QUINTO DOMINGO DE CUARESMA
Monición de Entrada:
Cristo es la Resurrección y la vida: En el contexto litúrgico cuaresmal la resurrección de Lázaro, además de ser anuncio y signo de la Pascua del Señor, presenta el sentido bautismal.
A veces nos cuesta creer en las palabras claves de este domingo :"Yo sóy la resurrección y la Vida". Son la raíz de nuestra fe y esperanza.
Ezequiel, con la imagen de la reanimación, anuncia la reconstrucción de Israel y proclama una vida nueva para el pueblo (1ª lect).
Cristo resucita a Lázaro y lo devuelve a la vida. (Ev)
La resurrección de Lázaro es anticipo de la Resurrección de Cristo y de aquellos que habita el Espíritu.
(2ª lect) Canto de Entrada: "Te ensalzaré, Señor" (Salmo 29)Te ensalzaré, Señor,
porque me has librado.
(Cantoral litúrgico nacional: nº 506)
Acto Penitencíal.
- Tú, que nos has librado de todos nuestros pecados.
- Tú, que por el Bautismo nos has hecho pasar de la muerte a la vida.
- Tú, que nos has regenerado por el
LITURGIA DE LA PALABRA
Primera Lectura:
"Os infundirá mi espíritu y viviréis" (Ez 37,12.14)Abrirá vuestros sepulcros y os hará salir: El profeta anuncia a Israel, que vive sin esperanza en el destierro, el retorno a la patria, la reconstrucción nacional y una nueva vida.
Salmo Responsorial:
(Sal 129,1-2.3-4ab.4c-6.7-8)Segunda
Lectura: 'El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros" (Rom 8,89-11)Jesús vivificará vuestros cuerpos mortales.- Jesús es la nueva vida. Quien cree en El participa de su Resurrección. Su resurrección es la garantía y promesa de nuestra resurrección.
Evangelio: "Yo soy la Resurrección y la Vida " (Jn 11, 1.45)La resurrección de Lázaro: Ante la muerte de Lázaro, Jesús es la Resurrección y la Vida. La creencia en El es imprescindible para el milagro. Es imposible resucitar sin fe.
LITURGIA EUCARISTICA Canto de Comunión: 'El Señor es mi LUZ" (Salm 26)
El Señor es mi luz y mi salvación.
El Señor es la defensa de mi vida.
Si el Señor es mi luz, ¿a quién temeré?
¿quien me hará temblar?
(Cantoral litúrgico nacional: nº 505)
Reflexión
Reconocemos que no todo es vida en nuestro mundo de hoy. Hay hambre e injusticias, violencia y terrorismo, odios y muerte.
¿Puede haber solución? Cristo es la vida y nos la comunica. El da la Vida y vence a la misma muerte. El es la Vida que permanece para siempre. Creer en El y convertirse a su Palabra es aceptar su estilo de vida.
La novedad de su mensaje consiste en aceptar su vida y acomodarse a sus exigencias. Una de ellas es el despojarse del hombre viejo para revestirse del hombre nuevo, Es pasar de la muerte a la resurrección.
Aceptar la vida de Dios es creer y dejamos guiar por el espíritu, rechazando los criterios egoístas del mundo.
El espíritu, que resucitó a Jesucristo, ha puesto su morada en nosotros en el Bautismo y nos resucitará a una vida sin fin.
Domingo V de Cuaresma
Sepulcros
"Esto dice el Señor: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, pueblo mío..." (Ez 37,12)
Sepulcros, lugar de oscuro encierro, lugar de podredumbre. Silencio definitivo, descomposición nauseabunda, final desastroso de una carne que se corrompe y que apesta... Así es la vida a veces, así de muerta, así de sepultada, así de triste, así de trágica. Sí, hay muchos sepulcros detrás de los brillantes mármoles de nuestras fachadas.
La voz de Cristo abrió el sepulcro de Lázaro, hediondo ya después de cuatro días. Y Cristo abrió los sepulcros de aquellos leprosos de carne corroída, el de la mujer adúltera, mil veces más podrida. El de tantos y tantos, sepultados bajo la fría losa de sus miserias y pecados... Nuestros sepulcros, Señor, mi sepulcro. Abrelo. Vence a la muerte con la vida. Llena de rosas siempre vivas este hoyo en el que sólo hay carne en putrefacción. Tú lo has dicho: Pueblo mío, yo mismo abriré vuestros sepulcros y os sacaré de ellos.
"Os infundiré mi espíritu y viviréis; os colocaré en vuestra tierra, y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago" (Ez 37,14)
Y cuando abra vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor... Es también Ezequiel quien nos habla de un campo lleno de huesos secos, un inmenso rastrojo, fatídico y macabro. Pero el soplo de Dios pasa sobre esos huesos, la fuerza y el calor del Espíritu actúa, realizando el prodigio de hacer brotar la vida en donde sólo había muerte.
Dios infunde su Espíritu y la vida surge pujante, la tristeza irreprimible se convierte en desbordante alegría, la angustia que oprime se transforma en esperanza que esponja el alma. Los sepulcros se han abierto, se han llenado de luz.
El Señor lo dice y lo hace. No es como nosotros, que decimos pero no hacemos. Él es distinto. Su palabra es sustantiva, poderosa, eficaz. Por eso una vez más hemos de ahuyentar la tristeza y el miedo, con la confianza y la seguridad del que sabe bien de quién se ha fiado.
"De profundis..."
"Desde lo hondo a ti grito, Señor..." (Ps 129,1)
"De profundis", es decir, desde lo hondo, desde lo más pro- fundo de los abismos del espíritu humano, desde esas simas misteriosas que ni nosotros mismos acabamos de conocer teniéndolas, como las tenemos, en nuestro propio ser. Desde esas zonas íntimas brota este grito del salmista _tuyo también_, como una saeta que quiere herir el corazón de Dios. Un lamento prolongado que arranca del alma el dolor, el arrepentimiento sincero por el pecado cometido, la compunción del enamorado que ha traicionado _por debilidad quizá_ al porqué de su vida, el pesar del buen hijo que en un momento de locura ha ofendido a su padre, la pena sin nombre del sacerdote que ha pecado contra su Dios...
"Desde lo hondo grito a ti, Señor. Señor, escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?". Sí, Dios mío, ¿quién podrá quedar libre de culpa? Todos tenemos de qué dolernos ante ti; unos por una cosa y otros por otra, siempre hay algo que no va, algo que desdice de nuestra condición de hijos de Dios, alguna espina que araña la frente de Cristo Redentor. Por eso te pedimos que no lleves cuenta de nuestros delitos para no sucumbir en el tremendo juicio. La idea de que seas un juez meticuloso y estricto nos deprime y aterra. "Pero de ti procede el perdón _dice el texto inspirado_ y así infundes respeto". Sí, Jesús, tu infinita capacidad de perdón nos impone y nos mueve más que ninguna otra cosa. Abre, pues, nuestro entendimiento y caldea nuestro corazón para que al contemplar tu inmenso amor, en contraste con nuestra frialdad, se nos rompa el alma en un grito profundo de dolor y arrepentimiento.
"Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra..." (Ps 129,4)
"Mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora" _sigue el salmo_. Una espera ansiosa e impaciente que se asemeja también a la del enfermo que, insomne, desea que cuanto antes amanezca, o la del moribundo que ansía la muerte como descanso y fin de su penar en la tierra. Para el centinela con la luz del día viene el relevo o al menos disminuye el peligro que acecha en las tinieblas. Para el enfermo el alba significa la llegada esperanzada de un nuevo día.
El hombre que sufre en su espíritu el peso del pecado, que tiene clavada en su entraña la tristeza de una culpa, ha de levantar los ojos a lo alto, ha de elevar su mirada hasta Dios y esperar con la misma esperanza que el centinela, el enfermo o el moribundo. Suspirar por el perdón divino que, sin duda, llegará para el pecador arrepentido, inundándolo de luz y de paz. Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa y Él redimirá a Israel _a todo el que le implora_ de todos sus delitos... Se termina la Cuaresma y se acerca la Pascua. Lavemos, pues, nuestra alma en el sacramento de la Penitencia, salgamos gozosos al encuentro de Cristo.
Vivir según el espíritu" Los que están en la carne no pueden agradar a Dios" (Rom 8,8)
Estar en la carne es lo mismo que vivir según criterios me- ramente materialistas. Es decir, vivir como si Dios no existiera, como si la historia de cada hombre hubiera de acabar con su propia muerte. Actuar mirando sólo al propio bienestar, buscando siempre el interés personal. Vivir según la carne es olvidar las exigencias de la Ley de Dios, es pensar que no habrá un juicio estricto e imparcial de todos nuestros actos, con una sentencia irrevocable, con unas secuelas de gozo eterno o de amargura sin fin.
Así no podemos agradar a Dios, no podemos ser de los suyos, entrar en la esfera de su amistad. Por mucho que digamos o simulemos ser verdaderos cristianos, hombres de bien. A veces nos engañamos a nosotros mismos con cuatro comedias. Damos unas pesetas como limosna, rezamos unas oraciones, hacemos una promesa a tal o cual santo, y ya nos tranquilizamos, pensando que Dios ya está satisfecho con todo eso... Qué poco conocemos al Señor, en qué poco lo estimamos, qué fácil nos parece engañarlo. Sin acabar de entender que los engañados somos nosotros mismos, sin comprender que al final la verdad o la falsedad de nuestras vidas quedará al descubierto.
"Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu" (Rom 8,9 )
Desde el día en que fuimos bautizados el Espíritu Santo habitó en nuestros corazones. Fuimos constituidos en templo de Dios. Una fuerza nueva nacía dentro de nosotros, una nueva vida latió muy dentro, un hombre nuevo comenzaba a tomar forma. Por eso nos dice san Pablo que si Cristo está con nosotros, el cuerpo está muerto al pecado, mientras que el espíritu vive por la justicia. "Si el Espíritu del que resucitó de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpo mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros".
Por el contrario, el que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo, vive otra vez lejos de Dios, sometido al diablo por el pecado... La gracia del Bautismo la podemos perder con una nueva rebeldía. Qué pena dejar inútil y baldío el sacrificio sangriento de Jesús en el Calvario. Qué pena y qué tragedia para el que caiga en esa situación. Reacciona ahora que todavía estás a tiempo, rompe esas cadenas de las pasiones que te esclavizan, vuelve mediante el sacramento de la Penitencia, debidamente recibido, a la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
Cristo, vencedor de la muerte
"Señor, tu amigo está enfermo..." (Jn 11,3)
Señor, tu amigo está enfermo. Así anunciaron a Jesús la grave enfermedad de Lázaro. Es un detalle más que nos confirma la entrañable humanidad de Cristo, la hondura de los sentimientos del Hijo de Dios hecho hombre. Jesús, en efecto, amaba a Lázaro. Lo demostrará luego, cuando llore ante los demás al ver la tumba del amigo. Y lo demuestra en su decisión de ir a curarle, aunque ello suponga acercarse demasiado a Jerusalén y exponerse a las asechanzas de sus enemigos, que tenían ya determinado matarle.. Pero el Señor, llevado del amor a Lázaro marchó decidido a Betania. Su postura de lealtad y de gallardía es un reclamo para nosotros, para que también seamos amigos de veras. Sobre todo, cuando la persona amada nos necesita, aunque el ayudarla suponga graves riesgos.
La muerte ensombrece el hogar de Lázaro y sus hermanas, tan acogedor en otras ocasiones. Donde había paz y alegría, hay ahora zozobra y tristeza. Jesús contempla el dolor de Marta y María, ve sus miradas enrojecidas por el llanto y se estremece interiormente, rompiendo en un sollozo incontenible. Es muy humano sentir dolor ante la muerte de un ser querido, derramar lágrimas por la ausencia irremplazable del amigo. Lo mismo que le ocurre a Jesucristo en esta ocasión.
Pero al mismo tiempo esos sentimientos, cuando hay fe, han de dar paso a la esperanza y a la serenidad. Sí, entonces nuestra fe ha de iluminar los rincones más oscuros del alma, ha de recordarnos que detrás de la muerte está la Vida. Hemos de pensar que la separación no es definitiva sino provisional, porque la vida se nos transforma, no se nos arrebata. En la resurrección de Lázaro, Jesús muestra su poder omnímodo, adelanta su triunfo final sobre la muerte. Este prodigio es una primicia del botín definitivo, cuyo comienzo será la pasión y su final apoteósico la grandiosa polifonía del aleluya de la Pascua.