DECIMOTERCER DOMINGO
Monición de entrada.
Aceptar a Cristo es acoger al hermano.- Ninguna esterilidad o impotencia humana puede resistir a la potencia vivificante de la Palabra de Dios. (1 Lect.). Por el bautismo el cristiano ha sido insertado en el Misterio Pascual de Cristo pasando de la muerte a la vida, de] pecado a la gracia (2ª Lect). La fidelidad al Señor implica romper con todas las ataduras que impiden seguir a Cristo y acoger a los hermanos (Ev).
Canto de entrada.- Reunidos en el nombre del Señor
Reunidos en el nombre del Señor,
que nos ha congregado ante su altar,
celebremos el misterio de la fe
bajo el signo del amor y la unidad (2) (Cantoral Litúrgico Nacional: n' A - 9)
Aspersión del agua bendita
o bien:
Acto penitenciaI.
- Tú, que eres bueno y misericordioso.
- Tú, que nos redimiste en la Cruz.
- Tú, que nos das tu gracia para seguirte con fidelidad.
LITURGIA DE LA PALABRA
Primera Lectura.- "Ese hombre de Dios es un santo; se quedará aquí. (Reg 4,8-11.14-16a).
De la esterilidad a la fecundación.- Eliseo, heredero del espíritu de Elías, anuncia a la sunamita la llegada gozosa de un hijo.
Salmo responsorial.- Sal 88,2-3.16.17.18-19
R/. Cantaré eternamente las misericordias del Señor. (Libro del salrnista: págs, 238-239)
Segunda Lectura. - "Por el Bautismo fuimos sepultados con El en la muerte, para que andemos en una vida nueva. ( rom 6,3-4.8-11
De la muerte a la vida.- San Pablo exhorta a vivir la plenitud del Bautismo que comporta la muerte al pecado y vivir para Dios en Cristo..
Evangelio.- "El que no coge su cruz no es digno de mi. El que os recibe a vosotros me recibe a Mi" (Mt 10,37-42)
Por medio de la Cruz.- Jesús hace un llamamiento a la generosidad y a la vida de fe. Quien pierde, encuentra. La recompensa dependerá de la generosidad en la entrega. Dios es quien premia.
LITURGIA EUCARISTICA
Canto de Comunión.-Como brotes de olivo.
Como brotes de olivo,en tomo a tu mesa, Señor,
así son los hijos de la Iglesia.
(Cantoral Litúrgico Nacional: nº 528)
Reflexión:
Vivir la vida con plena dignidad, y, sobre todo decidirse por el seguimiento de Cristo requiere, no la negación de nuestros sentimientos, pero sí la ordenación de tales sentimientos y valores en un proyecto de vida más radical.
Hay un momento en que la opción por Cristo y por el Evangelio va a exigir de nosotros un verdadero sacrificio, que solamente adquiere valor en cuanto es ofrenda hecha en la plena libertad para una entrega más gozosa y generosa por el Reino de Dios.
Hoy, en que la indiferencia religiosa y la increencia se extienden más y más, sólo una respuesta a tan radical llamada puede manifestar, ante los no creyentes, la verdad del Evangelio y mostrar el verdadero rostro de Jesús, el Mesías.
La acogida de los humildes y los pobres es más que un signo de hospitalidad, Es el compromiso más auténtico de nuestra fe.
Domingo XIII
El que os recibe...
"Un día pasaba Eliseo por Sunem, y una mujer rica lo invitó con insistencia a comer" (2Reg 4,8)
Eliseo era un enviado de Dios. Su misión consistía en anunciar a los hombres el mensaje divino, comunicar a su pueblo el plan salvífico de Dios. Un día en que estaba trabajando en el campo oyó la llamada del Señor y lo dejó todo por seguirle. Desde entonces sólo vivía para hablar a los hombres de parte de Dios, y para hablar a Dios de parte de los hombres.
Aquella mujer de Sunem le acoge cordialmente cada vez que pasa por la puerta de su casa. Como tantas otras mujeres, esta sunamita posee un especial sentido de lo sobrenatural, tiene una sensibilidad exquisita para las cosas de Dios. Y en el enviado honra al que le envía, en el profeta de Yahvéh honra al mismo Yahvéh. Cristo lo dirá después en el Evangelio: Quien os recibe a vosotros a mí me recibe, y el que me recibe a mí recibe al que me envió. El que recibe al profeta como profeta tendrá recompensa de profeta y el que recibe al justo como justo tendrá recompensa de justo.
"Dijo a su criado Guiezí, ¿qué podemos hacer por ella?" (2Reg 4,14)
Eliseo no es insensible a sus favores, es profundamente agradecido. Y se pregunta sobre el modo de pagar de alguna forma los cuidados que recibe de esa mujer. Y acierta plenamente con lo que ella más anhelaba, con el deseo más vivo de su corazón. La sunamita era estéril, llevaba sobre sus hombros el oprobio máximo para una mujer de su tiempo. Por eso lo que más podía alegrarla era precisamente tener un hijo. Y Eliseo, en nombre de Dios, se lo promete. Y la promesa se cumplirá en su momento.
De nuevo vienen a la memoria las palabras de Jesús:El que diere a uno de estos pequeños sólo un vaso de agua fresca por ser discípulo mío, en verdad os digo que no perderá su recompensaÉ Sí, Dios no se deja ganar en generosidad. Paga con creces todo lo que el hombre hace por su amor divino. Sobre todo premia abundantemente cuanto se hace por sus enviados, por sus profetas, por sus sacerdotes, por todos los que se consagran a Dios y han recibido la misión de anunciar, incansablemente, el mensaje que re- dime y salva.
La amistad es cosa de dos
"Cantaré eternamente las misericordias del Señor..." (Ps 88,2)
Sin duda que Dios es justo y dará a cada uno su merecido. También es cierto que su castigo puede ser terrible, por su intensidad y por su duración. Aparte del Infierno _que existe, queramos o no_, la Historia de los hombres es testigo de hasta qué extremos puede llegar la cólera divina. Y no hay que remontarse muy lejos para encontrar alguno de esos sucesos, que manifiestan las consecuencias de dolor y de sangre cuando el hombre se aleja de Dios.
No obstante, a pesar de los castigos que nos narran los li- bros sagrados, predomina en ellos el tono de la esperanza. Sí, el Señor recurre más a las promesas de amor que a las amenazas de castigos, trata de llevarnos por el buen camino más con la persuasión que con la violencia y con el temor. Y así se nos dice innumerables veces que Dios es rico en misericordia y lento a la cólera.
En el salmo de hoy el cantor inspirado eleva su voz para proclamar gozoso la misericordia del Señor, ese infinito amor que le emociona íntimamente, y le colma de paz y de júbilo, le impulsa a cantar. Escuchemos atentos y dejemos que su alegría y su esperanza se nos metan muy dentro.
"Dichoso el pueblo que sabe aclamarte..." (Ps 88,16)
Consideremos también que es frecuente, casi ordinario, que cuando se habla en la Biblia de la misericordia de Dios, se añade de inmediato que su fidelidad es eterna. Es decir, se nos recuerda que el amor divino dura por siempre, que su lealtad es firme y sólida, distinta de la de los hombres, tan volubles con el correr del tiempo, o con el cambio de circunstancias.
En Dios el compromiso de amor, contraído con quien ha respondido a su llamada, no se rompe jamás. El Señor no cambia, por mucho que sea el tiempo que transcurra, o por diferentes que sean las circunstancias. Con razón decía san Agustín que Dios nunca nos abandona, a menos que nosotros le abandonemos a Él.
En realidad ni siquiera entonces podemos decir con propiedad que Dios nos abandona. Lo que ocurre entonces es que las relaciones de amistad se han roto, sencillamente porque la amistad es cosa de dos, y que por muy fiel y constante que sea uno de los amigos, si el otro se decide a romper, esa amistad ya no es posible. Lo terrible es que al perder la amistad de Dios, el hombre se encamina irremisiblemente a su propia condenación.
La grandeza del Bautismo
"Los que por el Bautismo nos incorporamos a Cristo..." (Rom 6,3)
Es conveniente recordar con frecuencia los efectos del Bau- tismo a fin de que estimemos el don recibido y seamos conscientes de la dignidad en que Dios nos ha constituido. Ante todo el Bau- tismo ha borrado en nosotros el pecado original, de tal modo que, _como señala el concilio de Trento_, nada aborrece Dios en los que han renacido a la vida de la gracia, nada hay en ellos digno de condenación. Mediante el Bautismo el neófito ha sido sepultado en las aguas con Cristo, muriendo al pecado. Ya no vive según la carne, se ha despojado del hombre viejo y se ha revestido del hombre nuevo, creado a imagen de Dios, quedando inocente, sin mancha, puro, sin culpa y amado del Señor.
Además el Bautismo nos marcó para siempre con el carácter sacramental, una señal que se grabó de forma indeleble en el alma, y que nos distingue como hijos de Dios y herederos de su gloria. Según el Vaticano II, por el Bautismo somos injertados en el misterio pascual de Cristo, morimos con Él, para resucitar con Él. Recibimos el espíritu de adopción, por el que, como hijos, clamamos diciendo: "Abba, Padre".
"Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios..." (Rom 6,11)
El Bautismo, por tanto, aplica al que lo recibe la obra de la redención, haciéndolo partícipe del misterio salvador. De esa forma el bautizado entra a formar parte del Cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia. En este sentido dice también el Vatica-
no II que los fieles, incorporados a la Iglesia por el Bautismo, quedan destinados por el carácter sacramental al culto de la religión cristiana, y, regenerados como hijos de Dios, están obligados a confesar delante de los hombres la Fe que han recibido de Dios mediante la Iglesia.
Al ser configurados con Cristo por el Bautismo, la gracia divina, las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo se asientan en el alma del bautizado, que viene a ser templo del Espíritu Santo y morada de la Santísima Trinidad... Todas estas realidades maravillosas han de ser un continuo estímulo para nu- estra lucha por desarrollar todas esas virtualidades que nos conducen a una completa identificación con Cristo, hasta poder afirmar con san Pablo: "Vivo yo, pero no soy yo, sino que es Cristo quien vive en mí".
El ligero peso de la cruz
"El que quiera a su padre o a su madre más que a mí"... (Mt 10,37)
En cierta ocasión Jesús se opone a la opinión de los fari- seos, que eximían de los deberes para con los padres a cambio de hacer una ofrenda en favor del Templo. El Señor considera que aquello era un artilugio que contravenía gravemente el cuarto mandamiento, conculcando esas obligaciones filiales basadas en el mismo derecho natural, que son en realidad obligaciones de estricta justicia.
Sin embargo, el amor a los padres, y cualquier otro amor por grande que sea, ha de estar siempre en segundo plano con respecto al amor a Dios sobre todas las cosas, primero y fundamental mandamiento del Decálogo. Por ello si en algún momento hubiera un conflicto entre el amor a los padres y el amor a Dios, el hombre de fe ha de ser consecuente con esta doctrina evangélica. Un caso claro y, podríamos decir que frecuente, es el una vocación divina a la que hay que responder con alegría y con generosidad, aunque los padres se opongan.
Es verdad que en ocasiones esto puede ser costoso, suponer un sacrificio que nos desgarre por dentro. Pero Jesús es claro y enérgico, para seguirle hay que coger la cruz, hay que negarse a sí mismo. Duele, pero Dios no nos abandonará, y si nos decidimos a seguirle, Él mismo será nuestro Cirineo y nos ayudará en nuestro camino.
Por eso dice también que quien por Él pierda su vida, la encontrará de nuevo. Es decir, el Señor nunca nos pide más de lo que le podamos dar, y jamás deja sin recompensa cualquier sacri- ficio que por su amor realicemos. De ahí que el peso de la cruz, tan grande en apariencia, se torne ligero y suave cuando nos de- cidimos a cargar con esa cruz, la nuestra, y procuramos seguir las huellas de nuestro Dios y Señor.