DUODECIMO DOMINGO
Monicion de entrada
¿Aun no teneis fe?.- E1 hombre pide a Dios razon del sufrimiento y el Señor le da explicacion desde la contemplacion del universo (lª Lect). Los discipuplos acuden a Jesus en el momento del peligro y los recrimina por su poca fe (Ev ) La fe es la respuesta al misterio de Dios y a la vida (1 Lect y Ev.). El que vive con Cristo es una nueva criatura (2º lect)
Canto de entrada.-Al reunirnos.
Al reunirnos en nombre del Senor,
Cristo esta entre nosotros.
(Cantoral litúrgico Nacional: nº A-7)
Aspersion del agua bendita
o bien:
Acto penitencial.
-Tu, que eres la Palabra creadora del mundo.
-Tu, a quien el viento y las aguas obedecen.
-Tu, que por el bautismo nos hiciste nuevas criaturas
LITURGIA DE LA PALABRA
Primera Lectura ."Aqui se romperá la
arrogancia de tus olas " (Job 38, Dios responde a la pregunta del hombre.-
Job protesta ante Dios por su situacion, pero ¿quien es el hombre para pedir
explicaciones a Dios?EI Señor le responde desde la vision de la creacion.
Salmo responsorial.- (Sal 106,23-24,25-26.28-29.30-31
R/. "Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.. (Libro del Salmista: pgs 235-236)
Segunda Lectura.- "Lo antiguo ha
pasado, lo nuevo ha comenzado" (2Cor
5,14-17)
Somos nuevas criaturas.- San Pablo exhorta a no dejarnos atrapar por los criterios humanos sino a vivir como nuevas criaturas en Cristo.
Evangelio.- "¿ Quien es este?¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!" Mc 4,35-40)
El silencio de Jesus.- El silencio de Jesus inquieta a los discipulos, hombres de poca fe. Jesus aplaca la tempestad y demuestra su poder sobre las fuerzas que aterrorizan al hombre. Los discipulos tienen una fe incipiente que les hace espantarse y preguntar. ¿Quien es éste?
LITURGIA EUCARISTICA
Canto de Comunion.- Acerquémonos todos al Altar
Acerquemonos todos al altar que es la mesa fraterna del amor,
pues siempre que comemos de este pan, recordamos la Pascua del Señor
(Cantoral liturgico Nacional: n° 024)
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Reflexion:
Cuando experimentos la inseguridad parece que el suelo se abre a nuestro pies. Entonces gritamos a Dios y su silencio nos irrita.¿Acaso duerme?
Dios no duerme ni es indiferente a nuestro grito, ni a nuestros miedos, El está en medio de la prueba y de la noche oscura.
Jesus en su hora suprema ha experimentado tambien el miedo y la soledad. Nunca fue mas silencioso,el silencio de Dios que en la hora de la pasión de su Hijo. Jesús nunca peprdio su conf1anza en el Padre, no sucumbe bajo las fuerzas del mal. La confianza en el Señor aleja todo miedo.
Dios no se deja manipular ni por el hombre ni por sus problemas: no se deja urbanizar ni modelar. Dios es silencio y misterio, y solo en el silencio se escucha su voz y se contempla su misterio.
Domingo XII
Señor del universo
El Señor habló a Job desde la tormenta. (Job 38,1)
Dios es el dueño de cuanto existe, como es dueño el artífice de la obra que realizan sus manos. Sí, Dios es el Creador del Orbe infinito. Pero nos hemos acostumbrado a su existencia y hablamos de Él con una superficialidad escalofriante. Sin tener en cuenta su grandeza y su poder. Sí, cuando oímos noticias de terremotos que hunden pueblos enteros en el lodo y en la desesperación, nos impresionamos. Más aún si un pequeño movimiento sísmico nos afecta un poco más de cerca. Entonces nos acordamos de Ti, te miramos suplicantes, atemorizados, nos damos cuenta de que Tú eres el Todo, y nosotros la nada. Y nos convertimos por unos días en buenos creyentes, y cumplimos con diligencia tus mandatos.
Así, con la violencia casi, conquistaste a su pueblo, así lo redujiste. Tu presencia era siempre tremenda, impetuosa, arrolladora. El libro del Éxodo nos narra un momento de tus apariciones ante el pueblo: Todos distinguían los truenos y los relámpagos, el sonido de las trompetas y el humear de la montaña. Y el pueblo, al ver esto, temblaba y se mantenía a distancia . Pero al venir los tiempos, los tiempos del Mesías, cambiaste de táctica. Tu presencia no fue entre rayos y truenos, temblor de tierra y bramar del viento. Llegaste calladamente, hecho hombre verdadero, con los ojos de mirada amable y penetrante, la palabra clara y persuasiva. Querías reconquistar a los tuyos con una nueva fuerza, la del amor, que convence queriendo de verdad.
Señor, gracias por el cambio de forma en la comunicación. Pero sigue con tu brazo fuerte y extendido. Para que nosotros, los que Tú ganaste a precio de sangre, nos sometamos totalmente a tu voluntad. Por amor a Ti, pero también con un santo temor de Ti.
¿Quién cerró el mar con una puerta, cuando salía impetuoso del seno materno_? (Job 38,8)
Es inevitable, Señor. A veces no vemos con claridad. Es más, lo vemos todo muy oscuro. Nos parece que te portas mal con nosotros, que no eres justo, incluso pasa por nuestra mente la idea de una crueldad inconcebible. Y es que somos muy torpes, débiles, flacos y enfermos. Pero es así. Hay situaciones en las que uno se hace mil preguntas, sin encontrar ninguna respuesta. Y entonces surgen nuestras hipótesis, nuestras cábalas, nuestras absurdas teorías. Que si nos lo habremos merecido, que si esta vida no tiene sentido, que si no vale la pena vivir, que si la única salida que hay es la indiferencia, la apatía, la náusea.
Y la voz de Dios llega hasta nuestro rincón de tinieblas: ¿Quién es ese que enturbia mi consejo con palabras insensatas? Ciñe tus lomos como un héroe. ¡Yo te interrogaré y tú me instruirás! ¿Dónde estabas tú cuando fundaba yo la tierra_? . Y Job se hunde ante la grandeza de Dios, ante la profundidad de su divino misterio: Heme aquí, mezquino soy. ¿Qué puedo yo responderte? ¡Pongo la mano en mi boca!_ . Yo también callaré, Señor. Aceptaré cuanto dispongas, seguro de tu gran sabiduría y de tu infinito poder, confiado y sereno ante tu inmenso amor.
Vivir es navegar
Entraron en naves por el mar. (Ps 106,23)
El salmista recuerda la salida al mar de los hijos de Israel, aquellas largas travesías en busca de nuevas tierras donde vivir, de nuevos mercados para sus productos. Contempla la llanura de las aguas en los momentos maravillosos del océano en bonanza, la paz de los atardeceres marinos, la suave brisa bañada en yodo y sal. Y también nos recuerda los días de tempestad, aquellos en los que el viento impetuoso bate las velas hasta hacer crujir los mástiles. Aguas turbulentas de olas gigantescas sacudiendo con violencia la nave.
Cada hombre es un navegante desde que nace; nada más llegar ya se hace a la mar en esa frágil barquichuela que es una cuna. La vida entera no es más que una travesía, larga o corta, por las aguas de la vida. Vamos surcando, día a día, las olas serenas o encrespadas de nuestra existencia. Cada uno tiene su propia barca y su propia ruta que ha de recorrer inevitablemente, cada uno ha de enfrentarse con los vientos y sostener su propia vela. Ojalá que no perdamos el rumbo y lleguemos a puerto seguro, y ojalá que en los momentos difíciles recurramos a quien puede apaciguar las aguas.
Pero gritaron al Señor en su angustia_ (Ps 106,28)
Dicen que si quieres aprender a rezar examínate o hazte a la mar. A esto se refiere el salmista cuando nos sigue relatando la aventura de esos navegantes, que bien pueden ser símbolo y figura de nosotros mismos. Se levantó un viento impetuoso que alzaba las olas a lo alto, que subían al cielo y bajaban al abismo. Se veían ya perdidos, hundidos en el agua. Pero gritaron al Señor en su angustia y los arrancó de la tribulación. Apaciguó la tormenta en suave brisa y enmudecieron las olas del mar.
Es cierto que en la mayoría de los casos la ruta transcurre sin grandes percances. Y también que abunda más el tiempo bueno que el tormentoso, más la bonanza que la tempestad, más los momentos felices que los amargos. Aunque cuando estamos hundidos nos parezca lo contrario, yo pienso que la vida, esta nuestra travesía, tiene más de crucero de placer que de barco mercante o buque de guerra.
De todos modos, cuando el mar se agite, cuando la tempestad se levante, por dentro o por fuera, que clamemos confiados a Dios nuestro Señor. Aunque parezca ausente, aunque esté dormido como lo estuvo un día en la barca, acudamos a Él. Ocurrirá como a los navegantes del salmo: Se alegraron de aquella bonanza y Él los condujo al ansiado puerto .
Muy urgente
Hermanos: nos apremia el amor de Cristo. (2Cor 5,14)
Pablo escribe con tono de urgencia, con tono de apremio, como quien tiene prisa por ser atendido en su petición. Y es que de atender o no a sus palabras dependen cosas muy importantes y decisivas. Depende, nada menos, la salvación eterna de quienes le escuchan_ Y son palabras que siguen resonando con la misma fuerza, con el mismo ritmo de urgencia y de apremio. Sí, también hoy, también a ti te apremia el amor de Cristo, te urge a que acabes de una vez con esa actitud indolente y aburguesada en que habitualmente vives.
Cristo murió por todos, sigue el Apóstol, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos_ . Morir a nosotros mismos, derrumbar nuestra propia vida y dar paso a la vida de Dios. Pues el deseo de Cristo no es abandonarnos para dejarnos muertos, vacíos y secos. El deseo, la voluntad decidida de Dios, es transmitirnos su vida, transformarnos en criaturas nuevas. Y como nos ama, nos urge, nos da prisa, nos apremia para que seamos consecuentes, hasta lo último, con nuestra condición de cristianos.
Lo viejo ha pasado, ha llegado lo nuevo (2Cor 5,17)
Somos amigos de lo nuevo. Es como una ley que el hombre lleva consigo desde que tiene uso de razón. Por muy valioso que sea aquello que se tiene, es preciso renovarlo, cambiarlo por algo distinto_ San Pablo nos dice hoy que lo viejo ha pasado y que ha llegado lo nuevo. Lo nuevo definitivo, lo que nunca será viejo, lo que satisfará de tal modo al hombre que ya no tendrá deseo de otro cambio.
Y esto nuevo a que se refiere el Apóstol es la vida que Cristo nos ha conseguido con su muerte. Por la participación en esa vida, el hombre viejo desaparece para dar paso al hombre nue- vo_ Y, sin embargo, ese hombre viejo no se resigna a morir del todo, y de hecho no muere definitivamente, hasta después de pasar la frontera de la muerte. No, no muere del todo ese hombre viejo que cada uno lleva dentro de sí. Y por eso tampoco acaba de nacer plenamente el hombre nuevo. No obstante es preciso ser conscientes de que lo viejo, el pecado, ha pasado, tiene que pasar. Hemos de amar lo nuevo, hemos de anhelar lo que no cambiará, lo que es perenne, eterno.
La tempestad
¡Hasta el viento y las aguas le obedecen! (Mc 4,41)
Las aguas del lago de Genesaret fueron testigos mudos de grandes prodigios realizados por Jesús de Nazaret. En el pasaje de hoy se nos narra el mayor de todos. Después de una intensa jornada, los apóstoles con el Señor pasan en barca a la otra orilla del lago. Jesús estaba tan rendido que se queda dormido en la proa de la embarcación. De pronto las aguas comenzaron a encresparse, se levantó un fuerte huracán y la frágil nave comenzó a cabecear peligrosamente. Las olas eran tan fuertes que el terror empezó a hacer presa en aquellos curtidos pescadores.
Mientras, Jesús dormía. Hay quien ha pensado que el Señor simulaba dormir para poner a prueba la fe de sus discípulos. El texto no dice nada. Por eso podemos pensar que el cansancio de Jesús era tan grande que se duerme profundamente, sin que el vaivén de la barca le despierte. Este dato es altamente significativo en orden a descubrir la humanidad santísima del Señor que se cansa y se fatiga hasta quedar rendido. En otros momentos se dejará sentir también la fragilidad de esa naturaleza, semejante a la nuestra excepto en el pecado, que pasa sed, que se acongoja, que siente angustia y tedio de muerte.
El mar se agita cada vez más y el peligro crece por momentos. Sin saber ciertamente para qué, despiertan al Maestro; no para que calme la tempestad, lo cual les parecería imposible, sino para recriminarle que siga dormido, sin importarle que estén a punto de sucumbir a las embestidas del oleaje. Por eso le preguntan, consternados, si no le importa que se hundan. Jesús no les contesta. Se pone en pie sobre la proa e increpa a las aguas con voz potente y dominadora: ¡Silencio, cállate!
Una primera reacción sería la de pensar que Jesús estaba loco. Cómo podía un hombre mandar sobre las aguas y los vientos. Sólo de Yahvéh se dice en uno de los salmos que domina la soberbia del mar y contiene la bravura de las aguas. Sólo Dios podía calmar la tempestad. Pero paulatinamente van contemplando cómo el mar se tranquiliza y el viento amaina. Pronto reina la bonanza y las barcas siguen, serenas y ágiles, su ruta hacia la ribera.
No salen de su asombro. Estupefactos se preguntan entre sí quién era este que había dominado el furor del mar y del huracán. No acababan de comprender la grandeza de Jesucristo. Todavía eran hombres de poca fe, cobardes y tímidos. Pero el Señor sigue junto a ellos, esperando paciente al Espíritu que los transformaría. Entonces no volverían a tener miedo. Aun cuando la tempestad se desencadenara con más fuerza todavía, aun cuando el Señor pareciera dormido, sin importarle el peligro que corría la barca en la que navegaban. Siempre permanecieron serenos y valientes, apretando con fuerza el timón, seguros de que nada ni nadie podría hundir aquella barca, la Iglesia de Cristo, en la que generosos y esperanzados navegarían a través de todos los siglos.