12 DE FEBRERO

SANTA EULALIA,

virgen y mártir (siglo IV)

Barcelona tiene como Patrona celestial de la ciudad a esta valerosa mujer que se enamoró de Jesucristo y no temió los atroces tormentos a los que fue sometida. Pertenecía a una familia de senadores. Sus padres se llamaban Fileto y Leda y habitaban en una quinta cerca de la ciudad. Allí pasó su niñez y los primeros años de su adolescencia.

Siendo aún muy niña oyó hablar a su cristiana madre del valor de la virginidad y un día ella oró ante Jesucristo a la vez que le decía: "Señor, si me queréis feliz, consentid que muera en la cruz como Vos". Nuestro Señor aceptó gustoso aquel generoso ofrecimiento.

La Passio a Leccionario Barcinonense dice de ella "que amaba a Cristo con toda su alma y que era para las otras doncellas de su edad norma cierta de salvación por el ejemplo de sus virtudes". El Arzobispo de Milán, San Ambrosio, comentando la vida de Sta. Eulalia escribió: "Su devoción y arrojo era mayor de lo que suponía su edad, y su virtud sobrepasaba cuanto cabía esperar de su débil naturaleza"...

Desde muy niña llamó la atención la gran caridad que ardía en su corazón hacia los pobres. A todos socorría y atendía con gran cariño. Para atenderles mejor, con permiso de sus padres, vendió cuanto tenia.

Los emperadores romanos Diocleciano y Maximino se comprometieron a acabar con los seguidores de Jesucristo. Para ello al enterarse de que en la lejana Iberia se extendía esta secta—así llamaban ellos a los seguidores del Nazareno—enviaron a acabar con ella al más malévolo y tirano de todos sus pretores. Se llamaba Daciano. Pronto corrió la noticia por las calles de Barcelona de que había llegado aquel hombre tan infame y cruel. Eulalia, sin avisar a sus padres, mientras ellos dormían, les dijo en voz muy bajito: "Adiós, padres queridos, voy a morir por Jesucristo. Es É1 quien me llama. Voy a ver satisfechos mis ardientes deseos de demostrarle a Jesús cuánto le amo"... Y marchó a presentarse ante el terrible Daciano sin haber sido llamada por él, y le dijo con gran energía:— "Juez inicuo, ¿de esta manera tan soberbia te atreves a sentarte para juzgar a los cristianos? ¿Es que no temes al Señor que es superior a todos los emperadores y a todos los dioses falsos y que a ti un día te juzgará y castigará de tus muchos crímenes? Ya sé que te crees omnipotente y que tienes en tus manos el poder de la vida y de la muerte de todos los cristianos, pero no me importa. No temo a la muerte, pues sé que por su medio encontraré la vida".

Daciano montó en furia y por su boca salieron toda clase de improperios contra aquella jovencilla que con tanto valor se abrevia a echarle en cara sus muchos crímenes y el castigo que le esperaba...— "¿Quién eres tú, insolente jovencilla, que te atreves a hablarme a mi sin ni siquiera haber sido llamada?".

— "Yo soy Eulalia, sierva de mi Señor Jesucristo, que es el Rey de Reyes y Señor de los que dominan... Por ello me he atrevido a venir a ti para echarte en cara tus muchos crímenes y decirte que, por más que quieras hacernos desistir de nuestra fe en Jesucristo, sólo conseguirás hacer mártires y que cada día crezcan más y más los seguidores de este verdadero y único Dios, Jesucristo. Esos dioses falsos a los que adoráis y queréis que nosotros les tributemos culto, no existen y son demonios como tú mismo y con ellos arderás por los siglos de los siglos".

Por toda respuesta ante tanto valor mandó la quitasen de su presencia y la sometieran a toda clase de tormentos, los más crueles e inhumanos... Ella, llena de alegría, exclama: "— Gracias te doy, Señor mío Jesucristo, porque finalmente me concedes la inmensa alegría de morir por Ti. Perdona mis culpas y confórtame en esta hora para que sea confusión del demonio y de sus ministros". Y expiró.

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