QUINTO DOMINGO

Monición de Entrada:

Solidaridad con los que sufren.- La vida del hombre está colmada de desilusiones y dolores (1ª lect)
Cristo es el único capaz de curar y de vencer el mal. Sus milagros son signo de la llegada de la salvación (Ev.)

La noticia gozosa de la salvación motiva a Pablo a darse para salvar a todos (2ª lect).

 

Canto de Entrada: "Invoco al Dios altisimo"

Invoco al Dios altísimo,

al Dios que hace tanto por mí (2) (Cantoral Litúrgico Nacional nº 713)

 

Aspersión del agua bendita

0 bien:

Acto penitencial:

- Por nuestras indiferencias ante los gritos y clamores de los hombres.

- Por nuestras incoherencias entre la fe y las obras que practicamos.

- Por cerrar nuestros corazones a las necesidades de nuestros hermanos.

LITURGIA DE LA PALABRA:

Primera Lectura: mis días se consumen sin esperanza" (Job 7,1-4.6-7)

La vida es un soplo.- El libro de Job expone la realidad que envuelve la existencia del hombre sobre la tierra: fatiga, desesperación, nostalgia, ansiedad y brevedad. Es una imagen de nuestra humanidad de hoy.

Salmo Responsorial: (Sal 146,1-2..3-4,5-6)

R,/ "Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados" (Libro del Salmista: pags.206-207)

Segunda Lectura: "¡Ay de mí sino anuncio el Evangelio!"

El mal es vencido.- La predicación del Evangelio es un deber para San Pablo. Es una misión que el mismo Cristo le ha encomendado. No espera ninguna recompensa humana y se hace todo a todos para ganar a todos.

Evangelio: "Curó a muchos enfermos de diversos males" (Mc 1,29-39)

Solidaridad y esperanza.- Jesús cura toda clase de enfermedades como signo mesiánico. Su misión, sin embargo, es la predicación y el anuncio de la buena Noticía a todos los hombres. Para cumplir su misión necesita orar al Padre.,

LITURGIA EUCARÍSTICA:

Canto de Comunión: "Una espiga

Una espiga dorada por el sol,

el racinio que corta el viñador,

se convierten ahora en pan y vino de amor

en el cuerpo y la sangre del Señor. (Cantoral Litúrgico Nacional. nº 017)

 

Reflexión:

Las palabras de Job son actuales. La persona, la familia y la sociedad padecer en sí una serie de sufrimientos: miseria, enfermedad, hambre, guerra, injusticias incertidumbres muerte.

Cristo vino al mundo a curar, liberar y salvar a los hombres. Hoy Cristo está presente entre nosotros y continúa haciendo el bien, curando dolencias, enjugando lágrimas, dando esperanza a un mundo enfermo que llora desesperado.

Su palabra, como ayer, sigue hoy sanando el error y la duda. Su palabra es viva y eficaz, sana y renueva y vivifica lo que estaba perdido y muerto. El dolor de la humanidad es mitigado, compartido, consolado y sanado a través de miles de personas que han decidido por amor al Señor y al prójimo ser pacientes desde el anonimato de su trabajo y hogar siendo colaboradores del Señor en la construcción de un mundo mejor.

 

Domingo V

Pobre hombre

 

"Habló Job diciendo: El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero" (Job 7,1)

Job había poseído grandes riquezas, había gozado de salud corporal, había sido querido de todos. Y de pronto Dios le hiere profundamente. Su cuerpo se llena de lepra: "Mi carne está cubierta de gusanos y de costras terrosas, mi piel se agrieta y se deshace". Ve su vida como un duro servicio, como los días de un jornalero que trabaja duramente, como los de un esclavo que se fatiga afanosamente, suspirando por la sombra.

Así es la vida a veces, así de muerta, así de oscura, así de trágica... Niños escuálidos, brazos y piernas de solo hueso y pellejo, con grandes ojos tristes, con la barriga hinchada. Mujeres esqueléticas, con sus carnes fláccidas, con la mirada medrosa. Hombres que huyen por los mil caminos de la jungla salvaje, dejando atrás los hogares derruidos, las mujeres abandonadas, los niños hambrientos...

El hombre, Señor, el hombre. Blanco o negro, cobrizo o amarillo.Es igual, ahí lo tienes.Y pensar que Tú lo has creado... Ten misericordia de él, ten piedad, compadécete de tanta miseria. Mira compasivo a los unos y a los otros, a los vencedores y a los vencidos. Y de los que entre cortinas hacen posible la lucha. Los hipócritas que se lamentan de la guerra y suministran los armamentos para que se destruyan los hombres entre sí. De todos, Señor, ten piedad.

 

"Mis días corren más que la lanzadera y se consumen sin esperaza" (Job 7,6)

 

Palabras amargas de Job. Palabras que brotan fácilmente de la vida humana. Días que pasan como nubes llevadas por el viento.

 

 

"Recuerda que mi vida es un soplo", prosigue Job, "días sin esperanza". Son los momentos tristes de este hombre atribulado. Los momentos álgidos del dolor en los que todo parece derrumbarse Palabras sinceras que vuelan hacia Dios, exponiendo con toda su crudeza el quebranto del alma.

Acudir a Ti, Señor, con el alma abierta. Decirte en el silencio de la oración esas angustias que, a veces, atenazan y oprimen el espíritu. Venir con el cansancio en la mirada, con el dolor en el cuerpo, con la tristeza en el corazón. Pero venir, venir hasta Ti. Sin disimular el dolor, sin falsos optimismos, sin disfraces absurdos.

Para comprender que esa fugacidad corre hacia la plenitud, que esos momentos salobres pasarán también. Para descubrir, una vez más, el amor de tus ojos, el consuelo de tu palabra, la acogida de tu perdón... Gracias, Señor, por tanta misericordia. Haz que veamos las cosas con visión de esperanza, con visión de amor. Haz que esta vida muerta que vivimos resucite una vez más. Que a través de nuestro dolor y de nuestra miseria podamos llegar hasta Ti. Y alcanzar tu perdón y esa bendición que nos haga vislumbrar de nuevo el gozo a través de las lágrimas.

 

Como nuevos

 

"El Señor reconstruye. . . " (Ps 146,2)

 

En medio de la destrucción y de la desgracia siempre surge para el creyente un brote luminoso de esperanza. Aun cuando todo se haya desmoronado, aunque todo esté perdido, aunque la misma muerte esté muy cerca, aun entonces es posible esperar con serenidad, incluso con profundo gozo, una restauración por parte de Dios.

Cuando algo se reconstruye hay la posibilidad de volver a hacerlo todo más sólido y más bello. Hubo en la Historia quien quemó una vieja ciudad, para hacer otra más hermosa y más mo-

derna. De ordinario, toda reconstrucción mejora las edificaciones aplicando nuevos métodos y materiales, aprovechando además la experiencia adquirida anteriormente.

Pues en la vida espiritual ocurre otro tanto. Cuando la casa se nos cae, cuando nosotros mismos nos derrumbamos por el pecado, hemos de alzar la mirada hasta el Señor, llenos de confianza, esperanzados y gozosos al saber que Dios levantará de nuevo nuestros muros, echará cimientos más profundos, reconstruirá nuestra morada interior, hasta que todo quede mucho mejor que antes.

 

"El Señor sostiene a los humildes. . . " (Ps 146, 6)

 

Sin embargo, para que esa restauración sea posible es preciso que seamos muy humildes, ya que de lo contrario el Señor nos rechazaría, nos abandonaría en la soledad de nuestras propias ruinas. Sí, hay que ser humildes. Primero para reconocer nuestros fallos, para admitir que efectivamente todo se nos viene abajo cuando nos alejamos de Dios. Y luego para que esa conciencia de nuestro fracaso nos empuje a ir al Señor con la mano extendida, con los ojos cargados de lágrimas, con la voz quebrada, para de- cirle: Señor, he pecado. Lo siento, perdóname.

Podemos estar seguros de que después de una buena confesión, sencilla, clara, completa y breve, nos levantaremos totalmente restablecidos, con más fuerza y alegría que antes, con más gratitud y con más amor hacia este Dios y Señor nuestro que tanto entiende de comprensión y de perdón. Y lo que produjo una gran ruina es ocasión para que surja una nueva construcción, una mo- rada maravillosa... En efecto, cuántas veces nos hemos sentido como nuevos, como más felices, como más jóvenes después de confesarnos. Es Dios que nos restaura por dentro y por fuera; Dios que reconstruye y embellece la pobre casa del humilde.

 

¡Ay de mi. . .!

 

"El hecho de predicar no es para mí motivo de soberbia" (lCor 9, 16)

 

El corazón de Pablo se expansiona con los cristianos de Corinto. Aquí les habla de cómo la razón de que él predique el Evangelio de Cristo no está en su propia voluntad, sino en la de Dios. "No tengo más remedio, dice, y ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio".

La sinceridad del apóstol es muy grande. Confiesa que el predicar el mensaje de Cristo le cuesta, se le hace a menudo duro y difícil. Y es lógico que sea así, ya que en muchas ocasiones tendrá que enfrentarse con los hombres, echarles en cara sus negligencias, sus miserias, sus maldades. Y decir verdades que hieran, señalar soluciones que son heroicas. Hablar de la cruz cuando el hombre tiene como ley la del mínimo esfuerzo.

Pero ¡ay del apóstol si no evangelizara!, ¡ay del que calle cuando tiene el derecho y la obligación de hablar! El silencio de un enviado de Dios, además de una vil cobardía, es un gran pecado que puede ser la causa del daño más grande que puede padecer un hombre, la pérdida de la fe.

 

"Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles" (l Cor 9,22)

 

Pablo hace alarde de su libertad en más de una ocasión. Aquí habla una vez más de su condición de hombre libre que ama la libertad. Sin embargo, dice a continuación, que siendo del todo libre se hace siervo de todos para salvarlos a todos, se hace judío con los judíos para ganar a los judíos. Detalladamente explica cómo se hace todo para todos para salvarlos a todos.

Es una consecuencia de su amor a Dios y a los hombres. Con tal de salvarlos está dispuesto a los más grandes sacrificios. De ahí esa enorme transigencia con las personas, esa delicadeza en el trato, esa comprensión sin límites.

Con esta postura de comprensión hacia las personas, contrasta su firme intransigencia a la hora de defender los principios del Evangelio. Con motivo de esto llega a decir que si un ángel del cielo bajase y les anunciara un evangelio distinto, ese ángel sería un hereje digno del anatema. Hay cosas que son intocables para el hombre, por la sencilla razón de que Dios lo ha determinado así. El contenido de la fe es un depósito que Cristo ha confiado a sus apóstoles y que nadie puede en absoluto cambiar nunca.

 

Acción y oración de Cristo

 

". . . se marchó al descampado y allí se puso a orar" (Mc 1,35)

 

Jesús fue muy amigo de sus amigos. Supo querer a quienes había elegido para que le ayudaran en la gran tarea que le había traído al mundo. Así muchas veces lo contemplamos en el Evangelio rodeado de sus discípulos, departiendo con ellos con sencillez y cordialidad. Él participa de sus preocupaciones y problemas, entra en sus casas, conoce y trata a los familiares de los suyos. Es bonito ver al Maestro que viene a la casa de Pedro a curar a su suegra, a quitar la fiebre a esa pobre viejuca que sufría, seguramente, por verse incapaz de ayudar y dando trabajo a los demás.

Qué contenta debió sentirse al verse curada. Cómo sonreirían los discípulos al verla afanosa por servir al Maestro y los que le acompañaban. Es una escena entrañable de la vida familiar, que Jesús bendice con su presencia bienhechora. Lección de buenas relaciones entre quienes con alguna frecuencia hay desavenencias y celos, cuando no rencor e incomprensión. El Señor nos enseña a preocuparnos por los ancianos enfermos. La suegra de Pedro nos anima con su ejemplo a saber servir, también cuando los años pe- san.

 

 

 

Continúa el texto evangélico diciendo que la gente se agolpaba para ver a Jesús. Podemos afirmar que también ahora las muchedumbres se sienten atraídas por el Señor y acuden tras de Él, ávidas de su palabra y de su consuelo, necesitadas de la curación de tantas llagas como a veces laceran el corazón humano. El Señor sigue intercediendo por la Humanidad doliente. Sus manos de tau- maturgo siguen bendiciendo por medio de su máximo representante, así como a través del más humilde de sus sacerdotes. Su Palabra sigue descendiendo como lluvia suave sobre nuestra tierra reseca, para limpiar y fecundar, para despertar a la vida y a la esperanza.

Nos dice luego el pasaje que hoy contemplamos que Jesús, aunque asediado por las multitudes, buscaba el silencio para orar a Dios por los hombres. También nosotros, a pesar de estar metidos en tantas tareas humanas, hemos de buscar el silencio para escuchar a Dios, para hablarle sin palabras. De lo contrario la vorágine de los días y las cosas nos envolverá, arrastrándonos hacia la superficialidad y el vacío interior.

Aunque parezca un contrasentido, para llegar al corazón del hombre tenemos que penetrar primero en el de Dios. Y esto sólo se consigue a través de la oración, sobre todo de la mental, la que nos pone en sintonía con el sentir de Dios, la que nos alcanza su perspectiva luminosa.