LA ASCENSI0N DEL SEÑOR

Monición de entrada

Misión de la comunidad cristiana. La Ascensión forma parte del misterio pascual de Cristo. Cristo se elevó al cielo (I Lect.), y volvió al Padre para sentarse a su derecha (2 Lect.) Da a todos sus discípulos sus últimas recomendaciones y los envía al mundo para que anunien su vangelio(Ev)

Canto de entrada. Levanto mis ojos a los montes(salmo 120)

El auxilio me viene del Señor,

que hizo el cielo y la tierra (2)

(Cantoral Liturgico Nacional: n° 524).

Aspersión del agua bendita,

ó bien: Acto penitencial

Tú, que ascendiste al cielo y estás sentado a la derecha del Padre.

Tú que vives eternamente junto a Dios Padre orando e intercediendo por

nosotros

Tú, que nos has mandado ir por todo el mundo y proclamar el Evangelio.

LITURGIA DE LA PALABRA

Primera Lectura. Lo vieron levantarse Hech 1,l-11

El fin de una visibilidad. La Ascensión conlleva la promesa del Espíritu Santo que convertirá a los discípulos en testigos de la salvación hasta los confines del mundo, y hará presente al Resucitado en medio de su Iglesia haciéndola comunidad de vida y salvación.

Salmo responsorial (sal 46,23.67.89

R/ Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas (ó Aleluya) (Libro del Salmista: págs. 162-163).

Segunda Lectura. A la medida de cristo en su plenitud

Cristo triunfador y libertador. Jesús ha dejado a los discípulos para volver al Padre. San Pablo ve en la Ascensión la glorificación de Cristo y anuncio del retorno de toda la humanidad a Dios.

Evangelio. Subió al cíelo y se sentó a la derecha de Dios. Mc 16,l5-20.24,46-53

La fuerza del Evangelio. La Ascensión de Cristo al cielo no es el fin de su presencia entre los hombres, sino el comienzo de una nueva forma de estar en el mundo. Su presencia acompaña con signos la misión evangelizadora de sus discípulos.

LITURGIA EUCARISTICA

Canto de Comunión. No busquéis entre los muertos.

Ha resucitado, ¡aleluya!

Vive entre nosotros, ¡aleluya!

(Cantoral Libirgico Nacional: n° 224)

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Reflexión

La comunidad pospascual necesitó de un tiempo para reforzar su fe incipiente en el Resucitado. La Ascensión es el fin de su visibilidad terrena y el inicio de un nuevo tipo de presencia entre nosotros.

El Señor glorificado continúa presente en el mundo por medio de su acción en los que creen en su Palabra y dejan que el Espíritu actúe interiormente en ellos. El mandato de Jesús es claro y vigente: "Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación".

Necesitamos cumplir el mandato del Señor para que sea conocido y amado por todos los hombres. Él está en medio de nosotros, nos acompaña y realiza signos salvíficos. Sólo lo podemos ver con ojos de fe.

 

Ascensión

 

Evangelio del Espíritu Santo

"En mi primer libro, querido Teófilo, escribí todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando..." (Act 1,1)

San Lucas recuerda su primer libro, el evangelio en el que recogió los pasos principales de la vida y obra de Jesucristo. Ahora intenta escribir otro libro que refiera la vida inicial de la Iglesia, continuadora por voluntad divina de la tarea salví- fica de Cristo. Con razón se ha llamado a este libro el quinto evangelio. En efecto, en los Hechos de los Apóstoles se vuelve a tratar de la Buena Nueva, a narrar los "magnalia Dei", las grandezas de Dios en favor de los hombres.

También se ha llamado a este libro de san Lucas el evangelio del Espíritu Santo. Con ello se pone de manifiesto la importancia del Paráclito en la obra salvadora, su impulso divino y su pre- sencia misteriosa. Así, con mucha frecuencia, se nos refiere en el libro de los Hechos la presencia operante del Espíritu en la Iglesia. De este modo, ya desde el principio, y por siempre, la acción divina del Consolador vivifica a la Iglesia y la sostiene indefectiblemente.

 

"... durante cuarenta días les habló del Reino de Dios" (Act 1,3)

En los últimos días, antes de su ascensión a los cielos, Jesús adoctrina a sus discípulos, pocos todavía, a causa quizá de la persecución y el rechazo de las autoridades judías. Esas enseñanzas versaban, una vez más, sobre el Reino de los cielos, el gran tema que abarca toda la doctrina de Cristo y sintetiza cuanto el Señor había dicho en orden a la salvación. Por algo llegó a decir: Buscad el Reino de los cielos y todo lo demás se os dará por añadidura. Pronto ese Reino, iniciado ya con la llegada de Jesucristo, comenzaría a consolidarse por medio de la Iglesia, siendo ella misma ese Reino en marcha. Se iniciaba así la salvación, que aún hoy sigue su curso.

Los Apóstoles, sin embargo, no habían entendido de qué se trataba realmente. Por eso preguntan por la restauración de Israel, soñando todavía con un triunfo temporal y político. Jesús comprende que no le entiendan y les exhorta a que sepan esperar. Cuando llegue el Espíritu Santo, cuando descienda sobre sus frentes la luz de lo alto, entonces comprenderán que su Reino no es de este mundo, que es algo mucho más grande y trascendente, un Reino de paz y amor, un Reino sin fronteras de espacio ni de ti- empo, que al final acabará destruyendo a la misma muerte y alcanzará un triunfo formidable y sin término.

 

Arriba el Rey universo

"Pueblos todos batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbi- lo..." (Ps 46,2)

El salmista alza su voz sobre el tiempo y el espacio, se dirige a todos los pueblos, sin distinción de raza ni de linaje. Proclama un triunfo divino que brilla sobre el orbe universo, un acontecimiento que cruza y determina a toda la Historia. Un triunfo que comporta dicha y bien sin límites para toda la Humani- dad.

El juglar de Dios mira asombrado cuanto le rodea, descubre el rastro del Señor en la naturaleza y se siente anonadado ante esa huella divina, inefable y grandiosa. Experimenta también una especie de temor sagrado, un cierto temblor de emoción. Terrible se presenta el Señor en toda la tierra, terrible también en su ira tremenda y en su juicio inapelable.

El Señor asciende entre aclamaciones, se eleva hasta lo más alto del cielo. Es un triunfo único y singular, jamás visto ni igualado. El triunfo del Hijo de Dios, que sube de nuevo a la cumbre excelsa de la que había descendido. Es una marcha triunfal digna del Salvador universal, del Redentor del mundo.

 

"Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta en su trono sagrado" (Ps 46,9)

Rey de cielos y tierra, soberano supremo que está por encima de toda autoridad y poder, por grandes que pudieran ser. Todos los poderosos del mundo van pasando, Cristo en cambio permanece. Todos los imperios van cayendo tarde o temprano. Un período de esplendor y luego, cuando sea, todo se pierde. El Reino de Dios, por el contrario, se afianza y crece. La Iglesia nunca envejece, siempre es primavera en ella. Ella es la Esposa de Cristo, nuestro Dios y Señor.

La ascensión del Señor es, por otra parte, un hecho que nos recuerda que con el triunfo de Jesucristo sobre la muerte se nos ha abierto un camino, que se inicia en el sepulcro y que se termina en la gloria. El Señor, subiendo a los cielos, nos ha preparado un camino por el que los que con su ayuda son fieles, su- birán un día. Aunque de modo distinto, también los hombres vencedores del Maligno cruzarán el espacio sideral y entrarán radiantes en la gloria.

 

Exaltación de Cristo

"Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis..." (Eph 1,18)

Dios y Padre nuestro. Ante Él nos postramos para agradecerle cuantos beneficios nos ha otorgado desde el comienzo de nuestra vida, y también por cuantos nos otorgará aún, sin merecerlo por nuestra parte. Hoy, además, seguimos la oración del Apóstol y le pedimos que nos conceda esa sabiduría y esa revelación que nece- sitamos para conocer a Jesucristo. Conocerlo de tal forma que le amemos sobre todas las cosas, que encontremos en Él nuestro refugio y nuestro descanso.

Y pedir, además, luz para nuestros ojos, tantas veces miopes o ciegos contra toda esperanza, para que seamos capaces de mirarlo todo con serenidad y optimismo, también cuando el camino se hace empinado y se nos ponen en contra las circunstancias.

 

"Y todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia ..." (Eph 1,22)

Conocer también la riqueza de la gloria, esa herencia de los hijos de Dios, por la que vale la pena sacrificar lo que sea, incluso sacrificarse uno mismo. Si aceptamos esa inmolación de nosotros mismos, el que resucitó y exaltó a Cristo nos exaltará y glorificará también a nosotros, haciéndonos partícipes del esplendor del que está sentado a la derecha del Padre.

En realidad, Jesús viene a ser la primicia, el primero que alcanzó la gloria, señalando así un nuevo camino, andadero y claro. La contemplación del triunfo de Cristo, exaltado sobre todas las cosas, constituido cabeza de la Iglesia, es un reclamo y feliz presagio de la gloria y el esplendor que alcanzarán los que amen a Cristo. Estemos seguros de que, si seguimos las huellas del Señor aquí en la tierra, conseguiremos un día seguir sus huellas de gloria en el Cielo.

Bajo la luz divina los apóstoles descubrieron también que Cristo es la Cabeza de la Iglesia, de todos nosotros que formamos su Cuerpo místico, los miembros de su gran pueblo, destinados a alcanzar también, después de pasar por la vida y la muerte, una parte en el botín divino de su propia victoria.

 

Id por todo el mundo

 

"...y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado" (Mt 28,20)

Monte de Galilea, silencio y majestad de la cumbre, grandeza del cielo y de la tierra contemplados desde la altura. Allí tuvo lugar el último episodio que Mateo nos refiere en su evangelio, como broche adecuado que cerraba una etapa, la más importante, en la historia de nuestra salvación. En esos momento algunos se postraron ante Jesús resucitado, otros en cambio todavía dudaban. Es incomprensible, pero así era. Lo mismo que es incomprensible que nosotros dudemos del Señor, cuando tantas pruebas hemos recibido de su poder e inmenso amor.

Los dolores y sufrimientos de la Pasión habían sido supe- rados, los horrores de la cruz estaban ya lejos. Aquellos terri- bles momentos sólo quedaban como memoria gloriosa de un tremendo combate, en el que Jesús había conseguido la más brillante victoria contra el más terrible enemigo. Todo aquello servía ahora para estímulo y ánimo en los momentos difíciles que también e- llos, y los que vendríamos después, tendrían que superar. Por mucho que el enemigo se acercara, aunque pareciese que el triunfo era suyo, no había que tener miedo. La última batalla será ganada, de todas todas, por Jesucristo, y en Él y con Él, por todos los que le han seguido.

Pero Jesucristo es comprensivo y se explica que aún no se den cuenta de lo que estaba pasando. Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, les dice. Son palabras que recuerdan los relatos de Daniel sobre el Hijo del Hombre. Jesús es ese misterioso personaje que se acerca al trono del anciano de muchos días, para recibir todo el poder y la gloria. Él tiene, por tanto, toda la autoridad del universo orbe. En virtud de esos poderes, Él les envía mediante un imperativo categórico a predicar el evangelio por todo el mundo y bautizar a los hombres que creyeran en su palabra, el mandato de hacerlos discípulos de Cristo e hijos de Dios, el de enseñarles la doctrina que nos da la paz, que nos redime y nos salva.

Ellos debieron sentirse incapaces de tamaña empresa, lo mismo que tantos otros cuando fueran llamados por Dios a una empresa divina. Jesucristo lee sus pensamientos de temor y de reserva, y les anima. Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Y así ha sido, así es y así será. Dios está presente y nos empuja de nuevo para que seamos sus apóstoles, sus mensajeros de paz y alegría en medio de este mundo, siempre me- tido en guerras y siempre tan triste.

 

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