Domingo VlI
Un camino en el desierto
"No os acordéis de las cosas anteriores, ni prestéis atención Ias cosas antiguas, pues he aquí que voy a hacer una obra nueva.. (Is 43, 18)
El Señor exhorta a los israelitas para que se olviden del pasado, para que traten de hacer borrón y cuenta nueva. Todos aquellos tristes acontecimientos tejidos de traiciones y castigos han ser diluidos en las sombras del pasado... Esta exhortación nos alcanza también a nosotros que, como ellos tenemos tantas cosas de las que mejor es olvidarse. El Señor, por lo tanto, quiere una vez que confesamos nuestros pecados y cumplimos la penitencia impuesta, lo que hay que hacer es olvidarse de todo.
Dios promete una nueva etapa, prepara una época distinta. Para los israelitas de entonces consistió en que de nuevo estuvo el Señor de su parte y les levantó el castigo merecido por sus infidelidades. El destierro de Babilonia llegaba a su fin, otra vez volverían a la patria soñada, a vivir en su propia tierra libres y en paz. Para nosotros la nueva etapa comenzó con la venida de Jesucristo, gracias a la cual la antigua deuda, contraída por los hombres en Adán quedó absolutamente saldada. Así, con la muerte glorificación de nuestro Señor, muere un triste pasado y se inicia un futuro glorioso.
"Ciertamente voy a poner un camino en el desierto y ríos en estepa. . " (Is 43,19)
La distancia que separaba a Israel de la tierra de promisión estaba cubierta por desiertos intransitables, lugar pedregoso seco que sólo las alimañas lo habitaban. Sin caminos y sin agua era un paraje casi imposible de cruzar. Por eso la promesa del Señor tiene un valor muy grande: les promete abrir un camino que el viento cargado de arena no podrá borrar, hará brotar el agua a torrentes por entre las piedras. De ese modo el desierto se hará andadero y la sed encontrará alivio.
Son acontecimientos que encierran en sí una enseñanza clara para los que, hasta la muerte, hemos de caminar por este, a veces intransitable, desierto que es la vida. Con ello se nos quiere animar a que emprendamos de nuevo el camino y lo prosigamos con tesón ilusionado, con el esfuerzo y entusiasmo que proporciona el saber que Dios nos acompañará hasta el final, seguros de que llegaremos a nuestra verdadera y definitiva patria. Estemos seguros, el Señor no faltará a su promesa, nos ayudará siempre en los mo- mentos difíciles, que los habrá, de nuestro largo recorrido.
Es cierto que la vida está llena de dificultades, sellada con la cruz que en ocasiones se nos hace poco menos que insoportable. Sin duda que la existencia del hombre que quiere llegar al Cielo está cruzada por mil obstáculos. Pero no hay que desanimarse nunca. El Señor quiere que nos olvidemos del pasado y miremos hacia delante con esperanza ya que Él no nos abandonará jamás.
Entrañas de misericordia
"Dichoso el que cuida del pobre y desvalido... " (Ps 40,2)
Cuidar del pobre y desvalido es una de las formas más auténticas de vivir la ley de Dios. Desde luego está fuera de dudas que quien cierra sus entrañas a las necesidades ajenas, ese no es un cristiano. El mandato del amor hacia quienes nos rodean es fundamental en el mensaje de Jesucristo, hasta el punto de que la caridad es la señal inequívoca del cristianismo, la piedra de toque para saber si se vive de veras la fe que se profesa, lo único de lo que, en último término, hemos de dar cuenta ante el tribunal divino. En efecto, lo mismo que la caridad informa y está presente en todas las virtudes cristianas, de la misma ma- nera todas estas se reducen en cierto modo a la caridad.
Vivir la caridad es, por tanto, la forma más eficaz y atrayente de predicar el Evangelio. El hombre, aunque sea un malvado, a la larga o a la corta, se siente desarmado ante un amor desinteresado y constante, ante una entrega sacrificada al servicio de un noble ideal. Todos nos sentimos con deseos de ser mejores ante una vida vibrante de amor a los demás. Cuidar al pobre y al desvalido, nos dice el texto sacro. Ciertamente se refiere al que no tiene nada o se encuentra solo. Pero también se refiere a esos otros que son pobres de otra forma, esos que necesitan un poco de comprensión y de cariño, un poco de consuelo para sus penas. Son con frecuencia desvalidos que ocultan su indigencia con una sonrisa forzada, pobres desgraciados que teniéndolo todo, quizá se sienten sin nada.
"El Señor lo guarda. . . " (Ps 40,3)
Jesús, para animarnos a vivir la caridad, nos llega a decir que cuanto hagamos por los demás, por Él lo hacemos. Y así cuando ayudamos a otros le estamos ayudando a Él, y cuando escuchamos, y cuando perdonamos, o tratamos de comprender, o mostrar cariño y somos cordiales. Ayudar al mismo Dios, poder quererlo con obras concretas. Todo esto es algo formidable que hemos de comprender y, sobre todo, vivir. Si actuamos con esa visión, el Señor nos devolverá con creces ese amor que prodiguemos. A Él no hay quien le gane a querer, ni a ser generoso. Él, por uno da ciento, y por una vida pobre y corta como la nuestra, nos da una vida rica y larga, su misma vida que no tiene fin y que está llena de dicha y de gozo.
Por eso, dichoso el que cuida del pobre y del desvalido, en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor. Él lo guarda ya ahora, lo conserva en vida, lo hace dichoso incluso aquí abajo. "El Señor lo sostendrá -sigue diciendo el salmo- en el lecho del do- lor, calmará los sufrimientos de su enfermedad...". Cuántas promesas, cuánta esperanza? cuánto gozo para quien sabe descubrir al pobre o desvalido que vive a su lado, y le ayuda, y le ama como si se tratara del mismo Jesucristo Señor nuestro.
Ser de la verdad
"Dios me es fiel testigo de que nuestra palabra con vosotros no es si y no" (2Cor 1,18)
Pablo no duda ni por un momento en poner a Dios por testigo de la rectitud de sus actos. Él ha sido siempre sincero, veraz Él fue claro, dijo siempre la verdad. Era consciente de que Cristo obró siempre así y quiso que los suyos también actuaran de la misma forma. Por lo cual era suficiente decir sí o no, sin más explicaciones, para que un discípulo de Cristo fuera creído.
Cuántas veces obramos de manera distinta. O decimos sólo una parte de la verdad, o no dudamos en paliar las cosas, en mentir más o menos solapadamente. O alegamos decir la verdad agregando una serie de frases hechas, que de tanto repetirlas son verdaderos tópicos: "Te digo sinceramente..., te lo digo en serio.... de verdad es así..., si quieres te lo juro...", etc. Lo que hace falta es sinceridad siempre, lealtad, honradez, veracidad. Si no obramos así no somos de la verdad, no somos de Cristo.
"Es Dios quien a nosotros y a vosotros nos confirma en Cristo. . . " (2Cor 1,21)
Pablo al hablar de la fidelidad de Dios, de su lealtad permanente, recuerda cómo hemos sido confirmados en Cristo, hemos sido ungidos, sellados, adornados con los dones del Espíritu Santo. Sí, Dios no ha fallado. Él nos ha ungido para la lucha, como se ungía a los gladiadores cuando salían al combate. Dios nos ha marcado con ese sello íntimo e imborrable que es el carácter bautismal y el de la Confirmación. Y, además, nos ha dado el Espí- ritu Santo que habita en nuestras almas y que nos empuja continuamente hacia el bien.
Y, sin embargo, todo eso puede resultar inútil, inservible. El hombre, tan débil, es libre y puede, si quiere, anular la acción de Dios en su alma si se empeña en cerrarse a la gracia, si se hace el sordo a la voz divina. El hombre, porque Dios lo ha querido así, es libre y puede decir que no, volver la espalda al Señor, aunque esto le suponga la condenación eterna.
El perdón de Dios
"Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios diciendo: Nunca hemos visto una cosa igual" (Mc 2,12)
Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, se vio muchas veces rodeado de la muchedumbre, por esa gente sencilla y buena que tiene una especial sensibilidad para las cosas de Dios. Y al decir gente sencilla no queremos decir ignorantes. También hubo entre los seguidores de Cristo hombres instruidos e influyentes, como fueron Nicodemo y José de Arimatea. En realidad, los que buscan a Dios, entonces como ahora, son los que tienen un corazón sencillo y recto, los que saben y reconocen humildemente la limitación humana y la radical indigencia de Dios que el hombre tiene.
En esta ocasión, relatada por el evangelio de hoy, es tanta la multitud que circunda a Cristo que resulta imposible llegar hasta Él. Así lo comprendieron aquellos que llevaban a su amigo paralítico y querían presentárselo a Jesús para que lo curara. Eran estos hombres de fe profunda, rayana en la audacia, amigos de verdad, que no escatimaban ningún esfuerzo ni sacrificio en favor del amigo enfermo. Por eso para ellos no existían obstáculos insuperables, y como no podían hacerlo de otra forma, se suben a la terraza de la casa y allí abrieron un hueco para descolgar, ante la sorpresa de todos, al amigo paralítico. Ejemplo de amistad sincera y de fe honda, de entrega generosa y de sacrificio abnegado en favor del amigo.
Jesús alaba la fe de aquellos hombres y se compadece del paralítico: "Hijo, tus pecados te son perdonados". Era el peor mal que aquel pobrecillo padecía, la parálisis del espíritu. En efecto, un solo pecado es más dañino para el hombre que todas las enfermedades juntas. Ojalá lo entendamos así y recobremos el sentido del pecado, tan olvidado a veces.
Las palabras de Jesús provocan una oleada de protesta interior: Quién es éste para decir eso. Es una blasfemia, pues sólo Dios puede perdonar los pecados. Y tenían razón para pensar así, ya que no creían en la divinidad de Cristo y es verdad que sólo siendo Dios podía tener el poder supremo de perdonar los pecados. Pero Jesús tenía ese poder por ser Dios. Para probarlo cura al paralítico milagrosamente, avalando así con sus obras la verdad de sus palabras.
Poder divino de perdonar al hombre y reintegrarlo a la amistad con Dios. Poder que Jesús transfiere a sus apóstoles para que ellos, y también sus sucesores, puedan perdonar los pecados del hombre. Nunca vimos tal cosa, decían admirados y glorificando a Dios. Comprendieron la maravilla de tal poder y se alegraban profundamente... Pensemos en la grandeza del amor divino que se ma nifiesta de modo particular con el perdón de nuestros pecados, respondamos a ese gesto de misericordia y acudamos con frecuencia al sacramento del perdón para recuperar la gracia, la amistad entrañable y única de Dios.