VIGESIMOCUARTO DOMINGO

Monición de entrada

El perdón reconstruye la comunidad.- El perdón es el tema central de este domingo. Frente a la violencia y al odio se responde cristianamente con el perdón.Las razones que motivan el perdón las encontramos: en el comportamiento del Padre (Ev), en la solidaridad con Cristo que nos hace a todos hermanos (2 Lt.)y en el recuerdo de la alianza (1 Lect.).

Canto de entrada. - Por ti, Patria esperada.

Por ti, Patria esperada, encuentra ligera su cruz.

Por ti, Patria esperada, no apaga el desierto su fe.

Por ti, Patria esperada, enciende su marcha el amor.

Por ti, Patria esperada. Por ti.
(Cantoral Litúrgico Nacional: n' 711)

 

Aspersión del agua bendita

o bíen:

Acto penitencial.

- Por las veces que no hemos perdonados
- Por nuestra soberbia y desprecio de los demás.
- Por no sentirnos pecadores y necesitados de tu misericordia.

 

LITURGIA DE LA PALABRA

Primera Lectura.- "Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas" Ecclo 27,33:28,9

El perdón, como renuncia a la autojusticia.- El Señor quiere que los miembros del Pueblo perdonen las ofensas de sus prójimos, porque serán perdonados cuando supliquen perdón y misericordia..

Salmo responsorial.- Sal. 102,1-2.. 3-4, 9-10, 11-12

R/ "El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. (Libro del Salmista: pgs. 286 y 287)

Evangelio.- "No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete" Mt 18,21-35

El perdón como renuncia a ajustar cuentas.- No puede ponerse límites al perdón. Hemos de perdonar como el Señor perdona: de corazón y sin medida

LITURGIA EUCARISTICA

Canto de comunión.- Canta mi alma tu grandeza.

Canta mi alma tu grandeza,
Dios de los pobres, redentor,
todo mi ser te reconoce,
siempre bendeciré tu amor.
Todos andábamos errantes,
ovejas sin oír tu voz.
Has pronunciado nuestro nombre
y nos conduces, buen Pastor.
(Cantoral Litúrgico Nacional: n1 035)

 

Reflexión

Las relaciones humanas se agrietan muchas veces y se crean tensiones y distancias entre unos y otros. Somos muy sensibles a ajustar cuentas.

Algunas veces se oye decir: "perdono, pero no olvido".

Jesús reveló a su Iglesia un camino de reconciliación. Nos enseñó el proceder de Dios que perdona generosamente y sin límite alguno.

El perdón rompe barreras y acerca los corazones, destruye murallas y construye fraternidad, une lo que está separado y abraza al que estaba alejado.

 

 

 

Domingo XXIV

 

  

Apacíguate

 

 

"_El furor y la cólera son odiosos: el pecador los posee" (Eclo 27,33)

 

Qué fácilmente surge el furor y la cólera ante una ofensa, ante una acción injusta, ante quien nos hiere de alguna forma. Aunque a veces sea tan sólo un adelantamiento en automóvil, más o menos indebido, por alguien que tiene más prisa que nosotros. Cuánto enfado y mal humor se acumula en las carreteras, en las calles y plazas de nuestras ciudades. Cuánto insulto, cuánta palabra malsonante, medio reprimida o soltada, de modo incontrolado y a borbotones.

Y también hay enfados en el hogar. Convirtiendo en una especie de infierno o de verdadero purgatorio, lo que tiene que ser lugar de descanso, como un anticipo del paraíso. Por desgracia muchos, y muchas, parecen reprimirse y acumular mal humor por ahí tapándolo con una sonrisa, para dar rienda suelta y verter todo ese mal talante cuando se entra en casa, amargando la vida a los familiares.

 

 

"Piensa en tu fin y cesa en tu enojo..." (Eclo 28,6)

 

Piensa en tu fin, dice el Señor, y cesa en tu enojo. Re- cuerda la muerte y guarda los mandamientos, Acuérdate de la voluntad de Dios y no te enojes con el prójimo... Apacíguate, hombre, apacíguate. Toma la vida con sentido del humor, toma a risa eso que te crispa los nervios. Si lo consigues, entonces serás más feliz, más dueño de la situación. Hay que tener señorío sobre las circunstancias, por adversas que sean. Con ello seremos más felices, y haremos más felices a los demás.

Perdona la ofensa al prójimo, y se te perdonarán tus pecados. En caso contrario no esperemos que Dios nos perdone. Sería como pedir el perdón al padre y negárselo al hijo. Eso es absurdo, e indigno. Por eso Dios cierra las puertas de su perdón al que se niega a perdonar a los demás.

Los demás. Es decir, nuestros hermanos. También a los que no conocemos, o a esos que nos resultan antipáticos o incompatibles. Todos los hombres son dignos de nuestro perdón. Si Cristo los perdonó, quiénes somos nosotros para condenar. A los que Jesús redimió con el precio de su sangre, no podemos, en modo alguno, despreciar. A los que Cristo amó hasta entregar su vida por ellos, a esos nos los podemos mirar con indiferencia y mucho menos con odio... Mirar con simpatía a todo el mundo, abiertos a la amistad y la comprensión.

 

 

 

Un mínimo de sensibilidad

 

 

"Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades" (Ps 102,3)

 

En definitiva lo más grave que le puede ocurrir al hombre es estar en pecado, tener el alma manchada con una culpa grave, encontrarse al borde de la condenación eterna. Sí, es muy triste estar alejado de Dios. Por eso lo más grande que puede uno poseer es un sentido hondo del pecado, el temor de caer en él. Por el contrario, lo peor que nos puede suceder es no dar importancia al pecado, haber perdido la sensibilidad ante lo que está mal hecho, seguir como si tal cosa después de ofender gravemente al Señor.

Habla también el salmo del mal que se deriva de las enfermedades. Quizá para que a través de ellas comprendamos lo que es el pecado para nuestra alma. Sin embargo, también aquí somos torpes y lerdos a la hora de comprender, pues sólo cuando estamos realmente enfermos valoramos lo que vale la salud. Tendríamos, por tanto, que estar sufriendo siempre algún daño en nuestro cuerpo para entender lo que significa el daño que el pecado ocasiona en nuestra alma.

Cuando se tiene el más mínimo de sensibilidad para las cosas de Dios, entonces se percibe con claridad lo que es estar en gracia o estar en pecado mortal. Lo malo es cuando hemos encorchado nuestra conciencia. Como no vemos el peligro en que estamos, seguimos metidos en él, andando por el borde de un precipicio con los ojos vendados.

 

 

"Nos nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas" (Ps 102,10)

 

Eso explica la impunidad del pecador que a veces puede exasperar al justo: La paciencia de Dios que espera un día y otro. El Señor trata por todos los medios de que comprendamos cuál es el camino que nos lleva a la perdición y cuál el que nos conduce a la salvación. Lo malo es que la infinita paciencia del Señor nos puede parecer señal de debilidad en Él, como si no pudiera evitar el mal que hacemos.

Dice también el salmo que el Señor no nos paga como merecen nuestras culpas, no nos castiga como sería lo lógico. Pero cui- dado, porque esas palabras se refieren a esta vida y no a la otra. Ahora Dios espera y nos ofrece una y mil ocasiones para que rectifiquemos; se esfuerza por mostrarnos su amor para ganarnos el corazón.

Sin embargo, recordemos que al final el Señor podría decirnos que nos apartemos de Él y marchemos al fuego eterno, como malditos del Padre. Entonces ya se habrán acabado las contemplaciones y las esperas... Dios mío, haznos entrar en razón ahora que es posible todavía. Danos un mínimo de sensibilidad contra el pecado para que no lo volvamos a cometer.

 

 

a ofrenda del vivir y del morir

 

 

"Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo" (Rom 14,7)

 

Incluso prescindiendo de todo motivo sobrenatural, incluso humanamente hablando, no podemos vivir para nosotros mismos. Eso sería despreciable, un claro egoísmo. Aparte de que ese modo de vivir sólo sería posible para quien se pudiera permitir no trabajar y consiguiese el lujo de vivir de las rentas. Y ni aun así podría prescindir de modo absoluto de los demás.

Lo normal es vivir engarzado en la vida de los otros, ayudando con el propio trabajo a facilitar las cosas a los demás, recibiendo al mismo tiempo una compensación por el propio esfuer-

zo. Sí, incluso el que no es cristiano ha de vivir en cierta forma para los otros y no sólo para sí mismo. Y, gracias a Dios, eso hace más alegre nuestro vivir, más entrañable y cordial, más fácil y gustoso. Lo contrario, el vivir para sí, es triste y abu- rrido, desolador.

Vamos, pues, a mirar a los otros, vamos a abrirnos en abanico para atender a todos los que se nos acerquen de un modo o de otro. Vamos a vivir para los demás. Nuestra vida será entonces una maravillosa aventura que nunca se repite, que siempre es nueva.

 

 

"Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor" (Rom 14,8)

 

En el caso del creyente, del hombre que está bautizado, ese vivir ha de ser de todas formas para Dios, si de veras quiere ser consecuente con su condición de cristiano, de hijo de Dios, de miembro del Cuerpo místico de Cristo. A veces olvidamos lo que somos, lo que hemos recibido: actuamos como si nuestra vida fuera idéntica a la de otro hombre cualquiera, sin valorar lo suficiente el don entregado, sin apreciar las promesas que el Señor nos ha hecho. Y no puede ser así, no debe ser así.

Hay que vivir para Dios, hay que hacerlo todo por Dios. No se trata, en la mayoría de los casos, de hacer cosas distintas. Es cuestión de hacer lo mismo, pero con una intención diferente, con una ilusión diversa. Se trata de vivir por amor la vida de cada día como una ofrenda que se alza hacia el Señor. Vivir así todos los acontecimientos de la vida, especialmente el último. Porque también el morir es ponernos dulcemente, dolorosamente quizá, en las manos de nuestro Padre Dios.

 

 

El perdón de las ofensas

 

"Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces lo tengo que perdonar?" (Mt 18,21)

 

Pedro habla a Jesús con una gran confianza, le pregunta con sencillez. De esta forma nos enseña que también nosotros nos hemos de dirigir a Dios con la misma actitud. El Señor que está en los cielos quiere que le hablemos como un hijo lo hace con su padre, persuadidos de que nos escucha con atención y con el deseo de ayudarnos.

Por otra parte, la pregunta de san Pedro la podemos hacer nuestra. También nosotros recibimos ofensas que, en ocasiones, nos cuesta mucho perdonar, también nosotros hemos pensado, quizás, que la paciencia tiene un límite. Pedro pone como medida el perdonar siete veces. Es posible que pensara que se quedaba corto en el cálculo de las ofensas recibidas, pues difícilmente se ofende a una persona siete veces y siete veces se le pide perdón. Pero el Señor le multiplica aquel número de modo inesperado. Se lo multiplica por diez. En realidad aquella respuesta equivalía a un perdonar siempre, por muy grande que fuese la ofensa recibida.

Para corroborar su respuesta le expone una parábola que no da lugar a dudas. La comparación entre la deuda del amo y la del siervo arroja una diferencia abismal, teniendo en cuenta que un talento equivalía a seis mil denarios. A pesar de esa diferencia, no hay punto de comparación entre la ofensa hecha a Dios y la que se pueda hacer a un hombre. Por mucho que nos ofendan, nunca la ofensa tendrá la gravedad que tiene toda ofensa que se hace a Dios.

Pues si el Señor nos perdona las ofensas que le hacemos, cómo no vamos nosotros a perdonar las ofensas que nos hagan. Es este un punto claro e incontrovertible del mensaje cristiano, repetido por el Maestro en otras ocasiones. Recordemos, sobre todo, la oración del Padrenuestro. En ella se formula con precisión que para ser perdonados por Dios nuestro Padre, hemos de perdonar de la misma manera a cuantos nos ofendieron.