DÉCIMO DOMINGO

 

Monición de Entrada

 

El pecado en el mundo.- E1 inicio del pecado en el mundo (1ª lect). Cristo ha venido al mundo para luchar contra la fuerza de Satanás y venció al pecado obedeciendo la voluntad del Padre (Ev) .La fe es el fundamento del apostolado de San Pablo y motivo que le sostiene en el ministerio en medio de las tribulaciones y sufrimientos (2ªlect)

 

Canto de Entrada.- Caminaré en presencia del Señor

Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.

(Cantoral litúrgico nacional n° 534)

 

Aspersión del agua bendita

o bien

Acto Penitencial.

"Yo confieso.... "

 

LITURGIA DE LA PALABRA

 

Primera Lectura: "Establezco hostilidad entre tu estirpe y la de la mujer" (Gen 3,9-15)

El comienzo del mal en el mundo.- El pueblo de Israel se preguntaba cómo habia comenzado el mal en nuestro mundo.

Salmo Responsorial.- (Sal 129,1-2.3-4.5~6.7-8)

R/ "Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa (Libro del salmista págs 227-228)

 

Segunda Lectura: "Creemos y por eso hablamos" (2 Cor 4,13-5;1)

El sufrimiento por el misterio.- San Pablo manifiesta su interés por la comunidad de Corinto y expone los motivos or los que sufre con paciencia y son: la esperanza de la resurrección gloriosa y I a fe en el premio que le espera.

 

Evangelio.- "Satanas está perdido" Mc 3,20-35)

El Reino de Dios encuentra oposición.- Cristo ha venido para luchar contra la fuerza de mal. Invita a los que forman su familia a superarlo con la fuerza del bien y haciendo siempre la voluntad divina.

 

LITURGIA EUCARISTICA

 

Canto de Comunion: ¿Cómo pagarle al Señor? Invocando su nombre; aleluya, aleluya.. (Cantoral l.itúrgico Nacional n° 02 1)

 

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Reflexión:

En el mundo y en el hombre luchan el bien y el mal. La historia de la humanidad es un sucederse los crímenes, guerras, enfermedades, injusticias, odios, egoísmos. Desde esta experiencia es fácil preguntarse: ¿De dónde provienen? La respuesta bíblica es clara: el origen y causa de esta situación es el pecado. El hombre rompió su relación amistosa con Dios y se estableció un cambio esencial en su vida.

El hombre pretendió liberarse de Dios y se convirtió en esclavo de sus pasiones y egoísmos.

Cuando se hace la voluntad del Padre desaparece el pecado y el mal en el corazón de los miembros que pertenecen a la familia del Reino. Jesús se ha encontrado con la oposición de los suyos y de los escribas.

Quien se presenta como continuador de la obra de crista debe contar con la oposición e Incomprensión.

Cristo ha implantado su Reino y ha vencido a Satanás, pero éste no se da por vencido y trata de recuperar el terreno perdido. Por esto, Jesús advierte el peligro para que no caigamos y seamos esclavos del poder de Satanás.

 

Domingo X

Vergüenza y miedo

 

Pero Yahvéh llamó al hombre, dicíendole: ¿Dónde estás? Y éste respondió: He oído tus pasos por el jardín y, temeroso, porque estaba desnudo, me he ocultado (Gen 3,9-10)

Los ojos del primer hombre se han abierto, como se abren los ojos temerosos del niño al perder la inocencia, al descubrir el mal, al comprender el daño que ha causado. Y se avergonzó Eva al verse desnuda. Y también Adán.

Los árboles del Paraíso se mueven levemente bajo la brisa suave de la tarde. Dios ha bajado como cada día cuando el sol se va por el horizonte rojizo. Sus pasos, tan deseados ayer, resuenan hoy como una amenaza en el corazón del hombre. La vergüenza y el miedo han crecido en la tierra como cardos retorcidos.

¿Dónde estás?, pregunta Dios. El Dios bueno que baja hasta la bajeza del hombre para estar a su lado. Y entre la fronda, sin atreverse a salir, Adán responde con voz quebrada: Tengo miedo, me da vergüenza mi desnudez. ¿No habrás comido del árbol del que te prohibí comer? Hay en las palabras de Dios un temor oculto, un deseo entrecortado de que no ocurra lo peor que puede ocurrir.

Tu vida muerta después de pecar. Y la vergüenza y el miedo que pinchan el corazón. ¿Dónde estás_? ¿No lo oyes? Es Dios que te llama también a ti. Escucha: ¿Dónde estás_? Es inútil que te escondas en tu miedo, que te ocultes en tu ignorancia, en tu apatía, en tu inconsciencia. Dios existe y te llama: ¿Dónde estás?

 

El hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me ha dado del árbol y he comido. Yahvéh Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? (Gen 3,13)

Qué poco hombre fue el hombre. En lugar de asumir su propia responsabilidad le echa la culpa a la mujer, en vez de reconocer su propia falta se escuda en la de Eva. Y lo triste es que la historia se repite. Y muchas veces los hombres nos excusamos con las culpas de las mujeres, tratamos de justificar los propios desvaríos revolviendo el agua turbia de los demás.

Mujer, ¿qué has hecho? Tú estabas puesta para ser apoyo del hombre, su dulce compañera para el largo camino. Y en lugar de ser su fuerza has sido su piedra de hundimiento. Le has tentado con la belleza de tus manos, con la fruta dorada que tú también has comido, y Adán no resiste tus encantos. Pobre Adán, y pobre Eva_

Pero he aquí que la mujer se levanta de nuevo esplendente, vestida de sol, coronada de estrellas, firme como ejército en orden de combate. Y su linaje, el fruto de su vientre, es el vencedor de la muerte y del pecado, el primogénito de cuanto existe, el Eterno, el Salvador, Cristo Jesús, perfecto Dios y perfecto Hombre.

Y otra vez el hombre recibe el apoyo de la mujer. Pero ahora ella no le tentará al mal; por el contrario, le sostendrá con mano firme y segura, con toda la fuerza de su tierno amor. Y es que Ella, la nueva Eva, la Virgen Madre, ha pisado la cabeza de la serpiente, ha triunfado con una victoria definitiva y total.

 

De profundis

 

Desde lo hondo a ti grito, Señor_ (Ps 129,1)

Este salmo, llamado De profundis , es sin duda uno de los más impresionantes que hay en todo el salterio. La Iglesia lo ha rezado durante siglos en los momentos de más angustia o sufrimientos. Es un lamento que brota de lo más profundo del alma, una oración que grita y clama con tonos de queja y dolor. El hombre se dirige a Dios suplicante y ruega con humildad y confianza el favor divino. Pide al Señor que le escuche, que ponga atención a sus palabras de súplica.

Este hombre atormentado que, bajo la luz del Espíritu, compuso esta oración, comprende que sus pecados y delitos son una barrera que pueden separarle de Dios. Por eso le dice, lleno de esperanza, que si lleva cuenta de esos delitos nadie podrá resistir a su acusación. Es un gesto de humildad sincera, un rasgo de sinceridad imprescindible en nuestras relaciones con Dios. Ante Él esa postura es la única valedera. Mucho tiempo después lo enseñaría Jesucristo con la parábola del fariseo y el publicano. Éste se siente pecador y pide el perdón divino, aquél se considera justo. El fariseo sale del templo igual que entró, el publicano en cambio sale justificado, limpio de sus pecados.

Por eso es tan importante acudir con frecuencia al sacramento de la Penitencia, momento en el que nos humillamos y, después de reconocer y confesar nuestros pecados, pedimos perdón por ellos. Por otra parte el perdón divino llena al hombre de paz y de gozo, de un profundo respeto y amor hacia quien siendo Dios no niega su misericordia al pobre pecador.

 

 

Mi alma espera en el Señor (Ps 129,4)

 

La confianza en la bondad divina es la otra característica fundamental para que la oración sea escuchada por el Señor. Así lo expresa el salmista cuando repite que su alma espera en la palabra de Dios. Espera que, por una parte, es seguridad de que el auxilio divino llegará, firme persuasión de que Dios no fallará. Pero por otro lado esa espera es anhelo, ansiedad y tensión, deseo vivo que mantiene el espíritu en vilo, orientado de continuo hacia lo Alto. Lo mismo que el centinela mira hacia el horizonte por donde ha de nacer la luz que le traiga la paz y la tranquilidad.

Aguarde, por tanto, Israel al Señor, como el centinela la aurora; porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa. Es una exhortación que va más allá del tiempo y del espacio, una llamada que llega también a todos y cada uno de nosotros, a ti y a mí. Para que nunca nos desanimemos, para que no decaigamos en nuestro afán y en nuestra lucha. Para que, pase lo que pase, nuestra esperanza siga siempre firme y fuerte, capaz de superar cualquier barrera y de afrontar las más grandes dificultades. Él redimirá a Israel de todos sus delitos, termina diciendo el canto interleccional. Por eso nuestra esperanza ha de ser siempre firme.

 

Amor que no se apaga

 

Creí, por eso hablé (2Cor 4,13)

El Apóstol cita el salmo ciento quince para justificar su conducta, ese afán de transmitir el mensaje salvador de Cristo resucitado, esa fe profunda y ardiente que le impulsa a predicar sin cansancio siempre que se presenta la ocasión, importuna o importunamente como dirá más tarde a su discípulo Timoteo. Es un ejemplo y un estímulo para todos los creyentes, una llamada al apostolado, a la preocupación seria y eficaz de propagar el Evangelio. Hemos de pensar que uno que esté convencido de lo que cree y persuadido de veras de que eso que cree es la salvación del mundo, uno que tenga esas disposiciones no puede por menos que hablar de lo que es el tesoro de su corazón, lo que puede hacer felices a cuantos nos rodean.

Por eso si no somos proselitistas, si nos da igual que el Señor sea conocido y amado, si nos quedamos indiferentes ante los pecados ajenos, o ante la ignorancia o tibieza de nuestro prójimo, entonces es que nuestra fe está dormida, nuestro amor está apagado, nuestra esperanza desvaída. Es una situación penosa que ha de preocuparnos seriamente. Nos estamos jugando nuestra salvación y la de muchos otros_ Esto es así realmente, pero tenemos que reconocer que no lo creemos de verdad. De ahí nuestra tibieza, nuestra falta de vibración apostólica, nuestra falta de categoría humana y, sobre todo, nuestra carencia de visión sobrenatural.

 

Cuantos más reciban la gracia (2Cor 4,15)

 

El bien que reciban los demás será un bien para nosotros. Es algo que comprobamos cada vez que favorecemos a alguien. En ocasiones podemos decir que, al favorecer a otro, los favorecidos somos nosotros. En realidad, aunque no lo sintamos, siempre gana más el que da que quien recibe. Así lo dijo el Señor y así es en verdad. Y esto que es cierto en el campo meramente natural, lo es mucho más en el plano de la fe. San Pablo estaba convencido que así era y por eso no se desanima. Esto no quiere decir que él no se diera cuenta de las dificultades y las contradicciones que vivir esa preocupación por los demás implicaba.

En efecto, él habla de las tribulaciones en este mismo pasaje. Pero las considera como algo pasajero y liviano, algo que por mucho que suponga de dolor o sufrimiento, supone muchísimo más de gloria y de dicha. Su mirada no se queda en lo que se ve, en eso que ahora sucede. Él eleva sus ojos a lo que no se ve, a lo que no es pasajero, y lo hará también cuando esté viejo, a punto de terminar su recorrido. Cuando la fe está viva nada puede apagar en entusiasmo y la alegría de anunciar el Evangelio.

 

 

Los hermanos de Jesús

 

 

y se juntó tanta gente que no le dejaban ni comer (Mc 3,20)

 

Las muchedumbres habían seguido a Jesús por todos los lugares que el Maestro recorría. En todo instante acudían a Él. Ni en los momentos de la comida le dejaban tranquilo. Era tanta la aglomeración y el acoso de la gente que sus familiares intervienen y tratan de llevárselo. Están preocupados por Él y al mismo tiempo piensan que Jesús no está en sus cabales. En otro pasaje también intervienen. Pero entonces será para todo lo contrario. En lugar de impedirle que se presente en público le urgirán para que vaya a Jerusalén y se haga presente ante todo el pueblo que lo admira y le espera.

Ni en un momento ni en otro comprendieron al Señor. Lo miraban con los ojos de la carne y no podían darse cuenta del sentido profundo y divino de su misión. En un caso interpretan mal su conducta de preocupación por la gente, a la que atiende sacrificando su propio descanso si era necesario. En el otro momento, sólo piensan en el triunfo temporal de Jesús; en que se haga el encontradizo con aquellos que le consideran como el Rey mesiánico.

Con razón dirá San Juan en el prólogo de su evangelio que vino a los suyos y los suyos no le recibieron. Ni los de su misma familia, ni tampoco los de su pueblo. Sobre todo los que hacían cabeza le rechazaron y le calumniaron, trataron de desprestigiarlo ante las multitudes que le amaban y creían en Él. Le acusaron de estar endemoniado, de tener un pacto con Satanás en virtud del cual hacía todos aquellos prodigios y milagros. Este rechazo de aquellos que más debieron comprenderle y aceptarle tuvo que apenar mucho a Jesús.

Pero Él sigue su camino a pesar de las incomprensiones y calumnias. Con palabra clara y convincente les rebate sus acusaciones. Cómo era posible que Él expulsara a Satanás con el poder del mismo Satanás. Si eso fuera así el diablo se estaría combatiendo a sí mismo, su reino de tinieblas estaría dividido y por tanto en estado de derrumbamiento. Por otra parte si Él expulsaba los demonios por el poder de Belzebú, también se podría decir lo mismo de quienes ejercían el oficio de exorcistas entre ellos mismos.

El Señor les avisa de la situación penosa en que se encuentran, esa cerrazón en la que se obstinan, sin dejar entrar la luz de Dios, cortando el paso a la acción del Espíritu Santo, blasfemando contra Él. Estaban cometiendo el único pecado que no tiene perdón de Dios, el pecado contra el Espíritu Santo.

Por último vuelve el evangelista a referirnos otra intervención de los familiares de Jesús que al modo semita llama hermanos . El Señor se nos muestra independiente y libre de toda influencia humana, también de aquellos que eran su familia de sangre. Para Él los únicos que cuentan son los que cumplen la voluntad de Dios, aquellos que son fieles al querer divino. Esos son, en definitiva, sus verdaderos hermanos.