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Alfonso
Aguiló
50
cuestiones actuales
INTRODUCCION_ 7
I.
¿CREER EN DIOS?_ 9
1.
¿EXISTE REALMENTE DIOS?_ 9
Una
constante en la historia de los pueblos 10
¿Puede
deberse todo al azar?_ 11
¿Ha
de haber una "causa primera"?_ 12
Un
pequeño "dribling" dialéctico_ 13
2. ¿ES POSIBLE LA AUTOCREACIÓN? 14
Un
cuento de hadas para personas mayores 14
Evolución:
bien, ¿pero de dónde?_ 15
¿Un
alma espiritual?_ 17
3.
UNA NOCHE QUE CAMBIÓ UNA VIDA_ 18
La
noche del 29 al 30 de abril de 1937_ 18
Una lejanía irritante 19
El instante de la conversión_ 20
Aceptar con humildad a Dios 21
El mejor uso de la libertad_ 21
4. ¿PUEDE DIOS CABER EN MI MENTE? 22
Reconocer nuestra limitación_ 23
¿Creer en algo que no estoy seguro de que
exista? 24
¿Creer en algo que me complica la vida? 25
Agnosticismo y cálculo de probabilidades 26
5. ¿SON COMPATIBLES CIENCIA Y FE? 27
¿Puede la ciencia controlarse a sí misma? 28
Historia de un desengaño_ 29
¿El progreso científico implica un declive
religioso? 30
¿Demostrar que Dios no existe? 33
¿Científicos creyentes? 34
6. ¿SE PUEDEN CONCILIAR FE Y RAZÓN? 35
¿Puede la ciencia explicarlo todo? 36
¿Científicos pontificando sobre filosofía? 37
¿Desaparecerá la fe al madurar la
sociedad? 38
¿Quién protege al hombre de su tendencia
al mal? 39
7. EL ENIGMA DEL DOLOR_ 41
¿Quién es el culpable del dolor? 41
¿Por qué el mal se ceba en los hombres
buenos? 43
¿Por qué Dios no nos ha hecho mejores? 45
¿"Enseñar" a crear a Dios? 47
¿Por qué Dios permite el mal? 49
¿Qué sentido tiene el dolor? 50
8. EL ENIGMA DEL MAL_ 51
¿No es el mal una crueldad de Dios? 52
¿De grandes males, grandes bienes? 54
¿La fe ayuda a sobrellevar el dolor? 55
Sentido cristiano del sufrimiento_ 56
9. EL ENIGMA DE LA MUERTE_ 57
Qué hacer con la muerte 58
Qué hacer con el miedo a morir 59
¿Pensar en la muerte? 60
¿Puedo comprobar si existe el alma? 62
No lo veo, luego no existe 62
¿Hablar de la muerte? 63
¿Qué nos espera después de la muerte? 64
¿No es Dios infinitamente misericordioso? 65
¿Salvarse en el último minuto? 67
II. UNA RELIGIÓN, PERO... ¿POR QUÉ LA CRISTIANA? 68
10. ¿DA IGUAL UNA RELIGIÓN QUE OTRA? 68
El síndrome del muestrario_ 69
Acertar con la verdad_ 70
¿Puede uno salvarse con cualquier religión? 71
11. ¿ES LA RELIGIÓN CRISTIANA LA
VERDADERA? 72
Una seguridad razonable 73
Un sorprendente desarrollo_ 73
Algo absolutamente singular en la historia
de la humanidad_ 75
Otros rasgos sorprendentes 76
12. ¿EXISTIÓ REALMENTE JESUCRISTO? 78
¿Realidad verdadera... o una ficción? 79
La garantía de la historia_ 80
El testimonio de tres culturas 80
13. VALOR HISTÓRICO DE LOS EVANGELIOS_ 81
¿Merecen credibilidad los Evangelios que
conocemos? 82
¿Es verdad lo que cuentan los Evangelios? 84
¿Hubo realmente milagros? 85
III. OBJECIONES A LA IGLESIA CATÓLICA_ 87
14. LOS RENGLONES TORCIDOS DE DIOS_ 87
¿Cómo Dios permite tantos errores? 88
Creo en Dios, pero no en los curas 90
El poder de la Iglesia_ 90
La labor social de la Iglesia_ 91
Las riquezas de la Iglesia_ 92
15. ¿DEBE LA IGLESIA PEDIR PERDÓN POR SUS ERRORES? 95
Un acto de coraje y humildad_ 95
Sin pedir nada a cambio_ 96
Dilucidar la verdad histórica_ 96
16. ¿QUÉ SUCEDIÓ REALMENTE CON LA INQUISICIÓN? 97
Un concepto errado de libertad religiosa_ 97
Reconocer los errores 100
Distinguir entre tópicos y verdades 101
La verdad sobre las cifras 103
17. ¿CUÁL FUE EL ERROR EN EL CASO GALILEO? 103
Una comparación_ 104
Una vieja controversia_ 105
La verdad sobre la condena_ 105
Diálogo entre ciencia y fe 107
18. ¿CÓMO ACTUÓ LA IGLESIA ANTE EL NAZISMO? 107
La Santa Sede y el Holocausto nazi 107
Un breve repaso histórico_ 108
La acción más prudente y eficaz_ 110
19. ¿QUÉ HA APORTADO EL CRISTIANISMO EN LA
HISTORIA DE LA HUMANIDAD? 111
Los primeros cristianos 112
Ante las invasiones bárbaras 112
Luces y sombras 113
El embate de los totalitarismos 114
Hacer balance 115
20. ¿QUÉ HAY DE VERDAD EN TANTAS OTRAS
LEYENDAS NEGRAS? 117
Las historia de las misiones 117
La abolición de la esclavitud_ 118
Preocupación por los que sufren_ 119
Las cruzadas 120
Isabel la Católica_ 121
Miguel Servet 123
Escándalos de abusos sexuales 124
¿No hacer nada para no equivocarse? 125
21. ¿UNA INSTITUCIÓN OPRESIVA Y ANTICUADA? 127
Falta de pluralismo_ 127
¿Son necesarios los dogmas? 128
El prestigio de la Iglesia_ 129
Superar viejos estereotipos 129
22. ¿UNA ANTIGUA DESCONFIANZA HACIA LA
MUJER? 130
¿Inferioridad de la mujer? 131
¿Por qué las mujeres no pueden ordenarse? 132
El papel de la mujer 133
23. LA AUTORIDAD DE LA IGLESIA_ 134
Un problema de diccionario_ 135
Peligrosas simplificaciones 136
¿Intransigencia? 137
24. ¿SON NECESARIOS LOS DOGMAS? 138
¿No es la Iglesia demasiado dogmática? 138
¿Intolerancia en la Iglesia? 139
¿Por qué hace proselitismo? 141
¿Por qué impone sanciones a teólogos? 142
25. SI MODERARA SUS EXIGENCIAS... 143
¿No lograría más adhesiones? 143
¿Por qué no pueden casarse los curas? 144
¿No debería adaptarse más a los tiempos? 145
¿No debería ser más comprensiva? 146
IV. ¿ES RAZONABLE CREER? 148
26. ¿ACASO DIOS BUSCA FASTIDIAR? 148
¿Caminar sobre el agua? 148
Cuestión de sensibilidad_ 149
¿Aguafiestas de la vida? 150
Creer es propio de seres inteligentes 151
27. ¿LA FE AYUDA A DISFRUTAR DE LA VIDA? 152
Afortunadamente, Dios no es kantiano_ 152
El atractivo del bien_ 153
¿Qué tipo de persona quiero ser? 154
28. ¿TIENE ALGUIEN DERECHO A IMPONERME SUS VALORES? 155
¿Existen valores absolutos? 155
No me impongas tu verdad_ 156
El boxeador que nunca sube al ring_ 157
¿Da lo mismo una religión que otra? 158
29. NUESTRAS CERTEZAS... ¿Y LAS DE LOS DEMÁS? 160
Una novedad en la historia_ 160
Atropellos desde la mayoría_ 161
La ley del más fuerte 162
El encuentro más liberador 163
30. ¿Y POR QUÉ “ESO” VA A SER MALO ? 164
Un sueño aterrador 164
Antígona: leyes que nadie ha puesto_ 165
¿Una moral sin Dios? 166
31. ¿LA MORAL AYUDA A PENSAR BIEN? 167
¿Inculcar una moral es lavar el cerebro? 168
¿Y si es una moral equivocada? 168
Ley moral y felicidad humana_ 169
La enseñanza de la religión_ 169
32. ¿POR QUÉ NO SE ESCUCHA MÁS A LA
IGLESIA? 172
¿Con qué derecho habla la Iglesia? 172
¿Imponer valores religiosos a la sociedad
civil? 174
La fuerza de los estereotipos 175
¿Y una ética laica? 177
V. LA CUESTIÓN DEL SEXO_ 178
33. SEXO Y SENTIMIENTOS: ¿ES NECESARIO
APRENDER? 178
El amor y el sexo_ 179
Aprender a amar 180
Un cierto “entrenamiento”_ 180
Educar la sexualidad_ 182
Autodominio sobre la imaginación y los
deseos 183
34. ¿HAY ALGO MALO EN EL PLACER? 183
Una ansiosa búsqueda_ 184
Placer y felicidad_ 185
¿Evitar el placer? 186
El peaje de la renuncia_ 186
35. ¿UNA OBSESIÓN INDUCIDA? 187
La omnipresencia del sexo_ 187
Un daño para la afectividad_ 189
¿Y cómo Dios nos lo ha puesto tan difícil? 189
Arte y pornografía_ 190
36. ¿UN “RESPIRO” DE VEZ EN CUANDO? 191
Somos humanos... 191
Vidas arruinadas por la lujuria_ 192
¿Pecado? 193
Concretando un poco_ 193
¿Confesar los propios pecados a otro
hombre? 194
37. ¿SE PUEDE SUPERAR LA ADICCIÓN AL SEXO? 196
Adictos al sexo_ 196
Siempre alguien paga por ello_ 197
Una sensación de inquietud_ 198
Los engaños más habituales 198
38. ¿QUÉ HACER CON EL DESEO SEXUAL NO LEGÍTIMO? 200
Siempre el mismo regate 201
Desarrollar buenas razones 202
Contar con otros factores 203
A mí no me afecta_ 204
39. TE QUERRÉ... ¿MIENTRAS ME APETEZCAS? 206
Placer individual, aunque en compañía_ 206
Contigo mientras me gustes 207
El amor verdadero sabe esperar 208
¿Es realmente posible esperar? 210
40. ¿QUÉ HACER ANTE LA HOMOSEXUALIDAD? 211
El drama de la homosexualidad_ 211
¿Es o no una enfermedad? 214
No es una simple cuestión de palabras 215
La actitud de la Iglesia_ 216
41. ¿POR QUÉ TANTAS PEGAS A LA ANTICONCEPCIÓN? 217
Paternidad responsable 218
¿Y por qué no los medios artificiales? 218
Hábitos que hacen daño_ 220
Dos brotes de una misma mentalidad_ 220
Es muy difícil... 222
VI. INTOLERANCIA CON LOS MÁS DÉBILES_ 223
42. RESPETO A LA VIDA, ¿POR QUÉ? 223
Vidas humanas expuestas a toda suerte de
manipulaciones 224
Una cuestión inexcusable 224
No todo lo que se puede hacer se debe
hacer 225
Buscando garantías para la dignidad humana_ 226
Una técnica que se subordine al hombre 227
43. ¿UNA MUERTE DIGNA? 228
La intolerancia con los débiles 228
Espasmos eutanásicos 229
Ensañamiento terapéutico_ 230
Sutil tiranía de la normalidad_ 231
Algunas objeciones 232
De nuevo la sombra del totalitarismo_ 233
Una pendiente peligrosa_ 234
44. DERECHO A DECIDIR, PERO HAY UN TERCERO EN JUEGO_ 235
A un paso de algo que parece importante 235
La parte débil del litigio_ 236
Sin voz ni voto_ 236
Libertad de conciencia, pero para todos 237
Una comparación_ 239
Egoísmo masculino e intolerancia social 240
La madre es quien mejor sabe la verdad_ 241
La persuasión de la verdad_ 243
45. NUEVOS IMPERIALISMOS_ 243
Oscuras profecías 244
El resultado de muchas victorias sobre la
muerte 245
La apoteosis de la intolerancia_ 246
El testimonio de la historia_ 246
¿Quién decide quiénes sobran? 248
Antiguos dogmas supuestamente científicos 248
Oscuros intereses políticos y económicos 250
Una nueva forma de acoso sexual 252
VII. ¿PARA QUÉ SIRVE CREER? 254
46. ¿SON MEJORES LOS CREYENTES? 255
¿De qué sirve creer? 255
Peligros de la religión_ 257
¿Son mejores los que van a Misa? 258
47. ¿Y CUANDO APARECEN DUDAS? 259
He perdido la fe 260
La fe y la duda_ 260
¿Caminar entre nieblas? 261
¿Está anticuada la Iglesia? 263
Vivir sin fe 264
48. ¿PARA QUÉ SIRVE REZAR? 264
La sordera de Dios 264
Visión utilitarista de Dios 265
La oración... ¿no es hablar solo? 266
49. ¿LA FE CATÓLICA NO ES DEMASIADO EXIGENTE? 268
No somos héroes 268
Razones para obrar en la adversidad_ 269
¿Un talante negativo? 270
¿Y si se cediera un poco? 271
50. ¿LA FE ALEJA DE LA “VIDA REAL”? 272
Facilidades para pensar 272
No está tan mal... porque yo lo hago_ 273
Sin miedo a la verdad_ 274
¿Es una vida más cómoda? 274
BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA_ 276
ALFONSO
AGUILÓ PASTRANA nació en Madrid en 1959. Es ingeniero de caminos, pero
abandonó pronto el ejercicio de esa profesión para dedicarse a diversos
trabajos de carácter educativo y docente. Desde 1991 es Vicepresidente del
Instituto Europeo de Estudios de la Educación (IEEE). Ha publicado más de
doscientos artículos en diversas revistas y publicaciones, así como ocho
libros sobre temas de educación, apologética y antropología: “Tu hijo de 10 a 12 años”, “Educar el
carácter”, “Interrogantes en torno a la fe”, “La tolerancia”, “Carácter y
valía personal”, “Educar los sentimientos” y “25 cuestiones actuales en torno
a la fe”. Actualmente es director de Tajamar.
La pregunta sobre Dios
sigue estando de actualidad. Sigue interesando. Es una cuestión que interpela
desde siempre al hombre, que planea sobre él desde que es consciente de su
propia existencia, desde que empieza a pensar y se interroga sobre su origen,
su destino final y sus motivaciones.
¿Por qué creer? ¿Para qué
sirve creer? ¿Está el creyente mejor preparado ante los grandes problemas de
la vida, para hacer frente al enigma del mal y de la muerte? ¿Por qué creer
en la Iglesia?
¿Cuál es la verdad sobre las páginas más difíciles de su historia? ¿Debe
aceptarse todo lo que dice sobre ética sexual?
Este libro trata de dar
respuesta a esas y otras muchas preguntas. Pretende aportar un poco de luz a
todas esas cuestiones. Una luz procedente del sentido común, de lo que
enseñan el entendimiento y el corazón, para ayudar al hombre a encontrar
razones para vivir con paz y esperanza.
He
pasado toda mi vida en tensión,
como un arco;
pero nunca he sabido
a dónde apuntar y lanzar la flecha.
Jean
Serment
Este libro no tiene pretensiones de
erudición. No es un texto de teología, ni pretende ser tampoco un tratado
doctrinal. No busca acumular argumentos o razones filosóficas, sino más bien
dar unas respuestas breves y sencillas, sin otro mérito, quizá, que el de
haber sido contrastadas en conversaciones con personas muy diversas.
Se presenta en forma de diálogo con un
interlocutor preocupado por su propia fe, o por la de sus hijos, o por la de
un pariente, o un amigo. Como un rato de conversación con alguien que no
tiene fe, o que quizá la tiene, pero a veces siente que flaquea, o ve cómo
flaquea en otros, y no encuentra respuesta adecuada a sus preguntas.
No es un conjunto de recetas de folletín
para problemas serios. Los temas son suficientemente difíciles como para
guardarse de reduccionismos o simplezas. Es un libro que quiere llevar a
pensar y a hacer pensar. Un libro para leer quizá despacio, más que de un
tirón. Para darlo a leer, y servir de punto de arranque a nuevas reflexiones
y comentarios.
La fe es suficientemente oscura como para
que la adhesión del espíritu sea libre y, al tiempo, es suficientemente clara
como para que dicha adhesión sea razonable. Ese claroscuro –que está en la
naturaleza misma de las cosas– hace que una conversación sobre la fe no sea
como hablar de una ciencia de carácter matemático, ni como una pugna en la
que se pretende convencer al otro con las armas de la simple dialéctica.
Una conversación sobre la fe ha de ser
como un intercambio de impresiones con el que se busca avanzar en el camino
de la búsqueda de la verdad. Y el hecho de que estés ahora hojeando estas
páginas demuestra que te das cuenta de la necesidad que todos tenemos de
reflexionar sobre Dios a la hora de encontrar un sentido para nuestras vidas.
PARTE
PRIMERA
Dios
no habla,
pero todo habla de Dios.
Julien
Green
Quien
busca la verdad
busca a Dios,
aunque no lo sepa.
Edith
Stein
El pensamiento de Dios ronda la mente del
hombre desde tiempo inmemorial. Aparece con terca insistencia en todos los
lugares y todos los tiempos, hasta en las civilizaciones más arcaicas y
aisladas de las que se ha tenido conocimiento. No hay ningún pueblo ni
período de la humanidad sin religión. Es algo que ha acompañado al hombre
desde siempre, como la sombra sigue al cuerpo.
La existencia de Dios ha sido siempre una
de las grandes cuestiones humanas, pues se presenta ante el hombre con un
carácter radicalmente comprometedor. El hombre busca respuesta a los grandes
enigmas de la condición humana, que ayer como hoy se presentan
ineludiblemente en lo más profundo de su corazón: el sentido y el fin de
nuestra vida, el bien y el mal, el origen y el fin del dolor, el camino para
conseguir la verdadera felicidad, la muerte, el juicio, la retribución
después de la muerte. Todo apunta hacia el misterio que envuelve nuestra
existencia, de donde procedemos y hacia el que nos dirigimos, hacia aquella
misteriosa fuerza que está presente en el curso de todos los acontecimientos
humanos, y que impregna la vida de un íntimo sentido religioso.
—Pero a mucha
gente no le importa qué hayan hecho todos los pueblos a lo largo de la
historia. No quieren hacer lo mismo que hacían otros en el pasado.
No me refería a hacer lo mismo que
nuestros antepasados. Toda persona hace muy bien en buscar su propio camino y
ser distinta de quienes le han precedido. Me refería a que nunca está de más
echar una mirada a la historia, aunque solo sea porque eso puede dar una
cierta perspectiva que siempre arroja una luz sobre la propia vida. Como
decía Aristóteles, si la religión es una constante en la historia de los
pueblos, ha de ser porque pertenece a la misma esencia del hombre.
Por fuerte que haya sido a veces la
hostilidad o el influjo secularizante de su entorno, jamás el hombre ha
quedado totalmente indiferente ante el problema religioso. Dondequiera que
hayan sido suprimidas las instituciones religiosas, o se haya perseguido de
un modo u otro a los creyentes, las ideas y los hechos de la religión han
vuelto a brotar una y otra vez. La pregunta sobre el sentido de la vida,
sobre el enigma del mal y de la muerte, sobre el más allá, son interrogantes
que jamás se han podido eludir. Dios está en el origen mismo de la pregunta
existencial del hombre.
—¿Y no cabe pensar que todo
el universo es, simplemente, obra del azar?
Desde los tiempos más antiguos, el hombre
se ha preguntado con asombro cuál sería la explicación de toda esa armonía
que hay en la configuración y las leyes del universo.
Cuando el hombre de hoy –comenta José
Ramón Ayllón– observa la complejidad y perfección de los procesos bioquímicos
en el interior de una célula diminuta, o la de los más gigantescos fenómenos
de movimiento y transformación de las galaxias; cuando se asoma al mundo
microfísico y propone unas leyes que intentan explicar fenómenos que suceden
a escalas de hasta una billonésima de milímetro; o cuando profundiza en la
estructura a gran escala del universo hasta límites de más de un billón de
billones de kilómetros; contemplando todo ese grandioso espectáculo, cada día
con más profundidad gracias a los avances de la ciencia, resulta cada vez más
difícil sostener que todo obedece a una misteriosa evolución gobernada por el
azar, sin ninguna inteligencia detrás.
Allí donde existe un plan, ha de haber
alguien que planifica. Y detrás de una obra de tal complejidad y de tales
proporciones, ha de haber un creador, cuyo poder y sabiduría trasciendan
cualquier medida.
Pensar que toda la armonía del universo y
todas las complejas leyes de la naturaleza son fruto del azar, sería como
pensar que las andanzas de Don Quijote de la Mancha que escribió
Cervantes pudieron aparecer íntegras sacando letras al azar de una gigantesca
marmita con una sopa de letras. Recurrir a una gigantesca casualidad para
explicar las maravillas de la naturaleza es una explicación un poco ingenua.
—¿Y no cabe también, como dicen algunos, que el mundo
haya existido desde siempre?
Cuando vemos un libro, o un cuadro, o un
edificio, inmediatamente pensamos que detrás de esas obras habrá,
respectivamente, un escritor, un pintor, un arquitecto.
Y de la misma manera que a nadie se le
ocurre pensar que el Quijote surgió de una inmensa masa de letras que cayó al
azar sobre unos pliegos de papel y quedaron ordenadas precisamente de esa
forma tan ingeniosa, tampoco puede decirse que aquel edificio "está ahí
desde siempre", o que ese cuadro "se ha pintado solo", o cosas
por el estilo. No podemos sostener seriamente que el mundo "se ha hecho
solo", o "se ha creado a sí mismo". Son incongruencias que
caen por su propio peso.
«"No conozco ningún alfarero –dijo la
olla–. Nací por mí misma y soy eterna."
»Pobre loca. Se le ha subido el barro a la
cabeza».
Así reflejaba Franz Binhack en su obra Topfer
und Topf, con cierto toque de humor, lo ridículo que resulta esa actitud
de cerrar los ojos ante la inevitable pregunta sobre el primer origen del
ser.
Si de un grifo sale agua, es porque hay
una tubería que transporta esa agua. Y esa tubería la recibirá de otra, y esa
a su vez de otra. Pero en algún momento se acabarán las tuberías y llegaremos
al depósito. Nadie afirmaría que hay siempre agua en el grifo simplemente
porque la tubería tiene una longitud infinita.
«De la nada –explica Leo J. Trese– no
podemos obtener algo. Si no tenemos bellotas, no podemos plantar un roble.
Sin padres, no hay hijos. Así, pues, si no existiera un Ser que fuera eterno
(es decir, un Ser que nunca haya empezado a existir), y omnipotente (y capaz
por tanto de hacer algo de la nada), no existiría el mundo, con toda su
variedad de seres, y no existiríamos nosotros.
»Un roble procede de una bellota, pero las
bellotas crecen en los robles. ¿Quién hizo la primera bellota o el primer
roble?
»Los hijos tienen padres, y esos padres
son hijos de otros padres, y estos de otros. Ahora bien, ¿quién creó a los
primeros padres...?
»Algunos evolucionistas dirían que todo
empezó a partir de una informe masa de átomos. Bien, pero... ¿quién creó esa
masa de átomos?, ¿de dónde procedían?».
¿Quién guió la evolución de esos átomos,
según leyes que podemos descubrir, y que evitaron un desarrollo caótico?
Alguien tuvo que hacerlo. Alguien que, desde toda la eternidad, haya gozado
de una existencia independiente.
Todos los seres de este mundo, hubo un
tiempo en que no existieron. Cada uno de ellos deberá siempre su existencia a
otro ser. Todos, tanto los vivos como los inertes, son eslabones de una larga
cadena de causas y efectos. Pero esa cadena ha de llegar hasta una primera
causa. Pretender que un número infinito de causas pudiera dispensarnos de
encontrar una causa primera, sería lo mismo que afirmar que un pincel puede pintar
por sí solo con tal de que tuviera un mango infinitamente largo.
—Hay quien dice
que les basta con saber que los seres simplemente existen. Que no les
importa de dónde provienen y que, por tanto, no necesitan pensar más en ello.
Entonces estaríamos cerca de decir que no
se debe pensar. Porque renunciar a tan importante parcela del pensamiento
supone abandonar un poco la realidad.
Si vemos una chaqueta colgada de una pared
(el ejemplo es de Sheed), pero no vemos que está sostenida por una percha, y
eso nos lleva a pensar que las chaquetas desafían a las leyes de la gravedad
y cuelgan de las paredes por su propio poder, entonces no viviríamos en el
mundo real, sino en un mundo irreal que nosotros mismos nos hemos forjado. De
manera semejante, si vemos que las cosas existen y no vemos con claridad cuál
es la causa de que existan, y eso nos llevara a negar o a ignorar esa causa,
estaríamos saliéndonos del mundo real.
—Pero algunos
filósofos han asegurado que la relación causa-efecto no es más que una
dialéctica ajena a la naturaleza, donde los fenómenos se repiten de manera
incesante sin que esa relación de causa a efecto exista más que en nuestro
entendimiento...
No parece que la noción de causa sea una
simple elucubración humana. Es algo que comprobamos cada día, y que la
ciencia no cesa de invocar. "Si veo unos niños –apunta André Frossard–,
la experiencia me dice que no se han hecho solos. Podrá surgir quizá un
filósofo afirmando que no puedo demostrarlo, pero también él se vería en
apuros para demostrar que yo estoy equivocado si aseguro que han surgido de
unas coles."
Rechazar de esa manera la relación
causa-efecto parece un atentado contra la sensatez. De hecho, los que así
piensan, luego, en la vida normal, no son consecuentes con esa teoría. Saben,
por ejemplo, que si meten los dedos en un enchufe, recibirán la
correspondiente descarga, y por eso procuran no hacerlo. Saben que la
relación enchufe-calambrazo no es una dialéctica ajena a la naturaleza que
exista solo en su entendimiento..., aunque solo sea porque en los dedos no
está el entendimiento. Cuando –negando la evidencia de las causas– dicen que
todo lo que existe es fruto del azar, hacen una renuncia puntual al uso de la
razón.
La fe cristiana confía totalmente en la
recta razón, mediante la cual se puede llegar al conocimiento de Dios. Para
el creyente, la razón es inseparable de la fe y ha de ser respetada como un
don divino que es.
—Y si se puede
llegar a Dios con la luz de la razón, ¿para qué es necesaria la fe?
No es difícil llegar a reconocer que Dios
existe. Hemos repasado algunos de los razonamientos que nos llevan a Él, y
veremos aún bastantes más. De todas formas, el trabajo no siempre es fácil. Además
de exigir –como sucede con todo conocimiento– una manera recta de pensar y un
profundo amor a la verdad, hay que contar con que, en muchos casos, los
hombres renunciamos a proseguir un discurso racional cuando comprobamos que
sus conclusiones se oponen a nuestros egoísmos o nuestras malas pasiones.
Supongo que esta será una de las razones
por las que Dios dio un paso adelante y, dándose a conocer mediante la Revelación,
nos tendió la mano. Así, además, todos los hombres podemos conocer todas esas
verdades de forma más fácil, con mayor certeza y sin errores.
Muy
débil es la razón
si no llega a comprender
que hay muchas cosas
que la sobrepasan.
Blas
Pascal
—Mucha gente
dice que le sobran todos esos argumentos porque la teoría del big bang
explica perfectamente la autocreación del universo, y por tanto no necesitan
a Dios para explicar nada.
El big bang y la autocreación del
universo son dos cosas bien distintas. La teoría del big bang, como
tal, resulta perfectamente conciliable con la existencia de Dios. Sin
embargo, sobre la teoría de la autocreación –que sostiene, mediante
explicaciones más o menos ingeniosas, que el universo se ha creado él solo
a sí mismo y de la nada–, habría que objetar dos cosas. Primero, que
desde el momento en que se habla de creación partiendo de la nada,
estamos ya fuera del método científico, puesto que la nada no existe y
por tanto no se le puede aplicar el método científico. Y segundo, que hace
falta mucha fe para pensar que una masa de materia o de energía se pueda
haber creado a sí misma.
Tanta fe parece hacer falta, que el mismo
Jean Rostand –por citar a un científico de reconocida autoridad mundial en
esta materia y, al tiempo, poco sospechoso de simpatía por la doctrina
católica–, ha llegado a decir que esa historia de la autocreación es como
"un cuento de hadas para personas mayores". Afirmación que André
Frossard remacha irónicamente diciendo que "hay que admitir que algunas
personas adultas no son mucho más exigentes que los niños respecto a los
cuentos de hadas...: las partículas originales, sin impulso ni dirección
exteriores, comenzaron a asociarse, a combinarse aleatoriamente entre ellas
para pasar de los quáseres a los átomos, y de los átomos a moléculas de
arquitectura cada vez más complicada y diversa, hasta producir, después de
miles de millones de años de esfuerzos incesantes, un profesor de astrofísica
con gafas y bigote. Es el no-va-más de las maravillas. La doctrina de la Creación no
pedía más que un solo milagro de Dios. La de la autocreación del mundo exige
un milagro cada décima de segundo". La doctrina de la autocreación exige
un milagro continuo, universal, y sin autor.
—Hay quien
entiende la historia del universo como una evolución de organismos vivos que
ha emergido con ocasión del desarrollo de la materia y ha alcanzado un cierto
grado de complejidad...
Para quienes defienden esas teorías,
parece que el mundo no es más que una cuestión de geometría
extraordinariamente compleja. Sin embargo, por mucho
que se compliquen unas estructuras, y por mucho que se admitiera una
vertiginosa evolución en su complejidad, esa evolución de la sustancia
material se enfrenta al menos a dos objeciones importantes.
La primera objeción es que la evolución
jamás explicaría el origen primero de esa materia inicial. La evolución
transcurre en el tiempo; la creación es su presupuesto.
La segunda objeción es que pasar de la
materia a la inteligencia humana supone un salto ontológico que no puede
deberse a una simple evolución fruto del azar. La materia, por mucho que se
desarrolle, no es capaz de producir un solo pensamiento capaz de comprenderse
a sí misma, igual que –como sugiere André Frossard– nunca se vería que un
triángulo, después de un extraordinario proceso evolutivo, advirtiera de
repente, maravillado, que la suma de sus ángulos internos es igual a ciento
ochenta grados.
—¿Y hay algún inconveniente en que un
católico crea en la evolución de las especies? Muchos dicen que no tiene
sentido que la Iglesia
siga resistiéndose a aceptar algo que está probado científicamente.
Quizá no estén bien informados, porque la Iglesia católica no
tiene inconveniente en aceptar la evolución del cuerpo del hombre a partir
del de un primate. Para conciliar la doctrina de la evolución humana con la
teología católica, es suficiente con admitir que Dios actuó en un momento
determinado sobre el cuerpo de la primera pareja, infundiéndoles un alma humana.
Dios pudo, en efecto, ir formando el
cuerpo del hombre a partir de alguna especie de primate en evolución, según
un proyecto por Él diseñado, y cuando alcanzó el grado de desarrollo
requerido, dotarlo de alma humana. No tiene la Iglesia inconveniente
alguno en que un católico acepte esa hipótesis si le parece digna de crédito.
—¿Y entonces un católico no tiene que creer
al pie de la letra el relato de la creación que aparece en el Génesis?
No es necesario que sea al pie de la
letra. El relato de la creación que ofrece el Génesis no pretende ser una
explicación científica sobre el origen del ser humano. Las narraciones de
fenómenos físicos o naturales de la
Biblia no pretenden darnos directamente unas enseñanzas en
materia científica. Y tampoco el detalle de sus descripciones pretende
afectar directamente a la doctrina de la salvación. Queda bien claro que esa
narración es un esquema teológico, que no pretende ser histórico, sino una
visión general de lo más fundamental, con el fin de explicar que el mundo
procede solo del poder de Dios. Pero cómo se llevó a cabo ese proceso es una
cuestión que la Biblia
deja completamente abierta.
El autor del Génesis no pretendía dar una
clase de astrofísica o de biología molecular. Da a entender que todo hombre,
y todo el hombre, en cuerpo y alma, viene de Dios,
depende de Dios y ha sido hecho por Dios; que el universo no es
autosuficiente y que Dios es el creador y señor de todas las cosas. Las
aparentes divergencias que parecen darse entre algunas narraciones bíblicas y
los actuales conocimientos científicos se deben al sentido metafórico o
figurado con el que en algunos casos escribían los autores sagrados, o bien a
un diferente modo de expresarse, según las apariencias sensibles o la manera
de hablar de entonces de aquel pueblo.
—Mucha gente
niega la existencia del alma. Dice que la inteligencia humana es un proceso
cerebral, como cualquier otro de los que hay en el organismo humano, y que no
necesita explicaciones espirituales.
La inteligencia humana no es una mera
función del cerebro, como la que puede hacer la bilis en el hígado, por
ejemplo. El hecho de que la inteligencia no actúe sin la colaboración de los
sentidos, que tienen su sede en el cerebro, no supone identificar cerebro e inteligencia.
Un aparato eléctrico no funciona si no se enchufa, pero el enchufe no es la
causa de que funcione, ni de que exista la electricidad. Enchufe y cerebro
son condiciones, no causas.
—¿Y por qué tiene que ser espiritual el alma
humana?
Ningún efecto puede ser ontológicamente
mayor que su causa. Si el hombre es capaz de tener pensamientos abstractos,
su alma tiene que ser espiritual. Si la mente humana es capaz de producir
ideas inmateriales, el alma tiene que ser inmaterial, es decir, espíritu.
—Pues hay quien
asegura que la vida humana responde en su totalidad a un esquema bioquímico
que explica todos sus procesos.
¿Fueron entonces –se pregunta José Ramón
Ayllón– las neuronas de Miguel Ángel quienes pintaron la Capilla Sixtina?
En caso afirmativo habría que admirar los procesos bioquímicos de su cerebro,
y no de su propietario. Y si la conducta criminal de Hitler fue exclusiva e
inevitable consecuencia de su química neuronal, no sería él responsable del
holocausto de tantos judíos, sino solo sus neuronas. ¿Pueden las neuronas ser
justas, o valientes, o peligrosas? Si las neuronas movieran totalmente
al hombre, el hombre sería un títere de su cerebro. ¿Son acaso las
neuronas quienes originan la voluntad libre y, por consiguiente, se dan
órdenes a sí mismas?
En la base de las decisiones libres
encontraremos procesos bioquímicos, es cierto, pero la libertad y la
inteligencia no parecen ser procesos bioquímicos, ni tampoco efectos de solo
lo bioquímico, como la luz solar que entra en la habitación no es efecto solo
de que la ventana esté abierta: tiene que alumbrar el sol. Reducir la vida
humana a un proceso bioquímico extraordinariamente complejo supone negar la
existencia de la libertad humana. Y cualquier hombre puede comprender que es
capaz de escoger, que podría haber obrado de manera distinta a como lo ha
hecho, y que, en definitiva, la libertad existe y no es una simple entelequia
de la razón.
Lo curioso es que quienes sostienen esas
teorías deterministas –que niegan la libertad en pro de todos esos
complejos procesos bioquímicos– no se resignan a que los demás conculquen sus
derechos. Estoy seguro que si a uno de ellos le roban su cartera, lo más
probable es que no se limite a pensar que el pobre ladrón obró así necesariamente,
impelido por un estímulo bioquímico irresistible, sino que llamará a la
policía y exigirá que busquen al culpable, quizá incluso que le castiguen, y,
por supuesto, la devolución de la cartera.
Si
rompes tus cadenas, te liberas;
pero si cortas con tus raíces, mueres.
Doria
Cornea
Manuel García Morente se había procurado
unos días de soledad para entregarse serena y metódicamente al análisis de
unos temas que le preocupaban profundamente.
Morente era Decano de la Facultad de Filosofía y
Letras de Madrid desde 1931, y estaba considerado ya entonces como una de las
figuras más destacadas de la vida universitaria española de la primera mitad
del siglo XX.
Fue siempre –cuenta López Quintás– un
espíritu muy reflexivo y abierto. Graves pruebas personales y familiares
avivaron en él un intenso deseo de dar un sentido cabal a su existencia. Pero
permanecía insensible a la luz de la fe.
A pesar de efectuar largos y penosos
procesos intelectuales, no lograba clarificar lo que para él era la cuestión
básica de la vida humana: si existe alguna realidad superior al mundo que dé
pleno sentido y cumplimiento a la existencia del hombre.
Su gran capacidad analítica no acertaba a
responder a esa pregunta. Su actitud de soberbia espiritual –en
expresión posterior suya– le hizo rechazar la idea de un Dios que atiende con
solicitud y cariño al hombre. Ese planteamiento le parecía una puerilidad.
Veía a Dios como un ser lejano, incomunicado de los hombres, puro término de
la mirada intelectual, objeto de reverencia muda e inmóvil, de sumisión
total, pero nunca de acogimiento de hijo. A su entender, la existencia del
hombre se limitaba a una sucesión de causas y efectos rígidamente
determinada.
Sin embargo, aquella noche comenzó a
experimentar un vivo deseo interior de que todas sus objeciones a la
existencia de un Dios providente fueran inválidas. Pensaba que los hechos
producidos por el mero determinismo natural carecen de sentido. Sentía
aletear, en lo más íntimo de su ser, una vaga necesidad: la de que hubiese
quien redimiera al hombre de su menesterosidad última.
Este empedernido pensador, quebrantado por
los avatares de la guerra civil española, que había hecho presa de modo
trágico en su propia familia, sentía un anhelo inconfesado pero eficiente de
que existiera una providencia divina, "una suprema inteligencia,
supremamente activa, fuente de vida, de mi vida y de toda vida, es decir, de
todo complejo o sistema de hechos plenos de sentido".
El silencio de Dios, el hecho de que Dios
pareciera contemplar impasible nuestros sufrimientos, le producía un
alejamiento de la fe, una sensación de que la vida carecía de sentido.
Sin embargo, al plantearse la cuestión del
sinsentido de la existencia, sentía en su interior que se avivaba el deseo de
que existiera un ser que diera razón a todos los acontecimientos, tanto a los
felices como a los adversos. "El solo pensamiento de que hay una
providencia sabia, bastó para tranquilizarme –escribiría más tarde,
recordando aquel momento–; aunque no comprendía ni veía la razón o causa
concreta de la crueldad que esa misma providencia practicaba conmigo,
negándome el retorno de mis hijas."
Morente se consagró al análisis de este
tema, pero no logró liberarse de aquella lejanía inaccesible, irritante, de
Dios. Y sufrió una crisis de resentimiento que le llevó a rebelarse contra el
Ser Supremo. La única libertad reservada al hombre le parecía ser la de no
aceptar el obsequio de la vida y recurrir al suicidio, como acto desesperado
de posesión de sí mismo. Pero, al verse en tal callejón sin salida, que se le
antojaba grotesco, Morente decide volver sobre sus pasos y rehacer desde sus
bases todo aquel proceso intelectual. Con un enorme esfuerzo de voluntad, se
toma una tregua en el pensamiento.
Enciende la radio para distraerse, y
escucha fragmentos de una sinfonía de César Frank, la Pavana para una
infanta difunta de Ravel, y La infancia de Jesús de Berlioz. Esta
última obra le sumergió en un estado de "deliciosa paz".
En aquellos momentos
de perplejidad radical, se abrió, sin proponérselo expresamente, al mundo de
la belleza y de la honda expresividad de la música. Y de pronto se hizo en él
una gran luz.
No fue una irrupción de la belleza
artística únicamente. No fue solo la perfección, la armonía, la luminosidad y
la paz de aquella obra musical. La marea de belleza iba aliada con la
revelación de un Dios que esconde su divinidad en la forma humilde e
indefensa de un niño. Y esa idea suscitó en su imaginación una visión intensa
de las escenas fundamentales de la vida de un Dios hecho un ser menesteroso,
como nosotros, y entregado a hacer el bien hasta su muerte en una cruz. Esta
imagen de un Dios encarnado y anonadado, que esconde su divinidad para
hacerse más accesible al hombre, de un Dios que ama y sufre por los demás en
silencio, no despertó en el ánimo de Morente ya rechazo alguno, sino
confianza y amor.
Comprendió que esa aparente indiferencia
de Dios responde a un profundo respeto por la libertad del hombre. Pensó que
–como había dicho Pascal– no era justo que Dios apareciera de una manera tan
manifiestamente divina que la adhesión del espíritu no fuera libre, ni de una
forma tan oculta que no pudiese ser reconocido por quienes lo buscaran
sinceramente.
Todo lo que mira a Dios supera a nuestro
espíritu y se halla por eso mismo rodeado de sombras, pero Él mismo nos ha
proporcionado pruebas accesibles a nosotros para que seamos capaces de
entenderle razonadamente.
La contemplación de ese Dios de carne y
hueso, que se compromete por amor a compartir la suerte del hombre, convirtió
aquella distancia infranqueable en una cercanía sobrecogedora. Esa vecindad
–explicaba– hizo posible la interrelación personal, la oración, el diálogo
con su Dios: un encuentro que suscita sentimientos de paz y transforma la
vida y la mentalidad del hombre que ora. "Volví la cara hacia el
interior de la habitación y me quedé petrificado. Allí estaba Él. Yo
no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él estaba allí."
Se había convertido. "Es
verdaderamente extraordinario e incomprensible –escribiría después– cómo una
transformación tan profunda pueda verificarse en tan poco tiempo."
Había aceptado a Dios. "El acto más
propio y verdaderamente humano –decía– es la aceptación de la voluntad de
Dios. Querer libremente lo que Dios quiera: he ahí el ápice supremo de la
condición humana."
Morente se hallaba angustiado por resolver
el gran problema que acosaba su espíritu: aunar la libertad y la obediencia,
sentir la vida como propia y al tiempo reconocer que uno es dependiente de
otras realidades que son distintas, pero no ajenas, al propio destino. Tras
el hecho extraordinario vivido en aquella noche del 29 al 30 de abril,
Morente advierte que la solución de este problema radica en reconocer la
realidad de la condición humana, en saber aceptarse uno mismo como un ser
limitado y necesitado.
Al aceptar esto, el hombre adopta una
actitud de sencillez espiritual, de humildad, de disponibilidad, de
acogimiento agradecido. Reconoce que lo propio del ser creado es la
gratitud hacia su creador, de la misma manera que lo propio del hijo
es querer a sus padres. Y esa prontitud para el agradecimiento corta de raíz
una de las causas fundamentales del ateísmo: la soberbia y el resentimiento.
Y desbloquea el espíritu, encerrado y resentido por su limitación.
He traído aquí el relato de la conversión
de García Morente, porque muchas personas pueden pasar en algún momento de su
vida por una crisis en cierto modo semejante. Al hombre le cuesta reconocer
la realidad de la condición humana, y aceptarse a sí mismo como un ser creado
por Dios y sujeto a un orden natural.
Quizá por eso es tan corriente que la
clave de una conversión esté en ese reconocimiento humilde de la realidad de
la condición humana. Y quizá también por eso, el rechazo de esa dependencia
–según cuenta el relato del Génesis– fue el origen del primer pecado.
La resistencia a la conversión es, muchas veces, como una crisis del hombre
que quiere hacer de la independencia personal una categoría absoluta a la que
sacrificar y sacrificarse por completo.
Una crisis por la que pasó también otro
gran pensador cuya conversión tuvo lugar en la misma época que García Morente
pero a bastantes kilómetros de distancia. Así narraba el británico C. S.
Lewis su resistencia de aquel momento en que cambió su vida: "Aquel día
cedí, admití que Dios era Dios y, de rodillas, recé...; entonces no vi lo que
ahora es más claro: la humildad divina que acepta a un converso incluso en
tales circunstancias...; el hijo pródigo al que traen revolviéndose,
luchando, resentido y mirando en todas direcciones buscando la oportunidad de
escapar...".
—Me parece
natural que al hombre le cueste aceptarlo, puesto que siempre supone
comprometerse y, en definitiva, una hipoteca de su libertad.
Comprometerse no es hipotecar la libertad,
sino emplearla. Como decía la poetisa rumana Doria Cornea, si rompes tus
cadenas, te liberas; pero si cortas con tus raíces, mueres. Romper las
cadenas, otorga libertad; pero romper con todo compromiso es cortar las
raíces de la persona.
Y aunque es cierto que las personas que
aceptan el riesgo de su libertad personal y se comprometen con lo elegido,
renuncian a todas las cosas que no eligen, también es cierto que se
enriquecen con las consecuencias de lo que sí han elegido. Si el hombre
rehúye de modo habitual el compromiso, aunque lo hiciera por amor a la
libertad, lo que haría es condenar su vida a la indecisión y la esterilidad.
Cuanto mejor se elige, y cuanto más se
compromete la persona con lo bien escogido, tanto más se enriquece a sí misma
y tanto más enriquece a los demás. La libertad interesa porque hay algo más
allá de ella que la supera y marca su sentido: el bien. Si una elección
supone un compromiso que refuerza algo que es propio de la naturaleza humana,
será este el uso más acertado de nuestra libertad, un paso más hacia nuestra
plenitud como hombres.
La
grandeza de un hombre
está en saber reconocer
su propia pequeñez.
Blas
Pascal
Si un estudiante de bachillerato va un día
a la Universidad
y asiste a una clase de doctorado en la que se está tratando una materia
especialmente compleja, no debería extrañarse si ve que a veces pierde el
hilo de la explicación (suponiendo que en algún momento llegara a
encontrarlo). Le parecerá lo más natural, puesto que esa materia le supera
por completo.
Algo parecido –ya siento
no haber encontrado ejemplo mejor– podría decirse que sucede con la
comprensión sobre la naturaleza de Dios que puede alcanzar el hombre.
Si ese estudiante de nuestro ejemplo
dijera que todo lo que ha oído en esa clase es mentira por la sencilla razón
de que él no entiende nada, habría quizá que hacerle ver –educadamente, por
supuesto– que su capacidad de entender las cosas no es quien concede la
verdad a esas cosas. La verdad no está obligada a ser entendida completamente
por todas las personas. Y esto no es decir que sean tontas, ni renunciar a la
razón, sino simplemente constatar que tenemos limitaciones. Por eso dijo
Pascal –y era un gran científico– que la grandeza de un hombre está en saber
reconocer su propia pequeñez.
Aquel profesor –volviendo a nuestra
comparación– podrá hacer aproximaciones a esa verdad, con ejemplos o
simplificaciones más o menos afortunadas que ayuden a que el estudiante lo
entienda. Y también podrá rebatir, con mayor o menor acierto pedagógico, las
objeciones que el chico ponga. Pero no logrará hacerle entender todas las
clases perfectamente y hasta sus últimas consecuencias. Porque está a otro
nivel.
Pensar que uno es tan listo como para
abarcar por completo a Dios es de una ingenuidad tan pasmosa como
presuntuosa. Más o menos, como si el estudiante de nuestro ejemplo pensara
que ha entendido perfectamente todo lo que ha escuchado en esa clase
(probablemente entonces habría entendido algo distinto a lo que realmente se
explicó).
Si alguien dice que Dios no existe porque
no cabe por completo en su cabeza, habría que hacerle considerar que si Dios
cupiera por completo en su cabeza, quizá entonces ya no sería Dios. Y eso no
tiene nada que ver con la posibilidad de la razón humana de demostrar la
existencia de Dios. La razón es capaz de llegar a Dios, pero demostrar la
existencia de Dios no es abarcar completamente a Dios.
Para creer, hay que reconocer humildemente
–y sé que es difícil ser humilde– la limitación de la razón humana. Así
podremos acercarnos a algo que es muy superior a nosotros.
—Pero Dios
podría hacer algo para que le conozcamos más fácilmente...
Pienso que ha hecho ya mucho. Quizá sea al
hombre a quien falte poner algo más de su parte. Además, sería poco conforme
a nuestra condición humana obligar a Dios a aceptar nuestros axiomas sobre lo
que tendría que hacer para darse sensatamente a conocer a los hombres.
Dios no ha querido obligar forzosamente al
hombre a reconocerle. La razón humana puede demostrar la existencia de Dios y
conocer bastante sobre su naturaleza. Pero no puede llegar por sí sola a
otras muchas verdades relacionadas con la naturaleza de Dios.
El hecho de que el
hombre no llegue a captar unas verdades no tiene por qué vulnerar esas
verdades. Es algo –explica Mariano Artigas– que sucede también en las
ciencias, y continuamente. Por ejemplo, nadie duda de la realidad de las
partículas subatómicas, a pesar de que encontramos dificultades –que de
momento son insalvables– cuando intentamos explicar su naturaleza. Pero esas
dificultades no impiden que poseamos muchos conocimientos bien comprobados
acerca de esas partículas, y que podamos utilizarlos como base de tecnologías
muy avanzadas.
La fe es razonable, pero al hombre le
resulta difícil llegar a comprenderla con profundidad con la única ayuda de
la razón. Por eso la
Revelación supone una gran ayuda en el laborioso camino de
la inteligencia humana.
—Hay personas
que se declaran agnósticas porque dicen que nadie ha conseguido demostrarles
de forma convincente que Dios existe. Y que no pueden rezar a un ser del que
no saben con seguridad si verdaderamente existe, porque sería como arrojar al
mar mensajes en una botella, con la duda de si alguna vez alguien los
recogerá.
Sin embargo –perdóname por la broma–,
tengo entendido que los náufragos en islas desiertas arrojaban botellas al
mar, o al menos eso se cuenta. Y supongo que lo harían porque confiar en algo
que no es una certeza aplastante e incontrovertible no tiene por qué ser una
actitud absurda. Lo que quizá sí sería absurdo es quedarse sin hacer nada
porque no se sabe con total seguridad si alguien llegará a encontrarse algún
día con la botella.
—Sí, pero dicen
que ellos optan por no arriesgar nada, y por eso prefieren no creer en
nada, puesto que no hay nada claramente probado.
Con ese planteamiento, si me apuras,
habría que dejar de creer incluso en que uno es hijo de sus padres –pido
perdón de nuevo por el ejemplo–, como única solución segura para evitar el
riesgo de amar a unos padres falsos. La mayoría de nuestros conocimientos
provienen del testimonio de otras personas, y en la mayoría de los casos no
podemos comprobarlos incontrovertiblemente.
Y eso incluye datos tan sencillos como
quiénes son nuestros padres, nuestro lugar y fecha de nacimiento, la mayor
parte de la geografía y de la historia, y un larguísimo etcétera. Sin
embargo, solemos creer que el medicamento que tomamos corresponde a lo que
indica el rótulo de la caja, o que el indicador de salida de la autopista nos
mandará al lugar que señala, o que realmente existe aquel lejano país que
viene en los mapas y del que tanto habla la prensa pero que jamás hemos
visitado. Porque eso es lo razonable.
Nos pasamos la vida –todos, también
quienes dicen que no creen en nada– teniendo fe en muchas cosas, corriendo
riesgos, fiándonos de lo que no está claramente probado. La fe significa
crédito o confianza. Si queremos demostrar todo, nos veremos abocados a un
proceso infinito en el que la desconfianza absoluta recortaría drásticamente
a una persona, y su vida quedaría reducida al pequeñísimo ámbito de lo que es
comprobable por uno mismo.
Por eso, el hecho de que la fe en Dios
exija una actitud de aceptación es algo también muy razonable. Lo que no
sería razonable es el escepticismo absoluto, o pedir un desproporcionado
grado de seguridad. Y menos razonable aún si solo se pide en cuestiones de
religión o de moral.
La misma amistad, sin
ir más lejos, requiere del ejercicio de la fe y la confianza, puesto que, sin
ellas, ningún amigo merecería tal nombre. Así lo entendía un pensador de la
antigüedad, que se preguntaba: ¿Cómo puedo afirmar que no se debe creer en
nada sin conocerlo directamente, si, en caso de no creer algo que no puede
ser demostrado con seguridad por la razón, no existiría la amistad, ni el
amor?
—Hay veces en
que la resistencia a creer en Dios es sobre todo una resistencia de la
voluntad para evitarse complicaciones morales.
Ciertamente, y por eso muchos agnósticos
se amparan en la excusa de que no se puede conocer con certeza la existencia
de Dios, para así vivir en la práctica como si no existiera. Y resuelven sus
dudas intelectuales apostando a nivel práctico por la no-existencia de Dios,
con una seguridad y asumiendo unos riesgos difíciles de conciliar con sus
anteriores razonamientos.
Es una postura que, por otra parte, puede
resultar muy seductora para quienes buscan eludir algunas de las exigencias
morales que supone la existencia de Dios, al tiempo que se evitan la molestia
de rebatirlas. De esta manera, su agnosticismo acaba siendo una sencilla
fachada intelectual que esconde unos planteamientos que a lo mejor parecen cómodos
pero desde luego son muy poco consistentes.
Hay otros, a los que quizá habría que
alabar inicialmente por su sinceridad, que afirman creer en Dios, pero que
prefieren ponerlo entre paréntesis porque, por alguna razón más o menos
confesada, no les interesa que afecte a su vida. Se trata de un
indiferentismo que, si bien puede ser efectivamente sincero, no parece un
ejemplo de coherencia.
Otros profesan una especie de agnosticismo
estético, con el que hacen difíciles equilibrios entre el escepticismo y la
búsqueda de aprobación social, o entre el miedo al compromiso y el miedo al
“qué dirán”. Parecen pensar que la incredulidad es prueba de elegancia y
sabiduría, y quizá por eso llegan hasta el extremo de fingirla.
En unos casos y en otros, son actitudes
que responden a decisiones personales, que son muy libres de tomar, por
supuesto, pero que con frecuencia no se fundamentan en un discurso
intelectual muy riguroso. El discurso suele venir después, para justificar su
decisión.
—Otros, y parece
que lo dicen honradamente, aseguran que si alguien les convenciera de que
Dios existe, se convertirían. Pero que no pueden forzar una fe que no tienen.
Dicen incluso que les gustaría tener la fortuna de poseer esa fe que ven que
hace tan felices a otros...
Se le podría dar la vuelta a su
razonamiento: que sea él quien demuestre que Dios no existe, o que no puede
conocerse, y así entonces serías tú quien se convertiría a su postura.
—De entrada, me
diría que no tiene ningún interés en convertirme, como parezco tenerlo yo.
Pienso que todo hombre realmente
persuadido de conocer cualquier verdad debe tener la ilusión de compartirla
con los demás. Buscar que los demás se acerquen a lo que uno considera
verdadero –respetando siempre la libertad, por supuesto–, es algo positivo.
—Pues entonces
admitiría que tampoco se puede demostrar que no existe Dios, pero como su
existencia es algo dudoso, le parece igual de razonable apostar por
cualquiera de las dos opciones.
Sin embargo, él, en la práctica, vive como
si Dios no existiera. Está viviendo, en definitiva, conforme a algo que no
puede demostrar. En el fondo, está teniendo fe en algo, en la no-existencia
de Dios, pero con el agravante de que si efectivamente al final resultara que
Dios existe –cosa que sabremos dentro de no tanto tiempo–, lo más probable es
que él haya salido perdiendo en esa apuesta, y por los siglos de los siglos.
—Pero dirá que
si al final resulta que Dios no existe, eres tú quien pierde, y él, en
cambio, habrá salido ganando.
No está tan claro, pues no parece muy
seguro que quienes viven al margen de Dios pasen una vida más feliz. Ellos
mismos reconocen muchas veces –lo comentabas antes tú mismo– que incluso les
gustaría tener la fe que ven que hace tan felices a otros. Y es lógico que
así suceda, puesto que tener fe es siempre servir a algo más elevado, y todo
hombre –quiéralo o no– es siervo de las cosas en las que pone su felicidad.
O sea, que si al final de la vida se
comprueba que Dios existe, el agnóstico ha apostado por el error de más
trascendencia que pueda haber. Y si Dios no existiera, tampoco habría salido
ganando. Así que, hasta por esta razón de probabilidad, parece bastante
razonable apostar por la fe. Así lo resumía Pascal: “Prefiero equivocarme
creyendo en un Dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un Dios que
existe".
"Porque –añadía, haciendo gala de su
habitual pragmatismo de científico– si después no hay nada, evidentemente
nunca lo sabré, cuando me hunda en la nada eterna; pero si hay algo, si hay
Alguien, tendré que dar cuenta de mi actitud de rechazo.”
Por otra parte, si Dios existe, ha de
haber una religión, pues la religión es lo propio de la relación natural
entre cualquier ser y quien lo ha creado. Igual que lo natural es que un hijo
trate a sus padres, por la sencilla razón de que le han traído al mundo, lo
natural en el hombre es mantener una relación con su creador, y puede decirse
que eso es la religión.
El
hombre encuentra a Dios
detrás de cada puerta
que la ciencia logra abrir.
Albert
Einstein
El físico alemán Otto Hahn, inventor de la
fisión del átomo de uranio, se encontraba recluido en un campo de
concentración inglés, junto con otros eminentes hombres de ciencia. Cuando en
agosto de 1945 le llegó la noticia de que Hiroshima había sido arrasada por
una bomba atómica, sintió una profundísima culpabilidad. Sus investigaciones
sobre la fisión del uranio habían acabado por utilizarse para producir una
terrible masacre. Tal fue su desazón que intentó abrirse las venas con los
alambres de espino que rodeaban el campo.
Una vez que sus compañeros lograron
disuadirle, el viejo profesor les hizo, desolado, la siguiente confesión:
"Acabo de advertir que mi vida carece de sentido. He investigado por
puro deseo de revelar la verdad de las cosas, y todo aquel saber científico
acaba de convertirse en un enorme poder aniquilador".
La experiencia personal de Otto Hahn fue,
en realidad, la experiencia amarga de toda una época. Una sobrecogedora
impresión de fracaso invadió los espíritus de todos cuantos habían luchado
año tras año con tanta tenacidad para llevar el conocimiento científico a la
máxima altura posible, convencidos de hacer con ello un gran bien a la
humanidad. Habían trabajado afanosamente –comenta López Quintás– con la
profunda convicción de que el aumento del saber teórico y el incremento de la
felicidad humana estaban inequívocamente vinculados. Confiaban en que
fomentar el saber científico tomaría siempre un valor positivo, que
significaría automáticamente cotas más elevadas de felicidad y de dignidad.
Pensaron que se trataba de un bien incuestionable y que, por tanto, se
traduciría ineludiblemente en bienestar y plenitud para el hombre.
Pero esta ilusión multisecular, que ya
había hecho quiebra en las trincheras de Verdún, se vino estrepitosamente
abajo con los horrores de la Segunda Guerra Mundial. El terrible poder
destructor de las armas nucleares, los intensísimos bombardeos sobre
población civil, el exterminio sistemático y profundamente cruel de toda una
raza, y un saldo de cincuenta millones de muertos pusieron trágicamente de
manifiesto que el saber teórico puede traducirse en un saber técnico, y este
a su vez en un amplio poder sobre la realidad, pero –por desgracia– todo ese
dominio no conduce automáticamente a una mayor felicidad de los hombres si
quienes ostentan ese poder carecen de una conciencia ética adecuada a su
responsabilidad.
Después de siglos de febril incremento del
saber científico, la idea de que el progreso humano es siempre continuo y no
puede haber retroceso, se había revelado como irritantemente falsa. El ideal
del dominio científico, y la forma consiguiente de humanismo, saltaron en
pedazos al entrar en colisión con la terca realidad de la historia. Era
patente que el futuro no debía caracterizarse por esa ingenua credulidad en
el progreso como principio motor de una civilización, sino que resultaba
necesario cimentarlo sobre valores más elevados y seguros.
El psiquiatra austriaco Victor Frankl,
tras su experiencia personal en los campos de concentración, llegó a la
conclusión de que no fueron los ministerios nazis de Berlín los verdaderos
responsables de aquellas atrocidades, sino la filosofía nihilista del siglo
XIX. Si el hombre es un simple producto de una naturaleza cambiante, un
simple mono evolucionado, entonces, igual que al mono se le puede enjaular en
un zoológico, al hombre se le podrá encarcelar en un campo de exterminio. Si
el hombre es un simple animal, aunque extraordinariamente adiestrado, y
hacemos jabones con grasa animal, ¿por qué no hacerlos con grasa humana?
Husserl, aleccionado por el hundimiento
del mito del eterno progreso con motivo de la conmoción bélica mundial –en la
que vio, entre otras cosas, aquella racionalización perfecta de la matanza en
masa de millones de inocentes–, se percató claramente de que la ciencia, por
razón de su método, no puede ser una instancia rectora de la vida humana.
"El mundo de la objetividad científica –escribió– es un mundo cerrado e
inhóspito. La forma en que el hombre moderno se dejó, en la segunda mitad del
siglo XIX, determinar totalmente por las ciencias positivas y cegar por la prosperity
a ellas debida, significó dejar de lado las cuestiones decisivas para una
humanidad auténtica. Ciencias que solo contemplan puros hechos, hacen hombres
que solo ven puros hechos." Buscar el conocimiento científico objetivo
de las cosas es lícito y fecundo. Pero considerar ese modo de conocer como el
modélico, como el único riguroso, constituye una parcialidad inaceptable, por
cuanto empobrece enormemente al hombre.
La
Ilustración
perseguía el ideal renacentista de entregar al hombre a sí mismo, de hacerlo
libre permitiéndole vivir bajo el imperio de la sola razón. La esperanza de
que el hombre alcanzaría la felicidad para siempre en un mundo dominado y sin
secretos, por medio de una ciencia que lo sabría y lo podría todo, resultó
ser un sueño que nunca lograba alcanzarse, y que el horror gigantesco de dos
guerras mundiales convirtieron en algo peor que una pesadilla. El dominio de
la realidad se escapaba del estrecho molde del pensamiento racionalista. Y el
peligro no provenía de la ciencia en sí, sino de esa mentalidad que llevaba a
considerar que solo puede conocerse aquello que es medible, controlable,
verificable, y a despreciar los aspectos de la realidad que se resisten a tal
género de control y cálculo. Esa pretensión de dominio sin límites dejaba al
hombre en una situación de desamparo. Pronto se vio que la ciencia, que había
llenado con su prestigio el Siglo de las Luces, no podía colmar ella sola por
completo la vida del hombre. No era su misión. La ciencia no habla de
valores, de sentido, de metas ni de fines, y de todo eso necesita el ser
humano para preservar su dignidad y ser feliz.
El optimismo ilustrado había previsto
horizontes paradisíacos. Pero la utopía científica mostraba como nunca su
impotencia.
No hay duda en que el progreso científico
ha sido grande, y que ese desarrollo es algo bueno, o que, al menos, no tiene
por qué ser malo. Pero hoy día ya pocos creen que todo eso sea la panacea,
que pueda hacer algo más que trasladar la inquietud de unos temas a otros. El
dominio de las cosas es muy elevado, pero es necesario un humanismo válido
que dé sentido a todo ese avance científico. Porque, de lo contrario, puede
embriagarse con sus propios éxitos y crecer en direcciones aberrantes para la
dignidad del hombre.
La técnica permite poner a punto medios de
comunicación muy poderosos, rápidos, atractivos, sugerentes..., pero estos
medios pueden ser un arma de primer orden para manipular las mentes,
troquelar las voluntades y los sentimientos de los hombres. La ciencia
necesita de unos límites a su pretensión de soberanía. Toda gran conquista
–explica López Quintás– supone una inevitable ambivalencia: un avance en un
aspecto y un retroceso en otro, quizá no menos valioso. El aumento de poder
no corre siempre paralelo al aumento del dominio del hombre sobre tal poder.
La ciencia no puede abandonarse a su propia dinámica, sino que debe ser
regulada por una instancia externa que la oriente y dé sentido.
La
Edad Moderna
comenzó cultivando insistentemente las cuestiones de método. Bacon, Descartes
y Spinoza, por ejemplo, centraron su filosofía en torno a la búsqueda de un
método riguroso que les permitiera llegar a la verdad y asentar la vida sobre
convicciones sólidas, inquebrantables, inexpugnables.
Como las ciencias avanzan sobre datos
seguros y contrastados, verificados por la experiencia, fueron surgiendo
pensadores que tenían el convencimiento de que cada vez que la ciencia
descubría un secreto, la religión daba un paso atrás.
A sus ojos parecía como si el progreso de
la ciencia redujera inexorablemente el dominio de lo religioso, más
constreñido cada día. En contraposición a lo que consideraban un dócil espíritu
medieval, el hombre habría de encontrar, con la fuerza de su razón, un método
sin fisuras. Y el gran modelo del pensamiento auténtico era, para ellos, el
saber matemático.
Si se procede con la debida lógica
–afirmaban–, articulando bien los diversos pasos del razonar, se llega en
matemáticas a conclusiones apodícticas, incuestionables. El orden en el
razonar viene a ser la clave del recto pensar y conocer. Y este orden lo
establece la razón, pues la razón es el gran privilegio del hombre. Por este
camino –acababan por concluir–, el hombre se basta a sí mismo, puesto que la
razón le ofrece recursos sobrados para descubrir las leyes de la realidad y
lograr un rápido dominio sobre ella.
Pero de nuevo el paso del tiempo ha venido
a mostrar cómo ese dominio es solo posible en términos cuantitativos, en
aquello que puede someterse a cálculo y medida. Pero el espíritu se escapa
del método matemático y de la lógica cartesiana. El espíritu, al hacer
posible la opción libre, hace posibles muchas cosas que denuncian la
insuficiencia del modelo racionalista.
Se podrían poner muchos ejemplos. Uno de
los más característicos es el intento racionalista de explicar la
inteligencia humana. Es difícil saber exactamente lo que es el pensamiento
–explica José Ramón Ayllón–, pero si reduzco el problema a una cuestión de
neuronas, puedo lograr una tranquilizante impresión de exactitud: 1.350 gramos de
cerebro humano, constituido por 100.000 millones de neuronas, cada una de la
cuales forma entre 1.000 y 10.000 sinapsis y recibe la información que le
llega de los ojos a través de un millón de axones empaquetados en el nervio
óptico, y a su vez, cada célula viva puede ser explicada por la química
orgánica... Así, puedo pretender explicar la inteligencia en clave biológica,
la biología en términos de procesos químicos, y la química en forma de
matemáticas.
Ahora bien, cualquier lector medianamente
crítico se estará preguntando qué tienen que ver los porcentajes de carbono o
hidrógeno, las neuronas y toda la matemática asociada a esos procesos con
algo tan humano y tan poco matemático como charlar, entender un chiste,
captar una mirada de cariño o comprender el sentido de la justicia.
La ciencia moderna, con sus
descubrimientos maravillosos, con sus leyes de una exactitud asombrosa, ofrece
la tentación –un empeño que se dio en Descartes con una fuerza irresistible–
de querer conocer toda la realidad con una exactitud matemática. Pero suele
olvidarse algo esencial: que las matemáticas son exactas a costa de
considerar únicamente los aspectos cuantificables de la realidad. Y reducir
toda la realidad a solo lo cuantificable es una notable simplificación.
Se podría responder como aquel viejo
profesor universitario cuando un alumno hacía alguna afirmación
reduccionista: "Eso es como si yo le pregunto qué es esta mesa, y usted
me responde que ciento cincuenta kilos". Las magnitudes matemáticas han
prestado y prestarán un gran servicio a la ciencia, y a la humanidad en su
conjunto, pero siempre han hecho muy flaco servicio cuando han querido emplearse
de modo exclusivista.
La totalidad de lo real nunca podrá
expresarse solo en cifras, porque las cifras únicamente expresan magnitudes,
y la magnitud es solo una parte de la realidad. Y no es cuestión de dar más
números, o con más decimales. Por muchos o muy exactos que sean, presentan
siempre un conocimiento notoriamente insuficiente. Tú pesas 70 kg., pero tú no eres 70 kg. Y mides 1,80 metros, pero no
eres 1,80 metros.
Las dos medidas son exactas (el ejemplo vuelve a ser de José Ramón Ayllón),
pero tú eres mucho más que una suma exacta de centímetros y kilos. Tus
dimensiones más genuinas no son cuantificables: no se pueden determinar
numéricamente tus responsabilidades, tu libertad real, tu capacidad de amar,
tu simpatía hacia tal persona, o tus ganas de ser feliz.
No querer reconocer una realidad aduciendo
que no puede medirse experimentalmente sería algo parecido a que un químico
se negara a admitir las especiales propiedades de los cuerpos radiactivos –es
algo que pudo perfectamente suceder a muchos en la época medieval–, con el
pretexto de que no obedecen a las mismas leyes que explican lo que sucede a
los demás cuerpos ya conocidos. Si las leyes que maneja no explican algo, lo
más probable es que esas leyes no valgan.
Más allá de la ciencia, hay otra cara de
la realidad: la más importante, y también la más interesante del ser humano,
aquella donde aparecen aspectos tan poco cuantificables como, por ejemplo,
los sentimientos: no se pueden pesar, pero nada pesa más que ellos en la
vida.
Un pensamiento, o un sentimiento, no son
algo que honradamente podamos calificar de material. No tienen color, sabor o
extensión, y escapan a cualquier instrumento que sirva para medir propiedades
físicas. "Los fenómenos mentales –asegura John Eccles, premio Nobel de
Neurocirugía– trascienden claramente de los fenómenos de la fisiología y la
bioquímica."
"La ciencia, a pesar de sus progresos
increíbles –escribe Gregorio Marañón–, no puede ni podrá nunca explicarlo
todo. Cada vez ganará nuevas zonas a lo que hoy parece inexplicable. Pero las
rayas fronterizas del saber, por muy lejos que se eleven, tendrán siempre
delante un infinito mundo de misterio."
Narrando la historia de su conversión, C.
S. Lewis explicaba cómo advirtió, en un momento concreto de su vida, que su
racionalismo ateo de la juventud se basaba inevitablemente en lo que él
consideraba como los grandes descubrimientos de las ciencias. Y lo que los
científicos presentaban como cierto, él lo asumía sin conceder margen a la
duda.
Poco a poco, a medida que iba madurando su
pensamiento, se estrellaba una y otra vez contra un escollo que no lograba
salvar. Él no era científico. Tenía, por tanto, que aceptar esos
descubrimientos por confianza, por autoridad..., como si fueran, en
definitiva, dogmas de fe científica. Y esto iba frontalmente en contra de su
racionalismo.
Lo relataba a la vuelta de los años,
asombrándose de su propia ingenuidad de juventud. Sin saber casi por qué, se
había visto envuelto en una credulidad que ahora le parecía humillante.
Siempre había creído a ciegas en prácticamente todo lo que apareciera escrito
en letra impresa y firmado por un científico. "Todavía no tenía ni idea
entonces –decía– de la cantidad de tonterías que hay en el mundo escritas e
impresas." Ahora le parecía que ese candor juvenil le había arrastrado
hacia una inocente aceptación rendida de un dogmatismo más fuerte que aquel
del que estaba huyendo. Los científicos, ante el gran público, tienen a su
favor una gran ventaja: el tremendo complejo de inferioridad frente a la
ciencia que tiene el hombre corriente.
—¿Y si la ciencia demostrara un día que Dios
no existe? Porque mucha gente piensa que llegará un día en que la ciencia
logrará que se prescinda de lo que llaman la hipótesis de Dios, forjada en
los siglos oscuros de la ignorancia...
Es un viejo temor, que surge a veces
incluso entre los propios creyentes, avivado por la fuerza divulgativa del
ateísmo cientifista. Sin embargo, el temor del creyente ante la ciencia no
tiene ningún sentido. Si demostrar con seriedad la existencia de Dios puede
ser una tarea laboriosa para la filosofía, demostrar su inexistencia es para
la ciencia una tarea imposible.
El objeto de la ciencia no es más que lo
observable y lo medible, y Dios no es ni lo uno ni lo otro. Para demostrar
que Dios no existe, sería preciso que la ciencia descubriera un primer
elemento que no tuviera causa, que existiera por él mismo, y cuya presencia
explicara todo lo demás sin dejar nada fuera. Y si lo pudiera descubrir –que
no podrá, porque está fuera de su ámbito de conocimiento–, sería precisamente
eso que nosotros llamamos Dios.
Robert Jastrow, director del Goddard
Institute of Space Studies, de la
NASA, y gran conocedor de los últimos avances científicos
en relación con el origen del universo, decía: "Para el científico que
ha vivido en la creencia en el ilimitado poder de la razón, la historia de la
ciencia concluye como una pesadilla. Ha escalado la montaña de la ignorancia,
y está a punto de conquistar la cima más alta. Y cuando está trepando el
último peñasco, salen a darle la bienvenida un montón de teólogos que habían
estado sentados allí arriba durante bastantes siglos".
—Algunos están persuadidos
de que ciencia y fe son incompatibles. Dicen, como Laplace, que "Dios es
una hipótesis de la que no tienen ninguna necesidad". Y aseguran que son
precisamente los científicos quienes suelen negar que se pueda conocer a
Dios.
Es cierto que algunos científicos piensan
así. Sin embargo, muchísimos otros –de indudable y reconocido prestigio– no
dudan en declararse creyentes, y no les parece que la fe sea contraria en
absoluto al ejercicio de su investigación, sino que afirman que la verdadera
ciencia, cuanto más progresa, más descubre a Dios. Los conflictos entre fe y
razón han sido siempre causados por la ignorancia de los defensores de una u
otra parte.
El mismo Albert Einstein, por ejemplo,
autor de la teoría de la relatividad, afirmaba que "la religión sin la
ciencia estaría ciega, y la ciencia sin la religión estaría coja
también".
Newton afirmaba que hay “un ser
inteligente y poderoso... que gobierna todas las cosas no como alma del
mundo, sino como Señor del universo, y a causa de su dominio se le suele
llamar Señor Dios, Pantocrátor”.
El famoso premio Nobel alemán Werner K.
Heisenberg, uno de los principales creadores de la Mecánica
cuántica y formulador del conocido Principio de Indeterminación que lleva su
nombre, a su paso por Madrid en 1969, afirmaba: "Creo que Dios existe y
que de Él viene todo. El orden y la armonía de las partículas atómicas tienen
que haber sido impuestos por alguien".
Max Planck, otro premio Nobel alemán,
formulador de la teoría de los quanta, es aún más explícito: "En
todas partes, y por lejos que dirijamos nuestra mirada, no solamente no
encontramos ninguna contradicción entre religión y ciencia, sino precisamente
pleno acuerdo en los puntos decisivos".
Von Braun, el hombre de la NASA que logró poner al
primer hombre en la Luna,
aseguraba que "cuanto más comprendemos la complejidad de la estructura
atómica, la naturaleza de la vida o la estructura de las galaxias, tanto más
nos encontramos nuevas razones para asombrarnos ante los esplendores de la
creación divina".
El físico británico Paul Davies asegura
que la ciencia no puede responder a los interrogantes últimos, sino que ha de
existir algún plan superior capaz de explicar la vida humana. Para Davies,
"resulta totalmente inviable atribuir la existencia del hombre al simple
juego accidental de fuerzas ciegas de la naturaleza: la asombrosa
racionalidad de la naturaleza –con un grado verdaderamente fabuloso de
organización en diferentes niveles que se entrecruzan y complementan– no
puede ser el fruto de simples casualidades".
Alexis Carrel, aquel premio Nobel de
Medicina, inicialmente un positivista incrédulo pero convertido más tarde al
catolicismo, fue testigo directo en Lourdes de una curación instantánea e
inexplicable, y decía: “Poca observación y muchas teorías llevan al error.
Mucha observación y pocas teorías llevan a la verdad”.
La multiplicación de este tipo de
testimonios tan cualificados han acabado por
provocar un vuelco en contra de esa mentalidad de agnosticismo cientifista.
Parece como si los agnósticos hubieran valorado en poco el poder de la
inteligencia humana para llegar a Dios a través de la ciencia. Un editorial
de la revista TIME comentaba con asombro ese cambio dentro del mundo
científico: "A través de una callada revolución en el pensamiento y en
la argumentación –una revolución impensable hace veinte años–, parece como si
Dios se estuviera preparando su regreso".
Para
las personas creyentes,
Dios está al principio.
Para los científicos,
está el final de todas sus reflexiones.
Max
Planck
Una mirada al desarrollo científico con un
poco de perspectiva histórica nos deja asombrados de la rapidez con que las
máquinas se trasladan a los museos. Bastantes afirmaciones de las revistas
científicas actuales probablemente sean motivo de hilaridad o de asombro para
las generaciones futuras, quizá dentro de no tanto tiempo.
La historia de las ciencias nos advierte,
con terca insistencia, de un hecho irrefutable: pocas teorías científicas
logran mantenerse siquiera unos pocos siglos; muchas veces, tan solo unos
años; y en algunas ocasiones, todavía menos. La mayoría de las afirmaciones
de la ciencia van siendo sustituidas, una tras otra, poco a poco, por otras
explicaciones más complejas y contrastadas de esa misma realidad. Eran
hipótesis que fueron consideradas como ciertas durante una serie de años, o
de siglos, y que un día quedan superadas. A veces, son englobadas dentro de
teorías más completas, de las que la antigua hipótesis es un corolario o un
simple caso particular. Otras, quedaron obsoletas y desaparecieron por
completo del ámbito científico. La postura propia de la ciencia experimental
ha de ser, por tanto, extremadamente cauta en sus afirmaciones.
«Una insidia perniciosa –escribía John
Eccles poco después de recibir el Premio Nobel por sus investigaciones en
neurocirugía– surge de la pretensión de algunos científicos, incluso
eminentes, de que la ciencia proporcionará pronto una explicación completa de
todos los fenómenos del mundo natural y de todas nuestras experiencias
subjetivas. Es una extravagante y falsa pretensión que ha sido calificada
irónicamente por Popper como “materialismo promisorio”.
»Es importante reconocer
que, aunque un científico pueda formular esta pretensión, no actuaría
entonces como científico, sino como un profeta enmascarado de científico. Eso
sería cientifismo, no ciencia, aunque impresione fuertemente a aquellos
profanos que piensan que la ciencia suministra incontrovertiblemente la
verdad.
»El científico no debe pensar que posee un
conocimiento cierto de toda la verdad. Lo más que podemos hacer los
científicos es aproximarnos más de cerca a un entendimiento verdadero de los
fenómenos naturales mediante la eliminación de errores en nuestras hipótesis.
Es de la mayor importancia para los científicos que aparezcan ante el público
como lo que realmente son: humildes buscadores de la verdad.»
En cambio, la inmodestia suele ir unida a
la ignorancia. La suficiencia con que algunos hablan se presenta como una
actitud muy poco científica, pues los científicos sensatos nunca dan
categoría de dogma a sus hipótesis. El cientifismo altivo ha hecho siempre
muy flaco servicio al rigor de la verdadera ciencia.
Los científicos sensatos –además de
vigilarse a sí mismos para no convertirse en personajes dogmatizantes–
procuran basar siempre sus afirmaciones científicas en comprobaciones que
sigan con rigor el método científico. Así se guardan de imponer como
científicas afirmaciones que, en el fondo, se apoyan más bien en razones de
orden filosófico.
—Me imagino que,
si son científicos, lo que digan estará basado en el método científico, que
es el que conocen, ¿no?
Ciertamente, la mayoría de los científicos
así lo hacen, y con gran honestidad. Pero hay algunos que son menos honrados
en sus afirmaciones, aunque a veces –para desprestigio de la verdadera
ciencia– sean más conocidos en los medios de comunicación. Son personajes que
tienen una cierta habilidad para saltar furtivamente al vecino campo de la
filosofía. Y no hay que extrañarse de que esto suceda, pues ya decía Einstein
que todo investigador científico es una especie de metafísico oculto, por muy
positivista que se crea.
—Pero tienen
todo el derecho del mundo a hacer filosofía si les apetece, ¿no?
Por supuesto. Ni las ciencias
especulativas ni las experimentales entienden de exclusivismos. Están
abiertas a todos. Pero en todas debe exigirse que se cumplan las reglas y el
método propios de la ciencia en la que se está trabajando. No es legítimo que
pretendan imponer especulaciones filosóficas en nombre del método científico.
Si alguien, como científico experimental,
hace una afirmación científica, debe aportar datos empíricos que avalen esa
afirmación. Si la afirmación no es experimental, sino especulativa, debe
aportar las razones necesarias conforme a las normas del buen hacer
filosófico. Pero no goza de ningún privilegio en ese campo, por muy buen
científico que sea. Lo que no sería lícito es que hiciera conjeturas de razón
y las presentara como demostradas experimentalmente. Y eso es lo que hacen
algunas personas, que, de un sigiloso salto, se cuelan de rondón en campo
ajeno y hablan desde allí queriendo hacernos ver que hablan desde otro sitio.
—O sea, es como
un regate al método científico.
Exacto. Y no es que lo hagan
continuamente. Lo hacen solo algunos, y solo en algunas ocasiones, y a veces
inadvertidamente incluso para ellos mismos. Lo malo es que suelen moverse
torpemente en el campo de la filosofía, y pasan por él como caballo por
cacharrería, haciendo conjeturas filosóficas sumamente curiosas.
—De todas
formas, tampoco es malo hacer conjeturas de vez en cuando. No vamos a estar
siempre limitados a lo estrictamente demostrado.
Por supuesto, pero entonces hay que
distinguir bien entre las conjeturas y las afirmaciones de la ciencia. Igual
que, por ejemplo, un principio ético elemental exige a los profesionales de
los medios de comunicación distinguir lo que es propiamente la noticia de lo
que es su opinión sobre esa noticia, los científicos están obligados a hacer
también esa diferenciación entre lo que han comprobado científicamente y lo
que es una especulación de su pensamiento.
Cuenta López Quintás en uno de sus libros
cómo un día, al atardecer, después de visitar la catedral de Notre-Dame,
mientras callejeaba por el viejo París, se encontró sin querer con un pequeño
edificio abandonado, con sus sórdidas ventanas cruzadas por listones de
madera. Aquella construcción semirruinosa resultó ser el famoso “Templo de la Nueva Religión
de la Ciencia”,
que hacía siglo y medio había erigido el filósofo francés Augusto Comte.
El contraste fue tan brusco como
expresivo. El templo con el que se pretendió dar culto al progreso científico
se hallaba arrumbado. La vieja catedral, en cambio, lucía sus mejores galas,
como en sus grandes tiempos medievales. La música se acompasaba en ella con
la armonía de los órdenes arquitectónicos, con el buen decir de los oradores,
con el magnífico juego litúrgico que un día navideño había conmovido años
atrás al gran poeta Claudel hasta llevarlo a la conversión.
La historia de aquel templo olvidado está
emparentada con la de la Ilustración, que en su día se alzó con la
ilusión de "despojar al hombre de las irracionales cadenas de las
creencias y saberes supersticiosos basados en la autoridad y las
costumbres". El pensamiento ilustrado de la Enciclopedia
consideraba los conocimientos religiosos como "simples e ingenuas
explicaciones de la vida dadas por el hombre no científico". Multitud de
pensadores, en su aversión a la fe, se complacían en dar al sentimiento religioso
el origen más bajo posible. Se figuraban a nuestros antepasados como
"seres perpetuamente atemorizados, empeñados en conjurar las fuerzas
hostiles del cielo y de la tierra mediante prácticas irracionales".
Veían a Dios como un simple "producto del miedo de las civilizaciones
primitivas, cuando todavía la fábula tenía cabida en esos espíritus
atrasados".
Se sentían llamados a "liberar a toda
la humanidad de aquel lamentable estado de ignorancia". La fe acabaría
por desaparecer a medida que la sociedad fuera madurando: "La diosa
Razón arrinconaría esa ignorancia, iluminaría el camino, y dirigiría con mano
segura los destinos de la
Humanidad".
Pensaban que la tendencia a buscar en los
dioses una razón de existir pertenecía a un estado primitivo de la vida
humana, que daría paso al pensamiento filosófico, y, más adelante, acabaría
por ceder su puesto al conocimiento científico, que otorgaría al hombre su
primacía absoluta en el universo y le situaría en su mayoría de edad.
Esta teoría de Comte sobre la evolución
humana a través de los tres estados –religiosidad, pensamiento filosófico y
conocimiento científico– gozó en su tiempo de una gran acogida, y en su honor
se erigió aquel templo dedicado a la "Nueva Religión de la Ciencia".
—Es curioso que
la ciencia tomara esa representación religiosa, ¿no?
Fue efectivamente un curioso fenómeno de
sustitución. El hombre, fascinado por la ciencia, la eleva hasta ocupar el
lugar de lo sagrado. Pero no era un simple conflicto entre ciencia y fe. De
hecho, entronizar a una guapa muchachita parisiense en la catedral de Notre-Dame
–como hicieron–, dándole el título de “Diosa Razón”, no parece que formara
parte de las ciencias experimentales. Detrás de todo aquello latía el empeño
ateo de proclamar la salvación de la humanidad por sí misma, y la llegada de
una sociedad iluminada por solo la razón humana.
Han pasado menos de dos siglos, y el
estado de abandono en que se encuentra hoy aquel templo laico es quizá un
fiel reflejo del abandono de aquella concepción de hombre que tanta fuerza
tuvo en esa época. Aquella ilusión según la cual el advenimiento de la era
científica permitiría eliminar el mal del mundo ha venido a resultar un
doloroso engaño. Sus hipótesis resultaron estar preñadas de más ingenuidad
que la que ellos achacaban a las épocas históricas anteriores.
El combate que el hombre libra contra el
mal excede infinitamente los medios de la sola razón. Puede demostrarse en
hechos tan actuales como el racismo, la droga o el alcohol. O en todos esos
horribles crímenes cometidos por totalitarismos ateos sistemáticos a lo largo
del siglo XX: desde el genocidio nazi de Hitler hasta el de Pol Pot en
Camboya, pasando por los del leninismo, el estalinismo o el maoísmo.
Lo peor es que la mayor parte de esos
crímenes masivos se cometieron en nombre de teorías que en su momento
recibieron el aplauso de millones de personas. Fueron auténticos infiernos
fabricados por unos hombres que buscaban un mundo que se bastaba a sí mismo y
no tenía ya necesidad de Dios.
Y del mismo modo que leyendo a Lenin podía
verse que los derechos del individuo no iban a ser respetados en un sistema
comunista, estudiando las premisas de la Ilustración
aparece bien claro que la
Modernidad no cubriría las necesidades globales del ser
humano. No basta con la razón –ha escrito Luis Racionero– para que una
sociedad sea justa, solidaria y equilibrada. Para que haya equilibrio en la
persona y en la sociedad, se necesita atender, junto con la razón, a la voluntad
y a la sensibilidad. La persona y la sociedad deben proponerse buscar lo
bueno, lo verdadero y lo bello; y eso supone hablar de voluntad, inteligencia
y sentimientos; y a su vez de la ética, la ciencia y el arte. Cuando se
idolatra un método de la inteligencia, como es la razón, sin encumbrar a su
altura la ética y la estética, se desequilibra al individuo y la sociedad.
Ese ha sido el fracaso de la Ilustración.
Fracasó por creer que de la razón se
deriva automáticamente la ética, lo cual se ha demostrado falso al
contrastarse con la realidad. La razón no puede ser salvada por la razón. Eso
sería ilusorio. Esos crímenes han demostrado lo que puede llegar a hacer el
hombre. Y hemos visto cómo la razón no ha impedido nada.
Los ilustrados creían que mostrando al
hombre lo razonable, este lo adoptaría, y la razón sería suficiente para
organizar la sociedad. Pero no ha sido así. No basta con proclamar lo
razonable para que los hombres lo practiquen.
El comportamiento humano está lleno de
sombras y de matices ajenos a la razón, que campan por sus respetos moviendo
resortes de la voluntad y el corazón. Es salvar el honor de la razón –asegura
Jean-Marie Lustiger– reconocer los peligros que encierra. La razón está en
los hombres concretos, y está por tanto sujeta a errores. Puede ofuscarse,
puede llegar al extravío, incluso a la perversión. Concebir la razón como la
gran soberana, independiente del bien que debe buscar el hombre, es quizá
como ponerse en manos de un ordenador: es un instrumento muy capaz, procesa gran
cantidad de datos que toma del exterior, todo su desarrollo es perfectamente
lógico, pero alguien tiene que asegurar que está bien programado. La
verdadera fe es una guía insustituible, pues la razón puede extraviarse.
No quiero con esto menospreciar la razón,
sino lo contrario. La razón es una de las más nobles capacidades que
distinguen a la especie humana, y nos alegra ver sus triunfos, y las
conquistas de la ciencia, y su lucha por construir un mundo mejor. Pero
conviene recordar siempre la limitación humana, así como el orden natural
impuesto por Dios, que permite al hombre preservar su dignidad y evitar
muchos errores.
La historia está
llena de cadáveres ideológicos, y a nadie le extraña encontrarlos
perfectamente alineados cuando vuelve la vista atrás para aprender de la
historia. Y entre ellos, salpicados a lo largo de los siglos, puede verse a
toda una legión de profetas que han ido asegurando –sobre todo en los últimos
doscientos años– la pronta y definitiva desaparición de la religión y de la Iglesia.
Sin embargo, la historia muestra que son
precisamente los que con tanta pasión hacen esas condenas y esas profecías
quienes desaparecen uno tras otro, mientras la Iglesia continúa
adelante después de dos mil años, y la religiosidad sigue siendo una
constante en todas las civilizaciones de todos los tiempos.
La
Iglesia,
que ha presenciado catástrofes que barrieron imperios enteros, atestigua con
su mera subsistencia la fuerza que late en ella. "Los pueblos pasan
–observaba Napoléon–, los tronos y las dinastías se derrumban, pero la Iglesia permanece."
Algo que hace sospechar que el hecho religioso forma parte de la naturaleza
del hombre, y que la Iglesia
está alentada por un espíritu que no es de origen humano.
El
escándalo del universo
no es el sufrimiento,
sino la libertad.
Georges
Bernanos
El dolor es una realidad que nos
encontramos por todas partes. Que afecta a unos y a otros, a los buenos y a
los malos, a los menos buenos y a los menos malos.
—Pero Dios
podría haber creado el mundo de otra manera, y que todos fuéramos buenos, y
nadie tuviera la posibilidad de hacer el mal.
Eso sería poco compatible con la libertad
humana. Si el hombre es un ser libre, hay que contar con la posibilidad de
que emplee mal esa libertad, y que exista por tanto el mal en el mundo.
—Pero
Dios sabe lo que va a pasar, antes de que suceda. Si ya lo tiene previsto, no
somos entonces muy libres.
Una cosa es el
conocimiento de algo que va a suceder y otra es la responsabilidad de
hacerlo. Si yo me asomo a la calle y veo a una persona tirar a otra por la
ventana de un quinto piso, sé que se estampará contra la acera, pero saberlo
no quiere decir que yo sea el responsable. Dios, tampoco. Lo será, en todo
caso, quien le haya empujado.
Y si veo en diferido
un partido de fútbol previamente grabado en vídeo, por el hecho de saber cuál
es el resultado final del encuentro no quito a los jugadores la libertad de
jugar al fútbol tranquilamente. Algo semejante sucede cuando decimos que Dios
sabe lo que va a pasar. No por eso coarta nuestra libertad.
—Pero, si Dios
es omnipotente, ¿no podría haber hecho compatible la libertad con un mundo
bueno? ¿No es capaz Dios de hacer cualquier cosa?
Ser omnipotente significa tener poder para
realizar todo aquello que sea intrínsecamente posible. Pero ya sabes que no
todo es intrínsecamente posible. Dios puede sin ninguna dificultad hacer
milagros, pero no puede hacer disparates.
Y esto no es imponer límites a su poder.
Para demostrar que todas las cosas son posibles para Dios, no podemos
pretender que haga algo que es intrínsecamente contradictorio (que un círculo
fuera cuadrado, por ejemplo). Porque eso, si fuera posible hacerlo –que no lo
es–, no demostraría ninguna potencialidad.
Quizá podríamos imaginar un mundo –te
respondo glosando ideas de C. S. Lewis– en el que Dios corrigiese a cada
momento los resultados de los abusos de la libertad de los hombres, obligando
a que todos sus actos fueran "buenos" en el sentido que tú dices.
Entonces, el palo tendría que volverse
blando cuando quisiera usarse para golpear a alguien. El cañón de la escopeta
se haría un nudo cuando fuera a ser utilizada para el mal. El aire se negaría
a transportar las ondas sonoras de la mentira. Los malos pensamientos del
malhechor quedarían anulados porque la masa cerebral se negaría a cumplir su
función durante ese tiempo. Y así sucesivamente.
Comprenderás que, si Dios tuviera que
evitar cada uno de esos actos malos, este mundo sería algo realmente
grotesco. Desde luego, toda la materia situada en las proximidades de una
persona malvada estaría sujeta a impredecibles alteraciones, sería un
auténtico show.
Se harían imposibles
los actos malos, es verdad, pero la libertad humana quedaría anulada.
Dios puede modificar
las leyes de la naturaleza y producir milagros –de hecho, a veces los hace–,
y eso es algo ciertamente razonable, pero el concepto de mundo normal exige
que tales milagros sean algo poco habitual.
Podemos compararlo a
una partida de ajedrez. Puedes, si quieres, hacer algunas concesiones a tu
adversario inexperto sin alterar mucho el juego. Puedes darle ventaja
cediendo unas piezas al comienzo. Puedes incluso dejarle rectificar un error
en algún movimiento. Pero, si le concedes todo lo que le conviene todas las
veces, si le dejas rectificar y volver atrás en todas las jugadas,
entonces..., entonces no estás jugando al ajedrez. Sería otra cosa distinta.
Pues algo así ocurre con la vida de los
hombres en este mundo. Si tratas de excluir la posibilidad del mal y del
sufrimiento, te encontrarías con que has excluido la libertad misma. Si
intentáramos ir corrigiendo a cada momento la Creación, como
si este o aquel elemento pudiesen ser eliminados,
cada vez nos daríamos más cuenta de que no es posible lograrlo sin
desnaturalizarlo todo. El devenir del mundo trae consigo, junto con la
aparición de ciertos seres, la desaparición de otros; junto con lo más
perfecto, lo menos perfecto; junto con las construcciones de la naturaleza,
también las destrucciones; y junto con el bien existe también el mal.
—¿Y no podría Dios, al menos, hacer que las
desgracias afectaran menos a los hombres buenos? A veces parece como si se
ensañaran con quienes menos las merecen.
Entonces, cuando hubiera un accidente,
Dios tendría que enviar un ángel para poner a salvo de forma extraordinaria a
los viajeros virtuosos.
Y si una helada destruyera una cosecha,
otro ángel tendría que ir para proteger las parcelas del hombre bueno, para
que así no le afecten los fríos.
Y si se tratara de una inundación,
entonces tendría que contener las aguas, como en el paso del Mar Rojo, antes
de que destruyeran la vivienda de la familia honrada. Y volveríamos a lo
mismo de antes.
El mundo está sometido a ciertas leyes
generales que Dios no suspende sino de vez en cuando, y esas leyes, por lo
general, afectan sin distinción a todos. Ya sabemos que lo que va bien a los
corderos, va mal a los lobos, y viceversa. Pero no sería sensato que unos u
otros exigieran a Dios milagros continuos que perturbasen incesantemente el
orden regular del universo.
—Pero entonces
parece que los hombres buenos siempre salen perdiendo, porque se privan de
las ventajas ilícitas que tienen los malos, y en cambio sufren igual que
ellos las desgracias naturales.
Pero, a pesar de todo, los hombres
virtuosos son mucho más felices, aun en la tierra, que los viciosos y
malvados. Quien se desvía de la moral, obtiene quizá una satisfacción
inmediata, pero es siempre una felicidad efímera, cimentada sobre el egoísmo,
y que va poco a poco labrando su propia ruina. Una ruina que no vendrá solo
en la otra vida, sino también ya en esta.
—Pues a veces se
ve a los pecadores bastante felices. Al menos, eso aparentan.
No parece que siempre sea cierto aquello de que el mal produce tristeza y el
bien, alegría.
Es cierto, pero hay que matizarlo un poco.
A veces, efectivamente, nos da la impresión de que es al revés –señala José
Luis Martín Descalzo–, porque no siempre vemos tristes a los pecadores, sino
que casi parecen más bien rebosar de satisfacción, como si hubieran
encontrado su plenitud en el ejercicio del mal. Vemos que la apuesta humana
por el bien lleva a la alegría, pero más bien a largo plazo, cuando se ha
conseguido una cierta madurez en el alma. Lo vemos como una idea
profundamente cierta, pero paradójica y a veces casi insoportable. Porque el
hombre honrado sufre. Y en alguna ocasión podemos incluso sentir envidia de
esos personajes inmorales que parecen los triunfadores de este mundo.
Pero no debemos engañarnos. A veces, el
hombre parece poder convivir sin problemas con el mal, pero no es así. Tarde
o temprano advierte que el mal ha entrado muy hondo en él, y que se ha hecho
fuerte ahí dentro. Quizá se ha afincado en una zona muy íntima de su ser, y
su corrupción no se percibe con claridad desde fuera, pero sin duda está
allí.
El bien resulta costoso en términos de
esfuerzo, pero es una buena inversión. El mal, en cambio, se compra muy
barato. Incluso es agradable al principio. Pero, antes o después, acaba por
hipotecar la vida.
La apuesta humana por el mal, aunque sea
una apuesta pequeña, viene siempre acompañada de toda una amalgama de
sinsabores, de pesares inconfesables y vergonzantes. ¿Qué idea podemos
formarnos de la felicidad de esos hombres, que estarán rendidos por sus
propios sufrimientos interiores, por su vida llena de temores y sobresaltos,
de recelos, de tortuosidades, de ambiciones que se alimentan de intrigas y de
bajezas?
La dicha está en el corazón, y va unida al
bien. Por eso, quien deja anidar al mal en su corazón, será una persona
infeliz, sean cuales fueren las apariencias de éxito y ventura de las que se
encuentre rodeado. El vicio introduce siempre un
trastorno de la armonía del hombre, aunque en su inicio parezca quizá inocuo.
El vicio somete a vasallaje a la razón y a la voluntad. Y cuando lo ha
conseguido, atormenta a su pobre sometido con el pensamiento de la muerte,
donde no espera ni puede esperar ningún consuelo, y donde teme encontrar el
castigo de sus desórdenes.
Es cierto que las claudicaciones morales
pueden proporcionarnos placer, dinero, poder, o muchas otras cosas. Pero el
coste humano que debe pagarse en la propia carne es siempre muy alto. Al
abrir las puertas del alma al mal, lo que este nos otorga ya no nos
pertenecerá, pues somos esclavos de aquello a lo que nos entregamos.
—Hay mucha gente
que no logra entender por qué Dios consiente que tantos inocentes sufran. O
por qué media humanidad pasa hambre. O por qué Dios no arregla este mundo. Y
por qué no lo hace de una vez, ya.
No parece serio echar a Dios la culpa de
todo lo que se nos antoja que no va bien en este mundo. "Son los hombres
–decía C. S. Lewis–, y no Dios, quienes han producido los instrumentos de
tortura, los látigos, la esclavitud, los cañones, las bayonetas y las bombas.
Debido a la avaricia o a la estupidez humana, y no a causa de la mezquindad
de la naturaleza, sufrimos pobreza y agotador trabajo".
En muchas de esas quejas que lanzan
algunas gentes contra Dios, hay una lamentable confusión. Consideran a Dios
como un extraño personaje al que cargan con la obligación de resolver todo lo
que los hombres hemos hecho mal, y, si es posible, incluso antes de que lo
hubiéramos hecho. Es como una rebelión ingenua ante la existencia del mal,
una negativa a aceptar la libertad humana. Y, como consecuencia de ambas
cosas, un cómodo echar a Dios culpas que son solo nuestras.
En vez de sentirse avergonzados, por
ejemplo, por no hacer casi nada por los millones de personas que cada año
mueren de hambre, se contentan –es bastante cómodo, realmente– con echar a
Dios la culpa de lo que, en gran medida, no es otra cosa que una gran falta de
solidaridad de quienes poblamos el mundo desarrollado. ¿Tendremos que
pasarnos la vida –se preguntaba Martín Descalzo– exigiendo a Dios que baje a
tapar los agujeros que a diario producen nuestras injusticias? Cuando
tendríamos que preocuparnos de resolver esa asombrosa situación por la que
unos no logran dar salida a sus excedentes alimentarios mientras otros se
mueren de inanición, y cuando parece que la mitad de la humanidad pasa hambre
y la otra mitad está con un régimen bajo en calorías para adelgazar, es una
pena que lo único que se les ocurra –en vez de trabajar más, o ser más
solidarios, de una forma o de otra– sea echar en cara a Dios que el mundo (en
el que suelen olvidar incluirse, curiosamente) es horrible.
Mucha gente parece haber sido educada en
la idea de que todo lo malo que sucede en el mundo es culpa de otros. Y se
dirigen a Dios como jueces y le reprochan todo lo malo que hacen todos. En
vez de dirigirse a Dios para pedirle perdón de los propios errores, le
increpan duramente, o como mucho se esfuerzan para solo quejarse de que haya
creado un mundo tan injusto. Pienso que si una persona no comienza a analizar
el mal en el mundo comenzando por el propio, por los propios errores, por
todas las veces que no ha estado a la altura que debía, es difícil que haga
juicios claros de lo que sucede en el mundo y sobre cómo arreglarlo. En
cambio, si tiene valor para reconocer sus errores, es sorprendente cómo se
acierta en el blanco.
Podemos hacer mucho por mejorar el mundo.
No somos simples accidentes de la bioquímica o de la historia, a la deriva en
el cosmos. Podemos, como hombres y mujeres con responsabilidad moral,
convertirnos en protagonistas, no en meros objetos o víctimas del drama de la
vida.
—¿Pero cómo es que Dios
permite tanta persistencia nuestra en el mal? ¿Por qué no nos cambia y nos
hace, efectivamente, más solidarios?
La bondad humana es el resultado libre del
esfuerzo de quien, pudiendo ser malo, no lo es. Y Dios ha dado al hombre un
infinito potencial de bondad, pero también ha respetado la libertad de ese
hombre –como hace, por ejemplo, cualquier padre sensato al educar a su hijo–,
y ha aceptado el riesgo de nuestra equivocación.
No es muy serio decir que Dios tiene que
cambiarnos, cuando cambiar es el primero de nuestros deberes. Si Dios nos
hubiera hecho incapaces de ser malos, ya no seríamos buenos en absoluto,
puesto que seríamos marionetas obligadas a la bondad.
—Pero se ven
tantos errores en el mundo, tantas calamidades, tanto egoísmo, tantas
lamentables aberraciones y tan difíciles de explicar...
La respuesta cristiana a esto es clara:
los desequilibrios que fatigan el mundo están conectados con ese otro
desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano, que
sumerge en tinieblas el entendimiento y lleva a la corrupción de la voluntad.
Esta es la clave para descifrar el enigma.
El verdadero mal proviene del interior del
hombre, radica en una escisión que tiene su origen en el pecado. Igual que
hay una experiencia clara de la existencia de la libertad, la hay también de
que la libertad está herida, así como del mal que el hombre puede ser capaz
de hacer.
Las situaciones de injusticia social
proceden de la acumulación de injusticias personales de quienes las
favorecen, o de quienes pudiendo evitar o limitar ciertos males sociales, no
lo hacen.
Los que se eximen de culpa personal para
pasársela toda a las estructuras del mal, niegan al hombre su capacidad de
culpa, y niegan por tanto su libertad y su responsabilidad personales, y
disminuyen su propia dignidad. Los verdaderos creyentes, en cambio, se
sienten responsables. Y cuanto más acentuado sea el sentido de
responsabilidad de una persona, tanto menos buscará excusas y tanto más se
examinará a sí mismo –sin absurdos complejos de culpabilidad–, para mejorar
él y ayudar a mejorar a los que le rodean.
—Pero arreglar
un poco este mundo se ve como una labor muy a largo plazo, con un final
lejano...
Si algo resulta muy necesario, y además
tardará en llegar, es entonces también muy urgente. Como dijo aquel mariscal
francés al tomar posesión de su cargo: si estos árboles van a tardar veinte
años en dar sombra, hay que plantarlos hoy mismo.
«Solo veo dos opciones posibles: o Dios no
existe y el mundo es desesperante y absurdo; o bien Dios existe, pero nos ha
dejado abandonados a nuestra suerte.
»Pero no pretendas decirme que Dios es
bueno y todopoderoso, si permite semejantes injusticias. Dios tendría que
haber hecho el mundo de otra manera.»
Así hablaba una persona afligida por una
grave injusticia profesional que no había sabido encajar.
Siempre me ha parecido que hay que ser muy
comprensivos ante este tipo de reacciones. Suelen ser situaciones que ponen a
prueba la categoría humana de cada uno, y no sabemos cómo lo llevaríamos
nosotros (es mejor no ser presuntuosos).
Pero la solución no
es pensar que lo haríamos nosotros mejor que Dios si contáramos con su
omnipotencia. Es una idea que quizá provenga de esa vocación oculta de
dictadores que todos llevamos dentro. ¿A quién no le encantaría ser Dios
durante un ratillo para dirigir mejor la libertad humana, con la seguridad de
organizar el mundo mucho mejor de lo que lo hizo el auténtico Dios...?
De todas formas, personalmente agradezco
que haya sido Dios quien organizara el mundo. Porque quién sabe cuántas
tonterías impondrían con su capricho quienes pretenden dar lecciones a Dios
sobre cuál debe ser la mejor solución para cada uno de los movimientos de la
historia de los hombres.
Es verdad que a veces resulta difícil
ahondar en el profundo enigma de la existencia del mal en el mundo. No
siempre es fácil comprender cómo se compagina el sufrimiento propio o ajeno
con la bondad de Dios.
A veces la confusión
proviene del concepto de bondad que aplicamos a Dios. Probablemente cuando
éramos jóvenes nos molestaba que nuestros padres nos prohibieran hacer
algunas cosas o nos obligaran a otras. O que aquel profesor fuera tan
exigente y nos hiciera trabajar tanto. Y quizá entonces veíamos todo eso como
la imposición de unos dictadores injustos, y nos rebelábamos ante lo que no
entendíamos. Sin embargo,
ahora, que ha pasado el tiempo, comprendemos mejor por qué lo hacían, al
menos en bastantes de esas cosas. Comprendemos que el amor de los padres por
sus hijos, o el desvelo de un buen profesor por sus alumnos, necesita de la
corrección y de la exigencia. Y que la educación en la libertad no impide la
posibilidad de sufrir injusticias, ni excluye de modo absoluto el
sufrimiento. Una educación basada en consentirlo todo y resguardar de todo,
sería una pésima educación. Un padre temeroso que anulara la libertad de su
hijo para impedir que pudiera hacer o recibir cualquier daño, sería el más
engañoso símbolo de la bondad y la paternidad. Y ese profesor con el que no
hacíamos nada útil en todo el curso –y al que quizá entonces apreciábamos
mucho por eso–, es un pésimo profesor.
Volviendo al origen de nuestra
comparación, podemos decir que las personas que se desesperan cuando Dios
permite que suframos cualquier inconveniente, son –de algún modo– como los
niños que se impacientan y patalean cuando las decisiones movidas por el
cariño de las personas que les aprecian no coinciden exactamente con sus
gustos y preferencias. En el fondo de sus mentes, desean un Dios que fuera
algo parecido a lo que representa una benevolencia complaciente y senil para
un niño mimado. Quisieran que el mundo fuera una suerte de Disneylandia,
o como un bucólico paseo por un parque en un día de primavera. Y si no, para
algunos, esa es su más sólida justificación para asegurar que Dios no existe.
Hacer compatible el
sufrimiento humano con la existencia de un Dios que nos ama, es un problema
insoluble si consideramos un significado trivial de la palabra amor.
Aproximadamente igual de insoluble que la perplejidad del niño que se rebela,
y que dice que su madre no le quiere, porque le hace tomar una medicina que
no le gusta, pero que le va a curar. Es cuestión de que pase el tiempo, tenga
una visión más completa de las cosas, y entonces irá comprendiendo mejor la
esencia de lo que verdaderamente es el amor de los padres.
Además, nadie ha logrado resguardar a sus
hijos hasta del más pequeño sufrimiento. Entre otras cosas porque implicaría
negar la capacidad de gozar, que, en esta tierra, es básicamente una
capacidad que sentimos por contraste. Es como si uno quisiera perder el
sentido del tacto en la piel para así no notar el frío o el calor: tampoco
entonces podría sentir el bienestar de una temperatura agradable. O como si
alguien quisiera acabar totalmente con la oscuridad y que todo fuera luz:
desaparecería el contraste visual y, con él, los contornos y el color:
quedaría como ciego.
Un individuo desaliñado y sucio se puso en
pie, en medio de un bullicioso grupo de personas que escuchaba a un
predicador en Hyde Park. Se dirigió al orador y, con potente voz, le planteó
una pregunta que era más bien un grito de indignación: "Usted dice que
Dios vino al mundo hace ya dos mil años... ¿Cómo es posible entonces que el
mundo continúe lleno de ladrones, adúlteros y asesinos?".
Se hizo un silencio muy grande. A todos
los presentes les pareció que era una objeción incontestable. Sin embargo, el
predicador le miró serenamente y contestó: "Tiene usted toda la razón.
Pero también existe el agua desde hace millones de años...; y, sin
embargo..., ¡fíjese cómo va usted de sucio!".
Igual que aquel individuo podía
aprovecharse o no de las benéficas posibilidades higiénicas del agua, los
hombres tenemos la posibilidad de usar bien o mal de nuestra libertad. Pero
esa decisión será responsabilidad nuestra, no de Dios. Dios fue el primero en
"apostar" por el hombre, el primero en querer "correr el
riesgo" de nuestra libertad. Y hasta el punto de permitir que el hombre
pueda emplear esa libertad precisamente para oponerse a su creador.
—¿Y no habría sido mejor, entonces, que no
naciéramos libres?
Hombre, no sé qué decirte. Para la mayoría
de los mortales, la libertad ha sido siempre algo muy grande, quizá lo último
en que se pensara renunciar. La libertad es, según el decir de Cervantes,
"uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con
ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la
libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida".
Dios pudo haber creado una humanidad de
individuos solo capaces de hacer el bien. Pero antes que un conjunto de
bondadosos imbéciles prefirió crear un mundo de hombres dotados de libertad,
que en virtud de su ejercicio pueden hacer el bien o el mal.
No podemos evadirnos de la libertad. La
solución es que procuremos ser mejores, y, de paso, que procuremos ayudar a
los demás a que lo sean también. Es lo más práctico y eficaz. Pensar
fundamentalmente en mejorar uno mismo y en mejorar cada uno su entorno.
Porque, como dice aquel proverbio ruso, si cada uno barriera delante de su
puerta, estaría muy limpia la ciudad.
—Pero...
¿y Dios? ¿Él no tiene nada que hacer?
Claro, y ya lo ha hecho. Nos ha hecho a ti
y a mí, y a todos los demás, para que luchemos por el bien. Procura hacer,
por tu parte, todo el bien que puedas. Intenta que quienes te rodean
comprendan que vale la pena luchar por mejorar el mundo. Pero demuéstraselo
con tu vida, respetando su libertad como Dios hace con nosotros. Y no echemos
a Dios las culpas que solo son nuestras. Sería demasiado cómodo..., y
demasiado injusto.
«Tanto la pierna izquierda como la espalda
me duelen casi continuamente.
»Y después de treinta años, aún no me he
acostumbrado a ello. No obstante, cada día le doy gracias a Dios precisamente
por ese dolor, que a veces me deja totalmente agotada.
»A lo largo de los años, al rezar sobre mi
dolor, que a veces puede llegar a ser tan severo como para obligarme a pedirle
a Dios que lo alivie, me he sentido transportada a otra dimensión, en la que
impera la paz.
»¿Podría haberla alcanzado sin esos años de
dolor? Jamás lo sabré, pero a mí solo se me abrió después de cruzar la
barrera del dolor.»
Traigo aquí el testimonio de una mujer
norteamericana que da una explicación muy personal, hecha con su propia vida
en medio de la enfermedad, de cómo Dios permite nuestro sufrimiento porque
tiene con él un propósito.
El sufrimiento es casi siempre difícil de
aceptar, y quizá ha de transcurrir el tiempo, a veces muchos años, hasta
descubrir lo positivo de todo aquello. Hasta encontrar una razón en lo que
ahora no vemos quizá más que algo terrible y absurdo.
No suele entenderse bien el sufrimiento en
el momento mismo en que llega. Sucede algo parecido a lo que comprobamos cada
mañana a la hora de salir de la cama. Cuando suena el despertador –y siempre
parece que se adelanta a su hora–, la gran mayoría de las personas está en
muy malas condiciones para meditar sobre las razones por las que ha de
superar la pereza y levantarse. Si uno se descuida, puede –contra toda lógica
y a costa de atropellar sus obligaciones– arrebujarse entre las mantas
durante diez o veinte minutos suplementarios, o muchos más, totalmente
convencido de que ayer ajustó mal el despertador, o de que anoche tardó mucho
en dormirse, o de que ha tenido una noche muy mala, mientras piensa que esos
minutillos de sueño aliviarán sin duda el dolorcillo de garganta que
amenaza..., probablemente más en la imaginación que en la propia garganta. Es
verdad que algo se sufre al levantarse, pero a los pocos minutos uno suele ya
ver en su debida perspectiva el acierto de haber afrontado ese sufrimiento y
haber saltado de la cama. Lo normal es que tenga que pasar un poco de tiempo
hasta encontrar sentido a cualquier sufrimiento. Lo raro sería que uno se
despertara todos los días fresco como una rosa.
El dolor siempre tiene algo que decirnos.
"El verdadero dolor –decía Dostoievski–, el que nos hace sufrir
profundamente, hace a veces serio y constante hasta al hombre irreflexivo;
incluso los pobres de espíritu se vuelven más inteligentes después de un gran
dolor." El sufrimiento une a las personas, las abre a la compasión, y
las hace volverse en busca de las causas de las cosas. Las hace más
comprensivas, más sensibles a la pena y a la soledad de otros. Es quizá uno
de los principales ingredientes de la maduración afectiva de las personas.
Por eso decía Tommaseo que el hombre a quien el dolor no educó, siempre será
un niño.
El
problema del mal
no es otra cosa,
en gran parte,
que el problema de la libertad.
Nikolai
Berdaiev
—Hay gente que
dice que no cree porque en el mundo suceden cosas que le parecen una
auténtica crueldad divina.
No deja de ser un curioso razonamiento:
Dios es cruel, luego Dios no existe; no comprendo por qué Dios permite eso,
luego no hay Dios; no me gusta que suceda esto, luego no le concedo el
derecho a existir.
No parece una lógica demasiado clara.
Salvando las distancias, sería como decir: yo estoy sufriendo; si mi madre
realmente me quisiera, no me habría traído a este mundo cruel; ergo...
mi madre no existe.
Me parece una postura
más razonable tratar de comprender por qué Dios, siendo infinitamente bueno,
permite que exista el mal.
Dios es
necesariamente bueno (si no, no sería Dios), y por tanto tuvo que crear un
mundo bueno. El mal es algo dramáticamente real, pero no es metafísicamente
necesario, sino una realidad contingente: el mal es la ausencia del bien
debido, aquello que no debería haber sido, y que, por tanto, en el origen de
los tiempos no existió.
Por otra parte, si hablamos del bien
debido es porque hay un orden (si no, ¿qué es el mal y qué el bien?), y si
hay un orden será porque hay un principio ordenador, que difícilmente puede
explicarse sin Dios.
La situación presente del mundo,
ostensiblemente marcada por el mal, no puede ser considerada como constitutiva
de la creación, sino que ha de ser entendida como resultado de una caída, de
una herida, de una corrupción que padece el mundo creado. Y tuvo que ser la
libertad humana quien introdujo el mal en la creación.
—Supongo que te
referirás a lo del pecado original. Pero todo eso de Adán y Eva, y la
manzana, a la gente suele parecerle una fábula, o un mito.
Lo de la manzana concedo que pueda ser un
mito, entre otras cosas porque el Génesis habla del “árbol del conocimiento
del bien y del mal”, pero en ningún momento habla de manzanas.
El relato del Génesis sobre la caída
original utiliza en ocasiones un lenguaje de imágenes, pero afirma un
acontecimiento real que tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre. La
creación, tal como salió de las manos de Dios, era íntegra y estaba destinada
a la integridad. Todo cuanto ahora la desfigura estaba ausente en la armonía
original del mundo, y es precisamente el resultado de la degradación
introducida como consecuencia del mal uso de la libertad por parte del hombre.
Partiendo de la existencia de un Dios
infinitamente bueno, y de la evidente existencia del mal, el pecado original
es la única solución razonable al enigma del mal. Los que pretenden achacar
el mal a un destino fatal, ante el que el hombre nada puede hacer, acaban por
tener que negar la libertad humana (y no parece serio decir que la libertad
no existe). Y los que dicen que el hombre es efectivamente libre, pero que no
tiene culpa de la existencia del mal en el mundo, ¿a quién cargan esa culpa?
Solo les quedaría explicar la existencia del mal como una eterna lucha entre
una divinidad del bien y otra del mal, pero es difícil defender ese viejo
maniqueísmo, entre otras cosas, por la intrínseca contradicción que supone
pensar que haya dos dioses. Si el mal no puede estar en Dios, ni en el primer
instante de la creación, tuvo que surgir de nuestros primeros antecesores en
la tierra.
—¿Pero no es injusto que carguemos nosotros
con la culpa de Adán?
Comprendo que a primera vista puede
parecer injusto, pero es que todos los hombres participamos de esa culpa. La Iglesia afirma que todo
el género humano es en Adán como el cuerpo único de un único hombre, y que
por esta unidad del género humano, todos los hombres están implicados en el
pecado de Adán, como todos están implicados en la salvación de Cristo.
Quizá nos gustaría que hubiera sido de
otra manera, pero eso sería meterse a organizadores de la creación, querer
hacer el papel de Dios. Algo parecido a los que se quejan de no haber sido
hijos de unos padres más buenos o más ricos o más inteligentes. Aparte de que
no todo el mundo puede tener unos padres así, el asunto es que nadie escoge
ni su fecha ni su lugar de nacimiento, y nadie piensa que eso sea una
injusticia: la vida es así.
—Hay otras
personas que no niegan a Dios, pero sí dicen que no pueden ni dirigirse a Él
después de lo que pasó, por ejemplo, en Auschwitz...
Es una queja que siempre impresiona, por
supuesto. Pero podemos fijarnos en el testimonio personal y vivo de personas
que lo entendieron más profundamente. Y si hablas de Auschwitz, podemos
pensar, por ejemplo, en Maximiliano Kolbe. En medio de los horrores del campo
de exterminio, Kolbe da testimonio de una esperanza confiada en Dios, y no
solo dando la vida para que otro pueda seguir viviendo, sino también
ofreciendo su testimonio para que quienes después fueron condenados a muerte
pudieran morir mejor. Tales proezas no son solo testimonio de la grandeza de
un hombre, sino también de la presencia de la fuerza de Dios, con cuya ayuda
se puede superar cualquier pena o desgracia humana.
Kolbe supera la mentalidad acusadora
contra Dios y se alza en testimonio de valentía y de confianza. Y es Dios
quien le libera de las angustiosas presiones de la existencia, del miedo a la
muerte, de la sensación del absurdo, en definitiva, del pecado y de sus
consecuencias. El dolor, la enfermedad, la injusticia..., son como un anuncio
y preludio de la muerte. La interpretación que cada uno haga de todo eso es
lo que confiere seriedad y espesor a la vida, lo que más influye en darle
sentido.
La aparente contradicción entre la bondad
de Dios y la innegable existencia del mal en el mundo ha llevado a muchas
personas a una actitud un tanto trágica. Niegan una realidad compleja porque
no logran entenderla totalmente, y acaban en una visión de profundo pesimismo
vital ante el escándalo que les produce esa presencia del mal. Algo parecido
a la triste resignación de un enfermo que muriera en medio de terribles
sufrimientos, negándose a tomar una medicina mientras explica con vehemencia
que no comprende cómo una cosa tan simple puede curarle.
Hay una idea que puede contribuir a
entender mejor este misterio. Si hay una inteligencia divina, ordenadora del
universo y omnipotente, ese Dios no permitiría el mal si no fuera a sacar de
esos males –reales o aparentes– grandes bienes.
—¿Cómo puede salir bien del mal...? ¿No es
una contradicción?
Hay que pensar, de entrada, que no sabes
si ese mal que te ha venido ha podido librarte de otro mal peor y, por tanto,
te ha supuesto un bien.
Quizá, por ejemplo, ese pinchazo que te ha
impedido llegar a una cita importante y te ha hecho perder una buena oferta
de trabajo, a lo mejor ha sido un contratiempo que ha impedido un accidente
que habrías tenido en ese trayecto; o te ha librado de inconvenientes en ese
puesto de trabajo que tú desconocías; o te ha permitido encontrar luego otro
trabajo mejor. Y sin embargo, quizá estés muy enfadado y no veas ninguna
lógica en ello, y pienses que se trata de un acto de crueldad por parte de
Dios.
Cuando un hombre intenta hacer el bien a
su prójimo, hace directamente el bien. En cambio, cuando obra mal, hace
directamente ese mal; pero es un mal que Dios aprovecha para sacar otro bien,
según sus planes sapientísimos que tiene trazados desde la eternidad.
Más ejemplos. Piensa en una persona que es
habitualmente ruin y egoísta, pero que con ese mal produce un bien en otro
compañero que, por reacción ante esa actitud tan desagradable, hace un firme
propósito de no caer en esas actitudes. O una empresa que despide
injustamente a uno de sus empleados y, sin saberlo, le aleja con eso de un
peligro cierto de corrupción en el que estaba a punto de caer. O un conductor
temerario que atropella a una persona, y la larga convalecencia sirve para
unir a la familia del accidentado.
La vida es misteriosa. ¿Cuántas veces al
cerrarse una puerta –que parecía la elegida para nosotros– no se nos abre
otra aún mejor? Esas consecuencias buenas de los males, a veces se ven al
poco tiempo. En otros casos, tardan más. O no llegamos siquiera a conocerlas
nunca. Pero eso no significa que no puedan existir.
Todo esto no quiere decir que el mal deje
de serlo, o que deje de tener gravedad, o importancia. El mal existe, y Dios
sacará bienes de nuestras maldades, pero no tenemos que ver en esto una
excusa para continuar haciéndolas. Cuando, por ejemplo, la Iglesia afirma que la Crucifixión
de Jesucristo es el punto central de la Redención de la Humanidad, no dice que
por ello la traición de Judas deje de ser un acto malvado. El enfoque
cristiano del sufrimiento es compatible con poner gran empeño en nuestro
deber de dejar el mundo mejor que como lo hemos encontrado.
El dolor puede conducir a una triste
rebelión en las personas que no lo quieren aceptar. Sin embargo, el dolor es
siempre una oportunidad que el hombre tiene para crecer interiormente. Todos
nos habremos admirado alguna vez de la gran altura de espíritu de las
personas que sufren serenamente. De aquellos a quienes los años de
sufrimiento les han hecho madurar. De aquellos a quienes la enfermedad ha
producido tesoros de fortaleza y humildad. Se descubre en todos, al final de
su vida, una serie de rasgos que difícilmente habrían surgido si no hubieran
sufrido tanto.
Y para quienes son testigos de cualquier
experiencia dolorosa bien llevada, el sufrimiento es también una escuela de
grandes enseñanzas: tanto por el ejemplo de aceptación serena, como por la
compasión que despierta en otros y los actos de misericordia a los que
conduce, o por esa visión más trascendente de la vida que viene a
presentarnos. El sufrimiento, las inquietudes y turbaciones que Dios permite
que nos lleguen, pueden ser a veces una excelente advertencia acerca de una
insuficiencia de la vida en la tierra, como un aviso que nos recuerda que no
confiemos en las fuentes pasajeras de la felicidad.
La vida de todos los hombres tiene unas
cosas buenas y otras menos buenas. Lo que no podemos pretender es que, por
tener fe, nuestra vida tenga que ser como una balsa de aceite, o disfrutar de
la felicidad de un cuento de hadas, o vivir en un perpetuo descanso físico,
psíquico y afectivo. No podemos pretender que los problemas tengan que
desaparecer por sí solos por el mero hecho de creer en Dios. O que los
dolores de cabeza deban convertirse en efluvios místicos. O que las
preocupaciones tengan también que desvanecerse como por arte de magia. Es
verdad que la fe ayuda a afrontar esas situaciones y a estar alegre, pero no
las hace desaparecer. Las personas con fe no dejan de ser personas normales.
El dolor está presente en el mundo animal.
Pero solamente el hombre, cuando sufre, sabe que sufre, y se pregunta
entonces por qué. Y sufre de una manera más profunda cuando no encuentra para
ese dolor una respuesta satisfactoria. Es una pregunta difícil, casi
universal, que ha acompañado al hombre a lo largo de su vida en todas las
épocas y lugares, un enigma que se vincula de modo inmediato al del sentido
del mal. ¿Por qué el mal? ¿Por qué el mal en el mundo?
En la Antigüedad era
bastante corriente pensar que el sufrimiento se abatía sobre el hombre como
consecuencia de sus propios malos actos, como castigo del propio pecado
personal. Sin embargo, el mensaje cristiano afirma que el sufrimiento es una
realidad que está vinculada al mal, y que este no puede separarse de la
libertad humana, y, por ella, del pecado original, del trasfondo pecaminoso
de las acciones personales de la historia del hombre.
En el sufrimiento está como contenida una
particular llamada a la virtud, a perseverar soportando lo que molesta y
causa dolor. Haciendo esto, el hombre hace brotar la esperanza, que le
mantiene en la convicción de que el sufrimiento no prevalecerá sobre él. Y a
medida que busque y encuentre su sentido, hallará una respuesta. A veces se
requiere mucho tiempo hasta que esta respuesta comience a ser interiormente
perceptible, pero es cierto que el sufrimiento, más que cualquier otra cosa,
abre el camino a la transformación de un alma.
En el sufrimiento bien asumido se esconde
una particular fuerza que acerca interiormente al hombre a Dios, que le hace
hallar como una nueva dimensión de su vida. Un descubrimiento que es, por
otra parte, como una confirmación particular de la grandeza espiritual de una
persona.
El sufrimiento posee, a la luz de la fe,
una elocuencia que no pueden captar quienes no creen. Es la elocuencia de la
alegría que se deriva de verse libre de la sensación de inutilidad del dolor.
La fe cristiana, además, lleva consigo la certeza interior de que el hombre
que sufre completa lo que falta a los padecimientos de Cristo. Que sus
sufrimientos sirven, como los de Cristo, para la salvación de los demás
hombres y, por tanto, no solo son útiles a los demás, sino que incluso
realiza con ello un servicio insustituible al resto de la humanidad.
—¿Y por qué unos parecen sufrir tanto, y
otros tan poco? ¿No podría Dios hacer que cada uno sufriera proporcionalmente
a su capacidad de soportar el dolor?
Pienso que ya lo hace. Cada uno tiene el
sufrimiento que es capaz de soportar. Y, por otra parte, ese dolor tiene
mucho que enseñarle. Lo que sucede es que no todos lo aceptan igual.
El dolor es una escuela en donde se forman
en la misericordia los corazones de los hombres. La familia, y todas las
instituciones educativas, deberían esforzarse seriamente por despertar y
encauzar esa sensibilidad hacia el prójimo, de modo que –como señala Juan
Pablo II– todo hombre se detenga siempre junto al sufrimiento de otro hombre,
y se conmueva ante su desgracia.
Es necesario cultivar esa sensibilidad del
corazón, que testimonia la compasión hacia el que sufre. Una compasión que no
será siempre pasiva, sino que procurará proporcionar una ayuda, de cualquier
clase que sea y, en la medida de lo posible, eficaz. Una responsabilidad que
no debe descargarse solo sobre las instituciones, puesto que, con ser muy
importantes e incluso indispensables, ninguna de ellas puede de suyo
sustituir a la compasión y la iniciativa humana personal.
La explicación cristiana al problema del
mal tiene sus puntos de difícil comprensión, como sucede siempre con las
realidades complejas, y la del mal ciertamente lo es. Sin embargo, las demás
explicaciones –que intentan resolver el problema negando a Dios o presentando
el absurdo de la vida– son como un círculo cerrado de retornos incesantes, en
el que lo único que puede hacer el hombre es soñar con escapar a la pesadilla
del tiempo, liberándose de esta cárcel que gira sin tregua, arrastrada por
los deseos y dolores humanos. Como la ardilla que hace girar su jaula tanto
más rápidamente cuanto más se agita para librarse de ella, el hombre que
entiende así el mundo se pierde en el ciclo de la historia. Solo la
revelación cristiana rompe el círculo, lo hiende de arriba abajo, lo
transforma en una historia con sentido, en la que Dios está presente y
conduce a los hombres a su salvación.
La
muerte lo mismo llama
a las cabañas de los humildes
que a las torres de los reyes.
Horacio
Viviendo,
todo falta;
muriendo, todo sobra.
Lope
de Vega
Todos hemos visto pasar cerca –cuando no
nos ha dado ya de lleno alguna vez– ese dolor tremendo que produce la pérdida
de un ser querido. La mayoría de las veces casi no sabemos cómo consolar a
esas personas. Les decimos unas palabras, procuramos darles ánimo, pero, al
final, casi solo queda acompañarles con nuestro silencio.
Pensamos en su sufrimiento, en el vértigo
que quizá sientan. A veces te dicen que su vida ha perdido ya todo su
sentido, que no entienden, que no encuentran respuesta, que chocan contra ese
misterio de la muerte, que nada les puede consolar.
—Es que a veces no
es fácil darles una respuesta...
No es fácil, pero desde la fe hay algunas
respuestas. Para quienes tenemos fe, la muerte es una despedida, a un tiempo dolorosa y alegre. Un cambio de casa, de esta de la tierra
a la del cielo. No es que la fe haga desaparecer esa herida como por encanto,
sino que la cicatriza por medio de la esperanza, porque sabemos que los
muertos no se mueren del todo.
—¿Y los que no creen en nada?
Para quienes la muerte no es más que la
ruina biológica definitiva, sin nada detrás, efectivamente la respuesta es
mucho más difícil. Quizá pudiera ser este un motivo más de credibilidad: la
vida sin fe es como una broma cruel que termina un día casi sin avisar. La
vida sin Dios no sabe qué hacer con la muerte, no tiene respuesta al miedo a
morir, no cuenta con ninguna palabra de esperanza que atraviese el temible
silencio de la muerte.
A quienes no tienen fe, la muerte les
recuerda desafiante que su forma de entender la vida no tiene para la muerte
una explicación satisfactoria. Sin Dios, sin un más allá, ¿qué auxilio puedo
esperar para la oculta herida abierta en mi corazón por la muerte, por mi
egoísmo y el egoísmo de los demás?
Una criatura, antes de nacer, no sabe
absolutamente nada de lo que le espera. Les sucede lo mismo a los no
creyentes en relación con la muerte: no saben qué les espera. Sin embargo, la
madre, como los que tienen fe, ante los dolores –tanto los del parto como los
de la muerte– pone su esperanza en la nueva vida.
El hombre no puede atesorar su vida. No
puede retenerla. La vida es una hemorragia. La vida se va. ¿Hacia dónde?
¿Hacia el vacío? ¿Hacia la nada? Es inevitable que el hombre se plantee la
cuestión de su salvación. De lo contrario, la vida sería como un torrente que
inevitablemente nos conduce al abismo. Creer en la salvación es creer que en
alguna parte nuestra vida queda recogida.
Si todo se acabase con la muerte, es
difícil encontrar sentido incluso al esfuerzo por ser buena persona. Algunos
cifran sus afanes en trabajar por un mundo mejor, por lograr que fuera menos
malo. Eso está bien, pero sería muy corto reducir nuestras esperanzas a un
arreglo más satisfactorio de esta tierra. Todo ese sufrimiento, todo el
esfuerzo de una vida, todas esas lágrimas –comenta André Frossard–, toda la
sangre que empapa y desborda nuestra historia, ¿no habrían servido entonces
más que para construir una ciudad terrena ideal, cuya inauguración se iría
aplazando indefinidamente para una fecha posterior?
Quizá recuerdes aquella escena de la
partida de ajedrez de la película “El séptimo sello”, de Ingmar Bergman. Es
la personificación de la
Muerte, que juega con el hombre la partida decisiva.
Así, dramáticamente, como una lucha
absurda y fatal contra un destino ciego, plantean algunos hombres su
existencia, inmersa en una visión triste y angustiosa de la que no logran
escapar. Cuando lo natural debiera ser asumir la muerte con serenidad, como
una parte real y normal de la propia vida, como una certeza que nos lleva a
redoblar nuestro esfuerzo para sacarle mayor partido a los años que nos
quedan, esas personas se resisten a pensar en su origen y su destino. Han
convertido la muerte en un tabú, en una cosa innombrable.
Hasta ahora, solo un verdadero sentido de
la religión ha sido capaz de superar satisfactoriamente el temor a la muerte.
El miedo a la muerte solo puede quedar contrapesado por la esperanza de una
nueva vida. Para el creyente, la muerte es como tomarse una medicina amarga
cuando uno está seguro de que con ella recobrará la salud.
—Pero, aun
teniendo eso claro, mucha gente tiene miedo a morir. ¿Por qué crees que
resulta tan difícil aceptar la vida en el otro mundo?
Es natural tener algo de miedo –o al menos
respeto– a la muerte. Pero la muerte es algo natural (entre otras cosas,
sería enormemente aburrido levantarse todas las mañanas, lavarse los dientes,
vestirse y desayunar, milenio tras milenio). Podremos controlar nuestro miedo
a la muerte cuando comprendamos que nuestra alma, nuestra verdadera esencia,
jamás morirá.
Cada minuto en esta vida es un paso a la
eternidad, y si esa eternidad es el cielo, es un paso más hacia una
bienaventuranza de dimensión tan extraordinaria que nadie sería capaz de
describir. Así lo entendió finalmente –comentaba Martín Descalzo– aquella
mujer afligida por el zarpazo de la muerte de unos seres queridos, cuando
escuchó dentro de sí una voz que le decía: “Pero..., ¿ese es el modo que tú
tienes de agradecer a Dios los padres y el hermano que disfrutaste durante
tantos años?”. Desde entonces esa señora hace regalos, en cada cumpleaños de
los fallecidos, a instituciones de caridad.
Hay una diferencia grande, de modo
habitual, en la forma en que se recibe la muerte en familias sin fe y en
familias con una verdadera fe. Un radical desgarro en unas, que contrasta con
una honda serenidad en las otras. No saben cuánto pierden cuando pierden la
fe. Si tuvieran fe –una fe hondamente vivida, se entiende–, en lugar de ver
la muerte como el hoyo negro, fatal, donde toda vida humana se derriba y se
hunde, como un final dramático de todo, la verían
como el nacimiento a una nueva vida, como cuando la mariposa deja la
crisálida de la que sale. El alma vive siempre y renace.
La muerte es el máximo enigma de la vida.
El hombre sufre con el dolor y la enfermedad, pero el máximo tormento es el
temor por la desaparición perpetua. El hecho de la muerte aparece como un
misterio ante el cual la imaginación del hombre sin fe naufraga por completo.
Los sabios de todas las épocas –comenta
Alejandro Llano– han aconsejado meditar acerca de la muerte, para descubrir
su oculto sentido y alcanzar así una paz profunda, sin la cual es imposible
la felicidad. Rehuir el tema, jugar al escondite con uno mismo, no es una
actitud muy digna, y menos en asunto tan capital.
Una de las cuestiones que más preocuparon
a Platón fue el destino después de la muerte. Estaba convencido de que “el
mal deja en el alma una cicatriz patente a la mirada insobornable del Juez”;
que los culpables que aún fueran capaces de curación, serían conducidos por
un tiempo a un lugar de purificación; y que, en cambio, los incapaces de
curación sufrirían un castigo para siempre. Por eso aseguraba que la muerte
ponía a las personas en la verdadera realidad. Cuando el tiempo apremia y el
hombre se familiariza con la idea de la muerte, empieza a preocuparse por
cosas que antes no le importaban.
Para algunos, uno de sus mejores
argumentos contra Dios y contra la
Iglesia es asegurar que a Misa asisten más los viejos que los
jóvenes. Suponiendo que esto fuera cierto, también podría verse como un
argumento a favor de la fe. Llegados a cierta edad, la muerte ya no es algo
posible, sino probable. No hay tiempo para seguir orillando los grandes
planteamientos de la vida, ni para despreciar los grandes interrogantes con
una broma más o menos ingeniosa. Es la hora de la verdad. Y cuando llega la
hora de la verdad, la gente suele acordarse de Dios.
La muerte nos mantiene encadenados como a
un oso los titiriteros. Es una cadena que tiene, cuando más, tres, cuatro
metros de longitud; cuarenta, sesenta, ochenta años, cuando se trata de los
hombres. ¿Quién no siente en el tobillo la presión de esa cadena que nos
retiene atados a la muerte? ¿Quién no ha sentido muchas veces pasar, más o
menos cerca, su sombra temible? “El hombre que no percibe el drama de su
propio fin –escribió Carl Gustav Jung, uno de los padres del psicoanálisis–,
no estaría en la normalidad sino en la patología, y tendría que tenderse en
la camilla y dejarse curar”.
Ante la cercanía de la muerte, la razón
humana apenas tiene ninguna experiencia donde hacer pie. Por eso dice Delibes
que, tantas veces, al palpar esa realidad, "vuelves los ojos a tu
interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con
los muertos, resultamos insoportablemente banales".
Para algunos, la muerte acaba con todo.
Parece como si una persona no fuera más que una simple alta en el Registro
Civil, que basta luego con dar de baja, y ya está. O un simple paquete de
músculos y huesos, que luego se pudren, y ya está. O un Número de
Identificación Fiscal, que también se da de baja después de haber cumplido
con sus tributaciones, y ya está. Sin embargo, lo único seguro es que la
muerte acaba con el cuerpo. Se derrumba todo el edificio biológico, es
verdad. Lo que era carne se convierte en polvo y ceniza, de acuerdo. Pero ahí
no acaba la persona. Si la persona tiene cuerpo y alma, detrás de la muerte
ha de haber un destino para el alma.
Cuenta Victor Frankl cómo un estudiante
universitario le preguntó en una ocasión qué podía haber de realidad en el
alma, siendo esta totalmente invisible. Como jamás había visto su alma, ni la
de nadie, lo más sensato –concluía– es no creer en fantasías que no se pueden
ver.
«Yo le confirmé –escribe Frankl– que era
imposible ver un alma mediante una disección o mediante exploración
microscópica. Después le pregunté que por qué razón buscaba el alma en esa
disección o exploración microscópica. El joven me contestó que por amor a la
verdad.
»Entonces le pregunté si no sería el amor
a la verdad algo anímico, si él creía que cosas como el amor a la verdad
podían hacerse visibles por la vía microscópica.
»El joven comprendió que lo invisible, lo
anímico, no puede encontrarse mediante el microscopio, pero que son cosas
necesarias para poder trabajar con el microscopio.»
La ciencia experimental no agota las
posibilidades de conocimiento. Si echamos en el mar una red de pesca cuyos
agujeros son cuadrados de un metro de lado, será difícil, por muchas veces
que lancemos esa red, que saquemos peces de menos de un metro de longitud. Si
alguien concluyera, después de semejante experiencia, que en el mar no hay
peces de menos de un metro de longitud, parece bastante evidente que se
equivoca. Una cosa es que no existan, y otra, bien distinta, que con esa red
no pueda capturarlos. Lo que se logra "recoger" con las redes de la
ciencia experimental no es "toda" la realidad.
En muchas ocasiones creemos en cosas que
no vemos, y creemos porque comprobamos sus efectos. Si oyes a un pajarillo
que canta en la espesura, ¿pensarás que canta el matorral? No es serio decir:
no lo veo, luego no existe. No ves el pajarillo, pero lo oyes. No ves el
alma, pero hay muchas razones que hacen suponer la existencia del alma. No
ves la electricidad, pero ves sus consecuencias. No ves el calor, pero lo
sientes. No ves las bacterias ni los virus, pero notas sus efectos.
No encontrarás el alma diseccionando un
cuerpo, de la misma manera que si echas abajo el matorral ya no estará el
pajarillo, pero no por eso debes decir que el matorral ha dejado de cantar.
Negar la existencia de lo que no es directamente perceptible por los sentidos
es negar la existencia de la parte más importante de la realidad.
En la mente humana se
dan dos fuerzas contrapuestas. Por una parte, la sensación de que en el
hombre hay algo más que el conjunto de vísceras que componen su cuerpo. Por
otra, la inicial negativa de los sentidos a admitir la existencia de algo que
no pueden ver, medir, oír, oler ni tocar. No es fácil demostrar a los
sentidos que el alma existe, pero no son ellos los que deciden si algo existe
o no.
Podemos aplicar al problema del alma una
analogía que propuso Rupert Sheldrake y que encuentro particularmente
afortunada.
Imagínate una persona que no sabe
absolutamente nada sobre aparatos de radio. Piensa, por ejemplo, en un hombre
de ciencia de hace unos cuantos siglos. Ese hombre ve uno de esos aparatos y
se queda encantado con la música que sale de él, y enseguida trata de
entender lo que allí sucede.
Está convencido de que la música procede
totalmente del interior del aparato, como resultado de complejas
interacciones entre sus elementos. Cuando alguien le sugiere que la música
viene de fuera, a través de una transmisión por ondas desde otro lugar, lo
rechaza argumentando que él no ve entrar nada en el aparato. Dice que eso
sería una explicación ilusoria y cómoda de una realidad compleja que hay que
investigar.
Nuestro hombre no termina de entender bien
la procedencia de la música del aparato. Sin embargo, piensa que algún día,
después de mucho investigar las propiedades y funciones de cada pieza,
logrará entender los secretos de sus procesos y sabrá de cuál de sus
elementos sale aquella preciosa melodía.
Quizá logre averiguar la composición de
cada pieza, e incluso intentará hacer otro aparato lo más parecido posible.
Pero ya se ve que no comprenderá cómo funciona el transistor hasta que acepte
que existen realidades, como las ondas de radio, que no se ven.
Volviendo al término de nuestra
comparación, podemos decir que la ciencia como tal no puede alcanzar
directamente a Dios, pero el científico experimental puede descubrir en el
mundo las razones para afirmar la existencia de un Ser que lo supera.
A la protagonista de aquella historia –una
respetable mujer norteamericana–, le atormentaba por una parte la
culpabilidad de haber abandonado su fe, y por otra el deseo de volver a ella.
«Sin embargo –decía–, me horrorizaba la
idea de entrar en un confesonario. Una vida entera de pecado que me
paralizaba.
»Hasta que un fin de semana de reunión
familiar, mis hijos empezaron a hablar de en dónde deseaba cada uno ser
enterrado. Y sentí el terrible impacto de la realidad, de la verdad. Me di
cuenta de que, a pesar de no haber vivido como cristiana, quería morir como
tal.
»Había logrado, aunque penosamente,
racionalizar mi carencia de fe en la vida, pero no podía llevar la mentira
hasta la muerte. Y tomé la decisión de confesarme. Y lo hice. En pocos
instantes, experimenté el retorno de mi dignidad. Me sentía ligera y libre.
Al descargar todo ese lastre, había dejado a Dios entrar de nuevo en mi vida.
Y sentí una nueva suerte de libertad».
A veces cuesta mucho aceptar la verdad.
Incluso cuando ya la conocemos con certeza. Incluso cuando la conocen también
quienes nos rodean, y nosotros sabemos que lo saben. Aquella mujer plantó
cara a la mentira gracias al pensamiento de la muerte, y se unió a esa gran
cantidad de escépticos en materia de religión que dejaron de serlo en cuanto
se presentó la callada cercanía de la muerte. Como ha escrito Lloyd
Alexander, “una vez que tienes el valor de mirar al mal cara a cara, de verlo
por lo que realmente es y de darle su verdadero nombre, carece de poder sobre
ti, y puedes destruirlo”.
Siempre hay una
mentira en la raíz de todo desánimo, un apartarse de la verdad, de la
realidad. Cuando la enfermedad o un riesgo imprevisto hacen ver que estamos
como colgados de un hilo sobre el abismo de la eternidad, aquel antiguo
escepticismo –tan firme en esos días en que la muerte se veía como una
eventualidad lejana– deja de ser una postura cómoda. La pregunta sobre qué
hay después de la muerte deja de ser una cuestión ociosa y pueril. La desdeñosa
seguridad de antes se trueca en una incertidumbre cruel que agita el alma.
"Para nosotros, los demonios –cuenta
con gracia Lewis en Cartas del diablo a su sobrino–, resulta
enormemente desastroso en los hombres ese continuo acordarse de la muerte. Lo
ideal es que mueran en costosas clínicas, entre doctores que mienten,
enfermeras que mienten, amigos que mienten prometiéndoles vida, estimulando
la creencia de que la enfermedad todo lo excusa, omitiendo toda alusión a un
sacerdote...".
Hablar de la muerte no tiene por qué ser
una locura o una morbosidad. Incita a buscar significado a la existencia.
Como escribió Séneca, “se precisa de toda la vida para aprender a vivir; y,
lo que es más extraño todavía, se necesita toda la vida para aprender a morir”.
Pensar en la muerte obliga a las personas a pensar en cómo llevan la vida.
El entierro de la ex-emperatriz Zita en
1989 fue quizá el acto fúnebre más solemne y grandioso de la realeza europea
de finales del siglo XX. Viena volvía a sentirse capital del Imperio: 400.000
visitantes, 600 periodistas, 64 archiduques y archiduquesas rigurosamente
vestidos de negro, e infinidad de invitados procedentes de los antiguos
dominios del Imperio –Hungría, Trento, Trieste, Bolzano, etc.–, acompañaban
los restos de la antigua Princesa de Borbón Parma, Emperatriz de Austria y
Reina de Hungría.
El cortejo fúnebre se dirige a la Kapucinegruft,
donde se encuentran las tumbas de doce emperadores y quince emperatrices de
la familia Habsburgo. Cuando está ya frente a la entrada de la cripta, y
siguiendo un antiguo ritual cargado de sentido, la puerta se encuentra
cerrada herméticamente.
Un hombre golpea la puerta ordenando:
"¡Abrid las puertas a la
Emperatriz!" (y pronuncia a
continuación todos los títulos de la fallecida). Desde dentro se deja oír una
voz que contesta: "No la conozco". Por segunda y tercera vez se
repite la orden para que abran las puertas al poderoso de la tierra, y vuelve
a oírse la misma respuesta: "No la conozco".
A una cuarta llamada, esta vez en tono
menos altivo, la voz del interior pregunta quién es, y se oye: "Abrid a
Zita, pecadora que implora humildemente la misericordia de Dios".
Inmediatamente se abren las puertas y entra el cortejo mientras suenan veintiún salvas de cañón y todas la campanas de Viena
doblan a muerto.
En el gran teatro del mundo –comenta
Ignacio Segarra–, todos desempeñamos papeles distintos. Pero cuando cae el
telón, y nos quitamos la careta y el disfraz para volver a la vida de la
calle, todos somos iguales. Y el premio o el castigo se nos dará, no en función del papel que nos haya tocado
representar, sino en función de cómo lo hayamos desempeñado, en función de
nuestras buenas obras, sea cual sea el papel. Por eso, como decía aquel poeta
castellano, “al final de la jornada, el que se salva, sabe; y el que no, no
sabe nada”.
—¿Y cómo puede Dios, siendo infinitamente
misericordioso, castigar con tanto rigor a los pecadores, condenándoles a las
terribles penas del infierno?
Dios es infinitamente misericordioso, pero
también es infinitamente justo. Y la justicia exige que las almas sean
juzgadas de acuerdo con la forma en que han elegido seguir esta vida. Cuando
alguien se condena, es siempre por culpa suya: se condena porque se empeña,
ocultándose detrás de múltiples excusas y justificaciones, en no tomar esa
mano que Dios le tiende. No es tanto Dios quien rechaza al hombre como el
hombre quien rechaza a Dios.
—De todas
formas, he escuchado tantos relatos curiosos de las penas del infierno que me
parecen casi ridículos... ¿No es una explicación un poco infantil?
Por fortuna, el dogma católico no tiene
por qué coincidir siempre con las ocurrencias de cada orador, y quizá no
hayas tenido mucha suerte con los que tú has escuchado. Pero lo que la Iglesia dice es que las
almas de los que mueren en estado de pecado mortal sufrirán un castigo que no
tendrá fin. Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor
misericordioso de Dios, significa la autoexclusión voluntaria y definitiva
del premio del cielo. Y puesto que no sabemos ni el día ni la hora en que
habremos de rendir cuentas a Dios, todo esto es un llamamiento a la
responsabilidad con que usamos nuestra libertad en relación al destino
eterno.
—Pero que un
castigo sea eterno, podría no ser justo...
No hay que preocuparse por eso, puesto que
Dios es justo. Dios no predestina a nadie a ir al infierno. No descarga sobre
un hombre ese golpe fatal sin haberle puesto a la vista la vida y la muerte,
sin haberle dejado la elección, sin haberle ofrecido mil veces la mano para
apartarse del borde del precipicio. Si el hombre se esfuerza, con un esfuerzo
serio y eficaz, por alcanzar su salvación eterna, no ha de tener miedo a la
muerte, porque Dios no está esperando un descuido para cazarle en un
renuncio.
—¿Y qué explicación das al hecho de que haya
tantos creyentes a los que la amenaza del infierno no les hace cambiar de
vida?
Es un antiguo problema. Algo parecido a lo
que sucede a un estudiante perezoso que no se decide a ponerse a estudiar
porque todavía le queda tiempo. Imagínatelo en el calor de principios de
junio, cuando el día del examen está allá lejos, a finales de mes. Sabe
perfectamente que cada vez le va a costar más enderezar la situación, pero se
deja arrastrar por la pereza. La gran diferencia, en el caso de la muerte, es
que se trata de un examen cuya fecha no se avisa y que no tiene segunda
convocatoria.
O parecido al médico que conoce
perfectamente las consecuencias de sus "excesos", pero todo su
saber, si no cuenta con la debida fuerza de voluntad, es débil frente a esa
seducción y no le hace abandonar esos errores.
A lo largo de los siglos, ha habido muchos
hombres que han llegado a sacrificar la hacienda, el honor, la salud, incluso
la vida, por la satisfacción de un momento. ¿Por qué? Es sencillo. El placer
halaga el presente y en cambio los males están distantes, y el hombre se hace
la ilusión de que ya logrará luego de algún modo evitarlos.
Y a lo mejor lo hace sin siquiera perder
sus antiguas convicciones. Solo las pone un poco a un lado. Quizá por eso
algunos se ponen nerviosos al oír hablar de la muerte. Igual que sucede al
estudiante de nuestro ejemplo cuando oye hablar de los exámenes, o al médico
al pensar en las consecuencias de sus "excesos", pues en ambos
casos la hora de la verdad se acerca inexorablemente.
En definitiva, habrá un juicio, en el que
se hará justicia, y eso puede producir un sano sentimiento de intranquilidad,
que nos haga sopesar lo que hacemos bien y mal, que nos lleve a ser
conscientes de que hemos de presentarnos a un tribunal. Esto no es un mensaje
de amenaza, sino una llamada a nuestra responsabilidad para no malgastar la
vida, para no obrar mal, para hacer todo el bien que podamos.
—¿Y no es injusto que reciba el mismo premio
del cielo uno que ha llevado toda una vida de esfuerzo y sacrificio, que otro
que se ha convertido a última hora en el lecho de muerte?
La
Iglesia
afirma que el grado de felicidad en el cielo será distinto según la
diversidad de los méritos alcanzados por cada uno en la tierra. Y lo mismo
puede decirse sobre la desigualdad de las penas del infierno, según la
gravedad y número de males cometidos. Se muere como se vive. Dios es justo y
dará a cada uno según sus obras.
Hay gente –parece asombroso, pero es así–
cuyo plan parece ser ese que dices: convertirse en el lecho de muerte. Su
idea es vivir egoístamente, olvidados de todo y de todos, y en su estupidez
imaginan que en el último momento, rodeados de sus seres queridos, les
bastará con disculparse elegantemente por haberles amargado la vida, y pedir,
acto seguido, perdón a Dios.
Pero cuando se encuentren ante Dios, no
cabrá el engaño. Toda la mentira con que han querido condimentar su vida se
desplomará en un instante. Y –como escribe Arellano– si el camino del
hombre hacia la verdad es, en un noventa por ciento, tarea de descubrir
mentiras, esas personas se darán cuenta entonces de que en su vida esa
tarea ha sido muy escasa. Y se lamentarán de haberse negado a reflexionar
sobre la evidente realidad de la muerte. "Ahora –dicen– no tengo tiempo
para esas cosas; cuéntamelo en el lecho de muerte, y quizá te escuche."
Y ahí es donde se equivocan por completo. Cuando se cae en la mentira para
evitar incomodos, la manta bajo la que pretenden esconderse se vuelve un poco
más grande, hasta que acaba por ahogarles debajo. Cada momento en que
cerramos voluntariamente los ojos ante nuestro destino en la otra vida es un
momento desperdiciado de esta.
PARTE
SEGUNDA
La
verdad, si no es entera,
se convierte en aliada de lo falso.
J.
Sádaba
Tener
una mente abierta
es como tener la boca abierta:
no es un fin, sino un medio.
Y el fin es cerrar la boca sobre algo sólido.
G.
K. Chesterton
«Aunque crea que Dios existe, hay muchas
religiones para elegir. Soy de los que piensan que todas las religiones son
buenas. Quitando algunas degeneraciones extrañas que vienen a ser como la
excepción que confirma la regla, todas llevan al hombre a hacer el bien,
exaltan sentimientos positivos, y satisfacen en mayor o menor medida la necesidad
de trascendencia que todos tenemos.
»En el fondo, da igual una que otra.
Además, ¿por qué no va a poder haber varias religiones verdaderas?».
Ciertamente hay que ser de espíritu
abierto, y apreciar –como lo hacía el autor del comentario que acabo de
recoger– todo lo que de positivo haya en las diversas religiones, pero me
parece que no se puede pensar seriamente que haya varias que sean igualmente
verdaderas. Si solamente hay un Dios, no puede haber más que una verdad
divina, y una sola religión verdadera.
Porque una cosa es
tener una mente abierta, y otra muy distinta decir que cada uno se fabrique
su religión y que no se preocupe porque todas van a ser verdaderas. Por eso
decía Chesterton que “tener una mente abierta es como tener la boca abierta:
no es un fin, sino un medio. Y el fin –decía con sentido del humor– es cerrar
la boca sobre algo sólido”.
No es serio decir que pueden ser verdad al
mismo tiempo religiones diversas, que se oponen en muchas de sus afirmaciones
y sus exigencias. Si dos y dos son cuatro, y alguien dijera que son cinco,
habría caído en un error. Pero si además dijera que una suma es tan buena
como la otra, podría decirlo, porque afortunadamente hay libertad de
expresión, pero habría incurrido en un error aún más grave.
La sensatez de la decisión humana sobre la
religión no estará, por tanto, en elegir la religión que a uno le guste o le
satisfaga más, sino más bien en acertar con la verdadera, que solo puede ser
una. La religión no es como elegir en un supermercado el producto más
atractivo.
—Pero la
religión verdadera debería ser atractiva..., si tan buena es, ¿no?
Depende de qué se entienda por atractivo.
Si te refieres a lo superficial, guiarse por el atractivo de la presentación
exterior llevaría a juzgar por el envoltorio o por la apariencia.
Sería como intentar distinguir entre un
buen libro histórico y otro lleno de manipulaciones, fijándose solo en lo
atractivo de la portada y la presentación. O como distinguir entre un veneno
y una medicina por lo agradable del color o del sabor (esto podría ser
incluso más peligroso).
Cuando se trata de discernir entre lo
verdadero y lo falso, y en algo importante, como lo es la religión, conviene
profundizar lo más posible. La religión verdadera será efectivamente la de
mayor atractivo, pero solo para quien tenga de ella un conocimiento
suficientemente profundo.
—Entonces, ¿tú
crees que el cristianismo es la verdad para todos?
Sí, naturalmente, pues soy cristiano. Si
uno no cree que su fe es la verdadera, lo que le sucede entonces,
sencillamente, es que no tiene fe.
—¿Dices entonces que todos los que profesan
una religión distinta a la cristiana están completamente equivocados?
Completamente, no. La adhesión a la verdad
cristiana no es como el reconocimiento de un principio matemático. La
revelación de Dios se despliega como la vida misma, y toda verdad parcial no
tiene por qué ser un completo error.
Muchas religiones tendrán una parte que
será verdad y otra que contendrá errores (excepto la verdadera, que,
lógicamente, no contendrá errores). Por esta razón, la Iglesia católica –lo ha
explicado el Concilio Vaticano II– nada rechaza de lo que en otras religiones
hay de verdadero y de santo. Considera con sincero respeto los modos de obrar
y de vivir, los preceptos y doctrinas que, aunque discrepan en muchos puntos
de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de
aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. La Iglesia honra cualquier
verdad que pueda ser descubierta en el mundo de las religiones y las
culturas.
La verdad sobre Dios es accesible al
hombre en la medida en que este acepte dejarse llevar por Dios y acepte lo
que Dios ordena. Es decir, en la medida en que el hombre quiera buscar a Dios
rectamente.
—¿Quieres decir que los que no son
cristianos no buscan a Dios rectamente?
No. Decir eso sería una barbaridad. Hay
gente recta que puede no llegar a conocer a Dios con completa claridad. Por
ejemplo, por no haber logrado liberarse de una cierta ceguera espiritual. Una
ceguera que puede ser heredada de su educación, o de la cultura en la que ha
nacido.
—Entonces, en
ese caso, no serían culpables.
Dios es justo y juzgará a cada uno por la
fidelidad con que haya vivido conforme a sus convicciones. Es preciso,
lógicamente, que a lo largo de su vida hayan hecho lo que esté en su mano por
llegar al conocimiento de la verdad. Y esto es perfectamente compatible con
que haya una única religión verdadera.
—¿Y qué dice la Iglesia católica sobre
la salvación de los que no profesan la religión católica? Porque algunos la
acusan de exclusivismo.
Dice que los que sin culpa de su parte no
conocen el Evangelio ni la
Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan
en su vida hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su
conciencia, pueden conseguir la salvación eterna.
Como ha señalado Peter Kreeft, el buen
ateo participa de Dios precisamente en la medida en que es bueno. Si alguien
no cree en Dios, pero participa en alguna medida del amor y la bondad, vive
en Dios sin saberlo.
—Entonces, si se
puede ser moralmente bueno sin creer en Dios, ¿para qué creer en Dios?
Es que no debemos creer en Dios porque nos
sea útil, o porque nos permita llevar una vida moral, sino, sobre todo,
porque creemos que realmente existe.
—¿Y dices que Dios me juzgaría con arreglo a
la religión en que yo creyera, aunque fuera falsa?
Depende de tu rectitud, pues podrías estar
en el error de modo culpable o voluntario. Bernanos decía que no se puede
perder la fe como se pierde un llavero, y se mostraba bastante escéptico ante
las crisis intelectuales de fe, que consideraba mucho más raras de lo que
muchos pretenden. Por eso, si una persona se fabricara una religión propia, a
su medida, porque le resulta más cómodo; o hiciera una interpretación
acomodada de su religión, para rebajar así sus exigencias morales; o no se
preocupara de recibir la necesaria formación religiosa adecuada a su edad y
circunstancias, u otras causas semejantes; cuando se diera alguna de estas
cosas –y me parece que se dan con cierta frecuencia–, se ve que la pretendida
crisis intelectual bien puede tener otros orígenes.
—¿Pero eso de formarse no es propio más bien
de gente de poca personalidad, que se deja influenciar fácilmente?
No tiene por qué ser así, pues, como ha
señalado Aquilino Polaino, formarse no es nada más que fundamentar la propia
autotransformación (y no, por cierto, de modo egoísta, sino para ser, a su
vez, una realidad transformante de los demás).
Por eso, si una persona no se preocupara
de formarse y de reflexionar suficientemente para llegar al conocimiento de
la fe verdadera y de sus exigencias, estaría en un caso de ignorancia
culpable. En ese caso y en todos los anteriores –es de justicia elemental–,
será juzgado por Dios conforme a su grado de culpabilidad y voluntariedad.
11. ¿ES LA RELIGIÓN CRISTIANA LA VERDADERA?
No
somos nosotros los que creamos la verdad,
los que la dominamos y la hacemos valer.
Es la verdad la que nos posee.
Alejandro
Llano
—¿Y por qué precisamente la religión cristiana va a
ser la verdadera?
Es realmente difícil, en un diálogo como
el que llevamos, no acabar en esta pregunta. Intentaré responderte, pero no
esperes una demostración que lleve a una evidencia aplastante.
—Entonces es que
no se puede demostrar...
Una cosa es que algo sea demostrable, y
otra bien distinta que sea evidente. Se pueden aportar pruebas sólidas,
racionales y convincentes, pero nunca serán pruebas aplastantes e
irresistibles.
Ten en cuenta, además, que no todas las
verdades son demostrables. Y menos aún para quien entiende por demostración
algo que ha de estar atado indefectiblemente a la ciencia experimental,
aunque a ese prejuicio ya le hemos dedicado un par de capítulos y será mejor
no repetirse.
Digamos –no es muy
académico, pero sirve para entendernos– que es como si Dios no quisiera
obligarnos a creer. Dios respeta la dignidad de la persona humana, que Él
mismo ha creado, y que ha de regirse por su propia determinación. Dios actúa
con ese respeto por el hombre. Además, si fuera algo tan evidente como la luz
del sol, no haría falta demostrar nada: ni tú estarías leyendo este libro ni
yo lo habría escrito.
Nadie se rinde ante una demostración no
totalmente evidente (algunos, ni siquiera ante las evidentes), si hay una
disposición contraria de la voluntad. La fe es un don de Dios, pero a la vez
es un acto libre. Para creer, hace falta una decisión libre de la voluntad.
Dios podría haber hecho que sus mandatos o
sus consejos aparecieran escritos en el cielo, como por arte de magia, pero
ha preferido actuar de modo ordinario y natural, a través de las
inteligencias de los hombres, respetando su libertad, su personalidad y sus
condicionantes culturales. Ha querido salvaguardar lo más posible nuestra
libertad. Así será mayor la plenitud de nuestra fe.
Si te parece, podemos ir repasando
diversos aspectos de la religión cristiana, comentando algunas de las razones
que pueden ayudar a comprenderla mejor. No pretendo argumentar de modo muy
exhaustivo, sino arrojar un poco de luz sobre el asunto, es decir, hacer más
verosímil la verdad.
Podemos empezar, por ejemplo, por
considerar lo que ha supuesto el cristianismo en la historia de la humanidad.
Piensa cómo, en los primeros siglos, la fe cristiana se abrió camino en el
Imperio Romano de una forma prodigiosa...
—Es algo muy
estudiado. Estuvo facilitado por la unidad política y lingüística del
Imperio, por la facilidad de comunicaciones en el mundo mediterráneo, etc.
Todo eso es cierto. Pero piensa también
que, pese a que esas condiciones eran favorables, el cristianismo recibió un tratamiento
tremendamente hostil. Hubo una represión brutal, con unas persecuciones
enormemente sangrientas, con todo el peso de la autoridad imperial en su
contra durante más de dos siglos.
Hay que recordar que la religión entonces predominante
era una amalgama de cultos idolátricos enormemente indulgentes con las más
degradantes debilidades humanas. Tan bajo había caído el culto, que la
fornicación se practicaba en los templos como rito religioso. El sentido de
la dignidad del ser humano brillaba por su ausencia, y las dos terceras
partes del imperio estaban formadas por esclavos privados de todo derecho.
Los padres tenían derecho a disponer de la vida de sus hijos (y de los
esclavos, por supuesto), y las mujeres, en general, eran siervas de los
hombres o simples instrumentos de placer.
Tal era el mundo que debían transformar.
Un mundo cuyos dominadores no tenían ningún interés en que cambiara. Y la fe
cristiana se abrió paso sin armas, sin fuerza, sin violencia de ninguna
clase. Predicando una conversión muy profunda, unas verdades muy duras de
aceptar para aquellas gentes, un cambio interior y un esfuerzo moral que
jamás ninguna religión había exigido.
Y pese a esas objetivas dificultades, los
cristianos eran cada vez más. Cristianos de toda edad, sexo y condición:
ancianos, jóvenes, niños, ricos y pobres, sabios e ignorantes, grandes
señores y personas sencillas..., y, tantas veces, perdiendo sus haciendas,
acabando sus vidas en medio de los más crueles tormentos.
Conseguir que la religión cristiana
arraigase, que se extendiese y se perpetuara, a pesar de todos los esfuerzos
en contra de los dominadores de la tierra de aquel entonces; a pesar del
continuo ataque de los grandes poseedores de la ciencia y de la cultura al
servicio del Imperio; a pesar de los halagos de la vida fácil e inmoral a la
que llevaba el paganismo romano...; haber conseguido la conversión de aquel
enorme y poderoso imperio, y cambiar la faz de la tierra de esa manera, y
todo a partir de doce predicadores pobres e ignorantes, faltos de elocuencia
y de cualquier prestigio social, enviados por otro hombre que había sido
condenado a morir en una cruz, que era la muerte más afrentosa de aquellos
tiempos... Para el que no crea en los milagros de los Evangelios, me pregunto
si no sería este milagro suficiente.
«El protagonista de mi novela –cuenta el
escritor José Luis Olaizola en un libro autobiográfico– se había hecho cura,
quizá porque me parecía un buen final de la novela que lo fusilaran al
principio de la guerra civil española.
»Y como yo sabía muy poco de curas, y de
su posible comportamiento en una situación tan límite, me puse a leer el
Evangelio para articular un buen sermón ante el pelotón de fusilamiento, con
palabras del mismo Cristo.
»Aquellas palabras sirvieron de poco para
mi novela, pero a mí me llegaron bastante hondo. Así comencé a interesarme
por la figura de Cristo, que me pareció un personaje muy atractivo..., a
condición de que, efectivamente, fuera Hijo de Dios. Porque si fuera solo un
hombre, y dijera las cosas que decía, sería un loco o un farsante. Y si
Cristo era el Hijo de Dios, no se le ocurriría dejar la hermosura de su
doctrina al libre discurrir de los hombres; sería el caos. Era lógico que
hubiera encomendado el depósito de la fe a la Iglesia.
»Es decir, que por un proceso reflexivo me
encontré siendo intelectualmente católico.»
Así cuenta Olaizola un pequeño retazo de
su encuentro con Dios. Como en tantos otros casos, empezó por un
descubrimiento de la figura de Jesucristo. Podemos analizar esto brevemente,
pues constituye el fundamento de la fe cristiana. La pregunta básica sobre la
identidad de la religión cristiana se centra en su fundador, en quién es
Jesús de Nazaret.
El primer trazo
característico de la figura de Jesucristo –señala André Léonard– es que
afirma ser de condición divina. Esto es absolutamente único en la historia de
la humanidad. Es el único hombre que, en su sano juicio, ha reivindicado ser
igual a Dios. Y recalco lo de reivindicar porque, como veremos, esta
pretensión no es en modo alguno signo de jactancia humana, sino que, al
contrario, fue acompañada de la mayor humildad.
Los grandes fundadores de religiones, como
Confucio, Lao-Tse, Buda y Mahoma, jamás tuvieron pretensiones semejantes.
Mahoma se decía profeta de Allah, Buda afirmó que había sido iluminado, y
Confucio y Lao-Tse predicaron una sabiduría. Sin embargo, Jesucristo afirma
ser Dios. Lo que sorprendía y admiraba a las gentes era la autoridad con que
hablaba, por encima de cualquier otra, aun de la más alta, como la de Moisés.
Y hablaba con la misma autoridad de Dios en la Ley o los Profetas, sin referirse más que a sí
mismo: "Habéis oído que se dijo..., pero yo os digo...". A través
de sus milagros manda sobre la enfermedad y la muerte, da órdenes al viento y
al mar, con la autoridad y el poderío del Creador mismo. Sin embargo, este
hombre que utiliza el yo con la audacia y la pretensión más sorprendentes,
posee al propio tiempo una perfecta humildad y una discreción llena de
delicadeza. Una humilde pretensión de divinidad que constituye un hecho
singular en la historia y que pertenece a la esencia misma del cristianismo.
En cualquier otra circunstancia –piénsese
de nuevo en Buda, en Confucio o en Mahoma–, los fundadores de religiones
lanzan un movimiento espiritual que, una vez puesto en marcha, puede
desarrollarse con independencia de ellos. Sin embargo, Jesucristo no indica
simplemente un camino, no es el portador de una verdad, como cualquier otro
profeta, sino que Él mismo es el objeto propio del cristianismo. Por eso, la
verdadera fe cristiana comienza cuando –como le sucedió a Olaizola– un
creyente deja de interesarse simplemente por las ideas o la moral cristianas,
tomadas en abstracto, y encuentra a Jesucristo como verdadero hombre y
verdadero Dios.
Hay otro rasgo característico de la figura
de Jesucristo que presenta un fuerte contraste con el anterior. Se trata de
su humillación extrema en la hora de la muerte. Una paradoja absoluta. El que
ha manifestado ser el propio Hijo de Dios, aquel que reunía a las multitudes
y arrastraba tras sí a los discípulos, muere solo, abandonado e incluso
negado y traicionado por los suyos. También este rasgo es único.
Es el único Dios humillado de la historia.
Además, va a la muerte como al núcleo principal de su misión. Y el Evangelio
ve en la cruz el lugar en que resplandece la gloria del amor divino. Los
Evangelios narran las dificultades que Jesucristo experimentó, incluso con
sus propios discípulos, para lograr que sus contemporáneos aceptaran la idea
de un mesianismo espiritual cuya realización pasaría, no por un triunfo
político, sino por un abismo de sufrimiento, como preludio al surgir de un
mundo nuevo, el de la
Resurrección.
Y la descripción de la figura de Cristo en
los Evangelios concluye con otro rasgo singular: el testimonio de su
resurrección de entre los muertos. No hay ningún otro hombre del que se haya
afirmado seriamente algo semejante.
La muerte de Jesucristo y la causa de su
condena, son dos hechos materialmente inscritos en la historia, y que, como
después veremos, hoy día ya nadie se atreve a negar: Jesucristo fue
históricamente crucificado bajo Poncio Pilato a causa de su reivindicación
divina. El hecho de su resurrección, sin embargo, sí es negado por algunas
personas, que afirman que no se trata de algo empíricamente comprobable, y
que por tanto sus apariciones después de muerto tendrían que deberse a una
ilusión óptica, una sugestión o algún tipo de alucinación, producida sin duda
por el deseo de que resucitara.
—Supongo que les parecerá
una explicación más creíble de la Resurrección.
A mí en cambio me parece muy creíble que
Dios, si realmente es Dios, haga cosas extraordinarias. Lo que me sorprende
es el empeño de algunos por dar todo género de explicaciones, y su capacidad
para aceptar cualquier cosa antes que admitir que Dios pueda hacer algo que
se salga de lo ordinario.
A quienes hablan de "ilusiones
ópticas", por ejemplo, habría que recordarles que la reacción de los
discípulos ante las primeras noticias de la resurrección de Cristo fue muy
escéptica, pues estaban sombríos y abatidos, y aquel anuncio les pareció un
desatino. Y está claro que no suelen producirse sugestiones, alucinaciones o
ilusiones ópticas entre personas en actitud escéptica, y menos aún si esas
sugestiones tienen que ser colectivas. Además, tampoco se explicaría por qué
solo duraron cuarenta días, hasta la Ascensión, y después ya nadie volvió a
tenerlas.
Los guardias que custodiaban el sepulcro
dijeron –y después lo han repetido muchos otros– que los discípulos robaron
el cuerpo mientras ellos dormían: curioso testimonio el de unos testigos
dormidos, y poco concluyente para intentar rebatir algo que –durante su
supuesto sueño– les fue imposible presenciar.
Sin embargo, el testimonio de la
resurrección dado por los apóstoles y por los primeros discípulos satisface
plenamente las exigencias del método científico. Es de destacar, sobre todo,
el asombroso comportamiento de los discípulos al comprobar la realidad de la
noticia por las múltiples apariciones de Jesucristo. Si esas apariciones no
fueran reales, no se explicaría que esos hombres que habían sido cobardes y
habían huido asustados ante el prendimiento de su maestro, a los pocos días
estén proclamando su resurrección, sin miedo a ser perseguidos, encarcelados
y finalmente ejecutados, afirmando repetidamente que no pueden dejar de decir
lo que han visto y oído: el milagro portentoso de la Resurrección,
del que habían sido testigos por aquellas apariciones, y que había
transformado sus vidas.
La historicidad es de tal índole –lo
analizaremos en el próximo capítulo– que la única explicación plausible del
origen y del éxito de esa afirmación es que se trate de un acontecimiento
real e histórico. Por otra parte, el testimonio de los Evangelios sobre la
resurrección de Jesucristo es masivo y universal: todo el conjunto del Nuevo
Testamento sería impensable y contradictorio si el portador y el objeto de su
mensaje hubiese terminado simplemente con el fracaso de su muerte infamante
en una cruz.
«Leyendo el Nuevo Testamento –escribe
Tomás Alfaro–, puede verse que los Apóstoles eran hombres que creían
fervientemente lo que decían. San Pedro fue crucificado cabeza abajo. San
Andrés, en un tipo de cruz que desde entonces lleva su nombre. San Pablo fue
decapitado, pues era ciudadano romano y esta era la única pena capital que
podían sufrir. Todos los apóstoles, menos Juan, sufrieron martirio. Y la
misma suerte corrieron muchísimos de los primeros
testigos de la fe cristiana, que dieron su vida por esa supuesta invención. Y
en nuestros días sigue habiendo nuevos engañados que mueren por esa fe, o
que, sin llegar al martirio gastan toda su vida en pos de un ideal sustentado
por las palabras inventadas de un mito que no existió nunca. Los discípulos
de este mito inventado, de esta patraña, se lanzaron por el mundo, sin
importarles ningún peligro, para proclamar a los cuatro vientos su mentira o
su locura, que ellos llamaban Evangelio, es decir, la buena noticia. Y esto
para cumplir el mandato de un hombre que nunca existió o, lo que es menos
plausible todavía, se habían inventado. Un líder verdadero puede tener más o
menos fuerza. Pero una patraña tan descomunal hubiera tardado muy poco en ser
descubierta. Se puede pensar que eran unos locos o unos mentirosos, pero
parece más plausible pensar que eran hombres cuerdos y honestos, que sabían
lo que querían, y que lo que querían merecía recorrer el mundo y morir por
ello si era necesario. Y no solamente eran capaces de hacerlo ellos. También
eran capaces de hacer que otros siguiesen su ejemplo. ¡Qué brillo de
sinceridad debía verse en sus ojos para que ese traspaso del testigo se
produjese! Pero lo más impresionante es que ese brillo sigue encendiendo. Dos
mil años después sigue habiendo un brillo contagioso en los hombres que viven
bien el cristianismo.»
No
saber lo que ha sucedido
antes de nosotros
es como ser incesantemente niños.
Cicerón
—¿Y no pudo ser Jesucristo
un fanático, o un esquizofrénico que se inventase su papel con gran
genialidad?
«La verdad es que, si esto fuera así –continúa
Tomás Alfaro–, sería el mayor farsante de todos los tiempos. Porque encarnó
con una exactitud impresionante dieciocho siglos de profecías anteriores a
Él. Y de las distintas interpretaciones a esas profecías, no fue a elegir la
más fácil ni la más agradable. Continuamente surgían en Israel supuestos
Mesías que pretendían ser el libertador victorioso. Naturalmente, ellos y sus
seguidores eran eliminados en poco tiempo por la potencia dominante del
momento. Sus burdas doctrinas no les sobrevivían más allá de unos meses, tal
vez unos años en el mejor de los casos. Pero no se sabe de un solo caso de un
farsante que quisiera representar el papel de la profecía del Siervo
Sufriente y morir de una manera tan cruel (y tan infame en aquellos
tiempos).»
—Bueno,
podría decirse que era un loco muy especial.
Pero tampoco eso cuadra. De un
esquizofrénico con manía autodestructiva no cabría esperar ni la serena
doctrina ni la vida ejemplar de Jesucristo.
—¿Y la fe en Jesucristo no podría ser una
simple ilusión, un hermoso sueño forjado por la humanidad?
Si se analiza la coherencia de la figura
de Jesucristo, y su conveniencia en el corazón de la condición humana y de la
historia –apunta André Léonard–, puede verse que no se trata de una coherencia
artificial que el espíritu humano hubiera podido inventar, y después dominar,
como si fuera una ilación lógica que caracteriza a un sistema filosófico bien
trabado o a una ideología hábilmente adaptada a la mentalidad ambiental. Es
algo muy distinto. Se trata de una coherencia tan compleja, tan contrastada,
tan imprevisiblemente vinculada a un gran número de realidades históricas,
que es totalmente imposible de construir por un esfuerzo de lógica.
De la figura de Jesucristo, tal como
aparece en el Nuevo Testamento, emana un enorme poder de convicción. Se
presenta con una capacidad de captación tan singular que la historia de los
hombres no ha conocido nada semejante. Un poder de captación que, además,
hace su figura convincente, pero no ineludible. Dios desea ser amado
libremente por unas criaturas libres, y no una adhesión forzada por parte del
hombre. Por eso, nuestra existencia empieza, y debe empezar, por el
claroscuro de esta vida terrena, marcada por la no evidencia de Dios.
—Pero siempre
queda la posibilidad de que la figura de Jesucristo hubiera sido resultado de
una inconsciente y casual creación del genio humano. ¿No podría ser como una
proyección consoladora, como una objetivación engañosa de los deseos ocultos
del hombre, sediento de una dicha que no posee?
Son muchas las esperanzas psicológicas,
filosóficas o religiosas del ser humano que pueden explicarse por
construcciones parecidas. Pero ese tipo de interpretaciones proyectivas
presentan un obstáculo insalvable cuando se quieren aplicar al caso del
cristianismo: los acontecimientos fundacionales de la fe cristiana son
rigurosamente históricos.
La objeción según la cual toda la religión
cristiana podría ser una simple ilusión reconfortante puede llegar a inquietar
profundamente a algunos creyentes. Sin embargo, la esencial referencia
histórica del cristianismo hacia sus acontecimientos fundacionales, le
distingue radicalmente y desde un principio de todas las construcciones
humanas. Hay una diferencia abismal entre la fe cristiana, inscrita en los
hechos de la historia, y los mitos intemporales de las religiones antiguas,
que carecen de historia y solo muestran de esta la apariencia superficial de
una narración. Además, en Jesucristo se da una situación poco frecuente
respecto a otros personajes de la Antigüedad, pues la existencia histórica de
Jesucristo está testimoniada por documentos de tres culturas diferentes: la
cristiana, la romana y la judía.
Es perfectamente comprobable que Jesús de
Nazaret es el nombre de una persona histórica que vivió en Palestina bajo los
emperadores Augusto y Tiberio, y que nació el año 6 o 5 antes de nuestra era
(años 748 o 749 de la fundación de Roma), y murió el 7 u 8 de abril (14 o 15
del mes de Nisán) del año 30 de nuestra era, bajo el poder del procurador
Poncio Pilato.
El historiador romano Tácito ya mencionaba
de pasada en sus Annales –escritos hacia el año 116 a partir de las Actas
de los archivos oficiales del Imperio– la condena al suplicio de un cierto Christus
por el procurador Poncio Pilato, durante el imperio de Tiberio. Bien es
sabido, por otra parte, que Tácito tenía pocas razones para interesarse por
la oscura aventura de un profeta judío en un rincón perdido del imperio. Si
menciona el nombre de Christus se debe únicamente a que el relato de
la vida de Nerón le lleva a hablar de los cristianos en relación con el
incendio de Roma del año 64. Pero el nombre queda citado.
Hay muchos otros testimonios de Jesucristo
totalmente externos al Nuevo Testamento. Aparecen diversas menciones en una
carta escrita hacia el año 112 por Plinio el Joven a su tío el emperador
Trajano. Otras de Suetonio, secretario de Adriano, en su Vidas de los
Césares, hacia el año 120. También de Flavio Josefo, conocido historiador
judío, en sus Antigüedades judías, del año 94. El mismo Talmud
de los judíos hace varias referencias despectivas acerca de Jesús, como un
hereje que sedujo y extravió al pueblo de Israel interpretando torcidamente la Thorá. El
griego Luciano de Samosata presenta a Jesús como un vulgar embaucador. Y
Celso, un filósofo pagano, como un peligro para la sociedad.
Nadie se atrevería a calificar de
interesados o comprometidos con la fe cristiana a esos autores, que –sin
saberlo– han contribuido a probar inequívocamente la existencia histórica de
Jesús de Nazaret. Los testimonios son tan incontrovertibles que hace ya mucho
tiempo que ningún historiador serio se atreve a negar la existencia histórica
de Jesucristo y de sus discípulos.
A la ciencia del siglo XIX le gustaba
presentar un universo determinista donde la libertad humana apenas tenía
cabida, y donde no hacía ninguna falta contar con la intervención de Dios. El
poder de ese cientifismo fue formidable, en parte porque la religiosidad popular
cristiana de por entonces estaba, en muchos sentidos, bastante poco
cultivada. Sin embargo, a medida que ha ido avanzando la ciencia, se ha hecho
más evidente su compatibilidad con la fe. Lo que entonces parecía fuente de
incredulidad, hoy nos muestra lo contrario. «Todavía a comienzos del siglo XX
–escribe Pedro Laín Entralgo– circulaban por las librerías publicaciones con
el título "Jesucristo nunca ha existido" u otros semejantes. Ya no
es posible encontrarlos. La investigación histórica rigurosa ha eliminado
tales desvaríos. La existencia real de Jesús de Nazaret puede ser afirmada
con el mismo grado de certidumbre con que afirmamos la de Sócrates o de
Atila. Los Evangelios no son tan solo fundamento de una fe religiosa, son
también documentos históricos fiables, aunque, desde luego, susceptibles de
análisis y de crítica. La existencia de Jesucristo no es objeto de una
creencia religiosa en sentido estricto, sino una certidumbre de carácter
histórico, una convicción impuesta por testimonios y argumentos enteramente
fiables.»
Basta
a menudo
cambiar de modo de vivir
para creer en la verdad
que se negaba.
Hugo
de Lamennais
—No voy a ser yo
quien niegue ahora la existencia de Jesucristo. ¿Pero cómo sabemos que los
Evangelios merecen credibilidad sobre lo que hizo y lo que dijo?
Un libro histórico –como son los
Evangelios– merece credibilidad cuando reúne tres condiciones básicas: ser auténtico,
verídico e íntegro. Es decir, cuando el libro fue escrito en la época y por
el autor que se le atribuye (autenticidad), el autor del libro conoció los
sucesos que refiere y no quiere engañar a sus lectores (veracidad) y, por
último, ha llegado hasta nosotros sin alteración sustancial (integridad).
Los Evangelios parecen auténticos, en
primer lugar, porque solo un autor contemporáneo de Jesucristo o discípulo
inmediato suyo pudo escribirlos. Si se tiene en cuenta que en el año 70
Jerusalén fue destruida y la nación judía desterrada en masa, difícilmente un
escritor posterior, con los medios que entonces tenían, habría podido
describir bien los lugares; o simular los hebraísmos que figuran en el griego
vulgar en que está redactado casi todo el Nuevo Testamento; o inventarse las
descripciones que aparecen, tan ricas en detalles históricos, topográficos y
culturales, que han sido confirmadas por los sucesivos hallazgos
arqueológicos y los estudios sobre otros autores de aquel tiempo. Los hechos
más notorios de la vida de Jesús son perfectamente comprobables mediante
fuentes independientes de conocimiento histórico.
Respecto a la integridad de los
Evangelios, nos encontramos ante una situación privilegiada, pues desde los
primeros tiempos los cristianos hicieron numerosas copias en griego y en
latín, para el culto litúrgico y la lectura y meditación de las escrituras.
Gracias a ello, los testimonios documentales del Nuevo Testamento son
abundantísimos. En la actualidad se conocen más de 6.000 manuscritos griegos.
Hay además unos 40.000 manuscritos de traducciones antiquísimas a diversas
lenguas (latín, copto, armenio, etc.), que dan fe del texto griego que
tuvieron a la vista los traductores. Nos han llegado 1.500 leccionarios de
Misas que contienen la mayor parte del texto de los Evangelios distribuido en
lecturas a lo largo de todo el año. Y a todo ello hay que añadir las
frecuentísimas citas del Evangelio en obras de escritores antiguos, que son
como fragmentos de otros manuscritos anteriores perdidos para nosotros.
Toda esta variedad y extensión de
testimonios de los Evangelios constituye una prueba históricamente
incontrovertible. Si lo comparáramos, por ejemplo, con lo que conocemos de
las grandes obras clásicas, veríamos que los manuscritos más antiguos que se
conservan de esas obras son mucho más distantes de la época de su autor. Por
ejemplo: Virgilio (siglo V, unos 500 años después de su redacción original),
Horacio (siglo VIII, más de 900 después), Platón (siglo IX, unos 1400), Julio
César (siglo X, casi 1100), y Homero (siglo XI, del orden de 1900 años
después). Sin embargo, hay papiros de los Evangelios datados en fechas muy
cercanas a su redacción original (gracias a los avances de los estudios
filológicos, se pueden datar con gran precisión): el Códice Alejandrino, unos
300 años después; el Códice Vaticano y el Sinaítico, unos 200; el papiro
Chester Beatty, entre 125 y 150; el Bodmer, aproximadamente 100; y el papiro
Rylands, finalmente, dista tan solo 25 o 30 años.
—Pero, aunque
los manuscritos sean muchos y muy antiguos, siempre los copistas pudieron
hacer interpolaciones o deformar algunos pasajes. Supongo que no se puede
asegurar que haya una certeza total sobre el texto que conocemos.
Ten en cuenta que, habiendo tantísimas
copias y de procedencia tan diversa (son decenas de miles, en varios idiomas,
y encontradas en lugares y fechas muy distantes), es facilísimo desenmascarar
al copista que hace alguna alteración del texto, porque difiere de las demás
copias que nos han llegado. Han aparecido, de hecho, un reducido número de
falsificaciones o copias apócrifas, pero siempre se han detectado con
facilidad gracias a la prodigiosa coincidencia del resto de las versiones.
Así se ha venido comprobando a lo largo
del propio proceso histórico de descubrimiento de los diversos manuscritos.
Por ejemplo, en el siglo XVI se hicieron numerosas ediciones impresas basadas
en profundos estudios críticos sobre copias manuscritas, algunas de las
cuales se remontaban hasta el siglo VIII, que era lo más antiguo que se
conocía entonces. Posteriormente se encontraron códices de los siglos IV y V,
y concordaban sustancialmente con aquellos textos impresos. Más adelante, se
han ido encontrando cerca de cien nuevos papiros escritos entre los siglos II
y IV, la mayoría procedentes de Egipto, que han resultado coincidir también
de forma sorprendente con las copias que se tenían.
Teniendo en cuenta la diversísima
procedencia de cada uno de esos documentos –repito que son decenas de
millares, procedentes de lugares muy distintos–, cabe deducir que la
prodigiosa coincidencia de todas las versiones que nos han llegado es un
testimonio aplastante de la veneración y fidelidad con que se han conservado
los Evangelios a lo largo de los siglos, así como de su autenticidad e integridad
indiscutibles. El Nuevo Testamento es, sin comparación con cualquier otra
obra literaria de la antigüedad, el libro mejor y más abundantemente
documentado.
Respecto a la veracidad de los Evangelios,
podrían señalarse multitud de razones. Pascal, refiriéndose al testimonio que
dieron con su vida los primeros cristianos, señala un argumento muy sencillo
y convincente: creo con más facilidad las historias cuyos testigos se dejan
martirizar en comprobación de su testimonio.
Haber llegado a la muerte por ser fieles a
las enseñanzas de los Evangelios otorga a esas personas una fuerte garantía
de veracidad. Por lo menos, se conocen pocos mentirosos que hayan muerto por
defender sus mentiras.
Además, es bastante
llamativo, por ejemplo, que los evangelistas no callen sus propios defectos
ni las reprensiones recibidas de su maestro, así como que relaten hechos
embarazosos para los cristianos, que un falsificador podría haber ocultado.
¿Por qué no se han corregido, o al menos pulido un poco, los pasajes más
delicados? ¿Qué razones hay, por ejemplo, para que se narre la traición y
dramática muerte de Judas, uno de los doce apóstoles, elegido personalmente
por Jesucristo? Ha habido muchas oportunidades –señala Vittorio Messori– para
omitir ese episodio, que desde el inicio fue motivo de escarnio contra los
cristianos (“¿Qué clase de profeta es este –ironizaba Celso–, que no sabe
siquiera elegir a sus seguidores?”). Sin embargo, el pasaje ha llegado
inalterado hasta nosotros. La única explicación razonable es que este hecho,
por desgraciado que fuera, ocurrió realmente. Los evangelistas estaban
obligados a respetar la verdad porque, de lo contrario –y dejando margen a
otros motivos–, las falsificaciones habrían sido denunciadas por sus
contemporáneos. Los cristianos fueron en aquellos tiempos objeto de burlas,
se les consideró locos, pero no se puso en discusión que lo que predicaran no
correspondiera a la verdad de lo que sucedió.
Además, puestos a inventar, difícilmente
los evangelistas hubieran ideado episodios como la huida de los apóstoles
ante la Pasión,
la triple negación de Pedro, las palabras de Cristo en el Huerto de los
Olivos o su exclamación en la cruz ("Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?"), sucesos que nadie habría osado escribir si no hubieran
sido escrupulosamente reales, pues resultaban muy contrarios a la idea de un
Mesías, victorioso y potente, tan arraigada en la mentalidad hebrea de la
época. Ante contrastes de este tipo, el propio Rousseau, nada sospechoso de
simpatía hacia la fe católica, solía afirmar, hablando de los Evangelios:
"¿Invenciones...? Amigo, así no se inventa".
En estos dos últimos
siglos se ha pretendido innumerables veces negar la veracidad de los
Evangelios. Sin embargo, los avances científicos han ido evidenciando que la
mayoría de esos argumentos estaban dictados por el prejuicio ideológico. Y
toda esa crítica, que en algunos momentos pareció poner en crisis la fe
tratando de eliminar su base histórica, ha logrado más bien, como de rebote,
fortalecerla. Un gran número de sucesivos descubrimientos ha ido barriendo
poco a poco toda la nube de hipótesis que se habían formado en su contra.
"Hoy –asegura Lucien Certaux–, después de dos siglos de ensañamiento
crítico, estamos descubriendo con sorpresa que, posiblemente, el modo más
científico de leer los Evangelios es leerlos con sencillez."
—¿No es un poco infantil creer en los
milagros? Mucha gente sostiene que todos tienen una explicación natural...
Efectivamente –te respondo glosando ideas
de André Frossard–, muchos han buscado dar una explicación natural a
los milagros del Evangelio.
Los progresos de la medicina –aseguran
esas personas– sugieren hoy día posibles explicaciones naturales a los milagros
de curaciones de paralíticos, sordomudos, endemoniados, etc. Por ejemplo,
todas las enfermedades pasan por fases de remisión, sobre todo contando con
la sugestión que podía darse en estos casos, y con que no se sabe si luego
recayeron en su mal. También explican fácilmente la resurrección de muertos.
Dicen que en aquella época los certificados de defunción se extendían por
simples apariencias, y no es de extrañar que algunos luego se reanimaran
(según estos hombres, el número de personas enterradas vivas en la antigüedad
debió ser enorme). Otros milagros, como caminar sobre las aguas, o la
multiplicación de los panes, los explican como efecto de espejismos,
ilusiones ópticas o cosas semejantes. Y los fenómenos sobrenaturales, como
modos ingenuos de explicar a los espíritus sencillos las realidades
habituales difíciles de entender. Para todos los milagros, incluso para los
más espectaculares, encuentran una sencilla explicación. El del paso del Mar
Rojo, por ejemplo, aseguran que pudo perfectamente producirse por efecto de
un movimiento sísmico o atmosférico que habría separado el mar en dos y, al
cesar bruscamente el golpe de viento con el paso del último hebreo, las
líquidas murallas del mar se volvieron a juntar engullendo a los soldados del
faraón. Desde luego, hay explicaciones naturales de los milagros más
milagrosas aún que los propios milagros.
Parece como si esas personas, que se
afanan tanto por enseñarnos a leer “de una forma madura” el Evangelio, tuvieran
miedo de ser tildadas de espíritus simplistas, y por eso hacen gala de un
ingenio muy notable para racionalizar la fe y eliminar de ella todo fenómeno
sobrenatural, sugiriendo a cambio asombrosas interpretaciones figuradas,
simbólicas o alegóricas. Al final, acaban queriendo que creamos que lo único
verdadero de todos los Evangelios son las notas a pie de página que ellos
ponen.
Sin embargo, se les podría objetar que,
desde los orígenes, todos los grandes espíritus nacidos de la fe cristiana
han dado crédito a los relatos –evidentemente milagrosos– de la Anunciación,
de la Ascensión
o de Pentecostés, sin prestarse jamás a ese tipo de interpretaciones. Por
otra parte, no se tiene noticia de que ninguno de esos expertos en enseñarnos
a interpretar la
Sagrada Escritura haya tenido jamás siquiera alguna de las
alucinaciones o espejismos a las que tanto recurren para explicar los
milagros que han sucedido a los demás. Tendrían que explicarnos cómo pudieron
ser tan corrientes en aquella época, y además de modo colectivo y ante
personas enormemente escépticas ante ellos. Quizá sea porque como ellos nunca
han visto a un ángel, ni se han encontrado con un cuerpo glorioso –yo
tampoco–, no admiten que nadie haya podido tener tan buena suerte. Acaban por
parecerse a esas personas que se resisten a creer que Armstrong haya pisado la Luna por el simple hecho de
no haber podido estar allí con él.
—Pero quizá
cuando avance más la ciencia se encuentre explicación a esos milagros...
La creencia o increencia en los milagros
–escribió Lewis– está al margen de la ciencia experimental. No importa lo que
esta progrese: los milagros son reales o imposibles con independencia de
ella. El incrédulo pensará siempre que se trata de espejismos o hechos
naturales de causas desconocidas. Pero no por imperativos de la ciencia, sino
porque de antemano ha descartado la posibilidad de lo sobrenatural.
—¿Y te parece muy importante para la fe
admitir los milagros?
El Evangelio sin milagros queda reducido a
una colección de amables moralejas filantrópicas. La predicación de los
apóstoles y el testimonio de los mártires perdería
casi todo su sentido. Por otra parte, si los milagros son imposibles, no se
puede creer que Dios se hizo hombre, ni su resurrección, que son milagros centrales de la fe cristiana. «Desechados los
milagros –asegura Lewis–, solo queda, aparte de la postura atea, el panteísmo
o el deísmo. En cualquier caso, un Dios impersonal que no interviene en la Naturaleza, ni en la
historia, ni interpela, ni manda, ni prohíbe. Este es el motivo capital por
el que una divinidad imprecisa y pasiva resulta para algunos tan tentadora.»
PARTE
TERCERA
Lo
peor que hacen los malos
es obligarnos a dudar de los buenos.
Jacinto
Benavente
Es
mejor cojear por el camino
que avanzar a grandes pasos fuera de él.
Pues quien cojea en el camino,
aunque avance poco, se acerca a la meta,
mientras que quien va fuera de él,
cuanto más corre, más se aleja.
San
Agustín
En los años siguientes a la Primera Guerra
Mundial –cuenta José Orlandis–, un joven llamado Gétaz, que ocupaba un alto
cargo dentro del socialismo suizo, recibió de su partido el encargo de
elaborar un dossier para una campaña que se pretendía lanzar contra la Iglesia católica.
Gétaz puso manos a la obra, con la
seriedad y el rigor propios de un político helvético, y recogió multitud de
testimonios, estudió la doctrina católica y la historia del cristianismo
desde sus primeros siglos, de modo que en poco tiempo logró reunir una
amplísima documentación.
El resultado de todo
aquello fue bastante sorprendente. Paso a paso, el joven político llegó al
convencimiento de que la
Iglesia católica no podía ser invención de hombres. Dos mil
años de negaciones, sacudidas, cismas, conflictos internos, herejías, errores
y transgresiones del Evangelio, la habían dejado, si no intacta, sí al menos
en pie. Las propias deficiencias humanas que en ella se advertían a lo largo
de veinte siglos –mezcladas siempre con ejemplos insignes de heroísmo y de
santidad–, las veía como un argumento a favor de su origen divino: "Si
no la hubiera hecho Dios –concluyó–, habría tenido que desaparecer mil veces de
la faz de la tierra".
El desenlace de todo aquel episodio fue
muy distinto a lo que sus jefes habían planeado. Gétaz se convirtió al
catolicismo, se hizo fraile dominico, y en su cátedra del Angelicum,
en Roma, enseñó durante muchos años, precisamente, el tratado acerca de la Iglesia. Sus clases
tenían el interés de ser, en buena medida, como un relato autobiográfico,
como el eco del itinerario de su propia conversión.
—Pero la
reacción de muchos otros ante las miserias de los miembros de la Iglesia es bien distinta.
Me pregunto si no habría sido mejor, ya que Dios lo puede todo, que al menos
los ministros de su Iglesia hubieran estado exentos de tantos vicios...
Si Jesucristo hubiera tenido que valerse solo
de ministros total y permanentemente buenos, se habría visto obligado a
realizar constantemente pequeños o grandes milagros alrededor de esas
personas. Tendría que intervenir cada vez que una de ellas fuera a cometer
cualquier error. Y no parece que eso sea lo mejor, entre otras cosas porque
les privaría de la debida libertad.
Por otra parte, aunque a lo largo de los
siglos los hombres que han formado parte de la Iglesia católica han
tenido muchas deficiencias humanas, hay que decir que es una institución de
reconocido prestigio moral en todo el mundo.
Es verdad que ese prestigio se ve a veces
empañado por las debilidades de algunos de sus miembros. Pero hay más de mil
millones de católicos y casi un millón trescientos mil sacerdotes y
religiosos (contando solo los actualmente vivos), y es natural que entre
tantas personas haya de vez en cuando actuaciones desafortunadas.
Para ser justos, habría que mirar un poco
más a la ingente multitud de católicos que a lo largo de veinte siglos se ha
esforzado día a día por vivir cabalmente su fe y ayudar a los demás. Y habría
que fijarse en todos esos curas de pueblo que permanecen en lugares de los
que ha huido casi todo el mundo. Y en el sacrificio de tantísimos religiosos
y religiosas que lo han dejado todo para ir a servir a los desheredados de la
fortuna, tanto en lejanas tierras de misión como en esos otros lugares
olvidados de todos pero dramáticamente cercanos, y cuyo sacrificio tantas
veces solo es observado por Dios. "Repartidos por los parajes más agrestes
u hostiles del mapa –señala Juan Manuel de Prada–, una legión de hombres y
mujeres de apariencia humanísima y espíritu sobrehumano contemplan cada día
el rostro de Dios en los rostros acribillados de moscas de los moribundos, en
los rostros tumefactos de los enfermos, en los rostros llagados de los
hambrientos, en los rostros casi transparentes de quienes viven sin fe ni
esperanza. Son hombres y mujeres enjutos en cuyos cuerpecillos entecos anida
una fuerza sobrenatural, un incendio de benditas pasiones que mantiene la
temperatura del universo. Un día descubrieron que Dios no era invisible, que
su rostro se copia y multiplica en el rostro de sus criaturas dolientes, y
decidieron sacrificar su vida en la salvación de otras vidas, decidieron
ofrendar su vocación en los altares de la humanidad desahuciada. Si se
dedicase la misma atención a la epopeya anónima y cotidiana de esos
misioneros que a los escándalos que tanto se airean de vez en cuando, no
quedaría papel en el mundo para escribirlo."
—A pesar de todo
eso, muchos dicen que ellos sí creen en Dios, pero no en los curas, y que no
tienen por qué hacer caso a lo que diga la Iglesia.
En lo de creer en Dios y no en los curas,
estamos totalmente de acuerdo. Y precisamente porque la fe tiene por objeto a
Dios, y no a los curas, hay que distinguir bien entre la santidad de la Iglesia y los errores de
las personas que la componen.
La
Iglesia no
tiene su centro en la santidad de esas personas que hayan podido dar mal
ejemplo (ni en las que lo han dado bueno), sino en Jesucristo. Por eso no
tiene demasiado sentido que una persona deje de creer en la Iglesia porque su
párroco es antipático, o poco ejemplar, o porque un personaje eclesiástico
del siglo XVI hizo tal o cual barbaridad. A todos nos molesta la falta de
coherencia de quien no da buen ejemplo. Y fue el mismo Dios quien dijo –puede
leerse en el Nuevo Testamento– que a esos los vomitaría de su boca. Pero el
hecho de que un cura –o muchos, o quien sea– actúe o haya actuado mal en
determinado momento, no debería hacer perder la fe a nadie sensato. El hecho
de que haya habido cristianos –laicos, sacerdotes u obispos– que se hayan
equivocado, o hayan hecho las cosas mal, o incluso muy mal, aunque como
católico y como persona me resulte doloroso, no debe hacerme perder la fe, ni
pensar que esa fe ya no es la verdadera. Entre otras cosas, porque si tuviera
que perder la fe en algo cada vez que viera que actúa mal alguien que cree en
ese mismo algo, lo más probable es que ya no tuviera fe en nada.
Y cuando se recurre a
esas actuaciones desafortunadas de eclesiásticos para justificar lo que no es
más que una actitud de comodidad, o para ignorar la realidad de unas
claudicaciones morales personales que no se está dispuesto a corregir, eso ya
me parece más triste. Escudarse en los curas para resistirse a vivir conforme
a una moral que a uno le cuesta aceptar, es –además de clerical– un poco
lamentable.
Personalmente puedo decir, como tantísimas
otras personas a las que he tratado, que a lo largo de mi vida he conocido a
sacerdotes excepcionales. Sé que no todo el mundo ha sido tan afortunado. Mi
consejo es que, si has tenido algún problema con alguno, que fuera de
carácter difícil, o que quizá tuviera un mal día y no te tratara bien, o no
llegara a comprenderte, o no te diera buen ejemplo, o lo que sea..., mi
consejo es que no abandones a Dios por una mala experiencia con uno de sus
representantes. Nadie es perfecto –tampoco nosotros–, y hemos de aprender a
perdonar... y a no echar a Dios las culpas de la actuación libre de nadie.
—Bueno, ¿y qué
dices del poder civil y político de la Iglesia, tan relevante durante algunos
siglos...?
Antes de nada, debo insistir en que no tengo
inconveniente en admitir que ha habido actuaciones y mentalidades erradas en
pueblos cristianos, y que con frecuencia han caído en ellas personajes
eclesiásticos.
Sin embargo, para ser justos, conviene
enmarcar ese fenómeno en sus adecuadas coordenadas históricas, valorando
todos los condicionantes de cada época. Por ejemplo, muchos de esos errores a
los que te refieres fueron consecuencia de la enorme presión que ejercieron
los poderes civiles para intervenir en la Iglesia e intentar utilizarla como un
instrumento de lucha política. El hecho de que algunos eclesiásticos no
lograran o no pudieran resistir esa intromisión, o se intoxicaran de la
mentalidad imperante en una época determinada, es un error, indudablemente,
pero un error que debe juzgarse en el contexto sociocultural de esa época
concreta. De lo contrario, es fácil caer en una visión muy anacrónica, puesto
que no se puede pretender que los hombres del siglo XVI pensaran como los
hombres del siglo XXI.
La única época que no criticamos –señala
Jean Marie Lustiger– es la nuestra, porque nos parece evidente. Nuestra
referencia actual es lo que a nosotros nos parece más acertado y sensato,
pero basta una perspectiva de cincuenta o cien años para que sea palpable la
relatividad de esos puntos de vista, aun los considerados en aquel momento
como más razonables.
Por eso sería un anacronismo que
juzgáramos una sociedad, una época anterior, desde una óptica que nos parece
la ideal hoy, sin hacernos cargo del diferente marco histórico, como si
nosotros estuviéramos al margen de la historia y fuéramos sus jueces.
Hecha esta salvedad, solo insistiría en
que no se caiga en una visión simplista de la historia. Es triste que haya
habido cobardías, errores y pecados. Pero la vida de los hombres es una
historia de pecado y de perdón de la que nadie ha quedado exento, tampoco los
sinceramente creyentes y deseosos de santidad. Y eso son cosas de la vida, no
de la Iglesia.
—Hay gente que
considera que la labor social de la Iglesia es poco eficaz.
Y otros dicen que esa preocupación social
es una injerencia indebida. Parece que, si lo hace, hace mal; si no lo hace,
se le acusa de pasividad; y si solo da consejos, de ineficacia. No es fácil
agradar a todos, y más cuando muchas veces esas críticas son una simple
estrategia para intentar negar a la Iglesia cualquier legitimidad en sus
actuaciones.
Sin embargo, yo pediría a esos críticos
que mostraran qué han hecho ellos en esa materia. O que digan qué
instituciones han hecho a lo largo de la historia un servicio social como el
que ha hecho la Iglesia
católica. La preocupación efectiva que a través de sus instituciones ha
demostrado la Iglesia
en el campo de la educación, del cuidado de enfermos, deficientes,
marginados, necesitados, etc., es realmente difícil de igualar.
Además, lo que la Iglesia hace
fundamentalmente es responsabilizar a los cristianos –y a todos los hombres
de buena voluntad que quieran escucharla–, para que iluminen con la luz de la
fe todas las realidades humanas. La Iglesia como tal no aporta soluciones concretas
ni únicas a los problemas políticos o económicos, sino que ofrece unas claves
para el desarrollo auténtico del hombre y de la sociedad.
Y esto es importante porque, aunque hay ciertamente
cálculos políticos errados, y decisiones económicas imprudentes, detrás de
los principales problemas que aquejan a la humanidad hay siempre una
resonancia de carácter ético que se remite a actos concretos de egoísmo en
las personas. Todas esas situaciones de crisis se verían muy aliviadas si el
mensaje cristiano empapara más profundamente la vida de los hombres.
El cristianismo –escribe Ignacio Sánchez
Cámara– constituye la raíz de los principales valores que sustentan nuestra
civilización, incluidos los de quienes, tal vez por ignorancia, lo combaten.
Resulta fácil diagnosticar en cada mal que nos agobia la ausencia clamorosa
de un valor cristiano despreciado o ausente: el terrorismo, la violencia, la
guerra, la corrupción, la insolidaridad, el materialismo... Y si del ámbito
de la moral pasamos al de la cultura, habría que recordar no solo la
contribución del cristianismo a la supervivencia y difusión de la cultura
antigua clásica, sino también su labor de creación de las más elevadas obras,
desde las catedrales al gregoriano, desde la mística a Bach. Podría decirse
que el olvido de la religiosidad es una de las causas fundamentales de la
degradación de la cultura contemporánea, y que el cristianismo constituye un
poderoso instrumento para mejorar el mundo. Impedir la difusión social de los
principios cristianos es privarnos no solo de una esperanza de salvación,
sino también de todo un arsenal de principios que nos permiten ganar en
excelencia y en dignidad.
—Pero, ¿y qué
dices del gran patrimonio de la
Iglesia católica?
La
Iglesia ha
ido levantando templos, hospitales, dispensarios, orfanatos, seminarios,
escuelas y otros edificios, los que en cada momento –con mayor o menor
acierto– se consideraron adecuados para mejor cumplir su misión.
Todo eso es un patrimonio que ha nacido en
cada caso para el culto y para la evangelización, y que, por grande que pueda
parecer –se ha acumulado a lo largo de dos mil años–, no es una fuente
importante de beneficios, sino más bien lo contrario. En el mejor de los
casos, equilibra los gastos de mantenimiento. Tiene sobre todo un valor de
uso, que es el que suele justificar su existencia.
—Pero algunos de
esos edificios tienen ahora un gran valor inmobiliario, y hay museos con
obras de gran valor artístico. La
Iglesia podría venderlo todo y entregarlo a los pobres.
Es verdad que hay cosas de gran valor,
pero de muy difícil aprovechamiento mercantil. De entrada, la mayoría de los
Estados prohíben vender los bienes de interés cultural. Además, ¿a quién iba
a vender la Iglesia
una catedral, o una iglesia de pueblo..., o el mismísimo Museo Vaticano? Por
otro lado, sería como pedir al Ministro de Hacienda que enjugue el déficit
público del país este año vendiendo todos los cuadros del Museo del Prado: no
creo que la historia juzgara muy bien semejante operación.
—¿Y por qué se adornan los
lugares de culto con materiales preciosos de tanto valor?
La gente que se quiere, se regala cosas de
valor, aunque le supongan un sacrificio (o quizá precisamente por eso). La
gente se adorna a sí misma con anillos de oro..., ¿por qué se les va a
prohibir que regalen algo valioso para el culto a Dios o para una imagen que
veneran?
—Pero esas cosas dan a la Iglesia una imagen de
riqueza y opulencia...
Sería una visión superficial. Precisamente
el hecho de no ser rica ha ayudado a la Iglesia a conservar mejor su patrimonio. Por
ejemplo, las instituciones civiles suelen tener dinero abundante y cambian
con frecuencia los sillones de sus concejales o parlamentarios, cosa que no
sucede con las sillerías de las catedrales, que gracias a eso se mantienen
durante siglos. El tener mucho dinero hace que las cosas se cambien y pierdan
valoración histórica. La
Iglesia tiene unos bienes que usa para poder cumplir con
eficacia sus fines, y los va administrando como mejor sabe y puede, según su
economía se lo permite. Y eso es algo tan claro hoy, que pocas personas
sostienen ya seriamente que las finanzas de la Iglesia sean boyantes, o
que los curas tengan grandes comodidades o unos sueldos altos. Es un viejo
tópico que, afortunadamente, va quedando en el olvido.
—¿Y qué dices de las
inversiones que a veces ha hecho y que han acabado en grandes escándalos?
Hay ocasiones en que diócesis o
instituciones religiosas han buscado obtener una mayor rentabilidad a sus
propias reservas o a los donativos que reciben para obras sociales. Eso es
perfectamente legítimo, o incluso una obligación, si releemos la parábola de
los talentos. Lo malo es que si al buscar esa mayor rentabilidad para los
recursos que se han puesto a su disposición para realizar buenas obras, lo
invierten en lugares de demasiado riesgo, pueden perderlos, o pueden ser
estafados, como ha sucedido desgraciadamente con más frecuencia de lo
deseable.
Es cierto que en todo eso puede haber
culpabilidad, aunque también es igualmente cierto que no siempre que uno es
engañado es culpable. En todo caso, no es propiamente un problema de la Iglesia como
institución, sino del acierto y la prudencia del responsable de cada lugar, que
puede equivocarse, y que puede ser engañado, como nos pasa a todos.
Lo que sucede con más frecuencia ante esos
hechos –ha escrito Ignacio Sánchez Cámara– es que el anticlericalismo tiene
un sueño ligero y basta el más leve ruido para
despertarlo de su secular sopor. Ante cualquier suceso de ese tipo, el viejo
monstruo latente asegurará con rotundidad que la Iglesia, así, en
general, sin matices, es culpable. Y lo dicen porque, para ellos, la Iglesia lleva ya veinte
siglos de culpabilidad. Para ese anticlericalismo, que se pretende hijo de la Ilustración
cuando lo es más bien de la ausencia de ilustración y de la falta de
información, basta que parte de una orden religiosa, o de una diócesis, o de
lo que sea, haya perdido parte de sus ahorros para que se desate la caja de
los truenos anticlericales. No importa que lo hayan podido hacer en la
condición de timadores o timados –lo que no es exactamente lo mismo–, o que
la inversión bursátil constituya una opción legítima para todos los
ciudadanos, pues si el inversor es eclesiástico, ya lo ven como un
especulador sin escrúpulos.
No hay un poder financiero unificado en el
seno de la Iglesia,
sino que cada diócesis o cada institución católica es administrada
independientemente de las demás. El obispo no fiscaliza todas las cuentas de
otras entidades administrativas que actúan en su diócesis. Esto es importante
para no caer en generalizaciones injustas. Invertir en bolsa o en entidades
de ahorro es lícito, y el problema suele residir en que pueden ser estafados.
Para el buen anticlerical, la
Iglesia siempre estará del lado de los estafadores, y no
dejará pasar la ocasión de pedir que la Iglesia deje de recibir las subvenciones a las
que tienen derecho las más estrafalarias organizaciones que persiguen los más
extravagantes fines.
Y aunque alguna vez –han sido pocas, la
verdad– haya habido la mala fe en los eclesiásticos inversores, es lo mismo
que ha sucedido con todo tipo de instituciones –políticas, sindicales, etc.– que reciben ayudas económicas para la función que
desarrollan, y a nadie se le ocurriría pedir la supresión de la subvención a
todos los partidos o todos los sindicatos por un fraude concreto de uno de
ellos en determinado momento. Todo esto prueba que el anticlericalismo tiene
razones que la razón ignora, y que cuando se trata de la Iglesia, el bien es
atribuido a la parte y el mal al todo. La patología es vieja, demasiado
vieja.
15.
¿DEBE
LA IGLESIA PEDIR
PERDÓN
POR SUS ERRORES?
Un
hombre nunca debe avergonzarse
por reconocer que se equivocó,
que es tanto como decir
que hoy es más sabio de lo que fue ayer.
Jonathan
Swift
Hoy es corriente, por fortuna, que instituciones
y Estados pidan públicamente perdón por agravios cometidos por sus
antecesores. También la
Iglesia, sobre todo desde el Concilio Vaticano II, se ha
mostrado dispuesta a realizar esa tarea de revisión histórica de los errores
e incoherencias de los católicos a lo largo de los siglos.
La
Iglesia, al
exponer las verdades del depósito de la fe que tiene confiado, goza de una
infalibilidad otorgada por el mismo Jesucristo. Esa infalibilidad, según la
doctrina católica, se extiende a las declaraciones del magisterio solemne, al
magisterio ordinario y universal, y a lo propuesto de modo definitivo sobre
la doctrina de la fe y las costumbres. Sin embargo, en las actuaciones
personales de los católicos, ha habido y habrá siempre errores, más o menos graves,
como sucede en todos los seres humanos. La Iglesia asume con una viva conciencia esos
pecados de sus hijos, recordando con dolor todas las circunstancias en las
que, a lo largo de la historia, los católicos se han alejado del espíritu de
Cristo y de su Evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio de una
vida inspirada en los valores de la fe, el espectáculo de modos de pensar y
actuar que eran verdaderas formas de antitestimonio y de escándalo.
Por eso la Iglesia anima a sus
hijos a la purificación y el arrepentimiento de todos los errores,
infidelidades, incoherencias y lentitudes. Hacerlo ha supuesto un acto de
coraje, y también una manifestación de humildad, y por tanto, una mayor
aproximación a Dios. La
Iglesia, al revisar su historia y suscitar el
arrepentimiento por los eventuales errores y deficiencias de cuantos han
llevado y llevan el nombre de cristianos a lo largo de la historia, da
ejemplo de lo que predica constantemente.
Por el vínculo que en la Iglesia une a todos los
fieles, los cristianos de hoy llevamos de alguna manera el peso de los
errores y de las culpas de quienes nos han precedido (aun no teniendo
responsabilidad personal en esos errores), y en ese sentido la Iglesia pide ahora
perdón por esas culpas. La
Iglesia abraza a sus hijos del pasado y del presente en una
comunión real y profunda, y asume sobre sí el peso de las culpas también
pasadas, para purificar la memoria y vivir la renovación del corazón y de la
vida según la voluntad del Evangelio.
La
Iglesia
pide perdón y, a su vez, ofrece su perdón a cuantos la han ofendido (cuestión
bastante significativa si se piensa en tantas persecuciones como los
cristianos han sufrido a lo largo de la historia). Pero la Iglesia no exige la
petición de perdón ajena como premisa de la propia. No pide nada a cambio.
Pedir perdón de las culpas del pasado es
un signo de vitalidad y de autenticidad de la Iglesia, que refuerza su
credibilidad y ayudará a modificar esa falsa imagen de oscurantismo e
intolerancia con que, por ignorancia o por mala fe, algunos sectores de
opinión se complacen en identificarla. Esclarecer la verdad será siempre una
liberación.
La
Iglesia es
una sociedad viva que atraviesa los siglos, y a través de ese caminar por la
historia, no puede evitar que el grano bueno esté mezclado con la cizaña, que
la santidad se establezca junto a la infidelidad y el pecado.
Clarificar la verdad hará que la luz
destaque más sobre las sombras, porque, junto a sus fallos, destacarán sus
grandes méritos. No puede olvidarse que es la Iglesia quien inició los
hospitales, los hospicios, las escuelas, las universidades; que millones de
cristianos, en todo el mundo, se han dedicado a una tarea misionera que era
también una tarea de asistencia, de caridad, muchas veces heroica hasta el
martirio. Hay que evitar tanto una apologética que pretenda justificarlo
todo, como una culpabilización indebida, propia de cristianos acomplejados.
La
Iglesia no
tiene miedo a la verdad que emerge de la historia. Está dispuesta a reconocer
equivocaciones allí donde se hayan verificado. Pero desconfía de los juicios
generalizados de absolución o de condena respecto a las diversas épocas
históricas. Confía en la investigación paciente y honesta sobre el pasado,
libre de prejuicios de tipo confesional o ideológico.
Su petición de perdón no es ostentación de
humildad ficticia, ni retractación de su historia, ciertamente rica en
méritos en el terreno de la caridad, de la cultura, de la santidad. Responde
más bien a una irrenunciable exigencia de verdad, que, junto a los aspectos
positivos, reconoce los límites y las debilidades humanas de las sucesivas
generaciones de cristianos.
El hecho de que algunas veces a lo largo
de la historia la verdad se haya alzado con aires o con hechos de
intolerancia, e incluso que en su error haya llegado a llevar hombres a la
hoguera, no es culpa de la verdad, sino de quienes no supieron entenderla.
Todo, hasta lo más grande, puede degradarse. Es cierto que el amor puede
hacer que un insensato cometa un crimen, pero no por eso hay que abominar del
amor, ni de la verdad, que nunca dejarán de ser las raíces que sostienen la
vida humana.
16.
¿QUÉ
SUCEDIÓ REALMENTE
CON LA
INQUISICIÓN?
Si
poseyeseis cien bellas cualidades,
la gente os miraría
por el lado menos favorable.
Molière
El origen de la Inquisición
se remonta al siglo XIII. El primer tribunal para juzgar delitos contra la fe
nació en Sicilia en el año 1223. Por aquella época surgieron en Europa
diversas herejías que pronto alcanzaron bastante difusión. Inicialmente se
intentó que cambiaran de postura mediante la predicación pacífica, pero
después se les combatió formalmente. En esas circunstancias nacieron los primeros
tribunales de la
Inquisición.
—¿Y no es un contrasentido perseguir la
herejía de esa manera?
Lo es. Pero no debe olvidarse la estrecha
vinculación que hubo a lo largo de muchos siglos entre el poder civil y el
eclesiástico. Si se perseguía con esa contundencia la herejía era sobre todo
por la fuerte perturbación de la paz social que causaba.
—¿Y cómo pudo durar tanto tiempo un error
así?
Cada época se caracteriza tanto por sus
intuiciones como por sus ofuscaciones. La historia muestra cómo pueblos enteros
han permanecido durante períodos muy largos sumidos en errores sorprendentes.
Basta recordar, por ejemplo, que durante siglos se ha considerado normal la
esclavitud, la segregación racial o la tortura, y que, por desgracia, en
algunas zonas del planeta se siguen aún hoy practicando y defendiendo. La
historia tiene sus tiempos y hay que acercarse a ella teniendo en cuenta la
mentalidad de cada época.
La
Inquisición
utilizó los sistemas que eran habituales en la sociedad de entonces, aunque
lo hizo ordinariamente de un modo más benigno que sus contemporáneos. Con el
tiempo, los cristianos fueron profundizando en las exigencias de su fe, hasta
que comprendieron que tales métodos no eran compatibles con el Evangelio.
Hay que reconocer que se cometieron todos
esos tristes errores por parte de aquellas personas en aquella época. Sin
embargo, la defensa de la libertad religiosa estuvo bien patente ya en los
orígenes del cristianismo. Para los primeros cristianos, la convicción de
estar en la verdad no les hacía pensar en imponerla coactivamente. Como
sabían que el acto de fe es libre, eran tolerantes, y eso no por simple
conveniencia social, sino por coherencia con la raíz misma de su fe. Los
primeros Padres de la
Iglesia acuñaron el principio de que “no hay dificultad en
rechazar el error y, al tiempo, tratar benignamente al que yerra”.
—Sin embargo,
parece que con el paso de los siglos fueron los católicos quienes más
olvidaron la libertad religiosa.
No fue así. El empleo de la fuerza para
combatir a los disidentes religiosos ha sido algo lamentablemente corriente
en todas las culturas y confesiones hasta bien entrado nuestro tiempo. Basta
pensar en la intolerancia de Lutero contra los campesinos alemanes, que
produjo decenas de miles de víctimas; o en las leyes inglesas contra los
católicos, cuyo número era aún muy elevado al comienzo de la Iglesia Anglicana;
o en la suerte de Miguel Servet y sus compañeros quemados en la hoguera por
los calvinistas en Ginebra.
Hay que decir, para ser justos, que ese
era el trato normal que se daba en aquella época a casi todos los delitos, y
el de herejía era considerado como el más grave, sobre todo por la alteración
social que provocaba. En esto coincidían tanto Lutero como Calvino, Enrique
VIII y Carlos V o Felipe II. Y fuera de Occidente ocurría algo muy parecido.
En una época en la que todo el mundo
occidental se sentía y proclamaba cristiano, y en la que la unidad de la fe
constituía uno de los principales elementos integradores de la sociedad
civil, fraguó la mentalidad de que la herejía, al ser un grave atentado
contra la fe, era también un grave atentado “de lesa majestad”. Es decir,
pasó a considerarse un delito comparable al de quien atenta contra la vida
del rey, un crimen castigado entonces con la muerte en la hoguera.
No puede olvidarse que, para bien o para
mal –probablemente, para mal–, los campos propios de la política y la
religión no estuvieron debidamente delimitados durante bastantes siglos.
Además, las autoridades civiles temían el indudable peligro social que
entrañaban las disidencias religiosas, que solían ser origen de guerras y
desórdenes sociales, pues las posturas heréticas buscaban habitualmente la
conquista del poder. Así sucedió, por ejemplo, con el luteranismo, cuyo
rápido avance se debió en buena parte a la habilidad con que Lutero logró el
apoyo de algunos príncipes alemanes que, de ese modo, mantenían distancias
respecto al emperador Carlos V.
En los primeros siglos, los cristianos fueron
muy tolerantes en materia religiosa. Más adelante, hubo épocas de bastante
confusión en este punto, pero teológicamente nunca estuvo cerrado el camino
de la tolerancia. Y desde hace ya más de dos siglos son raras las
manifestaciones de intolerancia religiosa en países de mayoría cristiana.
Es más, echando un vistazo a la situación
mundial de los últimos cien años, puede decirse que la tolerancia religiosa
se ha desarrollado fundamentalmente en los países de mayor tradición
cristiana.
Por el contrario, la intolerancia
religiosa se ha mostrado con gran crudeza en los países gobernados por
ideologías ateas sistemáticas (Tercer Reich nazi, la URSS y todos los países que
estuvieron bajo su dominio, la revolución China de Mao, el régimen de Pol Pot
en Camboya, etc.). También ha crecido la violencia del integrismo islámico en
los países donde su religión aún no ha alcanzado el poder político (Senegal,
Níger, Mauritania, Chad, Egipto, Tanzania, Argelia, etc.); y donde ya lo ha
alcanzado (Arabia, Irán, Afganistán, etc.), la tolerancia religiosa es casi
inexistente. Y otros países asiáticos no islámicos (India, China, Vietnam,
etc.), no parecen mejorar mucho la situación. Sin embargo, curiosamente, se
sigue hablando mucho más de la Inquisición, desaparecida hace ya mucho tiempo,
que de otras persecuciones religiosas dolorosamente actuales.
En la actualidad hay, por fortuna, una
comprensión muy extendida –aunque aún no en todo el mundo–, de que no es
justo aplicar penas civiles por motivos religiosos, y que la libertad
religiosa es un derecho fundamental, y por tanto todos los hombres deben
estar inmunes de coacción en materia religiosa. Esta es la doctrina del
Concilio Vaticano II, y por esa razón la Iglesia católica ha subrayado recientemente la
necesidad de revisar algunos pasajes de su historia, para reconocer ante el
mundo los errores de algunos de sus miembros a lo largo de los siglos, y
pedir disculpas en nombre de la unión espiritual que nos vincula con los
miembros de la Iglesia
de todos los tiempos.
Reconocer los fracasos de ayer es siempre
un acto de lealtad y de valentía, que además refuerza la fe y facilita hacer
frente a las dificultades de hoy. La Iglesia lamenta que sus hijos hayan empleado en
ocasiones métodos de intolerancia e incluso de violencia en servicio de la
verdad, y es ese mismo servicio a la verdad lo que lleva ahora a reconocerlo
y lamentarlo.
—¿Y no es extraño que en esas épocas hubiera
tan poca reacción contra esos errores de los católicos?
Es probable que muchos de ellos estuvieran
en su fuero interno en contra de esa aplicación de la violencia en defensa de
la fe. De hecho, hubo reacción contra esos errores, y si no fue mayor quizá
es porque muchas de esas personas no tenían más opción que el silencio. Y luego,
cuando esos fenómenos desaparecieron, muchos católicos los defendían porque
pensaban que lo contrario era contribuir a difundir leyendas negras de la Iglesia.
Como señaló Juan Pablo II, fueron muy
diversos los motivos que confluyeron en la creación de actitudes de
intolerancia, alimentando un ambiente pasional del que solo los grandes
espíritus verdaderamente libres y llenos de Dios lograban de algún modo
sustraerse. Pero la consideración de todos esos atenuantes no dispensa a la Iglesia del deber de lamentar
profundamente las debilidades de tantos hijos suyos, que han desfigurado con
frecuencia su rostro. De estos trazos dolorosos del pasado emerge una lección
para el futuro, que debe llevar a todo cristiano a tener bien en cuenta el
principio de oro señalado por el Concilio: “la verdad no se impone sino por
la fuerza de la misma verdad, que penetra con suavidad y firmeza en las
almas”.
La
Iglesia no
teme reconocer esos errores, porque el amor a la verdad es fundamental (no
hay una verdad buena y otra mala: la que le conviene y la que puede
molestarla), y también porque esas violencias no pueden atribuirse a la fe
católica, sino a la intolerancia religiosa de personas que no asumieron
correctamente esa fe.
—¿Entonces, la Iglesia reconoce que es
cierta la leyenda negra de la Inquisición?
La
Inquisición
es ciertamente una institución controvertida. Lo fue entonces y lo sigue
siendo ahora. Sin embargo, la perplejidad disminuye al conocer mejor la
realidad de su historia y las circunstancias que determinaron su existencia.
Porque, como ha señalado Beatriz Comella, la polémica sobre la Inquisición
se nutre en buena parte de ignorancia histórica, desconocimiento de las
mentalidades de épocas pasadas, falta de contextualización de los hechos y de
estudio comparativo entre la justicia civil y la inquisitorial. Esas
carencias han hecho que se magnifique una injusta leyenda negra en torno a la Inquisición.
—¿Y qué hay entonces de cierto sobre la Inquisición,
por ejemplo en España, que fue bastante famosa?
En España se formaron los primeros
tribunales en 1242. Como en otros países europeos, esos tribunales dependían
de los obispos diocesanos y por regla general fueron bastante benévolos.
Sin embargo, en la época de los Reyes
Católicos el Santo Oficio español se convirtió en un tribunal eclesiástico
supeditado a la monarquía y en un instrumento represivo de la disidencia
religiosa influido con frecuencia por lo político. Los Reyes Católicos
impulsaron a lo largo de su reinado medidas religiosas muy acertadas, que la
historia les reconoce, pero quedaron un tanto ensombrecidas por la actuación
de esos tribunales. Consideraban que la unidad religiosa debía ser un factor
clave en la unidad territorial de sus reinos, y juzgaron imprescindible la
conversión de los hebreos (unos 110.000) y los moriscos (unos 350.000).
Algunos de ellos se bautizaron por convencimiento, pero otros no, y al
regresar a sus antiguas prácticas fueron perseguidos por la Inquisición.
—¿Y cómo se explica esa decisión en unos
reyes que han pasado a la historia como católicos?
Cuando se juzgan actuaciones del pasado,
hay que tener presente que son diversos los tiempos históricos, sociológicos
y culturales. En aquella época, la fe era el valor central de la sociedad,
tanto como puede serlo ahora, por ejemplo, la libertad.
Igual que en nuestra época se lucha y se
muere, y a veces también se mata, por defender la libertad personal o
colectiva, entonces se hacía lo mismo por defender la fe.
La fe se percibía entonces como la base y
la garantía de la convivencia, y el que atentaba contra ella era considerado
de manera semejante a como ahora se vería a un terrorista, a una persona que
contamina el agua de una ciudad o a quien vende droga a unos niños. Esa es la
razón por la que la mayoría de la gente aplaudía la actuación de aquellos
guardianes de la ortodoxia.
No quiero con esto decir que eso estuviera
bien, ni que la historia lo justifique todo, sino simplemente que deben
considerarse con atención los condicionamientos de entonces. Era una sociedad
con una gran preocupación por la salvación eterna, en la que la muerte era
una realidad fuertemente presente (la esperanza media de vida no llegaba a
los treinta años, y la mortalidad infantil era muy alta, de modo que todo el
mundo había visto morir muy jóvenes a varios de sus familiares más cercanos),
y en ese clima, el común de la gente veía al hereje como un grave peligro
social, de modo semejante –insisto– a como veríamos hoy a quien se dedicara a
propagar enfermedades contagiosas, corromper niños o dañar el medio ambiente.
—¿Y era muy frecuente la tortura, o la
muerte en la hoguera?
La pena de muerte en la hoguera se
aplicaba al hereje contumaz no arrepentido. El resto de los delitos se pagaban
con excomunión, confiscación de bienes, multas, cárcel, oraciones y limosnas
penitenciales. Las sentencias eran leídas y ejecutadas en público en los
denominados “autos de fe”.
En cuanto a la tortura, la Inquisición
admitió su uso, aunque con diversas restricciones: por ejemplo, no podía
llegar al extremo de la mutilación, ni poner en peligro la vida del imputado.
No hay que olvidar que la tortura era utilizada entonces con toda normalidad
en los tribunales civiles. La principal diferencia era que en los tribunales
de la Inquisición,
el acusado confeso arrepentido tras la tortura se libraba de la muerte, algo
que no ocurría en la justicia civil.
Otro rasgo característico de la Inquisición
era que el imputado tenía mejor garantizados sus derechos que en el sistema
judicial civil. Además, la Inquisición no hacía distinciones a la hora de
acusar a prelados, cortesanos, nobles o ministros. Prueba de ello fue el caso
del juicio de Carranza, arzobispo de Toledo y Primado de España, que fue
acusado de luteranismo y condenado por la Inquisición
española. O el de Antonio Pérez, que era secretario del rey. Este último,
junto con otros políticos españoles exiliados, difundieron por Francia,
Alemania e Inglaterra el germen de la leyenda negra de la Inquisición
española, que fue acogida de buen grado en un ambiente de gran rivalidad por
el dominio político del imperio español en numerosos puntos de Europa.
La
Inquisición
se instauró en España en 1242 y no fue abolida formalmente hasta 1834. Su
actuación más intensa se registra entre 1478 y 1700, durante el gobierno de
los Reyes Católicos y los Austrias. En cuanto al número de ajusticiados, los
estudios realizados por Heningsen y Contreras sobre las 44.674 causas
abiertas entre los años 1540 y 1700, concluyeron que fueron quemadas en la
hoguera 1.346 personas (algo menos de 9 personas al año en todo el enorme
territorio del imperio español, desde Sicilia hasta el Perú, lo cual
representa una tasa inferior a la de cualquier tribunal provincial de
Justicia).
El británico Henry Kamen, conocido
estudioso no católico de la Inquisición española, ha calculado un total de
unas 3.000 víctimas a lo largo de sus seis siglos de existencia. Kamen añade
que “resulta interesante comparar las estadísticas sobre condenas a muerte de
los tribunales civiles e inquisitoriales entre los siglos XV y XVIII en
Europa: por cada cien penas de muerte dictadas por tribunales ordinarios, la Inquisición
emitió una”.
Con más de cinco mil estudios ya
publicados sobre la
Inquisición, los expertos dan por zanjada la polémica en
torno a los datos históricos, y centran ahora sus esfuerzos en el análisis de
la sociología, la hacienda y la jurisprudencia del Santo Oficio. La leyenda
negra ha muerto ya para los historiadores, pero sigue circulando entre
personas menos documentadas. Afortunadamente, la fe cristiana custodia una
doctrina que le permite rectificar los errores prácticos en los que hayan
incurrido sus miembros a lo largo de la historia: la doctrina del Evangelio.
Pronto
se arrepiente
el que juzga apresuradamente.
Pablio
Siro
—¿Y qué me dices del famoso caso Galileo,
quemado en la hoguera por defender una teoría científica hoy comúnmente
aceptada?
Hay un poco de leyenda en todo eso. No
quisiera ser puntilloso, pero lo cierto es que Galileo falleció el 8 de enero
de 1642, de muerte natural, a los 78 años de edad, en su casa de Arcetri,
cerca de Florencia. No pasó ni un solo día en la cárcel ni sufrió ninguna
violencia.
—Bien, pero es
evidente que el proceso fue todo un error…
Efectivamente –te contesto glosando ideas
de Mariano Artigas–, nueve años antes había tenido lugar en Roma el famoso
proceso, y es cierto que desde entonces tuvo que vivir en arresto
domiciliario (aunque pudo seguir adelante con sus trabajos, y precisamente en
esa época publicó su obra más importante).
Hay que decir que tres de los diez
dignatarios del tribunal se negaron a firmar la sentencia, y que el Papa nada
tuvo que ver oficialmente con aquel proceso, que ciertamente fue lamentable y
no debió producirse.
Pero el error de aquel tribunal
–reconocido oficialmente ya en 1741– no compromete la autoridad de la Iglesia como tal, entre
otras cosas porque sus decisiones no gozaban de infalibilidad ni iban
asociadas a ninguna definición “ex cathedra” del Papa.
Pese a ello, este caso, convenientemente
manipulado, ha sido la bandera que muchos han tomado para alimentar el mito
de que ciencia y fe son incompatibles. Y suelen hacerlo con una notable falta
de ponderación a la hora de mirar hacia la verdad de la historia. Por poner
un ejemplo que sirva de comparación, creo que nadie perdería su fe en Francia
por el mero hecho, trágicamente real, de que el 8 de mayo de 1794 un tribunal
francés guillotinase al gran protagonista de la revolución científica de la
química de su tiempo, Antoine Laurent Lavoisier, a los 51 años de edad. Y
supongo que nadie reniega hoy de la autoridad de la República Francesa
porque, al pedir el indulto, el presidente de aquel tribunal dijera
solemnemente que "la
República no necesita sabios". Con esto no quiero
atacar a Francia, ni a la Revolución Francesa, ni a la república, ni
pretendo hacer comparaciones demagógicas, solo quisiera llamar la atención
sobre las tan diferentes conclusiones que algunos sacan de uno y otro caso.
El caso Galileo ha sido durante más de
tres siglos una incesante fuente de malentendidos y polémicas. Los errores
del proceso fueron intencionadamente exagerados y sacados de contexto por el
pensamiento ilustrado, que quiso hacer de aquel asunto el paradigma del
comportamiento de la Iglesia
frente a la ciencia. Desde entonces hasta nuestros días, se ha propuesto como
símbolo de la supuesta oposición de la Iglesia al progreso científico.
Esa idea fue creciendo y consolidándose
con el tiempo, hasta que se hizo patente la necesidad de que la Iglesia lo abordara de
nuevo para clarificarlo a fondo. Por eso, cuando Juan Pablo II ordenó en 1981
abordar con todo rigor un estudio a fondo sobre los errores cometidos por el
tribunal eclesiástico que juzgó las enseñanzas científicas de Galileo, se
abrió un panorama fecundo para la relación entre ciencia y fe.
Juan Pablo II constituyó
una comisión que se ocupó de estudiar el caso durante once años, en todos sus
aspectos teológicos, históricos y culturales. Esa comisión investigó
exhaustivamente lo que ocurrió, cómo se produjo el conflicto y cómo se
desarrollaron los hechos.
Después de más de tres siglos y medio, las
circunstancias han cambiado mucho y a nosotros nos parece evidente el error
que cometieron la mayoría de los jueces de aquel tribunal. Pero en aquel
momento el horizonte cultural era muy distinto al nuestro. Había una
situación de transición en el campo de los conocimientos astronómicos.
Galileo defendía la teoría heliocéntrica de Copérnico (que situaba el Sol, no
la Tierra,
en el centro del Universo), una hipótesis que aún no había sido oficialmente
reconocida por la comunidad científica de la época, por lo que Galileo no
solo se enfrentó a la
Iglesia, sino también a la ciencia de su tiempo. Ciertos
teólogos de aquella época, herederos de la concepción unitaria del mundo que
se impuso por entonces, no supieron interpretar el significado profundo, no
literal, de las Sagradas Escrituras cuando, en el libro del Génesis, se
describe la estructura física del universo creado. Ese error les llevó a
trasponer de forma indebida una cuestión de observación experimental al ámbito
de la fe.
—¿Y se ha reconocido el gran sufrimiento que
padeció Galileo por parte de hombres e instituciones de Iglesia?
Juan Pablo II reconoció la grandeza de
Galileo, y lamentó profundamente los errores de aquellos teólogos. Aunque,
siendo objetivos, hay que decir que en torno a estos sufrimientos se ha
creado un gran mito. Según una amplia encuesta realizada por el Consejo de
Europa entre estudiantes de ciencias de todo el continente, casi el 30 %
tienen el convencimiento de que Galileo fue quemado vivo en la hoguera por la Iglesia; y el 97 % están
seguros de que fue sometido a torturas. Durante tres siglos, pintores,
escritores y científicos han descrito con todo lujo de detalles las mazmorras
y torturas sufridas por Galileo a causa de la cerrazón de la Iglesia. Y en eso no
hay nada de verdad.
Es indudable que Galileo sufrió mucho,
pero la verdad histórica es que fue condenado solo a “formalem carcerem”, una
especie de reclusión domiciliaria. No pasó ni un día en la cárcel, ni sufrió
ningún tipo de maltrato físico. No hubo por tanto mazmorras, ni torturas, ni
hoguera. También es incuestionable que varios jueces se negaron a suscribir
la sentencia, y que el Papa tampoco la firmó.
Galileo pudo seguir trabajando en su
ciencia, siguió recibiendo visitas y publicando sus obras, hasta que murió
pacíficamente nueve años después en su domicilio, en Arcetri, cerca de
Florencia, como ya hemos dicho. Viviani, que le acompañó durante su
enfermedad, testimonia que murió con firmeza filosófica y cristiana, a los
setenta y siete años de edad, en su cama, con indulgencia plenaria y la
bendición del Papa. Galileo vivió y murió como un buen creyente.
—De todas
formas, reconocer ahora ese error significa que el Magisterio de la Iglesia puede equivocarse...
Ya hemos dicho que las resoluciones
judiciales de un tribunal de esas características no comprometen el
Magisterio de la
Iglesia. Juan Pablo II, al término de los trabajos de la
citada comisión, recordó la famosa frase de Baronio: “La intención del
Espíritu Santo fue enseñarnos cómo se va al cielo, no cómo está estructurado
el cielo”. La asistencia divina a la Iglesia no se extiende a los problemas de orden
científico-positivo.
La infeliz condena de Galileo está ahí
para recordárnoslo. Este es su aspecto providencial. Es cierto que se ha
tardado quizá demasiado tiempo en abordar a fondo este asunto. Por eso la Iglesia ha deplorado en
diversas ocasiones ciertas actitudes que a veces no han faltado entre los
mismos cristianos, que no han entendido suficientemente la legítima autonomía
de la ciencia. De todos modos, hay que recordar que Galileo Galilei, como
científico y como persona, ya estaba rehabilitado desde hacía mucho tiempo.
De hecho, cuando en 1741 se alcanzó la prueba óptica del giro de la Tierra alrededor del Sol,
Benedicto XIV mandó que el Santo Oficio concediera el “imprimatur” a la
primera edición de las obras completas de Galileo. Y en 1822 hubo una reforma
de la sentencia errónea de 1633, por decisión de Pío VII.
Ante estas u otras leyendas, en las que la
verdad histórica ha quedado empañada y deformada, es preciso reaccionar, en
nombre de aquella verdad y aquel respeto que hoy invocamos para todos.
Las perspectivas del diálogo entre ciencia
y fe son ahora más prometedoras, partiendo de la esperanza que da la
clarificación de este triste caso. El mito
de la incompatibilidad entre la ciencia y fe empieza ya a declinar. Por otra
parte, también la Iglesia
se interroga hoy más que nunca sobre los fundamentos de su fe, sobre cómo dar
razón de su esperanza al mundo de hoy. La ciencia es cada vez más consciente
de sus propios límites y de su necesidad de fundamentación. Por eso, ciencia
y fe están llamadas a una seria reflexión, a tender puentes sólidos que
garanticen la escucha y el enriquecimiento mutuos, pues no puede
olvidarse que la ciencia moderna se ha desarrollado precisamente en el
Occidente cristiano y con el aliento de la Iglesia. La fe ha
constituido a lo largo de la historia una fuerza propulsora de la ciencia.
18.
¿CÓMO
ACTUÓ LA IGLESIA ANTE
EL NAZISMO?
Haz
lo que sea justo.
Lo demás vendrá por sí solo.
Goethe
La
Santa Sede y el Holocausto nazi
De vez en cuando se repite la acusación de
que la Iglesia
católica mantuvo una actitud un tanto confusa ante el exterminio de millones
de judíos durante la
Segunda Guerra Mundial.
Estas críticas no comenzaron hasta 1963,
cuando se estrenó una obra teatral del dramaturgo alemán Rolf Hochhuth, y
desde entonces han venido repitiéndose con una notable falta de documentación
histórica.
La realidad, en cambio, es que las más
contundentes y tempranas condenas del nazismo en aquellos años provinieron
precisamente de la jerarquía católica. Y si no fueron más contundentes aún
fue por los difíciles equilibrios que hubieron de hacer para denunciar los
abusos de Hitler sin poner en peligro la vida de millones de personas. Nunca
dejaron de combatir y condenar los atropellos nazis. Pero tenían las manos
atadas: pronto comprobaron que cuando arreciaban sus denuncias, las
represalias nazis eran mucho mayores.
Adolf Hitler fue nombrado Canciller alemán
el 28 de enero de 1933. Su partido, el nacionalsocialista, estaba en minoría,
pero Hitler tardó solo tres días en convocar nuevas elecciones. Con una
mayoría absoluta por escaso margen, los nazis aprobaron una ley de plenos
poderes. Un año después, el 2 de agosto de 1934, fallecía el presidente
alemán, mariscal Hindenburg. Tan solo una hora después, se anunció que se
unificaban los puestos de presidente y canciller en la persona de Hitler. Se
convocó un plebiscito para ratificar la medida, y gracias a la poderosa
maquinaria de propaganda nazi en manos de Goebbels, el 19 de ese mismo mes el
pueblo alemán votó afirmativamente por abrumadora mayoría y Adolf Hitler se
convirtió en amo absoluto de Alemania.
Desde 1930, tanto Pío XII como la
jerarquía católica alemana mostraron su preocupación por las consecuencias
del pensamiento nazi. Los obispos redactaron cartas pastorales con ocasión de
las elecciones, recordando los criterios morales sobre el voto y las ideas
que resultaban inaceptables para un católico. No puede decirse que los
católicos recibieran con indiferencia esas declaraciones, pues el gran
ascenso nacionalsocialista se registró sobre todo en las zonas de mayoría
protestante.
Poco después del triunfo nazi de 1933, los
obispos alemanes publicaron otra carta colectiva del episcopado que hablaba
con enorme claridad sobre cómo los principios nazis de la sangre y de la raza
conducían a injusticias gravemente contrapuestas a la conciencia cristiana.
También enviaron un mensaje al gobierno, manifestando la repulsa unánime del
episcopado católico ante esos atropellos.
Ante esto, Hitler pensó que sería más
práctico intentar abrir una brecha entre los obispos alemanes y la Santa Sede. Esta fue
una de las razones por las que vio con buenos ojos la posibilidad de firmar
con la Santa Sede
un concordato.
En la Santa Sede acogieron
bien la idea del concordato, pues pensaban que era mejor intentar entenderse
con los regímenes hostiles a la
Iglesia, como se había demostrado, por ejemplo, con ocasión
de la reciente república española. La Iglesia no se hacía muchas ilusiones con ello,
pero consideraba que al menos serviría de referencia para denunciar
previsibles abusos que cometieran las autoridades alemanas, y quizá así
mitigarlas. Es difícil calibrar hasta qué punto sirvió para lograr ese
objetivo, pero no parece que fuera muy desacertado aquel concordato de 1933
si se tiene en cuenta que sigue hoy todavía vigente.
El gobierno nazi incumplió el concordato
desde el primer momento y hostigó a la Iglesia de diversos modos. Organizó, por
ejemplo, una campaña de desprestigio con varios procesos amañados contra
personalidades eclesiásticas.
En enero de 1937 se desplazaron a Roma,
con la máxima discreción, los principales representantes del episcopado
alemán (los cardenales Bertram, Faulhaber y Schulte, y los obispos Preysing y
von Galen), para solicitar una nueva intervención pontificia que condenara
formalmente el nazismo. De ahí nacería la encíclica “Mit brennender sorge“ (Con ardiente preocupación), que hubo de ser introducida en el país de
modo clandestino y fue leída el
domingo 21 de marzo de 1937 en los 11.000 templos católicos alemanes. Fue un
aldabonazo enorme. La denuncia de la ideología y la conducta nazis era
clarísima: racismo, divinización del sistema, etc. No faltaban referencias a
lo que hoy se denominaría “culto a la personalidad”.
Nunca el régimen nazi recibió en Alemania
una contestación semejante a la que se produjo con la ”Mit
brennender sorge“. Al día
siguiente, el órgano oficial nazi, “Volskischer Beobachter“, publicó una primera réplica a la
encíclica que, sorprendentemente, fue también la última. El ministro alemán
de propaganda, Joseph Goebbels, advirtió enseguida la fuerza que había tenido
esa declaración y, con el control total de prensa y radio que ya tenía por
esas fechas, decidió que lo mejor era ignorarla completamente.
—Pero
en Austria me parece que la actitud de la jerarquía católica no fue tan
firme...
Cuando Hitler invade Austria en marzo de
1938, aquella anexión –el “anschluss“–,
fue en general bastante bien recibida, por la inestabilidad que sufría
Austria y por la imagen que el régimen alemán había logrado adquirir con la
activa propaganda nazi.
En ese ambiente de euforia, Hitler, que
era austriaco de nacimiento, llegó a Viena y se entrevistó con el cardenal
Innitzer, del que logró con engaño una desafortunada declaración del
episcopado austriaco en que se le daba la bienvenida y se ensalzaba el
nacionalsocialismo alemán.
Enseguida vio lnnitzer que había cometido
un grave error, y añadió una nota aclaratoria. Como era de suponer, la
propaganda nazi aireó la declaración, pero omitiendo toda referencia a esa
nota aclaratoria. Innitzer fue llamado a Roma y a los pocos días publicó una
rectificación mucho más contundente. Solo después fue recibido por Pío XI,
pues hasta entonces no había querido hacerlo. La respuesta nazi fue ignorar
la rectificación, suprimir las organizaciones juveniles católicas, la
enseñanza de la religión y hasta la Facultad de Teología de lnnsbruck. El palacio
arzobispal de lnnitzer fue asaltado y arrasado por las juventudes
hitlerianas.
—¿Y no debían haber formulado condenas aún más
públicas y explícitas de lo que fueron?
Con el estallido de la guerra, el régimen
nazi se radicalizó. Las grandes deportaciones y el exterminio programado de
los judíos comenzó en la segunda mitad de 1942.
Están apareciendo ahora numerosos documentos que prueban que los gobiernos
aliados estaban bastante bien informados de esas atrocidades, y que la Santa Sede hizo
tenaces y continuos esfuerzos para oponerse a todos esos terribles atropellos.
El aparente silencio de la
Santa Sede durante una etapa de la guerra escondía una
acción cauta y eficaz para evitar en lo posible esos crímenes.
Las razones de tal discreción están
explicadas claramente por el propio Papa en diversos discursos, cartas al
episcopado alemán y deliberaciones de la Secretaría de
Estado. Las declaraciones públicas solo habrían agravado la suerte de las
víctimas y habrían multiplicado su número. No puede perderse de vista que las
declaraciones podían ser contraproducentes y hacer que los nazis
radicalizaran más aún sus posturas, como pronto se comprobó. Por ejemplo,
cuando la jerarquía católica de Ámsterdam se quejó públicamente en 1942 del
trato que se daba a los judíos, los nazis multiplicaron las redadas y las
deportaciones, de modo que al final de la guerra habían sido exterminados el
90 % de los judíos de la capital holandesa.
Por ese motivo se prefirió la protesta por
vía diplomática, que fue muy intensa. Los esfuerzos se encaminaron a procurar
salvar vidas e influir ante los países satélites de Hitler para que
impidieran a las SS alemanas actuar impunemente en su territorio. Se
consideraba lo mas práctico, y una visión retrospectiva parece confirmarlo,
pues así se salvaron cientos de miles de vidas.
En Italia, y en menor medida en Francia,
muchos judíos se salvaron gracias a la protección de eclesiásticos católicos,
y en Roma, Pío XII participó personalmente en esa labor. También en Rumania
los estragos habrían sido mucho mayores sin las gestiones que realizó, entre otros,
Mons. Roncalli, futuro Juan XXIII y entonces delegado apostólico en Turquía.
En otros países la Iglesia
no pudo conseguir demasiado, pero lo intentó con todos los medios a su
alcance. De hecho, cuando terminó la guerra, entre los pocos a quienes las organizaciones
judías podían manifestar su agradecimiento figuraba la Santa Sede y unas
cuantas personalidades e instituciones de la Iglesia católica,
empezando por el propio Papa Pío XII.
Fueron muchos los cristianos que
arriesgaron su vida para salvar personas de raza judía. El hecho de que
algunos no lo hicieran pudo ser una muestra de poco espíritu cristiano, pero
también es verdad que no es fácil hacer un juicio moral retrospectivo sobre
lo que los demás debían haber hecho bajo las condiciones extremas de un
Estado totalitario como el nazi.
Las actuaciones diplomáticas del Papa o la
jerarquía católica pudieron ser más o menos afortunadas en aquella coyuntura
política concreta. La
Iglesia, al acercarse a este o a otros momentos de su
historia, no tiene inconveniente en reconocer ante el mundo los errores que
hayan podido cometer algunos de sus miembros, pero junto a la petición de
perdón hay que poner empeño por conocer lo que realmente sucedió.
Nunca estará de más reflexionar sobre cómo
pudo producirse aquella barbarie nazi, y observar que no fue la crueldad
aislada de un grupo de desaprensivos, sino la proyección política de toda una
serie de ideas que venían gestándose en la mente europea (no solo alemana)
desde más de un siglo antes. Eran teorías materialistas, biologistas,
romántico-hegelianas y nihilistas, que configuraron un estilo y un núcleo
neopaganos cuyas manifestaciones más salvajes fueron las ideologías nazi y
comunista.
19.
¿QUÉ
HA APORTADO EL CRISTIANISMO EN
LA HISTORIA DE
LA HUMANIDAD?
La
historia no es útil
tanto por lo que nos dice del pasado
como porque en ella se lee el futuro.
J.
B. Say
Los primeros años del cristianismo no pudieron
comenzar con más dificultades exteriores. Desde el primer momento sufrió una
fuerte persecución por parte del judaísmo. Sin embargo, en poco menos de
veinte años desde la muerte de Jesucristo, el cristianismo había arraigado y
contaba con comunidades en ciudades tan importantes como Atenas, Corinto,
Éfeso, Colosas, Tesalónica, Filipos, y en la misma capital del imperio, Roma.
Desde luego, no podía atribuirse ese
avance a la simpatía del Imperio Romano. En realidad, el cristianismo era
para ellos incluso más molesto en sus pretensiones, sus valores y su conducta
que para los judíos. No solo eliminaba las barreras étnicas entonces tan
marcadas, sino que, además, daba una acogida extraordinaria a la mujer, se
preocupaba por los débiles, los marginados, los abandonados, es decir, por
aquellos por los que el imperio no sentía la menor preocupación.
—¿No es exagerar un poco?
El Imperio Romano tuvo aportaciones
extraordinarias, indudablemente, pero también es cierto –te contesto glosando
ideas de César Vidal– que no puede idealizarse el hecho de que el imperio era
una firme encarnación del poder de los hombres sobre las mujeres, de los
libres sobre los esclavos, de los romanos sobre los otros pueblos, de los
fuertes sobre los débiles. No debe extrañarnos que Nietzsche lo considerara
un paradigma de su filosofía del “superhombre”.
Frente a ese imperio, el cristianismo
predicaba a un Dios ante el cual resultaba imposible mantener la
discriminación que oprimía a las mujeres, el culto a la violencia que se manifestaba
en los combates de gladiadores, la práctica del aborto o el infanticidio, la
justificación de la infidelidad masculina y la deslealtad conyugal, el
abandono de los desamparados, etc.
A lo largo de tres siglos, el imperio
desencadenó sobre los cristianos toda una serie de persecuciones que cada vez
fueron más violentas. Sin embargo, no solo no lograron su objetivo de
exterminar a la nueva fe, sino que al final se impuso el cristianismo, que
predicaba un amor que jamás habría nacido en el seno del paganismo (el mismo
Juliano el Apóstata lo reconoció), y que proporcionaba dignidad y sentido de
la vida incluso a aquellos a los que nadie estaba dispuesto a otorgar un
mínimo de respeto.
Cuando en el año 476 cayó el Imperio
Romano de Occidente, el cristianismo preservó la cultura clásica,
especialmente a través de los monasterios, que salvaguardaron eficazmente los
valores cristianos en medio de un mundo que con las invasiones bárbaras se
había colapsado por completo. Se cultivó el arte, se alentó el espíritu de
trabajo, la defensa de los débiles y la práctica de la caridad. El esfuerzo
misionero se extendió a la asimilación y culturización de los mismos pueblos
invasores, que a medio plazo también se convirtieron al cristianismo como
antaño sucedió con el Imperio Romano.
En los siglos siguientes, el cristianismo
fue decisivo para preservar la cultura, para la popularización de la
educación, la promulgación de leyes sociales o la articulación del principio
de legitimidad política. Sin embargo, fueron creaciones que de nuevo se
desplomaron ante las sucesivas invasiones de otros pueblos, como los vikingos
y los magiares. En poco tiempo, gran parte de los logros de siglos anteriores
desaparecieron convertidos en humo y cenizas. Una vez más, sin embargo, el
cristianismo mostró su vigor, y cuando los enemigos de los pueblos cristianos
eran más fuertes, cuando no necesitaban pactar y podían imponer por la fuerza
su voluntad, acabaron aceptando la enorme fuerza espiritual del cristianismo
y lo asimilaron en sus territorios, de modo que al llegar el año 1000 el
cristianismo se extendía desde las Islas Británicas hasta el Volga.
Las sociedades nacidas de aquella
aceptación del cristianismo no llegaron a asimilar todos los principios de la
nueva fe. De hecho, en buena medida eran reinos sustentados sobre la fuerza
militar necesaria para la conquista, o para la defensa frente a las
invasiones. Sin embargo, el cristianismo ejerció sobre ellos una influencia
fecunda, que volvió a sentar las bases de un principio de legitimidad del
poder –alejado de la arbitrariedad guerrera de los bárbaros–, buscó de nuevo
la defensa y la asistencia de los débiles y continuó su esfuerzo artístico y
educativo. Además, suavizó la violencia bárbara implantando las primeras
normas del derecho de guerra –la “Paz de Dios” y la “Tregua de Dios”–, supo
recibir la cultura de otros pueblos, creó un sistema de pensamiento como la Escolástica y
abrió las primeras universidades.
También las principales legislaciones de
carácter social recibieron un impulso decisivo de la preocupación cristiana
de personas como lord Shaftesbury (que promovió leyes que mejoraron las
condiciones de trabajo en minas y fábricas), Elizabeth Fry (que introdujo
importantes medidas humanitarias en las prisiones) y otros muchos hombres y
mujeres que, gracias al impulso cristiano, superaron los condicionantes de su
tiempo y promovieron reformas decisivas para humanizar la sociedad.
Es cierto que hubo también páginas tristes
y oscuras en la historia de la fe de esos pueblos cristianos, y es verdad
también que se cometieron errores, a veces graves, pero en el curso de esos
siglos y de los siguientes, el cristianismo alcanzó grandes logros educativos
y asistenciales, y facilitó el desarrollo económico, científico, cultural,
artístico e incluso político. Causas como la defensa de los indígenas, la
lucha contra la esclavitud, las primeras leyes sociales contemporáneas o la
denuncia del totalitarismo difícilmente habrían sido iniciadas sin el impulso
cristiano.
No debe por ello sorprendernos que el
siglo XX, coincidiendo con el declinar de la influencia de la fe cristiana en
la vida social, haya sido el siglo que ha contemplado un número mayor de
encarcelamientos, maltratos y ejecuciones por encima de cualquier otro
período de la historia.
Es probable que las generaciones venideras
tengan dificultad para creer que hubo un tiempo en que la mayor parte del
mundo estuvo controlada por una doctrina llamada comunismo que causó tanta
desgracia y que, en su expansión, fue reduciendo a la esclavitud y a la
muerte a centenares de millones de seres humanos. Actualmente, esos sistemas
comunistas han fracasado por su falso dogmatismo económico. Pero a veces se
pasa por alto el hecho de que se derrumbaron, de forma más profunda, por su
desprecio del ser humano, por su subordinación de la moral a las necesidades
del sistema y sus promesas de futuro.
No fue, además, el único peligro
totalitario que aquejó a la humanidad en el siglo XX ni el único que
consideró al cristianismo como un objetivo; el otro fue el neopaganismo
nihilista del que nacerían el fascismo y el nazismo. Si Marx constituye un
ejemplo paradigmático de las tesis que luego seguirían al pie de la letra
Lenin, Stalin o Mao, no resulta menos cierto que Nietzsche avanzó una
cosmovisión nihilista y anticristiana que luego cristalizaría, entre otros
fenómenos, en el fascismo y el nazismo.
—¿Hay realmente una relación tan directa entre lo
uno y lo otro?
Nietzsche identificaba el concepto de
“bueno” con la clase superior. Lo malo corresponde a la plebe, al vulgo, a la
clase inferior. A esa moral aristocrática, de los poderosos, de los fuertes,
se contrapone la moral de los débiles, de la plebe. Afirmaba que la moral
había sufrido un proceso de corrupción al dejar de estar pergeñada por los
señores y pasar a responder a los anhelos de la plebe, y esto se debía
fundamentalmente a los judíos y al cristianismo. Frente a esa situación,
Nietzsche propuso el alzamiento de las razas nórdicas para implantar
socialmente la superioridad de una élite que dominara sin el freno del
sentido de culpa, negando la existencia de la verdad objetiva y ejerciendo la
crueldad sobre los inferiores. Para lograrlo, judíos y cristianos debían ser
aniquilados por las razas germánicas. Tales medidas permitirían implantar una
sociedad elitista, basada en la desigualdad y la jerarquía, al estilo del
sistema ario de castas existente desde hace milenios en la India. En ella, los
más, los mediocres, serían engañados y mantenidos en una ignorancia feliz de
la que no debía sacarlos el cristianismo.
Las enseñanzas del filósofo alemán
tuvieron repercusiones políticas, en especial desde inicios del siglo XX. El
fascismo de Mussolini –que retaba a Dios a fulminarle con un rayo en el plazo
de cinco minutos– y, sobre todo, el nazismo de Hitler se sustentaron en buena
medida sobre una nueva moral de la minoría fuerte, violenta y audaz, que se
imponía sobre una masa engañada. En ese sentido, las afirmaciones ideológicas
de Nietzsche y las cámaras de gas de Auschwitz se hallan unidas por una línea
recta.
El cristianismo ha sobrevivido en el siglo
XX a dos terribles amenazas que pusieron en peligro a todo el género humano.
Ambas coincidían en negar la existencia de principios morales superiores que
limitaran el poder y la persecución de sus objetivos; ambas ansiaban
desesperadamente alcanzar esos objetivos; ambas creían en la legitimidad de
exterminar social, económica y físicamente a los que consideraran sus
enemigos, fueran burgueses, judíos o enfermos; ambas eran conscientes de que
el cristianismo se les oponía ideológicamente como un valladar frente a sus
aspiraciones; y ambas intentaron aniquilarlo como a un peligroso adversario.
Tanto la dictadura de Hitler como la de
Stalin se basaban precisamente en el rechazo de la herencia cristiana de la
sociedad, en un enorme orgullo que no quería someterse a Dios, sino que
pretendía crear él mismo un hombre mejor, un hombre nuevo, y transformar el
mundo malo de Dios en el mundo bueno que surgiría del dogmatismo de su propia
ideología.
Sin duda, la aportación del cristianismo a
la cultura occidental ha sido enorme a lo largo de estos casi dos mil años de
existencia. Para captar un poco su extraordinaria importancia, podemos
imaginar lo que hubiera sido un mundo sin cristianismo, o bien ver los
resultados obtenidos por otras culturas.
Un mundo que se hubiera limitado a
continuar la herencia clásica no solo habría resultado en una sociedad en la
que los fuertes y los violentos se sabían protagonistas, sino que además
habría sucumbido ante el empuje de los bárbaros sin dejar casi nada detrás.
Durante varios siglos, los reinos bárbaros hubieran combatido de manera
infructuosa entre ellos, para no poder sobrevivir después al empuje conjunto
de las siguientes invasiones y del avance árabe, suponiendo que este se
hubiera dado sin un Islam cuya existencia presupone la del cristianismo.
Durante los siglos de lo que ahora
conocemos como la etapa medieval, Europa hubiera sido escena de continuas
oleadas de invasores, sin excluir a los mongoles contenidos por Rusia, de las
que no hubiera surgido nada perdurable como no surgió en otros contextos. Ni
la cultura clásica, ni la Escolástica, ni las universidades, ni el
pensamiento científico habrían aparecido, como de hecho no aparecieron en
otras culturas. Además, sin los valores cristianos se habrían perpetuado
–como así sucede en algunas naciones hasta el día de hoy– fenómenos como la
esclavitud, la arbitrariedad del poder político, la ausencia de desarrollo
científico o el anquilosamiento de la educación en manos de una escasa casta
tradicional.
Hoy todos sabemos que el modelo
democrático procede de las constituciones monásticas, que fueron pioneras con
sus capítulos y sus votaciones. La idea de derechos iguales para todos
encontró ahí su forma política. Es cierto que hubo antes una democracia
griega, de donde se tomaron algunas ideas decisivas. Pero en la sociedad
helénica existía la garantía sagrada de los dioses, y la democracia cristiana
de la época moderna pudo basarse en la sacralizad de los valores garantizados
por la fe, que se sustraen a la dictadura de las mayorías. Es un hecho
evidente que las dos primeras democracias –la norteamericana y la inglesa–
están basadas en una misma conformidad de valores procedente de la fe
cristiana, y que solo pueden funcionar cuando existe un acuerdo fundamental
sobre los valores.
Basta echar un vistazo a las culturas
informadas por el Islam, el budismo, el hinduismo o el animismo –donde siguen
considerándose legítimas muchas conductas degradantes para el ser humano–,
para intuir lo que podría haber sido un mundo sin la influencia civilizadora
del cristianismo (y eso a pesar de que hoy día hasta la sociedad más apartada
puede beneficiarse de aspectos emanados de la influencia cristiana en la
cultura occidental, desde el progreso científico a la asistencia social, por
citar solo dos ejemplos).
En el último siglo, el olvido de algunos
de los principios básicos de origen cristiano (sobre todo en los regímenes
incubados por el marxismo o el fascismo-nazismo) ha llevado a situaciones de
una barbarie sin precedentes, una muestra más de los riesgos que supone
construir el futuro olvidando los principios sobre los que se asienta.
Es cierto que los cristianos muchas veces
han dejado bastante que desear en el modo de vivir su fe. Con todo, la
influencia humanizadora y civilizadora de la fe cristiana no cuenta con
equivalentes de ningún tipo a lo largo de la historia universal. Sin la fe cristiana,
el devenir humano habría estado mucho más teñido de violencia y barbarie, de
guerra y destrucción, de calamidades y sufrimiento; con ella, el gran drama
de la condición humana se ha visto acompañado de progreso y justicia, de
compasión y cultura.
20.
¿QUÉ
HAY DE VERDAD EN TANTAS OTRAS LEYENDAS NEGRAS?
El
ideal o el proyecto más noble
puede ser objeto de burla
o de ridiculizaciones fáciles.
Para eso no se necesita
la menor inteligencia.
Alexander
Kuprin
—Hay bastantes
movimientos críticos contra el modo en que se desarrollaron las misiones.
Parece que la Iglesia
lleva con esto un lastre importante.
Pienso que ha habido con esto muchos
juicios sumarios y apresurados que no responden a la verdad de la historia.
No pretendo disculpar los fallos, grandes o pequeños, que seguro que habrá
habido a lo largo de todos estos siglos de trabajo en las misiones de
tantísimas personas en tantísimos lugares del mundo. Pero hay cada vez más
estudios históricos serios sobre este tema, y las nuevas investigaciones
dejan al descubierto que la fe, y la propia Iglesia, realizaron una gran
tarea de servicio y de protección de las personas y de la cultura frente al
impulso de aplastamiento que muchas veces tuvieron los conquistadores o las
potencias coloniales.
En el caso concreto de América Latina, el
papa Pablo III y sus sucesores intercedieron con firmeza a favor de los
derechos de los indígenas, y dictaron disposiciones jurídicas bien claras. La Corona española también
promulgó leyes que protegían los derechos de los nativos, y fue en aquel
siglo de oro español cuando los teólogos y canonistas católicos dieron origen
a la idea de los derechos humanos. Todo aquello constituyó un auténtico
valladar contra el exterminio de las poblaciones indígenas, tristemente
habitual en otro tipo de colonizaciones.
Esa ingente actividad misionera se
transformó en un gran movimiento defensor de la dignidad y los derechos del
hombre. Y si los indígenas acogieron enseguida el cristianismo fue en gran
parte porque comprendieron su enorme fuerza protectora y su valor liberador
(liberador también del culto que muchos de ellos habían tenido hasta
entonces). Los obispos, sacerdotes y misioneros se convirtieron en los
principales defensores con que podían contar los débiles y los oprimidos. Y
de modo semejante a como había sucedido en la Edad Media en la
vieja Europa, actuaron también como educadores, como fundadores de
universidades, como desbrozadores de terrenos baldíos, como estudiosos de
aquellas culturas indígenas, como promotores de formas de vida que no
concluyeran con el exterminio de una raza por otra, sino con el mestizaje. Si
las etnias y las culturas indígenas no desaparecieron fue debido a esa
fecunda labor que hizo prevalecer los principios cristianos sobre la codicia
de los conquistadores.
—Pero
así como la defensa de los indígenas americanos tuvo desde el principio sus
principales valedores en el cristianismo, no puede decirse lo mismo de la
esclavitud.
Es un asunto más complejo, y habría que
analizar su evolución a lo largo de la historia. En el mundo antiguo se
consolidó la idea aristotélica de que algunos hombres habían nacido para ser
esclavos. Esto, unido a la piedad con los prisioneros de guerra, para los que
ser esclavo era mejor que la muerte, hizo que el fenómeno de la esclavitud
estuviera presente en todas las civilizaciones de la antigüedad. Entre las
sociedades esclavistas estaban la griega y la romana. El derecho romano, por
ejemplo, consideraba al esclavo una cosa –res–, sin ningún derecho, a
disposición total de su amo.
Con la llegada del cristianismo se
proclama la igualdad absoluta de todos los hombres ante Dios. Sin embargo,
tardará siglos en llegarse a la abolición de la esclavitud, pero ya estaba
puesto el punto de partida. La
Iglesia desde el principio consideró a los esclavos como
personas, los admitió a los sacramentos, se preocupó de su instrucción e
impulsó a los amos a tratarlos con la mayor consideración. Pese a eso, el
fenómeno de la esclavitud vino a ser en todo el mundo una de las más grandes
lacras sociales y una ofuscación que pervivió durante siglos y ensombreció
verdades que estaban contenidas en el mensaje cristiano.
La lucha contra la esclavitud surgió poco
a poco en el seno del cristianismo, y solo bastante después recibió el
respaldo de otras culturas y otros modos de pensar.
—¿No fue entonces algo que impulsó más bien la Ilustración?
Coincidió en el tiempo con la Ilustración,
pero no siempre en las ideas. Si examinamos las páginas de la Enciclopedia
–el máximo exponente de la Ilustración–, puede verse que los ilustrados no
solo no eran contrarios a la esclavitud, sino que veían como natural
considerar que unas razas eran superiores y otras inferiores, y que las
superiores dominaran a las inferiores por su bien, pues –afirmaba la Enciclopedia–
“los negros se encontrarán mejor bajo el dominio de un amo blanco en América
que en libertad en África”.
No resulta difícil imaginar lo que hubiera
sido de esos hombres si, frente a la visión de los conquistadores, frente al
pensamiento ilustrado y frente a las concepciones islámica y pagana de la
esclavitud, no se hubiera alzado una recuperación del concepto cristiano
acerca de la dignidad de todo hombre.
—¿Y cómo fue el proceso de la abolición?
El inicio de la trata de esclavos a gran
escala comenzó en el siglo XV en diferentes puntos de la costa africana.
Durante más de un siglo, Portugal casi monopolizó ese tráfico gracias a la
colaboración de los comerciantes árabes del norte de África, que ya enviaban
esclavos de África central a los mercados de Arabia, Irán y la India. El
descubrimiento de América llevó a otras naciones a sumarse a esa práctica tan
denigrante. Ni siquiera la Revolución americana de 1776 cambió la
situación, y la
Constitución norteamericana admitió también la esclavitud.
La idea de abolir la esclavitud surgió en
el seno del cristianismo, a medida que se fue tomando mayor conciencia de que
se oponía a los principios del Evangelio. No fue una tarea fácil, ya que chocaba
con evidentes e importantes intereses económicos, pero finalmente, y gracias
sobre todo al empeño de William Wilberforce, Inglaterra prohibió en 1807 el
comercio de esclavos, y en 1833 declaró la abolición de la esclavitud en la
totalidad de los territorios británicos. El único país que se adelantó fue
Dinamarca, en 1792, y lo hizo también apelando directamente a valores
cristianos. A lo largo del siglo XIX la esclavitud fue abolida sucesivamente
en el resto de los países de tradición cristiana.
Hoy día, a pesar de las normas
antiesclavistas de la legislación internacional, la esclavitud sigue siendo
una triste realidad fuera de Occidente y afecta a no menos de cien millones
de personas. En algunos países islámicos y budistas cuenta incluso con una cobertura
legal. De no haber sido por la influencia del cristianismo, tal vez
tendríamos ese mismo panorama en las sociedades occidentales.
Por otra parte, hay que decir que la
influencia de la fe cristiana en la lucha por aliviar el sufrimiento humano
ha sido decisiva a lo largo de la historia. Ya en el Imperio Romano, el
cristianismo se preocupó por los débiles, los marginados, los abandonados, es
decir, por aquellos por los que el imperio apenas sentía preocupación. También
dio una acogida extraordinaria a la mujer, y contribuyó a suavizar las
barreras étnicas entonces tan marcadas. El cristianismo predicaba a un Dios
ante el cual no cabía mantener la discriminación que oprimía a las mujeres,
el culto a la violencia, el infanticidio, el abandono de los desamparados,
etc.
En los siglos siguientes, el cristianismo
fue también decisivo para preservar la cultura y extender la educación.
Impulsó la defensa y la asistencia de los débiles y se preocupó por quienes
nadie parecía tener interés. Baste citar, por poner algunos ejemplos, la
aportación de San Juan de Dios, que fundó una orden dedicada a la atención de
los enfermos mentales (verdaderos olvidados de la sociedad durante siglos); o
el esfuerzo de innumerables instituciones católicas dedicadas a atender
leproserías, dispensarios, personas pobres o abandonadas, niños huérfanos,
etc.
“Ahora –ha escrito Tomás Alfaro–, o en
cualquier otro momento de la historia de los últimos veinte siglos, si
buscamos un grupo de personas miserables, abandonadas por todos, marginadas
por la sociedad, con los que nadie querría pasar una hora, es casi seguro que
a su lado encontremos a alguien que se considera hijo de la Iglesia, y que hace lo
que hace precisamente por ser seguidor de Cristo.”
—¿Y qué dices de las cruzadas, que fueron guerras
de religión promovidas por la
Iglesia?
Se trata de un tema complejo, pues las
cruzadas abarcan cerca de doscientos años y al estudiar su desarrollo a lo
largo de la historia debe hacerse un juicio de conjunto, pero no puede
decirse que fueran guerras de religión. De entrada –como ha escrito el
historiador Franco Cardini–, la palabra “cruzada” es una expresión moderna
que se usa sistemáticamente solo desde el siglo XVIII. Hasta entonces no
existía esa palabra, lo que indica que, hablando de Cruzadas desde entonces
hasta hoy, se ha hecho toda una serie de generalizaciones engañosas.
Las cruzadas nunca fueron guerras de
religión, no buscaban la conversión forzada o la supresión de los infieles.
Los excesos y violencias realizados en el curso de las expediciones –que han
existido y no se pretenden ocultar– deben ser evaluados en el marco de la
normal aunque dolorosa fenomenología de los hechos militares de la época. La
cruzada corresponde a un movimiento de peregrinación armado que se afirmó
lentamente entre el siglo XI y el XIII, y que debe ser entendido en el
contexto del largo encuentro entre Cristiandad e Islam, que produjo
resultados culturales y económicos muy positivos. ¿Cómo se justifica, si no, el
dato de frecuentes amistades e incluso alianzas militares entre cristianos y
musulmanes en la historia de las Cruzadas?
San Bernardo de Claraval propuso que
contra aquella caballería laica del siglo XII, formada por gente ávida,
violenta y amoral, se creara una nueva caballería al servicio de los pobres y
de los peregrinos. La propuesta de San Bernardo era revolucionaria, una nueva
caballería hecha de monjes que renunciasen a toda forma de riqueza y de poder
personal. Su objeto era ponerse al servicio de los cristianos amenazados por
los musulmanes, recuperar la paz en Occidente y socorrer a los
correligionarios lejanos. La cruzada exigía reconciliarse con el adversario
antes de partir, renunciar a la disputa y a la venganza, aceptar la idea del
martirio, ponerse a sí mismos y los propios bienes a disposición de los
demás, y embarcarse por un cierto número de meses o de años en una expedición
movida por el deseo de garantizar el libre acceso de los peregrinos a los
Santos Lugares, entendido como búsqueda de la memoria de Jesucristo en la
tierra que había sido escenario de su existencia terrena.
Prescindiendo de la mayor o menor
categoría humana y espiritual de los participantes, su impulso era
fundamentalmente espiritual. Movidos por ese deseo de peregrinación,
abandonaron todo lo que tenían y se lanzaron a una aventura en la que no
pocos no solo se arruinaron sino que incluso encontraron la muerte. No se
trató, por lo tanto, de un movimiento material disfrazado de espiritualidad,
ni de una guerra santa, sino de un colosal impulso de raíces espirituales que
no tuvo inconveniente, pese a sus enormes defectos, en afrontar considerables
riesgos y pérdidas materiales.
Hay que decir que en nuestros días la Iglesia católica impulsa
de modo decidido el diálogo religioso y cultural con el Islam. Juan Pablo II
ha recordado que “los cristianos reconocemos con alegría los valores
religiosos que compartimos con el Islam. La Iglesia mira a los
musulmanes con estima, convencida de que su fe en Dios trascendente
contribuye a la construcción de una nueva familia humana. La adoración al
único Dios, creador de todos, nos alienta a intensificar en el futuro nuestro
conocimiento recíproco, caminando juntos por el camino de la reconciliación.
Renunciando a toda forma de violencia como medio para resolver las
diferencias, las dos religiones podrán ofrecer un signo de esperanza al
mundo”.
—Isabel de
Castilla es una figura histórica muy controvertida. Llama la atención que
haya pasado a la historia con el título de “católica”, pero que, por ejemplo,
fuera quien expulsó a los judíos de España…
El hecho de que en determinado momento la
reina prohibiera la práctica del judaísmo en España (porque el judío que se
convertía no se debía marchar) ha creado efectivamente un ambiente negativo
en torno a su persona. Pero quizá no se tiene en cuenta que esa expulsión fue
una medida general en Europa, y que España fue la última en aplicarla, y que
lo hizo solo cuando ya no quedaba otro remedio, cuando las presiones
internacionales eran enormes. Y cuando tomó esa decisión, tuvo la
preocupación de asegurar que los judíos dispusieran de un plazo para decidir,
y que pudieran disponer de todos sus bienes, cosa no muy corriente en aquella
época.
En el siglo XV, en todos los países, la ciudadanía
estaba ligada al principio religioso, de modo que el “no fiel” podía ser un
“huésped tolerado y sufrido” –esta es la frase exacta que utilizan los
documentos– pero no un súbdito. Al huésped se le cobraba una determinada
cantidad a cambio del derecho de estancia, pero ese permiso podía ser
suspendido (recuerda un poco a los “permisos de residencia” de las actuales
leyes de extranjería en esos mismos países).
Todas las figuras importantes de la
historia han cometido errores, como sucedió en este caso, pero ha de quedar
claro que no fue un error particular de Isabel la Católica: el
judaísmo estaba prohibido desde mucho tiempo atrás en Inglaterra y en
Francia, en Nápoles, y prácticamente en toda Europa. De hecho, el claustro de
la Universidad
de París se reunió para felicitar a los reyes de España por la medida que, al
fin, habían tomado.
En aquellos tiempos se entendió esa medida
como se entendería hoy una decisión de Estado que, causando grandes
incomodidades a una serie de personas, se estimara digna de ejecutarse por el
bien general de todos los demás. Si se pensara ahora en una minoría
extranjera escasamente integrada en la nación y con unas fuertes señas de
identidad, y se pensara que comprometen la seguridad del Estado, es fácil de
entender que se adoptaran medidas drásticas. Por ejemplo, exigirles fidelidad
a las normas del juego democrático. Y no de modo muy diferente se consideraba
el cristianismo en la Europa
del siglo XV, es decir, como un sistema de valores incuestionable. No sé cómo
se juzgarán dentro de cinco siglos nuestras actuales restrictivas leyes de
extranjería, o las expulsiones de inmigrantes ilegales, pero a quien entonces
lo juzgue habrá que pedirle que lo haga considerando la mentalidad y
situación actuales.
—¿Y qué dices del papel de la reina Isabel
en la conquista de América?
Ella es la primera en muchos siglos que
reconoce que los habitantes de esas tierras recién incorporadas a la Corona son hombres como
los demás, que han sido redimidos por Cristo y que por tanto han de ver
reconocidos sus derechos humanos. Sin esta postura de Isabel la Católica
difícilmente se habría llegado tiempo después a la Constitución
de los Estados Unidos, que repite prácticamente lo que ella dijo, que Dios
nos ha hecho a todos libres, iguales y en búsqueda de la felicidad.
Se habla mucho de las atrocidades que se
cometieron, y efectivamente hubo errores prácticos, pues los encargados de
llevar a cabo la tarea de colonización en ocasiones se dejaron llevar por sus
intereses particulares y conculcaron los derechos de los nativos. Pero los
principios siempre estuvieron claros, y de hecho, para burlar esa
legislación, los grandes propietarios, siglos después, tuvieron que comprar
negros ya esclavos en África para poder introducir allí esa servidumbre a la
que aspiraban, porque las leyes de Castilla se lo impedían radicalmente:
ningún indio podía ser esclavo.
Cada cristiano puede pensar lo que quiera
sobre la actuación de Isabel la Católica, puesto que las decisiones personales
de su reinado no comprometen a la fe cristiana, pero su actuación se ha
utilizado tanto en contra de la
Iglesia católica, presentando a la reina como una mujer
intolerante –e intolerante precisamente por ser católica–, que conviene
destacar algunos testimonios históricos sobre este punto.
Por ejemplo, los Reyes Católicos fueron
personas conciliadoras y fáciles para el perdón, como demuestra el hecho de
que al término de una guerra civil, fueron capaces de evitar las represalias
y pactar con quienes estuvieron sublevados contra ellos, y garantizarles que
no iban a sufrir perjuicio ninguno, sino que seguirían desempeñando las
funciones sociales y el nivel que hasta entonces ocupaban. Aquello fue un
ejemplo de cómo una guerra civil se cierra sin resentimientos, cosa muy
difícil, pues lo normal es que se creen odios que duran mucho tiempo.
Otro ejemplo es cómo la reina acoge y
educa a los hijos ilegítimos de la mujer de Enrique IV. Y cómo cuida también
de los hijos ilegítimos de su marido, y cómo siente hacia todos ellos una
obligación de afecto que va más allá del simple ejercicio de la caridad.
También defendió los derechos de las
mujeres. En España no se había producido como en Francia una negativa tan
rotunda al reconocimiento de los derechos de las mujeres, pero estos derechos
eran más para ser transmitidos a los hijos o a los maridos que para ser
ejercidos por ellas mismas. Isabel establece el principio contrario: no hay
diferencia en cuanto a la capacidad de gobierno entre hombre y mujer, y así
educa a sus hijas, y así procede ella misma también. Esa norma estaría
vigente hasta principios del siglo XVIII en que, por razones de progreso
ilustrado, se impuso la
Ley Sálica.
Con sus errores, que los tuvo, fue una
mujer que tuvo presente siempre el juicio de Dios. Una mujer que cuando escribe
a su marido gravemente herido después de un atentado le dice: “Acuérdate de
que tenemos que rendir cuentas ante Dios, y las cuentas que nos va a pedir a
nosotros, los reyes, son mucho más estrechas que las que pide a ninguno de
nuestros súbditos”.
—¿Y esa otra vieja historia sobre Miguel Servet,
que por su descubrimiento de la circulación de la sangre fue quemado en la
hoguera?
Esa vieja leyenda puede rebatirse sin
grandes despliegues de erudición. Para empezar, Miguel Servet no descubrió la
circulación de la sangre, sino solo lo que se conoce como la “circulación
menor”, es decir el paso de la sangre de un lado a otro del corazón, a través
de los pulmones, donde se purifica la sangre en contacto con el aire que se
respira.
Curiosamente, además, esa aportación
mundial y motivo del lugar preeminente de este médico aragonés en la historia
de los grandes descubrimientos, la escribió intercalada entre los párrafos de
un libro de Teología dedicado a la Santísima Trinidad.
Las cosas en aquellos tiempos eran así –explica Pascual Falces de Binéfar–,
pues todavía dominaba la idea de que “el médico que solo sabe medicina, ni
medicina sabe”. Ese libro de Miguel Server titulado “Christianismi
restitutio”, cayó en manos de Juan Calvino, con su Reforma recién implantada
en la ciudad de Ginebra. Calvino discrepó de tales teorías, hasta el punto de
declarar públicamente que si Miguel Servet aparecía por esa ciudad, sería
quemado en la hoguera, tal y como se arreglaban entonces muchas de las
diferencias personales o políticas. Miguel Servet hizo caso omiso de esa
advertencia, se plantó desafiante en la aburrida ciudad y ocurrió lo
previsible: terminó en la hoguera y sus cenizas esparcidas por el viento
sobre el lago Lemán. Por eso fue ajusticiado, y no por descubrir la
circulación de la sangre. Fue algo evidentemente cruel e injusto, pero ni lo
hizo la Iglesia
católica ni fue por descubrir la circulación de la sangre.
—Y si pensamos
en épocas más recientes, ¿qué dices de los escándalos por denuncias de abusos
sexuales de sacerdotes, que se han dado sobre todo en Estados Unidos?
Han sido hechos muy tristes y lamentables,
que saltaron con gran fuerza a la opinión pública, y se criticó por ese
motivo muy duramente a la
Iglesia católica. Aunque casi todos los casos se remontaban
a bastantes años atrás y afectaban a un pequeño porcentaje del clero, han
causado daños muy graves, en primer lugar a las víctimas y después al
prestigio del sacerdocio. Se reprochaba también a los obispos haber aplicado
medidas insuficientes, sin decidirse a tomar otras más firmes para afrontar
el problema, pues se publicaron historias de sacerdotes culpables de abusos
de menores a los que el obispo se limitaba a cambiar de encargo pastoral o
que eran reintegrados al ministerio tras un tratamiento psicológico que no
curaba suficientemente sus desviadas tendencias.
Los medios de comunicación atacaron con
insistencia a la Iglesia,
pero apenas se prestó atención a las estadísticas generales de abusos a
menores en el país. Se puso mucha atención en unas pocas decenas de casos
protagonizados por sacerdotes a lo largo de los últimos veinte o treinta
años, pero no se mencionaba la cifra de casos similares en los que el
responsable no era un sacerdote, y no se puede obviar que, por ejemplo,
solamente en ese año hubo más de cien mil casos de abusos sexuales a menores
en los Estados Unidos.
Es evidente que el abuso sexual a un menor
por parte de un sacerdote es una falta gravísima y que debe hacerse todo lo
posible por evitarlo. Y está claro que hay que tomar medidas drásticas cuando
se produzcan. Pero es fundamental defender a la inmensa mayoría de sacerdotes
de conducta ejemplar que trabajan cada día en sus comunidades y parroquias y
atienden abnegadamente a su feligresía. La forma en la que se expusieron los
hechos, datos y situaciones por parte de la mayoría de los medios de
comunicación no solo enturbiaba y afrentaba a la Iglesia católica, sino
que ensombrecía e infamaba a todos los sacerdotes que dedican esmeradamente
sus vidas en servicio de los demás, que ejercen su ministerio con honestidad
y coherencia, muchas veces con caridad heroica.
Este escándalo hizo también que surgieran
de nuevo voces pidiendo la abolición del celibato sacerdotal, al que se
culpaba de esos problemas. La protesta pasaba por alto que esos tristes casos
eran proporcionalmente menos frecuentes en el clero católico que en el clero
casado protestante y en otras profesiones de atención a menores.
Lo que esta crisis llevó a abordar a fondo
es una cuestión bastante debatida años antes en algunos sectores de la
jerarquía católica norteamericana un tanto “disidentes” respecto a la
doctrina católica oficial. Se trata de la homosexualidad dentro del clero y
en la selección de los candidatos al sacerdocio. Hay que tener en cuenta que
la mayoría de los casos ocurridos no habían sido de pederastia (trastorno
psicológico por el que un adulto abusa sexualmente de un niño impúber), sino
de abusos a chicos de más edad, protagonizados por una pequeñísima minoría de
sacerdotes homosexuales activos que abusaron de adolescentes aprovechándose
de su autoridad y de su condición de sacerdotes. El hecho de que casi todas
las acusaciones se refirieran a abusos cometidos con chicos, no con chicas,
indica que los sacerdotes acusados eran sobre todo personas con tendencias
homosexuales. Era por tanto un problema de homosexuales activos dentro del
clero, no de pederastia, y revelaba claramente una deficiencia en la
selección de candidatos al sacerdocio y en su formación en algunos seminarios
de Estados Unidos. Un grave error al que pronto se puso remedio.
—Hay gente que
piensa que la Iglesia
debería recortar su actuación, para evitar el peligro de cometer todos esos
errores reales o supuestos que ha habido a lo largo de la historia.
Es bastante fácil atacar a la Iglesia, y burlarse de
las páginas más difíciles de su historia. No intento en estas líneas
justificar los errores que realmente han cometido muchos cristianos a lo
largo de los siglos. Pero a veces pienso que si a esas personas les parece
que la Iglesia
tiene las manos sucias, habría que decirles que quizá ellos no tienen las
manos sucias porque no tienen manos o porque no las utilizan.
La
Iglesia
procura realizar su tarea, y vive inmersa en una sociedad cambiante que se
desarrolla a su vez en una época determinada, y trata de insertar en ella la
levadura sobrenatural del Evangelio. La grandeza de la Iglesia está en afrontar
las variaciones del hombre en el transcurso de los siglos y tratar de
introducir en su vida lo sobrenatural. Si para evitar el riesgo de contaminar
su pureza, la Iglesia
renunciara a intentar hacerse presente en la sociedad de cada momento, se
quedaría en un simple y curioso empeño abstracto.
Hay mucho purista que se escandaliza de
las actuaciones de la
Iglesia o de los católicos, pero que no aporta ninguna
solución a todos esos problemas que a cualquier persona debieran interpelar
seriamente. Buscan una seguridad en las actuaciones, un no asumir riesgos que
no lleva a otra paz que la del cementerio. La Iglesia afronta con
serenidad todos esos sarcasmos, porque desea cumplir su misión entre los
hombres. Sabe que roza sin cesar el peligro de empañar la pureza de su
mensaje, al menos según las apariencias, al tratar de encarnarlo en una
historia que se vuelve incesantemente contra ella, contra quien quiere
salvarla. La Iglesia
prefiere este riesgo al estéril replegamiento sobre sí misma. Lo prefiere, y
afronta ese riesgo desde hace veinte siglos porque, en su amor al hombre,
acude a los puntos de más necesidad, más amenazados.
Siempre habrá personas que se obstinen en
no ver en el cristianismo otra cosa que las deformaciones de las que ha sido
objeto a lo largo de la historia. Siempre habrá quien relacione la fe cristiana
con el oscurantismo, con la "sombría Edad Media", con la
intolerancia, con la presión sobre las conciencias, con el subdesarrollo
intelectual, con el retraso y la falta de libertad. Es una imagen que se ha
creado unas veces con mala intención, y otras simplemente por
desconocimiento, y que quizá procede de esa vieja idea ilustrada por la que
tantos pensaban que el racionalismo ateo había obtenido un gran triunfo sobre
la fe.
La historia de la Iglesia es una confusión
de triunfos y aparentes fracasos del cristianismo. Es una serie siempre
repetida de intentos de construir el reino de Dios en la tierra. Esto no es
sorprendente, ni es algo que Jesucristo no previera. La parábola de la cizaña
sembrada entre el trigo muestra con claridad que Él lo sabía y que esto está
de acuerdo con el plan de Dios.
La vida de la Iglesia en la historia,
así como la vida del cristiano individual –afirma Thomas Merton–, es un acto
constantemente repetido que empieza siempre de nuevo, una historia de buenas
intenciones que acaba en éxitos y en equivocaciones; de errores que han de
ser corregidos, de defectos que tienen que ser utilizados, de lecciones que
se aprenden mal y deben aprenderse una y otra vez. Ha habido vacilaciones y
falsos comienzos en la historia cristiana. Ha habido incluso errores graves,
pero estos son imputables a las sociedades seculares cristianas más que a la Iglesia. Ahora
bien, la Iglesia
no ha perdido nunca su camino. Pero lo que la mantiene en el camino recto no
es el poder, no es la sabiduría humana, la habilidad política ni la previsión
diplomática. Hay épocas en la historia de la Iglesia en que esas
cosas llegaron a ser, para los líderes cristianos, obstáculos y fuente de
errores. Lo que mantiene a la
Iglesia y al cristiano en el buen camino es el amor y el
cuidado de Dios.
La
sátira
es una crítica que, casi siempre,
se transforma en disculpa.
Eduardo
Terrasa
—Algunos afirman
que en la Iglesia
hay poco pluralismo, porque se quita de sus puestos a quienes manifiestan
honrada y sinceramente su disconformidad con la doctrina oficial.
No dudo que las personas que han sido
sancionadas por ese motivo hayan llegado de forma sincera a esas opiniones
que se apartan del Magisterio de la Iglesia. Y tampoco dudo que las defiendan con
honradez. Lo que parece poco honrado es que quieran continuar enseñando esas
opiniones no católicas en las iglesias, aulas o catequesis de la Iglesia católica.
Un hombre que se ganara la vida como
representante de una empresa, una fundación, un partido político, un
sindicato, o cualquier otra organización, puede honradamente cambiar de
opinión y hacerse sinceramente seguidor de otra empresa, partido o sindicato,
y pasar entonces a defender rectamente otras ideas. Lo que no sería nada
honrado ni recto es que quisiera seguir como representante de uno apoyando la
política de otro (y además cobrando su sueldo de aquel a quien ataca). Cuando
la Iglesia
católica retira a alguien el permiso para enseñar en su nombre no hace más
que aplicar el sentido común.
—Pero la Iglesia podría ser más
sensible a las propuestas de cambio que hacen algunos, incluso desde dentro
de la Iglesia...
Me parece que la Iglesia es una
institución en la que hay una gran pluralidad de opiniones, y en la que se
puede hablar con más libertad que en la mayoría de las instituciones de
nuestro tiempo. Pero la
Iglesia predica el cristianismo como cree que es, como lo
ha recibido de Jesucristo, no como le gustaría que fuera a un colectivo
pequeño o grande de una época o de otra.
La
Iglesia
está vinculada a una herencia que ha recibido, de manera semejante –por poner
un ejemplo– a como puede estar vinculado un científico a los resultados de su
experimentación. No dice lo que le gusta, sino lo que es. Todo hombre está
sometido a la verdad: a la verdad que gusta más, y también a la que gusta
menos.
Cuando un científico obtiene unos datos
experimentales que no concuerdan con una teoría científica admitida en ese
momento, eso le obliga a hacer nuevas consideraciones y le encamina hacia
nuevos conocimientos. Y la ciencia progresa gracias precisamente a que los
científicos no rehúyen ni esconden los fenómenos molestos para sus teorías,
sino que sacan a la luz esos datos y siguen investigando hasta dar con una
solución, se tarde el tiempo que se tarde. De modo semejante, y salvando las
distancias, el conocimiento cristiano progresa en gran parte gracias al
desafío que entrañan algunas verdades cristianas que quizá nos cuesta más comprender
o aceptar. Pero un cristianismo que recurriera a modificar la fe cada vez que
le pareciera difícil de entender o de vivir, sería como el científico poco
honrado que retoca los datos del laboratorio para ajustar la realidad a su
realidad.
—¿Y es necesario que la Iglesia tenga dogmas, y
una autoridad y un Magisterio? ¿No bastaría que cada uno procurara vivir lo
que dijo Jesucristo y lo que viene recogido en la Biblia?
Lo que dices es la tesis protestante de la
“sola Scriptura”. Sin embargo, si se trata de vivir lo que dice la Sagrada Escritura,
convendría tener presente que en ella se dice con claridad que Jesucristo
fundó la Iglesia
(por ejemplo, en Mt 16, 16-19; Mt 18, 18; etc.). Y puestos a dar también
algunas razones de orden práctico, cabe añadir que desde los tiempos de
Lutero hasta ahora han surgido ya más de 25.000 diferentes denominaciones
protestantes, y que en la actualidad nacen 5 nuevas cada semana, en un
proceso progresivo de desconcierto y atomización. Por eso ha escrito Scott
Hahn que una Sagrada Escritura sin Iglesia sería algo parecido a lo que
habría supuesto que los fundadores del Estado norteamericano que promulgaron la Constitución
se hubieran limitado a añadir una genérica recomendación diciendo “que el
espíritu de George Washington guíe a cada ciudadano”, pero sin prever un
gobierno, un congreso y un sistema judicial, necesarios para aplicar e
interpretar la
Constitución. Y si hacer eso es imprescindible para
gobernar un país, también lo es para gobernar una Iglesia que abarca el mundo
entero. Por eso es bastante lógico que Jesucristo nos haya dejado su Iglesia,
dotada de una jerarquía, con el Papa, los obispos, los Concilios, etc., todo
ello necesario para aplicar e interpretar la escritura.
—¿Y qué opinas del prestigio de la Iglesia católica?
La situación de la Iglesia católica en el
arranque de este milenio reviste un extraordinario interés. Como ha escrito
José Orlandis, nunca en la historia había sido la Iglesia tan universal
como ahora, por la diversidad nacional y étnica de sus fieles; nunca el Papa
había gozado de un prestigio moral tan alto, no solo entre sus fieles, sino
también entre hombres del mundo entero, que le consideran como la más alta
autoridad espiritual.
Se trata de un fenómeno sin precedentes,
pues los grandes Papas medievales tenían como marco una cristiandad europea,
espiritualmente compacta pero de dimensiones muy reducidas. La Iglesia católica aparece
hoy con una inequívoca personalidad internacional, con mil millones de
fieles, con más de ciento veinte mil instituciones asistenciales y con unas
escuelas en las cuales se forman cincuenta millones de estudiantes. Aparece,
además, firme y coherente en sus enseñanzas en cuestiones doctrinales y morales,
en contraste con la inestabilidad y las ambigüedades de muchas confesiones
religiosas, que presentan a menudo la apariencia de naves desarboladas, a
merced del oleaje de las modas o de los antojos de sus bases, ansiosas de
acomodarse a las preferencias de la opinión pública.
—Hay
personas que sienten la necesidad de llenar su vida con algo espiritual, pero
rechazan la posibilidad de acercarse a la Iglesia porque consideran que es un montaje
opresivo y anticuado.
En bastantes ocasiones, todas esas
prevenciones contra la
Iglesia se desvanecen cuando se llega a conocerla más de
cerca. Cuando se ha estado lejos mucho tiempo, es fácil haber asumido
estereotipos que luego se demuestran falsos o inexactos en cuanto se hace el
esfuerzo de acercarse y observar las cosas por uno mismo y de primera mano.
Se ve entonces que la realidad tiene unos
tonos distintos. Que en la
Iglesia hay bastante más libertad de lo que pensaban. Que
hay muchos sacerdotes ejemplares, inteligentes, cultos y que hablan con
brillantez. Que la liturgia tiene mayor fuerza y atractivo de lo que creían.
Que hay ciertamente un conjunto de normas morales bastante exigentes, pero
que son precisamente la mejor garantía que tiene el hombre para alcanzar su
felicidad y la de todos. Es más, el hecho de que, pese a la permisividad
actual, la Iglesia
se niegue a bajar el listón ético, y no ceda a las presiones de unos y otros,
es un extraordinario motivo de admiración y atractivo. La Iglesia no quiere ni
puede hacer rebajas de fin de temporada en asuntos de moral para así atraer a
las masas, sino que continúa presentando el genuino mensaje del Evangelio.
Las rebajas y los sucedáneos cansan enseguida, y la historia está llena de
cadáveres que cedieron a la acomodación a los errores del momento y no
consiguieron absolutamente nada.
Cuando se conoce de verdad la Iglesia se desenmascaran muchas falsas imágenes. Se descubre entonces
que la moral cristiana no es un conjunto de prohibiciones y obligaciones,
sino un gran ideal de excelencia personal. Un ideal que no consiste solo en
prohibir tal o cual cosa, sino que sobre todo alienta de modo positivo a
hacer muchas cosas. Ser católico practicante no es cumplir el precepto
dominical, sino algo mucho más profundo y más grande. La fe pone al cristiano
frente a sus responsabilidades ante sí mismo, su familia, su trabajo, ante la
tarea de construir un mundo mejor. El mensaje cristiano no aparta a los
hombres de la edificación del mundo, ni les lleva a despreocuparse del bien
ajeno, sino que, por el contrario, les impone como un deber el hacerlo. Es
cierto que hay malos ejemplos, como cualquiera podría encontrarlos en tu vida
o en la mía. Donde hay hombres hay errores. Si en la Iglesia no pudiera haber
hombres con defectos, nadie tendría cabida en ella. No es que nos gusten esos
errores, que hemos de procurar corregir, pero lo primero que debemos
considerar es que la Iglesia
está formada por personas como tú y como yo. Bueno, quizá un poco mejores.
En
casi toda Europa,
la conversión de un pueblo
comenzó por la acción de una mujer.
Régine
Pernoud
—Muchos piensan
que, aunque hayan mejorado bastante las cosas en los últimos tiempos, quedan
en la Iglesia
rastros de una antigua desconfianza hacia la mujer. Incluso he oído decir que
la Iglesia
tardó algunos siglos en reconocer que las mujeres tuvieran alma.
Desde luego, lo de la ausencia de alma en
la mujer nunca lo pensó la
Iglesia católica, y esto lo desmiente con rotundidad la
historia: las santas y las mártires fueron veneradas desde los primeros
siglos del cristianismo, y su glorificación brilla en todos los templos
cristianos de la antigüedad, y siempre hubo tanto mujeres como hombres en el
catálogo romano de canonizaciones.
Además, la Iglesia católica, como
es sabido, venera desde los primerísimos tiempos a una mujer, la Virgen María,
como madre de Dios y la más perfecta de las criaturas. Todo ello, como
comprenderás, es poco compatible con semejante leyenda.
—¿Y no es cierto al menos que la Iglesia admitió que la
mujer era inferior al hombre porque, según el relato del Génesis, fue
creada después que él?
Hubo algunos pensadores cristianos lo
bastante ridículos como para pretender que la mujer era un ser inferior,
haciendo una interpretación realmente sorprendente de ese relato del Génesis.
Pero su doctrina fue condenada por la Iglesia. Ya dijo Aristóteles que no había en el
mundo idea absurda que no tuviera al menos algún filósofo para sostenerla; y
se ve que eso puede extenderse a las muchas afirmaciones absurdas que se han
hecho en torno a la teología católica a lo largo de los siglos. Hay que
pensar que durante los primeros siglos del cristianismo, los concilios
dedicaron mucho tiempo a condenar errores. Uno de ellos fue este. Pero no
pueden imputarse a la
Iglesia las aberraciones que se vio obligada a denunciar y
condenar. Como decía André Frossard, eso sería como responsabilizar al
Ministro de Justicia de todas las faltas que castiga el Código Penal.
—Pero San Pablo,
por ejemplo, manda en una de sus epístolas que las mujeres se mantengan
calladas en las asambleas.
Y con ello demuestra que ellas
participaban en esas asambleas, algo absolutamente inimaginable durante
muchísimos siglos en nuestras modernas y avanzadas asambleas parlamentarias
occidentales.
Porque un sencillo análisis de la historia
permite ver que la discriminación de la mujer ha sido un fenómeno muy
extendido a lo largo de los siglos. Eso es algo lamentable, pero no es justo
achacarlo a la Iglesia.
Por poner un ejemplo bien ilustrativo, el
acceso general de la mujer al voto en las elecciones democráticas civiles de
nuestras modernas sociedades occidentales comenzó con Finlandia en 1906, y no
llegó a Estados Unidos hasta 1920,
a Gran Bretaña hasta 1928, y a España hasta 1931.
Otros países de nuestro entorno no alcanzaron el pleno derecho de sufragio
femenino hasta mucho después: Francia en 1944, Italia en 1945, Bélgica en
1948, Andorra en 1970 y Suiza en 1971. Se ha discriminado mucho a la mujer en
la historia de la democracia, pero la culpa no es de la democracia, sino de
la visión de la mujer que tenía entonces la sociedad.
Para ser justo, hay que integrar ese
comentario de San Pablo en la mentalidad imperante en aquellos tiempos. A
nadie de esa época, fuera judío o romano, se le habría pasado por la cabeza
dar a las mujeres tanto protagonismo como tienen en el Nuevo Testamento,
totalmente impensable por aquel entonces (de hecho, fue durante mucho tiempo
objeto de crítica por parte de muchos autores no cristianos). Sería más justo
decir, en todo caso, que las fuertes exigencias de la moral cristiana
contribuyeron a amortiguar aquella lamentable situación.
—Pero, ¿y lo del
sacerdocio femenino?
Nos salimos un poco del objeto de este
libro, porque se trata ya de un problema teológico, y no de una cuestión de
razonabilidad de la fe. De todas formas, puedo decirte que la Iglesia católica afirma
que hay un sacerdocio común de todos los fieles –varones y mujeres–; y que el
sacerdocio ministerial corresponde solo a los varones, entre otras razones,
porque no considera la
Santa Misa una simple evocación simbólica o conmemorativa,
sino la renovación incruenta del sacrificio de la Cruz; y como Jesucristo era
un varón, y el sacerdote en la
Santa Misa presta su cuerpo a Cristo, lo propio es que el
sacerdote sea un varón.
—Entonces, ¿las
mujeres no tienen ese derecho?
El sacerdocio no es un derecho, sino una
llamada. Jesucristo llamó a los que quiso, y no puede pasarse por alto el
hecho de que no eligió entre los doce apóstoles a ninguna mujer. Y es
evidente que podía haberlo hecho con facilidad, pues a su lado iban siempre
algunas mujeres (que le seguirían hasta la cruz, donde, por cierto, todos los
apóstoles menos uno le abandonaron), y no habría extrañado en aquellos
tiempos, en los que sí había sacerdotisas.
¿Por qué Jesucristo no eligió a ninguna?
No es fácil saberlo. El caso es que tampoco lo hicieron los apóstoles al
designar a sus sucesores, y desde los primeros tiempos la Iglesia ha seguido así
–sin que esto suponga ningún menoscabo para la mujer– por fidelidad a la
voluntad fundacional de Jesucristo.
Por otra parte, no se requiere ser
sacerdote para alcanzar la santidad, ni debe considerarse la ordenación como
un premio del que se ha privado a las mujeres. Se trata más bien de un
servicio que corresponde a los varones. Por ejemplo, la misma Virgen María,
asociada más que nadie al misterio de Jesucristo, no fue llamada al
sacerdocio.
La
Iglesia
reconoce la igualdad de derechos del varón y de la mujer en la Iglesia, pero esa
igualdad de derechos no implica identidad de funciones. A su vez, esa
diferencia de funciones no concede un valor superior al varón sobre la mujer,
pues los más grandes en la
Iglesia no son los sacerdotes sino los santos.
—Pero las
mujeres no tendrán poder en la
Iglesia…
Si contemplamos la Iglesia desde la
perspectiva del poder, efectivamente el que no ostente cargos estaría
oprimido. Pero ese planteamiento destruiría la Iglesia, y daría una
visión falsa de su naturaleza, como si el poder fuera su fin último. En la Iglesia no estamos para
asociarnos y ejercer un poder. Pertenecemos a la Iglesia porque nos da la
vida eterna, todo lo demás es secundario.
—De todas
formas, no parece muy feminista por parte de la Iglesia...
El Papa y los obispos no pueden cambiar el
comportamiento de Jesucristo. Reconocen y promueven el papel de la mujer, y
han recomendado que participen las mujeres en la vida de la Iglesia sin ninguna
discriminación, también en las consultas y en la elaboración de las
decisiones, en los Consejos y Sínodos diocesanos y en los Concilios
particulares.
«Precisamente porque soy profundamente
feminista –decía la escritora Régine Pernoud–, la ordenación de mujeres me
parece contraria a los intereses mismos de las mujeres. Se trata de algo que
entraña el peligro de confirmar a las mujeres la creencia de que para ellas
la promoción consiste en hacer todo lo que hacen los varones, como si su
progreso fuera actuar exactamente como ellos.
»Que el hombre y la mujer tienen igualdad
de derechos, nos lo ha enseñado el Evangelio. Los mismos apóstoles se quedan
perplejos cuando Cristo anuncia la absoluta reciprocidad de deberes entre el
marido y la mujer: tan evidente era que eso iba en contra de la mentalidad de
la época.
»Esto hace más significativa la decisión
de Cristo de escoger, entre los hombres y mujeres que le rodeaban, doce
hombres que habían de recibir la consagración eucarística durante la Última
Cena en el cenáculo de Jerusalén. Observemos que, en esa misma sala, las
mujeres se encuentran mezcladas con los hombres para recibir la irrupción del
Espíritu Santo en Pentecostés. Más que reivindicar el ministerio sacerdotal
para las mujeres, ¿no habría más bien que recordar que lo que Cristo pidió a
las mujeres es que fueran portadoras de la salvación?
»En el inicio del Evangelio está el sí de
una mujer; en el final, otras mujeres se apresuran a ir a despertar a los
apóstoles para comunicarles la noticia de la Resurrección;
las mujeres son invitadas a transmitir la palabra: hay místicas, teólogas,
doctoras de la Iglesia.
En casi toda Europa la conversión de un pueblo comenzó por
la acción de una mujer: Clotilde en Francia, Berta en Inglaterra, Olga en
Rusia, por no hablar de Teodosia en España y Teodelinda en Lombardía. Pero el
servicio sacerdotal se pide a los varones.
»Hoy se ve a muchas mujeres asumir las más
amplias tareas de enseñanza religiosa o teológica. La desconfianza de la
sociedad civil hacia la mujer, manifiesta en el mundo clásico, comenzó a
disiparse muy recientemente. Lo deseable, al comienzo de este tercer milenio,
es que se establezca el esperado equilibrio sin ninguna confusión.»
23. LA
AUTORIDAD DE LA IGLESIA
Hay
una impresión vaga, pero persuasiva,
de que expresar dudas
es signo de modestia y de democracia,
mientras que demostrar certidumbre
se considera dogmático y dictatorial.
Christopher
Derrick
—Hay católicos
que se preguntan qué autoridad tiene la Iglesia para definir qué exige exactamente la
moral católica. Dicen que ellos tienen una forma propia de entender lo que
significa ser católico, y que no tiene por qué coincidir con lo que digan en
Roma.
Si alguien dice que la Iglesia católica no
puede definir en qué consiste la fe o la moral católicas, lo siento, pero no
podríamos llamar católico a quien mantenga eso. Quizá una especie de
nostalgia personal esté llevando a esa persona a querer mantener tal título
de católico, pero –como decía Christopher Derrick– se lo hemos de quitar con
la mayor gentileza y caridad, y no porque lo diga el Papa, sino porque lo
dice el diccionario.
La religión católica es algo bastante
concreto. Se distingue básicamente de los luteranos, ortodoxos o anglicanos,
entre otras cosas, en que sigue las enseñanzas de la sede apostólica romana.
Por eso, si se considera importante la precisión terminológica, conviene
aclarar que esas personas quieren llamarse católicos sin serlo realmente.
—Me temo que,
ante ese planteamiento, muchos responderán que entonces no son católicos,
porque ellos interpretan la Sagrada Escritura de otra manera y consideran
que la Iglesia
es un invento de hombres.
Es quizá la única salida que les queda,
pero conduce a algunas contradicciones. Por ejemplo, ya que hablan de
remitirse a la
Sagrada Escritura, habría que decirles que allí se lee
bastante claro, y en pasajes diversos, que Jesucristo “instituyó la Iglesia”, que puso a
Pedro como cabeza, y que le dio “las llaves del Reino de los Cielos”. Y
consta también que confió a los apóstoles una misión de enseñanza y tutela de
la doctrina: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes (...)
enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado”. Al tiempo que les
aseguraba que no les dejaría solos –“He aquí que yo estaré con vosotros todos
los días hasta el fin del mundo”–, sino que garantizaría el acierto de sus
enseñanzas: “Todo lo que atares en la tierra quedará atado en los cielos, y
lo que desatares quedará desatado en los cielos”. Y les dio también poder
para perdonar los pecados: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan
perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Etcétera.
Como ves, los textos son abundantes y, por
otra parte, su autenticidad está notablemente contrastada. Si esas personas
dicen aceptar el Evangelio como de Dios, les resultará francamente difícil
negar que Jesucristo instituyó la Iglesia, le dio poder
para enseñar con autoridad su doctrina, aseguró que estaría siempre a su
lado, y que todo lo que atara en la tierra quedaría atado en el cielo. Lo
menos que puede deducirse de tales frases es que Jesucristo preservaría a su
Iglesia del error en las cuestiones en que, comprometiendo su autoridad, se
pronunciara de forma solemne.
—Pues me temo
que entonces dirán que no hay que tomarse los Evangelios en un sentido tan
literal. Que se trata simplemente de entender su mensaje de amor y de paz...
Así es como muchos llegan a reducir los
Evangelios a unos simples libros moralizantes de gran interés, a una especie
de “Iniciación a la vida dichosa”. Lo cual me parece muy respetable,
lógicamente, porque cada cual es libre de pensar lo que quiera, pero sería
reducir la figura de Jesucristo a un simple pensador antiguo con una
filosofía más o menos atractiva y que lanzó unos mensajes muy interesantes.
Pero eso no sería ya propiamente una religión, sino mostrar una cierta
predilección por un pensador de la antigüedad.
La
Sagrada Escritura
–explica Joseph Ratzinger– es portadora del pensamiento de Dios, pero viene
mediada por una historia humana, encierra el pensar y el vivir de una
comunidad histórica. La
Escritura no está aislada, ni es solamente un libro. Sin la Iglesia, le faltaría la
contemporaneidad con nosotros, quedaría reducida a simple literatura que es
interpretada, como se puede interpretar cualquier obra literaria. El
Magisterio de la Iglesia
no añade una segunda autoridad a la de la Escritura, sino que
pertenece desde dentro a ella misma. No reduce la autoridad de la Escritura, sino que
vela para garantizar que la
Escritura no sea manipulada.
—Pero
esa autoridad eclesiástica podría también llegar a ser arbitraria.
Así podría suceder, si el Espíritu Santo
no iluminase y guardase a la
Iglesia. Pero ese velar del Espíritu Santo sobre la Iglesia es una realidad
que el propio Jesucristo anuncia en la Escritura.
—Otras personas
dicen que el dogma excluye el debate y el pluralismo de opiniones,
indispensable para el sano crecimiento de cualquier pensamiento religioso.
Piensan que la Iglesia
debería ser menos intransigente y más liberal, para adaptarse a las
diferentes culturas y a la evidente diversidad que hay en el mundo.
Además de los dogmas, hay dentro de la
teología católica una multitud de puntos sometidos a debate, con una
pluralidad de opiniones enormemente rica y diversa. Cualquiera que lo observe
con un poco de perspectiva, podrá darse cuenta de que siempre ha habido, y
continuará habiendo, una gran variedad en las cuestiones que requieren una
adaptación a lo cambiante de los tiempos o lugares. Son cuestiones sometidas
habitualmente a un amplio debate, tanto interno como externo, que la Iglesia no rehúye.
Por otra parte, los dogmas –como señala
Frossard– no imponen a la inteligencia unos límites que le estaría prohibido
franquear, sino que, más bien, esos dogmas empujan a la inteligencia más allá
de las fronteras de lo visible. No son muros, sino más bien ventanas para
nuestra limitación intelectual. Son ayudas divinas para poder llegar a
verdades a las que la inteligencia, por su limitación (qué le vamos a hacer),
no siempre tendría fácil acceso. La Iglesia presenta tan solo un pequeño conjunto
de verdades de fe, pero difícilmente puede imaginarse una iglesia sin
verdades de fe.
El católico –explica Christopher Derrick–
tiene en su fe en los dogmas una piedra de toque de la verdad. Gracias a
ella, puede comparar cualquier afirmación teológica con todo lo que ha venido
diciendo sobre eso el Magisterio de la Iglesia durante dos mil años; y si hay un
choque violento, su fe le dice que esa teoría será con el tiempo uno de los
numerosos caminos cegados o calles sin salida que siembran la historia del
pensamiento.
La postura de la Iglesia católica
respecto a los dogmas es sencilla y coherente:
§ Las verdades de fe nos adentran en un
orden de realidades al que nunca habríamos llegado con nuestras solas fuerzas
intelectuales.
§ Esas verdades de fe no quedan cerradas al
pensamiento ni a la racionalidad, ni pretenden agotar las posibilidades de
conocimiento que tiene el hombre.
§ La
Iglesia se
limita a custodiar esas verdades, porque asegura que las ha revelado el mismo
Dios.
§ El hombre es libre de prestar o no su
asentimiento a esos dogmas, pero debe hacerlo si quiere llamarse católico
legítimamente.
A eso se reduce la intransigencia que
algunos achacan a la Iglesia
católica, y que no es otra cosa que una serena y prudente defensa del
depósito de la fe, bien alejada de cualquier intemperancia o fanatismo. Lo
único que reclama la Iglesia
es libertad para expresar pública y libremente a los hombres la luz que su
mensaje arroja sobre la realidad y sobre la vida.
La
mayor sabiduría humana
es saber que sabemos muy poco.
Sócrates
¿No es la
Iglesia
demasiado dogmática?
—Pero proponer
dogmas..., ¿no supone caer irremisiblemente en actitudes dogmáticas?
Hay una gran diferencia entre ser un
dogmático y creer firmemente en algo. Las actitudes dogmáticas nacen de
"imponer" dogmas, no de "proponerlos". Y la Iglesia se dirige al
hombre en el más pleno respeto de su libertad. La Iglesia propone, no
impone nada.
Creer es una
consecuencia de la natural búsqueda de la verdad en la que todo hombre debía
estar empeñado. Por el contrario, ser dogmático –caricatura del respeto a los
dogmas– es lo que ha llevado a algunos hombres a caer en diversos fanatismos
a lo largo de la historia, en los que con gran frecuencia se ha utilizado la
fe como pretexto, cuando en realidad los motivos de fondo eran muy distintos.
Pero sería injusto cargar a los dogmas la responsabilidad de acciones o
actitudes de las que los únicos culpables son unos hombres que los
malentendieron o manipularon.
—Pero hay cierto
descontento en algunos ambientes con respecto a esta posición de la Iglesia, que consideran
demasiado firme, incluso un poco radical.
Ese descontento se reduce a ámbitos
bastante limitados. Casi todo el mundo entiende que la Iglesia ha de seguir un
derecho y mantener un mínimo de disciplina. Una iglesia cuya fe se
constituyera como simple equilibrio o agregación de las opiniones de sus
miembros, no sería propiamente una iglesia sino un simple lugar de
coincidencia de algunas preferencias particulares, una mera asociación
privada.
Es cierto que en la Iglesia hay una unidad
clara y firme. Pero se trata de una unidad que no excluye el pluralismo, no
nos hace caminar marcando el paso. Una gran unidad compatible con una gran
diversidad, capaz de expresarse a través de muchas lenguas, pueblos y
naciones, y capaz de incorporar las legítimas tradiciones de muchos lugares. La Iglesia católica siempre
ha tenido presente la diversidad propia de la cultura humana.
Por poner un ejemplo, el prólogo del
Catecismo de la Iglesia
católica advierte de la necesidad de adaptar su doctrina, en cada lugar, a
diversas exigencias ineludibles, entre las que incluye aquellas que dimanan
de las diferentes culturas. Y aunque la adaptación a las culturas exige a
veces rupturas con hábitos o enfoques incompatibles con la fe católica
–puesto que la Iglesia
está en la historia pero al mismo tiempo la trasciende–, subraya siempre los
valores positivos de toda construcción cultural.
—¿Y no es intolerancia por parte de la Iglesia condenar
acciones o actitudes que en algunos casos están socialmente aceptadas, sin
atender a las opiniones de quienes las defienden?
Afortunadamente, ser tolerante no es
compartir en todo la opinión de los demás. Ni dejar de mantener las propias
convicciones porque estén poco de moda. De hecho, ambas cosas serían una
buena forma de acabar pronto sin ninguna idea propia dentro de la cabeza.
Ser tolerante es reconocer y respetar a
los demás su derecho a pensar de otro modo. Y la Iglesia lo hace.
Por otra parte, la tolerancia y el respeto
al legítimo pluralismo, nada tienen que ver con una especie de relativismo
que sostuviera que no existe nada que se considere intrínsecamente bueno y
universalmente vinculante. Si no hubiera cosas que están claramente mal y que
no deben tolerarse, nadie podría, por ejemplo, recriminar legítimamente a
Hitler el genocidio judío.
No hay que olvidar que ese genocidio se
perpetró dentro de los amplios márgenes de la
"justicia" y la "ley" nazis, establecidas a partir
de unas elecciones democráticas que se realizaron de forma correcta. El
problema es que si no hay referencia a una verdad objetiva, los criterios
morales carecen de una base sólida, y tarde o temprano la verdad acaba
quedando en manos del poder, y la sociedad queda a merced de quienes pueden
imponer sus opiniones a los demás. Si faltan referencias permanentes, basta
una serie de intervenciones en los principales medios de comunicación para
producir la impresión de que el sentir popular reclama una cosa u otra, y que
todos han de adaptarse a eso.
Por otra parte, y como ha señalado Giacomo
Biffi, a quienes piensan que la
Iglesia es poco tolerante habría quizá que recordarles que
la realidad histórica de la intolerancia, manifestada trágicamente como la
matanza en masa de inocentes, entra en el acontecer humano precisamente con
la irrupción política de la razón separada de la fe, con la llegada de la Ilustración. El
principio de que es lícito suprimir colectivos enteros de personas por el
solo hecho de ser consideradas un obstáculo para la imposición de determinada
ideología, fue aplicado por primera vez en la historia en 1793, con la
incansable actividad de la guillotina y con el genocidio de La Vendée contra los
campesinos católicos. Y los frutos más amargos de esa semilla se han
producido en el siglo XX –el siglo más sangriento que se conoce– a manos de
totalitarismos ateos, con la masacre de los campesinos rusos por parte de los
bolcheviques, con el genocidio nazi, las matanzas de camboyanos llevadas a
cabo por los comunistas, etc.
—Admito que las
sociedades con fundamentos cristianos sean efectivamente más tolerantes que
las ateas, pero de la tolerancia personal de los cristianos no estoy tan
seguro...
De la virtud de cada cristiano yo no puedo
responder, pero pienso que las personas con convicciones religiosas
arraigadas caen más difícilmente en actitudes intolerantes. Por aportar un
dato significativo –aunque es solo un ejemplo–, un sondeo Gallup realizado
recientemente en USA para la revista First Things, en el que se establecieron
doce grados para medir la religiosidad, señalaba que el segmento de población
considerado más religioso (el llamado “highly spiritually committed”, que
alcanzaba al 13 % de la población) corresponde a "las personas más
tolerantes, más inclinadas a realizar actos caritativos, más preocupadas por
la mejora de la sociedad, y más felices".
Quienes por su fe saben que el deseo de Dios
es respetar las convicciones de los demás, tienen más recursos personales
para respetar los derechos humanos, defender la libertad religiosa y proteger
el santuario de la conciencia en una sociedad civil y libre. En cualquier
caso, la Iglesia
no tiene culpa de que haya algún que otro católico más o menos intolerante.
Eso son cosas de la vida, no de la Iglesia.
—La Iglesia dice que no
puede haber una adhesión cristiana si no se trata de una adhesión libre, pero
luego hace proselitismo. Y eso algunos lo entienden como una violencia,
puesto que es querer llevar una doctrina a quien no ha pedido nada.
Si fuera válida esa argumentación, habría
que prohibir también la publicidad, porque ofrece cosas que no se han pedido.
Y llevada a su extremo, esa lógica podría acabar con buena parte de la
libertad de expresión.
El apostolado cristiano es dar testimonio
de lo que uno considera que es la verdad, sin violentar a nadie. No es, de
ninguna manera, una imposición. La verdad cristiana no debe imponerse más que
por la fuerza de la misma verdad. Por tanto, la conversión a la fe de una
persona, o su vocación a una determinada institución de la Iglesia, debe proceder
de un don de Dios que solo puede ser correspondido con una decisión personal
y libre, que ha de tomarse siempre con entera libertad, sin coacción ni
presión de ningún tipo.
En este sentido la tradición cristiana
habla desde muy antiguo de propagar la fe, y de hacer proselitismo, para
referirse al celo apostólico por anunciar su mensaje e incorporar nuevos
fieles a la Iglesia
o a alguna de sus instituciones. Cualquier otra interpretación de esos
términos, que se asociara al uso de violencia o de coerción, o que de algún
modo pretendiera forzar la conciencia o manipular la libertad, implicaría
modos de actuar que, como es obvio, resultan ajenos por completo al espíritu
cristiano y son totalmente reprobables. Pero el deseo de propagar la propia
fe, o de hacer proselitismo, despojados de esas connotaciones negativas, es
algo totalmente legítimo.
Si negáramos a las personas su libertad de
ayudar a otras a encaminarse hacia lo que se considera la verdad, caeríamos
en una peligrosa forma de intolerancia. Por eso es preciso respetar –dentro
de sus límites propios– la libertad de expresar las ideas personales, y la
libertad de desear convencer con ellas a otras personas. Al fin y al cabo, es
algo que está –entre otras cosas– en la esencia de lo que es la educación, la
publicidad o la política, y es un derecho básico cada vez más reconocido,
tanto desde instancias jurídicas como sociológicas.
La libertad religiosa pertenece a la
esencia de la sociedad democrática y es uno de los puntos fundamentales para
verificar el progreso auténtico del hombre en todo régimen, sociedad o
sistema. Cualquier atentado directo o consentido contra ella es siempre
síntoma de un totalitarismo más o menos velado. Conculcar el derecho a
expresar o propagar las propias ideas o creencias sería entrar de nuevo en un
peligroso sistema represivo, propio de regímenes autoritarios, en los que se
restringe la libertad religiosa como si fuera algo subversivo, quizá con el
fin de arrancar a la Iglesia
el coraje y el empuje necesarios para acometer su misión evangelizadora.
—Si
la verdad cristiana no debe imponerse, ¿cómo explicas que la Iglesia siga imponiendo
sanciones a teólogos que mantienen posiciones demasiado
"renovadoras"?
La
Iglesia
católica no obliga a ninguna persona a creer en nada. Lo que pasa es que
algunos se han empeñado en presentar como mártires, objeto de clamorosas
injusticias, a algunos sacerdotes y teólogos que pretenden seguir diciendo,
desde puestos oficiales de instituciones eclesiásticas, cosas que no son de
ninguna manera conciliables con la teología católica.
Cualquier persona, sea o no creyente,
entiende que la Iglesia
–como cualquier otra institución que no quiera acabar en la más lamentable de
las confusiones– debe asegurar que las personas que la representan expresan
con fidelidad su doctrina. Y aunque esa doctrina es compatible con la
evidente multiplicidad del pensamiento cristiano, hay cosas que no son
pluralidad sino contradicción.
Dentro de la misión de la Iglesia está verificar
si una línea de pensamiento o de expresión de la fe pertenece o no a la verdad
católica. Y mantener esas garantías exige un Derecho, y una autoridad que
juzgue conforme a él y que luego se ocupe de aplicar sus decisiones.
Y hay que decir que los procedimientos
judiciales de la Iglesia
son mucho más respetuosos y contemporizadores que los que se emplean en el
mundo judicial civil. No hay más que leer el Código de Derecho Canónico para
ver que la Iglesia
no es una institución sometida a lo arbitrario. Se respeta enormemente el
derecho de las personas, y eso aun a costa de incurrir a veces en cierta
lentitud.
Una
conducta desarreglada
aguza el ingenio y falsea el juicio.
De
Bonald
—¿Y no crees que si la Iglesia moderara sus exigencias,
habría más creyentes?
Francamente, creo que no. Hay personas que
aseguran que tendrían fe si vieran resucitar a un muerto, o si la Iglesia rebajara sus
exigencias en materia sexual, o si las mujeres pudieran llegar al sacerdocio,
o simplemente si su párroco fuera menos antipático. Pero es muy probable que,
si se cumplieran esas condiciones, su increencia encontrara enseguida otras.
Porque, como dice Robert Spaemann, la persona que no cree es incapaz de saber
bajo qué condiciones estaría dispuesta a creer. Y los que no creen porque su
relajo moral se lo estorba, pienso que tampoco creerían aunque un muerto
resucitara ante sus propias narices. Enseguida encontrarían alguna ingeniosa
explicación que les dejara seguir viviendo como hasta entonces.
—Pero, aunque no
fuera para "captar" creyentes, la Iglesia podría moderar
sus exigencias en beneficio de los que sí creen. Me parece que fue el mismo
Santo Tomás quien dijo que en el punto medio está la virtud...
Lo dijo, efectivamente, pero se refería al
punto medio entre dos extremos erróneos, no a hacer la media aritmética entre
la verdad y la mentira, o entre lo bueno y lo malo. Porque eso sería incurrir
en algo parecido a lo que dijo hace tiempo un parlamentario de nuestro país:
“Cuando alguien dice que dos más dos son cuatro, y sale otro diciendo que dos
más dos son seis, siempre surge un tercero que, en pro del necesario diálogo
y respeto a las opiniones ajenas –todo sea por la moderación y el
entendimiento–, acaba concluyendo que dos más dos son cinco. Y no faltarán
quienes lo consideren como un hombre conciliador y tolerante”.
La
Iglesia,
igual que hace cualquier persona sensata, defiende lo que considera
verdadero, y no quiere aguar esa verdad. Nadie debería llamar intolerancia a
eso, que no es más que defender con coherencia las propias convicciones. Si
alguien se quejara, demostraría tener un concepto bastante intolerante de la
tolerancia.
—No entiendo por
qué la Iglesia
católica no permite que se casen los curas, o que se ordenen personas
casadas. Sobre todo, pensando en la preocupante escasez de sacerdotes.
La
Iglesia
católica de Occidente –te respondo glosando ideas de Jean-Marie Lustiger– ha
hecho la elección de escoger a sus sacerdotes entre hombres que han recibido
el carisma del celibato. Es algo más que una simple disciplina canónica: es
una opción inspirada por el mismo Jesucristo. Pero es cierto que mantiene y
recuerda también la posibilidad y su derecho de ordenar a hombres casados.
Esa es la tradición, por ejemplo, de las iglesias católicas de rito oriental
unidas a Roma.
Respecto a lo que dices sobre la acuciante
falta de sacerdotes, la cuestión del matrimonio no se ha demostrado
determinante ni decisiva respecto a las nuevas vocaciones. Y es algo que
puede verificarse fácilmente. Basta con fijarse en las Iglesias orientales
(en las que se ordenan también sacerdotes casados) y en el anglicanismo y el
luteranismo (en estas, además, están bien retribuidos), y fácilmente se
comprueba que en ninguno de los tres casos hay una correlación entre
vocaciones y matrimonio. De hecho, la disminución de vocaciones de pastores
luteranos y anglicanos es superior a la de sacerdotes católicos en esos
mismos países.
Por el contrario, se ven aparecer de
manera insistente y significativa vocaciones de sacerdotes solteros en
Iglesias que admiten la ordenación de casados. Es un dato poco conocido, pero
que confirma una tendencia que avanza desde hace un siglo en el anglicanismo,
las Iglesias orientales, el luteranismo alemán y en algunos protestantes
franceses.
«Aunque la Iglesia haya procurado
adaptarse a las diferentes culturas y lugares –me decía una persona en cierta
ocasión–, creo que, en general, le ha faltado agilidad para ponerse al día.
»Me parece que la Iglesia ha estado
habitualmente poco atenta a los cambios de los tiempos, y se ha esforzado
poco por ser progresista y adelantarse a ofrecer lo que en cada momento la
gente pide. Pienso que les vendría bien un poco de mentalidad empresarial, y
quizá algunas nociones de marketing. Hoy día es imprescindible conocer bien
los mercados y las leyes que los rigen.
»Creo –volvió a sentenciar– que esa es una
de las razones por las que han perdido seguidores. Yo les recomendaría, como
única salida para su supervivencia, que adapten sus posturas al mundo
moderno.»
Primero habría que decir que la Iglesia católica no ha
parado de crecer en número de fieles a lo largo de estas últimas décadas.
Pero, aunque no fuera así, no puede entenderse o tratarse la fe como una
simple estrategia de supervivencia en los mercados comerciales. La Iglesia no es una
empresa, ni un movimiento asociativo, ni un partido político, ni un
sindicato. Las verdades de fe o las exigencias de la moral no pueden tratarse
como si lo de menos fuera la verdad y lo importante fuera ser eficaz, ser
muchos, o ser moderno.
La
Iglesia ha
de adaptarse a los tiempos, es verdad, y necesita de una continua renovación.
Pero ha de mantener su identidad, sin ceder en lo fundamental de su mensaje.
Su objetivo no es alinearse donde más gente haya, ni estar de acuerdo con las
tendencias más extendidas en cada época, ni satisfacer las demandas del
marketing del momento. Para la
Iglesia –como decía Thoureau–, lo más importante no es lo
nuevo, sino lo que jamás fue ni será viejo.
Y en cuanto a lo del
progresismo, conviene preguntarse primero hacia dónde se quiere progresar.
Porque, de lo contrario, sería usar una palabra, quizá muy sugerente para
algunos –cada vez para menos–, pero que así, sola, no dice nada concreto.
Siempre me ha parecido que el progreso es
bueno, pues suele ser obra de los insatisfechos, de los que no se conforman,
de los que buscan rutas arriesgadas en la vida. Pero me parece una simpleza
recurrir a la vieja técnica de autodenominarse progresista para tachar a los
demás de inmovilistas, para descalificar sin debate alguno a todo aquel que
piense de manera distinta. Llamar retrógrados, integristas, tradicionalistas,
o cosas parecidas, a todos los que tengan opiniones contrarias a las propias
es muestra, cuando menos, de un discurso intelectual bastante pobre.
De la misma manera, tampoco es serio
llamar progresista a quien vive bajo el afán –quizá bajo el complejo– de bailar
siempre al ritmo de la moda del momento. Quienes así funcionan, están
marcados por el estigma de lo pasajero, de lo que pronto quedará superado por
otros tiempos y otras modas. Son soldados rasos de una masa, de un ejército
sin mandos, en el que nadie sabe quién da las órdenes, pero que, sin embargo,
se obedecen con prusiana disciplina.
Hoy, como ayer, la Iglesia ha de escuchar
esas voces críticas, y valorarlas, como siempre ha de hacerse con la crítica.
Pero no puede sumarse a lo que aparentemente contentaría a más personas pero
dificulta el cumplimiento de su misión. Entre otras cosas, porque somos
servidores de la Iglesia,
no los que decidimos lo que es la Iglesia. Tenemos que saber qué quiere Dios y
ponernos a su servicio.
—¿Pero no te parece que la Iglesia debería ser un
poco más comprensiva con la debilidad de los hombres?
Un médico no es acusado de falta de
comprensión cuando diagnostica un cáncer y dice que habría que operar. Sin
embargo, a veces se tacha a los "médicos del espíritu" de poco
comprensivos o de faltos de compasión cuando diagnostican una falta o pecado
y sugieren que habría que arrepentirse y cambiar.
Igual que el médico se compadece ante el
enfermo de cáncer mostrándose inflexible contra el tumor, la Iglesia se compadece
ante la debilidad humana del pecador mostrándose inflexible contra el pecado.
Es un deber que a veces es duro de oír, e incluso de decir, pero un deber
insoslayable.
La
Iglesia
recuerda, con la luz de Dios, que el hombre puede distinguir el bien y el
mal. Nunca puede llamar bien al mal, a no ser al precio de una mentira que le
destruye a sí mismo. Esto es una cuestión clave para la felicidad y la
libertad. El bien es un camino que se abre hacia la felicidad. El mal es un
abismo donde, de golpe, el hombre bascula como en la nada. Por eso los
preceptos de la Iglesia
no son prohibiciones arbitrarias, sino una salvaguarda de la libertad humana.
La Iglesia
apela a la razón para reconocer esta luz sobre el hombre y sobre su
condición, y al recordar lo razonable, defiende hasta el fin la
responsabilidad de la libertad. Escoger el bien digno del hombre no es llamar
"bien" a lo que me gusta o satisface mis intereses. Es respetar la
dignidad personal y común a todos.
Por eso hay muchos temas en los que la Iglesia está obligada a
decir siempre lo mismo sobre lo mismo. Eso sí, con gracia nueva cada día.
Pero sin dejarse arrastrar por las modas del momento. Por eso la Iglesia tiene una lógica
interna aplastante cuando dice: a mí no me pidan que cambie la norma, adapte
usted su comportamiento a la norma si quiere vivir realmente la fe católica.
Lo esencial de la fe –señala Manuel
Hidalgo– es como lo esencial de la medicina. Mire, doctor, es que hoy día la
gente bebe mucho..., ¿podría usted autorizarme una botella de whisky al día?
Pues mire usted, el whisky acabará por destrozarle a usted el hígado. Además,
si usted no bebe, los que le vean tendrán una razón menos para destrozarse su
propio hígado. Es que a mí me gusta beber. Ah, pues entonces haga usted lo
que quiera y no me pregunte. Es duro, ¿no? Quizá por eso hay tantos que pasan
de los médicos. Y más cuando de lo que se trata es del sexo, que a muchos les
gusta más que el whisky. Oiga, que el ejemplo no me vale, porque el sexo es
de lo más natural. Sí, y los huevos de gallina también son naturales y dan
colesterol... ¡Qué le vamos a hacer!
Esa honestidad de la Iglesia católica, que
sostiene con ejemplar fortaleza sus principios morales pese a que no sean
nada complacientes con la debilidad humana, es como la de los buenos médicos,
que te dicen lo que te tienen que decir, te guste o no. Porque para ir de
médico en médico hasta encontrar uno que te deje hacer lo que te dé la gana,
para eso es mejor no ir al médico. Y si una iglesia –con minúscula– fuera muy
complaciente y te diera siempre la razón, no sería la Iglesia.
PARTE
CUARTA
Sócrates
es mi amigo,
pero soy más amigo de la verdad.
Aristóteles
26.
¿ACASO
DIOS BUSCA FASTIDIAR?
Si
el semblante de la virtud
pudiera verse,
enamoraría a todos.
Platón
Ha escrito un pensador español que quien,
en aras de la libertad, pretendiera caminar sobre las aguas, solo conseguiría
ahogarse. Y si esto sucede en el orden físico, algo parecido ocurre en el
orden moral.
Es verdad que los efectos de transgredir
las leyes morales no suelen ser tan patentes como ir en contra de las leyes
físicas, pero no por eso las consecuencias son menos destructoras.
Transgredir las leyes físicas –como, por ejemplo, al pretender caminar sobre
las aguas– acarrea unas consecuencias fácilmente comprobables. Pero el hecho
de que sean más fácilmente comprobables no implica que por eso sean más
ciertas: simplemente, son más fáciles de entender.
Es cierto que somos libres. Somos libres
de tirarnos volando desde un tercer piso. Somos libres de intentar caminar
por el agua. Pero eso no significa que sea lo más sensato, porque no tenemos
alas ni aletas.
Somos libres para caminar desnudos por el
polo Norte, pero no es lo más aconsejable si la naturaleza no nos ha dado una
protección térmica como la de la foca o el pingüino. Hacemos un uso sensato
de la libertad solo en la medida en que asumimos libremente las leyes que
rigen nuestra propia naturaleza.
Necesitamos de nuestra libertad, pero
debemos contar siempre, además, con la realidad de nuestra naturaleza. Si no,
podremos demostrar que somos muy libres, pero no habremos demostrado mucha
sensatez.
—Pero
no todo el mundo coincide en cuáles son las exigencias morales de la
naturaleza del hombre.
Todo ser humano tiene un conocimiento
íntimo, natural, de la ley moral, con los consiguientes deberes para con uno
mismo, con los demás y con la propia naturaleza. Otra cuestión es que podamos
engañarnos al percibirlo o al llevarlo a la práctica.
—Pero
de alguna manera deberíamos percibir que la transgresión de esa ley nos
perjudica, ¿no?
Si en un coro hay uno que da una nota
falsa, una persona que apenas entendiera de música, o que tuviera mal oído,
no notaría nada. Pero si el que escucha es alguien que sabe, se dará cuenta
enseguida de que hay uno que está desafinando.
Algo parecido nos sucede cuando, por las
razones que sean, nos falta sensibilidad moral: no notamos hasta qué punto
nos perjudica una transgresión de la ley natural (con la diferencia de que
ese error tiene mayor influencia en nosotros que un fallo musical).
Cuando alguien quebranta las leyes físicas
(la ley de la gravedad, por ejemplo), pronto comprueba que el verdadero
quebrantado es él mismo. Con la ley moral sucede algo parecido, aunque a
veces tarde en descubrirse. Cuando el hombre transgrede las exigencias
morales naturales se degrada, se aleja de su pleno desarrollo personal. Por
eso, si nos esforzáramos más por conocer las verdaderas consecuencias de
nuestros actos, cambiaría quizá bastante nuestra forma de actuar.
Hay personas que creen –como dice aquel
dicho popular– que “todo lo que nos gusta, o está prohibido o engorda”.
Piensan que la virtud, o la religión, son realidades que vienen a aguarles la
fiesta de la vida. Las ven como una ingrata secuencia de restricciones,
obligaciones y renuncias. Solo se fijan en el lado antipático que siempre
presenta cualquier esfuerzo, y no advierten el lado atractivo de la virtud,
su rostro amable, su efecto liberador.
“Solamente haciendo el bien se puede
realmente ser feliz”, decía Aristóteles. Todo lo que Dios exige, nos lo exige
precisamente porque es lo que más nos conviene.
Dios no ha señalado una serie de
exigencias morales con el sencillo objeto de fastidiarnos. Sería un error
asociar la voluntad de Dios, o el premio en el más allá, a una supuesta
resignación a la infelicidad en esta tierra. Si la vida es un don de Dios, y
la felicidad eterna es su destino, tiene razón Aristóteles cuando dice que la
felicidad está unida a cumplir ese designio divino. La ética es una
facilitación de la vida, no su constante entorpecimiento.
Vivir los mandatos de Dios tiene cierto
parecido –aunque lejano– con seguir las instrucciones de mantenimiento de un
vehículo. Esas instrucciones pueden prescribir algunas normas cuyo motivo no
siempre el usuario entiende totalmente. Pero el fabricante, que conoce bien
el funcionamiento, nos recomienda que, por nuestro bien, cumplamos esas
normas, aunque no siempre terminemos de comprenderlas bien. Si alguna cosa
nos parece inútil es porque quizá ignoramos los daños que provocaría su
incumplimiento.
—Pero
ya que la fe es algo razonable, lo lógico sería que entendiéramos bien por
qué conviene hacer las cosas.
Siguiendo con el ejemplo del vehículo,
imagina una persona que quisiera utilizar durante años un automóvil sin
querer cambiar el aceite, o sin reponer el líquido de frenos, porque dice no
entender bien la necesidad de hacerlo con tanta frecuencia. Acabaría por
gripar el motor por falta de lubricante, o se estrellaría por falta de
líquido de frenos. Y no dejaría de correr esos riesgos por el hecho de
desconocerlos, o de no entenderlos bien del todo (o de no querer
entenderlos).
Si desea entender bien las razones de lo
que hace, lo más sensato entonces es que aprenda mecánica del automóvil. Si
sabe poco de esa ciencia, el hecho de seguir esas instrucciones del
fabricante no supone actuar de modo poco razonable, sino actuar fiándose de
alguien. Cuando se actúa fiado en otro, también se aplica el entendimiento:
uno entiende que lo que le dicen merece credibilidad, porque cree que la
persona que se lo dice es digna de crédito.
Creer es algo razonable. Nos pasamos la
vida fiándonos de lo que alguien nos dice. Por la autoridad de otros
aceptamos las creencias históricas, la mayoría de las geográficas y buena
parte de las referidas a los asuntos de la vida cotidiana. Nos fiamos del
manual de instrucciones del coche, y de multitud de cosas en la vida normal
de cada día: de lo contrario, sería imposible vivir.
—Pero
a muchos las exigencias de la fe les parecen exageradas.
Hay realidades que exigen un cierto nivel
de exigencia y de compromiso. Es fácil encontrar o inventar teorías
agradables al oído, cálidamente permisivas, y que incluso adornen la vida de
un cierto aire trascendente, pero no basta con eso para que sean verdaderas.
—Pero
decías que hacer el bien no tiene por qué ser desagradable.
Lo principal no es buscar lo agradable ni
lo desagradable, sino lo que es propio de nuestra naturaleza de hombres. O lo
que quiere Dios de nosotros, que en definitiva es lo mismo. Y como Dios busca
siempre nuestro bien, precisamente eso será lo mejor para nosotros. Y, a la
larga, también lo más agradable.
Si llegamos con sed a una fuente en la que
encontramos un cartel que dice “agua no potable”, esto puede producirnos una
primera reacción de desagrado, pues tenemos sed y allí hay agua fresca. Pero
saciar la sed con esa agua nos llevaría a una intoxicación, que ese cartel
nos ahorra. Quien pone ese cartel no busca fastidiar, sino ayudar,
prevenirnos ante un mal no siempre perceptible con evidencia. Y esa agua no
nos hace daño por tener el cartel, sino que han puesto el cartel para que no
nos haga daño.
La fe verdadera es exigente. Y exige una
conversión verdadera, del corazón. El deber moral no puede considerarse como
una cárcel de la que el hombre tenga que liberarse para poder hacer
finalmente lo que le venga en gana. Las normas morales no son limitaciones
arbitrarias impuestas a las personas, sino verdades liberadoras que llenan de
luz su existencia y constituyen su propia dignidad.
27.
¿LA FE AYUDA A DISFRUTAR DE
LA VIDA?
No
hay en el mundo señorío
como la libertad del corazón.
Baltasar
Gracián
—Pero
si el hombre hace el bien por miedo al castigo de la naturaleza, o para
conseguir el premio del cielo, o para encontrar un consuelo divino en la
tierra..., ¿no está entonces actuando de forma egoísta?
La moral exige cierta abnegación y
renuncia, pero esa renuncia no es el fin que se busca. Desear el propio bien,
y esperar gozar de él en el futuro, no tiene por qué ser egoísmo.
Si Dios fuese kantiano –decía C. S.
Lewis–, y por tanto, no nos aceptara hasta que fuésemos a Él impulsados por
los más puros y mejores motivos, entonces nadie podría salvarse. Kant pensaba
que ninguna acción tenía valor moral a menos que fuese hecha como fruto de
una pura reverencia a la ley moral, es decir, sin contar para nada con el
atractivo o la inclinación hacia esa buena obra.
Y, ciertamente, a veces la opinión popular
parece estar de parte de Kant. Parece como si perdiera valor la actuación de
una persona que hace lo que le gusta hacer. Las mismas palabras “pero a él le
gusta hacerlo” suelen indicar “y por tanto no tiene mérito”. Sin embargo,
frente a Kant se alza la verdad subrayada por Aristóteles: “cuanto más
virtuoso se vuelve el hombre, tanto más disfruta de los actos de virtud”.
Afortunadamente, Dios no es orgulloso ni
kantiano, y la esperanza de recompensa o el miedo al castigo no tienen por
qué pervertirlo todo. Hay diversos tipos de recompensas. Unas pueden ser
adecuadas a determinada acción, y otras no. El dinero, por ejemplo, no es
recompensa natural para el amor, y por eso llamaríamos mercenario al hombre
que se casara por dinero. En cambio, el matrimonio parece un premio apropiado
para quien ama verdaderamente a una persona, y no llamaríamos mercenario a un
enamorado por desear conquistar a su pareja y llegar a casarse. Una
recompensa apropiada y conveniente a una acción, no tiene por qué envilecer
esa acción; al contrario, es su natural culminación.
—De
acuerdo, pero todos los enamorados esperan con ilusión el día de su boda, y
en cambio los hombres no siempre anhelan hacer el bien.
En el caso de los enamorados, la pasión
cobra en esos momentos mucha fuerza, y les hace muy fácil sentirse atraídos
por el bien deseado. También hay que decir que la pasión no es siempre una
garantía ante la erosión del tiempo, y que incluso puede resultar peligrosa
si no está bien gobernada por la inteligencia. No hay que olvidar que las
pasiones también han producido muchos desatinos.
Pero es cierto lo que dices. No siempre se
anhela apasionadamente el bien. Y muchas veces, simplemente porque no
alcanzamos a ver la legítima recompensa asociada a ese bien.
Pongamos un caso práctico de la vida
diaria. Está claro, por ejemplo, que solo quienes alcanzan un buen nivel de
formación y conocimientos, tras años de esfuerzo, pueden gozar de los bienes
asociados a la cultura y la sabiduría. Cuando en el colegio un chico o una
chica empiezan a estudiar la tabla periódica de elementos, o los músculos del
cuerpo humano, o unos datos de historia o de geografía, o unas leyes físicas
o matemáticas, o han de realizar cualquier otro esfuerzo propio de la vida
escolar, esos chicos no siempre acertarán a vislumbrar de modo permanente la
utilidad y los bienes asociados a esos estudios. O, por lo menos, no siempre
los verán con tanta pasión como la del enamorado que espera ilusionadamente
casarse con el objeto de sus amores.
Algunos de esos chicos –no demasiados–
estudiarán con una gran ilusión, y tendrán presente ese lejano bien que
confían alcanzar. Pero muchos otros lo harán fundamentalmente por sacar
buenas notas, agradar a sus padres, eludir un castigo o cosas semejantes. Son
motivos que no parecen muy elevados. Y es cierto que hay que descubrirles
bienes o fines más altos, pero no conviene ser utópicos. Ya irán descubriendo
poco a poco la razón de esos estudios, y llegará un día en que comprenderán
claramente su necesidad, y se alegrarán de haber aprovechado la oportunidad
de no ser unos analfabetos. Nadie podrá indicar el día y la hora en que
terminará una visión y comenzará la otra. Sin embargo, el cambio va teniendo
lugar conforme se acerca a la posesión de la recompensa, que entonces ya
desearán y agradecerán por sí misma.
Los educadores demostrarán su maestría
sabiendo despertar en los alumnos esa pasión por aprender, haciéndoles
vislumbrar el fin por el que se están esforzando. Motivar a los alumnos
haciéndoles pensar en un premio futuro no tiene por qué ser algo corruptor.
Puede ser la clave de la verdadera motivación.
Y algo parecido sucede con la llamada
natural del hombre hacia el bien. El anhelo de alcanzarlo está en nuestra
naturaleza, aunque quizá no lo hayamos descubierto en muchos de sus aspectos,
y nos falte motivación o conocimiento. Puede que haya momentos en que no
veamos claras las ventajas de hacer el bien, que quizá se nos antoje vago y
lejano, frente a las concretas y cercanas ventajas del mal. No es mala cosa
en esos momentos pensar en el premio prometido. El acierto de nuestra vida
depende radicalmente de nuestra capacidad de descubrir el bien y de
decidirnos por él.
Cuando alguien se plantea qué tipo de
persona quiere ser, y cómo lograrlo, se enfrenta a cuestiones importantes.
Su acierto en el vivir estará muy ligado a
no eludir esas preguntas. No basta con pensar un poco en ellas, pues muchas
personas fracasan en su vida –escribió Tomás Moro– no por haberse negado a
pensar en esas cuestiones, sino por haber pensado poco en ellas.
—Entonces,
¿hay que estar planteándose continuamente cómo se debe ser?
Continuamente quizá no, porque acabaría
por ser algo enfermizo. Pero si eludimos de modo habitual esas preguntas
sobre el sentido de nuestra vida, o si escondemos zonas de nuestra vida a la
luz de esas cuestiones fundamentales, estaríamos acotando en nosotros una
especie de área de autoengaño.
—Pero
aunque pienses en eso, no es fácil aclararse en lo que debes hacer.
A veces puede haber dudas, pero lo
habitual es que el contraste entre el bien y el mal acabe apareciendo con
claridad para quien busca con rectitud. No se trata, como es lógico, de
dividir la humanidad entre santos y demonios; la cuestión es dejarse guiar o
no por la honestidad. Además, también se aprende de los errores.
—Pero
hay una fuerte presión del ambiente, y a veces casi parece que ser bueno
equivale a ser tonto.
A veces puede parecerlo, y efectivamente
la presión del ambiente tiene mucha fuerza. Ya lo decía Chesterton: “¡Es tan
sencillo, tan fácil y agradable entregarse en las manos del conformismo...; y
tan duro, en cambio, atreverse a ser lo que se es, y a creer lo que se cree,
por la fidelidad a nuestra propia alma...!”.
Por naturaleza, todo hombre busca el bien.
El innato deseo humano de felicidad nos lleva hacia él. El mal en sí es algo
negativo, y no puede, por tanto, ejercer atracción ninguna sobre el hombre.
Lo que sucede es que el mal no suele presentarse químicamente puro, sino
mezclado con cosas buenas, y nos atrae por los destellos de bien que lo
recubren. Pero también en esto se demuestra la inteligencia, pues, al fin y
al cabo, la manera más inteligente de utilizar la inteligencia es ser éticamente
bueno.
Tenemos el mal pegado al cuerpo, y la
lucha contra él no es nada sencilla. Por eso no debemos menospreciar ninguna
ayuda. Y la de Dios es importante.
28.
¿TIENE
ALGUIEN DERECHO
A IMPONERME SUS VALORES?
Las
condiciones de supervivencia
de la humanidad
no están sujetas a votación:
son como son.
Robert
Spaemann
Cuenta Peter Kreeft que un día, durante
una de sus clases de ética, un alumno le dijo que la moral era algo relativo
y que él como profesor no tenía derecho a “imponerle sus valores”.
Bien –contestó Kreeft, para iniciar un
debate sobre aquella cuestión–, voy a aplicar a la clase tus valores y no los
míos. Tú dices que no hay valores absolutos, y que los valores morales son
subjetivos y relativos. Como resulta que mis ideas personales son un tanto
singulares en algunos aspectos, a partir de este momento voy a aplicar esta:
todas las alumnas quedan suspendidas.
El alumno se quedó sorprendido y protestó
diciendo que aquello no era justo.
Kreeft le argumentó: ¿Qué significa para
ti ser justo? Porque si la justicia es solo “mi” valor o “tu” valor, entonces
no hay ninguna autoridad común a nosotros dos. Yo no tengo derecho a
imponerte mi sentido de la justicia, pero tú tampoco puedes imponerme el
tuyo...
Por tanto, solo si hay un valor universal
llamado justicia, que prevalezca sobre nosotros, puedes apelar a él para
juzgar injusto que yo suspenda a todas las alumnas. Pero si no existieran
valores absolutos y objetivos fuera de nosotros, solo podrías decir que tus
valores subjetivos son diferentes de los míos, y nada más.
Sin embargo –continuó Kreeft–, no dices
que no te gusta lo que yo hago, sino que es injusto. O sea, que, cuando
desciendes a la práctica, sí crees en los valores absolutos.
Los relativistas y los escépticos
consideran que aceptar cualquier creencia es algo servil, una torpe
esclavitud que coarta la libertad de pensamiento e impide una forma de pensar
elevada e independiente.
Sin embargo –como decía C. S. Lewis–,
aunque un hombre afirme no creer en la realidad del bien y del mal, le
veremos contradecirse inmediatamente en la vida práctica. Por ejemplo, una
persona puede no cumplir su palabra o no respetar lo acordado, arguyendo que
no tiene importancia y que cada uno ha de organizar su vida sin pensar en
teorías. Pero lo más probable es que no tarde mucho en argumentar,
refiriéndose a otra persona, que es indigno que haya incumplido con él sus
promesas.
Cuando los defensores del relativismo
hablan en defensa de sus derechos, suelen desprenderse de todo su relativismo
moral y condenar con rotundidad la objetiva inmoralidad de quien pretenda
causarle daño. Y si alguien les roba la cartera, o les da una bofetada, lo
más probable es que olviden su relativismo y aseguren –sin relativismo
ninguno– que eso está muy mal, diga lo que diga quien sea (sobre todo si lo
dice el ladrón o agresor correspondiente). Porque si la palabra dada no tiene
importancia, o si no existen cosas tales como el bien y el mal, o si no
existe una ley natural, ¿cuál es la diferencia entre algo justo o injusto?
¿Acaso no se contradicen al mostrar que, digan lo que digan, en la vida
práctica reconocen que hay una ley de la naturaleza humana?
El relativismo, al no tener una referencia
clara a la verdad, lleva a la confusión global de lo que está bien y lo que
está mal. Si se analizan con un poco de detalle sus argumentaciones, es fácil
advertir –como explica Peter Kreeft– que casi todas suelen refutarse a sí
mismas:
§ "La verdad no es universal"
(¿excepto esta verdad?).
§ "Nadie puede conocer la verdad"
(salvo tú, por lo que parece).
§ "La verdad es incierta" (¿es
incierto también lo que tú dices?).
§ "Todas las generalizaciones son
falsas" (¿esta también?).
§ "No puedes ser dogmático" (con
esta misma afirmación estás demostrando ser bastante dogmático).
§ "No me impongas tu verdad" (tú
me estás imponiendo ahora tus verdades).
§ "No hay absolutos"
(¿absolutamente?).
§ "La verdad solo es opinión" (tu
opinión, por lo que veo).
§ Etcétera ad nauseam.
Cuando uno dice que es muy difícil o casi
imposible saber lo que es verdad o mentira, o lo que es bueno o malo, porque
asegura que todo es relativo, adopta una cómoda postura en la que apenas
necesita argumentar nada. Elude cualquier debate o discusión seria, porque
niega su presupuesto. Por eso decía Wittgenstein que es como un boxeador que
nunca sube al ring.
En vez de subir al ring, lo que suele
hacer en la práctica es meter de tapadillo, en un descuido retórico, su
propia verdad y su propio concepto de bien. Porque también él guarda muchas
certezas, aunque quizá no las advierta por estar demasiado ocupado en acusar
a los demás de dogmatismo. Lo que el relativista suele mirar con sospecha no
son las certezas, sino más bien las certezas de los demás.
¿Se dejarían operar por un cirujano si no
estuviera seguro de su competencia? ¿Se subirían a un avión de una compañía
aérea que manifestara incertidumbres sobre la seguridad del vuelo? Todo
hombre, por naturaleza, busca siempre certezas.
Según Christopher Derrick, la apoteosis
del relativismo puede deberse a esa impresión –vaga, pero persuasiva– de que
expresar duda es un signo de modestia y de democracia, mientras que hablar de
certidumbres se considera algo dogmático y casi dictatorial.
Sin embargo, el relativismo no puede
llevarse hasta sus últimas consecuencias. Por eso Ortega decía que el
relativismo es una teoría suicida, pues cuando se aplica a sí misma, se mata.
La mayoría de las veces, el relativismo es una especie de pose académica, una
cómoda evasión de la realidad.
Charles Moore, director del Sunday
Telegraph, relató hace unos años su conversión al catolicismo.
Moore buscaba la religión verdadera, ante
el asombro de sus amigos que le decían que daba igual una religión que otra,
y que lo único importante era el deseo de hacer el bien. Él disentía
completamente y replicaba: «Eso sería como si unos médicos se reunieran en
torno a un paciente y concluyeran: “Bueno, todos queremos que mejore, así que
todos los tratamientos que propongamos serán igualmente buenos”. Sin embargo,
es evidente que no sucede así. Dar con el tratamiento adecuado puede ser
cuestión de vida o muerte».
Es cierto que personas de religiones
distintas reciben de sus creencias aliento y enseñanza para ser mejores.
Todas las religiones distintas de la verdadera contienen y ofrecen elementos
de religiosidad, que proceden de Dios, y que reflejan un destello de aquella
Verdad que ilumina a todos los hombres. Pero deducir de eso que todas las
religiones son iguales, o que da igual una que otra, sería mucho deducir.
A la hora de elegir religión, hay que
preguntarse sobre todo qué puerta es la verdadera, no cuál es la que más nos
gusta por sus adornos o atractivos externos. No basta la buena intención,
pues no se puede olvidar cuánto mal ha sucedido en la historia en nombre de
opiniones e intenciones buenas.
Cada hombre tiene la obligación –y también
el derecho– de buscar la verdad en materia religiosa, a fin de que,
utilizando los medios adecuados, llegue a formarse rectos y verdaderos
juicios de conciencia.
—Entonces,
lo que importa para salvarse es vivir de acuerdo con la propia conciencia.
Cuando se habla de vivir de acuerdo con la
conciencia, algunos lo entienden como un simple vivir conforme a lo que cada
uno subjetivamente piensa, como si en las cuestiones religiosas y morales no
hubiera nada objetivo. Pero no siempre basta con seguir la conciencia, pues a
veces su voz puede ser ahogada, o puede ser errónea. Por ejemplo, Hitler
escribió pocas horas antes de morir que no se arrepentía de nada, que de nada
pedía perdón porque afirmaba seguir de buena fe su conciencia...
La conciencia no es un simple reducto del
subjetivismo, sino el lugar donde se da la apertura del hombre hacia la
verdad, hacia Dios. El hombre, si busca, tiene posibilidad de conocer el
camino que le conduce a la verdad.
Y obedecer a la conciencia en ese camino
puede exigir un notable esfuerzo. Supone no dejarse guiar solo por lo que a
uno le apetece, sino mirar alrededor, purificarse y tener el oído atento a la
escucha de la voz de Dios para ponerse en camino hacia la verdad.
Solamente así se puede entender en qué
consiste la grandeza de la fe. Y las diferentes religiones pueden suministrar
elementos que nos conducen hacia ese camino, pero también nos pueden desviar
de él.
—¿Entonces, la Iglesia no admite que el cristianismo sea una
vía de salvación entre otras muchas?
La
Iglesia
sostiene que Jesucristo no es un simple guía espiritual, o un camino más
hacia Dios entre otros muchos, sino el único camino de salvación.
—¿Y eso no es una afirmación un poco arrogante por
parte de la Iglesia?
Pienso que no. Lo natural es que un
creyente musulmán reconozca a Mahoma como profeta, o que un fiel hebreo
escuche la Torâh
como la palabra de Dios. Lo que dice la Iglesia católica no supone menosprecio ni falta
de consideración hacia otras confesiones religiosas. Dice que Jesucristo es
el único camino de salvación, pero también dice claramente que Dios salva a
los no cristianos que se hacen merecedores de ello.
La salvación –por decirlo de un modo un
tanto informal– es monopolio de Dios, no de los cristianos. Dios da a todos
los hombres luz y ayuda para salvarse, y lo hace de manera adecuada a la
situación interior y ambiental de cada uno.
29.
NUESTRAS
CERTEZAS...
¿Y LAS DE LOS DEMÁS?
Buscando
el bien
de nuestros semejantes,
encontramos el nuestro.
Platón
La triste novedad de aquella guerra fue
que, por primera vez en la historia, el asesinato se organizó como una
industria de producción en serie. La historia no había conocido nada
semejante.
Quizá solo quienes estuvieron en
Mauthausen, en Auschwitz, en Maidanek, o en cualquier otro campo de
exterminio de la
Segunda Guerra Mundial, pueden hacerse una verdadera idea de
lo que fue aquello. Hasta las descripciones más realistas que se han hecho
sobre los lager probablemente palidecerían ante la realidad de aquel
horror.
Afirma Claudio Magris que los testimonios
más expresivos de esa realidad no son los de las víctimas, sino los de los
verdugos. Quizá por eso, el testimonio más revelador de lo que ocurrió entre
aquellos barracones y las cámaras de gas, lo escribió el propio Rudolf Höss
en las semanas que transcurrieron entre su condena y su muerte. Su
autobiografía, titulada “Comandante en Auschwitz”, relata fríamente una serie
interminable de atrocidades que sobrepasa cualquier medida humana. Höss
cuenta de forma imperturbable todo lo que ocurre, la ignominia y la vileza,
los episodios de ruindad y de heroísmo entre las víctimas, las dimensiones
monstruosas de aquella terrible masacre.
—¿Y cómo pudo llegarse a una aberración
semejante?
Es difícil responder. Lo sorprendente es
que el nacionalsocialismo hitleriano detentaba el poder con un gran respaldo
de la población, que votó masivamente a un partido totalitario que les
presentaba una visión del mundo que entonces consideraron plenamente
satisfactoria.
Hitler dominaba las técnicas de
comunicación de masas. Supo manejarlas, crear un estado de opinión, alcanzar
el poder y convertir luego el Estado en una mortífera organización criminal.
Ni él ni los mandos de su partido disimulaban su radical y violento
antisemitismo. Proclamaron sus consignas de sangre y de raza, de las cuales
se derivaba el derecho a tratar a otros pueblos como inferiores. De los
9.600.000 judíos que vivían en Europa durante la dominación nazi, se calcula
que más de 5.700.000 fueron expulsados de sus casas, tratados como cabezas de
ganado y exterminados con una crueldad inhumana.
Tras la Segunda Guerra
Mundial, cuando la opinión pública llegó a conocer en toda su dimensión los
horrores del Tercer Reich, se planteó una cuestión crucial. Muchos habían
defendido hasta entonces que la opinión de la mayoría social marcaba lo que era
justo o injusto. Pero Hitler había actuado con el respaldo de la mayoría
parlamentaria, y también tuvo un gran apoyo de la opinión pública de su país.
Es verdad que durante la guerra nunca se propuso públicamente el exterminio
masivo, pero sí había una amplia aprobación popular acerca del despojo y la
expulsión de los judíos.
Había sido legal. Y en gran parte, también
socialmente aceptado. Pero no por eso dejaba de ser un crimen patente y
horrible. Nadie había imaginado que se podía llegar a semejante desprecio por
el hombre y por sus derechos, a una infamia que reunió una cantidad de odio
sin precedentes, que pisoteó al hombre y a todo lo humano con una fuerza
hasta entonces desconocida.
Aquellos dirigentes nazis fueron
condenados como autores de crímenes contra la humanidad, porque se consideró
evidente que existe una ley moral universal a la que todos los hombres
estamos sujetos, independientemente de lo que digan las leyes de ese Estado,
o de lo que apruebe o desapruebe la opinión pública.
Hubo juristas coherentes con el
relativismo moral que siempre habían postulado, y que argumentaron que no se
podía condenar a esos generales nazis, ya que no habían transgredido las
leyes entonces vigentes en su país. Pero aquella protesta fue tan solo una
prueba más de la precariedad de esa forma de pensar. Porque si un acto
tuviera que ser bueno simplemente por estar ordenado o permitido por una ley,
entonces no se podría acusar de injusto a ningún régimen político que viole
los derechos humanos.
Ningún porcentaje de apoyo social puede
hacer bueno lo que de por sí es perverso. Los votos que llevaron o
mantuvieron a Hitler al poder no hicieron aceptable su racismo ni sus
criminales designios. Hay cosas que están mal aunque las permita o fomente el
poder legítimamente establecido.
Cuando el relativismo moral se impone, la
dignidad humana corre un grave peligro. Los derechos básicos se relativizan y
se abre la puerta al totalitarismo. El régimen nazi es una prueba de que esas
ideas no son un mero entretenimiento de intelectuales, sino que tienen
consecuencias importantes.
Auschwitz reveló, entre otras cosas, la
profunda depravación en la que podía sumergirse el hombre al olvidar a Dios.
Muchos años antes, ciertos sectores de la cultura europea habían intentado
borrar a Dios del horizonte humano, y una de sus consecuencias había sido la
aparición del paganismo nazi y el dogmatismo marxista, dos ideologías
totalitarias que Hitler y Stalin pretendieron convertir en religiones
sustitutivas. Así fue como el desprecio a Dios llevó al desprecio a la
humanidad y a la vida de las personas. El resultado fue un abismo de
inmoralidad que la historia jamás podrá olvidar.
Si treinta sádicos –sugiere Peter Kreeft–
acordasen torturar a una persona, ¿podría el número hacer que la acción fuese
correcta? ¿Y si fuera la sociedad entera quien lo aprobara?
Si la tortura es mala, no es porque la
sociedad lo diga, sino porque lo es en sí misma.
Un linchamiento suele estar “consensuado”
por la masa popular, que aplica justicia –y rápidamente– conforme a un
veredicto dictado también por abrumadora mayoría. Sin embargo, aunque cumpla
los postulados de la moral relativista, no resulta aceptable.
Si en 1939 se hubiera hecho en Alemania
una encuesta sobre si es lícito exterminar a los adultos mal constituidos, es
probable que hubiera contado con una aprobación general. Sin embargo, la
opinión mayoritaria no convertiría en morales esos actos.
En bastantes países islámicos se niega la
posibilidad de cambiar de la fe musulmana a otra religión. Es una prohibición
legal, y aceptada por la opinión pública, pero atenta contra la libertad
religiosa, que es un derecho humano previo a todo eso.
El hecho de que algo esté aceptado por una
mayoría social no es garantía moral segura. Es solo un indicador del nivel de
reconocimiento de la verdad que hay en esa sociedad. La historia de los progresos humanos –y no solo en los progresos
éticos, sino también en los científicos– muestra que la comprensión de la
verdad suele ser, en los comienzos, minoritaria. Piénsese, por ejemplo, en
los primeros movimientos en contra de la esclavitud o la discriminación
racial, que nacieron con una reducida aceptación social.
—Sin embargo, el
Estado puede y debe elaborar leyes y reglas, y luego cambiarlas cuando sea
preciso. Y hoy se dice a los automovilistas que circulen por la derecha, pero
mañana se les puede decir que circulen por la izquierda. Y no parece que haya
nada malo en eso.
Efectivamente, hay leyes y normas que no
tienen una calificación moral directa, y el Estado puede decidir sobre ellas
en uno u otro sentido. Sin embargo, hay otras cosas que son buenas o malas en
sí mismas, independientemente de que el Estado las imponga o no, o que le
gusten más o menos a los ciudadanos. Los hombres no pueden inventar las
reglas de la moral: solo pueden procurar descubrirlas (algo parecido a lo que
sucede, por ejemplo, con las reglas de la salud corporal).
El buen legislador es el que legisla
buscando verdades que conducen a la justicia, no el que pretende decidir arbitrariamente
lo que es justo o injusto (igual que el buen médico es el que descubre
verdades relacionadas con la salud, no el que decide arbitrariamente qué es
estar sano o enfermo).
Al recordar el genocidio nazi hemos visto cómo
una mayoría que no reconoce más límites que ella misma, incurre fácilmente en
la tentación de arrollar los derechos básicos de las minorías. Y esas
minorías pueden ser minorías étnicas (racismo), no nacidos (aborto), ancianos
enfermos o deficientes mentales (eutanasia), o cualquier colectivo que no
pueda defenderse de la mayoría que ostenta el poder. Una actitud de ese tipo
lleva al dominio tiránico del grupo más fuerte en cada momento. Como en la
selva, se impone la ley del más fuerte (que en este caso es la inapelable
mayoría).
No se puede forzar a la verdad a estar en
relación directa con el número de personas a las que persuade. La ética
natural, y con ella la dignidad de la persona, debe respetarse como algo que
está por encima de la decisión de cualquier colectivo humano. No es el Estado
quien otorga a los hombres sus derechos fundamentales: esos derechos no son
otorgados, sino reconocidos y protegidos por el Estado, puesto que son
derechos inherentes a la dignidad humana. El Estado no concede el derecho a
la vida ni a la propia dignidad: ha de limitarse a reconocer y defender esos
derechos.
El encuentro con la verdad exige conformar
la propia vida con esa verdad, y en ese sentido puede decirse que la verdad se
nos impone. Pero el encuentro con la verdad es lo más liberador que puede
haber en la vida de una persona.
Por el contrario, quien pretende
“liberarse de la verdad”, no se libera, sino que cae en el autoengaño. Y un
engaño, aunque lo cause uno mismo, no puede liberar de nada. Liberarse de la
verdad atenta además contra los mismos fundamentos de la democracia, pues la
verdadera democracia se apoya en el respeto a una gran verdad: la dignidad
humana, que debe considerarse como algo innegociable.
Es necesario establecer normas por
consenso si se quiere que haya democracia. Y ese consenso puede ser la vía
más adecuada para acercarse a la verdad. Pero –como ha explicado Andrés
Ollero– ha de asumirse con realismo que, pese a nuestros buenos deseos,
podemos equivocarnos al intentar captarla. Y solo si ese consenso coincide
con la verdad puede convertirse en instancia ética. No es el consenso quien
nos dice lo que es éticamente adecuado, sino la ética la que nos exhorta a
consensuar sus exigencias.
30.
¿Y
POR QUÉ “ESO” VA A SER MALO ?
La
libertad, como la vida,
solo la merece quien sabe
conquistarla todos los días.
Goethe
Raskolnikof, el protagonista de “Crimen y
Castigo” de Dostoievski, es un joven estudiante de Derecho, convencido de que
la conciencia es una simple imposición social. De hecho, mata fríamente a una
vieja usurera, y después del asesinato dice no tener remordimiento alguno.
Asegura haber vencido el prejuicio social de la conciencia: "¿Mi crimen?
¿Qué crimen? ¿Es un crimen matar a un parásito vil y nocivo? No puedo
concebir que sea más glorioso bombardear una ciudad sitiada que matar a
hachazos. No comprendo que pueda llamarse crimen a mi acción. Tengo la
conciencia tranquila".
Poco a poco su conducta se vuelve cada vez
más desequilibrada y acaba en la cárcel. Al final de la novela, mientras
cumple su condena en Siberia, sufre una pesadilla inquietante. Sueña que el
mundo es invadido por una plaga de microbios que transmiten a los hombres la
extraña locura de creer que cada uno está en posesión de la verdad. Surgen
discusiones interminables, porque nadie considera que debe ceder, se hacen
imposibles las relaciones familiares y sociales y el mundo acaba
convirtiéndose en un manicomio insoportable.
Reflexionando sobre este sueño,
Raskolnikof acaba descubriendo que su teoría para justificar el crimen es
parecida a la conducta de aquellos hombres locos de su sueño.
Antígona:
leyes
que nadie ha puesto
Sófocles cuenta en una de sus tragedias la
historia de Polinices, un joven que muere en la rebelión contra Creonte, el
tirano de Tebas.
Creonte ordena, para dar público
escarmiento, que el cadáver de Polinices sea abandonado en el campo para que
lo devoren las alimañas. Y si alguno se atreve a darle sepultura, morirá.
Pero Antígona, hermana de Polinices,
desafía la orden del tirano y entierra el cuerpo de su hermano. La denuncian
ante Creonte, que acusa a la muchacha de despreciar la ley. Ella responde con
valentía: "No creía yo que tus decretos tuvieran tanta fuerza como para
que un hombre pueda saltar por encima de las leyes no escritas, inmutables,
de los dioses; de esas leyes cuya vigencia no es de ayer, sino de siempre, y
nadie sabe cuándo aparecieron".
Aquel diálogo continúa, chispeante, y es
un buen reflejo de cómo la sociedad griega de hace veinticinco siglos
reconocía la existencia de unas leyes naturales inmutables. Porque si el
fundamento de la moral fuese la voluntad de los pueblos, las decisiones de
sus jefes, o las sentencias de sus jueces, entonces, todo lo que se aprobara
legalmente se convertiría en bueno, aunque fuese mentir, robar o matar.
La ley moral debe surgir de algo impreso
en la naturaleza humana, que llamamos ley natural. Una ley que obliga a todos
los hombres, y que no siempre coincide con los gustos del momento de cada
gobernante, de cada sociedad, de cada persona.
—Pero
¿esas leyes no suponen para el hombre una pérdida de libertad?
Todos aceptamos leyes biológicas, físicas
o matemáticas que limitan nuestra libertad. No nos consideramos oprimidos por
la ley de la gravedad, que nos impide volar o tirarnos de un noveno piso; la
aceptamos, sabiendo que ir en contra de ella acabaría con nuestra vida. Nadie
se considera menos libre por aceptar el teorema de Pitágoras o el principio
de Pascal. De manera semejante, la ley natural no tiene por qué suponer para
nadie una pérdida de libertad. Es más, quienes no quieren aceptar esa norma
recta de conducta, porque piensan que así serán más libres, tarde o temprano
se encuentran con que son esclavos de su propios vicios y están siendo
manejados por quienes explotan su debilidad.
No somos poseedores de la verdad, es la
verdad quien nos posee. Somos servidores de la verdad, no sus dueños ni sus
autores.
—Pero
se puede tener una moral muy exigente y elevada sin ser creyente.
Es cierto que existen muchas personas de
gran rectitud moral que no son creyentes. Y es cierto también que se pueden
encontrar doctrinas éticas respetables que excluyen la fe.
Pero no veo, sin embargo, cómo puede
existir una ética que prescinda totalmente de Dios y pueda considerarse
racionalmente bien fundada. La ética se remite a la naturaleza, y esta, a su
autor, que es Dios.
Para fundamentar cualquier ética es
necesario saber quién es el hombre y quién es su creador (Platón decía que no
podemos conocer qué conducta nos hace buenos si no conocemos quiénes somos).
Una ética sin Dios, sin un ser superior, basada solo en el consenso social, o
en unas tradiciones culturales, ofrece pocas garantías ante la patente
debilidad del hombre o ante su capacidad de ser manipulado.
Una referencia a Dios sirve –y la historia
parece empeñada en demostrarlo– no solo para justificar la existencia de
normas de conducta que hay que observar, sino también para mover a las
personas a observarlas. El creyente se dirige a Dios no solo como legislador
sino también como juez. Conocer la ley moral y observarla son cosas bien
distintas, y por eso, si Dios está presente –y presente sin pretender
acomodarlo al propio capricho, como es lógico– será más fácil que se observen
esas leyes morales.
En cambio, cuando se prescinde
voluntariamente de Dios, es fácil que el hombre se desvíe hasta convertirse
en la única instancia que decide lo que es bueno o malo, en función de sus
propios intereses. ¿Por qué ayudar a una persona que difícilmente me podrá
corresponder? ¿Por qué perdonar? ¿Por qué ser fiel a mi marido o mi mujer
cuando es tan fácil no serlo? ¿Por qué no aceptar esa pequeña ganancia fácil?
¿Por qué arriesgarse a decir la verdad y no dejar que sea otro quien pague
las consecuencias de mi error?
Quien no tiene conciencia de pecado y no
admite que haya nadie superior a él que juzgue sus acciones, se encuentra
mucho más indefenso ante la tentación de erigirse como juez y determinador
supremo de lo bueno y lo malo.
Eso no significa que el creyente obre
siempre rectamente, ni que no se engañe nunca; pero al menos no está solo.
Está menos expuesto a engañarse a sí mismo diciéndose que es bueno lo que le
gusta y malo lo que no le gusta. Sabe que tiene dentro una voz moral que en
determinado momento le advertirá: basta, no sigas por ahí. Sin religión es
más fácil dudar si vale la pena ser fiel a la ética. Sin religión es más
fácil no ver claro por qué se han de mantener conductas que suponen
sacrificios.
Esto sucede más aún cuando la moral laica
se transmite de una generación a otra sin apenas reflexión. Como ha señalado
Julián Marías, los que al principio sostuvieron esos principios laicos como
elemento de un debate ideológico, tenían al menos el ardor y el idealismo de
una causa que defendían con pasión. Pero si esa moral se transmite a los más
jóvenes, a los hijos, y después a los hijos de estos, sin ninguna vinculación
a creencias religiosas, es fácil que ese idealismo quede en unas simples
ideas sin un fundamento claro, y por tanto pierden vigor.
Cuando se niega que hay
un juicio y una vida después de la muerte, es bastante fácil que las
perspectivas de una persona se reduzcan a lo que en esta vida pueda suceder.
Si no se cuenta con nada más, porque no se cree en el más allá, el sentido de
última responsabilidad tiende a diluirse.
—¿Y qué le dirías al que, a pesar de buscar a Dios,
no tiene fe?
Buscar a Dios es un paso importante. Y casi
siempre supone tener ya algo de fe. Si la búsqueda es sincera, tarde o
temprano lo encontrará. Yo recomendaría a esa persona que pensara en su
propia conducta y en la verdad, que reflexionara sobre qué está bien y qué
está mal, y que procurara actuar conforme a ello, pues tal vez es Dios quien
se lo está pidiendo. Y obrando bien estará en una buena disposición para
descubrir a quien es la fuente del bien.
31.
¿LA MORAL AYUDA A PENSAR
BIEN?
Quien
en nombre de la libertad
renuncia a ser el que tiene que ser,
ya se ha matado en vida: es un suicida en pie.
Su existencia consistirá en una perpetua fuga
de la única realidad que podía ser.
Ortega
y Gasset
—Muchos
piensan que inculcar a una persona unos principios morales preestablecidos es
un modo de lavarle el cerebro. Dicen que lo mejor es que cada uno vaya
sacando de su experiencia personal sus propios criterios morales.
Entiendo que lavar el cerebro a una
persona consiste en disminuir su capacidad de juzgar razonadamente. Pero
educar a las personas para desarrollar el hábito de ser veraces, o generosas,
o justas, o respetuosas con los demás, no puede decirse que atente contra su
capacidad de tomar decisiones razonables. Es justamente al revés. Los buenos
hábitos morales refuerzan la capacidad de juzgar razonablemente.
Por el contrario, cuando faltan los
hábitos morales resulta más fácil que se extravíe la razón. Fue Lenin quien
dijo aquello de que "si queremos dominar a un pueblo, antes
corromperemos su moralidad".
—Pero
no siempre sabemos exactamente qué exige la ley moral, y sería triste correr
el riesgo de propagar errores.
La moral es una ciencia difícil y su
aprendizaje está efectivamente sujeto a errores. Pero esos posibles errores
no disminuyen su importancia, ni su necesidad, de la misma manera que el
hecho de que una persona se equivoque al sumar no significa que las
matemáticas estén equivocadas, ni que sean poco importantes.
El fallo y el error son inherentes al
obrar humano, y también a la educación y la enseñanza (incluidas las
matemáticas). Pero ese riesgo no debe disuadirnos de buscar la verdad ni de
ayudar a los demás a buscarla.
Además, la ley moral está más clara de lo
que quizá algunos pretenden. Todo hombre percibe en su interior la existencia
de una ley que no se dicta a sí mismo y a la cual debe obedecer.
—Pero
no siempre tenemos una evidencia clara de lo que es bueno o malo.
Efectivamente, no siempre lo bueno y lo
malo se presentan con una claridad total. Pero el hombre que busca la verdad
con honradez acaba discerniendo qué es bueno o malo en cada caso.
Hay aplicaciones prácticas en las que no
es fácil discernir lo mejor de lo peor, pues la ética no es una ciencia
exacta, como pueden serlo las matemáticas, pero hay bastantes cosas claras y
accesibles a cualquiera que busque la verdad ética con rectitud. Y en todo
caso, esa búsqueda siempre será fructuosa.
—Pero
a lo largo de la historia han surgido infinidad de concepciones morales
radicalmente incompatibles entre sí...
Las diversas concepciones morales que han
ido surgiendo a lo largo de la historia del género humano, tienen
efectivamente puntos en contradicción, pero también muchos otros en común.
Algunos insisten tanto en la incompatibilidad que llegan a pensar que toda
ética es una invención humana propia de cada momento o lugar. Pero la
historia muestra que la intuición moral natural es bastante común a todas las
grandes civilizaciones que han presenciado el paso de los siglos, desde hace
miles de años.
Los grandes imperativos morales están
presentes en toda la historia. Las grandes conquistas éticas de la humanidad
son tan verdaderas como las conquistas de la ciencia experimental o de la técnica.
O incluso más, ya que captan más profundamente la verdad y resultan más
decisivas para la felicidad humana.
—¿Por qué te parecen más decisivas?
Porque la moral es decisiva para la
dignidad del hombre. Despreciar la moral no hace al hombre más libre, como si
fuera algo de lo que al hombre conviniera liberarse. Desatender el deber
moral degrada al hombre, lo desplaza a un escalón menos humano, lo aparta de
la felicidad.
—¿Y qué opinas sobre la pretensión de la Iglesia de que se enseñe
religión cristiana como una asignatura más en los currículos escolares? ¿No
es contradictorio que haya una asignatura confesional en un Estado
aconfesional?
Si esa asignatura se elige libremente,
pienso que es una pretensión muy razonable, y muy respetuosa tanto con el
valor educativo de la religión como con la libertad de los padres. Caben
muchas soluciones, como elegir entre esas clases u otras alternativas de
ética, o de historia de las religiones, etc.
«La religión –afirma Juan Manuel de
Prada–, además de una elección trascendente, es una rama esencial del
conocimiento, puesto que sobre ella se fundamenta nuestra genealogía
cultural. Para entender cabalmente los tercetos encadenados de Dante hace
falta tener una cultura religiosa; para hacer inteligible a Tiziano hace
falta una cultura religiosa; para disfrutar de la música de Bach hace falta
una cultura religiosa. Y, puesto que no estamos hablando de nimiedades, se
impone que esa transmisión cultural sea evaluable; no creo que haya asuntos
mucho más importantes que hacer partícipes a nuestros hijos de este riquísimo
legado. Considero, pues, inobjetable la existencia de una disciplina que
exija unos conocimientos básicos e irrenunciables sobre el fenómeno
religioso. Los hombres de mañana no pueden crecer desgajados de su genealogía
espiritual y cultural, como si esa herencia incalculable fuese algo inerte;
si desterrásemos de las escuelas el esqueleto de nuestra cultura, estaríamos
condenando a las generaciones futuras a una existencia invertebrada. Y, como
católico, deseo que mis hijos reciban una educación acorde con los principios
en los que creo. Puesto que la religión católica es mucho más que un mero
repertorio de dogmas y liturgias, puesto que constituye el sustrato fecundo
sobre el que se edifica nuestra civilización, nuestra cultura y nuestra
moral, quiero que mis hijos sean instruidos en sus misterios. Quiero que
sepan que hubo un hombre entreverado de Dios que se subió a una montaña para
proclamar el más bello poema de bienaventuranza, que se negó a lapidar a una
mujer adúltera, que no dudó en aceptar el agua que le ofreció una samaritana,
que dignificó el sufrimiento inmolándose en una cruz. Quiero que ese hombre
entreverado de Dios sea la piedra angular de su formación; a nadie perjudico
con esta elección y a nadie se la impongo».
El Estado debe proteger el pluralismo y el
derecho de los padres a elegir la formación de sus hijos. Cuando algunos
“progresistas” desean que se imponga a todos de una educación materialista, y
quieren prohibir la enseñanza de la religión en la escuela, habría que
recordarles que no es lícito invocar la libertad para imponer a través del
sistema público de enseñanza una concepción materialista y atea de la vida.
Sin la dimensión religiosa, queda amputada la visión integral de la realidad.
«Solo desde el cristianismo –recalca José
Ramón Ayllón– es posible entender a Lutero y a Erasmo, a Miguel Ángel y a
Bernini, a Felipe II y a Enrique VIII, a Dante y a Jorge Manrique, a Lope de
Vega y a Quevedo. Gracias a la asignatura de religión han entendido aspectos
fundamentales de la historia de Europa: una larga historia que pasa por el
Camino de Santiago, por las catedrales románicas y góticas, por la pintura
barroca, por el Réquiem de Mozart, la Pasión de Bach
y el Mesías de Haendel, y también por la fundación episcopal o papal
de las universidades.
»La religión tiene un efecto saludable
sobre la personalidad de quienes la estudian. En realidad, no podría ser de
otro modo. Porque Jesucristo, el más atractivo y exigente de los modelos que
registra la historia humana, contagia generosidad y compasión, comprensión y
amor, justicia y responsabilidad, limpieza de pensamiento y de vida, sentido
de la vida y de la muerte, alegría y esperanza inquebrantable.
»Ya sé que el cristianismo no es una
ética, pero la revolución religiosa que origina tiene, como gran efecto
secundario, una extraordinaria revolución ética. Y esa nueva interpretación
de la condición humana, unida al orden jurídico romano y al orden mental griego,
da lugar a la civilización occidental. Jesucristo llama bienaventurados a los
pobres de espíritu, que se saben nada delante de Dios. A los mansos, que no
se dejan arrastrar por la ira y el odio. A los que lloran los pecados propios
y ajenos. A los que tienen hambre y sed de justicia, y desean con todas sus
fuerzas el triunfo del bien. A los que son compasivos y misericordiosos. A
los de corazón limpio. A los que promueven la paz a su alrededor.
»Así se resume la ética cristiana. Cristo
la presenta en toda su exigencia y radicalidad, afirmando que exige hacerse
violencia, pero señalando al mismo tiempo que vale la pena contarse entre los
esforzados que lo intentan. En la historia de la humanidad, las
bienaventuranzas constituyen un cambio radical en las usuales valoraciones
humanas, al poner los bienes del espíritu muy por encima de los bienes
materiales. Sanos y enfermos, poderosos y débiles, ricos y pobres, torpes e
inteligentes, todos son valorados por Dios al margen de esas circunstancias
accidentales. Y eso tiene un enorme valor educativo, en medio de un mundo
consagrado al pragmatismo del éxito.
»Además de su indudable valor cultural, la
religión se diferencia de las demás asignaturas al ofrecernos este plus de
sentido. Por eso, discutir su presencia en las aulas me parece tan pintoresco
como discutir las matemáticas o la lengua.»
—¿Y qué dices sobre los peligros de los
fundamentalismos religiosos?
Algunas personas dicen que como la
religión presenta en algunos casos síntomas fundamentalistas, lo mejor es
suprimir la religión como cosa de fanáticos.
No se dan cuenta –señala Ignacio Sánchez
Cámara– de que con tan extravagante razonamiento habría que prohibir, entre
otras cosas, el fútbol y la política. Tan perspicaces para percibir los
desmanes del fanatismo religioso, son incapaces de comprender la potencia
humanizadora de la religión, lo que a ella deben las grandes creaciones del
espíritu humano, la íntima relación entre arte y trascendencia. Este
“fundamentalismo irreligioso”, que sufre convulsiones y mareos con solo
recordar la Edad Media
y que suele despacharla con las simplezas al uso y las loas a una modernidad
tergiversada, no acepta la enseñanza de la religión en los centros públicos.
No les basta que exista una opción confesional y otra no confesional. Lo que
quieren es la supresión de toda referencia religiosa en los centros públicos,
el anatema sobre toda religión, reducida a la condición de patología del
espíritu. Son los mismos que ríen y aplauden las blasfemias y las burlas
públicas a las creencias religiosas y al sentimiento de lo sagrado y se
indignan y braman con gesto plañidero si un jefe de Estado o de Gobierno reza
en público. Es una vez más la tolerancia de ida pero sin vuelta,
unidireccional. Ni siquiera les basta con poner al mismo nivel la piedad y la
burla antirreligiosa. Hay que tolerar todo menos la expresión pública de lo
trascendente.
Muchos
creen
que discrepan de los demás
y lo que pasa es que no tienen valor
para hablar unos con otros.
John
Henry Newman
—¿Y qué dirías a los que piensan que la Iglesia no tiene derecho
a decir cuál es esa ley natural?
En primer lugar les diría que la Iglesia goza de libertad
de expresión, como cualquier otra instancia social.
Todos tienen derecho a manifestarse
libremente en una sociedad democrática. Por tanto, es perfectamente legítimo
que la Iglesia
hable con libertad sobre lo que considera bueno o malo, como lo hacen los
gobiernos, los sindicatos, las asociaciones que defienden la naturaleza, y
como lo hace todo el mundo.
—Bien,
pero no querrás que la
Iglesia imponga su criterio y acabe por dictar las leyes al
Estado...
La
Iglesia no
lo pretende, por supuesto. Pero se considera en el deber de aportar a la
sociedad la luz de la fe. Una luz que puede iluminar profundamente y con gran
eficacia muchos aspectos de la vida civil y responder a muchos interrogantes
que se plantean en la sociedad.
Además, es interesante recordar que la idea
de la separación entre la
Iglesia y el Estado se debe al cristianismo. Antes del
cristianismo había una identidad generalizada entre la constitución política
y la religión. En todas las culturas antiguas el Estado poseía un carácter
sagrado. Ese fue, por ejemplo, el principal punto de confrontación entre el
cristianismo y el Imperio Romano, que toleraba las religiones privadas solo
si reconocían el culto al Estado. El cristianismo no aceptó esa condición, y
cuestionó así la construcción fundamental del imperio, es decir, del antiguo
mundo. Así que, después de todo, esa separación fue un legado cristiano, y ha
sido un factor determinante para el avance de la libertad.
Esa separación no es entendida así en
todas las religiones. Por ejemplo, la esencia misma del Islam no la admite,
pues el Corán es una ley religiosa que regula la totalidad de la vida
política y social, todo el ordenamiento de la vida. La Sharíah configura
la sociedad de principio a fin.
La
Iglesia, en
cambio, se limita a recordar lo que considera que son los principios morales
fundamentales, y se dirige a todos aquellos que quieran escucharla. Y como es
natural, no está obligada a coincidir siempre con lo que diga o haga el poder
establecido. Por eso la
Iglesia pide libertad para hablar.
Y pide también algo que no debiera faltar
en ninguna sociedad: respeto a aquello que es sagrado para otros, un respeto
perfectamente exigible incluso a aquel que no está dispuesto a creer en Dios.
Porque, como ha escrito Joseph Ratzinger, allá donde se quiebra ese respeto,
algo esencial se hunde en esa sociedad. En nuestro mundo occidental de hoy se
castiga, gracias a Dios, a quienes escarnecen la fe de Israel, su imagen de
Dios, sus grandes figuras. Se castiga también a quien denigra el Corán y las
convicciones básicas del Islam. En cambio, cuando se trata de lo que es
sagrado para los cristianos, la libertad de opinión parece convertirse en el
bien supremo, y parece que limitarlo pondría en peligro o incluso destruiría
la tolerancia y la libertad. Pero la libertad de opinión tiene sus límites en
que no debe destruir el honor y la dignidad del otro; no es libertad para la
mentira o para la destrucción de los derechos humanos. Aquí hay algo que cabe
calificar de patológico, en un Occidente, que sin duda (y esto es digno de
elogio) trata de abrirse comprensivamente a valores ajenos, pero que parece
no quererse a sí mismo; que tiende a ver solo lo más triste y oscuro de su
propia historia, pero que apenas percibe la grandeza de los valores
cristianos que desde su origen hay en ella.
—Algunos
se quejan de que la Iglesia
parece querer imponer a la sociedad civil sus valores religiosos. Dicen que las
creencias son cuestiones que deben quedar reservadas al ámbito personal o
familiar.
La
Iglesia no
trata de imponer a nadie una religión o unas creencias. El Concilio Vaticano
II recordó con claridad el esmero que la Iglesia y los católicos han de tener por
respetar la libertad religiosa de todos los hombres. La Iglesia católica expresa
con libertad su mensaje, dirigido a los fieles católicos y a todos los
hombres de buena voluntad que quieran escucharlo. No sería sensato decir que,
por el simple hecho de hablar, pretende imponer sus valores a la sociedad
civil. Cuando la Iglesia
habla, hace uso de la libertad de expresión, a la que, por fortuna, todos
tenemos derecho.
Uno de los cometidos de la Iglesia católica es
despertar la sensibilidad del hombre hacia la verdad, el sentido de Dios y la
conciencia moral. La Iglesia
procura infundir coraje y aliento para vivir y actuar con coherencia, para
aportar convicciones que puedan representar un fundamento sólido. Y lo hace
hablando a las conciencias de todos, aunque muchas veces sea una tarea
ingrata y desagradecida, como sucede cuando se dirige a los poderosos que
parecen no querer que nadie opine sobre lo que ellos hacen.
El Papa y los obispos están dispuestos a
decir la verdad, aunque se enfrenten con una oposición cultural, pequeña o
grande. Y lo hacen en sus declaraciones y documentos contra el racismo o la
xenofobia; cuando rechazan la cultura del divorcio o defienden el derecho a
la vida de los no nacidos, de los minusválidos o los enfermos terminales; cuando
cuestionan la laxitud sexual o cuando alientan a las naciones a ser fieles a
su compromiso con la libertad y la justicia para todos. La Iglesia protestará cada
vez que corra peligro la vida humana, ya sea por el aborto, la explotación de
niños, malos tratos a mujeres, injusticias económicas, abandono de enfermos o
inmigrantes, o por cualquier forma de abuso o explotación.
—La Iglesia emitirá su
juicio si quiere, pero luego sigue siendo la mayoría parlamentaria, elegida
democráticamente, quien decide.
Por supuesto. La Iglesia no desea imponer
–y menos imponer coactivamente– sus enseñanzas. Pero si la mayoría
parlamentaria decide algo injusto, por el hecho de haberse decidido
legalmente no se convertirá en justo.
Uno de los principales cometidos de la Iglesia es sensibilizar
a los hombres para que alcancen al menos un cierto grado de evidencia común
respecto a las verdades fundamentales. Entre otras cosas, porque sabe bien
que resultará difícil que un Estado mantenga por mucho tiempo unas leyes que
vayan contra la opinión de la mayoría social.
La
Iglesia no
mantiene opiniones ni posturas propias en cuestiones estrictamente políticas
–la Iglesia
desconfía de esas confusiones, en esta época más que en ninguna otra–, sino
que procura sensibilizar ante los valores morales y denunciar a quien atente
contra ellos, sea quien sea, porque ni el Estado ni nadie es soberano
absoluto de las conciencias ni de la sociedad.
—¿Pero con qué autoridad se opone la Iglesia al poder
político legítimamente constituido?
La
Iglesia
expresa sencillamente en voz alta un criterio ético o moral. No se presenta
como un tribunal o un censor universal, ni trata de ir dando lecciones a
nadie. Simplemente considera que ha recibido de Dios una luz sobre el hombre,
de la cual se derivan, a su entender, los derechos y deberes humanos. Y
expresa su criterio, como cualquier otra persona o institución.
No se trata de que los eclesiásticos
controlen el poder. Primero, porque no es su misión, y la Iglesia ha reafirmado la
prohibición de que los sacerdotes y los clérigos desempeñen cargos públicos.
Y segundo, porque para hacer política no basta con tener buenas intenciones
morales, y por eso hay que dejar trabajar a cada uno en su ámbito de
aptitudes y competencias. La posición de la Iglesia en materia
política consiste en emitir, en una situación determinada, un juicio moral;
en denunciar el mal, sacar a la luz el bien y animar a los hombres a buscar
soluciones de forma positiva.
La
Iglesia se
considera responsable no solo de su bien particular, sino del bien de todos,
y debe pedir que se respete el derecho de todos.
Para la eficacia de ese testimonio
cristiano, es importante hacer un gran esfuerzo para explicar adecuadamente
los motivos de las posiciones de la Iglesia, subrayando sobre todo que no se trata
de imponer a los no creyentes una perspectiva de fe, sino de interpretar y
defender los valores radicados en la naturaleza misma del ser humano. La
caridad se convertirá entonces necesariamente en servicio a la cultura, a la
política, a la economía, a la familia, para que en todas partes se respeten
los principios fundamentales, de los que depende el destino del ser humano y
el futuro de la civilización.
Es muy conocida la narración de
Kierkegaard sobre el payaso y la aldea en llamas. El relato cuenta cómo en un
circo de Dinamarca se declaró un incendio. El director del circo se dirigió a
uno de los payasos, que ya estaba preparado para actuar, y le pidió que fuera
corriendo a la aldea vecina para pedir auxilio y
para avisar de que había peligro de que las llamas se extendiesen hasta la
aldea, arrasando a su paso los campos secos y toda la cosecha. El payaso
corrió a la aldea y pidió a sus habitantes que fuesen con la mayor urgencia
al circo para apagar el fuego. Pero los aldeanos creyeron que se trataba de
un truco ideado para que asistiesen en masa a la función.
Aplaudieron y hasta lloraron de risa. Pero
no se movieron de allí. Al payaso le daban aún más ganas de llorar. En vano
trataba de explicarles que no se trataba de un truco ni de una broma, sino
que había que tomarlo muy en serio y que el circo estaba ardiendo realmente.
Su énfasis no hizo sino aumentar las carcajadas. Creían los aldeanos que
estaba desempeñando su papel de maravilla, y reían despreocupados..., hasta
que por fin las llamas llegaron a la aldea. La ayuda llegó demasiado tarde, y
tanto el circo como la aldea fueron consumidos por las llamas.
Esta narración puede servir para ilustrar
la situación por la que a veces pasan los cristianos, o la propia Iglesia
como tal, cuando comprueba su fracaso en el intento de que los hombres
escuchen su mensaje. Aunque se esfuerce en presentarse con toda seriedad,
observa que muchos escuchan despreocupados, sin temor al grave peligro del
que se les advierte.
La
Iglesia se
encuentra muchas veces con una enorme y agobiante dificultad para remover
algunos estereotipos del pensamiento o del lenguaje, con la tristeza de no
alcanzar a hacer ver que la fe es algo sumamente serio en la vida de los
hombres.
—¿No será un problema de saber explicarse, o de que
se plantean demasiadas cosas como misterios?
Puede haber, en efecto, un problema de
comunicación, y por eso es preciso por parte de los cristianos un esfuerzo de
comprensión, de explicación, de capacidad comunicativa.
En cuanto a lo que dices sobre los
misterios, no debe entenderse, al hablar de ellos, que la fe cristiana sea un
conjunto de paradojas incomprensibles. Sería un desacierto recurrir al
misterio como pretexto para no esforzarse en la comprensión o la explicación.
El misterio, tal como lo entiende la Iglesia católica, no quiere destruir la
comprensión, sino posibilitarla. Y eso no va contra la racionalidad. También
Einstein, por ejemplo, escogió la palabra misterio para expresar la
incalculable racionalidad del universo; y también es un misterio la salud, o
la felicidad, o el amor, o la educación, y eso no quiere decir que no se
pueda profundizar racionalmente en su comprensión. Se les llama misterios en
cuanto que son realidades complejas en cuyo conocimiento se puede avanzar
racionalmente pero nunca se llegan a abarcar o comprender del todo.
—Algunos
defienden que solo sería válida una ética que fuera totalmente laica, sin tintes
religiosos, que deben quedar como algo personal de cada uno.
Es un abuso pretender silenciar las
convicciones morales del otro –una persona, la Iglesia católica, o
quien sea–, solo porque esas ideas o esas personas tienen conexión con unas
creencias religiosas. Actuar así no es neutral ni laico, sino simplemente
injusto. Supone acallar al creyente por ser creyente y dejar hablar solo al
que no lo es.
Como ha escrito Rafael Serrano, para que
haya juego limpio en el debate moral contemporáneo, hay que partir de una
cierta disciplina lógica. Invocar la ética laica no debe bastar para
menospreciar las razones del creyente. La ética laica es un concepto que
sirve a algunos de comodín para desconcertar al creyente poco documentado,
eludiendo de entrada el debate y los puntos flacos de su propia postura.
“¿Dices que el aborto es inmoral...? Eso es lo que dice la Iglesia –contestarán–,
pero el Estado es laico... ¿No querrás que la Iglesia dicte las
leyes?”. Son respuestas más o menos ingeniosas, pero que siempre eluden lo
sustancial de la cuestión (si el aborto es o no inmoral), y se limitan a
descalificar al interlocutor, no a sus opiniones.
Descalificar al interlocutor por el mero
hecho de ser creyente es de un dogmatismo impresentable. Es una forma sutil y
hábil de rechazar una idea sin tomarse la molestia de rebatirla. Y una forma
bastante hábil de imponer el propio criterio moral mientras –paradójicamente–
se invoca la tolerancia y el respeto al legítimo pluralismo.
Se trata de una curiosa forma de pensar
que recurre a la vieja fórmula de presentar a la Iglesia católica como
intolerante, como demasiado anticuada, pasada de moda o incompatible con la
modernidad, y que, por tanto, debe ser reprimida. Y logra con eso una enorme
presión que exige a la
Iglesia que se acomode a los estándares de esa doctrina
laicista. En esa batalla el laicismo utiliza todos sus resortes, incluido
auténticos linchamientos mediáticos que crean estados de opinión muy
beligerantes contra la
Iglesia. Todo eso hace que en no pocos ámbitos de la vida
haga falta verdadero valor para manifestarse como católico consecuente, y que
mucha gente buena no se atreva a mostrar su inconformismo ante tales
atropellos.
PARTE
QUINTA
El
hombre es un auriga que conduce un carro
tirado por dos briosos caballos: el placer y el deber.
El arte del auriga consiste
en templar la fogosidad del corcel negro (placer)
y acompasarlo con el blanco (deber)
para correr sin perder el equilibrio.
Platón
V. LA CUESTIÓN
DEL SEXO
33.
SEXO
Y SENTIMIENTOS:
¿ES NECESARIO APRENDER?
Cuanto
más vacío
está un corazón,
más pesa.
Madame
Amiel Lapeyre
El amor es la realización más completa de
las posibilidades del ser humano. Es lo más íntimo y más grande, donde encuentra
la plenitud de su ser, lo único que puede absorberle por entero.
Y el placer que se deriva de su expresión
en el amor conyugal, es quizá el más intenso de los placeres corporales, y
también quizá el que más absorbe.
El entusiasmo que produce un enamoramiento
limpio y sincero saca al hombre o a la mujer de sí mismos para entregarse y
vivir en y para el otro: es el entusiasmo mayor que tienen en su vida la
mayoría de los seres humanos.
Cuando el placer y el amor se unen a la
entrega mutua, es posible entonces alcanzar un alto grado de felicidad y de
placer. En cambio –como ha escrito Mikel Gotzon Santamaría–, cuando prima la
búsqueda del simple placer físico, ese placer tiende a convertirse en algo
momentáneo y fugitivo, que deja un poso de insatisfacción. Porque la
satisfacción sexual es en realidad solo una parte, y quizá la más pequeña, de
la alegría de la entrega sexual con alma y cuerpo propia de la entrega total
del amor conyugal.
—Pero no siempre
es fácil distinguir lo que es cariño de lo que es hambre de placer.
A veces es muy claro. Otras, no tanto. En
cualquier caso, en la medida en que se reduzca a simple hambre de placer, se
está usando a la otra persona. Y eso no puede ser bueno para ninguno de los
dos. Cuando se usa a otra persona, no se la ama, ni siquiera se la respeta,
porque se utiliza y se rebaja su intimidad personal.
El terreno sexual ofrece, más que otros,
ocasiones de servirse de las personas como de un objeto, aunque sea
inconscientemente. La dimensión sexual del amor hace que este pueda
inclinarse con cierta facilidad a la búsqueda del placer en sí mismo, a una
utilización sexual que siempre rebaja a la persona, pues afecta a su más
profunda intimidad.
Al ser el sexo expresión de nuestra
capacidad de amar, toda referencia sexual llega hasta lo más hondo, al núcleo
más íntimo, e implica a la totalidad de la persona. Y precisamente por poseer
tan gran valor y dignidad, su corrupción es particularmente perniciosa. Cada
uno hace de su amor lo que hace de su sexualidad.
El hombre, para ser feliz, ha de encontrar
respuesta a las grandes cuestiones de la vida. Entre esas cuestiones que
afectan al hombre de todo tiempo y lugar, que apelan a su corazón, que es
donde se desarrolla la más esencial trama de su historia, está,
incuestionablemente, la sexualidad.
Por eso es preciso encontrar respuesta a
preguntas capitales como: ¿qué debo hacer para educar mi sexualidad, para ser
dueño de ella?, pues el cuerpo de la otra persona se presenta a la vez como
reflejo de esa persona y también como ocasión para dar rienda suelta a un
deseo de autosatisfacción egoísta.
—¿Consideras entonces la sexualidad un
asunto muy importante?
El gobierno más importante es el de uno
mismo. Y si una persona no adquiere el necesario dominio sobre su sexualidad,
vive con un tirano dentro.
La sexualidad es un impulso genérico entre
cualquier macho y cualquier hembra. El amor entre un hombre y una mujer, en
cambio, busca la máxima individualización.
Y para que el cuerpo sea expresión e
instrumento de ese amor individualizado, es necesario dominar el cuerpo de
modo que no quede subyugado por el placer inmediato y egoísta, sino que actúe
al servicio del amor.
Porque, si no se educa bien la propia
afectividad, es fácil que, en el momento en que tendría que brotar un amor limpio, se imponga la fuerza del egoísmo sexual. En el
momento en que la sexualidad deja de estar bajo control, comienza su tiranía.
Chesterton decía que pensar en una desinhibición sexual simpática y
desdramatizada, en la que el sexo se convierte en un pasatiempo hermoso e
inofensivo como un árbol o una flor, sería una fantasía utópica o un triste
desconocimiento de la naturaleza y la psicología humanas.
Solo las personas pueden participar en el
amor. Si una persona permite que su mente, sus hábitos y sus actitudes se
impregnen de deseos sexuales no encaminados a un amor pleno, advertirá que
poco a poco se va deteriorando su capacidad de querer de verdad. Está
permitiendo que se pierda uno de los tesoros más preciados que todo hombre
puede poseer.
Si no se esfuerza en rectificar ese error,
el egoísmo se hará cada vez más dueño de su imaginación, de su memoria, de
sus sentimientos, de sus deseos. Y su mente irá empapándose de un modo
egoísta de vivir el sexo.
Tenderá a ver al otro de un modo
interesado. Apreciará sobre todo los valores sensuales o sexuales de esa
persona, y se fijará mucho menos su inteligencia, sus virtudes, su carácter o
sus sentimientos. El señuelo del placer erótico antes de tiempo suele ocultar
la necesidad de crear una amistad profunda y limpia.
Además, una relación basada en una
atracción casi solo sensual, tiende a ser fluctuante por su propia
naturaleza, y es fácil que al poco tiempo –al devaluarse ese atractivo–
aquello acabe en decepción, o incluso en una reacción emotiva de signo
contrario, de antipatía y desafecto.
—¿Y consideras difícil de rectificar ese
deterioro en el modo de ver el sexo?
Depende de lo profundo que sea el
deterioro. Y, sobre todo, de si es firme o no la decisión de superarlo. Lo
fundamental es reconocer sinceramente la necesidad de dar ese cambio, y
decidirse de verdad a darlo. Es como un reto: hay que purificar, llenar de
luz la imaginación, de limpidez la memoria, de claridad los sentimientos, los
deseos.
Es –en otro ámbito mucho más serio– como
entrenarse para recuperar la frescura y la agilidad después de haber perdido
la buena forma física.
—¿Y no suena un poco artificial eso de
“entrenarse”? ¿No basta con tener las ideas claras?
En el amor, como sucede en la destreza en
cualquier deporte, o en la mayoría de las habilidades profesionales, o en
tantas otras cosas, si no hay suficiente práctica y entrenamiento, las cosas
salen mal.
Para aprender a leer, a escribir, a
bailar, a cantar, o incluso a comer, hace falta proponérselo, seguir un
cierto aprendizaje y adquirir un hábito positivo. Si no, se hace de manera
tosca y ruda. Para expresar bien cualquier cosa con un poco de gracia
conviene entrenarse, cultivarse un poco. Cuando una persona no lo hace, le
resulta difícil expresar lo que desea. Siente la frustración de no poder
comunicar lo que tiene dentro, de no poder realizar sus ilusiones. Y eso
sucede tanto al expresarse verbalmente como al expresar el amor. Si no
educamos nuestra capacidad de amar y de entregarnos por entero, en lugar de
expresar amor nos comportaremos de forma ruda, como sucede a quien no sabe
hablar o no sabe comer.
Cultivarse así es un modo de aproximarse a
lo que uno entiende que debe llegar a ser. Con ese esfuerzo de automodelado
personal, de autoeducación, el hombre se hace más humano, se personaliza un
poco más a sí mismo.
Es una lástima que muchos limiten la
educación sexual a la información sobre el funcionamiento de la fisiología o
la higiene de la sexualidad. Son cosas indudablemente necesarias, pero no las
más importantes, y además son cosas que casi todos hoy saben ya de sobra.
En cambio, el autodominio de la apetencia
sexual, y por tanto, de la imaginación, del deseo, de la mirada, es una parte
fundamental de la educación de la sexualidad a la que pocos dan la
importancia que tiene.
—¿Y por qué le das tanta importancia?
Si no se logra esa educación de los
impulsos, la sexualidad, como cualquier otra apetencia corporal, actuará a
nivel simplemente biológico, y entonces será fácilmente presa del egoísmo
típico de cualquier apetencia corporal no educada. La sexualidad se expresará
de forma parecida a como bebe o come o se expresa una persona que apenas ha
recibido educación.
Necesitamos una mirada y una imaginación
entrenadas en considerar a las personas como tales, no como objetos de
apetencia sexual. Por eso, cuando en la infancia o la adolescencia se
introduce a las personas a un ambiente de frecuente incitación sexual, se
comete un grave daño contra la afectividad de esas personas, un atentado
contra su inocencia y su buena fe.
—¿No exageras un poco?
Aunque suene quizá un poco fuerte, pienso
que no exagero, porque todo eso tiene algo como de ensañamiento con un
inocente. Romper en esos chicos y chicas el vínculo entre sexo y amor es una
forma perversa de quebrantar su honestidad y su sencillez, tan necesarias en
esa etapa de la vida. Los primeros movimientos e inclinaciones sexuales,
cuando aún no están corrompidos, tienen un trasfondo de entusiasmo de amor
puro de juventud. Irrumpir en ellos con la mano grosera de la sobreexcitación
sexual daña torpemente la relación entre chicas y chicos. En palabras de
Jordi Serra, “no se les maltrata atándolos con una cadena, pero se les
esclaviza sumergiéndoles en un mundo irreal”.
Tihamer Toth decía que la castidad es la
piedra de toque de la educación de la juventud. Por la intensidad y
vehemencia del instinto sexual, esta virtud es de las que mejor manifiesta el
esfuerzo personal contra el vicio. Quizá por eso la historia es testigo de
que el respeto a la mujer siempre ha sido un índice muy revelador de la
cultura y la salud espiritual de un pueblo.
Igual que el uso inadecuado del alcohol
conduce al alcoholismo, el uso inadecuado del sexo provoca también una
dependencia y una sobreexcitación habitual que reducen la capacidad de amar.
Y de manera semejante a como el paladar
puede estragarse por el exceso de sabores fuertes o picantes, el gusto sexual
estragado por lo erótico se hace cada vez más insensible, más ofuscado para
percibir la belleza, menos capaz de sentimientos nobles y más ávido de
sensaciones artificiosas, que con facilidad conducen a desviaciones extrañas
o a aburrimientos mayúsculos.
Sobrealimentar el instinto sexual lleva a
un funcionamiento anárquico de la imaginación y de los deseos. Cuando una
persona adquiere el hábito de dejarse arrastrar por los ojos, o por sus
fantasías sexuales, su mente tendrá una carga de erotismo que disparará sus
instintos y le dificultará conducir a buen puerto su capacidad de amar.
—¿Y no hay otra solución que reprimirse?
Pienso que no es tanto cuestión de
reprimir ese impulso como de encauzar bien los sentimientos. Basta que la
voluntad se oponga y se distancie de los estímulos que resultan negativos
para la propia afectividad.
Es preciso frenar los arranques
inoportunos de la imaginación y del deseo, para así ir educando esas
potencias, de manera que sirvan adecuadamente a nuestra capacidad de amar.
Entender esto es decisivo para captar el sentido de ese sabio precepto
cristiano que dice “no consentirás pensamientos ni deseos impuros”.
Quien se esfuerza en esa línea, poco a
poco aprenderá a convivir con su propio cuerpo y con el de los demás, y los
tratará conforme a la dignidad que poseen. Gozará de los frutos de haber
adquirido la libertad de disponer de sí y de poder entregarse a otro. Vivirá
con la alegría profunda de quien disfruta de una espontaneidad madura y
profunda, en la que el corazón gobierna a los instintos.
34.
¿HAY
ALGO MALO EN EL PLACER?
Si
las acciones humanas
pueden ser nobles, vergonzosas o indiferentes,
lo mismo ocurre con los placeres correspondientes.
Hay placeres que derivan de actividades nobles,
y otros de vergonzoso origen.
Aristóteles
«Buscaba el placer, y al final lo
encontraba –cuenta C. S. Lewis en su autobiografía.
»Pero enseguida descubrí que el placer
(ese u otro cualquiera) no era lo que yo buscaba. Y pensé que me estaba
equivocando, aunque no fue, desde luego, por cuestiones morales; en aquel
momento, yo era lo más inmoral que puede ser un hombre en estos temas.
»La frustración tampoco consistía en haber
encontrado un placer rastrero en vez de uno elevado.
»Era el poco valor de la conclusión lo que
aguaba la fiesta. Los perros habían perdido el rastro. Había capturado una
presa equivocada. Ofrecer una chuleta de cordero a un hombre que se está
muriendo de sed es lo mismo que ofrecer placer sexual al que desea lo que
estoy describiendo.
»No es que me apartara de la experiencia
erótica diciendo: ¡eso no! Mis sentimientos eran: bueno, ya veo, pero ¿no nos
hemos desviado de nuestro objetivo?
»El verdadero deseo se marchaba como
diciendo: ¿qué tiene que ver esto conmigo?»
Así describe C. S. Lewis sus errores y
vacilaciones en el camino de la búsqueda de la felicidad. La ruta del placer
había resultado infructuosa. Llevaba años rastreando tras una pista
equivocada: «Al terminar de construir un templo para él, descubrí que el dios
del placer se había ido».
La seducción del placer, mientras dura,
tiende a ocupar toda la pantalla en nuestra mente. En esos momentos, lo
promete todo, parece que fuera lo único que importa. Sin embargo, muy poco
después de ceder a esa seducción, se comprueba el engaño. Se comprueba que no
saciaba como prometía, que nos ha vuelto a embaucar, que ofrecía mucho más de
lo que luego nos ha dado. Seguíamos de cerca el rastro, pero lo hemos vuelto
a perder.
Basta un pequeño repaso por la literatura
clásica para constatar que esa ansiosa búsqueda del placer sexual no tiene
demasiado de original ni de novedoso. En la vida de pueblos muy antiguos se
ve que habían agotado ya bastante sus posibilidades, que por otra parte
tampoco dan mucho más de sí. La atracción del sexo es indiscutible,
ciertamente, pero el repertorio se agota pronto, por mucho que cambie el
decorado.
Hay unas claras notas de distinción entre
el placer de la felicidad:
§ La felicidad tiene vocación de permanencia;
el placer, no. El placer suele ser fugaz; la felicidad es duradera.
§ El placer afecta a un pequeño sector de
nuestra corporalidad, mientras que la felicidad afecta a toda la persona.
§ El placer se agota en sí mismo y acaba creando
una adicción que lleva a que las circunstancias estrechen más aún la propia
libertad; la felicidad, no.
§ Los placeres, por sí solos, no garantizan
felicidad alguna; necesitan de un hilo que los una, dándoles un sentido.
Las satisfacciones momentáneas e
invertebradas desorganizan la vida, la fragmentan, y acaban por atomizarla.
Quevedo insistía en la importancia de
tratar al cuerpo “no como quien vive por él, que es necedad; ni como quien
vive para él, que es delito; sino como quien no puede vivir sin él.
Susténtale, vístele y mándale, que sería cosa fea que te mandase a ti quien
nació para servirte”.
Por su parte, Aristóteles aseguraba que
para hacer el bien es preciso esforzarse por mantener a raya las pasiones
inadecuadas o extemporáneas, pues las grandes victorias morales no se
improvisan, sino que son el fruto de una multitud de pequeñas victorias
obtenidas en el detalle de la vida cotidiana. La felicidad se presenta ante
nosotros con leyes propias, con esa terquedad serena con que presenta, una
vez y otra, la inquebrantable realidad.
El placer y el dolor tienen un innegable
protagonismo en la vida de cualquier hombre, condicionan siempre de alguna
manera sus decisiones.
—Pero ni el
placer ni el dolor son malos o buenos de por sí.
En efecto. Lo que sí es malo es dejarse
vencer por el placer o por el dolor. Lo malo es obrar mal por disfrutar de un
placer o por evitar un dolor.
Se puede sentir placer sin ser feliz, y
también se puede ser feliz en medio del dolor. De ahí la necesidad –lo decía
Platón– de haber sido educado desde joven “para saber cuándo y cómo conviene
sufrir o disfrutar”, pues igual que hay acciones nobles y acciones indignas,
podemos decir que hay placeres nobles y placeres indignos. La adecuación de
la conducta a este criterio es objeto de la educación moral.
Son muchas las cosas que el hombre desea,
y para alcanzar cada una de ellas ha de renunciar a otras, aunque esa
renuncia le duela. Aristóteles decía que no hay nada que pueda sernos
agradable siempre.
Toda elección conlleva una exclusión. Por
eso, cuando se elige, es importante acertar, sin demasiado miedo a la
renuncia, pues detrás de lo atractivo no siempre está la felicidad. Tanto el
placer como la felicidad llevan siempre consigo asociada alguna renuncia.
La solución tampoco está en la supresión
de todo deseo, porque sin deseos la vida del hombre dejaría de ser
propiamente humana. El hombre se humaniza cuando aprende a soportar lo
adverso, a abstenerse de lo que puede hacerse pero no debe hacerse. Este es
el precio que debe pagar nuestra inexorable tendencia a la felicidad, si
queremos alcanzar lo que de ella es posible en esta vida. Lo sensato es
dejarse conducir por la razón para no asustarse ante el dolor ni dejarse
atrapar por el placer.
Igual que guardar la salud exige un cierto
esfuerzo y una cierta disciplina, pero gracias a eso te sientes mucho mejor,
la castidad fortalece el interior del hombre y le proporciona una honda
satisfacción. Cuando no se cede al egoísmo sexual, se alcanza una mayor
madurez en el amor, en el que la castidad sublima la intensidad de los
sentimientos. Surge una luz transparente en los ojos y una alegría radiante
en la cara, que otorgan un atractivo muy especial.
—¿Y no suele hablarse demasiado de
prohibiciones en la ética sexual?
Hasta ahora apenas hemos hablado de
prohibiciones, sino de un modelo y un estilo de vida positivos, que son la
clave de todo.
De todas formas, aunque la clave de la
ética no son las prohibiciones, tampoco puede obviarse que toda ética supone
mandatos y prohibiciones. Cada prohibición custodia y asegura unos
determinados valores, que de esa forma se protegen y se hacen más accesibles.
Esas prohibiciones, si son acertadas, ensanchan los espacios de libertad de
valores importantes para el hombre. Así sucede en cualquier ámbito moral o
jurídico: proteger el derecho a la vida, a la propiedad, al medio ambiente, a
la intimidad, etc., supone prohibiciones y obligaciones para uno mismo y para
los demás; de lo contrario, todo quedaría en una ingenua e ineficaz
manifestación de intenciones.
La moral no puede verse como una simple y
fría normativa que coarta, y mucho menos como un mero código de pecados y
obligaciones. Hay ciertamente prohibiciones y mandatos, pero se remiten a
unos valores que así se protegen y fomentan. Las exigencias de la moral
vigorizan a la persona, la aúpan a su desarrollo más pleno, a su más
auténtica libertad.
35.
¿UNA
OBSESIÓN INDUCIDA?
El
amor casto
engrandece a las almas.
Víctor
Hugo
Es cierto que, desde que el mundo es
mundo, el sexo ha tenido siempre una gran presencia en todas las
civilizaciones. El instinto de conservación y el instinto sexual (que es como
el instinto de conservación de la especie) son los impulsos más fuertes a los
que el hombre, desde siempre, ha estado sometido.
Sin embargo, estamos quizá ahora en una
época un tanto especial. Como afirma Julián Marías, “el sexo ocupa un espacio
absolutamente incomparable con el que le correspondía en cualquier otra
época”. Es un reclamo comercial que se difunde masivamente, y la presencia de
imágenes y estímulos sexuales en la vida del hombre de hoy no tiene
comparación con ningún otro tiempo ni cultura.
Un alto porcentaje de los impulsos
eróticos del hombre o la mujer de hoy son consecuencia directa de alguna
incitación artificial, casi siempre mediante imágenes en los medios de
comunicación o de entretenimiento, o bien del recuerdo de esas imágenes que permanece
en la memoria y alimenta la imaginación. Y casi todas proceden de imágenes de
televisión, vídeo, cine, internet, videojuegos, ilustraciones de revistas...,
que son medios que hace no muchas décadas no existían, o al menos se tenía a
ellos un acceso muy limitado. Y son imágenes que se presentan, por lo
general, de modo incitante o provocador.
No quiero con esto caer en esa queja un
tanto simple, que se ha repetido en todos los tiempos, acerca de la inmoralidad
dominante en comparación con épocas anteriores. No estoy a favor de ese
tópico que hace a tantos a agrandar los males presentes e idealizar lo
pasado, entre otras cosas porque no sería serio pensar que nuestra época es
mucho peor que otras en las que se dijo exactamente lo mismo. Pienso que unas
cosas habrán mejorado respecto a épocas pasadas, y otras, lo contrario. Pero
es un hecho que en la actualidad el estímulo sexual está hipertrofiado en
muchos ambientes y muchas personas, porque ese aluvión de imágenes incitantes
conduce con facilidad a una cierta obsesión, en buena parte inducida y, desde
luego, poco favorable para el sano desarrollo de la psicología y la moralidad
de cualquiera. Cuando se ve que para muchos el sexo se convierte en tema recurrente
de sus conversaciones, objeto constante de sus deseos y ansiedad enfermiza de
sus pensamientos, no sería muy aventurado decir que la genitalidad ha
invadido sus mentes y ha dejado baldías grandes áreas de sus potencialidades
humanas.
—Bueno, es que
ha habido una etapa de represión sexual, y es lógico que ahora venga un poco
de obsesión por el sexo.
Me parece que hay que ser comprensivos con
los efectos pendulares, que llevan a veces a extremos erróneos como reacción
a otras etapas en el error contrario. Pero no puede decirse que sea conducta
propia de mentes esclarecidas. La obsesión sexual no es el tratamiento más
adecuado para curar a nadie de unos años de represión.
La sobreexposición a lo erótico supone un
perjuicio notable para la afectividad y la moralidad del hombre, y quizá
hasta ahora la sociedad no lo ha valorado suficientemente. Por eso es tan
grave el daño que producen quienes hacen negocio explotando las pasiones más
bajas de los demás, pues se enriquecen a costa de atropellar la moral de las
personas y del ambiente social.
Muchas personas se encuentran con que la
imagen que en su interior tienen del sexo está distorsionada. Notan que sus
ojos se han enturbiado. Que se ha dañado su afectividad, y su imagen del sexo
no es precisamente la de un modo de expresar amor tierno y profundo a la
persona amada. Que su imaginación y su memoria están artificial y
enfermizamente polarizadas hacia el deseo sexual.
—¿Y qué crees que deben hacer?
Para descubrir la riqueza del amor pleno,
para llegar a conocer y a enamorarse de verdad, y no simplemente desear a
otro para saciar el afán de sexo, necesitarán un notable esfuerzo para que su
atención no quede absorbida por los aspectos externos y meramente sexuales de
la otra persona.
De entrada, conviene no asombrarse
demasiado al ver lo intenso que puede llegar a ser el instinto sexual
sobrealimentado por esa omnipresencia de lo erótico. Ese tirón puede ser en
efecto muy fuerte, y por momentos presentarse incluso de modo agobiante.
Encauzarlo rectamente será indudablemente costoso, pero no un esfuerzo
permanente, pues se presenta solo en algunos momentos puntuales. Para quien
aprende a mantenerse a una prudente distancia de las ocasiones más claras,
puede decirse que es solo un pequeño conjunto de esfuerzos aislados que no
cuestan tanto.
Además, abandonarse al mal uso del sexo suele
resultar aún más fatigoso, y con facilidad lleva a angustias y conflictos
psicológicos. Basta pensar, por ejemplo, en la ansiedad del chico o la chica
que, en vez de disfrutar de la amistad o del noviazgo, pasa la noche probando
estrategias diversas, con todo su cortejo de tensiones y frustraciones, hasta
conseguir seducir a su presa..., para comprobar después que aquel placer tan
anhelado... no era para tanto.
En cambio, la lucha por vivir la castidad
brinda al hombre una oportunidad de ganar mucho precisamente en su dignidad
como persona, pues una de las cosas que nos distinguen de los animales es que
somos capaces de educar nuestros impulsos.
—¿Y por qué Dios ha puesto en el hombre ese
deseo tan intenso, si luego resulta que es malo?
Ya hemos dicho que el deseo sexual no es
malo de por sí, ni mucho menos. La lujuria –el mal uso del sexo– es una
deformación de la legítima apetencia sexual humana, igual que el cáncer de
hígado es una alteración del hígado, órgano que nada tiene de innoble.
Confundir el deseo sexual con la lujuria sería como confundir un órgano con
el tumor que lo está destruyendo.
De la misma manera que un tumor destruye
un órgano cuando sus propias células tienen un desarrollo ajeno a su función
natural, puede decirse que la búsqueda del placer sexual fuera de sus leyes
naturales produce una alteración en la función sexual natural del hombre.
Las grandes energías (como el impulso
sexual, sin el que la persona no puede madurar como tal), si se desconectan
de su unidad humana originaria, pueden desplegar un gran poder de
destrucción. La sexualidad bien vivida en el matrimonio es algo estupendo,
pero fuera de sus límites naturales es algo realmente peligroso: igual que es
estupendo hacer fuego un día de invierno en la chimenea, pero es peligroso
encenderlo encima de la moqueta o del sofá.
—¿Y no se exagera un poco a veces con lo que
supone el desnudo? No siempre tiene que considerarse pornográfico, puede ser
una expresión artística.
En todas las épocas, y sobre todo desde el
arte clásico griego, existen obras cuyo tema es el cuerpo humano desnudo. Y
si son verdadero arte, esas obras ayudan a comprender el misterio personal
del hombre, y no incitan a rebajar al hombre o la mujer a un mero objeto de
placer. El arte verdadero ennoblece todo lo que es humano, mientras que la
pornografía convierte la intimidad humana en un objeto de deseo público.
La enseñanza de la Iglesia católica no está
en contra del desnudo artístico, sino en contra de la desnaturalización del
sexo mediante su utilización comercial o su deliberada exhibición ante
terceras personas, porque tales conductas degradan la dignidad de la
comunicación sexual y envilecen a las personas. Hay multitud de obras de arte
cuyo tema es el cuerpo humano en su desnudez, y su contemplación nos permite
centrarnos, en cierto modo, en la verdad total del hombre, en la dignidad y
belleza de la masculinidad y feminidad. Estas obras tienen en sí, como
escondido, un elemento de sublimación, que conduce al espectador, a través
del cuerpo, a todo el misterio personal del hombre. En contacto con estas
obras –que por su contenido no inducen a la lujuria–, de alguna forma
captamos el significado esponsal del cuerpo, que corresponde y es la medida
de la pureza del corazón.
Sin embargo, hay otras ocasiones en que el
desnudo suscita objeciones en la sensibilidad personal del hombre, no por
causa de su objeto –pues el cuerpo humano, en sí mismo, tiene siempre su
inalienable dignidad–, sino por la cualidad o modo en que se reproduce
artísticamente, se plasma o se representa. Si la intencionalidad fundamental
que subyace supone una reducción del cuerpo humano a rango de objeto
destinado a la satisfacción de la concupiscencia, esto colisiona con la
dignidad del hombre, incluso en el orden intencional del arte.
Hay que pensar, además, que si la cultura
ha mostrado a lo largo de la historia una tendencia clara a cubrir la
desnudez del cuerpo, no ha sido solo por exigencias climáticas, sino también
como fruto de un proceso de crecimiento de la sensibilidad personal: el
hombre no quiere convertirse en objeto para los demás, y la necesidad de
velar por la intimidad del propio cuerpo refuerza la profundidad misma del
sujeto como persona. Se puede recordar cómo, por ejemplo, en los campos de
exterminio la violación del pudor era un método usado conscientemente para
destruir la sensibilidad personal y el sentido de la dignidad humana. No es
una cuestión de mentalidad puritana ni de moralismo estrecho. Es una cuestión
que afecta a la misma dignidad de la persona.
36.
¿UN
“RESPIRO” DE VEZ EN CUANDO?
Cuando
el amor desenfrenado
entra en el corazón,
va royendo todos los demás sentimientos;
vive a expensas del honor,
de la fe y de la palabra dada.
Alejandro
Dumas
—Todo el mundo
tiene deseos y apetencias sexuales. Y como somos humanos, no podemos ignorar que
lo natural es que tengamos debilidades. Muchos piensan que no se le debe dar
mayor importancia.
Cuando se dice “somos humanos”, muchos parecen
querer justificar que lo natural en el hombre es no tener dominio sobre las
pasiones y los instintos.
Sin embargo, debemos esperar algo más de
nosotros mismos. Somos seres dotados de inteligencia, voluntad y libertad.
Dios nos ha otorgado el don de la sexualidad no para deshonrarlo, abusar de
él y degradarlo, sino para darle un uso conforme a nuestra naturaleza de
personas racionales.
Decir “somos humanos”, en ese sentido, conduce a
un lenguaje equívoco:
§ He estado viendo una película pornográfica
cuando mi mujer estaba fuera. ¿Qué quieres que te diga...? Somos humanos.
§ Mi novio me dice... lo que
dicen todos. Que si es verdad que le quiero, que se lo demuestre. Que “eso”
es necesario para el conocimiento mutuo. Que es muy importante para
enamorarse de una persona “saber cómo funciona en eso”. Somos humanos.
§ La otra noche, en un congreso en otra
ciudad, coincidí en el hotel con una rubia encantadora. Todo el mundo lo
hace. Las cosas son diferentes hoy día. Somos
humanos.
§ Muchas revistas traen
algunas páginas un poco fuertes. Las lee todo el mundo. Es verdad que son
bastante morbosas, pero me gusta estar en lo que pasa y en lo que se ve en la
sociedad de hoy. Somos humanos.
Dices que “lo hace todo el mundo”, que “somos
humanos”, que todo eso no te afecta tanto, que ya eres adulto, que eres capaz
de asimilarlo. No te engañes. Porque serás tú mismo quien recoja las
consecuencias en tu propio corazón. Porque esas claudicaciones van levantando
en tu interior un muro que va endureciéndose más y más, hasta que al final no
hay piqueta que lo derribe. Un dique en el que, aunque te cueste reconocerlo,
muchos bloques no son otra cosa que egoísmo, y el egoísmo es un refugio
equivocado, que acabará por oscurecer esa relación tuya quizá antes
transparente.
Algunos dicen que es imposible vivir hoy sin
concederse de vez en cuando “un respiro” en cuestión de sexo. Parece una
forma poco razonable de justificarse. Además, con ese planteamiento, a esas
personas no debería molestarles que se dudara de la honestidad de sus padres,
de su mujer, o de su marido. Considerar la lujuria o la infidelidad como unos
simples caprichos que no se pueden dejar es una triste forma de engañarse.
Todos hemos conocido o hemos oído hablar
de personas cuya vida ha quedado destrozada por el mal uso del sexo. Quizá en
el arranque de sus desdichas hubiera mucho de pretendida ingenuidad. Y en el
asentarse de la adicción, un silencioso alimentar las propias debilidades.
Eran “pequeñas tonterías”, “cosillas sin
importancia”. “Probar, que no pasa nada”. “Nuevas emociones”. “Una simple
concesión sin más trascendencia, que no hace mal a nadie. Además, lo hace
todo el mundo... Somos humanos”.
Sin embargo, como ha señalado la Madre Angélica,
los frutos de ese dejarse arrastrar por la adicción al sexo tienen un coste,
para ti y para tu alma. Son errores personales que nada tienen de
inofensivos. A partir del momento en que se sucumbe, ese error –el pecado–
deja de ser algo imaginario para entrar en la propia vida. Ahora se trata de
mi error, de mi pecado. Está en mi memoria. Es real. No es algo de lo que
pueda desentenderme fácilmente.
Quien se haya dejado llevar por el
desorden sexual debe pararse a pensar, y decidirse a tomar una ducha fresca,
intelectualmente hablando, que le despierte de los engaños consigo mismo, y así
valore debidamente esos actos, esos programas de televisión, esas películas,
esas páginas de internet, esas revistas o libros que acostumbra a ver o a
leer. Dicen que no tiene importancia, pero en el fondo saben bien que el
pecado siempre tiene importancia.
—Pero mucha
gente no cree en el pecado...
La historia de la humanidad muestra con
claridad que la conciencia del pecado es algo que siempre ha pesado sobre el
hombre, pues el hombre es un ser que necesita remedio al sentimiento de culpa
que le producen sus errores personales. Todas las religiones, e incluso los
cultos más antiguos de la época precristiana, hablan del perdón y la
expiación de los pecados, y todos los sistemas de pensamiento se plantean de
una forma u otra el problema de la liberación del pecado.
Todo hombre comete errores. Unos serán más
graves que otros, y unos más culpables que otros, pero todos comprometen en
cierta manera su felicidad. El pecado siempre produce un daño a uno mismo, se
quiera reconocer o no. De la misma manera que, por ejemplo, la droga destruye
la salud del cuerpo, podría decirse que el pecado, si no hay arrepentimiento
y rectificación, va deteriorando la salud del espíritu y arruinando la vida
entera del hombre.
—¿Y consideras importante la castidad para
la fe de una persona?
Bernanos decía que si no había perdido la
fe era porque Dios había tenido a bien guardarle de la lujuria. Me parece una
afirmación acertada, porque en el arranque de todo alejamiento de Dios suele
haber una claudicación en esta materia.
No se debe eludir ni tergiversar la
realidad. Por más que se intente disfrazar, el adulterio es pecado. La unión
sexual antes del matrimonio, la masturbación, la actividad homosexual, las
películas y revistas pornográficas, todo eso, cuando se admite y se
consiente, es pecado.
—Pero nadie está
exento del pecado...; ¿es que, entonces, nadie puede ser feliz?
Es cierto que nadie puede evitar
totalmente el pecado. Pero, ante su natural acoso, caben dos actitudes: el
afincamiento en él, o el arrepentimiento y el perdón.
Cuando uno se empeña en ignorar el pecado,
acaba sucediendo lo mismo que cuando la basura se acumula dentro de casa y no
se echa fuera. Al principio esa dejadez parece más cómoda, pero acaba por
convertir la vida en algo muy desagradable.
Cada vez que se te presenta una ocasión de
pecar, se te ofrece también una oportunidad de elegir el camino de la verdad.
Mientras no consientas, mientras digas “no” –no importa cuantas veces tengas
que repetir ese “no”–, no habrá pecado. Lo que importa es resistir la
tentación, no acercarse a ella temerariamente, esforzarse con determinación.
Cada vez que se imponga tu debilidad y
caigas en el mal, estás haciéndote daño a ti mismo, y quizá también a otros,
y además estás rechazando a Dios. Te instalas en la mentira, una mentira
quizá satisfactoria a corto plazo, pero que acabará por atraparte en la
soledad o en la desesperación si no sales pronto de ella. Si es ahí donde te
encuentras en estos momentos, sabes bien de lo que te estoy hablando y debes
rogar a Dios que te conceda valor para cambiar.
Debes decirle a Dios que le necesitas,
para salir del pecado o para no caer en él. No es necesario que recites una
larga oración formal. Una súplica de ayuda será oída, pero debes seguir
rezando hasta salir de aquello. Dios está junto a ti. No hace falta que le
expliques tu caso. Ha sido testigo de todo.
—¿Y no es demasiado pedir que haya que confesarse y
manifestar los propios errores ante otro hombre?
Cuando un hombre se arrodilla en el
confesonario porque ha pecado –escribe George Weigel–, en aquel preciso
momento contribuye a aumentar su propia dignidad como hombre. Aunque esos
pecados pesen mucho en su conciencia, y hayan disminuido gravemente su
dignidad, el acto en sí de volverse hacia Dios es una manifestación de la
especial dignidad del hombre, de su grandeza espiritual, de la grandeza del
encuentro personal entre el hombre y Dios en la verdad interior de su
conciencia.
Los no creyentes se preguntan si es
apropiado revelar los más íntimos secretos a alguien que tal vez sea un
extraño. La confesión fue, sin duda, una innovación audaz de la fe cristiana.
Es un mandato del propio Jesucristo a su Iglesia, cuando dio a los apóstoles
ese poder para perdonar los pecados: “a quienes perdonéis los pecados, les
quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. La
confesión es una de las innovaciones más impresionantes del Evangelio.
Por otra parte, cuando el sacerdote
confiesa, además de perdonar los pecados, actúa de alguna manera como
acompañante del drama de la vida de otro hombre. Acompaña a otro ser humano
como él, estimula su criterio espiritual, le ayuda a hacer más profunda su fe
y a mejorar su discernimiento cristiano, que no ha de quedar en una mera
letanía de prohibiciones morales. En el confesonario, el sacerdote se
encuentra con el hombre en lo más hondo de su humanidad, ayuda a cada persona
a internarse en el drama cristiano de su propia vida, única e irrepetible. Un
drama lleno de paz y esperanza, pero presidido por la inevitable tensión
dramática de la vida: la tensión entre la persona que soy y la persona que
debo ser.
La
Iglesia
busca reconciliar al hombre con Dios, con los otros hombres, con toda la
creación. Y una de las maneras que tiene de hacerlo es recordar al mundo la
realidad del pecado, porque esa reconciliación es imposible sin nombrar el
mal que origina la división y la ruptura.
El pecado es una parte esencial de la verdad
acerca del hombre. El hombre puede hacer el mal, y lo hace. Y abre con ello
una doble herida: en él mismo y en sus relaciones con su familia, amigos,
vecinos, colegas y hasta con la gente que no conoce. Llamar por su nombre al
bien y al mal es el primer paso hacia la conversión, el perdón, la
reconciliación, la reconstrucción de cada hombre y de toda la humanidad.
Tomarse en serio el pecado es tomarse en serio la libertad humana. Cuanto más
se acercan los hombres a Dios, más se acercan a lo más profundo de su
humanidad y a la verdad del mundo.
Dios no desea sino nuestro propio bien.
Desobedecer sus mandatos es ir contra nuestra verdad como hombres, causarnos
daño a nosotros mismos. “El pecado –ha escrito Javier Echevarría– no se queda
en algo periférico que deja inmutado al que lo realiza. Precisamente por su
condición de acto contra nuestra verdad, contra lo que verdaderamente somos y
contra lo que verdaderamente estamos llamados a ser, incide en lo más íntimo
de nuestra naturaleza humana, deformándola. Todo pecado hiere al hombre,
descompone el equilibrio entre la dimensión sensible y la espiritual, y
genera en el alma un desorden íntimo entre las diversas facultades: la
inteligencia, la voluntad, la afectividad. Después, y como consecuencia del
pecado, nuestras potencias operativas aparecen debilitadas y, frecuentemente,
en conflicto entre sí: a la mente, sometida al influjo de las pasiones, le
resulta arduo acoger la luz de la verdad y separarla de las nieblas de lo
falso; la voluntad encuentra dificultad para elegir el bien, y se siente
tenazmente atraída por la búsqueda de la autoafirmación y del placer, aun
cuando se opongan al bien y a la justicia; nuestros afectos y deseos tienden
a centrarse con egoísmo en nosotros mismos”.
Pecar es dar la espalda a Dios. A partir
del momento en que reconozcas la verdad –esa verdad sencilla y liberadora,
bien presente y clara cuando no nos resistimos a verla–, a partir de ese
momento en que –en palabras de Lloyd Alexander– “has tenido el valor de mirar
al mal cara a cara, de verlo por lo que realmente es y de darle su verdadero
nombre, a partir de entonces carece de poder sobre ti y puedes superarlo”.
37.
¿SE
PUEDE SUPERAR
LA ADICCIÓN AL
SEXO?
El
amor consiste
en sentir que el ser sagrado
tiembla dentro del ser querido.
Platón
En un estudio reciente sobre la adicción
sexual, Patricia Matey comenzaba diciendo: “La adicción al sexo es una de las
dependencias menos confesadas y visibles de todas las que existen. No obstante,
ha aumentado el número de pacientes que pide ayuda debido a las consecuencias
de su trastorno: ruina económica, matrimonios rotos, problemas laborales,
ansiedad y depresión”.
Los expertos señalan que este trastorno no
es nuevo, aunque solo recientemente ha sido reconocido como un serio problema
social, con consecuencias semejantes a las de otras adicciones más conocidas,
como el alcohol, las drogas o la ludopatía.
A diferencia de otras adicciones –señala
José Ramón Ayllón–, la dependencia sexual puede adoptar múltiples formas:
desde la masturbación compulsiva a los abusos sexuales, pasando por
relaciones con múltiples parejas heterosexuales u homosexuales, encuentros
con personas desconocidas, recurso continuo a la pornografía, prostitución o
líneas eróticas, exhibicionismo, pedofilia, turismo sexual, etc. El
comportamiento compulsivo sexual se gesta, en la mayoría de los casos, en la
mente, donde las fantasías sexuales y los pensamientos eróticos se convierten
en engañosas válvulas de escape de los problemas laborales, las relaciones
rotas, la baja autoestima o la insatisfacción personal.
Los adictos al sexo son hábiles en el
disimulo, porque su problema les avergüenza. Pero, con frecuencia, su
dependencia se acaba sabiendo. “Algunos acuden a la consulta –explica Roselló
Barberá– cuando las facturas del teléfono de líneas eróticas o los contactos
con prostitutas les han arruinado económicamente o su cónyuge les ha
descubierto. Otros deciden pedir ayuda porque quieren poner fin a una
adicción que está haciendo naufragar su matrimonio, les ha causado problemas
legales o les está empujando al suicidio. O porque su dependencia les lleva a
hacer cosas que nunca hubieran imaginado, y eso les causa un sufrimiento
insoportable.”
La incontinencia sexual suele traer,
después de los primeros momentos de goce, una pesada impresión de
insatisfacción, de error, de disgusto. Sabes que has hecho algo indebido. Es
fácil que te sientas descontento, culpable, degradado. Después, con el tiempo,
quizá llegues a racionalizarlo de alguna manera y consigas olvidarlo, o
considerarlo normal, o incluso positivo, pues cuando el pecado se convierte
en hábito, su dependencia dificulta cada vez más discernir lo bueno y lo
malo. Cuando se antepone el placer a la responsabilidad, siempre hay un
precio que pagar. Los que creen poder conseguir lo uno y lo otro se dejan
engañar con demasiada facilidad.
La obsesión por la satisfacción de los
propios deseos ciega a quien la sufre. Impide ver el efecto perjudicial que
ese comportamiento tiene sobre los demás. Pero alguien, en algún momento,
tendrá que pagar por esas claudicaciones. Puede que sea una persona con cuyos
sentimientos más íntimos has jugado; o una criatura aún no nacida que acabará
sus días en un cubo de basura, condenada porque fue el resultado de un
“error”; o un matrimonio, y quizá unos hijos, destrozados por una relación
adúltera frívola y absurda. Un egoísmo disfrazado de amor que ha roto un
compromiso, ha allanado los derechos de otro, o ha convertido a unos niños en
víctimas inocentes.
Siempre hay alguien que paga por ello.
Entre otras cosas, porque quien nunca falta en esa cadena de quebrantos es
uno mismo. Tolstoi aseguraba que el hombre que ha conocido a varias mujeres
para solo su placer, ya no es un hombre normal, sino alguien que difícilmente
dejará de ver a la mujer como a un objeto. Será un hombre que necesitará,
para volver a ser normal, todo un proceso de rehabilitación. Un hombre que
pagará un alto precio por haberse dejado seducir por esa máscara del amor.
Cuando la Iglesia católica dice
que hay que ser generoso, preocuparse de los demás, o acordarse de los
pobres, la mayoría de la gente lo escucha con aire distraído. Pocos se
sienten interpelados.
Sin embargo, sorprendentemente, cuando la Iglesia habla sobre la
castidad, muchos se rasgan las vestiduras y dicen que es una especie de
represión absurda e intolerable, un resto de antiguos puritanismos y
anacronismos ridículos.
—¿Y por qué crees que hay una reacción tan
diferente ante unos temas y otros?
No lo sé. La Iglesia se limita a
hablar, no les está forzando a nada. Pero se ve que ante este tema
experimentan una profunda inquietud. Quizá haya algo de mala conciencia, si
reaccionan de modo tan crispado y vehemente.
—Muchos dicen
que nadie puede dictarles lo que tienen que hacer con su sexualidad. Que para
ellos “vale todo”.
Desde luego, yo no voy a dictarles nada.
Pero me parece que ese modo de hablar es una forma un poco tosca de eludir la
realidad moral.
En cualquier análisis sobre lo que debe o
no hacerse, decir que “vale todo”, es como decir que nada vale, pues, al
hablar así, todo diálogo y todo uso de la inteligencia pierden su sentido. No
parece un buen enfoque para hablar de valores ni para llevar una vida
razonable.
De todas formas, pienso que es una actitud
que, como todas, hay que procurar comprender. No creo que haya que responder
a esas personas con prepotencia ni menosprecio, pues todos esos planteamientos
suelen responder a una crisis personal que cuesta superar, y lo más sensato
es manifestar una comprensión sincera, y no enfrentarse sino ofrecer ayuda.
Como ha escrito Carmen Martín Gaite, para
muchos el sexo es “un intento de remediar el aislamiento personal, pero que
solo lo proyectan fuera de sí. Y aunque, en el mejor de los casos, pueda
coincidir con la proyección fuera de sí que desencadena el aislamiento del
otro, siempre se tratará de individuos que, si comparten algo, es un estado
de crisis. La crisis más intensa que se pueda imaginar, pero al mismo tiempo
la más insignificante. Lo mismo que las olas: perseguirse, gozar y luego
deshacerse por separado”.
Esas personas deberían comprender que
desentenderse de la ley moral acaba tarde o temprano en serios disgustos. Así
queda reflejado con brillantez, por poner un ejemplo, en la película
“Infiel”, de Liv Ullmann, que aborda con cierta profundidad el drama del
adulterio. Cuando dos personas inician una relación adúltera, piensan quizá
que es como un juego para adultos. Los principios morales desaparecen.
Amémonos al límite, seamos felices juntos, olvidémonos de qué es bueno y qué
es malo, que no pasa nada.
Sin embargo, tarde o temprano descubren
que no da igual olvidarse de la naturaleza y de sus leyes. Querían hacer como
que eran dioses que se dan a sí mismos su naturaleza y sus leyes, y no tardan
mucho en comprobar que se han mentido a sí mismos, y sobreviene entonces la
consiguiente tragedia. Querían jugar a que no había principios morales, y
súbitamente aquella simulación y aquel fingimiento se desmoronan.
Lo que era un matrimonio unido, una hija
feliz, un buen amigo, acaba todo deshecho por la irreflexión, por el egoísmo
de la sensualidad que ciega y lleva a la irresponsabilidad, e incluso a la
crueldad, a destrozarlo todo. Las víctimas son ellos mismos, sus familias,
esa niña que ha sido utilizada en el juego de adultos, arrollada por un
torbellino emocional que desgarra su vida, sin entender bien cuál es su papel
en esa historia de deslealtades.
—Pero los
modelos de castidad que muchas veces se nos han presentado suenan a
rigorismo, a represión, a algo antiguo...
En cuanto a lo de antiguo, habría que
decir que el relajamiento en la conducta sexual es mucho más antiguo. La
laxitud de costumbres en estos temas está presente desde épocas muy
primitivas, como bien atestigua la historia.
En cuanto a los viejos y necios
rigorismos, estoy de acuerdo en que conviene romper con las visiones
timoratas o encogidas de la sexualidad, pero no sería sensato invocar esos
errores para justificar otros. No se trata de defender antiguos puritanismos,
ni de volver a la época victoriana, ni a la Edad Media. Se trata
de caminar hacia la verdad sobre el hombre.
—Otras veces lo
que piensas es que todas esas ideas que dices son muy bonitas, estupendas,
pero demasiado difíciles, y que lo realista es aprovechar un poco los pocos
placeres de que hoy se puede disfrutar...
Ese señuelo que describes se ha presentado
siempre ante el hombre, y no solo para seducirle por los placeres del sexo
sino por otros muchos caminos. Son razonamientos muy parecidos a los que se
hace quien cae en las redes de la mentira, el alcohol, el juego, o la
comisión ilegal.
Todas las deslealtades y todas las
infidelidades suelen empezar poco a poco, con pequeños hábitos, sin
movimientos ni quiebras violentas, sin derrumbamientos repentinos..., pero
cuando uno se quiere dar cuenta está enganchado. Son –en palabras de Robert
McCammon– “monstruos horribles que se cuelan en las casas, retorcidos y sonrientes
detrás de la cara de un ser querido”.
Por eso, en los momentos de tentación hay
que levantar un poco la mirada hacia el tipo de persona que uno quiere ser,
hacia la necesidad de alcanzar un dominio sobre los propios instintos para
así fortalecer la propia afectividad y ser una persona honesta.
—Sí, pero cuando
estás en esas tesituras no sueles querer pensar mucho en el futuro, piensas
sobre todo en el presente...
Es cierto, y ese es casi siempre el juego dialéctico
de cualquier tentación. Su principal empeño es impedir que pienses en el
futuro. Su triunfo es conseguir que pienses solo en ese placer cercano, de
ese momento. Su gran logro es..., en definitiva, que no quieras pensar. Pero
bien sabemos que la calidad de una persona se muestra, entre otras cosas, en
que es también capaz de pensar con sensatez cuando la tentación arrecia.
O que, al menos, es capaz de darse cuenta
de que las cosas no son como las ve cuando está bajo el hechizo de la
tentación, sino que son como las veía cuando pensaba con lucidez.
No
huye el que se retira;
porque has de saber, amigo Sancho,
que me he retirado, no huido;
y en esto he imitado a muchos valientes,
que se han guardado para tiempos mejores,
y de esto están las historias llenas.
Don
Quijote de la Mancha
—¿Y por qué el hombre parece especialmente
débil ante la tentación del sexo no legítimo?
El regate de la tentación es muy parecido
en todos los ámbitos de la vida del hombre.
Si una persona quiere abandonar el
alcohol, pero tiene a mano la botella, y su deseo es más fuerte que su razón,
sucumbirá tarde o temprano. Y eso aunque luego no tarde mucho en darse cuenta
de que la tentación le ha vuelto a engañar de nuevo. Y que además le ha
engañado con el mismo quiebro de siempre.
Todo hombre tiene en su interior zonas más
o menos extensas de oscuridad, de confusión, de obcecación. Momentos de
ofuscación que hacen posible que ejecute una acción mala atraído por los
aspectos engañosamente buenos que esa acción presenta.
Quizá por eso, la mejor baza de la
tentación siempre ha sido lograr que, mientras dure, el resto del mundo
parezca carente de interés. Su gran logro es cortar cualquier discurso
racional en contra del deseo. Por eso, en muchos casos, lo más inteligente,
la forma más segura de preservar la lucidez de la mente, es, simplemente,
mantenerse a cierta distancia de la tentación. Conociendo la fuerza del
instinto y la resistencia de la propia voluntad, sabremos a qué podemos
exponernos y a qué no.
Es lo que, según cuenta la Odisea, decidió hacer
Ulises al pasar por delante de aquel lugar en que todos los navegantes
quedaban embaucados por el canto de las sirenas y acababan perdiéndose contra
los arrecifes. Ulises pidió a sus hombres que todos se taparan con cera los
oídos, y que a él le ataran con cuerdas al mástil del barco, y ordenó que no
le soltaran por mucho que luego lo pidiera. Así lo hicieron, y gracias a eso
logró superar aquel difícil trance. No debe olvidarse que es difícil tomar
contacto temerariamente con el vicio y no dejarse luego arrastrar por él.
Para hacer frente al viejo regate de la tentación,
es preciso, en primer lugar, hacer un serio esfuerzo por clarificar la
inteligencia. Así se consolidarán las propias convicciones morales y serán
más firmes.
—¿Y cómo se consigue?
Por ejemplo, es importante desarrollar
argumentos y razones interiores que ayuden a hacer frente a esos deseos no
legítimos.
§ Quizá a un chico o una chica joven le
ayude pensar que, si no aprende a dominar su pasión sexual en la juventud,
igual o más difícil le resultará después ser fiel en el matrimonio, con la
consiguiente amenaza para la estabilidad de su futura familia.
§ A otros, les convendrá entender que la
obsesión por el sexo desnaturaliza el trato entre chicos y chicas, y lleva
con facilidad a una relación insulsa y zafia.
§ O considerar que el señorío sobre la
sexualidad es básico para poder amar limpiamente a quien en el futuro vaya a
ser la madre o el padre de sus hijos.
§ O pensar quizá en que esa persona a la que
está induciendo al sexo tiene una familia –unos padres, o bien un marido o
una mujer, o unos hijos–, que han puesto en ella tantas ilusiones y
esperanzas, y está poniendo en grave riesgo su honestidad.
§ O darse cuenta de que aprender a tratar
con mayor consideración a la mujer o al varón aumenta la probabilidad de
elegir pareja con acierto cuando llegue la hora.
§ O comprender que abalanzarse sobre el
placer es un acto de egoísmo que se acaba pagando con el tiempo (a veces, al
poco tiempo).
Si se piensa serenamente, es poco sensato
vivir tan pendientes del sexo. Cuando una persona no se esfuerza en dominar
sus impulsos sexuales, estos tienden a invadir el espacio natural de otros
intereses y proyectos mucho más decisivos en la construcción de la propia
vida. Dejar que el sexo ocupe demasiado espacio en la propia vida conduce a
la ansiedad y la decepción.
—De todas
formas, no es fácil mantener a raya una pasión únicamente a base de
argumentos y de consideraciones de tipo intelectual.
Está claro que no basta con el mero conocimiento
del bien para practicarlo. Pero comprender con claridad que algo es malo ya
es un paso, y un paso importante.
Estas consideraciones sobre la castidad me
recuerdan lo que me contaba no hace mucho un viejo amigo mío, bien situado en
la vida y con un cargo profesional importante, al que habían intentado
sobornar. Le ofrecieron dinero de forma muy delicada e indirecta, como suele
hacerse. No tenía que hacer nada, bastaba con que no preguntara por
determinado asunto. La cantidad que le ofrecían era muy importante.
“Te puedo asegurar –me decía– que esa
tentación del dinero no legítimo es muy parecida a la del sexo no legítimo.
¡Es tan fácil, tan seguro, tan apremiante, tan fascinante...! Creo que si lo
superas es porque dices inmediatamente que no y pones tierra por medio. Si
no, acabas cayendo. Luego quizá te intentes convencer de que es lo normal,
que no pasa nada, que no hay que exagerar, que va a ser solo una vez, que lo
hace todo el mundo, que no hace falta darle más vueltas...”.
Empleamos la misma voluntad para rechazar
la lujuria que para rechazar una comisión ilegal, trabajar bien,
sacrificarnos por los demás o decir la verdad cuando cuesta hacerlo.
Es obvio que no todo lo que nos apetece
nos conviene. Me gusta tomar el sol, pero debo tomarlo con moderación para no
quemarme; me gusta comer bien, pero tengo que cuidar de no engordar como una
foca; no me apetece estudiar, pero si no lo hago suspenderé; tengo a veces
impulsos de irascibilidad, pero no debo decir lo primero que me venga a la cabeza;
siento impulsos sexuales, pero no todos ellos deben satisfacerse. Son
ejemplos de deseos personales que cuando se satisfacen sin respetar lo que
exige su naturaleza producen un deterioro, que luego exigirá, según los
casos, un tratamiento para las quemaduras, una dieta más rigurosa, más horas
de estudio, una petición de perdón y, en general, un renovado esfuerzo por
recuperar el terreno perdido en la virtud correspondiente, cosa que no
siempre será fácil. Un hombre fortalecido en la educación de sus impulsos
será capaz de hacer justicia a la dignidad que como hombre merece.
Hay otros factores que también desempeñan
un papel importante en apoyo de la razón. Por ejemplo:
§ Fortalecer la voluntad. No se debe tirar la toalla con la excusa
de que tarde o temprano se acabará por volver a caer en el vicio. Como decía
C. S. Lewis, “las personas hambrientas buscan alimento y las enfermas buscan
salud, pese a saber que, tras la comida o la curación, les siguen aguardando
todavía los comunes altibajos de la vida”.
§ Eludir situaciones de riesgo innecesario. El deseo sexual es un impulso muy
intenso, pero relativamente breve en el tiempo, y las más de las veces
inducido por un estímulo muy puntual. Lo más inteligente y menos costoso es
procurar no exponerse tontamente a esas situaciones que cada uno conoce bien.
§ Buscar el auxilio de sentimientos
favorables. El correcto
uso de la sexualidad está asociado a toda una serie de sentimientos humanos nobles;
en cambio, el abuso del sexo conduce a muchos problemas sentimentales y
afectivos.
§ Centrar la vida en los demás. En ocasiones, la razón se oscurece
porque estamos encerrados en un individualismo que lo distorsiona todo. Habrá
entonces que desarrollar acciones concretas de generosidad hacia las personas
que tratamos, descubrir sus necesidades y procurar atenderlas, pensar más en
ellos, visitar a compañeros enfermos, ayudar a los más desfavorecidos,
prestar servicios de utilidad social, etc.
§ Contar con la ayuda de Dios. Para clarificar su inteligencia, el
hombre creyente no debe desdeñar ni los argumentos que le aporta
la razón ni los que le aporta la fe. Para fortalecer su voluntad debe
apoyarse en su propio esfuerzo, pero también debe contar con la ayuda de
Dios. Y para educar su afectividad, puede ayudar mucho contar también con el
deseo de agradar a Dios. Lo mejor es no prescindir de ninguna de esas ayudas,
pues cualquiera de ellas puede ser decisiva en determinado momento. Contar
con Dios es decisivo, pues lo basado únicamente en la propia razón, el propio
esfuerzo o las propias motivaciones, puede un día resultar insuficiente en
medio de la tempestad de la tentación, en la que a veces se desploman, como
un castillo de naipes, muchas otras consideraciones.
«Hace ya unos meses que nuestro matrimonio
pasa una crisis –explicaba una mujer de unos cuarenta años.
»Puede parecer una tontería, pero fue a
raíz de la lectura de un libro cuando empecé a pensar que mi matrimonio no me
satisfacía, que no era feliz.
»El caso es que me encantaba esa
escritora. Me leí todas sus obras. Cada vez me gustaban más. Me ayudaban a
comprender que en la vida hay muchas cosas que disfrutar, y que después de
mis quince años de matrimonio y mis cuatro hijos hasta ahora apenas había
podido hacerlo.
»Además, tengo una amiga a la que le ha
pasado algo parecido. La he conocido hace poco, y supongo que ha influido
mucho en mí. Me ha hecho ver que en la vida hay algo más que la familia.»
Siguió hablando bastante tiempo. Explicó
con detalle a la
Madre Angélica toda la situación de su familia. Apenas
había nada objetivo en aquella crisis matrimonial. Sin embargo, aquella mujer
estaba a punto de alterar por completo su vida. Anhelaba el romance. Quería
vivir las emociones de su amiga recién divorciada. Todo en su vida estaba
ahora enfocado hacia la satisfacción, al estilo de una novela rosa, y estaba
dispuesta a pagar por ello el precio que hiciera falta.
Si un año antes hubieran preguntado a
aquella mujer si creía que un puñado de novelas rosas y una amiga un poco
frívola podrían destrozar su matrimonio, se habría reído de buena gana. Pero
deslizarse por esa pendiente es más fácil de lo que a veces uno imagina.
Hay momentos en la vida en que a duras
penas se logran controlar esas influencias, pero esos momentos son
precisamente los importantes, y esa mujer se encontraba en uno sumamente
vulnerable.
Es difícil saber a priori cuáles serán los
pequeños incidentes que a cada uno puedan afectar, pero están ahí,
normalmente incubándose detrás de las pequeñas claudicaciones y pequeñas
mentiras que jalonan la vida de una persona:
§ Cuando compras esas revistas y dices que
puedes controlarlo, te engañas a ti mismo.
§ Cuando ves esas películas “para adultos” y
dices que no te afectan, es fácil que estés mintiéndote a ti mismo.
§ Cuando entras en determinado lugar y dices
que solo buscas un rato de conversación, o distraerte un poco, es probable
que hayas acabado por creerte tus propias mentiras.
No conviene engañarse. Esos incidentes no
son tan insignificantes. Cada uno de ellos tiene importancia. Además, no es
tan fácil controlarlos. No hay que ser presuntuoso: es probable que tu
autocontrol no sea tan fuerte, y estás arriesgando con cuestiones
importantes.
Hay situaciones a las que una persona
sensata debe procurar no llegar nunca. Para cada persona hay cierto tipo de
circunstancias en las que es enormemente vulnerable. Son momentos en que toda
la lógica del mundo, todo el sentido común del mundo, parecen quedar
reducidos a unas flacas fuerzas incapaces de competir con la avasallante
zancada de la pasión sexual, que inflama al hombre, invade sus sentidos,
excita su cuerpo, envuelve sus sentimientos y se adueña de su corazón.
El hombre sensato debe saber que necesita
algo más que sentido común para hacer frente a la lujuria: es necesario
alejar las ocasiones propicias. Cada vez que resistas a la tentación frente a
la pornografía, reforzarás tu voluntad y estarás mejor preparado para cuando
se presente de nuevo. Y evitando esas ocasiones propicias, que conoces bien,
te harás más fuerte frente a la masturbación, y te darás más cuenta de que en
realidad sí te hacía daño. Y cuando dejes de ver a la persona con quien
desearías tener una relación adúltera, adquirirás mayor fuerza para alejar
los sentimientos de lujuria. Reconocer los límites de la propia debilidad es
siempre un síntoma de sensatez.
39.
TE
QUERRÉ...
¿MIENTRAS ME APETEZCAS?
El
amor,
para que sea auténtico,
debe costarnos.
Madre
Teresa de Calcuta
En el ser humano no hay épocas de celo que
garanticen el ejercicio instintivo de la sexualidad, como sucede con los
animales. El hombre ha de controlar su sexualidad, que no puede reducirse a
una necesidad biológica, sino que debe responder a una libre decisión.
Cuando una persona no busca al otro o a la
otra como fin, sino como un medio que proporciona un placer, podría decirse
–en palabras de Carmen Segura–, que entonces, en esa actitud, hacer el amor
sería más bien hacerse el amor, lo cual, evidentemente, tiene más que ver con
la masturbación –pues se circunscribe a la búsqueda individualista de la
propia satisfacción– que con el acto sexual, pues, en definitiva, aunque se
realice por medio de otro, es algo que se hace para uno mismo.
Cuando lo que se busca sobre todo es
aplacar el ansia de sexo, ese placer no alcanza a satisfacer, aunque calme
provisionalmente la apetencia, porque todo placer corporal desvinculado de lo
espiritual resulta frustrante. Y su búsqueda aislada –individual o en
compañía–, cuando se convierte en hábito, llega pronto a saturar y defraudar
(y todo eso aunque resulte difícil dejarlo).
Ese defraudamiento se produce, no solo
respecto del placer obtenido, sino también y principalmente respecto de uno
mismo. Tarde o temprano esa conducta acaba produciendo un desgarramiento
interior, e incluso un rechazo y un menosprecio de uno mismo.
Esa persona, aunque quizá le cueste
reconocerlo hacia el exterior, se encuentra acostumbrada a la búsqueda de
determinadas compensaciones, atada a ellas. Le parece casi imposible vivir
sin ellas, pero cuando se las permite, e incluso en el mismo momento en que
las está disfrutando, siente un desencanto de sí misma y del modo en que
vive. Quizá desearía actuar de otro modo, emplear de otra forma sus energías,
pero esa búsqueda de placer se ha convertido en cadena que ata, que pesa y
que esclaviza.
Aunque parezca una comparación exagerada,
es semejante a lo que sucedía en aquellos antiguos banquetes romanos. Se
buscaba el objeto del placer y después se vomitaba para volver a comer de
nuevo. El objeto buscado, tanto en el caso del sexo como de la comida, no
produce satisfacción completa y pacífica, y ha de ser continuamente repetido
o sustituido. En el fondo, se siente poca estimación por él, pues es sobre
todo un simple medio, tanto menos apreciado cuanto más se siente uno
necesitado de recurrir compulsivamente a él.
—Pero habrá un
término medio. Entre la gula y la huelga de hambre hay un amplio margen de
posibilidades. No hay que vivir para comer, sino comer para vivir. Y el común
de los mortales se permite sus pequeños placeres, aunque simplemente sea por
concederse un capricho. Puede hacerse esto sin caer en dependencias ni
hastíos.
Es cierto, y por eso debo insistir en que
las razones que acabo de apuntar no son de carácter moral, sino de tipo
práctico. Es como si al decir que robar conduce al hábito de robar, porque
los actos malos crean dependencia, se objetara que se puede robar de vez en
cuando alguna cosilla sin crearse problemas de adicción. Eso es cierto, pero
es que, además, robar no está bien, aunque no cree adicción. Intentaré
explicarlo mejor.
Como ha escrito Mikel Gotzon Santamaría, si
una persona le dice a otra que le ama, el mismo lenguaje supone que en esa
expresión hay un “para siempre”. No tendría mucho sentido que dijera: “Te
amo, pero probablemente ese amor solo me durará unos meses, o unos años,
mientras sigas siendo simpática y complaciente, o no encuentre otra mejor, o
no te pongas fea con la edad.”
Un “te amo” que implicara “solo por un
tiempo” no sería una verdadera declaración de amor. Es, más bien, un “me
gustas, me apeteces, me lo paso bien contigo, pero no estoy dispuesto a
entregarme por entero a ti, ni a entregarte mi vida”.
Una persona, o se entrega para siempre, o
no se entrega realmente. Y si uno se ha entregado, la entrega del cuerpo es
la expresión de la entrega total de la persona. Entregar el cuerpo sin
haberse entregado uno mismo tiene cierto paralelismo con la prostitución, con
la utilización de la propia intimidad como objeto de intercambio ocasional:
dar el cuerpo a cambio de algo, sin haber entregado la vida. Solo dentro de
un amor que no pone condiciones, de un amor que, por serlo, es entrega al
otro, alcanza su sentido la mutua comunicación que se produce al llevar a
término el acto sexual.
Angela Ellis-Jones, una abogada británica de
35 años, mujer no creyente y nada sospechosa de ideas conservadoras,
explicaba en un programa de debate de la BBC2 y en un artículo en el Daily Telegraph
cuáles eran sus razones para permanecer virgen hasta el matrimonio.
«Desde mi adolescencia sabía que había de
guardarme para el matrimonio, y nunca he tenido la más mínima duda sobre mi
decisión.
»La castidad antes del matrimonio es una
cuestión de integridad. Para mí, el verdadero sentido del acto sexual
consiste en ser el supremo don de amor que pueden darse mutuamente un hombre
y una mujer. Cuanto más a la ligera entregue uno su propio cuerpo, tanto
menos valor tendrá el sexo.
»Quien de verdad ama a una persona, quiere
casarse con ella. Cuando dos personas tienen relaciones sexuales fuera del
matrimonio no se tratan una a otra con total
respeto. Una relación física sin matrimonio es necesariamente provisional:
induce a pensar que aún está por llegar alguien mejor. Me valoro demasiado
para permitir que un hombre me trate de esa manera.
»Pienso así desde que tenía 14 años. Por
aquel entonces ya había observado el destrozo que producía el sexo frívolo en
las vidas de algunos compañeros de escuela. Ya entonces me resultaba evidente
que cuando se separa matrimonio y sexo, se difumina la diferencia entre estar
casado y no estarlo, y se devalúa el matrimonio mismo. Quiero casarme con un
hombre que tenga un concepto de la mujer lo bastante elevado como para
guardarse íntegro para su esposa.»
—Me parece un
ideal atractivo, pero la gente joven desea tener relaciones sexuales cuanto
antes, y pocos serán capaces de aguantar.
Me parece que no es así. Y creo que pensar
eso es menospreciarles un poco. A la gente joven le da rabia, y con razón,
que los adultos les consideren incapaces de plantearse metas elevadas. No rehúyen
la exigencia, sino que más bien la esperan.
La juventud es un momento muy especial de
la vida, es la época donde se forma la propia identidad, en que se toman las
primeras decisiones personales serias. Hay una especial sensibilidad ante la
fuerza de unas palabras, ante el testimonio del ejemplo. En medio de las
victorias y derrotas morales de cada hombre, se va construyendo un ideal de
vida, se va formando la conciencia, esa vara con que se mide la dignidad
humana, el verdadero indicador del desarrollo de la propia personalidad.
Es cierto que algunos –más los mayores que
los jóvenes– piensan que lo realista es buscar cuanto antes gratificaciones
sexuales, y facilitarlas a otros. Dicen que prefieren ese pájaro en mano a un
amor ideal que ven como algo muy lejano. Y aunque es comprensible que a una
persona le deslumbren las gratificaciones inmediatas frente a lo que quizá ve
como promesas inciertas, construir la propia vida requiere abrir horizontes
nuevos al deseo, aprender a valorar lo que todavía no tenemos en la mano pero
que, por su valor, nos vemos llamados a alcanzar. Así lo entendía esa joven
abogada británica.
Dejarse fascinar por el afán de saciar
nuestros instintos es algo que impide alcanzar lo realmente valioso. El
hombre de deseos insaciables es como un tonel agujereado: se pasa la vida
intentando llenarse, acarreando agua en un cubo igualmente agujereado.
La sexualidad fuera de su debido contexto
responde a un impulso instintivo, que se inflama súbitamente y luego se apaga
enseguida. Es una llamarada tan intensa como fugaz, que apenas deja nada tras
de sí, y que con facilidad conduce a un círculo angosto de erotismo que, en
su búsqueda siempre insatisfecha, considera que otros conceptos más elevados
del amor son una simple ensoñación, cuando no un tabú o algo propio de
reprimidos.
Sócrates hablaba de una voz interior que
le aconsejaba, le reprendía, le impulsaba a buscar la verdad. Esa voz es lo
más lúcido de nosotros mismos, y nos advierte que no debemos quedarnos en las
meras sensaciones, sino buscar la verdad que hay en ellas, su auténtico
valor, y no el que está más a mano, sino el más profundo.
No se trata de controlar al modo estoico
las tendencias instintivas, sino de desear ardientemente valores más altos.
No es cuestión de reprimir las tendencias, sino de saber dirigirlas. Un
director de orquesta no reprime a ningún instrumentista, sino que señala a
cada uno el camino que debe seguir para realizar su función de modo pleno: en
unos momentos habrá de guardar silencio, en otros tendrá que armonizarse con
otros instrumentos, y otras veces deberá asumir un mayor protagonismo.
Cuando alguien descubre la realidad del
amor, tiene la certeza de haber descubierto una tierra maravillosa hasta
entonces desconocida e insospechada. Se considera feliz y agraciado, y con
razón. Es una lástima que por no acomodarse al ritmo natural de maduración
del amor, algunos quieran comer la fruta verde y pierdan la meta que podrían
haber llegado a alcanzar. Ellos mismos se acaban dando cuenta, tarde o
temprano, de que en el mismo momento en que esa persona les entregó
prematuramente su cuerpo, cayó del pedestal en que la habían puesto.
—Pero el
atractivo del sexo es muy fuerte y la gente quiere hacer uso de él
libremente.
No estoy en contra de la libertad,
evidentemente. Pero sabemos que –como ha escrito José Antonio Marina–, la
libertad es la adecuada gestión de las ganas, y unas veces habrá que
seguirlas, pero otras no. El deseo es ciertamente un motivo para actuar, pero
solo el deseo inteligente es una razón para actuar.
Cualquiera puede hoy encontrar sexo con
bastante facilidad. No requiere especial talento ni habilidad. No es algo que
haga a nadie más hombre ni más mujer. Lo difícil, lo valioso, es encontrar un
hombre o una mujer que se hayan guardado para quien un día será su marido o
su mujer. Una persona normal que haya sabido esperar, sin miedos, sin
fantasmas. “Una persona que, simplemente, se guardó para mí. Sí.
Exactamente eso es lo que busco. ¿Cómo lo lograste?”
Bastantes personas entienden al principio
el sexo como un modo de diversión más. Pero cuando piensan en encontrar a
alguien con quien compartir su vida, cuando piensan ya en algo serio, es
fácil que entonces comprendan que el valor de esa persona que están buscando
tiene bastante relación con su capacidad de esperar, de guardarse para él.
—Sí, pero esa
persona de la que hablas parece que no ha logrado esperar y guardarse para el
otro...
Si no lo ha logrado hasta hoy, le
recomendaría que al menos lo intente seriamente a partir de ahora. Si aún
puedes –le diría– ofrecer tu cuerpo de primera mano a quien vaya a ser tu
marido o tu mujer, tienes un tesoro muy valioso, consérvalo. Si no puedes
decir ya eso, que al menos puedas decir un día que has logrado esperar por
él, o por ella, los meses o años que aún te quedan.
—Otros tienen
miedo de perder a su novio o su novia si no acceden a tener relaciones
sexuales. Si el otro les dice que “todos lo hacen”, o “si me quieres,
demuéstramelo”, no encuentran argumentos para negarse.
Pienso que debe plantearse al revés. Si
hay amor, con la espera pasará la prueba de su rectitud. Si te quiere de
verdad, no lo perderás, sino que adquirirá una estima mayor por ti. Verá que
no te entregas a cualquiera, sino que te guardas para quien vaya a ser el
padre o la madre de tus hijos.
La
Iglesia
católica no aprueba las relaciones prematrimoniales precisamente porque tiene
una enorme estima por el amor conyugal. Quiere ayudar a proteger y custodiar
algo de lo que depende tanto para la propia pareja y para toda la sociedad.
40.
¿QUÉ
HACER ANTE LA
HOMOSEXUALIDAD?
Oirás
muchas verdades
que llaman consoladoras;
pero la verdad libera primero
y consuela después.
Georges
Bernanos
Pienso que cualquiera que haya conocido un
poco de cerca el drama de una persona homosexual, siente a partir de entonces
una comprensión y un aprecio muy especial por quienes sufren esa situación.
Cuando se comprende un poco mejor la
realidad del sufrimiento de esas personas, dejan de hacer gracia las bromas
sobre este asunto, y más bien producen un profundo desagrado.
—¿Pero es realmente posible salir de la
homosexualidad?
No digo que sea fácil, porque no lo es,
pero no hay que dejarse llevar por planteamientos fatalistas, ni siquiera en
los casos en que las tendencias homosexuales son intensas y están muy
arraigadas. La idea de que el homosexual no puede cambiar suele responder más
a una reivindicación de grupo que a una realidad orgánica o fisiológica.
La medicina ha avanzando mucho, y hay
abundante experiencia clínica de que la homosexualidad se puede superar con
una terapia adecuada. Así lo asegura, por ejemplo, el psicólogo holandés
Gerard van der Aardweg, sobre la base de una experiencia clínica de veinte
años de estudios sobre la homosexualidad.
Aardweg insiste en que el homosexual tiene
también instintos heterosexuales, pero que suelen ser bloqueados por su
convencimiento homosexual. Por eso, la mayor parte de los pacientes que lo
desean verdaderamente y se esfuerzan con perseverancia, mejoran en uno o dos
años, y poco a poco disminuyen o desaparecen sus obsesiones homosexuales,
aumentan su alegría de vivir y su sensación general de bienestar. Algunos
acaban por ser totalmente heterosexuales; otros padecen episódicas
atracciones homosexuales, que son cada vez menos frecuentes conforme toma
fuerza en ellos una afectividad heterosexual.
—Pero a algunos
quizá les supondría un esfuerzo tan grande que les obligaría a llevar una
vida muy difícil...
Incluso para los homosexuales más graves,
no hay otro camino de liberación que luchar por corregir sus inclinaciones
desviadas. Hay que tener en cuenta que rendirse a esas tendencias, con la
consiguiente búsqueda constante de contactos y de relaciones –que suelen ser
inestables y frustrantes por su propia naturaleza–, desemboca a la larga en
una espiral de mayor insatisfacción.
Dejarse llevar produce una angustia aún
más grande, pues lleva a una vida de profundos desequilibrios afectivos,
disfrazados quizá por una satisfacción aparente, pero que acaba conduciendo a
una mayor desesperanza y un mayor deterioro psíquico. Por esa razón la Iglesia católica les
alienta a asumir la cruz del sufrimiento y de la dificultad que puedan
experimentar a causa de su condición.
—¿Y cómo se asume esa cruz?
Viviendo la castidad, un sacrificio que
les proporcionará como beneficio una fuente de autodonación que los salvará
de una forma de vida que amenaza continuamente con destruirlos. La actividad homosexual
impide la propia realización y felicidad, porque es contraria a la
naturaleza.
Es cierto que en los casos más graves
quizá no sean aptos para el matrimonio, pero siempre son aptos para amar –de
otra manera– a los demás, y así pueden vivir incluso con un amor mayor que el
que reina en muchos matrimonios.
La
Iglesia les
pide que vivan la castidad, por su propio bien, exactamente igual que se lo
pide a todas las personas heterosexuales que no están casadas.
—¿Y si encuentran mucha dificultad para curarse
y se abandonan a esas tendencias? Porque, además, muchos se niegan a
considerarlo una enfermedad, y dicen que es algo genético.
Hace más de un siglo que se busca un
origen genético a la homosexualidad, y los avances científicos indican más
bien que no lo hay. Los últimos descubrimientos en el mapa genético reafirman
cada vez más la libertad del ser humano. Craig Venter, fundador de una de las
compañías más punteras en investigación genética, concluía recientemente que
«la maravillosa diversidad de los seres humanos no está tanto en el código
genético grabado en nuestras células, sino en cómo nuestra herencia biológica
se relaciona con el medio en que vivimos. No tenemos genes suficientes para
justificar la noción de un determinismo biológico, y es altamente improbable
que puedan existir genes específicos sobre el alcoholismo, la homosexualidad
o la agresividad. Los hombres no son prisioneros de sus genes, sino que las
circunstancias de la vida de cada individuo son cruciales en su
personalidad».
La homosexualidad no es genética, sino
sobrevenida. Y las terapias de curación de la homosexualidad tendrán más
éxito en unos casos que en otros, pero eso no tiene nada de extraño. Hay
muchas enfermedades, como el asma o la artritis reumática, por ejemplo, que por
el momento no siempre se pueden curar. Pero ningún médico serio concluiría
que no tiene sentido someter a esos pacientes a un tratamiento, o estudiar
nuevas posibles terapias. Abandonarse a las tendencias homosexuales no es un
estilo de vida alternativo recomendable para nadie.
—Si es una
enfermedad, ¿por qué no figura en el catálogo mundial de enfermedades
mentales?
Es cierto que en 1973 la homosexualidad
fue extraída del “Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders”
(DSM), pero hay que decir que aquello constituyó uno de los episodios más
deprimentes de los anales de la medicina moderna. Fue relatado ampliamente
por uno de sus protagonistas, Ronald Bayer, conocido simpatizante de la causa
gay, y es un buen ejemplo de cómo la militancia política puede llegar a
interferir y alterar el discurso científico. Durante los años previos a esa
decisión se sucedieron repetidos intentos de influir en los congresos de
psiquiatría mediante insultos, amenazas, boicots y otros modos de presión por
parte de de activistas gays. El obstruccionismo a las exposiciones de los
psiquiatras fue en aumento hasta llegar a tomar la forma de una auténtica
declaración de guerra. La victoria final fue para el lobby gay, aunque hay
que decir que a pesar de la propaganda y de las presiones, la aprobación de
la exclusión de la homosexualidad del DSM no obtuvo más que el 58 % de los
votos. Era una mayoría cualificada para una decisión política, pero un tanto
sobrecogedora para dar por zanjado un análisis científico de un problema
médico. Se piense lo que se piense al respecto –y la falta de unanimidad
médica debería ser una buena razón para optar por la prudencia en cuanto a
las opiniones tajantes–, la verdad es que la controvertida decisión final que
afirmaba que la homosexualidad no era un trastorno psicológico estuvo más
basada en la acción política que en una consideración científica.
«Fui homosexual activo durante veintiún
años, hasta que me convencí de la necesidad de cambiar –explicaba Noel B. Mosen
en una carta publicada en la revista New Zealandia.
»Con la ayuda de Dios, lo conseguí. Ahora
llevo seis años felizmente casado y no experimento
ninguno de los deseos homosexuales que antes dominaban mi vida. En todo el
mundo son miles las personas que han cambiado, igual que yo.
»Es falso que se haya probado la
existencia de un gen que determine la homosexualidad. Si los genes fueran
determinantes, cuando uno de dos gemelos fuera homosexual, también el otro
tendría que serlo; pero no ocurre así.
»Además, si la orientación sexual
estuviera genéticamente determinada, no habría posibilidad de cambiar; pero
conocidos expertos en sexología como D. J. West, M. Nichols o L. J. Hatterer,
han descrito muchos casos de homosexuales que se convierten en heterosexuales
de modo completamente espontáneo, sin presiones ni ayuda de ninguna clase.
»Mi experiencia es que la homosexualidad
no es una condición estable ni satisfactoria. No es libertad: es una adicción
emocional.»
En las últimas décadas, sin embargo, se ha
impuesto una especie de férrea censura social que tacha de intolerante todo
lo que contradiga la pretensión de normalidad defendida por determinados
grupos homosexuales muy activos. Estos grupos de influencia presentan el
estilo de vida homosexual de modo casi idílico. Pero, como ha señalado
Aardweg, esto no es más que simple propaganda, pues cuando se escucha la
historia personal de homosexuales se ve claro que en ese género de vida no se
encuentra la felicidad. La otra cara de la moneda, que tantos se empeñan en
silenciar, es la ansiedad, los celos, la sensación de soledad o las
depresiones neuróticas, por no mencionar las enfermedades venéreas y otras
patologías somáticas.
La satisfacción estable y la felicidad no
llegan a través de las relaciones homosexuales. Transcribo otro testimonio
publicado recientemente en El Semanal. «Leí la entrevista que salió en
el número 656 de su revista el pasado 21 de mayo. Si ese chico es feliz
viviendo su homosexualidad, pues me alegro. No quiero ahora valorar la
homosexualidad ni a quienes la practican. Tan solo quiero dar mi testimonio
por si a alguien le sirve. He vivido mi homosexualidad durante unos diez
años. He sufrido constantes angustias, infidelidades, traiciones y celos.
Desde hace un año he cortado con esas relaciones y procuro salir con chicas y
cambiar de ambiente. Cada vez me encuentro más feliz y no quiero caer en los
errores pasados. Creo considerarme un ex gay. Aviso a navegantes: ¡ser
gay no es tan rosa como lo pintan!»
La correcta comprensión de este problema
no es una cuestión de teorías o de simples precisiones académicas o
terminológicas. Acertar en este punto representa dar o no esperanza a muchas
personas que viven prisioneras del viejo dogma de que la homosexualidad es
algo innato, inmutable y extendidísimo. Un error que produce daños
irreparables a mucha gente.
Se habla tanto y tan desenfocadamente de
la homosexualidad, que empieza a ser un tema de seria preocupación en muchos
adolescentes, que empiezan sin motivo a creer que tienen tendencias
homosexuales. Con el problema añadido de que pocos se atreven a hablarlo a
tiempo con la persona adecuada.
No es extraño que un adolescente sienta en
algún momento unas leves tendencias homosexuales debidas a algún pequeño
problema del desarrollo, habitualmente pasajero y que pronto queda en nada.
Pero si a esa chica o ese chico se le ha hecho creer que la homosexualidad es
de origen genético, y que es algo permanente, y que es incurable, esa idea
puede provocar que ese adolescente convierta un sencillo y circunstancial
problema en una profunda crisis de identidad sexual, y acabe por orientar su
vida en una dirección equivocada.
Esas crisis de confusión sobre la
identidad sexual en la adolescencia no son difíciles de superar, con o sin
ayuda médica, según la gravedad del caso. Lo que sería un gran error es
aconsejarles que asuman la condición de homosexual como algo normal y
definitivo, y animarles a que desarrollen su sexualidad en ese sentido.
Cuando se afirma que las personas con
inclinaciones homosexuales no pueden sino actuar según esas inclinaciones, en
el fondo se está negando a esas personas lo más específicamente humano, que
es la libertad personal. Quizá no son responsables de sentir esas
inclinaciones, pero sí serían responsables de practicarlas y contribuir así a
reforzar su tendencia, con lo que se hacen un daño grande a sí mismos.
Siempre hay que procurar ser comprensivo con quien no logra remontar una
dificultad, de cualquier tipo que sea, pero negar por principio que pueda
hacerlo demuestra considerar en muy poco al hombre. Sería una actitud
pesimista y triste, y además muy poco tolerante.
—¿Y qué contestarías a quienes dijeran que
tus ideas sobre este tema son “homófobas”, y que por tanto no deben tolerarse?
Les pediría que rebatan mis afirmaciones.
Todos tenemos derecho a sostener lo que nos parezca verdadero u oportuno. Si
quieren rebatir afirmaciones científicas han de hacerlo con otras de la misma
naturaleza. Si se trata de opiniones o juicios de valor, tendrán que oponer
otros. Pero no la intolerante exigencia del silencio o de la rectificación
forzosa. Porque hay mucho progresista cazador de brujas que quisiera quemar
en una pira pública todo lo que no coincida exactamente con sus dogmas sobre el
tema, pero la libre investigación científica y la libertad para expresar
valoraciones y opiniones no pueden quedar limitadas por los prejuicios
ideológicos, por más que estos se enmascaren con el ropaje de la dignidad
ofendida.
Me llama la atención que quienes
defienden, por ejemplo, la castidad o la fidelidad conyugal tengan que
padecer, en nombre de la tolerancia, todo tipo de ataques o de burlas, y sin
embargo no se pueda opinar sobre cómo debe abordarse el tema de la
homosexualidad. Parece que no puede hablarse sobre aquellos a quienes el
“progresismo oficial” otorga la condición de agraviados. Es una curiosa
“tolerancia unidireccional”, por la que unos pueden atacar pero nunca ser
atacados. Al final es un simple un problema de libertad de expresión, pues
dictaminar qué se puede o no defender públicamente es siempre un atentado
contra la libertad de expresión, y la reducción del adversario al silencio es
siempre síntoma de debilidad intelectual.
—¿Y por qué la Iglesia católica es tan
dura y poco comprensiva con los homosexuales?
Me parece que no es así. Es la misma
sociedad la que, en muchas épocas y ambientes, ha sido dura y poco
comprensiva con el homosexual. A veces los católicos se han contagiado de esa
mentalidad, pero la Iglesia
católica sabe bien que las tendencias homosexuales constituyen para algunas
personas una dura prueba, e insiste en que deben ser acogidas con respeto,
compasión y delicadeza, y que ha de evitarse respecto a ellas todo signo de
discriminación injusta.
Las inclinaciones homosexuales son
objetivamente desordenadas, y por tanto es inmoral realizarlas, pero el
homosexual como persona merece todo respeto. Esas personas están llamadas a
realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al
sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa
de su condición. Deben pedir ayuda a Dios, aceptar el sacrificio que comporta
su situación, y luchar con paciencia y perseverancia por salir de ella.
Una persona homosexual es portadora de una
cruz singular. No es fácil dar al asunto mejor explicación que al hecho de
que tantas personas sufran enfermedades o limitaciones físicas o psíquicas de
cualquier índole, y que a veces tanto cuesta entender y aceptar. También hay
gente que, por ambiente o por educación, o por otras razones, han caído en el
alcoholismo, o en la droga, a veces sin demasiada culpa por su parte. Y todos
ellos deben soportar esa cruz, y procurar salir de esa situación, sin tomarla
como justificación para llevar un estilo de vida abandonado al error.
Esas personas han de ser ayudadas para que
puedan ser plenamente felices. Y su necesidad principal no es el placer
sexual, sino la alegre y necesaria certeza de sentirse queridas, comprendidas
y aceptadas personalmente. Pero la solución no son las relaciones
homosexuales. Lo único que se alcanza con ellas es entrar en un círculo
vicioso, pues la necesidad, no solo sexual sino afectiva, no queda
satisfecha.
La acción pastoral de la Iglesia con estas
personas –señala el teólogo Georges Cottier– ha de caracterizarse por la
comprensión y el respeto. Con frecuencia se les ha hecho sufrir como
consecuencia de actitudes que son más bien fruto de prejuicios que de
auténticos motivos de inspiración evangélica. Tienen que sentirse miembros de
pleno derecho de la parroquia, y para ellos vale la misma llamada a la
santidad del resto de los demás hombres y mujeres. Hay que tener siempre
presente la maternidad de la
Iglesia, que ama a todos los hombres, también a aquellos
que tienen grandes problemas.
41.
¿POR
QUÉ TANTAS PEGAS
A LA
ANTICONCEPCIÓN?
El
amor es una fuente inagotable de reflexiones:
profundas como la eternidad,
altas como el cielo
y grandiosas como el universo.
Alfred
de Vigny
—¿Por qué la Iglesia católica parece
empeñada en que todo el mundo tenga “los hijos que Dios le mande”?
Esa afirmación es un tanto equívoca. La Iglesia católica habla
sobre todo de “paternidad responsable”, que en absoluto significa una procreación
ilimitada, ni una falta de consideración ante las dificultades que conlleva
criar a los hijos. Se trata de que los padres usen de su inviolable libertad
con sabiduría y responsabilidad, teniendo en cuenta su propia situación y sus
legítimos deseos, a la luz de la ley moral.
La
Iglesia
católica no sostiene la idea de una fecundidad a toda costa. La Iglesia alaba y promueve
la generosidad que supone formar una familia numerosa. Como es lógico, cuando
hay serios motivos para no procrear, o para espaciar los nacimientos, esa
opción es lícita. Pero permanece el deber de hacerlo con criterios y métodos
que respeten la verdad total del encuentro conyugal en su dimensión unitiva y
procreativa, como es sabiamente regulada por la naturaleza misma en sus
ritmos biológicos.
—Pero si lo que
se persigue es lo mismo..., ¿qué más da utilizar métodos naturales o
artificiales?
Si se emplearan los métodos naturales con una
finalidad exclusivamente antinatalista y sin suficiente motivo, en tales
casos sería ciertamente difícil distinguirlos de los medios artificiales (en
cuanto a su valor moral, se entiende).
Pero el recto recurso a la continencia
periódica se diferencia sustancialmente de las prácticas anticonceptivas. Los
medios artificiales se dirigen siempre a quitar su virtualidad procreadora a
los actos conyugales, falsificándolos de raíz. En cambio, los métodos
naturales, si se realizan por motivos justos, respetan la naturaleza propia
de la sexualidad y de sus ritmos biológicos. No se trata, pues, de una simple
diversidad de métodos, sino de una diferencia ética de comportamiento.
Además, los métodos naturales facilitan el
respeto a la otra persona y a su cuerpo. La abstinencia temporal, decidida de
mutuo acuerdo por el hombre y la mujer, no solo no debilita el amor, sino que
lo hace más fuerte, más libre y más profundamente personal. En cambio, con
los medios artificiales se abre el camino a que cada uno –y sobre todo el
varón–, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas, se despreocupe
del equilibrio físico y psicológico de la otra persona, y llegue a
considerarla como un objeto de placer sexual que debe estar siempre
disponible para su propia satisfacción. Muchos acaban comprendiendo esto, y
desearían poder emplear esos métodos naturales (son eficaces, gratuitos y sin
efecto secundario alguno), pero sus maridos o mujeres no están preparados
para un cambio tan radical. Los anticonceptivos llevan a estar sexualmente
disponible sin exigir compromiso. Los métodos naturales, en cambio, son
comparables a una dieta: exigen sacrificios mutuos, pero fortalecen la
relación de los esposos con Dios y favorecen la misma relación conyugal.
—Pero los
métodos naturales fallan...
Hace tiempo que eso ya no es así. La
anticoncepción química o instrumental falla tanto o más, aunque se diga mucho
menos, quizá porque mueve grandes intereses comerciales (no hay que olvidar
que los métodos naturales ponen en peligro los fabulosos ingresos que produce
la industria de la anticoncepción). Una prueba de que los métodos
artificiales también fallan es la insistencia en el aborto o la píldora
del día después para los casos en que el preservativo o la píldora
anticonceptiva no han producido el efecto deseado.
Los métodos naturales, además de ser
compatibles con todas las culturas y todas las religiones, son fáciles de
enseñar y comprender. Son gratuitos y sin efecto secundario alguno. La
libertad y los derechos de la mujer o del marido se respetan mejor, pues
desarrollan una relación interpersonal más profunda entre los esposos, basada
en la comunicación, las decisiones compartidas y el respeto recíproco:
fortalecen el matrimonio y, por tanto, la vida familiar.
Además, y puesto que los métodos naturales
ayudan a conocer los períodos de fertilidad o infertilidad, también sirven
para ayudar a los cónyuges a conseguir el embarazo cuando este no llega con
facilidad. De hecho, han hecho posible la fecundidad de muchos esposos que se
consideraban no fértiles.
—¿Y qué dices sobre la idea de promover la
distribución de preservativos a adolescentes en escuelas y colegios?
Al proporcionar los preservativos y animar
a adolescentes a emplearlos, no se les está simplemente proporcionando un
método para evitar embarazos o para impedir el contagio del sida. Aparte de
que para ambas cosas está demostrándose un medio bastante poco eficaz, lo que
ese uso juvenil del preservativo modifica es el comportamiento de sus
usuarios, pues a través de esa práctica se impone una determinada manera de
conducirse en su vida sexual. Como ha señalado Aquilino Polaino, al
suministrar el preservativo, se está estimulando una conducta que, con la
repetición de actos (con el consumo de más preservativos), acabará por
configurar y modular una determinada facilidad para las relaciones sexuales,
pues se implanta y emerge un nuevo hábito de comportamiento. En la persona en
que arraigue el nuevo hábito, cambiará también su sistema perceptivo y, por
consiguiente, cualquier estímulo erótico tendrá más capacidad de suscitar en
él una respuesta sexual, haciéndole más dependiente –y por tanto menos libre–
con respecto a lo que le plantea el ambiente.
Por otra parte, su organismo también se
habituará a ese tipo de respuestas sexuales, frustrándose con mayor
frecuencia e intensidad cuando no pueda satisfacer la facilidad para obrar de
esa manera que ahora le reclama –con una mayor exigencia que antes– el nuevo
hábito.
Por consiguiente, en tanto que el uso del
preservativo genera un hábito de comportamiento y, a través de este, una
mayor facilidad para obrar así con mayor frecuencia, habrá que concluir que
propiciar su uso multiplica la probabilidad de que en el futuro los usuarios
establezcan más relaciones sexuales (es decir, mayor número de contactos
potencialmente contagiosos). Por eso, la estrategia de recomendar
preservativos, como se ve, no solo está equivocada, sino que además es
peligrosa. Si realmente se quiere ayudar a la juventud, y nos preocupa el
aumento de embarazos en adolescentes y el contagio por sida, las campañas de
ayuda no tienen que apuntar a lo puramente biológico, sino a cultivar en
ellos su espíritu, su recta razón, y esas facultades tan importantes en el
ser humano como son la voluntad y la libertad.
—Hay quien acusa
a la Iglesia
católica de favorecer de hecho el aborto al continuar obstinadamente
enseñando la ilicitud moral de la anticoncepción.
Ese razonamiento es un tanto extraño. Me
parece difícil que alguien evite los anticonceptivos, y que los evite
precisamente por seguir las enseñanzas de la Iglesia, y que a su vez
esté pensando en abortar después, cuando la misma Iglesia afirma que el
aborto es un crimen.
Pienso que sucede al revés. La mentalidad
anticonceptiva hace más fuerte la tentación del aborto ante la eventual
llegada de una vida no deseada, y es patente que la cultura abortista está
mucho más desarrollada en los ambientes que rechazan la enseñanza de la Iglesia sobre la
anticoncepción.
La anticoncepción y el aborto, a pesar de
ser errores de naturaleza y peso moral muy distintos, a menudo están muy
relacionados, pues son fruto de una misma mentalidad: cuando la vida que
podría brotar del encuentro sexual se convierte en enemigo a evitar absolutamente,
el aborto suele ser la única respuesta posible frente a una anticoncepción
frustrada.
—¿Y qué dices de la transmisión del sida?
No faltan también quienes reclaman a la Iglesia mayor
"comprensión". La secuencia argumentativa suele ser así de simple:
el sida se transmite por contagio sexual, la Iglesia se opone al uso
del preservativo, luego la
Iglesia está colaborando en la difusión de la epidemia.
Así razonaba, por ejemplo, un conocido
político italiano, que no hace mucho pidió a la Iglesia que cambiara su
criterio para salvar así millones de víctimas del sida en África. Por
fortuna, no hizo falta respuestas muy elaboradas para documentar lo que
resultaba patente para quienes conocen de cerca aquel drama: la epidemia del
sida es mucho más fuerte en las zonas donde menos presente está el
cristianismo, y donde por tanto poco puede influir la Iglesia en las
mentalidades y los consiguientes comportamientos.
Como explicaba Mia Doornaert, si los
varones africanos fueran tan respetuosos con la palabra del Papa que
rechazaran por eso cualquier medio anticonceptivo, se supone que serían
igualmente estrictos para seguir el resto de las enseñanzas de la Iglesia, que predican la
monogamia, la pureza extramatrimonial y la fidelidad conyugal, que es lo que realmente
podría frenar la difusión del virus. Y no parece que sea así. No es serio
echar la culpa al Papa y al Vaticano de la propagación del sida, por la misma
razón que no es serio pensar que el varón africano, que usa de su sexualidad
según tradiciones muy lejanas a lo que la Iglesia católica recomienda, esté esperando la
palabra de Roma para usar o no un preservativo.
Y aparte de que el preservativo es mucho
menos seguro de lo que muchos piensan, quienes conviven a diario con el
problema del sida saben bien que para luchar contra esa tragedia en esos
países hay que ir por la vía de una educación que eleve el nivel económico y
cultural, la conciencia de la dignidad de cada hombre y, sobre todo, la
valoración de la mujer. Y a todo eso ayudan en gran manera los millares de
misioneros que gastan allí su vida creando y manteniendo hospitales y
escuelas.
Además, el hecho de que en Europa –según
un reciente estudio francés del Instituto Nacional de la Salud– dos de cada tres
mujeres que han abortado o no han deseado el último embarazo utilizaran
anticonceptivos considerados “seguros”, revela que los fallos de utilización
u otros no explicados son bastante mayores de lo que aseguran sus fabricantes
y vendedores. La política de repartir o vender preservativos y asegurar que
son “sexo seguro” no está funcionando: ¿no sería lógico por tanto que al
menos se respete un poco a quien sostiene que es más realista una prevención
del sida basada en una conducta sexual más responsable que evite la
promiscuidad?
—La doctrina
católica sobre la sexualidad sigue pareciendo a muchos muy difícil de seguir.
Si fuera menos exigente, quizá abandonaría menos gente la Iglesia.
Hoy la Iglesia católica es casi la única iglesia
cristiana en todo el mundo que tiene el valor y la integridad de enseñar esta
verdad tan impopular. Por ejemplo, hasta aproximadamente el año 1930 la
postura de todas las iglesias cristianas había sido unánime en su rechazo de
la anticoncepción. Todos los reformadores (Lutero, Calvino, Zwinglio, Knox,
etc.) mantuvieron sobre esta cuestión la misma postura que la Iglesia católica. Sin
embargo, en torno a esa fecha las iglesias protestantes empezaron a ceder,
una tras otra, y los resultados muestran que esa condescendencia no ha hecho
más atractivo el Evangelio, ni ha llenado sus templos, ni ha disminuido sus
problemas. Aceptar esas prácticas que la Iglesia católica no admite no ha resuelto nada.
Vivir bien la moral sexual es sin duda un
reto. Ofrece un modelo de vida exigente, pero revestido de auténtica
humanidad. Un estilo que puede y debe cambiar muchas cosas en nuestra
sociedad. Si se vuelve la mirada a la historia, y se analiza, por ejemplo, la
figura de San Benito y su enorme influencia en las raíces culturales de
Europa, vemos que fue un hombre que marchó bastante en contra de su tiempo.
Pero su singularidad se convirtió más tarde en la clave de todo un cambio
cultural y espiritual sobre el que se ha cimentado el mundo occidental de
hoy. También ahora, en nuestro tiempo, hay muchos buenos cristianos que no
aceptan esos modelos de permisividad sexual, aunque estén tan extendidos que
casi se nos imponen. Son personas que buscan en la fe nuevos modelos de vida.
Quizá aún no llamen la atención de la opinión pública, pero con el tiempo, el
futuro reconocerá la importancia de lo que están haciendo.
PARTE
SEXTA
Un
gran hombre demuestra su grandeza
por el modo en que trata
a los que son o tienen menos que él.
Carlyle
42.
RESPETO
A LA VIDA,
¿POR QUÉ?
La
vida tiene una historia muy larga,
pero cada individuo tiene un comienzo muy preciso:
el momento de su concepción.
Jérôme Lejeune
En el mismo ADN de un embrión humano está
ya presente toda la constitución de la persona: sistema nervioso, brazos,
piernas, incluso el color de sus ojos. Y en el momento en que está compuesto
solo de tres células, inmediatamente después de la fecundación, el individuo
es ya único, rigurosamente diferente de cualquier otro. Nunca se ha dado
antes y no se dará de nuevo nunca más; es una novedad absoluta. Como ha
escrito Jérôme Lejeune, el embrión es un ser vivo; y procede del hombre; por
tanto, el embrión es un ser humano. De ahí se deduce que no puede
considerarse propiedad de nadie.
Sin embargo, en los últimos años se ha
desarrollado toda una industria basada en los embriones humanos. Y aunque
muchas veces –no todas, ni la mayoría– se busque con ello fines más o menos
dignos de elogio, se trata de una práctica éticamente reprobable, por varias
razones, todas de bastante peso.
Quizá una primera podría ser que, en el
intervalo que va desde la fecundación en la probeta hasta el transplante, el
hijo queda privado de la protección natural de la madre y, por tanto,
expuesto a toda suerte de manipulaciones, gran tentación a la que el hombre
no se resistirá (no se ha resistido) mucho tiempo.
Por otra parte, para conseguir un implante
válido se necesitan varios embriones. Los que no hayan sido utilizados, serán
congelados y conservados en ese estado intermedio entre la vida y la muerte,
en espera de que alguien se quiera quedar con ellos, o bien hasta ser
destruidos después de un tiempo, a menos de que sean ofrecidos a la
investigación como cualquier animal de laboratorio. ¿Es esto congruente con
la dignidad humana?
En este último supuesto, entramos en lo
desconocido y en el horror. ¿A qué tipo de manipulaciones genéticas pueden
llegar a ser sometidos? ¿Quién lo podrá evitar?
Algunos reconocen que el embrión es un adulto
en potencia, necesitado de cierto respeto, pero apenas hacen nada por
protegerlo. Utilizan la expresión en potencia como una curiosa pirueta
del lenguaje, puesto que manipular un ser humano en potencia es manipular un
ser humano, de la misma manera que manipular un bebé –es un adulto en
potencia– es también manipular a un ser humano.
El hecho de que un ser humano esté aún en
proceso de formación no atenúa un ápice la responsabilidad de eventuales
manipulaciones, sino más bien lo contrario: tiene el agravante de ser la
violación de un indefenso. Para llegar a unas normas éticas serias sobre la
vida humana, es necesario precisar qué es el hombre. Y ahí acaba siempre por
plantearse una cuestión inexcusable: una de dos, o el hombre es digno del
máximo respeto –y más cuando está comenzando a existir bajo la forma
misteriosa y frágil de un embrión–, o no es más que un conglomerado de
partículas, en cuyo caso no hay objeción alguna a que se manipule para un
supuesto provecho y mejoramiento de la especie, como se hace con los animales
o las plantas.
Quizá corresponda a la presente
generación, por el momento histórico actual, pronunciarse con vigor sobre la esencia
misma del hombre, defender aquello que lo hace diferente de los animales y
condenar las prácticas que pretenden manipularlo desde su concepción, o
incluso antes, actuando sobre sus células reproductivas.
No se trata de ciencia-ficción ni de
pesadillas apocalípticas. La programación de abortos para trasplantes de
células fetales mediante vivisección, el alquiler de vientres maternos, la
utilización industrial de embriones, la clonación, la implantación de
embriones humanos en animales para la gestación, la creación de híbridos de
células animales y humanas, etc., son problemas hoy muy reales, como reales
son las serias consecuencias que tienen y pueden tener más adelante para el
hombre.
Quizá se acuse a las normas éticas de que
limitan la investigación y entorpecen el progreso de la ciencia. Pero nunca
esa justificación será excusa para dejar campo libre a que una multitud de
manipuladores se entregue a las experiencias más degradantes.
La aplicación a embriones humanos de
técnicas empleadas para conseguir clones de animales ha levantado en los
últimos años una gran polémica en torno a las prácticas con embriones.
Se argumenta, con razón, que la clonación
humana puede degenerar fácilmente en aberraciones asombrosas:
§ Los niños pueden ser elaborados en la
probeta y luego congelados, hasta que a los padres –a la madre o al padre–
les venga bien.
§ Se puede fabricar un solo niño, o varios
en serie, lo cual proporciona indudablemente una mayor seguridad, puesto que
así siempre se pueden tener “niños de repuesto” para el caso de que el
primero elegido sufra algún lamentable accidente (o por si hacen falta
“piezas de repuesto”, si el hijo resulta tener algún “fallo de fábrica”).
§ Evidentemente, los niños que en su
desarrollo embrionario manifiesten algún defecto, son inmediatamente
eliminados (la calidad es lo que cuenta).
§ Se puede elegir el sexo, y quizá dentro de
poco, la estatura, el color del pelo o de los ojos, y hasta el coeficiente
intelectual. Se podrían crear personas que carecieran genéticamente de
algunas características, o que tuvieran otras: por ejemplo, una raza de
personas dóciles, que se dedicaran a las tareas más desagradables de la
sociedad.
Algunos aseguran que mediante este tipo de
técnicas se podría conducir a la raza humana a un tipo de perfección
previamente programada. Pero los riesgos de semejantes manipulaciones son
imprevisibles, sobre todo pensando en las ideas sobre la perfección que
puedan tener los programadores.
En todos estos procesos se vulnera un
derecho humano fundamental: el derecho que cada uno tiene a su propio y
original patrimonio genético, sin interferencias que puedan perjudicar su
integridad.
Todos esos groseros pragmatismos son
insensibles al valor dignificante de ser uno mismo, diferente de los demás.
Cada ser humano tiene derecho a una unidad genética no compartida con otro,
tiene derecho a no venir al mundo con un código genético programado por los
deseos o expectativas de sus padres o de la sociedad.
En el “niño a la carta”, la voluntad de
los progenitores –o de los productores, puesto que no siempre serán
“encargados” por los progenitores– suplanta el legítimo interés de todo ser
humano de ser él mismo, y de autodescubrirse en su propio proceso de
desarrollo personal. Sobre la existencia de las personas nadie tiene derecho
alguno, pues entonces serían cosas y no personas. La técnica puede lograr
muchas cosas, pero no todo lo que mediante ella se puede alcanzar es bueno.
No se debe hacer todo lo que se puede hacer.
La noción de derechos humanos implica que
hay una dignidad natural inherente al hombre, que se impone a todos, hasta
tal punto que los hombres no pueden negarle la humanidad a ninguno de sus
semejantes, ni privarle de ninguno de esos derechos.
Conviene reflexionar acerca de esa
singular dignidad. El hombre es irrepetible, es un fin en sí mismo y no un
medio, y nunca puede considerarse un simple elemento de una especie. ¿Por qué
el hombre es de una condición distinta a la de los animales? ¿Por qué tiene
esos derechos inalienables? ¿Por qué no puede tener precio?
Se han dado a esta pregunta muchas
respuestas, pero pienso que el único fundamento inquebrantable de los
derechos humanos está en el hecho de que Dios ha conferido al hombre esa
dignidad.
—Pero esa
referencia a Dios supone creer en Dios, y no todos los hombres son creyentes.
No pido a nadie que crea si no quiere o no
puede creer. Simplemente doy una posible respuesta desde la fe. No es
necesario creer, pero creer permite proteger mucho mejor el enunciado de
estos derechos: el creyente –si es coherente con su fe– espera descubrir en
todo ser humano a un semejante, o más bien a un hermano, precisamente por
tener un padre común.
Es una respuesta desde la fe que, por otra
parte –y afortunadamente–, está en las raíces de nuestra civilización y de
cuanto concedemos a la dignidad de las personas. Echando una mirada a la
historia, da la impresión de que muchos aspectos de la naturaleza humana
estarían probablemente sumidos en la penumbra si la tradición cristiana no
los hubiera proclamado.
Siempre habrá más respeto al hombre desde
una concepción trascendente que cuando se ve la vida como un simple suceso en
el tiempo que se disuelve un día con la muerte.
Si el hombre no es más que un animal
extraordinariamente desarrollado, ¿qué razón de peso habrá para no llegar a
convertirlo un día en un animal de laboratorio? ¿Qué impedirá considerarlo
como un conglomerado de moléculas, modificable al capricho de los
manipuladores, que se creerán dueños de su futuro? Una referencia
trascendente es decisiva para dotar al hombre de inviolabilidad.
—¿Y no es demasiado estricta la Iglesia católica en
estas cuestiones relativas a la manipulación genética?
Podría decirse, estableciendo una sencilla
comparación, que en este punto nos encontramos ahora como las naciones
europeas del siglo XIX en el campo social del trabajo y de la condición
obrera frente al descubrimiento de la herramienta industrial.
El precio que en su día se pagó por el
progreso técnico y económico, hasta que se lograron controlar algunos de sus
excesos, fue enorme y de muy dolorosas consecuencias.
Los extraordinarios poderes actuales de la
ciencia sobre la vida y la procreación humana hacen necesaria una seria
reflexión para que el coste humano no acabe siendo tan terrible como en su
día lo fue el de la revolución industrial.
Como ha señalado Jean-Marie Lustiger, los
actuales avisos de la
Iglesia católica pueden parecer a las generaciones
contemporáneas tan arcaicos como parecieron las advertencias de los hombres
de la Iglesia
europeos a comienzos de aquel desarrollo industrial.
Hay que insistir en que los valores morales
deben presidir este nuevo poder que el hombre adquiere sobre la vida, sobre
su propio cuerpo y sobre su sexualidad. La vida –derecho fundamental de todo
individuo, base de todos los demás derechos– no puede ser tratada como una mercancía
que se puede organizar, comercializar y manipular a gusto personal.
Es deber de la Iglesia poner a la
sociedad en guardia frente a algunos peligros, pidiendo que la técnica se
subordine al hombre y a su vocación. Se trata de una tarea de capital
importancia, aunque su voz no siempre sea bien escuchada o comprendida.
No
daré veneno a nadie
aunque me lo pida,
ni le sugeriré tal posibilidad.
Juramento de Hipócrates
La intolerancia frente a los débiles ha adquirido
con frecuencia a lo largo de la historia una dolorosa forma social e
institucionalizada de legalidad.
Son muchas las voces que se han atrevido a
denunciar con firmeza esos atropellos de la dignidad humana. Atropellos que
llegan a veces a constituir una auténtica “cultura de la muerte” que en todas
las épocas se ha manifestado en la muerte legal de inocentes.
La historia reciente nos lo muestra con
crudeza en el genocidio hebreo, en las limpiezas étnicas de tantos conflictos
bélicos, o en el más sutil y solapado quitar la vida a los seres humanos
antes de su nacimiento, o antes de que lleguen a la meta natural de la
muerte.
Son siempre los miembros más débiles de la
sociedad quienes corren mayor riesgo frente a esta peligrosa manifestación de
intolerancia: las víctimas suelen ser los no nacidos (aborto y manipulaciones
genéticas), los niños (comercio de órganos), los enfermos y ancianos
(eutanasia), los pobres (abusivas imposiciones de control demográfico), las
minorías, los inmigrantes y refugiados, etc.
—¿Y por qué crees que se ha impuesto este
error en el mundo en tantas ocasiones? ¿De dónde le viene su atractivo?
El atractivo del error no proviene del
error mismo, sino de la verdad –grande o pequeña– que en él palpita. Por eso,
un error es tanto más peligroso cuanta más verdad encubre.
Y la modesta verdad que subyace en la
cultura de la muerte –y a la que esta debe de prestado su atractivo– es la
pequeña ganancia (deshacerse del anciano o del enfermo incómodos, eliminar
una nueva vida que nos parece inoportuna, mejorar la calidad de vida de
los que permanecemos con vida), que satisface fugaz y brevemente las
pasiones humanas, y oscurece la inteligencia hasta incapacitarla para
percatarse del error que comete.
Curiosamente, la tolerancia ha sido muchas
veces la bandera que han tomado quienes imponían esos errores. Pero detrás de
la defensa que hacen de los derechos y de las libertades, se esconde siempre
un brutal atropello de los derechos y libertades más elementales. Detrás de
una máscara de tolerancia, se esconde la más cruel y macabra muestra de
intolerancia: la de no dejar vivir al inocente.
Con la legalización hace unos años en
Holanda de la eutanasia activa bajo ciertas circunstancias, el viejo
"derecho a pedir una muerte digna" ha pasado ya a ser el
"derecho a dar una muerte digna" (el salto del pedir al
dar no es de poca importancia).
Ese salto –que ha sido ya imitado en otros
lugares– ha contribuido a reavivar el viejo debate de la eutanasia, aunque
esta vez de forma bastante más inquietante. Un debate que a todos nos
interesa, porque, cuando se habla de la vida y de la muerte, todos tenemos
cosas que decir.
—Pero parece que
querer morir dignamente es una aspiración legítima, sensata y coherente.
La dignidad y la dulzura son dos
cualidades que hacen al hombre más humano, y es natural que todos estemos un
poco seducidos por la idea de que ambas estén presentes en nuestra propia
muerte. El problema viene a la hora de pensar en cómo se muere uno
“dignamente”.
Porque, ¿qué es más digno, esperar
pacientemente la llegada de la muerte, luchando en lo posible por mitigar el
dolor, o morir sin dolor a manos de otro hombre?
Porque en este punto se da no pocas veces
una cierta manipulación de las palabras, presentando la eutanasia como algo
más inocuo de lo que es. Se dice “muerte dulce”, o “muerte digna” para
propiciar su aceptación social. Como si fuera secundario el hecho central de
que, en la eutanasia, un ser humano da muerte consciente y deliberadamente a
otro ser humano inocente.
El respeto a la dignidad de la vida humana
es un fundamento esencial de la sociedad. Por eso la eutanasia debe
considerarse siempre como un acto de intolerancia inaceptable, por muy
presuntamente nobles o altruistas que aparezcan las motivaciones que animen a
ejecutar tal acción, y por suaves y dulces que sean los medios que se
utilicen para realizarla.
Quien aplica la eutanasia no permite
continuar una vida que él considera inútil o sin sentido. ¿Pero quién es él
para decidir que una vida está de más, es inútil, no tiene sentido, o no
tiene derecho a vivir?
—De acuerdo.
Pero sí puede admitirse, supongo, una eutanasia pasiva, para no caer en el
ensañamiento terapéutico.
Convendría precisar bien los términos. Suele
llamarse eutanasia activa a la muerte provocada por una acción, y pasiva si
lo es por omisión. Pero hacer una valoración moral de la eutanasia basándose
en si es activa o pasiva, conduce fácilmente a
equívocos.
Desde luego, la eutanasia activa es siempre
inmoral. Pero la pasiva también puede serlo. Por ejemplo, dejar ahogarse a un
niño, o desangrarse a un accidentado, sin hacer nada por auxiliarlos
–pudiendo hacerlo sin correr un riesgo desproporcionado–, son casos de
eutanasia pasiva: pero, por muy pasiva que sea, son moralmente inaceptables.
Por eso, más que hablar de licitud de la
eutanasia pasiva, conviene hablar de qué auxilios, o qué remedios médicos son
proporcionados en un caso u otro.
Por ejemplo, no hay que confundir la
eutanasia con la interrupción de un tratamiento inútil, de común acuerdo
entre médicos, familiares y el propio enfermo, cuando este ha entrado en una
fase terminal. Eso no es eutanasia: es evitar la obstinación o ensañamiento
terapéutico.
A este respecto, se podrían hacer algunas
precisiones:
§ Ante la inminencia de una muerte
inevitable, es lícito en conciencia tomar la decisión de renunciar a unos
tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de
la existencia. No deben interrumpirse, sin embargo, las curas normales
debidas al enfermo en casos similares.
§ No se puede imponer a nadie un tipo de
cura que, aunque ya esté en uso, todavía no esté libre de peligro o sea
demasiado costosa. Su rechazo no equivaldría al suicidio: significaría más
bien una serena aceptación de la llegada de la muerte, o bien una voluntad de
no imponer gastos o trabajos excesivamente pesados a la familia o a la
colectividad.
§ A falta de otros medios, es lícito
recurrir, con el consentimiento del enfermo, a medios terapéuticos aún en
fase experimental y no libres de todo riesgo.
§ Es igualmente lícito interrumpir la
aplicación de esos medios si los resultados defraudan las esperanzas que se
habían puesto en ellos. Deberá tenerse en cuenta el justo deseo del enfermo y
de sus familiares, así como el parecer de médicos verdaderamente competentes.
Quienes defienden la legalización de la
eutanasia suelen invocar al supuesto derecho individual a disponer de la
propia vida, o bien a lo que consideran una manifestación de solidaridad
social: eliminar vidas que –siempre según ellos– carecen de sentido y
constituyen una dura carga para los familiares y para la propia sociedad.
Sin embargo, parece claro que esforzarse
por mitigar el dolor es positivo, pero proponerse eliminarlo por encima de
cualquier otro valor, incluso atentando contra la vida de un inocente, es un
grave error: el fin no justifica los medios. El ser humano, aun en el umbral
de la muerte, conserva toda su dignidad.
Algunas ideologías en el último siglo han
considerado determinadas dimensiones parciales del ser humano como valores
absolutos y, al hacerlo, han generado clamorosas injusticias: así ha sucedido
con quienes han construido su visión del mundo exclusivamente sobre la raza,
el color de la piel, la clase social, la nación o la ideología. Y algo
semejante ha sucedido a algunos con la salud, y les ha llevado a un fenómeno
similar. Propugnan un totalitarismo que, en la práctica, decide quién tiene
derecho a vivir y quién no; se consideran legitimados para ensañarse con
quienes no se corresponden con su patrón de hombre: los deficientes, los
enfermos, los ancianos, los moribundos.
Cuando se pretende dar muerte a los que
son débiles o deficientes, para establecer en el mundo una especie de tiranía
de la normalidad, ese mundo queda inevitablemente deshumanizado. Hay que
luchar contra la deficiencia física y la debilidad, pero los enfermos siempre
son seres humanos a los que debemos respetar.
—¿Pero cuando es el propio enfermo quien lo
pide?
Cuando un enfermo que sufre pide que lo
maten, lo que en realidad está pidiendo casi siempre es que le alivien los
padecimientos, tanto los físicos como los morales, que a veces son aún más
dolorosos. Son casos habitualmente provocados por la soledad, por la
incomprensión, por la falta de afecto y consuelo en el trance supremo.
Hay que luchar por vencer la enfermedad,
pero no es lícito eliminar seres humanos enfermos para que no sufran. El fin
–subjetivamente bueno– no justificaría esos medios inmorales (en este caso,
matar a un inocente).
La eutanasia no es un simple paliar el
sufrimiento, sino despreciar y vejar definitivamente al paciente. Suele
hablarse de eutanasia como redención del sufrimiento, cuando con frecuencia
no es más que una decisión utilitarista que alivia y libera a quienes han de cuidar al enfermo.
—Pero no todos
los casos son igualmente condenables: hay que ponerse en el lugar del enfermo
y de su familia, que pueden estar en una situación tremendamente dura.
Por supuesto, pero no debemos confundir lo
que suceda en el interior de las personas en un momento difícil, con lo que
las leyes o la sociedad deben tener como aceptable o rechazable.
Hay circunstancias que exigen mucha
comprensión, y que pueden atenuar la responsabilidad de cualquier error que
una persona cometa –todos los ordenamientos jurídicos cuentan con ello–, pero
eso no debe confundirse con la norma general.
—¿Y por qué te
parece tan mal que un Estado tolere –al fin y al cabo, se trata de unos pocos
casos aislados– que un médico procure la muerte a aquellos enfermos que así
lo soliciten?
Los defensores de la eutanasia dicen que
en la vida irreversiblemente enferma no hay, en muchos casos, vida personal
digna de tal nombre, y que por tanto no sería aplicable la protección que
supone el derecho a la vida.
El razonamiento no es algo nuevo en la
historia de la humanidad. Además de los precedentes históricos de Esparta o
de la Roma
precristiana, hay experiencias más recientes: la Alemania nazi, y a otro
nivel, Holanda, donde se ha venido admitiendo su práctica impunemente desde
hace bastantes años.
Hay una característica siempre común: es
el Estado quien acaba decidiendo si una vida tiene o no derecho a existir. De
nuevo aparece, como se ve, la temible sombra del totalitarismo de Estado.
El hecho es que, en la Holanda de los últimos
años, y a pesar del sistema de garantías formales establecido por las
autoridades, junto a una media de unos 2.300 casos anuales en los que se ha
aplicado la eutanasia activa y a otros 400 de suicidio acompañado, se sabe
que más de 1.000 personas han recibido anualmente la inyección letal sin su
consentimiento (los datos son del famoso informe Remmelink, encargado por el
propio fiscal general holandés; se trataba de enfermos en coma, minusválidos
psíquicos, recién nacidos con taras y enfermos seniles).
Como consecuencia de esa realidad, han ido
surgiendo en el país diversas asociaciones y mutualidades de pacientes, que
aseguran a sus socios asistencia jurídica permanente, así como prestaciones
médicas en hospitales en los que no se admite la eutanasia.
Los cronistas han llegado a hablar de una
ola de miedo ante la desprotección e indefensión en los centros públicos.
Huyen del médico-verdugo, de la enfermera-verdugo. El anciano, que se sabe
costoso para la sociedad y no siempre querido por ella, teme que el de la utilidad
pueda ser el criterio que le permita o no seguir viviendo.
Muchos pacientes terminales se sienten
seres inútiles, que gastan, que son una carga, molestan, ensucian... y no es
extraño que a veces sean vencidos por ese rechazo social, que les abruma, y
algunos acaben solicitando una muerte rápida.
La eutanasia inculca en los moribundos y
en los individuos más vulnerables la idea de que el mundo desea quitárselos
de encima. Perciben que, una vez que su vida activa ha pasado, ya han perdido
su valor personal y económico, molestan, están de más. Sienten una presión,
real o imaginaria, que les empuja a pedir la eutanasia.
No hay que hacer grandes esfuerzos para
darse cuenta de los abusos a que conduce este tipo de prácticas, y de cuántos
corazones compasivos –quizá alguno incluso con cierta satisfacción
detrás de su cara de compungido al asistir luego a la lectura del testamento–
se tranquilizarán pensando en lo bueno que ha sido que su pariente no
sufriera demasiado.
La eutanasia, además de atentar contra la
dignidad que corresponde a todo ser humano, genera una aterradora
desconfianza. Destruye la solidaridad social, la solidaridad médico-paciente
y la solidaridad dentro de la propia familia. Destruye precisamente aquello
que debiera ser un ámbito de humanización.
Una civilización verdaderamente humana no
puede relativizar de esa manera la dignidad del hombre. Después de tantos
esfuerzos por desarrollar y defender un sistema jurídico que protegiera todos
los derechos de la persona, después de tantas luchas en favor del hombre y de
su libertad, perder la batalla de la vida sería imperdonable.
Incluso a los propios partidarios de la
eutanasia, el precedente holandés plantea una difícil pregunta. Si en un país
tan organizado como es Holanda, los serios esfuerzos de una eficiente
Administración no han sido suficientes para impedir que en nombre de la
eutanasia se hayan cometido tantas barbaridades a lo largo de estos años,
¿merece la pena abrir una puerta como la de la eutanasia por la que,
indudablemente, se van a colar tantos fantasmas como ocasiones en que se
aplique?
Se entiende que muchos manifiesten su
preocupación ante este paso. Se dice que es una ley que se aplica únicamente
en casos límite. Pero hay suficiente experiencia –piénsese en cómo se ha
llevado el control en el caso del aborto– como para saber que esas leyes
acaban significando luz verde para eliminar todas aquellas vidas que no se
resistan a ello. Quienes piensan que supone empezar a deslizarse por una
pendiente peligrosa tienen motivo para hacerlo.
La
peor verdad solo cuesta un gran disgusto.
La mejor mentira cuesta muchos disgustos pequeños
y, al final, un disgusto grande.
Jacinto Benavente
Cuando Macbeth se da cuenta de que no hay
ningún obstáculo entre él y la corona de Escocia, salvo el cuerpo durmiente
de Duncan, piensa que con solo realizar un acto cruel podrá ser feliz para
toda la vida.
Y decide que compensa hacer ese mal para
lograr un bien que considera muy grande.
Sin embargo, el efecto del crimen fue
desconcertante e insoportable: un solo acto contra la ley introdujo a Macbeth
en un ambiente mucho más sofocante que el de la ley.
Como señala Chesterton, hay una lección en
Macbeth que es también el fondo sobre el que se desarrolla toda tragedia: el
hecho de la unidad de la vida humana, y el hecho de que el ser humano acaba
pagando siempre el precio de las consecuencias de sus propios actos.
Macbeth nos enseña que no se puede hacer
una locura con la idea de alcanzar la cordura. Haciendo un mal, jamás el
hombre puede hacerse a sí mismo más grande. Al revés, se encuentra más
atrapado. Destroza una puerta, pero en lugar de huir se encuentra en una
habitación todavía más pequeña. Y cuanto más destruye, más se estrecha esa
habitación.
Algo así sucede con el aborto. Muchas
personas son conscientes de que es algo abominable. No lo quieren a priori.
Pero, ante un problema concreto, se ven a un solo paso de alcanzar –mediante
el aborto– un objetivo codiciado, un señuelo de libertad.
Si por desgracia deciden, como Macbeth,
que compensa hacer ese mal para lograr lo que desean, encontrarán al otro
lado de esa puerta algo muy distinto de la libertad.
“Nosotras parimos, nosotras decidimos”. La
reclamación parece, en principio, incontestable. Y glosando a Miguel Delibes,
habría que decir que efectivamente así lo sería si lo parido fuese algo
inanimado, algo que el día de mañana no pudiese, a su vez, objetar dicha
exigencia, esto es, ser parte interesada, hoy muda, de tan importante
decisión.
Se discute sobre si el feto es o no es un
portador de derechos desde el instante de la concepción. Una cosa parece
clara: el óvulo fecundado es algo vivo, con un código genético propio, y que
con toda probabilidad llegará a ser un hombre hecho y derecho si los que ya
disponemos de razón no truncamos artificialmente su proceso de viabilidad.
Lo trágico de este dilema es que el feto
aún carece de voz. Y parece natural que alguien tome su defensa, puesto que
es la parte débil del litigio. Los abortistas apelan a la libertad de la
madre, pero habría que preguntarse por qué negar al feto tal derecho, en
nombre de qué libertad se le puede negar la libertad de nacer.
Las partidarias del aborto piden libertad
para su cuerpo. Eso está muy bien, pero parece razonable pedir que su uso no
vaya en perjuicio de tercero. Porque su libertad es la misma que exigiría el
feto si dispusiera de voz: la libertad de tener un cuerpo para poder disponer
mañana de él con la misma libertad que hoy reclaman sus presuntas y reacias
madres. El derecho a tener un cuerpo debería ser el que encabezara el más
elemental código de derechos humanos.
—¿Y no puede suceder que el feto sea una
vida humana, pero todavía no sea un ser humano individual?
El concepto de vida humana no existe más
que encarnada en seres individuales. La vida humana, así, en general, es solo
una idea abstracta.
El caso es que el abortismo ha venido,
curiosamente, a incluirse entre los postulados de muchas modernas progresías.
El progresismo, en su origen, respondía a
un esquema muy sugestivo: apoyar al débil, pacifismo, tolerancia, no
violencia. Años después, el progresista añadió a este credo la defensa de la
naturaleza. Para el progresista, el débil era el obrero frente al patrono, el
niño frente al adulto, la mujer frente al varón, el negro frente al blanco,
la naturaleza virgen frente a la industria contaminante. Había que tomar
partido por el indefenso, y era recusable cualquier forma de violencia. Todo
un ideario claro y atractivo.
Pero surgió el problema del aborto y, ante
él, el progresismo vaciló. No pensó ya que la vida del feto estaba más
desprotegida que la del obrero o la del pobre, quizá porque el embrión
carecía de voz y voto, y era políticamente irrelevante.
Y empezó a ceder en sus principios: contra
el feto, una vida humana desamparada e inerme, podía atentarse impunemente.
Nada importaba su debilidad, si su eliminación se efectuaba mediante una
violencia silenciosa. Los demás fetos callarían, no harían manifestaciones
callejeras, no podrían protestar.
El feto pasó a ser considerado como un intruso
inoportuno, como si fuera una verruga desagradable que hay que hacer
desaparecer, como un mal que no se está dispuesto a tolerar.
Así fue manifestándose la crueldad de la
historia. La tolerancia de los progresistas se fue tiñendo de intolerancia crispada,
de exigencia de derechos en contra del indefenso. Y como si no quedaran aún
miles de campos en los que falta tanto hasta alcanzar la plenitud de derechos
de la mujer, la legalización del aborto pasó a ser una de las grandes metas
de un amplio sector de la progresía feminista.
Sin embargo, para los progresistas que aún
defienden indefensos, y que buscan una verdadera tolerancia rechazando la
violencia inicua, la fuerza de la verdad permanece intacta. La muerte cruel
de un inocente siempre producirá náuseas, sea en una explosión atómica, en
una cámara de gas o en un quirófano esterilizado; y sea legal o ilegal.
—Muchos dicen
que el aborto es un problema de conciencia de la madre, al que debe
permanecer ajeno el Estado...
Olvidan de nuevo que aparte del padre y de
la madre, hay un tercero en juego: el hijo. El aborto provocado no es un
asunto íntimo solo de la madre, ni solo de los padres, sino que afecta
directamente al hijo. Y por tanto, por la solidaridad natural de la especie
humana, todo ser humano debe sentirse interpelado cuando se comete un aborto.
El Estado debe proteger la vida humana. Y
vida humana es también la del no nacido. También este merece la protección
del Estado. Desde el momento de la concepción, se ha generado un tercero,
existencialmente distinto de la madre, aunque esté alojado en su seno.
Y ese derecho a la vida del nasciturus no
surge de su aceptación por parte de la madre, sino que corresponde a él mismo,
a causa de su existencia, y es un derecho primario e inalienable, que arranca
de la propia dignidad humana y es independiente de cualquier creencia
religiosa.
—Muchos
defienden que el aborto podría ser lícito durante las doce primeras semanas
del embarazo.
Es una realidad irrefutable que el feto es
igualmente humano antes de las doce primeras semanas de gestación como
después. El alcance de la protección del Estado hacia el no nacido debe ser
independiente del momento del embarazo en que se encuentre, pues en su
desarrollo no hay ningún plazo en el que se produzca un cambio del que pueda
depender su derecho a la vida.
Como ha expuesto muy lúcidamente el
filósofo austriaco Michael Tooley en su libro “Abortion and infanticida”, es
enormemente difícil condenar éticamente el infanticidio o la eutanasia
neonatal (matar al recién nacido con graves deficiencias físicas o mentales),
una vez que se admite el aborto.
Si se admite una ley de plazos, durante
ese plazo quedaría el no nacido a disposición de la libre decisión de la
madre, y entonces su protección jurídica ya no estaría garantizada. Y no cabe
admitir semejante abandono de la vida del no nacido por referencia a la
capacidad de la madre de tomar una decisión, por muy libre y responsable que
sea.
—Pero dicen que
hay un simple conflicto de derechos: el derecho a la vida del nasciturus y el
derecho de la madre a decidir sobre su maternidad, y que en ese conflicto
prevalece el derecho de la madre.
Es poco serio plantear así un conflicto
jurídico. La protección jurídica de una vida jamás puede quedar al arbitrio
de una de las partes en conflicto.
Ningún ordenamiento jurídico debiera
admitir semejante equiparación en un conflicto de derechos: por parte del no
nacido lo que está en juego no es un plus o una minoración de derechos, ni
aceptar ventajas o limitaciones: lo que está en juego es todo, su misma vida.
El derecho de la madre a interrumpir su
embarazo supone siempre la muerte de la otra parte en conflicto, y por tanto
no pueden equipararse ambos derechos, que son de orden diferente.
No cabe tampoco considerar la hipótesis de
legítima defensa de la madre, puesto que la legítima defensa nunca se refiere
a un inocente, sino siempre y solamente a un agresor injusto.
Admitir el derecho al aborto sería tanto
como que el Estado otorgara al no nacido el derecho a la vida, pero
condicionado a que durante el embarazo –o al menos en una fase de él– la
madre no decida su muerte. Una curiosa forma de entender el derecho a la
vida.
Si el Estado se inhibiera ante el aborto,
atentaría gravemente contra la exigencia ética de protección de la vida e
integridad de los individuos, como lo haría –por ejemplo– si se inhibiera
ante el uso impune de la tortura por parte de la policía.
La tortura es abominable, y nadie podría
justificarla aduciendo que los torturadores piensan que se trata de un asunto
que pertenece a su propia conciencia y son por tanto libres de practicarla si
lo consideran oportuno.
—¿Y por qué crees que se comprende tan
claramente en el caso de la tortura, y sin embargo no ocurre así con el
aborto?
La tortura nos la podemos imaginar
fácilmente en toda su crudeza y todo su horror, pero, en cambio, hay que
hacer un esfuerzo para imaginar la realidad cruda y horrible de un aborto
provocado.
Pero si una madre, antes de decidirse a
abortar, viera en vídeo lo que va a suceder con su hijo, me temo que muy
pocas madres llegarían a abortar.
—Antes hablabas
de exigencias éticas del Estado. ¿Quieres decir que el Estado tiene que
sancionar todo lo que la moral prohíbe?
No. Por ejemplo, el Estado no puede
sancionar las conductas inmorales que permanezcan en el terreno de la
intimidad de las personas. Tampoco castiga algunas otras, aunque se produzcan
en el fuero externo, porque es preferible tolerarlas, para evitar así males
mayores (por ejemplo, porque lesionarían sensiblemente algunas libertades:
así sucede con la mentira, por lo que la mayoría de los Estados solo
penalizan la mentira “cualificada”: perjurio, falsedad en documento público,
etc.). Pienso que el aborto está entre las que sí debe sancionar, pues con la
legalización del aborto la autoridad civil legitimaría esa bárbara libertad
que se toma el fuerte sobre el débil, y omitiría uno de sus deberes más
primarios: la defensa de la vida inocente.
El Estado ha de poner los medios
necesarios para que no se practiquen abortos, del mismo modo que ha de velar
para que no se asesine, se viole o se robe. Tolerar el atentado contra el
derecho a la vida sería una de las formas más radicales de intolerancia: la
que no tolera el desarrollo normal de vidas humanas incipientes.
—De todas
formas, de poco sirve declararlo ilegal, pues si en su país no pueden
abortar, lo harán viajando al extranjero.
Con esa lógica, siempre habría que
armonizar internacionalmente las leyes al nivel ético más bajo, adaptando
cada una de ellas a las del país en el que hubiera mayor relajación en ese
punto.
Acabaríamos, por ejemplo, teniendo que
legalizar la venta de órganos de personas vivas con la excusa de que en la India es una práctica
tolerada y hay pobres dispuestos a viajar allí para vender uno de sus
riñones.
—¿Y no te parece que se presentan en
ocasiones algunos “casos límite” en los que el aborto debía estar permitido?
Es indudable que se dan casos especialmente
dolorosos y conmovedores. Casos que incluso parecen justificar el recurso a
procedimientos extremos. Pero nunca puede admitirse como solución matar a un
ser humano inocente. Otra cosa es que todas las legislaciones penales
contemplan con carácter general algunos casos en los
cuales una persona se ha podido ver inducida física o psíquicamente a cometer
un delito (cualquier delito, no solo el aborto), y establecen entonces una
exención parcial o total de la responsabilidad penal del autor.
El conocido director de cine italiano
Franco Zeffirelli jamás ha escondido la verdad sobre su nacimiento. Su padre
natural, Ottorino Corsi, que era mercader de seda, estaba casado, pero no con
la que fue su madre, Alaide Garosi.
«Yo sé bien –explicaba– lo que significa
nacer contra el parecer de los demás, porque soy hijo ilegítimo. Mi
nacimiento fue un escándalo. Mi madre, que era modista, perdió toda la
clientela que tenía en la buena sociedad florentina. Y desde el primer
momento tuvo que vencer mil obstáculos para que yo naciera. Hasta su madre,
mi abuela, quería que abortase. Le decían que yo estaría condenado al
ostracismo. Y sin embargo, ella se negó en redondo a abortar.
»He pasado la infancia en una situación irregular,
pero siempre bajo el signo del amor, y esto sí que me ha influido. Mi madre
perdió sus clientes, pero decía que no le importaba nada.
»Yo soy una especie de aborto frustrado.
Estoy en el mundo un poco por casualidad. Quizá por eso aprecio más el
milagro de la vida.»
Es obligado reconocer que, en este campo,
a veces somos testigos de verdaderas tragedias humanas. Tragedias que nos
hacen comprender la necesidad de apostar con valentía en favor de la mujer,
que es quien, en casos como este, suele pagar el más alto precio por su
maternidad (y más alto aún cuando opta por destruirla).
Muchas veces, la mujer es víctima del
egoísmo masculino, cuando el hombre que ha contribuido a la concepción de la
nueva vida, no quiere luego hacerse cargo de ella y echa la responsabilidad
sobre la mujer. Precisamente cuando la mujer tiene mayor necesidad de la
ayuda del hombre, este se comporta como un cínico egoísta, que antes fue
capaz de aprovecharse del afecto y de la debilidad, pero luego es refractario
a todo sentido de responsabilidad por el propio acto.
Es una pena que por la presión del egoísmo
masculino, o de ese ambiente de intolerancia social, se fomente tantas veces
el aborto en mujeres que querrían ser madres pero claudican ante esas crueles
muestras de incomprensión. Por eso, la única actitud honesta en este caso es
la de una radical solidaridad con la mujer. Puede haber cometido un error,
puede haberse equivocado, puede haber sido débil; pero, una vez que eso ya ha
sucedido, hay que saber comprender, y dar facilidades a esas personas para
que puedan vivir con dignidad.
No es lícito dejarlas solas. En casos como
estos, la experiencia de los centros asesores de personas en esta situación
es que la mujer no quiere suprimir la vida que lleva en su seno. Si es
ayudada, y si al mismo tiempo es liberada de la intimidación del ambiente
circundante, entonces es capaz de apostar por la vida, incluso con heroísmo.
El origen de una vida puede ser ilegítimo,
pero si esa vida ya existe, la sociedad debe protegerla, venga de donde
venga. De lo contrario, en nombre de la moralidad se puede forzar a cometer
un grave atentado contra la vida del más inocente de todos los afectados por
el problema.
Una mujer embarazada es quizá la primera
en darse cuenta de que lo que lleva en su seno es un nuevo ser humano,
distinto de todos los que han existido, existen y existirán.
Y sabe bien que todo intento de distinguir
la condición humana según si ha nacido todavía o no, o según los meses que
lleva de gestación, o si era deseado o no, carece de fundamento.
Sabe que entre un feto en la primera
semana de gestación –o en la última, es lo mismo–, y un recién nacido, no hay
más diferencia que un poco de tiempo y la necesaria nutrición.
Sabe que el aborto no es una simple
interrupción del embarazo, como se dice evasivamente, quizá para intentar
disfrazar con un eufemismo su innegable atrocidad. Sabe bien que abortar
significa atentar contra un ser indefenso que, además, es su propio hijo.
Cualquier persona que haya trabajado
siquiera unos meses en un gabinete psicológico puede dar fe de hasta qué
punto una mujer se siente aturdida, angustiada y desamparada después de un
aborto; hasta qué punto quedan desoladas al darse cuenta –cosa que sucede
bien pronto– de que han arrebatado una vida humana y no saben qué hacer para
remediarlo. El sentimiento de culpa por haber abortado es quizá uno de los
dolores más severos que una persona puede experimentar. El aborto no solo
aniquila una vida humana no nacida, sino que también arruina psicológicamente
a muchas mujeres.
Un extenso estudio realizado en la Clínica
Ginecológica de Würzburg (Alemania) por la doctora Maria
Simon, concluía que algo más de un 35 % de las mujeres que han abortado
sufren después fuertes oscilaciones de ánimo y estados depresivos; en torno a
un 30 % padecen sentimientos de miedo, sin saber bien a qué se deben; un 37 %
lloran con frecuencia sin apenas motivo aparente; aproximadamente el 45 %
darían marcha atrás si pudieran hacerlo; el 55 % se sienten más nerviosas y
menos equilibradas; el 61 % reprimen cualquier pensamiento en torno al
aborto; el 52 % sufren con solo ver mujeres embarazadas; y al 70 % les viene
con frecuencia a la cabeza la idea de cómo serían las cosas si el niño abortado
viviese ahora.
Muchas mujeres acusan a médicos y asesores
de que no les habían informado suficientemente sobre las posibles
consecuencias psíquicas. Si hubiesen sabido qué riesgos somáticos y psíquicos
acarreaba, lo más probable es que no hubieran abortado.
Las mujeres que suelen superar el trauma
del aborto –continúa ese estudio– son aquellas encuestadas que intentan
recuperar su equilibrio psíquico afrontando conscientemente el hecho del
aborto. Lo hacen sobre todo a través de conversaciones con personas de
confianza, como el marido, más frecuentemente una amiga o la madre, rara vez
un médico, y nunca –dato significativo– con el médico que practicó el aborto.
En esos casos, por lo general, la mujer
intenta reconocer su culpa. No la reprime, no la proyecta en otros, ni
recurre tampoco a justificaciones. El siguiente paso es arrepentirse del
aborto. En esta fase se duele por su hijo muerto como por cualquier otro
difunto querido. Raramente una madre –concluye ese estudio– logra convencerse
de modo permanente de que aquello no era un ser humano vivo, su propio
hijo.
—¿Y cómo explicas que la brutalidad del
aborto, que, según dices, debiera ser tan clara, sea negada por tantísima
gente?
La historia demuestra que cada época se
caracteriza tanto por sus intuiciones como por sus ofuscaciones. Eso explica
que pueblos enteros hayan podido a veces permanecer, durante períodos muy
largos, sumidos en desviaciones sorprendentes. Baste recordar los duros
debates que en su momento se produjeron en torno a cuestiones hoy felizmente
–casi– superadas, como la esclavitud, la segregación racial, la tortura, etc.
Y es que, como ha señalado Antonio Orozco,
hay verdades que resultan más simpáticas y agradables en cierto momento, y se
estudian más y se hacen más patentes. En cambio, hay otras que son igualmente
verdaderas, pero que contrarían actitudes y hábitos arraigados, y no se está
fácilmente dispuesto a reconocerlas. Muchas verdades pueden ser olvidadas, e
incluso suplantadas por errores, puesto que, lamentablemente, no siempre hay
una relación directa entre la verdad y el número de personas a las que
persuade.
Al
hombre de cada siglo
le salva un grupo de hombres
que se oponen a sus gustos.
Chesterton
Desde que Malthus se equivocara, hace ya
muchos años, al pronosticar que Inglaterra jamás podría soportar una
población superior a diez millones de habitantes, han sido muchos los que
continúan repitiendo periódicamente sus mismas y agoreras predicciones. El
argumento siempre ha sido el mismo: si la población mundial continúa
creciendo, el planeta camina inexorablemente hacia su ruina.
Sin embargo, si echamos una mirada a la
historia, deberíamos ser comprensivos con Malthus. Hagamos un supuesto,
remontándonos veinticinco o treinta siglos.
Si a los iberos que poblaban la ribera del
río Manzanares antes de la llegada de los romanos, alguien les hubiera
preguntado por la población máxima que podrían admitir aquellas tierras que
ellos ocupaban, es muy probable que hubieran asegurado que allí no había caza
para alimentar más que a unos pocos miles de personas; y que si hubiera más,
se exterminaría a los elefantes y bisontes de que se alimentaban; y no habría
madera para construir sus viviendas; y los pequeños campos cultivables serían
insuficientes; etc.
Y si les hubieran dicho que allí, en esa
zona en la que apenas había unos cuantos asentamientos dispersos a la orilla
del río, tres mil años después iba a haber una ciudad de cuatro millones de
habitantes –la actual Madrid–, lo más probable es que pensaran que les
estaban tomando el pelo. Pensarían que habría que estar loco para pensar que
de aquellas tierras pudiera salir carne, frutas y cereales para alimentar a
esa ingente multitud.
Y sin necesidad de remontarnos tanto, si
en 1950 le hubieran preguntado a alguien qué ocurriría si se duplicara la
población mundial, probablemente habría dicho que sería una tremenda
catástrofe.
Sin embargo, eso es lo que ha sucedido
–con creces–, y se supone que vivimos algo mejor que entonces. Es más
–paradojas de la vida–, resulta que muchos de los problemas de Occidente
provienen ahora de los enormes excedentes alimentarios, y es frecuente que se
subvencione a los agricultores para que no cultiven sus tierras o para que
disminuyan el número de cabezas de ganado.
Los pronósticos aterradores han sido
moneda corriente durante los últimos treinta o cuarenta años. Se han
vaticinado catástrofes tremendas a la vuelta de la esquina, si alguien no
hacía algo para contener el amenazador boom demográfico.
Una de las más famosas predicciones fue la
de los hermanos Paddock, que aseguraron que veríamos millones de muertos de
hambre en los Estados Unidos. Sin embargo, se topó con una superproducción
agraria sin precedentes.
Tampoco parece que se cumplieran los
cálculos de Paul Ehrlich –cuyas tesis fueron durante años un auténtico dogma
en todo el mundo–, cuando predijo que en los años setenta estallaría un
conflicto a escala mundial, provocado por el agobiante avance de la
superpoblación, que causaría cientos de millones de muertes, provocando
guerras y violencia, y destruyendo los recursos necesarios para mantener la
vida sobre el planeta.
Todas esas negras profecías han demostrado
tener una fuerte carga de ciencia-ficción, pero muy poco de ciencia. Por
ejemplo –como señala Robert L. Sassone–, es curioso que los veinte países con
mayor escasez de alimentos son países con poca población; o que la mayor
parte del terreno potencialmente agrícola siga sin utilizarse; o que las
grandes fases de desarrollo de los países hoy más industrializados hayan
coincidido con fuertes crecimientos de población.
Frente a tantos progresos innegables que han
acompañado al crecimiento de la población, los profetas del desastre solo
pueden esgrimir hipotéticos riesgos futuros. Pero los fallos de pronósticos
anteriores nos advierten de lo poco fiable de ese tipo de profecías. No se
puede negar que hay bolsas de pobreza en torno a las
grandes ciudades del mundo, y que hay regiones en las que hay hambre,
desnutrición, problemas de salud, mortalidad infantil, etc., pero hay que
comprender que son problemas complejos, y que sus causas no son la simple
presión demográfica.
Hace diez mil años, el planeta solo podía
mantener a 4 millones de personas, y su esperanza de vida al nacer era de tan
solo 20 años.
En el siglo XIX, nuestro planeta era capaz
de mantener a 1.000 millones de personas, y su esperanza de vida rondaba los
30 años.
Ahora, viven más de 6.000 millones de
personas en la tierra, y viven más tiempo y con más salud que nunca. La
esperanza de vida alcanza casi los 80 años en los países desarrollados, y oscila
entre 45 y 60 años en los países más pobres.
Este avance ha sido posible sobre todo
gracias a la reducción de las tasas de mortalidad infantil, que se deben
fundamentalmente a las grandes mejoras en la agricultura, la sanidad y la
medicina.
El incremento de la población mundial es
el resultado de muchas victorias de la humanidad sobre la muerte. Lo normal
–afirma Julian L. Simon– sería que todos los filántropos dieran saltos de
alegría al presenciar este triunfo de la mente humana y de la organización
sobre las fuerzas de la naturaleza causantes de la muerte. En cambio, muchos
se quejan de que hay demasiada gente viva para disfrutar de ese don, y se
empeñan en implantar duras campañas de control de natalidad.
Lo peor de todo esto es que esos
alarmismos demográficos han solido traer consigo políticas inhumanas, de
intolerancia flagrante, de tremenda coerción y de graves violaciones de los
derechos humanos. Y, desgraciadamente, no han sido casos aislados.
Por ejemplo, el gobierno indio ha llevado
a cabo durante años extensos programas de esterilizaciones masivas de
ciudadanos, en muchos casos mediante engaño o violencia. En China, esas
campañas han sido aún más masivas e intimidatorias, ejerciendo sobre los
matrimonios una presión enorme y a menudo brutal para limitar la descendencia
familiar a un solo hijo por familia.
Esos programas son ejemplos extremos de
violaciones de derechos humanos que, en nombre del control de la población,
se cometen y han cometido en tantos países. Pero lo más doloroso –se
lamentaba Karl Zinsmeister–, es que las autoridades internacionales hagan
apologías públicas de esa clase de políticas inhumanas: es triste que cuando la ONU entregó por primera vez
el premio de planificación familiar, los ganadores fueran precisamente los
directores de los programas indio y chino.
Resulta seriamente preocupante la grave
intolerancia que demuestran quienes violentan las raíces culturales milenarias
de esos pueblos promoviendo semejantes campañas antinatalistas. Como decía
Chesterton, con este tipo de políticas se acaba desdibujando la diferencia
entre animales y seres humanos, y se acaba tratando a seres humanos pobres
como si no fueran más que estorbos económicos, sociales o ecológicos. Como si
fueran una nueva especie de contaminación que es preciso eliminar.
Tiene razón Julián Marías al advertir que
quienes piensan así reducen lo humano casi a la zoología. Ven a la mujer
embarazada como una simple hembra preñada, y actúan como si buscaran anular
la libertad de toda una parte de la humanidad a la que consideran carente de
responsabilidad.
—Pero parece que
el crecimiento demográfico es una seria amenaza para el desarrollo y el
futuro de nuestro planeta, tanto por la escasez de recursos naturales como
por el deterioro ambiental.
Ya hemos visto que los datos no son tan
alarmantes. Cualquier experto en economía agraria sabe bien que la dieta
alimenticia de la población mundial no ha parado de crecer en los últimos
cincuenta años. Y quienes estudian la economía de los recursos naturales
saben que todos los recursos son cada vez más accesibles, en lugar de más
escasos, como lo demuestra el descenso de los precios de todos ellos a lo
largo de décadas y siglos.
—Bien, pero se
dice que el aumento de población de una sociedad reduce el ahorro, impide la
inversión, disminuye las posibilidades educativas y es la causa fundamental
del hambre en el mundo.
Ninguna de esas afirmaciones sobre el
aumento de la población parece avalada por la historia:
§ Los costes de los recursos naturales han
ido disminuyendo a largo plazo en todos los casos, salvo alguna excepción
temporal. Es decir, ha crecido siempre la disponibilidad de materias primas.
Por ejemplo, el precio actual del cobre –en función de los salarios de cada
época– es aproximadamente una décima parte del que tenía en el siglo XVIII,
la centésima parte que durante el Imperio Romano, y la milésima parte que en
Babilonia hace 4.000 años.
§ Los productos elaborados (bolígrafos,
camisas, neumáticos, etc.) son cada vez más baratos, porque cada vez sabemos
producir más y a menor coste.
§ El incremento de productividad por unidad de
superficie agraria ha crecido muchísimo más rápido que la población, y hay
serias razones para pensar que esta tendencia continuará. Por tanto, hay cada
vez menos motivos para preocuparse por la disponibilidad de tierra
cultivable: aumenta el número de cosechas al año, aumentan los rendimientos
por hectárea gracias a las mejoras en los métodos de cultivo y los
fertilizantes, y aumenta también la superficie por la puesta en cultivo de
nuevas tierras y por la recuperación de tierras abandonadas.
§ Solo hay un recurso importante que parece
haber empezado a decrecer, y es el más importante: el ser humano. Ahora hay
más gente que nunca en el planeta. Pero si midiéramos la escasez de seres
humanos de la misma manera que medimos la escasez de otros bienes económicos,
vemos que los salarios no han hecho más que subir en todo el mundo, en los
países pobres y en los ricos. La cantidad que hay que pagar a un peluquero o
un cocinero o un economista ha subido en la India igual que en Estados Unidos. Este incremento
de los precios es una clara muestra de que las personas son cada vez más
escasas, aunque seamos más.
Todas las predicciones de los alarmistas
han resultado erróneas. Los metales, los alimentos y demás recursos naturales
son ahora más accesibles, en vez de más escasos, como se predecía. Los
expertos concuerdan en que las grandes hambrunas han sido, casi sin
excepción, consecuencia de conflictos civiles y de desórdenes políticos y
económicos.
Los problemas del Tercer Mundo solo pueden
resolverse mediante la solidaridad internacional y la solución de los
problemas internos de esos países: mala política y administración,
corrupción, guerras, etc. Es ahí donde hay que ayudarles.
—Pero supongo
que habrá siempre una limitación que viene dada por el número de habitantes
que físicamente puede mantener un área determinada.
Ese número de habitantes no depende solo
de los kilómetros cuadrados, sino sobre todo de la organización económica y
social. Hay 120 millones de personas apiñadas en las pequeñas islas del
Japón. Sin embargo, gracias a la buena organización y a su excelente
productividad, los japoneses figuran entre los países más ricos del mundo.
—Bien, pero
parece que ahora ya están bastante llenas esas islas.
Eso es lo que nos parece a nosotros. Si se
hubiera preguntado a los indios algonquinos que poblaban Manhattan en el
siglo XVII cuánta gente pensaban que podría albergar
la isla, seguramente habrían respondido también que ya estaba bastante llena.
Sin embargo, ahora está llena de rascacielos y tampoco debe estar tan mal
allí la gente, al menos a juzgar por lo que cuesta comprarse un piso en Nueva
York.
La respuesta que daba Chesterton a quien
le hablaba de exceso de población, era una pregunta: si él mismo es parte de
ese exceso de población; o, si no lo es, cómo sabe que no lo es.
—Bien, pero lo
del Japón que decías antes es un caso excepcional. Quizá sea un país con una
mentalidad tan especial que no puede servir para rebatir un principio que
parece elemental: si los recursos naturales de una tierra son pocos, o su
orografía es muy difícil, está claro que cuantos menos sean, siempre es
mejor; después de todo, más gente significa más bocas que alimentar, más pies
que calzar, más escuelas que construir. Más gente siempre supone más
problemas.
No parece que la realidad obedezca a ese
razonamiento, sino que se trata de algo más complejo. Podrían ponerse muchos
otros ejemplos, además del Japón, que contradicen esa explicación.
Si nos fijamos en Suiza, vemos también que
es un país pequeño, en cuya reducida extensión apenas hay recursos naturales,
y que es el más abrupto y montañoso de Europa; sin embargo, es de los más
ricos del continente.
Países como Japón o Suiza (pequeños,
montañosos y sin recursos naturales), no son casos aislados. La gran riqueza
de esos países –quizá consecuencia precisamente de su pobreza en recursos
naturales– está en los recursos humanos: una elevada densidad de población
con un elevado nivel de preparación.
Hay muchísimos más ejemplos de contrastes
que niegan esa relación directa entre la pobreza y la elevada densidad de
población. Holanda tiene 354 habitantes por kilómetro cuadrado, y la India solo 228. Alemania
tiene 246, y Bolivia solo 6.
—Quizá sea eso
cierto para países que ya han conseguido una riqueza económica, pero parece
que para los que son pobres, una elevada población siempre supone un gran
retraso en el crecimiento económico.
Sin entrar en grandes disquisiciones
macroeconómicas, parece que bastantes naciones pequeñas –por ejemplo Taiwán,
Corea, Singapur, etc.– han sido las de mayor
crecimiento económico del mundo durante varias décadas. Y todas ellas eran
antes pobres y muy pobladas (Corea tiene 409 habitantes por kilómetro
cuadrado).
Hay docenas de países poco poblados que
son pobres y sucios y padecen hambre. Y hay multitud de países con población
grande y densa, que son prósperos y atractivos. Esto no significa que la
densidad de población sea una gran ventaja, pero tampoco parece que sea una
gran desventaja.
Sería un reduccionismo condicionar el
éxito económico al bajo número de habitantes. De entrada, es olvidar que la
gente no solo consume: también produce.
—Pero cuando el
paro laboral crece, y los puestos de trabajo son escasos, más vale limitar el
crecimiento de la población, pues se ve que la economía no admite más
trabajadores.
El sistema económico es mucho más complejo
que eso. Muchas veces, el estancamiento de la economía se debe a un freno en el
consumo, que es consecuencia a su vez del estancamiento de la población. Para
que haya puestos de trabajo, es preciso producir; y para producir, hace falta
gente que consuma. Si esa cadena se frena por un parón en el número de
consumidores, la economía se frena también.
La hipótesis de que un buen desarrollo
económico exige un fuerte control de la natalidad supone, entre otras cosas,
desconocer una lección de la historia: el crecimiento de la población precede
al crecimiento económico, y es difícil encontrar un ejemplo de un país que
haya mantenido al mismo tiempo una caída de población y un buen desarrollo
económico.
Todas estas realidades innegables han
llevado a un heterogéneo grupo de prestigiosos investigadores a contradecir
los antiguos dogmas del control demográfico. Personas como Simon Kuznets,
Colin Clark, P. T. Bauer, Ester Boserup, Albert Hirshman, Julian Simon,
Richard Easterlin y otros, coinciden en que es preciso subrayar el gran
potencial creativo de los individuos humanos. La solución está en organizar
mejor la sociedad: las personas son su recurso más valioso.
Como ha escrito Hannah Arendt, el milagro
que interrumpe una y otra vez el curso del mundo y el discurrir de las cosas
humanas, y lo salva de la decadencia, es, en última instancia, el hecho de la
natalidad, del nacimiento. El milagro consiste en que nacen hombres. Cada
recién llegado –siempre que se le permita llegar, y luego desarrollar sus
capacidades únicas e irrepetibles– es un nuevo potencial de ganancia para la
humanidad.
—De todas
formas, ¿no es un poco extraño que todos esos datos y razones científicas no
convenzan a tantas instituciones que continúan promoviendo grandes campañas
de control de la natalidad?
Sí que parece un poco extraño. Y me atrevo
a decir que también un poco sospechoso. De hecho, están surgiendo cada vez
más voces de protesta –aunque por desgracia aún bastante silenciadas– contra
ese tipo de políticas antinatalistas.
Es sospechoso, por ejemplo, que la mayor
parte de lo que se consideran ayudas al desarrollo de países pobres se
destine a sufragar gastos administrativos y de gestión de las propias
instituciones que conceden esas supuestas ayudas: grandes edificios, ingentes
gastos de personal y de representación, viajes, hoteles, congresos, etc.
Y es también sospechoso que los fondos
restantes –teóricamente destinados ya directamente a promover el desarrollo
en cada país– se suelan a su vez emplear mayoritariamente en subvencionar
campañas de planificación familiar.
—Supongo que
algo gastarán en promover directamente el desarrollo, ¿no?
Muy poco, solo un pequeño tanto por
ciento. Casi todo el presupuesto se va en burocracia, gestión, y
multimillonarios contratos con empresas que se dedican a implantar el control
de la natalidad. Al final, solo una pequeña parte se destina a los gastos
sociales verdaderamente esenciales para el desarrollo (infraestructuras,
capacitación profesional, sanidad, cultura, educación, etc.).
Y es una pena que esas instituciones, que
aseguran contribuir a la liberación de la mujer, en muchos casos lo que hacen
en la práctica es sacrificar su acceso a la educación –habitualmente inferior
al varón en esos países– en favor de su acceso a la planificación familiar.
No falta gente, además, que asegura que
detrás de esos contratos de family planning hay oscuros –oscurísimos–
intereses económicos y políticos.
Esas campañas cuentan con unas dotaciones
de varios billones de dólares anuales, y de ese dinero viven –bastante bien,
por cierto– muchas grandes multinacionales del sector. Son cifras que bien
pueden forzar políticas gubernamentales o comprar voluntades de personas de
ámbitos muy diversos.
Hay que pensar que son contratos muy apetecibles,
pues venden de un golpe cientos de millones de preservativos y píldoras
anticonceptivas, que suponen grandes ganancias, siempre seguras, puesto que
los gobiernos del Tercer Mundo se ven obligados a comprarlos.
Además, muchas veces –como se ha denunciado
en repetidas ocasiones– son productos ya retirados de los mercados
occidentales por sus efectos secundarios o su baja calidad.
—Me parece mal,
lógicamente, pero al fin y al cabo se trata de un regalo, ¿no?
Bueno, es que hay que recordar que toda
esta campaña de solidaridad internacional incluye un plan para pasarle luego la factura a las víctimas. Por ejemplo, la
tristemente famosa Conferencia de Población y Desarrollo de El Cairo previó
que las dos terceras partes de esos costos serían financiados por los propios
países en vías de desarrollo.
Como se ve –denunciaba Ignacio Aréchaga–,
el plan es perfecto: primero se establece que hay una demanda insatisfecha de
servicios de control de la natalidad; después se dictamina lo que hay que
gastar en la promoción de medios anticonceptivos, proporcionados en su mayor
parte por las multinacionales de los países ricos; y finalmente se pasa el
grueso de la factura a los países en desarrollo, ya que "ellos son los
primeros beneficiados".
Parece que no es buscarle tres pies al
gato pensar que hay mucha gente poderosa que tiene mucho interés en mantener
este tipo de políticas antinatalistas. Las razones que dan suelen ser de
solidaridad, de ecología o de preocupación humanitaria. En muchos casos, lo
harán de buena fe. Pero me temo que detrás de esas mismas razones
filantrópicas muchos otros esconden inconfesables afanes de mantener el
imperialismo económico, sostener un rentable colonialismo demográfico, ganar
dinero a expensas del Tercer Mundo, contener las avalanchas de inmigrantes, o
ceder a presiones provenientes de intereses de poderosos grupos económicos
internacionales.
La alarma ante el crecimiento demográfico
enmascara muchos temores a una nueva situación que inquieta a los países
ricos. Un miedo –como escribe el francés Hervé Le Bras– que "se expresa
bajo la forma alegórica de un atentado a la salud del planeta, mientras que
se trata de un atentado a los privilegios de los ricos por la llegada de
nuevos convidados al banquete de la naturaleza". Una sutil intolerancia,
lamentablemente disfrazada de tolerancia y solidaridad.
Si se supiera –sugiere de nuevo Aréchaga–,
que un alto cargo de la ONU
presiona a una funcionaria para obtener sus favores a cambio de un ascenso,
inmediatamente sería destituido por acoso sexual. Es curioso, en cambio, que
si esos mismos altos cargos fuerzan a millones de mujeres y hombres a
organizar su natalidad de acuerdo con sus dictados, so pena de ahogarles
financieramente, haya quienes los consideren como unos benefactores de la
humanidad.
Y es también curioso que, en una época en
la que la planificación centralizada de la economía ha caído en descrédito
frente a la iniciativa personal y el libre juego del mercado, algunos sigan empeñados
en meterse en las alcobas de millones de ciudadanos para decirles cómo deben
planificar la natalidad.
Por razones éticas de carácter elemental,
no pueden admitirse programas que someten a los matrimonios a presiones
degradantes para que recurran a la esterilización o a otros métodos
anticonceptivos. No se puede estar de acuerdo con que los pobres sean
señalados con el dedo como si su propia existencia fuera la causa, no el
efecto, del deterioro social o económico de un país.
Es una hipocresía decir a esos pueblos
hambrientos que, para que no crezcan más, los países occidentales van a
limitarles su natalidad esterilizando a las personas, vendiéndoles
preservativos (fabricados por multinacionales que están haciendo a su costa
grandes negocios), o instalando clínicas abortistas (que de paso proporcionen
fetos con los que hacer cremas para la alta cosmética occidental).
Los que estén verdaderamente preocupados
por el bienestar de la población de los países pobres deberían centrar su
atención no en los simples números de la población, sino en las instituciones
–un gobierno y una política económica y educativa adecuadas–
que posibiliten a los ciudadanos ejercer sus potencialidades.
—¿Piensas entonces que hay que defender la
procreación a toda costa?
No se trata de eso. La transmisión de la
vida humana debe ejercitarse con un alto sentido de responsabilidad. Hay que
respetar el derecho de los esposos a decidir el tamaño de la familia y a
espaciar los nacimientos, sin presiones provenientes de la intolerancia de
los gobiernos o de otras organizaciones, que no pueden arrogarse
responsabilidades que corresponden a los esposos, ni usar de la extorsión, la
coacción o la violencia para hacer que los cónyuges se sometan a sus
directrices en esta materia.
Por ejemplo, es un signo de imperialismo
detestable vincular la concesión de ayudas internacionales a infamantes
condiciones que afectan al control de la natalidad. Son los esposos quienes
han de decidir en conciencia sobre el número y espaciamiento de los hijos.
—¿Y no es extraño que haya tanta oposición
en la actualidad contra esa doctrina de la Iglesia católica?
No es solo una cuestión de la Iglesia católica, sino
de todos aquellos que tienen aprecio por la libertad de los esposos. No me
extrañaría que un día no lejano se acabe por reconocer de modo universal esas
razones, en contra de las del colonialismo demográfico que algunos están
intentando imponer a los países pobres.
Ya ha sucedido algo parecido con el
marxismo, tan defendido durante largos años por legiones enteras de afamados
economistas e intelectuales occidentales. La Iglesia católica no dudó
en plantar cara a la doctrina de Marx, y aseguró siempre que sus tesis
atentaban contra la dignidad humana. Con el tiempo, el marxismo se ha venido
abajo estrepitosamente, y la resistencia ética de la Iglesia católica –hasta
entonces considerada arcaica por todos aquellos sesudos intelectuales– ha
sido confirmada por la aplastante fuerza de los hechos. Y no ha sido porque
los hombres de la Iglesia
hubieran tenido una competencia científica superior (tampoco eran tontos),
sino porque juzgaban los comportamientos humanos según principios de
humanidad.
Sobre la explosión demográfica mundial y
sus peligros, son muchos los demógrafos que dicen hoy lo contrario de lo que
se afirmaba hace cuarenta años. Y son muchos los que denuncian que las
posturas del imperialismo antinatalista obedecen a mitos y prejuicios
ideológicos que no resisten un análisis científico medianamente serio.
Veremos a quién da el tiempo la razón.
Afortunadamente, a veces sucede que, en no mucho tiempo, se verifica con la
experiencia lo acertado de las conclusiones que se pueden sacar de la
conciencia moral. Por eso muchas veces, en vez de fijarse en la oposición de
los que más gritan, es más ilustrativo prestar más atención a los gritos del
silencio, a los gritos de los que no pueden hablar porque, de un modo u otro,
no se les deja vivir.
PARTE
SÉPTIMA
Yo,
que me he pasado la vida
predicando un cierto hedonismo,
nunca pude imaginar
que terminaríamos así.
Norman
Mailer
46.
¿SON
MEJORES LOS CREYENTES?
La
carencia de vicios
añade muy poco a la virtud.
Antonio
Machado
—Hay
muchas personas que no tienen fe, pero que son, desde el
punto de vista moral, iguales o mejores que los creyentes: en bondad,
en abnegación, en honradez o en el ejercicio de las virtudes sociales y
familiares.
Esas razones sobre el comportamiento
ejemplar de algunos no creyentes, son en el fondo un argumento a favor de la
religión. No hay que olvidar que esos hombres, pese a no ser creyentes, en la
mayoría de los casos son ejemplares precisamente porque se guían por unos
valores que están inspirados en el cristianismo. Intentaré explicarme.
Por ejemplo, la Declaración
Universal de los Derechos del Hombre de la ONU de 1948 –un documento
que en el mundo occidental nadie discute– ha sido cuestionada
desde amplios sectores orientales e islámicos por considerarla “de excesiva
inspiración cristiana”. Ese contraste indica que el Evangelio está presente
de manera muy profunda en los valores que fundamentan nuestra civilización
occidental, desde sus comienzos hasta ahora. Los mismos conceptos de
“libertad, igualdad, fraternidad” de la Revolución Francesa,
también son en su origen valores cristianos. El concepto de libertad
universal, en el sentido de núcleo originario de la dignidad de todo hombre,
era desconocido en el mundo oriental, que reservaba la libertad al déspota, y
permaneció también ajeno al mundo greco-romano, el cual –aun teniendo en
cuenta la libertad civil– sostenía que solo algunos hombres eran libres (como
ciudadanos atenienses, espartanos, romanos…), y no el hombre en cuanto tal. Y
si seguimos analizando la historia, enseguida puede verse también que los
regímenes fundamentados en el ateísmo sistemático han producido resultados
catastróficos. Basta pensar en los totalitarismos ateos de Lenin o Stalin en
el mundo soviético, el de Hitler en la Alemania nazi, el de Mao en la China, o el de Pol Pot en
Camboya, por fijarnos solo en el último siglo. Nietzsche, Engels y Marx, por
ejemplo, consideraban la piedad, la misericordia y el perdón como la
escapatoria de los débiles. Fueron sistemas filosóficos y políticos
fundamentados en la negación de Dios y de sus mandatos, que fueron
sustituidos por la tiranía de ídolos diversos, expresada en la glorificación
de una raza, una clase, un estado, una nación o un partido. A la luz de esas
desventuras, se comprende que si se pisotean los derechos de Dios se acaban
violentando también los derechos humanos, y viceversa. Los derechos de Dios y
del hombre se afirman o caen juntos. Y como asegura Frossard, si Occidente ha
logrado escapar, y no sin dificultades, de los horrores de esas ideologías,
ha sido gracias a sus hondas raíces cristianas, que han obligado al ateísmo a
tomar la forma de un laicismo más tolerante.
Quiero decir con todo esto que a pesar de
la pérdida de religiosidad, muchas personas conservan los contenidos de
vigencias que tienen un origen religioso. Es verdad que hay efectivamente
personas que llevan una vida honesta y recta, sin el Evangelio. Pero si una
vida es verdaderamente recta, es porque el Evangelio, no conocido o no
rechazado a nivel consciente, en realidad desarrolla ya su acción en lo
profundo de la persona que busca con honesto esfuerzo la verdad y está
dispuesta a aceptarla apenas la conozca.
—Pero, ante el
valor moral de algunos no creyentes, ¿no tienes la impresión de que los
cristianos dan –o damos–, en general, poco ejemplo? ¿No tendríamos que pensar
un poco más en este mundo y un poco menos en el más allá?
Es cierto que hay cristianos que no dan –o
quizá no damos– suficiente buen ejemplo. O que parecen haber olvidado su
obligación de santificar esta vida como camino para alcanzar la del más allá.
Pero está bien claro que los cristianos debemos esforzarnos por mejorar el
mundo en que vivimos, en medio de nuestras ocupaciones habituales, como
recomienda por ejemplo el Concilio Vaticano II. El hecho de que no todos los
cristianos sean ejemplares no tiene por qué restar valor a la fe. Indica,
simplemente, que los hombres tienen debilidades, cometen errores y no cumplen
todos sus buenos propósitos.
Pienso, además, que debemos ser muy
prudentes a la hora de juzgar a los demás, sean o no creyentes. Las miserias
y los errores de los hombres se deben en buena parte a que han recibido una
formación deficiente, y por eso sus fallos han de ser para nosotros un
estímulo para procurar ayudarles, respetando su libertad. El verdadero
espíritu cristiano impulsa a acercarse con afecto a todos los hombres, y eso
aunque sean personas que lleven una vida muy equivocada, o incluso criminal,
porque en esos casos –escribe Josemaría Escrivá–, “aunque sus errores sean
culpables y su perseverancia en el mal sea consciente, hay en el fondo de
esas almas desgraciadas una ignorancia profunda, que solo Dios podrá medir”.
“Solo Dios sabe lo que sucede en el corazón del hombre, y Él no trata a las
almas en masa, sino una a una. A nadie corresponde juzgar en esta tierra
sobre la salvación o condenación eternas en un caso concreto”.
—Pero
al ver tantas cosas que se hacen mal, uno piensa que Dios tendría que haber hecho
algo para que su mensaje fuera más eficaz entre los hombres, o al menos entre
los cristianos.
Dios ha irrumpido en la historia de una
forma mucho más suave y respetuosa con la libertad del hombre de lo que a
muchos les hubiera gustado. Pero así es su respuesta a la libertad. Dios se
ha ofrecido a guiarnos, pero sin obligarnos. A los ojos de muchos parece que
ha fracasado, y se preguntan por qué se muestra tan débil. Pero Él no quiere
imponerse sino que solicita nuestra libertad, porque –como dice Henri J. M.
Nouwen– su amor es demasiado grande para hacer nada de eso. Dios no quiere
forzar, obligar o empujar. Da libertad, sin la cual el amor no puede surgir.
—El marxismo
decía que la religión era el opio del pueblo, y que las prácticas religiosas,
y en especial el cristianismo, eran algo alienante. ¿Qué dirías sobre eso?
El balance histórico de las sociedades
inspiradas por el marxismo –y más aún después de la caída del bloque
soviético–, demuestra dónde estaba la verdadera alienación. “En cambio –ha
escrito Ángeles Caso– hay algo sorprendente en la doctrina cristiana: su
capacidad para sobrevivir durante siglos, para afectar, emocionar e imponerse
en una forma de vida y de cultura social en medio mundo. La ideología
marxista aplicada a la realidad apenas ha durado medio siglo y ha sido un
desastre. La doctrina cristiana, en cambio, lleva ya veinte de existencia, y
no parece ir a menos. No es un dato que convenga desdeñar.”
Es cierto que puede a veces haber
religiones y prácticas religiosas que alienan al hombre. Un ejemplo son las
prácticas supersticiosas de algunas religiones animistas en África, que
suponen un serio impedimento para la estructuración de la sociedad, al
difundir un miedo irracional a los espíritus. Y ha habido, a lo largo de la
historia, muchas religiones inhumanas con ritos plagados de sacrificios
humanos. Basta recordar el culto de los incas o los aztecas, por ejemplo.
También algunas divinidades griegas eran completamente negativas, como sucede
aún ahora, por ejemplo, con algunos dioses del cosmos religioso indio. Y algo
parecido puede decirse de la actividad de muchas sectas en nuestros días.
—No puede
decirse entonces que toda religión ayude al hombre a ser bueno.
Algunos modos de entender la religión
pueden hacérselo bastante difícil, como acabamos de decir. Es indudable que
hay formas religiosas degeneradas y enfermas, que no elevan al hombre, sino
que lo alienan. Y también las religiones a las que hay que reconocer una
grandeza moral y están en el camino hacia la verdad, pueden enfermar en algún
trecho del camino.
—¿También el cristianismo?
También puede suceder, cuando se deforma o
se hacen reducciones sectarias. Aunque en ese caso ya no sería propiamente
cristianismo, sino otra cosa.
En la religión cristiana se han dado a
veces desviaciones patológicas, y la historia recoge abundantes ejemplos de
errores teológicos más o menos extendidos entre los cristianos, que la
autoridad de la Iglesia
ha tenido que corregir. Ha habido ocasiones en las que la verdadera fe
cristiana se ha mezclado con prácticas supersticiosas, o con el uso de la
violencia, o con la dialéctica marxista de la lucha de clases. O se ha visto
afectada por relajaciones morales de muy diverso tipo.
No todos los cristianos han vivido siempre
bien el cristianismo. Pero la fe cristiana ofrece las pautas y medios
precisos para la necesaria purificación de esos errores.
—¿Y en qué se distingue un buen católico de los
demás hombres?
Los católicos somos como los demás
hombres: unos mejores y otros peores, como sucede en cualquier religión,
donde puede haber personas de gran calidad humana y otras de las que no puede
decirse lo mismo. Pienso que no se trata de hacer estadísticas para ver qué
proporciones hay de unos u otros. La fe católica afirma que quien viva
fielmente esa fe, se purificará de sus errores y flaquezas, mejorará como
hombre y alcanzará la vida eterna.
—Pero
hay quienes se presentan como católicos, van a Misa..., pero luego resulta
que no son buenas personas...
Está claro que el hecho de que una persona
vaya a Misa no es un seguro a todo riesgo para su honestidad. Siempre será
una ayuda para lograrlo, pero no una garantía. Y el hecho de que unas
personas poco ejemplares vayan a Misa no resta valor a la Misa ni a la fe católica.
—Pero
sería mejor para la fe católica que esas personas poco ejemplares no hicieran
manifestaciones de religiosidad.
Quizá fuera un buen marketing para la Iglesia –aunque lo
dudo–, pero Jesucristo dijo que no necesitan de médico los sanos sino los
enfermos. La Iglesia
debe acoger maternalmente a sus hijos, tanto si son grandes santos como si
son grandes pecadores. Los católicos no presumen –al menos, no deberían
hacerlo, y creo que pocos lo hacen– de ser una élite de la santidad o un
modelo de virtud. Simplemente, se esfuerzan por mejorar.
Y ya que has mencionado lo de la
asistencia a Misa, recuerdo que un viejo amigo me decía que siempre le había
llamado la atención encontrar tanta gente necesitada pidiendo limosna a la
puerta de las iglesias, y que, en cambio, se vieran tan pocos mendigos o
personas en paro a la puerta de los casinos, los bingos, las salas de fiestas
o los bancos, cuando probablemente por esos sitios pase mucha más gente y de
más dinero. Y tampoco se ven apenas pobres a las puertas de los sindicatos o
de los organismos políticos, pese a que en esos lugares debieran esperarse en
principio más fáciles muestras de solidaridad. Y como es de suponer que esos
hombres son quizá pobres pero no idiotas, cabe pensar que actúan así porque
ellos sí que creen que la gente que va a Misa es, en general, más generosa
que la media.
En cualquier caso, sabemos bien que para
salvarse no basta con pertenecer a la religión verdadera, ni con ir a Misa
cada domingo. Y también está claro que de religiones muy diversas puede
recibirse aliento y enseñanza para ser mejores y alcanzar la salvación, con
la ayuda de Dios.
47.
¿Y
CUANDO APARECEN DUDAS?
Muy
débil es la razón
si no llega a comprender
que hay muchas cosas que la sobrepasan.
Blas
Pascal
«Recuerdo –me contaba en confianza un
antiguo compañero mío– aquellas devociones de mi niñez y mi primera
adolescencia, y la verdad es que siento haber perdido la fe. Pero así ha
sido.
»Cuando mi pensamiento vuelve, con
nostalgia, a aquellos recuerdos, aún adivino que había en ellos algo grande y
valioso. Me sentía a gusto entonces, en esa inocencia, pero ahora pienso que
todo aquello era demasiado místico, que la realidad no es así.
»Mi afición a la filosofía y aquellas
ávidas lecturas de juventud deshicieron enseguida, como un terrón de azúcar
en el café, aquel clima religioso de la niñez. La imprecisión y vaguedad de
mi fe infantil se convirtió con los años en una demoledora duda intelectual.
Yo quisiera creer, pero ahora no me parece serio creer. La razón me lo
estorba.»
En muchas ocasiones, como sucede en esta,
una persona avanza con los años en su preparación profesional, en su
formación cultural, en su madurez afectiva e intelectual..., y, sin embargo,
su conocimiento de la fe se queda estancado en unos conceptos elementales
aprendidos en la niñez.
Y a ese desfase hay que añadir, en algunos
casos, el triste hecho de que esa formación religiosa quizá fue impartida por
personas de conducta poco coherente.
Cuando todo esto sucede, la fe va dejando
de informar la vida, y se va rechazando poco a poco, de una manera
insensible. Y esas personas acaban por decir que Dios no les interesa, que no
tiene sitio en su vida, o que para ellos es poco importante.
Ese proceso, lamentablemente corriente,
demuestra la fragilidad de la fe en personas que se educaron asumiendo unas
simples prácticas religiosas sin preocuparse por alcanzar un conocimiento
real y profundo de la fe. La vida espiritual no puede reducirse a una
actividad sentimental ajena a lo racional. El creyente debe buscar en su vida
espiritual una fuente de luz que facilite una vida intelectual rigurosa.
—¿Y qué hacer, entonces, cuando aparecen dudas?
Es natural que a veces se presenten dudas.
Eso no es perder la fe, pues se puede conservar la fe mientras se profundiza
en la resolución de esas dudas. Es más, en muchos casos la duda abre la
puerta a la reflexión y a la profundización, para así alcanzar una fe más
madura. Y en ese sentido puede incluso resultar muy positiva.
Es preciso buscar respuesta a las dudas, a
esas aparentes contradicciones, aunque no siempre se llegue a comprender todo
enseguida. La fe –explica Joseph Ratzinger– no elimina las preguntas; es más,
un creyente que no se hiciera preguntas acabaría encorsetándose.
Por otra parte, aunque sea cierto que el
creyente puede sentirse amenazado por la duda, hay que recordar que tampoco
el no creyente vive una existencia cerrada a la duda. Incluso aquel que se
comporte como un ateo total, que ha logrado acallar casi por completo la
llamada de lo sobrenatural, siempre sentirá la misteriosa inseguridad de si
su ateísmo será un engaño.
El creyente puede sentirse amenazado por
la incredulidad, pero quien pretenda eludir esa incertidumbre de la fe, caerá
en la incertidumbre de la incredulidad, que no puede negar de manera
definitiva que la fe sea verdadera. Al ateo y al agnóstico siempre les
acuciará la duda de si la fe no será real. Nadie puede sustraerse a ese
dilema humano. Solo al rechazar la fe se da uno cuenta de que es
irrechazable.
La duda debe llevarnos a profundizar. “Si
te asalta el pensamiento –decía Tolstoi– de que todo cuanto has imaginado
sobre Dios es falso y equivocado y que Dios no existe, no te sobresaltes por
eso. Pero no creas que tu incredulidad procede de que Dios no existe. Quizá
en tu fe había algo equivocado y tienes que esforzarte en comprender mejor
eso que llamas Dios. Cuando un salvaje deja de creer en su dios de madera,
eso no significa que no hay Dios, sino que el verdadero Dios no es de
madera.”
«Es inevitable –ha escrito Rosario Bofill–
que a veces tengamos que caminar entre nieblas. En cierta manera, la fe es la
capacidad de soportar la duda.
»Y de vez en cuando, una persona, una
reflexión, o una lectura nos hacen atisbar un poco de ese misterio por el que
uno ha optado. Cada creyente sabe que alguna vez ha tenido evidencias de la
existencia de Dios, pequeñas pruebas que quizá vistas por otro, fuera de su
contexto, le harían sonreír displicente...
»Y a lo largo de los siglos la mayoría de
los hombres han experimentado esa necesidad de Dios. ¿Es esto una prueba de
que existe? Pienso que sí, invocado de distinta forma en las distintas
religiones y en los distintos siglos.
»Si me repugna creer que el mundo está
abocado al absurdo, debo creer que más allá de la muerte hay algo, que
tendremos otra vida distinta a la de ahora. Hay una razón de justicia que me
parece imperiosa: ¿cómo Dios no va a dar a los pobres, a los desheredados, a
los que viven en la miseria, a los que sufren tanto en esta vida, su parte de
felicidad? Ha de haber algo que restablezca el orden y dé a los que aquí no
han tenido nada, la plenitud. Y que los que aquí han amado no vean acabado su
amor.
»Siento una voz íntima, un grito interior
que me hace creer que es imposible un mundo sin Dios, un mundo del absurdo.
Porque un mundo sin Dios me parece un absurdo total. ¿A qué esa sed interior,
esa angustia, ese deseo de vida del hombre? Ese amasijo de sentimientos,
inteligencia, deseos, nostalgias, que somos las mujeres y los hombres, cada
uno a su manera, ¿qué sentido tienen perdidos en el cosmos sin un Dios que al
fin dé respuesta a tanto deseo, tanto vacío, tanto anhelo?
»He tenido que madurar mi educación
religiosa de la infancia y la juventud, pero recibí unos principios básicos a
los que he sido fiel. Hay gente que cuando se hace adulta rechaza lo que le
enseñaron y cómo le educaron. Sin duda al hacerse adulto uno tiene que
reflexionar sobre su fe y madurar, pero creo que es una suerte haber vivido
rodeada de gente que ha vivido a fondo su fe, y también haberse encontrado
con personas críticas, buenos creyentes, que son los que más me han ayudado.
»La fe es como una herencia que no
quisiera echar por la borda y a la que en lo más hondo de mí estoy muy
agradecida.»
—A
veces lo que plantea dudas no es la fe, sino la práctica de la fe: lo difícil
no es creer, sino vivir lo que se cree.
Todo el mundo siente esa tensión en su
interior. Todo hombre se siente atraído por extremos diferentes, y
experimenta el tirón de lo que sabe que va contra sus convicciones. Pero eso
no significa una rotura.
De vez en cuando pueden surgir dudas sobre
la propia capacidad de vivir la fe. Se nos puede hacer un poco más cuesta
arriba. Es preciso entonces seguir esforzándose por mejorar, con la confianza
de que precisamente gracias a esa fe, iremos recibiendo más luz y más
fortaleza, profundizaremos más en esa fe y la viviremos mejor. La fe ayuda a
vivir con coherencia de vida, sin que esas tensiones tengan por qué producir
frustración o ruptura.
—Pero
muchos, en esa cuesta arriba, abandonan la práctica religiosa.
Suele suceder cuando se ve la práctica
religiosa como un fin y no como un medio. Por eso es importante levantar la
vista por encima del acontecer diario para atisbar la meta a la que nos
dirigimos. Ser buen cristiano puede a veces resultar costoso, pero merece la
pena. Además, esos momentos de cuesta arriba siempre brindan al hombre una
oportunidad de dar lo mejor de sí mismo. Son la piedra de toque que
identifica la calidad del edificio que estamos construyendo con nuestra vida.
“El ser humano –escribe Javier Echevarría–
posee una capacidad de infinito que solo el Infinito, Dios mismo, puede
saciar. Hay en nosotros un fondo que nada ni nadie, excepto Dios, logra
llenar; y, en consecuencia, existe –incluso en las más grandes amistades y en
los más grandes amores– una cierta experiencia de límite, de soledad no
superada. En ocasiones, esa experiencia engendra miedo, repliegue sobre sí
mismo para conservar un reducto de intimidad en el que nadie entre; en otras,
impulsa hacia adelante, a buscar algo más. De este modo se encauza una
inquietud del espíritu que solo en Dios puede encontrar finalmente reposo.”
—A ojos de
muchos, la Iglesia
aparece como algo anticuado, cuyos métodos se han ido anquilosando.
Son muchos, en efecto, los que tienen esa
extraña imagen. Pienso que si conocieran la fe y la realidad de la Iglesia con mayor
profundidad, comprobarían que en la Iglesia sopla un aire fresco de novedad y de
ideales grandes. Verían que brinda una espléndida posibilidad de transformar
la propia vida.
Por eso es importante que los cristianos
promuevan, por decirlo así, una cierta curiosidad por lo que significa
realmente ser cristiano, y que fomenten el interés por contemplar la riqueza
que la fe contiene, su variedad, su capacidad de resolver los problemas del
hombre de hoy. Para descubrirlo hay que acercarse un poco, pues la fe se
entiende mucho mejor cuando uno se pone en camino.
—Algunos ven la
fe como una simple coraza que el hombre se fabrica para sentirse mejor
consigo mismo.
La religión da respuesta a muchas
preguntas y miedos que el hombre lleva consigo, y le ayuda a superarlos. En
ese sentido, es cierto que ayuda a sentirse mejor con uno mismo. Pero aunque
tenga esos efectos psicoterapéuticos, la fe no es eso, es mucho más. En todas
las épocas de la humanidad ha existido la tendencia del hombre hacia lo
eterno, hacia Dios. Y de la misma manera que el hombre se siente mejor cuando
lleva bien sus relaciones humanas, es lógico que sienta lo mismo, y con más
intensidad, cuando lleva bien su relación con Dios.
—Parece bastante
más fácil no creer que creer.
Puede parecer más sencillo, o más cómodo,
en el sentido de que quien no cree no se liga a nada. En ese sentido es
fácil. Pero vivir sin fe no es tan fácil. La vida sin fe es complicada generalmente,
porque el hombre no puede vivir sin puntos de referencia. No tenemos más que
recordar la filosofía de Sartre, Camus, o de otros muchos, para comprobarlo
enseguida. La carga que conlleva la falta de fe es mucho más pesada.
Tener fe es, en cierta manera, una opción.
Elegir entre dos modos de ver la vida. Ambos modos –vivir con fe o sin ella–
se presentan como dos posibilidades coherentes. Sin embargo, pienso que la
razón y la observación de la naturaleza y del hombre llevan indefectiblemente
hacia la fe. De todas formas, al final hay siempre una decisión de la
voluntad. Una decisión perfectamente compatible con que después uno pueda
sentir a veces el atractivo de la otra opción. Pero la vida con fe es más
esperanzada, más optimista, más alegre.
48.
¿PARA
QUÉ SIRVE REZAR?
Nunca
están cerradas
todas las puertas
mientras estemos vivos.
José
Luis Martín Descalzo
«Me siento engañada. Me habían dicho que
Dios era bueno y protegía y amaba a los buenos, que la oración era
omnipotente, que Dios concedía todo lo que se le pedía.
»¿Por qué Dios se ha vuelto sordo a lo que
le pido? ¿Por qué no me escucha? ¿Por qué permite que esté sufriendo tanto?
»Empiezo a pensar que detrás de ese
nombre, Dios, no hay nada. Que es todo una gigantesca fábula. Que me han
engañado como a una tonta desde que nací».
Esta queja, amarga y crispada, de una
mujer afligida por una serie de desgracias, corresponde a un tipo de quejas
de las más antiguas que se escuchan contra Dios.
Y al hecho de ser actitudes muy poco
apropiadas para la oración, se une el hecho de que, en muchos casos,
lamentablemente, son las primeras palabras que esa persona dirige hacia Dios
en mucho tiempo. Y si no reciben rápidamente un consuelo a su medida,
tacharán a Dios de ser sordo a sus peticiones. Son ese tipo de personas
–decía Martín Descalzo– que tienen a Dios como un aviador su paracaídas: para
los casos de emergencia, pero esperando no tener que usarlo jamás.
Al parecer, su dios era algo que servía
para hacerla feliz a ella, y no ella alguien destinada a servir a Dios. Su
dios era bueno en la medida que le concedía lo que ella deseaba, pero dejaba
de ser bueno cuando le hacía marchar por un camino más costoso o difícil.
Con la oración, nos dirigimos a Dios y le
expresamos nuestras inquietudes y preocupaciones. Es cierto que con la
oración Dios nos concede lo que le pedimos, pero solo cuando eso que pedimos
sea lo que realmente necesitamos. No tendría sentido que nos concediera cosas
que no nos convienen, y el hombre no siempre acierta a saber qué es realmente
mejor para él. La buena oración no es la que logra que Dios quiera lo que yo
quiero, sino la que logra que yo llegue a querer lo que quiere Dios.
Tratar a Dios como a un fontanero, del que
solo nos acordamos cuando los grifos marchan mal, denotaría una visión
utilitarista de Dios. Amar a Dios porque nos resulta rentable es confundir a Dios
con un buen negocio, una instrumentalización egoísta de Dios. Un dolor, por
grande que sea, puede ser el momento verdadero en que tenemos que demostrar
si amamos a Dios o nos limitamos a utilizarlo.
Es verdad que el sufrimiento es a veces
difícil de aceptar y de entender. Pero nuestros sufrimientos –ha escrito la Madre Teresa– son
como caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a Él, y
para hacernos reconocer que no somos nosotros los que controlamos nuestras
vidas, sino que es Dios quien tiene el control, y podemos confiar plenamente
en Él.
Son muchos los males que afligen al mundo
y a nuestra propia vida, pero eso no debe llevarnos al pesimismo, sino a la
lucha por la victoria del bien. Y esta lucha por la victoria del bien en el hombre
y en el mundo nos recuerda la necesidad de rezar.
Una profesora explica a sus alumnos de
nueve años un ejercicio práctico.
Un grupo debe sembrar unas semillas en dos
macetas y ponerlas junto a la ventana del aula.
Luego, ese mismo grupo se encargará de
regar todos los días el primero de esos dos tiestos. El resto de los alumnos
se dedicará a rezar para que germine lo que han sembrado en el segundo, pero
sin echar una sola gota de agua.
El resultado en las mentes de los chicos
es fácil de imaginar: el aplastante peso de la realidad les hace ver que
rezar es una gran ingenuidad, puesto que de la primera maceta pronto brotó
una hermosa planta, y en cambio de la segunda la oración no consiguió
absolutamente nada.
He recordado esta anécdota, que sucedió
realmente, porque a veces nos hacemos una idea de la oración casi tan extraña
como la que aquella profesora quería inculcar en sus alumnos.
La fe y la esperanza cristianas no son ese
balido paciente de ovejas cobardes con que algunos parecen identificarlo:
§ El que reza no puede pretender que Dios
haga el trabajo que le corresponde hacer a él.
§ La oración no es una simple espera de que
alguien venga a resolver lo que nosotros hemos de resolver.
§ Ni es la aceptación cansina de errores o
injusticias que estaría en nuestra mano atajar.
§ Tampoco es un vano y supersticioso intento
de obtener un poder oculto sobre los bienes de este mundo.
Rezar no es una especie de diálogo de un
maníaco con su sombra. La oración es algo muy distinto, y millones de seres
humanos han encontrado en ella a lo largo de los siglos, no solo consuelo,
sino una luz y una fortaleza grandes.
No son pocos los que desdeñan o incluso se
pitorrean ante la misma idea de la oración. Hablan con sarcasmo de todo lo
que suponga rezar a Dios para que se resuelva un problema social o se abrevie
cualquier desgracia o maldad humana. Los que se burlan de todo eso –señala
Juan Manuel de Prada– son los mismos que luego solucionan el mundo cada día,
ensartando rutinarias condenas o repitiendo cansinas obviedades. ¿Acaso son
más eficaces esas manifestaciones de protesta o sus expresiones archisabidas
de lamento? Si nos burlamos de la palabra musitada en soledad, si encontramos
irrisorio el coloquio con Dios, en el que el hombre emplea todas sus
potencias intelectuales (la imaginación y la memoria, la inteligencia y la
voluntad), a las que suma el fervoroso deseo, ¿no deberíamos también
carcajearnos de cualquier otra reacción pacífica?
¿Por qué ese regodeo de algunos en negar y
pisotear la posibilidad del misterio? Un rezo no va a imponer nuestros
anhelos a la realidad, pero puede que, al conjuro de esas palabras, nuestra
pobre naturaleza humana, desvalida y apabullada, ascienda sobre el barro de
sus debilidades y halle una luz que le infunda fortaleza y convicciones. Esas
palabras que pujan por encontrar un interlocutor sobrenatural no son
ridículas, ni estériles, ni pazguatas; son la expresión de hombres que se
resisten a desfallecer y claman justicia y enarbolan la voz, como un incienso
votivo, para contrarrestar la fuerza de la maldad.
—Pero
muchos dicen que han intentado hablar con Dios y no oyen ninguna
respuesta..., que no escuchan nada en la oración, que es algo inútil.
Nadie profano en la música consideraría
inútil un piano por el simple hecho de haber obtenido una penosa melodía al
teclearlo al azar. El problema no es que la oración sea inútil, sino que hay
que aprender a hacer oración. Y en la oración no escucharemos ninguna respuesta
con voz de ultratumba que nos hable solemnemente. La oración no es cosa de
fantasías. La respuesta se escucha con el corazón.
En el silencio del corazón es donde habla
Dios. Dios es amigo de ese silencio. Y necesitamos escuchar a Dios, porque lo
que importa no es lo que nosotros le decimos, sino sobre todo lo que Él nos
hace ver.
Dios no habla demasiado alto, pero nos
habla una y otra vez a través de todo lo que nos sucede. Oírle depende de
que, como receptores, logremos estar en buena sintonía con el emisor, que es
Dios, y sepamos vencer las muchas interferencias que a veces produce nuestro
propio estilo de vida. Así escucharemos lo que nos pide, o lo que nos
reprocha, y caeremos en la cuenta de lo que espera de nosotros.
Algunos pensarán que orar es cosa de
sugestión. Sin embargo, quienes verdaderamente tratan con cercanía y
profundidad a Dios mediante la oración son más reflexivos, más ponderados,
más certeros en sus juicios, con una humanidad más sensible.
—¿Y con tanto rezar, no corren peligro de alejarse
un poco de la realidad?
El silencio interior –el que Dios
realmente bendice– no aísla jamás a las personas de los otros seres. Al
contrario, les hace comprenderlos mejor, entrar más
en su interior. La verdadera oración otorga al hombre una madurez, un
equilibrio de alma y unos modos sensatos y profundos de entender la vida
propia y la de los demás.
La oración enriquece enormemente a
cualquier persona que la practique. Buscar unos minutos al día de pausa
cordial para el encuentro con Dios en el fondo del alma, elevándose un poco
por encima del trajín y el ruido de nuestras actividades cotidianas, dejando
por un rato esas preocupaciones que agobian (o precisamente tratando de ellas
en la presencia de Dios); y tomar, por ejemplo, el Evangelio, o cualquier
libro que nos ayude a elevar nuestro pensamiento hacia Él; y leer una frase,
unas pocas líneas, y dejarlas calar dentro de sí, como la lluvia cae sobre la
tierra. Eso, aunque solo sea unos pocos minutos, pero cada día, a la vuelta
de poco tiempo produce un sorprendente enriquecimiento interior.
49.
¿LA FE CATÓLICA
NO ES
DEMASIADO EXIGENTE?
Nunca
sabe un hombre
de lo que es capaz
hasta que lo intenta.
Charles
Dickens
Quizá recuerdes aquella gran película
protagonizada por Orson Welles que se titula “El tercer hombre”.
Una gran noria gira lentamente sobre los
tejados de una Viena de posguerra, bombardeada y ocupada por las fuerzas
internacionales, mientras debajo, como puntos lejanos, unos niños se
entretienen en sus juegos.
El protagonista de la película es un
adulterador de penicilina sin escrúpulos. Desde lo alto de la noria, su amigo
le pregunta si ha llegado a ver personalmente la desgracia de alguna de sus
víctimas, y este le contesta cínicamente: «No me resulta agradable hablar de
eso. ¿Víctimas? ¡No seas melodramático! Mira ahí abajo: ¿sentirías compasión
por algunos puntitos negros si dejaran de moverse? ¿Si te ofrecieran veinte
mil dólares por cada puntito que se parara, me dirías que me guardase mi
dinero..., o empezarías a calcular los puntitos que serías capaz de parar tú?
Y... libre de impuestos. ¡Libre de impuestos! Hoy es la única manera de ganar
dinero...»
«Antes creías en Dios», le recordó su
amigo.
El protagonista reflexionó un momento y
dijo: «¡Y sigo creyendo en Dios, amigo! Creo en Dios
y en su misericordia; pero creo que los muertos están mejor que nosotros:
¡para lo que han dejado aquí...!».
Afortunadamente, son pocos los que llegan
a ese grado de cinismo. Pero, salvando las distancias, todos corremos el
riesgo de ser seducidos por esa especie de ética de la normalidad, cuyos
eslóganes más emblemáticos podrían ser “eso es lo normal, lo hace todo el
mundo”, “hoy día ya nadie piensa así”, “no hay que complicarse la vida”, “la
vida es así, qué le vamos a hacer”, u otros semejantes.
“No somos héroes”, podría ser el santo y
seña de los representantes de esta mentalidad. Una seducción que, de una
forma u otra, todos experimentamos de vez en cuando. Y quizá entonces, como
al tercer hombre, nos asalta ese pensamiento: “No nos pongamos
melodramáticos...”, y apartamos la vista de aquello que no hacemos bien.
En esas ocasiones se comprueba que para
llevar una vida coherente y moral, hace falta a veces un cierto grado de
heroísmo. Para acabar con la esclavitud, o con la tortura, o con la
segregación racial, por citar tres ejemplos no muy lejanos, hubo un tiempo en
que muchos hombres tuvieron que actuar contracorriente, con heroísmo. Y esto
es aplicable a cuestiones grandes o pequeñas, porque pocos logros morales
pueden alcanzarse sin esfuerzo.
Afortunadamente, han quedado muy atrás
aquellos moralismos austeros de otros tiempos, con esa exagerada exaltación
del sacrificio y con desproporcionados sentimientos de culpa. Ahora, sin
embargo, habría que preguntarse: ¿es posible vivir rectamente sin sacrificio
y sin una adecuada noción de culpa?
Es verdad que, habitualmente, la
generosidad es preferible al egoísmo. Y que, al menos a largo plazo, el
camino de la virtud es más atractivo que el del vicio. Pero esto no siempre
aparece así de claro. Y es precisamente en esas situaciones, en las que lo
bueno se nos presenta rodeado de inconvenientes, y en cambio lo malo aparece
ante nosotros con un enorme atractivo, es entonces cuando la ética se hace
más necesaria. Y esa ética debe ofrecer razones para obrar en la adversidad.
Ahí está el punto débil de esa ética light que se niega a exigir el
suficiente nivel de sacrificio: que luego nos deja en la estacada
precisamente cuando más la necesitamos.
¿Quién no se ha encontrado en el dilema de
tener que elegir entre pasar por un pobre escrupuloso o bien ceder ante el
dinero fácil, la mujer del vecino o la seducción de la mentira?
Se trata de situaciones que pueden
presentarse a cualquiera, antes o después, con mayor o menor frecuencia. En
esos momentos, la tentación siempre nos invita, sonriente, a superar
prejuicios y estrecheces morales. Y será bien fácil que nos seduzca si el
propio discurso moral se reduce a corrección, buena voluntad, decencia...,
pero ni el más pequeño sacrificio.
Sin embargo, el sacrificio es el gran tema
de la ética. Es una ingenuidad pensar que se puede amar a alguien, repartir
bienes escasos, respetar ideas distintas o proteger el medio ambiente..., sin
sacrificio. Toda existencia auténtica topa en no pocas ocasiones con la
contrariedad del bien arduo, pues no siempre coincide lo bueno con lo que más
va en nuestro provecho o nuestro interés.
—Estás
describiendo la ética como algo muy cuesta arriba...
Hay cuestas arriba, pero efectivamente no
quisiera teñir la virtud de un aspecto hosco o antipático. La excelencia
moral nunca debe perder su verdadero rostro, que es siempre amable y
liberador. Además, la virtud es un hábito bueno, y como tal, facilita los
actos buenos y permite una atenuación progresiva del esfuerzo.
—Muchos
tienen la impresión de que la
Iglesia lanza continuamente mensajes negativos, de
prohibiciones y de reacciones defensivas.
Esa impresión varía mucho según las
diferentes culturas de las naciones. En tiempos de la opresión comunista en la Europa del Este, la
opinión pública percibía que la
Iglesia anunciaba un mensaje de libertad, que transmitía
una energía que también comunicaba fuerza a los no creyentes y les inspiraba
grandes valores. También en África se ve la Iglesia como una gran
fuerza dinámica que sale en defensa de los derechos de todos y hace frente a
las situaciones de injusticia y corrupción del Estado. La Iglesia es también el
mejor valedor del Tercer Mundo, donde emprende numerosísimas iniciativas y
promueve sus derechos y libertades. Y en Latinoamérica la perspectiva es
también otra. Quiero decir con esto que si en Centroeuropa se ve a la Iglesia como una
instancia severa, quizá se debe a que precisamente ahí es donde denuncia
muchas cosas que gran parte de la sociedad ha aceptado solo porque le resulta
más cómodo.
Cuando la Iglesia habla, algunos solo
conservan en su memoria alguna prohibición moral –casi siempre en materia de
sexo–, y les queda la impresión de que la Iglesia solo se ocupa de juzgar y restringir la
vida. Esto puede suceder por falta de acierto en algunas explicaciones, o por
el enfoque o la selección de noticias que hacen los medios de comunicación, o
por lo que sea. Pero las prohibiciones encuentran su sentido dentro de un
contexto más amplio y positivo, al que lamentablemente se presta menos
atención.
—¿Y no sería mejor que la Iglesia cediera un poco
en unos cuantos de esos detalles que a la gente le cuesta más asumir?
La
Iglesia no
puede ceder en cuestiones de fe. Además, no resolvería nada: ahí está, como
prueba, la experiencia de muchas de las iglesias protestantes, que tomaron
hace ya tiempo una opción muy condescendiente en todas las cuestiones morales
más debatidas, y el resultado ha hecho evidente que sus problemas no se han
resuelto, ni han disminuido, por aceptar esas prácticas que la Iglesia católica no
admite. Esas “soluciones” no han hecho más atractivo el Evangelio, ni han
hecho más fácil ser cristiano, ni les han mantenido más unidos. Tener claro
esto es importante para no equivocar el diagnóstico de lo que sucede.
Por eso es una lástima que en muchos
ambientes (a veces, por desgracia, también en algunos círculos
eclesiásticos), se centre el análisis y el debate siempre en el intento de
cesiones en esos mismos puntos: el celibato opcional, la ordenación de
mujeres, el matrimonio de los divorciados, el uso de preservativos, etc. Y es
una pena que se orillen en cambio muchas otras cuestiones de mayor
preocupación para la Iglesia
y que apenas suelen tomar en consideración: por ejemplo, qué podríamos hacer,
como cristianos, para explicar nuestra fe al ochenta por ciento de la
humanidad que espera aún el anuncio del Evangelio; qué podríamos hacer para
contribuir más a resolver los grandes retos morales que tiene la sociedad de
hoy; o qué podríamos hacer para aliviar el sufrimiento que produce en tantos
hombres su alejamiento de Dios y de la verdad.
La solución no está en ese catolicismo
débil que adopta una cobarde estrategia de repliegue, de capitulación
constante hasta en lo que más atañe a sus convicciones, de miedo a expresar
su fe con voz alta y clara. Es triste escuchar sus declaraciones sinuosas,
elusivas, vergonzantes, cuando se les inquiere sobre sus certezas religiosas;
o asistir a la declinación de esas certezas si la conveniencia así lo exige;
o ver su actitud acoquinada, achantada, resignada a aceptar cualquier
veredicto supuestamente mayoritario. No puede fundamentarse la fe sobre
cimientos tan medrosos y claudicantes.
Siempre y en todas partes, el Evangelio
será un desafío para la debilidad humana, y en ese desafío está toda su
fuerza. A pesar de todas las flaquezas de los hombres, la Iglesia debe continuar
incansable en su tarea.
50.
¿LA FE ALEJA DE LA “VIDA
REAL”?
Nadie
es más esclavo
que quien se considera
libre sin serlo.
Goethe
—Las razones que
has venido dando hasta ahora son interesantes... para pensar en ellas. Pero a
veces, luego, parece como si la vida real fuera por otro lado.
Recuerdo una anécdota que contaba el
profesor Bloom. Un día se le acercó un estudiante y le dijo que después de
leer “El banquete”, de Platón, había concluido que hoy sería imposible aquel
ambiente cultural ateniense, en el que aquellos hombres reflexivos y educados
se reunían para mantener apasionantes conversaciones sobre el significado de
los anhelos de su espíritu.
Pero lo que ese alumno no sabía
–continuaba Bloom– es que ese ambiente cultural tenía lugar en Atenas en
medio de una terrible guerra.
Fue el amor de aquellos hombres por la
sabiduría lo que aportó a la civilización occidental unas conquistas
intelectuales de un valor inestimable. Buscaban apasionadamente la verdad,
por difíciles que fueran las circunstancias en que vivían.
Y no puede decirse que en nuestra época
sea menos necesario pensar. Al contrario: nuestros problemas son tan complejos
y sus orígenes tan profundos, que para comprenderlos necesitamos reflexionar
y buscar soluciones quizá más que nunca.
No es sensato escudarse en la “vida real”
para dejar de pensar en la verdadera realidad. La vida humana es una cuestión
abierta, un proyecto en constante desarrollo. La pregunta es: ¿Cómo llevar a
buen término ese proyecto? ¿Cómo se aprende el arte de vivir? ¿Cuál es el
camino que lleva hacia la felicidad?
Los creyentes estamos convencidos de que
en Dios se encuentra la respuesta a esas preguntas fundamentales. Vivir y
transmitir la fe es, por tanto, vivir y mostrar ese camino hacia la
felicidad, aprender y enseñar el arte de vivir. Y la pobreza más profunda
–como ha escrito Joseph Ratzinger–, es la incapacidad de alegría, el tedio de
la vida considerada absurda y contradictoria, que lleva a la incapacidad de
amar, la envidia, el egoísmo, el odio, la avaricia..., a todos los vicios que
arruinan la vida de las personas y del mundo. Ante todo eso, hace falta
redescubrir a Dios y al Evangelio, porque si no se acierta en el arte de
vivir, lo demás tampoco funciona bien.
El hombre tiende a establecer una cierta
barrera entre las ideas y lo que llama la “vida real”. Y quizá, por ejemplo,
cuando piensa en la fe, su imaginación representa en su mente un viejo y
destartalado templo donde un sacerdote antipático se dirige a unas personas
grises y serias, que además cantan mal, y que a su juicio pierden
lamentablemente el tiempo, lejos del mundo real en el que ellos sí están. Y
probablemente concluya que la religión no tiene sentido. O que la Iglesia funciona mal,
cuando quizá lo que funciona mal, sobre todo, es su conocimiento y su imagen
de la fe y de la Iglesia.
Algunos se han hecho esa idea –u otra
peor– sin culpa de su parte, o al menos con poca culpa. Otros, en cambio,
fomentan esa imagen para tranquilizar su conciencia, que quizá les reprocha
algunas cosas a las que no se atreven a llamar por su nombre.
O se vive como se piensa, o se acaba
pensando como se vive. Es un proceso sencillo, en el que cada hecho práctico
de dudosa moralidad se apuntala rápidamente con la correspondiente teoría. Y
quizá entonces esa comisión ilegal deja de parecerme tan mala... porque yo
estoy cobrándola. O no veo tan grave eso de engañar a mi novio o a mi novia,
o a mi mujer o mi marido, o emborracharme, porque... yo lo hago de vez en
cuando. “Al comienzo fueron vicios, hoy quieren llamarse costumbres”, decía
Séneca. Hay personas que, cuando no han sido fieles a su mujer, reconocen su
debilidad; y otras, que lo que hacen es exigir a la Iglesia que dé marcha
atrás en una regla que ellos ya no pueden seguir. Les gustaría reformar la Iglesia para no tener
que reformarse a sí mismos, a pesar de que parece hacerles bastante falta.
A nadie le gusta que le engañen –decía
Platón–, y eso es una prueba más de que existen la verdad y la falsedad.
Luchar por encontrar la verdad es un
instinto connatural a todo ser humano. La grandeza del hombre radica en que
podemos decidirnos por la verdad y por el bien, y así construir nuestra vida
a la luz de la sabiduría y la libertad.
El cristianismo irrumpió en la historia
hace veinte siglos. La fe cristiana establecía una sólida conexión entre la
verdad y el bien, que se reclamaban y apoyaban mutuamente. Además, defendía
al débil frente al poderoso, pues proclamaba que todos los hombres tienen el
mismo derecho a la verdad, que tienen igual libertad y dignidad. Mostraba al
corazón humano sus esperanzas y posibilidades de bondad. Impulsaba a cada
hombre a esclarecer la verdad, que no es propiedad de nadie, sino que es
superior a todos e ilumina la vida de todos. Animaba a no tener miedo a la
razón, ni a la verdad, provenga de donde provenga. Es cierto que el misterio
que rodea a la fe desborda la capacidad del hombre. Pero eso no significa que
no podamos reconocerlo, ni que todos los acercamientos a ese misterio sean
igualmente válidos, ni que no haya en la historia signos claros de su
presencia, ni que las acciones del hombre sean todas igualmente buenas o
malas.
—Pero la vida
sin fe suele ser más cómoda...
No creo que la vida sin fe sea más cómoda.
Al contrario, la falta de fe hace la vida más oscura, con menos esperanza.
Cuando una persona vive bien su fe,
encuentra en ella una felicidad que no se consigue de ninguna otra forma.
Pero ha de ser una fe bien vivida, entendida no como un conjunto de
obligaciones y restricciones, sino como una luz que ilumina hacia dónde
podemos ir.
La conquista de la libertad es un camino
de conocimiento y de exigencia personal. El conocimiento de la realidad es
importante porque favorece la libertad. Si un navegante conoce la proximidad
de un temporal, puede cambiar el rumbo, y sortearlo, o bien refugiarse en el
puerto. Pero si ignora el temporal, se pondrá en peligro, y aunque se sienta
muy libre, y muy cómodo, estará en camino de perder su libertad. Por eso,
escoger el error, aunque la elección sea libre, no puede llamarse propiamente
libertad.
Para ser libre hay que ponerse en guardia
contra el influjo de la masificación y las corrientes de pensamiento de moda.
No hay que olvidar que gran parte de nuestro acceso a la realidad es a través
de los medios de comunicación, que poseen una gran capacidad de persuasión, y
si una persona se descuida puede creerse muy libre al seguir su imperiosa
espontaneidad, sin darse cuenta de que está siendo dirigida por una ingeniosa
propaganda. Por eso dice José Antonio Marina que “la libertad es siempre
cautelosa y algo desconfiada, y en cambio el hombre excesivamente espontáneo
es carne de agencia de publicidad”.
Además, una cosa es saber lo que hay que
hacer y otra conseguir hacerlo. Hay que saber lo que hay que hacer, pero
además es preciso tener un suficiente nivel de autoexigencia para lograr
hacerlo.
Kant contaba la parábola de la paloma que
creía que sin la resistencia del aire se ahorraría esfuerzos y volaría con
más libertad. La pobre paloma no se daba cuenta de que esa resistencia era, precisamente,
lo que le mantenía en vuelo. Por eso, para acertar en la vida hay que
distinguir bien lo que ata de lo que libera. Porque las cadenas surgen al
hombre como a la tierra los abrojos, que crecen y rebrotan a poco que uno se
descuide. La libertad es cara y dolorosa, y por eso a veces elegimos una
cómoda esclavitud frente a una costosa libertad.
Querer liberarse de la exigencia personal
es un engaño utópico. La verdadera libertad empieza por ser capaz de obedecer
a los propios mandatos.
§ Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la
esperanza, Plaza Janés.
§ Joseph Ratzinger, La sal de la tierra,
Palabra.
§ Joseph Ratzinger, Una mirada a Europa,
Rialp.
§ Ricardo Yepes, Entender el mundo de hoy,
Rialp.
§ Jean-Marie Lustiger, La elección de
Dios, Planeta.
§ C. S. Lewis, El problema del dolor,
Rialp.
§ C. S. Lewis, Mero cristianismo,
Rialp.
§ C. S. Lewis, Cartas del diablo a su
sobrino, Rialp.
§ C. S. Lewis, Dios en el banquillo, Rialp.
§ C. S. Lewis, El diablo propone un
brindis, Rialp.
§ C. S. Lewis, La abolición del hombre, Encuentro.
§ José Ramón Ayllón, En torno al hombre,
Rialp.
§ José Ramón Ayllón, Dios y los náufragos,
Belacqua.
§ Leo J. Trese, La sabiduría del
cristiano, Palabra.
§ Víctor Frankl, El hombre en busca de
sentido, Herder.
§ Luis de Wohl, Adán, Eva y el mono,
Palabra.
§ André Frossard, Preguntas sobre Dios,
Rialp.
§ André Frossard, Preguntas sobre el
hombre, Rialp.
§ André Frossard, 36 pruebas de la
existencia del diablo, Rialp.
§ Peter Kreeft, Cómo tomar decisiones.
Sabiduría práctica para cada día, Rialp.
§ Alfonso López Quintás, Cuatro filósofos
en busca de Dios, Rialp.
§ José Luis Martín Descalzo, Razones para
vivir, Atenas.
§ José Luis Martín Descalzo, Razones para
la alegría, Atenas.
§ José Luis Martín Descalzo, Razones para
el amor, Atenas.
§ José Luis Martín Descalzo, Razones para
la esperanza, Atenas.
§ Mariano Artigas, Ciencia y fe: nuevas
perspectivas, Eunsa.
§ Mariano Artigas, El hombre a la luz de
la ciencia, Palabra.
§ Mariano Artigas, Las fronteras del
evolucionismo, Palabra.
§ Enrique Monasterio, Pensar por libre,
Palabra.
§ Madre Angélica, Respuestas, no promesas,
Planeta.
§ Juan Luis Lorda, Moral. El arte de
vivir, Palabra.
§ Mary Beth Bonacci, Tus preguntas sobre
amor y sexo, Palabra.
§ Mikel Gotzon Santamaría, Saber amar con
el cuerpo, Palabra.
§ Gerard van der Aardweg, Homosexualidad
y esperanza, Eunsa.
§ César Vidal, El legado cristiano en la
cultura occidental, Espasa.
§ Vittorio Messori, Leyendas negras de la Iglesia, Planeta.
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