SAN MAXIMILIANO MA KOLBE
 Presbítero mártir, franciscano conventual

Zdunska‑Wola (Polonia), 8‑enero‑1894 t Auschwitz, 14‑agosto‑1941

San Maximiliano Mª Kolbe es un franciscano conventual, que ha compartido con nosotros más de un tercio del siglo pasado y ha dejado una impronta profunda en la Iglesia y en la sociedad. Tres características, particularmente, marcan su vida: la devoción y consagración a la Inmaculada, centro de su vida mística y apostólica, contemplativa y activa; la apertura y acogida de los medios de comunicación como altavoces de la evangelización; la entrega de su vida por un compañero condenado a muerte en el campo de concentración de Auschwitz. Tres rasgos que le presentan como hombre moderno, evangélico y franciscano.

LA FAMILIA

Maximiliano Kolbe nace en el seno de una familia sencilla en Zdunska‑Wola (Polonia), el 8 de enero de 1894. En el baustismo le ponen el nombre de Raimundo, que cambiará por el de Maximiliano en el noviciado. Sus padres eran Julio Kolbe, tejedor y terciario franciscano, y María D'browska, que entrará en las Felicianas (benedictinas), en Cracovia, cuando los hijos y el marido hayan entrado en los Conventuales.

Sus hermanos fueron: Francisco, el mayor, que entra en el seminario de los Hermanos Menores Conventuales, pero lo abandona muy pronto; muere en el campo de concentración de Auschwitz, en 1943; José, el tercero, entra también entre los conventuales, en la profesión cambia el nombre de pila por el de Alfonso y muere en Niepokalanow, siendo guardián del convento; otros dos hermanos menores, Valentín y Antonio, mueren a muy tierna edad.

La familia Kolbe se traslada a Pabianice con la intención de mejorar su vida. Con algunos ahorros que tenía, el padre abre una pequeña tienda y cultiva un campo arrendado. La madre, además de las faenas de casa, ejerce de comadrona.

RETRATO DE INFANCIA

Raimundo era un niño vivaracho, esbelto, fogoso y alguna vez obstinado y duro de mollera. En más de una ocasión daba dolores de cabeza a su madre, aunque también alegrías.

Las mejores pinceladas del retrato psicológico de la infan­cia de Raimundo nos han llegado a través de su madre, mujer devota pero enérgica. Dice de él: «<Era un muchacho muy vivo, listo y un poco refunfuñón. Pero, entre mis hijos, para nosotros, sus padres, era el más obediente. Tuve en él una verdadera ayuda; cuando con mi marido me iba al trabajo, Raimundo se encargaba de la cocina, dejaba la casa limpia como un espejo, realizaba todos los quehaceres. Se distinguía de sus tres her­manos hasta en el recibir el castigo por alguna ligera travesura. Él mismo traía la vara de castigo, y, sin vacilar, se acomodaba en el banco, y, después de recibir el castigo, nos lo agradecía, e imperturbable volvía a colocar la vara en su sitio».

Y Francisco Pisalski, un vecino de casa, dice que «<era de ca­rácter alegre y vivaracho. Me decía que se encontraba tan lleno de alegría como el mismo San Francisco, y que había querido, como el santo de Asís, conversar con los pájaros».


 

LAS DOS CORONAS

La vida se desarrollaba normal. Alguna vez hacía alguna pillería de niño que ponía nerviosa sobre todo a su madre. Entre las pequeñas historias que han llegado a nosotros, se cuenta la compra de un huevo con el dinero sisado a su madre. Lo llevó a encubar al gallinero de una familia vecina. Roto el cascarón, contento, lleva el polluelo a casa. Su madre lo reprende, lo azota y le dice: «Dime, ¿qué será de ti, hijo mío?»»

Su madre lo cuenta así, como testigo en el proceso de canonización de su hijo: «En una ocasión no me gustó algo que hizo y le dije: "Raimundito, ¿puedo saber qué será de ti?" Después no pensé más en esto, pero observé que el niño cambió de tal manera que no le reconocía. Teníamos un altar oculto, donde él a menudo se retiraba sin llamar la atención y allí rezaba llorando; en general, se mostraba en su comportamiento por encima de su edad infantil, siendo siempre recogido, serio...

»»Me preocupé, pensando si no estaría, por casualidad, enfermo, y entonces le pregunté: "¿Qué te pasa?" E insistí: "Debes contar todo a tu madre".

»Temblando por la emoción y con lágrimas en los ojos, me dijo: "Mamá, cuando me regañaste, pedí con insistencia a la Virgen que me revelase mi porvenir. Y, luego, en la iglesia, se lo pedí de nuevo. Entonces se me apareció la Virgen con dos coronas en las manos: una blanca y otra roja. Me miraba con afecto y me preguntó cuál de las dos coronas escogía. La blanca significaba santidad de vida, y la roja que llegaría a ser mártir. Respondí que aceptaba las dos. Entonces, la Virgen me miró con dulzura y desapareció".

»»El cambio extraordinario obrado en el niño me justificaba la verdad del hecho. Estaba dominado por la visión, y en toda ocasión hacía alusión, con rostro radiante, a su anhelada muerte de mártir. Así, pues, yo estaba preparada para ello, como la Virgen después de la profecía de Simeón.»»

San Maximiliano mantuvo este secreto de su Reina y Señora para sí. Sólo en una ocasión, muy veladamente, se lo manifestó a algunos hermanos en Niepokalanow. La visión de las dos coronas será el motor inicial que inflame al padre Kolbe en su amor por la Inmaculada, su entrega por la expansión del Reino de Cristo, y su amor al prójimo.

LOS CAMINOS DEL SEÑOR

Los padres ya habían pensado en el futuro de Raimundo y de su hermano José. Éste iría a la Escuela de Comercio de Pabianice y, luego, continuaría con la carrera eclesiástica. Raimundo pasaría la vida detrás del mostrador de la pequeña tienda, así sustituiría a su madre.

El boticario del pueblo, sin embargo, le dio clases de matemáticas al conocer sus dotes, un día que fue a comprar una medicina por encargo de su madre. Esto le permitió examinarse por libre en la Escuela de Comercio. Los resultados fueron brillantes y, al año siguiente, comenzó el segundo curso.

Sin embargo, durante la Cuaresma de 1907, unos frailes franciscanos conventuales predican la misión y comunican a los fieles que han abierto un seminario para jóvenes aspirantes en Leópoli. Francisco y Raimundo se apuntan. ¡Cuánto le costó a su madre esta decisión! Con todo, en el mes de octubre, atravesada clandestinamente la frontera austriaca, acompañados por su padre, llegaron a Cracovia. Desde aquí, irán a Leópoli en tren.

Durante los años de formación en el seminario menor manifiesta grandes dotes para las matemáticas y hace los primeros pinitos de investigador.

Un tiempo de gran lucha interior y de crisis fue el paso hacia el noviciado. Ya habían decidido Francisco y Raimundo hablar con el ministro provincial y comunicarle que abandonaban la orden. En esos momentos llega una visita inesperada. La madre se acerca a Leópoli para comunicarles, desconocedora de los proyectos de sus hijos, que el hermano menor, José, ha entrado en el seminario de los franciscanos conventuales, que su padre se ha hecho,hermano oblato de los conventuales en Cracovia, y que ella, con el permiso de papá, ingresaba en las benedictinas de Leópoli. ¡Qué jugada de la Inmaculada! Renuevan todos los planes, y Francisco y Raimundo inician el noviciado el 4 de septiembre de 1910. Raimundo cambia el nombre de bautismo por el de Maximiliano.

Después de pasar un año en Cracovia, hecha la profesión, los superiores deciden enviarle a Roma, al Colegio Internacional y a la Facultad Teológica de San Buenaventura. Aquí se dedica a su formación religiosa y sacerdotal. Siete años de estudios, durante los cuales obtiene el doctorado en filosofía en la Universidad Gregoriana y el de teología en la Facultad de San Buenaventura.

En Roma, emite la profesión solemne el 1 de noviembre de 1914; y se ordena sacerdote el 28 de abril de 1918, celebrando su primera misa en la iglesia de Sant'Andrea delle Fratte, en el altar donde el judío Alfonso Ratisbona tuvo la visión de la Medalla Milagrosa e inició su conversión al catolicismo.

LA MILICIA DE LA INMACULADA

Una fecha inolvidable de esta primera estancia de San Maximiliano en Roma es la fundación de la Milicia de la Inmaculada. La devoción a la Virgen nace y se fortalece en él desde diversos puntos marianos que convergen en la Inmaculada Concepción: la visión de las dos coronas, la curación milagrosa del pulgar de la mano derecha en 1914 con agua de Lourdes, la tradición y devoción de la orden hacia la Inmaculada. A través del estudio y la reflexión, nota que a la orden le falta dar el salto desde la orilla de la devoción y defensa del dogma de la Inmaculada, que se había consolidado en el transcurso de los siglos, a la orilla de hacer de la Inmaculada la razón de la misión y del apostolado de la orden en la Iglesia y en el mundo. Así lo expone el padre Kolbe en carta a su ministro provincial: «Durante siete siglos hemos luchado para que fuera definido el dogma de la Inmaculada Concepción de María. Es hora de comenzar la segunda parte de la historia: sembrar esta verdad en las almas, procurar que germine y dé frutos de santidad. Y esto en todas las almas: en las que existen y en las que existirán hasta el fin del mundo.

Este proyecto demisión mariana» se desarrolla y llega a su madurez cuando, durante la Primera Guerra Mundial, la masonería recuerda el segundo centenario de su fundación y recorre las calles de Roma levantando pancartas y distribuyendo folletos y volantes en contra del Papa y de la Iglesia. Es entonces cuando se entrecruzan en su mente la «misión» y la utilización de los medios más modernos para comunicar al mundo la buena noticia del Evangelio. «<Es necesario inundar la tierra, dice el padre Kolbe, con un diluvio de publicaciones cristianas y marianas, en todas las lenguas y en todas partes, para impedir con la fuerza de la verdad toda clase de error, que encuentra en la prensa la más poderosa aliada; llenar la tierra de escritos con palabras de vida, para devolver al mundo la alegría de vivir».

Esta idea, la había compartido con otros seis compañeros residentes en el mismo seminario seráfico de vía San Teodoro. Con el permiso del rector, padre Esteban Ignudi, el proyecto queda aprobado, el 16 de octubre de 1917, en el programa de la Milicia de la Inmaculada, trazado por San Maximiliano.

El carácter específico de la Milicia de la Inmaculada se halla en estas palabras: «Por medio de la Inmaculada^ Su fin es rcla conversión y la santificación» de todos los hombres. Las condiciones son, así se las exponía a su hermano, el padre Alfonso: «Consagración total de uno mismo a la Inmaculada, como instrumento en sus manos virginales, y llevar la Medalla Milagrosa. La consagración no consiste en recitar muchas oraciones, sino en la sencilla relación de un hijo con su madre. Cuanto más radical sea nuestra consagración a la Inmaculada tanto más profundo será nuestro amor a ella. Sin límites significa: estar siempre dispuestos a trabajar donde ella quiera. Si pusiéramos un solo "pero", ya no sería una consagración ilimitada. Los medios son la recitación de la jaculatoria: "Oh María, sin pecado concebida...'; y la utilización de todos los medios a nuestro alcance. Los medios no son ` dejarse hacer' ; sino ` dejarse hacer ser'; es decir, permitirse el lujo de arriesgarse con María».

Un medio valiosísimo, comprobado por el santo en los mo­mentos favorables y en las adversidades, es la «obediencia». Y otro medio es la «oración». Regar todo trabajo con la oración>. «Oración y sacrificios, dice San Maximiliano, son como el car­bón que enciende el fuego del amor. De ésta depende toda ac­tividad en nuestro medio ambiente».

RETORNO A POLONIA

Acabados los estudios en Roma, vuelve a Polonia en julio de 1919. El ministro provincial le nombra profesor de historia eclesiástica en el seminario mayor de Cracovia. Erige la Milicia de la Inmaculada aquí y la extiende a los seglares, en los círcu­los universitarios, los cuarteles... Pero muy pronto, en otoño de 1919, tuvo que abandonar las clases y ser hospitalizado con violentos ataques de tuberculosis en un hospital de Cracovia, y a partir del 12 de enero de 1920, en el hospital de Zakopane. Físicamente el padre Kolbe, aunque joven, es un fraile inútil y acabado, con los pulmones deshechos, al que dan unos meses de vida. Para muchos de sus hermanos de hábito, contando con todas estas limitaciones que le pone la enfermedad, es un «chiflado», un «loco», un «soñador».

La estructura del hospital de Zakopane se halla en manos de incrédulos. A través de sus «municiones>, así llama a las me­dallas milagrosas, y de su inscripción en el departamento de «ayuda fraterna> de los intelectuales, comienza a misionar entre el personal de plantilla y los enfermos, logrando entroni­zar el Corazón de Jesús en el hospital. Escribe a su hermano Al­fonso: «Desde la entronización del Corazón de Jesús muchas cosas han cambiado para mejor: un universitario se ha confe­sado, un judío ha recibido el bautismo, algunas almas se han entregado sinceramente a la búsqueda de la verdad...; en fin, hay un inminente cambio en la administración incrédula". Abandona el hospital en abril de 1921. La enfermedad lo ha de­bilitado, pero le ha permitido trazar nuevos proyectos.

La Milicia de la Inmaculada, opina el padre Kolbe, es una misión para quienes no vienen a la iglesia, y para ello tiene en programa publicar una revista. No le es fácil convencer a los suyos. Les dice que a la iglesia vienen el domingo mil, dos mil personas, más..., pero con la revista se puede llegar a miles y miles de personas. «Si ellos no vienen a nosotros, nosotros iremos a sus casas. Llevaremos la Inmaculada a sus casas, a fin de que las almas, acercándolas a María, reciban la gracia de la conversión y de la santidad».

Al fin, obtuvo el permiso de los superiores. La ayuda económica la debía buscar por medio de la limosna. Después de mucho mendigar se publica El Caballero de la Inmaculada, con una tirada de 5.000 ejemplares y un aviso: «La publicación periódica de la revista no puede garantizarse por falta de fondos»». A partir de este día llegan, sin cesar, ayudas providenciales, y aumenta la tirada de El Caballero, crece el número de sus lectores, y nace un plan: una imprenta para la revista. La Providencia hace llegar el dinero necesario para comprar la impresora y todo lo necesario, pero también un nuevo problema: debe abandonar Cracovia e ir al convento de Grodno, ya que aquel clima va mejor para su salud.

Grodno va a ser el trampolín para la construcción de una ciudad para la Inmaculada. La situación aquí es muy semejante a la de Cracovia, con una novedad, la presencia del padre Melchor Fordon, animador de la empresa mariano‑kolbiana. También el ministro provincial se inscribe en la Milicia y otorga un pabellón del viejo convento para El Caballero. Resueltos estos problemas, surgen nuevos proyectos, ahora, la publicación de un Diario católico, pues, según el pensamiento del papa, vale tanto como la construcción de siete iglesias».

Cuando las cosas parecen que están encauzadas, el padre Kolbe, que no tiene tiempo para enfermar, se ve obligado por la fiebre y la «obediencia» a guardar reposo. De septiembre de 1926 a abril de 1927 tiene que pasarlo de nuevo en el hospital de Zakopane. El ministro provincial envía al padre Alfonso Kolbe para que ayude a su hermano. Éste lo dejará todo, desinteresadamente, en manos del padre Alfonso y de la Inmaculada. A su regreso nota que la tirada de ejemplares de El Caballero ha aumentado, comienza a ser una fuente vocacional, aumentan los donativos, y aparece un nuevo proyecto: la construcción de una Ciudad de la Inmaculada», porque el fin de la publicación de la revista es atraer y conquistar todo el mundo para la inmaculada.

NIEPOKALANOW

Todo resultaba pequeño para las necesidades de El Caballero. El padre Kolbe soñaba con una ciudad dedicada a la misión del reino a través de la Inmaculada, usando los medios más modernos para difundir la buena noticia del Evangelio.

Después de largos coloquios con los superiores de la orden y con el príncipe Drucki‑Lubecki, obtiene de éste un lote de terreno de cinco hectáreas, en las cercanías de Varsovia, suficiente para la Ciudad de la Inmaculada»: Niepokalanow.

La primera piedra de la ciudad fue una estatua de la Inmaculada, colocada por San Maximiliano antes de terminar los trámites con el príncipe Drucki‑Lubecki. La construcción de la ciudad la llevan a cabo los frailes con la ayuda de los vecinos del lugar. El 21 de noviembre de 1927, se celebra la primera misa en la capilla, el primer edificio levantado. En el centro de Niepokalanow se construye un gran complejo editorial en forma de «H», que comprende la redacción, las cabinas fotográficas, la tipografía, el taller de los motores con las centrales eléctricas subterráneas, las secciones de encuadernación, de almacenaje y expedición. La Ciudad de la Inmaculada se complementa con los espacios para la fraternidad, el noviciado, la enfermería..., y los talleres de carpintería, zapatería, sastrería... El número de religiosos crece vertiginosamente atraídos por el ideal de la misión de la Inmaculada. De los veinte primeros hermanos que llegan en 1927, superan los setecientos al estallido de la Segunda Guerra Mundial.

En Niepokalanow, sus ciudadanos, hermanos menores conventuales, se hallan divididos en departamentos y secciones, que hacen referencia a las labores y trabajos de redacción, tipografía, tecnología, construcción, administración interna..., y hasta cuerpo de bomberos y de serenos.

En esta ciudad fueron recibidos como hermanos y hermanas» los últimos adelantos técnicos para el apostolado de la prensa: los motores diesel y las grandes rotativas, con capacidad para 76.000 copias a la hora. También forman parte de la <«fraternidad técnica» los inventos de los hermanos, patentados por el gobierno polaco, como la máquina de direcciones postales, premiada en 1938, en la Exposición Mundial de París.

Durante el guardianato del padre Kolbe (1936‑1939), se allana el terreno para la instalación de la estación ferroviaria que une con la línea nacional, y se prepara la pista de aterrizaje los motores para el avión ya estaban listos‑. Se proyecta la instalación de la radio y de la cinematografía... Todos los medios de comunicación se ponen al servicio de la Inmaculada. Todos los medios están bendecidos: la prensa, la radio, la televisión, el cine, los discos..., pues todos pueden comunicar ideas, noticias, enseñanzas. El padre Kolbe está tan convencido de que estos medios son como los grandes altavoces de la misión de la Inmaculada, que preguntado en cierta ocasión por un visitante: <«¿Qué diría San Francisco (•‑ 4 de octubre) ante esta máquina tan costosa, si viviese ahora?»». La respuesta no se hizo esperar: ««Se remangaría ‑dijo el Santo al interlocutor‑, haría andar a toda velocidad la máquina, trabajaría como trabajan estos buenos frailes, de manera tan moderna, para difundir la gloria de Dios y de la Inmaculada>.

La roca sobre la que se cimenta toda Niepokalanow, sus medios, las publicaciones: El Caballero de la Inmaculada llega a alcanzar una tirada de 750.000 ejemplares al mes, llegando el extraordinario a un millón, o El Pequeño Diario, cotidiano católico de actualidad, con una tirada diaria de 150.000 ejemplares, llegando los festivos a los 250.000, son la fraternidad y la desapropíación: capacidad de crear comunicándose y desgastándose. El dinero no es el capital. Llegan donativos y limosnas, pero son destinados a la misión de la Inmaculada. ««El dinero no está ordenado para la propia comodidad o para proteger el quietismo, sino que está al servicio del bien común, con función misionera».

Todos los medios pueden utilizarse, sin perder de vista que el fin de éstos, la conversión de las almas, es efecto de la gracia. Los medios deben ser transparencia de la vida: «Espero, no se olvide, que la conversión es obra de la gracia. Cuanto llevamos al exterior debe ser reflejo de nuestra plenitud interior. El fruto de nuestro apostolado depende de la oración».

MUGENZAI‑NO‑SONO Y OTROS PROYECTOS

Dos años y medio después de levantar Niepokalanow, en marzo de 1930, con el permiso de los superiores de la orden y de la Congregación de Propaganda Fide, parte con otros cuatro compañeros al Extremo Oriente.

El proyecto misionero en Nagasaki, donde se establecen, se basa en el testimonio de vida y en la prensa. El padre Kolbe da clases de teología y filosofía en el seminario, y los seminaristas le traducen del latín al japonés los artículos para El Caballero de la Inmaculada. Mons. Hayasaka, obispo de Nagasaki, dirá del padre Kolbe: ««¡O es un santo o un loco!»

Los cinco misioneros llegan a Nagasaki en abril de 1930, y el 25 de mayo envían un telegrama a Polonia, diciendo: Hoy publicamos El Caballero en japonés. Tenemos la tipografía. ¡Gloria a la Inmaculada!». La primera publicación tiene una tirada de 10.000 ejemplares. En 1941, fecha de la muerte del padre Kolbe, alcanza los 80.000 ejemplares.

En el capítulo provincial de 1930, en junio, se le permite la fundación de la «Ciudad de la Inmaculada>» en Japón. Al año siguiente está levantada, y se le bautiza con el nombre de Mugenzai‑No‑Sono (El jardín de la Inmaculada). Los japoneses fueron atraídos por su forma de vida. Como un eco repetían: «Sois pobres, vivís de limosna, vuestro monasterio no tiene criados y esta vuestra fe debe ser la verdadera>,.

Niepokalanow y Mugenzai‑No‑Sono fueron proyectos realizados. Por su mente pasaron muchos otros, y en sus escritos se hallan sueños sobre Corea, Moscú, Singapur... ,«¿No sería oportuno detenerse y crear una Niepokalanow para los pueblos de lengua malaya? ¿Qué debemos decir de China, de la India, de Turquía, del mundo árabe y de toda África?»»

MISIONERO EN EL CORAZÓN DE LA GUERRA

Cuatro días después de la declaración de guerra de Alemania a Polonia, el 1 de septiembre de 1939, las autoridades alemanas ordenan la evacuación de Niepokalanow. Antes de dispersarse, el padre Kolbe envía a los suyos a «misionar. Ejercitad el nuevo trabajo misionero especialmente con el buen ejemplo, con la fidelidad a los compromisos asumidos en honor de la Inmaculada. Al regresar a vuestras familias o al ir a otra parte, acordaos de cumplir con vuestra misión religiosa».

En Niepokalanow se quedan, con el permiso del ministro provincial, el padre Kolbe y otros 65 hermanos. La Ciudad de la Inmaculada bombardeada y saqueada, se convierte en hospital, y el santo pone toda la confianza en la Inmaculada: «La Inmaculada nos ha dado todo. Ella nos lo quita. Ella sabe bien cómo están las cosas».

El 19 de septiembre de 1939, la Gestapo arrasa y roba cuanto puede o lo precinta. Los religiosos son arrestados y conducidos al campo de concentración de Amlitz (Alemania). Un mes después, el padre Kolbe es trasladado con otros compañeros al campo de concentración de Ostrzesrow (Polonia); y el 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada, les permiten volver a Niepokalanow.

En torno al padre Kolbe vuelven a reunirse unos trescientos hermanos. Aunque les permiten realizar algunos trabajos y hasta editar El Caballero, la misión de Niepokalanow es ahora la de acoger a cuantos tienen necesidad, y la ciudad abre las puertas a miles de refugiados, entre ellos a centenares de judíos. Es que, como el santo dice a los suyos: «Nuestro fin es crecer en el amor a ella e inflamar de su amor todo el mundo. La finalidad de Niepokalanow no es la tipografía, ni la realización de otras obras, éstos son medios. La finalidad es el amor a la Virgen Inmaculada».


 

TERNURA EN EL CAMPO DEL ODIO

El 17 de febrero de 1941, la Gestapo se lleva al padre Kolbe y a otros cuatro compañeros al campo de concentración de Pawiak. La despedida del santo es serena y tranquila: «No os alarméis. Voy a servir a la Inmaculada en otro campo de misión».

Aquí experimentará en primera persona el odio a la Iglesia y a los católicos. Cinco días después del arresto, en una de las inspecciones de la celda, al verle el jefe de sección vestido con el hábito religioso y el crucifijo que pendía de la corona franciscana, se le acerca y, agarrando y tirando del crucifijo, le grita: «¿Y tú crees en esto?»» A lo que el padre Kolbe responde: «¡Creo, y cómo!, El jefe pierde la compostura y abofetea al santo tantas veces cuantas a la pregunta sobre su fe obtiene la misma respuesta del fraile‑prisionero. Cuando el jefe de sección se marcha, toma el rosario entre las manos y tranquiliza a sus compañeros de celda: u¡No hay ninguna razón para irritarse así. Es una tontería; todo sea por la Virgen!»

Desde la cárcel escribe a los frailes de Niepokalanow para animarles: «Todos los hermanos recen devotamente, trabajen con fervor y no se preocupen demasiado de nosotros, porque sin el permiso y el querer de Dios y de la Inmaculada, nada nos puede suceden.

El 28 de mayo de 1941, junto con otros 320 prisioneros, es trasladado al campo de concentración de Auschwitz. Aquí recíbe el número 16.670. Le ponen en «trabajos forzados; más tarde lo trasladan a la zona pantanosa de Babice; agotado y enfermo lo internan en el hospital del campo, bloque 20. Aquí, en secreto, ejerce su ministerio sacerdotal. Como su cama se halla situada al lado de la puerta principal, cuando sacan los difuntos los absuelve. A los compañeros del bloque les oye en confesión, o les anima y consuela ante la deshumanización existente.

Trasladado luego al bloque 12, el de los inválidos, prosigue con su tarea misionera y sacerdotal bajo la guía y el amparo de la Inmaculada.


 

SÓLO EL AMOR CREA

Restablecido de su invalidez, es llevado al bloque 14, dedicado a trabajos agrícolas. Pocos días después de su llegada, uno de los últimos días del mes de julio, un prisionero huye. La ley es terrible: por cada fugado deben morir diez compañeros. El comandante del campo, Fritsch, señala con el bastón de mando a los diez condenados.

Todos los señalados gritan, saludan y se despiden de los compañeros. Pero uno, entre sollozos y lágrimas, se acuerda de sus seres queridos: «,¡Adiós, adiós, mi pobre esposa, adiós mis pobres hijos, ahora huérfanos de vuestro padre!» El padre Kolbe recuerda unas palabras compartidas con otros compañeros de prisión en que les decía: «El odio no constituye una fuerza creadora; nuestros sufrimientos son necesarios a fin de que aquellos que vengan después puedan ser felices... Hay que tener fe en la victoria del bien. El odio no es fuerza creativa. Sólo el amor es fuerza creativa». El padre Maximiliano, ensimismado ante la creación del amor y el dolor del padre de familia condenado a muerte, sale de la fila, se quita la gorra y se pone en posición de firme ante el comandante del campo. Fritsch le pregunta: ««¿Qué quiere este cochino de polaco?»> El padre Kolbe le responde: «<Soy un sacerdote católico polaco; soy viejo, quiero tomar su puesto, porque él tiene mujer e hijos». Fritsch dice al que le acompaña: .<Es un Pfaffo, (es un despreciable cura), pero al mismo tiempo se queda sin palabras. Los minutos se hacen eternos. Con un gesto de la mano y la palabra !Fuera.i , ordena al condenado, el sargento Francisco Gajowniczek, a volver a la fila de la que había salido. Entonces se oye una voz seca de Fritsch: «¡Acepto!» El ayudante de campo, Palitsch, borra de la lista de los condenados el número 5.659 del sargento Francisco y lo sustituye por el número 16.670, el del padre Kolbe. Los diez, bajo escolta, son conducidos al búnker, para morir allí de hambre.

En el lugar de la desesperación y de la muerte, cual es el búnker, el padre Maximiliano continúa ejerciendo su actividad misionero‑mariana. La celda se convierte en iglesia catacumbal: se reza el rosario, se canta... Y a ellos se unen, muchas veces, los compañeros de los bloques colindantes. El búnker de la muerte se convierte en espacio de libertad y resurrección con el gesto de la entrega de la vida por amor.

Pasado medio mes y necesitando el búnker, el 14 de agos­to, vigilia de la Asunción de la Virgen María, Boch, dirigente de la enfermería, pone a los últimos cuatro supervivientes una in­yección intravenosa de ácido muriático en el brazo izquier­do. El padre Kolbe le ofrece el brazo en el momento de la in­yección. Cuando vuelven, lo encuentran sentado, recostado en la pared, con los ojos abiertos y la cabeza inclinada sobre el lado izquierdo. Había muerto.

Su cuerpo es lavado, llevado al crematorio y sus cenizas dispersas.

El Señor, a través de la Inmaculada, hizo obras grandes sirviéndose de San Maximiliano, que físicamente no valía mucho, pero lo miró con cariño y aceptó su ofrenda. «Yo camino por la Inmaculada dijo en una ocasión a un compañero‑. ¿Qué diría la gente si supiera que viajo con un solo pulmón? Pero la Inmaculada está siempre conmigo. Ella me acompaña a todas partes».

CULTO

Fue beatificado por Pablo VI, el 17 de octubre de 1971, y canonizado por Juan Pablo II, como mártir, a petición de los obispos alemanes y polacos, el 10 de octubre de 1982. En la plaza de San Pedro se hallaba, ese día, Francisco Gajowniczek, el sargento polaco por el que entregó la vida el padre Kolbe en un acto de inmensa caridad y amor fraterno.

Su fiesta se celebra el 14 de agosto. Tres centros de peregrinación recuerdan los jalones de la vida de San Maximiliano: Niepokalanow, centro de la misión‑mariana a través de los me­dios de comunicación; el <jardín de la Inmaculada<, Nagasaki, donde la provincia franciscana conventual del Japón prolonga la obra del santo; y Casa Kolbe, en Roma, vía San Teodoro, 42, donde fundó la Milicia de la Inmaculada, y donde se halla la sede de la dirección general de la misma.

 

VALENTIN REDONDO, O.F.M.CoNv.

Curia generalicia. Roma