PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

 

Monición de Entrada:

Tentaciones en el camino.- La tentación más grande del hombre es el no querer reconocer y aceptar sus propias limitaciones (1ª Lect)

Cristo, a diferencia de Adán, acepta plenamente la condición humana, reco nociendo la dependencia de Dios y rechazando el proyecto autónomo (Ev).

Y así Cristo constituye la nueva humanidad en la que sobreabunda la gracia (2ª Lect)

 

Canto de entrada: "Nos ha llamado al desierto"

Nos has llamado al desierto, / Señor de la libertad,
y está el corazón abierto / a la luz de tu verdad.
Subimos con esperanza / la escalada cuaresmal,
el Pueblo de Dios avanza / hasta la cumbre pascua¡.

(Cantoral Litúrgico Nacional: nº 126)

 

Acto Penítencial:

- Por nuestro orgullo, que nos impulsa a vivir de forma egoísta.

- Por nuestra antipatía y falta de consideración hacia los hermanos.

- Por nuestro apetito desordenado de tantas cosas y realidades que no son de Dios.

LITURGIA DE LA PALABRA

Primera Lectura: "Creación y pecado de los primeros padres" (Gn 2,7-9; 3,1-7)

La condición humana.- El hombre, modelado por Dios y colocado en el paraíso, es tentado. La narración M pecado de Adán no es sólo una descripción del pasado, sino una realidad en el presente. El hombre no quiere reconocer su dependencia de dios y comienza el desorden entre los humanos. Dios nos dirige sus promesas y exige de nosotros la fe y la obediencia para que puedan realizarse.

Hoy como ayer, el pecado consiste en no aceptar la dependencia de Dios y continúa en el mundo el desorden entre los hombres y los pueblos.

Salmo responsorial: (sal 50,3-4.5-6a.12-13. l4 y l7)

R/ "Misericordia, Señor: hemos pecado ". (Libr.o del Salmista: Págs 76-77)

Segunda Lectura: "Si creció el pecado, más abundante fue la gracia"(Rom.5,12-19)

La nueva humanidad: San Pablo habla de solidaridad. La solidaridad con Adán condujo a la muerte; la solidaridad con Cristo, a la vida. Por El ha entrado una nueva situación en el mundo.

Evangelio: Jesús ayuna cuarenta días y es tentado " (Mt 4,1 -11)

Jesús es tentado en el desierto: Jesús sufre en su naturaleza humana el acoso de las tres tentaciones. Supera las pruebas porque vive de la Palabra de Padre.

LITURGIA EUCARISTICA

Canto de Comunión: "El cáliz que bendecimos
El cáliz que bendecimos
es la comunión de la sangre de Cristo
(Cantoral Litúrgico Nacional: nº536)

 

Reflexión:

La tentación es una realidad en la vida humana: Israel en el desierto sufrió la tentación y la sufrimos nosotros también..

El mismo Cristo fue tentado. Las tentaciones de ayer y de hoy son fundamentalmente las mismas. Lo que cambia es la forma de presentación y el lugar.

Primera tentación: es la tentación de ambicionar, de poseer, de amontonar es la tentación del materialismo que atenaza y esclaviza.

Es creerse saciado con los valores de aquí abajo rechazando el espíritu o negando todo espacio posible a la Palabra de Dios.

Segunda tentación: es la tentación de la esclavitud a la apariencias y a la ostentación. El orgullo humano y la autosuficiencia pervierten el corazón humano.

Tercera tentación: es la tentación de crear dioses a nuestra medida y rendirles culto. Interesa la fama, el honor, la adulación, etc. No importan los medios para conseguirlo, incluso con la injusticia y la mentira.

Jesús experimenta las tentaciones y las supera. En la Palabra de Dios encuentra la fuerza y respuesta para vencerlas.


Domingo I de Cuaresma

"El Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz un aliento de vida y el hombre se convirtió en ser vivo" (Gn 2,7-8)

Allá en los principios, cuando la tierra acababa de estrenarse, hundida aún en el silencio y en la soledad, sin nadie capaz de transformarla, de contemplarla y de cantarla. Entonces Dios creó al hombre. El libro sagrado nos relata con palabras sencillas, cargadas de poesía y de simbolismo, lo que ocurrió en aquellos instantes decisivos para la Historia.

Dios, como alfarero que hunde sus dedos en el barro blando y rojizo. Como escultor que modela con mimo los perfiles de esa figura hecha a su imagen y semejanza, al hombre. Infundiéndole el soplo de su Espíritu, animando aquel cuerpo muerto, dándole vida, haciéndolo partícipe de su propio hálito vital.

Misterio del hombre. Barro y espíritu. Extraña mezcla de tierra fangosa y de cielo limpio. Ansias de eternidad y avidez por lo sensible, hambre de grandeza y deseos de lo material y caduco. Dos fuerzas en tensión continua. Hacia arriba, muy arriba. Y hacia abajo, muy abajo... Señor, compadécete de la obra de tus manos, corta esas amarras que nos frenan en nuestro vuelo vertical y ascendente de seres racionales.

 

"La serpiente era el más astuto de los animales del campo..." (Gn 3,1)

Sigue el relato con sus matices ingenuos y casi míticos, transmitiendo una verdad profunda con su ropaje de palabras sencillas al alcance de todos los hombres, también de aquellos que, con una mentalidad casi infantil, escucharon por vez primera cuanto ocurrió en el principio de la Historia. Pero a través de esas palabras se descubre entre líneas la presencia del maligno. Ese espíritu infernal, esa fuerza maléfica, ese demonio horrible que acecha y engaña con mentiras descaradas, con tentaciones que seducen y que arrastran.

Seréis como Dios. Y la mujer se lo creyó, y el hombre también. Cayeron en la trampa, quedando aprisionados en la miseria y en el dolor, en la angustia y en la muerte... Y el padre de la mentira, el diablo, sigue susurrando al oído del hombre sus palabras malditas, dulcemente envenenadas... Señor, haznos sordos a sus insinuaciones, ten compasión de tus hijos. Manda de nuevo a Miguel Arcángel para que venza a Luzbel, para que nos defienda en la lucha y nos ampare contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprime las fuerzas del infierno, que el Príncipe de la celestial milicia lance con el divino poder a Satanás y a los otros malignos enemigos que para perdición de las almas andan dispersos por el mundo.

 

Tiempo de mortificación

"Misericordia, Dios mío, por tu bondad..." (Ps 50,3)

Comienza la Cuaresma, el tiempo que la Iglesia dedica a la penitencia, a la expiación y a la purificación. A lo largo de estas cinco semanas que preceden al Domingo de Ramos se nos invita con insistencia a que consideremos nuestras faltas y pecados para que hagamos penitencia por haber ofendido al Señor, nosotros que somos la nada, a Él que es el todo. Hacer penitencia, mortificar nuestros sentidos para expiar, junto con Él en la cruz, las muchas veces que le olvidamos, traicionando su grande y profundo amor.

Y con la penitencia, la oración fervorosa, la súplica incesante, pidiendo a Dios que tenga misericordia de nosotros y lave del todo nuestros delitos. El salmista nos invita a que reconozcamos nuestra culpa, pues hemos pecado contra Él, sólo contra Él hemos cometido la maldad aborrecida.

Seamos humildes y comprendamos que esas palabras bien las podemos hacer propias. Lo contrario, el sentirse libre de culpa, sin necesidad de purificarse, sería indicio de estar manchado con la culpa que más nos degrada y más ofende al Señor, el pecado de soberbia. A esos, a los orgullosos, a los "puros", Dios los rechaza, los derriba de ese pedestal en que se han subido.

 

"... por tu inmensa compasión borra mi culpa" (Ps 50,3)

Junto a la expiación está, decíamos, la purificación, el limpiar el alma de todo pecado, y al mismo tiempo enriquecerse con las mejores joyas, las de nuestras buenas obras. Engalanar nuestra alma con un profundo amor, que nos lleve a ser mejores cada día, a ser santos de cuerpo entero. Seamos conscientes de que eso es lo que Dios quiere, nuestra santificación.

Un corazón puro, un corazón limpio y sano, sin tanta podredumbre y malicia como a menudo mancha el interior del hombre. Cuando el pecado salta a la luz pública con desvergüenza y osadía, cuando la inmoralidad se respira por doquier, polucionando nuestra vida, en estos momentos es preciso pedir a Dios con toda el alma que nos dé un corazón puro.

No me arrojes lejos de tu rostro, sigue diciendo el salmo "Miserere", no me quites tu santo espíritu, devuélveme la alegría y proclamaré tu alabanza. Sí, Dios mío, queremos alabarte de nuevo, y levantar un grito de protesta contra el pecado, rebelarnos contra el ambiente de corrupción que nos asfixia. Haz que con nuestra conducta limpia y honrada seamos bandera que ondee al viento tu grandeza y tu amor.

 

Por un solo hombre

"Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo..." (Rom 5,12)

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. El hombre fue la criatura predilecta desde el primer momento, el amigo de Dios, el rey de la creación, el dueño absoluto de aquel grandioso mundo que salió de las manos divinas. Y Dios esperó que Adán correspondiera a ese su inmenso amor. Quería recibir una prueba de su correspondencia, un detalle de su agradecimiento y sumisión.

Pero el hombre no supo corresponder. Y en lugar de someterse al querer de su Creador, se rebela, desobedece, huye avergonzado ante la voz amiga de Dios. Desde entonces el hombre se sintió desnudo, culpable, pecador, desgraciado. Y con el primer pecado comenzó a vivir la muerte, ese espectro fatídico que ronda al hombre apenas comienza a existir.

Y con la muerte todo lo demás. El dolor, el llanto, la enfermedad, la vejez, un cúmulo de factores corrosivos que comenzaron a minar el cuerpo sano y fuerte del primer hombre. Y con él a todos los hombres que de él nacieran. En el alma brotó también la inclinación al mal, el odio, el egoísmo, la lujuria, la soberbia. Un sinfín de amarguras se acumuló sobre el hombre herido y llagado, vencido por su propia rebeldía.

 

"... así también, por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos " (Rom 5,19)

Dios amaba demasiado al hombre para dejarlo abandonado a su mísera suerte. Y ya entonces, apenas si el hombre pecó, las entrañas del Creador se remueven de compasión. Nos narra el Génesis, el libro de los principios, que el Señor, junto a la sentencia de condena y castigo, pronuncia unas palabras de perdón y consuelo para el hombre caído: Llegará el día en que la serpiente, Satanás, morderá el polvo y su cabeza será quebrantada por el linaje de la mujer. Y de nuevo renacerá la amistad entre Dios y el hombre, la esperanza y el consuelo.

San Pablo nos dice en este pasaje de la epístola a los romanos que la obediencia de otro hombre, Cristo, que también es Dios, nos devuelve la vida. Y si el mal y la tristeza abundó por el pecado de uno, el bien y la alegría entraron a raudales en la Historia por la obediencia de otro. En resumen, una sola culpa resultó condena para todos, y un acto de justicia resultó indulto y vida para todos.

Pero no olvidemos que Dios sigue esperando nuestra respuesta de amor. Tengamos muy en cuenta que el sacrificio perfecto de Jesús puede quedar sin efecto si no respondemos a la llamada divina. De nada vale la sangre de Cristo _y tiene un valor infinito_ si nos empeñamos en volver la espalda al Señor, si continuamos por nuestros caminos de rebeldía a la Ley de Dios.

 

Dejarse llevar por el Espíritu

"Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu" (Mt 4,1)

 

El Espíritu Santo conduce a Jesús hasta el desierto, para que se retire a orar y ayunar, preparándose así para la vida pública. También entonces tuvo lugar la primera refriega con el enemigo por antonomasia, con Satanás. El Señor sigue las mociones del Espíritu, esos impulsos internos que le empujan suavemente hacia la lucha y la entrega. Aunque de modo diferente, también en nuestro interior actúa el Espíritu Santo, y trata de conducirnos por caminos de santidad. La pena es que con frecuencia nos resistimos y no secundamos su acción santificadora.

Ahora que se inicia la Cuaresma es buen tiempo para rectificar y seguir las indicaciones que el Espíritu Santo, por medio de la Iglesia y sus ministros, insinúa en nuestros corazones. Emprendamos otra vez la ruta que nos conduce a la paz y a la alegría, rompamos las ataduras de nuestras pasiones y pecados. Hagamos frente con energía a la tentación que, como en el caso de Cristo, nos viene de Satanás. Ese enemigo que no descansa en su afán por perdernos. Por tanto, ahora es tiempo propicio para romper con el demonio y esforzarnos, mediante la confesión sacramental, por purificar nuestras almas.

Cristo ha vencido al diablo. Las falacias y promesas mentirosas de Satanás fueron rebatidas con prontitud y con decisión por nuestro Señor Jesucristo. Apoyados en la gracia de Dios, que no nos ha da faltar, también nosotros venceremos a nuestro más encarnizado enemigo, a Lucifer. Entonces, como Jesús, hallaremos el consuelo y la paz, la satisfacción de nuestras ansiedades y deseos.

Por otra parte, aprendamos la gran lección que Jesús nos da en este pasaje sobre la verdadera índole de su mesianismo. En las tentaciones vemos cómo lo más importante no es lo material, ni siquiera lo más perentorio, como es el satisfacer el hambre, ni lo es el ser aplaudido por la gente, o poseer el poder y la gloria humana. Lo más importante está en vivir de la Palabra de Dios, en abandonarse y confiar en Él pero sin presunción, en adorarle y amarle con toda el alma. Él es, por tanto, un Mesías abnegado que busca antes la Palabra de Dios que el pan y el alimento, un Mesías que no quiere el triunfo temporal sino el espiritual, y que nos recuerda la grave obligación de adorar y servir tan sólo a Dios.