VIGESIMO DOMINGO
Monición de entrada
La salvación, don de Dios.- La liturgia de la Palabra presenta hoy el universalismo del mensaje cristiano. La salvación no es una propiedad exclusiva de israel, sino de todos los pueblos.(l
Lect.) La salvación sobrepasa las fronteras del pueblo de Dios y se abre a la universalidad. (Ev). San Pablo, misionero de la gentilidad, da a conocer que todos los hombres están llamados a la salvación (2 Lect.)Canto de entrada.-
Alrededor de tu mesa.Alrededor de tu mesa venimos a recordar
(2),
Aspersión del agua bendita
o bien:
Acto penitencial.
"Yo confieso... "
LITURGIA DE LA PALABRA
Primera Lectura.- "A los extranjeros los traeré a mi monte santo" Is 56,6-7
La casa de Dios está abierta a los extranjeros.- El profeta se hace eco del plan salvífico de Dios que por medio de Israel llegará a todas las naciones.
Salmo responsorial.-Sal. 66, 2-3. 5.6 y 8
R/ Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos.los pueblos te alaben
(Libro del Salrnista: pgs 270-2731
Segunda Lectura.- "Los dones y las llamadas de Dios son irrevocables para Israel" Rom 11,13-15.29-32
La salvación ha llegado a la gentilidad.- San Pablo comprueba que los gentiles aceptan la salvación y quiere despertar los celos en los judíos para que ellos también la acepten. Le duele que habiendo sido ellos los depositarlos de esa salvación se quedan al margen de ella.
Evangelio.- "Mujer, qué grande es tu fe" Mt 15,21-28
La salvación llega a la Cananea.- Jesús aplaude la fe de la Cananea. La fe está por encima de las razas y las ideologías. Y solo la fe aceptada hace milagros.
LITURGIA EUCARÍSTICA
Canto de Comunión.- Tú eres nuestra Pascua
Tú eres nuestra Pascua, Señor resucitado, aleluya, aleluya,
Haz que al partir tu Pan estemos a tu lado (2)
(Cantoral Litúrgico Nacional: nº 011)
Reflexión
Tenemos el riesgo de concebir el Evangelio como ley, carga, exigencia, imperativo. El evangelio es don, gracia, buena noticia, fe, esperanza, gozo.
La salvación es don divino a la humanidad. Unos aceptan dicho don y otros lo rechazan. La Cananea acepta con humildad la migaja de salvación porque su fe es grande . La fe hace milagros. Recibir y aceptar el don salvífico implica vivir en actitud permanente de salvados.
Quien no acepta el don de la salvación vive en actitud de ser rechazado.
Domingo XX
¿Justicia sin derecho?
"Así dice el Señor: Guardad el derecho..." (Is 56,1)
El hombre tiende de por sí a la anarquía. Sobre todo el hombre de hoy, sensibilizado especialmente en contra de cuanto pueda suponer un límite a su libertad, algo que le ate y le sujete. Por eso hay en algunos sectores de la sociedad una especie de fobia a cuanto signifique derecho, orden preconcebido.
Por otra parte, existe también un deseo vivo de justicia. Tanto que ha venido a ser uno de los "leit motiv" más usados en todos los campos, sea el político, el social, el cultural, o el religioso. Aunque menos, sigue estando de moda el hablar de justicia, hasta convertir el tema en algo manido y rutinario, en un tópico.
Es una evidente contradicción, una de esas extrañas paradojas que suelen darse en la vida de los hombres. Porque es evidente que para que haya justicia ha de existir un derecho que regule las relaciones de los hombres, una norma que encauce y señale las respectivas obligaciones y los correspondientes dere- chos. Sin una ley, los hombres, está clarísimo, se convierten en unos "sin ley".
"...practicad la justicia, que mi salvación está para llegar y se va a revelar mi victoria" (Is 56,1)
Libertad, sí, pero para todos. Para los fuertes y para los débiles. De qué sirve ser libres si en el ejercicio de su libertad los hombres se destruyen a sí mismos. Los hombres no son islas, no son piezas sueltas. Todos formamos un racimo, un engranaje, un conjunto de ruedas dentadas y engranadas. Por eso sólo servimos si estamos bien ensamblados los unos con los otros, bien ajustados.
Ajustados, que no es lo mismo que esclavizados. Uno no se puede sentir maniatado por el hecho de abrocharse el cinturón de seguridad al conducir, ni se puede pensar que uno está coartado por tener a lo largo del camino unas señales que limiten la velocidad o prevengan, simplemente, un determinado peligro... Somos libres, Dios nos quiere libres, Cristo nos ha liberado de la au- téntica esclavitud, la del pecado, y nos ha transmitido la libertad de los hijos de Dios. Una libertad racional y no animal, una libertad que se conjuga perfectamente con la ley, con el derecho. Una libertad serena que realiza el maravilloso prodigio de un orden de cosas en donde reina de verdad la justicia.
Santa Madre Iglesia
"El Señor tenga piedad y nos bendiga..." (Ps 66,8)
Cuántas veces la Iglesia, sobre todo a través de la liturgia, implora al Señor piedad y misericordia para todos los hombres. Ella, como buena madre que es, conoce las miserias de sus hijos, tan débiles y frágiles en ocasiones. Por eso suplica con insistencia y fervor a Cristo Jesús, su amado Esposo que murió por la Humanidad en la cruz. Ruega e implora con gemidos inenarrables a Dios que se compadezca de nosotros, que no nos trate según nuestros delitos, sino que por el contrario se apiade de nosotros y nos perdone.
La Iglesia, nuestra Madre, pide más aún. Además del perdón suplica la bendición del Señor. Es decir, le ruega que nos colme con los bienes de su gracia, que derrame en nuestras vidas de pordioseros los abundantes dones de su riqueza divina. Y que ilumine su rostro sobre nosotros y nos mire con benevolencia, desarrugue su ceño ante nuestra conducta, nos perdone otra vez y nos sonría como sólo Él sabe y puede hacerlo.
"Que Dios nos bendiga..." (Ps 66,8)
Pide la Iglesia a Dios que sea como el padre bueno que se siente desarmado en cuanto ve que las lágrimas asoman en la mi- rada del hijo arrepentido, que se ablanda ante la menor señal de compunción. Unamos, por tanto, nuestra propia plegaria a la de toda la Iglesia y elevemos el corazón y la mente hasta el Señor.
La Iglesia ruega no sólo por los que formamos parte de ella, después de recibir el Bautismo. Ella eleva su plegaria por todos los pueblos y naciones, consciente de que hay otras ovejas que, como dijo Cristo, no están aún dentro del único redil y bajo el cayado del único pastor. Con ello cumple el mandato de Cristo, cuando antes de subir a los cielos envió a sus apóstoles por todo el mundo para hacer discípulos de todas las gentes y razas que pueblan la tierra. Por todo ello la Iglesia no se limita a rezar. Ella se pone en camino por todas las rutas del orbe. Desde sus comienzos ha proclamado la Buena Nueva a todas las gentes, señalando de modo claro y preciso la ruta que conduce hasta Cristo, el Salvador de los hombres.
Dar marcha atrás
"Los dones y la llamada de Dios son irrevocables" (Rom 11,29)
El Señor da sin medida. También en esta vida terrena de ahora. Y nos da de modo gratuito, de forma liberal. En ningún caso puede nadie decir que lo que tiene se debe sólo a sus méritos y esfuerzos. Todo, en último término, lo recibimos del Señor, que es el autor y fuente de todo bien sobre la tierra. Y además, el Señor da sin arrepentirse de haberlo hecho, sin que la ingratitud le recorte en su generosidad.
Y así cuando el hombre deja de recibir más beneficios de parte de Dios, o deja de poseer y gozar los ya recibidos, no es porque el Señor le retire su benevolencia, sino porque el hombre la rechaza obstinadamente, la desprecia, busca las cuatro vanidades y consuelos que las criaturas puedan proporcionar. Esa es la triste realidad que todos hemos experimentado. Dejamos los bene- ficios divinos y nos gozamos en los bienes humanos. Lo malo es que cuando nos damos cuenta de la diferencia que hay entre lo humano y lo divino, es quizá demasiado tarde, cuando ya no hay remedio, cuando no es posible dar marcha atrás.
"Pues Dios nos encerró a todos en la desobediencia para tener misericordia de todos" (Rom 11,32)
En realidad, y a pesar de lo dicho antes, siempre hay reme- dio, siempre es posible la marcha atrás. En efecto, siempre que tengamos un hálito de vida podemos rectificar nuestros errores, podemos volver la mirada a Dios con ánimo contrito y humillado, seguros de que el Señor no rechaza nunca a quien acude a Él a- rrepentido y acongojado por su culpa.
Dios permite que el hombre le ofenda, que el hombre le traicione y le olvide. Así podrá uno comprender lo que es vivir sin Dios, así entenderá lo que vale la vida eterna al comprobar cuán poco vale la temporal. Y entonces, cuando, entre asco y vergüenza lo descubra, sentirá muy dentro una soledad sin límites, y al verse así volverá de nuevo hacia la casa paterna como lo hizo el hijo pródigo, dará marcha atrás en su loca carrera hacia la perdición y enderezará su ruta hacia Dios.
También los perros
"Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David..." (Mt 15,22)
Esta es una de las pocas veces en que Jesús sale de los lí- mites de Palestina. Con ello se iniciaba la evangelización de los gentiles, que más tarde llevarán a cabo los apóstoles, especialmente san Pablo. Tiro y Sidón estaban al norte de Galilea. Eran antiguas ciudades fenicias que se distinguían por la riqueza de su comercio marítimo. Hasta allí había llegado la fama de Jesu- cristo, como lo confirma el hecho de que una mujer de aquellas regiones acuda al Señor para rogarle por la curación de su hija enferma.
Pero Jesús parece no oírla siquiera. Los discípulos interceden para que la atienda. Y el Señor afirma entonces que sólo ha sido enviado para atender a las ovejas descarriadas de Israel. Ante esta respuesta los apóstoles no insisten, pero la mujer sí. Se acerca más aún a Jesús y, de rodillas, le implora que cure a su hija. La contestación de Cristo es dura, desconcertante y casi cruel: "No está bien echar a los perros el pan de los hijos". Pero ella no ceja en su empeño, en su humilde petición. No se molesta por las palabras hirientes de Cristo. También los perros, Señor, comen de las migajas que caen de la mesa. Su respuesta, tan llena de fe y humildad, acaba por desarmar al Señor, que con su actitud de repulsa estaba probando el amor y la fe de aquella sirofenicia.
Para que los elegidos de Israel aprendieran de aquella cananea el modo de pedir y de confiar, de insistir y de humillarse. "Mujer, qué grande es tu fe", le dice Jesús. Y el milagro se produjo. No fueron las migajas sobrantes y caídas al suelo lo que el Señor dio a la mujer aquella, sino el pan tierno y blanco de su amor y poder infinitos. Fue un hecho más de los que anunciaban que la salvación se extendería a todos los pueblos. Las fronteras no existirían para la difusión de la Palabra que, como semilla alada que el viento arrastra hasta los lugares más recónditos, se dejaría escuchar por todos los rincones del mundo, y así será por todos los siglos que dure la Historia.