UNDÉCIMO DOMINGO
Monición de Entrada
La fuerza del grano de mostaza.- Dios proyecta el futuro del hombre sencillo, débil y sin esperanza (1ª lect), Al principio el Reino de Dios aparece insignificante, luego se crece y extiende por el mundo entero.(Ev) . Quien pertenece al Reino debe caminar guiado por la fe y esforzarse en agradar al Señor. (2ª Lec)
Canto de Entrada.- Reunidos en el nombre del Señor.
Reunidos en el nombre del Señor,
que nos ha congregado ante su altar,
celebremos el misterio de la fe,
bajo el signo del arnor y la unidad
(Cantoral Liturgico nacional: n° 48)
Acto Penitencial.
- Tú, que nos perdonas de todas nuestras culpas.
- Tú, que viniste a traer la gracia y la paz.
- Tú, que intercedes ante el Padre por todos nosotros.
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LITURGIA DE LA PALADRA
Primera Lectura: "Ensalzó los árboles humildes" Ez 17,22-24)
El futuro del hombre.- Las palabras de Ezequiel son esperanza para Israel que cobijará en el futuro a todos los pueblos. La promesa apunta más allá del tiempo. La lectura se enmarca en el cuadro de la parábola del Reino del Evangelio.
Salmo responsorial.- (Sal 91.2-33,13-14,15-16)
R/ "Es bueno darte gracias, Señor. " (Libro del Salmista: págs. 23l-232)
Segunda Lectura: "En destierro o en patria, nos esforzarnos en agradar al Señor". (2 Cor 5,6-10)
El presente mira hacia el futuro.- Para San Pablo la vida es como un destierro, lejos del Señor. La fe y la confianza nos guian hacia El. E1 esfuerzo que hace el cristiano por cumplir la voluntad de Dios será premiado.
Evangelio. - "Era la semilla máspequeña pero se hace mas alta que la.s demás hortalizas" (Mc 4,26-34)
El Reino de Dios.- Jesús para explicar la realidad del Reino de Dios emplea la comparación de la semilla que crece sin que el labrador se dé cuenta. En un principio es pequeño como el grano de mostaza, luego crece y acuden a él todos los hombres.
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LITURGIA EUCARISTICA
Canto de Comunion: Los que comemos un mismo pan.
Los que comemos un mismo pan
caminaremos en la unidad:
así el mundo conocerá
que Dios es amor. (2)
(Cantoral Litúrgico Nacional n° O36)
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Rellexión:
Los gobiernos de las naciones para construir su futuro político, económico y social recurren a la propaganda, organizan manipulan instrumentalizan, utilizan y retienen válido todo para conseguir su objetivo.
Dios, sin embargo, constuye su Reino sin propaganda, sin el poder de la fuerza. Lo hace desde el silencio y por medio de personas insignificantes.
El Señor planta y hace crecer el cedro, hace florecer el árbol muerto y endereza al torcido.
Dios reconstruye la vida desde dentro, no desde fuera, actúa principalmente en el pequeño y débil. Las dos parábolas presentan el Reino de Dios como don.
E1 Reino se construye desde el silencio y no tiene necesidad de recurrir ni a la fuerza ni a otros condicionamientos externos.
Domingo XI
Labrantío de Dios
Esto dice el Señor: Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré. De sus ramas más altas arrancaré una tierna y la plantaré en la cima de un monte elevado_ (Ez 17,22-23)
El hombre de campo cuida la tierra con empeño y ternura. El buen labrador rotura la tierra, abriendo anchos surcos para que la semilla se arrope, ahonde sus raíces sanas y eche sus brotes verdes. El que planta y trasplanta, el que injerta y poda. Con una gran ilusión por el fruto que llegará. Con una larga paciencia espera confiadamente en el momento de la cosecha final.
Dios, labrador bueno, hombre de campo que escoge una rama tierna de cedro alto y frondoso para plantarla en la cima de un monte elevado. Con la gran ilusión de quien planta un árbol, soñando con el día en que crezca hasta hacerse un cedro grande y espeso. Y sea un recuerdo perenne de la mano que un día remoto lo plantó.
Cristo es la rama florecida del tronco añoso de Jesé. El alto cedro que creció en la casa de Israel, en el monte Sión. Cedro que une el cielo y la tierra, árbol noble que extiende sus ramas dando sombra y frescor ante el fuego del sol de verano, protección y abrigo en los fríos del duro invierno_ Pájaros sedientos que se asfixian bajo un sol de justicia, pájaros sin nido que se estremecen en el frío de las noches largas. Eso somos muchas veces y sólo tenemos un árbol donde guarecernos, el de la Cruz. Cristo, verde retoño florido que llenará de esperanza el vacío de nuestro dolor desesperanzado.
Todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor que humilla a los árboles altos y ensalza a los árboles buenos; que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos (Ez 17,24)
Figura del labrador que Dios se aplica a sí mismo en repetidas ocasiones, dándole diversos sentidos, agotando toda la riqueza de su contenido. Dios ante ti como el labrador ante su viña, como el hortelano ante sus árboles frutales, como el jardinero ante sus flores. Eres un árbol plantado por Dios en su finca, en esta ancha tierra suya que es el mundo. Un árbol plantado con cariño, con mucha esperanza e ilusión.
Y Dios cuida cada día de sus árboles. Poniendo un especial esmero en los que son débiles y pequeños, cortando de raíz a los que van torcidos, sin crecer por las guías que Él mismo ha señalado. Y ese árbol seco lo riega hasta que de nuevo sus hojas sean verdes y sus frutos jugosos. Y a esos otros que sólo tienen hojas, sin acabar de dar fruto, los descuaja, los quema porque están podridos por dentro y sólo sirven para el fuego.
Deja que Dios haga las cosas a su modo, permítele que doblegue tu vida para encaminarla por la dirección que Él conoce mejor que tú. Déjale que corte, que raspe, que pode. Y serás un árbol que dé buenos frutos, el revés de ese árbol seco ennegrecido que eres sin Dios. No seas soberbio, no resistas la acción divina, no te empeñes en torcer tu vida por los vericuetos que te sugiere tu loca imaginación. Crece en el sentido de Dios, y serás, como Cristo, un árbol en forma de Cruz del que penda la salvación del mundo entero.
Como cedro del Líbano
Es bueno dar gracias al Señor.(Ps 91,2)
Sí, es bueno agradecer a Dios tantos y tantos beneficios como de continuo nos otorga. Muchas veces incluso sin que nosotros nos enteremos. Beneficios que son tan permanentes y ordinarios, tan habituales, que los recibimos como si tal cosa, como si todo eso fuera algo normal y lo recibiéramos como algo que tiene que ser así, y no de otra forma. Y, sin embargo, bien pudiera ocurrir de manera contraria y vernos privados del aire que respiramos y de la luz que nos alumbra y nos calienta, de esa vida que gozamos sin darnos cuenta que no la hemos merecido ni conseguido nosotros mismos, sino que la hemos recibido y en cierto modo la seguimos recibiendo.
Es bueno porque es justo y correcto, que agradezcamos a Dios todo eso que tenemos y somos. Si lo hubiéramos conseguido tan sólo con nuestro esfuerzo, si la salud dependiera sólo de nosotros, así como el bien que gozamos, si todo eso fuera el resultado de nuestro esfuerzo, entonces tendríamos motivo para olvidarnos de Dios y no agradecer nada, pues nada habríamos recibido. Pero no es así. Por tanto tenemos la obligación de corresponder de alguna forma a los beneficios recibidos. Además, eso es bueno porque de esa forma predisponemos a Dios para que nos siga bendiciendo y ayudando. La gratitud es sin duda un estímulo para el bienhechor. La ingratitud por el contrario, cierra y recorta la generosidad de quien nos beneficia.
El justo crecerá como la palmera. (Ps 91,13)
El hombre que cumple con su deber, el que hace en cada momento lo que debe, y lo hace con empeño, lo más perfectamente que puede, ése progresará en su vida, se alzará dice el salmo como cedro del Líbano. Será como un árbol frondoso y verde, lleno de promesas y de realidades. Plantado en la casa del Señor, crecerá en los atrios de nuestro Dios. Su vida se irá desgranando cerca de Dios, dentro de Dios podríamos decir. Cuando el hombre vive en gracia hay en su existencia una nueva perspectiva, una nueva realidad, un plano más allá de lo natural, una dimensión sobrenatural que convierte lo más sencillo y ordinario en algo formidable y divino.
Por eso continúa el texto inspirado , en su vejez seguirá dan-do fruto y estará lozano y frondoso. Así, es, en efecto. La gracia divina actúa directamente sobre el alma del justo, pero su acción se extiende de alguna forma también a su cuerpo. Esto no quiere decir que el hombre justo no sufra en su carne el paso de los años, pero no hay duda de que en ocasiones la fuerza de Dios anima y empuja, hace posible una vejez serena y alegre, ilusionada y feliz.
Confiados y esforzados
Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras vivimos, estamos desterrados lejos del Señor (2Cor 5,6)
El Apóstol es consciente de las dificultades que en ocasiones se interponen en el camino de quienes marchan hacia Dios. Como ninguno otro, él supo de persecuciones, de calumnias, de cárceles y torturas, de ingratitudes e incomprensiones. Sin embargo, predominan en sus escritos palabras de esperanza, la confianza en el poder divino, la persuasión de que, a pesar de su fragilidad, todo lo puede en Aquel que le conforta. Es cierto que su caminar es, en cierto modo, un andar a ciegas. Pero su paso es firme y seguro, guiado en todo momento por la luz radiante de la fe.
Con estas disposiciones nada le hace temer, ni la misma muerte le arredra. Es más, esa muerte le atrae en cierto modo, quisiera incluso ir a su encuentro, pues encontrársela equivaldría a romper las fronteras del cuerpo y dar libre vuelo al espíritu, que ansía remontarse hasta Cristo. Por eso dirá en otra ocasión que se siente constreñido por dos fuerzas. Por un lado quisiera morirse para estar ya con Jesús, pero por otra parte comprende que todavía su presencia es necesaria a aquellos cristianos recién convertidos al Evangelio.
Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle (2Cor 5,9)
Ni seguir viviendo le importa, ni el morirse le asusta. Lo único que realmente le importa es agradar en todo al Señor, hacer en cada momento lo que Dios quiera. En eso se esfuerza y por eso lucha. Así se lo escribe a los de Corinto, y así nos lo recuerda la Iglesia a cada uno de nosotros. Para que nos preocupemos seriamente de agradar a Dios con una vida honesta y llena de buenas obras. Hemos de considerar que estamos en camino hacia la eternidad y que hay que recorrer ese itinerario, que el Señor nos ha marcado para toda nuestra vida con ilusión y con esperanza, poniendo el empeño y el esmero de quien vive y muere de amor.
Como razón añade que un día todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios, para rendir cuenta minuciosa de toda nuestra vida. En ese momento definitivo daremos razón de cuanto hayamos hecho. No de lo que hayamos dicho o escrito, no de lo que hubiéramos querido hacer, o de lo que sólo se quedó en simple propósito o buen deseo. Entonces sólo valdrán las obras y no las palabras. Todavía estamos a tiempo, todavía nos quedan unos días de vida, aunque no sabemos cuántos. Ojalá que la incertidumbre del momento final nos estimule y anime a vivir cada instante como si fuera el último de nuestra vida.
La mejor siembra
El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra (Mc 4,26)
Jesús se acomoda al hablarnos a nuestro modo de entender, usa las imágenes que constituyen el quehacer diario de nuestra vida ordinaria. Desea que comprendamos bien su doctrina para que así podamos más fácilmente llevarla a la práctica. Al fin y al cabo lo que el Señor pretende no es lucir su sabiduría ni deleitar a sus oyentes, sino sencillamente que mejoremos nuestra conducta cada día, que nos asemejemos más y más a Él.
Hoy nos habla de la semilla que se siembra y que día y noche va creciendo sin que se sepa cómo, en silencio y de forma casi desapercibida. Cuando llegue el momento, la espiga habrá granado y la cosecha será una feliz realidad. Así ha de ser también nuestra propia vida, una siembra continua de buenas obras y de buenas palabras. A veces puede ocurrir que nos parezca inútil hacer el bien, dar un consejo a los demás, o llevar a cabo un trabajo sin brillo, ocultos en el mayor de los anonimatos. Entonces hemos de pensar que ni un solo acto hecho por amor de Dios quedará sin recompensa. Hasta la más pequeña de las semillas alcanzará, si se siembra, el gozo de su propio fruto.
La más pequeña semilla, la actividad más insignificante, el papel más sencillo de la gran comedia, todo tiene su dinamismo interno que, día y noche, va creciendo a los ojos de Dios y preparando el fruto, si no estropeamos la sementera con la rutina, el cansancio o la mediocridad. Cuando llegue el momento de bajar el telón y suene el aplauso de Dios, entonces descubriremos el secreto maravilloso de la pequeña semilla que, sin darnos cuenta, creció y dio frutos de vida eterna.
Sembradores incansables que echan a manos llenas, en amplio y generoso abanico, la simiente divina que Dios nos ha entregado desde que, por medio del Bautismo, hemos comenzado a ser hijos suyos. Sembradores que creen en el valor divino de cada uno de los momentos, que viven unidos a Dios por la gracia santificante. Sembradores de sonrisas y de comprensión, de esfuerzos por un trabajo bien hecho. Alegres y esperanzados siempre, persuadidos de que, aunque no se vea, el grano que se siembra nunca se pierde, sino que dará al final su preciado fruto.