DECIMONOVENO DOMINGO
Monición de entrada
La prueba de la fe.-
¿Dónde se revela Dios? Es el interrogante que caracteriza la liturgia de hoy. El
Señor no se revela en los acontecimientos extraordinarios (1ªLect.)., se manifiesta en el susurro, en el silencio de la noche (Ev.), al pueblo de Israel y al nuevo pueblo, la
Iglesia. (2ª Lect.)
Canto de entrada.- Juntos como hermanos
Juntos como hermanos miembros de la Iglesia,
vamos caminando
al encuentro del Señor.
(Cantoral Litúrgico Nacional, nº 403)
Aspersión del agua bendita
o bien:
Acto Penitencial
Señor Jesús, tú que vienes a nosotros con poder.
Señor Jesús, tú que vienes a nosotros con amor.
Señor Jesús, tú que vienes a nosotros con gloria.
LITURGIA DE LA PALABRA
Primera Lectura.- "Ponte de pie en el monte ante el Señor" Reg l9,9a.11-13a.
El Señor no estaba en la fuerza del viento.-
Dios se revela en el silencio y está muy cerca de los hombres, aunque muchas veces no lo
parece. Precisa atención y apertura de corazón..
Salmo responsorial.- Sal 84,9ab 10. 11 - 12,13 -14
R/ Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. (Libro del Salmista: pgs. 266-267)
Segunda Lectura.- "Quisiera ser un proscrito por el bien de mis hermanos" rom 9,1-5
El Señor no es sólo para el pueblo elegido.-
San Pablo se siente solidario de su pueblo y sufre en el dolor de verlo en su mayor
infidelidad: la negación de Cristo.
Evangelio. - "Mándame ir hacia ti andando sobre el agua " Mt 14,22-23
El Señor se hace presente en la noche- Los discípulos, a pesar de haber visto con sus propios ojos la multiplicación de los panes, siguen dando pruebas de debilidad y duda. En medio de la noche tienen miedo y no saben reconocer la presencia de su Maestro. Sólo la confianza en El puede desvanecer la duda y el miedo.
LITURGIA EUCARISTICA
canto de Comunión.- Si me falta el amor.
Si me falta el amor, no me sirve de nada.
Si me falta el amor, nada soy (2)
(Cantoral Litúrgico Nacional: nº 742)
Reflexión
¿El Señor es indiferente? El acompaña, incluso en la noche, a sus amigos y tiende una mano al que duda y siente el vacío bajos sus pies.
El Señor está siempre con nosotros. Quizá no percibamos su presencia porque nuestros ojos lo contemplan como un fantasma y están cerrados y no ve.
El nunca abandona a los suyos, son los suyos que no descubren su presencia. Conoce nuestra fe vacilante y nuestra debilidad, por eso tiende siempre su mano hacia nosotros para encontrar una mano tendida hacia El. ¿Por qué dudamos?
Domingo XIX
Silencio
"En aquellos días, al llegar Elías al monte de Dios, al Horeb, se refugió en una gruta" (1Reg 19,9)
Este pasaje del libro primero de los Reyes recoge uno de los peores momentos de la vida del profeta Elías. La reina pagana Jezabel le persigue con saña inaudita, queriendo vengarse a toda costa de ese hombre que ha vencido a los seudoprofetas del dios Baal. Elías, atemorizado, emprende la ruta del desierto, se esconde en el monte, como un fugitivo al que están a punto de darle alcance sus perseguidores. Y al llegar al monte Horeb, se refugia en una cueva, buscando en la soledad la cercanía de Dios.
Elías comprende que sólo del Señor le puede venir el consuelo para su amargura; sólo en Él puede encontrar la fortaleza necesaria para seguir caminando cuesta arriba. Por eso huye de los hombres y se interna en el misterio recóndito de la intimidad de Dios. Y Dios le espera ahí, en esa soledad serena. Como te espera a ti que quizá no acabes de refugiarte en Él... Buscar a Dios, hasta encontrarle en la soledad de nuestra habitación, en la lejanía de la montaña, o en la cercanía del río, en la compa- ñía de sólo árboles, sol y agua. Buscar a Dios, llegar hasta Él, acudir cada día, por unos momentos al menos, a esa cita, siempre abierta, de este Jesús Señor nuestro que siempre aguarda nuestra llegada.
"Después se escuchó un susurro. Elías, al oírlo, se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la gruta" (1Reg 19,13)
Elías espera la llegada de Dios, sumergido en el silencio de la montaña. Y de pronto el viento se levanta violento, un huracán que hace crujir las rocas. Pero allí no estaba Dios. Luego la tierra comienza a temblar y a resquebrajarse en profundas grie- tas. Y tampoco en el terremoto estaba Dios. Apenas se calla el rugido de la tierra, cuando comienzan a crepitar en llamas los árboles de la ladera. Pero tampoco en el fuego estaba Dios.
Es una brisa tenue, un susurro de las ramas, un silencio apenas roto. Y Elías se postra en tierra, consternado y exultante al sentir la cercanía de Dios... De siempre el espíritu del hombre ha necesitado el silencio para escuchar la voz de Dios. Efectivamente, el silencio no es sólo un sedante para los nervios y un reposo para nuestras facultades psíquicas, es también el clima habitual donde Dios se nos comunica. Aunque a veces es posible que la voz del Señor nos llegue en medio del fragor de la vida corriente. Pero de ordinario, y Dios así lo quiere, hay que buscarlo en la soledad, en el silencio de una iglesia, en la calma del amanecer, en la tarde serena y callada. Junto al río, en la montaña, cara al cielo, en el silencio.
Te alabamos, Señor
"Voy a escuchar lo que dice el Señor" (Ps 84,9)
Las palabras que inician este salmo responsorial son una llamada de atención sobre algo decisivo: Dios nos habla y hay que escucharlo. A fuerza de oír las lecturas breves de la Misa acabamos por acostumbrarnos a ellas, a pesar de que son palabras inspiradas por el Espíritu Santo. Y si esa Palabra se compara con la lluvia, nosotros somos como piedra lisa por la que el agua resbala sin penetrarla, sin que haya la más remota posibilidad de que brote en nosotros semilla alguna.
Si no nos esforzamos, si no roturamos nuestra tierra con la oración y el sacrificio, nos quedaremos siempre secos, baldíos e impotentes para toda obra buena. Seremos camino que la gente pisa y los pájaros picotean sin permitir que la simiente agarre, te- rreno de espinos y abrojos que ahoga y asfixia todo buen deseo o recto propósito.
Si contestamos a la proclamación de la Palabra de Dios con un "te alabamos, Señor", pensemos que es imposible la alabanza de Dios sin una respuesta viva, concretada en buenas obras. La Palabra de Dios es siempre interpeladora, una exhortación que urge y apremia.
"La salvación está ya cerca de sus fieles..." (Ps 84,10)
Sí, la Palabra de Dios nos interpela, no es nunca un monólogo, quiere ser siempre un diálogo. Cuando el Señor habla no lo hace al viento o a un puñado de espectadores pasivos. Él siempre habla para alguien y para algo. Ese alguien somos cada uno de nosotros, y ese algo es nada menos que nuestra propia y personal salvación. Si de veras estuviéramos convencidos de que esto es así, nuestra actitud cambiaría, escucharíamos con avidez su palabra bienhechora, la llevaríamos a la práctica con una vida santa.
Vamos a reflexionar un poco sobre estas realidades de nuestra Fe, parémonos a pensar en ello inmersos en la presencia de Dios. No nos limitemos a un "te alabamos, Señor", y luego volvamos a la calle como si nada nos hubieran dicho, como si no hu- biéramos escuchado el mensaje de urgencia que Cristo repite para salvarnos.
No podemos hacer de la Palabra de Dios algo ajeno a noso- tros, palabras extrañas que el viento se lleva y que el breve paso de una hora borra. Abramos los surcos de nuestro espíritu, las ventanas de la mente y de la voluntad para que la luz de Dios nos alumbre y nos fortalezca. Vamos a pedir sencillez y humildad para escuchar con las debidas disposiciones lo que Dios nos dice. Pongamos más esfuerzo y espíritu de sacrificio para ser fieles a lo que el Señor nos pide, persuadidos de que en eso está nuestra salvación.
Nuestros hermanos los judíos
"Siento una gran pena y un dolor incesante..." (Rom 9,2)
San Pablo, como todos los apóstoles, como el mismo Jesucristo, era judío. Dios quiso escoger un pueblo de entre todos los de la tierra, y elige a Israel para que sea el despositario de las promesas de salvación. Es cierto que el Señor se quejará de ese pueblo de dura cerviz que no acababa de responder al infinito amor de Dios. Pero también es verdad que ese pueblo reaccionó bien muchas veces ante los castigos del Señor, y obtuvo con fre- cuencia el perdón divino, la prueba clara de la compasión de Dios.
Sin embargo, ese pueblo como tal rechazó al ungido de Ya- hvéh, se negó a reconocer al verdadero Mesías, tanto tiempo esperado y deseado. El apóstol san Pablo contempla esa situación y siente una profunda pena, un dolor incesante al ver que sus hermanos de sangre no han querido ver en Jesús de Nazaret al Hijo de Dios hecho carne. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Esta realidad hacía sufrir a Pablo, de tal forma que afirma que quisera ser un proscrito lejos de Cristo, con tal de salvar a sus hermanos los judíos.
"Ellos descienden de Israel, fueron adoptados como hijos..." (Rom 9,4)
Ellos tienen la presencia de Dios, continúa el texto paulino, tienen la Alianza, la Ley, el culto y las promesas. Suyos son los patriarcas, de quienes, según lo humano, nació el Mesías... Ante todo eso, pudiera pensarse que las promesas que Yahvéh hizo al pueblo de Israel fueron unas promesas vanas. Y sin embargo, de ningún modo fue así, ya que no todos los de Israel son Israel, ni todos los hijos de Abrahán son hijos de Abrahán. Es decir, que sólo los hebreos que recibieron a Cristo consiguieron la promesa en toda su plenitud.
Por tanto, los primeros discípulos de Jesús eran israelitas, aquellos piadosos judíos que sin hacer caso de las insidias de los fariseos y escribas, aceptaron a Jesús como salvador del mundo. Y así lo proclamaron por la tierra entera. Además también obtuvieron la salvación prometida aquellos que, sin pertenecer por la sangre al pueblo escogido, forman parte de él a través del Bautismo y de la fe en Cristo... Al considerar estas ideas y estos hechos, hemos de mirar con cariño al pueblo judío que no acaba de aceptar a Jesucristo. Por otra parte, hemos de sentirnos felices al sabernos parte del auténtico pueblo de Dios, la Iglesia. Contentos y temerosos, porque si Israel fue rechazado, también lo seremos nosotros si no aceptamos con todas sus consecuencias la persona y el mensaje del Señor.
¡Señor, sálvame!
"Los de la barca se postraron ante él..." (Mt 14,33)
Jesús se nos muestra con frecuencia recogido en oración. Él que venía a enseñar a los hombres estando en medio de ellos, se retiraba a menudo para estar a solas con el Padre. Por esto, ese gesto ya era un modo claro de enseñarnos. De hecho los apóstoles le pedirían que les enseñara a orar en una de esas ocasiones en que se dan cuenta de que se retira a rezar.
Se ha dicho, y es verdad, que la oración es como el respirar del alma. En efecto, es imposible vivir una vida interior seria, de íntima unión con Dios, si no se hace mucha oración. Por otra parte, y dicho de otra manera, es imposible alcanzar la perfe- cción cristiana sin hacer oración. Quizás por eso hay pocos santos, porque hay pocos que hagan oración.
La oración es descanso del alma, fortaleza del espíritu, serenidad y confianza en medio de las más arduas dificultades. Orar es acercarse a Dios, hablarle, comunicarse con Él. De ahí que la oración levante el ánimo y alegre el corazón, ilumine nuestro camino y nos capacite para recorrerlo.
El texto nos narra también que los apóstoles bogaban en medio del mar encrespado, que el viento y las aguas estaban a punto de hundirles la barca. En aquella noche cerrada, las olas se agitaban y los vientos les eran contrarios. Jesús se les acerca entonces. Atónitos contemplan cómo anda sobre las aguas. Es un fantasma, gritan aterrados. Pero el Señor exclama: Animo, soy yo, no tengáis miedo. Fueron unos momentos que luego han pasado a ser un símbolo para todos los que se encuentran en medio de un peligro similar, esos momentos en los que parece que todo está perdido y nos hundimos en medio de la oscuridad que nos rodea. Entonces hemos de escuchar cómo también a nosotros nos dice que no tengamos miedo. Sí, el Señor está siempre cerca y nos anima.
Pedro, como tantas veces, intervino de modo un tanto atrevido. Y se pone a caminar sobre las aguas, hacia Jesús que le espera. Se sostiene por unos momentos, pero de pronto duda y comienza a hundirse. ¡Señor, sálvame!, grita asustado... Qué poca fe. Como tú y yo tantas veces. Pero no importa, acudamos como Pedro al Señor. También a nosotros nos tomará de la mano cuando todo parezca perdido y nos salvará.