DECIMOOCTAVO DOMINGO

Monición de entrada

Comieron todos hasta quedarse satisfechos.- En el evangelio de San Mateo se abre una nueva sección centrada en la Iglesia como realización concreta de las promesas del Reino de Dios. Dios pone a disposición de los hombres los bienes materiales y espirituales(1ª Lect.). Jesús es el que sacia el hambre (Ev) Ningún poder podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo (2 Lect,).

Canto de entrada.- Iglesia peregrina..

Somos en la tierra semilla de otro reino, somos testimonio de amor,

Paz para las guerras y luz para las sombras,

Iglesia Peregrina de Dios (2).

(Cantoral Litúrgico Nacional: n' 408),

Aspersión del agua bendita

o bien

 

Acto penitenciaI.

- Por olvidarnos de Dios y no buscar su rostro.
- Por vivir despreocupados de los demás.
- Por no acudir a Ti, fuente de gracia y de vida.

 

LITURGIA DE LA PALABRA

Primera Lectura.- "Venid ycomed"

La abundancia del Reino- El profeta, en nombre de Dios, promete saciar el hambre de los hombres. Es un anuncio del gesto milagroso de Jesús.

Salmo responsorial.- Sal 144,8-9, 15-16. 17-19

R/. Abres Tú la mano, Señor, y nos sacias de favores.

(Libro del Salmista: pgs. 262 y 263 )

Segunda Lectura.- "Ninguna criatura podrá apartarnos del amor de Dios"Rom 8, 35. 37-39

Cristo, el bien absoluto.- San Pablo ha conocido a Cristo y desborda de entusiasmo por El. Nada ni nadie podrá separarle de El.

Evangelio.- "Comieron todos hasta quedar satisfechos" Mt 14,13-21

El pan se multiplica en manos de Jesús.- Jesús alimenta a una multitud. El pan es un signo de los tiempos mesiánicos. El Maestro enseña a sus apóstoles que no deben despedir a nadie en su misión con las manos vacías.

LITURGIA EUCARISTICA

Canto de Comunión.- ¿Le conoceis?

Con vosotros está
y no le conocéis,
con vosotros está,
su nombre es "El Señor" (2)

(Cantoral Litúrgico Nacional: n 723)

 

Reflexión

Muchos hombres y mujeres padecen hambre. Además del hambre de pan existen otras formas de estar hambriento. A nivel mundial se proclama la urgencia y necesidad de hacer frente al hambre de tantos millones de personas que no tienen ni un bocado para comer.

Sin embargo, se silencian otras situaciones de hambre que sufre el hombre. Jesús multiplica los panes para satisfacer el hambre de sus oyentes, pero su gesto es signo profético del verdadero pan que saciará y dará la vida eterna.

Quien se compadece, como Jesús, y comparte sus bienes con los pobres vive el evangelio y escuchará al final de la vida las palabras de Jesús: "Tuve hambre y me disteis de comer?.

 

Domingo XVIII

 

 

Escuchadme y viviréis

 

 

"Esto dice el Señor: Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero" (Is 55,1)

 

Para un país tan seco como Israel, el agua es, sin duda, un factor importantísimo, un don estimable en grado sumo. De ahí que con frecuencia entre a formar parte del lenguaje bíblico, de la predicación profética especialmente.

Hoy Dios se dirige a los que tienen sed. En el tiempo de calor y conociendo aquellas tierras, resulta fácil imaginarse ese estado de ánimo del que padece sed. Pero sería demasiado burdo interpretar esa sed en un sentido material. El profeta habla de otra sed, la del alma. Esa sed que nos abrasa por dentro, que nos consume y no se sabe definir, pero sed que nos atormenta y nos angustia dolorosamente.

También los que no tenéis dinero, venid. Porque este agua no tiene precio, no se da a cambio de nada, se da sólo por amor, desinteresadamente... Oídlo, sedientos todos, acudid por agua. Un chorro de agua fresca y clara mojará nuestros labios quemados, nuestra boca seca. Y nuestra sed del alma se calmará plenamente.

 

 

"Inclinad el oído, venid a mí: escuchadme y viviréis" (Is 55,3)

 

Son palabras entrañables, palabras que se pronuncian en voz baja, al oído. Palabras llenas de cariño que bañan nuestro espí- ritu, llenándolo de consuelo inefable, hondo, divino. Escuchadme y viviréis, dice el Señor... Sí, lo dice Él, Dios mismo, el que no miente, el que todo lo sabe, el que todo lo puede, el que ama de modo infinito y eterno.

Somos tontos, Señor. Y lo peor es que parece que sin reme- dio. Ya nos conoces. Perdemos horas y horas escuchando palabras de unos y otros. Cuánto tiempo escuchando sandeces, o al menos palabras que, comparadas con las tuyas, son vanas, incapaces de dar vida. Sería preciso que vinieras en persona para que nos ha- blaras directamente. Quizás así te escucharíamos y pudiéramos conseguir la vida que nos prometes.

Digo que quizá porque en realidad también cuando Tú hablaste cara a cara, hubo muchos que no quisieron escuchar, que se hicieron el sordo, prefiriendo, inexplicablemente, la muerte a la vida. Es suficiente con que nos aumentes la fe, hasta buscar por encima de todo, en tu Iglesia católica, el maravilloso eco de tu palabra.

 

Dueño absoluto

 

"Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo" (Ps 144,15)

En último término todo depende de Dios. Él es el dueño absoluto de cuanto existe. Por derecho de creación y por derecho de mantenimiento. Todo cuanto hay bajo el cielo ha salido de sus manos, todo surgió de la nada al conjuro maravilloso de su Pala- bra. Él puso en movimiento el motor de cuanto se mueve, desde el girar grandioso de los astros hasta el latir diminuto del más pequeño insecto, desde el ardor de los volcanes hasta el ímpetu tremendo de las olas.

Sólo Él es la causa primera, como dicen los filósofos. Los demás seres son siempre causas segundas, pequeños o grandes

títeres que se mueven en apariencia por sí solos, pero que realmente son movidos por Dios. La creación entera es el gran teatro del mundo donde cada ser tiene su propio papel, y donde cada decorado, a veces tan grandioso, ha sido colocado por el Señor, magnífico tramoyista que ha hecho los árboles y las hierbas, los valles y las cumbres, los vientos y las aguas.

Todo está pendiente de Dios, aun cuando a veces sea de modo inconsciente. Y esto ocurre no sólo en los seres irracionales y en los inanimados, sino también en los seres racionales. Porque, forzoso es reconocerlo, el hombre se olvida con frecuencia de Dios, llega incluso a creerse independiente, como si él fuera el centro del orbe.

 

 

"El Señor es justo en todos sus caminos" (Ps 144,17)

 

El hombre no es el centro del universo; el hombre es una criatura más, muy perfecta por cierto _hecha a imagen y semejanza de Dios_, pero no la más perfecta, ya que los ángeles tienen una perfección mayor. El hombre, sin embargo, es el único de este mundo que ha podido revolverse contra Dios. El Creador quiso correr el riesgo de hacer una criatura libre, capaz de tomar su propia decisión. Él hizo al hombre del barro pero coronó su frente con el hálito divino, encendió en él la luz del entendimiento y la fuerza de voluntad.

El Señor es bueno y es justo. Él quiso conceder a una cria- tura la posibilidad de descubrir la verdad y de amar el bien. Pero el hombre, libre y fuerte como era, se rebeló contra su Hacedor, prefirió la mentira de Satán a la verdad de Dios. Momento terrible que aún hoy _hasta el fin de los siglos_ está gravitando duramente sobre la vida, empujando inexorable hacia la muerte... Hubo un momento en que Dios se arrepintió de haber creado al hombre que tan mal le respondió y lo castiga hasta casi aniquilarlo. Pero no lo aniquiló. El hombre seguía siendo "la debilidad" de Dios, su criatura predilecta. Todos sabemos de su paciencia y de su perdón, todos contemplamos cada día cómo las manos del Señor parece que están atadas, esperando a que el hombre desista de su locura y se vuelva hacia quien tanto le ama.

 

 

Desafío

 

"¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?" (Rom 8,35)

 

Las palabras que hoy nos transmite el texto sacro son como un valiente desafío a todos aquellos que intentaban extinguir al cristianismo. Cuando estas palabras fueron escritas, las persecuciones de los emperadores romanos comenzaban a tener los tonos más trágicos que las hicieron tristemente famosas.

Ante esas injusticias sangrantes, ante esos tormentos crue- les, ante tanta maldad, alguno podría pensar entonces que la Iglesia de Cristo acabaría desapareciendo. Era tan arriesgado amar a Jesucristo, el practicar su doctrina, que muchos pensaron que todo aquello se perdería en la noche silenciosa de los tiempos, quedando sólo el recuerdo de unas bellas páginas de la Historia.

Pero no, no sería así, no fue así, no será así jamás. Entonces había muchos que, como san Pablo, lanzaban con decisión y valor su reto a todas las fuerzas habidas y por haber. Seguros de que nada les haría cambiar en su amor y entusiasmo por Cristo Jesús.

 

 

"Pero en todo esto vencemos por aquel que nos ha amado" (Rom 8,37)

 

Y como entonces, también hoy. Sí, aunque los creyentes demos tantas veces el triste espectáculo de una vida tan ramplona, en contrasentido con lo que de verdad significa el ser cristiano. Nosotros, los que pertenecemos a un país mayoritariamente cató- lico, los que formamos parte activa de esta sociedad de consumo, tenemos la impresión de que ante la menor contrariedad renega- ríamos de nuestros principios. Y de hecho muchos no vivimos lo que teníamos que vivir, precisamente porque todo ello supone sacrificio y esfuerzo.

Pero no hay que olvidar que junto a estos países de occidente, hay otros en zona intermedia, cerrados durante muchos años por un telón de acero, en los que existen muchos cristianos que sufrieron lo indecible por seguir siéndolo. Sí, muchos que por vivir su fe fueron postergados y tiranizados por el comunismo. Vigilados, encarcelados, perseguidos, maltratados, sólo por el delito de seguir amando a Jesucristo... Ojalá que esa realidad nos haga despertar de nuestro aburguesamiento, nos empuje a vivir de modo más consecuente con el Evangelio, con todo eso que significa el amar de veras a Cristo.

 

 

Testimonio y generosidad

 

 

"Al enterarse Jesús de la muerte del Bautista..." (Mt 14,13)

 

Juan Bautista había terminado su carrera, había cumplido su misión de ser testigo de Cristo, avalando ese testimonio con su propia sangre. Aquello era su postrer anuncio y con su muerte anunciaba en cierto modo la muerte de Cristo, el testigo fiel del Padre, que rubricaría su vida de entrega con su muerte gloriosa en la cruz. Y recordemos que ese papel de testigos del Evangelio, nos corresponde también a nosotros, a cuantos creemos en Cristo. Él nos lo dijo expresamente: "Seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra". Por tanto, en medio del mundo, donde sea, donde Dios nos coloque en cada instante de nuestra vida, allí hemos de ser un clamor de su Buena Nueva con el testimonio claro y constante de una conducta inta- chable.

Jesús, nos dice el texto evangélico, se retiró a un lugar solitario y tranquilo. En otro momento nos aclara el Evangelio que el Señor pretendía que los suyos descansaran. Fueron como unas pequeñas vacaciones que el Maestro y los suyos gozaron. Sin embargo, fue un período corto ya que la gente le seguía por todas partes, ansiosas de escucharlo y de ser curados por Él de sus enfermedades. La muchedumbre conocía cuánta compasión y ternura había en el corazón de Jesús de Nazaret. El texto evangélico nos dice, en efecto, que el Señor sintió lástima por aquella multitud.

Los consolaba con sus palabras, los curaba de sus dolencias y hasta les daba de comer, como en esta ocasión en que el Señor multiplica unos panes y unos peces, poniendo de manifiesto su divino poder... Bien poco eran cinco panes y dos peces. Pero era cuanto tenían y lo entregaron todo con esa generosidad tan propia de los pobres y los sencillos. Entonces el milagro se produjo y pudieron comer todos, hasta saciarse y dejar de sobras doce cestos llenos. Es este un dato más que subraya la esplendidez de Cristo cuando el hombre se le entrega sin reservas. Por uno que demos, Jesús nos da cien y la vida eterna. Pensemos que el Señor no se deja ganar en generosidad. Por eso vale la pena dar y darse a Dios, persuadidos de que al final siempre saldremos ganando.