SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

 

Monición de entrada

Fe y Comunión. Para los primeros discípulos, la fe en la Resurrección de Cristo Resucitado fue un don experimentado en las repetidas apariciones del Resucitado (Ev.). La experiencia del resucitado les llevó a la solidaridad recíproca y al testimonio.Por el amor misericordioso del Padre, recibimos la fe y nacemos a la nueva vida, portadora de gozo y esperanza (2 Lect.).

Canto de entrada. Jesús, nuestra Pascua.
Jesús, nuestra Pascua, por todos murió,
cantemos alegres, que resucitó (2)
(Cantoral Litúrgico Nacional: nº 216).

 

Aspersión del agua bendita.
(Para los Cantos, Cf: Domingo de Pascua),

 

 

LITURGIA DE LA PALABRA

Primera Lectura. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común.Hech 2,42-47

La vida de la primera comunidad.- La Primitiva comunidad se caracterizaba por ponerlo todo en común y vivir como una familia. Repartir los bienes sin egoísmo era signo de fraternidad y de solidaridad. Entre ellos reinaba la paz y el gozo, frutos típicos del Resucitado.

Salmo responsorial. Sal 117,24.13-15. 22-24
R/ Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia (Libro del Salmista: págs. 132 y 133)

Segunda Lectura. Por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos. nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva. (1 Ped.1, 3-9)

El camino de la salvación. El mismo Espíritu que libró a Jesús de la muerte es el que nos llama a salir de nuestros pecados.

Evangelio. A los ocho días, llegó Jesús. Jn 20,19-3 1.

Creer en la vida . Cuando todo habla de muerte es muy dificil creer en la vida. Cristo Resucitado se hace presente en medio de sus discípulos y les da el don del Espíritu. El que cree recibe el don del Espíritu. Tomás confiesa su incredulidad.

LITURGIA EUCARÍSTICA

Canto de Comunión. EI Señor resucitó.
El Señor resucitó, ¡aleluya!
y vive entre nosotros, ¡aleluya!
(Cantoral Litúrgico Nacional: nº 204).

Reflexión

Dichosos los que creen sin haber visto. La fe no es algo irracional, tampoco una forma de propiedad alcanzada de una vez para siempre.

La fe no pertenece al orden de las humanas comprobaciones sino que nace de la experiencia del corazón iluminado por la gracia de Dios.

El Señor llama a ir más allá de los signos sensibles, fiados no por nuestras propias fuerzas o por la sabiduría humana, sino por su palabra.

Sólo el que se abre al Espíritu y ora en la búsqueda llega a creer. Cuando la fe alcanza el corazón, los ojos ven lo que otros no llegan a ver. La fe crea solídaridad y alegría en el compartir.

 

 

Domingo II de Pascua

 

Constantes en la doctrina

"Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones ..." (Act 2,42)

El pasaje bíblico de hoy nos presenta una instantánea de la vida en la primitiva Iglesia. Tiempos de una importancia especial, momentos en los que aún vivían los apóstoles, cuando vibraban todavía en el aire las palabras del Maestro. Tiempos paradigmáticos, modélicos, cuando se echan los fundamentos de la Iglesia y se vive con más pureza y autenticidad el mensaje que Cristo trajo a la tierra.

Eran constantes en escuchar las enseñanzas de los apóstoles, fieles a la doctrina que ellos predicaban, a pesar de ser un tanto extrañas y chocantes en el ambiente contemporáneo. Hablaban de amor cuando se vivía con odio, hablaban de paz cuando se avecinaba la guerra, de perdón cuando existía mucho rencor, de vida pura y casta cuando había mucha lascivia y erotismo... Los apóstoles no trataron de suavizar el mensaje, de acomodarlo más o menos a sus oyentes, de limar aquellas estridentes aristas de las palabras de Jesús de Nazaret. Y muchos aceptaron, no todos por su- puesto, y aceptaron hasta las últimas consecuencias, dispuestos a dar su sangre por defender la pureza de su fe y de su vida. Y muchos dieron testimonio con su muerte heroica entre las llamas o entre las garras de las fieras. Y muchos más dieron su testimonio con una vida callada, una vida laboriosa y honrada, una vida entregada al servicio generoso de los demás. Constantes en la doctrina, fieles siempre a la enseñanza de Pedro, el primer papa, y de los apóstoles, los primeros obispos.

 

"Eran bien vistos por todo el pueblo y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando" (Act 2,47)

 

Vivían unidos, se amaban hasta el punto de transparentarlo exteriormente, se ayudaban hasta los más grandes sacrificios, rezaban y cantaban juntos, participaban gozosos en la fracción del Pan, el santo sacrificio de la Misa, el Sacramento del altar. Eran hombres encendidos por la fe, luminarias que Cristo vino a prender en la tierra.

La gente estaba maravillada ante aquel espectáculo. Mirad cómo se aman, decían. Y la multitud de creyentes crecía sin cesar hasta el punto de exclamar sin jactancia: Somos de ayer y lo llenamos todo... La Iglesia, nosotros los cristianos, es, somos, un signo de salvación para todos los pueblos. Un testimonio evidente del amor infinito de Dios. Un testimonio que ha de estar hecho de una vida honrada y laboriosa, una vida limpia y casta. Testimonio de comprensión y de apertura, de perdón. Testimonio de lealtad a unos principios y a una moral, de constancia y fidelidad en escuchar y practicar lo que enseña nuestra santa madre la Iglesia católica, apostólica y romana.

 

Misericordia y libertad

"Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia" (Ps 117,2)

 

Sin duda que la misericordia divina es uno de los "leit motiv" de la Biblia, una realidad que se repite con frecuencia a lo largo de toda la revelación divina. De modo particular se insiste en el Salterio. Así lo comprobamos, por ejemplo, en el salmo responsorial de hoy, que se inicia repitiendo tres veces que la misericordia de Dios es eterna. La aclamación del pueblo también dice una y otra vez: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

De ordinario, junto a la confesión del salmista sobre la bondad divina, hay una referencia a un hecho concreto que fundamenta esa verdad consoladora de que Dios es eternamente misericordioso. En el salmo que sirve de trasfondo a nuestra oración, dicho motivo está en el triunfo definitivo del que había sido perseguido y maltratado injustamente: "Empujaban y empujaban para derribarme, pero el Señor me ayudó. El Señor es mi fuerza y mi energía, Él es mi salvación. Escuchad: hay cantos de victoria en las tiendas de los justos".

 

"Este es el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo..." (Ps 117,24)

En este caso el salmo sirve para proclamar la victoria clamorosa de Jesucristo. A pocos días de la Pascua, la Iglesia sigue proclamando jubilosa el más grande y decisivo acontecimiento de la historia: Cristo ha vencido a la muerte, ha resucitado, ha conquistado la vida. El que había sido condenado a muerte y crucificado como un malhechor, ha roto las cadenas del sepulcro, para ser constituido Rey del universo y Salvador del mundo.

Qué chasco tan terrible y tan trágico el de los judíos que crucificaron al Señor. Creían eliminar a un revolucionario cualquiera, a uno más del montón, y mataron al propio Mesías. Habían anhelado con ansiedad la llegada del Rey prometido y cuando llegó no lo reconocieron y lo rechazaron brutalmente. Pobres arquitectos que durante milenios _ya desde Adán se anunció al Mesías_ buscaron la piedra angular, y cuando la tuvieron entre sus manos la arrojaron con desprecio... Lo terrible es que la historia se repite y que en cada uno se puede repetir. Esto es, tenemos entre nuestras manos nuestra salvación eterna y podríamos despreciarla y perderla.

 

 

Aunque tengáis que sufrir

"Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo" (1Pet 1,3)

 

Qué pobres resultan las palabras para agradecer a Dios cuanto nos da, qué raquíticas nos parecen las más sentidas alabanzas. A veces sólo tendríamos que callar y llorar, expresar con nuestro silencio la propia incapacidad para manifestar nuestra gratitud y nuestro profundo amor. Bendito sea Dios, dice san Pedro. Y nosotros nos hacemos eco de sus palabras y repetimos que una y mil veces sea bendecido y alabado nuestro Padre Dios por cuanto nos ha dado, nos da y nos dará.

El primer vicario de Cristo se siente conmovido ante el recuerdo de la gran misericordia de nuestro Padre que, por medio de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que nos aguarda en el cielo. La fuerza de Dios nos custodie en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final.

Hemos de vivir con la mentalidad del que es un heredero rico, con la actitud del que sabe que un día poseerá una inmensa fortuna. Y en medio de las más grandes penalidades y amarguras mantener siempre vivo el gozo de una esperanza cierta, la alegría de saberse salvado, librado de todo mal, incluso de eso que muchos consideran irremediable, la muerte. Y es que para los creyentes lo peor puede ser, precisamente, lo mejor.

 

"Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco..." (1Pet 1,6)

Sufrir un poco, o un mucho, qué más da. Es como tener mucha hambre en la certeza de que será saciada hasta la hartura. No son comparables los sufrimientos de esta vida con los goces de la otra, dirá san Pablo. De ahí que cuando todo eso se cree y se vive, no hay prueba que no se supere, no hay aflicción que no se sobrelleve con serenidad y con esperanza.

Por lo cual, alegraos con toda el alma desde lo más íntimo de vuestro ser. Mirad la vida como lo que es, una prueba de nuestro amor a Dios, una purificación de nuestra fe, una depuración por el fuego y el dolor para llegar al logro de esa felicidad, de esa santidad e identificación con Cristo. Lograr esa divinización a la que nosotros, pobrecitos hombres, estamos destinados.

San Pedro, en esta carta, nos recuerda algo decisivo: No habéis visto a Jesucristo _dice_ y sin embargo lo amáis; no le veis y sin embargo creéis en Él. Esto ha de alegrarnos con un gozo inefable que nos lleve hasta la meta de nuestra fe, nuestra propia salvación. Señor, que así sea. Hazlo Tú, Señor. Hazlo Tú.

 

El perdón de Dios

"Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados" (Jn 20,19)

Antes de perdonarnos los pecados, la Iglesia nos recuerda en el sacramento de la Penitencia que Dios Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y resurrección de su Hijo, derramó el Espíritu Santo para el perdón de los pecados. Ya el profeta Ezequiel, cuando habló de la renovación mesiánica, vaticinó la purificación mediante la aspersión del agua y un cambio del corazón, infundiendo un Espíritu nuevo que haga posible el cumplimiento gustoso de la Ley de Dios.

También san Juan nos refiere cómo Jesús habló a Nicodemo de una regeneración espiritual por medio del agua y del Espíritu. En el pasaje de hoy el Señor transmite a sus apóstoles el divino poder de perdonar los pecados, soplando sobre ellos al tiempo que les dice que reciban el Espíritu Santo.

Ese soplo de Cristo sobre los apóstoles recuerda el soplo de Yahvéh sobre el rostro del primer hombre, todavía un montón de barro. Con esa leve espiración Adán cobró vida y sus ojos brillaron con la chispa luminosa de la razón. En el caso de Cristo también ese soplo hizo posible una nueva creación, una nueva historia en la que el hombre puede reconciliarse con Dios, ser perdonado y restituido en su condición de hijo de Dios.

Es cierto que a fuerza de recibir con frecuencia un mismo bien, corremos el riesgo de no apreciar debidamente ese don, por muy excelso que sea. Eso es lo que puede ocurrirnos con el perdón divino, que a fuerza de recibirlo una y otra vez, perdamos el sentido profundo que tiene, y despreciemos el valor excelso que encierra. Hay que reaccionar, hay que recapacitar y comprender que nada hay tan valioso como el perdón de Dios.

Por otra parte, ese perdón ha de fortalecernos en nuestra lucha contra el pecado. No podemos abusar del amor divino, no podemos jugar con su disposición permanente de perdón. Al contrario, ese perdón del Señor, esa bondad que entraña, ha de mantenernos más firmes en el combate, deseosos de agradar a quien tanto nos ha perdonado, dispuestos seriamente a no caer jamás en el pecado.