Domingo IV
El nuevo profeta
"Yahvéh, tu Dios, te suscitará en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, al que vosotros escucharéis" (Dt 18,15)
Los cananeos recurrían a los hechiceros para que les adivinaran el porvenir, para consultarles la conveniencia de hacer la guerra, para que predijeran el resultado de sus luchas. Unas prácticas mágicas, unos ritos misteriosos que fascinaban a los hombres primitivos de aquel tiempo. Los judíos, al ponerse en contacto con ellos, se sintieron también atraídos por aquellas prácticas, procurando buscar al adivino que les dijera cuál había de ser el futuro.
Pero Dios no permite que su pueblo practique la adivinación, la magia, las artes de encantamiento, las consultas a los espíritus. Dios dará a su pueblo quien le guíe con acierto y seguridad. Un Profeta que no engañe a la gente con supercherías y halagueñas predicciones Un Profeta surgirá en medio de los hombres para iluminar la vida humana con sus palabras: Cristo, el Hijo de Dios.
Su palabra vibró en el aire, llenando de consuelo el corazón afligido del hombre, palabra llena de sabiduría, de esa ciencia que supera las pobres limitaciones del humano entender... Y sin embargo, Señor, tus palabras resbalan por nuestras almas como resbala el agua por la piedra. Perdona nuestra torpeza, perdona que recurramos a la sabiduría de los hombres, o al horóscopo de una revista cualquiera para decidir lo que hemos de hacer. Perdona que no te consultemos a Ti llevando nuestros problemas a la oración, consultando a los que Tú has dado misión para ser tus sacerdotes y profetas.
"Si alguno no escucha las palabras que él dirá en mi nombre, Yo mismo le pediré cuentas a ese hombre" (Dt 18,19)
Tus sacerdotes, los hombres de Dios. Los que tienen la misión de hablar en tu nombre. ¡Qué difícil misión, Señor! Y qué difícil también escuchar a veces tu voluntad en sus palabras. Necesitan tu luz para ver claro cuáles son tus planes; necesitan valor para decir lo que han de decir, aunque les cueste. Y necesitamos fe, sacerdotes y laicos, para creer en las palabras de un hombre.
Pero lo difícil, Señor, es entender cuál es tu deseo cuando esos que son tus profetas y sacerdotes se contradicen. ¿Qué hacer entonces?... Tú contabas con todo esto. Y por eso quisiste que tu Iglesia, tu pueblo, fuera una sociedad jerárquica. Quisiste que hubiera una cabeza visible, un Vicario que hiciera tus veces, y que en último término dijera la última palabra. El Romano Pon- tífice es el profeta. Y los que siguen sus palabras te siguen a Ti. Y los que no, están en contra de Ti.
Tú mismo, Señor, nos pedirás cuentas un día. Nos exigirás que te digamos cómo hemos ejecutado tus palabras, cómo respondemos a las exigencias -a veces heroicas- de nuestra fe. Y no valdrán excusas, no valdrá el refugiarse en que nos dijeron esto o lo otro, no podremos eludir nuestra personal responsabilidad echando la culpa propia sobre los demás... Haz, Señor, que lo comprenda a tiempo. Concédeme la luz necesaria para saber cuál es tu voluntad en cuanto hago. Y dame también fortaleza suficiente para hacerlo.
Aclamemos al Señor
"Venid, aclamemos al Señor. . . " (Ps 94,1)
Sí, venid y aclamemos al Señor, demos vítores a quien realmente nos salva. Aclamaciones que salgan de lo más profundo de nuestro ser, vítores hechos de silencios quizás, pero llenos de
admiración y de agradecimiento... Qué pena, Señor, de que a veces los hombres nos quedemos afónicos por dar gritos al ídolo del momento, enardecidos hasta el paroxismo para aclamar un hombre que canta o que le da patadas a un balón. Qué pena que a Ti, en cambio, no te digamos nada, no te aplaudamos con todas las fuerzas de nuestro ser, o nos aburramos quizá delante de Ti.
Perdónanos, Señor, perdónanos. Y danos luz para ver tu grandeza infinita, para contemplar tu poder y tu gloria. Tú eres nuestro Dios, nuestro Señor y Soberano Supremo, nuestro Buen Pastor que nos guía con acierto hacia la tierra de promisión. Tú nos has liberado de la muerte eterna y nos has conseguido la vida que no termina. Tú, siendo el único Dios vivo y verdadero, te has hecho hombre para morir de amor en una cruz. Tú, Dios mío y Señor mío, sí que eres digno de todas nuestras aclamaciones, de todo nuestro cariño y de todo nuestro entusiasmo.
"Ojalá escuchéis hoy su voz. . . " (Ps 94,8)
Ojalá, Señor, ojalá escuchemos tu voz en lo más íntimo de nuestro corazón; ojalá hagamos caso de una vez a tu dulce reclamo de Dios enamorado y celoso, ojalá comprendamos la urgencia de tu llamada, la insistencia de tus palabras. He aquí -nos dicesque estoy a la puerta y llamo... Ayúdame, Señor, ayúdame Tú a abrir del todo la puerta de mi vida, para que puedas entrar y quedarte conmigo para siempre.
No endurezcáis el corazón como en Meribá -nos dice el salmista-, como el día de Masá en el desierto, durante el éxodo hacia la tierra prometida... Y se refiere también a tus rebeldías y a las mías, a tus pecados y a los míos, a esos momentos en los que nos olvidamos de Dios y emprendemos, pertinaces y endurecidos, un camino desviado... Vamos a pedir perdón, una vez más, a Dios nuestro Señor. Vamos a escuchar su llamada de hoy. No vaya a ocurrir que cuando queramos volver hacia Dios, Él haya enmudecido, se haya apartado de nuestra puerta y haya cerrado para siempre la suya.
Solterón
"Hermanos: quiero que os ahorréis preocupaciones. . . " (l Cor 7,32)
Así empieza la segunda lectura de hoy. Y a continuación dice que el célibe se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentarle. Parece una contradicción querer ahorrar preocupaciones y hablar de ellas a renglón seguido. En realidad se está refiriendo a dos clases de preocupaciones distintas. Unas las que lleva consigo el matrimonio y de las que habla luego, y otras las que ha de vivir una persona consagrada totalmente a Dios.
San Pablo aconseja aquí que si uno no se casa y es llamado por Dios a vivir célibe, que no dude ni por un momento en entregarse al Señor. Indudablemente si es fiel a su vocación, será mucho mejor para él. Estará libre de las preocupaciones que supone el matrimonio y podrá dedicarse al servicio de los demás por amor a Dios. El Señor será su única preocupación, entregándose en cuerpo y alma a la realización de un sublime ideal.
"Os digo esto para vuestro bien. . . " (l Cor 7,35)
San Pablo no está en contra del matrimonio. Ni mucho menos. Es más, en este mismo capítulo habla de que es mejor casarse que abrasarse. Es decir que si el que es llamado al matrimonio no se casa y se refugia en una egoísta y sucia soltería, acabará abra- sándose en esta vida y en la otra. Por eso no se pueden interpretar mal las palabras del Apóstol al referirse al celibato.
Hay que tener en cuenta que lo que da valor al celibato es precisamente la entrega a Dios, el tener como exclusiva preocupación servirle y amarlo en Sí mismo y en los demás por amor suyo. De ahí que sea tan conveniente el celibato para los sacerdotes y los religiosos, para todo el que quiera preocuparse especial y exclusivamente de las cosas de Dios.
Dar todo el corazón a Dios, sacrificar en su honor los sentimientos más nobles del hombre. No para destruirlos, sino para
sublimarlos, para transformarlos. Consiguiendo el gran milagro de que haya hombres y mujeres que, a fuerza de amar con absoluta entrega y generosidad, cooperen eficazmente a la redención de la Humanidad.
Sólo un Maestro
". . . no enseñaba como los letrados, sino con autoridad " (Mc 1,22)
Sin duda que una de las facetas más importantes de la vida de Jesús fue la de Maestro. Siempre que los evangelistas, en especial San Mateo, resumen en pocas palabras la actividad de Cristo, destacan que enseñaba y predicaba a la multitud. Es cierto que también hacía milagros y que expulsaba a los demonios. Pero en realidad todo aquello no era otra cosa que el aval de su palabra, un confirmar con obras extraordinarias el poder santificador que latía en su enseñanza. En alguna ocasión dirá Jesús mismo que ya que no creen en lo que Él dice, que crean, al menos, en sus obras.
Nadie enseñó en Israel, ni en el mundo entero, como Él enseñó. Bien pudo decir a sus discípulos que a nadie llamaran maestro, "porque uno sólo es vuestro Maestro", ni doctores "porque uno sólo es vuestro Doctor, el Mesías". Sí, Jesús es el único que realmente tiene palabras de vida eterna. Ante esto, nosotros, como Pedro un día, hemos de reconocer que no tenemos a otro a quien ir más que a Él, Maestro y Doctor, Luz y Camino para todos los hombres.
Para todos los hombres, incluso para los de nuestro tiempo. Por este motivo Él quiso seguir hablando y enseñando a lo largo de toda la Historia. Por eso transmitió sus poderes, su doctrina y su mensaje a los que Él escogió como Apóstoles. Y los envió lo mismo que el Padre lo había enviado a Él, confiriéndole el poder de perdonar los pecados y de hacer discípulos de entre todas las gentes, asegurándoles que quien a ellos escuchaba y recibía, a Él mismo era a quien aceptaban.
La Iglesia es, por tanto, quien a través del Papa y de los obispos en comunión con él, transmite a los hombres el Evangelio de la salvación, las palabras de Jesús que comportan, en quien las cumple, la vida eterna. Es ésta una verdad que no podemos olvidar nunca, una cuestión fundamental de nuestra fe que es preciso aceptar con todas sus consecuencias, si queremos vivir cerca de Dios.
Hay que convencerse de que es imposible vivir unidos al Cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia, si no permanecemos en comunión de doctrina y de obras con quienes hacen cabeza. Con razón llamaba Santa Catalina al Papa "el dulce Cristo de la tierra". Y así es efectivamente. Por lo cual hemos de estar atentos a sus palabras, y desconfiar de quienes predican en disconformidad, aunque sea mínima, con lo que él nos enseña.
El justo vive de la fe, dice San Pablo. De ahí que si uno no se mueve por motivos de fe corre en pos de falsos pastores, lobos con piel de oveja, mercenarios que buscan su bien personal y no el del rebaño. Dios quiera que no nos dejemos engañar y sepamos discernir la voz del buen pastor.