CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

 

Monición de Entrada:

Cristo es la luz: El domingo pasado el Evangelio se centraba en el signo del agua, hoy en el simbolismo de la luz.

El cristiano ha sido llamado a la luz de la fe para ver las claridades de Dio El profeta no puede dejarse llevar por las apariencias humanas sino por la voz divina para ungir al escogido (1ª Lect)

Quien es iluminado por la luz divina camina como hijo de la luz y sus obras agradan a Dios (2ª Lect)

El ciego vio la luz y se le abrieron los ojos de la fe (E-,)

En nuestro camino renovador hacia la Pascua, Jesús ilumina al ciego de nacimiento. Confesemos humildemente que hemos preferido las obras de las tinieblas a las de la luz.

Canto de Entrada: Este es el día del Señor"

Este es el día del Señor
Este es el tiempo de la misericordia.
Celebremos el misterio de la fe.
Este es el día del Señor.
(Cantoral Litúrgico nacional nº 712)

Acto penitencial

"Yo conjieso... "

 

LITURGIA DE LA PALABRA:

Primera Lectura: "David es ungido rey de 1srael" (Sam 16,1b. 6-7. 10-13a)

Ver según Dios: La lectura presenta una nueva etapa de la historia de Israel: la instauración de la monarquía davídica. El hombre se deja llevar por las apariencias. Dios, en cambio, ve la interioridad del corazón. La elección y la unción no se hacen según los criterios humanos o por apariencias.

Salmo Responsorial: Sa1 22,1-3.3b-4.5.6

RI "El Señor es mi pastor, nada me falta. " (Libro del SaIrnista: pags,94-95)

Segunda Lectura: "Levántate de entre los muertos, y Cristo será tu lUZ" (Ef 5,8-14)

La luz se contagia: La luz de la fe se contagia, se comunica. En el Bautismo recibimos la luz de Cristo y se nos invita a ser luz y a caminar siempre por la senda de la luz.

Evangelio: "Fue, se lavó y volvió con vista " (Jn 9,1-41)

Cristo es la luz: Ver los colores, la naturaleza, etc. es un don. Don que recibió el ciego de nacimiento, que vivía en plena oscuridad. Aceptar la fe, a Cristo, es ver y tener a Dios cercano. En el bautismo pasamos de las tinieblas a la luz y vemos con ojos nuevos. No es suficiente encontrar la luz y la verdad, sino permanecer siempre en la luz y en la verdad.

 

LITUGIA EUCARISTICA

Canto de Comunión: "Caminaré en presencia del Señor"

Caminaré en presencia del Señor
en el país de la vida.
(Cantoral litúrgico nacional: n' 534)

 

Reflexión

Jesús da la vista al ciego y al mismo tiempo quiere abrir los ojos de muchos ciegos. La fe del ciego de nacimiento pone en evidencia la ceguera e incredulidad de muchos.

La luz denuncia las tinieblas y hace patente la oscuridad. Quien recibe la luz de Cristo, la fe, no anda en tinieblas. La luz de la fe es gracia y don recibidos gratuitamente.

En el bautismo se nos abrieron los ojos a Cristo y se disiparon las tinieblas. fuimos ungidos por el Espíritu Santo para servir a Dios y a los hermanos. Hemos sido iluminados y ungidos para la misión de ser portadores de la luz de la fe a los cercanos y a los lejanos.


Domingo IV de Cuaresma

 

Las apariencias

"La mirada de Dios no es como la mirada del hombre; pues

el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón" (1Sam 16,7)

 

Samuel es el profeta de Israel, el intermediario entre Dios y su pueblo. Él presenta a Dios las peticiones de los hijos de Jacob y transmite a éstos los deseos de Yahvéh. Samuel designó como rey a Saúl y, por voluntad de Dios, nombró luego al sucesor de ese rey. En este pasaje lo vemos caminar hacia la casa de Jesé, en Belén, donde está el futuro rey. Será uno de los hijos de Jesé.

Van presentándose ante el profeta aquellos hombres fuertes y jóvenes, avezados a la lucha y al trabajo. Cuando se presenta Eliab, Samuel, viéndolo tan alto y aguerrido, piensa para sí que éste es el elegido. Pero el Señor corta sus pensamientos: "No mires su apariencia ni su estatura, pues yo lo he descartado. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira sólo las apariencias, pero el Señor mira el corazón".

Efectivamente, para Dios no valen nada las apariencias. Lo único realmente valioso es lo que el hombre lleva dentro, lo que piensa, lo que intenta, lo que realmente es. Lo demás no sirve para nada. A lo más valdrá para engañar a los hombres, pero de ninguna manera para engañar a Dios.

 

"A ninguno de estos ha elegido el Señor. Preguntó, pues, Samuel a Jesé: ¿No quedan ya más muchachos?" (1Sam 16,10-11)

 

Siete muchachos llenos de ilusión y de juventud, de valor y de empuje. Pero ninguno era el elegido. Samuel _dice el texto_, pregunta a Jesé: "¿No quedan ya más muchachos". Él respondió: "Todavía falta el más pequeño, que está guardando el ganado". Dijo entonces Samuel a Jesé: "Manda que lo traigan... Era rubio, de bellos ojos y hermosa presencia".

Se llamaba David y se dedicaba a guardar el ganado. Un zagal que cantaba y componía versos, un muchacho más a propósito para paje que para rey. Pero Dios se había fijado en él. Y cuando llegue el momento se despertará el fiero guerrero que duerme en sus dulces ojos. Y confiando en el poder de Dios, él, un zagalillo, lanzará con rabia su onda contra el temible Goliat, aquel gigante filisteo que tenía amedrentados a los guerreros de Israel.

Y David, persuadido de la ayuda divina, le clavará un redondo guijarro entre ceja y ceja, haciendo rodar por tierra al poderoso enemigo, vencido, muerto... Dios es así. De un pastorcillo olvidado de todos hace el más grande rey de la historia de Israel. Y es que su mirada es diferente de la nuestra, totalmente distinta. Él no se fija en lo que externamente aparece. Dios ve y valora lo que hay dentro del hombre.

 

 

El Señor es mi pastor

"El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar" (Ps 22,1-2)

 

"Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas, me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan". "El Señor es mi pastor _decimos varias veces en el responsorio_, nada me falta".

Muchos sentirán el gozo de pronunciar estas palabras con satisfacción, comprobando en su vida que, en efecto, nada les falta. Otros en cambio, recitarán esta frase apoyándose en la fe, viéndose quizás abandonados y solos, necesitados de comprensión y de cariño. Sin embargo, todos hemos de pronunciar esas palabras tan llenas de confiada esperanza. Y el Señor que tanto nos ama no podrá resistir el acento de nuestra voz quebrada que, en medio de su dolor, le dice que es su pastor y que estando con Él, a pesar de todo, nada le falta.

"Preparas una mesa ante mí..." (Ps 22,5)

Una mesa, preparada por Dios para sus hijos, tan hambrientos a menudo. Una mesa es el altar donde cada día se celebra el banquete más apetitoso que el hombre pudo imaginar. Por eso se llama desde muy antiguo santa Misa a la renovación incruenta del sacrificio de la cruz, a la Eucaristía. Una mesa sagrada donde se nos da el Pan de vida, el alimento que no perece, el manjar celestial que sacia sin saciar.

Si tuviéramos un poco más de fe, si comprendiéramos quién es el que se nos da en la sagrada comunión, quién es el que se nos oculta en la más pequeña partícula del pan consagrado, si fuéramos consecuentes con el misterio más hondo y magnífico que existe, entonces muy distinto sería nuestro modo de actuar... Dios hecho pan para que le comamos emocionados y reverentes. Dios el más grande enamorado que se entrega sin reserva al sacrificio y a la humillación más profunda, inerme en las manos ligeras, tantas veces sucias, del hombre. Bien podemos exclamar con el salmista: "Tu misericordia y tu bondad me acompañan todos los días de mi vida". Y repetir esperanzados: "El Señor es mi pastor, nada me falta".

 

Bondad, justicia, verdad

"En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor " (Eph 5,8 )

 

En otro tiempo, es decir cuando aún no habíais recibido el Bautismo, cuando todavía no conocíais a Cristo, entonces erais tinieblas. Se refiere el apóstol a la vida de aquellos hombres de Éfeso antes de ser cristianos. Era la suya una vida llena de sombras, de acciones inconfesables, de actos que se realizaban en la oscuridad, para que no se descubriera su malicia y fealdad.

Es cierto que todos nosotros hemos recibido el Bautismo cuando aún no teníamos uso de razón. Y por tanto el único pecado que teníamos era el pecado original. Pero también es verdad que luego, a pesar de haber recibido la regeneración de la vida divina, volvimos a huir de la luz y a zambullirnos en las tinieblas del pecado, del odio y del egoísmo. De ahí que las palabras de san Pablo también nos cuadren a cada uno de nosotros.

Dios además del Bautismo, instituyó otro sacramento para limpiar de nuevo nuestra alma, el sacramento de la Penitencia. Así mediante la confesión de los pecados y con sincero arrepentimiento volvemos del mundo de las tinieblas a las regiones de la luz, como hijos de Dios que huyen de la oscuridad que tapa el delito, como hombres honestos que nunca tienen nada que disimular o que ocultar.

 

"Caminad como hijos de la luz" (Eph 5,8)

 

El fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad. Esto es, en todo lo que resiste sin rubor el ser visto con ojos limpios, en todo lo que puede hacerse sin el más mínimo temor de nada ni de nadie. La bondad lo primero: la compasión que alivia el dolor de quien sufre, la comprensión que sabe perdonar y olvidar, la heroicidad de quien se entrega con desinterés al servicio auténtico de los demás... Todas esas manifestaciones inagotables que sabe encontrar el verdadero amor., una terrible burla de lo más sagrado y hermoso que existe, una grosera caricatura del amor. Sí, es lo mínimo que se pide a un cristiano: ser justo, dar a cada uno lo que le corresponde en justicia. Y luego practicar la verdad, ser de la verdad; ser auténticos, sinceros, leales, nobles, rectos. De lo contrario, y a pesar de nuestra bondad y justicia, caeremos en el fariseísmo, en la hipocresía. Perteneceremos al grupo de los que maldijo y condenó con dureza el Señor. Ojalá entendamos de una vez y practiquemos esta jerarquía de valores supremos: Amor, justicia y verdad.

 

Ciegos incurables

 

"Al pasar Jesús vio a un ciego de nacimiento..." (Jn 9,1)

 

Un hombre ciego de nacimiento. Nunca había contemplado el prodigio de la luz de cada día que, después de la oscuridad de la noche, da forma y color a todo lo que nos rodea. San Juan recordaba aquel hecho y nos lo narró para enseñarnos que frente a la tenebrosa oscuridad del pecado está la claridad esplendente que es Cristo, Luz del mundo. Con ello nos anima a huir del pecado, a salir de la noche y venir al día, a romper con el príncipe de las tinieblas y vivir como hijos de la luz, limpios de pecado, encendidos con el fuego que la Iglesia ha puesto en nuestras manos el día de nuestro Bautismo.

En la escena otros personajes, los fariseos. Ellos no podían creer que Cristo hubiera dado luz a los ojos ciegos del mendigo. Y, sin embargo, la evidencia era manifiesta, ya que aquel hombre era un pordiosero conocido de todos por su ceguera. Pero ellos indagan, preguntan a unos y a otros, acuden a los padres del ciego... Cuando uno se empeña en cerrar los ojos a la luz, ésta no podrá romper el muro de nuestra obstinación y orgullo. Es un fe- nómeno que se repite hoy también. Muchos de los que dicen no tener fe, en el fondo no son otra cosa que unos pobres soberbios, ciegos incurables que nunca gozarán de la suave claridad de la luz. Sólo el que es humilde y limpio de corazón puede ver a Dios.

Jesús expone la tremenda paradoja que se da entre los hom bres. Los que dicen ver están en realidad ciegos, mientras que los que reconocen su ceguera alcanzan a ver la luz. Reconozcamos, por tanto, nuestra condición de pobrecitos ciegos que no acaban de vislumbrar la luz, acerquémonos con humildad a Cristo y roguémosle que nos abra los ojos a la luz, que desgarre el tupido velo que forma nuestro orgullo y nuestra sensualidad, que nos ilumine con su poder y consigamos contemplar gozosos el esplendor de su gloria, la claridad de su amable mirar.