CUARTO DOMINGO DE PASCUA
Moníción de entrada
El Señor es mi Pastor, nada me falta. La liturgia presenta la
imagen del pastor. Jesús es el Buen Pastor que guía, defiende y da su vida por su
rebaño. No es como los otros pastores (Ev.) Pedro en su discurso sintetiza la vida de Cristo y anuncia
el programa de vida para los que quieren seguir al Resucitado (1 Lct.). La
conversión es uno de los elementos del programa para recibir el perdón de los pecados y
el don del Espíritu. (2 Lect.).
Canto de entrada: El Señor ha resucitado
El Señor ha resucitado
. y vive con nosotros.
(Cantoral Litúrgico Nacional: nº 217).
Aspersión del agua bendita
(cf para los cantos "Domingos de
Pascua")
o bien
Acto penitencial
- Tú, que eres el buen Pastor que das la vida por nosotros
- Tú, que viniste a salvar las ovejas perdidas y descarriadas.
- Tú, que constantemente nos renuevas por tus sacramentos.
LITURGIA DE LA PALABRA
Primera Lectura.
Dios lo ha constituido Señor y Mesías, Hech 2,14a 36-41¿Qué debemos hacer?. Pedro da testimonio firme y valiente ante aquellos que consintieron la muerte de Jesús. A la pregunta ¿Qué hemos de hacer?, les exhorta a la conversión y al bautismo para recibir el perdón de sus pecados..
Salmo responsorial.
Sal 22,1-3a.3b-4.5-6RI. El Señor es mi pastor, nada me falta.
(Libro del Salmista: págs. 144-145).Segunda Lectura. Habéis vuelto al pastor de vuestras vidas. - Ped. 2,20b-25.
Cristo padeció por vosotros. Pedro presenta a Jesucristo como el verdadero pastor y guía. Fue el servidor de todos hasta dar su vida para congregar a todos los dispersos..
Evangelio. Yo soy la puerta de las ovejas. Jn 10, 1-10.
Cristo, el Verdadero Pastor. Israel esperaba a un pastor que lo guiara por los caminos de la justicia y de la verdad. Jesús habla de las cualidades del Pastor que espera Israel. El es el Buen Pastor esperado.
LITURGIA EUCARISTICA
Canto de Comunnión: Tú eres nuestra Pascua
Tú eres nuestra Pascua, Señor resucitado, aleluya, aleluya. Haz que al partir tu Pan estemos a tu lado (2)
(Cantoral Litúrgico Nacional: nº 0 1 l).
Reflexión
No faltan hoy líderes promotores de nuevos caminos. Pocos son los que entre ellos están dispuestos a dar su vida.
Jesús lanza una denuncia en contra de los falsos pastores.
Él se atribuye el título de Pastor y lo fundamenta en la verdad de su vida, manifestada en su espíritu de amor y de servicio hasta la muerte.
Él nos abre la puerta que da acceso a la vida del Padre.
Jesús no nos invita con palabras aduladoras o con promesas de paraísos maravillosos. Nos dice: "El que quiera seguirme, que tome su cruz", y nos da ejemplo.
Sólo hay una puerta que se abre a una vida verdadera y nueva: la del amor hecho servicio.
Domingo IV de Pascua
Palabras valientes
"Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías" (Act 2,15)
Palabras valientes de Pedro, que afronta la cuestión con decisión y claridad. Era muy atrevido decirles que Jesús de Na-
zaret, al que ellos habían crucificado cruelmente, al que habían negado, ese es, nada menos, el Señor, el Mesías prometido por los profetas. Palabras valientes que se van a repetir con audacia ante los más diferentes auditorios. Palabras que siguen resonando con fuerza y con decisión.
Cristo Jesús es el mismo Dios encarnado, la segunda persona de la Santísimia Trinidad que, sin dejar su naturaleza divina, asumió también la naturaleza humana, uniendo una y otra naturaleza en su única Persona divina. Misterio de Cristo, misterio de la Trinidad Santa. Realidades que sobrepasan a nuestro entendimiento y que aceptamos por la fe, incondicionalmente, generosamente, totalmente, tal como nos lo enseña nuestra santa Madre la Iglesia, tal como sigue resonando en labios de Pedro. Palabras valientes que proclaman el mensaje de Cristo, sin mirar el qué dirán de los hombres, buscando sólo cumplir con el mandato de Dios.
"Estas palabras les traspasaron el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos?" (Act 2,37)
Lo lógico hubiera sido una reacción violenta. Aquellas palabras eran una terrible acusación. Se les venía a decir con claridad que ellos habían asesinado al Rey de Israel, a ese que tanto tiempo habían esperado y deseado. Se les decía que Dios hecho hombre había venido a los suyos y que los suyos no le recibieron, le rechazaron violentamente, le cosieron a una cruz.
Y he aquí que estas palabras les llegan al corazón, les a- traviesan hasta lo más profundo de su ser, provocando un dolor sincero, un arrepentimiento auténtico. ¿Qué hemos de hacer?, preguntan ansiosos, dispuestos a todo, sea lo que sea... Señor, tu palabra sigue resonando valiente en el magisterio de la Iglesia, en lo que dice el Papa, en lo que la Jerarquía enseña a través de los altos organismos de la Santa Sede. Pero ya ves, Señor, a veces hay quienes no reciben el magisterio de Roma con visión de fe, recortan su contenido, lo interpretan según su conveniencia, protestan y firman escritos contestatarios. Ayúdanos, Señor, y da fuerza a los que hacen cabeza para que sigan hablando con claridad y energía. Y gracias porque la inmensa mayoría responde al magisterio de la Iglesia con fidelidad a veces heroica, a pesar de esa minoría bullanguera y protestona.
Él repara mis fuerzas
"El Señor es mi pastor nada me falta..." (Ps 22,1)
Una vez más resuena en la liturgia el salmo veintidós. Quizá haya quien piense que resulta reiterativo y que a fuerza de repetirlo pierda belleza y vigor. Esto es verdad, pero también lo es que necesitamos que nos digan las cosas una y mil veces, porque si no acabamos olvidándolas. La solución está en no dejarse vencer por la rutina y renovar nuestro amor a Cristo, persuadidos de que cuando hay amor no cabe la rutina. El enamorado, en efecto, dice siempre lo mismo, pero cada vez de forma distinta.
En todo caso es sumamente necesario que tengamos presente que el Señor es nuestro buen pastor, que nos cuida con mimo por medio de su divina Providencia. Es preciso saber de modo vital que quien a Dios tiene nada le falta, hay que creer de verdad en la bondad y previsión de Dios y mirar la vida con una visión más cristiana. Hay que abandonarse en las manos de Dios y, pase lo qe pase, no perder jamás la calma.
"...me conduce a fuentes tranquilas y repara mis fuerzas" (Ps 22,3)
Lo notamos cada jornada. Unas veces ya al mediodía, otras a la hora de acostarnos. El cansancio nos invade hasta el punto de hundirnos los ojos y apagarnos la mirada. Un cansancio que a veces rebasa las fronteras de lo físico para penetrar en los más hondo de la psiquis del hombre. Cansancio de vivir, hartura de tanto problema y agobio.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré. Son palabras de Jesús que fueron dichas de una vez para siempre. Es decir, hoy también el Señor te escuchará y reparará tus fuerzas, te ayudará a superar de nuevo esa dificultad que te aplana. "Aunque camine por cañadas oscuras _dirás entonces_ nada temo porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me so- siegan".
Mirarnos en Cristo
"Si obrando el bien soportáis el sufrimiento, hacéis una cosa hermosa ante Dios" (1Pet 2,20)
Para esto habéis sido llamados _nos dice san Pedro en su epístola_, para portaros bien, aunque tengamos que sufrir, precisamente por ser buenos. Y de hecho el ser fiel a la doctrina de Cristo, el ser honrados y generosos, el ser comprensivos y humildes, es motivo a veces de que los demás se aprovechen de los que son buenos, los desprecien o los maltraten. Ante esto puede surgir la tentación de desistir en el empeño por ser como Dios quiere; nos pueden venir ganas de dejarlo todo y olvidar las exigencias de nuestra conciencia de cristianos, y preocuparnos sólo de nuestro propio provecho.
Si cedemos a esta tentación de cansancio, traicionaremos nuestra vocación de cristianos, no seremos fieles al mandato de Cristo, a lo que Él nos ha enseñado con su propio ejemplo para que sigamos sus pasos. Él no cometió pecado ni encontraron una mentira en sus labios; cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas, sino que se entregó a la muerte con una decidida docilidad a los planes del Padre... Somos cristianos, luego vamos a vivir como Cristo vivió; vamos a mirarnos cada día en Él para que se nos grave más y más en el alma su figura y su enseñanza.
"Cargado con nuestros pecados subió al leño, para que muertos al pecado, vivamos para la justicia " (1Pet 2,24)
Sus heridas nos han curado; gracias a su muerte nosotros vivimos. Él perdió su vida humana, para que nosotros encontráramos la vida divina. Andábamos descarriados como ovejas sin pastor nos dice el texto sagrado_, pero hemos vuelto al pastor y guardián de nuestras almas. Sí el Buen Pastor se enfrentó con el lobo y perdió su vida entre las garras de la fiera. Herido el pastor se dispersó el rebaño. Pero aquella derrota momentánea era el remedio para nuestros males, era la batalla perdida para así ganar la guerra. Y Cristo ganó la guerra y nos congregó de nuevo para guardarnos de tal forma que no nos perdamos nunca jamás.
Un motivo más para seguir los pasos del Señor, una poderosa razón para sufrir con gusto las pequeñas tragedias de cada día, o la profunda pena que la vida nos pueda deparar. A través de nuestro sufrimiento serenamenre aceptado, pacientemente sobrellevado, contribuiremos a la redención de la Humanidad entera, lograremos que los méritos de la pasión de Cristo se apliquen a todos los hombres. Y así, muriendo un poco cada día, a través del trabajo o del dolor, iremos ganando terreno en la posesión inefable de la gloria de Cristo resucitado.
Cristo es la puerta
"Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante" (Jn 10,10)
La puerta, lo mismo que el camino, es un símbolo que en la Biblia significa algo más hondo de lo que a primera vista pudiera parecer. Son imágenes que hacen referencia a unos principios mo- rales, a un modo determinado de comportamiento. Por eso Jesús afirma: Yo soy la puerta. Es decir, yo soy el modelo que hay que imitar, el ejemplo claro que hay que seguir para poder entrar en el rebaño. El que trate de copiar otro modelo, el que entre por otra puerta, ese es un salteador, un bandido, un ladrón. Por eso los pastores que no se identifiquen con Jesucristo, nuestro Buen Pastor, son pastores falsos, mercenarios que sólo buscan el pro- vecho personal y no el bien del rebaño.
Sus palabras eran sencillas y claras, pero los oyentes no acababan de entender. Jesús tiene paciencia con ellos, con noso- tros también, pues tampoco acabamos de entender. Los que vinieron antes, les explica el Maestro, eran unos ladrones y unos bandi- dos. Por eso las ovejas no les escucharon. Oyeron sí cuanto les decían, pero se daban cuenta de que en el fondo latía el engaño y la mentira.
En cambio, a Cristo, el Buen Pastor, las ovejas le reconocieron por la voz y le siguieron. Él marcha delante del rebaño, al estilo palestino, no detrás de las ovejas, sino delante; conduciéndolas no a pedradas o a gritos, o con la ayuda de los perros, sino que les marca el camino con su propio caminar, haciendo transitable y andadero el sendero de la salvación.
Con razón se nos dice muchas veces en los evangelios que los discípulos y las multitudes seguían a Jesús. El Maestro mismo le decía al elegido: Ven y sígueme. Era una forma práctica de enseñarles un modo de conducta, indicándoles que siguieran la suya propia. Caminar por los mismos senderos que Él caminó, pasar por su mismo camino hecho de abnegación y de servicio gustoso, de esfuerzo y de entrega generosa. Camino de amor y de lealtad, ca- mino que en ocasiones se hace cuesta arriba, muy cuesta arriba quizá, pero al final la dicha es grande y segura, la felicidad cierta y eterna.