CUARTO DOMINGO

 

Monición de Entrada:

Dichosos los pobres en el espíritu:.- Desde este Domingo hasta el noveno, San Mateo presentará las condiciones necesarias para aceptar el reino. Dios quiere que su pueblo no sea autosuficiente ni vanidoso, sino humilde y amante de la justicia. (1ª- Lect)

La felicidad verdadera no se encuentra ni en el poder ni en las grandezas, ni en el dinero ni en la fama, sino en la adhesión a los valores perennes del reino (Ev).

Dios ha escogido lo necio y débil del mundo para confundir a los sabios y poderosos y fuertes. (2-lect)

Canto de Entrada: Bienaventurados.
Bienaventurados seremos, Señor,
seremos, Señor.
(Cantoral Litúrgico Nacional : nº 736)

 

Aspersión del agua bendita

0 bien:

Acto penitencial:

- Por nuestras ansias de riqueza y poder.
- Por no vivir el espíritu de las bienaventuranzas.
- Por no aceptar con prontitud la voluntad de Dios.

 

LITURGIA DE LA PALABRA:

Primera lectura: "Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde" (Sof. 2,3; 3 12-13)

Pobre y humilde.- El resto de Israel, depositario de las promesa, será un pueblo humilde y pobre, anticipo del pueblo de las bienaventuranzas. Para Sofonías ser pobre es ser justo y vivir sumiso a la voluntad de Dios.

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Salmo responsorial: (Sal 145,7,8-9a..9bc-10)

R/ "Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos" (Libro del Salmista: pags. 200-201)

Segunda lectura: "Dios ha escogido lo débil del mundo" (1 cor 1,26-31)

La elección de Dios.- Dios en la historia de la humanidad ha elegido a los humildes y sencillos para encomendarles grandes tareas y confundir a los autosuficientes.

EVANGELIO: "Dichosos los pobres en el espíritu " (Mt 5,1-12a)

Las bienaventuranzas.- Dios mira y valora las cosas desde un punto de vista muy distinto al nuestro. A los que el mundo considera desgraciados, Dios los llama dichosos.

LITURGIA EUCARÍSTICA:

Canto de Gomunión.- "En la fracción del pan"

En la fracción del pan nos das, Señor, tu salvación.
Nos das tu vida - Cuerpo y Sangre, fruto de tu amor.
(Cantoral litúrgico Nacional: nº 05)

 

Reflexión:

Las bienaventuranzas son la "carta magna" del cristianismo. La filosofia de la vida no coincide con el contenido del sermón de la montaña. El Reino de los cíelos es de los pobres y sufridos, de los humildes y perseguidos. Cuesta aceptar como dicha la pobreza, la humillación, la persecución, etc. El espíritu de las palabras del sermón contrasta con el espíritu de las palabras del mundo. Las bienaventuranzas iluminan el camino del bautizado y ofrecen criterios seguros de vida eterna.

Los pobres son los humillados, los que sufren, los perseguidos, los que no tienen apoyo alguno en lo humano, son los que ponen su confianza en el Señor. Los ricos, en cambio, son los autosuficientes, los que sólo necesitan de sí mismos, los que están seguros de sí mismos; son felices porque no esperan más y su dicha es efímera.

El que está lleno de sí mismo y rechaza a Dios es el más pobre. En cambio, los pobres son los ricos porque poseen las riquezas de Dios.


 

Domingo IV

 

Algo más

 

"Buscad al Señor los humildes, que cumplís sus mandamientos"

(Sof 2,3)

 

Buscad la justicia, buscad la moderación, quizá podáis libraros el día del juicio de Dios. Sofonías mira a esos que son humildes, a esos que pasan desapercibidos, a esos que no suenan, esos que no brillan. Ellos serán los que se verán libres el día de la ira del Señor. Son hombres sencillos que cumplen la ley de Dios sin ostentación, sin aparato externo, hombres que buscan la justicia haciéndola una realidad en sus propias vidas.

Es lo que importa, es lo único necesario. Vivir cara a Dios, buscar en la vida sólo una cosa, hacer su justicia, cumplir su voluntad. Sin añorar el aplauso de los hombres, sin pretender su beneplácito, sin intentar obtener sus alabanzas. Hacer lo que hay que hacer, sencillamente, continuamente. Esperando del Señor la recompensa. Al fin y al cabo Él es el único que sabe pagar, el único que sabe apreciar justamente nuestro esfuerzo.

 

"El resto de Israel no cometerá maldades, ni dirá mentiras, ni se hallará en su boca una lengua embustera" (Sof 3,13)

 

Una vez más brota del mensaje profético la promesa de una liberación, la esperanza de una restauración que reúna en un pueblo nuevo a todos los hijos de Dios, dispersos por los mil rincones de la tierra. Ese pueblo nuevo resurgirá con la llegada de Cristo. Él, como nuevo Moisés, librará a los suyos del peso de la esclavitud.

Ahora ya está formado ese pueblo. Es cierto que por el Bautismo nos integramos a Él, somos parte de la Iglesia de Cristo. Pero no hay que olvidar que el ser cristiano lleva consigo algo más. Supone una vida recta, una vida sincera. Una vida sin embustes ni hipocresías. Amar la verdad es ciertamente no decir mentiras, pero es ante todo vivir de acuerdo con lo que se cree. Por eso sólo el que es auténtico, el que es sincero, el que es honrado pertenece realmente al pueblo de Dios.

 

Predicar en desierto

 

"El Señor hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos" (Ps 145,7)

Tarde o temprano la justicia de Dios vendrá implacable. No habrá quien quede impune de sus delitos, nadie que no sea premiado por sus buenas acciones. Aquel día todos los hombres recibirán su merecido, especialmente aquellos que vivieron oprimidos por el poder de los grandes de la tierra. Esos gozarán de modo particular el triunfo de Dios, porque ese será su propio triunfo.

Dice también el salmo de hoy que Dios da pan a los hambrientos. Y, sin embargo, hay hombres que tienen hambre. Por otra parte podríamos decir que todo el que padece hambre, si es justo, recibe junto con el hambre el pan de la fortaleza que le hace superar con animosidad las circunstancias adversas. Pero por otra parte podríamos pensar que Dios da efectivamente pan para los hambrientos, pero que los que están hartos se lo arrebatan.

El Señor ha dispuesto que los recursos naturales de la madre tierra sean más que suficientes para saciar el hambre de cuantos hombres existen y existirán. Pero la codicia de muchos impide injustamente a los demás el disfrute de esos recursos naturales. Y así, mientras que algunos nadan en la abundancia, otros perecen en la miseria; mientras los ricos gastan en lo superfluo, los pobres carecen de lo imprescindible.

 

"El Señor abre los ojos a los ciegos..." (Ps 145,8)

 

Ojalá abras, Señor, nuestros ciegos ojos, nuestro egoísta y cerrado corazón. Porque sólo pensamos en nosotros mismos y nos olvidamos de los demás. Consideramos como ley de vida que cada perro se mate sus pulgas y decimos, convencidos, que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Lo triste es que empieza y también en uno mismo termina.

Abre nuestros ojos, Señor. Haz que comprendamos que es imposible ser cristianos y no preocuparse seriamente de los demás. Ayúdanos a despojarnos de lo que nos sobra en favor de los que lo necesitan. Que no tengan que arrebatarnos los enemigos de Dios, por la violencia y la fuerza, lo que Tú nos estás pidiendo por justicia y por caridad.

El Señor sustenta a la viuda y al huérfano, sigue diciendo el salmo. Y es verdad: pero además de cuidar a esos seres indigentes con su divina providencia, quiere y nos ordena que seamos nosotros, cada uno, instrumentos eficaces que socorren y ayudan a los demás. Seamos generosos, empezando por ser más justos, y miremos hacia los demás. Qué pena, no lo puedo remediar, tengo la impresión de estar predicando en desierto. Dios quiera que un cristiano por lo menos se decida a dar y a darse a los demás.

 

 

Dios ha escogido lo débil

 

 

"Hermanos: Fijaos en vuestra asamblea, no hay en ella muchos sabios en lo humano..." (1Cor 1,26)

 

San Pablo se dirige a los cristianos de Corinto, aquella ciudad portuaria tristemente famosa en todo el Imperio romano por sus vicios. Y les hace caer en la cuenta de lo que han sido, de lo que son: esclavos muchos de ellos, gente humilde, despreciados por los de arriba, plebeyos. Y lo hace con toda intención. No para humillarlos, ni para que sientan vergüenza de su pobreza, ni para que nazca en ellos un sentimiento de rencor hacia los que los despreciaban, o para moverles a una justa reivindicación social.

Lo que el Apóstol les quiere enseñar es otra cosa más importante y decisiva. Algo que tiene un valor perenne, algo que todavía hoy, después de viente siglos, sigue en vigencia, algo que también para nosotros tiene importancia e interés. Sencillamente, lo que el Apóstol nos recuerda es que Dios ha escogido lo que poco vale para llevar a cabo la obra de la redención eterna y universal. Se ha valido de lo que humanamente era despreciable, para mostrar que el resultado maravilloso de la salvación se debe exclusivamente al poder divino... De ahí que mirar sólo el lado humano de la Iglesia o atribuirle una misión meramente terrena, es olvidar que la salvación definitiva del hombre, trascendente y sobrenatural, es realizada por la gracia divina.

 

 

"Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuentaÉ" (1Cor 1,28)

 

Podemos afirmar que también hoy Dios se vale de pobres instrumentos para seguir salvando a los hombres. También hoy los pecados son perdonados por un pobre pecador que actúa en nombre de Cristo. Y también hoy Jesús se inmola en cada altar donde se celebra la Eucaristía. Sus palabras siguen pronunciándose por toda la tierra, su mensaje de amor y de justicia continúa resonando a través de las pobres y torpes palabras de sus enviados, que llevan el divino tesoro en los vasos de barro de su débil carne.

Dios sigue actuando en nuestra tierra. Tengamos fe para comprenderlo en toda su hondura y grandeza, miremos por encima de la pobreza del instrumento y captemos el poder y el infinito amor que hay detrás de todo eso. Ojos de fe para aceptarlo con generosidad y prontitud. Y luego para dar toda la gloria a Dios: pensar que sólo Dios nos salva, nos da la paz del alma, la verdadera alegría, la esperanza. Agradecer en lo más profundo de nuestro corazón ese poder divino que, a través de lo humilde y lo pequeño, ha sabido darnos lo más excelso y grande que hay: se nos da Dios mismo.

 

Las bienaventuranzas

 

"... y Él se puso a hablar enseñándoles " (Mt 5,2)

 

El Sermón de la Montaña es considerado con razón como la Carta Magna del Reino de Dios. De hecho san Mateo, el evangelista del Reino, nos presenta este largo discurso del Señor al principio de su ministerio público, como un exordio en el que se recogen los principales puntos del mensaje de Cristo. Es cierto que en él se entremezclan diferentes temas, pero en todos ellos hay un espíritu común, un mismo latido de sencillez y de humildad, de alegría y de paz.

Ante esta página evangélica que presenta las bienaventuranzas, lo primero que hay que decir es que son palabras que Cristo dirige no sólo a los discípulos sino también a las muchedumbres que, como se dice al final del Sermón, escuchaban con admiración las palabras del Rabbí de Nazaret. Esto significa, en contra de lo que algunos opinan, que el Señor se dirige a todos cuando nos pide esa santidad y perfección que suponen las bienaventuranzas. Es decir, todos estamos llamados a ser santos. Aunque la santidad que a cada uno nos pide el Señor no tiene las mismas características, sí tiene las mismas exigencias de un grande y profundo amor.

También es preciso aclarar algunos conceptos que se contienen en este maravilloso pasaje y que no siempre se han entendido en su sentido correcto. Así, por ejemplo, se ha querido ver en la pobreza una situación meramente material, como si el Señor hablara únicamente de aquellos que no tienen nada. O también se ha dicho que la justicia de que habla la cuarta o la última bienaventuranza, es simplemente la justicia entendida en sentido estricto de justicia distributiva o de justicia social.

Es cierto que san Lucas, en el pasaje paralelo, nos refiere que Jesús dijo bienaventurados los pobres, sin más, porque vuestro es el Reino de Dios. San Mateo nos aclara el tema al decir los pobres de espíritu, o en el espíritu como traducen otros. Podemos decir, ante todo, que aunque san Mateo no nos lo hubiera aclarado, era obvio que el pobre a que se refiere el Señor es el mismo que aparece en otros pasajes de la Biblia y que se identifica con el que es humilde y lo espera todo de Dios, el que vive despegado de las riquezas y las pospone siempre al querer del Señor.

Por otra parte, la justicia también tiene su propio sentido en el lenguaje bíblico. Equivale a santidad y abarca, por tanto, además de la mera justicia, la caridad. Así dice Jesús que es preciso cumplir toda justicia, esto es, lo que Dios ha dispuesto. O afirma que lo único importante es buscar el Reino de Dios y su justicia. Casi podríamos decir que justicia es lo mismo que justeza. Por eso ser perseguido por causa de la justicia es serlo a causa de cumplir la voluntad de Dios de ser justos.