QINTO DOMINGO
Monición de Entrada:
Vosotros sois la luz del mundo.- Las obras de caridad son expresión de la fe y signo de vida, y se convierten en auténtica luz y glorificación de Dios. (Ev)
El cristiano será luz brillante si socorre al hermano necesitado (1ª lect), y si se presenta ante los hombres no con la sabiduría humana sino con la fuerza del Espíritu. (2ª Lect).
Canto de Entrada: "Invoco al Dios altísimo"
Invoco al Dios altísimo,
al Dios que hace tanto por mí (2) (Cantoral Litúrgico Nacional nº 713)
Aspersión del agua bendita
0 bien:
Acto penitencial:
- Por no socorrer generosamente a nuestros hermanos necesitados.
- Por no ser ni luz ni sal para cuantos nos rodean
- Por apoyarnos más en las posibilidades humanas que en Dios.
LITURGIA DE LA PALABRA:
Primera Lectura: "Nacerá entonces tu luz como la aurora"
Las buenas obras.- El profeta enseña al pueblo que la verdadera religión consiste en las obras de caridad y justicia hacia los necesitados y oprimidos..
Salmo Responsorial: (5.1 111,4-5.6-7.8a y 9)
R/ "El justo brilla como una luz" (Libro del Salmista: pags.205-206)
Segunda Lectura: "Os anuncié el misterio de Cristo crucificado" (1ª Cor 2,,1-5)
La fuerza de Dios.- Pablo apoya su mensaje en el fuerza de Dios, no en los talentos ni habilidades propias.
El apóstol de los gentiles habla desde su experiencia y se aplica a sí mismo lo que dice a los demás.
Evangelio:
"Vosotros sois la luz del mundo " (Mt 5,13-16)La función de la Iglesia.- Mateo presenta una serie de comparaciones que ilustran la esencia del cristiano en el mundo. Es sal, luz, ciudad puesta en lo alto.
LITURGIA EUCARÍSTICA:
Canto de COMUNIÓN: "Una espiga
Una espiga dorada por el sol,
el racimo que corta el viñador,
se convierten ahora en pan y vino de amor
en el cuerpo y la sangre del Señor. (Cantoral Litúrgico Nacional: nº 0 17)
Reflexión:
Jesús propone a sus oyentes en el sernón de la montaña ser sal y luz del mundo. Para
muchos la vida es sosa porque no han encontrado el verdadero sabor del Evangelio, que da
color, entusiasmo e ilusión.
Otros, en cambio, creen ser luz y están en tinieblas.
Solamente Cristo es luz que ilumina la senda de la vida. Quien recibe la luz de Cristo se convierte en luz y todas sus obras son caridad.
Domingo V
Derecho de propiedad
"Esto dice el Señor: Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo" (Is 58,7)
Voces del Antiguo Testamento, voces que sonaron hace más de dos mil años, voces que vienen de Dios aunque salgan por boca de hombres, voces que repiten con insistencia y sin cansancio siempre lo mismo: hay que partir el pan con el que tiene hambre, hay que pensar en los que no tienen lo que nosotros tenemos, hay que vestir al desnudo, hay que dar y darse uno mismo.
Dar y darse. Para eso tenemos todo cuanto de Dios, de una manera o de otra, hemos recibido a lo largo de nuestra vida. Es cierto que la Ley divina no va contra el derecho de propiedad, pero también es cierto que toda riqueza que se cierra en sí misma no es cristiana. En la ley de Dios no cabe el egoísmo, no cabe el que todo lo guarda para sí, el que no abre su corazón y su cartera a las necesidades de los demás hombres. Si actuamos así no somos cristianos, si no miramos hacia los demás, tampoco Dios nos mirará a nosotros.
"Entonces clamarás al Señor y te responderá. Gritarás y te dirá: Aquí estoy. Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia..." (Is 58,9)
No nos engañemos. Es imposible ser hijo de Dios y no querer a los demás hombres. Ni el Bautismo ni la Penitencia ni la misma Eucaristía nos servirán para algo mientras tengamos el corazón cerrado al prójimo. No solamente no nos sirve para nuestro bien sino que nos sirve para nuestro mal. Porque el que come el Cuerpo de Cristo indignamente, se traga su propia condenación.
Y no debemos olvidar que el querer está sobre todo en el dar. Dar no sólo pan. Porque no sólo de pan vive el hombre. Hay que dar también otras cosas. Hay que dar nuestro tiempo, hay que dar nuestras buenas palabras, hay que dar nuestra sonrisa. Y sobre todo hay que dar nuestra comprensión. Colocarse en la posición del otro, sentir como él siente, ver las cosas como él las ve. Juzgar como se juzga a un ser querido, con benevolencia, saber disculpar, disimular, callar... Desterrar la maledicencia, la lengua desatada que corre a su capricho, sin respetar la buena fama del prójimo... No nos engañemos. O queremos de verdad a todos, o Dios nos despreciará por hipócritas y fariseos.
Chorros de luz
"En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo" (Ps 111,4)
Tinieblas son las malas acciones de los hombres, oleadas de humo que se alzan desde la tierra hasta oscurecer el cielo. Niebla que impide la visión clara de las cosas y entorpece el caminar del hombre, perdido muchas veces por sendas desconocidas, sin saber hacia dónde se encamina. Dice el Evangelio que el príncipe de este mundo lo es también de las tinieblas y que sus seguidores son llamados los hijos de las tinieblas.
En cambio, Cristo es llamado Luz del mundo, y también sus discípulos, que por eso son los hijos de la Luz, luminarias que lucen en nuestro caliginoso mundo. En este sentido nos dice Jesús:"Alumbre así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos".
Vivir una vida intachable y recta, tener una conducta leal y clara. Si somos fieles, por amor a Dios, al pequeño o grande deber de cada momento, seremos puntos de luz viva que disipen las tinieblas que nos circundan, bengalas que rompen la negra noche para alumbrar la ruta que conduce a buen puerto.
"El justo jamás vacilará, su recuerdo será perpetuo" (Ps 111,6)
El chorro de luz que brota de una buena acción enciende primero al que la realiza. Él mismo, antes que ningún otro, recibe el resplandor que ilumina la mirada y alegra el corazón. De ahí que el que es justo, el que obra con rectitud de intención se siente seguro y firme, tranquilo y sereno en medio de las situa- ciones más difíciles. Dice el salmista que no temerá las malas noticias y su corazón está fuerte, valiente y decidido a lo que sea necesario.
Dice también el salmo que el justo reparte limosna a los pobres, que su caridad es constante... Una actitud heroica, sin duda, porque hay que ver cómo defendemos lo que nos pertenece, cómo calculamos y recortamos el donativo que vamos a entregar. Somos cicateros y roñosos por naturaleza. La palabra "mío" es una de las primeras que el niño aprende a decir, y cómo la usa a gritos y con lágrimas cuando llega el momento.
No lo olvidemos, el egoísmo es la primera fuente de oscuridad que en el mundo existe. El amor propio engendra el orgullo y la soberbia, la avaricia y la ambición, la injusticia y la sensualidad, la envidia y la incomprensión. Tomemos conciencia de nuestra triste condición y rectifiquemos luchando contra esas malas inclinaciones. Así seremos un continuo derroche de luz que alegra la tristeza del mundo, convirtiéndola en alegría.
Testimonio de Dios
"Cuando vine a vosotros a anunciaros el testimonio de Dios" (1Cor 2,1)
San Pablo nos recuerda los momentos iniciales de su predicación. Y lo primero que llama la atención es la seguridad y la sencillez con que el Apóstol afirma que él vino a proclamar el testimonio de Dios. Nada menos que el testimonio de Dios. No se trata pues, de un testimonio humano, sino divino. Y no olvidemos que este testimonio sigue vivo entre nosotros, transmitiéndose de generación en generación.
Sí, el testimonio sigue presente ante nosotros, con la misma vigencia, con la misma fuerza y vibración, con las mismas exigencias de entrega y de entusiasmo para nuestras vidas egoístas y pagadas de sí. Tomemos conciencia de esto, reflexionemos en el silencio de nuestra oración personal, en la intimidad de nuestro diálogo con el Señor. Y que la convicción de que es Dios quien nos habla nos mueva a poner más atención y diligencia, a ser más dóciles y generosos.
Pidamos también perdón al Señor por nuestra indiferencia, por tanta frialdad como a veces mostramos con las cosas de Dios. Vamos a decirle que nos duele ser así, que nos apena que sus palabras resbalen por nuestra alma sin calarnos hondo... Seamos, además, conscientes de que es Dios quien nos habla, para que nuestra respuesta sea más decidida e incondicional.
"Nunca me precié de saber cosa alguna sino a Cristo, y éste crucificado" (1Cor 2,2)
Es el gran tema de la predicación paulina, de toda la predicación cristiana. Los datos que tenemos acerca de esa predicación primera nos dan noticia de cómo los apóstoles hablaban de Jesús de Nazaret, que nació pobre y murió clavado en una cruz. Ese era el hecho crucial y definitivo, eso lo que presentaban como el signo de salvación para todos los hombres.
Y junto al inesperado acontecimiento de ese Dios crucifi- cado por amor, la verdad que completaba el sentido hondo de la cruz: la gloriosa resurrección de Cristo al tercer día de su muerte. Y si inesperado fue el final de la crucifixión, más maravilloso fue que un muerto volviera por sí mismo de esa tierra de "irás y no volverás" que es la muerte.
Los apóstoles no se arredran ante la difícil misión que se les encomienda. Hay sí, un primer momento de desconcierto. Pero enseguida se recuperan impulsados por la fuerza del Espíritu que llega en Pentecostés. Sus palabras son torpes a veces, se sienten incapaces de expresarse con claridad. Sin embargo detrás de esos hombres débiles e ineptos está la fuerza y la luz de Dios. Sólo así se puede explicar el prodigio de ese pueblo que nace pequeño y perseguido, el misterio de esa Iglesia que crece entre dificultades e incomprensiones.
Luz del mundo
"Alumbre así vuestra luz ante los hombres......" (Mt 5,16)
La palabra de Jesús es sencilla. Sus comparaciones brotan de la vida ordinaria, de la vida doméstica podríamos decir. Por otra parte, sus metáforas tienen muchas veces sus raíces en el Antiguo Testamento. Cristo toma en sus manos la antorcha de los viejos profetas y la levanta hasta iluminar a todos los hombres, usa sus palabras recias y vibrantes para renovar e incendiar a la tierra entera. El fuego y la luz constituyen, precisamente la imagen principal del pasaje evangélico que contemplamos. Vosotros sois la luz del mundo, dice el Maestro a sus discípulos y a la muchedumbre que le rodea, también a nosotros. Una luz encendida que se pone sobre el candelero, una vida cuajada de buenas obras que sea un ejemplo que arrastre y empuje a los hombres hacia el bien, hacia Dios.
Luz de luz, dice san Juan en el prólogo de su evangelio, refiriéndose al Verbo, a la Palabra, al Hijo de Dios. Luz verdadera que ilumina a todo hombre. El mismo Jesús proclamará ante todos los judíos: Yo soy la luz del mundo. El que me sigue, añade, no andará en tinieblas, sino que habrá pasado de la muerte a la vida... Las tinieblas como símbolo de la muerte, la luz como expresión gozosa de la vida. Por eso al Infierno se le llama el abismo de las tinieblas, mientras que el Cielo es la mansión de la luz, la región iluminada no por el sol sino por el mismo Dios, luz esplendente que sólo los bienaventurados pueden llegar a contemplar, extasiados y felices para siempre.
Es una luz que se transmite a cuantos han llegado a la vida eterna y de la que también participan los justos en la tierra, aunque de forma diversa. Así Santa María, la criatura más perfecta que salió de las manos de Dios, es contemplada por el vidente de Patmos, por san Juan en el Apocalipsis, como la mujer revestida con el sol, coronada de estrellas, emergiendo fulgurante en el ancho cielo, con la luna bajo sus pies. Los demás bienaventurados lucirán, dice la Escritura, como antorchas en el cie- lo... Aquí, en la tierra, esa luz divina irradia también en quienes creen y aman a Cristo. Por eso san Pablo recuerda a los cristianos que son luminarias que lucen en medio de esta oscura tierra. Puntos de luz que hacen bueno a este mundo malo. Desde el Bautismo, cuando se nos entregó un cirio encendido, el cristiano es un hijo de la luz, un hombre iluminado que ha de encender y caldear cuanto lo rodea, perpetuando así la presencia del que es Luz de todas las gentes, Jesucristo nuestro Señor.