VIGESIMOPRIMER DOMINGO
Monicion de entrada
Aceptar o rechazar al Cristo.- El discurso de Jesús sobre el "pan de vida" ha provocado una profunda crisis entre sus seguidores Es preciso tomar una decisión: seguir o abandonar a Jesus. En la vida del hombre existen momentos en los que recisa una opción, una elección .Asi aconteció para los israelitas al instalarse en la tierra prometida (1ª lect). Tambien los discípulos de Jesús tuvieron que decidirse en seguirle o abandonarle (Ev) El amor conyugal debe fundarse en el amor de Cristo a la Iglesia. (2ª I.ect.)
Canto de entrada.-Aclama al Señor
Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría;
entrad en su presencia con vítores,
cantad, gritad: Aleluya,
(Cantoral l.itlirgicoNacional: n0611)
Aspersion del agua bendita
o bien:
Acto penitencial.
"Yo confieso... "
LITURGIA DE LA PALABRA
Primera Lectura.- "Nosotros serviremos al Señor: ¡Es nuestro Dios!" Jos :24,1-2. 15-17. /8
Israel renovó su fidelidad a Yahve.- Josué propuso al pueblo de Dios, instalado ya en la tierra prometida, un doble camino: seguir a Dios Yahve. El pueblo escogió seguir a Yahve y renovó la alianza.
Salmo responsorial.- Sal 33,2-3.16-17, 18-19, 20-21. 22-23 R7.
"Gustad y ved qué bueno es el Señor. " (Libro del Salmista: pgs., 275 y 276)
Segunda Lectura.- "Es este un gran misterio y los refiero a Cristo y a la Iglesia " Ef 5, 2 -32
El amor de Cristo a la Iglesia, signo de amor humano.- San Pablo habla del amor coyugal como un signo del amor de Cristo por su Iglesia.
Evangelio.- "¿ A quien vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna " In 6, 61-70
Los apóstoles decidieron seguir a Cristo.- El anuncio de la Eucaristia hace que muchos oyentes se alejen de Jesús, porque su doctrina es dura. Sólo quedaron los verdaderos fieles, con Pedro a la cabeza.
LITURGIA EUCARISTICA
Canto de Comunion.- Gustad y ved (Salmo 102)
Gustad y ved qué bueno es el Señor;
dichoso el que se acoge a El <2>
(Cantora! Litúrgico Nacionat: nº 518)
Reflexion
Hay momentos críticos y decisivos en la vida; son momentos de discernimiento y elección, de compromiso y decisión.
Dios no quiere autómatas, ni coaccionados, ni tibios. Nos hizo libres y libremente espera nuestra respuesta. Israel, en el momento de su instalación en la tierra prometida reafrmó su fildelidad a Yahve. Pedro confiesa que Jesús es el Santo, mientras otros se alejan.
Hoy, como ayer, ocurre lo mismo: unos se deciden por Cristo y otros se echan atrás
¿Dónde está la clave para seguir a Cristo? Nadie puede ir a Cristo, si el Padre no se lo concede. El Padre lo concede a quien de verdad se lo pide con humildad y confianza, y al que dice:''¿a quien vamos a acudir? Tú tienes las palabras de vida eterna: nosostros creemos".
¿Somos los crisitanos conscientes y consecuentes con la elección que hicimos en el Bautismo? ¿La respuesta de Israel y la de Pedro es tambien nuestra respuesta?.
VIGÉSIMO PRIMER DOMINGO
CICLO B
SEGUIR A CRISTO
- Nosotros, como los Apóstoles, seguimos a Jesús para siempre, como meta a la que se encaminan nuestros pasos.
- Las señales del camino y la libertad.
- La verdadera libertad. Renovar nuestra entrega al Señor.
1. La Primera lectura de la Misa nos relata el momento en que el pueblo de Dios, atravesado ya el Jordán, está para entrar en la Tierra Prometida. Josué convocó a todas las tribus de Israel en Siquén, y les dijo: Si os parece mal servir al Señor, se os da a elegir, elegid hoy a quién queréis servir: a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres en Mesopotamia, o a los dioses amorreos en cuya tierra habitáis, que yo y mi casa serviremos al Señor. Y contestó el pueblo: Lejos de nosotros abandonar al Señor... Nosotros serviremos al Señor, porque Él es nuestro Dios.
También en el Evangelio de la Misa plantea Jesús a sus discípulos por quién se quieren decidir. Después del anuncio de la Eucaristía en la sinagoga de Cafarnaún, muchos discípulos abando
naron al Maestro porque les parecieron duras de aceptar sus palabras sobre el misterio eucarístico. Jesús se ha quedado con sus más íntimos, y quiere reafirmar la amistad y la confianza sin condiciones de los suyos. Entonces, el Señor se volvió a los que le habían seguido día tras día, y les preguntó: ¿También vosotros queréis marcharos? Y Pedro, en nombre de todos, le dice: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna,nosotros hemos creído y conocido que Tú eres el Santo de Dios. Los Apóstoles dicen que sí una vez más a Cristo. ¿Qué va a ser de ellos sin Jesús? ¿A dónde van a encaminar sus pasos? ¿Quién colmaría las ansias de su corazón? La vida sin Cristo, entonces y ahora, no tiene sentido.También nosotros hemos dicho que sí, para siempre, a Jesús. Hemos abrazado la Verdad, la Vida, el Amor. La libertad que Dios nos ha dado la hemos dirigido en la única dirección acertada. Aquel día en el que el Señor se fijó de modo particular en nosotros, le confiamos que Él sería la meta a la que se encaminarían nuestros pasos; y después de aquel momento, en otras muchas ocasiones, le hemos dicho: Señor, ¿a quién iremos? Sin Ti nada tiene sentido.
Hoy es buena ocasión para examinar cómo es nuestra entrega al Señor, si dejamos con alegría a un lado todo lo que nos aparte del seguimiento del Señor... «¿Quieres tú pensar -yo también hago mi examen- si mantienes inmutable y firme tu
elección de Vida? ¿Si al oír esa voz de Dios, amabilísima, que te estimula a la santidad, respondes libremente que Sí?» (Beato José María Escribá de Balaguer;Amigos de Dios,24) . Decir que sí al Señor en todas las circunstancias significa también decir no a otros caminos, a otras posibilidades. Él es el Amigo; sólo El tiene palabras de vida eterna.
II. Como aquellos discípulos que reafirmaron en Cafarnaún su plena adhesión a Cristo, muchos hombres y mujeres de todos los tiempos y razas, después de haber andado quizá largo tiempo en la oscuridad, un día encontraron a Jesús, y vieron abierto y señalizado el camino que les conducía al Cielo, así también ocurrió en nuestra vida; por fin, nuestra libertad no sólo servía ya para ir de un lado a otro sin rumbo fijo, sino para caminar hacia un objetivo: ¡Cristo! Entonces comprendimos el carácter sorprendentemente alegre de la libertad que elige a Jesús y lo que nos acerca a Él, y rechaza lo que nos separa, porque «la libertad no se basta a sí misma: necesita un norte, una guía»(Ibidem,26). El norte de nuestra libertad, lo que marca en todo momento la dirección de nuestros pasos, es el Senor, pues sin Él, ¿a quién iremos?, ¿en qué gastaríamos estos cortos días que Dios nos ha dado?, ¿qué vale la pena sin Él?
Para muchos, desgraciadamente, la libertad significa seguir los impulsos o los instintos, dejarse llevar por las pasiones o por lo que les apetece en un momento dado. En realidad, estos hombres -¡tantos!- están olvidando que «la libertad es ciertamente un derecho humano irrenunciable y básico, pero que ella no se caracteriza por el poder de elegir el mal, sino por la posibilidad de hacer responsablemente el bien, reconocido y deseado como tal» (Juán Pablo II). Un hombre que tenga un equivocado y pobre concepto de la libertad rechazará toda verdad, que proponga una meta válida y obligatoria para todos los hombres, porque le parecerá como un enemigo de su libertad .
Si hemos elegido a Cristo, si Él es el verdadero objetivo de nuestros actos, por encima de cualquier otro, todo aquello que nos indique cómo progresar hacia Él o nos señale los obstáculos que de Él nos separan lo veremos como un bien inmenso, como una valiosa orientación por la que nos sentimos hondamente agradecidos. El viajero que se dirige a una región desconocida consulta un mapa, pregunta a quien conoce el camino y sigue las señales de la carretera, y lo hace con interés, pues desea llegar a su destino. De ninguna manera se siente coartado en su libertad, ni considera una humillación depender de mapas, señales y guías para llegar a donde se ha propuesto. Si estaba inseguro o comenzaba a sentirse algo perdido, las señales que encuentra son para él motivo de alivio y de agradecimiento.
De hecho, con frecuencia nos fiamos más de los mapas o de las señales de carretera que de nuestro propio sentido de orientación, de cuya poca fiabilidad tenemos sobrada experiencia. Cuando aceptamos esas señales no experimentamos ninguna sensación de imposición; más bien las recibimos como una gran ayuda, un nuevo conocimiento, que pronto convertimos en algo propio. Esto ocurre con los Mandamientos de Dios, con las leyes y enseñanzas de la Iglesia, con el consejo que recibimos en la dirección espiritual o el que pedimos ante una situación comprometida... Son señales que, de modo diverso, garantizan nuestra libertad, la elección libre que hicimos de seguir a Cristo, dejando a un lado otros caminos que no llevan a donde queremos ir. «La autoridad de la Iglesia, en sus enseñanzas de fe o de moral, es un servicio. Es la señalización del camino que lleva al Cielo. Merece toda confianza, porque goza de una autoridad divina. No se impone a nadie. Se ofrece, sencillamente, a los hombres. Y cada uno puede, si quiere, apropiarse de ella, hacerla suya ... » .
No nos debe sorprender si alguna vez esas señales indicadoras de las que Dios se sirve nos conducen a dejar senderos o avenidas que parecen más gratos, para escoger otros más empinados y duros. Aunque esa elección sufra las protestas de nuestra comodidad, siempre tendremos la alegría, también cuando sintamos las asperezas del terreno, de que nuestra vida tiene un formidable objetivo, que escogimos quizá hace ya un buen núme
ro de años o, por el contrario, hace apenas unos días. Vamos a la cumbre, y allí nos espera Cristo.
III. Las señales que el Señor nos va dando son de fiar; no son restricciones impuestas al hombre, no son cargas onerosas: son brillantes puntos de luz que iluminan el camino, para que lo podamos ver y recorrer con confianza. Quien trata de responder sinceramente a las gracias de Dios, experimenta que en el seguimiento de Jesús encuentra la libertad. Al escuchar su voz, uno ve, por fin, clara su senda: «los mandamientos entonces no se sienten ya como una imposición que viene de fuera, sino como una exigencia que nace de dentro, y a la cual, por tanto, la persona se somete de buen grado, libremente, porque sabe que, de este modo, puede realizarse en plenitud»(Juán Pablo II). Y se toma la decisión propia y personal, por la que buscamos el bien en el trabajo, en la diversión legítima, en la familia, en la amistad..., en todo lo noble; una decisión muchas veces renovada, por la que nos adherimos a Cristo y así realizamos la plenitud a la que hemos sido llamados.
«El hombre -enseña el Papa Juan Pablo II no puede ser auténticamente libre ni promover la verdadera libertad, si no reconoce y no vive la trascendencia de su ser por encima del mundo y su relación con Dios, pues la libertad es siempre la del hombre creado a imagen de su Creador ( ... ). Cristo, Redentor del hombre, hace libres. Si el Hijo os librare, seréis verdaderamente libres, refiere el Apóstol Juan (8, 36). Y San Pablo añade: Allí donde está el espíritu del Señor, allí está la libertad (2 Cor 3, 17). Ser liberado de la injusticia, del miedo, del apremio, del sufrimiento, no serviría de nada, si se permanece esclavo allá en lo hondo de los corazones, esclavo del pecado. Para ser verdaderamente libre, el hombre debe ser liberado de esta esclavitud y transformado en una nueva creatura. La libertad radical del hombre se sitúa, pues, al nivel más profundo: el de la apertura a Dios por la conversión del corazón, ya que es en el corazón del hombre donde se sitúan las raíces de toda sujeción, de toda violación de la libertad"(Juán Pablo II).
Mientras cada dia que seguimos a Cristo experimentamos con más fuerza la alegría de nuestra elección y el ensanchamiento de nuestra libertad, vemos a nuestro alrededor cómo viven en servidumbre quienes un día volvieron la espalda a Dios o no quisieron conocerle. «Esclavitud o filiación divina: he aquí el dilema de nuestra vida. 0 hijos de Dios o esclavos de la soberbia, de la sensualidad, de ese egoísmo angustioso en el que tantas almas parecen debatirse.
»El Amor de Dios marca el camino de la verdad, de la justicia, del bien. Cuando nos decidimos a contestar al Señor: mi libertad para ti, nos encontramos liberados de todas las cadenas que nos habían atado a cosas sin importancia, a preocupaciones ridículas, a ambiciones mezquinas» (Beato José María Escribá de Balaguer,o.c.,38). Al elegir a Cristo como fin de nuestra vida lo hemos ganado todo.
Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Reafirmemos también hoy nuestro seguimiento a Cristo, con mucho amor, confiados en su ayuda llena de misericordia; y con plena libertad le diremos: mi libertad para Ti. Imitaremos así a la que supo decir: He aquí la Esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.