VIGESIMOSEGUNDO DOMINGO

 

 

Monición de entrada

Exigencias del seguimiento de Cristo.- El mensaje de hoy se centra entre 1a lógica del hombre y la lógica de Dios. La lógica del hombre se personaliza en 1a figura de Jeremías y Pedro; la lógica de Dios se centra en Jesús. El profeta Jeremías se lamenta con Dios de los resultados de su misión (1Lect.). Pedro rehusa aceptar a un Jesús crucificado (Ev.), La lógica de Dios es completamente diversa la del hombre:"No os ajustéis a este mundo", sino descernid la voluntad de Dios (2 Lect.).

Canto de entrada.- Vienen con alegría

Vienen con alegría, Señor, cantando vienen con alegría, Señor,

los que caminan por la vida, Señor,

sembrando tu paz y amor (2) (Cantoral Litúrgico Nacional: n'728)

 

Aspersión del agua bendíta

o bien:

Acto penitericiaI.

Yo confieso

 

LITURGIA DE LA PALABRA

Primera Lectura.- "Ia palabra del Señor se volvió oprobio para mí " Jer 20,7-9

Renunciar al punto de vista propio.- La misión de Jeremías es dura e ingrata Ha cosechado escarnios y afrentas. A pesar de ello, no podía silenciar el mensaje divino. El cristiano es también profeta y no puede renunciar a su misión en el mundo. Debe dar testimonio de la Palabra de Dios. Para ello es imprescindible deajarse seducir y guiar por Dios.

Salmo responsorial.- Sa1 62,23-4. 5-6. 8-9.

R/ Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios Mío. (Libro del Salrnista: pgs 278-279)

Segunda Lectura.- "Presentad vuestros cuerpos como hostia viva" Rom 12,1-2

Renuncia a la propia vida.- Los valores de este mundo chocan muchas veces con los valores propuestos por Jesús.El mismo cuerpo puede convertirse e culto razonable al Señor.

Evangelio.- "El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo " mt 16,21-27

Renuncia a la lógica del mundo.- El seguimiento de Cristo es elección, exigencia y renuncia. Decir "sí" al Evangelio implica privaciones y renuncias.

LITURGIA EUCARISTICA

canto de COMUnIÓn.- Bendigamos al Señor

Bendigamos al Señor, que nos une en caridad

y nos nutre con su amor en el Pan de la unidad,

¡Oh Padre nuestro! (Cantoral Litúrgico Nacional: n' 707)

 

Reflexión

No hay fe verdadera sin el compromiso de caminar en pos de Jesús. La fe no se reduce a una simple aceptación de verdades reveladas, sino que implica una exigencia de vida entera.

"El que quiera venir conmigo que me siga" ¿Qué significa seguir a Cnisto? Significa crear comunión con su vida, compartirla y hacer la voluntad del Padre. Significa disponibilidad para la misión y sentirse enviado para anunciar la buena nueva del Reino. Significa ser solidario con los hermanos crucificados por las injusticias, guerras, egoísmos.

Seguir a Cristo es ser su verdadero discípulo.

 

 

 

Domingo XXII

 

 

Seducción

 

 

"Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir" (Jer 20,7)

 

Estamos ante una de las páginas más humanas de los libros divinos. Página personalísima, un apunte privado del profeta, que, no sabemos cómo, vio la luz pública. Jeremías se queja amargamente ante Dios. Sus palabras suenan a una especie de acusación: "Me forzaste y me pudiste. Yo era el hazmerreír todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo que gri- tar...".

El profeta se resistió cuando Dios le llamó; adujo, entre otras razones, que era aún demasiado joven, que no sabía hablar en público, que le temblaban las piernas al pensar tan sólo que había de hacer frente a los poderosos de Israel. Y Dios le convence, le seduce con la promesa de estar siempre cerca de él, le vence con la amenaza de que si tiembla ante los hombres, Él le hará temblar todavía más... Jeremías accede, dice que sí. Y cuando llega el momento proclama el mensaje del Señor. Aunque ese anuncio esté cargado de maldiciones, de serias amenazas llenas de violencia y destrucción. Aunque se le haga un nudo en la garganta y se le seque la lengua.

 

 

"La palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día" (Jer 20,8)

 

Me dije: "No me acordaré de Él, no hablaré en su nombre; pero la palabra era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerla y no podía..." Palabra de Dios arraigada en su corazón, hirviendo hasta escapar al exterior. Palabra incontenible que quema las entrañas del profeta, brotando impetuosa y arrolladora, sin respeto humano alguno, sin miedo a nadie ni a nada.

Señor, hoy también necesitamos profetas a lo Jeremías. Hombres que estén dispuestos a hablar con fortaleza y claridad, gritando tu mensaje de salvación a todo el mundo. Hombres que hablen sin miedo, sin temblar, con la voz firme y el tono seguro... Hay muchos que claudican, que se dejan llevar por la corriente de moda, por la sutil ocurrencia del teólogo del momento. Quieren paliar las exigencias de tu palabra, quieren dulcificar las aristas de la cruz, quieren desfigurar tu intención, cambiar los fines sobrenaturales de la Iglesia por otros temporales y terrenos. Seduce de nuevo, amenaza otra vez, fortalece a tus profetas. Suscita hombres fuertes y valientes que estén dispuestos, por encima de todo, a descuajar y a plantar, a edificar y a destruir.

 

Ya cuando amanece

 

"...Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo..." (Ps 62,2)

 

Cuando comienza a nacer el día la grandeza de la creación se pone especialmente de relieve. Son instantes en los que el avance de la luz y el retroceso de las tinieblas nos hacen sentir mejor la presencia inefable de Dios. Desde siempre los primeros albores han sido propicios para la plegaria y para la oración, para el diálogo mudo o hablado con Dios.

Es cierto que la vida va cambiando las costumbres y doblegando a veces las tendencias naturales del hombre. Y así hoy día la Misa de la mañana se ve menos frecuentada que la de la tarde. No obstante, hay muchos fieles que aún prefieren dedicar los primeros momentos del día al Señor con la meditación matutina y la participación en la celebración eucarística.

De todas formas, lo que sí es cierto es que hemos de tener muy presente a Dios nuestro Padre en cuanto nuestros ojos se abren a la luz del día y comenzamos la tarea cotidiana. Cada jornada que empieza es un don de Dios que hemos de agradecer, una ocasión para amar y merecer, una tarea distinta que ofrecer al Señor igual que en el Ofertorio se ofrece el vino y el pan. Para que lo mismo que éstos se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, nuestro trabajo humano se convierta en tarea divina.

 

 

"Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote" (Ps 62,5)

 

Oración de la mañana, ofrecimiento de obras cuando apenas si hemos despertado. Actualizar en esos primeros instantes la intención de amar y servir a Dios sobre todas las cosas, renovar el deseo de hacer divino nuestro vivir humano: el trabajo, el descanso, el convivir con los demás, el latir de nuestro corazón y el mirar de nuestros ojos. Y luego actuar durante el día cara a Dios... Si vivimos así, unidos al Señor al menos con una intención inicial que renovemos de cuando en cuando, nuestra vida adquirirá una dimensión nueva, un valor insospechado.

Ayúdanos, Señor, a saber dar altura y profundidad incluso a lo más anodino. Que el amor y el esfuerzo que pongamos en cuanto hacemos, transforme lo que de por sí es trivial y pequeño en algo trascendente y grande. "Porque fuiste mi auxilio _digamos con el salmo_ y a la sombra de tus alas canto con júbilo; mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene...". Así cada jornada, de sol a sol y de luna a luna, será una maravillosa aventura por la que vale la pena entregarse.

 

 

El cuerpo también es sagrado

 

"Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios" (Rom 12,1)

 

Hostia es lo mismo que ofrenda sagrada. Se llega a considerar como sinónimo de Eucaristía, la ofrenda por excelencia, la Hostia por antonomasia. Por eso, decir esta palabra en un sentido de exclamación o de insulto es una blasfemia, una irreverencia grave al Santísimo Sacramento del altar, una ofensa que hiere en lo más íntimo a todos aquellos que tengan un mínimo de sensibilidad y de fe en Jesús sacramentado.

Supuesto este significado sagrado de la palabra hostia, sorprenden las palabras del Apóstol al decir que hemos de presentar nuestros cuerpos como si fuera una hostia viva, santa y agradable a Dios. Lo más carnal y material que hay en el hombre, su cuerpo, es elevado a la categoría de algo sagrado y digno de ofrecerse al Señor. Ya en otra ocasión habla también san Pablo de la necesidad y obligación de respetar nuestro cuerpo, dando como razón el que es templo del Espíritu Santo, morada de la Santísima Trinidad.

 

 

"Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente" (Rom 12,2)

 

El cuerpo animal es elevado a un plano superior, divino. Y con el cuerpo todo lo material que nos rodea, todo lo que constituye el entramado de nuestra vida diaria. El trabajo por humilde que sea, la vida familiar, las relaciones sociales, las diversiones, el deporte, el comer y hasta el dormir. Todo hecho con una dimensión nueva, todo vivido con un deseo ferviente de agradar a Dios.

Vivir en el mundo y no ser del mundo. Trabajar en la tierra con vistas al Cielo. Metidos en el corazón de las masas, y conservar la propia condición de levadura, para que todo se convierta en pan esponjoso de Cristo... "No os ajustéis a este mundo, sino transformaos _nos dice el Apóstol_ por la renovación de la mente, para que sepamos discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto". Y luego, no lo olvidemos, una vez sabido lo que hemos de hacer, es preciso que lo hagamos.

 

 

Perder la vida por Cristo es ganarla

 

"El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo..."_ (Mt 16,24)

 

En tres ocasiones predice Jesús con claridad su pasión y su muerte. Sus discípulos nunca entendieron concretamente lo que les decía. En sus mentes no podía entrar que el Mesías, el rey de Israel tan deseado, hubiera de padecer y ser rechazado por las autoridades del pueblo elegido. Por eso Pedro no puede contenerse y salta, decidido a disuadir al Maestro de semejante final, aunque hablara también de la resurrección. Considera descabellado pensar en un triunfo después de la muerte. Por eso lo mejor es que no muera de aquella forma que predecía.

En el fondo lo que intentaba san Pedro es que el triunfo definitivo llegara por unos cauces más normales y más seguros y no pasando por aquel trance terrible que Jesús anunciaba. Pero la reacción del Maestro es clara y decidida. Pedro no se esperaba aquellas palabras dirigidas a él, y para colmo delante de todos los demás. Nunca el Maestro había llamado a nadie Satanás. Y en ese momento llama así a Pedro, que lo único que intenta es que el Maestro no pase por aquel mal trago... La respuesta de Jesucristo muestra cuánto deseaba Él cumplir con lo dispuesto por el Padre, beber el amargo cáliz de su pasión. Por eso rechaza con energía e indignación la propuesta de san Pedro, increpándole de aquella forma tan sorprendente y tan inhabitual en el Maestro.

Para llegar a la Redención sólo hay un camino, el señalado por Dios Padre. Este es así y no hay vuelta de hoja. Planes misteriosos de Dios que, en cierto modo, se repiten de una u otra forma, en cada uno de nosotros. Por ello, sólo si aceptamos la voluntad divina, sellada a menudo con la cruz, podremos alcanzar la vida eterna.

Jesús aprovecha la ocasión para hacer comprender a los suyos que los valores supremos no son los de la carne, ni los del dinero. De qué le sirve a uno ganar todo el mundo, si al final pierde su alma. Es preciso abrir los ojos, encender la fe, mirar las cosas con nuevas perspectivas. Así, aunque de momento pueda parecer que perdemos algo, incluso la vida misma, en definitiva sal- dremos ganando mucho más.