11 DE OCTUBRE

SANTA SOLEDAD TORRES ACOSTA,

virgen y fundadora ( + 1887)

 

Al canonizarla el Papa Pablo Vl el 25 de enero de 1970, dijo de ella: "Unió una vida hecha de humildad y de amor". Este es el resumen de esta vida. Humildad en su origen sencillo. Sus padres, un modesto matrimonio dedicados a la industria. Nació en la calle Flor Baja, donde hoy se levanta el teatro Lope de Vega, en Madrid, el frío 2 diciembre de 1826.

La naturaleza tampoco fue demasiado generosa con ella ya que era: baja de estatura, enfermiza, inapetente, asmática y con la vista delicada. Pero lo suplían con creces las dotes de espíritu que fueron, sobre todo, durante toda su vida, prudencia y tesón en cuanto veía era la voluntad de Dios.

Su madre, Antonia Acosta, era una fervorosa cristiana y trató de educar a su hija en las virtudes cristianas, especialmente en la honradez, en la sinceridad, en el amor hacia el prójimo y en una acendrada devoción a Jesús Eucaristía y a la Virgen Maria. Estas serán durante toda su vida las notas características que procurará vivir Maria Soledad y tratará de inculcar a sus hijas espirituales y a sus queridos enfermos. 

A pesar de sus poco agraciadas dotes físicas, en lugar de encerrarse en su casa se lanza al apostolado que ejerce en la parroquia de San Martín con gran fruto y el aplauso de todos cuantos la conocen. Sobre todo pasa largos ratos en una Casa de pobres ancianos que atienden las Religiosas de la Caridad. Allí consuela y da conversación y ayuda en cuanto se le presenta a las pobres ancianitas. A una la toma de la mano y la acompaña a donde ella intenta ir y sus piernas o su cabeza ya no le rigen. A otra le cuenta alguna noticia agradable que se ha enterado que pasa en España o fuera de nuestras fronteras. A una tercera le lee una cartita que ha recibido de un familiar. A otra... todo su día lo gasta en ayudar a aquellas personas que ya se gastaron en favor de los demás y que ahora necesitan ayuda y consuelo. Se siente feliz Maria Soledad en aquel ambiente. Frecuenta una escuela gratuíta pues sus padres no pueden pagarle un colegio de gente rica. También en este campo del saber hace progresos que admiran a profesoras y compañeras. Todo esto le servirá para cuando el día de mañana la divina Providencia le abra nuevos caminos en favor de estas mismas personas que ya desde ahora roban su corazón.

D. Miguel Martínez se llama el párroco del típico barrio madrileño de Chamberí. El ha visto que por la calle van muchos ancianitos abandonados y, sobre todo se entera de que en varios pisos hay ancianos y enfermos que nadie se acuerda de ellos y le ronda la idea de organizar un grupo de mujeres que les puedan visitar y atender. Ya tiene seis mujeres un tanto avanzadas de edad para ello. Se entera nuestra joven veinticincoañera, Maria Soledad Torres Acosta, y se presenta a aquel grupito para ver si la necesitan. Será la séptima y el alma del grupo. 

Como todo aquello se ha hecho un tanto demasiado rápido y sin apenas formación de un serio noviciado, pronto van abandonando aquella especie de asociación que se llamó "Devotas de Maria" y queda casi sola nuestra joven María Soledad. No se desalienta. A los cinco años es nombrada superiora General de aquel naciente Instituto que, como dirá el Papa Pablo VI al canonizarla, "era único en su género y nadie la había precedido con este carisma de visitar a los enfermos en su domicilio"... Se difunden, llueven las vocaciones. También las dificultades, pero la gracia de Dios y el tesón de la Madre Fundadora, durante los treinta años que dirigió el Instituto de Siervas de Maria, Ministras de los enfermos, se solidificó y se extendió en muchas naciones. El 11 de octubre de 1887, moría en Madrid, consumida por su gran caridad.

 

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