TERCER DOMING0

Monición de Entrada:

Cristo, Luz y Maestro.- El pueblo que caminaba en tinieblas vio la luz y se alegró (1ª lect.).

Jesús comienza sus primeras tareas apostólicas en Galilea. Con su presencia ilumina aquellas gentes que habitaban en la tinieblas. Predica la conversión y llama a los primeros discípulos. (Ev)

Pablo corrige la desunión de los corintios y recomienda la unidad entre los creyentes. No pueden existir ni discordias ni divisiones entre los cristianos (2ª Lect)

Canto entrada Alrededor de tu Mesa

Alrededor de tu mesa
venimos a recordar, (2)
que tu palabra es camino,
tu cuerpo fraternidad (2)
(Cantoral Litúrgico Nacional n A-4)

 

Asperssión del agua bendita

0 Bien:

Acto penitencial:

- Tú, que eres la luz y salvación del mundo.
- Tú, que vienes a salvarnos y a unir lo dividido.
- Tú, que nos llamas a la conversión y a la vida nueva.

 

LITURGIA DE LA PALABRA:

Primera Lectura.- "En la Galilea de los gentiles el pueblo vio una luz grande" (Is. 8,23b-9,3)

Un pueblo en tinieblas.- Israel, desterrado, soporta la humillación. Las palabras del profeta acrecientan su esperanza y gozo, y abren sus ojos hacia la luz..

Salmo responsorial: Sal 26,1.4.13-14

R/ "El Señor es mi luz y mi salvación" (Libro del Salmista: pags.196-197)

Segunda Lectura.- "Ponéos de acuerdo y no andéis divididos" (ICor 1,10-13.17)

Unidad fraterna.- La comunidad de Corinto está dividida. Pablo hace un llamada angustiosa a la unidad y concordia. La causa de las discordias son los protagonismos personales que dividen a la Iglesia. Cristo es el camino de la unidad, porque en la cruz unió a todos los hijos dispersos.

 

Evangelio.- "Se estableció en Cafarnaun. Así se cumplió lo que había dicho Isaías. " (Mt 4,12-23)

Predicación y llamada.- El Evangelio es el cumplimento de la profecía. Jesús predica la conversión porque el reino de los cielos está cerca. Y llama a sus discípulos para que, abandonándolo todo, le sigan.

 

LITURGIA EUCARISTICA:

Canto de CoMUnión . - "Como brotes de Olivo " (Salmo 127)

Como brotes de olivo,

en tomo a tu mesa, Señor

así son los hijos de la Iglesia.
(Cantoral Litúrgico Nacional: n"528)

Reflexión:

La fuerza de la llamada.- Jesús pasa junto al lago de Galilea y ve a unos pescadores. Su saludo es para decirles: "Venid y seguidme".

Su palabra era fascinante. Dejaron la barca y las redes sobre la arena y se fueron en pos de El para iniciar una nueva vida: "ser pescadores de hombres:" Para ellos fue una conversión absoluta y una confianza plena en la palabra de Aquel hombre.

Cristo continúa pasando junto a nosotros. Nos mira y nos dice: sigue mi Palabra, cumple la enseñanza del Evangelio.

También nos invita a cambiar de vida, quiere que cada día experimetemos en nosotros la conversión. ¿Cuál es nuestra respuesta?


Domingo III

Humillación y gozo

 

"En otro tiempo el Señor humilló el país de Zabulón y el país de Neftalí; ahora ensalzará el camino del mar al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles" (Is 19,1)

Isaías recuerda las humillaciones que padeció el pueblo, las derrotas, los momentos difíciles de una guerra perdida de antemano. Los territorios de Zabulón y Neftalí sufrieron frecuentes incursiones de los pueblos del Norte. Fueron desterrados, despojados de sus bienes, condenados a vivir en tierras extrañas, en medio de sus propios enemigos.

Pero Yahvéh los volvería a mirar con amor, se olvidaría de sus delitos, les perdonaría sus pecados y los reintegraría a su patria. Y de nuevo amanecieron días llenos de paz, días sin temores, días serenos y tranquilos. Y todo porque Dios no quiere castigarnos sin fin. Y mientras vivimos ensaya mil formas para atraernos, de hacernos caer en la cuenta de su gran amor por nosotros. Cuando le volvemos la espalda nos hace ver lo triste que es nuestra vida sin Él. Y al vernos llorar nos perdona, nos limpia las lágrimas y nos anima a volver otra vez junto a Él, a empezar de nuevo como si nada hubiera ocurrido.

 

"Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se gozan en tu presencia como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín" (Is 19,3)

 

La alegría, el gozo. Los dones más preciosos que Dios puede hacer al hombre. El sentirse contento, el vivir sin agobios, sin miedo.Vivir alegres, tener ganas de cantar, estar ilusionados con lo que nos rodea, mirar con esperanza y optimismo al futuro, no acobardarse por nada, afrontar con fortaleza y serenidad la vida por difícil o penosa que sea.

Gozo del que recoge el abundante fruto de su trabajo, alegría del que siega su propia siembra ya granada, júbilo del que se reparte el botín ganado tras una dura batallaÉ Señor, muchas veces estamos tristes, andamos preocupados, agobiados por el peso de la vida. Repite una vez más el milagro de convertir nuestra tristeza en alegría, danos vivir seriamente nuestra fe, inyecta tu fuerza en nuestra debilidad. Acrecienta en nosotros la alegría, auméntanos el gozo.

 

¿A quién temeré?

 

"El Señor es mi luz, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar" (Ps 26,1)

 

Las palabras de los autores inspirados por Dios tienen a veces el sabor de un reto, son una especie de desafío que se alza sereno y fuerte contra cualquier obstáculo que pueda surgir. Si Dios está con nosotros, exclama san Pablo, ¿quién contra nosotros? Y añade: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? Estoy persuadido _continúa el apóstol_ que ni la muerte ni la vida... ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo nuestro Señor.

Y esas palabras son dichas en plural, incluyéndonos a cada uno de nosotros. Es cierto que el salmo está redactado en primera persona, siendo el salmista el que habla con Dios. Pero sus palabras están escritas para que también nosotros las pronunciemos haciéndolas propias. Para que, en medio de nuestra debilidad y nuestra miseria, no perdamos nunca el gozo y la paz. Pensemos en que Dios nos sostiene y ayuda, nos protege y defiende. Digamos también nosotros, llenos de fe y de esperanza: Si Dios está conmigo, ¿a qué o a quién temeré?

 

"Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor" (Ps 26,13)

 

El salmista manifiesta su profunda esperanza, exponiendo con firmeza su seguridad inconmovible. Al mismo tiempo nos anima a participar en su optimismo y fortaleza... Cada uno de nosotros quisiera tener sus mismos sentimientos y ser valiente, animoso en medio de las contrariedades que la vida trae consigo. Este deseo, anhelo profundo de nuestro corazón, se hace oración y súplica que se dirige, humilde y confiada, a Dios nuestro Señor para que nos dé ese valor y esa seguridad sin vacilaciones.

Acudamos a Dios y digámosle que toda nuestra fortaleza esté en Él; repitámosle que somos débiles y frágiles, fáciles al desaliento y a la claudicación. Roguemos una y otra vez que nos anime, que no nos abandone, que nos haga fuertes ante la adversidad, que ilumine nuestro entendimiento disipando las negras sombras que a veces lo nublan. Podemos estar persuadidos de que Él no nos abandonará y que nos hará valientes, porque Él es nuestra fortaleza.

 

Un ruego encarecido

 

"Os ruego en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos" (1Cor 1,10)

 

Las palabras del Apóstol, inspiradas por Dios, adquieren a veces tonos de súplica urgente, acentos doloridos de quien pide algo que es muy importante. Pedir en nombre de Cristo es lo mismo que pedir en nombre de Dios. En el texto que hoy consideramos en la presencia del Señor tenemos una de esas súplicas ardientes del apóstol san Pablo. Súplica, por otra parte, que Dios dirige a cada uno de nosotros con el mismo acento de urgencia y de dolor.

Poneos de acuerdo y no andéis divididos. He aquí el objeto de esa súplica. Nos pide que nos pongamos de acuerdo, que busquemos la unidad y la concordia de los unos con los otros, nos suplica que nos reconciliemos mutuamente. Son palabras que recuerdan las que el Papa nos ha dirigido con frecuencia. Es como el gran tema de fondo que ha de preocupar a todos los que formamos parte de la Iglesia de Cristo.

Vamos a tomar conciencia de este problema, vamos a escuchar en el fondo de nuestros corazones la llamada urgente que el Señor nos dirige a cada uno de nosotros, vamos a responder con un examen profundo de nuestras vidas, con una decisión eficaz de enmienda. Vamos a comenzar nuestra reconciliación con Dios a través de la Confesión frecuente, para continuar luego con una reconciliación con todos aquellos que quizás hayamos alejado de Jesucristo con nuestra conducta.

 

"Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir" (1Cor 1,11)

Los cristianos de Corinto estaban divididos entre sí, se dejaban llevar de partidismos y celotipias, cada uno iba por un lado. Se habían formado facciones, unos decían que eran de Pedro, otros que de Pablo, otros que de Apolo. Ante esta situación las palabras del Apóstol son claras y contundentes. En la Iglesia sólo puede haber un partido, el de Cristo. La Iglesia ha sido instituida por el Señor como una unidad, con una cabeza visible, con una Fe, con un Bautismo.

Y sin embargo hemos de reconocer que hay divisiones, partidos, corrientes irreconciliables. Pero eso no es lo que Dios quiere para su Iglesia, esas escisiones son hondas heridas que surcan el Cuerpo místico de Cristo, como llagas dolorosas... ¿Qué hacer, Señor, ante todo esto? ¿Cómo contribuir a que esas heridas se cierren? Ante todo con la oración, con el ruego continuo y humilde que suplica para que todos sean uno como Cristo y el Padre son uno. Y luego con la defensa de lo que da unidad y cohe- rencia a la Iglesia. Comenzando por la adhesión firme y sincera a lo que es el depósito de la Fe, a eso que es intocable y permanente por mucho que cambien los tiempos y las costumbres... Todo lo que no esté conforme con la Verdad de siempre hay que desecharlo, rechazarlo con energía. No hacen falta los gritos, ni las discusiones,. pero sí es necesaria una lealtad viva y permanente.

 

 Antorchas vivas

 

"El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz ..." (Mt 4,16)

 

Juan Bautista terminó sus días en la cárcel. Aquella antorcha viva que anunció la llegada de la Luz se extinguió en la tierra, para lucir luego con más esplendor allá en el Cielo. Desde entonces su nombre quedaría esculpido como modelo de fidelidad a su propia misión, como reclamo y llamada para todos los que tenemos la excelsa misión de ser testigos de Cristo a lo largo de toda la Historia.

Su misión fue, en efecto, cumplida con toda exactitud. La Luz irrumpió en las regiones ensombrecidas por los errores del paganismo, pueblos que Isaías contemplaba envueltos en las tinieblas de la muerte. De forma paulatina, pero inexorable, la claridad gozosa del Evangelio comenzó su avance por aquellos pueblecitos de Galilea, donde como un incendio en el bosque, se propagaría el fuego que Cristo había traído a la tierra.

Metidos en aquellos parajes tan bucólicos y marineros, caminemos junto al Maestro, el atrayente Rabbí de Nazaret, para escuchar sus palabras, para contemplar enamorados su figura y sus gestos, deseosos de empaparnos de su espíritu, anhelantes de serle fieles hasta la muerte, como el Bautista lo fue. Hacer carne de nuestra carne su doctrina, vida de nuestra vida su propia vida.

Hoy vemos a Pedro y Andrés su hermano que pescan cerca de la orilla del lago. La red dibuja círculos sobre el agua y barre repetidamente el fondo. Jesús pasa cerca y les dice que le sigan y los hará pescadores de hombres. Ellos no lo dudaron ni un instante. La palabra persuasiva del Maestro encontró eco en el corazón sencillo de aquellos rudos pescadores. Luego serán Juan y Santiago. También ellos estaban trabajando cuando Jesús los llamó y también ellos respondieron con prontitud y generosidad. De ese modo iniciaron la más bella y audaz aventura que jamás pudieron soñar. Nunca olvidarían aquel encuentro, nunca abandonarían el camino emprendido en aquellos momentos. Camino de luchas y renuncias, pero camino también de luz y de gloria.

Ahora Jesús sigue pasando a nuestro lado. Nos ve quizá enfrascados en nuestra tarea diaria, ensimismados en nuestro trabajo. Nos mira como miró a Pedro y nos dice que le sigamos, que quiere hacernos pescadores de hombres, que quiere encendernos para que seamos anunciadores de la Luz, antorchas vivas que alumbran las sombras de muerte en que yace el mundo. Las barcas y las redes, nuestros pequeños ídolos nos retraen quizá lo mismo que a los primeros discípulos, pero como ellos hemos de mirar hacia delante y no hacia atrás, fijarnos en la Luz que está al fin del camino y ser valientes para recorrerlo.