LA VIRGEN MARÍA EN LOS EVANGELIOS
1
María en el Nuevo Testamento
Un hecho que llama la atención cuando buscamos lo que
se dice en el Nuevo Testamento acerca de
Explícitamente nombrada en sólo
cinco libros de los veintisiete, María parece haber sido reconocida –si nos
atenemos a una primera impresión– por sólo la mitad de los hagiógrafos
(escritores inspirados) que escribieron el Nuevo Testamento. De ocho que son,
sólo cuatro nos hablan de ella: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. No nos hablan de
ella ni Santiago, ni Pedro, ni Judas. Pablo sólo alude indirectamente a ella en
Gálatas 4, 4-5.
Por tanto, hablar de la figura de
María en el Nuevo Testamento, es hablar de María a través de Mateo, Marcos,
Lucas y Juan, o sea a través de los evangelistas.
Nótese que no decimos a través
de los evangelios, sino a través de los evangelistas. Porque casi
podría decirse a través de los evangelios, si no fuera por una
referencia que el evangelista Lucas hace fuera de su evangelio, en el libro de los
Hechos de los Apóstoles (1,14) y por lo que puede interpretarse que de ella
dice Juan en el Apocalipsis, identificada ya con
María en el Nuevo Testamento es prácticamente, por lo menos
principalmente, María en los evangelios. Porque fuera de ellos casi no
se nos dice nada más, o mucho más, acerca de María.
Para contemplar la figura de María
a través de los evangelios podríamos seguir dos caminos, que vamos a llamar
camino sintético y camino analítico. El camino sintético consistiría en sintetizar
los datos dispersos de los cuatro evangelios en un solo retrato de María.
Consistiría en trazar un solo retrato a partir de la convergencia de cuatro
descripciones distintas.
El otro camino, el analítico –que
es el que hemos elegido–, consiste en considerar por separado las cuatro
imágenes o semblanzas de María.
El primer camino, sintético, se
hubiera llamado propiamente: la figura de María en los Evangelios. Este
segundo camino que queremos seguir es en cambio el de la figura, o más
propiamente, las figuras, los retratos de María a través de los
evangelistas.
Por supuesto, bien lo sabemos, hay
un solo Evangelio: el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. Pero el mismo Dios
que dispuso que hubiera un solo mensaje de salvación, dispuso también que se
nos conservaran cuatro presentaciones del mismo.
El único Evangelio es, pues, un
evangelio cuadriforme, como bien observa ya San Ireneo, refutando los errores
de los herejes que esgrimían los dichos de un evangelista en contra de los
dichos de otro (Adv. Hæreses III,11).
Esta presentación cuadriforme de un
único Evangelio es la que nos da la profundidad, la perspectiva, el relieve de
las miradas convergentes. Una sola visión estereofónica o estereofotográfica de
Jesús. Un solo Jesús y una sola obra salvadora, pero cuatro perspectivas y
cuatro modos de presentarlo –a Él y a su obra–. Cada uno de los evangelistas
tiene su manera propia de dibujar la figura de Jesucristo. Y todo lo que dice
cada uno de ellos está al servicio de esa pintura que nos hace de Jesús.
¿Hay que extrañarse de que,
consecuentemente, seleccione los rasgos históricos, narre los acontecimientos,
altere a veces el orden cronológico o prescinda de él, para seguir el orden de
su propia lógica teológica, y subordine el modo de presentación de los hechos y
personas al fin de mostrar de manera eficaz a Jesús y su mensaje, según su
inspiración divina y las circunstancias de oyentes, tiempo y lugar?
¿Y nos habríamos de extrañar de que las diversas perspectivas con que los cuatro
evangelistas nos narran los mismos hechos y nos presentan a Jesús dieran lugar
a cuatro presentaciones distintas de María?
Dado que el misterio de María es un
aspecto del misterio de Cristo, todo lícito cambio de enfoque del misterio de
Cristo –que como misterio divino es susceptible de un número inagotable de
enfoques diversos, aunque jamás puedan ser divergentes–, comporta sus cambios
de armónicos y de enfoque en el misterio de María.
Hay pues un solo Jesucristo en
cuadri forme presentación, y hay también un solo misterio de María en
presentación cuadriforme. Y hay, además, una coherencia muy especial y
significativa, entre el modo cómo cada evangelista nos muestra a Jesús y el
modo cómo nos muestra a María, al servicio de su presentación propia de Jesús.
Dejémonos guiar sucesivamente de la
mano de los cuatro evangelistas. Y a través de su manera de presentarnos la
figura de María, tratemos de penetrar más profundamente en su comprensión del
Señor. La máxima A Jesús por María no es una invención moderna; hunde
sus raíces en la bimilenaria tradición de nuestra Santa Iglesia. Arraiga en los
evangelios; y, en cuanto podemos rastrearlo valiéndonos de ellos, incluso en
una tradición oral anterior a los evangelios, y de la cual ellos son las
primeras plasmaciones escritas.
Dejemos, pues, que los evangelistas
nos lleven a través de María a un mayor conocimiento del Señor que viene y
que esperamos.
2
El
género literario
«Evangelio»
1.- Cómo
hay que interpretar
«Habiendo
hablado Dios en
«Para descubrir la intención del autor, hay que tener en cuenta, entre
otras cosas, los géneros literarios.
«Pues la verdad se presenta y se enuncia de modo diverso en obras de
diversa índole histórica, en libros proféticos o poéticos, o en otros géneros
literarios. El intérprete indagará lo que el autor sagrado intenta decir y
dice, según su tiempo y su cultura, por medio de los géneros literarios propios
de su época. Para comprender exactamente lo que el autor quiere afirmar en sus
escritos, hay que tener muy en cuenta los modos de pensar, de expresarse, de
narrar que se usaban en tiempo del escritor, y también las expresiones que
entonces se solían emplear más en la conversación ordinaria».
«Y como
2.- ¿A qué género literario pertenece
el evangelio de San Marcos?
De estos principios de
interpretación de
Podemos comenzar diciendo que el
evangelio según San Marcos es «una presentación creyente de la vida de Jesús,
interpretada en confrontación con las Sagradas Escrituras, de manera que la
vida de Jesús las ilumina y es iluminada a su vez por ellas, mostrando sus
correspondencias».
El evangelio según San Marcos tiene
pues valor histórico, porque narra hechos. Tiene valor biográfico porque
relata dichos y hechos de Jesús. Pero es más que una crónica histórica y más
que una mera biografía. Porque además del relato de hechos, como pueden hacerlo
las crónicas, y de la narración de la vida de una persona, como lo hacen las
biografías, el evangelio según San Marcos viene de la fe y apunta a despertar
la fe.
Por eso el evangelio según San
Marcos incluye un alegato acerca de la identidad de Jesús, de quién es Jesús.
Su texto argumenta desde las Sagradas Escrituras, alegando que en Jesús se
cumplen las Promesas del Antiguo Testamento.
3.- Historia
interpretada
Prosiguiendo en el intento de
comprender el género literario al que pertenece el evangelio según San Marcos,
podríamos decir que es:
narración de hechos
e interpretación de los mismos
a la luz de las Sagradas Escrituras
desde la fe
para suscitar la fe.
Podríamos llamarle por lo tanto
historia teológica, o historia creyente, o historia predicada, o historia
kerygmática, o quizás lo más ajustado sea definirlo como historia profética,
puesto que los profetas comunican una interpretación religiosa de los
acontecimientos: el sentido que tienen según Dios.
El género literario del evangelio
según San Marcos tiene pues dos aspectos que lo caracterizan: a) historia, y b) interpretación de fe.
Ambos aspectos están enlazados de
tal manera que se sirven el uno al otro sin traicionarse ni anularse: la
interpretación no falsea la verdad histórica, y la historia corrobora la
interpretación. Los hechos narrados iluminan
Veamos algo acerca de cada uno de
esos dos aspectos:
3.1.- El valor
histórico del Evangelio
En
«
Los Apóstoles, ciertamente, después de la ascensión del Señor predicaron
a sus oyentes lo que Él había dicho y obrado, con aquella crecida inteligencia
de que ellos gozaban, enseñados por los acontecimientos gloriosos de Cristo, y
por la luz del Espíritu de verdad.
Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios, escogiendo
algunas cosas de las muchas que ya se trasmitían de palabra o por escrito,
sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las Iglesias,
usando por fin la forma de la predicación, de manera que siempre nos
comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús.
Escribieron pues, sacándolo ya de su propia memoria o recuerdos, ya del
testimonio de quienes “desde el principio fueron testigos oculares y ministros
de la palabra” para que conozcamos “la verdad” [asfaleia = certeza] de
las palabras que nos enseñan (Cfr. Lc 1,2-4)» (DV ,
19).
Los Evangelios tienen, pues, valor
histórico en lo que narran acerca de la historia de Jesús, aunque no por eso
pertenezcan al género literario histórico.
El Papa Juan Pablo II volvió a
recordarnos su valor histórico: «aún siendo documentos de fe, no son menos
atendibles, en el conjunto de sus relatos, como testimonios históricos» que las
fuentes históricas profanas (Tertio Millennio Adveniente, 5).
Los evangelios mismos dan por
supuesta esa verdad histórica y no tratan de convencernos de la verdad de los
hechos que narran, sino de otra cosa: de su sentido o significado divino,
religioso, salvífico. El que no les cree en lo primero ¿cómo podría creerles en
lo segundo? Y si su interpretación no reposara sobre hechos ¿qué fe podrían
pedir para su interpretación?
La narración evangélica está
destinada a suscitar en los oyentes la fe en Jesús; a convencerlos del sentido salvador
de la historia de Jesús que ellos proclaman. Veamos ahora cómo es la mirada de
fe que los evangelistas echan sobre esa historia.
3.2.-
Interpretación profética
de los hechos
La interpretación evangélica
refleja una convicción de fe acerca de las Promesas de Dios en
Esto pertenece a la esencia del género literario evangelio.
Y por eso los evangelios son un género particular de historia, diverso de los
géneros históricos profanos o seculares. Por algo son, para los creyentes,
Sagrada Escritura.
En cuanto argumentan la realización de las
Promesas hechas por Dios en el Antiguo Testamento, los Evangelios tienen su
raíz en dicho Antiguo Testamento. No se entenderían sin él. Enraizados en las
antiguas profecías, proclaman, proféticamente, que ha llegado su cumplimiento.
Los evangelios son, como vemos, proclamación de
una interpretación profética de la historia.
¿Qué clase de relación aprecian los Evangelios
entre el Antiguo Testamento, sus promesas y profecías por un lado y
El Concilio Vaticano II explica esa relación en
estos términos:
«La
economía del Antiguo Testamento estaba ordenada sobre todo, a preparar,
anunciar proféticamente (cfr. Lc 24,44; Jn 5,39; 1 Pe 1,10), y significar con
diversas figuras (Cfr. 1 Cor 10,11), la venida de Cristo redentor universal y
la del Reino Mesiánico» (DV, 15).
«Dios,
inspirador y autor de ambos Testamentos, dispuso las cosas tan sabiamente que
el Nuevo Testamento está latente en el Antiguo y el Antiguo está patente en el
Nuevo, porque aunque Cristo fundó el Nuevo Testamento en su sangre (Cfr. Lc
22,20; 1 Cor 11,25), no obstante los libros del Antiguo Testamento, recibidos
íntegramente en la proclamación evangélica, adquieren y manifiestan su plena
significación en el Nuevo Testamento (Cfr. Mt 5,17; Lc 24,27; Rm 16,25-26; 2
Cor 3,14-16), ilustrándolo y explicándolo al mismo tiempo». (DV 16).
Aplicando lo que venimos diciendo
al evangelio según San Marcos, podemos concluir que es, por un lado un libro
que pertenece al género histórico, porque narra fielmente hechos sucedidos. Pero por otro lado es la narración de un creyente
que ve e interpreta los hechos a la luz de
4.- El género
literario llamado Pésher
El procedimiento de interpretar
hechos a partir de
Los comentarios qunrámicos de los
libros proféticos se llaman pesharim (plural de pesher) lo mismo
que las interpretaciones de sueños que hace el profeta Daniel. Así como Daniel
revela el sentido profundo de los símbolos vistos en sueños, el autor del pésher
trata de revelar el sentido oculto y misterioso de los textos proféticos,
atribuyéndoles un valor simbólico o alegórico que se esfuerza en desvelar,
interpretándolos como alusiones proféticas a hechos del momento o que se espera
que ocurran.
El género literario evangélico
puede entenderse como un tipo de pésher o interpretación, consistente en
mostrar las correspondencias entre
3
María en
San Marcos
La imagen más antigua
Comenzamos por Marcos, el más breve
y, casi con seguridad, el más antiguo de los cuatro evangelios. El que recoge,
muy probablemente, las catequesis y predicaciones de San Pedro, o sea, el
evangelio según lo proclamaba Pedro.
Acerca de María, este evangelio de Marcos es de
una parquedad extrema, comparable –por la ausencia de referencias– al gran
silencio marial neotestamentario. Marcos comienza su evangelio presentando la
figura de San Juan Bautista, y casi inmediatamente a un Jesús ya adulto que
llega a bautizarse en el Jordán. Nada de relatos de la infancia, que –como
vemos en Mateo y Lucas– se prestan a decirnos algo de
1. Dos textos: Mc 3, 31-35; 6, 1-3
Lo que dice Marcos acerca de María se agota en dos
brevísimos pasajes, ambos situados en la primera parte de su evangelio. Y en
esos pasajes ni siquiera se advierte la impronta personal del narrador. Este mantiene
una fría objetividad de cronista y nos comunica lo que terceras personas dicen
de María. Y si nos detenemos a analizar el texto, encontramos que esas terceras
personas son incrédulas, enemigas de Jesús, que por supuesto no se ocupan de su
madre con benevolencia, sino con hostilidad y descreimiento. Para ellos se
agrega, como contrapunto y refutación, el testimonio de Jesús mismo acerca de
María.
Leamos los pasajes. El primero en Mc 3, 31-35:
«Vinieron
su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, le mandaron llamar. Se había
sentado gente a su alrededor y le dicen: “Mira, tu madre y tus hermanos te
buscan allí fuera”.
«Él
replicó: “¿Quién es mi madre y mis hermanos?”
«Y
mirando en torno, a los que se habían sentado a su alrededor, dijo: “Aquí
teneis a mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi
hermano, mi hermana y mi madre”».
El segundo pasaje es la escéptica exclamación de
los que se admiraban, incrédulos, de su inexplicable poder y sabiduría; se lee
en el capítulo 6, 1-3
«Se
marchó de allí y fue a su tierra, y le siguieron sus discípulos. Cuando llegó
el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y los muchos que le oían se
admiraban diciendo:
«–¿De dónde le viene esto? ¿Y qué sabiduría es ésta que se le
ha dado? ¿Y tales milagros hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el
hijo de María y hermano de Santiago y José y Judas y Simón? ¿Y no están sus
hermanos aquí con nosotros?
«Y se
escandalizaron de él».
Estos son los dos únicos pasajes del evangelio de
Marcos en que se menciona a María. En ellos se comprueba simplemente que a
Jesús se le conocía en su medio como el carpintero, el hijo de María. Y que esa
filiación hacía para muchos más increíble que fuera el enviado de Dios. Servía
de excusa a los mal dispuestos para afirmarse en su incredulidad. Porque las
mismas distancias entre las muestras de poder y sabiduría que –según el relato
de Marcos– Jesús iba dando por todas partes eran un argumento de que no le
venían de herencia ni de bagaje humano, sino como don de lo alto. La misma
humildad de su parentela galilea –la parte proverbialmente más ignorante de las
cosas de la ley dentro del pueblo judío– debía haber sido argumento convincente
a favor del origen divino de sus obras. Si éstas eran inexplicables por la
carne y el parentesco, ¿no habría que tratar de explicarlas por el espíritu de
Dios?
2. El contexto
del evangelio
Pero tratemos de comprender mejor
el sentido de estos episodios colocándonos en la óptica del relato de Marcos.
Toda la primera parte de su evangelio, hasta el capítulo octavo, versículos
27-30 –la confesión de Pedro–, nos muestra a Jesús que obra maravillas y
portentos, que despierta la admiración del pueblo, que deslumbra con su poder
sobrehumano. Es decir, nos muestra la revelación progresiva y creciente
de Jesús. Y al mismo tiempo nos muestra la absoluta y general incomprensión
del verdadero carácter de su persona y su misión. Jesús se revela, pero nadie
entiende su revelación. No la entiende el pueblo, no la entienden sus
discípulos, no la entienden los escribas, no la entienden sus familiares.
No la entienden los que se niegan a
creer en él y con los que se enfrenta en polémicas y a los que les habla en
parábolas. De esta incomprensión de los incrédulos no hay que admirarse. Pero
sí de que tampoco lo comprendan ni entiendan sus propios discípulos. Incluso en
la privilegiada confesión de la fe de Pedro, con la que culmina la primera
parte del evangelio, se entrevé al mismo tiempo un abismo de ignorancia y de
resistencia al aspecto doloroso de la identidad de Jesús Mesías.
Nada más comenzar la carrera de
Jesús con un sábado en Cafarnaúm, con su enseñanza en la sinagoga y con
numerosas curaciones de enfermos y expulsiones de demonios, en cuanto han
empezado a seguirle sus primeros discípulos y se ha encendido el fervor
popular, ya apuntan la oposición y las críticas: Jesús cura en sábado, come con
pecadores; sus discípulos no ayunan y arrancan espigas en sábado. Y ya desde el
comienzo del capítulo tercero, los fariseos se confabulan con los herodianos
para ver cómo eliminarlo, pero ello se hace difícil, porque una muchedumbre
sigue a Jesús. Éste elige de entre ella a sus numerosos discípulos. Uno de los
primeros pasos de la confabulación se advierte en 3, 20-21. Jesús vuelve a su
tierra. Se aglomera otra vez la muchedumbre de modo que ni siquiera podían
comer.
«Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de él, pues decían:
“Está fuera de sí”».
3. La
oposición al Mesías
El primer paso de la confabulación contra Jesús
consiste en declararlo loco y en interesar a los parientes para que retirasen a
un consanguíneo que podría implicarlo en sus locuras y traerles problemas. Que
este método intimidatorio de los parientes –que fue usado contra Jesús y los
suyos– era un método usual, nos lo demuestra el episodio del ciego de
nacimiento, en el evangelio según San Juan, a cuyos padres llamaron a declarar
ante el tribunal (9, 18-23).
Habiendo oído que Jesús estaba fuera de sí, y
movidos quizás por temores y veladas amenazas, los parientes de Jesús acuden a dominarlo.
Arrastran a su madre, a cuyas instancias esperan que Jesús no pueda resistir.
Entre tanto, Marcos registra el crescendo de las acusaciones contra
Jesús. Jesús es más que un loco; es un endemoniado: «Está poseído por un
espíritu inmundo» (3, 22).
En medio de esta tormenta, de hostilidad por un
lado y de entusiasmo popular por otro, es cuando relata Marcos con laconismo de
cronista:
«Llegan
su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, le envían a llamar».
Se trata de arreglar un problema familiar. Los
aldeanos galileos no quieren discutir de teologías. Por humildad, modestia o
prudencia, no entran. Según Lucas, no entran simplemente porque la muchedumbre
les impide acercarse.
«Estaba
mucha gente sentada a su alrededor»
El odiado doctor está rodeado de una audiencia
entusiasta que siente arder el corazón con su palabra, «porque les enseñaba
como quien tiene autoridad y no como los escribas», ha registrado Marcos (1,
22). Algún malévolo infiltrado entre la audiencia se complace en anunciar en
voz alta a Jesús:
«¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están
fuera y te buscan».
Es a Jesús a quien lo dice, pero indirectamente
éstá diciendo a su auditorio: «Ved de qué familia viene vuestro doctor». Marcos
registra más adelante, en el capítulo sexto que esta malévola cizaña ha
prendido: «¿No es éste el carpintero, el hijo de
María, y no conocemos a toda su parentela?». Y se escandalizaban de él.
La humildad de María y de los parientes de Jesús
es esgrimida para humillarlo, para empequeñecerlo delante de su auditorio: ¡Qué
candidato a Rey Mesías! ¡Qué candidato a doctor y salvador! He aquí la
parentela del profeta. Es el mismo argumento que nos relata también San Juan:
«Pero
los judíos murmuraban de él, porque había dicho: “Yo soy el pan que ha bajado
del cielo”.
«Y
decían: “¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo
puede decir ahora: He bajado del Cielo?”» (6, 42).
Y registra además San Juan que
muchos de sus discípulos se apartaron de él con aquella ocasión:
«Es duro
este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?» (Jn 6, 61).
«Y ni
siquiera sus parientes creían en él» (Jn 7, 5).
«Y los
judíos asombrados decían: “¿cómo entiende de letras sin haber estudiado?”» (Jn
7,15).
Marcos nos hace oír a los que hablan de María, la
madre de Jesús, desde su profunda hostilidad al Hijo. Sus palabras subrayan los
humildes orígenes humanos de Jesús, que es tácita negación de su origen y
calidad divina.
Así como habrá un ¡Ecce homo! que escarnece
a Jesús en su pasión, hay aquí un adelanto del mismo, que envuelve a María en
el mismo insulto de desprecio –Ecce mulier, ecce Mater eius (he aquí a
la mujer, vean quién es su madre)–.
4. El
testimonio de Jesús
A este lanzazo polémico, oculto en
el comedimiento de aquellos que le anuncian la presencia de los suyos allí
afuera, responde el contrapunto también polémico de Jesús:
–«¿Quién es mi madre y mis hermanos?».
–«Y mirando en torno a los que estaban sentados a su alrededor –Mateo precisa en el lugar paralelo que son sus discípulos–, dice:
“Éstos son mi madre y mis hermanos”».
Frecuentemente Jesús habla en los
evangelios de sus discípulos como de sus hermanos, o de «estos hermanos míos
más pequeños», o simplemente de «los pequeños». Se trata de aquellos que oyen a
Jesús con fe aunque no lo entiendan perfectamente. Se trata de los que no se le
oponen, sino que le siguen y le escuchan. Esta es la familia de Jesús, porque
es la familia del Padre, cuyo vínculo familiar no es la sangre, sino
Como explicita San Juan: «A los que
creen en su nombre les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1, 12).
Por eso termina Jesús con una
explicación de por qué son esos sus auténticos familiares:
«Quien cumpla la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi
madre».
O en la versión de Lucas:
«El que oye la palabra de Dios y la guarda, ese es mi hermano y mi
hermana y mi madre» (Lc 8, 21).
La misteriosa y quizás para muchos no muy evidente ecuación entre «cumplir la voluntad de Dios»
o «escuchar sus Palabras y cumplirlas», y creer en Jesucristo, nos la
revela explícitamente San Juan en su primera carta:
«Guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y éste es su
mandamiento y lo que le agrada: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo
y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó» (1Jn 3, 22-23).
Hacer la voluntad del Padre
no es doblegarse a un oscuro querer, sino complacerse en hacer lo que a Dios le
complace; es regocijarse en el gozo de Dios. Y si nos pregunta en qué se
deleita y regocija nuestro Dios, que como Ser omnipotente puede parecer muy
difícil de contentar, sabemos qué responder porque ese Ser inaccesible nos ha
revelado qué es lo que le complace:
«Éste es mi Hijo, a quien amo y en quien me complazco: escuchadle…» (Mt 17, 1-8; Mc 9, 7; Lc 9, 35).
Nuestro Dios se revela como el
Padre que ama a su Hijo Jesucristo, y se deleita en él, y no pide otra cosa de
nosotros sino que lo escuchemos llenos de fe y lo sigamos como discípulos.
Entendemos quizás ahora por qué
Lucas traduce el «cumplir la voluntad de Dios», de que hablan Mateo y Marcos,
con una frase equivalente: escuchar su Palabra, que es escuchar a su
Hijo, y guardarla, que es seguirlo como discípulo.
Y similar identificación de la
voluntad de Dios con
«Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado, y el que quiera
cumplir su voluntad verá si mi doctrina es de Dios o hablo yo por mi cuenta»
(Jn 7, 16-17).
Parientes de Jesús son, pues, los
que por creer en él entran en la corriente del vínculo de complacencia que une
al Padre con el Hijo y al Hijo con el Padre.
Por eso, su respuesta a los que lo envuelven
a él y a su madre en un mismo rechazo y vilipendio es una seria advertencia.
Equivale a distanciarse de ellos y negarles cualquier otra posibilidad de
entrar en comunión con Dios que no sea a través de la fe en él.
Pero esta palabra de Jesús tiene
dos filos. Y el segundo filo es el de una alabanza, el de una declaración de
Alianza de parentesco –el único real y más fuerte que el de sangre– entre el
creyente y él. Y en la medida en que María mereció ser su Madre por haber
creído es éste el más valioso testimonio que podía ofrecernos Marcos acerca de
María. Jesús declara que la razón última y única por la cual María pudo llegar
a ser su Madre era la fe en él.
5. María, Madre
de Jesús por la fe
María no estuvo unida a Jesús solo
ni primariamente por un vínculo de sangre. Para que ese vínculo de sangre
pudiera llegar a tener lugar, tuvo que haber previamente un vínculo que Jesús
estima como mucho más importante.
Pero todo esto Marco no lo
explicita, ni el Señor ltampoco lo hace sin duda en aquella ocasión. Es por
otros caminos por donde hemos llegado a comprender lo que hay implícito en el
velado testimonio de Jesús que Marcos nos relata. Que María creyó en Jesús antes
de que Jesús fuera Jesús. Y que solo porque el Verbo encontró en ella esa fe
pudo encarnarse.
Es así como el silencio mariano de
Marcos da paso a la elocuencia mariana de Jesús mismo. Una elocuencia que lleva
la firma de la autenticidad en su mismo estilo enigmático, velado, parabólico,
el estilo de Jesús en todas sus polémicas. Un lenguaje que es revelación para
el creyente y ocultamiento para el incrédulo.
Y quiero terminar –para confirmar
lo dicho– iluminando este primer retrato de María, según Marcos, con una luz
que tomaré prestada del evangelio de Lucas, pero con la casi absoluta certeza
de que no se debe sólo a su pluma, sino a la misma antiquísima tradición
preevangélica en que se apoya Marcos. Me complace considerarlo como un
incidente ocurrido en la misma ocasión que Marcos nos relata, como lo sugiere
su engarce en un contexto muy similar. En medio de las acusaciones de que está
endemoniado, y estando Jesús ocupado en defenderse,
«alzó la voz una mujer del pueblo y dijo:
“Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron”.
«Pero Él dijo: “dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la
guardan”» (Lc 11, 27-28).
Creo que Lucas ha querido declarar
directamente, al insertar este episodio en su evangelio, lo que no queda a su
gusto suficientemente explícito en el relato de Marcos: que las palabras de
Jesús, en respuesta a los que le anunciaban la presencia de los suyos,
encerraban un testimonio acerca de María.
La figura de María según Marcos es,
como nos muestra su comparación con los pasajes paralelos de Mateo y Lucas, la figura
más primitiva que podemos rastrear a través de los escritos del Nuevo
Testamento. Es la imagen de la tradición preevangélica y se remonta a Jesús
mismo.
Es una figura apenas esbozada, pero
clara en sus rasgos esenciales. Rasgos que, como veremos, desarrollarán y
explicitarán los demás evangelistas, limitándose solo a mostrar lo que ya
estaba implícito en esta figura de María, madre ignorada de un Mesías ignorado.
Madre vituperada del que es vituperado. Pero, para Jesús, bienaventurada por
haber creído en él. Madre por la fe más que por su sangre.
Y ya desde el principio, y según el
testimonio mismo de Jesús, Madre del Mesías, es presentada en clara relación de
parentesco con los que creen en Jesús, como Madre de sus discípulos, es decir,
de su Iglesia.
4
María en
San Mateo
El origen del Mesías
1. De Marcos a
Mateo
Marcos, cuya imagen de María ya
hemos contemplado, escribió su evangelio para la comunidad cristiana de Roma; y
lo hizo atendiendo especialmente a explicar un hecho del que sin duda pedían explicación
los judíos de la diáspora romana a los misioneros cristianos: ¿cómo es posible
que, siendo Jesús el Hijo de Dios y Mesías, no fuera reconocido, sino rechazado
y condenado a muerte por los jefes de la nación palestina?
Todo el evangelio de Marcos
muestra, por un lado, la revelación de Jesús como Mesías, como Cristo o como
Ungido –estos tres términos significan exactamente lo mismo–; y por otro lado,
muestra el progresivo descreimiento de muchos, la incomprensión, incluso por
parte de sus fieles, respecto del carácter sufriente de su mesianidad. La
escueta presentación que Marcos nos hace de María –ya lo vimos– es un engranaje
en esta perspectiva marcana. Muestra una de las formas que asumió el rechazo y
la oposición de los dirigentes palestinos hacia Jesús y cómo involucraron en su
campaña de difamación y hostigamiento la condición humilde y el origen galileo
de su parentela.
Ante este ataque, Jesús responde
–sin arredrarse– a quienes le pedían un signo genealógico,
confrontándolo con la necesidad de creer sin pedir signos, y dando un
testimonio –velado para los incrédulos, pero elocuente para quienes creían en
Él– a favor de su Madre y sus discípulos.
Mateo, de cuya imagen de María nos
ocuparemos ahora, no ignora la visión de Marcos, sino que la retoma en el
cuerpo de su evangelio (Mt 12, 46-50; 13, 53-57), como también lo hará San
Lucas en el suyo (Lc 8, 19-21; 4, 22). No hay necesidad de volver aquí sobre
esos pasajes, que son copia casi textual de Marcos o de una fuente preexistente
y en los que Mateo introduce sólo algún ligero retoque. Vamos a ocuparnos más
bien de los que Mateo agrega a la figura de María como rasgos de su cosecha.
Ellos son un desarrollo de lo que estaba implícito en Marcos.
2. María,
Virgen y esposa de José
Mateo enriquece la figura de María
respecto de la imagen de Marcos manifestando dos rasgos de
1) María es Virgen.
2) María es esposa de José, hijo de
David.
Ambos rasgos los explicita Mateo no
por satisfacer curiosidades, sino por lo que ellos significan en el marco de su
presentación teológica del misterioso origen del Mesías.
Que María es Virgen es un
rasgo mariano que está en íntima conexión con la filiación y origen divino
del Mesías. Este nace de María sin mediación del hombre y por obra del Espíritu
Santo, nos dice Mateo.
Que María sea esposa de José, hijo de David, es
un rasgo mariano que está a su vez en íntima conexión con la filiación davídica
y el carácter humano del Mesías.
Jesús, el Mesías, es, por tanto, Hijo de Dios por
el misterio de la virginidad de su Madre, e Hijo de David por el no
menos misterioso matrimonio con José, hijo de David.
3. El origen humano-divino
del Mesías, Hijo de David,
hecho hijo de mujer
Es inmensa la galería de pintores
cristianos que nos presenta a
La concisa parquedad mariológica de Pablo merece
aquí, aunque sea lateralmente y de paso, el homenaje de nuestra atención. Hacia
el año 51 de nuestra era, o sea unos veinte años antes de la fecha probable de
composición del evangelio de Mateo, escribe Pablo a los Gálatas:
«Pero al
llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, hecho hijo de mujer,
puesto bajo la ley para rescatar a los que se hallaban bajo la ley y para que
recibiéramos la filiación adoptiva» (Gál 4, 4-5).
Y entre diez y doce años más tarde, entre el 61-63
de nuestra era, escribe el mismo Pablo desde su primera cautividad a los fieles
de Roma:
«Pablo,
siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de
Dios, quien había ya prometido por medio de sus profetas en las Sagradas
Escrituras a su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido
Hijo de Dios con poder» (Rom 1, 1-3).
Estos dos textos de Pablo nos
muestran la presencia, en el estado más primitivo de la tradición, de tres
elementos esenciales que vamos a encontrar en los pasajes marianos de Mateo.
El primero consiste en que lo que
se dice de Jesucristo se presenta como sucedido según las Escrituras, como
cumpliendo las Escrituras, como la realización de lo predicho por los profetas,
que hablaron en nombre de Dios e ilustrados por el Espíritu.
El segundo elemento es la doble
fijación de Jesús, Hijo de Dios y al mismo tiempo hijo de David. Pablo ve en
Jesús dos filiaciones: una filiación espiritual, por la cual es Hijo de Dios
por obra del Espíritu que nos permite clamar ¡Abba!, Padre; y una filiación según
la carne, por la cual es hijo de David.
Y notemos –tercer elemento a tener
en cuenta– que no especifica el cómo de dicha descendencia davídica
diciéndonos: «engendrado por José» o «nacido de varón», sino diciéndonos:
«hecho hijo de mujer».
He aquí los elementos constitutivos
de uno de los problemas al que va a responder Mateo en su evangelio.
Es el mismo problema del origen del
Mesías que se trata en los textos de Marcos, que ya vimos. Pero no ya planteado
en términos de objeción en boca de los enemigos, sino en términos de respuesta
a la objeción. Respuesta que se inspira, sin duda, en la que el mismo Jesús
había dado en los tiempos de su carne mortal y que los tres sinópticos nos
narran en sus evangelios (Mt 22, 41ss. y paralelos).
«Estando
reunidos los fariseos le propuso Jesús esta cuestión: “¿Qué pensáis acerca del
Mesías? ¿De quién es Hijo?”
«Dícenle:
“De David”.
«Replicó:
“Pues ¿cómo David, movido por el Espíritu le llama Señor, cuando dice: `Dijo el
Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo
de tus pies?´ (Sal 110, 1). Si, pues David le llama Señor, cómo puede ser Hijo
suyo?”.
«Nadie
es capaz de contestarle nada; desde ese día ninguno se atrevió a preguntarle
más».
Ya Jesús había alertado, por lo
tanto, a sus oyentes contra el peligro de juzgarlo exclusivamente según la
carne. No es que rechazara el origen davídico del Mesías, pero señalaba que ese
origen davídico encerraba un misterio, y que el misterio de la personalidad del
Mesías no se explicaba exclusivamente por su ascendencia davídica, sino por una
raíz que lo hacía superior a su antepasado según la carne y que abría espacio,
en el misterio de su origen, a la intervención divina, pues, «Señor» era título
reservado a Dios.
Y precisamente en esta filiación
doble y compleja del Mesías, en la convergencia de estos dos títulos –Hijo de
Dios e hijo de David–, es donde Mateo ve enclavado el misterio de María.
4. La
revelación de
la virginidad de María
Al finalizar su genealogía de
Jesús, Mateo nos dice: y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que
nació Jesús, llamado Cristo. La fórmula es ya intrigante. A lo largo de toda la
genealogía con la que comienza su evangelio, Mateo ha hablado empleando el
verbo engendrar: Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob. Y cuando,
contra lo usual en las genealogías hebreas, nombra a una madre, dice: Judá
engendró de Tamar a Fares; David engendró de la que fue mujer de Urías a
Salomón… Jacob engendró a José, el esposo de María.
José es el último de los
«engendrados». De Jesús ya no se dice que haya sido engendrado por José de
María, sino que José es el esposo de María de la cual nació Jesús.
Se abre, pues, para cualquier
lector judío avezado en el estilo genealógico, un interrogante al que Mateo va
a dar respuesta versículos más abajo:
«El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba
desposada con José y, antes de empezar a convivir ellos, se encontró encinta
por obra del Espíritu Santo».
He aquí la revelación de la
virginidad de María. Nos asombra la sobriedad, casi frialdad de Mateo al
referirse a este portento. No hay ningún énfasis, ninguna consideración
encomiosa ni apologética, ninguna apreciación que exceda el mero anunciado del
hecho. Mateo está más preocupado por su significación teológica que por su
rareza, más preocupado por el problema de interpretación que plantea al justo
José que el que puede plantear a todas las generaciones humanas después de él.
¿Qué significa –teológicamente
hablando– la maternidad virginal de María?
A Mateo no le interesa dar aquí
argumentos que la hagan creíble o aceptable. Y no pensemos que sus
contemporáneos fueran más crédulos que los nuestros ni más proclives a aceptar
sin más este misterio de la madre virgen. Hemos visto las dificultades que
levantaban contra un Jesús reputado hijo carnal de José y María. Imaginemos las
que podían levantar contra alguien que se presentara –o fuera presentado– con
la pretensión de ser Hijo de Madre Virgen, de haber sido engendrado sin
participación de varón y por obra directa de Dios en el seno de su madre.
5. La
genealogía
Entenderemos mejor por dónde va el
interés de Mateo en la concepción virginal de Jesús y su adopción por José
tomando a María por esposa; nos explicaremos mejor por qué Mateo engarza esta
gema en el contexto –tan poco elocuente para nosotros– de una genealogía, si
nos detenemos un poco a considerar qué función cumplía este género literario
genealógico en el contexto vital del pueblo judío en tiempos de Jesús.
En tiempos de Jesús, la genealogía
de una persona y una familia tenía suma importancia jurídica e implicaba
consecuencias en la vida social y religiosa. No era, como hoy entre nosotros,
un asunto de curiosidad histórica o de elegancia, o de mera satisfacción de la
vanidad.
Una genealogía se custodiaba como
un título familiar. Posición social, origen racial y religioso dependían de
ella.
Sólo formaban parte del verdadero
Israel las familias que conservaban la pureza de origen del pueblo elegido tal
como lo había establecido, después del exilio, la reforma religiosa de Esdras.
Todas las dignidades, todos los puestos de
confianza, los cargos públicos importantes, estaban reservados a los israelitas
puros. La pureza había que demostrarla y el Sanedrín contaba con un tribunal
encargado de validar las genealogías e investigar los orígenes de los
aspirantes a los cargos.
El principal de todos los
privilegios que reportaba una genealogía pura se situaba en el domino estrictamente
religioso. Gracias a la pureza de origen, el israelita participaba de los
méritos de sus antepasados. En primer lugar, todo israelita participaba en
virtud de ser hijo de Abraham, de los méritos del Patriarca y de las promesas
que Dios le hiciera a Abraham. Todos los israelitas –por ejemplo– tenían
derecho a ser oídos en su oración, protegidos en los peligros, asistidos en la
guerra, perdonados de sus pecados, salvados de
«Dios puede suscitar de las piedras hijos de Abraham» (Lc 3, 8).
«Los publicanos y prostitutas los precederán en el Reino de los Cielos»
(Mt 21, 31).
Porque, según Jesús, el título que
da derecho al Reino no es la pureza genealógica de la raza ni la sangre, sino
la fe (Jn 3, 3ss.; 8, 3ss.).
6. Hijo de
David
Pero además, y en segundo lugar, la pureza de una
línea genealógica daba al descendiente participación en los méritos particulares
de sus antepasados propios.
Un descendiente de David, por ejemplo, participaba
de los méritos de David y era especialmente acreedor a las promesas divinas
hechas a David.
Por eso, cuando Mateo comienza su evangelio
ocupándose del origen genealógico del Mesías comienza por un punto candente
para todo judío de su época: el origen davídico del Mesías.
Según la convicción común y corriente de los
contemporáneos de Jesús, fundada con razón en
No es exagerado estimar el número de los hijos de
David, como cifra baja, en unos mil o dos mil. Ser hijo de David era, pues,
llevar un apellido corriente que no necesariamente daba al portador demasiado
brillo ni gloria. Y si comparamos el título Hijo de David con uno de nuestros
apellidos, equivaldría a la frecuencia de nuestros Pérez, González o Rodríguez.
Los parientes cercanos de Jesús aparecen en el
evangelio como un grupo numeroso, y seguramente fue importante en la comunidad
primitiva de Jerusalén, quizás cerca de un centenar.
Entre los hijos de David había, sin duda, familias
pobres y familias acomodadas. Habría, sin duda también, miembros de la
aristocracia de Jerusalén. Y la pretensión y lustre mesiánico de Jesús, su
éxito y el fervor popular que despertaba su persona, habría levantado ronchas y
envidias entre los hijos de David más acomodados e ilustrados, puesto que
vendría a frustrar las expectativas de elección divina de más de alguna madre
davídica orgullosa de sus hijos, dotados de más títulos, relaciones y letras
que el pariente galileo.
La afirmación de Mateo del origen davídico merece
toda fe. Que no sea una invención tardía del Nuevo Testamento para fundamentar
el origen mesiánico de Jesús, haciéndolo descendiente de David, nos lo muestra
el testimonio unánime de todo el Nuevo Testamento y el de otras fuentes
históricas. Eusebio registra en su Historia Eclesiástica el testimonio de
Hegesipo, que escribe hacia el 180 de nuestra era, recogiendo una tradición
palestina, según la cual los nietos de Judas, hermano del Señor, fueron
denunciados a Domiciano como descendientes de David y reconocieron en el
transcurso del interrogatorio dicho origen davídico.
Igualmente Simón, primo del Señor y sucesor de
Santiago en el gobierno de la comunidad de Jerusalén, fue denunciado como hijo
de David y de sangre mesiánica, y por eso crucificado. Julio el Africano
confirma que los parientes de Jesús se gloriaban de su origen davídico, a todo
lo cual se suma que ni los más encarnizados adversarios de Jesús ponen en duda
su origen davídico, lo que hubiera sido un poderoso argumento contra él de
haberlo podido alegar ante el pueblo.
Para Mateo, todo hubiera sido a primera vista más
sencillo si hubiera podido presentar a Jesús como engendrado por José, a
semejanza de todos sus antepasados. En realidad, el origen virginal de Jesús le
complica las cosas. No sólo introduce un elemento inverosímil en su relato, una
verdadera piedra de escándalo para muchos, sino que complica la evidencia del
origen davídico de Jesús al transponerlo del plano físico al de los vínculos
legales de la adopción.
¿Qué significado teológico encerraba el título
Hijo de David –de suyo tan vulgar– aplicado al Mesías? ¿Y cómo lo entiende
Mateo como título aplicable a Jesús?
El evangelio de Mateo se abre con
las palabras: Libro de
Mateo parte de los títulos
mesiánicos más comunes y recibidos para mostrar en qué medida son falsos y en
qué medida son verdaderos; para mostrar que no son ellos los que nos ilustran
acerca de la identidad del Mesías, sino que son el Mesías –Jesús– y su vida los
que nos enseñan su verdadero sentido.
Como Hijo de David, Jesús es
portador de las promesas hechas a David para Israel. Como Hijo de Abrahám, trae
la promesa a todos los pueblos. Como Hijo de David es rey, pero un rey
rechazado por su pueblo y perseguido a muerte desde su cuna, pues ya Herodes
siente amenazado su poder por su mera existencia y ordena para matarlo
El sentido que tiene este
reconocimiento inicial de los dos títulos –Hijo de David, Hijo de Abrahám– lo
explicita ya el final de la genealogía: Hijo de María –por obra del Espíritu
Santo–, esposa de José.
María y José, al culminar la lista
genealógica arrojan sobre ella una luz que la transfigura. Esta genealogía
misma encierra en su humildad carnal el testimonio perpetuo de la libre
iniciativa divina, que ha de brillar deslumbrante al término de ella. Porque
Abrahám es su comienzo absoluto, puesto por una elección gratuita de Dios.
Porque este hombre se perpetúa en una mujer estéril. Porque la primogenitura no
la tiene Ismael, sino Isaac, y más tarde no es Esaú, sino Jacob, quien la
hereda, contra lo que hubiera correspondido según la carne; y lo mismo pasa con
Judá que hereda en lugar del primogénito, y con David, que es el menor de los
hermanos. En la larga lista se cobijan justos, pero también grandes pecadores.
A quienes se enorgullecían de la
pureza de su origen davídico, o pensaran el origen davídico del Mesías en
orgullosos términos de pureza racial, no podía dejarles de llamar la atención
que Mateo introdujera en la genealogía, contra lo habitual, el nombre de cuatro
mujeres, todas ellas extranjeras y ajenas no sólo a la estirpe sino a la nación
judía:
Tamar, cananea, que disfrazándose de
prostituta arranca a su suegro la descendencia que correspondía a su marido muerto,
según la ley del levirato, y que sus parientes le negaban. Rajab, otra cananea,
gracias a la cual los judíos pueden entrar en Jericó en tiempos de Josué, y
que, según las tradiciones rabínicas extra bíblicas, fue madre de Booz, que a
su vez, de Rut –extranjera también y, más aún, de la odiada región moabita–
engendró a Obed, abuelo de David. BatSeba, por fin, la adúltera presumiblemente
hitita como su marido Urías, general de David, a quien éste pecaminosamente
hace morir en combate para arrebatarle a su mujer, la cual fue luego nada menos
que madre de Salomón, hijo de la promesa.
¿Dónde queda lugar para el orgullo
racial, para gloriarse en la pureza de la sangre o en los méritos de los antepasados?
No están escritas en el linaje del Mesías, en cuanto provienen de David, ni la
impoluta pureza de la sangre ni la justicia sin mancha. Más bien, por el
contrario, si el Mesías se debe a sus antepasados, se debe también a los
extranjeros y a los pecadores, y también los extranjeros y pecadores tienen
títulos de parentesco que alegar sobre el Mesías.
Mateo se complace en señalar así la
verdadera lógica genealógica inscrita en la historia del linaje davídico del
Mesías y en contradecir con ella el orgullo carnal y el culto al linaje.
Aquellas mujeres extranjeras, a las
cuales se debió la perpetuación del linaje de David, son prefiguración de
María: ajena también al linaje de David según la carne, despreciable por los
que se gloriaban en sus genealogías. María, aunque eternamente extranjera al
linaje de mujeres que conciben por obra de varón, es la madre del nuevo linaje
de hombres que nace de Dios por la fe.
7. Hijo de
David e Hijo de Dios
María Virgen y María esposa de José no son rasgos
que se yuxtaponen, sino que se articulan y dan lugar a una explicación
teológica: iluminan cómo debe entenderse el título mesiánico Hijo de David. La
pertenencia del Mesías al linaje de David no se anuda a través de un vínculo de
sangre, pues José, hijo de David, no tiene parte física en su concepción. La
pertenencia del Mesías a la casa de David se anuda a través de una Alianza. Una
alianza matrimonial, que no se explica tampoco por mera decisión o elección
humana, sino por dos consentimientos de fe a la voluntad divina y que, por
tanto, a la vez que alianza matrimonial entre dos criaturas, es alianza de fe
entre dos criaturas y Dios.
El Mesías no es Hijo de David por voluntad ni por
obra de varón ni por genealogía, sino que entra en la genealogía en virtud de
un asentimiento de fe que da José, hijo de David, a lo que se le revela como
operado por Dios en María.
El Mesías no es Hijo de Dios por voluntad ni obra
de varón, sino en virtud de un asentimiento de fe que da María a la obra del
Espíritu en ella.
Para que el Mesías, Hijo de Dios e Hijo de David,
viniera al mundo y entrara en la descendencia davídica, se necesitaron, pues,
dos asentimientos de fe: el de María y el de José. Ambos fundan el verdadero
Israel, la verdadera descendencia de Abraham, que nace, se propaga y perpetúa
no por los medios de la generación humana, sino por la fe.
Mateo subraya que la filiación davídica de
JesúsMesías no es signo genealógico que pueda ser leído, rectamente comprendido
ni interpretado al margen de la fe. No es un signo que Dios haya dado en el
campo de la generación humana, accediendo a la carnalidad de los judíos que
pedían signos para creer.
Parece más bien antisigno, porque, en realidad, el
Mesías existió anterior e independientemente a su incorporación en el linaje de
David a través del matrimonio de su Madre con un varón de ese linaje.
Los hechos, que Mateo no elude, más bien
contradicen los modos concretos de la expectación mesiánica judía.
Mateo da muestras de un coraje y una honestidad intelectual
muy grandes cuando acomete la tarea de exponer estos hechos –aunque increíbles–
sin endulzarlos ni camuflarlos, en la confianza de que ellos manifiestan una
coherencia tal con el Antiguo Testamento que no podrán menos de mover a
reconocerlos –si se perfora la costra superficial de su apariencia– como signos
de credibilidad.
De ahí su recurso al Antiguo Testamento, en
paralelo continuo con los hechos, mostrando cómo no son las profecías las que
condenan al Jesús Mesías, sino que es la vida real y concreta del JesúsMesías
la que arroja luz sobre el contenido profético del Antiguo Testamento y la que
amplía la extensión de su sentido profético a regiones insospechadas para los
carriles vulgares de la teología judía de su tiempo.
Tanto para justificar la traducción «hecho hijo de mujer», en vez de
«nacido de mujer», como para comprender el sentido mesiánico de la alusión a la
madre, véase el artículo de José M. Bover, SJ, Un texto de San Pablo (Gál 4,
45) interpretado por San Ireneo («Estudios Eclesiásticos» 17, 1943, pp.
145-181). De él hemos tomado la traducción del pasaje de Gálatas.
5
María en
San Lucas
Testigo de Jesucristo
1. La intención
de Lucas
La obra del evangelista Lucas
consta de dos libros: el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles. El primero
nos relata la historia de Jesús, el segundo la historia de los orígenes de
La inquietud de Lucas parte,
pues, del presente; y para dar razón de él e interpretar su significado
religioso, se remonta al pasado. En cambio su obra escrita, por pura
razón del método, parte del pasado y, siguiendo un cierto orden cronológico de
los hechos, llega al presente. El prólogo de su evangelio nos muestra que Lucas
ha usado una técnica como la actual cinematográfica del racconto:
«Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente los hechos que han
tenido lugar entre nosotros, tal como nos los han transmitido los que
presenciaron personalmente desde el comienzo mismo y que fueron hechos
servidores del Mensaje, también a mí, que he investigado todo diligentemente
desde sus comienzos, me pareció bien escribirlos ordenadamente para ti –ilustre
Teófilo–, para que conocieras la certeza de las informaciones que has
recibido».
Lucas es plenamente consciente de
su condición de testigo secundario y tardío. No es apóstol ni testigo
presencial de los orígenes del milagro cristiano. Se ha incorporado a
En su prólogo distingue claramente:
1º– Los testigos presenciales (autoptai:
los que vieron por sí mismos) y desde los comienzos (ap’arjés) y que
convertidos en servidores de ese mensaje, lo transmitieron (paredosan).
Ellos son la fuente de la tradición.
2º– Otros que se dieron a la tarea
(epejéiresan: pusieron la mano, escribieron) de repetir por escrito, en
el mismo orden que la tradición oral, las narraciones de los testigos –¿Marcos, por ejemplo?–. Ellos son los que fijaron por
escrito esas antiguas tradiciones.
3º– El, Lucas, que adopta un orden
propio. Orden que, fundado en una investigación diligente de los hechos, tiene
por fin hacer resaltar en ellos su coherencia interior y, por lo tanto, su
credibilidad.
Desde su relación
catequístico-apologética con Teófilo –personaje real o personificación de los
paganos instruidos que como Lucas se habían acercado a enterarse de la fe
cristiana–, Lucas emprende su obra, que es a la vez historia de la fe y
teología de la historia. Y como buen historiador griego, se funda en testigos
presenciales y fidedignos.
Su escrúpulo se refleja, entre
otras cosas, en que sitúa los acontecimientos que relata en relación con
ciertas coordenadas o hitos de la historia.
Teófilo ha recibido información o
instrucción en una de aquellas comunidades contemporáneas, suyas y de Lucas, en
la que ha visto las obras del Espíritu. Lucas parte de allí hacia atrás,
explicándolo todo desde el comienzo como obra del Espíritu Santo. Esta
centralidad del Espíritu Santo en la obra de Lucas se desprende del prólogo de
los Hechos de los Apóstoles, segundo tomo de su obra:
«En mi primer libro, oh Teófilo, hablé de lo que Jesús hizo y enseñó
desde el principio, hasta el día en que, después de haber enseñado a los
Apóstoles que El había elegido por obra del Espíritu Santo, fue llevado al
cielo».
El Espíritu Santo ha presidido e inspirado la
elección de los Apóstoles y es el vínculo divino entre Jesús y
Lucas, que escribe a gentiles o
cristianos provenientes de la gentilidad, no puede contentarse con el recurso
al Antiguo Testamento y a la prueba del cumplimiento de las Escrituras. Para su
público es necesario integrar estos elementos en un nuevo marco significativo.
Lucas debe atender a la solidez y certeza, y estas deben demostrarse a
partir de hechos actuales, visibles en
Cuando Lucas nos narra la infancia
de Jesús, trata la materia más lejana al presente, toca la parte más remota de
su historia. Lucas podía haberlo omitido como Marcos y Juan. Era materia
especialmente espinosa para explicar a gentiles. Mateo en cambio, podía mostrar
más fácilmente a su público, judío, cómo a través de los hechos de la infancia
de Jesús se cumplían las Escrituras. Pero para el público de Lucas, el argumento
de Escritura adquiría fuerza si se presentaba integrado en el testimonio de un
testigo, dirigido históricamente y claramente vinculado a la explicación del
presente eclesial.
2. María como
testigo
Y ese testigo de la infancia de
Jesús es María. A Lucas debemos una serie de rasgos de María, un
enriquecimiento de detalles de su figura, que proviene precisamente de un
interés por ella como testigo privilegiado no solo de la vida de Jesús,
sino también del significado teológico de esa vida.
Si todo el evangelio de Lucas se funda en un
testimonio de testigos oculares y si Lucas se atreve hablar de la infancia de
Jesús es porque cuenta con el testimonio de María acerca de ella. Lucas evoca
por dos veces en su narración de la infancia los recuerdos de María: «María por
su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón» (2, 19); «Su
Madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón» (2, 51). Estas
fórmulas recuerdan la manera como San Juan invoca su propio testimonio en su
evangelio y los términos análogos usados por el mismo Lucas cuando parece
referirse al testimonio de vecinos y parientes:
«Invadió
el temor a todos sus vecinos –viendo lo sucedido a Zacarías– y en toda la
montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las
guardaban en su corazón» (1,66).
«Oyeron
sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia» (1,58).
«Se
volvieron glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído» (2, 20).
Algunos de estos testimonios, que difícilmente ha
podido recoger Lucas directamente de los testigos presenciales, deben haberle
llegado a través de María o de familiares de Jesús que –como sabemos–
integraban la comunidad primitiva y guardarían tradiciones familiares, de las
cuales, sin embargo, la fuente última debió de ser María.
3. Cualidades de María como testigo
Lucas pone especial cuidado en
cualificarla como testigo: María es una persona llena de gracia de Dios, como
lo dice el Ángel. Instruida en las Escrituras, como se desprende del
lenguaje bíblico del Magníficat; como lo presupone la profunda reflexión
bíblica sobre los hechos, que se entreteje de manera inseparable con su
narración; y como se explica también por el parentesco levítico de María,
relacionada con Isabel, su prima, descendiente del linaje sacerdotal de Aarón y
esposa del sacerdote Zacarías.
Nos detenemos a subrayar esto,
porque hay quienes con cierta facilidad se inclinan a atribuir los relatos de
la infancia de Jesús a la imaginación de los evangelistas, como si estos los
hubieran inventado libremente, inspirándose en los relatos que el Antiguo
Testamento suele hacer de la infancia de los grandes hombres de Dios, como
Moisés o Samuel.
Es innegable que estos relatos de
la infancia de Jesús son como un tapiz, tejido con hilos de reminiscencias
veterotestamentarias. Pero ¿con qué otro hilo podía tejer su meditación sobre
los hechos María, una doncella judía, emparentada con levitas y
sacerdotes, piadosa y llena de Dios, asistente asidua y atenta de las lecturas
y explicaciones de la sinagoga? ¿Y quién puede distinguir cuando abre el cofre
de sus recuerdos más queridos, entre lo que un historiador frío podría llamar
hechos, crónica, y la carga de evocación, interpretación personal y resonancias
afectivas en que envolvemos, como entre terciopelos, las joyas de nuestra
memoria?
Lucas sabe que no puede pedir de
María, su testigo, un testimonio redactado en el género de un parte de
comisaría. Ni tampoco le interesa. Porque en la meditación con la que María comprendió
los acontecimientos y los recuerda en la rumiación midráshica de que los
hizo objeto, hay algo que Lucas aprecia más que la crónica de un archivo. Hay
la revelación, hecha a una criatura de fe privilegiada, del sentido de los
acontecimientos de la infancia de Jesús a la luz de
Y en ese recíproco iluminarse de
los hechos presentes por los pasados, y de los pasados por los presentes, no
hay un método inventado por María, sino un procedimiento muy bíblico que
revela, sin necesidad de firmas en la tela, al verdadero autor: el Espíritu
Santo. El que –como Lucas gusta subrayar– obra en
Por eso, María no podía faltar y no
falta en la obra de Lucas, no sólo en el momento de la infancia de Jesús, como
la voz del niño que todavía no es capaz de hablar, sino tampoco en la infancia
de
Por eso María desaparece
discretamente y cede humilde la palabra a su Hijo cuando éste –a los doce años,
en su BarMitzvá, en el Templo de Jerusalén– se convierte en un adulto maestro
de la sabiduría de su Pueblo y se hace capaz de dar testimonio válido de sí
mismo y del Padre.
Por eso desaparece también María
muy pronto de los Hechos de los Apóstoles, apenas éstos, llenos del Espíritu
Santo en el día de Pentecostés, se convierten en maestros de
María ocupa, pues, un puesto muy
humilde como testigo, y cede ese puesto provisional apenas otros asumen su
misión, pero no deja de ser imprescindible. Su testimonio permanece como
eternamente válido e irreemplazable para aquél período de la concepción e
infancia del Señor que ella presenció y en cuyas modestas y oscuras
prominencias supo leer con fe, ilustrada por Dios y antes que nadie, el
cumplimiento de las profecías.
El contenido del testimonio de
María en los relatos de la infancia según Lucas está polarizado en la persona
de Jesús, protagonista de todo el evangelio, alrededor del cual se mueven
muchas figuras: Zacarías, Isabel, Juan el Bautista, parientes y vecinos,
pastores de Belén, Simeón y Ana la profetisa, doctores del templo, María y José.
4. La plenitud
de los tiempos
Lucas, discípulo de Pablo, refleja
en su obra una idea muy paulina. Idea que ya hemos visto en aquél pasaje de la
carta a los Gálatas que citábamos hablando de Mateo: «Pero al llegar la
plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, hecho hijo de mujer» (Gál
4,4). La plenitud de los tiempos ha llegado, y ella comienza y consiste en la
vida de Cristo, pues en Él está el centro de la historia de la salvación.
El oculto período de la infancia
del Señor es el filo crítico en que comienza esa plenitud y termina lo antiguo.
Juan el Bautista es el último personaje del Antiguo Orden. Jesús es el primero
del Nuevo. De ahí que Lucas coloque en paralelo sus milagrosas concepciones, el
anuncio angélico a sus padres de sus nombres simbólicos, reveladores de sus
respectivas identidades y misiones, sus infancias y su crecimiento. De este
díptico de textos resalta una cierta semejanza pero también la radical
diferencia de ambas figuras: Juan-precursor y Jesús-Mesías. Juan, último
profeta del Antiguo Orden y Jesús, Hijo de Dios.
Lucas se complace en leer ya desde
la infancia, más aún, desde antes del nacimiento del Bautista, su destino de
heraldo del Mesías. El niño Juan salta de gozo en el seno de su madre. Y ésta
se llena del Espíritu Santo. Es el mismo Espíritu a cuya intervención se debe
la milagrosa inauguración de la plenitud de los tiempos en el seno de María. El
Espíritu que asegura la continuidad de una misma obra divina a través de la
discontinuidad de los tiempos, de uno que se extingue y de otro que se
inaugura.
5. Una nube de
testigos
Alrededor de la cuna de Jesús,
Lucas, único evangelista que nos narra su nacimiento, agrupa a sus testigos.
Todos hablan de él:
Zacarías da testimonio incluso con
su mudez. Es el testimonio negativo de la mudez de
Isabel presta su voz, no está sola
como testigo del Señor que viene. Y esto debemos tenerlo en cuenta cuando
consideramos la figura de María según San Lucas. En la tela de Lucas, María no
se dibuja aislada, solitaria figura de un retrato, sino en un grupo. Y es por
contraste y por reflejo, por reflejado aire familiar y por contrastante genio
propio, como resaltan sus rasgos. Por un lado Zacarías e Isabel. Por otro José
y María. Allí es el padre el destinatario del mensaje angélico, aquí María, la
madre. Aquél pregunta sin fe y es reducido al silencio. Ésta pregunta llena de
fe y se le da la voz para un asentimiento trascendente.
En este grupo de testigos que Lucas
nos pinta, sólo José está mudo. Al mismo Zacarías le es devuelta
al fin su voz para que imponga al niño su nombre –según mandato del Ángel– y
para entonar el Benedictus, testimonio del origen davídico de Jesús y de
la misión precursora de Juan. También Isabel, Simeón y Ana se llenan del
Espíritu Santo y dan testimonio acerca del Niño. Y es también por reflejo y por
contraste con todas estas voces como Lucas presenta el contenido del cántico de
María, el Magnificat, una ventana no sólo hacia el alma del personaje,
sino hacia el paisaje interior, hacia el corazón que meditaba todas estas cosas
guardándolas celosamente.
Las miradas del grupo de testigos
convergen en Jesús, pero la luz que ilumina sus rostros viene del Niño. Y así
con la luz de su divinidad de la que ellos nos hablan, vemos iluminados sus
rostros y entre ellos el gozoso de María.
Es lo que muchos pintores han
expresado con verdad plástica en sus telas, haciendo del Niño la fuente de luz
que ilumina a los personajes del nacimiento. Lucas es su precursor literario.
6. Midrásh
Pésher
Pero Lucas recoge y usa también una
técnica que podríamos llamar impresionista. Su estilo literario, sobre
todo en estos relatos de la infancia, está cuajado de referencias implícitas al
Antiguo Testamento, de alusiones que son –cada una– evocación y sugerencia de
un mundo de antiguos textos, convocados ellos también como testigos. ¿No había
invocado acaso Jesús en su vida terrena, el testimonio de las Escrituras:
«Escudriñad las Escrituras, ya que creéis tener en ella vida eterna; ellas son
las que dan testimonio de mí»? (Jn 5,39).
Esa investigación mediadora de
Una de las formas de Midrash
haggadáh es lo que tanto en
Midrash se le dice a menudo a la reflexión
que tiene por objeto responder a un problema o a una situación nueva surgida en
el curso de la historia del pueblo de Dios, incorporar a
Pero trasponiendo los límites del
estudio, el midrash invade en Israel la vida cotidiana, se hace estilo
proverbial que colorea la conversación, no sólo la culta, sino también la
popular y la doméstica. Hay una santificadora contaminación de los temas
profanos por lo que el israelita oye en la sinagoga sábado a sábado. Toma y
acomoda expresiones del texto a las situaciones de su vida, y hace de
Crea un estilo alusivo, metafórico,
indirecto, estilo de familia ininteligible para el no iniciado en
En este estilo de arcanas alusiones
habla Gabriel a María, parafraseando el texto de un oráculo profético de
Sofonías 3, 14-17:
Alégrate,
Hija de Sión,
Yahvé es el rey de Israel
en ti.
No temas, Jerusalén;
Yahvé tu Dios
está dentro de ti,
valiente salvador,
rey de Israel en ti.
El texto de San Lucas dice (1, 28ss):
Alégrate, María,
objeto del favor de Dios.
El Señor [está]
contigo.
No temas, María.
Concebirás en tu seno
y darás a
luz un hijo
y le
llamarás:
Yahvé Salva.
El reinará.
Uno de los procedimientos corrientes del Midrash
consiste en describir un acontecimiento actual o futuro a la luz de uno pasado,
retomando los mismos términos para señalar sus correspondencias y compararlos.
Es el procedimiento que usa el libro de
El uso que en
7. María: Hija
de Sión
¿Qué significa su identificación con María?
8. María y el
Arca de
No nos detenemos a mostrar
–interesados como estamos principalmente en la figura de María– cómo la segunda
parte del mensaje de Gabriel, la referente a Jesús, glosa también, aludiéndolo
al texto capital de la promesa hecha a David (2 Sam 7); ni nos detenemos en las
demás alusiones a otros textos bíblicos que encierra el breve –o abreviado–
mensaje del Angel. Pero sí es relativo a María el paralelo entre Exodo 40, 35 y
lo que el Angel le anuncia sobre el modo misterioso de su concepción. Este
paralelo nos permite invocar a María piadosa y místicamente en la letanía
mariana como Foederis Arca (Arca de
cubrió con su sombra
el
tabernáculo.
Y la gloria de Yahvé
colmó la morada.
te cubrirá
con su sombra.
Por eso lo que nacerá
de ti será
llamado Santo,
Hijo de Dios.
La concepción virginal de María se describe aquí
mediante
Pero la acción del Espíritu Santo
que se manifiesta como Nube alumbradora no se limita a reposar sobre María.
Esta manifestación está señalando hacia delante en la obra de Lucas: hacia la
escena del Bautismo, hacia
Imposible también detenernos aquí a
desentrañar las alusiones midráshicas contenidas en la salutación de Santa
Isabel a María, ni el mosaico antológico –también midráshico– de que consta el Magníficat,
verdadero testimonio de María acerca de sí misma.
9. El signo del
Espíritu es el gozo
Quiero solo retener –para terminar–
un aspecto de la imagen de María, según Lucas, que transfigura el rostro de su
testigo privilegiada. Gabriel la invita al gozo y la alegría, y
en el Magníficat María exulta. Detengámonos a mirar ese rostro de María
que se alegra y se enciende de gozo. Veámosla prorrumpir en un cántico. No nos
detengamos en las palabras, que pueden desviarnos o distraernos hacia una
curiosa arqueología bíblica. Contemplemos su gozo en las facciones que Lucas
nos dibuja.
Es el principal testimonio que
Lucas se detiene a registrar. Porque en esa primigenia alegría ve la fuente del
gozo que invade a las comunidades cristianas cuando cantan su fe en el Señor.
Dichosos también ellos por haber creído.
El único pasaje evangélico que nos
registra un estremecimiento de gozo en el Señor es aquél en que Cristo se goza
porque el Padre lo ha revelado a sus creyentes. El episodio se conserva en
Mateo y en Lucas. Pero mientras Mateo se limita sobriamente a decir que Jesús tomó
la palabra, Lucas nos precisa que en aquél momento se llenó de
gozo Jesús en el Espíritu Santo y dijo:
«Yo te bendigo, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado
estas cosas a los sabios y prudentes y se las has revelado a los pequeños. Sí,
Padre, porque te has complacido en esto. Todo me ha sido entregado por mi Padre
y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo
y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar». (Lc 10, 21-22; Mt 11, 25-27).
«Y volviendo a los discípulos, les dijo aparte: “¡Dichosos
los ojos que ven lo que veis. Porque os digo que muchos profetas y reyes
quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron; y oír lo que vosotros oís,
pero no lo oyeron!”» (Lc 10, 23-24; Mt 13, 16-17).
Si alguien siente la alegría de creer, si se
regocija y exulta por la pura y gozosa alegría de su vivir creyente, sepa que
ésa es una voz angélica en su interior, y que está oyendo el lenguaje de los ángeles.
Sepa que ésa es la sombra protectora del Espíritu sobre él y dentro de él. Es
la nube del Espíritu y la presencia divina en su interior. Es el esplendor de
la manifestación de
Y si alguien no siente en sí esa
alegría, mire el rostro
iluminado de gozo de María creyente y oiga la exultación de su Magníficat; y
deje que esa alegría le inspire y le contagie.
Ella es para Lucas la garantía de
solidez de las cosas que Teófilo ha escuchado.
6
María en
San Juan
El Eco de la voz
1. Un
primer hecho:
Un primer hecho que nos llama la atención al leer
el evangelio de San Juan en busca de lo que nos dice de María, es que este
evangelista ha evitado llamarla por el nombre de María. Juan nunca
nombra a
Y decidimos que Juan evitó intencionadamente
el nombrarla con el nombre de María, porque hay indicios de que no se
trata de omisión casual, sino premeditada, querida y planeada.
Juan no ignora, por ejemplo, el
oscuro nombre de José, que cita cuando reproduce aquella frase de la
incredulidad que comentábamos a propósito de Marcos y que recogen de una manera
u otra también Mateo y Lucas: «Y decían: ¿no es acaso éste Jesús, hijo de
José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: “he bajado del
cielo”»?. (Jn 6, 42).
En segundo lugar, Juan conoce y nos
nombra frecuentemente en su evangelio a otras mujeres llamadas «María»: María
la de Cleofás, María Magdalena, María de Betania, hermana de Lázaro y Marta.
Son personajes secundarios del evangelio y, sin embargo Juan no evita llamarlas
por su nombre propio. Esto hace también con otros personajes, cuyo nombre podía
aparentemente haber omitido, sin quitar nada a su evangelio, como Nicodemo y
José de Arimatea. Si nos ha conservado estos nombres de figuras menos
importantes: ¿Por qué no ha nombrado por el suyo a
En tercer lugar, si había un
discípulo que podía y debía conocer a
«Junto a
la cruz de Jesús estaban su Madre, la hermana de su Madre, María, mujer de
Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su Madre y junto a ella al
discípulo a quien amaba, dice a su Madre: “Mujer, ahí tienes a tu Hijo”. Luego
dice al discípulo: “Ahí tienes a tu Madre”. Y desde aquella hora el discípulo
la acogió en su casa» (Jn 19, 25-27)
Pues bien, es este discípulo, que de todos ellos
es quien en modo alguno puede ignorar el verdadero nombre de
Juan no ignoraba el nombre de María
y, si de hecho lo omite es con alguna deliberada intención. Una
intención que no es fácil detectar a primera vista, pero que vale la pena
esforzarse por comprender.
Y una primera hipótesis explicativa
podría ser la siguiente. Quizás San Juan evita usar el nombre de María como
nombre propio de
En esta hipótesis, por lo tanto,
Juan, al evitar llamarla María, y al decirle siempre
2. Otro hecho:
Diálogos distantes
Analicemos un segundo hecho que
llama la atención al estudiar la imagen de María tal como se desprende de los
dos únicos pasajes de este evangelio en que ella aparece: las bodas de Caná y
Como sabemos, Juan, al igual que
Marcos, no nos ofrece relatos de la infancia de Jesús. Podemos además desechar
la referencia –que hacen sus opositores– a su padre y a su madre, y que Juan,
al igual que los sinópticos nos ha conservado (Jn 6, 42). Ya vimos, al tratar
de Marcos, qué figura de María revela este enfoque de la tradición
preevangélica. Y por eso no volvemos a insistir aquí en ese aspecto, que no es
propio de Juan.
El material estrictamente joánico
acerca de
Y he aquí –ahora– el segundo hecho
sobre el que quisiera llamar la atención. Entre todos los pasajes evangélicos
acerca de María, son poquísimos los que nos conservan algo que se parezca a un
diálogo entre Jesús y su Madre. Para ser exactos son tres: estos dos del
evangelio de Juan y la escena que nos narra Lucas del niño perdido y hallado en
el Templo, cuando, en ocasión del acongojado reproche de
Quien lea los diálogos joánicos
habiendo recogido previamente en Lucas esta primera impresión no podrá menos
que desconcertarse más. En la escena de las bodas de Caná Jesús responde a su
Madre que le expone la falta de vino: «Mujer, ¿qué hay entre tú y yo? [o, como traducen otros para suavizar esta frase impactante:
¿qué nos va a ti y a mí?], todavía no ha llegado mi hora». Y en la escena de la
crucifixión: «Mujer, he ahí a tu hijo».
Notemos, pues, que en los tres
diálogos que se nos conservan, Jesús parece poner una austera distancia entre
él y su Madre. Son precisamente estos pasajes –que, por presentar a Jesús y
María en un tú a tú, podrían haberse prestado para reflejar la ternura y el
afecto que sin lugar a dudas unió a estos dos seres sobre la tierra– los que
nos proponen, por el contrario, una imagen, al parecer, adusta, de esa
relación, capaz de escandalizar la sensibilidad de nuestros contemporáneos: 1)
Mujer: ¿Qué hay entre tú y yo?; 2) Mujer: He ahí a tu hijo.
Juan parece haber retomado y
subrayado lo que Lucas nos adelantaba en su escena.
La impresión –decíamos– es
desconcertante. Y agrega un segundo hecho, que pide ser explicado, al ya
enigmático silenciamiento del nombre de
Tratemos de dar explicación a estos
dos hechos enigmáticos.
1. «Haced todo
lo que Él os diga»
El evangelio de San Juan subraya la
revelación de Dios en Jesucristo como la revelación del Padre de Jesús.
Dios es el Padre de Jesús. Juan es el evangelista que nos muestra mejor la
intimidad de Jesús con su Padre; la corriente de mutuo amor y complacencia que
los une; cómo Jesús vive y se desvive por hacer lo que agrada a su Padre, cómo
se alimenta de la complacencia paterna, siendo ésta su verdadera vida: «El
Padre me ama, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la
arrebata; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y recobrarla, y esa
es la orden –la voluntad– que he recibido de mi Padre»(Jn
10, 17-18). «El Padre y yo somos uno» (Jn 10, 30). «Felipe: el que me ha visto
a mí ha visto al Padre» (Jn 14, 9).
Es en paralelo, y por analogía con
esos –en San Juan ubicuos– mi Padre, el Padre de Jesús, como creo
debemos comprender la insistencia de Juan en referirse a María sola y
exclusivamente como su Madre,
Así como Dios es para Jesús el
Padre, omnipresente en su vida y en sus labios –mi Padre, el Padre que me
envió, voy al Padre, mi Padre y vuestro Padre, el Padre que me ama, la casa de
mi Padre–, así también y para señalar una mística analogía, para subrayar una
paralela realidad espiritual, Juan llama a aquella que es como un eco de la
divina figura paterna –no sólo a través de una maternidad física, sino
principalmente a través de una comunión en el mismo Espíritu Santo–
Y una de las principales
finalidades de la escena de Caná nos parece que es –en la intención de Juan–la
de mostrar hasta qué punto
En la escena de Caná, en efecto,
parecería que Juan se complace en subrayar la coincidencia del velado testimonio
que de Jesús da María ante los hombres, con el testimonio que de Jesús da su
Padre: «Haced todo cuanto os diga», dice
En el Bautismo, la finalidad
de esta voz –que se revela como la del Padre– es credencial de la identidad
mesiánica y de la filiación divina de Jesús, y suena como solemne decreto de
entronización pública en su misión de Hijo y en su destino de Mesías. En
San Juan, a diferencia de los
sinópticos, no nos relata la escena del Bautismo. Tampoco hace referencia a la
voz celestial que –según los sinópticos– se dejó oír en el Bautismo. Ha puesto
en su lugar no sólo más profuso y explícito testimonio del Bautista, sino
también –nos parece– la voz de María: «Haced todo lo que os diga», que equivale
al «escuchadle» de la voz divina en
Antes de la escena de Caná, Jesús
no ha nombrado ni una sola vez a su Padre, lo hará por primera vez en la escena
de la purificación del templo, que sigue inmediatamente a la de Caná. Es a
través de su Madre como le llega a Jesús ya en Caná, como a través de un eco
fidelísimo, la voz de su Padre. No, como en los sinópticos, a través de una voz
del cielo ni como más adelante, en el mismo evangelio de Juan con un estruendo
–que los circundantes, a quienes va destinado, se dividen en atribuir a trueno
o a la voz de un ángel-, sino como una sencilla frase de mujer cuyo carácter
profético solo Jesús pudo entender, oculto como estaba bajo el más modesto
ropaje del lenguaje doméstico.
Y prueba de que Jesús reconoció en las palabras de
No fue mera deferencia o cortesía, ni mucho menos debilidad
para rechazar una petición inoportuna. Fue reconocimiento, en la voz de
Sí, pues, María es por un lado «Hija de Sión»,
en cuanto encarna lo más santo del Pueblo de Dios, es también Hija de
2. Entre Caná y
el Calvario
La importancia que la figura de
Caná y el Calvario constituyen una
gran inclusión mariana en el evangelio de San Juan. Encierran toda la
vida pública de Jesús como entre paréntesis. Son como un entrecomillado mariano
de la misión de Jesús. Abarcan como con un gran abrazo materno –discretísimo
pero a la vez revelador de una plena comprensión y compenetración entre Madre e
Hijo– toda la vida pública de Jesús desde su inauguración en Caná hasta la
consumación en el Calvario.
3. El diálogo
en Caná
Quien oye desde fuera este
lenguaje, puede impresionarse por las apariencias. Aparente banalidad de la
intervención de
Con ocasión de una fiesta de
alianza matrimonial, Madre e Hijo tocan en su conversación el tema de
La observación de
Sabemos por San Lucas que no sólo
Jesús sino también María, habla y entiende aquel estilo midráshico, que
entreteje Escritura y vida cotidiana. En el evangelio de San Juan, Jesús
aparece como Maestro en este estilo, que estriba en realidades materiales y las
hace proverbio cargado de sentido divino: hablaba del Templo… de su Cuerpo;
como el viento… es todo lo que nace del Espíritu; el que beba de esta agua
volverá a tener sed… pero el que beba del agua que yo le daré…; mi carne es
verdadera comida…
Y si la observación de María hay
que entenderla como el núcleo de un diálogo más amplio, que San Juan abrevia y
reproduce sólo en su esencia, también la arcana respuesta de Jesús hemos de
interpretarla no como la de alguien que enseña al ignorante, sino como la de
quien responde a una pregunta inteligente.
La frase de Jesús «Mujer, ¿qué
hay entre tú y yo? Aún no ha llegado mi hora», antes que negar una relación
con María es una adelantada referencia a que, una vez llegada la hora de Jesús,
se creará entre Él y su Madre el vínculo perfecto, último y definitivo ante el
cual, palidecen los ya fuertes que lo unen con su Madre en la carne y el
Espíritu. Un vínculo tan fuerte que, como veremos, se podrá decir que la
hora de Jesús es a la vez la hora de María, la hora de un
alumbramiento escatológico, en la que el Crucificado le muestra en Juan al hijo
de sus dolores, primogénito de
Y si
4. La escena en
el Calvario
Y con esto hemos iniciado nuestra
respuesta al segundo hecho sorprendente: el de la frialdad y distancia que
parece interponer Jesús en sus diálogos con su Madre. Acabamos de insinuar el
sentido de la segunda escena mariana en el evangelio de Juan: la del Calvario.
Tomémosla en consideración con más detenimiento:
«Junto a la cruz de Jesús estaban su Madre, la hermana de su Madre,
María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su Madre y junto a
ella al discípulo a quien amaba, dice a su Madre: “Mujer, ahí tienes a tu
Hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu Madre”. Y desde aquella hora
el discípulo la acogió en su casa» (Jn 19, 25-27).
Nos parece que podemos partir para
interpretar el sentido de este pasaje, de las palabras «desde aquella hora».
Juan ama las frases aparentemente comunes, pero cargadas de sentido. Y ésta es
una de ellas. Porque aquella hora es nada menos que la hora de Jesús; de
la cual él dijo:
«ha llegado la hora…, ¿y qué voy a decir?
¿Padre, líbrame de esta hora? Pero, ¡si para esto he llegado a esta hora!
¡Padre, glorifica tu nombre!» (Jn 12, 23-27).
Para San Juan la hora de
alguien es el tiempo en que este cumple la obra para la cual está particularmente
destinado. La hora de los judíos incrédulos es el tiempo en que Dios les
permite perpetrar el crimen en la persona de Cristo o de sus discípulos:
«Incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto
a Dios. Y lo harán. Porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os lo he dicho
para que cuando llegue la hora os acordéis…» (16, 3-4).
Y esta expresión la hora,
posiblemente se remonta a Jesús mismo, fuera de los numerosos pasajes de San
Juan, también Lucas, nos guarda un dicho del Señor que habla de su Pasión como
de la hora:
«Pero ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas» (Lc 22, 53).
La hora de Jesús es aquél momento en que se realiza
definitivamente la obra para la cual fue enviado el Padre a este mundo. Es la
hora de su victoria sobre Satanás, sobre el pecado y la muerte: «Ahora es
el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será derribado;
cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 31-32).
Por ser la hora de
Esa coexistencia de sufrimiento y gloria que hay
en la hora se expresa particularmente en una imagen que Jesús usa en
«La mujer, cuando da a luz, está triste porque ha llegado su hora, la
del alumbramiento, pero cuando le ha nacido el niño ya no se acuerda del
aprieto, por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo» (Jn 16, 21).
Me parece que esta imagen no acudió casualmente a
la cabeza de Jesús en aquella víspera de su Pasión. Creo más bien que es como
una explicación adelantada de la escena que meditamos. Y que, a la luz de esta
explicación Juan habrá podido comprender la profundidad del gesto y de las
últimas palabras de Jesús agonizantes a él y a María.
¿Habrán recordado Jesús, Juan, María, el oráculo
profético de Jeremías o algún otro semejante?:
«Y
entonces oí una voz como de parturienta, gritos como de primeriza. Era la voz
de
Al pie de la cruz,
«Bienaventurado
el hombre que me escucha, y que vela continuamente a las puertas de mi casa, y
está en observación en los umbrales de ella» (Prov 8,34).
Juan, el primogénito de
Jesús revela que su hora es también la hora de su
Madre. Lejos de distanciarse de ella o de renegar de su maternidad, la consuela
como un buen hijo a su Madre, pero también como sólo puede consolar el Hijo de
Dios: mostrándole la parte que le cabe en su obra. Mostrándole en aquella hora
de dolores, a su primer hijo alumbrado entre ellos.
He aquí indicada la dirección en que nos parece
que se ha de buscar la explicación de ese Mujer con que Jesús habla a su
Madre en el evangelio de Juan. Tanto en Caná como en el Calvario, Jesús ve en
ella algo más que la mujer que le ha dado su cuerpo mortal y a la que está
unido por razones afectivas individuales, ocasionales.
Para Jesús, María es
Por eso, al señalar a Juan desde la
cruz, Jesús se señala a sí mismo ante María, la remite a sí mismo, no tal como
lo ve crucificado en su Hora, sino tal como lo debe ver glorificado en los
suyos, en los que el Padre le ha dado como gloria que le pertenece. Y la remite
a ella misma: no según su apariencia de Madre despojada de su único Hijo,
humillada Madre del malhechor ajusticiado, sino según su verdad: primeriza de
su Hijo verdadero, nacido en la estatura corporativa –inicial, es verdad, pero
ya perfecta– de Hijo de Hombre.
Se comprende así lo bien fundada en
7
Conclusión
Su Madre, nuestra Madre
Y henos aquí, llegados al término
de estas meditaciones sobre la figura de María a través de los cuatro
evangelistas. Es cierto que todo ellos nos hablan de María con la intención
última de decir lo que desean acerca de Jesús. Sus discursos acerca de Cristo
encuentran en ella luz y apoyo. Pero ninguno pudo prescindir de ella para
hablar de Jesús y presentárnoslo como Evangelio, que es decir: como anuncio de
salvación.
María no es el Evangelio. No hay
ningún evangelio de María. Pero sin María tampoco hay Evangelio. Y ella no
falta en ninguno de los cuatro.
Ella no sólo es necesaria para
envolver a Jesús en pañales y lavarlos... No sólo es necesaria para sostener
los primeros pasos vacilantes de su niño sobre nuestra tierra de hombres. Su
misión no sólo es contemporanea a la del Jesús terreno, sino que va más allá de
su muerte en
Vestida de sol, coronada de
estrellas, de pie sobre la luna, María, como su Hijo, permanece. Y aunque el
mundo y los astros se desgasten como un vestido viejo, para confusión de los
que en estas cosas pusieron su seguridad y vanagloria, María permanecerá, como
María, Madre de Jesús, pertenece al
acervo de los bienes comunes a Jesús y a sus discípulos. Su Padre es nuestro
Padre. Su hora, nuestra hora. Su gloria, nuestra gloria. Su Madre, nuestra
Madre.
* Obras citadas
** Obras
consultadas
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José A.: María en
GALOT,
Jean: María en el Evangelio, Madrid, Apostolado de
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HENRY: Comentario a los Evangelios Sinópticos, Madrid, Ed. Fax, 1972
(col. Actualidad Bíblica 17) (**).
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T.W.: The Sayings of Jesus, London, SCM Press, 19491-1969 (*).
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ver Tomo 2, pp. 46ss, Introducción de Carmignac sobre el género Pesher, que
remite a la bibliografía sobre el tema. Según Carmignac los mejores estudios
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(Sobre los relatos de la infancia en Lucas, véanse
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Autor, 1967 (*).
1.– María en el Nuevo
Testamento, 5.
2.– El género literario
«Evangelio»
1.–Cómo hay que interpretar
3.– María en San Marcos. La
imagen más antigua
1.–Dos textos: Mc 3,31-55; 6,1-3, 10. 2.–El
contexto del evangelio, 11. 3.–La oposición al
Mesías, 12. 4.–El testimonio de Jesús, 13. 5.–María, Madre de Jesús por la fe, 14. –Conclusión,
15.
4.– María en San Mateo. El
origen del Mesías
1.–De Marcos a Mateo, 16. 2.–María, Virgen
y esposa de José, 16. 3.–El origen
humano-divino del Mesías, Hijo de David, hecho hijo de mujer, 17. 4.–La revelación de la virginidad de María, 18. 5.–La genealogía, 19. 6.–Hijo
de David, 19.7.–Hijo de David e Hijo de Dios, 22.
5.– María en San Lucas.
Testigo de Jesucristo
1.–La intención de Lucas, 23. 2.–María como
testigo, 25. 3.–Cualidades de María como
testigo, 25. 4.–La plenitud de los tiempos, 27.
5.–Una nube de testigos, 27. 6.–Midrásh
Pésher, 28. 7.–María:
Hija de Sión, 29. 8.–María y el Arca de
6.– María en San Juan. El Eco
de la voz
Dos hechos enigmáticos. 1.–Un
primer hecho: Juan evita llamarla «María», 32. –Una hipótesis, 33. 2.–Otro hecho: Diálogos distantes, 33. Explicaciones.
1.–«Haced todo lo que Él os diga», 34. 2.–Entre Caná y el Calvario, 36. 3.–El
diálogo en Caná, 36. 4.–La escena en el
Calvario, 37.
7.– Conclusión. Su Madre,
nuestra Madre, 40.
Obras
consultadas, 41.
Índice, 44.