S0LEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD


Monición de entrada: Dios, Misterio y cercanía. La fiesta de hoy nos invita a profundizar en el Misterio divino. Dios es el Padre que con sabiduría ha creado y dirige el universo (1ª Lect.) y se ha hecho cercano al hombre para liberarlo del pecado por medio de Jesucristo (2 Lect.) y que ahora lleva al cumplimiento la redención mediante la presencia del Espiritu que guia hasta la verdad plena (Ev.).

Canto de entrada.- Un solo Señor.

Un solo Señor, una sola fe,

un solo bautismo,

un solo Dios y Padre!

(Cantoral Liturgico Nacional n° 708)

Aspersión del agua bendita,

o bien:

              Acto penitencial:

- Tú, que eres el Hijo amado del Padre

- Tú, que eres el primogénito de toda criatura

- Tú, que eres el ungido por el Espíritu para anunciar la Buena Nueva a todos los hombres.

 

LITURGIA DE LA PALABRA

Primera Lectura: "Ates de comenzar la tierra, la sabiduría fue engendrada"(Prov.8,22-31)

La Sabiduría creadora.- En el libro de los Proverbios se llama Sabiduría a quien el evangelista San Juan denomina Palabra eterna del Padre por la que todo ha venido a la existencia.

Salmo responsorial: (Sal 8,4-5.ó-7a 7h-9) R/. "Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda /a tierra!" (Libro del salmista: pgs. 178-180).

Segunda Lectura: "A Dios por medio de Cristo, en el amor derramado con el Espíritu " (Rorn 5, l-5)

Salvados por el Hijo.- Somos capaces de vivir y superar las dificultades de la vida, haciendo de ellas virtud y vida nueva, porque se nos ha dado el Espiritu de Dios y por El sentimos en nosotros la cercanía del amor de Dios Padre.

Evangelio: "Todo lo que tiene el Padre es mío; el Espiritu tomará de lo mio y os lo anunciará " (Jn 16,12-15)

El Espiritu de la verdad.- El Espiritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, es el que guiará nuestros pasos y nos hará descubrir en cada suceso de la historia el misterio de la salvación.

 

LITURGIA EUCARISTICA

Canto de Comunión.- Como brotes de olivo

Como brotes de olivo,

en torno a tu mesa, Señor,

así son los hijos de la Iglesia

(Cantoral Litúrrgico Nacional: n° 528).

 

Reflexión:

El misterio de la Trinidad es la síntesis de nuestra fe cristiana y del Año litúrgico. La Trinidad no es un problema numérico, como si se tratase de que tres sean uno.

El mundo construye sus dioses y corre tras ellos, sin advertir su falsedad y vaciedad

Moisés presenta a Israel con toda crudeza la verdad que "no hay otro Dios".

Es un Dios fiel, a pesar de la infidelidad de Israel.

Es un Dios cercano al pueblo, aunque éste se aleje de él.

Es un Dios al que nosotros podemos llamar "Padre" y nos ha hecho hijos adoptivos.

Creer en la Trinidad no es cuestión de alta teología; es vivir la fe profundamente y experimentar personalmente el amor del Padre.

El que cree en la Trinidad es también solidario con todos los hombres.

 

 

Santisima Trinidad

En la cumbre

"Esto dice la sabiduría de Dios: El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras antiquísimas" (Prov 8,22)

Palabras que se pierden en la bruma de los tiempos, palabras que nos llegan envueltas en los tupidos velos del misterio. Nos hablan de cuando no había nada, de un tiempo fuera del tiempo. Quisiéramos que todo fuera claro y sencillo. Contemplar con nuestros ojos la hondura de la esencia de Dios, sin comparaciones ni metáforas. Pero es imposible, Dios no cabe en nuestras palabras, no podemos conocerlo directamente. Tan sólo llegamos hasta Él por analogía, por aproximación. Mas es suficiente esa aproximación, para que podamos entrever algo tan sublime que nos rinda ante tanta grandeza. Sí, por la revelación de Dios podemos llegar hasta donde nuestro pobre entendimiento no pudo si soñar, hasta la misma cumbre divina. Y desde ese picacho el hombre sólo puede hacer una cosa, adorar en silencio. Estamos ante lo sagrado, lo trascendente, lo inefable. Pretender preguntar siempre, querer saberlo todo es profanar la revelación, pisar torpemente esas palabras llenas de la sabiduría de Dios.

"Cuando ponia un limite al mar; y las aguas no traspasaban mis mandatos. . . " (Prov 8,29)

Dios uno y trino. Tres personas y una naturaleza. El Padre, Dios, dando forma y color al mundo, haciendo brotar de las tinieblas un torrente de luz, colgando sin hilos los millones de astros que pueblan los espacios siderales, bordando en hielo las imponderables filigranas de una brizna de escarcha... El Hijo, Dios hecho hombre, nacido de madre virgen. Trabajando sobre nuestra tierra, mojando con el sudor de sus manos la madera tosca de nuestros árboles, amando a los hombres hasta morir por ellos colgado de una cruz...

El Espíritu Santo, Dios que procede del Padre y del Hijo. Que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Ezequiel nos narra una visión maravillosa. Ve un campo lleno de huesos secos. De pronto el Espíritu sopla sobre ellos y cobran vida y cuerpo. El Espíritu da la vida, es el soplo de Dios. La fuerza que transforma, el viento que empuja con su impulso la barca que es la Iglesia. Verdadera y única Trinidad, única y suma Deidad, santa y única Unidad. Sólo nos queda decir: Creo, espero, amo. Gracias a Ti.

 

¿Por qué, Señor?

 

"Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos. . . " (Ps 8,4)

Muchas veces el espectáculo de una noche estrellada ha suscitado en el hombre la emoción religiosa, y con frecuencia también la poética. Es una pena que los hombres de la ciudad no veamos esa maravilla de cada jornada. Las luces artificiales oscurecen nuestro cielo, en ocasiones manchado además por la polución atmosférica. Quizás por eso la gente del campo, los hombres sencillos de los pueblos, mantengan una vida de fe más honda y una limpieza mayor de costumbres. Esa realidad constituye un símbolo de otra más profunda. Deslumbrados por una vida aburguesada y cómoda, cegados por los malos deseos y los vicios, embotados por el afán de lucro y de placer, los hombres viven iluminados por una claridad ficticia, una luz pobre que sólo permite ver a muy corta distancia, que oscurece hasta hacer totalmente invisible todo ese otro mundo que nos circunda, eso que es lo más hermoso que tiene la tierra y

el cielo: la vida misma; eso que constituye la maravillosa y ru- tilante huella de Dios.

 

"¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?" (Ps 8,5)

Ante esta grandeza impresionante, el autor inspirado se pregunta con extrañeza sobre el interés que Dios demuestra por el hombre. En comparación de los espacios siderales, la criatura humana es casi nada, un ser diminuto que ocupa un rinconcito mínimo del orbe. Y, sin embargo, el Padre Eterno lo ha elegido como a su criatura predilecta, redimiéndolo de su pecado, digno de pena eterna, con la muerte redentora de su mismo Unigénito. Y no sólo lo redime, sino que también lo santifica, lo perfecciona por medio del Espíritu Santo que habita en el corazón del hombre creyente, a quien elige como a su propio templo. Sí, es algo incomprensible el que Dios nos haya coronado de gloria y dignidad, que nos haya entregado el mando de la obra de sus manos. Hoy que celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad, además de hacer un acto de fe en la Unidad de Naturaleza y Trinidad de Personas, hacemos un acto de amor y de esperanza porque Él, que lo es todo, se acordó de nosotros, que no somos nada.

Complejo de superioridad

"Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristó" (Rom 5,1)

Mala situación es el estado de guerra, la peor situación en la que se puede encontrar el hombre. Aquellos que vivieron el ambiente bélico dan testimonio de ello, un testimonio que a los que no lo hemos conocido nos parece exagerado y un tanto machacón Sin embargo, es cierto que la guerra es uno de los males apocalípticos, un clima donde crecen el odio y el rencor como maldiciones que dañan terriblemente al hombre.

Y a más fuerte enemigo, mayor tragedia; a más sabio contrincante, más penosa situación; a más grande amor roto, más profundo sufrimiento. Y Dios es el más fuerte, el más sabio, el más amante. Por eso la enemistad con Dios es lo más horrible que le puede ocurrir al hombre. Y el mayor bienestar que le puede venir es la paz con Él. Pues eso es lo que nos ha conseguido Cristo. Pablo insiste en lo mismo con otras palabras. Por Él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en la que estamos; y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios... A la enemistad y el odio han sucedido el amor y la benevolencia. La guerra ha terminado y la paz ha renacido. Dios nos ha perdonado, está dispuesto siempre al perdón. Se dejó coser a una cruz para tener siempre los brazos abiertos al pecador arrepentido.

 

"Mas aún, hasta nos gloriamos en las tribulaciones. . . " (Rom 5,3)

Esta conciencia clara de estar en paz con Dios -el peor enemigo que podíamos tener y también el mejor amigo-, esta persuasión de haber sido adoptados como hijos por el Señor y Dueño del universo entero, provoca en Pablo una especie de complejo de superioridad, le transmite un sentimiento hondo de alegría y de optimismo. Lo cual le lleva a gloriarse siempre. Cuando todo va bien, y cuando todo pudiera ir mal. Se apoya san Pablo en la es- peranza que tiene en el poder y en el amor de Dios, y se siente fuerte y seguro, vencedor. Y no sólo esto -sigue diciendo-, sino que nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabedores que la tribulación produce la paciencia, la paciencia, una virtud probada, y la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará confundida, pues el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado... Sí, no hay obstáculo que pueda interceptar el paso alegre del que se sabe hijo de Dios Padre, no hay verdaderas penas en la vida de un hombre redimi

do por Cristo, no hay lugar al miedo o a la angustia en aquellos que están inundados por la maravilla del Amor, el don primordial el Espíritu Santo.

 

Dios uno y trino

"Cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad, os guiará. . ." (Jn 16,13)

El Evangelio según san Juan es considerado por la liturgia como el Evangelio pascual por excelencia. Estas dominicas que preceden a Pentecostés, nos presentan una y otra vez sus páginas inspiradas, transidas por el recuerdo luminoso del Discípulo amado. Páginas cargadas en ocasiones de sugerencia y misterio, de amor velado y profundo. En especial las escenas y diálogos de la Ultima Cena tienen el acento entrañable de una despedida cargada de promesas y de ternura. Jesús dijo entonces a los suyos, y nos lo dice ahora a nosotros, que muchas cosas tiene que enseñarnos, pero que todavía no podemos cargar con ellas; aún no podemos comprenderle del todo. Se refiere el Señor a la riqueza inagotable e inabarcable de los tesoros divinos que poco a poco vamos recibiendo. Dios se adapta a nuestra capacidad limitada y se nos va acercando más y más, para descubrirnos paulatinamente su grandeza sin límites. Jesús sabía que los suyos no le comprenderían, ni incluso después de haber resucitado. Pero no se desanima y les dice que cuando venga el Espíritu Santo los guiará hasta la verdad plena. Él será quien culmine la obra de la redención, quien habite en nuestros corazones y actúe, día a día, hasta transformarnos en hombres nuevos, siempre que nosotros secundemos con docilidad su acción sobre nuestra alma. Él me glorificará, sigue diciendo el Maestro, porque reci- birá de mí lo que os irá comunicando. Los apóstoles comprendieron entonces, cuando llegó el Espíritu de la Verdad, lo que Jesús era y significaba realmente para todos los hombres. Desde entonces su amor y entusiasmo por Jesucristo creció hasta límites insospechados, por Él serían capaces de los mayores sacrificios, héroes de las más grandes hazañas. Jesús es confesado como perfecto hombre y como perfecto Dios, es proclamado ante todos los hombres a través de todos los tiempos y sobre todos los espacios, amado y ve- nerado como ningún otro hombre, como ningún otro dios. Él es el Hombre por excelencia, pero también el único y verdadero Dios.

Al decir que todo lo que tiene el Padre es suyo, Jesús nos revela su igualdad de naturaleza y dignidad con el Padre y Creador del universo. También lo que anuncia el Espíritu Santo es de Jesucristo, y por tanto también con Él es uno e igual a Él. Estamos en los umbrales del misterio de la Santísima Trinidad, misterio insondable e inexaudible, ante el que sólo cabe la aceptación humilde y gozosa. Misterio imposible de captar ni de entender. La grandeza divina es tan inmensa que la más penetrante inteligencia humana se siente embotada y lerda para comprender, y mucho más para comprehender. Esta incapacidad en lugar de entristecernos nos ha de alegrar. Ello significa que Dios Nuestro Señor es inmenso en todos sus atributos y perfecciones, digno de nuestro amor y nuestra fe, mantenedor firme de nuestra esperanza.