Monición de entrada
Anuncio pascual de la conversión. La conversión es tema fundamentalmente pascual y resuena en la liturgia de hoy. El resucitado se aparece a los suyos, les instruye y les manda a predicar la conversión y el perdón de los pecados (Ev.). Pedro termina su discurso exhortando a la conversión. (1 Lect ). Juan presenta a Cristo como víctima propicia por nuestros pecados. El Bautista y Jesús inauguraron su predicación invitando a la conversión. Ahora el Resucitado y la primera comunidad inician su actividad salvífica anunciando también el mensaje de la conversión (2 Lect.).
Canto de entrada. Resucitó el Señor
Resucitó el Señor,
cantad ¡aleluya, aleluya!
¡Aleluya, aleluya, aleluya!
(Cantoral Litúrgico Nacional: n°205)
Aspersión del agua bendita
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Primera Lectura. Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Hcch 3,1315.1719.
Testimonio de Pedro. La curación del lisiado da oportunidad a Pedro a recriminar el rechazo de Cristo por algunos del pueblo hebreo e invita a la conversión y al perdón de los pecados.
Salmo responsorial.Sal 4,2.7.9. Haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro Señor.
(Libro del Salrnista: págs. 140-141).
Segunda Lectura . El es victima de propiciacion por nuestros pecados y también por los del mundo entero. (1Jn 2,15a).
Cristo abogado ante el Padre. El pecado contradice el espíritu de la Resurrección y del bautismo. Cristo tiene el poder de liberarnos del mal como intercesor ante el Padre.
Evangelio. Asi estaba escrito: El Meslas padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día.(Lc 24,3538)
Presencia del Resucitado entre los suyos. La repetición de las apariciones del Resucitado tiene el objeto de convencer a sus discípulos de que ha resucitado. No es suficiente tocar las "llagas", sino comprender las Escrituras y abrirse a la conversión del corazón.
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Canto de Comunión. Quédate con nosotros.
Quédate con nosotros, la tarde está cayendo.
Quédate con nosotros, quédate.
(Cantoral Litúrgico Nacional: n° 028).
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Nos molesta la falta de coherencia y observamos entre las personas que dicen y no hacen. Los defensores de la ley esperaban al Mesías y ellos fueron los que lo mataron. ¿Por qué esperarlo, si cuando viene lo rechazan? Es la evidencia de tantas formalidades, de tantas palabras que se dicen sin cumplimento y sin compromiso.
El cristiano que conoce a Cristo y no guarda sus mandamientos, nos dice San Juan, es un mentiroso. El que camina en la luz y practica de corazón el Evangelio se opone al pecado y a las obras de las tinieblas.
Caminar en el pecado es una forma de "matar" a Cristo y desfigurar su imagen; es evadirse de las exigencias de su mensaje.
El mismo Resucitado que disipó las dudas y los miedos de los suyos, nos interroga hoy y nos invita a abrir nuestro entendimiento para comprender las Escrituras y convertirnos de corazón.
Domingo III de Pascua
Hay que rectificar
"Israelitas, ¿de qué os admiráis?" (Act 3,12)
Había motivo más que suficiente para estar llenos de admiración. Aquel hombre llevaba años y años inválido, pobre mendigo que pedía en el Templo cada día, postrado en la puerta Hermosa. Y de pronto se le veía ágil, andando gozoso por entre la gente. Sí, se trataba de un hecho admirable. Pero Pedro quiere dejar bien claro que no ha sido él por su propio poder el que ha curado a aquel enfermo. Quiere dejar constancia de que en realidad el milagro se ha verificado por el poder de Cristo, ese mismo queellos habían entregado a Pilato y le habían acusado hasta uir la pena de crucifixión para Él.
San Pedro es claro y valiente en sus palabras, les acusa de que han rechazado al Santo, al Justo de Dios. "Matasteis al autor de la vida, les dice, pero Dios le resucitó de entre los muertos y nosotros somostestigos". Esto era lo que realmente importaba, esa es la razón en definitiva de que haya curado al paralítico. Así mostrabacon la evidencia de las obras que, en efecto, Jesús de Nazaret, en cuyo hombre se ha realizado la curación había vuelto a la vida, glorioso y vencedor de la muerte, glorificado para siempre por el Dios de nuestros padres.
"Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados" (Act 3,19)
La acusación de Pedro es clara y directa, pero al mismo tiempo está suavizada con la excusa a favor de los judíos de que hicieron aquello por ignorancia. Y no sólo ellos, sino también las autoridades del pueblo. El primero de los Apóstoles adopta la misma postura de su Maestro en la cruz, desde donde, en medio de sus dolores y sufrimientos, clamaba al Padre y pedía perdón para quienes se burlaban de Él y le crucificaban. De esa forma Dios cumplió las profecías de los antiguos profetas, que habían predicho la pasión y muerte de Jesucristo. Esa actitud de comprensión y benevolencia es, por otra parte, un estímulo y una exigencia para que también nosotros nos esforcemos por comprender y perdonar siempre.
Después de esta justificación para sus oyentes, Pedro da el paso definitivo, mediante el cual les exhorta a la conversión y al arrepentimiento, para que así se borren sus pecados. Es decir, no basta con reconocer las propias culpas, ni siquiera basta con llorarlas, ni tampoco es suficiente decir me arrepiento. Es necesario, imprescindible, convertirse, es decir, cambiar de conducta. Rectificar, en definitiva. Son palabras que nos alcanzan a cada uno de nosotros, pues también nosotros, de alguna forma, hemos tenido parte en la crucifixión del Señor que, al fin y al cabo, murió por nuestros pecados.
Sólo Tú
"Ten piedad de mí y escucba mi oración" (Ps 4,2)
"Escúchame cuando te invoco, Dios, defensor mío: Tú que en el aprieto me diste anchura, ten piedad de mí y escucha mi oración...". La súplica del salmista refleja hoy su gran confianza en Dios, su inquebrantable esperanza en el poder del Señor. Por eso recurre a Él en los momentos de dificultad, en los instantes, tan frecuentes a veces, en que todo parece hundirse a nuestro alrededor.
Pero no olvidemos que esas palabras fueron inspiradas por Dios para que también nosotros las hiciéramos nuestras, para que las pronunciáramos en nuestras dificultades con la misma gran confianza? con idéntica esperanza contra toda esperanza. Al fin y al caboDios es el mismo de entonces; porque quien pide es otro, pero quien atiende la petición es el mismo.
Y que no nos desaliente nuestra propia miseria, que no nos retraiga nuestra pequeñez. Tengamos en cuenta que Dios escucha al hombre, a la pobre criatura que recurre a Él, no porque ésta tenga derecho alguno a ser atendida, sino que complace la petición porque es misericordioso y bueno. Es su amor sin límites lo que le inclina hacia nosotros, y no nuestra conducta la que, en definitiva, mueve su corazón y su brazo.
"Tú sólo, Señor, me haces vivir tranquilo" (Ps 4,9)
Sí, Dios mío, Tú sólo. Si me apoyo en los demás siempre me siento inseguro, siempre me queda el temor de que me fallen. Quizá porque uno mismo se ve tan frágil, desconfía de la aparente fortaleza de los demás. Lo cierto es que Dios mismo maldice al que confía en el hombre.
Y si me apoyo en mí mismo, entonces sí que me tambaleo. Por mucho que uno haga por estar en pie, por sentirse firme y libre de todo peligro, hay algo que siempre nos amenaza, algo que nos muestra la debilidad esencial de la pobre naturaleza humana caída.
Por todo eso, Señor, sólo Tú me haces vivir tranquilo. Sólo Tú me sostienes en el camino, tan duro a veces, de una fe y una fidelidad, aunque sea a medias, a tu llamada de exigencias y de amores divinos... Concédenos la luz suficiente para comprenderlo, para aceptarlo de una vez. Y que esta convicción en tu poder y en tu amor nos dé la paz, el gozo de vivir, sufrir o reír, por Ti y para ti.
I Sembrar siempre
"Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis" (lJn 2,1)
Al fin y al cabo todo cuanto se escribe en nombre de Dios es para exhortarnos a no pecar, para ayudarnos en nuestra lucha diaria por ser mejores, para que no olvidemos que la suprema desgracia es la de ofender a Dios. Y cuánto se ha escrito sobre esto, y cuánto se sigue escribiendo. Una y otra vez, desde un ángulo y desde otro; con la ilusión de ser atendido y sembrar así la alegría en el corazón triste de los hombres, o con la sensa- ción de que muchas veces es una semilla que se pierde, unos granos que nunca echarán raíces, unas palabras que no hallarán resonancia alguna.
De todos modos, la siembra sigue. Porque de todas formas, siempre habrá, hay ciertamente, un rincón, un rescoldo de buena tierra que recoge la simiente y da fruto, el maravilloso fruto del verdadero amor, el que no muere nunca, el fruto de la vida sin muerte... Sí, vale la pena sembrar siempre, seguir caminando por la tierra con el zurrón generosamente abierto, la mano llena de buena semilla, la de Cristo, la del amor, la de la justicia, la de la paz y desparramarla al viento, sembrar a fondo perdido, llenos de ilusión y de esperanza.
"Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo " (lJn 2,2)
Una exhortación continua a no pecar, un deseo siempre encendido que pide con tenacidad el fiel cumplimiento de la voluntad de Dios, la convicción plena de que sólo amando a Dios y a los hombres por Él, crecerá la felicidad y el gozo en este nuestro valle de las lágrimas.
Pero esa exhortación a no pecar llega aún más lejos. Es una llamada de Dios que busca nuestro interés y nada más. Por eso es una llamada llena de comprensión, una llamada que hace brotar la esperanza. Así, pues, San Juan nos sigue diciendo que si alguno peca que no se desanime, que no se deje vencer por la tristeza y la desesperanza, que se levante de nuevo, que camine otra vez hacia la casa del Padre, persuadidos de que ese buen Padre está esperando nuestro retorno con los brazos abiertos, dispuesto siempre al perdón, y a empezar de nuevo. Y es que ante el Padre tenemos a quien, brazos en cruz, intercede por nosotros. Sí, Jesucristo, el amado del Padre, el Justo, Él es nuestro abogado, el perfecto Mediador que siempre consigue el perdón del pecador, aun del más grande que podamos imaginar. Sólo es necesaria una cosa para obtener el perdón: pedirlo.
Renacer a la esperanza
"Mientras hablaban se presentó Jesús en medio . . " (Lc 24,36)
Los acontecimientos postpascuales son el tema de la conversación de los apóstoles y discípulos en aquellos días. Ahora es el relato de los de Emaús lo que les ocupa y sorprende, lo que les alegra y al mismo tiempo les hace titubear. La Resurrección de Jesús era algo tan grande que no les cabía en la cabeza, tan inaudito y tan fuera de lo común que les desconcierta y los conmueve profundamente.
"Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: Paza vosotros". Ellos reaccionaron llenándose de temor, con el miedo de quien cree ver un fantasma. Ellos lo habían contemplado colgado de la Cruz, exánime y desangrado, con la palidez cérea de la muerte. Y ahora lo contemplan sonriente, lleno de vida y de vigor, con su atractivo personal de siempre, con aquella miradaluminosa y penetrante que acariciada y exigía al mismo tiempo. Tan formidable les parecía, que pensaban que no podía ser verdad tanta dicha.
Jesús les comprende y de nuevo les perdona su dureza de co- razón para creerle. Se pliega a sus desconfianzas y recurre a todos los medios posibles para disipar sus dudas y miedos. "Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo". Qué más necesitaban para creer en Jesús Resucitado cuando podían hasta tocarlo, poner como Tomás las manos en sus llagas gloriosas. Sin embargo, no acababan de convencerse, "no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos". Era demasiado bello todo como para que no fuera más que un sueño. El SeAor sigue insistiendo con paciencia y habilidad: "¿Tenéis algo que comer? -les pregunta-. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos". Para acabar de persuadirles les explica que lo que estaban viendo fue ya predicho por Moisés y por los profetas. "Así estaba escrito: el Mesías padecerá,.resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén". A partir de entonces la luz de la Pascua comenzó, en efecto, a extenderse hasta los últimos rincones de la tierra, llevando a todos los hombres la paz y el gozo de la más firme esperanza.
Ojalá que el recuerdo vivo de todo esto disipe de una vez nuestras dudas y temores, ojalá creamos firmemente en el triunfo grandioso y definitivo de Cristo, y nada ni nadie nos arranque la paz ni el sosiego, ni la esperanza ni la alegría. Que seamos portadores y transmisores eficaces de la gran noticia, la Buena Nueva, que trae a los hombres la salvación temporal y la eterna.