TERCER DOMINGO DE CUARESMA
Monición de Entrada:
Cristo, fuente de agua viva: Hoy comienza la segunda serie de domingos cuaresmales. Los evangelios de los tres domingos ofrecen la característica de la Cuaresma catecumenal.
Preparan a los catecúmenos a celebrar en la vigilia Pascual los sacramentos de la iniciación cristiana.
No sólo existe un agua que sacia la sed en el desierto y evita la muerte (1ª lect)
Existe también un agua que da la vida eterna: Cristo
(Ev)Cristo nos da la vida que justifica por la fe y la esperanza
(2ªLect)
Canto de Entrada: "Señor danos el agua viva"
Señor, danos el agua viva
que de tu pecho mana:
agua que para siempre
la sed del hombre apaga
danos, Señor, el agua viva (2)
(Cantoral Litúrgico nacional nª 39)
Acto penitencial:
Al comenzar la Eucaristía, oremos en silencio pidiendo que el agua que hizo hijos de Dios en el Bautismo nos renueve, nos purifique y nos haga crecer en la fe y en la caridad.
LITURGIA DE LA PALABRA:
Primera Lectura: "Danos agua para beber"(Ex.17,3-7).12-14a.16)
Un pueblo sediento en el desierto: El agua es el don más apreciado en la vi del desierto. Israel, cansado y sediento, desconfía de Dios. Dios responde c una nueva manifestación de su poder y de su misericordia. El agua es signo de donación de Dios a su pueblo.
Salmo Responsorial: (Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9)
R/ "Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: "No endurezcáis vuestro
corazón"
(Libro del Salmista: pags. 88-89)
Segunda Lectura: "El amor ha sido derramado en nosotros con el Espiritu" (Rom,5,1-2.5-8)
Saciados en el Espíritu: Ningún cristiano tiene derecho a pasar sed. Todos podemos saciamos en Dios.
San Pablo resume aquí la fe de la Iglesia en el don del agua viva presente en la vida de cada discípulo de Cristo.
Evangelio:
"Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna" (Jn . 4,5-42)Jesús, fuente de agua viva: Es imposible vivir sin agua. Dios Padre nos otorga en Cristo la fuente de agua viva .
Jesús se acerca a nosotros, como se acercó a la Samaritana y nos invita a revisar a fondo nuestra vida y el sentido de nuestra fe cristiana para ser auténticos adoradores del Padre en espíritu y verdad.
LITURGIA EUCARISTICA
Canto de Comunión:
"Gustad y ved"Gustad y ved qué bueno es el Señor.
gustad y ved qué bueno es el Señor.
(Cantoral litúrgico nacional: nº 30)
Reflexión
Somos un pueblo en camino. Caminamos en búsqueda de horizontes. Israel y la Samaritana caminaban en busca de realidades que no les satisfacían. Nosotros buscamos porque estamos insatisfechos. Quien está satisfecho no busca. Tenemos sed y buscamos el agua en pozos cegados y egoístas, mientras Dios nos ofrece el agua viva.
Dios da el agua incluso en el desierto. Nos ofrece el agua y nos sumergimos en ella; nos convierte en manantial de agua viva que brota hasta la vida eterna.
Domingo III de Cuaresma
La sed
"En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés..." (Ex 17,3)
La sed se acrecienta lentamente, las reservas de agua se van terminando. Y todavía faltaba mucho para llegar a la tierra que manaba leche y miel, todavía el horizonte se perdía lejano, agreste y reseco, calcinado y polvoriento. El pueblo se queja, protesta y murmura contra Moisés.
La falta de agua es como una obsesión para aquellos hombres que caminaban penosamente por el desierto sin ver el momento de terminar su camino. Y esa situación viene a ser típica, figura expresiva de las ansiedades del hombre, símbolo de la angustia que devora el alma... Cristo dirá en la cruz: Tengo sed. Y en aquel momento se juntan en Él la sensación penosa del que está deshidratado, y el tormento moral de verse clavado en una cruz por aquellos a quienes entregaba su vida de redentor. Jesús quiso gustar el sabor amargo del dolor, físico y moral, de todos los hombres. Esa sed indefinida que nos atormenta a veces en lo más hondo de nuestra vida. Sí, también nosotros vamos caminando por el desierto, sedientos, sufriendo vivamente, anhelando el descanso de nuestras fatigas, deseando alcanzar el consuelo de la Tierra Prometida. Escucha entonces, Señor, nuestro lamento, limpia nuestras lágrimas, sacia nuestra sed.
"Respondió el Señor a Moisés: Preséntate al pueblo..." (Ex 17,5)
Moisés camina hacia la roca del Horeb, llevando consigo el cayado de los prodigios. Yahvéh le ha prometido que de la roca brotará agua suficiente para calmar la sed del pueblo... Sigue el simbolismo del agua que calma la sed recordándonos momentos de la vida de Cristo, sigue trayendo a la memoria realidades que han de remover nuestra vida muerta, cansada y sedienta.
Jesús se sienta, cansado, en el brocal del pozo de Jacob. Es mediodía y tiene sed, espera que llegue alguien y le dé de beber. Pero cuando llega la samaritana, Jesús muestra una sed distinta, un deseo vehemente de librar a esa mujer de su pecado. Ahora es la samaritana la que tiene
"Venid, aclamemos al Señor..." (Ps 94,1)
Entremos en su presencia dándole gracias, nos dice el poema sagrado. Tratemos de poner en práctica cuanto el salmista, inspirado por Dios, nos indica. Vamos a entrar en la presencia divina, vamos a meternos en el Señor, vamos a sentirnos envueltos por su mirada de padre bueno. Pero pensemos también en su justicia divina, en la realidad tremenda, y posible, de un castigo eterno.
Y ya metidos en Dios, inmersos en su inmensidad inefable, vamos a mirarle con los ojos cerrados, a decirle sin palabras, en silencio, que le queremos amar con toda el alma, a pesar de la frialdad que a menudo nos hiela el corazón. Además, vamos a darle las gracias por todo cuanto nos ha dado, por la vida y por la muerte, por el aire que respiramos y la luz que nace cada día, por la noche que arrulla nuestro sueño, por ese incomprensible amor suyo que le ha llevado a dejarse clavar en una cruz como si fuera un forajido, cuando es Dios mismo.
"No endurezcáis el corazónÉ" (Ps 94,8)
El salmista nos dice que no endurezcamos el corazón, que no lo tengamos de piedra sino de carne, que no lo mantengamos helado ante el amor ardiente de Dios. Imposible parece y, por desgracia, posible es. Lo mismo que les ocurrió a los israelitas, nos puede ocurrir a nosotros. Contemplaron el poder grandioso del Señor, vieron cómo les protegía de noche y de día, presenciaron atónitos y maravillados cómo sus enemigos, mucho más fuertes que ellos, perecían sumergidos en el torrente encrespado del Mar Rojo, oyeron su voz de muchas aguas, el trueno y la luz vivísima que fulguraba sobre las rocas altas del Sinaí.
Y, sin embargo, endurecieron su corazón, olvidando prodigios y amores sin fin. Pues lo mismo que les ocurrió a ellos nos puede ocurrir a nosotros, que también, aunque en forma distinta, hemos presenciado la grandeza de Dios, la hondura del querer del Señor. Ojalá que escuchemos hoy la voz de Dios que nos llega clara y firme, persuasiva y amable, exhortándonos al arrepentimiento y a la compunción, al dolor de amor por nuestras faltas y pecados.
La mejor prueba
"... estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo" (Rom 5,1)
Entre Dios y el hombre existía una profunda separación, una enemistad que colocaba al ser humano en una situación realmente calamitosa. Al fin y al cabo Dios no necesita nada del hombre, mientras que el hombre lo necesita todo de Dios. Pero por medio de Jesucristo esa separación se salvó, y así de nuevo entró el hombre en relaciones cordiales con el Señor, hasta el punto de llamarse y de ser hijo de Dios.
Desde Adán, el hombre vivía una vida meramente humana, pero con Cristo la vida divina penetra y transforma todo nuestro ser. Desde que el Verbo se hizo carne, estamos en paz con Dios. Y si alguna vez volvemos a enemistarnos con el Señor por la culpa del pecado mortal, basta con confesar nuestro pecado y pedir perdón, para que la indulgencia divina nos llene de nuevo con la alegría y la paz de los hijos de Dios.
Todo lo cual ha de producir en nosotros sentimientos de gloria, de legítimo orgullo por sabernos amigos de Jesús. Sí, hemos de sentirnos seguros y fuertes. Y ante la contradicción, ante toda dificultad, ante cualquier tribulación la esperanza ha de brillar siempre rutilante en nuestras vidas. Conscientes de que el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones, persuadidos de que el Espíritu Santo, el Amor, habita en nuestros corazones con todo su poder y su ternura.
"En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos" (Rom 5,6)
Qué otra prueba de amor podía habernos dado Dios. Morir en redención de nuestros pecados. Él por nosotros. El Santo por los pecadores. Habría una cierta lógica si hubiera muerto por salvar a quienes se lo merecían. Pero no, muere por los impíos. Por to- dos, sin excepción alguna... En efecto, muere por aquellos mismos que le clavaron en la cruz, por los que se burlaban sin piedad de su gran dolor. Sí, por ellos ruega al Padre eterno que los perdone, porque no saben lo que hacen. Y en aquellos malvados está- bamos presentes cada uno de nosotros, ya que cada vez que cometimos un pecado mortal volvimos a crucificar a Jesús, a burlarnos de su inmenso amor.
El caso es que el Señor sigue intercediendo por nosotros, sigue ofreciendo el sacrificio de su sangre y su cuerpo para interceder en favor nuestro. Cada Misa que se celebra repite el drama de la cruz. De forma incruenta, es decir, sin que Jesús vuelva a sufrir el dolor irrepetible del Calvario, pero de forma real en cuanto que de modo sacramental se repite y actúa el divino sacrificio... Estamos en Cuaresma, tiempo propicio para la reflexión serena, para el examen sincero de nuestras culpas, para el arrepentimiento y el dolor. Tiempo de conversión auténtica hacia un nuevo encuentro con Jesús en el sacramento de la Penitencia. Ojalá el recuerdo vivo del amor de Dios, probado con su sacrificio en la cruz, nos conmueva y nos mueva de verdad.
Dame de beber, Señor
"Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado" (Jn 4,6)
El pasaje de la samaritana es uno de los más ricos en contenido humano y teológico. Uno de esos momentos en que podemos contemplar a Jesús en su vertiente de hombre que, como los demás, se cansa y ha de sentarse, tiene sed y pide de beber, aunque se tratara de pedirlo a una mujer que, además, era samaritana, circunstancia que en aquel ambiente era en cierto modo denigrante. Él superó los prejuicios de su época, tanto los de tipo social como los de índole religiosa, y entabla una conversación sencilla, y profunda a la vez, con aquella mujer de pueblo cuya vida era un tanto irregular. Precisamente por ese motivo Jesús se ha dirigido a ella, pidiéndole no sólo agua sino también el desahogo de sus gozos y sus penas.
El Señor ha leído en su corazón, y ella reacciona con humildad y con admiración. No se irrita al verse descubierta. Simplemente reconoce que está delante de un hombre de Dios, delante de un profeta. Jesús la escucha y le responde con paciencia y claridad. Le hace comprender que lo importante en el culto que se ha de dar a Dios no está en el lugar donde se le tribute, sino que lo principal es el modo como ese culto y adoración se realice. Ha de ser un culto que brote del interior del hombre, movido por la acción del Espíritu en lo más hondo de su ser... Un culto, por otra parte, que sea verdadero, sincero, leal, nacido de un corazón enamorado. Un culto, por tanto, que no se limite a la palabra o al rito, sino un culto que repercuta en la vida cotidiana, haciendo de cada acto, de cada latido del corazón, un sí rendido y gozoso al querer de Dios.
La samaritana escucha atenta sus palabras. Le cree y le pide de esa agua viva que quita la sed para siempre. Aunque aún no conocía el don de Dios ya se lo pedía con fervor: Dame de beber, Señor, y apaga esta sed que me devora por dentro y me hace buscar entre los hombres lo que sólo en Dios se puede encontrar. Es una oración que debe resonar en nuestro corazón, para que también nosotros, sedientos siempre, la repitamos a Dios. Sí, Jesús mío, dame de beber, que me muero de sed.