SEXTO DOMINGO DE PASCUA

Monición de entrada

La comunidad cristiana vivificada por el Espíritu. Jesús, una vez ascendido al Padre, no dejó abandonados a los suyos. Por medio del Espíritu permanece con ellos (Ev.). El mismo lo comunicará a la Iglesia mediante el ministerio de los apóstoles (1ª Lect.) para que todos los discípulos de Cristo den razón de su esperanza y puedan soportar la cruz adherida a la vocación recibida (2ª lect.).

Canto de entrada: Invoca al Dios Altísimo,

Invoca al Dios Altísimo,
al Dios que hace tanto por mí (2)
(Cantoral Litúrgico Nacional: nº 713).

Aspersión del agua bendita

ó bien:


Acto penitencial

- Tú, que eres la Palabra eterna del Padre
- Tú, que resucitado vives para siempre y estás presente entre nosotros.
- Tú, que nos haces miembros de tu Iglesia.

 

LITURGIA DE LA PALABRA

En este domingo pueden leerse la segunda lectura y
el evangelio asignados al Séptimo Domingo

 

Primera Lectura. Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo . Hech 6,6,5-8.14-17

La mediación apostólica. El anuncio del Evangelio se ve confirmado por el don del Espíritu. A Samaría llega el mensaje de la palabra evangélica y el don del Espíritu.

Salmo responsorial: Sal 65 , 1-3a. 4-5. 6-7a. 16 y 20

R/ Aclamad al Señor, tierra entera (Libro del Salmista: págs. 156 y 157).

Segunda Lectura. Como era hombre lo mataron: pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida (Ped 3,15-18)

La prueba del sufrimiento. Cristo murió para dar muerte al pecado. Sus discípulos encontraron hostilidad, persecución y la misma muerte por anunciar el evangelio, Pedro exhorta a la perseverancia y a la fidelidad en la persecución para imitar a Jesús.

Evangelio. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor. Jn 14,15-2 1.

No os dejaré desamparados, volveré. Jesús anuncia su vuelta al Padre y su presencia entre ellos. Es una nueva etapa de la historia salvífica. De una presencia visible pasa a la invisible a los sentidos, pero real y eficaz realizada por el Espíritu. .

 

LITURGIA EUCARISTICA


Canto de Comunión . Beberemos la copa de Cristo.
Beberemos la copa de Cristo, / en la mesa del Señor.
Aleluya. Aleluya.
(Cantoral Litúrgico Nacional: nº 010).

 

 

Reflexión

La salvación de Dios no tienen muros ni fronteras. El Espíritu se comunica a todos los que creen en el nombre de Jesús. Todas las razas y pueblos se hacen solidarios en el Espíritu porque rompe barreras, elimina diferencias y crea comunidad.

Hace que el cristiano sea testigo de la alegría y de la esperanza en medio de un mundo desesperanzado. Creer en Cristo es vivir su amor hacia el Padre y hacia los hombres. ¿Cómo hacer esto posible? El Espíritu Santo es el que promueve y da la fuerza para vivir como discípulos de Cristo.

 

 

Domingo VI de Pascua

 

 

Nuevas fronteras

"En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaria y predicaba allí a Cristo" (Act  8,5)

 

Las fronteras estrechas del judaísmo se van rompiendo. El círculo iniciado por Cristo se va ensanchando de modo paulatino, pero inexorable. Ahora son los samaritanos los que reciben el mensaje de Jesús de Nazaret, la Buena Nueva, el Evangelio del amor y de la alegría. Aquello era inaudito para los judíos que jamás pudieron imaginar que los samaritanos recibieran la palabra salvadora del Mesías y mucho menos que habrían de responder con aquella generosidad, con aquella profunda fe en Cristo.

La ciudad se llenó de alegría, nos dice el texto sagrado. Era lógico llenarse de gozo al saber que Dios había bajado a la tierra para salvar a los hombres, y que los había salvado con su muerte y resurrección. Júbilo de saber que también ellos, tan despreciados por los judíos, tendrían parte en el Reino de los cielos.

Y es que Dios no tiene acepción de personas, no escoge a unos y rechaza a otros. Para Él sólo hay una raza, la de los hijos de Dios. Todos están llamados a la salvación, todos caben en su mansión de eterna felicidad. También los samaritanos, también los hombres que otros desprecian y olvidan.

 

"Cuando los Apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan" (Act 8,14)

 

Jerusalén sigue de momento siendo el centro de la Iglesia. Allá están los Apóstoles velando por el rebaño de Dios, ese pueblo de creyentes que cada vez se hace más numeroso. Al oír lo ocurrido deciden ir a visitar a los nuevos hermanos para confirmarlos en la fe, para imponerles las manos, transmitiendo la fuerza del Espíritu Santo a través de esos ritos sacros que comienzan a perfilarse en la vida de la Iglesia.

Y allá van san Pedro y san Juan. Columnas de la Iglesia los llamará luego el Apóstol de los Gentiles. Cefas, Piedra, llamó Jesús a Simón, Roca sólida sobre la que descansaría inconmovible el edificio de la Iglesia. Paulatinamente, conforme van surgiendo las necesidades, se van fijando las normas que regularán la vida y la organización del Pueblo de Dios. Un derecho primitivo que se irá enriqueciendo con los siglos, unos canales justos y razona- bles por donde transcurra en paz el devenir de la Iglesia; unos cauces que garanticen la justicia y el amor mutuo; unos límites que hagan posible la libertad de todos los hijos de Dios y que eviten la anarquía y el confusionismo.

 

 

El canto de la tierra

"Aclamad al Señor, tierra entera; tocad en honor de su nombre..." (Ps 65,1)

 

Quizá no haría falta que el salmista exhortara a la tierra entera a que aclamase al Señor. En efecto, toda la creación entona cada día un canto grandioso a su Creador. De modo particu- lar, esa maravillosa sinfonía resuena en este tiempo de primavera, cuando todo ha reverdecido y las plantas y los árboles se van renovando de forma bulliciosa y palpitante. Los hombres mismos sentimos en nuestro interior el renacer de nuevas energías.

Canto de la criatura al Creador que se manifiesta en inefa- bles rumores y perfumes, en la policromía de flores y mariposas, en los albores de la mañana y el rubor del atardecer. Canto que hemos de percibir y de interpretar los hombres, únicos seres ra- cionales de opciones libres y de amores profundos. Unamos, pues, nuestras voces, nuestras vidas, al canto de la creación. Alabemos al Señor que nos da la luz clara de nuestra tierra, el agua limpia de nuestros ríos, la lluvia blanda de primavera... Decid a Dios: Qué temibles son tus obras. Que se postre la tierra entera ante ti.

 

"Venid a ver las obras de Dios, sus temibles proezas en favor de los hombres" (Ps 65,7)

 

Grande es sin duda la obra que el Creador ha sacado de la nada. Tan grande que los hombres, a pesar de su inteligencia y de su esfuerzo, no acaban de conocerla y, mucho menos, de dominarla. Bien podemos afirmar que es muchísimo más lo que se ignora que lo que se sabe. Bastaría mirar la noche cuajada de estrellas para sentirse perdidos en el espacio infinito.

Y, sin embargo, mucho más perfecta que toda esa creación es la criatura humana. Sólo el hombre recibió en su frente el soplo de Dios, ese beso divino que le hizo capaz de pensar y de querer con plena libertad. Pero no se quedó todo en eso. El hombre además es inteligente y libre, ha sido hecho por la gracia hijo de Dios. Ha recibido el perdón de su pecado, ha sido no sólo restaurado en su estado primero sino elevado de un orden natural a otro sobrenatural. Tan grande es esto, que el don más pequeño de la gracia es sin comparación más grande que todos los bienes de la creaciónÉ Alegrémonos con Dios, según nos dice el salmista, que con su poder nos gobierna eternamente.

 

 

Dar razón

"Glorificad a Cristo Señor en vuestros corazones, y estad prontos para dar razón de vuestra esperanza" (1Pet 3,15)

 

Dar gloria a Cristo en lo más íntimo de nuestro corazón, fomentar en nuestro interior sentimientos de gratitud y de fide- lidad hacia este Señor y Dios nuestro que tanto ha hecho por nosotros, tanto que _con ser omnipotente_ no pudo hacer más. Y aunque a veces no lo entendamos, hemos de superar nuestro pobre entender y decirle que le queremos con toda el alma, o al menos que le quisiéramos querer todavía mucho más.

Tengamos en cuenta que un modo de amarle es conocerle cada día mejor, a Él y a su doctrina. Es lo que nos dice hoy san Pedro al recomendarnos que estemos dispuestos a dar razón de nuestra esperanza a quien nos lo pida, esto es, que conozcamos el contenido de nuestra fe, el porqué de nuestra esperanza. Mucha gente se contenta con saber cuatro cosas, que por otra parte si no se repasan se olvidan. Hay cristianos que conocen muchos aspectos de ciertos temas o de ciertos personajes, y ya no se acuerdan ni del catecismo que aprendieron en la escuela cuando niños.

Hay que vivir con más empeño nuestra fe, con más conocimiento de causa. De lo contrario, la vida se nos hace rutinaria y sin sentido. Frecuentamos los sacramentos, sin saber lo que son. Re- zamos o hablamos de nuestra fe, cuando en realidad no conocemos qué es lo que decimos creer o esperar.

 

"...pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia" (1Pet

3,16)

 

Sí, hay que conocer a fondo nuestra fe, nuestra moral. De lo contrario somos unos ignorantes en aquello que más nos ha de importar. Y luego no olvidar que hemos de conformar nuestra vida con esa doctrina. Es lo que nos dice el texto sacro de hoy: Hay que dar razón de nuestra esperanza en buena conciencia, sin que ésta nos recrimine nada grave.

Y esto con mansedumbre y respeto. No podemos hablar de nuestra fe con prepotencia, o con altanería. Nuestra esperanza se funda en el amor, y por eso nunca puede mezclarse con el odio o con el despecho y el mal talante. Lo estropearíamos todo, y nuestras razones caerían por falta de fuerza y de persuasión. Cuando uno grita al dar una razón, de ordinario es que no tiene razón.

Por otra parte la mejor razón que podemos dar es una conducta personal intachable. Es la dialéctica de los hechos, es el argumento irrefutable de una vida limpia y generosa. Ante eso no caben contradicciones, ni es posible refutación alguna. Ojalá escuchemos esta enseñanza de hoy y sepamos dar razón convincente de nuestra esperanza.

 

Obras son amores

"Si me amáis, guardaréis mis mandamientos..." (Jn 14,15)

 

Si me amáis guardaréis mis mandamientos. Esta frase del Señor podría formularse también al revés y decir que el que guarda los mandamientos de la ley de Dios es quien le ama realmente. Esto es así porque obras son amores y no buenas razones. Afirmar que amamos a Dios y luego no cumplir con sus mandatos es un absurdo, algo que no tiene sentido, un contrasentido, una mentira. Lo enseña el Maestro en otra ocasión al decir que no el que dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino aquel que cumple con la voluntad de Dios. Estemos, por tanto, muy alertas, pues resulta fácil el que nuestra caridad se quede en palabras y promesas, sin pasar a la realidad de una entrega responsable y constante al querer divino.

Jesús nos promete en este pasaje evangélico que pedirá por nosotros al Padre, a fin de que nos envíe el Espíritu Santo y sea nuestro defensor para siempre. En Pentecostés se cumpliría plenamente la gran promesa de Cristo. Desde entonces el Espíritu de la Verdad está presente en la Iglesia, para asistirla e impulsarla, para hacer posible su pervivencia en medio de los avatares de la Historia. También está presente en el alma en gracia, llenándola con su luz y animándola con su fuego. Sí, el Espíritu sigue actuando, y si secundamos su acción en nosotros, será posible nuestra propia santificación.

No os dejaré desamparados, volveré. También estas son pala- bras textuales de Jesús en la última Cena, en aquella noche inolvidable de la Pascua. Hoy, después de tantos años, podemos comprobar que el Señor cumplió, y sigue cumpliendo, su palabra. Él está presente en medio de nosotros, nos perdona cuantas veces sean precisas, nos ayuda a olvidar nuestras penas, nos fortalece para no desalentarnos a pesar de los pesares. Nos favorece una y otra vez por medio de los sacramentos que la Iglesia administra con generosidad y constancia.

No estamos solos, aunque a veces así pueda parecerlo. Dios está muy cerca, a nuestro lado, dentro del alma. Es preciso recordarlo con frecuencia, descubrir su huella invisible en cuanto nos circunda, advertir sus mil detalles de cariño y desvelo. Y tratar de corresponder a su infinito amor, ya que el amor sólo con amor se paga.