VIGESIMOPRIMER DOMINGO

 

Monición de entrada

Al servicio de la unidad y de la fe.- Algunas personas son elegidas para ser guías del pueblo de Dios y desempeñar un papel desinteresado (1ª Lect.). Se trata de un servicio, no para el prestigio personal, sino para la edificación de la Iglesia (Ev.) El plan salvífico de Dios es insondable. (2ª Lect.)

Canto de entrada.- Aclama al Señor

Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría;
entrad en su presencia con vítores,
cantad, gritad: Aleluya,
(Cantora] Litúrgico Nacional: n' 611)

 

Aspersión del agua bendita

o bien:

Acto penitencial.

'"Yo confieso... "

 

LITURGIA DE LA PALABRA

Primera Lectura.- "Colgaré en su hombro la llave del palacio de David" Is 22,19-23

La autoridad como servicio al pueblo de Dios.- Dios se hace presente en la historia de las personas y de los pueblos. Su misericordia es eterna y no abandona la obra de sus manos.

Salmo responsorial.- Sal 137, 1-2a. 2bc-3. 6 y 8bc

R/ "Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.

(Libro del Salmista: pgs., 274 y 275)

Segunda Lectura.- "El es el origen, guía y meta del universo " Rom 11, 33-36

El don insondable de Dios.- Dios no puede ser manipulado por cualquier medio. El se hace don y regalo para todos, sin esperar nada a cambio.

Evangelio.- "Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos" Mt 16,13-20

La autoridad como fe en Cristo.- El Evangelio encierra una de las verdades principales de nuestra fe. Quedan señaladas las grandes líneas de la Iglesia. Jesús nos pregunta hoy a nosotros. ¿Quién dices que soy Yo? ¿Qué respondemos?

LITURGIA EUCARISTICA

Canto de Comunión.- Gustad y ved (Salmo 102)

Gustad y ved qué bueno es el Señor;
dichoso el que se acoge a El (2)

(Cantoral Litúrgico Nacional: nº 518)

 

Reflexión

Jesús se acerca al final de su ministerio y de su vida, y la gente no le ha sabido reconocer. Unos piensan en Juan, el Bautista, otros en Elías, pero ninguno se atreve a afirmar la realidad.

Solamente Pedro confiesa que es el Mesías. Su confesión de fe no procede de nadie de carne y hueso, sino que es obra del Padre.

Sobre esa fe se asienta la Iglesia; sobre la revelación del Padre.

No son las llaves de los palacios, sino las llaves del cielo que tienen el poder de abrir y cerrar.

La Iglesia se fundamente sobre esta roca, estable y firme, y ningún poder podrá contra ella.

 

 

Domingo XXI

  

La última batalla

 

"Así dice el Señor a Sobna, mayordomo de palacio: Te echaré de tu puesto..." (Is 22,19)

 

Isaías, de parte de Yahvéh, se enfrenta al poderoso y sober-bio funcionario palaciego: "He aquí que Yahvéh te lanzará con ímpetu varonil, te echará a rodar, con ímpetu te lanzará sobre la vasta tierra. Allí morirás y allí sucumbirán tus carros glorio- sos. Te depondré de tu cargo y te arrancaré de tu lugar".

Palabras tajantes de Dios. Palabras que denotan el límite de su divina paciencia. Palabras que han de resonar en nuestros propios oídos como la justa amenaza de este Dios nuestro, Padre de bondad, que, precisamente por serlo, utiliza con sus hijos cuantos medios existen para reducirlos al buen camino. También la amenaza seria y el duro castigo.

Y es que llega un punto en el que la situación se hace insostenible. Hay un momento en el que uno se pasa de la raya, llegando a límites inconcebibles. El abuso pertinaz que se burla del amor puede hacer que rebose el vaso. Y una última gota puede ser suficiente para que la ira de Dios se derrame sobre nuestra vida, dejándola eternamente muerta.

 

 

"Lo hincaré como un clavo en un sitio firme..." (Is 22,23)

 

Ese es el deseo de Dios, clavarnos como se clava un clavo en un sitio sólido. Es decir, quiere que permanezcamos siempre en pie, fuertes, perseverantes, leales hasta el fin. Somos nosotros los que nos empeñamos en bailar sobre la cuerda floja, los que nos ponemos en mil ocasiones que nos pueden hacer rodar por el suelo, echando a perder este tesoro inapreciable que llevamos en nuestras pobres manos de barro.

Dios nos promete su ayuda, está siempre dispuesto a echarnos una mano. Pero también es cierto _tan necios somos_ que despreciamos esa mano fuerte y segura y preferimos nuestra independencia, nuestra autonomía. Y de hecho nos jugamos, muchas veces, nuestra salvación, poniendo en inminente peligro lo que más vale en esta vida y en la otra.

Por eso muchos se salen del camino, quedan tendidos en la cuneta, o caminan a gatas por los senderos que se han elegido, terminando en una vergonzosa derrota... Luchemos nosotros por ser siempre fieles a nuestra fe, a nuestra vocación. Tratando de ganar cada batalla, ya que, al fin y al cabo, no sabemos cuál es la definitiva.

 

 

 

Pordiosero de todas las horas

"Por tu misericordia y tu lealtad, porque tu promesa supera a tu fama..." (Ps 137,2)

 

El corazón del hombre suele vibrar de gratitud y gozo cuando se siente amado de verdad. Es cierto, que esa vibración es a veces efímera, un latido fugaz que dura sólo unos instantes. Pero de todas formas dichos sentimientos son nobles y buenos, dignos de ser fomentados y sostenidos con el recuerdo de los acontecimientos que los motivaron.

Hoy volvemos a pensar en la misericordia infinita de Dios, en su lealtad inquebrantable a las promesas que hizo. Reconoce con el salmista que las obras de Dios, sus maravillas sin nombre, superan a cuanto nos dijeron y a cuanto nosotros pudimos imagi- nar. Como en tantas ocasiones, comprobamos que sus palabras fueron siempre más cortas que sus obras.

"Cuando te invoqué me escuchaste _dice el salmista_, acreciste el valor de mi alma...". Y es cierto, Dios nunca cierra sus puertas a quien en ellas llama. Él nunca se hace el sordo a las súplicas de sus hijos, siempre escucha y siempre atiende. También cuando nos parece que nos ha dado la callada por respuesta.

 

 

"El Señor es sublime, se fija en el humilde y de lejos conoce al soberbio" (Ps 137,8)

 

Sí, Dios siempre escucha la plegaria de los pobres. Y todo el que pide algo es, en definitiva, un pobre. Mendigos somos que carecen a menudo del pan de la comprensión y del cariño. Pordio- seros que no tienen la luz de la fe ni el gozo de la esperanza, mendigos de paz y de alegría... Pobrecitos hemos de ser ante Dios y alargar nuestras manos vacías hacia lo alto, seguros de que el Señor se apiadará de nosotros y nos colmará con la riqueza y la generosidad de sus dones.

El Señor es sublime, está por encima de cuanto podamos pensar. Aun sin estar presente de forma visible, su presencia invisible rebasa nuestros más íntimos anhelos. Esa grandeza, en efecto, no le aleja de los que son pequeños y débiles. Al contrario, Dios se fija en ellos con una mirada de manifiesta predilección y los hace objeto de sus preferencias.

En cambio a los soberbios, a los engreídos, a los autosuficientes, a los que tienen duro el corazón, el Señor los despre- cia, los rechaza, los desconoce... Vamos, pues, a aceptar ante Dios nuestras propias limitaciones, vamos a ser sinceramente humildes, vamos a reconocer, en presencia de Dios, nuestra propia pobreza.

 

Pase lo que pase

 

"Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios" (Rom 11,33)

 

Una vez más, san Pablo, al considerar la grandeza de Dios, rompe en un himno de gozo, en una doxología, un canto de amor y de adoración. Ahora es la generosidad, la sabiduría y el conoci- miento de Dios lo que le hace exultar de gozo. Son tantos y tan grandes los beneficios recibidos, sin merecerlo, de la bondad inmensa de Dios, que uno no puede por menos que prorrumpir en alabanza al Señor.

Hagamos nuestras esas palabras, cantemos desde el fondo de nuestro espíritu a este Dios y Señor nuestro que tan digno es de honor, culto y adoración... Somos ciegos muchas veces para ver cuanto el Señor nos da; somos torpes y tardos a la hora de mostrar nuestro agradecimiento. Vamos a rectificar y al menos recitemos con pausa y atención, con amor y respeto santo, esos himnos que la liturgia pone en nuestro labios tantas veces, especialmente en la celebración eucarística con el Gloria y el Sanctus.

 

 

"¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus cami- nos!" (Rom 11,34)

 

"¿Quién conoció la mente del Señor? _se pregunta el Após- tol_. ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero para que Él le devuelva?". Nadie, nunca. Los pensamientos de Dios son un arcano insondable para el hombre, sus planes rebasan siempre nuestros cálculos. En efecto, las matemáticas de Dios no son nuestras matemáticas. Por fortuna para todos.

Por eso hemos de acatar siempre la voluntad de Dios, pase lo que pase. Él conoce mejor que nadie por qué ocurren las cosas. Y sobre todo su sabiduría divina sabe sacar de los males bienes. El Señor _dice la sabiduría popular_ escribe derecho con renglones torcidos. A nosotros sólo nos queda decir amén, esto es, que aceptamos confiados sus planes, dolorosos quizás, para cada uno de nosotros. "Él es el origen, guía y meta del universo" _concluye el texto sagrado_. Por todo esto vamos a decir siempre, repito, que sí, que sea lo que Él quiera. Y supliquemos al mismo tiempo su ayuda, pues sin Él nada podemos.

 

Cristo y la Iglesia

 

"Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia..." (Mt 16,18)

 

Jesús no pasó desapercibido entre la gente de su tiempo. Todos hablaban de Él, los de arriba y los de abajo. Unos a favor y otros en contra. Algunos le llegaron a llamar endemoniado y blasfemo, otros lo confundían con Elías, el gran profeta de Israel. Tanto unos como otros estaban equivocados. También hoy se habla de Cristo y de su obra, la Iglesia. A favor y en contra. Y con frecuencia se aplican en esos juicios unos criterios inadecuados, se emplea una visión materialista y temporal que no llega ni a intuir la grandeza divina del Señor y la naturaleza sobrenatural del misterio de la Iglesia.

En esta ocasión que consideramos, san Pedro, movido por Dios Padre, exclama entusiasmado y seguro: Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo. Con ello nos ofrece la clave para entender a Jesu- cristo y a la Iglesia. Sólo desde la perspectiva de la fe se puede entender la verdadera naturaleza del mensaje que Jesús ha traído, la salvación que Él ha iniciado con su muerte en la cruz y que la Iglesia proclama y transmite a los hombres de todos los tiempos.

Y en esa Iglesia, en ese Pueblo de Dios, un jerarca supremo. En esa casa de Dios una piedra de fundamento. En ese rebaño un pastor. En esa barca un timonel. En ese cuerpo una cabeza visi- ble. En ese reino un soberano pontífice. Es cierto que el único Sumo Pontífice es Cristo Jesús, el único Rey, la Piedra angular, el Buen Pastor, la única Cabeza. Sin embargo, el Señor quiso que su Iglesia fuera una sociedad visible y organizada, con una jerarquía y un supremo jerarca, un pueblo, el Nuevo Israel, regido por Pedro y los otros once apóstoles, por sus sucesores cuando ellos murieron, el papa y los obispos de todo el mundo en co- munión con la Sede romana.

Así lo quiso Jesucristo, así ha sido, así es y así será. Es cierto que hay quien lo discute, quien lo niega o lo ridiculiza. Pero es inútil. La Iglesia, por voluntad de su divino fundador, es así y sólo así seguirá adelante, pues según la promesa divina los poderes del Infierno no prevalecerán contra ella. Por eso la barca de Pedro continuará navegando hasta llegar al puerto de la salvación. Y sólo los que, de una forma u otra, estén dentro de esa barca, se salvarán.