11 de Mayo
SAN MÁYOLO
abad (+ 994)

San Máyolo fue abad de la célebre abadía de Cluny, cuna de la reforma benedictina, poco tiempo después de ser fundada y de convertirse en el foco principal de la cristiandad, cuando la Sede de Roma se la disputaban entre varias familias romanas, los Túsculos y los Crescencios, por lo que puede hablarse del siglo oscuro o edad de hierro del pontificado.

Una banda de piratas sarracenos, venidos de España, habian cruzado los Alpes y recorrían el Piamonte. Arrastraban tras sus jinetes muchos cautivos, tristes y desesperados. Sólo Máyolo se mantenia sereno y se atrevia a plantar cara a los bandidos. ¿Quién seria aquel atrevido?

Al principio los bandidos pensaron castigarle y colgarle de un árbol, pero al saber que era el abad de Cluny, pensaron conservarlo, y hasta lo trataron con respeto. En parte, porque sentían como una innata veneración al que ellos consideraban como un profeta, en parte, porque esperaban conseguir por él un buen rescate, pues conocían la riqueza de la abadía.

Los musulmanes habían señalado la suma de mil libras de plata, por su rescate y el de otros monjes, suma exorbitante, pero los monjes pudie~ ron reunirla acudiendo a sus amistades, y pronto Máyolo estuvo entre ellos.

Máyolo poseía cualidades de excepción. Ya de estudiante, decía de él un panegirista suyo: "Era más blanco que la flor del lirio, era más puro que la nieve. Sabía agradar a Cristo, y descollaba por la dignidad de su vida".

Máyolo forma parte de una pléyade de grandes y longevos abades cluniacenses. Odón, el primero, había sido un asceta. Máyolo, según San Odilón, su sucesor, era un místico y tenía pasión por la lectura, tanto de los Santos Padres, como de los filósofos. A Virgilio lo leyó de estudiante, después fue duro con él. "Los poetas divinos os bastan, decía a sus religiosos: Isaías y David, Sedulio y Prudencio. No manchéis vuestro espíritu con la muelle elegancia virgiliana". Sí, fue duro con Virgilio, a quien algunos Santos Padres consideran como un poeta precristiano. Y el anónimo escultor de la sillería del coro de la catedral de Zamora lo coloca entre los doce profetas menores.

Los contemporáneos contemplaban en Máyolo una suprema elegancia, un gesto exquisito, una suave gravedad, una fisonomía noble, una elocuencia sublime, un acento aristocrático, un mirar firme y lleno de dulzura.

Es uno de los hombres más eminentes del siglo X, un gran restaurador, un insigne organizador. A través de sus monjes, su acción se extiende a todos los órdenes de la vida social. Influye en los gobiernos de Francia, Italia y Alemania. Fue amigo de Hugo Capelo, fundador de esta dinastía, consejero de Otón el Grande, director espiritual de la emperatriz Santa Adelaida, y a la vez distinguía con su trato a todos los humildes.

Máyolo, que había renunciado al solio pontificio, era humilde y sencillo, y se sentía un niño cuando hablaba con Dios. "¡Qué profundos gemidos, dice un discípulo suyo, qué dulces lágrimas derramaba este hombre de Dios en el fervor de la oración! Sobre su cabeza, blanca como la de un cisne, el invierno de la vida había hecho brotar las flores de la vejez, pero ningún velo llegó a oscurecer el brillo penetrante de sus ojos".

La venida de la muerte no le asustó más que el asalto de los ladrones alpinos. En su última hora, cuando todos lloraban en torno a su lecho, él se esforzaba por sonreír y dar a todos ánimos, y les decía: "Valor, amigos, demos gracias al Señor. Os pido a todos que esta muerte inevitable sea para vosotros un motivo de alegría, como lo es para mí".

Otros Santos de hay: Francisco de Jerónimo, Florencio, Anastasio, Máximo.