BEATA
VICTORIA DÍEZ Y BUSTOS DE MOLINA Virgen, mártir de
PRESENCIA
EN LOS ESPACIOS PÚBLICOS
En sus oraciones por Hornachuelos había formulado al Señor esta
petición: <«¡Pídeme precio!».
La infancia de Victoria se
desarrolló en el realismo austero de una familia modesta y el clima cálido de
un hogar bien unido. El amor de los padres, centrado en ella, fue un factor
importante en el desarrollo de su personalidad, desde muy joven, fuerte y
responsable. La ayuda que pronto hubo de prestar a la madre algo delicada,
inició a Victoria en el arte de hacer felices a los demás, guardando para sí
las dificultades. Y esto sin ponderarlo ni hacerlo valer. La profunda fe
cristiana y el gran amor que reinaba en su familia son dos. rasgos
llamados a crecer y a caracterizarla. De carácter muy despierto, mostró pronto
una especial sensibilidad para la expresión artístíca,
que luego canalizaría cursando dibujo y pintura en
Al colegio de las Carmelitas de
Contra lo que pudiera parecer, la
niñez de Victoria, que transcurrió entre sacrificios y estrecheces,
no fue para ella una época infeliz. Muy bien dotada intelectualmente,
alegre, vivaracha, cariñosa con sus padres, simpática con las compañeras y
deseosa de agradar a los profesores, compaginó bien el estudio con la ayuda a
su madre y con las clases nocturnas en
Por consejo de sus padres, Victoria cursó la carrera de magisterio en
la entonces Escuela Normal de Sevilla. Sin embargo, aunque los expedientes
académicos presentan en la mayoría de sus notas las calificaciones de
sobresaliente o notable, ella no centraba sus ilusiones en ser maestra, porque
acariciaba, cada vez con más fuerza, el ideal de llegar a ser misionera. Sin
embargo, las circunstancias de su familia y el acontecimiento sorpresivo de
conocer a
Victoria misma calificó como la tarde del encuentro aquella en que,
asistiendo a una charla sobre Santa Teresa (.‑ 15 de octubre), descubrió
la raíz del magisterio universal de la santa: «El celo que la consumía la hizo
maestra». Y el celo que alimentaba las más verdaderas y hondas aspiraciones de
la joven Victoria encontró en
Tras maduro discernimiento, pidió asociarse a
Comprendió muy pronto Victoria que, en la obra fundada por el Beato
Pedro Poveda, «podía conjugar sus deseos de santidad
y apostolado con el ejercicio de la profesión de maestra, y decidió orientar su
vida en este sentido, entregándose con disponibilidad a hacer suya la formación
que
El primer pueblo en que Victoria ejerció de maestra fue Cheles (Badajoz), cerca de Portugal. Allí inauguró su
propio modo de excederse en el cumplimiento de los deberes profesionales, de
hacer apostolado extramuros de la escuela, y de contentar a su madre que
extrañaba Sevilla y a su padre que sufría por la separación. Circunstancias
estas que habían de acompañarla toda la vida.
Desde Cheles pasó, por traslado
administrativo, a Hornachuelos (Córdoba). Cuando Victoria entraba en
Hornachuelos el 21 de junio de 1928, no había cumplido aún los veinticinco
años. La joven maestra llegaba con excelente preparación profesional, una
personalidad curtida en las dificultades de la vida y una vocación decidida de
educadora cristiana. La ejemplar entrega, día a día, que en esa población se
fraguó hasta el testimonio total del don de su vida en el martirio, han
vinculado de modo particular a
Correspondió a Victoria, como primera gestión, solicitar de las
autoridades un nuevo local para su escuela, que encontró insuficiente y en
malas condiciones. Renovó los métodos docentes y el estilo de las relaciones
entre maestra y discípulas; creó la biblioteca escolar e inauguró los paseos
por el campo con objetivos previstos; con frecuencia tenía las clases al aire
libre. Sobre todo, creó un clima sereno de cercanía afectiva capaz de favorecer
el desenvolvimiento de las capacidades infantiles. El nombre de cada alumna le
resultó pronto significativo no sólo de su personalidad, sino del entorno
familiar propio. Se estaban creando por entonces escuelas nocturnas para
adultos, pero no eran muchas las poblaciones que contaban con medios para
hacerlas funcionar. Victoria consiguió un local y organizó una sección para
jóvenes obreras en el que no faltaba, entre otras cosas, un plan de
alfabetización. Pronto fue nombrada secretaria de la recién creada junta de
Enseñanza Municipal y, en 1935, designada por unanimidad presidenta del Consejo
Local de Hornachuelos, función, no exenta de dificultades, que desempeñó con
toda dedicación y justicia entre profesores de distintas tendencias. Se
propuso ser lazo de unión entre ellos por encima de las diferencias de
ideologías y partidos.
«En la escuela cumplía hasta el máximo, fuera con su ejemplo, con su
caridad y con la práctica de ésta», atestigua uno de sus compañeros. Todos los
testimonios de sus colegas coinciden en ello. Igual que, más tarde, las madres
de familia, antiguas alumnas suyas, encarecían la dedicación de Victoria, que
sabía ser educadora siempre, dentro y fuera de la escuela. Un vecino de
Hornachuelos declara: ««Los que éramos amantes de la cultura no teníamos más
remedio que quererla..., una mujer con espíritu, dedicada totalmente a
En 1933 las disposiciones emanadas del Ministerio de Instrucción
Pública prohibieron a los maestros oficiales enseñar religión. La reacción de
Victoria fue inmediata. Si ella no podía ser catequista, iniciaría una
actividad catequética, prepararía catequistas.
Tampoco esto era fácil en aquellas circunstancias, pero contó con su madre y
con algunas jóvenes de
«Así como cuando hay luz en una casa se ve la claridad por las
ventanas, así cuando un alma está llena de Dios, aun sin querer, lo comunica a
cuantos la rodean. El catequista en todo momento se revela, cuando réza, cuando explica, cuando corrige. Siempre despide el
perfume de Cristo a quien irremediablemente está unido si desempeña con fruto
su cometido. ¿De dónde procede el calor vivificante de la instrucción? ¿De dónde
el convencimiento que produce la doctrina, la influencia educadora del
educador? ¿Cómo es que a veces una sola palabra, pronunciada por un hombre
lleno de Dios, produce más efecto que estudios y discursos?»
En algunas crónicas que mandaba al periódico le gustaba firmar Una
catequista.
Las fiestas, las representaciones, las canciones, el teatro, las
excursiones, fruto de su celo inagotable, animaban a niños y mayores,
suscitando en torno a la catequesis el mismo clima de fe vivida, afectivo y
alegre, que se creaba en torno a la escuela. Era voz unánime que su alegría
típica daba a su fisonomía una nota extraordinariamente amable y atrayente.
Trabajó siempre con
•<¡Cuánto desearía yo hacer por las
misiones! Ése fue el principio de mi vocación, y créame que si alguna vez me
fuera posible trabajar más de cerca en ellas, con todo mi corazón lo haría.»
Victoria «siente con
«Piedad‑Ciencia‑Acción. Divisa
santa que debéis llevar bien grabada en el fondo de vuestros corazones.
»»Una piedad sólida, tranquila, amable, serena, dulce, pacífica y
oportuna, sin ridiculeces ni gazmoñerías...
»Pensemos seriamente en la necesidad que tenemos del estudio para
adquirir la ciencia y tened presente que vuestra ciencia abrillantará vuestra
virtud y aumentará vuestra piedad...
>Acción. ¿Quién, estando llena de Jesucristo, conociéndole,
amándole, no siente arder en su pecho la llama del celo, no se siente
arrastrada a trabajar por las almas en este campo de
Por su atención a las jóvenes, por el estímulo cultural y la ayuda
prestada a las alumnas que aspiraban a proseguir estudios, por la novedad que
representaba su modo de vivir las exigencias del Evangelio en la vida
ordinaria, Hornachuelos reconoció en ella una pionera en la educación de la
mujer.
Victoria pensaba igualmente en los jóvenes, pues ella impulsó la
creación y facilitó el material necesario para que un maestro, colega suyo,
organizase también para ellos los Círculos de Acción Católica.
Algunos acontecimientos de nivel nacional y otros de carácter local
que ponen de manifiesto el clima tensamente ideológico de aquel tiempo, que
conduciría a la persecución religiosa, podían inquietarla con razón. Primero
fueron las disposiciones legales que le obligaron a retirar el crucifijo y la
imagen de
En sus
oraciones por Hornachuelos había formulado al Señor esta petición: <«¡Pídeme precio!»
No tenía Victoria deseo alguno de adoptar una pose heroica: sí tenía
miedo, lo tenía y era inútil esconderlo. Así era en el trato con todos:
cercana, humana, transparente. Lo que no es fácilmente abarcable es el camino
que la gracia de Cristo fue haciendo con ella, de modo que la debilidad de su
naturaleza testimoniase de un modo constante e inquebrantable su total
pertenencia a jesucristo y su adhesión al querer de
Dios. Así escribe a una amiga suya:
<Hemos pasado días de grandísimo pánico, pero gracias a Dios
estamos sanos y salvos, aunque siempre en espera de..., lo que quieran. En
medio de todo esto estoy muy conforme con la voluntad de Dios y muy dispuesta a
todo.»
Sus temores no eran injustificados. La hostilidad que experimentaba en
torno suyo no era imaginaria. El clima cultural de la época alimentaba un odio
a la iglesia y a la fe cristiana asfixiante. Algunos acontecimientos de nivel
nacional y otros de carácter local podían inquietarla con razón. El hecho más
duro fue para ella la quema de
A partir del incendio de la parroquia empezó a respirarse en
Hornachuelos un aire hostil para el sacerdote y su familia, para Victoria y su
madre, y para cuantos frecuentaban la iglesia. En las paredes de la humilde
casa de Victoria aparecieron «pintadas» con frases amenzantes.
Las mujeres no podían ir a la iglesia sin ser objeto de burlas y amenazas a su
paso por las calles. Pero el párroco no se cansaba de predicar la paz y el
perdón entre los vecinos, ni la maestra de ejercitar las más exquisitas
virtudes de ciudadanía y buena convivencia en la escuela. Más difícil resultaba
sufrir con paciencia el constatar la acción sistemática sobre los jóvenes del
pueblo induciéndolos a la pérdida de la fe y al deterioro de las costumbres.
En el último verano de su vida, el de 1935, Victoria vivió una especie
de oasis. Participó en un curso de formación organizado en León por el Beato
Pedro Poveda, fundador de la institución Teresiana,
dirigido a los miembros de
.Victoria vivió este curso intensamente, con todo el entusiasmo y la
entrega que la caracterizaban, y regresó a Hornachuelos vivamente renovada en
su celo por el Reino de Dios (Decreto, o.c., p. 5).
Recibió en estas jornadas una confirmación e impulso del Espíritu. Las cartas
de esas fechas son exultantes y sus confidencias, no exentas de alusiones a la
entrega definitiva.
Las difíciles circunstancias creadas en España en 1936 desembocaron en
una persecución abierta contra
La interlocutora quedó impresionada no tanto por las palabras, cuanto
por su tono seguro y sereno. Había en ellas un fondo de aceptación del cáliz,
algo nuevo que brotaba del alma de Victoria, que por entonces se iba
familiarizando con la idea del martirio en una oración prolongada y penitente:
«<Los hechos vendrían a demostrar que el precio era la oblación de su propia
vida» (Decreto, o.c., ibíd.).
Dada la situación, muchos vecinos del pueblo habían huido. ¿Por qué se
queda Victoria si es período de vacaciones? A quien le preguntaba, ella
respondía invariablemente: .Porque mi sitio está en Hornachuelos».
Le importaba mucho más la vida del pueblo, por la que estaba dispuesta
a pagar el precio que fuera, que salvarse ella sola. El 19 de julio recibe su
última comunión en circunstancias muy accidentadas y hostiles. Tras unos pocos
días pasados en casa de algún amigo, decide regresar a la suya y allí, en una
casa moralmente sitiada, pasará los últimos días de su vida junto con su madre
y las hermanas del párroco, que ya había sido detenido antes. Se agruparon las
cuatro en una comunidad orante; ésta fue su principal y casi continua
ocupación; continua también, la invocación a
El día 11 de agosto se presentaron dos milicianos a llevársela
«<para prestar declaración». Ha llegado la hora. Ella, serenamente, como si
la hubiera estado esperando, intenta tranquilizar a su madre y se va con ellos.
La condujeron a una casa convertida en prisión. Allí quedaba sola, la única
mujer detenida, en una habitación con rejas que daban a la plaza. Y allí van a
verla sus niñas... Los que la vieron a través de las rejas la recuerdan
sentada, serena, en actitud recogida, las manos juntas, «como cuando estaba en
misa».
Hacia las dos de la madrugada del 12 de agosto, los detenidos fueron
esposados de dos en dos y obligados por los milicianos a salir. Hubieron de
recorrer doce kilómetros por caminos de serranía hasta la antigua mina del
Rincón. En el camino ella procuró contagiar la paz y la esperanza que el
Espíritu le comunicaba. Sus palabras de aliento, recogidas de los comentarios
de los mismos milicianos, eran: «¡Ánimo, daos prisa!
Nos espera el premio... Veo el cielo abierto». Tras un simulacro de juicio,
todos los detenidos fueron condenados a muerte. Victoria los vio caer, uno a
uno, en la fosa de la mina.
Quedó al fin sola con sus «jueces,,. Algunos
le propusieron salvarla, sólo con que depusiese su terquedad en confesar su
fe... Hubo un momento de expectación por parte de los milicianos. Pero
Victoria se puso de rodillas, levantó los brazos y dijo: «Digo lo que siento.
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva mi Madre!», aludiendo a la pequeña imagen de María que
apretaba entre sus dedos. Así, con el mismo encanto y la misma sencillez que caracterizaron
todos sus pasos, dio Victoria su testimonio definitivo de que Jesucristo lo
era todo para ella, de verdad lo más querido, porque la verdad de su amor y de
su gracia «<vale más que la vida» (Sal 62, 4).
Su santidad Juan Pablo II así lo vio y procedió a la beatificación de
Victoria Díez y Bustos de Molina en Roma, el domingo 10 de octubre de 1993.
Hizo coincidir su beatificación con la de don Pedro Poveda
Castroverde, fundador de la institución Teresiana,
que la había precedido en el martirio pocos días antes.
FRANCISCO JAVIER MARTÍNEZ Obispo de Córdoba