Domingo IX
El día séptimo
"Guarda y santifica el sábado, como te ha mandado Yahvéh, tu Dios" (Dt 5,12)
Moisés habla al pueblo de Israel, caminante del desierto. Sus palabras vienen de parte de Dios, de Yahvéh, el Señor, que, con mano fuerte, le ha sacado de Egipto, rompiendo sus cadenas de esclavitud, ahogando a los que quisieron extirpar la raza hebrea. Diosse lo recuerda: "Yo soy Yahvéh, tu Dios, que te ha sacado de Egipto, de la casa de la esclavitud". Y el pueblo escucha con atención y respeto sus palabras, agradecido por los beneficios recibidos, temeroso ante el fuego que brilló fulgurante en la montaña.
Sí, Dios tenía derecho a imponer al pueblo su ley. Como también tiene derecho a imponértela a ti, tú que eres cristiano, ciudadano de este nuevo y libre pueblo de Israel que es la Iglesia. Porque también a ti te libró de la esclavitud, la de Satanás, mediante las aguas del Bautismo. Por eso escucha con atención y temor santo las palabras del Señor.
Hay un día que Dios se reserva con todo derecho porque Él es dueño absoluto de toda la semana. Un día que recuerda el triunfo de Cristo sobre la muerte, el día del Señor, el domingo, día hecho para la alegría y para la esperanza. Día para pensar en el amor de Dios, para participar en el banquete eucarístico. Participar, no meramente asistir, como un invitado inapetente. Participar, ofrecer el sacrificio salvador. Rezando con el sacerdote, contestando a las oraciones que en nombre del pueblo, en nombre tuyo, dirige al Señor.
"Seis días trabajarás y harás tus obras Pero el séptimo es descanso para Yahvéh, tu Dios. No harás en él trabajo alguno" (Dt 5,13-14)
Trabajarás, rendirás seriamente durante el resto de la semana Consciente del valor que tiene el trabajo, cualquiera que sea, por muy humilde que se pueda imaginar. Valor para conseguir la santificación propia y la ajena, aportación personal a la construcción de una tierra nueva donde haya justicia, paz y amor.
Pero después, el domingo, descansarás, "no harás en él trabajo alguno". Qué bueno es Dios que piensa en nuestro descanso, que sabe la limitación de nuestras fuerzas y nos recuerda, mediante un mandato, que hemos de pararnos a la orilla del camino y reposar tranquilos. Para recuperar fuerzas, para respirar aire limpio, para estar con la familia, para leer un buen libro, para escuchar música, para hacer deporte, para verlo a gusto en un estadio o ante una televisión.
Y pensar que hay quien se aburre en ese día. Parece imposible, pero así es. Hay gente que no tiene imaginación, que no ha descubierto todavía lo maravilloso que es leer y pensar, contemplar y soñar. Abrenos, Señor, los ojos del alma, despierta ese espíritu creativo que Tú nos has dado, ese poeta, ese loco que duerme en cada uno de nosotros, y que tiene la suficiente imaginación para no aburrirse jamás.
Yo soy el Señor
"Acompañad, tocad los panderos, las cítaras templadas y las arpas. . . " (Ps 80,3)
El esplendor de la liturgia de Israel se vislumbra a veces entre las líneas de los salmos. El hondo sentido religioso del pueblo escogido se refleja en estos cantos de gozo, acompañados por todos aquellos instrumentos musicales, que van desde la sencillez y rusticidad del pandero hasta la sonoridad de las trompetaS. En la fiesta de la luna llena aquellos hombres recordaban el poder
ino que los había libertado de la opresión de los egipcios. La celebración estaba prescrita desde entonces en la ley de Dios y todos debían participar en aquellos cantos de júbilo.
Es cierto que aquellas fiestas han ido desapareciendo en el nuevo pueblo de Dios, sustituidas por otras que conmemoran los nuevos acontecimientos de la Historia de la salvación. Pero en el fondo late el mismo espíritu, perduran los mismos sentimientos de gratitud y de alegría, aumentados ahora en gran manera ya que la liberación que Jesucristo nos ha conseguido es mucho más rica y profunda. Entonces caminaban hacia la tierra de los cananeos, ahora nos dirigimos, guiados no por Moisés sino por Cristo,hacia una Tierra en la que ya no existe ni la muerte ni el dolor, sino sólo la dicha y el gozo de un amor eterno.
"Retiré sus hombros de la carga, y sus manos dejaron la espuerta... " (Ps 80, 7)
Era una carga insostenible, cada día más pesada. El faraón estaba empeñado en el exterminio de los israelitas. A los que iban naciendo los mataba, y a los que vivían los aniquilaba a fuerza de trabajos y privaciones. El pueblo estaba al borde de la desesperaciónSu clamor se elevaba en el silencio de las noches del Nilo comoun lamento quejumbroso y dolorido. Sólo el Dios de los padres podría consolar el sufrimiento de los hijos. Así fue, en efecto El Señor se llenó de compasión por aquellos descendientes de Abrahán su elegido. Pronto el poder y la gloria de su brazo se pondrían de manifiesto ante el estupor de los egipcios.
Dios reconquistó la libertad de su pueblo, luchó a su lado contra sus poderosos y temibles enemigos. Desde entonces aquellos esclavos liberados fueron su pueblo, el que se había elegido, el que había preferido. El Dios temible de las plagas y los azotes se había enamorado de Israel. Desde ese momento se establece una Alianza, un pacto por el que Dios se compromete a proteger y cuidar de su pueblo, y éste acepta las cláusulas de esa Alianza. La primera de todas, la que incluye a todas las demás de ésta: 'No tendrás un dios extraño... Yo soy el Señor, Dios tuyo...". Pala- bras que siguen vivas, urgiéndonos a cada uno de nosotros.
"Pero llevamos este tesoro en vasos de barro. . . " (2Cor 4, 7)
Qué gran dignidad la que Pablo recibe: ser ministro de Dios, dispensador de sus misterios, repartidor de sus dones y gracias, encarnación del amor de Dios por los hombres. Ser en la tierra "ipse Christus", el mismo Cristo. Qué grandes poderes son el poder de celebrar el santo sacrificio de la Misa, el de perdonar los pecados del hombre.
Un tesoro ciertamente desmesurado para ese vaso que ha de contenerlo. Un vaso de barro, dice el Apóstol con toda sinceridad... Él, que fue lo que fue, dice que era un vaso de barro. ¿Qué diremos, pues, los que no somos ni sombra de lo que él fue? Y, sin embargo, el tesoro es el mismo, porque iguales son los poderes que se nos han concedido a los sacerdotes... Y esto es así para que admiremos el poder de Dios que con tan poco puede hacer cosas tan grandiosas. Y también para que nos compadezcamos de esos cacharros de barro que tienen los grandes tesoros del amor de Dios; para que no nos extrañemos de que a veces ese barro se note o de que se llegue a quebrar y haya que recomponerlo.
"Mientras vivimos estamos siempre entregados a la muerte por amor a Jesús. . . " (2Cor 4, 11)
Y también pensar que todos tenemos en nuestras manos, débiles y frágiles como el barro cocido, un tesoro maravilloso, el tesoro de la gracia, el tesoro de nuestra filiación divina. Todos somos vasos de barro con un gran tesoro dentro, también los que no son sacerdotes... Además de lo que decíamos antes, hemos de tener en cuenta otra consecuencia que se desprende de nuestra pobre condición. La consecuencia lógica, de que hemos de ir con cuidado para que no se nos rompa esa pobre vasija en la que llevamos el mejor tesoro que se pudiera pensar.
No olvidemos que somos capaces de todo, por infame que ello sea, si nos descuidamos por un momento, si nos olvidamos de que nuestra fortaleza es prestada, es de Dios. Por eso, continúa San Pablo, hemos de vivir entregados siempre a la muerte por amor de Jesús. Es decir, hemos de morir cada día, cada momento. Morir a nuestras malas inclinaciones, a nuestro egoísmo, a nuestra ambición, a todo lo que no sea bueno y recto. Morir a nosotros mismos para que ese morir permita un nuevo renacer. Parece una clara contradicción ese morir para vivir. Y sin embargo es así: Cada paso quedamos hacia la muerte de nosotros mismos, es un paso que damos hacia la vida de Cristo en nosotros.
La ley para el hombre
"Un sábado atravesaba el Señor un sembrado. . . " (Mc 2,23)
El sábado era, y sigue siendo, para los judíos algo sagrado. Así lo prescribía la ley mosaica, según lo que el mismo Dios había ordenado. Pero con el tiempo se añadió una casuística que miraba más a la letra que al espíritu de la ley. Por eso nuestro Señor Jesucristo se enfrenta contra quienes ponían el sábado por encima del bien del prójimo, aquellos que consideraban normal desatar a su asno en ese día sagrado, mientras que se escandalizaban de que Jesús desligara a un pobre hombre de las ataduras del diablo, o devolviera la vida a la mano seca de otro desgraciado.
Aquella actitud nos puede parecer extraña, un tanto exótica e inconcebible en nuestros tiempos. Sin embargo, aunque con otras matizaciones, también nosotros podemos caer en la misma forma de actuar. Podemos, en efecto, descuidar el amor al prójimo con la excusa de cumplir otro deber, hacer de la ley divina una coartada para nuestro egoísmo o comodidad. Así por ejemplo hay quienes pretenden acallar su conciencia dando como limosna menos de lo que deben en justicia, o los que pisotean la dignidad de las personas con el pretexto de un noble ideal, como si los fines pudieran en algunos casos justificar los medios.
El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado. Estas palabras de Cristo se podrían traducir diciendo que la ley se ha hecho para el hombre y no el hombre para la ley. Es cierto que esto se puede interpretar en un sentido de laxitud moral y pretender que uno está por encima de la ley, aunque sea la divina, que obliga sólo cuando nos conviene. Pero también existe el peligro de exigir a los demás más de lo que en realidad ha pretendido el legislador. En el caso de la Ley de Dios, sobre todo, hay que tener siempre en cuenta el espíritu que la inspira, el del Amor divino que sabe de comprensión y de perdón, aunque también de justicia. De todos modos, en la medida de nuestras posibilidades, dejemos que sea Dios quien dicte la sentencia y, sobre todo, que sea Él quien la ejecute.
Hay que vencer esa tendencia, que todos llevamos dentro, a erigirnos en jueces de juicio fácil y ligero, que todo lo disciernen y clasifican. Somos, por otra parte, tremendamente exigentes con los demás, y excesivamente compasivos con nosotros mismos. Nuestros actos siempre tienen una excusa ante nuestra conciencia, los de los demás raramente están justificados. Y, sin embargo, ha de ser al contrario si queremos, de verdad, ser fieles a la Ley de Cristo y al Espíritu que la anima.