S0LEMNIDAD DE JESUCRISTO

REY DEL UNIVERSO

 

Monición de eentrada

Anunciamos su reino.- El Año Litúrgico termina sintetizando el misterio de salvación. Presenta a Cristo, Rey del universo y de la historia. La promesa divina de ser personalmente el guía del pueblo(1 Lect.) se cumple en Cristo. El cual da origen a una nueva humanidad, librada del pecado y de la muerte (2ª lect.). El Señor juzgará a cada uno según la medida que se usa con el hermano pobre y necesitado. (Ev.).

Canto de entrada.- Tu reino es vida (Salmo 71)

Tu reino es vida, tu reino es verdad;

tu reino es justicia, tu reino es paz;

tu reino es gracia, tu reino es amor;

venga a nosotros tu reino, Señor (2)

(Cantoral Litúrgico Nacional: nº 511)

 

Aspersión del agua bendita

o bien:

 

Acto penitencial:

- Jesucristo, Hijo de Dios, ungido como rey y salvador.

- Jesucristo, Salvador, que nos has reconciliado con el Padre en la cruz.

- Jesucristo, Redentor, que nos abres las puertas de tu Reino.

 

LITURGIA DE LA PALABRA

Primera Lectura.- 'A vosotros mis ovejas, voy a juzgar entre oveja y oveja" Ez.34,11-12. 15-17

Necesidad de un guía.- La imagen del Buen Pastor ha sido utilizada para describir el reinado del Mesías. Dios mismo se hace cargo del pueblo.

Salmo responsorial.- Sa1 22,l-2-.2b-3. 5. 6

R/ El Señor es mi pastor, nada me falta

(Libro del Salmista: pgs. 3 3 1-3 3 3)

Segunda Lectura.- "Devolverá a Dios Padre su reino, y asíDios lo será todo para todos" 1 Cor 15,20-26.28

Cristo, el nuevo juicio moral.- El reinado de Cristo consiste en reconducir todas las cosas a Dios. El hombre y la creación entera serán de nuevo de Dios. La resurrección será el paso final para este reinado.

Evangelio. - "Se sentará en el trono de su gloria y separará a unos de otros" Mt 25,31-46

Cristo, la nueva alternativa.- La narración sobre el juicio del Rey- Pastor quiere indicar el sentido último de la historia según los principios fundamentales del Reino, que son la Bienaventuranzas.

LITURGIA EUCARISTICA

Canto de Comunión.- Al atardecer de la vida.

Al atardecer de la vida me examinarán del amor (2)

(Cantoral Litúrgico Nacional: nº 739)

 

Reflexión.

La liturgia proclama a los cuatro vientos la realeza de Cristo. Su reino no es de este mundo pero se desarrolla en él.

Es un Rey-humilde, un Rey que sirve y lava los pies a sus discípulos. Su Reino no tendrá fin. La misericordia y el perdón, la verdad y la cruz son sus armas.

Quien pertenece al Reino de Cristo es como el grano de trigo que ha sido sepultado en la tierra para morir y crecer, para espigar y fructificar abundantemente,

Quien no se hace violencia no puede pertenecer a Cristo ni a su Reino. Sufrir la violencia es signo de pertenencia. La victoria está asegurada, por las mismas palabras de Cristo: "no temáis, yo he vencido al mundo".

La celebración de hoy reconoce a Jesucristo como testigo de la verdad, el libertador de esclavitudes y Señor del mundo y de los hombres..

 

 

Cristo Rey

Un Rey distinto

 

"Así dice el Señor: Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro" (Ez 34,11)

Cristo Rey. Que distinto a los reyes de la tierra. Ya al entrar triunfalmente en Jerusalén su figura real era totalmente nueva, sorprendente. Un rey que montaba sobre un asno, aclamado por los niños, odiado por los capitostes del Templo. Un rey que iba a ser coronado de espinas ante el griterío de la turba y las burlas de la soldadesca. Un rey cuyo trono estaría en una cruz y cuyos vestidos serían las huellas cárdenas sobre su carne desnuda y azotada.

Un rey que es como un pastor que sigue el rastro de su rebaño cuando encuentra las ovejas dispersas. Él mismo las librará, las sacará de todos los lugares donde se desperdigaron en el día de los nubarrones y de la oscuridad... Bendito seas mil veces, mi Rey humilde y bueno, mi Dios de infinito amor, Rey de verdad, Rey absoluto. Míranos con misericordia a nosotros, las ovejas de tu rebaño, que tantas veces andamos descarriados, alejados de ti, de espaldas a tu realeza.

 

"He aquí que yo voy a juzgar..." (Ez 34,17)

 

Rey de tremenda majestad. Cuando vuelvas a la tierra el orbe entero se estremecerá desde sus cimientos ante tu presencia soberana... Al hacerte tan humilde, al bajarte tanto, al presentarte como un pobrecito hombre más, nos hemos olvidado de tu divinidad, de la trascendencia de tu realeza. Y te hemos despreciado, te hemos desobedecido, nos hemos reído de ti, hemos coreado de alguna manera el grito salvaje de los que se mofaron de ti diciendo: "Salve, rey de los judíos".

Ten misericordia en ese día del juicio. Recuerda que somos de barro, unos pobres estúpidos, incapaces tantas veces para amarte de modo adecuado... Y ahora, aunque sólo sea de palabra, aunque sólo sea por este momento, te proclamamos nuestro Rey. Sí, Señor, Tú eres el Rey de nuestra tierra y de nuestra alma. Cuanto tenemos lo ponemos a tu servicio, con la ilusión y el propósito de contribuir, cada uno a nuestro modo, a la extensión universal de tu reinado de amor.

 

Pueblo de reyes

"... me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa... (Ps 22,5)

La unción es un rito sagrado que ha pervivido a lo largo de los siglos. Con esa ceremonia de ungir en la cabeza al elegido se simboliza, y se realiza, la consagración de una determinada persona, para una misión sagrada e importante. La de ser rey, por ejemplo, o profeta, o sacerdote. En la liturgia actual este rito pervive en sacramentos tan importantes como son el Bautismo y el Orden sacerdotal.

Desde que el hombre es bautizado pasa a formar parte de los hijos de Dios, participa del sacerdocio real de Cristo. Él, Je- sús, es el Ungido por excelencia, el Mesías, el Cristo. Estos tres títulos vienen a significar lo mismo. Aspectos que se rela- cionan con la unción del Hijo de Dios hecho hombre, que con su muerte nos ha liberado, siendo exaltado sobre todas las cosas.

 

"... y habitaré en la casa del Señor por años sin término" (Ps 22,6)

 

Grandeza suprema de Jesucristo, realeza máxima, majestad infinita, Sumo Sacerdote. Y de esa dignidad divina venimos a participar nosotros, pobrecitos hombres. Con razón enseña san Pedro que somos linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa. Son palabras tomadas del libro del Éxodo, dichas por el Señor cuando escoge a Israel para que sea su pueblo.

Cristo Rey se nos presenta radiante, luminoso, triunfador definitivo del demonio y de la muerte. El Señor quiere hacernos partícipes de tan rico botín alcanzado en el Calvario. Ante su magnanimidad nosotros nos postramos en adoración rendida y le acatamos como Rey. Él nos colma con sus riquezas, nos hace partícipes de su sacerdocio, de su profetismo y de su realeza. Pensemos en ello y seamos consecuentes con tan gran dignidad. No empequeñezcamos nuestra vida con afanes mezquinos. Estamos llamados a grandes cosas. Extendamos la mirada hacia el universo entero, sintámonos como lo que somos, ciudadanos del Cielo en cual- quier parte del mundo. Y en esta fiesta de Cristo Rey pidamos para que todos los hombres, heridos por el pecado, nos sometamos a este reinado y aclamemos gozosos a nuestro Rey y Señor.

 

El Rey de la Vida

 

"Cristo ha resucitado, primicia de todos los muertos" (1Cor 15,20)

Dentro del mes de ánimas está la fiesta de Cristo Rey. Dentro de este período en el que se recuerda la muerte, el juicio, el infierno y la gloria, la Iglesia nos recuerda también que Cristo ha vencido a la muerte, se ha declarado Rey de la vida mediante su Resurrección gloriosa.

De ese modo conseguiremos que la muerte, tan acorde con el paisaje otoñal de este tiempo, pierda su aspecto macabro y no nos lleve a la desesperanza o a la tristeza. Porque si es cierto que por la desobediencia de un hombre, Adán, vino la muerte al mundo, dominando implacable a todos los hombres, también es verdad que por la obediencia de otro hombre, de Cristo, ha entrado la vida a raudales sobre los hombres. Y así, entre la neblina y la nostalgia de estos paisajes de hojas caídas, brilla el Sol que nace de lo Alto, el resplandor de la Luz de luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

 

"El último enemigo aniquilado será la muerte" (1Cor 15,26)

 

Sí, es verdad que todavía nos domina la muerte, es cierto que también ahora la muerte se cobra sus víctimas. Insaciable vuelve una y otra vez a nuestras casas, a nuestras calles, a nuestras carreteras, tan llenas de vida y tan llenas de muerte... La victoria de Cristo no ha llegado a su plenitud. Y aunque es cierto que la muerte no debe significar nada para quien cree en la vida eterna, no podemos remediar el miedo a la hora definitiva, sin saber si sabremos recibir ese trance con lucidez y con fortaleza, aceptando gustosos perder la vida que por fuerza hemos de entregar.

En esta situación de provisionalidad, en que la muerte circula aún libremente, ha de animarnos profundamente la persuasión de que Cristo es ya el Rey de la Vida, que hará posible que un día la muerte sea aniquilada definitivamente. Mientras ese momento llegue, vivamos como si ya hubiera llegado, vivamos sin temor alguno, seguros de que la victoria sobre la muerte también será una victoria nuestra.

 

Cristo presente en el hombre

 

"Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre..." (Mt 25,31)

La realeza de Jesucristo quedará manifiesta de forma plena y definitiva al fin de los tiempos. Todo el esplendor de su gloria se desplegará ante el asombro de la Historia. Muchos se mofaron de este Rey crucificado, muchos ridiculizaron su Reino que estaba en el mundo sin ser del mundo. Otros rechazaron su soberanía, la avasallaron imponiendo por la fuerza y el engaño leyes que le eran contrarias. Todo eso habrá terminado.

El príncipe de este mundo, el padre de la mentira, el que es homicida desde el principio, quedará al fin derrocado. Los ángeles proclamarán como en Belén el "Gloria a Dios en las alturas". Pero ya no será como entonces, de forma callada y en el silencio de la noche, perceptible sólo para unos pastores. El día en que Él vuelva, el canto que lo anuncie será clamoroso, una sinfonía a toda orquesta que será oída hasta el último rincón de la tierra.

Con gran majestad, sobre las nubes, descenderá de lo Alto. Un espectáculo único e irrepetible, imposible de imaginar con los cortos vuelos de nuestra imaginación. Vendrá como juez supremo para juzgar a vivos y a muertos, para establecer la justicia, mil veces desquiciada por la maldad de los hombres. Se terminará para siempre esa situación anómala del triunfo de los soberbios y la opresión de los humildes.

Es cierto que ese diálogo entre Cristo juez y los hombres, que el evangelista nos describe, no es más que un muestrario abreviado de la escena final. Pero es más que suficiente para estimularnos para contemplar la vida, los hechos, las cosas y las personas, con mirada de fe. Sobre todo a las personas. Saber descubrir tras el rostro de todo ser humano el rostro de Cristo. Apreciar la presencia de Jesús en cada hombre, que nos extiende su mano, o nos pide ayuda con una mirada, sin atreverse quizás a pedirla con palabras. Sólo así Jesús nos llamará al Reino de su Padre, diciéndonos que cuando tuvo hambre le dimos de comer, o que cuando estuvo solo le acompañamos, o que cuando todos le despreciaron nosotros le sonreímos y le saludamos. Sí, no lo olvidemos nunca, Cristo está presente en cada uno de los que se cruzan en el camino, o lo recorren junto a nosotros.