TERCER DOMINGO DE PASCUA
Monición de entrada
Le reconocieron al partir el pan. El anuncio más importante de la fe cristiana es
que Cristo ha resucitado (1ª - Lect). Vuelve a estar entre los suyos; les explica las escrituras
y parte con ellos el Pan (Ev.). Y permanece para siempre entre nosotros como realidad
líberadora de toda esclavitud (2 Lect.).
Canto de entrada. Resucitó el Señor
Resucitó el Señor,
cantad ¡aleluya, aleluya!
¡Aleluya, aleluya, aleluya!
(Cantoral Litúrgico Nacional: nº 205)
Aspersión del agua bendita
(Cf. para los cantos "Domingo de Pascua)
LITURGIA DE LA PALABRA
Primera Lectura.- No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio.Hech 2.14.22-33),
Cristo vencedor de la muerte. Pedro anuncia el mensaje más importante de la fe cristiana: Cristo ha resucitado, está vivo y salva a todos.
Salmo responsorial.
sal. 15,1-2 y 5,7-8.9-10-11R/ Señor, me enseñarás el sendero de la vida (ó Aleluya)
Segunda Lectura.
Os rescataron a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto. (Ped 1, 17-2 1)Librados por la sangre de Cristo. Por encima de los apoyos humanos, el cristiano afianza su fe y su esperanza en las palabras de salvación del Cristo resucitado. Han sido rescatados por el precio de salvación de Cristo. El rescate es don y compromiso.
Evangelio.
Lo reconocieron al partir el pan. (24,13-35)Cristo compañero de camino. Cristo se hace compañero de camino. Conversa con los discípulos de Emaús y les explica las escrituras, Luego, ante sus
ojos parte el pan. También hoy, El sale a nuestro encuentro y es compañero de camino para hacer arder nuestro corazón mientras El nos explique las Escrituras. Permanece con nosotros para partir y compartir el pan.LITURGIA EUCARISTICA
canto de
Comunión. Quédate con nosotros.Quédate con nosotros, la tarde está
cayendo.
Quédate con nosotros, quédate.
(Cantoral Litúrgico Nacional: nº 028).
Reflexión
El Señor sabe cuán frágil es nuestra memoria y cuán fugaces nuestros entusiasmos, cómo se entibia nuestra fe y cómo nuestras adhesiones no están siempre por intenciones limpias.
Por eso viene a nuestro lado para refrescarnos la memoria y para devolvernos el primer fervor y la esperanza perdida..
Cada día nos llegan voces que son capaces de reavivar nuestro corazón. Dejemos que el Señor se nos acerque; escuchemos su voz en el silencio, el nos explicará las Escrituras y hará que nuestro corazón arda. Sólo cuando El nos hable y abra nuestros ojos, le reconoceremos al partir el pan. La fe ve más de lo que ven nuestros ojos; ese Pan que partimos y compartimos es el cuerpo del Señor.
Cada día la Iglesia repite el gesto de Cristo y renueva el misterio de nuestra fe.
Domingo III de Pascua
Plan previsto
"Conforme al plan previsto y sancionado por Dios, os lo entregaron, y vosotros, por mano de paganos, lo matasteis en una cruz" (Act 2,23)
Todo estaba previsto. Hubo detalles que se anunciaron desde hacía mucho tiempo y que se cumplieron en el instante determinado por Dios. De momento todo parecía absurdo, extraño, incomprensible. Pero al final todo se vería claro, se comprendería el porqué de muchas cosas que antes no se podían explicar.
El Hijo de Dios es condenado a muerte, y la muerte se ejecuta de modo terrible e implacable. El que venía a librar a la Humanidad de sus ataduras es maniatado, el que venía a dar la vida a los hombres pasa por la humillación de morir abandonado. Planes misteriosos de Dios, destinos extraños.
Hay que mirar la vida así, como un plan previsto por Dios. Algo que su sabiduría y su bondad han preparado de antemano. Y aunque nos cueste comprender, decir que sí. Aceptar siempre, sea lo que sea, con una gran confianza, con una enorme seguridad y serenidad de alma. Poner en sus manos nuestra vida y nuestra muerte, nuestros bienes y nuestros males, y permanecer tranquilos, conscientes de que pase lo que pase, realmente nunca pasa nada.
"Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua y mi carne descansa esperanzada... (Act 2,26)
Es un gran motivo para ser de verdad felices, para vivir contentos siempre. Saber que todo lo que ocurra está previsto por Dios nuestro Padre. Saber que Él nos ama y que sólo pretende nuestro bien. Saber que al final todo terminará felizmente para los que nos esforzamos en amarle.
Clima de gozo íntimo, de esperanza en carne viva, de alegría honda, de optimismo primaveral. Cristo ha vuelto a la vida. Aquellos hombres, los apóstoles que, a pesar de sus miserias, amaban entrañablemente a Jesús, se llenan de júbilo al verle de nuevo entre ellos, al oír su voz, al escuchar aquel saludo tan maravilloso: La paz sea con vosotros.
Por encima de las nubes más densas siempre brilla el sol, y bajo el mar encrespado hay siempre una gran calma. Así tiene que ser continuamente nuestra vida, llena de serenidad y de calma. Anclados fuertemente en la fe, soportando con entereza todos los vaivenes de la vida, logrando conservar la paz de espíritu, sabiendo descubrir, tras lo que sea, la mano de Dios Padre que nos acaricia y nos consuela.
Dios está presente
"Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: tú eres mi bien" (Ps 15,1)
A menudo la oración del salmista adquiere unos matices de fuerte intimidad personal. Sus palabras se hacen sencilla súplica dirigida directamente hacia Dios, un diálogo lleno de confianza y de amor. Todo ello es una invitación a que también nosotros, cada uno de forma personal, se dirija a Dios con la misma sencillez e intimidad, dando cauce libre a los sentimientos de nuestro corazón ante la presencia de nuestro Padre Dios.
Siempre deberíamos de tener un rinconcito de nuestro tiempo para dedicarlo al trato con el Señor, para estar con Él; apartar unos minutos cada día para acudir a su encuentro y contarle nuestras cosas, comunicarle agradecidos nuestras alegrías y confiarle nuestras penas, para pedirle perdón por nuestras faltas de amor para con Él, para suplicarle su luz y su fortaleza. Hay quien ha dicho, y está en los altares como doctora de la Iglesia, Teresa de Jesús, que si alguien hace cada día un cuarto de hora de oración tienen asegurada la salvación de su alma. Nada menos.
"Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré...". Sin duda que Dios está siempre presente, pero es preciso que caigamos en la cuenta de que es así y comportarnos de forma consecuente. Ojalá que lo que no nos atreveríamos a hacer delante de nuestro padre, no lo hagamos a los ojos de Dios.
"Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas y mi carne descansa serena..." (Ps 15,9-10)
Alegría en el corazón, gozo en las entrañas, serenidad en la carne, esperanza cierta de no sucumbir ni ante la muerte... Cristo ha resucitado y su victoria lo es también nuestra. Esto es lo que nos viene a decir una y otra vez la liturgia pascual, esto es lo que se nos ha de meter en lo más profundo, para romper así la tristeza y el temor, para ahogar toda posible angustia.
Vamos a dejarnos invadir por la luz de la Pascua, vamos a abrirnos a la alegría y a desterrar las preocupaciones, vamos a aceptar de lleno la vida tal como venga, conscientes de que Dios sabe sacar de los males bienes. Dejemos que Él haga y deshaga como mejor le plazca, seguros de que si procuramos amarle sobre todas las cosas, todo tiene arreglo. Todo... "Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha...". Somos como niños que no saben el camino, ciegos perdidos en la noche. Cojamos la mano que Dios nos tiende y sigamos nuestro camino con paso decidido y firme.
Tomarlo en serio
"Si llamáis Padre al que juzga a cada uno según sus obras..."
(1Pet 1,17)
Cuántas veces actuamos con una carencia casi total de lógica. Estamos convencidos de determinados principios, o vemos unas realidades tangibles, pero no llegamos a las últimas consecuencias que implican. Así, por ejemplo, llamamos a Dios con el entrañable nombre de Padre, y luego nos olvidamos de Él; actuamos como si en lugar de ser hijos de Dios lo fuéramos del demonio.
Sabemos que hemos de ser juzgados según nuestras obras, para gozar eternamente si somos fieles al Señor, o para sufrir para siempre si obramos mal, si nos dejamos arrastrar por nuestras malas inclinaciones, por esos deseos inconfesables que a veces rondan la mente y el corazón.
Tomad en serio vuestro proceder en esta vida, nos dice hoy san Pedro. No es cosa de bromas, no se trata de un juego infantil. Está por medio la salvación eterna, o la condenación del alma... Dios mío haz que terminemos con esta frivolidad y ligereza que consume sin frutos nuestros días. Haz que nos portemos de otro modo, haz que te tomemos en serio, que seamos consecuentes con nuestra condición de hijos de Dios. Que la idea de tu juicio imparcial e implacable nos mueva a ser mucho mejores.
"Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil..." (1Pet 1,18)
El valor de las cosas viene determinado por el precio que hay que pagar por ellas. De ordinario lo que más nos cuesta es lo que más estimamos. Pues bien, tenemos algo que no ha sido comprado a cualquier precio, algo que no se ha pagado ni con oro ni con plata, ni con cualquier moneda caduca de las que circulan entre los hombres.
Ese algo que tanto ha costado es nuestra propia salvación eterna, nuestra liberación radical. Y el precio pagado ha sido nada menos que la vida de Cristo, de Dios hecho hombre. Jesús, cordero sin mancha, que ha sido inmolado como expiación y pago por nuestros pecados.
De nuevo da escalofrío el pensar en nuestra superficialidad, en nuestra inconsciencia a la hora de valorar el hecho de nuestra redención. Y de nuevo sólo nos queda rogar con insistencia al Señor que nos haga pensar en el sentido íntimo de todo esto, y tomar nuestro cristianismo en serio.
Al partir el pan
"Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús..." (Lc 24,13)
Camino de Emaús. Camino triste a la ida y gozoso a la vuelta. Iban cabizbajos, en silencio, rumiando cada uno en su interior los hechos trágicos que habían presenciado en el Calvario. El Mesías había perdido su poder, lo habían maniatado sin que ofreciera la menor resistencia, aparecía vencido y a merced de sus enemigos. Y ellos habían pensado que Jesús de Nazaret sería el gran caudillo libertador de su Pueblo, el elegido de Yahvéh, el nuevo Gedeón o el nuevo Moisés, que reduciría a la nada a sus poderosos enemigos, a la omnipotente Roma. En cambio, el Maestro había sido apresado, juzgado, condenado y ejecutado en la cruz.
Qué triste espectáculo el de aquel hombre desnudo y surcado por los latigazos de la flagelación, despreciado por los de su Pueblo, crucificado por los enemigos de Israel, colgado del madero a la vista de todas las gentes que habían llegado de todas partes para celebrar la Pascua. Dónde estaba el valor y la energía del Rabbí, su poder de curar a los leprosos y de expulsar a los demonios, de calmar los vientos y el agua, de resucitar a los muertos. Parecía imposible que estuviera en la agonía de muerte quien había afirmado que Él era la Resurrección y la Vida.
Sumidos en estos pensamientos caminaban, mientras otro caminante se les acerca y les pregunta por la causa de su tristeza. Cuando le explican lo ocurrido, aquel desconocido les hace comprender que todo aquello estaba previsto en las Escrituras santas, era parte de los planes de Dios. Poco a poco iban entendiendo el sentido misterioso de aquella tragedia, se les disipaban gradualmente las tinieblas que les inundaban ahogándolos en un mar de tristeza. Les ardía el corazón al escucharlo, sin darse cuenta de quién era. Pero ellos le convencen para que se quede, pues ya es tarde y se echa encima la noche. Y Él se queda, se sienta con ellos a la mesa y les parte el pan...
Fue entonces cuando lo reconocieron. ¡Era Jesús, el Maestro! ¡Estaba vivo! De improviso desapareció. Quedan atónitos. No podían quedarse allí. Se olvidan de que la noche ha llegado, y se vuelven corriendo a Jerusalén. El Señor ha resucitado, dicen enardecidos. Sí, le contestan, también Pedro lo ha visto. Desde ese momento el anuncio pascual se repite cada año, y despierta en nuestros corazones la alegría de saber que Cristo ha vencido a la muerte. La cruz no fue el final desastroso sino el comienzo feliz de esta historia que se inició en la Pascua y terminará al final de los tiempos, la historia de nuestra salvación.