Domingo VIII

 

El divino enamorado

 

"Asi la atraeré y la llevaré al desierto y le hablaré al cora- zón..." (Os 2, 14)

 

El Señor hace comprender al profeta Oseas, en su propia vida y hasta en su misma carne, la tragedia de su amor burlado. Comparación tremendamente humana que el Señor, para hacernos comprender la hondura insondable de su amor, la hace divina. Metáfora antropomórfica que Yahvéh se aplica a Sí mismo, hablando con iguales acentos, tiernos y encendidos, a los del esposo perdidamente enamorado de su esposa, a pesar de que ésta le ha sido infiel.

El profeta, y Dios en él, piensa para sí que intentará conquistar de nuevo el amor y la fidelidad de la esposa. La atraeré -se dice- y la llevaré al desierto, al lugar de nuestro primer encuentro, al escenario de la etapa del primer amor, la época dorada del más bello idilio, a los paisajes inolvidables de la luna de miel. Allí, en ese marco cargado de dulces recuerdos, le hablaré al corazón.

Luego, continúa soñando el amante divino, le volveré a dar sus viñas y el valle de Acor como entrada a la esperanza. Le llenaré las manos de regalos, la haré feliz de nuevo. Entonces ella volverá a cantar como lo hacía en su juventud, cuando volvía libre y dichosa de la tierra y de Egipto... Son palabras entrañables que el Señor quiere que escuchemos con emoción y fervor, siendo conscientes de que también a cada uno de nosotros, tantas veces infieles, nos las dice Dios.

 

"Seré su esposo para siempre. . . " (Os 2,19)

 

Oseas el profeta, y Dios en él, sigue soñando con un futuro distinto y gozoso. Luego -añade el oráculo divino- seré su Esposo para siempre, celebraremos el encuentro como si fueran nuevas nupcias, una fiesta generosa y alegre que selle definitivamente nuestro amor. Entre nosotros ya no habrá sombras ni recelos, ni desprecios u olvidos, nunca más los celos ni las traiciones. Sólo un amor apasionado y permanente, una fidelidad que nada ni nadie podrá romper. Ni siquiera la muerte.

Hubo hombres y mujeres, espíritus selectos, que intuyeron el sentido inefable de esas palabras y vivieron -hasta casi morir en ellos- los desposorios del alma con el Señor. Místicos que alcanzaron las cimas luminosas de la unión con Dios. Ellos supieron de goces sin nombre, de éxtasis y arrobos, saborearon fuera de sí las delicias del Cielo a pesar de estar aún en la tierra. Noso- tros, los que no sabemos de tan grandes amores, los que seguimos sin responder a los dulces requiebros del Señor, los que somos sordos a sus requerimientos, sólo nos queda pedir humildemente perdón por nuestra torpeza y frialdad, por nuestras inconstancias e infidelidades. Pedir perdón y suplicar, a pesar de todo, la divina misericordia.

 

Lento a la ira

 

"Bendice, alma mía, al Señor... " (Ps 102,1)

 

Sí, bendice alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre, y no olvides sus beneficios. "El Señor perdona todas tus culpas, y cura todas tus enfermedades; Él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura...". Son palabras llenas de gratitud ardiente, frases que brotan del fondo del corazón, bajo la inspiración divina, al impulso de los sentimientos que suscitan la grandeza divina y el poder infinito del Señor, el cúmulo ingente de beneficios recibidos. Son un canto de amor que recuerda y agradece la ternura y el amor que Dios ha derramado sobre todos los hombres.

Bondad y cariño que también llegan hasta cada uno de nosotros, aunque a veces no lo veamos con claridad. Si somos medianamente sinceros e inteligentes, veremos de ordinario esa bondad entrañable cubriendo nuestra pobre vida, comprenderemos su ayuda en los momentos difíciles, sus beneficios incontables, su protección permanente. Ante tanta bondad manifiesta hemos de reaccionar con un agradecimiento profundo que nos haga mejores cada día, que nos acerque más y más al Señor, que nos haga bendecirle constantemente, cantarle sin palabras quizá nuestro reconocimiento y gratitud.

 

"El Señor es compasivo y misericordioso. . . " (Ps 102, 8)

 

El Señor es lento a la ira, tarda en enfadarse, es paciente hasta lo sumo, espera antes de encender su justa ira por nuestras pequeñas o grandes, pero siempre constantes, traiciones. Él es rico en clemencia. Incluso cuando hemos provocado su ira santa con nuestra contumacia en hacer el mal, incluso entonces su corazón está pronto al perdón y al olvido.

Desde luego, no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas. Si así fuera ¿dónde estaríamos entonces? Haría tiempo ya que habríamos sido condenados, sufriendo eternamente el castigo merecido por nuestros pecados.

Pero Él -nos dice el salmo de hoy- aleja de nosotros nuestros delitos, con una distancia parecida a la que hay entre el poniente y el ocaso. Es un modo de afirmar con esta comparación que el Señor aleja lo más posible de cada uno de nosotros nuestros propios pecados. Dios es, sin duda, un padre lleno de ternura para con sus hijos, lleno de cariño para cuantos le son fieles... Dios mío, ojalá que ahondemos en cuanto todo esto significa en nuestra vida, y en nuestra muerte.

 

 

 

¡Oh libertad!

 

"El Señor es Espiritu, y donde está el Espiritu del Señor está la libertad " (2Cor 3,17)

 

Libertad, libertad, qué don tan preciado y tan ansiado, y tan poco poseído. Libertad ignorada, libertad confundida, libertad aparente. No es fácil comprender en toda su profundidad lo que significa la libertad. Lo que muchas veces consideramos como libertad no es más que un espejismo de la libertad, un reflejo de la misma que nos atrae poderosamente, y que, cuando lo tenemos entre las manos, resulta que tan sólo es un rayo de luz que se nos apaga.

Cristo nos ha liberado. Cristo nos quiere libres, con la libertad de los hijos de Dios. No con una libertad cualquiera, sino con una libertad distinta de la humana, una libertad divina, trascendente, constante, eterna... Aquí nos indica San Pablo que donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad. El Espíritu Santo, la tercera persona de la Santísima Trinidad que ha- bita en el alma en gracia. Ese Espíritu que nos hace llamar a Dios con el dulce nombre de Padre, que se nos infunde en el corazón para hacerlo capaz de amar auténticamente. Y cuando ese prodigio se realiza, el prodigio de un auténtico amor, entonces hay libertad.

 

"Por esto, investidos de este ministerio por la misericordia de que fuimos objeto, no desfallecemos. . . " (2Cor 4,1)

 

Pablo era libre, siempre fue libre desde que conoció a Cristo y le amó perdidamente. Sí, perdidamente; porque por ese amor perdió Pablo muchas cosas. Todo lo perdió, y todo lo ganó. Paradojas y antinomias, situaciones aparentemente absurdas, contradictorias. Y, sin embargo, reales, vividas hasta el éxtasis del amor, hasta la enajenación de los sentidos... Pablo estará luego prisionero, encadenado; porque los prisioneros de su tiempo eran cargados de cadenas y cepos. Además, Pablo estará cansado, ya

viejo, sensible como nunca al frío húmedo de aquellas lóbregas mazmorras.

Y es entonces cuando su penetración en el misterio de Cristo será más aguda. Cuando sus palabras se ven desbordadas por lo que él siente, por lo que él vive, por lo que él goza. Libre como el aire, sereno y señor de cuanto le rodea. El cuerpo aherrojado y el espíritu en libre vuelo por las más altas cumbres del pensamiento... Pablo, ya viejo y con frío, enamorado como un adolescente, sintiendo en lo más vivo de su ser esa dicha inefable de ser plenamente libre.

 

Presencia del Esposo

 

"Mientras tienen al esposo con ellos, no pueden ayunar..." (Mc 2,19)

 

Parece imposible que pudieran tener motivos para criticar a Jesús, perfecto Dios y perfecto hombre. Y, sin embargo, le cri- ticaron diciendo, entre otras cosas, que era un comedor y un bebedor; hasta loco y endemoniado le llegaron a decir. Este hecho nos ha de animar a seguir hacia adelante, con paso firme y la mirada puesta en Dios, tranquilos y seguros digan lo que digan. Si acaso, hacer como Santa Teresa, simular que nos afectan las críticas de los otros para darles así alguna satisfacción.

En el pasaje evangélico de hoy acusan a Jesús de no preocuparse de que sus discípulos practiquen el ayuno, según era corriente en personas creyentes y piadosas de aquel tiempo, como ellos, los fariseos, y los discípulos del Bautista que, al parecer, ayunaban dos días por semana. En cambio, los seguidores de Jesúsno ayunaban, ante la extrañeza y el escándalo de los fariseos.

Jesús defiende a los suyos. Mientras que Él esté con ellos es lo mismo que si vivieran en plena fiesta nupcial, exentos por tanto de la obligación de ayunar. De ese modo Cristo se presenta a Sí mismo como el Esposo que cantaron los profetas, en especial

 

Oseas y Ezequiel cuando hablaron de la alianza de eterno amor que hace Yahvéh con su pueblo elegido.

Sus palabras, sin embargo, no pueden interpretarse en un sentido negativo respecto del ayuno. Él mismo lo practicó durante cuarenta días, período inspirador de la Cuaresma cristiana. Además, dio normas sobre el modo de ayunar, diciendo en el sermón de la Montaña que había que hacerlo sin ostentación ni vanidad, sencillamente y con discreción, buscando sólo agradar a Dios. También afirma que llegará el tiempo, cuando les sea quitado el Esposo y entonces ayunarán. Se refiere el Señor a su ausencia corporal sensible, ya que en realidad Él nunca se fue sino que está con nosotros, según prometió, hasta el final de los tiempos.

Ahora, en efecto, Jesús está cerca de nosotros, pero su cercanía y entrañable presencia no nos exime del ayuno, del esfuerzo y la lucha contra las malas inclinaciones que todos llevamos dentro. De forma particular esa batalla ascética la hemos de librar en el Adviento y en la Cuaresma. Tiempos de penitencia y de conversión, días para purificar el espíritu mediante la mortifica- ción del cuerpo.