible tempestad que amenazaba al reino con motivo
de haber desconocido el Rey la potestad de los Legados del Papa, declarándose
Cabeza Suprema de
Enterado el Papa de cuanto ocurría en Inglaterra y del determinio del Rey de casarse con Ana Bolena,
le escribió rogándole encarecidamente que no se dejase llevar por la pasión ni
decidiera nada hasta que se resolviera en justicia lo de su primer matrimonio,
amenazándole severamente con su autoridad apostólica bajo pena de excomunión.
Pero Enrique, que ardía en las llamas de su pasión, no dejó su mal propósito y
se valió de Crammer, a quien había nombrado Arzobispo de Cantorbery, el cual dio sentencia de divorcio y se casó con
Ana Bolena.
Sabiendo los herejes que la nueva Reina era luterana en
su corazón, acudieron en gran número a
Ningún eclesiástico se atrevió a refutarlo, hasta que
Tomás Moro escribió un libro muy docto y prudente, en el cual, después de rebatir las calumnias
que contra el clero se decían en el libelo, mostró claramente que los bienes y rentas
eclesiásticas no llegaban con mucho a lo que los herejes decían, y que no solamente
aplicaban a fines piadosos, sino también necesarios, los que habían legado aquellos bienes a
Pronunciada la sentencia de divorcio y coronada Ana Bolena como Reina, se mandó que todos jurasen que aceptaban
el segundo matrimonio como legítimo, y que los hijos de él eran los verdaderos
herederos del reino. Tomás Moro rehusó hacer tal juramento y por ello fue
preso, con el mayor escándalo, junto con otros muchos que hablando mal del
segundo matrimonio cayeron en la indignación del Rey.
Estando Tomás Moro en la cárcel, despojado de todas sus
dignidades y bienes, nunca se vio en él señales de tristeza, pena o decaimiento, sino que
con gran alegría decía que todo el mundo no es sino una cárcel y prisión, de la cual a la
hora de la muerte cada uno es llamado para oír su sentencia, y que daba gracias
al Señor porque su cárcel no era tan apretada como la de otros, ya que siempre que se presentan
dos males hay que escoger el menor.
La prisión de este varón
insigne tenía en gran expectación a todo el reino, y sabiendo el Rey su gran autoridad y la
estimación que todos le tenían, para cambiarle de opinión le envió a muchos de sus privados.
Pero viendo Enrique que con todo su poder y ardides no le podía vencer, empezó
a dudar si le convendría más el dejarle con vida siendo el reprensor de su
adulterio o quitársela y caer en la indignación de todo el reino.
Al fin se determinó por lo último, empezando por el
Obispo Fisher, contra el que se enfureció más al
saber que el Papa le había nombrado Cardenal estando en la cárcel. Pensaba que
con la muerte del Obispo, que era gran amigo de Tomás Moro éste se podría
intimidar y ablandar. Fisher fue condenado a ser arrastrado, ahorcado y
desentrañado.
Fue avisado Moro de la
muerte santa de su compañero, y temiendo que por sus pecados no merecía la
corona del martirio, con el corazón lleno de amargura y el rostro de lágrimas,
se volvió al Señor y lo dijo
- Yo confieso, Señor, que no
merezco tanta gloria, pues no soy justo ni santo como vuestro siervo Fisher, al cual habéis escogido como varón conforme a
vuestro corazón entre todos los de este reino, pero no miréis, Señor, lo que
merezco, sino a vuestra misericordia infinita, y si es posible, hacedme
participar de vuestra Cruz y Cáliz, y de vuestra Gloria.
Dijo
esto con tanto sentimiento que los que no le entendían se figuraron que se
enternecía con el temor de la muerte, y que ahora se podría ablandar e inclinar
a la voluntad del Rey, y para moverle a ella volvieron a instarle muchos personajes,
entre ellos su propia esposa, llamada Luisa, por orden del Rey, tratando de persuadirle de que no se
dañara a sí mismo y a sus hijos. Díjole él a su esposa:
- Señora, a vuestro parecer,
¿cuántos años podré vivir?
-
Veinte años, si Dios fuere servido - respondió ella.
-¿Pues queréis
vos, señora - dijo él -, que por veinte años de vida pierda yo la eternidad? Si
dijerais veinte
mil ya seria algo, aunque tampoco este algo es nada comparado con la eternidad.
Viendo
que con nada podían hacer mella en su ánimo, que estaba firme como una roca, le
quitaron todos los libros que tenía y el recado de escribir, para que no
pudiera tener trato con los muertos que escribieron los libros ni con los
vivos. Antes de esto, y estando preso, escribió dos libros; uno titulado:
"Consuelo en la tribulación", en inglés, y el otro en latín sobre
Después
de estar casi catorce meses en la cárcel, el día primero de julio de, 1535 fue
llevado a
Finalmente, acusado de haber escrito a Fisher. animándole contra dicha
ley, fue condenado a muerte, cuya noticia recibió con gran alegría diciendo:
- Yo
por la gracia de Dios, siempre he sido católico y nunca me he apartado de la
comunión y obediencia al Papa, cuya potestad entiendo que está fundamentaba en
el Derecho Divino, y que es legítima, loable y necesaria, aunque vosotros
temerariamente la habéis querido abrogar y deshacer con vuestra ley"
Durante siete años he estudiado esta materia, y hasta ahora no he encontrado
ningún autor santo que diga que en las cosas espirituales que tocan a Dios
ningún seglar ni Príncipe temporal puede ser Cabeza y Jefe de los
eclesiásticos, que son los que han de gobernar. También digo que el decreto que
habéis dado es contra el juramento que antes hicisteis de no atentar jamás
contra
Apenas hubo
dicho estas palabras cuando todos los jueces, a grandes voces, empezaron a llamarle traidor al Rey,
especialmente el Duque de Norfolk, que le dijo:
-¿Cómo
podéis declarar vuestro mal ánimo contra la majestad del Rey?
Y él
respondió:
- No declaro, señor, mal ánimo
contra mi Rey, sino mi fe y la verdad. Porque en lo demás yo soy tan adicto al servicio
del Rey que ruego a Dios que no me sea más propicio a mí, ni de otra manera me perdone, que como
yo he sido fiel y afectuoso servidor de Su Majestad.
Entonces
el Canciller replicó:
-¿Pensáis, pues, que sois más
sabio que todos los Obispos, Abades y Eclesiásticos? ¿Que todos los nobles, caballeros
y señores? ¿Que todo el Concilio, o por mejor decir: que todo el reino?
- Señor - respondí -, por un Obispo que vosotros
tengáis de vuestra parte tengo yo ciento de la mía y todos los Santos; por
vuestros nobles y caballeros tengo yo toda la caballería de los Mártires y
Confesores, por un Concilio vuestro (que sabe Dios cómo se ha hecho) están en
mi favor todos los Concilios que en
Oyendo estas palabras que había dicho Moro delante del
pueblo, que había acudido a la novedad de una causa seguida tan sin razón ni
justicia contra un hombre tan insigne en virtud, prendas y demás
circunstancias, les pareció a los jueces que no ganarían nada, y mandándole
apartar, confirmaron la sentencia de muerte.
Terminado el juicio le volvieron a la cárcel, y a su paso
le salió al encuentro su hija Margarita, a la que amaba tiernamente, para pedirle su
bendición y el ósculo de paz, que le dio con mucho amor y ternura.
Cuando llegó a
la cárcel se entregó a la oración y contemplación, recreando en el Señor su alma santa con muchos y
suaves consuelos divinos.
Antes de que le sacaran al martirio, escribió con un
carbón (porque no tenía pluma) una carta a su hija Margarita, en la que le manifestaba el
deseo grande que tenía de morir en el día siguiente y ver al Señor, por ser la
octava del Príncipe de los Apóstoles, San Pedro, ya que moría por la confesión
de su primado y Cátedra apostólica, y en la víspera de la traslación del
glorioso mártir Santo Tomás, que fue su abogado durante toda su vida.
Se hizo tal como deseaba, y el 6 de julio fue llevado al
martirio. Al llegar allí puso por testigo al pueblo que estaba presente de que
moría por
Presentó su cuello, y a impulso de la cuchilla quedó
separada del cuerpo aquella cabeza de justicia, de verdad y. de santidad,
causando tan vivo dolor en los que lo miraron que no cabiendo en los pechos se manifestó
en los rostros con abundantes lágrimas y sollozos, considerando que no se había quitado la cabeza a
Tomás Moro, sino a todo el reino.
Así acabó su preciosa y
ejemplar vida el docto e ilustre Tomás Moro, autor de "Utopía", en
cuyo libro quiso manifestar la perfección de gobierno a que podía llegar una
República conduciéndose por las luces de la razón natural y prescindiendo de la
divina Revelación. Por ello no es de extrañar que la presente con los extravíos
propios de la razón humana cuando camina sin el auxilio de la divina luz.
Me he decidido a editar este corto libro, entre otras
cosas para reivindicar a Tomas Moro como precursor de
En
efecto, teniendo en cuenta su tiempo (cosa a lo que estamos acostumbrados los
aficionados) nos presenta un modelo de sociedad en una isla, aunque podría ser
perfectamente un planeta, como casi todos nuestros autores favoritos Clarke, Asimov, Heinlein, Sturgeon, Scott Card.... prácticamente
todos.
Claro
que hay una diferencia, la obra está escrita como un ensayo, y los ensayistas
suelen ver el
mundo como masas amorfas de gentes, mientras que actualmente preferimos conocer
las circunstancias del individuo ante una sociedad determinada. ¿Qué sentían
los habitantes de Amarouto?.
No creo que fueran tan perfectos, y si lo fueran serian insoportables.
Aun
así, pienso que, a pesar que los aficionados solemos ser una panda de
descreídos, deberíamos considerar a Tomas Moro, como santo patrón de
Al menos yo, así pienso hacerlo.
diaspar