SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

 

Mornición de Entracia:

Humanidad transformada.- Dios llamó a Abrahan para que saliera de su tíerr prometiéndole la nueva tierra, fuente de bendición y de gracia (1ª lect)

La transfiguración de Jesús en el Tabor es la prefiguración de su gloria des pués de la prueba (Ev)

El cristiano, llamado a una vida santa, debe asumir los duros trabajos di Evangelio (2ª Lect)

Canto de Entrada: "Haz brillar sobre nosotros"

Haz brillar sobre nosotros
el resplandor de tu rostro, Señor,
De tu rostro, Señor.
(Cantoral litúrgico Nacional: nº 714)

 

Acto Penitencial:

- Tú , que te transfiguraste ante tus discípulos.
- Tú que eres el Hijo amado del Padre.
- Tú que nos llamas a una vida santa

 

LITURGIA DE LA PALABRA

Primera lectura: "La vocación de Abrahan, padre del pueblo de Dios" (Gen l2,1-4a)

La vocación de Abrahán.- Abrahán fiado en la Palabra de Dios se despoja todas sus seguridades y emprende un camino en busca de una tierra prometida por el Señor.

Su elección y el camino emprendido son signo de la elección y del camino de todo su pueblo. Su fe y su decisión son un ejemplo para todos los discípulo de Cristo.

Salmo Reponsorial: (Sal 32,4-5.18-19.20 y 22)

RI "Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros" (Libro del Salmista pags 82 y 8 3)

Segunda Lectura: "Díos nos llama y nos ilumina" (Tim 1,8b-10)

Nuestra vocación: Al igual que a Timoteo, cada cristiano es un llamado a la salvación y a la conversión diaria.

Acompañan esta vocación la luz y la gracia. Exige también el compromiso de anunciar el mensaje del Evangelio.

Evangelio: "Su rostro resplandecía como el sol" (Mt 17,1-9)

Transtigurados con Cristo: La transfiguración de Jesús ante sus discípulos anticipa delante de sus ojos la gloria de su Resurrección y les estimula a permanecer en la fe ante la inminencia de su Pasión.

Nosotros, como otros discípulos, escuchamos la Palabra de Jesús que nos invita a llegar a la luz gloriosa pasando por la cruz cotidiana.

LITURGIA EUCARISTICA

Canto de Comunión: "Oigo mi corazón"

Oigo en mi corazón: "Buscad mi rostro"
Tú rostro buscaré, Señor,
no me escondas tu rostro. (2)
(Cantamos Litúrgico Nacional: ni 540)

 

Reflexíón:

Cuaresma es camino hacia la Pascua. Abrahan sale de su tierra y se encamina hacia la tierra prometida por Dios.

No es fácil ponerse en camino, ni hacer de la vida un camino. Nos gusta la instalación y la seguridad.

Abrahán se puso en camino confiando plenamente en la Palabra de Dios. Nosotros somos también peregrinos en busca de una tierra sin fin. Caminamos hacia la transfiguración gloriosa en la resurrección.

Mientras somos caminantes llevamos el peso de la cruz en nuestra vida cotidiana. La futura transfiguración es transfiguración en el presente.

La celebración de la transfiguración de Jesús nos hace ser testigos vivos de la meta que nos aguarda.


Domingo II de Cuaresma

 

Sal de tu tierra

 

"En aquellos días, el Señor dijo a Abrahán: Sal de tu tierra y de la casa de tus padres hacia la tierra que te mostraré" (Gn 12,1)

Los hombres han pasado por la prueba del diluvio. Nuevamente la tierra se ha ido poblando. Y una vez más los hombres se apartan de los caminos de Dios. Un nuevo pecado va a dividir a la Humanidad. Babel, el deseo de llegar hasta lo más alto del cielo, hasta el mismo Dios. Al fin y al cabo, lo mismo que ocurrió con Adán. El deseo de independizarse de Dios, de ser como Él. El hombre no acaba de entender que sólo apoyándose en Dios podrá llegar a su capacidad máxima de grandeza y de dignidad. No entiende que al prescindir de Dios se hunde, se empequeñece, se aniquila.

Pero la terquedad humana en apartarse del Señor no logra ahogar el afán divino de atraer al hombre. Y para mantener viva la promesa de una liberación final, escoge a un personaje origi- nario de la tierra de los caldeos, Abrahán. Un hombre que oye la llamada de Dios y responde incondicionalmente, con fe absoluta, con una gran generosidad. Y, fiado en las palabras divinas, sale de su tierra, rumbo a los confines que Yahvéh le señala. Soñando con ese hijo que Dios le promete, esperando a pesar de la esterilidad y vejez de su esposa Sara.

 

"Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mun-

do." (Gn 12,3)

Desde ese momento se entabla una honda amistad entre

Yahvéh y Abrahán. Muchas veces nos narra el libro sagrado cómo este hombre llega a intimar con Dios, cómo habla con Él confiadamente, con la misma ingenuidad y sencillez, con el mismo atrevimiento que un hijo pequeño tiene al hablar con su padre.

Abrahán creyó en Yahvéh siempre. También cuando su palabra le exigía sacrificios tan grandes como abandonar su patria o sacrificar a su hijo único. Abrahán dijo siempre que sí. Y Dios le premió su fidelidad con creces, mucho más de lo que aquel viejo patriarca pudiera soñar.

Creer en Dios, decir que sí a sus exigencias de amor, entregarse incondicionalmente, abandonarse y abandonarlo todo en manos del Señor... Quisiéramos, Señor, ser tan fieles como Abrahán, tan generosos como él lo fue. Salir de nuestra tierra, abandonar esta casa de nuestro egoísmo, de nuestra pereza, de nuestra comodidad, de nuestra ambición, de nuestro sensualismo. Y caminar con paso decidido hacia la Tierra Prometida, unidos estrechamente a Ti, tratándote con el cariño, la ternura y la audacia del hijo más pequeño.

 

Fiarnos de Dios

 

"La palabra del Señor es sincera y todas sus acciones son leales" (Ps 33,4)

A menudo comprobamos, entre tristes y defraudados, que las palabras de los hombres están vacías, son falsas, encantadoras en la forma y amargas en el contenido. Y esto incluso en aquellos de quienes tendríamos que esperar comprensión y cariño. Por una parte está la malicia humana, el egoísmo que retrae a la hora de la entrega, la comodidad que frena cuando se intenta ser consecuentes con las promesas y buenos deseos de otro tiempo. Por otra parte, está la propia limitación, en unos más y en otros menos, que nos impide llegar hasta donde pensamos que seríamos capaces de hacerlo.

En Dios ocurre todo lo contario. Él da más de lo que promete, sus palabras encierran más de lo que a primera vista parece. Nunca falla, no nos engaña jamás, nunca defrauda, a nadie decepciona. Él nos ha dicho que hemos de negarnos a nosotros mismos y que hay que cargar con la cruz de cada día, de que hemos de perder la vida para ganarla. Cuando llega el momento de la verdad y uno cumple con lo que Dios pide, o al menos trata de cumplirlo, uno comprueba que su promesa rebasa todos los cálculos. Y eso ya aquí, en la tierra. Sí, es verdad: "Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre".

 

"Nosotros aguardamos al Señor, Él es nuestro auxilio y escudo..." (Ps 33,20)

Queremos fiarnos más y más de ti, Señor y Dios nuestro. Queremos comprender que Tú nunca nos fallarás, que pase lo que pase siempre nos amarás y nos ayudarás en los momentos difíciles. Es verdad que a veces nuestros pecados nos hacen desconfiar de ti, que nuestras faltas nos asustan y nos impiden mirarte con la mirada tranquila y confiada de los niños. Haznos comprender que tu misericordia es infinita y eterna. Infinita para cubrir de compasión la magnitud de cualquier delito, eterna para perdonar siempre sin cansarse nunca.

Si estuviéramos persuadidos de que eso es así, cambiaríamos de vida, preferiríamos morir antes que traicionar tu amor divino. Pero somos raquíticos al concebir al Señor, lo encuadramos en las estrechas fronteras de nuestra mente. No entendemos la fuerza de su amor y lo olvidamos porque, en el fondo, poco o casi nada significa Dios en nuestras vidas... No queremos ser así, Señor; no queremos encerrar la grandeza de tu corazón en el pequeño estuche del nuestro. Ten piedad y que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

 

Hay que participar

"Toma parte en los duros trabajos del evangelio, según las fuerzas que Dios te dé" (2Tim 1,8)

 

San Pablo escribe esta segunda carta a su discípulo Timoteo, y en ella le da una serie de recomendaciones que todavía hoy tienen vigencia para nosotros. Habla el apóstol de los duros trabajos que el anuncio del evangelio lleva consigo. Él lo sabe por experiencia, él puede decirlo con conocimiento de causa. Por eso no disimula las dificultades que entraña la predicación, las expone con sencillez y llaneza para prevenirle y animarle en la tarea.

No podemos olvidar que todos hemos de tomar parte en esa tarea. Todos estamos comprometidos en la lucha por el triunfo del amor y de la verdad. No podemos decir que tenemos fe y permanecer luego pasivos e inactivos. Si nos dejamos llevar de la apatía o de la pereza estamos traicionando a Jesucristo, apagando ese fuego que Él ha venido a traer a la tierra, ese fuego de Dios en-

cendido en nuestros corazones desde el día de nuestro Bautismo.

Sí, cada uno según sus fuerzas, cada uno según su propia situación ha de participar en este afán de llevar la comprensión y el perdón de Dios a los hombres. Todos hemos de alumbrar con la luz de nuestra fe esa oscuridad que hay a nuestro alrededor. De una manera o de otra, con la palabra o mejor aún, con el ejemplo. Sea como sea, hemos de participar en esta maravillosa guerra de paz y de amor que supone el ser cristiano.

 

"Él nos salvó y nos llamó a una vida santa " (2Tim 1,9)

 

Dios nos ha salvado del poder de las tinieblas, nos ha liberado de la esclavitud del demonio, ha perdonado nuestros pecados y nos ha dado su gracia, su infinito amor. En consecuencia hemos de vivir como salvados y libres. Siempre optimistas, siempre contentos, siempre esperanzados y alegres. Con el corazón siempre ágil para la entrega, siempre abierto para amar sin reservas y con desinterés.

Dios te ha llamado por tu nombre, ha pensado desde siempre en ti. Tú, como yo, no eras nada hace más o menos tiempo. Y el Señor de la vida y de la muerte quiso que nacieras y que sigas vivo, te otorgó además la regeneración espiritual con el Bautismo. Tú has sido llamado a formar parte de la gran familia de Dios, a ser un hijo más de nuestro Padre bueno y poderoso.

Y todo por puro amor, por mera liberalidad. Ni tú ni yo, ni nadie ha merecido nada de nada. Por eso ante tanto amor, ante tanta gracia, ante tanta generosidad sólo nos queda estar profundamente agradecidos, tratar de ser consecuentes con nuestra condición de cristianos, comportarnos como hijos de Dios. Sólo así este don de la nueva vida llegará a su plenitud en una felicidad temporal ahora, y luego eterna.

 

La gloria del dolor

"Se transfiguró delante de ellos..." (Mt 17,2)

Jesús, como en otras ocasiones, se queda solo con Pedro y los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan. Estos tres apóstoles serán testigos cualificados de su gloria en la Transfiguración del Tabor y también de su poder cuando resucitó a la hija de aquel personaje principal en Israel. Pero lo mismo que estos tres apóstoles contemplaron el esplendor de su gloria, también estos tres predilectos de Cristo contemplarán la humillación extrema del Maestro en Getsemaní. En efecto, verán cómo el Señor será abatido por el temor, escucharán su oración dolorida, descubrirán cómo su humanidad se quebranta ante el peso aplastante de la pasión.

El Señor los había elegido con el fin de fortalecer su fe, que había de ser fundamento para la fe de los demás. Ellos po- drían decir, cuando llegase el momento de la prueba y del abandono de Jesucristo, que habían contemplado el esplendor de su poder y de su gloria. Cuando Jesús quedara atravesado en la cruz, colgado entre el cielo y la tierra, ellos podrían confesar que a pesar de todo, aquel condenado a muerte era el mismo Hijo de Dios.

La de ellos es una situación que se puede repetir en nuestras vidas. A veces la prueba es dura, insoportable. Entonces hay que recordar los momentos en los que Dios ha estado cerca de nosotros, mostrándonos en cierto modo el fulgor de su grandeza. Podemos afirmar que también nosotros hemos sido testigos del poder y la gloria de Dios, y sentirnos fuertes cuando llegue el momento del dolor y de la contradicción.

Qué hermoso es estar aquí, exclama Pedro, con la espontaneidad que le caracteriza. El resplandor de la figura de Jesucristo le embarga el corazón, le embelesa los sentidos. Aquello fue un pequeño adelanto de la "visión beatífica" que gozan los que ya están en el Cielo, visión que colma todos los deseos y anhelos del hombre y lo hace intensamente feliz. Es ese bien sin sombra de mal alguno que constituye la posesión de Dios, esa dicha inefable que el Señor tiene preparada para quienes perseveren fieles hasta el fin. Ojalá que el convencimiento de que vale la pena alcanzar ese bien, sostenga nuestra esperanza y estimule nuestro afán de lucha.