TRIGESIMOTERCER DOMINGO
Monición de entracla
Fidelidad y responsabilidad.- La liturgia subraya hoy la responsabilidad personal en el presente para garantizar el juicio futuro. Por una parte la venida del Señor es cierta, y por otra, es indeterminado el día y la hora (1 Lect.). Esto obliga a permanecer vigilantes, operosos en negociar los talentos recibidos (Ev) y fieles a los propios deberes cotidianos (2 Lect.).
Canto de entrada.- Que sea tu palabra.
Aspersión del agua benditaQue sea tu palabra semilla de unidad,
signo de que llegará la esperanza y la verdad.(Cantoral Litúrgico Nacional: nº 733)
o bien:
Acto penitencial.
Tú, que nos has llamado a seguirte confidelidad
Tú, que nos has hecho miembros de tu Iglesia
Tú, que nos quieres hermanos a todos los hombres
LITURGIA DE LA PALABRA
Primera Lectura.- "Trabaja con la destreza de sus manos " Prov 31,10-13. 19- 30-31
Laboriosidad.- La lectura elogia a la mujer hacendosa, trabajadora responsable de sus obligaciones. Su trabajo contribuye al bien de los demás.
Salmo Responsorial: Sal. 127,1-2. 3. 4-5
R/ "Dichoso el que teme al Señor" (Libro del salmista pags. 326-327)
Segunda Lectura.- "Que el día del Señor no os sorprenda como un ladrón" Tes. 5,1-6
El día del Señor.- San Pablo nos advierte sobre lo incierto del momento en que Cristo volverá definitivamente. Cuando venga el Señor nos tiene que encontra vigilantes, laboriosos, austeros, siempre a la luz de su Palabra.
Evangelío: "Has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu Señor" Mt. 25,14-30
Fidelidad a los talentos recibidos.- El Evangelio invita a negociar con los dones recibidos mientras se espera la venida del Señor. La ociosidad y la pasividad acarrean la perdición.
LITURGIA EUCARÍSTICA
Canto d e Comunión. - Una espiga.
Una espiga dorada por el sol, el racimo que corta el viñador
se convierten ahora en pan y vino de amor,
en el Cuerpo y la Sangre del Señor.
(Cantoral Litúrgico Nacional: nº 0 17)
Reflexión.
Cada uno es responsable de los talentos recibidos. No se pueden esconder ni enterrar; deben fructificar puestos a disposición de los demás.
La vida, el amor, la amistad, la fe, la esperanza, la justicia, la generosidad, sinceridad etc.... son valores que se nos han regalado. ¿Los negociarnos o los enterramos?
El Señor rechaza la postura del siervo que quiere conservarlo todo intacto a base de respeto farisaico y de miedo. Pero alaba y premia la actitud de los siervos que arriesgan, luchan y trabajan por hacer producir lo recibido. La parábola nos invita a preparar la venida del Señor no en la pasividad sino en el cumplimiento fiel de los compromisos nacidos de la Palabra de Dios
Domingo XXXIII
Una mujer
"Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Vale mucho más que las perlas" (Prov 31,16)
Esta pregunta del sabio de la Biblia recuerda a aquel filósofo griego que recorría las calles de Atenas con una lámpara encendida con la que, a pleno día, buscaba un hombre. En este caso se trata de una mujer. Casi me atrevo a decir que si difícil es encontrar a ese hombre, más lo es encontrar a esa mujer. Y esto porque si la mujer es buena, es mejor que el hombre. Igual que si es mala, es también peor que el hombre.
Su marido se fía de ella, nos dice el sabio inspirado por Dios, y no le faltan riquezas. Le trae ganancias y no pérdidas todos los días de su vida... Maravilloso tesoro y dichoso quien lo encuentra. Ideal sublime que toda mujer ha de afanarse por conseguir: ser una bendición de Dios donde quiera que se encuentre, poner al servicio de los demás toda la riqueza de su condición femenina. Dar ternura a la vida, dar sencillez y belleza, dar serenidad y sosiego. Convertir cada casa en un lugar apacible y cómodo, en un hogar limpio y tranquilo en el que permanezca la paz y la alegría de Dios.
"Engañosa es la gracia y fugaz la hermosura; la que teme al Señor merece alabanza" (Prov 31,31)
Ahí está el mal, en que a menudo se pone el valor de la mujer en su presencia física nada más. De ahí que, en la mayoría de los casos, la mujer se afane sobre todo en aparecer hermosa y atractiva, mientras descuida otros aspectos más importantes, aunque menos vistosos de momento. Hay que reconocer que la culpa, en gran parte al menos, la tiene el hombre, ese animalito extraño que teniendo la luz de la inteligencia se guía casi siempre por el instinto.
Así viene luego el triste, cuando no dramático, desenlace de la separación o el divorcio. Antes de que ese momento llegara, debería la mujer esforzarse por aparecer más bonita y arreglarse aun para estar en la cocina. Y junto a ese esfuerzo por estar siempre arreglada, poner la ilusión y el cariño de una novia. También aquí influye culpablemente el hombre, ese niño absurdo que no sabe apreciar las cosas, que es egoísta y que no piensa un poco más en los que tiene a su alrededor cuando está en casa... En fin, Señor, haz que cada hombre acierte al elegir a "su" mujer y que cada mujer encuentre a "su" hombre.
El temor y la dicha
"Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos" (Ps 127,1)
Dicha y temor parecen, a primera vista, realidades contradictorias. Sin embargo, el texto inspirado las conjuga y las hace compatibles, animándonos con la promesa cierta de la dicha si tememos al Señor. Esta exhortación nos recuerda otro pasaje de la Biblia, que nos dice que el temor de Dios es el principio de la sabiduría.
Si nos paramos a pensar un poco junto a la luz de Dios, presente en especial cuando nos metemos por caminos de oración, entonces comprendemos que, en efecto, el temor reverencial y filial hacia el Señor nos induce a guardar gustosamente sus mandamientos, a ser fieles a sus más mínimas insinuaciones y exigencias. Y esto, necesariamente, nos lleva a la paz y a la alegría, a la dicha, en una palabra.
Temer al Señor es lo mismo que reverenciarle, tenerle un profundo respeto, tener los mismos sentimientos que un buen hijo tiene para con su padre a quien admira y ama con todas sus fuerzas, a quien por nada del mundo ocasionaría el más mínimo disgusto.
"Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien" (Ps 127,2)
De nuevo una mente con espíritu crítico puede objetar que no es posible la dicha donde hay que trabajar. Lo bueno sería no tener que hacerlo y al mismo tiempo tener todas nuestras necesidades y caprichos cubiertos. Entonces, piensan, sí habría una dicha completa.
Las argucias de la mente humana que no profundiza en la condición íntima del hombre nos engañan con facilidad. La experiencia nos muestra que hay más felicidad y dicha entre los pobres que entre los ricos. Y más generosidad y más desprendimiento. Y, desde luego, hay más hombres serenamente felices, contentos y optimistas, entre quienes trabajan que entre quienes no dan golpe.
El trabajo es fuente de alegría, de grandes satisfacciones cuando se hace bien y, sobre todo, cuando se pone por medio mucho amor de Dios. El que descubre el valor santificable, santificador y santificante de las tareas más menudas, ese ha encontrado la dicha más duradera, a ese, dice el Señor, todo le irá bien.
Como ladrón en la noche
"Sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá como ladrón en la noche" (1Thes 5,2)
Siempre hubo agoreros que vaticinaron a lo largo de la Historia la fecha del fin del mundo. Hubo momentos en que el pánico cundió en todos los hombres, aterrados ante ese cataclismo que se avecinaba. También hoy se han dado fechas concretas de ese día terrible, y corregidas luego ante el fallo de esos absurdos cálculos. En cambio, el Señor nos ha dicho que ese día vendrá de improviso, como un ladrón en la noche.
Esto puede engendrar en nosotros una postura peligrosa. Podríamos vivir angustiados como esos que señalan un día fijo, o por el contrario, podemos echar totalmente en olvido que ese día llegará y seguir viviendo como si tal cosa, de modo frívolo e insensato. Sin caer en la cuenta de que habrá un día en que todo terminará para siempre, un día en que habremos de dar cuenta de todos nuestros actos, buenos o malos. Entonces no valdrán las disculpas, ni las mentiras de los falsos testigos. Ese día el justo juicio de Dios caerá implacable sobre cada uno de nosotros.
"Así, pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y vivamos sobriamente" (1Thes 5,6)
Por todo eso hemos de vivir siempre alertas, con la guardia montada para que el enemigo no nos pille desprevenidos. Atentos y preparados para que la llegada del Señor no nos encuentre dormidos. Y estamos dormidos cuando vivimos habitualmente en pecado mortal, cuando no nos preocupamos seriamente de ser, más que de parecer, buenos cristianos.
Sed sobrios y vigilad, nos dice también en otra ocasión san Pedro en su primera carta. Vivir honestamente, con sobriedad, con sencillez, con generosidad ante las necesidades de los demás. Sólo así el día del Señor, el día de la ira, el día aquel, nos encontrará preparados para presentarnos ante el tribunal de Dios y escuchar la sentencia definitiva e inapelable. Si ahora vivimos vigilantes y sobrios, Jesús no será para nosotros juez severo, sino simplemente Jesús, es decir, Salvador.
Ajuste de cuentas
"... y se puso a ajustar las cuentas con ellos" (Mt 25,19)
Los discursos escatológicos del Señor, recogidos por san Mateo, son un texto adecuado para estos últimos días del año litúrgico. Con ellos vienen a la memoria los novísimos del hombre, buena receta según el sabio de Israel para no pecar. En esta ocasión, mediante la parábola de los talentos, podemos decir que se nos habla de los cuatro momentos últimos para todo hombre: la muerte, el juicio, el infierno y la gloria.
El fin comienza con la muerte. Pero antes está la vida, esa entrega de tiempo y de diversos dones con los que hemos de negociar durante un determinado período, de ordinario no muy largo... Sí, cuanto tenemos lo hemos recibido del Señor, para que lo hagamos fructificar, para que procuremos servir a los demás y servirnos nosotros mismos de esos bienes recibidos. No somos dueños absolutos de nada. Sólo administradores, que un día han de rendir cuenta de su gestión. El día de la muerte, en efecto, compareceremos ante el tribunal supremo cuyo juez es el mismo Dios. Ese momento es imprevisible, pero inexorable. Por eso hay que vivir siempre en vela, preparados para cruzar la terrible frontera del sepulcro.
Ajuste de cuentas con el Señor. Un juez al que no se le podrá engañar. Él tiene "anotado" en el libro de la eternidad cuanto hemos hecho de bueno y de malo. Su balanza es fiel, no admite componendas ni medidas falsas. Esta realidad, esta verdad de fe nos ha de empujar a trabajar con intensidad y constancia, a no desaprovechar ningún instante de nuestra vida. Todo nos puede y nos debe servir para ganarnos el cielo. El Señor será exigente, no cabrá la excusa del que enterró su talento para devolverlo al final, sin más pena ni gloria.
No puede ser una vida vacía la nuestra. Ha de estar llena de buenas obras, de servicio a los demás, de trabajo bien hecho. Ni un minuto puede quedársenos vacío, ni una línea en blanco. Dios nos da mucho, más de lo que uno se piensa. Pero también nos exige hasta el máximo. Tiene derecho a ello. Y nosotros tenemos la obligación de corresponder a su esplendidez. No nos arrepentiremos de hacerlo. Por el contrario, si no respondemos a esas divinas exigencias, lo pagaremos muy caro, con la condena eterna. Vamos a luchar por sacar fruto a esto que Dios nos da. Estemos seguros de que vale la pena decir que sí al Señor, sea lo que sea aquello que nos pidiere.