Constantinopla,
580 t Lazica, 13‑agosto‑662
SAN
MAXIMO EL CONFESOR Padre de la Iglesia,
mártir
A San
Máximo el Confesor puede considerársele como el último testigo de
Efectivamente,
este siglo va a suponer un cambio radical en el panorama histórico de la
cristiandad universal, y por tanto de Oriente y Occidente, con Bizancio en el centro. A su término, la historia marcará la
llegada de un nuevo kairós (oportunidad) y nuevos
caminos para la ecumene, y los pueblos,
diferentes. San Máximo el Confesor, sin pretenderlo, se halla justamente en el
centro mismo de esos cambios, al comienzo del nuevo giro histórico.
En el
proceso que se siguió contra él en Constantinopla el año 654, al preguntarle el
juez cuántos años tenía, contestó: «Setenta y cinco», lo que ha hecho que la
mayoría de los autores fijen su nacimiento entre 579 y 580, y en la misma
Constantinopla. En su infancia y juventud, pues, conoció los últimos destellos
del siglo de Justiniano, pero también asistió a los primeros episodios del que
será casi continuo repliegue de las fronteras del imperio: la pérdida parcial
de Italia, por la invasión de los lombardos, y el progresivo asentamiento de
los ávaros y eslavos en los Balcanes, repliegue que
se hizo irreversible cuando los sucesivos emperadores, Mauricio, Focas y Heraclio, tuvieron que abandonar esas zonas para poder
hacer frente a los persas por el Este y por el Sur, y salvar las de Asia,
corazón del imperio.
Durante
este tiempo, Máximo creció, se formó y recibió la educación que le correspondía
según el rango y posición económica y social de su familia. Ciertamente, de su
familia no sabemos nada, pero la trayectoria de su vida religiosa y la sólida
formación intelectual que recibió hacen suponer que era una familia cristiana y
de posición más bien elevada. De hecho, en la formación superior de Máximo,
pudo hallar para él una alternativa que paliara las consecuencias del cierre
de
La
tradición hagiográfica ha venido repitiendo que Máximo llegó a ser primer
secretario del emperador Heraclio, que fue
coronado el 5 de octubre de 610. Pero, según el gran especialista del santo,
Juan Miguel Garrigues, la única base histórica de
esta afirmación parece ser la expresión del emperador Constante cuando,
refiriéndose a él, después del primer proceso de 655, dice: ,Traed
al monje Máximo, con todo miramiento y todos los honores, atendiendo a su vejez
y a su debilidad, pues sirvió a mis antepasados, que le apreciaron» (Acta 11
24). La afirmación de esa «protosecretaría»>
quizás fue, en todo caso, la mejor manera que halló la tradición para decir que
Máximo, antes de hacerse monje, frecuentó los ambientes más altos y cercanos a
la corte imperial.
Lo
cierto es que su correspondencia epistolar, dirigida a los más altos
dignatarios del imperio, manifiesta bien a las claras su facilidad para moverse
en esos ambientes, tan difíciles por otra parte, lo que no se explica bien si
no hubiera formado parte de ellos algún tiempo. Parece fuera de toda duda que
su familia era cristiana y que Máximo no recibió solamente una buena educación
intelectual, sino que también adquirió en doctrina cristiana suficiente base
como para edificar luego sobre ella su magnífica síntesis teológica, con la que
hizo frente a los errores doctrinales de su tiempo.
Como
hemos apuntado, el emperador Heraclio, al hacerse con
el trono, recibió de sus inmediatos predecesores un imperio en franca ruina, muy
lejos ya del esplendor del siglo antecedente. El peligro más inmediato y más de
temer era ahora la presión de los ejércitos persas, que habían llegado hasta
Capadocia y Cilicia, ayudados en muchos casos por los
monofisitas (que no habían aceptado el Concilio de Calcedonia), resentidos por
las medidas que contra ellos había tomado el emperador Focas.
Sin
embargo, nada de esto parece haber interferido u obstaculizado la decisión de
Máximo de hacerse monje. Ni siquiera le hizo cambiar de propósito la caída de
Jerusalén en poder de
los
persas el 5 de mayo de 614, hecho que consternó a toda la cristiandad.
Ignoramos los motivos y las circunstancias de su decisión de abrazar la vida
monacal. Quizás quiera ser alguna pista el capítulo 67 de
La
fecha de su retiro monástico puede fijarse en torno al 615, pues, por
declaración propia, sabemos que el monje Anastasio comenzó a ser compañero y
discípulo de Máximo el año 617. Por aquel tiempo, Constantinopla estaba rodeada
de más de setenta monasterios, entre los cuales había especialmente cuatro que
Máximo podía considerar adecuados para su ingreso en la vida monástica: San
Juan Dálmata, con sus casi tres siglos de historia; San Trifón,
entre Santa Sofía y el Cuerno de Oro; San Juan Bautista del Studion,
con más de mil monjes; y sobre todo, el Ireneon, en
la costa asiática, de los monjes «Akemetes» [los que
no se acuestan], que día y noche se sucedían por grupos en la oración y
alabanza divina, de modo que ésta no conociera interrupción en ningún momento.
Pero en ninguno de ellos quedó traza alguna de que Máximo estuviera viviendo en
ellos por poco tiempo que fuera. Sin duda los encontró demasiado ricos en
evocaciones de historia, de santos, de tradiciones, de bienes, etc.
Máximo
se decidió por el monasterio de Filípico, en Crisópolis, el barrio asiático de Constantinopla (hoy Scutari), dedicado a
bríamos qué ambiente doctrinal y espiritual‑ encontró Máximo al hacer su entrada. Sin
embargo, ese ambiente no parece que fuera muy diferente del que hallamos
descrito en
En todo
caso, es evidente que Máximo se inició en la reflexión teológica, que tan
importante sería para su futuro, en un ambiente auténticamente monástico,
aunque utilizando los recursos filosóficos y retóricos acopiados a lo largo de
su formación intelectual. No cabe duda de que en ese ambiente predominaban
todavía los problemas especulativos y prácticos planteados por la doctrina de
Orígenes: en las primeras obras de Máximo, son éstos los problemas que aparecen
reflejados, más que los propiamente cristológicos, y
por supuesto, en la línea de la tradición evagriana.
Máximo no sólo estudió estos problemas en el sentido que preocupaba a los monjes,
sino que debió de remontar el curso de su historia a través de los mejores y
más seguros intérpretes de Orígenes, comenzando por el Pseudo‑Dionisio
y centrándose sobre todo en los grandes capadocios, particularmente en
Gregorio de Nacianzo y Gregorio de Nisa, dentro siempre del marco de la corriente espiritual
que arranca de San Macario y le llega a través de Diadoco de Fótice. En sus primeras obras van apareciendo estos temas y
se pone de manifiesto que, equilibrando dialécticamente las
posturas origenista y dionisiana, consigue
abrirse un camino .propio y original de reflexión teológica en que destacan sus
ideas más personales, comenzando por la primacía de la caridad y siguiendo por
la divinización.
El año
625 llevó a los bárbaros del Norte, ávaros y eslavos,
casi hasta las mismas puertas de Constantinopla, tras apode‑
rarse de Dalmacia, el
Ilírico y Macedonia. Y el año 626 conoció una temible reacción de los persas a
los intentos del emperador Heraclio de reconquistar
sus territorios de Oriente. Y todos, persas y bizantinos, ¡bien ajenos a lo que
se estaba ya fraguando en Arabia, con el nacimiento del Islam! Pero dominaba lo
inmediato: los ejércitos persas, al mando de Sahrbarak,
habían llegado hasta Calcedonia. El terror fue general, y la comunidad
monástica de Máximo optó por la dispersión. Máximo no regresaría más. ¿Adónde
se dirigió?
Por una
carta dirigida a Sofronio de Jerusalén y fechada en
Pentecostés del año 632, sabemos que por esas calendas se hallaba en Cartago.
¿Por dónde anduvo esos seis años intermedios? Lo ignoramos. Sólo sabemos que
estuvo en Creta y que allí se enfrentó, en disputa doctrinal, con algunos
obispos monofisitas moderados (línea de Severo de Antioquía).
Que sepamos, éste fue su primer encuentro con las controversias cristológicas. Y si tenemos en cuenta su posterior
correspondencia con el chipriota Marino, podemos suponer que quizás también
estuvo en Chipre, antes de saltar al Norte de África. Según la crítica moderna,
aquí llegó entre el 628 y el 630, siempre acompañado de su fiel discípulo, el
monje Anastasio.
En
carta dirigida a su antiguo superior, Juan de Cízico,
Máximo habla ya de Sofronio, el futuro patriarca de
Jerusalén, como su abad y padre espiritual, y por otros conductos se sabe con
certeza que Sofronio se hallaba en Alejandría el año
633.
Es un
momento crucial en la vida del imperio y de la misma cultura romano‑bizantina. El año 630, Heraclio
ha logrado derrotar a los persas, reconquistar los territorios perdidos y sobre
todo Jerusalén, donde el 21 de marzo erige de nuevo la santa Cruz, devuelta por
los persas, acto que pone fin a la primera gran guerra ««por la fe» ‑‑‑cruzada‑ de la era cristiana. También al Norte logró Heraclio la paz, apaciguados los ávaros
y asentados en sus nuevos territorios los serbios y croatas, situación que, sin
embargo, será hasta nuestros días una hereditaria fuente de conflictos.
Fue
también éste el momento en el que la cultura dio un giro irreversible: se
cierra la época romana y se abre la genui
namente bizantina. Por otra parte, se
intensifica la, digamos, <eclesiasticalización» de
la vida pública, lo que aumentó el poder del emperador, y tanto
Pero
existía ya, de hecho, una separación preocupante, personificada en el patriarca
Sergio, alma de la resistencia de la ciudad de Constantinopla frente a los
persas en los peores momentos. Los monofisitas ‑los que no habían
aceptado la definición del Concilio de Calcedonia sobre las dos naturalezas de Cristo‑ eran especialmente numerosos en Armenia,
Siria y Egipto y se sentían especialmente vejados por la política religiosa de
los emperadores, que a toda costa buscaban su unión con los calcedonianos.
Este resentimiento y la perspectiva de plena libertad religiosa, garantizada
por la política de los persas, habían hecho que, en el momento de la invasión
de los persas, se unieran a los judíos, también resentidos, y juntos formaran
en muchos lugares una especie de «quinta columna» que facilitó la victoria
persa. Por consiguiente, al ser reconquistadas esas provincias, se replanteó el
problema del monofisismo. El patriarca Sergio comprendió que la paz no tenía
otro camino que hallar un punto en que pudieran encontrarse y aceptarse los calcedonianos u ortodoxos ‑para quienes, en Cristo,
unidas en la única hipostasis del Verbo, coexisten,
sin confusión ni alteración, dos naturalezas: la divina y la humana‑ y los monofisitas ‑para quienes, en
Cristo, subsiste una sola naturaleza, la divina, en la que ha quedado absorbida
o con la que se ha fundido la naturaleza humana‑.
Por tanto, la motivación de los acontecimientos en que se verá envuelto y comprometido
el monje Máximo tienen un marcado acento político,
además del religioso.
El
patriarca Sergio creyó tener en la mano la fórmula mágica para lograr la unión,
tendiendo un puente. De origen sirio y jacobita (de
El año
621, Heraclío nombra patriarca de Alejandría, puesto
clave del monofisismo, a Ciro de Fasis, que tomó muy
a pecho el encargo imperial de promover la unión. En un principio, el papa
Honorio I (625 ‑638) pareció asentir a esta política eclesiástica
impulsada por Sergio y Ciro. Pero los desengaños llegaron pronto y, por
supuesto, la oposición. En Síria y en Egipto se
impuso la unión por la fuerza, pero rápidamente creció la oposición, tanto de
los ortodoxos como de los mismos monofisitas.
En
cabeza de la oposición ortodoxa ‑calcedoniana‑
destaca como portavoz y decidido adversario del monoenergismo
el futuro patriarca de Jerusalén, Sofronio. Había
nacido en Damasco hacia el año 550, se hizo monje y estuvo muy ligado a
Juan
Mosco y su espiritualidad, con relaciones muy estrechas con los monjes del Sinaí y su escuela de espiritualidad, cuya alma era el ya
anciano Juan Clímaco. El año 633 está ya de lleno inmerso en la lucha contra el
monoenergismo, convertido ya en monotelismo, y particularmente
contra su fautor primordial, el patriarca Sergio. El año 634 lo eligieron
patriarca de Jerusalén.
Pero el
encuentro de Sofronio con Máximo sucedió antes,
cuando Sofronio, huyendo también de los persas, se
había refugiado en el exarcado de África, seguramente en Cartago, donde ya se
habían refugiado otros monjes de Siria y de Palestina, también fugitivos: «El
divino Sofronio, efectivamente, moraba en la región
de África conmigo y con todos los monjes peregrinos»>, escribe Máximo en una
de sus cartas.
Estos
fugitivos, como tantos otros, doquiera que iban llevaban consigo sus problemas
e inquietudes, sus disputas teológicas y sus peculiaridades, sin perder del
todo su contacto con los parientes y amigos que permanecieron en sus tierras.
Así le llegaron a Sofronio el año 631 noticias de las
componendas político‑religiosas del nuevo
patriarca alejandrino, Ciro de Fasis, con los
monofisitas severianos, utilizando como apoyo la
supuesta solución del monoenergismo. Para hacerle
frente, regresa a Alejandría, pero antes ha comprometido ya para su causa al
monje Máximo, del que posiblemente era superior en el monasterio donde vivía,
llamado nEucratades>», habitado predominantemente
por monjes refugiados. Ningún indicio conocido apunta, sin embargo, a que Máximo
fuera presbítero: siempre fue simple monje.
Pero no
cabe duda de que un monje tan apasionadamente entregado al estudio de
servado y siguiera cultivando sus
viejas relaciones con gentes de Constantinopla, en concreto con algunas
personalidades del palacio imperial.
Según
los críticos más autorizados, Máximo había compuesto ya por estas fechas las
obras en las que todavía no encara de manera directa los problemas propiamentes cristológicos. Las
que responden a una situación de plena inmersión en la lucha contra el
monofisismo y sus dos derivados, el monoenergismo y
el monotelismo, deben situarse entre el año 630 y la fecha de su arresto en
Roma, junio del 653. Junto a las obras, tienen suma importancia las Cartas que
conservamos, algunas de las cuales son verdaderos trataditos doctrinales.
Hemos
visto que la primera fuerza de choque, contra el monoenergismo,
primero, y contra el monotelismo después, está protagonizada por el viejo
luchador Sofronio, que el año 634 ve acrecentada su
autoridad al ser elegido patriarca de Jerusalén. Con la máxima prudencia, en
Alejandría y en Constantinopla, intenta convencer, respectivamente, a Ciro y al
veterano Sergio, que también había tratado de ganar para su causa al papa de
Roma, Honorio, o lograr al menos su apoyo.
Máximo,
por el momento, permanece en retaguardia, constantemente informado por Sofronio de los acontecimientos y situación del frente.
Pero no está ocioso, ni mucho menos, como proclaman sus obras y sus cartas.
Entre éstas, valga citar la que en 633 escribe a Pirro, higumeno
o superior del monasterio de Filípico, en Crisópolis, del que Máximo procedía, personaje del que
volveremos a hablar. Esta relación ‑y sin duda otras, también con
personas relevantes de la metrópoli‑ hará que
Sergio trate de ganarse también a Máximo, valiéndose de Pirro, fervoroso
monotelita entonces, que le es enteramente fiel.
Pero en
poco tiempo los acontecimientos van a precipitarse. En Oriente ruge el fragor
de la ,<marabuntan del
rampante Islam que, al mando del califa Omar, avanza implacable y en
634
irrumpe ya en tierras del imperio. En agosto de 636, con la victoria árabe en
la batalla de Jarmuk, cae Siria y es inevitable el
avance hacia Jerusalén. Sitiada, ésta resiste heroicamente bajo la guía de su
patriarca, el anciano Sofronio, que finalmente se ve
obligado a negociar la rendición, para evitar el arrasamiento de la ciudad, y
abre las puertas al victorioso califa Omar. Comenzaba apenas el año 638. El
pobre anciano no pudo sobrevivir mucho a esta desgracia, pues murió poco
después.
Pero
hay otros acontecimientos que hacen de este año 638 una especie de gozne del
cambio histórico. Muere también el patriarca Sergio, y le sucede el mencionado
monje de Filípico, Pirro. En Roma, fallece el papa Honorio
I y le sucede Severino.
Desaparecido
Sofronio, a Máximo se le terminó el tiempo de trabajo
apacible en la soledad del monasterio, para componer sus obras teológicas,
exegéticas y espirituales, y decididamente tomó el testigo para relevar a su
amigo y maestro, y se entregó de lleno y sin reservas a la urgente empresa de
confesar y defender la fe católica, que, al menos en algunos jerarcas, parecía
estar más bien al servicio de intereses políticos.
Antes
de morir, el viejo patriarca Sergio había querido atenuar su doctrina de la
única energía, precisamente evitando toda numeración: ni una ni dos, pero
afirmando que en Cristo sólo se podía aceptar una sola voluntad. Esta fórmula
él la plasmó en una «Exposición de la fe», conocida como Ekthesís,
que el emperador promulgó como edicto, que hizo fijar en el nártex
o pórtico de Santa Sofía. Pretendía ser un instrumento de unión, pero ninguna
parte lo aceptó, y solamente logró introducir más confusión y causar nuevas
controversias.
Los
monofisitas, por su parte, vieron en
En
febrero de 641, moría Heraclio y el imperio quedaba a
merced del influjo de su segunda esposa y regente, Martina, que en seguida
depuso de su cargo al prefecto de Cartago, Jorge, que se mostraba muy firme y
estricto con los monofisitas refugiados, y estaba muy ligado a Máximo, cuya
intervención, a través de sus amigos de la corte, de nada le valió. En la
decisión de Martina habían pesado mucho las sugerencias del patriarca Pirro.
Pero también a éste le llegó su hora: acusado de participar en la revuelta que
hizo emperador único a Constante, tuvo que tomar el camino del destierro, que
le llevó al exarcado de África, primero a Trípoli y luego a Cartago, sin haber
sido procesado ni depuesto canónicamente. En su lugar, sin embargo,
entronizaron como patriarca al ecónomo de Santa Sofía, Pablo.
Entretanto,
en Roma, tras los breves pontificados de Severino y de Juan N, habían elegido
papa a Teodoro (noviembre de 642), a quien el emperador hace llegar
Por su
parte, Máximo continuaba incansablemente su propaganda ortodoxa incluso con
repercusiones fuera de África, pues sabemos que logró la conversión de Cosme,
diácono monofisita de Alejandría.
En
cuanto al ex patriarca Pirro, que presentaba cierta veleidad de tornar a la
ortodoxia, quizás por mera estrategia, exigía tratamiento de patriarca, pero
Máximo, que conocía la actitud del papa Teodoro, aconseja al ilustre general
Pedro, que le había consultado, no aceptar a Pirro como patriarca, ni darle su
tratamiento, mientras no abjurase de su herejía y se reconciliara con la sede
apostólica de Roma.
Quizás
esta actitud fue lo que impulsó a Pirro, en julio de
con
Máximo, en Cartago, en presencia del exarca y de numerosos obispos. Pirro no
sólo era muy inteligente, sino también muy erudito y con muchos recursos
intelectuales. Se enfrentaban, pues, dos hombres de mucha categoría. Cada uno
hizo una exposición completa: Máximo, de la doctrina ortodoxa; Pirro, de la
monotelita. Según las Actas, comenzó Máximo con una crítica cerrada e
implacable de los argumentos aducidos por el monotelita. A cada una de sus
afirmaciones, Pirro respondía con una nueva objeción, que Máximo refutaba
inmediatamente. En constante retirada, Pirro se aferraba al argumento de que la
unidad de persona supone una sola voluntad, y terminó afirmando que, en realidad,
se trataba de pura logomaquia o disputa de meras palabras. Con su maestría
dialéctica, Máximo le hizo ver que el monotelismo destruía realmente la
doctrina calcedoniana de las dos naturalezas de
Cristo y, por ello, también
A raíz
de esta disputa, Máximo se reconcilió con el exarca Gregorio, que había
sustituido a su amigo Jorge y hasta entonces había manifestado claro apoyo a
los monotelitas y al propio Pirro.
Pero,
después de la disputa, Máximo no debió de permanecer mucho tiempo más en
Cartago, que, tras la caída de
Reanudando
su antigua vida errante, un día de ese mismo año 646, Máximo se puso de nuevo
en camino, convertido en romero, pues esta vez el punto de llegada de su
peregrinar fue Roma. Debido, sin duda, especialmente a su contacto con
Establecido
en Roma, Máximo toma parte en primera línea de la lucha contra la herejía,
aumentada ahora por la llegada de muchos refugiados que huían no sólo del
peligro islámico, sino también de la persecución llevada a cabo por los
monotelitas en lo que iba quedando del arruinado imperio, apoyados por el
patriarca Pablo y el emperador Constante. Sin embargo, el emperador comprende
que sería demasiado peligroso romper de lleno con Roma, por lo que pensó que la
solución era prohibir toda discusión sobre los puntos dogmáticos en litigio, y
así promulgó un edicto con el título de Typos‑
Corría
ya el año 648. En mayo del siguiente, moría el papa Teodoro, sin haber tenido
tiempo de protestar contra el Typos, y en julio le
sucedía el diácono Martín, que no perdió un ápice de tiempo en la lucha contra
el monotelismo. Efectivamente, resuelto a acabar con él, consciente de la
importancia del asunto, al revés que los autores del <«irenismo»»
destilado en el irresponsable Typos, sin consultar al
emperador, convocó un conci
lio en Roma con carácter casi ecuménico, pues
reunió a casi quinientos obispos en la basílica de Letrán
el 5 de octubre de 649 y tuvo como invitados a buen número de sacerdotes y
monjes orientales, elegidos entre los fugitivos, entre ellos Máximo. Esta
presencia hizo que, a pesar de que la mayoría de los obispos asistentes
procedía del área metropolitana de Roma, sin embargo, desde el punto de vista
teológico y del mismo procedimiento seguido, estuviera completamente marcado
por el influjo griego. Haciendo recaer la mayor responsabilidad del monotelismo
sobre los patriarcas Sergio, Pirro ‑vuelto de nuevo a las andadas‑ y Pablo, y esforzándose por dejar a salvo lo
más posible al emperador, el concilio condenó y anatematizó el monotelismo,
Pero
hoy sabemos que la importancia y el influjo de Máximo en este concilio no fue
sólo el que provenía de sus obras anteriores, exegéticas, teológicas y
espirituales, sino también, y muy particularmente, el de su intervención directa.
En una carta al abad antimonotelista, Teodoro, el
papa Martín, que le envía las Actas del concilio ‑en las que aparece la
firma de Máximo‑, le presenta a éste como
«monje de la santa Laura», refiriéndose sin duda a
Fue el
emperador Constante quien más claro vio que, junto al papa Martín, el principal
campeón de la ortodoxia era el
monje
Máximo, pues a los dos asoció y juntó en su afán de venganza y represalia.
Efectivamente,
sólo con ellos dos trató el emperador Constante de ajustar cuentas
inmediatamente después del concilio.
Primero,
con el papa Martín, que a los ojos del emperador era un usurpador del
pontificado romano: no le había pedido que aprobara su elección como papa;
había rechazado, en vez de aceptar, el Typos, tan
caro al emperador, y contrariamente a la tradición, había osado convocar, sin
contar con él, un concilio que, además, había anatematizado y condenado el Typos y la doctrina que representaba, con lo cual Martín
era culpable de haber quebrado el equilibrio político‑religioso
del imperio cristiano, que tan bien había funcionado desde la época de
Constantino el Grande. Resumamos las vicisitudes de su martirio: apresado en
junio de
de
Dios». Y en camino ya a su destierro en el Quersoneso, al que se le condenó el
16 de marzo de 654, exclama: Bien está lo que me ocurre, y me llega en el
momento justo ¡Alegraos de mi muerte!». Las torturas y las fatigas del viaje
hicieron su labor, y Martín moría en septiembre de 655: último papa mártir.
Y
después con Máximo.
Si no
en el mismo día, sí en el mismo mes del mismo año que Martín, Máximo fue
arrestado y conducido directa y rápidamente a Constantinopla, donde ya se
hallaba cuando llegó el papa. Acompañaban a Máximo sus dos más fieles
discípulos y amigos: el monje Anastasio, y el otro Anastasio, de sobrenombre
««el Apocrisiario» (Embajador), a cuya carta, dirigida a Teodoro de Gangres, debemos nosotros los principales y más ciertos
pormenores de la pasión y martirio de Máximo.
Retenido
en reserva, mientras se ventilaba el proceso del papa con la esperanza de
doblegarle, Máximo no vio abrirse su proceso hasta el 654, cuando ya el emperador
y sus jueces daban por enteramente fracasados todos sus intentos de reducir a
Martín. De entrada, las autoridades judiciales quisieron dar a este proceso el
mismo carácter político que al del papa. Acusaron a Máximo nada menos que de
haber entregado a los sarracenos Egipto y Alejandría,
Pronto
se percataron de que el acusado podía defenderse muy fácilmente de todo ello, y
sobre todo se dieron cuenta de que tampoco tenía mucha importancia para sus
verdaderos fines. Al emperador, como a los mismos jueces eclesiásticos, les interesaba llevar la acusación por otros cauces. En
consecuencia, enviaron a Máximo en su prisión algunos emisarios relevantes, que
intentaron obtener de él su adhesión al Typos, a la
vez que le señalaban que los embajadores del nuevo papa, Eugenio, estaban
dispuestos a entenderse con Pirro, el reelegido patriarca. Como era de esperar,
fracasaron en su empeño, como fracasó también el mismo Pirro, que lo intentó
personalmente.
También
le atacaron por sus largas y firmes relaciones de amistad con Roma, rival de la
sede de Constantinopla. Leemos en las Actas: <«¿Por
qué amas a los romanos y odias a los griegos?»» Él responde: ««Amo a los
romanos, porque su fe es la mía, y amo a los griegos, porque su lengua es la
mía». Pero aun es mucho más tajante y claro, a la vez que comprometido, cuando
le insinúan que Roma se ha entendido con Bizancio y
que él se va a quedar fuera de la unión: «<De ninguna manera puedo
persuadirme de que los romanos quieran unirse a los bizantinos, a no ser que
éstos reconozcan que nuestro Dios y Señor tiene por naturaleza la voluntad y la
energía necesarias para nuestra salvación, según cada una de las dos
naturalezas de que consta y en las que existe y es lo que es»». Pero le
replican: «Y si los romanos se ponen de parte de los bizantinos, tú ¿qué
harás?» Y él les respondió: «¡El Espíritu Santo, por
boca del apóstol, pronuncia el anatema incluso contra los ángeles, si éstos
prescribieren algo contrario a la predicación de los apóstoles!»
Ante la
irreductible firmeza y convicción de Máximo, uno de
los jueces, el patricio Troilo, para hacerle ver la
inutilidad de su actitud, ante los hechos consumados, le dijo: «¡No sabes lo que dices, padre abad. Lo hecho, está hecho!» Muerto el versátil Pirro, le sucedía en el patriarcado
constantinopolitano Pedro, monotelita declarado. En el verano de 655, Pedro
hizo comparecer ante él y ante el patriarca titular de Antioquía,
Macedonio, a Máximo y a sus dos discípulos. Por más esfuerzos que hicieron, no
lograron arrancarles su adhesión al Typos. Y en vista
del fracaso, el patriarca reunió el «Sínodo permanente», que aconsejó al
emperador desterrar a Máximo y sus dos compañeros.
El
lugar de destino fue Bizya, al Oeste de Midia, en Tracia, a orillas del mar Negro. Bizya no estaba lejos de Constantinopla, pero la mayor pena
de Máximo fue verse separado de sus dos discípulos, pues al uno lo enviaron a Mesembria y al otro a Pérbera:
los tres en la mayor desnudez y el mayor desamparo humano.
El
emperador y los jueces pensaban doblegar así a Máximo, pero no lograron más que
convertirlo a los ojos de todos en el
auténtico Confesor de la fe y, muerto el papa Martín, en el verdadero jefe
espiritual de los griegos ortodoxos. Por eso, al año siguiente, el patriarca
Pedro volvió a la carga, aunque cambiando de táctica. Con el fin de
persuadirle, envió, para entrevistarle, al arzobispo de Cesarea
de Bitinia, Teodosio, y a dos dignatarios imperiales,
los anthypatoi o «<proconsulares», Pablo y Teodosio. En la entrevista, éstos aseguraron a Máximo no
pedirle más que entrara en comunión con el patriarca de Constantinopla. Como
hiciera en otro tiempo con Pirro en Cartago, aquí también Máximo desmontó con
facilidad los argumentos de los emisarios e incluso logró convencerlos, pero
sin dejar de insistir en que él no podía entrar en comunión con
Resultó
evidente, sin embargo que dichos emisarios habían ido demasiado lejos en sus
concesiones, pues el emperador no estuvo de acuerdo, aunque, sin cejar en el
acoso, siguió la táctica de mano blanda. Por ello, en el verano del mismo 656,
envió a Bizya, de su parte, al cónsul Pablo, con la
misión de informar a Máximo que le perdonaba, que le trasladaría al monasterio
de San Teodoro, cerca de Regio, donde podría vivir tranquilo el resto de su
vida, y que incluso podría enviar un mensaje a Roma a través de los patricios Troilo y Epifanio. De hecho, le trasladan a Regio a
comienzos de septiembre, y ya nada más llegar, los emisarios le prometen la más
cálida y triunfal acogida en Constantinopla, con sólo que se decida a entrar en
comunión con el emperador.
Como
era de esperar, Máximo vio la trampa y una vez más se negó rotundamente. Y una
vez más los halagos se convirtieron en vejámenes y vilipendio: el propio
emisario le maltrató tan cruelmente que tuvo que intervenir el obispo, para
protegerle. Y el 14 de septiembre lo deportaron a Selimbria,
y de allí lo trasladaron al fuerte de Pérbera, donde
se encontraba su amigo el monje Anastasio.
En
junio del siguiente año 657, moría el papa Eugenio, y el sucesor, Vitahano, daba un nuevo sesgo a las relaciones entre Roma y
Bizancio. En un curioso juego «diplomático» de mutuas
concesiones y de mutuas ocultaciones, el papa y el patriarca logran una
«<diplomática>» reconciliación entre las dos sedes: Vitaliano
cree que Pedro acepta la ortodoxia y Pedro cree que Vitaliano
acepta el monotelismo.
Consciente,
pues, de la victoria de su diplomacia, el patriarca Pedro manda que Máximo y
sus dos discípulos sean conducidos de nuevo a Constantinopla. En abril de 658,
tiene una entrevista con Máximo, que da cuenta de ella en una carta. Exasperado
por la firmeza de la actitud de Máximo, el patriarca le pregunta: «¿Pero a qué Iglesia perteneces tú: Constantinopla, Roma, Antioquía, Alejandría o Jerusalén? Porque, mira que todas
ellas, con sus diócesis, están unidas. Por tanto, si tú eres de
Con
semejante fracaso, el patriarca convoca un sínodo, íntegramente monotelita, que
somete a Máximo y a sus dos discípulos a un nuevo proceso ante un tribunal
compuesto de obispos y senadores. La sentencia fue el destierro definitivo de
los tres, después de ser entregados como criminales a merced del prefecto de la
ciudad, el cual, después de someterlos al suplicio infamante de los azotes y a
los más crueles tormentos, aun se superó a sí mismo: hizo que a los tres les
arrancaran la lengua y les cortaran el brazo derecho. Y en estas condiciones
emprendieron el camino del destierro, siempre a pie.
Esta
vez los enviaron bien lejos: al fuerte de Esquemarion,
entre las montañas del Cáucaso, en un lugar llamado Lazica, cerca de la actual Murik,
de Georgia, zona todavía semisalvaje. Allá llegaron el 8 de junio de 662,
agotados por las penalidades del largo viaje. Separados nuevamente, al cabo de
un mes, el 24 de julio, moría el fiel monje Anastasio. Y a las pocas semanas,
el 13 de agosto, moría también Máximo. Anastasio el Apocrisiario les
sobrevivirá todavía unos cuatro años (hasta el 11 de octubre del 666).
Así
terminó el largo peregrinaje de Máximo. La posteridad le dio el sobrenombre de
«El Confeson, porque había puesto su doctrina y había
sacrificado su vida, hasta el martirio, al servicio y en defensa de la
verdadera fe cristológica. La omnipotencia del
emperador acabó con su vida terrena, pero su fe, sus ideas y sus ideales han
revivido constantemente en las luchas por la verdadera fe a lo largo de los
siglos siguientes, y han prevalecido, desde el testimonio, sobre el error.
La
fiesta de San Máximo y de sus dos compañeros se celebra el 13 de agosto, aunque
en los sinaxarios bizantinos también se les conmemora
el 21 de enero y el 19 y 26 de agosto.
ARGmmmO
VELAsco DELGADo, O.P.